Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 69– Agosto de 2012– Año VI – Nº 8


GACETA LITERARIA Nº 69– Agosto de 2012– Año VI – Nº 8




Imágenes: BEAUTIFUL WORLD

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

LA RUTA DE LOS SALMONES

A poco de nacer, los salmones abandonan sus ríos y se marchan a la mar.
En aguas lejanas pasan la vida, hasta que emprenden el largo viaje de regreso.
Desde la mar, remontan los ríos. Guiados por alguna brújula secreta, nadan a contracorriente, sin detenerse nunca, saltando a través de las cascadas y de los pedregales. Al cabo de muchas leguas, llegan al lugar donde nacieron.
Vuelven para parir y morir.
En las aguas saladas, han crecido mucho y han cambiado de color. Llegan convertidos en peces enormes, que del rosa pálido han pasado al naranja rojizo, o al azul de plata, o al verdinegro.
El tiempo ha transcurrido, y los salmones ya no son los que eran. Tampoco su lugar es el que era. Las aguas transparentes de su reino de origen y destino están cada vez menos transparentes, y cada vez se ve menos el fondo de grava y rocas. Los salmones han cambiado y su lugar también ha cambiado. Pero ellos llevan millones de años creyendo que el regreso existe, y que no mienten los pasajes de ida y vuelta.




PÁGINA 2 – CUENTO

MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

REINAS (I)

Se tentó con llamarlo. Después de tanto esperar al lado del teléfono a que él lo hiciera, a que se acordara de su cordura, de lo débil que sonaba ya su recuerdo en el corazón de la mujer, apenas un brebaje de angustia pasado de un lado a otro del pecho sin saber dónde dejarlo para que el estropicio que gestaba no se colara a los actos.

Entonces reconoció que delante del olvido viajaba la tentación. La mañana esa en que se refresca un número por discar; él con una pasión nueva recorriendo otra piel con los ojos, insistiendo sobre un baldío de aire, la primavera feroz de los roces perdidos.

Discaba. Y los dedos rígidos erraban números.  Mientras los dientes mordían la lengua de los reproches y la instantánea del beso amarilleaba en la agenda de corazones, la mujer escuchó las palabras entre cansadas y frondosas, cruce pulcro de abandono y herida:

-Esto recién empieza reina.

Reclinó la frente en el vidrio, empañó una porción del paisaje en la ventana y se acarició el labio con el dedo, como para ratificar que se habían dicho cualquier desgano. Ella sabía que esa calamidad de esperas se inició para el dolor. Nada comienza sin que lastime, sin amor más puro, sin miedo. Y durará miles de pulsos, de ausencias, de reproches que ese hombre puede responder o callar, que puede increpar o eludir otra vez. Ellos se estaban formando esmeradamente en el arte de sostener el despecho. La metáfora predilecta de la melancolía.
Del otro lado alguien levantó el tubo. La mujer entonces, colgó apurada.



PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

SANTOS V. REARTE (1899-1993)
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

A MI ESPOSA
(Fragmento)

Memorando el pasado esposa mía,
con mi diestra llevada al corazón,
te adentras en mi pecho y en mi vida
como aroma que se aspira de una flor.

Hada buena de mis días y mis noches, 
que tormentas de mi alma las calmó,
me prosterno confiado y reverente
convicto de mi deuda a tu candor.

¡Oh, si dado me fuera recoger
del campo y los jardines toda flor,
y prenderlas a tu pecho y a tus sienes
como llevo prendida tu adhesión!

Cuando el alto poder que nos da vida
acabe con la mía y mi dolor,
impresa tu imagen en mi retina
llevarla quiero a la mansión de Dios.


ADIÓS AL TRABAJO
(Fragmento)

Camaradas, amigos, hermanos
de la fragua que al rojo calienta;
de la forja que al mundo sustenta
con su esfuerzo y profícua labor:
el martillo dejo hoy en el yunque
y al trabajo dirijo mi adiós
con el alma angustiada y en pos
de un destino sin luz ni fulgor.

Cuando niño empuñé la herramienta
que en mi ocaso ya debo dejar
como virgen devuelta a su altar
por las almas piadosas que guió.
Y al hacerlo la dejo con pena
como el triste final de un amor
que fue gloria, pasión y fervor
y en instante fatal se perdió.

Soy obrero de rudos modales,
sin sapiencia ni ciencia que dar;
pero tengo mi nombre que honrar
por mi alcurnia de fiel productor.
En el campo, el taller y la mina
fue mi hermano el ilota de ayer,
quien sufrido legó en padecer
al presente su fino esplendor.

Yo saludo y despido al trabajo
en ascenso perenne a la cumbre.
irradiando certero la lumbre
sobre rutas de paz y de amor.
Y saludo al feliz porvenir
que los brazos potentes darán
ya sin manchas de sangre en el pan
que por siglos fue norma y horror.

Camaradas, amigos, hermanos,
ya me alejo y mi mano callosa
en las vuestras fraternas se posa
para daros con ello el adiós.
Y del hondo sentir de mi pecho,
que revienta de pura emoción,
sólo brota la amarga eclosión
de un sollozo que quiebra mi voz.

A LOS MÍOS

Sea siempre el honor en los míos
su divisa, su escudo y blasón,
que acredite y dé brillo a sus nombres
por fieles al mandato de Dios.

Nunca llegue al solar de su dicha,
de la insidia el amargo sabor,
y la gracia infinita del cielo
no les niegue sus rayos de sol.

La soberbia, ponzoña del alma,
vanidosa postura de infiel,
jamás toque el sitial de su altura
por innoble a la causa del bien.

Recto sea el andar de sus vidas
por las sendas benditas de Dios,
y en la tierra que surque su arado
sólo pongan simiente de amor.




PÁGINA 4 – ENSAYO

MARÍA TERESA REARTE
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

EL PRIMER HOMBRE
de Albert Camus

     “A ti, que nunca podrás leer este libro.” Con esta dedicatoria, Albert Camus inicia la primera parte del capítulo I, “Búsqueda del padre”, de la obra en la que trabajaba al momento de su muerte.

     Al comienzo relata el nacimiento de Jacques Cormery. Y por primera vez muestra la figura del padre. Cuarenta años más tarde, en la segunda parte, “Saint Brienc”, Jacques va al cementerio en busca del padre, en el sector de los muertos de la guerra de 1914.

     Le dice al guardián del cementerio, que “aún no tenía un año cuando murió,” Y que está allí por pedido de su madre, de ver la tumba de su padre, que ella nunca había visto. Y lo hacía aprovechando la visita que haría a su viejo maestro y amigo.

     Cormery, Henry. Herido mortalmente en la batalla de Marne, muerto en Saint Briene, el 11 de octubre de 1914. Él era el muerto desconocido, frente a cuya tumba leyó sobre la lápida la fecha de nacimiento de su padre. Luego leyó las dos fechas: 1885 y 1914. Hizo el cálculo: veintinueve años. El hombre enterrado, que fuera su padre, era cuando murió mucho más joven que él. En ese momento experimentó la piedad del hombre ya formado, al estar ante una persona joven asesinada. Lo cual escapa al orden natural. O peor, ese orden no existía para el fragor de la batalla. Tampoco existía un vínculo entre el padre y Jacques. A la vez comprendía que la ausencia del vínculo obedecía a la falta de apoyo familiar.

     “Una familia en la que se hablaba poco, donde no se leía ni escribía, una madre desdichada y distraída, ¿quién le hubiera informado sobre ese padre joven y digno de lástima? Sólo su madre lo había conocido, y lo había olvidado…”

     Jacques comprendía que “había muerto ignorado por esta tierra por la cual había pasado fugazmente, como un desconocido. Era él, sin duda, quien debía informarse, preguntar… Al fin y el cabo no era demasiado tarde, aún podía buscar… Podía…”

     El encuentro con su madre le mostrará que no podrá recuperar la figura de su padre. No obstante su ternura, no podía decirle que estaba bonita. “Hubiera sido franquear la barrera invisible detrás de la cual siempre la había visto parapetada. (…) Jamás conquistada por nada ni nadie, aislada en su semisordera, en su dificultad de lenguaje, bella seguramente pero casi inaccesible…”

      El protagonista comprende las dificultades que encontrará para reconstruir la memoria de su padre. Y escribir su historia. “La memoria de los pobres, dice Camus, está menos alimentada que la de los ricos, tiene menos puntos de referencia en el espacio, puesto que rara vez dejan el lugar donde viven, y también menos puntos de referencia en el tiempo de una vida uniforme y gris. Tienen … la memoria del corazón,  … pero el corazón se gasta con la pena y el trabajo…”

     Pese a todo, Jacques intentará transitar el camino de la evocación. Pero la historia de su padre son apenas datos sueltos, extraídos con enorme esfuerzo, de la memoria de su madre. Nada entendió de la guerra que motivara la partida de su marido. Sumida en su sordera era incapaz de escuchar las noticias. No supo leer el aviso que le trajo el alcalde, sobre la muerte del marido. Ni siquiera pudo imaginarla en medio de la ferocidad de la guerra.

      La madre, que Jacques amaba, representa el mundo de la pobreza extrema, en el que no caben más que el presente y el estrecho espacio que los rodea. Sin contacto con el mundo exterior, que la sordera agrava aún más. Es la exclusión; pero también es el aislamiento.

       La experiencia vivida por los niños en la escuela, el autor la sintetiza así: “Indudablemente, lo que con tanta pasión amaban en ella era lo que no encontraban en  casa, donde la pobreza y la ignorancia volvían la vida más dura, más desolada, como encerrada en sí misma; la miseria es una fortaleza sin puente levadizo.” En ella se destaca el Sr. Bernard, el maestro, que encamina hacia el futuro.

       La novela deja ver su carácter autobiográfico. Y en una de las cartas que la acompañan, Camus, que en 1957 obtuvo el premio Nobel de Literatura, se dirige a su maestro. “Cuando supe la noticia, le dice, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto…”

       En toda la obra se advierte el cariño del autor por la madre. Y al maestro, también le expresa  “que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido.”

       Con razón se ha dicho, que este libro trata sobre la épica de la infancia de Albert Camus.


PÁGINA 5 – CUENTO

ALFREDO DI BERNARDO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

NUEVE  MINUTOS

Los viajes en el tiempo son posibles. Brevísimos, es cierto, casi imperceptibles, tan modestos que ni siquiera provocan efecto verificable alguno, pero son posibles. Lo sé por experiencia; lo sé porque los hago habitualmente desde aquella mañana soleada de julio en que descubrí por casualidad el secreto para llevarlos a cabo.

Ignoro por completo las razones científicas que los sustentan, pero me consta que realizarlos es mucho más sencillo de lo que podría suponerse investigando las teorías que versan sobre tan compleja materia. Mucho más simple, incluso, que lo que se podría fantasear viendo películas de ciencia-ficción referidas al tema. No hay involucradas aquí máquinas estrambóticas, ni es necesario contar con un vehículo o un dispositivo específicamente diseñados para la ocasión. Cualquier persona puede hacer estos viajes sin tener que prepararse para ellos. De hecho, involuntariamente, cada día hay miles de viajeros que los cumplen; lo que sucede es que, al parecer, hasta ahora nadie, excepto yo, se ha dado cuenta.

La cosa funciona así. Uno va caminando por la peatonal de Santa Fe en dirección norte-sur y, unos metros antes de llegar a Primera Junta, mira el reloj electrónico que está plantado a la altura del Banco de Galicia. Al hacerlo, comprueba sin mayores sobresaltos que son, pongamos, las 8.07. Cruza la calle y camina una cuadra más sin que nada extraño acontezca. Pero al mirar el reloj electrónico (idéntico al anterior) que está ubicado unos metros antes de llegar a calle Mendoza, uno descubre con gran sorpresa que son las 7.58.

Seguramente, los espíritus cínicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de lo fantástico en sus ordenadas vidas cotidianas, argumentarán –con intachable lógica, habrá que reconocerlo- que se trata simplemente de una falla de sincronización entre los distintos relojes digitales instalados en la peatonal de Santa Fe. No voy a negar que la primera vez pensé lo mismo; al fin y al cabo, si uno sigue caminando un par de cuadras más hacia el sur, el próximo reloj con el que uno se topa, el que está ubicado  cerca de Lisandro de la Torre, se encarga de marcar, impertérrito, las 8.13, como si el desatino de su hermano mellizo le resultara completamente ajeno. Pero sucede también que, desde entonces, cada vez que cumplo con este recorrido -y conste que, de lunes a viernes, lo hago prácticamente todas las mañanas- compruebo que el desajuste se mantiene inalterable, independientemente de la hora, el día o el mes en que uno pase por el lugar. Y como soy de esos espíritus lúdicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de las explicaciones cotidianas en el terreno de lo fantástico, tamaña persistencia me ha llevado a conjeturar que no se trata de un mero desperfecto técnico, sino que efectivamente todos los que circulamos de norte a sur por esa cuadra logramos el efímero prodigio de retroceder nueve minutos en el tiempo.

Confieso, no obstante, que aún no he podido desentrañar cuál es el sentido de tan asombroso fenómeno. Las personas que llegan desde el norte dispuestas a cruzar Mendoza no se dan cuenta de que han rejuvenecido nueve minutos. Me pregunto entonces de qué sirve un viaje en el tiempo tan minúsculo que nadie es capaz de advertirlo. Por otra parte, ¿qué tan significativos pueden ser para alguien los nueve minutos previos a ese tránsito anodino por la cuadra de San Martín al 2300? ¿Qué terrible omisión podría ser salvada viviéndolos por segunda vez, qué tremendo desacierto podría enmendarse? ¿Qué amores vencidos podrían ser resucitados, qué decisiones existenciales podrían reverse?

La imposibilidad de obtener respuestas satisfactorias autoriza a concluir que estos fugaces regresos constituyen una hazaña demasiado pobre, tan intrascendente como improductiva, una broma del universo. Y sin embargo, por más mínimos que sean estos retrocesos, cada vez que recorro los cien metros que van desde el Banco de Galicia al Gran Doria, experimento cierto vértigo. No por el retroceso en sí, que es tan minúsculo que no se nota, sino porque invariablemente me pongo a hacer cálculos y pienso que, si la ruta mantuviera ese parámetro de nueve minutos por cuadra, uno podría llegar a la Plaza de Mayo habiendo retrocedido el nada despreciable lapso de una hora y doce minutos. De ahí a enredarme en problemas matemáticos de regla de tres simple hay un solo paso: ¿cuántas cuadras más hacia el sur debería entonces caminar una persona para reencontrarse con su adolescencia perdida? ¿Y para regresar a aquel abrazo bajo aquella lluvia? ¿Y para retornar al punto fundacional desde el cual reedificar toda su vida?   

Se trata, por supuesto, de especulaciones vanas. Si lograra precisar con exactitud milimétrica el sector de la ciudad por donde pasa el meridiano que le da continuidad a esta falla cronológica, podría tal vez corroborar mis hipótesis y aspirar a proezas más notables. Día a día, con terca esperanza, emprendo mi marcha hacia el sur pensando que esta vez sí, que esta vez ocurrirá la maravilla. Sin embargo, con idéntica tenacidad, los números rojos del reloj que está situado cerca de Lisandro de la Torre me informan sistemáticamente, con insobornable rectitud, que son las 8.13, que el viaje ha concluido sin pena ni gloria, que estoy de vuelta en el presente.

Cada tanto siento la tentación de recorrer la cuadra de San Martín al 2300 en sentido inverso para ver qué pasa. Aunque nunca he percibido alteración alguna en los rostros de quienes se cruzan conmigo a lo largo de esos cien metros, todo conduce a suponer que los transeúntes que lo hacen también viajan en el tiempo, pero hacia adelante. No puedo asegurarlo, pues jamás me animé a comprobarlo. Cuando tengo que caminar de sur a norte evito la peatonal, prefiero tomar por San Jerónimo o 25 de Mayo. Tal vez sea sólo un estúpido gesto de superstición, pero uno nunca sabe. La vida es demasiado corta como para, encima, andar robándole nueve minutos al futuro cada mañana.




PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA

GRACIELA MITRE
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

CAOS

La paz conmigo misma será una guerra sin fin…
Juana Bignozzi

III.

¿La prefiero abierta vomitando estos monstruos?
¿o cerrada rumiando palabras?
no sé qué responder
en cualquiera
de sus formas
esta mujer
apesta.

IV.

Hay veces
que desconozco
hasta mi aliento.
Hay formas
que se escapan
de sus márgenes.
No sé si me extraño
trago sin masticar.

VI.

Como gorriones desaforados
abren los picos y tragan:
frutos secos
abrillantados
brebajes transparentes.

Las tripas
como tuberías inflamadas
se llenan
hasta quedar exhaustas.

En algún momento
van a necesitar
alguna grieta
una rendija
donde poder drenar.


PÁGINA 7 – ENSAYO

CARMEN ROSA BARRERE
(Posadas-Misiones)     

LAS SOBREMESAS.

Invariablemente la comida era colocada dentro del plato de los comensales desde la mano de mi madre. Una hermosa mano, de dedos angostos sin anillos, duchas en realizar  malabares para estirar al máximo la carne  de las milanesas, o si a último momento aparecía el hijo no esperado, devolver a la fuente la tortilla hecha para cuatro y convertirla  en ocho con una habilidad y una sonrisa que nos convertía en cómplices.  En la remembranza de aquéllos momentos aparecen sus batones de flores azuladas, el vaho a humo de la cocina a leña que desprendía su coqueto delantal y el  enorme respeto amoroso de mis hermanos mayores hacia ella.  La trataban de usted y  los más chicos no teníamos participación en la conversación formal; si se nos preguntaba algo, ese algo era el tema espinoso referido al colegio y la reiteración casi bíblica sobre el respeto a los maestros y la elección de compañeros adecuados. Muchos días de rebelión adolescente sentía que mi mundo se reducía a las cuatro paredes de nuestra casa y que de seguir así, en el próximo tramo  me consumiría el aburrimiento. Conocía poco de los sorprendentes altibajos de la vida adulta, porque todo equívoco espinoso era tratado a puertas cerradas, lejos de mi alcance. Hasta que un día un fogonazo de alegría  irrumpió en mi vida: mi hermano mayor, al que apodábamos  Capitán, alquiló un caserón de dos plantas para que fuéramos todos a vivir con él y su esposa. Mi familia pertenecía a la clase media. Todos trabajaban con horario estricto y el único lujo hogareño eran una radio Telefunken donde nuestra madre escuchaba “Chispazos de Tradición”, los libros que  se alineaban en la estantería llamada biblioteca y  la inesperada aparición de la primera heladera eléctrica, que venía a reemplazar el cajón de madera forrado en chapa donde colocaban cada día media barra de hielo. La que sobrevivió a estos progresos fue la fiambrera hermética que se balanceaba en el patio colgada de una rama de paraíso. 

Esos lujos y la estabilidad preciosa de mi madre, sabiéndonos queridos, rodeando aquélla mesa sencilla, donde la polenta recalentada nos era ofrecida como si fuera caviar recién llegado de Rusia, alargaban la estadía en sobremesas donde no se discutían miserias. Mi hermano mayor  hablaba de su amigo de la escribanía  donde con su bella letra anotaba las escrituras, otro contaba de sus éxitos en la canchita de fútbol del barrio y mamá nos colocaba en su infancia. Su padre comiendo callado, con el ceño adusto y la postura fiera, pero famoso porque cobraba la consulta como médico solamente a los ricos. El desfile de pobres frente a su casa. La gallina pelada que  traía Doña Nicolasa dentro de una bolsa; las sandías de Don Bonfante; las galletas de grasa con chicharrón de Ana, como pago a ese abuelo mala cara con corazón de oro. Cuando  todos  se levantaban, mi hermano Capitán alargaba la estadía leyendo algo para mí. Tenía una voz  baja y una entonación impecable. Empecé, con él a escuchar los discursos en el Congreso de Don Belisario  Roldán. Un hombre apasionado, exigiendo patriotismo sin egoísmos a sus pares. Otro día me hacía llorar con “El Viático” de José Maria Pemán, o me instalaba el amor por la España romántica con La Casada Infiel. La sobremesa servía para mirarnos y escucharnos, aprender del que sabía más, y por encima de todo, sentirnos en familia.

Ahora  asisto con tristeza a comidas a las apuradas, mientras  la televisión suelta imágenes del último asesinato. Los tenedores detienen su viaje a la boca. Los entrecejos se juntan. La palabra que brota de los comensales suena a amenaza. Algunos se quejan de dolor de estómago. Otro pide un calmante para la acidez. Se evaporan cada uno a lo suyo, con el estómago pesado por un bolo alimenticio mal masticado, a seguir trabajando como súper héroes, ambicionando hacer y tener de todo y sin siquiera enterarse que en esta corta existencia, lo más importante es ser. Hacer y tener,  lo logra cualquiera. Pocos alcanzan a ser.  



