Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 40 – Abril de 2010 – Año IV – Nº 4
Imágenes: Steve Hanks (Estados Unidos)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA 1-REFLEXIONES

EL MUNDO

Por Eduardo Galeano (Montevideo/Uruguay)

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso- reveló.
Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás.
No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear y quien se acerca, se enciende.
PÁGINA 2 – LOS NOVELES

Christian Arteaga (Quito/Ecuador-1979)

EN BASE A UN SUEÑO PRIVADO

I

Hubo en la primavera una sorda declaración de guerra
el mar devenía en murallas blancas
los albatros pudríanse
en el cielo.
él, detenía su mirada con venia de eremita
su pecho no tenía esquifes ya.

El mundo penaba en el climaterio
de pólvora
sin embargo, él se inclinaba a pensar en el polvo
como la huella nítida de algún dios.
¿Eso es lo que seguimos?

Al llegar el invierno la guerra estallaba a gritos
y los zahoríes marchaban en hileras
hacia el desierto
pero él, esculcaba el plasma en los
pistilos de sus llagas.
PÁGINA 3 – CUENTO

OTRA VEZ TU CIELO

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

La mujer camina lento por un pasillo en penumbras. Es un pasillo de piso brillante, constantemente pasado y repasado por trapos de piso húmedos que quitan polvos y manchas pero no logran desprender el dolor, la angustia, el silencio que se ha adherido a los mosaicos.
Las puertas están cerradas, detrás de cada una se desenvuelven las historias de gentes que lo único que desean es irse del sanatorio. Llevarse el familiar o dejarlo, irse con las dos piernas o con una, huir curados o con el mismo mal con el que ingresaron hace tanto tiempo, allá lejos, aquí en el lugar donde el tiempo transcurre congelado, con la morosidad con que las gotas de suero se desprenden una a una por tubos transparentes. Como sea, pero lo que uno quiere es poder dejar esto atrás, alejarse, olvidarse, escapar.
El sanatorio es un enorme castillo silente, que en vez de ser una meta inalcanzable como el de Kafka, un lugar al que jamás se accede, es un gigante que devora a sus pacientes y los detiene en sus entrañas en una eternidad sin noches ni días. No poder arribar jamás o no poder partir eternamente son dos horrores que se igualan.
Y camina la mujer despacito, arrastrando la barra de metal con cuatro ruedas de la que pende el suero. El aparato se le frena, tiene que luchar un poco para mantener la línea recta pero no deja que la hija la ayude. "Yo puedo, yo puedo", dice, y las dos sonríen aunque es una sonrisa cansada. La mujer siempre puede, extenuada, dolorida, débil, ella siente que le hacen violencia cuando la ayudan con algo que todavía puede realizar sola.
"Yo puedo" dice, y camina lento por el pasillo de ventanas con cortinas de hule, puertas numeradas, enfermeras misteriosas.
Ya se siente el olor repugnante de la comida hervida. Será que el aroma de las cocinas no debe mezclarse con el olor de los desinfectantes ni con las voces dolientes ni con las sábanas transpiradas de agonía.
"Yo puedo" y camina. Con las dos manos aferrada a la barra descamada de pintura blanca, paso a paso de pantufla blanca, con los cabellos revueltos por detrás, ella que siempre está arregladita y combinada. Con el camisón arrugado, ojeras y manos hinchadas, sin anillos ni aros, camina y quién sabe adónde la lleva la necesidad que le demanda tanto esfuerzo.
La hija la sigue, se pone por detrás para resguardarla. Con ojos brillantes de un llanto que quiere escapar la sigue con pasos menudos.
Casi sin fuerzas ya, la mujer por fin ha llegado a un lugar dentro del laberinto horrible de los pasillos sin minotauro. Se deja caer en un banco, mientras la hija se acerca a una ventana de aluminio y descorre la cortina.
Tras el vidrio transcurre un paisaje deprimente de techos de chapa y cables que cruzan de pared a pared, se ve un aire acondicionado viejo sobre un soporte de hierro herrumbado, en fin, que tras los vidrios no hay nada que justifique el largo derrotero de pasillos y cansancios.
Pese a este paisaje de traspatios y obraje, Margarita ha venido hasta aquí y se impacienta por asomarse a la ventana.
En un rato, Margarita habrá recuperado la fuerza como para levantarse. Se pondrá de pie, irá hacia los vidrios, y encontrará su cielo, algunos follajes que se asoman por detrás de los tapiales, alguna paloma que aleteará gris sobre el celeste. Y entonces Margarita sonreirá sin decir nada, reencontrando este su mundo de cielos y aves y árboles rumorosos, y la hija sabrá por qué la quiere tanto.
PÁGINA 4 – ENSAYO

EL CONTACTO FÍSICO.

Por María Eugenia Caseiro (Miami/Estados Unidos)

El contacto físico es una fuente de sensaciones diversas. Afortunadamente la mayoría de ellas no solamente muy hermosas, sino muy necesarias. Existe una tendencia generalizada a pensar que una caricia entre seres humanos que no poseen vínculos consanguíneos, alude al deseo, pasión, o al amor de pareja. Esta tendencia nos da en gran medida lo equivocados que podemos estar cuando no aprendemos a despojarnos de prejuicios y a pensar por nosotros mismos desechando arquetipos, modelos heredados que nos impiden apreciar la esencia de nuestro propio ser en toda su magnitud. Si bien es cierto que no podemos cambiar la sociedad de un día para otro, es muy cierto también que lo que no comienza por cosecharse, no se logra.
Sabemos que cuando estamos necesitados de una caricia, no hay nada más reconfortante, no hay paliativo, ni siquiera palabra, que tengan la eficacia del contacto físico; tan es así, que las manifestaciones de este contacto se dan muy primitivamente entre los seres que no poseen la capacidad de pensar como nosotros. Una mascota, que no comprende el significado de las palabras, y que obedece a ellas como resultado de la convivencia y la costumbre, responde de manera muy especial al contacto físico. Todos hemos sido testigos alguna vez, de cómo el afecto puede sacar airosamente, tanto a personas como animales, de sus momentos más terribles, también de multiplicar la alegría en otros mayormente afortunados.
Todos hemos visto casos en que personas desconocidas unas de otras, llevadas por las más variadas circunstancias, han coincidido en eventos desafortunados o providencialmente venturosos, y se abrazan repentinamente llenos de miedo, de incertidumbre, o puede que de alegría y de gozo, en dependencia de lo que sea que les haya ocasionado la reacción, buscando el contacto con el otro ser humano que, a pesar de ello, le sigue siendo desconocido, pero ya no totalmente ajeno porque a partir de ese momento, se establece un lazo que les hermana aún en la inconsciencia del hecho, y sea cual sea el motivo, la pureza ha estado presente en el acto espontáneo de buscar ese contacto físico. Todo ello nos da la prueba de lo necesitado que se encuentra el ser humano, en todo momento importante de la vida, del calor de otros seres vivos, incluyendo las mascotas, y hasta la propia naturaleza, como lo es el caso del contacto con la lluvia, el mar, las plantas, la brisa… Todo nos toca físicamente y se integra de alguna manera a nuestra necesidad de sentir el estímulo.
Si podemos tomar de la mano al amigo o amiga, abrazarle, dar una palmada en el hombro, incluso a veces a quien a pesar de que no conocemos, se encuentra atravesando por un momento difícil, debemos aprender también a hacer lo mismo cuando queremos manifestar agradecimiento, amistad, hermandad, aprecio, ánimo, consuelo, y lo mejor de todo, alegría.
No se cohíba de dar una caricia porque la sociedad nos ha enseñado o nos ha impuesto la norma de ser a veces mal interpretada, y por ende así sucede. Demuestre primero la clase de persona que usted es; nadie se confunde con quien no da motivos, y si sucede que alguien confunde su intención, simplemente explique a la otra persona que se ha equivocado, pero no se limite de dar y recibir afecto físico, se ha demostrado que muchas veces no existe ninguna otra cosa que pueda competir con ello, ni siquiera las palabras.
Cambiemos nuestro mundo personal, que definitivamente es paso y parte decisiva para cambiar el mundo.
PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

Mónica Laurencena (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

UN GEMIDO SE VUELVE INTENSO EN LA NOCHE PERVERSA…

Alguien en el extenso planeta hoy: muere…

Los recuerdos de un préterito aterrado
se convierten en máscaras de penas demudadas…

Ronda alrededor la blanca atrevida desgajada novia
llevada a los sepulcros con flores tibias de amores…
Ella milenaria diosa
de rituales en rústicos altares
Me acuna historias
relatos me grita con bajos tambores
viene a decirme : más allá de esta vida tal vez…
Otra vida más allá…
La soñada por los innumerables señores
De monedas y cofres
Ella sustentada desde las pirámides
Hasta las engalanadas pompas cortesanas
Engalanada de sangre en las guerras
Arrullada por los reyes en los palacios
Convertida en traiciones y arrumacos de los
Negros asesinos de los árboles pájaros, niños-pájaros
Eternidades de ríos abismales…

Estalla en mi cuerpo fetiche del sustento de la carne
con su tenue quizás impávido rostro para decirme
no sé qué secretos atrevidos en la rasgada tela de los párpados…

Me desmenuzo a cada instante, vuelco los locos años
en mi cintura de paisajes reverdecidos…
El camino es tan largo desmesurado
en cambio la senda es corta pequeña aún la vida
permite a mi otra existencia:

Un pequeño abrazo…
Una segura lágrima…
Una voz compartida de las gentes…

Sí, cada vez más tengo miedo…con mis manos cuajadas
Vienen a mí vientos ya erosionados y liquido los segundos.

Surco espacios y lugares ya idos y los gozo
Estoy aquí y allá…
en las lomadas de mi patria chica
que me vio nacer
que canta el río su amanecer

Y la extraña diosa de la muerte se vuelve atrás
se arrepiente y por hoy, por esta noche me perdona
no me lleva a su templo de olvidos y tormentos…

Una vez más reinicio con el alba la límpida duda de estar
hallando la tibia y fugaz promesa

ALLA EN MONTE VERA- ESTÍO

el sauce agitaba sus pocas hojas después de la tormenta
el sauce caía sobre nuestras cabezas…
viejos amigos… nuevos amigos…
recuerdos de amigos…
el cielo cruzado de nubes
la noche hablaba
al son de esa guitarra
fue un instante único, irrepetible
mágico con las almas nobles
escuchando atentos los acordes
y la voz de pedro—otro vasco—
y descubrí a jorge en su voz y gracia
y el cielo nos cubría
nos amparaba
pero más mucho más la humana presencia
nos aunaba en esas alegrías que pocas
veces nos da la vida…
y teresa y zulmas estaban sentadas a nuestro lado
acompañaban
con su infinito sereno rostro
aceptando el fraterno acto
el sauce y la noche
vestían de tierra y eternidades
los aromas y las letras
cancioneros y momentos
habían entrado en mi vida y yo en las de ellos
como siempre
como es de natural melodía
saber de los otros nuevos que van cayendo
que se están sentando con uno
que uno dice locuras para que alguno se ría
y entrar a contar la vida
biografías completas, pródigas de todo
mundo hijos y humanidades como las de uno
y allí la bella prima, que lejana mira
y cuenta y habla y está con nosotros
otra estrella más que contamos para el camino
si…
seguiré pensando que el sauce
en un momento se quedó quieto,
y nos permitió ser su música en la brisa de la noche…

IRÁS POR LOS PEÑASCOS
De tu mar embravecido

Vendrás por los voluptuosos ríos
A beber en las líquidas márgenes

Caerás de tus riscos
Nadie detendrá tus pasos

Gritarás por fin tu nombre
En la enloquecida tarea de ser madre…

Recordarás el apellido de aquél joven
Que pudo ser también padre
Y ante el tormento del
No nacido
Estarás bendecida por los amados
Niños que sí vinieron…

Por fin, la lomada de tu tierra
Recibirá en su verde madre
A tu primogénita quien levantara
Sus banderas de justicia

Tata, calle larga…

Cantarás bajito y mal
Las marchas de los viejos
Luchadores…
Medio vascos, duros como indios

Hacia una línea de horizontes
Nacidos…
Campo atardecido

Entraré tierra dentro
Hacia los estelares ríos
De mi padre…
Y, hoy,
Su ideal se me hace lágrima
Y calma…
Callada bandera de hombres
Que desde su lomada
Amaron limpia, líquida, bondadosa
La patria por fin libre…

Caerás desde los más altos
Y seculares
Recuerdos…
Amando los gestos, los sonidos,
Las sendas de los dolores
De los perfectos silencios
Del hermano
Por fin, tan líder él como sus ancestros…

Recordarás el rostro amado
De la madre…
De la amiga…
De la maestra de la vida…
Entregada a su único destino
Luchado y hecho carne de sangre
Vindicado…

Atrás de los sueños
Lejanos y perdidos
Vendrás con tu imagen
De siemprenueva mujer
Reconocida en las caricias
O en el libre testimonio de tu
Fragancia
Perfume
Aladas líneas de eterna
Mariposa
Que ha logrado
Elevarse por la negritud
De su lenta y larga historia
Y allí…
Levantarás el poema
Como bendito blasón o estandarte
Entibiando el lecho
Que ya vacío: te ordena palabras y canciones

No te pierdas en las cumbres aquellas
Vente, mujer y vuelve al centro de la
Tierra que te dio la vida.

Por los mares de la luminosa
Tarde enfrentarás tu respuesta
Tal vez, un solo abrazo, profundo
Largo, de un hijo que partirá
A tierras lejanas…
Por los riscos, en las selvas,
Apeñascada abrazándote en el
Claro corazón de la sangre…

SIERRA LUNA

de agreste perfume
oscuro en la noche

manantial de cobre a lo lejos

piedra de sol en la mañana
mis ojos te miran
mis pies te caminan
mi cuerpo entero se hace lumbre

en el mediodía de tu universo…

II

Y pensar que el hombre está allí a la vera del camino
sentado, como esperando no sé qué terrible final…

Y toda la vida está en la piedra y en los árboles
inflamados de verdes y luces arroyos y cascadas,
vertiendo la carcajada de un dios que nos mira
ante tanta belleza todavía no destruida…
Cielo y más cielo,
Límpida piedra de agua que cae
Mica sobre mica,
milenaria y ensangrentada de los que nos precedieron
último hermano que se tiró desde lo alto…
Hoy corre aire en mis manos…
Hoy la azulada casa del hombre es tierra
y valles que entrelazados abrazan las verdades…

III

Sólo cantaban en las esquinas
Y mi hijo asombrado descubrió el paisaje humano
Danzas y guitarras de las tierras…
Allí después de haber escalado como hombre
el pan de Azúcar…
Creció de golpe, habló y asumió ser
un poco más dueño de su futuro destino…

AQUELLA MUJER DEL VESTIDO ROJO

Que iba casi danzando en la calle
Y que su andar era de miradas furtivas
Oh allí en los hombres y sus abiertos ojos
Porque llevaba la libre canción de un corazón
Por fin lanzado a su destino de perfumes y una pasión
El día o la tarde la encontraba enamorada de la vida y ese tambor
De loco arrebato en el encuentro le anudaba esa lenta y entrañable emoción
El jazz-música de sus padres le volvía a la loca y verdadera intromisión

Cuánto ha tenido esa mujer de viento espuma poncho al viento
Cuánto ha soñado esa mujer con las voces de las gentes cantando
Cuánto ha vertido en las aulas de persuasivas lecturas retos soñando
Los sueños de los lejanos maestros de luchas feroces en el camino de la Patria.
Iba caminando por las veredas donde siempre los lapachos crecen
Como las ya sosegadas interminables ilusiones de perdidas noches
Recuerdo que la mujer era una sola cadera de paso y de alegría
Vivo el día vivo el raconto vivo ese rojo que asomaba por un corte
De la tela todo el hondo suspirar de sus piernas
Ellas largas interminables bellas miradas al pasar de su cansino paso
Aquí nomás en el verano de santa fe su rica historia tan buena
Como ese luminoso día de manantiales escogido en el que todo sol
Se venía al cuerpo mente brazos y nada más importaba…
Sólo la vida del verde las calles las faldas sosteniéndola…a ella.

Horacio Rossi (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

EL DESCUBRIMIENTO

La noche urbana transcurría alrededor y casi através mío
Cuando, como una luciérnaga, tuve entre mis manos,
Brotando del estruendo de nafta y cornetazos
El misterio de Dios.
Quedé parado
En una esquina o a mitad de cuadra
Mirando este oxidado destello, opaco como todo lo eterno.
Los turistas, los vecinos anónimos, los paseantes siguieron
Andando, pescazando. Consumiendo,
Y yo quedé estorbando su procesión,
Esa velocidad de tanto poder adquisitivo,
Con el misterio de Dios entre mis manos.
Olía a rutina y a cerveza, como cualquiera en el verano
Y tambaleé unos pasos maravillándome, maravillándome.
Tarareé, igual que siempre, y anduve, igual que siempre, 4 ó 5 baldosas.
Las luces asesinas de las billeteras andaban por ahí.
Yo iba vigilante, pues debía comprentender porqué, cómo, cuándo,
Comprentender algo de tanto, algo de todo, algo de algo.
Pasó una ambulancia jineteada por un dolor ajeno,
Y compartí el descubrimiento
Con ella y con el canillita y con el ciego y con la que vende lotería
Y con el nenebobo de encallecidos padres a babor y estribor.
Algo para el gurí que perdió el globo y para el chico del sillón de ruedas.
Poquito a la pareja que se estaba besando,
Pues ya había muy de más, por ahí.
Sobre los cochecitos de brotes malcriados, gotitas, nada más.

Un guiño para el viejo
Que sembraba en los jóvenes memorias maduradas.
Y así.
Colgué de un campanario unos trozos, para que las campanas
Lo esparcieran por viento, calma, solana, lluvia, a la hora exacta.
Muy pronto,
Ya había compartido, totalmente,
El misterio de Dios.

Y entonces:
Lo comprendí y lo entendí.

Todo.-

QUEVEDIANA DE LOS POETAS

Es decir de los que hacen habitable el mundo
Al fin liberados en el claro día
rindiendo camino tras vasto marchar
alegre bandada llegando al hogar
azules celajes desliando su vía
cantando la gloria serena de amar
los ríos las sierras las lluvias los vientos
quitándole trabas a los sentimientos
tan felices gentes que pueden danzar
en ronda que gira de sueño en esfera
heraldos que insisten con la primavera
por franca tarea sin día ni hora
amigos festivos que cantan y cantan
nos contagian vida los miedos espantan
llegan y decimos ya vino la aurora...

llegan y decimos: ya vino la aurora
nos contagian vida. Los miedos espantan
amigos festivos que cantan y cantan
por franca tarea sin día ni hora
heraldos que insisten con la primavera
en ronda que gira de sueño en esfera
tan felices gentes, que pueden danzar
quitándole trabas a los sentimientos
los ríos las sierras las lluvias los vientos
cantando la gloria serena de amar
azules celajes desliando su vía
alegre bandada llegando al hogar
rindiendo camino, tras vasto marchar
al fin liberados en el claro día...

NERUDEO DE VOS

Siento que te despiertas en mi sangre,
que te despuntas como la flor del sol puntual sobre el silencio de los campos,
siento al rocío y las estrellas conversando,
la mansa anuencia de la vida, sonriendo, ligándome de nuevo:
noche tan del revés:
¡que ya es de día!.

Morena surges, como el pan que prefiero,
y llegas en undosas inminencias, como el trueno en el fondo del verano:
¡ah! en los bordes de un día de luz blanca enque camino participando siempre
y para siempre, ya, de tu ternura.

Llegarás apenitas me distraiga, atento a los trabajos del otoño, quién sabe,
al acontecimiento que ocurre permanente...

¡Ay! quiero distraerme ya mismo, mi señora,
por sentir, sí, la gota de tu nombre sereno abrir mi cuerpo al cabo de la espera
para que al fin la luz pueda allí domiciliarse.

Sos la habitante desta mi casa tuya en el principio
y desdentonces hasta la hora presente
que está nacida en mí para que seas la estrenadora de todas las campanas.

Temo aturdirme.
Pero el silencio bien me ha enseñado que ese temor es pura fantasía.

Así es que subo al cielo
para veer mi lejanía fascinada rendirse a tu figura toda para mis besos. Mujer mía.
Respiración azul.
Lugar que me concierne de la aurora.

Usted es la primera vez que vivo.

DE LAS PIEDRAS

Todas las piedras son de fondomar.

Mansas hermanas de la luz.
Cuerpos en que el silencio se complace...

Y las reparte mesmo para consuelo, luego y después,
entre otros superiores respetos del camino.

El cielo es otro fondomar.
Tiene el mismo silencio...

Su piel transllueve
y diríamos: renueva su antigüedad. Perfectamente.

Del cielo son las vidas de la tierra que habitan ya el cielo.
Misma substancia. Naturalidad.

La piedras nos permiten decir
que son azules y blancas y rojas y amarillas y verdes.
Decir que tienen nombres.
Y nos dejan tenerlos.
Soñarnos convocados.
Caspas del tiempo.
Marea permanente.
Asunto del silencio florido.

Decimos que las piedras, ¡que ellas!, tienen
los mismos elementos que nosotros.
Sonreímos, que es cómo lloramos al revés.

Las árboles son también de luz como las piedras.
Y nosotros.

El cielo nos da rocas y árboles.
Nos dona fondomar bajo cama fragante de aroma y melodía.
Semilla. Memoria.
Cosas músicas con piedras y maderas.

Suscitaciones de la luz. Somos. Es verdad.

Todas las piedras
son del cielo.

NISPERAL

-para Elda Massoni, quien amaba estos versos-

¡Qué linda!, la floración del níspero
arriba de su pauta coronada
¡ay!, sus hojas que regresan a sagrado lo austero
y disponen eficazias angélicas
a nuestro ojitocar aquí nomás
y mismo.

La floración del níspero, ¡qué lindo!,
¡sube!, ¡y sobresube!, ¡y va!, ¡y da!,
flores de renacuajos enflor
hacia la cima entera del cielo
subsonando alegría
intensamente
íntegramente en luz...

Lugar sin sombra

Nísperamente absorto
aprendo nuevavez ilimitodo.

LOS AMIGOS

-para Cacho Agú, con un abrazo…

los amigos son una costumbre solar,
la segura semilla de la flor del silencio,
el más que mejor rito de la cotidianía,
la bendición perfecta por la que estamos vivos...

son la espuma del viento que celebro cantando
porque allí el transcurso del tiempo se florece
rindiendo su primicia de bienvenido abrazo
en riego imprescindible de certidumbre en mano...

los amigos son fieles aún cuando la ausencia
nos regala su turno de extrañamiento humano,
y aprendemos respeto paciente por los días
hasta que otra vez alguien nos convida a acercarnos...

se nos allega otro, con su nombre y su historia,
y pactamos de nuevo convivir un nosotros,
y seguimos creciendo nuestro común destino
dentro un inmenso límite de lluvia entre los árboles...

