Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 39 – Marzo de 2010 – Año IV – Nº 3


Imágenes: Alfredo Rodríguez (México)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA 1-REFLEXIONES

A UNA AMÉRICA SOMNOLIENTA…

Por Héctor Cediel (Bogotá/Colombia)

Ya nadie le toca las tetas, ni el sexo, a la América prostituida… la poca dignidad que le quedó, fue para levantarse de la pasividad, con una actitud vengadora. Se confiscaron las cadenas y se abrieron las cárceles, para que se pudieran escapar, los cadáveres. Los fusiles se cansaron de escribir las historias, que se comentaban a diario; casi en vivo y en directo, en las cantinas o en los bares…pero casi todos estos, también desaparecieron con el modernismo…ese despiadado buldózer, que arrasa con el romanticismo y lo hermoso de los recuerdos…
Desde esta orilla, contemplo al mar, a su belleza y a sus absurdos. Añoro los besos, que les expropié a mis amadas; y los sexos que les desangré, para sentirme más varón y en ningún momento, como una rata murte acobardada, por lo que significa, el comprometernos con escribir a partir de un ahora, una nueva historia, ya que reescribirla es imposible. Ya lo que se vivió, quedó escrito para siempre…como la más horrible noche…
Ya le hemos cosido, casi todas las venas abiertas, a la tierra; sangre negra y espesa; roja carmín sangre de toro, era la que brotaba de las explosiones y de los machetazos, que desvelaban a las montañas; expropiamos a las raíces, que evitaban la deforestación y transformamos a los árboles, en absurdos cambuches, para confabular contra los sueños y las esperanzas. Tenemos que reconquistar a los escombros, para reedificar, sin la luz de las estrellas corrompidas. Hemos recuperado en gran parte: a la dignidad y a la tierra. La riqueza que nos robaron, regresará transformada, maquillada, embellecida con baños de luna, en prestamos agiotistas. El mar y el cielo, inspiraran los versos de nuestros cantos…y los suspiros de nuestras pieles naturistas.


PÁGINA 2 – LOS NOVELES

Rossi Ipanaqué Madrid (Sullana–Piura/Perú)

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE UNA DAMA

PREFACIO

¿Qué es la vida?... ¿Qué es la muerte? Me pregunto al despertar. Acaso un poemario de cinco poemas… Un film de cinco actos… Todos cargados de pasión.
Algunas veces pienso que somos el sueño de un ser infinito. Otras, que la que sueña que vive -como hoy- soy yo, que escribe dejando trocitos de su piel sobre la virginidad del papel…

LA DAMA VIVE

Yo tengo un poema fluyendo a borbotones por mi mente...
Nace de mi corazón, vive entre mis labios,
pero se desvanece tras las sábanas de mis mojados sueños...
¡Oh, esperanza! contigo, tengo la ilusión de mi poema hecho vida...
Inundando por completo mi ser...
Avasallando mi entendimiento
y sometiéndome irreverentemente a tu querer...

He dejado de comprarle quimeras al viento,
porque a tu lado no necesito de otro invento...
Vivo en un rinconcito especial a la izquierda de tu pecho
y es el nidito más cómodo que ha encontrado mi aventurera avecilla,
Entonces, ya no quiero alzar de nuevo el vuelo...
El misticismo mágico del cielo, en tu mirada, lo tengo...
No me falta el aire, lo respiro de tu aliento...

La dulzura del amargo mundo la saboreé en tus besos...
Entre tus brazos me cobijé del frío...
Me consumiste ardientemente con tu fuego...
Mientras, de tu mano, crucé la barrera que no cruzan las niñas...
Y -en la más clara de las noches- nacer el sol, vimos...
El sonido de una alarma no nos puso freno...
Estrepitosamente continuamos rumbo al limbo...
Ni fuerza humana ni divina reprimían el deseo...

El manantial del desierto fenecido ha surgido desde el suelo,
Y el poema que vivimos no fue escrito por Vallejo...
Es el fruto prodigioso de un furtivo anhelo...
Pintaste el gris de mi existencia con el color de tu sonrisa,
renovando con el dolor mi mundo viejo...
Con dorados hilos he tejido un secreto
Para regalártelo en el fantástico momento
En que tu vida y la mía sean Santísimo Sacramento...

Caben en las palmas de tus manos todos mis suspiros,
dejando en ellas marcadas huellas caladas con los gritos
que se hacían más penetrantes que afilados colmillos...
Entre tanto, la vida nos temblaba, relampagueando chispas y cenizas
que van acompasadas reconstruyendo un mito
y haciendo huelga ante un eterno gemido;
estremeciendo cada fibra de mi alma en vilo
y creando la pureza que cuatro veces destruimos (...)

EL SUEÑO DE LA DAMA

Eran 2... eran 3... eran 10...
eran 100... eran 1000...
¡eran más cada vez...!
¡todos se acercaban a mí!

La habitación estaba muy oscura...
¡Cuánto anhelaba que estuviesen papá y mamá a mi lado!
¡Pero ya no había quién calme la tortura!

Los infinitos, diminutos y deformes seres me rodeaban,
centelleaban llamas de fuego
en las vacías cuencas de sus ojos...
De sus labios sólo salían berridos y palabras malsanas...

¡Mi encendido miedo agigantaba su enojo!
Se encendían las luces...
Creí estar a salvo...

¡Y mis sentidos estupefactos
presenciaron el horrendo crimen!
¡Miles de recién nacidos, soga al cuello,
pendían desde mi techo...!

Sus siniestras sonrisas
escalofriaron mi cuerpo...
Y el infausto eco de sus llantos
-que antes debieron suplicar auxilio-
¡ahora ensordecían mis oídos...!
Ya era demasiado tarde...
¡Todo había concluido! (...)

LA DAMA SE ARREPIENTE

Todo se va tornando gris y oscuro a mi alrededor...
no sé cuánto tiempo más podré soportarlo...
Es la terrible tiniebla que me consume
sin que haya dado mi consentimiento...

...¿Sentimiento?
Vamos... no hagas eco a los pasos erróneos que he dado en mi vida...
es la culpa que enardece lo que en mí no puede llamarse conciencia...

...¿Ciencia?
¡No! ¡es mi vida... [si es que es vida],
lo que hace más pesada la atmósfera
y cada vez más tenue la luz que un día pudo iluminar mi destino...

...¿Un día?
¿Y qué es un día en la infinita escala de la eternidad?
Es una burla para quien es Dueño del reloj que no agota sus horas jamás...
Porque el paso del segundero no atrofia sus manecillas
y condenado, para siempre, ¡avanzará!

...¿Siempre?
¡Acaso existe el siempre?
No... todo se acaba en esta vida...
Incluso esta maldita culpa que, poco a poco, derrite mi "existencia"
como si fuese una miserable vela
puesta a un santo que nunca hace milagros...
Igual de improductiva...
Igual de necia, igual de vacía...
Igual de estúpida e igual de dañina,
porque también se atreve a contaminar el mundo...

Están cayendo sobre mis hombros
-calcinantes y asesinos-
mis absurdos actos malignos...
Bumerang sin caminos...

¡Oh...!
¿Por qué lo permites?
No me dejes sola que este agobio acabará conmigo...
¿Acaso yo no tengo derecho a estar arrepentida?
¿Es que acaso la contrición de mi corazón no te conmueve...?
¿Por qué, si hasta el peor pecador puede ser perdonado,
se me niega que calme mi llanto...?

¡Oh...!
Hoy que me encuentro abatida por este gran pesar,
sólo necesito tu presencia...
Sé que me va a reconfortar...
En ese bendito instante, el velo que cubre la luz de mis ojos caerá
y volverás a ver en ellos mi sinceridad (...)

PASIÓN DE LA DAMA

Vacío...
¡Oh! Siento que me atrapa...
Siento que me absorbe...
Desesperadamente me masca...
Y se alimenta de mí...
Me pierdo entre sus fauces...
Irónico, se burla vil...
Tontamente, río sarcástica...
En vano intento huir...

Horror...
¡Qué maldito hambre de este abismo!
Qué malditas ganas mías...
Qué terrible oscuridad...
Las tinieblas se aferran a mi ser...
me abrazan, me besan, me acarician...
me hacen lo que tú no hiciste...
La soledad se acuesta conmigo...
y, de madrugada, ¡en uno nos fundimos!

Vacío...
¡Oh!, Estúpido vacío...
Maldito bastardo,
te asemejas tanto a la nada...
pero sólo te asemejas...
porque la nada no existe...
¡Y lo que no existe no duele!
Tú hieres... tú sangras...
tú succionas... tú matas...

¡Qué excitante melancolía!
¡Qué sádico masoquismo!
¡Son mi deliciosa compañía...!
Aunque me den golpes bajos...
Aunque me acaben día tras día...
Hasta que me rescates de este estado...
Hasta que me saques de este abismo...
Hasta que juntos nos perdamos en la lejanía
Hasta que tus besos y sonrisas
me arranquen por fin la vida (...)

MUERTE DE LA DAMA

Mientras me revuelco en el charco de sangre en el que duerme mi razón,
la atmósfera empieza a olerme a azufre...
¿Será que estoy entrando al averno?
¿Será que los demonios que me invaden me invitan a ser su soberana reina?
No lo sé... sería una interesante propuesta...

Un estallido asesino ha esparcido mi médula espinal
y, sin embargo, estoy maquinando siniestramente el film,
dándole un exquisito final...

No me importa ser la tristemente célebre
protagonista de esta fatídica realidad...
Una figura monstruosamente angelical y descarnada
que sonríe a la fatalidad,
entregándose con ganas y deseosa de pertenecerle a la oscuridad...
y en cada movimiento y gemido, compenetrándose más y más...
La muerte da el orgasmo más placentero e intenso
A quien -como yo-
disfruta del privilegio de ser hija del mal...

En cinco interminables actos aconteció
la mejor parte de la película llamada
"Vida, pasión y muerte de una dama",
en la que la vida se hizo nada,
la pasión duró infinitamente poco
y la muerte terminó por cubrirlo todo...


PÁGINA 3 – CUENTO

EL PUÑAL DE DON JUAN Y LAS CLAVELINAS

Por Roberto Attias (Fontana-Chaco/Argentina)

El mediodía frío de ventarrones rugientes apago los sonidos y los ayes si los hubo, de don Juan, que herido de muerte fue abandonado en un callejón olvidado.
Ese fue un hombre de rigurosidad y cortesía extrema, un lunar entre los vándalos desarrapados que no perdían oportunidad de molestarlo, pero que ninguno se le animaba a más.
Allí quedo con los ojos secos observando sin ver la ciudad vieja, un típico arrabal marchito sin arrabaleros, que mudó con los años en un barrio miserables que ostenta como única atracción la aventura de internarse en los antiguos pasillos de los inquilinatos; estos mudos edificios con marcados vestigios de abandono, decorados con grafitis que surcan irrespetuosos todos los espacios y muchas veces rematan las frases con símbolos obscenos, al punto que podrían hacer palidecer a un clérigo distraído.
La arquitectura usada aquí esgrime burdamente la creatividad tacita y la diversidad deambula ciega entre los escombros de otros tiempos.
Don Juan había salido de la prisión hacia treinta años, a la que fue a dar tras uno de muchos duelos a cuchillos donde no se escatimaron en profundos tajos y algunos cadáveres. Por compadrito y razones propias del ambiente malevo ligadas a bailes, licores y faldas. Una de esas querellas lo confino por muchos años.
Aun conservaba la rigurosidad de antaño mezclado con el andar silencioso del reo obediente al yugo brutal que mantuvo su semblante sombrío.
Los que alegaban conocerlo decían que no volvió a frecuentar bares o garitos como en sus mocedades. Gobernaba su vida con los códigos de tiempos pretéritos.
Impactaba ver la mancha carmín de la sangre seca sobre su impecable traje azul marino, como un grotesco ramo de rosas sobre su saco; aquellas prendas impolutas, libres de desprolijidades que pudieran enmudecer su altiva presencia de varón investido de bravura presente en sus ojos de gato salvaje. Con la mueca de una sonrisa prisionera en la comisura de sus labios atrapaba suspiros al son de sus piropos galantes.
Pero no todo era un suave pasar en su vejez, muchas veces agredido verbalmente por los pandilleros irrespetuosos
-- ¡Juan!. Maldito matón de poca monta, muéstranos tu coraje. ¡Cuchillero venido a menos! —decían –pero cuando se les acercaban, con suave elegancia desprendía los botones y corría con lentitud hacia atrás el faldón del saco con su mano derecha, con el ademán de quien está buscando algo oculto en su cintura, sin dejar de mirarlos. El momento congelaba las intenciones y los arremetedores retrocedían como autómatas; a buen trayecto cuando recuperaban el coraje emitían gritos de insultos pero conservaban la distancia.

-- ¡Un día de estos te vamos a matar viejo tramposo disfrazado de maniquí!
Pero nada más ocurría, precavido y listo para resolver cualquier situación, observaba al grupo alejarse refunfuñando maldiciones desde su prudencia felina donde aprendió a vivir con las garras limadas.
Nunca se había hallado el puñal que lo hiciera famoso por aquellos años, es que antes de ser detenido se lo dio en custodia a su madre y esta lo colocó bajo el piso de maderas y allí permaneció custodiado por el tiempo y el olvido, aun mas allá de la muerte de la anciana.
Hombre pobre si los hubo fue don Juan, el día antes de su muerte visitó a una anciana amiga y comprendió con tristeza que la pobre mujer necesitaría remedios y cuidados para sobrevivir en esos días invernales. Carente de otra prenda de valor, desenterró el facón que era una verdadera joya y lo vendió. Compró los remedios y unas clavelinas.
Al verlo regresar con las florecillas lo atacaron sin darle tregua a lo que se defendió infructuosamente con el ramo, pues nunca más porto armas.
La noticia policial fue breve, casi ínfima del varón asesinado en la vía pública, con fines de robo a los 83 años.
Nadie supo que había cambiado su actitud beligerante que facilitó el fin violento e impensado entre las hierbas, la sangre y la tierra revuelta.
Aquel maduro periodista de arcaicos valores había visitado la comisaría en busca de noticias y al enterarse del hecho retrató de esta manera la historia urbana y dejó plasmado en aquel resumen los jubilosos años de esa urbe en decadencia.
Aunque no había convivido con la violencia callejera de antaño, que despertaba en su curiosidad efluvios de recuerdos ajenos, relatados por otros colegas más antiguos en los pasquines deslucidos que conservaba su madre, encuadernados y envueltos en los estantes íntimos de la pequeña biblioteca de la sala.
Los pocos recuerdos del surgir de esta comunidad dormían en los relatos de esas revistas y diarios de antiguas épocas.
Aquel espacio físico emergió orondo desde la creación del robusto embarcadero con vista a convertirlo en el epicentro de las relaciones comerciales, inmigraciones constantes con un riguroso control de virtudes y baluartes que eran despojados de los recién llegados que se vendían, compraban o empeñaban al mejor postor a la par de sus trabajos, prendas y vidas. Allí mismo en derredor a la orilla y sin más requisitos que el que imponía la demanda acuciante, las atiborradas casas de inquilinatos al estilo chorizo ofrecían albergue, con algún pregonero cada vez que arribaba una multitud de desesperados y vividores en busca de sus ilusiones huidas. Los burdeles y los pequeños puestos de ventas de alimentos al paso se mezclaban en el cansino fulgor del día, pero por las noches muchas se animaban a los cambios de roles por las pedregosas calles de adoquines, el que en alguna oportunidad dando tropiezos y tumbos se encontró con Febo entreabriendo los ojos ardientes de lujurias y sueño en algún amanecer brillante, con sabor a alcohol mal destilado entre los labios. Sin dudar se ponía de pie trastabillando, sacudía las ropas y continuaba pregonando algún artículo. Pero aun sabiendo de esto los encumbrados titiriteros de los destinos ajenos llamaron a este chiquero ruidoso e irreverente nuestro esplendoroso Puerto de la Esperanza.
Pero como a todo le llegó su caducidad y fue cuando se paró la miseria en una de las esquina al tiempo que el ferrocarril arribó desde el sur por la otra y los senderos que antes conducían por los entornos ahora nos alejaban de las luces, por las amplias avenidas que al madurar en rutas hicieron sabores de la velocidad para dejarnos arrumbados entre la promiscuidad y el río. Sólo jirones de sueños perdidos convirtieron a este espacio de trajinares comerciales y zarabutero en un arrabal sórdido y gris al cual el título de receloso matón de esquina le duró cortos años. Hoy después de décadas de cambios, muchos de los actuales habitantes aún conservan la desfachatez pero han obtenido sus identidades sin respeto, facilitada por el arrebato y el pillaje, lejos de albergar una limpia victoria en un mano a mano, se apiñan en los baldíos a embriagarse y reñir entre ellos por razones banales cuando no están agrediendo a algún transeúnte desprevenido.
Así concluyó la nota, que lo reivindicara como periodista de elite entre sus pares, remarcando la existencia de don Juan como el último bastión emblemático del arrabal, que marcó su impronta traída de una generación legendaria, con el abnegado respeto como símbolo de coraje e hidalguía.
Pero todo su parafraseas, giros y expresiones románticas quedaron secretamente empañadas al ignorar el lamentable hecho de que Juan en sus años de mequetrefe había convertido en joven viuda a su madre.


PÁGINA 4 – ENSAYO

BUSCO LOGRAR UN CANTO CRUDO SIN CEREMONIAS

Por Jimmy Valdéz (Nueva York/Estados Unidos)

A quién deberle la ciudad si de momento lo repetido avanza con alarde de faquir registrando lauros. -Admito lo remoto del origen, la afanosa costumbre de extenderme ofreciendo mis palabras de aliento a cada hombre prematuro y roto. Y es que todo transcurre en la ciudad que no declara perennes amistades, que desentono en el oficio al demandar la adopción de mi protesta. ¿Qué hacer con la ciudad excedida de horas agrestes, cómo deberle encanto al transeúnte que apenas puedo ser?
…Todo me sabe a sal, a sal muy seca, a sal sin humedad de cumbre, sin olor, sin amparo, reprochable. Me sabe a sal de minas, a sal estéril. A sal que se derramada para ceñirse al frío, a la herida, y a nuestro nombre cenit.
Esta fiebre por lo adrede enjalbega la razón, nos ata al avatar agigantado del fracaso, derriba la hermosura de lo que fuese posible si otro gallo cantara; pero no existes en la soñada grieta, aunque me sucedas desde entonces en una extraña manera, tropiezo con tus manos, con tu boca, hasta perderme así y otras tantas veces sin más vestigios que este aborto en la palabra.
La tarde se recuesta y juega a enhebrarse en tu vestido, yo permanezco en la absurda vigilia donde todo se hace cansancio, callejón de tres cruces con cuerpos empalados, horror de realidades, frustración. No mendigo, no sé mendigar; en mi ser no existen silencios, todo bulle, soy la tantísima y nombrada grieta, la ranura, el fallo más remoto en el instinto, despierto y en posesión hermosa de lo caído dentro, lo perdido. Siempre espero en el vacío los tesoros que el viento arrastra. -Apenas en lo posible tengo forma, sin letradas incidencias, trenzado a la hondura del misterio, de lo que las cosas auguran por demás imposibles, soy la sola idea de las ideas crasas.
Definitivo, no puedo declararme en inocencia. Capitular salvaría toda estancia amenazada, pero sería clausura y negación.
Sobrellevo el límite de la fe. Me compruebo inequívoco y militante de una verdad muy propia que supera el dilema de la entrega (expugnable e indiferente) al filo de la espada. Me he inventado canción pura, todo un himno insobornable, inmenso: La sal no brota de una fuente exorbitante, tan sólo cae sin bríos en el pan sediento del que finge fortalezas y se esconde. Fatídica es la confianza del que en la sombra asecha.


PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

César Bisso (Coronda-Santa Fe/Argentina)

EN REVERSA

Hablan con mi voz, aman con mi corazón,
2deambulan de un sueño a otro.
Alumbran lo que la lluvia trae y el río lleva.
Ellos conservan la derrota del olvido,
la ilusión del retorno, los días más felices.
Van tras la huella de años acallados.
Ignoran la ausencia, el grito de los huesos,
las mudanzas del dolor.

El agua despeña, el cielo vacila.
Moja la calle de arena,
la casa crujiente, el patio, los naranjos.
Entonces
mis muertos renacen,
se alzan a compartir los panes del deseo.

EL BOXEADOR

Quien aspira al trono de papel
puja por revelarse mago,
inventa conjuro de obediencia
para que se rindan las palabras.

Ellas, astutas, feroces
incitan al guerrero a elegir
los recuerdos que más hieren.

Y cuando culmina el combate
alza el puño, exhausto,
ante la dura soledad del poema.

UMA

Despiertas en el desierto.
Intuyen tus ojos
la estrategia del lobo.
Debes romper el puño,
hasta que la piedra
te sienta suya
y abra el corazón.
No es fácil eludir
la horrenda boca
de quien te devora.
Son dentelladas atroces,
laceran la carne.
Debes abandonar el hueco,
la noche del espanto.

Una niña golpea
la piedra desde afuera.
Ella ilumina la sangre.
Llegarás a sus brazos
y sentirás la piel.
La sombra ya no cegará
tu mirada.
Otra luz. Otro silencio.

Sal en busca del asesino.
Mátalo con grandeza.
Después, el viento abrazará
lo inasible. Esfumará la culpa.
Repararás con dolor.

No olvides: él te ha matado antes.

SIN RETORNO

Alguien narra desde la argucia política
un horizonte donde ningún sol se oculta.
Incapacidad de quien habla para sí
en nombre del Otro.

Nunca sabrá si la poesía es salvación.
Ni siquiera sospechará la justicia del silencio.

EL PRÓXIMO PASO

Sin rumbo en la noche
navega el sueño,
se entrega al dogma
de lo irredento.

Su mano
fluye sin prisa
entre mudas señales.

Pronto,
la muerte se desnuda
frente a sus ojos.
Lo invita al sacrificio de dar.
Abrigo de lo nunca revelado.

Partir. Más allá de la raíz
aguarda la palabra.

PASAJE

Amanecida,
mi madre reanuda el camino,
orilla la rústica naturaleza.

El eco del viento
la torna río un instante.

Bondadosa luz
el oleaje de sus pies
tras de mí.

EL MOLINO

El alto girasol
almacena la bondad del aire
entre ciegas telarañas de silencio.

Con los pies en el agua
reanima la potencia dormida,
sujeta con firmeza párpados de cielo.

A puro fuego, músculo
que tensa el deseo,
la energía del vientre generoso.

Desde lo hondo de la tierra
sostiene la vida,
la despoja de cobardía y olvido.
a Rubén Vela


PÁGINA 6 – CUENTO

LA MUERTE LLEVABA VENDAS EN LOS OJOS

Por José Geraldo Neres (San Pablo/Brasil)

I

La muerte llevaba vendas en los ojos. Grandiosa voz domadora de los desiertos —mi corazón—combatía a los ángeles. Era el niño en su caballo blanco. Atravesaba los espejos; andaba descalzo sobre las tumbas de las almas perturbadas; bebía la sangre de las sombras en un cáliz tomado de la voz de un cuervo, del lecho profundo de un dios olvidado. La muerte tenía los ojos de ese dios, hacía de él su casa. Corría por las venas como humareda y cruzaba la ciudad y sus torres de sangre; vendedora de milagros.

El deber en los callejones y callejas, un ángel traza una jeringa. En aquella prisión de vidrio ellos viajan con otros dioses. Descubren el útero del tiempo. Encuentran el poeta que vive en el abismo.

II

María no consigue más evocar el rostro de su madre. Cuando alguien pregunta, da siempre la misma respuesta: ¡Mi madre es la calle!

María, doce años. Carga una muñeca, regalo de Navidad. Pero la miseria no le da tregua; el hambre tiene rostro antiguo dentro de María. La virginidad tiene su valor. El sudor de aquel hombre le corre por el cuerpo. El sol es un puñal. Rehace su rostro. Corta el alma. El lloro, el grito, y ningún ángel para escuchar. Ninguna lágrima.

¡Hoy ella almorzó!

José usa la muñeca para limpiarla. La sienta a su lado. Llora.

—¿Qué fue? ¿Por qué está llorando? Guardé un poco de comida para usted.

III

Un minuto. La encrucijada. Árbol de ramas retorcidas y frutos sueltos. A los pies pedazos de pan, u n espejo, una vasija con agua, una madeja de lana, una victrola. Una pequeña con un mazo de naipes en las manos. Ella cubre el espejo con pequeños pedazos de pan. Toma una carta y la escudilla. Mira para los dos objetos. Zambulle la carta. Comienza a moverse de un lado a otro. Gira, gira. Retira la sombra dentro de la sombra, arrastra el silencio para dentro de la vasija. Eleva las manos, las juega para lo alto. El agua cae en la madeja de lana. Cada milímetro de la madeja conduce a otro laberinto. Con un rosario de carnes la pequeña coge niños sin sombras.

IV

Está surgiendo un silencio nuevo cada día, y siempre surge ese abismo que ronda las sombras blancas del papel. El disparo de un ángel sádico quebró mis alas. —Madre; hoy no escuché su bendición; siento una risotada cortar el aire.

