Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 30 – Junio de 2009 – Año III – Nº 6



Imágenes: Imán Maleki (Teherán/Irán - 1976)
Música: Seleccionar al pie de la revista

Mario Benedetti (1920-2009)

Por Eduardo Galeano (Montevideo/Uruguay)

"El dolor se dice callando. Pero me pregunto: ¿qué será de nuestra ciudad, sola de él? ; ¿qué será de Montevideo, mutilada de él?
Y me pregunto: ¿qué será de nosotros, sin su bondad inexplicable?"

PÁGINA EDITORIAL

La crisis


Por Albert Einstein (Ulm/Alemania)

No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo.
La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos.
La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.
Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar 'superado'.
Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.
La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.
El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos.
Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.
En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

Liana Friedrich
(Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Metamorfosis de un recuerdo

II

El camino juega al escondite, allá,
con un renglón del horizonte
donde todas la hipótesis claudican
(porque sin trascendencia ni renuncias
te fuiste alejando de mi vida…).

Sobre la epidermis de la realidad
vertebro suspiros en la ausencia
con tus palabras, sin nombre ni apellido,
para escribir epitafios de adiós
entre sábanas de almidones mal dormidos
(… así, sin peleas ni respuestas)
firmándole un certificado de defunción
a mi esperanza.

III

Ser … hoy… nomás,
exhumador de cometas,
indiferente al frío trajinar
de los portafolios.

Sorberme un té con lágrimas
fumándome tu adiós inclaudicable
sin importarme nada más,
ni la espera ni el destino,
sin relojes, sin futuro,
en el cauce vacío del olvido.

IV

En el surco de tus pestañas tenues
delineo el horizonte de mi herida:
dos cicatrices trazadas en la foto
que me dejaste como herencia persistente,
abierta, rota, sangrante, desbriznada,
al rojo vivo el alma, sin remiendos
que engarcen la esperanza ni la calma.

De nada valió mi súplica:
ya tu adiós estaba consumado…
clavó mil cuchillos tu desprecio
en el trasiego de mi almohada,
atravesándome el aire de agonía
a cada instante, cuando inhalo.

V

El silencio aún eyacula
estrellas en los portales
de mi nostalgia vaga…
mientras un guiño de luna distraída
abre los ojos de la mañana,
inaugurando un nuevo día...

…porque como dijera el Mahatma Gandhi,
a pesar de todo, a través de toda la historia,
la verdad y el amor siempre triunfan.


María Lyda Canoso (Casilda-Santa Fe/Argentina

Mujer en su ventana

Mujer en su ventana tras la luz adivina
pájaros balancearse, acaso suspendidos
en manchones difusos
de oro bajo.
Sabe de las oficinas que han cerrado las cajas sobres manila archivos
seguridad de puertas
acero de los ascensores.
Como ambulancia de guerra
que transporta un herido que quizá se desangra,
arrojados carros blindados de caudales
saldrán de la city a toda máquina.
Solitaria en la ventana,
rectángulo al alcance de la mano,
mano y rectángulo
de un dorado religioso,
toma su mate casi frío
mientras piensa que a estas horas
ha de ser una temeridad
cruzar la calle.

El vapor ha detenido
su carrera


El vapor ha detenido su carrera por
orden municipal con
sellos y estampillas a todo color.
Minucioso ceremonial decide
la interrupción
del flujo torpe inexistente.
Negrura acuosa socia de quienes
han renunciado a la alegría.
Agua oscura, desechos de los
deshechos restos de la mala
vida diaria del vivir.
La zingarella y todo el encanto de
colores convincentes
atizan el rescoldo de historias
que suelen susurrarse
detrás de un
agitarse triste de cretonas.
Viajera perdida,
tan extranjera como puedo
participo de este mundo que se va deshojando
en precipitadas flores azules.

Cancionista italiana

Canta
Mañana gris, mañana con paloma
y este ómnibus 64 que da vueltas
por un estado emocional de mi más estricta propiedad.
Dicen que es la mañana y primavera,
que los árboles tardan en florecer
porque el gris,
el esplín y qué sé yo cuantas
otras cosas menos...
Estación no declarada
hasta nunca jamás,
colectivo que bordea en torpe filigrana la
línea penosa del Riachuelo.
Música de acordeones,
estilete a puro filo,
a puro corazón napolitano.
Café de artistas, estrategia de un dueño
conocedor al dedillo de, bien digo,
la psicología del auto denominado
artista plástico argentino.
Un bello decorado de cromos ilustres y todo el encanto de conocidos brindando con alguien.
El disco de pasta en un bar frente al río
que no existe, cancionista italiana
canta canciones del
campo italiano,
italiana es la canción que canta la donna
del paese que será será,
la canción nombra a una spagnuola
y el acordeón no permite terminar.
Ahora es el dueño del local quien cambia el disco,
un tenor del teatro Verdi canta soñando que sueña,
y entonces su sueño abarca el mío
que se desgrana en flores azules que
todavía no han nacido para el mundo,
ni siquiera en la 9 de Julio.

