Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 32 – Agosto de 2009 – Año III – Nº 8

Imágenes: Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 6 de junio de 1599 – Madrid, 6 de agosto de 1660)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA EDITORIAL

“Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido. La cortan y la reducen hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre”.
(“Celebración de la voz humana /1”, E. Galeano, El libro de los abrazos).

PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

Oscar Agú (Hercilia-Santa Fe/Argentina)


No es mi mano. No. Es la palabra
habitándola.

Ella se dice a sí misma desde el pié.
Yo, sólo la escribo
una y otra vez.

Su voz no posee sonido. Es solo un trueno
que desbarranca toda certeza
y me abraza.

No es mi mano. No. Es la palabra.

Digo...*

Otra vez la noche se ofrece como portal.

Navego en ella con mi silencio externo.

Mozart acompaña.

Una débil llama se mece desde siempre.
Oscila en mí, lámpara tenue
que todo lo contiene lo abraza
lo expulsa lo atrae.

Digo lámpara por no decir pájaro
nube avena centelleo
acorazado soles margarita.

Digo lámpara para sostenerme.

Digo Tao ...

Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

Lluvia de marzo*

1


Inmerso estoy
en esta llovizna
que de ningún modo
puede llamarse
pasajera.
Es otoño
sin embargo
pero esa persistencia
del ocre
subsiste aún
lacónico
empapado
silencioso
hasta donde puede
serlo esta agonía
de marzo.
El pueblo
es un animal
dormido y húmedo
Por no decir
cubierto
por la inclemencia
del agua.
Sólo un camión
lo cruza
con sus faros
Y su motor ruidoso
que barrena
el sueño de la gente.

2

Ante esta lluvia
que arrincona pájaros
qué puede uno hacer
sino mirar
por la ventana de vidrios
empañados
cómo el silencio
de la madrugada
pasea su orondez
sin más remilgo
que el del pinar
sobrecogido
como quieto monje
cargado de paciencia.

3

Nadie sucumbe
en un marzo
entero
como hoy.
Lo que sucumbe
es el sueño
porque la lluvia golpea
con sus mil patitas,
sobre el techo
de un cinc paciente y entregado.
Nadie se mueve hoy
porque al escapar veremos
las hojitas nuevas
verdes
estallantes
moviéndose en busca
del sol que nacerá de nuevo.

4

Entramado el aire
con las ramas y el cielo
la lluvia penetra
como un relente
limpio
bajo los remolinos
turbios
bajo los troncos chorreantes
en los árboles
donde mueren
los insectos
y la última araña
huye con su tela
destruida.
con su inevitable
sin saber
que hacer
en esta furia del cielo
hasta hace poco tan
límpido y perfecto.

5

En la cornisa
de marzo
silencia el mar
sus arrebatos
en esa playa sucia
donde una botella rota
espera inútilmente
la visita de las algas
hasta que el sol
se filtre
por esos vidrios
que nos protegieron
de aquella madrugada
que la arena sepultó

6

Estoy tumbado
bajo la luna
de agua
como ese arbusto
que recogió las gotas
caídas en la noche.

7

Ya no entramos
a las ciudades
con la paciencia
ardiente.

Ya no asaltaremos
ni la ilusión
ni el cielo.

Apenas viviremos
atados a ese recuerdo
niño
que sólo se agiganta
en la memoria.

8

A lo mejor
el aire
brotaba de luces nuevas
y esa torcaza
era
una ilusión
de marzo.
A lo mejor
los peces nadaron
desovando en la corriente.
A lo mejor
mi canto erguía
tallitos nuevos
acobardando otoños.

9

Un ardiente sol
cae en la tarde
rueda
como una naranja
por las calles
captura sombras
papeles sucios
marquilla de cigarros
un ronco amor
que llora de rodillas

10

Un tero salta
con un grito
en la mañana
de marzo.
un hornerito
llama a su compañero
y le pide atención
una gaviota blanca
se clave en la altura
celeste
un vientito fresco
arrea
vilanos de cardos
en flor
y los va dejando
sobre el campo verde
verde
que traga mariposas
blancas.

PÁGINA 3 – CUENTO

De cal y cemento.


Por María Elena Solórzano (Buenos Aires/Argentina)

Bajo de estatura, regordete, parecía un niño de trece años. La piel acanelada, el pelo lacio y los ojos levemente rasgados daban a su fisonomía un aire oriental; un sombrero de palma y un overol de mezclilla sus compañeros inseparables; en la bolsa trasera del pantalón asomaba un paliacate rojo que tenía mil usos: ya para proteger la cabeza de la tierra de las techumbres o de las oleadas de nostalgia que lo acometían de vez en cuando o para doblarlo como una banda sobre la frente e impedir que el sudor o los sueños entraran muy campantes a los ojos o simplemente para sonarse estruendosamente; también usaba zapato de carnaza con suelas de hule, calzado feo, tosco y mal hecho pero muy resistente e ideal para su trabajo.
Don Pedrito, como cariñosamente lo llamábamos, era albañil, le sobraba el trabajo, el “Superman de los pobres” para la gente de la colonia, presto destapaba hoyos o los tapaba, siempre que se desprendía el yeso de un techo o se carcomía una pared íbamos por él. Nunca se negaba a auxiliarnos en nuestras necesidades de cal y cemento.
-Don Pedrito, vaya a la casa de Severiano porque se está cayendo la puerta...que le corra, por favor...
Pero don Pedro escuchaba fascinado las canciones de Agustín Lara, tan famosas allá en los cincuentas, por estar atento a la radio ni siquiera se había dado cuenta de la presencia del chamaco, que no tuvo más remedio que zarandearle el hombro mientras decía:
-¡Hágame caso! Se rompió la puerta de don Severiano!
El siempre contestaba:
-Calma, calma, “hay más tiempo que vida” y “no por mucho madrugar amanece más temprano”.
-¡Qué si por favor le cambia el tinaco a doña Lencha! aquí a la vueltecita, usted ya sabe, todo se rajó y es un agual en la azotea.
-Calma, calma…
Se ponía de pie, apagaba su cigarrillo, de esos que todavía venden en los estanquillos y se llaman "Faritos", recogía un costal donde iba su herramienta: mazo, martillo, plomada, espátula, cuchara, cinta métrica y varios cachivaches más.
-Dice Josefinita qué se tapó el excusado y se está saliendo toda la “mengambrea”... ¡qué de rayo!
-Calma...
Don Pedro no bebía uva embotellada sino pulque y muy temprano salía Juanita -su mujer- a comprar varios litros de “caldo de oso” en una pulquería cercana que no recuerdo si se llamaba "Las maromas de Agripina" o "Los eructos de Napoleón". La señora regresaba con el garrafón destinado para esos menesteres repleto de néctar. El laborioso “maistro” lo llevaba siempre consigo y entre tabique y tabique o entre remiendo y remiendo le daba un traguito y así durante toda la jornada, no tomaba ni agua ni refresco sólo chupaba pulmón, todo el día se lo “chiquiteaba”, pero con los sudores de la chamba ni siquiera se le subía a la “tatema”, en cambio sentía más ánimo para mover la cuchara o para subir los botes de mezcla. Ya entrada la tarde se le oía cantar bajito y con tiple la misma canción: “...te he de querer, te he de adorar, p'os que almiración les causa que yo quera a esa mujer ...”
Al terminar la tarde se despedía muy ceremoniosamente, todos nos dábamos cuenta que don Pedrito despedía un olorcillo muy desagradable. Un día un chamaco se atrevió a decirle: "ya no tome pulque que después huele rete feo" y él hombre le respondió: "muchacho, ¿qué no sabes? el hombre sin olor es como un clavel sin aroma”.
Así pasó su existencia y llegó más allá de los ochenta años.
Su figura perdió la verticalidad de las paredes y sobre sus espaldas fraguó todo el peso del tiempo. Andaba casi a tientas sobre los andamios como si una nube de cal le nublara el horizonte, las cataratas opacaron sus ojos, adivinaba los pasos que tenía que dar para no caer al vacío, hasta que desistió de subirse a grandes alturas; un día pisó mal y cayó rompiéndose una pierna, lo enyesaron, la inmovilidad lo anquilosó y salieron a relucir en ese lapso todos los achaques de la vejez.
En su morral todo se oxidó: cucharas, espátula, clavos, alcayatas, la lima, el arco, las seguetas y hasta el alma.

PÁGINA 4 – ENSAYO

Carlos Salem triunfa en la literatura española


Por Josep Esteve Rico Sogorb (Alicante-Valencia/España)

Estoy seguro que para algunos ceutíes y melillenses Carlos Salem será un desconocido pero a la vez puedo afirmar que especialmente muchos 'caballas' y no menos melillenses aún le recordarán y muy gratamente por cierto. Sin embargo, en ambientes literarios y periodísticos de ámbito nacional, Salem ya es más que conocido. Nació en Argentina pero por circunstancias de la vida recaló en Ceuta. Su primer empleo en la ciudad fue el cargo de director del extinto diario 'El Periódico Independiente de Ceuta' -germen y origen del actual diario 'El Pueblo de Ceuta'-, aquel que emprendiera finalizando la década de los ochenta el viejo periodista ceutí Antonio Fernández Márquez con el auspicio del entonces equipo de gobierno municipal socialista y cuyas instalaciones estuvieron en una nave del muelle de Poniente cerca de Villajovita. Su personalidad dejó impronta en el diario, hacía gala de una genuina personalidad unida a un sentido del humor envidiable y muy particular. Lo comprobé personalmente. Él me contrató, confió en mí cuando yo era un joven inexperto llegado de la península y me hizo madurar o mejorar como periodista. Fue mi segundo maestro en Periodismo. El primero fue el escritor, poeta y periodista de Elche, Vicente Pastor Chilar. Ambos me marcaron.
Los agitados y nerviosos andares de pisada fuerte de Salem retumbaban. Gafotas, pelirrojo, con perilla y ricitos; no era el típico director de despacho sino que se 'curraba' el diario desde la primera plana hasta la contraportada, sentándose como un redactor más entre nosotros los redactores y los maquetadores, correctores, montadores, fotógrafos...Carlos hacía de todo sin suplantar la tarea de cada empleado, algo dificil y meritorio. Venía a ser como un aporte, una ayuda y a veces un auxilio...¡la de titulares atractivos que nos daba cuando estábamos en blanco! Poseía una gran imaginación. Pero Carlos Salem, por otras circunstancias de la vida, dejó 'El Periódico Independiente de Ceuta' y se hizo cargo como director, del decano de la prensa ceutí, 'El Faro de Ceuta'. Este medio le contrató al comprobar su valía profesional. Pasó después a la ciudad hermana, Melilla, donde fue director de los diarios melillenses 'El Faro' y 'El Telegrama'.
Avatares del destino movieron a Salem y dejó Ceuta y Melilla afincándose en Madrid. Abandonó su trabajo periodístico harto de envidias, tensiones, trapos sucios y polémicas que por desgracia ensucian el buen nombre del Periodismo. Regentó hasta muy recientemente un pub-jazz bar en la capital madrileña que él hizo célebre por sus sesiones musicales, exposiciones, tertulias, presentaciones de libros y recitales poéticos. Un lugar por el que han pasado los mejores y más vanguardistas creadores artistas españoles e hispanoamericanos entre poetas, novelistas, músicos...hoy, en la actualidad, Carlos Salem, el argentino-español ex director de diarios ceutíes y mellillenses y residente en Ceuta y Melilla varios años, triunfa en el panorama de la literatura española en la península e hispana en América. Sus obras se encuentran en las librerías. Posee importantes premios literarios y casi es un privilegiado sino viviendo totalmente de escribir y publicar al menos resultándole rentable y no como la inmensa mayoría de escritores que nos autopublicamos de nuestro bolsillo y encima perdemos dinero.
Carlos Salem, el ex ceutí y ex melillense de adopción hoy madrileño residente, ganó hace poco el I Premio Internacional de Novela Romántica de Seseña en su V edición con su obra 'Cracovia sin ti', comedia amorosa autobiográfica, tras haber ganado antes con su libro 'Camino de Ida' el primer premio a la mejor novela negra 'Memorial SIlverio Cañada 2008 de la Semana Negra de Gijón' publicada en 2007. Sus poemarios también son dignos de destacar con esa antipoesí a de verso libre y sin rima pero desvergonzada, osada y clara conjugando la ironía con la rebeldía. Y es que Carlos Salem siempre fue y sigue siendo, un rebelde con causa o sin ella, pero rebelde nato. Os invito a conocerle o a redescubrirle como animador de cotarros, poeta y novelista. Ved su socarrón blog personal http://elhuevoizquierdodeltalento.blogspot.com/ y leed sus libros. 'Fliparéis' en colores.

PÁGINA 5 - CUENTO

Lejos es un doble silencio.

de su serie Diálogos con el otro

Por Eduardo Pérsico (Lanús-Buenos Aires/Argentina)

La soledad es una flor de trapo, afiche de rostro lengua afuera, torpe burla a uno mismo. Aguachenta nostalgia que pretende, ilusoria, recuperar esa calle que tendría una ventana con el misterio invicto de aquella mujer pálida que miraba la tarde con sus ojos de agua. Porque yo soy de ahí, mi calle era esa calle sin vereda de enfrente. Un umbral de los trenes sin anuncios siquiera que cada desmemoria es una sombra astuta. El tiempo que transcurre es intuición difusa de ronda planetaria, negadora de nombres, borradora de rostros. En aquel lugar lejos me parió algún silbido vértice de una estrella, y hoy ni llega a tristeza esta nave perdida mar arriba. Duele ser cautivo de esta memoria amotinada, intrusa que desecha conciliar con el olvido. Y más cuando allá afuera esa sombra que crece repite un tango lloviznoso, y un rostro ya lejano se suma a esta nostalgia de trago y cigarrillo. Agobio, diálogo con la nada, licor del solitario
No quiero molestarlo pero, ¿eso no es muy repetido?
Si, es el regodeo en reiterarse; pocos eluden palabras que a veces nunca fueron un hallazgo.
¿Eso no le suena a cuento?
Hay algo siempre imbatible. Es esa constante en participar de un tablero gigantesco, de movidas elípticas y veloces.
…de movidas confusas que se enciman y contradicen. Ya lo escuché….
Es que de el juego de contradicciones y memoria se encima lo vivido con lo imaginado. ¿Me permite seguir?
Por supuesto.
Fue muy breve mi tiempo de jugar a la vida y hallarme en este exilio sin una sola llave de violentar cerrojos.
Se va yendo la tarde y su sombra que asedia se borra en ella misma. Lo demás es constante; de algún techo lejano en mi lugar del mundo, esa calle que busco, volarán al ocaso unos gorriones pardos clausurando el paisaje. Postal presurosa que apenas imagino y es doble mi silencio.
¿Usted no presiente que abruma con eso del exilio?
Todavía no. El desarraigo y la nostalgia le dejan una marca al trasterrado, y si eso sólo fuera una invención de escriba jamás existiría.
¿Quién impone el contar?
Sería una larga historia, pero la humanidad podría interpretarse en sus migraciones por hambre. Es eterno el gentío que huye del hambre, perdidos en la inmensidad detrás de una comida. Esa constante estableció maneras, convivencias y luchas, y a esa reiteración histórica primaria hoy mismo, quienes comen y cada día, le fijan reglamentos. Nosotros aquí y los hambrientos allá; una aceptación de que la especie persiste en la animalidad.
¿Me dirá alguna teoría sobre la evolución?
Ni soñando. ¿Le permite seguir a mis reiteraciones?
Naturalmente, son suyas.
Gracias.

PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA

Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Magdalena


“Dícele Jesús: No me toques: porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena dando las nuevas á los discípulos de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.” (Juan 20:17-18)

Ellos saben que anduve los paisajes compartiendo su ardiente desvarío,
acompañando el ritmo de sus pasos sobre ásperos guijarros persistentes
junto a las mordeduras del desierto.
Ellos saben que secundé rituales,
que bebí la esperanza de sus labios como si fuera el agua de la vida
y alejados de leyes
y prejuicios
compartí la igualdad de su evangelio.
Ellos saben que amé cada palabra
como amé sus miradas indulgentes
como amé el vuelo humilde de sus manos
como amé su cansancio peregrino orillando las márgenes del sueño.
Se amparan en antiguas tradiciones para acallar las letras de mi nombre,
para ocultar,
tras densas desmemorias,
cada suceso donde fui escogida como depositaria del misterio.
Sin embargo,
yo soy la Magdalena,
discípula tenaz de su doctrina.
Yo no escondí mi rostro
aquellas horas en que tropas romanas perseguían
las huellas delatoras de los miedos.
Soy la que custodió su pesadumbre
la que estuvo a su lado en el patíbulo con el alma abrigando su agonía,
con el alma desnuda,
con el alma
velando ese brutal padecimiento.
A mi no me interesan las cautelas
ni esa mezquina usurpación que ejercen desde los pedestales de su hombría
apóstoles,
patriarcas,
eruditos,
reformando la letra de los textos.
Soy María,
María Magdalena.
Mis ojos
- dos murciélagos perdidos que cruzan las penumbras de la historia-
cargan la voz de todas las mujeres
y su postergación
y su desvelo.

Betsabé

“Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella…” (2 Samuel 11:2-4)

Debajo de su sed,
el agua clara,
como llovizna levemente fresca
roza el contorno quieto de mi rostro,
acaricia la curva de los senos de piel dorada
y de pezones tórridos.
Debajo de su sed
el agua mansa halaga la hendidura de mi sexo,
perfila la silueta de las nalgas,
roza muslos de suave terciopelo,
resbala sobre el vientre lujurioso.
Debajo de su sed,
bajo la luna,
levantando los brazos hacia el cielo
y ofreciendo la larga cabellera a los dedos inquietos de la brisa
que sopla
en el terrado de mi insomnio.
Puedo escuchar su aliento entrecortado,
sus urgentes deseos,
sus vigilias
detrás de las señales de mi nombre.
Puedo augurar sus torpes apetencias
mientras me envuelvo,
lenta,
en el rebozo.
Soy Betsabé,
la esposa del hitita.
Procedencia de muertes y castigos para quien olfatea mi intemperie
cuando Jerusalén
se paraliza
cómplice del deseo caprichoso;
para quien vivifica la apetencia de una nueva mujer en su serrallo,
para quien escarnece la palabra comprometida al pueblo de su sangre
y al dios perfecto
y misericordioso;
para quien destituye el paradigma de guerrero invencible
y alma justa
gozando los discretos servilismos
de decenas de sexos tolerantes cautivos en ocultos dormitorios.
Y en esta alianza de infidelidades donde nuestros destinos se encadenan
detrás de celosías
y persianas
y cancelas
y torpes disimulos…
me complace el asedio de sus ojos.

Tamar

“Entonces ella se quitó de encima sus ropas de viuda y se cubrió con el velo, y bien disfrazada se sentó en Petaj Enáyim, que está a la vera del camino de Timná… Judá la vio y la tomó por una ramera, porque se había tapado el rostro,” (Génesis 38:14-15)

¿De qué linaje nacerá el Mesías,
el ungido de dios,
el elegido,
si mi esposo se ha muerto sin legarme el codiciado bien de su semilla
y yo cargo el costal de la deshonra?
¿De qué linaje nacerá la vida,
si las leyes tribales establecen que no puedo yacer con hombre alguno
hasta que mis entrañas reproduzcan el eco de su sangre obligatoria?
Si su hermano gozaba entre mis muslos,
mordía mis pezones erizados
y luego
eyaculaba sobre el polvo,
degradando los ritos encubiertos que bendicen la esencia de la cópula.
Si mi suegro quebranta su promesa,
elude el compromiso,
la palabra,
y yo sigo vistiendo como viuda y habitando en la casa de mi padre
siempre lejana,
siempre silenciosa.
Mujer hebrea
sin hombre o descendencia
condenada a rotundas privaciones cuando el invierno caiga al calendario,
a las pieles marchitas,
al olvido,
sin que ninguno asuma la custodia.
Por eso visto el velo de las putas
y acecho a Yehudah desde el camino en el momento exacto del augurio
cuando la alineación de los misterios
fertiliza mis lunas borrascosas
sedientas del esperma acantilado que socave las sombras de mi sexo
y procree los hijos que me adeuda
su injusticia,
su agravio,
su capricho,
su yugo de creencias opresoras.
Soy Tamar,
de la tribu de Israel,
aunque deba exponerme a las hogueras,
a la lapidación,
a los suplicios,
de mi linaje nacerá ese nombre
que alterará el transcurso de la historia.

PÁGINA 7 – CUENTO

Señales Erróneas


Por Jéssica de la Portilla Montaño (Ciudad de México/México)

Existen muchas clases de libros: libros de poesía para las niñas cursis, libros de texto para los niños ñoños, antologías con cuentos para quienes viven de fantasías, y hasta libros que analizan novelas para quienes anden de ociosos.
Hay un tipo de libro especialmente inútil: los diccionarios, compuestos por millones de palabritas que pretenden explicarse a sí mismas. En estos libros hay algunas definiciones razonables y muchas otras ridículas, pero la peor es la que se da a una palabra conocida como amor: "sentimiento apasionado"... y ya, eso es todo lo que el grandioso diccionario dice al respecto, siendo que el amor es tan complejo que algunas veces no se sabe cuándo se siente y cuándo no.
El amor suele confundirse con otras pasiones menores (amistad, cariño, atracción sexual, posesión), así que a veces uno cree estar enamorada de algún fulano sin que esto sea cierto, pero en otras ocasiones conoces a la mujer de tu vida sin siquiera imaginarlo. Aún no se sabe por qué se siente "amor" por equis persona, en qué momento surge esta emoción y mucho menos cómo desaparecerla cuando comienza a hacer daño; en qué lugar se instala este sentimiento que hace que un corazón palpite más rápido o que el estómago dé vueltas y vueltas sin parar... Lo más sensato sería decir que el amor invade todo el cuerpo de algunas personas, mientras que hay muchas otras que son incapaces de sentirlo.
No hay amores buenos o malos, y no es culpa del amor si el otro sujeto resulta ser un verdadero fiasco. Científicos, poetas, cineastas y músicos han desperdiciado sus vidas tratando de analizar qué demonios es el amor, solamente para terminar confesando que no tienen la más remota idea pues el amor está muy por encima de los seres humanos y jamás habrá alguno que logre comprenderlo. (Nunca falta un incrédulo que asegure que el amor es una estrategia publicitaria para tener que comprar chocolates y muñequitos cada que al calendario se le da la gana.)
De vez en cuando sucede que dos personas creen estar enamoradas, sin que importen los motivos y así les parezca o no. Entonces pueden pasar muchas cosas: que lo confiesen de inmediato o se queden callados de por vida, que uno no sienta lo mismo o que ambos decidan ser novios, que se juren fidelidad eterna o que la relación no dure ni un solo día, que deseen tener hijos o que alguien los obliguen a casarse, que estén juntos "hasta que la muerte los separe" o que se divorcien y se olviden para siempre de que el otro existió. Todo esto dependerá del nivel de (in)madurez en que se encuentren los involucrados, además de otros factores igualmente importantes como el qué tan odiosas son sus respectivas familias, la educación que recibieron desde la primaria, si acaso tienen gustos parecidos y hasta si les agrada cierta comida o no.
Pero cuando un niño ve por primera vez a una niña, no se pone a pensar en nada de lo anterior sino que se fija en otras cuestiones muchísimo más importantes: si la niña es alta y delgadita, si su cabello es largo, lacio y con aroma a fresas recién cortadas; si tiene ojos grandes para reflejarse en ellos, etcétera. Si al niño le gusta lo que ve, hará todo lo posible por acercarse a la niña y conocer su olor, su voz, y qué vicios insoportables tiene a ver si puede aguantarlos o no. Claro que la niña hace la misma investigación, pero se fija además en si dicho niño es atento, caballeroso y amable (para algunas también cuenta como cualidad el tener un automóvil) para decidir si permitirá o no que el niño continúe o para darle unos cuantos empujones si él se atasca en el camino o quiere desviarse hacia alguna otra parte.
Si el niño desiste por completo sin dar ninguna explicación, lo más probable es que la niña comience su propio ataque. Y es verdad que las niñas suelen ser más agresivas pues, cuando a una niña le gusta un niño, no lo suelta ni lo dejará en paz por un muy buen rato... Pero esto no es culpa de las niñas, que por lo general reciben señales erróneas, sino del emisor que “nunca” se da cuenta del mensaje que transmite ni tampoco tiene idea de lo que realmente quiere (peor aún si el niño en cuestión sigue teniendo la mentalidad de un bebito).
Algo así sucedió con un niño: conoció a una niña que le encantó desde el primer momento y creyó que estaba enamorado de ella. Pero esta niña era voluble y tenía tantas fases como la Luna: a veces el niño le caía realmente mal y muchas otras no quería ni despegarse de él. La niña también se enamoró del niño, pero al principio no se atrevió a reconocerlo pues decía que él era demasiado bobo para ella.
Él vivía por y para la niña: todos los días le enviaba flores, le hacía dibujos y le grababa millones de discos con canciones “100% dedicadas", pero cada vez que el niño declaraba a la niña su gran amor, él no recibía respuesta alguna que no fuese negativa.
Así fue durante mucho tiempo, hasta que el niño se hartó y decidió no buscar más a esta niña.
Como era de esperarse, ahora era la niña quien comenzaba a extrañar al niño y llegó a la conclusión de que había cometido un gravísimo error al dejarlo ir. La niña intentó acercarse al niño, pero él no quiso saber nada al respecto por algunos días hasta que vio que ya había perdido todo interés amoroso y que no le afectaría en nada seguir llevándose bien con ella.
Entonces comenzaron las señales erróneas, porque la niña no veía al niño como sólo un amigo: en realidad ella estaba en pie de guerra. El niño la invitaba a salir, a comer, a bailar y a todas partes, y la niña creía que era porque él todavía la amaba pero no podía estar más equivocada: el niño ahora la quería como podía querer a cualquier otra amiga con la que además se llevaba muy bien, pero ella no lo sabía (o no lo quería saber) y ninguno de los dos se molestó nunca en aclarar ciertas cosas. El niño le daba alas a la niña, alas que ella se puso para desaparecer flotando entre estrellas y nubes rosas.
Y, claro: como al niño todavía le gustaba físicamente, una noche la besó apasionadamente y la niña creyó que había sido un "beso de amor"... Pero no. Sólo había sido un beso. Un beso en los labios que se puede dar a cualquiera, uno de ésos sin importancia que hasta pueden darse a manera de despedida.
La niña finalmente se atrevió a declarar su amor al niño, pero él rechazó rotundamente este sentimiento y lo dobló en cuatro partes para meterlo en una cajita y regresárselo a su dueña pues ese amor pertenecía sólo a ella: el niño no lo quería.
La niña decidió no renunciar y seguir intentando de todas las maneras posibles, pero nada funcionó y entonces su sonrisa se apagó hasta quedar envuelta por un halo de interminable tristeza.
La niña hizo polvito todo el amor que el niño le regresara y lo guardó en un frasco lleno de lágrimas. Cerró los ojos, levantó el pequeño frasco y, de un solo trago, se bebió todo el contenido. Ella sabía mejor que nadie que, así como la falta de amor es dañina, el amor en exceso envenena. La niña se dio cuenta de que su corazón había estallado porque la piel se le puso morada. Aún le quedaron los suficientes minutos de vida para sacar cada uno de los fragmentos del corazón en su pecho y pegarlos con mucho cuidado con cinta adhesiva.
Antes de caer al piso, la niña guardó su corazón roto en la misma cajita en que el niño le regresara su amor.
Al principio, él no supo qué hacer con el corazón remendado que había recibido por correo. Pero al enterarse de la muerte de la niña se dirigió al cementerio y aventó la cajita al foso abierto donde ella sería enterrada al día siguiente: el niño ya no quería nada que tuviese que ver con esa niña.

