Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 72– Noviembre de 2012– Año VI – Nº 11

GACETA LITERARIA Nº 72– Noviembre de 2012– Año VI – Nº 11


Imágenes: BEAUTIFUL WORLD

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

EL NACIMIENTO

El hospital público, ubicado en el barrio más copetudo de Río de Janeiro, atendía a mil pacientes por día. Eran, casi todos, pobres o pobrísimos.
Un médico de guardia contó a Juan Bedoian: -La semana pasada, tuve que elegir entre dos nenas recién nacidas. Aquí hay un solo respirador artificial. Ellas llegaron al mismo tiempo, ya moribundas, y yo tuve que decidir cuál iba a vivir.
Yo no soy quién, pensó el médico: que decida Dios.
Pero Dios no dijo nada.
Eligiera a quien eligiera, el médico iba a cometer un crimen. Si no hacía nada, cometía dos.
No había tiempo para la duda. Las nenas estaban en las últimas, ya yéndose de este mundo.
El médico cerró los ojos. Una fue condenada a morir, y la otra fue condenada a vivir. 



PÁGINA 2 – CUENTO

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

EL SILENCIO POR SUPRESIÓN

     Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.

      Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.

     Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.

     Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.

     Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.

     Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.

     Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.

     Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.

     Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaban anulados del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.

     La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.

      Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.

     Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.

     La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.

     Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.

     Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.

     Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

FEDERICO RODRÍGUEZ
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

I

Tal vez, podría nombrar la noche
en su luminosa nube de ausencia
o, quizás la tibia placidez de descansar
sobre un poema.

Tras el almendrado mar,
el suave aleteo de la letra
de la muerte
respira en un coral de espuma.
Podría nombrar la caída del color
en el denso desandar de la piel,
ese baile de bellas barcas.

O,
Tal vez
lo que enmudece mudando al silencio
en azulados gritos, abra en el
luminoso foso de mi edad
el eco de un dios que aún persiste,
un ajeno viaje en lo lejano.


II

Y los días crecen largos como fantasmas

de un barco hallado en la esquina,
es un  destello que desprende colores
en la quietud de una ciudad antigua

Algunas veces bebo de la sospecha
de haber perdido los ojos en la sombra de un árbol
Y a veces  tiemblo sin sonido,
y a veces respiro las tormentas, allí mismo donde se gestan.

La tortuga de tres cabezas camina por el borde sur de la ribera
y exhala al mundo

Y desaparezco en tu cuerpo y  me siembro en tu nombre.

Conozco el camino para escapar del polvo y anochezco siempre.

Afuera del tiempo, un hombre se encuentra
en el calmo paisaje de la música
y alivia su vuelo en la suave despedida de lo que fue
y cuando no halle a nadie, a nadie que calme este apetito,
la luna sobre los cables besará la oscuridad
y
estallaré en la pupila de la noche 


III

a L.

Elevado desde el silencio
traspaso las muñecas secándose en las ventanas,
y cuando todo se derrita a través de la cicatriz de la tarde,
la puerta de la noche,
como un relámpago, descubrirá al imán
que vibra en mi corazón.

Nacimos en este hogar deslizándonos.

Desde afuera de mis hombros, 
el pasajero en tu mirada descubre
al río trasladando el secreto encanto
del rumor de un grillo revelando al universo.

 Nacimos en este hogar paseando

El espejo en que te disuelves abriga
la quietud de una rama encendida en la plenitud
de su viaje.

Al alba estallaré en mil átomos de luz silenciosa
y mis manos se envuelven en la sustancia de la espera
de una plena danza que nos atraviese.


IV

Cuando todo nazca, el desierto se abrirá
sobre tus párpados

Cuando todo nazca, sentiré la breve noche
en el pulsar de la suave brisa

Cuando todo nazca, el deseo estallará
sobre los márgenes de tu piel

Y así, el mundo seguirá bailando

Cuando todo nazca, la sombra de los cuatro vientos
suspirará lo que nadie dice

Cuando todo nazca, la luz se filtrará
a través de un agujerito por la ventana
y será suficiente

Cuando todo nazca, la batalla enterrada en la palma
de mi mano, tejerá la red dónde
la 
     cálida 
               caída
                        del cosmos descansará

Y así, el mundo seguirá bailando


V

Durmiendo al filo del mundo, la palabra ilumina ahí,
dónde el pulso del sol late
en mi piel

La selva se hunde sobre el silencio de tus ojos,
Y voy cayendo
hacia el umbral del aire

y así, todo estallará,
restos del paraíso disueltos en la calle

En el sonido del universo, despierto

El agradecimiento de Gaceta Virtual a Marta Ortiz (Rosario)


PÁGINA 4 – ENSAYO

SILVIA LOUSTAU
(Mar del Plata-Buenos Aires-Argentina)

JORGE  TEILLIER  Y  LA POESÍA  LÁRICA 

Si alguna vez
mi voz deja de escucharse
piensen que el bosque habla por mí
con su lenguaje de raíces.
J.T.
El poeta romano Ovidio (43 A.c.) en su obra Las  metamorfosis  fue el primero  en referirse  a  los Lares, hijos del dios Mercurio y Lara.
Se los representa bajo  la figura de adolescentes, con un cuerno de la abundancia en la mano y  vestidos cortos, como  corresponde a las divinidades ágiles.
Estos jóvenes representan las encrucijadas y la prosperidad; se dice también que el Lar Familiaris era el protector de las familias.
La poesía de los lares, la búsqueda del paraíso perdido, es la piedra angular de la obra de Jorge Teillier. Su poesía trasunta la melancolía del ayer, es una respuesta al desarraigo, el poeta se mostró crítico con aquellos escritores de su generación (´50) quienes abandonaban las tradiciones, buscando en Europa vivencias nuevas, como si en su propia cotidianeidad no se hallase la voz  poética.
Teillier se trazó una misión, desde sus primeros manifiestos, relativos a que “no importa ser buen o mal poeta, escribir buenos o malos versos, sino transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos” (Tellier, “Sobre el mundo”).
En su obra  se siente el perfume del sur chileno, de su Lautaro natal, en la provincia de Temuco, donde los mapuches dejan su impronta, incluso me pregunto si el ánima de Lautaro, el líder militar mapuche no sostuvo, acaso, la mano a nuestro poeta.
Ese sur chileno donde:
En el pueblo/donde algunos me conocen/como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios, /paseo por la Calle Comercio/que ahora se llama Avenida Bernardo O’Higgins (Como en Santiago). /He comulgado con la tierra.
Voy a la Sidrería…y me saludan mis viejos compañeros de curso/que sueñan con ser alcaldes o regidores o comprarse/ una citroneta. (Notas sobre el último viaje del autor  a su pueblo natal).

Lugar de barro y polvo era la aldea/ por donde trascurrían las estaciones de mortecinos pasos/ EL sol se desmoronaba como una torre de oro/ y la soledad buscaba su imagen de lluvia. (Memorias  de la aldea)

Una estética concentrada en versos directos, es la poesía de la aldea, de sitios donde la vida transcurre lenta, el ámbito rural donde se esconden los Lares de Ovidio.
La lucidez soñadora del presente que se escurre del pasado, un pasado como un dios propio, esa es la poemática de Teillier; quien ha sido comparado con D. Thomas  y con Vicente Huidobro.
En los vagones de primera y segunda, incluso de tercera clase/ se habían colado varios viajantes de grandes firmas comerciales… Me bajé y emprendí solo el camino de  los Sueños Polares (Aviso  a los Turistas)

¿Huidobro o Teillier? Ese poema corto es de Huidobro, mas tiene sabor a Teillier.

En la antigüedad, la poesía tuvo un carácter ritual y comunitario, además de la religión, fueron surgiendo otras temáticas, como el tiempo, las labores cotidianas y los juegos. Teillier, que se nombra: borracho melancólico /guitarrista, lunático, poeta/  ha detenido  el tiempo. Pertenece a todas las edades.

Él, como lo decía  Huidobro, tiene derecho  a ver la flor que cuida: La Poesía.

El cielo habla en un lenguaje  gris /y  callan la grave  voz del vino, /la leve  voz del té/ los espejos se fatigan / de repetir el nombre  de las cosas.  (El lenguaje del cielo)

 Para mí la poesía es la lucha contra nuestro enemigo el tiempo y  en un intento de integrase a la muerte, de la cual tuve conciencia desde muy niño, a cuyo reino pertenezco., declaraba el poeta, una visión existencialista de la vida, pero  contrapone que está teñida de tristeza, y no de desesperación; si es muy potente  el sentido de la fugacidad, de irse yendo con cada segundo que marca el reloj.

Esta noche duermo bajo un viejo techo, /los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo, /pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos, /abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños, /y bajo él, la muerte que me tiende la mano.
(Bajo un viejo techo).

Poesía  contemplativa. M. Heidegger opina que la contemplación acontece en diferentes grados del saber, alcanzando una claridad cada vez diferente, agregaría que la contemplación se alcanza en estados especiales del  artista, como un no estar en sí mismo, la contemplación mística que lleva a la obra.
Es así que lo cotidiano, como escuchar a los ratones, ver el cielo nacido tras la lluvia, la bodega triguera, brotan  de la contemplación, la contemplación del entorno en Lautaro y que Teillier lo convierte  transforma, alquimista, en  poesía.

va mi padre en su Dodge 30/por los caminos ripiados de la Frontera/hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas/O llega a través de barriales/a las reducciones de sus amigos mapuches /cuyas tierras se achican día a día,/para hablarles del tiempo en que la tierra/se multiplicará como los panes y los peces/y será de verdad para todos.( Retrato de mi padre….)

Teillier nos invita a compartir el pan más simple- cocido en horno de barro- más sabroso, y tomamos  esa hogaza intangible, sentados, para siempre con él, allá en el límite del mundo, y compartimos el pan de la palabra. Para siempre.


PÁGINA 5 – CUENTO

GUSTAVO DUFAU
(Barcelona-España)

ENCONTRADO EN UN BAUL DEL SUBCONCIENTE.
Simone de Beauvoir, su sonrisa , verdades como hojas de plata que hieren el viento, podría amarla, podría ser Jean Paul y su cara de sapo, podría esperar el fin de todos sus amantes, podría ser esclavo de sus lecturas en un infinito sueño cibernético ... podría decirles a los niños que no que no abandonen su reino de soles diminutos, que no que no es su tiempo que no que hay mucho luto todavía que no que Herodes sonríe detrás de la pólvora, detrás de cada metralla empuñada por unas manos pequeñas, que no que no que no. ..Sin embargo...cuántos sin embargo! ....Sangró el sol aquella tarde, cayeron los pájaros desgarrando el telón del teatro de los sueños supe por única vez que era el fin de las hadas, el suicidio de los colibríes, manos de ángel difuminando huellas de gnomo sobre la arena, que de aquí en más todas las tormentas llorarían en silencio, que era el fin de los puentes amarillos de las escaleras azules, de los balcones y los patios, de los tejados multicolores, que un universo de cloacas, que el reino de las ratas, que una lluvia de úteros como meteoritos, que por fin el mar negro como el bostezo final de los dioses...Por una vez, por esta única vez supe que ser hombre duele más que un verso acribillado, que la memoria del horror, que la voz lejana de la muerte..Una imagen de Hollywood decadente, como si fueras Sharon Stone, como si yo fuera Richard Gere, como si David Lynch pusiera el sonido en nuestras bocas, como si nos observara a través de un cristal diluido en el tiempo pude ver como estallaba mi pequeño poema huérfano de niños y soles...


PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA

ELDA SOTTI
(Barrancas-Santa Fe-Argentina)


ENAJENACIÓN

En la travesía
las manos afiebradas del hombre
se elevan
para alcanzar las cúpulas dormidas
que su mente alienada intuye.
En el musgo de la noche
el alcohol lame llagas
y enmudece perturbado
el deseo.
Masculla monstruosas palabras
cuando las primeras burbujas de luz
desvanecen espectros
y en la genuflexión
el hombre se aferra al sueño.
Trapos y cartones
para enfrentar
la intemperancia del vendaval.


ORIGEN

Se abren las entrañas de las sombras.
El camino
extiende hebras infinitas
lúcidas
en su imperioso afán de entrega.

Las voces
se derraman en los muros
ruedan por anónimos laberintos

y los pasos inauguran la sed
cuando la transparencia
se adueña de las cosas.

Y la sangre
yergue sus relámpagos
y cada pupila busca respuestas
en el acontecer
un acontecer excitado
por el hálito de la luz

maná que multiplica
la obsesiva búsqueda.


LLOVIZNA

Sencillez de cenizas
la aldea.
En el regazo de la umbría
la furia
guardó sus látigos.

Y la tristeza
allí

en el indescifrable silencio
de los pájaros

en la ausencia de la llama

en la fatiga de la tierra

en la simpleza del agua
incesante
taciturna.

El agradecimiento de Gaceta Virtual a Patricia Severín (Santa Fe)


PÁGINA 8 – CUENTO

ALEJANDRO BOVINO MACIEL
(Corrientes-Argentina)

LA CITÁ DOLENTE DE CORRIENTES

1.

Ya lo sé, Darwi. Sé que estamos atrapados entre las calles enmarañadas de la citá dolente de Corrientes, sé que se nos complica la travesía por las fuerzas contrarias que sirgan desde el pasado de Asunción del Paraguay y el futuro que conmina desde Buenos Aires-la-Reina-del-Plata; aquí, en  medio, está Corrientes pero nosotros no, vos seguís perdido en ese tiempo de dolor que es Corrientes allá en los ‘60, yo paseo por las calles de Almagro, en Buenos Aires, por la vieja avenida Rivadavia, camino por las veredas de la calle Bulnes, doblando en Díaz Vélez donde los inmensos plátanos enfilados desprenden finísimas hebras doradas que flotan como los sueños, voy hacia Medrano pisoteando la hojarasca amarilla que mayo deja caer indolentemente. Deshechos. Caídas de las criaturas que se disuelven en la nada de donde nunca debimos haber salido, Darwi. Siempre andaré perdido porque avanzo en mí mismo, en los andurriales de la memoria guiada por el deseo, Darwi. Pero allá arriba está el deber como una espada filosa que se mueve como un péndulo, amenazando rebanar la altivez de las criaturas que se insolentan contra las normas del Señor.
Mal guía para entrar en el pasado, Darwi, porque esos perros hambrientos del deseo solamente huelen la carroña, les gusta revolcarse en la mugre, son indiferentes a las humillaciones y yo busco las pistas de los daños que sufrí cuando era inocente, allá en el paraíso perdido del pasado.
Deberíamos buscar a los dos ciegos, pero no sé si valdrá la pena, Ale, aunque rehusemos su compañía siempre estarán con nosotros, delante de nosotros, detrás de nosotros, arriba, abajo, al costado, en nosotros, con un mecanismo automático que en algún momento los mezcla y viene el estallido final,che. Los dos ciegos seguirán en pie pero nosotros seremos aniquilados en ese instante.
¿Tiene sentido buscar a quienes nos buscan?
Caminemos y olvidemos.

