Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
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GACETA LITERARIA Nº 85– Diciembre de 2013– Año VII – Nº 12

GACETA LITERARIA Nº 85– Diciembre de 2013– Año VII – Nº 12

Imágenes: BEAUTIFUL WORLD

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

5

En estas tierras de jóvenes, jóvenes que se multiplican sin cesar y que no encuentran empleo, el tic-tac de la bomba de tiempo obliga a los que mandan a dormir con un solo ojo. Los múltiples métodos de alienación cultural, máquinas de dopar y de castrar, cobran una importancia cada vez mayor. Las fórmulas de esterilización de las conciencias se ensayan con más éxito que los planes de control de la natalidad. La mejor manera de colonizar una conciencia consiste en suprimirla. En este sentido también opera, deliberadamente o no, la importación de una falsa contracultura que encuentra eco creciente en las nuevas generaciones de algunos países latinoamericanos. Los países que no abren a los muchachos opciones de participación política - por la petrificación de sus estructuras o por sus asfixiantes mecanismos de represión - ofrecen los terrenos mejor abonados para la proliferación de una presunta "cultura de protesta", venida de afuera, subproducto de la sociedad del ocio y el despilfarro, que se proyecta hacia todas las clases sociales a partir del anti-convencionalismo postizo de las clases parasitarias. Los hábitos y símbolos de la revuelta juvenil de los años sesenta en Estados Unidos y en Europa, nacidos de una reacción contra la uniformidad del consumo, son ahora objeto de producción en serie. La ropa con diseños psicodélicos se vende al grito de "¡Libérate!"; la música, los posters, los peinados y los vestidos que reproducen los modelos estéticos de la alucinación por las drogas, son  volcados en escala industrial sobre el Tercer Mundo. Junto con los símbolos, coloridos y simpáticos, se ofrece pasajes al limbo a los jóvenes que quieren huir del infierno. Se invita a las nuevas generaciones a abandonar la historia, que duele, para viajar al Nirvana. Al incorporarse a esta "cultura de la droga", ciertos sectores juveniles latinoamericanos realizan la ilusión de reproducir el modo de vida de sus equivalentes metropolitanos. Originada en el inconformismo de grupos marginales de la sociedad industrial alienada, esta falsa contra-cultura nada tiene que ver con nuestras necesidades reales de identidad y destino: brinda aventuras para paralíticos; genera resignación, egoísmo, incomunicación; deja intacta la realidad pero cambia su imagen; promete amor sin dolor y paz sin guerra. Además, al convertir a las sensaciones en artículos de consumo, encaja perfectamente con la "ideología de supermercado" que difunden los medios masivos de comunicación. Si el fetichismo de los autos y las heladeras no resulta suficiente para apagar la angustia y calmar la ansiedad, es posible comprar paz, intensidad y alegría en el supermercado clandestino.



PÁGINA 2 – CUENTO

CARLOS HUGO APARICIO
(La Quiaca-Jujuy)

LOS BULTOS

Al sacar mi pasaje lo vi por primera vez. Me llamó la atención acaso por el chico morenito. y de cabellos revueltos que tenía de la mano o por la ocurrencia de cerrar los ojos así de pie, casi al último de la fila, como si quisiera de verdad dormir; la cara requemada y tirante en los pómulos, bajo de estatura, engordado, seguro por la edad y la vida disipada que denunciaba cierto sensualismo de su mirada semidormida, vestido por los baratillos y las ocasiones sin importarle el celeste ridículo del traje, grande para él; de vez en cuando sacaba el pañuelo arrugado del bolsillo de atrás para limpiarse la boca de no sé qué murmullos, mientras el pequeño pegado a sus piernas era la imagen de la soledad huraña que en esas regiones se trae desde la cuna. Nada más. Después lo olvidé y hubiese sido para siempre si no estuviera en este mismísimo momento acomodándose para compartir mi asiento en el tren, con sus cinco bultos respaldándolo desde cualquier sitio posible, una valija marrón, barata y baqueteada la pobre, reforzados sus cierres con piola dándole vueltas varias veces a lo ancho y a lo largo; un canasto amarillo con franjas rojas despintándose por el uso, lleno hasta rebalsar en un lomo contenido por lo que parece mantel o servilleta grande; dos cajas, de esas de zapatos, por reventar y también aseguradas a nudos ciegos de piolín; y otra caja más grande envuelta en bolsas vacías de harina o de cemento, palito como dirían los changos en el barrio, todos a su alrededor, arriba, debajo del asiento, qué llevará este tipo, no me dirá que se está trasladando; aunque no es el único, hay quienes suben aún mayor cantidad de bultos.
Las prolijas y enérgicas revisaciones aduaneras de los días hábiles no son frecuentes la mayoría de los domingos como hoy, salvo algún funcionario soñoliento, uno que otro gendarme desvelado se hacen presentes por formalismo a palpar apenas algunos equipajes, nada a fondo como los lunes por ejemplo, abra esa bolsa, vuélquela no importa en el piso, desate esa valija; manos ciegas adentro, escarbando implacables, tanteando por la presa valiosa.
Cómo demora en partir este tren, ya debe estar atrasado; mi impaciencia hojea sin interés el diario de hace tres días (así llega aquí); a mi alrededor crece la agitación con inminencia de última campanada; gente que sube traspirada y acezando, busca lugares apropia dos, aquí che, que no da la luz; gente que se despide en voz alta, saludálo en mi nombre, escribí, no seás floja y no te olvidés de averiguarmeló; gente en el andén, ofertando empanadas, refrescos, masitas, y a escasos cien metros la campana de la Iglesia llamando a misa, y esta ternura que me nace por las calles siempre pálidas y polvosas, abiertas en la soledad, con alguna sombra esporádica yéndose apurada o quedándose al sol, tomándolo casi con abandono absoluto.
La familia en pleno lo ha estado ayudando; su mujer pequeña, bien nativa, ocupándose con manos inquietas y duchas de esto o de aquello, con la seguridad de quien está acostumbrado a hacerlo; los cuatro hijos varones, incluido el pequeño, colaborando a la par, alcanzáme las botellas, subí la bolsa de naranjas, no te olvidés de echar la carta, mejor certificála, hacé el telegrama; y después de nuevo el silencio como una red de la que es imposible escapar; ni siquiera hay la despedida que uno se imagina, insensibilizados como están por esta rutina, con la resignación del que no conoce ni quiere conocer otra cosa, y si lo quiere se lo traga hasta olvidarlo.
A mí, particularmente en esta ocasión, me molesta sobremanera tener que viajar en compañía; no me gusta confraternizar, prefiero gozar en soledad de lo que puede depararme el viaje; qué lindo hubiera sido disponer para mí solo de la ventanilla, sentirme cómodo, a mis anchas, ir saboreando sin testigos meteretes este paisaje entrañable, estirar las piernas hasta el asiento del frente si era necesario, moverme a mi placer; y qué macana si se larga a charlar, cuando toman y apenas se chispean algunos hablan hasta por los codos; que lo parió, cómo no me compré boleto de primera, sólo por ahorrar unos cuantos pesos; ahora con el tren en marcha ya es tarde, y para peor saca no sé de dónde una botellita verde y sin ningún disimulo comienza con los tragos y los tragos, saboreándolos hasta pasarse la lengua por los labios y limpiárselos luego en la manga del saco mirando de paso furtivamente mi mal humor al compás de su coca disimulada como una levísima hinchazón de muelas.
Y ya desde la primera estación comienza a manifestarse su apetito; una sopa aquí, tamales allá, otra botella llena en lugar de la vacía, empanadas de pollo que come quemándose y un vaso de vino tinto para asentarlas.
Era de esperar, con la embriaguez paulatinamente va disipándose su desconfianza; se le va suavizando el rostro áspero, adquiriendo cierta sociabilidad y no sólo en apariencia, sino que después de algunas vacilaciones, por fin parece decidirse.
¿Qué calor, no?, ¿viaja lejos amigo?, me parece haberlo visto antes, ¿no?, qué suerte que no revisaron, ¿no? gracias a que es domingo ¿sabe? vamos a ver más adelante…
Y otro trago, y otro puñado de coca, y otro mordisco a la piedrita gris que saca del bolsillo y escoge de entre monedas, fósforos sueltos y hasta pastillas de menta y píldoras; y yo qué voy a querer de la misma botella ni en broma.
¿Vio mis hijitos, don? y eso que faltaba el mayor, ¿sabe?, lo tengo estudiando en un Colegio de Salta, ¿sabe? sale caro, por supuesto pero qué le vamos a hacer si uno no se sacrifica por ellos, ¿quién más no? y sabe don —ahora: susurra— con esto se gana, cualquier cosa, allá se pelean por las medias, por las radios, basta que sean importadas pagan lo que se les pida, ¿sabe?, claro que hay que saber rebuscárselas, tocar a alguien importante, ¿no? —guiña un ojo— buscarse alguna cuñita ¿sabe?, me lo cuenta sin la menor desconfianza, siempre amable, aunque una forma de mirar como escurriéndose, una chispita repentina aflora de tiempo en tiempo en sus ojos ya irritados. Casi sin darme cuenta empiezo a alargar mis respuestas, a prestarle mayor atención, a preguntarle a mi vez sacando más frecuentemente la mirada de estas lejanías abrumadoras; ahora sé lo que lleva y me admira que lo haga tan a la vista; exprime salivosamente, puede ser fácil la décima naranja; una sí la acepto; la pelo a las apuradas, desde su boca a la mía se traslada involuntariamente el deseo imperioso.
Pasar la frontera no es problema, ¿sabe?, de noche por las quebradas y el río, sobre burros o a la espalda nomás, ¿sabe?, lo jodido es llevarlo al sur; si a uno lo pillan está listo, ¿sabe?, además de quitarle todo lo fichan y lo meten preso; claro que se sale pero ya no es lo mismo, ¿sabe? uf, hace ya tanto que ando en esto, ¿sabe?, estoy tan acostumbrado... además no sé hacer otra cosa… y como le digo, sangre fría y suerte, sabe, don...
Y los tragos se suceden como los mojones de los kilómetros, y la voz traspirada va decayendo y dando paso a un sueño húmedo y pesado.
Afuera pasa lo de siempre, primero la pampa pelada y dura de la puna, con su sobresalto de llamas de ojos de mujer ojos diseminadas en la inmensidad desolada de 1a tierra ocre perdiéndose contra los lejanos cerros azules, tierra de una belleza que se da sin precio ni consuelo; después, y a medida que se desciende, el suelo va verdeciendo tímidamente y los arbustos se mezclan con los cardones y los primeros árboles, sin olvidar del todo aquella piedra solitaria, sentida como la piel del hombre que trepa al tren donde nadie se imagina y se envuelve en un rincón de intemperie vieja como su poncho.
Ahora un ronroneo envidiable acompasa su respiración; el sol que irrumpe por la ventanilla le quema seguro la cara de brillo aceitoso; una lentísima gota baja rastreando por la mejilla derecha y la comezón que me da a mí a él no lo inmuta; se me está haciendo simpático, ya no me importa tenerlo al frente; y miro en él al pequeño del mechón rebelde, inmóvil de su mano como mimetizado por el afecto o el miedo. Recién se despierta, se prueba la saliva; pestañea; con el revés de la inane se seca la frente; estira pegajosamente brazos y piernas; bosteza aflojándose el saco; repara en mí como disculpándose; escupe sobre el piso, entre sus pies, y pisa restregando el escupitajo; respira hondo y en seguida se hurga impaciente por la botella; le da un trago interminable.
Se le ocurre levantarse en cada estación o parada, Me cuida los bultitos, ¿quiere, don?, vuelvo enseguida, ¿no se le ofrece nada, no? y se baja al andén; desde luego otra empanada, otro vaso de vino, qué aguante.
Dormito también, o al menos trato, o si no, miro la gente que sale a ver pasar el tren; las muchachas en especial que pasean bien arregladas y alegres; por ahí también me compro un quesillo, una manzana.
Cuidemé mis bultitos, don, esos cinco, ¿sabe?, sí, ya sé, ya sé, los tengo metidos en la memoria de tanto mirarlos y cuidárselos; esto ya no me gusta; conversar, acompañarse, pasar el rato, vaya y pase, pero cuidarle sus cosas en cada detención sin que yo mismo, pueda moverme para mis necesidades me suena como un abuso, una falta de delicadeza; no se da cuenta o no le importa; qué desconsiderado, él dándose los gustos y yo velando por su contrabando, sí señor, su contrabando; se me vuelve la antipatía, la incomodidad, que lo parió, en primera se rola con otra clase de gente, de más categoría, turistas, estudiantes, personas respetables; Cuidemé mis bultitos, don.
Ya ni necesita decírmelo; y, es el colmo, ya ni me lo dice; se levanta y se va, y yo, señor, clavado en este lugar como un cómplice cualquiera, a cargo del platal en medias de náilon, transistores, relojes y qué sé yo.
Y tiene suerte el tipo; la suerte que se ruega seguro allá detrás con velitas a la virgen; suben gendarmes del sur, se les nota en la tez clara, en los ojos, en los cabellos, en el acento; parecen contagiados del desgano del domingo pues se conforman con mirar al vuelo, pedir algunos documentos y listo; Puede decirse que ya estoy salvado, ¿sabe?, aunque revisen a la llegada, allá me las sé arreglar, ¿sabe, don?... Y otra vez el guiño confianzudo del ojo; y no sé qué contestar unido como me siento a su alegría; la vela lagrimea incesante frente a la imagen impávida de la virgen en la estampita dorada y vieja. Otra estación a la media tarde y Cuidemé los bultitos, ¿ya? cuándo no; paciencia; me da sueño, sin darme cuenta dormito unos segundos, bruscamente me repongo, aspiro hondo, abro bien los ojos, pero tras un pestañeo inútil caigo dormido del todo; la modorra me puebla corno un arrullo poderoso, me entrego totalmente al sueño a pesar del último esfuerzo de la voluntad pegajosa.
Me despierto al rato; el tren se halla en plena marcha; me despabilo avergonzado, sin embargo nadie repara en mí, y hasta hay quienes duermen en insólitas posturas. Pero qué pasa, el del frente no está; los bultos, uno, dos, tres, cuatro y cinco, sigue en sus lugares tal cual los dejó; con quién se habrá encontrado tal vez en otro coche; mejor así, por lo menos me deja tranquilo; pasan los minutos, otra estación, de nuevo en viaje, y no aparece; me da rabia, por qué tengo yo que afligirme, que aparezca cuando se le dé la gana y si no aparece a mí qué me importa; súbitamente me pongo de pie, renegando entre dientes recorro el tren de punta a punta y no lo encuentro; dónde se habrá metido, hay que joderse, qué me hago ahora; ¿lo estará haciendo a propósito?, ¿para qué?, ¿por qué?; a lo mejor no es contrabando o es uno más serio de lo que pensaba; me fijo asiento por asiento, en el coche comedor incluso, y no está, ni señas; a quién contárselo, pedir ayuda, ni soñando; lo más probable es que haya perdido el tren; un vasito de cerveza más, sirva otro plato, hay tiempo; se ensordece uno a veces con algún sabor, alguna sensación; merecido lo tiene, qué forma de viajar, se diría que lleva trapos o papeles viejos; y no digamos su falta de cortesía, señor, ésas no son maneras; qué hago, qué hago, me dan ganas de irme a otro coche, y que se vayan al diablo sus cosas, qué tengo que comprometerme por un desconocido; pero no puedo, no puedo; además estará desesperado, Mis bultos, mis bultitos, paren el tren, dónde hay auto de alquiler, por favor, pago lo que sea, Dios quiera que ese señor tan atento me los cuide, mis bultitos...
Se me van como por encanto el sueño y el cansancio; no quiero ni pensar en el lío en que me estoy metiendo, ni que haya otra revisación aunque invente excusas inservibles, maneras ridículas de burlarla; de ésta sí que no me salvo; bueno, si vienen les digo la verdad, que no son míos y chau; pero ésa no es la verdad que siento, la que me deja conforme y no tardo en comprobarlo: Esos bultos, señor, ¿son de usted?, Si, son míos, míos
Ah, está bien, boletos por favor, boletos…
Así que son míos, pedazo de estúpido, míos; los miro rencorosamente, los odio, los patearía hasta cansarme; aunque no sé, algo me impulsa a ampararlos, a no abandonarlos. Me aquieto, trato de resignarme, qué más me queda. Cómo será mi desatención a los demás que recién me doy cuenta de que entramos melancólicamente en la noche y con ella en los últimos tramos del viaje; he perdido la noción de la distancia, del tiempo; mi traje está arrugado, sucio de tierra, en mi piel siento una sequedad agobiante, como si por horas hubiese estado la vida, el tiempo bajo mi piel, y yo encima, inalterable, inmóvil.
Me resigno a que no aparezca; ahora lo que me preocupa es que me registren en la llegada; cómo bajo los bultos para no llamar la atención, con quién me encuentro, qué vergüenza, a cuál hotel voy, cómo averiguo del tipo, a lo mejor se consiguió nomás un auto y me estará esperando entre afligido y sonriente, el pobre, qué suerte, qué alivio bárbaro, me miro darle la mano, abrazarlo, No, no es nada, al contrario, mucho gusto, el placer ha sido mío…
Claro que de haber sido así tenía ya tiempo de haberme hallado en alguna estación anterior; lo más seguro es que esté la policía, Usted es su compinche, confiese todo
No, yo no sé nada, lo juro por mis hijos, no sé nada, es tan sólo una casualidad maldita...
Pasa de nuevo el guarda, se me hace que me mira con mayor fijeza; sin embargo sonríe al pedirme el boleto; ya estamos llegando.
Revisan. Nadie se puede librar. Por una denuncia, hoy el registro será más riguroso. Se me afloja el estómago, la memoria, las piernas; traspiro entero; me cuesta respirar, se me traba la lengua, tropiezo al primer paso, quisiera meterme en el último rincón, esconderme para siempre; yo no he sido, señorita; ha sido el niño de aquel banco; yo no he sido, papá; yo no he sido, mi sargento; señor jefe, yo no tengo la culpa.
Nos hacen bajar en orden estricto para irnos me tiendo en un galpón amplio; ahora negar sería infantil, yo mismo he acarreado uno por uno los bultos delante de todo el mundo, los he acomodado a mi lado, sin fuerzas para rebelarme aunque mi mujer llore toda la noche y mis hijos me llamen a los gritos.
Revisan gendarmes y aduaneros de civil, sin pausas, con saña, seguros de encontrar lo que pretenden; ya hay varias valijas desentrañadas, algunas sin culpa, otras con el delito a la vista, a los pies de los responsables; llora una mujer retorciendo su pañuelito, mira un perro en los ojos. No sé por qué me he tranquilizado, será que en el fondo no soy culpable, será que guardo la secreta confianza de ver aparecer al dueño el rato menos pensado y se haga cargo como corresponde, él es canchero y no le va a ser difícil superar el mal momento; será lo que Dios quiera; me asombro de mi propia calma, hasta se me ha disipado por completo la indignación que tenía contra el verdadero responsable.
Le toca a usted, amigo…
El oficial me mira, después mira los bultos, sólo un ratito, me mira de nuevo más fijamente, no disimula la sorpresa y suelta sus palabras como si no hubiera nadie más que nosotros dos: ¿Vos aquí?, qué hacés viejo, cómo te va; mirá dónde te vengo a encontrar, te acordás de mí, ¿no es cierto? (No me acuerdo un pito, no lo conozco ni jamás lo he visto antes.)
Sí, claro…, qué tal, cómo no me voy a acordar…
Qué hacés che; y esos bultos, ¿son tuyos? Y, sí, son míos… Bueno, siendo así llevatelós nomás, qué te voy a revisar a vos, sos mi amigo, ¿o no?,
Y su carcajada es como una lluvia torrencial sobre la mayor sequedad de que tenga memoria; qué frescura para desnudarme entero y bailar de alegría; qué sed repentina para beber el trago del alivio más largo del mundo.
Además te veo después de tantos años y siendo mi viejo amigo basta, ¿eh?
Me palmotea confianzudamente; por mí puede golpearme si quiere; me ayuda solícito a conseguir changador, me despide alegremente; Si te quedás unos días a lo mejor nos vemos por ahí..., sería lindo para recordar tiempos idos, ¿eh?, chau viejo; Chau, chau, gracias, muchas gracias... Con cada palabra trato de vaciarme la mala sangre, el pus, de quedar limpito; los nervios afuera como los cables gastados de una luz dolorosa, todo a la basura, mientras voy dejando atrás, sin volverme a mirarlo siquiera, el último saludo de esa mano extraña.
No me acuerdo el nombre del Hospedaje, ni cómo he subido hasta este cuarto en el segundo piso, ni quién me ha ayudado, me ha atendido; solamente sé que tuve tal sed que me tomé tres naranjadas al hilo, si no me equivoco al contar las botellitas vacías sobre el velador. Tirado, sin desvestirme, sobre la cama, he dormido de un tirón, sin un sueño.
El sol penetra por la ventana abierta, se expande por la pared como una mancha de aceite. Me levanto, me aseo, mientras me cambio de ropa los descubro tal como los dejé, amontonados en un rincón; de golpe me siento otra vez como en un nudo ciego, y al acercármeles para acomodarlos mejor, noto en el aire como el rasguño de una desconfianza, el gruñido de dientes inamistosos, me detengo tercamente rechazado; intento varias veces aproximármeles pero me quedo en el ademán trunco de acariciar a un perro abandonado, bruscamente hostil.
Salgo a la calle desorientado; no sé qué voy a hacer; leo de punta a punta el diario, en vano; merodeo por la Estación; a la Policía no puedo ir; ni siquiera le sé el nombre ni la dirección como para escribir; si no fuera que jamás creo en cosas sobrenaturales, no sé qué conclusiones sacaría.
No vuelvo al Hospedaje en todo el día; vago por la ciudad buscando entre la gente algún rastro, algún indicio; en el mercado gasto horas con los que comen olvidados a lo largo de mesas comunes y beben interminablemente. Cómo puede ser, qué es lo que en realidad está pasando; no hay lógica, no hay explicación.
A la tarde entro a un cine para olvidarme un poco, pero es inútil, yo sólo miro películas de un desaparecido que me condena a un arrinconamiento en plena intemperie, a ser un náufrago mudo en medio de miles de manos disponibles.
Al volver a mí habitación me cuido de hacer ruido, no quiero despertarlos, temo a los dientes por morder, los respingos huraños; sin prender la luz me acuesto a la adivinanza, me tapo cabeza y todo.
Madrugo; nunca me he vestido tan rápido ni tan a los tirones; salgo a la calle sin mirar siquiera el rincón hostil; no quiero volver más a ese cuarto, que se pudran; hoy mismo me voy; no sé si lo he soñado o lo he sentido entre sueños: toda la maldita noche sollozos arracimados, apenas perceptibles, ayes lejanísimos, gemidos como enterrados, aullidos diminutos; quejidos diminutos, voces como en sorda oración. Me viene una pena más grande que yo, lástima de mirar por ejemplo la soledad de la vida delante de una familia entera humildemente agrupada para una fotografía amarilla; ando extraviado por calles cuyos nombres olvido; ni en las plazas siquiera hallo sosiego; la mosca de un presentimiento zumba terca alrededor de mi corazón aunque me niegue con todas mis fuerzas a hacerle caso.
Y entonces todo es como una trompada traidora en la nariz o un telegrama de luto al alba en menos de siete líneas del diario, escritas sin saberlo justamente para mí, entre titulares de guerras, revoluciones, huelgas, amores, la página social, las loterías, necesito muchacha buen sueldo, el próximo domingo otra fecha del campeonato de la Liga; pobre tipo, ya sabía yo, quién aguanta comer y comer, chuparse botella tras botella; alguna vez el corazón también se cansa.
Corro a lo que doy, tropezando contra la gente, chocándola, subo las escaleras a los saltos, casi me resbalo y me voy al diablo; qué desgracia, abro la puerta con los dedos con lágrimas, me arrodillo junto a ellos; mansamente se entregan a mis manos, los acaricio enceguecido entre papá, papito, mi marido; trato de suavizar los nudos de la piola, palpo temblorosamente la piel gastada de la valija, quisiera abarcarlos en un solo abrazo que los haga llorar, desahogarse sobre mi pecho, humedecerlos de lo que pudo ser lo último en gritar, en pensar, en pedir, mis hijitos, mi mujer, mis bultos.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

MIGUEL ANGEL GAVILAN
(Santa Fe-Argentina)

MUERTE DE LA JIVRÉ

Anoche encontraron muerta a la Jivré.
Se había abierto el corazón
con una hoja del cuaderno
donde copiaba canciones de Sandro.

Estaba sola.
Envuelta en telas de cazar mariposas.
Fragmentos de purpurina
                                         encendían
rincones de humo
donde no llegaba
la discreción de los tacos chinos,
o cualquier mística macha.

Las locas hicieron una heroica plegaria de batones.
Se pusieron en la puerta
para evitar que la noche pescara a la muerta
sin pintura.
El calzón deslumbró urticarias de sirena,
colmó el barrio.

En la ruta un camionero dijo tener la bragueta marcada por sus labios.

La pusieron en una caja de espejos.
Trabas de tul,
un candelabro,
la baba chirle de alguna despedida.
Y ese ramo
                   “de mamá que usó para el casamiento”,
enhebrado en sus dedos sin abalorios.

Había escrito
que no fueran a su entierro
ni la Junco,
                   ni la Rusa,
                                     ni la Marisol, cochina,
vieja ahora,
                       sin dientes,
que le sacó el chongo en aquella noche de Corpus.

Había escrito
que su familia no se enterara.
Quería estar con Sandro,
                                               en la pieza.
Con Sandro en la pieza.
Y se abrió el corazón con “Ternura”.

Porque había escrito
que nadie entendía una gota de agua destiñendo la seda,
mejor que ella.
Que un liguero,
                         ligero liguero de lentejuelas,
                                                                        julepea cada despertar desde el perchero.
Y hay que callarlo.
Por lo menos hasta el último respeto.


PARADOR CON ALFOMBRA

Una alfombra
para adornar el bar de camioneros.
Le sienta feliz
                       la lana al pie en chancletas.
Las várices
                   son ramas de vida
y el calzón,
                    perdido
                                 entre los flecos de la carne,
dice que una alfombra,
                                     de oferta en Carrefour,
vuelve respetable cualquier negocio.

Se pasea,
                pisando, apenas.

Apena ver
                la suavidad de los pelos
                                                       ya engrasada.
Una trama de finura
                                   fisura el abanico de distinción
hasta la Quilmes derramada
                                               y la disculpa.
Lampo de espuma
                                 limpia la pulcritud que mancha.
Purifica en mugre
                              tanta burguesía de probeta,
                                                                            cristalizada y sumisa,
cuyo fin fue dejar la fonda
                                             bien dispuesta para la rapiña.

Al final, cobra la consumición.
Sin reproches.

CLASE DE RPM

¿Alguna vez las viste?

Parada la cola
                        en pedaleo de calzas
colman fluo
contra los espejos.

¿Las viste?

Se ponen así,
les temblequea la carne sobrante,
                                                      lúbricas
                                                                    de sal.
Sudor de telas firmes
                                   cae
                                          en la franela
                                                                 de la fatiga.
Ponen más carga.
El pedaleo
                 chifla
                            un calor de grasa
                                                         que se exprime.

Y hay música, ¿sabés?

El aire levanta
                         faldas de pitucas
                                                     tan chuscas
que parecen ninfas en sus tallos.

(Mechas que vuelven cara)

Un suave rumor de cadena,
                                           desencadena
                                                                 la tragedia de la imagen.

Goterones de agua
inhiben la solidez del sacrifico.

Y (a veces) una pregunta:
“¿Cuántas calorías se queman por clase?”
Cuántos litros
de cera virgen quedan en el
vientre de una doncella
antes del abismo, antes
de saberse salvada.

Alguna prefiere llamar gimnasia  a esa morisqueta.
El buche
paga
la coima a la belleza que explora,
                                                         explota las turgencias perdidas
                                                                                                              en bombeo de  
                                                                                                                     /reptiles.

¿Te fijaste?


RUBEN VEDOVALDI
(Capitán Bermúdez-Santa Fe-Argentina)

CUERVOS DEL ALMA

esos cuervos tan negros
sobre los girasoles
sufrido Vincent no
no estaban sobre el cielo de
allá afuera
esos cuervos terribles
brotaban de tus vísceras
heridas
cortándote una oreja
gatillando
la escopeta final en tu corazón
fijate bien querido
la próxima vez

oooOooo

la vida no piensa
lo que piensa en la vida
es el miedo a la muerte
el amor no promete
lo que promete amor
es la soledad

LOS ROBADOS BOLSILLOS DE LA LLUVIA

Dios no existe pero a veces
bebe su divino vino
que los campesinos le
ofrendan y
se duerme en la generosa
sobremesa del cielo
perros y gatos y ratones y
lauchas celestes
furtivamente se le acercan
bajo la mesa,
le suben por las piernas,
le muerden los bolsillos
y le comen mendrugos de su
pan
o le lamen gotas de ese vino
divino
esta tarde por ejemplo
se ve que dios ha bebido en
sus santos cielos
y que sus animalitos furtivos
le rasgaron los Grandes
Bolsillos
donde guarda no solamente
pan y vino
sino todas las lágrimas de
amor y dolor de este mundo
se dice erróneamente
que esta tarde llovió sobre
nosotros
pero eso que el instituto
meteorológico
insiste en llamar lluvias
ligeras precipitaciones, etc,
yo sé que no es lluvia;
son lágrimas que caen
de los robados

Divinos Bolsillos


PÁGINA 4 – ENSAYO

LIANA FRIEDRICH
(Rafaela-Santa Fe-Argentina)

JUANA DE IBARBOUROU, TRANSGRESORA DE LAS LETRAS HISPANOAMERICANAS

Con un grito de triunfo y de arribo/mis gaviotas saludarían el alba./De pie sobre la tierra desconocida/yo tendería al nuevo sol las manos/como si fueran dos alas recién nacidas./¡Dos alas con las que habría de ascender/hasta una nueva vida!
(Fragmento de “Las Olas”, de “La rosa de los vientos”, 1930)