¡y qué bueno es juntar la lluvia y los amigos!:
la bruma buena cuya lleganza es descansancio,
como el mate aromando ante la compañía
de la absorta candela y las letras que besa la poesía...

los amigos nos dejan nombrados, sin olvido:
los de siempre, los nuevos, los a llegar mañana,
en franca y encendida fiesta honda y sincera
que nos nutre de puro milagro del misterio...

cuando el azul velero de la luz nos recoge
quedan siendo lo único que de verdad tuvimos...
PÁGINA 6 – CUENTO

UNA CONVERSACIÓN

Por Sergio Borao Llop (Mallén-Zaragoza/España)

Kafka pareció sorprenderse un poco al verme.
- Creí que seguías vivo - dijo sin preámbulos. El tuteo le salió natural, como si ya nos conociéramos de antes, como si, en cualquier otro lugar o tiempo, tal vez posibles pero inequívocamente teñidos por un aura de irrealidad, hubiésemos sido amigos.
- Anoche, al acostarme, lo estaba - respondí sin mucha convicción - Así lo creo, al menos. Como sabes, no es tan fácil fijar con precisión los límites entre un estado y otro.
Se quedó pensativo unos instantes. Luego sonrió levemente antes de volver a hablar:
- Probablemente estás durmiendo y esto no es más que un sueño.
- Esa me parece la explicación más lógica. - concedí. Él sabía o sospechaba que no era eso: sólo trataba de ser amable, permitiéndome a la vez tener algo más de tiempo para adaptarme a mi nueva circunstancia. Pensé que ese gesto exigía de mí una respuesta un poco más extensa - Sin embargo, tampoco me atrevería a asegurar que sea yo el que sueña. Como ambos sabemos, en este mundo gelatinoso el cálculo de probabilidades no existe y nada es más cierto que su opuesto. Acaso en realidad (si es que hay realidad) se trate de tu sueño y no del mío.
- Podría ser... Aunque no recuerdo muy bien dónde leí, o escuché, que los muertos no soñamos, luego si es sueño ha de ser por fuerza tuyo, salvo que haya un tercero en todo esto y ambos no seamos más que meras formas que su delirio ha creado por motivos que jamás nos serán revelados. Imágenes, sonidos, sombras que danzan en la imaginación de un desconocido, sin esencia propia. Simples figurantes en un teatro que nos es ajeno.
- Esa descripción se asemeja bastante a lo que llamamos vida.
- Cierto. Y no obstante...
Ambos callamos durante unos segundos. Me miró sin sonreír, esperando mis palabras. Como si todo estuviese ya escrito desde mucho tiempo antes. Dije:
- De cualquier modo, sea sueño o no lo sea, y en el primer caso, sea uno u otro el soñador, hay dos cosas que siempre quise decirte y éste me parece el mejor momento para hacerlo. No sé si habrá otro. Quizá, después de todo, el que está soñando sea un dios sin suerte, un dios anónimo que ve llegar su hora postrera y que, como un último acto generoso, a modo de despedida, ha querido concederme este instante y estas palabras.
- Habla pues. Te escucho.
- Lo primero que he de decir es que yo, que te he leído, sé cuál fue realmente el motivo por el que ordenaste quemar tus textos. Mucho se ha escrito sobre ello, pero creo que nadie hasta ahora ha mencionado lo esencial. Puesto que ambos sabemos de qué estoy hablando y no hay aquí nadie más a quien pudiera interesar éste, nuestro pequeño secreto, me parece innecesario dedicarle una palabra más.- Hice una breve pausa, quizá algo teatral, para observar la reacción de mi interlocutor. Kafka enrojeció levemente. Después se encogió de hombros y, adoptando una pose un tanto patriarcal, dijo:
- No hay escritor que no crea saberlo. Incluso la mayoría de los lectores silenciosos. Cada uno tiene su opinión, todas igualmente respetables. Alguna de ellas, sin duda, se acercará más o menos a la verdad, lo cual tampoco importa; si lo miramos bien, verdad y mentira pueden ser sinónimos, sólo la perspectiva del que contempla o escucha o lee cambia. Pero siento curiosidad: ¿Qué es lo otro que deseas decirme?
- Lo segundo es que, gracias a tus obras no quemadas, pude finalmente hacer caso al impulso que desde niño me había estado empujando a escribir. No es probable que alguna vez sepamos si esto fue algo positivo para mí o, por el contrario, una más de las causas de mi desgracia, pero en uno u otro caso, así sucedió, y por ello, ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, te doy las gracias.
- Agradécele a Max. Como ya sabes, yo había condenado a la hoguera hasta la última línea. Pero no comprendo del todo bien el motivo de tu agradecimiento. Por un lado, me parece que escribir no es algo que te haga demasiado feliz; por otro, tú mismo acabas de decir que acaso el hecho de haberte decidido a emprender ese camino pueda estar ligado a tu propia desdicha.
- Tienes razón. Escribir no es algo que me cause una especial satisfacción. Si bien tampoco puede decirse que me resulte detestable, en ocasiones llega a molestarme un poco tener que hacerlo. Tú sabes a qué me refiero. Me alegra poder hablar de todo esto contigo, porque a casi todo el mundo le resulta extraña, incluso incoherente, la idea de que un escritor pueda no disfrutar con lo que hace. Para la mayoría, esto debería ser una especie de juego o distracción.
- Es comprensible. Sin duda, ellos no han padecido las pesadillas, la obsesión por transformar lo indefinible en términos concretos, el irrefrenable impulso de completar aquello que, aunque no lo sepamos, es, en esencia, incompleto…
Durante un larguísimo instante escuché. Ni el más leve sonido perturbaba nuestra charla. Luego respondí:
- Y sin embargo, aunque intuyamos que hay vacíos que no se pueden llenar, no queda otra opción que seguir en el empeño.
- El camino en sí será suficiente... Creo que tú mismo dijiste eso o algo parecido alguna vez, en un poema.
- Es posible. Ya no me acuerdo.- Hice un gesto vago con la mano abierta. - Palabras escritas, reflejo de palabras leídas u oídas, reflejo al cabo. No tiene importancia... Pero me alegra que lo hayas leído.
- En realidad ya no recuerdo si lo leí yo mismo o alguien me habló de él. Como puedes imaginar, aquí todo resulta un poco confuso. En especial, los nombres. De hecho, no conozco el tuyo. - Hizo un leve gesto de impaciencia.- Pero no hace falta que te molestes en pronunciarlo; lo olvidaría en pocos segundos. Importan las obras, los nombres son tan sólo una más de las muchas máscaras que solemos usar en nuestro deambular por el mundo. Aquí carecen de importancia.
- El tuyo, no obstante, ha perdurado. Incluso ha dado para acuñar un término -kafkiano- que mucha gente utiliza sin el menor reparo -y en muchos casos de forma arbitraria- aun desconociendo por completo tu obra.
- Mero accidente. Reflejo de la superficialidad que gobierna las cosas del mundo de los vivos. Más acentuada en tu época que en la mía, según he podido escuchar por ahí.
- Creo que así es. El culto a la apariencia nos ha llevado a valorar la forma y olvidarnos casi por completo de lo importante. Somos, en esencia, lo que aparentamos ser. Lo demás es abstracción, algo que no goza de la simpatía general.
Después de un corto silencio, Kafka preguntó:
- ¿Cuál sería entonces la razón que te impulsa a escribir contra viento y arena, según tu propio testimonio?
Uno nunca está preparado para una pregunta como ésta, pero por alguna razón, no me incomodó. La respuesta surgió de forma natural, sin siquiera pensar lo que estaba diciendo.
- No es fácil saberlo con certeza. Yo mismo me lo he preguntado muchas veces y no me atrevo a afirmar que conozca la respuesta. Podría inventar algunas explicaciones más o menos verosímiles, pero ninguna de ellas sería del todo cierta; como mucho servirían, quizá, para mitigar la incomodidad de algunos lectores y disimular vagamente la impenetrable verdad. Sólo puedo decir que, mientras escribo, hay momentos en que estoy fuera del tiempo. Mientras eso dura, presiento que soy inmortal, invulnerable. Aunque entonces se viniese todo abajo, el verso que acabo de terminar es único y es mío, y yo suyo. Sólo por un instante, algo trasciende, va más allá del mero devenir inconsistente de esta parodia que habito o que me habita; por un instante, o una mera fracción del mismo, hay un resplandor. El mundo, durante esa millonésima de segundo, parece tener un sentido. Ahora mismo...
- ¿Ahora? ¿Estás, pues, escribiendo en este momento?
- En este sueño, si sueño es, escribo que tiene lugar esta conversación. Tal vez en otro seas tú quien dialoga con el fantasma de un oscuro autor no nacido. Si hay alguien más, tal vez sea ese alguien quien finalmente cuente que tú y yo, en un tiempo inconcebible, brindamos en algún lóbrego bar de una ciudad que ninguno de los dos conoció en vida.
- Sea como dices, pero ahora ¡despierta! Está amaneciendo.
PÁGINA 7 – ENSAYO

PODRÁ NO HABER LECTORES PERO SIEMPRE HABRÁ POESÍA

Por Ricardo Ayllón (Chimbote/Perú)

La poesía está maldita. Paseo por librerías, estanterías de editoriales y ferias de libros, y cada día se acentúa en mí la certeza de que en lo que menos interés tiene el lector promedio en el Perú, es en adquirir libros de poesía. Hago una miniencuesta entre amigos lectores preguntándoles la razón, y las respuestas son casi las mismas: “Es que la poesía cada vez se entiende menos”, me dice un profesor de secundaria; “¡A la poesía le falta acción!”, responde un estudiante universitario casi instintivamente; “La poesía es para escribirla, no para leerla”, intenta ser esclarecedor un escritor amigo.
Lo cierto es que los poemarios se aburren más de la cuenta en los anaqueles y, por lo tanto, los editores se han vuelto renuentes a darles la misma oportunidad que a los textos de narrativa. Si usted tiene listo un volumen de poemas y recurre a una editorial peruana para que ésta apueste por sus versos, se enfrentará al terrible muro de las dificultades. La respuesta del editor será más o menos así: “La poesía no vende, amigo; si desea editar esos poemas tendrá que financiar usted mismo el libro”. Y es que es la verdad, a no ser que el editor ponga un poemario a un precio casi de regalo y el contenido temático sea muy pero muy atractivo (poesía de amor, generalmente), ese editor apenas venderá ejemplares para recuperar lo invertido.
Una alternativa ante esto, es que el autor haya ganado recientemente un premio literario; premio que, sin embargo, sea lo suficientemente mediatizado y difundido como para que el editor se arriesgue a impulsar un tiraje mínimo. La otra alternativa es continuar editando ‘vieja poesía’, léase: a los muertos, a los consagrados o a los clásicos.
¿Qué ha ocurrido entonces con la poesía? ¿El lector del siglo XXI es menos sensible que antes?, ¿ha llegado el momento de comenzar a cavar una tumba para la poesía?
Proyectémonos a partir de mi miniencuesta. Me parece que las dos primeras respuestas: “Es que la poesía cada vez se entiende menos” y “¡A la poesía le falta acción!” van casi de la mano. Se trata de una situación que puede proyectarse con las siguientes interrogantes: ¿Quiere decir que, en el ánimo de mostrarse modernos e innovadores, los poetas escriben cada vez más enrevesado y, sin proponérselo, han espantado al lector común? ¿O es al revés, es decir, es el lector quien se interesa cada vez menos en renovar sus inquietudes temáticas y estilísticas y, en este sentido, no otorga un espacio en su biblioteca personal a nuevas propuestas estéticas?
Veamos: las personas que me dieron estas respuestas fueron un docente de Comunicación Integral de secundaria y un estudiante de Lengua y Literatura, respectivamente. El primero, en la institución educativa donde labora, es nada menos que coordinador del Plan Lector; y el segundo, ya cursa el último ciclo, próximo a obtener su título profesional. Si dos profesionales que se constituyen, sin duda, en orientadores de lectura en sus comunidades estudiantiles, tienen este concepto de la poesía, creo que ésta está perdida. Pues en el colegio del profesor de Comunicación Integral quizá ninguno de los libros con los que trabaje en Plan Lector, sea un texto lírico; y, en el caso del estudiante, a la hora de desarrollar ejercicios de gramática entre sus alumnos pasará sobre la poesía, u, obligado por el plan curricular, tocará solo a los clásicos y modernistas establecidos generalmente en los materiales de enseñanza.
Por otra parte, la tercera respuesta: “La poesía es para escribirla, no para leerla”, lanzada por mi amigo escritor, puede arrojar también ciertas luces. Lo que él trata de decir es que en nuestro país casi todo el mundo (la mayoría en secreto) se lanza a poetizar pues resulta un ejercicio de espontaneidad; es cuestión de que la persona se sienta conmocionada por alguna situación (amorosa, existencial, social, etc.) para que, de manera casi intuitiva, intente esbozar unos versos; a partir de ello, más de uno sentirá que es un ‘poeta de verdad’ y, con los años, se adjudicará (al menos íntimamente) el rótulo de poeta. Pero la hechura narrativa resulta menos espontánea, pues si bien el ejercicio de ésta puede comenzar también como un impulso, conforme el escritor avance descubrirá que su logro es producto de un oficio a largo plazo, con mucho de paciencia y tiempo libre, y, en este sentido, la mayoría abandonará el barco.
Ahora bien, desde el punto de vista del lector, está aquel ingrediente de nuestra mera constitución narrativa. Me refiero a que el ser humano es una especie que en todo momento está detrás de una buena narración: la televisión, las noticias, los amigos, las reuniones familiares, los chismes, los chistes de sobremesa, son siempre encuentros con la narrativa (oral, por supuesto); y de allí, a pasar a la narración escrita, hay un solo paso. ¿Que la poesía es también una narración de sentimientos? Pues sí, pero según la versión de los actuales lectores, cada vez más difícil de entender y con ausencia de ‘acción’, palabra clave que puede interpretarse como ‘hecho’, ‘suceso’,‘acontecimiento, es decir, directamente relacionada con la narrativa y no con la poesía.
La conclusión de todo esto es que la poesía es cada vez más desatendida por los lectores, y si este descuido comienza a establecerse en las preferencias de docentes y orientadores de lectura, la pobre necesitará una suerte de relanzamiento. ¿En quién recaerá la responsabilidad?: ¿en el ejercicio de los propios creadores?, ¿en las preferencias de los nuevos lectores?, ¿en el sistema educativo que no ha profundizado en la diversificación lectora? La respuesta, imagino, la debemos hallar, en conjunto, en una mesa concertadora, “desayunados todos al borde de una mañana eterna”.
PÁGINA 8 – CUENTO

ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.

Por Eduardo Pérsico (CABA-Buenos Aires)

Sólo algo no existe; es el olvido. Jorge Luis Borges.

Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera “las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo”, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o “por algo será”; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría...
Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo y de blanco pañuelo en la cabeza, junto a otras apretadas del brazo afirmando el mandato de la sangre. En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas o la cobarde frase “yo no me meto en nada”. “¿Qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?” - aullaron los “valientes diarios de la patria” y otros palabreríos anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo sin inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.
No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo ella orienta su búsqueda, si nada más que el aire con su manera antigua puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca. Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia requiriendo a quién confió dios conducir la manada...
Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. “Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias” y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara “las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo”, infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar “ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio”; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.
Han de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire prosigue su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.
PÁGINA 9 – ENSAYO

EN PRIMAVERA

Por Sergio Pravaz (Rawson-Chubut/Argentina)

Durante la primavera es posible percibir los cambios que se avecinan; es el tiempo donde se potencian de tal manera las cosas, que la cáscara que las recubre termina de crujir hasta dejar afuera absolutamente todo. Durante el invierno se cocinan agazapadas, esperando un mejor momento; giran en el caldero rumiando la esperanza de poder mirar nuevamente por la rotura de esa ventana que es la posibilidad de aparecer nuevamente, de explotar para salir; todo se precipita: la vegetación, los pensamientos, los sentimientos, las cuestiones físicas, las anímicas, los humores, las hormonas, lo positivo, lo negativo, el amor.
Durante una primavera Pablo Neruda dijo basta y se fue a escribir al cielo; también por ese tiempo, quizás el más notable experimento de la política, es decir el arribo del socialismo a Chile a través de las urnas y el voto popular, fue roto en pedazos por la intolerancia que todos conocemos devastando la República de Salvador Allende.
En primavera nació el gran Oscar Wilde, también Truman Capote, Pancho Villa y John Lennon; se murió Edgar Allan Poe y también Fernando Pessoa; y lo murieron sin piedad a Mario Abel Amaya; tuvo su primera edición el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, en tanto El Quijote, fue editado gracias al privilegio real que Cervantes consiguió para su publicación una primavera de 1604.
Es la estación donde se celebra el día las bibliotecas populares. Pero también es la época en la que por orden judicial y a instancias de la última dictadura, se quemaron ¡un millón quinientos mil ejemplares! entre libros y revistas del Centro Editor de América Latina, aquella editorial memorable, todo acompañado por el silencio casi unánime del mundo cultural, que hasta hoy no ha sido roto.
La primavera no tiene medias tintas; todo belleza o todo tragedia. La segunda gran huelga del sur, la de los obreros barraqueros y los peones patagónicos que tanta sangre inocente costara, con el derrumbamiento de toda moral, toda racionalidad y del más mínimo principio de ética, aconteció durante la estación donde también se les infla el pechos a los jóvenes en las plazas, donde se besan, se escriben cartas y se miran a los ojos perdiendo la razón.
Fueron 7 los suicidas que le mojaron la oreja a los EEUU, derribándole los símbolos, la vergüenza y también vidas inocentes; dos monstruos pariéndose a la vez, sin dudas.
Así y todo, es justo decir que en el año 1922 hubo una verdadera primavera para las letras del mundo; se editaron “Trilce” de César Vallejo, “Ulises” de James Joyce, “La Tierra Baldía” de TS Elliot, “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” de Oliverio Girondo y se inició el colosal movimiento modernista de las artes en Brasil que promovió una nueva poesía en el gigante de lengua portuguesa. Un año increíble para una literatura increíble.
La cuna del jazz, es decir Nueva Orleans, fue totalmente destruida por el huracán Katrina, bien cerquita de la primavera; otra vez el imperio trastabillando; lástima que siempre paguen los de a pie, ¿no?.
Pero también es bueno dejar claro que en Rawson la primavera es hermosa; aunque no hemos forestado la ciudad como nos merecemos, justamente esa carencia nos hace valorar la aparición del modesto follaje que nos afloja la ansiedad y la locura. Mirar los árboles pelando sus nuevos brotes nos equilibra; además, es la estación donde todo se aliviana, se aligera; un día nos levantamos y asistimos a otro paisaje que cambia, muda de piel y se llena de colores que compiten duramente con la meseta; nuestro humor se modifica, la ropa de las mujeres se torna inevitable a nuestros ojos, los días comienzan lentamente a alargarse lo que nos permite estar más en la calle, tal vez para encontrarnos y recuperar todo aquello que desde el invierno llevamos escondido.
PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Miguel Carlos González (Concordia-Entre Ríos/Argentina)

AMANECER

Ando solo
en el monte, despacioso.
En el aire
hay un peso liviano,
una medida de dulzura, tímida.

Mi alrededor
está lleno de signos musicales,
para nombrarlos
las palabras son , apenas, atisbos tenues.

Trinos pétalos hojas
luz luz ramas rocío
senderos brisa cielo
nubes nubes .

Muerdo los labios mudos.
Por las venas
anda mi sangre
plena de campanas.

EL DIA UNICO

Al amanecer
despertamos al día único,
sólo el presente existe,
roca que ante nosotros
desnuda y expectante
espera, anhelosa, las manos talladoras.
El amanecer,
una ceremonia
de irrepetibles gestos.
Su plenitud
define la existencia
convirtiendo los seres y las cosas
en presencias sagradas.

Descender a su hondura
al encuentro del límite
es un peregrinaje necesario,
la cotidiana búsqueda esencial
del alma, que persiste
en recobrar su identidad divina.

BASTET

La luz se reconcentra en su mirada
Hierática, al resguardo de la sombra,
cuida su intimidad como una esfinge
minúscula, custodia del silencio.

Todo en ella es misterio: indescifrable
jeroglífico cubre cada flanco,
reflejos de remotos horizontes
se abisman en sus ojos amarillos.

Un aire majestuoso tiene el gesto
de la inmóvil cabeza, indiferente
al vuelo tentador de la hoja seca.

Mi gata desconoce su linaje :
aunque ha sido la diosa de Bubastis
no sabe que la amaron los egipcios.

CAMINO

La tendencia es ver
sólo la endeblez de las ramas
o en los troncos la piel resquebrajada.
Lo inmediato, lo de afuera
nos distrae de la savia
que, en recato, discurre
con la mansa certidumbre
de su potencia.
La percepción de los sentidos
nos procura una verdad engañosa.
Con crueldad inocente
convierte en un enigma las respuestas
moviendo un esfumino en las fronteras
de sueño y realidad.
Afuera hay estridencia y confusiones.
Para encontrar lo real,
su dura consistencia de diamante,
el único camino
es entrar a uno mismo
con llaves aceitadas de silencio
como se accede a un cuarto iluminado
que en su quietud reveladora guarda
una acumulación de transparencias.

EL OTRO

Ayer me he dado cuenta.
Tantos años estuvo
con minucioso celo
imitando mis gestos
para profundizar
la sutileza del engaño…
El no lo dijo nunca, pero
me dejó convencido
de que era real lo imposible :
los dos éramos uno.
Y nunca, ni siquiera
por el mínimo instante
que interrumpe el silencio
una ramita seca quebrándose,
pensé que era mentira.
Es verdad ,nos veíamos diariamente,
aunque confieso que apenas
le prestaba atención.
Pero ayer fue distinto:
moví la mano izquierda
y él movió la derecha.
( Así habrá sido siempre?)
Fingí una distraída indiferencia,
como si no lo hubiese descubierto.
Hoy fue como si nada,
le dí el trato de siempre.
Me apena un poco
ver cómo ha envejecido
pero lo disimulo
para no entristecerlo.
Sé que, ocupado en mí,
nunca pudo mirarse.
Un día de estos se irá, porque
detrás de los espejos
cada vez hay más frío.

Voy a extrañarlo un poco.
Aníbal Aguirre (Santa-Salta/Argentina)

EL BAR DE LA CALLE MORGUE

I

Un fuego surcará el cielo, es la
señal.

Quedarán mis tugurios solitarios por
un tiempo, bares

de mi aldea en donde mi espíritu
encontró la paz.

Mujer de rojo, cuida los polluelos que
caen de sus nidos.

Seguiré el sendero del yaguareté, el
jabalí y la corzuela.

Me espera un corazón de tambores,
colmado de licores.

II

Me anotician que la poderosa energía
que se desprendió de mi

cuerpo ya ha llegado, mediante un
sueño me ha sido trasmitido.

Estoy contestando tus incisivas
preguntas, vino.

Nadie ha visto la señal, nadie, ya le he
preguntado a todos.

Vuelve mi triste canto, la eterna noche.

No me martirices vino, para lo que
acabas de preguntar, no tengo
respuesta.

III

Pregunta lo que quieras, vino, ya no
me interesa.

Lo que si me molesta, es que sabes
cuanto sufro, y.

Que bueno habría sido probar esos
tragos, sabor a

amaneceres rojos, luna en la arena,
brisa.

Ya me convencí, demasiada luz para
mi alma oscurecida

Vino, vengo de indecibles tormentos
¿pero este?

IV

¿Te burlas, acaso, vino, de mis sueños?
¡dímelo!

Los sueños son realidades, tú lo sabes
mejor que nadie, vino.

Es más, ahora mismo estoy en aquellas
playas, desnudo,

bajo las estrellas la brisa acaricia mi
cuerpo.

Sensuales palmeras, música, alcoholes,
arena.

Lo sabes, si que lo sabes, vino, de las
almas, cuando vuelan.

V

No voy a decir una cosa por otra, vino,
me había ilusionado

con eso de las barcas, los pescadores, el
mar.

No me siento frustrado, a veces no se
puede.

Cuantos sueños quedaron truncos, lo
entiendo.

A veces hay que aplicar la lógica, la
ley de las probabilidades.

Pero igual, igual dejo mi huella en esa
arena.