¿Olvidemos? ¿Me estás diciendo que ya no te duele el pasado, Darwi, que ya no arde el recuerdo de 1963? No te creo, eso muerde en la memoria, Vamos, amigo, evocá de nuevo el seminario y las galerías que compartías leyendo el salterio en Goya, hacé memoria, en vez de caminar por la calle San Juan de la citá dolente, volvé los pasos hacia atrás, hasta las ligas agrarias que encarnaban la teología de la liberación aquí en la tierra llena de prisioneros como los cavernarios de don Platón, ¿te acordás?, ustedes querían limar las cadenas de los tabacaleros pero monseñor Vicentín no era amigo de reformas agrarias, que lo digan el cura Marturet y los demás excomulgados, el egregio obispo monseñor Vicentín quería mantener los pilares de la sociedad cada cual en su sitio aunque el edificio se derrumbara, “la Iglesia tiene dos mil años”, les repetía en cada homilía pero ustedes, novicios contumaces, seguían predicando la doctrina de un Cristo que venía a liberar cuerpo y alma. ¿Te acordás, querido Darwi?
Monseñor Vicentín, cartesiano recalcitrante, les decía que se ocuparan de las almas, que de los cuerpos se ocupa el gobierno civil, “dad al César lo que es del César”. Pero ustedes arremetían, que no, que si Cristo resucitó también en cuerpo es porque el cuerpo le importa a Dios, que si hizo meter a Santo Tomás el dedo en la llaga fue para demostrarnos a todos que la carne subiría consigo al cielo. No sólo de almas vive el hombre.

Ni cuerpos ni almas.
Por eso mismo, Berti, yo perseguía los cuerpos, algo me decía en el fondo que Monseñor se engañaba y nos mentía, todo Corrientes era una gran mentira allá por los ’70, y siguió siendo mentiras en los ’90  paredón y después…

(Fragmento de la novela "La siesta correntina", en prensa)


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

AMELIA ARELLANO
(San Luis-Argentina)

VIVIR LA PAZ

“La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión difícilmente podremos alcanzar un mundo de paz”
Rigoberta Menchú

Que es la Paz amor, preguntas.
Preguntas y miras tus doloridas manos.
Intentaremos ver que hay atrás de los cerrojos.
La salud, amor, no es ausencia de dolencia.
La oscuridad no es ausencia de sol.
El pan no es ausencia  de  hambre.
La muerte no es ausencia de vida
Y la paz, amor, que será la paz?
Puede ser un niño. Un ave. Un pez.
Un ataúd, una lágrima, una flor.
Puede ser la bendita locura del amor.
Un vaso de agua, y la sed.
La orfandad y la leche de mis pechos.
Puede ser el universo y el fuego.
No, no habrá paz, mi amor:
Mientras haya tiranos. Mercaderes del odio.

Dictadores, opresores, amos de la Pacha.
Mientras la flor y la justicia y la libertad.
Sean, apenas, una subsistencia.
No basta subsistir, amor. Hay que vivir.
Hay que vivir.                        
 

LOS SILENCIOS DEL PECADO

“...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lagrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda la violencia pasada...”
Carta de Eloísa a Abelardo

Amo el “Jardín de las delicias”
El resultado del cruce de dos rectas.
Imprevisibles e inesperados triángulos.
La fuente de la juventud y el huevo.
Oscuridad y sigilo fecundados. Silencio.
El silencio del inmortal deseo.
La sombra quieta de mi padre.
Las abejas inquietas en el pelo de mi madre.

Amo al silencio. Los ecos del silencio.
De las  voces calladas. Antiguas profecías.
De la metamorfosis de una boca.
Del cazador. Cabalgando. Huyendo siempre.
De la manos .Números cardinales. A veces círculos.

De los pies que se van cuando amanece.
El búho y el martín pescador.
Amo los hombres-pez.
Las mujeres desnudas .La tentación.
Los sabores frutales, tan hondos, tan profundos.
Las uvas. El cielo y el infierno.
La bola de cristal craquelada. La inconstancia.
Los álamos. Los jinetes. Los espinos
Los  adioses de corcel, patria en el vientre.

Amo la lechuza y la flecha.
Los silencios  golpeando mis umbrales.
El abrazo intacto, embriagado, tendido.
Tu fatiga descansada en mi cansado pecho.
El miedo de la lluvia sobre tu piel de jade.
El temor y el milagro y lo dulce y lo amargo.
Las mariposas y los mejillones.

Amo la serpiente, el verde y el azul profundo.

Los campos rojos y los blancos lirios

Y los ojos, ah, amo los ojos.
Y los muertos que veo en los ojos de los gatos.
Los ojos que han mordido mi nombre.
Los ojos que ven alambiques y matraces.
Los ojos que mueren sin mis ojos.
Los ojos que aman los estanques turbios.

Y los ojos de Delfina e Hipólita.
Buscándose, huyendo en su hondo penar.
Y los ojos de Abelardo y Eloísa.
El ojo azorado del infierno de Rimbaud y Verlaine.
De Baudelaire y Louchette.
De Zorba y Bubulina.
De Medea y el hombre con un pié calzado.
Atados a una lira y una cítara.
Los ojos del vacío que apuestan a la vida.

Los ojos de la trasgresión y el pecado.
Amo, los silencios del pecado, entonces.


MI CORAZÓN HA HABLADO

“El corazón nos corre a veces por todo el cuerpo, como si fuera un perro perseguido”.
Federico García Lorca

Mi corazón ha dicho  que soy noche y mujer en un caballo alado.
Que mis pechos se prodigan en magnolias blancas.
Que desenredo de tus cabellos los piojos y las liendres del miedo.
Que quiebro en tu cristal el grito moribundo del cuervo.
Mi corazón ha hablado y quizá me ha engañado.
Pero, he sentido en el pecho la resurrección de la paloma.
He conjugado en sangre el temblor de tu cuerpo.

La mujer que habla por mi estómago está hecha de sudor y grito.

Y besa con las piernas y duerme con la boca.
Entreabre la brecha por donde escapa la turbación y la cordura.
Te ha hecho un lugar en su manto de ausencia.
Y has dormido con ella, aun en lechos vacíos.
Mi corazón me ha dicho, que en el espejo de tu copa, la has visto
Que tus ojos no caben en la inmensidad de su fiebre
Que en un vino empecinado, la desnudas... y  bebes.
Que la consumes en resacas y  la ejecutas en el mar infinito, de tu cuerpo.
Que la has liberado pero vuelve en constelación boreal.
Mi corazón me ha dicho que la mujer ha elegido ser jinete de la noche.
Y se acopla a ti en un caballo rojo. En vid. En llamarada

Tu corazón es una garganta de perros degollada.
Me ha dicho que sigue en ti, esa certeza tuya, tan desmesurada.

Que solo cabe en ti, tu insoportable amor aullido, a solas.
Mi corazón me ha dicho que  la mujer huye, de la noche.
Inadvertidamente. Tan despacio, como una gota de agua en el desierto.
Dejándote la duda y  la ilusión, tristísima ilusión.
Un sueño, un ladrido. Noches de fiebre,  un delirio, un deseo.
Un deseo.


PÁGINA 10 – ENSAYO

MARÍA TERESA REARTE
 (Santa Fe – Santa Fe – Argentina)


SOLEDADES

     El tema del hombre permite diferentes lecturas. La que aquí propongo es la lectura de su soledad. La literatura psicológica tanto como la reflexión en general, refieren que el devenir humano muestra una primera experiencia de separación y soledad, la del nacer. Conscientes de ese desgarramiento, las madres anhelan restablecer pronto el contacto con el hijo, luego del nacimiento.

     Incluso la Biblia deja ver, en los orígenes, que el hombre fue expulsado del paraíso. Irremisiblemente. Y los evangelio relatan que Jesús murió gritando su soledad al Padre; pero también su amor y su confianza. Por su parte, la literatura ha expresado la angustia de la soledad, desde diferentes perspectivas. Octavio Paz, por ejemplo, en “El laberinto de la soledad”, alude a la “nostalgia y búsqueda de comunión.”

     A la vez, sabemos con certeza que la vida acabará con otra separación: la muerte. Todo lo cual pone de manifiesto que la experiencia de la soledad es constitutiva de la condición humana. Se podrá decir que no todo en la vida es soledad. Es verdad, porque la experiencia también nos remite a momentos y estados de plenitud, en los que con júbilo experimentamos la comunión. Lo podemos apreciar en el vínculo de la madre con el hijo. En el enamoramiento, sobre el cual Francisco Luis Bernárdez escribía en un bello poema: “Estar enamorado es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.”

     La poesía ha tenido en la Biblia la posibilidad de manifestar la integración factual de Dios y el hombre. Y mostrar cómo este último, puede –por su capacidad de amar- alcanzar momentos de lúcida comunión. Es lo que se puede encontrar en Unamuno, cuando en su poema “Hermosura” exclama: “¡Hermosura! ¡Hermosura! Descanso de las almas doloridas,/ enfermas de querer sin esperanza./ Santa Hermosura,/ solución del Enigma./ Tú matarás la esfinge,/ Tú reposas en ti sin más cimiento./ Gloria de Dios te bastas.”

     Cualquiera haya sido, o sea, nuestra vocación en la vida, llevamos sobre nosotros mismos el peso de una primordial soledad. La de un espacio recóndito e íntimo, reservado sólo para Dios. Ser conscientes de esto es tarea ardua, en medio de multitudes y estridencias diversas. Sin embargo, en ese abismo de nuestro ser profundo, desnudo, experimentamos también las defecciones de lo humano. Cuando aún amando y recibiendo amor, comprendemos que esa humana compañía también tiene sus límites. Que los hijos en algún momento se van, como parte de su propia realización personal. Que aún aquellas personas que admiramos tienen carencias y defectos. Y que la misma condición humana –progresivamente- puede tornarse limitante, como lo fue para el escritor Jorge Luis Borges la ceguera, pesada herencia de varias generaciones de Borges.

     El cual, en sus cavilaciones parece empeñado en poetizar con lo que le falta al hombre, más que acerca de lo que ya posee. En su poema “Cristo en la Cruz”, Borges decía: “Nos ha dejado espléndidas metáforas/ y una doctrina del perdón que puede/ anular el pasado.” Pero concluye: “¿De qué puede servirme que aquel hombre/ haya sufrido, si yo sufro ahora?” No obstante lo expuesto, su poesía resulta finamente conmovedora al mostrarnos este ir y venir del poeta, con relación a Dios.

      La existencia humana tiene el carácter de lo transitorio. En la vida terrenal no hay unión ni figura alguna definitiva. Ni entre los seres humanos, ni entre el hombre y Dios. Los encuentros interpersonales son, con todo su valor, sólo una fase preliminar para el último y definitivo encuentro con Dios. Pero el último recorrido del camino hacia Dios está marcado por la soledad.

     Por cierto que no hay que confundir la soledad con el aislamiento. No es a esa forma de soledad a la que en última instancia me refiero, sino al vacío interior. Al espacio despojado de distracciones, que no es fácil lograr, porque estamos expuestos a cualquier forma de huida. Incluso porque el silencio y la soledad no concuerdan con las tendencias culturales de nuestro tiempo.

     No obstante, del núcleo de la persona emerge la conciencia de Dios, que busca el abismo de nuestra soledad. Entonces el alma sabe de la paz y el gozo del encuentro con Dios, que es Amor.


PÁGINA 11 – CUENTO

JULIO RUDMAN
(Godoy Cruz-Mendoza-Argentina)

HABÍA UNA VEZ UN PUEBLO.

Había una vez un pueblo. Quiero decir, un territorio con una plaza, un edificio municipal, un templo religioso, una escuela primaria y un colegio secundario, una farmacia, un salón de usos múltiples (a cargo del Maese Guillermo Plus Essen), un club social, una canchita de tierra, un cafetín, una comisaría y su comisario, un almacén de ramos generales, una veterinaria y sus animales, un psiquiatra y sus pacientes, un médico y su consultorio, un contador y un cuentista, un poeta y varios verseros. O sea, ese pueblo tenía un pueblo. Quiero decir, mujeres y hombres, niños y ancianas, abuelas y nietos, trabajadores y parásitos, pájaros y pajarones, vacas, toros, caballos y terneros con su dueño agrícolo y ganadero, ternuras y durezas, gatos y gatas, perros y libélulas.
Pero lo que caracterizaba a ese pueblo es que tenía dos fuentes. La Fuente Nueva y la Fuente Vieja. Oficialmente el pueblo se llamaba Villa Las Luces y había sido imaginado, quiero decir fundado, por el sargento Emilio González Mediasuela, un desertor del ejército del general Tulio Pétreo, allá por los años 50 del siglo fenecido. Emilio hacía ostentación de ser el último eslabón de una familia de zapateros remendones. Era tal la importancia que ambas fuentes tenían en la vida cotidiana de la zona que todo el mundo lo conocía como Dos Fuentes, pese al reclamo inclaudicable de su creador y el beneplácito de los contertulios del bar que amaban la penumbra y abominaban de los excesos lumínicos. Incluidos los semánticos.
Los habitantes compartían casi todo. Menos las fuentes. En la Fuente Nueva se reunían los escolares, enarbolando sus primaveras, aún en invierno. Las chicas con sus bellezas al viento y sus cuerpos dispuestos. Los chicos, como es natural, aprendían de ellas a transitar los caminos del placer. Sí, el orgásmico también. Se metían en las aguas frescas para saciar la sed y mojar sus calores juveniles con la inocencia de los zorzales nuevos, la convicción de los pájaros carpinteros y la estética de los colibríes. Como en todo pueblo que se precie estaban los impacientes. Siempre querían mucho más, por eso no llegaban a tiempo a ninguna fiesta ni ayudaban a preservar las mejoras del lugar.
La Fuente Vieja recibía personajes raros. O no, según se mire. Todos los mediodías decían presente la Rubia Blonda, mística apocalíptica y adivina frustrada; Rosa Lepetit, mujer con la insólita costumbre de almorzar en público; Federico Robledo, que hablaba sólo con el lado derecho de la boca; Luis Newtown, mozo extranjero que tenía la manía de robar las propinas de sus colegas cada dos años, exactamente el mismo día, 28 de diciembre; Hugo Track, dueño de la empresa de camiones y coleccionista de camperas de cuero; el showman George Badmilk, un mediocre imitador del periodista norteamericano Michael Moore; el Colorado, sobrino colombiano del empresario F. Drina; señoras benéficas con fotos de gente pobre; el comisario Leopoldo Pí y Cana y sus esposas; la Pato Toro Rico, ejemplar femenino de alcurnia deteriorada; José Hostia, el nonagenario sacerdote, conocido como el Padre, Papá, Tío y Abuelo, según el grado de cercanía de quien lo mentaba. Las fiestas organizadas en días de guardar guardaban las formas exteriores, pero tenían, invariablemente, un final orgiástico. Entre ellos se reconocen como gente, socios, parientes o clientes.
Del cuidado de la Fuente Nueva se ocupaba la maestra, los trabajadores y los gatos noctámbulos. Entre ellos se reconocen como hermanos, camaradas, amigos, compañeros.
En la Vieja monta guardia un tipo que padece enanismo ético, una enfermedad propia de estas comarcas. Parapetado detrás de anteojos culo de botella, recibe instrucciones permanentes de su jefe, el capomafia del lugar, conocido como Héctor Imán Tado, aunque se supone que su verdadero nombre se perdió en una encrucijada de los tiempos. El guardián de la fuente decrépita está tan consustanciado con su función que ha adoptado para sí el nombre de ella, pero en italiano como un homenaje eterno a Don Corloene, pariente lejano. O próximo, según se mire.
Como corresponde, se lo odia profundamente, pero nadie intenta hacerle daño porque dicen que se irá descascarando al ritmo natural de todo organismo putrefacto. Igual que la Fuente que le mandan cuidar.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

