Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

NÚMERO ESPECIAL VI ANIVERSARIO

GACETA LITERARIA Nº 73– Diciembre de 2012– Año VI – Nº 12



Imágenes: BEAUTIFUL WORLD

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

INSTRUCCIONES PARA TRIUNFAR EN EL OFICIO

Hace mil años, dijo el sultán de Persia:
-Qué rica.
Él nunca había probado la berenjena, y la estaba comiendo en rodajas aderezadas con jengibre y hierbas del Nilo.
Entonces el poeta de la corte exaltó a la berenjena, que da placer a la boca y en el lecho hace milagros, porque para las proezas del amor es más poderosa que el polvo de diente de tigre o el cuerno rallado de rinoceronte.
Un par de bocados después, el sultán dijo:
-Qué porquería.
Y entonces el poeta de la corte maldijo a la engañosa berenjena, que castiga la digestión, llena la cabeza de malos pensamientos y empuja a los hombres virtuosos al abismo del delirio y la locura.
-Recién llevaste a la berenjena al Paraíso, y ahora la estás echando al infierno –comentó un insidioso.
Y el poeta, que era un profeta de los medios masivos de comunicación, puso las cosas en su lugar:
-Yo soy cortesano del sultán. No soy cortesano de la berenjena. 



PÁGINA 2 – CUENTO

ANA MARÍA DONATO
(Resistencia-Chaco-Argentina)

MARCANDO TERRITORIO

La calle se fue despoblando. Los pocos comensales que quedan ya están preparándose para salir. Hace frío, el invierno se muestra más crudo este año y los refugios para pasar la noche son también cada vez más codiciados. Los primeros que ocupan los espacios  más  protegidos son los viejos habitantes de la calle, hombres solos o alguna mujer con uno o dos  hijos. Los chicos  como Luis generalmente pelean pero tienen un código que respetan cuando las posibilidades de ubicarse están cerca, por ejemplo  en otra vereda, en otra cuadra, cuanto más, en otra manzana. Luis hace dos meses ha tomado la puerta de un restaurante y ha tenido suerte porque  el primer día no lo echaron como un perro y a la segunda noche, ya  le dieron algún resto para comer de lo que queda  en los platos de los comensales, un pedazo de pan, algo de carne o pollo, un bocado que no alcanza pero alienta a volver a lo seguro: ese bocado. Otros, él lo sabe bien, tienen menos suerte. El  trabajo de cartonero que hacía con su padre lo cansó. Venir desde tan lejos para recoger  durante  horas lo que después se convertía en unos pocos pesos que no alcanzaba para un plato de polenta, lo decidió. En su familia eran muchas bocas y él podía arreglarse. Solo, por eso se fue a la calle. Por la mañana y al atardecer limpia las veredas de algunos comercios, lugar donde los transeúntes tiran  boletas, tickets, volantes de propaganda y envases descartables. En las veredas de los edificios no tiene chance porque es territorio de los porteros. Hay algunos que son muy patas y conversan con él, siempre sobre fútbol, mientras no los vea  algún propietario cuando abre las grandes puertas  para salir a la calle. Los porteros son estrictos y no permiten que ningún chico se acerque a sus edificios. Los días de lluvia se suma a la guardia, más severamente, el sereno de noche evitando que el espacio se convierta en refugio.  Nadie, ni viejo ni chico, puede quedarse en los  amplios zaguanes. Luis ya sabe todo esto por eso cuando encontró la posibilidad del portal del “Mamma mia” , se apuró a marcar su territorio cuando el dueño le hizo el primer guiño de aceptar su presencia. Está ahora allí esperando que se apaguen las luces del local para poder dormitar un poco, con ese sueño interrumpido que tienen los que como él  viven en la calle. Se acurruca contra la puerta. Hoy no le pesa estar acurrucado así. Por la tarde una señora joven le dio veinte pesos por ayudarla a descargar las bolsas del carro del supermercado en el baúl de su auto. No tenía cambio más chico y le entregó el billete con una sonrisa. La mujer no le tuvo miedo cuando se acercó  a ofrecerse a ayudarla. Luis se sorprendió un poco porque generalmente la gente aleja  a los chicos con gestos o gritos que alertan  a los custodios del playón del estacionamiento. Antes que eso ocurra él ya desaparece. Hoy fue distinto. Pasó las bolsas rápidamente y  eso que eran muchas, y se quedó esperando la propina. Nunca le dieron tanto dinero y lo tomó con un “gracias”  que delataba su felicidad. Si hubiera ocurrido tiempo atrás, muy posiblemente él no la  hubiera ayudado, al contrario, le  hubiera robado algunas  bolsas y hubiera  salido corriendo hasta perderse de  vista. Pero ahora no. El supermercado está a pocos metros de su territorio y sabe que tiene que hacer buena letra para no perder el lugar porque en la calle todo se sabe y el dueño del “Mamma Mia”  lo echaría sin vueltas. La inesperada propina  fue un regalo de ese Dios que él no sabe si existe porque no lo entiende pero que hoy le dejó su primer billete de veinte pesos, ese billete colorado que se prometió multiplicar con otros trabajos que ya está pensando cómo conseguir.



PÁGINA 3 – POESÍA

LEÓN TRIBA
(San Ramón–Alajuela–Costa Rica)
Poemas escritos en el filo de la niebla del V Cerro.  Mayo 2012.

HORÓSCOPOS

La analítica pereza
del significado de los dados
me da en la mano
un azar de naipes
y nacimientos.

Un simple juego
de claves, símbolos,
principios y sonidos.

La ilusión es un astro,
mi horóscopo
destapa mis cartas
en el póker del cielo.

En la eclíptica
de los planos
resbala mi baraja:
-torrencialmente trópico,
demencialmente terrestre-

En el corolario del olvido
el receptor apuesta
la asertividad del globo,
la conjunción de los planetas
equivocaron de nuevo
el signo de mis números.

Vuelvo al mazo
y barajo la sonrisa
en la liviandad
de los labios.

En la página central
del diario
se derrama un poco
de letras de un horóscopo
poco propicio:
“Mañana no apta
para el juego del amor”.

MI PROPIA ESQUELA

Hoy los periódicos
anuncian que yo
he muerto.
Desde la iglesia
alguien apuesta una plegaria
para mi ascenso al cielo.

La revista del viento
tiene aun dibujadas
mis primeras huellas.
Mi escafandra de abismos
y la ruta de las estelas
rayando las sombras
verticales de los viejos
árboles de la acera.

Esta extensión hipócrita
del cielo me baña
de lunas, me puebla de alas,
me moja a plazos
y me revienta a golpes
en los cordeles de los truenos.

La textura de la vida
se me rompió
por los ciclos más
delgados.
La inconclusa obra
en los acentos de los verbos
me regaló el boleto
de la pandemia del asombro.

Aquí yace mi boca
vacía de pigmentos,
solo sé que en el regreso
de las plumas
alivió el cansancio
de mis huesos.

PUNTUAL INFORME MSN

Me llevé a la cama
el insomnio del remordimiento.

El cuestionamiento de la salida
que tienen los mensajes que
colgamos en los racimos
cibernéticos
de las páginas sociales,
se revolcaron en mi cama
me mancharon los sueños.

En esta nueva idiosincrasia
de discursos alados
nadie puede recordar
cual fue el primer impulso
hecho cicatriz en el gélido
diálogo con que reiniciamos
la computadora.

Llenamos el cerebro
de ricas e insípidas inutilidades
la mente anhela el reposo
y de pronto, en esa tierra fértil
se arrugan los mensajes
con el corto circuito.

“No te preocupes más por mí,
hasta aquí dejo mi tiempo,
soy a partir de este momento
una ave sin picotazos,
sin el regalo de los regresos.
Ya no me hables más…”

Y en el facebook, la tragedia
arremete con más sarcasmos,
amplía la pena
dejando ese hueco en el lenguaje
que apenas comenzamos
la semana pasada.

QUIETUD

Es extraño, amor,
no nos miramos, no nos olemos.
La caricia deja de ser huella
y,  sin embargo,
aquí devotamente me tienes
sentado en la sombra
de esta quietud
que tiene mi laptop.

UN INSTANTE DE TU VOZ

La penumbra sonora
de mi pantalla me arrancó
el sonido de tu voz.

Dejó de pronunciar
la vehemencia de tu diálogo.

Busco protegerme de los olvidos
de no perderme en las ventanas
abiertas en mi pantalla,
de no caerme en los huecos
que han dejado posteados
en el repetido sueño
los noctámbulos.

Invento el inicio de un epitafio
y en el rostro de esta lápida
de mega bites, la rigurosidad
de los esquemas,
me escribe todo el vocabulario
en una cálida lágrima de cansancio.

En la barra de herramientas
se activa el SKYPE.
Por un instante tu voz
vuelve a mojarme
pero en la quietud de los sonidos
termino por escuchar
de manera más cercana
los pájaros que depositaron
su canto en el filo de mi niebla.

Hemos dejado de ensanchar la boca,
hemos cerrado los labios
sin una declaración jurada
desahuciamos el diálogo.



PÁGINA 4 – ENSAYO

LIC. WASHINGTON DANIEL GOROSITO PÉREZ     
(Montevideo-Uruguay/Irapuato-México)

EL HAIKU “LATINOAMERICANO” DE MARIO BENEDETTI

Mario Benedetti sin lugar a dudas junto a su compatriota Juan Carlos Onetti, conformaron  el “dúo” de escritores más importantes que ha dado el Uruguay en la segunda mitad del siglo pasado. Integrante de la llamada Generación del 45, escribió más de 80 libros que fueron traducidos a 30 idiomas.

Cuentista, novelista, dramaturgo, muy acertado crítico literario, supo incursionar en el género poético con gran destaque. Justamente lo de este escrito rescata la experiencia del escritor oriental con el haiku.

El propio Mario Benedetti dijo en su momento no considerarse un “Haijin” (esta es la denominación en japonés que recibe quien escribe haikus) rioplatense.

Recordemos que el haiku, tiene a su máximo expositor en el poeta japonés Matsuo Bashoo (1644- 1694) remontándose su origen el siglo XVI. La definición que Bashoo dejara para la posteridad:

“Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento”. Aunque en cuanto a estilo decía: “No sigas la huella de los antiguos busca lo que ellos buscaron”.

El haiku tiene como temática la naturaleza, en castellano deben ser de 17 sílabas distribuidas en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas respectivamente, no llevan título y a pesar de su brevedad son poemas completos, contienen el universo entero.

Asumiendo el “perdón” de Bashoo, Mario Benedetti consideró al haiku como un envase propio, aunque el contenido de los que gestara es inocultablemente latinoamericano.

Lo único japonés es la fidelidad a la estructura de lo que él llamó su “modesto trabajo latinoamericano”, en un tipo de poesía muy poco practicada en América Latina.

Una muestra de que Benedetti se introdujo en la pauta lírica apelando a sus propios vaivenes, inquietudes, paisajes, reflexiones y sentimientos la encontramos en los siguientes haikus de su creación:


Pasan misiles  
ahítos de barbarie
globalizados. 

El exiliado
 se fue adaptando al tedio
 de la nostalgia.

La vida es breve 
lo afirmaron a una
Falla y Onetti. 

No me seduce
el burdel del poder
prefiero el otro.

La mujer pública 
me inspira más respeto
que el hombre público.

Patrias de nailon
no me gustan los himnos
ni las banderas.

Reveló el Papa 
que no hay cielo ni infierno
vaya noticia. 

Un pesimista
es sólo un optimista
bien informado.

Si me torturan 
no diré nada nunca
dijo el cadáver. 

Al sur, al sur
está quieta esperando
Montevideo.

Cuando Mario falleció a los 88 años de edad en su entrañable Montevideo el 17 de mayo del 2009, cientos de bolígrafos llovieron sobre su ataúd en el momento del entierro lo cual no era más que la respuesta que le daba el pueblo uruguayo a uno de sus haikus:

Cuando me entierren
por favor no se olviden
de mi bolígrafo.



PÁGINA 5 – CUENTO

LUCRECIA INGIGNOLLI
(Córdoba-Argentina)

TUVE QUE HACERLO

Sandra pasó la franela sobre la lámpara que limpiaba con empeño desmesurado, casi obsesivo. Siguió unos minutos más y abandonó todo para buscar otra vez la carta que Ema le escribió en un momento de curiosa apertura.
Sentada junto a la cómoda, abrió el papel desplegando los finos dobleces y releyó las mismas líneas, tratando de adentrarse en el simple pensamiento que mostró su hermana al escribirlas. Hubiera deseado, pensó, no saber.
Todo había empezado la misma tarde en que regresó del viaje. Fue la última vez que pudieron abrazarse junto a la tumba de su madre. La de ambas.
Desde la calle Ema vio su casa, con el alivio que brinda volver al redil. Las puertas y ventanas entornadas, el fresco silencio bajo las acacias del patio, las cortinas moviendo sus colores, con pereza de siesta amarilla, y sus piernas hinchadas por las horas en el bus, inmóvil. Pensando su dolor. Y las pérdidas a las que estamos destinados. Y los recuerdos que marcharon con ella, sin desperdigarse un momento. Siempre ahí, por horas.
La maleta abandonada en medio del pequeño living. Y Ema, sentada frente a la cocina, pasándose el pañuelo rosa tenue por la frente.
Vacía ya de llanto, sólo miró con atención las ramas del árbol más cercano a la casa, que rozaban con un “cri-cri” el vidrio de la ventana.
Tan pronto tuvo la sensación de no estar sola, caminó descalza hasta el dormitorio de su hija, con la puerta casi cerrada. Detuvo su mano en el aire y la retrajo. No quiso tocar el pestillo. No supo por qué pero arrimó sin remedio la pupila dilatada a la hendija, para espiar. En su propia casa.
Sintió la hinchazón en los tobillos cuando caminó de regreso a la cocina, las venas de la frente saltando por el esfuerzo para no gritar.
Sólo Adelita le importaba ahora. En ese mismo instante tomó la decisión de protegerla y brindarle una oportunidad en la vida que, al fin, siempre resulta corta.
Esa noche cenaron los tres, en silencio, respetuosos de su duelo. Ema cocinó, pese al dolor de piernas, el plato preferido de Alfredo: tiernas costeletas de cerdo con puré de manzanas. Adelita, entre mimos, se asoció al clima relajado del reencuentro. Hablaron del viaje, de cómo se te extrañó, de qué pena el prolongado final de abuela.
Luego el descanso. La fiebre del no dormir. Un plan que asoma en las tinieblas de la habitación y el pensamiento. Dibujado. Perfecto.
Alfredo murió a los tres meses.
Sandra dejó de leer. Abandonó con agobio el papel sobre las piernas. Siempre la estremecía ese último párrafo, fuerte y duro, pese a la letra menuda de Ema.
“… nadie lo sabe; más de uno lo intuye y acaso sea inevitable; pero nadie lo sabe. Cumplo con mis deberes cotidianos y aunque sufro cierta distracción, no es excesiva. ¿Por qué llamaría la atención? Todo fue cuidado hasta el mínimo detalle. Ni Adelita supo jamás que la estaba ayudando cada vez que mezclaba las ínfimas dosis de raticida en la comida de Alfredo. Eso sí, quizás no lo pueda disfrutar en realidad y no sucumba por esta acción inevitable, sino a consecuencia de esta alegría”.



PÁGINA 6 – POESÍA

MARTHA OLIVERI
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

ELOGIO A LA LOCURA

I

Escribe hermana,
la palabra que aúlla
la que dejó contra el muro
su perdigón de auxilio:
Esa alquimia extraña
de amanecer y furia.

Si es tarde ya
y la sábana suda
tus criaturas de hielo
y la sed que da a luz
el real templo del pecho,
mucho antes que a Dios
y su iglesia de fábula,
quedó en fangosa sed de alcantarilla.

Antes de que te sitien el corazón:

ESCRIBE.

Y escribe en la demencia
para entender la muerte
de tus muertos amados
para hablar de los vivos
que arrebató el silencio.
Y hoy predican la música
de las notas ausentes 

II

Deja la carta inútil en la botella
que rodará hacia el mar eternamente.
Toma el oro que los otros deprecian:
esa arena de fuego descendido.
Siente en tu boca el sabor de las cerezas
que sólo se abre al suicida
o al amante absoluto.
Y escribe sobre el ángel
del devenir de Heráclito.
sobre los disconformes
de este mundo feliz,
los que huyen de “Omelas”
o del cruel paraíso.

Y canta a la Utopía
que aun pueril nos consuela.
con las sílabas torpes
de un himno que amanece.
Dale mar a tus rejas
que hondee tu prisión
derrotando los claustros.
Pon alas a tu cuerpo
entre a sépticas correas
hasta volverlo en pájaro
un latido de viento. 

Que ha muerto la locura
pero no su poesía.
Que la palabra es cuna
que ahuyenta el sufrimiento:

III

Federico arrebatado
con polizón de nardos
vuelve con el pez de sombras
que abre el camino del alba

Vallejo muere en París
con aguacero
pero en su amargo cáliz
aún le habla a la infancia.

Baudelaire descansa,
pero no el azul albatros
tan torpe en esta tierra
tan bello en las alturas.

Y Alejandra pide
con el dolor del verbo
que la ayuden
a no pedir ayuda. 



PÁGINA 7 – ENSAYO

ODALYS LEYVA ROSABAL.
(Las Tunas-Cuba)

EL ESCRITOR Y SUS CÓDIGOS

Existen códigos vestidos de ardides, esos con los que el escritor se disfraza para penetrar los instintos dóciles o impetuosos de los lectores. La musa generalmente es la que dirige la escena. Después de escribir el primer verso, entonces yo asumo que estilo literario es el que ella arbitrariamente  me impone. Desde mi perspectiva pretendo que mi poesía no tenga un discurso que se regale y no es que dialogue o me retuerza en los caminos oscuros y laberinticos de la palabra; pero absorbo con éxtasis las aguas donde se bañan los símbolos, las imágenes, las metáforas, las alegorías. Busco en primer orden la belleza, el lirismo, el regodeo, la voluptuosidad que seduzca al lector, sin caer en la propia trampa donde el eros agarra la figura fálica para situarla en el centro mismo de la hoja en blanco.

Cuando escribo me entrego y es donde surgen esa amalgama de arquetipos que por sí solos me abordan. La poesía tiene un sitio de preferencia en el orden donde la musa se obsesiona. A veces el verso libre se adueña del yo, es el género en el que más he escrito, aunque tengo pocos libros publicados en este género. Reposan en el lecho inédito de mi estudio siete libros en verso libre.

La rima, valiosa rima, allí es donde me sumerjo para disuadir el yo para que excomulgue sus dolores. Surgen los códigos (trampas y ardides) para decir lo que pretendo exponer aunque usted, querido lector, no lo entienda. Me desdoblo en personajes de otra época, específicamente del mundo antiguo, etapa rica en dolores existenciales donde el hombre padece los rasguños de la vida. Y como todas las épocas tienen un aire similar, pues desde allí abordo los seres inteligentes que me entienden  y disfruto en decirle al que no entiende, o no quiere entender, que la poesía es un arma suntuosa, elegante, perspicaz y segura.

Mi principal código es no apartarme de los problemas de los hombres que me rodean, siento un compromiso con el otro, desde esa premisa dispongo de otros géneros literarios como son: la crónica y el ensayo, para luego desbordar la fuerza objetiva en la compilación de textos para antologías donde pueda promocionar a escritores inéditos o evidenciar la calidad de los ya publicados.

Intento que el verso fluya libre, pero en ocasiones he construido poemas, como es el caso del texto: Apocalipsis, Resurrección de los césares, del libro Los césares perdidos.   Donde construyo y propongo al lector un drama en décimas, allí participan como personajes seis emperadores en conversación con Jesucristo y Dios.

Dentro de mis códigos está que a la hora de escribir un libro, hacer cada uno de un género o estilo en particular, es decir el de décima completo en esa forma,  el de sonetos y verso libre de igual manera, es decir que hasta el momento me he apartado del ajiaco, aunque los cubanos seamos esa gran mezcla que enunció Don Fernando Ortiz. Solamente en los libros de crónicas: Pacanda y Crónicas de las pirámides del fuego, he utilizado diversos estilos literarios pero los poemas son en forma de crónicas.            

He escrito tres novelas que aún están inéditas pero también dentro de la configuración de la denuncia social, todo le duele al narrador y como desquite lleva al texto la fuerza de su desgarramiento.

Mis códigos pueden necesitar otra perspectiva pero hasta el momento estos son los que desvelan a la musa sedienta que me sigue. 



PÁGINA 8 – CUENTO

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

 ADIÓS AL CONVENTO.

Belén Marelsa del Socorro Escauriaza Sotil, abandonó el convento de la sierra, en el punto más alto de la cordillera andina, una hermosa región al oriente de su país, la mañana en que por designios del destino, encontrara a un joven sentado en la puerta del oratorio, porque al verlo su cuerpo y su espíritu, experimentaron una extraña reacción explicable únicamente por la historia de su vida, llena de tantas soledades y abandonos, y seguramente, generada por el más cruel de los engaños concebidos desde el seno familiar para esconder una terrible realidad.

Por aquellos años, el país vivía la cruda violencia política, pero por fortuna y extraña casualidad, al ministerio de educación llegaron unos vientos casi puros, casi claros, que iluminaron el entendimiento de algunos de sus  funcionarios, que para entonces, tenían clara la necesidad de nombrar en las zonas apartadas, maestros con  una nueva visión y una excelente preparación.

Entre ellos, y casi por un avatar del destino, fue escogido, para el pueblo a donde   pertenecía geográficamente el convento, uno de estos jóvenes, quien trajo entre su equipaje de sueños, enrollado entre sus esperanzas e ilusiones, un camino para comenzar a vivir, una luna rota, un potro cerrero entre sus venas y una piel fresca para gastar en los amaneceres, que con diáfana claridad, dibujaban sobre los cerros, los míticos pinceles de los soles andinos.

Ex seminarista, ex boxeador, cantante de coros, jugador de balompié aficionado, caminante y soñador frustrado, descubrió su vocación de maestro, de didacta, cuando por necesidad tuvo que trabajar en un liceo privado, como mensajero. 

En sus ratos libres, observaba a los profesores enseñar con paciencia, con dedicación, con respeto y sobre todo con alegría, entonces decidió que sería uno de ellos y se preparó en la mejor universidad de maestros de su país, asunto que le valió con suficiencia para optar el cargo de maestro, luego de pasar con excelencia las pruebas de clasificación.

El pueblo, fundado por españoles llegados a América, desde la región de  Peñaranda de Bracamonte, hacía, como en el resto de América, honor a la cultura europea, y por ello entre otras características, la construcción de las casas era copia arquitectónica exacta de las construidas allá. Los colonizadores españoles se ubicaron en América, buscando quedar en tierras similares a las de su país natal, y esta, la región andina, era perfecta para ellos, pues las labores agrarias y ganaderas tríadas de Europa, no podían encontrar un escenario mejor, teniendo en cuenta que los Braca Monteses de Peñaranda, allá en Salamanca, originariamente poblaron, en su emigración hacia el sur desde Peñaranda del Duero dicha región, y que por tal razón asentaron su comarca a orillas del río Peralonso, pues era su costumbre habitar las riveras de los grandes ríos. Es innegable que el idioma Castellano, por ejemplo, es una de las más valiosas herencias españolas, junto a la música, la danza, la pintura, la misma arquitectura, y la gastronomía, pues es famosa en el mundo la cocina española en general, además de que los Salamantinos, tienen renombre por su buen comer, asuntos que llegaron intactos a la colonia y a estas por demás tierras benditas de América.