En el lecho profundo de un dios olvidado la muerte llevaba vendas en los ojos.
Traducido por: Adolfo Ruiseñor (México)


PÁGINA 7 – ENSAYO

LA FE DE LOS INCRÉDULOS

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

Cuando arrecian los malos tiempos y no alcanza el placard del dormitorio para esconderse, cuando pasan esas cosas que nos desgarran la tela y despintan las paredes. En esos decisivos tiempos difíciles de expectación y desánimo, de sueño revuelto y de dolor, cuando la vida es una mesa que nos ponen con la base en el suelo y los apoyos al aire. Entonces.
Justo entonces. Justo en lo más alto o lo más bajo, en el punto justo del vértigo. Entonces hay quien enciende velas a los santos, reza a San Expedito, acude a su Pastor o simplemente ora en lo recóndito. Y encomienda su alma a su Dios, y cree en lo justo y lo destinado a cumplirse desde lo desde siempre decidido desde siempre escrito, desde lo eterno.
Y es la paz del espíritu, el aplacarse de las pasiones. Es la resignación y lo horizontal. La oración, el pedido, el agradecimiento por la prueba que encaja como una pieza necesaria en el rompecabezas de lo Eterno. El alma puede descansar, las manos se aquietan en el regazo, un ser paternal o maternal extiende su velo sobre la criatura frágil.
Pero y qué hay de los incrédulos. Qué de aquellos que no tienen la dirección a dónde enviar sus reclamos, sus lágrimas certificadas, su carta documento de protesta e intimación.
Qué pasa con quienes en lo alto del trapecio, con las manos resbalosas, saben que en el otro trapecio no hay ninguna figura alada para recibirlos. A quién le piden clemencia. A nadie.
Es propio de la condición humana sin embargo esa cosa oscura de torcer la lógica. Y se ven arrojados los incrédulos a una maraña sospechosa de cábalas, supersticiones, costumbres propiciatorias. No encenderá una vela a un santo, pero se alegrará de que yendo al sanatorio un perro defecaba de frente; es buena señal. No rezará a San Expedito el hombre de ciencia que no cree en fantasmas ni Espíritus Santos, pero no usará la remera roja en este día, que le resulta agorera y atracción de catástrofes indecibles. No acudirá a ningún Pastor la señora racional que mantiene que el cosmos es caótico y casual, pero le dará una moneda a un mendigo para prevenir maldiciones soterradas.
Será que somos tan pequeños, tan efímeros, tan frágiles, que alguna magia nos hace falta para enfrentar un mundo tan adverso.
No me burlo entonces ni de los mantras ni de los rosarios, ni de los sermones ni de las procesiones. Son recordatorios de que le tenemos miedo a nuestra propia muerte y pánico a la desaparición de quienes amamos.
Si alguna fe tienen los incrédulos, no se la quiten. Que eludan las escaleras, que no se den a la traición de los gatos negros, que no pisen las juntas de las baldosas o que usen la pulserita roja en el bracito gordo del bebé. Es una oración en lo recóndito. Aunque no hubiese quien la reciba. No burlarse, digo nuevamente, de una oración en lo recóndito.


PÁGINA 8 – CUENTO

LA NOCHE VIENE, MARGOT ESPERA

Por Sonia Figueras (Buenos Aires-CABA/Argentina)

La noche viene. Es 31. 31 de diciembre. ¿El año? Ya no sabe en qué año está. Es 2004. La noche viene y con ella, morena de ojos negros deberían comenzar los festejos y dejar que la invada el sueño con suavidad y así olvidar lo inolvidable. Pero le duelen los espectros de la noche, la tristeza instalada en carne joven, en esos ojos que siempre buscan respuestas, en los pies gastados de caminar tanto. Desecha toda fiesta mas se le hace difícil conciliar el sueño donde habiten mariposas y luciérnagas. Se levanta con el ruido en los suburbios que vienen de lejos, las sirenas, el tañer de las campanas que anuncian el 2005, la llegada de un nuevo año.
Y Margot llora. Llora por la soledad. Soledad de pena oscura penetrante adherida. Llora porque aún quiere soñar maravillas esperadas como dones, pretensiones de ilusiones juveniles. Solamente pretensiones. Esa noche, 31 de diciembre de 2004, Vaugirard, su barrio en París, le trae suspenso, suspenso febril. Ella cree todavía que un mañana llegará y retornarán las ganas de volver a empezar. Empezar sería un buen comienzo, se dice. Volver a creer, creer increíble y necesariamente, corporizar lo vivido, proyectar ingenuas ilusiones, historiar historias repetidas, ya lloradas, ya reídas. Y así dejar de llorar.
Las sirenas y campanas cesan.
Ahora escucha los acordeones y bandoneones alegres que incitan a bailar y a ella le caen tristemente. Se apoya en la ventana y en los acordes de un tango reconoce a Osvaldo Pugliese y la vuelven a Buenos Aires que no puede ni quiere olvidar. Roberto la trajo a París en una huída desesperada con el corazón partido.

No. No puede olvidar Buenos Aires. Esa Buenos Aires única. San Juan y Pasco, Rioja, Humberto Primo, el barrio de sus padres, la escuela que albergó su infancia y adolescencia en San Cristóbal, en ese histórico Normal y menos aún olvidar con dolor intransferible en el cuerpo, la casa de la calle Cevallos. ¡Menos ésa!
Su encuentro con Roberto, el deslumbramiento, la fascinación primera, lo vivido, le aprietan todavía las entrañas con el recuerdo de esa sala donde hablaban todos juntos lo que ella en principio no entendía.
Tiene en sus oídos el sonido de su voz cálida, penetrante, convincente. Esa tarde supo que ése era su lugar, que ésa era su lucha y ése era su hombre. Ella y él. Juntos. El mismo pensamiento, iguales las ideas, los abrazos interminables y el mismo calor fundido entre los dos. Lo amó con la locura con que se aman los adolescentes y con la admiración del valor que emanaba ese visionario.
Lo ama todavía. Lo ve en sueños.

Por las tardes se encontraban en la sala. Ella siempre con sus trenzas salidas de la boina azul bien calada. Él la llamaba “mi francesita”.
Ella reía jugueteando con su pelo enrulado, el de él. Todo era como jamás lo había imaginado. Conferencias, órdenes, contraórdenes, consignas, mensajes, trabajos. De a poco al lado de Roberto enorgullecida por el lugar que ocupaba como novia y compañera fue entrando en la vorágine y su único proyecto era ”cambiar el destino de la Patria”…hasta que “cayó”. Cayó sola. En un descuido en San Juan y Deán Funes camino a casa de sus padres. No volvió a ver a Roberto ni a sus compañeros.

Sobrevivió torturas, violaciones, Vivaldi a todo volumen, hipocresía, ocultamientos. Aprendió a fingir para ocultar o simular una “recuperación”.
Supo de tranzas, arreglos, como cuando la sacaban a pasar para marcar gente que ella nunca reconocía. Un año largo fue el que pasó de estar detenida desaparecida a llegar a la libertad vigilada y luego liberada sin saber por qué. En sus cavilaciones supuso que tenía un perfil de “recuperada” el que hizo que la soltaran. Obtuvo la libertad ansiada mas no sin miedos y desconfianza. Ellos estaban siempre allí. Por temor no volvió a su departamento ni a la casa de los viejos. Deambuló. Tocó puertas por las noches. Supo que muchos no estaban en ningún lugar hasta que dio con Nacho un cumpa de ley, un sobreviviente más, que le consiguió papeles, pasaporte y un nuevo nombre.
- Nena, te conseguimos pasaje a Francia. Con tu estilo y recordándote con tu boina azul, Margot encaja perfecto ¿Margot Daviou te suena bien? ¿Qué fue de tu característica boina azul?
- Se la regalé a Chela el día que la pelaron.

Y hoy 31 de diciembre cierra los ojos y tantea el mueble donde están las llaves de L´Antique, esa tienda de la rue du Four en la que deambula entre porcelanas y cristales. Toca su cofre de papeles amarillos tinta esfumada de época arcana. Una foto con Nacho en la puerta de “Le Petit Diable” de Margot de Boedo y San Ignacio, hermanito menor del de Touluse allí en Francia y un pimpollo rosa, regalo de él en un cumpleaños muerto desde el tiempo y su tristeza. ¡Veinticinco años! Ya todo queda atrás. En el mutismo silenciado del cofre de los olvidos.

Acaricia su boina azul, la que Chela le mandó sorteando obstáculos, el cuello de organza que Mimí la dueña de la tienda le obsequió con un pequeño prendedor, la miniatura de la margarita tallada en marfil y los guantes de fiesta, en ese cumpleaños sordo e inexistente.¡Tan amable Mimí! Todo, todo ya fue.
En el cofre de los recuerdos guarda también el valor, el honor y el olor de los cuerpos encendidos, que se desasen de los papeles amarillos escritos con su sangre. Ella y Roberto. Roberto y ella.
Amanece. Ya es 1º de Año. El viento golpea las ventanas de su habitación. Vaugirod bailotea igual que el centro de París. Parece que se desploma el mundo entero. Los árboles se mueven al compás, retozan burlones enloquecidos, aquí y allá, abajo, cada vez más abajo hasta casi tocar el suelo. Comienza a gotear. Primero gotas chicas, luego siguen más grandes. Se ha instalado el aguacero. Tormenta de viento igual al pampero y aguas como perlas nacaradas. Junto a la ventana, manto de lágrimas los cristales, Margot mira hacia afuera y espera. Espera aguardando que lo traiga el pampero. Espera. Aprieta sus manos morenas, vigila el reloj que las horas no da mientras las cenizas del fuego de su boca llenan todo un cenicero. No llega. Interminable es la espera. ¿Jamás llegará?
Margot pierde su acostumbrada templanza, su inagotable y férrea paciencia, ese permanente control que adquirió hace veintiséis años cuando sólo contaba dieciocho.
Cae la noche. Con ella la locura la atrapa esta vez con sollozos con gritos. ¿Dónde quedaste que ni mi pampero te ha traído? Gime.

¿Qué impide tu llegada amor mío? Como si un rayo la empujara acude a su cofre y a pesar de la locura que la consume, con ademán delicado como en éxtasis toma las llaves del auto, se encaja la boina azul sobre su pelo cortito, abrocha en el cuello de encajes el prendedor y se calza los guantes de cabritilla con sus botones de perlas. ¡Lástima no tener el retrato de su madre! Ese cuadro de ella tan bonita con el pelo negro violáceo y la tez traslúcida nacarada.
El viento de la calle le revuelve los cabellos.
Decidida pone el pie en el acelerador del coche sabiendo de antemano que el Sena la espera.


PÁGINA 9 – ENSAYO

LÍMITES Y GRANDEZA DE HÉCTOR TIZÓN

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Héctor Tizón prestigia a la literatura argentina. Decirlo puede ser un lugar casi común, pero no está demás repetirlo cuando se habla de un escritor que libro a libro, desde “A un costado de los rieles” (1960) a “Cuentos completos” (2006), ha demostrado que cuenta con una suerte de “espacio” propio, en el que paisaje y dimensión metafísica se funden en una sola entidad. Y que por esos paisajes en el que el tiempo suele tomarse un respiro en su rotar constante, andan sus personajes innominados soportando la soledad y la inminencia de la muerte.
Lo anterior viene a cuento porque luego de un cierto silencio literario en torno a este autor, de quien lo último conocido fueron sus “Cuentos completos” (Alfaguara, con relatos que llegan a 2004) y “La belleza del mundo” (Seix Barral, 2004), aparece ahora el macerado “Héctor Tizón, un ejemplar de frontera”, estudio y reportaje de Ana Da Costa publicado por Ediciones de la Flor.
Tizón fue, durante años, viajero impenitente. Después, por haber defendido presos políticos se vio obligado a abandonarlo todo y radicarse en España para, simple pero dramáticamente, sobrevivir. Luego retornó, se afincó en su Jujuy natal y ahora, cuando se aproxima a los 80 años (nació en 1929), es presidente de la Corte Suprema de su provincia y continúa relatando sus historias, quizás actualmente escribiendo ese libro breve que tendrá como tema central el desierto, tal como se lo cuenta a Da Costa en el presente estudio.
La autora es periodista de medios gráficos y radiales. Comenta que trató personalmente a Tizón en 2003, aunque, por supuesto, conocía antes la totalidad de su obra y aún previamente a la primera entrevista que le hizo pensaba en un libro como el que concretaría tiempo más tarde. Al año siguiente Ana Da Costa viajó a Yala, próxima a San Salvador de Jujuy (Tizón vive alternativamente en ambos sitios), y allí pudo concretar la serie de entrevistas a su admirado autor a quien califica como “ser humano entrañable”, hombre de gran sabiduría y de notable calidez.
Una pequeña digresión: conocí a Tizón en Santa Fe –ciudad en la que resido- donde, en 1994, participó como convencional de la reforma de la Constitución de Argentina integrando el bloque radical que presidía el ex mandatario Raúl Alfonsín. Aunque Tizón es de prosapia radical en rigor no milita en ese partido, sin embargo aceptó ser convencional porque así se lo reclamaban sus convicciones republicanas, más bien yrigoyenistas, como él mismo se preocupaba en aclarar. En aquella ocasión el autor de “El cantar del profeta y el bandido” me dio la sensación de ser dueño de una gran paz interior, que se trasuntaba en su extrema amabilidad, en su forma de ser afable y calma, por eso no me resulta difícil compartir la impresión de Da Costa.
Volviendo al libro: A través de extensos diálogos, de comentarios que la periodista va adicionando, enriqueciendo, “Héctor Tizón, un ejemplar de frontera”, permite el reencuentro con un hombre que ha hecho de la reflexión constante una forma de vida. También de sus prolongados silencios, a los que Da Costa se somete esperando que “retorne” de ellos para entregar sus pensamientos, tan particulares.
Así, en un momento determinado nuestro escritor reflexiona sobre Dios y dice que no puede creer en él pero entiende que otros sí lo hagan. “Dios es el sueño de los pobres”, concluye. “Soy cada uno de los personajes que voy escribiendo”, confiesa también.
El escritor –diplomático y “trotamundos” por entonces- comenzó su obra en México con la publicación de sus cuentos “A un costado de los rieles”y la prosiguió años más tarde, ya de regreso en la Argentina, con sus historias basadas en hechos del pasado (“Fuego en Casabindo”, 1969; “El cantar del profeta y el bandido”, 1971; “Sota de bastos, caballo de espada”, 1975) Sobre estos libros dice Ana Da Costa que se trata de “una trilogía histórica en la que (Tizón) pretende dejar testimonio de la presencia indígena en la Puna, de su lucha por sobrevivir en un medio geográfico y climático hostil, así como la llegada del progreso y de su encuentro con las tradiciones autóctonas”.
El escritor se vio obligado a dejar el país en 1976 porque su vida corría peligro y porque su mujer lo conminó a radicarse en España donde llegaron con escasos recursos. Así, mientras su esposa Flora se dedicó a hacer traducciones él “agarraba” cualquier cosa que le facilitaran ingresos, entre ello libros por encargo. Confiesa que viviendo en Madrid muchas veces no tenía ni ganas de levantarse y que su vida en el exilio fue muy penosa, especialmente desde el punto de vista anímico.
Un psicoanalista lo alentó a escribir aquello que no terminaba de decir en el diván y así nació su libro capital “La casa y el viento”, que concluido en 1982 en España sería publicado dos años más tarde por Legasa en la Argentina, cuando Tizón ya había regresado al país.
“La casa y el viento” es una nostálgica recorrida por un paisaje y un tiempo, el pasado, que el protagonista se ve obligado a dejar atrás. Cuando comenzó a escribir ese trabajo Tizón sentía profunda tristeza, la melancolía que le producía saber que le sería muy difícil, si no imposible regresar a un país, el suyo, donde los “sables analfabetos”, como dijera el poeta dominicano Manuel del Cabral, mandaban.
“Tengo que despedirme de todo eso para poder empezar de nuevo”, se dijo en aquel momento y por este motivo –le cuenta a Da Costa- (la novela) está narrada como un largo adiós”.
Felizmente no hubo ese largo adiós, porque el escritor no sólo pudo regresar sino proseguir y acrecentar en calidad su obra narrativa que resultó “aligerada” de peso y notablemente más madura. Así fuimos conociendo “El hombre que llegó a un pueblo” (1988, novela reeditada hace poco tiempo y llevada al cine);“El gallo blanco” (cuentos de 1992), “Luz de las crueles provincias” (novela, 1995); “La mujer de Strasser” (novela, 1997, luego reeditada); “Tierra de frontera” (ensayo, 1998, reeditado en 2000); “Extraño y pálido fulgor” (novela, 1999),; “El viejo soldado” (novela escrita en el exilio y publicada en 2002); “No es posible callar” (Taurus, ensayos, 2004) “La belleza del mundo” y “Cuentos completos”. Con la excepción de “No es posible callar” y “La belleza del mundo”, el resto de los libros aparecieron bajo el sello de Alfaguara.
Quizás fue un error reeditar “El viejo soldado”, una novela que Tizón demoró en publicar porque tenía conciencia de sus debilidades (“Éste es tal vez el menos querido de mis libros”, advierte el propio autor quien le confiesa a Da Costa que en él las llagas del exilio se encuentran demasiado expuestas), pero de ninguna manera los restantes títulos. En sus últimas novelas los personajes tienden a “perder” sus nombres, a confundirse con el paisaje, a volverse casi entidades metafísicas.
Tizón confiesa que además de haberse moderado, haber reducido a lo esencial su forma expresiva, también ha buscado quitarle connotaciones biográficas a sus criaturas. Afirma por otra parte –coincidiendo con Onetti- que escribe porque “no hay más remedio”y también que lo hace para ser querido, quizás para conmover.
Ha dejado de lado las “mañas” que tenía antes de partir al exilio y aún se disgusta por esas diferencias poco felices que se hacen entre escritores “de Buenos Aires” y “del interior” que desde fuera del país no pueden entenderse y lo que busca ahora es escribir sobre la gente de su tierra, su mundo, su orbe personal.
“La literatura –escribió para este estudio- no puede cambiar el mundo o la vida. Sólo puede llegar a ser un destello, un fogonazo, un graffiti, un escrito en el muro. Esto es todo lo que puede hacer un hombre llamado escritor para que ciertos momentos de la vida no mueran del todo y para siempre. En eso residen sus límites, pero también, quizá, su grandeza”.


PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Rubén Amaya (San Miguel de Tucumán/Argentina)

LLUVIA

Llanto gris de madrugada,
golpeando nostalgias la lluvia interpreta
eléctricas danzas de tristeza y chapa.

Un trueno furioso
interrumpe un monólogo de llaves
y urge el paso de náufragos nocturnos

¿Adónde irán los pájaros en las noches de lluvia?
¿En qué barrio insomne de lunas amarillas,
atrapados de julio en el bar más oscuro,
dos deshabitados compartirán cenizas?

¡Qué delirio de angustia la lluvia sin abrigo!
Con las puertas cerradas y los ojos abiertos,
con las manos calladas y el futuro esperando,
con la mesa vacía y los niños llorando-
¡Qué tristeza inmensa
ver a la intemperie
dueña de la calle!
Y el viento que pasa
diapasón de un llanto

A TU CUERPO

Soy un pecador impenitente,
incorregible lo confieso.
Un invasor de la ternura.
Un asaltante con la sangre encendida.
Por eso no puedo... no concibo
adorar a tu cuerpo como a un templo,
lo deseo,
mi piel es un feroz oleaje
pugnando fundirse con tu aliento.
Quiero llegar a pleno sol
frente a tus pechos,
ponerle fuego a tus ojos y a tus brazos,
rodearte la cintura con mis besos
y enfrentarnos al fin,
a puro cielo.
Penetrarnos... como una historia de dolor,
como una idea.
como un viento candente-
Penetrarnos... para ser...
definitivamente,
cualquiera sea el tiempo del amor
o del olvido

MI TRISTEZA Y YO...

Mi tristeza y yo,
finalmente somos inseparables.
En las noches de invierno,
suele esconder las ventanas
para que la muerte no me muerda a traición.
Acomoda en los rincones mis ausencias,
se burla silenciosamente con las sombras
de las historias que bailan en mi memoria.
Cuando la lluvia regresa sola,
sale preocupada a buscarme,
me habla de las mujeres desconocidas
que guardan mis pedazos en sus carteras.
Algunos domingos tan pálidos y viejos
que ni el viento se acuerda de mi puerta,
se adormece en mi piel
y entona pequeñas canciones,
para que yo invente nombres
y me atreva a escribirlos

EL INUNDADO

¿Cómo se llama esta región?
¿Será quizás la puerta de servicio
del mundo occidental?
Me pregunto
porque no encuentro mapa
de esta desolación-
Recuerdo que aquí reinaba el río
con su séquito de pájaros profetas,
tenía sus barones y señores feudales
el tala servicial, el elegante pino,
soberbios y arrogantes lapachos.
Tenía también su principado,
feroz y aleve el puna, musicales corzuelas,
el soñoliento yacaré enfangado y flemático.
Circulaba también su truhanería,
el tatú burgomaestre, el ñandú, el carpincho,
huraño dignatario el carayá,
oficiante en aullidos.
Y por abajo oscuramente áulica,
la yarará silente.
¿Y el hombre? Un habitante más,
un modesto vecino, a veces peligroso,
a veces solidario, protector, compañero.
Todo esto son recuerdos,
ya no los encuentro,
sólo diviso el río,
el río sin orillas y la selva en harapos.
¿Será quizás Viet nam y su arroz bombardeado?
¿La dulce Nicaragua flagelada a metralla?
¿La atormentada pupila de Hiroshima
o el desvelado azul de Nagasaky?
No…. Los anales del hombre
no registran combates
de hierro y volcán desatado,
no hubo nada,
sólo olvido desprecio,
la síntesis exacta
de cómo concibe el yanqui
a su patio trasero.
Esto es La Argentina, callado litoral,
maternidad del verde,
proletaria región de yerba mate,
cotidiana ternura de algodón.
Esto es La Argentina, lejos de Buenos Aires,
lejos de los ministros y de las embajadas.
Esto es La Argentina debajo de las aguas.
Cuando no queden recuerdos
de dioses ni de imperios.
Cuando el sonoro aliento
de pupilas despiertas,
disuelvan impacientes,
los estériles huesos
de mercaderes y guerreros.
Cuando las largas y cristalinas lluvias
laven la piel de América,
nuestro pobre hombre,
el inundado,
andará de sol en sol de cuna en cuna,
bebiéndose el amor
en pleno otoño,
total libre ya de asesinos,
la primavera va a alimentarse sola


Eugenia Cabral (Córdoba/Argentina)

SOBRE LA TRATA DE PERSONAS

Por este trozo de carne,
por esta libra de carne arrancada
a un paso de mi corazón,
yo dudo seriamente de que la libertad
sea un don, un atributo
concedido a los seres humanos
por algún dios o por la naturaleza
o por la energía del universo.

Porque más allá de las leyes
que nos rigen a las personas, a los seres naturales,
a los cuerpos del espacio cósmico,
existen otras leyes que no son tales,
pero que, antes de aplicarse, ya han emitido juicio.
Reglas que no contemplan
la posibilidad de una excepción,
normas que no prevén la eventualidad de perdonar.
Porque detrás de esas leyes empíricas,
no escritas, de pura acción,
hay otras normas también empíricas
y ágrafas y prácticas y pragmáticas:
la ganancia económica, la especulación financiera.
Y para justificar su aplicación se redactan
tratados jurídicos, ensayos científicos
y artículos periodísticos donde se explica
la normalidad de la soberbia racista,
del desprecio machista, de la arrogancia intelectual,
como distinciones natas de los opresores
que los califican para ser patrones,
para ejercer de pederastas,
para erigirse en proxenetas,
para explotar a sus esclavos,
para expoliar a sus siervos,
para asesinar a sus mujeres,
para aporrear a sus niños,
para secuestrarlos, para violarlos,
para humillarlos, para matarlos,
para explotarlos y desterrarlos.

Entonces, hermanos, este trozo de carne
que cuelga desprendido de mi pecho
es la libra de carne que me cobra
la usura capitalista por haber nacido
en este mundo de explotadores y explotados.
Mundo no previsto en los bellos estudios
de los astrónomos, ni de los físicos,
los médicos o los artistas.

Este mundo descarnado donde la libra de carne
de mi propio cuerpo no alcanza para pagar
la medida de sus ambiciones.
Este pedazo de carne sangrante
es la medida de mi dolor,
la parte que me obliga a tributar
la misma avaricia que obliga a la esclavitud
a mis hermanos y hermanas
que necesitan de libertad.

La libertad. Una ley hecha de mil leyes
y de muchísimas normas y reglas
que cada uno sabe en su corazón y que, a veces,
las anota en un papel, para recordarlas.
Una ley general que nunca llegará a ser
lo suficientemente bien regulada.
Pero ahí está. Como una puerta hacia la vida,
con su picaporte, su madera fragante
y su fragmento de luz, del otro lado.