NECHI DORADO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)


SENTENCIAS

 “Multiplicaré en gran manera tus dolores y parirás con dolor”.
Y con dolor los parió, nomás.
Y se hicieron hombres y mujeres en medio del dolor.
Y hasta los vio morir
cuando la guerra fratricida
reventó los espejos de sus almas.

Y vio a un hermano asesinando al otro,
inducido.
Y vio a un padre llorando sobre el despojo
humeante,
de lo que fuera su simiente
florecida,
disecada,
arrancada antes de tiempo
de la vida.

Y cuando alguien dijo, habrá un mañana,
ella volvió a temblar.
Y descansó su rostro entre las manos callosas,
recordando la sentencia:
“Multiplicaré en gran manera tus dolores…”


II

“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”
Y no ganó ningún pan,
apenas las migajas que caían
del plato del gamonal.
Y recordó nuevamente
la sentencia…


III

 "Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida".
Y fue caníbal el hombre y la mujer,
cuando transubstanciaron el pan
diciendo que era el cuerpo del Padre.
Y fue vampiro cuando se bebió la sangre
Transubstanciada también.

Y siguió multiplicándose el dolor
por esta tierra.
Y ella volvió a recordar
tantas sentencias


PÁGINA 13 – ENSAYO

MIGUEL ANGEL GAVILAN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)


OLGA OROZCO

Escribe grafemas de ceniza, empuñando la piedra que guía los presagios. Y con cada letra, la oscuridad semeja otra luz, el sol converge en piscis y el corazón es un talismán invulnerable.

Desde lejos se precisa que la maga está en el territorio de la palabra, deshilvanando al sujeto más endeble: aquél que carece de nombre. Allá, resabia pócimas robadas a la dicha y vaticina, sin que la realidad detenga sus mutaciones, que en la arena de los silencios, entre selvas y ladridos, habita la que siempre supo lo que ahora sabía.

Envuelta en fogatas, en paisajes de alucinación salvaje, Orozco organiza, con cada poema, una visión de lo imposible. Y retrata el anhelo de saber, materializándolo en su indagación más pura: la magia.

Recomponiendo la idea de que el poeta es un chamán, es el que tiene sobre sí la voz de decir las voces, Orozco impone su poesía como rito iniciático, remontándola desde el despertar mismo de la muerte.

Nacida en Toay, zona que la poeta definió como el lugar de los médanos andariegos y las mendigas con abalorios, sus ojos claros fueron los de la videncia. La pausa imponente de su voz albergaba uno de los tantos nombre que tenía lo Eterno.

Fue madre literaria de Alejandra Pizarnik y las dos transitaron París buscando en las rutas de Cluny, las tentaciones impresas en la Dama del Unicornio. No siempre fue social y no siempre la quisieron. Le temía a la muerte y exhortó el nombre de su madre para no dejar de estar sola.

Su poesía, por instantes compleja y cerrada como un mal sueño, oscila entre la oración y la blasfemia; nos arriesga por un túnel sahumado de azufre y azúcar, para liberarnos por fin, saciados y conversos.

Pero en un punto, como se llega al placer, sus textos se vuelven claros mediodías; las cartas de la adivinación, reconfortan y esa inquietud perpetua de no conocer el costado del olvido, se transforma en un valle calmo y solitario.



PÁGINA 14 – CUENTO

GRACIELA MITRE
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

DE REGRESO

Llegamos a la tardecita. Se abrió la puerta y apareció una mujer alta y delgada, con el pelo recogido en la nuca, a lo Eva. La casa era grande, señorial, como la mayoría de las mansiones de Oroño, tenebrosa, demasiado cerrada y húmeda para mí que estaba  acostumbrada a casas pequeñas de techos bajos y soleadas.

La patrona no me gustó de entrada, se lo dije a la tía. La tía era brava al igual que todas sus hermanas. Le temía a mis tías, las hermanas de mi madre. Siempre tan sargentas y gritonas que me hacían temblar. Pero la tía insistió y me empujaba despacio hacia adentro por miedo a que escapara y la hiciera quedar mal. Nunca quería quedar mal, ni con sus amigos y mucho menos con la gente rica, se mostraba melosa, exageradamente amable, se rompía toda mientras que con nosotros, los sobrinos pobres del campo, era tan agria como implacable.

La tía al ver mi gesto se acercó aun más y con una voz de paciencia inventada repetía; “quedate, quedate, vas a estar bien”. Finalmente convencida o harta de escucharla, le dije que me iba a quedar. Una mucama recomendada para una familia recomendada.

Las muchachas de campo, regordetas, de mirada baja y cachetes rojos, eran muy buscadas por las señoras ricas; podían hacer a su antojo.

Pero a mí nunca me importó nada, si la señora no me gustaba me iba y listo y la tía lo sabía. No necesitaba de mucho para darme cuenta, con la mirada era suficiente y los ojos de esta mujer no tenían lo que yo quería, en nada se parecían a los de la señora Elena, llegué a su casa, me miró, la miré y nos gustamos, rubia y suave con una sonrisa brillante capaz de producir alegría en el primer saludo, esta mujer en cambio tenía ojos amargos y labios apretados de pollo.

Pero esta vez me quedé “pruebo y veo que hago”, pensé. Enseguida me presentaron al señor, un gordo petiso y pelado con cara de bulldog como la de tía. Tenían una cocinera quién antes de irse me acompañó hasta mi cuarto. Un altillo aislado y mugroso, con un roperito poco generoso. Ni bien bajé la señora que cocinaba ya no estaba. Me puse un delantal que estaba apoyado sobre la mesada, lavé los platos, repasé el piso de la cocina y subí a mi habitación.

Las sábanas olían mal, no tenían olor a sol como las de mi casa “pobres pero limpios” repetía mi madre hasta el cansancio, y era verdad, pobres, limpios y con orgullo, nada de ropa extraña, usábamos lo nuestro, lo que se cosía en casa, nunca deshechos ajenos.

Apenas descansé esa noche. Tapé las sábanas con una toalla limpia que había traído de casa y como pude me dormí. 

Todo transcurría en silencio. El matrimonio desayunaba cada uno sentado en la punta de la mesa sin cruzar algún comentario. Él con el diario en la mano y ella compenetrada en el vacío de su pensamiento. Apenas un frío saludo y cada uno partía hacia su lugar de trabajo “aquí voy a poder trabajar tranquila”, pensé. 
La señora estaba ausente casi todo el día. Daba clases de historia y geografía en el Normal y luego se iba a la casa de los padres hasta la noche. El señor era abogado  y cuando no estaba en los Tribunales se la pasaba encerrado en la oficina de la casa. Apenas si me dirigía la palabra, salvo cuando quería algún café.

Según la cocinera, el matrimonio no andaba nada bien. Se decía por allí que la señora tenía un amante o algo así, que en realidad después del colegio no se iba a la casa de los padres, que dormían en el mismo dormitorio y no en la misma cama, etc. Yo no sé si era así, mientras a mí no me molestaran todo estaba bien. Si no hubiese sido por el comentario del verdulero que me dijo “piba cuidate” podría haber seguido relajada como al principio, pero esas dos palabras me habían empezado a intranquilizar, por algo lo había dicho, algo sabía que yo desconocía ¿pero qué?

Era sábado y llovía. La cocinera no volvía hasta el lunes y la señora había viajado con sus padres el fin de semana entero. Cruzamos alguna que otra palabra con el señor en todo el día y ni bien oscureció me encerré en mi habitación.

La lluvia es distinta en la ciudad, como más bulliciosa, coquetea con la gente, pega en el pavimento, la muerden los autos, estalla. En el campo en cambio se silencia, ya sea sobre el pasto o absorbida por la tierra. Me acurruqué en la cama, había refrescado y la colcha resultaba insuficiente.

Recordé a mi familia, hacía tiempo que no veía a mi madre ni a mis hermanos. ¿Seguirá emborrachándose el viejo, rompiendo los pocos muebles que tiene la casa? ¡Qué infierno Dios mío!, pero se trataba de mi casa, de mis afectos, ni siquiera la tía había dado señales de vida, me dejó acá y no volvió más.

El viento agitaba la celosía de la ventana, los faroles del boulevard se habían apagado. Mi pieza y yo, el altillo sobre una terraza desolada ajeno a la casa, parecíamos  pequeños objetos aislados del mundo.

El movimiento incesante de la persiana de la puerta me hizo levantar una vez más. Entre ella y yo se encontraba una mano, ancha, blanca, furiosa, intentando entrar en mi habitación. Empujábamos, mis manos desde adentro y la otra desde afuera. La voz del señor gritaba “dejame entrar” “dejame entrar gorda de mierda”. No sé de dónde ni cómo, pero pude apretar más y más hasta casi estrangularle la mano. Los dedos se le estaban poniendo morados, le dolía, gritaba y me puteaba a más no poder. “Si no sacás la mano te la parto, viejo de mierda”, le dije y la sacó.

No pude seguir durmiendo, solo temblar y pensar cómo haría para irme de allí cuando amaneciera si la señora ni la cocinera estaban.

Me preparé la ropa, ordené la cama y me quedé allí detrás de la persiana de la puerta esperando. El silencio en esos momentos era miedo y audacia a la vez pero me animé a salir, espié, bajé con cuidado las escaleras, en puntas de pie, no había nadie a la vista. Por suerte me habían dejado una llave y la tenía conmigo y me fui.

Seguía lloviendo y la lluvia dolía. Caminé por el boulevard tratando de recordar el camino que habíamos hecho con la tía el día que me llevó a esa casa. Me paré en una esquina, pensé, estaba perturbada pero podía pensar, ubicarme.

Era domingo y pasaba un colectivo de vez en cuando. Esperé, muerta de frío y cansancio. Un patrullero se detuvo y me preguntó si me pasaba algo, les dije que no, que solamente necesitaba saber si por allí pasaba el colectivo que iba hacia las cuatro plazas. Cuando supe que estaba en el lugar correcto me tranquilicé. Sabía cuantas esquinas tenía que atravesar el micro, las había contado en el viaje de ida y así llegué.

Bajé, las plazas estaban en su lugar, atestadas de agua y la casa de la tía se encontraba hacia la izquierda, por la calle lindera a la capilla. Caminé hacía allí, eran apenas tres cuadras en las que la cabeza me trabajaba a mil, pensando en lo que me diría la tía cuando me viera llegar. Seguramente se iba a enojar y no ahorraría palabras de mal gusto y como si todo fuera poco, le avisaría a mi madre y le contaría la historia a su gusto.

Toqué timbre, la cara me llovía de tanta agua y miedo. Insistí una y otra vez; si la tía estaba ausente, estaba muerta, no tenía donde ir. Finalmente abrió, tenía los ojos más crispados que nunca. Sonreí como pude y sin darme tiempo a nada preguntó qué hacía allí, porqué no estaba trabajando en lo de la señora Asunción. Le pedí entrar, que me alcanzara una toalla y si no era mucho pedir, una taza de café caliente.

Estaba también mi otra tía, la del campo, una vieja alta y mandona de la zona de  Roldán. Ambas se sentaron a escucharme. Conté con lujo de detalles lo que había pasado. La reacción de ambas no se hizo esperar.

Pero esta vez no me gritaron, no me dijeron que era una cagona, a pesar de mis catorce años recién cumplidos, ni una vaga, ni nada de esas cosas que piensan de mí, se miraron y sonriendo comentaron; “tenés agallas nena y eso está muy bien”.

La tía me prestó un camisón suyo, largo de franela estampado de cuellito redondo ribeteado en broderí y preparó, exclusivamente para mí,  una cama con aroma igual a las de mi casa. Una vez más, el lema familiar me protegía: pobres pero limpios. Y me dormí.



PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

JORGE FALCONE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)


NO VINE AL MUNDO A DAÑAR A NADIE

No vine al mundo a dañar a nadie,
testigo son  la araña, la oruga y
la hormiga de mi parque.
Y claro que no olvido
que ante el Imperio fui espartaquista,
dulcinita contra el feudo,
apátrida y subversivo en tiempos
de la reacción genocida…
Sin abjurar de la acción directa,
vuelvo a optar por el consenso:
Matar es el último recurso
y siempre lo inauguran ellos.-


ELEGÍA A MARGARITA ALBERTELLA

Porqué evoco a la directora
de mi jardín de infantes,
si nunca me retó?
(y por qué ese espacio así se llama?:
es acaso el correlato primordial
del Parque de la Ancianidad?)
Si su prédica no excedía
un mundo de engrudo y plastilina,
de papel creppe y de tiza,
porqué se empeña en volver
su tan ajada sonrisa?
Vislumbro ya la vejez y
aquella dama igual me visita.
¡Almidón de mi memoria,
que guarda las cosas lindas!