Pero no es menos cierto, que también llegaron con ellos, tremendos males, costumbres insanas y antinaturales, vino la violencia impuesta por la cruz y por la espada, “Siervos de Dios, amos de los indios”, la codicia y la ambición, el estupro, la guerra, la aculturación, la transculturación y la endogamia que se afincó en esta  región, y que produjo el fenómeno de la disminución poblacional y afianzó las uniones entre primos, tíos y sobrinas, como producto de las prácticas de las grandes cortes monárquicas europeas, para la protección y el afianzamiento de los bienes materiales y el poder, y tal vez ese régimen de vida y esa cultura, recayó directamente sobre la educación y la forma como fue criada la hermana Marelsa, quien renunciara esa mañana intempestiva y contundentemente, a sus hábitos para buscar por sí misma el verdadero rumbo de su existencia.

El joven maestro, una vez terminada la labor, salía a caminar por el pueblo y por sus alrededores, y sin proponérselo llego un día frente a la casa más bella del pueblo, situada a las afueras, camino del río. Su habilidad comunicativa, pronto lo informó de la extraña circunstancia que rodeaba a los habitantes de la casa, y por su colegaje, entró en cordiales tratos con la tía de Marelsa, que había sido como una madre para la huérfana, y desde entonces todas las noches, entre los estruendosos alborotos de la creciente del Peralonso, comenzó a soñar con una joven indescriptiblemente bella, que galopaba por la ribera del rio, entre cipreses, robles y madreselvas, y en sus sueños reparó la luna rota que trajo en su equipaje, comenzó a descifrar el camino enrollado, y ese potro cerrero que galopaba en sus venas salió llevándolo a todo galope hasta el convento donde  encontraría la razón única de sus existencia, la mejor razón  para extender la piel de los sueños bajo los soles caniculares de la pasión.

La mañana en que conoció a Marelsa emergida de los sueños, supo como ella que estaban signados por el amor a estar juntos para siempre, más allá de la muerte y del silencio, por ello, sin recato ninguno, sin temores, y, estrepitosos como el río, se amaron en cada una de las naves de la capilla, rompiendo así cualquier vínculo con el mundo religioso, con las convenciones y las convicciones y dejando que la vida floreciera en la estación primaveral del amor, mientras en el convento, la mañana era consumida a bostezos por la monotonía.

Sor Marelsa se despojó de su hábito religioso, y extendido a todo lo largo y ancho, lo dejó en la capilla, justo en el lugar, donde descubriera el terrible engaño acerca de la vida y la muerte de su madre.



PÁGINA 9 – POESÍA  

MIGUEL CRISPÍN SOTOMAYOR
(La Habana-Cuba)

LA PIEDRA

Tomo esta piedra
la palpo, la sopeso,
la alzo y la imagino volar.
Si fuera geólogo la llamaría: roca
y  sabría su origen, composición,
uso y hasta nombre científico,
pero no lo soy.
Por eso, simplemente: una piedra,
recogida del borde de un camino,
extraída del medio de una calle.
Si la guardo
nadie se ocupará de mí
y todos me seguirán llamando Miguel, Juan, Pedrito o María,
en Honduras,
y   Yasser, Hanni, Ahmad o Murad,
en Palestina.
Pero si la lanzo
 contra soldados  y policías represores
entonces
algunos me llamarán: terrorista.

DIVA

¿De dónde vino esta diosa?
pecadora
alcahueta.

(Ojos que maltratan, matan
con tan sólo una mirada).

Canta como una sirena
y dos tambores mellizos
llaman
desde el final de su espalda.

Al HERMANO HAITIANO
A  las víctimas del  terremoto ( 2010)

Hoy te lloro.
Debí llorar ayer
o llorar siempre.
Nunca te faltó el hambre
ni la muerte.
Paseaste tu miseria
y voltearon el rostro.
No hubo en el Caribe cafetales ni cañaverales
 en que tus brazos
no estuvieran.
No hubo riqueza
 en que tu sudor y tu sangre
no estuvieran.
Y regresaste siempre al fango y el adobe
 con tu hambre.
No importaba tu historia libertaria
ni  cuanto diste de libertad a otros.
Sobrevivir apenas fue un milagro.
Invadido siempre por el odio.
¿Qué otra cosa podían saquear
que no fuera tu orgullo?
Hoy sangras más que nunca.
El futuro es tu hambre.
Hoy están junto a ti
abeles y caínes.
¡Cuidado hermano!
Los unos son palomas.
Los otros, los conoces,
son los buitres de siempre



PÁGINA 10 – ENSAYO

 JORGE ARIEL MADRAZO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

AYER DECÍAS MAÑANA

En todo bien hay una carencia. Yo creo que los más grandes poemas de amor son los poemas de desamor. Creo que en toda sensación de plenitud, en todo momento placentero, está implícito el temor a perderlo. En toda relación está muy latente el miedo. Si uno no tuviera el temor a la pérdida no escribiría. No escribiría siempre en la plenitud.
Se ha combatido más de una vez la idea de que se escribe desde la falta. De hecho, se escribe desde la salud. Ahora, no estoy tan seguro de que uno escriba desde la felicidad.
Es decir, yo creo que en el fondo, cuando uno escribe desde la felicidad es por el temor a perderla o por algún hueco que siente ahí. Es como la persona que en mitad de la fiesta se siente solo, y ve a los otros bailar. Una vez me tocó estar en una fiesta, pero muy lejos de las parejas que bailaban.
Yo estaba sentado en un sillón, y en un salón estaban bailando. Y de repente sentí la extrañeza de ver a un grupo de robots bailar sin música.
Tuve la sensación de ser un visitante de otro planeta. Y creo que eso es el impulso a escribir.
Pero no digo, que uno tenga que escribir en torno al yo, o de lo personal. Siempre se escribe desde uno, eso es inevitable.
Cuanto más se salga creo que es mejor. Cuanto más se despersonalice. Pero tampoco se puede lograr por medios ficticios; no puedo decidir quitar la palabra “yo”.
A mí me gusta Pessoa. Hay una enorme capacidad en no caer en el confesionalismo. Lo cual no quiere decir que uno no pueda hablar de sus dolores personales. El tema es no sentirse ombligo del mundo.
En Ayer decías mañana está el tiempo. Por ejemplo, hay una sección que se llama “Ella jura que el tiempo no existe”. Lleva una cita de Celan:
“El tiempo / y ¿cómo no?/ tiene también una hora para nosotros/ aquí, en la ciudad de arena”. Y la sección abre con un "Y dijo ella, con enormes pupilas:/
¿no será tal vez el Tiempo, supersticiosa ilusión, engañifa acariciada / en arenas de tu mente? ¿Y qué si nacimiento madurez finitud / más dicen de tus ojos imperfectos que/ de una Forma / resquebrajándose / en calendas trizaduras/ del vivir?"
El tiempo es una construcción del imaginario cultural. Vivimos en una cultura que mama del positivismo, por lo cual imaginamos todo como una línea
de progreso, entonces creemos que el tiempo es una línea hacia delante. Para mí el tiempo va en espiral, y no sé si no puede ir para atrás.
Pero además, es una ficción, el pasado no existe. El pasado solamente existe a través de residuos materiales, testimoniales que dicen que esto pasó.
Porque encontrás una ciudad debajo de otra, o porque encontrás una foto tuya de hace diez años.
Ya no existe ese momento, la foto se ve desde el hoy. Las ruinas se excavan desde el hoy. El recuerdo es una invención del pasado.
Pero vos estás inventando ese pasado. Eso es lo que también hace uno en el poema.
Por eso es tan absurdo tomar la nostalgia como un valor del reino perdido. No hay un reino perdido, hay un horror que uno idealiza y que llamamos infancia, donde nunca uno sufrió tanto como en esa etapa, pero que algunos idealizan. Uno se olvida de lo que sufrió en la infancia: de los dolores, de las humillaciones, de los miedos. En ninguna época de la vida, uno está tan desvalido; en ninguna época uno es tan incomprendido como cuando se es chico. Nadie te entiende. O te subestiman. Yo soy feminista a ultranza, pero veo las mamás, con los nenes por la calle, y me dan ganas de pegarles: “caminá bien, pórtate bien”.
Tanto la mitificación de la infancia como el engolosinamiento de la nostalgia, que son quizás los elementos poéticos más fuertes, tomados como eje son netamente peligrosos. 
Realmente, como decía antes, uno habla desde uno pero debe trascender a uno, pero no por un imperativo ético o ideológico, sino porque el propio ombligo no tiene tanta riqueza.
La lucidez respecto de que todo es un préstamo momentáneo, puede ser enfermizo si  uno piensa mucho en eso. Si uno está pasando una noche hermosa, con la persona amada, con velas, y vino, y música de Vivaldi, y si uno piensa, “puta, ¿cuánto puede durar esto?” es un jodido. Pero en el fondo del almita, está la conciencia de que uno justamente se pone las pilas para vivirlo al mango porque sabe que es pasajero. En ese momento tan hermoso, uno es consciente de que debe vivirlo con mucha felicidad, hay como un mandato interno.
Este es un poco el tema.



PÁGINA 11 – CUENTO

NECHI DORADO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

JOSÉ MAS AKRE, SEÑOR DE LA VIDA Y DE LA MUERTE.

-¡Mirá vos! Yo que pensaba que esa enfermedad solo atacaba a los buenos. Parece que se enfermó el rey, comentó Belén a su amigo Tomás mientras leía los titulares de los diarios, esa mañana que la primavera no terminaba de despertar.
-Bueno, ¿Qué cosa se te ocurre? Respondió Tomás mucho más centrado en pensamientos que ella. Convengamos que todos podemos enfermar, es duro pero real.
-Claro, respondió Belén, sin prestar atención a esa respuesta, absorta como estaba en la descripción de la enfermedad del rey entronizado a fuerza de prepotencia matona.
Las noticias hablaban de José Mas Akre, Señor de la Vida y de la Muerte, según rezaba el diploma honorífico que describía el alcance que tendría su reinado en tiempos en que la humanidad era devorada por los sistemas inalámbricos que, como si fueran coladores, permitían que toda noticia que se produjera en el lugar más apartado del planeta, escapara por los agujeros para tener repercusión inmediata.

José Mas Akre era un personaje de bajísima moral, amante de las discordias y como rezaba su lema, Señor de la Vida y de la Muerte.
Allí donde posara su mirada hierática, fría y calculadora, la historia tenía la particularidad de mutar de pronto.
El decidía sobre todos los habitantes del reino, aún cuando éstos habitaran en otras zonas. Lucía una sonrisa que parecía plastificada, típico de la gente que no sonríe desde el alma.
Cuando enfermó, como enferma todo el mundo alguna vez, no produjo alegría en la gente que era muy distinta a él.
Digo, esa gente por cuyas venas corría la sangre humana, esa que no comparte siquiera el factor de los que rinden culto al espanto.
A diferencia suya que cuando asesinaba, utilizando para el trabajo sucio a un grupo nutrido de sicarios, salía a celebrar el crimen como corresponde a todos los que se nutren de la muerte.
Crimen, violación, desaparición, todo estaba definido en su propio diccionario en el que la palabra vida iba seguida de un “hasta que se me antoje”.

Belén, leyendo la noticia de su enfermedad, por esas cosas extrañas de la psiquis, recordó un episodio vivido hace tiempo atrás, mientras pasaba unos días en casa de su padre.
Sucedió un mediodía de esos en los que el sol pierde su vergüenza y se torna irrespetuoso, abrasando hasta los esqueletos, clavándose entre adiposidades, músculos y tendones, haciendo que la piel parezca un gran río salado dibujado en cada anatomía.
En momentos en que ella iba a tender ropa, sobre el césped reseco, vio una culebra cuya cabeza apuntaba hacia las patas de una paloma torcaza que comía las miguitas de pan con las que su padre las alimentara cada día.
Ante la imagen, Belén, sintiendo ausencia de su capacidad defensiva, solo atinó a gritar:
-¡¡¡Paaaaaaaaaa!!! en clarísima alusión a su padre, quien acudió presuroso al llamado intuyendo que la voz de su hija anunciaba algún peligro inminente.
Belén solo atinó a espantar a la palomita que alzó vuelo, tal vez desconcertada, dejando su almuerzo inconcluso.
Su padre tomó una pala cuyo filo se incrustaba, en momentos normales, sobre la tierra arenada para quitar las malezas. Esa vez, en cambio, impactó sobre lo que podría decirse que era el cogote de la alimaña en el supuesto caso que tuvieran cogote.

El bicho repulsivo hizo dos o tres contorsiones, como si danzara su último cadereo invertebrado sobre el césped.
Y murió con su carga de veneno atragantado, sin tiempo como para descargarlo sobre las patitas indefensas de la torcaza.
Belén recordaba la escena y volvió a situarse en ese tiempo. Volvieron las palabras que sucedieran a esa visión de la muerte por “asesinato”.
-Ay pa, ¡La mataste! Pobre bicho, no sé cómo pudiste hacerlo.
-¡Nena! respondió el padre sin tener en claro que la “nena” ya no era tal sino una mujer casi a punto de hacer su entrada a la tercera edad cuando menos quisieran pensarlo.
-Era una yarará, no puedo ver a esos bichos repugnantes, muchas veces andan por acá. Todo lo que se acerca sin hacer ruido, lo que se arrastra y no avisa su llegada me resulta insoportable. ¡Qué la parió!
-A mí también, pa, pero la muerte me espanta, llegue por el motivo que llegue con o sin aviso. Hasta me causa horror la de una alimaña, me da un poco de cosita, ¿Viste?
-¡Vos siempre tan romántica, qué cosa más grande! Y eso que casi te morís vos del susto, murmuraba el viejo mientras metía en una bolsa el cadáver al que ni el calor de ese mediodía pudo entibiar un poco.
-¿Qué piensas? Preguntó Tomás cuando notó que Belén parecía mirar hacia un pasado traído de los pelos, de repente.
-Nada, respondió Belén, nada. Recordaba la historia casera de una culebra a punto de picar las patitas de una torcaza que comía miguitas de pan, un mediodía de sol abrasador, antes de que mi viejo la matara.

-Volviendo al tema, yo que pensaba que esa enfermedad atacaba solo a los buenos, repitió Belén.
-No, ataca a cualquiera, respondió su amigo.
-Sí, sí, pero es que la muerte me espanta llegue por el motivo que llegue, expresó Belén.
-Por supuesto, afirmó Tomás. Por supuesto y eso es, justamente, lo que nos diferencia.
-Che, ¿Y cómo saldrá de su enfermedad José Mas Akre?
-Ojalá la supere, tal vez esto le sirva para comprender que aunque tenga el título de Señor de la Vida y de la Muerte, también es vulnerable a ese designio.
-Ay Tom, me parece que a vos también te espanta la muerte.
-¡Claro que sí! Lo que no se es que tendrá que ver José Mas Akre con la culebra que matara tu padre. Mira que tienes facilidad para saltar de un tema al otro, mujer.
-Seee, en serio que sí, respondió Belén. Pero creéme, volví a sentir pena por la culebra.



PÁGINA 12 – POESÍA  

MARÍA ELENA WALSH
(Argentina-1930/2011)

ARTE POÉTICA

Rarísima, desesperada
complicidad de los papeles.
Es muy lindo decir naranja,
pero la tinta cómo duele.
Cuánta fatalidad nos hace falta.
Yo no sé cómo hay gente que se atreve.
Me olvidaría de vivir
pero aprendí cómo se muere:
clavándose una lapicera
en el amor a la intemperie,
o resbalándose memoria abajo,
sin paliativos, infinitamente.
Y me pregunto para qué.
No hay apariencia que conteste.
Al fin y al cabo me pondría
a hacer espuma con laureles
y cambiaría la posteridad
por una basurita, por un peine.
Hace tiempo que tengo ganas
de decírselo a mucha gente:
sepan que callo de certeza
y que fallezco de obediente,
y que no tengo la menor idea
y que me desespero para siempre.
Cuánto más cómodo sería
imaginar entre los peces,
disimular como el rocío
todo delito transparente,
colaborar con intachables piedras
o llamar por teléfono, o que espere.
Hasta cuándo podré durar
en un empleo tan urgente,
tan frágil, sin escapatoria,
escarbando lo que sucede
en zonas sumergidas donde todo
se quiere arrepentir pero no puede.
La verdad es que soy testigo
de festividades solemnes,
que padezco una colección
de musicales intereses,
que ríos y manzanas me autorizan
y estoy a cargo del color celeste.
Pensar que no sabremos nunca
qué pasa dentro de las nueces.
No me pregunten. Con locura
y con el permiso de ustedes
me voy a agonizar otro poquito
con las palabras. Hasta que me lleven.



PÁGINA 13 – ENSAYO

SILVIA DELGADO FUENTES
(Sopelana-Euskal-Herria)

LA CULTURA REMATADA

Nací mujer y nací poeta.
Ambas cosas, necesariamente, me enseñaron a resistir las embestidas de una sociedad cada día más andrógina y analfabeta.
Escribir desde la mujer que soy, implica que la mía no será nunca literatura de mamporrerìa y genuflexión; ser mujer y poeta me obliga inexcusablemente a comprender la escritura como un acto subversivo, de confrontación, y también, y sobre todo, de libertad.
En tiempos como estos, en los que vemos los estantes de las librerías repletos de libros intranscendentes, libros que se venden entre televisiones y hamacas de playa, libros que aparecen por millones, como por arte de birlibirloque, con sus lujosas ediciones; en tiempos como estos, digo, un puñado de escritores, de poetas, de trabajadores de la palabra, nos empecinamos en mantener la cultura en alto, en una lucha cuerpo a cuerpo contra el pensamiento idiotizado y universal.
Observamos el mercadeo literario con tristeza y vergüenza, recorremos las listas de libros más vendidos con asombro y constatamos que a la derecha del poder se sientan literatos que hacen del oficio crimen y delación.
Por eso, porque nosotros entendemos que escribir es resistir, señalamos impasibles a todos aquellos farsantes, fabricantes en serie de palabras serviles y alienantes, gentes del buen vivir que difunden ideologías necrosadas y exportan una cultura mercantil que en nada compromete.
*
En el año 2007 gané el “XXV Premio de Poesía Antonio Machado” del ayuntamiento de Sevilla con mi poemario “Las cuarenta chimeneas del infierno”; nunca publicaron la obra, sólo, después de insistir obsesivamente, me enviaron el premio en metálico.
Recibí por parte de las instituciones y de las personas responsables, silencio, desaires.
Durante dos años, me dediqué con vocación casi religiosa a enviar cartas certificadas y virtuales, a hacer decenas de llamadas de teléfono pidiendo una aclaración. Como respuesta, malas formas para esta poeta.
Encontrar una explicación a este suceso, pasa inevitablemente por analizar el estado de la cultura, el maltrato intencional de las instituciones y los burócratas culturales, pasa irremediablemente por ver en esto la intención delincuente de unos cuantos bufones por convertir la libertad de escribir en una señora dócil que lame sus propias cadenas.
Acuso sin temores a aquellos que en aquel año trabajaron en el distrito casco antiguo de Sevilla como funcionarios culturales; en aquel tiempo la responsable, lamentablemente, era una mujer; seguramente, la más iletrada, seguramente la más zafia, seguramente fue un puesto dado a dedo, seguramente no sabe siquiera quien era Machado, ni porqué murió en el exilio, seguramente.
Gente como ella, como tantos que se apoltronan en curtidos asientos bien pagados, son los que favorecen que la ignorancia vaya convirtiéndose en el peor síntoma de esta sociedad tan neurotizada.
Se coló entre los gustos del jurado un poemario duro, molesto. No eran haikus, ni era realismo sucio, ni eran poemas existenciales, eran versos duros como piedras. Ahí les escoció.
He aquí, entonces, en estas letras, mi queja, mi denuncia, mi preocupación por el estado de una cultura oficialista que cada día tiene el electroencefalograma más plano.
No sólo comprobamos diariamente cómo producen sin pausa libros intranscendentes, no sólo vemos a los autores de la mano de mercaderes sin escrúpulos, no sólo escuchamos decir que el futuro de la literatura está en los medios virtuales. No sólo padecemos esta sociedad mercantilizada y absurda sino que también debemos soportar la censura, el olvido, el desprecio, el fraude permanente de personajillos infames a quienes, recordémoslo, pagamos entre todos.
Y como decía al principio, nacer mujer y poeta me ha enseñado a resistir estas y otras embestidas; yo continuaré con el sueño infantil de sembrar la tierra de pan y versos, continuaré con mi empeño de, a contracielo, ser poeta, pese a quien pese y joda a quien joda.



PÁGINA 14 – CUENTO

FERNANDO OMAR VECCHIARELLI
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

KAFKA Y EL SEÑOR LEVRAND

Kafka logró desentrañar la mutación del individuo, en su cuento La metamorfosis, por lo menos esa fue la interpretación del Señor Levrand  al terminar de leer el cuento de Franz. Del pequeño estante extrajo una botella de coñac  de dudosa calidad etílica y se sirvió una copa, se quedó en silencio mirando por la ventana de la habitación al hueco de aire y luz de su departamento cuya vista daba a una pared de ladrillos cargados de verdín.
Levrand entibió entre sus manos la copa y bebió de ella el triste alcohol con sabor a caramelo que fue quemando su garganta en el breve recorrido por el esófago.

Sentía que ese cuento reflejaba sin querer su propia transformación, su eterna soledad  su acostumbramiento a los cambios que no siempre eran para mejor.
Entendía que  día a día su cuerpo estaba envejeciendo y como tal comenzaba a limitarse, muchas actividades le estaban prohibidas  y se sentía cansado ante el esfuerzo, su juventud se escurría como el goteo de un grifo que no cierra su caudal de agua. Levrand sintió un ardor en la boca del estomago producto de una nueva herida interior y pensó que exactamente hoy debía abandonar el coñac que le alteraba su tranquilidad digestiva.

Suspiró recordando que hace unos meses atrás el médico le había prohibido la sal por su hipertensión y el azúcar debido a su diabetes, solo le quedaba el consuelo de esa copa que ya no le era placentera, permanecían pocas cosas con que gratificar su espíritu y lamentablemente eran insulsas o amargas.

Levrand ya casi no ejercitaba el contacto físico con otro humano del género opuesto, simplemente porque se había convertido en un ser huraño y solitario, su carácter jovial y social se había minado con el transcurrir de los años.

No asistía a ningún evento multitudinario ya que no podía ingerir alimentos grasos ni fumar y sus limitaciones físicas le impedía practicar deportes grupales, solo el ajedrez era en parte un medio para entretener su intelecto, pero en esta sociedad de activos y entusiastas no era un deporte muy popular, pasaban meses hasta que alguien muchas veces por piedad jugaba una partida que duraba escasos minutos ya que no había rival a la altura de su juego.

Levrand se acomodó en la vieja poltrona desvencijada dejando abandonar su cuerpo pesadamente hasta hundirse en los almohadones vencidos al igual que él por tanto tiempo sin esperanzas

La tarde caía dando paso a la penumbra y luego a la oscuridad casi total de su habitación. Entrecerró sus ojos para lograr lo único que aun podía hacer sin alterar su salud, dormir e inclusive soñar

Algo se movía entre sus piernas que lo sobresaltó, una fuerza extraña se había apoderado de su pie derecho y subía hasta la pantorrilla enroscándose como un tirabuzón, Levrand no podía ver y mucho menos entender que sucedía en su pierna, intentó ponerse de pie pero sintió que esa cosa se enroscaba en su pie izquierdo maneando sus piernas y dejándolas sin la posibilidad de despegar su torso de la vieja poltrona, lo intentó una y otra vez pero caía irremediablemente
Con esfuerzo estiró su mano hasta alcanzar la perilla de la lámpara apoyada en la pequeña mesa de arrime y encendió la luz, asombrado vio que desde su coxis había crecido un apéndice con forma de cola de lagartija que se enredaba en sus piernas impidiéndoles movimiento alguno, a medida que intentaba soltarse, el apéndice crecía más y más, probó acercar la lámpara pero su mano había desaparecido, en su lugar tenía una pequeña garra que llegaba hasta su hombro, observó que su otra mano con la que trataba de golpear a esa especie de cola se había convertido en algo similar pero especular de su diestra.