PÁGINA 8 – ENSAYO

Carlos Rodríguez Ferrara:
La lucidez de la eternidad como destino estético

Por María Cristina Solaeche Galera (Maracaibo/Venezuela)

“En la tristeza húmeda
el viento dijo:
-Yo soy todo de estrellas derretidas,
sangre del infinito.”
Federico García Lorca


Carlos Rodríguez Ferrara, desde su llegada al mundo el 24 de abril de 1962, en la Ciudad de los Caballeros, Mérida, Venezuela, hasta su lamentable muerte, la madrugada primaveral del 17 de marzo de 1983, en la misma población, nos deja una vida efímera y una voz poética, con apenas veinte años de recorrer su travesía. Vivió intensamente, sus viajes por Europa, Cuba, Colombia y su país natal Venezuela, la música clásica, la ópera y la literatura, y, estaba a punto de graduarse en la Universidad de los Andes, en Lenguas y Literatura Clásica.
“Más allá de los espectros” (premio Primera Bienal de Poesía “Francisco Lazo Martí” del Ateneo de Calabozo; junio de 1983), es su primer y único poemario, dueño ya de su propia personalidad, desdeñando el desborde, sin regodeos, donde cada palabra es escama de un caparazón que gravita en derredor del poema, capaz de sostenerlo sólo mientras transa consigo mismo, con la insoportabilidad de la conciencia y la instantaneidad del fugaz relámpago de la existencia, dejando su consternación en cada verso.
“Arde, de nuevo, su lámpara. Brilla, todavía el aire. Más allá de los espectros es árbol de primera floración, agotado por la redondez de sus frutos; es toque de agonía, voz en duermevela, elegía a sí mismo, rosa volcánica cortada al filo del crepúsculo”(Carlos César Rodríguez, Calabozo, 28 de abril de 1984)
Su poesía es indefensa y por indefensa expuesta.
Escrita en verso libre, se trata de ochenta y cinco poemas, y desde los primeros versos, el poeta nos deja claro el tema central del poemario:
Quiero regresar al silencio perfecto /en el que se unen los vacíos y los sonidos/donde el viento es sordo
Urdimbre del poema, la muerte voluntaria, aparece como orbe, como esfera, donde el yo poético pone márgenes breves a su vida, se adentra y diluye sobre la que lo acecha; sintiendo el hostigo de sus pasos, decide expresar la quimera y darle sostén a su existencia, sabedor, de que la intensidad de su desasosiego es su impulso tenaz como razón de ser. No intenta esquivar el sentido del final, sino entender desde el verso, el mutismo, el vacío y la ausencia en la muerte. El tiempo de la muerte es también el tiempo del verso. El ser que se refugia en estos poemas es el que escucha la voz del silencio.
Escritos en primera persona la casi totalidad de sus poemas, nos presagia este poemario una migración por su mundo íntimo asaltado por la tribulación.
A nivel semántico destacan su simbolismo, las imágenes y la tonalidad melancólica, y por sobre todo, su propia voz.
Es una poesía que, si fuese árbol, el poeta, sería un sauce:
Había un sauce triste/que pensaba cosas terribles./Cosas como bañarse en un río/o comer flores rojas/de una trinitaria
Si fuese sonido, el silencio que palpita contra los chirridos del mundo:
El silencio/retumba en los oídos /anhelantes/de colores ingenuos.
Nos iremos/a lugares remotos,/quizás entre/el río y las piedras, /para poder comprenderlo

Su poesía, es la paradoja del reparto entre la vida y la muerte que se amarran e inmovilizan en un único instante, en la eterna lucha entre Biós y Thanatos, y, como un Ulises, el poeta, se ata a sus poemas intentando resistir el canto de las sirenas que lo convocan a morir.
Bajo su cálido verbo la sensibilidad insistente en su sorpresivo decir:
Ayer/vi un camino/descendente.
Se oscurecía,/goteaba/hojas/Todo en él /temblaba/incluso hablaba/lenguas muertas.

Intensa convocatoria, texto que despierta desazón, afección y terneza en cada una de sus huellas, indelebles de una gran sensibilidad estético-literaria. Angustiosa metáfora existencial en la que nos queda, metamorfosearnos en sus tristezas y escucharlo:
Soy,/desnudo/por primera vez ,/quien presiente/lo absurdo:/ese desapego/al horizonte de los ojos
Argumenta Emile Cioran, que, entre poesía y esperanza la incompatibilidad es completa, conduciendo al poeta a no entender por entender demasiado, y los versos de Carlos Rodríguez Ferrara, plasman eso, la imposibilidad de vivir una existencia incompatible con su sensibilidad. El poeta, intenta aferrarse desesperadamente al vértigo y a la oquedad de esa sordina que crepita en la muerte con su voz fragmentada que se posesiona del poema, y expandirse, donde no haya límites espacio-temporales, en la levedad del tiempo grávido y enigmático. Aventurado a las más inclementes contradicciones, en la tesitura de un espíritu dispuesto a claudicar ante la vivencia de la muerte, en un aprender a ir perdiendo, cediendo, en dar un salto al vacío con sus únicas alas, los poemas, expulsarse a un territorio minado de incógnitas, asediado de fatalidad, al encuentro, no de certezas, ilusiones, esperanzas, lo contrario, al encuentro de un mundo opaco, con su asombro solitario, desgarrando su orfandad frente al albur del universo.
Su poesía extraña a fastos pseudometafóricos, a ripios léxicos, en un “hablar silencioso”, austero, que no da cabida a la hipérbole, irrumpiendo el ritmo de la frase con encabalgamientos suaves, los que apenas se apoderan de la unidad de la expresión que continuará en el próximo verso. Abrevia, como dejando constancia, de que en cualquier instante puede romperse el hilo de la vida, a un ritmo que nos deja entrever como el hado le otorga inciertos sentidos a la existencia. Mesura en la disposición visual, con las líneas y espacios blancos bien diferenciados, con mayúsculas, minúsculas y signos de puntuación. Poemas con un protagonista, el poeta en camino a su inexorable destrucción.
Hacia atrás, peregrina en la infancia la mirada del niño:
Mi infancia huele a jazmines/En patios blanquecinos/y “Leticias” en los pasos/de flores aplastadas
…..
Libros empolvados en esquinas/Como “sostenidos” de los pianos
Un profundo lirismo embebido en resonancias íntimas. Una confesionalidad indefensa en la agudeza de sus percepciones e intuiciones, con la posibilidad de escuchar genuinamente su voz interior, su inspiración, sin dejar de afirmar a que tiempo pertenece su alma, el murmullo de lo propio, su phatos, la culpa del vivir y los culpables.
Presentes siempre la ausencia de la vida en la muerte y la traza continua y antitética de la muerte en la vida. Sin lamentos, sin quejidos, sin imprecaciones, sin histrionismo alguno, los versos se convierten en eslabones de esa cadena interior que crudamente espirala su ser; no hay rebeldía, el yo poético, ser sintiente, es espacio que alberga tormentos:
Más allá/de los espectros/se sienten/cosas:/pesadez en el alma/tristeza/por lo hermoso./Las cosas no son.
El hálito de su voz en el poema, nos da su íntima imagen, prescindiendo de todo giro que no se inicie y concluya en sí mismo, en una agitación latente e inconteniblemente personal.
Y en los abismos de la duda y la culpa ¿Habrá que renunciar a la expectativa de lo absoluto? ¿Es permitida esta renuncia sin caer en el absurdo? ¿Es posible una sublimación no compulsiva? La apuesta del poema es darle la palabra a cada uno de los fragmentos de la subjetividad, a cada una de las voces que la constituyen, y en este poemario, el mar junto a la duda y la culpa, es una de las principales figuraciones de aquellos sus recuerdos agobiantes tras la puerta:
El mar no es misterioso
.....
Como un espejo /refleja lo que él quiere/que veamos,/y si nos acercamos/¡nos perdemos para siempre!/condenados y errantes./El mar no tiene Virgilio
Ojalá dejes el recuerdo/de tus puertas/y cantes juegos en los patios/sin náusea en la garganta.

Un mar que acecha, aguarda y surge al abrir la puerta:
Algunas veces –es cuando temblamos-/se contentan al abrirnos/la Puerta infantil/llena de mar, sin soles de colores.

El mar no llegó sólo, hay un fuerte sabor salobre e incrustaciones de infelicidad, tribulación, desdicha, que emergen en las conversaciones con su yo, la duda y la culpa, que lo acompañan como heridas de un sueño alucinado.
Hay algo de desmesurado e inhumano en la culpa, y es, la duda:
No hay nada más tremendo/que la duda/alguien abre la puerta/para decirnos que ya no somos
Inminencias presentidas con aprensión, temor y hastío. Es la infelicidad que amenaza desde un horizonte muy cercano, una fuerza impersonal que se anuncia, y ese anuncio, es ya vestigios de una certeza para el poeta.
Su voz poética testimonia la oscilación de la subjetividad entre el miedo y el desaliento; esta incertidumbre sin embargo, intenta alcanzar la tierra firme de alguna certeza; si se pudieran acoger la culpa y la duda, acaso sería posible conquistar “cierta transparencia digna” en vez del ocultamiento culposo. Pero, el desaliento reclama como una posibilidad más inmediata, como un modo de leer el propio ánimo que implica no sublevarse, no rebelarse, y la posibilidad de la lectura se ve cuestionada y difícil. Es, el origen en la historia de su verbo emotivo, en la frágil experiencia frente al mundo como un desierto, un medio hostil, recorrido por seres que se siguen unos a otros, pernoctando en endebles y provisionales moradas del pneuma, y, sin una alternativa distinta, el poeta sigue a esa caravana errante; lo hace, abrumado, gravitando con sus cavilaciones, vigilias y fantasías, con su desamparo frente al infinito.
Esa luz/es la muerte/que nos busca./Viene,/traspasa cristales/y /se queda/al lado nuestro.
Tras los pasos/dejo –cayendo,/bailando-/mortalmente/las hojas/y en esa ausencia/de colores/pega en el alma/tanto que duele.
En los poemas “Italia”, “Venecia” y “Siena”; agobiado por testimonios antiguos de la historia del hombre, las tonalidades oscuras, las plazas desiertas, la muerte en los olores sepultados, los salones reteniendo los pasos de antiguas danzas, las terrazas y su hojarasca, los pasillos y sus sombras pasadas, una vez más se quebranta el alma del poeta:
Tantas las agujas, las estatuas de Milán./Tanto mármol de paredes/que se hundían./Y un Leonardo en la Casa de las Voces./Un cristo muerto de verdad/en un Brera escondido/con un cerdo de Florencia
Puedo volver a odiar/los salones y las luces/en silencio./Como hicieron en Venecia/Terrazas de leones/cogidos de las alas

…..
Manchan las piedras de los suelos;/de los puentes;/los pies sucios de grises y tocino/como recuerdos de los fuegos embrujados/en las plazas de los duques
Le regala/una plaza de campo,/desierta,/para perderse/entre sus ladrillos.
¿Qué hacer con /tanta plaza?/Decide convertirse/en perro de bronce /para al menos sentir /algo fresco /en la garganta.

De repente, una escena goyesca, escrita con una maestría extraña, con olores y colores, fuertes, acres, nauseabundos:
Brazos hundidos en verduras/y fermentos./Respiran todavía los tomates/y pescados apestosos/a vulgo de grama, /a espaldas cargadas/con tierras florecidas.
…..
Cada esquina con los ojos /angustiados de los campos,/-sudados a sucio-
…..
Calla, /para oír sus cantos /llenar los aires de cansancio
Ningún credo, ni culto o dogma, radicaliza o acalla al poeta, y pulsa sus audaces bordones graves:
Los ángeles están desnudos/Algunos dicen haberlos visto/en minas de cobre/chupando miel de las paredes:
…..
Lirios temblantes,/delirantes en torres videntes./Los consume el olor/a Cristos caídos;
…..
Llegué a pensar que eran inmortales,/musicales como días de fiesta,
La unidad que forma el poema es el verso, y en este poemario, sus linderos asoman sin invadir el blanco de la página, enmarcado en una realidad, la suya, el verso se fracciona, es la desilusión del poeta que imagina y razona, es aceptación estoica de su realidad, es indefensión frente al dejar de ser, que se apodera del texto, donde cada frase acoge con su vívida síntesis.
Una sucesión de personajes reales, míticos o soñados, protagonizan los últimos poemas: Madame Butterfly, Suor Angélica, Penélope, Ariadna, Apolo y Dafne, Minos y el Minotauro; todos ellos enriqueciendo su código literario.
Suor Angélica, poema inspirado en la ópera de Giacomo Puccini sobre un libreto de Giovacchino Forzano. La música de acentuada delicadeza y fina inspiración melódica; su acción se desarrolla en un convento italiano a fines del siglo XVII. Suor Angélica vive un exilio angustioso por órdenes de su familia, que desaprobó su relación extramatrimonial y trajo como consecuencia un hijo. Ella añora al hijo desconocido y aborrece a los causantes de su reclusión y el poeta, sabe ceñir la desesperación de la mujer por el hijo ausente, en un breve poema de solamente nueve versos:
Suor Angélica/Recoge hierbas mortales/ y canta/Desea ver su hijo,/reconocer su rostro/entre fantasmas./ (Hay quien dijo/haberla visto/caminar acompañada)
El mito de Apolo y Dafne nutrirá alusiones al amor:
Sentada /come flores/amarillas/sin presentir /su semejanza /con la hoja
…..
Después corre,/acosada/por el poseído/de terribles niños,/y bajo el puente/queda ella/-amada-/Deshojándose
El Minotauro y su laberinto, este mito, el poeta lo ilustrará con expresivo ingenio en una visión que amalgama las miradas de Jorge Luis Borges en “La casa de Asterión”: “corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado (…) Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme (…) La casa es del tamaño del mundo (…) ¿Cómo será mi redentor?”, Asterión se atemoriza del mundo exterior, un mundo aparente que le produce un profundo sentimiento de orfandad; pero, a su vez, le agobia la soledad, la exclusión de su casa. Y, la obra de Julio Cortázar en “Los Reyes”: un laberinto “poblado de desoladas agonías”, con un rey Minos que se pregunta “¿Llevamos el Minotauro en el corazón, en el recinto negro de la voluntad?”
Escaleras, ventanas…/¿Bicorne? ¿Cuadrúpedo?/De noche contemplas el baño láctico real/entre muros duros y obscuros, entre recuerdos de ofrendas/que aún yacen a tus pies./Se proyecta la cara de la noche/a través del techo abierto./La angustia palpita en los insomnios,
…..
¿De qué sirven estas columnas sino para/ estrellar encéfalos?/Las escaleras infinitas, descendentes,/te alejan siempre más./Entre delirios seguirás jugando en tu bella casa redonda
El hombre, tan joven, cuya voluntad ardorosa e impaciente lanza retos a los entresijos del sobrevivir; y, el poeta, tan joven, de facultades sobreagudizadas, cuya mirada se hunde con zozobra en figuras negras, en esmeraldas, en los espectros, el mar, las flores, las piedras, las hojas,… objetos que se expanden espiritualmente y son él a medida que los mira y con voz poética les habla, y por su saber, por su melancolía, participan mucho de la naturaleza de sí mismo .
Recogido en sus poesías, el sentir de su existencia, al que el temperamento del autor se sincera totalmente expuesto en su sensibilidad, él, que vive más delicadamente acaso que muchos otros ese agotamiento de tanta conciencia de la muerte. Es Carlos Rodríguez Ferrara, un ser creado para respirar en un desasosiego elevado por sobre la crueldad del mundo, en un esfuerzo espiritual perpetuo para huir de todo aquello que impreca.
Ese es el lugar y la posición de este poeta que sabe, como todo es incierto, confuso y velado en la eternidad.
Evolucionamos/y/dejamos atrás/todo,/incluso la piedad/necesaria./Dejamos ideas,/formas,/para mezclarlas/una y otra vez/y así poder/oír gotas/pesadas;/después, de la existencia

Referencias bibliográficas:
Extractos de poemas del poemario “Más allá de los espectros” de Carlos Rodríguez Ferrara. Segunda Edición, Centro Editorial Litorama C.A. Mérida, Venezuela, 2003.


PÁGINA 9 – CUENTO

Pandemonium


(Podría ser un cuento – podría ser una carta)
Es ambos


Por Julia Bohórquez (Viedma-Río Negro/Argentina)

Transcurren días iguales, monótonos, estamos escondidos, todos los cada uno.-
En nuestras casas, en nuestras cotidianeidades.-
Afuera dicen, hay una pandemia.- No la queremos ver.- Se mete por los medios.-
Despiadada, muestra imágenes sumamente agresivas.-
Estos días cada uno en su casa, me arrancan a la fuerza, de mi cotidiana medianidad, en la forma de un grito, yo soy, lo he sido siempre, un hombre de fe y creo, en que este grito es un grito de Dios, en este grito el dice: Ama a tu prójimo y Ámate a ti mismo.-
Sigo sin escucharlo, pero ahora lo comprendo, El dice: - cuídense, los unos a los otros, el que tenga que ser cuidado del otro, que se deje cuidar.-
Lo entiendo así ya que en estos días iguales, tan míos y tan cotidianos, me disfrazó la realidad de cuidador, y tuve que asistir, y tuve que abrigar.
Escucho desde lejos la gritería, de las canchas de fútbol, esos inconscientes que nunca dejan su pasión de lado, se olvidan por un rato de sus paternidades, de sus duros afanes, descansan del obrero, del empleado que llevan, y se sientan durante una hora y media a mirar la batalla de once hombres que contra otros once, disputan sus inútiles batallas.-
Creen que se divierten.-
En la tibieza rutinaria y monótona de mis escondites yo leo un libro, y siento que ese autor Uruguayo que supo poner en su poesía, con la maestría de un dios, tanto horror, tanto afán, y unas insondables cuotas de dolor. Me descansan.-
Pero estas tardes me toca ser el otro, el que sufre, el que sabe tragarse de un sorbo brutal, acompasado, una vida entera, múltiples vidas, la de mi abuelo por ejemplo, la de un Cipriano Prieto, español, sin letras, exiliado por múltiples pobrezas, pero sabio.-
El tuvo la maestría de saber que había que partir, ya no había otra, las posibilidades son finitas, suelen serlo como somos los hombres. Los republicanos eran por esta vez, los derrotados, y se vino a un país donde tendría que poder comunicarse oralmente, ya que no sabia escribir, vino y labró otra guerra, contra desiertos que habían de ser sembrados, con la sangre que Dios supo arrebatarle a la España incendiada.-
Y ahora sigo aquí, transitando mi vida, por estos gastados y cansados pasillos de Hospital, que bien pueden ser un hospital de Buenos Aires, de Salta, de mi Patagonia, de todos y cualquiera, Sabiendo a contramano que de mi, tampoco habrá memoria, o si la habrá.- ¿Quién sabe? será en una lejana tarde quizás en Buenos Aires.-
A mi me agarró para ayudar y ayudé, como pude, como quise, como me permitieron, como Dios quiso. Como hubiese hecho el sabio de mi abuelo.
Que ahora en esta tarde en la que me propongo, obligado el descanso, aparece y aparece de nuevo, aparece en forma de recuerdos, aparece en la forma de los sueños.-
Cuando en el hospital yo cuidaba un enfermo se quedaba a mi lado, más bien lo llevo dentro, lo vi. Una vez, multiplicadas veces, repetido en los hombres: hombres humildes, sabios, limpios, buenos, pobres también. Unos esperaban remedios para llevar a algún enfermo, otros lloraban en silencio, un dolor que nadie quiere ver, así desnudo, descarnado y de cerca dolor que toleramos ya filtrado, en los medios, un poco propaganda, que nos vende el remedio. La voz del que rebasa sus bolsillos con esto.-
Otros atinaban a hacer muelle la espera, con una charla vana, que parece inútil, y sin embargo es nada mas y nada menos que eso: sostener a un otro que se viene cayendo.-
Más batallas inútiles, mas repetidas guerras, mas historias iguales, mas y mas finitud.-
Este domingo gris, en un hogar cualquiera, Puede ser Buenos Aires, Salta o mi Patagonia, puede ser donde quieras, habrás librado hermano una batalla. Donde vos quieras: en las canchas de fútbol, en los metros siniestros de una ciudad obscura, regresas, te preguntas ¿hacia donde lo haces? - ves la monotonía, y tus calles iguales, caen las hojas. O mejor ya no, ya estamos bastante entrados en este largo invierno. Para mi parece que estuvo plagado de derrotas y a otro que se mira Narciso en el espejo se cree que sus victorias, le aplauden desde lejos, y son reflejo inútil ya que nadie lo ve. Hermano sos el mismo que yo, aunque no te des cuenta somos todos iguales, desnudos y cualquiera, algunos van mas gastados y caminan mas lento, otros van apurados sin saber bien adonde.-
Cuídate, cuida a otro desde donde Dios quiera.-

PÁGINA 10 – ENSAYO

La imaginación liquidada

Información versus Comunicación

Por José Antonio Cedrón (Cuernavaca, Morelos, México)

Un periodista uruguayo nos contó que en su pueblo natal, de cinco mil habitantes, había liga de básket con seis equipos, torneos de “Papi fútbol” con otros tantos, campeonatos de ajedrez, dos grupos teatrales, cine de jueves a domingo, vecinos en la vereda. Vida.
Hace años que no se juega a nada, cerró el cine, los grupos de teatro desaparecieron; el club social reemplazó al ajedrez por tres televisores con videos, y si uno se cae en la calle a la diez de la noche no lo encuentran hasta el otro día.
La televisión cubre más expectativas sin esfuerzo de imaginación que la radio cuando no tenía competencia. Información versus comunicación, y en el envés una distracción semejante a la perplejidad del nieto de Mastroianni en Todos estamos todos bien o al autismo de Dustin Hofman en Rain man.
* * *
A mediados de 1992, en pleno despegue de esa nave que nos proyectaría al primer mundo a través del TLC, todavía los jóvenes mexicanos veían dos mil 500 horas de televisión al año mientras pasaban 600 en la escuela. Parecería que el aumento de audiencia fuera proporcional al descenso de los promedios.
A diferencia de otras religiones, este milagro no necesita que García Márquez le ponga una sábana para elevarse, tiene otros operadores que no cobran por acceder al cielo, sino a un satélite. Se trata de “poner tus ojos en lo más alto”.
* * *
Ni se te ocurra pararte
Un breve seguimiento casero durante 40 días a la programación de Televisión Azteca y Televisa, me enseñó como 170 formas de matar y otras tantas de morir. El despliegue incluyó armas de todo tipo y una generosa lección de individualismo como sinónimo de éxito y triunfo. Sin embargo, como se vio durante la guerra del Golfo, y luego con la de los Balcanes, la muerte real no es un accidente sino un espectáculo que puede convertirse en guión y venderse por puntos de rating a todo el planeta. Para reafirmar que la realidad supera a la ficción, aquí como en las series también ganó el más alto, el más blanco, el más fuerte.
Un regreso a las fuentes de esas lecciones racistas del cine estadunidense que mamamos desde las pantallas de todas las salas de barrio –a lo largo y a lo ancho– de nuestro patio trasero. Y aunque se vea en colores, la construcción del hilo argumental es fiel al blanco y negro, por eso, los indios siguen siendo bárbaros, los negros inferiores, los mestizos incompletos, y todos sospechosos.
Para que no haya dudas acerca del mensaje histórico, la adaptación a los tiempos por parte de los guionistas consistió en hacerlos cambiar de “profesión”, nunca de condición.
De esta suerte, podría explicarse que Emilio Azcárraga Milmo nos redescubriera que “México es un país de una clase modesta muy jodida”, por eso es “una obligación llevarle diversión y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”. La pantalla reemplaza a la vida.
A fin de cuentas, además de la tele, los “jodidos” tienen a su alcance la lotería, los pronósticos deportivos, el melate, la raspada, la bolita, quinielas, los concursos de don Francisco y compañía, los horóscopos de Walter Mercado, la “excelencia” envasada de Miguel Angel Cornejo, y hasta las terapias de punta de Cristina Saralegui, Rocío Sánchez Azuara, Carmen Salinas o el consultorio peruano de Laura en América, entre tantos otros que ofrecen sus servicios profesionales.
El azar es lo más democrático que les queda. Es cuestión de acertar.
* * *
Un director de noticieros me dijo socarronamente “el público duda del que duda; si tú no cambias, él cambia de canal” (y se pierden los anunciantes).
Según la función formadora de los medios, el público opina por repetición con la seguridad de la ignorancia que recibe de este enfoque educativo.
Al árbol de la miseria le cambiaron las ramas y las hojas, por eso las traducciones no se pueden leer sin eufemismos: “países en vías de desarrollo”, “gente sin recursos”, “carenciados”, “umbrales de pobreza”, “empleo informal”. Lenguaje que clasifica y habla de los otros y por los otros, pero nunca a los otros. Como en las religiones se expresa en imperativo. La función traduce códigos, instituciones, moral determinada, una ideología. Neutraliza de un modo más sutil: por compulsión. Si no fuera otra cosa más que un juego macabro, podría interpretarse que las palabras dicen lo que quieren decir, en tanto no lo dicen, “sino todo lo contrario”.
Podemos inferir que por efecto de un reciclaje continuo la posibilidad de conocimiento se convierte en un espacio de ningún saber.
En suma, alimentan nuestra ignorancia a sabiendas que el “contenido”, según parece, es parte inherente de nuestras desgracias.
Así desfilan ilusionistas, lectores de manos, testigos de ovnis como de Jehová, benefactores de solterías condenadas a la eternidad, conductores de cualquier cosa erigidos en defensores de la “opinión pública”, que “asisten” a invitados que se denigran con o sin consentimiento de que los “ventaneen”, con tal de que usted, que está del otro lado, “la pase bien”.
* * *
El travetismo de parpadeo subliminal, la máscara, la declamación glamorosa, la autovanagloria ritual y la utopía consumista no encuentran piso en la realidad porque el lenguaje monopoliza por sí mismo hasta la inhibición cualquier otra consideración, en aras de una audiencia caótica como proclive a ser clonada por inventos mercadotécnicos, más atentos a la escenografía y el impacto que al razonamiento.
Todo este juego de sustituciones que responde a la dinámica de implantación del neoliberalismo globalizador –a la que habría que sumarle resignación y deserción, según el caso– tiene lugar en un territorio como Latinoamérica, donde las mayorías (210 millones de pobres, según la CEPAL) apenas pueden decodificar, no leer. Después descubrimos que no eran sólo ellos.
Por lo pronto, la tv nos protege y nos reúne para que todos juntos prefiramos compartir en familia cómo odian y aman y lloran o se matan los otros en la pantalla, a cambio de caerse en una calle de nuestras ciudades sin ley.
La opción tiene consenso. Una madre dijo: “No señor, si a mi hijo lo pongo a leer, le doy un libro, al rato pide salir de la casa. Con la tele estoy segura de que está adentro y no le pasa nada” (¿nada?).
El mercado, a través de los medios, nos reitera que las voluntades ajenas juegan un papel cada vez más preponderante en la vida y el destino individual. De su lado, gobiernos y estados apuestan su responsabilidad a lo mismo hasta reducir sus roles a un espectáculo más para lucimiento de los guionistas del show business. La globalización casera lo resume en una frase ritual: “echarle ganas”.
* * *
Después de que nos trajeron a Dios hace 500 años, las transnacionales desembarcaron con un nuevo pensamiento único para el altar del sincretismo, que valida no sólo la coexistencia sino que revela la visión del mercado globalizador en su estrecha relación con todo y todos aquellos a los que pueda unificar bajo sus leyes: objetos deportivos, religiosos, comida, bebida, cosechas no tradicionales, pesos, estaturas, comportamientos y palabras para justificarlos; condiciones para “estar en el mundo”, como dice un comercial. De lo contrario de nada vale tocar madera o ser bendecido. Si algo queda al azar es porque no es rentable.
Entre otras cosas, la globalización de los medios a través de su cobertura planetaria unifica en el consuelo, en tanto muestra que las desgracias no son patrimonio de un país o de una región, sino de todos, lo que permite a grandes segmentos de la población reconocerlas como una especie de fenómeno “natural”, no social, producto de una misma liturgia política con orden y forma establecidos.
De un tiempo a esta parte
La educación, por múltiples factores y entre ellos una sobrecarga de exigencia por parte de los mercados productivos, se ha vuelto cada vez más instrumental y acumulativa; en términos de conocimiento se traduce en información, no en reflexión.
Hoy se habla de excelencia para responder a la demanda de una maquinaria productiva de la cual, en México, el 58 por ciento está en manos de empresarios que no terminaron el segundo año de secundaria. Una verdadera cirugía cosmética de política educativa, para una clase media y alta que no se afilia a círculos de lectores, sino al Price Club.
Según Jorge González en su libro La cultura en México, entre 1998 y 1999 seis de cada diez hogares mexicanos no compraron ningún libro. La cuarta parte de los profesionales mexicanos no ha visitado nunca una biblioteca pública, y seis de cada diez nacionales tampoco ha estado nunca en una.
La enseñanza es una isla; en la costa continental los “descubridores”, quienes van a evaluar, diagnosticar y delimitar nuestro progreso; en la otra orilla los aldeanos.
En un país donde se enmarcan más diplomas de cualquier cosa, los pedagogos, los especialistas, las vacas sagradas, los gurús, no están excluidos del hábito. Lo sofistican, los disfrazan, lo enmascaran para que no se note, pero la realidad, terca como un músculo eternamente joven, sobrevive a toda suerte de cosméticos.
La educación sigue siendo informativa, piramidal, dependiente; tal vez por eso, una de las “virtudes” del subdesarrollo consiste en elegir no lo que necesitamos, sino aquello que nos volverá parecidos a los que no necesitan lo que nosotros. A costa de aceptar que la llamada modernidad es un destino pobre para alcanzar a través de la imitación. No obstante, insistimos en ser actores protagonistas de una obra ajena, pero somos comparsa.
* * *
Diego Arria, gobernador de Caracas durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez en la década de los 70, le compró a los húngaros autobuses Ikarus con fuelle para modernizar el transporte público de la ciudad. Cuando llegaron al país y los pusieron en marcha, no alcanzaron a completar el recorrido porque su tamaño le impedía dar vuelta en las esquinas de las calles estrechas de esa ciudad endiablada.
Poco tiempo después estaban abandonados en los deshuesaderos oficiales por falta de mantenimiento y utilidad verdadera, hasta que terminaron vendiéndose por piezas. Tal vez por todo esto, el Tercer Mundo es el mundo de repuesto de los otros dos.
Todos pagamos por ver, sin querer ver: Diego Arria dejó el cargo para postularse a la presidencia, que se le ofreció a todo color y en horario triple A. Sus anunciantes lo vendían como “el hombre del cambio que necesitamos”. No la obtuvo porque el mismo subdesarrollo tenía otras barajas en el mazo, y le cambió la jugada.
Pero este Arria tenía antecedentes: se vestía como Robert Redford cuando era galán; bajo el sol caraqueño un día tropezó en la calle y tuvo una caída sin consecuencias, pero le sirvió de pretexto: desde entonces modeló una colección de bastones por toda la ciudad. La importancia de tal acontecimiento lo devolvió a la pantalla chica del arte efímero.
Arria no era un político, era pedagogo, un invento de la tipicidad.
Se perdió en los pasillos sombríos de la historia porque la democracia también tiene su Siberia de desechables con qué justificar el reemplazo. Como en los canales de televisión, cuando baja el rating se cambia el producto y conserva a sus anunciantes.
Los líderes inventados no son tocables, sino famosos y deseables por la necesidad de inserción en la saturada escala de valores; pronto, devienen ventrílocuos.
* * *
Como el futuro puede ser recordado, hace diez años, antes de los tratados de “integración comercial” y la transformación del Estado en empresa, en los países subdesarrollados había 130 millones menos de pobres que ahora; la educación y la salud públicas cubrían más del 60 por ciento de la población, hoy reservadas a quienes puedan pagarlas. Para los “jodidos” queda el Teletón. La diversidad engañosa. Pedagogía del asistencialismo multimedia como enfoque renovador y globalizador de los nuevos “usos y costumbres”. Su acatamiento es la conservación entrampada de una diferencia basada en la desigualdad de oportunidades, de crecimiento, de desarrollo, de derechos de dignidad, en la falta de reconocimiento del otro como persona.
En el centro del caos regresa la utopía; la obstinada señora rema a contracorriente del anunciado “fin de la historia”.
Tal vez nos queda organizarnos con algo posible, para que esta sobrevivencia –apenas material para millones de personas– no nos impida respuesta de conservación espiritual y poética; es decir, respuestas que sólo tenemos y podemos ofrecer como especie.
O de otro modo, ¿qué hacemos con lo que hicieron de nosotros, para que no nos perdonen porque no creemos en la culpa?

