Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

NÚMERO JUNIO 2017

   GACETA LITERARIA Nº 126 - JUNIO  2017

HOMENAJE A LA OBRA DE
ENRIQUE BUSTAMANTE
(Perú)

PÁGINA Nº1-REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo)

DISCULPEN LA MOLESTIA
Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza.
¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?
El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración?
¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?
¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?
Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?
¿Por qué el mundo premia a quieneslo desvalijan?
¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores?
¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?
¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de “crimen organizado”?
Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles.
Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?
¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es?
¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.
Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.
En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?
Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?
¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?
¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?
Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?
¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?
Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?
Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:
–Ahí lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.
En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.
El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?
A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.

PÁGINA Nº2
POESÍA ARGENTINA: SANTA FE

LAURA ELENA TESOLÍN
POBREZA

Como una sombra espectral la pobreza

merodea y se hace presencia impiadosa
Vino para quedarse
en mi país, en mi ciudad, en cualquier rincón
del mundo.
Revolotea como un pájaro agorero
en el centro de una villa
y se emparenta con el hurto, la droga,
la prostitución, el hambre;
la muerte
Seis millones de mis compatriotas
no tienen que comer .
Las noches se convierten en procesiones
hacia los tachos de basuras, 
revolviendo entre la mugre
y la putrefacción.
Sombra espectral construida en el telar de un sistema capitalista 
tejido con fuertes hilos de poder,
y de ambición.
Nuestra pobreza radica en no saber contemplar
la necesidad del otro.
Tal vez sería más fácil
si se realizara el Milagro
de la Multiplicación de los panes.
Entonces si, este espectral fantasma se convertiría
en una bella virtud.
Seis millones de argentinos, niños, ancianos
hombres y mujeres.

SANTIAGO YÁÑEZ
LA LUNA HECHA CUERO

Las cañas permanecían quietas a pesar del viento y la correntada.
La campanita de Julio nunca sonó.
Las lombrices no serán buenas o está seco ya este río.

Mientras esperábamos que pase algo nos pusimos a patear un rato.
Me dijeron que juegue tranquilo como lo hacen en cada partido.
Que le pegue despacio y un rato anduve bien.
Un rato.
Porque después
me subió La Incontrolable, como yo le digo
a la fuerza cósmica de pifie que es mi don.

La enganché mal.
Le pegué con el dedo gordo
dándole vuelo a tal punto
que hizo un eclipse lunar.

El redondel resplandece
luego se viste de cuero
luego se vuelve un esclavo
de la gravedad
del hecho.

Sentimos la noche tenue de una luna hecha cuero.
Eso
nos quedamos mirando.
Un reflejo tridimensional.
Cercano e inalcanzable.
Flotando hipnótico.
Bajo el muelle.



NATALIA MASSEI
BUSCO VERSOS


voy de facebook a gmail,
varias veces actualizo,
paso a google,
no sé qué googlear.
abro el libro que me compré en la feria
de poesía
leo
versos
que me arranquen
el alma un rato
que la tengo endurecida
una piedra en el zapato
¿no debería ser etérea?
busco versos ligeros
que envuelvan el alma
como zapatos gastados
y la lleven lejos,
muy lejos de acá,
sin sentir que camina
como si fuera puro aire que se desplaza
sin adherirse a ninguna materia.


OSCAR ANGEL AGÚ
UN POEMA NO BASTA.

Un aluvión de palabras no basta.
Una cadena de rezos no basta.
Una flotilla de buques mercantes no basta.
Una columna de camiones de caudales no basta.

Una colecta masiva no basta.
No basta. No.

Hay hermanos, allí fuera, desarropados.
Demasiados. Son demasiados.
Y todos allí fuera.
En Angola, México o Los Ángeles.
En Etiopía, Perú o Filipinas.
En las calles que camino.

No basta. No.

LARISA CUMÍN
ARROZ

Calculo el tiempo del arroz
no sé si aprendí a fuerza
de desbordes y rasqueteadas
o es puro instinto
salgo de la compu y llego
justo cuando no hay más agua
pero no alcanzó a quemarse
– no lo tapo más-
me espera con un vaporcito dulce
y algo de espuma arriba
-puedo escribir un poema
sobre el arroz porque
pueden escribirse poemas
de cualquier cosa
y cualquier cosa puede
llamarse poema
así como llamarse amor-
yo creo que el arroz
me ama, y yo también a él.
Lo cuido
y me recibe suave
sin drama y me sacia
por un rato.
No sé escribir hoy
de otra cosa
no entiendo por qué
nos tratamos así a veces
somos unos enfermos
lo dijimos en algún
momento y no aprendimos
que nos amamos y es más fuerte
concluimos, pero
tampoco sirvió.
Por qué no somos
fáciles y amables
como el arroz
por qué me desbordo
rasqueteo heridas, no calculo
y a vos se te va la espuma
lo dulce lo suave y nos
agarramos
al fondo oscuro
de todo esto
amargos
duros
incomibles.


ROBERTO RETAMOSO
LA SANGRE DERRAMADA NO SERÁ NEGOCIADA.


La sangre.
La sangre de Paco,
todavía brilla
y late
transfundida,
en la sangre nuestra, en la sangre de tantos,
en la sangre de muchos,
que somos legión.
Corre, circula,
a través del tiempo,
a través de los cuerpos,
a través de la muerte.
Los buitres,
los carroñeros,
los mercenarios de siempre,
que de todo buscan ganancia,
quieren mancharla,
apropiándosela, bebiéndosela,
como si pudieran secarla
haciéndola mercancía
y a la vez
olvido.
Pero aunque tengan el Poder y la Plata
no podrán chuparla
porque la sangre de Paco
es la sangre de todos
y a un pueblo entero,
por más que insistan,
nunca podrán desangrar.

MIRTA EDITH LARCHER
PAÍS NOCHEDEPERROS

Hace platos vacíos para mandíbulas endebles
dos bostezos a la intemperie grande en zapatillas chicas.
Hace goteras en el cráneo de chapones y pajas
cartones y diluvios golpeando al breve bastón de jubilados.
Hace perros 
que la voz astillada
Hace naipes trucados en los bolsillos sin fondo
pecando millones suizos por lingotes mansiones suicidas.
Hace clavos en la axila de una justicia vendada
ante mendrugos sin saliva para cuenquitos mendigos.
Hace piojos en la llaga que los ombligos gritan caldo.
Niños en la calle donde pechos secos muertos biberones bajo escarchas.
Hace lobos 
que la voz astillada.
Hace panfletos de turno y analfabetos en urnas de escalofrío.
Vacunas bajo llave y medicinas sin rótulo para hinchazón de vitrinas.
Hace locos 
que la voz astillada.
Hace húmeros de hielo en la huella anestesiada
del abandono inocente entre hilachas de cualquier madrugada.
Hace juegos que adicionan
hace infiernos que enlodan impotencias
Y hace hasta donde se pudra se pueda se siga se descomponga
esa bifurcación del hombre que lastima las palabras.
Hace martillos
que la voz!
No hay caso!...soy hija…soy hermana…
Soy parte
de la voz astillada.

JORGE LACUADRA
DOCE GORRIONES
(El Evangelio de Santo Tomás 2:1-4)

De un niño que juega en solitario
amasando doce gorriones de barro,
sus cinco años entre aguas mágicas
que obedecen el misterio de su voz
coligando algo más que las palabras
en la impertinencia del día sábado
y la ley que debe ser obedecida
cuando descansa el cívico fariseo.
De un niño que no mira a otros niños
y los demás judíos que lo observan
reprobando la infracción del Sabbath
que profanado ya es, en la mañana
y de aquel que da voces a su padre
que abandona los útiles y los maderos
ante la manifestación de las doce aves
esa conciencia insuflada sobre el barro.
De un niño a quien su padre
increpa el porqué de la empresa ejecutada
la travesura que no es tal
y su reflejo lo no permitido
y su mirada impasible cuando da una palmada
y pronuncia: ¡Volad!
–y las aves que abren sus alas
ante los atónitos ojos de los gentiles 
y del silencio que cae,
nos habla Tomás.

ANA DANICH

DEL AMO, DE SUS SÚBDITOS

Con tierra milenaria debajo de las uñas
con el número estampado en el entrecejo
con el cuchillo clavado en la mesa
donde ellas amasaron el pan de la vida

que no es vida sino muerte de harina voluptuosa
Con los gélidos pasos transitando
la cruz del sur en las noches de espera en el silencio
con ventisca de piedras en los pies descalzos
cuando caíste sobre la corteza terrestre
y masticaste tu placenta para no morir de hambre
porque el señor no te proveyó de la hostia celestial
a vos que no eras más que un dígito ignorado
en el sinnúmero innombrable de la especie
Con la entrepierna teñida de rojos y el dedo
Bautismal profanando el himen del futuro
ése día cuando los ángeles blancos de la gran pila
cerraron sus ojos y no cantaron aleluyas
¿los ángeles negros cantan Epifanías / lo evocan?
¿los ángeles negros son ángeles de dios?
Los ángeles negros destilaron una lágrima
sobre el contorno de tus ojos semiabiertos
son los ángeles negros que llevarás
sobre tu hombro por el resto de tu vida / dijeron
Y el signo tallado a fuego en tu hueso occipital
encorvo tu espalda hacia el barro del supremo
¡ merecido! / dijeron
tus pestañas cargaron el polvo de la culpa
¡ merecido! / dijeron
tu leche si es leche de alimentar hembras
sabrá amarga cual leche de hongo venenoso
¡ merecido! / dijeron
Los siglos escupen una letanía al horizonte
de rodillas sobre el maíz mujeres rezan un (Padre) nuestro
¿hasta cuándo deberán sangrar para saciar tu sed omnipresente?(Amo)


RUBÉN VEDOVALDI
RIESGO


esa que siempre ha sido
ruleros y un par de chancletas

esta noche puede ser

la odalisca de los siete velos o

viejos ruleros y un par de viejas

chancletas como siempre
este que siempre es saco,
chaleco y corbata,

celular, portafolio y reloj pulsera

con pasaporte a infarto del miocardio

esta noche puede ser

Tarzán en su liana salvaje,

Alicia en Wonderland,

Gulliver en el país de los enanos o

infarto del miocardio y arrivederchi
ese que insiste en ser
pesada sotana y frío rosario,

misa gris,

pálidas confesiones y teneme la vela,

esta noche puede advenir

adivinen que

adivinen con quien

y aquel que marca el paso como manda el poder

podría hoy danzar

desnudo y bello en la escollera

entrar en el mar y volver

fresco y feliz

o subordinación y valor,

orden, sistema y odio como siempre
esta noche es una puerta
siempre es la puerta

no a la eternidad

no a la libertad absoluta

no a la gloria;

tal vez no sea esta hora una llave de paso

al gran amor, al horror absoluto o la salvación

pero este día esta noche esta tarde

esta mustia mañana de muñones

pueden ser una puerta

al uno mismo que cada quien olvidó

para que todo siga normal y mal

nuevo portal a lo otro de los otros,

ventana de fuego o diamante,

o temor tumor tumefacta mortaja

angustia rata y rutina somnífera,

negado sueño y despertar perdido.

PÁGINA Nº3-NARRATIVA

SUSANA GRIMBERG

(Argentina)

LA IRA.



"Toda reforma impuesta por la violencia no corregirá nada el mal: el buen juicio no necesita de la violencia”.León Tolstoy
Lo que el psicoanálisis nos enseña es que, respecto de la propia muerte, nuestro inconsciente descree de ella, desde la imposibilidad misma de representación de la propia muerte. En esto se funda el heroísmo, pues el héroe desdeña el peligro y la propia muerte le es ajena. Pero, que no haya representación de la propia muerte no hace que nuestro inconsciente no deje de desearla al otro."¡Que se muera!" y otras frases parecidas, pronunciadas a diario, revelan los deseos de pequeños y cotidianos asesinatos.Intentaré aproximarme a lo que nos está sacudiendo a todos, debido a los malentendidos que surgen en nuestra cotidianeidad.
En realidad, es preocupante la asiduidad con que cualquier sujeto, reacciona con un ataque de ira ante el intento del otro, el prójimo, incluso la pareja, de hacer valer un interés que le sea propio. En el diccionario etimológico de Joan Corominas, leemos que Ira deriva del latín: cólera, enojo. O sea, en la etimología aparecen sinónimos
El violento film “Relatos salvajes” (2014), una película argentina dirigida por Damián Szifron, narra hacia dónde puede conducir el resentimiento (escena del avión) o cómo un violento ataque de furia por no tener señal en el celular puede terminar en un crimen.En realidad, hoy en día, tanto un piquete como una obra en construcción, un desvío en el tránsito, los pasajeros varados por un vuelo cancelado, pueden producir reacciones de ira, gritos, forcejeos, trompadas.
La ira es una emoción como tantas otras, con la diferencia de que es esencial poder controlarla. Es una respuesta natural y hasta necesaria ante posibles amenazas, además de aportar respuestas para la supervivencia humana (por ejemplo, en caso de ataque)
La ira estimula al sistema nervioso incrementando el ritmo cardíaco, la presión sanguínea, el flujo de sangre a los músculos, los niveles de azúcar en la misma y la transpiración. Junto con los cambios físicos, también puede afectar el pensamiento.
En la sociedad moderna, estas emociones y reacciones son contenidas en pos de la convivencia. Las personas aprenden a expresar el enojo por la vía de la palabra, explicando qué y por qué nos molesta una u otra actitud.
Lo que convierte a la ira en acciones violentas es justamente la falta de control. Una pérdida de control típica es la del bebedor que, con sus sentidos alterados, empieza a insultar o golpear a otras personas. Pero no sólo él. En mi opinión, destruir propiedades que son de todos, no resiste ninguna excusa. En nombre del bien, se han cometido y se cometen los crímenes de lesa humanidad. Siempre.
MITOLOGÍA GRIEGA
La religión griega era politeísta: se adoraba a muchos dioses, que representaban, generalmente, las diferentes formas de la naturaleza. Zeus, el más poderoso de los dioses griegos, era representado por los rayos que arrojaba desde la cima del Monte Olimpo; no tenía ningún texto sagrado o código de conducta, pero poseía numerosas historias y leyendas relacionadas con dioses, diosas, semidioses, criaturas míticas y seres humanos extraordinarios que, salvando las distancias, son muy similares a la vida cotidiana. Por ejemplo Eris, o la Discordia, una de las cuatro hijas de Zeus y Hera, conocida como la diosa de la disputa. Asociada con la rivalidad, los celos y la ira, era tan impopular entre sus compañeros dioses y diosas, que terminaba siendo la más rechazada por las deidades griegas. Las furias, también llamadas las Erinias (erínein, ‘perseguir’) eran personificaciones femeninas de la venganza que perseguían a los culpables de ciertos crímenes. En Atenas, también se utilizaba eufemísticamente la perífrasis: “venerables diosas”. Se aludía a ellas como “ejecutoras de las leyes”, lejos de la ira que no era bien vista, como todo lo próximo a la desmesura.
TEXTOS BÍBLICOS
En la Biblia, la ira de Dios es la respuesta al incumplimiento de los preceptos. La idolatría, causa de la ira divina, fue la que llevó a Moisés a romper las tablas de la ley. Miguel Ángel, en el Moisés, expresó con firmeza la ira. Confieso que cuando pude detenerme frente al Moisés, quedé totalmente subyugada por la fuerza, los sentimientos que despertaba. Freud mismo, dijo: “intenté sostener la mirada despreciativa y colérica del héroe; muchas veces me deslicé a hurtadillas para salir de la semipenumbra de su interior como si yo mismo fuera uno de esos a quienes él dirige su mirada, esa canalla (el pueblo) que no puede mantener ninguna convicción, no tiene fe ni paciencia y se alegra si le devuelven la ilusión de los ídolos”.
No quiero dejar de lado a Caín y al crimen que, causado por su ira, le marcó el destino. Dice Lacan en “La ética...” que la cólera es esa pasión que precisa de una reacción del sujeto al fracasar la correspondencia esperada entre un orden simbólico y la respuesta de lo real.
Dios no se volvió, no miró el presente, le dio vuelta la cara. Caín se abatió y cayó. Enfurecido por el rechazo, Caín pierde su Edén pero, paradojalmente, entra en la existencia, con la marca de no haber sido responsable de su hermano, cuando cada uno es responsable por la vida de todos.
CUANDO LA IRA INCREMENTA LA VIOLENCIA.
“La ira en el hogar, es como un gusano en una planta”, leemos en el Talmud. Y es así: corroe, destruye, socava los cimientos de la casa que con amor y no sin esfuerzo, se construyó.
Como la ira ciega que ensordece, es difícil aplacar al que es empujado por ese sentimiento. El sujeto irascible se niega a aceptar que otro piense o actúe de una manera distinta y se corre el riesgo de bordear situaciones de extrema violencia. Es más, la ira, unida a la envidia, puede conducir a robar no sólo objetos sino ideas, escritos, ilusiones, a golpear hasta invalidar al otro, incluso matarlo.
Siempre sostuve que cuando se recurre a la violencia es porque se ha perdido la razón y, la pérdida de la razón conduce a naturalizar la violencia cotidiana. En mi opinión, podríamos pensar la justicia como la sublimación de la ira.
El pedagogo, filósofo y escritor Jaime Barilko, sostuvo que lo que identifica al hombre es la Ley sostenida por la razón. ”La razón, por su propio movimiento podría llevar al conocimiento de la verdad ética”.
Maimónides habla de alcanzar el justo medio, el áureo camino que se aparta de los extremos.
Hay que controlar las pasiones y emociones, sin anularlas, como leemos en esta anécdota del Talmud:
“Rabí Pinjas dijo a uno de sus discípulos:
_ Si el hombre desea llevar por buen camino a la gente de su casa, no debe encolerizarse con ellos, porque la ira no sólo vuelve impura su alma, sino que transfiere esa impureza a los que le causaron el enojo.
Y dijo también:
_ Desde que logré controlar mi cólera, la guardo en el bolsillo. La saco sólo cuando la necesito.”
Quiero concluir con esta frase de José Martí:“Los bárbaros que todo lo confían a la fuerza y a la violencia nada construyen, porque sus simientes son de odio”.
Susana Grimberg. Psicoanalista, escritora y columnista. 
PÁGINA Nº4
POESÍA ARGENTINA: FORMOSA
FERNANDO ACOSTA
RECORDATORIO
(esto dejó de ser una nota mental)