Calle de tierra de la manzanilla intensa

La tierra que recuerdo tiene forma de un plato,
por abajo elefantes ¿en número de cuatro?
Oscuros, enjaezados balanceando su paso,
como en alta la mar suave se mece el barco.

Arrancaron los maderos de San Juan
y flotan a la deriva.
Naufragios que se cifran en detalles
de muebles art nouveau arrumbados
¿y la niña?
Cuarto de revoques sueltos
(ya no existe el rigor cuando todo está triste),
fatigado cuadro religioso, ese caído
del cielo del ángel de la niña que
atraviesa el abismo en precario equilibrio.
Tabla de Cristo, frágil puente,
río Carcarañá que fluye todo el tiempo
y el cuadro del ángel de la abuela
que ahora vuela ¿y la niña?

Papeles que se rasgan,
objetivos particulares se desvanecen
detrás de una cortina fisgona
levemente translúcida.

Los bordes de lo eterno

Niña madre y hermano
y un ángel transparente
cruzan el puente angosto
del mundo conocido,
al tiempo que se guardan en foto
que destella entre otras clausuradas
en la caja celeste.
Los tres tan a la orilla
en el borde del plato,
la báscula implacable, peligro, abismo eterno
el río Carcarañá que araña la ribera
y se lleva las almas de niños imprudentes
y se lleva los bordes y se lleva las algas
que vienen de otros ríos de
historia contrariada
como ésta de la niña que pasa por el puente
con madre y con hermano
y de la mano el ángel,
historia que ya he dicho,
historia equivocada:
la niña es de otro lado
¿es de un río de Francia
que soñó con un campo que soñó con
el río triste y ensimismado
que pasa bajo el puente?
Niña y bella señora,
niño scout a su lado
cristalina mañana que dispara
instantáneas
y el ángel en vigilia
guardando sólo a un paso.

Más allá de esa loma uno cae a la nada
del cuadro de la abuela.
El ángel preocupado por los tres,
y la niña que llega a ver lo eterno
que allá abajo y oscuro,
intermitente, brilla.

Odisea, diría madre

Ventanillas que alejan a velocidad
la filigrana del borde de los campos.
Nafta en mala combustión,
chala chamuscada, carbón crepitante
que hace llorar de tantos humos tristes.
Corta el cuerpo el paisaje por el medio,
uno a uno los bellos fotogramas
enumeran versiones
argentinas de otro cielo.
Paso silencioso del micro polvoriento
Vincent que navega con uñas amarillas
de horadar trigales crespos,
Odisea, diría madre,
cruzar el puente de madera
con el alma en suspenso.
Eternidad, el tiempo en que el Carcarañá
agita los sentidos buscando lo perpetuo.

Náusea del cigarro a pura brasa,
nafta que ahoga a la mitad del puente,
allí precisamente es donde la niña
construye su imagen de río para siempre:
un río que pasa y pasa por abajo,
sentir que se desmadra el alma.
Si algo queda de mí, de aquella
niña triste que viajó por el campo,
es la fotografía.
Así alineados:
niña, madre, su hermano,
¿no te parecen ángeles?
Puñal de la memoria,
la intensidad de una mañana
y siempre el micro que pasa al otro lado.
El hombre que fumaba
tensa la cuerda y pide bajar.
Saluda al conductor,
el campo vibra en gesto inútil
por hoy no será un cuadro, dice,
barco en tierra confín del universo,
la ventanilla polvorienta deja ver
la nube recortada que se acerca.



PÁGINA 3 – CUENTO

Alicia necesita ayuda


Por Martha Ferrari (Rosario-Santa Fe/Argentina)