    El grito de triunfo es el Juana de Ibarbourou, “Juana de América”, como fuera proclamada en 1929, durante la ceremonia presidida por Zorrilla de San Martín, en cuya ocasión Alfonso Reyes expresara: Juana en el Norte, Juana en el Sur, en el Este y en el Oeste: por todas partes fueron cayendo las palabras. Juana donde se dice poesía y donde se dice mujer. Juana en todo sitio de América donde hacía falta un aliento…En estos pueblos de anhelo y brega, en estos pueblos nuestros sedientos ¡qué mejor piedad ni qué misericordia más plena!... Con cuánta justicia la aclamamos nuestra Juana de América. Y la tierra desconocida a la que arribara es la de una poesía nueva, de estilo auténtico y personal, superadora de los excesos del esteticismo modernista y de la vaguedad laxa de un postromanticismo ya agotado, para buscar otros caminos de expresión artística, con acento en lo cósmico, lo metafísico, lo erótico y lo telúrico, a través de formas menos rebuscadas y estructuras más flexibles, así como de una versificación más libre respecto de los moldes tradicionales.
    Es esa vida nueva que anunciara en 1921, Jorge Luis Borges, uno de los creadores del  ultraísmo, quien promueve las letras de vanguardia en Iberoamérica, desde la actitud vital de su proclama: Se nos ha querido imponer la obsesión de un eterno y mustio universo, de ramaje agobiado bajo las grises telarañas y larvas de pretéritos símbolos. Y nosotros queremos descubrir la vida. Queremos ver con ojos nuevos…” Justamente es en “La rosa de los vientos”, donde Juana se entrega a esa corriente surrealista, cuyos temas y lenguaje más elaborado, convierten al libro en un paréntesis destinado a la experimentación, basada en una imaginería rica y original. Pero como manifestara Zum Felde, finalmente la poetisa no se ha dejado seducir por ninguno de los extremismos fanáticos y negativos de las escuelas llamadas de vanguardia… ni ha incurrido en extravagancias efímeras… en el momento de la lucha contra la retórica conservadora. Asimismo, su temática se aleja del naturalismo asociado a la sensualidad vital, al orientarse hacia expresiones subjetivas, comprometidas conceptualmente con el devenir de la existencia y su transcurso hacia la muerte, que se aleja de la sencillez y cotidianeidad inicial, propias de la espontaneidad e intimidad de sus primeras producciones:
Hora de los navegantes extáticos/sobre los mares de basalto y de turquesa./El viento suena sus crótalos de cobre/y en la proa de mi barco cae una estrella./Iremos al país de los caminantes iluminados/por el mirasol giratorio de los sueños.
    A pesar de que Juana no fuera participante activa del feminismo, sus versos rebozan de una voz plena de rebeldía y sensualidad, que canta sin ambages al placer del amor (convirtiéndose en heredera de la tonalidad erótica de su contemporánea, recientemente desaparecida, Delmira Agustini, aunque en el caso de Juana, visiblemente más atrevida), donde la naturaleza es cómplice fiel del goce de los amantes, a los que endiosa a través de la fiesta de los sentidos, a la manera del “Cantar de los cantares” del rey Salomón:
Traigo las trenzas llenas de la fragante /lluvia de las corolas. Cuando mi amante /pose en ella los labios, llevará en ellos /el perfume de la retama de mis cabellos.
(“Caminos de la cita”, de “Lenguas de Diamante”, 1919)
    Son las palabras que dicta la emoción de la mujer apasionada, quien vive libremente el ardor del sentimiento, sin culpas ni castigos, y el resultado es una poesía donde se logra una síntesis perfecta entre el amor y la naturaleza:
Tómame de la mano. Vámonos a la lluvia./Descalzos y ligeros de ropa, sin paraguas, /con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia /oblicua, refrescante y menuda del agua./(extraído de “Raíz salvaje”, 1922)
    Aunque se inscribe dentro de la tradición lírica del “carpe diem” y de la brevedad de la rosa, temática significativa en la literatura española del siglo XVIII, durante el apogeo del Neoclasicismo, y previamente, en pleno Renacimiento, este tópico literario horaciano, que insta a aprovechar el día, ante la fugacidad de la vida y de la belleza, aparece en Juana como postura auténticamente revolucionaria ante la sociedad de la época, que reprimía el impulso erótico en la mujer, sojuzgándola a un papel secundario. Esto se observa en su poema hedonista “La hora”, donde se plantea claramente el binomio antitético juventud- vida versus decrepitud- muerte:
Tómame ahora que aún es temprano/Y que llevo dalias nuevas en la mano./Ahora que tengo la carne olorosa/Y los ojos limpios y la piel de rosa./Después…Ah, yo sé/que nada de eso más tarde tendré!/Que entonces inútil será tu  deseo/como ofrenda puesta sobre el mausoleo/Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca/Y se vuelva mustia la  corola fresca./Hoy, y no mañana. Oh, amante no ves/que la enredadera crecerá ciprés?/(de “Lenguas de diamante”, 1919)
    Juana resulta doblemente transgresora, porque es ella como mujer, la demandante en la pareja (no aparece con un rol pasivo, como se le impusiera en la tradición amatoria); el hombre es el sometido, el poseído en la relación erótica, de modo que cabría pensar que proclama tempranamente la igualdad de sexos, e incluso, la inversión de los roles sexuales (que se advierte en los opuestos mujer/hombre vs. pasivo/activo), ya que él termina siendo su siervo, su esclavo (aunque inmerso en su propia sangre, como en el poema “Dueña”):
Vas donde voy, mi fiebre, tú, mi fiebre/Me alejo de los cielos y a mi lado/Sigues conmigo, esclavo./Eres mío…/Conmigo vas mi siervo, en las  arterias/que sostienen los mares de la sangre./
    Unido al tema del “carpe diem”, aparece la imagen de la rosa, pero no se trata aquí de la “rosa mística”, sino del símbolo de amor sensual y de belleza, como lo fuera la diosa romana Venus y su antecesora griega Afrodita, representación de la fertilidad, el placer carnal y la primavera, como ejemplo claro de erotización de la naturaleza:
El amor es fragante como un ramo de rosas./Amando se poseen todas las primaveras./Eros trae en su aljaba las flores olorosas./Toda mi carne se impregna de esa esencia!/(de “Amor”, en “Lenguas de diamante”)
    Pero la fusión con la naturaleza se produce no sólo desde el plano amatorio, sino en consonancia con la muerte: se trata entonces de un erotismo trascendente, donde el yo lírico animiza el entorno natural con imágenes impresionistas, y como en el caso de “Vida-garfio”, exhorta al objeto lírico- amante para que libere sus despojos al arbitrio de las fuerzas telúricas:
Amante: no me lleves, si muero al camposanto/A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente/alboroto divino de alguna pajarera/ o junto a la encantada charla de alguna fuente./A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,/donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos, alargados en tallos,/suban a ver de nuevo la lámpara salvaje de los ocasos rojos./Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen/en la greda amarilla de mis huesos menguados./¡Por la parda escalera de las raíces vivas/Yo subiré a mirarte en los lirios morados!/
(Al respecto, recordemos que ella misma se autoproclamaba “Hija de la Naturaleza” o “Juana de la Naturaleza”).
    Indudablemente el amor ocupa en la obra de Juana un lugar primordial, no solamente para indicar el acercamiento sentimental entre dos personas, sino que simboliza la cercanía con su tierra y la añoranza de los días de infancia; por eso aunque expresa la angustia ante la pérdida, ésta no puede atribuirse únicamente a la ruptura amorosa, sino también a la clausura del mundo infantil y a la caída del baluarte familiar, que se produce luego del duelo adolescente:
No sé de dónde regresó el anhelo/de volver a cantar como en el tiempo/ en que tenía entre mi puño el cielo/y con una perla azul el pensamiento./De una enlutada nube, la centella,/ súbito pez, hendió la noche cálida/ y en mí se abrió de nuevo la crisálida/del verso alado y su bruñida estrella./(de “Reconquista”, 1960)
    Su actitud rebelde y osada, llega incluso a cuestionar la intolerancia cristiana hacia la manifestación femenina del placer físico, como en el poema “Hastío” (de “Lenguas de diamante”, 1919), donde el sujeto lírico se dirige a la figura virtual de María Magdalena (metáfora del goce sexual y personificación del pecado) como interlocutor:
Magdalena: yo a veces envidio lo que fuiste./…../El inmenso bostezo de mi paz cambiaría/Por el barro dorado de tus noches de orgía.
   Es notable cómo Juana expresa su valentía, cambiando constantemente las reglas del juego que la sociedad tradicionalmente imponía; en tal sentido, también osa revertir el contenido bíblico de la mujer samaritana, otorgándole una connotación absolutamente erótica (el agua aparece como metáfora del placer, y el cántaro como representación de la mujer):
Tenía las pupilas tristes y tenebrosas/Como dos pozos secos. Y en la boca dos rosas/De fiebre y avidez./La fiebre era en su boca como un largo rubí/Y yo el cántaro vivo de mi cuerpo le di./(“Samaritana”, de “Lenguas de diamante”, 1919)
    Es así como Juana presenta un discurso alternativo, que reivindica la imagen de la mujer, libérrima, dueña de su cuerpo, como sujeto del amor y no como mero objeto sexual. Por eso, juntamente con Agustini, Storni y Mistral, su corpus literario marca una ruptura en la tradición poética hispanoamericana, con una fuerza revolucionaria capaz de germinar una dosis de desenfado y desafío en los movimientos actuales de las letras femeninas, que sin duda instauran una literatura de fuerte compromiso humano y de denuncia social, ante la injusticia, la desigualdad y la discriminación. Destacamos, a modo de síntesis conclusiva, los siguientes rasgos salientes de la poética ibarbouriana:
Ruptura con la artificiosidad retórica y recitativa del barroquismo modernista, a través de una actitud hiper-vital, que exalta la belleza y el amor fusionados con la naturaleza, mediante la sencillez de las imágenes y la transparencia del lenguaje
Exploración de otras posibilidades estilísticas, dejándose llevar  por el influjo de la estética supra-realista de vanguardia, como manifestación de quiebre formal y expresión de ansias de libertad
Angustia por la caducidad de la vida y el transcurso inexorable del tiempo
Extrañamiento frente al peso de la muerte, que aún flotaba en el ambiente de las letras, superador del hálito propio de un romanticismo tardío
Marcado erotismo, que trastoca la posición pasiva y sumisa de la  mujer, para convertirla en la protagonista del escenario amatorio
Tratamiento de temas heredados de la literatura española, desde una óptica renovadora y original
    Finalmente, cabe acotar que los vaivenes y cambios operados en el corpus poético de Juana de Ibarbourou, tienen que ver más con las mutaciones sufridas en su propia vida –en el plano emotivo- que con el decurso de los movimientos literarios. En realidad, por la ubicación cronológica de su obra (generación del 20, es decir, de los escritores  nacidos entre 1882 y 1885), podría ser considerada posmodernista, sin embargo, su estética es a todas luces superadora de todo encasillamiento, puesto que su poesía sigue un derrotero auténticamente personal.
    Unamuno, Reyes, Zorrilla de San Martín, Santos Chocano, Gómez Carrillo, Neruda y García Lorca coincidieron en que Ibarbourou, además de hermosa era poseedora de un gran talento literario. Por eso, más que considerarla “Juana de América”, a instancias de la Prof. Ethel Dutra, podemos invocar su nombre como “Juana del Mundo”. Esta crítica literaria uruguaya, refiriéndose al libro “Al encuentro de las Tres Marías”, de Diego Fischer, actualmente todo un suceso editorial, opina que la impronta más relevante de su poética es el amor, que se traduce en la búsqueda eterna de la felicidad, del goce infinito; esto aún lo vemos –con un regusto de amarga soledad- en los versos de la última etapa de su vida:
Va la tarde subiendo hacia la noche/río opulento y cálido,/ con olor de duraznos y de rosas,/ con rumores de risas y de llantos,/con el jadeo del miedo,/con la espiral del canto.//Erguida estoy, sin voz y sin sonrisa,/ blanca en la inmensa soledad nocturna,/ con la brasa del verso en la garganta/y en el pecho la sed de la aventura./Las últimas magnolias del verano/ son el claro escabel de mi fatiga./La deshilada llama del crepúsculo/aún se mantiene viva/ en la secreta red de las arterias./(de “La pasajera”, 1968)


PÁGINA 5 – CUENTO

MARIA LYDA CANOSO
(Casilda-Sana Fe-Argentina)

LAS PAREDES OYEN 

Cuando la señora Sonia, que vivía ahora en Buenos Aires, venía a casa, ya desde antes del almuerzo se instalaban a charlar con mi madre. Hablaban muchas veces con sobreentendidos, pero para mí casi no tenían secretos. Luego del café mamá le prestaba un batoncito para que se pusiera cómoda y pasaban la tarde charlando, sentadas en la cama matrimonial o arrellanadas en los sillones del living. Verla a la señora Sonia sostener el mate con su mano gloriosa y enfundada en el vestido amplio de flores del campo de mamá no me causaba gracia, es más: me impresionaba. Eran tan distintas... me hubiera muerto ahí nomás si se hubieran trocado los papeles y la señora Sonia hubiera quedado convertida en mi madre para siempre. La señora Sonia era muy blanca y algo regordeta, tenía sin embargo un tipo muy fino, nada vulgar. Por cuestiones de trabajo se habían ido a vivir a Buenos Aires. Alguna vez que mis padres fueron a buscarme a la casa de mis tíos en San Isidro, los dos matrimonios salieron a una boite de moda.
La señora Sonia, que ya estaba con su familia viviendo en Buenos Aires, con su marido mundano cada tanto iba a comer afuera. Una vez escuché contarle a mamá que con Alberto habían estado en el Ta-ba-ris y habían bailado rumba con la Santa Paula Serenaders. Yo no lo podía siquiera imaginar. Para la rumba se necesitaba ser más espirituosa. Ella tenía en su voz como un tono nasal de queja permanente, imaginé que a lo sumo habría bailado tango, que se avenía mucho más a su temperamento dramático. Era muy amiga de mamá, ambas habían sido compañeras de trabajo en la Escuela Normal. Su mano izquierda ostentaba una esclava por cada año de matrimonio, el cintillo de brillantes y por supuesto la alianza.
En casa hablaban por lo bajo para que no oyera Celina que era como de la familia, pero decididamente no lo era. Cuando Celina estaba cerca había que hablar en susurros porque era probable que, sin darse cuenta, ella pudiera repetirlo fuera de casa. Celina de chica había sido muy sufrida, huérfana de madre, había vivido años en el Buen Pastor. Eso la convertía en un ser misterioso, con zonas oscuras, digamos que era una buena muchacha, pero su personalidad tenía algo que la hacía imprevisible. Ella sabía que aparte de ser linda, se parecía a Evita. En realidad, muchas chicas delgadas y rubias se arreglaban como para parecerse a Evita.
La conversación no se había interrumpido en todo el día y ahora había bajado de volumen: la señora Sonia le susurró a mamá que en una de esas boites que frecuentaban con Alberto habían visto ¿sabés a quién? a Juancito Duarte. Muy a los arrumacos, dijo la señora Sonia acentuando en la eme de esa palabra, ya tan de por sí tan rebuscada, el sonido de su voz nasal. Así ella describía a esas situaciones amorosas desbordantes, actuadas. Luego agregó: Claro, ella es una actriz... Y dijo algo más que debió ser el nombre, pero me lo perdí porque la señora Sonia se lo dijo a mamá al oído y ambas sonrieron. Mamá hizo un gesto de aprobación, debía ser una actriz de las más conocidas.
Me gustaba ver esa mutua complicidad que establecían. Entonces, cuando la señora Sonia comentaba a mamá alguna confidencia, con delicadeza se tapaba la boca con su mano cuidada, la del cintillo con diamantes y la alianza, y hacía sonar sus esclavas, que eran muchas, una por cada año de matrimonio.
Eso fue antes de la separación. El divorcio de la señora Sonia encajaba muy bien con esa modernidad que le otorgaba vivir en Buenos Aires. Parecía una consecuencia dentro del esquema de su vida. El divorcio vino a constituirse en un tabique divisor de aguas, estableció un antes, del que muy poco volvería a hablar, y por supuesto que un después chato, sin alternativa, que lentamente le fue apagando ese carácter que ya era bastante apagado de por sí.
Hasta entonces la señora Sonia había vivido en una especie de matrimonio muelle puro algodón rosado que mamá, no en su totalidad pero sí en algunos aspectos, seguramente llegaría a envidiar: vivir en Buenos Aires sin sobresaltos económicos, frecuentar lugares de moda...
           
Después de esa hecatombe también cambió la estética de su mano derecha: no más cintillo, no más alianza. Sí un anillo de piedra oscura heredado de su madre, que vino a enlutar su mano para siempre. Y las esclavas seguramente habrían quedado guardadas en algún cajón de abajo de su cómoda, o quizá se las habría dado a las hijas para que las fundieran y se hicieran algún broche o algún anillo sin historia. Porque, como ella decía: Cuando el oro se funde se recompone la materia y no hay historia triste que no se volatilice.
El marido era hombre mundano, como de negocios. No bastó que un día se le apareciera con un tapado de patitas de astracán. Alguien había destapado la olla y, como él luego declaría, ese affaire sin importancia, que podría haberse mantenido indefinidamente oculto, quedó totalmente a la intemperie. A partir de esa revelación que para ella fue el escándalo, la señora Sonia, muy a su pesar, pidió el divorcio y jamás dio un paso atrás. Pasaron los años y ella siguió siéndole fiel a su ex marido hasta la muerte, porque la señora Sonia, tal como ella se jactaba, pertenecía a esa raza de mujeres de un solo hombre.
Ahora, con su anillo de piedra negra, después del café empezaron a bisbisear con mamá acerca de esos rumores que circulaban en torno al a-pa-ren-te suicidio de Juancito Duarte. Lo habían encontrado sin vida en su departamento. Se había suicidado con un balazo en la sien. Circulaban rumores al respecto que no se atrevieron a pronunciar ni siquiera en voz baja porque Celina podía estar cerca. Los diarios sí dijeron. Entre otras cosas atribuyeron a Juancito Duarte ciertos negociados con la carne. Por otra parte se decía que habría también otro motivo para suicidarse, que padecía de... Y a esta última palabra no la pude oír porque la señora Sonia la dijo ruborizándose y con una pronunciación pastosa, difícil, excesiva para su vocabulario. Adiviné que presumiblemente sería una enfermedad secreta. Elevando su voz nasal, en esa oportunidad la señora Sonia remató: Al fin y al cabo, ché, él era soltero. Imaginátelo, en medio de tanto poder... Esto último dicho con desenfado. Ella conocía el paño. No sólo Alberto... Estoy segura de que lo pensó en esa fracción de minuto que quedó en silencio, pero no llegó a decirlo. Poroto... También Poroto, su propio hermano, era un calavera. Él sí podía hacer su vida sin problemas, total no tenía a nadie a quien rendirle cuentas. En ese otro breve silencio que hizo, para mí completé: No como Alberto.

Ya en un tono aún más bajo le confió a mamá que ella también había tenido miedo de que este ex marido misterioso (lo de ex lo dijo con énfasis, con convicción) durante sus frecuentes desapariciones, siempre de negocios, tomara contacto con mujeres de la noche, que son como una bomba de tiempo, vaya a saber si alguna de ellas no estaría infectada. Al fin y al cabo en este aspecto la separación tenía su aspecto positivo, le venía a traer esa tranquilidad de mar de aceite que le duraría hasta la muerte.

Mamá sirvió el té con los alfajorcitos de maizena que a la mañana había hecho Celina, y yo seguí tratando de escuchar sin entender mucho lo que decían. Como música de fondo mamá había puesto en el combinado El lago de los cisnes que me entristecía tanto... No obstante eso, fui yo quien dio vuelta el disco, quizá con la determinación de ir hasta el fondo de mi tristeza, que hoy calificaría de in-des-crip-ti-ble.
Casi sin oír la música, ellas hablaban muy quedo. También podían oírse a pesar de la música sus frecuentes silencios breves. En un momento dado la señora Sonia le dijo a mamá que toda discreción era poca, que en Buenos Aires sólo se podía hablar con libertad entre personas de extrema confianza, que cuando uno hablaba por teléfono se podía sentir en el auricular el fuelle asmático de la respiración de la telefonista.
Oí también que la señora Sonia le decía a mamá que uno no podía confiarse mucho en las telefonistas que, por buenísimas personas que fueran, nunca faltaba alguien que las pudiera sonsacar.
Porque a esta altura, ché, hasta las paredes oyen, dijo entonces la señora Sonia cambiando de posición y sonando pulseras que ya no eran las esclavas. Mamá se levantó como accionada por un resorte y comprobó desde la puerta que Celina, dos cuartos más allá e indiferente, se ocupaba de sacar brillo a los cubiertos de alpaca mientras tarareaba bajito Desde el alma.


PÁGINA 6 –POESÍA ARGENTINA

OLGA LILIANA REINOSO
(General Pico-La Pampa-Argentina)

UBUNTU

Ubuntu corazón
aunque las lluvias
aunque el rastrero andar del miserable
aunque la injuria
y la maldita boca
que escupe hieles
por su abismo interno.
Ubuntu corazón
aunque las llamas
quieran incinerar tus ojos buenos
siempre habrá un fuego amigo
que te abrace
para darte calor
y abrazo eterno.
Ubuntu corazón
mandala al córner
a esa pelota lanzada con la furia
del destetado en medio de la noche.
Ubuntu corazón.
Lanza tus luces
tu palabra de fe
tu digna risa
tu caricia mil veces bienhechora
para la piel del mundo
que te espera.
Ubuntu corazón
seca tu llanto
que tus lágrimas sólo laven el alma
del ser impuro y malquerido
al que perdonas.
Porque entiendes que daña el más dañado.
Entonces, compasión y enhorabuena.
Vos sos candil
sos brisa
y eufonía.
Ubuntu corazón
honra la vida.

NUESTRA 

La menstruación
entraña en su goteo
la verdadera historia de cada mujer.
Sabe de sus preludios 
de los placeres iniciales
y de amargos secretos;
aquel primer dolor
o aquel presagio,
el miedo al abandono,
los temblores,
el deseo logrado
o la desgana.
Es la señal de identidad
la savia roja 
que forja en dulce yunque
cóncavos recipientes 
para alojar la música.

Surca el valle secreto 
baja por la hondonada
y esculpe los pezones
de ínfima cordillera.
Amanece la vida
al silenciar su llanto.
Y un orgullo creciente
mece las nueve lunas.

Vencimos el mutismo
y nos fuimos nombrando.
Sin pudor, con coraje.

Palabras luminosas,
vitales, femeninas.

MUJER HECHA A MANO

Ignota Incomprendida
Sólo yo
Nadie Nunca
Pequeña
Dolorosa
Me hice a la mar
 A nado, a nada.
Me salvé del naufragio
De seres mitológicos.
Eludí tiburones
Nadé varios estilos
Sin saber Sin querer
Me morí tantas veces
Que ya perdí la cuenta
Fui mi primera víctima
Mi tortura
Mi llanto.
Lo tuve todo y lo perdí de golpe.
Anochecí de día, de mañana
Lloví a cántaros
Nevé en pleno verano.
Fui combustión y frío
Fui desvelo y autismo
Me suicidé viviendo
En los cafés sin gente
Inventé un microcosmos
Luché contra el oráculo
Desafié al Minotauro
Con el hilo de Ariadna
Ahorqué mis sentimientos
Perdí todas las guerras
Las batallas
Defendí causas muertas
Creí en mis asesinos
Tuve sexo a destajo y después me asexué
Anduve en las cornisas
De los gatos huraños
Fui perro vagabundo
Fui insecto
Fui paloma
Y alcé el vuelo
Hasta el oculto nido del deseo
Mi deseo sagrado
No traicionarme nunca
Lo violé algunas veces, muy pocas, casi nunca
Y me erigí en muralla
De cara a todo el viento
Desagoté mi sangre
Viví el coito más duro
Con el dolor en llamas
Y hoy descubro la hermosa fortaleza
La vulnerabilidad abigarrada
El arma secreta.
Canto a viva voz
La canción del triunfo mi himno favorito
La bandera enhiesta
Mi estandarte íntimo.
Fui contra el destino Y armé mi destino
Soy lo que me hicieron
Pero sobre todo Soy lo que yo hice
Y estoy orgullosa
Soy la millonaria vestida en harapos
Pero construí puentes a la luna llena.
Superávit  de alma De amor y demencia.


Me gustan las librerías. Me encantan. Me quitan el aire.
Me gusta recorrerlas despacio, como acariciando un cuerpo amado y deseado.
 Nunca vi tan refinada mixtura entre lo sagrado y lo profano, un poco de templo y otro poco de albergue transitorio, como en las librerías.
 Entro con adoración y expectativa de placer.
Las librerías tienen un olor irrepetible, un silencio elocuente, un colorido entrañable y el misterio, sobre todo, el misterio.
No importa si los libros son nuevos, artesanales, usados, incunables.
La magia está en el aire, desde el foquito de luz macilenta o los tubos enceguecedores hasta el piso, el machimbre que se queja como un fueye, acompañando el tango abolerado de los pasos.
Si espío los ojos y las manos de los paseantes descubro  gula, misticismo, avidez, ternura, religiosidad.
Porque esos rincones son una invitación al viaje, al vuelo, a la imaginación intrépida.
Ando por los pasillos, inclinada sobre las mesas o empinándome frente a los anaqueles, leyendo títulos, nombres que  producen un cosquilleo y un temblor, devorando las contratapas en busca de la clave, de la cifra.
Y de pronto, elijo un nombre desconocido porque algo me llama, me convoca y porque cuando me sumerja entre esas páginas va a comenzar una aventura.
O busco ese nombre venerado que viene con garantía de éxtasis o voladura de sesos.
Nunca salgo con las manos vacías. Siempre salgo con el corazón en vilo.


MIRIAM CAIRO
(San Nicolás-Buenos Aires-Argentina)

CABEZA ABAJO

El cielo cabeza abajo arrastra todavía la noche que se va forzadamente.
Aguas jabonosas.
Algo se desliza hacia el plano inferior de los abismos.
El hombre cabeza arriba empieza a cansarse sin nada que hacer. Se pone cabeza abajo y es aspirado por la boca del espacio. Ardiendo de curiosidad se deja caer con la lentitud de una lluvia desvanecida.
Todo lo que viene de abajo viene con fuerza.
El dios de las miradas cabeza abajo.
Basta cerrar los ojos para ver.
Las grandes orlas de suspiros.
El ano florecido de amor.
La baba espesa de homenajes.
El Sena se parece al Támesis.
El hombre más bello del mundo se parece al barrendero más cansado del mundo.
La enamorada del muro cabeza abajo.
Algo planeado pero no las heridas.
El pez manco cabeza abajo.
El gato cabeza abajo es hermoso y unas niñas le dan de comer una manzana púrpura y dorada, que ilumina la calle de un barrio chino.
Mucho más allá del interior está el exterior, a menudo tan convincente como la manzana púrpura y dorada que le da ánimo al gato para levantar la cabeza y buscarla. Pero las niñas lo aprietan contra el suelo porque creen que es un gato fantasma y le abren la boca un poco más para sacarle todas las mentiras de la garganta.
La respiración cabeza abajo.
La sed cabeza abajo.
El corazón cabeza abajo.
La luna cabeza abajo muerde la flor que tiene en la boca.
La noche cabeza abajo no se queja.
El vampiro cabeza abajo lee el libro de Georges Schéhadé en una ciudad caliente. Lee un poema al azar. El calor es sofocante. De buena gana volvería a Transilvania, pero no va a volver, al menos no ahora. La mujer trae la cena y el vampiro apenas levanta la cabeza. La mirada recorre desde los tobillos hasta el escote de la mujer que lleva un short estampado y una blusa violeta. El vampiro cree ver peces rojos en el cuello. Si ella duerme, que duerma con los relámpagos. El trayecto entre los pies y el escote dura una eternidad. Justo antes de llegar al cuello, encuentra unas rosas de tonos dorados y marrones que hacen daño si se miran mucho rato. Entonces el vampiro cierra los ojos y vuelve al libro de Schéhadé. "La patria de los poetas es su lengua," repite para contrarrestar ese olor de sangre femenina que se le mete en la memoria.
Las clepsidras cabeza abajo.
Una tarde anterior a las orillas.
El esternón cabeza abajo.
Un mendigo anterior a la pobreza.
El esquema de uno mismo cabeza abajo.
Un hilo emboscado en el ovillo.
La vecina de enfrente cabeza abajo no sabe que ella es así. Si otro la mira parece decapitada. Si se mira ella muere.
Las frecuencias velocísimas de la realidad cabeza abajo.
La mujer sobre el parqué cabeza abajo.
La flor roja abre su mente cabeza abajo.
El cisne cabeza abajo.
La sombra está desconcertada.
La vampiresa cabeza abajo mira por debajo de las piernas al tipo que le sonríe. Ella dice no. El dice sí. Ella dice sí. El dice no. Ella finge sí pero es no. El finge no pero es sí. Tal vez gritan un poco. Tal vez beben ávidamente de un mismo vaso. Tal vez el tipo la abre en dos para tragarla.
El que escribe cabeza abajo.
El cubilete de las constelaciones cabeza abajo.
La cordura cabeza abajo.
La aparecida en un sueño cabeza abajo.
La perra azul cabeza abajo.
El perro negro con su idea fija.
La perra azul es más blanca que la luna.
El dragón cabeza abajo arroja la red de pescar estrellas. Es curioso. No recuerda nada de su madre ni de su padre. Dice que es imposible que alguna vez hayan vivido. El ruido de la lluvia de nuevo en plena noche. Un despertador suena en la mesa de luz. El dragón estira el brazo sin interrumpir la pesca. Aún no son las seis. El cielo arrastra todavía la noche. Mira la pared. Velas imaginarias. Tal y como está cabeza abajo, durante el tiempo que sea, pescando estrellas, imaginando velas durante el tiempo que sea, esperando despertar durante el tiempo que sea, goteando desde los labios durante el tiempo que sea.
Los ángeles cabeza abajo.
Las cronologías cabeza abajo.
Los jazmines del cabo cabeza abajo.
Las nubes cabeza abajo.
Las flores cabeza abajo.
Los muertos cabeza abajo
El corazón cabeza abajo
El sexo cabeza abajo
El mundo cabeza abajo
Los sueños cabeza abajo.
El destino cabeza abajo.
La mujer cabeza abajo evoca los agapantos
detrás de los cuales una vez se escondió
con sus letras minúsculas y salvajes.

PERFIL POSIBLE

Nací del vientre de las mujeres del mar,
tengo un cabello marino,
salitroso, yodado.

Nací de las mujeres expatriadas,
me arraigo a la geografía sin nombre,
al punto cardinal del miedo.

Nací del vientre de las mendigas,
toco dedos que a tientas buscan
una forma de sueño, algo que no acabe.

Nací de las madres de los jueves,
agito manos que llaman al pasado
y empuñan la memoria como un sable.

Nací del vientre de la isleña
y tengo los ojos mojados del Paraná.

Nací de la madre aborigen,
silencio sagrado en la boca pagana.

Nací del vientre de viejos poemas,
camino piernas de reloj,
piernas de piano, piernas aladas.
Persigo senderos que llevan
a donde ninguna rosa de los vientos
podría señalar.


PÁGINA 7 – ENSAYO

ANTONIO MUÑOZ MOLINA
Premio Príncipe de Asturias de las Letras
Oviedo, 25 de octubre de 2013

Escribir empieza siendo casi siempre un sueño o un capricho o una vocación imaginaria. Pero el sueño, el deseo, el capricho, no llegan a cuajar en nada si no se convierte en un oficio. Un oficio, cualquier oficio, requiere una inclinación poderosa y un largo aprendizaje. Un oficio es una tarea que unas veces resulta agotadora o tediosa por la paciencia y el esfuerzo sostenido que exige, pero que también depara, cuando las cosas salen bien, momentos de plenitud, y permite entonces la recompensa de un descanso que es más placentero porque se siente bien ganado, al menos hasta cierto punto. Digo hasta cierto punto porque todo el que se dedica plenamente a un oficio sabe que siempre hay una distancia grande entre las mejores posibilidades de un proyecto y su realización, igual que hay descubrimientos con los que no se contaba. Un oficio es una tarea práctica: uno hace algo que le gusta y que a costa de aprendizaje y empeño ha logrado hacer con cierta garantía de solvencia, pero no lo hace para sí mismo, por mucho que esa tarea la haga a solas y que en el simple hecho de llevarla a cabo haya una satisfacción privada. El resultado que se obtiene de ella alcanza una existencia objetiva, independiente de quien la realizó, y pasa a integrarse beneficiosamente en las vidas de sus destinatarios: un instrumento musical o una partitura, una herramienta, una mesa, una historia, un cuaderno, un cuadro, un cuenco de barro, una fotografía, un hallazgo científico, un paso de danza, la cura de una enfermedad, un prodigio deportivo, un plato bien cocinado, una pirámide de alcachofas en el escaparate de una frutería.

Hay algunas singularidades en el oficio de escribir, como las hay en cualquier otro. La primera es que la necesidad humana que satisface es una de las más intangibles, aunque también una de las más universales: la de saber historias y la de contarlas, es decir, dar una forma inteligible al mundo mediante las palabras. Una historia, de ficción o no, propone un modelo universal de un cierto campo de la experiencia a partir de la observación de los datos particulares de la vida. Del mismo modo actúa el científico, elaborando modelos teóricos derivados de la observación y la experimentación, que sirvan, doblemente, para explicar y predecir. En las sociedades primitivas o antiguas el mito es el modelo de explicación y predicción de los comportamientos humanos.

Nuestra variedad moderna del mito es la ficción, en todas sus variedades, desde las más banales, más toscas, más comerciales y efímeras, hasta las más hondas y exigentes, desde la telenovela y el videojuego a Don Quijote o Moby-Dick o a un cuento de mi querida Alice Munro.

Nos dedicamos, pues, a un oficio más antiguo y más útil de lo que parece. También a un oficio mucho más incierto. Porque en él, y esta es su segunda singularidad, la experiencia no ofrece ninguna garantía, y puede haber una divergencia escandalosa entre el mérito y el reconocimiento.

Quien escribe sabe que ha de dedicar a su oficio tantas horas y tantos años como un artesano al suyo, y que sin esa dedicación no logrará completar nada de valor. Pero también sabe que la entrega, por sí misma, no garantiza la calidad del resultado, porque la experiencia y la dedicación pueden conducirlo al amaneramiento anquilosado y a la parodia de sí mismo. Y también sabe que lo mejor unas veces es reconocido de inmediato y otras veces es ignorado, y que lo que parecía mejor a veces se desmorona al cabo de muy poco tiempo, y que una extraña justicia tardía alumbra mucho tiempo después, sin compensación posible, al talento verdadero que no brilló en vida.

El desaliento ante las incertidumbres del oficio se acentúa más en tiempos de incertidumbres tan amargas como estos. Es difícil hablar de la perseverancia y el gusto del trabajo en un país en el que tantos millones de personas carecen angustiosamente de él. Es casi frívolo divagar sobre la falta de correspondencia entre el mérito y el éxito en literatura en un mundo donde los que trabajan ven menguados sus salarios mientras los más pudientes aumentan obscenamente sus beneficios, en un país asolado por una crisis cuyos responsables quedan impunes mientras sus víctimas no reciben justicia, donde la rectitud y la tarea bien hecha tantas veces cuentan menos que la trampa o la conexión clientelar; un país donde las formas más contemporáneas de demagogia han reverdecido el antiguo desprecio por el trabajo intelectual y conocimiento.

Aun así, y dejando las responsabilidades de la ciudadanía en el lugar que les corresponde, el único remedio aceptable que conozco contra el desaliento del oficio es el oficio mismo. Escribir poniendo artesanalmente en cada palabra los cinco sentidos. Escribir sin concederse la menor indulgencia.

Escribir aceptando y disfrutando la soledad y agradeciendo el entramado de otros oficios fundamentales que lo convierten en uno de los oficios menos solitarios y más colectivos del mundo, como es solitario y colectivo el del músico y el del científico; agradeciendo el oficio del editor, del corrector de pruebas, del traductor, del librero, del crítico, el de otros escritores de los que uno aprende admirándolos, el oficio del que enseña a leer y del que trasmite en un aula el amor por la literatura; agradeciendo el oficio más placentero de todos, que es el del lector. Escribir con el miedo a no tener lectores y con el miedo a perderlos, sobreponiéndose lo mismo a los elogios que a las heridas. Escribir porque a pesar de todas las negaciones y las imposibilidades la escritura, como cualquier oficio, es sobre todo un acto de afirmación. Escribir porque sí.

En 1981 se entregaron por primera vez estos premios y vuestra alteza presidió en ellos su primer acto público. Aún se vivía entonces bajo el trauma sombrío y reciente de una tentativa de golpe de estado. En su discurso de agradecimiento, el poeta José Hierro aludió con alegría y alivio, pero también con plena conciencia del peligro, al “aire de libertad que respiramos”. Ese aire, a pesar de todos los pesares, lo seguimos respirando 32 años después, que constituyen el período más largo de libertad que se ha conocido en la historia entera de nuestro país. Es importante recordar estas cosas ahora, cuando el porvenir parece en muchas cosas tan incierto como entonces. En este tiempo se ha hecho adulta la generación entera que nacía por entonces, que es la de mis hijos. Sus vidas son ya más difíciles de lo que imaginábamos hace sólo unos años, pero es importante recordar que también aquellos tiempos de 1981 nos parecían amenazadores cuando nosotros los vivíamos. Y sin embargo no hemos dejado de respirar el aire de libertad que celebraba José Hierro. Sin esa respiración no habría sido posible la generación literaria a la que yo pertenezco. Incluso nos hemos acostumbrado tanto a ella que corremos el peligro de no saber ya apreciarla.

Es nuestra responsabilidad salvar lo que ganamos gracias a que muchas personas hicieron y hacen bien sus oficios, privados y públicos; y también reflexionar con urgencia sobre todos los errores, todas las inercias y descuidos que necesitamos corregir. En esa tarea los oficios de las palabras podrán ser más útiles que nunca.