PÁGINA 11 – CUENTO

LAS MÁSCARAS DE PAPÁ
Primer Premio Nacional De Narrativa 1998

Por Silvia Loustau (Mar del Plata-Buenos Aires/Argentina)

Papá, ¿por qué te escondés detrás del diario? Ahora que soy un hombre te recuerdo como un cuadro de Magritte y te veo bajo el título: “Hombre sin rostro”.
Yo era chico y me preguntaba cuánto tarda un grande en leer las noticias, si serían tan importantes. A vos te interesaban los nombres de los muertos, quién ganaba o perdía, que se vendía o permutaba. Qué tremendamente largos eran los diarios del domingo. Los veía inacabables. Y los ritos del domingo. La mesa bien tendida y vos, mamá, Freddy casi bebé, Moni y yo, alrededor del blanco mantel almidonado que la abuela había traído de Irlanda . Y el silencio. Un silencio que me cerraba la garganta. Yo miraba la comida y desaparecía el hambre.
Los almuerzos eran un tenso silencio, cortado por el ruido de los cubiertos sobre la loza y mamá levantaba las cejas sobre sus ojos, observando. Que nadie dijera nada inconveniente, ni un solo tono más alto del debido. Y vos:
−Moni, baja los codos de la mesa.−
−Jimmy, cerrá la boca para masticar.−
−Maria, mirá, Freddy mete los dedos en la salsa.
Y después tu café con gotas. El sillón. Tu sillón de pana verde y el diario. Y ya no tenías más rostro, papá.
−No deben hacer ruido. Ni correr. Ni pelearse, cuando papá lee el diario.
Entonces yo jugaba con mis plastilinas o los soldaditos hasta que el sonido de aquella radio Philips empezaba a aturdirnos con el fútbol.
Y allá sonaba trémula la voz baja de mamá:
−No hay que molestar a papá mientras escucha el partido.−
Y la tensión se llenaba con la voz de Fioravanti, y con tu cara que ahora aparecía, pero era como si no, porque tus ojos se perdían en el aire mirando aquel match invisible.
Tardes de domingo.
Cuando comencé la escuela me hice amigo de chicos que jugaban con el padre. Que conocían la cara, los ojos, las caricias. Porque yo busco en el bolso azul de los recuerdos (como dice el poema de una amiga) y no encuentro ni el más leve roce de tus manos. Sí me acuerdo que eran blancas, tersas, anchas, que cerrabas fuerte los puños cuando tenías bronca y los nudillos se ponían pálidos y las manos coloradas y yo sentía el miedo caminando por mi pecho. Pero no recuerdo ni una caricia en las mejillas, un revoltijo en el pelo. Ni siquiera me dabas la mano cuando me llevabas por la calle. Al principio me tomabas por el cuello, entre el índice y el pulgar, como una pinza, y yo me sentía como una marioneta a la que manejabas a tu antojo. A veces me animaba y:
−Papá, me pesás en la espalda.−
−Mirá donde caminás −respondías.
Cuando fui un poco mas grande apoyabas tu mano sobre mi hombre, y yo, de no más de ocho años, temía terminar enterrado en el asfalto.
¿Por qué nunca entrelazaste tus dedos entre los míos, papá?
Es como si la imagen se esfumara cuanto más te recuerdo. Papá cara de diario. Papá sin cara. Papá sin manos, sin caricias, hombre con tenazas de cangrejo…
Y una tarde después del ritual dominguero me llevaste a la cancha, creo que tenía cinco años. Y para tu desilusión a mi no me gustó. No entendía a todos esos hombres corriendo detrás de una pelota, y pensé porque no le daban una a cada uno.
Sabés, ahora creo que vos tenías miedo que no fuera bien macho cuando creciera, porque a los machos les gusta el fútbol, los caballos, la caza. Todo eso era parte de tu mundo. Tal vez fueran las diferentes máscaras detrás de las que siempre te escondiste. −Los hombres no lloran.− me dijiste amenazador cuando se murió Colita, aplastado por un auto.
Había otros ritos. El de los sábados. A la hora de la siesta limpiabas tus rifles y escopetas. Extendías las gamuzas, los largos cepillos, la vaselina. Aún hoy siento en mis fosas nasales el olor del Penetrit. Acariciabas los rifles. Mirabas el caño. Los lustrabas. Ellos sabían de tus manos. Pero yo nunca quise comer aquellas perdices en escabeche, o los guisos de liebre, que tus amigos festejaban entre vasos de un buen borgoña.
Y justo a mí, que miraba a los pobres bichos muertos y sentía una pena intensa, justo a mí me llevaste una tarde de cacería. Una cacería de patos. Me pareció tan hermosa la laguna, tan calma, con sus altos juncos acariciados por la brisa. Tendría siete, ocho años y recuerdo que debíamos caminar despacio, sigilosamente. Me sentía como en un cuento de suspenso. Pero la magia fue rota por los estampidos, los aleteos desesperados y los setters que volvieron con tres patos convulsionados entre sus fauces. Entonces, yo vomité. Y tu amigo Juan me sostuvo la frente mientras las arcadas me daban vuelta y él decía:
−Es que se asustó.− Y yo te miré y sentí tu enojo como un fuego, quemándome.
...Pero recién ahora comprendo, tantos años después, que ese fuego que me quemó desde tus ojos era fuego frío. Un fuego de hielo. Un hielo que congeló mis abrazos, mis secretos, mis sueños. Esos secretos, esos sueños, esos abrazos que nunca conociste. Porque siempre te escondiste detrás de tus máscaras y ahora, ahora que podríamos hablar de hombre a hombre, ahora, te escondiste detrás de tu última máscara. Te escondiste detrás de la muerte, papá.


PÁGINA 12 – ENSAYO

LA MONTAÑA DE HORACIO HIDROVO PEÑAHERRERA

Por Juan Félix Cortés Espinosa (Piura/Perú)

El destacado poeta ecuatoriano, Horacio Hidrovo Peñaherrera reconocido internacionalmente por su prolífica obra literaria, ha publicado el libro “La Montaña”, como un homenaje a su terruño que lo acogió para ser un auténtico creador de poemas y con el transcurrir del tiempo su palabra ha recogido el sentir de un pueblo amante de la naturaleza y de la vida.
A Horacio lo conocen los campesinos del Ecuador y le expresan un cariño especial, tal vez, porque en su poesía siempre se encuentra el canto cristalino de sus montañas, de sus valles, de sus ríos y quebradas.
Horacio Hidrovo Peñaherrera, nació en la ciudad de Santa Ana y que he tenido la suerte de conocer y pertenece a la provincia de Manabi; el poeta es profesor de Literatura y laboró en el prestigioso Colegio Nacional Olmedo, de Portoviejo y ahora recuerdo que en el año 1971 me invitó para participar en el Festival de La Lira y que se realiza en este colegio en el mes de setiembre, Horacio y su familia me hospedaron en su casa y conocí de cerca la generosidad del pueblo manabita e hice amistad con prestigiosos poetas del Ecuador, premiados y homenajeados por la calidad de sus creaciones poéticas.
Actualmente el poeta de Santa Ana, es director del Departamento de Extensión Cultural de la Universidad Laica, Eloy Alfaro de Manabi y se ha desempeñado como docente universitario en la cátedra de Literatura; anualmente la universidad organiza el Encuentro Internacional de poetas y concurren una buena cantidad de creadores de América.

SU QUEHACER POETICO ES AMPLIAMENTE RECONOCIDO
Entre los galardones que ha obtenido Horacio se pueden citar los siguientes: El Consejo Nacional de Cultura del Ecuador le adjudicó el año 2,000 el Premio Nacional “Benjamin Carrión” y en la década del setenta ganó el premio nacional de poesía “Pérez Pazmiño” que convoca todos los años el diario El Universo de Guayaquil, asimismo, fue candidato al Premio Nacional “Eugenio Espejo”
Sus poemas han sido traducidos a varios idiomas, en varias antologías nacionales e internacionales han difundido sus textos y como periodista escribe en importantes diarios y revistas de su país y del exterior, es invitado a congresos y encuentros de poesía que se efectúan en Europa y América y ha recibido distinciones, condecoraciones y homenajes de importantes instituciones culturales, municipalidades y universidades.

LA MONTAÑA ES UN CANTO A LA NATURALEZA
Los poemas que hemos leído, tienen un mensaje y un contenido y están revestidos de un profundo amor y compromiso con la montaña, espacio vital donde habitan los animales, las plantas y el hombre que transforma su vida cada día y los ríos que traen el agua para continuar con la existencia, el lenguaje que utiliza Horacio, es el perdurable, la belleza y el encanto nos conmueve y nos identificamos plenamente con sus sentimientos, con su compromiso vital y sobretodo con la naturaleza directa y hermosa, Horacio es un poeta experimentado, lleno de vivencias, de viajes, ha conversado siempre con la naturaleza, ha defendido su magia, conoce las lluvias torrenciales, a los campesinos de su pueblo, ha sabido unir la historia del pueblo con la majestuosidad de una ecología que lo atrae y lo enamora desde niño, porque a temprana edad tocó la tierra húmeda de la montaña y supo los horarios de los pájaros cuando cantaban con la libertad absoluta ee3 una naturaleza que está perenne y cariñosa, Horacio con su poesía rescata el valor y la presencia de la montaña que vio nacer a sus ancestros, creemos que este libro es fundamental para ingresar a la ternura de una geografía donde la montaña es fuente energía renovable y de grandeza perdurable.
Horacio Hidrovo Peñaherrera, en la montaña tiene su casa museo y todos los días la visitan sus pájaros de Santa Ana, sus compatriotas, sus amigos extranjeros, y sus poemas que siguen cantando a los truenos, a los aguaceros, a sus antepasados que siguen caminando entre sus cosas.


PÁGINA 13 – CUENTO

PARADOJAS SUELTAS EN EL TREN DE LAS 19:30 A BATH

Por María Benicia Costa (Río Negro/Argentina)

Suelo tomar el tren a las 19.30. Me gusta ese horario porque es bastante tranquilo sobre todo en primera clase. Pero en la noche del 6 de junio algo curioso sucedió: un menesteroso subió a mi vagón habitual Esto nunca había ocurrido anteriormente.
Me cuestioné el porqué Dios permitía la existencia de estos seres con vidas sin importancia. Pensé que a lo mejor fueran los hombres que con su incomprensión ayudaban a este reincidente pulular de gente sin sentido; o -también pensé-tal vez fuera él mismo con sus contradicciones el que se había empeñado en llegar a esa situación… En eso estaba, cuando reparé en algo insólito: el hombre en cuestión leía con gran voracidad un manojo de fotocopias. Me acerqué con disimulo y, mientras me acomodaba, logré pescar el título del capítulo: “Sostenerse en la paradoja”,
¡Ah! ¡No! Esto era sorprendente. No era un tipo de lectura que condijera con su apariencia. Por unos instantes, me dediqué a observar sus rasgos. En cierta forma me recordaba un escritor sudamericano, de apellido Borges que recientemente había estado en Londres y me había impactado fuertemente. En aquella oportunidad se había leído un cuento corto suyo, inédito hasta ese momento llamado “La forma de la espada”. Lo recuerdo bien pues en él hacía mención Shopenhauer, planteándose con timidez “…tal vez yo soy los otros”… “Cualquier hombre es todos los hombres”… Justamente había decidido dedicar el tiempo del viaje en tren a masticar estos conceptos y vaya coincidencia, se me presentaba así…
Nos acercábamos a la siguiente estación cuando los pasajeros indignados con la presencia de este hombre convocaron al guarda, quien, impertérrito, declaró: “El señor ha pagado el boleto por tanto tiene derecho a su asiento”. La gente se arrinconó en una punta del vagón, siempre protestando con santa indignación, lanzando airadas quejas por “semejante atropello”. En cierta forma yo también lo consideraba un atropello: un señor cuya identidad era dudosa y además su apariencia física tenía un cierto parecido al escritor mencionado pero, leía no escribía. En fin, la realidad se me duplicaba, se superponía, se desdibujaba.
El menesteroso parecía más sumido aún en la lectura y escasamente levantaba los ojos de las fotocopias. Ausente del calidoscopio que estaba produciendo en mi mente. Me asombré por el número de paradojas que parecían flotar en el aire. Y me prometí buscar el libro que él estaba leyendo.
Empecé a mirar con otros ojos a este harapiento que me zambullía sin misericordia en estas profundas aguas. ¿Qué razones ocultas había detrás de este personaje?
Al llegar a destino bajamos casi todos; y mi sorpresa fue inmensa cuando me dí cuenta que la comitiva de recepción era justamente para el mendigo, al parecer era alguien importante. No salía de mi estupor, más aún cuando oigo al pasar a una señora francamente escandalizada que susurraba:”¿Qué hace con esta facha?” … “No tiene vergüenza”.
Pensé, como Borges en el cuento mencionado, no es justo que la actitud del supuesto “personaje” contamine al género humano. Y luego pensé ¡qué buena historia para un cuento corto!


PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

David Antonio Sorbille (Buenos Aires- CABA/Argentina)

A SILVIA

La vida renace en el momento de la pena
los recuerdos se desnudan impiadosos
la memoria denuncia el sacrilegio del olvido
las huellas se alimentan del silencio
la justicia clama otra vez en el desierto
las palabras se nutren de obligadas ausencias
la historia acecha entre promesas y traiciones
en el estéril simulacro de banderas perdidas
y sin embargo el asombro y tu perfume
el tiempo errante y las nubes de otoño
la poesía que llena tus manos de ilusiones
el mundo en tu rostro de maravilla luciente
la esperanza en el umbral de nuestro hallazgo
los caminos que se abren sin fantasmas
el alba encendida en tus ojos
nuestros hijos como semillas definitivas
y el amor sin pausas ni abismos
como albores de un sueño infinito

EL TIEMPO INMÓVIL

El tiempo inmóvil
en la noche furtiva
la abstracción posible
el presente y el futuro
la belleza instantánea
la fragilidad de los silencios
en un mundo que se quiebra
y se rehace incesantemente
en un éxtasis tempestuoso y febril

A OLGA OROZCO

La noche de invierno se quiebra
en mil pedazos de agonía estéril
como un poema inconcluso en el fondo del mar
donde abundan las piedras que brillaron
en las nubes de tu cielo intenso
en la vigilia del perdón y los lamentos
y en la magia de tu solitaria audacia
que cruzo muros y cabalgo con los vientos
blandiendo espadas y nostalgias invisibles
hasta atravesar las fronteras del misterio
en que la vida y la muerte se unen
como la memoria del amor y las estrellas
y la piel confundida entre los huesos
despojados de paraísos imperfectos
acechando como relámpagos desconocidos
o banderas arrancadas a una traición
replegada en la inmolación de las sombras
y en la red de tus metáforas forjadas
desde lo mas profundo de tu alma
que nos dejo huérfanos de poesía
y habito la esperanza enseñando
a ver el mundo a través de una lagrima

A ARMANDO TEJADA GÓMEZ

Es cierto que nunca te fuiste
sólo tomaste de prestado
el último peldaño que lleva al cielo
y ahora caminas
de nuevo entre nosotros
alterando el orden
de lo injusto
silbando la canción
del alma libre
haciendo que la pausa
de nuestra furia cotidiana
se transforme en ternura
y entonces atrevernos
a rescatar la flor
que tu poesía nos legó
porque sí un verso
dice lo que somos
se debe a que la semilla
tuvo el destino final
de los que como tú
abrieron las puertas de la vida
y llevan un niño en la mirada

A JUAN GELMAN

Él dijo que algún día la belleza vendrá
y cantó a los hijos negados de la historia
continuó lanzando versos ante el odio
creó poesía desde las ruinas de la poesía
prologó las batallas en poemas de Urondo
se afirmó en la memoria contra el sufrimiento
fue más que un grito solitario
alimentó de rocío nuestros olvidos
reunió en papeles los pedazos de un país
fue la casa en la soledad y el ostracismo
renovó la luz donde la sombra se acostó
abrazó el silencio desde la identidad
transformó los vientos en armas de coraje
tradujo la ira en la noche del mundo
fue otra vez la mañana en la ciudad despojada
el hombre de carne y metáforas y huesos
testigo viviente de un tiempo de tragedia
que nos enseña a ser dignos aun después de la muerte
hermano mayor en el largo camino
poeta de nuestras caídas y resurrecciones
que nos alienta desde el fondo del espejo
y será la belleza y vendrá por nosotros


Santiago Bao (Villa Gesell-Buenos Aires/Argentina)
(Premio de Poesía Fondo Editorial Rionegrino)

LOS TRUENOS DE LA MEMORIA

Yo también me distraje
camino de la escuela
medias hasta la rodilla
guardapolvo blanco
por una piedrita luminosa
por un brillo
que me hacía retornar
por la calle arbolada
de naranjos amargos.
Yo también sentí el desamparo
de cosas que todavía
no se habían ido del todo
y se incorporaron a las frías
sombras de los desvanes
o los sótanos umbríos
y ahora
se aglutinan reservadamente
para congregarse otra vez.
Yo también oigo los truenos
sobre el río de la memoria
y espero la lluvia
que disipará la última lágrima
sobre la gran Madre Tierra
abierta que desde siempre
aguarda.

ESTADO DE RESULTADOS

Libros en la niebla,
algunas palabras rescatadas
por otros náufragos como yo,
pérdidas varias, duras,
amigos que extravían
para siempre la tabla
del sobreviviente,
algunos descuentos obtenidos
que se amortizan
con porciones del alma,
negaciones que intentan
aliviar olvidos,
arrastre de saldos
que la realidad no concilia.
Libros en la niebla,
balances que se pierden
incautos en el desorden
creciente del cosmos.

DESAPARECER

“Tu vida se acabará en tu muerte, no para ti: para ti
se acabó en tu vida.”
Antonio Porchia

Primero, los libros
se cubrirán de polvo,
después, algunas cartas
irán sin querer a la basura,
las fotografías se disiparán
en la oscuridad de los cajones;
más tarde, su nombre
se mencionará casualmente,
casi sin emoción,
como en un sueño
sus lugares se cubrirán
con las ruinas del verdín,
finalmente, nadie recordará
el día en que murió.

HOTEL DEL DESIERTO

El colchón estaba doblado sobre la cama,
las sábanas sucias, gastadas,
huellas de ominosos paraderos,
rastros que en la colcha delataban
a zapatos limpiados deprisa.
En el suelo del cuarto brillaban
antiguos, dudosos goteos.
La belleza retrocedía
frente a las flores de plástico
y en el aire flotaba
un olor a tristeza primitiva,
una presencia del abandono
como un enorme murciélago invisible.

RUMBOS FELICES

La felicidad es un barco
que hace agua por todas partes,
cuya tripulación tiene
un timonel ciego,
un contramaestre sordo,
un capitán mudo,
una brújula que chinga
y un libro de bitácora
que dice: “salimos del puerto
de Ninguna Parte
y vamos rumbo al puerto
de No Sé Dónde”.

THE END

Siempre había alguien
que se encargaba
de bajarle el telón
a su acrobacia,
alguien que gobernaba
las sogas y los piolines,
las distancias al piso
imaginario,
alguien que una vez
apagó la luz
antes de tiempo,
alguien que otra vez
dejó en el suelo
los sucios residuos
de la muerte.

DESPEDIDAS

De tanto arremangarse
la vida
se quedó desnudo,
temblando de frío
mientras el resto
le dibujaba
el último contorno
en la dignidad perversa
de los callejones
sin salida.


PÁGINA 15 – CUENTO

LA MANCHA

Por Antonio Vizcaya Durán (Santiago de Chile/Chile)

Sus pies hinchados de tanto deambular por la Alameda, apenas caben en los zapatos rotos, exactamente por donde respira a perpetuidad el callo punzante; sobre todo cuando descansa, frente a la vitrina, cada tarde, a la sombra del techo plegable, preferido por él cuando extiende su frescor hasta el pavimento. –El techo ha olvidado escurrir la lluvia y la lluvia, las flemas del viejo por más de tres meses. Lo distrae un rato y deja de seguir ofreciendo cheques al portador, con el amparo de la suerte; pero sobre todo, de la Lotería Nacional.
Sus ojos dejaron de ser confiables de tanto verse en apuros. Ahora son unas gafas que escurren hasta la punta de su gruesa nariz las que lo alertan ante quien quiera canjearle un billete por cheque sin fondos o su pan a cambio de muy poco.
El resto de los sentidos reconocen no sólo el linde y edad de toda moneda, olores o acertijos de pájaros de cuenta, capaces de violar cualquier nido con tal de hacerse de dinero fácil; siempre listo de espantarse un pajarraco de mala muerte, a punta de bastonazos a la menor provocación de su tacto audible, diestro al guiar cada paso tartamudo hasta aquel cuarto de azotea, al fin sacarse los zapatos, el andrajo colgando en idéntico matiz al rostro abotagado; mientras, el corazón se le sale por lo pies.

El sol, reflejado en el cristal, al cegarlo lo vuelve a la vida. El ansia de confort insiste en abstraerlo, pensando cómo hacerse de ese par de zapatos sin que nadie lo advierta; sobre todo los buitres al asecho de su botín.
A medio crepúsculo suele colocarse frente ellos. A fuerza de costumbre se ha convencido, enfocando inútilmente los delgados anteojos, de que son de su exacta medida, quizás un número más grande, para beneplácito de la monstruosa callosidad; y por supuesto que se encuentran en mejor estado que los suyos.
Le atrae sobremanera el moño que forman ambas cintas, como si el par coqueteasen con él: “ven, tómanos, te estamos esperando”; mientras lanza dos o tres muletazos, espantándose las moscas que se turnan para alimentarse del viejo como sanguijuelas.

Con mucho tiento, para que nadie lo descubra, el desgastado hombre desliza el bastón armándose de paciencia infinita, paso a paso, imitando al caracol que parece seguir inmóvil a lo largo de las horas, a pesar de haber devorado la planta de pies a cabeza; sin perder de vista los zapatos que siguen llamándolo, a través de la apetitosa transparencia del cristal. Algo le dice que si no lo intenta hoy, mañana será demasiado tarde. Seguramente no es el único que los desea, que los necesita, que está dispuesto a correr el riesgo a pesar del peligro latente; y es que el bello corte estilo mocasín, con florituras en los lados y el tacón tan perfecto, lo cautivaron desde un inicio. Las semanas se convirtieron en meses y los meses en necesaria obsesión, para olvidarse de una vez por todas de esa burlona mueca formada en cada una de sus chanclas horrendas, que hasta la suela arrastra al caminar por el Zócalo, gritando sus billetes.
La punta metálica del bastón, con cientos de abolladuras, al fin logra introducirse en uno de los rodetes del moño, entre jadeos del viejo, manipulando la operación secreta con sus ojos saltones, a más no poder jalar aire; a punto de perder el equilibrio.
Ya no hay marcha atrás. Los zapatos deben ser suyos hoy mismo; de lo contrario, bien presagia la consecuencia.

El caos citadino provoca que su mente se aísle del entorno, incluso sus oídos silban en ascendente. Es un soldado dispuesto a llegar antes que sus camaradas al pillaje, a la rapiña absoluta entre bombas del enemigo. La bisagra gira en silencio. Tiene medio abdomen más allá de ese espejo de sorpresas. El callo lo martiriza con una punzada no deseable al adversario que sigue lanzando granadas desde su trinchera, incitando al anciano a un último esfuerzo, a sacudir la lengua asquerosa al sentirse tan cerca del manjar; no obstante su escasa y desgastada dentadura.
Un gesto malicioso, que se podría interpretar como sonrisa cansada, puja lo suficiente para que el bigote relamido y las lanas de su barba se tornen grisáceos en el momento en que el sol termina de ocultarse en el último edificio. El bastón logra al fin que los zapatos se muevan. Hasta este momento ningún transeúnte parece advertirlo, aumentando la emoción del abuelo. Penden apenas de la punta de metal, ante el pulso inseguro y su rostro en ambición. La mano derecha apoyada, a punto de resbalar junto con todo ese cuerpo regordete, desparramado, oliendo insoportable; con gran peligro, en cualquier momento, de convertir la osadía en simple anécdota policíaca en la última página de los diarios de mañana.

No puede más. Tiene que decidir ahora mismo entre dar la vida en nombre de la presa o salvar la propia vida. La cabeza calva le da vueltas. Le parece sentir una aguja atravesando el dedo pulgar de su pie. Sus brazos ceden, al igual que los brazos de un árbol atiborrado de fruto, de lluvia, de cuervos, contra la voluntad del huésped.
Pero las cintas del calzado resultaron estar tan enredadas que, más que su bastón, lo que necesita son dos pares de palillos chinos, una lupa y hasta tres pinzas de cirugía, para desmadejar el laberinto en el laboratorio de un siquiatra versado en nudistas: su prominente panza negruzca, apestosa, ya es observada en la calle por los curiosos que se alarman, más allá de lo permitido por el manual de buenas costumbres.
¡Se va a caer!

Fue impostergable una llamada anónima de emergencia a la policía. Las televisoras enviaron equipos al lugar, con la esperanza de tener la edición antes de las nueve de la noche; pero ninguna de las cámaras de tonalidad amarillenta logró el enfoque a tiempo del par de zapatos desbarrancándose contundentes, en línea recta, desde la azotea del edificio de tres niveles, hasta que rebotaron sobre el pavimento desgastado a mordiscos por la lluvia y el tiempo; luego de abollar ligeramente el cofre de un vetusto auto.
El viejo, aturdido en su desesperación, al último instante se concentró, sobre todo, en el fugaz silbido de un largo tramo de cinta de video que se encontraba enredada, a la vez, entre la cinta podrida de los zapatos, que sólo necesitaban de un sublime intento para liberarse de su condena; de la carga de años en que permanecieron colgando entre los cables del telégrafo, en pleno centro de la ciudad. Cables que se colman, cada tarde, de pajarracos en espanto ante el bastón que el viejo apenas logró salvar en la ventana, con el semblante enfermo. Expresión comparable a la del soldado que levanta las manos, pidiendo piedad.

Es cierto, el noticiero de la noche aumentó su audiencia; al menos comparada con la del culebrón –telenovela de moda; y eso que ayer se decidía la suerte del protagonista: en el último capítulo su amante le había ofrecido raudal de tesoros en cheques al portador, con el amparo de su futura viudez. Un segundo más tarde, te invitaban a comprar toda la gama de artículos que podrías adquirir si te ganaras la Lotería Nacional.
Las imágenes en el noticiero resultaron, hasta cierto punto comunes, aburridas, nada fuera de lo ofrecido cotidianamente: el anciano les gritaba a los niños allá abajo que esos zapatos le pertenecían.
–¡No se los roben, hijos de puta!, ¡son míos!, ¡de naiden más que míos! –sintiendo el rostro inflamado y lo poco que quedaba de su mirada entre lagrimones de impotencia; mientras, los chicos lanzaban el par una y otra vez a las alturas, encantados, después de atar entre sí de nuevo las cintas. Inadvertido el rancio personaje, desde la terraza que seguía gritando con voz gruesa, amenazante, desesperada; tan sólo deseaba interpretar, con su corta vista, el carnaval allá abajo; sin falta el aderezo a la escena inconclusa con transparentes salivazos, cuya consistencia y espontaneidad hizo por un momento pensar, a uno que otro testigo, en la tan anhelada primera lluvia del verano. –Y sea recordado, cómo no: el aplauso del respetable público, aquella tarde calurosa, que le obsequiaron al valiente bombero; soportando bastonazos en su espalda, bajó con el viejo a cuestas, desnudo de todo pudor.