PÁGINA 8 – CUENTO

RICARDO JUAN BENÍTEZ
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

PLEAMAR 

Era una mañana tormentosa, como la de aquel día en que la gaviota decidió suicidarse. Claro que después mi padre le quitó magia al asunto. Me contó la verdadera razón porqué el ave se había precipitado contra la escollera.
—Las gaviotas adultas van perdiendo la visión de tanto zambullirse en el agua de mar. Entonces,  cuando van en vuelo y divisan un tenue reflejo, creen que es un pez y se tiran en picada contra el brillo de las rocas —me enseñó con su lógica implacable.
O sea,  que mi gaviota había muerto absurdamente por un accidente producido por su decadencia; cuando yo había imaginado una historia con un amor contrariado y misterioso. Como si mi gaviota fuera otra Alfonsina y este vasto mar su escondite definitivo.
Salir a caminar en días tempestuosos de temporada baja me fascinaba. Las playas lucen desiertas. Se escucha el tronar de las olas en el rompiente. Se percibe el viento azotando matas y gallardetes abandonados en lejanos veranos. Los paradores solitarios, con sus sillas, mesas y sombrillas amontonadas, las terrazas con sus silencios excesivos. Se podía recorrer el pedregal para leer los mensajes de otros tiempos grabados en sus rocas:
“Carlos y Clarita 23 de febrero de 1949”
—“¿Qué habrá sido del amor de Carlos y Clarita?”
Tal vez se hubieran casado desafiando el maleficio de los amores de verano.
Quizá alguno de sus nietos topara con aquel perpetuo recado de amor mientras correteaba inocente un estío cualquiera.
No sería sencillo imaginar por aquella época que en algún momento se puede perder el bronceado, la belleza y la juventud. La vida y el amor parecen eternos. Por lo menos hasta el fin de las vacaciones.
Entré al mesón. El piso y el mobiliario tenían una espesa capa de polvo y olvido. En las esquinas del techo había telarañas, sentía que hacía décadas que estaba cerrado. Me detuve a mirar por el ventanal el mar embravecido. Las olas se alzaban en una pared compacta de color verde oscuro y al caer la espuma llegaba casi hasta la entrada de la posta. Yo no le temía. Jamás le había temido.
Ni siquiera aquella tarde.
Aún en los momentos más difíciles, como cuando quedé atrapado por una corriente de la bajamar, tuve el convencimiento que nada malo podía pasar. Que de algún lugar del abismo un ejército de tritones y sirenas vendrían en mi auxilio. Que me mostrarían un camino de caracolas y coral. Que el faro, más allá del puerto, me alumbraría la senda de regreso.
Salí al porche con su piso de madera inundado. La lluvia arreciaba, la playa invitaba a una caminata.
—“Caminar por la playa bajo la lluvia es  un rito íntimo y sagrado; casi como acariciar un apacible vientre desnudo…”
Descendí por los peldaños que se perdían en la arena y la resaca. Caminé hacía las olas. El horizonte era de un gris borroso, en la lejanía los nubarrones resplandecían de tanto en tanto por el fulgor de los relámpagos.
No había aprensión ni incertidumbre en mí.
Tenía la misma paz que experimentaba al bucear. Sé que en el azul profundo del mar se siente algo parecido a la protección del útero materno; silencio y armonía.
Una ola  me atravesó.
No temía.  Ya jamás temí.
Conocía la ruta. Las nereidas, tiempo atrás, me habían guiado entre las penumbras a un sendero iluminado por erizos y medusas iridiscentes que se perdía detrás de un manto de algas. Lejos de pescadores y gaviotas.
Es un buen sitio para reposar.
Hasta que de nuevo suba incontenible la marea de nostalgias.



PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

BERNARDO SCHIFRIN
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

MILLONES

7000 MILLONES en el Sube y Baja terráqueo.

70 millones  en la cúspide, viven como príncipes.
Siempre vigilantes para evitar que otros ocupen sus lugares.

430 millones disfrutan como Grandes Burgueses.
Recurriendo a cualquier extremo para mantener sus privilegios.

2000 millones luchan por mantener el endeble status.
Temen por su inseguridad.

2000 millones amenazados por el ahogo.
Patalean para no caer.

2500 viven sumergidos o en la miseria.
Sólo atienden el fugaz presente.

7000 millones de stressados, angustiados y otras yerbas.
A casi todos les importa un bledo de los demás.
Y menos aún del medio ambiente.

¡Vivan los especuladores del mundo!
¡Qué siga la joda!
(mientras la cuerda no se corte)


OJALÁ SEA (Son cubano)

Un mundo de amor
con menos egoísmo.
Un mundo natural
con menos competencia.
Un mundo de hermanos
con menos diferencias.
Será  Será
Ojalá Ojalá

Un mundo bello
con menos crueldades.
Un mundo tranquilo
con menos ambiciones
Un mundo al aire libre
con menos mentiras.
Será   Será
Ojalá  Ojalá

Un mundo a disfrutar
con menos exigencias.
Un mundo de individuos
con menos represiones.
Un mundo por los siglos
con menos contaminación.
Será   Será
Ojalá   Ojalá

Ay chico! Tú no pides nada.


DIVERSIDADES

Cordillera
Sierra
Roca
Pedregullo
Arena.

Alto como la cordillera.
Quebrado como la serranía.
Duro como la roca.
Aspero como el pedregullo.
Infinito como los granos de arena,

Bello como el mármol.
Plano como la laja.
Ligero como el magma.
Translúcido como la mica.
Suave como el talco.
Pulido como el canto rodado
que arrastra el torrente.

Unos sobre otros.
Aplastados o dominantes.
Todos nos convertiremos en polvo.


CONFESIÓN        1984

Confieso que tengo miedo
pesadillas nocturnas
en las que vuelven a aplicarme
la picana eléctrica.
Quien sabe cual será la oportunidad
de volver a usarlas.
No estoy enterado
que las hayan quemado
en hogueras purificadoras.
Los verdugos
aún siguen disponibles.


¿?

Con los años
se hace más y más recurrente
el sentimiento de mi propia muerte.

Cavilo
en la integración
de la materia a los nuevos ciclos,
pero no me alcanza.

Evoco entonces
los frutos inmediatos
mis hijos y mis nietos,
ya es algo...

Y las tinieblas
son aventadas
por sonrisas amables
cuando escucho mis ideas
o siento mis pasiones
aún con otras formas,
como mezcla de esencias
en diversos frascos,
encarnadas en otros hombres.



LUIS DANIEL ALVAREZ
(Andalgalá-Catamarca-Argentina)
   
PINTURA
Locas pincelada daré en el aire turbio
del cielo amanecido,
dejando en el aire tu cuerpo pintado
con harapos del arco iris;
con la cabellera del sol,
con pies descalzos
en el trampolín de papel,
alas abiertas, sonrisas a la vida,
y brillante ojos ponzoñosos
para curar mi corazón
sangrante de venenosas saetas

EN EL VIVO AMANECER

Detrás de las humaredas,
neblinas y rocío,
la alegría y la locura
brindan con copas de cristal;
doña Soledad y Esperanza
observan la vehemencia
de los huéspedes del mundo;
el amor florece en los murmullos
de nocturnas abejas volátiles,
las perplejas cicatrices lunáticas
se curan con agua bendita,
las sombras de los besos
y las botellas de vino
se mueven sin interrumpir
el sagrado momento,
de germinación floral
y la cantata del Olimpo.


PÁGINA 10 – ENSAYO

ROSINA VALCÁRCEL
(Lima-Perú)

LITERATURA DE MUJERES:
UNA MIRADA DESDE EL FEMINISMO, LIBRO DE DIANA MILOSLAVICH

No se nace mujer, se llega a serlo
En 1968, las reformas del velasquismo llegan a la escuela, Diana las defiende. Los años 1969-1970 en la secundaria influyen en su destino. Discute las propuestas de Pablo Freyre y de la Reforma Educativa. Entre 1973 y 1975 labora con el historiador Antonio Núñez Jiménez, embajador de Cuba. Estudia literatura en San Marcos en los turbulentos años libres. Diana, la joven inquieta trotskista, preside el Centro de Estudiantes de Literatura de San Marcos (1976-1979); se compromete con la campaña de Fernando Lozano y Edmundo Sanabria, por el juzgamiento de los policías asesinos (1977-1978), y lucha contra la pena de muerte (1978).
Se va a México por quince días y se queda casi cinco años. Ahí milita con las feministas; apoya a los refugiados guatemaltecos con Carlos Martínez y Tania Álvarez y entra al Taller de Derechos Humanos y Minorías Étnicas, en El Colegio de México (1984-1985), donde conoce a Rodolfo Stavenhagen. Vuelve al Perú llena de libros bajo el brazo: Rosario Castellanos, Elena Garro, Elena Poniatowska, y con imágenes de Frida Kahlo y Remedios Varo . Entonces comparto con ella una amistad festejando nuestro México en todo su esplendor.
En nuestras charlas teníamos como referente a grandes activistas del movimiento femenino, como Clara Zetkin (Alemania, 1857-Rusia, 1933), Rosa de Luxemburgo (Imperio Ruso, 1871-Alemania, 1919), quienes fueron las fundadoras del Día Internacional de la Mujer, y también del Partido Comunista de Alemania (antes, Liga espartaquista) con Karl Liebknecht y Franz Mehring (biógrafo de Karl Marx). Clara Zetkin muere en la Unión Soviética y Rosa de Luxemburgo es ejecutada juntamente con Karl Liebknecht. Y Alexandra Kollontai (San Petersburgo, 1872-Moscú, 1952), revolucionaria y comunista rusa, quien en 1918 fue una de las organizadoras del Primer Congreso de Mujeres Trabajadoras de toda Rusia. Kollontai lucha por los derechos de la mujer, por las igualdades de la mujer y el hombre; modifica leyes para suprimir la subordinación de la mujer. Con ella se aprueba el divorcio y el aborto. Pero Stalin se encarga, en la década del 20, que sus hazañas no continúen y la confina a la vida diplomática en el extranjero. Sus biógrafos la recuerdan como “uno de los paladines del movimiento feminista”.

Hemos oído afirmar, sueltos de huesos, que:
“Una ideología tan insólita y desmesurada como el feminismo, que pretende explicar la historia de la humanidad, desde los orígenes de la civilización hasta nuestros días, como un proceso ininterrumpido de opresión de todos los hombres sobre todas las mujeres, por fuerza tiene que dejar en la oscuridad enormes porciones de la realidad histórica y social para que su argumentario conserve cierta coherencia” .
Diana Miloslavich inicia su libro, Literatura de mujeres: Una mirada desde el feminismo, con tres seres increíbles, cuya pasión fue la escritura y el anhelo de una mejor condición de vida para las mujeres. Autoras emblemáticas en la historia de la mujer por su defensa de las reivindicaciones desde perspectivas y épocas diferentes: Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1651-1695), Flora Tristán (Franco Peruana, 1803-1844) y Simone de Beauvoir (Francia, 1908-1986).

Diana acertó al elegir a estas escritoras transgresoras del statu quo, que han aportado y siguen contribuyendo al desarrollo del pensamiento y la praxis feminista.
A cada una de estas protagonistas, Diana le da un tratamiento y análisis singular:

Sor Juan Inés de la Cruz, debido a las circunstancias históricas que le toca vivir, recurre a simulaciones de recursos literarios con el fin de mostrar la inconformidad ante el orden establecido social y eclesiástico. “Primero sueño” (1692) es el poema más importante, según la crítica. De acuerdo con el testimonio de la poeta, fue la única obra que escribió por placer y publicado como parte del tomo primero de sus obras completas.

Flora Tristán (París, 1803-Burdeos, 1844), en cambio, por su historia familiar y su posición ideológica, si se quiere, de clase, no acude a dichas simulaciones; más bien, es abierta como se expresa en sus crónicas, viajes, testimonios, porque lleva en sus entrañas el feminismo (Peregrinas de una paria, 1838) que luego desarrolla con mayor solidez en su apuesta por el socialismo (Unión obrera, 1843).
Entre 1833 y 1834, Flora Tristán emprende un viaje a Arequipa en búsqueda de la redención de su condición de paria. Al nombrar su libro como “Peregrinación”, la escritora alude el carácter de expiación que acompaña su peregrinar al nuevo mundo. El artículo se centrará en el reconocimiento de la representación de Tristán como sujeto escindido entre el mundo europeo y el mundo colonial, condición a la que sobrepone el enmascaramiento propio de lo femenino proveniente de la cultura patriarcal. La propuesta de lectura busca develar cómo se construye Tristán como sujeto y cómo se representa mediante el enmascaramiento. Al titular el libro Peregrinaciones de una paria, Tristán se adscribe a la concepción moderna de la identidad como creación coherente y unívoca. El peregrino es un ser en búsqueda que se sabe de tránsito tanto en el espacio como en el tiempo que habita, su errancia lo lleva al encuentro consigo mismo. La lectura de la obra desde los postulados de la autobiografía, hace posible situar el personaje histórico en su autorrepresentación. La memoria autobiográfica se ciñe al tiempo en que —la escritora— emprende su viaje al Nuevo Mundo, su mirada es la de una mujer burguesa, mediada por la ideología posnapoleónica que se cifra en la búsqueda de la libertad. Flora Tristán se construye como sujeto moderno; esto es, como sujeto unívoco y coherente que peregrina en búsqueda de una verdad. Regresar al texto autobiográfico decimonónico en Peregrinaciones de una paria hace posible la valoración del discurso que le es propio y la comprensión de la construcción de Tristán como sujeto moderno .

Simone de Beauvoir, desde un enfoque filosófico, cuestiona la sociedad hegemónica masculina. El segundo sexo, libro de bandera para los círculos feministas, convoca a mujeres de distintos niveles, tanto social como cultural. Abre puertas e internacionaliza su pensamiento de vanguardia feminista, legando a lideresas y autoras su rebeldía intelectual y gestando, así, el movimiento feminista. Posteriormente, De Beauvoir acentúa: no una emancipación superficial, sino la descolonización de la mujer (1972).
Simone, “El castor de guerra”, como la llamó Jean Paul Sartre, quien tanto habría de marcar su existencia.
El segundo sexo (1949) en su época se convirtió en un auténtico best seller y un escándalo, pues abordaba de una forma clara y contundente temas hasta entonces poco menos que tabú (el aborto, la menstruación, el lesbianismo, la prostitución…) y trataba desde puntos de vista opuestos a los tradicionales otros tan ‘sagrados’ como la maternidad. Se considera una de las obras fundacionales del feminismo, además de una obra enciclopédica, ya que aborda la identidad de la mujer y la diferencia sexual desde varios puntos de vista: psicológico, histórico, biológico, antropológico… para llegar a la conclusión de que “no se nace mujer, se llega a serlo” y de que “ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino”. Como sostiene Danièle Sallenave en su magnífico libro Simone de Beauvoir: contra todos y contra todo …“lo que asombra hoy, en una época radicalmente diferente, no es la intrepidez, por no decir la imprudencia, de los compromisos de esos intelectuales; ni siquiera sus ideas, sobre las que se podría discutir infinitamente (…) Asombra la seguridad de esos intelectuales, su modo de proclamar la verdad y de sentirse autorizados a proclamarla”. Ahora bien, estamos hablando de otra época en la que, los pensadores, como Simone de Beauvoir, gozaban de un reconocimiento público de su autoridad...

De estas mujeres epígonos, que han participado en la construcción del pensamiento feminista, como bien lo destaca Diana Miloslavich, sin desmerecer el discurso poético de sor Juana Inés de la Cruz, ni la descollante narrativa de Simone de Beauvoir, yo, personalmente, me identifico más con la revolucionaria y precursora del socialismo: Flora Tristán por cuanto se involucró en las luchas populares.

Invita a la reflexión la entrevista de Alice Schwarzer (publicada en 1984) donde enfatiza Simone de Beauvoir: “antes no había militado porque el feminismo era reformista, pero el que surge después de mayo del 68 es un feminismo radical y en este sí merece la pena enrolarse” (p. 67), y a finales de 1970, suscribe el manifiesto a favor del aborto y evoca la marcha. Veamos un pasaje:
“Entonces nuestro cortejo se puso a gritar: ¡No tendremos hijos para los cuarteles! Y todos nos pusimos a cantar La Internacional” (p. 67). Aquí, De Beauvoir ya concibe que la praxis política sea un derecho que fortalece la conciencia de la mujer. Actividad que realiza un siglo antes Flora Tristán.

Dentro de sus preocupaciones, Diana también se detiene en las escritoras mexicanas y en las peruanas como Clorinda Matto de Turner (1852-1909) con Aves sin nido, 1889, Magda Portal (1901-1989), poeta vanguardista; Yolanda Westphalen (1925-2000), de la generación del 50; Cecilia Bustamante, de la generación del 60, entre otras escritoras del XX.
Subrayamos la apuesta de Diana. Este libro cautiva por su aproximación al quehacer de una Historia de la literatura feminista y a los fundamentos y herramientas para el cuerpo de una Crítica y teoría literarias.




PÁGINA 11 – CUENTO

ALEJANDRO ORELLANA
(Guaymallén-Mendoza-Argentina)

PARIÓ LA PERRA

Ayer la Rosa parió a la parca, la muy boluda olvidó darle vida al hijo que estaba en su vientre. La condena de la vecindad partió del alienado comportamiento de la Rosa, se pone a tener hijos con un don nadie, en invierno se enferma, se estresa y en ocasiones tiene hambre, eso no es digno de un pobre. Cualquier sentencia es poco, aunque ahora parece haber tomado conciencia, ya no molesta con el tema de las bajas temperaturas, que ganas de fastidiarse cuando no se tiene abrigo.
Parecía un pichón la Rosa, debe ser que el subsidio del estado no le va correr más y ahora se las va a ver negras, te digo que no hay  mal que por bien no venga, éstos sacan pecho y después anda a contratarlos, encima que le haces un favor te acusan de birlarles los derechos.
Pero ahora la casa está orden, la Rosa mañana se reintegra a los quehaceres del hogar y ya nuestras preocupaciones se extinguen. Antes de comenzar con la bendición de la mesa quiero darles un detalle del difunto bebe de Rosa, el deceso provino de las malformaciones del mismo, había nacido sin boca.
Qué pena que no nació, hubiera sido el pobre perfecto.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

JORGE FALCONE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

ESOS MUNDOS Y EL NUESTRO

“Dicen que habiendo infinitud de mundos
hay un mundo en que Napoleón venció en Waterloo
y un mundo en que ella aceptó mi amor en Granada.
Pero esos mundos y el nuestro no se juntarán jamás”
Ernesto Cardenal

Hay un mundo donde el viejo
sanitarista platense que creyó en Ramón Carrillo
está esperando a mi hermana en
un bar de la Avenida Santa Fe.
Allí María Claudia pasa
rozagante y clandestina y
con una seña discreta indica
al galeno que la siga
hasta una pizzería donde aguardan
suegros, esposo, y nietos
con que el viejo no jugó.
En el mundo que yo digo
aquel antiguo resistente la recibe
en su ciudad natal nuevamente,
le obsequia un autito y se suma
a militar con ella,
que ha colgado en su flamante living
mi foto y la de la vieja.
La muchacha acuerda y litiga
con El Tordo de los Cabezas,
y cuando el hombre da las hurras,
bajo algún liquidámbar de su parque
con gente amiga lo siembra.
Y ya madura organiza
multitudinarias Nochebuenas
encandilando el cielo con fuegos de artificio
y soltando globos con su entrañable
compa de lucha Fabiana Larrea.