PÁGINA 8 – CUENTO

EVA MARÍA MEDINA MORENO
(Madrid-España)

THE LADY OF SHALOTT

Sus ojos atraparon su pensamiento. Deseó huir con ella en ese barco y esperar a que se extinguiese la llama de la última vela que quedaba encendida. Sufrir tu dolor, pensó Elizabeth. Vivir con intensidad el momento que precede al olvido mismo; un instante de perpetuidad.
Los ojos del cuadro no pedían nada, pero ella sentía, al observarlos, formar parte de la historia, aunque supiese que aquella mujer no la necesitaba, que realizaría sola su viaje. Se oyó decirle: «No sueltes la cadena, no lo hagas, por favor, no lo hagas».
«Basado en el poema de Alfred Tennyson The Lady of Shalott», leía, «sobre la leyenda artúrica de Elaine of Astolat, que encerrada en una torre un hechizo la obliga a mirar el mundo a través de un espejo. Cuando Elaine ve a Lancelot se enamora, mira por la ventana y...» Tener el valor de mirar la vida de frente, sin reflejos falsos, mata, pensó Elizabeth. El paso de la inocencia a la madurez, mata. El paso del yo al , mata. Se acercó al cuadro; dos pájaros volaban cerca de la cadena que Elaine tenía agarrada. Juncos partidos, el rojo de la tela. En la proa, el crucifijo, tres velas y un candil casi apagado.
Unos cuantos pasos más, más atrás. Elizabeth miró esos ojos marrones, caídos, bajos, y la expresión de esa boca; desaliento sereno, resignado. El barco, los árboles, el ruido del agua, los pájaros y, antes de llegar a Camelot, la muerte.
Encontrar algo que le salve. Pero no se podía hacer nada, la vela que quedaba encendida se apagaría. La ventana, si no hubieras mirado…
La luz en un cuadro, en la pared de enfrente, le hizo acercarse. La luminosidad en los colores, las plantas, el cielo, en el pelaje de las ovejas, que le parecía tocarlo, ¿cómo lo habría logrado? Minucioso en las ramas, en los nervios de las hojas, que de tan perfectas se hacían irreales; un aura onírica, un sueño en el que se adentraba como personaje de la obra. Olía el mar, las ovejas, sus balidos. Algunas de ellas la miraban directamente a los ojos, haciéndole participar en la escena. «El prerrafaelismo», leyó, «tiene un solo principio, el de absoluta y obstinada veracidad en todo lo que hace, alcanzada gracias a trabajarlo todo, hasta el más mínimo detalle, del natural y solo del natural. Cada fondo de paisaje prerrafaelita se pinta hasta la última pincelada al aire libre, a partir del propio motivo». Lo consiguen, se dijo, ¿y la sensación de ensueño?
Ophelia también tenía algo de irreal, una capa traslúcida filtrándose en cada detalle; en los juncos, las ramas, las hojas. Elizabeth se detuvo en la boca de Ophelia, entreabierta, y esas manos, en espera de algo que nunca llegó. Sus ojos, vacíos, no veían; eran muerte en sí mismos. Quería oír el rumor de la corriente del río, oler las flores, pero nada de eso ocurría. Ophelia la abandonaba. Pronto, le dijo, soñarás tu sueño. Pronto, muy pronto, te unirás a Lady Shalott y juntas remontaréis la corriente.
Miró alrededor. Fragmentos de figuras y colores se mezclaban. Sintió que los brazos le pesaban mucho, como si fuesen péndulos que sujetaran unas manos engrandecidas. Pinchazos en los hombros, los músculos tirando. Continuar, debo continuar. 
The Death of Chatterton. La muerte persiguiéndola. Ahora, un poeta. La curva de su brazo señala hacia el frasco, ya vacío, de veneno. El rostro de cera, su cuerpo, el pelo rojo, el baúl, papeles rotos; la belleza de una muerte prematura.
El punto de fuga, la ventana; esa ventana entreabierta que da a la ciudad. Elizabeth observó la cara de Chatterton; sosiego y algo de felicidad escapándose de los labios. La muerte como salvación.
De ese ático oscuro pasó a una sala abigarrada. En el centro, una mujer; los ojos abiertos, muy abiertos, y la boca en actitud de acogida, de entrega. «La mujer se levanta del regazo de su amante cuando su conciencia despierta. Mira por la ventana y esa mirada al exterior la salva».
Lo externo, se dijo Elizabeth, acoge o mata. Y mientras lo decía sintió una especie de trasformación. Como si el oculista le fuera cambiando de lentes; cada lente, un cuadro. El observarlos la enfrentaba a sí misma y aunque punzaba; seguir, avanzar.
Al fijarse en la serie Past and Present Elizabeth advirtió que los cuadros oscurecían. En el primero, de colores algo más vivos, el marido recibe una carta; su mujer le ha sido infiel. Pasan cinco años. Los otros dos lienzos reflejan una noche, quince días después de la muerte del padre. En el uno, las hijas, en un dormitorio humilde, rezan por su madre; la mayor mira a la luna. En otro, la madre, con un niño en brazos, bajo un puente; los ojos sobre esa misma luna.
La última frase dando vueltas. «El espectador es el que decide si debe o no debe sentir compasión por ella». Como una lavadora cuando centrifuga Elizabeth dijo: «se ríen de nosotras, siempre lo han hecho».
Después de dos o tres cuadros, le atrajo uno color siena. Oyó música, en su interior, Beethoven, pero no se acordaba, hasta gritar: «Sonata para piano nº 14». El primer movimiento envolvía a La Pia de Tolomei. La música narrando. Una mujer rodeada de hiedra, mirada inerte, cabeza baja; un rostro que refleja desengaño. El marido la ha encerrado; después la envenenará. La mujer, pensó Elizabeth, con esa carga real, innata, de resignación. La música sigue sonando. Adagio sostenido.
Se sentó. Le dolía la cabeza. Demasiada pintura, se dijo. De pronto, surgieron las caras, agolpándose. La de Medea, la de Isabella, la de Proserpina. Elizabeth sentía que la culpabilizaban. Luego, las risas. Las manos de Medea intentando agarrarla. Ella, se encogía. Los ojos de Proserpina sobre los suyos. Las palabras de Isabella, «lo mataron». Ella, se encogía.
Se apretó las sienes hasta conseguir acallar las voces, alejar las imágenes. The Lady of Shalott, frente a ella. Lo miró. Sus ojos clavados en esa cara que le contaba, le contaba. Como una revelación, los rostros de los cuadros formaron una sola cara, la de Elaine. Todo imaginado, vivido en imágenes, en esa torre donde la realidad era sombra.
Se escuchó como si esa voz no fuese suya, como si viniera de siglos atrás, «que el morir solo sea el final, no el principio». Miró a Lady Shalott y le dijo: «Yo también estoy harta de sombras».


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

MIGUEL ANGEL MORELLI
(Coronel Suárez-Buenos Aires-Argentina)

4. ELOGIO A LA DIALÉCTICA

toda palabra es un gesto que se ha muerto |
un gesto caído de los ojos para siempre

todo ojo es un vacío que nos sueña |
una espejo que en las noches se enciende con los besos

todo beso rompe el gesto de los ojos cuando el fuego
apaga las palabras que caen del espejo

5. LAS PALABRAS

"imaginar un lenguaje es imaginar también una forma de vida"
L. Wittgenstein


son una lluvia de fuego | de infinitos copos de fuego
derramados por la lengua de quienes maldicen al mundo

son pequeñas islas de luz atrapadas entre silencios |
oscuros laberintos donde el poema nace o se despeña para siempre

y son | también | las voluptuosas catedrales del alma |
la eterna porfía del hombre que arremete contra el tiempo

ah las palabras | esas venganzas de dios
que existen en el mundo para que el mundo exista

6. PENSAR EL SER, NOMBRAR LO SAGRADO

más allá de estos cielos despiadados | por encima de sus huecos y sus dioses |
otros mundos nos esperan para ser:
como mudos testigos de viejos naufragios
aguardan un pensamiento que los roce |
la boca que les preste sus palabras | el ojo que los descubra como soles nuevos |
como estrellas que jamás han existido

y sé, también, que dentro de estas cuatro paredes que levanta la locura |
hundidos y expectantes | ocultos en sus propias naderías
otros mundos nos revelan lo sensible y luego huyen, se evapora |
eluden la luz cada que el verbo los atrapa | cuando la efímera razón lo toca


LUIS MARÍA LETTIERI
(Temperley-Buenos Aires-Argentina)


HUESOS.

Por la memoria relativa de los huesos
y los humos que invaden nuestras noches,
nada es tan importante al antojadizo día
como restarle importancias a las cosas.

Hay relojes invisibles degollando minutos,
truncas escaleras de caracol sin faros
hurgando la infinitud celeste.
En vano, todo eso es en vano...
Las huellas confusas del pasado,
el sol lamiendo la desértica salina,
y la lluvia, cayendo sobre el pinar incendiado.
El barro infausto de los dioses,
los túmulos y los altares consagrados,
el amor que nos hemos tenido,
el fuego del verano, el frío de invierno...
el oro de la carne, que se avieja y sufre
el cristalino mirar enredado en la opacidad
de los secretos tules que bordan
las noches y entre sí sufilan los días.

Qué fuimos? nosotros que nos creímos todo...
Qué resta? me pregunto, al borde del abismo
y sé que dentro mío ya no queda nada.

Oigo el eco de los viejos juramentos
junto al muro de estuco, la corona de laureles:
de aquella fausta gloria sólo quedan las espinas,
y los juramentos se han vuelto remisas palabras.


Me intrusan la vigilia memorias inasibles,
son quizás las mismas que merodean la noche,
hechas con confusos trazos de tiza
dibujando sueños finales, y pesadillas.


Pero hay rutas en los huesos, astillas
que rumorean victorias o derrotas.
Ahí yace el último recuerdo de la vida,
esa mueca siniestra de la calavera
mirando absorta cielos invisibles
y sonriendo, con sus dientes amarillos.
Me recuerda que todo es posible
aún la felicidad efímera y viajera,
pero dando por segura, sólo a la muerte.

Huesos y bronces, mármoles y glorias
componen y descomponen nuestra historia.

Así, quizás mis huesos huelan a café
a gardenias degolladas a las 6 en punto,
laderas de lavandas e ignominias.
Y tus huesos huelan a malhabidos billetes
a la plata de Judas, al oro de Midas
o al hierro vetusto de las rejas
donde gime tu alma encarcelada.

Hay en la críptica intimidad de los espejos
runas y voces reservadas a pocos, vedadas a ninguno,
formas sutiles, curvas, prismas adamantinos
que azulan a los ojos la blancura de los haces.

Una febril inteligencia perversa trama
la sombra detrás de las siluetas,
y la muerte, allende la vida.

Nos hemos quedado solos, a pelo,
en páramos helados por la indiferencia,
las dagas que afila el odio ya brillan
en el cielo rojo de la tarde, y caen
como dragones, buscando lagos de fuego y sangre.

Solos y callados.
en patíbulos moribundos
vacíos, anudados a voraces horcas,
nudos finales, sobre horcas caudinas.

Entonces quedarán un tiempo más , ellos,
los huesos, surgiendo de las hedientas carnes.
Los tarsos diminutos, los fémures torcidos.
las sinceras costillas y las falsas,
la pátina sepia de las calaveras
los húmeros, asidos al sudario.

Brotarán de mis dulces tuétanos
blancas azucenas, carnosos geranios,
abriéndose paso entre la grama
para que coma el pájaro de mi quieta mano
o vuelva el cielo a mis ojos apagados.

Huesos que aparecen en escena
para la vista de quienes en vida
los han negado, con su proclama callada
y su millón y medio de silencios.

Nadie podrá entonces decir qué fue de mi vida,
al tiempo que nadie podrá ignorar
que entre las cosas que fueron
una vez, en un tiempo, en un lugar
yo también, a mi modo, he sido.

Me irás olvidando, en cada parpadeo,
y cada paso que des, te irás alejando,
todo beso que me has dado lleva
el falso sabor de uno más,
siendo que todo beso que se da,
siempre es un beso menos.



PÁGINA 10 – ENSAYO

CARLOS J. ALDAZABAL
(Salta-Argentina)

PERROS VIEJOS, PERROS JOVENES
(poetas, vanguardias y tradición)

uno

En un relato titulado Investigaciones de un perro Kafka coloca en palabras del narrador, un perro con pretensiones de científico, el siguiente comentario: “¿Y quién puede hablar en estos tiempos de juventud? Ellos fueron los verdaderos perros jóvenes, pero su única ambición se centraba en volverse perros viejos, cosa que no podía fallarles, como lo pueden demostrar las generaciones posteriores, y la nuestra, la última, mejor que ninguna”. Ellos, los verdaderos perros jóvenes, son los que comenzaron con la práctica científica en esta utópica sociedad de perros imaginada por Kafka. Traspasada esta idea al campo de la poesía y de nuestra sociedad humana el Ellos se convierte en las vanguardias estéticas de comienzos del siglo XX, los verdaderos poetas jóvenes, capaces de romper con la tradición canónica y de inaugurar una nueva práctica artística. Pero al igual que en el relato de Kafka, las vanguardias demostraron una ambición de perros viejos, la ambición de transformarse en la tradición del futuro. Y por supuesto, finalmente lo consiguieron, a pesar de no haber logrado destruir la tradición anterior.
La relación entre las distintas generaciones de artistas, entre los jóvenes irreverentes dispuestos a desterrar a los antepasados para empezar a contar desde cero a partir de sí mismos, relación que los verdaderos poetas jóvenes, los vanguardistas, tuvieron la oportunidad de desarrollar a pleno, es descripta con una irónica genialidad por Alfred Jarry, autor teatral de la saga del Padre Ubú y uno de los precursores del teatro del absurdo. En Cuestiones de teatro Jarry afirma: “Quienes son mayores que nosotros –título en base al cual los respetamos- han conocido en su vida ciertas obras que conservan el encanto de los objetos habituales, y nacieron con un alma ajustada a esas obras y garantizadas para durar hasta el año mil ochocientos ochenta...y tantos. Como ya no estamos en el siglo XVII no les daremos el empujón definitivo. Antes bien, esperaremos a que su alma, consecuente consigo misma y con los simulacros que rodearon su vida, acabe por extinguirse –en realidad no hemos esperado-, e iremos convirtiéndonos, a nuestra vez, en hombres graves y barrigudos, como un Ubú cualquiera, y después de publicar algunos libros que acabarán por convertirse en clásicos, terminaremos muy probablemente de alcaldes de pequeñas ciudades en las que los bomberos nos regalarán jarrones de Sèvres cuando se nos nombre académicos, y a nuestros nietos sus bigotes dentro de aterciopelados almohadones. Ninguna razón hay para que no suceda”.
El problema para los poetas jóvenes de hoy, los perros jóvenes del momento, es que no pueden encontrar anticuadas las propuestas estéticas de las generaciones anteriores porque la sucesión lineal, progresiva, de la concepción moderna del arte, se ha detenido para ser reemplazada por una multiplicidad de tiempos y propuestas estéticas, propuestas que varían según la tradición a la que se adscriba, pero que no logran imponerse como propuesta única, cosa que hasta mediados de este siglo todavía era posible.
Esta multiplicidad de tiempos poéticos se presenta, entonces, como la realidad de los poetas jóvenes contemporáneos, poetas jóvenes porque recién comienzan a apropiarse de una tradición para poder describir el mundo en el que habitan (y creo que esta definición deja afuera cuestiones cronológicas), porque están en el comienzo de una obra y no saben qué camino, qué tradición, es el más seguro para llegar a concluirla y porque sospechan, de algún modo, que ya no hay seguridades en ningún ámbito de la existencia y menos aún en el de la palabra.
Personalmente creo que la adscripción a una tradición determinada no lo es todo en la propuesta estética de un poeta: la imaginación, el lenguaje materno y cotidiano, la realidad social, los dolores y las alegrías, la sensibilidad frente a los otros, son los engranajes que se dejan aceitar por la tradición estética para construir una obra de arte. Sin esos engranajes queda la grasa y la vida termina embarrándose en viscosidades formales, simulacros estéticos que pueden convertir al pretendido artista en un excelente burócrata cultural pero nunca en un profeta, cazador de dragones o arquitecto del mundo.

dos

En Más allá del bien y del mal Nietzsche habla de los filósofos del futuro. Tratando de predecir el modo de ser de estos hombres del mañana (el mañana de Nietzsche, quizá nuestro presente) el autor de La genealogía de la moral llega a una conclusión que me parece muy cercana al panorama de la poesía argentina joven de hoy: “Lo que indudablemente no serán es dogmáticos. Su orgullo y su gusto rechazan la posibilidad de que su verdad haya de seguir siendo una verdad para todos, que es lo que hasta ahora ha sido el deseo inconfesado y el trasfondo de todas las aspiraciones dogmáticas”.
Este antidogmatismo es una de las características de nuestra época, a la que cierto sentido común filosófico ha denominado “posmoderna”. En efecto, la poesía joven de hoy, a la que voy a llamar en adelante poesía posmoderna, tiene como virtud la diversidad, la polifonía de voces que permite la democratización de los dogmas. Esto es lo positivo, y debería ser posible pensar en una convivencia armoniosa de diversas estéticas, algunas cultivadoras de la tradición poética canónica y otras inscriptas en los gestos rupturistas de las vanguardias.
Esto es lo positivo, y es lo mismo que celebra Nietzsche cuando piensa en lo filósofos del futuro. Pero también el antidogmatismo plantea diversos problemas. El principal es, paradójicamente, la indiferenciación. La descripción que hace Discépolo en Cambalache viene a cuento cuando se trata de explicar el “vale todo”, la promiscuidad formal que parece imperar en la poesía posmoderna si se mira la generalidad del fenómeno. Y no critico la variedad de temas y estilos. Al contrario: todo es materia de poema, siempre y cuando se pretenda escribir un poema y no una receta de cocina. Lo que cuestiono es la confusión, alimentada, sin duda, por la industria cultural y la hegemonía del sistema, que le quita al arte literario su especificidad, su peso.
Adorno, en la Teoría Estética, hablaba de la negatividad como la principal característica del arte moderno, lo que impediría que se confundan la pornografía y la publicidad con el arte. Ese arte, que ocupa un lugar específico de negación a lo naturalizado por la ideología, al sentido común, ese arte, verdadero y posible en la modernidad y claramente ejemplificado por las vanguardias estéticas, parece hoy haber perdido su lugar porque, reducido a mero gesto repetitivo, está tan gastado como las formas clásicas.
Banalizada por la publicidad, utilizada por el marketing o reducida a mero juego de lenguaje, celebratorio del fango con el que pretenden tapar sus restos antes de firmar su defunción, la poesía posmoderna desfila por los corredores de la cultura urgida por la necesidad de recobrar su espacio, su especificidad, sin perder, sin embargo, el antidogmatismo. Esa es la tarea: agregar a la polifonía la negatividad propia del arte de la que hablaba Adorno, negatividad que permite diferenciar un poema de una lista de compras, un ticket de caja o un mensaje de marketing destinado a crear consumidores gracias a la efectividad de frases bien escritas.
Y creo pertinente cerrar citando nuevamente a Nietzsche: “Al final sucederá lo que siempre ha ocurrido: lo grande es patrimonio de los grandes; los abismos de los profundos; las delicadezas y los estremecimientos de los sutiles; y, en general y brevemente, lo raro, de los raros”.


PÁGINA 11 – CUENTO

JOSÉ MANUEL FERNÁNDEZ PEQUEÑO
(Santiago de los Caballeros-República Dominicana)

IMPERFECCIONES

El tío Daniel jamás volvió a ser el mismo después que rompió aquella broca. En la refinería nadie se explica cómo pudo usar una de acero al carbono cuando el trabajo requería la de metal duro, eso dijo mi padre. Misterios, agrego yo, que los hay en todo y para todos. El caso es que el lunes siguiente el tío Daniel se negó a salir para el trabajo y fue entonces que nos enteramos de lo ocurrido. Él, usualmente tan alegre y metiche, caminaba por la casa como mirando hacia un lugar muy confuso que estaba dentro de sí mismo, y mi madre no tuvo más remedio que resolver un certificado con el médico de la familia donde se diagnosticaba que el tío Daniel sufría serios desórdenes hepáticos.

Admito que en los primeros días me alegró estar a salvo de sus burlas por los libros de mariquita que según él yo leía, pero casi enseguida sentí que extrañaba el movimiento constante de sus manos pequeñas y ágiles como arañas. Ahora colgaban paralizadas, vacías del poder que antes les había permitido arreglar lo que fuera en un abrir y cerrar de ojos, desde un tomacorriente hasta un tractor. Creo que esa fijación me hizo ser el primero en darme cuenta de que había comenzado a diluirse. El tío Daniel se iba haciendo cada vez más tenue, y llegó el día en que fue posible ver el mar a través de su espalda desnuda mientras él miraba por horas hacia allá lejos, donde humea la torre de la refinería. Cuando mi madre y el primito le preguntaban qué estaba pasando, solo conseguían de él un silencio y, ya de última, un balbuceo de borracho donde palabras como roca, toca, loca, boca se atropellaban con fragmentos del himno nacional o alguna canción de José José, cantante que siempre le había gustado con locura.

Fue mi padre quien nos explicó que, de haberlo obtenido este año, el tío Daniel hubiera sido el único técnico de la refinería en ser vanguardia por dieciséis años consecutivos. Lo explicó el día en que encontramos su ropa tirada en el piso del balcón y supimos que el tío Daniel se había desvanecido por completo. Era un gran técnico, explicó mi padre, y a él se le podía creer porque nunca se habían llevado bien. De hecho, no se hablaban desde el último día en que discutieron, hace un par de años quizás, y mi padre le gritó que la desgracia de esta familia había comenzado cuando el tío Daniel regresó con su hijo a vivir en la casa y a meterse en todo.

No dijo más mi padre, supongo que fuera porque el primito y yo estábamos delante, pero tampoco hizo falta. En esta familia hasta las gallinas saben que el difunto tío Daniel encontró a su mujer con otro tipo en el apartamento que le había dado la refinería cuando salió vanguardia por décima vez consecutiva. Fue entonces que vino a vivir con nosotros y trajo al primito. ¿Y saben lo peor del caso?, chismeaba mi madre a veces con las vecinas. Lo más duro, decía, era que aquella madrugada el tío Daniel no debió estar de guardia. Se había ofrecido voluntariamente para cubrir la ausencia del tipo que encontró en la cama con su mujer.

Ahora eso ha dejado de ser lo peor de todo. No lo son ni siquiera los cuentos que debemos repetir cada vez que llaman de la refinería preguntando por él o viene la gente del censo a verificar las bajas en la libreta de abastecimiento. Nada puede ser tan duro como ver a mi madre y al primito dando brazadas por toda la casa, esperanzados en tropezar con algo sólido, un resto minúsculo aunque sea de lo que fue el tío Daniel.


PÁGINA 12 – POESIA ARGENTINA

ALEJANDRA DIAZ
(Tucumán-Argentina)

NOTA

te escribo esta notita en el trozo de una servilleta que absorbe casi hasta diluir la tinta / sujeto el papel-banderita con un imán de manzana en la heladera
que riegues las plantas retires la ropa de la soga disperses las hojas secas para que la llovizna alimente la tierra
que camines despacio y tengas cuidado con las escaleras
dejé tostadas en una pequeña panera de mimbre / las cubrí con un papel igual la casa olía a ellas
me fui
detrás de mí quedó la puerta
de tu corazón cerrada /
la nota en realidad
cuando despertaste
no decía nada
yo
ya
no
estaba
ni vos.

INFANCIA

un secreto  temor  a   las   hormigas   acompañaba   la   siesta   del   duende
sin  embargo  seguía  esa   bulliciosa  pequeña  fila  zigzagueante  
había  algo  de  misterio  en  ellas  para  mí   /  sabía  que  se  contaban  cosas
me  encantaba  mirar  el  color  de  las  hojitas  o trocitos de pétalos
como  una  pesada carga  

era  infancia  entonces  /  había  comenzado  a  intentar  recordar  de  a  poco
(  eso  dicen - se  recuerda  /  se  va  despertando  como  de  un  largo  sueño)
recuerdo     picazón / ardor  que  me  causara  el  primer  intento  de  violentar
un  hormiguero    / montañita  vistosa  /

crucé  la  siesta  del  pueblo  donde  nací  detrás  de  estas  pequeñas  ceremonias

hay  tantas  en  el  recuerdo  que    todavía  uno  tiene  que  crecer  un  poco más
para  encontrarlas   de  nuevo 
desmemoriada   /  las  hormigas  / ese  secreto  temor
a  formar  fila  en  la  vida.


JORGE CARLOS ALEGRET
(Río Grande-Tierra del Fuego-Argentina)

De nuestras premoniciones quedan
los próximos instantes cancelados,
también una colección de cerrojos,
mímicas en los vidrios blindados
el flujo de los cuerpos que corroe
y digiere lo que el otro secuestra
en sus gestos; y amén, Madre,
por la ceguera de los interiores,
donde cesar y ser una sombra en escena.
Espacios que se sostienen
en las garras enguantadas,
las que mienten el deseo
en el vientre de las brujas, formas de ser
en cerros triples y carroña de dios.
Un habitar donde sólo habitan las cosas
–en el habla sin espesura–
con la densidad del amante desencantado.
¿Quién pena en los pasillos a medianoche?
Es el verdugo, que siempre pasa de largo, Señora.
Huele a sagrado en las escaleras,
la muerte de los muertos es el sentido,
ellos están en la sala y son puras siluetas
los perfiles afilados haciendo tajos
en los relatos de sí, en finos pliegues cristalinos
que desaparecen en crímenes elegantes,
en el templo mazmorra de los bienaventurados:
demonios y santos viejos que jalan juntos
polvo de alma. Entonces, es un saber
de sueños inversos, de cuerpo presente
o de tiempo recuperado en estatuas de sal
y retratos de damas con siete estigmas
con los pechos ardiendo en crepúsculos falsos
o en las bahías enfermas de piratas
nostálgicos de la muerte fácil del hierro
con los pulmones como sacos de brea.
Ahí vas, de azar vencido por las alfombras
quemadas de canabis, las bocas trémulas
de tanta fe de extravío. Cuerpos que se repliegan
en los cuerpos, enmascaramientos de postura
y buenos modales, las cabezas inmóviles
con sus rosarios y luceros vespertinos,
cabezas mudas de silencio cargado de greda
con pensares de clivajes fríos, bordes helados
y cristalitos que dibujan rostros en las ventanas
tan sucias de siglos sucias,
con tanta rapiña de vacío
en el afuera hecho dentro
(en la habitación sin puertas alguien husmea
la entrepierna carbonizada de una mucama)
Esos no pueden morirse, están de paso anclados,
¿qué mañana teorizar si junio no quiere irse,
si en la habitación repleta de bandurrias
se piensan los abriles fusilados?
¿Cuál es el nombre del hombre ciego?
No tienen nombres las miradas, mi Señora.
Siempre la canción de cuna del caos,
de aquella que se llamó Dolorosa
y fue la vía de la piedra en la espuma de mar,
hongos y escarabajos en las llagas de la tierra,
el velo que nos hace impenetrables
aunque coronados de orgasmos e imperios caídos
y sólo deja epifanías baratas,
como la mujer que se fue a Conneticut,
y ya no me duelas, joder, no te finjas de alba
o tan cenital, que ya estoy harto de la sombra
de los parientes, de la baraja de lo decisorio
y ese rincón en el tercer piso con otro cristo
vomitando humanidad inútil.
Duele lo trivial, la trampa del horizonte
abierto a tus ansias, con los pasillos al norte
para vejarte al oeste, mientras traición al sur
y pasajeros que se tratan de mercancía
mientras hablan de un dios en fuga (un vandermark,
ebrio de bordes), tan amables en el vaho
de cordero hervido con comino,
y discretos cuando los gemidos tras las puertas.
Componer tu papel en el film. Vas desnudo
vas herido de muerte, y no hay mueble que valga,
sólo un spot que te quema los ojos
y te saca los huesos afuera,
te disfraza de monstruo moribundo, la forma rota
al fin, esencia de vos buscando una boca
donde respirar, un discurso donde durar
un poco más, con tu nostalgia de Armani negro
y atmósferas sanguíneas, ella en la silla sujeta,
ojos de Garbo y axilas Kenzo. La nombrás
y ella te ofrece el secreto de lo grave,
y está todo tan sucio tras los cortinados de plomo.
Tonterías binarias, como cielo e infierno,
aquí Lucifer recuerda su primera escritura,
un solo rastro suave sobre las negras aguas,
y luego ser arrojado, como se arroja el Mundo,
para beber tragos y escupir novelas.
Si uno puede observar todos los acontecimientos
queda el póker en el segundo piso
mirar autos del ´50 derrapando sobre el ripo,
volteando maniquíes y donboscos,
esperando putas de cinco dólares,
u obispos vendiendo monjas canadienses.
El tiempo aquí es leve.
Por eso el amor se calcifica, Señora.
Es que todo lugar es escena, efectos
de nevizca en la nuca, mientras pasan las sombras,
las verdades del nombre cuando se desmonta.
No tengas miedo,
sólo son sombras entre el hedor de la juerga.
Hay niños encerrados en úteros artificiales,
y allí retozan con sus púas y explosivos;
no tengas miedo, podremos atravesarnos y ser mezclas
y humo drenando hacia el sur, a lo que de sur queda
cuando la mirada disuelta en la desmesura,
para ser agua, piedra, fuego o niebla, sur al fin,
asfixiado de avatares cartesianos, más o menos
aleatorios:/
el suicida es el modelo de pasajero,
educado en la muerte sorprendida, ya no más tiempo
comprimido/
como mi alma que se fue, sin trucos de uña y paladar
ni calvario que valga. Gente de hotel esta,
siempre de paseos inconclusos, buscando las presas
prometidas,/
las encías inflamadas, ojitos suspicaces en botellas de
vodka,/
lo que mata en lo profundo de las alambradas,
en los espejos mordidos por las pesadillas de los
conquistadores/
y los conquistados en la escenografía de los barrancos
y pistas de aterrizaje donde volverse materia política,
a quién le importa de qué lado del revólver estar?
si del origen sólo queda lo Obvio y la Forma
tus traducciones de Elliot
de las tardes de lluvia con mis muertos
enunciados en magia sucia,
gris de teodiceas, que así es el lunes atascado
sabiéndome de luto
amnésico y enamorado
repleto de hipnóticos y un romancero ilegible
con mis manías de eucaliptus sosteniendo el cielo
mis mareos de oporto y las piernas de mi prima
así jadeo, tan múltiple mientras “el hígado crece,
el cerebro envejece y hay algo muy raro en mi plato.
Dulce cadena, dulce condena. “Dios es todo
(no puede progresar)”. Y nadie abre.
Las ánimas reptan mostrando sus colmillos
entre la llovizna de polvo.
No vienen a buscarme.
Estar perdido no es suficiente, Señora.
Y pasan los que penan lo tangible,
los que penan en los baños de sal
los que penan en el catre de procusto
los que regresaron a buscar sus almas
y sembraron metano y abortos espontáneos.
Hotelito de diablos cojos, de calenturas contrariadas:
alguien traduce a Bridges y se le cruzan miembros
/totémicos
un párrafo de american psicho, un puente sobre el río
endurecido de agosto. Traduce lo que devora su intestino.
Apenas le queda la taza rozada por los labios de la reina
/muerta
la madre de los pueblos con sus cementerios confusos
metidos en las salas de estar y bajo la enagua de la abuela.
¿Qué palabras quedan en tu vientre de molle seco?
Sueñan con una pileta de morfina sus dilemas
entre íconos negros y una mesa para trece
donde se pudre la cena,
¿quién no quiere aquí robarle al dios
alguna revelación para vender en el extranjero?
Sí, extranjería, y entonces un poco de Schumman,
o la esperanza de una habitación vacía
donde encerrar las apariciones,
la repentina fisura en la piel de lo real
para entonces montar flamencos y crear islas y etcétera.
Pero no, sólo prójimo cancelado, dicho está,
odio microscópico
y la conspiración de los objetos que se quieren
reflejos desnudos. Ea, que aquí no valen carontes,
ni mujeres en las librerías de París. Sólo es mundo arrojado,
con sus puñales de geomería y espíritu de fineza
con sus milagros de hambre multiplicada, hambre de irse,
las que hablan de lo que no ha de hablarse
las que no tienen causa ni sucesión, las que te negarán
dándote tiempo de pájaro
y lengas barbadas a cambio de los despojos de ser
(allá afuera sólo pervive el saber de lo putrescible).
Mientras, se deshilacha un monólogo por el micrófono
de carbón
detrás de Joplin y los contrapuntos de las comadres
cubiertas con las mantillas negras que las protegen
del mal de ojo y de todo futuro.
Tal vez tendrás cierta densidad de sujeto productivo
alguna entidad para disolver imperativos
pero en este carnaval frío llevarás antifaz y peluca
por la sala de los espejos, signos para fingirte móvil
y jugar a las colisiones de amor y poder
con tus disfraces de Hamlet o Herzog, abandonado
con un abandono que se hace fe.
Nos estamos disipando.
No crea en todo lo que dice la radio, Señora.
Son pequeños colapsos en los que las relaciones peligrosas
se han reducido a amoblamientos y ciclos lunares. En fin,
barroco, realista, minimal, coloquial, místico, ideólogo,
qué más dá?
para un verbo que se torsiona en gato o lago o silogismo.
Mirar planetas sobre la estepa nevada,
creerse siempre en otra parte, migrando entre
habitaciones impares./
asustando con temores previsibles que aburren hasta la
muerte.
Ahora digo:
asciende tu falda
y cuánta religión hay
en las táctica de la cópula
grietas hambrientas
sed de exilio
tal vez herencia y basura de tiempo
en la que aparearse entre ratas
suponiendo tácticas de poder
y que te abandono, y que te reclamo
y que te secuestro, y que te legislo
en cajitas de madera te embrujo
y así te llevo a la noche junto al alerce
que la luz es ilusión de los que van a morir
y he de convencerte de la majestuosa locura del orden
por eso los relatos, las formas de ser lejanos
clavándonos en las alturas desiertas
donde viven las mujeres de metileno
y hombres cuya carne humea signos
volando sobre las ciudades en guerra
con sus bestias de párpados petrificados
ebrias de traiciones y de tedio, rodeando al mesías
que llora perdido por las calles vacías de su imperio.
Todos letras afuera
entre arenas negras
y un albatros de marfil,
en la intemperie de soles frígidos,
margen de voces rotas
que suenan a trenes
llevándose almas al río,
que es destino de alga
de escritura expulsada
o de ángel caído:
materia de estepa nunca mirada
letra afuera, el Desvío.
Diremos, pues, de las historias en reversa
y nos diremos de historia atravesados,
ya han huido los testigos
queda memoria molida
y volutas de pecados mortales
que el sol mece e incinera con dulzura.
Necesito salir.
Nunca salga hacia arriba, Señora.
Esteparios, andrajos que los vientos abandonan
entre las fiebres de argumento,
juegos de cadáveres ingeniosos
y claroscuros morales, un saxo aquí, un disparo,
la bella y el General, la cama del Juez,
quizás la polvareda de un falcon en Jaramillo,
pero están las ráfagas en los cristales
con sus lenguas lamiéndote las entrañas
con pasión de enfermedad terminal
entre madrugadas de borrachera
y el regreso a alguna mujer preñada
de greda y guijarros negros,
que son los argumentos para distraer lo sólido,
palabras para conjurar el barro que todo lo sostiene
(la falsa postura de una revolución mal parida)
¿dónde estaba lo otro cuando te miré a los ojos?
Quedan reflujos, vacío que gesta: serás la hendidura
(el sentido de lo divino es la finitud)
y, desde luego, el efecto final
con sus anhelos de fusión
de estar en vilo al borde las ingles
con arabescos de humo que adornan umbrales
donde suenan palmas siempre sincopadas.
De este lado, los pasajeros sueñan cortijos
con rodillas ávidas, los códigos secretos del escultor y el
/torero
circulando mudos entre los parloteos metálicos del viento
explicando el fin del mundo que, por incompleto,
siempre regresa.
Luego, ¿de qué hablan los kaikenes en julio?
Son secretos sobre piedras azules
chismorreos sobre los que de extravíos hicieron fundaciones
los que esperan el estío y escapar del cielo venido abajo.
Hablan de vos afuera
de cuerpo deshabitado
y te difaman de arcángel
o de idiota resurrecto, las retinas fundidas
y la mano izquierda amputada por si acaso.
–Ya nos vamos?
–Sólo otro escalón, Señora.
De manera que ya lo sabes:
las formas son clandestinas
lo que queda de la garganta desmontada por el espanto
algunos pasos leves de paraíso perdido
y tus escrituras de telaraña;
por eso insiste la razón, en simultáneo,
y hay condenas de lucero
dolorosos descensos a lo inerte.
Ya encienden las velas y suben las escaleras
los sujetos de lo seco y de la altura
son los relatos invisibles con ritmo de árbol muerto
las criaturas del sur en celo.