El par de zapatos se encuentran de nuevo colgando, por cuenta y riesgo de un niño; al repetir de esta forma la epopeya de sus padres; con la única diferencia de servir ahora como espantapájaros en la acera de enfrente.

Ajustándose los anteojos, sin perder de tacto los billetes y su cena, al anciano le parece que esta tarde el cristal de la vitrina de la zapatería tiene una mancha que no había advertido antes; ubicada, tomando en cuenta el ángulo desde el que disfruta de su cotidiano descanso, un poco a la derecha del ventanal de su vivienda, en aquella oscura solana.
Se descalza, pausado. El bastón rebota varias veces sobre el cemento, en su tímpano; ante la indiferencia de la gente, que sigue corriendo frenética en busca de sus propios sentidos; sin imaginar que el abuelo los capturó en esa extraña mancha apenas palpable, rasposa como lija en su yema endurecida. “Verdosa, gelatinosa...” –parece murmurar algo entre risillas.
El bigote humedecido se abre en abanico ante lo que podría interpretarse como franca sonrisa pícara; mostrando a quien quiera ver los últimos tres dientes masticar con delirio el pedazo de pan.


PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS

LA FRAGILIDAD DE LOS ESPEJOS.
Autor: Joaquín Lera
Ediciones: Mandala & LápizCero

Joaquín Lera, artista polifacético, nos brinda con La fragilidad de los espejos una obra llena de ese encanto polifónico que, como músico, tan bien sabe imprimir a sus poemas. El texto es evidente, pero el ritmo y la musicalidad son interiores.
El poemario está dividido en varios capítulos o secciones, todos de temática muy variada aunque con el leit motiv de los espejos. Espejos que dan y espejos que toman, espejos en los que se aprende y espejos que hay que doblegar para que no distorsionen esa ficción que llamamos realidad. Espejos sumergidos en los renglones del tiempo y la espuma de los días, espejos ficticios que muestran verdades y mentiras, puertas que se abren y vuelven mágicos los espejos, sin principio ni fin, en el orden natural y frágil del devenir de las cosas. ISBN: 978-84-936935-9-6

EL ÁLAMO AMARILLO
Autor: Xavier de Tusalle
Ediciones: Mandala & LápizCero
Estos cuentos son pequeñas puertas que nos permiten el acceso al Jardín de la Imaginación, donde lo cotidiano se torna fantástico y lo singular parece algo corriente. Aquí las palabras transmiten luz y colores, sensaciones y aromas, misterio y enigma, realidad y sueño, ilusión y evidencia. Cierta personal sensibilidad, un fino sentido del humor y algunas afiladas cuchilladas de ironía nos muestran el talante plástico, intimista y filosófico del autor. Cualquier situación, cualquier personaje nos puede hacer despertar de nuestro aletargamiento crónico y, a través de la palabra, mostrarnos nuevas e insospechadas fronteras significativas. Esto es lo que sentimos al abrir las pequeñas puertas de estos Artylugios literarios.
Por Celia Estévez Lozano (España)

HUESOS DE PÁJARO
Autor: Manuel Jurado
XIV Premio Tardor de Poesía
Edita: Agua Clara. Alicante, 2009

Sin ceder en su maravillosa orfebrería de la palabra, antes bien afinando los atauriques dorados de sus palacios de mármoles encendidos y de crestería teñida por el carmín desvaído de los ocasos, concentrando el vértice de todos los poliedros que el diamante de su verso refleja; con el viento sutil de su ironía eleva Manuel Jurado ( Sevilla, 1942) estos Huesos de pájaro, ligeros como corresponde a la estructura zoológica de las aves, a un cielo en el que el aire se hace ámbito “ entre el resplandor y la muerte” como dice Antonio Gamoneda en el versículo que preside la primera parte de este poemario: Los códices del aire. Dos partes más tiene el libro: Espacios y silencios y Las tardes de noviembre.
Para quien la poesía ha llegado a ser no una senda sino un observatorio del mundo y sobre todo un mirador de su propia intimidad, este libro es un peldaño en esa aproximación reflexiva a la emoción íntima sin ceder en sus parámetros de ironía y escepticismo aunque matizados por una cierta consciencia del tiempo, de su fugacidad y de los quiebros de la caducidad. Un libro con una poesía exactamente ponderada, con una estética extraordinariamente madura en la que la depuración del verso certifica ese ejercicio de aproximación al esquema del sentido y con una sonoridad magistral extraída del buen uso de los heptasílabos. De memoria, de su clásica ebriedad frutal, de amor y de tiempo están hechos estos huesos que con su levedad llenan de armonía el aire.
Fugacidad del tiempo, del hombre o del aire: “El aire en el espejo,/cuando pasa, no deja/ señal o labio o verso./ pasa y se va .Sucede.” , “Cuando mañana el agua/ tenga un rumor distinto/ y fluya sin retorno…”, “ El alba es una línea/ entre naranja y malva,/una crema de leche/ de almendra para el cuerpo que dura unos instantes…”. Tiempo que se hace memoria : “ Observa como tiemblan/ las ramas de los días/ antiguos con su piel/ de cretona y gramófono..” , retorno a las emociones : “ A través de los ojos/ de un pájaro olvidado/ vuelvo a tener la edad/ de los pasos perdidos/ en un palacio ignoto.” , “ Recuerda que te he dicho/ que el olvido es la rama que no cruje/ al pisar la memoria.”
Poemario en el que, pese a la contención sintética, fluye como siempre tan rico lenguaje , lleno de metáforas felices, río de versos donde los sentidos disfrutan de ocultos reflejos paradisíacos , de la ebriedad de los colores… “Huele el campo a roja/corteza de alcornoque, a zarabanda y valses/ alocados, febriles….”, “La fruta que se cierra/ y se abre como el ojo/ de una perdiz oscura/ que no sospecha el vuelo/ del azor…”, “El labio se detiene,/separa su perfume,/ saborea su pulpa/ de cuerpo adolescente./”, “ …esa llama interior de cuarzo puro/ que fulge y se deshace/ en una fuente ígnea…”
Y la espera del ángel final: “Aguardo la visita/ cordial del enemigo,/ a que encienda su fuego/ y prenda en mi mirada/ su disparo de luz.” , cuya llegada provoca cuestiones : “¿Quién planchará mi piel?/ ¿Quién doblará mi cuerpo/ y lo pondrá en la cómoda/ entre membrillos rubios?” . Consciencia del límite que se truca en batalla, “La derrota es un tema/ literario y jugoso…” o en pregunta cargada de símbolos: “¿Por qué la nieve en estos álamos/ esbeltos, musicales,/ se desploma tan pronto?/ Ha vencido al fulgor de la glicinias…”
Un poemario homogéneo en el que la levedad del verso no quita el profundo sentido sensorial y de goce que han sido constantes en su obra, matizados en este caso por ese viento frío que empuja a los pájaros a la efímera esencia de su vuelo…
Por Francisco Basallote Muñoz (España)


PÁGINA 17 – CUENTO

ME LLAMO PIOTR ALEXANDROVICH POPOV Y ME ESTOY MURIENDO

Por Enrique Arias Vega (Bilbao/España)

Me llamo Piotr Alexandrovich Popov y a comienzos de este año de gracia de 1924 me estoy muriendo.
Antes de encontrarme cara a cara con el Supremo Hacedor quiero descargar mi alma. Sé que el relato que vais a leer os parecerá inverosímil. No ignoro, tampoco, que su publicidad puede cambiar el rumbo de la historia. Lo asumo con plena conciencia de ello, ya que no puedo presentarme ante el Señor manteniendo la impostura en la que he vivido todos estos años.
La historia comienza en un tren. En un tren sellado. Sin paradas. Con un largo trayecto entre Ginebra y Petrogrado. En aquellos cuatro interminables días y noches cambió el curso de mi vida. Quién sabe si también el de mi país. El de la humanidad, incluso.
¿Cómo llegué allí? ¿Cómo me encontré en el mismo convoy que un grupo de hombres que hasta entonces desconocía? ¿Cómo acepté aquel encargo diabólico? Y, lo que resulta aun más confuso para mí, ¿cómo llegué a identificarme tanto con el papel que me asignaron que no he sido capaz de desprenderme hasta ahora de aquella colosal superchería?
Debo remontarme a unos años antes de lo del tren para que se entienda esta historia, ya de por sí increíble.
Entonces estaba en Kiev y era feliz. Bueno, todo lo feliz que puede ser un funcionario de tercera clase, con responsabilidades limitadas y un sueldo todavía menor. Pero tenía un trabajo, un salario, una habitación con un armario, una mesa y una silla en casa de Ana Ivanova Rusiskaya.
Cuando conocí a Greta, todo fue aun mejor: me enamoré. ¡Tenían que haber visto a Greta! De formas amplias y excitantes, con una carne blanca, casi transparente. Y rubia. Sus mechones de oro caían sobre sus hombros y se arremolinaban cada vez que se movía de un lado para otro. Si ustedes han estado enamorados alguna vez seguro que me comprenderán.
Pero ella tuvo que regresar a su Alemania natal. Y yo la seguí.
En Alemania las cosas no nos fueron bien. Primero, por el idioma, que yo ignoraba absolutamente. Luego, porque tuve que trabajar de panadero, en la imposibilidad de ejercer un oficio intelectual, como el que tenía en Rusia. Finalmente, porque la policía me detuvo al cabo de tres meses.
Cuando aquellos tipos maleducados y vociferantes irrumpieron en la tahona, no entendí nada. Sólo tuve miedo. Más tarde, cuando me dejaron solo en una habitación amplia y bien amueblada me tranquilicé un poco. Sólo un poco. Pensaba: ¿qué será de Greta? En aquellos días pensaba mucho en Greta, ya que la veía menos que antes, cuando estábamos en Kiev, y empezaba a pensar que me engañaba con algún compatriota suyo.
Aunque parezca mentira, era en eso en lo que pensaba, y no en qué me podía pasar a mí, o en qué había hecho de malo para que me detuviese la policía.
Mis reflexiones fueron interrumpidas por la entrada en la estancia de dos individuos que se pusieron a andar de un lugar a otro, mirándome desde todos los lados y ángulos posibles, como si yo fuese una extraña especie animal que exhibiesen en un zoológico.
Comenzaron a charlar entre ellos llenos de excitación, gesticulando y señalándome con el dedo. Hablaban en alemán y no alcancé a entender lo que decían. Uno de ellos sacó una fotografía del bolsillo interior de su chaqueta y se la mostró al otro, quien le prestó muchísima atención, al tiempo que alzaba de vez en cuando la cabeza para mirarme.
Empecé a ponerme nervioso. De verdad. Volví a tener miedo. ¿Planeaban utilizarme para algún rito esotérico? ¿Estaban ideando alguna nueva forma de tortura? Justo cuando comenzaban a flaquearme las piernas, el más alto de los dos se dirigió a mí en un ruso más que aceptable:
—Apreciado señor Popov, discúlpenos por nuestra grosería, pero andamos tan apremiados por el tiempo que me temo hemos sido descorteses con usted.
Sorprendido, no le contesté. Así que el caballero —era todo un caballero, sin lugar a dudas— me tendió su mano, mientras seguía con las explicaciones:
—Me llamo Hans Jordi-Müller y pertenezco al Ministerio de Asuntos Exteriores. El señor Grünnental —señaló a su acompañante—, como usted debe saber, es el viceministro de la Guerra.
Yo lo ignoraba. Como también desconocía por qué estaba yo allí. Pero mi interlocutor intentó aclarármelo en seguida.
—Usted es ruso, ¿no? Pues necesitamos llegar a un armisticio con Rusia y acabar en el frente del Este esta estúpida guerra que ya dura demasiado, a fin de concentrar nuestros esfuerzos bélicos en el frente francés. Para eso contamos con usted.
Antes de que pudiese preguntarle eso tan simple de ¿conmigo?, continuó:
—Como sabe, Rusia está viviendo estos días una situación revolucionaria. Los revolucionarios han conseguido derrocar al zar Nicolás II pero no está muy claro cuál va a ser el rumbo que tomen los acontecimientos a partir de ahora —me miró incisivamente, para ver si seguía su razonamiento—. Lo que Alemania pretende es que los revolucionarios tomen el poder de una vez y que acaben pactando la paz con nosotros al precio que fuere, para dedicar así sus energías a hacer la revolución en Rusia y no perder más vidas de compatriotas suyos en defensa de un imperio moribundo.
Aunque yo no entendía nada de política, no me pareció que aquello estuviese mal planeado, no señor. Pero, ¿qué tenía que ver todo eso conmigo? Esta vez lo pregunté.
Antes de que me contestase el señor Jordi-Müller, el otro le dijo algo en alemán, como si no creyese conveniente dar tantas explicaciones seguidas. Sin embargo, mi interlocutor hizo caso omiso de sus objeciones:
—Para lograr nuestro propósito pensábamos conseguir la colaboración de un revolucionario profesional, un tal Vladimir Ilich Ulianov, al que llaman Lenin. Seguro que él hubiese podido encabezar con éxito la revolución en marcha y hacerse con el poder. Lamentablemente —añadió al cabo de un rato—, ha surgido un pequeño problema.
Entonces, se me acercó, bajando la voz, y me puso familiarmente una mano en el hombro mientras me hacía caminar a su vera:
—Lo detuvimos no hace mucho en Suiza, donde se hallaba exiliado, y no quiso escucharnos, ¿sabe usted? Tuvimos que apretarle un poco las tuercas y se nos fue la mano. Kaput. ¿Me entiende? Kaput. No más Lenin. Y ahí es donde aparece usted.
—¿Yo?
—Usted, amigo mío, es igualito a Lenin. Como una gota de agua a otra, y perdóneme lo manido de la comparación, pero es que resultan idénticos.
Me enseñó la foto de antes. Y otras cuantas más. Era yo. Mejor dicho, era Lenin. Pero hasta mi difunta madre hubiese jurado que era yo. El argumento definitivo para convencerme de que suplantase al desaparecido Vladimir Ilich Ulianov con objeto de ponerme al frente de la revolución soviética fue muy simple:
—Si no lo hace, mataremos a la señorita Greta Morggenbach. Es su novia, ¿no?
Por esa razón tan sencilla me encontraba yo semanas después cruzando Europa de punta a punta en aquel tren tan horrible, con crespones negros como los carricoches de difuntos de mi pueblo, las ventanas ahumadas y sólo dos personas desconocidas para mí con autorización para acceder a mi departamento.
En aquellos pocos días allí encerrado no pude dormir. Y no sólo por el horrísono traqueteo del tren, que también. No fue debido, tampoco, de una forma especial a mi preocupación por Greta, ya que me aseguraron que la cuidarían como a una reina y que, a requerimiento mío, la vigilarían para que ningún moscón se atreviese a importunarla.
Lo que más me quitó el sueño durante cuatro noches consecutivas fue mi aprendizaje forzado y contra reloj de cómo ser un revolucionario. No estaba preparado para ello. Tuve que aprenderme la biografía de Lenin, que no resultó particularmente compleja ni excitante, debo decirlo. También hube de memorizar los nombres y fisonomías de todos los que iban en los compartimentos próximos y de aquellos otros camaradas que me esperarían en la estación de Petrogrado. Gracias a mi experiencia como opositor a la función pública, tampoco me fue difícil aquella parte del programa. Lo peor, con diferencia, consistió en estudiar la abundante prosa producida por el camarada Ulianov: “¿Qué hacer?”, “Un paso adelante, dos pasos atrás”, “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática”, “El imperialismo, fase superior del capitalismo”... ¡Uf! ¡La de cosas que había escrito el tío!
Pero lo hice.
Al concluir el viaje, toda la aprensión acumulada en aquellos días fantasmagóricos desapareció de golpe.
En cuando llegué a la estación y me vi aupado por unas masas entusiastas y enfervorizadas que querían reemplazar al difunto régimen zarista a toda costa, las cosas resultaron extremadamente fáciles. No me pregunten cómo, pero allí mismo improvisé mi primer mitin. Luego los acontecimientos se engarzaron unos con otros y, sin darme cuenta, al poco tiempo estaba ya en el Kremlin, dirigiendo los destinos de la Madre Rusia.
Le cogí gusto al asunto, qué quieren que les diga. Tanto, que me olvidé del señor Jordi-Müller, de su colega el señor Grünnental y hasta de mi adorada Greta. ¡Hay que ver cómo embriaga eso del poder!
Lo primero que hice de regreso a Rusia fue simplificar las cosas. No estaba yo lo suficientemente ducho como para hacer teorizaciones ideológicas muy complejas, así que fui por lo directo. Por ejemplo, sustituí los análisis políticos por los eslóganes: “¡Todo el poder para los soviets!”, se me ocurrió decir un día y así le gané por la mano a Kerenski, que era un señor muy estirado, que entonces figuraba como jefe del Gobierno y que se las daba de fino. Otro día, en que ganamos de chiripa una votación, impedí que se siguiese discutiendo ya ningún otro tema: “Los que hemos ganado somos los bolcheviques, es decir, la mayoría: así que a partir de ahora los mencheviques son, por consiguiente, unos traidores”.
Les ahorro explicaciones más prolijas de lo realizado desde entonces porque todo está ya en los libros de historia. Pero ahora, después de tantos fusilamientos, de haber acabado hace años con los rusos blancos, de haber convertido a los mujiks en disciplinados miembros de los koljoses agrarios y de haber purgado a los desviacionistas de la línea oficial del partido, creo que debo reconocer de una vez por todas la amarga verdad: añoro a Greta. ¿Seguirá siendo rubia? ¿Se mantendrá todavía de aquel pálido casi transparente su carne mórbida que tanto me excitaba?
En las gélidas tardes de invierno, me aprieta más la nostalgia si cabe y añoro incluso mi puesto de funcionario de tercera clase en Kiev y, si se me apura, incluso el ahornagante trabajo de la tahona alemana. Por eso sé que ha llegado el momento de sincerarme, de poner por escrito la gran superchería de mi vida y de rogar a Dios que me perdone y a mis conciudadanos que sean indulgentes conmigo.
Mi mayor dificultad en este momento es conseguir que esta delicada confesión alcance su destino. Para lograrlo, voy a ponerla en manos de alguien de toda confianza, de una persona noble y comedida que sé que no la destruirá ni impedirá que llegue al necesario conocimiento público. He pensado en un determinado camarada georgiano. Es hombre de pocas palabras, un tanto adusto, además. Mejor así. Cumplirá su cometido sin ninguna vacilación. No es como Trotski, demasiado exuberante y extrovertido, capaz de olvidarse de mis instrucciones o de hacer lo que le venga en gana. No. Mejor dejo esta insólita revelación en manos de Iósiv Zissariónovich Dzugahsvihli, o sea, Stalin, que es, como digo, persona de conducta intachable y de un carácter digno de elogio. Gracias a él, las generaciones venideras conocerán, por fin, lo que jamás me atreví a revelar en vida.
Lo único que me preocupa es que alguien tan buenazo y confiado como Stalin pueda ser objeto de una conjura por parte de gente menos ingenua que él. A lo peor, hasta el endiablado Trotski le hace alguna jugarreta. O incluso, atenta contra su vida, que todo puede suceder.
Aunque sé que Stalin cumplirá mi encomienda, dejaré por si acaso otra copia de este manuscrito bajo una baldosa de mi habitación en el Kremlin, justo al lado de mi cama. ¡Que sea lo que Dios quiera!

Firmado: Piotr Alexandrovich Popov, hijo de Alexander Ivanovich Piulin y conocido en vida equivocadamente con el sobrenombre de Lenin.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Jorge Etcheverry (Ottawa-Ontario/Canadá)

MUNDO

De qué estamos hablando
Cuando decimos mundo
Con todas sus letras
Que en su tiempo fue cuadrado
Rodeado por un mar inacabable
no tan sólo de agua
Sino de vacío
Ese mismo que incuba en su seno al universo
Que a lo mejor también quiso decir mundo
Incluso cuando equilibrándose
Sobre una tortuga gigante
A su vez encaramada en otro reptil
Ya más incalificable
Aunque quizás todos bajo esas
Concéntricas esferas
de siete a cincuenta y cinco
según el caso
Que jerarquizan y defienden
de ese mismo enemigo
Otra vez
Que nos sigue acechando a nosotros
El vacío

Tratamos de decir
Mi mundo,
Y entonces abarco lo que veo
Entiendo y siento
Con un movimiento inclusivo de la mano
En cada caso personal y distintivo

LO ÚNICO-LAS VOCES

Y se desencadenan con todo sobre poblaciones apretujadas en sus angostas calles, casi medievales
Con todo dándole, botando torres, reventando acueductos, despedazan tumbas y la tierra misma parece abierta escupe fuego
Los niños muñecos rotos, horizonte que mezcla fuego y humo
Casi se derriten los lentes de las cámaras que algo registran
a pesar de la veda de noticias
Y la población televidente mundial anonadada y las declaraciones del Estado Mayor del país que no queremos nombrar para que no nos tilden de nazis
Repiten a un Clausewitz de segunda mano sacan a relucir la ‘contrainsurgencia’
Como si así pudieran explicar y absolver esas carreras de multitudes sitiadas en ese denso laberinto de escombros y ruinas
De cadáveres bajo brasas de hospitales y centros de estudio
A quién estamos escuchando, decimos, no creemos
y aparecen en fotos y videos que tienen como fondo esa ciudad moderna que es cualquier ciudad desarrollada
Más atrás las colinas medio peladas no muy lejos sabemos
El infierno

Y qué nos paraliza entonces pero por otro lado qué armas tenemos
Cómo se llega a esto y un momento
Nadie le niega el derecho a existir a este pueblo o al otro a este estado o al otro
Pero esto que aparece en pantalla que se lee
Se abre a otros negros territorios se desborda se sale de lo que dicen los personeros los organismos
Qué armas tenemos nosotros que miramos leemos pero hasta ahí llegamos
Qué tenemos
Cómo se llega a esto quizás uno se pregunte--y no me peguen palos--
Que a lo mejor se acuerda de esos viejos parientes en Varsovia
cuando se pregunte
Cómo se llega a esto
que no se justifica ni se explica
ni por fines ni por medios
Y qué es esto
Y quizás haya otro que se acuerde de Sabra y de Chatila
Claro, dirá, pero antes
no existían estos medios esta misma red virtual
Pero nuestro único poder por el momento
A lo mejor es este
Porque ellos ya no pueden meterse entre las frágiles casas después de bombardear y dar con todo
escondidos
Como en Sabra y Chatila
Y quizás sea lo único nuestro en este tiempo
En que la humanidad parece que ella misma espera
sobrevolando una y otra crisis uno y otro sistema fratricida un genocidio y otro y un poco y otro poco de contaminación
Como una bandada de pájaros de poca altura
Sobre terrenos turbios
Entonces, nosotros
Parece que solo tenemos
Las palabras
Y ahí salen
Volando

QUÉ PASÓ CON LOS PÁJAROS

Qué pasó con los pájaros, que ya no volamos sino bajo, bajito, pegados casi a los tejados, ni siquiera de las puntas diamantinas de los rascacielos esos nuevos, relativamente
Sino más bien de las casas a lo más de dos pisos, o tres, más o menos de nuestro tiempo, de nuestros barrios en los que nacimos
O de estos otros barrios que nos hemos encontrado por aquí, por allá, en otras tierras ahora nuestras
Abramos o cerremos las persianas para marcar el inicio, el fin de los días, el mundo se despliega afuera más o menos de la misma manera y es lo más probable que así siga
Lancemos esos otros pájaros más chicos a la vida, nuestras variadas progenies
Vedlos ahora volar, es su turno de darse unas vueltas, con más o menos acierto o suerte
Unos como gorriones, pardogrises y apresurados, otros los menos, como águilas y halcones, por allá arriba, casi no los vemos

PROGENIE

Pasa un cuervo más bien un jote
digamos por respeto a la historia y al país
Surgida de los umbrales del Sur
esa región angosta corre hacia abajo
se disuelve nebulosa por lo imprecisa
con paisajes costeros tan vastos como irreales
Brotan añañucas azules en la parte Norte
se alzan cerros bajos en esa región de extrema pobreza
Los hijos jóvenes nos lanzamos a la capital del país
o al mundo en general
tan pronto sabemos que existe algo más allá
Brota resentida nuestra estirpe
examinando el mundo de manera crítica
casi sardónica diríamos
Con los ojos negros clavando a los adultos
yacemos en la cuna endureciéndonos
jurando que nos mandaremos cambiar
tan pronto como brotemos piernas y zapatos
y sepamos hablar y usar las manos

GUERRILLERO

No fuiste tú
Fueron ellos
Los que pusieron las armas en tu mano

Eso van a pensarlo ellos a veces cuando se escondan huyendo
por los cuatro costados del mundo

Fueron ellos
acumulando la tortura. sobre el hambre todo este tiempo

No tendrán derecho a lamentarse
al comprobar en sus mapas de campana
escuchar en sus radios
cómo
con qué violencia
se derrumba su poder de raíces podridas
No fuiste tu
fueron ellos
Mientras disfrutaban
De ese vértigo
El poder
Quienes se pusieron
La pistola al pecho

Ese toro del pueblo
--como decía Hernández—
lacerado por tanta banderilla
No tuvo más que arremeter


Isolda Dosamantes (Tlaxcala/México)

LA SOMBRA

Quisiera ser el pincel que tienes en la mano
sentir tu excitación sobre algún lienzo.
Hoy estabas ahí como un fantasma
dibujando con tinta mi entrepierna
peces algas surgían de tus trazos.
Era un ritual que brotó lento
un manantial
entre unos labios que juegan a besarse.
Hoy tu voz era el grito nocturno de las aves
graznido en medio de la noche
luz que atravesaba mi ventana.
Hoy fuiste el eco de la noche
un viento frío que calmó el verano
de mi piel hecha volcán.
Fuiste el eco y la sombra
que al abrir los ojos se había esfumado.
Aún queda el aroma de la tinta bajo las sábanas.
Sábanas tejidas con la seda del recuerdo.

