Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 83– Octubre de 2013– Año VII – Nº 10


GACETA LITERARIA Nº 83– Octubre de 2013– Año VII – Nº 10


Imágenes: BEAUTIFUL WORLD

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

DEFENSA DE LA PALABRA (3)

Mucho se ha discutido en torno de las formas directas de censura bajo los diversos regímenes sociales y políticos que en el mundo son o han sido, la prohibición de libros y periódicos incómodos o peligrosos y el destino de destierro, cárcel o fosa de algunos escritores y periodistas. Pero la censura indirecta actúa de un modo más sutil. No por menos aparente es menos real. Poco se habla de ella; sin embargo, en América Latina es la que más profundamente define el carácter opresor y excluyente del sistema que la mayoría de nuestros países padece. ¿En qué consiste esta censura que nunca osa  decir su nombre? Consiste en que no viaja el barco porque no hay agua en el mar: si un cinco por ciento de la población latinoamericana puede comprar refrigeradores, ¿qué porcentaje puede comprar libros? ¿Y qué porcentaje puede leerlos, sentir su necesidad, recibir su influencia? Los escritores latinoamericanos, asalariados de una industria de la cultura que  sirve al consumo de una elite ilustrada, provenimos de una minoría y escribimos para ella. Esta es la situación objetiva de los escritores cuya obra confirma la desigualdad social y la ideología dominante; y es también la situación objetiva de quienes pretendemos romper con ellas. Estamos bloqueados, en gran medida, por las reglas de juego de la realidad en la que actuamos. El orden social vigente pervierte o aniquila la capacidad creadora de la inmensa mayoría de los hombres y reduce la posibilidad de la creación - antigua respuesta al dolor humano y a la certidumbre de la muerte - al ejercicio profesional de un puñado de especialistas. ¿Cuántos somos, en América Latina, esos "especialistas"? ¿Para quiénes escribimos, a quiénes llegamos? ¿Cuál es nuestro público real? Desconfiemos de los aplausos. A veces nos felicitan quienes nos consideran inocuos.


PÁGINA 2 – CUENTO

NECHI DORADO 1
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

MÁS ALLÁ DEL CENTRO DE LA FLOR

En un pueblito de pocos habitantes, tan pocos que se conocían todos, vivían también tres viejecitos muy viejos. Tan ancianos que nadie recordaba en que momento llegaron al barrio.
¡Tan de otro tiempo!
La gente de mayor edad pero con menos ancianidad que ellos, susurraba que cuando el barrio fue fundado los tres ya estaban allí. También comentaban que cuando nacían los niños ellos guardaban las historias de vida escritas en pétalos de flores; nadie las vio jamás, sin embargo, todos hablaban de eso.
Ellos eran como un misterio vivo cuidadosamente protegido del paso de los años y no creo equivocarme, si agrego, que con el paso de los siglos.

También dicen que tenían una flor hermosa y que alguna vez comentaron que atravesando el centro de ese núcleo de pétalos irisados, había otro pueblo, casi como otro mundo muy diferente al que conocemos y que estaba habitado por otros seres.
Dicen que ellos alguna vez contaron que en ese lugar casi mágico, todo el día se escuchaba una melodía muy suave, tan bella, que hasta tenía la propiedad de alimentar a la vida.
Contaban que allí tenía su refugio la paz, dado no había lugar para odios ni rencores, envidia ni frustraciones. Tampoco existía elemento capaz de contaminar las arterias y era por eso que la sangre fluía por un hilo conductor que impedía que se fueran apagando sus latidos.

Lanzaban sus afirmaciones con contundencia y simplicidad como para que todos las pudieran comprender, ellos manejaban la simpleza de los grandes pensadores, no les hacía falta retocar las palabras, querían que todos pudieran entender su mensaje, letrados e iletrados, pobres y ricos, buenos y malos. Solo había que querer escucharlos. Solo eso.
A diferencia de los que estaban de este lado del centro de aquella flor, allá el espanto jamás unió a nadie, tal vez porque nadie actuaba por separado. El espíritu colectivo se desarrollaba en ese mundo con la misma naturalidad con que la flor exhala su perfume.
Contaron una tarde, a esa hora en la que el sol afloja la tensión de los músculos de sus rayos mientras la luna va despegando su modorra, que del otro lado de esa flor volvían a sentir, pero esa vez mucho más cerca, el murmullo de otra despedida. Nuevamente alguien estaba próximo a partir de allí y era imposible retenerlo. Decían que cada partida era motivo de tristeza pero no de desesperación, sabían que alejarse era algo natural y como tal había que aceptarlo.
No había en esa conclusión atisbo de pasividad, mucho menos de resignación, simplemente que así era como se daban las cosas y no siempre es fácil torcer el rumbo cuando parece sellado su tránsito imponderable.

Era tal la magia del misterio que irradiaba la presencia de los viejecitos, que cuando llegaban a la zona más poblada del barrio eran los únicos que hablaban. Solo ellos comunicaban alguna novedad y luego se retiraban tan silenciosos como llegaran. Sin embargo, pese a que todos los escuchaban con aparente atención, muy pocos eran los que prestaban atención a la profundidad de sus palabras.
Ese día no fue diferente, ellos hablaron y los habitantes escucharon sin procesar frases ni contenido; cada uno estaba inmerso en sus propios problemas, enroscado adentro de su caparazón, aislado, tratando de seguir esa carrera loca, compulsiva, convirtiendo a las horas en rivales de la vida.
Tal vez por eso a nadie le interesaba saber de dónde venimos o hacia adonde vamos, por qué estamos de este lado o cual será el lugar que nos espera en el tiempo.

Al amanecer del nuevo día que habría de ser igual a todos los días, una noticia fue corriendo de boca en boca conmocionando al barrio. Todos querían ser los primeros en anunciarla. Como siempre, dar la primicia se convertía en el eje central de cada individualismo. Nadie sabía nada, pero todos decían saberlo todo.
Cuando la mañana todavía no había abierto sus ojos en el hospital del pueblito había nacido el bebé de Marcela y Ramiro. El pequeño se llamaría Joaquín.
Los habitantes celebraban que el barrio seguía creciendo, ese era motivo más que suficiente para despertar sonrisas efímeras, pronósticos de destinos o elucubraciones sobre el futuro cercano y el que no lo era tanto.

Desde lejos, precisamente adonde un árbol centenario tenía clavadas sus raíces, capaz de soportar tempestades y olvidos, los viejecitos miraban la escena que agitaba al pueblito.

-Todavía no comprenden, murmuraban con tristeza, tal vez algún día alguien…
Un poquito más lejos, entre la pulcritud del cuarto donde estallara el primer llanto del bebé, otra flor se fue cerrando, lentamente.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

MABEL ZIMMERMANN
(Rafaela-Santa Fe)

INVITADOS
Estoy dispuesta a empezar una lista,
como la de Márquez inició su mortaja,
con la misma insistente prolijidad;
una lista donde estarán aquellos
que no deberán estar
el día de mi entierro.

Empezaré por revisar cada lastimadura,
mediré la profundidad
y consideraré su tiempo de vida
que es, el de mis primeras muertes.

Escribiré tu nombre,
quedará manchado con una lágrima nueva.

No voy a dejarte entrar a llorar.

DESPUÉS

Andaré por los charcos sangrando podredumbre
y en la promiscuidad de las moscas.

Me alojaré en los árboles
para volver a morir con cada hoja, en cada otoño.

Habitaré, también, tu cuerpo
para seguir acariciándote después de la agonía.

Y serás, como hoy, la paz

en medio de tanto desconsuelo.

SOLO CICATRICES

Sólo cicatrices de rosas condenadas a muerte,
mortecino suspiro amarillo que asfixia crímenes del silencio,
destinado a los reflejos cavernosos de Platón,
busca el hombre una luz que desconoce.

Detiene amaneceres y los enumera,
empecina la brutalidad de la palabra y la enmudece,
quiebra los temblores de su encierro y se encierra en otros.
Buscando qué.
                                                                                        
Perdido en la vastedad absurda de un desierto multitudinario
donde los ojos están temerosamente fijos,
los pasos santamente predestinados,
la voz sacrificada en envases con control remoto.

Hombre llorado por su propia humanidad
que marcha enlutecida por los senderos lunares
de todos los cementerios
buscándolo.



LUIS PABLO CASALS
(Santa Fe-Argentina)

EL OLVIDADO
a papá

Jamás conocí a mi tío Enrique
pero a veces me visita

Se descuelga del árbol
que él mismo plantó

Y canta mudo con los ojos
idénticos a los de papá

Viste a lo Gardel

Y aún transpuesto
el viento inequívoco del adiós
conserva intacta la sonrisa

Me trae noticias
de lo que no será

II

En la foto de los nonos
es domingo

La mesa está servida

Enrique y los hermanos
ríen abrazados
como si desoyeran
el augurio de sus viudas

Brindan

Una de las copas
está por caer

Pero nunca lo hará

sostiene al tiempo
en su equilibrio de cristal.

DON CARCA
a Sergio Ferreira

Aquel laberinto
me era familiar

Las paredes trepaban
hasta las estrellas
y la última puerta
escondía a Don Carca

Me esperaba en el ventanal
donde el amanecer
dormía oculto
entre las cortinas

Su voz era parte
de lo indefinido
como todo en aquella casa

Sólo el perfume ácido
de las naranjas en el frutero
devolvía la vida

Decíamos en el barrio
que era un dios
que había creado la tierra
a nuestros padres y a mi abuela

pero algo se le marchitaba dentro

La sordera lo volvía
aún más extraño

Caminar hasta él
era atravesar la noche
desoír
lo oculto en los cajones

Ahora
casi una vida después

razono según manuales
y descreo de los hechizos
vendo pólizas de seguros
contra sueños

para mí
Don Carca fue sólo un viejo
un sordo, un jubilado

Aunque cada noche
me asfixie el mismo sueño

Dios que se acerca
toma una naranja
del frutero

y la estruja entre sus manos.

BLUES DE LA FULANA EN EL BALCÓN:

La tipa tenía los ojos enrojecidos,
el maquillaje de orgasmos secos
corrido por encargue
y la blusa desabrochada,
vestigio de un naufragio a tirones.
Su piel, navío sin puertos,
a vela de trapo viejo;
ya saturada de susurros a la oreja mordida,
al cuello indefenso,
al sexo sin urgencias.
Nunca supo desde cuándo,
pero suyo había comenzado a ser
el balcón, fin del mundo
y bautismo de vuelo;
la noche infinita por la ventana,
la pose de Jesús Cristo antes del salto,
desorbitados los ojos
como los de un animal herido,
un zapato en el balcón, el otro
junto a la alcantarilla.
Y sus últimas pestañas postizas,
olvidadas como mariposas muertas,
sobre la mesa de luz de algún
hotel infame.


PÁGINA 4 – ENSAYO

EDUARDO PÉRSICO
(Lanús-Buenos Aires-Argentina)

JORGE LUIS BORGES: otro argentino brillante y contradictorio.

Jorge Luis Borges, acaso el escritor más representativo de la literatura argentina, fue casi desconocido en nuestro país hasta que desde Europa nos advirtieran de su calidad poética y narrativa; y como aguardar la valoración ajena sea una tendencia nacional, se le atribuye ese reconocimiento al crítico francés Roger Caillois. Episodio que en parte se repetiría con Carlos Gardel, un cantor popular que luego de su éxito en los Estados Unidos fuera en más un imbatible ídolo nacional. Igualmente, tanto Borges como Gardel son exponentes de nuestra comarca y si fueron publicitados lejos y estimados luego aquí, antecedieron lo sucedido más cerca en el tiempo con Julio Cortázar y Astor Piazzolla, también valiosos exponentes pero acaso menos contradictorios.

Creemos que uno de los perfiles literariamente más atractivos de Borges consistía en que él ‘escribía como si estuviera escribiendo’, sin que lo presionara mucho la formalidad y hasta usando la complicidad del lector. Con su manera lúdica al bromear sobre otros escritores, como al decir de Federico García Lorca ‘que era un andaluz profesional’, o de Leopoldo Lugones, un referente argentino una vez sentenció ‘es un hombre que se toma demasiado en serio’. Pero la fantástica veta literaria de Borges no fue apenas libresca sino que le llegó del propio país, y él la adornó con inflexiones de un indudable escritor argentino. El mismo que al leerlo en voz alta se lo puede imaginar diciendo ‘vea, yo le voy a contar, eso sucedió por esos años en cierto arrabal de corralones y compadres’; fraseo casi lindante entre la porteñidad y lo gauchesco. Y sin duda Borges fue un auténtico relator de nuestro país tan signado por lo europeo, sin jungla en una geografía casi transparente y con una escasa literatura rural que la describiera. Un escritor también muy advertido de que nuestro aspecto nacional radicaba más en el modo de contarnos que en lo descriptivo, y así el Borges narrador poco exhibe los entornos pero se le adivinan. Y cuando usaba la primera persona exhibía cierta miga coloquial para mejor identificarnos con la misma sencillez que usaba en el trato personal. Esa manera que a rachas nos pareciera estar oyendo a un compadrito porteño, sobrador y canchero y en mi caso, al fin describirlo en un cuento como un payador de boliche: ‘un tal Borges, el Inglesito que contrapunteara por milonga en un boliche de Turdera’.


Cuando lo conocí, por 1970, él aún polemizaba que para escribir bien en castellano debíamos leer al mexicano Alfonso Reyes, que al fin no era ninguna broma en tanto Borges también era un implacable corrector. Como luciera en el cuento El Aleph que confesara haberse demorado varias tardes entre ‘Beatriz Viterbo de frente al trinchante, o reflejada en el trinchante’ hasta decidir de pronto ‘Beatriz Viterbo de perfil en colores’. Y del Hombre de la Esquina Rosada, que en un principio lo publicó como Hombres Pelearon en el suplemento de Crítica, luego hizo otra versión oculta y recién por su tercer intento obtuvo el cuento definitivo. Y era su verdad ‘hay que publicar para no seguir corrigiendo’.

La primera vez que hablamos fue por 1973; yo escribía en la revista literaria Ateneo, de Lanús, y solía visitar la Biblioteca Nacional de la calle México cuando él la dirigía. Por entonces había un gran fervor por el retorno peronista al gobierno, y José Edmundo Clemente que entonces renunciara a la Vice dirección y en 1976 llegada la dictadura militar fue nombrado Director, dejó todo a cargo de Borges. Hasta el trato con los delegados gremiales, muy inquietos por aquel tiempo con quienes prontamente debió hacer una reunión. Contaron el señor Zolezzi y otra persona llamada Amón, empleados de la biblioteca, que los gremialistas le plantearon Borges cosas que ellos mismos creyeron que lo aterrarían, pero que al finalizar la reunión el mismo Borges les dijo ‘hay que atender más seguido a estos muchachos; yo estoy de acuerdo con ellos en muchas cosas’. Algo dentro de libreto para quienes no estimaran en Borges a un reaccionario absoluto, en tanto en toda su obra él jamás descalificara al orillero, al gaucho, al negro o a un laburante cualquiera.

Pero el Borges ciudadano fue un insufrible. Un feroz contradictor que ostentaría su equívoco contra el peronismo más por la fuerza convocante que por lo ideológico de ese movimiento, en una pose que lo crucificó a esa retardada y medieval mística de la clase media alta argentina. Y aunque los escritores se valoran por lo mejor de su obra, el peronismo arrinconó a Borges y a otros ‘ilustrados’ en la idea de presenciar una copia del Fascismo italiano pero ajeno al franquismo español, tan coloreado de una religiosidad confesional más potable a la clase pudiente. Pero bué, a ese enfoque acotado y reaccionario que jamás acepta la movilidad del tejido social y la liberación psicológica del obrero ante el patrón, él se asoció negando que a esa actualización histórica de la sociedad se alcanzara con el peronismo. Más otras certezas que el viejo Borges en 1983 y última vez en verlo, me indicó a media sonrisa que le repitiera como diciendo ‘no me haga caso, señor, que yo estoy hablando en joda’. Y esa imagen con más la de guitarrero de corbatín y saco oscuro son mis favoritas de un Jorge Luis Borges, un escritor sin duda incuestionable y excelente.


PÁGINA 5 – CUENTO

PAULINA MOVSICHOFF
(Córdoba-Argentina)

NOVALIS

 Estábamos allí, en ese bar de Rivadavia, apenas separados por la blanca superficie de la mesa. Decidimos instalarnos en la vereda, justo enfrente del parque y el resplandor inasible del otoño acariciaba los árboles. Todo parecía envuelto en una luz de sueño, leve y brumosa. La idea del encuentro partió de él, de Julio. Yo contemplaba esa mirada atenta y a la vez reconcentrada, esos ojos a los que parecía nada podía escapársele, ni siquiera lo que se agitaba en mi interior, las manos finas de pianista, la sonrisa casi permanente que dejaba al descubierto esos dientes separados que le daban ese aire de palpitante adolescencia.
  Llegó puntual y, luego de charlar un rato en el living de mi casa, le propuse caminar. Accedió encantado. "Hace tanto que no recorro Almagro", me dijo. "Las calles de París no tienen ese no qué se yo de las de acá" sonrió, mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. Tomamos por Quito. El tupido ramaje de los árboles arrojaba una sombra tersa y la brisa parecía conversar con cada una de las hojas, con los viejos troncos que nuestros pasos iban dejando atrás. Las calles estaban solitarias y la luz color miel nos contenía como un agua silenciosa y frágil.
  En el trayecto él se explayó en mis cartas, en ese proyecto de tesis que le comenté en una de ellas sobre la influencia del surrealismo en su obra.
  Fue una amiga, escritora también, quien me proporcionó el teléfono del hotel donde se alojaba. Marqué, no sin nerviosismo. Luego de que le contara el motivo de mi llamado, me propuso que nos viéramos. "La charla es a las ocho. Todavía tenemos unas cuántas horas", dijo con voz tranquilizadora. Y ahora yo allí a su lado, escrutando su larga figura, su andar pausado, me preguntaba si todo no sería sólo un sueño.
  Llegamos al parque y lo atravesamos en silencio. Sin darnos cuenta, pronto estuvimos en el sector de los libros. Se sumergió en ellos con el entusiasmo de un chico. De pronto sus largos dedos extrajeron uno, que no tardó en mostrarme. Eran Los Himnos a la noche, de Novalis. Lo compró de inmediato. "Hace tiempo que lo andaba buscando. La versión alemana se me ha extraviado. Pero igual me gustará releerlo en español". Ya en el café se explayó en hablarme del poeta alemán, del cual yo conocía sólo el nombre. Me instruyó de su concepción de la poesía como la realidad mágica del sueño, en la que éste se convierte en realidad y la realidad en sueño. Me habló de la novela, ese gran proyecto que la muerte le impidió terminar — murió de tuberculosis, como buen romántico — me aclaró. La novela trataba de un poeta medieval que se lanza en busca de la flor azul, símbolo de la belleza, de la felicidad y las ilusiones inalcanzables. Abrió una página al azar y leyó: Amada llegas / la noche ha venido ya / se ha consumido el día. Nos quedamos un rato en silencio y de pronto le propuse, no sin vencer mi timidez, una entrevista más larga, editar un libro con nuestras conversaciones. Accedió, con esa sencillez que me demostró en todo momento, como si él, Julio Cortázar, no fuera uno de los más grandes escritores argentinos sino un autor incipiente, feliz de ser estudiado, reconocido. "Te vienes en el verano, cuando mis tareas en la UNESCO me permiten un respiro". Y concluyó, apretándome levemente el brazo: "Te gustará Saignon". La sensación de irrealidad volvió a asaltarme. A eso de las siete nos despedimos. Él se inclinó y, luego de decirme: "Ha sido un verdadero gusto", me rozó levemente los labios.
  El timbre del teléfono me sobresaltó. Contrariada, salté de la cama. Hubiera deseado quedarme allí, detenerme en la modorra gozosa de aquel encuentro con mi amado Cortázar, cuya imagen me miraba constantemente desde el afiche colocado con chinches en la puerta del placard. La sonrisa mansa parecía querer comunicarme algo inaprensible para mí.
  La voz de Marcela: "¿Dormías?" "Sí, Te llamo luego. Disculpame." Y luego correr nuevamente a la cama a cerrar los ojos y tratar de revivir, de rescatar algo de aquella imagen, las hilachas que quedaban en aquel naufragio del despertar. Mi corazón se aceleró cuando, al acercarme, distinguí el pequeño bulto sobre la sábana. Nada había dejado en ella. Pensé con susto en un insecto, alguna de esas mariposas nocturnas aplastada sin duda por el peso de mi cuerpo dormido.
  Y ahora, sentada junto al ventanal por donde la luz de la mañana se cuela como un río dichoso, acaricio con lenta delectación el nocturno aterciopelado de mi flor azul.


PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA

EL MANQUITO

I

Cada luna que le tocó vivir,
cada luna que le inauguró las noches,
lo trae por las plazas
con su andar de ciego.
Palpa sombras de las que es parte,
se arremanga
                      el cobijo,
                                       cobrizo,
de la cara hecha para la intemperie.

Un tren le cortó la mano
cuando no sabía ni contar,
                                          ni vender
el cepillo que pone horizonte
                                                al parabrisas de los coches.

El padre lo cambió por un atado de puchos.
Y de su madre recuerda
                                               (una baba que se saca afuera
                                               como una plegaria),
la mujer que le regaló el apodo de “manquito”.

Se atreve a correr los trenes
                                               andariveles de paz
                                                                               que resabia locura,
pisando el borde de las vías
                                                para callarlos,
                                                                            para tapar con sus gritos
la velocidad de la mano izquierda.

Una vez robó un tazón de leche
para la piba que tiene entre las cejas.
La cuida en la charla.

Sabés, dice,
hoy el mundo anda para atrás,
nadie disfruta la orilla de las cosas.
Sabés, dice,
nadie tiene ganas de cambiar
un secreto por un árbol,
un cajón por un silencio,
un día de sol por una figurita.

Sabés, dice.

Y la piba toma el tazón de leche.
Como si en la loza
se hubiera calentado la luna.

II

¿Quién recuerda ese tren,
(mezcla destartalada de argentinidad mendiga
y demora),
que se llevó el gesto del miedo
                                                    en sus ruedas?

Un ciclón de amor
bastó para descolar el soponcio,
la captura del mordisco
                                      pellizco de chapa,
que arranca, de un golpe,
el brazo, la pena, el laburo,
la consonancia y la urgencia.

Todo por sacar de entre los rieles,
Maradona repetido,
                               traviesa,
                                                   atraviesa
la zanja hecha jardinero
                                         en el estruendo de las voces
que no ven ese bulto de trapos
                                                  (a trapado)
en el tumulto.

¿Quién recuerda la mano que quedó
los dedos ciñéndose al sueño
de ganar la partida
con la figurita,
que nadie tenía
para alardear, después,
ni bien ladea el sol
su tripero rojo
y el rancherío se pone íntimo
de confesión,
                      (olor a humo
                       y cortadera)
en el fondo de la aguada?

¿Quién recuerda
cuando de un sólo pechazo
la inocencia se vuelve hombría
                                                     sin susurros?

III

La piba no tiene más que hambre en las pupilas.
Se puso una pollerita corta
y dice que es grande,
                                    que por eso labura.

Pero el arroz larga humo en la olla.
Y Elvia trajina asma de hijos muertos
mientras revuelve.

No te convido, dice
abriendo las ventanas para llenar el barrio
                                                                   de puerro,
                                                                   de ajo,
                                                                   de caldo con huesos.

-No te convido.

Y la piba estira la ropa
                                    más abajo
                                                     le hace frío
y el manquito no está
que siempre
humedece la amistad
con frutas robadas del mercado,
con bollos de pan que cambia en la estación.
Con un beso nunca,
porque no son novios.

La Elvia revuelve
el tintineo contra la chapa
que el viento dice,
como si dijera:
-No te convido.

Y cuando está por terminar
el reparto de platos,
un auto para en la esquina
Y la piba se pone linda.
                                       (De nuevo).