PÁGINA 13 – ENSAYO

PRÓLOGO ANTOLOGÍA NUEVOS POETAS EN ESPAÑOL

POESÍA ANTE LA INCERTIDUMBRE

El momento de la Historia que nos ha tocado vivir está marcado por la incertidumbre en todos los sentidos. Cuando pensábamos que el siglo XX agonizaba y con él los grandes temores y catástrofes capaces de minar la fe en la humanidad, no han surgido los puentes que destruyan nuestros precipicios. Al contrario, resulta más difícil intuirlos, imaginarlos. La incertidumbre parece abarcarlo todo: la política, la moral, la economía, las nuevas formas de comunicación que paradójicamente han provocado una mayor incomunicación… También las viejas utopías que parecieron realizables y llenaron de ilusión a millones de ciudadanos se han desmoronado mostrando sus miserias cuando han sido suplantadas por los hombres, añadiendo aún más incertidumbre a todo lo que nos rodea.
Nuestra generación está marcada por esta incertidumbre y creemos que es necesario hacer un alto en el camino, reflexionar, mirarnos a los ojos, establecer una cercanía menos artificial, más humana. La poesía puede arrojar algo de luz para alcanzar algunas certidumbres necesarias. “La poesía es un modo de ajustar cuentas con la realidad”, ha repetido muchas veces el poeta español Luis García Montero. Sin duda sucede así en los buenos poemas, aquellos que son capaces de provocar emoción, de conmover, de hacer pensar, de llenar un vacío que nos acompaña.
“Deseo expulsar de mí cualquiera palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”, escribió el mexicano Ramón López Velarde en 1916. Casi un siglo después, el poeta Joan Margarit trataba de explicar, porque realmente se hacía de nuevo necesario, que el límite de la poesía es el de la emoción.
La emoción no puede estar de moda. La emoción es universal e intemporal. Y la poesía tiene que emocionar. Ante tanta incertidumbre, para nuestra sorpresa, una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura. Como los hombres que rodeaban a Orfeo para escucharlo tocar su lira y de ese modo hacer descansar su alma, asisten a las preguntas de nuestro tiempo tratando de ignorarlas, entregándose al arte por el arte, renunciando a las preocupaciones que conmueven a la gente normal, a las almas que buscan respuestas, que rozan el milagro de la supervivencia y que se hacen preguntas, que sienten la incertidumbre en sus manos y en sus aspiraciones. Esa reacción de los artistas, de los poetas en particular, no es nueva. Los jóvenes siempre han tenido la tentación de contradecir a sus mayores en un arrebato adolescente en busca de construir sus identidades. En la poesía actual, ese camino supone oponerse a quienes tanto han trabajado para que la poesía se entienda, se humanice, se aproxime a la gente corriente. Si en la segunda mitad del siglo XX los mejores poetas de nuestra lengua abandonaron las liras y las torres de marfil, la poesía última, en busca de un nuevo camino, de una nueva actualidad literaria, se ha subido a un pedestal. En esta tarea se han visto legitimados por algunos poetas cuyos proyectos literarios fracasaron de manera estrepitosa precisamente por abrazar el barroquismo gratuito y la frivolidad de la moda literaria. Ahora buscan una segunda oportunidad elogiando lo que precisamente les condujo al callejón sin salida de las palabras huecas.
Queremos mostrar nuestra desolación ante esta dinámica que nos parece destructiva para la poesía porque conduce, de manera inevitable, a su deshumanización. Admiramos a poetas a los que hemos tenido o tenemos la suerte de conocer, como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Gonzalo Rojas, Claribel Alegría, José Hierro, Luis García Montero, Benjamín Prado (y los poetas de la conocida como Poesía de la Experiencia), Juan Manuel Roca, Marco Antonio Campos, Jorge Boccanera, José Emilio Pacheco, Mario Benedetti, Gioconda Belli, Oscar Hahn, Omar Lara, Waldo Leyva, Piedad Bonnett… Ellos siguieron el camino, la tradición literaria de Rafael Alberti, Antonio Machado, César Vallejo, el primer Octavio Paz, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Luis Cernuda… Son muchas las lecciones que pueden desprenderse de ese largo camino. Han escrito una poesía perfectamente entendible, han procurado reflexionar sobre el mundo que los rodeaba tratando de ordenarlo en un poema, han dialogado con sus fantasmas y con sus lectores, estableciendo una comunicación imprescindible en cualquier género literario, y han huido de las modas y de la actualidad poética, es decir, nunca han escrito contra nadie, no han tratado de ser novísimos. Estamos convencidos de que no se puede escribir poesía contra alguien, del mismo modo de que la peor idea de todas es escribir un poema sin ideas.
Los discursos fragmentarios, el irracionalismo como dogma y el abuso del artificio han supuesto la ruina de la poesía en muy diferentes etapas de la historia de la literatura. Han hecho tanto daño, que hoy la poesía está considerada como un género difícil que sólo leen los poetas, porque sólo parecen entenderse entre ellos como los habitantes de unas ínsulas extrañas.
Prueba de ello es el estado comatoso que tiene el panorama poético en la mayor parte de los países europeos, algunos de ellos con tradiciones literarias tan importantes como Italia o Francia. También es evidente la marginación que sufren los libros de poesía en cualquier espacio, ya sea una librería, un suplemento cultural, un periódico, una biblioteca… Los lectores empiezan a alejarse peligrosamente de la poesía, entre otras cosas porque cuando empezaban a intuir que se trataba de un género accesible, que transmitía emociones, algunos poetas de las nuevas generaciones están sembrando la oscuridad en la incertidumbre, eso por no mencionar las poéticas del silencio.
Cuando un poema no se entiende, el lector suele culparse a sí mismo, inducido por la idea generalizada de que el poeta es un ser con una sensibilidad diferente, superior. Una idea tan falsa como interesada. Si un poema no se entiende el único responsable es quien ha tratado de establecer la comunicación. O bien no ha sido capaz por sus limitaciones, o bien no lo ha conseguido porque no era su propósito, porque sólo buscaba la erudición y el artificio, algo que está bien visto, que tiene buena prensa y que provoca una palmadita en la espalda de la crítica, sumida en gran parte en la misma torpeza. Si un poema no se entiende, por lo general lo que sucede es que el poeta no ha hecho bien su trabajo. Los poetas somos personas normales, con los mismos temores y preocupaciones que el resto de los seres humanos, aunque tratemos de mirar con atención lo que nos rodea, buscando lo que hay detrás de la apariencia, para después afrontar el acto de incertidumbre que es escribir un poema que pueda arrojar algo de luz a la realidad.
Por estos motivos, todos los inventarios simbólicos artificiales que alejan a la poesía de su consustancial sentido comunicativo no hacen sino ocultar una falta de latido vital o de auténticas ideas. Los versos puros no necesitan disfraces ni simulada complejidad, simplemente redefinen las peculiaridades de la realidad sin abandonar jamás la atalaya de los sueños.
“Al lector se le llenaron de pronto los ojos de lágrimas, / y una voz cariñosa le susurró al oído: / —¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira? / Y él respondió: / —Lo sé; / pero lo que yo siento es de verdad”. Este poema de Ángel González resume de forma excepcional lo que entendemos como el milagro de la poesía, la capacidad de transmitir un sentimiento gracias al idioma y a los diferentes recursos que ofrece el género. Sin ese intento de transmitir emociones, de llenar un vacío, de reflexionar sobre el mundo, de convertirse en mil hombres; el poema está hueco, no tiene vida.
Hoy es necesario superar el artificio estéril y soso, el poema que no dice nada, el poema que enuncia y enuncia y jamás encuentra el sentido, la histeria por el experimento per se, la ingenua búsqueda de una “novedad” que jamás se halló.
La poesía nace, como todo arte, de un sentimiento humano universal como es el anhelo trascendente. Va mucho más allá de los atrevidos juegos de estilo o las oscuras construcciones lingüíticas que parecen facturados sólo para un selecto grupo de iniciados. La poesía ha pertenecido y pertenecerá siempre a la humanidad entera, es un caleidoscopio luminoso y claro que se adentra en los recovecos más recónditos de nuestra conciencia. Nace desde un yo poético pero se remansa indefectiblemente en el nosotros, creando ese espacio de comunicación universal que puede existir tan sólo entre corazones humanos liberados de escudos y armaduras. La poesía no encadena ni encorseta a su lector u oyente con fingimientos prefabricados o yuxtaposiciones carentes de significado íntimo. Al contrario, la poesía nos libera y nos reviste de nobleza, pues propicia la sensibilidad a los estímulos del mundo exterior.
En definitiva, somos partidarios de una poesía que formalmente incluso alcance el preciosismo. Pero creemos en una poesía que además comunique, que diga algo, que porte sentido. Una poesía que conmueva y, en el mejor de los casos, estremezca, cimbre, cumpla con el rigor de lo poético que pedía Robert Graves, cuando se refería a la diosa blanca: “El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca”. El poema entonces, también es un dictado, un puente hacia lo otro, hacia lo más. Quizá Borges, mitad con ironía, mitad en serio lo explique mejor cuando contaba lo siguiente: “Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: “¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?”, y Bernard Shaw contestó: “No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer.” Es decir, para Bernard Shaw,el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban la Musa.”
Pero, a fin de cuentas, ¿la musa para qué y por qué? Porque todo se hace para alguien, y la musa es la emoción y el talento, una metáfora de la necesidad de comunicación que tienen todas las personas, de sentirse comprendidas, de encontrar respuestas. Y también para dar cuenta de nuestra existencia concreta, del aquí y el ahora, de la manera en que participamos del mundo. Para mostrar la sensibilidad de nuestro tiempo, un tiempo lleno de incertidumbre sobre el que la poesía puede seguir arrojando algo de luz si los poetas quieren.
Seguimos creyendo que una de las misiones de la poesía es enfrentarse al poder. Y el poder de hoy no hace más que invitarnos al silencio, al fragmento, a las subjetividades ensimismadas y a la pérdida de diálogo entre las conciencias. Queremos decirle adiós a todo eso.


PÁGINA 14 – CUENTO

FERNANDO SORRENTINO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

COSTUMBRES DEL ALCAUCIL

Muy pocas personas conocen el pasaje Ohm. Su única cuadra de extensión corre cerca de la esquina de las avenidas Triunvirato y de los Incas. En un pequeño departamento con balcón al contrafrente vivo yo.
Yo alcancé los cuarenta y ocho años sin querer —o sin poder— casarme. Vivo solo y me arreglo bastante bien. No soy agricultor ni botánico, sino profesor de castellano, literatura y latín: nada sé de aquellas ciencias rurales y naturales, pero algo conozco de lingüística y etimologías. Desde estos campos empecé mi acercamiento al alcaucil.
Como se sabe, un buen porcentaje del léxico español reconoce su origen en la lengua de los invasores árabes del siglo VIII. A veces éstos crearon el vocablo mediante el recurso de conferir forma árabe a un sustantivo latino (o neolatino) corriente en la España de entonces.
Tal es el caso de la palabra mozárabe caucil, proveniente del latín capitiellum, que significa «cabecita». De manera que alcaucil (artículo + sustantivo) significa «la cabecita». Este nombre popular posee, digamos, mayor «expresividad» y «utilidad» que el término científico Cynara scolymus.
Veamos por qué.
En Buenos Aires nadie ha visto una planta de alcaucil. De las verdulerías nosotros conocemos, precisamente, esas cabecitas muertas cuyo corazón (mejor llamado receptáculo) y las bases de cuyas hojas (mejor dicho, escamas) son, por cierto, muy sabrosos. Ahora bien, estas cabecitas guardan el germen de la flor, y el horticultor las arranca de la planta antes de que aquélla llegue a desarrollarse, pues, de no hacerlo así, luego se endurecen y ya no son comestibles.
Durante toda mi vida, yo fui un ignorante total en lo que a morfología, vida y costumbres del alcaucil respecta. Ahora, en cambio, puedo decir, sin pedantería, que he adquirido bastante información y que me he convertido en una suerte de módica autoridad en la materia. Admito, sí, que, sobre el alcaucil, es más lo que me resta por aprender que lo que he aprendido.
El alcaucil puede cultivarse en una maceta, de proporciones más bien amplias. Como es una planta áspera y sufrida, una especie de cardo, requiere escasos cuidados; se desarrolla en seguida; alcanza, de altura, un metro y, en extensión horizontal, una longitud que, hasta ahora, resulta imposible determinar.
Aunque, en general, no me interesan ni me atraen las plantas, acepté con fingida gratitud el alcaucil que me regaló una vecina apodada la Chiche: ésta es una señora de cierta edad y de anteojos, simple y aburridora, que tiene un hijo, más bien de escasas luces, llamado Sebastián.
El joven Sebas —así apocopado por su madre y sus amigos— terminó el tercer año con arduas dificultades. Ignoro por qué me avine a impartirle gratuitamente clases particulares de castellano para que intentara aprender en pocos días lo que no había logrado ni siquiera sospechar en los once o doce meses anteriores.
Nada me cuesta declarar que soy un excelente profesor de castellano, con la experiencia —y el cansancio— de veinte años de tiza y pizarrón. Pero Sebas —inapelablemente palurdo y de tropezado razonamiento— resultó, tal como yo lo preveía, reprobado con justicia por la mesa examinadora del mes de marzo.
La señora Chiche —fanatismo maternal a un lado— supo comprender que la deficiencia no estaba en mí sino en su hijo y, para agradecerme de alguna manera, me regaló la susodicha planta de alcaucil.
La señora Chiche llegó a mi departamento, estuvo un rato, emitió abundantes errores e imprecisiones, no prestó la menor atención a ninguna de mis palabras, me hizo conocer su visión desencantada del mundo y, ¡por fin!, se retiró, dejándome la habitual sensación de desagrado que me producen las personas de escasa inteligencia e ilimitada incultura. Y, junto con cierto mal humor, ahí quedó, en el balcón, en su maceta roja y blanca, la planta de alcaucil.
Poco a poco, fue prodigándose en múltiples cabecitas (alcauciles) de color verde apagado. Por su propio peso, los alcauciles fueron doblegando la resistencia de los tallos y empezaron a reptar por el suelo del balcón, como si fueran las múltiples garras de un animal amorfo y difícil de reconocer, una suerte de erizado pulpo terrestre, con algo de la dureza pétrea y verdusca de las bestias prehistóricas.
Así habrá transcurrido una semana.
Años enteros he luchado sin éxito contra las hormiguitas rojas, esos bichitos invencibles y omnívoros diseminados en infinitas cuevas por todo el departamento. Una tarde me hallaba sentado en el balcón; leía el diario y tomaba mate.
Entonces vi que cuatro de las tantas cabecitas de la planta estaban dadas a la caza de hormigas rojas. Su técnica era, a la vez, muy sencilla y muy eficaz. Con las hojas abajo y el tallo arriba, corrían a modo de arañas, apresaban con delicada exactitud a la hormiga y, mediante rápidos movimientos de tracción y masticación, la llevaban hasta el centro del alcaucil, por donde era ingerida.
Observando con atención, podía advertirse, en los puntos de ensanchamiento del tallo móvil o tentáculo, que los cadáveres de las hormigas eran trasladados hasta el tallo central, donde —imaginé— se hallaría el aparato digestivo del alcaucil. En películas documentales yo había visto más de una vez algo parecido: cuando la culebra traga una laucha o una rana, uno puede percibir la forma del cuerpo de la víctima que se desliza por el interior del cuerpo del victimario: de esta misma manera comían también los alcauciles.
Sentí alegría. Este hecho me pareció auspicioso. Los alcauciles eran infatigables y terriblemente hambrientos. Pensé que, en poco tiempo, lograrían triunfar donde yo fracasé durante años: que terminarían, de modo contundente, con todas las hormigas rojas del departamento, esas hormigas que yo, en mi impotencia, tanto aborrecía.
En efecto, así fue. Llegó el momento en que ya no vi ninguna hormiguita roja. Entonces el alcaucil se extendió en la busca de otros alimentos.
Algunos alcauciles estrangularon y devoraron a las demás plantas del balcón: malvones, geranios, un rosal siempre fracasado, unos helechos antiquísimos, un bravío cacto espinoso. Otros alcauciles, en cambio, prefirieron cavar la tierra y capturaron lombrices útiles y sabandijas perjudiciales. Un tercer grupo trepó por las paredes y penetró en lo hondo de los antros de las arañas.
En verdad, esos alcauciles tenían buen apetito, y crecían. Crecían siempre. No tardaron mucho tiempo en ocupar todo el balcón. A modo de enredadera, se tendieron por el piso, por el techo, por las paredes, en vueltas y revueltas que los convirtieron en selva inextricable.
Debo confesar que, en este punto, me asusté un poquito: temí, estúpidamente, que el alcaucil continuara creciendo hasta ocupar todo el departamento.
—Muy bien —le dije—. Si ésa es tu intención, te condeno a morir de hambre.
Bajé las cortinas de madera gris y cerré herméticamente los vidrios de los ventanales del comedor y del dormitorio. Estaba seguro de que, privado de alimento, el alcaucil empezaría a languidecer, a debilitarse, a encogerse, y terminaría por agostarse en briznas resecas hasta morir.
Adopté esa medida precautoria el lunes 11 de abril de 1988. Por no sé qué conflicto laboral, en mi colegio no hubo clases hacia el final de la semana. Aproveché entonces para hacerme una escapadita a Mar del Plata, en compañía de una especie de novia —por cierto, ya madura— que tengo desde hace muchísimos años, que es profesora de matemática y que se llama Liliana Tedeschi. Ambos devotos del tren y refractarios al ómnibus, partimos de Constitución el miércoles por la noche y pasamos luego cuatro hermosos días en aquella grata ciudad otoñal.
El domingo 17 de abril, hacia las ocho de la mañana, me hallé de regreso en mi departamento de la calle Ohm. Como temo a los ladrones, tengo puerta blindada y dos cerrojos de seguridad. Con el modesto orgullo de ser tan previsor, abrí el primer cerrojo, abrí el segundo, empujé la puerta. Noté que ofrecía cierta resistencia: no demasiado firme, es verdad, pero resistencia al fin.
Entré entonces en una suerte de bosquecillo de alcauciles. Me recibió una fuerte corriente de aire: en mi ausencia, estos individuos habían primero devorado las maderas de la cortina enrollable y luego destrozado los vidrios de los ventanales. Ahora, como ingentes medusas, se hallaban esparcidos por todo el departamento, y cubrían metódicamente pisos, paredes y cielos rasos, reptaban por los rincones, se encaramaban a los muebles, investigaban agujeros y recovecos...
Esto fue lo que vi en una primera mirada general. En seguida intenté obtener un cuadro más sistemático de la situación. Aunque traté de mantenerme sereno, aquellos abusos no pudieron menos que indignarme.
Los alcauciles habían abierto la heladera, el freezer y todas las alacenas, y habían comido el queso, la manteca, las carnes congeladas, las papas, los tomates, los fideos, el arroz, la harina de trigo, las galletitas... En el piso de la cocina me topé con frascos, ahora vacíos, de mermelada, de aceitunas, de pickles, de chimichurri...
Habían devorado todo lo humanamente devorable y ahora —ante mis ojos coléricos— se dedicaban también a todo lo alcaucilmente devorable, que, según estaba viendo, era toda materia orgánica —muerta o viva—, y se hallaban desgarrando, royendo y mascando el cuero y las plumas de los sillones y las maderas de los muebles. Y se hallaban desgarrando, royendo y mascando los libros, ¡oh, Dios, mis libros queridos, reunidos con amor a lo largo de más de treinta años, mis libros subrayados y comentados —jamás con tinta, siempre con lápiz— por mi letra prolija y cuidadosa una y mil veces!
No tengo cuchilla de carnicero pero sí una tijera para trozar pollos. Coloqué un tallo de alcaucil entre las dos hojas de acero y —con odio, con jubilosa impiedad— cercené la abominable cabecita enemiga.
El alcaucil decapitado rodó unos centímetros. En el mismo instante, el tallo seccionado se multifurcó en no sé cuántos tallos menores y, simultáneamente, nacieron quince, veinte, cincuenta cabecitas que, furiosas, se lanzaron contra mí, intentando morderme los zapatos, las piernas, las manos.
Entonces, y como pude, retrocedí hacia la zona del baño y del dormitorio, donde la densidad de alcauciles por centímetro cuadrado era mucho menor. Soy una persona —creo— bastante lúcida y no me hallaba dispuesto a perder la calma: sólo quería serenarme y reflexionar un poco, pues no dudaba —siempre tuve mucha confianza en mí mismo— de que hallaría pronta solución al problema de los alcauciles.
Razoné.
Durante mi ausencia, ¿qué los había exasperado y hasta enloquecido? Sin duda, la falta de alimentos. En efecto, durante las semanas anteriores —cuando se hallaban normalmente nutridos—, los alcauciles habían manifestado una conducta digna y juiciosa. Bastaría, pues, con proveerlos de la comida necesaria para que volvieran a ser los calmos y mansos alcauciles de otrora.
Desde el teléfono del dormitorio —casi no había cama, ni mesitas de luz ni placares ni ropas— llamé al mercadito Los Dos Amigos. El primer amigo vende carne; el segundo amigo, verduras y frutas. Al primero le encargué ocho kilos de menudencias bien baratas: hígado, bofe, huesos. Al segundo, papas y zapallos, que cuestan poquísimo y rinden mucho. Les pedí que me mandaran todo en seguida: así aplacaría, por el momento, el hambre de los alcauciles. Más adelante buscaría —y hallaría— la solución definitiva.
Mientras los alcauciles y yo esperábamos los víveres, ellos continuaban royendo. El ruido que produce su roer es similar al de sacudir una caja de fósforos, con la salvedad de que nadie está todo el tiempo sacudiendo una caja de fósforos, y, en cambio, los alcauciles roían, roían, roían todo el tiempo. Continuaban royendo los restos de los muebles: tragaban la madera y desechaban la laca y los elementos metálicos o plásticos.
Pensé: «Mientras tengan algo para comer, estaré a salvo.» Y, en seguida: «Cómo tardan Los Dos Amigos.»
Entonces sonó el timbre (no el del portero eléctrico sino el del departamento): sonó con ese tipo de llamado largo e impaciente que yo aborrezco. Anticipándose a mi movimiento, un alcaucil presionó hacia abajo el picaporte y abrió de par en par la puerta.
En el vano, sobre el fondo más oscuro del pasillo, con delantal blanco y gorrita blanca, y con una enorme canasta de mimbre sostenida por ambas manos, apareció el muchacho gordo y rudimentario que muchas veces yo había visto lavando la vereda del mercadito Los Dos Amigos.
El muchacho —descomunal zopenco de veinte años y cien kilos de peso— vaciló un instante entre saludarme y avanzar. Otra cosa no pudo hacer: en segundos fue envuelto por una telaraña verde, dúctil y eficaz de cuarenta o cincuenta alcauciles. No llegó a gritar ni pudo mover los brazos. Con alcauciles en los ojos, en el cuello y dentro de la boca, semiestrangulado, y no sé si vivo o ya muerto, fue arrastrado —con ligereza de pluma— hasta el centro del comedor, y allí los alcauciles, en áspero tumulto, se dieron a la tarea de horadar y carcomer al muchacho gordo del mercadito, y también su canasta de mimbre, y las papas y los zapallos, y el hígado y el bofe y los huesos.
Aquella imagen de los pequeños alcauciles que recorrían el gran cuerpo me recordó la de las hormiguitas rojas cuando seccionan una cucaracha muerta, o viva.
Mientras estos alcauciles ingerían al muchacho, otros habían echado llave a la puerta del departamento y mantenían ahora aquélla en su poder, lejos de mi posibilidad de alcance.
Entonces me encerré en el cuarto de baño, recinto aún del todo libre de alcauciles. Corrí el pasador metálico y, sentado en el borde de la bañadera, traté de imaginar un rápido plan para derrotar a los alcauciles. Con muchos nervios y con poco tiempo, apenas si llegué a esbozar la idea de provocar un incendio. Pero, ¿qué incendiar?: ya casi no quedaban cosas inflamables, mi casa sólo era un esqueleto de materias inorgánicas.
Estas especulaciones, y otras parecidas, resultaban, al fin, ociosas e inoperantes. Lo mejor —me dije— será no pensar en nada. Y esperar. Sentado en el borde de la bañadera, esperar. Contemplando con estúpida atención esos objetos familiares tan desprovistos de interés: el lavatorio, el espejo, los azulejos...
Los alcauciles ya han empezado a roer y perforar la puerta del cuarto de baño en veinte puntos distintos. Pronto habrá allí veinte boquetes y, en seguida, veinte cabecitas de un verde apagado que avanzarán hacia mí.
Yo espero: ni resignado ni pasivo. He arrancado la barra del toallero y la empuño a modo de garrote: no me entregaré sin resistencia; trataré de inferirles el mayor daño posible.

Repito lo que dije al principio: he aprendido bastante —pero aún ignoro muchas cosas— sobre las costumbres del alcaucil.


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

OFELIA PEREYRA NADAL
(CABA-Buenos Aires-Argentina)

“DETENER EL TIEMPO”

Y quise detener el tiempo
afincado en tu mirada;
oropel en la tarde otoñal
para retener en la piel
los aromas del ocaso;
pinté con los grises azulados
los vientos invernales
para peinar las pestañas
que ocultaban los ojos claros;
con la fragancia de los jazmines
cubrí los senderos
que me llevarían a tu boca
para decir las palabras mágicas
desenvolviendo la primavera;
pero ese tiempo siguió
sagaz  e indolente
llevándose los años jóvenes.
Y la carne se ajó
como el suelo reseco del estío;
las páginas de almanaque
se volvieron golondrinas,
emigraron a otras tierras
con la carga de las pupilas
ensamblada en los colores de la tarde.
Y regó la tierra virgen
con el caudal de sus lágrimas;
florecieron otros jazmines
como luciérnagas en la noche,
desde la rama de un árbol
eclipsaba los sueños
de los enamorados.
Pero el tiempo no se detuvo,
no pude guardar los suspiros,
se mutaron los anhelos
y en la mirada de niña
amalgamé los recuerdos
aunque ya no estaban afincados
en el mar de tu mirada.

“COMO EL AGUA”

Entraste en mí
a través de las pupilas,
me recorriste íntegra
como una catarata
con sus aguas vertiginosas
acariciando mis entrañas.
Purificaste mi alma
con el dulce líquido
de tus lágrimas
se llenaron mis caminos
de soles amanecidos
como en un otoño crepuscular
o en una primavera
de luna creciente.
Se regaron mis montañas
con la ágil lluvia
de tu mirada,
la brisa nocturnal
peinó mis cabellos
cuando danzantes
se enredaron en tu cuello.
Te clavaste en mi corazón
como una flecha de cupido
mas al sacarla de allí
sangró como un volcán
y regó tus sienes
con tréboles de esperanza.
Así como entraste un día
a través de las pupilas,
te fuiste otro día
en el ala de un suspiro.

“LA PALABRA”

Amanecí con una lluvia de palabras
mojándome el alma acongojada
sonaban como el canto alegre del jilguero;
me acariciaban los oídos extasiados
una melodía cautivante y hechicera;
me mecía como una hoja al viento
en un torrente inacabable de sonidos;
húmedo de nostalgia el pensamiento
anidó en el corazón dormido;
el ensueño de la tarde rojiza
sobre un aire de melancolía
con las manos abiertas al cielo
tuve la llama dorada del tiempo,
el sabor de las cosas amargas
fueron miel en los labios secretos;
el silencio fugaz de la noche
se hizo luz en unos ojos serenos
al compás armonioso de las olas
el verbo hizo gala de todas sus ansias
y se mostró completo al universo
y volvió a amanecer en otra instancia
exhalando amor en un suspiro.

“LLUVIA”

El cielo clamaba clemencia,
se lanzó estrepitosa
en una cortina impertinente
obnubilando toda vista,
se mecían los árboles
con el canto incesante
de gotas atrevidas
buscando amalgamarse
con la danza del río.
El cielo sollozó tranquilo
escurriéndose entre las ramas,
las hojas lo abrazaron
para contener su melancolía
y la tierra bebió incansable
la inmensa tristeza;
las raíces trémulas
sacudieron las entrañas
y al nacer un nuevo día,
flores de nácar jugaban
sobre tus labios candorosos
escondiéndose en tu sonrisa.



FRANCISCO MADARIAGA
(Argentina 1927/2000)

RESPLANDOR DE MIS BÁRBARAS

EL PARAÍSO DEL ESTERO

Cuando el pájaro,
pájaro del amanecer que detiene la tormenta,
llega hasta el fondo del verano colérico
y con sombras blancas,
que deslumbra a mi cabeza,
oh rey del mediodía, vuela mi sangre con la
tormenta del verano,
y la húmeda reina del amor
-con aros en el rostro-
reposa en el fondo del paraíso del estero.

Cascabeles de serpientes-leyendas
cantan desde el país del odio,
que me hace llorar de fuego,
y en el río salvaje nada el niño salvaje,
¿y quien lo podría recibir,
si aún nada,
y tiene el espíritu en los ojos?
y aún canta,
y no podría dejar de cantar su corazón,
que solo busca enterrarse
con el río de cristales rosados,
sin poder desligarse de la tierra.

II

Me he descubierto en mi propio corazón,
tratando de envenenarme en las vastedades de las aguas.
la serpiente era la principal belleza dominante entre los
colores de mi sangre.
La serpiente que ardía en el final de la
frescura de mi memoria,
y copulaba con el tigre que salía intacto
de entre los juncos de oro.

Después de todo esto,
¿comprenderéis que no pueda decretar,
definitivamente,
ninguna Poética?

CUENCA DEL PLATA
a Oscar Portela

Señorío, caridad, entresobresí y entre los hombres.
es decir:

PAISAJE

¡Entenderán esto alguna vez los pretendientes
al trono de paisajistas y cantores
nacionales?

El paisaje es liberal-natural-anterior,
y vuela y nada y canta para más
adelante.

Realidad, tu verdadero poder es la bondad del agua,
y una cantimplora siempre llena de algún
verde-celeste aguardiente
liberal.

NEGRO VERDE

Interrogo al mar.

¿Los pájaros criollos cantarán cuando el mar resucite
emponchados de rebelión y estilo?
¿A mi, el antiguo, lo dejaré en la otra agua?
¿En el río de palmeras de la tierra y del infierno?

¿En el viejo río político, o de troperos, de la sangre de mi
corazón?

Pero interrogo al mar.
¿Al agua en canto y fuego y sin amparo,
Al único sueño verde entre los sueños que me
desalberga lejos del palmeral?

¿No tengo ya amparo de Comarca?
¿Todo mi canto nacerá ahora primaveral entre las
aguas-islas rojas y móviles del universo?

UNA ACUARELA MÓVIL
a Roberto Borja

Campaña subtropical y acuática del norte de Corrientes,
con primitivo gauchillaje, hombres de a caballo o de
canoas, poetas anónimos y en estado natural, bárbaros
de la belleza de la intemperie y de las más ardiente
bondad, que son los primeros que influyeron en mí.

Llanura gateada, celeste, colorada, verde y amarilla,
que se vive probando en sangre contra las condiciones
de la nada, entre un reverberar de ondas solares y
lunares,
con sangrías flotantes de degollaciones, en esterales,
de antiguos guerreros criollos o de bandidajes.

Una región aislada, recargada de lagunas con arenas
de oro anaranjado y de grandes ríos-esteros, circulares
o alargados como frutos tropicales, que se estrangulan
de su propia belleza autonómica, y duermen –detenidos
o movilmente- una lujosa anacronía de todos los
olores y colores; planos bajos de antiquísimos mares
retirados, con las orillas cargadas de palmeras celestes,
coloradas, verdes, penetrando o saliendo de las aguas.

Tierras morenas-claritas o rojas-rubias como las dos
clases de lechos, de cabellos y de piel de las primitivas
hadas contrabandistas de tesoros para el amor, que
por allí peinaban sus cabellos.

CANOA Y BRUJA BLANCA

¿El mismo cazador cautivante y celeste?

Canoa de esmeralda en la puerta me saluda,
levemente salvaje.
Habito en Casa de Oro como las flores de
la madera de esta agua,
y bebo de las sombrías purgaciones del
estero.
La serpiente arrollada es una isla lila.
Mi corazón confirma su herida junto a una
bruja blanca.

PLAYA DE AIRE Y ORO

Canta el alguacil que olió el aire de todo
el siglo,
Volando con el sigilo e la bondad del
cielo.
Maravillado por el ala de oro de la torcaza
de la tenacidad
y la amarillita doncella que anda descalza
por la arena,
separando nuestro corazón del diablo.

Oremos, levemente salvajes, por la razón de
oro que se expande desde la muerte
de un caballo.

HERMANA MUERTA EN SU CAMPAÑA

Entre gauchos te quedaste, hermanita,
y chinas que rezaban en el alba de lujosa
comunión popular:
tristes ariscas, hijas de la poesía,
llenas de flores y duelo de justicia.