PÁGINA 11 – POESÍA ARGENTINA

Lilí Muñoz (Neuquén-Neuquén/Argentina)

El muro


¿dónde están mis murallas?
Juan Gelman, Interrupciones 2


El muro
corta hilos
hilandera
abre grietas en nidos
corta manos
morenas negras
blancas de aceituna
con pecas con manchas de vejez
junta trinares
Víctor
trinos disfraces
Víctor
el muro entre tus manos
tan solitas
ligan todos los puentes
cerca márgenes
riberas
marejadas
tan lejos
tan nosotros.
En el muro se enmuran los lamentos
amurados desgarran
los tatuajes
grafitan pieles
mudantes en crecida.

Es mudo cemental
el muro de los nunca
muro-cerrazón
rotula la dientuda
pesa-almas en cripta
Palestina Judea
enmurallada.

Ricardo Juan Benítez (Buenos Aires-Buenos Aires / Argentina)

Maldito poeta


“Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque
es espantoso.
Espantoso, espanto, formado de espantoso.”
(Antonin Artaud, “Los enfermos y los médicos”)


El pájaro de fuego cae
en su dorado abismo.
La vida duele
en los laberintos
del hospicio.
Ya llegan las musas
sádicas meretrices
que visten de blanco
taladran nervios y hueso,
eléctrica descarga de envidia.
La vida es cruenta
en ese íngrimo suplicio.
Poeta esta noche, ciertamente,
no necesitamos la luna.
Sólo un mostrador de estaño,
un vaso rebosante de vino,
una ventana abierta, una mujer desnuda.
Inmovilizado tu cuerpo
la cabeza está en otro lado:
Sueños de peyote,
Mágicos hongos aztecas,
Sabios chamanes lejanos.
Que hablan del vacío,
de la nada existencial.
Mientras, aquí, ellas
dicen devolver cordura
a tu savia demencial.
La vida pasa por otro lado:
en la cabeza del poeta melenudo.

Una canción para Alejandra

Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores,
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña.
(Alejandra Pizarnik)


Quizás el viento de otoño
se llevó todas sus penas
como si arrastrara las hojas muertas.
Tal vez se inventó promesas vagas
para acallar la sorda angustia
que maullaba sin cesar en un rincón.
¿Olvidó la casa al lado del cementerio,
los arañazos en el papel tapiz,
las fisuras en la vieja pared,
los rostros, las manos,
las esfinges, las clepsidras,
y las voces, y todas las dudas?
Si la locura pudiese extraerse
como una piedra de su veta,
al fin descansará en la memoria
de una muralla lustrosa.
O en la respiración agitada
de una suicida en vigilia.

Una estrella menos

(Montevideo, 17 de mayo del 2009)

Este anochecer
apagó una estrella.

En la Cruz del Sur
hay una menos

Aquí abajo, tan abajo
los apagones y tristezas
tienen rostros
de mujeres umbrías,
desnudas.

Aquí abajo, lejos del arriba,
Dios es una mujer
que aguarda al poeta
con amor sacrílego
escandaloso.

©Marisa Aragón Willner (Buenos Aires/Argentina)

Vendimia

He soñado el vino de tus labios
en prisión llevándose a los míos,
-embriaguez de Syrah
recorriendo mis arterias-

Trémulo mi cuerpo como una flor
sintió fluir tu aliento en mis pétalos,
salpicar mi campo con rocío-
Morder boca a boca la piel
la púrpura mezclada con miel
surcando contra márgenes
el lecho aguardiente de pasión
piedra y abundante limo.

Ardiente nota de tus ansias
en este cuerpo inquieto
continente de amor
Tatuaje, tinta, devoción
desnudos y distantes de misterio
amanecer
liados en volcánico abrazo
cubiertos por vides trama al cielo
beber hasta saciarnos de su fruto morado

Y al golpe de la reja y labrador
en copa de greda y de cristal
bendecir el fruto de cosecha

Y al beso indómito y vital
ofrende la vendimia de altitud
mosto azucarado y temprano

Hoy habrá un cielo, un anochecer
Abrazo en ardorosa piel
Incendio que no apagará el alba
Y un tiempo para que el río del amor
Prodigue del néctar de este vino de pasión
Bravura de racimo apisonado.

Poesia, me besaste

Entonces la Poesía vestía la piel de tango
Se ungía las piernas con remembranzas
en pliegues de bandoneones, iba cautiva
Y el sombrero, tras los faroles, le hacia un guiño…

Martilleaban tus tacones
el empedrado y mi silbato de jilguero
¡Si habrá cantado a tu cintura fina
Y a tus labios encarnados…!

Defensa*, nombre de mujer en guardia
para la calle de los romances...
rumor de piedra y canto de calandria.
El domingo olía a ginebra y confesiones.

Plaza Dorrego, sones de tango
viejos bodegones
pasional mosaico de dos por cuatro
plazoleta oculta a la luz de los neones

Tiempo para abrazarte
sentirte junto a mi
pegar el satén de tu piel a mis entrañas
fragancia a vos, a tango, a milonguita rubia...

Poesía
mi bandoneón quema en sus notas
la última sombra.
Silencio en los balcones,
duermo ya
sin querer despegarme los cien abrazos
y besos de carmín que me diste esta noche…

Defensa : calle de San Telmo
Plaza Dorrego : enclave tanguero en San Telmo.

Imperfecto amor

Amor de los fuegos, imperfecto
el de medio redoble
medio vaso
medio tañir

el de las medias horas
vena desangrada de lunas
y palomas
espejo habitado
mirada hallada
Alejandrìa para el saber amar
Rilke y Neruda para cartas y versos

El que hace que vibre
el ànfora sedienta de mi cuerpo
cervatillo que corre
cerradura que se abre
leyenda que se cumple
red que se colma de alimento

Entre tú y yo todo eso
y aún asi
aunque sea la rosa de tus vientos
la almena para tu piel
el vino de tu boca
aún así
baja tu pie al mar ,
y buscas la alta muerte del amor
para ser náufrago e imperfecto.

Antología Hispanoamericana (2008)
@derechos reservados.


Horizontal sobre nenúfares

I
Deshojada de madrugadas en incendio
Primavera, te descubro día a día,
cristal universal en estallido
eres enclave , fortaleza , encrucijada
imperceptible ladera este a mi costado.

Setiembre
me cunde irracional bajo la luna
y mis manos dibujan
jeroglíficos florales mientras llegas.

II
Invado con cálido asedio tus labios,
ingreso a tus ojos
sin detenerme en reverencias
para extinguir posesa tus harapos
frente a mi pecho fragante de violetas

Arde el fuego en la línea de tu cuerpo,
-cómplice de desnudez temprana-
y en el humus donde el amor avanza
tu cincel en litigio con mi cuerpo,
a tierra roja, brotar la flor de a dos,
luz en la marisma,
nacer
aturdida y lozana.

Quiero horizontal, sobre nenúfares, esperar la Primavera.

Tu indiferencia

Desnuda ante tus puentes me pregunto:
¿Qué tengo que hacer
para agitar este río de tu pecho,
-ayer bocanada de las formas-
para mover ese músculo que duerme en las ausencias?
¿Qué tengo que hacer para lograr giren tus corrientes?
¿empujar esta noria,
filisteo suplicio, desplazar como Sansón
-jadeando en esta grieta oscura- el peso de tu Indiferencia?

¿O reinventarte en la memoria de los muros
hasta abrirte el corazón - mutilado, silente -
y amarte traspasando esas piedras?
¡Mi guardián del infierno tan temido
por toda respuesta amarte aunque seas estatua en mi vacío,
en mis pájaros salvajes, en mi desesperanza!
¡ entretejer en amor con mis manos desnudas
tus rasgos con mis lirios,
y borrar la máscara rehén- sin labios y sin ojos- que te habita!.

Ahí, en el agua

Reflejados en el camafeo de la luna
aquel día contigo en el agua
aprendí a tocar el laúd
pulsando con húmedos dedos
las nervaduras de tu espalda

Tenté a tus manos
te impulsé con mis sonidos de batalla
a la apertura del hogar del fuego
mi túnel tibio en ferviente apogeo
coronó de azahares tu llegada.

Hilaba en su telar la Señora de las aguas
abrigo prodigioso
tejido en arrullos de delfines
hasta que nació ese vocablo ' Amor'
y vagó caldeando mi morada.

Fui por ti una mujer habitada,
terrena y milenaria ahí en el agua
recibiendo tus besos y esa flor azul
que dejaste en mi vientre esa mañana.

PÁGINA 12 – CUENTO

Ojalá que llueva


Por Delfina Acosta (Asunción/Paraguay)

Aquella mañana, mientras iba a comprar alpistes para los canarios de la despensa de don Francisco, me encontré con Luisa; ella también se dirigía al mismo destino, de modo que nos largamos a conversar. Luisa nunca tuvo imaginación para hablar sobre cosa distinta, filosa y resbalosa. Todo en su decir, que no salía corrido de su boca, pues su dentadura postiza le movía las palabras, daba vueltas en torno al clima.
¿Y qué se puede decir de lo que está raso, vale decir del cielo, sino lo mismo, o sea que el día está hermoso, con lo cual ya queda todo concluido? Pero ella se afanaba en darle estiramiento a la conversación y me preguntaba si hacia mi casa habían caído algunas gotas.
Cierto es que también preguntaba cómo se encontraban mis flores con lilium, mis hojas de esterlicia, y mis gerberas, y, para incomodidad mía, insistía en que me fuera hasta su depósito pues allí me daría abono y mantillos con un racimo enorme de lombrices.
- Tus flores levantarán cabeza; mis gusanos son de primera materia y condición - me decía.
Yo le respondía que mañana iría. La costumbre de prometer sin cumplir se fue convirtiendo en el pueblo en una cortesía que era de estilo, de manera o de modo meter en la conversación.
Al llegar al almacén, me atendió la esposa de don Francisco. Ella también era mujer de hablar sobre el conjunto atmosférico; le gustaba llevar la contraria a lo que era de conocimiento público en el pueblo. O sea que si soplaba un viento malo sobre los techos de las casas y un rayo caía sobre un árbol de eucaliptus, decía que tan buen tiempo no había habido nunca; largando un suspiro de satisfacción desaparecía por la puerta trasera del almacén y dejaba contrariados a quienes la escuchaban, que era gente de tomar muy a pecho el clima.
Me miró fijamente don Francisco cuando le pedí un quilo de alpistes.
- ¿No siente frío, señora Mercedes? Mire que está girando el viento. Estos cambios de tiempo nos echan a descomponer los bronquios. Y usted, sin pañuelo, sin abrigo...
- No se preocupe - le dije, y ya no hablé más.
Salí a la calle. Vi a la señora Manuela echar la llave a la cerradura de su puerta y echarse a andar por la vereda.
Se acercó sonriendo a mí.
En el pueblo resultaba común llevar conversación. En otras palabras, era la conversación misma, apurada o lenta, la que nos hacía llegar temprano o tarde a nuestras casas.
La señora Manuela me contó que su cabra se había pasado el día anterior mirando fijamente hacia el galpón de la municipalidad; allí se solía desollar al ganado vacuno e iban las cuñadas de la gente pobre a recoger las vísceras y otros estropicios en canastos. Daba por seguro que iría a llover.
Le tenía sin cuidado lo plano, liso y estable que estaba el cielo.
A mí me iba cansando aquella fe que le tenía a su cabra.

Me descomponía que no me escuchara cuando le contaba lo armonioso que cantaban mis jilgueros mientras caía la tardecita, y dos, tres plumones - casi transparentes - giraban en el aire durante un largo rato, para después depositarse sobre la baldosa del comedor.
Al llegar a casa, me senté, impaciente, en la silla, como si quisiera apurar al viento a quebrarse en dos para dar paso a la tormenta anunciada por la cabra.
Pero no llovió.
Sí vino corriendo hasta mí, la hija menor del afilador de cuchillos mangorreros para contarme que ya estaban echando lenguas su madre y dos vecinas sobre el tiempo. No se ponían de acuerdo. Juliana y Margarita daban por hecho que el cielo pasaría a la llanura, pero su madre, que le tenía confianza a sus huesos, comentaba que éstos estaban como traspasados por enormes alfileres y la lluvia caería en cualquier momento.
- En seguida se nos baja el cielo; vine a avisarle nomás - me dijo.
En fin, la cosa es que no llovió. Habiendo tanta casa que se venía abajo por obra de las hormigas, cientos de ratas que contagiaban la rabia a los perros callejeros, y el viejo vehículo azul que partía del puerto una sola vez al día con un retraso de dos horas, la gente se ponía a hablar, a profetizar sobre el conjunto de las condiciones climatológicas. Que sí, que la humedad estaba gorda. Que no, que el viento no giraba hacia el norte sino hacia el sur. Y mientras tanto el pillaje. Los muchachos de otros pueblos subidos a los árboles de duraznos y llevando delante de nuestras propias narices cajones tras cajones de nuestras mejores frutas para cambiarlas por bebidas alcohólicas en el mercado central.
La radio local echaba a funcionar desde las ocho de la mañana. Pasaba al aire “El servicio del clima mundial”. No había posibilidad de escuchar alguna vidalita, el parlamento de un radio-teatro, cualquier noticia que destapara un escándalo político.
Prendía la radio y salía al éter la voz neutra de un hombre. Y él contaba que la marea en la costa de muchos puertos estaba alta por efecto de la luna, y que los vientos propiciaban el retorno de las aves marinas comedoras de los calamares de los océanos, y que al sol, por simple observación a través de anteojos obscuros, se le podían ver las escaras producidas por el desgaste ambiental.
Era una locura escuchar la radio.
Y sin embargo, la gente del pueblo, seguía la audición. Y se preguntaba qué iría a pasar si el sol seguía en su descompostura.
El locutor profetizaba: ¿Se extinguirían las algas? Acaso las plantas del fondo del mar que poseían propiedades antimicrobianas y antifúngidas hallarían, aún dentro de la discordia del mundo marino, voluntad para sobrevivir.
Y la chusma calculaba que en el caso de que las escaras avanzaran y el sol ya no siguiera echando luz pareja sobre el pueblo, deberían arreglárselas con las velas, las alcuzas y las lámparas a gas.
Un día dije basta. Dejé el pueblo para siempre.
Me vine a la casa de rigor, en plena ciudad.
Este es un sitio enorme, rodeado de árboles. Las paredes del comedor están adornadas con cuadros que reflejan la madurez de las más diversas floras y faunas.
Una mujer, en la sala, toca un piano de tres pedales. No habla, si bien no es muda. David, vestido siempre de arlequín, parece estar muy enamorado de ella.
Ayer, al caer la tarde, Blanca, mi compañera de habitación, me contó que un duque aficionado a la colección de estampillas le envía rosas rojas todos los viernes.
Me hizo gracia su confesión.
Ya me advirtió el arlequín que me guardara de hacerle caso pues desde su llegada a la casa de rigor no hablaba sino de lo mismo.
Por eso, esta mañana, cuando dos enfermeras le aplicaron una inyección de hipnótico y la dejaron encerrada en otra habitación, suspiré aliviada.

PÁGINA 13 – ENSAYO

A la poesía contemporánea


Por Héctor Cediel (Bogotá/Colombia)

No creo que exista, buena o mala poesía contemporánea; voces cultas o incultas; no creo en los “gurus” o en esos magos, que son dueños de las verdades…ni en los versos sin lectura, sin escuela; porque no serán más, que un almíbar de sentimientos; la lujuria sin maquillaje, se escucha con mal aliento; hay poetas que me fastidian, como una boca desdentada por la desidia; más que malditos, diría que son marginales y como tales se comportan, así se devoren los libros de las bibliotecas, como ratones sin oficio. Hay versos hermosos, que se han salvado de morir incinerados en el infierno; otros, engendrados en el cielo, por un misticismo rampante que raya con la antipoesía, de los que solo se salvan, muy pocos versos…o terminan convertidos, en manuales místicos…No creo en las bestias, que creen que solo sus historias son válidas o sus trabajos…porque el celo, no es digno de los maestros; ni en los que se limitan a expresar, lo que piensan sus penes y vaginas; que por lo general, piensan muy poco o casi nada; simplemente embisten enceguecidos por instinto, como salvajes gladiadores o enfurecidas bestias, contra todo el que los detracte. No creo que una hoja en blanco, se deba prestar, para babear malos versos. Me encantan los versos que nacen, de las pieles sensibles; los que aprendieron a escribir poesía, después de haber aprendido a pecar, como las perdidas, que tienen historias fantásticas para contar, como los versos de las canciones de la Piaf. Las metáforas, deben responder a la sed insaciable de las almas y a las angustias, de los corazones sedientos o solitarios; creo en el poder de las palabras, por ser las únicas capaces de quitarle, el hambre a las entrañas de los sentimientos. Creo en los poetas juglares, que cantan las hazañas épicas de sus sexos; a la furia de su sangre, de su cuerpo, de sus pensamientos, cuando arrasan como un buldózer, con las imágenes tímidas; porque la pureza está en el fuego, en los gritos de las banderas y en los epitafios, de quienes no pasaron de incógnitos por la vida, y empuñaron como espadas a sus versos…

PÁGINA 14 – CUENTO

Mujeres, la eternidad


Por Hugo Rivella (Rosario de la Frontera/Salta)

Mujeres en donde la eternidad es un pañuelo. Locas. Invencibles Locas de la Plaza de Mayo. La ronda ya no es el obelisco, es el mundo, porque el mundo gira como un gran remolino, y cuando gira, ay, gira la vida. porque giran los peces y giran los helechos y giran los fantasmas y gira la palabra.
Aquellos pasos tímidos.
Esta victoria.
¿En qué lugar del corazón de Dios tiembla el Cachorro Menéndez o se arrodilla Astiz con su vergüenza rubia?
Desde aquella mentira a esta verdad.
Mujeres
-“Apártense, paso, paso, paso al General Díaz- decía el General Díaz delante de la manifestación que le cortaba el paso.
Lucía Belén Gutierrez de Mendoza, frente a las 300 mujeres anarquistas Las Hijas de Anahuac, le dice al generaL:
-Buscamos un patriota para que de respuestas a tanta muerte y a tanto desamparo, que no sea corrupto, ni cobarde y que nos sintamos cobijadas bajo el amparo de la ley y no sojuzgadas por los fusiles y por la tortura;
Lucía Belén Gutierrez de Mendoza, mirándolo a los ojos, continúa:
-Retírese usted señor-general-ceda el paso que con nosotros va la Patria.
Y allí va el general humillado con su uniforme de guerrero torpe camino de Sonora, camino de la sombra, mientras Lucía Belén Gutierrez de Mendoza se besa con la vida.
Mujeres
“Tengo a casi todo el mundo contra mío. Los hombres, porque pido la emancipación de la mujer, y los poderosos porque pido la emancipación de los hombres” Flora Celestine Tristán no va sola por las calles de París. Mucho antes que Marx, luchaba por un frente de obreros y la mujer en él, al lado de los hombres. Con los hombres.
Flora Tristán me mira con los ojos mojados y se apiada de mí. De este esqueleto. De este hombre que ignora lo que ocurre en la piel de los sapos.
Que se ha puesto anteojeras para no espantarse del abismo.
Mujeres.
Arrojaron su cadáver al río. Los peces la llevaron mar adentro. Cuentan que los caballitos de mar la subieron a grupas, mientras pájaros marinos le tejían con el pico una cabellera de conchas y de perlas.
Rosa de Luxemburgo se niega a huir del país y cae asesinada junto con otros activistas. Atreverse a pensar no es sólo la posibilidad de reflexionar sobre las cosas, lo peor de pensar, es que el que piensa puede volar y volar es tocar la libertad.
Mujeres
“Por que vi que la mujer no era tenida en cuenta, ni en lo material ni en lo espiritual y porque advertí que la mujer era una reserva moral y espiritual, me puse al lado de todas las mujeres del país, no sólo por nuestra reivindicación, sino por la de nuestros hijos y de nuestros hombres”
Antes de morir. Pequeña y consumida como una llama obscura, con los ojos hundidos en su gente Eva Perón resistía en Villa Manuelita cuando los fogonazos de la Revolución Libertadora la perseguían con su odio sin fronteras.
Mujeres.
El Ejército de los Estados Unidos ha bombardeado Afganistán. Los talibanes cayeron y el gobierno ha cambiado de signo, pero nosotras las mujeres, escudo y botín del imperio, seguimos perseguidas. Todavía nos persiguen, nos palpan la ternura, nos roen el sexo los soldados con ropa de fajina.
Antes nos flagelaban y ahora nos violan. La calle es insegura. El barrio es inseguro. Es inseguro el mundo bajo balas silbando y perforando el cielo como un techo de lana.
Mujeres.
Las Mujeres de Negro escapan del paisaje.
América Latina vuelve a besar los días, y en ella la memoria.
“El tesoro más grande que tengo en la vida es la capacidad de soñar. En los momentos más difíciles, más complejos, he sido capaz de soñar con momentos más hermosos” Rigoberta Menchú, mujer maya – quiché, en tu lengua todavía los pueblos develan su misterio y se agazapa para saltar de pronto hacia el futuro.
Mujeres.
Mujeres cotidianas.
Mujeres que despiertan al lado de nosotros y entre sus manos vuela toda la fantasía.
Mujer que en el poema me mira y se deshila como un tejido su cuerpo de secretos
Mujer que entre mis dedos se parece al aleteo del pájaro en la rama
Mujeres que destierran el cansancio para que el niño corra por su infancia lo mismo que si fuera un astronauta.
Mujeres en los cortes de rutas con los puños alzados.
Mujeres en las fábricas
Mujeres en los trenes que vienen del pasado.
Mujeres en la lluvia que me moja.
Mujeres en las luchas campesinas
Mujeres en el mar y en la palabra abriéndose a la vida.
Mujeres que en la rosa como un ángel se han dejado caer en mi costado.

PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

Luis Benítez (Buenos Aires/Argentina)

La zamba


Rueda en el salón la zamba. Se desliza como un fuego en los reflejos
de la gran fuente de ponche, resuena en los espadines de parada
de esos mis oficiales mientras te pido esta zamba,
Remedios, la de los ojos de sombra, en una noche de guitarras,
de carlón y de gloria después de ese amanecer en San Lorenzo
cuando entreví, en una bayoneta española, el otro lado, el posible,
de este homenaje que me brinda tu voluble, tu cambiante Buenos Aires,
Remedios de Escalada, la de los ojos de sombra.
Soy el héroe de la boca muda, el que siempre parte a caballo,
el que organiza y difiere el amor, el que no escribe.
Soy el que no vuelve la cabeza, el que se embarca.
Piensa en todo esto antes de aceptar esta zamba.
Desde Mendoza vendré una noche, una sola noche, y de esa noche
saldrá una mujer que repetirá tus ojos, tu paciencia, tu nariz y tus ritos
ante mi vejez extranjera, manchada de oprobio, de pobreza y de cólera.
Yo soy el héroe, el héroe siempre necesario,
el que justifica la vida de los burócratas, el que se prueba
en los precipicios, el que toma las decisiones duras.
Los hombres que vendrán conmigo, quién sabe, volverán
a la ternura que sólo brinda la mujer, a su desnudo tacto único bajo las sábanas,
a eso que la guerra sin duda no reemplaza,
al tibio cuerpo oculto y presentido en alguna parte
de la oscura casa amistosa y a los hijos. A todo lo inefable
después del miedo, del degüello y de las cargas,
que una mañana única difiere hasta mañana. Antes de alzarte
de mi mano en la zamba piensa en la tortura seguida de los meses,
examina Remedios la condena de tus ojos de sombra
en los arneses de las mulas peruanas, piensa en los edictos
que firmaré sin pensarte, medita las veces en que no seré,
desde el jardín de tu casa, más que el horizonte,
el vacío como ayer y anteayer repetido, el llamado rutinario
a la cena frente a una silla como siempre sin nadie, piensa
en las veces en que para tu hija no seré más que un nombre.
Remedios de Escalada que pliegas sonriendo el tenso abanico,
que recoges nerviosa tu amplio vestido ante el triste capitán
al que efímera gloria y tu amor le dedica la cambiante Buenos Aires,
el que treinta años después de esta zamba aún verá tus pupilas lejanas, perdidas,
en la caravana de horror cuando te nombre.

Un insecto en enero

mínima en la ventana una presencia activa
apenas diferente del aire en su elemental dibujo

más seis patas y dos alas que el cuerpo verde
apenas una línea que atravesó
millones de años en su aleteo
desde los ollares de los dinosaurios
hasta el sobrio y frío presente en mi ventana

nunca fue más grande y jamás abundó:
cuando plantas que hoy son la hierba
alcanzaban alturas y redondeaban formas colosales
unos pocos como él se elevaban
hacia las lejanas copas con no poco esfuerzo
de esas mismas delicadas membranas
que frente a mí apenas mueve o que reposan

allí donde refleja el todo otro vasto mundo
que también le pertenece

su victoria hecha de un silencio seguro
como todas las cosas

En el balneario

Demoré cuarenta años en llegar al Pacífico.
Durante esa travesía hacia el poniente,
hacia estas aguas que eligen
como espuma llegar hasta el planeta,
abrí puertas que daban a insólitas escenas,
donde a veces alguien gritaba y otras
todo el teatro se quedaba en silencio.
Fueron centenares de habitaciones las que crucé
antes de llegar ante el Pacífico.
Conocí el pánico de vivir
y la fobia de morir,
dos hermanos gemelos.
Aprecié millones de gestos, muecas, rictus.
Oí en los vecindarios amalgamas de risas,
sollozos y lamentaciones, y muchas más
quedaron en ese cielo ajeno
al que se le da la espalda.
Estoy ante el sitio que dio nombre al azul,
frente al lugar donde el pesado color
se mece entre dos tierras.
Estoy inmóvil al borde mismo
como la piedra que una mano arroja
para que otra mano, invisible, la detenga.
Como aquel que sale a las euforias del sol
de las complejidades de un mundo subterráneo,
sombra sólo él bajo el extenso mediodía.
Porque también soy ese hombre.
El que, en un paisaje de espejos,
es devuelto a su única imagen
por el reflejo de las olas,
para vivir -entonces y nunca antes-
el instante donde todo acaba y se termina:
es el rompecabezas, que se arma.
El sol, el poco pasto, el aire que también es azul
y las exactas manchas del negro de las rocas
están finalmente en su lugar.
Este es el sitio donde se sabe
que levantar un puñado del volátil suelo
es arañar el vaso del reloj de arena.
Donde se interpreta que esas rápidas
construcciones de agua,
esos vertiginosos lazos de plata que suben
y pronto en lo muy hondo se sumergen,
son el mar que piensa
y que esas oscuras aves -que repentinamente allá se elevan-
son sus mejores ideas,
esas que se marchan para siempre.
Estoy ante el Pacífico
como el hombre ante el fuego.