MARIA LYDA CANOSO
(Casilda-Santa Fe-Argentina)

siempre nunca

siempre nunca habrá un primer plano de chicos
jugando a construir un castillo

mar con viento y la arena sal amarga tan a
contraluz como la maledicencia

ella empieza el cuaderno azul intimidada por los
debe y los haberes

encuentra en lo escrito razones para creer que se
es feliz ¿alguien puede asegurarlo? no tanto
ahora que lo abre para que salgan los
moluscos que se le incrustan cuando de noche
el mar se mueve

batido del agua motor oceánico a tres tiempos
que no para de latir

corazón sobreactuado por quien le adjudica
víscera al milagro de la vida   pero no

los mecanismos del amor   pero no

motor que bombea el agua que alisa las pisadas y
borra heridas del alma   te imaginarás que no de
todas   ella se extiende y espera ola sin
esperanza

estuvo aquí exactamente

en esta arena otra en este mar otro que va y que
va   recuerdo de lejano infierno de playas
idénticas   eneros cargados de aceite de coco y
esas lonjitas de la piel

por el temor de dios se bate el agua a punto de
merengue   maquinaria incesante nunca jamás
el mismo sol crece dos veces

la cuña del viento se clava y filtra zumbidos
hipnóticos por rendijas y grietas dactilares del
caparazón soleado

pájaro que sangra
ojo que castiga

miles de puñalcitos uno al lado del otro clavados
con total prolijidad

así es el mar   guarda la memoria y deja que
uno sea   siempre

atravesar macizos hormigonados y luego un
pastizal al ras y no encontrar las cavernas
no   no encontrar las cavernas de la infancia
sí ver olas desconocidas arena en disposiciones
caprichosas y un cartel oxidado cocacola

-¿Será idea mía, madre? (nadie puede contestar)

el hotel majestuoso enorme ahora se muestra
afantasmado
la fiebre hace ver los corredores vacíos con
puertas alineadas sin falleba

el resplandor del resplandor del brillo del brillo

-Pero no.



restricciones del paisaje de campo

todo verde todo verde sucio que a contraluz se
hace azul oscuro casi negro   casi gris casi
marrón casi bordó de un auto o esos caños

recortado como una servilleta de confitería de
esas que ponen debajo de las tortas algo brilla
y es un techo no veo nada más en esta cinta
móvil toda igual espacio que transita el micro
hacia otro lugar idéntico   pero más allá debí
haber tomado un micro que fuera de un paisaje
mental a otro   pero no   si eso hubiera sido las
paralelas convergirían hacia el punto de fuga en
el horizonte habría espejismo allí donde la vista
lo borronea todo y en el espejismo un oasis con
palmeras y dátiles y un pozo con brocal eso por
un lado por el otro iría de atenas al colegio de
wimbledon de una mano a otra mano de un
asado crepitante a un pastel de papas de sur a
norte y de norte a sur todo el tiempo todo a un
tiempo   un expreso al frío y otro al fondo de la
pileta cerca de la rejilla allí donde eso zumba
zumba la proximidad del ahogo visión de
tablero y hoja en perfecta escuadra un árbol es
como otro un cilindro y un cubo   el plano
horizontal fuga fuga fuga al infinito   los autos
van todos en una misma dirección como en uno
de esos jueguitos alienados   dejemos de lado
su color en el plano horizontal hay clavados
innumerables palitos una diagonal lleva un
camión   ahora veo una pantalla de conos que
terminan en aguja gótica y que dan miedo
miedo de que suenen con el viento como el
llamador de ángeles del balcón de enfrente


PÁGINA 7 – ENSAYO

JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ
(Jatiel-Teruel-España)

EL LECTOR

Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944). Actualmente es profesor de leyes y juez en Alemania. Antes de escribir El lector, ya tenía en su haber cuatro novelas policíacas que habían gozado de buena aceptación por parte del público y de la crítica, y que habían sido merecedoras de varios premios. Pero será con esta novela histórica, El lector, editada por primera vez en 1995, cuando este escritor alcance una fama considerable, ya que esta historia pronto se convertiría en todo un best-seller en Alemania y en otros países gracias a las treinta traducciones que se realizaron de ella. Fue también la primera novela alemana en ocupar un primer puesto en la lista de los libros más vendidos que publica el New York Times. Además, fue incluida en el currícula universitaria de los cursos sobre literatura del holocausto. Y ha cosechado varios premios literarios como el premio Hans Fallada Prize; el premio Welt; el premio italiano Grinzane Cavour; el premio francés Laure Bataillon, y el premio Ehrengabe de la Dusseldorf Heinrich Heine Society. Su libro posterior, publicado en el año 2000, Amores en fuga, una colección de cuentos, acabaría consolidando la carrera de este escritor y sus grandes dotes como narrador.

En el año 2008 la novela de El lector sería llevada al cine por Stephen Daldry (director de películas como Billy Elliot o Las horas), en el guión trabajarían de manera conjunta el propio autor del libro, Bernhard Schelink y también David Dare. Y la película sería interpretada por autores tan conocidos como Kate Winslet, Ralph Fiennes, Bruno Ganz y David Cross. El filme al igual que la novela en su día también alcanzaría un gran éxito y reconocimiento, de hecho, sería nominado a cinco premios de la Academia (a mejor director, a mejor guión…), ganando finalmente Kate Winslet un oscar a la mejor actriz principal por su interpretación de Hanna Schmitz.

El punto de vista adoptado para relatarnos la historia es de corte semiautobiográfico (ya que guarda ciertos paralelismos con la vida del propio autor de esta novela, Bernhard Schlink). El narrador y personaje principal dentro de la novela Michael Berg, abogado especializado en Historia del Derecho de Alemania, nos cuenta a través de la primera persona del presente de indicativo, aunque en realidad la historia pertenezca al pasado, la relación que mantuvo con su amante Hanna a lo largo de varios años de su vida y que le marcaron profundamente, y lo hace de una forma evocadora y nostálgica.

En cuanto al estilo, podemos decir sin temor a equivocarnos que esta obra está muy bien escrita, con una prosa ágil, exacta, y con un lenguaje muy preciso y directo, ya que lo que le interesa, sobre todo, a Bernhard Schlink es que su mensaje sea lo más claro posible y nos llegue, y al hacerlo nos haga reflexionar sobre un tema de máxima importancia, el holocausto, y la culpa, la vergüenza y otros sentimientos ambivalentes que arrastran aún hoy los alemanes sobre su pasado nazi, de ahí que el argumento, el lenguaje… sean sencillos para asegurarse siempre de que sea así y la historia cale en todos nosotros.

Esta conmovedora historia se nos presenta estructurada en tres partes bien diferenciadas en cuanto a su contenido y en cuanto a su estilo. La primera parte abarca el comienzo, duración y finalización del idilio mantenido entre Michael y Hanna, y aquí el lenguaje es bello y el tono, para adecuarse al tema, más bien romántico. La segunda parte da un salto cronológico de siete años y en ella asistimos al juicio por crímenes de guerra contra Hanna y el resto de las carceleras, el lenguaje y el estilo, por tanto, se vuelven aquí más sobrios, asépticos e instrumentales. Y la tercera y última parte es el periodo en el que Hanna está en la cárcel y él, para acallar su mala conciencia, le graba casetes de libros y se los manda, y luego asistimos al desenlace final, poco antes de quedar en libertad Hanna se suicida y deja una nota en la que le pide que le dé todos sus ahorros a la única sobreviviente del campo de concentración, esta última parte está llena de sentimientos y reflexiones, por lo que tanto el lenguaje como el estilo se vuelven otra vez más hondos y emotivos.

Los personajes están muy bien trazados, son muy complejos y hay grandes dosis de introspección psicológica en ellos y en su caracterización. El personaje mejor creado es sin duda Hanna por el que el protagonista siente una especie de amor-odio, seguido del propio Michael. Y es que a Hanna, por un lado, se la está juzgando por ser una criminal de guerra, pero, por otro, también es una pobre mujer víctima de sus circunstancias personales y de un hecho clave y decisivo en la historia: su analfabetismo. Pero también es cierto que Michael ha estado enamorado de ella, y por eso se verá inundado por una avalancha de sentimientos contradictorios y ambivalentes que tendrá que asumir.

La relación entre ambos personajes (uno perteneciente a la generación de la guerra y otro a nuestros días) será la excusa perfecta para abordar desde todos los ángulos posibles un gran tema y a la vez todo un dilema moral: los sentimientos de culpa, angustia, odio y sobre todo vergüenza que arrastra la generación de la posguerra, poniendo de manifiesto el trauma que para las generaciones posteriores supuso y aún supone el holocausto. Michael Berg forma parte de esta generación avergonzada de ser descendientes directos de tantos que, de una forma u otra, colaboraron con el genocidio o, simplemente, lo permitieron o no hicieron nada. En El lector esto no es un detalle más, sino que cobra máxima importancia y sobre el que gira toda la historia y sobre el se construyen todos y cada uno de los personajes, con el fin de poner sobre el tapete una serie de cuestiones y preguntas de no fácil respuesta aún hoy en día como la culpa individual, la colectiva o el perdón.


PÁGINA 8 – CUENTO

DIANA POBLET
(CABA-Buenos Aires-Argentina)

EL DE PIGÜÉ

Él es de aquellas sierras azules, lugar adonde al crepúsculo atrapaba y enfrascaba luciérnagas.
Él donó aquella frase a mi escritura de tanto relatárselo a los chicos con sus ojos sobrevolando las estrellas, recuperando los expedientes extraviados de su infancia que aún insisten, insatisfechos en los detalles sobre los meses propicios para el evento de llenar el frasco de luciérnagas, tal vez fuese verano, antes de la cosecha de trigo, cuando atardecía casi a la hora de cenar y el campo olía a tierra  húmeda.
Entonces salía con su frasco de vidrio vacío y regresaba con un frasco de luces. En la mirada sólo le acampaba el asombro y la belleza.
Tal vez fuera diciembre o enero; uno a los diez no repara en las fechas cuando se corre deprisa para atrapar un milagro antes de irse a dormir; y regresar con el milagro encendiendo y apagándose como las luces de un árbol de Navidad irrepetible.

“Tengo un frasco de luciérnagas para iluminar la noche que llevo encima” 

PROSAICO

Justamente ahora que adoquín no rima con nada y no queda ni una sola magnolia en el parque, un destello adverso revitaliza al Bar Británico.
No tengo nada contra el  bar excepto que el desayuno cuesta casi dos dólares, el jugo de naranja es mínimo y los baños sucios. No he pasado ahí ningún mal momento. Es cierto que una vez esperé, pero no tanto como relató Sábato; ni siquiera lloré por amor sobre una de sus mesas, como escribió Borges.Tal vez sólo su nombre sea lo que molesta. O el haberme sentado aquel día al lado de la puerta, cuando ya estaba fresco para ventolinas callejeras.
Acaso llegué temprano porque creí que ahí se respetaría la puntualidad inglesa y no preví que llegar temprano también tenía sus riesgos. Quedé observando el entorno, mis ojos contemplaron lo vetusto del local sin poder establecer el menor sentido de pertenencia, sintiéndome tan ajena como un coral.
El café era malo, lechoso, me recordó a los padecidos desayunos de mi abuela. Las medialunas eran tan pequeñas como el jugo de naranja y los parroquianos eran desconocidos.
Extrañé otros bares adonde cualquier excusa, se transformaba en verso para invadir mi agenda carente de nombres.
Confieso que no pude escribir un solo poema en el Bar Británico.
Me distrajeron los adoquines, los políglotas, la gente sin prisa que sólo subrayaba tu llegar siempre a las corridas.
Aún así quedó este registro desleído.
Esta huella de casi nada espiando desde mi escote. Imagino que ya no sirve, ni para borronear con lápiz un poema, evitando que tiempo y lluvia arruguen palabras en la pared de un bar que no construyó risa ni lágrima.
Sólo fue una hora incierta en aquel sábado, una parada urgente para no capitular, ante la concupiscencia  de las magnolias del Parque Lezama.


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

MARTHA OLIVER
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

RÉQUIEM

Hace tanto que digo
no me quedan palabras.
No es cuestión de alfabeto
aún recuerdo su línea
ondulando hacia dentro
de las aguas profundas.
Aún me hieren las notas
de la lira de Orfeo.
Se trata de otra cosa
Si pudiera explicarlo:
Oscuro de su vértigo
un abismo en la cruz.
Es el día agotado
igual que una gran obra
demasiadas veces repetida.
En el último mito
es el alma que sabe
que pierde para siempre
su metáfora.

EL REFUGIO

Dado el tiempo hubo un templo
al final del camino
en la ruina del siglo.
Alto eclipse el consuelo
honda noche hacia el centro de hielo
su negrura
llevaba parpadeante
la memoria del fuego.
Hubo dado aquel tiempo
que enrareció en aurora
mutante de cenizas.
Y ardió el astro oscuro
calcinando la tierra
que abrazaba en sus leños
el recuerdo del bosque.
Hubo, así, dado el tiempo
un templo hacia la fuga
cuando es grieta en el pecho
el límite del verbo.
E inútil la palabra
rueda en piedras al río
que desemboca ignoto
en el mar del Leteo,
oceánico espacio de la muerte absoluta.
Dado el templo
era un día donde callan los cantos
y las ruinas se duermen en sus columnas ácidas
y explora en lejanía alguna dulce alondra
la música aprendida en los pasados siglos:
“Antes hubo una historia” repite
entre las rocas como la voz de Eco
apresada a Narciso
”Antes hubo una cuna,
y en el rito del alba
yo, la alondra naciente
saludaba el inicio”
”Después hubo en la carne
medrosa de los hombres
un puñal sucesivo
clavándose en los tiempos.
Y cavaron las fosas
de la próxima muerte”
”Este es mi canto
Alondra: el penar del eclipse.”

EL POETA DEL SILENCIO.
Tributo a León Felipe

"El poeta prometeico viene ha dar testimonio de la luz
el poeta maldito testimonio de la sombra"
El ultimo poeta,el padecido
ha aprendido del canto exagerado del sueño
de la gran desventura de Quijote
de las pieles del amor que aferra en tiempos
su cuerpo transitorio.

En este caso y por tanto amor y duelo,
tanta herida, tanto verbo clamando en el desierto:
El tercer poeta viene a dar testimonio del silencio
y en la azul sinfonía su mutismo
corre honduras amantes de otros cielos:
un espacio que crece en interior Empíreo.

El poeta del silencio es la fuga que nutre el horizonte
y nos permite el anhelo apasionado de ondear infinitos
de erigir catedrales de luz en nuestros cuerpos
en menguante a creciente de las generaciones
parpadeo infinito de la existencia humana
vida y muerte hermando su alternancia
en un verbo que conjuga hacia adentro el devenir
y nace cuando se extingue el otro, el sustantivo.

Mucho más que llorar después del llanto
Mucho más que enmudecer tras el silencio

El amparo: ese nuevo corazón que se yergue en la raíz de desamparo.



LUCÍA CARMONA
(Chilecito-La Rioja)

ARENA                                                        

Historias donde la sangre
se absorbe con el tiempo
y levanta paredes
que mañana se caen
en un caos de insomnios infinitos.

Arena,
hostia de siglos
vueltas un corazón en  magnìfico celo.

Cuerpos de arena,
ciudades de mirador fantasma
y rìos incendiados.
Cuerpos de arena.
La luz de estrella
cae vertical hasta el fondo de la tierra
y el universo se disgrega en pequeños fragmentos
donde se inscriben huellas
de sol y plenilunio.

Son pasos ancestrales
los de pueblos con sed
que dibujan con el viento
la figura de su propio designio.

15

Corre
Cómete una semilla
Con un árbol adentro
Y después
Desenrolla la naturaleza
Para iniciar el ciclo de nuevo:
Semilla, fruto, árbol,
Renguera de universo.

16

Desde el fuego
Y a través del poniente
Hasta tu pecho,
Hasta tu boca
Hasta tu sombra.
Para enfrentar de nuevo
La jauría del número eterno

El núcleo  de tu risa
Se pierde en las montañas,
La paz de mis rodillas
Se postra en sus laderas.
Y y le doy vuelta al cielo,
cuelgo de las raíces
como si el universo
se incendiara

Ya no hay quién nos separe
El infinito corazón
Se ha celebrado


PÁGINA 10 – ENSAYO

GIANNI SICCARDI
(Banfield-Buenos Aires-Argentina)

LA FLECHA Y EL BLANCO.

La lógica de la poesía es inflexible. Tiene una sola cara porque es individual. Sería trágico que un texto de prosa guardara un significado distinto para cada lector: un mundo así estaría lleno de peligros. Pero sería más trágico aún que un poema significara lo mismo para todos. Un mundo así sería verdaderamente inhabitable, asfixiante: el triunfo definitivo de la sociedad de masas. La prosa se adapta a cada lector para significar lo mismo para todos. La poesía es exigente. El lector de poesía es alguien que accede al reclamo de adaptarse a la lógica del poema. Y el esfuerzo -el implicarse en el poema- tiene su compensación, allí el poema le descubre un sentido personal, único, para cada lector y -más aún- un sentido para cada lectura.
La prosa supone un arquero y un blanco. El escritor estira su arco, apunta cuidadosamente y lanza su flecha. El buen prosista da en el centro del blanco. Tanto el escritor como el lector ven el blanco, ven la flecha, su trayectoria y su destino. La poesía supone un arquero pero no supone un blanco.El poeta estira el arco y apunta hacia el espacio y el tiempo. No hay un blanco visible: la flecha se dirige hacia el infinito, hacia la eternidad. Su destino es el absoluto. Por eso para la gente de buen sentido el poeta parece ser un tonto que derrocha su vida lanzando flechas que van a no se sabe dónde, a ningún sitio útil. La gente de buen sentido no ve el destino de la flecha , para ellos la flecha se pierde en la nada. Pero el poeta no derrocha su vida. Él lanza su flecha con una enorme fe. "Adiós, adiós", le dice. El sabe que allí donde caiga la flecha estará el blanco. Porque el infinito no puede medirse. No es que sea más grande o quede más lejos que todo lo conocido o imaginado. La eternidad no es más grande que algún tiempo. Cuando se apague el sol, cuando se apague la última estrella de la última galaxia, ¿seguirá existiendo la eternidad? La eternidad es cuando se detiene el tiempo. Se detiene el tiempo, dejan de suceder cosas; y bien, esa es la eternidad. El lector de mirada pura, aquel que se implica en el poema, sigue la trayectoria de la flecha hasta que cae y -entonces- descubre el blanco. Porque allí donde cae la flecha, allí está el blanco.


PÁGINA 11 – CUENTO

CARLOS MENESES
(Lima-Perú)

LOS  MENDIGOS

En una esquina, sentado en el suelo, un hombre con aspecto de sufrimiento antiguo y sin posibilidades de calmarlo, pedía limosna sentado en el suelo. Sus zapatos casi no tenían suela y su ropa lucía lamparones, y vejez. A veces algún transeúnte le dejaba caer una moneda en su flaca mano extendida y él la ponía sobre un poco aseado pañuelo. En la otra esquina se había aposentado mendigo diferente. Vestía un frac algo gastado, se sentaba en un pequeño taburete, lucía sombrero que lo libraba de una insolación y no extendía la mano, en el suelo había colocado un platillo de metal y un cartel en el que se leía “Necesito otro frac, ¿puede contribuir?”. De vez en cuando miraba su reloj, bebía unos tragos de agua de su cantimplora o sacaba un sandwich del bolsillo y le daba un par de mordidas. Al empezar a anochecer dio por terminada su tarea, recogió las muchas monedas del plato, se colocó el cartel bajo el brazo y camino orondo hacia la esquina donde estaba el pobre mendigo, lo miró con desprecio, sacó de un bolsillo la moneda de menos valor que tenía y se la tiró al suelo. Mientras el pobre cogía la moneda que rodaba él se adueñaba de lo poco que había sobre el pañuelo y se alejaba riendo  a paso vivo.

HISTORIA DE TANTAS

No había llegado a los tres meses cuando sus padres, que habían bajado de un pueblo de los Andes a la capital, la dejaron en casa de unos señores  como quien deja una maleta con la intención de volver a recogerla. A los cinco años le enseñaron a cocinar no a leer. A los diez limpiaba ella sola la inmensa casa de los señores y su media docena de hijos, sin haber podido jugar nunca con una muñeca. A los trece una noche el señor entró en su desvencijado lecho. A los quince fue barragana del hijo mayor que llevaba algunos negocios del padre, y ella todavía no usaba zapatos. A los diecisiete huyó de esa casa con su hija recién nacida. Poco tiempo después tuvo que entregarla a una familia de buen nivel económico, para poder trabajar en un comercio con mayor libertad. A los dieciocho se prostituyó.  Dos años más tarde murió tuberculosa.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

LAURA BEATRIZ CHIESA
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

EMOCIÓN

La emoción vibra en situaciones.
Posee un dominio de ternura
que anula los enojos.
Decapita pretensiones insolentes
y asoma en rubores repentinos
que arrebolan mejillas.
Permite el brillo en la mirada
y la contracción del alma,
elevando la plenitud interna
hasta quebrarse en lágrimas.

VESTIDO DE NOVIA

Así se vistió la novia
para el día de la boda.
Con blanca puntilla al ruedo
y tules que el viento borda.
Flores de seda muy blancas
y una corona que adorna,
rubios cabellos que caen
sobre su espalda y la cola.
Tiembla ese cuerpo y el llanto
moja su rostro y lo moja,
cantando cual gotas de agua
sobre el cántaro, una copla.
Un novio sonríe lejos
esperando poder verla,
con ojos de vez primera
envuelta en tules y perlas.
Un rito con emociones.
Un santo beso en la frente
y un enfrentar a ese mundo
que los mira complaciente.
Sienten que el orbe se ciñe
a sus dos cuerpos y ríen,
tomaditos de la mano
para que en ellos confíen.
Varios hijos y un destino
pone su punto final.
Como aquel día, en la iglesia,
los guía un Dios inmortal.

Hoy el vestido de novia
guarda la emoción del nido.
Esconde mil situaciones
en los tiempos del olvido.
Amarillean su tela
las risas de aquel momento,
y los tules y las sedas
cual vino, añejan un cuento.
Alguien lo verá mañana
y no sabrá  quien danzó
ceñida en esas costuras
sosteniendo una ilusión.
¿Será disfraz para algunos?
¿Alguien le dará valor?
Tal vez muera como el tiempo
arrugando su esplendor.

COMPETENCIA

Cabalgas alazán, saltas y trotas
en esbelta figura que compartes,
con apuesto jinete que te imparte
direcciones muy justas. Vallas rotas

empañan la rutina. No denotas
tristeza, sí inconciencia de tu parte
por querer soslayar todo tu arte
en negaciones bruscas; así acotas

el tiempo que debiste deleitarnos.
Con tus tiesas orejas sabes darnos
alegría ante un salto superado.

El freno te provoca mucha espuma.
Maneja tus impulsos y en la suma
completas el paseo con agrado.



MARIA BENICIA COSTA PAZ
(Cipolletti-Río Negro-Argentina)

MI NADA

Arenas volátiles de olvido
ciegan
el mirar sosegado,
afloran
lágrimas de cielo
humedecidas
estrellas fugaces.

Vientos borrascosos arrastran
y ahondan
el torbellino profundo
de la pasión por la vida.

Sueño huidizo,
en blancos paños embozado,
se desliza fugaz
sobre cráteres de dolor,
estremecido por brisas marinas
que acunan
el oscilante regazo
de los negros médanos

…de la nada que abarca
mi tiempo todo…

NAUGRAGIO

Abrumada, me acosan tormentos,
¡rayo helado provoca mi naufragio!
rebasan cántaros de llanto
al trémulo mar del desconsuelo.

Pretendo abandonar la barca.
¡Ay! Soledad de velas al viento!
¿Cómo echar anclas, hija mía,
en mar profundo, embravecido?

¡Me acecha  negra pesadilla!
Estoy hundida en la zozobra
¡páramo frío! Amarro
con calma, los ojos doloridos.

Sigo la estela que dejaste:
tu sonrisa, vestigio persistente.
Tu faro ilumina,  distante,
el fervor que me ancla a la vida.

DE OJOS DE MAR

De ojos de mar, mirada  oculta,
sutil, soñadora, irreverente;
de dulce modo o violento corte
humor ingenioso, chanza aguda.

De brazos envolventes, leve nido;
de manos suaves, entrometidas;
del hablar más ataviado, hechizo;
¡¡Oh!!  etérea, sublime embriaguez.

Quiero que tu hora, urja la mía.