no busques al poema
el poema va a encontrarte

y te hablará de vos

de manera 
exacta y diferente 
a lo que creías
como una fotografía
y te romperá el corazón
en añicos

como a un jarrón rojo

contra el suelo
luego
como todos los días

seguirás viviendo


NATALIA ESTHER CUEVAS
DESDE EL DOLOR

Desde el dolor
Túneles de niños ya sin voces
y cada vez más lenta algarabía,
se rozan con la angustia de esta
no palabra...
con este síncope
del no poder decir,
y el manso papel
como una ofrenda
aceptando la demanda,
abriendo su cuerpo blanco
a la expresión
de estas manos que ahora
no se callan...
se han fisurado entre las espinas
de la piedad
escuchando solemnes el grito
y la matanza
se han fisurado entre
los falsos himnos
de tantas bocas pedófilas
recubiertas de plegarias.
Selvas de injusticias
cayendo entre las calles
buscando sepultar
algunas legiones de caras...
dioses que ya no miran
ni de costado ni de frente
ni de espalda
y sobre la mesa, sin luz,
mi antigua caja de Pandora
con toda la fe del mundo
que se me ha trocado
en daga.

HUMBERTO HAUFF
6

Nada parece mejor
que una idea encontrada en un amento
una mañana de otoño en rocío.
Una sensación refrescante,
un alivio extenso como el que produce
una hoja de caá-heé en la boca.
La idea de estar a salvo
del próspero escozor de los barrios,
de la grasa incitante de las bestias.
La seguridad novedosa
de estar en el nirvana de la albahaca
o en la sombra de un ñandubay.
Nada es más lindo
que encontrar un pichón de calandria
poniendo a prueba las pautas del vuelo.
Nada como ver la avispa
que sella la boca del avispero y zumba;
nada como oler la lujuria de la lima.
La maceración de la voz
dentro de la boca de mi hembra en celo,
el obstinado cangrejo del amor mordaz.

RAMÓN NICOLÁS GÓMEZ
DOGMA EMBUSTERO

Dogma embustero llevan entre sus dientes
y huelen a prensa amarilla
con manos de masacres y oro.
Oro envuelto en la funesta historia
que han querido contar.
Toda la mugre que el carro de Juancito
no puede llevar… por el peso,
y todos sus planes de ayuda humana
y embustes similares.
Sin mirar. Y no…
Por todo lo que han enlodado
en sus interminables heces
bañadas en oro y escarlata,
posando sin escrúpulos
en la cima de la ciudad de siete montes.
Babilonia, la gran ramera y “la raposa”…
dejen vivir como es que se vive,
dejen estar.
Huele su dogma a caretaje
y falsedad de cosas que no hacen
ni harán…
Bombas que matan sueñitos
y capitalizan al verdugo
y a sus actos
y lo que sacan de resultados
bañados en sangre.
Dejen respirar,
sin tener que pagar por cada día.
Sin pagar por cada habitar.
Cuidado, “que ahí viene el lobo”...
Alianza.
Pacto.
Ecumenismo.
Mentiras.
Todo bajo amenaza
e intereses sin llorar.
Y por nosotros,
Y por los nuestros,
Y por la vida…
“y por los muertos
alerta pueblo,
cuando el imperio habla de paz”.


ZULMA LILIANA SOSA
TURBACION DE LA CUEVA Y LAS CORRIENTES DE AGUA
“ aún viaja la distinta...la extraña ”Marcos Silber

duración de las cosas sujetas a cambio / calle de Los Muertos /calle del Asombro / entonces La Fertilidad /y se turbó la viajera de las corrientes de agua /perforó los ojos de la lengua de la Cueva /vomitó la paciencia de ese sitio / la memoria de los acantilados /“ y tu cabello” / le decía El Diablo
ella olía sus pies con la mirada torva en la luna /olía perfume besado a fuego en las nalgas /( y se mojaba / la desgraciada )de la boca sangran pumas ya mascados /un licor misterioso que sorbió de los árboles / y alas /esa agregación...
¡ tanto tiempo temblando al Sur! / piensa /y las lame / instalada en los límites / después de ubicar la ciudad /donde habló de irse /para siempre /
Zulma...

ORLANDO VAN BREDAM
CICLO

Todo tu tiempo
es este espacio de árboles
que disuelve la lluvia.
Envejeces
con la misma lentitud de la hormiga 
que devora una hoja
pero envejeces.
La memoria es esta vieja colmena abandonada,
detrás de sus altos pastizales
has perdido la huella de otros días.
Ya no forcejeas con el sol.
Rehuyes los espejos.
Tus ojos son avispas luchando entre los escombros.
Las palabras inválidas
se mueren en tu boca.
Te hurgas el corazón.
Es una casa enmohecida de zaguanes clausurados,
ha disuelto tantas sales siniestras del otoño,
tiene una música tan áspera
como los dientes del invierno.
Sin embargo,
sigues besando los pies del día.
Has sobrevivido a tantos nombres
que hoy distraes la memoria.
¿Pero cuándo la palabra oscura,
la inefable hoguera?
PÁGINA Nº5-NARRATIVA

SONIA CATELA
(Argentina)


HOMBRE CONTRA SÍ MISMO.

Mucha fiebre, mi marido en llamaradas debe consultar a un doctor, pero ¿él? Andá Simón, seguro te pegaste un virus, una infección en alguna parte de tu cuerpo. Tosés demasiado.
Pero este hombre, que se rige por su propia Constitución personal, rechaza mi sugerencia violatoria de su carta magna: --Mirá si yo, justamente, me voy a poner en manos de los médicos y la industria farmacéutica proveedora de venenos, ambos socios de este multimillonario negocio en que han convertido la medicina.
Y diagnostica: - Me curaré con ajo. El ajo mata todo, bacterias, virus, parásitos.
Pero ¿no se da cuenta que sin una receta de profesional diplomado, le van a descontar los días que falte? ¿cómo justificará ante la empresa su no concurrencia al trabajo?
El escribe una carta con sus puntos de vista sobre tal ausencia, lo que seguramente le va a costar el puesto en la compañía Bayer donde trabaja desde hace un par de meses.
No hay empleo que Simón pueda prolongar en el tiempo, aún de proponerse ese objetivo. 
Porque vaya si ostenta antecedentes en su prontuario. Como cajero del Money Bank se presentaba ante su mostrador con remeras que agitaban sus "Yankis go home", "No son ustedes los que nos dan de comer, patrones, sino nosotros los que llenamos sus bolsillos". "Abajo el imperialismo yanqui". Y citado cada vez por el gerente e intimado por fin con amenaza de despido si repetía una vez más uno de esos ultrajes, terminó cerrando la puerta detrás de él como un triunfo.
Simón se encoge de hombros. Se entrena en cursos diversos y ahora ha cambiado de estrategia. En vez de exhibirse, disimula. Cada vez que puede sabotea a la empresa para la que trabaja, pero desde el anonimato. Activa la alarma de incendio con humo de cigarrillo y el supermercado debe evacuar a clientela y personal, lo que representa para la empresa lo peor del horizonte: paralización de ventas durante algunas horas. Simón se retrae, luego permanece inactivo un par de semanas. Después vuelve a arremeter: desconfigura el sistema de internet: ‑Inútiles‑, grita el gerente del hipermercado a los encargados de la red y el equipo se vuelve loco porque ya se perdieron las ventas de media jornada con las cajas imposibilitadas de funcionar. 
Simón brinda con un trago de tequila.
En Maxims, otra de esas grandes empresas, llega un día y realiza su rito de la pachamama. Según él, sigue la tradición de su abuelo coya.
‑Madre tierra -tiende en el suelo el manto multicolor, altar de la ceremonia, coloca sobre él ofrentas, chicha, agua bendita, hojas de coca, porotos. Y danza alrededor ingiriendo aloja entre velas blancas que circundan su locura, con excrementos de vaca que él agita y convierte en sonoridades andinas. 
Escenografía que espanta a la clientela.
Cuatro forzudos lo transportan al sótano y lo arrojan al piso polvoriento así "entrás en contacto directo con tu tierra".
Pero a Simón nada lo inmuta. Sin embargo, hoy lo sacude una noticia necrológica: ‑Acaba de llamar tu madre, mi querido. Ha muerto tu viejo.
El patriarca. Dueño de un taller metalúrgico que provee de repuestos a cierta compañía automotriz y da empleo a cien personas. Apenas cae la última palada de tierra sobre el difunto, Simón se hace cargo. Entra en la metalúrgica con su título de patrón colgado del pecho. Dos reflectores apuntándole el rostro. "Vamos a poner las cosas en claro, señores -declama Simón con autoridad-, aquí se viene a producir, en serie. Cadena que no puede ser interrumpida por alguien que quiera rascarse los genitales. Marcaremos metas de producción. Metas que irán superándose bimestralmente. Fichas individuales de rendimiento y colaboración. Quien no concuerde con los nuevos procedimientos y métodos de eficiencia, tienen la puerta abierta para marcharse".
Discursea, de corbata y traje. Recibe los aplausos de los chupamedias devolviéndoles promesas de recompensa.
Simón se descascara de sus sucesivas capas, llegando a quien verdaderamente es. Simón amo. Simón mandamás. Simón dueño y cacique.
Brazos en alto, agradece los aplausos como general en el palco de la Rosada. Simón alzándose en su total magnitud: patrón.

PÁGINA Nº6
POESÍA ARGENTINA:SANTA CRUZ

SANDRA ALEJANDRA NEGRON
ABSORTO EN SU ARTE 

Detrás de los alaridos
admiraba su azote constante,
absorto por la genialidad
de su crueldad infinita.
Abriendo franjas, largas,
finas, tersas, intensas,
rojas carmesí corría lenta
y suave sangre caliente.
Destellos de ira
pestañaban en su mirada
atravesando su cordura
llegando a la locura.
En la comisura de sus labios
se desprendía su inmensa sonrisa
sus latidos, eran alaridos de placer,
gozo y desenfreno cruel.
Su gemir eran melodías a sus oídos
el crujir de huesos mecía su cansancio,
pintando de azul morado
el cuerpo inanimado de su víctima
escribía en el suelo su pobre vida,
para él, sólo su juguete preferido. 

PEDRO NICOLÁS CARRIZO
AVENIDA ROCA

Y el silencio es una mancha de sangre incorregible
Hay cadáveres que son tan divertidos!
que golpean con sus huesos de sapos
golpean en sienes los asfaltos,
que dibujan tactos en la noche
y galopan invisibles en misterios.
Ellos tan divertidos
tan cómicos
que tienen la inquietud de un niño
traspasando las paredes,
se escapan trémulos de sus epitafios
claros, vencidos, anónimos.
Buscando en el aroma de la sangre
de petrificada insignia invertebrada
el acero de la carne hacedora.
Son cadáveres tan divertidos y llenos de vida
que aún buscan modernos de plumas
con la pausa del grito
a las raíces venerantes de la roca.
Son tan divertidos como insatisfechos
Oh!! Indio poeta
sobre sepulcros vendados
donde revienta la sangre invisible
que nos mancha. 


MARITZA KUSANOVIC
YO NO ESTOY HACIENDO POLÍTICA

usted es político Su forma de andar y sentarse es política Su forma de ver y desde donde mira es política Sus deseos y sus gustos/ sus ascos y dis-gustos es política
usted es político Su vestimenta y su desnudez es política Su alimentación y su dieta/ su orden y su basura es política
usted es político En su lengua y en sus oídos En lo que toca y lo toca En lo que deja de tocar y en lo que nunca le toca
usted es político En escena o como espectador En su actuación y en su aplauso es politíco
del lado en que dormís en lo oscuro Y del lado en que te levantás cuando no hay sol
es político

JORGE ALEGRET
EL AURA

Es la memoria de las ausencias y alrededor el páramo.
La época: vestiduras del deseo, y escenas para esas ausencias, fantasmas en escenografías que se renuevan inexorables, como la declinación de la carne.
Fintas al vacío.
Decir es ser poseídos, pero también
un espejismo: ser otro muñeco
en el teatro de lo actual,
la impostura de las presencias
en un Ahora que es ácido.
La página en blanco es la intemperie:
y escribir es habitarse allí,
en el despliegue de lo ausente.
Un tajo en la nada, una llaga
que no sutura.
Poeta es quien se sabe tajo, y así se enuncia.
De ese tajo, la letra.
En la estepa el obstáculo es el vacío.
Carne que se adentra en si, que se duele
sin cielo, porque es cielo.
Queda un susurro, polvo de palabra
en el viento: ese sentido.
Correr el velo; saber es la busca
en el otro lado, y ser el otro
que adviene, como lobo, como ángel,
como máscara o desnudez.
También: morir velado. El cese
de la serie de las apariciones
es un evento sin Amo,
el único evento sin Amo.
Escribir es arrojar una ausencia al otro.
Donarle una grieta.
Lo demás, espectáculo.


CLAUDIA SASTRE
BARCOS EN LA PAMPA
a Sebastián Tresguerres

El devenir de la ausencia

que navega sin mar en medio
de la estepa.
Por una escotilla voy mirando
tratando de ver
tratando de convertir esto
en lengua.
Pero ella, la lengua, se suelta de mí
con la fuerza del pronombre
y balbucea, tartamuda
los sonidos desquiciados de este viaje
este rugido de bestia
la eterna canción de los suicidas
hambrientos, fusilados, locos.
Hay que amar esta tierra de piquetes.
Hay que amarla porque es
más verdadera que real
y nadie elige verla.
Para mí la canción
de los derrotados.
Algo habrá estallado
y no es tu corazón.