ROBO

Bajo la pertinaz llovizna avanzo por las
calles.
Me asalta un remordimiento, debí haber
robado ese libro.
El libro me llamaba desesperado, se movía
de un lado a otro.
Desde un sofá observaba a ese libro lleno
de vida.
La dueña se negó a prestármelo, adujo no
haberlo leído aun.
El libro quedó en ese encierro, no pude
liberarlo.
PÁGINA 11 – CUENTO

RECORTE DE INTIMIDAD

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Se niega a creer en su propia estupidez, por eso insiste y revuelve en el bolsillo. Perdió tres encendedores al hilo, record de apariencia irrelevante que visto desde la óptica del trastorno causado por el distraído autodespojo continuo, resulta devastador.
El interior estrecho y arenado del bolsillo del jean para nada revela un encendedor, pero sí -y la toca agradecido con la yema de los dedos -, el contorno filoso de la última carta de Glenda garabateada sobre papel celeste, el dibujo del ratón Mickey al pie, la leyenda I love Mickey Mouse a un costado, apaisada, y la letra con picos y precipicios llena de tachaduras que le dice que lo quiere hasta morir, que si en algo le falla la culpa es de la vida miserable que le tocó vivir, que las malas experiencias son como lápidas y otras cosas todas así, afines, básicamente dramáticas y patinadas de tristeza.
Las cartas de Glenda y esa ternura intensa bombeando alocada en el pecho... Las escribe de mañana, las decora con brillantina, les pega stickers y se las entrega de noche, esas cosas entre infantiles y seductoras que desbordan como agua de géiser de su imaginación calenturienta, arborescente.
Mete la mano hasta la costura y lo que sí encuentra –y la carta -, son los caramelos de menta que ella desliza allí no para que él los coma, sino para tenerlos bien a mano cada vez que se le antoja uno. Los dos saben de la indeclinable voluntad de Glenda de ir dejando regueros de migajas, piedrecitas en el camino para que él no la olvide, como si eso fuera posible. Olvidarla él, que la quiere así, sin recortes porque es una mina que las pasó todas, una historia turbia, violenta, como querer mirar a través de un vidrio astillado, meterse en los laberintos de la Gringa: una vida estriada, viscosa. Y si la chica no hubiera sido así de sufrida quién sabe si él se hubiera hundido hasta las manos en ese barro (tan decidida y tan pollo mojado, la Gringa, cada vez le dan más ganas de hacerle de escudo protector, de paladín, de mosquetero); hay que ver la cantidad de sentimientos que me despierta, nadie nunca antes, nadie, -se confiesa, ahonda la búsqueda del encendedor y acrecienta para sí el inventario de virtudes de las que le conoce y de las que también sin ningún reparo, así nomás, derecho viejo, le inventa-, y para colmo de bienes, la única capaz de ocuparse del ginkgo, de arrancarle los líquenes, de hablarle. Y tan luego del ginkgo, que mucho más que un árbol es un engranaje, un milagro plantado por un incierto propietario anterior hará unos veinte años para que hoy yo me sienta así de cómodo en el pequeño jardín que metro a metro diseñamos con Glenda. Un obelisco sagrado, una chinería tatuada en el exacto centro del rectángulo de césped para que nos enredemos los dos en esos abrazos al pie del árbol cuando nos sentamos a leer poemas y tomar mate y los poemas quedan invariablemente sin leer y el mate sin empezar por culpa de los reflejos de nácar de la Gringa y porque ella de movida me dice mirá esa nube, un enano de jardín; y yo la abrazo y le digo: mirá bien; y ella: ¿qué, que mire qué? ; y yo: un enano no, un viejo; y ella, tozuda: ¡pero si es un enano! ; y yo: un viejo; y ella: un enano; y así el vaivén del retruque hasta que cortamos las palabras con un beso hasta la garganta y de ahí en más nada cabe ya en los parámetros normales del amor, de ahí en más se puede esperar cualquier cosa.
Ni rastros del encendedor. Nada más la Gringa sembrando estelas en el camino. Busca en el otro y tampoco, qué idiota, reconoce, tantear en el izquierdo si nunca guardo un encendedor ni nada en el bolsillo izquierdo; tampoco en el de atrás, pero igual tantea y allí está la billetera con la plata y el documento nada más; y admite entonces la idea de comprarse otro, cosa de imbécil, el cuarto en tres días: uno verde y dos amarillos. Se le ocurre que podría elegir uno azul. Y qué cosa, qué misterioso, justo ahora que es tan feliz, venir a asociar el inofensivo color del plástico con la turbulencia del cuarto azul donde la conoció a Glenda cuando él se mudó cinco años atrás a la pensión en la calle Tívoli y por obra del destino fue a parar justo al cuarto contiguo y curioseando descubrió la puerta que se confundía con la pared bajo la pintura verde y los claveles pintados, y el agujero de la cerradura entrampado entre los pétalos bermellón como una promesa secreta capaz de proyectar la mirada escrutadora sobre el cubrecama color obispo del otro lado y entonces -una alucinación -, Glenda de cuerpo presente. Por primera vez, más allá de cualquier registro visual anterior, la Gringa resplandecía, una perla pulida y luminosa, un sueño, cuando él casualmente descubrió el orificio y de puro curioso miró qué había del otro lado y sintió correrle ese impresionante rayo de calor por dentro y pensó que se trataba de una trampa aunque se adivinaba una trampa distinta donde seguro él, si alguien se lo hubiese pedido, hubiera aceptado perderse para siempre, tal como después se perdió por propia voluntad.
Aquel cuarto era azul, descascarado a la altura de la cabecera y las manchas discontinuas de humedad aparentando montículos como dunas. La noche de esa primera noche se fue abriendo lenta, un círculo oscuro bordeando esa luz incomprensible de nácar flotando como un velo sobre la Gringa. Y como una cosa trae la otra asoció, ya no con el cuarto azul, sí con el caracol que había comprado en Mar del Plata hipnotizado por la iridiscencia, qué cosa, fue lo primero que le sirvió en bandeja la memoria ese atardecer cuando espió a través de la cerradura y quedó embrujado y deseó fervientemente inmiscuirse en las grutas interiores de Glenda donde seguro soplarían los mismos vientos tempestuosos que azotaban los sótanos espiralados del caracol.
Un encendedor azul. Como la pieza en la pensión, como el papel araña que ella había usado para disimular las tapas rotas del Diario íntimo que él deliberadamente ignoró, otra historia se hubiese contado de haberlo tocado aquella tarde y descubierto lo que había detrás –o mejor dicho, lo que había adentro, lo que se escribía -, el relato del uso sutil y perverso que alguien hacía del cuerpo de vértices por ese tiempo todavía aniñados de la Gringa.
Habría ligado entre sí, -de haber transgredido, claro, la lectura interdicta (a pesar del miedo solapado a descubrir más de lo que debía y podía asimilar) -, los ruidos discontinuos en el cuarto vecino, de a trechos las conversaciones apagadas, los murmullos, y se hubiera resguardado de un final de dependencia que no por voluntaria resultaba menos dependencia. Ella escribía, –lo supo después -, al modo de la catarsis, al estilo de la autocrítica y de la confesión. Llenaba de vértigo la página del día cada noche, acabado ya el ritual de esparcirse perlada sobre el cubrecama, y por supuesto que la cosa no terminaba allí, en la ingenuidad de la mera exposición. La escena siguiente narraba una turbia ceremonia secreta que desde el diminuto ángulo de visión entre la maraña de pétalos, apenas rescataba algún fragmento disperso: meneos de cadera, un codo clavándose en algún lugar invisible, una pierna al voleo en el aire, y cada tanto la visión esporádica de los ojos de Glenda, ojos de agua aterrados como pidiendo auxilio antes de ahogarse.
No lo hizo, el miedo le ató las manos, lo cegó.
La curiosidad lo llevó a instalarse cada día a la hora y lugar precisos; a no disociarse de su objeto de deseo. Nada lo hubiera apartado ni por un segundo del orificio colorado cuando Glenda metía la llave en la cerradura alrededor de las siete de la tarde y apenas si se daba tiempo para beber un vaso de agua y con la otra mano ya se estaba desvistiendo calculadamente, como si además de hacerlo para un hipotético observador de carne y hueso, supiese que desde algún agazapado punto de mira, alguien ardía entregado a la golosa, anónima, a la vez activa y pasiva función de espía de la intimidad ajena.

Agotado por lo inútil de la búsqueda, el hombre decide comprar el cuarto encendedor. Saca un cigarrillo, lo golpea para asentar el tabaco sobre la mano izquierda y lo calza ansioso entre los dedos índice y mayor de la otra mano. Se cruza al quiosco donde se leen dos carteles de neón: MARLBORO y HEINEKEN. “Un encendedor de plástico azul”; la quiosquera arrastra lenta las ojotas gastadas desde el fondo del cuarto contiguo.
Se protege del viento, curva la palma derecha sobre la cara. Con la otra enciende el cigarrillo. Aspira dos pitadas a fondo y se deja ir, afloja el paso por la vereda arbolada.

El juego del espía hoy tan distante adoptaba por entonces la dudosa entidad de un rito cotidiano de índole clandestina. Cómo explicar con palabras lineales la vasta delectancia detrás de lo lúdico y lo lúbrico, de la relación de perseguidor y perseguido, de policía y ladrón, de violador y violado; la tácita revelación diaria de la inconfesable intimidad de una muchacha cuya piel ostentaba la rara particularidad de reverberar en la sombra...
Fueron largos días y noches de represión de oscuras pulsiones hasta una tarde de la que sólo recuerda la imagen opaca de una luz grisácea filtrándose por las claraboyas del pasillo y apenas el resto: paredes, alfombras, lámpara de pie brotando como de la neblina de un sueño y el berretín de cortar la monotonía de las reglas de juego. Ni una sola vez más rebajaría su dignidad a espiar por el ojo de la cerradura. No más persecución pasiva de la presa. Abordaría el pasillo y buscaría la entrada del cuarto de “la Gringuita”, como la llamaban en la pensión -casi una familia-, unos diecisiete, dieciocho años contaría por entonces Glenda.
Dudó al presionar el picaporte. Una débil claridad y música híbrida de la radio escapaban en desorden por el hueco de la puerta entornada. Como invitándolo a entrar, aunque él no tuvo en un principio clara conciencia de ese detalle. Empujó la puerta, imaginó que tropezaría de lleno con el centelleo en la piel de la gringa.
El crudo contacto visual le cortó la respiración, el movimiento –la garganta seca -, se detuvo, quiso entender la distribución del cuarto en penumbras. Y ya sin escapatoria posible y al borde de transformar el revulsivo súbitamente instalado en su estómago en una arcada, descubrió aquello que de pronto ordenó las imágenes dispersas del otro lado de la puerta secreta. Arrinconado, a poca distancia del mirador clandestino, en silla de ruedas, desnudo de la cintura a los pies, un hombre de edad indefinible y los ojos claros que sorpresivamente remitían a los de la Gringa, asimilaba con oscura avidez los movimientos de odalisca de la chica que inventaba una danza de contorsiones, gestos obscenos y esa mirada tan suya, tan aislada del resto del cuerpo, sin rastro de placer, ojos como de agua aterrados recorriendo el cuarto buscando dónde cómo cuándo asirse a otros ojos que pudieran quizá rescatarla para siempre de la sordidez, la perversión como una boa presionándola. Ojos vagabundos hasta que súbitos, perentorios, se clavaron en los del visitante anónimo y bastó ese instante para que él acabara de entregarse y ella de incendiarse en un juego sin retorno donde el antiguo espía se sintió gozosamente gratificado por las manos expertas de la Gringuita y accedió y se dejó acariciar y cada contacto fue una descarga eléctrica que lo llevó a sentir en carne propia la danza tantas veces violada por el ojo secreto y comprendió todo, todo, la larga historia de sumisión hasta el último detalle menos uno que no pudo dominar: el acto huracanado, ingobernable, de enamorarse perdidamente de Glenda, y ése era, lo supo esa misma noche, su nombre al fin develado. Nombre claro, blando y los ojos tristes errando en el espacio enajenado del cuartucho de pensión en la calle Tívoli a la altura del seis mil donde se acaba el pavimento y empieza la calle de tierra.

El hombre se detiene, suben los dibujos de humo que de a trechos sopla por la boca. Anochece, muchos se refugian en los bares buscando apoyo en el café compartido. Cómo tarda –se preocupa -, deshace con el dedo un redondel de humo. Una vez más, de las cientos de veces que se lo preguntó, se pregunta cómo fue que pudo hacerlo, la firme, valiente decisión aquella noche después de dejarse manipular por las manos de seda de la Gringa ante la mirada devoradora, translúcida igual que la de ella, del hombre en silla de ruedas y de cortar por lo sano y sacarla de allí más atado él a los ojos desolados que a las manos expertas; y el pacto recién firmado de no interesarse jamás por la identidad del paralítico como para no romper la tibieza del hechizo; mejor quedarse con la duda y con los ojos cazadores, captores de Glenda y llevársela al cuarto de al lado como si la calzara en la grupa de un caballo alado y viajaran hasta muy lejos (ellos dos y el cuaderno azul), hasta que el tiempo y la distancia diluyeran la mirada sesgada y hambrienta, tan prodigiosamente semejante a la de ella, del hombre impúdico inmóvil en una esquina del cuarto y los ojos de Glenda recobraran el brillo también de agua pero ligeramente acaramelado que tienen ahora y nunca más acordarse de él, mucho menos en el jardín donde el ginkgo sigue creciendo y ella de pie y al pie para cuidarlo -murmura, sonríe -, aplasta el pucho hasta no dejar ni una chispa presionando con la punta de la zapatilla para triturarlo al hijo de puta ése, destrozarle las tripas como a una cucaracha, que salga toda la mierda estancada y a ver si puede, si es factible olvidarse de tanto parecido entre dos pares de ojos tan calcados, y vaya uno a saber cuántas otras cosas iguales tendrá. Ni una chispa, nada, contra la vereda. Mejor así.
PÁGINA 12 – ENSAYO

VOCES ARGENTINAS: BALZARINO, GÓMEZ, VAN BREDAM

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

En la Argentina contemporánea no es demasiado fácil publicar, máxime cuando se vive fuera de Buenos Aires. No es sencillo difundir un nombre, sostener una obra a lo largo del tiempo. Se trata de una serie de lugares comunes pero no de preconceptos porque, fuertemente centralizado como es mi país, las circunstancias no pueden dejar de ser adversas.
No obstante, en todos los planos y a pesar de una marcada indiferencia, se sigue creando. También en el campo de la literatura. Lo que persiste es la dificultad de la difusión de los trabajos elaborados fuera de la capital argentina que por ese motivo suelen ser considerados “regionales”, mientras que lo que aparece u ocurre en Buenos Aires por definición es “nacional”. Otro lugar común. Otra certeza.
Hechas las salvedades -que considero pertinentes realizarlas en este espacio- me detengo en tres libros de reciente edición. Me refiero a “El hombre acechado”, de Ángel Balzarino (Villa Trinidad, 1943), “Caja negra y otros cuentos” de Carlos María Gómez (Santa Fe, 1938) y “La música en que flotamos” de Orlando Van Bredam (Villa San Marcial, 1952). Balzarino reside en Rafaela, Carlos continúa viviendo en Santa Fe (ambas ciudades de la provincia de Santa Fe) y Van Bredam está radicado en El Colorado, en la provincia de Formosa, en el extremo norte de la Argentina.

LOS CUENTOS DE BALZARINO

En la contratapa de “El hombre acechado”, expresé: “Ángel Balzarino con sus ficciones es un cronista de nuestro tiempo. Él lo inventa todo, por cuanto esos personajes, las situaciones que narra, han nacido de su imaginación, pero al mismo tiempo nos habla con sus relatos de esto que sabemos, es decir que lo propio del ser contemporáneo tiene que ver con la disgregación, con el desconcierto. Las seguridades se han desvanecido y parece que no hay nada en lo que podamos apoyarnos. El autor nos habla de estas cuestiones en diversos registros, ya fuere en clave de humor, de farsa o de tragedia. En la gran mayoría de los casos construye su mundo imaginativo a partir de las voces que rela tan, muchas veces en contrapunto, una determinada historia”.
El título de su séptimo libro de relatos lo está diciendo todo: acecho, asedio. Sabemos, como sabe mos cuando estamos ante un personaje de Chase o de Hitchcock, que a esos personajes “algo” les va a pasar y que ese “algo” no resultará demasiado agradable. Y ocurrirá en casi todos los casos, salvo en dos de estos relatos –”Concierto para violín y orquesta Opus 61” y “Centro de ayuda al suicida”– en los que Balzarino se inclina por un humor soca rrón que sorprenderá al lector.
El escritor argentino utiliza diversos recursos narrativos para construir sus ficciones: monólogo interior, relatos en primera y tercera persona, estilo indirecto libre y otros. Sus relatos suelen ser dramáticos y refieren, en la mayoría de los casos, a seres solitarios que deben enfrentarse a situaciones inesperadas. Los amores contrariados se vuelven tema recurrente en Balzarino, aunque los propios amores –la relación “clandestina” de una pareja- pueden servir de pretexto para derivar en otra cosa, inesperada (en “El refugio”, en un final de horror)
En general resultan sombrías las historias de “El hombre acechado”. El escritor rafaelino busca en los remates de los cuentos, buenos remates, la “explicación” de cada texto que además de deparar sorpresas terminan siendo las vueltas de tuerca que justifican y en cierta medida reorganizan a los propios relatos.
De la veintena de ficciones aquí reunidas destacamos “Apenas un sueño” y “Prueba de hombre”, en los que las inesperadas muertes de determinados personajes exploran las temáticas del amor y la soledad. Pero fundamentalmente en los cuentos de humor antes señalados Balzarino narra de una manera distinta, sin disrupciones de tiempo y espacio, apelando a un humor –negro, en el segundo de los casos- que mucho lo favorece al tiempo de que logra ampliar sus horizontes narrativos.

EL LIBRO DE GÓMEZ

Mientras Balzarino es esencialmente un cuentista, Gómez se ha inclinado más por las novelas (de atmósfera policial), aunque “Caja negra” es su tercer libro de relatos.
En el primero de esos libros, “Solamente con mirar” (1963) Gómez expresaba, en obra, sus afinidades con la “escuela de la mirada” francesa (Robbe-Grillet, Sarraute, Butor), tan en boga por aquellos años. Ha pasado considerable agua bajo el puente, el narrador santafesino tomó otros rumbos, pero aquella admiración se ha mantenido.
En "Caja negra" uno de los cuentos más interesantes es “Repetido crepúsculo”, un relato breve e intenso sobre un hombre que pasea y observa por una ciudad que va descubriendo – redescubriendo, restituye esas afinidades con el también llamado nouveau roman.
En el prólogo de “Caja negra”, escribí: “Los ecos kafkianos que nos hablan de lo laberíntico de la existencia y de los poderes secretos que tantas veces nos controlan, se hacen presentes en la mayor parte de estos relatos (como también ocurre en las novelas de Gómez) En los cuentos reunidos en este libro Gómez reitera esa mirada, al tiempo que ha ampliado sus perspectivas como narrador”.
En efecto, si “Repetido crepúsculo” admite los ecos del nouveau roman, en el cuento que da título al libro el narrador imagina lo que pudo haber ocurrido luego del robo a la sucursal de un banco, el Nación, que se produjo en mi ciudad natal y que fue realizado por un empleado jerárquico de esa entidad. El empleado al poco tiempo se entregó, dijo que fue forzado a realizar el robo y que pasó el dinero a sus secuestradores, una suma no menor a los siete millones de dólares (que podían haber sido mucho más) El personaje estuvo algunos años detenido, luego quedó en libertad pero del dinero sustraído nunca más se supo.
Respecto de “Caja negra”: En él emergen las discusiones ideológicas en cuentos tales como “Castillos en la niebla” o “Viaje al interior de una fotografía”, mientras que en otros relatos – “Araña de medianoche”, “Fuga sin fin” y, especialmente, en el breve pero muy eficaz “Tiro al pichón”, con ecos de Welles y el Cortázar de “Continuidad de los parques”- Gómez incursiona en esas zonas imprecisas que se vinculan con los sueños y la ficción fantástica. Si “Repetido crepúsculo” sirve de base para uno de los cortos que integran la película santafesina “Ciudad de sombras” (ya próxima a ser exhibida) el cine, con el que Gómez mantiene un “diálogo” personal desde su juventud, adquiere nítida presencia en “Backstage”, donde también confluyen el policial y lo fantástico.
Alguna vez Gómez manifestó: “Lo que subyace son otras cosas, ante todo el poder, el absurdo de un mundo como el de Kafka en el que no se llega a desentrañar nada y todo se posterga indefinidamente”.

LA NOVELA DE VAN BREDAM

Orlando Van Bredam, que ha publicado varias novelas también (una de ellas, “Teoría del desamparo”, recibió en 2007 el Premio Emecé), viene de la lírica, dado que sus primeros libros fueron poemarios y muchas de esas resonancias se hacen presentes en “La música en que flotamos” (cuyo título, y no por azar, remite a unos versos del enorme poeta argentino Juan L. Ortiz: “Yo, otoño, quiero decir la misteriosa música en que flotamos”)
En la novela su protagonista, un profesor universitario, recala en la turística ciudad de Villa Elisa con propósitos que se demoran en conocerse. En realidad esas intenciones resultarán tan mínimas como esenciales: acusando una enfermedad terminal quiere pasar revista a su vida y saldar una suerte de privada deuda sentimental que mantiene con una prima.
Van Bredam admite que en esta novela, finalista del certamen Clarín de novela en 2007, incorporó muchos datos autobiográficos, de manera que no son incidentales sus menciones al paso del personaje por la educación ni, mucho menos, las reiteradas referencias a la poesía en la que el poeta Ortiz, la gran voz lírica argentina, se vuelve insoslayable.
En el relato se podría decir que, extrañamente, a pesar de esperar la muerte el personaje se relaciona más intensamente con la vida y eso le ocurre al dejar de lado los prejuicios, los reparos, al aceptarse enfermo y más aún al aceptar por sobre todas las cosas que su prima, a la que ha vuelto a buscar, fue su verdadero y único amor.
La novela es el soliloquio de un hombre en fase terminal que recuerda, que recupera poemas así como diversos ecos del pasado y que refuerza sus sentimientos hacia esa relación que no puede dejar de considerar casi incestuosa, dada la cercanía no sólo biológica sino de vida en común que mantuvo con su prima en la juventud de ambos.
Van Bredam nos cuenta con buenos recursos la historia de este hombre solitario que ha decidido dejarse morir (´”había perdido el deseo de vivir y de luchar por vivir”), en tanto ese lento discurrir por una ciudad que de turística se vuelve –para él- casi o totalmente fantasmal remite a los patéticos ámbitos emocionales de Onetti o Simenon.
El personaje innominado es sarcástico, no tiene hacia sí mismo la menor piedad, pero tampoco la tiene respecto de la humanidad: “Optimista es aquél a quien no le dieron todos los datos” pero sin embargo y a pesar de todo se reserva un lugar, último y definitivo, para la emoción, para el amor.
PÁGINA 13 – CUENTO

SECRETO DE CONFESIÓN

Por Amalia Lateano (Rojas-Buenos Aires/Argentina)

Hoy es jueves. Los feligreses cumplen con el sacramento de la confesión. Desde las 9 a las 10 horas de la mañana.
Ya pasaron más de veinte mujeres… El cura pensaba en sus lecturas paganas del libro que trata sobre el árbol cósmico. Y miraba el reloj…
Le daba la bendición y elegía entre estas penitencias: Oraciones. Algunas ofrendas, obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar.
Todos los pecadores eran muy ingenuos.
La mujer se acercó al confesionario y se arrodilló. Dijo con voz tenue. -Ave María Purísima.
El cura respondió sin mirarla:
-Sin pecado concebida.
Ella agregó: -Perdóneme, padre, porque he pecado.
Este es mi pecado: -…Maté a un hombre.
El sacerdote se inclinó más sobre su pecho, en acto de contrición… Y no la miró…
Pero dejó de pensar en sus libros.
Su formación en el Seminario le mandó señales de alerta.
Las retahílas eran rezadas por el grupo de devotas que se reunían todas las tardes en la Iglesia.
Sus voces llenaban todos los espacios. Menos el de la mujer que seguía mirando los baldosones de mármol brillante.
Llegó entonces el rezo de los misterios del rosario.
Más fuerte emprendieron las mujeres sus voces. Con ímpetu. Con decisión se sucedían las oraciones y las letanías.
El cura estaba indeciso. Le preguntaba o dejaba que ella hablara por si misma… Pasaban los minutos… Y no la miró.
Entonces agregó: -Dígame, hija mía…
La muchacha de unos treinta y pico de años, miró el techo y sin inmutarse, suspiró. Con uno hilo de voz le susurró:
-Lo maté. Y no estoy arrepentida. ¿Cuál es mi penitencia?-
El cura se acomodó en la silla y la increpó con voz firme, tapándose la cara:
-Si no te arrepientes y te entregas a la policía, no puedo darte la absolución…
Más fuerte emprendieron las mujeres sus voces. Con ímpetu. Con decisión se sucedían las oraciones y las letanías.
La mujer se levantó, de mala gana se persignó y encaminó sus pasos hacia la salida.
El cura indignado se paró, salió del confesionario y cuando emprendía la persecución contra la feligresa asesina, para ver quién era, para saber a quién estaba confesando, las mujeres rezadoras, se le acercaron y le comentaron, con mucho dolor:
-¡Pobre chica! ¿Vio Padre?... Se murió el papá….
Curiosas le preguntaron: -¿Alguien se lo contó?...
Y agregaron: -Padre, le falta media hora para confesarnos… Estamos esperando…
Se escuchaban más fuerte las oraciones.
El cura volvió sobre sus pasos…
PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

Irene Aguirre (Avellaneda-Buenos Aires/Argentina)

NOCHE LOBO

Noche sobre la noche,
se oscurece en mi alma
el fuego apasionado
por vivir otra aurora.
Es la hora nonata
de luz escatimada,
matices de opresiones
vibrantes, entre sombras.
Es el tiempo del lobo
que acumula la penas,
las conjuga en un punto
sofocante y umbrío,
derrocha terciopelos
de míticas texturas,
obnubila y esconde,
atrapa, escamotea
¡Sólo afloja su nudo
cuándo el alba aparece!

RETORNOS

No me voy, aquí estoy,
aunque la ausencia
pretenda congelarme
tras sus rejas,
aunque el día me encuentre ensimismada
con los ojos absortos,
a la espera.
No me voy,
aunque en horas de silencios
el trino de los pájaros se duerma,
a solas, con los líricos ensueños
que invaden mi cabeza.
No me voy, siempre vuelvo,
recupero el aliento en la carrera,
retorno de caminos solitarios
que entrecruzan mi senda
¡Y es en esos momentos
cuando el pan de la vida
me brinda su corteza!

EL MISTERIO DEL AGUA
Meditación primera

Murmura el agua su canción acuosa,
rumores transparentes que despliegan
arpegios de follajes confundidos
sobre el fondo aquietado del estanque.
¡Allí, donde conviven,
en impensadas redes,
acentos primordiales
de la vida que alienta
misteriosa, escondida,
perpetua, inatrapable!

COYUNTURA
Meditación segunda

Prendida desde el fondo,
desde la prememoria de la vida
se abrió paso, celosa,
la cualidad del ser,
insoslayable.
Como un pétalo en flor,
como una flecha,
avanza hacia el futuro,
y a ciegas abandona
desgarros y jirones
de los viejos ropajes.
Es baño primordial del agua nueva,
nos solaza la piel, fresca de nuevo,
recompone, paciente,
el gastado sombrero de la espera.
¡Y tropieza, aterida,
la hora que ya fue
con la que nace,
en esa inevitable coyuntura
que recoge la tea y abre paso!

ONÍRICO
Meditación tercera

Mi pensamiento queda suspendido,
abro espacios de tiempo sin fronteras,
alianza de las sombras que dialogan
secretos resguardados por la noche.
Telares, sorda urdimbre
de mudos tejedores
que adormecen, astutos,
al bravo cancerbero racional
que vigila.
Son caballos de Troya de vibrantes oscuros
que aguardan, insidiosos,
los vapores nocturnos
de las metamorfosis.
¡Al galope, penetran ciudadelas perdidas
de la mente que sueña,
entre mundos inmensos,
desgajados de todo!
¡Ah, el placer de vagar,
meramente,
al acaso,
entre los aposentos
del castillo dormido!