CERVEZA, TABACO, Y HADAS

Hacia la tercera década del Siglo XX
el mundo se puso horrible:
Un cadete germano fanático de Nieztche,
al que Bretch bautizara
“el pintor de brocha gorda”
comenzó a hablarle a un pueblo abatido
sobre su destino de raza superior…
Entonces
dos medievalistas de Oxford
resolvieron darse cita
semanalmente en la Universidad de Magdalen
para inventar razas más nobles en torno
a un hogar de leños,
unos cuántos porrones de malta y
un par de buenas pipas.
Así forjaron su amistad el profesor
Clive Staples Lewis,
Padre de Narnia y
su colega Johnathan Ronald Reuel Tolkien,
Señor de la Tierra Media.
Yo atravesé mil veces
las puertas que abrieron.
Porque mi padre me inició temprano en
la fantaciencia victoriana de Herbert
George Wells y más tarde
descubrí por mi cuenta la Biblioteca
de Miskatonik que guarda
ese Necronomicón que Randolph Carter,
según Lovecraft, consultara.
Fugué una y otra vez hacia esas Patrias
alternativas a comprobar
que podían existir circunstancias
peores que las que  vio mi adolescencia.
Guerrero fui también
como el estoico Araghorn
y arma al cinto atravesé esos días
ora eludiendo a los orcos en las calles,
ora refugiándome en la penumbra
de algún cine continuado
para vivir extasiado
las maravillas de Ray Harryhausen.
Hoy pienso que aunque el odio amainase
igual precisaría que aquellos
abuelos de mi perenne imaginería
siguieran encontrándose en su sitio
o en el pub The Eagle and the Child
a intercambiar fábulas y mitos
para que nunca los niños del mundo
lo dieran todo por visto.-
A l@s hij@s de mis hij@s


ESCALA EN BUENOS AIRES

Qué maravilloso fue
para un platense insignificante que pisaba
la capital como si fuera a Broadway
y nunca retornaba
libre de alguna jaqueca
tener una Tía que se llamara Chocha y sonriera
como Petrona C. de Gandulfo!
Una que me recibiera
siempre de buen talante y
como si su casa fuera
una sucursal de la mía
en la metrópolis ajena.
Una con un marido
inventor como Pepe Ingrassia,
capaz de convertir una lata de betún
en turbina y regalármela.
Una que me arrojara
desde el balcón una frazada
cuando por despedir al
Primer Trabajador anduve
tiritando de madrugada.
Una con cualidades extrañas,
que percibía la respiración de su hombre
en un living vacío,
visitándola post mortem porque
- como me ocurre en este instante –
la extrañaba.-


AMELIA ARELLANO
(San Luis-San Luis-Argentina)

LEONA DE SAVUTI

“...Un desventurado estar solo, un venturoso al borde de uno mismo...”
Ida Vitali

Recorrí todos los laberintos. Todos los tiempos.
Los tiempos de los tiempos.
De siembras. De cosechas. De sequías.
De duraznos. De sentarse a la mesa. De panes.
De langostas. De alumbramientos. De penumbras.
De vinos agrios, café frío y garganta ardiente.
De llegadas. De esperas. De laureles en flor.

Busqué en cada rosa moribunda.
En el clavel del aire. En la ortiga.
Hubo señales: menudas, imperceptibles, casi.
Agua de lluvia .Caza. Constelación de Orión.
Casi escucho el tropel. El jadeo.
Y los pasos se acercan y mi oído se aleja.

Me he reencarnado en pez, en luna y abedul.
Un pez de dos cabezas. Sedal. Anzuelo. Red
Tira y afloje. Se va pero se queda. ¡Touché!
Leona de Savuti. Amamantando Tswanas.
Recorriendo dominios feroces y prohibidos.
Geómetra de abedul. Canoa. Bosque.
Todos los pájaros sagrados me han amado.

Busqué en arcanos mayores y menores.
Me asomé al precipicio de tres caras.
Colgado, entre las ramas
Frágiles ramas de mis ramas.
Allí, nos hemos encontrado.

MUJER EN ALQUIMIAS DE LUNAS
A Teresita Morán de Valcheff (2005)

Un grito y un degüello de voces silenciosas
El cóndor se refugia vencido. Estigma de oro y plata.
Callan la voz de la tacuara una cruz y una espada.
Una mujer va descalza tras las huellas en sepia
Tatuado en amapola una vincha y un nombre:
BRAVURA: “lanza y fuego”
No se detiene. Camina y camina en pisadas de luna.
La luna, maloqueando “se hace astillas en los charcos.”
Cae el lamento pampero sobre pelada roca.
Hay Rocas que son más duras que el corazón de rocas
Una polvareda de tristeza suele demorar su paso.
Pero la Historia no espera. No hay treguas, ni descanso.
“Cuanto tengo, a no dudarlo a ellos se los entrego”
Un chispeadero de soles alumbra la comarca del olvido.
El silbido ranquelino arrastra vientos  de guerra.
Su arma de guerrera es la palabra… Letra y piedra enamoradas
Un grito y un degüello de voces silenciosas.
Camina la mujer, vincha sangre amapola
Camina, sin fatigas, sin pausa… sin desmayos
…el tiempo del descanso aun no llega…
Y el fuego memorioso, arde en lanza y en luna…
Incendio. Pasión india, sus ojos de azucena.

LOS OJOS DE TU MIEDO

Así es -dijo Sancho­ -pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto más encima del cielo”
 Miguel de Cervantes

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que  el portal permanezca cerrado.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un búmeran.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos te atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.

Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.

Una cobardía   de vida se esconde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.

Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes…
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes
Son menos peligrosos que tus miedos.

LOS SABUESOS DEL MIEDO

Sin anunciarse.
Nuevamente, han llegado los Sabuesos del miedo.
En sangrientas jaurías.

Ya no  temo.
Son parte de mis antiguas criptas.
Escamas sobre escamas.
Los conozco, los acepto.
Como los excrementos y las moscas.
Como las pesadillas y los piojos.
Como los mocos y el hedor.

Huésped  de burdeles celestiales
Hambre y uvas de amatista
Velo blanco, país inmaculado de la misoginia.
Onan, Don Juan, Edipo, Maquiavelo.
El niño lleva ambos ojos vendados.
Danza de psicotrópicos. Sodoma. Príapo
¿Cómo he de temer, entonces?
¿Cómo temer?
¿Las sangrientas jaurías de los  miedos?


PÁGINA 13 – ENSAYO

ALEJANDRO CEPHAS
(Puerto Ordaz-Bolívar-Venezuela)

BORGES, EL PROFETA O-CULTO

Borges, al igual que DaVinci, Newton, Dante y Freud, era un lector incansable de la La Torá, la Mishnah, el Zohar y el Sefer Yetsirah, y sobre todo de la Biblia. Cierto que la ocupación de Borges era la literatura, pero el puente literario que él levantó se sostiene a primera vista de dos columnas: filosofía y teología. Inclusive, llegó a afirmar que todo hombre culto era un teólogo, y para serlo no era indispensable la fe. Esto obliga a preguntarse: ¿Por qué Borges, al igual que un grupo muy selecto de insignes eruditos, se ocupó a fondo de los textos religiosos?

Por ejemplo, podemos sumar el caso de Isaac Newton, por nombrar uno de los eruditos más conocidos y cultos que, a pesar de ser el primero de los científicos modernos, dedicó la mitad de su vida a estudiar los libros bíblicos, y hasta aprendió hebreo para llevar a cabo esa tarea. Sí, cuesta creer que el magno docto de la ciencia estuviera metido de cabeza en los mitos religiosos. Algo crucial debía ocultar la Biblia como para llamar su atención y empujar a este gran físico a escribir de puño y letra más de un millón de palabras en manuscritos que tratan exclusivamente de teología esotérica, donde en uno de ellos se dedica a los escritos apocalípticos de Daniel y de Juan, libros en los cuales creía con firmeza poder encontrar verdades ocultas del universo. De la misma forma, años de estudios relacionados con los textos sagrados y apócrifos no debieron ser simple devoción religiosa de Borges, para quien absolutamente todo estaba hecho de lengua; es decir, cada palabra escrita estaba colmada de una realidad que no poseía las cosas, y los entes existían para él sólo porque preexistían en el mundo escrito: tanto que llegó a decir que todo lo que le había ocurrido en su vida era ilusorio y que lo único real está sustentado en los libros; que las andanzas de Don Quijote no fueron tales porque éste »no salió nunca de su biblioteca«; que más que las lunas de las noches podía recordar las del verso, y aseguró, en su poema El golem, que en cada letra de rosa está la rosa, y todo el Nilo en la palabra Nilo. Se sobreentiende a todo esto que debió adentrarse como nadie en dichos textos, pues Borges más que fe en alguna deidad creía ciegamente en el libro, razón por la que fue el primero en construir una literatura basada en el intelecto...

Voy a explicarlo mejor para que entiendan la importancia de lo que quiero decir. En un momento en que toda la literatura mundial se erigía sobre los eventos históricos y el inconsciente de los hombres, el escritor argentino edifica la suya a base de puro intelecto; por eso su gran edificio literario es una obra cuya estructura responde a una ingeniería rigurosa en la que colocó con precisión geométrica todos los libros leídos, uno sobre otro a modo de miles de bloques formando un rascacielos habitado por sus cuentos colmados de conceptos figurativos, arquetipos literarios y alegorías cabalísticas, escritos con honda ironía, con una fachada recubierta de fantásticos relatos con significados ocultistas que yacen bajo la trama de palabras, frases, ideas sustraídas de diversos y cuantiosos textos: tantísimos que no conozco ningún otro escritor que haya podido ocuparse de condensar un alud de conocimientos altamente fundamentados y de manera tan magistral como lo hizo él. Lo que escribió, no sólo él sino también Tolkien, Kafka, Verne, Joyce, Carroll, Mann, está muy lejos de ser simples párrafos inventados por un genio de la fantasía tipo Walt Disney, creyendo que todo en el arte es ficcional. Si es cierto eso de que el arte es la creación consciente de una ilusión estética, entonces el »ilusionista« Borges logra en sus ficciones uno de los espejismos más serios y una de las obras más sobrias y lúcidas de la literatura. El hecho de que haya decidido mostrar su edificio, derribado por él mismo, como un enigmático laberinto de textos-bloques accidentalmente separados, omitiendo y desfigurando los hechos por causa de su misma aparente dispersión, no tiene otro motivo que el de obligar al elegido, entre sus muy pocos lectores (como él mismo recalca al comienzo de su cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius), a rastrear entre los escombros »llaves secretas« para abrir puertas que se conectan entre sí, tarea que le revelará al buscador dotado la verdadera realidad allí escondida.

Quizá esta es la razón por la cual uno de los temas más recurrentes en sus relatos es el de la búsqueda, y con seguridad buscar dentro de sus líneas habrá de conducirnos a una verdad trascendental, puesto que no puede ser mera casualidad que al leer un párrafo de cualquiera de sus libros, tenemos que de por vida »dar las gracias al divino laberinto de los efectos y de las causas«, y admitir que a este prolífico creador lo está inspirando el mismísimo universo para descifrar un verbo verdaderamente profundo. Algo que refuerza esta hipótesis son las palabras del mismísimo Borges dichas a Georges Charbonnier en una entrevista que éste le hiciera en París, donde confiesa que para él sus cuentos no son un juego arbitrario, y recalcó: »Una necesidad, si la palabra no es demasiado fuerte, me puso a escribirlos«. Esa Providencia Literaria, por llamar a esa »necesidad« de alguna forma, es la que realmente ha movido su pluma hacia la composición de textos que nos señalan un camino preciso para poder salir del laberinto insertado en el mundo, laberinto que Borges, con su perfecto dominio del lenguaje, muy bien describió.

Estoy convencido (y presento algunas pruebas en el libro 666) de que Borges ha dejado en sus cuentos, al igual que los sufíes y maestros antiguos, instrucciones misteriosas reservadas únicamente a los iniciados, pues al leerlo he advertido que él patentiza la idea de Nietzsche de que cuando se escribe no sólo se quiere ser entendido, sino también no ser entendido. El que uno encuentre ininteligible un libro no es en modo alguno una objeción contra este libro; puede que se lo haya propuesto el autor deseoso de no ser comprendido por todo el mundo. Creo que por no considerar esta opinión de Nietzsche ha ocurrido con los textos de Borges lo mismo que con los libros sagrados que, a pesar de ser muchos los iniciados que los han leído sin cesar, ninguno ha hallado nunca la perfecta sabiduría que sus páginas encierran. Buscan y no encuentran, bien sea porque se lo impide el manto del orgullo o porque lo aprendido en sus lecturas lo han utilizado para atrapar creyentes incautos, haciendo su agosto todos los meses del año con el dinero de estas víctimas de la religión de consumo. Estos místicos artificiales (para nada o-cultos) nunca fueron capaces de abrazar el texto con un corazón sincero, razón por la que la verdadera naturaleza del texto los repele. Únicamente »el lector elegido« descubre en los libros de Borges pasadizos que lo conducen a una serie de libros sagrados, mitológicos y contemporáneos, cuyas lecturas lo catapultan para dar el gran salto hacia el eslabón perdido escondido en »el otro lado« de los relatos, descubriendo allí lo que Nietzsche llamó »la verdadera realidad«, consiguiendo, casi con rencor hacia el realismo, la manera de deslastrarse de la realidad »desrealizándose«, por decirlo así, para poder salir de este mundo pre-construido, el mundo que el mismo hombre influenciado por las deidades se fabricó: finalmente lo logra y vislumbra desde fuera de esta tramoya de realidad a los dioses farsantes, reconociéndolos como nuestros principales enemigos (los mismos seres ocultos que denuncia Ernesto Sábato en su famoso Informe sobre ciegos) y percatándose de lo inventados que somos por causa de los artificios que ellos nos legaron.



PÁGINA 14 – CUENTO


PATRICIA RODRÍGUEZ SARAVIA
(México DF-México)

EVA Y ADÁN

Al hombre ni toda la verdad ni toda la mentira
Sabiduría popular

En el jardín que vivo hay muchos árboles y flores. Cuatro ríos nacen de este lugar, en sus aguas claras y frescas nadan peces de colores que todavía no tienen nombre, pero pronto lo tendrán. Ponerle nombre a los animales y a las plantas no es sencillo. Adán no tiene mucha imaginación y se le ocurren nombres raros, como ornitorrinco y moloch. Yo le puse nombre al lagarto de collar, al camaleón cornudo, al topo hocico de estrella, al mono tití, al delfín hocico de botella, a las mariposas monarcas y a muchas flores, como la siempreviva.
Adán es el consentido del Señor, y haga lo que haga siempre le da la razón. Al Señor le pareció que lagarto de collar era un nombre demasiado simple, seguramente supo que yo lo elegí, y como le gusta hablar en latín para que nadie le entienda, lo llamó Clamydosaurus kingi, y al moloch, que Adán llamó de esa manera, sólo le agregó: horridus. No disiento del adjetivo calificativo horridus, porque nunca he visto un animal tan feo. Tiene el cuerpo lleno de espinas y padece un hambre insaciable; atrapa con la lengua unos insectos pequeños a los que Adán llamó hormigas y el señor myrmicas. Al moloch, yo prefiero llamarlo diablo espinoso. Elijo nombres poéticos y fáciles de recordar, porque he notado que a los hombres les gusta la complicación. Al delfín hocico de botella, el Señor le puso Tursiops truncatus; al camaleón cornudo, Chamaeleojacksoni; al topo hocico de estrella, que es un animalito simpático y rechoncho, de tupido pelaje y con una graciosa cabeza redonda, lo llamó Condylura cristata, el animalito no es arisco, pero lo sería si supiera que nombre tan rebuscado le pusieron.
Adán tiene la fea costumbre de echarme la culpa de lo que no le sale bien, y son bastantes las cosas que no le salen bien. Lo he sorprendido hablando mal de mí en varias ocasiones. Un día el Señor le dijo que era necesario hacer creer que a mí me había sacado de una costilla de Adán, para que nadie ponga en duda que él haya sido su primera creación. Yo no tenía ninguna duda de que era el primero en su corazón. Luego le explicó cómo nos moldeó en arcilla roja, precisó que me había moldeado a mí primero y que no usó una de mis costillas para moldearlo a él, porque tenía tanto barro que pudo formarnos a los dos sin escatimar. También le habló de Lilith, una mujer que hizo antes que a nosotros; parece que le salió muy desobediente, por tal motivo la echó de este jardín al que llamó Paraíso, en el que según sus propias palabras, sólo cabe la perfección. Lilith debió ser muy terrible porque lo previno de sus astucias. La describió como el archidiablo de la impureza. Le ordenó: Aléjate de ella y del árbol que está en el fondo del jardín. ¿El de las bolas rojas?, preguntó Adán. El mismo, contestó el Señor. A Lilith le gusta enroscarse en sus ramas. No te expongas, porque Lilith es bastante más lista que tú, y cuida que la curiosa de Eva no se meta en problemas. ¿Problemas? ¿Cuáles?, me pregunté. Entonces recordé el día que por distracción pisé una mariposa amarilla con puntitos morados y el Señor me gritó (nunca lo había visto tan enojado) que había causado una gran catástrofe. ¿Catástrofe? Si sólo era una mariposa y en el jardín había muchas. Alegó que esa mariposa era única y mencionó un nombre en latín que ya no recuerdo. Habló largamente de una Teoría de la Evolución que nadie debía conocer, para que no se pusiera en duda la existencia de un Dios Todopoderoso, y terminó el regaño afirmando que es siempre mejor una santa ignorancia que una ciencia satánica.
            Yo había escuchado el nombre de Satán. El Señor le contó a Adán que era un ángel muy hermoso llamado Luzbel, y que había tenido que echarlo del jardín por rebelde, y oposicionista. Desde entonces Lilith y Satán eran muy amigos. Cuídate de Satán, le dijo a Adán, como si tú fueras una hormiga y él un Molochhorridus. La metáfora me pareció muy acertada, porque Adán se comporta con frecuencia como una hormiga.
Una mañana Adán y el Señor fueron a una zona alejada del jardín, tenían que calmar a unas fieras salvajes de melenas rubias y alborotadas, que pasean sus lenguas rasposas por sus bigotes de una manera obscena, que pretendían devorar a unos animales saltarines y simpáticos que llamé gacelas. Curiosa como soy me acerqué al árbol de las bolas rojas.
Emanaba de ellas un perfume suave y dulce. Metí la cara entre las ramas y acaricié las bolas, noté que estaban achatadas en sus polos, y su piel era tersa y lustrosa. Estaba embelesada cuando entre el follaje escuché una voz aterciopelada que pronunciaba mi nombre, Eva, decía. Busqué entre las ramas y descubrí a un feo animal enroscado en el tronco. Era un gusano inmenso, tenía la piel lisa y brillante, parecía húmeda, como si acabara de salir del agua. Su forma me recordó al pedazo de carne que le cuelga a Adán entre las piernas, pero el animal era más largo y más grueso, además hablaba y hasta ese día nunca había conocido a un animal que hablara.
No te asustes, dijo con una voz más dulce quela miel de los panales del jardín, yo soy Lilith. Me pregunté por qué el Señor la hizo tan fea, y concluí que era uno de los primeros trabajos que hizo con el barro, y lo más fácil es hacer figuras largas parecidas a Lilith. ¿Te parezco fea?, dijo como si leyera mis pensamientos. Antes que me castigaran era más bonita que tú, y Satán era más guapo que Adán, pero el Señor nos convirtió en seres repugnantes para que no despertemos simpatía. Me miró con sus penetrantes ojos amarillos y preguntó: ¿Por qué no pruebas una fruta roja? Es deliciosa, su carne es blanca y jugosa. Debo decirte que quién la come no vuelve a ser el mismo de antes.
No entendí cómo una fruta podía cambiar a quien la comiera y le pedí que me explicara el misterio de las bolas rojas. Éste es el árbol del Conocimiento, su fruto son las bolas rojas, y comerlas quita la ignorancia. El conocimiento te permite encontrar otro árbol que se encuentra en este jardín, que yo no puedo reconocer porque el Señor me convirtió en serpiente para impedírmelo; los reptiles no comemos frutos. Pero tú, mi pequeña y querida Eva, puedes ayudarme a encontrarlo.
¿Qué árbol buscas?, pregunté. El de la Inmortalidad, contestó. ¿Para qué?, si somos inmortales, contesté. Eso de que somos inmortales puede cambiar en cualquier momento, basta con que el Señor se enoje y cambie de opinión, él es muy caprichoso, contestó. Convencida por sus palabras tomé un fruto y lo probé. Su sabor era delicioso, lo mordí una y otra vez hasta dejar sólo el centro en el que había unas semillas oscuras. Comí uno más y después del tercero mi mente giró a toda velocidad. El jardín me pareció un lugar estrecho y asfixiante. Subí por las ramas del árbol del Conocimiento con Lilith enroscada en mi cintura, y logré ver a lo lejos unas montañas coronadas de nieve. El mundo se extendía vastísimo afuera del jardín, mi vista no alcanzaba a abarcarlo todo. Levanté los ojos al cielo y observé como los planetas en el firmamento giraban en su propio eje mientras lo hacían alrededor del sol.
Comprendí que vivía en una galaxia de tantas; una de las más pequeñas. Todo estaba ahí en un solo punto: la línea del tiempo en forma de espiral, los signos matemáticos, las letras y las palabras mágicas. Escuché la voz de Adán, que al pie del árbol me imploraba que bajara, el pobre se mesaba los cabellos asustado por el castigo que recibiría si el Señor descubría mi desobediencia. Escondí a Lilith entre las ramas y resbalé por el tronco. Melosa me eché a sus pies y le juré que no había hecho nada malo. No pensaba decirle lo que sabía del Árbol del Conocimiento: el secreto era mío y de Lilith. Juntas encontraríamos el árbol de la Inmortalidad y el mundo sería nuestro. Las bolas rojas, que ese día decidí llamar manzanas, aunque el señor las llamaría más tarde Malus domestica Borkhausen (Rosaceae), eran sólo para mí. No se las haría probar a Adán, se le podrían atorar en el cogote y también de eso me echarían la culpa.
Esa noche miré las cosas de una manera diferente. Si Adán hizo una alianza con el Señor, yo la haría con Lilith. Había ocurrido algo tan importante para el devenir del universo como aquel día que pisé por descuido la hermosa mariposa amarilla con puntitos morados.



PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

RUBÉN VELA
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Buenos Aires)

ARTE POETICA
Arrojo una piedra.
Va cantando por el aire
Se incendia con el rayo
Hierve en el agua
Hace su nido en la tierra.

Contentos están los cielos.
Una piedra ha abierto
el corazón de un hombre.
Una piedra ha florecido
en los ojos de un ciego.

Todo mi ser en este canto.
La piedra es ya una rosa
amanecida
                
                                                    
POÉTICA

Canta en la radiante luz del día
En la rama más alta

Canta contra el profundo rostro
de la noche

Sálvanos de la muerte

VISIÓN DEL INFIERNO

Oh, Señor de la nada
dueño del terrible vacío,
¿Cómo concebir la vida
sin poesía?

En esta tarde incierta
donde ya cae la noche
y las sombras acechan
una criatura abandonada
llora en el más profundo
de mi sangre.


ROLANDO REVAGLIATTI
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

DEL FRANELERO POPULAR

Puede que el saber no ocupe lugar

No así la fe:
la fe ocupa lugar.

*

La mentira
bajita
tiene patas cortas.

*

Nos queda como último recurso
el curso de lo último que nos queda.

*

A falta de torta
sin duda: pan.

*

Lo que prima
no nos hermana.

*

Mi saber que no tengo lugar
me ocupa lugar.

*

Vale la pena posterior
la dicha anterior.

*

Es tu frutera la que colmo
con peras de mi olmo.

*

La voz de la conciencia
de los que apestan
se oye
con el olfato.

*

Al fin se rompió
ese feo cántaro
de tanto a la fuente

ir.

*

De pronto fue que sentí
que de pronto me morí.

*

Es propio de muertos como yo
huir de vivos.


PÁGINA 16 – ENSAYO

ERNESTO SÁBATO
(Rojas/1911-Santos Lugares/2011-Buenos Aires-Argentina)

LO PEOR ES EL VÉRTIGO. .....

..... En el vértigo no se dan frutos ni se florece. Lo propio del vértigo es el miedo, el hombre adquiere un comportamiento de autómata, ya no es responsable, ya no es libre, ni reconoce a los demás.
.....Se me encoge el alma al ver a la humanidad en este vertiginoso tren en que nos desplazamos, ignorantes atemorizados sin conocer la bandera de esta lucha, sin haberla elegido.
.....El clima de Buenos Aires ha cambiado. En las calles, hombres y mujeres apresurados avanzan sin mirarse pendientes de cumplir con horarios que hacen peligrar su humanidad. Ya sin lugar para aquellas charlas de café que fueron un rasgo distintivo de esta ciudad, cuando la ferocidad y la violencia no la habían convertido en una megalópolis enloquecida. Cuando todavía las madres podían llevar a sus hijos a las plazas, o visitar a sus mayores. ¿Se puede florecer a esta velocidad? Una de las metas de esta carrera parece ser la productividad, pero ¿acaso son estos productos verdaderos frutos?
.....El hombre no se puede mantener humano a esta velocidad, si vive como autómata será aniquilado. La serenidad, una cierta lentitud, es tan inseparable de la vida del hombre como el suceder de las estaciones lo es de las plantas, o del nacimiento de los niños.
.....Estamos en camino pero no caminando, estamos encima de un vehículo sobre el que nos movemos sin parar, como una gran planchada, o como esas ciudades satélites que dicen que habrá. Ya nada anda a paso de hombre, ¿acaso quién de nosotros camina lentamente? Pero el vértigo no está sólo afuera, lo hemos asimilado a la mente que no para de emitir imágenes, como si ella también hiciese "zapping"; y, quizás, la aceleración haya llegado al corazón que ya late en clave de urgencia para que todo pase rápido y no permanezca. Este común destino es la gran oportunidad, pero ¿quién se atreve a saltar afuera? Tampoco sabemos ya rezar porque hemos perdido el silencio y también el grito.
.....En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas. Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contiene más información que novedad. La pérdida del dialogo ahoga el compromiso que nace entre las personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismo que lo venza y les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problema es que en esta civilización enferma no sólo hay explotación y miseria, sino que hay una correlativa miseria espiritual. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo. Al extremo que, si rascamos un poco la superficie, podremos comprobar el pánico que subyace en la gente que vive tras la exigencia del trabajo en las grandes ciudades. Es tal la exigencia que se vive automáticamente, sin que un sí o un no haya precedido a los actos.
.....La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? Ésta es una pregunta radical que todos hemos de hacernos hasta escuchar, en el alma, la responsabilidad a la que somos llamados.
.....Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en ese tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿Cómo habrían de abandonar esa vida?
.....La situación ha cambiado tanto que debemos revalorar, detenidamente qué entendemos por resistir. No puedo darles una respuesta. Si la tuviera saldría como el Ejército de Salvación, o esos creyentes delirantes -quizás los únicos que verdaderamente creen en el testimonio- a proclamarlo en las esquinas, con la urgencia que nos separan de la catástrofe. Pero no, intuyo que es algo menos formidable, más pequeño, como la fe en un milagro lo que quiero transmitirles en esta carta. Algo que corresponde a la noche en que vivimos, apenas una vela, algo con qué esperar.
.....Las dificultades de la vida moderna, el desempleo y la superpoblación han llevado al hombre a una dramática preocupación por lo económico. Así como en la guerra la vida se debate entre ser soldado o estar herido en algún hospital, en nuestros países, para infinidad de personas, la vida está limitada a ser trabajador de horario completo o quedar excluido. es grande la orfandad que cunde en las ciudades; la gran soledad de la persona original es una de las tragedias del vértigo y de la eficiencia.
.....La primera tragedia que debe ser urgentemente reparada es la desvalorización de sí mismo que siente el hombre, y que conforma el paso previo al sometimiento y a la masificación. Hoy el hombre no se siente un pecador, se cree un engranaje, lo que es trágicamente peor. Y esta profanación puede ser únicamente sanada con la mirada que cada uno dirige a los demás, no para evaluar los méritos de su realización personal ni analizar cualquiera de sus actos. Es un abrazo el que nos puede dar el gozo de pertenecer a una obra grande que a todos nos incluya.
.ñ....Si a pesar del miedo que nos paraliza volviéramos a tener fe en el hombre, tengo la convicción de que podríamos a vencer el miedo que nos paraliza como a cobardes. Yo he pasado riesgos de muerte durante años. ¿Sin miedo?. No, he tenido miedo hasta la temeridad pero no he podido retroceder. Si no hubiese sido por mis compañeros, por la pobre gente con la que ya me había comprometido, seguramente hubiera abandonado. Uno no se atreve cuando está solo y aislado, pero sí puede hacerlo sí se ha hundido tanto en la realidad de los otros que no puede volverse atrás. Cuando trabajé en la CONADEP, de noche soñaba aterrado que aquellas torturas, frente a las cuales yo hubiera preferido la muerte, eran sufridas por las personas que yo más quería. Impávido en el sueño, luego me despertaba angustiado y sin saber cómo seguir, pero horas después no podía negarme a escuchar a quienes pedían que yo los recibiera. No podía, era inadmisible que hubiese dicho que no a esos padres cuyos hijos, en verdad, habían sido masacrados.
......Quiero decirles que no lo podía hacer porque ya estaba adentro, involucrado. Así es, uno se anima a llegar al dolor del otro, y la vida se convierte en un absoluto. Las más de las veces los hombres no nos acercamos, siquiera al umbral de lo que está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz, domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del hombre. Muchos afirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los ideales finalmente son envilecidos como esos amores platónicos que parecen ensuciarse con la encarnación. Probablemente algo de eso sea cierto, pero las heridas de los hombres nos reclaman.
.....Pero esto exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo y la creación sólo surge en la libertad y está estrechamente ligada al sentido de la responsabilidad, es el poder que vence al miedo. El hombre de la posmodernidad está encadenado a las comodidades que le procura la técnica, y con frecuencia no se atreve a hundirse en experiencias hondas como el amor o la solidaridad. Pero el ser humano, paradójicamente sólo se salvará si pone su vida en riesgo por el otro hombre, por su prójimo, o su vecino, o por los chicos abandonados en el frío de las calles, sin el cuidado que esos años requieren, que viven en esa intemperie que arrastrarán como una herida abierta por el resto de sus días. Son doscientos cincuenta millones de niños los que están tirados por las calles del mundo.
.....Estos chicos nos pertenecen como hijos y han de ser el primer motivo de nuestras luchas, la más genuina de nuestras vocaciones.
.....De nuestro compromiso ante la orfandad puede surgir otra manera de vivir, donde el replegarse sobre sí mismo sea escándalo, donde el hombre pueda descubrir y crear una existencia diferente. La historia es el más grande conjunto de aberraciones, guerras, persecuciones, torturas e injusticias, pero, a la vez, o por eso mismo, millones de hombres y mujeres se sacrifican para cuidar a los más desventurados. Ellos encarnan la resistencia.
..... Se trata ahora de saber, como dijo Camus, si su sacrificio es estéril o fecundo, y éste es un interrogante que debe plantearse en cada corazón, con la gravedad de los momentos decisivos. En esta decisión reconoceremos el lugar donde cada uno de nosotros es llamado a oponer resistencia; se crearán entonces espacios de libertad que pueden abrir horizontes hasta el momento inesperados.
.....Es un puente el que habremos de atravesar, un pasaje. No podemos quedar fijados en el pasado ni tampoco deleitarnos en la mirada del abismo. En este camino si salida que enfrentamos hoy, la recreación del hombre y su mundo se nos aparece no como una elección entre otras sino como un gesto tan impostergable como el nacimiento de la criatura cuando es llegada su hora.
.....Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. Así lo han mostrado tantos hombres y mujeres que, con el único recurso de la tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a las sangrientas tiranías de nuestro continente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse a asfixiar cuanto de vida podamos alumbrar. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. Un acto de arrojo como saltar de una casa en llamas. Éstos no son hechos racionales, pero no es importante que lo sean, nos salvaremos por los efectos.
......El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria.



PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

JESÚS MARÍA STAPPER
(Bogotá D.C. -Colombia)

LOS VIAJES PRESENTIDOS

Título: El pianista que llegó de Hamburgo
Autor: Jorge Eliécer Pardo

Están inmersas en El pianista que llego de Hamburgo, la presente novela del escritor colombiano Jorge Eliécer Pardo, las letanías del viaje… (de los viajes). Inicio permanente de múltiples rutas desvanecidas con el abrazo de los horizontes que están más allá de los puntos cardinales. ‘Vuelo de Halcón alemán’. Es un caminar incesante al interior y exterior de los personajes repletos de nostalgias difuminadas entre la neblina vagabunda y el humo de la ausencia. Historia impregnada de cigarrillos con olor a bar. Habita el deseo como estigma. Viven los pesares anclados y surgen las bohemias imprescindibles. Un ir permanente como si de manera indirecta se recordara al antiguo Camino de Santiago (la ruta jacobea por donde toda Europa llegaba a España). Sendas directas que van hacia los sueños, hacia caminos intrincados que forjan ilusiones… y nos dice que más allá está la búsqueda del estímulo casi sagrado que producen las utopías, los presentimientos que se vislumbran del futuro.
El autor inicia su caminata al despertar del día alemán (no importa si es temporada de estío o invierno, de juventud u otoño) y dialoga con transparencia artística con Hermann Hesse, Thomas Mann, Heinrich Böll, Günter Grass y otros tantos escritores (Deutschland), y con ellos va, en el recorrido de su obra…(y de sus obras). Transita desde Baviera hasta Schleswig-Holstein, desde Sajonia hasta Sarre, y nos enseña que Alemania es un país europeo, que a pesar de todo, tiene el corazón tan grande que cubre la totalidad de su superficie. En este suelo con visos de eternidad pretérita, y eternidad entrante, nacen los personajes inmersos en la historia, nace la novela genealógica-histórica de Jorge Eliécer Pardo.
En la realidad y en los sueños la trashumancia nunca cesa. Un despabilar amontona el infinito y sus resplandores en un instante. La música en esta historia viaja transportando resonancias y sinfonías. Suenan los instrumentos para darle existencia a la vida: el piano, el contrabajo, el violín… y se dibujan en el paisaje. Su sinfonía viaja por los aires en busca de pieles trepidantes y dentro de ellas, lo más profundo del corazón. Saltan a la palestra Schumann figura del romanticismo con su obra musical envuelta de pasión, drama y alegría (como es la vida en ciernes de los personajes que aquí se tratan) y brillan otros inolvidables nombres de la música. Establece contactos con el más allá. La música es médium, vaso comunicante entre las dimensiones multánimes, eco trepidante de los espíritus. No en vano el título: El pianista que llegó de Hamburgo. Un saxo exhala su magia ronca y alucinante, y una trompeta con presencia de suburbio, con su resaca a cuestas, se estremece en los escenarios de una ciudad viviente entre convergencias y discrepancias. La noche vibra tras la muerte de las monotonías del día y los corazones friolentos se baten al rigor de intemperies y sombras. Todo es música naciente entre la luz de los faroles. Las teas moribundas atisban sus diferencias y señalan el tiempo nocturno. La oscuridad marca los senderos del olvido. ¡El olvido también es dolor!
La calamidad y la miseria son ‘prendedizas’ y caminan ávidas de hallar entrañas como los virus malos. En ocasiones superan toda cordura reminiscente como le sucede a Hendrik Pfalzgraf (primer personaje que aparece en la novela) con su baño concentrado de tristezas asumidas desde su nacimiento, producto de secuelas incrustadas por causa de su familia ancestral y de la Alemania de entonces perfilada de sombras, pobrezas y hecatombes. Quizás un abuelo de nombre Jakob (un judío polaco) es culpable de sus penas en donde las nostalgias evocan los signos de la miseria económica y la muerte tatuadas en el alma. Los lugares demarcan estancias vividas por una familia de acendro y estirpe musical. Las cavernas marineras, las cantinas (algunas de mala muerte), los quioscos, los parques, las plazas de mercado (centro de baratijas en forma de limosna para un gran músico que en ocasiones vive del “instinto callejero”) son el engranaje ideal de las estancias naturales de la vieja Hamburgo.
Un abuelo fracasado, unos padres que se van pronto: Florence, la soprano, muere de tuberculosis, Hannes —pianista y violinista—, de cirrosis. Hendrik a los dos años de edad da los iniciales pasos de su dura trashumancia y recala en casa de sus tíos Elizabeht y Azriel, músicos también.
Jorge Eliécer Pardo, escritor, es en su obra un navegante de largo trecho por los vericuetos históricos, y ahora, en El Pianista que llegó de Hamburgo, allende el tiempo de la “Alemania hitleriana”, evoca y describe pormenores de lo sucedido. Hendrik vive junto a su tío Azriel el ostracismo ante la cruenta persecución nazi. Aparecen en el relato los deportes como los olímpicos (Berlín), mundial de fútbol (Italia campeón) y el boxeo, y surgen los nombres de Jesse Owens y Joe Louis —el bombardero de Detroit—.
El destino marca las pautas y desvía la ruta tan evocada de Hendrik hacia Moscú y lo sentencia —sin querer—hacia las huestes norteamericanas. En el túnel negro de la vida se guarda silencio y, para romperlo, suena un clavicordio. Se mencionan nombres “melódicos” como los del triángulo de la música alemana: Bach, Beethoven, Brahms. En el furtivo estadio de densos claroscuros, a la luz de la esperanza, bajo el temor supremo frente a una voz y un nombre: Adolf Hitler, Führer, Comandante del Tercer Reich, se tejen las encomiendas que conducen tal vez hacia la vida y hacia la libertad.
Otra vez, los avatares del destino (si es que el destino tiene avatares), desvían las rutas y la nave que presumiblemente partió con destino a Nueva York atraca en la Habana y más tarde en Barranquilla (Colombia). Prosiguen las contingencias y aparecen otros nombres como Alex Olaf Lüewe y Hans Rutger Tillesen. Entra en cuestión la política colombiana y se menciona a Eduardo Santos —Presidente— y a Luis López de Mesa —Canciller—. Azriel y Hendrik son atormentados por la ambivalencia: —ser judío, ser alemán— que representaba sentimientos de repulsión por donde anduvieran dando tumbos. Los dolores acuden sin previa invitación y Elizabeth muere junto a sus hijos, en el puerto de Hamburgo, durante un bombardeo. En estos viajes, como en todos los demás transcurridos en la novela, los caminos no trazados, no aguardados, llegan inevitables.
Siguen sumando ambivalencias viscerales los trashumantes llegados de Europa a Colombia. Viven ‘dualidades necesarias’ porque son obreros en público, artistas en secreto. Se constituyen además en habitantes de los sótanos arrugados. Detenidos en el Hotel Sabaneta de Fusagasugá van a la cárcel bajo las contingencias políticas que se dictan desde los imperios y desde las ambigüedades y los egoísmos del hombre. El frío bogotano los circunda sobre calles adoquinadas que asumen sus pasos. Entre porcelanas y ensueños aparece la italiana Magdalena Massi. Ella, sumada a Hendrik, nos indica que la prisión también une los corazones y los sueños. Azriel parte en vuelo sin retorno, con denodado afán viaja hacia las sendas etéreas en busca de su amada Elizabeth y sus hijos.
A Hendrik y Magdalena el arte los persigue, la guerra los persigue…la música la llevan dentro. Las partituras existenciales se multiplican, y cada una de ellas, trae consigo su propia melodía. Son perseguidos por los estertores de una guerra nueva —tan desconocida… “tan lejana”, tan colombiana—y no queda más remedio que buscar los caminos empedrados que conducen a las intemperies. Entre ámbitos contradictorios nace su hija Laura. Viven de campo “Nocturno” recordando al poeta suicida, bogotano de señas, José Asunción Silva. Como si fuera poco, tienen que asumir, el trasteo de sus pertrechos entre costales ‘desdentados’, bajo el delirio del llamado ‘bogotazo’ de abril de 1948 donde asesinaron al caudillo del pueblo liberal Jorge Eliécer Gaitán en la capital colombiana. Así la lluvia empapa sus rostros embadurnados de pánico y les dice que la vida continúa.
Desde los vericuetos del barrio La Candelaria en Bogotá, el destino con su voz cantante, les informa que “la meca” es Italia y que el punto señalado es Florencia a donde llegan Magdalena y Laura mientras dejan a Hendrik en Colombia orbitando en el afiligranado y empobrecido plantel de sus soledades. Asentado sobre el lomo del tiempo, Hendrik viaja a Villavicencio y se envuelve con los ‘divinos sortilegios’ del arpa, la sabana, los morichales, los atardeceres, los ríos, los ganados, y los caporales. Y de nuevo, lo beligerante por una razón o por otra llega a su senda, y aparecen nombres guerrilleros como Germán Campos, Eliseo Velázquez y Guadalupe Salcedo, aunque él permanece en el claustro donde habitan en ‘presunta paz’, la historia guardada y la armonía de la música, sea de bandolas, capachos… o la resonancia majestuosa de los stradivarius.
Surge casi de “manera clandestina” la historia de un instrumento con historia universal: el arpa. Se le da un perfil de crónica andariega a sus cuerdas líricas. El músico alemán vive, en una presencia sincera, el lenguaje vernáculo del hombre llanero, ese ser que llega a pie limpio, hasta las riveras del Arauca o del Orinoco.
Ante una vida andariega por obligación, re-sumida por los espíritus, habitada por los espantos, aparecen las pesadillas anti-hitlerianas. Romances y sexo en el cuerpo sensual de Eva Braun. Hendrik prosigue con su particular forma de añorar a Rusia y particularmente a Moscú. Desde lo onírico se dibujan la Cruz Esvástica y otros símbolos.
De ahora en adelante las rutas de la novela deben ser buscadas y aprehendidas por los lectores. A lo largo de los cinco tomos o novelas de El Quinteto de la frágil memoria.
El pianista… discurre vertiginosa en ocasiones y, en otras, con encontrada lentitud pero con prestantes inquietudes. No obstante, el desasosiego prima, existe un hálito permanente de suspenso como si un gnomo maligno revolcara los polvorientos caminos de cada ruta señalada. De su texto ponderado, que contiene un arsenal de viajes en erupción, brotan llamas que iluminan todas las sendas, aún las más densas, las que parecen no tener otro día entrante para estrenar.
La novela por sí misma, es una partida sin retorno. Cada lector encontrará que la sorpresa es un destino señalado. Hallará que cada viaje es un tejido enmarañado que parece tener la cabida incierta de los laberintos inefables ante la escasa posibilidad de las salidas. Es como si de alguna manera, Dante volviera de nuevo a los inframundos contemporáneos, y a la mitad del viaje de la vida, se encontrara con una selva oscura. Y surge la pantera al comienzo de la cuesta. ¿Qué talante tiene esa pantera de comienzos del siglo XX? ¿Dónde ubicar su corazón o su espíritu? ¡También los arcontes tienen sus propios destinos! Tal como Eneas increpando los mares, Hendrik Pfalzgraf (y todos los personajes, cada uno en su particular leyenda) ve como una ola gigantesca se desploma sobre la popa de su nave viajera…la destartalada nave que es su propio destino.
A través de El pianista que llegó de Hamburgo, una escalera nos permite ascender o descender hacia el misterio vestido de ensueños y realidades. Una encrucijada entre hombres y mujeres es latente. Una embestida de amores y desamores es palpable. Los más caros sueños se guardan en los canastos de bordados ralos como si fueran un esperpento de rincón… un viejo arlequín que por maltratado no se lleva a la calle. La novela total es el éxodo. Divagar entre políticas cruentas y salvajes días es una razón de ser, un canto místico y sufrido a la supervivencia. Cada vez que tocan a la puerta aparece un nuevo personaje enmarcado entre cuitas e idealismos, entre anhelos y visiones, y con sus crónicas repletas de monstruos y añoranzas por contar. Nos ubica la novela en el centro del destierro. Nos dice con toda claridad que cuando un hombre no doma al destino, es el destino quien lo doma (algunos dicen que el destino no existe). Hoy entendemos que Verne quizá sí logró domar los viajes sacramentales que un su divagar constante y surreal construyó en el futuro. Hoy entendemos que la ficción también es una realidad.
Después de la partida (hacia donde fuere), si el viaje es perdurable, extenso, tempestuoso, la melancolía, el recuerdo, la nostalgia oprimen y la única salida de salvación es buscar la ruta de regreso a casa. Toda ruta de retorno es posible porque si el cuerpo no viaja, el viajero es el pensamiento. Luego de leer esta obra sé que cada uno de nosotros iniciará recorridos nuevos hacia los viajes presentidos.
El pianista que llegó de Hamburgo en una novela expresiva de incansable viaje, narradora de bellezas tristes, armadora de albas y tinieblas, determinante en sus búsquedas, consecuente con los caminos, fiel a sus hallazgos, certera en sus descripciones, minuciosa en sus cantos, leal con la Historia… y con sus historias, profusa de sentimientos, repleta de añoranzas, magnánima en su legado, con un status literario cimentado de bondad y equilibrio, es sin duda, una de las grandes obras de la literatura hispanoamericana.