Levrand intentó gritar en solicitud desesperada de ayuda pero de su boca solo salió una lengua fina y pegajosa retráctil que realizó un ruido igual al chasquido de un latigazo, se dio cuenta que su visión de la habitación era diferente podía ver todo a su alrededor sin mover su cabeza, eran sus ojos específicamente la zona orbital, la que ahora se movía separada una de la otra en giros completos de ciento ochenta grados, veía en plena oscuridad, cosa que notó al caerse el foco de la lámpara y explotar sobre el piso.

Sus piernas se habían convertido en patas de reptil y su cuerpo había mutado definitivamente, su apéndice era una gelatinosa cola que se estaba llenando de escamas rígidas de color verde esmeralda.

Sus patas traseras se liberaron y rápidamente abandonaron la poltrona, Levrand se posó sobre el desgastado parquet de la habitación y con inusual rapidez se encaramó a la ventana. Desde un rincón de la habitación una cucaracha se movía junto al zócalo, Levrand la observó y su lengua se disparó hacia ella atrapándola en su pegajosa punta, con movimiento retráctil y veloz la trajo hacia su boca hasta desmembrarla y deglutirla.

Todo era ágil y certero, Levrand probó treparse por las paredes hasta el techo lográndolo sin inconveniente, se detuvo en un ángulo y desde allí observó toda su habitación, sobre el mueble dónde guardaba su ropa estaba el espejo de bordes biselados y hacia él se dirigió, quería ver su rostro y comprobar su mutación. El espejo le devolvió una imagen incomprensible e irónica.

Levrand comprendió su triste realidad, había envejecido pero seguía siendo igual de humano que ayer. Kafka no había podido lograr el milagro.-  

 Dedicado al Señor N. Levrand por permitirme usar su apellido en este cuento



PÁGINA 15 – POESÍA  

AMELIA ARELLANO
(San Luis-San Luis-Argentina)

MIEDO

“Hay un pájaro azul en mi corazón, que quiere salir, pero soy duro con él, le digo quédate ahí dentro, no voy a permitir que nadie te vea...”
Charles Bukowski

Ya lo siento llegar.
En un rumor de pasos que adelgazan la noche.
El viento ha silbado tres veces. Ha llorado tres veces.
Tres veces lo ha negado.

Pero él avanza con su falo y su dedo, erectos.
Se acomoda en mi cama.
Me cubre con su cuerpo pesado.
Su aliento me apuñala la espalda.
Me huele, me habla, casi secretamente.
Se hunde en mí. Me muerde.
Es una enorme boca que devora la casa de mi infancia.
Los ladrillos de luna. Los racimos.

Engulle sin piedad la patria de mis ruidos impúberes.
El viento en las ventanas. Las voces sacrosantas.
El tintineo de las amapolas en la lluvia.
Y no hay barcos, ni albergues, ni barriletes nuevos.
Y las palomas migran, y los cielos y los dioses.
Solo quedan los miopes y las cucarachas.
Los paralíticos y una que otra langosta.

Y cuando bendigo la impalpable luz de la locura.
Un mendigo  me acaricia los ojos y la boca.
Y lo beso, y lo tomo y lo albergo.
Trae un pájaro azul en su mirada
Me besa las yemas de los dedos.
Y me dice con su voz de cristal amargo.
Déjalo que salga... y anda.

RESISTIR

Soy capaz de resistir todo menos la tentación de vivir.

Llevo en las manos un ramillete de golondrinas muertas.
Mustios cardales y crisantemos negros.
Y me vuelve una desazón antigua. Una duda. Una certeza.
La cerbatana ha atravesado la manzana.
Un hambre de veranos estalla en el ocaso.
Un perfil de puñaladas desangra la hojarasca.

Un temblor de niña me recorre.
También tiemblan mis malecones. Y resisten.
He aquí el secreto.
La manzana no cae.
Y me vuelve un recuerdo antiguo.
Una sentencia.

Cardal en flor  y crisantemos blancos.
Y la vida .Tentación ineludible.
Un resistir continúo. Un salir al encuentro.
Ineludible tentación, la vida.



PÁGINA 16 – ENSAYO

MIGUEL FERNANDO MARLAIRE
(San Miguel-Buenos Aires)

RUBÉN  VELA  2012 
EL POEMA CRECE

Hace algunos años realicé mi primer trabajo sobre la obra de Rubén Vela, en el que analizaba “El espíritu de trascendencia “presente en su obra. Así dije entonces que…
La obra poética de Rubén Vela trasunta una fuerza conceptual basada en el fenómeno de implantación telúrica del personaje americano.
El autor de “Maneras de luchar” utiliza la palabra a modo de cincel, esculpiendo las almas con sentencias certeras, sin dudar del contenido de sus aseveraciones.
Este arraigo a lo material primigenio, no le impide alzar vuelo ubicándose en los altos cielos de la espiritualidad trascendente.
Hoy, a cuatro años de distancia, su obra poética continúa creciendo y, si bien mantiene la fuerza trascendente de sus inicios, se ha orientado hacia la luz mistérica de la palabra, ahondando en el sentido del poema.
Este libro que hoy se presenta, “Poemas como Piedras”, testimonia no sólo la fuerza de esta nueva rama del árbol poético que configura la obra de Rubén Vela, sino también la coherencia del nuevo derrotero con toda la historia anterior que comienza en 1954.
En la percepción de este hecho es que Rubén ha imbricado en este libro los nuevos poemas con los más antiguos.
Lo interesante y curioso en la obra de Vela es que, salvo el salto cualitativo entre sus primeros poemas de juventud, donde se preguntaba e interpelaba al Supremo, y sus primeros escritos americanos, el resto de su obra no reconoce una evolución.
El desarrollo de su percepción de la realidad testimoniado en toda su obra resulta ser hoy una trama que imbrica los conceptos primeros con los actuales en un mismo nivel ontológico.
Hay una continuidad temática en toda su obra. No hay escisiones.
Hoy está exponiéndonos la realidad de la “palabra” como hálito creador divino, y al poema como expresión de contacto con el “Medio Divino”.
Ya anteriormente nos condujo por los meandros de “La palabra en armas”.
Allí explicaba “para qué sirve la palabra”.
Decía “nosotros, la palabra”, y hoy dice que Dios nos dio la palabra.
Siguiendo este camino entre lo místico y lo mítico, es que describe sus percepciones de un inframundo vinculado a las mitologías.
Está tanteando en el oscuro laberinto de los arquetipos con la única herramienta del poema.
“Recuerdo los gigantes de antaño que me vieron nacer y que ya han muerto”, nos dice.
“conozco los nueve mundos, los nueve dominios del espacio cubiertos por el árbol de la vida, ese árbol eterno cuyas raíces están en el cielo y sus ramas están en el infierno, ese árbol eterno en el cuál todos los mundos descansan y al cual todos los mundos pertenecen.”
Y más adelante recuerda a Nandi, el toro que es montura del dios hindú Shiva:
“Oh poderoso toro del cielo, joven toro de robustos cuernos, toro de las estrellas, la tierra está embriagada porque penetras en ella, la tierra ha llegado hasta ti como un entero cuerpo vivo.”
Entrelazado con la descripción dantesca del inframundo, están los sentimientos que lo acosan y agobian: la sed y la soledad.
“Agua, me consumo de sed.”
“La sed. Ardo y me consumo de sed.”
Esta es la sed del conocimiento, del saber hacia donde vamos, de conocer la finalidad del universo, que en su aparente absurdo le resulta finalísticamente conducente.
En este proceso sigue encontrándose solo:
Con “El león y la rosa” concluye que “su soledad lo ha traicionado”.
En “En silencio”, se inspira en la mano de Dios tendida en vilo hacia la del hombre, magníficamente descripta por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y nos dice “Todo es posible en ella. Esa mano y su enemiga: la soledad”.
Teme una posible realidad de un universo sin sustento divino, pues en él la soledad sería definitiva.
En “Pequeña criatura”, vuelve los pasos sobre “La sed de los descubrimientos, el verano común del universo, la muerte huyen de ti y quedas prendida como una firme voluntad, como un solo deseo, en lo que es el pliegue de mi mismo en mi soledad.
En su reciente “Poema” en que cita al génesis, concluye también con “este huérfano de si mismo, este hombre con sus ojos prohibidos, en soledad.” Y concluye re afirmando enfáticamente: “¡Si!, en soledad.”
Otra de las vertientes inconmensurables de la poética veliana, es el ansia de eternidad reflejada en la continuidad del amor y el corte existencial producido por la muerte.
Ya en su obra más joven dedicó el importante capítulo “Para mi muerte”.
Mas en su más cercana vivencia, en su reciente libro “El Cazador”, se sorprende ante la muerte del amor.
Ese amor que justamente lo redimía de las ausencias y de la soledad, ahora se le aparece como efímero.
Así lo describe “Como formas condenadas al fracaso…y oponen el irremediable tiempo a su inútil esfuerzo de eternidad”, concluyendo con su total destrucción “en imponentes majestuosas ruinas”
Sin embargo hurga en las posibles salidas de este incomprensible dilema, e inventa otra dimensión para el amor: nos dice en “Declaración de amor. Casa libertad”: “Esa casa no se derrumbará nunca, el tiempo no la destruirá, está en otro espacio, construida con otro amor”.
Esta es la construcción que plantea “Poemas como piedras”, traída desde anteriores versos en “Arte Poética”:
“Piedra sobre piedra, palabra sobre palabra. El edificio crece. Piedras como palabras, palabras como piedras. El edificio crece. Piedra o palabra, todo el edificio. El poema crece.”
Recupera su fe en el amor apoyado en lo que siempre fue su símbolo preñado de eternidad: la piedra.
Esa piedra indestructible que descubre en América, la utiliza como firme apoyo para su edificio vital, para construir su universo personal.
Es la indestructibilidad de este ladrillo- piedra, lo que le da el sustento y el pase a la eternidad y la permanencia buscadas.
No concibe un universo sin un punto fijo.
Ya mucho antes preguntó “¿qué cantidad de fe es necesaria para creer en la vida?”
Su solución al dilema vital se materializó en la piedra.
La piedra siempre fue su sustento y su estandarte.
Así es como concluye triunfalmente con el título de esta obra, que es el resumen de su tarea de ajustarse de algún modo a la obra divina: “Poemas como piedras”.



PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

CARLOS ROBERTO MORÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

EL CENTRO DE LA GRAVEDAD (Novela corta)
Autor: ENRIQUE BUTTI
Editorial Palabrava-Santa Fe
Argentina, 2012, 93 páginas

 “La ternura me parece la mejor virtud del amor”
Una adolescente ingresa a un espacio alternativo y a partir de allí comienza a incorporarse, con dolor, al mundo adulto. Un hombre regresa a Roma con su escepticismo a cuestas, pero un encuentro accidental lo sumerge en ritos, creencias y presuntos milagros. Un marginal juega su vida por una mujer y la Virgen es la que termina de arroparlo, de brindarle el calor que jamás tuvo en su precaria existencia.
Estamos en el territorio ficcional del narrador argentino Enrique Butti, quien nos entrega literatura de alta calidad en los que “emoción” y “sentimientos” no resultan cuestiones menores. Arriesgando, como es de comprender, el autor “se atreve” a que esos temas, tan sensibles (y tan difíciles de manejar sin caer en la más ramplona sensiblería), tengan una relevancia particular en sus trabajos.
“El centro de la gravedad” (novela corta), es uno de los últimos libros que ha escrito Butti para felicidad de sus lectores.
“La emoción es mi impulso para escribir, y la guía y la meta”, admite Butti. Emoción que el autor traslada a la adolescente María en “El centro de la gravedad”. Ella vive sola con su padre luego de que la madre los abandonara, cuando la niña tenía diez años. Ahora tiene 15 -menos unas semanas y algunos días- y está muy atenta a la marcha de las cosas, del mundo: “Quisiera ser mayor, independiente, entender algo, encontrar otro camino”.
Su padre, un extranjero que ha recalado en la Argentina, integra una pequeña y particular sociedad esotérica que busca, con trabajos en laboratorio, interrumpir el flujo del tiempo, nada menos. Aparatos sofisticados mediante, Hermann (el padre de María) y sus dos socios intentan lograr sus caros propósitos. De ahí que los tres estén convencidos que, de lograrlo, harán un importante aporte a la humanidad misma.
María es sometida al experimento y por eso logra adentrarse en un mundo cristalizado, donde todo parece abatido, especialmente la emoción, el flujo mismo de la vida. Ella recorre ese mundo (donde no hay medidas de espacio ni tiempo) con gran pesar, porque no termina de entenderlo. Y, más tarde, con un propósito adicional que no cuenta a su padre: encontrar a la madre perdida.
“Hay tanta belleza, tanto dolor, tanta persistencia de la historia. Y tanta desolación, por todas partes, a cada paso, que me detengo y me arrepiento de mis mezquinos propósitos que, ciega a todo, me impulsan a seguir”, ha escrito María en un diario exhumado por Javier, su amigo, también el primer amor que ella conoce, el ser que logra contenerla.
La experiencia de la joven/niña es límite y por consiguiente todo eso que va percibiendo está atravesado, “teñido”, por el dolor. Nada le será gratuito, ni aún el reencuentro con su madre a quien halla en extraños túneles que funcionan como catacumbas que anticipan la presencia de la Muerte.
Porque Butti, en esta breve pero sustancial historia, aborda distintos géneros, partiendo de la ciencia ficción (género considerablemente poco frecuentado en la actualidad), para adentrarse luego en zonas de mayor fantasía que llegarán, en determinado momento, hasta lo sobrenatural y el terror. Pero serán pre-textos, en todos los casos, porque en lo sustancial el narrador nos cuenta una historia que refiere al Conocimiento (el de María) pero también al amor (el de los jóvenes, en los que quedará depositada la esperanza).
Dos viajes hará María al territorio “alternativo”. En el primero habrá lugar para el deslumbramiento. En el segundo para la desconfianza, respecto de las búsquedas de su padre, de todo lo que está dispuesto a hacer, y a dejar de hacer, en función de sus fines. Será en esta segunda parte del relato donde María se sabrá traicionada, crecerá, y terminará encontrándose con el Misterio. Toda una propuesta de lectura, sobre la que no conviene ser más explícito porque es necesario que el lector recorra esos territorios cargados de interrogantes, se los explicite, les encuentre el último sentido.



PÁGINA 18 – CUENTO

CARLOS ROBERTO MORÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

REGANDO EN EL JARDÍN

Las rosas té se desgranan no bien cae sobre ellas el fuerte chorro de agua, tendré que hablar con Juan porque otra vez se nos enfermó la enredadera, se advierten los puntos blancos que marcan sus hojas, sí, tengo que hablar con él no bien aparezca, se abre paso entre los altos yuyales, ahora riega las pocas magnolias vivas, es una mañana espléndida -ligero viento de la costa, leves nubes, el agua de la laguna y los puentes brillan y los autos que pasan por la ruta parecen haber asordinado sus motores- ¿no es hora de que Néstor se levante?

Desplaza los altos yuyales y ahora el agua beneficia a unas plantas bajas con hojas quemadas por el calor que ella no quita, que Juan ubicó en un rincón y de las que desconoce su nombre. En realidad poco sabe sobre el amplio jardín que cuida Juan y que ella de tanto en tanto riega, como ahora, en la mañana cálida, primaveral, que parece estar desperezándose.

Ignora todo sobre el jardín, las plantas y sobre otras cosas que ocurren, riega, se pregunta por qué tiene que mirarla el negro del rancho con tanta insistencia, si fue o no fue Federico (¿o Angélica?) la que la despertó cerca de las seis, suerte que después se durmió y siguió soñando un sueño imposible de recordar en este momento, desde que tomo las pastillas no me acuerdo de nada, sueño que igual le resultó agradable como un helado de vainilla.

Sería bueno tomar un helado, le voy a pedir a Néstor que me lleve esta tarde, pero qué me va a llevar este hombre, me contestará mal, como es su costumbre. Ya tendría que haber salido, pero no sé, él sí, tiene sus horarios y una no debe meterse con sus cosas, se habrá acostado tarde otra vez, ella vio la televisión, vio la película y después se fue a la cama y eso es todo lo que recuerda. Le fastidia que el negro la mire con tanta insistencia, viene hasta la reja, espía para adentro y se va. Ahora, fijo, la mira, ella trata de ignorarlo y sigue regando todas las plantas mustias.

Si en esta casa una no... Se levantó temprano, el sueño la seguía ahora como una mala sombra, desayunó -le vuelve el gusto agrio de la leche- y decidió regar el jardín esperando darle una sorpresa a Juan, supongo que hoy al fin se decidirá y vendrá el señor, regar esperando además que se despertara Néstor, duerme el bendito más que de costumbre, vaya a saberse a qué hora se acostó. No lo escuchó llegar.

En realidad, dirige el agua a la palmera de la que caen grandes hojas oscuras, poco sabe sobre lo que hace Néstor, él, suele decirle, tiene su vida afuera, a ella le basta -le sobra- con la casa, con todo lo que tiene que hacer, día a día, día tras día. Con todo lo que tengo que hacer, dice en voz alta, ¿Angélica no tiene que rendir?, no lo sabe bien porque la hija no le cuenta mucho de la facultad, de lo que hace, de lo que deja de hacer (casi no le habla) pero cree... Derecho, si es Derecho lo que me estudia esta chica.

Ahora le toca al potus, ya fuera del jardín, en la galería, el morocho la mira hacer, qué incómodo, siempre espiando la vida de los demás, te tienen envidia, estos negros te tienen envidia, después de regar irá al súper, lo que me gusta de estar sola es la tranquilidad.

Riega, sigue regando, Juan conoce el nombre de las plantas como si fueran sus hijas, Ana me tiene que acompañar a hacer las compras así no me olvido nada, cae el agua de las planteras a las baldosas, vuelve al potus, para mí que discutía, porque cree que era Federico el que gritó anoche, este chico siempre grita, después -¿o antes?- vinieron los ruidos. Después se durmió.

Anita te lo resuelve todo, que ella haga la lista. Extraña intensamente a Anita, aunque bien que se peleaban porque cada una tiene su carácter, pero igual se la extraña. Si estuviera ya habría escrito la lista y yo le diría apúrese y en cambio ella ni la empezó: Huevos y pan y leche y la merluza para Néstor y los cereales de Federico, desde chico le gustaron los cereales, mami, no te me olvidés de los cereales, ¡cierto! el yogurt para Angélica, la leche de hoy estaba agria, la heladera tiene un mal olor que ni se aguanta, porque si no compro bien después te grita y la mesa es un lío y Néstor dice en esta casa no se puede vivir y se levanta y da un portazo y si te he visto no me acuerdo.

En esta casa, podría decir, alguna vez hubo... y se detendría allí porque le faltaban palabras, ideas, porque todo le era oscuro como la brea, una oscuridad intensa que intenta despejar a base de manguerazos, porque yo, se dice y se interrumpe, en el momento en que casi pierde pie a causa del agua que cubre el pasillo y se escurre hacia las habitaciones interiores.

El agua no cesa como tampoco sus pensamientos que derivan como el propio chorro que salta de planta en planta. Esta Anita que no me llega pero de inmediato se corrige, si seré, porque Anita hace un tiempo que no viene (no sabe si ayer, no sabe si hace una semana o si hace un mes), no puedo quedarme ni un minuto más, decía y se le indignaba hasta el punto de recordarle a un animalito de dibujos animados, pobre, exclamó, como si la tuviera ante sí, espero que llegue y así vamos de una buena vez al súper.

El chorro golpea en un agujero de la pared y la salpica, qué raro, dice observando la picazón surgida en la pared, tendrá que hablar con Juan, retarlo al viejo para que no se descuide tanto, encima que se fue Anita y encima que no me llega nunca y yo que tengo tantas cosas que hacer, chapoteaba en el agua de la galería, el chorro de la manguera ingresaba al comedor, después que Anita se fue Juan es el único que, más o menos, más o menos, me escucha, no como Néstor, que hacía mil años duerme separado en la pieza que se hizo acomodar, solito el señor, no como Federico, chico nervioso y contestador no te vas a encontrar otro en la vida, siempre discutiendo, con la madre, con el padre, con la hermana, con los amigos benditos que se trae y de dónde los habrá sacado, y no va que grita a todos e igual que el padre, no me van a decir que no es la copia misma del padre, porque el señorito va y pega un portazo y si te he visto no me acuerdo.

No conozco nada, ni del marido, ni de los hijos, aquí adentro el negro ese meterete no me ve más, menos mal que te queda la casa, limpia con agua el segundo agujero negro aparecido en la pared del que salta un polvo rojizo, envía el fuerte chorro a las paredes, a los cuadros torcidos, menos mal que te queda el súper, Anita bien que sabía hacer las listas, no sé cómo no llega de una buena vez.

Y es una lástima, dice en voz alta y de inmediato se intriga, ¿qué quería decir con eso?, hace un gesto de despreocupación y limpia el modular, que brilla con el agua, porque una va y habla con Anita, ¿estuvieron de fiesta anoche? Ella con las pastillas no escucha nada y una se tranquiliza, porque Néstor no le habla, vaya a saberse qué hace este hombre, y esa gente que se trae a la casa y que siempre discute, grita Néstor y grita Federico y gritan los invitados y después se encierran y no gritan más. Y después se van en sus autos y si te he visto no me acuerdo.

Cuando Néstor vea lo que hicieron con las copas se va a poner como loco, le echará la culpa a ella como de costumbre, cae el chorro sobre los cristales destruidos, porque usté, así le hablaba Anita, usté, repetía, se tiene que poner firme, tiene que preguntar de dónde saca el don Néstor la plata, cómo no, con lo fácil que es hablarle al señor, levanta las sillas caídas, el mantel tirado en el piso, se lastima un pie con un vidrio roto y comienza a sangrar, mirá que una va a ir y preguntarle a Néstor. Este hombre no se levanta más.

Si me apuro llego bien para el súper. Anita hace bien las listas, lástima que se demore, el coletivo, dice, el colectivo, la corrige, el coletivo que no llega nunca, también ustedes que se vinieron a vivir a los quintos infiernos, y a Angélica no le puede faltar el yogurt, endereza el cuadro del pastor y las ovejas, ahora sin vidrio, que también moja. Levanta la maceta destruida.

Agujeros en las paredes del comedor, eso sí que es nuevo para mí, tengo que hablar seriamente con Anita, tengo que decirle... No se acuerda qué, es lo mismo, cierto que Anita no viene más, mire señora, no se puede seguir aquí, usté misma se tiene que ir, lloraba Anita, ¿por qué lloraría la pobre?, penas de amor, mirá que si me voy a ir, resbala a causa del agua, llega a la antecocina, todo revuelto y tirado, ellos no tienen problemas en dejarle el trabajo a una. Mirá que me voy a ir, si ésta es mi casa.

Si me apuro llego bien al súper y después cocino aunque Angélica no dejará de quejarse, siempre se me quejan, tanto discutieron anoche que tiraron abajo el aparador, vidrios por todas partes, el agua hace correr los otros líquidos:
Gaseosas y cerveza y algo rojizo que también corre aunque con mayor lentitud, con mayor pereza.

Si Juan viniera... Aunque ahora se acuerda que hace tiempo le dijo señora no vuelvo más, ¿y quién va a cuidarme el jardín, los negros de los ranchos?, porque nunca te dejan tranquila, te espían de pura envidia, evita mojar a Federico, que duerme encogido en el piso de la cocina y soportando encima el cajón de los cubiertos, qué le va a decir una, mamá, te callás, y sale dando un portazo, sube el auto nuevo y si te he visto no me acuerdo.

Por aquí ya terminé. Enrolla en parte la interminable manguera, una manguera larga, señora, pidió Juan no bien lo contrataron, el jardín es muy grande y está la galería, sube las escaleras, con cuidado porque te podés caer, resbala entre el agua y la mugre, no me animo a despertarlo, usted tiene que meterse y preguntar, dice Anita, mirá que le voy a preguntar a ese hombre, mejor que duermo aparte en el rinconcito adonde no va nadie ni nadie te ve, tal para cual, el padre y el hijo y el espíritu santo, gritan y te dan portazos que te sacan el corazón, y esas reuniones con las visitas, los autos nuevos, las mujeres que me los vienen a buscar, ¿a usted no le da rabia?, más que rabia molestia, porque se van sin saludarte y te dejan con la comida servida, porque una no es una en su casa, todos esos con sus peleas y con sus armas.