ASTUCIA POÉTICA

Como serpiente centelleante
retuerzo mi cabeza mientas roto
los ojos - alumbrados por la luna-
que oblicuamente surcan
los espacios.
Busco respuestas, hoy, aquí, en la noche,
Soy ancestral preludio de los mitos,
que fingen sombras mías, desde siempre.
Marco el recto camino y el acceso
a humedales oscuros que mantienen
la antorcha entre penumbras primordiales.
Soy el placer encabritado.
Miro sin ver.
¡Mis ojos centelleantes
hipnotizan el sueño de los siglos!


Santiago Bao (Villa Gesell-Buenos Aires/Argentina)
(Premio de Poesía Fondo Editorial Rionegrino)

BLUES

Del lado del sentir
se le escapó la vida
dejando un charco
como un espejo opaco
que atrapaba con avidez,
como un gigantesco pulpo
de sombras
los mínimos destellos
de aquella habitación
en que estaba encerrada
toda la soledad
del mundo.

SALIDAS

El plomo atravesó
lo que quedaba
y se aplastó
en la pared de la cocina,
dispersando naufragios,
oraciones y partidas.
Del hueco surgieron
amapolas y traiciones,
el testimonio indudable
de una existencia segura,
el justiciero involuntario
que ordenaba los desastres.

ERRATA

La bronca le nubló
la dirección del caño,
tanto tiempo de neblinas
suele empañar los ojos
y digo así por esto
de mirar lo oscuro
de mirar lo claro
como un olvido
cuando la niebla
persiste tanto,
que en momentos
de arrebato
la dirección del caño
sólo provoca rasguños.

LOS ADIOSES

Como el veneno
que en la copa se diluye
en abandono,
soledad,
hastío,
clausurando otros sorbos
para siempre
y los abrazos, los afectos
que quedaron
en el aire suspendidos
en ademanes
que el tiempo
convirtió en tardíos,
en la subasta
ni una lágrima
quedó siquiera
para tamaña despedida,
sólo los otros
y el largo interrogante
de un adiós
sin previo aviso.

BÚSQUEDAS

“No descubras, que puede no haber nada.
Y nada no se vuelve a cubrir.” A. Porchia

Negligencias, descuidos
que inclinan
a trepar laderas,
cavar zanjas en la noche,
escalar abismos,
internarnos en laberintos,
intentar con terquedad
abrir puertas
cerradas con firmeza,
disecar raíces profundas,
husmear en signos milenarios,
resquicios, grietas sospechosas,
merodear los suburbios de los dioses,
pesquisas que sólo
aumentan la intriga,
interrogaciones inalterables,
fatigas cuyo anhelo
se disuelven en la paz,
la tranquilidad de no saber.

ATAJOS

Le quedaba más cómodo
el absurdo
que la nada
a la que llegó
o no llegó
nadie lo sabe.
Con preguntas sin respuestas
llegó al absurdo,
sin más preguntas
que hacer
llegó a la nada
o no llegó,
nadie lo sabe.

EL OLVIDO

El olvido
o sea lo que olvidamos
y lo que nos olvidan.
Como una tentación
inaccesible por ser
lo que nos olvidan
aquello que pesa más
el anhelo de una vez
para siempre bajar
el telón del pasado
recurso que aniquila
también a las espigas
alimentos del corazón cansado,
de todos modos
no olvida el que quiere
sino el que puede.

PRECAUCIONES

Conservar mi naturaleza
de fantasma
ha sido conveniente.
En muchas ocasiones
he intentado materializarme
y sólo logré convertirme
en aire
en una especie de lluvia
que se disipaba
en irrecuperables lejanías.

MEMORY

Afuera la lluvia
dentro la memoria
de antiguos pizarrones
de tizas que se quiebran
el escudo inservible
para entrar en el pasado
y combatir de nuevo
con el que no fuimos
aquello que tanto amamos
y perdimos
lejano el temor de un río
donde la muerte aún
no remontaba cauces
en él unidos ahora
otra vez más dentro
de las propicias
enormes tinieblas
que inauguramos.

CAUSALIDADES

Ha sido el viento por la vela,
el desnivel del agua por el molino,
la puerta por el golpe en la madera
en la alta noche silenciosa,
nuestro destino
por la máquina del mundo,
el oro por lo que brilla,
el polen dorado
por la danza de las abejas,
la lejanía por el ojo,
los tiempos irrecuperables
por lo imposible,
mi vida por tu sueño
y la tuya por el mío,
el contraluz por tus manos
en el atardecer
y la nostalgia por tu pelo con rocío
en la noche del patio colonial.
Por lo demás, las sombras
por los adioses definitivos.
PÁGINA 15 – CUENTO

BREVES

Por Ana Belén (Neuquén/Argentina)

EROTISMO DRACULIANO

Me desnudo, demorándome en cada prenda que abandona mi cuerpo, mi piel se libera del tejido extraño que la recubre, los poros respiran y lanzan un perfume entre ácido y dulzón. Soy yo, desnuda, sintiendo el verdadero pulso de la temperatura, la de adentro y la de afuera.
Me pongo un camisón levísimo y abro la ventana. Dejo que el aire de la noche entre a sus anchas. Me da un eléctrico escalofrío.
Me sumerjo en la cama, dejando muy libre mi cuello, unas gotitas de perfume bastan para convertirlo en el más preciado territorio que convoca tu mordisco. Te espero, mi cuello es tu cáliz.

EL FRUTO MÁS ANTIGUO

La mañana exhala sus olores con generosidad .Ella disfruta las caricias de la naturaleza con gozosa insolencia.
Hileras simétricas de árboles altos conducen a los manzanos, aquel otro camino lleva a los perales, en el medio; está el árbol único por su hermosura y esplendidez.
Febrero, el mes del aliento almibarado, encabrita la sangre y exalta los sentidos.
El duerme bajo un arbusto de tupido follaje. En su sueño, ella está presente, rebosante de gracia, perturbadora. Ella saca del gran árbol central la manzana más apetitosa. Ambos la miran largamente. Colorada por aquí, rojo púrpura por acá, más brillante y tensa en este lugar y, en el casquete, cerca del cabo, está la hendidura central. El hurga las profundidades tentadoras y la piel se hace más complaciente, la concavidad acoge al extraño y lo adapta a sus formas en movimientos de danzas circulares .El perfume sube, inunda, impone su presencia. Ella tiembla .El sol es una cola de fuego que se enrosca entre los álamos, la tierra toda es un incendio. Ella y él se sienten devorados por una sed que no se sacia.
El juego se acaba. El brazo de él es un látigo de acero que arde en la cintura de ella.
Febrero muestra sus uñas y las clava en el cielo en llamas. Muerden los dos la misma manzana, antes de abandonarla en la tierra. Los dientes de ambos dejan en el fruto heridas dulces, sangrando un zumo de infinita fecundidad.
PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS

LAS CALANDRIAS DE JUANELE – Jorge Isaías - (Santa Fe/Argentina)

Por Beatriz Vignoli (Rosario-Santa Fe/Argentina)

"Habla, memoria": El título de las memorias de Nabokov viene a la mente al leer el entrañable libro de Jorge Isaías que reúne varias series de relatos breves, previamente inéditos, bajo el título Las calandrias de Juanele. La rememoración, la asunción de la voz del único testigo que recuerda, la reconstrucción de experiencias lejanas en el tiempo de una vida: tales son los procedimientos que todos estos relatos tienen en común. Constituyen por lo tanto una suerte de crónica tardía, cuyos trazos redimen aquellos datos irrelevantes sólo en apariencia y que corren peligro de perderse, barridos por el olvido. De esta manera, al hurgar en su memoria tras los nombres de vecinos, amigos y antiguos ídolos deportivos locales de su pueblo natal, Isaías asume la voz del aeda que narra una épica de lo cotidiano. Pero, a diferencia de precursores como José Pedroni, para quien los colonos rurales de la provincia de Santa Fe eran todavía los pioneros de un futuro venturoso, Isaías es un profeta del pasado que asume un tono dulcemente nostálgico. Sus cuentos le cantan al recuerdo de la esperanza de un futuro.
Publicado este año por la Editorial Fundación Ross, el libro se enmarca en la colección Leer y pertenecer, propuestas de escritura para los talleres y el aula. Cuenta con un estudio preliminar, notas y actividades de Ana Bugiolacchio, quien además seleccionó los textos del autor. "Cuando tuve la fortuna y el orgullo de recibir entre mis manos este puñado de relatos inéditos que el autor me confió, además del placer de leerlos una y otra vez, tuve la necesidad de indagar sobre ciertas categorías de análisis desprendidas genuinamente de los textos. La memoria y el olvido era una de ellas, la esperanza y la supervivencia, otra", escribe la compiladora en su estudio preliminar.
En cuanto a la narrativa de Jorge Isaías los nombres propios mencionados, los lugares y los datos tienen un referente que podríamos llamar "real", ya que remiten prácticamente en su totalidad a su pueblo natal, Los Quirquinchos, en el sudoeste de Santa Fe, al barrio El Jazmín donde se encuentra intacta su casa natal o hacia su autoexilio en la ciudad de Rosario, donde reside hace más de cuarenta años", escribe Bugiolacchio. Ilustran el libro las fotos de Los Quirquinchos tomadas por Florencia Giménez, quien, con una mirada sigilosa que capta ínfimos detalles o recorre antiguas estaciones y almacenes desolados, ofrece un panorama en blanco y negro del lugar adonde el escritor no cesa de volver en su recuerdo. Devoto de las precisiones sobre la fauna y la flora, Isaías suma a las ya familiares casuarinas los fresnos y el acertijo ornitológico de las calandrias. Unos y otras están en las fotos de Giménez.
Bugiolacchio organiza el material narrativo estructurándolo en seis capítulos, que revisan seis diferentes modos de redención del pasado. "Tiempo de antes" incluye estampas evocadoras más o menos atemporales del paisaje del lugar y los hábitos de la niñez: una, intenta explicar la costumbre de los lugareños de ir a la estación a ver pasar el tren, cuando todavía pasaba el tren. "Días de fútbol" repasa las glorias del Huracán Foot Ball Club y del Morning Star (rebautizado "Evita, Estrella de la Mañana"). "De exilios y de presencias" reúne semblanzas de personajes particulares; "Sabores de infancia" y "Juegos presentes" rescatan platos y juegos olvidados, mientras que en "Siguiendo el vuelo de las calandrias" un Isaías ya adulto trama sus vínculos literarios y personales con otros autores cuyas obras fueron inspiradas por el paisaje santafesino. Los modos de enunciación son diferentes en cada tramo. El primero muestra al escritor en la soledad de su producción evocativa, mientras que el segundo es más conversacional, con la impronta de la charla ociosa y divagante del hombre algo mayor que deja caer los nombres de los cracks deportivos de su pueblo en una charla de café.
Estos y otros nombres, apellidos y apodos adquieren un peso especial ya que son mentados por quien se presenta como el único testigo de que sus portadores existieron. El relato suele comenzar con alguna variación de esta fórmula y terminar con la desaparición misteriosa de la promesa truncada o el talento frustrado, que deja flotando la pregunta por qué será de él o quién hubiera sido. "Si yo digo por ejemplo estos nombres que estallan en mi memoria como pequeños brotes tardíos: Domingo Cantalicio Castillo, Isidoro Gutiérrez, José Alonso Mercadale, Acísculo Ochoa, Cipriano Carmen Herrera, Albino Arias, Raúl Cornelio Arias a quien llamaban "El Manco" y teniendo [él] dos manos yo nunca supe el por qué del apodo", escribe Isaías en su narración breve titulada "¿Quién desata el relato?". Y continúa: "Sólo yo puedo dar fe de que detrás de esos nombres había hombres que transitaron las calles polvorientas de mi pueblo, cuando el mundo recién comenzaba. Cuando todo era posible". Otros de esos apelativos son contemporáneos, los de quienes se encuentra en sus retornos esporádicos al pueblo; otros más vienen de lo profundo de la niñez, como el del heladero Miguel Balagué, el del cartero Pepe Fratacelli o el de Atilio Balbazón, de profesión "canchero" (en el sentido literal: cuidador de la cancha) y antiguo dueño del bar La Primavera, donde se reunían los "cantores" en un tiempo más remoto aún.
La inocente niñez en Los Quirquinchos (localidad de 2732 habitantes a 137 kilómetros de Rosario) es relatada como una mítica edad de oro, un tiempo edénico y originario en muchas otras de sus obras. Por ejemplo, en la fascinante recopilación de crónicas Almacén "Las Colonias", publicado también este año, por la Universidad Nacional del Litoral.
PERVERSIDAD-SERVILIBRO- Mabel Pedrozo (Asunción/Paraguay)

Por Delfina Acosta (Asunción/Paraguay)

Apartándose de las palabras lineales, apegadas a los habituales conflictos de los personajes, la escritora y periodista Mabel Pedrozo nos hace llegar un libro de cuentos titulado Perversidad, donde el suspenso, las ideas saturadas de complejidad, la visión de un orbe fantasmagórico proyectándose a un viaje infinito son comunes, casi recurrentes. Y estimablemente buenas, por cierto. La obra publicada lleva el sello editorial de Servilibro. En tiempos de ruidos, de voces aturdidas, de vidas superficiales, de movimientos como de pasmo de una sociedad desequilibrada, vacía, la palabra de la autora va por caminos contrarios donde se nota un gran oficio literario. Y por esos caminos contrarios, ¡zas!, se presenta un desafío argumental y lingüístico para el lector.
Los cuentos, cargados de enigmas, son un desafío a la inteligencia de los lectores. Mabel Pedrozo, fiel a sí misma y a su espíritu creador, es una de las mejores cuentistas del Paraguay, cuyo pensamiento literario tendrá, seguramente, enorme influencia en las nuevas generaciones de cuentistas paraguayos. Estamos ante un libro en el que todo es idea, creatividad, ingenio, y ¡zas!, sorpresa enorme al final de la lectura de los relatos.
Muy rara vez aparece en el panorama de la cuentística paraguaya una voz tan firme, tan genuina y tan original. En la pluma fértil de Mabel Pedrozo encontramos, sin lugar a dudas, firmeza y originalidad. Algunos cuentos de su autoría son breves y otros son largos. Pero todos, en su totalidad, se justifican meritoriamente ante el arte literario porque su escritura, no solamente bien pulida, es la unión de varios fragmentos de imaginación esplendorosa, de inquietante invención literaria y de conocimiento profundo de la lengua castellana.
LA TORTUGA ALICIA-EDIT. ZIGNOS- Julia del Prado Morales (Lima/Perú)

Por Carlos Benítez Villodres (Málaga/España)

El presente libro es, según me dice la autora en su afectuosa y exquisita dedicatoria, un “juguete de Alicia, la tortuga pirata”. La voz de Julia del Prado
cala perfectamente, en el corazón de niños y adultos, en poemas que reflejan su extraordinaria humanidad, su capacidad de amor hacia todo cuanto le rodea,
su compromiso en favor de la construcción de un mundo más justo y solidario, más culto y más libre.
Somos conscientes de la importancia que una aproximación temprana al mundo de las letras tiene para el desarrollo de un buen futuro lector.
Y está claro que hay que adaptar esos primeros pasos a los gustos y capacidades de los niños para cada edad.
Omar Aramayo Cordero en “Julia, los mitos y los piratas”
nos refiere: En este mundo de piratas de toda clase, bienvenida seas Alicia, reina de alegres bucaneros que un día zarpaste de la Isla Galápagos con un destino desconocido y libre, en busca de los tesoros de la fantasía y las alas del buen viento, y el aliento de Julita del Prado.
Poesía directa en apariencia sencilla pero con este tejido propio de los sueños, un colchón de sueños soñados largamente, como las hojas de la primavera que a colmatan con los años.
En gracioso oleaje, corso y surtidor de personajes y emociones, de sorprendentes geografías mágicas que de ola en ola nos vuelve a la realidad siempre ligadas al mito y la leyenda de la Tierra Madre y de la Madre Mar.
De la Oceanía al lar germinal del Titikaka; y en suma a todos lugares de encanto para todos los niños del mundo, más allá de las edades que no son sino las del corazón”.
PÁGINA 17 – CUENTO

BÚSQUEDA EN UNA TARDE DE VERANO

Por Pilar Romano (Corrientes/Argentina)

Al año de una partida.

-¿Dónde habrán quedado esas lágrimas gordas, saladas, que brotaron cuando te fuiste? Ya sé: puede haber algunas en tu costurero... o no, más seguro en aquella bolsa con retazos de tela, tu bolsa de retazos; siempre hacías que buscara allí algo que combinara con la prenda que estabas cosiendo y siempre me atormentó preguntarme qué haría yo con esa bolsa cuando no estuvieras. Ahora mis manos ajetrean en la nada. Ya no juego a ser grande, deambulo sola entre tus jazmineros sabiendo que no funciona la cajita de música, midiendo la inutilidad del postigo entreabierto...
-¿Buscaste debajo de la parra, donde por las tardes me leías la lectura que había indicado la maestra?
-El parral ya no está, mamá.
-El parral no, pero las lágrimas a veces sobreviven a los destrozos. Yo vi que dejaste algunas allí.
-Son tus ojos que ven lo que yo resisto y mi memoria es todo lo que hay de ti en este momento. Sin tu figura en el patio, me sorprende que aún haya tardes de duendes y cigarras. ¡Ay, si pudiera encontrarme justo en la mitad de tu cuerpo!
-Ya estuviste allí, por eso puedes escucharme. ¿Buscaste junto al retrato de tu padre? También quedaron lágrimas allí, ya gastadas, pero lágrimas. Y en mi alhajero guardé unas preciosas, tuyas de tu padre y mías, tienen un brillo especial: las que saltaron aquí y allá cuando nos despedimos el día de tu casamiento.
-Es enero otra vez y viene una tormenta. Debo apurarme, mamá. ¿cierro la ventana de tu cuarto?
-No, mejor inunda la casa de música; la tormenta pasará. Pero antes dime: ¿por qué esta búsqueda después de un año?
-Es que me he quedado sin lágrimas.
PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Alejo Urdaneta (Caracas/Venezuela)

AMANTES

1
Despierto la guitarra de tu cuerpo
con la caricia en el ungüento de los dedos,
lamido de lenta lengua
en la blandeza azul de tus anillos.
Temblor de ave adormecida
que pasea en mármoles de humo.

2
El hueso de la tarde es palpitante abrazo
extenuado,
ventisca que se aloja en las ventanas,
bajo el deseo de sabanas y llanto.

3
Lloro por ti y me pierdes
tras los espejos de la lluvia,
y me buscas en el odre hueco
de la fragancia gris del vino.

4
Ya el cuerpo abandona su delirio,
tu boca aprieta en las manos
un recuerdo,
un adiós,
en el lienzo inviolado de la tarde.

5
Piedra desdeñosa de la sombra,
forma del cuerpo en la calzada,
en el pavimento de la noche iluminada.
El amor es peregrino de otras aguas,
trenza en el cuello del cisne,
perfil de blanca perla,
cintura ceñida a mi distancia,
torso de espiga
de la voluble flauta:
gime todavía en la garganta.

6
Dejaste la perla,
cerraste el párpado
y llegó un bosque de recuerdos,
leves brotes,
espinas blandas,
ruiseñor que canta
bajo la luna.

7
La noche maga con su rezo
clavó en las pupilas
su vaga nieve de silencio.
Hurtó la luz
de mis corceles,
trajo la inquieta ensoñación,
las olas solitarias.

CENDAL DE PERFUME

La barca te lleva por el mar sin estruendo,
barca y flor en tu anhelo
de tomar del agua el color boreal
de la espuma.

Yaces soñando
los colores de aquella aurora,
barca del aire,
odisea del náufrago
en el follaje marino

Y estoy sobre el risco
cuidando tu paso,
siguiendo tu sueño,
y no ves que desvelo
mirando tus ojos
en la aurora boreal.

El manto de aves en la isla
cubre el silencio y la tristeza.
Un cendal perfumado
abriga de blanco
el deseo,
arrulla el sueño
de tu noche insular.

Tu cabello de ámbar negro
enciende la noche:
Es luz de azogue
en la oscura plenitud.
Calla el mar
suspendido en tu letargo.

EL SILENCIO EN LA CENIZA

Horas,
la del río que pasa
con golpe de agua turbia,
sobre la piedras
y las campanas:
El agua que no cesa.

Horas que se miden
con las nubes
y su carrera alucinada
hacia tristes azules:
Cabellera de tormenta
cabalgando en la memoria.

Soy ese río transeúnte,
soy quien golpea ciegamente
en el alba
o en la tarde encendida
de nutricia leche

Palpo en el andar sin pausa
tus fugaces velas tras la espuma,
y me quedo a la orilla
del corazón que late.
Me quedo en el silencio y la ceniza
Daniel Vega Olivares (Antofagasta/Chile)

HAIKU I

… y el furtivo rayo de luna
perece en el satín de tu seno,
yo me deshago en ti.

HAIKU II

Despertar en una sonrisa,
amanecer en una mirada.

Más allá de la ventana,
camina la vida.

TELARAÑA

El momento es perfecto,
la gota de lluvia se posó sobre la telaraña

OTOÑAL

... y el otoño,
como gota de lluvia,
se posó sobre la telaraña.

COTIDIANIDAD

Despierta en mí su sonrisa,
una sonrisa a la cotidianeidad.
Calzo mis pies desnudos y,
en el nuevo día,
salgo a caminar sobre sus hojas blancas ...

COTIDIANIDAD II

… y es presencia constante en todo,
como los pasos sobre los andenes de la cotidianeidad

CONTINGENCIAS

Que lo que me trae aquí, no es sino que la contingencia de su cuerpo.

Consecuente con la contingencia,
mis labios aprenden las palabras de su ser y mis dedos,
al recorrer su piel,
conocen el lenguaje de su cuerpo

TOCATA Y FUGA

Voluptuosamente,
como en una fuga de Bach,
uno tras otro,
recuerdo en mí y deseo de ti,
se acosan.

Se acosan y copulan,
como las notas de un clavecín bien templado.

LO PERDIDO

Ciertamente que aquello que nunca se ha tenido
no es posible de perderse,
sin embargo,
y no por ello es menos cierto,
que aquello que se ha encontrado,
no debe dejarse que se pierda.

LO QUE ES

No es más que eso,
ser sangre que habita en su corazón,
palabra que recorre su cuerpo,
restauración de lo que creía ajeno.

No es más que eso,
provocar la vida que aun yace en ella.

COMPASIVA

Roja fruta, que en su sensual frescura decía de ausencia de besos,
con tal angustia que, enloquecidos de pena,
mis labios casi corren a besarlos

¿CABE EL INTENTO?

En tus cabellos,
enredadas,
intento descubrir mis palabras.
Rescatar,
del brillo de tu mirada,
mi imagen;
de tu piel,
mis miradas perdidas;
de tus palabras,
el sonido de mi verdad.
Pero, quizá, tal vez, tan sólo lo intento

ATERRADO

Cual verso de la Divina Comedia,
como un guiñó del destino,
aterrido vislumbro,
en tu nocturna voz,
poesía de la soledad
PÁGINA 19 – CUENTO

DISTINTO A LA PILETA DE BOCA

Por Damián Bruno Berón (Puerto Madryn/Chubut)

No obstante el calor santafecino, ellos – los primos - se casaban y de quienes siempre se dudó, llegaban a un desposorio con convocatoria familiar grande. Estupor de las vecinas. Diferencias de caracteres, de historias personales; eso sí decían, ambos de formas serias y bondadosas de ver la vida. Entonces, no era poco lo que llevaban al matrimonio. En sendos tanques metálicos, se enfriaban las cervezas para reforzar el sistema de tiraje de chops que habrían de alegrar la celebración. Cada tanto, el dueño de casa controlaba que no perdiese temperatura.
Los otros primos, venidos de Buenos Aires, los tíos y una novia para ser presentada a los parientes; habían realizado el día anterior un rápido paseo por Paraná y su alta temperatura. Caminar por el Parque Urquiza fue el origen del cansancio y la sed para elegir las copas cerveceras más grandes para refrescarse y retornar a través del Túnel Subfluvial “Hernandarias”, ese yerno de Juan de Garay, fundador en Cayastá, que hiciera las tejas de esa antigua ciudad de Santa Fe, moldeando barro sobre sus muslos. Tejas de gamba. La anfitriona del paseo, ahijada de los tíos parloteó con todos durante todo el viaje. Era una oportunidad que sólo se da en décadas o jamás. Así se entendió.