La poesía es este barco
PÁGINA Nº7-NARRATIVA

MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS
(Guatemala)








LEYENDA DEL VOLCÁN
Hubo en un siglo un día que duró muchos siglos

Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles: los tres que venían en el viento y los tres que venían en el agua, aunque no se veían más que tres. Tres estaban escondidos en el río y sólo les veían los que venían en el viento cuando bajaban del monte a beber agua.
Seis hombres poblaron la Tierra de los Árboles.
Los tres que venían en el viento correteaban en la libertad de las campiñas sembradas de maravillas.
Los tres que venían en el agua se colgaban de las ramas de los árboles copiados en el río a morder las frutas o a espantar los pájaros, que eran muchos y de todos colores.
Los tres que venían en el viento despertaban a la tierra, como los pájaros, antes que saliera el sol, y anochecido, los tres que venían en el agua se tendían como los peces en el fondo del río sobre las yerbas pálidas y elásticas, fingiendo gran fatiga; acostaban a la tierra antes que cayera el sol.
Los tres que venían en el viento, como los pájaros, se alimentaban de frutas.
Los tres que venían en el agua, como los peces, se alimentaban de estrellas.
Los tres que venían en el viento pasaban la noche en los bosques, bajo las hojas que las culebras perdidizas removían a instantes o en lo alto de las ramas, entre ardillas, pizotes, micos, micoleones, garrobos y mapaches.
Y los tres que venían en el agua, ocultos en la flor de las pozas o en las madrigueras de lagartos que libraban batallas como sueños o anclaban a dormir como piraguas.
Y en los árboles que venían en el viento y pasaban en el agua, los tres que venían en el viento, los tres que venían en el agua, mitigaban el hambre sin separar los frutos buenos de los malos, porque a los primeros hombres les fue dado comprender que no hay fruto malo; todos son sangre de la tierra, dulcificada o avinagrada, según el árbol que la tiene.
-¡Nido!…
Pió Monte en un Ave.
Uno de los del viento volvió a ver y sus compañeros le llamaron Nido.
Monte en un Ave era el recuerdo de su madre y su padre, bestia color de agua llovida que mataron en el mar para ganar la tierra, de pupilas doradas que guardaban al fondo dos crucecitas negras, olorosas a pescado femenina como dedo meñique.
A su muerte ganaron la costa húmeda, surgiendo en el paisaje de la playa, que tenía cierta tonalidad de ensalmo: los chopos dispersos y lejanos los bosques, las montañas, el río que en el panorama del valle se iba quedando inmóvil… ¡La Tierra de los Árboles!
Avanzaron sin dificultad por aquella naturaleza costeña fina como la luz de los diamantes, hasta la coronilla verde de los cabazos próximos y al acercarse al río la primera vez, a mitigar la sed, vieron caer tres hombres al agua.
Nido calmó a sus compañeros -extrañas plantas móviles-, que miraban sus retratos en el río sin poder hablar.
-¡Son nuestras máscaras, tras ellas se ocultan nuestras caras! ¡Son nuestros dobles, con ellos nos podemos disfrazar! ¡Son nuestra madre, nuestro padre, Monte en un Ave, que matamos para ganar la tierra! ¡Nuestro nahual! ¡Nuestro natal!
La selva prologaba el mar en tierra firme. Aire líquido, hialino casi bajo las ramas, con trasparencias azules en el claroscuro de la superficie y verdes de fruta en lo profundo.
Como si se acabara de retirar el mar, se veía el agua hecha luz en cada hoja, en cada bejuco, en cada reptil, en cada flor, en cada insecto…
La selva continuaba hacia el Volcán henchida, tupida, crecida, crepitante, con estéril fecundidad de víbora: océano de hojas reventando en rocas o anegado en pastos, donde las huellas de los plantígrados dibujaban mariposas y leucocitos el sol.
Algo que se quebró en las nubes sacó a los tres hombres de su deslumbramiento.
Dos montañas movían los párpados a un paso del río:
La que llamaban Cabrakán, montaña capacitada para tronchar una selva entre sus brazos y levantar una ciudad sobre sus hombros, escupió saliva de fuego hasta encender la tierra.
Y la incendió.
La que llamaban Hurakán, montaña de nubes, subió al volcán a pelar el cráter con la uñas.
El cielo repentinamente nublado, detenido el día sin sol, amilanadas las aves que escapaban por cientos de canastos, apenas se oía el grito de los tres hombres que venían en el viento, indefensos como los árboles sobre la tierra tibia.
En las tinieblas huían los monos, quedando de su fuga el eco perdido entre las ramas. Como exhalaciones pasaban los venados. En grandes remolinos se enredaban los coches de monte, torpes, con las pupilas cenicientas.
Huían los coyotes, desnudando los dientes en la sombra al rozarse unos con otros, ¡qué largo escalofrío…!
Huían los camaleones, cambiando de colores por el miedo; los tacuazines, las iguanas, los tepescuintles, los conejos, los murciélagos, los sapos, los cangrejos, los cutetes, las taltuzas, los pizotes, los chinchintores, cuya sombra mata.
Huían los cantiles, seguidos de las víboras de cascabel, que con las culebras silbadoras y las cuereadoras dejaban a lo largo de la cordillera la impresión salvaje de una fuga en diligencia. El silbo penetrante uníase al ruido de los cascabeles y al chasquido de las cuereadoras que aquí y allá enterraban la cabeza, descargando latigazazos para abrirse campo.
Huían los camaleones, huían las dantas, huían los basiliscos, que en ese tiempo mataban con la mirada; los jaguares (follajes salpicados de sol), los pumas de pelambre dócil, los lagartos, los topos, las tortugas, los ratones, los zorrillos, los armados, los puercoespines, las moscas, las hormigas…
Y a grandes saltos empezaron a huir las piedras, dando contra las ceibas, que caían como gallinas muertas y a todo correr, las aguas, llevando en las encías una gran sed blanca, perseguidas por la sangre venosa de la tierra, lava quemante que borraba las huellas de las patas de los venados, de los conejos, de los pumas, de los jaguares, de los coyotes; las huellas de los peces en el río hirviente; las huellas de la aves en el espacio que alumbraba un polvito de luz quemada, de ceniza de luz, en la visión del mar. Cayeron en las manos de la tierra, mendiga ciega que no sabiendo que eran estrellas, por no quemarse, las apagó.
Nido vio desaparecer a sus compañeros, arrebatados por el viento, y a sus dobles, en el agua arrebatados por el fuego, a través de maizales que caían del cielo en los relámpagos, y cuando estuvo solo vivió el Símbolo. Dice el Símbolo: Hubo en un siglo un día que duro muchos siglos.
Un día que fue todo mediodía, un día de cristal intacto, clarísimo, sin crepúsculo ni aurora.
-Nido -le dijo el corazón-, al final de este camino…
Y no continuó porque una golondrina pasó muy cerca para oír lo que decía.
Y en vano esperó después la voz de su corazón, renaciendo en cambio, a manera de otra voz en su alma, el deseo de andar hacia un país desconocido.
Oyó que le llamaban. Al sin fin de un caminito, pintado en el paisaje como el de un pan de culebra le llamaba una voz muy honda.
Las arenas del camino, al pasar él convertíanse en alas, y era de ver cómo a sus espaldas se alzaba al cielo un listón blanco, sin dejar huella en la tierra.
Anduvo y anduvo…
Adelante, un repique circundó los espacios. Las campanas entre las nubes repetían su nombre:
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
¡Nido!
Los árboles se poblaron de nidos. Y vio un santo, una azucena y un niño. Santo, flor, y niño la trinidad le recibía. Y oyó:
¡Nido, quiero que me levantes un templo!
La voz se deshizo como manojo de rosas sacudidas al viento y florecieron azucenas en la mano del santo y sonrisas en la boca del niño.
Dulce regreso de aquel país lejano en medio de una nube de abalorio. El Volcán apagaba sus entrañas -en su interior había llorado a cántaros la tierra lágrimas recogidas en un lago, y Nido, que era joven, después de un día que duró muchos siglos, volvió viejo, no quedándole tiempo sino para fundar un pueblo de cien casitas alrededor de un templo.

PÁGINA Nº8
POESÍA ARGENTINA:CHACO


MEMPO GIARDINELLI
SONETO PARA AUGUSTO ROA BASTOS

Esta tierra, señores, es la tierra
de Patiño, del Hombre y de su Hijo,
donde un Yo, Supremo, así lo dijo:
que es suprema idiotez hacer la guerra.
En el Norte del Plata, fulgurante
domicilio del puma y de la garza,
donde duele el amor y a veces se alza
el sol con las guitarras por delante,
no dejaré esperanzas en la entrada.
Son tus libros el canto y el regusto
del bautizo en ríos y cascadas
—Paraguay, y Bermejo, y Pilcomayo—
para cantarte, universal Augusto,
yo que sigo cantando cuando callo.

MARINA CORONEL
ESE HOMBRE

El hombre

amansado en la tarde
o en la noche
de su dolor
se desencadena de su boca
la voz se le estira hasta la palabra
y es lo mudo lo que le cuesta
acostumbrarse a paladear cenizas
a rumiar ortigas bajo la lengua
tal vez se obligue a matar la sorpresa
con un tiro de gracia en la nuca
o entre los ojos
que es lo mismo
cansado de vomitar ayeres
meterá el dedo en el grito
y rascará con automatismo de loco
las urgencias
abrirá la garganta por completo
para tragarse la muerte
de memoria


ESTEBAN GONZALEZ

5
 
Las casas  que enmudecieron
algún día rendirán cuentas de sus noches de horror.
Entonces las lágrimas se oxidarán.
Sellarán candados y cerraduras.
No serán jamás casas tomadas.
Serán un alerta
para los verdugos anónimos.


SUSANA SZWARC

LA TRASTIENDA

¿Qué vale más -me dije- en la memoria?.
Porque había pasado una noche completa,
como si se nombraran siglos,
pero la frase seguía
adentro y afuera de mis ojos:
se exponía en un letrero infatigable
solamente cínico
colgando de una tienda.
Mi cuerpo tambaleaba,
tropezaba a cada instante
mujer ebria
y sin embargo no había bebido,
sino que se volcaron sobre mí,
en cada punto de los pequeños ejes 
esquirlas de esa frase.
Sonreí. Si el lenguaje desconfiaba
de sí mismo, ¿por qué creerle
hasta resbalarme en el asfalto,
mancharme las manos de rodillas,
como derribada 
por el hedor a flores muertas?
Digamos: si hay quienes oyendo
la voz de alto
no perciben la traición, no caen,
no se lastiman, ¿por qué entonces no aceptar la frase,
lo que se considera correcto,
incluso en su gramática?
Acaso, ¿porque escribir un poema correcto
no le es suficiente al poema?

FRANCO BOCZKOWSKI

MEDIODÍA EN ATENAS.

La época tiene su atractivo de libro de historia

sumado al otro atractivo de ser actual
y quedar nada más que a unos cuantos pasos
de la puerta de casa, donde concentran, a veces, cada día,
sectores de masas diversos, atentos
a sus reclamos. Este mediodía en Atenas
enfrentaban, congregados, el ajuste.
Este mediodía, el sol, en Córdoba, mostraba
toda su experiencia de miles de años,
la preparación de una huelga general
en Grecia, contra la troika que negocia condiciones
para una nueva ayuda financiera,
aunque el ministro de finanzas asegure
que el dinero alcanza para pagar hasta noviembre,
y aquí la FIAT informe que no habrá suspendidos el viernes
porque Brasil empezó a mover, nuevamente, los mercados,
el 19 de octubre marcharon en Atenas
más de medio millón. Decenas de miles
en todas las ciudades griegas
mostraban el futuro de la Unión Europea,
porque las ciudades, como las personas, cambian,
aunque el sol del mediodía sea el mismo (el mismo sol
que permitió a Aristóteles estudiar los eclipses
y la poesía) y aunque se insista con estar blindados,
Volkswagen aquí adelanta vacaciones,
Renault suspende por falta de insumos,
y nos movemos, alterados, bajo el sol inalterable del mediodía, entre la experiencia, la mentira, la convención y las posibilidades de que ocupemos la historia, 
como en Atenas hoy se ocupaban edificios públicos, 
calles y portadas en los diarios del mundo.

CLAUDIA MASIN
SEMILLA

Dedicado a la memoria de David Moreyra, el chico de 19 años que murió tras tres días de agonía después de ser linchado por una multitud en Rosario, tras un aparente intento de robo.

Yo quiero estar en la respiración dificultosa del chico moribundo
el ladrón adolescente tirado en el asfalto mientras una multitud
lo muele a golpes, ser la catarata de imágenes
que aparecen para liberarlo de la fealdad de lo que ve:
los pasos inseguros sobre el piso de tierra, la alegría de poder
pararse al fin sobre las dos piernas, un árbol pequeño el cuerpo

guiado por una rama vieja, un tutor que no lo deja crecer

hacia el sol aunque le permita recibir algo de su tibieza.

Quiero vivir el día en que se desató la cuerda y la rabia quedó suelta,

a merced del terror que iba a empezar a alimentarse en el estómago

de la bestia, su propia mala estrella concibiéndose desde antes

de su nacimiento, antes de que pudiera hablar, pensar, antes

de que supiera que iba a vivir una vida donde el oxígeno
nunca iba a alcanzar para él, donde tendría que respirar
conteniendo el aire, como si estuviera en el fondo del océano,
y aunque hubiera suficiente para todos, más de una vez
amanecería boqueando como un pez fuera del agua,
casi muerto. Que allí, tirado en el cemento, no haya
sido ese pez en la orilla al que las aves carroñeras
miraban morir desde su cielo, que se haya sentido
de repente como un ciervo de los pantanos
o un topo malherido en medio del monte
y haya podido saber lo que saben ellos
acerca del momento en que se pierde
todo lo que se tiene: el mundo, la selva, las largas caminatas
de la manada hacia las tierras más fértiles, el aire pesado
de los humedales, el placer físico de correr desesperadamente,
el olor de la tierra empapada por un temporal
poderoso y breve, el hambre, la dentellada que se da
y se recibe, el corazón desbocado que se enlentece,
el dolor, la vida que se dispersa en el aire como una semilla,
un ramalazo de luz que pasa a través de las ramas y descansa
sobre el pasto mojado. Que haya sentido en la sangre,
junto con la gracia de haber estado vivo, la esperanza
de una revuelta que escriba otra historia para él,
donde la peste incubada en los otros no le caiga sobre el cuerpo
desde la niñez y lo maldiga.
PÁGINA Nº 9-NARRATIVA

HORACIO QUIROGA
(Uruguay)

EL HIJO


Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.
-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.
-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.
-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.
-Sí, papá -repite el chico.
Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.
Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.
Ha cruzado la picada roja y se encamina directamente al monte a través del abra de espartillo.
Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.
Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe…
No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.
Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.
De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.
Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.
Horrible caso… Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.
En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.
-La Saint-Étienne… -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte…
Sin prestar más atención al nimio
acontecimiento , el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.
El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.
El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: “Sí, papá”, hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.
El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?
El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.
¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.
Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia…
La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.
Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un… ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano…
El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro…

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.
Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.
-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.
Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su…
-¡Chiquito…! ¡Mi hijo!
Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.
A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.
-Chiquito… -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:
-Pobre papá…
En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres…
Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.
-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora…? -murmura aún el primero.
-Me fijé, papá… Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí…
-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!
-Piapiá… -murmura también el chico.
Después de un largo silencio:
-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.
-No.
Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.
Sonríe de alucinada felicidad… Pues ese padre va solo.
A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.
PÁGINA Nº10
POESÍA ARGENTINA: CÓRDOBA

SERGIO PRAVAZ

EL VUELO DEL JARDÍN

El camión antidisturbios

es inmenso para el jardín
recién plantado

Las bestias se sacuden
un orgasmo embrionario
y arremeten ...