Te dejamos en el camposanto de campaña:
un oasis para ti,
entre cruces celestes, colorados, verdes,
negras, purificadas por las lluvias
y las expurgaciones de las razas
cruzadas en nuestro palmeral.

El pequeño camposanto que tu padre hubiera
querido para él:
empotrado y encadenado como está,
¿por mi ausencia?
en un municipio que no fue de sus gauchos,
ni de sus caballos,
lejos de los rodeos de brutales imágenes
verdes sanguinolentas.

Tú te has quedado muy cercana,
en un ala de palmares
del antiguo
paraje.

Duerme, dorada, el cantar del padre muerto:
en tu sueño y el suyo se llevarán a cabo,
siempre,
las operaciones de coraje de una indivisible
bondad.


PÁGINA 16 – ENSAYO

ERICA GONZALEZ
(Viedma-Chubut-Argentina)


EL SUJETO Y LA CREACIÓN

Después de lo expuesto y simplificando tal vez en exceso, podríamos decir que el sujeto es texto. Un texto producto de la escritura de los otros significativos sobre la carne y de cómo se fueron combinando esos significantes, produciendo en cada caso y cada vez, distintos efectos de sentido.
Tal vez desde esta perspectiva podamos pensar algo respecto de lo que la escritura (como uno de los modos de la creación) produce sobre los sujetos. Podríamos arriesgarnos a decir que si el sujeto es texto, hay posibilidades de reescritura.
Estamos en un terreno propicio para afirmar que quien puede crear, sabe sin el psicoanalista lo que éste último descubre en su práctica del inconsciente.
Vamos a tomar ahora algunas concepciones de los psicoanalistas más importantes que se han dedicado a estudiar el tema.
Para Freud la creación permite que se produzca la sublimación, a la que define como “un proceso que se relaciona con la libido objetal y consiste en que la pulsión (equivalente humano del instinto animal) se orienta sobre un fin diferente y muy alejado de la satisfacción sexual”. La sublimación describe algo que sucede con la pulsión, un modo de satisfacción que logra evitar la represión. Cabe aclarar que cuando la represión se produce, para mantenerse, exige un gran monto de energía psíquica que no puede ser utilizada para otro fin. Por otro lado, los contenidos reprimidos que pugnan por hacerse un camino hacia la conciencia, a veces lo logran “disfrazados” a través de los síntomas. Es decir que si alguien puede sublimar no necesita en ese punto de los síntomas porque la pulsión se satisface de otra manera.
Siguiendo a Melanie Klein, Pichon-Rivière teoriza sobre el vínculo que cualquier creador establece entre su “yo” y el objeto, al que define como “no rectilíneo” sino “dialéctico”. Vínculo que, a partir del encuentro fortuito con el objeto primitivo fragmentado y disgregado necesita de un conjunto instrumental (que caracterizan al “yo” del creador) y le permiten después de una serie de creaciones y destrucciones, reconstruirlo en un nivel diferente. Esta metamorfosis, dice, “es el triunfo de la vida sobre la muerte, de la salud sobre la locura. Así es como lo siniestro se transforma en lo maravilloso, el contenido y la forma en su síntesis recrean una nueva estructura. Todo este proceso da como resultado la creación de un objeto externo capaz de ser contemplado que provoca además una vivencia estética.”
A diferencia de Pichon-Rivière, Lacan sitúa la sublimación del lado de la creación, y no de la reparación. No hay un objeto a reparar sino un vacío de objeto producto justamente de lo que la palabra genera. Decíamos antes que por virtud del lenguaje, el organismo, la carne como tal, cae. Por efecto del lenguaje ya no habrá para el humano un objeto adecuado para satisfacerlo. Vacío de objeto que puede dar lugar a la angustia o a la creación.
A modo de ejemplo, introduciré algunos fragmentos del historial clínico de Ruth Kjär, joven paciente de Melanie Klein, publicado en un artículo de 1929 bajo el título “Las situaciones de angustia del niño y su reflejo en la obra de arte y en el impulso creador”. Este artículo fue comentado luego por Lacan en su seminario “La ética del Psicoanálisis”.
Dice el historial que esta joven había padecido siempre estados depresivos periódicos que le dejaban el sentimiento de un vacío interior. “Hay un vacío en mí que nunca logro llenar”, dice la cita. Cuenta también que le gustaban las bellas artes y coleccionaba cuadros, especialmente los de un hermano de su marido que cubrían las paredes de su casa. Un día este cuñado retira uno de esos cuadros que le había dado en préstamo, dejando un vacío en la pared en el que Ruth no cesaba de reconocer, muy angustiada, la concreción de su vida interior. Presa de un impulso súbito (¿inspiración?), sale a comprar pinturas y procede a pintar la pared en el sitio de insoportable vacío. Este logro la colma de alegría y su producción fue muy reconocida por artistas de la época. Ruth se dedicó a la pintura el resto de su vida y realizó principalmente retratos femeninos.


PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

LUIS ALBERTO AMBROGGIO
Academia Norteamericana de la Lengua Española

Autora: MIRYAM E. GOVER de NASATSKY.
Título: RESONANCIAS DE AUSCHWITZ
Editorial: Buenos Aires: Géminis, 2011, 60 pp.

Este poemario se suma al vasto cuerpo de la literatura del Holocausto, tragedia que en palabras iniciales de la autora se ha convertido en “un centro de gravedad en el devenir de la humanidad y, en especial, en el transcurso de la vida judía” (7). Las poesías sacuden al lector con los vasos comunicantes de sus sentimientos y se inspiran en las huellas del mal,  vestigios de una inocencia e indefensión sacrificadas, rezos, zapatos,  trenzas, cintas, fotos, cenizas de víctimas, que  se corporizan en la imaginación y en el  corazón de la poeta. Se trata de seres destruidos por un destino inmerecido, expuestos –aunque la atrocidad no se pueda exponer del todo-- en el  Museo de Auschwitz, de esta fábrica de exterminio, del horror del campo de concentración, del sufrimiento y  la muerte mecánica, del odio llevado a la práctica, que la autora visita, cuya experiencia comparte en estos versos.
 Las “resonancias” de  Miryam E. Gover de Nasatsky superan de una manera constructiva el imperativo categórico de la dialéctica negativa de la memoria en la famosa proclama fatídica de Theodor Wiesengrund Adorno –“¿cómo hacer poesía después de Auschwitz?”. Algo que ya había intentado Habermas con su dialéctica de la ilustración, organizando el pesimismo y Benjamin, recurriendo a la literatura como forma de vivencia y expresión de la realidad por su carácter de sugerente, desbordante y, de alguna manera, inabarcable.
 En la primera parte, con la cita de ImreKertész, Premio Nóbel de Literatura  (2002), “donde empieza Auschwitz se acaba la lógica”, la autora poetiza desde los restos humanos, las cenizas, la ansiedad y proclama en contra de que tal catásfrofe se repita: “Las cenizas/que zumban agitadas/por el viento/alimentan/su memoria”, como dice en su poema Auschwitz (13). En el poema con sugestivo título de “En acecho” expresa con los versos desesperados: “Después de Auschwitz/nada es igual […] No hay refugio/frente al odio;/nada lo detendrá” (17).
La segunda parte, encabezada por un fragmento del poema de Primo Levi, “Si esto es un hombre”, concluye en ”Cenizas” con los versos: “Hay partículas/suspendidas/en el aire/que el viento/ impulsa y deposita/ en el alma/ formando una llaga […] y habitan/ nuestra memoria” (38). Son átomos que nos configuran a todos y a cada uno, viviendo en nuestra vida individual y colectiva como memoria y propósito si sabemos escuchar a nuestra humanidad.
Con los versos justos y solidarios de “El coro de los salvados”, poema de Nelly Sachs, otro premio Nóbel de literatura, comienza la tercera y última parte: “Nosotros, los salvados,/en cuya osamenta hueca la muerte ya talló sus flautas,/en cuyas venas la muerte tocó ya con su arco,/nuestros cuerpos todavía se quejan/de su música mutilada./ […] El adiós en el polvo/nos mantiene juntos con vosotros.” (41), después de “[…] vomitar/la vergüenza que nos atraganta/ante la absurda ignominia” (43), “Aún sobreviven” (44),  así es: “…sus huesos, convertidos en polvo,/viven/ en cada flor y/en cada niño” (45) porque, a pesar de una  “larga espera”  alguna vez ocurrirá “el momento oportuno/ para triunfar/ sobre tanta iniquidad” (49). Conjuro este sentimiento esperanzado y redentor que  contrasta con la angustia, el rencor, la frustración, frente a lo inconcebible del odio que provocó esta maldad, y a la indiferencia del mundo, pero “No debemos/ahuyentarlas” a “estas lóbregas visiones/que nos persiguen”. Son “[…] íconos o señales/del odio irracional’ que “conviven con/nosotros/en silencio” (52).
   Es imposible y hasta diría irrelevante atreverme a un ejercicio crítico, como a la consagración de una muestra poética, frente a unos poemas y versos cortos, puntiagudos,  tocantes, metáforas desnudas e impresionantes en su brevedad formal que nos conmueven con su mensaje inequívoco de no permanecer indiferente ante la perversidad humana, en particular,  a la imperdonable actuación y consecuencias  de la ideología y crueldad nazi. Miryam E. Gover de Nasatsky nos contagia con la fuerza de su emoción, de su testimonio,  de su deseo de que se prevengan estos desastres y que “el mundo comprenda/ que el odio/embiste sin sentido” (48).  Todos los seres humanos verdaderamente sensibles, en el presente que vivimos, desandamos “el tiempo y/ [los vemos] con vida/sin acechos perversos” (48) a quienes fueron víctimas del Holocausto y de otros genocidios o exterminios producto de la vileza humana. Valioso rescate con palabras que no “agotaron su sentido” (33)  y el mundo profundo y vital que contienen estas “Resonancias de Auschwitz”. Aquí sólo me he hecho eco de esta visita y este grito conmovedor y múltiple. 

Miryam E. Gover de Nasatsky es  profesora en Letras (Universidad Nacional de Litoral, Argentina), Becaria del Fondo Nacional de las Artes. Investigadora. Integrante del Instituto Literario y Cultural Hispánico (California, EUA). Colabora en revistas literarias. Ha publicado, entre otros trabajos de investigación, Bibliografía de Alberto Gerchunoff (1976), Poesía argentina del siglo XX (1981), Escritores judeo-argentinos; Bibliografía 1900-1987 (con A. Weinstein; 1994). También ha publicado los poemarios Persistentes vibraciones (1999) y Resonancias de Auschwitz (2011) y las novelas La pasión de un visionario: Theodor Herzl (2004) y Desde la cima: reminiscencias de David Ben Gurión (2008). 


JAVIER MORENO
(Murcia-España)

EL NIÑO QUE ROBÓ EL CABALLO DE ATILA

Autor: Iván Repila.
Editorial: Libros del Silencio. Barcelona, 2013. 130 páginas, 12 €.

Conozco mis debilidades literarias (las otras no vienen aquí a cuento). Una de ellas es otorgar un rango de privilegio a los autores capaces  de variar su registro de una obra  a otra. Los autores monolíticos me pueden entusiasmar con una novela, gustarme con la segunda. A la tercera me aburro. La inconstancia es una virtud a considerar en mi escala de valores. Por eso siempre preferiré los gatos a los perros.
Quede dicho lo anterior para manifestar mi buena disposición respecto a Iván Repila, el autor de El niño que robó el caballo de Atila. Iván Repila debutó como novelista con Una comedia canalla, un libro que no tiene nada que ver ni temática ni formalmente con el libro que aquí nos ocupa. Yo, personalmente, pese a la inconmensurabilidad de ambas obras, me quedo con esta segunda. El niño que robó el caballo de Atila narra la historia de dos hermanos encerrados en un pozo y su esfuerzo denodado por la supervivencia en condiciones tan extremas. El hermano mayor representa la disciplina y el cálculo prometeico. El menor la imprevisión y la aparente debilidad del temperamento artístico. La escritura de Iván Repila es descarnada, monda como un hueso cuyo fósforo destella en la penumbra. El lector vibra al compás de los padecimientos de la joven pareja, sorprendido por la tozuda madurez del mayor y la ternura iconoclasta del más pequeño.

Esta es una novela que se lee con el corazón en un puño, claustrofóbica, como no podía ser de otra manera. Poco a poco el lector va desentrañando las pequeñas claves que se esconden en algunos objetos y en algunas frases de la novela, desvelando su naturaleza de maquinaria de relojería. Estamos ante una novela contundente, bien escrita, una especie de cuento elaborado no para dormir a los niños sino para desvelar a los adultos. La literatura en nuestro país está empezando de un tiempo a esta parte a producir obras sórdidas y descarnadas. Rafael Pinedo (de la mano de Salto de Página) abrió la veda que continuaron Cristina Fallarás (Últimos días en el Puesto del Este) o Jesús Carrasco (Intemperie). Parece que el español se encuentra ahora más que nunca en disposición de leer sin pestañear este tipo de historias viscerales y más bien cabronas. Conclusión: algo le debe estar pasando a la literatura y a los españoles. Solo pondría un reparo a El niño que robó el caballo de Atila: el final. Las últimas páginas parecen querer llevarnos a un lugar que ya estaba implícito en el resto de la novela. La última escena trunca precisamente la lectura alegórica, abierta en múltiples direcciones, en aras de un cierre de sentido demasiado estricto y, a mi parecer, extemporáneo si lo comparamos con las páginas que lo preceden. Es solo una pequeña objeción. El resto es, ya digo, sufrido deleite.


PÁGINA 18 – CUENTO

ATILIO ESCUDER
(Montevideo-Uruguay)

MIRADAS Y PARPADEOS

El sobre con el despido parecía adquirir vida propia en sus manos temblorosas. Nada lo presagiaba, por eso la sorpresa primero, y luego la zozobra lo aturdieron. La notificación estaba firmada por el director de recursos humanos de la empresa, alegando una imprevista reducción de personal. Resultaba claro que había comenzado el relevo de empleados; él por su antigüedad ocupaba el primer lugar de la plantilla. Treinta años atrás había entrado a trabajar en la compañía con la satisfacción de su primer empleo bien remunerado, lo que le había permitido encarar la vida con cierta holgura económica, y lo más importante haber podido avizorar su futuro con mayor optimismo que cuando era un simple cadete encargado de repartir facturas a domicilio.
La conmoción que sentía en ese momento lo abarcaba todo. Trató de calmarse, mas no lo pudo lograr. Era impensable que algún día pudiera perder el empleo al que le había dado todo de sí. La jubilación estaba todavía muy lejos de su edad y de los años de trabajo requeridos para obtenerla. Eso sumado a la consecuente búsqueda de otra ocupación a los cincuenta y dos años lo sumergían más y más en la desesperación. Quiso gritar al mundo su angustia, pero se contuvo; quiso llorar, mas sus agostados ojos se negaron a verter lágrima alguna.
Miró su reloj pulsera; eran las seis y cinco de aquella tarde invernal. No le quedaba otra alternativa que tomar sus pocas pertenencias y marcharse lo más pronto posible de ese lugar. Cuánto más rápido lo hiciera, sentiría menos la punzada del dolor. Pasó por al lado de sus excompañeros de trabajo. Bajó la cabeza para no verlos. Al alejarse, intuyó clavados en su espalda los veinte ojos que durante tanto tiempo compartieron con los suyos un sinfín de miradas.
Comenzó a bajar con rapidez la desgastada escalinata de jaspe blanco que conducía a la calle. Se sabía de memoria la cantidad de escalones que debía recorrer. Sin embargo esta vez fijó su vista en ellos. Parecían despedirlo con su habitual semblante, esta vez más ajado que de costumbre. Al llegar al antepenúltimo, trastabilló en su despareja estructura a la que le faltaba un fragmento marmoleño en forma de uve, justo en su borde, allí donde los zapatos comandados por apresurados pies hacen más presión en su querer apoyarse con firmeza tanto al ascender como al descender.
Una vez en la calle se dio vuelta instintivamente por un instante. La fachada del edificio compartió con él su aspecto ahora mediocre y vulgar.
Llegado a la parada se percató que el ómnibus venía a ritmo lento y cansino por la calle cuya esquina sur mostraba aún- como una herida abierta- los viejos rieles de tranvía a modo de recordatorio de tiempos pasados.
La atmósfera no ayudaba. El calor de ese veranillo de julio era intolerable y se adhería sin compasión a su piel, acrecentando su irritación. Desde allí el sopor se había trasladado a su mente, y la comenzaba a vestir con su implacable barniz.
Como limaduras de hierro atraídas por un poderoso imán, una decena de personas comenzó a apretujarse en la esquina ante el inminente arribo del ómnibus. Sin distinción de edades y sexo e ignorando los buenos modales, la pequeña multitud se arracimó frente a la puerta delantera, pugnando por ascender al vehículo. Al forcejeo inicial para poder acceder-si los hubiera- a los últimos asientos libres, le siguió una pequeña confusión, en donde la educación y la amabilidad quedaron relegadas al último lugar.
Se dejó llevar por la corriente que lo envolvió. Simuló no ver a dos mujeres que quedaron detrás de él, y subió pisando los talones de un hombre de mediana edad, el que ni siquiera se dio por enterado de la casual brusquedad cometida, ni del silencio que la acompañó, ya que no hubo tiempo para razonables disculpas.
No quedaba un solo asiento libre.. Se molestó consigo mismo por no haber esperado otro ómnibus más vacío como por costumbre hacía cuando barruntaba que la unidad venía llena. Sólo como consuelo le quedaba el pegajoso travesaño metálico de color ceniciento, del cual poder suspender sus manos a modo de descanso y sostén. Luego de abonar el boleto, se tomó de él y comenzó a correrse hacia atrás. Trató de afirmar las piernas, pasando el peso del cuerpo de una a otra. El alivio fue solo pasajero. Inmediatamente la espalda comenzó a quejarse con su rutinaria punzada cervical; movió la cabeza de un lado a otro, y trató de estirar su cuello lo más alto posible. La molestia iba en aumento, ahora sumada a una sensación de opresión que al principio manejable, se tornó incontrolable cuando el aire comenzó a ser sustituido por un espeso vaho, mezcla de toda suerte de aromas.
Dentro del coche, el concierto inicial de voces se había extinguido por completo. En su lugar, quedó primero un murmullo apenas notorio, seguido de una nube de silencio cada vez más densa que crecía en el interior del colmado recinto, procurando salir inútilmente a través de las ventanillas cerradas que las afortunadas humanidades sedentes por pereza no se permitían abrir.
Se sintió como una prenda de vestir colgada de una percha junto a otras en perfecta sucesión, dentro de un ropero cuyo dueño iba colocando, entre trajes, vestidos y camisas, cada vez más cantidad de ropa. ¿Cuál sería el límite? ¿Cuánto podría resistir este armario sin estallar y arrojar a todos los pasajeros hacia afuera? Recordó la desopilante escena del camarote en el film “Una noche en la ópera” de los hermanos Marx. Sonrió en su interior pero la sonrisa no se dibujó en su rostro. Quedó suspendida en el vacío de la insatisfacción que sentía, apresada por las comisuras de sus labios, como si éstas tuvieran dos férreos tornillos en sus extremos que impidiesen todo escape.
Perdió la noción del tiempo trascurrido. Se refugió nuevamente en su pensamiento como forma de sentirse libre dentro de ese encierro forzoso.
El ómnibus había aumentado su velocidad, regateando paradas con un espíritu manifiestamente burlón. Sólo se detenía más allá de ellas cuando había gente para descender. En ese momento desde las puertas abiertas se escuchaban improperios de todo tipo que provenían desde el exterior del rodado.
El desvaído rostro de un niño que lo escrutaba desde el asiento más cercano al pasillo lo volvió a la realidad. Tendría unos ocho años. Apartó su mirada infantil por un instante para luego depositarla otra vez en él. Ahora, sin embargo, la mantenía sin pestañear fija en sus ojos. ¿Qué había de peculiar y llamativo en su persona que mereciera tan inquisitiva inspección ocular? Si bien en aquella cerrazón vehicular el juego de las miradas estaba naturalmente permitido, no por eso resultaban hasta cierto punto poco pertinentes y sumamente embarazosos aquellos ojos fijos en los suyos.
A su lado, una mujer relativamente joven que indudablemente era su madre, no participaba de ese pasajero entretenimiento ya que miraba abstraída un punto lejano del chato horizonte que el ómnibus ofrecía a sus incómodos pasajeros. No obstante giró su cabeza, abandonando sus pensamientos, abrazó al niño, y observó detenidamente al desconocido viajero, quien recordó fugazmente otros acogedores brazos que lo ciñeron con maternal apego cuando era niño. Parpadeos mediante, el juego de a tres continuó con una mezcla de fascinación y embeleso que le hizo olvidar el fastidioso encierro del ómnibus y atemperar la aflicción que sentía por la pérdida del trabajo.
No supo cuanto duró ese encantamiento. Solo fue consciente de la brusca frenada del ómnibus que le hizo apartar su mirada por un instante y dirigirla hacia adelante; cuando la posó nuevamente en el mismo asiento de antes, madre e hijo ya no estaban. El hechizo se había roto.
No tuvo tiempo de reaccionar ya que en la próxima parada debía bajarse del atestado ómnibus. Para ello eligió la única vía de escape que tenía: el medio de ambas hileras de sufrientes pasajeros. Lo hizo como pudo, a través de una interminable cadena de amables “compermisos”, inevitables pisotones e indiscretos roces.
Una vez en la vereda, bajo el resguardo que le ofrecía el refugio colmado de una luminosa propaganda de cereales, se arregló la desaliñada ropa. Se sintió renovado; una frescura inusitada lo envolvió, haciéndolo sentir ligero y alado como si hubiera salido a una nueva vida, dejando atrás, en el ómnibus, la pesada crisálida que lo mantenía apresado.
Con pasos vacilantes al principio, y luego más rápidos a medida que recuperaba la energía, se dirigió prontamente a su casa, a dos cuadras de distancia. Dobló por la transversal que a esa hora estaba casi en penumbras y se sumergió en ella. El colchón de hojas secas que producía un quejido metálico al ser pisado, le ofreció el paso sin cobrarle el desagradable peaje que a veces los desatentos transeúntes pagan con creces.
Había empezado a llover, y con las primeras gotas, se detuvo en seco. Allí donde la vereda se estrecha entre la pared de la subestación eléctrica y las añosas raíces del único plátano sobreviviente al tiempo, allí justo donde no caben más que dos personas desplazándose a la misma vez sin chocarse, allí mismo su alma se abrió en incontrolable manantial de lágrimas. Un grito ronco, seguido de otros, se materializó desde su pecho, pasando al exterior por su áspera garganta, e invadiendo de ecos afligidos la desolada calle.
La fina y persistente llovizna había cedido, y en su lugar quedaba la húmeda sensación de su ausencia.


PÁGINA 19 – POESÍA ARGENTINA

JOSÉ AGUILAR
(Jujuy-Argentina)

LUZBEL A TRAS LUZ

El ágape, cerca del coliseo
congrega
a eupépticos señores
de gesto adusto
de vestimenta pulcra.
Hermenéuticos, apologetas,
dogmáticos, exegetas,
representantes de la intelectualidad untuosa,
retóricos, dialécticos, oradores,
tecnócratas de la palabra santa
invierten su tiempo para
que los fieles puedan entender
herméticos versículos.
En las sucursales también
parece ser que hay buen apetito
y el contacto es aún mayor
con los fans,
la genuflexión en el confesionario
la sotana colgada,
el hábito tirado por la borda,
los sacramentos
guardados bajo llave
y nudo gordiano.

Mientras que en el mundo
las plegarias no llegan a destino;
oídos sordos,
vista cegada
por el reflejo del mármol pulido
y el brillo dorado,
asepsia palpable,
mugre intangible.

¡Volvé pronto
Teresa calcutense,
y da cátedra!



HUGO FRANCISCO RIVELLA
(Rosario de la Frontera-Salta-Argentina)

LA PUERTA

La puerta está de luto,
no pasa el asesino ni la muerte,
ni el espantapájaros con ojos de madera que ahora sueña
distancias.

Por esa puerta un día mi madre fue a la noche.

Yo sé que ella tiene el alma rasgada como un trapo,
que acuna una lámpara que apenas parpadea,
y que en su frente,
el tiempo,
como si no pasara,
se acurruca y titila.

Por esa puerta mi madre ha de volver hecha semilla.

LA AYUDA DE LOS DIOSES

No nos ayudan los dioses, nos ayudan los quebrados del corazón,
los que han caído hasta del tragadero,
los que van por la pendiente a contramano de su propio destino y
aúllan bajo las luces de un parque abandonado.
Ellos están ahí.
Vienen andrajosos con la boca al viento y un collar de mariposas
despintadas les cuelga hasta el ombligo.
El corazón le sale por los ojos.
Nos ayudan los dioses de entrecasa,
a veces pueden llegar en las manos de una madre o pueden ser los
últimos cometas,
la muchacha que aguarda a un hechicero y el violín del ocaso en
las luciérnagas.

Entre ellos voy como que siendo.

EL DESHAUCIADO

Desnudé mis ojos,
me saqué los zapatos,
el verso contrahecho.
Luego me vi extinguirme como un chispazo,
como una gota de papel picado en el ojo del niño que no he sido.
No hay nada aquí. Sólo el vuelo del cuervo rondando tanta muerte,
los huesos,
la flor desvanecida sobre un hierro candente,
la carta al lado de mi sombra.

Me despedí de dios como pude.

XLI

Moriré de caballos,
de pedradas azules.
con la patria en mis ojos y la flor enmohecida de todos los
fracasos;
en Vallejo
trilceando aguaceros temibles…
Cisneros con sus ojos mordiendo catedrales,
Boccanera en las bestias de todos los hoteles.
Moriré de luciérnagas
y el ruido de la lluvia sobre el techo de chapas de la
casa en mi pueblo,
Salgari, Sandokán, Kanmamuri y los tughs en la jungla más
negra de la tierra:
Joseph Brodsky durmiendo con Donne y los halcones,
Ungaretti volviendo del mar de las serpientes,
la muchacha y sus pechos bordados en mi almohada
y Nippur de Lagash
galopando.
Moriré de Oesterheld, Eternauta del cielo, los gurbos
deletreando la voz del universo,
Francis Ponge y el verso desangrado en la piel memoriosa del
cadáver del ángel.
Moriré de Almafuerte, muerto y vociferando, aunque el siglo
lo encierre con hordas homicidas,
con los valses de Strauss y las zambas del Cuchi ardidas
en las siestas del quebracho y las catas,
los murales de Orozco,
las manos de mi madre, el tapiz memorioso de mi
imaginería,
Guayasamín, sus lunas de colores en la piel de sus brazos.
Moriré en los ausentes, los que no irán a verme, porque
escarbo sus bofes a puñalada limpia,
o irán a mi velorio a saber si estoy muerto,
si huelo,
si es cierto que en mi cabeza rugen tigres de arena,
que emana una vertiente de vinos,
y en los ojos titilan espejos relucientes;
mi cadáver
irá como la vida
retozando.


LA CACERÍA DEL ÁNGEL

Ahora que mis ojos mueren achicharrados
pregunto por la escarcha,
aquella levedad
y este niño de plomo que le sangra al poema,
pregunto por la niña que
huye y entrampa la noche
con lobos.

¿Quién le pide al cadáver su luz encadenada?
¿Quién le transita al odio sus campanas moradas?
¿Quién la salva o roe o apenasmente mira?
¿Dónde Romina Merlo, Valeria Rojas o Daiana Villalba?
¡Tantas otras!
¿Y el árbol en donde agoniza el bosque de Lomas de Zamora?
¿Y los tres mil niños que cada día entristecen los hogares
deshechos de América Latina?
Me duele hasta el espejo de la piedra en la boca
porque no dije nada cuando vi al poderoso en su 4 x 4
llevándose a la boca la pobreza y el ángel de muchachas
quebradas por esas
calles
de Rosario de la Frontera, en Salta,
y todos en silencio
o apenas murmurando para adentro,
y el sermón del domingo arrinconado,
y la vecina que tuerce la mirada
porque el barrio se ha llenado de putas.
Putas.
La Cacería del Ángel recién ha comenzado.


PÁGINA 20 – ENSAYO

JORGE FERNANDEZ GRANADOS
(México DF-México)

ALEJANDRA PIZARNIK
Érase una jaula que se volvió pájaro

Alejandra Pizarnik (1936-1972) es una de las presencias más destacadas de la poesía argentina del siglo XX. Su suicidio suscitó múltiples enigmas y comentarios. En este ensayo, de su próximo libro, El fuego que camina, Jorge Fernández Granados se lanza a descubrir a la poeta tras la figura trágica del personaje que se ha construido en torno de ella.

LA PRISIÓN DE LA PERSONA, LA LIBERTAD DEL PERSONAJE

Etimológicamente los vocablos persona y personaje provienen de un mismo concepto: máscara. Por lo menos en su origen en el drama griego, un personaje, una máscara, es un gesto extremado. El personaje es la invención de una persona, en principio un autor, que persigue alumbrar u ocultar con éste determinada zona del ser. Es un énfasis sin fin. Por ello, un personaje resulta fascinante en la medida de su coherencia, de su integridad hasta el final de un drama. En ocasiones, el personaje es tanto o más real que la persona cuando acierta y libera con su participación una esencia humana. Un personaje, una máscara, podría ser imprescindible al fin cuando en su discurso no hay simulacro sino revelación.
El personaje y la leyenda de la escritora Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972) es uno de los mejores ejemplos de esta transfiguración. Su obra edifica un personaje que a la vez se confunde finalmente con la persona de la autora de un modo magistral. Cabe la afirmación, reiterada por sus propios escritos y los testimonios de quienes convivieron con ella, que ni su obra ni su vida, ni siquiera su muerte —ocurrida como se sabe de propia mano— fueron sucesos fortuitos. La poeta tuvo desde muy pronto la perspectiva de su propia identidad como artista y trabajó en ella como si construyera un personaje de ficción. Progresivamente este personaje fue creciendo, lo mismo en singularidad que en hondura, lo mismo en excentricidad que en influencia sobre generaciones subsiguientes, hasta alcanzar su dimensión legendaria. Y si bien la muerte vino a redondear al personaje autoconstruido, ya en vida este personaje era perfectamente distinguible. Una anécdota sucedida durante el día del funeral de Alejandra Pizarnik, referida por un amigo suyo, el periodista y escritor Antonio Requeni, da cuenta de hasta qué punto la voluntad de creación de su propio personaje ya era un hecho en los últimos días de su vida:
La velamos en la Sociedad Argentina de Escritores. La primera vez que abrió las puertas la Sade para un acto público fue para el velatorio de Alejandra. Y yo recuerdo que estaba con varios amigos y nos pasamos la noche allí velándola, con el cajón cerrado, según el rito judío. Vimos entrar una chica que era Alejandra. Muy parecida a ella, con su montgomery, que era el uniforme de Alejandra en los últimos tiempos, peinada como ella, caminaba como ella, vestida igual... la imitaba. Ya era un mito entonces en vida.
Para entonces, la transfiguración de la persona en su propio personaje literario estaba casi concluida. A partir de ese momento el rescate, la revisión y las ediciones prácticamente exhaustivas de sus escritos que se han llevado a cabo en años recientes no han hecho más que pulir el bronce de su leyenda y, quizá lo más importante, nos han permitido ahondar en aquella obra donde sin duda dejó sus mejores fuerzas. Pocos artistas han tenido tan plenamente concebida la efigie final, la máscara labrada por sí mismos que llevará su rostro en el trayecto del tiempo.
Se ha mencionado a la persona y a su personaje como si se tratara de dos conceptos complementarios. Hay que dejar claro este punto: tanto la persona (en este caso la autora) como el personaje (el yo de quien escribe los poemas) son, en términos del análisis literario, identidades igualmente imaginarias. No hay que caer aquí en la fácil dicotomía, ya bastante cuestionada y creo que superada por lo menos en el campo literario, entre lo real y lo ficticio, entre lo objetivo y lo subjetivo que dan sustento y entidad a la que denominamos personaje: “la distinción entre persona y personaje, o lo real y lo ficticio, es ilusoria porque tanto el uno como el otro son construcciones mentales elaboradas sobre una materia que nunca podemos conocer directamente, sino a través de un sistema de representación”. En este caso el sistema de representación, tanto de la figura biográfica de la autora como de su propio personaje literario, es casi exclusivamente verbal. Es decir, sin la palabra testimonial y la obra literaria dejada como argumento de su mistificación difícilmente tendríamos elementos siquiera suficientes para conocer tal autopersonaje.
Por otra parte, las referencias a la muerte, la depresión, el deseo de fuga y la obsesiva premeditación del suicidio son tan frecuentes en la poesía de esta autora que es preferible obviarlas: se trata ya de un lugar común de su leyenda. No es que falten elementos para abordar estos temas en lo que dejó escrito; por el contrario, abundan tanto que señalarlos una y otra vez deja de tener sentido. Ana Nuño lo advierte, al revisar dicha leyenda, pero sobre todo al pretender ser objetiva con la mera obra literaria: “En el caso de Pizarnik, la mitificación de su muerte ha acabado produciendo una especie de ‘relato de la pasión’ que la recubre con el velo de un Cristo femenino”.
Hay que decirlo: se ha cometido con una escritora sumamente singular lo mismo que se repite muy rentablemente entre las figuras del rock y del espectáculo: el suicidio como un acto mórbido de legitimación artística, una especie de mitificación ipso facto que no ayuda a revelar una obra sino que la estereotipa. No dudo que la muerte, particularmente el modo de morir, de un individuo es la última carta que su destino pone sobre la mesa. Siempre la muerte tiene un significado y es único como la vida que cierra. Sin embargo, lo que alimenta esta mitificación resulta en el fondo una melodramatización de un personaje y no, como cabría esperar, una particularización de su esencia. A veces el mito es una máscara colectiva sobre un rostro particular. El mito oculta a la verdadera persona y conforme crece puede llegar a borrarla del todo, pues no obedece a un deseo de conocer sino a uno de adorar.
A este respecto, una de las aproximaciones mejor logradas para extraer a la obra literaria de su mito es el ensayo biográfico realizado por César Aira; un caso notable de “antibiografía” emprendida con el programa ante todo —quiero suponer— de separar a la obra de la figura de su autora o, dicho de otro modo, de salvar a la poesía de su poeta. Aira toma desde el principio una distancia defensiva, incrédula y detectivesca ante el personaje que la leyenda —en buena medida trabajada por la propia Alejandra Pizarnik— nos quiere imponer. Evita, con este fin, el menú de expedientes (políticos, psicoanalíticos o sexuales) con los que el caso Pizarnik ha sido abordado. Se limita, por el contrario, a excavar las fuentes objetivas y los pocos testimonios no contaminados por el mito. Amarga medicina en el paladar de una hagiografía ya demasiado edulcorada por generaciones de admiradores honestos pero mal informados, esta “antibiografía” no es imparcial: busca ser un mazo para demoler la efigie de un ser amado. Y supongo, después de todo, que se odia apasionadamente lo que acaso se ama apasionadamente. Nadie dedicaría tanto tiempo y esfuerzo a un enemigo como quien, a fin de cuentas, lo admira.
Un señalamiento, por ejemplo, que no debe escatimársele a este “antibiógrafo” es el de la decisiva influencia de Antonio Porchia en la poesía de la autora: “Porchia fue fundamental en la creación del estilo y el procedimiento de Pizarnik”, afirma Aira, específicamente al abordar el tema de la génesis y evolución del peculiar estilo de Alejandra: “La solución que eligió Pizarnik ya desde 1956 consistió en poner el mecanismo al servicio de una visualidad de raíz surrealista (el mecanismo de distorsión lógica volvía vidente o alucinatoria esta imaginería) y al mismo tiempo lo usó para dislocar la posición del sujeto, con lo que le daba una vuelta de tuerca insólita al mito del poeta maldito”.
Tal como la escuela de Porchia lo propone, el espacio concentrado de la frase, rigurosamente administrado, y el giro paradójico final, que suele retar a la razón para obligarla a incursionar en una dimensión paradójico-poética, fue sin duda el volumen idóneo para el temperamento —y tal vez la temperatura— intelectual de la autora de Extracción de la piedra de locura. “Todo el aprendizaje literario de Alejandra Pizarnik durante estos años —concluye Aira al referirse al periodo formativo que va de 1955 a 1965— fue una conquista de la brevedad”.