Nuevos agujeros en las paredes y en el piso, qué raro, riega el florero roto, los cuadros movidos, las paredes que largan chorritos negros y rojos. En el dormitorio de Angélica dirige el chorro al ropero abierto, esta chica mirá si no será desordenada, con ella no se puede, se le queja Anita, usted tiene que controlarla más, los novios, las salidas, Angélica también duerme en una posición semejante a la Federico, ya se tiró encima el maquillaje, el rojo tiñe la habitación y sale con facilidad con el agua. Si la despierto se me va a enojar y después quién te la aguanta.

Acomoda un poco la ropa mojada y sale precedida por el chorro de la extensa manguera, se dirige al dormitorio de Néstor, mirá que voy a seguir durmiendo con ese hombre, no se puede, le comenta a Anita aunque le avergüenza hablarle de esas cosas, separados es mejor, él en el dormitorio grande y yo en la piecita, escondida, tranquila, cuando no me puedo dormir me tomo las pastillas y ya está.

¿Anoche las tomó? cree que sí, como siempre, no se acuerda bien de nada, el agua hace correr la ropa desparramada, las estrías de la madera violentada, levanta la mesita de luz, cómo querés que se despierte si se duerme así, atravesado en la cama, moja sin querer el cuerpo de Néstor y el agua se vuelve roja, mirá si se despierta, después grita y me mata.

Moja el polvo blanco desparramado en el parquet, los billetes tirados, los agujeros que también se multiplican en el piso como si hubieran irrumpido en él muchos hormigueros, si se despierta mojado se pone como loco y tengo que pagar el pato porque se va y vuelve con las chinas y me lo lleva a Federico. Mirá que venir y tirar harina en el dormitorio.

Camina con cuidado para no resbalar, su pequeño dormitorio, un rincón casi inaccesible ubicado en otra ala de la casa, se conserva en orden, lo riega sólo un poco y luego -retrocediendo- desciende por las escaleras, chapotea, deja tirada la manguera que continúa largando agua, busca el bolso, busca el monedero vacío, si me apuro llego bien al súper, busca el auto que no encuentra, mira la gente amontonada, rodeando la casa quinta, estos negros que no te dejan nunca tranquila, escucha sirenas a lo lejos.

Que no se me demore más Anita que tengo que cocinar.



PÁGINA 19 – POESÍA

GUSTAVO DUFAU
(Barcelona-España)

FIN DE LA HISTORIA

No nos quedemos con la página en blanco
ya no,
que no nos reclame el duende,
el ángel,  el tú que nos habita
cisnes de cuello blanco y alas transparentes,
musas de senos redondos,
como Afrodita,
 labios como promesas
de fuego
que nos liberen de la muerte...

No nos quedemos con la página en blanco
que el mundo sangra desde ayer
y mientras tanto
que la historia terminó
pero la fábula
del rey herbívoro
y su corte de sabios flamencos;
del búho demente,
de la gacela sin piernas,
del camello que sonríe
indiferente
del hedor silencioso
de la hiena,
de la tortuga que flota
inmutable sobre el mar
de su caldo,
del camaleón que deambula
color marfil,
sobre el río de calaveras,
del águila que desde lo alto,
preanuncia cataclismos
y tsunamis...

que terminó la historia decía
que cada sombra ya tiene su camiseta, 
que cada sueño su propio
templo,
cada palabra su voz,
su propio diccionario,
cada poeta su opción de callar
o quitarse los ojos
y recitar
como un niño el mensaje del viento...


CORRESPONSAL DE GUERRA I

No la voz de Dios
imaginada,
en tristes sueños infantiles.
No los viejos maderos en forma de cruz
sobre la espalda,
reminiscencias de antiguos autos sacramentales,
mares de lava, ríos de azufre
o gritos ocultos en frías cárceles
medievales.
No el llanto 
inconsolable de una esfinge.
No Virgilio, invitándonos
a descender a su mundo de calaveras...

Aquellos niños inocentes
estaban allí
cargando en silencio,
ofreciendo al cielo
un pequeño ataúd.

LAS MANOS

No la lluvia interminable
de ratas
golpeando sobre las ciudades muertas.
No un ejército de pájaros
lanzados 
como cometas ciegos
contra un obelisco de cristal.
No la histeria
de algún dios sobreviviente
azotando
la obscena calma del mar.
No el sudor lento y perenne
que habita
como un susurro
las paredes de las cárceles.
No!!
Es el lamento de las manos
que no han podido
detener la guerra.

ÁGUILAS ROJAS,

Águilas rojas,
de inmensas alas,
en su pico de hierro
se han llevado la verdad.

Corazones de hielo,
rostros finos de cartón,
con su insípida mueca
se ha han llevado la verdad.

Moderna legión
de esqueletos fosforescentes
desde su mar nocturno
y triste
han corrompido la verdad.

Inmensos templos,
cruces de oro,
sacristanes de plata,
han maldecido la verdad.

Libro azul
de doradas letras,
te han dictado la historia
te han robado la verdad.

Gallos ciegos
cantando felices
a la lámpara del amanecer
nos han robado la verdad.

Habrá que gritar 
de nuevo,
construir con nuestra sangre
un sueño,
juntar manos y voces,
pedir
que nos devuelvan la verdad.



PÁGINA 20 – ENSAYO

ALFREDO DI BERNARDO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

TANTO UNIVERSO, DANTE

“ese bebé / niño / frasquito de posibilidades”
Leonardo Pez


      ¿Te diste cuenta, Dante? Espléndido, múltiple y contradictorio, el universo entero fluye a tu alrededor. Aquí y ahora mismo, delante de cada uno de tus pasos, todo late, novedoso, al alcance de tus sentidos y tu curiosidad: números, colores, fragancias, objetos, formas, sonidos, sabores, palabras, animales y personas, partículas y océanos, contundencias y abstracciones.   

       Es una cosa muy grande el universo, Dante, no te das una idea. Todo gira y gira en una perpetua danza cósmica cuya partitura nadie conoce, una danza que -aunque todavía no lo sepas- también a vos te envuelve, te atraviesa, te concierne. Es algo tan enorme, el universo… ¿Por dónde vas a empezar a estrenarlo? ¿Cuál de sus infinitos costados atraerá tu atención? ¿Cuál de sus incontables regiones te interesará recorrer? ¿Detrás de qué puertas querrás husmear para asomarte al mundo? ¿A caballo de qué entusiasmos lo abordarás? ¿Querrás medirlo, pesarlo y contarlo, o te esforzarás por poner en él cierto orden? ¿Te obsesionarás por comprender las leyes que lo rigen, o te dedicarás sólo a alimentar el disfrute de explorarlo? ¿Lo aceptarás tal cual es, o necesitarás reinventarlo sobre lienzos o pentagramas? ¿Qué barajas sacarás del mazo inconmensurable? ¿Tendrás predilección por lo dulce? ¿Te gustarán más las melodías compuestas en tono menor? ¿Preferirás los colores fuertes?  
     
       Varias de las respuestas están ya grabadas en tus genes; lo sé aunque no las conozca. Pero a las otras, Dante, las que no dependen del azar o la biología, ¿qué y quién habrá de sembrarlas en vos? Sos arcilla fresca, todavía. ¿Qué brisa, qué aroma, qué azul te moldearán con huella irrevocable? ¿Qué mimo, qué abrazo, qué tono de voz se volverán refugio vitalicio, oculto para siempre en un recuerdo sumergido? ¿Qué momento de entre tus momentos se erigirá en remanso al cual acudirás, sin saberlo, en la adultez?

         Sentado junto a vos en el suelo, te miro jugar, escucho tu parloteo de vocablos no siempre inteligibles, espío la inocencia con que empezás a palpar lo inabarcable. Pienso en la vastedad de lo que tenés por descubrir y tamaña inmensidad, te lo aseguro, me marea. Decime, Dante, ¿qué vas a hacer con tanto universo?



PÁGINA 21 – CUENTO

ÁNGEL BALZARINO
(Rafaela-Santa Fe-Argentina)

UN CUARTO LLENO DE SOMBRAS

Levantó el tubo. Los dedos trémulos hicieron girar el disco. Aguardó con un sentimiento en el que alternaban la esperanza y cierto desasosiego. Ninguna voz. Sólo el lejano sonido de la campanilla. La única respuesta horadando la cabeza que parecía flotar en una nebulosa. Luego de cerrar la puerta, prendió la luz y lentamente deslizó la mirada por el cuarto para cerciorarse de que todo estaba en orden para efectuar su trabajo. Sentándose frente al escritorio, cargó la pipa con sumo cuidado y la encendió, feliz de encontrarse allí, en acogedora reclusión, rodeado por la amada presencia de los innumerables libros que tapaban las cuatro paredes. Por un momento observó las azulinas volutas formadas por el humo del aromático tabaco, como si eso también fuera una ceremonia que aguijoneaba el ansia de crear. Hizo girar el rodillo de la máquina y leyó lo escrito en la jornada anterior. Poco a poco pudo rearmar la historia. Por fin, con el deleite del cazador a punto de conquistar la presa anhelada, comenzó a escribir. Dejó caer el auricular que, de pronto, no era el frágil puente para acercarle una voz familiar o permitirle la fugaz compañía de alguien, sino más bien un elemento que le quemaba la mano. Nadie. Tres intentos fallidos. El silencio convertido en garra helada. Permaneció inmóvil en la cama, tensa, clavados los ojos en el techo. La máquina de escribir. Otra vez el tenaz repiqueteo, que cada noche renovaba la ráfaga de odio y desolación. Se cubrió los oídos en una precaución inútil. Pareció acentuarse no sólo el abismo en que se hallaba sumida sino, más aún, el pedestal inaccesible donde estaba colocado el hombre abroquelado en el mundo de sus personajes y los libros y el trabajo solitario. ¿Me habrá amado alguna vez? No. Quizás nunca. Tuvo dolorosa conciencia de la debilidad para destruir a los enemigos y tenerlo únicamente para ella, en posesión absoluta. De un salto abandonó la cama y fue hasta la mesita abarrotada de bebidas. Maquinalmente aferró un vaso y, sin elegir, lo llenó con el licor de una botella. Bebió impaciente por obtener algo de calma o aturdimiento. No lo consiguió. La lucidez, imbatible, agravaba la lacerante tortura de las paredes que la aprisionaban más y más. De improviso, en el incierto recorrido, el descomunal espejo le devolvió en la tenue luz amarilla del velador la imagen del cuerpo desnudo. Apáticamente lo observó, sin experimentar satisfacción ni orgullo por el hecho de ser el foco central en cualquier reunión o fiesta o despertaba miradas de codicia y exclamaciones admirativas cuando andaba por la calle. La figura que le había deparado tantos instantes de esplendor y goce, ahora le produjo una sensación de bochorno. Sólo él no me ve. Convertida en una sombra o un simple adorno. Dejó quietas las manos sobre el teclado, como si necesitara descansar luego de escribir con rapidez, impetuosamente, urgido por el deseo de plasmar en el papel el cúmulo de ideas y personajes. De pronto un golpe estridente desalojó la quietud de la casa. La caída de una vaso o una botella. Pese a estar acostumbrado a esos bruscos ruidos que ella provocaba por estallidos de furor o por la creciente embriaguez, no pudo eludir un estremecimiento. Procuró sobreponerse. No. Esta noche, no. Nada iba a perturbarlo. Debía permanecer ajeno a cualquier otra cosa que no fuera su trabajo. Concluir la obra. Ahora. El único objetivo. Y arrebatado comenzó a escribir de nuevo. El martilleo de la máquina de escribir se le hizo intolerable. Su único amor. Más importante que yo. Después de beber otro vaso se desplomó sobre la cama, sin ánimo para rechazar el acoso de sombras espectrales. Instintivamente tendió una mano hacia el teléfono, pero no llegó a levantar el tubo. Era inútil seguir llamando. Ninguna voz amiga le ayudaría a recuperar las fuerzas, a sobrellevar otra noche de aislamiento. Durante los últimos meses había notado el progresivo desdén y cansancio de quienes siempre le brindaron una cálida comprensión. No. Ya nadie quiere escucharme ni verme. Todos indiferentes a las confidencias por su soledad, por el hijo perdido que había ahondado la ruptura con el hombre encerrado en el escritorio, por limitarse a cumplir minúsculos papeles en comedias olvidables, frustrada la ambición de llegar a ser una actriz famosa. Dormir. Mucho. Profundamente. La única forma de alcanzar el olvido o la liberación. Abrió el cajón de la mesa de luz y presurosa extrajo un frasco. Con igual avidez que si tomara la más deliciosa bebida se llenó la boca con un puñado de pastillas. Lentamente releyó la página. La tranquilidad por terminar un fatigoso trabajo se confundió con el íntimo regocijo de haber realizado una obra singular, espléndida. Sí. Tal vez lo mejor que escribí hasta ahora. Retiró la hoja de la máquina y la colocó junto a las otras, en la abultada carpeta. Tomó la pipa y volvió a cargarla. Una merecida recompensa. La encendió y aspiró el humo con voluptuoso placer. Al salir del escritorio tuvo noción del silencio. Al fin, vencida por el alcohol o el agotamiento, ella se había dormido. Rápidamente fue hacia la puerta de calle. Con un gozo inefable salió a la noche fresca y apacible.



PÁGINA 22 – POESÍA

HARRY TRIGOSSO
(La Paz-Bolivia)

TE ESPERARÉ

Te esperaré como espero la conciencia de mis días,
como espero en la distancia la sonrisa de mis hijos,
como espera tener fe un desesperado,
como  la tierra estéril la esperanza de la lluvia.
Te esperaré, como espera el ajusticiado
la clemencia del indulto.
Te esperaré con la alegría de un tiempo nuevo,
repleto de ternura,
Como espera el mendigo su limosna,
como espera el sonido a la palabra.
Te esperaré, como espera el reposo al peregrino,
la sonrisa al niño,
la distancia al camino,
la muerte al moribundo.
Te esperaré...
como la devoción al creyente,
como el arma al guerrero,
como la paz al santo,
como las lágrimas al acongojado.
Te esperaré como al final el tiempo.
Te esperaré, cuando sólo sea vacío en la memoria,
cuando mi nombre ya ni siquiera exista
en el nombre de mis hijos,
cuando la cal de los días haya tanto blanqueado mis huesos
hasta llevarlos al negro del martirio.
Te esperaré,
cuando mi voz ya sin mí ,
busque una garganta donde anidar un surco
y sólo las palabras de este verso,
decanten su vacío en una esquina.
Te esperaré...
con la inocencia adolescente
de éstas letras que se nutren en tu ausencia,
con la resignación final de lo que acaba.
Te esperaré, te esperaré...

ES TAN SIMPLE

Es tan simple
encontrarte en mi palabra,
en el rumor de pasos cuando llegas,
en tus gestos floridos de ternura.
Es tan simple
encontrar en tu mirada,
el camino distante que aún me falta,
en tus manos la tibieza que me alegra.
Es tan simple
escuchar tu adiós cuando te alejas,
dejándome tan solo,
otra vez solo
en mi absurdo tránsito de ausencias,
repitiendo las baldosas de estas calles,
que a fuerza de encontrarse con mis pasos
contemplan ya sin burlas mi cansancio.
Es tan simple...
escuchar tu adiós cuando te marchas,
que parece que siempre estuve solo.

PERDÓN

Perdón...
por repetir con devoción tu nombre,
por encontrarte
en mis ojos diariamente,
por buscarte en mis sueños sin cansancios,
por suplicar en vano
tu presencia.
Perdón...
por insistir la vuelta  de los días,
cuando el juvenil corazón
se alegra,
pretendiendo encontrar
ahora en mi otoño,
la alegría
de brazos sembradores.



PÁGINA 23 – ENSAYO

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

DE PEÑA

     Estuve de peña hoy a la noche. Antes, la peña era ese lugar donde había gente con guitarras, quizás unas empanadas, seguramente vino de la casa, esto es vino tinto en latas o a lo sumo unos vasos de vidrio grueso.

     Aquí en Santa Fe las peñas son ahora reuniones de género, chicas con chicas o chicos con chicos y cerveza y algo para comer. Las hay reuniones de vino caro y asado, las hoy reuniones de cerveza y pizza, o como en esta ocasión, matambre a la leche con cebollas y cerveza negra.

     En las peñas se habla. Y se habla desde ese lugar, convengamos en que es una frase que me incomoda porque se usa en otros ámbitos, y el “desde ese lugar desde el que hablás” tiene una connotación desagradable porque pertenece a todo un discurso. Pero ahora y aquí, en la computadora y después de que se fue Myriam, debo aclarar que sabemos desde qué lugar hablamos, y hablamos sin temor y en serio y en broma, y tomándonos un poco el pelo, y desde treinta años de amistad que un poco hace para que esa persona sea para nosotros única y fundamentalmente importante, y una parte esencial de la vida.

     Y hablamos para qué, para conocernos a nosotros mismos, para saber qué pensamos, para expresar nuestras pocas seguridades y nuestro sinfín de perplejidades. Hablamos porque estamos contentos con la felicidad del otro, tristes con la ajena infelicidad que nos toca y mucho aunque sea aquí en presencia y después se nos diluya con la vida cotidiana y todo eso que nos requiere pero no es ni con mucho importante, que lo que quedará en mi bitácora, en mi pobre bitácora, será esta noche y las noches de antes y de después más, mucho más que todo el trajín laboral que me aguarda cuando mañana abra los ojos y como en “all that jazz” deba decir “the show must go on”.

     Se fue Myriam y me deja con ganas de seguir acá con el cigarrillo y la cerveza oscura en las copas, se fue a buscarlo al Pablo al que vi cuando era una cosita colorada y recién nacida, y ahora es un joven del que Myriam me dice “está tan lindo el Pablo” con ese orgullo deslumbrado y también y de nuevo perplejo, como un chico que creció de golpe y se da cuenta de que el mundo adulto ahora lo absorbe y lo rodea.

     Peña de chicas. De chicas que debaten sobre la muerte y la vejez, las parejas, las creencias que se descubren creencias. Nosotras, que éramos las dubitativas, las incrédulas por convicción y razonamiento. Y ahora y en contra de nuestros principios tenemos una roca donde hicimos campamento. ¿Cuándo, en qué momento desliamos los bártulos y pusimos la carpa, si nosotras éramos nómades?

     Peña de chicas que se derraparon hacia la cincuentena, Dios, el medio siglo en la esquina, casi allí, casi a la vista cuando antes, cuando la última vez que hablamos, cuando te acordás y era escuchar a Elvis Presley en el tocadiscos y la ropa oscura y esa sensación de que moriríamos jóvenes.

     Y nos morimos jóvenes Myriam. Seguimos en la misma conversación que interrumpimos a los veinte, en las peñas y no es que seamos pelotudas pero seguimos la misma charla y sin maquillaje, tan agradablemente sin la vestimenta impuesta por las buenas costumbres. Seguimos la amistad y a pesar de que la vida pasó y los años, y el cuerpo que acompaña pero acusa, a pesar de todo en la peña que agradezco y necesito, yo, que no necesito a nadie y que tengo todo tan claro pero que cuando sonó el timbre y por el portero sonó “Myriam” me dije que el día estaba salvado.

     Y hablamos de nuestros hombres y de nuestras madres y de los jóvenes que al fin y al cabo no me merecen mención especial porque son jóvenes cuando escribo esto, pero la cosa es vertiginosa cuando los días se acumulan, y los jóvenes tienen hijos y convergen con nosotras y podemos charlar ya con el espíritu medianamente aquietado y contemplativo.

     Y los hombres hablarán del fútbol para poder decir la palabra amigo, y comentarán de política para escuchar la voz que los acompaña desde hace tanto, y finalmente no importará demasiado quién diga qué o sobre qué discutan, si lo que queda son voces en la oscuridad, un gesto, la cara con arrugas y el pelo encanecido pero siempre el mismo gesto, ese otro que por suerte sigue estando y es necesario.

      Y Myriam que dice “me tengo que irrrr a buscarlo al Pablo” y se va nomás en el autito crema destartalado lleno de bichitos de peluche y me deja con media botella oscura y la noche, también oscura, y la vida que mañana se reinicia pero tuvo un descanso y una justificación.  



PÁGINA 24 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

TANGENTES

Sale del cine desconcertado. Lo que ha visto se superpone a lo que él piensa fue su vida.
Nada menos. Como si hubiera actuado para esa cámara de filmación. O no: como si sus labios hubieran dado las órdenes a artistas y montajistas para que la escena tomara cuerpo. No quiere parecerse a Ingman Bergman, que nacerá al mundo dentro de unos años. Aunque sea ése y no otro, su propio nombre…


El equilibrista cae como debe ser: sin red puesta. Todo el circo se convulsiona y la gente (aun los más curiosos) salen raudos por la entrada grande de la carpa. La ecuyére ciega es la única que sonríe, distante. Sabe que él no quería más ese destino de aire y ansiaba quebrarse las alas de una buena vez…


Estuvo presente en las exequias del presidente. Gente del gobierno, algunos familiares, unos pocos hombres leales. Al año, le tocó volver para la exhumación de sus restos, como representante de la ley. Al abrir el ataúd, sólo había dentro una bandera manchada de sangre. Del cuerpo, nada. Como una cifra, la incógnita siguió planteada: el presidente continuaba en funciones.


Después de la primavera, hicieron valijas y nunca más se supo de ellos. Alguien dice y repite no sé qué cosas de la aurora boreal. Y la abuela –quizá por vieja- asegura que no están muertos. Sólo queda flotando aquéllo que él se sentía un cosmógrafo frustrado. Y que la esposa y los niños eran sus estrellas del mediodía…


Escribe en un papel un pedido de auxilio. Que no lo condenen a pensar más. Todo está bien: acepta los castigos. No ver nunca más a los de su sangre. Avizorar sólo una parte del sol, cuando está alto. Ignorar el paso de los días y los años. Todo está bien. Pero por favor: que no lo condenen a pensar más. Que su cerebro se ahueque para siempre…


Atrapada en su locura, deja de comer. A los días, ya no le traen plato alguno. El agua entra a su garganta como una blasfemia. Ese fluir acuoso la rebela. Deja de beber, Y es entonces cuando su mente se aclara. Se irá de allí hoy mismo. Hoy mismo recogen en silencio  la bolsa de huesos.


Le han puesto de mote Buster Keaton a la vendedora de diarios del barrio. Nunca sonríe.
Y sin embargo, hay algo dulce en ella. Alguien murmura que su madre murió de diabetes.
Y que tiene dos hermanos más con la misma enfermedad. Hoy, cuando fui a buscar el diario, me sonrió con tristeza –por primera vez, lo juro- y cayó exánime en mis brazos.


Desde hace un tiempo descuida su aspecto. Semanas que no se  peina ni lava su cara.
Días sin cambiar el vestido. Las zapatillas están más rotas que nunca. Sale a la calle altiva, sin embargo. Con  la mirada dura. Todos suponen que está enferma. Suponen mal. Va hacia el rio de aguas bajas. Y allí se saca la ropa y sus manos hacen los movimientos del aseo. Después sale y no retoma los lienzos. Camina altiva en su desnudez. Todos la ven hermosa. Y no vuelve a la casa….