OTRA VEZ AMANECÍ SIN TUS CARICIAS

Noche que te has instalado en mi vigilia
el color consumes dulcemente
mientras la vela se hace tinta
y el pincel se desliza hacia el papel,
carta que surge sola y se alarga
interminable en la penumbra
hierba estancada que cubre mis anhelos.
Prolongando el instante de la lucha
del vaivén de una lágrima ligera
perseguida por lo confuso de las leguas.
Infinidad de voces, vuelta, vuelta
arden ante mis ojos cual incienso
murmullo que se ata y pule en el carey de la luna
que ve pasar las estaciones en mi rostro.

TINTA QUE SE DETIENE

¿Dónde? no los escucho
quizá lleguen de madrugada,
o en el ocaso que me descubre en una página,
o a la mitad de mi lecho perdida en sábanas de sueño.
¿Dónde andarán tus pasos?
recorriendo la villa de las flores
en algún callejón con bicicletas
en las hojas que caen de los álamos
a la orilla de una barra con el ron en la mano.
Pasa el otoño y la mirada parece
agua que se detiene en una letra
la letra de tu nombre que juega escondidillas
en esta tierra donde el arroz es un puño
que se desliza en la memoria
mientras camino a la orilla de algún lago
y pienso en el poema que no nace
dónde tus pasos, tus palabras.

MIRAR ATRÁS

¿En dónde estarán tus pensamientos?
Te imagino bebiendo mezcales
golpeándote con las escaleras
tropezando en cada calle en busca de cerveza.
Parece que te veo en las avenidas
y me pregunto dónde estarán tus labios
acaso en otra boca, en otra piel, en otra calle
entonces me impaciento,
al no ver ni a tu sombra
en busca de encontrarme,
quisiera que fueras atrevido
y tocaras una noche a la puerta mi casa
y al mismo tiempo quisiera que guardaras las vivencias
en el cajón de las reliquias
y las arrojaras al mar,
donde todo es un ciclo que comienza.

ARDE EL CREPÚSCULO

Su tintineo es un vestido que ve pasar el tiempo
despierta
arde en si mismo en el otoño
inútil
ante la madeja que asoma del olvido.

EN LA DISTANCIA

Amor mío,
no quería tocarte
por temor a una lágrima.
Una mañana desperté mirándote
contemplándote como si fueras lago
paisaje repentino
entonces tu rechazo congeló en el aire
las mariposas en mis ojos.
Hoy amanezco con escenas
que viajan por mi como películas
gritos, rupturas
causadas ante el veneno del alcohol
cuando se enciende,
tan deliciosa es la embriaguez
que te pierdo, me pierdo en una copa.
Me dicen tus amigos
te dicen mis comadres
y nace el silencio en tus dibujos
y mis palabras callan.
Olvido
puerta entreabierta
cuando se te van las piernas al lodo
cloaca citadina
desvelo
bajo el canto inoportuno de las aves.
Tu cabello, serpiente en mi cuello,
lo veo enredado en otra piel
en otro sueño.
Escucho a miles de kilómetros
gritos de lujuria
juegos nuevos
me pierdo entre los ojos de tu amante.
Aroma de la brisa,
ola de mar,
pájaro en vuelo,
árbol,
giren para que dance
hasta olvidarme de su sombra.
En la embriaguez de las imágenes
escucho la ruptura:
una mujer desliza suavemente sus labios a tu boca
Quisiera hablarte de los abetos bajo mi ventana
del edificio gris que me refleja
estás tan del otro lado de mi mundo
que me pondré un antifaz
y saldré de este cuarto solitario.


PÁGINA 19 – CUENTO

DAMA EN LA SIESTA

Por Olga Zamboni (Misiones)

Amarillo.
Centro de margaritas, girasol, luz, cañafístolas, flores aceitosas del campo, polen, mostaza, curry, azafrán, curcuma.
Aparece en el aire tórrido de la siesta. Sonríe, pero en la sonrisa hay algo –quizá es raíz de su hechizo- de maléfico. Su piel blanquísima fulgura casi tanto como el nimbo glorioso de sus cabellos, rubios hasta lo imposible.
Es la hora apropiada para resolver asuntos pendientes. Pronto deja atrás las calles terradas del pueblo y se interna entre los árboles. Su dorado centelleo se va aquietando a medida que avanza por la angosta picada en penumbra. Las cañafístolas en lo alto también reverberan con sus arracimadas flores casi áureas.
El lugar de la cita es el de siempre, intrincado, sombrío, lujurioso. Desde que ella desvistió sus armas femeninas para mejor seducirlo, el deslumbramiento pasmado del hombre no ha cesado. Los humores que con cada encuentro se agitan en su cuerpo no lo convencen de esa realidad extraña que ni en el más voluptuoso delirio de caña hubiera podido imaginar. Su cuerpo joven y curtido por la tarefa en medio del monte halla desahogo y remanso -y fuerzas para seguir en la dura tarea- en la dorada mujer, diosa que se le adhiere lúbrica y ardiente como la siesta dándole no sólo vida sino también riqueza. Menguada riqueza de mensú elegido, envidiado, porque su ponchada siempre pesa más. Esto se repite desde que conoció a la Rubia, como la llama. ¿La hija del patrón?.
Pero ella hoy viene con un designio que le fija su propio destino. No podrá apartarse de esa senda. El rictus en su cara la transforma en casi una máscara.
¿Cuándo había empezado ese sueño?
- Mi reina rubia, decime qué puedo hacer para tenerte siempre.
- Mi reina, envidian mi suerte, me odian porque me ven feliz.
- No se me acercan, dicen que estoy maldito, mi Única.
- No me dejes, rubia mía, mi suerte depende de vos.
Todos pensaban, decían –se daban cuenta del cambio operado en su vida- que él había sellado el juramento con su sangre, como tenía que ser. Y que conocía los riesgos de ese pacto, las tentaciones que inevitablemente pondría Añá en su camino, aunque se supiera joven y fuerte ante los embates del más acá y del más allá y sintiera que la pasión desbocada que vivía en cada siesta en que ella se dignaba llamarlo no le dejaría resquicio alguno para desvíos.
Soy toda tuya cuando soy cuerpo y tuya cuando soy pura alma para ayudarte, mi hombre.
Sos mi elegido, cunumí, pero tenés que serme fiel. Porque ¡cuidado! la traición yo me la cobro muy cara.
Puedo amar solo en este tiempo, mi hombre, y este tiempo está llegando a su fin. Pronto me iré.
La noche de ese sábado se desenvolvía lenta al ritmo acompasado –o zapateado- del chamamé en el patio de tierra. Era el ritual después del cobrar mensualero disminuido por cargas reales y ficticias del dueño del obraje. Se descargaban las tensiones y cansancios con la música sensual y caliente como sus sangres, que latían con sed de hembra. Entrelazados en el baile hombres y mujeres, serios, apretados y vivos.
Ella, desde algún lugar, abarca con su mirada la pista, a la que no puede concurrir, lo tiene prohibido, hasta detener sus ojos en el criollito lindo que en un rincón es asediado por guaynas de lo mejor.
Pruebas al canto. Está allí.
Áureo leonado pajizo dorado limonado ocre cera amarillento bilis cobrizo el aura de sus cabellos.
Ella acentúa el rictus de su boca, su sonrisa se va haciendo dura hasta convertirse en contorsión que desfigura la hermosura de su rostro claro. Pronto su hombre se arrepentirá de haber caído en las redes del baile lascivo y caliente. Pronto conocerá los rituales de la venganza.
Sabían, hablaban, inventaban, de sus amores con la hija del patrón. Contaron, lo vieron, en los bailes del pueblo divirtiéndose con otras mujeres. Su desaparición no habría preocupado a nadie en esa región de tragedias. Pero su cuerpo muerto sin causa visible hallado en medio de la selva suscita la leyenda. Para todos –y lo comentarán largamente- será siempre el mensú que hizo tratos con la Caá Yarí (*), la diosa rubia dueña de los yerbales silvestres, y traicionó sus amores. Y la Caá Yarí no perdona.

(*) Caá Yarí: Diosa protectora de los yerbales. Ayudaba al mensú (trabajador de los yerbales) que a ella se entregaba y le era fiel, pero si la traicionaba su venganza era la muerte.


PÁGINA 20 – ENSAYO

FEDERICO GARCÍA LORCA

Por Thea Delavault (Andalucía/España)

“La obra maestra era él.” (Buñuel, 1984)

Federico García Lorca, el poeta español más famoso del siglo XX y el mayor dramaturgo desde el Siglo de Oro, vivió una vida corta pero intensa entre dos fechas clave en la historia de España, el Año del Desastre (1898) y la Guerra Civil (1936). Creció en un pequeño pueblo de Granada, Fuente Vaqueros, rodeado de naturaleza y de gente sencilla que ni siquiera soñaba con traspasar los límites del municipio y que vivía para trabajar la tierra. Sin embargo, la familia de Federico era inusual. A su saneada situación económica se unía el gran talento musical y artístico que poseía. Los padres de Federico, liberales y católicos, eran ávidos lectores y grandes amantes de la literatura. Como mera anécdota, en su libro Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca, el hispanista Ian Gibson cuenta cómo su madre leía obras de Victor Hugo en la cocina a sus sirvientes, y cómo a ellos se les saltaban las lágrimas de emoción.
Lorca heredó el talento de su familia. Era un artista innato: a menudo sorprendía a sus invitados con una canción o se tiraba al suelo fingiendo que moría (un número que solía hacer en las fiestas para asustar a la gente). Cuando leía sus poemas en alto, su audiencia quedaba extasiada con sus palabras y su presencia. Todo lo que hacía, lo hacía con duende. Pablo Neruda dijo de él que era “mágico y moreno y traía la felicidad”, aunque en ocasiones también podía ponerse melancólico.
A pesar de que sus vecinos eran prácticamente analfabetos y de que vivían en un ambiente humilde, eran gente de carácter y de gran personalidad. Lorca les describió junto a su entorno en poemas y obras con tal sensibilidad y magia que muy pronto se convirtió en el líder de una generación literaria vanguardista, la Generación del 27. Entre sus coetáneos y amigos estaban Luis Cernuda, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti y María Zambrano. En la mítica Residencia de Estudiantes de Madrid entabló amistad con el poeta Pablo Neruda, el artista catalán Salvador Dalí y el director de cine Luis Buñuel.
El poeta granadino fue quien dijo: “En todos los países, la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan… Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo” (1933). Y en Lorca esto no pudo ser más cierto. El 9 de agosto de 1936, al comienzo de la Guerra Civil, los soldados falangistas –para los que Lorca representaba todo lo que odiaban- le arrastraron a un descampado, le dispararon y tiraron su cuerpo a una fosa. Se convirtió al instante en un mártir y un mito. Tras su muerte, el Gobierno de Franco trató de borrar su rastro por completo. Se prohibieron y censuraron sus libros hasta la muerte del dictador en 1975. Dicen que los soldados trataron de callarle, de cortarle la lengua, pero sólo pudieron silenciar al poeta temporalmente, ya que tras su muerte, su voz se siguió escuchando con más fuerza.
Lorca murió hace 70 años y desde entonces los homenajes a su figura han sido constantes. El 19 de agosto de 2006, un grupo de artistas, escritores y políticos de todo el mundo se reunieron para conmemorar el 70 aniversario de su fusilamiento. En noviembre 2007 se celebró un homenaje al poeta granadino en la Casa-Museo Huerta de San Vicente de Granada. 31 artistas realizaron obras de distintas disciplinas que se expusieron en la residencia de verano de Federico, complementando su arquitectura, su decoración y su ambiente. Por ejemplo, Cristina Iglesias, realizó un mural colocado frente a la cama del poeta, para que él pudiera verlo tumbado en ella; Franz West elaboró una escultura con imágenes del poeta; Enrique Morente creó la banda sonora de la exposición, adaptando, como ya había hecho antes, varios poemas de Federico. Distintas disciplinas se dieron la mano en esta exposición, que dada la importancia literaria e histórica de Lorca, no será la última. En septiembre 2006 se estrenó además el documental Lorca, el mar deja de moverse -dirigido por Emilio Ruiz Barrachina-, basado en la muerte del poeta granadino y en las circunstancias que la rodearon, que se han vuelto igual de fascinantes que su vida. El documental trata varios aspectos, entre ellos qué fue de su cuerpo y si se debería iniciar su búsqueda. Este tema sugiere otros más polémicos relacionados con la Ley de la Memoria Histórica y con el tratamiento del Gobierno español al silencio que rodea a la Guerra Civil. Sólo ahora, quizá debido al nuevo Gobierno de izquierdas de Zapatero, se empiezan a realizar leves intentos para comprender e interpretar lo que realmente ocurrió.
Lorca el poeta:
“El silencio sin estrellas, huyendo en sonsonete, cae donde el mar bate y canta su noche llena de peces.” (Lorca, Preciosa y el viento, 1928)
Lorca trabajó la poesía desde que empezó a escribir, aunque probablemente sus versos ya florecían en su cabeza mucho antes. Su primera colección de poemas, Impresiones y paisajes, se publicó en 1918. Un momento crucial en la carrera literaria de Lorca fue la Fiesta del Cante Jondo en 1922, un festival folklórico y gitano donde encontró la inspiración para su obra. El Poema del Cante Jondo (1931) y el Primer Romancero Gitano (1928) le convirtieron en el ‘poeta de Andalucía’. El fuerte choque cultural que supuso el exilio a Estados Unidos, dio lugar a una de sus obras más conocidas, Poeta en Nueva York (1940). A pesar de lo que sufrió por estar lejos de su familia durante tanto tiempo, se convirtió en un magnifico embajador de Andalucía por donde fuera que pasara.
Lorca el dramaturgo:
“Creo sinceramente que el teatro no es ni puede ser otra cosa que emoción y poesía, en la palabra, en la acción y en el gesto.” (Lorca, 1931)
La primera obra teatral de Lorca, El maleficio de la mariposa, trataba del amor imposible entre una cucaracha y una mariposa. Fue un completo fracaso. Afortunadamente esto no desanimó a Lorca, que se dedicó a desarrollar aún más su teatro experimental, utilizando desde marionetas hasta un drama surrealista –rebelándose así contra el teatro realista de la clase media–. En 1931 fue nombrado director de la compañía de teatro estudiantil La Barraca, subvencionada por el Gobierno, que viajó por toda España representando piezas clásicas españolas en pueblos que no habían visto jamás una obra de teatro. En esta época escribió una serie de obras, conocidas como ‘tragedias folklóricas’, que se convirtieron en sus piezas más famosas: Bodas de sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba. Las tres relatan las dificultades a las que las mujeres se enfrentaban en la España rural. La estrecha relación que tenía con su madre, el ser el único hijo varón y el más joven de la familia y su homosexualidad, pudieron ser los factores que caracterizaron la mirada de Federico, uno de los escritores que mejor han retratado a la mujer en la literatura. Escribió una sola obra sobre el amor homosexual, El Público, que data de 1930 y que hasta 1970 no vio la luz.
En todas su obras, su imaginería era rica y metafórica, pero cuando le preguntaban por ella, aseguraba que lo único que hacía era describir su entorno, sin tratar de embellecerlo o exagerarlo. Su mundo era así de sustancioso y mágico, y el teatro le permitía emplazarlo en el escenario.
Hay voces que son imposibles de acallar, al igual que hay miradas que por más que se eviten, atrapan a quien se cruza ante ellas. Federico García Lorca poseía ambas cosas y la capacidad de transmitirlas mediante la palabra. Su palabra. El legado de nuestra historia.


PÁGINA 21 – CUENTO

DESBORDES

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Desde la nuestra veíamos poblarse las terrazas vecinas: chicos, grandes, perros, gatos, gallinas. El barrio fue alto y seguro hasta que un día se alzó la silueta maciza del terraplén: “sostendrá la circunvalación” –se dijo en los medios-, y hubo que comerse el sapo crudo.
Dada la gravedad del descauce hubo que buscar refugio en altura. Tropezábamos en la escalera caracol, el apurón no daba tregua; Nacho con el Criadores en una mano y en la otra los vasos porque había que pasar la noche, el frío, la humedad; “me vas a dar las gracias” me dijo, vio mi sonrisa incrédula en uno de esos encontronazos en el traspaso que incluyó sillas, colchones, paraguas, frazadas y remolcar a mis viejos con caja de remedios y todo. Demasiado viejos los dos para andar arrastrándolos escaleras arriba bajo la lluvia. Las chicas, Mica y Cata dormían esa noche en casa de los padres de Nacho, fue la divina providencia que ayudó; de aquí para allá andarían trasladando muñecas, no objetos para una supervivencia forzosa, como nosotros.
Contra toda lógica el barrio se inundaba, como una muralla incorruptible el terraplén clausuraba la vía natural de desborde del arroyo. Las autoridades se dieron por enteradas cuando en lugar de aire empezamos a respirar agua sin haber desarrollado previamente branquias ni aletas acordes al nuevo hábitat No pueden ser tan brutos los ingenieros viales, ¿no Faustino? le preguntaba Nacho a mi papá, y él, que mucha soga no necesitaba: no pueden ser tan brutos hasta que tenemos quince centímetros de agua sobre los pies, Nachito; más que los ingenieros deben ser los políticos, ni Gardel sabe quién tiró acá la primera piedra, habrá que mandarse a mudar a la terraza, encomendarse a Dios.
El cielo rojizo y el pronóstico de tormenta eléctrica entenebrecían el ánimo. El arroyo bajaba turbio, la gente circulaba por la costa con el colchón y la garrafa a cuestas, a cuatro manos en busca de un atajo. Pero en mi barrio la inundación no era un paisaje de rutina, era un paisaje absurdo, un mal sueño. Me abrí paso entre las sogas del tendedero. Desde lo alto lo veía a Nacho sacando agua con la palangana. Después miré al sur y no vi ni los caminitos de laja ni la grava colorada; vi un pantano inmundo, el antiguo verde del césped destellaba apenas un híbrido grisáceo mezcla de agua, tierra y basura.

Escribo sentada a la mesa de un bar, veinte años después. Traigo a cuento los residuos de la crecida, los hilos a gatas suben a la superficie: “algo acaba de perder ancla”, escribía Proust. Y sondeaba, a ver qué subía. Yo sondeo y tiemblo porque mi piel también tiene memoria. Parto de la intemperie húmeda, de gestos y decisiones a puro instinto aquella larga noche de octubre.
La terraza perdió su identidad de recreo dominguero, se transformó en arca para el diluvio. Si por alguien yo sufría era por papá; y no me equivoqué, el corolario de la crecida fue la internación quince días después. Infarto agudo de miocardio y casi se nos va de las manos.
Nacho salvaba lo que se podía, apilaba arriba del ropero, de la mesa, de donde fuera a condición de que fuera alto.
No sospechábamos la magnitud del descauce hasta que algo más allá de mí, un sexto sentido o quién sabe qué me arrastró, crucé la terraza (a ojo unos veinte metros) a la hora incierta cuando la luz emigra y desvanece bordes y colores y miré otra vez el sur. El agua desbordada creaba arroyos, traía troncos, plantas, latas, perros, gallinas, un acorde interminable que lo invadía todo. Quise empujarla y lo hice con la mirada y la quise a raya tanto como se puede querer lejos una lava helada y le grité a Nacho que levantara una pared con bolsas de cemento, ladrillos, lo que fuera, que le cerrara el paso al agua. Él hundió los pies en el barro y en cuestión de minutos levantó la que según el ingenuo dictado de nuestra esperanza bautizamos con el nombre de “La Trinchera Sur”. Apiló bolsas, chapas, ladrillos, puertas. Segundos después, “a salvo” entre las sogas del tendedero, vimos cómo la trinchera recién levantada se hacía literalmente polvo; nos alcanzaba, por así decirlo, sin prólogo y sin anestesia, el toque letal del azar.
Aguardamos de pie, abrazados, así como vagamente yo recordaba haber visto a las parejas protagónicas del cine catástrofe americano, la embestida final. Como amargos relicarios se colgaron de mi memoria antiguas imágenes de evacuados, botes, gente atrapada, perros, gatos, gallinas en los techos y también lugares de uso público donde la gente se apilaba y ensordecía el rugido de aviones solidarios descargando cajas de alimentos. Sentí mis raíces de agua, ya no ciudad sino río y todo límite se borraba en la cinta líquida marrón con franjas color mostaza y sombras aceradas. De su núcleo turbio surgían racimos de flores y frutos que en realidad eran las caras de quienes nos habíamos dejado tragar como en una pesadilla, y desbordé mi propio clímax cuando me pareció ver allí, emergiendo de la cinta, las caritas de mis dos hijas transformadas en vanas flores de irupé, y eso fue como un broche final pero no de oro sino de fango; se me aflojaron las piernas y menos mal, Nacho me sostuvo y me llevó al cuartito, bajé la cabeza y él puso un terrón de azúcar en mi boca y un trago de whisky que me quemó viva.
El agua rompió los vidrios, cruzó ventanas y llegó a la calle, siguió viaje y embistió otras casas y otros jardines. Buscando el antiguo desagüe, el nuevo cauce rebotaba en el terraplén. La noche nos cayó encima como cae un mal sueño, sin otra luz que la del calentador y la linterna. Yo no quería pensar todo el tiempo en Mica y en Cata; Nacho me juraba que no extrañaban. La gente se atrincheraba en las terrazas; la luz tenue ayudaba a encontrarnos con los vecinos. Hubo un momento en que nos cubrió un aura de tregua, de calma fugaz; era tarde y la lluvia amainaba. Se desgarró la densa cubierta de nubes en el cielo. Lo suficiente para que brillaran algunas estrellas lavadas, para que se insinuara el camino que tendía la Vía Láctea. La claridad delataba la luna próxima. Si alguien nos hubiera observado desde lo alto hubiera jurado que se trataba de un campamento extrañamente sosegado a la hora de la cena: cada grupo familiar en torno al fuego, la tribu mansa, las armas depuestas...
Al Criadores lo compartimos con Bernabé y Alicia, los vecinos. Ellos aportaron el chocolate. Los viejos roncaban en los colchones.
Insomnes, exhaustos, Nacho y yo veíamos pasar los desbordes, el de afuera y el de adentro, que nada contenía.

El primer bote de Prefectura apareció a las siete en punto de la mañana. Lo miré, desconfío, dije. No estaba dispuesta a hacer de mi casa pasto para los ladrones, nadie me movería de allí. Lo demás fue miscelánea, alguna canoa improvisada con la carcasa de una heladera o la nota de color imprevista incluso para mí: que de pronto yo arrancara a los gritos hasta enronquecer, quería ver a mis hijas. Los gritos provocaron un sentimiento de solidaridad general, las miradas espantadas en medio del silencio roto se volvieron hacia mí y todos me ayudaron a llegar al bote pobre Mirta, háganle lugar a Mirta; y abandoné la pesadilla, eran pocas cuadras pero a mí las cosas que me pasaban eran siempre extravagantes, de manera que me encontré bajando del bote una cuadra antes de la casa de los padres de Nacho porque en ese lugar no había más agua que la de los charcos y la que humedecía calles y veredas, y seguí caminando tranquila y las desperté a las chicas que dormían como angelitos. Difícil rebobinar la película del río turbulento que pasaba por mi casa, el contraste era más que agudo. Detrás de mí evacuaron a los ancianos. Llegaron mamá y papá. Nacho se quedó, por aquello de los aprovechados de siempre, pobre Nacho.

El agua bajó y se reabsorbió hasta el último charco y pude volver pero ya no encontré la que fue mi casa, encontré una cáscara de cemento; no pisé mi jardín, pisé barro y pasto muerto. Las puertas, enormes camalotes rezagados, salpicaban los pisos. El televisor hacía equilibrio sobre una puerta en mi dormitorio. Lo secamos al sol y aunque nos pellizcábamos para saber que no era un sueño, funcionó.
Las puertas se secaron y las calzamos en sus bisagras. Contratamos un vidriero, barrimos y decidimos empezar otra vida, una vida que arrancaba como un mal sueño negándose a partir.
En nuestras vidas se había rasgado un antes y un después. Nacho y yo nunca más fuimos los mismos.
A mis hijas el lugar les pareció ideal para jugar a las Barbies. Abrieron la valijita de plástico rosa con la ropa. Instalaron una alberca, reposeras y un gimnasio rosa Dior. Disponían de infinidad de metros cuadrados de parqué, madera hinchada y floja para jugar a “la mansión”, el lugar donde solían vivir esas muñecas esculturales antes de que el azar las desembarcara aquí, en estas viviendas sudacas que en nada se parecen a una mansión.
Esa noche la tele dijo que el intendente dinamitaría los terraplenes para evitar futuros desastres. Yo pensé qué interesante sería que lo dinamitaran a él, pero me cosí la boca.