Los jilgueros se desbandan
pero sus voces aún caminan
en la plaza rota


SONIA RABINOVICH

A MI MADRE

Caminé con su cuerpo entre los brazos
durante toda la noche.
Recorrí insomne los pasillos de la casa
con el cuerpo de su lágrima                      
apoyado en el pecho.
Caminé llevándola, hamacándola
a un consuelo que la devuelva a la boca
que hoy no acepta el trípode de la pena.
Antes se transformó en agujero
y después llegaron  los silencios.
La llevé , apoyada su impotencia
sobre mi hombro, durante toda la noche,
y caminé con sus piernas hasta quedar exhausta.
Caminé toda la noche con el dolor
de madre entre los brazos
y ahora escribo, dormida sobre sus ojos
sintiéndola erguirse      
entre la nebulosa de unos tacos aguja
mientras se acomoda el pañuelo frente al espejo.

LUIS ALBERTO AMBROGGIO
CANTO II

Epopeya desnuda de la paz no valorada:
les cuesta a los próceres levantar los dolores que tienen
pero viven audazmente otro día somalí, sudanés,
en cualquier gheto.
Se ha glorificado erróneamente como héroes de la guerra
a los muertos.
Sobrevivir no pertenece a la rutina.
Estamos condenados a vida
so pena de una muerte cotidiana.
Epopeya del amor y el sueño:
las puertas que se abren adelante,
adentro, al lado, están infectadas
y, sin embargo, se besan
con una pasión que los encierra
y crean horarios de ilusiones.
El himno enarbolado del orgasmo
está hecho de una sola raza.
Epopeya del lenguaje,
El abecedario de cada aliento,
"ese cuerpo hacia todo
esos ojos abiertos."
Epopeya de la lágrima
Mundo húmedo de resúmenes inauditos
Agua viva del río de los cuerpos.
La necesidad que mendiga a las manos disfrazadas
gestos con ventanas, llantos de cocodrilo,
tiburones sueltos en campaña.
Epopeya del mundo diario
que, desde el silencio cobardemente vemos.
La mítica Troya ya tuvo su canto.


SUSANA CABUCHI

EL DULCE PAÍS

Entonces, tus ojos eran caramelos de miel
y hablabas
de las bicicletas que regalaba el Niño Dios
a los que no podíamos comprarlas.
El río se callaba para que tú contaras figuritas.
Yo era alegre,
y eran alegres los nísperos del patio.
Y tú eras otro,
no el hombre de hoy
lejano como todos.
Cada domingo era una sorpresa de ciruelas,
de plaza con hamacas.
Tu padre cantaba en el taller
mientras tu madre
lavaba mamelucos de amor y aceite.
El mío no había partido todavía
y llegaba al hogar con dulces y regalos.
Yo oía con asombro tus mentiras
y creía en gigantes voladores
y en ángeles guardianes
que cuidaban tu ropa y mis zapatos.
Por cada diente el ratón nos compraba mandarinas.
La abuela, abría el gran ropero
y sacaba
turrones envueltos en papeles crocantes.
Si vuelves, como entonces,
con sombrero de piel y las manos con barro
verás, que guardo aún
el corazón de las manzanas.

ALEJANDRO SCHMIDT
HORIZONTE

El árbol no tiene paz
Salen sus padres del río
Y lo abandonan 
La floresta
Del cielo
Se desprende
Pero
Sola 
Vibra el perfil de las ciudades 
¿Das al horizonte sombra
Muy
Conmovido? 
Sabe
El tiempo
Ir
Lejos
Lejos
Recuerda
Querido arbolito
También yo
Fui un hombre quieto
Que lloraba

TINA ELORRIAGA
-II-

El miedo no pudo burlar el ojo de la trampa     
una mariposa ciega cayó a la nada
los cerrojos ardían como una rosa de fuego en el desierto
Era  el país de las maravillas
con las campanas doblando el bronce de los días
Entonces   ella     la palabra      
la descarada 
la que camina a cuatro patas por el guadal y sin pudor amanece dormida en los burdeles
la inequívoca de los ojos vendados 
 desplegó sus alas ante mí
y dijo    calladita        jamás

MANUEL LOZANO GOMBAULT
MAISON DE LA VIERGE

Todo viene a mí cuando soy nadie.
Subo los escalones del escondite,
subo desde la barca de un Egeo celeste
(cuya historia no conozco, pero lastima)
hasta el bosque primordial de la alegria.
Todo vino a mí cuando era nadie.
¿Cómo pude saber del resplandor
cuando el mundo vertió escándalo y cenizas?
Tenía dieciséis años, pero albergué
el Secreto hermoso en medio del desprecio.
Todo viene a mí cuando soy nadie,
cuando asciendo por la sangre del hombre
y arborezco, fructifico, y doy a luz
con el ardor del vómito incesante.
Quien toca el corazón, toca su reino.
Yo vagué por el escalofrío.
Me interné -sin esa hiena los miedos-
para nacerme con los brazos en cruz
antes del alba.


PÁGINA Nº11-NARRATIVA  BREVE

J.M.TAVERNA IRIGOYEN

(Argentina)


SOLILOQUIOS
       
He esperado hasta hoy inútilmente. Nunca he podido desprenderme de mamá. Los hermanos se han ido uno a uno de la casa, y no han vuelto. He quedado yo como una estatua que sólo sabe barrer.  Desde el año que viene –está decidido- no compraré una escoba más.


En la caja caben muchos recuerdos. Menos uno que estrecho sobre mi pecho. Es el amor prohibido al padre Francisco, al que sólo llegué por una estampita, cuando sus exequias.


Mi casa frente al lago de Garda es la envidia de todos. Por si acaso, para que no me la curioseen, vivo con las ventanas cerradas. Si supieran los que me envidian, si supieran cuánta tristeza anidan esas paredes de cal gris…


He escrito lo suficiente. Y no agregaré una letra más. Entretanto, en el  viejo grabador, deletrearé el odio que les tengo, el resentimiento, para que desde mi voz oigan cuánto me dolió ser sólo una foto.

AMORES DESENCONTRADOS

Cierra el libro de  Hegel. Basta de estética. Mira por la ventana y ubica sobre el vidrio un corazón de humedad. Mientras el ring del celular se alarga, reabre el libro y vuelve a ver los inoportunos labios de rouge sobre la portada…


Ese amor no tiene fecha. Lo trajo el abuelo cuando volvió del Paraguay y es el que después –nativa de ojos verdes- le robó su nieto. El mismo, claro, que papá devolvió con un puñal clavado entre ceja y ceja.


Amores clandestinos. No porque se den bajo los puentes ni entre las altas hierbas. Amores clandestinos porque sólo se declaran ante el Registro Civil y no sirven para nada, ni para la sortija. Como el nuestro, Hortensia, tan absurdamente jurado.


Su amor duró todo un verano. Al despedirse, hicieron lo mismo que con los perros: lo dejaron en la  ruta.


Adelaida comprende: él no tenía su estatura intelectual. Además, madre decía que tampoco sabía usar los cubiertos. Fue su único amor, el que la esperó varios años. Pero es mejor así: ahora, como come sola, siempre la acompaña una buena lectura

ERRORES

Entró mal en aquél empleo. Los libros de contaduría eran pesados y si bien un par de compañeros los usaban para estar más alto en sus asientos, ella los acariciaba con dulzura. El problema fue que los números le provocaban alergia. De ahí a convertirse en calculadora de bolsillo, un paso.


La esmeralda en aro de platino fue la joya que recorrió genealógicamente toda la familia: desde la bisabuela que vino de Francia. El error fue, cuando Patricia se casó, dársela sin estuche. Con dedo y todo, voló en manos de los cacos.


No sé si me he equivocado, pero ya no me gusta la casa. Tampoco soporto los chicos y a mi madre a veces la ubico en la naturaleza de bruja. Está bien que cambié de marido, pero el error (lo dicen todos, a voces) fue haberme amancebado con un joven ministro de la fe que –sobre todo- pontifica a menores.

            
Venecia da para todo: hasta para enamorarse   de un cocinero. Lo malo es que de él jamás tuve siquiera un plato de sopa. Yo, sólo yo soy la del delantal y las ollas.


Ya anciano descubre sus habilidades de cleptómano. Está lerdo, torpe, y para colmo las cataratas. Ya no puede entrar a ningún supermercado porque lo detienen antes que supere la entrada…


Algo anda mal, y no sabe qué es. Hace más de diez años que hace el mismo recorrido, por las mismas calles, pero hoy no llega a destino. Es como si le hubieran cambiado la ciudad, y así lo piensa. Pero no: quien ha cambiado el mapa es él. Subido a un drone, la ciudad es un trazado aéreo que lo asfixia.
PÁGINA Nº12
POESÍA AMERICANA: URUGUAY

RAFAEL COUTOISE

LOS QUE NO ESTÁN

Para las almas los cuerpos valen oro. Pero es un oro carnal,
de ruido tibio, un oro en trazos y fibras, oscuro, más oscuro que la muerte
que lleva y devuelve las almas a su origen, la muerte como un mar que las devora.
Los cuerpos flotan.
Sin la muerte, un cuerpo es más grave que su sombra. La muerte los levanta,
los madura, hace de los cuerpos un sueño irrepetible en el que el deseo encuentra
materias claras para hacer la casa.
La casa se levanta y se derrumba, pero los trozos esparcidos son duras gotas
del agua del deseo, humedecen la vida que les falta.



SILVIA GUERRA
CLOTO


Afuera, en el cóncavo espejo que es ahora
un fino entretejido se suspende: alguien
habla de dos, otros de cifras que son inmensas cantidades.
La ascendencia se pierde en estratos
que no tienen demasiada importancia.
Se nombran los caminos los pazos los pequeños jilgueros.
Se camina sonriendo por la empinada cuesta
con las botas sucias del barro del camino.
Se llenan los carrillos los rojos los sonrientes
de un aire
que ahí arriba se dice que es purísimo.
Y se habla de la guerra. Del color de la guerra.
Y aparecen los muertos, en fila, con el plato vacío
me preguntan algo que no entiendo, no entiendo que me dicen
no entiendo que hago ahí, por qué me siguen.
Y yo no sé que hacer, y ellos tampoco.



ALFREDO FRESSIA
POETA EN EL EDÉN

No, Señor,

nunca huiré del Paraíso, tengo en mí
la leche eterna de los padres y los hijos,
y escribo poemas para la nostalgia.
No, Señor,
nunca seguiré el rumbo imprudente
de los cuatro ríos, el que impele a los nautas
hacia el mar de monstruosas criaturas.
Habían podado las ramas de oro
que brillaban en el árbol de la vida.
Y ahora me llaman como almas.
No, Señor,
nunca comeré del árbol prohibido.
Apreté tantas veces en mi mano
las frutas suculentas. Aspiro
los perfumes seductores,
—Et d´autres, corrompus, riches et triomphants
Nada sabes de mis íntimos
paraísos artificiales, y te ofrezco las costillas
húmedas y turgentes
para que sigas modelando al mundo
mientras duermo.
Soy un niño inmenso
escribiendo dócilmente en el barro del Edén.
Tengo un muñeco de porcelana blanca.
Balbucea.

CRISTINA PERI ROSSI
LA PASION

Salimos del amor

como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.

JORGE ARBELECHE
BUFANDA

Es una bufanda

no abriga
se enrosca
se incrusta en la garganta
es soga nudo gota amarga
colgada
ahí
donde termina el paladar y se ahoga el cuello
cuando el aliento
cae
hacia
tráquea faringe esófago diafragma
cae
el aliento
rueda
hacia abajo
donde no se ve nada
nada se palpa y se aloja
en la masa sin forma de las vísceras
aprieta
cuando de noche
no te atreves a trancar la cerradura
y cuelgas libre la llave del llavero
porque te envuelve el miedo
de que el portero no te oiga
y que te asalten infarto
muerte súbita y no llegue
la emergencia o que te encuentren
la mano agarrotada en el teléfono
y pasados tres días vengan
a derribar la puerta cuando
el olor a podrido invada
el piso y las paredes porque
todas tus palabras se volvieron arena
y piedra tus oídos que no alcanzaron
a escuchar el gallo que sólo para tí
elevaba la cresta más sonora
no podrá la caricia ni el beso ni
la lágrima
detener el estrépito del día
al derrumbarse sobre tus ojos secos

porque una a una las puertas se cerraron
y todas las ventanas quedaron en clausura
(aunque entreabiertas)

Tal vez despertará 
el eco de la fiesta en las pasturas.

DOLORES MEIJUEIRO VERDES 
VII – AYER

Cerré la puerta y

hablaron los vasos sedientos amontonando
/ esos labios de ayer,
en busca de un aliado para no callar
el último rayo de música creció eco en el aire,
la entretela de humo delatada por la triangular luz/
cayendo desde la lámpara,
faro resistiéndose a la espesura de la nube,
y desbordando la boca de los ceniceros las colillas / con
besos anónimos
atrás de esta neblina
dos retratos fieles se adueñan del diario espacio
/ de mis ojos,
y junto a los almohadones ahuecados del murmullo / de
los cuerpos
el consuelo de las copas saciadas de sed
la alfombra, esta piel que me es conocida
sosteniendo el invisible deseo de correr,
junto con los vasos libros apilados latas de cerveza la
gota de agua desbordando las copas y
suena un hueco final sobre metal pegado
/ a servilletas usadas
los platos vados regalos desnudos
el humo que aún me envuelve,
las horas de ayer.
PÁGINA Nº13-NARRATIVA





MARÍA LUISA BOMBAL
(Chile)