PÁGINA 25 – POESÍA

POESIA MAPUCHE

ELICURA CHIHUAILAF
(Temuco-Chile)

Tus palabras son como el sonido del kultrún
me están diciendo mis antepasados
pues se sujetan en el misterio de la sabiduría
Por eso con tu lenguaje florido conversarás
con los amigos
e irás a parlamentar con los winka
Montado sobre un arcoiris viajo por el mundo
los cuatro dueños del viento me acompañan
Tal vez en las nubes deba combatir
contra nuestros enemigos – voy pensando
tal vez un día con sangre pintaré
los caminos de mi pueblo

MARÍA ISABEL LARA MILLAPÁN
(Temuco-Chile)

He salido a caminar por las montañas
y preguntado al viento
si guarda su voz entre los árboles,
entenderé cuando florezcan sus raíces
y no se marchiten los sueños,
cuando se unan nuestras palabras
y no nos distancie la tarde.
Hemos de retornar entonces con nuestros cantos,
cuando salga el sol,
hemos de permitir germinar el bosque
y anidar en la tierra nuestro espíritu,
para volver a vivir cerca de los ríos
hablar con las aves
palpar las hojas que sanan el dolor del tiempo
cuando queremos ser nosotros mismos.

 BERNARDO JAVIER COLIPÁN FILGUEIRA
(Osorno-Chile)

Una manta de castilla mojada de rocío.
Un pasaje de micro, un frasco con semillas.
Alas de ganso colgadas en la ventana.
Junto a la foto de un candidato a diputado, un poster
De Leo Dan.
En el brasero hierve un tarro
Con hojas de eucaliptus.
La radio toca una ranchera que habla de nosotros.
En un rincón el silencio juega un solitario.
Escribo "Kuifi rupai, kuifi rupai", en los vidrios
Empañados de la casa:
          (Mucho tiempo ha pasado
          mucho tiempo ha pasado).
Sólo quedan algunas migas esparcidas
En la mesa.
Te necesito.
Esta noche la soledad se niega
Dibujar una mujer a mi lado.

*

Por años estuvo en boca de muchos
      maestros de escuela,
Puzzles
      y varias calles aún
Llevan hoy su nombre.
      Todo lo aprendido
          Con buena razón fue olvidado.
      La historia es un ojo,
Sumergido en las noche,
                palabras
                para no ser dichas
Sino para mirarnos en ellas
                como si fueran
                un espejo roto.
Y fue difícil leer el lenguaje
                oculto
      detrás de lo nombrado.

      Hoy,
Bailamos purrún al mediodía
      sobre nosotros
Vuelo circular de gaviotas.
                Mañana
      tendremos respuesta
De cartas enviadas a parientes lejanos.
      Nuevamente
Se hablará del Séptimo de Línea.
                El silencio
      será lo más mano que se tenga.
También en los territorios del vacío
Se juega su sentido la palabra.

JUAN PAULO WIRIMILLA OYARZO
(Calbuco-Chile)

Oh! Lector! Mi objeto de estudio
El más occidental del laberinto
Corrige esta baba tan espumosa
Porque poesía es un largometraje verde
De películas de Cowboy
Y tú eres el indio que nunca alcanzará
La diligencia
Porque John Wayne te ha puesto el rifle
Entre dientes
Y el cuchillo del cara pálida está
Muy escondido en esta escritura
Oh mi lector! Enemigo
Corre el reloj a tu izquierda
Las entrañas se te llenan de sangre.

ROXANA CAROLINA MIRANDA RUPAILA
(Los Lagos-Chile)

Quiero sentir el calor de su boca
y el animal desatado de su lengua
y caminar sobre sus dientes,
desnuda.
Encontraré su aliento y volaré
siguiendo la paloma que cruza las palabras,
me tentará la manzana que cuelga en su garganta
y la ignoraré porque 2000 años
me han dado la experiencia.
Un suspiro me arrastrará por todo su pecho
y al fin, entre lágrimas rojas, encontraré a dios palpitando
                en su trono.
En “Julieta”, en cambio,  la actitud es de sarcasmo y  desprendimiento emocional  
¿Me traes flores del cielo Romeo?
                No las quiero,
la luz se marchita y muere en las sombras.
¿Me traes bombones?
Bonito, pero estoy a dieta.
¿Me traes canciones y versos Romeo?
Tengo sueño y me duele un tanto la cabeza.
¿Me traes champaña para celebrar?
No tengo sed.
Hay cascadas y olas en mi boca.
No quiero nada Romeo.
Sólo decirte una cosa:
Se acabó.
Me cansé de esta pareja perfecta.



PÁGINA 26 – ENSAYO

MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

CARTA AL DIRECTOR

Terminé el Profesorado de Letras en la Universidad Nacional del Litoral en el año 1994; en la actualidad enseño literatura en escuelas de la ciudad de Santa Fe. Mi propuesta y mi norte como educador han sido las de acercar a los escritores santafesinos al público lector recién iniciado. Me esfuerzo porque mis alumnos no caigan en baches erróneos y en datos inexactos confundiendo el nombre de autores regionales con el de calles o el de centros culturales. Busqué convertirme en un conector entre las voces literarias locales y la gente, que es el germen de esas construcciones literarias. Sí, también soy escritor.
Lamentablemente desde hace un tiempo, los organismos culturales de la provincia tienen olvidados a sus escritores. Recuerdo que hace pocos años cualquiera de nosotros entraba a la Secretaría de Cultura de la Provincia y sentía (o al menos yo lo sentía) que entraba en su propio ámbito, en el lugar donde su voz valía, donde decir "soy escritor" era dar un nombre, dejar una huella dactilar marcada, una foto puesta en un panel de presentación. Esto lamentablemente se ha perdido. El ninguneo al que somos sometidos los poetas, los narradores, los ensayistas de la Provincia (y especialmente los de la ciudad de Santa Fe) da vergüenza. Provincia jamás convoca (salvo a unos pocos privilegiados, en general escritores de Rosario o artistas previamente galardonados en Buenos Aires) para una charla seria sobre las necesidades y el rol del escritor. Este ignorar sistemático excede la órbita de la falta presupuestaria. Más bien responde a una intención directa por avasallar, por “pasar encima de”, por olvidar en una trastera a los creadores de la región. Estamos hablando de profesionales de la palabra que han apostado parte de su vida por un sueño, de personas que mientras trabajan en empleos burocráticos (muchos de la misma Provincia invencible de Santa Fe) o le restan tiempo a su familia y a sus afectos, construyen las voces que van a quedar para dar testimonio de un tiempo, de una época.
La Universidad Nacional del Litoral, espacio de difusión de las letras regionales, publica con una selectividad pasmosa y personalísima a “sus” escritores. Uno deja en la UNL los originales de los trabajos y quizás, con suerte, sirvan de alimento a las cucarachas porque allí duermen las obras por décadas (esto me consta porque la UNL tiene tres novelas mías que ni siquiera fueron leídas). Las publicaciones benefician a un séquito de cercanos chupamedias. El resto, miramos pasar los libros.
Aconteció una Feria del libro en la ciudad de Santa Fe que dio lástima. Donde los escritores santafesinos no tuvimos nuestro lugar. Una feria del Libro no es la vidriera donde tres o cuatro autores que son funcionales al gobierno, o a la ideología, o al discurso de turno, se explayan y regodean. La Feria es el espacio donde las letras locales se muestran y se difunden en la plenitud que conlleva una democracia floreciente. Nunca se convocó a ningún escritor de la ciudad a colaborar en su organización.
El certamen de ensayos "Juan Álvarez 2012" fue un concurso universitario: ganó la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario. Un certamen de ensayo no es un concurso de teoría literaria; para eso están los Profesorados, las Academias, las Maestrías y  los Posgrados. No puede ser que los tres trabajos premiados (no estoy hablando de calidad, estoy hablando de una sospechosa oscuridad en la resoluciones) hayan pertenecido a egresados de Letras de la UNR que indudablemente conocían al jurado, que no pueden no conocerlo y tenían y tienen relación con él.
El facilismo al aplicar ciertas analogías tienta y se vuelve lugar común. Así van a decir: este es un golpista. No, no soy un golpista, yo voté este gobierno de Santa Fe y lo he defendido en varias oportunidades. Pero la gente se agota de defender lo indefendible, de remar al garete, de completar con buenas intenciones y esperas, los vacíos pasmosos de una política cultural centrada en la conga dominguera y en la masividad más excluyente. Tampoco sangro por la herida porque no gané el "Juan Álvarez". A lo largo de mi carrera literaria he ganado muchos premios y he perdido otros tantos; mi valía en la literatura no me la prueba un concurso. Sí se me enciende una luz de alarma cuando la oscuridad es la claridad que impera, y el tema literatura en lo que a Cultura provincial se refiere acusa una noche constante.
Quiero un gobierno que proteja a los escritores de “toda” la provincia, que arriesgue por ellos, que no espere que vengan con un triunfo de Buenos Aires para consagrarlos en Santa Fe. Que uno cuando vaya a dejar un sobre para un concurso a Cultura no reciba palabras como esta:"acá nadie escribe", que los intelectuales de fuste que tenemos al frente de las organizaciones culturales y de la editorial universitaria se ocupen de distribuir las obras que publican y de garantizar publicaciones. Es decir, pido políticas culturales creíbles y serias.
Y de paso, impetro un respeto que cualquier ciudadano merece.



PÁGINA 27 – CUENTO

JOSÉ LUIS PAGÉS
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

OJOS AMARILLOS

  A los ojos del menor de los Vergara se atribuían hechos prodigiosos, quizás porque eran tan amarillos y relucientes como los de un gato. Fue por eso que no me sorprendió que su nombre apareciera a la cabeza de una lista de sospechosos, cuando comenzaban a investigar los crímenes del abominable fisgón. Para entonces todo el vecindario sabía que el chico dominaba la voluntad de los pájaros, que a su antojo se juntaban las nubes para formar las tormentas, que las bestias más feroces caían sumisas a sus pies y que para él no había secretos cuando con la mirada podía atravesar las más gruesas paredes. Y ni hablar de los vestidos de las inocentes y las faldas de las damas de la parroquia.

  Como el menor de los Vergara era con su boca y sus gestos tan parco y reservado como atrevido con su modo de mirar, se había vuelto odioso y su proximidad siempre era inquietante. Así, no faltaba oportunidad para que algún marido ofendido se lanzara tras él arma en mano o que sin más lo golpeara, preferentemente en la cabeza. Pero el chico era tan ágil como resistente y, aunque maltrecho y recién resucitado, regresaba a las calles con esos ojos tan turbios y recelosos que hacían temer males mayores, como que se pudrieran las primicias de todos los frutales, que descarrilara el expreso de la seis o que se cortara la leche de las madres primerizas.

 Yo, como la mayoría, me enteré que la muerte se había llevado a Dorita Jurado cuando lo leí en las páginas del diario. Ahí nada se decía del Vergara chico, pero como al descuido el canillita, detrás de sus anteojos de ciego de nacimiento, al tiempo que entregaba el periódico me había intrigado con una primera sospecha.

  Según este Víctor de lentes oscuros, el infortunio que sobrevino a la noche de bodas de los esposos Beleno -con ese pacto secreto que un día después se los llevó al tumba-, o el derrumbe de la familia Mayoraz que sucedió a la desaparición de la pequeña Leonor, eran otros asuntos tenebrosos que involucraban al innombrable, el más joven de los Vergara. También me lo había recordado alguna vez con esa voz suya en la que por momentos parecía agitarse un turbio resentimiento.

  En todos los relatos que desvelaban al vecindario por aquellos días, siempre aparecían ciertos detalles en común: así se hablaba de las ranuras de una ventana, de las hendijas de una puerta, de una perforación en la persiana a través de las cuales como una enfermedad desconocida se filtraba aquella luminosidad amarilla que desnudaba y corrompía cuanto tocaba.

  Un día me sorprendieron estas historias en el bar. En torno a la mesa nadie dudaba siquiera que los ojos del menor de los Vergara se habían paseado como repugnantes babosas por sobre el cuerpo desnudo de Dorita Jurado antes que ella se rompiera el cráneo contra el borde de la bañera, o que los Beleno se arrebataran las propias vidas cuando creyeron que era luz de los ojos del Señor la que los descubría gozando pecaminosamente del nuevo paraíso.

  Los hombres repetían estas historias exaltados por sus propios desbordes imaginativos y a la hora en que en la semi penumbra del bar flota ese tufo inconfundible de tabaco y alcohol exudado, llegaron al colmo del delirio cuando Víctor se acercó a ellos precedido por aquel bastón que empuñaba con su mano tan amarillenta como huesuda.

  Con el ejemplar del diario que incluía alguna noticia sobre la búsqueda de Leonorcita Mayoraz por los bajos del Salado, Víctor descargó brutalmente lo que para él era  de una certeza indiscutible, aquella mujercita y el repulsivo mirón se habían atraído mutuamente, ella con ese olor salvaje que enloquecía a los monaguillos de La Merced y él con sus ojos malvados de basilisco insaciable.

  Así, las responsabilidades serían compartidas, pero no había que olvidar que ella era menor, que el abominable había ejercido sobre la niña una fuerza hipnótica tan irresistible que había anulado su voluntad y que finalmente la había rebajado al nivel de un pobre animalito indefenso para sustraerla del cuidado de sus padres.

  Los hombres golpearon la mesa cuando Víctor con tono patético aseguró que aquel tipo asqueroso la había llevado con él no solo para abusar de su cuerpo, sino también robarle el alma con los ojos, así como si un vampiro le hubiera chupado la sangre del cuello. "La vida a cualquiera se le va, pero el alma es otra cosa", afirmó ante aquella asamblea donde de pronto se hizo un silencio insoportable.

  Unos días después cuatro uniformados del destacamento de La Bajada se lo llevaron al menor de los Vergara para espanto de su madre y regocijo de todos los vecinos. A la mañana siguiente cuando Víctor me llevó el diario no se distrajo en innecesarias explicaciones. Ahí estaba para él la verdad revelada. "Acá está", fue todo cuanto dijo, mientras señalaba con el índice sucio de nicotina un lugar impreciso en la primera plana.

  La crónica hacía mención a la condición de sospechoso y aludía, aunque muy superficialmente a las monstruosas facultades que lo distinguían , pero sobre todo anticipaba la pronta liberación del detenido porque la justicia no había encontrado una sola prueba en su contra. "Está claro -aseguró Víctor- que este Vergara no es el único corrupto. El secretario del juzgado atiende en salto de cama y con los ruleros puestos".

  Cuando volvimos a verlo ya ni siquiera parpadeaba. Los ojos desorbitados y descompuestos parecían empeñados en ver mucho allá de la materialidad de los seres y las cosas  y ni siquiera pestañeó –dicen-, cuando algunos días después una tía de Leonorcita le gritó al oído cómo y en qué condiciones habían encontrado a la niña a un costado del camino que lleva al Cementerio Viejo.

  Tenía que ser de noche, cuando más refulgían aquellos ojos entre las hojas de los arbustos, por sobre los tapiales ruinosos o detrás de las rejas más seguras, que los hombres salieran a buscarlo y para su eterna desgracia lo encontraran pitando un cigarrillo tras otro con fruición incontrolada bajo los negros cipreses del parque.

  La luz de la mañana lo descubrió boca arriba  sobre el húmedo empedrado. Ahí estaba el más chico de los Vergara en la cortada del mercado. Alguien había colocado una moneda de un peso sobre sus párpados que se habían negado a cubrir esas pupilas morbosamente dilatadas, esos ojos suyos que habían insistido en permanecer abiertos, aún cuando estaban tiesos y opacos como los de un pescado en la ganchera.

  Yo fui uno entre muchos que se distrajo en su recorrido para ver al ajusticiado que ahí estaba, tendido en todo su largo, con las ropas destrozadas, descalzo su pie derecho y con un aire de muñeco caprichosamente desarticulado, como un espantapájaros alcanzado por la patada de una mula...

  Estábamos todos en el lugar; entre silenciosos y cariacontecidos, cuando aún sin haberlo visto presentimos la llegada de Víctor. El golpe del bastón precedía su aparición, por eso sabíamos de él un poco antes, así  como se sabe de una cascabel.

  Confieso ahora que cuando di por seguro que el ciego se iba a detener junto a nosotros me equivoqué, mucho más todavía cuando lo imaginé tratando de conocer los detalles que escapaban a su sentido. Con ese agresivo golpetear sobre las piedras emergió de entre la bruma, se abrió camino entre la gente sin torcer el rumbo, ni acortar los pasos y de pronto estuvo allí, con su estampa diminuta aunque solemne, todo de negro el abrigo, la bufanda y el sombrero.

    Le hizo lugar la rueda de curiosos y él siguió adelante arrastrando levemente los pies, siempre golpeando el empedrado, cuando para asombro de todos la puntera de su bastón dio en un costado del yacente y de allí saltó y rodó, hasta detenerse junto a mis pies, ese punzón con mango de madera negra en el que podía leerse el nombre del menor de los Vergara. "Esta es la chuza que usaba" -dijo alguien a mis espaldas- "Con eso perforaba las puertas y las ventanas para meterse en la vida del prójimo".

  Un policía arrebató de mis manos esa pieza, la miró detenidamente y después la entregó a un compañero. Para entonces Víctor ya era una sombra que nuevamente se diluía en la niebla.

Con los primeros gritos que anunciaban la llegada de todos los Vergara, verdaderos aullidos que erizaban la piel, gemidos de dolor que se mezclaban con destemplados interrogantes y airados juramentos de venganza, me aparté del lugar con la garganta cerrada y al borde de la asfixia bajé algunas cuadras en dirección al río, en busca de un sitio apartado, un rincón entre sauces al que suelo acudir cuando me siento abrumado por alguna desgracia.

  En eso estaba cuando me encontré confundido en medio de un corrillo que se había formado ante las puerta del bar Los Vascos. Estaban casi todos los notables, que enmudecieron al verme, obligados a chequear la confiabilidad del recién llegado.

  -Cualquiera diría que lo atropelló un camión_-dijo el maestro Artigues, sólo cuando con algún esfuerzo logró despegar sus labios sellados por la saliva reseca.
  -¿Pero, está realmente muerto?- preguntó Arias.
  Yo asentí con un involuntario movimiento de cabeza.
  -Está, y se lo había buscado-, sentenció uno de los hermanos Astudillo.
  -No sé-, dijo Artigues- La justicia no había podido probar nada, así que yo tengo el derecho de pensar y decir que ese pobre infeliz no merecía esto.
  -¿Que no merecía, qué?- preguntó Arias- Ni siquiera se sabe si está muerto y mucho menos de qué murió.
  -Es verdad- aseguró el Pulga- Ni siquiera se sabe, todavía no salió en el diario.

  Un ramalazo de aire fresco me recordó el remanso entre los sauces y tan impensadamente como me había sentado, me puse de pie, saludé en silencio y volví al camino. Me alcanzó antes de llegar a la esquina el maestro Artigues. En silencio caminamos uno junto al otro algunas cuadras en dirección al río y yo empezaba a sentir que alguno de los dos estaba obligado a decir algo, cuando escuché su voz calma y persuasiva: " ¿Ha visto a Víctor? Yo estado a su lado cuando hizo aparecer el arma con su bastón. Fue un golpe preciso, como si el hombre hubiera sentido la necesidad de reafirmar algo. La culpabilidad del chico Vergara, por ejemplo.".

  -¡Pero cómo podría?...-pregunté, desconcertado.
  -Puede que fuera un golpe casual-, me concedió-, que casualmente la puntera se encontrara con el punzón. Pero era la puntera del bastón de Víctor, que desde que pasó lo que pasó con Leonorcita Mayoraz no ha hecho otra cosa que levantar sospechas en cada esquina de la ciudad.
   -Es cierto, pudo actuar por resentimiento-, arriesgué, aunque ya no tan seguro.

   Algunos días después volví a Los Vascos. Estaban todos. Discutían apasionadamente. Se vivía un clima de campaña política y Víctor, que envuelto en el humo del cigarrillo parecía ajeno a todo, estaba al alcance de mis ojos.

  Me detuve en su figura. Lo observé a lo largo de los próximos diez minutos, hasta que de pronto vi como giraba la cabeza en dirección a la boca de la alcantarilla más cercana -la colilla del pucho entre el índice y el pulgar de la mano derecha-, la brasa salió despedida, trazó una parábola en el aire y despareció en el pozo oscuro.

  Las voces de los hombres se mezclaban en mis oídos y comprendí que nadie nunca antes, ni ahora, había reparado en aquel hecho. Me puse de pie y caminé hacia Víctor, deteniéndome un instante ante él, cuando distraídamente acariciaba con la yema de los dedos la tapa de una revista porno y tal como si solo hubiera advertido por el ruido de los pasos la proximidad de una persona me dedicó una sonrisa torcida. Entre los marcos de los anteojos y sus pobladas cejas negras, entreví una luminosidad amarillenta.

  Apenas una semana después, la desaparición de otra criatura sacudió al vecindario, era como si el ajusticiado hubiera vuelto en cuerpo y alma -se decía y Víctor lo voceaba-, para tomar la más terribles  venganzas.



PÁGINA 28 – POESÍA

FANNY TRAINER
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

NO SOY NI QUIERO SER

No soy ni quiero ser
una tierna palomita
no soy lo que esperan de mí
ni mi marido
ni mis hijos
y
mucho menos soy
la voz con polvo
de arañas tejedoras
en la tierra.

No soy ni quiero ser
la portadora de estandartes
con banderas blancas
y
-sulpay apachu-
no soy ni quiero ser
una paloma morfada
entre los colmillos y las risas
del lobo alfa
el que devora con placer
corazones de palomitas tiernas
sobre todo
el de aquellas que pasean
en las plazas por las tardes
o el de las otras
las que duermen
en torres con relojes
durante amaneceres
con lluvias.

I

Frente a vos, amor,
dejo ascender barro hasta mis dientes
desde abajo
hacia arriba;
de arriba desciende,
se derrite en el espacio abierto
entre un pie y el otro;
entre tanto,
vos mirás, sonrisa en mano,
complacido y sordo,
parado y mudo.

Todo vuelve al subsuelo del planeta,
nada se detiene;
él chupa carne, hueso, sangre, pelo.

Pachamama, perfecta podredumbre,
indiferente otea al universo.

Escucho un silbo cada vez más cerca.

EL CURQUIRQUINCHU

¿Quién miente?
No está el plato en la mesa
con zapallo y angolita,
más alguna cebolla
con jengibre
o con ají colorado de mi tierra.

¿Quién miente?
La tortilla se quemó,
espera que te espera.
¿Se consumió solita…?
Sin embargo,
es posible que apareciera en la tarde
el Curquirquinchu con sombrero
y
él, con su mano de plomo,
la robara de la sartén de hierro.
Mientras que…,
con su mano de lana
se tapara los dientes
para ocultar su risa.

Él sabe quién miente;
quién come la tortilla
y
deja,  de ese modo,
el plato vacío en la mesa y en la panza
de los changuitos con chupete.
        
MILAGROS

Los niños cortan algodón
en el Chaco,
Argentina.
Los niños comen flores
al Norte de Santa Fe,
Argentina.
Las niñas miran nubes
arriba de los quebrachos blancos,
de los algarrobos colorados
en donde callaron ya los cardenales,
los benteveos y los colibríes,
las calandrias y los tordos,
también,
los caranchos con las garzas.
Ellas, las niñas,
comen flores mientras miran al cielo;
alguna vez,
un tío bueno
y de vez en cuando,
trae un almuerzo de pan con mortadela.

La niña levanta su dedo meñique
con espinas de algodón en las muñecas.
La niña come flores.
Milagros es su nombre.



PÁGINA 29 – ENSAYO

ÓSCAR WONG
(Tonalá-Chiapas-México)

TODO SE TRANSFIGURA Y ES  SAGRADO

Como experiencia de vida, que se transmite a través de un código, de un discurso literario, la Poesía revela otras dimensiones más profundas o últimas. Pero aquí el sentimiento es básico, no la razón. Más que ejercicio escritural, la voz más entera del hombre se abre a nuevos territorios, invocando y convocando la inseparable magnitud del hombre. Así, el poeta es el hombre que camina vendado a la orilla del abismo, como precisa Octavio Paz en Las peras del olmo. Percepción emocional, vínculo significativo entre el sonido y el significado, la Poesía se estremece en cada línea, en cada imagen hasta lograr lo que algunos autores determinan en tanto cópula semántica.