Aquí el recuerdo pierde peso. La reconstrucción del período entre la creciente y el día después, aparece como un espolón inabordable en medio de la bruma. No veo el después. Sucesivos telones, escenografías, reparaciones, manos de pintura. La intemperie en la piel y en el alma.
Cierro mi cuaderno de hojas lisas forrado en tela azul.
Hoy, veinte años después, vivo en una casa edificada en otro mundo, otro barrio. Las chicas ya no juegan con las Barbies, juegan con los novios. Escribo mis ríos interiores en el cuaderno azul, cosa de vaciar y así poder usar el espacio que por veinte años ocupó la inundación en algo mejor que el rencor queriendo abrir las compuertas y oxidar mi mundo de círculos concéntricos. Círculos como cuando se arroja una piedrecita al agua. El de más cerca, el de los afectos más cercanos, y después… el resto. Tan cerca o tan lejos, pero círculos, siempre círculos, lo suficientemente atados a mí como para no querer vaciar más en ellos la oscuridad de mis desbordes.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Fabricio Estrada (Sabanagrande-Francisco Morazán/Honduras)

CUENTO DEL AVIÓN QUE NUNCA REGRESÓ

I

Para entonces
los aviones os habrán cortado las manos.
El cielo caerá como un pañuelo
y las rutas, serán borradas por los motores.

Eso lo pienso ahora
que veo estremecerse los fuselajes,
cuando se agazapan las montañas
y los pájaros se vuelven invisibles.
Tegucigalpa, es el risco más lejano,
en ella anidan serpientes aladas
y San Jorge se ha inventado las suyas.

Los aviones son miopes
los aviones tiemblan al mirarnos de frente.

¿Y a qué vendrán a esta ciudad
que siempre está diciendo adiós?

Cuando cruza un avión,
Tegucigalpa entera se detiene para decirle adiós.
Las familias corren al final de la pista
en un afán de accidente y fantasías de cisnes.

Los aviones van de paso
huyendo de nuestro adiós.

II

Todo avión es el último
y a él, Saigón, me encomiendo.

Ruego por él en las terrazas,
disputo un espacio para que me mire,
pero el tiempo vuela lejano
y otras pistas mejor plantadas lo retienen.

¡Ah hermoso zumbar de los motores!
Te sueño rompiendo los cristales y engullendo a tu paso
la oración migrante de los miedosos.

¡Hidráulico tren de aterrizaje!
Te imagino sobre pistas de hielo
girando en silencio hacia las salas de espera
pero no llegas, no.
El cielo no se abre resplandeciente
y ningún altavoz anuncia tu gloria.

De vez en cuando
pasa un pájaro y creo alcanzar su sombra,
recorro media ciudad tras él
hasta el momento en que baja
a picotearme el rostro.

Todo avión es el último
y a su ausencia, miserable,
en medio del humo de miles de cigarrillos,
le sacrifico boletos, angustias y equipajes.

LA LUZ PROCESO DE

Nacen las voces en una especie de trance,
y es así como se entiende
el por qué los cerros tienen la textura del pan,
porque además te lo vas repitiendo:

“el cerro está en rodajas como el pan”,

y luego, cualquier fragmento de luz
reclama su nombre y origen,
por eso es que gritás chispas y decís:

“qué buena es la luz que no existía”
“qué buenas las carreteras de mi país”
“qué buenas las familias que tapan agujeros en ellas...”

y es entonces que te sentís tan humano,
pensás en lo afortunada que es la esposa bien recibida en casa,
pensás en los gatos tramando una conjura
y en las lotificaciones que se abren temprano en la noche
para los miles de obreros que por fin quieren soñar...
Es entonces que te volvés insoportable,
desnudás a medio mundo con tu poesía de rayos x,
vas murmurando galimatías en el colectivo
y pensás: “qué buena era la luz cuando no existía”
qué buenas las familias con su unidad en la miseria,
las esposas que no tienen ningún libro con quien competir,

¡Pero ay, qué buena es la humanidad
con sus ojos de caracol atisbando la lejanía!

DEL BUZÓN DE SUGERENCIAS EN LA NASA

If you believed
they put a man on the moon
(R.E.M.)

Partiendo del hecho controversial
de que a la luna jamás llegó la intromisión del hombre,
porque algunas huellas se refutan
después de ver algunas fotografías
en las que Aldrin rebota marsupial
sobre una arena tan fina como la hallada en Malibú
y que algunas sombras se repiten
y que en el fondo no se delata siquiera
el tremendo nudo del planeta tierra.
Una luna tan brillante como la de hoy
sólo puede ser artilugio de mentes brillantísimas,
una luna como la de esta noche
con seguridad está llena de mil artilugios desconcertantes.
Esta, no es la casa donde Tlaloc
encontró muerta a Coyolxauhqui ,
ni tampoco la que acompaña a menguantes amores
en los balcones de la historia.
A lo sumo, Hollywood nos viene arrebatando sueños
para combinarlos con mejor técnica
en una deslumbrante producción de Sci Fi.

Demasiados faroles fueron astros en mis borracheras
para que yo venga a creer en esto.
La luna avisa y no sorprende,
jamás se le vio tanta impudicia a su trajes,
y siempre las nubes colaboraron con su moral de niña romana,
Además: el conejo que guarda en su corpiño
jamás nos ha mirado tan precoz como lo hace ahora.

Sólo alguien que no viva en esta época
podría creer y suspirar bajo esta luna llena,

¡Ja!.

MANDAMIENTOS PARA UN VIAJE A EUROPA

No cantarás
a un continente
cuyo ánimo poblaron los mimos;
estatuas de cera tan reales,
mendicantes que azotan a quien les habla,
esos que cruzan las calles
como solitarios galeones de Manila
saqueados
sin un doblón de asombro.
El mar, su cielo
puros cuentos de museo.

No cantarás
ni codiciarás –como ellos- el país de tu hermano.
Sabrás de su sal
conocerás sus panteones
llorarás sus poetas.

Fornicarás en Ámsterdam
y serás la bomba en los ojos del ario,
serás invisible, te bautizarán Mohamed
y por primera vez
rezarás con nostalgia a tus dioses morenos.

No pronunciarás tu nombre en falso
cuando la visa te sea apartada con sospecha,
cuando revisen tus dientes
y exploren el poco dinero que carga un iluso
para gastarse en te quieros y postales.

No matarás,
aún y cuando todo diga lo contrario.

POLO A TIERRA

En aquellos tiempos
creí que sólo la poesía me salvaría.

Y ahora,
con las pruebas
del silencio y la estridencia
lo entiendo
lo sé
soy salvo;
fe sin erratas
frecuencia de la palabra en la carne
verbo que sumerjo en la herida.

En aquellos tiempos
sólo la poesía era salva,
región de espinos
reino sin poderes,
sin embargo
tan ancha como el cielo
al cual nunca ascenderé.

EUKARYSTÍA

No siempre fue el amor
el rayo empuñado que primero enceguece y luego
calcina con sus besos.

Hubo días de amarras ceñidas
y de falso tacto amansando las olas;
días de estragos
y de blandas paredes para asestar los golpes,
días de blancas herrumbres
y de blasfemas plegarias a un dios castrado.

Fue aquel amor
una especie de cirio,
un arrastre de cadenas y salterios
donde invocaba
con voz ronca y pesada
la liviandad de un cuerpo sobre otro,
el estigma de unos labios
que marcaban los sitios del placer y la memoria.

No fue tan puro el amor.

Algo tenía de incierto,
de fruta mala.


Trino Barrantes (San Ramón/Costa Rica)

DESNUDÁNDONOS

Desnudo la palidez
del silencio
y amortajo con mi ovillo
de impulsos
la sencillez de tus caricias.

Humedezco el final
de los límites
y hago de la semilla
de la lluvia
una tempestad de canciones.

Vienes dando tumbos
en los arcoíris de las horas
y amarras con los hilos
de los minutos
la fuerza de tus versos.

Desnudémonos,
te doy mi pentagrama para que puebles
de notas tu instrumento.

Ves como se deslizan
las ganas en el infinito
sabor de tus cordilleras.

Aquí me tienes:
ni árbol ni hojas
ni flor ni polen,
soy contigo el límite mismo
de la selva
donde el desnudo alcanza
la altitud de la maleza
para guardarnos
en nuestro propio secreto.

INCLINO MI CUERPO

Deposito el calor de mis manos
en la punta inclinada de tus pies.

Llevo mis impulsos serpenteando
entre el blanco de tus cálidas piernas
al palacio donde la espuma
se hace deseo pleno.

La tenue piel de tus muslos
se me antoja en la humedad de mis labios.

Inclino mi cuerpo hacia el tuyo
y con la humedad belfa de ternura
empapo tu espalda .

UN RAMO DE LAURELES

XLIII

“Mucho, señora, daría
por tender sobre tu espalda
tu cabellera bravía
tu cabellera de gualda:
despacio la tendería
callada la besaría”
José Martí

Una sombra de laureles
arrastra la luna
en los cascabeles del agua
tibia de tu cuerpo.

El viento de mi aliento
con sus dentelladas finas
va recortando suave
las delicias de la sierra
de tus vellos.

Una lluvia de placer aguijonea
la madrugada
y el discurso de un gallo trasnochado
nos afirma en el abrazo.

La luna ámbar
deja caer sus anclajes
con ella entierro mis palabras
en tu tierno vientre.
Nace el sol encogiendo sus rubores
y en el columpio de sus rayos
nos desnuda la mañana.

“solo se que en las noches que me quieres
se te deshoja el vestido…
sembremos mil palabras
para que nazca un hijo”(1).

La LUNA bajó celosa
sus ojos de gaviota
y en la flama del sueño
recordó la hermosa rebeldía
del pecado.

La luna de MARZO
es profundamente equilibrada
enfría mis caderas
en el desatino agudo de sus senos.

Te doy el sabor de mis maderas
en el tierno olor de tu semilla,
me creces plena en el recuerdo
y me naces en la palabra.

Te regalo este dieciséis
un puño de mis letras
tienes puestas en ellas
el calor de mis distancias,
el terreno que sembramos
para cultivar los sueños,
el reencuentro inusitado de un encuentro
de distancias y ritos geográficos.

Aun guardo el sabor a yerbabuena
de las mañanas
que corrimos juntos
o el olor a ajos
cuando cocimos
la ternura a la a luz plena
del Ajusco.

Nos deseamos los buenos días
-Lo recuerdas –
para aliviar la pesada alambrada
que dejan los motores
y el clamor insolente
de los epitafios ebrios.

Han pasado los años
por el cuentagotas del olvido
donde las trampas del futuro
tejen sus arañas.

No te pierdas compañera, ahora,
porque no salí a buscarte
cuando amanecía
y la noche me amargó
el regreso.

Ahora es un presente hermoso,
sin los espasmos.

No te vayas ahora
Que ya regresamos.

RECUENTO EPISTOLAR

La vida es un calendario
un álbum deshojado
un puño de letras
corroídas por el silencio.

La vida es la ruta necesaria
en donde todos se han ido.
Es un largo camino
para que un poema cualquiera
ruede sus pestañas
cuesta abajo
atrapando un sueño.

Es una epístola a destiempo
el recuerdo gastado
en los zapatos.

Es humor, dolor,
lucha, esperanza
ideario, militancia.

Es un darnos cuenta
que morimos
dejando la semilla
cuajada,
en versos
en hilachas.

ADIÓS SIN PENA

Ni apagué las luces
ni cerré la puerta
atrás nada quedaba
que valiera la pena.

Gentes, papel, palabras
usadas y sin fuerza.
Símbolos sin sentido
recuerdos sin nobleza.

Nada quedaba dentro
que amara o me atrajera
por eso al alejarme
no volví la cabeza
ni dije adiós a nadie
ni me importó siquiera
que las luces ardiendo se quedaran
y las puertas abiertas.

Me fui como había entrado
sin nada en los bolsillos,
sin tristeza,
silbando una canción
que ya he olvidado
memoria de unos años
que no recuerdo apenas


PÁGINA 23 – CUENTO

¿QUÉ HACÍAS CON ESA MÁSCARA?

Por Winston Orrillo (Lima/Perú)

Qué hacías con esa máscara de vieja. Con esa máscara que no cae con tu cuerpo que todavía está como para correrse un derby. Con ese par de pechos que, debajo de la blusa, aún parecen un dúo de lebreles, imposibles de dominar con mano inexperta. Qué hacías con esa máscara de vieja la mañana del primero de enero, cuando te vi pasar a través de la vidriera del bar , yo tomándome un cafecito-cortado, y tú como queriendo huir de ti misma, seguramente en fuga de alguna aventura de fin de año, quizá con el jefe o alguno de sus amigos influyentes, que se quedó dormido entre tus piernas de mambera que, en la década del 50, enloquecían a toda nuestra pandilla de la calle Naranjos, con tus dieciséis años y tus aires de muchacha decente, blanquita, caída por
que no sé qué maldición en ese barrio de zambos y mestizos pobres. Y como eras de las muchachitas del colegio señordelamisericordia, ni siquiera mirabas para acá, para donde estábamos los que salíamos, todos mugrosos, torpes, mataperros, del antroescolarrepúblicaargentina (por la mañana) o colegio 377 (por la tarde): era lo mismo, la misma mugre la misma tristeza que silbaba a tu paso, que te seguía, que
sería capaz —con placer— de olerse tus peditos. Pero tú, ni la tos, ni volteabas. Y no eran pocas cuadras: te esperábamos, allí en la catorce de Antonio Miró Quesada: en la puerta de la capillita adonde nuestros cuerpos pringosos nunca se atreverían a penetrar. Allí había una virgencita cuyos colores crema y celeste eran todo un desafío para nuestros uniformes caqui llenos de parches, para nuestros temblores de muchachitos que preferían la oscuridad de los cuartos arratonados a esas luces celestiales que, entonces, no columbrábamos aún apócrifas.
Además, la virgencita estaba en la gruta, junto a una caída de agua, elemento con el que no guardábamos las mejores relaciones. Porque entonces era lindo verte salir, y sentíamos que en realidad salías de la gruta, que tú eras la misma virgen —líquida, celeste, sin nombre (hasta ahora no sé cómo te llamas, pero ya no importa). Salías y el
aire se congelaba. No, no eras la única: salía un enjambre, pero todas las otras, bien puesto el uniforme azul marino, el cuello blanco, redondo, pulquérrimo; todas las otras eran una mancha gris. Tú, la estrella, el candil que encendía esas malditas tardes sebosas de junio. Y empezaba la procesión: cuadra catorce, cuadra trece, cuadra doce, doblar por la Plazuela Buenos Aires (la pila seca y llena de cucarachas) a la izquierda. La heladería Susuki (nunca hubo dinero para comerse uno); la casa Nakasone (donde, para Navidad trabajaban todas las ninfas del Barrio), el paradero inicial de la de la Cocharcas -José Leal (todavía existe: monumento histórico, con los mismos ómnibuses en los que empezaron nuestros pegamentos a los cuerpos femeninos). Y luego la Iglesia de las misas de doce de los domingos. La iglesia donde fuimos zampados todos nosotros a la pila bautismal, a pesar de que existía la otra, la del Carmen (nunca llegué a explicarme esta suerte de rivalidad entre las dos catedrales de los Barrios Altos). Pero nuestra procesión pasaba por el frente de la Iglesia de Cocharcas, y se detenía en una suerte de genuflexión de opereta. Allí, cinco metros adelante, ella y su cohorte (nunca puede
distinguir quiénes la acompañaron durante los años que duró nuestro recorrido). En la esquina de Huánuco (tal el nombre de la calle de la Iglesia) y Puno, la falange se dividía. Quedaban ella y un apéndice (que tampoco puedo recordar, identificar, señalar), que doblaban a la derecha, remontando el jirón Puno. Mis feligreses y yo hacíamos una
suerte de alto, reconocíamos el terreno, y avanzábamos, justo a tiempo para verla detenerse a la puerta de una de esas casas de altos-y-bajos donde, un besito fugaz, se despedía de su acompañanta y penetraba, con ese método que se usaba antes (¡qué tiempos aquéllos!), de introducir la mano por una ventanita y abrir uno mismo la puerta. Por supuesto, nunca, en todos esos años, volteó hacia nosotros. Y menos, es claro,
nosotros le dirigimos algo más que nuestras miradas misérrimas, suplicantes y asimismo devoradoras. Luego, cuando vimos que su cuerpo iba creciendo, como crecen esos frutos que tú sientes prontos a caer de los árboles... Ella misma que crecía como un huerto que nosotros columbrábamos debajo del uniforme azul. Su paso que fue tornándose más terreno, diríamos. Su metamorfosis de niña a mujer la apreciábamos por
una suerte de —diríamos— descenso a la tierra. Nunca oímos su voz, porque ni fuimos capaces de acercarnos a la `distancia necesaria´ pero la imaginábamos; y la sentíamos entonces más segura de sí misma, como más seguros nos parecían sus gestos, en aquel invierno del cincuenta y siete, cuando la vimos por última vez. Desde entonces, hasta una tarde, veinte años después, detrás de la ventanilla de "Caja" de un añoso diario limeño: cobraba por los avisos. Yo no recuerdo ya si llegué a poner el mío, paralizado como me quedé; pero estuve mirándola; esperé casi una hora hasta que se puso de pie. Su cuerpo era el mismo: guitarra flamenca, movimientos de colibrí. No me detuve
en su rostro, pero en cada uno de sus pliegues prematuros me pareció encontrar los vericuetos de los Barrios Altos: las caídas de la infancia-¬adolescencia; aquel sabor agridulce, cuyo recuerdo no pude soportar mucho tiempo, pues salí de ese vestíbulo corriendo, como perseguido por los fantasmas que, ahora, han vuelto con esa máscara de vieja con la que te veo vadear el río de la mañana del primero de enero, como cuando te internabas, corriente-arriba, en el jirón Puno, cuadra final, a la derecha de la iglesia de Cocharcas, en el Paraíso Perdido de los Barrios Altos.


PÁGINA 24 – ENSAYO

LA CIA
MECENAS DEL ARTE ABSTRACTO EN LATINOAMÉRICA

Por José Antonio Cedrón (Cuernavaca, Morelos, México)

A mediados de la década pasada, Tom Braden, quien fuera dirigente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) durante la denominada guerra fría de los años 50, declaró en un explosivo documental transmitido por el canal 4 de la televisión independiente británica, que la División de Organizaciones Internacionales que encabezaba, coordinó y fomentó clandestinamente las más diestras ofensivas a favor del arte abstracto.
Se rió de su desfachatez con el mismo júbilo con que los poderosos de entonces venden hoy sus memorias (como si fueran sólo suyas) en mesas redondas, foros, programas televisivos, defendiendo el contexto (como si fuera también de su propiedad), a sabiendas que la audiencia ignora porque el pasado que vuelve no se baila, y aburre. Pero no se resignan.
Convencido de su tarea a favor de la libertad, Braden aceptó que la CIA fue el mecenas excepcional en la batalla por el éxito internacional de lo abstracto contra la influencia del comunismo, que se presentaba como “una perspectiva horrible para el mundo, dominado por las ideas estalinistas sobre el arte”.
Aún así, al interior de los cubículos, los expertos no se ponían de acuerdo.
Alcanza con saber que en 1947, el Departamento de Estado había tratado de organizar una gran exposición de arte norteamericano en el exterior, y se había visto obligado a un humillante retroceso después de los ataques de un pequeño grupo de parlamentarios, para los cuales el abstracionismo era “una forma de expresión degenerada, subversiva, paracomunista”.
Sin embargo, lo que fue malo ayer, puede ser bueno hoy.
Para que el mismo producto cambiara de cualidades, las máquinas recicladoras empezaron por las ideas, reduciendo los costos de inversión.
Tres años después, en 1950, durante la influencia generada por el senador Mc Carthy se desarrolló en plenitud la histeria anticomunista; los dirigentes más creativos de la CIA (muchos de ellos liberales graduados en Harvard y Yale) remaron clamorosamente a contracorriente con el objetivo de imponer en la escena internacional el arte abstracto “made in America”, en cuya novedad, frescura y creatividad veían un potente símbolo del llamado “mundo libre”.
Con la guerra fría a plenitud, la agencia financió en complicidad con banqueros, directores de museos, empresarios de elite y críticos, exposiciones internacionales de los más diversos y controvertidos exponentes del expresionismo abstracto estadunidense, como Jackson Pollock, Willem de Kooning, Mark Rothko, o Franz Kline, por ejemplo.
“Queríamos unir a los artistas –recuerda Braden–; también a los músicos, a los literatos y a todo su público en la batalla para mostrar que, al contrario de la Unión Soviética, Occidente y Estados Unidos en particular, eran devotos de la libertad de expresión y de los sucesos del intelecto sin barreras, en cuanto a lo que se puede decir, escribir, pintar, hacer...”
En la frontera enemiga decían lo mismo, pero en edición rústica.
Para que esta unificación fuera posible, la CIA creó varias fundaciones-cortina en Nueva York en complicidad con críticos, directores de museos y millonarios que pagaron exposiciones en Europa y América Latina.
Con el afán de darle existencia y ganar reconocimiento en el mercado, tal apoyo secreto debía tener, como lo tuvo, la mayor penetración y todos los debates posibles que le fueran favorables ante el público y los mismos creadores.
Para administrar la intrincada red de fundaciones y de iniciativas, el servicio secreto también creó en 1950 el instrumento de difusión más grande del arte abstracto, el Congress for Cultural Freedom (Congreso para la Libertad de la Cultura), que abrió 35 sedes en el exterior y durante su apogeo empleó más de 300 personas.
El Museum of Modern Art, y el Whitney Museum de Nueva York, el Chase Manhattan Bank, de Nelson Rockefeller, diarios, revistas y medios audiovisuales tomaron parte activa en esta gigantesca promoción de los artistas abstractos.
La mayoría de los críticos, historiadores y sociólogos de la cultura entrevistados en el documental de canal 4 condenaron las pesadas interferencias de la CIA que, entre otras cosas, aparentemente ayudaron a Nueva York en la batalla contra París por la “supremacía cultural” mundial.
Pero Tom Braden no se arrepiente de nada: “Estoy contento –asegura frente a la cámara– de que la CIA haya sido inmoral, si es que se puede llamar inmoral a la financiación secreta de lo que es esencial para la libertad del mundo”.
Según el documental, la CIA se sirvió del Plan Marshall para enviar dólares a organizaciones “culturalmente amigas” en Europa, y para la promoción del arte abstracto se apoyó también en una serie de revistas que financiaba en diversos países: desde la británica Encounter a la francesa Preuves, pasando por publicaciones de India y Australia.
Lo que no dijo el entusiasta Braden (tal vez debido a la fortaleza cultural de su formación), aunque lo sepa, es que para esos años en América Latina se tenía como agente de la CIA a un oscuro personaje de apellido Verias (o Veidas), de quien nunca se pudo comprobar si era uruguayo o brasileño, pero cuya estación cubría los países donde mayor influencia, asimilación y adhesiones podrían obtenerse.
Trabajó en las capitales de Uruguay y Argentina, como en ciudades de Brasil, donde debía “formar” críticos, galeristas, y coleccionistas mediante el soborno y la falsa compraventa de obras para darle existencia al arte abstracto.
Pero la tarea principal era “comprar” medios de comunicación que, como en el negocio del disco, reciben “regalías”, no sólo por la difusión y defensa de esa línea política para las artes plásticas, sino por enfrentarla (sin decirlo expresamente) con el arte considerado “comprometido” o “socialista”.
Así, se crearon lujosas publicaciones, en las cuales se daban a conocer también los nuevos “críticos” de la “nueva” cultura, todos ellos pagados por el pragmatismo financiero elaborado por la CIA mediante fideicomisos.
Dos prestigiados galeristas con salones en el centro porteño de Buenos Aires, también fueron señalados en esa década, sin que se haya podido probar hasta la fecha su participación en el mercado doméstico. A menos que aparezca un Tom Braden sudamericano tan confiable como el original.
En un campo minado por veleidades egotistas y deserciones multicolor, la práctica fijó precedente, y tiene vigencia.
Lo cierto es que la línea hizo escuela en el sur.
Sabemos que una vez establecido el gusto oficial (el sentido estético) el comportamiento de los artistas en su mayoría trabaja por sí solo.
Esa conformidad compulsiva hace el resto y, por extensión, abre un poderoso segmento de impunidad y delación por el que puedan ser sacados del mercado aquellos motejados como “militantes” por su intransigencia.
Sin embargo, debido a la transformación de estos mercados y su globalización, el segmento tiende a borrar sus límites por la cooptación directa o indirecta de variados operadores, haciendo menos grosero, más sutil y engañoso el juego de la diversidad en el “mundo libre” del que Braden se ufana como pionero.
Con todo, sus confesiones del pasado sugieren una hermenéutica que debemos leer como memorias del presente.


PÁGINA 25 – CUENTO

CUENTOS BREVES

Tania Diniz (Belo Horizonte-MG/Brasil)

CRIMEN

El cadáver desnudo, de revueltos pelos, entre sábanas de sáten, almohadas y espejos, chocó el detective. Jamás un caso tan confuso le fuera destinado. Ninguna pista, ningun indicio.
Examinado el bello cuerpo y el lujoso ambiente, por todos los ángulos, nada encontró. Pero fue atraído por la belleza no común de las pupilas violetas de la muerta.
Las fijaba fascinado, las imaginaba con el brillo de la vida. Se acercó más, sin sentir. Admirado, percibió prensada en ellas, como nítida fotografía, la alta figura de un muchacho, envuelta en aura suave, de brillante color.
Sólo después le contaron que aquél muchacho vivía en otras tierras. Y entonces comprendió, estupefacto, que ella se murió solamente de nostalgia.