Nacimiento del tango

La luna vertical que se lleva el alba
y que vio surgir y enajenar a tantas cosas,
el mar que se condensa en el Río de la Plata,
la calle que olvidaste nombrar cuando después,
a la música, agregaste las palabras,
te oyeron salir de la nada quizás en una flauta
que se detuvo asombrada, tal vez
en la melodía distraída de alguno.
¿De qué susurro y latido, de qué silbido sin rumbo,
de qué cadencia de pasos por qué calles apagadas
nació el tango, de qué silencio de hombres solos?
El negro bozal y el criollo amargo
que despedían su tiempo
y los rubios pobres que bajaron de los barcos
y el campo en la ciudad, con la ternura
y el dolor y la noche y el espanto
fueron tu cuna y tus primeros pasos.
Alguien oyó el destino de unos acordes
perdidos en los rumbos de otras armonías
y los reunió convertidos en la primera milonga.
Ella acunó, madonna maleva, en sus brazos
tu lágrima más joven, tango.
Nacido de mujer, como los hombres.

Los leopardos

Hermanos menores de los membrudos leones
y viejos depredadores de nuestra especie,
los segundones de la elástica raza
no están hechos de manchas,
sino del liso amarillo
donde ocultan y esconden su cierta identidad:
es que ellos aprovechan los mejores
matices de las sombras:
¿mejor oculto otro animal
que uno amarillo bajo la lluvia de motas
que aparenta? Un leopardo
es una bestia que siempre está bajo la lluvia.
En los plenos mediodías
sólo exhiben las sombras
que les ha dejado por hábito
la extensa habitación de los junglas.
Si los vemos bicolores apenas
es otra demostración de su astucia,
las apariencias son siempre
el corpóreo truco de todos los pequeños.
Ni la soberbia del tigre que no precisa
nuestra corta imaginación para estar entero
en esa palabra, tigre;
ni la firme y perezosa arquitectura
que se levanta ante nosotros demostrando
la melenuda majestad de la sabana;
los leopardos emigrados a las copas de los árboles
son unas etéreas y fatales sombras,
el vuelo con que de amarillo
se salpican por capricho bien fundado las selvas.
Son lo mínimo posible para el lenguaje de la muerte
en su linaje de músculos:
llegan más cerca que los tigres
porque no son lo sentido, son un peligro que no pesa,
el silencio, la sorpresa de un brinco que elige antes,
una afelpada estrategia que se desliza
mortífera y gentil, metáfora y carne del tiempo
por los delgados corredores que comunican
(y ello siempre ha sido sigiloso)
el mundo en calma con la alegre nada.

La renga

Tan quemada en este mundo,
como el Amor Real en una sola
canción de las radios populares.
Tan odiada la esclava,
la negra, la fregona,
que sus patrones la desfloran
cada noche y ella, pendiente
de aflorar en una sílaba casual,
ella, la pobre, que arde -ahora- sólo en sombras.
Desnudo en la cocina
él juramenta, después de los whiskies,
que una sola cuestión de fe
todavía hay por la Tierra.
Tan indefensa en sus manos de beodo
brilla ética, por sobre todo ética,
la inútil fragua de imágenes,
la renga.

Amelia Arellano (San Luis/Argentina)

Espejo*

Voy a contarte todo.
Para que sepas algo de tu especie de tierra.
Para que no me olvides.
Yo, no tengo recuerdos, ni peces, ni banderas.
No tengo olvidos, de simios, de manzanas.
No llevo báculo, ni cruz.
No se de donde vengo, menos adonde voy.

Te sorprendí en remolinos polvorientos.
Tropecé con la huída de otros muertos.
Asistí a tu primer nacimiento.
Observé el primer alegato de tu tajo.
Lloré contigo poniendo nombre al alba
Resolvimos la teoría del binomio.
Desciframos tus huellas dactilares de ave y saurio.
Vi como te crecieron las uñas.
El pelo, los pies, la indefensión.
Oímos voces que venían de otras voces.
Yo fui el primero.
Áspera cizaña. Torpe milagro de los médanos.
Seré el último testimonio de tu reloj de arena.
Tú, volverás al polvo.
Yo seré Cristo. Gilmamesh. Siempreviva.
Acaso… espejo.

Fotos rabiosas*

“La injusticia no es anónima,
tiene nombre y dirección.”
Bertold Brecht


Una cámara. Un doloroso flash. Un poema.
Fotos rabiosas.
Realidad congelada.
Niño con ombligo de hambre.
Palomas alquilando sus alas.
Hombre de vidrioso color vino.
Arcas llenas, ollas vacías.
Parajes heredados, piedras penitentes.
Pechos con anagramas de todas las tristezas.
Telar roto.
Mujer golpeando en aspas de furia.
Mí ahijado sin changas y el granero ardiendo.
Mi compadre sin changas y su yegua moribunda
Mi comadre anémica y su niño muerto.
Fotos barrocas. Fotos “barrosas”

Un moderno Guernica.
Fotos en blanco y negro.
Está el toro, el caballo, la paloma.
El sol y la mujer que sostiene el farol.
Están tus hijos, los hijos de tus hijos
Estas vos, estoy yo

Fotomontajes. Sondeo de opinión.
Fotos rabiosas.

Juan Torpeza*

“Morir, dormir, no despertar nunca más, poder decir, todo acabó; en un sueño sepultar los dolores del corazón, los mil y mil quebrantos que heredó nuestra carne ¡Quien no ansiara concluir así!...Morir, dormir ¿Dormir? tal vez soñar”
William Shakespeare. “Hamlet”


Torpe.
Le llaman Juan torpeza.
Todo se le cae de las manos.
Tropieza. Choca. Irrumpe. Arremete. Embiste.
La primavera ha caído en invierno.
Tiniebla. Miedo. Canal. Luz.
Sonidos estridentes. Manos ajenas. Mala luz.
Amarillo, morado. Llanto celeste claro.

Se ha caído su infancia.
La pelota. Pelotean. Pelotudo. Sin pelotas.
Los autitos sin freno. Colisión. Impulso.
Se han caído las hojas del calendario niño.
Se cayeron iconos, letanías, milagro.
Se ha caído la Ley, las normas y los mitos.
Hombre de pantalones cortos. Mula
Levantar las orejas. Olfatear el peligro
Alerta. Se ha caído el galope.
Caballo redomón arisco.
Alazán claro, impulso oscuro.
Lámpara ocaso. Jeringa adormecida.

Exclusión. Descarte. Apátrida. Juan torpeza extranjero.
Dormir. Dormir. Dormir. ”Dormir…tal vez partir…”
Torpe.
Juan torpeza. Nadie vendrá a ayudarte.
Salvo tú.

Silvana Calvín (San Rafael-Mendoza/Argentina)

"El amor que tú me tienes
no es el que te tengo yo.
Yo te quiero como eres,
tú quieres una ilusión."


Mala nena, mala.
No quiere la bombacha rosa.
No quiere el vestido blanco.
No quiere lo usado ni lo prestado
ni lo nuevo ni lo azul
(acaso sólo lo azul).

Mala nena, mala.
"Jarguómanchuplís", canta el jetón.

Trato

Amor mío, te propongo un trato:
Yo te invento un universo en el que nos amemos
sin miedos,
sin juicios.
Un universo sin llamadores en las puertas,
sin ventanas por donde se cuelen las moscas,
sin antenas.
Te lo invento y te prometo
caminar en él
descalza
para no despertarte de tus sueños,
desnuda
para que me conozcas como soy,
y sin lentes
para que nunca te engañe mi mirada.
Te lo invento y te prometo
hablar en él
con el lenguaje de las abejas
y el dialecto de los pájaros de septiembre.
Te lo invento y te prometo
que no tendrá Este ni Oeste,
que todo en él será un Norte cálido
de selvas fabulosas
y mares más azules que tus lágrimas,
y un Sur lejano y frío
donde podamos recuperarnos de nuestros embates
al calor de la invernada.
Te lo invento
y el trato
es que prometas visitarlo
de vez en cuando.

Fatalismo Ruso

Tendida en la nieve
espero.

Entumecida por el frío
ya no podría mover el cuerpo
aunque quisiera.
Y no quiero.

Nada quiero
ya.
Nada tengo.

Sólo me queda este vacío
este mirar de frente a las estrellas
sin preguntas
ni reclamos.

Esta espera
tendida en la nieve.

Yo ni

Yo ni sabía que estabas.
Y ahí estabas.
Y más que estabas
Eras
yo, más feliz que nunca,
con un aleteo de mariposas en el vientre.

Yo ni sabía lo que eras.
Y tú eras
una flor rosada abriéndose al mundo,
un corazón palpitante si te tocan,
un doloroso llanto rojo cuando nada cambia.

Yo ni pensaba en ti.
Y eras mi centro,
y mi fuerza.

Yo ni te conocía.
Y estabas en mí.

Adiós a tu nombre

Tu nombre me ha llegado
esta noche.

Tu nombre ha vuelto
a ganar la batalla
contra el olvido.

Ha venido
a decir adiós
en tu nombre.

Nido

Solos al fin,
mi vida, mi amor santo.

Solos al fin,
consuelo a mis quebrantos.

Solos al fin…
¡El nido a nuestro antojo!

Hay que pintar el techo

PÁGINA 16 – CUENTO

Micro-cuentos


Por Carlos Esteban Cana Rivera (Puerto Rico)

Moradas: III (Adagio hindú)

Cansado de la infinita búsqueda decidí no hacer más. Mis dedos palparon la tierra negra, granulada. Las nubes flotaban. El aroma a hierba mojada se esparcía por doquier. La intensidad de mis latidos fue bajando. Silencio. Inhalé. Exhalé. Había algo más en mi respiración.

Alfa, omega, y después

Todos los colonos, los sobrevivientes y sus descendientes, detuvieron los relojes en la precisa hora en que la Tierra agonizó.
Desde ese instante un nuevo modo de medir el tiempo se instaló como norma
entre los expedicionarios.

Hasta el despeñadero

El día que no pudo más salió corriendo, y nadie, absolutamente nadie, lo pudo detener.

En estos tiempos

¡Oh, Demofonte! Busco a mi Filis. Abrazo, como tú, cada uno de los almendros. Pero oye lo que te digo, caro amigo, en estos tiempos cosa rara sucede que ninguno florece.
¡Oh, capricho mío, cómo pesa el círculo tercero!
En esta ocasión, cuando quise dar, sin motivo alguno, otra vuelta por lo ya andado, el poeta que me acompañaba desplazó con demora la mano cautelosa llena de tierra (no fue tan diestro como la vez primera). Por eso ahora me devoran los dientes del Cerbero.

Después de las caras lindas

Busco en esta vellonera, la canción que dio la clave precisa a San Agustín. La necesito. Me urge entonarla para comprender…

Hojas blancas

Después de una lucha encarnizada, cuerpo a cuerpo, con Eros y Tanathos, el analista pudo dar con la verdad. Cuando, en un inusitado descuido, Eros permitió que la mano sagaz del analista arrancara de cuajo la máscara.
Desde ese entonces, Tanathos no engaña a nadie, pues ya todos conocen de su insidiosa costumbre de suplantar a Eros, quien, acorralado por las circunstancias, se aburre mortalmente de ser quien es.

Vitae
Y, muerta ya la muerte, el fallecer se acaba
William Shakespeare
Soneto 146


Después de pasar revista por la historia y contemplar, una vez más, la cantera de seres valiosos en todas las épocas y latitudes, se convenció de la impostergable tarea que le aguardaba.
Sin demora debía de aprender el arte del buen morir. El tiempo apremiaba.

La desventura de Udrak

No importa cuántos eones llevo intentándolo. Cada vez que emerjo de la meditación sobre la calma mental, estado que demanda de mí total concentración unificada, y veo una parte de mi blanca cabellera devorada por las ratas, me invade la cólera.

Conversando con D.T.

El anciano de la tribu me llevó a lo más profundo del bosque. Era la hora en que los primeros rayos del sol, tenues, sacaban brillo del rocío que corría sereno por las hojas. En medio de aquella espesura, con olor a tierra húmeda, no existía peligro alguno de ser escuchados.
Después de pintar sendas rayas rojas en su rostro, con achiote molido que traía en su vasija de barro, el chamán inició el rito. Engoló su voz en un canto lento, lastimero. Y en el instante preciso que comenzaba la revelación, las sierras eléctricas comenzaron a talar el bosque.
Por lo anterior no fui iniciado. Tampoco pude conocer el nombre oculto de Dios.

PÁGINA 17 – COMENTARIO DE LIBROS

Vapor de ceniza en la poesía de Nieves Granero Sánchez


Por Alejo Urdaneta (Caracas/Venezuela)

Nieves tiene dos nombres: el suyo de bautismo y el de la artista: Neus de Juan. Ella ha vivido también dos mundos en el origen de su poesía. El haber nacido en Argentina da a su creación un sentido de nostalgia y alejamiento. Las palabras de Eduardo Mallea definen a la ciudad de Buenos Aires y nos aproximan a la poeta: “De puro no llorar, se la oía llorar subrepticiamente en bandoneones, en bailes y cantos tristes, en la sinuosa lentitud de sus actitudes apenas dotadas de movilidad: interiores, intensas, pausadas, melancólicas…”
Así es esta poesía de vapores incandescentes, que ha asumido también formas distintas en su otro mundo, el Valenciano de la Península española, junto al Mar Mediterráneo. En Valencia ha hecho Neus de Juan su vida de adulta y de poeta. Ha vivido de la cultura de la Comunidad Valenciana, con sus fiestas rituales: fallas adornadas de fuego, el aroma floral que dulcifica la existencia.
Tiene, pues, dos mundos: El canto de la pampa que arrastra el viento norte con nostalgia guaraní, en el que perdura la poeta junto a la raza que sostiene la lanza; y su otro espacio al que pertenece con identidad amalgamada en lejano cielo, junto al mar español de entre tierras.
Y cuando la mujer abre su alma a la emoción del amor, un aleteo luminoso se cuela en su vida, con sigilo, y llueven rosas en sus ojos. El amor es avaro, y en la poesía de Neus de Juan es también omnímodo. El amor se silencia para acunar sentimientos, hasta que adviene el encuentro inmisericorde, con su algo de dolor y sus gemidos, para penetrar en lo hondo de la pasión o quedarse en las manos que lo buscan con desesperación.

“He visto águilas
En las cimas,
Buscándote”

¿Dónde está nuestra poeta? Su ciudad es su propia búsqueda, un atajo hacia sí misma, en pos de la sombra que ama. En ese mundo se encuentran los amantes, y ella tiende sus manos para tocar la nostalgia, porque si está el sur de los soles invertidos, añora el mar de las historias; y si es en su Valencia floral, hace

moribundos intentos
de recuperar el cieloSur
la luna patas arriba
los abriles otoños
y el olor a tierra mojada

ausencias
huecos
las lejanías duelen como puñales
cada oquedad es una herida
cada gota de sangre me la bebo
a ver si recupero
el sabor de su habitante.

Todo es como un sueño: En cada uno vive la poesía de Neus de Juan, este brindis de sensibilidad que persigue a los amores de ultramar y a las presencias que amarran, que duelen, enlazadas.
La luz mediterránea invade el aposento de la poeta, y ella se siente plena de la madurez de su tierra valenciana. Pero allá, en el fondo de sus deseos y añoranzas, un bandoneón canta las tristezas del porteño, y recordará entonces el poema de Lugones:

“Largas brumas violetas
flotan sobre el cielo gris
y allá en las dársenas quietas
sueñan oscuras goletas
con un lejano país…”

PÁGINA 18 – CUENTO

Fatalidad


Por Alicia Fontecilla (Santiago de Chile/Chile)

-¿Por qué quieres hacer esto? –le preguntó el hombre mientras la observaba con la curiosidad fría y aguda del bisturí de un cirujano.
-No es problema tuyo –le respondió ella con voz agria, mirándolo de soslayo –La odio –agregó, haciendo una mueca de desprecio con la boca –intentó quedarse con algo que me pertenece.
Los ojos azules destellaron de pasión y rabia, transmitiéndole un leve temblor a las carnes abultadas de sus mejillas. Los labios delgados y pálidos se retiraron sobre sus dientes blancos, dibujando una sonrisa fugaz.
-¿El precio está bien? –preguntó con ansiedad.
-Está bien –repuso él. –Ya sabes cuál es la condición.
-Ahí estaré –le aseguró ella –no me lo perdería por nada de este mundo.

Un par de semanas más tarde, una mujer de baja estatura detuvo el auto frente a su casa, como lo hacía habitualmente, a veces dejaba el motor encendido mientras abría la reja, pero observó que una pareja caminaba hacia ella, así es que apagó el motor, puso el intermitente y se echó la llave al bolsillo.
Todo fue muy rápido y limpio, alcanzó a percibir la presencia tras ella, el pinchazo en el cuello y luego todo se volvió negro como la noche que avanzaba a grandes trancos.

-Asegúrate de atarla bien a la mesa –le indicó él, mientras buscaba algo en un mueble. Observó con excitación que la piel de ella enrojecía por el esfuerzo al apretar las cuerdas alrededor de las muñecas de la otra, que yacía inconsciente sobre la fría mesa de latón. Los gruesos brazos se tensaban, estirando los músculos superiores de la espalda y el cuello.
Los ojos de él brillaban al observar sus movimientos a través de la fina tela de la blusa que la cubría. Desde donde estaba podía mirar a gusto su amplio y firme trasero, las caderas enormes proyectadas hacia los lados, las piernas como un par de troncos gruesos, firmemente empotradas en el suelo.

En un primer momento no percibió el dolor, sino que el impacto de la sorpresa, la conciencia de un líquido cálido y viscoso que le bajaba por la espalda, y una sensación de debilidad en las rodillas.
-¿Por qué? –alcanzó a preguntar antes que él la arrastrara hacia otra habitación.
-Porque eres perfecta –le respondió él con admiración, calculando el tiempo que iba a durar viva mientras él la torturaba lentamente. La anticipación del placer lo hizo sonreír de manera espeluznante, mientras decidía por dónde empezar en aquel enorme y extraordinario cuerpo que se le había ofrecido prácticamente regalado.
A diferencia de otros predadores, no disfrutaba acechando a sus víctimas hasta atraparlas. Él era un hombre de físico ordinario, más bien esmirriado y le gustaba que sus víctimas fueran grandes y abundantes de carnes, duraban mucho más vivas, prolongando su placer hasta niveles increíbles.
Recordó con desprecio a la mujer inconsciente que yacía en la otra habitación. “Demasiado pequeña y delgada” –pensó- “No duraría ni una hora”.
Observó fascinado a su víctima mientras ésta se retorcía tratando de soltar las amarras. De su boca amordazada surgían sonidos guturales. Los ojos azules, agrandados por el terror y la rabia, lo observaban fijamente mientras él trataba de decidir si los cortaba para ver como el humor acuoso resbalaba por sus mejillas o si los dejaba tal como estaban y observaba cómo se iban velando poco a poco a medida que la muerte iba ganando terreno. Se decidió por esto último: quería verse reflejados en ellos hasta el último minuto de agonía.

PÁGINA 19 – POESÍA AMERICANA

Rocío Soria R. (Quito/Ecuador)

Texto


Coloca una servilleta en el cuello del enfermo,
le acerca el hielo,
deja que algunas gotas rueden al fondo de su crujido con la torpeza de las cosas insubstanciales
con la astucia de quien sobrevive pero para hacerlo ha requerido tropezarse con sus propias sombras
o atorarse con su propia saliva.
La cara del hombre quema como si aún estuviera dentro de sí,
y pudiera despertar menos inflado
y empezar a bailar con la propia orquesta de su queja.
Llama a su madre,
el hombre llama a su madre
aunque el llamado sea un imperceptible brinco en el interior de su párpado.

Coloca una servilleta en el cuello del enfermo,
le acerca el hielo,
deja resbalar algunas gotas al interior de la bolsa,
busca una de las orejas del enfermo para susurrarle algo
pero lo ha olvidado en el preciso instante
con la torpeza de las cosas insubstanciales,
-es tan humana que se da asco y escupe-.
Vuelve a acercar sus labios para besarle,
arranca el lóbulo del enfermo con los dientes,
pues no atina palabra,
la palabra siempre le fue una pieza faltante,
una parálisis entre los dedos de la mano.
Gime, como si no fuera suficiente con la orquesta de quejas del enfermo,
como si no fuera suficiente con el silencio invertebrado del enfermo.
¿Servirá para el caso el llanto
o solo será una estrategia de supervivencia,
o,
una forma indolora de avergonzarse?

1

Isadora bellamorte,
hay un dejo de angustia en las partidas,
como un ojo de agua en mi boca por donde se vierten los adioses,
ojo de miedo atávico abierto en la cara como un bostezo.
miedo connatural,
parco,
mimetizado.

Tango bohemio de arrabal.

Isadora bellamorte,
las frutas bajo la tierra enmudecen,
sus hilos,
sus decúbitos,
sus úlceras,
sus azucenas,
sus trances casuales,
sus gestos al filo del ángelus.

Isadora bellamorte,
tu vientre templo sepulcro de los dioses.

Isadora bellamorte,
el recuerdo es el vicio de los solos,
la hora suprema del estertor no es suficiente
también están los recuerdos
sus magras presencias sobre los objetos,
sus músicas revoloteando en los cajones.
polvillo impalpable,
mano inasible,
aguja errante en el quicio del cuerpo.

2

Isadora bambolabella,
las pequeñas manitas de Isadora improvisaban juegos
el índice, príncipes dantescos
el pulgar, poeta bufón.
En cada mano de Isadora existía un mundo transpuesto
un nudo,
una fantasía,
un gorjeo de sangre,
una escisión,
un ventrílocuo de agua
¿Isadora existía en un mundo transpuesto?

Isadora muñeca de personalidades múltiples,

las pequeñas manitas de Isadora
fábula escénica delicada y breve,
sidra fría,
carne de manzana impúdica sobre la loseta.

3

Isadora mio cuore,
Isadora los trozos de la muerte,
Isadora secreteaba cada noche con los sobrevivientes de la locura
con la degradación del amor,
con los suicidios y otras aves
se masturbaba en su presencia,
atesoraba una sonrisa bajo el puñal del olvido.

Esa noche Isadora se acurrucó junto a los dioses
tal si la noche fuera una rata ciega,
tal si se reconociera en los vestigios que deja el silencio,
en algún sitio de su cabeza dejó de sonar alguna palabra
y la contrarréplica se hizo de su propia sangre.

Isadora bajó las escaleras con su inocencia de niña
trayendo entre sus brazos algunas criaturas del desvelo.
Nuestros hijos nonatos.

Isadora vuelve al círculo,
la muerte no es una sola, hay muchas muertes:
las grandes,
las inmensas,
las azulinas,
pero todas son insignificancias ante el dolor de vivir.

Isadora la sangre en el filo del lienzo,
el agua al borde de la asfixia.

Isadora voz de niña solitaria,
sus desmadejados miembros sobre la camilla
como si ya no fueran suyos.

Su voz se ha roto por dentro
preludio de pequeños espejos,
cubierta de su propia desnudez

Diosa de locos.

Mi corazón es un fardo de huesos rotos,
de flores rotas,
de mariposas esquiladas

4

Isadora réquiem de Mozart,

Isadora se pasea por mi cuerpo,
se ha quitado los ojos con la espátula de los óleos,
no quiere verme más ha dicho.

Isadora vuelve a nacer como vuelve a morir cuando la sueño,
me quitaré los ojos con la espátula de los óleos.

Isadora danza macabra de Saint-Saëns
su voz de violín profundo y taciturno ha venido por sus cosas,
su voz de violín breve y atribulado desfila por los huecos del apartamento.

Isadora

lo confieso con angustia pero sin culpa,
el día de su sepelio la busqué en otro cuerpo,
sucede como con los fantasma vivientes de las cosas perdidas
en el fondo de los cajones del recuerdo

-por qué no habría de llorarla de ese modo,
con el alma,
con el cuerpo,
con el libídine sangrante,
tantearla con mi ciego sexo cual si la invocara-

Ana Aridjis (Morelia-Michoacán/México)

Un punto, la memoria


Llegar con la voz
y el sueño que repito
para buscar los rumbos
de este sereno mundo.
Baja para que veas
que el paisaje crece
y la mirada absorbe
como pulpo
cualquier evocación.

Los pies

Quieto silencio
entre las huellas,
este rumor herido,
a veces, el viento
lo llama y lo toca.

Las manos

Revuelvo las horas. los minutos,
los recuerdos.
Revuelvo tocando en la tarde
los instantes que llegan a ti.
Y dibujo despacio mis manos.

Resonancias

Y con los ojos juega
a dibujar letras
que hablen
de antiguas historias.
Que sólo nos importe
continuar el camino.
Volver al centro
incomprensible
de la mano extrañada.
Visiones y palabras
en el fino oleaje de un río.

Sol de viento

Entre una cerrada de árboles
y encinas grandes.
Vamos huyendo con el viento.

Llegaron a Pátzcuaro
y adoraron a su dios Tariácuri.

Vinieron de las siete cuevas
eran los tarascos
que habitaron las regiones
cerca del gran lago.

Como bajan los tiempos
y los sueños en las Yácatas.
Ahora son sólo ruinas,
nada hay del esplendor
y sus conquistas.

Se domina el valle,
hablamos hiriendo al silencio
y el lago despierta
con un humo terco.

Vamos huyendo con el viento
en la helada distancia que fallece
y fulgura en toda la región.
Estás ausente, imprevisto tiempo
que aminora un testimonio
de los pasos inadvertidos
que quedan entre las ruinas.
Nosotros, vamos huyendo con el viento.

Las ondas

Rompe la piedra
este cristal de río
vibra el silencio.

Antonio Andrade (Atizapán/México)

Ansia

Barcelona amaneció azotada en llanto
tiene gélidas las voces
brumosas las caras
y las calles empapadas
tras pasar la madrugada temblorosa
insómnica
triste
vencida
agarrotada
Barcelona amaneció llorando
al saber de tus ausencias
y encontrarse derramadas en la histérica almohada...
mis ansias.

Poble nou Barcelona
28 de Enero 2006


Brindis a solas

Nuevamente se escurren las horas
desde el filo burlón de otro brindis a solas
nuevamente el silencio se enzarza a los contornos de esta copa
-siempre a medias-
que levanto a la salud de la distancia
y el murmullo de la noche se le cuelga a las sombras
y el hastío de la espera se diluye en el estanco de las ganas
y los sueños se corrompen
se des-garran
se entre-cortan
se estremecen
se revuelcan
se arrastran
nuevamente la impaciencia se encharca a los pies de la ironía
de este aguardando donde nada ni nadie regresa
y la arritmia del recuerdo se desangra lentamente...
al compás de la nostalgia.

Venecia Italia
08 de Marzo de 2006


Busco casa pequeña

Busco casa pequeña donde estar a solas con tu ausencia
donde pueda abrazar por la cintura una almohada que responda a tu nombre
donde el frío encuentre cabida en todos los rincones
donde estalle la tristeza
donde tenga que barrer a cada instante los trozos de las ganas
busco casa lejana donde no pueda salir a buscarte
donde no sea necesario acompañarme de un trago o de dos
con paredes tan estrechas que me aplasten
con amplios ventanales por si acaso la esperanza decidiera suicidarse
busco casa donde solo llueva afuera
donde un sueño no te traiga de vuelta
donde pueda
de nueva cuenta
hacerme un mundo sin ti
sin tus labios
sin promesas
busco casa pequeña
y pequeña no tienes idea
lo difícil que es buscar
a cuestas la espera
y de frente
escapar.

Cholula Puebla –México-
07 de Junio 2006


Lejana

Odio el acorde final de esas canciones
que no me devuelven tu nombre a la memoria
las llamadas a deshoras sin tu voz
las noches sin tu espalda
y los gallos que anuncian la mañana...
Odio el correr de las horas
sin que llegue el momento en que debas partir
las malas compañías
las botellas des-taparse
la alegría fingida
tu ausencia
y ese amargo sabor que deja el tinto
tras saberte temerosa
insegura
triste
distante
Odio las tardes donde el sol se estanca en mi ventana
y las ganas de encontrarte se cuelgan del tiempo en que nunca apareces
de la falta de valor para buscarte
de las letras de siempre
las borrachas
las que no me cuentan nada
las que solo aciertan conjugares im-perfectos
para atarte a un instante
ese mismo en que dueles cuando faltas
Odio también esas flores que se secan cuando se les acaba el agua
las historias que no echan raíces
los segundos sin tus labios
la lluvia
el otoño
las noches
el ansia
y este hallarme que me cuenta la certeza...
de saberte lejana.

Entre tus labios

Nada importa en tus tibios rincones de exacta medida
en el intrínseco descaro de tus párpados silentes
en la paz de tus latidos
en tus manos de estación in-advertida
nada importa en tus confines
tan de incandescente patria altiva
en tu alcoba tan de en llamas
en tu otoño de los pies a la mirada
en los márgenes perfectos de tu espalda
nada importa en tus vertientes
nada importa en tu sabor
en tu silueta
en tus caricias
en las aristas de tu cuerpo
en tu aroma de llovizna
y de calma
nada importa pues entre tus labios
en tu piel sin fronteras
en tu vientre desnudo...
en tu entrega.

