Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 53– Abril de 2011– Año V – Nº 4


Imágenes: Juan Medina (República Dominicana)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

DEFENSA DE LA PALABRA

Por Eduardo Galeano (Uruguay)

Mucho se ha discutido en torno de las formas directas de censura bajo los diversos regímenes sociales y políticos que en el mundo son o han sido, la prohibición de libros y periódicos incómodos o peligrosos y el destino de destierro, cárcel o fosa de algunos escritores y periodistas. Pero la censura indirecta actúa de un modo más sutil. No por menos aparente es menos real. Poco se habla de ella; sin embargo, en América Latina es la que más profundamente define el carácter opresor y excluyente del sistema que la mayoría de nuestros países padece. ¿En qué consiste esta censura que nunca osa decir su nombre? Consiste en que no viaja el barco porque no hay agua en el mar: si un cinco por ciento de la población latinoamericana puede comprar refrigeradores, ¿qué porcentaje puede comprar libros? ¿Y qué porcentaje puede leerlos, sentir su necesidad, recibir su influencia?
Los escritores latinoamericanos, asalariados de una industria de la cultura que sirve al consumo de una elite ilustrada, provenimos de una minoría y escribimos para ella. Esta es la situación objetiva de los escritores cuya obra confirma la desigualdad social y la ideología dominante; y es también la situación objetiva de quienes pretendemos romper con ellas. Estamos bloqueados, en gran medida, por las reglas de juego de la realidad en la que actuamos.
El orden social vigente pervierte o aniquila la capacidad creadora de la inmensa mayoría de los hombres y reduce la posibilidad de la creación – antigua respuesta al dolor humano y a la certidumbre de la muerte – al ejercicio profesional de un puñado de especialistas. ¿Cuántos somos, en América Latina, esos “especialistas”? ¿Para quiénes escribimos, a quiénes llegamos? ¿Cuál es nuestro público real? Desconfiemos de los aplausos. A veces nos felicitan quienes nos consideran inocuos.


PÁGINA 2 – CUENTO

LA SEÑORA MUERTA

Por David Viñas (Argentina)

—No me gusta el olor de la goma mojada — fue lo primero que dijo esa mujer.
Moure la miró un rato antes de contestar, pero no como lo había estado observando hasta ese momento, desde que la descubrió en la cola apoyada a medias contra la pared, con un gesto resignado e insolente a la vez. “Levante”, se dijo. “Levante seguro”, y le sonrió:
—No es goma lo que se está quemando.
—Ah, ¿no? —esa mujer lo miraba con desconfianza— ¿Qué es entonces?
—Inmundicias —murmuró Moure con malestar.
—¿Y de quién?
—De todos... de todos los de la cola. Hace dos días que vienen haciendo lo mismo.
Desde atrás, los que estaban en medio de la penumbra que flotaba sobre la calle, los empujaron para que avanzaran: ella se dio vuelta, apenas molesta de que la tocaran o de que le arrugaran el vestido, murmuró Ya va, ya me di cuenta, qué tanto, y avanzó unos pasos ceremoniosamente. Se había apoyado contra la chapa de un hotel y se miraba en el reflejo: era un enorme cuadrado de bronce y Moure advirtió que se palpaba los labios.
—¿Le duelen? —se le acercó.
—No. Estoy despeinada.
Y esa mujer seguía mirándose aunque esa chapa la reflejase deformada, con una boca más ancha y unos ojos estirados.
—Usted no tiene esa boca— señaló Moure.
Ella abrió y cerró la boca varias veces, como si estuviera en un parque de diversiones, con la desconfianza de un chico o de un provinciano:
—Sí, tengo una boca de muñeco —se juzgó con un aire despreciativo.
—No, no...— protestó Moure.
—Pero me gusta tener una boca así.
Unos metros más adelante se fue levantando un murmullo que aumentó la densidad y se prolongó un rato, como un moscardoneo. “No me puede fallar”, se propuso Moure. Una mujer con la cabeza cubierta con una pañoleta se le arrodilló delante, agachada la frente y parecía rezongar con una confusa irritación mientras se frotaba las manos; cuando la fila avanzó de nuevo, la mujer se fue arrastrando sobre las rodillas sin dejar de gangosear eso que decía, sin dejar de frotarse las manos.
—Rezan, ¿no?
—Sí —dijo Moure.
—Ah...—ella se persignó y lo hizo con torpeza, velozmente; parecía alarmada y miró ese cielo bajo como si hubiera escuchado el ruido de un avión y tratara de localizarlo. Pero el cielo estaba negro y no se veía nada. Después se tranquilizó, lo miró a Moure, se sonrió a medias, agradecida de algo y apoyó la cabeza contra la chapa del hotel.
—¿Está cansada? —la sostuvo Moure mientras se repetía “No me falla; no me puede fallar”. Al fin de cuentas, él había ido a la cola para eso.
Pero ella balanceaba la cabeza: eso no quería decir ni que sí ni que no, solamente que no estaba segura.
—¿Quiere irse?
—Cuando me sienta bien cansada.
Moure le oprimió el brazo:
—Pero mire que tenemos para rato.
Ella frunció las cejas:
—¿Lo dice en serio?
—Yo siempre hablo en serio.
—¿Y cuánto dice que falta?
Moure miró hacia delante y calculó dos cuadras, tres, una mancha larga que se estremecía en medio de la penumbra, los de atrás que volvieron a empujar con una pesadez insistente, la mujer de la pañoleta que seguía murmurando algo que no se entendía muy bien, ahí arrodillada, un soldado con una olla humeante que brilló bajo el farol:
—Unas tres horas —dijo.
—¿Tanto?
Moure presintió que a ella no le interesaba mucho
—Y, hay mucha gente —reflexionó.
—A la gente le gusta.
—¿Estar en la cola?
—Sí —dijo ella con desgano. Le gusta esperar algo, cualquier cosa...
La mujer arrodillada por momentos parecía irritarse con lo que rezaba, cabeceaba y fruncía la frente. “Esta noche no puede fallarme”, seguía pensando Moure. Y toda esa fila avanzaba muy lentamente, mucho más despacio que en una procesión. Moure calculó: allá adelante estarían por cruzar un puente, se le habrían roto las ruedas a un carro o el caballo se habría muerto en medio de la calle. Algo así pasaría. “Seguro”. Y había tan poca luz con esos trapos negros que envolvían los faroles y todo era tan borroso.
—¿Me permite? —ella se le apoyó bruscamente en un brazo, se descalzó, primero un pie, después el otro, y se los sobó con unos quejiditos de satisfacción. Pero cuando estaba en eso, volvieron a empujarla para que avanzase y ella repitió Ya está, ya va, no ven lo que estoy haciendo. Me van a pisar, tengo los pies desnudos... La mujer de la pañoleta levantó un momento la cabeza, verificó quién había dicho eso y siguió con su rezo.
—¿Un poco de sopa? —ofreció Moure.
—No —ella todavía estaba con los pies desnudos y pugnaba por mantener el equilibrio y calzarse— Me aburre la sopa.
—¿Ni un poco?
—No.
Moure señaló:
—Pero mire que le están ofreciendo...
Un soldado le había tendido una taza pero tuvo que recogerla, tenía una cara adormecida y se esforzaba por sonreírse: la contempló a esa mujer, intentó sonreírse con más convicción y lo único que logró fue un parpadeo, entonces la miró humildemente pero ella había hundido las manos en los bolsillos y sacudía los hombros:
—Me aburre la sopa —repetía— De chica, me la hacían tragar: de arvejas, de sémola, de verduras... Era un asco.
Moure sacó un cigarrillo y lo golpeó muchas veces antes de encenderlo. “Papa comida”, se felicitó. Estaban muy cerca de uno de esos montones de basura que habían quemado y que soltaban un calor denso, incómodo y un poco tembloroso; algunas personas salían de la fila, se acercaban, la cara y el pecho se les enrojecían y se quedaban un rato frotándose las manos como si estuvieran redondeando algo entre las palmas, un poco de harina o de barro. Después volvían a la fila y les susurraban a los dos que tenían al lado Vayan, vayan; no les dicen nada. Moure la codeó a esa mujer y señaló: otro se despegaba de la fila con una carrerita parecida, casi avergonzado, casi alegre.
—¿Fuma? —preguntó Moure.
Ella miró a los costados, atentamente, después un poco a la mujer que seguía arrodillada y rezongando:
—¿Aquí? ... —y no sacó las manos de los bolsillos.
Moure encendió el cigarrillo y largó unas bocanadas para que ella oliera: eso era bueno, caliente y llenaba la boca y el pecho. “Esto marcha solo”, se alegró. Ella le miraba la mano, sin indiferencia y de vez en cuando le espiaba los labios y la nariz se le hinchaba como si le costara respirar o como si todavía le molestara ese olor que había creído era de goma quemada.
—¿A usted le gustaba? —dijo de pronto.
Moure se sobresaltó para largó una lenta bocanada:
—¿Quién?
—La señora... ¿Quién va a ser sinó?
Moure tomó el cigarrillo entre las dos manos, lo acható y arrancó una hebra con la misma cautela con que se hubiera cortado una cutícula; después levantó la vista y la miró a esa mujer: era joven, tendría unos veinticinco, no mucho más. “Si me la pierdo soy un ...” Pero no se la iba a perder. Los de atrás empujaban, ésos no respetaban nada, no se dio por enterado y siguió mirándola: el cuello, ese pecho tan abierto, el vientre y la deseó bastante. Por fin dijo:
—Era joven...
—¿Usted cree que la podremos ver?
—Y, no sé. Habrá que esperar.
—Dicen que está muy linda.
—¿Sí?
—La embalsamaron. Por eso.
Había quedado un espacio entre ellos dos y la mujer arrodillada.
—Hay que correrse— dijo ella como si tratara de algo inevitable.
—Sí —advirtió Moure— Sí.
Y se quedaron mirando vagamente hacia delante: la mujer de la pañoleta se puso de pie y estuvo un buen rato observándose y tocándose las rodillas, un chico empezó a llorar y una mujer deslizó una mancha blanca sobre su mano y ahí la sostuvo y de nuevo pasaron los soldados, esta vez ofreciendo café, sin saltearse a nadie, desapasionadamente. Ella murmuró algo y Moure le escrutó la cara para ver qué quería. No. Me estaba acordando de algo. Nada más, dijo ella sin sacar las manos de los bolsillos; Moure advirtió que era de piel el sacón que tenía porque lo rozaba contra el dorso de la mano y pensó que le hubiera gustado acariciarlo con los dedos, con el pulgar sobre todo, pero no se animó.
—¿Vio? —era ella que señalaba con el mentón desganadamente.
Moure volvió la cabeza y vio a un hombre que orinaba al borde de la vereda y se sintió irritado, justamente irritado, porque ése podría haber ido a otro lugar o se hubiese aguantado o, en último caso, no se hubiera puesto en la fila, entre tantas mujeres, porque esas cosas siempre pasan y uno debe saber lo que se puede aguantar.
—Está mal, ¿no? —murmuró.
Pero ella se había apoyado contra una vidriera y bostezaba, olvidaba de sus pies y de ese hombre que orinaba, y lo hizo varias veces, porque no fue un solo bostezo prolongado sino una serie de tres o cuatro que la obligaron a fruncir la nariz y a secarse unas lágrimas con la punta del pañuelo.
—¿Tiene sueño?
Ella negó sin dejar de bostezar:
—Hambre tengo.
—¿Quiere...?
—Sí.
Y fue ella quien lo tomó del brazo y la que dijo que subieran a un auto y fueran primero a cualquier lugar. Algo cerca, fue lo único que exigió y no perentoriamente, sino como si recordara algún requisito o alguna ventaja. Se arrinconó a su lado en el auto y contemplaba sin ningún asombro las piernas de los que iban en las plataformas de los tranvías iluminados, a uno que llevaba sandalias, a los que la miraban largamente sin atreverse a sonreírse pero con muchas ganas de hacerlo cada vez que el auto se detenía en cualquier bocacalle. Cuando un marinero se inclinó un poco para verla mejor, ella golpeó con la mano en el vidrio. A ése lo espanté suspiró. Y usaba un perfume de malva, un perfume de vieja o de casa con pisos de madera. ¿Y cuánto querés? y Lo que vos quieras y el auto siguió corriendo. Moure se sintió agradecido, entusiasmado y le pasó el brazo sobre los hombros. Cerca, ¿no?, volvió a preguntar ella y Moure sacudió con la cabeza. Esa cola, la gente que esperaba con tanta indiferencia, amontonados, pasivos, la calle en tinieblas, él había esperado demasiado. Era lento y lo sabía, pero tampoco se podía atropellar. Pero ya estaba. Y solo, esas cosas se hacen solas. Cuanto más se piensa, sale peor. Cuando el coche se detuvo por primera vez y Moure advirtió que el chofer esperaba una nueva orden mirando el espejito, apenas dijo A otra. Pero cerca. Cuando ocurrió la segunda vez, eso de toparse con una puerta cerrada cuando alguien piensa exclusivamente, cálidamente en entrar de una vez y quedar a solas como dos chicos que se esconden dentro de un ropero para que el mundo de los adultos tan ordenado y con tanta gente que mira se desvanezca. Moure se empezó a irritar. No hay lugar —informaba el chofer— ¿Los llevo a otro? Sí, sí. Pronto. Y anduvieron dando vueltas por unas suaves calles arboladas y ella empezó a reírse porque sentía las manos de Moure que le oprimían las piernas, pero no como para acariciarla, como si fuera ella, es decir, una mujer, sino como si su piel fuera un pañuelo o una baranda o la propia ropa de Moure, algo de lo que se aferraba para secarse o para no caerse. Por favor... por favor, repetía Moure y le estrujaba la carne. También estaba la mirada del chofer, que delante de esos portones cerrados soltaba el volante como para dar explicaciones porque él no tenía nada que ver con todo esto. ¿Los llevo a otro? Sí. Pronto... Pero, pronto por favor. Y toparon con otro portón, una gran tabla pintada de gris cerrada con un candado, y la risa de esa mujer aumentó mientras Moure pensaba que lo que a ella le correspondía era quedarse en silencio, tomarlo de la mano y tranquilizarlo o pasarle los dedos por las sienes para que se le desarrugara la frente, pero las mujeres se ponen nerviosas y no sirven para nada y por eso son mujeres. El coche había parado por cuarta vez o sexta y el chofer repetía ese mismo ademán prescindencia.
—¿Todo está cerrado? —gritó Moure.
Los ojos del chofer apenas temblaron en ese espejito y ella se rió con una risa que le dobló la espalda.
—¡No te rías más, mujer! —la sacudió Moure.
Y ella sólo negó con la cabeza, sin hablar pero con más ganas de reírse, apretando los labios y no cubriéndose la boca con una mano.
—¿No se puede ir a otra parte? —Moure se había tomado del respaldo del chofer.
—Y, no se...
—¿Nada hay?
—Más lejos...
—¿Dónde?
—En la provincia.
—¿Seguro?
—No; seguro, no.
—Estaba de Dios que tenía que pasar esto —cabeceó Moure.
—Hay que aguantarse —el chofer permanecía rígido, conciliador— Es por la señora.
—¿Por la muerte de...? —necesitó Moure que lo precisaran.
—Sí, sí.
—¡Es demasiado por la yegua ésa!
Entonces bruscamente, esa mujer dejó de reírse y empezó a decir que no, con un gesto arisco, no, no, y a buscar la manija de la puerta.
—Ah, no... Eso sí que no. —murmuraba hasta que encontró la manija y abrió la puerta— Eso sí que no se lo permito... —Y se bajó.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

Ana Russo (Santa Fe-Argentina)

EL GRITO

el silencio elocuente no existe,
los silencios elocuentes son sólo
palabras que se quedan atravesadas
en la garganta, palabras engasgadas
que no han podido escapar
de la angostura de la glotis.
Saramago (El hombre duplicado)


hay un lugar del grito
en el que no es posible hallar la venas
ya todas se han roto
la sangre ya ha corrido y se ha secado
pero la boca sigue abierta
y la garganta tratando de aullar
en glotis seca/
en ese lugar del grito sin grito
están todos los cuerpos entregados
de una mujer
cuerpos de parir
cuerpos de tragar insomnios
cuerpos de haber amado y no
cuerpos soporte y hendiduras
cuerpo de olvi/dar (se)
cuerpo del des/asir (se)
cuerpo fragmentado, aludido,
encarnado para desencarnase
sobre la boca amada
cuerpo que grita
con la garganta entumecida de músculos
que vencidos en sus plazos de pedir
matan a la mujer de esa garganta /

hay un lugar del grito
sin salida de aire
sin distensión
sin aliento
grito que sin oírse nos retumba.

DE LÁGRIMAS Y FUEGOS

“ya no lloraba pero sus ojos
nunca más volverían a estar secos,
que ese es el llanto que no tiene remedio,
aquel fuego continuo que quema las lágrimas
antes de que ellas puedan brotar
y rodar por las mejillas”
Saramago “El evangelio según Jesucristo”


de continuo
la mujer aprende a manejar los fuegos
el arte es el centro
todo centro es combustible
pero ella ha manipulado sus fuegos
sin quemarse
ardió y partió el aire con su goce
hizo lumbres de horas y rebrotes
pudo hervirse en sus lágrimas
y luego
aplicar fuegos azules indoloros
sobre el resto de la confianza/
coció, recoció, atizó, todo lo pudo
no hubo mezcla que no sellase en llamarada/
tuvo miedos vencidos y beligerancias cuerpo a cuerpo
y siempre fue arte/
pero hay fuegos continuos en la hoguera
del párpado inferior
ése que acuoso ya no pierde su agua
porque hay llamas en los ojos
que cierran la salida
que no permiten la extinción
del daño.

FEMINICIDIOS POR QUEMA

“…las mujeres aprendieron (…)
a tragarse las lágrimas,
tan pronto lloran como ríen,
y no es verdad están llorando por dentro”
Saramago “El evangelio según Jesucristo”


desfallecen ahora
que los tiempos oscuros han vuelto
de alcohol y chispas arden
las mujeres quemadas
se crispan se encogen se degradan
como nunca iluminadas teas
caminan con las espaldas ígneas
pero también las pelvis y los senos
las bocas y las manos/
la intuición, la preñez y la sabia matriz
no se perdonan
¡hechiceras, portadoras de menstruos!
ha vuelto el siglo de la quema
no nos perdonan lo enfermizo
de un corazón hecho de ovulaciones y sangrados/
fogatas de claridad hiriente
que iluminan de cuerpos esta hora
máxima docilidad
resplandor adherido
a la injusta extinción
dolor de género en la boca de
la mujer de leño llorado dentro.

TENER LENGUA Y NO LLEGAR AL AMOR

una invalidez del lenguaje
no es querer decir amor
y que la lengua no llegue,
es tener lengua y no llegar al amor.
Saramago “El evangelio según Jesucristo”


dónde surge el desorden de la lengua
que no puede decir amor/
el lenguaje es una posesión muerta
si la palabra no llega
si se confunde o diverge, y no llega/
la palabra es la lengua y ella sólo
repite lo que sabe
y del amor
que sabe si él no informa
si no alcanza ese vino y esos víveres
necesarias viandas de la ofrenda/
si no cruza el tenebroso valle
y busca después de tanta espina
un asilo de cuerpos
un refugio que nombre/

tener lengua y no llegar al amor
es una invalidez imperdonable.

CERTEZAS DE LA MESA REDONDA

“el amor disculpa todo,
todo lo cree, todo lo espera
y todo lo soporta.
el amor nunca pasará”.
corintios 13.


una mujer deja sobre la mesa de todos los días
una excusa de protección entre las tazas
un desagravio en la sazón de las comidas
un pedido de amor dentro de la copa de vino
una dulzura en el punto de la fruta
una ablusión de vida en el agua pura de la jarra
una catarsis en las servilletas de tela
un sacrificio a los antepasados en la tradición
de las recetas
un silencio de cocciones y pócimas
un arquetipo de madre nutricia
una espera que no se colmará nunca
un misterio difícil de ser entendido
un sueño de mesa redonda, sin aristas ni ausencias
un perdón de pan y una creencia
y luego, con arbitraria soberanía
tirará del mantel, caerá la noche
e inaugural dará a luz
una total confianza en que ella puede.