DESAMOR

Ella venía contenta a decirle las novedades.
Él, preocupado le pedió que le esperara. Ella lo esperaba, lo esperaba en vano y ella se olvidaba. Nada contaba.
Nuevos acontecimientos, viene ella contenta, queriendo hablar. Ocupado con la tele, él le pide que lo espere. Ella, callada, espera hasta olvidarse.
De nuevo viene ella, queriendo hablar y ahora él está leyendo, le dice que se calle. Y ella, callada se va para más esperar.
Y cuando llega el tedio o el ocio, queriendo animarse, la llama y le pide que le cuente. Y ella, atónita, intentando acordarse descubre, infeliz, que ya no sabe hablar.

SONORA

Nació con voz tierna. Era rubia y de su cara transpiraba paz. Cada sonido que emitía era un acorde de intensa armonía. Sonidos que entraban por los oídos y poros y suavizaban almas. Poco a poco comenzó a percibir que, cuando trinaba, salía terciopelo de su garganta, Observaba. Cantó una larga canción y chorreaban metros de blando terciopelo de su garganta. (Un día, suspiró de amor y de la garganta le goteó dulce seda lila que, alias, dolía un poco!). Pero tenía siempre un un hambre insatisfecha y, repentinamente, al presenciar un show de excelentes cantores, aspiró con fuerza y asimiló aquellas voces. Los cantores vacíos de su potencial, se quedaron mudos. Y ella se sintió satisfecha como después de opulenta cena.
Descubrió entonces, que debería alimentarse de las armonías ajenas. Y a cada comida, su rostro se tornaba más bello y su voz más celestial. Cierta vez, tuvo una indigestión al aspirar un cantante de ópera.
Modulaba caricias bajo la ducha. Sus cabellos se alargaban y ella los tranzaba con los terciopelos de la garganta. Se iluminaba cada vez más, mientras que el terror de su hambre oscurecía de miedo cualquier persona que tuviese bella voz.
Y ella cantaba, cantaba lindas melodías conocidas o jamás oídas.
Y atraía y hechizaba a todos que la oían y que se maravillaban con sus terciopelados matices bordados en perlas o brillantes.
Pero los habitantes hechizados, mudos y miedosos, casi sin conciencia, caminaron hacia ella un día, en oscura multitud.
Y ella, cantando iluminada, botó sus terciopelos y sedas por sobre las arenas y se aprofundó en el mar. Y, con un hilo de voz la gente la llamó Sirena.


PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Rosa Pérez Repullo (Cabra-Córdoba/España)

LLUVIA

El sonido de tus gotas,
Acariciando mis ventanas,
Me despertaba por las mañanas.

El olor a tierra mojada,
Me acompañaba todo el día.
Gracias a ti el aire se limpia.

Siempre seras bienvenida,
Ahora te valoro mucho más,
Porque ya no te escuchaba.

Transparente eres única,
Sin ti no habría vida.
Fría pero me gustas.

Te escribo estas palabras,
Para que nadie malgaste tu agua.
Te mereces mil poemas.

VERANO

Te conocí en este verano,
Por medio de mi hermano.
En aquel paseo en tu barco,
Terminaste cogiendo mi mano.

No pensé encontrarte sólo,
Aquel día en tu despacho.
Lo que sentimos surgió,
Sin buscarlo ni pensarlo.

Es fácil imaginarlo,
Pero no creí encontrarlo.
Después de mi triste pasado,
Apareciste tu enamorado.

Por eso cada vez que siento,
El sol en mi cuerpo.
Pienso en que pasara luego,
Cuando termine mi verano.

INVIERNO

Mi primera Navidad contigo,
Es imposible ser más feliz.
Miro por la ventana y te veo,
Sonriendo como la primera vez.

Quiero parar el tiempo ahora,
Y disfrutar de nuestro momento.
No quiero pensar en el mañana,
Necesitó estar siempre a tu lado.

No hace frió este invierno,
Cuando estoy cerca de ti.
Empezara un nuevo año,
Y seguirás cerca de mi.

Ilusionada por lo nuestro,
Vivo cada día, semana y mes,
Bien agarrada a tu mano,
Sin miedo a lo que me des.

Siempre me estas cuidando,
Algo que me entusiasma,
Atrapada entre tu pecho,
Vivirá siempre mi alma.

YO CONFIESO

Querer amarte hasta,
Que el mundo se rompa.
Hasta que mis ojos no te vean,
Ni te abrace en mi cama.

Como arrancarte de mi alma,
Si cada parte de mi cuerpo te llama.
Quiero acariciarte cada mañana,
Sin sentirme culpable porque tu no me amas.

El deseo ya no me basta.
Necesito más de lo que me das.
Tu recuerdo me acompaña,
En todas tus ausencias.

Mi sufrimiento se olvida a ver tu cara.
Haré que no retengas nada en tu memoria,
Para que no pienses en ella.
Y sientas lo mismo que yo en tu presencia.

EL LIBRO

Tú me das conocimiento.

Con tus hojas vivo soñando
un mundo mucho más perfecto.
Cada letra tiene un sentido,
cada página tiene una misión:
Hacerte llegar poco a poco,
hasta el final del libro.
De día o de noche en cualquier sitio,
allí estás tú, ilustrando al mundo.

Tienes el universo dentro.
A lo largo de los años,
me has aportado tanto:
Alegrías, suspense, misterio.
Todo puede pasar contigo.

Cada vez que leo un nuevo libro,
en mi mente surge la imaginación.
Por ti leo y escribo,
gracias por todo lo que me has dado.

Os lo debo todo.

EL FANTASMA DEL BARCO

En aquel barco te conocí,
Aquella noche te sentí,
Acercándote a mi.
No tuve miedo de ir hacia ti.
Ese día te mentí,
Porque quería seguir así,
No podía decirte lo que soy.
Pero ahora siento por ti,
Lo mismo que tu por mi,
Viviré para siempre aquí,
En este barco en el que fallecí
Hasta que el futuro nos una por fin.

EL TIEMPO

He aprendido a olvidarte,
A no esperarte.

Ya puedo mirarte,
Y seguir adelante.

Porque la vida sigue,
Estés tu o no estés.

No puedes verme,
Cómo era antes.

Soy mejor,diferente,
No sigo tu corriente.

Y eso me hace más fuerte,
E inteligente.

Nunca me permitiste,
Sentirme libre.

Seguir a mi mente,
Ahora nadie me detiene.

Sé que volveré,
A querer hasta la muerte.

LA MUSICA

Sin ti no soy nada.
Has llenado mi vida,
De momentos de alegría.
Día a día, nota a nota,
En un millón de pentagramas.
Y con distintas claves, eres capaz.
De hacerme sentir cualquier cosa.
Eres mi ilusión de cada mañana,
El sueño entre mis sabanas.
Y el combustible para mis piernas.
Por ti camino cada día.
Espero tenerte toda mi vida.


PÁGINA 27 – ENSAYO

LA POÉTICA DE LA EXACTITUD DE MARCEL KEMADJOU

Por Gladys Mendía (Maracay/Venezuela)

Me callo,
tanta tinta es suciedad,
tanta voz es ruido…
te doy mi silencio,
te doy las endechas de mi silencio,
te doy los acordes de mi silencio,
te doy los todos de mi silencio
te doy el soplo agradecido de mi silencio.

Estos versos del poeta africano Marcel Kemadjou, nos muestran el camino del quehacer lírico, nos dan los lineamientos de su voz exacta y medida entre el decir y el callar. Dueño de un absoluto dominio del lenguaje, este prolífico escritor, traductor y gestor cultural, nos lleva por distintas vertientes en lo extenso de su creación. Por un lado, podemos encontrar textos que reflexionan sobre sí mismos, metapoesía de la más pura y lúcida, lo que hace pensar que este escritor lleva dentro de sí un alma inquieta, que cuestiona su oficio, teniendo conciencia plena del peso de cada palabra, del poder de recreación de mundos, del alma como fuente de esta misma recreación y las “palabras viejas como la tierra” que se vuelven nuevas en cada verso.
Hay otros poemas que intentan comprender y abrazar los misterios de la vida, con hermosas metáforas, ritmo pausado y una melodía deliciosa que envuelve, versos donde hay música, sí, sus poemas son himnos, son cantos que muestran la cruda realidad en muchos casos, pero acompañados de la esperanza y la naturaleza siempre brillando en perfecta resonancia con los movimientos internos del ser.
Marcel Kemadjou, poeta buscador de bellezas, nos devela un poquito cada vez más esas verdades que pensamos inasibles:

Me gusta el juego fino/del espejo de la vida,/me gusta verme/en su espejo infinito/como los vientos/y sereno como un lago…
En Cantos para Musas, la breve muestra poética aquí presente, conocemos también su caudal apasionado, esa delicada y sublimada visión de lo femenino como inspiración de vida, belleza y amor:
Serás esta noche/el ojo de mis pensamientos/el filtro de mi palabra/el magnificente loto que brota/de esta espera de mi corazón…
La mujer y el sentir como único poema posible, Marcel conoce bien las limitaciones de la tinta y el papel y es esa claridad la que hace de su creación una fuerza visionaria: “Pronto el silencio de las musas tomará la palabra…”


PÁGINA 28 – CUENTO

UNA LUZ QUE ENCANDILA

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

A Libertad Demitrópulos

En las últimas fotos se la ve bajita, perdida entre un montón de cuerpos con rostros que miran hacia adelante, igual que a Alfonsina Storni. Pero aquí ella no está rodeada por señores de trajes oscuros sino por unas cuantas mujeres y otros tantos hombres con anteojos, camisas sport y el típico aire reconcentrado que han tenido los escritores en todos los tiempos. En esas fotos no aparece el agujero que ella tenía en la garganta. La distancia y un pañuelo de seda se ocupan de ocultarlo.
Es extraña la forma en que suceden las cosas: de buenas a primeras su poderosa voz se le había metido para adentro y aquel agujero era la evidencia. En cuanto a su estatura se podría decir lo mismo: se había ido encogiendo con una lentitud que es difícil de explicar. Las enfermedades parecen ir contra nuestra comprensión, siempre son distintas a como las imaginamos, siempre están un paso más allá de nuestro entendimiento, porque se diga lo que se diga, lo cierto es que su enfermedad y no otra cosa fue la causa de tantas transformaciones. Ahora ella y su enfermedad ocupan un gran espacio en mi memoria, que se ha vuelto estrecha y lánguida y se precipita sin ton ni son por un túnel que sigue en otro túnel y en otro y otro. Si me dejo llevar no llego a ninguna parte. En las fotos ocurre algo parecido. Su enfermedad no está y sin embargo aumenta su presencia sin forma sobre la planicie chata de la foto. En los últimos tiempos fue lo único que ella irradiaba e iba con ella a todas partes y no desaparecía: su enfermedad.
Llamaba la atención que su cuerpo hubiera soportado tantos años con el agujero en la garganta. Algo más que su voz debió escaparse por allí. Su voz, que fue perdiendo matices y modulaciones, terminó acostumbrándose a salir por donde no debía y así nosotros comenzamos a resignarnos a aquel cambio de proporciones, a aquella desnaturalización de las cosas. Las fotos muestran sólo una parte de aquel desvío hacia el cono de sombras, sólo una parte.
La última vez que la vi ella integraba una escena muda. A su derecha una enfermera con una jeringa, a su izquierda aquel bucólico paisaje campestre en tonos sepias dentro de un marco dorado y, en el centro, la delgadez blanca de su cuerpo, cercenada por la abertura angosta de la puerta entornada.
Ella solía explicarme, con esa solvencia medio desesperada de los enfermos crónicos, desplegando pormenorizadas acotaciones y términos precisos, los caprichos del funcionamiento defectuoso de su cuerpo. Enumeraba procedimientos médicos, citaba marcas de remedios y detallaba sus posibles contraindicaciones. Aunque en el fondo, muy en el fondo de sí misma, no estaba convencida de que aquel descalabro se hubiera producido únicamente por obra de la naturaleza, ella, sin duda, había puesto su granito de arena. El corazón agrandado, la acumulación de líquidos en su cuerpo donde no correspondía y el agujero en la garganta eran el resultado de sus largas noches en vela. La noche, que había sido inventada para dormir, había perdido sus contornos y ella misma se había encargado de que eso sucediera. Claro que no fue precisamente por culpa de la noche sino del mal uso que ella había hecho de ese espacio sin contornos, de ese agujero amorfo que se le había metido en la garganta. Eso me dijo una tarde, ahuecando su pecho y tapándose con una mano el pañuelo de seda. Nos habíamos reunido para organizar un encuentro literario que no se realizaría nunca.
Montones de veces fui a su casa a tomar el té. Ella hacía que alguien me llamara por teléfono. Alguien, cualquiera, una empleada que se ocupaba de la limpieza, un pariente de visita, alguna escritora que pasara por allí a visitarla, alguien con una voz clara que hablaba en su nombre. Entonces yo recibía una indicación tajante, palabras escuetas que un desconocido decía para mí agregando disculpas y saludos. Me imaginaba un papel escrito con mi número de teléfono y unas pocas frases en estilo telegráfico cruzando el papel cuadriculado. A la tarde siguiente o unos pocos días después, yo veía sobre la mesa de su casa, un sinfín de masitas y sándwiches y la tetera del juego familiar que le pesaba en una sola mano, la que tenía libre para alzarla, la otra, por supuesto, estaba apoyada en su garganta.
- No sólo he perdido la voz, sino una mano, como podrás ver. Esta mano debe ocuparse de socorrer a un pañuelo de seda resbaladizo. Resbaladizo - y sonreía- como la vida.
Escucharla hablar era confundirse, había que girar la cabeza hacia todas partes para averiguar de dónde salía aquella voz que ya no era la misma que había escuchado yo por primera vez diez años atrás, cuando la conocí y ella me rescató del silencio llevándome con sus dos manos hacia el mundo. Ahora el mundo no estaba atrás, ni adelante, ni al costado, estaba en el sitio donde surgía su voz: en ninguna parte.
Yo, que había perdido a mi madre en una remotísima infancia, ahora la había encontrado a ella que se había convertido en madre y madrina literaria al mismo tiempo. Por desgracia nos habíamos conocido justo en el momento en que su voz había sufrido el percance mayor. Pero existía otra voz intacta que no dependía de su cuerpo y era la de las mujeres de sus libros, de esos libros que habían dado la vuelta al mundo y habían sido elogiados por profesoras universitarias que hablaban lenguas apenas traducibles. Y yo siempre me figuré que las mujeres de sus libros se le parecían, que eran su réplica exacta, aunque, por supuesto, sin el agujero en la garganta.
Siguiéndole los pasos conocí una serie interminable de hospitales. Hospitales con luz natural, con luz artificial, hospitales para ricos, hospitales para pobres, para moribundos y para esperanzados. Su cuerpo siempre estaba allí, al final de una hilera de camas o en el fondo de una habitación, acurrucado entre una pared y la incertidumbre. Y ella siempre iba precedida por su voz socavadora y por el eco de las voces de las mujeres de sus libros y por ese clima de la noche vivida a destiempo. Su enfermedad nos hizo perseguir su cuerpo en una larga procesión por lugares desconocidos en esas horas del día en las que ella se sentía a disgusto, fuera del mundo, fuera de lugar. La noche, mientras tanto, la esperaba, esperaba el ahogo de su respiración y sus ojos abiertos.
A pesar del agujero en la garganta, de sus cambios de humor, del encogimiento de su cuerpo, no dejó de secretearme su vida ni de extender sobre el mantel de las cinco de la tarde sus anécdotas de escritores famosos, todas irreproducibles y picantes. Parecía tan sencillo explicar el lazo invisible que me unía a ella. Mi madre se había confundido con la noche cuando me explicaron que morirse era viajar al cielo y mi padre, fumador empedernido, había vivido sus últimos momentos gracias a un agujero igual al que ella tenía ahora en su garganta. De este modo mi amiga se había convertido en padre y madre para mí. Ella era capaz de reunir muchas voces en una sola. Además me llamaba por mi apellido en tren de broma y como una reverencia que hacía en reconocimiento a que yo, como ella, había escrito algunos libros, unos cuantos menos, desde ya.
Dedicarse a escribir es un modo de vivir la vida. Ella lo había escogido antes que yo y por eso me daba consejos, con su voz ahuecada, inclinando su cuerpo aunque eso no fuese necesario, para que las palabras tuvieran el valor de la confidencia y el realce de una confesión. Sin embargo no fueron palabras escritas ni siquiera palabras pronunciadas lo más importante que hubo entre mi amiga y yo. Fue lo innecesario de usar palabras lo que inexplicablemente nos vinculó. Es muy difícil entrar en estos vericuetos. Pero me es imprescindible ahora hablar de esos lugares de los que en realidad nunca se sale. Basta como ejemplo decir que hace muchísimo tiempo en una etapa de mi vida en la que estaba a punto de morirme, tomé una decisión y me preparé para llevarla a cabo. Entonces le puse condiciones a los hechos por venir y pedí ayuda, ayuda a no sé quién, al aire, al destino. Y allí me quedé, en medio de la tarde en la habitación sostenida por un hilo, por un hilo de nada, de aire, de sin sentido. Así fue cómo de repente sonó el teléfono. Era su voz:
- ¿Estás bien? ¿Estás bien? ¿Qué te pasa?
La voz hueca me estaba rescatando sin saberlo. Había comenzado a fundar un mito del que ella ni yo podríamos salir jamás. Pero este episodio así, suelto, puede ser una simple coincidencia. Sólo se completa cuando yo me ubico en el extremo opuesto de los hechos y es ella la que orillea la muerte. Se trata de un largo episodio que comienza muchos meses atrás, del otro lado del mundo. Y es el siguiente:
Estoy en la India en un sitio enorme cruzado por lenguajes indefinibles. Supongo que he ido allí a despedirme de mi madre muerta y de mi padre que no se termina de morir. Es un viaje más largo, mucho más largo que cruzar el océano y allí aprendo a escuchar las voces que me llegan desde ese otro espacio en el que a la espesura de los cuerpos se les impide andar. El recuerdo del cuerpito con su agujero en la garganta de mi amiga, la escritora, que está allá, en el sur de la América del Sur, me enternece y me acongoja. No sé si hubo cartas, no sé si hubo llamados. Yo me encontraba rodeada de paredes blancas y andaba con vestidos que se arrastraban por el suelo y estaba aprendiendo a escuchar lo que no todos escuchan. Y el tiempo pasó, para no perder la costumbre y, considerando que no ha hecho otra cosa desde el principio de los principios, considero que ni siquiera debería mencionarlo. El tiempo se extendió como una voz solapada entre las orillas de un continente y otro con una rapidez empedernida, espeluznante, uniendo los extremos y comprimiendo todo lo que existe.
A mi regreso, mi amiga estaba en uno de los tantos hospitales. O mejor dicho en una clínica lujosa. Su cuerpo permanecía tendido, trémulo y tendido y los que se encontraban allí se despedían de ella porque los médicos lo aconsejaron.
-Ya no hay nada que hacer- había dicho el que más sabía.
La frase perforó el aire y el ir y venir de las respiraciones. La frase era un gran pozo en el que nada dejaba de caer. Avancé en medio de dos hileras de rostros conocidos. Todo era un estremecimiento que apenas sostenía el hilo de lo que quedaba por decir.
Yo, siguiendo el consejo de los médicos, entré a despedirme. Me quedé parada a tres pasos de ella. Recuerdo que llevaba puesto un vestido largo y colorido, recuerdo el roce de la seda sobre mis tobillos y el olor a nada o a desinfectante caro que había en la habitación. No quise despedirme. Pedí que ella no se fuera, pedí que regresara y busqué un punto central dentro de mí y comencé a repetir los sonidos monótonos y vibrantes que había repetido hasta el cansancio en las madrugadas de la India. El cuerpo de mi amiga estaba conectado por unos cables negros a un aparato inmenso con incrustaciones cromadas y llaves de luz y colores rojos que parpadeaban y emitían débiles señales sincronizadas. Algo sucedió en alguna parte. Y yo lo percibí. Creo que la tela de mi vestido relampagueó o se meció suavemente. O lo quiero creer ahora. De pronto muchos timbres empezaron a sonar. Se enloquecieron las luces. La tecnología colapsó. Y en ese instante supe que el cuerpo de mi amiga iba a continuar estando sobre la tierra quién sabe por cuánto tiempo. A mis espaldas se desplegaba un gentío de guardapolvos blancos que apretaba botones y hacía girar manijas plateadas para un lado y para otro. Me echaron de allí. Gente confundida buscaba una causa en el mundo que ordenara las cosas y trajera tranquilidad. Salí con mi cara de buena nueva a explicárselo a los demás. Nadie me creyó.
Sólo unos meses después mi amiga iba a recordar su viaje hacia la luz que encandila y los sonidos de mi voz que la llamaron empujándola, trayéndola hacia este lado donde todo estaba oscuro. Ella y yo sabíamos que hemos estado desde el principio pisando esa raya finita que une dos lados invisibles. Las dos sabíamos mejor que nadie que vivir es hacer equilibrio entre dos invisibilidades.
Después o antes, ya no recuerdo, le abrieron ese agujero en la garganta que le fue comiendo el cuerpo, poco a poco, hasta que no quedó más que agujero. Su poderosa voz perdió el camino de salida y se desvió de la raya. Un cuerpo que se vuelve pequeño y una voz que crece y el desajuste del orden del mundo. El resto es únicamente una suma de anécdotas y trivialidades. La despedida, la última, se produjo algunos años después, hace apenas pocos meses. Ahora me parece verla con su monedero cubierto de canutillos de colores obligando a su voz a salir por el agujero de la garganta frente a un auditorio multitudinario. Siempre la veo así, mucho más grande que ella misma agarrándome con una sola mano para traerme desde el silencio hasta este mundo donde, según dicen, algo brilla, si es que algo puede brillar en un mundo como este.


PÁGINA 29 – ENSAYO

HOMERO ARIDJIS ¿UN ESCRITOR MARGINALIZADO?

Por José M. Vallejo (Toronto-Ontario/Canadá)

Del mismo modo como la obsesión por el tiempo marca la obra literaria de Marcel Proust en “En la busca del tiempo perdido,” observamos en el poeta y escritor mexicano Homero Aridjis, Michoacan 1940, una marcada obstinación, una sorprendente fascinación por el astro rey, el Sol y sus misterios, jeroglíficos y actos sacramentales traducidos en el mundo alucinante de las mariposas, las flores, el polen y los mitos mayas-aztecas relacionados. Tal vez por haberse iniciado como poeta, reconocido tempranamente en su talento por Octavio Paz, y haber sido premiado y celebrado posteriormente por su lírica versátil y vivencial, la novelística de este autor post boom hispanoamericano continúa, sin advertirse, la significativa técnica narrativa del también mexicano Juan Rulfo con los distintos planos cronológicos de pueblos vivos y muertos examinados por su propios habitantes. Es así que en la novela “El Hombre que amaba el Sol (2005)” y en la “Leyenda de los soles (1993)” el lector puede familiarizarse mediante la percepción poética, fuera de la retórica habitual, con la imagen mítica vinculada a la historia mexicana. Se profundiza a no dudarlo el sol de las pirámides definido por el autor como “el sol de los cerros de la creación mexicana de los cuatro soles y la era del quinto sol, como la actual.”

El aporte gramatical-lingüístico manejado por Aridjis, de alternancias temporales y espaciales mantiene a través de la lectura el contrapunto de varias narraciones simultáneas bajo un hilo conductor. Los prototipos originales se presentan por oposición y semejanza en la estructura totalizadora de la novela “El hombre que amaba el sol.” Las esporádicas apariciones de Margarita, la esposa de Tomás muerta súbitamente, son fragmentos de recuerdos donde se juntan hechos mágicos y rutinarios. Recuerdos donde están presentes las largas conversaciones de los diálogos de monólogos, los de ella centrados en las noticias estrafalarias y alarmantes, los de él en la fijación de los misterios del sol. “En Inglaterra los vehículos tienen el volante a la derecha” “En Rusia la falta de sol en invierno puede producir una tristeza azul, un desorden afectivo estacional. Con frecuencia la gente se cura de esa tristeza azul con alcohol.” “Se han avistado platillos voladores en la Zona del Silencio.” “Arrestaron al jefe de la policía de Chihuahua por dedicarse al secuestro y a la violación de menores.” Y Tomás responde “¿no crees que existen correspondencias entre las formas solares y las formas terrestres?” “La miel, ¿qué cosa hay más solar que la miel?” “Las flores amarillas de los campos son rayos solares materializados.” “Soñé que en otra vida fui el sacerdote egipcio que compuso la “Letanía de Ra” y en Teotihuacan el dios que creó el quinto sol de las cenizas de los cuatro soles anteriores.”