BUSTERQUITO

Mi vieja te llamaba así:
Busterquito.
Otros,
El Cómico de la Cara de Piedra.
Nunca entendí porqué el humor
escogió un rostro ganado por la pena.
Mi memoria te descubre en Candilejas,
viejo y a la sombra
del payaso Calvero.
Amante del engaño perceptual,
no te rebajaste al
sopapo ni la torta de crema,
ni hiciste demagogia
vestido de linyera.-
A Rolando Revagliatti



PÁGINA 16 – ENSAYO

FANNY TRAINER
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

POSTMODERNAS CREENCIAS

¿Qué será lo que creen aquellos que golpe tras golpe, incesante golpe –reclamos insensatos- golpean el fondo al revés de las ollas? Les vendría muy bien –eso creo- intentar construir, formar rondas uno al lado del otro, para danzar moviendo cabezas con pies –pies sin cabezas- para ver si se les puede, entre tanta danza, entre tanto ritmo monocorde y agudo, entre tanto ruido metálico y chillante, entre tanto acero y litio, a lo mejor, digo…, se les puede cumplir un sueño; ¿cuál sueño? El que se les construya con magia un drone para volar y pedir ayuda a los buenos Reyes Magos, los dueños del planeta. Un drone…,  claro…, los soñadores también son buenos, son lindos, son limpios, ¿casi se parecen a los dueños del planeta? A lo mejor son sus descendientes…, pienso.
Eso creo que creen entre golpe y golpeteo, entre gritos furiosos y mirada saltona, entre tanta y tanta bota de cuero. Eso creo que creen.
-¿Qué cosa creen?
-Que son los descendientes de los Reyes.



PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS


J.M.TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)


CARLOS ROBERTO MORÁN: un armador de vidas
Cierro el libro de Carlos Morán. Han dejado de hablarme sus personajes creíbles, habitados de silencios, protagonistas a veces de escenarios inverosímiles. Han dejado de  impresionar mis sentidos con sus vidas simples y a la vez complicadas. Cada uno en su temperatura. Pero todos, sí, todos con un aura en común: criaturas inocentes. Porque eso es lo que emerge de los sucederes de cada uno, de la historia que cumplen en informar al lector. Historias que van de una realidad dura, intransigente, a una suerte de fantasía a descifrar. Cosa extraña: ninguno de ellos se queja por lo que le pasa; ninguno clama  por un destino diferente; todos -de una manera o de otra- aceptan el papel que les ha sido dado. Catorce  historias -me resisto a llamarlos cuentos- que no entrelazan situaciones porque no hay por qué que así suceda, pero en cambio  desgranan con parejas cualidades psicológicas la voluntad de seguir viviendo.
La enigmática Morena que rescata la memoria para que no la reencuentren los sentidos. El hombre que acepta con resignación su nuevo rostro de pez. La importancia que puede generar en la autoestima de un ser pequeño la vestidura de una prenda importante. La visita de Dios como un premio a la apuntada inocencia. El té de las cinco embozando la tragedia de un derrumbe. La magia del circo transformándolo todo en su circularidad de asociaciones. La perturbadora genética, ocultando y desocultando  sin piedad. El drama y la comedia del carnicero encerrado en su roja cólera de carne. Un Hopperr redivivo en la escena. Raúl y esa secuencia de hotelería barata que preanuncia que algo grave va a pronunciarse en la noche. Ese último habitante que se queda solo porque el mundo es demasiado grande. Y La historia del mago y la mujer desesperada -aquí sí, una nouvelle- donde cada actor desarrolla su parte con veteranía y el clima,
entre obsesivo y frágil, se torna una secuencia de desencuentros dramáticos.
Criaturas inocentes todas. Que les toca esa nombrada voluntad de seguir viviendo, como si todo debiera indefectiblemente arribar a un final, por más doloroso que éste sea. Debo admitir que Morán los acompaña bien. Sabe lo que hace para que cada uno interprete su parte con convicción y, a la vez, con ese dejarse estar de las emociones que ya no pesan demasiado...Extraño clima de aceptación y de rechazo. De tristeza compartida. De una cierta nostalgia que no tiene ni principio ni fin.
Debo reconocer que esos personajes -bien burilados y definidos en sus actitudes y en sus desencuentros- son criaturas de todos los días.A pesar que por ahí entren en ciertas brumosas irrealidades, son personajes tocables. Por eso, quizá por eso, las historias de este autor cobran otra vida. Secuencias de un barrio que no tiene nombre. Espectáculo en un circo de función única. Representación de la misma historia vivida ayer...Este Morán articula todo con serena voluntad, sin rupturas perceptibles. De ahí que su literatura (me cuesta poner aquí esa palabra) resulte creíble, no obstante los sesgos de oníricos enlaces, de espejos deformantes, de alucinaciones traspuestas con habilidad. Un mundo dentro de otro. Que está dentro de otro. Sí: como cajas chinas. Y de la última saldrá no la resolución del enigma, sino la consecución de la forma-vida. Esa que late.
Pienso en lo incierto que es encerrar en un mismo cuerpo tantos personajes, con vidas tan cruzadas. (No sé si la palabra incierto está bien usada). Pero a Morán le ha resultado la aventura. El no es un cuentista, aclárese. Es un armador de vidas, que después las convierte en historias. Proceso sutil, intenso, nada fácil sin duda. Pero, en su caso, no traiciona a ninguna de esas vidas. Y eso es lo importante.
Le escribiré a Carlos Morán, entonces, para agradecerle la lectura de este libro.

Historia del mago y la mujer desesperada, por Carlos Roberto Morán. Ediciones Palabrava/El Litoral. Santa Fe, 2012.


NORAH LORENZO
(Haedo-Buenos Aires-Argentina)


TÍTULO: Los hijos del general
GÉNERO: Novela
AUTOR: EDGARDO DEVITA
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires)

Años después de la muerte del padre, sus hijos se entran que el ex militar no solo había participado de la represión, cosa que hasta entonces no se sabía, sino que además la empresa que hoy ellos manejan fue usurpada en 1977. Este hecho conmociona y divide a los hermanos, mientras que el mayor descree de todo y  culpa al "periodismo marxista" por haberse  hecho eco de esta información, el menor en cambio insatisfecho con las explicaciones que le da su madre y su tío decide no solo alejarse del negocio familiar sino  también tratar de conocer la verdad.
Para ello se acerca a una organización de Derechos Humanos donde sabe milita  el hijo del antiguo propietario de la empresa.
 En su segunda novela (la primera IMBERBES, esos estúpidos que gritan 2005) el autor  a partir de un hecho verídico plantea un problema de  conciencia:  que hacer ante una realidad sorpresiva y desagradable,  desestimarla o averiguar la verdad.
 Los hijos del General aborda la relación entre hijos y padres vinculados con la época de la dictadura. Una denuncia, un padre fallecido, el ocultamiento del resto de la familia y el quiebre entre los hermanos.
 Tiene una narrativa lograda, una trama atrapante, que se deja leer, y aborda  con profundidad humana uno de los tantos temas que a la historia todavía le cuesta analizar


PÁGINA 18 – CUENTO

TANIA ALEGRIA
(Lisboa-Portugal)

ALGÚN DÍA
  
Y no te callas, Oscar, y no te callas. Algún día dejaré de escucharte, no sé cómo, no sé cuándo, pero algún día no te escucharé más. Si no fuese a causa de la lavadora sería por cualquiera otro motivo, dices que estropeo todo lo que toco pero a ti no te interesa saber que la lavadora lleva años funcionando todos los días, no vas a perder la oportunidad de decirme torpe e imbécil. No te callas, Oscar, y yo estoy muy cansada después de todo el día trabajando, los niños tan revoltosos, tú con toda esa rabia, y aún me toca hacer la cena. Y tú insistes en que no soportas mi dejadez. Conozco tan bien tus furias, Oscar. Es siempre lo mismo. Ya lo veía venir. Me acusas de que no conseguiste el ascenso por mi culpa, de que si tuvieras una casa presentable y una mujer capaz podrías invitar al jefe a venir a casa, y ofrecerle una cena, pero no, con una mujer como yo, ¿cómo podrías hacerlo? Lo peor es que te enfureces cada vez más a medida que gritas conmigo. Si al menos me dejaras sola en la cocina, fritando las malditas patatas, si al menos aquí yo pudiese tener un poco de paz o silencio. Pero no, Oscar, tienes que cumplir el rito completo, del insulto al puñetazo. No sé cómo ni cuándo dejaré de escucharte, Oscar, pero sé que algún día pasará. Ya imaginé tantos modos de cómo acabar con esto, de cómo acabar con todo, pero después pienso en los niños, cuando no me tengas a mí para insultar y abofetear te volverás en contra ellos, descargarás en ellos tus frustraciones, tus iras, tu violencia descontrolada. No puedo más Oscar, no podré aguantar mucho más tiempo esta puñetera vida. Algún día esto tiene que acabar. Ahora me atormentas a causa del coche que no puedes comprar, de lo que sería tu vida si no te hubieras casado conmigo. Me callo, Oscar, porque es peor cuando te  respondo. Sólo deseas que te conteste para  pegarme. Algún día dejarás de hacerlo, Oscar, no sé cómo, no sé cuándo, pero algún día será.  Me da vergüenza cuando salgo al pasaje y las vecinas me miran, todas las noches escuchan como me gritas, como me insultas, y saben que me pegas. Y los niños tienen miedo, tapan sus cabecitas con la ropa de cama cuando en la noche están acostados y te oyen gritar. Y ahora qué, Oscar, también soy culpable de que la casa necesita pintura, de que tus pantalones están mal planchados, y ahora qué, Oscar, ¿cuándo vas a callarte? ¿Cuándo tendré fuerzas para acabar con esto, para dejar de escucharte para siempre? Algún día no estaré aquí, Oscar, ya no debería estar. Hay tantas maneras de huir, el gas, el veneno, los raíles del tren. Algún día, Oscar. Si no fuera por los niños… Ya te acercas y gritas cada vez más fuerte. No descansas hasta que no me das una bofetada. Ahora me dices ramera y ya no me callo: ¡ramera es tu madre! Grito para apurar el puñetazo que siempre llegará, más tarde o más temprano, aprendí que mejor si más temprano. Era lo que querías. Vienes hacía mí con aquella mirada que conozco tan bien, el aliento de animal, la fuerza concentrándose en el brazo con que habrás de golpearme. ¡Ramera es tu madre! Vuelvo a gritarte. Y te acercas más. Mejor así, después de pegarme te irás al cafetín emborracharte y lastimarte de la puta vida, y yo terminaré de freír las patatas y daré la comida a los niños y me echaré en la cama para llorar con la boca enterrada en la almohada porque no me escuchen. ¿Hasta cuándo, Oscar? Te miro con rabia de ti y con pena de mí, los brazos caídos, la garganta seca. Ahora me dices puta. ¡Puta es tu madre! Consigo gritar y giro la cara para esquivar el golpe, cierro los ojos  y empiezo a levantar la mano para proteger el rostro, pero el golpe tarda, el golpe no viene, abro los ojos y de repente veo. Veo y comprendo. En una fracción de segundo tu mirada aterrada baja de mi cara a mi brazo, de mi brazo a mi mano, de mi mano al mango de la sartén, del mango del sartén al aceite hirviendo. No lo había pensado, Oscar, pero ahora lo veo en tus ojos: hoy es el día.



PÁGINA 19 – POESÍA AMERICANA

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO
(Santurce-Puerto Rico)

-PROYECTO NEOLIBERAL EN PUERTO POBRE-

Para todos los que luchan contra el Imperio

Territorio más desdichado del planeta.
No existen camellos que aplasten pirámides,
o pasen por el ojo de ninguna aguja.
Sólo existen cuerpos aporreados
por el sistema único, que domina
las cuatro aristas de los espacios.

Todos, vasallos.  Todos, esclavos.
Y rebelarse asusta a cualquiera.
La masacre total, definitiva, guillotinas
en cada esquina.  La segunda enmienda
del psicópata imperio, sumergido
en la orgía de su propia sangre.

Y qué se puede hacer con quien desea
renegar.  Quien ha aprendido:
cuando se destruye se rehace.
La noche mete miedo.  Es necesario
aceptarla.  El laberinto abre
sus fauces.  No se puede

al fin y al cabo profanar  la fatal
biología, ni la mala suerte
de haberse coagulado en el útero
de un espectro de isla.  Se entrega,
feto banal, fútil sacrificio.
Confronta los esbirros.  Los caballos.



PÁGINA 20 – ENSAYO

SILVIA DELGADO FUENTES
(Sopelana-Euskal-Herria)

POESÍA Y DESÓRDEN

Ocurrió siempre, en todos los reinados hubo artistas complacientes.
Arte masturbatorio que produce un placer inmediato, que no cuestiona, que no altera el orden.
Hoy también sucede, existen muchos poetas- mercaderes que escriben al dictado y silencian el horror de nuestro tiempo, quizá porque no quieren verlo, quizá porque no quieren asumir el riesgo, quizá porque su corazón anda a trompadas y necesita, para caminar correctamente, halagos y prebendas.
Esos poetas que llenan sus versos de moralejas, de jabón que limpia toda esta sangre, los que se empeñan en enterrar las utopías, la esperanza, los que ignoran esta barbarie cotidiana de las cárceles, de la inmigración, del desempleo, de la violencia en todas sus formas, los que hacen oídos sordos a la censura, a la represión, a la persecución de las ideas, los que callan una y otra vez, cobardes o acomodados, los que cierran los ojos para contar silabas y no ven que cada dìa sentimos más asfixia por el recorte de nuestras libertades, los que no gritan y continúan con el empeño de ordenar sus versos para leerlos bien peinados mientras los patíbulos crecen y crecen los verdugos, los que se muerden la lengua antes de afirmar que la super- explotación del ser humano es demasiado evidente, los convierte inevitablemente en cómplices, en dóciles perros con amo.

Yo propongo otra cosa a los poetas, una poesía de la ética.
Una poesía necesaria, que desafíe, que rete al poder, que no se acobarde.
Una poesía critica, hipercrítica, que esté dispuesta a perder para ganar en decencia.
Propongo que los poetas señalemos incansablemente los crímenes perfectos de nuestro tiempo, propongo que nuestra poesía sea pan y sea queja, sea subversiva, que desordene, que salga a la calle para recoger la amargura de vivir en esta sociedad donde solo vale lo que es rentable.
Debemos limpiar a la poesía de mentiras y dejar que hable en esta tierra zurcida con dolor.
Para que el futuro no diga que todos los poetas fuimos tibios, que babeamos y movimos la cola suplicando el hueso de nuestros amos.