MUJERES DE AMÉRICA LATINA

las mujeres guardarán los hilados,
la vasija, la molienda, los rezos y las costumbres
de américa
las mujeres tendrán que tomar la palabra
las que aprenden pequeñas a lavar su propia sangre
las que arriesgan contra los dictadores
las que dicen a sus hijos que las
colonias de colibríes en américa ayudan a sostener el aire
y los vertederos de aguas potable.

Miríadas de caderas sudando
y viendo el asco de los recocimientos
y el destrozo hasta el final
no hasta el hueso final
sino hasta el propio final del humus óseo.
Nadie entiende que aún haya palomas y selva y cordillera
junto a las curtiembres de hombres y desolladeros on line.
El que anda vestido con la piel del pueblo
es un impostor y asesta el viento y la rotura
por el hueco de tantas bocas sin paz.

Las mujeres tendrán que tomar la palabra
pero tomar la palabra no será la metáfora,
tomar la palabra será la génesis del todo
cuando no quede ni estiércol ni ceniza
y debamos reconstruir américa,
las mujeres lavaremos tanta sangre
que será como haber entendido la redención.


PÁGINA 4 – ENSAYO

CUANDO CERRÉ SU LIBRO, SEÑOR PAUL AUSTER.

Por Carmen Rosa Barrere (Argentina)

Abrir un libro es adentrarse en la complejidad mente- cuerpo y espíritu de otra persona. Un desconocido lejano, que un buen día decide contar algo. Si el escritor aborda un tema poco interesante o que no logra entusiasmarnos, lo abandonamos aliviados. Si roza el área sensible de nuestro surtido interior, tomamos las páginas como a un tesoro y las llevamos a escondites conocidos para saborearlas sin que nadie moleste. Eso me sucede con los libros de Auster. Cada tema que elige, cada palabra que ubica está en su justo lugar; sus resbalones hacia las hondonadas del alma vienen pintadas a mano; minuciosas y sorpresivas nos arrancan suspiros o temblores. Hasta alguna lágrima si tenemos capacidad de arrepentimientos.
Cierro con desgano el último párrafo de su Invención de la Soledad. Al principio, en la tapa, había hablado con mi otro yo pensando “a la soledad no se la inventa, simplemente, existe”. La presentación que Auster hace de las diferentes soledades de sus personajes, en las que se incluye, me conmueve. Y la palabra soledad deja de ser una invención en la mente de un niño que presencia la muerte de su madre por la mano paterna y encarrila mi entendimiento a comprender que hay tantas soledades como seres vivos hay en el planeta. Que nuestras circunstancias, nuestras experiencias y la diferente calidad en la sensibilidad, transforman a nuestras soledades en dolores inéditos.
Y yo, que soy veterana en esta tarea de vivir, no podía, hasta leer su libro, aceptar que algún día mis descendientes tropezarían sorprendidos con mis secretos. Y que esos esqueletos memoriosos a los que nos aferramos los que descendemos la barranca sin pasamanos del envejecer, les dolerían. Los haría sentir solos porque la madre que creían conocer existía solamente en partecitas pequeñas, como trozos de rompecabezas que cada uno retenía en la memoria. No me imaginaron repasando con nostalgia fotografías de cuando ellos eran pequeños; la cartulina de la mañana que los llevé a hacer una visita guiada por los sótanos del Teatro Colón y Memo se pegó un susto con las máscaras y se hizo pis en los pantalones; acariciando la del Parque Lezama donde no veo al niño, pero sí el ostentoso cochecito rojo que guardaba al dormido Cesarito. Cuando las tenemos en la mano creemos, por brevísimos momentos, que las caritas de nuestros niños no cambiaron. Que milagrosamente, permanecen sumidos en la inocencia. Esperando mi cuidado y amor que están muy seguros de recibir sin ticket de reembolso.
Aparecen fotos ajadas de parientes muertos; memorias de un viaje a Amazonía; un diente de niño envuelto en viejas gasas, el regalito inubicable de alguien que quiso agasajarnos y la carta de amor de un intruso que se inmiscuyó rn mi vida sin permiso. Se miran entre sí, estupefactos, hasta ofendidos. La dueña de estos cajones y escondites en bolsillos no es la misma madre presente para asistirlos en sus emergencias. Es una extraña plagada de intimidades vergonzosas. Una señora a la que estaban vinculados desde la panza y que en realidad ninguno conocía de verdad. Es en ese instante en el que cada uno, pasa a ser el inventor de su propia soledad. Se acuerdan del día que tuvieron una pesadilla y yo no estaba para secar sus sudores de miedo. Otro aprieta los dientes cayendo en la cuenta que su elegida para esposa nunca llenó del todo mis expectativas; ideales que abandoné calladita porque priorizaba sabiamente que me importaba más su felicidad que mi antojo. Con la velocidad del rayo, empiezan a extrañarme, pero el vórtice del sentimiento suelta la lava de sus numerosos instantes solitarios.
Vivita y coleando, querría regalar a cada uno el libro de Auster. Para que, basados en la experiencia del escritor, se enteren que como todo mortal, a la soledad la conozco bien. A veces es mi amiga íntima, con la que disfruto los sones de Comienza el Beguine que bailaba en una pista armada sobre el Río Paraná, abrazada en la cintura por mi noviecito de la secundaria; o la evocación nostálgica de la mano del padre, que besaba mi cuerpo con los ojos; o mis épocas en la quinta cuando empezaba el estrago del otoño sobre las ramas y el sonido de una hoja cayendo me dolía, capacitada como estoy de inventar mis propias soledades.


PÁGINA 5 – CUENTO

MUERTE DE ORFEO
Al amado doctor René Favaloro, in memoriam.

Por Gregorio Echeverría (Argentina)

El parloteo desciende y se derrama desde la Acrópolis ganando los mercados y las plazas. Bavardeo, describirá no sin gracia un edil actualmente dedicado a recopilar perlitas -piedritas- para el mausoleo familiar. Porque las altas actividades de los ediles ya nada tienen que ver con las pedestres preocupaciones de los ciudadanos. Y quien en ese momento lo escucha desde uno de los escaños más alejados del pabellón de invierno, entrecierra los ojos conservando atentas las orejas. El querido Daimosthenak solía recurrir a estos inocentes golpes de efecto cuando su clientela, fingiendo un apego mentiroso a valores que en el fondo despreciaba, empezaba a bostezar, harta de escuchar extensos parlamentos que resaltaban por sobre toda otra consideración mezquina las excelencias de su maestro de oratoria. Pues del venerable recomendaba dos grageas que valían por un completo tratado. La necesidad de suscitar el interés del auditorio con algunos granos de pimienta. Y la conveniencia de estudiar con calma las expectativas del foro antes que la prolijidad de los propios argumentos. Tal aprendizaje no habría caído en predio baldío. Desde el momento en que, a fuerza de pimienta y alguna pizca de betún u otros ungüentos específicos, el recuento de votos solía terminar habitualmente a su favor.

El edil (ex-edil) ya no participa de la discusión pero vienen a su memoria el escándalo de la servilleta y las coimas del senado. Y el oyente memorioso sonríe para sí. Porque el viejo Daimos ha sido por encima de cualquier otra imputación un viejo zorro. Capaz de cautivar al mismo tiempo a su audiencia y con similares argumentos convencerlos exactamente de lo contrario cada vez. Logrando que además de votar nuevamente a su favor lo aclamaran a gritos. Si por razones de pudor y de una estricta discreción no me estuviera vedado el auscultar otros senderos temporales, seguramente estarían desfilando ante mis ojos y por entre los recovecos de la memoria rostros más significativos que los del anciano filibustero. Algunos amurallados en sus mastabas y urnas funerarias, en los rincones donde yacen finalmente los hacedores de mentiras y los ambiciosos de vanagloria. Otros disimulando su fragilidad con ovaciones subvencionadas y empinados sobre precarios andamios de consenso. Los golosos de aplauso. Los bulímicos de popularidad. Mi propio maestro -uno de los muchos, en realidad- el venerado Iposkrathos, no perdía ocasión de hacerme notar que menos sencillo que restaurar la salud de unas coronarias o la flexibilidad de los pericardios era cultivar y avivar la vitalidad de esa rara vocación de excelencia que él denominaba con fruición areté.

Toda mi vida, ciertamente extensa y rica en episodios del más variado cariz, ha girado alrededor de pivotes sencillos pero sólidos. De cada uno de aquellos trances guardo un resumen, una moraleja. No han sido pocos los reyes y generales confiados a mis cuidados. Menos -sin duda- los que hubieran pensado con franqueza que podían adeudarme algo más que la bolsa de monedas que dejan en mis manos apenas borrados de sus rostros los vestigios del terror y los estragos que sutilmente imprime en la frente y debajo de los párpados la visión demasiado próxima de los últimos capítulos. Nadie puede predecir los pormenores de su propia estela. Tal vez por eso mismo, los poderosos tengan por costumbre convocar a sus palacios algún rapsoda avezado en el oficio adulador de la retórica y en el ejercicio halagüeño de la pluma. No vale la pena correr riesgos. Nadie se atreve a dudar de la ecuanimidad de Anubis, pero todos sospechan llegado el caso de las influencias nefastas que pudieran opacar la imparcialidad del juez o la confiabilidad de su balanza. Y todos soplan con esmero para que la pluma no se pose sobre ellos mientras proclaman a gritos su decisión de dar la vida por el emperador o por la patria o por el dux. Escribas bien comidos o aedos agradecidos del vino generoso o del mullido lecho son una solución laudatoria y genial. Barbaroi. Extranjeros atenidos antes a la desprolijidad de los cuarteles y las armas que a la soledad de las bibliotecas y los claustros y las finuras del espíritu.

Recorro ahora con la mirada el vacío interior del templo. Un temblor subterráneo repercute en los talones desnudos y trepa hacia la clave de los arcos. Detrás de mí el peristilo extiende hasta el mar la sombra alargada de las columnas. Un mar irreconocible acerca hasta la playa la espuma salobre que llega galopando desde los confines del tiempo. También mis recuerdos fluyen a caballo de esa espuma que rompiendo en fulgores diminutos atraviesa de un salto el pavimento gastado del atrio y se adentra en la oscuridad del santuario. Oscuridad que se espesa al repique de unos parches retumbantes y gemido de flautas. Tres acólitos cargan en un hornillo medidas exactas de benjuí, canela y mejorana. Acercan un tizón y las especias comienzan a quemar su alma. Volutas plomizas se enroscan sobre otras livianas azuladas. El conjunto va trepando por la piedra perezosa de las paredes. Barbaroi, murmuro una y otra vez para mí. Voz apenas de una voz, sombra apenas de una sombra. Por mi mente en la cual una fiebre turbulenta avanza junto con el repique de las flautas, desfilan imágenes. Gritan algunas luces y una sombra afilada de dientes me amenaza y ríe. Procuro identificar las entidades que me rodean, en la seguridad de que nombrarlas habrá de alcanzar para volverlas a la nada desde la cual se proyectan. Pero al enfocar sus rostros sólo manchas grises con los estigmas de la descomposición y del tedio. Confusamente reflexiono acerca de la improbable humanidad de los esperpentos. Me acosan ahora adheridos al pavimento desgastado por generaciones de sandalias. Maxilares hiperbólicos, gargantas con la impronta del verdugo, fauces libidinosas babeando una bilis nauseabunda que se escurre por los desniveles en busca del osario general.
Trasgos de alas membranosas exponen a la luz de los cirios olores que conjugan la acidez de las coles fermentadas y el tufo de los estercoleros de camello. Sigo con la mirada la evolución de las nubecillas de incienso. Las espirales azuladas ya se desperezan por encima de las claves de la arcada principal. Las plomizas, en cambio, merced a la superior densidad, remolonean a media altura avanzando en senderos paralelos al piso y a cuatro o cinco codos por encima de las lajas.

Mis recuerdos derivan lejos de las volutas y el perfume. Iposkrathos en persona ha vigilado la severidad de mis primeros retiros, antes de que me fuera permitida el alba de lino blanco. Las tareas más pedestres me han sido encomendadas, para expulsar del espíritu el mínimo resabio de vanidad. La mortificación y el ayuno fueron mis únicos condiscípulos. Pasadas las celebraciones del nuevo año lunar, el elegido se despide de sus maestros y de sus compañeros y emprende solo el tramo final del largo aprendizaje. No hay entereza capaz de sobreponerse a la mordedura impiadosa de la soledad. Cada uno de mis mentores me advierte el estribillo. El hombre nace, vive y muere solo. Se acercarán a ti -me explican- tras la simpatía de tu conversación o por el tintineo de tu bolsa. Comprobarás (hazlo cuanto antes) que te adulan pero no te aman, te sonríen pero no te respetan en su corazón, te requieren pero no te soportan. Y cualquiera de ellos estará dispuesto llegado el momento para la puñalada o el golpe de una lanza por la espalda.

Mis pies algo hinchados se detienen al borde mismo del círculo. Veo -intuyo- la traza tenue que tal vez solamente exista para mi percepción (para mi confusión). Y sonrío débilmente. Para adentro, como es mi costumbre. Por pudor nomás, por esa picazón que me produce el presentirme en el proscenio de la curiosidad ajena, de la desvergüenza pública.
Las recomendaciones del viejo zorro son terminantes. La mejor reputación de un ciudadano es la de aquel de quien nadie habla. Ni a favor ni en contra. Sonrío porque desde las sombras los ojos entrecerrados de un Ionesco de nieblas me envía su guiño cómplice. Si pensabas en el círculo de tiza no lo nombres. Pisa y entra sin temor. Apenas traspuesto el límite, el círculo frontera se convierte en el círculo cerrojo, un círculo candado. Todo el cuerpo es una masa retorcida de músculos y corazonadas. Siempre el corazón de por medio. Medio corazón. Un corazón y medio. Y en el justo medio, en el centro de todos los centros, está -debería estar a la espera- la reina, la mía. La de corazones, claro. Penetro en el laberinto. Detrás de mí las ramas de laurel y los ladrillos ásperos se entremezclan a la perfección, cicatrizando la herida antes de que logre volver la vista para precisar la importancia de la estocada. Vivir… morir … tal vez soñar…

Sé que en cualquier instante, luego del siguiente paso acaso, cambiarán las secuencias. El primer círculo ya no ha de ser el primero sino el séptimo. La piedra ya no será la piedra. El agua habrá dejado de ser agua. Y un agujero negro levemente ominoso será instalado en el lugar que ocupaba hasta entonces el mismo sol. ¿Cuánta es la distancia de ese primer círculo -o séptimo- hacia el siguiente (o el anterior)? ¿Cuántos estadios alcanzará a recorrer Aquiles antes que la flecha fulminante lo descorazone. ¿Otra vez, doctor? En esta no iba la flecha sino una tortuga. Que tampoco va delante ni hacia Aquiles porque alguien ha seccionado limpiamente sus gemelos. Y no mordisco de tortuguita insospechable de perversas intenciones. Sino impacto de flecha desgarrando la epidermis primero y las levedades adiposas y las estrías pasmadas por el tétanos. El pie se adelanta ya hacia los arcos próximos. De repente una verticalidad sin atenuantes se apodera de las coordenadas del templo. Los círculos que hasta este penúltimo latido se abrían sin rupturas hacia el horizonte se alzan de golpe en busca del cenit. Gritando a la vez con tal vehemencia que es al mismo tiempo un nadir insondable el que establece los códigos del vuelo. Todo se acelera y todo se detiene y todo ocurre junta y aunadamente en un ahora y en un todo. Adelante -arriba- tu otro pie. Atrás -o abajo- eso otro que soy yo mismo pero al instante un extraño otro o mi gemelo o la sombra de mi sombra o la simetría del ego desde el otro lado del espejo.

Las volutas están ya enroscadas como una lampalagua bulímica alrededor de la giralda. Desde mucho más abajo de las losas deslustradas por generaciones de sandalias y arrepentimientos, un bajo retumbante me convoca. Daré aún un paso y otro más. El ascenso cada vez más duro. La pendiente abrupta que se me echa encima. He caído de espaldas. Y siento -adivino, maravillas- que el cuerpo no pesa ya. Ni los recuerdos pesan. Ni las angustias ni las humillaciones pesan. Ni los sís ni los nos pesan. Es la levedad que siempre imaginé asociada a la inocencia y a la gracia. Nada cuenta sino la enorme luz de la infinita lámpara escialítica que desde lo alto misericordiosamente me sonríe.
Primer premio Esteban Echeverría 1978
[Rosa descalza] Premio Alcides Greca / Santa Fe 1978



PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA

Fortunato Nari (Santa Fe-Argentina)

LA SED

I

Si tú te volvieras claramente y me miraras...
podríamos cruzar el camino
y andar.

La tarde.

En el sol los penachos iluminan.
La sed
es blanca.

El resplandor no llega al claro de los árboles.
(Entre los troncos
meditación sin nadie).

II

Todo lo que podremos saber si tú dijeras: "Vayamos".

Un pájaro salvaje graznará en la hondonada.
Y detendrás el paso.
Muy cerca
el eco.
Todo el horizonte
andando.

La tarde blanquea en los penachos.
La sed
alumbra.

III

Una canción hacia el cauce.
Escudriñarán tus ojos por el viento dormido.

Quedará una lágrima en la rama del pájaro:
Soledad.

El hato del pastor se fue en la nube:
El eco
preguntando.

Podrás quedarte sola y no te abrumará la hierba.
Hacia el último pájaro
sabrás.


PÁGINA 7 – ENSAYO

JUAN MEDINA LA MAESTRIA DE LA CONCIENCIA DEL TIEMPO

Por Víctor Manuel Guzmán Villena (Ecuador)

En el principio fue la forma, luego vino la luz, después el color y finalmente la textura. Como en la creación arquitectónica, la génesis de Juan Medina en su trabajo pictórico descansa sobre una sólida estructura de técnicas y conceptos, donde su memoria se teje en dimensiones plásticas hechas de aceite y canvas.
Con el transcurrir del tiempo, paso de la acuarela hacia el aceite, éste fue el recurso que le permitió acercarse con maestría a la conciencia del tiempo incrustada en la piedra, madera, espejos y todos los modelos-objetos que transfieren la retorica del Renacimiento sin moralizarlo.

Cada una de las pinturas de Juan Medina crea “otro” universo reflejado que emerge y que el espectador tiene ante sus ojos un punto de vista que es el reflejo simétrico de otra realidad y que proyectado regresa a nosotros como la Manerrist, dentro de la descomposición del espacio, de ahí hacia otra realidad figurativa, de la cual la memoria de él solo tiene la llave.

Su trabajo refleja el deseo de un nuevo entendimiento de los objetos de cada día, que como un científico va acercándose a una realidad latente, Durante más de 23 años Medina ha estado pintando progresivamente, incorporando técnicas y materiales que tienen la estructura tridimensional del espacio virtual.

El campo óptico de su trabajo reciente no es un simple ensamble de efectos, donde la trampa para el ojo está en la pragmática síntesis del arte hiperrealista-surrealista, que está comenzando en México y deja atrás el atavismo hacia el folclore. En este sentido, Juan Medina es parte de una sólida vanguardia de artistas de América Latina que han sido reconocidos ampliamente como artistas en el exterior y han sentado las bases del arte contemporáneo.


PÁGINA 8 – CUENTO

LA PREGUNTA DE TERESA

Por Héctor López Arias (Argentina)

La encontró en la cocina sentada a la mesa. Se sentó junto a ella. Aceptó el mate que le ofrecía y tomó una de las galletitas que sobraron del desayuno de los chicos.
_ La gata durmió en la cama de la nena. Volvió a cambiar de lugar _Dijo su esposa para continuar rápidamente. _Ayer me encontré con Carmen.