A la media mañana del día siguiente, él se paró a verlo. El río Paraná, nuevamente.
Allí había nacido y aprendido que al río no hay que tenerle miedo sino respeto, por eso su padre desde muy chiquitos los introdujo a las aguas marrones que todavía desgastaban los trescientos metros de ancho para hacerlo cada vez más grande. Bello pero grande. Algo así como un desafío desde la lejanía, para quien aún, no lo había cruzado jamás. Era cuestión de animarse y vencerlo, nomás.
Al tirarse, se zambulló como tantas veces lo hizo en la pileta de Boca Juniors; braceó cómodamente y esa deliciosa sensación de estar flotando, ya no en el agua sino en la vida, lo sumergió en un placer primario. Calculó y ya estaba en la mitad. Se dio vuelta para decidir qué hacer y vio a su padre y otros jóvenes parientes que lo saludaban y otros, le decían con la mano que regrese. Mitad por mitad, es lo mismo, se dijo. Idéntica distancia, idéntico esfuerzo y sería, seguramente, la única vez de triunfo que le estaba ofreciendo el Paraná como un arrullo de la canción litoraleña, con aromas de naranjos y paraísos con florcitas lilas y extrañamente dibujadas por la naturaleza. Vio el terraplén que mantiene la línea de casas que configuran a Alto Verde; lugar de vivienda por generaciones, pesca libre, natación desde la infancia y exploraciones en una chata herrumbrada y con vericuetos para pasarla muy bien, jugando a las escondidas. Los timbós, al fondo, siempre fueron diferentes, no eran sólo árboles, o bien, no eran, para los niños; se asemejaban más a barcos corsarios que ofrecían la escenografía para “bistear”, haciendo sonar las espadas de palo que el padre o el niño mismo se habían hecho aguzando una maderita larga y cruzándole otra que servía de travesaño de la empuñadura.
Miró, alegre, la escena y disfrutó del triunfo por anticipado. O retornar a la costa o mantener la confianza en las aguas y decidió lo mejor. Cruzarlo, definitivamente.
Su padre malició y viendo la intención, inaudible, le dijo al que se iba a casar:
Agarrá la canoa y ayudálo, porque se va a ahogar…”
No hubo réplica, sino un movimiento decidido al desatar la soga y empujar la canoa para seguir la audacia del primo.
La segunda brazada, todo en su lugar; la tercera, la quinta, a la séptima y de repente, un peso enorme se instaló inadvertidamente sobre los hombros, agobiando a los músculos trapecios. Flotó como un globito, pero la corriente que se hacía sentir, lo separó unos metros del trayecto. Hay que seguir se dijo y otra vez, intentó el “crowl” y pudo hacer una brazada completa y la costa de enfrente, seguía tan lejos…Tragó agua, ni siquiera advirtió el reflejo aceitoso por la proximidad de los barcos. No se desesperó. La siguiente brazada fue dada como un esfuerzo supremo y basta. No quiso más.
El remero, guardaba una distancia prudencial.
Él, imaginaba dar la siguiente brazada con más fuerza y avanzar hacia la costa que se alejaba contra su voluntad. El intento fue hundir el brazo derecho que lo arrastró como medio metro abajo, sin él decidirlo. Más agua tragada. Emergió con energía para ver el cielo celeste, sin ninguna nube y tan abierto, en medio de la maternidad inusitada del agua del río y tanto verde por todos lados y la familia, seguramente, observándolo o recluidos en la casa haciendo los bocaditos para la noche. Se sintió invadido por una soledad única y tan suelto de tensiones que pensó: buen momento para morir…
El sol le rozó iluminó la frente y un solo pensamiento se le impuso: “Jesús, si alguien me ama en este mundo, que me salve”.
Su novia porteña había quedado del otro lado mirando una escena fragmentada en la realidad de cada uno. Se propuso otro esfuerzo, de a uno y sintió que, aunque mínimo, tuvo un avance. Vamos. Arqueó todo el cuerpo en su instinto de darlo todo antes de entregarse y aunque no quiso, se entregó en un resoplido. Extenuado alzó el derecho y no menos sorprendido, vio su mano llena de barro que arrancó del fondo en la última brazada. Estaba nadando en zona playa hacía minutos.
Tambaleó cuatro pasos y se dejó caer sentado en los primeros pastos, sobre una superficie bien barrosa y con algo de petróleo. Sensación de enfermo
sin capacidad de recuperación.
La figura de un remero que atracaba cerca de él, fue como la aparición angélica en un pensamiento que debía apartar. Pero nada lo engañaba; era el primo, inexcusablemente.
¿Cómo estás ?, le preguntó.
¿Por qué no me ayudaste? Me estaba ahogando- balbuceó en una astenia donde los ojos sólo eran posibles de mover.
Te vi tan entero…que no quise arruinarte el desafío.
No bailó en la boda ni bebió cerveza.
PÁGINA 20 – ENSAYO

JOSÉ EMILIO PACHECO
Uno de los mejores poetas vivos en lengua española.

Por Francisco Basallote Muñoz (Cádiz/España)

El reconocimiento del mundo hispano a la poesía de José Emilio Pacheco (México, 1939) le ha venido en el pasado año 2009, por partida doble. Si en mayo recibía el Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana, en noviembre recibía el más preciado de los galardones de la Lengua Española: el Cervantes. Ya en 2005 había recibido en Granada el Federico García Lorca.
La Universidad de Salamanca, copatrocinadora junto al Patrimonio Nacional del Premio de Poesía Reina Sofía, editó en su colección Biblioteca de América con selección e introducción de Francisca Noguerol una completa antología denominada Contraelegía que incluye los dos últimos libros del poeta editados en 2009: Como la lluvia y La edad de las Tinieblas. De su obra poética anterior se destacan: Los elementos de la noche,1963; El reposo del fuego,1966; No me preguntes cómo pasa el tiempo,1969; Irás y no volverás ,1973; Islas a la deriva,1976; Desde entonces,1980; Trabajos en el mar,1983; La arena errante,1999 y Siglo pasado (Desenlace), 2000.
En una encuesta realizada por la revista Letras Libres en 2005, fue designado como el “mejor poeta mexicano vivo”. Mario Benedetti, lo definiría como poeta total:”El gran atractivo de su obra poética es su constante bucear, con palabras conocidas, en lo desconocido…”.Él mismo se define “como un pesimista, al tiempo que vitalista” y a su poesía como “una forma de amor que sólo existe en silencio/ en un pacto secreto entre dos personas,/ de dos desconocidos casi siempre”.
Acercarse a la ingente obra poética de José Emilio Pacheco es entrar en un universo multidireccional en el que el lenguaje poético adquiere todas las formas y en el que hay una presencia constante del hombre y de los grandes temas de la poesía: El tiempo, la vida y la belleza, la naturaleza, la memoria personal e histórica. Contraelegía es el título de un poema definitorio de su poética, perteneciente a su libro Irás y no volverás:“Mi único tema es lo que ya no está./Sólo parezco hablar de lo perdido./Mi punzantes estribillo es nunca más. /Y sin embargo amo este cambio perpetuo, este variar segundo tras segundo,/porque sin él lo que llamamos vida/sería de piedra.” En el poema anterior leemos la presencia del tiempo en un concepto heracliteano, así en El reposo del fuego y en su poema Don de Heráclito dice: “Fuego es el mundo que se extingue y cambia/ para durar (siempre) eternamente…”. Impregnado de este concepto existe en su poesía una celebración del instante, no sólo como culmen sino como fugacidad. En su traducción de Netzahualcóyotl :“No tenemos raíces en la tierra/ No estaremos en ella para siempre/ sólo un instante breve/"queda patente este concepto de su efímera esencia; pero en su poesía hay una trascendencia mayor de esa fugacidad que puede llegar a perdurar en la intensidad de lo vivido, así en su poema Venus Anadiomena, por Ingres dirá: “ En el cuadro rehecho sin sosiego/ tu carne perdurable es joven siempre./ El mar se hiende atónito y observa/ otra vez el milagro”.
Poeta vital, la Naturaleza en todos sus aspectos y especialmente en aquellos en que se nos muestra frágil y caduca, está presente en su poesía, así en el poema Ciudad maya comida por la selva de su libro Islas a la deriva dirá :“De tanta vida que hubo aquí, de tanta/grandeza derrumbada, sólo perduran/las pasajeras flores que no cambian.”, flores simbolizadas por la camelia en el poema de Los trabajos del mar, Perduración de la camelia: “ Bajo el añil del alba flota en su luz/la camelia recién abierta/…/ a los tres días de su nacimiento/se desmorona en pétalos sombríos,/polvo que se hace tierra y de nuevo vida.” Ese amor por la naturaleza enlaza coherentemente por su preocupación por la destrucción del mundo, un ecologismo no superficial ni coyuntural sino inmanente con su propia concepción poética y que en el poema El pulpo del citado libro anteriormente se expresa así:“ Oscuro dios de las profundidades,/ helecho, hongo, jacinto,/…/ Qué belleza nocturna su esplendor si navega/ en lo más penumbrosamente salobre del agua/ madre, para él cristalina y dulce./Pero en la playa que infestó la basura plástica/esa joya carnal del viscoso vértigo/parece un monstruo. Y están matando/a garrotazos/ al indefenso…” .Y dentro de este amor a la naturaleza destaca la luz que impregna sus poemas como en el ya citado Venus Anadiomena: “…Invento de la luz, ala de espuma,/ surges de las profundidades mas azules.”o en Alabanzas del libro Miro la tierra :“ El instante se ha llenado de azul/Caminamos bajo la monarquía absoluta del sol./…”.
Poeta de la memoria, la cual constituye un elemento fundamental en su poesía, consolidado en su libro Ciudad de la memoria, de su canto elegíaco no excluye nada. Canta a las personas, como al poeta Ramón López Velarde en Irás y no volverás:“El otoño era la única deidad./Renacía/ preparando la muerte…”, pero también a las culturas desaparecidas, como en Presagio de Islas a la deriva: “ -Vuelven los dioses- dijo Moxtezuma-/Las profecías se cumplen. No habrá oro/capaz de refrenarlos. Del azteca/ quedarán sólo el llanto y la memoria.”, o a la belleza perdida en el poema A la que murió en el mar de Irás y no volverás: “El tiempo que destruye todas las cosas/
ya nada puede contra su hermosura./Ya tiene para siempre veintidós años. Ya se ha vuelto corales, musgo marino…”.Elegía en la que reafirma sus convicciones sobre el tiempo y la cíclica permanencia del mundo. Enlazando con esa constancia del mundo y al mismo tiempo de la permanente destrucción hay en la poesía de José Emilio Pacheco una reflexión sobre la historia: En Prehistoria de El silencio de la luna dirá su protagonista, el hombre primero: “Gracias a ti, alfabeto hecho por mi mano/ habrá un solo Dios: el mío./…/ una sóla verdad: la mía…” .Reflexión en la que prevalece la ciudad de México en el espejo contradictorio del mito y de su descomposición. En el Reposo del fuego, dirá en su tercera parte:“Bajo el suelo de México se pudren/
todavía las aguas del diluvio…” y en el poema Fray Antonio de Guevara reflexiona… de Irás y no volverás, lo hace sobre las ruinas de Tenochtitlán: “…Temistitán, ciudad arrasada/ para que sobre sus ruinas brille el sol/ del Habsburgo insaciable.”
Hombre de profundas convicciones, humilde y sin arrogancia. En la entrega del Premio Reina Sofía dijo:«¡Cómo voy a ser el mejor poeta mexicano si no lo soy ni de mi colonia, ni de mi barrio!», contraataca al instante. Y lo explicita: «A la vuelta de la esquina de mi casa vive Juan Gelman [premio Reina Sofía -el año en el que Pacheco quedó segundo- y Cervantes], y a unas cuantas cuadras (manzanas) Francisco Blanco».
Terminamos con las palabras de Francisca Noguerol: “Un poeta en la cima de una creación marcada por el rigor y la energía, al que sólo se puede comparar con los humanistas del Renacimiento y que, aún consciente de la inminencia de la catástrofe, sabe apreciar en todo momento la belleza del instante, la vida, la luz”
PÁGINA 21 – CUENTO

DOS AMANTES, DOS AMIGOS

Por María Luisa Miretti (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Somos dos gritos calados
Dos fados desencontrados
Dos amantes / Dos amigos
VIEIRA PINTO: Maldiçao

Mucho se ha dicho sobre mí, muchas historias se tejieron dando lugar a las fabulaciones más increíbles. Llegué a la literatura de la mano de Camöes, Lope, Casona, quizás porque mi propia historia fue capaz de conmover a los sensibles, pero no todos dieron con la clave de mi desventura. Por eso hoy, creo que la ocasión es venida para aclarar lo sucedido, aunque no sé si será posible condensar en dos páginas el caudal incontenible de los siglos.
Ocurrió hace mucho, pero las fronteras del tiempo –como las del corazón- no tienen límites y los espacios terminan siendo atemporales al cruzar y entrecruzar hasta el infinito los ecos fantasmales de aquel gesto que me pasó a la inmortalidad, que aquí revivo.
Yo, Inés de Castro, oriunda de Galicia, tenía 17 años cuando lo conocí. Iba acompañando a Constanza a esa sacrílega unión por ambos reinos concebida. Me sorprendió la emoción de Pedro en ese primer encuentro, que –como la mía- sin disimulo, reflejó la admiración de un mundo reprimido de preguntas sin respuestas.
De allí en más los sucesos no tuvieron fin. Nuestros encuentros furtivos en el Jardín fueron arrebatando los momentos más deliciosos de nuestra juventud, dejando atrás un casamiento ficticio en procura de la continuidad del poder.
Fui madrina de uno de sus hijos que a poco falleció en mis brazos, fui prima y confidente de los infortunios de Constanza por esos amores contrariados, la acompañé hasta último momento en aquel parto doloroso que casi nos arrastró a todos en su pestilente infección. Libres de presagios, Pedro y yo nos fuimos lejos de la codicia urbana, habitando el territorio de los sueños que nuestra pasión secretamente había sabido ir entretejiendo. Horas y días sin pausa y sin aliento amándonos hasta el asombro entre manuelinos y barrocos, dando salida al torrente casi salvaje tanto tiempo postergado, antes de caer en el vil engaño perpetrado.
Todavía recuerdo con exactitud aquella imagen intentando ordenar sus luengos cabellos enrulados, antes de acariciar susurrante este cuello que decía volverlo loco ‘mi cohelo de garça’, repetía en mis oídos al tiempo que empezaba a descubrirme. Nada nos hacía pensar en la codicia ajena. Sólo teníamos conciencia de la caricia interminable de nuestra pasión desenfrenada. Sus manos recorriendo mi nuca, sus labios en mis pezones, el olor de su piel confundida con mis profundas humedades y ese ritmo inicial, lento y sinuoso que nos encabritaba a la cima hasta explotar en convulsiones de espasmo y esplendor. Era una sintonía casi imposible de traducir. Pero no nos perdonaron. Nadie comprendió.
La sangre que aún sigue deslizándose por la Fuente das lágrimas es la mía, cuando los sicarios del rey me degollaron sin piedad frente a mis niños.
Nunca podré olvidar el llanto incontenible de Pedro, tampoco se me escaparon sus oraciones en batalla ni su ternura con nuestros hijos, pero lo que sí me sacudió fue la decisión de sacarme del sepulcro y vestirme de tules para que me reverenciaran en el trono. Aquella corona depositada en mi calavera no fue suficiente para amainar el asco de quienes, obligados, debieron besar mis manos ya putrefactas.
Yo sé que esa historia fue la leyenda que recorrió el mundo, aunque se equivocaron aquellos que apostaron a mis deseos de reinado para cubrir la descendencia. Olvidaron también, que de mis tres asesinos, sólo dos fueron castigados aquel fatídico día en que Pedro los hizo rendirse a mis pies para luego arrancarles de cuajo el corazón. Uno de ellos aún sigue suelto y sin rumbo por la vida.
Si hoy pretendo volver a lo sucedido en la brevedad de estas páginas, es para aclarar ese malentendido y rescatar lo que cada mañana al despertar, aquí, en nuestros sepulcros, pensamos sobre el peregrinar errabundo de ese pobre infeliz, frente a estos dos gritos calados de dos amantes, dos amigos, que perviven más allá de la distancia, de la historia y la leyenda.-
2º premio (narrativa) Asociación Miguel de Cervantes Saavedra 2007 - Dos amantes, dos amigos - Barcelona 2007.
PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Delfina Acosta (Asunción/Paraguay)

I

La saeta del Este cuando gira
da vuelta al pueblo, al lirio y al convoy
del caballo al que subo al ser el día
para saber al irme en dónde estoy.
He plantado una estrella en el Oeste
que bajará a la noche. Te la doy
porque subes al Este cada tarde.
Yo te amaría, mas veleta soy.
El gallo fui de la veleta roja
que al Sur apunta pues al Sur me voy.
En su frío se templa mi poesía:
la rosa dura que ha de abrirse hoy.

ENEMIGO

Mi peor enemigo, tú que me amas
como una ciega lluvia que al caer
escampa, arrecia, escampa. Mi enemigo,
yo te corono amante, pueblo y rey.
Con una hiedra mis cabellos atas
y sabes del lunar que es mi clavel.
Cuando el jazmín de su rocío cuelga
y huele a flor pisada antes de ayer,
con la ronda impaciente de tus pasos
bajo tu sombra vengo a florecer.
Si no te amara, nunca te odiaría.
No te vaya, enemigo, yo a perder.
¿Quién me perdonará? ¿Por quién mis versos
caerán de mi tristeza en el papel?
Tú, mi enemigo. Yo, enemiga tuya.
La muerte no helará nuestro querer.

CUARTO AZUL

Somos amantes. Suelen los poetas
con infantiles coplas y sonetos
celebrar el tañir de las campanas
como la hora nupcial de nuestro encuentro.
Dirían más, pero se callan porque
se abrevia así el relato en dulce cuento.
Es la sombra que atiende el buen negocio,
madama de aire triste; los dineros
pagados por el cuarto azul agrandan
sus ojos apagados, mas los juegos
de los amantes en las escaleras
no la dejan dormir. Se siente el cielo
cuando en la calle oscura y sin un ánima
ya somos de la acera dos silencios
por una tos la culpa de un ladrido.
¡Qué accidente ! ¿Quién más irá a saberlo?

ROPAJE

Es el mar mi ropaje: así desnuda
como una enorme ola a ti yo llego.
Mi ocasión la tormenta y los relámpagos,
y es la montura de mi amor el viento.
No retorno: yo voy pues son mis pasos
como a la hierba la pasión del fuego.
Soy la bestia de larga cabellera
que lame la otra lengua que es el beso.
En la forma de piedra me hallo a gusto
porque es así tan duro mi silencio
que no lo vencerá el dolor del mundo,
ni del odio la gota de veneno.
Es el mar mi ropaje: así desnuda
como una enorme ola a ti yo llego.
Brotaron en mis manos de agua sucia
las flores venenosas de estos versos.

ESTATUA EN LA PLAZA VERDE

Te esperaría. Yo sería, amado,
la primera en llegar hasta la vía,
y la última en volver, con un paraguas,
de la estación del tren que te traería.
Iré hasta el mar como la lluvia, a veces,
y pasaré del mar a la otra cita,
en el muelle del puerto, frente al río.
Seré la gris silueta que tirita.
Inmensamente sola como novia
saldré a buscarte y volveré tardía.
Del balcón a la plaza partiré.
Seré una estatua de melancolía.
Y a la hora puntual de nuestras muertes,
si llegara primera a nuestra cita,
te estaré ya aguardando para darte
mi amor en una blanca margherita.

DIENTES

Estrella que es error, yo soy los dientes,
y solamente dientes, no la boca
que yerra, miente, injuria, a Dios calumnia,
y cuando su áspid guarda queda roja.
Ay, pobres bocas, lenguas enredadas
con las malas palabras que hablan solas.
Yo soy los dientes que castañetean
cuando filosos muerden a las rocas.
La bocas son carmín que en la intemperie
pierden su fuego; en su lugar, las rosas
en las muy frías noches, de sus frentes
dejan caer sobre el amor sus gotas.
Soy como Hefesto, dios que cojo y feo,
pelea doy, mas llama que se llora,
no sé qué frase mágica invocara
para una vez besarte oscura boca.

EL BESO

Voy a contarte un cuento que otras saben.
Las menos como tú jamás supieron.
Era un juego de a dos pues se enfrentaban
un rey hermoso y una reina a besos.
Y érase que ella alegre se moría
como última tecla en cada beso.
Y él riendo tomaba con su boca
un poco de su lengua y de su aliento.
Pasó el verano bajo el puente chino,
sopló el otoño y garuó el invierno,
volvió la primavera y se marchó
detrás de un par de niños aquel juego.
Y érase esa mujer que aún lo amaba,
y moría de pena, pero en serio.
Y érase la tristeza en el ciprés
la hora en que llovía en ese reino.

HADES

La primera señal: te salen lágrimas,
y escribes, sin querer, mejores versos.
Se apagan los faroles de la cuadra,
pero tus ojos brillan más atentos.
Y hay dos señales: si con él te cruzas
es como si te diste vuelta a verlo.
La cerrazón que cae sobre tu alma
te lleva a presumir que ya es invierno.
Si habré escuchado historias en mi vida:
Érase una que bajó al infierno
donde perdió a su amante. Y hubo un ánima
por siempre enamorada de un espectro.
Y hay más relatos. Y éste es muy contado:
Dirá que al bosque irá por un momento.
Te besará como quien va por más
cerillas. Nunca volverás a verlo.

Hernán Sánchez (San José/Costa Rica)

DANZAS CHAMANES

De esos deseos quiere salir el sueño
como ver el paisaje enturbiarse
con el calor que emana de las piedras.

Busca el imán de la distancia el cuerpo de agua del recuerdo,
la migratoria necesidad de las ramas
fugándose en las venas del árbol,
unidimensional,
aplastado contra el límite de mi propio pensamiento.

MURCIÉLAGO

Miro a través de una ventana en cuya lluvia gira
el mensaje inequívoco de otros huesos sin huella,
como decir que no lo sé y anticiparme a la manía de escapar
como si la noche fuera una mancha para atraparme
siempre.

VISIÓN

La rutina esclaviza,
por eso aspira solo a convertirse en un lugar sin vida, la vida,
que pasa por las ventanillas de miles de trenes,
o el lánguido sonido de los grillos adhiriendo oscuridad a la noche.

DESCARRIADO

El experimento necesita la sensación de mis dedos tocando tus venas
para que cambie de dolor el pájaro al que todo le sucederá;
la duda blandiendo un horóscopo objetable, su calamitosa perennidad
y un poco de óxido de ojos habituados a trenes descarrilados
en la profundidad de un sueño.
¿Cómo sustraerse a la magia inoculada en los ojos
por un paisaje que muerde el corazón hasta hacerlo sangrar
y que yo llamo después amanecer?

PROPAGACIÓN DE UN SUEÑO

Trampas de sombra en el abismo de un cuello por el que me dejo caer
en la inexorabilidad de los besos.

MIENTRAS SIENTAS QUE TE AHOGAS

Dudas de la máscara que se detiene en tu rostro;
dudas si es lo que es ese líquido azul
que se solidifica entre una pared y otra
para hacer la realidad.

DE QUÉ

Desafiar el instante que se resbala por la luz, que se multiplica
en su desaparición como si las secuencias del tiempo sugirieran
de forma predecible que estoy aniquilando la capacidad de sentir,
o volver a sentir en una única y baldía soledad frente a lo que no somos,
no por no estar allí, sino por no haber nadie.

VEGA SICILIA

Bebo el único vino que no pertenece a lo que de él espero;
la grávida elocuencia del silencio descendiendo por el fluir
de la oscuridad.

Bebo la noche con solo respirar o sin hacerlo;
y una embriaguez antigua me quita el corazón del medio,
ese nudo atascado que no se afloja de otra forma.

FUGA MASIVA

Mi mirada atraviesa un puente. Si no existiera el viejo puente
mi mirada (y todo lo que pretendo ser detrás de ella) flotaría hacia el mar derivando en eso que otros llaman locura.

(Lleno de puentes entre lo que llega del mar y los besos del sueño,
el poeta desciende por el cordel del asombro.)