PÁGINA 18 – CUENTO

AGUSTINA ACCIARDI
(Moreno-Buenos Aires-Argentina)

SECRETO DE AMOR.

Ahora que te tengo parada frente a frente, sé que puede ser la última vez que vuelva a verte con el lazo de amistad que nos une. Ahora que estás parada frente a mí, mirándome con cara desentendida, voy a decirte lo que durante tantos años de nuestra vida te oculté, por qué no me atrevía a contarte lo que noche a noche decidía decir. Pero a la mañana siguiente  ya no conseguía mirarte a la cara sin agachar la mirada.

Me enamoré de él. No sé como sucedió, ni tampoco puedo darte el momento preciso en que empecé a quererlo desmedidamente. Pero ya no puedo dejar de hacerlo. Quise evitar mis sentimientos y hacer de cuenta que no habían pasado, pero en cuanto lo veía llegar con vos, tomados de la mano, no podía dejar de mirarlo y sentirme terriblemente llena y a la misma vez terriblemente desdichada.

¿Cómo no pudiste notarlo? Hubiera preferido que lo supieras por tu cuenta, que lo sospecharas, que lo intuyeras, pero no que hayas tenido que escucharlo de mi propia boca, palabra por palabra.

-¿Por qué él?-Me preguntas sin comprender.-

Y  no sé qué decirte. Yo tampoco sé por qué justamente él. Lo único que puedo decirte es que me arrepiento de no haberme ido antes. De no haber frenado a tiempo lo que día a día crecía. Tendría que haber sido clara antes, debería haberte dicho con sinceridad que me gustaba tu marido. Que no lo había podido frenar. Que fue sin querer. Que no pude hacer nada al respecto.

Mirarlo a los ojos era lo más puro que podía pasarme. Abrazarlo como amiga era lo más cruel que tuve que vivir durante extensos años. Pero aun así nada alcanzaba el dolor que sentía cuando te llamaba "amiga”, y por dentro me moría porque no existieras. La culpa me mantuvo inmersa en la pena durante mucho tiempo. La culpa de verte llegar tan radiante y hermosa y desear por dentro que estuvieras demasiado fea, solo para que él quisiera dejarte. Solo para que el pudiera fijarse en mí, no como una amiga de su mujer, sino como una mujer hecha y derecha con quien sentir cosas hermosas.

Tus ojos se empañan, y lentamente comienzan a caer lágrimas de angustia, bronca y desolación. Te traicioné, pensás sin un segundo de reflexión. Me odias y soy consciente de que es así. Lo acepto. Pero lo que no puedo aceptar bajo ninguna circunstancia es que me odies por amar. Me equivoqué de hombre solo porque estaba casado con mi mejor amiga. Pero si vos no hubieras existido, él sería correspondido para mí. En estos momentos yo quedo como la equivocada y aturdida. Yo soy la desubicada que se fijó en alguien que no era para ella. Pero si no hubieras existido... Todo hubiera sido tan diferente.

Hubiera sido increíblemente feliz, sin nadie que se interpusiera creyéndose la dueña de alguien aun cuando no lo es. Si no hubieras existido, me aventuro a fantasear, si no hubieras existido... él estaría conmigo.

Un fuerte disparo interrumpe mis pensamientos, y veo como lentamente comenzás a caer hacia el piso. Una mancha de sangre atraviesa tu estómago, y escucho una especie de súplica, un grito ahogado que termina por apagarse definitivamente al segundo disparo.

Si no hubieras existido nunca lo hubieras conocido, ni jamás habrías estado entrometida en nuestra relación. Ahora que ya no estás... ¿Crees en segundas oportunidades?



PÁGINA 19 – POESÍA AMERICANA

FRANK  PADRÓN
(Pinar del Río-Cuba)

PRONÓSTICO

Ahora queda un dolor seco, sin lágrimas.
Después     saltarán     imágenes que luchan
entre la vida y la muerte
y que lograré     por fin        asesinar.
Alguna vez
vendrás     en noches febriles
visitarás mi lecho a solas
mediante tu boca hirviendo
mas yo te apartaré     tajante y sin
matices
también habrá un   remake    de ternuras mezcladas
al aguijón de tu
distancia
algún que otro pellizco
de la ausencia
y un parangón inevitable con lo nuevo
donde seguramente vas a perder
(aún más de lo perdido).
Pero de pronto
así
como si nada
sin saber     cuando ni de qué modo
la amargura cederá a la calma
se instalará de nuevo la paz
en el ánimo
la tristeza hará una sutil reverencia
y nuevos placeres adornarán las tardes.
Será entonces
el exacto momento del olvido.

NAVIDAD TRISTE

El pesebre se ilumina
comienzan los coros y las guirnaldas
la gente se felicita y desea salud
en el árbol y en los corazones brilla
el júbilo de
estos días
Todos ríen
menos yo
agradecido por mi madre burlando la muerte
seguro del amor que nació en el pesebre
Pero tú me faltas hace tantos días*
que mis villancicos suenan a endechas
la estrella del árbol se torna mortecina
y la otra, de Belén, aparece sin luz en mis
ojos nublados
Una grieta en el alma recuerda más
los sequedales de Jerusalém   enlutado por
las madres llorando
los inocentes que Herodes ultimó.
Tú te has ido arruinando        nochebuena
volviendo hiel abrazos y saludos
los Reyes magos sólo me traerán
el fantasma de tus besos
y el Año Nuevo seguirá siendo anciano
en vez del Noel mi pecho entona
un Crucifica!
In Excelsis Deo parece Viernes Santo
La cuna en que ahora Él nace para tantos
Es la cruz donde     tu amor y yo
tragamos el vinagre
Si un leve cascabel resuena allá a lo lejos
es el anhelo por     la resurrección.
*Silvio Rodríguez

FOLKLÓRICO

Su mulata arquitectura danzando sobre mí
Su espalda remera vistiendo mi desnudo
Sus brazos acerados sosteniéndome el mundo
Su boca frutal humedeciéndome
Su infinita energía     agotando
agostando
Su dureza y suavidad formando un bello oxímoron
Su ternura ablandando cada grieta
Su sexo desbordado buscando mis rincones
Su piel adolescente volviendo así la mía.
Mi escenario hecho nuevo por tan sublime danza.

ULISES PANIAGUA.
(México D.F.-México)

POEMA UNO

Soy un inútil que apenas puede girar una tuerca,
colocar una rondana, poner un pasador.
Soy un atado de letras, 
este fantasma tan tieso que deambula por la casa
rebotando en el lavabo, somnoliento.

Desconozco las funciones
del carburador, el arranque,
la balata.
Nunca pude reparar el grifo de la tarja,
ni avisar a la familia cuando la abuela murió.

No sé cuánto cuesta el auto de mis sueños.
Ni siquiera sé si sueño con autos.
Así de inútil soy.

Pero muy dentro, en mis propios grifos,
en los raros mecanismos del deseo;
allí, donde gobierna la palabra,
la metáfora, un acento;
donde la vida germina
desde el paso imperioso de una pluma;
donde los libros construyen ciudades;
mundo. Dentro,
muy adentro, a veces juego a ser Dios.
Y esos días, esas horas,
no me importa si soy un inútil
que apenas sabe girar una tuerca.

HE VISTO TRAS EL QUICIO

He visto, tras el quicio de mi ventana,
un surtidor tapiado por la censura,
obstinado pero vencido.

El Nombre encerrado
bajo permutación misteriosa de letras,
custodiando retazos de cielo.

Una calle guardando hileras de hambre,
y la falsa amnistía entre un romo y un poeta
en medio de una guerra de poderes de polvo.

La imaginación de un falso Basílides
repartida en trescientos sesenta y cinco
inquilinatos de ángeles y potestades;
la tragedia de Sión el Mago,
y su vuelo por los aires;
y todo esto cabía apenas en una alegre tarde de niño.

Todo esto he visto tras el quicio,
no sé si dentro o fuera,
a veces en la balanza del sueño,
a veces en vindicaciones de carne.

Y el Nombre tras el quicio era impronunciable,
y el árbol que lo cobijaba era infinito,
lleno de esferas y claves y silencios.

Lo he visto, a ratos harto. Lo juro.
Y estuve cerca de saber el Nombre,
de descifrar el sueño;
pero un mal día descubrí, en un espejo,
la pequeñez del alquimista que habito.

Y decidí que ahora, con la hoja,
conforme ante mi función de grano de desierto,
en la tranquilidad del ocaso, dócil y callado,
debo dar vuelta a los goznes
para cerrar la ventana.

TUVE UNA VEZ UN RELOJ

persistente y terco en su marcha.
Su bruñido amarillo
y su carátula mate no parecían
para grandes sobresaltos; y también en eso era preciso.

Tuve una vez en mis manos; en mi cuarto;  en el mundo;
un artilugio de tiempo menos feroz que una guadaña.

Me aterraba por su lento desfilar
entre una vida azul y sin luces;
por su paso solemne
en un manojo de días donde todo parecía lo mismo.

Era triste, era ciego.
Se convirtió en mi peor y más peligroso amigo;
Con terrible paciencia deseaba imponer sus condiciones
a mi cansado organismo.

Tuve una vez un reloj de amarillo bruñido;
que mencionaba mi nombre, lo cantaba
como un canario mecánico canta a la ausencia,
desgastando mis pasos y mis sueños,
en la lasitud de lo que se pierde;
en la eternidad de los meses, las semanas,
los minutos, las noticias, los rumores, los gestos,
los murmullos;
y los silencios diarios y los días.



PÁGINA 20 – ENSAYO

OCTAVIO PAZ (1914/1998)
(Ciudad de México-México)

POESÍA Y POEMA

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aisla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia.
Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética. Confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana!

¿Cómo no reconocer en cada una de estas fórmulas al poeta que la justifica y que al encarnarla le da vida? Expresiones de algo vivido y padecido, no tenemos más remedio que adherirnos a ellas —condenados a abandonar la primera por la segunda y a ésta por la siguiente. Su misma autenticidad muestra que la experiencia que justifica a cada uno de estos conceptos, los trasciende. Habrá, pues, que interrogar á los testimonios directos de la experiencia poética. La unidad de la poesía no puede ser asida sino a través del trato desnudo con el poema.

Al preguntarle al poema por el ser de la poesía, ¿no confundimos arbitrariamente poesía y poema? Ya Aristóteles decía que «nada hay de común, excepto la métrica, entre Hornero y Empédocles; y por esto con justicia se llama poeta al primero y fisiólogo al segundo». Y así es: no todo poema —o para ser exactos: no toda obra construida bajo las leyes del metro— contiene poesía. Pero esas obras métricas ¿Son verdaderos poemas o artefactos artísticos, didácticos o retóricos? Un soneto no es un poema, sino una forma literaria, excepto cuando ese mecanismo retórico —estrofas, metros y rimas— ha sido tocado por la poesía. Hay máquinas de rimar pero no de poetizan Por otra parte, hay poesía sin poemas; paisajes, personas y hechos suelen ser poéticos: son poesía sin ser poemas. Pues bien, cuando la poesía se da como una condensación del azar o es una cristalización de poderes y circunstancias ajenos a la voluntad creadora del poeta, nos enfrentamos a lo poético. Cuando —pasivo o activo, despierto o sonámbulo— el poeta es el hilo conductor y transformador de la corriente poética, estamos en presencia de algo radicalmente distinto: una obra. Un poema es una obra. La poesía se polariza, se congrega y aisla en un producto humano: cuadro, canción, tragedia. Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía se aisla y revela plenamente. Es lícito preguntar al poema por el ser de la poesía si deja de concebirse a éste como una forma capaz de llenarse con cualquier contenido. El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el hombre. Poema es un organismo verbal que contiene, suscita o emite poesía. Forma y substancia son lo mismo.

Apenas desviamos los ojos de lo poético para fijarlos en el poema, nos asombra la multitud de formas que asume ese ser que pensábamos único. ¿Cómo asir la poesía si cada poema se ostenta como algo diferente e irreducible? La ciencia de la literatura pretende reducir a géneros la vertiginosa pluralidad del poema. Por su misma naturaleza, el intento padece una doble insuficiencia» Si reducimos la poesía a unas cuantas formas — épicas, líricas, dramáticas—, ¿qué haremos con las novelas, los poemas en prosa y esos libros extraños que se llaman Aurelia, Los cantos de Maldoror o Nadja? Si aceptamos todas las excepciones y las formas intermedias —decadentes, salvajes o proféticas— la clasificación se convierte en un catálogo infinito. Todas las actividades verbales» para no abandonar el ámbito del lenguaje, son susceptibles de cambiar de signo y transformarse en poema: desde la interjección hasta el discurso lógico. No es ésta la única limitación, ni la más grave, de las clasificaciones de la retórica. Clasificar no es entender. Y menos aún comprender. Como todas las clasificaciones, las nomenclaturas son útiles de trabajo. Pero son instrumentos que resultan inservibles en cuanto se les quiere emplear para tareas más sutiles que la mera ordenación externa. Gran parte de la crítica no consiste sino en esta ingenua y abusiva aplicación de las nomenclaturas tradicionales.

Un reproche parecido debe hacerse a las otras disciplinas que utiliza la crítica, desde la estilística hasta el psicoanálisis. La primera pretende decirnos qué es un poema por el estudio de los hábitos verbales del poeta.
El segundo, por la interpretación de sus símbolos. El método estilístico puede aplicarse lo mismo a Mallarmé que a una colección de versos de almanaque. Otro tanto sucede con las interpretaciones de los psicólogos, las biografías y demás estudios con que se intenta, y a veces se alcanza, explicarnos el porqué, el cómo y el para qué se escribió un poema. La retórica, la estilística, la sociología, la psicología y el resto de las disciplinas literarias son imprescindibles si queremos estudiar una obra, pero nada pueden decirnos acerca de su naturaleza última.

La dispersión de la poesía en mil formas heterogéneas podría inclinarnos a construir un tipo ideal de poema. El resultado sería un monstruo o un fantasma. La poesía no es la suma de todos los poemas. Por sí misma, cada creación poética es una unidad autosuficiente. La parte es el todo. Cada poema es único, irreductible e irrepetible. Y así, uno se siente inclinado a coincidir con Ortega y Gasset: nada autoriza a señalar con el mismo nombre a objetos tan diversos como los sonetos de Quevedo, las fábulas de La Fontaine y el Cántico espiritual.

Esta diversidad se ofrece, a primera vista, como hija de la historia. Cada lengua y cada nación engendran la poesía que el momento y su genio particular les dictan. Mas el criterio histórico no resuelve sino que multiplica los problemas. En el seno de cada período y de cada sociedad reina la misma diversidad: Nerval y Hugo son contemporáneos, como lo son Velázquez y Rubens, Valéry y Apollinaire. Si sólo por un abuso de lenguaje aplicamos el mismo nombre a los poemas védicos y al haikú japonés, ¿no será también un abuso utilizar el mismo sustantivo para designar a experiencias tan diversas como las de San Juan de la Cruz y su indirecto modelo profano; Garcilaso? La perspectiva histórica —consecuencia de nuestra fatal lejanía— nos lleva a uniformar paisajes ricos en antagonismos y contrastes. La distancia nos hace olvidar las diferencias que separan a Sófocles de Eurípides, a Tirso de Lope. Y esas diferencias no son el fruto de las variaciones históricas, sino de algo mucho más sutil e inapreciable: la persona humana. Así, no es tanto la ciencia histórica sino la biografía la que podría darnos la llave de la comprensión del poema. Y aquí interviene un nuevo obstáculo: dentro de la producción de cada poeta cada obra es también única, aislada e irreductible. La Galatea o El viaje del Parnaso no explican a Don Quijote de la Mancha; Ifigenia es algo substancialmente distinto del Fausto—, Fuenteovejuna, de La Dorotea. Cada obra tiene vida propia y las Églogas no son la Eneida. A veces, una obra niega a otra: el Prefacio a las nunca publicadas poesías de Lautréamont arroja una luz equívoca sobre Los cantos de Maldorar; Una temporada en el infierno proclama locura la alquimia del verbo de Las iluminaciones. La historia y la biografía nos pueden dar la tonalidad de un período o de una vida, dibujarnos las fronteras de una obra y describirnos desde el exterior la configuración de un estilo; también son capaces de esclarecernos el sentido general de una tendencia y hasta desentrañarnos el porqué y el cómo de un poema. Pero no pueden decirnos qué es un poema.




PÁGINA 21 – CUENTO

EUGENIA CABRAL
(Córdoba-Argentina)

CHRISTIAN Y EL VIENTO 
  
    —¡Chriiiiistiaaann!...
    La voz de la madre se alargaba con el viento seco, como si la corriente de aire le formara una quena invisible a esa voz, para que corriera a través del campo, buscándolo.

    —¡Chriiiiist!...
    La voz se cortaba dentro de la mente del Christian. Ya va, pensaba, ya va, estoy pensando.

    Hace días que piensa en que el monte se va despoblando de animales, de árboles, y eso que siempre fueron escasos por la sequedad, a pesar de la cercanía a la selva, pero fue hace mucho, en tiempos de los abuelos. Al final, van a despojarlo de gente también, de voces como la de su madre, que lo llama. Y ¿adónde podrá irse la gente? ¿A las orillas de la ciudad, como sapos a la vera del río? ¿A dormir entre los viejos durmientes de quebracho de los ferrocarriles, quebrachos sacados de la selva que antes lindaba con el monte quemado?

    El viento sopla cada vez más seco debido a la tala de vegetación cercana que lo humedecía. Y el calor tiene manos de tenaza, porque no hay humedad que lo ablande. En la escuela le enseñaron que no se deben talar demasiados árboles, ya por la ecología, ya por la cultura. Y eso que el maestro les contaba a los changos historias lindas pero que sucedían allá en la Europa central, de donde habían venido sus propios abuelos. Los cuentos nombraban árboles que aquí no existen (como las hayas, los abedules, los saúcos) y los había escrito un señor llamado Hans Christian Andersen. Christian, como él, el Christian.