_ Él la miraba. Con la misma mirada que había tenido unos minutos antes, al afeitarse frente al espejo; una mirada que hiriente, fija, insoportable, que volvía a reiterarle la misma pregunta: ¿por qué Silvio?, ¿por qué aguantás lo inaguantable? esa mirada, hiriente, fija, insoportable que volvía a reiterarle la misma pregunta: ¿Por qué Silvio? ¿Por qué aguantás lo inaguantable? Siempre y cotidianamente en una inquisición de vacío a vacío.
La oía. De ella percibía un murmullo fuerte que dejaba entender que la amiga de su mujer había tenido un problema con uno de los paraguayos que atendían en el supermercado de los chinos.
_ Carmen. ¡Carmen y sus problemas con el resto del mundo! _Pensó apretando los puños, uno de los cuales ya había pulverizado la galletita que sostenía.
_ ¡Pará Teresa, pará! _ Fue su grito subrayado con un golpe de puño sobre la mesa.
Una galletita quedó a mitad de camino entre el plato que la contenía y la boca de Teresa, de la cual no salió ni una palabra. Al asombro de Teresa sólo lo manifestaban sus ojos, excesivamente abiertos. Amarillos, hermosos como los de una gata, habían sido una de las causas de la fascinación de Silvio, ahora eran dos faroles tan redondos como el plato en el cual reposaban las galletitas.
Manteniendo la galletita a mitad de camino hacia su boca, escuchó a Silvio.
_ Mirá Teresa. Yo no doy más. La familia me pesa y vos lo sabés aunque no digas nada. Me aplasta tu silencio sobre nuestro matrimonio. Es mucho tiempo Teresa. Veintisiete años de tus demandas, de los chicos, del grandulón de Gonzalo quien ahora nos carga con sus problemas de pareja. Bueno, por lo menos yo me siento cargado. Porque vos –como siempre- le ponés la oreja diciéndole: “Si, claro”.
_ La excitación de Silvio iba en aumento, de modo que su mujer no había variado de posición, tal vez inhibida por el creciente tono de ira en la voz de su marido. Tal vez porque jamás lo había escuchado y visto tan fuera de si durante casi tres décadas de matrimonio.
_ Estoy harto Teresa. _ Continuó Silvio. Harto de tus despistes con la tarjeta de crédito, de ir detrás tuyo con un matafuego apagando los incendios que provocás con tus “Me olvidé, no me di cuenta”. _La brevísima pausa que hizo Silvio, animó a Teresa a mover la galletita unos centímetros hacia su boca, quedando detenida nuevamente al reiniciar su marido el catártico monólogo.
_ ¡No me pongas esa cara de asombrada! _ Ese sí fue un verdadero grito que hizo caer la galletita de la mano de Teresa. Ahora asustada.
_ ¡Estoy harto de pagar tus multas por dejar el auto mal estacionado! ¡De tener que rescatarte de los supermercados por tus rapiñas de dos o tres berenjenas! _Silvio ya era la Garganta del Diablo vertiendo reproches, reclamos y recriminaciones a una azorada como impávida Teresa. Y continuaba. Parado ahora.
_ ¡Podrido me tenés con tus demandas que se suman al pío-pío de los chicos porque vos sos incapaz de ponerles un límite!
_ La nueva pausa en la cual Silvio tomó aire, al mismo tiempo que daba una vuelta sobre si mismo, no alteró para nada la posición de Teresa, cuya mano descendía hacia el plato, muy lentamente, para tomar la última galletita que restaba. Silvio completó su giro con la mano derecha en su cintura, acomodando su pelo hacia atrás con la izquierda, para, finalmente, quedar apoyado con ambas manos, inclinado el torso, con la cara muy cerca de la de su esposa. Toda su expresión corporal era tensa. Dura su mirada como un diamante brillando de odio. Las cejas fruncidas aparecían más espesas de lo que en realidad eran.
Por primera vez, Teresa se inquietó, pero no lo suficiente como para dejar caer la galletita de su mano.
Silvio retomó su desahogo con un tono más bajo, pero no por esto menos amenazante. Así, al menos, le pareció a Teresa quien asoció el sonido de los reproches al siseo de un gato pronto para el ataque.
_ Y de nosotros ¿Qué? _ Preguntó Silvio, dejando un espacio con la esperanza de que se llenaría con una respuesta. Pero no. Teresa no dijo nada. Silvio continuó diciendo todo.
_ ¿Cómo creés que me siento? ¿Creés, acaso, que no me doy cuenta de tu rechazo? _Tomó aire nuevamente Silvio. La galletita permanecía en la mano inmóvil de Teresa.
_ Si voy a la cama primero, vos te quedás mirando la tele hasta tarde. Si soy yo el que se queda, vos vas temprano a dormir… _Teresa continuaba impasible, actitud que desesperaba a su esposo y cuyo corolario lo enunció acercando nuevamente su cara a la de su mujer. Amenazante ya.
_ ¡Me voy Teresa! ¡No te aguanto más! ¿Te quedó claro? ¡Quiero el divorcio Teresa!
_ Entonces la boca de Teresa se estiró hacia izquierda y derecha en un boceto de sonrisa, a la vez que recuperaba sus ojos de gata y con la boca llena, por la última galletita, le preguntó a Silvio:
_ ¿De veras harías eso por mí?


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

REDOBLE POR FORKAS

A Norma Segades y su bello Rostro en la muralla.

Gregorio Echeverría (Buenos Aires)

Ah goloso devorador de fíbulas privadas / ladronzuelo
de serrallos ajenos escalados a gubia y alcotana
malgrè la timidez de la caliza tortoniense / quién era
(confiésalo in extremis) su viudo dueño su señor
a quien traidor robaste / breve fue el beso furtivo
fugaz el tacto la mirada bulímica / profeta de otro
gesto del genio demandante (tal vez no te atrevieras
a gritarle ¡parla!) / inhumaste su peplo a cal y canto
en la muralla para ascender —otro evangelio apócrifo—
a tu crucifixión sin legionarios y sin lápida.


PÁGINA 10 – ENSAYO

¿MODERNIDAD, PRACTICIDAD O MAL GUSTO?

Por Carlos Luis Ibáñez Torres (Colombia)

Los primeros cincuenta años de Mamá, de Papá o de algún miembro de nuestro clan, son, sin duda, parte mayúscula de nuestra identidad registrada en los álbumes familiares. Ir a “baño” al río, hacer melcochas después del soberbio sancocho trifásico, asistir a cine en grupo, con padres, hermanos, primos y los mejores amigos, -que son de la casa,- los bautizos, las primeras comuniones, y no se diga los quince años de las niñas, los grados de bachiller, y los ya escasos matrimonios por la iglesia, son además de signos tradicionales, tal vez los recuerdos especiales que nos deja la vida en familia, hablando de familias de clase media en Colombia, donde se celebra desde el cumpleaños del loro, hasta el más reciente curso, en que el SENA, acredita a uno de sus integrantes, como experto en redes y circuitos domésticos.
Claro que hay (“familis”) de alta alcurnia, en las que seguramente los recuerdos navegan aún en una majestuosa noche a orillas del Sena, o la memoria infantil está invadida por Mickey Mouse, o el gran orgullo de una tarde en Montmartre, o bajo la inmensa figura del átomo en Bruselas, o el romántico paseo por Venecia o los indescriptibles viajes a tierra santa que son el premio máximo para madres y abuelas de cincuenta para arriba, de todas las clases, eso sí…
Esos recuerdos casi todos condensados en los singulares y originalísimos álbumes familiares, son memoria fiel de cada uno de nosotros, detenidos allí por la magia de los fotógrafos de época, tan geniales y oportunos, introducidos a la historiografía hogareña por el ojo pícaro del primo, o el oportuno clic de papá o de tía o mamita, cuando los primeros pasos, o su chipolito rubio o sin dientes o con dientes pero sin un solo trapito, o el clásico niño culito al viento, sin más ropita que la piel, o cuando nos fascinaba vestirnos de gorilas, o de hadas, pero esos álbumes, han sido reemplazados por unas magistrales fotos digitales de alta definición, que por millares, se hallan ahora en el computador o cualquier otro “robot” del apartamento, en ocasiones vistas sólo por los expertos en las “tics”, debido a la diferencia tan marcada que existe entre abrir el sencillo libro o iniciar el aparato electrónico especialmente para los mayores de la casa.
Pero no es ese el asunto en cuestión, lo que se quiere decir es que los álbumes nos agrupaban bajo las frases clásicas: “Ese soy yo, esto fue en el grado de, aquí estábamos en Jerusalén,” y muchas más expresiones, que nos permitían tardes enteras de remembranza, sana risa, bellos recuerdos, nostalgias y calor humano, entonces hacíamos el inventario de cuando éramos libres, autónomos, y muy, muy generosos, porque regalar era alegría, cada dádiva se acompañaba de una sentida tarjeta, porque cuando se nos invitaba a las grandes, medianas y pequeñas fiestas, el verdadero sentido de la reunión además de celebrar tal o cual evento, era el de COMPARTIR, bailar la música de moda, los traguitos, la comida, la autonomía para regalar lo mejor que podíamos, con cariño, con algo de practicidad, aunque en muchas ocasiones se repetían los regalos, - ¿Recuerda que a Lili, le regalaron como cinco planchas?, -A Juan le regalaron tres play station, o en fin pero había criterio y buen gusto, se regalaban cosas y objetos valiosos que llevaban la huella o el sello de quien los obsequiaba, se transmitía el cariño, o el afecto o incluso el compromiso, y de cuando en cuando la confianza, -Mijita que le gustaría recibir en su grado-, por ejemplo.
Pero empezaron las cuentas y la modernidad y con ello se estableció, como una especie de sarampión, esa práctica tan desagradable, y tan de mal gusto pero muy moderna que han denominado la “LLUVIA DE SOBRES”, que es como una tarifa, es equivalente a pagar la entrada a la fiesta, sencillamente, esto hace que no haya un verdadero oferente, es como si asistiéramos a un evento público donde quien paga está presente, y, lógicamente, se crea esa insana posibilidad de comparar la cuota de los “invitados” y, de hecho, clasificar por estrato, y para “ahondar esta pena”, (como en el tango),en ocasiones, quienes más tienen menos dan, eso es típico.
Será que no damos marcha atrás y recuperamos las sanas costumbres y el recato en esos sentidos, y devolvemos a los invitados esa posibilidad de regalarnos su amistad, su aprecio, su buena voluntad expresada en el presente que cada quien considere adecuado para la ocasión, incluyendo a quienes piensen que su presencia es el mejor regalo.
¿Llegará el día en que un osado y moderno doliente, en los carteles fúnebres, además de las consabidas leyendas que en éstos se acostumbra, inscriba la enriquecida y genial invitación a las exequias, con “lluvia de sobres post mortem”? Practicidad, modernidad o mal gusto. Uno se pregunta.


PÁGINA 11 – CUENTO

SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Por Miriam Cairo (Argentina)

Un vacío histórico se extiende, cuando el jazz lentamente gira, trepa, rompe, extiende, murmura. Hay cosas tan normales que dan miedo. Las señoras con alma de acacias repiten el mismo paseo cada domingo. Dan sus pasos de árbol mientras mueven apenas los brazos como ramas. Los señores las acompañan buscando de reojo guirnaldas de muchachas blancas y de mujeres rojas o rememorando el jazz que extiende, rompe, murmura. ¿Habrá un modo de salir ilesos del silencio?
*
Hay una extensión de tiempo que nos lleva. Según la enciclopedia virtual, "el síndrome de Estocolmo es una reacción psíquica en la cual una persona retenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado". Hay una extensión interna que nos define. Los pasos conocen nuestro abismo.
*
Emula. Desnuda en el parque solitario, desnuda en un lenguaje violentado, en un lenguaje de mil puntas y pocas palabras. Desnuda entre los asesinos del único rey, con sus guantes púrpura, sus dientes sangrientos. Firme y desnuda ante el turbulento síndrome de la oscuridad, fuera de la especie, obligada a amar en herrumbrosas camas. Boca abajo desnuda, al borde del aburrimiento, buscando algo que todavía no ha encontrado.
*
En ocasiones, la palabra ave tiene alas tan largas, que pasa volando sobre la ciudad con su cabello de mujer y con los ojos tan abiertos que las personas secuestradas, acaban ayudando a sus captores para salvarse del peligro de la libertad.
*
El amor yacía abstracto en un libro, con huesos ornamentales, con la boca moribunda mamando de las ubres de la noche, rumiando soledad.
*
En el Kreditbanken, las sayas de encaje de leche cruda no cabían ni en la memoria de alguien. Los gigantes subterráneos se ahogaban en su propio suelo. Cuatro hombres debajo de un escritorio no desafiaban la gravedad. Una lágrima caía como una gota de mercurio sobre la alfombra. Seis días después, de los almuerzos compartidos, de las respiraciones próximas, de las desconfianzas mutuas, el beso agradecido. Y los hombres con la linterna ciega queriendo iluminar la noche.
*
Especies de calles, especies de caminos, especies de lagos, especies de personas, especies de noches, especies de cielosà una especie de mundo, Choubert, toda especie de especies, Magdalena, ¿lo único que podemos hacer es pagar y aplaudir más fuerte? Una nostalgia, dos desgarrones, tres restos de universo, un agujero abierto, los pies más abajo del suelo, ¿cómo se llama el actor que desempeña mi papel? Choubert. ¿Dónde está la belleza? ¿Dónde está el amor? He perdido la memoria. ¿Aquí no hay un apuntador?
*
Tanto el captor como el rehén procuran salir ilesos del incidente de estar unidos en matrimonio, por eso cooperan. (Bueno, esta no es una cita textual).
*
Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres. Tengo unas cuantas cosas que decirte: el acontecimiento es una cosa que se pliega y que se repliega. Hay otras cosas que se extienden en el espacio. En tiempos remotos los hombres comían a los hombres. Un rumor de cosas negras va rodando en el fondo de los ojos. Negras como un asesinato o una religión. De hormiga a pez, de pez a pájaro, de pájaro a mujer, de mujer a palabra. En el transcurso, los hombres no dejaron de comerse hombres. "Hay que encender fuego en la cabeza para recoger el hollín de las palabras." Hay que salvar a los niños antes de que sean hombres y quieran gobernar el mundo. Hay que detener este hábito alimenticio.
*
Los rehenes tratan de protegerse, en un contexto de situaciones que les resultan incontrolables, por lo que tratan de cumplir los deseos de sus captores. Enciclopedia virtual oportunamente citada.
*
Podrías morir. Podrías no morir. Podrías arrancarte ese ramillete de nervios que llevás por cabeza. Podrías ofrecerte en tu propia piedra de los sacrificios para salvarte. Los que comen hombres son capaces de muchas cosas. Se comen los unos a los otros y hablan con la boca llena. Podrías poner tu corazón boca abajo, a la altura del yo, a la altura del sexo sin fondo que excede la desgarradura. Podrías hacer algo a tu favor ya que siempre pagás y aplaudís tan fuerte. Podrías no pensar que todo debe ser así porque siempre fue así. Podrías dejar de una vez por todas, esa pesada costumbre de morir bajo la misma sombra. Aunque admito que el no morir está lleno de dudas.
*
Y en el autosecuestro, ¿uno siempre coopera consigo mismo?


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

Esteban González (Chaco)

I

Esta primavera
me encuentra desprolijo
de ideas y papeles.
Estoy tratando de hilvanar una palabra
a otra para consolarme
de esta sed de escribir
y sigo en blanco.
La musa se fue
tras un nuevo amor
que promete eternas primaveras.
Algún día volverá.
Las primaveras no son eternas,
como el amor,
la pasión,
el olvido.
Volverá para que les dibuje beso a beso
las alas...para volver a volar.
y repetir el juego de partir y regresar.

II

En este cavilar de medias tintas
descubriendo mi idas y venidas
descubro que el amor pasó a mi lada
hace noches en un hotel de mala suerte.
No se si por cobarde o por prudente
el temor de sentirme acorralado
vago solo por la acera de la noche
ocultando mis temores y fracasos.
Y ahora vienes a mí como la brisa
deteniendo mi andar despreocupado
y en la frontera sofocante de la siesta
reconcilias mi presente y mi pasado

III

Me cuentas tu historia.
Te escucho, me emociono,
hay brillo en tus ojos.
Me cuentas mi propia historia
y la siento tan lejana y tan cerca de la vez
que me parece oir nuestros pasos
en busca de ese cuarto de hotel
donde cambiábamos los sueños
y salíamos felices a enfrentar al mundo.
Escaso de billetes,
con un sueño menos
contando las horas para el próximo
que nos permita dormir.

IV

Ahora llegas
cuando despunta la mañana de febrero
y tocas a mi puerta
como si fuera ayer.
Han pasado tantos años.
Salgo de las sombras,
de incendios de paciencias e impaciencias
que presagian olvidos y recuerdos.
Salgo a tu encuentro menos joven,
más cansado y menos audaz,
pero más tierno, enternecido
por la tranquilidad de los relojes.
Con la mirada limpia presagiando el futuro.
Con la mirada de siempre
que te guarda en el fondo iluminado
de nuestros ayeres de soles.

V

Ahora que el ave descansa,
que el hombre sueña,
que la tierra se estremece
de tantas caricias prohibidas,
que puedo razonar y afirmar,
que cualquier tiempo pasado fue peor
pido otros cincuenta años
libre de castigos antiguos e infinitos,
para burlarme del amor
ahora que he descubierto
su costado vulnerable.


PÁGINA 13 – ENSAYO

OLIVERIO GIRONDO(1891-1967) CUANDO LA VANGUARDIA PERMANECE

Por Silvia Loustau (Argentina)

Oliverio Girondo publica sus primeros libros a comienzos de la década del veinte. Por aquel entonces, era uno de los jóvenes y conspicuos miembros de la vanguardia poética argentina, al igual que Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal o Raúl González Tuñón. Y si todos ellos asumían idéntica postura en cuanto a la necesidad de romper con la tradición -que encarnaba, básicamente, Lugones-, en el caso de Girondo esa necesidad cobraba modalidades radicalizadas, que lo llevaban a distanciarse nítidamente de las convenciones literarias impuestas como tradición y aceptadas por el público. Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) y Calcomanías (1925) son dos libros cuyo lenguaje exige nuevas formas de legibilidad. Ese lenguaje acompañaba las nuevas formas sociales y culturales que se imponían no sólo en Buenos Aires sino en el mundo entero. Por ello, el gran tema de esos libros son las ciudades -ya sean las ciudades del extremo sur del continente o las ciudades europeas e incluso africanas-, y su lenguaje, sobre todo en Veinte poemas..., un lenguaje que oscila permanentemente entre el juego poético y la prosa.
En la terraza de un café hay una familia gris. /Pasan unos/senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. / En un quinto piso alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana. /Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, / que se me entran por las pupilas. /verso y la prosa….
Vemos, en este simple ejemplo que el mundo del que hablaban sus poemas se presentaba como un mundo dislocado y fragmentario, y el lenguaje con el que se lo decía se exhibía como un lenguaje fracturado que abolía la idea de totalidad y sobre todo de unidad artística y discursiva.
Estoy convencida que leer a Girondo es emprender un viaje por la pasión, el fanatismo, o pone en acción una picaresca de la poesía.Hay en él una capacidad entusiasta de contemplar las cosas, como una invitación permanente, dicho asombro se pone de manifiesto en el gran numero de exclamaciones que jalonan sus páginas. Asombro del niño que ve por vez primera una jirafa, de quien descubre el milagro cotidiano. Leamos su.: Otro nocturno
La luna, como la esfera luminosa de un reloj de un edificio público. / ¡Faroles enfermos de ictericia! ¡Faroles con gorras de “apache”, /que fuman un cigarrillo en las esquinas!/ ¡Canto humilde y humillado de los mingitorios cansados de cantar! / ¡Y silencio de las estrellas, sobre el asfalto humedecido!/ ¿Por qué, a veces, sentiremos una tristeza parecida a la de/un par de medias tirado en un rincón?
En La Más Medula si encontraremos signos de pesimismo, cierta angustia; sin embargo la poesía de Girondo continua siendo una poesía de exaltación, apasionada, ansiosa por el mundo.
y sus ramos de sombras y su aliento que entrecorre las algas del pulso de lo inmóvil/desde otra arena oscura y otro ahora en los huesos/mientras las piedras comen su moho de anestesia y los dedos se apagan y arrojan su ceniza/desde otra orilla prófuga y ….( Alta Noche)
En su libro Espantapájaros los protagonistas ya no son las cosas sino los mecanismos psíquicos, los instintos, encontraremos un lenguaje expresionista. Es una rebelión contra los valores establecidos, las instituciones falsificadas, el arte, la familia, todo lo que para Girondo merece ser derrumbado con la poesía.
Descubriremos humor entrelazado con furor, sarcasmo con decepción, Girondo toma el absurdo y lo transforma en un elemento, lo exorciza, deja de ser victima y se convierte en testigo y juez.
Leer a Girondo me lleva a recordar a Nietzche: El que enseña a volar a los hombres del porvenir habrá desplazado todos los límites; párale los limites mismos volaran por el aire, bautizará, después de mucho, la tierra, la llamará la leve…
Girondo se adelanto demasiado al tiempo poético, quizá recién ahora pueda ser recorrido, descubierto en toda su dimensión.