PÁGINA 13 – ENSAYO

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
(Sevilla, 1836-Madrid, 1870)

LA PEREZA

La pereza dicen que es don de los inmortales: en efecto, en esa serena y olímpica quietud de los perezosos de pura raza hay algo que les da cierta semejanza con los dioses.
El trabajo aseguran que santifica al hombre: de aquí sin duda el adagio popular que dice: “A Dios rogando y con el mazo dando”. Yo tengo, no obstante, mis ideas particulares sobre este punto. Creo, en efecto, que se puede recitar una jaculatoria, mientras se echan los bofes golpeando un yunque; pero la verdadera oración, esa oración sin palabras que nos pone en contacto con el Ser Supremo por medio de la idea mística, no puede existir sin tener a la pereza por base.
La pereza, pues, no sólo ennoblece al hombre porque le da cierta semejanza con los privilegiados seres que gozan de la inmortalidad, sino que, después de tanto como contra ella se declama, es seguramente uno de los mejores caminos para irse al cielo.
La pereza es una deidad a que rinden culto infinitos adoradores; pero su religión es una religión silenciosa y práctica: sus sacerdotes la predican con el ejemplo; la naturaleza misma en sus días de sol y suave temperatura contribuye a propagarla y extenderla con una persuasión irresistible.
Es cosa sabida que la bienaventuranza de los justos es una felicidad inmensa, que no acertamos a comprender ni a definir de una manera satisfactoria. La inteligencia del hombre, embotada por su contacto con la materia, no concibe lo puramente espiritual, y esto ha sido la causa de que cada uno se represente el cielo, no tal cual es, sino tal como quisiera que fuese.
Yo lo sueño con la quietud absoluta, como primer elemento de goce: el vacío al rededor, el alma despojada de dos de sus tres facultades, la voluntad y la memoria, y el entendimiento, esto es, el espíritu, reconcentrado en sí mismo, gozando en contemplarse y en sentirse.
Ésta es la razón por la que no estoy conforme con el poeta que ha dicho:
¡Heureux les morts, éternels paresseux!
[¡Felices los muertos, eternos perezosos!]
Esa pereza eterna del cadáver, cómodamente tendido sobre la tierra blanda y removida de la sepultura, no me disgusta del todo; sería tal vez mi bello ideal, si en la muerte pudiera tener la conciencia de mi reposo. ¿Será que el alma desasida de la materia vendrá a cernerse sobre la tumba, gozándose en la tranquilidad del cuerpo que la ha alojado en el mundo?
Si fuera así, decididamente me haría partidario del tan repetido y manoseado “reposo de la tumba”, tema favorito de los poetas elegíacos y llorones, y aspiración constante de las almas superiores y no comprendidas. Pero... ¡la muerte! “¿Quién sabe lo que hay detrás de la muerte?” —pregunta Hamlet en su famoso monólogo, sin que nadie le haya contestado todavía. Volvamos, pues, a la pereza de la vida, que es lo más positivo.
La mejor prueba de que la pereza es una aspiración instintiva del hombre, y uno de sus mayores bienes, es que, tal como está organizado este pícaro mundo, no puede practicarse, o al menos su práctica es tan peligrosa, que siempre ofrece por perspectiva el hospital. Y que el mundo tal como lo conocemos hoy, es la antítesis completa del paraíso de nuestros primeros padres, también es cosa que por lo evidente no necesita demostración. Sin embargo, el cielo, la luz, el aire, los bosques, los ríos, las flores, las montañas, la creación, en fin, todo nos dice que subsiste la pereza. ¿Dónde está la variación? El hombre ha comido la fruta prohibida; ha deseado saber: ya no tiene derecho a ser perezoso.
—¡Trabaja, muévete, agítate para comer! Esto es tan horrible como si nos dijeran: —¡Da a esa bomba, suda, afánate para coger el aire que has de respirar!
Cuántas veces, pensando en el bien perdido por la falta de nuestros primeros padres, he dicho en el fondo de mi alma, parodiando a Don Quijote en su célebre discurso sobre la edad de oro: —¡Dichosa edad, y dichosos tiempos aquellos en que el hombre no conocía el tiempo, porque no conocía la muerte, e inmóvil y tranquilo gozaba de la voluptuosidad de la pereza en toda la plenitud de sus facultades! —Caímos del trono en que Dios nos había sentado; ya no somos los señores de la creación, sino una parte de ella, una rueda de la gran máquina, más o menos importante, pero rueda al fin, y condenada por lo tanto a voltear y a engranarnos con otras, gimiendo y rechinando, y queriéndonos resistir contra nuestro inexorable destino. Algunas veces la pereza, esa deidad celeste, primera amiga del hombre feliz, pasa a nuestro lado y nos envuelve en la suave atmósfera de languidez que la rodea, y se sienta con nosotros y nos habla ese idioma divino de la transmisión de las ideas por el fluido, en el que no se necesita ni aun tomarse el trabajo de remover los labios para articular palabras. Yo la he visto muchas veces flotar sobre mí, y arrancarme al mundo de la actividad, en que tan mal me encuentro. Mas su paso por la tierra es siempre ligerísimo; nos trae el perfume de la bienaventuranza, para hacernos sentir mejor su ausencia. ¡Qué casta, qué misteriosa, qué llena de dulce pudor es siempre la pereza del hombre!
Ved la actividad, corriendo por el mundo, como una bacante desmelenada, dando una forma material y grosera a sus ideas y a sus ensueños; ved el mercado público cotizándolos, vendiéndolos a precio de oro. Santas ilusiones, sensaciones purísimas, fantasías locas, ideas extrañas, todos los misterios hijos del espíritu, son, apenas nacen, cogidos por la materia, su estúpido consocio, y expuestas desnudas, temblorosas y avergonzadas, a los ojos de la multitud ignorante.
Yo quisiera pensar para mí y gozar con mis alegrías, y llorar con mis dolores, adormecido en los brazos de la pereza, y no tener necesidad de divertir a nadie con la relación de mis pensamientos y mis sensaciones más secretas y escondidas.
Vamos de una eternidad de reposo pasado a otra eternidad futura por un puente, que no otra cosa es la vida: ¡A qué agitarnos en él con la ilusión de que hacemos algo agitándonos!
Yo he visto con el microscopio una gota de agua, y en ella esos insectos apenas perceptibles, cuya existencia es tan breve que en una hora viven cinco o seis generaciones, y he dicho al mirarlos moverse: —¿Si creerá ese bichejo que hace alguna cosa? Para afanarnos en el mundo, sería menester que nos pusiesen una montera que nos tapara el cielo, de modo que la comparación con su inmensidad no hiciera tan sensible nuestra pequeñez. Yo quiero ser consecuente con mi pasado y mi futuro probables, y atravesar ese puente de la vida, echado sobre dos eternidades, lo más tranquilamente posible. Yo quiero... pero quiero tantas cosas que sólo con enumerarlas podría hacer un artículo largo como de aquí a mañana, y no es éste seguramente mi propósito.
Aún me acuerdo de que en una ocasión, sentado en una eminencia, desde la que se dilataba ante mis ojos un inmenso y reposado horizonte, llena mi alma de una voluptuosidad tranquila y suave, inmóvil como las rocas que se alzaban a mi alrededor y de las cuales creía yo ser una, una [roca] que pensaba y sentía como yo creo que sentirán y acaso pensarán todas las cosas de la tierra, comprendí de tal modo el placer de la quietud y la inmovilidad perpetua, la suprema pereza tal y tan acabada como la soñamos los perezosos, que resolví escribirle una oda y cantar sus placeres, desconocidos de la inquieta multitud.
Ya estaba decidido; pero al ir a moverme para hacerlo, pensé, y pensé muy bien, que el mejor himno a la pereza es el que no se ha escrito ni se escribirá nunca. El hombre capaz de intentarlo se pondría en contradicción con sus ideas. Y no lo escribí. En este instante me acuerdo de lo que pensé ese día: pensaba extenderme en elogio de la pereza, a fin de hacer prosélitos para su religión. ¿Pero cómo he de convencer con la palabra, si la desvirtúo con el ejemplo? ¿Cómo ensalzar la pereza trabajando? Imposible.
La mejor prueba de mi firmeza en las creencias que profeso es poner aquí punto y acostarme. ¡Lástima que no escriba esto sentado ya en la cama! ¡No tendría más que recostar la cabeza, abrir la mano y dejar caer la pluma!


PÁGINA 14 – CUENTO

EDUARDO BORAWSKI CHANE
(Mar del Plata-Buenos Aires-Argentina)

EL CALLEJÓN

El tren se detuvo porque así estaba previsto en el diagrama. Pero fue por breves instantes: nadie descendía allí desde hacía años. De modo que esa molestia, que suponía para el maquinista una preocupación, también constituía una pérdida de tiempo que atentaba contra los horarios establecidos. El lugar estaba entre dos estaciones de cierta importancia, distantes entre sí. Para el caso de que alguien deseara subir, había que colocarse en las proximidades del entablonado, y agitar un pañuelo repetidas veces al aproximarse el convoy. Si, como en este caso, algún pasajero quisiera descender, había que hacérselo saber con la debida anticipación al guarda del tren. “El Callejón” era la denominación popular del lugar, a falta de un nombre oficial.

El hombre bajó del tren llevando consigo una pequeña valija. No había aún alcanzado a apoyarla en el piso del maderamen que hacía las veces de apeadero más que precario, pero fue suficiente para que el silbato del guarda autorizara de inmediato la reanudación de la marcha. Un instante después, hombre y maleta quedaron solos en el lugar. Miró cómo se alejaba el convoy, y frente a él vio por primera vez un cartel: “El Callejón”. Se acercó: una flecha tallada en la madera señalaba la ubicación del poblado, lo cual le hizo suspirar por la nacida esperanza de quebrar la soledad reinante. Pero además señalaba la distancia, y eso, por el esfuerzo que suponía, hacía trizas la felicidad alcanzada.

Eran dos kilómetros de soledad, de un tiempo que se hubiera deseado inclemente para condecir con el esfuerzo del traslado en un camino que descendía de manera pronunciada. Entre el apeadero que había quedado atrás y la población que se intentaba alcanzar, no habían espacios con formaciones intermedias: eran la realidad de la nada y la esperanza del todo. El pueblo aparecía a su vista: comenzaba y terminaba con casas de diseños similares que, en su conjunto formaban un rectángulo.

Cansado por fin el hombre, más por la inclinación del terreno que por la distancia recorrida y el peso de su valija, arribó a la primera hilera de casas. Le llamó la atención la poca cantidad de personas por las calles y la falta de vehículos circulando. También las dimensiones del poblado. El Callejón no debería tener más de quince cuadras de frente por ocho de fondo. Sin plazas ni avenidas. Sin carteles. Sin postes. Sin antenas. “Vaya carencia”, se dijo. Luego observó que las casas, que no se elevaban más que para cobijar a una sola planta, tenían sótanos desde los cuales se podía atisbar el exterior merced a ventanas que nacían a partir del piso.

Su deseo era estar allí uno o dos días. Lo suficiente como para poder terminar, sin molestas interrupciones, un capítulo más de su novela. Había considerado, después de ver el recorrido de la línea ferroviaria, que El Callejón era lo que más le convenía para su propósito, teniendo en consideración la altura de la trama del trabajo que estaba emprendiendo. Luego pensaba volver al apeadero, continuar su viaje hacia el oeste y allí sí, alojarse, a partir de la fecha prevista, en un departamento que había alquilado desde su domicilio en la capital de la provincia. Pero ya era hora de deshacerse de la carga de su valija, tomar un baño y una cerveza, pasear un poco por el poblado y darse por fin a la tarea de caer rendido por mérito propio.

En una casa, tan igual a las que hasta ese momento había visto, la mención “Alojamiento” actuó de freno. Se acercó y leyó junto a la aldaba: “Atención: 8 a 12 y 16 a 20. No molestar fuera de horario. El equipaje puede dejarse junto a la puerta: aquí nadie quiere lo ajeno.” Sonrió: “Vaya muestra de mal gusto a la hora de expresarse. Pues si no quieren aquí lo ajeno, ¿a quienes esperan albergar?” Pero eran las dos y media de la tarde. Así que acercó lo más que pudo la maleta junto a la puerta y allí la depositó con cierto dejo de duda respecto a la veracidad del lema, pero con el alivio de desprenderse por un rato del peso que se agigantaba a cada instante.

Empezó a caminar. Bajo un cielo despejado y un clima agradable, libre ya de la carga, intentó disfrutar de una caminata por El Callejón. Tenía la idea de que esos pueblos contienen, dentro de sí, un espíritu que los caracteriza y cuyo reconocimiento da sentido al alma de todo viajero. Anduvo por una cuadra, luego por otra y en todas el mismo espectáculo: casas bajas, sótanos habitados, gente mirando en ocasiones a través de las ventanas tratando de no ser vistos, aunque sin lograrlo. “Son tímidos”, se dijo. Creía que lo introvertido o lo remiso eran consecuencia de la falta de trato habitual con extraños. Se preguntó de qué vivirían. No se respondió. Sólo imaginó la prestación de algunos servicios.

Traspuesta la mitad del pueblo, la calle que lo dividía y por la que transitaba se iba angostando. Él caminaba sobre el pavimento. Prefería eso a que algunos habitantes lo vieran pasar desde las ventanas del subsuelo que no se alzaban más de unos ochenta centímetros de la vereda. ”Además”, ironizó, “por la falta de autos circulando, estoy tan seguro andando acá como lo estaría en la vereda.”
¡Qué maravilla! La calle constituía una perspectiva casi perfecta, de no mediar el giro que, a unos trescientos metros, se advertía hacia la derecha. Luego se iba angostando, en tanto las casas y las veredas, de una y otra mano, avanzaban sobre la zona que antes ocupaba el lugar destinado a los vehículos. Le resultó curioso el detalle (“Pactado seguramente por todos los vecinos del lugar”, se dijo) consistente en una línea roja y continua que atravesaba las casas, las rejas y las puertas a más o menos un metro y medio de la acera. Era como una bufanda interminable, justo a la altura de la garganta de todos los que transitaban.

Sin pájaros, sin otras flores que las de los grandes girasoles plantados por doquier, sin árboles en las calles. Se preguntó dónde estarían la escuela, la iglesia, la delegación municipal y los comercios. Con seguridad no se ubicaban en la zona por la que avanzaba. La calle, siempre en bajada, seguía angostándose e inclinándose hacia la diestra del viandante, en tanto la línea roja perseveraba en su innecesario intento de abrigar el cuello en la tarde templada. “La siesta pueblerina”, fue el pensamiento que obturó la sensación de ahogo por la imagen de las líneas que se cerraban a escasos metros del paisaje desolado. Calles limpias, veredas impecables… salvo el detalle, en algunas, que revelaba el discurrir de alguno que otro perro vagabundo marcando territorio.

Cruzó la última calle, aquella que lo separaba unos cien metros de la casa de la vereda de la izquierda, que ya se veía de frente. El lugar sólo hubiera permitido allí, el paso de una motocicleta, tal vez de un auto pequeño. Ahora las líneas de color rojo se unían armoniosamente. Pensó que faltaba un moño para coronar el detalle tan original como absurdo. La pendiente se hacía mayor a medida que avanzaba. Por un instante pensó en volver sobre sus pasos y aguardar, en las cercanías de la pensión, la hora de apertura del establecimiento. Venció la curiosidad. “Esta debe ser la singularidad del poblado. Llegarse hasta El Callejón sin ver esto...“ Allí se dio cuenta de que no tenía otra razón para avanzar, que ese afán por saber, por ver algo más. Imaginó acercarse al extremo de la curva tal como la veía, y apoyándose en la pared de la última casa de la derecha, inclinarse y mirar lo que seguía, como en una especie de travesura infantil. Le causó gracia y avanzó por el medio de la calle que continuaba angostándose.

Empezó a caminar más despacio cuando notó que por las ventanas de los sótanos, las caras de las gentes se advertían con ojos más curiosos. Sensación visual engañosa, se dijo. Pero inmediatamente se corrigió cuando creyó escuchar pasos a sus espaldas que intentaban pasar desapercibidos. Deseó que esas sensaciones no fueran a constituir un obstáculo a la hora de proseguir con los escritos que estaba promediando.

A veinte metros de la esquina un perro apareció corriendo y aullando desde el lugar por el cual el hombre aún no había pasado, y se perdió de vista. El viajero se sobresaltó, pero la sensación fue un acicate para su curiosidad. Quería caminar más de prisa, pero algo le decía que la celeridad iría en detrimento de la seguridad del avance.

Tres pasos lo separaban de la ochava de la vereda derecha. Los dio contándolos, deseando, por primera vez, que la cuenta fuera descendente. Pero lo único descendente eran la calle y los frentes de las casas con la línea roja. Miró hacia atrás: vio un grupo de personas que al, notar su movimiento, desviaron las miradas hasta ese momento fijas en él. Se sobresaltó. Volver le producía temor. Le restaba avanzar.

Pero, ¿qué pasaba en esa tarde, de cielo claro, sin nubes, sin pájaros, sin las señales que caracterizan una ciudad? Calles sin nombre, sin árboles, casas sin numeración, carentes de una arquitectura que rompiera la uniformidad enfermante de esas viviendas de un solo piso. Viviendas con un sótano que parecía evidenciar una fuerza superior que las hubiera hundido en la tierra impidiéndoles crecer, por razones ignoradas. “Casas-niños, de aldeas-madres posesivas”, se le ocurrió. Y de inmediato: “Dislates de escritor”.

Llegó a la esquina de la abrupta inclinación. Ese era el único detalle que quebraba la monotonía. Y la calle que se convertía en callejón para desaparecer al unirse las aceras. Y las líneas rojas que a cien metros se unían en una casa que ocupaba tanto la vereda de la derecha como la de la izquierda: una triangulación externa y absurda. La inclinación era tal que el hombre, que quería avanzar lentamente se veía obligado a hacerlo de modo precipitado. No tenía tiempo para ocuparse de otra cosa que de detener la marcha forzada, pues si lo hubiera tenido, habría podido ver a una multitud que, a cien metros, miraba la escena con una sonrisa tiñendo de morbosa satisfacción el espectáculo que se les brindaba. Alguien arrojó violentamente contra el viajero, la maleta que había dejado momentos antes.

Las veredas seguían acercándose, ahora no ya por efecto del diseño urbanístico sino porque las casas de un lado y otro, como dentadura gigantesca que reacciona ante un bocado, se fundían entre sí, persistiendo en su descenso, y arrastrando tras de ellas al resto de las viviendas y de todo lo que encontraban, en un viaje hacia el centro de la nada.

Lo último en desaparecer fue el cartel que cada diez años se podía ver en el paradero.-


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

EDUARDO CORTESE
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

NOCTURNANDO

Me pega tan pero tan fuerte la noche
que derrota mi sombra
entre escombros de nombres
y caricias perdidas,
entre el no resuelto resultado
de asuntos que se asustan
al costado del vientre
al costado del alma…

¿Quién es el que habla en esta noche?
¿Será el mísero cuerpo
o la estilizada alma que se apropia
de las fugaces estrellas que refulgen
y se quedan, al final,
quietas como momias,
sin más sentido que
ni si quiera son esperanza?

¡Brillo! ¡Es el que toca adentro!
¡El que es lujuria!
¡Y también ternura!
El que es osadía y pesadumbres
en medio del estilo a nada
al que estoy acostumbrado.

Me pega tanto la noche
que partiría mis venas al silencio,
al silencio encantado
de decirte que te amo,
al silencio de sangre
de tu piel y mi cuerpo.
…y miro el cielo
una luna a mitad
un ojo guiña…
…ya no estoy para guiños
¡traslucirme en el cielo quiero!

¡No habrá más penas
ni olvidos!
¡No habrá más olvidos
ni penas!

Me pega tanto
pero tanto tanto la noche
que no recuerdo mi nombre
y el viento me susurra tus latidos,
entre sangre
que no es mía
y que no era para mí.



HUGO MORALES SOLÁ
(Tucumán-Argentina)

TENTACIONES

Pájaros de la lluvia
te sumergen en el jardín
de dónde vienes.
La lluvia moja los recuerdos,
tu, vuelas con las alas de la creación
y la sangre hilvana tus instintos
al árbol prohibido.
Y me atraes,
y me tientas.
Me seduces
y me perturbas.
Sabes que en tu cuerpo
se estrangula mi deseo,
que tus abrazos erizan
la piel del tiempo.
Como el mar insomne,
que sólo se adormece
en el pecho de la luna,
tus besos llegan de noche.
Y me buscan.
Me llevan y me traen
en el oleaje de tus labios
que se abren y se cierran,
que me aspiran y me tragan.
Vienes del primer día,
como una Eva sin Edén
y no puedo resistir
la marea nocturna de tu presencia.

PERMANENCIA

Cimbrea todavía tu partida
en la memoria de los días blancos.
Allí se abrió un océano inabarcable.
Los años fueron llenándolo
de corrientes sigilosas
que me asediaban desde adentro.
Sentía tus palabras calladas
y esperaba el regreso todas las noches.
Me convertí en el predicador de tu presencia.
Podía verte volver caminando tranquilo,
contando tus pasos violáceos,
resucitando hacia la dicha,
Volverías tornasolado de nostalgias,
silbando la melancolía de un acordeón lejano.
Yo quería ser un arroyo diminuto
que fluyera hacia tu cauce correntoso.
Pero ya eras un río quieto, seco de tiempo.
Tu piel de escarcha me dejó
esta interminable soledad de espinas.
Te esperaba sonámbulo y desconsolado,
mientras una hebra de sangre fría
sellaba aquella atroz despedida.
La llovizna de los años te mojó de olvido,
te tragó con su garganta de tiempo.
Ya no puedo verte desde aquellos ojos blancos.
Tan lejanos, tan pequeños.
Ya no quiero verte.
Ahora me miro y te veo.
Ahora, soy tu río.


PÁGINA 16 – ENSAYO

ERICA GONZALEZ
(Viedma-Chubut-Argentina)

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE SUJETO EN PSICOANÁLISIS

Para aproximarnos al tema, voy a retomar una de las enseñanzas de Freud, quien se empeñaba en sostener que “en el niño está la clave” y desde allí, invitarlos (nos) a pensar ¿qué es un niño?
Uno de los autores que más se ha ocupado del tema, Donald Winnicott, problematizó tal evidencia a partir de una paradoja: “los bebés no existen”. Suena extraño, pero en algún sentido Winnicott tiene razón, el bebé humano por sí solo y como tal, no existe.
Esta afirmación exige que nos preguntemos si humano se nace, o se hace.
El cachorro humano, aún no del todo humano, aparece en un estado de indefensión que librado a su suerte pronto moriría. A diferencia del animal, que tiene el plan instintivo incorporado, debe aprenderlo todo. Humanizar, entonces, es lo que nosotros llamamos educar en sentido amplio. El niño, tal como lo entendemos, no viene dado por su condición biológica. Para que un niño advenga, “exista” en términos de Winnicott, es necesario un adulto advertido de su estado de indefensión y con algún deseo respecto de ese “pedazo de carne”, como gustaba llamarlo Lacan provocativamente. Algún deseo de hacer de ese “algo”, alguien.
Obviamente esto variará en cada caso, según los vaivenes del deseo de ese Otro. Deseo que necesariamente se escribe con palabras, es del orden discursivo para el humano. Entonces, el niño como “lugar” que abre el adulto desde algún deseo, nombra un “lugar en el discurso” y esto afecta y va más allá de cualquier cronología evolutiva.
“Su majestad el Bebé”, como diría Freud, ocupa un saber de algo que opera aún antes de nacer, y signa al niño como “presencia corpórea de una historia que le es previa; destino que cifra en cada pareja humana, el lugar que ocuparán los niños, siempre nacidos para algo” (Isidoro Gurman).
Lacan destacó en su obra a lo simbólico como poder y principio organizador, entendiendo esto como el conjunto de redes sociales, culturales y lingüísticas en las que nace un niño. Son redes anteriores a él, lo preexisten, por lo que el lenguaje está presente, antes de que el niño nazca, en las estructuras sociales que operan en la familia y, desde luego, en la historia, ideales y convicciones de sus padres. Aún antes de nacer, ya se ha hablado sobre él, se le ha asignado un nombre y probablemente fantaseado un futuro.
Aunque el niño apenas pueda captar este mundo lingüístico, quedará tomado por él y esto afectará toda su existencia. Necesariamente asumirá como elementos identificatorios los significantes del habla de sus padres. La madre, al alzar al niño para que se vea reflejado en el espejo, le dirá quizás a quién se parece, resaltará alguna de sus cualidades físicas, pronosticará su futuro. Estas palabras pronunciadas por sus adultos, sitúan al niño en un linaje, en un universo simbólico. El niño se liga a su imagen a partir de las palabras que la van nombrando.
A esta primera operación constitutiva, Lacan la llama alienación al significante. Por su dependencia de amor, el niño debe alienarse inevitablemente a la palabra de los otros que lo nombran. Y así, sobre el organismo biológico se imprimen las palabras que escribirán el cuerpo, es decir sobre la carne se escribe con letras el cuerpo. Estas primeras marcas, a las que llamamos S1 (significante 1) son de carácter inconsciente pero en gran medida nos determinan como sujetos.
Luego, en el tránsito edípico, que es la estructura en la que nos constituimos, es necesario que se instale otro significante (S2 o Significante del nombre del padre) el cual permitirá la operación de separación, y a la manera de la metáfora dará lugar a un sujeto original, producto de la combinación del S1 y S2.
Podríamos decir, entonces, que un sujeto es lo que se produce metafóricamente entre el deseo de la madre y el significante del nombre del padre.


PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

SERGIO BORAO LLOP
(Zaragoza-España)

Libro: DESDE LAS PROFUNDIDADES
Autora: RUTH ANA LÓPEZ CALDERÓN
Género: Poesía
Editorial: BLACK DIAMOND EDITIONS

A diferencia de todos –o casi todos- los poetas (verdaderos o falsos) que infinitamente pueblan  las vastísimas y abigarradas avenidas de  Internet, Ruth Ana ha  leído poco.
Hay quien juzgaría inadmisible este detalle. Por el contrario, esa ausencia de lecturas es un valor añadido en el presente caso. Quienes leemos, tendemos a imitar –consciente o  inconscientemente-  a  aquellos  autores  que  nos  gustan.  Esto  viene  a  llamarse influencia. ¿No es más complicado –y por lo tanto más meritorio- andar ese camino sin tal influencia, sin espejos donde mirarse?
Otro detalle diferencial: Quienes leemos -y lo hemos venido haciendo desde la niñez o la adolescencia- llega un momento  -¡y es algo tan natural!- en que inevitablemente nos ponemos a escribir.  En el caso  de Ruth Ana López Calderón  simplemente  hubo  un momento en que ella  sintió  la necesidad de expresar “algo” y eligió  la palabra para hacerlo, del mismo modo que, en otras circunstancias, podría haber elegido la pintura u otra disciplina. 
Por eso sus poemas a veces parecen imperfectos. En efecto: Lo son. No existen poemas perfectos. Un poema es la pregunta vagamente formulada para la que no existe una respuesta que no sea igualmente vaga. Cuando leemos los poemas que componen este libro, tenemos  la  sensación de  comprenderlos  sólo a medias o no  comprenderlos en absoluto. Nuestro intelecto busca ahí donde no puede hallar nada, porque, como muy bien indica el título de este libro, Ruth Ana escribe desde las profundidades, desde las entrañas, y por ello, sólo leyendo en igualdad de condiciones, es decir, a través de esa parte de nosotros  que no puede  controlar  el yo  consciente, podremos asomarnos al sentido último de sus versos.
No  esperen  encontrar  un  lenguaje  erudito.  No  hallarán  aquí  la  fina  ironía  de un Quevedo ni  la métrica impecable (e implacable) de un Borges. Esto es sencilla,  llana, inexplicablemente, poesía. Poesía proveniente de las profundidades del ser. 



INÉS LEGARRETA
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

Libro: EL CAMINO DE LOS VIAJEROS
Autora: IRMA VEROLÍN
Género: Novela
Editorial: UNL (Universidad Nacional del Litoral)

Hay una mujer que viaja – viajaba – y otra –la misma – que la recuerda y no se reconoce en ella. Y están las cartas que escribió la mujer que viajaba cuando permanecía quieta, en una casa precaria de una aldea de Misiones, sentada de espaldas al monte, con una o más botellas de alcohol a mano para que la escritura apareciera y pareciera convincente, con garra y fuerza, no de principiante.
Hay también un hombre – médico de frontera – que extiende una y otra vez un mapa y marca con la mano el itinerario del recorrido de un viaje frenético que emprenderá junto a la mujer que ha llegado al monte, no se sabe si por un impulso o porque el médico realmente quiso que lo  acompañara en la soledad. De él la mujer dirá que su voz no era dulce ni tampoco firme, una voz que iba perdiendo consistencia aún cuando hablara de los viajes futuros. La enfermedad, la pobreza, el aislamiento, la resignación y el fatalismo son elementos constitutivos de lo que los rodea y también acicates que los impulsan a salir, recorrer cientos y cientos de kilómetros, consumir territorio, ciudades, rutas.
Hay un personaje literario: Sartre; y un tema: el papel que representó durante la ocupación de Francia por los alemanes durante la segunda guerra mundial. Esto dará pie a interminables discusiones entre la mujer y el médico y posibilitará que hablen entre ellos aunque siempre mantengan – ad infinitum - lo mismo. En medio de la selva misionera, rodeados de gente de escasa o ninguna educación que profesan creencias ancestrales (como la existencia de las entidades que habitan monte adentro), una discusión teórico-política, trasladada de la urbe, servirá para anular el silencio.
Hay un mapa, -marcado, doblado, cuidado- , que será extendido infinidad de veces sobre la mesa, el territorio de unión de dos personas que siempre huyen aunque no lo sepan o lo nieguen. Siempre a un viaje sigue otro y, al tiempo, otro, para volver finalmente a la frontera; ese lugar abarcador, que se nombra como monte, en donde todo sucede, ha sucedido, sucederá en una especie de eterno presente. Por esto y por lo anteriormente dicho el lector tiene la impresión de que los protagonistas se acomodan mejor en el universo de Camus aunque discutan sobre Sartre.
Está el monte. Omnipresente. Una frontera viva, ominosa,- llena de gritos y animales peligrosos-, que se traga todo y hay que detener a golpe de machete. Entonces una época de la historia argentina se hace presente de manera sesgada, pero inequívoca. Y los milicos con su carga de violencia casi natural.
Hay fantasmas. Muchos y distintos. Y una historia que se va componiendo desde el recuerdo de quien ya no es ni quiere ser la que fue. Y por lo mismo duda sobre lo que escribió y escribe. De manera que al dudar sobre sí misma toda la narración puede ponerse entre signos de interrogación para entrar en terreno difuso, ambiguo;  se imponen entonces variaciones entre realidad y ficción, memoria y desmemoria, lengua y habla; o sea, desde la primera línea del primer capítulo entramos de lleno en terreno puramente literario. Pues esto – indagación literaria -  y no otra cosa es la construcción de esta excelente y desgarrada novela de Irma Verolín, cuya singularidad se da no sólo en el tema sino- y sobre todo – en el tratamiento de la misma.
Los capítulos no decaen en intensidad, en el rigor de los cuestionamientos, en el exquisito uso del lenguaje y en la profundidad de las reflexiones – vitales, existenciales – que se disparan desde los mínimos y cotidianos quehaceres, tales como pasar el trapo sobre los muebles, doblar o desdoblar un mapa o los traqueteos de una valija destartalada. Ideas, deseos, identidades, búsquedas, insatisfacciones, todo resuena y produce eco en la sombra oscura de la frontera aunque ésta se haya corrido – por el acontecer de los protagonistas – al centro del país.
En definitiva, una excelente novela cuyo ritmo, brillo y profundidad no son comunes en la narrativa argentina. Como tampoco lo es el original estilo de Irma Verolín, su autora.



TERESA LEONARDI
(Salta-Argentina)

Libro: EL OJO ASTILLADO
Autor: HUGO FRANCISCO RIVELLA
Género: Poesía
Editorial: ALCIÓN EDITORA

POÉTICA VITAL Y COMPROMETIDA

En este nuevo poemario “Ojo astillado”, de Hugo Rivella, reafirma una vez más su oficio de poeta, abonado por una prolífica producción y premios nacionales e internacionales que lo han situado en un sitio relevante en nuestra literatura.

Su obra está centrada fundamentalmente en lo histórico-social. Es el mundo del aquí y del ahora, el drama de los marginados, el genocidio argentino, la devastación del planeta, las infancias robadas, la miseria moral imperante en el capitalismo, son temas de los que su escritura ha dado testimonio con coraje y belleza.

Decían los surrealistas caracterizando al poeta que éste era “solitaire- solidaire” (solitario- solidario). Este aparente oximoron da cuenta de esa particular mirada que opera desde la individualidad y su dialéctica permanente con la alteridad.

En este libro encontramos una apasionada reflexión sobre la palabra. El poeta, minero que cava en los socavones de lo real para extraer verdades, tiene como herramientas las voces del presente, las voces que heredó del pasado y las voces que le hacen señas desde el porvenir alternativo. La lengua poética no es un territorio fácil de conquistar. Quien escribe sabe que manipula esquirlas, equívocos, escorzos, trampas, espejismos, protegidos en una fortaleza donde sólo penetra quien arriesga su tranquilidad y da batalla para robarse parte de ese botín fabuloso que es el mundo de las palabras.

En la obra de Rivella la palabra es combustión y liberación, ventana a lo que vendrá y urna memoriosa que atesora lo que fue y espada flamígera que corta el nudo ciego que el odio inventa para ahogar la vida.

En sociedades líquidas como las de nuestro tiempo sostener un discurso lírico sobre el amor ha devenido en gesto subversivo. Barthes en “Fragmentos de un discurso amoroso” muestra como eso pasó a ser un tema tabú a los ojos de la banalidad contemporánea. La censura ya no recae sobre el sexo sino sobre lo intratable, el indomesticable, el supremo transgresor, el amor.

Rivella, poeta erótico convoca y evoca a la pasión en diferentes textos que tornan resplandeciente esa danza en torno al arca, ese encuentro numinoso, ese contacto con lo central, lo axial.

Es fiel a esa ética-estética vallejiana que afirmaba que el fin de la poesía es conmover. También Kafka sostiene esta consigna: “si el libro que leemos no nos despierta como un puño que nos golpeara en el cráneo, ¿para qué lo leemos? Lo que debemos tener son esos libros que se precipitan sobre nosotros como la mala suerte y que nos perturban profundamente como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”.

De esta estirpe de libros es “Ojo astillado” de este excelente poeta nuestro Hugo Rivella.


PÁGINA 18 – CUENTO

GRACIELA MARÍA CASARTELLI
(Córdoba-Argentina)

EL UNIFORME BLANCO

Los pliegues del uniforme blanco, olían a apresto nuevo como todos los lunes y las dos preadolescentes, que siempre andaban juntas de un lado para otro, cruzaban presurosas el parque que distaba para ingresar al establecimiento escolar.

Estaban atravesando ese ciclo, donde el sexo opuesto atrae en forma fatídica. Con tal fuerza,  que llegamos a negarlo hasta la tragedia y  nos enojamos si alguien lo insinúa; como si se tratara  de un agravio por panegírico indecoroso. Pero, a la vez,  tironea con pujanza sarcástica hacia su flama, laureado de una diadema de fantasía, tan imprecisa como inalcanzable.

Las niñas solían caminar tomadas de las manos y sus semblantes y miradas se encontraban en una vibración similar. Igualmente se conjugaban  sus ideas en extraña coincidencia. Esto más la atraía,  y a la vez provocaba que se idealizaran la una en la otra.

No faltaron las cartas de romántica expresión entre ambas, donde compartían sentimientos y la soledad de los seres diferentes al común de sus compañeros de grupo; al tiempo que se imaginaban juntas, viajando, soñando, en bosques de duendes encantados, donde se entregaban en un idílico mundo; que jamás pensaron llegaría a concretarse en la realidad definida.

Pero, al mismo tiempo y sin que se dieran cuenta,  permanecían rodeadas de espías prejuiciosos que estaban en la caza de insurgentes. Temerarios guardadores de las hipócritas estructuras sociales aceptadas en las caretas de la calle. Culebras del momento histórico, que se retorcían en sus propios instintos morbosos y sedientos del  desangre de los diferentes.

La más perseguida de las niñas, pronto fue sorprendida escribiendo una de esas cartas y acusada ante el imperio familiar. Debía ser descubierta y fagocitada a cualquier precio.

Allí se le fueron encima para violar su intimidad; mientras la incauta lapicera, autora material del escándalo,  le atravesaba la mano y se descuartizaba, en la lucha por preservar el secreto. Golpes despiadados sobre su cabeza, espalda, brazos y un papel que se hacía pedazos; mientras que los ansiosos demonios trataban de devorar el inocente contenido.

Desesperada, quiso acabar con su vida.

 Sin embargo,  entonces, los perversos mostraron en falso cuidado, preocupación por la supuesta seguridad terrenal de la impía.

Después, como si nada hubiera pasado, transcurrieron días, meses, años…

La desesperada, estaba oculta en una pequeña prisión, con vigilancia permanente.

Con todo, cierta noche, su alma escapó por uno de las rejillas veladas y tras un cerco, pudo contemplar a su niña amada, con el uniforme transformado, ahora, en un suntuoso atuendo blanco y enlazada con un apuesto joven.

Al volver el rostro de aquélla en impredecible coincidencia, de nuevo las miradas de las jóvenes, se hicieron una, felices; sabiendo que la despedida sería eterna y que habían vencido  en la limpidez de sus sentimientos, la impiedad de las culebras maliciosas.

 Aunque siempre me quedó la pregunta, si estos reptiles son culpables  por la  inmovilización de la presa, la autodefensa y… este caso,  el veneno: ¿Por qué era necesario usarlo?


PÁGINA 19 – POESÍA ARGENTINA

DIANA POBLET
(Viedma-Río Negro)

VII

En algún momento,
ignorar la muerte
la ceniza volcánica
la niebla de junio
lo ampollado del pie.

Encontrarte;
y sospechar el universo.

RETO MÁGICO

En estos días inciertos
apretar dientes para intentar soles
sin importar la bruma sobre las plazas
el apuro insatisfecho de las gentes
la desidia de los Diarios
la bronca transportista de sueños rotos
acaso le importe al sol del amanecer
le ocupe a la luna de esta noche
tal vez se pierdan todas las estrellas
nada es incierto en el universo
en este parpadeo del alba
donde sólo somos granos de arena transitando el infinito
con pretensión de reyes desoímos lo que murmuró el viento
lo extraviado en la queja del arroyo
la placidez que existía debajo del pinar
nada de esto se ha perdido
en estos días inciertos.

Sólo una batalla.



NORA NANI
(Córdoba-Argentina)

RITUALES DEL ALBA

Todos los días mato una flor.
No sé...
Para tener en mi mesa
algo de aroma y color, primavera en fin,
belleza que mis ojos miran
ahora
que aún es tiempo.

Ah... los rituales del alba,
las ceremonias del rocío
que empapa mis manos como lágrimas
en la leyenda de una rosa decapitada.

Soy cruel y absurda
-es cierto-
Salgo al patio y siento los ojos
que me persiguen resignados,
los ojos de las flores
preguntando
soy yo esta vez,
soy tu destino de florero,
es mi muerte el rito que pide tu alma,
soy la doncella que depositará
su virgen instancia
en el florero de tu sangre?...

Pero no me demoro en las preguntas.
Rápidamente
tomo una,
guillotino su soledad
y algo como un gran suspiro
se alza en mi jardín...

Ya aplacamos al dios -se dirán-

Ignoran que mi sangre
es más despiadada que todos los dioses.
Quiere alegría. Quiere belleza. Quiere poema.
Quiere llevar todo eso hasta el silencio
cuando el perfume
sea sólo la idolatría del recuerdo.

ENCOMIO DEL HUÉSPED

Nada de andar diciéndole obscenidades a la luz.
Por una vez que llega a casa,
tratémosla con el respeto debido al huésped.
Todo al servicio de su aliento.
Pan y vino y lecho.
Pasas navideñas con el sol en la sangre
para memorar su día de verano inacabable.
Licor de ámbar con borra de arco iris
para que no olvide los colores que la habitan.
Piel de asombro dormido
como la piel del agua espejada de aceites.
Su cuna de aromas.
Su mesa de cuchillos.
Su sed de criatura
violada en geometrías esplendentes.
Que nada le falte:
solo la sospecha o el extrañamiento.
Vamos a ponerle los pies en remojo
con pétalos de fuego.
Vamos a guardar en sótanos o alacenas
o espacios cubiertos por el moho del llanto
la ronca expresión de los contrastes.
Que no sepa que existe
porque la noche me habita los huesos.
Que no sepa
que su flor se abre cuando se cierran las miradas.
Que jamás diga
'soy el otro rostro, el estallido, la consecuencia',
pero que se crea alta e inmune,
sola y dueña de su soledad,
vestida de aire
y desnuda en la totalidad del acertijo.

Después,
más allá de estas cuatro paredes,
ponle una afrenta de sombra entre los ojos,
que se ahogue con la noche en la garganta,
que se muera con el tiempo justo
para saber por qué existe.

Y entonces sí
escupe las palabras terminales,
las de la rabia, el rencor, la impotencia, el alarido...
Todo lo que quieras decirle
por tantas veces de silencio,
cuando no eras más que tu propia pregunta
y un dolor de luz inalcanzable entre los poros.

Pero eso después.

Porque está en casa.
Y son sagrados los huéspedes
que guarda el corazón.


PÁGINA 20 – ENSAYO

JOSÉ VALLE VALDÉS
(La Habana-Cuba)

APUNTES SOBRE LA COTIDIANIDAD Y LA ESCRITURA POÉTICA

Es una realidad que desde la primera mitad del siglo XIX, por algunos poetas, comienzan a experimentarse nuevas formas, y,  ya para finales de siglo  es claro el deseo de rompimientos; violentándose la sintaxis y todo orden lógico en la escritura española. Algunos toman formas prestadas por otros idiomas, con menos adjetivaciones que nuestro español; otros van contra todo orden semántico, otros preocupan más por el ritmo, la musicalidad, despreocupados de sugerir o emular objetividades. Pero, muchos buscaron el subjetivismo en la semántica de las palabras, lo que llevaba la poesía hacia el intimismo y el inconsciente: el simbolismo, el decadentismo —que deriva hacia el romanticismo—, como corrientes en la poesía francesa, en contraposición al realismo imperante. Corrientes éstas, con repercusiones en la poesía de habla hispana. Al final, comienza la rebeldía contra los barrotes que delimitan las emociones subjetivas del poeta, cambian significantes de palabras, se crean otras, etc. Atrás quedaba la poesía del llamado “Siglo de oro”, que había trascendido en sus cánones, y marcado  toda la poesía posterior —y que aún forma basamento, o hace sentir sus tangencias—.
Pero, de una forma u otra, la poesía se imbrica con lo cotidiano —somos hombres de “épocas”; de tiempos—, y, los que no asumen la cotidianidad tienen que refugiarse en el misticismo y lo oculto, huyendo abiertamente de la realidad. Mas, aun escribiendo desde las nubes, aun con el mayor hermetismo y propuesto alejamiento, si bien logran un distanciamiento; se ven obligados al ritmo y los giros de la época. La cotidianidad nos tiene.  
Claro, ya no se puede ir a lo cotidiano, a lo real, al realismo, con las fórmulas del pasado. La realidad hay que sugerirla, recrearla; ya en ninguna de las artes, el realismo es “vulgarmente” objetivo.  El realismo no abandona la estética, dentro de él se crea otro y otras realidades; porque se desea otra realidad, y, a ese real deseo va la poesía —como ninguna otra arte—; porque, ése mundo ideal, nos significa belleza.
El gusto estético cambia por épocas o generaciones. Además, las funciones de la propia poesía se van ampliando, el mundo de la poesía se ha expandido más allá de la búsqueda de la belleza; porque, no sólo lo bello emociona o sacude los sentimientos del hombre. Todo es circunstancia y relatividad; conocemos el mal, en el conocimiento del bien; la belleza, en la repulsa por la fealdad. Entonces nos emociona el mal, porque nos duele y sabemos del bien.
Tampoco es de esperar que todo sea realismo puro —los extremos me resultan fatales—, ¡valga el hermetismo, el intimismo, el surrealismo, todo! Porque, pienso, que el poeta debe tener los pies en la tierra y la mente en la alturas.
En la poesía, como música de la palabra, el silencio cuenta. Sin silencio no hay lenguaje, no hay ritmo, no hay el debido tempo; que requiere el poema. La poesía no es discurso explicito, ni contundencias. No es obra de comunicación directa y literal, no, la poesía es sugerencia, señales con códigos, disconformidad expresada en astralidades rebeldes a la praxis, en sinapsis con los sintagmas. El “yo” se diluye, se transmuta, se esconde, se enaltece…el poeta es muchos “yo” en uno. Por el poeta habla el pundonor, la maldad, el gentil, el homicida, el suicida; no hay límites ni seguridad de integración. La persona gramatical es de su antojo, de su arbitrio. Difícil tarea del que quiera desentrañar el verdadero yo, que enuncia en un poema.
El poeta es un creador de mundos, de circunstancias, de tiempos. Y como creador no tiene límites, o no los respeta, él crea un mundo, y, como creador le impone sus leyes. Las palabras no le alcanzan, la semántica académica es pobre para expresar sus emociones, su mundo; por lo que las palabras dentro de un poema suelen asumir otros significados, a veces, no le basta la expansión de una palabra a sus objetivos; por lo que inventa otra, haciéndonos partícipes de su significado. Verbaliza sustantivos, sustantiva verbos; es transgresor consciente de idioma y realidad.
Esa denominación dada a una parte de la narrativa hispanoamericana, de lo real-maravilloso (magnificada en García Márquez y Carpentier), es abundancia en la poesía, principalmente, en nuestro continente; porque es idiosincrasia, contaminación y descendencia de la cultura pre-colombina. La poesía hispana nos llegó impuesta (o vino con nuestros antepasados; siendo herencia para sus descendencias, antes de surgir el ajiaco latinoamericano —el hombre que somos hoy; resultado de mezclas, encuentro-desencuentros, asimilaciones y choques de culturas—), pero, desde ha mucho se distanciaron las poéticas, aunque unidas por el idioma; separadas por realidades y percepciones del mundo; otra naturaleza, otro clima, otra geografía, en fin, otra flora y otra fauna; otro misticismo, en sincretismos y leyendas desarticuladas, etc. Siempre ha sido otra cotidianidad, otro todo. Lo notamos leyendo las estrofas clásicas, de los poetas destacados, de ambas riberas del Atlántico: los mismos patrones métricos y rítmicos, pero, otras voces, otras formas de decir el poema, otros cantos. Las vanguardias más radicales, la poesía social, etc. nacieron de nuestra realidad. Porque el espacio, nuestro escenario, nuestro hábitat, influencia con distinta savia, distinta vertiginosidad nos mueve, entre distintos colores y sonidos ambientales.
Es indudable que las experiencias van a la poética. El poeta crea mundos paralelos, sí, pero están contaminado  irremediablemente con el que vive y sus avatares. De ahí que la poesía, el poeta, sean referencias de su tiempo. Si bien, puede ser intemporal, su viaje al futuro, ilimitado, parte de su presente y acaecimientos vividos.
La poesía está en todo y desde todo lo que nos circunda: la tarea del poeta es encontrarla. La sensibilidad para ver dentro de lo común, la poesía, y saber transmitirlo: hace al poeta. Quizás de ahí, las cualidades que lo distinguen como tal; así como a un científico lo determina las facultades especiales para detenerse a observar los fenómenos de la naturaleza para buscarles explicación y sentido. Pero, al científico luego de la vocación, le acompañan miles de textos que le orientan cómo observar y un cúmulo de leyes, en las que apoyarse para el nuevo paso. La poesía puede estudiarse, puedes licenciarte en letras, ser filólogo; pero, nadie puede enseñarte a ser poeta. Vale muchísimo la cultura, mas, no alcanza. Incluso, puedes nacer con el talento, con el don; pero, el poeta se hace en la soledad, es oficio de aprendizaje íntimo y particularizado. También, es de mucho valer un tutor, un guía, alguien que te indique el camino; pero, el camino tienes que encontrarlo y andarlo a tiempo y dedicación. Leyendo mucho hasta llegar a comprender la poesía, hasta saber leerla; después escribir y escribir, hasta lograr el poema, hasta tener tu voz, tu forma de decir. Y, sobre el tiempo que se necesita para ello, es singular para cada aspirante a poeta. No hay receta, salvo la de sacrificarse y sudar los versos. Muchos lo intentan toda una vida, y no pasan de escribidores de ripios, a otros el poema se les revela fácil, y el esfuerzo es para “pulirse”. Se sabe de analfabetos que improvisan  poemas con suma facilidad, incluso, sobre temas impuestos; claro, no alcanzan la altura del poema escrito. Porque al talento hay que alimentarlo con sabiduría.
La inspiración, que muchos refieren como algo divino, como una iluminación o un ángel que le dicta al oído…es de mucha fantasía. Sí, es verdad, que a veces cuando menos se espera viene una idea a la mente  (corre a copiarla; porque puede que al tiempo se te olvide), y te sientas a escribir y sale el poema de un tirón…mas, salvo excepciones, luego de pasada la emoción, denotas que necesita mucho trabajo para darse por hecho.
Muchos han dicho que la poesía es oficio de vagos: no imaginan lo errado que están. La poesía es oficio que requiere de mucha dedicación, y trae ansiedad, angustias. Un poema suele no terminarse nunca, aun después de publicado, puede llamar a trabajarse a mejorarse. El poeta necesita alcanzar una gran cultura abarcadora, no puede conformarse con ser un gran conocedor del arte literario, no, tiene que saber de filosofía, de historia; la poesía está y va a todo lo objetivo y subjetivo, por lo que el que aspire a ser poeta, tiene que esforzarse por alcanzar un gran bagaje de conocimientos; para lograr invocar la poesía, donde otros no la ven, y renovarse en lo cotidiano; para lograr los nuevos giros, esa sintaxis singular , los vocablos, el léxico, que renueve su voz, en aras del logro de transmitir y ocasionar emociones, inquietudes, estremecimientos, etc, en los lectores, donde se realiza el poema.
La actualidad es de vértigos y fuertes contracorrientes: la poesía está obligada a extremar intensidades, para estar al ritmo de la vida —de lo cotidiano—.


PÁGINA 21 – CUENTO

LAURA MASSOLO
(Lomas de Zamora-Buenos Aires-Argentina)

BOCA O RIVER
A Saúl, por cuidarme tanto

Me gustaba un jugador de Boca pero no podía decirlo.
El jugador era rubio y lindo. Yo era rubia y chiquita. Y era de Boca porque mi hermano era de Boca y porque en Boca jugaba ese jugador que me gustaba.
Entonces miraba los partidos, con mi hermano, con mi tío, con los amigos del barrio. Y me ponía la camiseta de Boca porque pensaba que un día me iban a llevar a la cancha y el jugador lindo me iba a mirar y nos íbamos a enamorar y casarnos y tener hijos y todo eso. Pero nunca decía nada.