    Uno de los cuentos hablaba de un hada que vivía en un saúco y se comunicaba con los niños para decirles que, en realidad, ella era el espíritu del Recuerdo. Y claro, pensó el Christian, al final, de nuestros árboles sólo va a quedar el recuerdo. Pero ¿dónde van a guardarse los recuerdos? ¿En los jarros pintados, igual que en ese cuento? Porque quebrachos frondosos ya no hay más. Y la soja no tiene recuerdos, sólo futuro, futuro económico.

    Y ¿qué me importa, pensó, que la soja tenga futuro, si yo no voy a tenerlo? Si les entregamos las tierras, también van a sacar los minerales, que no se pueden volver a sembrar. Así que la tierra va a quedar sepultada bajo el aceite impermeabilizante de la soja y las minas, que sólo pueden parir una vez sus minerales, van a ser como vientres de hembra vacíos.

    —¡Chriiiiistiaaaann!...
    Ya voy, mama, ya voy, pensó. Y se echó a andar mirando alucinaciones de desiertos en lugar de monte. Y siguió caminando rumbo de su hogar, guiado por el grito largo de su madre en medio del viento seco, sin percibir que su madre en realidad estaba a su lado, abrazándolo, tratando de parar con su pecho los borbotones de sangre que fluían del pecho del Christian por las heridas de bala.

    Los dueños del futuro, de la tierra, de los minerales, lo habían baleado al Christian Ferreyra por negarse a entregar su futuro, su tierra, sus minerales. Y ahora entendía por qué ese viejo señor que contaba cuentos, el otro Christian, escondía los recuerdos de la tierra en las teteras, en los barriles, y sólo los revelaba a los niños y a los enamorados: para que los ricos no pudieran encontrarlos. No fuese que los balearan, también. 



PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

GABRIEL XIRGU I JAVALOYES
(Gitanos del Tercer Milenio-Cundinamarca-Colombia)

LADY CARMEN

Molino manual. De aquellos mis pasteles
Puro confite abundante. Mamá

Tus granos de gransa. Escabrosamente
Aventados al patio. Tus arrullos de paloma
El Jaime demasiado lejos. La hermana muerta
Y yo despeinado con este lápiz
El abecedario. En tu cabellera desbocada

Al calor de la cocina nos repartías
Mañana y tarde. La dulce carga
Aquellos besos de ángel. Para que ahora me sobren
Las veinticuatro vueltas de reloj
Paradas en punto. Inciertas

Mamá: ¿En qué recodo respirativo
Se atascaría. Cierta migaja traviesa?
Hoy me ata el cuello. Con tu cariño
Y no quiero dejarte pasar de mí
Aún ahora. Que tus huesos amados
Están en flor de harina. Sin saber qué amasar

Dulce pastel de amor. De todos mis amores
Hasta en la cruda sombra. Ahora que soy
Evocación de aquel hoyuelo. Sonrisa tuya
Me floreciste en tu vientre. Viendo tanto
En mis manos abiertas. Recién nacidas.
Tu rostro.     Tu rostro
Así el mundo oirá. En tu silencio arrullar
Como nos cobran a todos. El alquiler del paisaje
Donde estamos. Con tus pasteles y tu gransa
Inacabables. Ahora que nos cobran tus dones
Las palabras de amor. Tu nana de las cebollas
Que nos diste. Sin quitar nada a nadie:
¿Cierto mamá? 

ALEJANDRO DELGADO
(Morelia-Michoacán-México)

TOMOGRAFÍA

no sé qué morir
ni qué vivir
cuando la canción
se hace tu eco en mi piel

UN EXTRAÑO MÁS

siempre extraño a mi mismo
más adentro cada vez
mis raíces escarban
toda posible ramificación
entre mi cerebro y el corazón
que no es más que un vínculo
de centellas y sombras
entre vivir y morir

siempre extraño a lo que llaman amor
miro cómo me crecen los brazos
como los ojos de Alicia que no son suficientes
para abarcar el deseo de los espejos

un nibelungo más frente al espejismo
a ese engaño de horizonte
curva continua sin ocaso
que rodea como lobo a su presa
ignorando las magias de Gulliver
cuando me crecen en las venas
sueños que fluyen como enredaderas

creo en el amor
como Icaro creyó en sus alas
porque me crecen los vuelos
tanto como me crecen las alas

PIEDRA AL AGUA

lo que ve el espejo
es un eco de visión
el instante atrapado en su presente
sin la promesa del futuro
donde el reflejo muerde la transparencia
y el tiempo es el deseo consumado de la muerte

lo que mide el eco
para hundirse solo
es su signo
de la huella
que se abandonó a los pasos

el arco iris es el eco de un cristal
el eco en el espejo grita
la más profunda transparencia del silencio



PÁGINA 23 – ENSAYO

CHARLES BAUDELAIRE
(1821/1867-Francia)

EDGAR POE, SU VIDA Y SUS OBRAS

En estos últimos tiempos un desdichado fue llevado ante nuestros tribunales, y en su frente se leía un raro y singular tatuaje: ¡No hubo suerte! Llevaba así encima de sus ojos la etiqueta de su vida, como un libro exhibe su título, y el interrogatorio demostró que aquel extravagante rótulo era cruelmente verídico.

En la historia literaria existen destinos análogos, verdaderas condenas… hombres que llevan la mala suerte escrita en caracteres misteriosos en los sinuosos pliegues de su frente. El Ángel ciego de la expiación se ha adueñado de ellos y les azota implacablemente para edificación de los demás. En vano su vida muestra talentos, virtudes, gracias; la Sociedad guarda para ellos un anatema especial, y acusa en ellos las deformaciones que su persecución les han producido. ¿Qué fue lo que no hizo Hoffmann para desarmar al Destino y qué fue lo que no emprendió Balzac para conjurar la fortuna? ¿Existe, pues, una Providencia diabólica que prepara la desgracia desde la cuna, que arroja con premeditación a naturalezas espirituales y angélicas a ambientes hostiles, como si fueran mártires en mitad del circo? ¿Existen, pues, almas sagradas, dedicadas al altar, condenadas a dirigirse a la muerte y a la gloria a través de sus propias ruinas? La pesadilla de las Tinieblas, ¿acechará eternamente a esas almas privilegiadas? Será inútil que se debatan, será inútil que se adapten al mundo, a sus previsiones, a sus astucias; perfeccionarán la prudencia, cegarán todas las salidas, acolcharán las ventanas contra los proyectiles del azar; pero el Diablo entrará por una cerradura; una perfección será el defecto de su coraza, y una cualidad superlativa el germen de su perdición.

Desde lo alto del cielo ha de abatirle el águila arrojando en su frente la tortuga, pues ellos tienen que perecer inevitablemente.

Su destino está escrito en toda su complexión, brilla con fulgor siniestro en sus miradas y en sus ademanes, circula por sus arterias con cada uno de sus glóbulos sanguíneos.

Un célebre escritor de nuestro tiempo ha escrito un libro para demostrar que el poeta no podía encontrar un buen lugar ni en una sociedad democrática ni en una aristocrática, ni en una república ni en una monarquía absoluta o atemperada. ¿Y quién ha sabido responderle perentoriamente? Hoy yo aporto una nueva leyenda en apoyo a su tesis, añado un santo nuevo al martirologio: he escrito la historia de uno de estos ilustres desventurados, demasiado rico en poesía y en pasión, que después de tantos otros viene a hacer en este bajo mundo el triste aprendizaje del genio entre las almas inferiores.

¡Lamentable tragedia la vida de Edgar Poe! Su muerte, ¡desenlace horrible a cuyo horror se agrega la trivialidad! De todos los documentos que he leído me he quedado con la convicción de que los Estados Unidos no fueron para Poe más que una vasta prisión que él recorría con la agitación de un ser nacido para respirar en un mundo más amoral, una gran barbarie iluminada por el gas, y que su vida interior, espiritual, de poeta o incluso de borracho, no era más que un perpetuo esfuerzo para escapar a la influencia de esta atmósfera antipática.

Implacable dictadura la de la opinión en las sociedades democráticas; no imploréis de ella ni caridad ni indulgencia ni elasticidad ninguna en la aplicación de sus leyes a los múltiples y complejos casos de la vida moral.

Diríase que del amor impío de la libertad nació una tiranía nueva, la tiranía de las bestias o zoocracia, que por su feroz insensibilidad recuerda al ídolo de Jaggernaut. Un biógrafo nos dirá gravemente –porque el buen hombre es bien intencionado-, que Poe, si hubiese querido regularizar su genio y aplicar sus facultades creadoras de un modo más apropiado al suelo americano hubiese podido convertirse en un autor de dinero, a money making author; otro –éste es un cínico ingenuo-, que por muy grande que fuera el genio de Poe, para él hubiera sido mejor tener sólo talento, porque el talento se impone siempre con mayor facilidad que el genio. Otro, que ha dirigido periódicos y revistas, un amigo del poeta, confiesa que era difícil emplearle, y que estaban obligados a pagarle menos que a los demás, porque escribía en un estilo demasiado por encima del vulgo. ¡Cómo apesta a tendero!, como decía Joseph de Maistre (…).

Repito que yo he llegado al convencimiento de que Edgar Poe y su patria no estaban a la misma altura. Los Estados Unidos son un país gigantesco e infantil, naturalmente celoso del viejo continente. Satisfecho de su crecimiento material, anormal y casi monstruoso, este recién llegado a la historia tiene una fe ingenua en la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos desventurados entre nosotros, de que terminará por devorar al Diablo. ¡El tiempo y el dinero tienen allí un valor tan grande! La actividad material, exagerada hasta las proporciones de una manía nacional, deja en los espíritus muy poco lugar para las cosas que no son de la tierra. Poe, que era de buen linaje, y que por otra parte creía firmemente que la mayor desgracia de su país era la de carecer de aristocracia de raza, dado que, decía, en un pueblo sin aristocracia, el culto a la Belleza sólo puede corromperse, menguar y desaparecer… Que reprochaba a sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de papanatas, y que llamaba a los perfeccionamientos de la vivienda humana, cicatrices y abominaciones rectangulares… Poe era en su país un cerebro singularmente solitario. Sólo creía en lo inmutable, en lo eterno, en lo self-same, y gozaba -–cruel privilegio en una sociedad enamorada de sí misma- de ese enérgico sentido común a lo Maquiavelo que precede al sabio como una columna luminosa a través del desierto de la historia. ¿Qué hubiese pensado, qué hubiese escrito el infortunado de oír a la teóloga del sentimiento suprimir el Infierno por amistad para con el género humano, al filósofo de las cifras proponer un sistema de seguro, una suscripción de un sueldo por cabeza para la supresión de la guerra… y la abolición de la pena de muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas, y tantas otras enfermedades que escriben, con la oreja tendida al viento, fantasías giratorias tan huecas como el elemento que las dicta? Si añadimos a esta visión impecable de lo verdadero, auténtica enfermedad crónica en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de los sentidos, para la que una nota falsa era una tortura, una finura de gusto que, excepto la proporción exacta, todo hería, una amor insaciable de la Belleza, que había adquirido la fuerza de una pasión morbosa, nadie puede extrañarse de que para semejante hombre la vida se convirtiera en un infierno, y que haya tenido un mal fin; lo admirable es que haya podido durar tanto tiempo



PÁGINA 24 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

SECRETOS INCONFESABLES

Cada tantos días baja al sótano. Treintaytrés escalones que desciende como quien baja al Purgatorio. Allí, en el fondo iluminado por una claraboya, hay una silla. Se sienta y recoge las piernas. También recoge su mente de todo pensamiento ligero. Entonces le habla a la madre. La ha querido mucho, aunque siempre la notó extraña. Le reclama que nunca lo abrazara. Que jamás lo cobijara en los sueños. Que nunca le dijera la verdad. Ella, una sombra evanescente, tiende una mano..(Sobre la suya, deja una lágrima)
No  contará nunca lo del plagio. Tampoco la razón de no presentarse a concursos. El sigue escribiendo para sí solo. Rompiendo, siempre rompiendo originales. Ella juntando páginas que después ordenará, reelerá y finalmente rubricará con su nombre.


El cambio de cadáveres fue una maquinación de tío Eufrasio. Con la complicidad del sepulturero, sacó a su mujer y puso en lugar a la última e infortunada amante. A la oficial la mandó al crematorio. El día que me toque estaré junto a quien realmente me comprendió, quien no me dio hijos que complicaran la vida, quien cumplió puntual con todos los cheques sin fondo que firmé por error en los últimos años.


Sale del cine con la boca seca. Es extraña la sensación, que no puede compartir con nadie. Cruza la calle sin mirar. Un auto frena a centímetros de sus sandalias. Continúa avanzando por el bulevar. Le parece escuchar allí va Gloria Swanson. Pero no: es ella misma la que se retrotrae a los años de fama. Ella misma que, al salir del biógrafo donde pasaron como curiosidad una película suya de los treinta, siente que no ha quedado nada de aquélla que brilló y enterneció a millones…


En Strafford sirven el té de las cinco en la casa contigua a la que nació William Shakespeare, endulzándolo con miel de acacias. Frente al puente y a una yarda de la iglesia. Lo sirve Ann, con su delantal inmaculado. Ann, la que a veces da exactas referencias sobre el escritor y su familia, su primer y último libro, su sentido de la religiosidad y sus preferencias gastronómicas. Ann, la que con pudor guarda el secreto inviolable de ser analfabeta.


Esta semana no iremos al camposanto. Todavía no florecieron las azucenas y no tengo deseos de rezarle. Lo haré en casa, quédate tranquila, hija. El descansa y no necesita ya de nosotras. En el fondo no puedo decirle la verdad. Hoy murió la otra, la que tanto atormentó mis horas. Seguro que ya están abrazados en el más allá. O haciendo alguna porquería…


Nadie sabrá lo de la herencia. No saldrá de mi boca, lo juro. Todos  los billetes vencidos, sacados hace años de circulación por el Banco Central. Y esa hipoteca sobre una casa incendiada…Nadie sabrá de esta burla del destino. Años esperándolo, sirviéndolo en la sacristía y en la casa parroquial, sin una sola queja. Está bien. Lo comprendo: Dios se ha vengado.



PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

ALFREDO VILLANUEVA COLLADO
(Nueva York-Estados Unidos)


PRIMER CÍRCULO, VIDRIO

Vidrio color de fábula céltica.
Súbita indolora hemorragia.
Aflora el rojo vino milagroso,
enraizado escarlata pulsante.

Fluye la melodía, derramada
del inefable orgasmo en crecendo
hacia el regazo de un  diminuendo,
caverna azul de mar atrapado.

El vidrio cambiante conserva las trazas:
sangre desparramada en remolinos,
ventolera que separa, y que une.
Centelleo de hirvientes des/encuentros.


FLOR DE VIDRIO

¿Puede todavía hacer el amor
con ese cuerpo que lento se destruye
siguiendo ley que no obedece leyes?

Anda buscando el amor de su vida.
Quizás lo tenga al lado,  No lo reconoce.
Ni las manos ni la boca sirven

para explorar familiar terreno ignoto.
¿Qué hace?  Flor de vidrio desnuda,
se sumerge en aguas de una melodía.
Intenta librarse del tufo de la muerte

que rueda por la piel  marcada,
devorando rastros de placeres.
Vergonzosa vergüenza.  Y el abismo,
que promete una nueva intentona.


MI RUBAIYAT

¿Qué prefiere en la antesala de la muerte?
Jarrón de vino.  Pulso de sonido.
Soledad repleta de mensajes.
Apertura como madriguera.

¿De qué se compone el anonimato?
De visiones de paralelos.
Cuando se traspasan dimensiones
sobran identidades inconvenientes.

¿Dónde quedan esas relaciones
de sangre, de agridulce erotismo?
En el carrusel de las encarnaciones,
Penélope hace, deshace, rehace.

Sólo queda el vértigo del abismo,
el desmayo de las alturas.
Necesario, deliberado, deseado,
cuidadoso movimiento de miembros

hacia la final disposición de la osamenta.
Baila el Mao de la inmanencia el poeta.
Se arrastra de estrofa en cadencia,
de bruces frente a las marionetas.

Con la arrogancia de los ignorantes.
La sabiduría impaciente de los ciegos.
La palabrería de los sordomudos.
La desesperanza de los creyentes.


CADAVER ACERTIJO EXQUISITO

El Libertador es un majadero.
Mi soledad se siente acompañada.
Grito de independencia para la colonia.
No está, ya no duele ni su ausencia.
El sapo estaba mirando, caliente.
El que no ama en su cama no ama.
Cabalga el potro que lleva la flor.
En cambio seguí pensando en él.
Cristo y Quijote son sus compañeros.


NORMA ALZOLA
(Caracas-Venezuela)

VIENTOS HURACANADOS

Dios…

Cuanto lenguaje corporal
En vientos huracanados
Cuantos gestos en palabra griega
Farsa comedia
Pantomine
Pantomima
Entre jergas - modismos
Cuánto coraje apremia en cada expresión
Pero cuando se ha curado de espanto
Duele atrofia conmueve
Al amor…
Grillos en el lienzo
Leones aguerridos
La proeza
Desaparecer en el bullicio de la ciudad
Oscuridad en la soledad de sus transeúntes
Cada quien en lo suyo
Llevando su teatro a cuesta
Demostrando su valor  en la batalla
Poco convencional  en la escala de valores
Cuánta laceración en la alcantarilla cercana al corazón
Cuando el cantar “a punto”
Se hostiga  a un ángel con alas rotas
Cantando al contrapunto
Su victoria fue una autentica proeza
En pánico cayó una Estrella
Sin derecho a réplica



Sueños que se sientan
a orilla de una lagrimita
que caen en silencio
en un gran silencio...

la duda acecha
ante la ironía perpleja
que se aferra
en el canto de las aves

el viento gira gira y
vuelve a girar...
entre los ramales del alma
para dejar tu huella prendida
en los cristales
como faroles que alumbran
el desierto
de una vida
que clama
arrulla

y
lleva la marca
de una pasión oculta
entre tus voces
que sueltas al viento.
y la ausencia

ay cuanta ausencia...


Permíteme llamarte  hijo
En nombre de aquellos que cayeron
en la guerra de las Malvinas
país hermano
en nombre de la mano de dios
Permíteme abrigarte con mis brazos
por aquellos rostros
conocidos -
no conocidos en la muerte del amigo
Permíteme llamarte hijo por los
los errores del mundo
en los momentos cruciales
en la luminosidad de mi ventana
en mi silencio que brotan las lagrimas
Permíteme llamarte hijo
a los hijos de los hijos
a los cuerpos de los cuerpos
que cayeron y no volvieron
al dolor ajeno que es mi dolor
Permíteme llamarte hijo
en honor a los caídos



PÁGINA 26 – ENSAYO

CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

DE CENSURAS Y PARANOIAS

Paranoia y perturbación es lo que siente el poder ante la palabra certera y contundente del escritor crítico; paranoia frente al peligro de un desmoronamiento moral y político del sistema de reglamentaciones; paranoias en serio y en serie, por lo que de inmediato pone a funcionar su aparato de censura.
Entonces, en nombre de la “protección” ciudadana y de las instituciones se fiscaliza, se vigila, se utiliza el lápiz rojo de la corrección. Bajo una atmósfera autoritaria no es raro que algunos escritores, intelectuales, artistas, profesores, periodistas y científicos se presten al juego burocrático de las colaboraciones, se constituyan en jueces y purificadores del templo. Lo preocupante se presenta cuando al señalado en la lista -al censurado- se le amenaza tanto que, por sus propios medios y miedos, comete autocensura. Esto marca el índice de sometimiento que las normas del statu quo han alcanzado en él. Ha interiorizado la versión del régimen y lo invade un complejo de culpa. En adelante su autonomía se transforma en una intimidad autovigilada.
Debido a la paranoia en red, estos controles y autocontroles se propagan entre los ciudadanos. Los miedos se aposentan tanto en el censurado como en el que censura. Al masificarse fragmentan la sociedad e individualizan cada vez más a los sujetos que, por su seguridad, se vigilan unos a otros, creando una población de informantes. Hiperprivatizada la vida, la incomunicación prospera en este reino del silencio y la sospecha. Gana el intimismo antisocial, la repugnancia al ágora, el rechazo a compartir ideas. En los regímenes paranoicos esto garantiza que los jefes de Estado se proyecten como padres salvadores, curanderos de enfermedades crónicas, llámense éstas libre pensamiento, terrorismo, democracia participativa, islamismo, inmigración, socialismo democrático. Son exorcistas que sanan las mentes invadidas por los “ejes del mal”.
De modo que, los regímenes paranoicos gerencian el simulacro de la libre competencia de ideas, pero dejan al descubierto un camuflado totalitarismo político y mediático. Esto no es más que legitimar la gran sociedad de la mentira. Cuando presienten que alguien desgarra el velo de las apariencias, disparan sus alarmas. Entonces, actúan casi por instinto de conservación contra el antagonista, tergiversando sus ideas, despistando a la opinión pública. El régimen evidencia sus miedos, e inventa una guerra entre los que tratan de despejar las cortinas de humo y aquellos empeñados en alimentar el fuego de los engaños.
De esta manera, la censura erige la cultura de lo facticio, es decir, mentiras fabricadas como verdades, artificialidad asumida como certeza. Se oficializa la perversidad del engaño. Lo facticio se constituye en una “verdad” comunitaria; aniquila la posibilidad de edificar una sociedad fundada sobre éticas de la responsabilidad, la franqueza y lo solidario.
He aquí regímenes de permanente invasión totalitaria. Sistemas políticos que violan las libertades cívicas con métodos “exquisitos” e imperceptibles. Censuran y autocensuran sin necesidad de Gulags ni Auschwitz; imponen su autoridad sin estruendos pero con eficacia. Allí están los medios masivos de comunicación; allí las miles de cámaras de circuito cerrado vigilándonos; allí los policías virtuales en Internet, el rastreo de nuestros más íntimos datos; allí el seductor aparato del mercado; los espectáculos del poder y el poder como espectáculo.
Su estrategia es arrasar los pocos derechos colectivos e individuales que en una modernidad, incipiente y a medias, fueron conquistados. Esto hace que las sociedades edificadas sobre terrenos nada fértiles para una verdadera democracia involucionen. Con estos métodos balcanizan tanto a países como a sensibilidades, alejan de la polémica y del debate crítico al ciudadano de a pie, petrifican a la sociedad civil, borran de la memoria atrocidades históricas, e instalan, sutilmente, una ingenua complicidad colectiva con el horror y los asesinatos. De esta forma aseguran el continuismo, se perpetúan en su silla.