Dicotomía incruenta (Oliverio Girondo) -
Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.
Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.
Y en el precise instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,

bostezando los tópicos y los llantos fingidos.


PÁGINA 14 – CUENTO

PAISAJE DE MI CALLE.

Por Eduardo Pérsico (Argentina)

Atardece. Mi vecino José Juan cruza por su nieto a la escuela de enfrente y luego vendrá a conversar unos minutos. Hoy con certeza me hablará del terremoto en Japón, del riesgo de una lluvia radioactiva más la guerra del petróleo y las fortunas inhumanas que acumulan futbolistas y famosos. Esas cosas.

La luz se adelgaza en la tarde y desiste de obstinar su brillo. Quizá se repliegue sutil bajo el ocaso hasta volver el día sobre el mundo. Que no cambió es verdad y está en su sitio. Es muy sabia la luz, vale creerle que de medir el universo no justamente pero al menos en millones de tiempos imprecisos, esta esfera vagando el infinito no parece de mucha relevancia. Una porción modesta de universo que ni los más fanáticos en milagros y cielos aciertan en decirnos lo contrario.

Es que acaso habitemos una brizna que el infinito ni percibe y el girar diminuto de este planeta nuestro, por miles de centurias no inquietó ni un segundo al gigantesco espacio. Y a pesar del anuncio que nos vendrán dioses que ‘se la saben todas’, nadie arriesga si la inmortalidad anda cerca del barrio o es lejano infinito, como al fin nos parece.

Ya pasó mi vecino José Juan con su nieto, sonriendo, y prometió decir algo que leyera ‘de las deudas perpetuas de los países pobres’. En verdad, no con ansiedad aguardé su llegada si cuánto bien vendría charlar con algún dios de esos que nos imponen ajustar cuentas a nosotros, seres comunes que respiramos en este sur del mapa y por siempre nos aprietan matones vestidos a la moda que nos envían unos divertidos banqueros. Y José Juan predice que admitiendo por siempre ser deudores de cuentas desprolijas nos evitamos futuros de pólvora y calibre; ‘nosotros tan pobres seres vivos ayudamos al ciclo de quienes siempre cumplen al acreedor fantasma que eternamente cobra, deudas que no sabemos quien contrajo’, redondeó mi vecino. Nos reímos, charlamos otro rato y lo ayudé a salir al comenzar con frases que a él lo divierten demasiado. Son estilos.

Las sombras ya se apropian de la calle abierta y esa penumbra anuncia cierto otoñal encanto. La yunta de aguiluchos apareados de vuelo retorna a la torre de la escuela y acalladas las voces, la tarde amaga cierta leve tristeza en el entorno. El silencio convoca a un concilio de sombras y mi jardín ya opaco sin madres y sus chicos trajinándole cerca, me dice hasta mañana. Hay un tiempo más tiempo que sugiere esta calle, un diálogo constante o al menos, simulado libreto guardado en su memoria. Es la calle en que vivo y no se si contemplo o ya imagino el mundo.

Por aquí no transcurren multitudes esclavas ni eternos ganadores exhibiendo riquezas o panfletos de moda; es un sitio hasta esquivo a esos vendedores de la fe en iglesias mezquitas sinagogas y varios. ‘A quienes hay que liquidarles tanta impostura de eternidad y cielo prometido; cada pibe muerto de hambre en el mundo es una derrota de sus dioses; y ustedes no sigan haciéndose los giles, che’. Parrafada que recién esquivé que pregonara José Juan y gritada por una multitud cambiaría el ensoñado paisaje de mi calle.


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

Bertha Carou © (Buenos Aires)

Es la hora en que el mar se doblega
a los ojos de quien lo mira
y las sirenas ofrecen su canto a los mortales.
Ulises bien sabía de esto
por eso es bueno a veces, acudir a Homero
también, recordar a Heráclito.
El hombre es viejo pero nunca tan sabio.
Este mar que contemplo ahora
recibe miles y miles de confesiones desesperadas
algunas lágrimas se mezclan en su seno.

Deidad acuosa
ondulante monstruo que acunas a los suicidas
a los que creen en tu fondo de algas y canciones zozobrantes
con jardines de corales en eterno vaivén
ese canto de sirenas que alguien escuchó alguna vez
desde cuándo? desde siempre, hoy está conmigo.
Te alimentas con el fluido de las lágrimas
por eso no te aquietas y tu vientre acuoso crece y crece
desde los principios de los tiempos te alimentas.
Pero no nos bañamos dos veces en el mismo mar
prefiero elevar la vista a la multitud de gaviotas
que describen el nombre de mi amado.
Acá abajo, en tu seno, se acunan los desencuentros
escribes con tu espuma la eternidad de los hombres
en catedrales transparentes
con dioses de arena;
también es acuoso el tiempo
escribo en la arena este poema imposible
y me río de la eternidad de mis escritos,
alzo un castillo para la poesía sempiterna
y de los que luchan para que brille
aunque yo viva en un cementerio de lunas
vuelvo a mirar el cielo
porque nacen gaviotas de mis ojos y son
las que se quedan
en un cuadro de Van Gogh.


PÁGINA 16 – ENSAYO

EL HUMOR EN LA ESCRITURA DE NARRADORAS ARGENTINAS CONTEMPORÁNEAS
DE LA COSMOVISIÓN A LA ESTÉTICA

Por Irma Verolín (Argentina)

La chaqueña Silvia Schmid es una de las que mejor da cuenta de esta utilización del humor frente a un poder de carácter opresivo que puede ser desde el rigor de una teoría a la rutina del ama de casa. En su libro "Mabel salta la rayuela" -Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes de 1986- podemos encontrar dos clases bien diferenciadas de cuentos: los que se inscriben en una tendencia claramente satírica y los que trabajan con una narradora melancólica y poética, la narradora encandilada o fascinada por la situación, la que a pesar de estar deslumbrada, sabe, conoce, puede establecer la distancia suficiente como para narrar sin ser tragada por el hecho narrado. En este último caso el rasgo de humor es esporádico y leve, sólo de tanto en tanto se desliza una ironía sutil. El mundo según Schmid puede ser percibido en dos aspectos que no chocan entre sí: uno es claro, diáfano, poético y el otro, desdeñable. En uno de los cuentos -"Dibujos"- Schmid coloca una cita de Woody Allen y es la siguiente: "La vida es una porquería y para colmo es corta". Curiosamente los relatos de este libro son en su mayoría cortos o breves. Hay también otra de Julio Cortázar: "¿Cómo contar sin cocina, sin maquillaje, sin guiñadas de ojo al lector? Tal vez renunciando al supuesto de que una narración es una obra de arte. Sentirla como sentiríamos el yeso que vertemos sobre un rostro para hacerle una mascarilla. Pero el rostro debería ser el nuestro". Estas son las dos únicas citas del libro y en ellas detecto la clave de su estética. La literatura de Schmid tiende al zarpazo, a apresar la realidad en un instante; para ello utiliza la frase corta, directa, el impacto de una imagen clara, contundente. Se trata en este caso de captar urgentemente la imagen, fotografiar el sentido de manera instantánea. Si se comparte el código, el humor es directo, explícito. El humor es un acto de complicidad con las personas que participan del código. En este caso el guiño delata la participación de un conocimiento que únicamente quienes han sido iniciados en la clave estética pueden manejar, no es el código de lo "culto", lo rebuscado o difícil, tal como alude la cita de Cortázar, sino a la inversa, es el guiño ante la obviedad de lo descalificado, degradado o sencillamente fuera de lugar, aquí el humor da a entender que aquello a lo que el cuento hace referencia ya ha sido superado, la burla es un síntoma de liberación, tal como puede leerse en "¡Viva Freud!", donde Schmid ridiculiza las posturas intelectuales en auge y a quienes se fanatizan con el diván; el mismo efecto produce el cuento "Dominus dedit, dominus abstulit; sit nomen domini benedictum" en el que es parodiado el fundamentalismo religioso y los tópicos del discurso eclesiástico. Digamos entonces que aquí el humor establece una complicidad frente a lo obvio. Schmid se burla de las teorías que están de moda, de las intelectualizaciones, del machismo, de todas aquellas ideas que, ya sea por superficialidad en su empleo o falta de actualidad u operatividad, han perdido eficacia y prestigio. "Mabel salta la rayuela" se publica con el retorno a la democracia y utiliza el humor para fortalecer la mueca de rechazo o hartazgo que la realidad observada inspira. El texto funciona como una prueba de asfixia, de cansancio. La literatura es un espacio donde se puede respirar un aire que no está viciado por la realidad. La ilusión -"El canasto de las compras", "El cine" entre otros- dispara el conflicto, da cabida a la historia, pero el lenguaje utilizado y el tono de lo narrado demuestran que no hay un intento de romper absolutamente amarras con la realidad, sino marcar sus fallas, sus cicatrices, sus hendiduras. Sí, la vida es una porquería, pero el acto de dar cuenta de ella y atraparla mediante el lenguaje se convierte en un salvoconducto de supervivencia. El humor entonces es una estrategia, un medio para quejarse, criticar o gritarle al mundo su condición de porquería. Entre ese mundo retratado y el texto existen vallas que Schmid se dispone a echar abajo. En ese esfuerzo por derribar obstáculos para dar el zarpazo con las palabras más simples y directas, el humor es el elemento de lo obvio expuesto allí para que demuestre cuán obvia es la realidad, además allana el camino, como si el lenguaje coloquial y el humor fueran un puente que le permiten a Schmid deslizarse desde esta realidad a la del texto con fluidez con el fin de que el texto no corra el riesgo de aniquilarse bajo el nombre de "obra de arte". El humor funciona como las palabras del código cotidiano, del habla de todos los días: lo familiar, lo conocido, así el texto tiene la belleza de lo despojado, de lo sin maquillar. Hay un proceso de desnudamiento, de corrida de velo: la realidad es atrapable, decodificable, descifrable y aún así poética en virtud de haberle quitado sus disfraces, de haber mirado sin cortapisas. Hacer literatura es animarse a detectar lo esencial sin adornos superfluos. El texto es el resultado de tan sólo saber interpretar previamente eso que se mira y el humor es parte de ese modo de mirar en tanto y en cuanto sea necesario. El humor barre lo superfluo para despejar el camino, el humor remarca la obviedad y apoya la burla que desmitifica. El humor funciona como el golpe final que echa por tierra lo que ya estaba a punto de caer: una moral perimida, una postura superficial, una obsesión chabacana. Podríamos también considerar que el humor, además de desalmidonar la prosa para alejarla definitivamente de cualquier maquillaje y liberarla de la solemnidad, juega una función de contrapeso con respecto a la diafanidad de otros textos.
Aún más que en otras escritoras es imposible pensar la narrativa de Schmid sin el antecedente literario de Cortázar, del uso coloquial del lenguaje inaugurado en los sesenta, pero tampoco, igual que muchas de las escritoras aquí abordadas, del mundo de la plástica, la tradición de la caricatura periodística, el cine de vanguardia y el relato popular.
En la escritora nacida en Buenos Aires pero santafecina por adopción, Angélica Gorodischer, el empleo del humor suele servir, entre otras múltiples funciones, para destacar lo ridículo, lo perimido de las costumbres, aunque quizá la función más fuerte de su humor desopilante sea la de desarticular constantemente las estructuras de lo previsto. El enfoque lógico de los hechos y las cosas es rehuido, la visión se dispara hacia esa zona en la que todo puede suceder, linda con lo absurdo pero únicamente lo imprescindible como para instaurar la nueva lógica. Lo que prevalece es la idea del cambio, la posibilidad de lo dislocado, lo descolocador. No parece importar qué sucede o en qué rasgos o situaciones se sitúa el humor sino que la ley loca es la que necesita demostrar su existencia. Este "todo puede suceder" habla de la posibilidad de cortar los lazos con la lógica cotidiana. No es casual que la estética de Gorodischer, en la que el humor es un rasgo fundamental, haya encontrado un espacio considerablemente extenso en la ciencia ficción. La originalidad de esta obra reside en la mezcla de un género inicialmente solemne con cierta marca de lo profético y la desenvoltura de un rasgo de humor antojadizo.


PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

EN NOMBRE DE SUS NOMBRES *
La poética de Norma Segades-Manias

Por J.M.Taverna Irigoyen (Santa Fe-Argentina)

Poeta de pie, Norma Segades-Manias hace de la poesía un testimonio vivo. Testimonio que objetiva lo subjetivo de historias, escenarios, personajes olvidados, vidas inocentes y valerosas, transitando lo exegético sin tintas sobrantes; compartiendo el espíritu de las fuerzas genuinas.
Segades-Manias cree en la criatura humana, pero más en sus acciones, en sus protagonismos. Entonces, por sobre lo genérico, toma a decenas de mujeres de todo el orbe, de todos los tiempos, de los orígenes y destinos más opuestos, y les canta. Les canta con sangre, no con mieles. Y revela de ellas -en ese palpitar de amores y heridas- el sentido de la heroicidad, del quebranto, del desamor, de la lucha por reivindicaciones.
No es la suya una poesía de tronos: todo lo contrario. No entroniza, sino devela. Y esto es lo sustancial en su poética fluida, a veces desbordante; su poética que sube alturas, jamás para volver a descender. De ahí, sus metáforas y sus imágenes están buriladas con una sutileza que conmueve, con una exactitud que deslumbra. No hay palabras descolgadas ni figuras que confronten. La campana del mundo, el gran escenario universal, cobija a esas criaturas del amor/dolor que ella elige para “retratar” en los espacios de su poética como si estuvieran, como si volvieran para decir / reclamar / cantar / gritar /llorar.
“En nombre de sus nombres”, por sobre la diversidad de figuras y aconteceres, es un poema único, englobante, totalizador. Es la mujer -no como “símbolo mujer” - la que está en cada verso, en toda acción de remembranza. Heroínas, mujeres simples, madres, santas, guerrilleras, reinas, están en su poética para construir una himnología a La Mujer. Por sobre prosopopéyicas intenciones. Un himno luminoso, abierto, libre, santificado por las palabras.
Dolores Ibárruri, fuerte como los minerales de Gallarta, en Vizcaya, la vestida de negro, que dice: “Cinco veces he muerto. / Cinco veces. / Cargo este luto hecho a la medida de todas las infamias”. La princesa Malintzín, vendida por su propia madre como esclava, entra en los “Nombres en los silencios”. Y la guerrera Juana Azurduy retorna desde su destino americano, para volver a triunfar, por sobre la muerte.
Está María Sklodowska, la mujer de la ciencia, la de los Premios Nobel, quien confiesa: “He venido a entregar a los panteones / mi cuerpo lacerado por el radio al que tanto escruté”. Y Juana de Arco, “Prisionera del odio”. Está Agnes Gonxha Bojaxhin, la Teresa de Calcuta, “la que mordió su espanto impenitente / la que brindó su vida a borbotones”. E Isabel Tudor, la reina virgen, la que reinó cuarenta y cuatro largos años. Y la mexicana Frida Kahlo: “Mi amor no es más que amor. / Es un reflejo.
Segades-Manias hace de cada mujer un prototipo, quizá por la razón de “hacerlas hablar, hacerlas oír”. La dominicana Minerva Mirabal, muerta a golpes, se resigna a “morir así, / de sangre estrangulada”. Y la panameña Rufina Alfaro (quizá un mito o un sueño colectivo): “Opté por abdicar a los susurros”.
Ana Díaz, la paraguaya, única mujer entre los cincuenta y cuatro hombres que poblaron la primera Buenos Aires, asume ser “Hija del desamor / de la ascendencia bastarda de la selva”. Cada una dice de sí la vida vivida, como un credo.
La ecuatoriana Manuela Sáenz: “Soy la bruja de Paita / la hechicera que ha de morir entre las fiebres”. Y la defensora del amor libre, Luisa Capetillo, “Soy nada más que el eco de mis voces / reclamando alfabetos, igualdades, libertad de matriz, de pensamiento, de horizontes”.
La cubana Mariana Grajales puede estar en la misma línea que la revolucionaria francesa Olympia de Gouges, la precursora del feminismo, siglo de por medio. “Tanta apetencia de ser iguales desde el nacimiento”.
Si está Eva, la primera mujer, el primer pecado, puede estar Teodora, la meretriz que finalmente fue cabeza del Imperio Bizantino. Norma Segades-Manias da a cada una la oportunidad de revelar y rebelarse, de tornar a ocupar un escenario de reclamos, de actuar la inocencia, de gritar la rebeldía. Lo hace con palabras que son pinceles. “la pulcra piedad” de Lady Godiva. “Mi patria es un estado de vigilia / un exilio en los huecos del insomnio”, para Rosa Luxemburgo.
Desde Lilith hasta Isabel La Católica, desde la astronauta Valentina Tereshkova a Boadicea, la guerrera celta que, derrotada, se venga en la propia muerte, se diferencian y se parecen en sus silentes heroísmos. “Soy todas y soy una”, se oye a la rusa. Y otra voz sale de sus labios: “redimo los perfiles de otros rostros”.
Obra singular, “En nombre de sus nombres”. Singularidad por la potencia de las voces que alimentan su estro. Singularidad, también, por la síncopa constante en la que el canto se afirma para definir un espacio, una derrota, el fluir de la sangre, la simbología de los acuerdos secretos. Caminos que cruzan vidas. Vidas que cruzan caminos de reclamo. La voz de Norma Segades-Manias los interpreta con madurez y vuelo, a veces rozando la “temperatura poética” de nuestra Olga Orozco. Pero siempre, siempre implacable consigo misma.

*Libro publicado por Mediaisla Editores, Houston, Texas, USA, en 2011.
http://www.lulu.com/product/tapa-blanda/en-nombre-de-sus-nombres/15113127


PÁGINA 18 – CUENTO

DESPEDIDAS

Por Adrián Escudero (Santa Fe-Argentina)

Ahora recuerdo lo que Él dijo, cuando “algo” tosco apareció entre sus manos y sus labios sentenciaron: “Cuando el Tiempo aprisione tu vejez, quizá, leyéndolo, puedas escapar de sus rejas y barrotes infranqueables…”.

El Muchacho -28 años recién cumplidos-, recibió del viejo un gastado libro. Un libro de tapas tan duras como las miradas jóvenes y antiguas que se cruzaban, desafiantes, por última vez.

Un libro de tapas duras con letras doradas nominándolo a jirones, más allá de los rasguños del tiempo y del uso. Un libro denso, de hojas tibias y quebradizas, tan delgadas y finas como la figura enhiesta de quien lo sostenía, con manos trémulas y tan tibias y quebradizas, como las hojas del libro denso de tapas duras con letras doradas nominándolo a jirones. Una especie de Biblia ahora virginal entre sus manos, aceptada sólo por debido y humano respeto, por última vez.

Recuerdo también que, luego, el Muchacho sonrió con lástima ante el rostro apacible del Anciano que lo miraba con dulce firmeza y el brazo extendido y la mano abierta, en vano intento por estrechar la de su hijo, por última vez.