El poema más bello del mundo

El poema más bello del mundo
debería hablar del momento en que tu piel
-exilio al margen de este modus-
me apaga la voz y los labios
-vivendis que implica dar vuelta y hallarte-

y se funde entre mis brazos
el poema más bello del mundo
debería enumerar las palabras
-ad pédem litterae de tus encantos-
que se agolpan en el entendimiento
y carentes de ritmo y razón
-florilegio de caricias y miradas-
me convidan a entender que eres milagro
el poema más bello del mundo
-tu las traes-
debería sin tanto enredo
así sin más...
sacudirse de puntos y comas
de intentos
aplausos
mocedad
y de cratos
y seguirme amaneciendo
como a veces amaneces a mi lado.

Imperfecciones en la letra para la amante perfecta

Mujer...

quizá ni yo mismo comprenda
el sin-razón de este modo
tan de tiempos modernos
tan de espectros
tan de pactos
tan de acuerdos
en que me tiene y le tengo

quizá no es que el mundo o la vida
más bien un nosotros
orillemos este amarnos
tan de entre-comillado
tan de no extraviarnos
tan de a medias y siquieras
de veces en cuando
que prefieran evadirse realidad
y tenernos sin embargos

luego entonces...

que sus días más llevaderos sean sin mí
que mis tardes más vanas
bostecen su ausencia
que su patria king-size me reclame a menudo
en su lado más frío
que mi mar y mi tierra le extrañen
de forma que tal
cada nuestra nueva historia

principie donde usted me pone al tanto
y quizá me sonríe
donde yo le platico algún cualquier
y talvez me aproxime

mujer entonces...

que se abrace su boca a mis labios
que mis manos interpreten cada poro de sus palmos
que sus uñas desgarrándome las ansias
que mi aliento encobijándole distancias

y quizá más allá de su piel y sus piernas
enredándome el alma
y quizá de estos brazos
que la calma le aprisionan y quebrantan

encuentre esa paz que buscaba
mi amante perfecta

y quizá yo consiga
encontrar mis palabras.

Por si acaso

Me quedo con las hojas en blanco
el sabor de boca entre des-convencido y amargo
la anorexia del alma al recordarte
y ese entonces
sin íes ni después
sin puntitos suspensivos
ni reproches

me quedo también
con el número exacto de pasos
entre la ducha y la almohada
con las sábanas revueltas
y la hilera in-terminable de botones
de esa prenda que jamás nos demoró

las promesas instantáneas
las palabras al aire
los ensayos
los quizáces
los in-evitables y tan tuyos irvenires
los proyectos a futuro
las venganzas
el corazón y las ganas

considéralos devueltos mujer de mis sueños
y las letras...

esas también te las dejo

por si acaso algún día de volver no te olvidas
por si acaso siquiera...

te diera la gana.

PÁGINA 20 – CUENTO

Espejo roto


Por Aletse Santiago (Cancún-Quintana Roo/México)

Ese día quiso morir. Literalmente deseó cerrar los ojos para siempre. Un escalofrío la recorría toda, una heladez hasta ahora desconocida y filosa como una navaja. Amaneció inundada en llanto y no sabía si acaso había dormido algo durante la noche. Sólo recordaba la nada más obscura que nunca. Temblaba cuando se miró temerosa al espejo, y el pánico se apoderó de ella. Era un miedo tan palpable como tener en las manos una manzana. Tenía textura, color y olor, pero no lo podía describir con palabras. Con sus manos fue recorriendo lentamente todo su cuerpo, como queriendo saber si aún era la misma. Tocó sus senos y su sexo y de su garganta escapó un ahogado alarido. Sabía que ya nunca sería la misma, y que no necesitaría el espejo, ahora roto en mil pedazos, para saberlo minuto a minuto. Aún en este estado de estupefacción, secó sus lágrimas y se maquilló lo mejor que pudo para poder mostrar la otra cara, la que sonreiría contra el viento y mar de sus vertiginosos sentimientos, la que daría un beso y la que diría te quiero, te quiero, te quiero... En ese instante, sintió la más profunda compasión que haya sentido en su vida por otro ser humano, y pensó... -¿Esto? ¿Esto fue lo que él sintió cuando me fue infiel por primera vez?-

Y sintió tanta compasión, dolor y ternura, que por primera vez en muchos años, realmente lo perdonó.

PÁGINA 21 – ENSAYO

Clicks modernos o la calamidad del centralizado.


Por Roberto Daniel Malatesta. (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

A inicios del siglo XX Guillaume Apollinaire deslumbró al mundo poético con sus caligramas, e hizo que las palabras llovieran para formar la lluvia o danzaran como una fuente entre distintas formas representadas. Hubo otros intentos vanguardistas que combinaron las formas externas, diseño de letras, (también utilizados por Apollinaire) espacios que indicaban silencios. Cada intento acaparó la atención del momento para disiparse luego quedando quizás, entre las formas más logradas, las del citado poeta francés.
El mundo pasó de la piedra al papel, del lápiz a la máquina de escribir, hasta llegar a la PC, tan útil como inquietante, con sus particularidades para organizar el trabajo y corregir errores de ortografías que hubiesen maravillado a Vélez Sarfield, pero entre su parafernalia técnica está el famoso Word, como mayor exponente entre los llamados procesadores de texto y una posibilidad insospechadamente peligrosa: el centralizado.
Tratándose de la poesía de hoy y admitiendo que el verso libre es el que mayor atención ocupa, considerando que esta forma, más ardua que las formas cerradas según Borges, exige cierta técnica, cierta atención a la respiración, cierta obligación para el oído, qué tenemos entonces si esta exposición en la página que nos permitirá llevarla del silencio a la voz (todo poema que se precie debe ser leído en voz alta, también nos decía Borges) es expuesta en verso centralizado. Posiblemente una gran confusión, ya que el mismo nos está mostrando una prolija imagen, un dibujito lindo, pero probablemente nada más.
He observado que la mayoría de los poemas expuestos en verso centralizado no son leídos tal como son volcados a la página, paso a un ejemplo: el poema dibuja su hermosa paloma de palabras y uno de los versos es: “de”, el que le sigue tiene no menos de dieciséis sonidos, es obvio que al leerlo su autor incorpora el “de” al verso posterior, o al verso anterior, de esta forma la lectura no se corresponde a lo escrito, el corte de verso pierde absolutamente el sentido, podemos decirlo de otra forma: la distribución en la página es falsa. Además uno se pregunta escribiendo desde el margen izquierdo ¿a quién se le ocurriría escribir un verso como: “de”?; es decir, sólo su ubicación dentro del dibujito del centralizado lo salva, a medias, de la catástrofe. De esta forma se advierte que, mayormente, no se trata de una escritura natural, versos que nacen del margen izquierdo y luego son sometidos a la operación que mecánicamente desarrolla el ordenador de textos, sino que ya al escribir, quizás directamente sobre la pc, se presupone que el resultado será el verso centralizado perdiendo, de esta forma, toda significación el tamaño y el corte de los versos, o bien, un poema que quizás fue escrito con coherencia rítmica, al centralizarse, su dibujo no conforma y se introducen cambios para mejorarlo, al dibujo, claro está, nunca al poema.
Otra observación que hacer, la costumbre se ha extendido como una marea, sino como un tsunami, y hay publicaciones que impiadosamente transforman todo lo que tocan en verso centralizado, y el pobre y esforzado poeta, que quién sabe cuantas disquisiciones debió atravesar para que su poema sea digno de un sonido, de pronto, encuentra su trabajo convertido en un nido de loros.
Con respecto al corte de verso, y a todo el verso libre en general, hay un trabajo muy completo realizado por la poeta y catedrática norteamericana Denise Levertov, existe una traducción al castellano del mismo hecha por Patricia Gola,(1), entre los ejemplos, obviamente los poemas están en Inglés, se encuentran estos versos de su compatriota William Carlos Williams:

“They taste good to her.
They taste good
to her. They taste
good to her.

Nos dice Levertov: “Primero se construye la afirmación; luego la palabra good es (sin el énfasis torpe y exagerado que daría un cambio de tipografía) trasladada, por un instante, al centro de nuestra (y su) atención; luego se le da a la palabra taste una prominencia momentánea similar, con good sonando en una nueva nota, reafirmada –de modo tal que tenemos primero el reconocimiento general de la satisfacción, luego la intensificación de esa sensación, más tarde su voluptuosa localización en el sentido del gusto. Y todo esto es presentado por medio de los tonos indicados, es decir, por la melodía y no sólo por el ritmo.” Está claro que todas estas consideraciones no son tenidas en cuenta ante la “técnica” del centralizado, y aún considerando que los versos aquí expuestos son de longitud pareja, el intento de centralizado ya produciría cierta pérdida del efecto buscado.
En cuanto a la longitud de los versos, ni hablar, he observado que los mejores dibujitos se fabrican intercalando versos largos y cortos, peligrosa forma de escribir si es que vamos a leerlos en voz alta (a esta altura uno supone que esta operación nunca se presume) ya que su lectura produce un efecto artificial, sino, como decíamos, la lectura falsifica la posición que realmente tienen los versos en la página y se aproxima más a la forma en que deberían haberse escrito. Nos dice también Levertov “La ruptura del verso es una forma de puntuación que forma parte de la lógica de los pensamientos” Claro está que el verso centralizado sólo busca la lógica de dar prolijidad y está más acorde con la gráfica que con la respiración. También debería decirse que en muchísimos casos puede ocultar un poema deficiente y/o aún no terminado bajo esta supuesta “prolijidad”, pero el engaño no resiste una buena lectura.
También habría que agregar que la lectura del verso que nace del margen izquierdo y se corta en el derecho exige un movimiento en la lectura el cual precisamente origina esa puntuación de la que hablaba Levertov al tener que volver la vista sobre el margen izquierdo al terminar cada verso. Se ha utilizado mucho los espacios, sangrías y demás para indicar silencios, esto se puede admirar en la última poesía de Juan L. Ortiz, en aquellos poema que parecían deshacerse en signos de pregunta, dando una sensación de fragilidad e imposibilidad del lenguaje para abarcar el significado final, esto no tiene mucho que ver con esa tiranía del “word” que se adueña de los espacios y ritmos y por lo tanto de los significados.
Y ya que dijimos, ritmo, insistimos con el tema, la lectura mental y lo que pareciese ser una nueva operación, la lectura sobre la pantalla de la computadora, esta hace que la mente opere como un espejo y lo que se lee ya no pertenezca al sonido sino a ese espacio virtual que quién sabe qué es y significa, pero la poesía es ante todo eso: sonido, más allá de las discusiones que se puedan generar entre los cultores del verso medido y verso libre, un Withman o un Manuel J Castilla (entre los nuestros, que dominó ambas técnicas) sólo se puede disfrutar si se los “oye”, esas extensísimas enumeraciones de Withman que pueden aburrir si uno no representa su voz, la torrencialidad de los “cantos del gozante” del poeta salteño exigen ser leídos en voz alta.
Para terminar, otra vez Denise Levertov desde el mismo trabajo mencionado “El exceso de subjetividad en la elaboración de las decisiones estructurales en las formas abiertas es un problema solo cuando el escritor tiene un inadecuado sentido de la forma” demás esta decir que, subjetividad, elaboración, decisiones estructurales, todo parece haberse dejado, en el caso del verso centralizado, en manos de ese producto, el word, que todo nos resuelve y transforma lo profundo en divertido.

(1) Dos ensayos sobre el verso libre, Denise Levertov, traducción de Patricia Gola. Diario de Poesía nro. 25.

PÁGINA 22 – CUENTO

En la vereda


Por Mario Capasso (Villa Martelli-Buenos Aires/Argentina)

Casi al final de esa tarde de verano, un rato después que el dolor de cintura se acentuara, el viejo puteó por lo bajo y echó una mirada a las nubes que, recortadas contra el horizonte, ni amenazaban ni dejaban de amenazar. Luego, mientras parecía buscar alguna referencia acerca del lugar en que se encontraba, se pasó un pañuelo por la frente, se levantó de la silla, juntó sus cosas de matear y entró en la casa. Caminó con el cuerpo inclinado hacia adelante, alguna dificultad en la respiración y un cansancio que se le antojaba definitivo. Arrastraba la silla de mimbre con una mano, mientras la otra apretaba el termo y el mate contra el pecho. El pasillo se le antojó largo, ya sin gritos ni corridas ni ladridos, pensó medio a los tumbos mientras lo transitaba. Apenas si quedaban las paredes y sus telarañas, un par de macetas con algo de tierra y una canilla ahí en el medio.
Tal vez vaya a llover nomás, se dijo al cerrar la puerta.
Ya estaba adentro.
El viejo había soportado con tranquilidad las miradas de los vecinos ocultos tras las ventanas, como siempre, observándolo. Un rato antes, mientras mateaba en la vereda, recordó la época en que la situación comenzó a complicarse y cómo, a pesar de todo, decidió seguir adelante con su costumbre. Tiempo después se enteró, porque alguien se animó a contarle, que en el barrio corrían rumores sobre su proceder. Él sonreía por dentro y continuaba la rutina de pasar sus tardecitas en la vereda, con medio cigarrillo al final, aunque tosiera y sintiera a los pulmones salírseles, qué carajo me importa, rezongaba cuando podía dejar de toser. Trataba, eso sí, mientras los minutos y las horas transcurrían ahí afuera, de no tener muy a la vista la radio en la que, si bien con interferencias e intervalos de silencio, aún lograba escuchar a veces unos buenos tangos.
Esa tarde, ya dentro de la casa, se acordó de cuando, todavía pibe, los padres lo llevaron a vivir allí, en ese barrio que él se empecinaba en seguir llamando Villa Martelli. Un barrio que, a pesar de los sucesos acaecidos en el país y en el mundo, parecía conservar cierto aire de otros tiempos, aunque cada vez se parecía más y más a los otros, concluyó.
De pronto una imagen se le cruzó y le trajo a la memoria un cumpleaños, no estaba muy seguro, el de los doce quizá. Sí, los doce. Podía ser. Esa vez los padres, después de ahorrar peso tras peso, habían logrado comprarle la bicicleta. No era nueva como él deseaba, pero sí realmente muy azul, el azul de sus sueños de entonces. Los chicos de ahora no tienen tanta suerte, las calles de hoy deben extrañar las bicicletas y los saltos y las risas y tantas otras cosas, pensó mientras se servía un poco de agua fresca, por suerte le quedaba un poco y decidió terminarla. Luego, al apoyar el vaso en la mesada, observó el polvo acumulado sobre el televisor, pero no lo prendió en esa ocasión tampoco, total, se dijo, sólo transmiten los mensajes que ellos quieren, siempre los mismos, una y otra vez, como si hicieran falta para seguir ocultando lo que pasa. Encima no soportaba esa música que transmitían cuando las palabras cesaban. Además, quizá después de todo el aparato ya ni funcionara.
Más o menos durante el horario fijado, cenó lo que le correspondía por ser sábado y luego, en el baño, orinó con algún dolor, se arregló un poco la ropa y el pelo y se dispuso para salir.
Unas cinco cuadras lo separaban del lugar en el que cumplía funciones de sereno o algo así. Esa noche había salido algo más temprano y, al cruzar como siempre la plaza, decidió sentarse un rato. Eligió uno de los pocos bancos en condiciones y contempló, a través de las sombras, los yuyales que habían ido ocupando el lugar. El sitio de los juegos para los chicos convertido, en qué, en qué se ha convertido este lugar, se preguntó el viejo a lo mejor con cierta nostalgia. Intentó después imaginar un día de sol y gente paseando por allí. Lo consiguió con esfuerzo, pero bien pronto la imagen desapareció de su mente. Algo disgustado con él mismo, con su ya pobre cabeza que no iba ni para atrás ni para adelante, como solía decir de tanto en tanto, retomó su camino. Llegó sin novedad y así se lo hizo saber al que lo esperaba, otro viejo como él, al que debía reemplazar y que nunca le había caído del todo bien.
Cuando lo llevaron por primera vez a aquel sitio, recordó, ellos le dijeron que se trataba de un depósito muy importante y que debía cuidarlo. Él no preguntó nada, para qué, sabía que no le contestarían o, a lo sumo, le hubieran mentido.
Sus noches empezaron a transcurrir en un cuarto pequeño y gris, sin ventanas, con unas fotos en las paredes que evitaba mirar. También había allí adentro un olor al que nunca logró acostumbrarse. El mobiliario consistía en una silla no muy deteriorada y en el suelo un teléfono que sonaba muy de vez en cuando, aunque al atender nadie respondía.
Nunca dormía mucho, pero esa noche no durmió nada.
Lo reemplazaron a la hora correspondiente.
Volvía a su casa, ya de madrugada, y ya casi llegaba cuando de pronto se cruzó con un tipo y en la esquina siguiente tuvo un presentimiento y luego, al percibir desde el pasillo el olor, el presentimiento se convirtió en certeza y, vinieron, pensó con fatiga, vinieron al fin, yo sabía o al menos me lo imaginaba, murmuró. Y al entrar en la cocina hubo mucho más que el olor. Una taza sucia volcada sobre la mesada, el peine junto a la taza, los frascos abiertos de unas pastillas que él tomaba, las pastillas por todos lados, el televisor encendido, la radio en un rincón alejado, las pilas a un costado. Y en el piso, en medio de un charco de agua, vio la yerba derramada.
Todavía molesto por esos mensajes que le habían dejado, tanto que no había podido dejar de insultarlos aunque la respiración se le complicaba, lo sobresaltó el sonido del teléfono y dudó en atender, hacía mucho que no sonaba, ni siquiera creía que funcionara, pero cuando al fin atendió se tranquilizó enseguida, al reconocer la voz de su gran amigo de toda la vida, devenido en cura, que le dijo que tratara de entender, que no podía seguir haciendo esas locuras, escuchame, ya no sos aquel joven de antes. Agregó que habían ido a la parroquia y que como quien no quiere la cosa le habían preguntado por él, que ya debía callar, no puedo seguir hablando, pero vos haceme caso y dejate de hacer macanas, dijo, y cortó.
El día pasó lento, pesado no solamente por el calor y la humedad. La inquietud persistía más allá del clima. Tal vez por ser domingo, ya por la tarde se le ocurrió buscar el banderín de su querido club de toda la vida. Le costó encontrarlo, tanto tiempo hacía que lo había escondido en el galponcito del fondo. Pero al fin lo ubicó entre unos libros, y mientras lo agitaba dulcemente de sus labios salió como una plegaria alguno de los cantos que la hinchada solía repetir desde la tribuna, mientras saltaba, la hinchada saltaba y gritaba y cantaba, ahora parecía mentira tanta pasión en aquella época. Luego, ocultó el banderín entre sus ropas y se estuvo un rato largo sin hacer nada, ahí parado, con calor en el cuerpo también.
Al caer la tarde, salió a la vereda y se acomodó nomás en la silla. Miró alrededor. Cuando se sirvió el primer mate lo alzó y, haciéndolo más visible para los vecinos, brindó con una sonrisa, mientras en la radio, la clandestina, comenzaban a sonar los compases de “La última”. “Ya no puedo equivocarme, sos la última moneda que me queda por jugar,…”. Qué tangazo, murmuró el viejo.
Ellos no tardaron mucho. Los oyó entre el silencio de las calles vacías. Después, pero no mucho después, los vio aparecer al doblar la esquina. Él siguió sentado y los miró acercarse. Detrás de los que caminaban avanzaba el vehículo. Al viejo le pareció que una niebla envolvía la escena, pero debo ser yo que ya confundo todo, no hay caso con esta pobre cabeza mía que ya no funciona, se dijo. Entonces suspiró, entornó los ojos. Ya sin tiempo para el medio cigarrillo, su boca se aferró a la bombilla y con un placer infinito, escuchó ese ruidito tan familiar, el de la última chupada, ese que avisa que llegó el final.

PÁGINA 23 – POESÍA AMERICANA

Gloria Dávila Espinosa (Tingo María/Perú)

Los 12 capítulos del hombre azul

I


hombres de azul
rondando moscas
emergiendo en pájaros de barro
mientras observas el tiempo perdido de Lutero
creces en teorías euclidianas para ser negros asbestos
para ser sombras de un respiro agorero
o un desierto en viernes conjurados
de mirarte te miro y
sin embargo sigues siendo niebla
utopía en pésames de esquirlas.

II

azul hombre de águilas
fluyes en paraísos soñados
detrás de carrozas de papel
descalzado de alegrías
como rosa prendida en una espina
para dar besos en bocas sin alientos
y en el ultimo recodo
para ser remiendo de molinos polvorientos
de rotos espejos
queriendo ser mi patria de ausencias
pero no hay nada más que
una mano en señal de adiós
accidente de sonrisas al viento huracanado
creciendo en la higuera.

III

hombres sin color
sin sueños
sin caminos
ay hombres, hombres…
que suben al monte para ver su pasado
Y…a ver
si alcanzas a amarrarte los pasadores
de tus pies descalzos.

IV

y vendrás
a tomar de tu pan
a comer de su alforja
escarbando la tierra
el fuego y la piedra fría
y vendrás rompiendo llantos
abriendo universos
apagando vacíos
rompiendo ventanas
en un trato
cuyo pacto será
fortunas de almas diezmadas
en donde no quepe más razones
que un caño abierto
para mi sueño herido harta el morir anestésico

V

y vendrás hombre de azul
lazando a un camello
borrando las huellas
soplando el viento
para que no corra más todavía
y entre escaleras
rondando moscas
emergerás en pájaros de barros en carteles
mientras observas el tiempo perdido de Zarathustra
creciendo en teorías darvinianas
para ser razones utópicas en ciernes
para ser sombras de un respiro agorero
o un su desierto en viernes conjurados

VI

de mirarte te miro y
sin embargo sigues siendo fantasma
utopía en pésames de escafandras
azul hombre de serpientes
fluyes en limbos anacoretas
detrás de almas en el purgatorio
calzado de llantos
clavel herido por tu mano
cascabeles e hipopótamos dormidos
nombrando sus lenguas ignotas.

VII

dormirás enredado a ti
intentando mimetizarse en tu pasado
deshojando miradas
para hallar en cada pétalo de tu iris
caminos zurcidos a cataratas
así no entiendas que las penas
se zurcen de lado a lado
y encallando siluetas
al amanecer en tu última estación
tu planeta germinara para ser genealogías
diluyendo tu luz en existencias aliñadas
y bifurcando su redondez serás recta otra vez.

VIII

otra vez, desembarcando sospechas
y en desusados bordes
maniatados tus pensamientos
postergarás tu moneda
agitando recuerdos
ay, hombre de azul
que amarillo color tienen en tus pasos
y
atezado de vaivenes
irás tras la caza de vaivenes como el eco
abriendo un libro prohibido en el desierto
soplando tu dinastía
porque eres piedra de hoguera
solo allí lamerás hasta la sombra
para que no quede nada de ti en el camino.
y bordando tu talle
signaras a mi tierra tu frutos

IX

y mi fruto
gritará sus días
esperanzado de ayeres
sin sentir su pesada cruz en manos
sin oír sus ecos en voz
tus bosques en argamasa
surtirán el sueño de pieles
de leyes y misterios
mucho que hacer
pastar peces
cazar alondras
porque de ti
no aprenderé sino mi
brillo en mis labios
surcando en tu gesto
y aprendiendo tu azul sueño
velaré tu piel en esta existencia
para que ser 21 gramos otra vez.

X

otra vez volaré
para traerte en mi llano
en mi desierto
en mi cumbre
arrancando la leña
ovillando tu cabellera
en la señal de un vuelo
que a mi diestra ha posesionado sus ojos
y para que no sufras más todavía
fumaré un cigarro
para ser garabato en un cometín
que surcando el horizonte
para no perderme
en tu capa de piel
perfume tu sexo hombre.

XI

hombre, sumado a tu eslabón irás
disculpando momentos y destinos
en alegrías repletas de bosques y misterios
de irisadas bandadas de palomas
dominados por el arañazo de tus ojos
surtiendo destinos a granel
porque te has hecho desiertos
por eso miraré a través de tus venas
para hallar el cincel de mis olvidos
a tu piel detenida en tu amanecer
que espera su sentencia última.

XII

sentencia última de amar su redondez
en sus iris abarrotados de espumas
urdimbre de promesas
himnos de Agamenón
vetustos caminos de caballos
cascos y crines
y en ésta que es la hora última de tus desvelos y vestiduras
no más habrán sonrisas que estrenar
ni encajen en tu plumaje y cabellera de musgos
sólo estará la espada a la diestra
cubierta de negras mariposas
enredadas a tu olvido sánscrito para darte
tu último adiós en réquiem
cantando con Penélopes y Aquiles.

Carlos Ernesto García (Santa Tecla/El Salvador)

La penitenciaría


Un rosario de cuerpos
extendidos sobre la nada.
Una miserable galera
en la que busco el reposo
tras varios días de encierro
y plantón
en una celda oscura
que llaman el separo.

Con restos de sangre en mi rostro
aún puedo ver a uno de los nuestros
que agotado de la sensación de asfixia
que produce el hacinamiento
en dos metros cuadrados
y harto de mascar periódicos
con sabor a restos de comida
consigue convencer al guardián
de que le vendiera un pedazo de vidrio
con que cortarse las venas.

Cuando los enfermeros llegaron
para trasladarlo a la clínica del penal
en un apretón de manos
como su más valioso presente
nos regaló a todos
aquel trozo de botella rota.

El perseguidor
a M. Allegrini.

María me hace cómplice
del último cigarrillo.

Muy cerca
un niño no cesa de correr
detrás de una pequeña florista
que invita a pensar en una cíngara.

De repente
aquella niña se detiene
y extendiendo sus brazos en cruz
deja caer un ramo de flores
que cubren los pies de su perseguidor.

Al alejarnos de la plaza
sobre el suelo
queda un puñado de violetas
despedazadas por la furia de un niño.

Alguien

Esta noche supongo
alguien
sin amigos
dormirá aburrido frente a su televisor
a la espera de una llamada telefónica.
Alguien
nombrará cosas inciertas.
Alguien
intentará traspasar
su propia memoria.
Alguien
dejará caer los pedazos rotos
de una fotografía
como si aquello constituyese una venganza.
Alguien
gritará desesperado.
Alguien
volverá los ojos
que ya no quieren ver las mismas cosas.
Alguien
llegará tarde al trabajo
por culpa de esas palabras necesarias
después del amor a la persona amada.
Alguien
que no se ha dado cuenta
aún de su propia muerte
caerá en una calle céntrica
en Nueva York
Berlín
O Londres
con un enorme agujero en la frente.
Alguien
posiblemente como tú o como yo
se levantará de su cama
pensando quizá
que nada
nada de lo que suceda afuera
es más importante
que su pequeño
y miserable mundo.

En las faldas del volcán
A Alfonso Hernández

Mientras el viento anuncia
esa forma de sepultar madrugadas
que engendra en su interior
la noche
una piel
sumergida entre la vegetación
busca su último refugio
en la tierra.

El descanso del guerrero

Harto de todas las batallas
el guerrero tomó su espada
que hundió en la arena
y pensó:
Este es un buen lugar
para la muerte.

Indiferente
cayó la tarde.
Nadie preguntó por el guerrero.
A nadie importó el lugar escogido
para el descanso.

Una tormenta de arena
se encargó de sepultarlo.
Abono no fue para la tierra
sino pasto para el desierto.

Verano del 80 y cinco

Apoyada contra la pared
una joven de falda corta
quieta espera.

La miro.
Toso.
Doy una bocanada al cigarrillo
que circular se enreda entre sus piernas
¬— cierra los ojos y suspira —

El metro estacionado ya
abre sus puertas.
Subimos en distintos vagones
y nos dejamos llevar.

Hamburgo

Las veintiuna y treinta
de un día que no comprendo.
Una amplia avenida que no ven tus ojos.
IDUNA RCA rastad zeit-arbeit
incrustados en un edificio que aún
no conoce la guerra.

Mañana de invierno sin ella

Yo
el que guarda en la sonrisa
al asesino
dime qué hago con estos ojos
que nacieron para verte
Con esta boca
que te nombra a cada instante
para espantar el silencio
Con estas manos mías
que te saben de sobra.

Yo
el que guarda el puñal
bajo la almohada
dime qué puedo hacer
para borrar tu sangre
y tu recuerdo
antes de que golpeen a la puerta
los que vengan a buscarme.

Carta a ninguna parte

La muerte
cabalga a lomos de la noche
y el relámpago no es más
que un látigo que golpea
sobre su oscura espalda.

A mi padre in memoriam.

I

Si pudiese desandar el camino recorrido.
Volver al tiempo
en que el viento anunciaba octubre.
A la misma ventana
desde donde podía ver la polvareda levantarse
hasta enredarse majestuosa
en la copa de los árboles.
Volver al trompo al barrilete a las canicas.
Al uniforme impecable.
A las camisas de cuello almidonado.
A la alegría de los cuadernos nuevos
cuando llegaba febrero.
A la merienda que preparaba mamá
para la hora del recreo.
Volver a las fiestas del pueblo
cuando llegaba noviembre
y sacaban de la iglesia a San Martín de Porres
y al torito pinto con sus fuegos artificiales
Volver a esos días
de la calle central vestida de alegría.
A las altas horas de la madrugada
deambulando por el cementerio.
A mis dieciséis años y las primeras borracheras.
A las serenatas bajo los balcones
de las novias de otros.
Al día en que me dijiste que sí
aunque por miedo a tu marido
no te presentaste a la cita.
Volver a esa hora interminable
en que la gente corre como loca por la calle
cuando el reloj marca las doce
las abuelas lloran y truenan los cohetes
y en medio de la humareda van apareciendo los rostros
de esos seres que te abrazan
y te desean un buen año
cuando termina diciembre
cuando llega enero.