Como miraba los noventa minutos del partido, me llevaban a la cancha; pero no a la de Boca: a la del potrero. Ellos pensaban que a mí me gustaba el fútbol. Cuando faltaba un jugador, me mandaban al arco, con mi camiseta de Boca, los pantalones cortos y una gomera colgando del cuello.
No sabían que yo estaba enamorada. Era tan rubia y tan chiquita.

No sé cuánto tiempo después, a la cancha del potrero llegó un jugador nuevo. No era tan rubio, pero era muy lindo y muy alto, y le decían el gallego. Me enamoré de él y me olvidé del jugador de Boca. Porque, al final, ni me llevaban a la cancha verdadera ni podía lograr que el jugador verdadero se enamorara de mí. El gallego estaba ahí, cerca, y a veces me miraba.

El gallego era de River. Jugaba mal. Mi hermano y los amigos no lo querían y, cada vez que aparecía, le ponían mala cara. Yo no. No me importaba que me sacara del arco. Mejor, porque me pegaban muchos pelotazos y un día me quedé sin aire porque la pelota reventó en la boca de mi estómago. Se asustaron. Mamá dijo que era una barbaridad que me llevaran al potrero.

Nunca más me puse la camiseta de Boca; además, me quedaba chica y, como ya usaba corpiño, me daba vergüenza ponérmela, porque me hacía tetas de tan apretada. Me daban vergüenza las tetas.

El gallego tenía una camioneta pintada con los colores de España. Vivía a la vuelta y trabajaba en el almacén del padre. A cada rato, pasaba por la puerta de mi casa.
Un día, paró. Me dijo que tenía ganas de darme un beso. Pero se fue enseguida.
Yo casi me muero. Andaba por la casa y por el jardín a los saltos, emocionada, como loca.
Me acuerdo que se me murieron un montón de gatos y ni siquiera lloré. Los habían tirado por el cerco, en una bolsa, y al principio pensé que podía salvarlos y traté de darles de comer, pero no, no hubo caso. Eran muy chiquitos y se fueron muriendo, uno por uno. No sé si eran cinco, o seis.
No me importó que se murieran. Los iba agarrando del cuello y los tiraba otra vez a la calle, revoleándolos por el cerco, muertos, flojos. Quería estar colgada del cerco para ver si pasaba el gallego.
Mamá se reía. Decía que yo estaba loca. Que iba y le contaba que se habían muerto los gatos como si nada, que hacía un gesto con las manos indicando que capút, y se murió otro, y se fue, y listo, sin una lágrima.
Lo que pasaba es que estaba enamorada. Pero tampoco se lo podía decir a nadie.

Mi hermano se dio cuenta de que el gallego pasaba a cada rato. Mi hermano me seguía viendo rubia y chiquita. Se puso furioso. Dijo que lo iban a cagar a palos. Ese mismo día, mamá me contó que, por fin, la casa se había vendido. Nos mudábamos. Entonces me fui al almacén del gallego, toda bien vestida, sin la gomera, sin olor a gato muerto.
No hubo ninguna palabra. Él me miró y me dio un beso con la lengua entre los salamines que colgaban de un caño. Fue muy raro, muy caliente, muy feliz y muy triste, porque no pude decirle que me iba para siempre del barrio. Al día siguiente pasó de nuevo por la puerta de casa y mi hermano y los amigos lo cagaron a palos.

A veces me pregunto si los últimos días en aquella casa no fueron el equivalente a los últimos días de mi infancia. Si fuera así, los últimos días de mi infancia tuvieron un perfume muy raro y fueron tristes. Aunque ahora no puedo saber si fueron tristes por lo del gallego o por todo lo que dejábamos ahí.
No sé si me dolía que al gallego lo hubieran cagado a palos o me dolía dejar la camiseta de Boca entre los trapos que incendiaron en la mudanza o me dolía no poder atajar más la pelota o me dolía no tener la gomera colgando del cuello o me dolía no poder determinar si mis últimos días de rubia y chiquita fueron de River o de Boca.
Es toda una mezcla: gallego, beso y salamines; gatos muertos y corpiño.
Pero hay algunas cosas que ahora sé con certeza: que mi hermano me quiso siempre mucho, que las mujeres sabemos poco de fútbol, y que los jugadores más extraordinarios también envejecen. Como yo.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

SALVADOR PLIEGO
(México DF-México)

CREPITACIONES DE LA POESÍA

XV
RELÁMPAGO DE LUCES

Vendrás, como siempre,
cabalgando en el estertor del sol,
en su último rayo de la tarde.
Me dirás que escurriste, en agua,
la asfixia de Medusa
o los tentáculos de Equidna,
mientras barrías la rabia en Hade
por las tres cabezas degolladas.

¡Qué dolor! –gritarás hasta la muerte-.
¡Que bramido ciego de coxis y de sacro!
¡Qué alumbramiento de Tifón
con la pólvora de las Gorgonas!

Y tus muslos socavarán la tierra
al relámpago de un grito.
Tu vientre soplará como Éolo,
dominando el poder del nacimiento,
mientras tus ojos desorbitarán a Hidra
salpicándola en venganza.

¡Qué dolor! –maldecirás al parto en tu vientre-.
¡Qué dolor!...
Y el primer relámpago asonará en el nuevo rostro
hasta mostrar las luces de su cuerpo.

Una vez nacido
lo levantarás en tu pecho,
y con el orgullo adherido a tus pulmones
lo clamarás como a un Dios
que engendraste en el Olimpo.

Y yo te miraré emocionado…
sonriendo… llorando… aplaudiendo…
con el niño entre tus brazos.

XVII
ESAS ALAS

Yo pienso que algún día
iremos todos a los bordes
a hilarnos esas alas
en las cimas de los hombros.
Bajaremos a la tierra
con liras diminutas.
Y en un jardín naciente
se las prestaremos a las aves
para que remonten a los cielos
esos ángeles caídos,
por dormirse en los versos
y bailar en entresueños.

XXI
AQUÍ NACIÓ EL CORAZÓN

¡Éste es el mar!
Aquí nació el corazón entre glosas y arrozales:
sus aguas rojas, sus mieles ávidas de laxitudes,
sus barcas parecidas a bravíos colmenares,
la mancha de sus olas expulsándose hacia el aire.

Venid a su puerta de poniente,
al cañaveral blanco de la vida
en un caudal de sueños aprestados
hacia el viaje de conquistas.

Cormoranes todos:
aquí el cuerpo se derrama en viento y vuelo
a los confines inconclusos de la tierra;
aquí nos hicimos agua y nos bebimos a la noche entera.
La turbia brújula marcó su ruta
y nuestras manos, la dirección correcta.

Alzad sobre los ojos
la vestimenta azulina,
el brebaje del paisaje, 
y decidle al corazón:
¡Yo soy su navegante!



MARIBLANCA QUIÑONES DE LA OSA.
(Miami-USA)

PREMONICION

¿Sabrá   esta nave que lleva en su interior una mujer
sin marcas en los dedos y amapolas girando en sus arterias
¿sabrá cuánto  me lates de costilla a pulmón
por un irremediable laberinto
en cada recodo está tu imagen.
Esta, mi nave gris, desde donde devuelvo
pedazos de incógnitas al mar,
ese mi amigo –al que esta vez niego el voto de confianza-.
Pudiera verte como todas,
-marcadas por una algarabía-
pero no concedo espacio a la evidencia,
-llevo una punta del milagro-,
¿por qué no concebir tengas la otra
¿inventarle nueva dimensión a mis ojos,
fabricar trampas, un día diferente,
sin minutos, que no habite dentro de la semana,
donde el tiempo se ocupe de otra cosa .
-El hechizo se inventa una emboscada
cuando hay una mujer que lo pretende,
para su viaje al centro del futuro-.
Puedo arrastrarme hasta tu sitio,
aturdir los enigmas si deambulan
sobre la transparencia de mi gesto.
Todo será palabra mansa
acechando los ríos que te nutren…
El mayor homenaje para un mejor regreso,
-he de volver ¨tatuada¨
tu vientre repetido en mis caderas.


PÁGINA 23 – ENSAYO

ANGELES MASTRETTA
(Puebla-México)

LA MUJER ES UN MISTERIO

Hay una estampa que guarda el más importante archivo fotográfico de la Revolución Mexicana, por la que camina hacia cualquier batalla un grupo de revolucionarios montados a caballo. Altivos y solemnes, con sus dobles cananas cruzándoles el pecho y sus imponentes sombreros cubriéndoles la luz que les ciega los ojos y se los esconde al fotógrafo, parece como si todos llevaran una venda negra a través de la cual creen saber a dónde van.
Junto a ellos caminan sus mujeres, cargadas con canastas y trapos, parque y rebozos. Menos ensombrecidas que los hombres, marchan sin reticencia a su mismo destino: los acompañan y los llevan, los cobijan y los cargan, los apacientan y los padecen.
Muchas veces las mujeres mexicanas de hoy vemos esa foto con la piedad avergonzada de quien está en otro lado, pero muchas otras tenemos la certidumbre de ser como esas mujeres. De que seguimos caminando tras los hombres y sus ciegos proyectos con una docilidad que nos lastima y empequeñece. Sin embargo, hemos de aceptar que las cosas no son del todo iguales. Creo que con la prisa y la fiebre con que nos ha tocado participar, padecer y gozar estos cambios, ni siquiera sabemos cuánto han cambiado algunas ideas y muchos comportamientos.
Muchas de las mujeres que viven en las ciudades trabajan cada vez más fuera de sus casas, dejan de necesitar que un hombre las mantenga, se bastan a sí mismas, se entregan con pasión y con éxito a la política y al arte, a las finanzas o la medicina. Viajan, hacen el amor sin remilgos y sin pedirle permiso a nadie, se mezclan con los hombres en las cantinas a las que antes tenían prohibida la entrada, deambulan por la calle a cualquier hora de la noche sin necesidad de perro, guardián o marido que las proteja, no temen vivir solas, controlan sus embarazos, cuidan y gustan de sus cuerpos, usan la ropa y los peinado que se len antojan, piden con más fuerza que vergüenza la ayuda de sus parejas en el cuidado de los hijos, se divorcian, vuelven a enamorarse, leen y discuten con y lengua que hubiera sido el sueño dorado de sus abuelas.
Estamos viviendo de una manera que muchas de nosotras ni siquiera hubiéramos podido soñar hace veinticinco años. Comparo por ejemplo el modo en que las mujeres de mi generación cumplíamos quince años, y el modo en que los cumplen nuestras hijas.
Algunas de las mujeres jóvenes que viven en el campo también han empezado a buscarse vidas distintas de las que les depararía el yugo que nuestros campesinos tienen sobre sus mujeres, mil veces como la consecuencia feroz del yugo y la ignorancia que nuestra sociedad aún no ha podido evitarles tampoco a los hombres del campo.
Muchas de ellas son capaces de emigrar sin más compañía que su imaginación, y llegan a las ciudades con la esperanza como un fuego interno y el miedo escondido bajo los zapatos que abandonan con su primer salario. Son mujeres casi siempre muy jóvenes que están dispuestas a trabajar en cualquier sitio donde estén a salvo de la autoridad patriarcal y sus arbitrariedades. Mujeres hartas de moler el maíz y hacer las tortillas, parir los hijos hasta desgastarse y convivir con golpes y malos tratos a cambio de nada.
Mujeres que desean tan poco, que se alegran con la libertad para pasearse los domingos en la Alameda y las tardes de abril por las banquetas más cercanas a su trabajo. Mujeres que andan buscando un novio menos bruto que los del pueblo, uno que no les pegue cuando paren niña en vez de niño, que les canten una canción de Juan Gabriel y les digan mentiras por la ventana antes de violentarlas sin hablar más y hacerles un hijo a los quince años.
En muchas mujeres estas nuevas maneras de comportarse tienen detrás la reflexión y la voluntad de vivir y convivir fuera de lo que hizo famoso a México por el alarde de sus machos y la docilidad de sus hembras. Entre otras cosas porque alguna de esta fama era injusta. Yo creo que mujeres briosas y valientes han existido siempre en nuestro país, sólo que hace medio siglo parte del valor consistía más que en la rebelión en la paciencia y antes que en la libertad en el deber de cuidar a otros.
Quizá uno de los trabajos más arduos de las mujeres mexicanas ha sido la continua demanda de atención y cuidados que han ejercido sus parejas. Lo que en los últimos tiempos ha hecho a los hombres más vulnerables, porque como son bastante incapaces para manejar lo doméstico, basta con abandonarlos a su suerte cuando se portan mal. Cosa que las mujeres han empezado a hacer con menos culpa y más frecuencia.
Entre más aptas son, entre más acceso tienen a la educación y al trabajo, más libres quedan para querer o detestar a los machos que sus brazos cobijan.
Otra muestra de preponderancia masculina en la vida familiar ha sido —como en otros países, no sólo latinoamericanos sino europeos y norteamericanos— la voluntad de tratar mujeres como animales domésticos a los que puede castigarse con gritos y muchas veces con golpes. Eso también es algo que cambia en nuestro país. Cada vez es mayor el número de mujeres que denuncian las arbitrariedades en su contra y no se quedan a soportarlas como lo hicieran sus antepasadas.
Han transcurrido ochenta años desde el día en que se tomó la foto del archivo y las mujeres mexicanas aún hacen la guerra de sus hombres, aún arrastran y cuidan a sus heridos, aún mantienen a sus borrachos, atestiguan sus borracheras, escuchan sus promesas y rememoran sus mentiras. Pero ya no rigen sus vidas según el trote y la magnificencia de los hombres. Aún lloran sus infidelidades, sosiegan sus fidelidades, pero ya no los despiden y albergan sólo según el antojo de las inescrutables batallas masculinas.
Quizás es este el cambio más significativo: las mujeres actuales tienen sus propias batallas y, cada vez más, hay quienes caminan desatadas, lejos del impecable designio de un ejército formado por hombres ciegos.
Las mujeres mexicanas del fin de siglo ya no quieren ni pueden delegar su destino y sus guerras al imprevisible capricho de los señores, ya ni siquiera gastan las horas en dilucidar si padecen o no una sociedad dominada por el machismo, ellas no pierden el tiempo, porque no quieren perder su guerra audaz y apresurada, porque tienen mucho que andar, porque hace apenas poco que han atisbado la realidad del sueño dormido en la cabeza de la mujer que ilumina una vieja estampa con su cuerpo cargado de canastas y balas: para tener un hombre no es necesario seguirlo a pie y sin replicar.
Suena bien ¿verdad? Sin embargo, llevar a la práctica tal sentencia no siempre resulta fácil, agradable, feliz. Por varios motivos. Entre otros, porque las mujeres que se proponen asumir esta sentencia no fueron educadas para su nuevo destino y les pesa a veces incluso físicamente ir en su busca: se deshicieron de una carga, pero han tomado algunas más arduas, por ejemplo enfrentar todos los días la idea aún generalizada de que las mujeres deben dedicarse a atender su chiquero, a hablar de sí mismas entre sí mismas, para sí mismas, a llorar su dolor y su tormenta en el baño de sus casas, en la iglesia, en el teléfono, a tararear en silencio la canción que les invade el cuerpo como un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie.
Muchas veces esta idea aparece incluso dentro de sus adoloridas cabezas, de su colon irritado, junto con su fiera gastritis cotidiana. O, peor aún, deriva en repentinas depresiones a las que rige la culpa y el desasosiego que produce la falta de asidero en quienes supieron desde niñas que no tendrían sino asideros en la vida.
Sin ánimo de volver a hacernos las mártires, debemos aceptar cuánto pesa buscarse un destino distinto al que se previó para nosotras, litigar, ahora ya ni siquiera frontalmente, dado que los movimientos de liberación femenina han sido aplacados porque se considera que sus demandas ya fueron satisfechas, con una sociedad que todavía no sabe asumir sin hostilidad y rencores a quienes cambian.
Me preguntaba hace poco un periodista: ¿Por qué a pesar de todo lo logrado, las mujeres hacen sentir que no han conquistado la igualdad? ¿Qué falta?
Falta justamente la igualdad, le respondí. ¿Por qué si un hombre tiene un romance extraconyugal es un afortunado y una mujer en la misma circunstancia es una piruja? ¿El hombre un ser generoso al que le da el corazón para dos fiebres y la mujer una cualquiera que no respeta a su marido? ¿Por qué no nos parece aberrante un hombre de cincuenta años entre las piernas de una adolescente y nos disgusta y repele la idea de una mujer de treinta y cinco con un muchacho de veintiséis? ¿Por qué una mujer de cuarenta y cinco empieza a envejecer y un hombre de cuarenta y cinco está en la edad más interesante de su vida? ¿Por qué detrás de todo gran hombre hay una gran mujer y detrás de una gran mujer casi siempre hay un vacío provocado por el horror de los hombre a que los vean menos? ¿Por qué los esposos de las mujeres jefes de Estado no se hacen cargo de las instituciones dedicadas al cuidado de los niños? ¿Por qué a nadie se le ocurre pedirle al esposo de una funcionaria de alto nivel que se adscriba al voluntariado social? ¿Por qué las mujeres que ni se pintan ni usan zapatos de tacón son consideradas por las propias mujeres como unas viejas fodongas cuando todos los hombres andan en zapatos bajos y de cara lavada sintiéndose muy guapos? ¿Por qué se consideran cualidades masculinas la fuerza y la razón y cualidades femeninas la belleza y la intuición? ¿Por qué si un hombre puede embarazar a tres distintas mujeres por semana y una mujer sólo puede embarazarse una vez cada diez meses, los anticonceptivos están orientados en su mayoría hacia las mujeres?
Y puedo seguir: ¿por qué al hacerse de una profesión las mujeres tienen que actuar como hombres para tener éxito? ¿Por qué los pretextos femeninos —tengo la regla o mi hijo está enfermo, por ejemplo— no pueden ser usados para fallas en el trabajo, y los pretextos masculinos —estoy crudo, perdonen ustedes pero vengo de un tibio lecho, por ejemplo— son siempre aceptados con afecto y complicidad?
¿Por qué la libertad sexual a la que accedimos las mujeres ha tenido que manejarse como la libertad sexual de la que hace siglos disfrutan los hombres? ¿Por qué las mujeres nos pusimos a hacer el amor sin preguntas cuando cada vez seguía latente en nuestros cuerpos la pregunta ¿qué es esta maravilla? Y aceptamos sin más la respuesta que los hombres se dieron tiempo atrás y que a tantos desfalcos los ha conducido: "este es un misterio, ponte a hacerlo".
Sólo los poetas han querido librarse de usar esta respuesta para responder a las múltiples preguntas que los hombres responden con ella, pero los poetas, como las mujeres, no gozan todavía de mucho prestigio nacional. Prestigio tienen los misterios, no quienes se empeñan en descifrarlos. Y los misterios, como casi todo lo prestigioso, los inventaron los hombres. Con ese prestigio nos han entretenido mucho tiempo. Cuántas veces y desde cuándo nos hemos sentido halagadas al oír la sentencia patria que dice: la mujer es un misterio.
Y ¿por qué no? La virgen de Guadalupe es un misterio, la Coatlicue es un misterio, la muerte en un misterio, la mujer debe ser un misterio y las sociedades sensatas no hurgan en los misterios, sólo los mantienen perfecta y sistemáticamente sitiados como tales. La virgen de Guadalupe en la basílica, la Coatlicue en el Museo de Antropología y ¿las mujeres?
Las mujeres ya no quieren seguir a los hombres a pie y sin replicar. Bueno y vaya, parece que se nos ha dicho. Y nos hemos subido a los caballos y trabajamos el doble y hasta nos hemos puesto al frente de nuestras propias batallas.
Por todo eso, incluso hemos encontrado prestigio y reconocimiento. Sin embargo, aún no desciframos el misterio. Aún no sabemos bien a bien quiénes somos, mucho menos sabemos quiénes y cómo son las otras mujeres mexicanas.
La última tarde que pasé en México, fui a una de las apresuradas compras de zapatos que siempre doy en hacer antes de salir de viaje. Volvía de una elegante zona comercial encerrada en mi coche que olía bonito, canturreando una canción que cantaba en mi tocacintas la hermosa voz de Guadalupe Pineda.
Estaba contenta. Conmigo, con mis amores, con la idea de viajar, con la vida.
Entonces me detuvo en un semáforo el rostro espantoso de una mujer que pedía limosna mientras cargaba a un niño. Estamos acostumbrados a esos encuentros. Sin embargo, la cara que cayó sobre mí esa tarde era inolvidable de tan fea.
—Debe estar enferma— me dije—. Y no eres tú. Es ella, es otra mujer. Tú eres una mujer que vive en otra parte, eres una escritora, una testigo. No la subas a tu coche, no ensucies tu bien ganada dicha de hoy, no la cargues, déjala en la esquina con su niño moquiento y sus preguntas que tan poco tienen que ver con las tuyas. Y corre a terminar tu conferencia sobre la situación actual de las mujeres mexicanas. Corre a ver si desde tu fortuna tocas algún misterio.
Corrí. Y aquí estoy después de darle vueltas por dos horas, todavía con la certidumbre de que no he tocado el misterio.


PÁGINA 24 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

FORMAS DE PAZ INTERIOR

Después del horrible hecho de los felinos y de unos meses de reposo, Asdrúbal Fidanza fue dado de alta. Pensó que lo mejor era cambiar de pueblo. Y en dos intensos días cargó toda en un camión y alquiló casa en Santos Lugares. Allí está tranquilo, en paz consigo mismo. Hace un mes comenzó a escribir un nuevo tratado: Por qué los gatos no tienen siete vidas, con la intención de probar su tesis.



Se fueron a Valladolid a pie, desde Francia. Los niños coreutas, las voces blancas que requería Carlos V y que después siguió pidiendo Felipe II para entrar a los balcones del paraíso. Muchos murieron en la travesía. Ninguno volvió. Pero siguieron yendo durante años, urgidos por un destino incierto. Sus familias los lloraron en silencio y en silencio la historia tragó esta felonía del destino…Todo en clave de paz.



Borda flores en petit point.El bastidor es su confidente de horas y horas de silencio. Habla con las flores, les distribuye gamas y acentos. Y no piensa sino en la claridad de la luz que llega desde su ventana.  La claridad que la ilumina por dentro y para la cual no hay explosión que la perturbe.Ya se lo han asegurado: la guerra terminará pronto.

RELATOS DE DIVÁN

Solimán El Magnífico cae al suelo, atravesado por una espada de madera. El asegura que no importa, pues su papá le dijo que hubo varios Solimanes y uno fue más fiero que otro y todos conquistaron tierras. Es verdad eso, pero ya verá que en poco tiempo cambia de personaje y se tranquiliza.



Toda la vida jugó a la rayuela. Inventada por ella misma. Saltando de un corazón a otro.Para alcanzar la plenitud de un cielo que nunca existió. Hoy el psicólogo de turno le advierte que con tirar el tejo no alcanza.



Su escritura es terapéutica, le aseguro. No escriba más para usted. Veremos si les damos de leer sus cuadernos a los más desorientados.



Jorge Luis Borges juega con la larga cadena del reloj de bolsillo. Se le enreda entre los dedos, como a veces se enredan las horas. Y de pronto se abre la tapa y la sonería despierta. Entonces, sólo entonces, cierra del todo los ojos, sonríe y pide la taza .Está bien, Ricardo, tome su té y nos vemos el lunes que viene.



Las sesiones duran cincuenta minutos y en ese tiempo puede inventar dos vidas, a más de la propia. Pero él no le deja cruzar la raya. El meridiano, le dice. Y cuando insiste en transgredir el acuerdo y hacer ficción, él toma una varita de mimbre y la blande por el aire con furia.. Es el momento exacto en que pega unos grititos histéricos, cortos, agudos, y todo torna a la normalidad hasta la próxima sesión.



Ni para psicoterapia ni menos para psicoanálisis es usted. Quédese tranquila en su casa. Lave las ollas todos los días y los manteles y las toallas. Cocine para usted y para los vecinos. Limpie paredes y cielorrasos. Inicie una huerta. Cuando tenga todo en funcionamiento, verá que duerme mejor. ¡Ah, y lea a Proust!