El vacío ocupó la desairada nobleza de aquel antiguo gesto de amistad entre los hombres, y, el Muchacho, después de abandonar con displicencia el libro viejo del viejo Anciano, lo arrojó con desprecio en un cajón de su hasta ayer lustroso escritorio de avanzado estudiante de posgrado… Y, dando media vuelta, se marchó con un “chau, para siempre…”, del hogar paterno, pensando, lo sería, por última vez.

(Heredada por un hermano mayor, aquella casa -la del libro- nunca se vendió. Y ahora que recuerdo lo que Él dijo, cuando “algo” tosco apareció entre sus manos y sus labios sentenciaron: “Cuando el Tiempo aprisione tu vejez, quizá, leyéndolo, puedas escapar de sus rejas y barrotes infranqueables…”, un Muchacho, cierto Muchacho –ya entrado en años-, tumbado sobre la puerta de entrada, tras un timbrazo de estridencia entrecortada por invisibles sollozos, volvió aquel día a aquella casa, con tembloroso pulso y arrugas cristalizadas en el cuerpo, a buscar ese “algo” que había olvidado en un cajón de su hasta ayer lustroso escritorio de avanzado estudiante de posgrado, a comienzos de una -ahora- vana existencia arrepentida…).-


PÁGINA 19 – POESÍA AMERICANA

Daniel Gorosito (Uruguay)

HAY INDICIOS DEL PRÓXIMO DILUVIO

En el Arca que algunos empezaron a construir,
no habría lugar para el sujeto escindido
que hoy por hoy,
puebla la tierra,
con minúsculas verdades
sin inocencia posible.

Las enormes pilas de madera,
en lugar de esperar un destino incierto,
se están usando para construir
balsas de esperanza.

Las listas de pasajeros,
son infinitas…

Hay indicios de un exilio invulnerable.

Los escritores no escribirán sobre el asunto.
Hay indicios de que el huracán inicial,
destruyó palabras imprescindibles
para entender,
la unicidad de las lenguas.

Algunos hermenautas pueden invocar
la virtud de aquellas palabras,
aunque por un rodeo
que impide pronunciarlas
están muertas o desaparecidas.

Hay indicios de algo frágil en nosotros.
No sabemos imaginarnos fuera del cuerpo.
Hay indicios de que ello,
puede acabar con la esperanza nuestra
de sobrevivir eternamente.

Hay indicios de indicios
que no nos ayudan
para comprender.
¿Dónde estamos?
¿Por qué nos ahogamos?


PÁGINA 20 – ENSAYO

DE LA CRISIS A LA CREACIÓN

Por Willian Geovany Rodríguez Gutiérrez (Colombia)
Licenciado en Lengua Castellana
Universidad del Tolima


La sociedad del siglo XIX, verá surgir ante sus ojos la nueva vanguardia artística y cultural como consecuencia de una ruptura estética, lo cual producirá el advenimiento del arte moderno como resultado de la disquisición entre lo espiritual con lo cultural, Hecho que revolucionará todos los diferentes campos de acción entre los que se pueden señalar: el filosófico, político, literario, artístico, entre otros, los cuales no se hacen esperar, y el continente europeo pronto conocerá el gran dinamismo que traerá consigo, producto de una paz que empezará a reinar.

De esta manera brotará la esperanza y atrás quedará el descontento y el inconformismo, ya que por fin se está apuntando a la libertad y desde luego a la renovación de un espíritu al que se referirá Odilon Barrot cuando afirma: “nunca pasiones más nobles habían movido el mundo civil; jamás un impulso de almas y corazones más universales había inundado Europa de una punta a otra”.

Por esa razón, se implanta una libertad revolucionaria que poco a poco iba madurando con las concepciones de los intelectuales, lo que hace que pronto se vayan originando según Mario De Micheli: “ideas liberales, anarquistas y socialistas que posteriormente los llevará a batirse no sólo con sus obras, sino con las armas en la mano” y que enérgicamente pasará a ser el elemento clave de la historia moderna donde el arte y la literatura son el espejo de esta. Lo anterior no fuera posible si la sociedad no hubiera asumido un gran compromiso en el desarrollo de su cultura.

Así tenemos que el arte que se gestó en aquel siglo, fue un arte revolucionario porque la claridad, la lucidez y el compromiso, llevaron indiscutiblemente a inspirar a los creadores y artistas de aquel entonces, y por supuesto los de nuestros tiempos, aspectos éstos que nunca podrán escapar de la realidad que les tocó vivir por aquel entonces y de la que han estado siempre influenciados, los nuevos artistas de nuestra época.

Por obvias razones, lo que se conserva de ese arte durante todos estos tiempos ha sido sin duda alguna los valores que los críticos les han asignado por su calidad estética a ciertas obras artísticas -recordemos que ahí es donde radica la profundidad y la admiración por su contenido-. Lo anterior como lo señala Belinski: “es el resultado del desarrollo del espíritu del tiempo, porque ésta según él, no pueden estar viviendo en los sueños”, pues son ciudadanos del reino de la realidad, que requiere más de la objetividad que de la subjetividad.

En esa misma línea corresponde el planteamiento del señor Mario De Micheli cuando propone que “la realidad histórica se hace así contenido de la obra a través de la fuerza creadora del artista, el cual, en vez de traicionar sus características, ponía en evidencia sus valores. En otras palabras, la realidad-contenido, al actuar con su prepotente empuje dentro del artista, determinaba también la fisonomía de la obra y su forma”, de acuerdo con esto, la madurez estética sobresalía por una especial brillantez, razón por la cual se cree que esta es una de las características más importantes en el arte nuevo moderno del siglo XIX.

Por otro lado el contenido, cuya originalidad es demasiado independiente y en esas mismas proporciones de ejecución audaz pasa a ser una vez más la manzana de la discordia como en la antigua Grecia, ya que según Mario De Micheli “ofenden las cosmovisiones de la sociedad burguesa, al tener un espíritu limitado que no puede abrazar ni las vastas concepciones del genio ni los arrebatos generosos de amor a la humanidad.”

Sin embargo el desarrollo sustancial que lograrían los intelectuales no sería aplastado por los burgueses sino por el contrario se mantendría para el beneficio de éstos ya que la técnica y la ciencia van a incursionar en otras esferas, y no con ello estoy desconociendo que otros campos de acción también avanzaran.

Por lo tanto, hay que reconocerles el esfuerzo que han hecho los intelectuales, los cultores y los artistas de aquel entonces, porque han permitido contribuir al desarrollo de la cultura nacional, aunque no podemos negar que ciertos burgueses pretendían a toda costa desestimar o restarle importancia a los avances que obtenían ellos a partir de su conciencia renovadora y sufrida que los llevaba a tomar aires refrescantes y vitales para sus procesos creativos, y uno de los personajes claves en todo esto sería el mismo Van Gogh.

Para conocer a Van Gogh es indispensable llegar a su penumbra en donde se asoma su espíritu creador, para descifrar en las líneas de sus trazos algunos hallazgos de éste amante de la creación, pues fue el quien con pasión y entrega dejó para la posteridad su legado artístico más emblemático en toda la historia de la pintura universal, pero a cambio de ello tendría que morir silenciado por los burgueses oficiales, que no permitían que él estuviera del lado de las poblaciones marginales relacionándose con la gente más humilde, la cuál le enseñaba su carácter y lo que representaba los roles de esta en la sociedad, de ahí que él se empeñara por hacer vida social e íntima con los campesinos.

En vista de lo anterior, su vida social sobre todo con los campesinos fue para él el factor más determinante en la invención de sus obras artísticas, porque eran ellos los que le proveían las imágenes y cuadros delirantes y que aunado con esa cotidianidad en la que él se encontraba, llega a reconfigurar todo su universo artístico como producto de su crecimiento, por lo tanto así será como llegará a madurar vertiginosamente al igual que su vocación y sus sentimientos, los cuales se traducirán en hechos supremamente concretos donde siempre estará presente su humildad.

Además en esa sociedad con la que crece, se asombrará y se conmoverá, y como había nacido para ser pintor verá en ella los colores que le hacían falta, porque creo que él sentía el color más que nadie y cuando a la sociedad le faltaba algún tono en especial, éste se encargaba de expresárselo para lo cual aplicaba el precepto de Millet que decía: “sólo se puede expresar aquel que con su fuerza no puede callar”, lo que indica que poco o nada le importará a él que fuera excluido por las clases altas con tal de revelar en sus cuadros las injusticias que cometían con los campesinos.

Por lo anterior, sufrirá durante toda su vida al no ser reconocido por su trabajo incansable que estaba realizando ni mucho menos se le re reconocerá durante su existencia como uno de los grandes pintores dentro del arte, pese a que él subsistía por el amor de éste, y por el poco dinero que podía derivar de sus cuadros (obras de arte) una vez que fuesen vendidos. Aún así lo que se propuso lo consiguió, pero lastimosamente reitero que no fue en vida sino después de su muerte, ya que tiempo después sus obras artísticas cobrarían un valor simbólico cultural, que ya nadie le podrá quitar de este mundo.

Ese valor que conseguirán sus obras nace como resultado de las crisis trascendentales por las que tubo que atravesar cuando su alma no gozaba de la fe espiritual, hecho que se vertía para bien de él en la invención de sus obras artísticas, debido a que en ellas plasmaba sus angustias existenciales, por eso me atrevo a decir con toda la certeza posible que para él: el hombre es la semejanza de Dios y el trabajo el alimento que fortifica.

Por esta razón, él amaba profundamente la humanidad de la gente que está del otro lado de él, y eso hacía que el compartiera su filantropía y desbordara sus ganas de estar con esta, riqueza que le permitió no sólo conocer su imagen interior sino la de los demás, puesto que él logró ser uno de los mejores observadores del libro de la naturaleza.

De otro lado, Van Gogh indirectamente logró que sus obras artísticas no sólo fuesen grabadas en el inconsciente de las personas sino también que entraran a hacer parte de la conciencia social de los ciudadanos de mundo, aquellos mismos que verían en sus obras artísticas el trasfondo de la deformación de la realidad -en otras palabras esta técnica es aquella que ayuda a simplificar e intensificar la concentración dramática-, la cual fue utilizada por Van Gogh para intensificar su perspectiva poética y figurativa

Pero Van Gogh no sólo se inclinaría por esta técnica sino además demostró interés por la de varios movimientos artísticos, ya que nunca se mostró conforme con alguna de éstas, porque siempre lo perseguía la zozobra, partiendo de ello será como su fervor no por lo religioso sino por el arte va a chocar más adelante con una realidad fría y limitada, en la que tratará de volver a embricar la sociedad en general con todos los artistas, porque ésta se oponía a su gremio y los acusaban de ser el desecho de la sociedad, ideal que nunca lograría cumplir.

Sin embargo la acumulación de sentimientos adversos que había originado esto, lo conllevará a no poder traspasar fronteras con su arte, lo cual traerá consigo la frustración y el desgarramiento de su alma, debido una vez más a las crisis infernales que lo llevarán finalmente al suicidio como única salida para poder protestar contra las altas clases sociales, que no hacían más sino excluirlo, por eso utilizaba el arte como una manera de defenderse de éstas.

Al igual que Van Gogh otro pintor como es: Ensor pasará por las crisis espirituales más abrumadoras propias de una soledad reinante pero éstas no lo llevarán al suicidio a diferencia de lo que le pasó al mismo Van Gogh que terminará con su vida.

Ensor poseía la mántica que tienen los poetas y Mario De Micheli lo reafirma cuando asegura que: “sólo quien posea un vivo sentido de lo social llega a darse cuenta antes que los demás de los fenómenos que se manifiestan en el mismo cuerpo de la sociedad”, lo cual se revierte en los personajes más humildes de Ostende que no sólo pintó Ensor sino también Van Gogh, y que logra plasmar al tener claro sus ideales socialistas, los cuales son demarcados en sus lienzos. Así Ensor no sólo se preocupó por esas personas humildes de Ostende a los que él retrataba en sus obras sino también por el desarrollo de ellos que se había propuesto alcanzar, ya que logró ser una figura cultural que trabajó al servicio de políticas que iban en favor de los pobres.

Su labor humanitaria pronto desfallecerá una vez que se ha vuelto agudo, cáustico, impaciente, rechazando la hipocresía de ciertas actitudes sentimentales y, al mismo tiempo, advirtiendo con la lúcida sensibilidad de su propio espíritu la falacia de una predicación humanitaria en la que no veía una sólida base, se desplaza a posiciones de rebelión individual para concentrarse en el anarquismo intelectual.

Pese a su cambio repentino de no seguir los ideales con los que se identificaba su pueblo, se convierte en un pintor de mucha trascendencia porque él como nadie iza en lo más alto la bandera de la rebelión frente a las comuniones y sus sentencias que acompañan éstos nuevos ideales, los cuales tienen que ver con lo que él escribió: “para ser artista hay que vivir oculto...Cielos duros, cielos carentes de bondad y amor, cielos cerrados a vuestros ojos cielos pobres, cielos desnudos sin consuelo, cielos sin sonrisa, cielos oficiales, todos los cielos, siguen agravando vuestras penas, pobres despreciados, condenados al surco. Oprimidos bajo carcajadas y silbidos malignos, no podíais creer en la bondad de los hombres, en la clarividencia de los ministros, y los verdugos de los despachos os maltrataban”.

Esas razones que él plantea golpean su alma avasalladora para trastocar en su humanidad que poco a poco se va encerrando en su ser hasta finalmente morir en su propia soledad, al respecto Mario De Micheli manifiesta: “que su soledad llega a ser crítica, carente de prejuicios y burlona”, y como si fuera poco las circunstancias que anteponen su soledad lo fragilizan como a nadie en el mundo porque éstas harán de él un ser muy inseguro.

La fragilidad con que cae una y otra vez su ánimo, lo lleva a ser lienzos que principalmente están marcados como lo afirma Micheli “por la amarga vis cómica, el gusto macabro, el moralismo y su espíritu de romería popular, eso es quizá lo que caracteriza el proceso inventivo de sus obras artísticas donde deja ver su mundo, un mundo que está afectado por: las alusiones, las alegorías, los símbolos; un mundo de absurda comedia , una kermesse de las contradicciones y del absurdo, ora sacudida por una alegría funesta y ora fijada con alucinada abstracción”

De otro lado, Ensor comprenderá que la única manera de desahogarse de sus penas, desdichas y sufrimientos, será a través del arte, pues éste le permitirá todo como por ejemplo dejar que su espíritu quedara libre para que por lo menos su alma pudiera hacer el viaje en la pintura de sus sueños, esa libertad que él conseguía sólo la hallaba en su contacto alma-pintura porque en lo demás, no la encontraba. De nuevo Micheli nos muestra como era Ensor en sus procesos creativos cuando dice: “que de él se desprende la salud y el escepticismo, la confianza en los poderes liberadores de la fantasía y despiadada claridad al mirar su propio destino y el de los demás; conciencia de ser un censor de los vicios privados y públicos y desenfrenada naturaleza sentimental, hacían de éste hombre lo que era él”.

Además, hay que reconocer que a Ensor lo atravesó un período oscuro pero luego lo renovó uno claro, como le pasó en algún momento al mismo Van Gogh. Su visión en esa renovación fue algo inquietante y demoníaco porque se valió de una despiadada ironía.

Por su parte a el pintor Munch lo perseguía el odio contra la moral convencional, contra los prejuicios burgueses y la sociedad en la que éstos se fundaban; también fue solitario como los otros dos pintores, y al igual que Ensor era además moralista pero que a diferencia de los demás nunca estuvo marcado por concepciones y políticas de algún movimiento en el especial, pero sí estuvo empeñado en conocer la física verdad que se ocultaba en los burgueses aunque diera miedo y horror, aún así la verdad perturbará su alma pero también su parte psíquica.

Finalmente Van Gogh, Ensor y Munch se convertirán en la historia del arte en tres (3) de los más importantes pintores del mundo que recorrerán con sus pinceles los quejidos de su alma y los resquebrajamientos de su sociedad y por las cuales afrontarán unas crisis creativas de la que a la postre se servirá el siglo XIX para enaltecer la historia y a su vez para hacer que la recordemos los amantes del arte por toda la eternidad.


PÁGINA 21 – CUENTO

REMOTOS Y FASCINANTES FRAGMENTOS DE LA MEMORIA

Por Ángel Balzarino (Santa Fe-Argentina)

Ahora despertaba un sentimiento de ternura o de infinita piedad cuando deambulaba por el pueblo a pasos nerviosos o, deteniéndose de pronto, efectuaba raras contorsiones con los brazos y el cuerpo mientras recitaba un poema o hacía la representación de una escena teatral. Nosotros, los que la conocíamos desde la niñez y habíamos compartido juegos, estudios y los sueños que pretendíamos concretar cuando fuéramos grandes, la observábamos impotentes, lastimados por su figura escuálida y cubierta con ropas deshilachadas y bastante sucias, con el deseo de reflejar algún signo de protesta o indignación al no poder hacer nada para librarla del ya imbatible desvarío.
No. Nadie hubiera imaginado algo así. Sobre todo porque desde muy chica parecía tener marcado un destino luminoso y de notable relevancia, cuando empezó a demostrar una especial cualidad para recitar un poema o interpretar diversos personajes en las obras representadas en la escuela para el 25 de Mayo, 9 de Julio y las fiestas al final de los cursos de cada año. Poco a poco resultó infaltable en la realización de cualquier acto. El ardor y seriedad con que desempeñaba el rol asignado llegó a definir su vocación. Aunque destinataria de los elogios y las felicitaciones, sin duda era su madre quien más disfrutaba de esa situación. La perspectiva de que llegara a convertirse en una gran actriz la colmaba de orgullo y justificaba la desmesurada cantidad de libros que compraba en la única librería del pueblo con el propósito de inculcarle el gusto por la lectura y el conocimiento por las disciplinas artísticas.
Las incontables actuaciones en la escuela y después en el salón del Club Social con el grupo de teatro independiente que había formado, nos hicieron creer que se marcharía a la capital o a una ciudad importante donde iba a tener mayores posibilidades. Pero todo se derrumbó. Abruptamente.
Fue después de la muerte de la madre. Si bien de pronto, al perder el pilar que siempre le había brindado apoyo y orientación, se encontró desvalida y sin saber qué hacer, la presencia del padre comenzó a tener inusitada vigencia. Entonces nos percatamos del desdén y aun el desprecio que le merecía lo que ella realizaba, no sólo porque jamás había presenciado alguno de sus trabajos sino por el tono despectivo con que solía responder a cualquier comentario sobre ella. Ya está demasiado grande para esas pavadas. Es hora de que haga algo provechoso. El camino que con tanta obsesión la madre quiso trazarle quedó bruscamente trunco y ella ya no tuvo el valor ni la determinación para romper las ligaduras, alejarse de la sombra nefasta del padre, intentar suerte en otro lugar, luchar abiertamente para poder cumplir su auténtica vocación. Nuestras ansias de ver su nombre en grandes titulares y su figura embelleciendo las revistas y alguna película quedaron definitivamente perdidas el día en que empezó a trabajar en la tienda del padre.
Como si fuera una propiedad de todos los habitantes, tal vez por el afecto y la admiración provocados por tantos momentos de emoción y alegría que nos había regalado, no pudimos aceptar verla allí, detrás del mostrador y trajinando con telas y clientes, bajo la dura y vigilante mirada del padre. Al principio tratamos de sacarla de esa rutina exasperante, le pedimos que regresara al grupo de teatro independiente, prometimos ayudarla para realizar sus aspiraciones. En vano. Adusta, con un creciente desapego por cuanto ocurría a su alrededor, rechazaba con secos monosílabos cualquier ofrecimiento. Cada vez más nos asaltó la idea de considerarla una prisionera. Aislada. Indefensa. Y así, con la impotencia de no poder modificar algo que ella ya parecía aceptar como una fatalidad, nos convertimos en testigos de su paulatino desmejoramiento.
A través de rumores y comentarios pudimos develar el modo como se desarrollaba su vida: el clima hostil que imperaba en la casa; las repetidas discusiones con el padre entre llantos y gritos furibundos; el rostro resplandeciente de él cada vez que se entregaba a la tarea de quemar una pila de libros en el fondo del patio; la marcha sigilosa de ella por la noche hasta la librería donde, por algunas horas, la dueña le permitía saciar la urgente necesidad de leer. Pero los signos de desequilibrio empezaron a notarse a través de la conversación con los clientes, ya que en vez de referirse a la operación comercial, prefería decir algunos versos del Canto General o parte del monólogo de Hamlet.
Al morir el padre, ya parecía una anciana con sus cuarenta y tres años. La piel extremadamente pálida, con una delgadez que insinuaba la forma de los huesos, la mirada perdida en algún punto indefinido. Sin noción de la realidad, regresó al tiempo en que daba cauce a su incipiente vocación, cuando se mostraba plena de vitalidad. Después de permanecer tantos años enclaustrada en la casa, empezamos a verla cruzar otra vez las calles. Presurosa. Observando todo con ansiedad y aun deslumbramiento, como si tratara de adaptarse a un sitio totalmente nuevo que descubría poco a poco. Hasta que, deteniéndose en cualquier esquina, revivía a través de gestos y palabras alguna de aquellas interpretaciones realizadas en la infancia.
Y para eso comenzamos a esperarla. Ávidos por recuperar una época que tanto nos había regocijado. El poema La bailarina de los pies desnudos. La escena en que Yerma mata a su marido. Los primeros versos de Hojas de hierba. Nos bastaba pedir y ella, luego de unos segundos en que trataba de encontrar en algún punto recóndito de su mente la respuesta adecuada, nos complacía. Generosa. Entusiasta. Entonces nuestros aplausos y gritos exultantes resultaban no sólo una muestra de agradecimiento sino más bien el modo de premiarla, de atenuar el sentido de la frustración que la había marcado con un estigma indeleble y reconocer las cualidades descubiertas años atrás. Nuestro propósito quedaba colmado cuando dejaba aflorar una sonrisa. Dulce. Gratificante. Que parecía otorgarle un fugaz momento de lucidez, orgullosa y feliz por la retribución que recibía, disfrutando el privilegio de representar el papel de la actriz que siempre quiso ser.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Cristian López Talavera (Quito-Ecuador)

LAS INTERMITENCIAS DE LA LLUVIA

Las palabras son huecos en el viento
Catalina Sojos


I

¿Qué palabra puede susurrar un viento
en tu sueño fragmentado?