II

Tu cuerpo varonil
ya no se inclina con su frente ceñida
sobre la mesa de oficina
para firmar documentos de poca monta.
Ni se mece en su hamaca
cuando llega el domingo y la lluvia
quiebra la tarde.

Te reconstruyo sacándole chispas
al empedrado de las calles
cuando joven y veloz
recorrías a caballo mi ciudad natal
disparando contra las lámparas
de la vía pública
cuando nadie era más certero
en el arte de apagar a tiros
el corazón imaginario de tu padre.

Te recuerdo esforzándote
porque me tomara las cosas de la vida
un poco en serio
Ahora comprendo tu alegría silenciosa
el día en que llegué a casa
metido dentro de aquel uniforme militar
siendo apenas un adolescente.
Pero no tuve tiempo de hablarte
del desembarco de tropas helitransportadas
cuando la toma de Aguijares
ni de la madrugada en que los aviones
sobrevolaban la costa del Pacífico
cubriendo de cadáveres las playas.
Cuerpos de campesinos y estudiantes
lanzados desde los aires
en medio de la tormenta tropical
mientras que en las dependencias del cuartel
de la Fuerza Aérea
yo formaba parte de una sección de choque
que durante la noche
no cesó de fumar y contar chistes
para matar el miedo.

Después me viste viajar a Guatemala
rodeado por hombres de sotana
con ellos aprendí
del libro del Eclesiastés
aquellas palabras que dicen:
vanidad de vanidades todo es vanidad.

Oyendo estas enseñanzas
de la boca de aquel mirista cubano
recordaba cómo hacía poco
había cruzado a nado la frontera de ese país
sin imaginar que dos días más tarde
en la ciudad de Tapachula
unos agentes de inmigración
estarían a punto de cocinarme a balazos
de no ser por la vegetación
que me cubrió protectora
en medio de un sol que abrasa
Pero tampoco esto
tuve tiempo de contarte.

III

¡Ay del que tiene, por su mal consejo,
el remedio imposible de su vida
en la esperanza de la muerte ajena!
Lope de Vega


Desde la ventanilla del avión
aquel teatro de muerte que era mi país
se fue convirtiendo poco a poco
en una verde postal
llena de ríos
lagos y volcanes

Bajamos al séptimo infierno
para apoyar nuestros ojos en la nada
porque nada es lo que nos esperaba
Todo era silencio
La Avenida de la Reforma
hasta dar con el parque de Chapultepec
era ruta obligada para olvidar
aunque sólo fuese un poquito
México moderno
donde nunca faltan
las peleas de gallos y su tequila
botas con espuelas brillantes
y tiros al amanecer
para no morirse de aburrimiento
al final de la fiesta

La guerra nos lanzaba al camino
para hacernos sonar campanas
en una ciudad perdida
del norte de Europa
Dormir serpientes en la India
Lustrar zapatos en Melbourne
Ser portero de noche
en un viejo hotel de Barcelona
Preparar pizzas en Florencia
Pintar barcos en alta mar
servir cafés en París
cantar rancheras en la Plaza Garibaldi
Conducir una góndola en Venecia
Cruzar en trineo la estepa rusa
Ser perseguido por la policía montada
después de una manifestación
en New York o San Francisco
Todo
menos darnos por vencidos

¡Que se rinda tu madre!

Leda García (San José/Costa Rica)

O todo o nada


En el ir y venir de las tormentas
hay un instante,
uno solo,
en el que el viento y yo
somos lo mismo.
En esa comunión hay sacrilegio,
cuerpos trenzando
los instintos
en el celo animal
de sus infiernos diarios
porque un reloj delata
los minutos de trigo
que nunca serán pan.
La culpa cotidiana
se arrodilla en la cama
y me castiga.
No volveré a ser sombra
me repito.
No volveré a ser sombra…
Prefiero ser la amante
de un hombre que no existe.

La vida es como yo, o todo o nada.

El clic

Reinvento mi osadía
frente al teclado retador
que no sabe de muertes
ni de canas.
El me pintó de azul
los sueños
en la ojera pendiente
y fingió ser esclavo
de mis dedos
sin nombre
y en mis dedos sin nombre
recostó su venganza
y en mi venganza,
desnombrada también
por tanto olvido
involuntario,
el clic respira hondo
mientras le borro
el último recuerdo.

La memoria es un bien transitorio.

Desandada

Quiero sentarme en una hamaca
protegida por sombras centinelas
que impregnen de humedad
mi cuerpo absurdo
y redimir celajes,
desandarme en arenas ahuecadas
para hurtar caracoles de mentira
y montar caballitos de mar
fosforescentes
como cuando era niña
y sonreía.
Serle infiel al destino
y a la prisa
que borra los milagros
y al olvido absoluto
con todo y sus tormentas.
Me voy a desandar
como el cangrejo
que juguetea secretos
al revés
para salvar su huída
necesaria.

Somos el epitafio de una muerte prevista.

El ojo del desliz

Hoy descubrí mis manos
sosteniendo pecados
como espinas vigentes
que me atrapan,
para sangrar conmigo
en el castigo.
Las vi desnudarse
entre las hebras
que saben a humedad vencida
y recorrí con ellas
recintos clandestinos
donde la sombra habita
con los nadie.
Soy yo quien atiza los rencores
en el mercado ausente
de la risa ,
yo quien castiga y se castiga.
La culpa acecha
en el ojo inoportuno
del desliz
y extiende su factura.

Cada quien paga el precio inobjetable.

Marioneta herida

El tiempo me delata
con su mueca habitual
de marioneta herida.
Quiero correr y ya no puedo,
quiero llorar y ya no puedo,
quiero querer como ya quise
y nadie viene a mí
y a nadie voy.
Me acostumbré a estar sola,
a no decir en dónde estoy,
si regreso o me quedo.
Al final me quedé
llena de tiempos
que saben a destierro
y a fracaso.
Lo cierto es que a mis años,
envejecer sin alguien
es el precio que pago
por ser inclaudicable,
audaz, dueña de mí,
del todo,
de los nadie.
Mas vale sola
que mal acompañada,
reza el viejo refrán…
El espejo me enfrenta,
la marioneta llora,
yo escondo junto a ella
alguna lágrima
que nunca nacerá.

En el doble discurso está el secreto…

Letras culpables

Me acuso de esconderme
cada vez que otros ojos
intentaron romper
esta coraza,
defensora incansable
de mis miedos.
Mis caricias no están en baratillo,
yo sabré cuándo darlas,
me decía…
Pero nunca las di,
guardé para mas tarde
los deseos
y los deseos huyeron
con la tarde.
Por eso me cubren mariposas
sin milagros pintándose
en sus alas,
ni vuelos repentinos
anunciando estaciones
con caricias huyendo
en las esquinas
del otoño final.
Por eso estoy perdida
entre mis libros,
hombres amándome
en las páginas
que no me piden nada
y tienen todo,
comprenden mi vigilia
y me acompañan.

Vencida por el miedo me quedé sin el hombre y con el libro.

Innecesarios

Qué extraños somos los humanos,
si tenemos pareja,
mal,
si estamos solos,
peor,
si tenemos amante,
pecamos,
si no lo tenemos,
también,
no le quedamos bien
ni a Dios ni al diablo.
Así las cosas,
prefiero la costumbre
de estar sola.

Total, me sobra fantasía.

Los nombres del dolor

Encontré las fotos del olvido
y quise recordar a sus fantasmas,
no pude,
el tiempo se negó a entregarme
los nombres del dolor.
Volví con pasos diminutos
al sitio donde el ave
esconde sus memorias,
allí te pude ver,
la piel cobriza agigantada
de tanto caminar por los pecados,
tus manos encendidas
y el amor repitiéndose
en nosotros
como una tarde hambrienta
de pecado sin culpa.
El pasado es desleal
con los recuerdos…
Por eso recogí los álbumes,
abrí el baúl incierto
donde duermen ayeres
y los guardé con mis libros
releídos
como se guarda aquello
que está muerto.

La amnesia es una excusa memorable!

Mareas ocultas

Y me llovieron mariposas…
Granizos desangrados
en el cuerpo inusual
de mis vigilias.
Besé en sus aleteos vespertinos
el rostro que me acosa
para perderme en la resaca
de sus mares ocultos
y supe que aún en contra
de mi sombra que emigra,
reverberan pasiones
como oleajes convulsos
en el éxodo inútil
del deseo.
Es que estabas allí,
inventándome ostras
con perlas al acecho,
es que estabas allí,
hurgando en la costumbre
que te nombra
y te nombra.
Por eso desnudé de párpados
mis ojos,
gemelos planetarios
entre tantos dispares
y encapullé el recuerdo
en este cuerpo
de alas ajenas y punzantes.

El olvido cabalga en mis mareas.

Inventariada

La nostalgia se sienta
en los muebles antiguos
que me negué a cambiar
y sobre el viejo tapiz,
respiran agotadas
las colillas de viejos cigarrillos
que delatan la sombra
del destierro.
Me inclino ante su muerte prematura
y cuento las cenizas innombrables
para heredar testigos
que no fueron.
Los años son un rostro
con dientes afilando
en las heridas
su diaria insensatez.
Cómo quisiera devolver el tiempo,
no puedo.

Ahora soy objeto de inventario.

Desolada

Hoy le hablo a la pared
y al cuadro de las flores
que mira mi tristeza y la comparte
y al rostro que no existe
y al hijo que se fue
y extraño tanto
y al dolor de ser sombra
y al temor de olvidar que no lo fui.
Hoy me amanecen miedos
en la cama silente
y sus voces persiguen
mis insomnios
y el corazón galopa
en la certeza de saberse perdido
y me traiciona
con su golpe final.
Hoy supe que vivir
fue un juego temporal
en el que todos pierden.
Tendré que envejecer
con mis fantasmas.

La muerte no responde, está en camino.

Ese viejo disfraz

Mi cuarto vistió su mejor traje.
La lámpara que inclina los silencios
brilla más y mejor,
porque los tedios
tienden reclamos y preguntas
en la cama de siempre.
Cada ventana anuncia
su ritual matutino,
saludan al fantasma
que las nombra
mientras abren al aire
sus caprichos.
Nadie toca a la puerta
de la estancia vencida,
pero un milagro espera
su milagro imposible.
Releo los mensajes
escritos sobre almohadas
de pluma imaginaria
y elevo una oración por los perdidos.
El espejo no oculta su impotencia
de vidrio deshonrado
mientras luzco mi traje predilecto
y deslizo en los labios retadores
el lápiz rojo
del pecado actual.
Apuro el paso
para cerrar ventanas
y cortinas
mientras el cuarto muere
de reclamos
y la lámpara inclina
sobre el tedio
su rencor inmediato.

La venganza cobra un precio razonable.

Fiera vencida

Enciendo un cigarrillo
que sabe a incertidumbre,
mientras el humo juega
al abandono
en la escena repetida
de mis reproches diarios.
Hay una extraña timidez
en cada movimiento
de mis manos,
fieras vencidas
por febreros antiguos
que maldicen su espera involuntaria.
Nadie vendrá y lo sé,
por eso las noches
buscan camas ajenas
que enciendan
sus insomnios peregrinos
y esconden en la estrella detenida
el brillo que me falta.

En cada amanecer hay un olvido.
La noche lo acompaña.

Punzarecuerdos

Bordo con lentitud
de dama antigua
rencores que regresan
cuando nadie los llama,
mientras el aire disfraza
su cuerpo arrepentido
con trozos de esta piel
que me acorrala y hiere.
Me siento inmerecidamente sola,
desteñida y ausente
frente al reloj insospechado
que descuenta perdones.
Eternizo el minuto irrevocable
para colgar en medias ahuecadas
la paz que nunca tuve
y el anillo de bodas
que tiré a la basura,
y el nombre del que amé
y el nombre mío
y el del amante aquél
que no supo estrenarme
y el recuerdo final
que duele menos
porque olvidé el olvido,
aunque el rencor de siempre
clave en mi ovillo vengador
su aguja inexistente.

Al final todo cuelga de un clavo imaginario.

Otoño vitalicio

Me cercan los otoños
con su cuerda de hojas
desteñidas
porque olvidé que el árbol
dio su fruto
cuando mi paso temporal
perdió su huella
en los pecados diarios.
Hoy quisiera ser otra…
Mirarme en cada espejo vitalicio
con el rostro de ayer
libre de iras
y estallar en rituales
de mujer infinita
que no teme al olvido
ni al tiempo que delata
su propia insensatez.
Estoy llena de culpas
que envejecen conmigo
y no hay salida
porque el perdón se ausenta
de esta memoria inútil.
El otoño lo sabe
y me castiga
cuando doblo rodillas
frente al tronco sin nombre
del árbol predilecto.
Muero un día a la vez,
y en cada muerte
sus cuerdas me estrangulan
con sus verdes y rojos
desteñidos de tiempo.

PÁGINA 24 – CUENTO

En el principio de todo


Por Oscar Castrillo Buedo (Bilbao/España)

Cuando los anaranjados tonos pastel de la inmensidad conformada en el horizonte, sobre el lienzo natural del anochecer, se hubieron difuminado paulatinamente; la Luna, ocupó su celestial trono, acicalada por el esplendor que involuntariamente la otorgaba el plateado áurea, que egoísta la rodea noche tras noche, abrazando con celo su ovalado contorno, cual amante celoso y posesivo.
El gélido aliento proveniente del mar, acercaba hasta la costa, los apenas audibles susurros del habitual despertar matutino, aproximándose perezoso a ella, junto a los vestigios de los últimos escarceos furtivos de la noche que, dulcemente perecía de nuevo mecida en los remotos confines del alba.
En ese ajetreado tránsito diario se hallaba ocupado el mundo, ensimismado en su inagotable rutina, en el momento preciso en que Algo, alteró bruscamente el ritmo natural de las cosas, precipitando así, los acontecimientos que aquí intentaré relatar a posteriori.
El complejo juguete de Dios, que es el mundo, quedó de esta forma apagado, sin cuerda por vez primera desde el amanecer de los tiempos.
El colorido jardín, hábilmente florido y diseñado con la experta paleta del anónimo creador de todo, impregnaba de sutiles fragancias aromáticas, la delicada nariz del cosmos, haciéndose ávido acreedor de todos sus dones; para llenándose así de dicha, embriagarse luego en el mero placer de su contemplación.
Pero un elemento extraño, lúgubre y siniestro.
Una presencia ajena a la luz, emergió implacable desde el imperio de las sombras, instalándose oculto y sin ser por nadie invitado, en el complejo residencial de las almas vivas, tiznando así con la sombría negrura del negro carbón naciente, en las insondables entrañas del infierno; su otrora etéreas e inmaculadas almas mortales.
Ese Ente anónimo, ese enemigo perpetuo de todo lo que es, amante entregado de lo nefasto, primogénito heredero del dolor, de lo trágico e inmutable.
Príncipe aventajado del averno, torturador cruel en un inframundo creado por desdichados lamentos desolados, entretejidos por sanguinolentos jirones de almas errantes, perdidas en la eterna noche sin amparo alguno, en un mundo sin dioses; Ese que no es, ese que camina muerto, escoltado por un gigantesco ejército de miserias y sueños quebrados.
Ese, que fingiéndose dotado de alma caminó en sepulcral silencio entre los hombres, desde el arborecer de los primeros tiempos.
Vagó de Norte a Sur y de Este a Oeste, ocultando los corazones de los hombres buenos, sintetizándose férreamente a su pálpito continuo y vital con su pútrido hedor nauseabundo, críptico, apagando tenuemente, infectando en su extrema virulencia, la innata bondad humana que allí reside, por bienintencionado capricho del pintor de todo.
En el principio, surcó lejanos mares indómitos e impetuosos, extensos territorios vírgenes, interminables áreas creadas a partir de un piso helado, alejadas, remotas cordilleras rocosas, infinitos parajes desérticos, desolados, inexploradas planicies olvidadas….
… ocultas civilizaciones ya extinguidas que sin saberlo, fueron banco de pruebas de sus invisibles artimañas; fértiles tierras abonadas a su gusto donde plantar su semilla maligna, su corrosivo semen.
Experimentó en aquellos tiempos que nacían, las dotes otorgados a la iniquidad heredada, claramente yuxtapuesta a un universo inocente y translúcido que avezaba perezoso, retozando en la luz el jolgorio del milagro de la vida.
Cual niño consentido, cruel y caprichoso, infectó tan sólo con su anónima presencia, los principios naturales de todas las cosas, tornando las maneras, los hábitos primarios de cada especie, empujando a toda criatura viva a una estúpida escalada por la supremacía en el dominio de las otras, bajo el cruel yugo de la más tosca, de la más brutal, salvaje y sanguinaria de todas ellas.
¡¡ HE AQUÍ EL PRINCIPIO DE SU OBRA ENTRE LOS HOMBRES!!
De este modo sutil, imperceptible, fue creciendo en el interior de muchas almas, morando en el cobijo de la sombra creada por él mismo, en demasiados corazones conquistados a su fin, haciéndose allí fuerte, creciendo en el mar de odio que estos albergaban por su causa.
Mas, desde la perspectiva que nos otorga la lejanía, la inestimable ventaja que amablemente concede el análisis de los hechos ya acaecidos; no cabe, sino reconocer la complejidad de su retorcida maraña, la efectividad virulenta del plan tejido, concebido por Ese Ser oscuro y frío, corruptor de almas…
La beática dedicación, la secular paciencia arraigada en él, mostrada en largos y tortuosos siglos de callada espera en la recolección de ánimas; no cabe sino asombrase por cuan sutil y alargada, cuan inmensa es la sombra que proyecta, con que letal eficacia expira su abominable sudor enajenante, fatídico, mortal…
… con que fuerza, con qué extraño poder extraterreno han arraigado sus raíces, a modo y manera de retorcidas garras subterráneas, apresando los testículos del mundo con violencia, procurando en su cepo capar la fertilidad de este para renovarse, estrujando con furia, apretando, retorciendo insistente, sin desmayo, la facultad divina para la creación de nuevas almas limpias y puras.
“La amenaza está allí donde siempre ha estado; agazapada a tú vera, oculta entre las sombras esperando impaciente su glorificado momento”.
Está ahí; la sabemos real, la sentimos crecer purulenta cobrando poder y fuerza, mas nos es imposible reconocerla, en los azulados e inmensos luceros, que hacen las veces de ojos en nuestros amados hijos; en la aviesa mirada de nuestros hermanos y hermanas, en las sensuales formas curvadas de nuestras mujeres, en nuestros padres y madres, abuelos, nietos, amigos….
Nos es imposible reconocerla, porque de ser así quizá, nos encontrásemos con nosotros mismos.
¡¡He aquí de nuevo su gran engaño, la gran farsa creada por el sibilino ser de doble lengua afilada y venenosa!!
Ahora cada cual, entienda aquello que quiera entender; mas nunca digáis en tiempos venideros que sois inocentes en la ignorancia, de lo que aquí acontece.

PÁGINA 25 – ENSAYO

Celebración de semilla


Por Jorge F. Hernández (México DF/México)

En medio de una neblina invisible que se disipa entre rumores, se impone –una vez más—la celebración de un poeta. No niego la ternura espantada con la que vuelven los niños a sus colegios y comprendo los esfuerzos por apuntalar todos los límites para el contagio de una siniestra enfermedad, pero reniego de los necios que han confundido asepsia con xenofobia y detesto a quienes se obstinan en aliviar una gripe elucubrando culpabilidades. Repito que en medio del marasmo mediático se impone celebrar a un poeta, evocar sus versos y ese silencio preciso, como quien en medio de un naufragio recuerda la luz de una mirada amorosa.
Al filo de cumplir sus primeros setena años de edad, José Emilio Pacheco es el niño que recorría absorto los asombros de una Ciudad de México que hace mucho dejó de ser tan placentera, amable y habitable como lo fue en su infancia. Durante la pasada Feria del Libro del Palacio de Minería, Pacheco como un niño leyó un poema en prosa donde evoca uno de esos paseos de su infancia intacta: el niño camina por la Alameda Central entre los colores de un mundo que conocemos sólo en blanco y negro; se detiene ante las vitrinas de una tienda que vende curiosidades mexicanas para los turistas y con unas cuantas monedas compra un pequeño puñado de frijoles saltarines. Jumping beans llaman los gringos a esas semillas de fascinación surrealista, mínimo ejemplo de las muchas rarezas de México que tanto espantan y atraen a los viajeros.
En la memoria en prosa del niño que ahora cumplirá setenta años ese puñado de frijoles son como versos en la palma de su mano, palabras y misterio que se pueden cortar delicadamente en sílabas o abrir de par en par revelando significados intangibles. El poeta ya hecho hombre escribe entonces un párrafo de magias concéntricas; jugando con el tiempo, vuelve a ser el niño que ya en casa realiza la disección del enigma: con una navaja parte por la mitad un frijol y descubre que, envuelto en una larva, se halla un gusano vivo. Cada movimiento microscópico de esa babosa encarnación minúscula hace brincar la carcaza que lo envuelve. La caparazón es en realidad un sarcófago, escribe Pacheco ya adulto con lo que quizá imaginó desde niño, y el gusano cobijado por su más íntima larva amniótica no es más que un muerto en vida: todo murmullo, cada gesto, callado bostezo y acomodo moverá su mundo y, al hacerlo, asombra al mundo de los demás, los ojos que no lo ven, testigos en azoro de sus brincos.
La semana pasada en Madrid, un jurado calificador decidió galardonar a José Emilio Pacheco con el Premio Reina Sofía de Poesía. El distinguido premio ha buscado siempre reconocer el elevado valor de los poetas vivos que realmente nutren a la cultura iberoamericana y entre los calificativos del acta, los jurados subrayan que la poesía de Pacheco habla un lenguaje profundamente elaborado, aun cuando parece coloquial; dicen también que sus versos apelan a la ironía y abrevan del realismo, que no reniega de la crítica social y que canta o decanta el amor. Tengo para mí que todo eso es cierto, pero agregaría criterios tan personales como raros que, quizás, van más allá de las cuadrículas con las que miden sus premios los jurados. Hablo de que José Emi lio Pacheco es un ser entrañable, un hombre generoso, un lector voraz que habita desde hace lustros un universo de libros. Es un poeta de silencios y de medidos versos que dicen exactamente la palabra precisa para materializar en la mente lo invisible. Es un poeta incluso cuando escribe novelas y esa sensibilidad también se respira en sus crónicas, pero pocos han subrayado el don de su sentido del humor. Entre el sarcasmo elegante y la ironía punzante, Pacheco esconde una sonrisa de lo etéreo, como cuando un guiño inteligente parece lluvia que baña el moho de lo banal. Con humor de poeta fino, Pacheco es el niño capaz de abrir la semilla de lo trivial, desarmar las ignorancias y mentiras de los políticos y poderosos con un sonrisa como verso. En medio de tantos gritos, ¿no es mejor la evocación de un silencio?; entre tantos tapabocas y mascarillas, ¿no nos alivia la contemplación de un rostro, en medio de tantas caras?; preocupados insistentemente por el tiempo, ¿no es hora de recordar un instante?
Párrafo aparte merecen los cuentos del poeta José Emilio Pacheco que ya en varias ocasiones he celebrado con sincera deuda de gratitud y triples signos de admiración. Vuelvo a declarar la milagrosa ocurrencia que tuvo Gonzalo Canseco (mi compañero de clases en la preparatoria) , al regalarme el ejemplar del volumen de cuentos El principio del placer, (editorial Joaquín Mortiz y vieja serie de El Volador). Cada uno de los cuentos que escribió en esas páginas Pacheco, ayer mismo ya no niño ni al filo de cumplir setenta años, ha vivido en mi lectura el decurso de un cronómetro mural: creo haber confundido personajes de esos párrafos en distintos escenarios de la realidad, siento haber evocado sin palabras algunos de sus misterios y se me ha concedido el raro milagro de ver de lejos a mi hijo Santiago con el mismo ejemplar en las manos, como si se me dejara leer de lejos unos cuentos impresos en mi memoria. Como el niño que dejaba de serlo cuando leí esos relatos por primera vez, siguen fraguándose madrugadas ahora canosas en que vuelvo a sus páginas como quien disecciona el mecanismo de una relojería verbal, como quien sabe que no han transcurrido las tres décadas de intacta lectura… como quien abre un frijol cuyos brincos no dejan de asombrarme.
Al leer su poema en prosa en público, Pacheco anunciaba la próxima publicación del volumen que lo contiene más un nuevo libro de poemas y otras ediciones con las que se celebrará su cumpleaños. Creo recordar que el poeta, ya no el niño aunque con la misma feliz inocencia desgarradora, terminaba hilando la disección de un frijol saltarín con la lúcida metáfora de que los escritores habitamos un sarcófago en vida, una cueva de libros que parecería ataúd siendo no más que bolsa o balsa para navegar la vida; nadando en párrafos y palabras, el escritor es el viajero inmóvil que se mueve en cada microscópica letra con la que teje historias o canta flores. Cada eco que emana de esa semilla suscita el asombro de sus lectores, como pequeña joya vegetal que brinca y gira en la palma de la mano lectora. Efectivamente, parece un sarcófago, pero en realidad es placenta… porque hay poetas que así cumplan setenta años, ha tiempo que habitan la eternidad.

PÁGINA 26 – CUENTO

El vocho
.

Por Jimmy Valdez (Ridgewood-NewYork/USA)

Capitaneado por los dolientes, el del garrote le acomodó una caterva de palos al jovenzuelo. La sangre le fue brotando a borbotones, manchando la media luna de la placeta. El estruendo era de locos, vociferaban hasta el desgañitarse la campanilla. La rojez del semáforo nos mantenía estancados cuando a la esquina se apresuraban todos hasta darle alcance al que huía. Rodeado, quiso defenderse a trompadas, pero con el primer golpe se fueron todas sus fuerzas. Eran muchos, muchísimos, arrimados, intrusos, salvajes, asiduos al espectáculo más grotesco que recuerde.
-¡Por amor de Dios, déjenlo!- Llegaba a gritar la mujer que me acompañaba sin que nadie atinara ante el reclamo de amparo. Entonces, en el intento de averar el escarabajo escuché el porqué de tan infame violencia. –Nos hizo trampa en los dados. -
En lo inmediato, encajé la vista en la novia de alquiler. Di marcha atrás, saliendo como pude del tumulto. Sentí las ganas de pasarles por encima, destriparlos, pegarles el hocico al bonete de mi vocho. -¿Qué haces? ¡Qué así malograras a los mozos!- Pero yo, azuzado desde dentro, con la mala espina de la trampa, tome distancia y enterré el acelerador hasta el infierno.

PÁGINA 27 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Ian Welden (Valby-Copenhague/Dinamarca)

La Muerte


Con su pesada sotana negra
su sombrero de alas anchas
y su cuello blanco impecable
sale a las calles
solamente por las noches
como la muerte
dezlizándose cual sombra anónima
pegado a los muros
como una figura siniestra
escapada de un film de Ingmar Bergman.
Vive arriba en el segundo piso
yo vivo en el primero
y durante quince años Dios mío
he escuchado sus pisadas inquietas
caminando de aquí para allá
hasta el amanecer.
He divisado su rostro inexpresivo
pálido como una sábana de hospital.
No saludas
no sonríes
bailarás?
Soñarás?
Tendras un nombre y un apellido?
No tienes por lo menos
una medallita para este pecador,
padrecito?

Invasiones

En los últimos tiempos
del siniestro gobierno
del Ejército de la Dictadura Bancaria
del Norte & Co.
sucesos extraños
comenzaron a ocurrir
en el universo.
Señales misteriosas en los cielos nocturnos
descomunales letreros de neón en las estrellas
voces poderosas provenientes
desde las tacituranos galaxias
objetos musicales luminosos y estridentes
no identificados
tocando la novena sinfonía de Beethoven.
Todo esto incitaba al pánico
al vicio y a la descompostura.

Tiemblaron también los sagrados pilares
de la bendita sociedad de bienestar
y en las otroras sonrientes y amables ciudades
reinaba el caos la violencia
y la traidora indiferencia.
Las mágicas fórmulas políticas
exhalaron sus últimos suspiros.

Qué hacer Thor nuestro? Qué hacer?
era la pregunta cotidiana.

Pero hoy Thor ha contestado.

Las Valquirias, fuertes y hermosas guerreras,
hijas de Odin, el secretario de Thor,
han salido de sus oscuros bosques vírgenes
invadiendo el territorio escandinavo.
Y andan por aquí ahora en sus fabulosas cabalgaduras
repartiendo Hidromiel a la población.

Traido directamente de Valhalla,
este producto relajante y euforizante
ha logrado tranquilizar hasta a las ratas
y los nórdicos se abrazan y besan
así como lo hacían en las navidades.

Los enanos, expertos en metalurgia
han salido de sus cavernas ancestrales
para construir nuevas escuelas y hospitales
y reparar los milenarios puentes y caminos.