CEREMONIA

De la respiración de los objetos sustraigo su corazón invisible.
En tanto, mariposillas embriagadas alrededor de las incandescencias
hacen girar una ciudad que mira en la ventana
la máscara reversible por cuyas cuencas cada día transitan realidades
de un lado hacia el otro; la población ambigua de los deseos y las obras
que nunca se detienen.
PÁGINA 23 – CUENTO
ESA CARTA

Por Susana Rodríguez (Salta/Argentina)

Cuando Elisa abrió la carta sin remitente imaginó quién podría habérsela enviado, porque sólo Juan entre todos sus amigos tenía la disposición sensible para escribir, en esta época signada por los correos electrónicos, pensó Elisa con cierta desazón. Sin embargo, al aparecer la hoja rosada desde el interior del sobre advirtió que la letra era desconocía, además olía a sándalo y rosas, perfume imposible de asociar con su ex amante. Un ligero vahído la obligó a sentarse y comprobó que las flores que adornaban su mesa de trabajo no habían sido cambiadas y un olor nauseabundo comenzaba a explorar con acidez los libros de los anaqueles. La carne está triste, susurró con Mallarmé, he leído todos los libros. Sonrió, qué frágil aunque sutil es la memoria, no puedo acordarme de lo que leí ayer pero esa aseveración que me causara tanta risa cuando la recitaban en introducción a la literatura se grabó de tal forma que sólo el estímulo de las rosas en descomposición obró el milagro de traer su recuerdo.
Se recompuso, al calor de la mañana otoñal se sumó la falta de hormonas y Elisa se abanicó mientras desplegaba el trozo de papel que había sacudido su rutina. La carta estaba escrita con tinta endeble y letra un tanto picuda, quien fuera su autora (supuso que era mujer por los estereotipos de olor y color) decía, con voz queda:
No puedo dejar de escribirle, pese a que juré no hacerlo jamás, pero el remordimiento me acongoja y debo, sin duda, hacer llegar a usted esta información que quizás jamás supuso posible. La historia empezó hace ya mucho tiempo. Cuando me fui a Buenos Aires a estudiar no conocía ni la ciudad ni su gente. Vivía en una pensión, único lugar que podían permitirse pagar mis padres, y estaba bastante lejos de Puán y cerca de la zona en la que Borges circunscribe el horror vivido por Ema Zunz. Mi vida se redujo, en ese entonces, a mis deberes de estudiante pobre y uno que otro quehacer doméstico, como cuidar niños, para tener un desahogo a la hora de pagar las cuentas. Ningún compañero de clases notó mi presencia y cuando obligaban a realizar prácticos en grupo era aceptada a regañadientes por el formado por chicas porteñas que me miraban con desdén. “La del interior”, seguramente decían, “no tiene perro que le ladre, parece”. Encima yo soy judía, para añadir a perro una connotación aún más fuerte, si cabe. Espero que esta breve descripción de mi vida cotidiana sea eficaz para que se imagine qué expectativas tenía yo en aquel entonces y por qué carriles andaba. En ese contexto llegó él. Tenía que dar un seminario de prosa por un convenio firmado entre la universidad de Buenos Aires y Limoges, hablaba un castellano reducido y el equipo de francés del departamento de lenguas carecía de intérpretes, por eso de pronto adquirí otra significación, pues era la única estudiante que entendía y hablaba ese idioma. Lo sabía el viejo profesor de literatura francesa, que en medio del torbellino me imploró ayuda porque, a su juicio, la traducción simultánea rompe el cerebro del más competente. Así comenzó una relación especial con Jacques, que me adoptó como compañía exclusiva en el seminario y en la rutina diaria. Me trasladé a su hotel y compartí su cama cuando a él lo urgía la necesidad. Debo confesar que era virgen y que en ninguna de esas ocasiones disfruté un ápice la relación. Creo que de ahí me quedó una profunda aversión al otro sexo y me siento identificada con la pobre protagonista de ese cuento de Saer ¿lo leyó? Pero qué va, el asunto no es mi endeble vida sino su oscuro secreto, el que ahora comparto con usted que de modo inocente contribuyó a darle sentido y dirección a mi destino ¿seremos sólo eso, un destino marcado por el azar? ¿serán sus secretas leyes, como quería Cortázar, las que obran en beneficio de la elección de un giro sólo imprevisto si las ignoramos? Sea lo que fuere, mi nueva posición en la red académica influyó para que en el semestre posterior al seminario de Jacques, de regreso en Francia, me eligieran como tutora de estudios. Así conocí otra vida y comenzó a gustarme que las miradas sobre mí fueran de envidia y no de conmiseración. Me transformé en quien jamás pensé que sería, me gradué, hice posgrados, viajé por el mundo y decidí sobre otros con total displicencia. Ya casi en la cúspide de mi carrera apareció usted. Yo era una mujer de cuarenta años y usted una joven que, como antes fue mi caso, venía del interior a probar su entereza para la adversidad. Jamás supo que la seguí por las calles una vez que averigüé su registro de clases. Tampoco se enteró que fui yo quien dispuso que ganara la beca a París para hacer el doctorado. Fui yo quien robó su foto del carnet de la biblioteca (aún la tengo, está desvaída, la acaricio sin prisa cada día) y cuando arribó a París era mía la disposición de su albergue, yo quien la recomendó a su director, me hice responsable de sus días y sus noches sin esperar agradecimiento, sólo por amor. Este es mi oscuro secreto, Elisa, el amor que le tuve cuando descubrí que era usted quien el destino había puesto a mi alcance para transformar mi vida. Estoy ya sin tiempo, seguramente hurgará en su memoria para buscar mi imagen. No se esfuerce, esa que vio no soy yo, sólo era una pobre máscara que me cubría para alentar una carrera, no un destino. El mío fue el suyo. Los hombres que amó fueron los únicos que soporté porque su piel estaba hecha para el placer del sexo a mí negado. Quiero que sepa ahora, en el borde del tiempo que se acaba para nosotras, que si este cuerpo
“Dejara la memoria donde ardía será ceniza mas tendrá sentido, polvo será mas polvo enamorado” completó Elisa mientras colocaba el trozo de papel en un libro especial, ese donde en medio de hojas secas, esquelas y otras esquirlas de pasadas pasiones dormían un sueño libresco sus amores mundanos.
PÁGINA 24 – ENSAYO

TOMÁS ELOY MARTÍNEZ: LA NOVELA POLÍTICA

Por José M. Vallejo (Toronto-Ontario/Canadá)

El peruano-español Mario Vargas Llosa posee tres facetas definidas en su trayectoria de escritor: la del narrador, el ensayista y la del político militante. ¿En cuál de ellas se siente más cómodo? Habría que buscar la respuesta en los mecanismos de su actividad diaria de hombre disciplinado y productor intelectual. La constancia o terquedad lo ayuda en sus cometidos, pero de allí a aceptarlo como un teórico veraz o analista literario científico nos puede llevar a muchos errores de apreciación. Valga esta introducción para contradecir la teoría mendaz o chapucera de Vargas Llosa cuando afirma que “la literatura está hecha de mentiras” y agrega: “la ficción novelesca permite al hombre vivir una vida distinta de la suya propia. Esa es la verdad que expresan las mentiras de las ficciones” (ensayo La verdad de las mentiras, 1990.) No voy a entrar en detalles respecto a mi profunda discrepancia con la apreciación del escritor peruano-español porque me alejaría del tema a tratar en este artículo; sin embargo, donde mejor se pone en evidencia la falsedad teórica de considerar a la ficción como una fábrica de mentiras es en la obra del escritor argentino Tomás Eloy Martínez.
Tal vez sin percibirlo en su totalidad, Tomás Eloy Martínez contradice en lo fundamental la arbitraria teoría de Vargas Llosa. Las principales novelas del autor argentino: Santa Evita, La Novela de Perón, El Vuelo de la Reina, El Cantor del Tango, se inscriben dentro de lo que podríamos llamar la ficción histórico-realista en la
tradición novelística de Benito Pérez Galdós, Fédor Dovstoiewsky, Honorato de Balzac, Henry James, Joseph Conrad, lugar donde los principales personajes están envueltos en lo político y las visiones doctrinario-ideológicas. En su conjunto obras significativas de
profundo cuestionamiento del pasado y presente de la historia vivida por los autores en cuanto a la visión de los acontecimientos públicos, la investigación de las pugnas políticas y la cuidadosa información en relación a la vida íntima de los líderes personajes. En el caso específico de Tomás Eloy Martínez, su novelística abarca la historia política argentina en torno a las figuras emblemáticas de Perón y su primera esposa Evita. En un caso el paladín jefe supremo y en el otro la madre angelical, casi una santa. Pero en lo esencial el mundo ficticio de Martínez se dirige a la denuncia de la existencia de personajes corruptos, enajenados, complejos, en medio de enormes
situaciones conflictivas de poderes propios, subalternos o subsidiarios. Además, se dirige a la revelación de la miseria material y el caos moral de una sociedad característica inspirada en el sueño de sentirse europea.
Martínez reproduce situaciones vividas en Argentina sin llegar a ser propositivo o atribuirse un discurso político-ideológico propio. En su intento literario, logrado de manera brillante, no trata a la narrativa como un simple reflejo de la realidad sino como un conjunto de interpretaciones cuya búsqueda se dirige también a explicar esa realidad. Por este camino el autor ingresa a la recreación constante de escenarios reales, a la inventiva propia de la creación literaria, al terreno de la imaginación clarividente y la penetración sagaz de los temas tratados. Precisamente, en esta narrativa de corte realista debemos preguntarnos ¿dónde están las mentiras que Vargas Llosa atribuye a la ficción novelística o literaria? La respuesta lógica es en ninguna parte, puesto que la inventiva y la ficción pueden llegar a ser una realidad o convertirse en una realidad que la historia oficial no pudo detectar pero existió. Por ejemplo muchas de las invenciones de Julio Verne se cumplieron en el tiempo y nunca aparentaron ser mentiras. Es en este sentido que hablamos, en la obra de Martínez, de una realidad observada, adivinada, transformada que de ninguna manera podemos valorarla como construida en base a mentiras. Por el contrario en la obra de este escritor argentino existe una relación íntima entre ficción y realidad, un punto de encuentro de dos visiones dialogantes y contrapuestas, donde por lo general, ocurre en la literatura, la ficción resulta muchas veces más verídica que la historia oficial o la establecida.
El realismo en la obra de Martínez no constituye un proyecto ideológico, nadie después de leer su obra de ficción histórico- realista o política va a ser persuadido de aceptar o rechazar el peronismo, pero sí de pensar alrededor de este fenómeno de la Argentina contemporánea. La recreación de la realidad argentina y más aún la de la ciudad de Buenos Aires, con saltos a lo mágico, a los mitos y la fantasía, reúne aspectos comparables a los del mosaico social crítico de la sociedad madrileña y sus clases sociales tan bien descritas en “Fortunata y Jacinta” y también en “Doña Perfecta” contra el clero y el control de la sociedad, novelas claves de la famosa obra de Pérez Galdós. También la narrativa de Martínez adquiere apariencias de la novelística francesa del siglo XX durante la post guerra, influencia del existencialismo de Sartre y Beauvoir y de la rebeldía de Albert Camus contra el absurdo de la condición humana. Sobre todo en “la novela de Perón” y “el vuelo de la reina” se observa un cuestionamiento político donde trabajan argumentos ideológicos y estéticos que reproduce la historia del peronismo en el apogeo (sueño y engaño populista) y la decadencia (ocaso del general.) La convocatoria a la memoria colectiva es otro hecho relevante en el lenguaje narrativo de Martínez porque estimula la discusión en torno al discurso autoritario emanado del poder del Estado y de los personajes adscritos a la jefatura del gobierno.
Las novelas políticas citadas de Tomás Eloy Martínez representan a su vez la constante búsqueda de la identidad nacional argentina, pues las descripciones entre lo real, lo ficticio, lo mágico y hasta lo esotérico comprenden no sólo la historia sino además la geografía, la idiosincrasia de sus habitantes, el arte, la arquitectura, la arqueología, la música y las costumbres. Descripciones todas ellas alejadas del naturalismo o formalismo del ambiente social o de la naturaleza para inmiscuirse en el drama de la acción de los personajes y de las circunstancias en que ellos viven. En esta dirección la novelística realista de Martínez sigue la base teórica en cuanto a que la literatura refleja la realidad tanto natural como social, siendo la visión del escritor un mundo vivido de donde va sacando los materiales necesarios para inventar la novela con plena autonomía y sin ningún escrúpulo. No obstante, el escritor argentino va un tanto más allá explicando o dándose una explicación posible al enfrentamiento político que vivió Argentina en los últimos años a causa del peronismo, las dictaduras militares sangrientas y el regreso de un general Perón en plena decadencia física y intelectual.
PÁGINA 25 – CUENTO

HISTORIAS JAPONESAS

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

1
Dicen que Kikaku tiene tanta paciencia con los tigres como con las libélulas. Su secreto es que a cada criatura la mira a los ojos, y si no le responden, les besa el corazón.

2
En la provincia de Oshu los cuervos son sagrados. Jamás osaría nadie tirarles un plomo o cruzarles el cuello con una hoja de metal. Los cuervos sobrevuelan el mercado y hay días –dicen- que una doncella abre su sexo para que beban el néctar de sus entrañas.

3
En el jardín del templo Yoshinaka-Dera, a orillas del lago Biwa, unas piedras junto al sendero marcan la vida. Hay que recorrerlas sin temor, porque constituyen una suerte de estela. Conducen al cuerpo de la Nada, y ningún caminante –hasta hoy- se ha sentido frustrado al llegar…

4
Kuni Matsuo estudia desde hace años la poesía de Bashó. Sabe de su quietud y de su paciencia. Y del radiante vuelo de sus jardines de aire. Kuni Matsuo sueña con el poeta y lo visualiza sin esfuerzo. Le da la mano y le ofrece siempre una taza de té. Matsuo supone que Bashó nunca se elevó al Techo del Mundo. Por eso, siente que quizá, quién sabe, no se haya reencarnado en su cuerpo…

5
En el templo, bendicen la belleza buscando los altares de la serenidad. Leen poemas de Chiyo y de Sanin y en cada uno las palabras quedan suspendidas, flotando, como si cien colibríes las mantuvieran en alto. De pronto, un trueno quiebra el hechizo y las niñas salen corriendo como si un dragón los hubiera devorado en vuelo…

6
Masunaga Teitoku celebra siempre el año nuevo escribiendo un poema. El dios que inspira le cierra esta vez las persianas. Por la tarde, intenta de nuevo. Cae la noche, y en el camastro, sin temor alguno, acepta que ésta sea su última noche de año viejo.

7
Kudo, maestro del zen, enseña sin tablillas. Todo lo escribe en el aire, con sus manos. Y lo retrata de nuevo en las aguas del lago. Kudo habla muy poco. Pero su pensamiento es tan proyectado, tan ligero, que todos le comprenden sin esfuerzo. Kudo tiene los años del tiempo y su cuerpo cada vez se suspende más y se transparenta en los huesos. Un día, cuando aparece con tablillas para enseñar, sus discípulos lo dejan solo.

8
Fuimos a visitar el Gran Templo de Amaterasu Omikami, en Ise, donde puede uno cruzarse con la Diosa del Sol. Mi mujer no es escéptica, pero descree de todos los ritos orientales. Al entrar, yo caí en éxtasis. Sentí un calor intenso en las sienes. Perdí por segundos mis sentidos. Salí nuevo. Ella, sonriendo, bajó los primeros escalones, cayó, y se quebró ambas piernas.

9
A orillas del río Sumida florecen los cerezos. Es primavera y las abejas zumban. El sacerdote ha quedado dormido sobre las hierbas. Un fotógrafo neoyorquino lo sorprende con el flash. Diez días después, al revelar el rollo en Manhattan, la película sólo muestra un campo de hierbas con pétalos de flores de cerezo…
PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Silvia Delgado Fuentes (Sopelana-Bilbao/España)

MUERTOS Y VIVOS

Muertos. Uno tras otro aparecen muertos. Muertos oscuros sobre arena, muertos anónimos en morgues extranjeras. Muertos en celdas. Muertos en fosas comunes. Muertos.
Millones de muertos.
Muertos de hambre, muertos de cadenas.
Muertos de guerras sucias, de invisibles trincheras.
Muertos sentados,
muertos esperando.
Muertos pagando deudas.
Muertos que no pesan.
Muertos insepultos.
Muertos a golpes.
Muertos de yugo, muertos sembrando la tierra.
Siglos de muertos.
Vivos acariciando los nombres de los muertos,
vivos recordando la memoria de los muertos,
vivos limpiando la sangre, los cuerpos de los muertos.
Vivos resistiendo armados con coraje.
Vivos negándose a callar.
Insistentemente vivos para cantar,
Insistentemente vivos para soñar.
Vivos,
insistentemente vivos en todas las esquinas, en todos los barrios, en todas las familias.
Bandadas de vivos,
puñados de vivos,
manadas de vivos.
Millones de vivos cruzando juntos la noche eterna del crimen
y la injusticia.

ESTOY EMBARAZADA Y NO PIENSO ABORTAR

Estoy embarazada y no pienso abortar.
Yo sé que no soy la primera mujer a la que le ocurre esto, que incluso ha habido gente que se ha embarazado mucho más tarde que yo.
También sé que hay quien se desembaraza y deja a su criatura muerta en los caminos o la tira a los ríos o la exhiben en los circos o la golpean o simplemente le dan un tiro en la espalda y dicen que ellos no han sido.
Yo sé todas estas cosas.
Todas las tengo presentes mientras crece y crece.
Y crece la luz y crecen las nauseas.
Pronto el dolor me atravesara de parte a parte. Podré, entonces, lamerle mí sangre, podré contarle los huesos para que ni uno solo le falte, pronto, muy pronto, le enseñaré el camino que lleva a mis pechos y dormirá sobre ellos, sueños sin hambre.
No tengo dudas, después de años gestándose, vendrá.
La misma que ha nacido ya en la selva y en las guerras.
La que crece en las trincheras y no es cómplice de barbaries.
La que derriba los muros y duerme su cansancio en las prisiones.
La que ayuna,
La que tiene el oído atento sobre la tierra.
La que es fruto y sementera.
La que no castiga la esperanza.
La que canta antes de morir,
La que no se arrodilla.
Vendrá. Sí.
Vendrá a mi vida la rebeldía.

JESUSA ALFONSO

Jesusa Alonso sólo pudo amar a un hombre.
Fue, el suyo, un amor urgente,
de palabras con prisa,
de caricias secas,
De orgasmos ajenos.
Y demasiado rápidos.
Contra muros.
Sobre escarcha.
De frente,
Por la espalda.
Bajo estrellas
y a veces...
cubierta de lágrimas.

Jesusa no quiso a nadie más entre sus muslos,
hizo la promesa de ser célibe,
aceptó la regencia de un comercio
y se preparó para ver a este hombre diariamente
sin poder odiarlo.

Ambos fueron envejeciendo.
Distantes.

Nunca, él, necesitó harina ni alpargatas.
Nunca le pidió perdón por los embustes ni por las trampas.
Todo lo contrario,
fanfarroneaba relatando
cómo la había desflorado
entre matojos
mientras calladamente rezaba.

Hablaba de ella como quien habla de una alimaña.

No alcanzaba a imaginar siquiera
que cada noche, Jesusa,
revisaba los recuerdos y los reinventaba
para que de este amor no le quedara
amargor ni rabia.

Mejoraba cada uno de sus recuerdos
para que el suyo no fuera
un amor cualquiera
con un hombre
que la dejó con las ganas.

MI CASA YA NO ES MI CASA

Mi casa ya no es mi casa.
Sabedlo.
Sabed que la tierra está sembrada de cráneos,
que arrancaron de cuajo las colinas,
que sepultaron el paisaje.
Sabed que mi casa fue humillada,
saqueada,
que mis hijos llenaron de odio sus bolsillos,
que el hambre baila por todas las esquinas.
Sabed que la barbarie robó nuestros olivos,
que los invasores tienen nombre y apellidos,
sabed que pusieron precio a las ruinas
y que las cadenas no molestan con su ruido.
Sabed esto, debéis conocerlo.
Convirtieron las rosas en cerrados puños,
acallaron las plegarias,
nos pasaron a cuchillo.
Debéis saberlo,
vinieron a mi casa,
dejando solo sangre en los caminos.
*
La barbarie se sentó en aquellas cocinas.
Bebe desprecio y nunca tiene prisa.
Esa barbarie nunca llamará a nuestra puerta.
Así es fácil hacerse los valientes.
Así es fácil escribir un poema
y el siguiente,
y el siguiente…

Es tarde ya,
las manos tienen musgo, niebla,
el pus está esparcido sobre la celda,
la muerte derriba destinos
y caen de rodillas las razones.
Es tarde,
os digo que es tarde,
que los demonios juegan sus juegos de niños,
que dios liba gustoso
clítoris amortajados,
que los rifles, los sables
detienen latidos.
Es tarde,
os digo que es tarde,
hay quien abre las puertas de la ira
y quien espera sin darse por vencida.
¿os dije que es tarde
para ser sólo poetas de seda y encaje?
*
Dices que allí la poesía tiene una causa,
dices que aquí la causa es la misma,
dices que dices y no dices nada,
y dejas huecas, las palabras,
y tus versos retumban,
como hojalata.
Mónica Haprichkov (Wels/Austria)

HASTA SIEMPRE

Antes de quererte me despido
es mejor que mires la noche
en otro cielo, ya veraz
que con el tiempo, cualquier
recuerdo será motivo
de sonrisas. Pero ahora
probablemente, una luna
triste te acompañe y tu
sin saberlo. Antes,
es mejor que antes de quererte
ya me vaya y te diga adiós
con un beso de olvido
al amor.

CANTO XIII.
Sonidos del silencio.

Te voy a contar
que me paso las noches
saltando veredas,
todas tendidas
en caminos espaciales,
roídas por el tiempo desmigado,
acústicas de sereno Chillanejo,
enclavadas en la punta osornal
de la esperanza-raíz.

Lamento y hecho,
centro y descentro;
acercados,
a las piedras del olvido,
encabezadas de lunas
caballísticas.

Te voy a contar
recuerdos polvorientos,
bajo el canto suelto de mi almohada,
y las risas pasadas... Alephue doloroso.
Que caí del último grito soñoliento
y trate a la noche de señora blanca,
[sabia miel de los sentidos],
cálida , como una mano enguantada,
ágil , como los pasos de un niño.

Y así me voy
cayendo y cantando mis verdades y mentiras
todas hilos de un tejido raro
que se dibuja lentamente
en el aire secular.

TIERRA

Indolente y con poder
majestuosa y desdichada
café de raíz
y verde de toda mirada
yaces en los ojos del ser,

tu azulado reflejo
en el firmamento
son autógrafos latentes
de todo acontecer.

Tierra-Madre
Madre-Tierra
legado de memoria,
leyenda de cielos.

Historia con pétalos,
y algún rocío,
mar abierto;

Señora-reina
que todo ve florecer
y acaecer
en el tiempo.

Matemáticas antes de la muerte

Me estoy muriendo, madre,
me estoy muriendo
y aún no hago las matemáticas
del tiempo.

Aún no sumo los mares en la noche
ni resto las primaveras ausentes;
las multiplicaciones del oriente
están por verse
y dividiendo me está cayendo la muerte.

Aún no lo hago, madre,
aún no lo hago,
asustada, desganada
y mala alumna como siempre
con calculadora en mano ,
pretendo poner todo al corriente.
Sumo la noche en las orillas
resultado:
del hombre que cantó sinfonías
en mi vientre.

Resto a la muerte segundos
de todos sus pacientes,
me ha arrojado un cero redondo
de miradas ausentes.

Trato de multiplicar los posibles
por lo imposible irresistente:
me cae de lado con coma decimal
un sueño pendiente.

Divido las tormentas majestuosas
en mis árboles callados:
...se me pierde la mirada en los niños hambrientos,
en las guerras explicadas,
en la era susurrando inclemente.
Caigo dividiendo todo,
dislocando el tiempo,
acordando soluciones.

Mi cajita negra con números ordenados
no quiere dar un final prudente.

¿...Será que sabe que no existe
en ningún continente?

CUANDO MUEREN LOS POETAS

Los poetas, cuando mueren,
traspasan continentes
vuelan verdes en los pastizales
de sus letras
y rondan los amores inventados.

Los poetas, cuando mueren,
sacuden el cielo manso
con su pluma transparente.
Ahogan las lluvias en los cantos
que algún día le brindaron.

Los poetas, cuando mueren,
tienen el porvenir en las manos
y en el centro de la tierra
un nuevo árbol está esperando,
la melodía-nieve,
descongestionada
de llanto.

Los poetas, cuando mueren,
quedan en el azul contingente,
con toques destellantes
reflejan
notas únicas y congruentes,
atrayendo nueva marcha
en el descanso pertinente.

Por ultimo
los poetas y los poetas,
poseen un cielo diferente
lleno de manteles blancos
con pescados voladores
y árboles que tejen abanicos
de telas relucientes;

Se organizan las estrellas
y dan una sinfonía presente,
los poetas y los poetas
nunca mueren...

MI IDIOMA

Mi idioma es
tejido de altares escondidos,
sin lógica precisa
para lo establecido.

Simple,
sin buscar en diccionarios
el sinónimo de amar
para decir te quiero,
sin pretender ni ser
algo sobrenatural.

Mi idioma,
es pan, carne
y sangre en la inmensidad.

¡labios prendidos al sosiego
calles distraídas en la soledad!

Es sal abandonada del océano,
muro de arena húmeda
en las puertas de la noche,

cuna extraña de la infancia,
recuerdos...

Enjaulada en las preguntas,
con anzuelo por letras
y cana de coral:

no son más que signos entrecomillas

en la intimidad al pensar.

AMANECE

Se abren las cortinas de las casas
y el cielo
todo azul
invade el aire,
canta.