LO SECRETO


Sé muchas cosas que nadie sabe.
Conozco del mar, de la tierra y del cielo infinidad de secretos pequeños y mágicos.
Esta vez, sin embargo, no contaré sino del mar.
Aguas abajo, más abajo de la honda y densa zona de tinieblas, el océano vuelve a iluminarse. Una luz dorada brota de gigantescas esponjas, refulgentes y amarillas como soles.
Toda clase de plantas y de seres helados viven allí sumidos en esa luz de estío glacial, eterno…
Actinias verdes y rojas se aprietan en anchos prados a los que se entrelazan las transparentes medusas que no rompieran aún sus amarras para emprender por los mares su destino errabundo.
Duros corrales blancos se enmarañan en matorrales estáticos por donde se escurren peces de un terciopelo sombrío que se abren y cierran blandamente, como flores.
Veo hipocampos. Es decir, diminutos corceles de mar, cuyas crines de algas se esparcen en lenta aureola alrededor de ellos cuando galopan silenciosos.
Y sé que si se llegaran a levantar ciertas caracolas grises de forma anodina puede encontrarse debajo a una sirenita llorando.
Y ahora recuerdo, recuerdo cuando de niños, saltando de roca en roca, refrenábamos nuestro impulso al borde imprevisto de un estrecho desfiladero. Desfiladero dentro del cual las olas al retirarse dejaran atrás un largo manto real hecho de espuma, de una espuma irisada, recalcitrante en morir y que susurraba, susurraba… algo así como un mensaje.
¿Entendieron ustedes entonces el sentido de aquel mensaje?
No lo sé.
Por mi parte debo confesar que lo entendí.
Entendí que era el secreto de su noble origen que aquella clase de moribundas espumas trataban de suspirarnos al oído…
—Lejos, lejos y profundo —nos confiaban— existe un volcán submarino en constante erupción. Noche y día su cráter hierve incansable y soplando espesas burbujas de lava plateada hacia la superficie de las aguas…
Pero el principal objetivo de estas breves líneas es contarles de un extraño, ignorado suceso, acaecido igualmente allá en lo bajo.
Es la historia de un barco pirata que siglos atrás rodara absorbido por la escalera de un remolino, y que siguiera viajando mar abajo entre ignotas corrientes y arrecifes sumergidos.
Furiosos pulpos abrazábanse mansamente a sus mástiles, como para guiarlo, mientras las esquivas estrellas de mar animaban palpitantes y confiadas en sus bodegas.
Volviendo al fin de su largo desmayo, el Capitán Pirata, de un solo rugido, despertó a su gente. Ordenó levar ancla.
Y en tanto, saliendo de su estupor, todos corrieron afanados, el Capitán en su torre, no bien paseara una segunda mirada sobre el paisaje, empezó a maldecir.
El barco había encallado en las arenas de una playa interminable, que un tranquilo claro de luna, color verde-umbrío, bañaba por parejo.
Sin embargo había aún peor:
Por doquiera revolviese el largavista alrededor del buque no encontraba mar.
—Condenado Mar —vociferó—. Malditas mareas que maneja el mismo Diablo. Mal rayo las parta. Dejarnos tirados costa adentro… para volver a recogernos quién sabe a qué siniestra malvenida hora…
Airado, volcó frente y televista hacia arriba, buscando cielo, estrellas y el cuartel de servicio en que velara esa luna de nefando resplandor.
Pero no encontró cielo, ni estrellas, ni visible cuartel.
Por Satanás. Si aquello arriba parecía algo ciego, sordo y mudo… Si era exactamente el reflejo invertido de aquel demoníaco, arenoso desierto en que habían encallado.
Y ahora, para colmo, esta última extravagancia. Inmóviles, silenciosas, las frondosas velas negras, orgullo de su barco, henchidas allá en los mástiles cuan ancho eran… y eso que no corría el menor soplo de viento.
—A tierra. A tierra la gente —se le oye tronar por el barco entero—. Cargar puñales, salvavidas. Y a reconocer la costa.
La plancha prestamente echada, una tripulación medio sonámbula desembarca dócilmente; su Capitán último en fila, arma de fuego en mano.
La arena que hollaran, hundiéndose casi al tobillo, era fina, sedosa, y muy fría.
Dos bandos. Uno marcha al Este. El otro, al Oeste. Ambos en busca del Mar. Ha ordenado el Capitán. Pero. . .
—Alto —vocifera deteniendo el trote desparramado de su gente—. El Chico acá de guardarrelevo. Y los otros proseguir. Adelante.
Y El Chico, un muchachito hijo de honestos pescadores, que frenético de aventuras y fechorías se había escapado para embarcarse en “El Terrible” (que era el nombre del barco pirata, así como el nombre de su capitán), acatando órdenes, vuelve sobre sus pasos, la frente baja y como observando y contando cada uno de ellos.—Vaya el lerdo… el patizambo… el tortuga —reta el Pirata una vez al muchacho frente a él; tan pequeño a pesar de sus quince años, que apenas si llega a las hebillas de oro macizo de su cinturón salpicado de sangre.
“Niños a bordo” —piensa de pronto, acometido por un desagradable, indefinible malestar.
—Mi Capitán —dice en aquel momento El Chico, la voz muy queda—, ¿no se ha fijado usted que en esta arena los pies no dejan huella?
—¿Ni que las velas de mi barco echan sombra? —replica este, seco y brutal.
Luego su cólera parece apaciguarse de a poco ante la mirada ingenua, interrogante con que El Chico se obstina en buscar la suya.
—Vamos, hijo —masculla, apoyando su ruda mano sobre el hombro del muchacho—. El mar no ha de tardar. . .
—Sí, señor —murmura el niño, como quien dice: Gracias.
Gracias. La palabra prohibida. Antes quemarse los labios. Ley de Pirata.
“¿Dije Gracias?” —se pregunta El Chico, sobresaltado.
“¡Lo llamé: hijo!” —piensa estupefacto el Capitán.
—Mi Capitán —habla de nuevo El Chico—, en el momento del naufragio…
Aquí el Pirata parpadea y se endereza brusco.
—…del accidente, quise decir, yo me hallaba en las bodegas. Cuando me recobro, ¿qué cree usted? Me las encuentro repletas de los bichos más asquerosos que he visto…
—¿Qué clase de bichos?
—Bueno, de estrellas de mar… pero vivas. Dan un asco. Si laten como vísceras de humano recién destripado… Y se movían de un lado para otro buscándose, amontonándose y hasta tratando de atracárseme…
—Ja. Y tú asustado, ¿eh?
—Yo, más rápido que anguila, me lancé a abrir puertas, escotillas y todo; y a patadas y escobazos empecé a barrerlas fuera. ¡Cómo corrían torcido escurriéndose por la arena! Sin embargo, mi Capitán, tengo que decirle algo… y es que noté… que ellas sí dejaban huellas. . .
El terrible no contesta.
Y lado a lado ambos permanecen erguidos bajo esa mortecina verde luz que no sabe titilar, ante un silencio tan sin eco, tan completo, que de repente empiezan a oír.
A oír y sentir dentro de ellos mismos el surgir y ascender de una marea desconocida. La marea de un sentimiento del que no atinan a encontrar el nombre. Un sentimiento cien veces más destructivo que la ira, el odio o el pavor. Un sentimiento ordenado, nocturno, roedor. Y el corazón a él entregado, paciente y resignado.
—Tristeza —murmura al fin El Chico, sin saberlo. Palabra soplada a su oído.
Y entonces, enérgico, tratando de sacudirse aquella pesadilla, el Capitán vuelve a aferrarse del grito y del mal humor.
—Chico, basta. Y hablemos claro, Tú, con nosotros, aprendiste a asaltar, apuñalar, robar e incendiar… sin embargo, nunca te oí blasfemar.
Pausa breve; luego bajando la voz, el Pirata pregunta con sencillez.
—Chico, dime, tú has de saber… ¿En dónde crees que estamos?
—Ahí donde usted piensa, mi Capitán—contesta respetuosamente el muchacho…
—Pues a mil millones de pies bajo el mar, caray — estalla el viejo Pirata en una de esas sus famosas, estrepitosas carcajadas, que corta súbito, casi de raíz.
Porque aquello que quiso ser carcajada resonó tremendo gemido, clamor de aflicción de alguien que, dentro de su propio pecho, estuviera usurpando su risa y su sentir; de alguien desesperado y ardiendo en deseo de algo que sabe irremisiblemente perdido.
PÁGINA Nº14
POESÍA AMERICANA: REP. DOMINICANA


EDUARDO LANTIGUA
LECTURA

Una sombrilla atraviesa la ciudad y no deliro
o mis ojos tiemblan fríos como graffitis en las paredes.
Una rata se mueve impune entre las rocas
o la hermosa mujer festeja desde el arrecife:
Cicatriz y anillo certifican en mí lo inevitable.
Lectura de mi tumba (arrogante),
esta ciudad emerge de huesos y vergüenzas,
ruidos y cenizas, heridas y metales. Sedienta, la bestia,
con sus alas de plomo sobre ruinas aletea:
Deseo que acomoda el insomnio
certificando esta soledad y frío en mi cuerpo
(las manos vacías y pájaros ensangrentados
que limpian con estilo sus picos en medio de la calle).
Una sombrilla atraviesa la ciudad y no deliro, madre,
¿No escuchas cómo las noticias espantan mariposas?
Una, la primera,
Por el suelo y la vida que ya no es paraíso,
Muerto el tío César, hecha escombros la abuela,
Fósil ya la memoria del amigo que es sombra,
Dudas, huyes, te pierdes, en ese lago absurdo de vino que hoy es puerta
Que da al mar o al abismo o al llanto o al desierto innombrable
Que es a veces la sala de tu casa.
Ignoras qué espejismos poblarán tu memoria,
O qué fúnebre insecto visitará el insomnio de tus ojos sin luz.
Y pronuncias sentencia con la voz que el desierto convirtió en peregrina:
Toma hija esta mano de huesos de cristal,
Petrificado el fuego de tus tres inviernos,
Yo no sé quién vendrá a parir los espejos que reclama la noche.
Sospecho, intuyo, gimo, pero no advierto, no,
Ignoro demasiado.
Esa mano hecha huesos
Que tiendo como un barco
En el umbral desnudo del día que vendrá,
No es cuerda, no es escape
Sino acertijo inútil, signo interrogativo, párpados fijos, muertos,
Que heredé de aquel padre que aunque viva es neblina,
O espuma o espejismo en la penumbra rota del pantano del mundo.
Para escapar del vientre, exiguo, raro, incierto
De este Plutón azul que ayer era y hoy no.
Levantarte y andar como anda todo el mundo,
Por la ruta imprecisa que es eterno regreso
Y no decir que siempre,
Desde el instante roto de ese salto al vacío
De este lago de muertos, cojeas de realidad,
Emerges, naufragas en el cosmos sutil, imperceptible
Y ya casi obsoleto de poetizar la muerte.
De hombre solo y lejano que eres a cada paso,
Silente, sigiloso, en puntillas,
Dejándote abrazar por hija madre hermano
Sin que adviertan siquiera el olor a derrumbe
La nada la hecatombe de ser desorientado
Que no habita la queja, ni el grito, ni el teatro,
Pero se sabe insomne, muerto, mítico, incierto.
Como fantasma hermoso que gravita tu sueño,
No volverá a ser tuya como ya lo es del tiempo remoto y sin espejos
Todo es y será polvo.
Búhos, águilas, halcones,
Pueblan el cielo raso del lúgubre aposento.
¿Es acaso posible el eterno retorno
A la oquedad inmensa y virginal de su sótano?
No es hora de mirar ese final de siglo
Ni el remoto existir ni este ahora en tus parpados,
¿Dónde habitar, entonces, qué paredes, qué puerto
Abrazar sin el ay?
…y susurra el misterio.
Me molesta el viento indigno
Que resguardaba en el espejo
Indescifrable de los años
Me molesta el viento
La consistencia  de su voz
Y el paladar desafinado
Como grito de trompetas
Me molesta el viento
Y la enloquecedora energía de sus movimientos
Que me estrella
Me molesta el viento
Violentos agasajos
Que atropellan y
Humillan mi existencia.


ISIS AQUINO
27 PILDORAS

La primera por el primer y único beso que nos dimos

La segunda
por el lugar que siempre ocupo en cada cosa
La tercera
por las veces que he intentado hacer lo mismo en el pasado
La cuarta
por los poemas que te he escrito... ¡malnacido!
La quinta
porque aunque no siento ya la punta de los dedos
sé que no han sido suficientes ni para llegar a la sala de emergencias
Y cinco más de un golpe y otro trago
y cinco más y son quince, pero faltan
y sé que no es razón suficiente el estar harta, pero 
¡Maldición! sí que estoy harta
de cometer tantos errores y que sean los mismos
casi siempre
de dar más explicaciones de las que tengo
de llorar como una idiota
de ser una idiota que llora por cosas baladíes
ya no pienso
ya no siento
pero sigo: 
16 por la edad que tenía cuando conocí al demonio
17 por Medardo Ángel Silva y su pistola
18 por Leautremont y su descenso a los infiernos
otro trago, menos hielo
20 por los hijos que no tendré y los libros que no he escrito
por Kurt Cobain y su escopeta
por la playa de Alfonsina...
tengo nauseas, 
tengo frio
ya estoy cerca
Cinco más de un golpe y otro trago
Luego vendrá el doctor a decir lo que todo el mundo sabe:
«Señora, su hija ha fallecido, hemos hecho todo lo posible»
y ella pensará que es una vergüenza
¿qué irán a pensar los compañeros del Partido?
26... y no me enterrarán junto a mi padre, que tanto me quería
el Rector de la UASD mandara una corona 
Alexéi Tellerías me escribirá un poema
los choferes de la Bolívar colgarán un listón negro
del retrovisor derecho
por la que se quedaba frente al Parque Independencia
...e irán a velarme hasta los que no me conocían
algunos llorarán, otros solo asentirán muy gravemente
luego beberán ron en el Parque Colón
oyendo a Héroes del Silencio y Soda Stereo. 
El muchacho que nunca me quiso se sentirá culpable secretamente
por un rato
y luego de que no fue por el después de todo
y hablará de cualquier cosa
cuidándose de no decir mi nombre
Luego, se olvidaran de mí tranquilamente
pero yo ya no estaré
para sentirme abandonada
para sentir que se me rompe el corazón de un puñetazo
como si mi alma la arrastraran los caballos de la angustia y la vergüenza
si, ¡vergüenza! de llorar
de llorar tanto por el
de ahogarme en esta neurastenia cósmica que exhalo
de tener un Chernóbil en el pecho
¡Estoy harta!
¡Estoy harta!

¡ESTOY HARTA!

OSIRIS VALLEJO
LA HORA DEL INSOMNE (fragmento)

Desprendido del sur, desheredado
Por el suelo y la vida que ya no es paraíso,
Muerto el tío César, hecha escombros la abuela,
Fósil ya la memoria del amigo que es sombra,
Dudas, huyes, te pierdes, en ese lago absurdo de vino que hoy es puerta
Que da al mar o al abismo o al llanto o al desierto innombrable
Que es a veces la sala de tu casa.
Ignoras qué espejismos poblarán tu memoria,
O qué fúnebre insecto visitará el insomnio de tus ojos sin luz.

La miras desde el fondo de tu íntimo zaguán
Y pronuncias sentencia con la voz que el desierto convirtió en peregrina:
Toma hija esta mano de huesos de cristal,
Petrificado el fuego de tus tres inviernos,
Yo no sé quién vendrá a parir los espejos que reclama la noche.
Sospecho, intuyo, gimo, pero no advierto, no,
Ignoro demasiado.
Esa mano hecha huesos
Que tiendo como un barco
En el umbral desnudo del día que vendrá,
No es cuerda, no es escape
Sino acertijo inútil, signo interrogativo, párpados fijos, muertos,
Que heredé de aquel padre que aunque viva es neblina,
O espuma o espejismo en la penumbra rota del pantano del mundo.


Un ay no es amuleto, no es salida, no es ala,
Para escapar del vientre, exiguo, raro, incierto
De este Plutón azul que ayer era y hoy no.
Levantarte y andar como anda todo el mundo,
Por la ruta imprecisa que es eterno regreso
Y no decir que siempre,
Desde el instante roto de ese salto al vacío
De este lago de muertos, cojeas de realidad,
Emerges, naufragas en el cosmos sutil, imperceptible
Y ya casi obsoleto de poetizar la muerte.

Qué acariciable encanto hay en ese perfil
De hombre solo y lejano que eres a cada paso,
Silente, sigiloso, en puntillas,
Dejándote abrazar por hija madre hermano
Sin que adviertan siquiera el olor a derrumbe
La nada la hecatombe de ser desorientado
Que no habita la queja, ni el grito, ni el teatro,
Pero se sabe insomne, muerto, mítico, incierto.


Y esa casa vacía que a veces aparece
Como fantasma hermoso que gravita tu sueño,
No volverá a ser tuya como ya lo es del tiempo remoto y sin espejos
Todo es y será polvo.
Búhos, águilas, halcones,
Pueblan el cielo raso del lúgubre aposento.
¿Es acaso posible el eterno retorno
A la oquedad inmensa y virginal de su sótano?
No es hora de mirar ese final de siglo
Ni el remoto existir ni este ahora en tus parpados,
¿Dónde habitar, entonces, qué paredes, qué puerto
Abrazar sin el ay?
…y susurra el misterio.