Los intrépidos y traviesos Elfos y Gnomos
han trepado desde sus tumbas y cementerios
para deshacerse de las toneladas de basura
acumuladas cual esculturas modernas
en las esquinas de las bellas ciudades.

Y los Jotuns, seres gigantezcos y monstruosos
pero sumamente sabios y dulces
han salido nadie sabe de donde
a administrar los servicios publicos
y poner fin al EDB del NORTE &Co.

Ya no se ven ni se escuchan
los temerosos signos en los cielos
y los súbditos entregan mansamente a los Jotuns
sus armas y sus vicios.

Los nórdicos hemos regresado
a nuestas tiernas ocupaciones
tales como encender velas
besar a nuestros amores
y regalonear a los pequeños.

Y las Valquirias desaparecen
en los oscuros bosques milenarios,
los Enanos vuelven a sus abrigadas cavernas,
los Elfos y Gnomos a sus fríos cementerios
y los Jotuns, dulces y poderosos como la Hidromiel
andan aún por aquí, lachos como gatos en celo,
de la mano de nuestras hijas.

La visita de Freya

Con las naríces metidas
en nuestros propios asuntos
la vida transcurre y transcurre
como suele hacerlo la vida.
Pero qué tontos podemos ser a veces
nosotros los seres humanos.

La paz y tranquilidad
que reina por estos lares
se ha transformado en fatal aburrimiento
y hemos perdido tantas cosas bellas
tales como la sensualidad, el erotismo
la ternura y la intimidad.

Tenemos promiscuidad y fornicación
y orgías y bacanales en las navidades
y semanas santas.

Pero no la cálida
fértil
contagiosa semilla de La Intimidad.

Debe ser por eso
que Freya anda por aquí.

Entró a nuestros reinos
una madrugada del 1 de mayo
su cumpleaños número mil
en su carruaje de madera de roble
tirado por dos gatos misteriosos
cuyos nombres nadie conoce
e instaló su cuartel general
al lado de la estatua de la Sirenita
en el neblinoso Puerto de Copenhague.

Diosa de la felicidad, la primavera
la fertilidad y el acto sexual
esta mujer dorada y preciosa
y de un genio violento y brutal
cual huracán desaforado
llamó de inmediato con su voz de trueno
a la Primera Reuníon Nórdica del Amor.
Reyes y reinas y ministros
y ministras
se han apresurado vanidosamente
a acudir al llamado

La diosa los ha increpado duramente
por egoísmo
deslealtad
elitismo
ostracismo
clasismo
amoralismo
cinismo
mentira
hipocresía
flojera
soberbia
marcisimo
y tal vez amoralidad
Pero sobre todo
por incompetencia y hurto.

Tanta fué su ira
que su collar de ámbar
regalado por Thor
se hizo añicos
y su voz se escuchó no tan sólo
en los reinos nórdicos
sino en todo el sistema solar entero.

Los ladrones incompetentes
huyeron despavoridos
a esonderse en sus palacios
y Freya se fué por los caminos
contagiando su intimidad
a diestra y siniestra
como si fuera
una benigna epidemia incurable.

Ahora que se ha ido
nosotros los mortales de cada día
nos atrevemos a reir
en los solemnes templos
saludar a los vecinos
cantar a todo pulmón en las calles
y decir "te amo" sin avergonzarnos.

Ojos

Extraño sus ojos
jamás vistos de frente.

Por estas playas de hielo
voy tarareando alguna melodía
perdida en el reloj de arena.

Ojalá la escuche por allá abajo
tan lejos.

Aquí se siente el canto de la sirena
y el viento le revuelve su pelo.

La niebla me hace desaparecer
y crea espejismos de ella.

Yo soy ahora el Norte
y ella el fin.

O seré yo el comienzo
y ella el Sur?

A quiénes estaremos engañando?

Dilema

Terminados ya los disturbios,
y los dioses y los humanos
cada cual en su lugar,
camino a casa
por esta ciudad que amo
y saltando de una isla a otra
como un niño jugando al luche
mi almohadillita de lentejas
cae a los piés de la apacible estatua
de Hans Christian Andersen.

Despierto de mi embrujo
y miro alrededor.

El sol de la temprana primavera
las gigantezcas vikingas doradas
las banderas rojas con cruces blancas
los cisnes cruzando ordenadamente la calle
el policía azul dirigiendo el tránsito
los inmigrantes multicolores
la reina comprando sin guardaespaldas
los edificios de los siglos XVI y XVII
y las maravillas arquitectónicas de Utzon
me roban el corazón.

Pero de pronto
me siento como un traidor.

Mi otra amada
allá abajo en el fin del mundo
donde los barcos caen a los abismos
los cachalotes vuelan entre las nubes
los cerros y cerras se aman locamente
las banderas son tricolores
su estrella blanca y solitaria
queriendo escapar entre las multitudes
las mujeres morenas cual cochayuyo
se llaman Rosa, Bárbara
Consuelo o Esperanza
y mi madre la cordillera
aún llora por mi ausencia.

Jesús Malia (Barbate-Cádiz/España)

1 o nadie


lucía
son sus ojos la traza de un segmento de recta
estrellas suficientes para alumbrar la vida
y asirla y apresarla
en un teorema

su boca
matriz de dientes blancos y risa destapada
la caja de un tambor que tiembla de alegría
truncada sucesión
de axiomas y cuadrados

paréntesis de carne y de estrellas
blancas

sus ojos
su boca
sus ojos
constituyen la clase de todos los conjuntos
su boca
sus ojos
su boca

2 o eclipse

pensad en la penumbra de un eclipse solar
o tan solo en esferas puestas en línea
o en dos ojos sedientos y algún punto exacto en su mediana

y que un ojo es el sol la tierra el otro
y ese punto exacto en que esperamos sea la luna
o que son
con perdón por la violencia que sigue
y la tristeza anterior
de un lado venus
del otro marte
la tierra en medio

3 o leyes de kepler y malia

imitando a tu boca
dada a la risa
giraran los planetas del sistema solar
primera ley de kepler y de malia

en ese discurrir precipitado
orbital y celeste
que es tu carne
barreras siempre igual
y a cada instante
porciones semejantes de galaxia
segunda ley de kepler y de malia

y al fin comprenderás
ya casi cuarzo
que existe una razón que te recoge
del cuadrado del tiempo que es la vida
y el cúbico segmento que la une al sol
tercera ley de kepler y de malia

sabes ya que bramar bien te vale de nada
ya me seas enano como un quinto de épsilon
o me seas egregio
como el número e

y me sabes también que tampoco plañir
aunque sean tus lágrimas como grandes teoremas
aquellos mismos si
de godel o de cantor
que sabes son asiento de toda nuestra ciencia

no te vale bramar
no te vale plañir
no te vale implorar
que no tienes a quién
pues no eres casi más que un hermoso juguete
divino si me apuras
como el triángulo
en manos de chalados que son
los matemáticos

no te vale gritar pobre hombre de munch
señorita escarlata
no le vale llorar

pobre hombre de munch sola escarlet ojara
nimio número épsilon
nimio número e

zenón de elea

no me quieras mentir zenón amigo
la flecha horadara mi corazón
por mas infinitud de ínfimos trayectos que ha de cubrir

primer respiradero o poesía
como el agua desnuda se desnuda más y corre risueña
y de golpe para y mira sonriente
y se da la vuelta cubriendo sus senos
y se alza libre creando la espuma

segundo respiradero o poesía
torre del tajo barbate
como el mar insiste con fiereza a veces a la escarpa erguida
mientras que gaviotas que en ella se amparan le burlan los peces

oigo los graznidos de su voz burlona
y el leve batir de las olas blandas que hacen que sonría

y que ya no sea más hoy deseas de nuevo
pero llevas destino de girar en cicloide
en la recta del tiempo que por días maldices

y te veo ascender por la cinta de moebius pobre hormiga de escher
y te intuyo buscar el revés a la vida
y te niegas a ver su inexistencia

y que ya no sea mas hoy deseas de nuevo
ni cicloide ni cinta
desesperas y callas

quinto respiradero o poesía
como caen las hojas comenzando el otoño
que se mecen al sol bien sujetas al aire

leopoldo maria panero
es el color blanco
el color cadáver

sexto respiradero o poesía
como viene el frío que viste de nieve las cumbres del alma
que según esparce la sal y el azúcar por las duras rocas
nos hace sudar llenos de alegría hundiendo las manos

séptimo respiradero o poesía
casa
como suave brisa que brisa la copa frondosa del árbol
acaricia el rostro besando la frente
mesa los cabellos y despeina el alma

allí donde la alegría
principia la vida

Julio Pavanetti (Benidorm-Alicante/España)

Palabra


“Nuestra vida son los ríos que van a dar en la mar,
que es el morir”
Jorge Manrique


De todos los ríos
la palabra
es el único que
inaudible
regresa de los vitrales del mar
resonando.

Afuera

Para encender rescoldos,
voy largando amarras hacia el núcleo del tiempo,
arrasado de libertad y gobierno;
el fuego del orden arrastra la sangre
y alcanza las tinieblas.

Atravieso cortésmente la devastación
pues todo está abrasado,
en solsticio.

Hay pánico arcano por doquier,
reinan los no-parámetros.

Intento hacer un trazo tenaz de la deriva,
pellizco aturdido en los bordes de la luz lunar
en busca del arte esencial,
de su secreto extremo,
de la ceniza descifrada.

Con perfil desabrido
me enfrento -descalzo y desnudo-
a un extenso páramo oceánico,
y a un llanto partido en dos
que ensancha el desasosiego.

Me quedo afuera un poco,
apenas lo suficiente para no ser,
al menos, del todo yo
ante la inacabable planicie,
porque tal vez sería demasiado
ser todo yo
sólo para mí solo.

Unos días más

No pretendas conocerme,
yo vivo en ti, en tu contorno,
hundido entre tus límites orográficos;
limítate a soportar mis malos humores,
mis extravagancias,
y mis excesos que, ambos sabemos,
tú acabaras pagando.

No quieras conocerme,
continúa siendo sólo el vehículo
que transporte mis defectos
por las altas lunas del tiempo.

Sé que te he maltratado,
que he malgastado tu fuerza,
pero no te rindas ahora, no todavía;
concédeme unas horas más de gozo
en esta tarde errante y poderosa.

Arcilla sagrada,
viejo y cansado acompañante fiel,
no pretendas conocer mi diluvio geométrico,
sigamos avanzando juntos
bajo este techo frágil y luminoso
hasta que alcancemos el rugoso telón del ocaso;
démonos, al menos, una última fiesta de luz.

Alarga mi travesía,
no permitas que arribe a puerto, no aún;
ya habrá tiempo para amarrar la nave.

Me produce escalofrío pensar que,
después de tanto tiempo compartido,
de tantas fiestas y velorios,
acabaremos, irremediablemente, separados.

En todo caso –compañero- no sé si llamarte dichoso,
porque al final de cuentas, aunque sea por unas horas,
cuando yo alcance morada en las alturas,
tú me sobrevivirás y, mientras yo seré aire ya,
tú seguirás siendo,
solo,
sin mí,
pero siendo.

Todo pasa

Sin vehemencia, implacables,
ensartadas a un suspiro
se aceleraron las horas;
insobornables, altivas,
llevándose las edades
de la calma y de los sueños,
transformándolas en pliegues,
cediendo a lo inevitable.

Como una casa vacía
mi alma duele de recuerdos,
duele de efímeras horas,
y duele en silencio de hijas
todavía cerca, y lejos.

Tan sólo quedan jirones
de aquellos días felices:
los primeros balbuceos
y las canciones de cuna;
el asomo de unos pasos
que escalando en el asombro,
ensayaban, tras la siesta,
la comedia de la vida.

Acabó el sueño infantil,
ya no hay casa de muñecas,
el castillo era de naipes,
el gigante era de barro.

Así se esfumó el héroe
de brazos fuertes y largos,
que enviaba rosas al aire
y, en el mar, se convertían
en juegos para las olas.

Aunque algo descoloridas,
sólo resisten las fotos
que nos dejan atrapados
en imágenes insomnes,
pedruscos sordos al agua.

Todo muere,
como el fuego,
como la espuma del día.
Todo pasa,
como el tiempo
que ya me cabalga encima.

Quizás escribiendo un poema

Explosión repentina
absurda / inconsciente
y de pronto
en un instante
perdimos el cielo
y los trozos de piel
quedaron desperdigados
La fría humedad penetró en los huesos
la sucesión de barrotes
y el amarillo cetrino de la orina
regresaron del pasado

Tan sólo un instante
y ya casi no ha vuelto
a salir el sol
Los días se enredan
unos tras otros
grises / fríos
Llenos de memoria
se empañan
luchan
se resisten
no quieren ser olvido

Resbala el latir
de una lluvia
leve / fina
de la que no moja
de la que acaricia
Caen lágrimas
en laberinto
estalactitas que lastiman
que se cuelan hasta el alma
y la horadan
para llevarse la vida

Polvo de luna
desprendido de la noche
el tiempo / nuestro tiempo
ya no habita en el tiempo
dejó de ser tiempo / pasó fugaz
entre el todo y la nada
la primavera / la agradecida
la de los enamorados
nos sorprendió a los dos
con las manos vacías

Un triste aleteo
de horas inciertas
sacude nuestras mentes.

Vértices de recuerdos
sobreviven a la distancia
y al espacio
Hiere el silencio sepulcral
la ausencia duele
se convierte en llanto

Estamos solos / desnudos
recordándonos
repitiéndonos
que era verdad / era pronto
que aún quedaban versos
violines en Praga / años
para envejecer juntos
sin embargo nuestras tardes
viajan hacia la noche
con el último boleto
en el vagón de las penas
Ayer acepté tu propuesta / esperé
hoy seguiré esperándote
quizás… escribiendo un poema.

Ojos de amantes

Permanecieron inmóviles
despojando sus ojos felinos
de cualquier usura
prolongando sus cuerpos
hasta donde terminan las fronteras
abrazados al lado solitario del amor
semi-escondido
en las bocas de la noche.

Acababan de entregarse
con pasión al placer carnal
sus ojos / los de ella
reflejos de un mar de esmeraldas
parecían proferir gritos en silencio
sus ojos / los de él
espejo de un campo de almendras
simulaban lanzar perlas al viento.

Como pájaros incendiados
por un alba en llamas
sus ojos / los de ellos
se quedaron observando
silenciosos y contradictorios
la extraña dureza del nuevo día
que asedia estólido a la noche
en inmensa retirada.

Bajo sus párpados
se quedaron soñando con nadie
con palabras suicidadas
entre sus cuerpos y la cama
y sintieron los límites
más allá del sexo
fundidos con todo y con nada
con todos y con nadie
en pura contradicción.

PÁGINA 28 – ENSAYO

Manifiesto para una nueva literatura independiente


Por Pablo Paniagua (Guanajato/México)

Estoy convencido de que la literatura vive en un estado de permanente emergencia. La industria editorial, casi en su conjunto, dejó de apoyar a los autores noveles que enfrentan su trabajo con honestidad, para promover un tipo de producto pseudoliterario que rebaja la percepción general de lo que antes se entendía como literatura. Ahora, por ejemplo, David Trías, editor de Plaza & Janés (del grupo Random House Mondadori), proclama con descaro la conveniencia de la novela como producto consumible, mientras que el “mundillo literario” aplaude la concesión del Premio Cervantes a un escritor, como Juan Marsé, que plaga sus novelas con adverbios terminados en “mente” y cuya obra supone el estancamiento de un género que sigue los cánones del siglo XIX. Y es que la banalidad y la simulación de la Civilización Supermoderna lo empapa todo, hasta el punto de equiparar el éxito de ventas con la calidad. Hoy las historias de contenidos superficiales, bajo una deficiente forma y sin fondo, son las que reinan en el panorama literario, mientras asistimos a la derrota de la Gran Literatura.
Da la sensación de que una parte de los involucrados en el proceso editorial (escritores, agentes literarios, editores, críticos y periodistas), están planeando y ejecutando la muerte de la literatura, su asesinato, mientras los lectores, alienados por la simulación, aplauden como si estuvieran viendo tal acto sentados frente a un televisor. Es la “cultura del entretenimiento” la que se superpone a la “cultura del pensamiento”, donde enanos mentales, como Francis Fukuyama, tan festejado por los medios de comunicación de masas, son los grandes pensadores de la Época Supermoderna.
Pero dicha civilización parece que naufraga, en la propia crisis generada por la ausencia de valores espirituales, cuando el Becerro de Oro que todos idolatran se desquebraja como el mismo modelo económico en el que se sustenta. Y aquí la historia bíblica toma la forma de la parábola para repetirse en los tiempos de hoy, con un dios supletorio que nos conduce hacia la distopía. Ésta es nuestra civilización fracasada, la Humanidad ante el callejón sin salida, donde el ídolo monetario refulge con el fuego de la avaricia y la especulación, y donde la literatura, como un apéndice corrupto, rebaja su esencia para ir a la búsqueda exclusiva del logro económico, y así mostrar su rostro más siniestro.
Ante lo arriba expuesto, hago de mi palabra un grito para promover una nueva “literatura independiente” que ha de enfrentar, criticar y señalar, los males de la Época Supermoderna y su banalidad, para así alejarse de la inercia que supone la muerte de la literatura. Como escritores tenemos que recuperar, con esfuerzo y dedicación, los espacios que nos están robando, encontrar nuevas estrategias para la supervivencia y no desistir en mostrar muestro trabajo al mundo. Para ello, hay que crear editoriales independientes (las nuevas tecnologías de impresión propician dicha vía, cuando negocios como “Lulu.com” o “Bubok.com” son salidas demasiado fáciles y, por tanto, bajo el influjo de la mediocridad), autogestionar nuestra obra, formar colectivos y grupos que dejen de mirar hacia el fondo del callejón sin salida, y así hacer que nuestra voz permanezca y sea escuchada; es indispensable suscitar la ruptura, crear el espíritu crítico que nos distinga frente a los narradores de lo banal, y recuperar la palabra: porque el paso del tiempo siempre hace justicia a los que no la traicionaron.
Ahora que el negocio editorial se está transformando, gracias a las nuevas tecnologías de impresión, más la venta y promoción de contenidos literarios a través de Internet, podemos ir de manera resuelta al encuentro de los lectores. Es necesario, en consecuencia, establecer los procesos de divulgación y promoción que nos permitan evadir el anonimato, y presentarnos como una alternativa literaria independiente. Cualquier iniciativa es mejor que quedarse con los brazos cruzados, pues podemos vender nuestro trabajo, además de por Internet, en las calles, plazas, librerías, centros culturales, cafés y bares de nuestra ciudad (así como lo hacía, por ejemplo, Georges Bataille con sus ediciones caseras en la noche parisina). Es posible, les aseguro, vivir de la literatura sin rendirse a la superficialidad, sin tener que abandonar nuestros principios de honestidad literaria ni claudicar ante los equiparan el libro, como producto, a una hamburguesa de McDonalds´s o una lata de Coca-Cola.
Siempre es duro nadar a contracorriente, ser marcado y mirado con recelo por los traidores de la palabra, pero incluso así merece la pena continuar. Es el simple acto de esta rebeldía el que nos diferencia, el motor de la ilusión que pretenden pisotear, cuando el camino embrozado al que nos arrojaron se convierte en el estímulo para avanzar hacia el futuro.
Hoy, sin duda alguna, es la hora de luchar por este gran sueño.

PÁGINA 29 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Neila Sanz Pilar (Medina del Campo-Valladolid/España)

Tragedia


Vertiendo la vida sobre la lava de un estrepitoso mundo sin sentido, vertiendo la muerte sobre el cenizo suelo, cubierto de gusanos que sacian sus entrañas con las últimas gotas de sangre de mi cuerpo putrefacto.

Vertiendo el equilibrio entre el espacio y el tiempo en un lugar insólito y vacío, vertiendo mis pensamientos en las llamas del Averno.

Vertiendo mis sueños en una laguna helada que se precipita en el fondo de un oscuro abismo, vertiendo mis esperanzas en la agonía de saber que todo acaba.

No hay un principio, tampoco un fin.
Copyright © 2005

Carta del sino

Quieres huir y no sabes dónde,
quieres buscar algo para no volver a sufrir.

Tan solo estás
que ni el cobijo de tu cuarto
te da la soledad.

Quieres sonreír de nuevo
pero las palabras borraron esa expresión de tu rostro,
ahora amargo.

Tan solo estás
que ni tu ánima
responde a tus plegarias.

Quieres que todo sea como antes
cuando el tiempo ha ahogado
todo aquello que tenías.

Sólo quieres... ¿y por qué no luchas por lo que aún queda?
Copyright © 2005

Esperanza

Bajo las cúpulas góticas
de una solitaria catedral,
tristes recuerdos resuenan
en la piedra erosionada.

Bajo los rosetones vidriados
de un convento cisterciense,
voces perdidas se encuentran
en el pálido silencio.

Bajo las figuras grotescas
de una oscura capilla,
miradas risueñas se cruzan
en los carcomidos bancos.

Bajo los muros blanquecinos
de una torre flamígera,
vejados corazones se agolpan
en el recodo más olvidado.
Copyright © 2006

Pérdida

Cuantas veces me he perdido en tu corazón, desgarrando todo lo que albergas en él, sin sacar nada a cambio, luchando para que mostrases tu cariño y encontrando únicamente frialdad, impune a cualquier emoción.
Y ahora soy yo quien se torna diferente, congelando mis dulces gestos, rompiendo mi sonrisa, transformando mi mirada pasional en una mirada insensible y cruel
No quiero saber más de ti, me esforcé para hacerte feliz y marcho sin saber si algún día desperté algún sentimiento en tu ser.
Y sin embargo, cuando te vi caer, negras lágrimas cubrieron mi rostro por no haber sido capaz de comprenderte, por no haber sido lo suficiente fuerte para abrir tu corazón, por abandonar sin tener en cuenta que quizás lo que te hacía seguir en pie, era yo.
Tu sangre fluyendo por el suelo, como ríos que se confunden con el gran océano que es nuestra vida, naufragando tu alma en pos de un rescate que nunca llegó por mi parte.
No puedo pedirte perdón pues tus oídos sellados ya están y sólo mis ojos pueden expresar lo que significaste para mi, arrepentida por no decirte las dos palabras que te hubiesen empujado a vivir.
Copyright © 2006

Sin sentido

He legado mis palabras al tiempo,
tiempo perdido entre lacios papeles;
papeles escritos sin ningún sentido.

Sentido aletargado por la intranquila inconsciencia,
inconsciencia sumida en nocivas pesadillas;
pesadillas convertidas en lascivas orugas,
orugas repulsivas surcando los tramos de la mente.

Mente perturbada por oscuros recuerdos,
recuerdos embriagados por melancólicos perfumes;
perfumes rancios agujereando la desgarrada carne,
carne transformada en maloliente carroña,
carroña devorada por negras alas.

Alas de tiempo cerradas a hojas en blanco,
guardando la inconsciencia de una mente torturada
por pesadillas enrevesadas encerradas en un cuerpo putrefacto,
reflejo del serpenteo de una oruga
que arrastra infinitos recuerdos.
Copyright © 2006

Resurrección

Pasión desenfrenada,
ahogas las penas más duras,
mas encubres el deseo
entre sábanas de lino.

Susurro cálido,
secas las lágrimas cruentas,
mas escondes el placer
entre telas de seda.

Amor y dolor
situados en alcobas vacías
a expensas de impulsos,
a expensas de anhelos.

Mi pasión, tu deseo,
mi placer, tu susurro,
pero el amor se encontró
entre sábanas vanas,
entre telas amargas.
Copyright © 2006

Ramón Fernández Palmeral (Alicante/España)

Al alba murió Miguel Hernández


Al alba murió Miguel Hernández.
A las cinco y media al alba.
Eran las cinco y media en punto al alba.
Un guardián trajo la blanca sábana,
cubrieron su cuerpo y su cara, pero no le pudieron,
a la cinco y media al alba, cerrar las gemas de sus ojos,
sus ojos de violetas encendidas, sus marrones ojos,
azules soles llenos de Miguel.
A las cinco y media al alba.
Un río rompió sus amarras.
Un mar se desbordó de llanto.
Un alma subió como un rayo.
Un cuchillo salió volando.
Un perito en lunas sembró su llanto.
Un hombre entero echó a correr.
A las cinco y media al alba.
¿Qué nos queda de aquel Miguel que como un
poeta soñador partió en el 32 para Madrid?
¿Qué nos queda de su auto sacramental,
de su teatro de guerra o de su cancionero de ausencias?
¿Qué nos queda de sus camaradas en las trincheras
en Madrid, en Andalucía, en Extremadura o en Teruel?
¿Qué fue del niño yuntero…?
¿Qué ha sido de aquellos aceituneros altivos?
¿Qué ha sido de los dramaturgos combativos?
¿Qué ha sido de nosotros, pobres poetas, sin ti...?
A las cinco y media al alba...,
la luna se quedó huérfana en el Reformatorio de Adultos de Alicante
y sola se fue llorando tras dos caballos de muerte.
Y no le pudieron cerrar los ojos..., no, no se los pudieron cerrar.
Llenos estaban de libertad, de un vacío de lágrima
ya sin fuego, ya sin el hogar, hartos de martillar en la vida.
A las cinco y media al alba. A las cinco y media en punto.

Edith Goel (Tel Aviv/Israel)

Viajo

me alejo me alejo regreso a lo que nunca soñé regreso al fruto de este aire en este instante sin antes ni después ya no esperamos no hay tren no hay andén ni números ni nada se incinera semmai un río me habla nos murmura el secreto let go let go let go comme mai todo resulta ser lo que respiramos here and now
viajo
viajo porque el inventario es más limpio así más breve no hay enmiendas no hay encomienda no hay nada que retirar de la altísima oficina todo está descalzo aquí cerca lo que existe está aquí presente e inmediato sonriéndole a mis extremidades tocándonos las huellas con un amor ajado y nuevo una bendición no hay sermón no hay reino de los cielos no hay diente por diente no hay ojos en los ojos.

Turismo íntimo

Café Turquise*
Las cadenas
de tibio camarón
no morirán en la marea alta.

El prodigioso menú
repite su letanía
como un ángel sin iglesia.

Yo, la buscadora de serpientes
y pájaros de río inmóvil
rozo con mi pupila
el revés de las cosmogonías.

Espero
Espero con fe.

La noche ya no llega.

Al borde de ningún mar

Las banderas
Su color de manos rotas
repican
pa-a-món*
pa-a-món.

Me gusta corregir mis pasos
Como llegando al terror,
al brillo de un foyer.

En mi teatro de fingido pan
la sonoridad del columpio ya se inicia.

Quedamos.
Será hoy.
Ben Yehuda.
La calle de una ciudad
que no tiene corsarios
ni piruetas.

Las olas del universo
besan el cemento.

Una ciudad-cráter
del turbio color de las quimeras
espía a las costas

Se queda entre las jaulas.
No se entrega.

Edith Goel

Escápate
Cruza todas las calles.
Hasta que el mar te sorprenda
con su amnésica espesura.

Olvídate
Refúgiate en el duelo
Pronuncia gritos de cautela
Defiende tus veinte uñas
de la inminencia de las marchas

Recuerda: no hay pieles indelebles.

Deja tu marca
en otras miradas.

No le creas
al silencio
después de las esquirlas.

Ríete
Aprópiate de la cáscara

Mientras la seda te cubra

Disfraza los uniformes
con la desfachatez de otras plumas.

Ajústate la máscara
Ensaya tu asfixia.

Prepara tus nalgas
para el antídoto.

Escapa.

Reza.
No reces.

Permítele al viento
desplomarse entre tus senos
hasta la reencarnación de tu fantasía.

Hasta que tu sed
persista.

Zona limítrofe

Será este
mi último trayecto
La última vez que dos piernas veloces
desafíen
a un par de zapatos
enteros y puntuales

La mirada cuenta
una
dos
trescientas ventanas

Toneladas de futuro debris esperan
hasta que el fuego desplace
la piel
la seda
las etiquetas vírgenes

Los territorios del metal cincelan
medallas azarosas.

Un cráneo anónimo
será el tema de algún himno .

En cuanto a mí
un grito feliz abandona
mi isla
mi última vértebra.

Elogio de la supervivencia

Apoyo un lápiz en el vacío.

Una miríada de nombres
se pierde
en el acto trivial de elegir
una frase
una palabra
la letra.

Como el tranvía de Gaudí
los trenes sembrarán
vidas inconclusas.

No nos queda
sino esperar.

PÁGINA 30 – CUENTO

A flor de agua
.