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

ROBERTO BIANCHI
(Montevideo-Uruguay)

y sin embargo abren los jazmines

con sus ojos blancos
sus lágrimas rojas
sus brazos sin dormir
apoderados de la pared que nos encierra
muros absurdos
rígidos
bajo la piel
crecen las máscaras del miedo
tienen la cabeza turbia
acobardada de aconteceres
escalofríos marginales
todo ocurre bajo la piel
en un rincón aislado
gatos de ira
que arañan las paredes
brusquedades
crecimientos de hielo
y sin embargo abren los jazmines
con sus ojos blancos
sus lágrimas rojas
porque vamos a seguir
tan abrazados
intercambiándonos terrores
y la luz todavía
nos pronuncia

acaso la memoria
                  
por qué nosotros
las evoluciones
los climas de la sangre
amar o sentir lástima
por qué antes
después
las ataduras
arroyos en silencio
qué puede ser
que nos relegue a tantos
por qué el poder
y las intolerancias
manos de piedra
llueven torturados
y no me comprometo
con mi boca
ni mi cara alzada
ni los calcetines de mis dudas
serán menos los miedos
si se unen
o temblaremos al unísono
en pequeños triunfos
en pasitos tibios
con la inmediatez del desaliento
y el espejo empañado de esperanza
vamos
a lo mejor logramos
dar pasos encontrados
tal vez alguna acción
para cambiar la cara
entre aliento exhalado
que todavía flota
un pequeño detalle
para no olvidarnos

encuentro

ese hombre encontró
algo entre los restos
tal vez una revista
un diario
algo

ese hombre lo recoge
y lo lee
es una inmensidad
en su miseria
un elemental collar de letras
que ante sus ojos
bailan o se encuentran
o disimulan
como una novedad
el abandono



HAROLD ALVARADO TENORIO
(Colombia)

SES 518

En la quinientos dieciocho
de un hospital de Caldas
mientras leo fragmentos
de Arias Trujillo
espero la vida o la muerte.
Poco pide ya el cuerpo
y apenas celebra la luz.
Sabe que todo fue ensueño
y un inútil arrojo
haber creído en vosotras
quimeras de un siglo
de cartón y de piedra,
soberbia y celuloide.
En nosotros no hubo amanecer
ni mañana ni ayer.
Nacimos en lugar equivocado,
crecimos donde no debimos,
palmamos cuando no quisimos.
Esta fue nuestra patria y fortuna:
sangre y destierro.

WAMBA
  
En este lugar,
un desocupado Caballero Hospitalario
de la Orden de San Juan de Jerusalén
ordenó durante cuarenta años
las tibias, los fémures y las calaveras que ves.
Es la Huesera de Wamba,
un rey godo coronado
a la muerte de Recesvinto
hace 1339 años.
Nadie sabe quiénes fueron,
ni qué hicieron,
ni nos importa ahora.
Por causa de su pobreza
no tuvieron sepultura.
Sólo eso sabemos.
Recuerda, entonces, viajero
que todos somos de Wamba,
Wamba es nuestra tierra.
Wamba fue nuestro ayer
y será el mañana.

ROSTRO Y VOCES EN MANGA
  
Fuiste y volver
no fue memorable.
Menos,
el rostro de un muchacho,
amaneciendo en Manga.
No hubo maravillas
ni sabiduría ni soberbia
ni codicia ni desdicha ni engaño.
Sólo ese rostro,
bello como la misma juventud,
helado, como los tiempos que corren,
incluso en Manga,
donde la luz es más bella
y todo parece dispuesto para que seas feliz
si, la vida, te lo hubiese advertido.

La vida, quiero decir la muerte,
que incansable esperaba tras de la puerta,
repitiendo:

Si todo vale nada,
el resto vale menos.

AÑO NUEVO VIDA NUEVA
  
En San Marcel he agotado otra navidad, otro año nuevo.
He recordado entonces la helada estancia
del viejo hospital de Olías del Rey,
sus Hermanas de la Salud de Cristo
con enormes tocados de vuelo de cigüeña
y los altos mastines cancerberos de la noche.
Al salir vi la plaza inundada de cabras
con pastores que hacían fuegos para paliar el frío.
!Qué días y qué noches aquellas!
El pueblo era un campo caprino
y el fuego y los cantares alegraban las horas
de aquellas semanas de convaleciente
junto a los Miranda y José, el panadero,
hermanos de esos años de infortunio.
Dos camiones de mercado
arrojaron un día tres docenas de putas
en medio de aquel lago de cabras
saciando el hambre de los machos pastores.
La vida daba tumbos
y Madrid enfebrecía
como caldo de centollos
a punto de hervor.
Algo que no supimos, estaba por llegar.
Una fiesta, un deceso, fue el fin de una era.
Al amanecer brindamos al futuro.
España era tan pobre que éramos felices.


PÁGINA 26 – ENSAYO

PAULA BRUNO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

IV. LA HISTORIA SOCIAL DE LA CULTURA

El modelo de historia característico de la primera etapa que presentamos anteriormente, es el que se considera prototípicamente decimonónico, y es contra esta historia narrativa-política que reaccionó fervorosamente un movimiento historiográfico francés surgido en torno a 1930 y consolidado luego de la segunda guerra mundial, conocido como escuela de los Annales [14] .
Los fundadores de esta corriente historiográfica, Marc Bloch y Lucien Febvre, pretendieron dar forma a un nuevo género de historia que debía desprenderse absolutamente de las características de la historia decimonónica, es decir de la historia narrativa íntimamente vinculada a la legitimación del Estado y de los ámbitos del poder.
El movimiento de Annales se propuso derribar a tres ídolos a los que rendían culto los historiadores del siglo XIX: el “ídolo político”, el “ídolo individual” y el “ídolo cronológico”. El modelo de Historia profesional propuesto por los miembros de esta corriente se presentó prácticamente como una oposición sistemática a todos los principios de la historiografía decimonónica. Mientras que esta última ponía el acento, como hemos visto, en la historia de carácter político, la escuela de Annales enfatizaba en sus estudios lo relacionado con la esfera económica y la social. En correspondencia con esta elección, mientras que para los historiadores del siglo XIX era el objeto de preferencia el hombre célebre, en tanto político o militar, para los annalistas los sujetos de la Historia deben buscarse en las fuerzas colectivas de la sociedad. El acontecimiento era la medida temporal elegida por los historiadores profesionales del siglo diecinueve, mientras que los procesos de media y larga duración llamaron la atención de los historiadores franceses. Por último, mientras que la forma de los relatos históricos decimonónicos respondía a la descripción y a la narración cronológica de hechos, los estudios históricos realizados por los miembros de Annales están orientados y articulados en torno a problemas.
Se produjo así un desplazamiento global del frente de la investigación histórica; es indiscutible que los miembros de Annales intentaban convertir a la historia en historia teórica, si entendemos por ella a una disciplina con pretensión de “cientificidad”. Es en esta clave que debe comprenderse la reivindicación de la histoire problème. Es decir, la historia orientada según problemas, que trajo consigo la revalorización documental en forma anti-positivista.
La segunda etapa en lo que concierne a la historia de las ideas y de las imágenes que decidimos destacar está estrechamente relacionada con el surgimiento y la consolidación de esta corriente historiográfica francesa. Como hemos señalado, los fundadores de Annales bregaron por darle un giro radical a las formas vigentes de concebir la disciplina histórica desde el siglo XIX.
Esta nueva concepción historiográfica se reflejó en una apertura de la serie de posibles objetos de estudio. A los fines de concretar la ruptura con el predominio de un objeto histórico de carácter individualista y político, los miembros de las distintas generaciones del movimiento se lanzaron a rastrear nuevos objetos. El producto de esta operación son los estudios de historia global, de demografía histórica, de historia de los imaginarios, de psicología histórica y de historia serial, donde se evidencia una pluralidad de objetos teóricos tales como la muerte, la vejez, la miseria, las experiencias vitales de los diversos sujetos históricos, los intelectuales, los niños, diversas prácticas culturales (carnavales, rituales, etc.), entre otros.
Tanto la influencia de la escuela de los Annales como las relaciones establecidas entre la Historia y el resto de las disciplinas sociales a lo largo del siglo XX produjeron grandes cambios en lo que concierne a las formas de abordaje de objetos como las ideas y las imágenes.
Lo que anteriormente describimos como una historia de las ideas políticas, se convirtió, bajo la influencia de destacados historiadores franceses, en la denominada historia de las mentalidades [15] . Esta nueva forma de abordaje desplazó el foco para comenzar a reparar en los pensamientos colectivos, es decir en las representaciones compartidas por todos los hombres y las mujeres de una misma sociedad, los puntos en común, las convergencias. Se comenzó a llamar, además, la atención sobre cuestiones relacionadas con la psicología histórica y, por tanto, comenzaron a considerarse las conductas y las actitudes difundidas en los diversos grupos sociales, así como los ámbitos de lo inconsciente y de lo intencional. Por lo tanto, se comenzaron a enfocar prioritariamente las percepciones, los procesos de pensamiento cotidianos y las ideas implícitas de las representaciones colectivas [16] .
La consigna difundida por la historia de las mentalidades giraba en torno a captar el clima de ideas de una determinada época. Los fundadores de la tradición de Annales escribieron destacadas obras que pueden considerarse arquetípicas de la vertiente de histoire des mentalités. Marc Bloch ya en 1924 publicó su obra titulada Los reyes taumaturgos. Estudio sobre el carácter sobrenatural atribuido al poder de los reyes particularmente en Francia e Inglaterra, y Lucien Febvre, hacia 1952, dio a conocer su estudio clásico llamado El problema de la incredulidad en la época de Rabelais. Por otra parte, otros historiadores de generaciones posteriores de esta tradición incursionaron en el terreno de las mentalidades, entre ellos se destacan los medievalistas Jacques Le Goff –quien publicó diversos aportes acerca los imaginarios compartidos por los hombres medievales, entre los que sobresale su obra El nacimiento del purgatorio (1981)- y Georges Duby –cuya obra más difundida vinculada a la historia de las mentalidades es Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978)- [17] .
En lo que respecta a la historia de las imágenes, puede sostenerse que de una historia tradicional del arte se pasó a una historia social del arte fuertemente influenciada por las corrientes provenientes de la denominada estética de la recepción [18] . De este modo, se empezaron a considerar los elementos de los contextos de producción, circulación y consumo de las obras, se comenzó a considerar la historia de los efectos de determinada obra en la sociedad, tomando en cuenta el rol de los espectadores como personajes activos que pueden reinterpretar y resignificar una obra en función de su experiencia. Dos de las obras más difundidas dentro de esta tendencia, aunque con características distintas, son Historia Social de la Literatura y el Arte de Arnold Hauser (publicada por primera vez en 1951) y Pintura y experiencia en la Italia del siglo XV (1972) de Michael Baxandall.


PÁGINA 27 – CUENTO

LUIS ALFONSO MONASTERIOS TORRES
(Maracaibo-Zulia-Venezuela)

"HASTA QUE LA VIOLENCIA NOS SEPARE"

"Hasta que la violencia nos separe" ¿Somos violentos porque jugamos videojuegos violentos? ¿O jugamos videojuegos, porque somos violentos? Al parecer, la raza humana es violenta, autodestructiva, agresiva por naturaleza, está en nuestros genes. Construimos máquinas que destruyen, que asesinan. Contaminamos y enfermamos el planeta. Hay crímenes de odio; raciales, religiosos, de género, de inclinación sexual. Guerras militares, económicas, ideológicas, comunicacionales. Miles de personas se suicidan. Otras viven del delito. Se venden drogas, pornografía, mujeres (trata de blancas) y esclavos. Porque la esclavitud no ha desaparecido, sólo cambió de aspecto y nombre. En fin, parece que estamos condenados a la destrucción guiados por la mano firme de la violencia. Cientos, quizás miles de mujeres son asesinas por sus novios, amantes, esposos, amigos. Por aquellos que en algún momento les dijeron casi llorando, que las amaban y eran lo más importante de sus vidas, ¿se acuerdan? Se culpa a la violencia de la televisión, los videojuegos, el cine, la música. Se culpa al machismo, a la pobreza, a la ignorancia. Al alcohol, las drogas. Porque hay que culpar a alguien, siempre que no sea “yo”.
Hace unas semanas atrás, sucedió una tragedia en Venezuela, el campeón de boxeo Edwin "Inca" Valero, asesinó a su esposa Jennifer Viera de 24 años de edad y luego se suicidó en la celda donde estaba detenido, utilizando su propia ropa. El matrimonio tenía dos niños, de siete y cinco años, quienes presenciaron la escena y deberán vivir cargando con la temible pregunta: ¿por qué papi le hizo eso a mami? Es una terrible y casi irreal tragedia. Dos víctimas, encerrados en un laberinto sin respuestas, sin herramientas para salir, para poder solucionar sus diferencias. Quizás la base estructural de la personalidad, el aspecto emocional, psicológico, racional no era tan fuerte o quizás se fue resquebrajando ante tanta presión. Estaban agotados. Y dos víctimas más, dos inocentes que deberán pagar un altísimo precio el resto de sus vidas. Son cuatro las víctimas de semejante violencia.
¿Cuándo nos convertimos en eso? ¿En qué momento se acaba el amor por una mujer, que es madre de nuestros propios hijos? ¿Por qué la violencia al parecer es un rasgo que nos "une" en Venezuela? ¿No tenemos otra opción? ¿Otra respuesta? Por supuesto, los comentarios; violentos la inmensa mayoría, se multiplicaron por los reinos digitales de la web, comentarios violentos en contra de un asesinato violento ¿¿¿??? que pretendían "repudiar" la tragedia. ¿Se dan cuenta? cómo la violencia es rasgo del venezolano y venezolana. La violencia física no es la única que ejerce el hombre hacía la mujer, las llamadas "feministas" pegan el grito al cielo y arman su propia hoguera, cuando se llega al punto de no retorno. Pero se utilizan distintas formas de violencia, se perfeccionan; la mentira es una de ellas, los chismes, brollos, calumnias son una de las más despiadadas, hasta en las sagradas escrituras se condena el "hablar mal del prójimo" y sin embargo lo hacemos a cada momento y andamos como si nada y luego tenemos la cara dura de apuntar el dedo hacia otros y acusarlos de violentos, somos una sociedad de hipócritas. El robo, el fraude, el engaño, el adulterio, el odio, la adulación, la impuntualidad, la irresponsabilidad, la mediocridad, el consumismo, todas son manifestaciones violentas que agreden e irrespetan al otro, emergen de lo más obscuro de nuestras podridas entrañas y aniquilan el rostro bueno del amor y la fortaleza de la amistad, que a palabras del poeta venezolano Aquiles Nazoa, "es el invento más bello del hombre" (de: "Rezo el credo").
También existen la violencia disfrazada de algo bueno, como los chistes y el muy famoso "humor venezolano" donde dicho humor es racistas, sexista, blasfemo inclusive. Se agreden a las mujeres, monjas, sacerdotes, negros, gordos, delgados, pequeños, andinos, especiales, todo un arcoíris de excreta lanzado a todos lados, menos hacia “mí”. Otras manifestaciones violentas son los piropos y aquí más de una fémina, se molestará conmigo. Pero el piropo es una agresión sexual directa, que degrada la condición de la mujer y le coloca el precio sexual como única razón de ser de ellas. Y sin embargo se celebra. Otra de las "buenas" manifestaciones de violencia, es el admirable cuido y atención que le brinda el varón a su dama; "mi esposa no va a trabajar", "no le va a faltar nada", "todo se lo voy a dar", "todo lo que ella quiera", "¡pida por esa boquita, tan linda!" todo ese cuidado hacen de la dama, una inútil, la convierten en una necesitada del esposo, dependiente, obediente, embalsamada, esperando lo que el esposo diga y haga. Dependencia que sirve al hombre para controlarla y castigarla. No se le permite a la mujer desarrollarse por su propia cuenta, defenderse sola, tener su propio criterio y tomas de decisiones. Y a él se le considera un esposo ejemplar, "sí la quiere", "ese hombre es un ángel". ¿No han notado que a las amantes se les trata mejor que a las esposas? ¿Se les llena de regalos, besos y caricias? ¿O son ideas mías?
El machismo merece un artículo aparte dada su complejidad. El abandono del hogar por parte del "hombre" es quizás uno de los gestos violentos más peligroso, por las heridas y traumas severos y profundos que pudiera dejar entre sus víctimas. La infidelidad del "macho" y las constantes mentiras y engaños hacia la mujer, causan también graves marcas y heridas que muchas veces no son atendidas o no son visibles, desencadenando tragedias en íntimo, pequeñas, medianas o grandes que van sumándose unas a otras. Batallas que muchas veces le toca a la mujer luchar sola.
Por su lado, la mujer también genera violencia, bien sea porquede las ventanas de un auto con aire acondicionado o un autobús con sudor y calor o las ventanas todas chic, del facebook, twitter o blackberry!! ¡¡Qué fácil es culpar a todos los demás!! Tanto el hombre como la mujer generan violencia, crean su propio infierno privado. Su maldición a cuesta. Miradas quebradas. Tormentas metálicas. Deformes seres alimentándose de nosotros mismos. Soberbia, orgullo, venganza, el uno hacia el otro. De espaldas a los Dioses, ciegos ante los Maestros. Nada cambiará, hasta que se apague el televisor, la internet, los celulares y recordemos cómo se conversaba, como nos cuidábamos unos a los otros, como era su mirada, su voz. Sólo volviendo a los principios, reconstruyendo la familia, lograremos dejar atrás tanta violencia y muerte. Porque tiene que ver mucho con la estima de las personas, con su querencia, con su capacidad de ser adultos, de enfrentarse a los problemas que plantea la vida, no como problemas, sino como enseñanzas para acercarnos un poco a los Dioses. La manía del consumismo se acaba con educación, la delincuencia, el odio, la frustración también. Educación. Sensibilidad para ser un poquito más humanos. Explorar nuestro Ser y redescubrir que no todo en nosotros es negativo, que también tenemos un montón de cosas agradables, buenas, eternas, inclusive, sólo que están olvidadas entre tanto ruido que llevamos. Sólo cuando la mujer y el hombre logren establecer relaciones de corazón a corazón, la violencia, será una leyenda dolorosa. Y esa relación de corazón a corazón, ese tocarse las almas, los corazones, es un hecho de voluntad, de compromiso, de fidelidad, de amplitud, de autenticidad, de coraje, de confianza, de salud, de fortuna, de buen karma.
"Te amo tanto, que no te lo voy a decir, para que nada nos amarre". "Te amo tanto, que ahora soy un mejor hombre". "El amor hace surgir tu mejor identidad".


PÁGINA 28 – POESÍA AMERICANA

CARMEN AMATO
(Ciudad Juárez-México)

DE ACERO Y DE CRISTAL

Pasó lo peor
mi casa está de pie
y adentro yo.
Carmen Amato

1

Miro tus ojos profundos como cavilaciones,
tu cabellera, río de fuego
que el viento subleva y levanta,
En la distancia me sonríe todo tu cuerpo:
el fuerte de tus brazos,  la colmena
que en tu pecho su reliquia guardaba.
Te veo reír y entre tus labios
irradia su fulgor el sol de cáncer,
la fatalidad no tenía nombre
pero tú la nombraste
cuando aún no acababa de instalar su cárcel junio.

II

Cerradas todavía las puertas y ventanas
se trasminó en mi casa el  rumor
de las lilas;
apenas se iniciaba la edad de los racimos
y ya la sed
su sal secreta por mi piel subía.
Prendió el deseo luciérnagas
alrededor de mi cabeza,
como inquietas ideas en la mente
de una divinidad lejana
y hacia donde se abre el mar
de los sentidos fluí sin resistencia
seducida por el sueño
de querer recobrar el paraíso.

III

Este es mi pueblo
sus campos de jengibre y azucenas
crecen bajo un cielo gris- anaranjado.
Igual crecen las sombras, las horas
y las niñas.
Sus blancos muros son
la perfecta dentadura
de ese ángel que lo guarda.
Lindero adentro
la paz ha levantado su refugio.
Entre los sueños del pastor
las ovejas trabajan.

IV

Lejos del pueblo se es menos uno mismo
y más los otros
(no quiero decir que te preocupas
por los demás
sólo te contaminas de ellos).
Aquí hay una palabra que resuena
en las calles, se llama exceso.
Ve la alegría que regalan los escudos
al rostro más severo.
Aquí las cosas brillan más,
pero el aire falta.
La algarabía tiene su precio.



DANIEL MONTOLY
(Montecristi-República Dominicana)

EL SEÑOR DE LA RUEDA

Para Ted Hughes

Todo lo que entra en contacto
con la rueda de mi destino/ se destruye/

Yo fui uno de esos hombres malditos/
que/ cuando las piedras
lo veían venir/ se enterraban/
para no maldecir su existencia;

uno/ a quien el sol jamás iluminó
los pies,/ a quien la tierra
jamás dejó de rendirle
culto./ Yo soy el hombre
adonde todo empieza y termina/
amo y señor de los fantasmas;

aquel que calma su sed/
bebiendo veneno de serpientes/
o con la sangre de los demonios.

Yo fui uno de esos nacidos
bajo las grises égidas de la luna/
con los aullidos de los lobos./

Yo /el esclavo/ y el maestro
de los cuerpos./ Yo/ el eterno danzante
tercer ojo del círculo./

DE FALSA ALARMA

Vengo de acostarme con la muerte
y ella se siente satisfecha
con tantos hombres deseándola;
Hermingway, Celan
Mishima y Mayakovski
se peleaban a los puños
en sus sábanas negras. Y yo
que no alcanzo la estatura
de esos amantes, escapé
por la puerta trasera del infierno
sin hacer ruidos, sin sentir celos,
sin decir nada.

THE PICKUP- TRUCK POEM.

¿Quién dijo
que a los cowboys no les golpea el corazón
los jueves por la noche
cuando la sombra de los bares
se devora sus párpados de herradura
y hablar de los caballos
es una cita con el paleolítico?
¿Quién dijo
que a los cowboys los despierta el sol
cuando otros duermen
o que sus “pickup-trucks”
cuelgan del lado oscuro de la luna
como murciélagos?
¿Quién dijo que a los cowboys
no se les quiebra el corazón
en dos pedazos
con un solo whisky...?


PÁGINA 29 – ENSAYO

SANDRA SOLER CASTILLO
(Barcelona-España)