La lectura –y la escritura, agregaría– no es una simple vía para el conocimiento, sino una concepción de vida, puesto que reflexionar sobre la Palabra es tanto como accionar sobre el mundo. Desde esta perspectiva, la tradición judía considera el ejercicio de leer una actividad ritualista por excelencia, ya que persiste un vínculo muy profundo entre la existencia del hombre con la esfera de lo divino.

Leer no sólo significa interpretar, sino también generar movimiento. La Escritura es kinética. Si estudiar a la Torah es mantener al mundo en movimiento, la lectura representa un ritual de vida, es la gestación de la historia, aborda incluso la re-creación del mundo. Leer es participar de la creación. Es decir, el Texto es un corpus simbólico mediante el cual Dios se manifiesta a los hombres, por eso la Escritura lo contiene y lo revela. "Es necesario bajar a las tinieblas para recuperar la visión de lo luminoso, es por eso que Dios crea a partir del caos, de lo negro, de <la flama oscura> de la escritura".

Pero si nombrar da sentido, significado, también representa llenar un vacío, completar un espacio. Por eso Dios, al nombrar, ordenó lo informe, puso orden en el caos. "Es así como en otro momento, anterior quizás a toda articulación lingüística, el hombre y la naturaleza hablaron la misma lengua; pero ahora, <<nuestra morada>> se ha convertido en ruinas". Ciertamente, aún resuenan las palabras primigenias: "En el principio...".

Por supuesto que en la Palabra hay conmoción, estremecimiento: asombro. Frente al vacío, el horror. Bereshit. Y es que la Palabra nombra, califica, determina. Comunión y alquimia. Fragmentos de la naturaleza y del alma humana conformando el sonido. Sacralidad de la Palabra, hieratismo de la Escritura. Por ende, todo Escriba no es más que un celebrante que invoca y convoca al mundo. Inventor de signos que hablan, el Poeta también es un oficiante que revela palabras cargadas de emoción. Eusebeia. Si la sacralidad del mundo es vivencia de los hombres, ésta también manifiesta una forma de vida, de conciencia. Octavio Paz precisaba de manera contundente: Todo se transfigura y es sagrado.

En este orden de ideas es válido reconocer al Verbo como principio. Palabra y locución, logos y mythos profundamente vinculados. Y más en las sociedades orales donde originalmente funcionaban como transmisores de cultura, servían para declarar lo que son las cosas. Indiscutiblemente aún persiste la relación entre la razón y la sensibilidad, entre el mito y la historia. Hay un sentido sacro del conocimiento a partir de la Palabra. Incluso "Heráclito discutió el logos como principio informador de la cosmología, del Kosmos. Según Heráclito, el principal nombre de Dios es Suprema Razón, Logos; y en un aspecto diferente, <<el Ser Sabio>> o aún el <<Único Ser Sabio>>".

Pero, ¿cómo es posible que en pleno siglo XXI aún reflexionemos sobre el sentido sacro de la Poesía?, ¿es válido examinarlo en este ámbito contemporáneo? La especulación parte de que la Poesía es creación verbal por excelencia. De ahí la importancia de la metábolé, de la modificación de una cosa en otra. Al nombrar, el poeta transforma al mundo. Por algo los griegos denominaron a este acto póieses, creación. La Poesía es, aparentemente, un conjunto de sonidos de los cuales emana un sentido, un significado. Aquí, evidentemente, el estrato fónico, sonoro, es condición previa del significado y constituye parte integrante del efecto estético. El significado no prevalece sobre el sonido ni éste sobre el sentido. Hay un equilibrio. Sin duda lo que se denomina en tanto eufonía considera dos vertientes: la ejecución (lo que algunos destinan como interpretación) y la estructura de sonido; la estructura prevalece sobre la primera.

Por otra parte, Octavio Paz en El arco y la lira acepta que el poema constituye un producto social y que responde a un modo histórico determinado, aunque sostiene que la experiencia poética es irreductible. Con una visión bastante lírica, Paz analiza la naturaleza del poema y desglosa sus componentes, como son el lenguaje, el ritmo y la imagen. Con una prosa brillante y una lucidez notable, el autor examina el decir poético y su significación, sin olvidar el aspecto, a veces espinoso, de la llamada inspiración.



PÁGINA 30 – CUENTO

MARTA ORTIZ
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

LA CENA DE LA VÍSPERA

Se pinta las uñas con un esmalte borravino que alumbra chispas doradas. Ya recortó, una a una, las cutículas. Los dedos le tiemblan, intenta hacer equilibrio con la mano que sostiene el pincel. Le toca al índice de la derecha. Es bastante torpe usando la izquierda, ya probó con el pulgar y la pintura se le corrió a la piel. La vibración involuntaria hace que una gota suspendida del último extremo de los pelos de visón, se precipite en una caída espesa y silenciosa, sangre oscura, sobre la mesa de luz. Embebe un trozo de algodón en quitaesmalte y limpia enérgicamente la madera con lo que sólo consigue borrarle el lustre y resaltar la veta. Una isla bañada de luz ahogándose en el mar oscuro de la caoba.

Cierra el frasquito y mientras espera que se le sequen las uñas, diseña la urdimbre de la que será, una hora más tarde, su entrada al restaurante del Club de golf. Resplandeciente, soberbia, haciendo oídos sordos a los murmullos que se levantarán como rojas lenguas de fuego, mirando hacia un punto fijo y distante. De la mano de Tadeo caminará el sendero de curvas y quebradas entre las mesas hasta llegar a la de siempre, la que eligen por costumbre. O por reafirmar una vieja rutina. De cara a la pared de donde cuelga el cuadro del bergantín que abre las aguas de un mar turbulento, las olas casi negras ribeteadas de espuma fosforescente estallando a lo lejos, contra las rocas de una vaga costa de bruma.

La mesa para dos, a pocos pasos de la que ocupará el diputado Barragán, hombre paradigmático, estrella fulgurante de la política local. Para ella, el que cada vez que la ve, la pulveriza con la mirada como si con ese gesto perturbador y fundado en velados vasallajes, le estuviera desabrochando el vestido y la dejase desnuda.

Abre los dedos y desliza en el anular derecho la esmeralda que le regaló Tadeo cuando estuvieron en Río. Hace tanto tiempo, parece mentira. Ya no le regala joyas. Las dos vueltas de perlas cultivadas en el cuello, dicen que traen mala suerte, tal vez no debería ponérmelas.

En perfecta simetría con el cuadro del bergantín, un cuenco de frutas tropicales pintado al óleo sobre un mantón de Manila negro, las flores bordadas en fucsia y rojo. A contraluz de un balcón pequeño. El mar a lo lejos. Elena recorrerá una vez más, los ojos saturados de rutina, el estucado verde jade de las paredes, las arcadas de madera, los apliques de papel reciclado que difundirán la luz de siempre: amarillenta, mortecina.

Tadeo le ayuda con la abotonadura del vestido de encaje negro. Una súbita piel de gallina en los brazos y en las piernas le habla de la proximidad del cuerpo, de un temblor imperceptible. Un efecto inesperado para una relación que hace tiempo alcanzó el punto muerto, la inmovilidad. Las manos tibias recorriendo la curva de la espalda, los nudillos hundiéndole hoyuelos diminutos. La pollera le ajusta apenas en la cadera pero es la más insinuante, la mejor.
Las  medias color piel calzadas en un ritual de movimientos leves y ascendentes, los zapatos negros de taco alto y fino. En el sobre de terciopelo: el rouge, los cigarrillos, un pañuelo, un espejito con marco de carey y el frasco bien tapado.

Como un abanico puntiagudo, un ramo de azucenas blancas apoya sobre la pared baja que divide los dos ambientes del comedor. A través de sus pétalos, espadas blancas y pulposas, Elena percibe cómo, a medida que avanza, se revela la pareja que acaba de entrar, la puerta giratoria en movimiento. “Barragán, éramos pocos...”, masculla Tadeo y el labio inferior le curva las comisuras hacia abajo en un gesto de desagrado.

Un hombre alto, desenvuelto, de ademanes desmedidos. Una mujer baja, pómulos de bull-dog colgando a cada lado de la boca, la mirada de ojos que no dicen nada. “El señor y la señora Barragán”, sonríe Elena desplegando una seducción premeditada que rueda por el salón y colisiona estrepitosamente con el amor propio del diputado que una vez más le clava los ojos, a la vez perentorios y húmedos, de animal salvaje. Enredada en la telaraña que se tejió en segundos, sostiene la mirada en la mirada del hombre que parece capaz de traspasarle el deseo y la voluntad.

Oye sin oír el racimo de delicias que preparó el chef para esa noche: salmón ahumado patagónico con salsa tártara, terrine de langosta con tarteletas de camarones, cazuelitas de centolla chilena, lomito de ternera salseado aux herbes de Provence, vinos y champagnes franceses a elección.

Mucha agua había corrido bajo el puente. Diez, doce años atrás no frecuentaban el club y los sábados se divertían dando la vuelta del perro por la peatonal o inventariando los boliches de comida barata en calesita, así había bautizado Elena al rodeo que resultaba de un prolijo registro nocturno de esos comederos, calzados en el fiatín como una albóndiga, la música a todo trapo y la carcajada cavando túneles en la noche. En aquellos tiempos no sabían cómo era un palo de golf ni comían carne de langosta ni le conocían el gusto; comían picadas de salame y queso, milanesas con papas fritas o mojarritas marinadas en el puerto, igual que si fueran manjares. El vino de la casa corría en gruesos chorros granate hasta que caían desplomados, víctimas del sopor y de esa clase de locura que acecha en los momentos irrepetibles de la vida a la que ellos se entregaban sin remilgos. Guardaban, entre nieblas de sueños delirantes, la sensación de que en esos días, en vez de agua, si llovía, llovía un espeso vino rojo que encharcaba los pisos, salpicaba las paredes, mojaba los cuerpos, humedecía la cama y los zapatos. Eran tiempos de pasión intensa y hasta habían desarrollado el insólito berretín de ahijar un cantero de portulacas y begonias con la misma devoción que hubiera entrañado la crianza de un hijo. Suerte que no hubo hijos.

Poco tiempo después sobrevino la inesperada vorágine del empleo ventajoso que propuso Leclerc, el franchute taimado y misterioso que apareció súbito una mañana en el puerto, como un desprendimiento de la bruma. Dijo que regenteaba una empresa que importaba chucherías de ésas que el sudeste asiático vomitaba sin tregua sobre esta parte del planeta. Le ofreció el oro y el moro a Tadeo, que se encandiló y aceptó sin chistar. Se entregó a las chinerías y japonerías con una furia insobornable que erosionó gota a gota la pasión, el cuidado de Elena y del cantero y ocasionó el abandono del fiatín en un corralón de hierros viejos y el punto final de los inventarios de los boliches baratos.

Antes de que se cumplieran los tres meses del nuevo trabajo que a Elena le pareció desde el principio resbaladizo y oscuro, compraron la casa de doble planta que decoró Julián, el primo arquitecto de Tadeo. Una casa como las que Elena había visto en las películas norteamericanas. El primo, que usaba camisas estampadas, pulseras, anillos y cadenas de oro en el cuello, se encargó de todo: materiales, colores, texturas, pintura, muebles. Una suerte, porque de todo eso ella no entendía nada. Era una de las cosas buenas que tenía Tadeo. La familia siempre había estado primero, la llevaba como a un estandarte, si las cosas le iban bien a él, ningún pariente suyo pasaría por estrecheces. Y llegaron la ropa cara, las joyas, los viajes. Y la ausencia progresiva de Tadeo, tangible sólo en la cinta del contestador automático. Perdido en los peldaños de la escalera sin retorno elegida para trepar.

“¿La señora ya decidió?”, el mozo interroga con las cejas arqueadas. “Elena, pensá qué querés”, la voz de Tadeo aceleró la elección: “cazuelita de centolla, no tengo secretos, siempre pido lo mismo”. “Para mí medio entrecot a punto con ensalada verde”, Tadeo cree que debe justificarse, dice que se está cuidando, que hace días que no asimila bien las comidas. A Elena le parece que hasta la voz es otra: replegada, inaudible, fría. “Trabajás demasiado, te va a salir una úlcera”, sentencia con la cabeza sesgada vuelta hacia él, lo mira con ojos repentinamente filosos. Y él sin percibir nada: “un día de éstos te invito a pasar un fin de semana en el barco de Leclerc, nos está haciendo falta un descansito”, y la mira con ojos de recién llegado, de recién te descubro, parecés bastante linda, casi me había olvidado de vos.

Elena abre los labios en algo que quiere ser una sonrisa, pierde el equilibrio, repite la fórmula que Tadeo dejó rodar sobre la mesa de la cena: “un descansito, ¿alcanzará con un descansito?” Una muchedumbre de imágenes ausentes, una procesión discontinua: los cuerpos húmedos y entrelazados, la luz de los amaneceres limitando el amor, las lágrimas, la construcción del futuro como un castillo de naipes, el tiempo desleído en otoños y más tarde en primaveras. Las largas noches hundiendo el colchón en la cama solitaria, las flores llegadas al día siguiente, las marcas de otros dedos en la piel de los dos. Oscila como un péndulo entre la mirada de rayos X del diputado clavada en su cuello, en el escote, en los ojos, en los labios, y la propuesta a destiempo, descolorida, de Tadeo. Se le cae el encendedor. Lo recoge del suelo y presiona con fuerza para encender un mentolado sin que se le note el temblor de las manos.

“¿A vos no te parece que Barragán es un payaso?”, Tadeo busca consenso, tenaz. Elena siente que le está hablando desde un lugar muy distante, el sonido de la voz rebotando en las paredes interiores de su cabeza, la resonancia múltiple de un eco. “Parece que está caliente con vos pero que no se meta con lo ajeno porque lo trituro. En la política lo trituro. En su misma salsa lo trituro. Este es un pez gordo, anda en corruptelas, en lavado de dólares. Recibe coimas por hacer la vista gorda, tiene todo el sur de la provincia para él solo”, la voz se vuelve un poco más audible, menos opaca.

Elena apaga el mentolado. “Tenés razón, es un tipo vidrioso, mujeriego, dueño de un pasado turbio y de un presente con olor a podrido. Pero esta noche a mí no me pasa Barragán, me pasa que no sé qué me pasa, debe haber sido el vino que me siento tan floja, no puedo tragar ni un bocado de centolla”, dice y se levanta de la silla con el abrigo sobre los hombros, “tengo frío, estoy destemplada”. Tadeo la sigue con los ojos, la ve cruzar unas palabras con el mozo, una seña confusa entre ambos, hasta desaparecer en el baño.

Se queda esperando, prende un puro y saluda con la cabeza a Martín Barranco y señora que acaban de ubicarse cerca, dos mesas a la derecha. Tarde, como siempre. ¿Será verdad, con la cara de mosca muerta que tiene, será verdad que Rita le mete los cuernos a Martín con el dentista? No, debe ser prensa de vecinos mal llevados, prensa amarilla. Pero porqué no pensar que a pesar de la cara de santa que tiene, ella también podría. Por qué tardará tanto Elena, ese hijo de puta de Barragán tuvo que aprovechar para ir al baño justo cuando fue ella, no da puntada sin nudo, lo voy a bajar de una trompada, eso voy a hacer cuando lo tenga a mano.

“Su señora se debe haber encontrado con una amiga, las mujeres siempre tienen algo que contarse”, el mozo lo mira comprensivo, y deja boyando la teoría de la escisión del mundo en una franja de mujeres charlatanas y otra de varones que esperan. “Le voy trayendo la mousse de chocolate o helado de fruta con coulis de frambuesa para ella; ¿usted se va a servir algo de postre o café o té de menta, de manzana con canela?”. “Nada”, Tadeo endureció el gesto y volvió a encender el puro. “No, nada es una palabra triste, mejor una mousse de chocolate.”

 Elena en el baño haciendo quién sabe qué. La mujer de Barragán parece dormida, qué adefesio, pobre tipo, hay que entenderlo, pero por qué no viene y la atiende, para qué la saca a cenar, caradura, imbécil. Los brazos y las piernas le pesan, la mousse está irresistible pero la luz parece haber mermado, debe haber baja tensión. Las manos se entorpecen, la cabeza no le responde más, no cabe ni un solo pensamiento. Si Elena tarda un poco más me va a encontrar dormido, el cabernet me hizo un efecto demoledor, espero que comprenda, es capaz de haberse imaginado una noche de aquéllas de hace tantos años, cuando los huecos del cuerpo de uno se correspondían con los rebordes del otro. Ya no me queda memoria del relieve del cuerpo de Elena. Pobre, hay que reconocer que la tengo abandonada.

El frío de la medianoche corta la cara. Una curva de cielo de planetario sostiene apenas el chorro de estrellas que parece que se va a caer encima de la mujer que se sube el cuello del abrigo para protegerse del viento helado y del hombre que la abraza. La abraza y parece que la come y la bebe mientras la lleva al auto estacionado desde hace horas en la cortada solitaria. No deambulan ni los fantasmas. El equipaje en el baúl, los pasajes de avión en el bolsillo del sobretodo.

Las risas y los jadeos entrecortados y nerviosos abren ranuras en los costados silenciosos de la noche. “¿No te olvidaste de nada?”, le preguntó el hombre. “De nada”, contestó ella, la sonrisa de dientes de nácar. “Ni del cruce con el mozo, ni del sobre con la plata, ni del frasco. Si cumplió con lo pactado, Tadeo está soñando con los angelitos”.

Él respiró a fondo y largó todo el aire de golpe, resoplando, “me gustan tus manos”, le dijo antes de poner el auto en marcha. Ella se miró las palmas blanquísimas y el dorso apenas dorado, interrumpido por el color oscuro de las uñas y el anillo de esmeralda. Parecían haber sido largamente remojadas en el jugo púrpura de las uvas negras, y era como si el sabor de la vendimia se hubiese demorado en las puntas borravino de los dedos. 



PÁGINA 31 – POESÍA

FERNANDO REYES FRANZANI
(Ñuñoa-Chile)

EL ÁRBOL DE LA MORAL

Unos que fue manzano,
frágil y enhiesto en la mitad del Ártico,
y añoran el fruto del comistrajo,
su herencia liberada.
Otros que la higuera,
y vergüenzan el ocultamiento de la resaca,
el facilismo explicativo.
En esto las leyendas caldeas no son claras,
ni precisas, ni la lengua de los Tucu-Tucu
del todo caramelienta o disléxica.
Con probabilidad cercana al uno coma dos docenas
de minocas de taco alto y cero colaless
el referido “de la ciencia del bien y del mal”:
Un árbol de la horca:

Dos palos cruzados bajo el letrero.
De allí deben haber colgado, de esas losetas quebradas,
al Adán de sus pulgares,
mientras la Eva samaritana relame sus vestigios.
En tanto los querubines construyen
la reja quinto-dimensional
para dejar al Edén-Paraíso adentro
y la realidad fuera, material y sola,
cántaros de greda aportillados
incomprendida y rechazada,
donde humea la estopa
en el borde
de la meso-dorsal-atlántica,
con tremendo terremoto y rajar de velos.
Después echaron la patota de los Adán-Eva
a etnicidades, y clausuraron la avenida detrás del Ganges
con bolas de fuego por el lado adentro
mientras los serafines desgañitan, en procesión del Amazonas,
y los arca-ángeles tratan de organizar
el tumulto en el convento, con espadas simbólicas recostados
sobre el soñoliento Missisippi.
Ya que el Amarillo, como si nada.
Ocurrió como hace 65 millones de temporadas.
Hay capa K-T que contiene los rastros y los silencios
la pelusada que produjo aquel portazo tan meteorito
Everest abajo, a lo largo del Bío-Bío.
De allí,
a una musaraña le dio por re-volucionar diestra
rapidito como desgañitando la maldición de la higuera.
Al parecer se ha calmado. Espera su final merecido.

El ajuste de cuentas con la gracia.

DESALIENTO DEL CIUDADANO

La obscenidad que me invade no es de infinito,
pero muy oscura,
como quiebra cuchillo mellado, sabandija
pesa en el vientre, como espina soñada,
densa,        en el corazón de lo imposible
confusa,     la más tenue mariposa dañina, algo,
torpe,         y orquídeas a lo propenso de lo vago.

Si él lo dice / será cierto?

¿Podemos creer sus palabras como creemos una ronronera?
Se eriza y refriega contra el tobogán, en el centro de su dicha,
a la altura de nuestro tobillo, / ese secular/ y para el caso,
¿creemos a la peluda engatusándonos cariño y rascadores de tejas?
¿o solos, imaginamos sus peces engullidos y sabios
y también los otros, / los peces pecados?

¿Cierto que ellas también multiplican?
¿o parecen tan sólo gruñidos, y ni siquiera sutiles-rudos:
y claramente muy poco creíbles, verdad que la vida?
quién es la luz de la dicha, o el silencio de lo amargo?
¿sería dulce si fuera infinita,
o callada, o prima, o principiada, la desazón de lo vivo?

Ah, si así lo fueras, invadido,
¿quién lamentaría los guerreros?
¿quién soñaría lunas sangrientas?

Solo tú puedes ensoñarnos esas lunas secas y
camelias tortuosas, y de carne suculenta,
ahora que a la palestra vuelves y sonrisas
como si nada hubo pasado, de pobla en pobla,
después de 30, pero, ya es abuela de pasados.

¡No por lo menos!, la oscuridad que le invade,
de estirpe duda y enmarca y vara, en él
denso retorno que nada vuelca y empoza.

Presiento que somos gemelos:

Como si el Once se fuera repitiendo,
Hiroshima acabara nunca,
un permanente Holocausto,
fresias marchitas, con el dulce olor
desvanecido hace 30 / porque no supiste
porque preferías bailar los otros subterfugios
porque jugabas una astuta gata promiscua
como todas las felisas / filosóficas, de paso,
ciertamente provinciana.

Sí, hoy siento oscuro y solo:
si muerto siguiera sintiendo,
como ya nadie escuchara los gritos,
seudo           y contrito
torpe            y exalta
callado.

La oscuridad nos invade.
Invita el cansancio: torpe, y confuso.

Ya no más gatas, por favor, alejen las petunias,
ni menos uniformes dudosos / ni las orquídeas,
negros almidonados,
sospechen de ellos, disfrazan columpios,
como membrillos sin colegiales:
Confusos.    Sin rosarios
Torpes. Con muestras bífidas
Densos.
Ah, pero si bajo       de blanco fuera
en calzones y corpiños y confusos?

La oscuridad que me invade se arma de losas y témpanos,
se llena de orquídeas confusas.

Como ves, mezclado en los pétalos,
oscuro, oscuro de brillante
calla, de estruendo, / torpe, de sabio.

¿Lees la oscuridad, el silencio que irradia?

¿O no ves nada, como yo, y todos los intentos,
y oscuros para un mantener la desidia?

Porque cuando no te estás dispuesto a darte entero
ya no importa nada, salvo tu bolsillo,
tu relucir en medio de bostezos y dólares como ombligos
y atrapes como catapultas y confusos.



PÁGINA 32 – ENSAYO

CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

JOAN MANUEL SERRAT

En la Casa número 95 de la Calle del Poeta Cabanyes hay una placa de mármol cuyas letras ofrecen al paseante un homenaje al cantor, un cálido saludo al juglar. Aquí me he detenido a leer aquellas palabras en catalán dedicadas al poeta de este barrio de Poble-Sec: En aquesta casa va néixer el dia 27 del XII del 1943, el Cantautor Joan Manuel Serrat”.  