Por Roberto Ángel Merlo (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Era habitual encontrar a Walter con aire tranquilo y desprejuiciado, tan resuelto al cambio que sus decisiones tomaban cuerpo al poco tiempo. Al ver manchas de aceite que flotan en el agua marrón, atrapan al sol, y lo reflejan en mil destellos, me acuerdo de él. Un pescador acaba de atracar, y entre pequeñas olas las botas se sumergen, mientras saca formas que brillan y luchan por la vida. No sé por qué lo imagino con un fin parecido, aunque a lo mejor está mirando desde algún velero fondeado, haciendo equilibrio en un palo del mástil, pronto a echarse a volar hasta perderse entre las demás gaviotas.
“ Vos animate, no tengas miedo, tené siempre la vela tensa, el timón firme, mirá adelante, y de reojo verás pasar todo rápido”, me decía. El snipe era veloz con su única vela; había que tener ojo a la hora de volver o cuando se pretendiera zigzaguear, porque la botavara golpeaba muchas cabezas. Tantas veces lo vi velerear gozando del deporte, que al fin, tentado, acepté.
- Dale Cacho - repetía sonriendo con parsimonia de alemán tranquilo, y su costumbre de ofrecer cosas como si carecieran de valor. Siguiéndome con el windsurf maniobraba, y daba vueltas prendido a la tabla como si fueran uno, mientras yo apreciaba su deslizar sobre las olas, su ir y venir silencioso, buscando algo, como la gaviota. Si me preguntaran qué buscaba Walter en esa época, dudaría en la respuesta.
Rubia, regordeta, más joven, con el mismo aire de ingenuidad, la hermana. No creo en un rapto, mas bien sospecho su enrolamiento en algún movimiento de la época. Los dos en esa larga lista de desaparecidos. Claro que tampoco es cuestión de creer todo lo que dicen los vecinos, más probable es una vida de renunciamiento en un retiro religioso. Medias azules, pollera tableada gris, saco azul, todos los días en el expreso de las siete y quince viajando a la escuela de monjas.
Aunque no teníamos relación directa en el estudio, habíamos descubierto con Walter, que mis Dupont era profesora de inglés de ambos. Recuerdo su insistencia con “¿ To be or not to be?”, “ I AM, I AM, I AM...”, dudaba, y terminaba diciendo: “un pez volador, un barrilete, una gaviota”. Yo lo miraba desconcertado y contestaba “no digás burradas, Walter”. Era un tipo macanudo, a veces tenía cigarrillos, y siempre estaba dispuesto a prestar algo o a plegarse a la idea del otro. Esos años fueron lindos, cada uno estudiaba en lo suyo, y por la tarde o los fines de semana, íbamos al río, casi siempre a remar.
A veces era la pausa con mate amargo de agua de río, y de golpe nos sentíamos muy lejos de Rosario, perdidos en ese mundo de sauces y arena, mientras el otro de enfrente estaba brumoso y extrañamente callado, remoto a pesar de los pocos kilómetros que nos separaban.
Cada tanto ejercitábamos poesías en inglés, o nos venían a la memoria expresiones aprendidas. Pero en tren de viajar preferíamos París, con la Place Pigalls, el Montparnasse, la rue Lombards y el Pont Michelle , y envidiábamos el carisma de Alain Delon y Gerard Depardieux , con algunas ganas de toparnos con Katherine Deneuve o Brigitte Bardot . Los sueños se amontonaban entre familiares de queso y cerveza en el bar del Club Alemán, después de una jornada en la isla, o tomando café en algún boliche de bulevar Rondeau.
“Nos recibimos, juntamos unos mangos, tramitamos una beca y nos vamos a Francia, viejo. "Veremos la Torre Eiffel, el Louvre; charlaremos con Descartes, Cortázar; en una de esas desfila Bonaparte, cruza María Antonieta y Richelieu, y desde un carruaje nos saluda madame Bovary”.
Seguimos navegando juntos, él siempre con la tabla y yo con su snipe, casi siempre solo, porque en mis luchas con el timón y la botavara se me escapaba. Al buscarlo, no veía más que alguna gaviota curiosa sobre la estela. Esto sucedió a menudo, yo me preguntaba por qué esa manía de esconderse. Traté de seguirlo de cerca por la costa de enfrente, pero se escurría, quizás detrás de un sauce o entre embarcaciones fondeadas.
Entonces quedaba nada más que río, manoteando solapado, tratando de agarrarse, resbalando en la orilla una y otra vez. Recuerdo haber navegado lejos de la costa para no darle ventajas en ese juego, o en lo que supuse juego. No pude explicarme el misterio. Infaltable, una gaviota acompañaba mi soledad de navegante. Cada vez que le hablé del tema, se reía de mis tontas ideas.
Tanto va la jarra a la canilla que al fin se rompe, y se rompió en dos años de ir y venir, arreglándomelas con el velero hasta manejarlo diestramente. Walter llegaba siempre antes, nunca descubrí su trayectoria.
Al fin de esos años nuestro sueño se hizo realidad, desde la borda del barco vimos que El Havre se acercaba, y alcanzamos a divisar el estuario del Sena. Walter dejó de ser el pachorriento rubio de ojos azules cargado de carnes que yo conocí, se veía ágil e inquieto. Las horas pasadas bajo los soles de varias estaciones cambiaron el color de su piel y su pelo, los ojos se le oscurecieron, su perfil se volvió aquilino.
Estaba emocionado con la proximidad de Francia, caminaba apurado ida y vuelta a lo largo de cubierta, y cada tanto se paraba trepando a la baranda y abriendo los brazos al aire de mar.
- Nunca supiste como fueron mis desapariciones en el agua - dijo sonriendo ese día. - Pensalo, encontrarás un factor común, y la próxima vez tendrás la explicación.
Ahora que repaso los hechos me acuerdo de esa tarde y sus últimas palabras:
- Acordate que cualquier cosa que pase será porque yo quiero.
Su ausencia sobre cubierta fue inesperada. Ya entrábamos en el Havre, y por toda respuesta una gaviota nos seguía a ras de las olas.

PÁGINA 31 - ENSAYO

El paraíso perdido, de John Milton


Por Pedro Arturo Estrada Z (Medellín-Antioquía/Colombia)

Fue la abuela Emilia, allá en los primeros años de la infancia, quien me habló del infierno y sus ángeles oscuros, de Lucifer o Luzbel, el más hermoso y por ello, tal vez, el más cercano a la soberbia en las cohortes celestiales. Y, entonces, esa fue su perdición: aquel instante terrible en el que a sus ojos ascendió el fulgor siniestro de la rebelión. Dios ipso facto abrió desde la luz el abismo de la noche eterna y allá, junto a Lucifer, fueron precipitados luego muchísimos ángeles más.
Una tarde, en aquel pueblecito de Tomás Carrasquilla, “frío, feo y faldudo”, ese niño tímido y un poco ensimismado que fui se asomó por casualidad a la biblioteca del “tercer piso”, la misma que había fundado, hacia fines del siglo XIX, el propio don Tomás y otros amigos suyos. El deslumbramiento fue instantáneo y poderoso. Ante mí apareció un universo fantástico cuyos límites apenas podía abarcar con la mirada. Estantes diversos se alzaban hasta el techo, cargados de hermosos volúmenes empastados en cuero o tela reluciendo enigmáticamente en el espacio semipenumbroso de aquel salón inmenso. Amplias mesas de madera cubiertas con paños lustrosos, perfectamente mantenidas y elegantes sillones alrededor, daban a esa biblioteca un aire de grandeza y solemnidad memorables. A un costado, una vitrina exhibía el manuscrito de Frutos de mi tierra, del maestro Carrasco, como icono sacro. Sin duda pasó un buen rato aquel niño azorado en el umbral de semejante mundo hasta que la bibliotecaria, una muchacha del pueblo —vecina por lo demás–, lo invitó a seguir y a mirar tranquilamente los libros y la biblioteca misma. El ángel guardián se volvió hada madrina de la aventura espiritual que desde esa tarde empezaría a vivir.
Recuerdo vívidamente cómo me hallé entonces frente a mi primer libro en la vida: El paraíso perdido de John Milton. Era un viejo ejemplar en pasta dura y tela, algo roída ya, en cuyo lomo brillaban todavía las letras doradas del título. Al abrirlo, en primer lugar, experimenté una sacudida: allí estaba el diablo tal como me lo había imaginado con los relatos de “Mamita Emilia”. En primer plano se erguía sin embargo, el Arcángel Miguel, flamígero y poderoso echando abajo, entre peñones sombríos, la figura siniestra y al mismo tiempo extrañamente atractiva de Satán que, mientras se despeñaba hacia el abismo, parecía hacerse más libre y dueño de sí. Un destello de su condenada soberbia, de su Non Serviam, ponía en su cara angulosa, en su mirada, cierta energía que lo hacía inmune a la humillación. No sé si identifiqué en ese momento la autoría del grabado —Gustave Doré– y de los que seguían, pero más adelante la visión de los demonios se repetiría con sus ilustraciones de La divina comedia. Y algo más allá, con las de El Quijote, pues, mucho de ese aire irreal, fantástico y tremendamente poético continuaría impactándome años después.
En la moderna visión de la poesía, sobre todo aquella que procede del romanticismo alemán, inglés y francés, la figura de Satán se hizo paradigma del poeta mismo. Principalmente en Francia, la nominación de “poeta maldito” acogió, entre otras, las razones de la rebelión como fundamento de la propia naturaleza del hombre librado a sí mismo; del poeta consciente de su caída; de su destino de desterrado en un mundo inferior. Satán terminaría encarnando para el hombre de nuestro tiempo el mito renovado del antiguo Prometeo capaz de enfrentar a los dioses y devolver a los hombres el fuego original de su espíritu sagrado. De cierta manera, Milton nos hace ver en su obra la figura de Dios como la de un gran dictador. Y no por casualidad, William Blake asumirá después esta visión miltoniana cuando expresa: “Los verdaderos poetas pertenecen al partido del diablo”(1). Dios como el arquetipo, el logos, la razón absoluta. El diablo como símbolo de la imaginación, el inconsciente, la locura, la fuerza de la naturaleza, el desorden de los sentidos. Ese es el planteamiento al que finalmente, nos llevará en una interpretación más profunda y vasta, la posterior literatura romántica, simbolista y moderna que, de algún modo, se emparienta con este Paraíso perdido.
Para mí, pues, el camino de la poesía, desde la adolescencia, estuvo identificado con el “Camino de perdición” del que, paradójicamente, la abuela Emilia me advertía al relatarme las incidencias de ese acto abominable cometido por Luzbel. Quizá por ello preferí desde el comienzo, no la poesía como “deliquio del alma” en armonía incondicional con lo “espiritual” sino la poesía como manifestación de una conciencia insumisa, libre y trágica a la vez, abierta al mundo en su imperfecta belleza, en su contradicción y su tedio.
Más tarde, en la adolescencia, me encontraría de nuevo con el viejo Satán, ejerciendo ya su “negocio” de almas, en ese maravilloso libro de Goethe: Fausto. Y luego, claro, en la plenitud febril de los 18 años, con los versos siniestros de Baudelaire cantándole abiertamente sus Letanías:
Oh Tú, el más sabio y el más bello de los Ángeles,
Oh Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria.
Oh Príncipe del Exilio, a quien se le ha hecho un agravio,
y que vencido, siempre te levantas más fuerte,
Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Tú que lo sabes todo, gran rey de las cosas subterráneas,
sanador familiar de las angustias humanas,
Oh Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Así también, ese “Camino de perdición” de la poesía me depararía otros encuentros no menos punzantes: Rimbaud y su Temporada en el infierno, por ejemplo:
Tú seguirás siendo una hiena, etc... declara el demonio que me coronó con tan amables amapolas. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales". ¡Ah! ¡Por demás los tengo! Pero, caro Satán, os conjuro a ello, ¡menos irritación en esos ojos! Y a la espera de las pocas y pequeñas cobardías que faltan, desprendo para vos, que amáis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas páginas horrendas de mi carnét de condenado.
Adelante me esperaron otros muchos poetas “condenados a la lucidez”, desde el mismo Blake, Rimbaud y Lautréamont, hasta Artaud, Bretón, Pound y Lowry, entre tantos. Toda la poesía y, casi toda la literatura que me interesó siempre, lo veo hoy, ha tenido indudablemente, influencia definitiva de aquella lectura inaugural de Milton y su Paraíso perdido; un libro al que, lo admito, me da un poco de temor volver a leer, quizá presintiendo en parte, alguna decepción inevitable ligada a toda admiración que dure tanto tiempo. No quiero pensar que terminaré leyendo algún día, jaculatorias o versos edificantes como castigo de mi precocidad luceferina.

PÁGINA 32 – CUENTO

Abril


Por Betina de la Rosa Rivas (Cumaná-Sucre/Venezuela)

“La vida es una constante y hermosa destrucción. Vivir es hacer daño.”
Fernando Paz Castillo


Despierto aprisionada entre orígenes y significados. Las dificultades asoman esta mañana como una montaña aplastante sobre mis intestinos. Caigo arrinconada entre almohadones. Enciendo el televisor, fumo y cavilo. Me conecto con la realidad externa, inmediata y me asquea la situación humana. Decido no internarme ahora en inconsciencias. Dormir para alcanzar el sueño. Las inquietudes regresan. Mentiras viajeras de tiempo. Con sus huesudas manos intentan drenar mi corazón hasta hacerlo vacío e indiferente. Un solo pensamiento. Me siento flotar sobre las miserias de los otros. Pretenden detener mis pasos. Un objeto en este inmenso templo angustioso donde animales y hombres rinden pleitesías al odio. Oran frente al altar sin dioses, sin futuro. Nada pasa. Todo es nada. Masa. ¿Cómo saber si soy yo y no otra. No morir en el intento de acercarme a mi? Antes, libre e independiente. En asamblea resolvíamos los problemas. Nadie era dueño del poder. Hoy, todos quieren serlo. Defienden su pedazo individual. No existía entonces, conspiración ni golpistas. Los campos de concentración surgieron luego. La imagen se desdobla. Esquelética. Una mano limpia mis dientes mientras la otra, enciende el televisor. Ellos hacen gala de engaños y tiranías. Despierto temerosa. Víllanías. Comprendo. Pretenden secuestrar el sueño. Necesario es salir. El televisor se impregna de voces y dioses jamás vistos ni oídos. Pretenden destruir identidades. Otros se multiplican en dolor frustración y miedo. Enmudezco. Emerge rabia. En este aparente silencio me anulan como hombre, como mujer, como pueblo. Salir. Colocar el pantalón entre las piernas. Aterrorizada descubro que no hay espacio para ellas. Caigo de espaldas, vencida sobre la cama. Miro al techo mientras un sudor viscoso, frío y secreto me recubre. Mis manos tiemblan al descubrirse en el vacío, en otro sitio, diferente al de sus brazos. La irracional tristeza me aliena. Me viste de pena. ¡No existiré mañana! Salir. O me convertiré en estatua mutilada asomada a la ventana. Las calles se cubrirán de máquinas, ruidos y podredumbre nuevamente para ocultar la naturaleza real de los miedos. Las formas del tiempo auguraron los detalles. Humo negro en espirales de azufre esparcido en el aire. Un olor muy fuerte avinagrado. La imaginaria respuesta. La profecía. No saldré. La libertad plena no existe. Apagué el televisor y miré. Un grupo de hombres y mujeres levantado en armas sin armas. Condenados por pasiones mediáticas. Todo los entusiasma, Los conducen al cadalso. Hipnotizados, cometen cualquier atrocidad. Más allá, en otra acera, muchos caen ensangrentados a los pies de la anarquía. Despierto. En esa falsa libertad que nos iguala, demagogia lleva la mejor parte. Colonna se repite en estos tiempos. La vieja sociedad se desintegra y en su lucha, lo arrasa todo. La angustia reclama al estómago aterido. No puedo detenerme. Nada me sostiene, sólo el sueño. Debo levantarme, cruzar. Llegar hasta los otros. Pero no poseo piernas ni brazos ni manos ni cara... Cómo recuperar el sueño. Me arrastro hasta la calle y grito: ¡Voy!, ¡Soy sueño! ¡Despierto! ¡Soy pueblo!

PÁGINA 33 - CUENTO

Tipología de un género híbrido con contornos difusos


Por Tania Alegría (Lisboa/Portugal)

Contemplaba su entierro con el pesar de quien se hubiese muerto sin querer.
No obstante, la muerte había sido una elección consciente.
Eso fue lo que me contó con los ojos empañados por las lágrimas, lo que hizo que esta vez le creyera inmediatamente. A los grandes novelistas hay que darles siempre el beneficio de la mentira.
Por resumir la historia relató que en un día de hastío, delante de la pantalla, decidió protagonizar a uno de sus personajes. No uno cualquiera sino su favorito, aquel que no tenía antagonista, por lo que consideraba esa novela un primor del realismo posmoderno. Es decir, no tenía un personaje físico como antagonista, el conflicto era garantizado por el arduo empeño del personaje principal en su ideal de libertad, igualdad y fraternidad, por decirlo de algún modo, puesto que consideró innecesario innovar en una fórmula consagrada.
Fue así como se presentó, paladín de los desahuciados, defensor de los obreros oprimidos, de los campesinos expoliados, de aquellos que padecían el hambre y carecían de justicia, todo expuesto con la exuberancia de su inventiva y la brillantez de su expresión en prosa narrativa y en poesía, sobre todo en poesía. Porque entonces se enteró de que además de su talento para la escritura creativa se expresaba con fulgor en pulcros versos, lo que despertaba una mezcla de adoración y envidia en los demás poetas y pseudo poetas que se reunían a su alrededor, suspirando unos y otros por la gracia de un comentario suyo, una palabra al menos, aunque se limitase a la dádiva de un insulto. Todo era mejor que soportar la hiel de su indiferencia porque a su alrededor giraban los planetas. Héroe de todas las batallas, hizo brotar la ferviente admiración de los varones y la pasión desvariada de las hembras. A todos y todas retribuía con igual generosidad poética y literaria.
Yo le escuchaba con interés y sin demasiada sorpresa porque conocía su talento y lo sabia capaz de tales hechos incluso en la vida real, más aún en el borrascoso ambiente de las virtualidades. Estaba a punto de aplaudir la originalidad de su presencia en el escenario virtual cuando me confesó que pese al éxito en el desempeño del personaje que él mismo había creado, hubo un momento en que la novela terminaba y no tenía cómo mantenerlo vivo después de la irremediable vuelta de la última página del libro. Por eso decidió morir.
Como el autor experimentado que era en esgrimir la pluma para dar vida, se esmeró en los entresijos de su muerte, de manera que se murió en gloria y pena. Gloria suya, pena para los demás que verdaderamente le estimaban, sobre todo para los que le habían elegido como blanco de las desenfrenadas devociones que suelen poblar las soledades virtuales. Dejó viuda, sin su ingenio y arte, a la larga multitud de sus afectos.
Fueron meses de duelo y condolencias, durante los cuales asistió con el alma plagada de compasión al sufrimiento que su ausencia causó en los seres que le eran queridos, compañeros, amigos y amantes. Con agradable sorpresa vio que desenterraban de los baúles de la memoria y del disco duro, relatos, cuentos, novelas y poemas que nunca había escrito, por dar continuidad a su existencia virtual y consolarse del abismo de la pérdida.
Había tenido el cuidado de dejar presente una heredera, personaje secundario de opacos contornos a él unida por lazos familiares confusos, destinada a preservar la herencia cultural y la influencia en los destinos de la trama a la cual ya no pertenecía.
Sin embargo, conforme explicó, la frágil tela del enredo sin el soporte de su presencia tendía a transformar una novela de personaje en una novela de episodio –o de espacios, aclaró citando Wolfgang Kaiser– debido a la dificultad de encaje en un género híbrido con contornos difusos, agravada por la ausencia del estrato fundamental que su protagonista representaba.
Poco a poco la satisfacción de saberse indispensable a la correcta perspectiva del cristal semiótico se fue transformando en pena de sí mismo, al leerse y sentirse tan amado y tan muerto, hasta que no pudo soportar el sentimiento punzante de que se echaba de menos de manera atroz.
Resucitó.
En ese punto del relato debo haber fruncido el ceño y arqueado las cejas mostrando mi resistencia a aceptar como verosímil la secuencia de los acontecimientos, porque se apresuró a explicarme –mientras encendía nerviosamente un cigarro en la colilla del que acababa de fumar– que no resucitó con el mismo personaje, sino con un personaje secundario. De la misma novela, me aclaró enseguida.
De manera que el nuevo protagonista fue presentado de modo que encajase perfectamente en el sustrato de la trama: era un amigo, casi un hermano, extraído de las páginas de donde había surgido el primitivo héroe, ahora muerto a los efectos de las realidades que había creado, pero vivo en la memoria de los que lo amaban y en las lucubraciones del narrador-protagonista, en el presente miserablemente reducido a tercera persona del singular. Antes así que muerto, concluyó.
La subtrama de transformación del personaje secundario le sumergió en un feroz desasosiego. Pálida imagen del protagonista principal, papel de calco del talante que ya no podía exhibir, faltaba genio al héroe privado de los referentes culturales de su arquetipo.
Casi no duermo de pensarlo, confesó. Ya me había percatado, por el temblor de sus dedos amarillentos por la nicotina, la inquietud de sus gestos, y una mueca que no le conocía, que a ratos le encogía la boca para el lado izquierdo en tirones sucesivos. Quise saber porqué no transformaba al personaje en alguien con quien se identificase plenamente. Respondió que no era posible: los seres que creamos tienen vida propia, aclaró.
Para más, los admiradores que habían mantenido viva la llama de la participación del muerto -en cuanto vivo- bajo la incandescente luz de los reflectores, tampoco se identificaron con el nuevo protagonista, hubo un quiebre del pacto de credibilidad entre autor y lector, de manera que poco a poco se alejaron, desaparecieron en la bruma virtual, dejando el intérprete a merced de transeúntes cuya permanencia de corta duración no bastaba para garantizar la curva ascendente del arco de transformación del personaje.
En suma: era infeliz. Sin capacidad de reafirmar o desestimar el espectro de su creación que tanteaba a ciegas entre lo irrelevante y lo esencial, en el presente se encontraba en un callejón sin salida.
Ése fue el breve relato que me hizo de lo que evidentemente era una larga historia. No disponía de tiempo para proseguir la conversación de manera que pagué la cuenta y salimos, no sin que hubiera notado que por primera vez no hizo mención de pagar o dividir el importe, tan sumergido se encontraba en el dilema que le consumía la existencia.
En la puerta nos despedimos. Bajó el ala del sombrero sobre la frente y levantó el cuello del sobretodo negro, a la vez que miraba furtivamente a ambos lados de la calle. Le vi alejarse en actitud solapada, caminando pegado a la pared, las manos en los bolsillos, los hombros encorvados, la cabeza inclinada, el mentón casi metido en el pecho, como si buscara pasar inadvertido entre la gente, anticipadamente juzgado por sí mismo y declarado culpable ante el juez de su consciencia.
En aquel momento tuve el vislumbre, casi certeza, de que otra vez había decidido asesinar al personaje.

PÁGINA 34 – ENSAYO

Los gustos en la multiplicidad estética


Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

Las sensibilidades alfabetizadas en un gusto turístico hipertextual, abordan las representaciones artísticas como espectadores estéticos multimediáticos, hechizados ante imágenes heterodoxas y fragmentadas. Este espectador del shock art, más que contemplador es un programador de la fugacidad de cortes instantáneos y lleva sus gustos a los extremos límites, estremecido por la sensibilidad del golpe y del efecto. Gusto extremo, compulsivo. No es el asombro hermenéutico ni lo sorprendente maravillado ante el misterio, sino la desfachatez y lo relajado lo que produce un gusto por los procesos-espectáculos. Sensibilidades del golpe, estupefactas frente a la maquinaria de imágenes audiovisuales. De la euforia por la imagen de la máquina, a la compulsión por la maquinaria de imágenes; de la idealización de la mímesis como representación del objeto (lo real presentado), a una metafísica de la des-realización de lo objetual a través de procesos multimediáticos (lo real virtualizado). El gusto por lo interesante y pintoresco, dado en la modernidad de aventura, se transforma en un gusto por lo chillón, lo escandaloso y estridente. Se goza del arte sí, pero con estrés sensible, convulsión y grito. A la sensibilidad no se le da tiempo de apreciar; se le golpea tanto hasta el punto que no puede ya sentir. El masoquismo es patético: infarto espiritual hasta el desfallecimiento; aceleración, máxima velocidad y placer en su agotamiento. He aquí los turistas estéticos, el arte jet, la farandularización de la vida.
Nos encontramos entonces con una sensibilidad mediada por lo tecno-económico y con nuevas formas de asumir los procesos de representación artística. Un sujeto con un gusto por lo lúdico extremo. Sensibilidad hedónica en el estruendo, identificada con la gama de variedades globalitarias. Estas sensibilidades se alimentan del calidoscopio estético que se ofrece en lo contemporáneo: estéticas del ornamento y del ocaso de los afectos; estéticas de los efectos publicitarios con sus objetos trans-estéticos; estéticas del acontecimiento, de happenings cotidianos y performances de frágil factura; estéticas del simulacro masivo: todos nos convertimos en comunicadores del show, podemos ser creadores; estéticas de la desfachatez, con una visión relajada, banal, del trabajo artístico; estéticas de la estandarización y de la repetición, con su fórmula de réplicas de prototipos en serie; estéticas del entusiasmo por la identificación y mismidad con la globalización totalitaria del mercado; estéticas turísticas y de zapping artístico, con la idea de consumir, usar y desechar los productos culturales en el menor tiempo posible; estéticas de la cibercultura, como arte del programador y de la multimedia telemática digital. Cada una de estas estéticas ha procesado estilos de vida y juicios de gustos dispersos y desterritorializados en lo local, pero a la vez unidos en lo global; gustos tanto colectivamente homogéneos como particulares en su movilidad permanente. El mercado mundial procede a homogeneizar la pulsión deseante de los sujetos (a todos se le impone el deber de ser ciudadanos consumidores), y a la vez diversifica los objetos de gusto (cada uno es “libre” de escoger individualmente los objetos ofrecidos en cantidad y variedad). Simulacro de libertad de juicio de gusto. Estandarización de los deseos de consumir y heterogeneidad para que se pueda llevar a buen término dichos deseos. El juicio de gusto cae prisionero en las redes de esta conflictiva ambigüedad. Multiplicidad y pluralidad no quieren decir, necesariamente, democracia y libre autodeterminación activa y crítica.
Estamos ante la crisis del “en sí” del arte moderno y de su finalidad sin fin kantianos. El mercado ha impuesto al arte un fin más secular: volverse mercancía. Se somete al gusto a un interés último y no a la “contemplación desinteresada” del idealismo estético ilustrado y de las vanguardias del siglo XX. Al asumir el arte la teleología de la mercancía, se une a la rentabilidad, a lo eficaz y eficiente, por lo que se espera de él “productos” y resultados concretos, es decir, condiciones sociales que lleven al éxito, y esto no es más que entrar al Spot de los famosos gracias a las transnacionales industrias de la cultura. Arte eficiente, efectivo y rentable. La mutación de las utopías vanguardistas es notable: “ya no puede soñarse como es debido con una Flor Azul” escribía Walter Benjamin refiriéndose a la imposibilidad de instaurar el ideal del romanticismo alemán y del poeta Novalis. Se ha puesto en acción un arte dirigido, administrado, planeado por las industrias culturales que requieren no de resistencias ni de rupturas, sino de productos vendibles, prácticos, eficaces. Arte diseñado para ciertos gustos turísticos, alfabetizados en la sociedad de los hombres de negocios y del relajamiento crítico.
Los cambios en la teleología del arte han instrumentalizado el gusto y practicado una forma de funcionalismo observado en la estética del acontecimiento publicitario; una finalidad con fin: el consumo de la mercancía artística, golpe bajo a la finalidad sin fin kantiana. Las industrias culturales, al diseñar, dirigir y planear tanto al arte como a los juicios de gusto, ejercen un control social de vigilancia que le resta al arte toda fuerza contestataria. Primacía de lo administrativo y del mundo planificado sobre aquello que se le oponga, por lo que se busca un arte conformista, sólo como artículo de esparcimiento. Pretensión totalitaria global que resigna a los artistas y a sus receptores a una ideología efectista o a un nihilismo masivo realizado. Conciliación o muerte. Identidad o desaparición de la pasarela que propone éxito y fama.
Gusto por los artefactos artísticos y objetos tecnificados de funcionalismo ornamental. He aquí lo que consiguió unir la posindustrialización: un arte como decoración, adorno, ornamento complaciente, divertido, relajante (lo kitsch, el Arte Deco, lo light, lo interesante, lo pintoresco) que cumple la función de lo eficiente en una sociedad asaltada por la rentabilidad pragmática (lo sublime del mercado), lo que da como resultado la estetización de la vida cotidiana. Contemplación interesada: funcionalismo del arte unido al formalismo del mismo. Milagro de las posindustrias culturales; gusto por el funcionalismo ornamental estético y cambio en el valor de uso que adquiere el arte.

CONTRATAPA: ARTISTAS PLÁSTICOS
Teresa del Valle Drube Laumann
Dibujante, pintora, escritora y poeta, nacida en San Miguel de Tucumán, República Argentina, desde hace varios años reside en Yerba Buena, Tucumán. Autora de libros con cuentos, canciones y poesías para niños. Premios nacionales e internacionales en cada una de esas disciplinas. Administradora de http://www.asdeltucuman.com.ar; Miembro de la Voz de la Palabra Escrita Internacional; Miembro de Poetas del Mundo; Miembro de REMES, Registro Mundial de Escritores en Español; Representante para el Norte de Argentina hasta Córdoba del Consejo Internacional Todas las Sangres; Miembro de ArticuloZ.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.
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