ESCRITURA Y PODER.
Una reflexión para el caso latinoamericano

En la actualidad leer y escribir hacen parte de las actividades diarias de la mayoría de las personas; sin embargo, no siempre fue así, durante mucho tiempo las sociedades permanecieron ágrafas y la gente de los pueblos que la desarrollaron era mayoritariamente analfabeta. La escritura, surgida por motivos políticos y administrativos, era manejada tan sólo por unos pocos, generalmente pertenecientes a las élites políticas o religiosas. Los escribas gozaban de alto estatus social y económico. Con el paso del tiempo y el contacto entre culturas, la escritura se convertiría en uno de los criterios de división y clasificación de las sociedades. Los pueblos que no la desarrollaron fueron considerados bárbaros. Aunque es importante resaltar que no se trataba de cualquier tipo de escritura; la clasificación de civilizado, incivilizado, estaba dada por el desarrollo de la escritura alfabética. Otros tipos de representación no eran tenidos en cuenta o eran valoradas como incipientes o limitados. El etnocentrismo y el logocentrismo han controlado el concepto de escritura desde su aparición. Incluso, en la actualidad es considerable el número de historiadores que se han negado a concebir las representaciones de las culturas orientales o prehispánicas como escritura.
Como lo señala Mignolo, la primera gran valoración que hicieron los misioneros españoles al llegar a América, la realizaron a partir de la posesión o no de la escritura alfabética. Lo que determinaría gran parte de nuestra historia sangrienta y cruel. La escritura entró a América como una forma de poder y exclusión y así se ha mantenido a lo largo de la historia.
Durante la colonia, los escribas se convirtieron en sujetos indispensables para la Corona, eran quienes a través de documentos escritos impedían los constantes fraudes económicos de la población. También la evangelización encontró en la escritura su gran aliada, pues ésta era la forma más adecuada para trasmitir el mensaje de Dios. Los escribas poco a poco se convirtieron en una élite en América con mayor autonomía al irse institucionalizando a partir de funciones específicas en cargos en las audiencias, la administración, los seminarios, los colegios y las universidades. La escritura adquirió tanta relevancia que se convirtió en elemento ordenador del mundo físico; normativizando la vida de la comunidad, oponiéndose a cualquier tipo de particularismo. La razón instituye el orden, pareció ser la consigna de la época. Durante la Colonia se establecieron profundas jerarquías, y entre ellas se encontraban los letrados quienes constituían una selecta minoría, y una vez en el poder no escatimaron recursos para su perpetuación, a través entre otras, de la creación temprana de universidades (1538), que propendieron por la educación superior de los letrados. Como lo señala Ángel Rama “en territorios americanos, la escritura se constituiría en una suerte de religión secundaria, por tanto pertrechada para ocupar el lugar de las religiones cuando éstas comenzaran su declinación en el XIX” (2004: 65).
Durante la independencia los letrados continuaron siendo la élite en el poder. La independencia política corrió paralela a la independencia de las letras. En este contexto la educación entró a ocupar un lugar importante de debate, la lengua y su relación con la nación se constituiría en el centro de profundos debates. Se discutió entonces en qué lengua debía escribirse, cómo debía hacerse y qué debía enseñarse. El latín dejó de ser la lengua del imperio, y el español pasó a ocupar su lugar. Otro centro de atención se orientó a las reformas ortográficas, asunto clave para el buen uso de la escritura y para lo que se denominó independencia letrada, que propendía por el alejamiento de las normas y los cánones españoles.
Sin embargo, durante esta misma época se dieron las primeras críticas al tipo de educación que se ofrecía en las escuelas. Simón Rodríguez señaló que las repúblicas no se hacían con doctores, literatos, ni escritores, sino con ciudadanos. Rodríguez propendía por una educación social, que incluyera a todo el pueblo y no sólo a unos cuantos elegidos. Sus ideas sobre la educación iban más allá de una educación alfabeta; reclamaba el establecimiento de un “arte de pensar” que fuera universal pero a la vez particular del hombre latinoamericano. Sin embargo, las reformas propuestas fracasaron. La educación continuó siendo un asunto de élite; leer y sobre todo escribir, se antepusieron a cualquier otro tipo de enseñanza, incluido el cálculo, la lógica o la oratoria.
Durante la modernización la letra se constituyó en el principal medio de ascenso social. Se crearon mitos sociales en torno a las letras como mecanismo para obtener altas posiciones sociales y respetabilidad. Se dio un proceso de regulación de la escritura implementado por el surgimiento de las primeras academias de la lengua; entre ellas la colombiana, pionera en América Latina. Para ese entonces, América estaba dominada por letrados; escritores, pensadores, lingüistas, poetas y ensayistas ocuparon altos cargos públicos, incluidas varias presidencias.
La modernización introdujo nuevos paradigmas: los aspectos culturales perdieron su ímpetu frente a los asuntos políticos y económicos que llevaron a una rígida división del trabajo que, como señala Rama, se tradujeron en diversificados planes de estudio en una universidad de corte positivista, inmersa en una sociedad con complejas demandas de conocimiento (2004: 132). Los letrados dejaron de ser aquellos individuos que sabían de todo un poco y que dominaban el mundo de las letras. Con el surgimiento y resurgimiento de nuevas y viejas disciplinas, como la sociología, la historia, la economía, el panorama cambió. Lo que originó la aparición de clases sociales emergentes que ocupaban las grandes ciudades recientemente desarrolladas por la expansión de la industria y el comercio, ampliándose así los círculos del poder.
Con las sucesivas revoluciones americanas, nuevas ideas movieron la población: dejar atrás el enriquecimiento y la concentración desmedida de capital y el universalismo de las ideas para adentrarse en nuevos ideales como la educación para todos y el nacionalismo, promovidos por los recién formados sectores emergentes que propendían por un ensanchamiento de las bases sociales. Sin embargo, la des-centralización de los letrados con la irrupción de estos nuevos intelectuales, no impidió que el poder se siguiera ejerciendo y que éstos continuaran “legislando” o imponiendo sus ideas en diversos escenarios como las casas editoriales, las universidades y los medios de comunicación.
Durante las últimas décadas, fundamentalmente a partir de la crisis petrolera de 1973, asistimos a una transformación y cambio de paradigmas en la que son las grandes transnacionales las que gobiernan el mundo. Las distancias entre “centro” y “periferia” se acrecentaron a pasos agigantados. Los países latinoamericanos son cada vez más dependientes no sólo política y económicamente, sino intelectualmente.
En la actualidad, son los organismos internacionales los que deciden qué es bueno y malo para los países “en vía de desarrollo”. Si durante, el siglo XX, la lectura y la escritura fueron de la mano de la democracia, el crecimiento económico y la armonía social, en nuestros días, son la clave para poder ingresar a los competitivos mercados mundiales, y la escuela ha sido la encargada de formar esos nuevos lectores-escritores que una vez alfabetizados adquirirán las competencias necesarias para ingresar a los mercados laborales. Se continúa presuponiendo que “saber leer y escribir es consonante con el desarrollo económico, social y político de los pueblos; inalcanzable mediante otros métodos” (Graff, 2008, citado en Kalman, 2008). De ahí que organismos internacionales como el Banco Mundial, la ONU, la OIT o la UNESCO, hayan centrado su interés en esta tarea. En las últimas décadas la educación ha sido objeto de incontables debates, foros, encuentros, congresos que han quedado registrados en sendos documentos que trazan los lineamientos que los países deben seguir. Importante resulta entonces analizar estos documentos de política educativa, para determinar qué supuestos ideológicos le subyacen, qué cualidades y funciones le atribuyen a la educación, qué señalan respecto a las composiciones sociales de los pueblos, cómo se refieren a los actores involucrados en ella: maestros, estudiantes, directivos.


PÁGINA 30 – CUENTO

JOSÉ CHALARCA
(Manizales-Colombia)

EL ENGAÑOSO FUTURO

Si hoy me preguntan qué pienso del futuro, responderé que es un vocablo vacío que se atraviesa en la existencia de los seres humanos para falsear y muchas veces echar a perder los fugaces instantes del presente real.
Con la promesa de un futuro cierto y venturoso malogramos, dejamos de disfrutar y muchas veces abortamos acciones, sucesos y cosas de nuestro presente en el esplendor de la vitalidad.
Quizá en lo único que tengan razón los apologistas del futuro es en el aprestamiento de reservas económicas que permitan atender las necesidades básicas en la edad provecta cuando, paradójicamente, y precisamente en el estadio de la vida en que se necesita más, todo se encarece: los servicios de salud, el crédito bancario, los seguros de toda índole.
Porque es precisamente cuando el destino nos pasa la cuenta por lo que hicimos, por lo que no hicimos y por las taras genéticas que nos trasmitieron nuestros progenitores de cuya existencia estábamos ayunos porque a lo mejor ellos tampoco se los columbraron.
Por causa de la idea miserable del futuro también nos perdemos el disfrute de la tierra y el mundo, generosos en dádivas maravillosas, en realidades de vida plenas y gratificantes porque solo estábamos de paso hacia un paraíso ilusorio en el que eternamente seríamos gratificados con la visión de la divinidad.
Al término de los sesenta años cuando según lo establecen las burocracias del mundo se termina nuestra vida laboral y dejamos de ser económicamente activos hemos llegado al cacareado futuro.
Nos encontramos entonces con que ese futuro para cuyo disfrute vivimos frustraciones, desvivimos minutos de magia irrepetible, abortamos sueños que nos apartaran del camino hacia él, no tiene nada de nosotros. Que es algo construido a nuestra espalda y que en gran medida es la continuación de empresas que comenzaron mucho antes de que viniéramos al mundo.
Que ese futuro que nos pintaron de colores tan vívidos y agradables, tiene en su trasfondo la angustia y el sacrificio de pueblos y naciones que se atravesaban a la ambición de los poderosos por detentar la explotación y el comercio de los combustibles fósiles, quienes no  vacilaron en bañar en sangre el Oriente Medio y decapitar la fantasía que moraba en las ciudades de Bagdad, Mosul, Karbala, Al Amarah, Lagash.
No encontramos nada de lo que nos ofrecieron sus apologistas y respondiera en mínima parte a lo que fraguó nuestra esperanza y que ese tráfago que signó nuestro anterior presente para estructurar el desarrollo que llena de orgullo e insufla confianza a las generaciones de hoy, nos trajo maniatados al más rigoroso extrañamiento.
Nos encontramos entonces frente a una soledad que no tiene parangón. Estamos solos de una soledad que además de la falta de personas en nuestro entorno inmediato, entraña el aislamiento que resulta del que no hablamos el mismo lenguaje, que los valores que orientan las conductas y los comportamientos de las gentes de ahora son muy distintos a los que condujeron nuestra existencia o que, simplemente no tienen ningunos. Solos de una soledad que impregna el ambiente porque el mundo de hoy lo pueblan multitudes de solitarios que prefieren la compañía virtual a la real y se valen del ciberespacio para decirse razones mínimas mediante aparatos de última tecnología.
Quienes llegamos de un ayer de sesenta o setenta años tenemos consistencia de sombra para los habitantes de nuestro futuro y con ellos no hay entendimiento posible porque han construido su lenguaje reduciendo a iniciales el de sus antecesores, e ignoran la historia lo que los hace sentir como los creadores indiscutibles del ahora.
Los mentores del futuro que enfrentamos se idearon un instrumento perverso que llaman deconstrucción con el que entran a saco en las acciones propuestas y logros de la cultura que viene de las fuentes greco-judías para deconstruir sus postulados y hallazgos, vaciaron de contenido nuestro lenguaje y se improvisaron otro que confunde y anula nuestro decir.
Los motivos de queja son infinitos, desafortunadamente este futuro nuestro es el presente sonreído y fantástico de los habitantes del siglo XXI y tendremos que resignarnos a sobrellevarlo mientras respiremos.


PÁGINA 31 – POESÍA AMERICANA

ARABELLA SALAVERRY
(Sabanilla-San José-Costa Rica)

FRUTAL

Nací en el trópico soy frutal sin estaciones
Me averano a pura voluntad de mis sentidos.

El cuerpo se me llena con olor a mandarina.

Presiento en cada pecho un sabor distinto:
el derecho es maracuyá
y el izquierdo
un leve recuerdo a carambola

en los brazos y sobre todo en las axilas
se me refugia un aroma a mango trasnochado.

En la curva de las nalgas queda un resabio a guanábana madura.

La papaya se me afinca en la redonda suavidad del vientre.
Por los muslos me sube presurosa la presencia indiscutida del caimito
y remata en el punto exacto de mi sexo
donde presiento que convergen todos los sabores

Pero es solo en los atardeceres de mar
con el sonido de las caracolas
donde recobro la fiesta frutal de mi presencia.

NO SÉ

No sé si a vos te pasa
No sé si aprendiste de tanto silenciarte
a dejar que tu pobre piel hablase

No sé si a vos te pasa
que la piel de pronto llore incierta en su dolor
sin saber si va o si viene
enredada en el espanto de la ausencia

No sé si a vos te pasa
que la piel se brote de puro y desnudo dolor
que te hable con palabras
que se llene de sigilosas cicatrices
llore por heridas
grite en el espanto de su pena
y te revuelque en la sinrazón
de lo sentido

No sé si a vos te pasa….

CANCIÓN DE NIÑA AFRICANA
(Después de leer una noticia sobre la ablación)

Yo tuve una corola
tuve una flor espléndida
yo tuve una anémona
que también fue fruta de la pasión

Tuve una flor de suculentos pétalos
yo tuve una sencilla mariposa
durmiendo entre los muslos

Tuve una golondrina
Yo tuve un grillo cantando
un abejorro
tuve una tórtola
soñando entre los muslos

Pero un día
Me latió un pájaro
 de desconsolado vuelo

La tradición fue navaja
de un turbulento trazo
enmudeció mi grillo
la mariposa abortó su vuelo
desapareció la fruta
la corola se anegó en mi sangre

Ahora tengo un poco de nada
muriendo entre mis muslos



DOMINGO ALFONSO
(La Habana-Cuba)

MAÑANA
“Mañana los poetas” / Enrique González Martínez

Alguna vez mi verso carente de mensaje
repetirá las cosas que supieron decir
antaño los poetas, con hermoso lenguaje;
y a todos querré hablarles, y nadie querrá oír.

Seré para las gentes como el bello paisaje
que visto un año y otro se llega a maldecir,
o como aquel viajero que regresó de un viaje
e idéntico relato, se obstina en repetir.

Los jóvenes poetas me verán con la pena
que inspiran las actrices muy viejas en escena,
y anhelaré la palma, y esperaré la flor;

y vendrá la ceniza de todos los desdenes
a recubrir de nieve el luto de mis sienes,
y el hastío, el cansancio y el eterno dolor.
1959 / De: “Esta Aventura de Vivir” / 1987


ALGUIEN CASI IDÉNTICO A MÍ,
ALGUIEN QUE NO HABRÁ LEÍDO ESTA PÁGINA
(A Jorge Luís Borges en su Centenario)

Cierta noche sin luz, en la calle Zapata,
–como metido dentro de una copa llena de oscuro vino;-
noche cuando yo esperaba a Fernando Álvarez
para juntos escuchar uno de mis boleros
nunca interpretados
Una mujer me tocó por los hombros
diciéndome:
"eres idéntico a quien fuera mi difunto esposo"
Uno de esos seres parecidos a mí
copia de mi figura, o yo mismo una réplica como varias
de las imágenes que cruzamos la Tierra con ligeras variantes:
"Alguien casi idéntico a mí, alguien que no habrá leído
esta página,"

¿Quién de los dos termina este poema,
Borges o Domingo  Alfonso?

EN MEDIO DE CALLES Y ACERAS
QUE TIZNAN EL ALMA

En medio de calles y aceras que tiznan el alma
unos seres trituran ensueños:
cenizas corriendo sobre estas aguas sucias,
(¿el llanto de muchas personas?)
escapando tal vez de sí mismas.

Ansias en tropel hacia las azoteas
empujadas por el humo y esa oscura luz
prisión de  ángeles con sus alas rotas
Atrapados en un aire donde no pueden volar.


PÁGINA 32 – SANTAFESINOS EN LA MEMORIA

ADRIANA DÍAZ CROSTA

“Escribo mientras puedo. Escribo hasta durmiendo. Escribo con los pies, con la nuca, con el sexo, con los ojos, con mis diablas enroscadas en el pecho […] Porque escribir es como soñar, creyendo que es posible alzarnos desde abajito, para decir algo convocante […] Porque la escritura no perdona. Nada tiene de santa. De bruja tiene mucho: el vuelo y el hechizo […]”

Amaba a Neruda, García Lorca, Rimbaud…
Albañila de versos, como le gustaba definirse, Adriana, luchadora obstinada, debió entregarse a las garras de la muerte apenas cumplidos sus 36 años.
Más allá de su refugio, la ciudad de Santo Tomé permitía que mayo ofreciera, sin pudores, la desnudez altiva de los fresnos.
Dejó tras de sí “Rehenes” salón de poemas ilustrados, “Los puños de la paloma” poesía, “Amor en mano y cien hombres volando” poemas de amor en edición compartida, y cientos de trabajos inéditos escritos con su letra desprolija en enormes cuadernos cuadriculados que luego serían seleccionados y reunidos por Patricia Severín y Graciela Geller en una antología editada por la UNL bajo el título de su único libro personal.

IMAGEN DEL SALADO

Hay un niño
sentado
en el catre del alba
tomando matecitos
con pava de lata.
Hay nidos vacíos
enhebrando los nudos
de su panza abultada.
Hay un niño
chupando frío
sentadito
esperando
algo más
que una esperanza.

DADME

Dadme
un pedacito de cielo
para esta Santa Fe
que arde.
Una golondrina en gotas
para el hombre de la calle.
Un aire más duro
que el duro dolor de los árboles
para borrar el luto
a la hora del ángel.
¡Ay! Quiero un pedacito de cielo
una aurora de naranjas
un olvido estremecido
por la soledad de su carne.
¡Ay tierra! Más adentro
y más arriba de las garzas iniciales
no hay llanto suficiente
que arrodille su coraje.
¡Dadme!
Dadme azahares de viento
y tambores rotos
de vinagre
donde un puente derramado
duerme en los muñones del colgante.
¡Ay!
Quiero un pedacito de cielo
bien al sur
de la mala sangre.

POEMA SIN NOMBRE

Que no me mate la desesperanza.
Que el amor me empuje leguas
me encabrite
me enduende el aire.
Y me arme de valor.
Pero en pleno combate.
Que no muera
de vejez prematura.
Si he de vivir
que sea de veras
a todo trapo
con un fuego ileso en la cabeza.
Pero ¡por Dios!
Que no me encuentre la muerte
mil veces muerta
antes de que venga.


PÁGINA 33 – CUENTO

ULISES PANIAGUA
(México DF-México)

EN LAS CATACUMBAS NO SE BAILA TANGO

La sentencia cayó sobre mí, como cae una bestia rapaz sobre la carroña para mutilarla:
-Sabes bien, te lo he recordado infinidad de veces, que la Empresa se rige bajo políticas estrictas. Para la corporación la puntualidad es un rasgo imprescindible. Tú, en cambio, llegas tarde a diario y no parece importarte; no tienes remedio. He intercedido ante el Supremo hasta donde mi cargo lo ha permitido; he sido atento, comprensivo con tu defecto. Pero no te quieres ayudar. No puedo hacer más por tu causa. Debo anunciarte, contra mi voluntad, que estás despedido.
El Jefe cerró el gigantesco libro de registros –legajo de pergaminos amarillentos, gastados- con una rabia incómoda para ambos. Las últimas inflexiones de su voz parca y amarga permanecieron en el aire durante algunos segundos, atrapadas entre la desnudez de las paredes de la oficina. La hipocresía en el discurso de El Jefe, aún cuando el propio vigilante de la Empresa me había advertido de su lengua bífida y sus enredos enfermos, me causó una náusea profunda. Sabía que él disfrutaba el momento.
La densa cortina de polvo que se adueñó de la habitación una vez que las pastas del libro chocaron entre sí, me hizo recordar la noche, el abismo. No quería regresar allí. No quería pertenecer una vez más a aquella mítica pero vergonzosa Legión de Desempleados.
Por mi mente desfiló una multitud de pensamientos sobre mi pasado, sobre mi persona, sobre las equivocaciones y los regaños injustos y malintencionados y los regaños justos y también malintencionados. Supuse que es así como los agonizantes deben ver pasar los recuerdos: jirones macilentos en un carrusel de tiempo antes de la hora buena. Llegué a pensar que él, mi otro yo, había regresado tras meses de un descanso premeditado para reclamar lo que era suyo, la silla que nunca había dejado de pertenecerle, el trono del fracaso. No hubo más remedio que contener los salvajes embates de la incertidumbre. No hubo más remedio que sobrevivir a la noticia.
El Jefe me condujo ante La Puerta, ese enorme elemento barroco e impersonal que abrió sus hojas mugiendo como un becerro. Señaló en dirección al interior. Su gesto, al indicarme la ruta, casi parecía cómico por la solemnidad con que era ejecutado. Descendí peldaño a peldaño la estrecha escalinata que conducía hacia las catacumbas, calculando metódicamente mis pasos, temeroso ante ese largo e inquieto sendero custodiado por la oscuridad. Sabía bien que a mis espaldas un Arcángel Negro, empuñando una espada afilada y terrible, me cerraría el paso ante un intento de fuga, así que cualquier tentativa de escapar estaba de antemano descartada. Débiles antorchas bosquejaban el recorrido interminable hacia los infiernos. Podía sentir el salitre adueñarse de mis huesos. Las huellas de los escalones parecían multiplicarse hasta lo infinito mientras descendía al lúgubre reino. Desde lo más profundo del macabro pozo, una loa negra destacaba algunas coplas.
Cuando bajé, el espectáculo me dejó aterrado. La Legión se arrastraba, ajena a todo pudor, sobre el piso de la gran celda enmohecida. La humedad se tragaba los sueños, y un fétido olor a podre se adueñaba de todo. Los cuerpos se hacinaban, se retorcían unos sobre otros en un tango que cualquiera hubiera confundido con una tremenda orgía. Pero en las catacumbas no se baila tango, por más triste que éste sea. En las catacumbas los cuerpos sufren; y sus estertores, sus lamentos y sus lágrimas resbalan sobre los muros sucios, sobre los rincones estrechos, hasta oxidar el acero de sus pesadas cadenas.
Yo no quería regresar con ellos. Quería ir arriba, al mundo natural, al sol y las playas y al terror en medio de una tormenta; al olor de un jazmín solitario en un parque público; a un sangriento matadero o a un anfiteatro; cualquier cosa era mejor que esto. Sin embargo, no quedaba otra alternativa que cumplir los preceptos de las potestades del Cabildo Eterno. Ausente, con los labios cosidos por la impotencia, me despojé de mis ropas con la naturalidad de la víctima que sabe cómo colocar la cabeza bajo la guillotina. El mundo es un circo barato, el show de unos monos histéricos que juegan a la oferta y la demanda para pasárselas después debajo de las pelotas, objeté.
Cuando me di cuenta, mis tobillos habían sido encadenados, y recibía el trato de un perro sarnoso. Los grilletes asfixiaban mi dignidad; de mis ojos brotaban algunas lágrimas gruesas y desoladas. Me acordé de los santos, yo, que nunca creí en ellos. Me acordé de mis padres y mis hermanas y de todas esas invenciones terribles que el ser humano se construye para darse consuelo. Ahora sólo quedaba esperar. Aguardar esta larga, fatigosa marcha de los días interminables. De mis labios nació un suspiro. Luego la queja. Luego el dolor más hiriente; los lamentos desgarrados del que nada espera. Me mezclé entre esos seres bañados en aceites de carne, bañados en castigo. Me uní al carnaval arrítmico y grotesco de los cuerpos en agonía. Desde entonces espero impaciente el fin del suplicio, la ocasión de abandonar, de nuevo y para siempre, este horrible tormento que no merezco.


PAGINA 34 – ENSAYO

LUIS HERNANDO GUERRA TOVAR
(Armero-Guayabal-Colombia)

LA RESISTENCIA POÉTICA

 “Aquí han hecho de la poesía una religión
Aún este país puede salvarse”
Hans Magnus Enzensberger