PÁGINA 27 – CUENTO

RAÚL ASTORGA
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

-ATARDECER-

Volvió al atardecer, tal como se lo prometió años atrás. Vos y yo sabemos cómo son estas cosas: alguna vez se da, y no es para andar haciendo culto de ello pero, ciertamente, alguna vez se da. Ellos se habían conocido en un recital de Serú, allá por los setenta; setenta y nueve, para ser más preciso, aunque de nada valen las precisiones. Ella había quedado encandilada porque el ruso Lebón le gritó desde el escenario, señalándola: agarrame la vena, nena. Él, cuando comprobó ese encandilamiento, y mientras caminaban de la mano, a la salida del teatro La Comedia, comiendo semillitas de girasol, que era lo más barato que podía comprar, le prometió que se iría a Norteamérica para convertirse en una estrella de rock, y que vendría a buscarla para convertirla en princesa del rock, y del pop, si ella quería. Y así fue, por eso digo que algunas cosas se dan. Él se convirtió en estrella de rock. Millones de discos vendidos, giras que lo llevaron a todos los rincones del mundo, y notas en todas las revistas especializadas. Sin embargo, cuando ya se había apagado el furor y, por fin, pudo comenzar a salir a la calle sin el asedio de sus fans, cuando pudo comer en un restaurante sin tener que firmar un autógrafo antes del postre, cuando pudo pisar un aeropuerto sin que el maletero le pidiera un disco con dedicatoria como propina; por fin, pudo ir hasta su casa a buscarla. La verdad es que no habían dejado de tener contacto, porque siempre le enviaba alguna foto, algún disco, y renovaba la promesa de ir a su casa a buscarla. En todo ese tiempo, ella esperó pacientemente, hasta que un día, de pronto, no se sabe exactamente por qué, no se la vio más por la calle. Al principio se creyó que salía de noche, para que no le vieran alguna cirugía estética, porque se pensaba que él le enviaba dinero; todo el mundo estaba al tanto de esa relación y, sobre todo, de la promesa. Pero luego se sospechó de un secuestro, de un crimen, teoría que con el tiempo se diluyó en sí misma, cuando veían la luz encendida del patio, de noche, o la esporádica llegada de algún delivery que hacía rugir el diminuto motor de su vehículo. Así las cosas, el vecindario vivía preocupado, después de todo la conocían desde el mismo día de su nacimiento. Por todo eso, no creyeron algunas cosas que comenzaron a decirse por televisión, respecto de esa casa de fachada abandonada. Entonces respiraron cuando ese atardecer lo vieron entrar en esa cuadra de la calle de La Sensación, con su melena entrecana al viento, su guitarra colgando de su espalda y las zapatillas sucias y rotas por el largo camino recorrido. Todos lo esperaban, por ella, por supuesto. Ese atardecer, las casas adquirieron un tono rojizo cálido, las cortinas se movieron acompasadamente, sin que hiciera falta tocarlas para ver qué sucedía en esa calle, los perros entregados al descanso levantaban un párpado y simulaban bostezar al verlo pasar, los gatos cruzaban las calles como llevando la noticia de un lado a otro. Él llegó hasta la puerta, se detuvo con decisión, y hay quien dice que musitó: quiero ver, quiero entrar… Golpeó con suavidad, asestado por un repentino temor generado por miles de preguntas simultáneas: ¿estaría igual? ¿se habrá cortado aquel sensual cabello rojo? ¿estaría sola? No hubo tiempo para respuestas. Un brazo de mujer asomó y lo tomó de alguna parte de su cuerpo. Sin darle tiempo a reaccionar, lo metió en la casa y un manantial de líquido multicolor comenzó a verter por las ventanas, por las puertas y por las claraboyas. Una música conocida por los vecinos se escuchó a todo volumen, a decibeles no permitidos por la razón humana. Por la noche se llenó de policías, de periodistas, de curiosos y de sentidos vecinos que algo sabían, por lo que se decía en la televisión. Vos y yo sabemos cómo son estas cosas. Siempre está la mujer que roba cámaras y dice que lo sospechó, que eran dieciséis carteros los que habían desaparecido; que los cadetes no huían porque sí dejando sus motos en la vereda; y que los huesos hallados por los detectives no eran sólo de pollo.



PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

FLAVIA COSMA
(Oradea-Rumania)

SILENCIO DIVINO

En la verde superficie del profundo río
las hojas flotan
en filas ordenadas.
De vez en cuando el gato
murmura en su sueño;
deseos incumplidos se consumen
en el pensamiento.

Tropas de palabras, redondos jeroglíficos
plenamente acostumbrados a la suerte
se encaminan despacio, solemnes
pasando debajo de los  puentes.

Si no existiera el rumor de los autos
quebrantando la paz de la noche
si no existiera ni el pájaro desencadenado
recorriendo las aguas a gran velocidad
ni las demoradas gotas de lluvia
batiendo los tambores en la tabla
creeríamos que la armonía divina
habría descendido, junto a la noche
sobre la tierra.


PÁGINA 29 – ENSAYO

CARLOS ROBERTO MORÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

RESCATE DE TRABAJOS INÉDITOS DE UN AMBICIOSO ESCRITOR

La “ambición” literaria de Juan José Saer (1937-2005) casi no tiene parangón entre los escritores argentinos, si exceptuamos a Borges. También la fidelidad a un propósito de escritura así como a la gestación de una región propia, autosuficiente, que se vio reflejada en los más de veinte títulos que publicó en vida.
Se puede afirmar que “la” escritura de Saer abierta con “En la zona”, en 1960, quedó finalizada con la publicación de sus libros de 2005, vale decir la inconclusa novela “La grande” y los ensayos de “Trabajos”. Es lo que puntualmente aclara Julio Premat (especializado en la obra de Saer) en el prólogo a “Papeles de trabajo, borradores inéditos”, que termina de publicarse en la Argentina:
“La colección de libros que esta introducción presenta no es una edición de inéditos de Juan José Saer. Efectivamente, la producción del santafesino, la larga preparación de cada eslabón que la fue constituyendo, la compleja red de resonancias, amplificaciones y variaciones que caracterizan sus volúmenes de cuentos, sus ensayos, sus novelas, sus poemas, imponen una constatación sin matices: la obra de Saer se cierra con los libros póstumos que él proyectó y preparó”
Los “borradores” que han comenzado a publicarse son el resultado de una extensa tarea de puesta en valor que se realizó durante cinco años tanto en Francia como en Argentina. Se lo hizo a partir de unos sesenta cuadernos que Saer guardó en su gran mayoría en su residencia parisina, mientras que otros pocos fueron aportados por personas que los conservaron en la Argentina.
Una decena de “cuadernos” integran esta primera parte de “Papeles de trabajo”, en su mayor parte redactados mientras Saer vivió en Santa Fe (hasta 1968; algunos textos llegan a 1978) Uno de ellos es tan “previo” a la obra publicada del escritor que se lo presenta como “Cuaderno de juventud” y responde a textos que el autor de “El entenado” escribiera en la década de 1950, vale decir antes de la aparición de “En la zona”, su primer libro.

“MADERA DE ESCRITOR DE LOS GRANDES”

Joven aún, Saer no vacilaba al momento de autoponderarse: “Sé que tengo madera de escritor de los grandes”. Pero vista desde otra perspectiva, dicha expresión es indicativa de que desde muy joven se marcó ese destino de escritor. La enorme cantidad de apuntes que ha comenzado a exhumarse suponen los aportes “extra-obra” (para denominarlos de alguna manera) que también contribuyeron a sus ambiciosos propósitos.
Las búsquedas expresivas del narrador argentino se evidencian en el “Cuaderno de juventud”, con manuscritos con los que ya intentaba gestar ese mundo personal. Allí prevalece lo que se llamó la “zona del puerto”, porque ambientes y personajes (vagos, malevos, prostitutas, borrachos, lelos, entre otros) se corresponden con lo que era entonces la propia estación fluvial de la ciudad de Santa Fe y su entorno. Algunos de esos trabajos enlazan con cuentos de “En la zona”.
Pero casi de inmediato, en los sucesivos cuadernos que integran este primer volumen de “Papeles de trabajo”, emergerán los personajes claves que protagonizarán las historias de la “región” saeriana, tales como Tomatis y Barco, así como esos nuevos ambientes en los que transcurrirán las historias, esto es el mundillo intelectual, las parejas generalmente poco avenidas, seres en crisis, la región costera y esas “constantes” de los asados, el alcohol, la lluvia, la humedad… y los mosquitos.
En la mayoría de los casos el lector del libro recién aparecido comprobará que hay muchos tanteos, comienzos, esbozos, pero una baja cantidad de textos concluidos. Sin embargo, Saer ya era dueño de una escritura convincente.
Al margen: La “reconstrucción” (parcial, aleatoria, pero reconstrucción al fin) que se puede hacer de sus textos de la Santa Fe de la década de 1960 resulta notable para quien la conoció en esa época, dado que como es lógico, la ciudad ha mutado en estos largos cincuenta años transcurridos. Es lo mismo que se constata en sus libros escritos en tal período.

EXTENSOS PROYECTOS

Lo que Premat y sus colaboradores comprobaron, y este volumen certifica, es que Saer desarrolló sus proyectos durante años y así pueden encontrarse rastros de lo que vendría después en sus incipientes cuadernos; vg. se incluye un dossier relacionado con “La ocasión”, novela publicada en 1988, pero cuyos primeros tanteos pueden rastrearse en un texto de 1961.
Las siempre controversiales “opiniones contundentes” de Saer también están acá presentes, como ocurre en sus descalificaciones de Marechal en cuanto escritor (“la novela de Marechal está mal escrita y (es) ejemplo de una chatura intelectual sin par”) y de David Viñas (“es como un pollo deshuesado. Tiene fibra, pero es la fibra de la pechuga, si uno la hierve pierde cohesión”) En los ’60 del siglo pasado Saer se consideraba marxista (“En ese sentido –escribe en un momento determinado- Borges se parece mucho a nosotros los marxistas”) y es desde esa perspectiva que el por entonces joven autor analiza diversos fenómenos de la sociedad en general y de la cultura y la literatura en particular.
No encontramos en el volumen obra concluida sino “muestras” de una pasión persistente por la literatura. Hay irregularidades, ripios, ideas inconclusas y afirmaciones de esas que no es de rigor compartirlas. Pero son al mismo tiempo evidencias del fervor de un autor que hizo de la búsqueda y de la escritura mundos concurrentes e incesantes.




PÁGINA 30 – CUENTO

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ
(Lima-Perú)

NAZARIO Y EL SAMOVAR

Hace unas semanas recibí una tarjeta postal enviada desde Australia en la que se veía la gran mole roja Ayers Rock, elevándose como una gran isla sobre la verde llanura del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta. La firmaba Nazario T. Una foto adjunta mostraba al remitente junto a un canal que partía de una represa. Lo recordé con afecto, mientras mi vista se posaba en un samovar que nunca dejó de cumplir su decorativa y evocadora función en un sitio destacado de mi sala, y decidí que debía escribir sobre ese amigo.

Nazario llegó a mi casa cuando tenía doce años. Había nacido en las alturas de Moquegua y vivido en Arequipa desde los cinco. Cuando cursaba el último año de primaria, sus padres, ex campesinos adaptados a la vida urbana, le dijeron que les sería difícil retenerlo con ellos y que se buscase la vida por su cuenta. La Directora de la escuela donde Nazario estudiaba me relató por teléfono el drama de este niño. Hablé con mi esposa y, como solíamos hacerlo para tratar los grandes acontecimientos y problemas del hogar, celebramos un consejo de familia en el que acordamos recibirlo en nuestra casa.

Nazario era delgado y de talla pequeña para su edad. En su oscuro rostro de trazos indígenas y frente estrecha, sus ojos rasgados brillaban como ascuas. Un breve diálogo con él, nos descubrió sus reflejos y modales de los chicos arequipeños y una inteligencia y firmeza singulares. Lo alojamos en una habitación independiente y lo inscribimos en la Unidad Ricardo Palma para que siguiera la educación secundaria. Fue un miembro más de nuestra familia y un excelente alumno. Como mis hijos, hacía sus deberes puntualmente. Después me enteré de que leía los libros de mi biblioteca, y, en particular, una Enciclopedia Sopena de trece tomos que utilizaba para redactar sus tareas escolares.

Un día, luego de terminar el quinto de secundaria, nos habló a mi esposa y a mí.
—Estoy por cumplir dieciocho años —nos dijo— y siento que debo trabajar. Les estoy muy agradecido por todo lo que han hecho por mí.

Sorprendidos, mi esposa y yo cambiamos una mirada.
—Pero, Nazario, si te pones a trabajar ahora vas a arruinar tu futuro —respondí—. La educación secundaria es insuficiente para elevarse hasta el dominio de la ciencia, la técnica y las artes y para promoverse socialmente. Tu capacidad y tu rendimiento en la educación secundaria te permitirán seguir con facilidad los estudios universitarios. Nosotros te apoyaremos para que lo hagas.

Fue inútil tratar de convencerlo. Al parecer había madurado esa decisión en la escuela, con algunos condiscípulos, con quienes ingresaría a un empleo ya comprometido. Viviría con ellos en un modesto departamento alquilado de Surquillo. Me pregunté si lo movía la delicadeza, la autoestima, el orgullo o la confianza en su capacidad de valerse por sí mismo.

Durante el primer año de su trabajó en una fábrica textil, nos visitaba con frecuencia los fines de semana. Casi siempre se iba con algunos libros que devolvía en su próxima visita. Luego, sus apariciones se espaciaron. En una de ellas nos contó que sus compañeros de la fábrica lo habían elegido dirigente sindical y en otra que se había mudado a un cuarto que compartía con una compañera de trabajo. Siguió un largo período de ausencia.

Tres años después de haber partido de la casa, llegó de visita, y con cierta tristeza nos dijo que había resuelto irse del Perú. Comprendí que en realidad nos estaba invitando a escrutar su vida, y lo hice. Había planeado ingresar a la Universidad de Ingeniería y mantenerse estudiando tanto como le fuera posible con sus pequeños ahorros. Pero fracasó en los dos exámenes de ingreso a los que se había presentado. Se dio cuenta, entonces, de que la enseñanza de las matemáticas en la educación secundaria era ridículamente insuficiente y de que para pasar con éxito esos exámenes tenía que prepararse en una academia para lo cual necesitaría lo que no tenía: tiempo y dinero. Y, si llegaba a ingresar, se le abría la imposible perspectiva de estudiar sin los recursos para mantenerse.

El desafío era para nosotros. Le ofrecimos reintegrarlo a la casa, pero no aceptó. Entendimos que rehusaba ser auxiliado por piedad, aunque tal no fuera nuestra intención. ¿Qué podíamos hacer para ayudarlo? Si Nazario quería irse a estudiar al extranjero sin dinero, el único camino era hallarle una beca en alguna embajada. Una rápida indagación nos decepcionó. Los servicios culturales de las embajadas de América del Norte y de Europa exigían un conocimiento avanzado de las lenguas de sus países para seguir estudios universitarios, y Nazario no los tenía. En la Embajada española las becas estaban reservadas para estudiantes y profesionales recomendados por algunos personajes de gran influencia económica o política. Mis amigos de París, profesores universitarios y abogados, vivían en departamentos y no hubieran podido recibirlo. Tampoco nosotros disponíamos de recursos para pagarle el viaje, los estudios y la permanencia en alguna capital europea. Algo teníamos que hacer, sin embargo, y no confiarnos a la suerte, esa difusa y errática deidad experta en esquivar a quienes más la necesitan. Yo siempre había dicho en casa que si una persona quiere irse al extranjero nada ni nadie puede detenerla si lo desea obstinada y fuertemente hasta obligar al destino a tenderle el primer puente. Y es posible que esa vez el destino haya sido empujado hacia donde queríamos por la poderosa vibración de nuestra voluntad.

A los pocos días, una conversación casual con un antiguo dirigente de la CGTP, a quien había asesorado algunas veces en asuntos laborales, me devolvió la esperanza de hallarle una solución a Nazario. Me dijo que su entidad disponía de diez becas para trabajadores jóvenes que deseaban formarse profesionalmente en la Unión Soviética. Reaccionando con rapidez le solicité una para Nazario. Vaciló, cambió de color, transpiró y se demoró en responderme. Al fin me confesó que esas becas estaban ya destinadas para hijos de ciertos militantes de su partido. Su respuesta me indignó.

—Le estoy pidiendo una beca para el secretario general de un sindicato base de la CGTP —repuse—. Y usted tiene el deber de dársela.

Me llamó al cabo de unos días para comunicarme que uno de los candidatos a esas becas se había desalentado y que iría en su lugar Nazario.

Éste ingresó a la Universidad Técnica Estatal Bauman, uno de los más reputados centros de formación en ingeniería del mundo. Fue siempre un excelente alumno, un caso especial en el maremagnum de estudiantes extranjeros de Moscú en ese tiempo. Cuando en 1991, el Partido Comunista fue apartado del gobierno, los estudiantes y turistas políticos, depredadores del trabajo del país que los acogía, que veían pasar las estaciones del año como la cigarra de la fábula de Esopo, fueron invitados a irse. Se acabaron también los viajes gratis a los países socialistas del Este europeo. A Nazario le permitieron seguir estudiando por su rendimiento, y unos años después se recibió de ingeniero en mecánica de fluidos con altas notas.


En marzo de 1994 se presentó en mi casa. Traía un gran paquete consigo. Lo primero que hizo fue mostrarnos su diploma en ruso con traducciones oficiales al inglés y al castellano.
Me esposa y yo lo abrazamos emocionados.
Abrió el paquete: contenía un antiguo samovar.
—Varias veces le escuché hablar de los samovares y pensé que le gustaría tener uno, doctor —me dijo.
—En las novelas de los escritores rusos se alude a ellos con frecuencia. Son parte de la vida diaria de los eslavos, y muchas familias judías que emigraron de esos países los llevaron consigo, como parte de sus tradiciones. Has elegido bien. ¡Gracias! Nunca me imaginé que pudiéramos tener uno.

Nazario consiguió trabajo en el Proyecto Irrigación de Olmos y, cuando concluyó la etapa a cargo de la empresa que lo había contratado, ya no pudo emplearse. Los arrogantes funcionarios de las entidades del Estado y empresas, a cuyas puertas llamó, podrían haberse sobrepuesto a su estulta desconfianza ideológica ante los profesionales formados en la Unión Soviética,  una potencia a la vanguardia de la ciencia y la técnica. Los pocos que retornaron de allí con sus títulos ya se habían colocado. A Nazario lo rechazaban por ser indio. Nada les importaban sus conocimientos y lo competente que era. Partió tres años después para trabajar en una empresa de Australia que se interesó por su currículum. La foto del canal que me envió era de una de sus últimas obras. Reconocí en seguida su mensaje subliminal: en él se había reencarnado desde muy temprano la límpida vocación de sus lejanos antepasados: llevar el agua vivificadora a los campos y poblaciones, domeñando a las montañas, los desiertos y la distancia.

Gaceta Literaria agradece la colaboración de Julio Carmona.