KARINA RIEKE
CONFIN DEL TIEMPO

El invisible rostro de caricias

Que añeja el semblante
De mi alma
Me aturde su burla  retadora
Que ponen en riesgo mi equilibrio
Pericia  de su ser
Desafiando mis pasos

Que endurece
mi cara

Y deja perpleja mi sonrisa
Protagonista de perniciosos episodios


JIMMY VALDEZ OSAKU
LA POESÍA YA NO LE SIRVE A NADIE,
estamos muertos
Existe la suerte del día,
la mía es levantarme con la cabeza llena de pájaros:
Doy los días a la asfixia,
al primer trasto en el pasillo,
a los números en rojo,
al contrabando de perversas resinas,
a lo rival de este corazón tuerto, vejestorio,
reptil malhumorado,
incapaz de góndolas,
clavado por lo lastre de las indiferencias,
lo que grita y no resplandece,
pues de tantas oscuridades se ha llenado la casa
que hacer señales de humo emana en lo desacierto.
Vivo la noche cuadrada,
trescientos sesenta y cinco cubos al año,
y apenas he sido lo revuelto,
el belicista de las bombas en racimo,
príncipe de este antro,
fecundo como el moho, manchando las paredes, las sábanas,
el estribillo que ya produce nauseas,
el formato original de este culo de mundo
que aún osa merecerse las odas.

A estas alturas
en la que he donado parte de mi cuerpo a la ciencia,
vísceras y cerebro, corazón incluido,
pues el resto,
desde el tobillo hasta el cráneo
irán a parar a la primera fábrica de embutidos
que se digne,
lo que menos quiero es alarde,
ya quisiera tener la voz suave y certera
del que responde a los reproches de la serpiente
sacándole la lengua.
POESÍA Nº15-NARRATIVA


RODOLFO WALSH
(Argentina)

ESA MUJER


El coronel elogia mi puntualidad:
-Es puntual como los alemanes -dice.-O como los ingleses.El coronel tiene apellido alemán.Es un hombre corpulento, canoso, de cara ancha, tostada.-He leído sus cosas -propone-. Lo felicito.Mientras sirve dos grandes vasos de whisky, me va informando, casualmente, que tiene veinte años de servicios de informaciones, que ha estudiado filosofía y letras, que es un curioso del arte. No subraya nada, simplemente deja establecido el terreno en que podemos operar, una zona vagamente común.Desde el gran ventanal del décimo piso se ve la ciudad en el atardecer, las luces pálidas del río. Desde aquí es fácil amar, siquiera momentáneamente, a Buenos Aires. Pero no es ninguna forma concebible de amor lo que nos ha reunido.El coronel busca unos nombres, unos papeles que acaso yo tenga.Yo busco una muerta, un lugar en el mapa. Aún no es una búsqueda, es apenas una fantasía: la clase de fantasía perversa que algunos sospechan que podría ocurrírseme.
Algún día (pienso en momentos de ira) iré a buscarla. Ella no significa nada para mí, y sin embargo iré tras el misterio de su muerte, detrás de sus restos que se pudren lentamente en algún remoto cementerio. Si la encuentro, frescas altas olas de cólera, miedo y frustrado amor se alzarán, poderosas vengativas olas, y por un momento ya no me sentiré solo, ya no me sentiré como una arrastrada, amarga, olvidada sombra. El coronel sabe dónde está. Se mueve con facilidad en el piso de muebles ampulosos, ornado de marfiles y de bronces, de platos de Meissen y Cantón. Sonrío ante el Jongkind falso, el Fígari dudoso. Pienso en la cara que pondría si le dijera quién fabrica los Jongkind, pero en cambio elogio su whisky. Él bebe con vigor, con salud, con entusiasmo, con alegría, con superioridad, con desprecio. Su cara cambia y cambia, mientras sus manos gordas hacen girar el vaso lentamente.
-Esos papeles -dice.
Lo miro.-Esa mujer, coronel.
Sonríe.-Todo se encadena -filosofa.
A un potiche de porcelana de Viena le falta una esquirla en la base. Una lámpara de cristal está rajada. El coronel, con los ojos brumosos y sonriendo, habla de la bomba.
-La pusieron en el palier. Creen que yo tengo la culpa. Si supieran lo que he hecho por ellos, esos roñosos.
-¿Mucho daño? -pregunto. Me importa un carajo.
-Bastante. Mi hija. La he puesto en manos de un psiquiatra. Tiene doce años -dice.
El coronel bebe, con ira, con tristeza, con miedo, con remordimiento.Entra su mujer, con dos pocillos de café.
-Contale vos, Negra.
Ella se va sin contestar; una mujer alta, orgullosa, con un rictus de neurosis. 
Su desdén queda flotando como una nubecita.
-La pobre quedó muy afectada -explica el coronel-. Pero a usted no le importa esto.
-¡Cómo no me va a importar!… Oí decir que al capitán N y al mayor X también les ocurrió alguna desgracia después de aquello.
El coronel se ríe.-La fantasía popular -dice-. Vea cómo trabaja. Pero en el fondo no inventan nada. No hacen más que repetir.
Enciende un Marlboro, deja el paquete a mi alcance sobre la mesa.
-Cuénteme cualquier chiste -dice.
Pienso. No se me ocurre.
-Cuénteme cualquier chiste político, el que quiera, y yo le demostraré que estaba inventado hace veinte años, cincuenta años, un siglo. Que se usó tras la derrota de Sedán, o a propósito de Hindenburg, de Dollfuss, de Badoglio.
-¿Y esto?-
-La tumba de Tutankamón -dice el coronel-. Lord Carnavon. Basura.El coronel se seca la transpiración con la mano gorda y velluda.
-Pero el mayor X tuvo un accidente, mató a su mujer.
-¿Qué más? -dice, haciendo tintinear el hielo en el vaso.
-Le pegó un tiro una madrugada.
-La confundió con un ladrón -sonríe el coronel . Esas cosas ocurren.
-Pero el capitán N…
-Tuvo un choque de automóvil, que lo tiene cualquiera, y más él, que no ve un caballo ensillado cuando se pone en pedo.
-¿Y usted, coronel?
-Lo mío es distinto -dice-. Me la tienen jurada
Se para, da una vuelta alrededor de la mesa.
-Creen que yo tengo la culpa. Esos roñosos no saben lo que yo hice por ellos. Pero algún día se va a escribir la historia. A lo mejor la va a escribir usted.
-Me gustaría.
-Y yo voy a quedar limpio, yo voy a quedar bien. No es que me importe quedar bien con esos roñosos, pero sí ante la historia, ¿comprende?
-Ojalá dependa de mí, coronel.
-Anduvieron rondando. Una noche, uno se animó. Dejó la bomba en el palier y salió corriendo.
Mete la mano en una vitrina, saca una figurita de porcelana policromada, una pastora con un cesto de flores.
-Mire.
A la pastora le falta un bracito.
-Derby -dice-. Doscientos años.
La pastora se pierde entre sus dedos repentinamente tiernos. El coronel tiene una mueca de fierro en la cara nocturna, dolorida.
-¿Por qué creen que usted tiene la culpa?
-Porque yo la saqué de donde estaba, eso es cierto, y la llevé donde está ahora, eso también es cierto. 
Pero ellos no saben lo que querían hacer, esos roñosos no saben nada, y no saben que fui yo quien lo impidió.
El coronel bebe, con ardor, con orgullo, con fiereza, con elocuencia, con método.
-Porque yo he estudiado historia. Puedo ver las cosas con perspectiva histórica. Yo he leído a Hegel.
-¿Qué querían hacer?
-Fondearla en el río, tirarla de un avión, quemarla y arrojar los restos por el inodoro, diluirla en ácido. ¡Cuanta basura tiene que oír uno! Este país está cubierto de basura, uno no sabe de dónde sale tanta basura, pero estamos todos hasta el cogote.
-Todos, coronel. Porque en el fondo estamos de acuerdo, ¿no? Ha llegado la hora de destruir. Habría que romper todo.
-Y orinarle encima.
-Pero sin remordimientos, coronel. Enarbolando alegremente la bomba y la picana. ¡Salud! -digo levantando el vaso.
No contesta. Estamos sentados junto al ventanal. Las luces del puerto brillan azul mercurio. De a ratos se oyen las bocinas de los automóviles, arrastrándose lejanas como las voces de un sueño. El coronel es apenas la mancha gris de su cara sobre la mancha blanca de su camisa.
-Esa mujer -le oigo murmurar-. Estaba desnuda en el ataúd y parecía una virgen. La piel se le había vuelto transparente. Se veían las metástasis del cáncer, como esos dibujitos que uno hace en una ventanilla mojada.
El coronel bebe. Es duro.
-Desnuda -dice-. Éramos cuatro o cinco y no queríamos mirarnos. Estaba ese capitán de navío, y el gallego que la embalsamó, y no me acuerdo quién más. Y cuando la sacamos del ataúd -el coronel se pasa la mano por la frente-, cuando la sacamos, ese gallego asqueroso…
Oscurece por grados, como en un teatro. La cara del coronel es casi invisible. Sólo el whisky brilla en su vaso, como un fuego que se apaga despacio. Por la puerta abierta del departamento llegan remotos ruidos. La puerta del ascensor se ha cerrado en la planta baja, se ha abierto más cerca. El enorme edificio cuchichea, respira, gorgotea con sus cañerías, sus incineradores, sus cocinas, sus chicos, sus televisores, sus sirvientas. Y ahora el coronel se ha parado, empuña una metralleta que no le vi sacar de ninguna parte, y en puntas de pie camina hacia el palier, enciende la luz de golpe, mira el ascético, geométrico, irónico vacío del palier, del ascensor, de la escalera, donde no hay absolutamente nadie y regresa despacio, arrastrando la metralleta.
-Me pareció oír. Esos roñosos no me van a agarrar descuidado, como la vez pasada.
Se sienta, más cerca del ventanal ahora. La metralleta ha desaparecido y el coronel divaga nuevamente sobre aquella gran escena de su vida.
-…se le tiró encima, ese gallego asqueroso. Estaba enamorado del cadáver, la tocaba, le manoseaba los pezones. Le di una trompada, mire -el coronel se mira los nudillos-, que lo tiré contra la pared. Está todo podrido, no respetan ni a la muerte. ¿Le molesta la oscuridad?
-No.
-Mejor. Desde aquí puedo ver la calle. Y pensar. Pienso siempre. En la oscuridad se piensa mejor.
Vuelve a servirse un whisky.
-Pero esa mujer estaba desnuda -dice, argumenta contra un invisible contradictor-. Tuve que taparle el monte de Venus, le puse una mortaja y el cinturón franciscano.
Bruscamente se ríe.
-Tuve que pagar la mortaja de mi bolsillo. Mil cuatrocientos pesos. Eso le demuestra, ¿eh? Eso le demuestra.
Repite varias veces “Eso le demuestra”, como un juguete mecánico, sin decir qué es lo que eso me demuestra.
-Tuve que buscar ayuda para cambiarla de ataúd. Llamé a unos obreros que había por ahí. Figúrese como se quedaron. Para ellos era una diosa, qué sé yo las cosas que les meten en la cabeza, pobre gente.
-¿Pobre gente?
-Sí, pobre gente -el coronel lucha contra una escurridiza cólera interior-. Yo también soy argentino.
-Yo también, coronel, yo también. Somos todos argentinos.
-Ah, bueno -dice.
-¿La vieron así?
-Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo…
La voz del coronel se pierde en una perspectiva surrealista, esa frasecita cada vez más rémova encuadrada en sus líneas de fuga, y el descenso de la voz manteniendo una divina proporción o qué. Yo también me sirvo un whisky.
-Para mí no es nada -dice el coronel-. Yo estoy acostumbrado a ver mujeres desnudas. Muchas en mi vida. Y hombres muertos. Muchos en Polonia, el 39. Yo era agregado militar, dese cuenta.
Quiero darme cuenta, sumo mujeres desnudas más hombres muertos, pero el resultado no me da, no me da, no me da… 
Con un solo movimiento muscular me pongo sobrio, como un perro que se sacude el agua.
-A mí no me podía sorprender. Pero ellos…
-¿Se impresionaron?
-Uno se desmayó. Lo desperté a bofetadas. Le dije: “Maricón, ¿esto es lo que hacés cuando tenés que enterrar a tu reina? Acordate de San Pedro, que se durmió cuando lo mataban a Cristo.” Después me agradeció.
Miró la calle. “Coca” dice el letrero, plata sobre rojo. “Cola” dice el letrero, plata sobre rojo. La pupila inmensa crece, círculo rojo tras concéntrico círculo rojo, invadiendo la noche, la ciudad, el mundo. “Beba”.
-Beba -dice el coronel.
Bebo.
-¿Me escucha?
-Lo escucho.
Le cortamos un dedo.
-¿Era necesario?
El coronel es de plata, ahora. Se mira la punta del índice, la demarca con la uña del pulgar y la alza.
-Tantito así. Para identificarla.
-¿No sabían quién era?
Se ríe. La mano se vuelve roja. “Beba”.
-Sabíamos, sí. Las cosas tienen que ser legales. Era un acto histórico, ¿comprende?
-Comprendo.
-La impresión digital no agarra si el dedo está muerto. Hay que hidratarlo. Más tarde se lo pegamos.
-¿Y?
-Era ella. Esa mujer era ella.
-¿Muy cambiada?
-No, no, usted no me entiende. Igualita. Parecía que iba a hablar, que iba a… Lo del dedo es para que todo fuera legal. El profesor R. controló todo, hasta le sacó radiografías.
-¿El profesor R.?
-Sí. Eso no lo podía hacer cualquiera. Hacía falta alguien con autoridad científica, moral.
En algún lugar de la casa suena, remota, entrecortada, una campanilla. No veo entrar a la mujer del coronel, pero de pronto esta ahí, su voz amarga, inconquistable.
-¿Enciendo?
-No.
-Teléfono.
-Deciles que no estoy.
Desaparece.
-Es para putearme -explica el coronel-. Me llaman a cualquier hora. A las tres de la madrugada, a las cinco.
-Ganas de joder -digo alegremente.
-Cambié tres veces el número del teléfono. Pero siempre lo averiguan.
-¿Qué le dicen?
-Que a mi hija le agarre la polio. Que me van a cortar los huevos. Basura.
Oigo el hielo en el vaso, como un cencerro lejano.
-Hice una ceremonia, los arengué. Yo respeto las ideas, les dije. Esa mujer hizo mucho por ustedes. Yo la voy a enterrar como cristiana. Pero tienen que ayudarme.
El coronel está de pie y bebe con coraje, con exasperación, con grandes y altas ideas que refluyen sobre él como grandes y altas olas contra un peñasco y lo dejan intocado y seco, recortado y negro, rojo y plata.
-La sacamos en un furgón, la tuve en Viamonte, después en 25 de Mayo, siempre cuidándola, protegiéndola, escondiéndola. Me la querían quitar, hacer algo con ella. La tapé con una lona, estaba en mi despacho, sobre un armario, muy alto. Cuando me preguntaban qué era, les decía que era el transmisor de Córdoba, la Voz de la Libertad.
Ya no sé dónde está el coronel. El reflejo plateado lo busca, la pupila roja. Tal vez ha salido. Tal vez ambula entre los muebles. El edificio huele vagamente a sopa en la cocina, colonia en el baño, pañales en la cuna, remedios, cigarrillos, vida, muerte.
-Llueve -dice su voz extraña.
Miro el cielo: el perro Sirio, el cazador Orión.
-Llueve día por medio -dice el coronel-. Día por medio llueve en un jardín donde todo se pudre, las rosas, el pino, el cinturón franciscano.
Dónde, pienso, dónde.
-¡Está parada! -grita el coronel-. ¡La enterré parada, como Facundo, porque era un macho!
Entonces lo veo, en la otra punta de la mesa. Y por un momento, cuando el resplandor cárdeno lo baña, creo que llora, que gruesas lágrimas le resbalan por la cara.
-No me haga caso -dice, se sienta-. Estoy borracho.
Y largamente llueve en su memoria.
Me paro, le toco el hombro.
-¿Eh? -dice.
Y me mira con desconfianza, como un ebrio que se despierta en un tren desconocido.
-¿La sacaron del país?
-Sí.
-¿La sacó usted?
-Sí.
-¿Cuántas personas saben?
-DOS.
-¿El Viejo sabe?
Se ríe.
-Cree que sabe.
-¿Dónde?
No contesta.
-Hay que escribirlo, publicarlo.
-Sí. Algún día.
Parece cansado, remoto.
-¡Ahora! -me exaspero-. ¿No le preocupa la historia? ¡Yo escribo la historia, y usted queda bien, bien para siempre, coronel!
La lengua se le pega al paladar, a los dientes.
-Cuando llegue el momento… usted será el primero…
-No, ya mismo. Piense. Paris Match. Life. Cinco mil dólares. Diez mil. Lo que quiera.
Se ríe.
-¿Dónde, coronel, dónde?
Se para despacio, no me conoce. Tal vez va a preguntarme quién soy, qué hago ahí.
Y mientras salgo derrotado, pensando que tendré que volver, o que no volveré nunca. Mientras mi dedo índice inicia ya ese infatigable itinerario por los mapas, uniendo isoyetas, probabilidades, complicidades. Mientras sé que ya no me interesa, y que justamente no moveré un dedo, ni siquiera en un mapa, la voz del coronel me alcanza como una revelación.
-Es mía -dice simplemente-. Esa mujer es mía.
PÁGINA Nº16
POESÍA AMERICANA: VENEZUELA