PÁGINA 21 – CUENTO

LUCRECIA INGIGNOLLI
(Córdoba-Argentina)

SAQUEN LOS BÁRTULOS

La tarde se había puesto negra, del color de la tierra, cuando Zulema abrazó al chico y lo cobijó contra sus piernas, ahogándolo al agacharse, con sus grandes tetas que luchaban por salir del escote  estirado de la remera fucsia. Detrás del suyo, llegaron corriendo todos los críos, algunos lloraban, otros reían desvergonzados.
    Ella sabía que un día de estos nos van a joder y echar como a perros, pero qué vamos a hacer, no tenemos adónde ir y los políticos vinieron a hacer promesas que la tierra nos la iban a dar pero ahora. También ella se puso a gritar. Los tipos hacían señas y la mandaban a la mierda, que ya va a ver cuando llegue la policía, estamos trabajando y los pibes nos sacan las cosas y ahora se robaron todo el instrumental del ingeniero.
    Zulema le secó los mocos al más chico. Tenía todos los hijos de las vecinas detrás suyo que empezaron a tirar cascotes y piedras a cuatro manos. Quién se robó lo que dicen que robaron, digan o los entrego a los locos estos que porque tienen un poco de trabajo se creen que son Maradona. 
    Los chicos vieron llegar el patrullero y arreciaron contra el vehículo. Comenzaron a aparecer otras madres que puteaban sin saber qué pasaba, que dónde está la justicia, de acá no nos vamos, no me van a tocar las criaturas, que no tienen para comer y encima nos quieren cercar  y dejarnos en bolas, sin la canchita para, sin la placita que queremos hacer, que nadie pone un mango y la guita se la gastan en los cantris, a ellos sí que les dan agua y transporte, pero a nosotros nos prometen y cuando levantamos cuatro paredes vienen a querer voltear todo para hacer otro barrio para los que tienen plata.
    Zulema sentó otro chico sobre sus tetas enormes y en la corrida perdió una ojota con dibujitos de Betty Boop. Decime desgraciado dónde pusieron las cosas del ingeniero ese que no deja de chillar, dice que le rompieron y llevaron un teodolito o algo así, te voy a moler a palos cuando no vea nadie, venir a levantar la perdiz justo cuando estamos por techar, a vos te parece, pendejo de mierda, ya les dije que no fueran a molestar que estos tipos tienen guita y la cana los protege. Ahora cuando venga tu padre le va a dar el ataque, dios mío, hasta cuándo podremos aguantar en estas condiciones, corré a llamar al  padre Manuel,  a ver si él nos puede ayudar, se nos van a meter en las casas y van a destrozar todo.

    Llegó el ingeniero con el policía, sin sangre en la cara, se estaba descomponiendo, sólo pensaba en el equipo valuado en dólares que había conservado de su padre y era casi único en el país. País, país de mierda que alimenta de nuestros bolsillos a estos desarrapados y vivos que no quieren trabajar. Me voy a descomponer, sargento, por favor corra a la loca esa que nos está insultando hace media hora. Encima protege a los choritos que manda a trabajar a la calle, son una mierda esta gente, no se educan, ni siquiera se ganan lo que comen, todo se lo pagamos nosotros con impuestos y laburo y encima nos roban en nuestras narices. Me di vuelta dos minutos para buscar un poco de agua y cuando volví me habían desvalijado el equipo, rompieron el teodolito y me dejaron tres piezas sueltas que me las voy a tener que perder.
    Cuando la batahola empezó, Zulema corrió a buscar al marido. 
  En la obra le dijeron que había subido al cuarto andamio esta mañana, tenga cuidado señora que viene viento y las maderas se bambolean. No se vaya a caer, pero qué le pasa, espere un rato, él va a bajar para comer. La semana pasada se desmoronó aquella pared y se tragó a dos pibes, ni treinta años tenían.
    Zulema empezó a llorar porque su marido no la oía, se había desatado una tormenta de tierra que no veía dónde ponía los pies, colgada de una escalera que se movía, gritó y gritó, vení Jorge que la cana nos está invadiendo, se quieren llevar los chicos, no, no hicieron nada los pobres, sólo estaban jugando cerca de la medición que hacen los de la empresa esa que va a vender lotes. Vení por favor que nos van a sacar de allí aprovechando la denuncia del ingeniero, el tipo se ha vuelto loco dice que los chicos le robaron el teodolito, yo ni sé qué carajo es eso pero dicen que vale una fortuna. Bueno, en una de esas hablo con los chicos, me lo dan y lo podemos vender. Algo tenemos que hacer, no te parece. 


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

MIGUEL CRISPÍN SOTOMAYOR
(La Habana-Cuba)


ROCINANTE GALOPA SIN JINETE

Cuando campana y campanero se disputan
la asistencia de más o menos feligreses.
Cuando las ratas corren al maullido del gato.
Cuando la calma contiene indiferencia
y se traga la palabra rebeldía.
Cuando el amigo se transforma en moneda.
Cuando amantes aman,
según la plata que promete el bolsillo.
Cuando simulo alegría, mientras rabio
con más rabia la impotencia.
Cuando todo está bien y mucho anda mal
y viro la cara para no ver.
Cuando me importa un bledo
comer y otros no coman,
vestir y otros desnudos,
techarme y otros a pleno sol, lluvia
y sereno:
es que el Quijote ha muerto.
Rocinante galopa sin jinete.


EUTANASIA

Si alguna vez olvido
que las balas batistianas cruzaron a Armando
en el Puente de Boniato,
que Trillo es un monumental bloque de cemento
junto al mar de Santa Cruz,
que Casimiro fue cazado
en una traicionera calle de Managua
y Walsh, en una de Buenos Aires;
o que Roque Dalton fue asesinado dos veces
o que a Víctor Jara le quebraron la voz y las manos
o que el Ché se ocultó
para reaparecer montado en Rocinante
y no acumulo valor,
el suficiente,
hazme un favor: mátame.


AÑORANZA

Hubo tantas flores en aquella primavera
que ni un pájaro hizo por volar.
Hoy, se levantan las piedras en los caminos
para maltratar los pies al erguido caminante,
que a pesar del tango que le advierte:
“en la vida se cuidan los zapatos andando de rodillas”,
sigue erguido.
Y algunos se van para ser recuerdo
o arriero al que un mulo espantado
le llevó la carga,
un canto vendido a precio mayor,
y los versos se esconden en una quebrada,
en imagen más triste que la de un bosque ardiente,
a pesar, de que la luz
es aún primaveral
y todavía este árbol, con ramas quebradas,
extiende su sombra en la pradera.



PÁGINA 23 – ENSAYO

JORGE ARIEL MADRAZO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)


LEER ESTÁ ANTES QUE ESCRIBIR.

Podríamos decir que vivir está antes que leer. Pero no podés vivir todas las experiencias, agotar el vaso de la vida y después leer. Hay que hacer las dos cosas al mismo tiempo.
A veces se rinde culto al exabrupto, pero si el exabrupto no está montado sobre la forma adecuada, no sirve de nada.
La forma es el fondo.  Son inevitablemente lo mismo. Si uno pretende escribir un poema revolucionario, y lo escribe en una forma conservadora pierde todo efecto revolucionario.
Y conservadora no en el sentido de que no deba acatar reglas.
El asunto es que use las reglas de la estructura y el ritmo y la música interna de un poema para que mantenga la eficacia.
Forma conservadora es cuando es una forma escolar que no aprovecha todo lo que aportaron las vanguardias y los grandes creadores.
La carta abierta de Rodolfo Walsh, si no fuera un gran escritor, no hubiera tenido el efecto que tuvo. Es una pieza magistral.
Tiene un efecto tan brutal, que es como el discurso de Octavio en el Julio César de Shakespeare. Es un crescendo frente al que no se puede ser indiferente. Hay que utilizar los recursos y los riesgos.
Hay que buscar un motivo concreto, y ese motivo debe ser interno. Encontrar la voz que uno necesita para decir eso, que tiene que tener toda la carga de lo que uno mamó de todos los grandes creadores que han cambiado la poesía:  Rimbaud, Mallarmé, Apollinaire, Vallejo.
Estoy evitando decir que uno tiene que buscar fórmulas.
Yo creo que la poesía debe llegar al sentimiento. Hay un prejuicio, creo, respecto del sentimiento. Se confunde sentimiento con sentimentalismo.
Yo creo el poema debe implicar una comunión afectiva, además de una sugerencia tanto de ideas como de intuiciones, de iluminaciones.
Las variaciones Goldberg de Bach a mí me transportan. Ahora, no quiere decir que sea una música especialmente empática.
Pero hay un juego dialéctico entre los sonidos. Yo creo que la poesía es un juego dialéctico, de fuerzas en tensión que se tienen que oponer, para que salga una tercera cosa que es lo que sugiere el poema. Por eso creo en el contrapunto,
por eso me gusta el jazz.
El poema que me gusta es el poema que hace un diálogo con sí mismo, que va desarrollando un diálogo como con otro, y avanza en espiral.
En un diálogo con algo a develar, con una pregunta, con un otro que no está explícito.
Se modificó tanto el sentido de la poesía. Yo creo que ha habido cambios entre las generaciones. Una cosa fueron las vanguardias  -la del 22 acá, el surrealismo- que creaban lenguajes incomprensibles, pero que respondían a un espíritu de época.
Yo creo que ahora, en las últimas décadas, los poetas, los jóvenes, fueron más bien discutiendo entre ellos, discutiendo entre nosotros.
No porque se escriba necesariamente más difícil. Se ha caído en una discusión muy entre poetas. Antes el poeta, aunque se engañara, quería llegar. Ahora, como no nos engañamos mucho en llegar, se ha convertido un poco en una discusión de cenáculo, la discusión entre los poetas.



PÁGINA 24 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)


SECRETOS CRUZADOS

¿Es intangible el escalofrío de Napoleón en Waterloo?  ¿Es invisible el pánico de Robespierre ante el zumbido de la guillotina? El todo  lo percibe y que nadie se lo niegue. Ve lo que no tiene luz, lo que no posee espacio; toca lo que carece de materia; ausculta la energía de lo inerte. María Luisa ríe escéptica. Por toda respuesta, él le abre el corazón de una puñalada certera, sólo para probarle que conoce lo que guarda..


No te conoces y yo me desconozco. Pero no te preocupes: es cuestión de tiempo para que descifremos nuestros yo y hallemos su preciso nombre científico antes que diagnostique el loco de guardapolvo blanco.


Tiene alma de sátiro. Pero refrena su virilidad exacerbada. Ella, virginal como una azucena, suele soñar que es la musa de grandes bacanales.


Estamos a yardas de la frontera. Tú no quieres llegar. Yo tampoco. Nada decimos y sin embargo la frontera se va desplazando según nos acercamos y hoy ya es inalcanzable.


Es un fantasma sin castillo. Es el fantasma del Adelantado Jacinto Ruiz de la Poblada, que enamoró a la infanta Lucía Francisca, de la casa de Alba, cuando sólo tenía once años. Ella recibió su amor desconcertada, y tan desconcertada estaba, que se quiso casar. Al Adelantado lo mandaron a tierras de indios, pero antes hubo un juramento: se encontrarían después de la vida. Ocurre que ella se tiró a las aguas del Tirreno y a él lo llevó una flecha envenenada. El sigue esperando, pero ella no logra salir de las aguas.


Borges nunca se enteró de ello, porque el libro no llegó a sus manos, sino a las de otro Borges de otro barrio porteño. Pero ella se sintió desairada en sus expectativas. No era su primer libro de poesía. Era el segundo. Y ahí estaba todo su estro: ¿cómo no haberle respondido? Desde entonces engendró el odio. Y contrató hechizos y maleficios de toda clase. En el que más insistió, fue que el escritor recuperara la vista para horrizarse ante un mundo enfermo…


Cuando el barco se hundió, a horas de partir del puerto, la atracción ya  se había insinuado. El  sintió que ese marinero lo llevaría lejos. Y no se equivocó: ambos llegaron al  fondo del amor cuando, no consiguiendo bote alguno, se tomaron de las manos y sin chalecos se arrojaron  a la profundidad de la noche.


El mayordomo principal del Palacio Real se hace el harakiri en la recámara del emperador. La más flagrante de las irreverencias. En horas oscuras, sacan su cuerpo, cambian la alfombra y el silencio de todos resuena en los oídos del emperador. El exige que le traigan a palacio la alfombra. Y a puertas cerradas lava las manchas.


Estamos solos. Debo confesarte que, en ti, he matado la inocencia. Ella lo mira, se le humedecen un poco los ojos y responde ¿acaso te conozco, muerte de los sentidos?


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

GILDARDO ISIDRO GUTIÉRREZ ISAZA
(Antioquía-Colombia)


HOJAS SECAS

De cielos prohibidos me he vestido hoy,
bendigo el amor que me entregas,
la gratitud de tus besos.
Me duermo en la tarde de tus senos
aunque la muerte me acecha.

Eres la sonrisa perpetua,
la luz del amante,

un adiós sin palabras, sin rencores.
La transparencia nos enseña a vivir con todo
a morir sin nada...
De cielos prohibidos y de hojas secas.

¡Nada!

Las horas se conjugan con la noche,
tu piel es una esfera de tiempo,
todas las sombras,
la luna que se quiebra.
Oculto en tus labios la noche
que acaba de nacer.

Un aliento de luz sobre un sol callado.
Me trasporto a un mundo olvidado
cuando extiendes tus brazos,
cuando tu sombra consume la mía
y de cielos prohibidos me visto


SOLO PIEDRA

La muerte es solo piedra de olvido,
eternidad sin nombre.
La muerte es la esfinge de la noche
que nos desvela con su lámpara de fuego.

La muerte es la espina que se clava,
que ahonda el sufrimiento del que queda,
la agonía de un beso...
la triste despedida.
Soledad, silencio...