La poesía es revelación, magia, conjuro, festejo, comunión, percepción, atención, meditación, silencio, escepticismo, misterio, caída, ascesis, pero además es fortaleza, libertad, resistencia espiritual frente a las tiranías interiores y exteriores del hombre. Desde la primera edad el hombre se ha valido del canto poético como  atenuación de sus dolores, de sus búsquedas fallidas, de sus encuentros con lo desconocido, y más recientemente, ante las acometidas del Estado y de la iglesia, la palabra poética ha sentado las bases de la liberación de prácticas que constriñen el ser del hombre y de las cosas. La poesía entendida como religión, ha hecho frente a los embates del racionalismo y del dogma como medios de aprisionamiento de la conciencia individual y colectiva. La poesía como reflexión ha concursado con la filosofía en el intento de dilucidar las más profundas formulaciones existenciales del ser humano y su entorno.
La poesía como aspecto psicológico y sociológico, ha alternado con esas disciplinas en la  elaboración de conceptos del orden individual y colectivo en el estar y devenir del ser. La poesía, la más alta expresión del hombre, que no de comunicación pero sí de comunión, reúne en su esencia todo el sumo del saber, y esta certeza le confiere o mejor le exige una  postura de autoridad amorosa, firme y segura, de resistencia ante cualquier acto o tentativa en el terreno de lo conflictivo y caótico del pensamiento y accionar humanos: lugar sagrado que contempla, interioriza y resiste. ¿Qué sino resistencia espiritual han sido los diferentes istmos, el romántico, el surreal, el expresionista, el simbolista, el moderno, vanguardias  todas que  llevan implícita la consigna de liberación tras  el rostro puramente estético de sus propósitos? La filosofía,  la religión, la mística y aun la política, han sido en la historia nociones cercanas en sus intereses a la poética, en su contacto permanente con el hombre. Pero la poética ha sabido mantener  distancia que la diferencia y la pone en órbita distinta, tanto en la forma y presentación como en el contenido  de su discurso.
La poética y la política no confluyen en el interés que las anima. La primera hace del hombre un ser vital que canta e indaga su génesis en el camino hacia la trascendencia. La segunda manipula las posibilidades del hombre en el arraigo, como medio meramente utilitarista, con precisos y mundanos objetivos. Mientras la poética busca la exaltación del espíritu humano, la política en cambio ve al hombre como cifra, cuota, objeto puramente material de intereses mezquinos y egoístas. ¿Existe acaso alguna revolución política en la tierra que haya liberado al hombre del dolor y el sufrimiento, del hambre y la diferencia? ¿Cada cruenta revolución no es acaso el simple paso de un régimen opresivo y explotador a otro igual o peor?  De lo que sí estamos seguros, por ejemplo, es que obras poéticas importantes como la de Neruda, tienen su lugar pedestre en el tema político partidista, o que la mayor parte de la obra de Maiakovski y todo el realismo socialista no pasan de ser panfletarios. ¿Qué queda de tanta poesía escrita durante la revolución de Nicaragua? ¿Y de nuestro poeta vanguardista Luis Vidales, ¿qué prevalece, Suenan timbres o la Obreríada?
Podríamos decir con Calvino que la poesía es viento, nube, pájaro, y que a contrario sensu, la política es oscura roca, piedra del camino. Ahora bien, en Colombia existen ejemplos bellos de poesía comprometida como este texto de Juan Manuel Roca, Epigrama del poder: “Con coronas de nieve bajo el sol / cruzan los reyes.”  Así como este poema de Luis Aguilera: “El casco rojo del soldado / puso en la calle un sol de medianoche. / La ciudad por entonces ardía en los puñales / y el miedo se quedaba tras los pasos. / Nada había: ni viento ni aire respirable. / La pólvora en pájaros recientes perforaba el cielo. / Y  a lo largo hubo árboles que nunca fueron árboles /sino horcas con follaje. Y sé –llo dicen los despachos noticiosos– que el hambre encumbra cuervos / sobre aldeas y que en los campos los perros / arrastran, del pie de los caminos, / los cuerpos caídos en la huida. / Toda generación nace en la postguerra / y hay que hacerse a la idea de que pronto pasará lo que se teme, de que nunca es extranjero / un hombre muerto. Toda tierra es patria / si se recibe una andanada de balas en el pecho / y se queda uno tan solo, / y sin huellas ni puntos cardinales. (Historia para contar a un niño bengalí). Podemos mencionar otros poetas, otros poemas, que respetando las condiciones de la alta palabra, se aventuran en el tema político o de la violencia, como es el caso de Fernando Charry Lara, que de pronto, sin salirse de su lirismo misterioso, sugerente, nocturno, nos sorprende con un poema que trata de la violencia expresada en una pareja que yace muerta en una carretera: Llanura de Tuluá; Eduardo Gómez, el importante poeta de Miraflores, es asimismo una de las voces altas de nuestra poesía que aborda con éxito el tema político y social: su primer libro, Restauración de la palabra, es una clara muestra de ello.
Entre nuestros invitados encontrará el lector, seguramente, ejemplos de cómo se puede comprometer, vivir la actividad política, revolucionaria, denunciar los atropellos e injusticias que contra el pueblo ejecuta el sistema, a través de la más alta expresión del lenguaje, la poesía, es decir, sin caer en el panfleto o la mera denuncia. Claro que el poeta, como individuo que es, como ciudadano que es, comporta necesariamente una entidad política, esto no tiene discusión. Mas la poesía es libertad, fortaleza espiritual frente a los problemas del hombre en su relación consigo mismo, con el entorno y con el otro en su necesaria y vital comunión humana, y por tanto no puede estar amarrada, subyugada, encadenada, supeditada a cualquier otra disciplina o actividad que la disminuya o la extravíe en sus condiciones ontológicas.
Tal vez el mayor ejemplo de amplitud y de aporte intelectual en Colombia sea la Revista de poesía y literatura Mito, creada en 1955 por Jorge Gaitán Durán y Hernando Valencia Goelkel, poeta, ensayista, y crítico, respectivamente, como posibilidad de vindicación cultural frente al enorme vacío  dejado por la política ultra reaccionaria de Laureano Gómez y su prolongación, el Frente Nacional, y que reúne la importante generación de intelectuales que lleva su nombre, entre los que resaltan, además de sus fundadores, el poeta Eduardo Cote Lamus, el escritor y periodista Hernando Téllez, el político de izquierda Gerardo Molina, los narradores García Márquez, Jorge Eliécer Ruiz y Pedro Gómez Valderrama, los poetas Álvaro Mutis, Fernando Charry  Lara, Fernando Arbeláez, Héctor Erazo y Rogelio Echavarría. La revista llegaría a nutrir la intelectualidad del momento, (los años 50), así como a las generaciones posteriores. De los aportes de Mito cabe destacar la implementación de los elementos necesarios para una convivencia intelectual, en la medida en que no adhirió a una ideología determinada, ni a intereses políticos mezquinos. Al contrario, sus colaboradores fueron de izquierda, del conservatismo y del liberalismo moderado. El hispanista y crítico colombiano Rafael Gutiérrez Girardot anota que “la calidad y la honradez eran el único mandamiento y el lazo humano que los unía”. Criticó igualmente la revista la exagerada tendencia de la sociedad del momento, de ver y convertir la poesía en mero ornamento, oponiendo a ello, la disciplina y el rigor en el hacer poético. 
La Casa de Poesía Silva constituye un claro ejemplo universal de decisión por la alta palabra. Fundada el 24 de mayo de 1986  en una vieja casa del Barrio La Candelaria, construida hacia 1715, tuvo desde el comienzo como directora a la poeta y periodista María Mercedes Carranza, quien le imprimiera una dinámica capaz de situarla en un lugar destacado en el concierto internacional, proyecto precursor, acaso único en su dimensión dignificante.
El más importante aporte poético de esta postmodernidad en Colombia lo constituye el monumental hecho conocido como Festival Internacional de Poesía de Medellín. Surgido en 1991 por iniciativa de la corporación de arte y poesía Prometeo, como respuesta a la violencia desatada que ubica a esa ciudad entre las más peligrosas del mundo, con las tristes consecuencias de laceración de las bases de la sociedad creciente, el deterioro del lenguaje cotidiano, el menoscabo de la dignidad y toda una tensión en la población que se debate entre el miedo, el desconcierto y la alta palabra,  se constituye desde el principio en una clara alternativa de resistencia espiritual frente a los   violentos, sustentada en la fervorosa acogida,  en el milagro de una convocatoria creciente, en la simpatía de los sectores más vulnerables, en el despertar de una nueva conciencia: la solidaridad poética.
El espíritu se anima, se estremecen los corazones anhelantes, se congregan las voces, se propician los abrazos y una nueva era empieza en donde la poesía es la con-vida-dada al festejo del reencuentro. “Es en los tiempos aciagos cuando la poesía eleva su mirada a la cumbre donde capta la luz”. De una asistencia en el primer Festival de mil quinientas personas a la lectura de 16 poetas colombianos, se pasó entusiastamente año tras año, a la convocatoria de cientos de  personas en el XXI Festival, en la lectura de 90 poetas  de los cinco continentes 164 actos programados y realizados. Es decir, el Festival Internacional de poesía de Medellín reúne en veinte años de existencia a 863 poetas de 143 países, para un auditorio de más de dos millones de personas, hecho que lo constituye en el más importante y multitudinario ejercicio de libertad y fraternidad humana alrededor de la alta palabra.  “Es una expresión de la lucha contra la guerra, por la libertad de creación, de pensamiento y de reunión.” Surgido de la apremiante necesidad de crear espacios frente a la violencia de la ciudad de Medellín, considerando la acción liberadora y dignificante de la poesía, el festival pasa rápidamente de nivel local a nacional e internacional, y de evento que ofrece a la comunidad recitales y algunas presentaciones de videos sobre la vida y obra de poetas, a incluir dentro de su programación Talleres de poética, con la creación  de la Escuela de Poesía de Medellín en junio de 1996. Es un movimiento internacional que aglutina millares de personas ávidas de luz, de poesía. Fue declarado patrimonio cultural de la nación, y distinguido con el premio nobel alternativo de la paz en 2006. Es el modelo para la fundación de festivales en Argentina, El Salvador, Costa Rica, Venezuela, Nueva Zelanda y otros, como el festival itinerante de África.
 A partir del XX encuentro realizado en 2010, se inician las primeras conversaciones a nivel de directores de festivales, con el propósito de constituir La Red Mundial de Festivales de Poesía. Este es un movimiento humanista como ningún otro en el mundo. Es la rubricación de la verdad respecto de los alcances liberadores y libertarios de la alta palabra. Si se pudiera medir la disminución de la criminalidad en Medellín, y la extensión de sus efectos al resto del país y aun de las naciones vecinas, podríamos llevarnos afortunadas sorpresas. El efecto multiplicador de cada poema reside en la conciencia de los miles de asistentes a las diferentes jornadas en Medellín y las demás ciudades en las que tiene presencia el Encuentro. Digámoslo con Octavio Paz: “Operación capaz de cambiar el mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior”.


PÁGINA 35 – POESÍA ALLENDE EL MAR

NORTON CONTRERAS ROBLEDO
(Malmö-Suecia)

EL SUEÑO EXISTE

AIRES DE LIBERTAD

Quiero desenterrar las palabras
sepultadas bajos los restos de las
estrellas muertas.
Caminar, indagar los laberintos de la vida,
hundir mis manos, mi mirada, mi ser
en medio de la vida y renacer en la palabra,
en cada verso de un poema.
Poesía, canto universal
asume el desafío del presente.
Materializa en las palabras las ideas necesarias,
se proyecta al futuro, en la lucha de cada día.
Camina junto al pueblo versos germinales,
aires de libertad en carreteras,
en caminos rurales, selvas, océanos, desiertos,
valles, praderas y cordilleras.
Poesía, brisa, vientos del pueblo, aires de libertad.
Poesía portadora de sentimientos
que mueven al mundo.
No juzga los tiempos.
Sólo quiere dar testimonio de ellos.

ASIGNATURA PENDIENTE

Sueño la esperanza, la utopía.
Que renazca la historia,
el legado político
de los que ayer cayeron.
Que los que aún en estos tiempos
siguen con las ideas, los valores
y el deseo de reinventar y cumplir
la asignatura pendiente que tenemos con
Salvador Allende,
Miguel Enríquez,
Gladys Marín,
Lumi Videla
Víctor Jara,
y todos los caídos en la lucha,
se multipliquen como
los peces, los panes,
las semillas de las
flores silvestres.
Y que se remuevan las conciencias,
que la gente despierte
de este falso sueño de
espacios vacíos,
laberintos sin sentido
valores de hojarascas.
Sueño con tenerte a mi lado,
junto a las gentes,
en medio de banderas,
cantos, consignas.
Gritando rebeldía
desde el alma.
Sembrando
futuros
estelares
en las profundidades
de la vida.
De donde nos contempla
a través de los hijos del futuro
una nueva alborada germinada.
Sueño con semillas
en tu alma
Con frutos que nacen
de tu vientre.

Y SE ABRIRÁN LAS GRANDES ALAMEDAS

En estos tiempos revueltos, alienantes
Cuando los lobos se disfrazan de cordero
Y los corderos son lacayos del imperio
Reivindico la imagen del presidente héroe
Canto al compañero presidente
Canto al revolucionario consecuente
Leal a sus ideas, principios morales y políticos.
La memoria del tiempo
Las generaciones presentes.
Los hijos del futuro
siempre lo recordarán
combatiendo, luchando, entre el humo,
las llamas y la metralla
defendiendo el derecho que el pueblo y
los trabajadores le habían dado.
Defendiendo el gobierno de la Unidad Popular.
Defendiendo una Constitución usada para destituir
a ministros y frenar el avance del gobierno.
Defendiendo un parlamento
en el que los partidos de derecha se habían
entregado a la sedición golpista.
En los murales de los verbos está la sangre
de los asesinados
La poesía canta con el silencio de sus
vidas sepultadas
A través de sus versos y sus cantos viene el
testimonio de los que ayer cayeron.
Salvador Allende,
Presidente Mártir.
Presidente Héroe
Corazón valiente.
Combatiente
Fusil en mano
Pueblo en el alma.
Defendió los sueños e ilusiones de
un mundo mejor para los humildes.
Murió disparando futuro, testimonios
Legado político, deseos,
Sueños, ilusiones, actos.
Las brisas de septiembre llevaron su alma,
sus ideales, su ejemplo a través del tiempo.
Salvador Allende renace en la lucha
de los pueblos.
Desde el vientre del pueblo
avanzará la unidad de los más consecuentes.
Desde las profundidades de la vida,
emergerá como desde años centenarios el
pueblo en lucha.
Las gentes en las calles
retomarán el legado de los que ayer cayeron
Banderas rojas y banderas rojinegro
La lucha continúa
¡Y se abrirán las grandes alamedas!



MAHMUD DARWISH
(Birwa-Galilea-Palestina)

POEMA DE BEIRUT
(1984)

Manzana del mar, narciso de mármol,
mariposa de piedra, Beirut, imagen del alma en el espejo. Descripción de la primera mujer, perfume de nubes. Beirut, de fatiga y oro, de Alandalús y Damasco. Plata, espuma, mandamientos de la tierra en plumas de
palomas.
Muerte de una espiga, exilio de una estrella entre mi
amada y yo, Beirut.
Jamás he oído a mi sangre pronunciar el nombre de una
amante que duerme en mi sangre... duerme...

De una lluvia sobre el mar aprendimos el nombre. Y del
sabor del otoño y
las naranjas de los que llegan del Sur, como nuestros antepasados,
venimos a Beirut para venir a Beirut... De lluvia, hemos construido nuestra choza. El viento no
corre ynosotros tampoco. Cual clavo hincado en
la arcilla, el viento cava nuestro refugio y dormimos como
hormigas en sus hormigueros.
Cantamos en secreto:

Beirut es nuestra jaima.                                                   Beirut es nuestra estrella.

Estamos prisioneros en este tiempo lánguido.
Los invasores nos entregaron a nuestra gente
y apenas habíamos mordido la tierra cuando nuestro
protector se abatió
sobre las bodas y el recuerdo. Y repartimos nuestras
canciones entre los guardias.
De un rey en el trono
a un rey en un féretro.
Prisioneros en este tiempo lánguido,
no hemos hallado, casi definitivamente, más que nuestra
sangre,
no hemos hallado lo que hace al sultán popular
ni al carcelero afable,
no hemos hallado nada que muestre nuestra identidad,
excepto nuestra sangre escalando los muros... Cantamos en secreto:

Beirut es nuestra jaima.                                                    Beirut es nuestra estrella.

Ventana abierta al plomo del mar,
una calle y una moaxaja nos roban. Beirut es la imagen de la sombra.
Más bella que su poema, más sencilla que la charla.
Nos seduce con mil comienzos abiertos y alfabetos
nuevos.

Beirut es nuestra única jaima.                   Beirut es nuestra única estrella.

¿Nos hemos tendido en sus sauces para medir unos
cuerpos que el mar ha borrado de nuestros cuerpos?
De nuestros primeros nombres hemos venido a Beirut
buscando los confines del Sur y un recipiente para el corazón
derretido...
¿Nos hemos tendido en las ruinas para pesar el Norte con
la medida de las cadenas?
La sombra se ha inclinado hacia mí, me ha roto y me ha
dispersado.
La sombra se prolonga... Que los árboles que viajan de noche nos lleven de noche
por el cuello
cual racimo de muertos abatidos sin razón... Hemos venido de un país privado de su país,
de la mano del árabe literal y de una fatiga... cual ruinas de esta tierra que se extiende del palacio del
emir a nuestras celdas y de nuestros primeros sueños a... leña. Danos un muro para que podamos gritar: ¡Beirut!
Danos un muro para que podamos ver un horizonte y una
ventana de llamas. Danos un muro para que colguemos Sodoma, dividida en veinte reinos
para vender petróleo... y árabes.
Danos un muro
para gritar en la península de Arabia:

Beirut es nuestra última jaima.                         Beirut es nuestra última estrella.

Un horizonte emplomado se ha esparcido por el horizonte. Senderos de conchas huecas... no caminos. Del océano al infierno,
del infierno al Golfo, de la derecha a la derecha y al centro
no he visto más que un patíbulo
con una cuerda
para dos millones de cuellos.

¡Beirut! ¿Dónde empieza el camino a las ventanas de Córdoba?
Yo no emigraré dos veces
ni te amaré dos veces.
En el mar, no veo más que el mar... pero revoloteo por mis sueños
e invoco a la tierra para que sea el cráneo de mi alma
fatigada.
Quiero caminar
para caminar
y caerme en el camino
hacia las ventanas de Córdoba.


PÁGINA 36 - CUENTO

 ANTONIO DAL MASETTO
(Intra-Italia)

COSAS MENORES

Tal como me la contaron, así la cuento. Ni una palabra menos, ni una palabra más. Se llamaba Eusebio o Pandolfi o Schab o vaya a saber. Y esto carece de importancia porque con el tiempo todo el mundo lo identificó como el hombre del paquete.
En algún momento, hacía años, muchos, nadie podría precisar cuando, el tipo empezó a circular con un paquete. No muy grande, tal vez del tamaño de una caja de zapatos. Un paquete envuelto en papel de diario o papel madera y atado con piolín. Un paquete. Ese fue el arranque.
Al principio nadie reparó en el detalle, no había razón para hacerlo, pero después de meses, tal vez más que meses, aquel Eusebio o Pandolfi o Schab se convirtió inevitablemente en el hombre del paquete. Lo llevaba bajo el brazo o, cuando circulaba en bicicleta, apresado en el resorte del portaequipaje. Si dejaba la bicicleta volvía a meterse el paquete bajo el brazo. Jamás lo abandonaba.
Y así fue como se acostumbraron a verlo y a identificarlo, a reconocerlo y en cierto modo a aceptarlo: el tipo y su envoltorio, ligados, una misma cosa, inseparables, como la imagen mental de un camello es inseparable de sus jorobas o la de un elefante de su trompa.
Aquel fulano no poseía muchas cosas: un rincón techado para cobijarse, la bicicleta, suficiente habilidad como para procurarse el alimento diario, y el paquete. Más de cuatro -es lógico- se habrán preguntado qué ocultaría el misterioso bulto. Y hubo alguien que una mañana, justo en la esquina de la plaza que da al banco, concretamente le gritó:
-Che, fulano, ¿qué tenés en el paquete? ¿Llevás tu almita en pena escondida en el paquete?
No era una ocurrencia excesivamente original, pero de todos modos prosperó, y así como hasta ese momento se había aceptado con naturalidad la figura del tipo indivisible de su paquete, ahora también se impuso, alegremente, la costumbre de asegurar que llevaba su alma envuelta bajo el brazo. Cosas que pasan, cosas menores, tibios adornos navideños para el largo tedio de los días.
Y siguió la vida y todo muy tranquilo y cada cual con sus asuntos. Hasta que un anochecer de frío o de calor, alguien, un grupito, seguramente reunido alrededor de una mesa de confitería, resolvió que acababa de sonar la hora de averiguar el contenido del famoso paquete.
No fue empresa difícil acorralar al tipo, despojarlo, romper el piolín, desgarrar el papel y develar el enigma. Adentro no había gran cosa: un zapato viejo, un frasco vacío, un cepillo sin pelos. Quizá algunos objetos inútiles más. (Ahí están, desnudos, abandonados sobre la vereda, recibiendo la mezquina bendición del farol de la esquina.)
Y así, en una calle cualquiera, en un par de minutos, contra una pared de ladrillos, sucumbió el humilde mito provinciano y el hombre del paquete se quedó sin su paquete y quizá sin su alma.
Después, empujando la bicicleta, regresó a su porción de techo, ahora convertido en el señor nadie, o simplemente en Eusebio o Pandolfi o Schab, definitivamente despojado de su única riqueza, esa pequeña cuota de misterio conservada y alimentada durante años, y que le había permitido transitar tal vez con un poco menos de pena por la pálida vida de los hombres, y tener un pálido nombre propio entre los pálidos nombres de los hombres.


CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS

 IRMA BIGNON
(Santa Fe-Argentina)

 ANDRE MALRAUX: EL SUPREMO HACEDOR DE LA CULTURA

A 30 años de su muerte
1976-2006

Es un joven de 18 años cuando hace un anuncio perentorio: “Yo esculpiré mi propia estatua”.
Dotado de una gran sensibilidad, André Malraux es permeable a la mayor parte de las posturas ideológicas, estéticas y culturales del siglo XX.
A 30 años de su muerte, la actividad cultural y editorial de Paris se supone intensa. “Se entra en la vida de un muerto como en un molino”, decía Sartre.
No tiene aún 20 años cuando es director literario de las Ediciones Sagittaire. Ese mismo año 1921, publica su primer libro “Lunes en papel”, texto de inspiración surrealista, dedicado a Max Jacob, ilustrado por Fernand Léger. Ya por entonces Gaston Gallimard, Jean Paulhan, Marcel Arland, Blaise Cendrars y otros literatos advierten el talento prometedor que hay en él.
Frecuenta como aficionado las clases de Lenguas Orientales. Su entusiasmo lo hace viajar a Indochina, a fin de participar en la lucha anticolonialista. Publica sus primeros artículos políticos, y a su regreso a Paris, escribe “La tentación de Occidente”, diálogo entre dos intelectuales: uno chino, el otro francés.
Enseguida de los éxitos de “Los conquistadores” y de “La vía real” (Premio Interallié), sobreviene el triunfo de “La condición humana”, que recibe el Premio Goncourt.
Malraux es el precursor y el maestro de una literatura de conflicto para un tiempo apocalíptico.
El nacimiento de los frentes populares en Francia y España ofrece una salida a su prodigiosa energía. Juega un rol innegable en las operaciones militares españolas cuando el ejército de la república se ve amenazado por la rebelión franquista. Organiza por entonces, su escuadrilla de aviones - asombroso episodio en un tiempo en que la aventura política era aun posible-, demostrando su entereza, su valor, su fraternidad, y escribe “La esperanza”, donde denuncia los abusos del fascismo español.
La guerra mundial estalla 1939. Se incorpora a la aviación y en marzo es movilizado. Pero el gobierno de Vichy lo descorazona. No cree de inmediato en lo que habrá de llamarse “la resistencia”, ni en la ilusión lírica de la clandestinidad. Prefiere dedicarse a su obra. Trabaja en el primer tomo de “La psicología del arte”, y en una novela, “La lucha con el ángel”, que aparece publicada recién en 1943 en Suiza.
Su colaboración con la Resistencia llega al fin en abril de 1944. Con el nombre de Coronel Berger, se convierte en maquis del Périgord y los servicios secretos de Londres.
En realidad, la guerra contra Hitler la empieza él antes que nadie, cuando en 1935 publica el “El tiempo del desprecio”, donde denuncia el totalitarismo nazi. Nunca abandona su posición antifascista. Nunca se equivoca de enemigo.
En 1946, se une al degaullismo, un culto que practica hasta su muerte. Su admiración por uno de los gigantes de su época es comprensible. Es éste el preludio de una amistad indefectible y de una gran aventura ministerial.
El general de Gaulle lo nombra Ministro de Cultura, cargo que ocupa durante diez años. Su ministerio se impone de tal manera, que influye en la política cultural de la UNESCO pues, gracias a él, la cultura se desprende, por fin, de un medio estrecho, para llegar a ser hoy una realidad social. Malraux es el hombre de las grandes ideas. Inaugura una serie ininterrumpida de exposiciones de arte internacional. Ordena la restauración de todos los monumentos de Paris. Crea las Casas de la Cultura, proyecto ambicioso que no sólo abarca un tramo grande de la ciudad, sino también de sus alrededores.
Y, como no quiere estar ausente de su propia historia, de 1967 a 1972 trabaja en las “Antimemorias”, obra esencial para comprenderlo y entender su tiempo. Y más aún: nos atrevemos a decir que este libro es una antología de toda la prosa francesa en su diversidad. En su prefacio aclara: “El hombre que ustedes encontrarán aquí, es el que se hace las mismas preguntas que la muerte formula a la significación del mundo”. El relato y el acontecimiento son casi simultáneos, como lo son sus reflexiones.
Amante del arte, frecuenta asiduamente los museos. ¿Es verdaderamente conocedor del tema? Lo suficiente para que su “lectura” y su acercamiento impresione a los jóvenes Georges Duby y Michel Laclotte, este último director por entonces del Departamento de Pintura del Museo del Louvre.
Haciendo un paréntesis en la novela, sus magníficos ensayos son una realización, más que una metamorfosis. El arte, ese “anti-destino” como él lo llamaba, aparece ante sus ojos como una victoria posible del hombre sobre el tiempo y la muerte. “El arte griego - ese cuestionamiento constante del universo - ocupa el primer rango en nuestros museos - escribe en `el museo imaginario´. Los filósofos que enseñaban a vivir y los dioses que se engrandecían en sus estatuas, fueron modificando el sentido del arte”.
Luego de los frecuentados encuentros con Picasso, dice un día su editor: “Por fin, ya sé lo que pienso del arte moderno”. Y comienza a trabajar en un ensayo sobre el pintor, que escribe de un tirón, en muy pocos meses, y que titula la “Cabeza de obsidiana”.
André Malraux se retira de la política activa al mismo tiempo que el general de Gaulle, en 1969.
Charles de Gaulle adjudica a su ministro de cultura la imagen de gran “shaman” del degaullismo. “A mi derecha tengo y tendré siempre a André Malraux - escribe en “Las memorias de esperanza” que publica en 1970. La presencia a mi lado de este amigo genial - continúa-, devoto de los grandes destinos, me da la impresión de que por allí, estoy a salvo del prosaísmo. Sé que en el debate, cuando el asunto es grave, su juicio brillante me ayudará a disipar las sombras”.
A su vez, Malraux publica el relato de sus últimos encuentros con de Gaulle en “Los robles que derriban”en 1971. La grave enfermedad que lo aqueja un año después, le inspira “Lázaro”, donde retoma un tema que lo obsesiona: el diálogo con la muerte, el retorno a la vida.
Sus dos obras, “Los conquistadores” y “La condición humana” lo consagran como gran especialista en China. El general de Gaulle consolida esta reputación cuando lo envía a Pekín para encontrarse con Mao Tse-Tung y En-Lai. Más tarde, en 1972, el presidente Nixon, de los Estados Unidos de Norte-América, antes de emprender su viaje histórico, se muestra muy interesado en recibir de Malraux sus consejos en cuanto a la forma de abordar a los dirigentes chinos.
En octubre de 1976, el manuscrito “El hombre precario y la literatura” entra en prensa en la editorial Gallimard. Tiene el tiempo justo de completar su febril actividad de hombre de letras, terminando su obra final. “He dicho todo lo que tenía que decir”, confiesa. Y todo lo que tenía que decir al mundo lo dejó por escrito. A causa de una congestión pulmonar, muere un mes después en el hospital de Créteil, el 23 de noviembre de 1976.
Aventurero, revolucionario militante, novelista y ensayista, ministro, crítico de arte, su personalidad es deslumbrante. No deja nada por hacer. Aprendiendo sin maestros, reconstruye la historia del hombre, reflexiona sobre la vida y la muerte, aplica su asombrosa inteligencia a los acontecimientos del momento.
Su dominio intelectual y artístico es inquebrantable; la relación permanente entre su vida y su obra, es su única doctrina. Una admiración sin sombras ni ambigüedades cubre la trayectoria de André Malraux.
Nada más justifica que la frase de Kafka que dice: “No se llega a ser alguien sino después de su muerte, por el juicio de sus contemporáneos”.



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