PÁGINA 31 – POESÍA ALLENDE EL MAR

SENDOO HADAA
(Ulan Bator-Mongolia)

NUNCA ME HE CANSADO DEL AMOR

Nunca me he cansado del sol
nunca me he cansado de la libertad y el pensamiento
nunca me he cansado de las estrellas y la luna
nunca me he cansado de la locura
ni del cielo azul marino de ciertos días
brindándome esos dorados girasoles de Van Gogh
y el viento de la pradera de Barkol sobre Hovd
nunca me he cansado del caballo
cuando lo cabalgué no pude atravesar el último mar
nunca me he cansado del alma de Gengis Kan
nunca me he cansado del lobo
que a menudo ataca las ovejas
y se come al caballo de gran alzada muerto en la jungla

nunca me he cansado del cuerpo desnudo
nunca me he cansado de las nubes y los niños
nunca me he cansado de la yurta mongol
con la puerta siempre abierta
nunca me he cansado de una piedra
nunca me he cansado de las gotas de rocío como leche
nunca me he cansado de un árbol que permanece erguido
nunca me he cansado de las tumbas
nunca me ha cansado del esplendor
secuestrado por la oscuridad.



PÁGINA 32 – ENSAYO

ÓSCAR WONG
(Tonalá-Chiapas-México)

OCTAVIO PAZ, PERFECCIÓN Y TRANSPARENCIA

Percibir al universo con toda su carga profunda de sonoridades y significados para descorrer el velo de la realidad, tan inasible para muchos: he ahí la condición esencial para escribir Poesía. Puesto que Nombrar llena vacíos, la Palabra genera y ordena al cosmos. Según los mitos hebreos, la creación del mundo es lingüística (cuando el poeta canta hay más ser en el cosmos, precisa Eduardo Nicol, por eso el Logos es sonoro). El poeta nace con esa predisposición para las palabras y los sentidos significativos (el vocat, llamado, que a su vez viene del verbo latino vocare, es muy fuerte) y se hace con la experiencia vital, con las lecturas. Si se parte de que la Poesía constituye una revelación espiritual, consecuentemente no todos están dotados para conseguirlo.

Robert Graves nos recuerda –¿o nos alerta?– sobre la función de la póieses y del poeta: cantar al tema único de la poesía y oficiar (Cf. La diosa blanca, 1986). Expresar –a través de ritmos, imágenes y diversos planos significativos– la relación de un hombre con su pareja; observar con profundidad al mundo que nos habla y se nos revela incluso en cada objeto; ver las cosas con su máximo sentido oracular, como quería Francis Ponge (Cf. El silencio de las cosas, 1999). Por algo la existencia esa sagrada. Octavio Paz (Mixcoac, D. F. 1914- abril 19 de 1998), como poeta, lo supo. Conocía su poder transformador y usaba estas resonancias sagradas. El poema, reflexionaba Paz en El arco y la lira (1956, 2ª. edic.)[1], es un conjunto de signos que buscan un significado, de ahí también que cada forma lírica exteriorice una idea. El fluir del discurso, la cristalización visionaria del poema, desemboca en el texto, en el poema-objeto, en el poema-exploración (Cf. Maya Schäver-Nussherger, Octavio Paz. Trayectorias y visiones, 1989). La experiencia vital, la manifestación emocionada de la existencial se traduce en revelación.
Todo fluye en el poema, por eso su sentido paradojal, el signo con doble significado suspendido en el hecho estético, como una perenne interrogación, como una referencia inmóvil, inasible, aunque permanente. Quietud y movimiento son lo mismo, canta el Poeta. Por supuesto que ello se da por el sentido orientalista –tamizado por los filtros de una tradición sólidamente occidental– que prevalece en su obra inicial desde 1951.

En Octavio Paz la poesía representa un ritual, unión sagrada, recurrencia amorosa, ceremonial santificado, perpetuo. Tiempo suspendido, rito o festín, el verso en Paz está cargado de significaciones. Iluminación. Palabra y silencio: poesía. Espacio-tiempo: realidad física, objetos que se nombran. Tal la expresión paciana, cargada de paradojas, debido a lo que Margarita Murillo González determina en tanto polaridad-unidad y que da coherencia a su obra poética. Cuatro signos relevantes confluyen aquí: Palabra, silencio, tiempo, Revelación. Los cimientos duales de la poética paciana son capitales para entender su expresión (Cf. Polaridad-unidad, caminos hacia Octavio Paz, 1987).

Paralelismo y paradoja. Revelación del ser a través de la Palabra. Poesía. Espejo de la realidad. “La poesía es la creación metafórica por excelencia, pues efectúa una triple metamórfosis. En primer lugar, ella es resultado de una metamórfosis de la realidad, creando una realidad verbal nueva inteligente y con sentido propio. Esta versión de los hombres y los mundos, que aparece en la historia de la poesía, es inconfundible con la metamórfosis de los demás sistemas. En fin, la poesía es un lenguaje distintivamente metafórico, y ésta es la clave de su arte”, acota Nicol (Cf. Formas sublimes de hablar. Poesía y filosofía, 1990). Lo real y lo verbal, en la poética paciana, marchan juntos en esa travesía metabólica, a través de las imágenes y metáforas, de la cadencia rítmica y de los necesarios silencios. La función de la poesía en Octavio Paz, significa un verdadero enlace entre la realidad interior de sus intuiciones y emociones, y el mundo exterior del que forma parte el autor6. El sentido lúdico de la poesía de Paz hace del canto un signo sagrado; para este autor, el paisaje no es el escenario simple, sino un ser vivo, con sus contrastes y cambios. En Paz siempre hay un equilibrio entre su expresión y el sentimiento. La presencia del hecho estético, del fenómeno poético, representa un rito, un ceremonial. Por ello, con frecuencia Paz reflexiona sobre este tema capital.
Hay referencias en sus poemas, siempre, como ocurre en Piedra de sol7 (1957) o en Pasado en claro8 (1975), por citar dos grandiosos poemas. Y es que Paz postula la idea de que el poeta es un creador solitario. Por ende, su herramienta –el lenguaje– representa un elemento vital, que refleja sus contenidos, su particular expresividad por la emoción poética: el mundo fluye, transcurre en un movimiento interminable, aunque se eterniza en la sonoridad del poema. La poesía incendia y fractura la dimensión del silencio. Es silencio. Metáforas y reiteraciones crean en Octavio Paz un sistema que revelan, y develan, otro texto, otro universo semántico, lúdico. La poesía de este autor mexicano, se caracteriza por sus imágenes intensas, brillantes. Precisiones y descripciones que van más allá de la simple enumeración referencial. Atmósferas internas, movimiento que dinamiza la potencialidad del espíritu, significa al verso de Paz. Todo es pleno y luminoso, como la mirada de la memoria que busca, husmea, hurga, visualizando el pretérito.

En Piedra de sol (1957), ese espléndido monumento lírico, esa exaltación sonora de la existencia, Paz pretende eslabonar el tiempo. Y aún más: nulificarlo. El poeta se erige como Adán en el primer día de la creación, enarbolando el privilegio de normar a las cosas. En 584 endecasílabos, Paz establece una comunicación plena con el universo. Como cantor se planta en el mundo sorprendido por el entorno y canta con reverencia. Se establece una comunicación plena con el cosmos. Deslumbrado ante la vida el poeta no tiene otra preocupación más que cantar. Todo se modifica, todo cobra nueva realidad, otra representación. Las analogías dan paso a la identidad. Es impresionante, e impactante, la manera en que Paz va generando esa corriente sonora, emotiva, con símiles y metáforas, con silencios que hablan armónicamente, con anáforas y figuras de repetición. Los períodos rítmicos determinados, el golpeteo silábico, los encabalgamientos, generan ese espléndido cántico terrenal que es este numinoso poema. La armonía lo rodea: la luz, la fuente o surtidor arqueado por el viento. Frente al mundo, el poeta invoca los valores más altos del espíritu, conjura a la burda materia y la enaltece con su mirada: un sauce de cristal, un chopo de agua,/un alto surtidor que el viento arquea,/un árbol bien plantado mas danzante,/un caminar de río que se curva,/avanza, retrocede, da un rodeo/y llega siempre...

El poeta, deslumbrado por la belleza del entorno, de pronto descubre que la felicidad no puede atraparse: es fugaz. La imagen es plena, rotunda, reveladora: horas de luz que pican ya los pájaros,/presagios que se escapan de la mano... La contraposición con la desdicha es válida. Ésta llega y petrifica todo. Lamentablemente ésta es parte de la realidad, el pago por la desobediencia ante los dioses (o ante Dios). El destierro del mítico Jardín del Edén involucra también al deterioro y la degradación física: estar supeditado al transcurrir del tiempo, a los cambios de substancia, como postulaba Aristóteles; sin embargo la figura de la mujer es capital. Previamente el fulgor que surge cuando se apartan las nubes, simulando alas, lo obliga a elevar su voz. Paz canta al amor, a la mujer.

La ternura hace que el poeta admire a plenitud a la amada, lejos de toda intención lujuriosa: mis miradas te cubren como hiedra, exclama; antes de desnudarla la cobija pasionalmente. La figura de la mujer adopta un papel relevante: Musa, Creadora, advocación maligna. De la colegiala a la mujer plena, evocada por el poeta, hasta llegar la mujer decrépita, la pavorosa bruja en que se convierte la pareja cuando ocurre la desavenencia. La triple representación de la diosa madre, de acuerdo con la tesis de Graves, se advierte en este cántico revelador9. Estrofa tras estrofa, línea tras línea pueden destacarse las imágenes, al igual que las reflexiones sobre el mundo y la historia, sobre la existencia y su transitoriedad; la manera en que ese amor evocado se trastoca y termina por ser nada. La núbil, la amada inicial llega a metamorfosearse en un montón de ceniza y una escoba,/un cuchillo mellado y un plumero,/ un pellejo colgado de unos huesos...

La presencia del sentido femenino y los conceptos de amor y erotismo –este último considerado como mito cosmogónico, como energía primordial– es, indudablemente, un tema hondamente significativo en la obra lírica de Octavio Paz. En Piedra de sol la reflexión también tiene lugar. Pero no es filosofía. Tampoco el poeta se yergue como un predicado: es simplemente un hombre sensible que observa al mundo con profundidad. Y le duele. Por lo tanto advierte que no hay víctima ni verdugo, puesto que en el mundo todo sucede: amores, frustraciones, incestos, sodomía, castidad, etc. Las tragedias, los hechos sangrientos de la Historia no tienen sentido puesto que todo se transfigura y es sagrado. Pero, en verdad ¿nada tiene sentido? Paz se cuestiona: ¿no son nada los gritos de los hombres?/ ¿no pasa nada cuando pasa el tiempo? Por supuesto que la realidad responde con su crudeza: todo es un simple parpadeo del sol, los muertos no pueden morirse de otra muerte. Las leyes, las cárceles, las iglesias, la política, la economía, la democracia son: “máscaras podridas/ que dividen al hombre de los hombres/ al hombre de sí mismo”.

Por otra parte, el poema Pasado en claro (1975) es un recorrido por el interior del poeta, un atisbar por las diversas instancias álmicas a través, siempre, del lenguaje, considerado como “senda de piedras y de calores”. La búsqueda es no sólo en su nivel referencial y técnico (el discurso lírico como información, de ahí que la expresividad del contenido se bifurque “entre lo presentido y lo sentido”). Ante esta circunstancia, el escritor asume sus diversas intenciones analógicas; metáforas y reiteraciones crean un sistema de espejos que revelan otro texto, como ocurre en El mono gramático (1975). Paz va al encuentro de sí mismo; ahí, justamente, “donde le lenguaje se desdice”. En este adentrarse por la memoria, el poeta observa su infancia. La vuelta hacia atrás es, desde luego, inaprensible (“es todas partes y ninguna parte, /las cosas son las mismas y son otras”), una paradoja resuelta por el transcurrir del tiempo, aunque este concepto, esta dimensión, no se haya inventado todavía (según la expresión utilizada por el poeta). Aquí se da “la identidad entre sus semejantes,/ la diferencia en sus contradicciones”, pero ¿qué es el tiempo sino “luz filtrada”? Paz se adensa y se transfigura en este instante para contemplar el paso de la historia, del mito, de las lecturas y se instala en ese país de nubes: la adolescencia. Esta visión, nostálgica, es fugaz pero intensa; las descripciones del tendejón, por ejemplo, crean una atmósfera melancólica, como el sepia de un daguerrotipo. Se advierte, además, otra visión desgarrada: la casa familiar.

El poeta descubre sus interioridades, sus raíces (¿las Raíces del hombre?); la madre es un “pan que yo cortaba/ con su propio cuchillo cada día”. La tía y el abuelo son referencias contenidas, frases hechas (“al hecho, pecho”, “blanda te sea”). En cambio la figura paterna se vuelca en un ritmo trepidante, quebrantada por el dolor: “Del vómito a la sed,/atado al potro del alcohol,/mi padre iba y venía entre las llamas./Por los durmientes y los rieles/de una estación de moscas y de polvo/Una tarde juntaos sus pedazos./Yo nunca pude hablar con él./Lo encuentro ahora en sueños,/esa borrosa patria de los muertos./Hablamos siempre de otras cosas./Mientras la casa se desmoronaba/yo crecía. Fui (soy) yerba, maleza/entre escombros anónimos”.
(pp. 29-30)

A raíz de esta percepción desgarradora, la zona que recuerda el poeta es otra; inmerso en la soledad se vuelve un extraño “entre las vasta ruinas de la tarde”. Luego la reflexión sobre la existencia y la transitoriedad del ser humano (“el agua es fuego y en su tránsito/ nosotros somos sólo llamaradas”). Fantasmas, mensajeros, fragmentos de un discurso inacabado: eso son los hombres inmersos en la historia. El poeta ha dicho: “Túneles, galerías de la historia /¿sólo la muerte es puerta de salida? /El escape, quizás, es hacia adentro” (p. 38). Pero si existe la vida y la muerte, también sucede un tercer estado, que es la quietud misma, disuelta, “la plenitud vacía”, acaso una palabra “de dos filos, palabra entre dos huecos”. Esta revelación lleva al poeta a colegir que “Es Dios: /habita nombres que lo niegan”.

Sí, otra vez la falibilidad del lenguaje, un discurso que se esculpe y se disipa. El poeta se reencuentra con el murmullo interior: el silencio. La conclusión es contundente: “Soy la sombra que arrojan mis palabras”. En 18 estrofas, que son igual número de zonas o estancias vitales, el poeta recorre su interioridad, determinando con precisión su actitud con respecto a su historia personal y la Historia (más objetiva). Un recorrido a través de esa cadena lingüística que arroja sombras. Un pasado transparente que estimula al poema. Hay imágenes intensas, brillantes. Descripciones que van más allá de la simple enumeración referencial. Atmósferas internas, movimiento que dinamiza la potencialidad del espíritu. Todo es pleno y luminoso, como la mirada de la memoria que busca observando el pretérito. Eso es Pasado en claro: transparencia de las raíces emotivas.


CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS                                                                                            

IRMA BIGNON
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

RENOVACION DEL PENSAMIENTO MEDIEVAL
La Sorbona

      Las grandes invasiones habían ensombrecido duramente la cultura clásica, griega y latina. Solo la Iglesia en algunos monasterios, se preocupaba en transmitir un saber cuya finalidad había evolucionado, rehusando la  filosofía  pagana. Los clérigos privilegiaban 
los textos susceptibles a una interpretación cristiana y a  los ejemplos de la bella lengua latina.
      Hasta el año 1200, las calles de Paris aún no habían sido pavimentadas. El barro impedía la circulación de los coches. A las más elegantes y a las más frecuentadas se las sembraban de heno o de paja y se las bautizaba calle del Heno, calle de la Paja…
      Comenzó entonces el embellecimiento de la ciudad. Se empezó por la construcción del empedrado para terminar con el pavimento de las calles. Se agrandaron las murallas que cercaban la ciudad; se construyeron el palacio del Louvre, el Hôtel-Dieu (Hospital de Paris); se continuó con la construcción de la catedral  Notre-Dame comenzada por el arzobispo Maurice de Sully y las escuelas se establecieron en el ya creado Barrio latino, para dar ventaja exclusiva y protección especial a los estudiantes.
      Hasta el siglo XII, todas las escuelas tenían por maestros  a clérigos y monjes. Se aceptaban alumnos de todas las clases sociales, y sobre todo del pueblo. Se enseñaba el   latín. La lengua francesa estaba prohibida. Pocos libros: únicamente la gramática latina de Donat o de Alex (dos ejemplos que cita Rabelais en su obra Pantagruel),  o las colecciones de ejemplos morales de Cato, Théodolet o Facet. Sólo los alumnos ricos podían procurar un texto, pues no existían aún libros impresos. Cuando se trataba de un autor como Virgilio, los alumnos se limitaban a escuchar al maestro quien, en alta voz,  leía y comentaba el libro único.
      Fundada en 1257 por Robert de Sorbon (según la costumbre de la época debía llevar el nombre de su aldea natal, en este caso Sorbon, localidad situada  en el departamento de las Ardenas ) capellán y confesor de Luis XI (San Luis) rey de Francia, creó el colegio con el propósito de permitir a los escolares pobres acceder a la enseñanza. Definió el proyecto de esta manera: “Vivir en buena sociedad, colegialmente, moralmente y estudiosamente”. El colegio de la Sorbona (La Sorbonne en lengua gala) que toma el nombre de su fundador,  se convierte en el centro de los estudios teológicos en calidad de tribunal eclesiástico, la más alta autoridad religiosa del mundo cristiano después del papa.  
      El terreno cedido para ese uso por San Luis se encontraba en lo que es hoy el Barrio latino, en la calle Dos Puertas, la actual calle Sorbona. El colegio era de muy poca profundidad y se extendía todo a lo largo de la calle. Un patio rectangular comprendía las salas de clase y los alojamientos de los maestros. Dieciséis estudiantes pobres  comenzaron a recibir asilo y enseñanza.
      Durante el Antiguo Régimen, fue el centro de los estudios teológicos y la sede de la Universidad de Paris. Fue en ese edificio que se establecieron en 1469, tres impresores oriundos de Mayenza (Alemania) convocados por el rey para poner en marcha la primera imprenta de Francia. Ya nada subsiste de esa casa modesta y heterogénea. Tampoco la capilla levantada en 1347 bajo la invocación de Santa Úrsula.
      El cardenal Richelieu, elegido director de la Sorbona, decidió reconstruir el edificio y la iglesia que estaban en ruinas. Los trabajos duraron de 1624 a 1642. El colegio llegó a ser uno de los más célebres del mundo, produciendo en todos los tiempos un número  grande de hábiles teólogos que llegaron a obtener el título de doctores en teología, gozando en materia de fe, de una autoridad excepcional.
      En 1806, Napoleón la restauró nuevamente. Y en 1885 se contrató al arquitecto Nénot para hacer los trabajos de reconstrucción de la nueva Sorbona.
      Henri-Paul Nénot (nacido el 27 de mayo de 1853) tenía 29 años cuando ganó el Concurso Mundial de Arquitectura. Y a los 35 años emprende, de 1885 a 1991, los trabajos de reconstrucción. No sólo la modificó sino que también la agrandó. Un busto de bronce del escultor Paul Landowski, ubicado sobre la chimenea del Salón de las Comisiones, celebra la memoria del ilustre reconstructor.
      En el gran anfiteatro se puede apreciar la célebre pintura de Pierre-Cécil Puvis de Chavannes  representando el Bosque Sagrado. Las salas y galerías, los pasillos están decorados con murales históricos o alegóricos, así como  las pinturas de Philippe de Champaigne.
      La Iglesia de la Sorbona es la parte más antigua de los edificios de la Universidad. Levantada entre 1635 y 1642 por Jacques Lemercier, arquitecto, dibujante, grabador francés, tiene una fachada netamente barroca en dos órdenes, dominada por la elegante cúpula. Las columnas cilíndricas del primer plano se transforman en el segundo en columnas aplanadas, produciendo así una gradual intensificación de luz.    
      Con el nombre de Sorbona se designa hoy el complejo de edificios, sede de la Universidad de París. En la vasta extensión que ocupa, alberga 16 salas de exámenes, 22 salas de conferencias, 22 anfiteatros, 37 salas de profesores, 240 laboratorios, una inmensa biblioteca, una torre de Física, otra de Astronomía y los departamentos del rector. La biblioteca tiene un largo de 62 m. La sala dispone de 264 sitios de lectura accesibles a todo investigador, sea francés o extranjero.
      En el Barrio latino, en el bulevar Saint-Michel, el “Boul Mich” para los estudiantes es la calle del saber, de las librerías, de los colegios. El deambular de los jóvenes es perenne. Allí, expectante, tendiendo sus brazos para acoger a todos, se alza la imponente Sorbona. Es el centro principal de enseñanza superior de Francia.  Después de 8 siglos de excelencia, hoy goza de un prestigio internacional.


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