PÁGINA 26 – ENSAYO

ALFREDO DI BERNARDO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)


BENDITO DISENSO, MALDITO DISENSO

El disenso se halla latente en toda interacción humana. No existe un sólo tema en el que todas las personas estemos completamente de acuerdo, ni existen tampoco dos personas que estén de acuerdo absolutamente en todos los temas. La inevitable multiplicidad de miradas sobre el mundo fulmina desde el vamos toda pretensión  de uniformidad

Maravilloso acto de libertad cuando somos nosotros quienes lo ejercemos, el disenso se vuelve irritante cuando son los demás quienes lo ejercen frente a nosotros. El disenso es invariablemente incómodo, no nos deja hacer lo que queremos y encima osa poner en tela de juicio lo que pensamos y sentimos. El disenso es una piedra en el zapato de nuestras convicciones, un obstáculo que limita y evita la concreción indiscriminada de nuestras aspiraciones personales o sectoriales, sean éstas un rosario de mezquindades o un inventario de solidarias utopías. El disenso es la manifestación rotunda de la existencia de un Otro que no piensa como yo, y por más amplios y tolerantes que seamos, a nadie le divierte que lo contradigan.

Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? En ámbitos verticalistas, o bien el disenso no se exterioriza (no es que no lo haya), o bien se lo resuelve en base al principio de autoridad y se hace lo que ordena el que manda, aunque los subalternos estén en completo desacuerdo. En ámbitos democráticos, en cambio, el disenso se resuelve apelando a una simple operación aritmética: se hace lo que decide la mayoría. La indudable e irremplazable justicia de este método, sin embargo, no elimina las asperezas de la confrontación. Se trate de las elecciones que definen el destino político de una nación o del debate en una reunión de consorcio sobre la necesidad de pintar el edificio, el hecho de resolver en forma práctica el disenso mediante la decisión de la mayoría no significa superarlo, pues -salvo en muy infrecuentes ocasiones- ningún resultado adverso le quitará a los derrotados la íntima certeza (o al menos, la íntima sensación) de que quienes se han equivocado son los otros. Lo cual es perfectamente posible, ya que una mayoría nunca garantiza por sí sola una decisión acertada, una solución conveniente, un hábito sano, una conducta constructiva (cosa que deberíamos recordar cuando integramos alguna mayoría, no sólo cuando sangramos por la herida de la derrota numérica). Una mayoría no necesariamente es infalible. ¿Por qué habría de serlo, si está formada por individuos, y los individuos somos esencialmente falibles? Además, y pese a que nos resulta más cómodo imaginar lo contrario, las mayorías y las minorías no son bloques homogéneos, conformados por la presencia o ausencia de lucidez y valores, sino que constituyen una compleja trama en la que convergen los más diversos factores, algunos de ellos, incluso, insalvablemente contradictorios. Al fin y al cabo, a la hora del conteo final –tanto en comicios gubernamentales  como en reuniones de consorcio- el voto largamente razonado vale igual que el emitido de manera irresponsable, el voto por principios vale igual que el voto interesado y el voto del malandra vale igual que el del honesto. Nada, entonces, salvo el prejuicio, autoriza a suponer que la virtud y el vicio se han alineado en forma automática detrás de la postura mayoritaria o de la otra.   

Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? La respuesta políticamente correcta nos conduce hacia los territorios del respeto y la tolerancia, a escapar de la tentación de cancelar el disenso cancelando al disidente (o ninguneándolo, que es una forma simbólica de cancelarlo). Nuestra respuesta fáctica, en cambio, está atravesada por una alarmante ambivalencia. No medimos las cosas con la misma vara, vemos siempre la paja en el ojo ajeno, le asignamos a los hechos diferentes significados según simpaticemos o no con sus protagonistas. Una movilización callejera, por ejemplo, puede parecernos una conmovedora muestra de compromiso cívico o un rejunte de imbéciles, según estemos o no de acuerdo con las banderas que en ella se enarbolen. El golpe que un legislador le propina a otro en el fragor de una sesión del Congreso configura una inaceptable muestra de autoritarismo o un redentor acto de justicia según quién sea el golpeador y quién el golpeado. Festejamos o censuramos discursos de idéntico tono agresivo según compartamos o no los criterios del orador. Nos amparamos en la libertad de expresión para decir lo que pensamos, sin que nos aflija la posibilidad de herir susceptibilidades, pero si alguien, amparado en esa misma libertad, ejerce su derecho a réplica (y sobre todo si al hacerlo hiere nuestra susceptibilidad) sentimos que no nos dejan decir lo que pensamos. En todos los casos, el fundamento de nuestra conducta dual es el mismo: yo tengo derecho a decir o a hacer algo porque tengo razón; vos no tenés derecho a decir o a hacer lo mismo porque el que tiene razón soy yo. Así de arbitraria es la cosa. Está mal, claro que está mal, pero es así como funcionamos.       

No todos somos energúmenos, es cierto. La existencia de voces discordantes con la nuestra no es algo imposible de sobrellevar. Lo que sucede es que todos, sin excepción, tenemos una “lista negra” de actitudes éticas y posturas ideológicas que no sólo despiertan nuestros reparos, sino que nos resultan directamente indigeribles. Y hay pocas experiencias tan exasperantes como tener que soportar la encendida defensa de esos pareceres en nuestras narices, o su jubilosa celebración. Habrá quienes dejen fuera de su zona de tolerancia a los simpatizantes de tal o cual partido; habrá en cambio quien –generoso para la estrechez- vuelque sus anatemas sobre cuanto grupo político, étnico, cultural, religioso o sexual sea diferente de aquellos a los cuales pertenece. A las fronteras de lo reprobable, claro, las traza cada uno. Pero como el disenso es bilateral, suele pasar que aquellos que integran nuestra “lista negra” nos ponen a su vez a nosotros en las suyas. Se entabla así una proscripción mutua, un juego de espejos donde sólo habrá espacio para vehementes monólogos cruzados pero nunca para un diálogo que ninguno de los contendientes, en su intransigencia, desea tener. Lo paradójico de todo esto es que la sensación que genera la irrupción de las voces indeseadas es idéntica a uno y a otro lado del espejo: el mismo escozor, la misma incomodidad, el mismo remolino de indignación en el pecho, el mismo empecinamiento en no querer escuchar ninguna razón que provenga de “esos” individuos. Aquellas personas cuyas ideas nos provocan un rechazo visceral sienten el mismo rechazo hacia las ideas opuestas que nosotros defendemos. Podríamos pasarnos meses sumidos en una feroz batalla argumentativa; ni ellos ni nosotros cambiaremos de opinión.   

Bendito disenso, maldito disenso. ¿Qué hacer frente a la imposible unanimidad? “No estoy de acuerdo con lo que piensas, pero daría mi vida por defender tu derecho a decirlo“, escribió Voltaire hace dos siglos y medio. Claro, Voltaire no tenía Facebook. Si hubiese leído la catarata de barbaridades que circula por las redes sociales disfrazada de moral bienpensante, no habría dicho lo que dijo. O se hubiese vuelto ermitaño para no hacerse mala sangre.


PÁGINA 27 – CUENTO

SERGIO ADOLFO SOSA
(Salvador de Bahía-Brasil)


LA CIMA

La mañana de aquel día, amaneció con un clima agradable, ideal para iniciar cualquier actividad al aire libre…Tenía todo listo desde hacia varios días, todo estaba calculado con obsesiva precisión. El entrenamiento de esos largos cinco meses había llegado a su fin.
Apenas abrió los ojos, sintió una sublime emoción, que lo subyugó en mente, cuerpo y espíritu. Tomó un baño, se afeitó, y tan rápido como pudo se vistió… En el estacionamiento de su lujosa residencia, sus empleados y ayudantes ya lo estaban esperando. Ellos ya le habían preparado todo el equipo necesario para que emprendiera lo que con tanto ahínco estaba a punto de comenzar... Escalar esa montaña,…que durante tantos años venía observando detenidamente, mientras su existencia transcurría en la más opaca rutina, típica de los grandes empresarios…
Su mente sólo tenía una frase, la cual, lo condujo hasta la posición encumbrada que gallardamente ostentaba: “-subir…, trepar…, ascender,.. crecer,… sin detenerse”-
Y fue así, que en la más completa soledad comenzó la aventura del ascenso… La tarea que lo aguardaba sería por demás complicada y muy ardua.
La montaña estaba allí, con su callado silencio,… y esperaba por él,…con sus casi 3.300 metros de bosque, barro, roca y nieve… Serían 96 horas de trepada, toda su entereza física y espiritual estarían a prueba. Sus pertrechos y equipamiento eran modernos, quizás los más sofisticados en existencia, pero aun así sería difícil, muy difícil y arriesgado… Él lo sabía,…y era justamente esa contingencia lo que había ido a buscar…
Hacía ya muchos años, que su vida era extremadamente rutinaria y monótona. Sus dos hijos, casados, vivían lejos,… y nunca había querido aceptar la responsabilidad de esa lejanía.
Pero “ella”, su montaña, estaba allí,…ansiando su llegada, esperando por él, quieta, solemne y extrañamente soberbia…
Pensaba en todo esto mientras comenzaba el ascenso por el sendero del bosque, donde el suelo era firme y el paisaje muy bello. Le tomó 5 horas atravesar esa primera ladera cubierta de pinos, eucaliptos y cipreses.
Luego de ese lapso hizo su primer descanso, comiendo y bebiendo frugalmente, y una hora después siguió su ascenso hasta la zona del río, donde el terreno empezó a hacerse mas resbaladizo y barroso.
Cuando la fatiga surgió imprevistamente, miró su reloj,…eran las 6 de la tarde y al observar su sofisticado altímetro, se puso muy feliz, ya que la marca estaba en los 1.050 metros… ¡Había subido casi la tercera parte!...
Satisfecho plenamente con el desempeño logrado, decidió hacer campamento en las orillas de aquel río. Miró al horizonte, luego hacia atrás, y también a los costados…sus puntos de referencia eran precisos… Frente a él y en
un ángulo de 40º, veía con gran nitidez la cumbre de la montaña. Sus picos nevados, y su majestuoso silencio, eran como un poderoso imán que lo atraían en una rara mezcla de seducción y temor… Precisamente esa dualidad lo hacía sentirse “vivo”…
Cuando su impecable “Rolex” de oro, anunciaba las 06.00 a.m., él ya estaba enfundado en su flamante traje de montañista y comenzaba a subir por las márgenes resbaladizas del río. La subida se tornó muy complicada, había mucho barro en los costados del torrente, pero si el trayecto lo hubiera realizado más alejado del lecho, las filosas piedras, harían más peligrosa la caminata. Así que muy lentamente hundía una y otra vez sus botas en el arcilloso suelo…
En más de una ocasión sus piernas quedaban casi un metro sumergidas en la mezcla de limo y arcilla… Continuó así durante más de tres horas…Siempre ascendiendo,… subiendo…Hacía caso omiso a los dolores en la cintura , que ya empezaban a manifestarse…Por fin, cuando el anochecer hizo sentir su fría presencia,… el río ya era un recuerdo y había dejado su lugar a un arroyuelo de aguas transparentes y cantarinas.
Pero en realidad esa agotadora jornada, no había sido muy “productiva” en relación al “ascenso”… Al mirar su altímetro, comprobó con asombro que sólo había trepado hasta los 1130 metros…Eso lo puso furioso,…irascible,…y cometió su primer error. Decidió no armar su tienda, no cambiarse de ropas y continuar la subida apenas vislumbrase un poco de luz del amanecer… Creyó equivocadamente que “no debía perder tiempo”, en tonteras de “confortabilidad”…Sus pensamientos estaban centrados solamente en acelerar el proceso del ascenso… No midió las consecuencias, ni el riesgo que implicaba el hecho de no cambiar sus ropas mojadas. Ni tampoco acudió a su termómetro para observar que la temperatura ya había descendido a una marca cercana a los 2ºC…
Sólo atinó a cubrirse con una manta, se apoyó en unas rocas,… y dormitó, hasta que unos tímidos rayos de sol le avisaron que debía ponerse en marcha. Tenía el cuerpo dolorido, debido al gran esfuerzo del día previo, y su casi inexistente descanso posterior.
Emprendió la subida por la ladera rocosa y al mismo tiempo, cada 50 metros, marcaba las piedras con pintura roja fosforescente,… ya que era ésta la única forma de garantizar su regreso…Llevaba consigo, además, banderillas del mismo color para usarlas en caso de agotarse los aerosoles de pintura. Cerca de las 11 de la mañana, la fatiga le impedía avanzar y sus músculos le exigían un descanso… Vio nuevamente su altímetro,…aún no llegaba a los 1.600 metros…Volvió a ponerse nervioso, casi fuera de control…Y entre dientes, masculló: -“¡A este ritmo tardaré 5 o 6 días en llegar!”-…Entonces incurrió en su segundo error: dejó en el camino gran parte de su equipo, sobre todo lo más pesado… Quería sentirse liviano y ágil… En el apuro dejó las banderillas que en realidad no pensaba usar, ya que la provisión de pintura era más que suficiente… Siguió subiendo,…y cerca de las tres de la tarde, los calambres en las piernas le jugaron una mala pasada y tuvo que detenerse…El frío era intenso, y el sol estaba cubierto por una espesa y amenazadora capa de nubes que anunciaban una tormenta inminente. Miró a los costados y descubrió a unos cien metros una saliente entre las rocas, ideal para guarecerse. En verdad le costo muchísimo llegar hasta ese refugio natural, ya que el viento se hacía cada vez mas intenso… Sacó del bolsillo su flamante “Dupont”, e intentó en vano hacer fuego con algunas ramas secas…Al no conseguirlo, se cubrió con la manta, y esperó que las condiciones climáticas fuesen más favorables.
Tenía calambres en ambas piernas, y también sus manos comenzaban a endurecerse debido al frío atroz que estaban soportando. Se quedó en ese lugar alrededor de 7 horas…Cuando el viento se transformó en una suave y gélida brisa, se levantó y salió del refugio para observar el panorama que ofrecía la noche en la montaña. Miró hacia el cielo y su intuición le dijo que en cualquier momento comenzaría a nevar… Tendría que salir rápidamente de esa zona antes de la nevada, ya que podría quedar sepultado si no lo hiciera…
Yendo contra toda lógica, y con sus pensamientos confusos, recomenzó a subir nuevamente…Había avanzado poco menos de 200 metros, cuando la temida nevada se hizo presente en forma copiosa…Miró su reloj,… ¡eran las tres de la mañana!... Tuvo una breve actitud de reflexión y decidió descansar y esperar el amanecer… Cubierto por la frazada, se quedó dormido…y al despertar vio como el paisaje había cambiado ostensiblemente… Ya no veía rocas, ni grietas,…todo se había transformado en un gran infierno blanco… Casi desfalleciente, decidió hacer lo único que no debía,…continuar subiendo…La irresponsable necesidad de ascender, eclipsaba totalmente el resto de sus vivencias… Al arribar a una de las pocas zonas no cubiertas enteramente por la nieve, se detuvo por un instante, y un pensamiento lo paralizó: “-no estoy marcando el camino con el aerosol,…hace más de dos horas que no lo hago”-… Al mirar hacia atrás se tranquilizó, viendo como sus huellas estaban bien marcadas en la nieve… Sonrió y siguió su obcecado ascenso con fuerzas renovadas…
Al llegar la noche decidió recostarse, comer los últimos chocolates y descansar…Buscó un lugar,…y encontró una grieta entre dos aberturas de la roca… Allí permaneció quieto y muy fatigado… Ya no podía sentir sus manos, debido no sólo al frío sino a la mala circulación…Cuando abrió los ojos, era de día,… no tenía idea de la hora,…ya que su hermoso Rolex se había dañado…En ese momento ironizó: “¡-hasta el tiempo se detuvo”!- … Quiso incorporarse y cayó de bruces, sus miembros no le respondieron,…ya no lo sostenían… Haciendo un esfuerzo sobrehumano, logró pararse y decidió por fin poner punto final a su aventura…
Se friccionó ambas piernas, se serenó un poco y calculó mentalmente la hora. Si como el suponía eran las 12 del mediodía, descansaría un poco más y emprendería el retorno siguiendo sus propias huellas…Ese pensamiento lo tranquilizó y estuvo cerca de 2 horas recuperando fuerzas.
Por fin resolvió salir de aquella especie de protección natural para emprender el descenso…Cuando salió y miró a su alrededor, quedó pasmado y paralizado, la adrenalina invadió su cuerpo y esa parálisis se transformó en estupor y luego en pánico… Estaba parado en medio de la nada más absoluta, sus huellas habían desaparecido por completo…No sabía por dónde emprender el descenso… Miró al cielo,…suplicando,…pidiendo ayuda a “ALGUIEN” en el que nunca había creído…
Su mente, empezó a asumir aquella inmensa soledad y su gran pequeñez…
Cayó de rodillas sobre la nieve,…y tapándose la cara con ambas manos,…lloró,… por fin pudo llorar…


PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

IVAN RAFAEL
(Madrid-España)


LA TEORÍA DEL CAOS

no es una broma
un anciano se ha volado
la tapa de los sesos
en la plaza del sintagma
y no será el último
(Antonio Díez)

Efecto mariposa:
Aletea
una estilográfica por un despacho de Washington DC
y en la plaza Sintagma de Atenas
un anciano
se vuela
la tapa de los sesos.


PROBLEMA PER CÁPITA

Si en 1991
el Producto Interior Bruto
fue de 11.400 euros
per cápita
y en 2011
el PIB se puso en el doble
con 23.300 euros
per cápita
en relación a los recortes en los servicios públicos
señale el origen del problema:
a) Los euros
b) Las cabezas
Calcule
y razone su respuesta.


NO ME GUSTAN LOS DÍAS COMO HOY
A 5 de junio de 2012, día mundial del medio ambiente.

No me gustan los días como hoy
de nubes de dióxido de carbono,
de lluvia, de lluvia ácida,
de cielos de azufre y de nitrógeno.
Días de mar revuelto
entre plásticos y petróleo.
No me gustan los días como hoy.
Ni los homenajes póstumos.


PÁGINA 29 – ENSAYO

ÓSCAR WONG
(Tonalá-Chiapas-México)

DE TARDE EN TARDE EL ARCO IRIS

En lenguaje cotidiano, llamamos realidad a todo aquello que captamos en forma inmediata, a través de los sentidos y de la conciencia, ya nos refiramos a la naturaleza y a la sociedad, o al conjunto de procesos anímicos y emocionales que acompañan nuestro diario vivir. Hoy sabemos perfectamente que también pertenece a la realidad esa otra parte del mundo imposible de captar directamente, la cual aparece en forma de “imaginación” y “fantasía”. En todos los casos, el problema es el mismo: la relación entre razón y percepción es válida en nuestro tiempo, puesto que el arte proviene, refleja, y tiene su origen en la realidad, en la medida en que ésta penetra en las diversas formas artísticas de acuerdo con los materiales con que se trabaja: colores, planos, volumen, sonidos y palabras. Todos estos materiales, al ser estructurados estéticamente configuran las formas de la relación arte-realidad (Cf. Jaime Valdivieso, “Realidad y ficción en Latinoamérica”, 1975: 15-16).
En la expresión poética la existencia prevalece –luminosa, renovada– en el espacio de la voz. Tal vez por ello los versos de Silvia Prat buscan la transparencia significativa a través del asombro que emerge en cada línea escrita. En el poemario que me ocupa, denominado “De tarde en tarde el arco” (UAEM, Toluca, Edoméx., 2008, 168 pp.), el sentir, a través del decir, crepita en llamaradas lánguidas. La autora conoce a plenitud la naturaleza de las cosas; por eso las palpa, las sopesa, las trastoca. Y el silencio vibra en la misma cadencia, en la misma frecuencia. El silencio, ciertamente, expresa más que la misma palabra: constituye un valor fónico y determina el horizonte semántico. El silencio como ámbito oracular, con una expresión de sentido, de capacidad primordial, provoca una imagen sonora y, por lo mismo, de vectorial significado.
Cuatro poemarios determinan el orden de esta obra. Cuatro libros, cuatro tiempos, cuatro instancias: “Encendido espacio” (2000), “Crujir de la hojarasca” (2001), “Espiral irrepetible” (2003) y “Caldero ciego” (2000). Cielo, tierra, agua y fuego conciliándose en este nuevo enclave, en este quinto elemento, si seguimos el pensamiento de Cornelio Agrippa dentro del ámbito poético: la presencia del arco iris, del espacio lírico concebido como el corazón, el espíritu del mundo, la quintaesencia que une y armoniza (Cf. “Filosofía oculta”, 2005: 28).
Es válido resaltar el vínculo importante que persiste entre “Encendido espacio” y “Caldero ciego”, has y envés del volumen que analizamos: Origen y conjunción. Génesis, germen y acumulada desventura. Todo ello manifestado en tonos ocres, sepias y expresiones lánguidas, taciturnas. Por su misma naturaleza, el título se vuelve simbólico, esperanzador, y restaura su acepción mítica: puente flotante, celeste; eslabón entre el cielo y la tierra, que se erige como presagio de acontecimientos felices o como la vieja promesa bíblica, como el pacto divino que aplaca la ira de Yahveh y conforma la Nueva Alianza. “De tarde en tarde el arco iris” presagia futuros fulgores, dimensiones menos pesarosas. La autora certifica la intensidad de aquellos momentos donde el contacto con el entorno despierta el asombro, y da fe de ello, pero con la conciencia plena de que tales emociones no se transmiten a través del lenguaje, sino a pesar de él. Esto, obviamente, alude a la relación entre sonido y palabra; la cualidad de la resonancia y la pertenencia de éstos a los elementos objetivos o formal de la palabra.
Desde luego que a lo largo de las instancias, se trasmina la percepción del origen compartido; el mundo constituye ese juego voraz que nombra un destino, que postula satisfacciones, soslayando los procesos sociales. El sujeto lírico, el Yo poético se revela como el centro del mundo. Así, la temática de Silvia Pratt –la memoria que se erige como alba viva; la infancia, la orfandad, lo terrible de la existencia, la muerte, Dios, et al– se reencuentra en el colorido del título que se perpetúa, pese a todo, como un presagio, como un porvenir que se vislumbra. Es curioso advertir cómo las imágenes revelan la emoción del instante; la función emotiva con una existencia propia y alcanza categorías nominales y verbales. De ahí viene su fortaleza, su vigor, su locución lírica, que repercute en este poemario antológico denominado “De tarde en tarde el arco iris”. En estas páginas se registra la transitoria voracidad del mundo y de la existencia. Testamento, testimonios: ventanas desarticuladas integran este universo de sonoridades. El ritmo, la intención, el verso ajustado, determinan una función ritualista. Un ceremonial lúdico de palabras que recobran su vitalidad, su uso primigenio. Así, la realidad se devela con un valor sonoro, significativo. La palabra –como sugiere Tinianov– no es más que un receptáculo cuyo contenido varía de acuerdo con la estructura en la que se ubica y con las funciones de cada uno de los elementos del discurso. La poesía, aunque se apoya en el lenguaje, en la palabra, se revela en la voz. En este orden de ideas la palabra misma no tiene un significado preciso, puesto que se agrega la percepción emocional
De manera que en el primer libro, “Encendido espacio” (2000), el paso del silencio se vuelve contundente, significativo, con su carga reveladora que sostiene y da cuerpo al rotundo peso de la imagen. Persiste, en consecuencia, un acento compasivo, un anhelo por trascender emotivamente hablando y ocultarse de la mirada de la muerte. La trágica carga de la desaparición física hiere a la autora; sin embargo, la luz representa un salmo que consagra a la plenitud de la realidad. En 34 poemas Silvia Pratt esboza su memoria sensible donde la revelación va arraigando en la memoria auditiva, psicológica, de la experiencia profunda, única por lo mismo. En cierto sentido, el mundo es un territorio sombrío, hostil. Un único canto, “En el risco del espejo” (p. 29), ejemplifica lo anterior, pues advierte sobre la tragedia de vivir, el aciago destino del dolor perentorio. La raigambre telúrica de la infancia, la madre presidiendo el mundo, apuntando al futuro en rápidos lienzos blanquecinos, y la vida respondiendo con raudos y ríspidos trazos negros. La muerte –como ignominiosa presencia– trastoca y derrumba el ritual claroscuro de la existencia. El único pecado de mi madre/ fue morir sin avisarnos, precisa la autora (p. 36)
La tragedia de vivir conforma el destino luminosamente aciago del trepidante desconsuelo. Independientemente de la hostilidad sombría de la naturaleza, la Poesía instaura esa magnitud donde la vida se revoca. Voces nostálgicas, la terrenalidad imperativa ante el deseo de Silvia Pratt de hurgar en otras dimensiones más plenas, más profundas, más vitales. El tiempo se desborda, modificando a los objetos, a los seres, aunque el presente es un simple paso hacia la otredad. De manera que la evocación emotiva de la mirada se metamorfosea en memoria humedecida, para integrar un recorrido por los territorios del amor y de la ternura, aunque en la pupila se refleje el tatuaje inefable de la extinción.
Las instancias intermedias, “Crujir de la hojarasca” (2001) y “Espiral irrepetible” (2003), concilian lo cotidiano de la reminiscencia. Tonos sosegados, versos descriptivos. Aromas y sabores, la melancolía concebida en tanto “neblina en la memoria” trascienden en líneas precisas, vigorosas, casi como sentencias, mientras que “Caldero ciego” (2000) se erige como la metáfora del desamparo, la respuesta que un espíritu sensible tiene ante la adversidad, ante las injusticias del mundo, ante lo terriblemente limitado de la existencia. Y el saldo no puede ser otro: el infortunio, la orfandad, la desdicha nos rodea, siempre. Silvia Pratt va hilvanando su encuentro-desencuentro con la Divinidad.
En este recorrido, cegada por la luz, busca a tientas, como una núbil hechicera inexperta, frente a un Dios que se yergue en todo su poderío. La existencia, ciertamente, es como un caldero, donde se cuecen los yerbajos de la sabiduría, de la cordura, de la inspiración. Pero, ¡cuidado!, la vieja Cerridwen acecha en cada leño encendido, en cada pócima que hierve. Un caldero que de cuando en cuando arroja sus gotas trágicas para que los hombres prueben de este brebaje, dulce como la miel, pero cuando llega al estómago es amargo como la hiel. Y la enseñanza es terrible: los hombres vienen al mundo totalmente indefensos. Desamparados, huérfanos de Dios. Y algunos se someten a este designio con mansedumbre. Otros, como León Felipe, buscan un buen tabique para arrojárselo a la frente. Aunque ese Ser Devastador permanece inmutable.
Para muchos Dios es una referencia. A veces adquiere formas reflexivas. Y el Misterio se yergue en toda su majestuosidad. Silvia Pratt pretende disputar con Él, desoyendo los consejos de Job quien nos recuerda: no es de sabios contender con Dios. Pero la autora ofrece su propia respuesta. Con precisión y oficio deambula entre la rebeldía y la reverencia, entre la ingenuidad y la ternura, entre la expresión de una creyente y el casi menosprecio de todo gnóstico. Pero a veces la emoción es contenida, como si la autora buscara no el enfrentamiento directo, sino pretendiera disculparse ante esta insurrección manifestada. “Caldero ciego” es un cántico emocionado, intencionado. Y ofrece múltiples lecturas. Búsqueda metonímica, la profundidad de su significado inquieta, aquieta. Por algo los israelitas han temido a esta Presencia Majestuosa. Y el Nombre aún nos aterra. Resignación y mansedumbre. O rebeldía e imprecación. Cualquiera que sea nuestra respuesta ante esta figura inconmensurable, ante esta presencia perturbadora, será válida puesto que la tolerancia es, ahora, el signo de los tiempos.
Como corolario, preciso que “De tarde en tarde el arco iris” registra la generosa hostilidad del mundo y de la existencia, aunque la memoria, que se erige en la madre de la Musa arquetípica, sirve como un foco orientador y como un desafío. Ella –lo sabemos– provee felicidad, suceso, en un ceremonial sacro que recobra su vitalidad, su uso primigenio. Lo oscuro y lo luminoso son registros de una misma presencia; la alegría y el dolor alternan siempre. Y Silvia Pratt se entrega a la vida, a la supervivencia y recobra para sus lectores la imagen sensitiva del ser humano ante la fatalidad. Y enhebra su respuesta –en palabras que ahora hago mías– con meditada sumisión, con premeditada sabiduría: Y estoy aquí/ aunque me hunda en un amargo abismo...(p. 167)


PÁGINA 30 – CUENTO

RICHARD BACH
(Oak Park-Illinois-USA)


NINGÚN LUGAR ESTÁ LEJOS

¡Rae!:
¡Gracias por invitarme a tu fiesta de cumpleaños! Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo sólo si tengo una buena razón... Una fiesta para Rae es la mejor razón y ansío estar contigo.
Inicié mi viaje en el corazón del colibrí al que tú y yo conocimos tiempo atrás. Fue tan cordial como siempre, pero cuando le dije que la pequeña Rae estaba creciendo y que yo iba a su fiesta de cumpleaños con un regalo, quedó perplejo. Volamos largo rato en silencio; por fin él dijo:
"Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que vayas a la fiesta".
"Por supuesto que voy a la fiesta", respondí. "¿Acaso es tan difícil de entender?"
Calló y cuando llegamos al hogar del búho, dijo:
"¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás ya allí?"