La mañana
disputa luz
en las cercanías de la sombra
y la silueta extraña
que quedo de algún sueno
se disipa lenta
en la memoria,

cuanto otoño llueve
y la mano sin parahojas
se desplaza
desconociendo el contagio
que producen los matices,

en las calles,
todos desprovistos de nostalgias
van con ojos de otro mundo,
...y es que es temprano
para madrugar la vida,
y muy tarde para evitarla.
PÁGINA 27 – ENSAYO

CLAVES Y CLAVELES

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

La imagen es la mayor aproximación a la verdad que nos ha sido dado percibir en nuestra ceguera.
Andrei Tarkovski

El poder corrompe siempre. Mixtifica y aparenta, a veces, desaparecer. El tiempo se transforma en degradación o cataclismo. Hay un intercambio de lugar y de ocultación de elementos. En estas coordenadas la inserción virtual del tiempo en la visión del objeto es ambigua. Hay un tiempo para nada. Generación tras generación jugando al Gran Bonete, estructurando hombres imbéciles, pueblos sin conciencia sometidos a líderes, héroes populares de baja estofa, por el juego o el alcohol. Es fácil: una educación absurda, una cultura de excluidos, una sociedad que reconoce la hipocresía y el crimen desde el egoísmo. De ahí que vemos el mundo según el Poder nos dice que es: apreciamos la vida según el espectáculo onírico o irracional que nos presenten. Los dioses nuevos que quieren entronizar son dioses que aún no hemos vencido. De allí la importancia de La Orestíada de Esquilo, que nos permite comprender con claridad que la historia es fluida, al servicio de los hombres. En ella encontraremos, como afirma Roland Barthes, “una marcha de la historia, un levantamiento difícil pero indiscutible de las hipotecas de la barbarie, la seguridad progresiva de que el hombre es el único que posee el remedio de sus males…”
Un claro ejemplo de lo señalado es lo ocurrido en el Hospital Francés de Buenos Aires. Si sabemos leer las astucias, los signos, el contrapunto, veríamos con claridad los ejes de corrupción, la impudicia, los métodos sistemáticos, lo que se oculta. La complicidad de la violencia con el poder y con la ignominia, las técnicas de la mercancía ideológica y los discursos populistas, autoritarios. La fachada arribista y espectacular de una polarización que se relaciona con la promiscuidad, el griterío confuso, la adulteración de linajes. Líderes y jerarquías. Un poco más. La velocidad de los flashes y el caleidoscopio fragmenta lo insensato pero paradójicamente pone sobre el tapete lo excepcional, la mediocridad, lo que monopoliza, la verificación del engaño. O también: la mala memoria de los pueblos, lo que zigzaguea, el bonapartismo.
Mi querido amigo Rubén Rey (1928-1988) teórico plástico, exquisito pintor, de clara escritura y pensamiento erudito, dejó antes de morir un ensayo sin publicar que gracias al esfuerzo de su compañera -la pintora y amiga Elena Lopardo- pudo editarse dieciséis años después. Se lo recomiendo a mis alumnos y a mis amigos, El callado oficio (2004), pues es un tratado de estética que fecunda la vida misma. Podemos leer en el capitulo Imagen y materia: “Los jóvenes son utilizados para el desafío y el triunfo entre sociedades rapaces. Les han quitado el silencio para que rindan cada vez más, como los canarios cegados para que canten más.” “La empresa acaba devorándolo todo, porque su sangre es la eficacia y necesita cada vez más para subsistir. Lucha por su vida como un monstruoso ser”.
Stendhal, el genial autor francés de Rojo y Negro (1830), escritor de método analítico, de estilo llano y conciso, escribió una carta donde manifestaba:
“Se sorprende usted del fanatismo y de la imbecilidad que le rodean. Que uno se sienta herido lo comprendo, pero que lo sorprenda eso sí que no. Hay en la humanidad un fondo de estupidez que es tan eterno como la humanidad misma....”
Más adelante agrega: “....lo que niego es todo aquello que se refiere a la inteligencia de las masas, sé lo que nos espera....en cuanto a la zona bajas del cuerpo social, nunca llegaremos a elevarlas. Hay que consolarse y vivir en una torre de papel.”
Estimado amigo lector, usted es lo suficientemente lúcido como para entender el título de este artículo. Y para sentir o pensar porqué la humanidad recorre el camino entre equívocos, malos entendidos y sombras cósmicas. Y no olvidemos aquellas palabras de Pier Paolo Pasolini: “Usted no entendió nada porque es un hombre-medio. Un hombre-medio es un monstruo, un peligroso delincuente, racista, conformista, esclavista, indiferente a la política.” En fondo de la cuestión siempre es la misma. Entre la tierra y el cielo, sordera y aquelarre.
PÁGINA 28 – CUENTO

ACÁ EN ROSARIO Y ALLÁ EN EL SUR

Por Angélica Gorodischer (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Doña Carolina tuvo cinco hijas y cinco hijos, y de esos diez sobrevivieron cinco: cuatro mujeres y un varón. De la mujer y los cuatro varones que murieron, uno fue a los veinte años en Cosquín, tuberculoso, después de una vida turbulenta para decirlo suavemente. Los tres varones y la mujer restantes murieron chiquitos, de escarlatina, fiebre tifoidea, esas cosas de las que se morían los chicos a fines del siglo XIX.
Doña Carolina vivió siempre en Rosario, primero en la calle San Juan cerca del Gas y después en la calle Santa Fe cerca de la Plaza 25 de Mayo. Al Gas llevaban los padres desesperados a sus hijas tísicas a que respiraran hondo porque se decía que ese fluido que servía para iluminar y calentar podía quizá cicatrizarles los pulmones a las pálidas niñas que tomaban vinagre y limón para ser aun más pálidas, casi hasta la transparencia. Los médicos decían que no, que lo único que podía curarlas era una buena alimentación, mucho sol, clima seco y mucho reposo pero las dejaban ir al Gas porque la medicina es impotente contra las creencias y sobre todo contra el misterio. Por eso las inmediaciones de la casa de Doña Carolina estaban siempre muy concurridas por carruajes, caballos y gentes de a pie y ella, Doña Carolina, mandaba a una mucama a ver si entre la gente había algunos conocidos, que los había, para invitarlos con té caliente en invierno o limonada fresca en verano.
Ella estaba siempre alerta, era la primera en levantarse, la última en acostarse y su día estaba poblado de actividades, obligaciones y compromisos. La casa era vasta: un frente gris con cochera, puerta doble, dos balcones. Entrada, puerta cancel, recibidor, escritorio, sala, salita más chica y más íntima, comedor de diario, comedor grande; tres patios, el primero de recepción, con bancos andaluces de mayólica, mesas, macetas con plantas, toldo y jaula para los canarios; al segundo daban los dormitorios; al tercero, que tenía veredas de baldosas pero era de tierra plantas higuera pajarera y pileta de lavar, daban la cocina, la antecocina, la despensa y las dependencias de servicio; seis dormitorios, cocina, baño y habitaciones y baño del servicio. Todo bajo su mirada, sin falta.
Al amanecer casi recorría la casa y preguntaba y había que contestar a todo lo que preguntaba, quiénes estaban levantadas, a quién se le habían pégado las sábanas y por qué, dónde estaban las listas de enseres y vituallas que hacia falta comprar, si habían llegado o no las cuentas del almacén, la carbonería, la verdulería, la carnicería, qué proponía la cocinera para el almuerzo y la comida de la noche, si el chico de los mandados había ido a comprar el diario, si ya habían baldeado la vereda, y así. Después inspeccionaba la cocina y la ropa lavada antes de guardarla para planchar y finalmente se sentaba, en el segundo patio si hacía calor, en el comedor de diario si hacía frío, y tomaba té con leche con tostadas con manteca.
Después se levantaba Don Alberto, que desayunaba en el comedor, leía un poco el diario y se iba al estudio.
Por la mañana Doña Carolina se vestía y salía con alguno de sus hijos o hijas y una mucama para vigilarlos (no había llegado aun el tiempo de las misses), o porque necesitaba comprarles ropa o porque quería ver a alguna de sus hermanas o hacer una visita de no mucho compromiso o hablar con el tapicero o el carpintero o cualquier otra persona que hiciera algún trabajo para su casa.
Pero antes de mediodía estaba de vuelta y controlaba cómo se ponía la mesa, si era para diario o para almuerzo con invitados; y si la comida de los chicos estaba lista, a punto, servida y los chicos con las manos lavadas camino al comedor de diario.
El almuerzo se abría siempre con sopa. El caldo se hacía todos los días, con carne que podía ser falda, rabo, quijada, azotillo, caracú o todo junto; o con gallina, y en todos los casos con verduras y con hierbas para darle gusto. Cuanto más amarillo el caldo, cuanto más espeso, oloroso y lleno de ojos, mejor para la salud. Después de la sopa se servía el segundo plato que era el principal, carne o pollo o cerdo o cordero acompañado de arroz, papas, choclos o lo que fuera que estuviera de estación; y algún otro plato más liviano: torrejas o tortilla o budín de espinacas o alguna verdura con salsa blanca y gratinada; y si había lugar, se servían también la carne y el acompañamiento que habían sido soporte del caldo. Después venía el postre, gelatina o flan o arroz con leche o mazamorra y finalmente la fruta. En la antecocina las mucamas, el chico de los mandados y la cocinera comían lo mismo que los patrones. En casa de Doña Carolina no se tomaba ni café ni licores después del almuerzo. Don Alberto se fumaba un cigarro, leía el diario, dormitaba en su sillón y volvía a irse al estudio.
A esa hora a Doña Carolina le daba un sueño atroz. Resistía sin embargo. Los chicos dormían la siesta, el servicio también y el sol de la siesta de verano o la lluviecita de otoño le provocaban unas enormes ganas de acostarse y dormir. No lo hacía. A lo más que llegaba era a recostarse en un sillón gemelo del de Don Alberto y cerrar los ojos un rato. A veces el rato se estiraba y uno de sus chicos o una mucama venían a despertarla porque era necesario que estuviera en alguna parte haciendo algo o dando directivas para más tarde. En ese momento ella se daba cuenta de lo cansada que estaba pero se levantaba y casi corriendo iba a ver qué era lo que pasaba.
Enseguida se ocupaba del cuarto de plancha en el que también se cosía y se remendaba. Había que contar las servilletas y apartarlas por juegos. Había que revisar los manteles para ver si había quedado alguna mancha. Había que aparear las medias, alisar los frentes de las camisas, poner aparte la ropa a almidonar y ver que el almidón ya estuviera listo ni muy chirle ni muy espeso, extender sobre la mesa la ropa y entresacar la que necesitaba un remiendo, un zurcido o algún arreglo. Poner aparte la que ya no servía para regalarla a la cocinera o a alguna mucama.
Ya había llegado la hora del té. Doña Carolina se acicalaba porque Don Alberto estaba a punto de llegar. Antes de tomar el té con él, se ocupaba de que los chicos tomaran el suyo con mucha leche y bien caliente en invierno y que comieran scons y medialunas hechas en casa. Cuando llegaba Don Alberto la mesa para el té estaba puesta en el comedor de diario si no había visitas y en el grande si las había. Para comer la cocinera había hecho scons, una sandtorte, bocaditos con dulce de membrillo y bombitas de crema y dulce de leche. Don Alberto tomaba el té apurado y volvía a irse al estudio.
La tarde pasaba rápidamente. Doña Carolina hacía visitas o las recibía. Hacia las seis había que supervisar el baño y la comida de los chicos. A las ocho todos tenían que estar en la cama y ella pasaba a darles un beso a cada uno y a contarles un cuentito con moraleja y a rezar con ellos “Angel de mi guarda, mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día...”.
A la noche se tendía la mesa con algo más de pompa, hubiera o no visitas. No se abría la comida con sopa sino con un plato frío: pechugas de pollo con ensalada de papas o rodajas de carne al horno fría con salsa verde. Después venía el plato principal que era más o menos como el del mediodía, y el postre. Quesos, pero no fruta. Y Don Alberto se tomaba una copa de vino clarete. Doña Carolina no: ella no tomaba nunca vino. Sólo una copita de licor cuando sentía el estómago un poco pesado, o media copa de champagne cuando había visitas y para los cumpleaños.
Los domingos eran iguales a los días de semana, sólo que a la mañana Doña Carolina iba a misa con sus hijas, sus hijos y las mucamas. Don Alberto en cambio, se quedaba todo el día en la casa.
El primer lunes de cada mes era día de recibo y desde las tres de la tarde en adelante se servía té, café, chocolate con masas y tortas, y hacia las seis algunas bebidas fuertes para los señores que llegaban a buscar a sus mujeres o simplemente a saludar y cumplir.
Los miércoles eran tardes de costurero. Doña Carolina se reunía con otras señoras, una vez en casa de cada una, y todas cosían para los pobres.
Para los cumpleaños había una reunión de familia y se le hacían regalos a quien cumplía. Venían, quizá las amigas más cercanas con sus hijas y sus hijos.
Para Nochebuena se armaba el pesebre y había que acostarse temprano porque si los chicos habían sido buenos el Niño Dios pasaba y dejaba sus dones en los zapatos. Al día siguiente iban todos a misa y al almuerzo se comía siempre algo especial.
Doña Carolina murió después de tener su décimo hijo, que fue una hija, a los treinta y tres años, de tuberculosis, una tarde de mayo muy fría y muy gris.
Doña Pilar tuvo ocho hijos y dos hijas, de los cuales sobrevivieron las dos mujeres y cinco de los varones. Ella vino a este país tan raro, tan distinto de sus Pirineos aragoneses en los que había vivido, primero en Villanueva de Gallo y después en Bujaraloz que era el pueblo de su marido. Allá en donde fueron a vivir, al sur, con el viento omnipresente y un mar duro y gris casi a las puertas de la casa, no había montañas verdes en verano y blancas en invierno ni casitas escondidas en las laderas ni bosques oscuros sino una llanura interminable que metía miedo mirar sobre todo en las tardes. Ahí, a ese país rudo cuya única voz parecía ser la del viento, ahí llegó Doña Pilar con sus vestidos negros y su rodete y sus manos curtidas, trayendo una valijita de cartón atada con una piola y un sobre de papel marrón en el que guardaba las fotos amarillentas de la familia que había quedado lejos.
Se fue a vivir a una casa grande, demasiado grande para ellos pero que pronto quedaría chica con los hijos y las hijas que llegarían uno detrás de otra. Se adaptó rápidamente: ¡había tanto que hacer! Tanto que no quedaba lugar para el carozo de amargura que le debe haber quedado adentro después del arrancón, el viaje, la llegada, todo lo extraño que encontró en el sur.
Se levantaba antes de que amaneciera, en lo oscuro, sin prender una vela ni una lámpara. Tanteando salía del dormitorio llevando la ropa que se iba a poner apretada contra el cuerpo. Se vestía en el corredor, siempre de negro, con medias negras y suaves zapatillas de fieltro negro en invierno, de lona negra en verano. Soplaba la ceniza sobre las brasas de la noche y avivaba el fuego. Hervía la leche y hervía el agua que había sacado del filtro de piedra y que serviría para tomar. A ella le hubiera gustado hervir también el agua que usaría para cocinar porque el agua sin hervir era dura y le arruinaba la pava y las cacerolas, pero hubiera sido perder el tiempo que se necesitaba para que el agua para tomar cayera gota a gota del cono de piedra al recipiente, de modo que se resignaba.
Preparaba el mate cocido y sacaba el pan de su bolsa de lino y lo cortaba en rebanadas gruesas. Más tarde hornearía más pan en el horno de barro allá afuera, pero el pan del desayuno era pan del día anterior que ella humedecía y ponía cerca del fuego para que quedara tierno.
Don Pedro se levantaba ruidosamente, prendía la vela en la mesa de luz, se vestía y aparecía en la cocina cuando el mate cocido y el pan estaban listos sobre la mesa. Una vez que Don Pedro se iba, ella tomaba mate cocido y comía del pan tibio. Despertaba a los chicos más grandes y los vestía para la escuela. Los más chicos quedaban en la cuna o lloriqueando se frotaban los ojitos llenos de sueño. Una vez terminados los desayunos, con balde, estropajo, escoba, trapo de piso, jabón y lejía, Doña Pilar limpiaba la casa, toda la casa: las habitaciones, los dos corredores, las baldosas alrededor del patio, el baño, la cocina, el gallinero en el que buscaba huevos, y afuera, la vereda.
Enseguida había que preparar el almuerzo. A media mañana ponía la olla para el caldo y preparaba lo que podría llamarse puchero que era también un recuerdo de los cocidos de su tierra. Hacía la sopa con fideos grandes y en los platos de los chicos rompía un huevo muy fresco de los que había traído temprano del gallinero. A las doce llegaban todos, cuando ella tenía todo listo y los más chicos jugaban en el patio después de haber tomado su leche y comido sus papillas regadas con jugo de carne.
Doña Pilar no se sentaba a la mesa con su familia: iba y venía con platos y con fuentes, con cucharones y aceiteras y repasadores y cazuelas hasta que Don Pedro y los chicos mayores hubieran terminado. Una vez que Don Pedro volvía al trabajo, las hijas ayudaban a sacar la mesa y se iban a hacer dormir la siesta a los chiquitos. Doña Pilar se sentaba entonces un ratito sólo un ratito a la mesa y se tomaba un plato de sopa y comía lo que hubiera, sin fijarse mucho en lo que fuera, pensando en lo que tenía que hacer el resto del día.
Que era, a la tarde, ocuparse de la ropa. Destender la que estaba en la soga en la parte de atrás del patio, poner un lienzo limpio sobre la mesa de la cocina y sobre ese lienzo repasar prenda por prenda, pegar botones, cambiar elásticos, coser costuras descosidas, zurcir medias, remendar fundillos y codos, achicar camisas y calzones para que sirvieran a los más chicos. Y enseguida lavar la ropa del día y planchar la que acababa de repasar y arreglar.
También para Doña Pilar la tarde pasaba rápidamente. A media tarde los chicos tomaban mate cocido y comían pan, con miel si de las quintas le habían regalado algo a Don Pedro, o con algún dulce que ella hubiera hecho en esos días. Se hacía noche muy temprano en invierno y muy tarde en verano. Pero con luz o con oscuridad a las ocho la familia estaba de nuevo sentada a la mesa y tomaba su sopa y comía su pan fresco, recién sacado del horno.
A las nueve Don Pedro se iba a la cama y las chicas acostaban a sus hermanos mientras Doña Pilar se sentaba a tomar la sopa. Cuando terminaba, antes de lavar platos y vasos y cacerolas y peroles, iba a ver a los chicos y con las yemas de dos dedos les tocaba la frente para darles una bendición silenciosa.
Cuando todos dormían y la casa estaba en silencio, Doña Pilar cubría las brasas con ceniza y despacito se iba a dormir. Se desvestía en el corredor, en lo oscuro, mientras soñaba.
Ella soñaba con comprarse un juego de comedor: una mesa redonda grande; diez sillas y dos más con el respaldo más alto y apoyabrazos para Don Pedro y para ella; un aparador con dos puertas y cuatro cajones en el medio para guardar los cubiertos, los dos manteles y las servilletas, los repasadores, y en los espacios de los costados los platos y las fuentes. Y una vitrina. Una vitrina en la que pondría la jarra de vidrio con flores pintadas que había traído de Villanueva en su valijita de cartón envuelta en pañuelos y medias para que no se rompiera, y el juego de té de loza amarilla que le había regalado Don Amancio a la muerte de Doña Paca, cuando él y los dos hijos se habían ido de la casa de al lado. La tetera gorda, la azucarera con su tapa, la lechera y doce tazas con sus platos. Intacto estaba, lo mismo que la jarra guardado en el estante de abajo del armario del dormitorio. Con eso soñaba Doña Pilar. Para eso ahorraba en una lata oxidada bajo la cocina, de a cinco centavos cada vez que podía sisar del vuelto de la plata que le daba Don Pedro para la casa. Algún día se compraría un juego de comedor, algún día.
Los domingos eran iguales a los días de semana salvo que Don Pedro se levantaba tarde y se quedaba todo el día en la casa y ella mandaba a las chicas a que llevaran a sus hermanos a misa. Doña Pilar no iba a misa porque no tenía tiempo ni ganas. Se imaginaba que a Dios no le iba a importar que faltara a la iglesia y más, que le iba a parecer bien que se quedara en la casa ocupada en la cocina y la pileta.
No había festejos de cumpleaños. Enriqueta, la mayor de las hijas, trajo del colegio la novedad de que había que festejar los cumpleaños y empezó a preguntar qué día de qué año había nacido cada uno. Pero Don Pedro dijo que se dejaran de tonterías, aunque Doña Pilar siempre sospechó que Enriqueta había guardado las fechas en la memoria y que en secreto las hijas tenían una suerte de festejo del que ni ella ni su marido se enteraban.
Un día Doña Pilar se encontró con que el puñado de monedas de cinco centavos que había ido acumulando llegaba a sumar cuarenta pesos. Cuarenta pesos en monedas de cinco centavos. Llevó el paquetito de monedas a la verdulería de Don Lino y él se las cambió, asombrado, en billetes de diez pesos. Con esos cuatro billetes Doña Pilar compró un juego de comedor que tenía una mesa grande, ovalada y no redonda pero a ella le dio igual, doce sillas, un aparador con tapa de mármol y una vitrina con tres estantes de vidrio y espejo en la que puso la jarra pintada y el juego de té de loza amarilla. Lo hizo poner en la habitación grande del frente, enceró bien el piso y cerró la puerta para que no entrara tierra ni suciedad. Cuando todos estaban en otra parte, Don Pedro en el trabajo y los chicos en la escuela, Doña Pilar abría la puerta, entraba, miraba su juego de comedor, se sentaba en una silla, después en otra y en otra, abría los cajones y las puertas del aparador, se paraba frente a la vitrina y después se iba, cerrando otra vez la puerta.
Los chicos crecieron y dos de los varones salieron a esquilar y con la paga compraron ovejas y les fue bien. Compraron más ovejas y después un campito y al poco tiempo un campo más grande y de pronto Doña Pilar tuvo una casa más grande en el centro de la ciudad con luz eléctrica y agua caliente y calefacción, y sus hijos compraron camiones para el campo y un auto para Don Pedro. Los hijos le dijeron que iban a contratar mujeres de servicio para que ella dejara de trabajar en la casa, pero Doña Pilar no quiso. Transó sólo con una lavandera, pero siguió cocinando y limpiando aun cuando la vida le iba cambiando tan aceleradamente.
La vida podía cambiar, es cierto, pero Doña Pilar siguió vistiéndose de negro y peinándose con rodete, y nunca quiso vender el juego de comedor para comprar otro más fino, más moderno, como querían sus hijas.
Murió a los sesenta y ocho años, del corazón, casi sin darse cuenta, como había vivido, seria, menuda, fuerte, el carozo de pena allá adentro y la bendición en las yemas de los dedos.
PÁGINA 29 – ENSAYO

VALLEJO Y EL VANGUARDISMO(1)

Por Julio Carmona (Lima/Perú)