PÁGINA 21 – CUENTO

JAVIER ÁVILA
(Mendoza-Argentina)

PÁJAROS VERDES

UNO

Mahmud mira a los soldados desde el último asiento del autobús. Piensa que van a notar que el documento de identidad que lleva entre las manos no es suyo: que es evidente que su foto tiene un nombre distinto al de él. Pero no. Si lo mira bien, el nombre que está junto a la fotografía podría pertenecerle, y el documento, tan ajado a fuerza de estrujones, hasta podría tener muchos años. Aún así tiene miedo: los soldados pueden sospechar que algo anda mal; y entonces le apuntarán con los fusiles, le gritarán, lo requisarán. Y si eso sucede él sabe qué hará: levantará los brazos con el detonador en la mano, cerrará los ojos y apretará el botón. Pero si no advierten nada extraño, si sólo preguntan su nombre, él deberá responder: Ali Marwan Abu Rabih; Ali Marwan Abu Rabih, susurra otra vez, Ali Marwan Abu Rabih. Tiene un permiso especial que le tramitó su padre para viajar a Silwán, en la parte vieja de Jerusalén. Allí lo espera su tía enferma, a la que su padre le envía veinte shekels. ¿Para qué?, se pregunta Mahmud. Para que pueda pagar un camión que lleve sus muebles hasta el campo de refugiados, se responde. ¿Por qué?, se vuelve a preguntar. Porque el Estado de Israel va a demoler su casa la semana que viene y ella no tiene adónde ir. Mire, deberá decir al soldado, Aquí están, y entonces sacará del bolsillo la bolsita de plástico en la que lleva envueltos muy prolijos los veinte shekels para su tía; y al soldado no le importará que el dinero sea para su tía, porque el soldado la odia, como lo odia a él y a todos los árabes; lo que al soldado le importará es que ese dinero es para que un árabe más se vaya de Jerusalén, y por eso lo pensará dos veces antes de retenerlo o, mejor dicho, de retener el dinero para que su tía se marche. Tienen que dejarme pasar, piensa apretando el documento, tienen que dejarme pasar...

DOS

Había abordado el autobús poco después del amanecer. El recorrido iba de Nablus a Jerusalén, pasando por Ramallah. Tras el contorno difuso de su figura reflejada en el vidrio, había visto pasar llanuras y montañas, campos fértiles y desiertos; también campamentos de refugiados palestinos: Amir, Tahibe, Al Bira. Sus chabolas de cemento se amontonaban sobre la acera como cajas de zapatos. Las paredes de sus construcciones, agujereadas por las balas, estaban cubiertas de frases rebeldes y fotos de los mártires de la resistencia a la ocupación israelí. Algunos precarios edificios se alzaban por encima de la monótona sucesión de techos bajos. Cientos de estrechos callejones, llenos de trincheras y restos de fogatas, confluían en las calles principales, creando intrincados laberintos de tapias bajas y muros en ruinas. A lo lejos, rodeando los campamentos, se alzaba la interminable valla de hormigón que el Estado de Israel levantaba para delimitar sus territorios en Cisjordania.

Ahora, la carretera se extiende hasta el horizonte, perdiéndose bruscamente en las honduras del valle y volviendo a resurgir un poco más allá, entre los límites indefinidos del cielo blancuzco y las cumbres de las montañas. A lo lejos, casi suspendidas de las nubes, se ven las doradas bóvedas de Jerusalén. El camino está sembrado de señales de advertencia para los árabes que intenten llegar a Jerusalén sin un permiso del gobernador militar. Poco después del último cartel, flameando junto a un improvisado toldo de lona, se ve una bandera israelí y, a metros de ella, un vallado de hierro con alambres de púa. El autobús acaba de frenar lentamente. Los soldados lo rodean; algunos se quedan a una cierta distancia apuntando con sus fusiles.

—¡Todos abajo, desciendan con su equipaje!

Uno de los soldados acaba de subir y grita órdenes desde el otro extremo del pasillo. La puerta trasera se abre y todos empiezan a bajar con sus bolsos. Dos soldados los empujan hacia el costado de la ruta. Uno a uno, sus compañeros van respondiendo a las preguntas: A qué lugar se dirige, Cuál es el motivo del viaje, Cuándo estará de regreso, Por qué lleva tanta ropa, Cuánto dinero gastará, En dónde va a parar. Después les piden los permisos y revisan sus documentos. Los dejarán seguir si están de buen humor o los enviarán caminando de regreso si así les place. Mahmud espera y siente ganas de vomitar. Un poco más allá, un hombre canoso, vestido con saco marrón y camisa blanca, tartamudea intentando explicar por qué lleva tanto equipaje. Los soldados desarman su bolso y esparcen sobre el asfalto sus pertenencias. Junto a él, una mujer con velo islámico espera su turno; tiene la mirada clavada en el suelo y los antebrazos apretados contra el estómago. Al fin uno de los soldados llega hasta Mahmud. Le pide los documentos.

—¿Cómo se llama? –pregunta–. Ali Marwan Abu Rabih –responde Mahmud–.¿De dónde viene?

—De Nablus. El soldado revisa la mochila: una vianda, un pantalón, dos remeras. Después escudriña el documento de identidad y el permiso con el sello del gobernador militar. Mahmud siente la sangre golpeando en su garganta.

—¿A dónde va?
—A Silwán. Ayudaré a mí tía a mudarse a Nablus...
—¿Y cuándo regresa?
—Mañana, señor... –El soldado no escucha a Mahmud, sólo grita:
—¡De prisa! ¡Todos a bordo! Mahmud recoge sus cosas y aguarda su turno para ascender al autobús. Minutos más tarde retoma el viaje a Jerusalén, su último destino.

 TRES

Me llamo Mahmud. Soy vendedor de té. Viajo todas las mañanas a Ramallah. El viaje es un poco largo pero vale la pena. Vendo en un hospital de la Cruz Roja. Empiezo por la guardia y sigo por los pabellones hasta venderlo todo. Tengo muchos clientes que me compran sólo a mí. Conozco muy bien mi trabajo. Si hay un hombre sentado y algún otro niño trata de venderle té yo me acerco y le ofrezco té gratis. El hombre me lo acepta pero me da dinero. O puede que en otro lado haya tres hombres que no quieren té, entonces les ofrezco tres tazas por un shekel y aceptan. Así es como lo hago. Pero últimamente el negocio está muerto. Antes ganaba veinte shekels en cada viaje pero ahora tengo suerte si saco diez. Mis precios son los mismos pero la gente ya no compra. En los viejos tiempos fácilmente podía vender dos lotes de tasas al día. Ahora vendo sólo uno. Uno o a veces ni siquiera eso.

CUATRO

Aún es temprano, pero los ruidos del gentío ya empiezan a inundar los callejones cercanos al mercado. Azzaf, la madre de Mahmud, ya ha encendido el fuego, evitando despertar a los niños, moviéndose sigilosa como un gato entre las penumbras rojizas. Algunos rayos de sol comienzan a penetrar por la pequeña ventana clavándose como agujas sobre el piso de adobe. Inclinada sobre la mesa, con las sienes apoyadas entre sus manos, lee con dificultad la carta que Mahmud le ha dejado antes de marcharse. Junto a ella, vacío, está el termo que cada día llevaba a Ramallah. Azzaf solloza y se dobla sobre sí procurando reprimir un grito. Las imágenes se amontonan en sus retinas como la arena sobre los viejos caminos de Cisjordania. Su cuerpo, inmóvil, se vuelve a estremecer con el viento glacial que inundó la carretera aquella noche de enero. Lo siente colándose en la cocina, como se coló por las oxidadas bisagras del viejo furgón en el que la trasladaban al hospital para dar a luz. Afuera, mezclados con el viento del desierto soplando en su memoria, confundiéndose con la rumorosa multitud que ya empieza a agitarse en el mercado, se escuchan los ruegos de Mustafá, su marido, tratando de convencer a un soldado de que los deje pasar.

—Está por dar a luz –le decía–, la llevamos al Hospital de Ramallah con su hermana.
—¿Y el señor? –preguntaba el soldado señalando con el rifle a Imad, el vecino que los conducía en su camioneta.
—El señor es nuestro vecino, Imad Abu Askar, ese es su documento, mire, él se ofreció a llevarnos.
—¿Y? –preguntó mientras revisaba lentamente los papeles que Mustafá le acababa de entregar.
—¿Y qué? –respondió Mustafá tratando de controlarse–. Mi esposa ha sangrado mucho, está débil y con dolores de parto; déjenos pasar por favor –le dijo haciendo un gesto de ruego con las manos–.
—No me falte el respeto y póngase más atrás –ordenó el soldado golpeándole dos veces en el pecho con la culata del fusil–.

Azzaf lo veía todo a través del vidrio trasero del furgón, en donde aguardaba con su hermana; los dolores crecían y las contracciones eran cada vez más fuertes.

—¿De dónde viene? –preguntó una vez más el soldado–.
—De Nablus, ya se lo dije tres veces, por favor el niño está por nacer, déjenos continuar.
—¿Hacía dónde se dirige?
—Hacia Ramallah, vamos al Hospital de la Cruz Roja –le volvió contestar Mustafá–.
—Es mentira –dijo el soldado–. Usted no va a Ramallah. Dígale a su mujer que salga del vehículo.

Entonces abrió la puerta con violencia. Era un soldado joven, de no más de veinte años, e iba fuertemente armado; tenía la boca y la nariz tapados con una bufanda verde y el casco le cubría la frente hasta las cejas.

—Buenas noches, señora –dijo mirándola de arriba abajo–.

Azzaf miró al soldado con un gesto implorante. La colchoneta sobre la que la habían recostado y la manta que la cubría estaban manchadas con sangre.
—¿Está enferma? –preguntó sin esperar una respuesta; luego se dirigió a Bethel, la hermana de Azzaf–.
—Descienda del vehículo y aguarde afuera –Bethel obedeció.Luego lo miró a Mustafá y dijo–:No podemos dejarlos pasar.
—¿Por qué? –preguntó Mustafá pálido de impotencia–.
—Porque no pueden pasar, hay toque de queda.

Dos soldados más se acercaron caminando lentamente.

—Pero adónde vamos a ir, mi esposa está por dar a luz –replicó Mustafá–.
—No sé –dijo el soldado–. Váyanse a su casa.
—¡Pero necesitamos ayuda médica!

El soldado levantó los hombros y abrió los brazos con las palmas extendidas hacia adelante.

—No es mi problema, vayan por ahí –dijo señalando hacia una laguna que había al costado de la ruta–.
—¿Qué? –preguntó sorprendido Mustafá–.
—Nada –respondió el soldado–. Era una broma. Dense la vuelta y regresen, por aquí no podrán pasar.
—Por favor –volvió a insistir Mustafá–. Mi mujer puede morir, y mi hijo también estamos a minutos del hospital, déjenos pasar.
—No discutas conmigo –dijo el soldado cerrando con un fuerte golpe la portezuela–.El interior del furgón quedó a oscuras y Azzaf sintió que sus piernas y su útero se endurecían. No podía moverse, no podía cambiar de posición. La sólida frialdad del piso le penetraba la espalda. Su mente le sugería movimientos, gritos, pero su cuerpo no respondía. Afuera, los sollozos de su hermana y los ruegos de su esposo se hacían cada vez más lejanos, más tenues. Una fuerza incontenible le empezó a horadar las entrañas, abriéndose paso desde adentro con firmeza y determinación, atravesando su dolor, surgiendo de su vientre sin que ella pudiera controlarlo. Al fin se entregó a la vida: relajó su pelvis, liberó su energía en un grito desesperado y, después de unos segundos, Mahmud, Mahmoud Mustafa Ashour, el primero de sus siete hijos, al fin lloró.

CINCO

Ayer vino un hombre a casa. Le entregó a mamá un sobre con dinero y algunas fotos de Mahmud vestido como shahid. Mamá lloró. Igual haremos un festejo. Compraremos dulces y jugos para agasajar a todas las personas que están viniendo a felicitarnos. Estamos orgullosos de mi hermano y de todo lo que él hizo. Doy gracias a Allah por él y por el honor que ha traído a la memoria de nuestro padre. De pequeños soñábamos con ser shahid. Corríamos hasta los puestos de comida blandiendo los fusiles de madera que papá nos había construido. Nos imaginábamos tirando granadas de mano y matando a soldados israelíes. Yo y mis hermanos nacimos aquí. Es bueno vivir cerca del mercado. Pero lo feo es el olor. Cuando papá volvía del trabajo siempre se quejaba. Es una mezcla de olores, decía: ¡A desinfectante! ¡A basura! ¡A excrementos! Y es verdad. Aunque a veces el olor se confunde con el de las especias y frutas. O con los perfumes que se ponen las mujeres. En la entrada a casa hay un recibidor con fotos del abuelo. También está la llave de la casa que Israel le quitó a nuestra familia. Las paredes están llenas de rosarios musulmanes y figuras de Yasser Arafat y el Che Guevara. Tenemos un televisor que podemos ver a veces, cuando hay electricidad, o cuando transmite la TV palestina. También hay un horno a leña y un aparador para guardar comida. Después está el dormitorio. Allí mamá colocó las fotos que le dio el hombre. Están en un portarretratos dorado junto a otras de papá y abuelo. La misma imagen de Mahmud rodeado de pájaros verdes y con una bandera palestina ondeando en el fondo está pegada por todo el campamento. Todos saben fue un mártir. Yo sé que nos espera junto a papá y el abuelo en un lugar especial del paraíso. Que Allah los tenga en su Gloria.

SEIS

Es un vídeo casero. Dura dos minutos. Está circulando en todos los canales de televisión y dicen que ya lo han subido a internet. En la grabación se ven dos sillas. En una está sentado un hombre con pasamontañas que lee las preguntas de un pequeño anotador. En la otra está Mahmud vestido con uniforme militar. Lleva un arma en la mano. Una vincha verde de la brigada de los mártires de Al Aqsa le cubre la mitad de la frente. Detrás de ellos se extiende una bandera palestina y, sobre un pequeño atril de caña, un libro del Corán.

—¿Cómo te llamas? –pregunta el hombre de la capucha–.
—Me llamo Mahmoud Mustafa Ashour. Mahmoud es el nombre que me pusieron a mí, es la variante de Mohammad, el nombre del fundador del islam y significa loable, glorificado. Mustafá es el nombre de mi padre, que murió en una cárcel israelí. Mi abuelo también se llamaba Mahmud y mi familia completa se apellida Ashour.
—¿Por qué quieres ser un shahid?
—Porque quiero estar en el paraíso. Hay una pared alta e impenetrable que nos separa del paraíso o del infierno. Allah nos promete uno o el otro. Al apretar el detonador y explotar uno abre la puerta del paraíso, el camino más corto al cielo.
—¿Tienes miedo?
—Tengo miedo, pero el miedo fortalece mi fe. Hice juramento con el Corán ante la presencia de Allah. Sé que voy a entrar al paraíso por la puerta de la yihad, una entrada especial guardada para los mártires y los profetas. Sé que hay otras maneras de hacer yihad, pero ésta es dulce... la más dulce. Las operaciones de los mártires, si se hacen por Allah, duelen menos que la picadura de un mosquito.
—¿Qué le dirías a los jóvenes palestinos que quieren liberar a su pueblo de la ocupación israelí?
—Que luchen con todas sus fuerzas. Todos deberíamos aspirar a convertirnos en mártires. En la intifada las piedras casi liberaron a media palestina. Los mártires han sembrado el terror entre nuestros enemigos. Ellos tienen armas nucleares y helicópteros. Nosotros sólo tenemos piedras y bombas caseras para defendernos. Pero Allah está de nuestra parte. Hay que luchar hasta recuperar lo que es nuestro. Soy Mahmoud Mustafa Ashour y mañana me convertiré en un mártir, heriré a Israel en su corazón. Allah sea glorificado.

SIETE

Los oí conversando en la cocina. A mi hermano Mahmud y a Basán, su amigo. Se estaban preparando para ir al campamento de la escuela de verano de Al Aqsa. Nunca devolverán nuestra tierra, decía mi hermano. Pero hay que resistir, Mahmud, escuché decir a Basán. No tenemos armas, o tiramos piedras o morimos como mártires. ¿Has pensado en ser mártir?, le preguntó Mahmud. Claro que sí, todos queremos ser mártires, ¿o tú no quieres ser mártir? ¿Que si quiero ser mártir?, claro que sí, para morir por Allah, pero además para vengar la muerte de papá. Pero si eres mártir no puedes fallar, replicó Basán. Un verdadero mártir es el que se pone el cinturón y lo hace explotar, ningún mártir verdadero regresa de su misión, ellos no son mártires. ¿No? No, todos los encarcelados por haber intentado ser mártires sin conseguirlo no buscaban convertirse en mártires, ni tienen nada que ver con ellos, al menos eso es lo que dice Zackaría, le oí decir a Basán. ¿Quién es Zackaría? El comandante de la brigada de mártires de Al Aqsa, mañana lo conocerás.

OCHO

No tengas miedo. Espera. Tu alma se convertirá en un pájaro verde y volará por los jardines del paraíso, comiendo de sus frutos, bebiendo de sus aguas, refugiándose en las lámparas de oro que hay bajo el trono. Estira tu mano y en el aire, a contraluz de la luna, traza con tu dedo índice la figura de un caballo blanco que, al galope, tardará cien años en salir de la sombra del árbol del tubà, cuyas ramas recitan constantemente las suras del Corán. Saborea el vino, las riquezas y las setenta y dos muchachas bellas y vírgenes que pronto desposarás. Sonríe y olvida el miedo a los soldados, al martirio, a la muerte. Ya eres fuerte: los niños de la intinfada dibujarán tu rostro en los muros y los nuevos shahid invocaran tu nombre en la batalla. Cierra los ojos con fuerza e imagínate envuelto en un sudario negro, como tu padre, mientras los soldados israelíes le entregan tu cadáver a tu madre. Palestina te llora y te vela como a un mártir.

NUEVE

Acaba de bajar del autobús y ahora es uno más del gentío, va mezclado entre la aglomeración bulliciosa que avanza como una corriente calma hacia algún lugar de la ciudad sagrada. A lo lejos, la muralla que rodea a Jerusalén con sus ocho puertas y, dentro de sus límites, las cúpulas, las mezquitas, los templos. Camina, se acerca al blanco, se siente flotando en el límite invisible entre la tierra y el paraíso. De un lado, el aire surcado por la música y las voces: los cantos del almuédano, las campanas, los vaporosos murmullos de los rezos; del otro, los siete jardines, los frutales eternos y las setenta y dos vírgenes que lo miran desde el cielo. Ante sus ojos, por encima de la muralla, se alzan imponentes las grandes bóvedas de la explanada de las mezquitas y, tras una de ellas, en la pared oeste, por el exterior, sabe que lo espera el Muro de las Lamentaciones. Hacia allí se dirige, procurando hacerse invisible, pasando como un fantasma ante la aguda mirada de los soldados israelíes. Si lo ven, si posan sobre él sus ojos, deben creer que es judío, un niño judío, de campera holgada y gorra negra, uno más entre tantos que van a rezar al muro, a dejar allí un papelito con un ruego para Jahvé. Lo que nadie sabe, lo que no deben notar (nadie, ni esos muchachos de kipá, ni aquellos hombres de vestimenta negra, ni esos con rizos en el extremo del cabello) es que los dientes de ese niño son clavos, que su sangre es pólvora, y que la blanca piel de su tórax envuelve un corazón explosivo. Ha guardado el secreto durante meses, no lo supo su madre, tampoco sus hermanos, ni sus amigos; ha entrenado su espíritu y su cuerpo para convertirse en un arma sagrada, en una bomba humana.

Poco después empieza a separarse del gentío. Camina entre las viejas callejuelas de la ciudad y serpentea por los oscuros laberintos de veredas angostas; sube las antiguas escaleras de piedra y sigue avanzando. Piensa en su madre, en su padre, en Omar, en Basán y en sus seis hermanos. Ha pagado sus deudas, ha ayunado y el día anterior ha dejado grabado un mensaje para animar a otros muchachos a seguir su ejemplo. Llega a una terraza, ve el muro de frente y, tras él, las mezquitas. Apura el paso, desciende, se aproxima a la multitud de hombres con kipá rezando, a los turistas sacando fotos, a los soldados. Siente la fuerza de Allah en sus piernas. Introduce la mano bajo su campera, toma el detonador, dice la oración de combate y corre, corre, corre hacia ellos, eligiendo el camino más corto al cielo, abriendo frente a sí las puertas del paraíso.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

ALEJANDRO DELGADO
(Morelia-Michoacán-México)

ESTAR CASI

debo traer a punto el silencio
lo que araña los sueños
la noche que me hace gritar sombras
arrastrando lo mío
alejando lo tuyo
la esperanza en flamas
escala la piel de mis noches
centrifuga los círculos de hielo
en la oscuridad de mi vuelo
y un susurro adentra
la profecía del clavo
sabiéndome pertenencia
de lo desconocido

estoy a punto de llorar
como río antes de la inundación

OLVIDO

el anciano mira la prisa del viento
con sus lentos pasos anclando en las huellas
la anciana escucha el eco de su propio corazón
respira el vacío entre los años
que certifica la verdad de lo incierto
entre paginada en los archivos del dolor

el profundo recuerdo
de lo que pudo haber sido
el niño juguetea con la pistola de papá
la niña maquilla el gesto eterno de la muñeca
uno se repite nombres de las amantes paternas
el otro reclama a mamá por qué desecha sueños

el policía y los predicadores
corean con los soldados
el himno de números del político
un hombre solitario se desvanece a sí mismo
al centro del iconoclasta espejo del olvido
y los pájaros se impactan en el cristal de las ventanas
ignorando la transparencia de la muerte

A ELLA

había una vez
una poesía
que deseaba ser
poeta

EL OTRO DESTINO MANIFIESTO

quiero romper todas mis reglas
ir por mis propios desconocidos caminos
vivir más que mi propio vivir
cambiar los latidos de mi propio corazón
quiero amar lo que nadie espera amar
el destino que los rebaños desprecian
entender el llanto de mi propia profundidad
alcanzar lo que el cometa puede aprender de la oscuridad
vivir por adelantado el vivo acertijo de mi muerte
incinerar los códigos de soledad de otros
traspasar los límites de toda diferencia
sembrar en el universo la semilla de mi pasión
quiero ahogar mis sueños en el mar y el desierto del amor
encajar mis pesadillas en la hipocresía de la verdad
ser el verdadero hijo de la contradicción
explorar sin piedad la caricia de la posibilidad
ser Edipo amotinado amante del incesto del tiempo

Prometeo que con fuego congela las barreras del amor

ADÁN ECHEVERRÍA
(Mérida-Yucatán-México)

YO SOY EL POETA
para ese alegre compadre que es Mario Bojórquez

Usted no lo va a creer pero
cuando la noche avance y la reyna de los poetas
se suba a la barra del bar para mostrarnos los pechos
y derrame sobre la desnudez esa botella de Jack Daniel’s

cuando la noche se alargue tanto que no quede curva donde
poder arrastrarnos arrastrarnos sí arrastrarnos

cuando la noche sea alta y el negror te infunda el miedo sobre el blanco de la hoja
blancas las flores
blancos los unicornios
blancos los tentáculos que se expanden ahí en las oficinas

hasta ahí se elevará
ahí siempre y siempre se elevará mi nombre
en esa marquesina
en las contratapas
en las ocho columnas y debajo de las piernas de las mujeres
que oh claro que sí
soban y soban mi hombría desparramada

las letras lo anuncian
lo gritan las carteras los presupuestos
que Yo soy el poeta
a quien debe seguirse en medio de tanta trapacería
de tanta antología idiota y apremiante
                                 pero me quedé en que era alta la noche
y la reyna de la poesía sonríe tirada en el cuarto de baño
vomitando porque
¡no se puede!

soy el poeta de este año marcado por la incertidumbre
el de la comunicación cerrada
el poeta que aúlla y se detiene en la ventana
a ver los helicópteros
a regañadientes de la prensa
                                               y de la iglesia multicolor
paseo mis letras por la alfombra
                                ¿me quedé en la noche alta o no? 
qué hay con la noche pues
y la reyna de la poesía que siempre se ha anunciado
en las telenovelas
en las escuelitas de párvulos escritores que pagan su colegiatura a tiempo
que se saludan con las manos manchadas de crayola
y se ven todos sonrientes
detrás de los espejos donde todo es el mismo rostro
                             el mío
porque el poeta soy yo:
un día la musa tocó a mi puerta y dijo
                                                acá te entrego la voz
porque eres mi hijo en quien me complazco
por eso hoy puedo decirles
que le he servido
y bien
                     Amanece


VICTIMARSE
para Ileana Garma

¿Dónde es aquella hora en que tu cuerpo caminaba por mi barba?
¿Aquellos días y el sol metido en tus pantalones de mezclilla?
¿dónde es?

¿Cuándo es la maravilla del roce de tu voz que gime tan pausadamente?
¿Ahí dentro entre tus pliegues de lechuza imaginada?
El día es sólo un templo vacío por falta de creyentes
Y la noche un hemiciclo a Juárez u algún otro monumento empolvado
¿de qué nos sirve el cuándo?

Los amantes callaron y las sábanas tomaron las calles
Todos desnudos habitantes del sueño y el grito cae precipitado hacia la sombra
¿Era tu grito el ataúd para mi nombre?

Lo sabes pequeña
un relámpago nos regaló el estallar los vidrios de la calma
y fuimos caleidoscopio
esquirlas doradas en los párpados

Me aterra la pesadilla de los ángeles bienaventurados
y cómo me duele tu ausencia

Se que te amo
porque amanece



PÁGINA 23 – ENSAYO

J. ROSAS RIBEYRO.
(Lima-Perú / París-Francia)

LOS PREMIOS NO MIDEN NADA

Escribo “los premios”  y se me mete en la memoria una novela de Cortázar, que leí hace tiempo y de la cual no recuerdo nada. Inmediatamente después me acuerdo de que Roberto Bolaño contaba que, en sus primeros años en España, participaba en cuanto premio literario encontraba (y allá hay cientos) con el único fin de ganar un poco de dinero para sobrevivir. Más tarde, mientras que el tema me da vueltas en la cabeza, rememoro una crónica que escribí y publiqué hace un tiempo y que, si recuerdo bien pese a mi mala memoria consuetudinaria, titulé “Mis premios Nobel”. Por supuesto, en ella no trataba de los que he ganado yo, por la sencilla razón de que no he obtenido ni obtendré nunca un premio Nobel, lo cual en verdad no me preocupa en absoluto.
No, si la memoria no me falla, en ese artículo abordaba yo los casos de los múltiples escritores que considero entre los mejores de los mejores y que nunca han ganado la recompensa sueca que no dejaba dormir a Vargas Llosa antes de que se la otorgaran a él. Imagínense, ¡lo tenía García M y no Vargas L!, ¡qué injusticia tan injusta! Evocaba, en cambio, si mal no recuerdo, a Pier Paolo Pasolini, Jean Genet, Malcom Lowry, Marcel Proust, José Carlos Onetti, Elsa Morante, Thomas Bernhard y muchos escritores más entre mis preferidos que, de hecho, por ser lo que eran y escribir lo que escribían, tenían vedado el camino a la jugosa recompensa. Y realmente creo que les importaba un comino el asunto.
Todo esto viene al caso porque hace unos días leí una entrevista al poeta españolJuan Carlos Mestre en la que, entre otras cosas interesantes, decía: “Los premios son un mal…yo no sé si necesario, pero desde luego, no miden absolutamente nada, ni tienen que ver nada con la poesía. Tienen que ver con la sociología de lo público, tienen que ver con el mundo editorial, tienen que ver con las posibilidades de difusión de una obra; pero no tienen absolutamente nada que ver con la escritura de un solo poema.” Suscribo totalmente esta idea, nomás que yo añadiría que no tienen nada que ver tampoco con la calidad de las novelas o de los libros de cuentos. Eso no quiere decir, por supuesto, que el premio Nobel, el Alfaguara de novela, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos  y tantos otros de aquí, allá y acullá solo se los hayan otorgado a escritores que no merecen ningún reconocimiento.
No es eso, por supuesto, lo que estoy diciendo, pero me parece que esos escritores de valía son los que ennoblecen la recompensa más que lo contrario, son la excepción más que la regla. Y más aún cuando el premio, cualquiera que sea, logra sacar del anonimato a un gran escritor y nos permite descubrirlo, lo cual, lamentablemente, no es lo que suele ocurrir. De estas excepciones recuerdo, así de repente, dos: en el caso del Nobel, la excelente poeta polaca Wislawa Szymboska, que muy pocos conocían, y en cuanto al premio Alfaguara de novela, sólo por poner un ejemplo, el otorgado al mexicano Xavier Velasco por una novela de gran calidad titulada Diablo guardián.
Como decía antes, un escritor inmenso, como es el austríaco renegado Thomas Bernhard, nunca recibió el Nobel pero sí diferentes premios locales o de la lengua alemana que le permitieron, como a Bolaño, sortear los momentos difíciles de una vida dedicada a la literatura. Sobre ello hablaBernhard en Mes prixlittéraires (Mis premios literarios), una recopilación de textos publicada en francés por las ediciones Gallimard. En uno de ellos, sobre el premio que otorga la ciudad de Brême, cuenta el escritor austríaco que le tocó ser miembro del jurado: “Yo quería que se le diera el premio a Canetti, que se recompensara Auto de fe, una genial obra de juventud que había sido reeditada un año antes de esta reunión del jurado. Repetí varias veces Canetti y cada vez los rostros alrededor de la gran mesa parecía que sufrían. Ocurre que varios de los jurados allí presentes no sabían siquiera quién era Canetti.”Lo ocurrido en Brême de seguro ocurre en muchos de los premios que se otorgan cada año: los jurados no conocen a los candidatos ni han leído sus obras. Se sabe que lo que está detrás de muchos premios es una especie de guerra civil entre casas editoras, una guerra en la que no se combate con argumentos literarios sino comerciales o de poder económico en el seno de la industria del libro.
Dicho todo esto quiero acercarme un poco a la situación francesa donde, precisamente en estos días, acaban de atribuirse los principales premios “literarios”. De hecho el principal de todos es el Goncourt, no porque entregue montañas de dinero (como es el caso, por ejemplo, en España, del premio Planeta, el cual, seguro que por eso mismo, trata siempre de que haya un candidato “favorito” ya desde antes de que se reúna el supuesto jurado), no, porque el Goncourt no le otorga al ganador ni cinco euros ni nada. El interés de ganar esa “prestigiosa” recompensa está en otra parte, está en lo que se gana por la multiplicación enormes de las ventas del libro recompensado. Un ejemplo reciente muestra claramente lo que estoy diciendo. El año pasado obtuvo el Goncourt Le Sermon sur la chute de Rome (El sermón sobre la caída de Roma), novela de un autor no muy conocido hasta ese entonces llamado Jerôme Ferrari. En la primera semana posterior a su puesta en venta se habían vendido de este libro 8 937 ejemplares, en cuanto se supo que formaba parte de la lista de candidatos al premio, las ventas en una semana pasaron a 37 826 y ya cuando se anunció que era el ganador se llegó a más de 43 mil ejemplares en una semana.
Luego, durante el año posterior al premio el nivel de ventas prosiguió a un alto nivel sostenido hasta alcanzar el total de 333 271 ejemplares. Este es solo un caso y no de los mejores, por supuesto en términos comerciales y no literarios (la calidad literaria no tiene nada que ver en esto, repito), ya que quien tiene el récord en números de ventas en los últimos 25 años es Les Bienveillantes, muy gruesa novela escrita en francés por un estadounidense por entonces residente en España: Jonathan Littell. En su caso le fue favorable el que se desatara una polémica, ya que se trata del larguísimo monólogo de un ex nazi. La casa Gallimard editora de este libro, y la Grasset, las más grandes de Francia, son las campeonas de los premios “literarios” galos, ya que en un cuarto de siglo ha acumulado 32 de los Goncourt, Renaudot, Fémina, Goncourt de los estudiantes de secundaria (que cada día funciona mejor comercialmente), premio de las lectoras de la revista Elle, premio del libro Inter y el Interallié, o sea, de los siete premios más importantes de Francia. Le siguen Seuil con 20, Actes Sud y Albin Michel con 13, y el resto, es decir 23 premios se los han repartido nada menos que seis casas editoras.
Unos datos más que me parece interesante mencionar antes de concluir. El promedio de ventas de un premio Renaudot, “prestigioso” pero con menor notoriedad que el Goncourt, es de 187 mil ejemplares, y del Fémina 105 mil. En 25 años han sido premiados 152 escritores de sexo masculino y sólo 51 mujeres. Frente a todas estas cifras y los millones de euros que ellas implican tanto para los editores como para los autores, no puedo sino sonreír cuando en el Perú hay gente que se destripa por ganar un premio nacional y maldice a la humanidad entera sino se lo otorgan, pese a que no les significa en verdad gran cosa que meterse en el bolsillo. Un amigo escritor, que no es Vargas Llosa ni Bryce ni Baylly, me decía un día, entre triste y resignado: “si en el Perú vendes mil ejemplares debes estar contento, ya eres un bestseller.” Desde ese punto de vista no existen, pues, puntos posibles de comparación, pero tanto acá como allá, tanto con cifras millonarias como con sumas miserables, los premios “literarios” no tienen nada que ver con la literatura y, como decía el poeta Mestre más arriba, “no miden absolutamente nada”.