ADALBER SALAS
X
Mi padre tenía dos nacimientos, pero una
sola vida. En todos esos papeles que guardabacon celo para que dieran testimonio de suexistencia, estaba inscrito un día diferenteal que celebrábamos en su cumpleaños. Conuna de esas fechas mi padre, cansado,sobornaba a la muerte.Mi hermana y yo siempre le pedíamosque nos hablara de su infancia. Nohabía olvidado casi nada. Conservaba intactosel caserío, el pueblo, su madre, sus hermanos. Los animales que vagaban amenazantes entrelos árboles, imprecisos como el sueño de alguienmás. Cada hoja con su linaje, cada frutocon la ceguera tibia de su pulpa. Cercade la casa, el río, el rencor inagotable. En esa orilla desapareció por primera veza los cinco o seis años. Se levantó en la entrañacaliente de la madrugada y salió sin sernotado. La casa estaba aplacada, res dormida, apenas debían oírse sus pasos sobre las ramas delgadas,
huesos astillados. Caminaba dormido, tenía los
párpados sellados con cera y polvo. Cuenta que
lo atraparon junto a la corriente, a punto
de lanzarse, buscando esos peces que son

como hilos que alguien trenzó para la huida.En sus historias, todas las cosas tenían ungesto equívoco; daba la impresión de queestaban disfrazadas de sí mismas. Las cubríauna corteza dulce, donde con los años había crecido el musgo y donde las hormigas abríancaminos sin ser vistas. Su propio padre apenas se dejaba recordar. Los rasgos se le habían extraviado, capaz
los había perdido en una apuesta mal habida, no
era un hombre, era más una presencia cuya densidad y volumen no se podían medir bien, una cólera, unos 
nudillos, el deseo acéfalo y brutal. 

Colgaba inerte en el centro de la memoria de mi padre, como aquel toro que vio una vez, de niño, guindando boca abajo, ojos en blanco, garganta abierta, mientras la arcilla suave de su sangre se vertía en una olla.
Me solían decir que tengo las manos de mi padre.
No sé si también tenga las del suyo. Pero quizásellos tienen las mías, puede que sea yo quiense las haya prestado, puede que ahora con cada ademán
y cada pliegue les esté dejando marcas.

Hay que leer la herencia al revés, recorrerlacon los dedos como quien sigue la puntuacióndesigual del Braille. Navegar hacia arriba: hacerentonces un barco con la madera triste del cuerpo.

ÁNGELA MOLINA
UN LARGO JUEGO.

No somos árboles, Sara

aunque tengamos raíces que nos aferren
y una única tierra para pertenecer
No somos pájaros, Sara
aunque probemos a ser aves migratorias
y surquemos el océano por largas temporadas para huir del frío y sobrevivir
Ya nadie viaja en barco, Sara
ya no se escriben cartas
Ya han desaparecido las mujeres
con sus pañuelos blancos en los puertos
No somos dioses, Sara
aunque a veces nos creamos inmortales
y hagamos planes que alcanzan una década
y abandonemos el Olimpo, que no es siempre paraíso
No, no somos dioses
aunque juguemos a la ubicuidad con pantallitas
aunque nos mintamos diciéndonos que no estamos tan lejos
aunque posterguemos el abrazo a fuerza de llamadas
aunque rehuyamos ver los mapas y cerremos los ojos
para sentirnos nuevamente en casa
aunque evite pensarte para no echarte en falta
aunque en mi calendario haya meses en negro
mientras te espero
Juego contigo, Sara
un largo juego al escondite.
DANIEL PRADILLA RIVERO
Dentro de poco 
termina la última jornada
el ronquido del motor 
me dormirá este tedio contra la ventana.
Llegaré 
y todo estará quizás 
un poco más antiguo
más derrotado, más cubierto
de este polvo 
que son las cenizas del tiempo.

CLARED NAVARRO

El corazón del abuelo
sopla con dificultad,
su voz es apenas un ronroneo
que lo mantiene atado a la cama.
Personas vienen de lejos a escucharlo,
por la tarde lo arrastran hacia el porche
y él se tumba al sol
guardando silencio.
El corazón del abuelo
es un lagarto viejo,
tiene en los ojos 
un brillo distinto.
Ya nadie busca cariaquitos morados
para dejarlos en la mesa de noche,
cualquier flor de buena suerte
es inútil ahora. 

ENIO ESCAURIZA
ANILLO DE MADERA

Ella tiene un anillo de madera en el dedo que sostiene la casa donde vivo,

ese lugar perdido en el medio de los mangos,
el espacio amarillo de galaxia que no han descubierto los poetas.
Sus dedos copian poemas,
es, y esto lo juro, calígrafa de Dios,
pero yo, en contra, rayo las carpetas,
esos bosques de viernes y cerveza, y no me ve.
Si me quedo solo, más que este solo que suelo ser,
le pediré más agua, le diré de su sincronía de sol,
si me curo de ésta, si me salvo de ésta, si sobrevivo,
podría bienmorir en su mirada.

LAURA CRACCO

CENTAURO ADOLORIDO…

Ten una voz, mujer, que pueda decir mis versos… León Felipe


Centauro adolorido, pezuñas hundidas en barro,
Ancas de bestia apaleada unidas apenas por una cintura de avispa,
Por un apenas cordón de nervios a la cabeza sobre los hombros,
Al rostro que aspira sepultar al primate,
Al alma escurridiza que se imagina obra de dios,
Al aleteo de una verdad que no resiste el roce de los dedos.
Animal condenado por la fantasía de eternidad a no ser más que duda,
Trémula vacilación,
Duda aun dentro de la propia duda.
PÁGINA Nº15-NARRATIVA

JUAN CARLOS ONETTI
(Uruguay)



MAÑANA SERÁ OTRO DÍA



La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y solo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar.
La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia pasaba fatigada, a mansa llovizna, la vio cesar mientras crecía el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de buena suerte. Un poco más lejos, del otro lado del ancho paseo, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Empezaba la noche y respirando el aroma tristón de su abrigo mojado, la Sonia pensó que también empezaba la esperanza. Sonrió, sin creer de verdad, como una niña a la que le recitaban un cuento ya oído e inverosímil.
Volvió a tantear la rizada peluca rubia y con gran cuidado —tenía las uñas muy largas— fue estirando las medias caladas que sostenía el portaligas.
Volvió a sentir hambre y recordó que tenía un sándwich de jamón en el bolso. Pero no podía estropear el dibujo de boca que se había hecho con el rouge y con tanto cuidado. También recordó que hasta fin de mes estaba en orden con la policía y se obligó a caminar, acercándose al borde de las aceras para sonreír a los coches, mover las caderas y detenerse fingiendo buscar algo en la enorme cartera. Pero nada, nadie, y sin dinero para probar suerte en los bares donde todavía le dejaban entrar.
Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la gran ciudad. Y Sonia, ya sin hambre, casi sin esperanzas continuaba caminando sobre el dolor de los tacones de aguja.
Se repitieron los diálogos breves con los hombres que pasaban.
—Vamos. ¿Vienes?
—Que te den por saco.
—Eso quiero. También yo te puedo dar si quieres enterarte.
Hombres y hombres y su asco por ellos. La luz limpia amenazaba llegar desde el puerto y las otras se iban apagando. Subió las escaleras pisando con las caras medias de seda. Abrió la puerta manchada.
—¿Cómo te fue?
—Como la mierda, nena. Estoy hambriento. Creo que teníamos una lata de sardinas y quedó pan del desayuno.
El chico, moreno y flaco, se levantó de la cama y se puso a revolver el armario; dijo con voz de mimo y queja:
—Todavía no me besaste.
—Ahora.
Frente al espejo, la Sonia se quitó la peluca y se acarició las mejillas.
—Otra vez barbuda.
Después se desnudó y estuvo mirando los pechos hinchados con parafina y el sexo que le colgaría tembloroso e inútil hasta después de las sardinas.
PÁGINA Nº17-NARRATIVA


LUIS LÓPEZ NIEVES
(Puerto Rico)

 EL GRAN SECRETO DE CRISTÓBAL COLÓN


El 11 de octubre de 1492, a las nueve de la noche, Cristóbal se encaramó al mástil principal de la Santa María, envolvió el brazo derecho en una soga gruesa para no perder el balance, y clavó la vista en el horizonte umbroso. Aunque no había luna llena, el recuerdo del tenaz sol de la tarde aún flotaba en el aire y le permitía ver las apacibles olas de la mar. Allí permaneció cuarenta y cinco minutos, sin apenas mover la cabeza ni cerrar los ojos. Algunos tripulantes levantaban la vista recelosa de vez en cuando, pero no estaban seguros de si meditaba, oraba o examinaba una y otra vez, como era su costumbre, el mismo punto del horizonte inacabable.
A las diez menos cuarto Cristóbal se secó el sudor de la frente y bajó a cubierta. Su rostro no reflejaba frustración, ira ni cansancio: sólo mucha sorpresa y un poco de inquietud. Colocó la mano distraída sobre el hombro del marinero suspicaz que se disponía a subir al palo en su lugar, pero no dijo palabra. Regresó al castillo de popa, encendió con dificultad una de las pocas velas que le quedaban, desenrolló sobre el escritorio un pequeño mapa antiguo y se dedicó a estudiarlo.
A los pocos minutos, exactamente a las diez de la noche, Cristóbal Colón se frotó los ojos cansados. Reposó el mentón en la palma de la mano y miró por la ventana. Creyó ver a lo lejos, en medio de la noche oscura, una lumbre que subía y bajaba como si alguien hiciera señas con una antorcha. El rostro se le calentó de golpe. Llamó al repostero de estrados Pedro Gutiérrez, lo sentó junto a sí y le preguntó si veía la lumbre. Gutiérrez se acercó a la ventana, sacó el cuerpo hasta la cintura y respondió que sí, que la veía. Cristóbal Colón entonces llamó a Rodrigo Sánchez de Segovia y le preguntó si veía la lumbre, pero éste dijo que no. Poco después la luz desapareció y nadie más pudo verla.
A las dos de la mañana, sin haber dormido un segundo, el capitán Colón todavía examinaba el mapa con una lupa. Las manchas de sudor de sus axilas, que no se habían secado en los últimos cuatro días, le bajaban por los costados de la camisa y le subían hasta la mitad de las mangas. El Capitán colocó el dedo sobre el mapa y lo movió a la izquierda lentamente; lo detuvo en medio de la mar, en algún punto a todas luces imaginario. Comenzaba a bajarlo hacia el suroeste cuando estalló, de pronto, el grito casi histérico de Rodrigo de Triana, vigía de la Pinta: “¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!”
Don Cristóbal Colón dejó de respirar: se puso de pie y golpeó el escritorio con el puño. En ese mismo instante hizo fuego el estrepitoso cañón lombardo de la Pinta, señal acordada para cuando se hallara tierra. Las naves restantes dispararon su propio cañonazo: las tripulaciones se despertaban y comenzaban a celebrar. Las campanas de la Niña, la Pinta y la Santa María repicaban a todo vuelo.
Don Cristóbal Colón salió a cubierta y ordenó al timonel que acercara la Santa María a la Pinta, donde Rodrigo de Triana contaba a la tripulación cómo había visto tierra por primera vez y le recordaba al capitán Martín Alonso Pinzón la recompensa de diez mil maravedís. La Niña se acopló a las otras dos naves y los marineros de las tres carabelas se unieron sobre la cubierta de la Pinta. Aunque eran las dos de la mañana y la noche era oscura, todos veían con sus propios ojos que no habían llegado al infierno ni al final del mundo, sino que estaban en una playa común y corriente, con arena, árboles y olas apacibles. El almirante don Cristóbal Colón ordenó arriar velas y esperar a que amaneciera. Impartió instrucciones de preparar el desembarco y luego regresó a la Santa María y se encerró en su camarote. Sacó del bolsillo una pequeña llave reluciente que aún no había tenido ocasión de usar en todo el viaje. Con ella abrió un baúl mediano, de madera oscura y perfumada, que tampoco había tenido motivo para abrir hasta hoy. Sacó una larga túnica de lana negra y la vistió por encima de su ropa de capitán. Sacó también unas botas nuevas, de cuero fulgente, que calzó tras quitarse las botas gastadas que había usado durante todo el viaje. Se lavó el rostro en una palangana de agua salada; luego se mojó el cabello blanco y lo peinó con los dedos.
Al abrir la puerta del camarote se encontró de frente con los marineros de las tres naos. Cuando vieron al nuevo almirante, envuelto en lana negra y con botas relucientes, se hincaron de rodillas: algunos lloraban de alegría, otros llevaban en los rostros el bochorno del amotinado arrepentido. El almirante don Cristóbal Colón los miró sin decir palabra.
—Capitán, perdónanos —dijo al fin un marinero flaco—. Fuimos desconfiados.
—Cantemos el Salve Regina —respondió don Cristóbal—. Luego preparaos para buscar víveres y agua.
Pocas horas después, al amanecer, el pequeño bote de remos llegaba a la playa con el almirante don Cristóbal Colón en la proa. Lo acompañaban, entre otros, los capitanes Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. El flamante Virrey, con sus botas de cuero espléndido, fue el primero en saltar del bote y pisar las nuevas tierras de la reina de Castilla. Los maravillados acompañantes del descubridor seguían sus pasos de cerca.
A las nueve de la mañana las tripulaciones de las tres naves se habían bañado en la playa cristalina y descansaban sobre la arena blanca. El almirante de la Mar Océano hablaba con sus capitanes bajo la sombra de un árbol extraño, cuyo fruto olía a perfume y tenía forma de corazón. De pronto, cinco indios desnudos salieron de la arboleda. Cuatro eran jóvenes y robustos; el quinto, mucho más viejo, caminaba con la ayuda de un palo. Los jóvenes traían papagayos, hilo de algodón en ovillos y azagayas. Al ver a estas criaturas que irrumpían de repente en la playa, los marineros se alarmaron y corrieron a buscar sus espadas. Don Cristóbal Colón se acercó con prisa, ordenó la calma entre sus hombres y luego caminó lentamente hasta los indios asombrados. Cuando se detuvo frente a ellos los jóvenes lo miraron con extrañeza, pero el viejo, apoyándose del brazo de uno de los muchachos, se puso de rodillas con mucho trabajo. Luego bajó la cabeza en señal de respeto y le dijo a don Cristóbal Colón en voz baja, en una lengua que ningún español pudo comprender:
—¡Maestro, al fin has regresado!
SUPLEMENTO INFANTIL IN MEMORIAN  MARÍA GUADALUPE ALLASSIA
(Argentina)

PÁGINA Nº18-EL DRAGÓN

La historia que les voy a narrar ocurrió hace mucho tiempo en estas tierras de América, donde se hablaba, créase o no, de animales fantásticos y temibles como los dragones.