Para conservar este instante irrepetible, he posado al lado de la placa, realizando un ritual de agradecimiento a este cantor poeta que viaja en mi sangre desde que lo conocí en mi barrio de infancia, allá en la tierra solar. Fue en el verano del 69. Recuerdo que Serrat llegó a casa convertido en disco de acetato y nos hechizó desde el primer asombro, desde sus primeros tonos. Entonces, de inmediato, acompañó nuestra adolescencia de barriada con esas canciones que  hablaban de amores posibles e imposibles, de poemas escritos en la playa a un cuerpo ardiente lleno de deseo, de chicas fugadas de casa, apresuradas en el amor antes de que dieran las diez en el reloj patriarcal;  de gaviotas, juegos  y soledades en una arena infantil; de titiriteros viajando con nosotros de feria en feria con su carga de versos por las aldeas de España; baladas de un otoño lluvioso y melancólico y de una mujer cuyo nombre, con sabor a yerba, nos hacía más próxima la piel, más corto el camino, nos impulsaba a cerrar las puertas como locos y salir a buscarla bajo lunas. Sí, en aquel acetato empolvado escuchamos nuestros anhelos, la alegría de saber que no estábamos solos en el trasegar del mundo.

Ahora, en esta bella y antigua ciudad, deseo encontrarlo para recordar con él esos días aciagos, soñadores, duros y trágicos de una torpe y solitaria adolescencia. Contarle que fue en 1970 cuando llegó de nuevo a casa vestido de poeta republicano. Entonces, gracias a él, Don Antonio Machado se nos hizo más familiar, se convirtió en un cómplice, un poderoso camarada. La voz de este muchacho catalán nos invitaba a internarnos en un patio de Sevilla, donde la infancia de Don Antonio tuvo olor a limonero; nos llevaba del brazo a recorrer los Campos de Castilla por el ancho Duero, con sus olmos centenarios, saetas y peteneras guitarras; nos convidaba a sentir la trágica caída de un sueño español, el desplome de una utopía histórica. Con Serrat fortalecimos las ideas solidarias y comunitarias; fue uno de nuestros maestros en esa provinciana educación sentimental que nuestro país ofrecía, un país que desaparecía el juvenil entusiasmo de transformación, convirtiéndonos en espectros sociales, fugaces espejismos. Eso éramos en aquellos duros años. Las canciones de Joan Manuel contribuían a que el vacío fuera menos profundo, el abismo nada tenebroso, la vida más utópica.

Frente a su casa natal en la Carrer del Poeta preromántic Cabanyes, después de recorrer una Barcelona mediterránea de luz y de penumbra, se me hace más patético mi adolescente afán generacional de los años setenta, cuando esperaba impaciente que este juglar callejero trajera un nuevo acetato ese barrio de casas blancas para deleitarnos en medio del fútbol, la soledad y las muchachas. Y allí lo encontramos. Corría el año 1972. Una tarde entró la poesía sigilosa a la sala de casa. De su mano venía aferrado un poeta que escasamente habíamos escuchado. Llegaba con olor a cabra, a pastor, a guerra, a trinchera y dolor. Tenía el amor en el vientre, en su tierra, en los labios. Con sus tres heridas permanentes entró para nunca más salir de nuestra casa. Miguel Hernández, en esa obra maestra Serratiana, nos acompañó toda la vida. El romancillo de mayo y Orihuela, el manotazo tierno y duro de su elegía, sus nostálgicas nanas, el alma color de olivo del niño yuntero y el árbol carnal, generoso, siempre vivo de la libertad, están hoy conmigo en esta soledad de extranjero en la bárbara y hermosa Barcelona.

He pasado noches pensando en las conmovedoras canciones de este Serrat poeta. Tanto le debemos, tanto le hemos aprendido. En 1972 Pueblo Blanco deslumbró nuestros espíritus como un presagio de lo que entonces éramos, y ese mismo año levantamos las copas por un tal Tío Alberto que se nos volvió un ícono de vitalidad y de suerte, enamorado a los cincuenta de una piel dulce y joven de tan solo veinte años. ¡Cómo la cantamos ahora, cómo la cantamos!

Recorriendo el paseo marítimo, frente a este mar azul y milenario, no puedo sino alzar mi voz para recordar aquel himno a toda esta inmensidad histórica, a estos siglos y siglos de cultura, sangre, poesía y batallas, a este Mediterráneo donde Serrat afirmó un día haber nacido, ser de aquí con orgullo catalán, un tubérculo de esta tierra con ancestrales razas y míticas muertes. He cantado esa canción ante el Mare Nostrum de los romanos tal como la canté en una esquina de mi barrio, con guitarra, amigos y futuras incumplidas promesas. Cuando vuelvo a los recuerdos de mi adolescencia, veo a las chicas asustadas ante la canción que elogiaba a una mujer que no tenía necesidad de aguas benditas, ni de rezos ni camándulas; a una mujer hembra al fin, libre para los juegos del placer, hembra para el deseo total, piel de manzana que en los brazos fructifica.

Eso fue Serrat para nosotros, eso es Serrat aún para toda generación libertaria.

Oh Barcelona, tanto mirarte me ha quemado los ojos. Soy Acteón ante su Diosa, petrificado y nómada a la vez. Allí están las Ramblas, más adelante el hechizo de Gaudí con su exuberante casa La Pedrera en el Paseo de Gracia, el poético barroco parque Güell y el eterno e inacabado templo. Allí están Miró y Picasso contemplando desde sus casas en las colinas la vieja Barcelona y está el mar azul de principios de invierno. Serrat vive en las empinadas calles donde una madre cuida el himen de la muchacha que se ha enamorado del soñador loco de la esquina, y donde aún se oyen los acordes de su canción Fiesta, con las banderas de papel guindando en los balcones.

En ese gran corredor de Barcelona que son las Ramblas, al lado del Barrio Gótico, de callecitas estrechas y calles casi medievales donde cualquier cosa puede suceder, escuché tus canciones Joan Manuel, las sentí grávidas, vívidas, permanentes. Esas canciones que son una Babel se posan en mi oído, caracol que oye aquel rumor desde su orilla suramericana. Ahora me arañan tu mar y tus soles, tu permanente vagabundear, aquellas pequeñas y simples cosas, tus múltiples voces. Si alguna vez te quisimos fue porque contigo acompañamos los días terribles, nuestras derrotadas esperanzas.

Desde tu casa natal observo la aristocracia del barrio tal como la viste en la década del setenta: tahúres, supersticiosos, charlatanes, orgullosos, rondando las aceras, el bar y la bolera, tomando el sol en las esquinas. Al atardecer, conversas solitario con la noche y con el viento buscando siempre nuevas preguntas. Era tu disco de 1975, que llegó como un rayo a mi barrio de tan pocos años, con su perro malasangre y la chica más linda de la cuadra mostrando, para deseo de todos, su exquisita piel de manzana. Ah Serrat, cómo anhelamos aquella piel, aquella boca roja de muchacha, devorada ahora por el tiempo, el fuerte tiempo que se llevó nuestra adolescencia sentimental, terrible y tierna. Aquí en Poble-Sec he visto también desfilar a la más bella historia de amor que alguien pueda imaginar: Lucía transita como un sueño, nos estremece desde el sueño. En esta calle, sobre el lomo de un imaginado mar, has puesto barcos de papel que toda mi generación sintió como suyos. Sí, yo canté esos versos, largos como un viaje, prolongados hacia una inexistente Ítaca, donde nadie llega, pero que nos hace deambular deseándola.

En los siguientes años Joan Manuel todo fue partida, lejanía, adioses, despedidas. Otras calles, otros asuntos, otras bocas y cuerpos nos asaltaron, nos hicieron hombres. Diferentes ciudades atravesaron nuestro asombro. Tus nuevas canciones llegaron a las nuevas casas y también como siempre se quedaron acompañando la soledad, la desesperación de los caminos. De tránsito en tránsito como ciudadanos anónimos y desterrados, con tu canción a los piratas y aquella para despertar a una paloma morena de tres primaveras; junto a tus malas compañías y al lado de nuestros locos bajitos; con tus versos de nostalgia a la niñez, o esperando contigo la muerte desde algún irónico huerto; haciendo sombras chinas y sufriendo en secreto con la madre de la futura princesa, fuiste, eres y seguirás siendo nuestro confidente, nuestro camarada, nuestro cómplice.

Dejo tu calle, compañero del alma, tu casa y tu conmemorativa placa y me voy a caminar otros lugares, otras esquinas. Quizás en alguna de ellas te encuentre. De todos modos ya estás en mí, en toda mi gente, en mi ciudad suramericana que crece como los ogros antiguos; en mi barrio de casas blancas, sonoro, triste y lejano, muy lejano.



PÁGINA 33 – CUENTO

PATRICIA SEVERÍN
(Rafaela-Santa Fe-Argentina)

LETRAS EN LA MADRUGADA

Estoy ahogada.

Cambio de un estado de ánimo a otro en menos de un segundo. Es como probarme vestidos: me saco la solera, me calzo el estampado, me mido el rojo. No sé qué hacer conmigo.

Dentro de unas horas vamos a encontrarnos y tengo miedo (Le escribe Paloma a Federico en la madrugada de invierno) Ha pasado mucha letra en la pantalla.
Desde hace ocho meses. Pero la letra y la pantalla son inasibles y además, buenos filtros. Hay verdad detrás de las palabras, pero también hay poca realidad. Será quizá por eso (Escribe Paloma a Federico Meiner) que necesito tomar el papel y garabatear esta carta: para que algo no desaparezca con el delete. Necesito escribir y leer para saber con certeza que en unas pocas horas más abriré la puerta del bar y allí te encontraré -camisa azul-pantalón oscuro- y no te disolverás en la penumbra.

Y sobre todo, necesito afirmarme en estas hojas para dejar de temblar. Te corporizarás en vos y tu sonrisa de pantalla y vidrio será de piel y labios; tus manos perderán su condición de estatua para arremolinarse en el gesto del saludo. Quizá, el sonido de tu voz no sea de campanas sino de cello. Y tus ojos tengan una aureola de cielo alrededor del iris. Muchas veces, durante estos meses, me he preguntado si hago bien en seguir adelante (Piensa Paloma y le escribe a Federico). Todas me han respondido que no, y sin embargo aquí estamos. Yo, que necesito diez horas de sueño, estoy devastada por el insomnio y la incertidumbre. He adelgazado esos kilos tenaces que el desgano y la edad te imponen. No hay nada más agónico que dar curso a una ilusión. Tampoco nada más bello. Son los contrarios los que excitan la mente y agigantan el alma. En la borrasca de este océano oscuro y transparente, es que me entrego al encuentro.
Todo es caótico en mí. Voraz.

Soy este volcán en ebullición. Tacho cada una de las fantasías que diagramo para volverlas a pensar. ¿Nos gustaremos? ¿Habrá piel? ¿Podremos abarcarnos? Estamos aislados detrás del ordenador, sentados en el cobijo del escritorio, protegidos por la soledad. De pronto algo se ilumina, se prende un pábilo, una señal. Hay otro igual que uno en la inmensidad de todos los posibles, de ese incierto mar de afuera que entra por la línea del teléfono y se instala en el outlook. Y una quiere descartarlo porque está cansada de virus y basura, pero un tenue signo rojo te detiene. Allí comienza el vértigo: cuando la palabra clikea sobre el corazón.

Te he dicho que era feliz y sin embargo duraba. Has dicho que estuviste enamorado pero me desespero por descubrir tus ojos. Me conocías apenas. Te acordás de la infancia, de los lugares comunes. Lo que sabés: me fui del pueblo después del accidente de mamá y papá. Hice una cruz y me olvidé de todos. Tapar el dolor nos ayuda a continuar el camino. Lo que no sabés: el rencor que me mantuvo viva. Del colectivo desbarrancándose en la noche. Del silencio de la ciudad que protegió a los culpables. Llegaste a remover mi cajita de cenizas. Te dejé hacer. También tengo mis costados oscuros: odio, envidio, acuso.

Tuve marido, tuve amante, tuve compañero. Pero una inquietud irrefrenable me arrastró siempre hacia la pérdida. Como un cóctel mal habido, mi alma que nunca pudo terminar de ligarse. Me quedé con los hijos y la sensación de que en la vida, nada he podido completar Ahora, ya grande, te apareces para un revival.

Las mujeres nos enamoramos de pequeñas cosas: una flor y la mano que la extiende; una palabra al oído en el momento justo; una mirada enloquecida detrás de una apariencia de calma; un secreto minúsculo Federico (Apunta Paloma y el papel se puebla de pequeños signos) Algo debió ser dicho entre nosotros que pulsó las cuerdas de este violín inseguro. No sé nada de vos excepto lo que me has contado: que te casaste grande, que tus hijos son pequeños, que sos buena gente contador y deportista, y que necesitas imperiosamente volver a enamorarte.

Nos metemos en arenas movedizas ¿lo sabés? lo sé. Nada se puede construir sobre el dolor ajeno ¿Y nuestro propio dolor? preguntaste. Estamos en la franja de la zambullida, no de la largada. Palabra tras palabra se ha ido poblando el alma. Dos personas que han escrito ¿por qué te extraño si nunca te tuve? ¿por qué te quiero si jamás te he visto? están prendidas por hilos invisibles aunque aún no comprendan su significado.

Amanece.

Los años que vienen se juegan en unas horas.

Necesitaba escribirte una carta de verdad (Le dice esta mujer Paloma a este hombre Federico) un registro indeleble que tenga olor, tacto, profundidad y que solo el delete de tu mano -si lo desea- pueda estrujar.



PÁGINA 34 – POESÍA

MARIBLANCA QUIÑONES DE LA OSA.
(Miami-Florida-Estados Unidos)

INACABABLE  HISTORIA.

En esta inacabable historia de amor que nos tocó,
de la que somos víctimas, culpables y verdugos.
Inconclusa, porque la vida te llevó a la mala,
a otro sitio, donde los inculpados reciben el perdón.
Fue de mucho tiempo el desconcierto
y de mayor tamaño los por qué,
resonaban en las esquinas interrogando al cielo por su avaricia...
Si eras nuestro, ¿por qué, tan poco espacio para disfrutarte 
y tanto para llorar?.
Todos te dicen perdedor, -te tocó perder-.
Por lo tanto, ¿yo estoy entre los ganadores?
Si ganar es: ser superviviente de una saga dolida y calcinante,
me quede la conciencia de saber que hasta las calles 
supieron que te fuiste y las casas inclinaron sus techos, adoloridas,
por no sentir tu paso, elegante y viril sobre la acera.
Si ganar es: saber que ibas montado en una estrella
y golondrinas nuevas te escoltaban,
advertir que la luna se retiró discreta, no para disculparse,
si no, para que nadie descubriera su espasmo
de seducida luna masturbada...
Sentir un sonido diferente, como si ya no hubiera tintineo en la brisa
y los besos se duelan de existir, tenerlos que inventar,
tejiendo los racimos por si vuelves o voy ... 
¿Sabes? no me asusta tu sombra ni oscurecer contigo,
siempre estarán  tus ojos señalando algún sitio,
tu boca, surtidora y salvaje, -meta de todos mis deseos-.
Me asusta, este a destiempo, que otro cielo pretende ser tu dueño
y otra luna te goce  y maldiga mis ganas.
Me asusta, buscarte en otra vida
donde no esté el milagro de otro  vientre bendito,
que acune otro ser hermoso como tú.
No saber fabricarte una emboscada en la que estemos solos,
subyugados por la red misteriosa del amor...
Que  tus brazos me busquen y los míos se rompan
sin poderte  llevar desde tu dimensión hasta la mía.
Hallar el puente de la palabra roto,
donde hasta el grito sea prohibido y sin las vigas salvadoras.
Si todo esto es ganar: cómo se llama, soñarte a cada hora
con la negra certeza de una ausencia definitiva, grande,
donde mi piel  abandonada: vibre,
sin el roce  febricitante de  tus manos...
Buscar en cada rostro el tuyo, con un deseo morboso 
de seguir, el adictivo goce  de mirarte.
Si todo eso es ganar: en qué lugar asilo los pedazos del corazón
ya sin venas ni sutura posible, pero siempre esperando
un milagro sacro, que te traslade al centro,
de alguna dimensión  viviente...
Si eso es ganar: 
recogeré el trofeo…

MOMENTOS

Rodaba el tiempo bajo mis pies
y nunca supe si perdió distancia
o se frisó conmigo...
Sollozan los días cautivos,
de los que no queremos deshacernos,
en sus vientres, se gestó la historia;
-momentos-, atrapados sin evasión posible.
Pasaron de las horas al centro de las arterias,
allí están, enquistados, sujetos al instante.
Entre las cosas:  el beso, grande, 
que no quiso desvanecer nunca,
siempre ahí,  con la fragancia del primero;
testigo de la magia, se resiste a morir...
La tarde de lluvia: cuando tu abrazo  rizó mi cintura
y mi pequeña sombrilla, resultó grande para los dos.
Tus palabras:  su varonil  sonido estirando mi ego
y tu forma inefable de decir  ¡te amo!.
...Los dardos injuriosos de enemigos fantasmas,
sembraron el desencuentro...
Después el silencio, tras el silencio el grito,
el grito de mi sangre negada a lo evidente,
-el evidente hueco de la ausencia-.
Los culpables tal vez no sepan 
cuanta ternura fusilaron,
ni el por qué de esa alma pidiendo cuerpo,
dispuesta a saltar a otra dimensión 
donde pueda rehacer lo deshecho.
Pude ser: tu mejor historia,
pudiste ser: mi mejor poema,
pero la historia se quedó inconclusa
y el poema sin palabras.
Sólo momentos;
momentos, pegados al fluir de mis venas...
Hoy, cubro mi flacidez  con el manto febril  de esos recuerdos,
fabrico nueva carne a tus raidos huesos
y profano tu imagen con mis arrullos.
Acepto el desafío de las horas vividas y las que no,
agrupándolas todas, me lavo el corazón... 



PÁGINA 35 – ENSAYO

FELIPE PIGNA
(Mercedes-Buenos Aires-Argentina)

PENSANDO EL PAÍS CON MANUEL BELGRANO

En estos días de tanta discusión y poco debate, puede resultar interesante recurrir a aquellos que pensaron el país antes que nosotros. Recurrir al pensamiento de uno de nuestros padres fundadores, el primero que pensó económicamente estas tierras, a las que soñó distintas, prósperas y justas.

Se llamaba Manuel Belgrano y había nacido en Buenos Aires el 3 de junio de 1770. Estudió en el Colegio de San Carlos y luego en España, en las Universidades de Valladolid y Salamanca. Llegó a Europa en plena Revolución Francesa y vivió intensamente el clima de ideas de la época.
Así pudo tomar contacto con las ideas de Rousseau, Voltaire, Adam Smith y al fisiócrata Quesnay.
Se interesó particularmente por la fisiocracia, que ponía el acento en la tierra como fuente de riqueza y por el liberalismo de Adam Smith, que había escrito allá por 1776 que “La riqueza de las Naciones” estaba fundamentalmente en el trabajo de sus habitantes, en la capacidad de transformar las materias primas en manufacturas. Belgrano pensó que ambas teorías eran complementarias en una tierra con tanta riqueza natural por explotar.

En 1794 regresó a Buenos Aires con el título de abogado y con el nombramiento de Primer Secretario del Consulado, otorgado por el rey Carlos IV. El consulado era un organismo colonial dedicado a fomentar y controlar las actividades económicas. Desde ese puesto, Belgrano se propuso poner en práctica sus ideas. Había tomado clara conciencia de la importancia de fomentar la educación y capacitar a la gente para aprendiera oficios y pudiera aplicarlos en beneficio del país. Creó escuelas de dibujo técnico, de matemáticas y de náutica.

Las ideas innovadoras de Belgrano quedarán reflejadas en sus informes anuales del Consulado en los que tratará por todos los medios de fomentar la industria y modificar el modelo de producción vigente.

Desconfiaba de la riqueza fácil que prometía la ganadería porque daba trabajo a muy poca gente, no desarrolla a la inventiva, desalentaba el crecimiento de la población y concentraba la riqueza en pocas manos. Su obsesión era el fomento de la agricultura y la industria.

Daba consejos de utilidad práctica para el mejor rendimiento de la tierra recomendando que no se dejara la tierra en barbecho, pues “el verdadero descanso de ella es la mutación de producción”... Aconsejaba el sistema que se usaba en aquel tiempo en Alemania, que hacía de los curas párrocos verdaderos guías de los agricultores, realizando éstos, gracias a sus conocimientos, experimentos de verdadera utilidad, enseñándoles las prácticas más adelantadas.

Belgrano, el más católico de todos nuestros próceres, entendía que estas eran funciones esenciales de los curas que encuadraban dentro de su ministerio, “pues el mejor medio de socorrer la mendicidad y miseria es prevenirla y atenderla en su origen”.

El secretario del Consulado proponía proteger las artesanías e industrias locales subvencionándolas «un fondo con destino al labrador ya al tiempo de las siembras como al de la recolección de frutos». Porque «La importación de mercancías que impiden el consumo de las del país o que perjudican al progreso de sus manufacturas, lleva tras sí necesariamente la ruina de una nación».

Esta era, a su entender la única manera de evitar “ los grandes monopolios que se ejecutan en esta capital, por aquellos hombres que, desprendidos de todo amor hacia sus semejantes, sólo aspiran a su interés particular, o nada les importa el que la clase más útil al Estado, o como dicen los economistas, la clase productiva de la sociedad, viva en la miseria y desnudez que es consiguiente a estos procedimientos tan repugnantes a la naturaleza, y que la misma religión y las leyes detestan».

En Memoria al Consulado 1802 presentó todo un alegato industrialista: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus estados a manufacturarse, y todo su empeño en conseguir, no sólo darles nueva forma, sino aun atraer las del extranjero para ejecutar lo mismo. Y después venderlas.”

En unos de sus últimos artículos en el Correo de Comercio, resaltaba la necesidad imperiosa de formar un sólido mercado interno, condición necesaria para una equitativa distribución de la riqueza: “El amor a la patria y nuestras obligaciones exigen de nosotros que dirijamos nuestros cuidados y erogaciones a los objetos importantes de la agricultura e industria por medio del comercio interno para enriquecerse, enriqueciendo a la patria porque mal puede ésta salir del estado de miseria si no se da valor a los objetos de cambio y por consiguiente, lejos de hablar de utilidades, no sólo ven sus capitales perdidos, sino aun el jornal que les corresponde. Sólo el comercio interno es capaz de proporcionar ese valor a los predichos objetos, aumentando los capitales y con ellos el fondo de la Nación, porque buscando y facilitando los medios de darles consumo, los mantiene en un precio ventajoso, así para el creador como para el consumidor, de que resulta el aumento de los trabajos útiles, en seguida la abundancia, la comodidad y la población como una consecuencia forzosa.”

Belgrano fue el primero por estos lares en proponer a fines del siglo XVIII una verdadera Reforma Agraria basada en la expropiación de las tierras baldías para entregarlas a los desposeídos: “es de necesidad poner los medios para que puedan entrar al orden de sociedad los que ahora casi se avergüenzan de presentarse a sus conciudadanos por su desnudez y miseria, y esto lo hemos de conseguir si se le dan propiedades ( ...) que se podría obligar a la venta de los terrenos, que no se cultivan, al menos en una mitad, si en un tiempo dado no se hacían las plantaciones por los propietarios; y mucho más se les debería obligar a los que tienen sus tierras enteramente desocupadas, y están colinderas con nuestras poblaciones de campaña, cuyos habitadores están rodeados de grandes propietarios y no tienen ni en común ni en particular ninguna de las gracias que les concede la ley, motivo porque no adelantan ...».

Se trata como puede leerse de un pensamiento sabio, muy avanzado para la época, de una actualidad que asombra y admira, la de aquel hombre que nos fue un 20 de junio de 1820 en medio de la indiferencia general, mientras en plena guerra civil Buenos Aires tenía tres gobernadores en un mismo día, aquel genial Manuel Belgrano que alcanzó a decir “Yo espero que los buenos ciudadanos de esta tierra trabajarán para remediar sus desgracias.”

Gaceta Literaria agradece al Profesor Felipe Pigna por la autorización de publicación


PÁGINA 36 – CUENTO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

EL HIJO DE LA NOCHE.