PÁGINA 24 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

DEL CELULOIDE

Nunca pasó de la condición de extra, Calígula Sánchez. Si bien siempre trata estar cerca de los directores, que lo vean, alguna vez tímidamente que lo oigan, no pasa nada con él. Generalmente lo tienen para las comparsas, pocas solo frente a la cámara. Le aconsejan que vea a algún productor, por si arriba a una prueba.  Pero no. Lo que sí, dos veces, cuando el estudio apagaba las luces, se sentó en la silla del director.



En una tienda de teatro compró el peluquín. Justo el apropiado. Se lo coloca los fines de semana cuando la piazza está llena de turistas y, entre susurros y gritos, lo confunden con Marcello Mastroianni y lo persiguen.



El cine de Spoletto cerró hace diez años. En sus dos carteleras continúan, más o menos legibles, los afiches de Casablanca y de Cleopatra, La Reina del Nilo. Ninguno de los que pasan deja de mirar a Ingrid Bergman y Humphey Bogart y a esa enigmática Liz Taylor que sonríe tras un rostro semioculto, junto a Richard Burton. Ninguno de los que pasan olvida que allí se cobijaron sueños. Se tejieron romances. Se robaron besos. Y se inmolaron  cien almas.



Vive pendiente de Bette Davis y de Joan Crawford. Cómo lloran, cómo se desvanecen, las bofetadas que reciben.  Y los besos. Las tiene fijadas en la retina: una en cada ojo. Y a ver cuál la hace llorar más con sus abismos. ¡Cómo se sufre con ellas! A veces piensa que no es justo que todavía no hayan encontrado un galán maduro que las haga felices. Tonta:tendrían que irse de Hollywood, dice su amiga…



No fue más al biógrafo desde el día que Greta Garbo mostró al mundo que sabía hablar.



La última vez que vi una película de Gary Cooper adverti que le costaba pronunciar las erres y las eses. Me dio la impresión como que hubiera tenido labio leporino, la forma suya frente a ciertas dicciones. Si es así, tendrían que cuidarse más en los estudios de filmación. Tanto hacen para seleccionar actores y aceptan algunos que tienen defectos. A mi, precisamente a mí, no me perdonaron la dislalia.



Mi abuelo, Cecil B. De Mille, aseguraba que cualquier cadalso era más misericordioso que ser ahorcado por la diva de turno.



El cine de la familia es hoy un gran criadero de pollos. Produce dinero de otra forma, desde que vino el mundo de los videos. El tio Tito, el solterón que tuvo un affaire con la Merello, es quien nunca consintió la herejía. Afirma que jamás entrará al gallinero. Y si así lo hiciera, que Errol Flynn y Victor Mature lo tiren de las patas en su destino final y no le den reposo.



No me gusta James Dean. Está en eterna juventud y los años no le pasan. No madura, digo. Tendrían que ubicarlo en roles de veterano: ahí se vería si en realidad tiene garra.



A Gloria Swanson la vimos cruzar descalza Sunset Boulevard. Es más baja de lo que sale en pantalla. Y más gorda. Aparte, nos pareció que es estrábica del ojo derecho. El club de fans ha resuelto borrarla. Nos hemos pasado a Mae West.



El cineclub no funciona. Va sólo gente de la tercera edad y la deuda con la compañía de electricidad es impagable. Ergo, no hay proyecciones. A veces se anuncia un estreno, que por supuesto no se concreta porque no llegan las copias a tiempo. Los socios regresan a sus casas resignadamente. Y la rueda  sigue girando. Hoy la trajeron a Isabel Sarli a un encuentro público. Cinco, seis filas de hombres añosos. Afuera, sus mujeres esperando para hacer justicia…



Fue a ver la última de Montgomery Clift. Al rato de transcurrir las primeras escenas, le sobreviene una calentura extraña. Se lo come con los ojos, mientras aprieta las piernas y entresaca de los labios una lengua golosa. Labios resecos. Escalofríos. Al llegar a su casa
el termómetro denuncia 40ª y llaman al médico.


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

IHOSVANY HERNÁNDEZ GONZÁLEZ
(Montreal-Canadá)

POEMA A UNA CASA FAMILIAR

En esta pared solemos escribir todo el silencio
Sonia Díaz Corrales

con el eco llenándonos los ojos
escribimos sobre el blanco muro que alguna vez nos unió
juntando las monedas para disponer de un almuerzo de fines de semana
en donde podamos estar juntos ante una única mesa
en una casa de cielo propicio para el pacto con lo cotidiano
ese recinto en donde todavía no se habla de pérdidas humanas
ni de la prolongada incertidumbre del que ha quedado dentro
aguardando
una nueva cita contra el futuro.

blancos fueron los muros
la cal los hacía cada vez más dignos
pero un día despertamos sin el resplandor de tanta limpieza
y callamos al ver lo que nos hizo seguros ante el polvo
padre y madre, el primogénito y el benjamín dibujando
secuencias de un plano que jamás llegaron a completarse
el día fue trozado en fragmentos que ahora
ni yo puedo unir para hablar de lo que fue delicia entre columnas
o en aquel jardín de adelfas que de sólo contemplarlo
daba la impresión de que el mundo era perfecto
padre y madre bajo el mismo umbral
ante una calle empedrada que luego tuvo su asfalto requemado al mediodía.

todas las cosas que pienso tienen su inicio en ese paisaje
en este largo trayecto, una salida
dejando el muro pleno de un extraño silencio
dejando el recuerdo en cada utopía
padre y madre que dijeron acaso lo que yo no pude
cuando cerraron la puerta y quedaron abandonados en su espera
la vuelta prolongada
el reencuentro imprescindible que se cuece en ese auxilio
a lo lejos
entre columnas que no aguantan ya el peso de tanto cielo inmóvil
deudores del tiempo irascible
de la sombra que apaña
deudores
de la vida cercenándose desde una casa.

UNO SABE

uno sabe  lo que quiere cuando lo torna realidad en el verbo diario
en la calle más apretada del mundo
en el aroma del cuerpo enajenado o febril
en el campo visual donde la belleza se niega a ser transitoria
o en la lluvia de septiembre que recluye tu mano en su levedad fortuita
uno sabe lo que quiere cuando procura nacer de la insatisfacción con la vida
(semejante sarcasmo olvidado en el curso de una estación invernal a otra)
cosas comunes en el hombre que busca su igual
uno sabe lo que quiere porque lo sueña y lo ampara hasta la saciedad misma
y crece en todas direcciones como un verso tendido bajo este mismo sol que incinera
y que uno cree conocer
como la casa en donde hemos visto asomarse algún futuro incierto
uno sabe de la saciedad en la tarde, de empeñarse en hacer de su tiempo
una conexión espontánea con el mundo
(diversos los puntos de vistas que el escriba dispone hasta tocar tierra).
uno sabe de la plenitud del silencio
con el que sabrá que ha ganado un minúsculo tramo en la trayectoria que en la noche
irá corroborando
hasta llegar a las miradas que se pierden dentro de estos mismos esquemas.

ELEMENTAL
Predilección

puede que (esta tarde) la vida traiga algo consigo / (de alguna forma
lo he soñado en el agujero del día)
puede que obtenga un eslabón para juntar al faltante, una encomienda a tiempo
alguna una cuenta por saldar con el intruso / el aspirante a Caín / admiración en el contrario
un camino a recorrer desde el instinto que domina al verso
hablo de quien injerta flechas a quien lo escucha
íntegro el silencio en las armas del elegido
como un elemento en la necesidad  de sobrevivir
ante la belleza más elemental o transitoria.

puede que esta tarde la vida ofrezca la fortuna de conocernos
ahora que escribo para advertir de la existencia del otro lado de la realidad
hablo de un pez
sobre la franja que divide la tierra en la plenitud de una página imprevista.

puede que esta misma tarde no haga falta la sombra que se empeña en derruir la astucia
(todo amor caduca cuando se limita su miseria / todo mar penetra en la igualdad de los mortales)
desde la perennidad de las cosas que interesan doblegándose en el tiempo.

puede que la vida me ofrezca una nueva posibilidad
que todo ocurra cuando escribo
dentro de este mismo ínfimo universo que alimentas.

DESDE UN MENSAJE EN CIFRAS, EL MUNDO
Poema desde un diciembre

hay días en que Dios llega sorpresivo y deja un mensaje  en cifras sobre la mesa
(contra la rigor del mundo ganas unas palabras a tu favor)
el viento cruza el rostro perfectamente animado y la luz del sol
comienza a ejecutar su tecnología aprendida

ahora sientes que la vida te ofrece un lado magnánimo
un instante de apertura a la gratificación
pero el desenlace no es éste
en el silencio de los paseantes
algo esconderá la caridad del ímpetu a ser otro
desde este mismo sendero

el misterio ha sido siempre contrarrestar la intransigencia
por esos corredores donde la vida ofrece una señal a cada instante
una entrega
hacia los verdaderos aciertos que el mismo vivir implica

hay días en que Dios aparece y sorpresivo
deja una señal en cifras sobre la mesa
(cada momento lleva un atajo para llegar al infinito)
saber amar los instantes requiere de un entrenamiento que sólo el tiempo muestra

hay días en que sabemos
que aparecerá un mensaje presto a ser comedido
en su credencial para traspasar el error que a ratos la existencia depara
(en su corazón, el mundo transita de un estado a otro) hasta encontrar ese signo
sabemos que existe en cualquier forma y duración
sobre cualquier situación perentoria
y preña de sueños la escaramuza sublime entre el ser y el estar
y amar se convierte en una actitud tan plena
como escribir unos versos para hablar de ese instante en que nos descubrimos diferentes
ante la simple cotidianidad de un nuevo día.



CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

PÁJAROS

Ágiles geómetras,
trazan sus avenidas
desde el tejado hasta la flor,
de la rama al trino
del trino, al canto,
del canto al oído,
del oído al corazón.
Vestidos de viento,
perfumados de lluvia,
dibujantes de la mañana,
cantores de la tarde,
vigías de la noche,
son los más antiguos obreros
del mundo,
flores aéreas,
arquitectos del aire,
únicos constructores de la libertad…


NEBLINA

Pasa la densa neblina
Velando la fotografía de la mañana;
entre cipreses y eucaliptus, borrando los colores,
camina lenta, dama vestida de gris,
corresponsal de invierno;
como máquina del tiempo,
trae envueltos en su manto
los añejos días de la infancia,
cuando vivir  era soñar con hadas
brillando entre los grises hilos
de la barba del abuelo.
Cuando soñar era lo mismo que vivir.


CUANDO RECORDAR NO ES VIVIR

Como abrir un ajado, un amarillento  pañuelo,
es  desenvolver los días del pasado,
para  encontrar en ellos,
extendida   la piel seca de los sueños 
atrapados  en el aire  de la melancolía.

Recordar es viajar rodando por los años
a bordo del  destartalado bus de los envejecidos días
sin saber de rumbo, sin estación determinada,
encontrando de repente  una carcajada colgada en la vieja
ventana del barrio, un llanto, ya sin lágrimas, como lamento,
un amor intacto, extraviado  tras de la esquina del orgullo,
o una luna rota entumecida entre los cerros.

Recordar no es vivir,
recordar es preguntarse si ha valido la pena
abrir el ajado, el amarillento pañuelo,  que envuelve los días del pasado.


PÁGINA 26 – ENSAYO

MARCELO LEITES
(Concordia-Entre Ríos-Argentina)

EL AVANCE DE LA INSIGNIFICANCIA

Ha llegado la hora de plantearse seriamente de qué hablamos cuando hablamos de poesía. Si hasta no hace tanto tiempo la poesía podía encontrarse en las exhaustivas búsquedas existenciales, en el atisbo de algún tipo de trascendencia o en un plus de sentido indicado por las mismas palabras del poema (otro mundo, otro plano), o, aunque más no sea, en el recorte de una “realidad” que valía la pena –escribir, leer–  porque estaba dentro de algún orden estético, una parte de la poesía actual parece haber olvidado todas estas consignas, para transformarse en la transcripción literal de la realidad, una especie de hiperrealismo banal, anodino, insustancial.

Podríamos pensar qué hay detrás de esta manera de concebir la poesía. Y si es que se trata, todavía, de poesía. La cuestión de fondo es esta: hay gente que cree que la poesía no es ni buena ni mala. Que simplemente existe, como el pan, como el agua, como una planta. Hay gente que cree que la poesía no es un arte con determinadas reglas y que se puede escribir por afuera de la tradición poética, como si bastara con la descripción del pequeño mundo cotidiano que nos rodea. Como si posicionarse en el simple lugar del cronista bastara para escribir una obra literaria. Como si la “pretensión” de no hacerlo, de estar afuera (de la tradición, de la estética, de la idea de obra de arte), alcanzara para volver interesantes propuestas de escritura que relatan cosas como esta:

Hoy he trabajado
desde las 9.00 a las 16.15.
Llegué al taller
levanté los mensajes,
hice llamados:
con una proveedora
y tres clientas
Susana,
Marta,
Silvia de parte de Fernando.

(“Poesía proletaria”)

Con esta estrofa de Fernanda Laguna (de ella se trata), alcanza y sobra. ¿Qué percepción de la realidad hay aquí? ¿Qué visión de las cosas? Plano, plano,  planimetría pura aseveró con certeza Javier Adúriz sobre esta poesía. Es inconcebible valorar la poesía en lo que tiene de no literaria, valorarla porque es modesta, sin aspiraciones, valorarla porque es intrascendente como las rutinas de la vida cotidiana y a pesar de todo eso, está "bien escrita" (?) o es “eficaz” (?).  Pero hay algunos críticos que lo hacen. Damián Selci, por ejemplo, en la revista Planta de febrero de 2012, que reproduce la nota “Fernanda Laguna, por una literatura legible”, publicada algunos años antes en el sitio virtual de la revista, que también incluyó una amplia selección de Laguna en su antología “La tendencia materialista”; en ese artículo firma cosas como esta: “Sus libros (los de Laguna) pueden no ser de poesía; el tema es menor; lo que importa es que son buenos” (Sic!!!)
Me pregunto: Si el poema no tiene densidad, si no hay espesor, si las palabras del poema se quedan sólo en los referentes; si no hay en suma un lenguaje connotativo, ¿podemos seguir hablando de poesía? ¿solo porque el texto está cortado en versos?Si uno de los presupuestos de la “poesía de los 90” fue huir de la solemnidad, de lo artificioso, y aun del sujeto lírico, esto no significa necesariamente apelar a la banalidad, a lo cursi, a lo kitsch. Creo que algunos de los poetas de esa generación leyeron mal los presupuestos estéticos del objetivismo y del minimalismo y es justamente esa mala lectura lo que produjo obras  que pueden tener el mismo interés que una lista de supermercado, que la enumeración que puede hacer cualquiera sobre sus rutinarias actividades cotidianas, que una insípida apología de Xuxa. La buena poesía está más allá de la anécdota, la anécdota puede ser un punto de partida pero no es todo el texto. El poema tampoco es un fenómeno sociológico, lo social también puede ser un punto de partida, pero no es todo el texto, como tampoco lo ideológico o lo teórico por sí mismo.

Comparar a Laguna con Aira como hace Selci, me parece injustificable. César Aira es un gran narrador argentino que elaboró una estética a contrapelo de la tradición que venía teniendo la literatura argentina desde Borges a Saer. Y su narrativa es sólida, aún desde la pose de "escribir mal". Además de ser dueño de una imaginación prodigiosa, algo que en la “poesía” de Laguna brilla por su ausencia. Y la poesía que podemos encontrar en la prosa de Aira está tan lejos de Laguna como Aira de Proust.

El problema no es sólo Laguna o Cucurto o algunos otros de los incluidos en la equívocamente llamada generación de los 90 (que ha incluido a un grupo muy reducido de los poetas cronológicamente pertenecientes a esa generación), ni los críticos o académicos que han leído en ellos lo que no existe, sino sus epígonos, los jóvenes que se están acercando a la poesía desde ese lugar, creyendo que así están a tono con la época desencantada, creyendo que ahí está la posta, creyendo que la poesía puede dejar de lado la tradición literaria, puede dejar de lado cualquier tipo de búsqueda existencial o estética, pero donde lo único que queda son anotaciones de una literalidad pasmosa y absolutamente tediosa. 

“Hay que reconocer que posiblemente el mayor logro de Belleza y Felicidad haya sido fulminar por completo las aspiraciones sublimatorias de la poesía argentina” dice Selci. Es cierto, y así nos va. Gran parte de la pobreza de la última poesía argentina se debe a esta “concepción” que ha dejado de creer en la belleza como finalidad última de la poesía. Poemas de Laura Wittner, como este:

La pareja invernal

Montaron su pequeño universo
dentro del auto frenado en la esquina.
Se dicen cosas, se ve que hablan,
resulta todo muy satisfactorio,
un núcleo duro entre lo blando:

polarizado, alientos y calefacción
                     –no desempañen:
                                         esa cápsula es mágica 
                                         mientras siga difusa.                                             

hacen que sigamos creyendo que la poesía es un arte,  que por suerte hubo y hay otros “poetas de los 90”, donde podemos seguir encontrando esa condensación y potencia significante propia de la poesía, donde el lenguaje abandona su carácter  denotativo  y produce un fulgor que permanece mucho tiempo en la retina del lector. Nada pasatista hay ahí, nada efímero, sino, acaso, la captura de una pequeña epifanía. Que dura, que durará para siempre.


PÁGINA 27 – CUENTO

LUIS TULIO SIBURU
(Martínez-Buenos Aires-Argentina)

LA DESNUDEZ DE LOS ÁRBOLES

Me gustan los árboles. Desde siempre. Aunque nunca presté demasiada atención a sus nombres propios, las especies diferentes, si eran o no perennes, si crecían en tal lugar o en tal otro, cómo había que cuidarlos para conservar su existencia, cuál había que plantar y en qué lugar para que diera sombra a la casa. Simplemente me gustan. Empecé a darme cuanta de ello cuando estuve en lugares donde no existían. Se notaba su ausencia. Y cuando se nota la ausencia de alguien es porque es muy importante. Quizá por la belleza que brindan,  perfecta alineación junto al cordón de la vereda, sensación de majestuosidad, resistencia a las tormentas salvo cuando están muy enfermos, aceptación de otras vidas en su propias vidas como el caso de pequeños pájaros con sus nidos, pesadas palomas que hacen exigir equilibrio a sus ramas, cables que los atraviesan para llevar luz , comunicación o imágenes a los humanos, perros – y a veces niños y no tanto - que les dejan regalos a sus pies, gatos que los usan de trampolín para esquivar persecuciones nocturnas, vecinas que les cuelgan un cesto metálico para dejar la basura, empleados municipales que cada tanto vienen a recortarles las ramas, lámparas de iluminación de la calle que a veces se mueven entre sus hojas y seguramente les hacen sentir un calor insoportable.
Sí, me gustan los árboles. Quizá porque viven tantos años es que tienen dos cumpleaños en el período anual. Uno lleno de alegría cuando les nacen los verdes del follaje. Otro triste y nostálgico cuando se van hacia el suelo las hojas muertas, aunque la despedida dura mucho tiempo porque ellas – de un color amarillo oscuro casi cobrizo -  siguen revoloteando a sus pies días y días , por lo difícil de barrerlas, amontonarlas y que alguien las lleve. Gracias a esa demora ,cantidad y periodicidad, muchos poetas han basado sus versos en éstas niñas que se van de su hogar como ley de la vida y hacen acrecentar el orgullo de los papás árboles por la madurez de sus hijas y su ingreso en la poesía.
Justamente los poetas son los que mencionan a veces de la desnudez de los árboles. Literalmente hablando, en el concepto que tenemos de la desnudez es verdad, están desnudos. No hay nadie que los abrigue en invierno – salvo un familiar de la naturaleza ,como el hermano Sol - ni que los refresque en verano – como el caso de la hermana Lluvia. Pero desnudez da también la idea de desprotección, debilidad, fragilidad. Y allí disiento con los románticos. Están desnudos sí, pero están fuertes, siempre erguidos, orgullosos de su prestancia, presencia y destino protector y embellecedor. Prefiero imaginar que están vestidos , si estar vestidos es sinónimo de conservación y no sufrimiento. Vestidos con una corteza que cada tanto se renueva – como quien se compra un traje  - pero corteza protectora al fin. Los siento  con una alta auto estima al mostrar como  alzan sus frondosas copas hacia el cielo manteniendo siempre ese diseño de triángulo – a veces un poco redondeado – que los niños dibujan en sus primeros trazos escolares.
Nos miran desde arriba, pacientes, algo aburridos y angustiados de ver pasar por abajo tantas generaciones que quizá ni prestaron atención en ellos , pero al mismo tiempo contentos de que pueden contar a veces la vida de muchos desde el pañal hasta la mortaja, como si fueran parte de aquellas familias que viven allí  debajo. Desnudos, puede que sí, pero vestidos disimuladamente de guardianes.


PÁGINA 28 – POESÍA AMERICANA

CARMEN AMATO
(Ciudad Juárez-México)

V

Era mi cuerpo de agua
cascada  que en ninguno se quedaba.
Gozo vital 
despeñado en el instante.

Era mi cuerpo llama,
hoguera que antorchaba
la solitaria noche de otros.

Era la vida un cáliz
frente a mí
derramándose.

VI

Llegó el hastío y fue quemando
los sarmientos, secando
hasta las lágrimas.

Enfermo el corazón
quebró su brújula.
para ubicar al huracán poco sirvió
la rosa de los vientos.

Perdí en el cuerpo de los años
el orgullo
de mi nombre.
“Adúltera”, “ramera”, “impura”:
me fueron lapidando los insultos.

El mundo en el que puse mi pasión
me dio la espalda.
Yo le negué también
la flor de la memoria.

V

¿Qué maldición llevaba implícita
mi nombre para negarse los demás
a usarlo?

Me llamaron “mujer” como si fuera
la única, o más aún,
como si fuera igual a todas.

¿Acaso no sabían que me llamaba
Miriam?  La de los ojos del color
de los olivos,  la de la dulce piel
bajo la seda blanca, la del ardiente
corazón: la de Magdala.

VI

Frente a una multitud hablabas.
Tus pies tocaban el centro de la plaza.

Sobre mis sienes tus manos
fueron dos palmeras.

Tú, tienda levantada en mi desierto.
Miel para mi pecho amargo.

Aquel mar que bebí con la mirada
lo vertí para regar tus plantas.

El polvo adherido a ellas fue más
que oro en mis manos.

Igual que un alud se despeñó
en mi corazón el gozo

y en medio del infinito asombro
quebré mi cántaro.

VII

Tú dijiste mi nombre.
Por primera vez tú dijiste mi nombre,
y al escuchar la dulce voz en mis oídos
yo fui lo que mi nombre sugería:
primero rebelión,
después amor.

VIII

Desde entonces
fui siguiéndote siempre,
como la gracia de tu nombre
como el aroma del pan sobre la mesa,
correa de tu sandalia
entre el mundo y tus pasos.
Quién más digno que tú
para ofrendarle el bosque de mi pelo:
almendra y menta para ungir tu cuerpo.

IX

Al verme triste, mi dolor azotó
a tu ternura y lloraste conmigo.
Ese día tomaste mi paz como una prenda
Y no volví a sentirla nunca
sin tenerte cerca.

X

Podría ser tu hermana
porque soy como tú
altiva y fuerte.  Pero,
como en el profundo corazón
de la tierra sazona el volcán
su propia lava, así en mi pecho
un fuego similar se agita.


YESICA MOYRA
(San Ramón-Costa Rica)

MUJER HERIDA PERO NO VENCIDA 

boceto A    auxilienle
no existe voz, palabra, letra, acción, tortura ni humillación
mas atroz que las en contra de la integridad femenina

boceto B    barrotes
dónde está y quién aplica la ley?
el género y el sistema son: la prisión
que ultraja la sensibilidad femenina

boceto C    cárcel
no hay ternura en el idioma de social censura
no hay libertad donde el hombre pretende unísono dominar

boceto D   decepción
no hay esencia valuada cuando surge la interrogante materialista y cuánto vas a invertir?

boceto E   emancipación
no supremacía es equidad!
es justicia no mediocridad
no es orden es sociedad

boceto F   fabricas
son seres no mercancías
son humanas no especies cosificables
son personas no cds no movies no maquillajes no zapatos no tonterías
que pagan o ´´justifican´´ las heridas
no las vendas porque no se venden
no las uses porque no son objetos
no las presiones porque son libres
no las sigas porque se alejan
no las obliguen porque son fuertes

boceto G    gárgolas
no son demonios ni tampoco ángeles
no son incomprensibles sino incomprendidas
son como los colores todas distintas
las hay justas como las hay injustas
las hay sumisas como las hay rebeldes
las hay y aún no terminaría

boceto H   hombre
el machista-el usador-el depravado-el casanova-el materialista-el seductor-el secuestrador-el infiel-el agresor-el basura-el monstruo-el parodiador-el mentiroso-el  ... no hay fin
es un virus que se impregna en el ser concebido como el protector 
decepciona ver en cada esquina-día-noche-política-economía-cultura-ciudad-villa-lugar-provincia-país-continente-época-tecnología... la metamorfosis con la que se expresa 
no es feminismo
es justicia
es denuncia
es resistencia
es crítica
es dignidad
porque deben seguir sometidas?
no hay baluarte?
no hay descendencia que actúe-vibre-decida-consiga más allá del grito: el cambio
dicen veneno!!!!?
obvio que querían? 
si ya son siglos de tragar ese asqueroso, marroso y amargo licor 
la literalidad nos golpea y despierta
basta, basta de esta impotencia hipócrita basta!!!!!
  
boceto I     ignorancia
ignorante el que generalice a la mujer 
como una bruja
como una ilusionada
como una diabla
como una cosa
como un lujo
como un juguete
como un negocio
como un show
como una play boy
como un desecho
como un deposito
como:
aparato en lugar de amiga
bestia
cama-compañera
desierto
ensueño-emprendedora
fea
geisha-guerrera
helmut newton
insecto-inteligente
judas
...z...
como una maquina de lo que piensas


PÁGINA 29 – ENSAYO

PEIO H. RIAÑO
(Madrid-España)

DORIS LESSING, EL INCÓMODO LEGADO DE UNA ESCRITORA MOLESTA

Fue una mujer con tantas batallas perdidas como ganadas. Superviviente de la familia, el colonialismo británico, el racismo, la guerra, la ilusión comunista, el ateísmo, la condición femenina, el amor, la fama, la autora de Historia de Londres no tuvo miedo a usar su libertad, y en mostrar sus desengaños y sus conversiones. A Doris Lessing, fallecida ayer domingo, no se le notó el triunfo. Esto le concedió el perdón y el reconocimiento, a pesar de ser, precisamente por su independencia, una de las autoras más molestas con los convencionalismos. Impertinente con el mundo, la literatura y la industria editorial, ha dejado escrito un incómodo legado que cuestiona la identidad de quien se conforma con su identidad. 
Familia, la misma ruina de siempre
“¡No, yo no seré como ellos!”, escribió en el primer volumen de su autobiografía, en la que dibujó a un padre enfermo moralmente y herido en la Primera Guerra Mundial, y una madre dominante y frustrada por no poder desempeñar en la vida un papel social o profesional relevante. El retrato decadente y moral de la familia, que traza en la serie de cinco novelas (llamada Hijos de la violencia) que narran la historia de Martha Quest en la sociedad colonial de Rodesia del Sur (hoy Zimbabue), es una metáfora de la agonía final del Imperio Británico. Sólo la ruina es novelable y Lessing vivió evitando la desgracia, la revivió para escribir sobre ella. En la ficción aparecen sus fracasos matrimoniales y sus hijos abandonados cuando marcha a Inglaterra.
Comunismo, el desengaño inevitable 
Fruto del desengaño debió pensar que la vida es demasiado rica como para encerrarla en una ideología, sobre todo, cuando ésta no era fiel a la verdad o trataba de esconder su cara más feroz. Su vida es la memoria de un desencanto ideológico, de toda una época y una generación entera, en la que “todo el mundo era comunista”, pero nadie se atrevió a denunciar los crímenes de Stalin. La receta del dogma es la peor de las enfermedades. Hasta la publicación del El cuaderno dorado (1962) Lessing era considerada el referente de la novela de la extrema izquierda anglosajona. A partir de ese momento, se mostró contraria al Partido Comunista, porque nada tenía que ver el comunismo que promulgaba con el “comunismo utópico que propugnaba el amor mutuo de toda la humanidad”. En este libro utiliza a su personaje Anna Wulf para recrear el tránsito por su decepción ideológica.
Sentada a la puerta de su casa de Londres (Reuters)
Racismo, un enemigo imbatible
1949. Doris Lessing deja a los 36 años de edad, un marido y sus dos hijos mayores en Sudáfrica, y llega al Reino Unido con el pequeño. Bajo el brazo lleva el manuscrito de su primera novela, Canta la hierba, que se publica con éxito en 1950, y donde ya enseña sus molestas cartas: toca hablar de racismo y del amante negro de una blanca recién casada por convención. Uno de los personajes borda estos planteamientos bárbaros: “Había leído lo suficiente sobre psicología para comprender el aspecto sexual de la discriminación racial, una de cuyas bases son los celos del hombre blanco de la superior potencia sexual del nativo. Le sorprendió ver la facilidad con que el objeto de aquellos celos, la mujer blanca, evadía aquella barrera. Sin embargo, durante la travesía había conocido a un médico con años de experiencia en un distrito del país, que le confió que le sorprendería saber el número de mujeres blancas que mantenían relaciones con negros. Tony pensó entonces que realmente le sorprendería; lo consideraba algo parecido a tener relaciones con un animal, a pesar de sus ideas ‘progresistas’”.
Lessing cuenta en una de las partes de su biografía cómo la injusticia del racismo colonial en Rodesia del Sur la llevó a fundar un partido comunista local. Se había dedicado a las causas progresistas desde su primera juventud. Hacerse comunista fue un acto de rebelión que más tarde ella definiría como “el acto más neurótico de mi vida”. Recuerda cómo uno solo de los comunistas que conoció en el país africano llevó su fe a las últimas consecuencias, su ex marido, padre de su tercer hijo y portador de su apellido, Gottfried Lessing.
Feminismo, la falsa épica
De cronista del racismo a novelista de izquierda, para desembocar -con Un paseo por la sombra (1997)- en defensora del feminismo. “Y de todas las interpretaciones equivocadas, la más equivocada fue la de las feministas. Se equivocaron como los comunistas, haciendo de la vida una cuestión ideológica, pero la vida sigue su curso sin ellas y hasta contra ellas”, escribió sobre la lectura que se hizo del libro. Contraria al feminismo “cuando roza el fundamentalismo”, desmitificadora de la obsesión por lo freudiano, su vida fue un proceso continuo de conversión. Desde el comunismo al individualismo, desde el ateísmo a la espiritualidad trascendental de las religiones orientales. “Este asunto de descubrir quién soy siempre me ha despertado curiosidad”. Admite la escritora al principio de sus autobiografías. Un paseo por la sombra recrea las dificultades de sus primeros días en Londres, con su hijo, su labor como escritora y sus trabajos. La heroína de un mundo agresivo y violento.  
Industria editorial, la gran mentira
A la Premio Nobel de Literatura del año 2007 se le reconoce una fina inteligencia y aventajada ironía, de las que se ha servido para sorprender y desconcertar a sus lectores con incursiones en la ciencia ficción. Pero ha sido para ajustar cuentas con la industria editorial y con los críticos literarios cuando más sarcástica se ha mostrado. Lessing se hizo pasar en 1984 –con 65 años- por Jane Somers, autora novel, que presentó dos novelas: Si la vejez pudiera y Los diarios de Jane Somers. La intención del seudónimo era desvelar los defectos de su sector. Sus propios editores rechazaron los originales y cuando logró publicarlos fueron completamente ignorados por la prensa y los críticos. Cuando desveló su identidad calificó la trampa como “broma aleccionadora”, con la que demostró que el rechazo a veces no tiene tanto que ver con la calidad ni el talento, como con el nombre del autor (conocido).


PÁGINA 30 – CUENTO

LILIANA VARELA
(Berisso-Buenos Aires-Argentina)

KARMA

Con alivio, con humillación, con terror,
comprendió que él también era una apariencia,
que otro estaba soñándolo.
“Las Ruinas Circulares”
Jorge Luís Borges

Deseaba morir. Al fin y al cabo era la única salida. Sería la mejor manera de terminar con su torturada mente, con sus remordimientos, con su lascivo y sangriento deseo.
No podía evitarlo. Desde el primer homicidio –involuntario entonces- el sabor de la sangre y la adrenalina llamándolo se habían convertido en su única obsesión.
Necesitaba matar, era imperativo sentir como la vida se extinguía bajo las palmas de sus manos, oír los ahogados gemidos de la víctima que se debatía por lograr una bocanada de aire, captar el  calor del pequeño cuerpo de un infante bajo su pecho opresor.
No lo había elegido, era más fuerte que él. Por eso había decidido entregarse a la policía, por eso había enviado las cartas señalándolo como el asesino de esas diecisiete criaturas y descubriendo los restos de las víctimas.
No tenía coraje para terminar él mismo con su existencia, necesitaba que otro lo hiciera por él, que otro jalara el gatillo, que otro acabara con su miserable vida.
Inyección letal: perfecta solución frente a él.
No le interesó el ruido de los proyectiles silbando en el aire, la sangre de los guardias goteándolo todo, el estallido de la dinamita volando paredes, el aullar de sirenas y alarmas, la inyección destinada a sus venas volar junto a él.
-¡Estás libre! volviste a nacer ¿no?- le gritó un preso mientras le entregaba al carcelero herido destinado a inyectarle la dosis fatal- acá tenés a tu verdugo, hacéle lo que quieras pero rápido, no hay tiempo.
Miró  a su verdugo herido de muerte, a la máquina que inyectaría la dosis destruida, la imposibilidad de morir, de acabar con su tortura. En una rápida reacción cargada de furia lo destrozó a golpes.
Sintió la voz de un preso junto a él...-¡VAMOS! tenemos el bus con los niños del kinder de rehenes...