Respetando algunos testimonios registrados en las crónicas del siglo XVI en esta Tierra de Indias, hemos de admitir, con cierta curiosidad, que existían los dragones.
¿O existen todavía?
Aunque nos parezca infantil creer en ellos, en realidad este animal mágico ha sido visto muchas veces en distintos lugares y en diferentes épocas.
En alguna parte del universo, tal vez entre las estrellas, está escrito el número sagrado que indica cuántos dragones viven todavía en el tiempo.
Admitiendo que es verdad que estuvieron cerca de nuestros ríos y mares –o están todavía- , resulta interesante saber lo que le pasó a Juan de Mota y Rivera, conquistador español, en estas tierras americanas.
Relata esta historia mágica y maravillosa que, navegando por las Islas Dichosas, se encontró Juan con un manantial de aguas purísimas; allí su barco quedó atrapado por las ramas y las raíces que había debajo del agua.
Recordó entonces la leyenda que había escuchado sobre estas tierras. La misma hablaba de un dragón que tenía una perla colgando de su cuello, tan grande como un huevo de paloma. Se decía que custodiaba un tesoro de trescientos años, cerca de un manantial.
Juan de Mota y Rivera bajo del barco con un poco de miedo y se encaminó, de acuerdo con el mapa antiguo que llevaba, a la cueva del dragón. Según San Isidoro, que leyó la historia en un libro dorado, la perla era mágica y poseía el color del fuego y el resplandor del sol.
Así fue que Juan, pensando en la perla, entró en una cueva profunda, espada en mano y decidido a todo.
Allí estaba el monstruo enorme, con cabeza de caballo, cola de serpiente, alas laterales y cuatro garras, cada una provista de cuatro uñas. De piel dura, áspera y escamosa, parecía una serpiente dormida, resoplando bocanadas de humo.
Juan de Mota y Rivera se quedó sin aliento al ver esa criatura extraña que lo espantaba.
Pero él era un caballero conquistador.
No podía retroceder ante una bestia que el mismísimo San Jorge acometiera con tanto valor. Con fuerza, hundió su espada en la garganta del gigante que dormía, pero ¿acaso no sabía Juan que ese gigante era inmortal?
El dragón, despertándose herido, lanzó una bocanada de fuego y de dolor, y decidió entonces matar a quien lo había lastimado sin piedad.
Con los ojos llameantes, mostrando sus dientes afilados, exhaló su aliento venenoso –que hierve a los peces- y levantó su espinazo erizado de púas. El marino cayó al suelo, herido casi mortalmente por la furia incontenible de ese animal que lo envolvía en un torrente de fuego. Pero él era, en esta Tierra de Indias, un hombre distinto, más libre, más violento y también más cruel.
Por eso arremetió otra vez contra el dragón y alcanzó a arrebatarle la perla que llevaba en el cuello, emblema del sol, sin la cual la bestia se volvía inofensiva.
Eso es lo que creyó Juan, que no entendía de magia ni de cosas fantásticas que suceden en estas tierras de maravillas.
El dragón, fiel a su tradición de ser misterioso, aun sin su talismán, castigó por última vez al hombre clavándole el aguijón de su cola.
Después salió volando, desplegando sus alas, levantando remolinos de tierra y haciendo hervir el agua del manantial. Vapores calientes brotaron de las piedras mientras desaparecía súbitamente.
Invisible –el dragón puede ser visible o invisible, según su voluntad-, pasó como un viento huracanado, sellando para siempre la entrada de la caverna.
El conquistador de islas y montañas, de tierras dichosas que sometía y nominaba a su antojo, se encontró en el suelo, perdida su nave, confuso y aturdido, sin tesoro alguno que llevarse ni qué mostrar. Se lo vio morir poco después, de una rara enfermedad, según dicen, provocada por el veneno del dragón.
Un pobre marino en la Mar del Sur, en la isla de Terarequi, halló la perla que le había sido arrebatada al mágico animal, y la vendió poco después a un hombre muy codicioso que se pasó la noche en vela arrepentido de haber gastado tanto en aquella joya. Éste, a su vez, se la regaló al conde de Nansao, quien la llevó a Sevilla donde fue admirada por “cosa miracolosa”, es decir, salida de un milagro.
También la llamaron La Peregrina, porque pasó de mano en mano por mucho tiempo, tan grande era su hermosura y su color de fuego. Un caballero italiano la arrojó al mar porque cada vez que tocaba la perla no podía dormir debido a las pesadillas horribles que padecía.
No se sabe dónde está ahora, pero marinos sabios aseguran que una perla perdida siempre busca a su dragón. Algún día lo encontrará y se ha de cerrar como un círculo mágico esta historia fantástica. Pero para ello, la perla debe seguir el hilo que une los cuatro puntos cardinales y bajar por el laberinto del tiempo. ¿Lo hallará?
Porque… ¿dónde está el dragón de este relato?
Algunos dicen que sigue habitando en el agua de nuestros ríos y mares, en un resplandeciente palacio de ópalos y perlas y que cuando sale a la superficie produce lluvias e inundaciones. Otros creen que está en el aire, entre las nubes, y provoca tormentas tan grandes que vuelan los techos de las casas.
Algunos pocos afirman que es invisible y que su presencia se percibe, como un soplo de fuego en la nuca, los días de viento norte.
Una mujer lo vio como un fantasma entre la niebla. Una niña, llamada Lucía, lo descubrió frente a su ventana, con una corona de luciérnagas.
Un niño, llamado Jerónimo, lo divisó en la luna. Allí estaba moliendo los suefios de los humanos en un mortero azul. ¿Por qué? Porque, tal vez, moliendo y moliendo logre la pulpa de la felicidad y pueda llevarla por todo el universo como un viento encantado.
Nada se sabe en realidad, sólo que es inmortal y que pocos ojos humanos parecen haberlo visto.
Yo tuve la suerte de verlo en Paraguay, mucho más pequeño, volando como un ángel. Creo que él también buscaba su perla, porque sus ojos estaban tristes como una noche de invierno cuando cae la lluvia de las lágrimas sin saber por qué.
Tal vez sea mejor aceptar su existencia, su secreto y extraño designio, aunque no sepamos como cabalga en el viento, ni cómo, en primavera, puede llegar al cielo.
PÁGINA Nº19-LA SIRENA

La noche soplaba sobre el río. Entre la niebla, un barco avanzaba como fantasma. Seirazein lo vio y comenzó a cantar. La voz melodiosa, de flauta embrujada, de miel de luna sin luna, de amorosa profundidad que toca y se evapora. Aquí, cerca. Allá, lejos. Un eco, una filigrana de anís silvestre que ondula y ata con una cuerda de seda. El barco escucha. Y dentro del barco, el hombre. El canto es una espiral de estrellas que envuelve la nave y le da transparencias azules a las aguas oscuras.
Seirazein poseía la voz más dulce. Tintineo de cristal. Bálsamo de rosas. Era casi imposible resistirse al hechizo.
Pero el marino, hombre que había navegado por todos los mares del mundo, sabía de endriagos y criaturas fabulosas que emergen de las profundidades y arrastran a los navegantes hacia destinos innombrables. Sabía por haber visto. Sabía por haber oído. Ay, las islas de la Mar del Sur, con sus dragones de baba verde de los sargazos. Ay, y los otros, los dragones sin fuego pero con dientes-cuchillo. Ni la lanza de San Jorge podía con su cuero. Ni la ballesta, ni el arcabuz con su horrenda mordedura
El canto seguía, hilado de humo iba, buscando el barco, buscando el hombre.
La noche era oscura. La niebla era oscura. Las sombras emboscadas eran oscuras.
Pero no la voz de Seirazein. Esa era clara como el oriente de las perlas iluminadas por mecheros de aceite. Porque Seirazein era la mejor de las siete. La más delicada criatura bajo la Cruz del Sur. Con ojos de obsidiana y voz cristalina como lágrima. La más hermosa de las siete guardianas de la Isla de las Sirenas. La más buena.
Así dicen. Que Seirazein era la mitad mujer, pez la otra mitad.
Y como sirena que era debía hechizar a algún marino. Si no lograba el encantamiento, moriría irremediablemente.
La Muerte, Muerte americana hecha de veneno de hormigas negras, esperaba en la orilla que el barco siguiera de largo. Seirazein debía morir. El navegante, quien fuera que fuese que se aventuraba por esas islas, debía ignorar el canto y seguir de largo. Pero el canto era de miel y de fruta, de vino y ensueño. Y el marino, a pesar de ser hombre de conocimiento y razón de gran coraje al venir a estas tierras de Indias, ha navegado mucho tiempo solo, sin rumbos previsibles, con hambre y con miedos. Ha perdido sus hombres por fiebres extrañas. Los ha visto morir ahogados, arrastrados por ese río de bravura que en las tormentas saca sus serpientes de barro y espuma y devora todo. Ay, las Islas de la Mar del Sur, con telarañas que van de árbol a árbol y enredan los sueños de los hombres. Ay, tanta flor, tanto pájaro, tanta lluvia resbalando entre las anchas hojas. Adormecido en los azúcares del aire, siguió la voz entre la niebla. Náufrago que buscaba la ternura invisible. Aquí, cerca. Allá, lejos.
Seirazein elevó su voz. Dulce, el sonido atravesó la niebla y tocó el mascarón de proa. Después, caricia de amor, tocó el rostro del hombre, sus mejillas curtidas, su boca. Se quedó en sus oídos. Como susurro de caracol brujo. Entonces la vio. Entre la niebla se abría un camino de resplandor de plata. Ay, los espejismos de la Mar del Sur. Allí nomás, tan cerca, veía, podía ver, sí, envuelta en un vapor azuloso y argentino hecho al parecer de diminutas estrellas, una mujer flotando sobre el agua. ¿Una mujer? En estas islas de arenas blancas, plenas de dulzura y maravillas, donde los peces tienen el tamaño de un hombre y los árboles floridos tienen troncos descomunales; donde los cocuyos gigantes tornan el aire tan claro como si fuera de día; en estas tierras, sí, es posible ver una mujer... pez, moviéndose como una aparición entre la niebla. O tal vez es sólo una visión engañosa, sólo un recuerdo tenaz de alguna moza que quedará en algún puerto lejano aguardando el regreso del navegante. Pero está el canto que adormece y enlaza, toca y domina, busca y acaricia. Aquí, allá, hacia la derecha, girando el timón y aguzando el oído, pudo enfilar el navío en la dirección del canto.
Apenas insinuada en la niebla estaba Seirazein esperando su salvación. Más bella que nunca. Cantando en pulsos acuáticos como si río y voz fueran una sola cosa.
La nao se iba acercando molido su maderamen con la sal de mares hostiles, bautizándose en aguas dulces y musicales, lavándose de tanta soledad y destierro. Pero, la Muerte acechaba, preparando sus huestes. Serpientes de veneno rápido, hormigas pestíferas, murciélagos mordedores, hierbas de muerte paralizante. Espantos y oscuridades. Allí estaban, en la orilla cercana, a estribor, casi rozando los sueños, como un Cuco gigantesco y voraz.
El rostro de ojos vacíos de la Muerte estaba atento y pavorosamente preparado para lo peor. Movió su índice descarnado y ordenó al viento que inquiete las aguas, que las levante, que las agite, que las revuelva en torbellinos locos, que las azote contra el barco y lo aleje de Seirazein.
El viento obedeció porque éste era un viento de espectros de naufragios y trabajaba para la Muerte, aunque fuera a deshora.
Cómo se acercaba el barco a la costa, como paloma inocente, blancas velas y blanco ensueño. El capitán ha visto la sirena otra vez, tal vez, por ese relámpago que iluminó todo, tal vez, porque los hilos de las enredaderas querían tejer una historia de dioses o de sueños.
El barco naufragó cerca de la costa y Seirazein lo siguió. Después buscó, bajo la tenue luz rosa, una raicilla que olía como a higuera, que allí mismo donde mora la bestia, Dios pone el contraveneno. Y acercándose la mujer-pez al hombre caído, abrió su boca y colocó debajo de su lengua tal raíz, con tanto empeño en salvarlo, que al poco tiempo éste despertó.
El capitán, que había conocido el mar azul, pájaros de colores, marfiles, sedas y lozas, perlas, laca, almizcle y otras maravillas en las Islas Dichosas, jamás había visto algo como Seirazein. Ni había oído algo como su canto. Creyendo que estaba soñando, la besó. Tiernamente, por temor a que la visión desapareciera. Nada más recordaba el marino. Nunca supo cómo volvió al barco ni cómo su nave, desbaratada su arboladura, y sin bateles ni amarras, navegó hacia una isla y se detuvo serenamente a su costado. La Muerte tuvo que huir, avergonzada, entre cascabeleos de serpientes de colores. Al lado del capitán, se quedó Seirazein, transformada en mujer, por haber vencido a la Muerte. Dicen que aprendió a rezar, a trenzar flores y a hacer canastos con tallos de madreselva.
Cuentan los que saben que, de noche, en la niebla, se oye el canto de Seirazein junto a su amado capitán. Nadie los ha visto, pero están ahí, eternos, leves, sobre las islas y en la vasta niebla sobre los barcos.

PÁGINA Nº20-EL UNICORNIO

A quien busque belleza y maravillas. Del milagroso hallazgo del manuscrito de Frater Simplicio, donde se cuenta del Unicornio y sus misteriosas apariciones en Santa Fe de la Vera Cruz. . 
He de narrar esta historia para que no digan después que no existe tal criatura sagrada y maravillosa, de misterio y de fe, que no se deja apresar en un tejido de palabras. He visto espantos, milagros, ríos devoradores de estrellas, árboles que venían en el viento y otros que, con la copa florida en rosa y marfil, caminaban de noche con ignotos rumbos. Pero nada se compara a la visión del Unicornio, cuyo secreto, tal vez, sirva a pocos y turbe a la mayoría. Por eso, yo, Frater Simplicio, digo: que escribo estas páginas y doy testimonio de mi veracidad, en esta Tierra de Indias, de magia y esplendor de plata pulida y canto adormecedor de chicharras. Esta mañana, entre los ceibos de la costa vi una criatura blanca, semejante a un caballito, con un largo cuerno espiralado y ojos oscuros de obsidiana. El sol del amanecer encendía su silueta de naranja luz, como una joya. Allí quedé en silencio espiritual y transportado a una dimensión de horas nuevas y música que se ovilla mansamente en la cabeza. Viernes de la misma semana: Lo volví a encontrar en otro lugar, donde crece la madreselva con libertad. Me miró con sus grandes ojos y su cuerno de porcelana. Domingo siguiente: A la hora del rocío lo encontré esta vez. Entendí su pensamiento cuando emitía señales de esperanza. Había un olor suave de lavanda y rosas. Martes, a la hora décima: No me atrevo a contar a nadie este misterio. Sobre todo, por lo que me está sucediendo. De noche crecen claridades alrededor de mi persona y mis cabellos desprenden una luz ámbar. Sigo en el silencio, orando. Lunes, al amanecer: El sol se abrió entre la llovizna suave cuando el Unicornio se apareció por última vez. Todo brillante. A unos pasos. Su voz se oyó como los sonidos graves de un arpa. Me estaba diciendo adiós. Se encaminó hacia los lapachos y desapareció. Allí mismo, dentro de un libro antiguo, empastadas sus hojas en oro, oro de Indias, coloco el manuscrito para que alguien lo encuentre. En el nombre de Dios Nuestro Señor, que sea pronto… Domingo de Pascua: Nadie pudo dar razón de la desaparición de Frater Simplicio. 
En su celda vacía, sólo el enigma de una claridad asombrosa… 
En el cielo, los cabellos de la luna tejían la eternidad celeste… 




Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, obrando la presentación como declaración jurada de su autoría y responsabilizándose por las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Virtual solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

Números anteriores

Seguidores

Gracias por leernos

Registro

IBSN: Internet Blog Serial Number 5-6-1945-2841 Page copy protected against web site content infringement by Copyscape