Vanguardia y revolución son dos conceptos que marcan a la literatura que surge en América al comenzar el siglo XX. El concepto de revolución surge bajo el influjo de las revoluciones mexicana (1910) y rusa (1917). Y su reflejo en la literatura marcha paralelo a la “evolución” artística que se está dando en Europa con el vanguardismo, que, en cierta medida, busca revolucionar el arte. Por ello, los límites entre ambas corrientes socio-culturales de comienzos del siglo XX, son muy sutiles, pero son. Y tal vez el más notorio sea el que marcan las características del orden y la aventura con sus signos específicos en relación con la realidad: de acercamiento (el primero) y alejamiento (la segunda).
La literatura americana moderna no es flor de invernadero, no nace por partenogénesis, como ciertos organismos unicelulares. Es una literatura, pues, que está marcada por un hecho palmario: la existencia de dos maneras contrapuestas de entender el arte: aquella que lo aleja de la realidad y lo aísla valorándolo sólo por su forma, y de ahí le viene la denominación de formalismo, y la otra que acerca el arte a la realidad considerando, incluso, que su misma forma es deudora de ella, y por esa cercanía a lo real adopta la denominación de realismo. El vanguardismo, con su pretensión declarada de hacer avanzar al arte más allá de lo que había ocurrido desde el renacimiento (y los movimientos que lo sucedieron), circunscribió ese impulso a los límites puramente formales, y no trascendió a buscar el vínculo con la revolución social, a pesar de la postura política asumida por el surrealismo (que no pasó de eso: postura). Contrariamente, el realismo en su afán de no aislarse de la realidad, asumió de ésta la dimensión irrevocable de la revolución social que, indirectamente, implicaba una transformación artística, la misma que no tenía por qué ser solamente formal.
Para definir al vanguardismo (formalismo) y al realismo suele usarse, también (aparte del orden y la aventura), las expresiones de pesimismo y optimismo. Pero, en realidad, lo que debe hacerse respecto de éstas, para deslindar sus diferencias, es determinar el carácter de clase que las sustenta. Y entonces se verá que ambas pueden darse en cualquiera de las clases sociales. Un poema burgués o un poema proletario pueden ser optimistas o pesimistas. De donde se deduce que tanto el optimismo como el pesimismo no deciden la dirimencia. Es más, no se pierda de vista que tanto el pesimismo como el optimismo suelen ser estados de ánimo extremos en que se debate la pequeña burguesía. Y en ese sentido se puede decir con William George Ward que "El pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie; el realista ajusta las velas", es decir, que las dos primeras opciones son insuficientes, porque no son dialécticas; mientras que la del realismo sí lo es, porque el hombre realista es el que sabe estar en la realidad, creando sentidos y posibilidades positivas para la vida humana. Realista –como ha dicho alguien– es aquél que convierte sus diferencias con otros en un espacio de crecimiento personal y colectivo, y se responsabiliza de sus actos y decisiones frente a las opciones de solución y de construcción de consenso. Realista es aquél que –al decir de José Vasconcelos y lo admitía Mariátegui– proclama un pesimismo de la realidad basándose en un optimismo del ideal.
Muchas veces el término ‘vanguardismo’ se usa de manera indiscriminada para clasificar como tales a algunos poetas, considerando, por ejemplo, sólo la época en que les tocó actuar (de preferencia las tres primeras décadas del siglo XX) que coincide con el movimiento vanguardista europeo del período de entreguerras (1918-1939). El criterio de peso para esa clasificación es el hecho de que esos poetas impulsaron con su obra la transformación formalista que había iniciado el modernismo, y que con el vanguardismo llegó a límites insospechados. Y, en ese sentido, la mayoría de los poetas de dicho período, en efecto, rompen con la poesía tradicional de manera casi absoluta. Y este fue un paso que los poetas modernistas no se atrevieron a dar. Pero no todos esos poetas hicieron una poesía puramente formalista, esteticista o deshumanizada (según la calificación acuñada por Ortega y Gasset). Los hay que, aprovechando ese impulso formal, apostaron por una propuesta de transformación total, de la realidad, de la sociedad, de la humanidad. Lo lamentable es que a los poetas de este esfuerzo se les trata de incluir sólo dentro del esteticismo, del purismo o del vanguardismo.
Desde esta perspectiva, es que algunos estudiosos incluyen a César Vallejo (Santiago de Chuco, 1892-1938) dentro de la literatura de vanguardia, y otros a Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897; Buenos Aires, 1967) dentro de la literatura de la revolución. Pero no hay que perder de vista un hecho crucial. Que ambas corrientes se imbrican decididamente con las posturas ideológicas y políticas de sus representantes. Y así podemos decir que, por ejemplo, en el caso de Hidalgo –pese a la constancia de varios de sus poemas que tratan el tema revolucionario– no deja de percibirse “la confesión de su individualismo absoluto”, como lo define Mariátegui, y, en esa medida, como dijo el mismo Mariátegui: “Hidalgo está -como no podía dejar de estar– en la vanguardia. Se siente –según sus palabras– en la izquierda de la izquierda.” Y en el caso de Vallejo no habría de ocurrir eso. Todo lo contrario. Él se ubicó –exento de todo megalomanismo, al decir de Mariátegui– sólo en la izquierda. Y el haber mantenido esa posición, sin dejarse seducir por el oropel de los malabarismos formales, su ubicación de ninguna manera se condice con los parámetros de la vanguardia artística, sino de la vanguardia política. Y por eso se le considera como el iniciador de la literatura proletaria peruana. Quizá la siguiente frase del mismo Vallejo defina el problema de manera frontal: “Yo amo a las plantas por la raíz y no por la flor.”2
Según la opinión autorizada del insigne estudioso de la literatura peruana, el español don Luis Monguió3, la literatura de la modernidad peruana tendrá dos grandes impulsores: José María Eguren (Lima, 1874-1942) y César Vallejo. Y el mismo Monguió establece la bifurcación de la poesía peruana inmediatamente posterior al modernismo en dos grandes corrientes: la pura y la social, ambas vinculadas a cada uno de los dos poetas nombrados, Eguren y Vallejo, respectivamente. Y serán ésas las dos grandes líneas de fuerza que estarán marcando el desarrollo de la literatura peruana durante todo el siglo XX, aunque con una más precisa nominación: tendencia formalista y tendencia realista.
Y el caso emblemático es el de César Vallejo, a quien un crítico enterado (aunque esquemático) como Ricardo González Vigil califica de “vanguardista” –de manera casi obsesiva–: ‘la cristalización definitiva de la modernidad’ –dice– “recién llegó a cuajar en toda su dimensión, en lo tocante a las letras de lengua española, en el período de la ‘aventura’ vanguardista. En el Perú eso acaeció con Trilce (1922).”4 Y, más adelante (en la p. 31), vuelve a insistir: “El primer fruto completamente ‘moderno’ fue Trilce, la expresión más genial y radical del período vanguardista en toda el área hispánica.” Y aun ha llegado a lamentarse que otros críticos (como Luis Alberto Sánchez y Augusto Tamayo y hasta Alberto Escobar) ‘desdeñando al vanguardismo, rescaten5 de él a Vallejo’ y “lo hacen casi un postmodernista o, en todo caso, un postvanguardista).” (Op. cit.: 27).
Pero, en verdad, esa inclusión de Vallejo en el vanguardismo sólo porque con Trilce logra revolucionar la literatura en lengua española de una manera radical (no sólo formalmente), equivale a considerar la experimentación formal como exclusiva del vanguardismo, como si dijéramos que de no haber existido el movimiento vanguardista Vallejo no hubiera hecho lo que hizo, porque –según ese criterio– “la experimentación formal” tenía patente de exclusividad vanguardista. Cuando el caso de Vallejo no debe inscribirse sólo en la experimentación formal (que, además, era propia de la época, y había tenido sus antecedentes en Walt Whitman o en los mismos modernistas americanos, que bebieron en la fuente de los modernistas franceses, parnasianos y simbolistas, grandes experimentadores de la forma), porque Vallejo es consciente que se debe hacer una revolución formal (“Quiero escribir, pero me sale espuma”), sin embargo, siente que ésta es inseparable de una revolución humana (que incluye la social: “no hay cifra hablada que no llegue a suma”). Por eso nos parece pertinente esta reflexión de Jorge Puccinelli acerca de la asunción vallejiana de ‘la palabra justa’, y dice que en Vallejo se hace carne: “el amor ‘del verbo que salva las distancias’, de la palabra justa y del acento justo que mueve al mundo. La palabra justa tiene en él una doble valencia: es no sólo la palabra exacta y precisa sino la palabra que expresa la justicia, porque para él la cultura está ‘basada en la idea y la práctica de la justicia, que es la única cultura verdadera’.
PÁGINA 30 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Marqueza Mercedes Alba (Helsinki/Finlandia)

LA GUERRA

La guerra me tocó los hombros
me echó al suelo
degolló mi garganta
con balas y cuchillos
me dejó balbuceando sonidos metálicos
despojos de esperanza
hay un veneno azul turquesa
en mi almohada
apuntando
al animal herido de mis sienes.

TAREA DE FIN DE SEMANA

Este sábado y domingo
contar los pájaros
que miran el atardecer
sobre los cables
contar perros callejeros
contar a los que exigen pan
no cerrar los ojos
no bajar la cabeza

SOY UN HOMBRE-MUJER PERFECTO

Soy un hombre-mujer perfecto
La sangre de mi pecho es fruta
pan y vino
mas fuerte que los hombres de la guerra
sobrevivo a sus muertes
cada cuarto menguante
cada centímetro de mi cuerpo
me multiplico humanidad
que guarda los tesoros del océano
en mi sexo
que todo lo predice.

MÉXICO LINDO

México está en mis tenis desgastados
cuando limpio la oscuridad de mis manos
sin rechinar los dientes,
ahora que juego al exilio
en un país de nieve
Sin título
Sujeto este temblor sin nombre
mi corazón contra la tierra;
la huida de una muchacha que no fue violada
en la película de moda,
yo convertida en tropezón.
Cuántas veces más el corazón contra la tierra sin morirse.

DUERMO ENTRE NIÑOS QUE VENDEN CHICLES

Duermo entre niños que venden chicles
que tragan fuego, que dan la infancia por un peso
que hacen maniobras con galaxias y cometas
en las esquinas.

MIS PIES

Mis pies deshechos son de piedra cuando
una furia infantil crece y crece sin parar
cuando no hay quien constate mis pasos sobre
las tinieblas…

DELIRIO SIN NOMBRE

El fin de su mundo fue la última gota de whisky,
sus zapatos de tacón despintados y su esqueleto embriagado,
lo que quedó de una mujer,
su rostro amarillo y una carta sin nombre su única
identificación.
A la hora de su muerte la jefa de enfermeras la dio de alta
con el número 00971.

LOS INTELECTUALES

Si odio el carro último modelo del patrón, sus camisas de cien dólares, está de más, dicen los intelectuales, si maldigo a sus hijos que estudian en París y a su perro que va a la escuela, si escribo que mi salario no alcanza para ir al cine, ni para el dentista de mi madre, no importa dicen.
Yo ignorante tercermundista, escribo con mi segundo grado de desnutrición, lo que ya está dicho, lo que nada importa, dicen.

ME LLAMO ESPERANZA

Crezco en una casa de cartón, calzo huaraches de plástico apretados,
mi selva es un foco rodeado de insectos que se alimentan de mi sangre, cada mañana, salgo de la noche que gotea luciérnagas sobre mis vestidos viejos, dice mi hermano que soy la loca del barrio.

MI PADRE

Mi padre es ese señor de camisa vieja, el que siempre paga contando sus últimas monedas, de niño nunca tuvo un perro, ni una habitación propia, trabaja de siete a ocho, siete días a la semana, es ese viejo que camina, como yo.

PERDIDA

No hablo inglés en California, y me llaman accidente nocturno, mujer no identificada, soy una dirección en español que nadie entiende pensé que ya era invisible, muda, hasta que espanté a un gato que se acariciaba con la luna en el barrio latino.
Sujeto este temblor sin nombre
mi corazón contra la tierra;
la huida de una muchacha que no fue violada
en la película e moda,
yo convertida en tropezón.
Cuántas veces mas el corazón contra a tierra sin morirse.

MI HISTORIA

Déjame decirte la historia de mi cuerpo; esta herida temblorosa
se llama corazón, tuve piernas no estos tornillos metidos a la fuerza,
brazos, no esta velocidad mecánica, una espalda, no esta muleta vieja.
Mi sombra fue el universo al caer el día bajo tu mirada.

Cuando salía del cine y de mis diecisiete años,
todos eran sospechosos, no hubo denuncia,
solo un grito que no acaba y un morete que
aun arde entre las piernas.

Ya tengo el rostro, el pecho, el corazón de mujer
sobre vuelo el mundo, rebaso mi alba-atroz
ya casi soy un descubrimiento del mundo.
…pienso, digo, grito….

No es cierto que soy una vieja sola, abandonada, fui un hombre de fuego, en el desamor un desierto que florece, sin cansancio la mano que perfila el horizonte, una y otra vez la alegría.

A LOS TREINTA AÑOS

Mi soledad de cantera dobla sus rodillas ante la lenta combustión de mis deseos, amanezco a diario manicomio de palomas ciegas, refugio olvidado que muere de hambre.

CRÉANME

este vientre fracturado
también tiene su historia.
Dibujo flores azules color sangre
niños haciendo de la luna un papel urgente
para retrasar el desmayo de mi piel
para llevar la cuenta de los desaparecidos
y no reconocer mis entrañas acribilladas
ni mi cuerpo.
Anna Arent (Lodz/Polonia)

CARMENCITA

Me llamo Carmen y no tengo dignidad.
Nací en un basurero granadino.
Mi madre,
como yo,
era una puta.
No tenía vergüenza.
Bailaba desnuda
en la catedral de San Rafael.
Le gustaba a todos.
Incluso el sacerdote de la catedral-
-tres veces tuvo ganas de despertarse entre sus pechos.
Tengo 16 años y nunca he sido virgen.
Je ne regrette à rien.
Me encanta facilitarte el camino al infierno.

MADRE

Mis hijos
serán fuertes y crueles,
lo bastante ardientes
para acabar lo que empezaron
sus bisabuelos.

Mis hijos
no vacilarán
sólo si no hubiera más remedio,
harán uso del arma
que yo misma les he dado.
Si no hubiera más remedio
ellos mismos administrarán justicia.

Mi eventual dolor
no tendrá efecto sobre ellos,
los fieles hijos de Falanga.

JUSTIFICACIÒN DE UN LOCO

No sentía remordimientos.
Su cara fue a poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni placer.
Ni nada.
En los libros sobre los asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia
bla bla bla...
Mucha gente sueña con entrar,
incluso para unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad quieres saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en el mundo sin Dios
o procediera de la tribu
que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para todos.

ENDORFINAS

Te asusto.
Todo que está en mi cabeza
evoca tu miedo.
Soy la única responsable.
Siempre lo he sido.
Debería sentir un montón de remordimientos,
pero no siento nada.
Sólo un gran éxtasis
de verte humillado,
en las rodillas,
soñando con joderme
incluso si pudiera ser tu hermana.
Los dos no podemos vivir
sin endorfinas.
Hay solo una diferencia:
yo no tengo remordimientos.

MALINCHE

Me llamo Malintzín.
Soy la que todos odian y quieren olvidar.
Muchas veces quería morir,
desnuda, herida, humillada.
Pero no tenía bastante coraje.
Contaba contigo,
mi dulce Suerte
en el vestido de Dios de Oro.
Me diste nueva vida,
peor que la anterior,
una de violación y de tortura
llamadas al nuevo capítulo de mi diario.
PÁGINA 31 – CUENTO

EPIFANÍA

Héctor Tizón (Yala-Jujuy)

Algunas veces, antes de que anocheciera, se podían distinguir en el pálido horizonte unos trazos difuminados semejantes a nubes. Pero ya nadie recordaba la lluvia. La aridez sólo era morigerada por la humedad que en los amaneceres destilaba el rocío de las escasas plantas.
Para los de aquí, descendientes de adoradores del sol, el sol es el infierno, que seca la piel antes de que la muerte llegue; estos hombres ya ni siquiera saben defenderse porque han perdido el concepto del mal.
Hacía mucho tiempo que no nacía una mujer en estos pagos, y por falta de hembras los varones mozos debían exiliarse; ya sólo quedaban los ancianos; las mujeres, multíparas, morían, y a los jóvenes se los llevaba el camino.
El día en que las dos comadronas anunciaron la inminencia del nacimiento fue, para todos, de fiesta. Por la forma esférica y no ovoidal del abdomen, por el rumor silencioso como de vientos profundos que las viejas oían al poner sus orejas sobre el vientre grávido, y por la entrañable suavidad y tibieza de la piel, estuvieron seguras las parteras del inminente advenimiento.
El hecho se expandió por las comarcas: ahora, otra vez, iba a nacer una hembra; y esto era como una esperanza y como una flor.
Con el anuncio se preparó el ágape, que sería una comida fraternal y primitiva: cordero asado con hierbas amargas, y maíz; y música de viento.
El pueblo no era grande, apenas siete casas, con sus corrales circulares de piedra seca.
Se obstinaba la gente en construir sus casas en esta paramera, sólo apta para senderos de cabras, cuando a lo sumo podría ser habitada por el viento polvoroso.
Un cuento inmemorial pretende que aquí, o muy cerca de aquí, alguna vez existió un lago; nadie lo cree pero nadie lo niega, y todos los pequeños pueblos de esta región lo reclaman para sí. Algunos hasta han creído ver los rastros o vestigios de ruinas, de cobijos de pescadores que echaban sus redes a la luz de la luna.
Los pequeños pueblos no son más de tres, separados entre sí por leguas tan yermas como las del país de Caín, a quien el Señor había condenado a vagar por el desierto. De allí salieron dos hombres, impulsados por el rumor del nacimiento, y estos dos se hallaron en un cruce de senderos con otro más, y los tres juntos emprendieron el camino. Casi no hablaron entre ellos, puesto que lo que pudieron haberse dicho ya cada quien lo sabía.
Los tres viajeros pasaron la noche a la intemperie y durmieron encogidos junto al fuego que se extinguió al amanecer. Sólo dos tenían cada cual una alforja; uno de ellos llevaba un pequeño pellón, y el otro una ollita del tamaño de una mano, con su tapadera; el tercero era tan pobre que no llevaba nada.
Al amanecer del quinto día avistaron una delgada columna de humo que se mantenía erguida porque a esa hora el viento se recata. Apuraron el paso, pero el sol les ganó en llegar. No tuvieron que hacer ninguna pregunta y, enseguida, los tres estuvieron junto al jergón donde yacía la criatura recién nacida, que acababa de morir.
Tampoco en el camino de regreso hablaron entre ellos, tampoco ahora tenían nada que decirse. Quizá porque todos sabían que vivir ahí era como una extravagante vanagloria.
PÁGINA 32 – ENSAYO

LOS CAMINOS DE LA CREACIÓN

Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

El poeta frente a la perversidad global

Lo que deseo ejemplificar con todo esto, es que en este tiempo de velocidades e impaciencias, de aceleraciones reales y virtuales, de redes digitales, instantáneas y globales, es muy difícil asumir la recomendación que Rainer María Rilke le hacía en sus cartas a un joven poeta. “Paciencia es todo”, le escribe el 15 de abril de 1903, recordándole que para el artista “no hay medida de tiempo; un año no cuenta, y diez años nada son. Ser artista es: no calcular y no contar; madurar como el árbol, que no apura sus savias y que está, confiado entre las tormentas de primavera, sin la angustia de que no pueda llegar un verano más. Llega, sin embargo. Pero solamente llega para los que tienen paciencia y viven despreocupados y tranquilos como si ante ellos se extendiera la eternidad” (Rainer María Rilke, 1983:44-45).
Pero, ¿cómo estar despreocupados y tranquilos, si somos hijos legítimos de una sociedad sacudida por la desesperación y el estremecimiento? ¿Cómo posibilitar que nuestras obras sean escritas con serena lucidez, si vivimos acelerados ante un presente inquisidor y un incierto mañana? ¿Cómo no “calcular ni contar” en un medio donde el hoy se ha vuelto casi esquizofrénico, y el miedo nuestro enemigo íntimo?
Con todo, debo afirmar que, a pesar de los pesares, debemos rescatar la paciencia al elaborar nuestras obras; apresurarnos despacio como una actitud de ir en contravía a esta sociedad de noticieros inmediatistas y de escenografías del olvido. Ante la estética del desecho, propongamos una estética de la memoria creadora; frente a la estética de efectos publicitarios, impulsemos una estética de los afectos comunitarios.
Por supuesto, ya pasó el tiempo de Rilke, de su penetrante y ensimismada actitud de poeta solitario y silencioso. Ahora vivimos un drástico cambio de roles: del artista situado en el filo de las navajas, hemos pasado al artista cómodo, tranquilo, flemático, condescendiente y domesticado. Vaya época en la cual estamos dando la bienvenida a un tipo de arte y de artista entusiasmados por la coexistencia sumisa con el totalitarismo del mercado y de los medios; un arte que hace concesiones extremas hasta ponerse en ridículo, tal como se observa en la basuralización mediática de los Realities teleglobalizados. Sin embargo, y para bien, todavía existen poetas que ponen patas arriba a dogmáticos fundamentalismos, ya que asumen una actitud contraria a la opinión imperante. Estos poetas molestan a muchos y agradan a pocos. Entre esos pocos encuentran su razón de ser y de morir, pues más que públicos-masa, dialogan con públicos-lectores críticos, estableciendo con ellos una solitaria complicidad.
Por otra parte, quiero recordarles que el reconocimiento del destino u oficio del poeta está por encima de premios literarios, de agasajos, aplausos y condecoraciones, lo cual, sin duda, es algo muy grato, pero en sí no garantizan la calidad y la trascendencia de una obra. El reconocimiento del poeta está más bien unido al goce que produce el sentir cómo nacen ciertas criaturas al escribir un poema; en la aventura de saber que a través del texto se funda un acontecimiento para un lector anónimo, y que entre ambos enriquecen al idioma e inventan otra forma de sentir, de pensar, viajar, de preguntarse y de crear espacios para la magia de lo cotidiano.
Estos compromisos existenciales se vuelven hoy por hoy ejercicios heroicos en un mundo que propone al escritor producir literaturas con triviales clichés estéticos, masificados por los medios de comunicación, y en un sistema que invita a colaborar con el totalitarismo de la idiocia o idiotez cultural de la perversidad global. Dichos escritores no contribuyen a cambiar nuestra mirada, ni proponen establecer presencias distintas a la ya existentes. Son escritores que, en últimas, no representan peligro alguno al establecimiento. A cambio reciben elogios y abundante publicidad mediática. Como respuesta ¿por qué no intentamos una escritura rica en interrogantes existenciales, que desafíe con libertad creadora lo que nos acontece como seres humanos, tanto en lo íntimo como en lo público, en los escenarios del amor, en nuestras rebeldías y angustias metafísicas, en torno a una cotidianidad cada vez más asaltada por el despotismo, el miedo, la paranoia y el castigo? Esto ayudaría a vislumbrar lo que se esconde detrás de la industria cultural de fabulaciones globalizadas; a descorrer el velo de perversidades que los poderosos han elevado como si fueran verdades inamovibles, imperecederas.
Este es nuestro tiempo, nuestro presente instantáneo, con un futuro imprevisible. Rápido, más rápido, eficaz, eficiente. Tiempo de un arte realizado para un ahora inmediato y novedoso. Ello nos está exigiendo reflexionar sobre los impactos de la era de la comunicación y de la información en nuestras sensibilidades e imaginarios; nos obliga a considerar sus ganancias y posibilidades, a ejercer una mirada atenta hacia la heterogeneidad, la pluralidad y multipolaridad cultural que presenta el calidoscopio actual. Son condiciones que invitan a establecer un diálogo entre las esferas de lo nacional, lo local y lo global, superando la tradicional idea de superioridad de unas sobre otras, y escuchando las voces que han sido excluidas durante años por el totalitarismo estético-poético y por un profundo provincianismo mental que ha impedido aceptar diferentes lenguajes en las representaciones artísticas. Inclusión de la multiplicidad dinámica de las diversas apuestas poéticas; asimilación y no yuxtaposición de las técnicas, voces, tonalidades, atmósferas y experimentalismos contemporáneos, como una manera de articular la tradición con la ruptura realmente innovadora.
CONTRATAPA:

La prodigiosa aventura del sonido

Capítulo II

EL DESPERTAR DE LA VIDA

Por María Dolores Velasco Vidal (Madrid/España)

El mundo despierta y empieza a poblarse de seres vivos: animales, plantas y… el hombre. Ya estamos todos… ya estamos en casa…el concierto va a empezar.
Ahora tenemos un maravilloso mundo sonoro. Se nos ha añadido el mundo animal, rico en sonoridad, en variedad, en color (el sonido también tiene color) que, con el reino vegetal complementará y enriquecerá la sonoridad de otros elementos, y entre todos ellos hay algo muy especial: El Hombre.
Observando el mundo animal, veremos un maravilloso mundo sonoro, musical, me atrevo a decir. Sonidos muy diferenciados para llamarse unos a otros, para avisarse de los peligros, en realidad sonidos para la comunicación, y además cada especie presenta sonidos característicos. Un concierto de gran variedad y belleza que la naturaleza nos regala.
Si examinamos estos sonidos emitidos por diferentes animales podremos ver que no es hacer ruido por hacer. En casi todos los animales se nota claramente que los sonidos tienen un mensaje, que están muy pensados, diría yo, que tienen una frecuencia fija, un ritmo fijado también y una altura sonora que en cada especie es siempre la misma o parecida y, sobre ella, ciertas variaciones. Esto, amigos, tiene musicalidad, esto ya lleva los componentes de lo que llamamos música.
Pongamos como ejemplo un lobo.
Imaginemos unos momentos, oigamos interiormente aullar a un lobo y si os atrevéis, imitarlo, así… a voz en cuello… que de vez en cuando es muy bueno observar nuestras propias posibilidades sonoras. Podemos observar que emite un sonido ascendente (direccionalidad del sonido, rudimentos de una escala musical ascendente), cada vez más fuerte (intensidad) y más agudo (altura), que lo mantiene durante unos momentos ahí en un nivel sonoro casi siempre parecido y que va descendiendo en menor intensidad hasta desaparecer. Sobrecoge, pero no porque atemorice sino por la calidad y belleza de dichos sonidos y su perfecta interpretación musical, sumada a la magnífica puesta en escena (la noche, posiblemente de luna llena…)
¡Cuánta belleza hay en la naturaleza!, ¡qué perfección, qué maravilla!
Cualquier animal emite sonidos muchas de las veces ya claramente musicales: El maullido de un gato es un sonido claramente musical, los múltiples matices del ladrido de un perro y la diversidad según lo que quiere expresar, además de las diferencias propias de cada raza. Y no digamos ya el canto de muchas aves que son propiamente melodías que se pueden traducir con notas musicales. Sin olvidar a esa legión de pequeños amigos como el grillo, la cigarra, que emiten sonidos interesantes, repetitivos y rítmicos, a los que, en música llamamos “ostinatos”.
El mundo animal es rico en sonoridad, variedad y musicalidad. Disfrutemos simplemente con la observación de los amigos más cercanos nuestros perros, gatos, pájaros… y os aseguro que será altamente placentero.
El Hombre. Ahí está el ser humano. El rey de la naturaleza, el ser dotado de unas cualidades superiores para poder emitir sonidos con una gran perfección y además con una inteligencia capaz de convertirlos en algo muy especial… la música.
Dejemos al hombre que despierte a todas estas sensaciones sonoras y desarrolle las facultades de las que naturalmente está dotado, y pronto veremos la musicalidad en todas las manifestaciones de su existencia que le acompañarán en todos los acontecimientos y avatares de su vida, tanto los buenos como los malos.


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