Suspiró resignado. Su karma jamás acabaría…


PÁGINA 31 – POESÍA AMERICANA

OSCAR HAHN
(Santiago de Chile-Chile)


VISIÓN DE HIROSHIMA

Arrojó sobre la triple ciudad un proyectil único, cargado con la potencia del universo. Mamsala Purva (Texto sánscrito milenario)

Ojo con el ojo numeroso de la bomba
que se desata bajo el hongo vivo.
Con el fulgor del hombre no vidente, ojo y ojo.
Los ancianos huían decapitados por el fuego,
encallaban los ángeles en cuernos sulfúricos
decapitados por el fuego,
se varaban las vírgenes de aureola radiactiva
decapitadas por el fuego.
Todos los niños emigraban decapitados por el cielo.
No el ojo manco, no la piel tullida, no sangre
sobre la calle derretida vimos:
los amantes sorprendidos en la cópula,
petrificados por el magnesium del infierno,
los amantes inmóviles en la vía pública,
y la mujer de Lot
convertida en columna de uranio.
El hospital caliente se va por los desagües,
se va por las letrinas tu corazón helado,
se van a gatas por debajo de las camas,
se van a gatas verdes e incendiadas
que maúllan cenizas.
La vibración de las aguas hace blanquear al cuervo
y ya no puedes olvidar esa piel adherida a los muros
porque derrumbamiento beberás, leche en escombros.
Vimos las cúpulas fosforecer, los ríos
anaranjados pastar, los puentes preñados
parir en medio del silencio.
El color estridente desgarraba
el corazón de sus propios objetos:
el rojo sangre, el rosado leucemia,
el lacre llaga, enloquecidos por la fisión.
El aceite nos arrancaba los dedos de los pies,
las sillas golpeaban las ventanas
flotando en marejadas de ojos,
los edificios licuados se veían chorrear
por troncos de árboles sin cabeza,
y entre las vías lácteas y las cáscaras,
soles o cerdos luminosos
chapotear en las charcas celestes.
Por los peldaños radiactivos suben los pasos,
suben los peces quebrados por el aire fúnebre.
¿Y qué haremos con tanta ceniza?


TRINO BARRANTES
(San Ramón de Alajuela-Costa Rica)

SIETE SALMOS PARA LA LLUVIA

SALMO I

Cántame,
no dejemos de amar,
a la lluvia, los insectos,
los pájaros y las palabras,

desátame esta cruz de invierno
para que vuele en mi garganta
el sabor del discurso de la lluvia,

desnombrame de soledades,
de los extremos dudosos
que emplazan los aguaceros
en las cortezas de los bosques,

para no errar en la ruta de la esperanza
dibújame la costumbre
del destino que sigue el agua,

no permitas que rompamos
la custodia del barro, a fin
de que en las charcas no se viva nunca
el abandono de la luna,

libérame de cansancios
con el flujo sostenido de cada invierno,

dadnos la costumbre
que tienen las gotas
de repetirse intensamente
cada hora,

acompáñanos en el viaje
que teje la luz de los relámpagos
en las noches sin linterna,

y amémonos en esta soledad
bajo los madroños,
asidos a sus maderas
en la duda plena de la neblina
en su incansable constancia
de sus cíclicas estaciones.

SALMO II

La lluvia tiene matices y sonidos
según sean las ventanas donde se desliza,
según   la semilla donde se estanca
o  la tierra que abraza.

A veces llueve a ciegas
ahogando el grito de huracán en su garganta
y otras, simplemente se escucha
en la danza de sus bramidos
escondiéndose debajo de las rocas.

Me gusta cuando la lluvia logra anclar
su cadencia en tus ojos,
porque se que el asalto de la tarde
en los párpados y los labios
me dará la alegría de las flores
en el ritual de sus colibríes.

Tersamente nos moja,
nos quita la blusa,
y en la melancolía de los patios
hace acuso de recibo de la carta,
o ajusta las letras del payador
para su próxima serenata.

SALMO III

La lluvia murmura su oración
de día y de noche,
escucha su voz
atienda su gemido,
no la reprendas
con tu continua caída
de lágrimas y quejas,
dadle el lugar
para que el huracán
no alcance nuestros
pies cansados
y nuestras manos lastimeras,
solo espera que ella hable
y entonces abramos el diálogo
desde los más cercano
a las sombras.

Alaba este canto húmedo
es vida que acecha el amor
en los tiempos de siega
en la cosecha de semillas
germinando sin fronteras.
Reciba esta blanca vestidura,
es la ropa que tiene
la estación de los pájaros
y ved al monte al llamado
de los truenos
¡¡¡ Oh lluvia !!!,
manifiesta tu olor
a hembra fresca
y deja la violencia de los rayos
al escudo de otras fuerzas.

SALMO IV

Donde brote agua fresca
veré sin duda
crecer la hierba del amor.
¿De quién es la lluvia ?
sino del sabio impulso
que nos enseña la ruta
de las semillas.
En el agua está el firmamento,
la vida, la luz,
y por ella veremos madurar
el silencio de la palabra.
Llueve, se encharcó en tus ojos
el tejido de las estaciones,
las hojas sacuden su melena,
resbalan, caen,
y la humedad queriendo colgarse
en el intangible grito
que dejan los árboles
en sus bostezos.


PÁGINA 32 – SANTAFESINOS

AMELIA BIAGIONI
(Gálvez-Santa Fe-Argentina)

YO ME RESISTO

Yo me resisto,
en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.

Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.

Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.

Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa, cantando entre ausentes.

CADA DÍA, CADA NOCHE

Cada día
me levanto sin nombre,
y en la nuca
una sombra
tenaz, ajena, a filo,
me acusa desde siempre;
y la culpa
total, indescifrable,
entera, me usurpa,
no sé quién soy, me oculto, huyo,
y me pierdo extranjera.
Hasta sentir,
cada noche,
una luz
fiel, entrañable, mansa,
que vuelca desde siempre
río, libélulas, sol, trébol
en mi cabeza más lejana,
y le apoya
alguna, aquella mano;
y cuando empiezo a recordarme,
un ruido sucio, espeso,
de sombra,
se interpone en la nuca
y despierto
sin nombre.

POST MORTEM

Me miran con fijeza ya desierta
mis ojos, desde el cuerpo casi frío.
Acaba de arrojarme el pecho mío
cerrándose después como una puerta.
Sin embargo estoy viva, más despierta
que un filo, sin error, sin desvarío.
Qué espantoso llegar a este sombrío
descubrimiento. He muerto y no estoy muerta.
Quiero llorar con llanto y ya no puedo.
Lo que dudé era cierto: Estoy probando
que se acaba la sangre y no la vida.
Nunca podré morirme. Tengo miedo.
¿Quién con eternidad me está nombrando
e infinito se acerca? Estoy perdida.


PÁGINA 33 – CUENTO

ALFONSO NAVARRO SOTO
(México DF-México)

Los KILIWAS: LAS PRIMERAS PALABRAS.

Cuenta una leyenda Kiliwa, que las personas, animales y cosas que están en el mundo, fueron hechas de sombras. Que, en el primer principio, cuando nada había todavía, el Creador proyectaba sombras con su cuerpo y sus manos, y entonces la sombra empezaba a existir, pero ya no como sombra. Y cuentan que en esos tiempos más primeros, se hablaban personas y animales, y las cosas, y todo el universo tenía el don de la palabra, porque todo venía de las sombras.

“Cuando no había nada, cuando todo aquí era oscuridad, no existían las plantas, no se veían las estrellas. Los animales no estaban, en el cielo los rayos no tronaban, el sol no calentaba, no había luna que marcara el paso del tiempo y de la vida”. Llegó entonces el creador, el no nacido, el no sabido, el principio: Coyote-Gente-Luna. En la oscuridad, aulló y dijo. “Yo soy Meltí ?ipá jalá (u), yo soy el padre, yo soy el de la casa redonda y cóncava, y vengo de donde todo es cóncavo y amarillo”.

En la oscuridad, Coyote-Gente-Luna fue su propia luz y se soñó como padre del mundo y de sus objetos, y soñó a los primeros cuatro hijos que poblarían la luz que se derramaba por el mundo oscuro. Porque temía enfermarse de soledad, Coyote-Gente-Luna decidió que sería bueno hacer las cosas y la gente, y decidió ser padre. Con buches de agua cristalina, Coyote-Gente-Luna marcó los 4 puntos cardinales. Fumando tabaco en su pipa, fue creando las cosas del universo. Primero creó el humo. Se quedó dormido Coyote-Gente-Luna, y el humo de su pipa creó todos los caminos y senderos de la tierra.

Despertó luego y se puso contento de lo que se había hecho. Quiso cantar pero no tenía compañía. Se quitó el escroto de sus partes y se hizo una su sonaja. Y cantando y fumando hizo el cielo y lo creó cóncavo en recuerdo de su casa amarilla y para que las cosas no se salieran. Para que no se fueran el aire, el agua, el color, la luz, fue hecho el cielo. Como el agua y los colores llenaban todo, Coyote-Gente-Luna pensó de hacer las montañas. Cuatro veces salió humo de su pipa y cuatro montañas fueron creadas. Creó después 4 borregos cimarrones y los puso en las 4 montañas con el encargo de detener el cielo con sus cornamentas.

Para que el borrego cimarrón no estuviera solo, Coyote-Gente-Luna de arcilla creó al venado, al pez, a la codorniz y al gato. Pero los animales peleaban mucho entre sí y Coyote-Gente-Luna los regañó mucho por su falta de compañerismo, y se puso a hacer más animales. Todos los animales de la tierra fueron creados en los hornos de Coyote-Gente-Luna. De arcilla, de la madre tierra fueron hechos todos. A todos les dio orden de respetarse porque su trabajo era sostener al mundo en las 4 montañas, y les dijo de llevarse bien, pero todos peleaban mucho entre ellos. Se puso muy bravo Coyote-Gente-Luna y dijo: “Como los animales que hice no servirán para compañía de los Borregos Cimarrones, ni del venado, ni del Pez, ni de la Codorniz, ni del Gato, entonces haré al ko-mei, al hombre”.

Cuatro hombres hizo Coyote-Gente-Luna, para cuidar y acompañar las cuatro montañas que sostienen el cielo. Estos cuatro hombres primero son los padres de los Kiliwa. Pero los 4 hombres peleaban también. Los regañó Coyote-Gente-Luna y les preguntó por qué hacían así y no le contestaron. Se puso triste Coyote-Gente-Luna porque no le respondían los hombres, y el topo le dijo que porque eran mudos. Entonces Coyote-Gente-Luna se dio cuenta de que no les había enseñado a hablar a los hombres.

Fue entonces a cada montaña y les enseñó a los hombres a hablar la lengua kiliwa.

En kiliwa fueron las primeras palabras y enseñanzas que nacieron en el mundo.

El Kiliwa es un pueblo indígena que tiene su territorio en Baja California. Está amenazado de extinción total y está tratando de organizarse para resistir y sobrevivir. Sólo quedan 4 familias en el mundo que hablan la lengua que, según la leyenda, fue la primera en el mundo.

Según nosotros, nosotras, las zapatistas, los zapatistas, es un deber de toda persona honesta el ayudar y apoyar a los Kiliwa en su lucha por existir.


PAGINA 34 – ENSAYO

RICARDO ANGEL MINETTI
(Sarmiento-Santa Fe-Argentina)

GABRIELA: LA FUGA Y EL TRIUNFO

El comienzo de la asombrosa carrera literaria de Gabriela Mistral fue marcado por un acontecimiento trágico, que dejó en ella una impronta que reaparecía en sus obras posteriores.
Como es sabido, los famosos “Sonetos de la muerte” inspirados en esa circunstancia, dieron a Gabriela una fama inmediata en el ambiente cultural chileno. Originalmente era un ciclo de diecisiete poemas, pero en Desolación (publicada en 1922), optará por los tres que siguen sorprendiéndonos con la desoladora intensidad de un grito de dolor.
Estamos acostumbrados a acercarnos a un poeta por medio de textos sueltos o antologías de sus obras. Indudablemente, para conocerlos a fondo en sus motivaciones creadoras, debemos tratar de acceder a la totalidad (o casi) de su obra.
Esta aclaración pretende neutralizar esta suerte de bautismo poético al que hicimos alusión. De hecho, en Desolación se hallan presentes los temas que Gabriela retomará en el resto de sus libros: la naturaleza, los temas americanos, los niños, el amor, la escuela, la religiosidad, la maternidad, la mujer, el dolor.
Gabriela reconoció su deuda inspiradora para con José Martí (sobre quien pronunció una memorable conferencia en La Habana, en 1934) y Rubén Darío, de quien varias veces lamentaría el no haber dado más importancia a los temas americanos. También se reconoció deudora de los poetas místicos españoles del siglo XVI: Santa Teresa de Ávila (quien es su acompañante imaginaria en un relato de viajes por la reseca meseta castellana) y San Juan de la Cruz.
En un poema de Desolación declama otras ilustres influencias: la Biblia, y en verdad la influencia de los Salmos y el libro de Job son bastante perceptibles en sus primeros textos; Dante Alighieri; San Francisco, sobre quien escribió un pequeño libro; Federico Mistral; y el mexicano Amado Nervo.
También se dice que prefería la narrativa rusa del siglo XIX a la literatura clásica, términos que se entienden mejor si se acepta que la retórica no ocupa un lugar central en su obra. Sin embargo, su estilo fue depurándose y haciéndose progresivamente menos referencial. En Tala, publicado en 1938 bajo el patrocinio de su amiga Victoria Ocampo, se nota mucho esa evolución.
Gabriela, al igual que Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, fue original en aspectos formales: sus combinaciones métricas, el uso de versos muy poco utilizados como el eneasílabo y el decasílabo, su habilidad para los encabalgamientos,  hablan de un talento poético nato. 
Lagar fue su último libro publicado, y en él se advierte un tono de despedida, como incluso se llama uno de los poemas. Es una Gabriela que ha alcanzado un sereno dominio de sus propios recursos.
Dejó a su muerte un extenso poemario inconcluso, en el cual recrea los paisajes de Chile, además de varios poemas inéditos y muchísima correspondencia.
Sin embargo, el lector de Gabriela, sobre todo si ha leído su obra en proyección cronológica y biográfica, siempre abriga un dejo de nostalgia por Desolación, el único de sus libros en que utiliza el verso de catorce sílabas (alejandrino), que obliga a estilizar las expresiones poéticas. Tal como escribe en el poema que da nombre al libro:

“El viento hace a mi casa su ronda de sollozos/y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito./Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,/miro morir inmensos ocasos dolorosos”

Como vemos, Gabriela poseía una visión romántica del paisaje, en la cual poeta y naturaleza se hallan en identidad muy íntima, una suerte de complicidad. De allí que los atardeceres enrojecidos sean una constante, no sólo en Desolación.
En “El Ixtlazihuatl” –montaña testigo de la infancia de Sor Juana- la naturaleza aparece humanizada y revestida del sentido trascendente característico de Gabriela, y que a decir verdad suele estar ausente entre los grandes poetas latinoamericanos:

“Está tendida en la ebriedad del cielo/con laxitud de ensueño y de reposo,/tiene en un pico un ímpetu de anhelo/hacia el azul supremo que es su esposo.//Y los vapores que alza de sus lomas/tejen un sueño que es maravilloso:/cual la doncella y como la paloma/su pecho es casto pero se halla ansioso”.

En su primer libro, como decíamos, no faltan referencias directas a su vida personal, y algunos poemas aparecen como confesiones conmovedoras, que revelan la profundidad y la veracidad de sus emociones. En el Poema del hijo (dedicado a Alfonsina Storni) revela cuánto deseaba realizar la posibilidad de ser madre y cómo esperaba la llegada de un hijo:

“El sol no parecíame para bañarlo, intenso;/mirándome, yo odié, por toscas, mis rodillas;/mi corazón confuso, temblaba al don inmenso;/¡y un llanto de humildad regaba mis mejillas!

Ternura apareció poco después, en 1924.  Pensado como poesía para y sobre los niños, Ternura fue la ocasión para que Gabriela expresara una frondosa imaginación, capaz de combinar una musicalidad parecida a la de los romances castellanos, y  sorprendernos con motivos infantiles originales, que no desdeñan el componente humorístico. Por ejemplo, observemos con qué metáforas hace alusión, en su poema “La madre granada”, a esa fruta:

“Madre Granada estaba vieja,/requemada como un panecillo;/mas la consolaba su real corona,/larga codicia del membrillo.//Su profunda casa tenía /partida
por delgadas lacas/en naves donde andan los hijos/vestidos de rojo-escarlata”.
             
Gabriela sentía un gran apego hacia las cosas relacionadas con el pan, en tanto que alimento universal y primario.  Esa predilección hizo que la Argentina, fecunda en trigales, mereciera su atención. En una visita realizada a nuestra provincia en abril de 1938, dejó un “Mensaje a los niños del litoral” en el que dice:

“Vuestros oídos están llenos en la infancia de esta música cereal, de este golpe de trigo en ciernes y del trigo maduro. Si a mí me tocase escoger las hablas que caen a mis oídos, escogería, tal vez, la de los trigos de la Argentina, la de los hueros chilenos y la del maizal de México”.

En Ternura vuelve a inspirarse en los trigales de nuestra llanura:


 “En cuanto la espiga dobla/su cogollo desfallecido;/en cuanto cuaja la harina/calla-callando, hijo mío,/antes de que toque el suelo/y coma barro sombrío,/y vaya a ser magullado/el cuerpo de Jesucristo,/se levantan a segar/los brazos santafesinos”/

En Tala aparece ya consolidado su estilo y su uso particular del idioma. Gabriela supo conservar por un lado rastros arcaicos en el uso de la lengua, los cuales le confieren buena parte de su encanto, porque lo hizo sin pedantería bibliófila. Según ella provienen más de haber aprendido a hablar en el campo americano que de la lectura de los clásicos, pero planteaba una tensión entre lo una vez denominó el “coloniaje verbal” y el “mestizaje verbal”. Creía que

“mucho de lo español ya no sirve en este mundo de gentes, hábitos, pájaros y plantas contrastadas con lo peninsular”, “me cuento entre los hijos de esa cosa torcida que se llama una experiencia racial, mejor dicho, una violencia racial” (Introducción, XX).

Tala, publicado en 1938 por la editorial Sur, mediante el auspicio de Victoria Ocampo,  se abre con un hermoso y dramático poema, “La fuga”, cuya primera estrofa dice

“Madre mía, en el sueño/ando por paisajes cardenosos:/un monte negro que se contornea/siempre, para alcanzar el otro monte:/y en el que sigue estás tú vagamente,/pero siempre hay otro monte redondo/que circundar, para pagar el paso/al monte de tu gozo y de mi gozo”./

La evocación de su madre la conecta con su universo más íntimo, en ese paisaje dantesco que es capaz de imaginar admirablemente. Y la naturaleza –en Tala- reaparece con la fuerza de los himnos, como en su poema “Cordillera”, en el que aparece una visión física y transfigurada de los Andes:

 “Viboreas de las señales/del camino del Inca Huayna,/veteada de ingenierías/y tropeles de alpaca y llama,/de la hebra del indio atónito/y del ¡ay! de la quena mágica./Donde son valles, son dulzuras;/donde repechas, das el ansia;/donde azurea el altiplano/es la anchura de la alabanza”/
           
Gabriela no volvería a publicar un poemario hasta 1954, cuando aparece Lagar. Este libro da un protagonismo especial a las mujeres, o tipos de mujeres, todas ellas identificadas con el artículo femenino “la”, y todas ellas parecen responden a distintos aspectos de la personalidad de la autora. De esta manera, leemos en “La fervorosa”:

“En todos los lugares he encendido/con mi brazo y mi aliento el viejo fuego;/en toda tierra me vieron velando/el faisán que cayó desde los cielos,/y tengo ciencia de hacer la nidada/de las brasas juntando sus polluelos”./
             
La religiosidad vuelve a aparecer, de la mano de una procesión india por la cordillera, que termina siendo más celestial que terrena:

“Santa Rosa de la Puna/y del alto ventisquero:/te llevamos nuestras marchas/en collares que hace el tiempo;/las escarchas que da junio,/los rescoldos que da enero”/(Procesión india)

Un comentario sobre Gabriela Mistral quedaría incompleto sin mencionar la obtención del Premio Nóbel en 1945, siendo el primero en letras para un escritor latinoamericano. La citación oficial reconocía en ella la presencia del “lirismo inspirado por un vigoroso sentimiento”, lo cual “ha hecho del nombre de la poetisa un símbolo del idealismo del mundo latinoamericano”.
Dos pasajes de su discurso de agradecimiento bastan para percibir su personalidad literaria:

“Hoy Suecia se vuelve hacia la lejana América ibera para honrarla en uno de los muchos trabajadores de su cultura. El espíritu universalista de Alfredo Nóbel estaría contento de incluir en el radio de su obra protectora de la vida cultural al hemisferio sur del continente americano, tan poco y tan mal conocido”.
“Por una venturanza que me sobrepasa, soy en este momento la voz directa de los poetas de mi raza y la indirecta de las muy nobles lenguas española y portuguesa. Ambas se alegran de haber sido invitadas al convivio de la vida nórdica, toda ella asistida por su folklore y su poesía milenarios”.

Gabriela Mistral, cuyo verdadero nombre era Lucila Godoy, había nacido en 1889 en Vicuña, una pequeña ciudad del valle del Elqui, en Chile, y falleció en Nueva York en 1957. En un poema de Tala ya había pensado en ese momento: “en país sin nombre/me voy a morir”, como dando cuenta de su condición de extranjera. Se dice que su última palabra fue “triunfo”. ¿Por qué habrá sentido, de ser cierto ese episodio, la sensación de la victoria? Quizá por haber recibido la certeza de que había sostenido en alto sus ideales a lo largo de su vida y del mundo.


PÁGINA 35 – POESÍA ALLENDE EL MAR

PURA LOSADA
(Madrid-España)

EL HIPOCRITA

El hipócita
vestido de negro al funeral,
de blanco al matrimonio,
de rojo al carnaval.

Guardián de las formas
- en todo lugar.
se adapta, se amolda,
se arrastra, se esconde.

Como camaleón mutante
con una pregunta responde
y siempre sabe decir
lo que él otro quiere oir.

Nunca se altera ni enoja.
Débil y servil
déspota y arrogante
siempre ajusta su talante
al que tiene delante.

Maquiavelo de la vida,
Judas de la humanidad,
fablistán de la comedia.

Su vida, el teatro
La conveniencia el telón,
que sube y baja,
según tercie la ocasión.

Me compadezco  y me duelo
de tan triste condición.
¡Siempre estará sólo
quién no tiene corazón¡.

ARRI BISTA

Los imbéciles de la tierra
admirando al triunfador.

¿Al triunfador de qué?

¡Cuánto papel, cuánta tinta
cuánta saliva desperdiciada¡

Cursos de seis semanas:
¡Cómo hacerse millonario"
"La historia de..."

Ahora a la suerte le llaman inteligencia.
A la cobardía, bondad
A la hipocresía, diplomacia
y a la astucia, ingenio.

¡Y al revés¡

Yo me sonrío.
Lo único que puedo hacer.

Siempre habrá un fariseo a quién seguir
un Jesús de Nazareth a quién vender
y un Poncio Pilatos a quién culpar.

INGRAVIDENCIA

Se me muere el alma,
poquito a poquito,
igual que esta lluvia,
poquito a poquito.

Igual que esta niebla
Igual que esta bruma,
se me muere el alma
y se vuelve espuma.

Ellos quieren cogerla,
volver apresarla.
Pero ella se ha ido
con la luz del alba.

Si vedla queréis
mirad a la mar.
Sí vedla queréis
a la mar mirad.

Sí suerte tenéis
- tal vez la veáis,
cogiendo un velero,
buscando otros mares,
buscando otras tierras,
otros firmamentos.
Y, cuál blanca paloma
retar a los vientos.


JUAN MANUEL PÉREZ ÁLVAREZ
(Ourense-España)

XXXIII

En las profundidades del silencio no sé lo que hay,
Porque el silencio pertenece a los muertos,
Pero confío en que la navegación me sea fiel
Y el silencio, con su papel infinito, me acompañe hasta la tierra de la Dicha.
No me voy a quedar
Con nostalgia en las poblaciones que encuentre
En el cabotaje por el plano de mi rostro que casi es el tuyo,
Más bien voy a hacer con la nostalgia la vela en la que soplará el viento,
Pues no quiero otro motor que la enseñanza de lo espontáneo.
Gracias al silencio, a su esqueleto de indiferencia,
A su cordillera de pérdidas, voy a ganarle la carrera al Tiempo
Y rodearé, navegante, el globo de su misterio.
No hay aduanas para el espíritu que transforma las edades
Y transfigura los pensamientos.
He de echar la red que me han dado mis amigos del mundo
Y pescaré  los tiburones de las profundidades
Y arponearé los leviatanes de los tesoros de la aventura,
Y me desposaré con la Vida que ya me saluda en la nación del presentimiento.

XXXIV

¿Para qué llegar al Final,
Para que llegar a ningún final
De novelas sucedidas en el reloj de los momentos
Y en la computadora de los climas,
Y en las latitudes del desengaño?
No.
Pongamos el final de lo Nuevo en lo Antiguo,
Y fundamos en Uno lo Diverso.
No hay modas ni las habrá nunca,
No hay hábitos por encima de nuestras convicciones.
Hay que empezar a escribir el “Diario del Descubrimiento”
Con las letras que aprendimos de los demás.
Hay que empezar por saber,
Sabiendo solamente empezar.
( De “Descubrimiento del Viaje”)

IV

GLORIA

La vida, donde cielo y mar se juntan
digo el sentimiento y el sentido-
es la sustancia de lo perseguido,
el destino que todos se preguntan.

El mar y el cielo infinito apuntan,
escala hacia el reino desconocido,
todo es recuerdo, aunque parece olvido,
todo son dioses que de un Dios despuntan.

La vida es la montaña de la mente,
y cuya superficie es la palabra,
de amor comunicado es su materia.

Todo confluye en su invisible frente,
que la patria del horizonte labra
más allá de la sombra y su miseria.
( De “Poemas de la Luz Invisible”)

VI

Uní tu voz a la del mar,
Dios mío
que cantas más allá de mí, en la entrega.

Derrumbé la muralla
de la oscura soberbia de mi sueño
para encontrarte en mi reflejo mismo,
en la pasión del sol,
en el espejo.

Yo, que solo tu nombre seco
en tu filiación consideraba
mecánica presencia,
en el escombro-grito de mi ausencia,
hallé en tu palabra tu cuerpo
y en tu cuerpo, serena, mi palabra.

VII

Es estrecha la alegría
y cuán desmesurada su verdad.

Qué gruta y qué mina, la esperanza.

En el viaje está la tierra,
en el camino, la alianza,
en la prueba, la amistad,
en el jardín de la intuición, la gloria.

No hay madre que no sea ella,
ni desposada que no la vistiera.


Es ella juventud, alba de pie.


PÁGINA 36 - CUENTO

MARTA ORTIZ
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

BOSSA NOVA

Amenazó lluvia todo el día, pero a eso de las diez de la noche una firme cúpula de estrellas sostuvo bien alta la estructura del cielo.
En el bar, el espectáculo da comienzo. Sobre la pared de ladrillos, a un lado del escenario, tres pinturas en tonos de azul. La silueta de la cantante se dibuja intensa bajo una red de luces calidoscópicas. La bossa nova aceita el rítmico cabeceo del público y recala sus acordes tibios en él, que la mira a ella con un brillo ardido en la mirada.
El avance del show lo predispone al éxito: el pacto secreto con ángeles obsecuentes le prometió una cita con la cantante, o mejor, le prometió la cantante misma. Sin proponérselo la imagina de aquí para allá en el interior de una casita de azúcar con techo de oblea a dos aguas donde un día vivirán juntos. Ella cuidará un heliotropo, lo regará todos los días a la misma hora.
Desde el rectángulo que define uno de los cuadros en la pared de ladrillos, la cabeza geométrica de un carnero lo mira a los ojos, azul.
Ella canta “Tú no me conoces”, de Ray Charles. Él frota sus manos hasta sacarles chispas. Pide un bis, otro café y una cerveza. A ella la voz se le hace agua, más íntima y dulce; pero él, sin saber por qué, de golpe sombrío, piensa que a pesar de las imágenes que lo atraviesan, es cierto, él no la conoce y ella a él tampoco.
La voz de terciopelo, ajena al desaliento del hombre, promete, transgrede, sonoriza el vacío, se hace caracol, interpreta a Baden Powell, Toquinho, Vinicius. Él sonríe y de nuevo el brillo ardido en la mirada hecha péndulo: de la cantante al neón verde y azul en el cartel de Quilmes y del neón verde y azul otra vez a la cantante.
“No podemos ser amigos”, insiste ella, y entonces él, que todo el tiempo ha interpretado un solo de ilusión, más que nunca duda y se siente obligado a bajar de un trago la cerveza, imprevistamente perdido ante el vacío que no acaba de abrirse a sus pies. “Desafinado”, de Bom Jovim marca el final y la lluvia de una cálida retórica de aplausos antecede el último par de temas pactados.
La cantante se despide con una sonrisa y el abrazo de sus brazos extendidos, pero a él ni lo mira. No obstante, aferrado a la quimera de un recital cantado sólo para él, sonríe como si esperara algo: un souvenir, un regalo de la casa. ¿Acaso no le prometieron presentarle a la cantante ni bien acabara el recital?
No sin estrépito y vidrios rotos regresa de su alocado circunloquio mental y la ve a ella abrazada al guitarrista que en un gesto posesivo y fugaz le besa el cuello. Antes de abandonar el local, ella se detiene, gira la cabeza y le sonríe un saludo póstumo que él siente como la última moneda que tintinea al fondo de la gorra pordiosera. La puerta vaivén queda temblando unos segundos y la cantante se pierde en los túneles de la noche.
El cielo encapotado a última hora responde firme al pronóstico de lluvia. El hombre se levanta el cuello del abrigo, hay viento. Mira el cielo. Ni una estrellita en lo alto de su página.


CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS

IRMA BIGNON
(Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

IRMA  BIGNON
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

CUANDO LA ESCRITURA SE APROXIMA AL ARTE POP

Jean-Jacques Schulh  nace en Marsella el 9 de octubre de 1941.  Desde muy joven acostumbra a aislarse para leer y escribir.
De repente, como si fueran diáfanos vestigios, publica en  1972 “Polvo de rocío”, y en 1976 “Telex Nº 1”.  Los dos libros pasan casi desapercibidos. Y Schulh desaparece como escritor.
Vuelve 10 años más  tarde con una novela magnífica y violenta, extraña y desordenada: “Ingrid Caven” con la que obtiene el Premio Goncourt 2000.
Creemos estar ante la presencia de un nuevo renacimiento.
Los lectores de hoy esperan sonidos más que voces,  libros más que escritores. Es precisamente para esos lectores que Schulh  escribe  “Ingrid Caven”, un desafío a la cantante alemana de rostro luminoso, icono estable del destacadísimo director del nuevo  cine alemán Rainer Werner Fassbinder.
Schuhl tiene del dandi esa indolencia típica del pájaro nocturno: cuidado y atención de la vestimenta, el gusto por el cine y el teatro; esa superficialidad brillante que lo hace publicar muy  poco. Se nutre de lo efímero. Escribe textos cortos como arrojados al vuelo. Se detiene en la superficie de las cosas.  No profundiza, sugiere. Deja que el lector guarde imágenes sutiles en su retina, imágenes en negro y blanco.
Forma parte de los escritores que prefieren alejarse de lo real para pasar por otras formas artísticas. Rechaza el lenguaje grandilocuente. Considera que su  trabajo se aproxima al arte pop.
Ahora bien. Nosotros nos preguntamos: ¿qué hay de más imprevisto que  el retorno de un escritor luego de un silencio tan largo?  Para él, ¿qué es vivir? ¿cómo o de qué manera vivir?
Las páginas de sus libros resucitan con sublimidad un cierto arte de vivir. Elimina el estrés para alcanzar sin esfuerzo, un estado de meditación. “¿Qué significa vivir?”- se pregunta – “¿Cómo y de qué hay que vivir?”… “Hay que  eliminar el miedo y crear”termina diciendo.
Diez años más tarde, después del éxito de “Ingrid Caven”, Schulh permite a los fantasmas entrar en las páginas de su nueva novela negra, de clima fantástico, desordenado y misterioso, “Entrada de Fantasmas”.
Aquí, su  inspiración viene del  ine,  de los films expresionistas alemanes. En medio de un deambular fantasmagórico,  se entrelazan los sueños  con lo real, los recuerdos con la ficción, las referencias con la poesía.
Nuestro escritor tiene su propio universo.  Rehusa el relato. Visiblemente no le interesa. Le gusta jugar con el lector, provocarlo, desorientarlo. Su sueño: desaparecer en un libro hecho únicamente de citas – que ya fuera en sus  momentos un proyecto de Flaubert –, un libro donde ninguna línea fuera de él.
En “Entrada de fantasmas” los recuerdos y la ficción se mezclan en un deambular fantasmagórico: imágenes oníricas donde todos los personajes son iguales.  Un palacio negro  donde vivos, muertos y personajes de la ficción se mueven todos a un mismo nivel de igualdad, creados por un narrador que cree tanto en el azar como en la magia.
Schulh se deja llevar por el mundo que lo rodea: el de los seres vivos pero también el de los fantasmas. Considera que su gestión se aproxima al arte pop y explica: “Formo parte de los escritores cuya escritura no viene directamente de lo real, de lo ya vivido, sino que pasa por otras formas  artísticas. Es una gestión  que tiene que ver con el arte pop.” Y agrega: “Los mejores libros no se logran  de una conversación o de la luz, pero sí del silencio y de la noche.”
Recuerda: “Al cabo de una noche extraña durante la cual se atropellaban divagaciones y recuerdos en mi  cabeza fatigada, fantasmas  bastante especiales  llegaron  a mi encuentro”…
Jean-Jacques Schulh invita al lector a deambular por un ambiente fantasmagórico y “Entrada de fantasmas” es el mejor acercamiento al paisaje  literario francés de hoy.
Una acertada  experiencia literaria para los lectores que sueñan con leer algo nuevo, fresco y singular…


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