Un abismo atormenta mis lágrimas
las madrugadas son insomnios
estatuas amparadas a la lluvia
mi amor,
un gemido incapaz de llevar la luz

II

La muerte está en el pasillo.
Espléndida revolotea en la mirada de los pájaros
sostiene sus párpados en la sal de la agonía
es un cuerpo etéreo, roto
guillotinado en el patíbulo de la inocencia

III

Levanta tu mirada,
entreteje un intersticio en el
esplendor de la memoria
posa una palabra en mis oídos
saborea la yema de mis dedos

Levanta tu mirada
enreda tu cabello en mis labios
muerde la manzana divina
derruye tu sombra en mi cuello
muerde la manzana
aquella que consume el fuego
aquella que resiste abandonarse
en el valle de lágrimas
escindida en mi sombra

IV

Arropado en tu pensamiento
la soledad es una ceniza
que cae del cielo

transparentes manos sumergen
tu cuerpo en un abandono,
en una sombra roja
sin ojos en el rostro.

un dios que gravita en círculos

ese vacío que se dirige a ti
lleva en su mano al poema
ella te abrigará
se enroscará
lamerá tus heridas

ella, que teje el nido de amor
encenderá el brillo de tus ojos

V

en silencio,
tu cuerpo habita en mi
a la distancia


PÁGINA 23 – ENSAYO

MANIFIESTO

Por Omar Roldán Rubio (México)

Si bien de manera general a todo texto escrito se le ha asignado el término literatura, es importante resaltar que, en su relación de ésta con el arte, no todo manifiesto es tal.
Este principio debería bastar para diferenciar a un cúmulo de expresiones informativas de una obra de arte y, por consiguiente, al artista del simple escritor, pues no basta escribir bien o bonito, o ambos. Además de eso, para lograr un texto sustancialmente literario, se debe reflexionar sobre qué se escribe y para qué.
La palabra, lenguaje o literatura, en su sentido íntegro, es la herramienta que le permite al artista entablar un diálogo consigo mismo hacia los demás a partir de la mirada introspectiva de su entorno para revelar la entidad que es, que somos.
Así es como nace la poesía, esencia humana que atisba y expone todo acto del hombre. La expresión poética, a través de la palabra, se convierte entonces en arte, en voz que busca trascender, que debería irrumpir siempre en la conciencia colectiva porque es inherente al hombre.
Sin dudar ni un ápice, la poesía es esencialmente el aljibe de donde emanan múltiples visiones que provocan la reflexión y permiten la lucidez sobre lo que existe en nuestro derredor. Es, sí, una serie de elementos que el poeta, el verdadero artista, explora y conjura para explicarse lo que de la naturaleza humana reverbera, porque más maravilloso, inefable o extraordinario que encontrar a un Unicornio bebiendo en una fuente es ver el paso del hombre por la vida yendo trágicamente hacia la muerte, travesía tan aparentemente simple y efímera que cobra importancia cuando las acciones humanas, en medio del claroscuro proceder que las anima, transforman o decantan el entorno.
La poesía habita al hombre y en él es su médula y contexto. Nezahualcóyotl ya daba cuenta de ello en sus poemas.
Pero aunque la poesía está en todas partes desafortunadamente no es para todos, no influye en todos ¿por qué? Existen varias razones, una de las principales es que la poesía es núcleo que pervive en el profundo misterio que son la vida y la muerte, hecho que, para la mayoría de habitantes en el mundo, es de difícil comprensión en cuanto a su significado y sus significantes, pues para entenderla en su profundidad es necesario adentrarse en su simbología, atendiendo a lo que ya el filósofo mexicano Alfonso Reyes llamaba Poesis, elemento o creación de la mente, de donde surge el Logos: razón y palabra, es decir, lenguaje, siendo éste, en lo poético, un conjunto ilimitado de signos a descubrir capaces de revelar una realidad más cercana a lo inasible, una otra posibilidad de religarse al entorno, a la divinidad y al conocimiento.
Así, el verdadero poeta, el artista, deforma, conforma o transforma de acuerdo a sus propias visiones y experiencia de vida, el conjunto de elementos aprendidos y aprehendidos de su propio entorno para expresarlos, de manera particular, a los demás, y se convierte así, a través de la revelación simbólica del lenguaje, en oráculo.
Por eso, el compromiso poético, espiritual y humano de todo aquel que se considere artista debe ineludiblemente apuntar, espingarda repleta de conciencia, hacia la sociedad.
En este contexto, divulgo lo siguiente:
• La poesía, elemento que reverbera en las fibras más sensiblemente recónditas del ser, es la esencia del arte.
• El arte es la esencia del ser humano.
• Toda expresión de arte deviene de la poesía y obra un bien común, es decir, produce, al mismo tiempo, un beneficio personal y otro colectivo.
• Artista es todo individuo productor de arte.
• Toda manifestación de arte debe enfocarse hacia la constante evolución de la conciencia social.
• Todo aquel que se considere artista debe ejercer y preservar la justicia, la libertad y el conocimiento.
• Todo aquel que se considere artista debe ser, respecto a su obra, congruente entre lo que piensa, dice y hace.
• Ante todo, la visión del artista debe ser revolución para la evolución.
• Todo artista está cimentado en los principios filosóficos humanistas.


PÁGINA 24 – CUENTO

EL VENDEDOR DE HELADOS*

Por Marié Rojas Tamayo (Cuba)

El viento, agradecido, comienza a cantar.
Yordán Rey


Aunque se había instalado el invierno en el barrio, trayendo a sus compañeros la lluvia y el frío, el heladero insistía en pasar todos los días por la desolada calle que llevaba al parque.

A sus pregones de “¡Paletas de frutas, paletas recubiertas de chocolate, conos, vasitos!” no había respuesta alguna. Entonces seguía con su carrito hasta el parque y se colocaba en el centro.

A pesar de que insistía “¡Deliciosas paletas, conos, vasitos, corran, que se acaban!” Nadie creía que fuera posible que se agotase lo que no comenzaba siquiera a mermar. Ni un niño bajaba, solo o de la mano de su abuelito, a buscar los helados con que se habían deleitado durante el verano.

Los vecinos lo miraban desde el cristal de sus ventanas, en sus casas abrigadas, a salvo de la lluvia y del viento, sin entender cómo podía insistir en vender su mercancía en tiempo tan inadecuado. Tal vez el vendedor no sabía hacer otra cosa, o tenía necesidad urgente de aquel dinero…

“¿Por qué insiste, mamá?” Preguntaban los niños, y ellas les explicaban que quizás estuviera un poco loco: Si alguien vive todo el tiempo entre sabores de chocolate, mandarina, fresa, mantecado, vainilla, cereza y almendras, puede perder la noción de la realidad.

Al caer la tarde, el vendedor recogía su carrito y se marchaba cabizbajo, agotado de pregonar en vano, con cansancio de siglos en sus pasos.

Ese atardecer pasó por debajo de un árbol que se le antojó único en el mundo: era un árbol de pájaros. Había perdido todas sus hojas, dejado ir sus flores, sus ramas estaban cubiertas de pájaros negros, que se hallaban como aguardando un gran acontecimiento. Lo rodeó con el carrito, contando pájaros, pero al pasar la veintena perdió la cuenta.

Entonces descubrió la flor.

Una flor solitaria, como él, se había negado a abandonar el árbol. Tal vez estaba también a la espera de algo… ¿Por qué no de él? ¿Puede haber espectáculo más triste que una flor solitaria o un heladero que no logre vender sus helados?

¿Qué puede suceder cuando dos soledades deciden hacerse compañía?

Se paró debajo de ella, abrió los brazos y, a pesar de la fina llovizna y el viento helado que se colaba por cada rincón de su cuerpo, le mostró su pecho.

La flor se desprendió y voló a su encuentro, leve como un alma.

Los pájaros alzaron el vuelo, para ellos también la espera había concluido.

Al día siguiente, el vendedor se paró en medio del parque y entonó un pregón muy distinto. Los vecinos no podían dar crédito a lo que escuchaban:

“¡Vengan a comprar mis helados hechos de Maravilla, cubiertos de Sueños! Paletas de tardes de lluvia, paletas de hojas de otoño, paletas de cuentos de hadas, paletas de poemas, paletas de cartas anónimas, paletas de risas infantiles, paletas de recuerdos agradables, paletas de besos, paletas de deseos hechos realidad, paletas de encuentros memorables, paletas recubiertas de luz de luna, conos de rayos de sol, conos de eclipses, conos de cometas de papel, vasitos de vuelo de pájaros, vasitos de estrellas fugaces, vasitos de arco iris… conos, vasitos y paletas de música!”

Una vecina que siempre quería ser la primera en probar cada novedad, salió a comprar una de aquellas últimas. La seguía, cautelosa, su hija de nueve años.

"¿Qué desea, señora, esta paleta de Chopin o esta, recubierta de sinfonías de Beethoven? ¡Tenemos un cono rizado de fugas de Bach que es una delicia! ¡Y para los niños hay un vasito especial de Melodías de Cajas de Música, que no embarran la ropa, ni gotean sobre los muebles, ni se pegan a las manos!”

La señora compró uno de cada uno y se fue a la casa, mientras la niña la seguía, contenta, dando saltitos.

La tentación fue demasiado fuerte. A pesar de que se había ocultado de nuevo el sol, perezoso, tras su sábana gris y regresaba la llovizna, las gentes comenzaron a tomar capas, sombreros, sombrillas, abrigos, hasta la tapa de cartón de una vieja caja, y fueron al parque a probar tales maravillas.

Un anciano compró un cono con el sabor del Día de Reyes, su esposa el vaso que contenía el recuerdo del primer beso de amor; una niña compró paletas cubiertas con la emoción de las cartas que deseaba recibir de su hermano el marinero; un niño el cono con olor y sabor de Navidades. Una señora compró todo lo que encontró con sabores de otoño, lluvia, pájaros, estrellas, arco iris, eclipses, sol, luna – por suerte el carrito estaba bien lleno -. Un abuelo compró diez vasitos de Caja de Música para sus nietos, así no se ensuciaban los abrigos, ni dejaban huellas de deditos pegajosos en las teclas de su piano. Un inventor compró un vaso con sabor a Descubrimiento. ¡Había para todos!

Un vecino solterón, refunfuñón y malhumorado, que se fingía cojo para despertar la compasión ajena, compró una paleta recubierta por El Himno a la Alegría, probó una gotita que se escurría por la envoltura, soltó el bastón y marchó a casa ensayando pasitos de baile.

Se cuenta que una pareja de recién casados compró vasitos de vuelo de pájaros y conos de cometas de papel y estuvo toda la noche revoloteando por el tejado del edificio… Se hubieran hecho famosos, pero nadie tomó fotos del acontecimiento, estaban absortos en su propia dicha.

Pronto el carrito estuvo vacío. El vendedor, mientras se alejaba con paso ligero, sonreía, daba las gracias y mostraba orgulloso una florcilla color naranja que tenía prendida en la solapa… Los vecinos no entendían qué tenía que ver la flor con todo aquello, pero como el heladero tenía fama de chiflado, le devolvían la sonrisa y le decían que había sido un placer comprar aquellos helados de Maravilla y Sueños.

Al llegar a las casas, bien a resguardo de la lluvia y el frío, comenzaron a probar los helados… Y aunque seguían teniendo sabor a mandarina, almendra, cereza, fresa, vainilla, mantecado o chocolate, sintieron los arcanos que forman la primera risa de un niño, los olores de la Navidad, la emoción del Día de Reyes, el éxtasis de los cuentos de hadas, la exaltación de recibir noticias desde lejos, el palpitar del primer beso, la felicidad de los sueños realizados…

Las paredes se vistieron de sol, de luna, de estrellas, de eclipses, de otoños, de arco iris… La música llenó cada habitación, escapando por cada ventana, cada puerta, volando en brazos del viento agradecido, hasta posarse en el árbol, que supo llegado el momento de preparar un nuevo ajuar, para celebrar el haber sido parte de esa mágica conjunción que ayudó al heladero a vender sus helados y a los vecinos a ser felices.

Porque para ser felices solo hace falta un toque de magia, y para llegar a la magia, solo hay que creer en ella.


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

EN ALGÚN LUGAR DE LA NOCHE

Por Zulma Rosadilla (Uruguay)

El asesino está ahí. En algún lugar de la noche.
Esperando.
Sin apuro.
Sin tiempo.
El monte se cierra cada vez más.
Con las malezas.
Con el miedo.
Los murciélagos taladran el espacio en todas direcciones.
De vez en cuando, la luna abre sus ojos entre las nubes.
El asesino, ojos muy abiertos, espera.
En los ranchos, el temor pone trancas en puertas y ventanas.
Las madres no pueden dormir; el crimen se cuela por las rendijas llegando al cerebro.
Algún perro aúlla a lo lejos.
Los hombres lo buscan armados; a caballo, a pie.
Otros, velan el cadáver de la mujer.
Siniestras figuras los árboles recostados al cielo.
Los cerros aumentan las sombras.
Golpean el suelo las herraduras.
Nerviosos jinetes penetran el monte. Les sale el miedo al encuentro, perfumado de naranjas .Aprontan las armas.
Paso a paso recorren los caminos en busca del hombre.
Cuidan sus espaldas. Contienen la respiración.
La luna descorre las nubes y alumbra, ahuyentando la culpa del fugitivo que ya no se esconde.

Un árbol lo sostiene como a un fruto más; asoman sus largas piernas entre el follaje.
Está ahí, esperando el juicio final.
En las ramas de un naranjo, mirando sin ver.
El ahorcado.


PÁGINA 26 – ENSAYO

LA CIVILIZACIÓN DEL TIEMPO

Por Pablo Paniagua (España)

El tiempo no existe, es una invención del hombre; las cosas suceden, nada más. El tiempo lo abarca todo pero no tiene materia ni sustancia, es un concepto abstracto. Por esta razón decidí vivir sin él y no contabilizar nunca más, ni segundos ni minutos ni horas ni días ni semanas ni meses ni años ni siglos ni eras… Con observar el cielo y las estrellas, la metamorfosis lunar, me sería suficiente, para ver salir el Sol por el Este y ocultarse por el Oeste; así, volvería a mi esencia natural.

Fue cierto día cuando me dio por pensar en estas cosas, y todo como consecuencia de un acto fortuito. Estaba caminando por la ciudad y de repente hubo un apagón. Era de noche y las calles se quedaron a oscuras, bajo la ocasional luminiscencia vehicular que palpitaba por las arterias de asfalto. Aunque eso, sin embargo, no fue lo que llamó mi atención, ni siquiera el sonido de las alarmas que aullaban molestamente con su intermitencia rompiendo toda armonía, pues sobre mi cabeza, por encima de los altos edificios, pude ver un cielo estrellado que me sorprendió con la magnitud de su belleza. Entonces, me pregunté: “¿Cuánto hacía que no me paraba a mirar el cielo como si fuera un paisaje?” “Años”, fue la respuesta.

Ahora las personas viven separadas de sus orígenes y ya no alzan la vista al cielo para ver las estrellas, ya no saben lo que es respirar un aire limpio y transparente, vivir en armonía con la naturaleza, con su esencia, con lo inmanente que palpita en toda la creación. Hoy el tiempo lo contabiliza todo y es el símbolo de la escisión del hombre con su entorno. Pero en un principio, cuando aún no se había inventado, las cosas sucedían porque sí, no se buscaba una explicación del acontecer por el espacio, era lo normal, y el transcurso del día a la noche y viceversa, los ciclos estacionales y demás ordenamientos planetarios no necesitaban ser desentrañados. ¿Qué somos ahora que inventamos el tiempo? ¿Hacia dónde caminamos bajo su influencia?

La respuesta es simple: “La especie humana, desde entonces, se comporta como una verdadera plaga pretendiendo acabar con lo que le rodea.”

“Yo no seré cómplice de esta barbarie y abandonaré la civilización del tiempo”, me dije; y al mirar mi brazo izquierdo puede ver en él, rodeando la muñeca, un reloj suizo de un valor aproximado de trescientos cincuenta euros. Rápido me lo quité, con la intención de librarme de su dominio, y por un instante pensé en regalárselo a la primera persona que pasara por mi lado, pero luego recapacité y concluí no hacer semejante daño al prójimo, y acabé arrojándolo por una alcantarilla. He de admitir que en un primer momento me sentí aliviado, pero enseguida tomé conciencia de la responsabilidad de mi decisión y de que tirar el reloj no bastaría para superar el nefasto influjo del tiempo. En consecuencia, al día siguiente, y tratando ser lo más congruente posible, decidí despedirme de la empresa donde trabajaba como ejecutivo, con un sueldo de cinco mil euros mensuales, además de dejar mi bonita casa con jardín, totalmente equipada, aunque con una hipoteca pagadera a treinta años (ahí quedaba el sueño que ya quisieran muchos, un modo de vida generalizado construido bajo las leyes del tiempo). Tomé la precaución, como es de suponer, de sacar todo mi dinero del banco, para así pegarle un literal y definitivo corte de mangas a toda mi existencia anterior. Muchos eran los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los años, que había vivido bajo la perspectiva y la sumisión de un sistema ficticio, algo tan artificioso como el valor de todos aquellos papeles de colores a los que se les asigna una cantidad, un dinero tan falso como la materia del tiempo, un engaño para que el hombre siga oprimiendo a sus semejantes. Nadie se da cuenta de esto y por tanto nadie hace nada, y el balido de toda la Humanidad resuena en los ecos de su ignorancia: ¡Beee, beee, beee, beee, beee…!