"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al búho.
Tuve una extraña sensación al decir voy de esa manera, después de hablar con el colibrí, pero lo dije así para que el búho comprendiese. También él voló en silencio largo rato. Fue un silencio amistoso, pero cuando me depositaba a salvo en el hogar del águila, dijo:
"Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que llames pequeña a tu amiga".
"Por supuesto que es pequeña", respondí, "porque no ha crecido. ¿Acaso es tan difícil de entender?"
El búho me miró con sus profundos ojos ambarinos, sonrió y dijo:
"Piénsalo".

"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al águila.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña después de hablar con el colibrí y el búho, pero lo dije así para que el águila comprendiese. Juntos volamos sobre las colinas y remontamos los vientos montañeses. Por fin dijo:
"Entiendo muy poco lo que dices, pero lo que menos entiendo es la palabra cumpleaños"
"Por supuesto, cumpleaños", respondí. "Vamos a celebrar la hora en que empezó Rae, y antes de la cual ella no era. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?"
El águila curvó sus alas diestramente y aterrizó con soltura, posándose en la arena del desierto.
"¿Un tiempo antes de que empezara la vida de Rae? ¿No te parece más bien que es la vida de Rae la que empezó antes de que existiera el tiempo?"

"La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al halcón.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña y cumpleaños después de hablar con el colibrí y el búho y el águila, pero lo dije así para que el halcón comprendiese. Debajo de nosotros, a lo lejos, se derramaba el desierto, y al fin dijo:
"Mira, entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es crecer".
"Por supuesto, crecer", respondí. "Rae está más cerca de ser adulta, un año más lejos de ser una niña. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?"
El halcón aterrizó por fin en una playa desolada.
"¿Un año más lejos de ser una niña? ¿Eso no suena como crecer?"
Y elevándose en el aire, partió.

Yo sabía que la gaviota era muy sabia. Mientras volaba con ella pensé con sumo cuidado y elegí las palabras de modo que, cuando hablara, ella supiese que yo estaba aprendiendo.
"Gaviota", dije por fin, "¿por qué vuelas conmigo a ver a Rae, cuando en verdad sabes que ya estoy con ella?"
La gaviota descendió sobre el mar, sobre las colinas, sobre las calles y suavemente aterrizó en tu azotea.
"Porque lo importante", dijo, "es que tú sepas esa verdad. Hasta que la sepas, hasta que verdaderamente la comprendas puedes mostrarla sólo de maneras más pequeñas, y con ayuda externa de máquinas y personas y aves. Pero recuerda", agregó, "que el ser desconocida no impide que la verdad sea verdadera". Y partió.

Ahora es tiempo de abrir tu regalo. Los obsequios de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen.
Pero yo tengo un regalo mejor para ti. Es un anillo para que lo uses. Centellea con una luz especial y nadie puede quitártelo; no se lo puede destruir. Eres la única en el mundo entero que puede ver el anillo que hoy te entrego, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío.
Tu anillo te otorga un nuevo poder. Usándolo puedes elevarte en las alas de todas las aves que vuelan... Puedes ver a través de sus dorados ojos, puedes tocar el viento que sopla por entre sus aterciopeladas alas, puedes conocer el júbilo de llegar muy alto sobre el mundo y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer cuanto quieras en el cielo, después de la noche, durante la salida del sol, y cuando tengas ganas de bajar, otra vez tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.
Como cualquier cosa que no se puede tocar con las manos ni ver con los ojos, tu regalo se torna más poderoso a medida que lo usas. Al principio podrás usarlo solamente cuando estés en el aire libre, observando al pájaro con el que vuelas. Pero más tarde, si lo usas bien, funcionará con aves a las que no puedes ver, y al final comprobarás que no necesitas anillo ni pájaro para volar sola sobre el silencio de las nubes.
Y cuando ese día te llegue, debes dar tu regalo a alguien que sepas que lo usará bien, y que pueda aprender que las únicas cosas que importan están hechas de verdad y alegría y no de latón y vidrio.
Rae: esta es la última fiesta que celebraré contigo, después de haber aprendido lo que me enseñaron nuestros amigos, los pájaros.
No puedo ir a estar contigo porque ya estoy allí.
No eres pequeña porque ya has crecido, jugando entre los momentos de tu vida como lo hacemos todos, por la diversión de vivir.
No tienes cumpleaños porque siempre has vivido; jamás naciste y nunca morirás. No eres hija de las personas a quienes llamas madre y padre, sino su compañera de aventuras en una luminosa jornada para comprender las cosas que existen.
Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad, como este anillo lo es para ti.
Vuela libre y dichosa más allá de los cumpleaños y a través de la eternidad, y nos encontraremos alguna que otra vez cuando lo deseemos, en medio de la única celebración que jamás puede terminar.

Si nuestra amistad depende de cosas como el espacio y el tiempo,
entonces cuando lo superemos habremos perdido nuestra hermandad...
Pero supera el espacio y nos quedará un "Aquí", supera el tiempo y
nos quedará un "Ahora", y entre el "Aquí y el Ahora" ¿No podremos vernos un par de veces?...
 
No te dejes abatir por las despedidas, son indispensables como preparación para el reencuentro, y es seguro que los verdaderos amigos se reencontrarán, después de un tiempo o de todo un ciclo vital....




PÁGINA 31 – POESÍA ALLENDE EL MAR

MAGDA ISANOS
(Rumania:1916 – 1944)


INTERIOR

Mis días han pasado en esta casa
ociosos como las almohadas del canapé,
quietos como las niñas de los tiempos pasados.
Candil debajo del icono, tú ¿porque tiemblas?

¡No sé a quién se parece la Madre de Dios!
Mamá, a veces, ella se parece a ti.
Las dos habéis tejido y lavado la ropa blanca,
y al anochecer os habéis acostado más tarde que todos…

Quiero los retratos y los rincones
en donde las silencios se esconden para ronronear
como gatos solitarios.
La casa se llena de vuelos y de cortinas sonámbulas…

Quisiera ir a buscar en la cómoda de madera
(donde la luz cae como un impulso)
naranjas y manzanas y encontrar en la ropa
los manos de una niña... matas delicadas …


HIJO MÍO, NO ME BUSQUES…

Hijo mío, no me busques. Todas las cosas
te van a hablar de mí con razón.
Cuando yo no sea más,
no digas: “ Ya es tarde para mi madre.”

Sabes, yo voy a reír en las flores
y voy a cercar muchas veces
con las nubes y la lluvia los corrales
allí, donde una vez, pasé mis mediodías.

Si sufres, llámame por la noche,
y yo vendré al lado de tu corazón
aunque debería traspasar el horizonte
y también al mar con mis alas.

No tengas miedo de mi rostro cambiado.
No digas: “¡Mi mamá nunca fue asi!”
Tú vas a reconocer mi voz de cuento
en los árboles delante de las ventanas.

Vas a comprender que soy yo por tantas señas,
cuando llegue hasta el lado de tu cama
y haré que el aire sea fresco,
bajando junto a ti todas las estrellas.

Tu vas a saber que mamá está cerca
también en la manera que tienen de callar todas las cosas –
en el dolor y la inquietud  del mañana –
y en el olor del membrilla y del pan.

Vas a reconocerme  y a  sonreírme en tu sueño.
Y en cuanto a mí, cuando vea que el sol se levanta,
voy a llevar mis ángeles y a volar
por si acaso me asalta el temor de no devenir rocío y morir…

Selección de Rodica Grigore (Sibiu-Rumania)


PÁGINA 32 – ENSAYO

JULIO CORTAZAR
(Argentino-1914/1984)


HAY QUE SER REALMENTE IDIOTA PARA

Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforescente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso --lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad-- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco). Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta "L'année dernière à Marienbad", ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.


CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS  

IRMA BIGNON
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)


¡AL FIN, LAS PALABRAS ENTRARON EN LA PLÉIADE!

      La Pléiade (Pléyade) en Francia se inicia en el siglo XVI, cuando alrededor de Pierre de Ronsard se agrupan los poetas Joachim du Bellay, Pontus de Tyard y Jean Antoine de Baïf.

       La Biblioteca de la Pléiade es hoy una de las colecciones mayores de la edición francesa, publicada por Gallimard. Constituye una referencia  en materia de prestigio,  calidad redaccional, y  reconocimiento literario de los autores. Publicar en la  Pléiade representa una suerte de intemporalidad para el autor. Solamente un número reducido de escritores lo logra. Se incluyen no sólo las obras mayores de la literatura francesa, sino también las de la literatura mundial.         
  
      Desde la publicación en el año 1938 de su primer libro “La Náusea”,  pasando por sus novelas, sus obras de teatro y sus ensayos filosóficos donde desarrolla su doctrina del existencialismo (la existencia precede la escencia) cuya fuente podemos encontrar en los filósofos alemanes Heidegger y Jaspers, Jean-Paul Sartre posee el don de la ubicuidad. De entrada nos  muestra la gran maestría que tiene  para dominar los géneros más variados.

      La gran fuerza y la astucia de Sartre residen en su velocidad. Sus obras son un engranaje de energía girando a toda marcha ante el mundo. Se manifiesta siempre. Muchas veces acusa. Podemos estar en desacuerdo con él. No tiene importancia. Escribe directo y preciso. Piensa contra él mismo. Se metrallea de todos lados. Se para y se da cuerda como un viejo reloj. Su extrema libertad para escribir con todos los sentidos despiertos, hace que a veces éstos sean contradictorios. No a todo lector  le gusta  leer a Sartre. Prefiere espíritus más poéticos o no tan rápidos.

     “Las palabras”, Les mots en su lengua original, es una obra autobiográfica que publica en 1964, obra que él llama antes que literaria,  su “impostura infantil”.

      Es una reconstrucción rápida, permanente. La tinta no tiene tiempo de secar. Los capítulos corren uno tras otro. ¿Por qué la importancia de este libro? Porque nuestro escritor cuenta su infancia, y explica de qué manera, a través de las palabras, descubre la existencia. Leer-escribir. Ya, por entonces, su delirio estaba manifiestamente trabajado.

     Sin embargo, recién en el año 2010, ¡al fin Les mots entran en la Pléiade!
    “He comenzado mi vida como sin duda la terminaré: en medio de libros – escribe.  En el escritorio de mi abuelo los había por todos lados. Yo no sabía leer aún, pero al ver esas piedras paradas, apretadas en forma de ladrillos sobre los estantes de la biblioteca, sentía que la prosperidad de mi familia dependía de ellas”.

      Niño tranquilo y obediente. Encuentra su rol tan favorecedor que no se aleja de él. Ignora la violencia y el odio. No llora nunca. No hace ruido. Casi no ríe. Desde muy pequeño se deja llevar por una pasión poco común en la infancia: la escritura. Pero él no elige su vocación; otros se la imponen. Más tarde dirá como Chateaubriand: “Yo sé muy bien que no soy más que una máquina de escribir”.

      “A los cuatro años me adoran. Luego soy adorable” – escribe. Como un niño común, es el centro de la comedia familiar. Su hogar es un paraíso. Admira la fortuna de haber nacido en una familia unida, en el país más bello del mundo.

      “Yo hacía creer que leía - escribe -. Seguía con los ojos las líneas negras sin saltar ni una y me contaba una historia en voz alta, teniendo cuidado de pronunciar todas las sílabas. Me sorprendieron o me dejé sorprender. Conversaron y decidieron que ya era tiempo de aprender el alfabeto”.

      Para justificar su existencia, es más sincero cuando sueña con las hazañas caballerescas que aparecen en los libros de literatura infantil. Poco a poco, la inconsistencia de esas hazañas imaginarias le disgusta. Confía entonces “esos poderes sagrados que tienen los héroes” al escritor que él bien sabe que será. Imagina que su vocación literaria se encuentra a la espera de una humanidad que él, en su momento, deberá defender. Tiene entonces 7-8 años.    
 
      Empezaron a dejarlo vagabundear por la biblioteca y él asaltaba la sabiduría humana.

      Nunca escarbó la tierra ni se subió a un árbol. Nunca buscó un nido ni arrojó piedras a los pájaros. Los libros fueron sus pájaros y sus nidos, sus animales domésticos, su establo y su granja. En la biblioteca emprendía increíbles aventuras. Abría un libro y se encontraba con garabatos negros que hormigueaban bajo su vista. Acostado boca abajo sobre la alfombra, hacía grandes viajes a través de Fontenelle, Aristophane, Rabelais.

      No creía mucho en esa escritura automática. Pero el juego le gustaba por el juego mismo. Hijo único, él podía jugar solo. Por momentos, con mirada alucinada y frente preocupada,  imaginaba ser un verdadero escritor.

      Conoció el sentido de esas palabras duras y negras recién diez o quince años más tarde. Y hasta mucho tiempo después siguieron guardando su opacidad. Ellas fueron el   humus de su memoria.

      Mientras le hacía un dictado, su abuelo alsaciano Karl Schweitzer se dio cuenta que la ortografía de su nieto era muy deficiente. Sartre escribe: “Yo no había entendido en qué consistía mi falta. No me afectaba en absoluto. Yo era un niño prodigio que no sabía ortografía. Eso era todo. Buscaba mi soledad y amaba mi mal”…

      Su abuelo también le enseñaba que no  era únicamente importante  tener dos ojos. Había que aprender a ver. Y le contaba lo que hacía Flaubert cuando Maupassant era niño. Lo instalaba delante de un árbol y le daba dos horas para que pensara y lo describiera.  

      Si cualquier  autor inspirado logra entrar en lo más profundo de él mismo, Sartre conoció la inspiración entre los 7 y 8 años. A los 9 ésta permanecía al lado suyo. Más tarde irá más allá de él. No elige su vocación; otros se la imponen. Pero creemos que él la había sentido desde el comienzo.

      Es en los libros donde Sartre encuentra el Universo y confunde el orden de los acontecimientos. “De esas confusiones – escribe – me costaron treinta años deshacerme.   Saboreaba la ambigua voluptuosidad de comprender sin comprender”…

      Con el correr de los años, nuestro escritor se convierte en un verdadero paladín de la escritura.

      Les mots, “las palabras”, es la descripción bosquejada de los caminos escabrosos de un escritor. Al leer el libro, nos sorprende la experiencia brillante del autor, recibiendo un verdadero baño de cultura y talento. 



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