A través de esta novela existen saltos de la realidad al inframundo de los difuntos y los antepasados precolombinos, lugar donde las alucinaciones solares de Tomás, profesor destituido de un liceo escolar, motejado como el loco del sol, transportan al lector hacia la arqueología y la mitología de los complejos dioses mexicanos base de las abundantes leyendas populares. Clasificada su obra como del post boom, me inclino más, por el estilo, hacia la asignación de “nueva literatura” o como la llamo “literatura del siglo XXI” por su regreso al realismo con interrupciones “mágicas” en una prosa más sencilla de leer al poner énfasis en las culturas antiguas, las leyendas, la historia y el arte. De allí que Tomás, el carácter principal de la novela, adquiere por sí mismo el apellido de Tonatiuh que es el nombre del sol en el idioma nativo mexicano “Náhuatl” y a partir de ese instante su existencia transcurre en el centro de un mundo alucinado en búsqueda de la luz o sea el origen de las creencias indígenas desde los Incas en el Perú hasta los Aztecas en México. “El sol que va haciendo el día” y en el caso de Tomás “el que va haciendo la vida.”
También como en las novelas cubanas, Aridjis, se plantea en la narración el sincretismo religioso de los credos originarios con el catolicismo perteneciente al colonialismo. “En nuestro mundo el eclipse es una lucha entre el águila, nagual del sol, y el jaguar, la muerte. Miren dice un curandero nahua: “el jaguar del cielo nocturno se está tragando al Quinto Sol.” “Es el eclipse del divino sol por la intersección de la Inmaculada Luna, María Nuestra Señora Venerada en su sagrada imagen de Guadalupe, para librar de contagiosas pestes, y asegurar la salud de la especie humana,” se arrodilló una monja. “Bravo, ve y piensa: la danza del sol y de la luna con la tierra se está llevando a cabo” exclamó un maestro de escuela. “me tiemblan las chiches y mi vagina sangra”, una joven del Club de las Selenas alzó un alcatraz. ¿Vieron? Se me puso la carne de gallina, como si el eclipse del sol se hiciera dentro de mí.” … “En nuestra cultura –afirma el curandero-el eclipse de sol se dice Tonatiuh Qualo, que significa: el sol es comido, devorado en pedazos por el jaguar.” “Este eclipse mostrará al Cristo cósmico y a la María de los mares lunares la era del cambio,” aseveró la monja.

En la novela, Teresa, ahijada de Tomás quien fue su alumna en el liceo, está enamorada del viudo en permanente consulta con su esposa muerta Margarita, y él también es seducido por los encantos de su ex alumna padeciendo múltiples desvaríos sexuales nunca realizados. Este amor platónico transcurre plácido hasta la vejez, pues Tomás al sentirse inspirado a trabajar en sus investigaciones sobre el sol, se olvida del amor materializado. En realidad, en el conjunto de la novela, como en Pedro Páramo de Rulfo, estamos siempre en las fronteras de la vida y la muerte. El desafío de Aridjis, escritor de cierta manera marginalizado en su propio país por la crítica dedicada en su mayor parte a la propaganda de ventas y no a los logros literarios, primero el negocio luego la cultura, se enfrenta a la novela lineal o sea a la de construcción tradicional en la que han caído escritores como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa con sus “Best Sellers,” en principio, hoy en día, ambos dedicados a temas triviales y sexuales (prostitución), luego de sus éxitos iniciales como novelistas de rango incluidos, sin crear estilos propios, como Carpentier, Cortázar y García Márquez, en el boom latinoamericano. El tono de estas obras triviales es invariablemente la descripción y no la denuncia acerca de la explotación del ser humano en las variantes étnicas, clasistas o de discriminación de la mujer en el mundo actual, donde está censurada cualquier apología dirigida a la segregación y la exclusión.

Poeta, narrador y diplomático, embajador de México ante la UNESCO, Homero Aridjis es también un combativo activista por los derechos humanos y la defensa del medio ambiente, habiendo creado el Grupo de Los Cien, conjunto de renombrados intelectuales y artistas comprometidos con la preservación de la naturaleza y el ecosistema, dinamismo no bien visto por las autoridades oficiales de México, aunque vitales para su creación literaria. Fuerza motriz progresista impugnada en su país de origen, motivo por el cual el autor se ha visto frecuentemente estorbado (marginalizado) en cuanto a la divulgación de su obra fundamental de hacer convergir la protección del agua, la tierra, los árboles, la vida animal, con la creación poética y novelística. Con 38 libros publicados traducidos a varios idiomas, y varios galardones literarios, la marginalización en el mundo de la cultura mexicana y latinoamericana oficial tiene que ver, sin duda, con su posición política e ideológica.


PÁGINA 30 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Ian Welden (Dinamarca) y Maritza Álvarez (Chile)

DE RUEGOS Y BOSQUES

Arrebátame el aire
Despójame de silencios…
Arráncame el último latido
Mira que te sueño
Y me ahogo y te sueño y me ahogo

Despacio ven a mi puerta
Que vulnerada y asustada te espera
Brújulas y estaciones ya no son nada
Los bosques se han llenado de hojas
Moribundas
Amarillas
Casi cenizas de hábitos
Aplastadas de caminantes
Presurosos

Los niños vienen y hacen columpios
Enramadas
Y casas colgantes
¿Qué hay detrás de esta bruma?...

Intuyo amaneceres
Apariciones fantásticas
Rodeadas de tu imagen…
Envueltas en tu halo poderoso
Rústico hombre que navegas
En mi fuente serena

Llévame a tu lugar secreto
Regálame las estrellas

Amor poderoso
Casi sin aliento te he buscado
Por bosques y desiertos
Océanos y cordilleras
Tendidos cual trampas
A nuestros pasos
Tan tímidos pasos…

Cansados ya de la tarde
Hacemos un pacto
Nos esperamos en la esquina secreta
Ocultos
Sangrando
Delirando…

Oh! ,despiadado horóscopo travieso
Que juega con nuestros destinos
En madrugadas frágiles como ésta…
En tardes cenicientas
De este sentimiento noble…

Me sumerjo y descifro
En planetas taciturnos
El futuro inalcanzable

Veo en tus ojos
Y leo tus pensamientos
Y regreso en silencio
A mi solitaria morada
Sin tu cuerpo de maderas sagradas
Pero con tu alma bendita
y tus huellas ocultas y secretas

Arrebátame el aire
Despójame de silencios

Llévame a tu lugar secreto
Regálame las estrellas

EXILIOS

Manadas de demonios despiadados
navegan a través del universo
con antorchas y machetes
buscando a esta pobre alma fugitiva
para colgarme de una estrella fugaz
y exiliarme para siempre de la galaxia.

Me escondo en el cinturón de asteroides
y salto a las llanuras de hielo de Júpiter
donde corro sumido en formidables soledades
sin saber qué crimen he cometido.

A veces pienso que ya no existo
y que todo esto es un cuento
muy vívido eso sí
que me dejaron mis antepasados

Me voy alejando
auxiliado por meteoritos
que en su trayecto me acercan
a cielos impenetrables por el hombre

Pienso:
¿Habrá sido pecado amar?
¿Habré dicho muchas veces “tú eres mi vida”
y se me juzga de traición?

Ajeno a todo pensamiento
el universo sigue girando su obra perfecta
y yo me desligo de desdichas
sintiendo que mis raíces hoy
están más que nunca en la Tierra…

FUGAZ

Nuestros besos como a través de un velo
Nuestras caricias que son emociones
Nuestra seducción a través de cristales
Rápidos y fugaces momentos que no se quedan
Porque no han plantado su bandera

Así se suceden
amor mío, los momentos contigo
Te me acortas en el tiempo eterno
más allá de los sentimientos
cuando escucho y retumba
en mi frágil oído:
el “Qué hago ahora contigo”
trovador invariable
que conoces tan bien mis sentimientos…

Dónde pondremos la semilla de este amor…
A qué dios le rezaremos
Y en cuál esquina
Nos podremos juntar…
En las noches de junio tal vez?…
O en los amaneceres
De un perdido mes de abril…

"¿Qué vamos a hacer con nuestro amor?"
Tú y yo, y la pregunta doliente
En la más leve duda
Toda ella presente
Ardiente y dolorosa
Como llama que no se apaga
Este amor de espinas y rosas
De los ecos lejanos y los corazones cristalizados
De la no presencia de traiciones
Como aseguran
Todas las eternas y más bellas canciones

LA CENA

Nos damos de cenar
con nuestros sentidos y nuestras lenguas
sin cuchillos peligrosos
nos alimentamos después de años de hambre
y el vino de nuestra ternura nos embriaga
y nuestra piel nos satisface

Y después de nuestra cena no quedamos satisfechos
nuestra hambre es inconmensurable
nada la detiene
somos voraces
nos devoramos enteros
y seguimos este proceso loco
dándonos de comer
por toda la eternidad...

Mañana te espero
mañana comienza de nuevo el brindis
el brindis insaciable en la copa nueva
y frágil de nuestros sentimientos
Tú fijas la hora
supremo amante que cautivas mis pasiones
anhelante, jadeante y vital...
Y en nuestra embriaguez recién encontrada
en nuestra locura
en este amor lujurioso y magnánimo
compartiremos el pan de la vida

Amor que se siente, amor consentido
Todo fragilidad en mis sentidos
Hombre dulce y amado, hoy yo te brindo
lo que ama tu alma enfurecida
Contemplativo hombre espacial
bebe conmigo
cena conmigo
hazte grande en mi mañana
y gigantesco en mis noches

Ladrón de emociones eternas
coleccionista de recuerdos atiborrados
en tus caderas me dormiré después
cuando en las lúgubres ventanas
ya anochezca de placer
cansada
rendida...

La noche oscura duerme
pero yo contemplativa
te invito y te seduzco
de seducciones resistidas

Vuelve otra vez amor mío
a beber conmigo esta vida descubierta
de agua, de manantiales de fuego
Vuelve otra vez ,amor mío
y sigue viviendo en mis arenales
sigue descubriendo alimentos celestiales
yo te esperaré eterna y tuya
en la ventana resplandecida...

LA ESPERA

Mientras espero
Ordeno tus cosas
Y tus libros…

Parece que hubieras viajado muy lejos

Por ejemplo, a ese país de leyendas
Y cuentos
Parece que te hubieras instalado allí
Y hubieras clavado tu bandera…
Parece que estuvieras cerca de una ventana
En un departamento
Observando a la gente y sus niños
Oyendo sus voces y sus risas
Parece que estuvieras derramado escribiendo
Relatos y versos
Cosas de la vida!…

Me parece verte comiendo tallarines
O tirado en tu sillón
Viendo alguna vieja película

Incluso
Te imagino enamorado
Todo celeste y rosa en el amor
Esperando recibir las palabras soñadas
Recibiendo amor a borbotones
De esta tierra lejana
Que guarda todas las raíces tuyas
Que te pinta y dibuja…

Acá, de pronto, son las dos de la tarde
Y todo se sobresalta
Llega mi hijo
Y pienso, y despierto
Sintiendo con certeza
Que todo aquello es cierto…

Mientras esperas
Me encaramo a volantines
Que me conducen amablemente
A villas alemanas
Enclavadas entre tus pechos generosos
O te veo creo yo
Reviviendo tus sueños conmigo
En tu aparato de televisión
En tu sala de estar
Iluminada por un sol charlatán
Arrogante y soberbio
Celoso
Porque me esperas
Hilando poemas con pinturas
Produciendo mantas magníficas
Que causan envidias y sorpresas
Entre las multitudes del universo
Y calor calientito en mi alma
Que te espera loca e impaciente
Mientras me desvelo por mis hijas
Y miro extrañado a esa bandera
Que clavé no sé cuando
Ni por qué.

LA PROEZA

La maravilla de existir
Se alimenta de fuerza
Y le da la mano a la lucha
Y ésta a la fe
Y el talante solícito y hermano
De la humanidad potente y sangrada
Esa que fue inmolada en batalla
Y aquella otra que hace del existir
Una proeza
Siembra entonces
Con alegría y con pasión
La poderosa semilla de este saber
Como si fuera tu pan y tu agua
De todos los días
Cuídala entre tus manos tibias
Haciendo de ella
Tu legado y tu herencia


PÁGINA 31 – CUENTO

VICTORIANO ALCÁNTARA

Por Gabriel Impaglione (Cerdeña/Italia)

Cuando Victoriano Alcántara cerró la puerta un escalofrío trepando por su espalda le mordió la nuca como un reptil fantástico. Afuera la noche ensanchaba sus latidos sobre los perros atentos. Un viento negro escurría de prisa su largo vestido.
Entre bota y bota sonando como lejano tambor contra el piso, la casa callaba meciendo un oleaje de penumbras.
El hombre bajo la toalla se miró de nuevo en el espejo. Sólo un breve gesto tenso, todavía. Sin importancia. Sin rastros de sangre, magullones, dientes rotos. Apenas los ojos negros dilatados como los perros que afuera deambulaban la noche, nerviosos. Que andaban atentos con todos sus colmillos atentos, deambulando.
Victoriano —correntino, peón de albañil, soltero, treinta años— conocía de memoria historias de muerte y lobizones. Desde chico fue acostumbrándose a relatar apariciones y abrir senderos por el monte.
En más de una noche de luna llena clavó sus ojos en la punta de los pies, como si fueran una presa codiciada, mientras las manos morenas raspaban su cara en busca de cualquier indicio imprevisto, desesperadamente invadido de miedos y de habladurías.
Su familia no hizo otra cosa que trabajar por nada, como si trabajar fuera un deber de ocupación gratuita para los pobres. Mejor dicho: sus padres no hicieron otra cosa que trabajar por nada. Vales por tabaco y yerba a cambio de veinte horas diarias de desmonte en los feudos de ilustres apellidos que decoran las calles de las ciudades. Serpiente y desmonte y hambre.
Los hermanos de Victoriano representaban un abanico de malos ejemplos, cretinadas e hipocresía santulona sin igual, sobre cuyos pormenores llegaron a dedicar algunas columnas los diarios de los pueblos cercanos. El anteúltimo de los Alcántara fue ubicado de monaguillo en una parroquia, por una tía fanática de no recuerdo bien qué congregación. En vez de cura, mandadero oficial, y con la vida asegurada viviendo de arriba en Santa Fe. Adalberto, el mayor, graduado con honores de contrabandista en la Triple Frontera. Los mellizos, par simpático si lo había, cadetes desde los doce años en una gran tienda de Resistencia, hasta que los descubrieron revendiendo mercadería y fueron a parar a la calle, aunque un concejal de la capital que andaba entreverado en esos asuntos de reventa, los hizo entrar a la administración pública de encargados de no sé qué área de Compras de la Municipalidad. Crisóstomo Segundo, quien fue dado a luz justo cuando Adalberto inflaba los pulmones para soplar las velitas de su primer cumpleaños, se dedicó a la política como guardaespalda de un mandamás del Pacto en Paso de los Libres. Julián, de quien poco podrían comentar las comadres memoriosas, era trece meses mayor que el aprendiz de curita. En algún momento de su vida abrazó la artesanía regional, pero en los últimos tiempos se ganaba unos pesos como mercachifle y revendedor de baratijas a pilas en Uruguayana.
Victoriano tuvo hasta los dieciocho una vida tranquila, anónima, sin roces con sus semejantes. Hizo el servicio militar en Entre Ríos, y allí comenzaron a chorrearle las penurias. Le daba por morder a los conscriptos dormidos. Lo molieron a palos varias veces y hasta conoció las asperezas de la celda gracias a sus irrefrenables impulsos. Después, enganchado de cabo en el Ejército, comenzó a hacer carrera. Hasta que un día metálico de enero, un tal José Ignacio Cabañas, de guardia en los arsenales, lo vio correr en cuatro patas, zigzagueando entre unos tambores de combustible. Lo encontraron jadeando boca arriba.

En el pueblo dijeron —que decía un principal— que se había contagiado alguna porquería con la hija del despensero, que tenía ideas raras.
No pudo haberse puesto tan malo ese gurí, se lamentaba un sargento mayor de apellido Loria, que lo tuvo a cargo cuando manejaba un camión cisterna.

Lo cierto es que a Victoriano Alcántara, después de algunas juntas médicas, le dieron licencia por tiempo indeterminado.
Los perros gimieron mientras encendía la lámpara de la cocina. Se calzó las botas y una gorra. El viento negro regresaba con un bramido que se enredaba en las arboledas. Alcántara, trabajosamente, garabateó una breve nota con su mano izquierda. Cierta sirena agitaba a los perros que ladraban diferente. Victoriano descolgó el Mauser descargado, con mira telescópica.
En otros tiempos supo matar varios leones de un sólo tiro, comentaría después un hombre conocedor de las andanzas del milico por el monte. Le hizo un gran favor a la gente, afirmaría su esposa casi como un rezo, cerrando los ojos y persignándose. Alcántara se detuvo frente a la puerta cerrada.
La villa, ahora, hervía bajo una espesa expectativa. Se escucharon pisadas de varios hombres.
—¡Salí correntino, estás rodeado! —gritó un agente.
Victoriano acompañó la inconclusa ronda de la puerta con un leve movimiento de su mano, mostrándose de cuerpo entero, a contraluz, sin respuestas, ni gestos, ni palabras. Sin pensar en nada.
Alzó el Mauser hasta el hombro apuntando despacio. Una lluvia de muerte lo partió en cuatro.
Dicen que al frente de la partida estaba un sargento gordo y hablador que no dejaba de repetir algo acerca de una bala de plata.
Victoriano Alcántara quedó allí, en medio de su sangre, como cualquier cristiano.


PÁGINA 32 – ENSAYO

EL GUSTO ESTÉTICO EN LA SOCIEDAD POSTINDUSTRIAL
LOS GUSTOS EN LA MULTIPLICIDAD ESTÉTICA

Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

Las sensibilidades alfabetizadas en un gusto turístico hipertextual, abordan las representaciones artísticas como espectadores estéticos multimediáticos, hechizados ante imágenes heterodoxas y fragmentadas. Este espectador del shock art, más que contemplador es un programador de la fugacidad de cortes instantáneos y lleva sus gustos a los extremos límites, estremecido por la sensibilidad del golpe y del efecto. Gusto extremo, compulsivo. No es el asombro hermenéutico ni lo sorprendente maravillado ante el misterio, sino la desfachatez y lo relajado lo que produce un gusto por los procesos-espectáculos. Sensibilidades del golpe, estupefactas frente a la maquinaria de imágenes audiovisuales. De la euforia por la imagen de la máquina, a la compulsión por la maquinaria de imágenes; de la idealización de la mímesis como representación del objeto (lo real presentado), a una metafísica de la des-realización de lo objetual a través de procesos multimediáticos (lo real virtualizado). El gusto por lo interesante y pintoresco, dado en la modernidad de aventura, se transforma en un gusto por lo chillón, lo escandaloso y estridente. Se goza del arte sí, pero con estrés sensible, convulsión y grito. A la sensibilidad no se le da tiempo de apreciar; se le golpea tanto hasta el punto que no puede ya sentir. El masoquismo es patético: infarto espiritual hasta el desfallecimiento; aceleración, máxima velocidad y placer en su agotamiento. He aquí los turistas estéticos, el arte jet, la farandularización de la vida.
Nos encontramos entonces con una sensibilidad mediada por lo tecno-económico y con nuevas formas de asumir los procesos de representación artística. Un sujeto con un gusto por lo lúdico extremo. Sensibilidad hedónica en el estruendo, identificada con la gama de variedades globalitarias. Estas sensibilidades se alimentan del calidoscopio estético que se ofrece en lo contemporáneo: estéticas del ornamento y del ocaso de los afectos; estéticas de los efectos publicitarios con sus objetos trans-estéticos; estéticas del acontecimiento, de happenings cotidianos y performances de frágil factura; estéticas del simulacro masivo: todos nos convertimos en comunicadores del show, podemos ser creadores; estéticas de la desfachatez, con una visión relajada, banal, del trabajo artístico; estéticas de la estandarización y de la repetición, con su fórmula de réplicas de prototipos en serie; estéticas del entusiasmo por la identificación y mismidad con la globalización totalitaria del mercado; estéticas turísticas y de zapping artístico, con la idea de consumir, usar y desechar los productos culturales en el menor tiempo posible; estéticas de la cibercultura, como arte del programador y de la multimedia telemática digital. Cada una de estas estéticas ha procesado estilos de vida y juicios de gustos dispersos y desterritorializados en lo local, pero a la vez unidos en lo global; gustos tanto colectivamente homogéneos como particulares en su movilidad permanente. El mercado mundial procede a homogeneizar la pulsión deseante de los sujetos (a todos se le impone el deber de ser ciudadanos consumidores), y a la vez diversifica los objetos de gusto (cada uno es “libre” de escoger individualmente los objetos ofrecidos en cantidad y variedad). Simulacro de libertad de juicio de gusto. Estandarización de los deseos de consumir y heterogeneidad para que se pueda llevar a buen término dichos deseos. El juicio de gusto cae prisionero en las redes de esta conflictiva ambigüedad. Multiplicidad y pluralidad no quieren decir, necesariamente, democracia y libre autodeterminación activa y crítica.
Estamos ante la crisis del “en sí” del arte moderno y de su finalidad sin fin kantianos. El mercado ha impuesto al arte un fin más secular: volverse mercancía. Se somete al gusto a un interés último y no a la “contemplación desinteresada” del idealismo estético ilustrado y de las vanguardias del siglo XX. Al asumir el arte la teleología de la mercancía, se une a la rentabilidad, a lo eficaz y eficiente, por lo que se espera de él “productos” y resultados concretos, es decir, condiciones sociales que lleven al éxito, y esto no es más que entrar al Spot de los famosos gracias a las transnacionales industrias de la cultura. Arte eficiente, efectivo y rentable. La mutación de las utopías vanguardistas es notable: “ya no puede soñarse como es debido con una Flor Azul” escribía Walter Benjamin refiriéndose a la imposibilidad de instaurar el ideal del romanticismo alemán y del poeta Novalis. Se ha puesto en acción un arte dirigido, administrado, planeado por las industrias culturales que requieren no de resistencias ni de rupturas, sino de productos vendibles, prácticos, eficaces. Arte diseñado para ciertos gustos turísticos, alfabetizados en la sociedad de los hombres de negocios y del relajamiento crítico.
Los cambios en la teleología del arte han instrumentalizado el gusto y practicado una forma de funcionalismo observado en la estética del acontecimiento publicitario; una finalidad con fin: el consumo de la mercancía artística, golpe bajo a la finalidad sin fin kantiana. Las industrias culturales, al diseñar, dirigir y planear tanto al arte como a los juicios de gusto, ejercen un control social de vigilancia que le resta al arte toda fuerza contestataria. Primacía de lo administrativo y del mundo planificado sobre aquello que se le oponga, por lo que se busca un arte conformista, sólo como artículo de esparcimiento. Pretensión totalitaria global que resigna a los artistas y a sus receptores a una ideología efectista o a un nihilismo masivo realizado. Conciliación o muerte. Identidad o desaparición de la pasarela que propone éxito y fama.
Gusto por los artefactos artísticos y objetos tecnificados de funcionalismo ornamental. He aquí lo que consiguió unir la posindustrialización: un arte como decoración, adorno, ornamento complaciente, divertido, relajante (lo kitsch, el Arte Deco, lo light, lo interesante, lo pintoresco) que cumple la función de lo eficiente en una sociedad asaltada por la rentabilidad pragmática (lo sublime del mercado), lo que da como resultado la estetización de la vida cotidiana. Contemplación interesada: funcionalismo del arte unido al formalismo del mismo. Milagro de las posindustrias culturales; gusto por el funcionalismo ornamental estético y cambio en el valor de uso que adquiere el arte.


CONTRATAPA:

LA PRODIGIOSA AVENTURA DEL SONIDO

… la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.
Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-¡Ayúdame a mirar!
Eduardo Galeano (El libro de los abrazos)

CAPÍTULO I

EL DESPERTAR DEL MUNDO SONORO

Por Maria Dolores Velasco Vidal (Madrid/España)

Me asomo a esta ventanita para mostraros mi mundo, nuestro mundo. Si, es el mundo de todos pero, a veces, no nos damos cuenta de lo que nos rodea y pasamos por alto muchas cosas bellas e interesantes, simplemente porque nadie nos las ha mostrado.
Yo soy una de esas personas. A pesar de ser mi profesión la música, tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta de situaciones que dejaron en mí una huella imborrable. Y no lo hice por mi misma, me lo mostraron. Me puse en un camino que me llevó al conocimiento de eso que es obvio, pero del que no nos damos cuenta… Y por Dios que se nos pasa por alto un mundo maravilloso, lleno de luz, color, sentimientos, belleza a manos llenas.
Cuando se integra uno a este universo ya no puede salir de él. Te atrapa. Te conquista. Es como si tus oídos se hubieran renovado y oyes y ves con el alma formas que antes no veías.
Espero poder ser lo suficientemente comunicadora a través de la palabra escrita, para poder transmitiros todo eso que me embelesa porque, simplemente, es fascinante.
Para empezar, os mostraré algo que es posible nunca nos haya llamado la atención por considerarlo poco importante, o porque nuestra forma de vida nos ha impedido valorarlo.
Quisiera que me acompañarais a dar un paseo por los primeros tiempos del mundo… Tomaremos la referencia desde muy lejos… Tanto como desde que el mundo es mundo...
La naturaleza, el mundo animal, el hombre…todo está lleno de sonidos, lleno de matices: cristalinos, dulces, disonantes, agresivos, terroríficos, relajantes, misteriosos… un sin fin de sensaciones y emociones.
Imaginémonos por un momento, como sería el mundo recién estrenado… Cada uno concebirá algo diferente según nuestra imaginación nos lleve. En cualquier caso nuestra fantasía nos llevará a visualizar una naturaleza desbordada, joven, recién nacida, por pulir, con fenómenos desatados… Reacciones de planeta adolescente que todavía no ha aprendido a tomarse las cosas con calma.
Podemos ver las aguas con todo su fuerza y ese bello sonido, unas veces intenso otras en remanso, relajante, o ese cielo que se hace notar, y nos asombra y atemoriza con el retumbo de sus truenos y tormentas, y también nos compensa con los suaves sonidos de una lluvia tranquila, con el dulce ritmo de esa agua que cae mansamente. Y qué decir de esas tierras que no encuentran su acomodo y se mueven, suben, bajan y sin reparo ninguno lanzan ruidos intensos, terroríficos, grandiosos…
La tierra despierta, la naturaleza se explaya, nace un mundo de sensaciones inimaginable.
El sonido esta ahí… Desde el principio. La materia prima de la música.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.
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