El siguiente paso, dentro de mis planes, fue comprar un par de cabras y unas gallinas, para luego tomar rumbo, con unos cuantos enseres más que metí dentro de una mochila, hacia las montañas del norte de mi ciudad. A un lado de la carretera abandoné el automóvil, no sin antes prenderle fuego con los quince mil y pico euros que ya no necesitaba. Total, me quedaban tres años de letras para terminar de pagarlo (ya valores, en tiempo y cantidad, sin ningún sentido), y ardió soltando al aire la tremenda humareda de su impagable deuda. Casi me dieron ganas de proferir una carcajada, pero me limité a pegarle otro literal corte de mangas al último vestigio de mi vida: un BMW último modelo ahora envuelto en llamas. Y ahí lo dejé, entre el crujir y las chispas de su combustión, cuando por un camino de tierra me interné con mis dos cabras y mis gallinas, y con la mochila a la espalda.

No tardé en llegar, tras un tiempo ahora impreciso e inmedible, hasta las faldas de un pequeño cerro por donde discurría un arroyo haciendo eses entre rocas, zarzas de mora y otro tipo de vegetación que desconozco, salvo las matas de orégano y tomillo que se extendían por ahí. Grandes grupos de rocas graníticas se amontonaban, como si se hubieran desprendido desde lo alto de la montaña, formando a su antojo un paisaje singular entre el verdor de la hierba y el azul de un cielo inmaculado. Respiré hondo, para llenar mis pulmones con el aroma de la naturaleza, y al exhalar supe que por mi boca salían los últimos segundos de un tiempo ya extinguido. Por fin me sentía totalmente libre, con las dos cabras y las gallinas, envuelto por aquel paraje que ahora sería mi nuevo hogar. Busqué una gruta y no tardé en encontrarla, lugar idóneo para protegerme de las inclemencias del clima, y allí me instalé de lo más feliz con mis pocas pertenencias. Até las cabras a un árbol, y con unas cuantas piedras, unas ramas y una tela de alambre, construí un corralito para las gallinas.

Aquel día, sentado en la entrada de mi gruta, en lo alto, pude ver cómo el sol cubría el mundo de naranja. Luego, no tardaron en aparecer las estrellas, con una Luna diminuta que era como un arañazo en el cielo, mientras los grillos cantaban desde su escondrijo a la noche de verano. Me tumbé con la espalda reposando sobre la piedra, para ver el mapa celeste que centelleaba en toda su amplitud, y me di cuenta de que allí estaba Dios arropándome con su abrazo.

Fue poco lo que tardé en acostumbrarme a los nuevos quehaceres, a mi nueva rutina, como lavarme por la mañana en el riachuelo, alimentar a los animales, procurar los alimentos y dedicarme a observar complacido la naturaleza. Me sentía totalmente limpio, puro como el aire que ahora respiraba, viendo salir el Sol por las mañanas y ocultarse por las noches, dándome perfecta cuenta, también, de la evolución lunar. Ahora podía escuchar el lenguaje de la naturaleza, el susurro de la brisa y el grito del viento, diciéndome cosas que se dejaban intuir, cuando ante mi vista cada mínimo detalle adquiría un significado concluyente, pues lo que me rodeaba era partícipe de una esencia compartida. Todo esto, concluí, era lo que me había robado mi antigua civilización, lo que ahora suponía mi mayor tesoro.

Y así fue pasando el tiempo sin tiempo, sin mayor novedad, hasta que al final del verano apareció un grupo de muchachos, todos montados en bicicletas y al alboroto del griterío del que eran partícipes. Traté de esconderme para que no me vieran, pero todo intento fue inútil, pues casi llegaron hasta la puerta de mi refugio y los tuve que echar de allí con los mismos gritos que ellos expresaban. Su reacción fue, además de los insultos, lanzarme todo tipo de piedras (munición por ahí más que abundante), entre las risotadas que se concedían a costa de burlarse de mi presencia. No pude más que taparme los oídos y esperar a que se fueran, ya cuando el Sol estaba a punto de ocultarse. Entonces me invadió una sensación extraña, de como si me hubieran desprovisto de algo sustancial, quizá la tranquilidad, mi recién conquistada armonía con el mundo, y sentí algo parecido al miedo, un mal presentimiento.

Al día siguiente, cuando el Sol ya estaba en su cenit, regresó el grupo de muchachos, con sus bicicletas y sus gritos, pero esta vez en mayor número. Rápido empezaron con su deleznable estrategia de lanzar, hacia el lugar donde me encontraba, toda arma arrojadiza al compás de risas e insultos. Aguanté como pude, lanzando más de una piedra, hasta que por suerte logré descalabrar al que los comandaba. Entonces me serví de celebrar la victoria envuelto en alaridos y corriendo hacia ellos, de tal modo que su reacción fue la de agarrar las bicicletas y huir pedaleando a toda prisa, dejando una polvareda tras de sí. Esta vez sentí la satisfacción por defender aquello en lo que creía, por expulsar a los futuros vasallos y ya integrantes de la civilización de tiempo, y disfruté con una sonrisa la puesta del Sol y el resurgir de las estrellas.

Pasé dos días bastante tranquilo, con la rutina acostumbrada de ordeñar las cabras, recoger los huevos puestos por las gallinas, rebuscar algún que otro tubérculo silvestre, cazar saltamontes para el aperitivo, con el baño en el río y el retozar bajo la sombra de algún árbol, entre el canto de los pájaros y el sonido de las hojas movidas por la brisa, hasta que a lo lejos divisé varios vehículos acercándose. Rápido corrí hacia mi refugio, para agazaparme detrás de una roca y observar a los intrusos que cada vez estaban más cerca. Pararon en el rellano de antes de iniciar la leve subida al cerro, a unos cincuenta pasos de distancia, cuando ya podía distinguir al grupo de niños rezagados en bicicleta. El corazón lo sentía ligero y la inquietud me dominaba, de tan sólo pensar en que yo era el objeto de tal expedición de reconocimiento. De los coches bajaron algunas personas, en su mayoría pertrechadas con cámaras fotográficas, que no dudaron en mirar y caminar hacia donde un chiquillo les indicó. El dilema era el siguiente: huir o enfrentarme a ellos. Me decidí por lo segundo, y no vacilé en subirme a una roca para gritar: “¡Por favor, déjenme en paz! ¡Sólo quiero vivir tranquilo!”; y así lo repetí en varias ocasiones, de una manera no ofensiva pero a la vez con cierta determinación. Y el resultado fue que no siguieron avanzando, pero, en cambio, me enfocaron con los objetivos de sus cámaras fotográficas y teléfonos móviles, para tomar un registro visual de lo que para ellos suponía un insólito acontecimiento. Los niños de las bicicletas, que ahora parecían más silenciosos, se juntaron con los mayores. Esta vez, por lo menos, no se repetiría el acoso de pedradas e insultos, pues en ningún momento consideré que mi integridad física pudiera correr algún riesgo, a pesar de presentir que el mundo se quebraba bajo los pies. Seguí repitiendo mi reclamo hasta que, después de un rato, igual que habían llegado se fueron, primero los adultos en los coches y los niños dando pedaleadas por detrás.

Aquella tarde recibí la noche sin ver ocultarse el Sol, pues el horizonte estaba lleno de oscuros nubarrones. Más tarde tampoco pude observar el cielo nocturno, porque las espesas nubes cubrieron todas las estrellas y la Luna sólo se dejaba percibir por un halo tenue y difuso. La preocupación me asaltó para dar paso al insomnio y a un sinfín de pensamientos negativos que, a su vez, me conducían directo hacia las esferas de la obsesión, en una dinámica retroalimentada por sí misma buscando una salida sin retorno, como una espiral que ansiaba buscar el infinito. “Ya nada sería igual”, pensé, como más tarde así sucedió.

Día a día, y de manera creciente, todo cambió respecto a mi relación con los alienados del tiempo y, a fin de cuentas, con mi nuevo proyecto de vida, pues cada vez fue en aumento el número de intrusos y curiosos que se acercaban a los pies de mi refugio, todos provistos de cámaras fotográficas y de vídeo, con la intención evidente de arruinar mi nueva armonía, en algo que interpreté como una lucha contra todo lo que yo ahora representaba. La civilización destructora de la naturaleza, el humano aniquilador, no perdían la oportunidad de enterrar cualquier expresión contraria a las leyes del tiempo que les regía, de acorralar como una animal perseguido y en extinción a quien osara a rebelarse contra la autoridad inmoral de toda una historia plagada de guerras fraticidas. Por eso me negué a marchar a otro lugar, a huir como un cobarde, pues siempre, una y otra vez, volvería a suceder lo mismo. Lo mejor sería aceptar mi destino y luchar por mantener mi independencia frente a los esbirros del tiempo, y dar la vida, si fuera preciso, por mis ideales.

Ahora me sabía un héroe en defensa de todas las especies del planeta, el último vestigio de una razón perdida, cuando a mis pies ya entusiastas multitudes se juntaban para verme como si fuera una atracción de circo. No se hicieron esperar los reporteros de letra impresa y televisión, y ya me imaginé como portada de revistas y tema de noticiarios y otras tertulias destinadas para una audiencia “subnormalizada”. Cuando salía de mi refugio, y me dejaba ver, las gargantas exclamaban asombradas; pero si alguien osaba acercarse demasiado a gritos y pedradas lo alejaba. Ellos, en cambio, me arrojaban piezas de fruta y cacahuates.

Un día, que ahora puedo determinar con exactitud en su fecha, toda mi existencia tomó los derroteros de la incertidumbre, por no haber sido capaz de librarme en su totalidad del predominio de esa cultura del tiempo que lo empapa todo y que, por consiguiente, se volvió a apoderar de mis más preciados pensamientos, pues los estados de ánimo y todo acto ya dependían de la pugna en la que me veía inmerso, y así no me pude contener cuando empujé al camarógrafo de un programa de televisión que tuvo la osadía de llegar hasta la puerta de mi refugio, que luego cayó aparatosamente para romperse el cuello y morir.

Ahora estoy encerrado en una celda, acusado de homicidio imprudencial y otros delitos, mirando los barrotes que me separan del mundo, contando sin remedio los segundos, los minutos, los días, las semanas, los años, para poder recuperar la libertad y siempre bajo la inevitable permanencia del tiempo.
Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua


PÁGINA 27 – CUENTO

SOLO JAMES BROWN Y YO

Por Germán Francisco Vachino (Argentina)

Cuando estoy por cruzar la calle el reflejo del sol revienta en la vereda y me hace trastabillar con una bolsa de basura. Un colectivo pasa por la calle Sarmiento y se burla del tropiezo con un bocinazo deforme, histérico. La concha de tu madre. La mañana es un mejunje de disfraces, de caras perfectas y aburridas, de ilusiones, el vulgar planeo de las vidas: la vieja nerviosa fumando ansiedad dentro de un boliche moderno, una pecera enorme donde la gente come fritura y la música de un local que vende discos truchos aturde pero me detengo a observar una pareja; la máquina no le quiere devolver las monedas, y mientras discuten vaya a saber uno de qué, pienso en el amor: un irregular pétalo de rosa pegado en el vidrio de una ventana esperando que el viento sople, que la lluvia acaricie; un mar de besos el amor; la boca de una chimenea bufando por los troncos y el fuego, por el humo y las brasas. Y también pienso en el amor como una jungla de mentiras, una selva de cobardes, el enredo de lianas y engaños.
El sol muestra su bondad recalcitrante y da un guiño a la mañana. Miro la velocidad con la que crecen las construcciones de esta ciudad y veo a la pareja discutiendo por las monedas. La música del local absorbe mis pensamientos tan pelotudos y la gente trepa a los colectivos. Vuelvo al departamento. Reflexiono en la virtud de estar solo; en la magra soledad los sentimientos acosan. Puedo escuchar voces que proliferan en el departamento y el lamento de bocinas que se disipa por las calles melancólicas allá abajo, en la ciudad, en ese desfile de caras y cuentos. El sentido de los días se vuelve difuso, amargo, repelente. La historia con Isolda se torna profunda, un zanjón de misterio. Prefiero mirar por la ventana y pensar que está llegando. No, no va a venir. Que mis días se liberen para caer en otras nuevas redes y ámbitos. Miento, todos lo saben. Prendo la radio. Solo. Sólo James Brown y yo en este departamento.


PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Aur R.C. (Madrid-España)

EL NIÑO DATREBIL SIEMPRE NACERÁ

El niño Datrebil jugaba, jugaba
ajeno a la maldad, las bombas,
la muerte, las torturas, el hambre.

Allá donde la Biblia fue usada
para dar a un pueblo la tierra
de otras gentes, de otro pueblo.

Donde otros países consensuaron
el dolor, la ignominia, el robo,
y hoy lo siguen consolidando.

El niño hoy ya tiene la treintena,
ha visto morir a padres, hermanos,
familiares, amigos, niños, ancianos.

Los demócratas del mundo le hablan,
le dicen que hay que tener paciencia
que esto no es el Dos de Mayo,
que si se levantan, que si matan,
que si se rebelan contra el usurpador
no serán héroes como los españoles,
simplemente serán unos terroristas.

Datrebil ha visto el asesinato,
la tortura de sus seres queridos
y ha leído, ha oído en los medios
de comunicación de los demócratas
que esto no eran actos terroristas, no,
eran operaciones sólo de castigo,
un cohete casero en una granja
en el territorio de sus abuelos
era una provocación, un crimen,
y sobre todo un acto terrorista.

Se había lavado, hecho la ablución,
pensaba, pensaba en esa decisión,
sacrificarse, ¿y que conseguiría?.
No creía en nada, en nada, en nada,
si, creía en Fátima, en sus ojos de miel,
pero estos años se había dado cuenta
que todo o mucho se basa en la necesidad.

Ahí en ella está el pilar de la religión,
de las religiones, de las creencias,
creer que después de esto, tú,
tan importante tú, sigues existiendo,
que la gente que quieres que ya no está,
también sigue en otra vida , otro mundo
y ellos idearon su religión con tu necesidad.

Necesidad de salir de la soledad, del hastío,
mujeres, hombres, solos, necesitados de cariño
y ahí están otros buitres al igual que antes,
esperando, dando falsas apariencias de amor,
y lo que es más peligroso el que estaba solo,
necesitando el cariño, la comprensión,
muchas veces deja cadáveres cuando ya
los que le han sacado de ese hastío
de esa costumbre, no le sirven.

El asesinado se convierte en asesino.

Así Datrebil , pensando en eso, solo,
fue a la Asamblea de los hombre libres,
siempre había ido, en Palestina, en Tinduf,
la URSS, China, Arabia Saudí, Uruguay,
Paraguay, en Argentina, Argelia, Birmania,
en Chile, Checoslovaquia, Hungría,

Latinoamérica, España, en cualquier continente.

Él, Datrebil, puso aquel clavel rojo, en Portugal,
en la bocacha de los fusiles que matan,
estuvo en Pekín, él era también aquel
que se enfrentó solo a los tanques,
está donde hay hombres y mujeres libres
que luchan contra la opresión y la mentira.
Porque Datrebil nace todos los días,
porque Datrebil es simplemente la Libertad.

LISBOA, TU Y MILES DE ROSTROS

Las gotas de lluvia suspendidas
en las agujas de las hojas de los pinos
reclamando el derecho a recorrer,
junto con sus hermanas, la tierra

Un ligero temblor de unos párpados
anunciando el nuevo día, el alba,
y el cuadro de la noche se colorea
con un ámbar, con una brisa fresca

La mañana, una figura de blanco,
ella, mi amiga, una mesa de mármol,
era joven, me miró , un resplandor,
sentí un poema de letras azules

Todo se relaciona en un espejo sin cristal,
tus ojos sirven, las pupilas del alma más,
recuerdo el día de lluvia en el pinar
y el despertar entre mis brazos,
no de un sueño, de una vida enclaustrada

La mesa blanca, cuatro sillas, tu y yo
la piedra era fría, nuestras manos juntas,
un indicio de bohemia, un sentir la vida,
las plazas, allá en Lisboa, respiraban alegría,
el Tajo desembocaba ese día con risas,
viniendo de un nacimiento triste y opresivo

Bailamos hasta el amanecer, con los pies,
pero sobre todo con otros, con almas,
ellos celebraban una ilusión realizada,
nosotros otra que muy pronto vendría

Tu vestido blanco, años jóvenes, sangre,
la sangre recorría el alma, amando,
queriendo ser cuerpo, piel con piel

Hoy te he visto, nos hemos visto, un beso
unas lágrimas, un recuerdo, mucha amistad.
No queríamos esto, no, esto no, mentiras.
Nuestra ilusión allá en la patria de los fados,
por una sociedad mejor, sin opresiones,
con noches de miedo, con días tristes aún azules,
y hoy tus ojos cansados de luchadora sin partido,
como yo, me miran y dicen calladamente,
no era esto, amigo, no era esto lo que perseguíamos

Nos encaminamos por calles antiguas, de la mano,
por un instante te miré como mujer, pelo de hebras,
hebras de plata, ojos de vida, como siempre,
delgada, enjuta, piel morena, busto generoso,
en ese momento sentí que me observabas,
por un momento me turbé, Lisboa apareció

Aquel año, la revolución de los claveles,
tu y yo, el mundo cambiaba, ¿ilusos?, no
Siempre espero lo mejor, una sonrisa ,
un espacio de alegría en medio del dolor,
y vi, yo lo vi, un pueblo, la gente normal,
salir a la calles, a las plazas, a la vida robada,
lo vimos, lo sentimos, nos amamos, los amamos

Tantos años sin vernos, quizás recordándonos,
esas cosas no se olvidan, un beso, libertad,
revolución, una manera de amar sin barrotes,
no, eso no se olvida, me dices que mañana te vas,
a tu ciudad, a la que te empujó el odio del amo

Hoy ya no puedo mirarte a los ojos, no como amante,
como amiga de luchas, de sitios compartidos,
y también de besos prohibidos en plazas de alegría

Paseo solo, por el Retiro, la naturaleza de mi ciudad,
anochece, entre los abetos el azul se torna fuerte,
una lágrima de lo que pudo ser se me escapa,
cae al suelo ,rebota y queda suspendida en esa hoja ,
un rayo de luna la irisa y veo miles de rostros,
y por ellos hoy escribo esto, es menester que lo haga

UN MUNDO NUEVO LLAMA A LA PUERTA

Un mundo nuevo llama a la puerta,
sigilosamente, con miedo, somos pocos
Pero... la blanca agonía de no saber, muere
Hoy conocemos a los ebrios del Poder,
lanzan su vino, mentiras, para emborracharnos,
manipularnos y hacernos creer en su Paraíso
Hoy la bala de la pobreza mata a más, a muchos
y sabemos quién la dispara y por orden de quién

Mi amor, te hablo como hombre o mujer, óyeme,
me gustaría refugiarte en el árbol de la justicia
y que su sombra reparadora te hiciera más libre
No me mires como si esto no fuera contigo,
abre tu corazón, tu espíritu noble, y mira, mira
Muchos millones pasan hambre, enfermedad,
muchos más viven como animales, explotados
y nosotros, el mundo libre, hemos callado, ahora,
los amos quieren más, quieren todo, son insaciables,
quieren la deuda, tanto de los países como de nosotros,
saben que dominando esto, tienen el control de todo

Tu, hombre y mujer, ¿con qué ojos miras a tu amor?,
a tus cariños, padres, hijos, hermanos y humanidad
Nosotros éramos los únicos que podíamos aliviar esto,
teníamos para comer, por tanto, tiempo para vivir,
hemos quemado la vida en nosotros, y hemos olvidado,
olvidado que en nuestros países vive el gran ladrón,
el que robaba al tercer mundo, el que daba Golpes de Estado,
el que ponía a nuestros gobernantes como señuelo.
Todos ellos, los que gobiernan, son testaferros del amo

Déjame, hombre y mujer, que me refugie en mi desierto,
para coger aire, para que ese viento me de fuerzas,
que fácil sería contigo, mujer, huir, enterrarme en ti,
¿crees que no lo quiero?, claro que sí, pero un día,
quizás no muy lejano, verías en mi la angustia, el dolor,
porque no estaría siendo un buen hombre, habría huido,
abandonando mi responsabilidad ante la Humanidad
Hoy amo, amo más que nunca, lloro más que nunca,
porque mis mujeres y mis hermanos son masacrados,
la pareja de enamorados no tiene con lo que pagar,
el niño no tiene muchas veces que comer, hambre,
y esto es la parte menos mala de esta ignominia,
en el mundo mueren de hambre millones de personas,
se tortura, se manipula, se asesina, se adocena

El amor, dicen que el amor salvará el mundo,
pero mientras tanto, ahora, en este momento,
en que los lobos están entrando en nuestra dignidad,
¿que hacer?, muchas veces el amor es luchar, digno,
luchemos entonces, con la denuncia, la palabra,
pero no porque a nosotros nos vaya mal, no,
porque si fuera así, es que admitimos el Sistema,
y lo que no nos gusta es la parte que nos ha tocado,
hay que hacerlo aunque estemos bien, muy bien,
de esa manera y sólo de esa manera seremos libres

No soy un poeta, intento escribir sintiendo, dudando
Hoy en este escrito quizás no hay nada bello, arte,
quizás la verdad cuando se desnuda es dura, cruda,
a lo mejor la verdad duele, es un espejo en que mirarnos
No es la primera vez que se denuncia el mundo injusto
No, pero en el momento actual, el péndulo oscila,
hacia la libertad o hacia la esclavitud, no te sonrías lector,
quizás ser esclavo para muchos es una costumbre,
una forma de vivir sin saber que tienen cadenas,
pero no olvidemos que al principio la esclavitud,
la sumisión, los grilletes, se ponen a la fuerza,
luego el miedo los mantiene, no hace falta echar la llave

Retomo lo no bello, y quiero endulzar esta visión
Un día amor, mujer u hombre, un brazo digno te rodeará,
podrás ir a cualquier parte del mundo, ¿te imaginas?,
a cualquier parte del mundo con orgullo, sin pudor,
no verás pobreza, ni injusticia, ni sumisión, verás dignidad,
ese día hacer el amor será un tributo a la libertad,
compartiremos un cuerpo con otro cuerpo como personas libres,
sentiremos unos ojos que no ven en ti una mercancía, un objeto
Donde mirando el firmamento en cualquier parte, donde sea,
se verán nubes de frescura , sentimientos de inmensidad,
y respiraremos, respiraremos hermosos vientos de libertad.