Impulso el movimiento de mi nave por los pantanos y las albuferas.
Transporto las ausencias veladas por mortajas sobre la superficie de los ríos brumosos. Sobre la turbulencia de cadáveres intentando abordajes.
Olvida las batallas que libraste. Las resistencias que te consumieron. Esa costumbre tuya de aferrarte a la vida como una adolescente enamorada.
Recuesta la cabeza en mi regazo.
En la distancia existe un horizonte de cipreses y lápidas y hogueras que aguarda por nosotros.
Ven a mí, se hace tarde.
El cristal del reloj ha colapsado y concilios de sombra se concentran en la perplejidad de las arenas.
Hay rumor de campanas batiéndose en el aire de un crepúsculo que llega de repente. A lo lejos se escuchan sollozos sin destino. A lo lejos aguardan, a vuelta de sospecha, los colmillos del miedo.
Llegas como un espíritu, un espectro. Un espantajo huyendo de aflicciones hacia la orilla gris del río sin nombre. Hacia la costa de las aguas negras.
¿Traes bajo la lengua la moneda precisa? ¿Sabes morder las manos neblinosas que intenten secuestrarte? ¿Conoces, ya, tu sitio en el olvido?
Tu tiempo se ha extraviado entre el dolor que atrapa cada célula activa con pinzas de cangrejo. En el último vómito llevándose las fuerzas. En una soledad simple y rotunda. En una mueca de destierro extremo.
Mientras se nutre, el sueño, de morfina.
Mientras tu boca se abre en el grito final que nadie escucha.
Arribaste al paraje donde el río se bifurca en las lenguas estancadas. Las aguas de los odios, las congojas, el olvido y el fuego. Lenguas que desembocan en el más tormentoso de los cauces. El que nunca ha podido ser nombrado por los vivientes y los insepultos.
Ven a mí sin temor, soy el barquero.
Por un mandato atávico acudiste a las cuencas subterráneas que recorren la entraña del planeta. Hasta el núcleo fatal del inframundo. Hasta el útero mismo de la tierra. Hasta el mismo lugar donde las costas solían rechazarte cuando aún no era el momento de renunciar a nada. Pues nada estaba escrito.
Por un mandato atávico arribaste, de pronto, con tus lazos y tus mundos ficticios y tus zoquetes blancos y tus tardes de cine en los domingos y un sinfín de papeles borroneados con la letra pequeña de esa niña que habitaba comarcas de cielos con glicinas y diamelas, de tortugas de tierra, de batracios, de granadas robadas en las siestas, de arcángeles de punto tocando sus trompetas en los blancos visillos tejidos por la abuela.
Vienes después de todas las entregas. A la fe que heredaste. A los afectos. A la asombrosa cuota de esperanza con que te defendiste en los rincones como si fueran uñas, como si fueran dientes.
Ya sabes que la suerte te fue esquiva desde el vientre temprano de tu madre.
¿Puedes certificar que es esta muerte la verdadera, la definitiva?
Debo verificarlo. Exhala nuevamente en la piel del espejo.
Abordas antes de la hora establecida. Antes de la demencia y los delirios. Antes de confrontar las orfandades de cada decadencia transmitida. Antes de las miradas sin memoria y sus rostros ocultos detrás de los sosiegos simulados.
Se hace tarde. Eso es todo. ¿Me recuerdas?
Soy el hijo secreto de la noche.



PÁGINA 37 – POESÍA

SERGIO BORAO LLOP
(Zaragoza-Zaragoza-España)

ATARDECER DE OTOÑO EN LAS VENTANAS.

Desconsoladas ráfagas de viento
como caricias somnolientas de la tarde.

Siempre en este minuto me hiere tu memoria
como ávida cuchilla de negro terciopelo.

Una música triste llena el ámbito
pero, ¿qué música no es monotonía
cuando añoro tus manos, tan lejanas ahora?

Atardecer de otoño en los cristales
y en el alma la flor de una nostalgia
desbocándose hacia todos los rincones.

Un trueno, unas gotas de agua,
luego la calma de la lluvia que no cae.
Sólo el otoño atardeciendo en los cristales,
coloreando en gris el horizonte
y grabando en mi pecho las huellas de tu ausencia.

Si algún día recobro la cordura
viviré como todos, reiré sin mesura,
quemaré con esmero los poemas
que en olvidadas tardes como ésta
compuse con la fiebre del que explora
vírgenes territorios inviolados.

SI ALGÚN DÍA RECOBRO LA CORDURA

Si algún día recobro la cordura
sonreiré al limpiar la sangre del cuchillo
con el que degollé la fe de un inocente;
saludaré con efusión a los sicarios
del señor de la sombra, y a sus perros
ofreceré los huesos de mis víctimas.

Si algún día recobro la cordura
vestiré los disfraces que las horas
fueron almacenando en el armario
donde mora el hedor de mis cadáveres,
donde la única certeza es el olvido.

Intercambiaré las máscaras de fiesta,
maquillaré las cuencas de mis ojos,
revestiré mis dedos con anillos
y en el podrido espejo de mi rostro
pondré una flor que disimule las ausencias.

Si algún día recobro la cordura
me olvidaré de ti, de aquellos meses
que alimentaron mi esperanza, de aquel día
que me abracé a tu cuerpo, de aquel otro
en que las playas de Donosti nos miraron
pasear unidos al amparo de la luna;
me olvidaré si es que recobro la cordura
de las semanas de felicidad y de la noche,
de la maldita noche,
que una sola palabra me abismó en las tinieblas.

MUCHOS EMPRENDIERON ESTE VIAJE

Muchos emprendieron este viaje
pero llegar
no es sólo una cuestión de fe
o de resistencia,
no es tan sólo el deseo de arribar
o la esperanza ingenua
de un puerto que finalmente nos acoja.

La ruta es muy compleja
y los viajes no son lo que parecen.

Por el camino
vas dejando jirones de tu esencia
y tras unas etapas ya eres otro.

Y comprendes entonces
que ya no sabrás nunca
si vas a terminar lo que empezaste,
no sabrás nunca
si allá en el horizonte existen Ítacas
o fue sólo una ilusión desdibujada
por las certeras llagas
que adornan tu costado.

Pero la fiera voz de tus entrañas
exige un nuevo paso, pues no en vano
hay sangre nómada corriendo por tus venas.



PÁGINA 38 – ENSAYO

JULIO CORTAZAR
(Argentino-1914/1984)

CONDUCTA EN LOS VELORIOS

No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese dialogo con la sombra.

Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos.

Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas).

En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de agotamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el último adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.



PÁGINA 39 – CUENTO

GREGORIO ECHEVERRIA
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

MARIONETAS

La vida cuelga de unos cordones bien delgados, guaje. Desde que la comadrona te tironea de los hombros y te hace un lazo en el ombligo. De poco valen esas cuerdas de cáñamo del grosor de tu brazo ni los cables que apuntalan el tranvía ni los cabos que amarran la panza de las barcazas a los norays del muelle. Hagas lo que hagas la huesuda hila tus horas con un algodón de zurcir que no resiste muchos tironeos. A quién se le ocurre que las riendas de acero trenzado del aparejo de la jaula le puedan ganar una cinchada a esta vieja puta desdentada. Más confiara yo en la seda de las arañas, guaje. En estos socavones todo pende de tientos resbaladizos y débiles piolines. Unas tristes marionetas, guaje, eso nomás somos. Como aquellas que tanta diversión te dieron el otro invierno en la función de la sociedad obrera. Los Piccoli de Podrecca. Ni el burro ni el pianista ni la bailarina rusa movían una mano ni volvían sus cabezas sin el gobierno del titiritero. Falso el martillazo del herrero forzudo sobre el yunque. Fingido el cachiporrazo del rata de la Gran Vía sobre la gorra del borracho. De mentirijillas las sacudidas del sacristán para mover los badajos de su campanario. Todo manejado por invisibles sedalinas que terminaban allá arriba en las manazas del director. Eso somos de verdad, guaje. Marionetas manejadas por hilos. Personajes de pacotilla, muñecos de ánima prestada. ¿Cuánto llevamos aquí abajo? Segundos... horas... años... toda la eternidad. El mundo son las galerías y el pozo es el camino al cielo... cuando subes... Hoy (¿ayer?) nos ha tocado bajar. Esas cosas de la gravedad, guaje. El titiritero abrió su mano y caímos. Arriba como todos los días el sol, el perfume de los perales y el telégrafo de los picapinos. Aquí la negrura y el encierro, escatimando un aire enrarecido y maloliente a causa del gas y la falta de ventilación. La boca y las narices resecas de respirar un tufo de orines y excrementos mezclado con el polvillo de carbón que nos va ganando ya garganta, estómago y pulmones. No desesperes guaje y trata de ahorrar el aliento. Ni te empeñes en moverte de este hueco donde al menos estamos a resguardo entre la viga partida y el muñón de los puntales. Y no llores, que el amasijo de lágrimas y mocos has de acabar tragándolo junto con este polvo de mierda que nos embarga las entrañas. Mejor piensa en los boniatos que tu madre ha puesto en el rescoldo para esta noche. Puedes tomar también mi parte, porque tengo el estómago revuelto y no me va a caer bien. Deja ya de lloriquear, guaje, abre bien las orejas que estoy oyendo movimientos arriba. Ha de ser la cuadrilla bajando con cabos por el pozo. Claro que sé que la jaula ha quedado abajo, niño. Ni tonto que fuera. Pero habrán echado escalas y estarán llegando. Estamos a menos de trescientos pasos del pozo. Les llevará tiempo avanzar hasta encontrarnos. Pero han de llegar, no llores ya. Guarda el aliento para gritar cuando les escuchemos cerca. Entonces sí grita con fuerza, guaje. Gritas y me despiertas, que siento pesada la cabeza, creo que me estoy quedando dormido. Tú tratarás de no dormirte, guaje. Abre esos ojos, no seas lelo.
Que si te duermes ¿quién habrá de gritar para que nos saquen?

Primer premio II Concurso Internacional de Microrrelatos Mineros “Manuel Nevado Madrid” Fundación Juan Muñiz Zapico. Asturias, 2005.



PÁGINA 40 – POESIA

RODICA GRIGORE
(Sibiu-Rumania)
Poesía rumana contemporánea

ŞTEFAN AUGUSTIN DOINAS
(Rumania-1922/2002)

POEMA

Al principio fue la palabra AMOR.
Tu respiración llegaba a mi
rara, como un soplo de viento, y el viento mismo
se quedaba junto a nosotros como una respiración misteriosa.
Yo recuerdo de aquellos tiempos solamente
los lugares ensombrecidos por donde pasábamos
y el cielo alto. Las otras cosas, si vienen,
las encuentro de pura casualidad, como te encuentro a ti;
para siempre el mismo reloj tocaba la hora…
Para siempre el mismo reloj tocaba la hora:
parece que todas las cosas del mundo tendrían
una única muerte en un sólo corazón.
En vano aparto la niebla diluida:
los árboles inclinan sus ramas encima de nosotros
y nos quedamos solos en la noche
en medio del agua que se desborda.
Al principio fue mi orilla, la tuya,
y entre nosotros EL AMOR, como un océano muerto.
Por primera vez el sol, mientras pasaba
del uno
al otro
caí, pájaro de oro asesinado entre las olas.
Después, sin que lo supiéramos, seres rapaces
descendieron de las orillas, caminaron sobre las aguas.
Eso permaneció unos miles de años. Luego, finalmente,
criaturas marinas vinieron para morder en las orillas.
Ahora nuestra frontera mordida se parece al
perfil de los continentes; y las almas
a la flor inconstante hecha de la espuma del mar,
que el viento destruye o se seca sobre las rocas.
Al principio entre nosotros fue una sola palabra.
Ahora cientos de palabras muertas se animan
cuando tu respiración llega hasta mí,
rara, como un soplo de viento…

DIOS DE LAS FRONTERAS

Un Dios de las fronteras se queda entre nosotros,
el beso permanece en sus hombros
y yace allí, olvidado, pudriéndose como la manzana
que los dos  un día  mordimos.

Nos acordamos que fue amargo.
Sobre los senos de escarcha, después en las caderas
tu pelo centelleaba abundante con su llama,
así como lo veo sin cesar desde entonces.

Ahora tu estás tan lejos y todos los sueños son  sólo ceniza.
Una ola rica de humo y desastres
lava que corre, la losa donde nos sentamos.

Ahora comprendo que hasta el día de la muerte
el Dios de las fronteras nos separa,
de la edad del fuego, de los corazones y los astros.



PÁGINA 41 – ENSAYO

GILBERT KEITH CHESTERTON
(Inglaterra 1874/1936)

COMO ESCRIBIR UN CUENTO POLICIAL

Que quede claro que escribo este artículo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. Pero he fracasado muchas veces. Mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. No tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. Sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. Y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. Como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. La verdad es que me asombra que el título de este artículo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. Se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. Incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. Pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. Más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo está frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. Más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. Apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la Edad Media. El robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. Los quioscos se adornaran con títulos como La falsificación en quince lecciones o ¿Por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos.

Pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. Me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. Mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia.

En cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. Es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector.

Lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. El cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. El error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. Y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. Los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. Pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. El clímax no debe ser anticlimático. No puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. Más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. Cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. Y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de Watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente.

Siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de Sherlock Holmes tiene un título que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es “Resplandor plateado” (”Silver Blaze”).

El segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. El secreto puede ser complicado pero debe ser simple. Esto también señala las historias de más calidad. El escritor está ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. Ésta debe hablar por sí misma. Debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. Ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución.

En tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. El criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. Tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, “Resplandor plateado”. Sherlock Holmes es tan conocido como Shakespeare. Por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. A Sherlock Holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. Se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. La pura verdad es que el caballo lo asesinó.

Pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. La verdad termina resultando algo muy evidente. El caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. Como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. Verlo como el criminal es lo que nos sorprende. Es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma.

Si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. Debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. De otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. Es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. Pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. Una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. Muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. Por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. Llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. Por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. El arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. Porque el cuento de detectives no es más que un juego. Y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor.

El escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿Por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del médico? Sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿Porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor? El lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. Es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el Ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. Más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. El lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: Sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿Pero qué está haciendo con ellos? ¿Por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado?

Esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. La gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. Descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. La historia es un vuelo de la imaginación. Es conscientemente una ficción ficticia. Podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. De donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. Los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. E insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. No debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. No se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. El cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por la segunda y secreta. Añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. Habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector.

Por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. Lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. Cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. Cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. Algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. Pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.



PÁGINA 42 – CUENTO

JORGE LUIS BORGES/ADOLFO BIOY CASARES
(Argentina-1899/Suiza-1986) (Argentina-1914/1999)

EL ENCUENTRO

Ch'ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y bien parecido. Se habían criado juntos, y como el señor Chang Yi quería mucho al joven, dijo que lo aceptaría como yerno. Ambos oyeron la promesa y como ella era hija única y siempre estaban juntos, el amor creció día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre era el único en no advertirlo. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija. El padre, descuidando u olvidando su antigua promesa, consintió. Ch'ienniang, desgarrada por el amor y por la piedad filial, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que resolvió irse del país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y comunicó a su tío que tenía que irse a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero y regalos y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, no cesó de cavilar durante la fiesta y se dijo que era mejor partir y no perseverar en un amor sin ninguna esperanza. Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas pocas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran. No pudo conciliar el sueño y hacia la media noche oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó: "¿Quién anda a estas horas de la noche?" "Soy yo, soy Ch'ienniang", fue la respuesta. Sorprendido y feliz, la hizo entrar en la embarcación. Ella le dijo que había esperado ser su mujer, que su padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También había temido que Wang Chu, solitario y entierras desconocidas, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la reprobación de la gente y la cólera de los padres y había venido para seguirlo adonde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen. Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaron noticias de la familia y Ch'ienniang pensaba diariamente en su padre. Esta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no y una noche le confesó a Wang Chu su congoja; como era hija única se sentía culpable de una grave impiedad filial. –Tienes un buen corazón de hija y yo estoy contigo -respondió él-. Cinco años han pasado y ya no estarán enojados con nosotros. Volvamos a casa-. Ch'ienniang se regocijó y se aprestaron para regresar con los niños. Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch'ienniang: -No sé en qué estado de ánimo encontraremos a tus padres. Déjame ir solo a averiguarlo-.Al avistar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:-¿De qué hablas? Hace cinco años que Ch'ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.-No estoy mintiendo -dijo Wang Chu-. Está bien y nos espera a bordo. Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch'ienniang. A bordo la encontraron sentada, bien ataviada y contenta; hasta les mandó cariños a sus padres. Maravilladas, las doncellas volvieron y aumentó la perplejidad de Chang Yi. Entre tanto, la enferma había oído las noticias y parecía ya libre de su mal y había luz en sus ojos. Se levantó de la cama y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación. La que estaba a bordo iba hacia la casa y se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch'ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios. Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch'ienniang vivieron juntos y felices.
(Cuento de la dinastía Tang, 618-906 a.C



CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS

IRMA BIGNON
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

NOCHEBUENA EN FRANCIA

      En Francia cada región tiene su cuento navideño, inspirado en la geografía, en la fauna, la flora y  la vida cotidiana. Estos cuentos nacen en la Edad Media, y recién al final del siglo XVIII serán reconocidos como género literario.
      La historia de los pueblos se nutre con los relatos de la gente de cada región, que la tradición hermosea. 
      Todos los años, de un pesebre a otro, los santones de Provenza – pequeñas figuras de arcilla hechas a mano – se vuelven a encontrar,  marcadas por los detalles de su creador, quien asegura la descendencia según su capricho y su humor creativo. Estos personajes son, por ejemplo, el tonelero, la vendedora de limones, el pastor y las ovejas la bailarina, San Francisco de Asís con su sayal de  pliegues bien trazados, el panadero, los Reyes Magos, todos alrededor del pesebre con José, la Virgen, el Niño Jesús y el ángel.
      La costumbre de ir a buscar un leño cuando se acerca la Navidad es muy difundida en Francia, sobre todo en el Midi-Pyrénées, famosa región de bosques.
      Ya por la tarde, dos personas del sexo fuerte parten hacia la leñera para elegir el leño. De ordinario, debe ser el tronco de un  árbol  frutal  -  preferentemente nogal - derribado desde mucho tiempo  antes y colocado a reposar en un lugar bien seco. Se lo coloca en la chimenea de la casa y se le prende fuego, como es de costumbre durante el invierno europeo. Para la ocasión se lo adorna con ramas de hiedra.
     Antes de prenderlo, el padre de familia, a falta de abuelo,  lo bendice rociándolo con agua bendita o con vino. Se prende una sola  punta y debe durar encendido desde la víspera de Navidad hasta la noche  de Reyes. Si una vez prendido se lo coloca sobre la mesa y el mantel no se quema, es señal de buen augurio.
      Alrededor de este leño, las creencias florecen y se multiplican: si es de nogal la cosecha será buena; si se lo rocía con aceite y vino se  protege la cosecha de aceitunas y uvas; si se le echa un puñado de sal, aleja brujas, brujos y malos espíritus;  parte del leño no consumido garantiza la protección contra el rayo (el fuego del cielo),  cura el ganado y ayuda el parto de las vacas; los carbones y cenizas  recogidas curan los dolores de garganta, hacen prosperar las gallinas  y los pollos matando los parásitos, las ratas y los topos. Al polvo que queda de los carbones se lo mezcla con agua y se lo dan a beber a las vacas, a las ovejas y a las cabras, para que no aborten.
      No hay duda que los franceses de esta región muestran que las virtudes mágicas del leño navideño son de naturaleza agraria.
      Otra costumbre es comer la noche de Navidad un bizcochuelo alargado en forma de tronco porque la creencia es que de él salen los chocolates y las golosinas para los niños  Esta transformación del leño proveedor de dulces es ya de carácter metonímico.
      Cuentan las leyendas que, antiguamente, cuando el  invierno se  acercaba a la región de Aude, sur de Francia, todos los árboles del bosque conservaban sus  hojas. Hoy, únicamente el  pino es perenne. Porque se mantiene verde durante la dura estación.
      La Navidad se acercaba. Un pequeño pájaro que no había podido  volar hacia los lugares cálidos porque tenía un ala quebrada, temblando de frío, se mantenía abrigado en el follaje de un grueso y majestuoso roble. Pero el roble rehusaba mantenerlo en sus ramas. A pesar de la nieve, el pájaro abandona el árbol para refugiarse en las ramas de un castaño. El castaño también lo echa.
      Rechazado por todos  los árboles, se acuesta sobre la nieve para morir. De pronto un pino le  hace seña. “Ven aquí,  no temas, yo te protegeré”. La víspera de navidad, un viento terrible comienza a soplar, arrancando las  hojas de los árboles. Sólo  el  pino conserva  su  follaje, porque había  sido caritativo y había  recogido y albergado  al pequeño pájaro enfermo.
      Es por eso que el pino es el árbol de Navidad. Porque es generoso y protector, a su alrededor se reúnen todas las familias.
      En la región  de Aquitania al S.O. de Francia, el 24 de diciembre había amanecido con lluvia. Por la tarde comenzó a nevar.
      Tres niñas quinceañeras seguían el sendero del bosque que las llevaba a la Capilla de Saint - Etiénne. Las ramas de los árboles y los   pájaros eran tan bellos que ellas olvidaban, sin darse cuenta, que el tiempo pasaba.
      Jugueteando, chacoteando, en medio de una graciosa charlatanería,  ellas recogían las plumas de los pájaros que, al pasar volando, dejaban caer en el sendero.
      De pronto, se dieron cuenta de que las  plumas que llevaban en  sus manos se iban transformando en  rosas. Las rosas eran de color  blanco y exhalaban un perfume inigualable.
      De inmediato se acabó el chacoteo y la charlatanería. La campana comenzó a sonar. La misa iba a comenzar. Las niñas decidieron  juntar todas las rosas formando un hermoso ramo para dejar en el  pesebre de la Capilla que las esperaba, con los vitrales iluminados por los últimos rayos del sol.
      En el Limousin (centro de Francia) es costumbre homenajear a la parturienta que está por dar a luz en Navidad.
      Ese día, se reúne la familia y los amigos en la casa de la futura mamá. Es usual que la madrina del niño por nacer traiga algún presente. Generalmente es una torta adornada con diversas y emblemáticas golosinas, como una cuna azucarada, caramelos con forma de animales, estrellas, hojas de muérdago. La mamá conserva los emblemas y la torta se corta y se reparte entre todos los convidados.
      En la reunión, la madrina regala a su ahijado por nacer, primero un niño Jesús para el pesebre, luego un pan, un grano de sal, una caja de fósforos, un trocito de madera de roble diciendo: “te  deseo  que  seas  bueno como el pan; despierto e inteligente como el grano de sal; que tu cabeza se alumbre como los fósforos y el trocito de madera de roble para que seas un bastón en la vejez de tus padres”.
      Esta ceremonia tiene una gran importancia en la región. La noche finaliza con un brindis, toda la familia reunida alrededor del pesebre.
      Este es un cuento de Navidad de Auvernia, región del Macizo  Central. Una mujer, sentada en el borde de la vereda, envuelta en harapos, que acaba de perder a su hijo por hambre y sed, pide limosna.
      Cinco niños que vuelven de jugar, la ven. Corren a sus casas y al rato llegan y se paran ante la mendiga: uno le trae pan, otro una botella de leche, otro una canasta con fresas, otro un par de “crêpes” calientes. El último le trae una rama de pino y el niño Jesús envuelto en una tira de paja. Uno de ellos saca de su bolsillo su armónica, la coloca  entre sus  labios y  comienza a  soplar. De  inmediato se  escucha  la  música de “Noche de paz”. Y los niños la cantan: “Noche de paz/ Noche de amor/ Todo duerme en derredor/ ”…  La mujer no puede cantar. El  sollozo  la enmudece. Las lágrimas caen de sus ojos. Los niños se alejan cantando. La mujer se levanta y  vuelve  a su choza con los paquetes. Se da vuelta y los mira. Siente que Jesús está a su lado.
      Un ángel baja y cuida a los niños. El sonido de la armónica  se sigue oyendo. El aire envuelve la música, la esconde en una nube, y la lleva al cielo.





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