PÁGINA 29 – NARRATIVA


Por René Rodríguez Soriano © (República Dominicana)

El hombre es el único animal que sufre
tan intensamente, que ha tenido
que inventar la risa.
F. Nietzsche


Hubo un tiempo que en las cortes, monarcas y mandatarios, contrataron al bufón del pueblo. Eunucos, papanatas y toda cáfila de saltimbanquis del reino desfilaron por los salones y pasillos para beneplácito de familiares y allegados de encumbrados "dignatarios". Jamás persiguieron otro norte que el simple divertimento o la guasonería estos variopintos individuos que, la mar de las veces, anduvieron bailando sobre el delgadísimo filo de la navaja del poder. Ni pensar que pensaran —si es que lo hacían— alzarse con el mando. Gobernar era de sabios, dicen que dijo alguien.

Pero el poder que, según Pedro Guerra, “no descansa y se detiene a beber junto a las puertas del sabor y del deseo”, pudo más que la cordura. Habría de aparecer en escena un tal Calígula que, quizá, harto de sobatintas y charlatanes, hizo reír a daga y fuego a toda su corte y a sus consortes. Cuenta la historia que, habiéndose disfrazado de mujer, se complacía provocando la hilaridad de sus invitados, hasta que Macrón, su amigo y confidente, tuvo a bien recordarle que él era el Emperador; no un bufón.

Ni corto ni perezoso, el Emperador ordenó que se alzara una cruz en el comedor, e hizo supliciar a Macrón para el placer de sus contertulios. Pero no quedan allí las excentricidades del bueno de Calígula que, ansioso de sobresalir en todo, se proclamó el poeta más grande del Imperio y ordenó quemar las obras de Homero, Virgilio y Tito Livio. Incluso, luego de mandarle a construir una cuadra de mármol blanco, un pesebre de rico marfil, un ronzal de piedras preciosas y mantas de púrpura cuajadas de perlas, y poner a su servicio un gran número de criados, incluidos un secretario y un mayordomo; llegó a agregar a su fiel y brioso Incitator al colegio de sacerdotes. Antes lo había nombrado cónsul, y se divertía de lo lindo haciendo asistir al animal a sus festines.

Afortunadamente, el 21 de enero del año 41, Calígula dejaba de existir en la santa paz de su lecho. Un grupo de malhumorados pretorianos lo sorprendió cuando se hacía amar por unos mancebos y lo atravesaron con treinta castas puñaladas. Luego vendría un Cómodo, un Heliogábalo, un Al-Hakim y todo un arsenal de divertidos tíos que, en su afán desmedido de concentrar todo el poder en sus botellitas de burbujas, fueron capaces de enrarecer el aire de un plumazo; usurparon el papel de los bufones y algo más. Hace algún tiempo, mucho tiempo quizás, que, venidos desde las entrañas de la bestialidad o el misticismo —y arropados bajo el manto del poder de la ignorancia, por la paz y el progreso de la humanidad—, orondos indignatarios, blanden pendencieras y vulgares sus risas, sus botas, sus dislexias, sus hebillas y queridas. Vedettizan, maúllan y babean en los balcones mediáticos, avergonzando a las bestias con su falta de vergüenza y pudor.


PÁGINA 30 – ENSAYO

POESÍA RUMANA CONTEMPORÁNEA: ENTRE LA AFIRMACIÓN Y LA SUPERVIVENCIA

“Podemos vivir sin pan, pero no sin poesía…”

Por Rodica Grigore (Rumania)

Si al inicio del siglo XX el simbolismo francés se eclipsa como fórmula estética (“Maintenant il faut des barbares!”, era una de las exclamaciones del momento), por su parte, el simbolismo rumano acaba de aparecer. Evidentemente, dada la conocida influencia de la cultura francesa sobre la de Rumania antes de la guerra, esta corriente literaria ha seguido, al menos unos años, el modelo ya consagrado (y consumido…) en el espacio cultural francés. Así que es posible afirmar que los poetas rumanos contemporáneos continúan, cada uno a su manera, el simbolismo, pero en condiciones históricas muy diferentes, debido a que el simbolismo rumano es un poco contradictorio como doctrina y formas de manifestación. En primer lugar, sus representantes (re)descubren la poesía como una actitud particular de ser en el / este mundo, e igualmente son capaces de entenderla (y practicarla) como la única manera estética viable para construir un universo privilegiado, diferente del de la vida real. Además, todos los poetas rumanos de esta nueva generación están conectados con los istmos de la época moderna; una época que, en el más vasto espacio europeo, es animada por el espíritu tutelar del vanguardismo (futurismo, dadaísmo... o lo que sea…). Podemos decir, entonces, que el simbolismo rumano se transforma casi sin que se sienta, evidentemente e inevitablemente en el más claro modernismo, especialmente en la poesía; es decir un modernismo visible sustancialmente en la estructura y contenido de la poesía de esta época. Por este motivo, en Rumania, la importancia de las primeras décadas del siglo pasado no puede ser negada; y tampoco la del simbolismo rumano en su totalidad, visto como el verdadero punto de partida para nuestra entera poesía moderna. Por supuesto, hasta entonces, aquí han surgido grandes poetas, por ejemplo Mihai Eminescu, considerado, justificadamente, como el último romántico del viejo continente; o Alexandru Macedonski y tantos otros... pero en las circunstancias político-sociales del sur-este europeo es difícil demarcar una verdadera historia de la poesía de esta región. En Rumania hay una tradición poética clara y continua, sin alguna duda, pero la historia real de la lírica moderna comienza en los primeros años del siglo XX. Los nombres de creadores que pueden ilustrar esta afirmación no son pocos, pero he preferido iniciar esta mini-antología, con Lucian Blaga, también autor de un sistema filosófico destacado en el contexto general de la cultura rumana. Luego incluyo poetas tales como Ion Vinea, Emil Botta, Magda Isanos y Ştefan Augustin Doinaş, terminando con la lírica de Nichita Stănescu y Marin Sorescu. Una historia muy personal de la poesía rumana, como la de cualquier otra antología… Con un punto importante para enfatizar y que el lector extranjero no debe olvidar: durante un decenio, con más precisión entre 1948 y 1958, la poesía rumana es casi inexistente por culpa de una brutal intromisión de la política (ideología) en el espacio literario. Ejemplo trágico, sin duda, del camino que los regímenes totalitarios intentan imponer, también en el más delicado segmento de la cultura de un país, su lírica. Y algo más: a pesar de todos estos aspectos negativos, la poesía rumana ha sido muchas veces considerada como la única forma de sobrevivir a dichos tiempos. La poesía rumana ha sido casi reinventada por la generación poética de los ’60 (1960); por consiguiente, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ella va continuar su existencia, porque, como Marin Sorescu ha dicho, “podemos vivir para siempre sin pan, pero no sin poesía.” Una afirmación que cada generación lírica debería respetar de vez en cuando… ¿siempre?


PÁGINA 31 – POESÍA ALLENDE EL MAR

LUCIAN BLAGA (1895 – 1961)

Poeta y dramaturgo, filósofo y ensayista, Lucian Blaga es una de las figuras más importantes de la cultura y literatura rumanas entre las dos guerras. Su lírica, en sus comienzos expresionista en Poemele luminii (Las poemas de la luz, 1919), cultiva el vitalismo dionisiaco, de esencia nietzscheana, evidente en Paşii profetului (Los pasos del profeta, 1921) y está marcada por una permanente obsesión con la muerte, În marea trecere (En el gran correr, 1924) y, más tarde, de un sentimiento de añoranza (La curţile dorului – A las cortes de la añoranza, 1938). En su último periodo de creación, el poeta canta el amor de la edad madura en versos de un sensualismo discreto, evidente en sus poemas póstumos: Cântecul focului (La canción del fuego).

COMBUSTIÓN

Criatura, tú, ¿encontraré
algún día el debido
sonido de plata y de llama o el rito
de una voz igual
para siempre a tu ardor?

De mi estirpe el último soy.
Puñado de luz – tú, y de tierra. Granada, tú,
una flor para mí, con fuerzas de zodíaco,
¿ por dónde y cuando encontraré la única palabra
para encantarte en el círculo de la noche?

Desmañado al lado del fogón
pero entendido por dios y las piedras
¿ dónde es esa palabra como un nimbo
para alzarte sobre el tiempo?
¿ Dónde es la única palabra que conecta
con la aniquilación el paso y el pensamiento?

Me confío en este año, tú, flor mía,
para agotarme con ardor.

MANANTIAL DE LA NOCHE

Bella,
tus ojos son tan negros, que la noche,
cuando pongo la cabeza
en tu regazo,
me parece
que tus ojos, tan hondos, son el manantial
por donde la noche entera corre sobre las vallas,
las montañas y los llanos,
cubriendo la tierra
con un mar de sombra.
Tan negros son tus ojos,
mi luz.


MONTAÑA ENCANTADA

Entro en la montaña. Una puerta de piedra
se cierra despacio. Pensamiento, sueño y puente me asaltan.
¡Qué lagos tan morados! ¡Qué tiempo tan alto!
La zorra dorada me ladra en el corazón de los helechos.

Criaturas más santas me lamen las manos: raras,
encantadas, pasan con sus ojos fijos.
Las abejas de la muerte vuelan zumbando
dentro del sueño de los cristales,
así como los años. Como los años.

El agradecimiento de GACETA VIRTUAL a Rodica Grigore por la selección y traducción.


PÁGINA 32 – ENSAYO

UN NUEVO PARADIGMA DIGITAL:
LA CIBER-ONTOLOGIA

Por Carlos Fajardo Fajardo (Colombia)

Estamos ante una nueva gramática que reelabora otra racionalización y sensibilidad artística; una gramática digital que cambia lentamente el paradigma sobre lo real, "desaparece" lo real físico poniendo en su lugar lo real virtual, conllevando a la sistemática desacralización de la realidad concreta como única fuente de conocimiento. Cambio de gnoseología. Hacia la simulación total, donde la realidad virtual hace creíble su espacio, su movimiento y su tiempo.
Inundados de prótesis tecnológicas, queremos adaptar el mundo a nuestro tamaño y ponerlo a nuestro alcance, violar las leyes del espacio y del tiempo, la tridimensionalidad que nos limita y habita. Igual a un laboratorio metafísico (Piscitelli,1995,107), este paradigma digital deconstruye la realidad del ser y el estar: a través de él soy y estoy donde deseo estar, soy lo múltiple: múltiples identidades cuantas veces quiera ser, generando así una lógica del simulacro, una ciber-identidad, una ciber-ontología. Por lo pronto, la simulación es la escenografía de una ilusión, incluso de una suposición de orden y de poder cuyo slogan sería "tomad vuestros deseos por la realidad" (Baudrillard, 1993,51).Como prolongación metafísica del deseo se pretende con ella producir y controlar la realidad física, realizar hiperrealismos los más parecidos a lo que está allí viviendo cotidianamente.
Expuestos a esta nueva ontología de ordenadores y de las llamadas " tecnologías de la disolución", nuestra percepción del mundo se ha ido transformando lentamente: entramos a una crisis del realismo tradicional, a la pérdida del referente real, pues ya no se tiene, sobre todo en las producciones artísticas, una visión del objeto ( lo visual-objetual), sino del simulacro (lo visual-virtual).
¿Serán estos los precios que debemos pagar los habitantes de finales del siglo XX y los del próximo? ¿Hacer desaparecer tanta historia cotidiana detrás de una pantalla?
Puesto que en la ciber-identidad las transacciones no se dan entre personas, sino entre simulacros, entonces "los objetos reales se desmaterializan convertidos en flujos de pixeles en pantallas de computadoras"(Piscitelli,109). No sabremos ya qué es estar ni dónde es aquí. Así, no habrá interdependencia humana directa, y la soledad, la angustia de incomunicación con los demás serán causadas por las realidades virtuales.
Dentro de estas dimensiones ciberespaciales, podemos estar disolviendo los conceptos modernos de pertenencia y participación. Pertenencia a un sitio, a una ciudad, a una nación, vinculándonos a las redes virtuales mundiales que contribuyen a crear un simulacro geopolítico, una cibergeopolítica donde las fronteras se borran. El espacio electrónico se constituye también en un espacio virtual político, en un buen conductor de las normas, signos y sentidos que nos lanza la cibercultura. Los sujetos activos desaparecen imponiéndose en su lugar una objetividad simulada, masiva, devoradora de mensajes globales. No hay autonomía moderna en su naturaleza de masa, ni razón crítica autoconsciente, autogestionable.
De este modo, sin resistencia crítica, la masa digital pasa a ser sólo público, no comprometido ni política ni históricamente de un modo consciente. Al espectador y programador ciberespacial, tal como ente masivo y masificado, se le ha despolitizado y situado en una situación transpolítica y, más aún, translingüística. Pasa -tal es la hipótesis de Baudrillard- de la resistencia al hiperconformismo. Espectacularidad, fascinación, éxtasis, manipulación son las órdenes que cumple a cabalidad. De la aventura moderna del siglo XX, la cual impuso una razón crítica que ayudó a la exploración, la experimentación y a la utopía de un arte lleno de sentido, parece que entráramos a la época del relax, dejando a un lado el estadio analítico moderno y penetrando a la fase sintética postmoderna, condición de pérdida en el laberinto epocal.


CONTRATAPA: NOTAS DE PARÍS

CUANDO EL DANDI ESTABA DE MODA

Por Irma Bignon (Santa Fe-Argentina)


El dandismo fue una casta altanera que tuvo su origen en una aristocracia inglesa de género nuevo, en el siglo XIX.
Sumamente preocupado por su vestimenta y sus buenos modales, el dandi (en iglés dandy) rendía un verdadero culto a la elegancia.
Obcecado por ese juego superior de las apariencias y por su sumisión a las reglas estrictas que él mismo se fijaba, facilitaba su capacidad forjando su propio mito, sin importarle juicio crítico alguno. Su actitud ante la vida se caracterizaba por el desgano, la indiferencia y por el desprecio de los gustos del vulgo.
“El primer deber de la existencia es ser lo más artificial posible”, escribía Oscar Wilde, “el príncipe de los estetas” en el decir de Jean-Paul Sartre.
Otra característica del dandi era la insatisfacción. Fundaba su escuela de valores en lo que los demás guzgaban como actos inútiles. No era hombre de ideales cambiantes: sus ideales permanecian en él mismo. Era un ser preocupado por la estética, doctrina que hacía de su vida un arte. Algunos se destacaron, llegando a ser grandes poetas, novelistas, pintores, músicos.
Como seductor, era un ser trágico en pos de situaciones llamémoles “interesantes”.
Sofisticado en el sentido literario del término, no conocía mejor adversario que la banalidad burguesa. Esto ya había ocurrido en el año 404 a.C. en la persona del general y político ateniense Alcibíades, homologado por Baudelaire.
Otro ejemplo sería George Brummell, llamado “el hermoso Brummell”, dandi británico (1779-1840). Su amistad con el príncipe de Gales (futuro Jorge IV), tanto como su extremada exquisitez en el vestir, sellaron su reputación con el título de “rey de la moda y árbitro de la elegancia”.
Barbey d´Aurevilly, escritor francés de la nobleza normanda, manifestaba su desprecio por la mediocridad de la burguesía, defendiendo el dandismo. “Muchas veces en mi vida – escribía – he tenido que soportar grandes infortunios. Pero jamás me quité los guantes blancos”. “Never explain, never complain”, como dicen los ingleses (nunca explicar, nunca compadecerse).
“El dandismo – continuaba explicando d´Aurevilly – es algo más que el arte de vestir. Es una dictadura feliz y audaz en lo tocante al aseo y a la elegancia exterior. Es una manera de ser, compuesta enteramente de matices, que aparecen siempre en sociedades viejas y muy civilizadas, en las que la comedia llega a ser rara y los cánones sociales apenas triunfan sobre el aburrimiento”.
Podríamos recordar a Oscar Wilde quien, con su elegancia, gentileza de espíritu y el refinado estetismo de su doctrina literaria, llegó a ser el escritor más afamado de su época.
El retrato de Marcel Proust pintado por Jacques Émile Blanche está en todas las memorias: rostro pálido, rasgos finos; magníficos ojos negros profundos y tristes, que son los que devoran la figura. El pintor representó a su amigo con su “uniforme de gala cotidiana”: traje de noche, corbata de seda blanca y flor en el ojal. Su medio familiar como hijo de médico reputado, le abrió fácilmente las puertas de los grandes salones de su época.
Toda existencia está sometida a la destrucción causada por el paso del tiempo. Esta acción corrosiva también tuvo su influencia en la vida social. La sociedad en esa época era un medio orgánico en constante movimiento. Proust, gran observador, hizo un análisis racional de todo ese entorno. Su curiosidad intelectual y el vértigo de la dimensión del tiempo le sirvieron para escribir su inmensa obra, donde examina sus propios pensamientos y las raras y singulares satisfacciones del esnobismo de los salones.
El dandi se exponía y arriesgaba mucho. Pero nunca se pavoneaba ni vestía con elegancia afectada. Mantenía siempre su impasible altura, sosteniendo que lo natural era la pose más falsa.
En esa cofradía, más allá de la puesta en escena de la vestimenta impecable de rigor, era la destreza mental la que realmente elaboraba el efecto en ese verdadero teatro.
En la ciudad de Granville, en Normandía existe un pequeño museo donde se pueden ver el bastón con su puño de turquesas de Balzac, los guantes blancos de Barbey d´Aurevilly, el pañuelo de cuello de color blanco de Brummell, los manuscritos relativos a la elaboración del manifiesto del dandismo aparecido en 1845, el retrato del conde de Montesquiou pintado por Boldini, y muchos objetos más.
Contrariamente al excéntrico, el dandi respetó siempre los códigos sociales.
El hermoso Brummell murió solo, en un mísero hospital. Y en ese paso hacia la muerte, muchos de ellos se hundieron solos en la oscuridad de la noche.
Si un dandi hubiera terminado su vida con una muerte ostentosa, jamás se lo hubiera considerado dandi. Hubiera sido un hombre común.


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