La habitación da a la calle, pero nunca tuvo puerta. Una cortina de cintas coloridas intentan darle una cierta privacidad al interior que solo se completa, cuando se desliza la de tela estampada. Si está baja, indicará a los escasos clientes habituales, que Alicia está ocupada. Es una trabajadora del amor. La vivienda está instalada en un pequeño local de pocos metros donde en algún momento funcionó un quiosco, no tiene ventanas ni vidrieras. Solo esa abertura sin puerta facilita el acceso y brinda de paso, alguna luminosidad al interior. Adentro, lo indispensable, una cama matrimonial enfrenta a la de una plaza y completan el escaso mobiliario la mesa de madera con una silla arrimada a la pared.
A Alicia no le interesan las murmuraciones del vecindario, hace su vida como puede. La acompaña Tito, su marido, un hombrecito desdentado que le ceba mate entre cliente y cliente. Ella lo trata casi como un hijo porque lo siente débil y sabe que no tiene suerte las pocas veces que consigue algún trabajo. Será por eso que no pudo negarse cuando él le propuso traer a su hermana Nelly para que la ayude. Por lo menos entre las dos será más fácil la cosa. —Las mujeres tienen más suerte —dijo Tito con su filosofía casera— para ustedes, es todo más sencillo.
Alicia sabe que no debió dejarse convencer, que las cosas se complicaron cuando la zonza de Nelly se embarazó. ¡Y eso que ella le explicó todo antes de que comenzara a trabajar! la chica era muy inocente, venía del campo.
Alicia se siente acorralada, si por lo menos tuvieran un poco más de comodidad. ¿Qué van a hacer cuando nazca el chico? El otro día la cuñada le dijo en confidencia para que no escuche Tito, que se vuelve al pueblo, pero Alicia no le cree. Lo único que va a lograr es pasar hambre en Santiago. Cree que es mejor no anticiparse en hacer planes, algo le dice que de aquí a seis meses pueden cambiar las cosas. Ahora tiene que seguir adelante, debe alimentar a tres porque es la única que trabaja.
No es que Nelly se hace la tonta, la pobre está tan descompuesta y con eso de que todo le da asco, no puede atender a nadie. ¿Qué se le puede pedir?
Cuando se arriman los clientes Nelly y Tito salen afuera y se sientan en unas sillitas bajas hasta que Alicia termina. Después entran como si nada.
Lo malo son las noches, con tantas interrupciones, cuando el marido consigue algún trabajito rezonga porque se va mal dormido. Así y todo debería estar contento por tener la comida asegurada para el día siguiente.
Lo bueno de Tito es que no es celoso, la deja trabajar tranquila y no le cuestiona a quien atiende, todos son bienvenidos.
A veces Alicia piensa que esa comprensión no le sirve de mucho porque ella es la que lleva la peor parte.
Al principio no quiso hacerles caso a esas mujeres que vinieron a hablarle de la salvación de su alma y no se acuerda cuantas cosas más. Ese día estaba furiosa y las mandó al diablo. Pero una tardecita mientras Tito dormía, se sentaron con Nelly en la puerta a tomar mate y las tipas volvieron; no sabe porque ese día les puso más atención a lo que decían.
Nelly es medio tímida y bajó la cabeza cuando ellas hablaron de pecado. Alicia en cambio, las escuchó porque le parecieron humildes y muy amables. Tuvo que reconocer que en algunas cosas ellas tenían razón y le gustó cuando le dijeron que Magdalena en los tiempos de Cristo ejercía su misma profesión. Más tarde, reflexionó en sus palabras porque nunca nadie le habló con tanta delicadeza de su oficio, sin ofenderla.
Prometieron venir la semana que viene, una se llama Alicia como ella. Ya le avisó a Nelly: cuando vuelvan, si no tiene clientes, va a sacar las sillitas a la puerta, las quiere escuchar bien. A lo mejor traen esa salvación que le dijeron y se terminan todos los problemas.

PÁGINA 4 – ENSAYO

Borges y Carriego


Por Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

En los años en que Borges escribe su ensayo-biográfico sobre Evaristo Carriego, Lugones era el centro de la escena literaria argentina. Lugones era la literatura.
Era, en términos de imaginario social más importante de la que sería Borges treinta años después.
No estoy haciendo una comparación ociosamente cualitativa, digo que en términos de aceptación social –a las charlas de Lugones asistían los presidentes de la república- el espacio de Lugones era superior. Lugones pretende que no se le retacee el lugar político que cree merecer y acá están sus fantasías políticas, acá están sus coqueteos con las golpistas de Uriburu, y acá está también el origen de su decadencia y de su posterior suicidio. Pero esto es como diría Roberto Arlt, “harina de otro costal”.
Con esto quiero decir que Borges no elige a Carriego por que sí, lo elige porque lo necesita para su proyecto (para el propio, no para el de Carriego que había muerto hacía 18 años). Carriego está al margen del margen. Es un escritor modesto, un escrito menor. En una excelente antología que editó Eudeba en 1987, y que recopila y prologa Borges, éste dice: “Carriego pertenece más a la historia de la literatura que a la literatura”. Es algo real, aunque un poco doloroso.
Lo ubica como precursor, sobre todo de la propia poesía borgeana y aquí entramos de lleno a una de las teorías más originales de Borges, y sino es una teoría es una idea, una afirmación muy seguro en él y que no puede dejar de ser contradictoria y aún anacrónica en sus planteos. Es aquello de que a cada autor o algunos autores crean a sus propios precursores, dice “sin la obra de algunos que remarcan una línea nadie reconocería a sus precursores”.
Es como si los hijos engendraran a los propios padres.
De todos modos a los intereses de Borges del momento sirve de maravillas:
Carriego era un poeta de tono menor que había abandonado los fastos del modernismo apabullado tal vez por la existencia y los éxitos de Rubén Darío, hasta hacía poco habitante de la bohemia porteña.
Carriego había echado una mirada pietista sobre el suburbio. Era una actitud revolucionaria para su época. Pensemos que aún Baldomero Fernández Moreno no había mirado alrededor con su poesía (la frase es de Banchs).
Borges recién regresaba de París, de Ginebra, de Madrid, de Málaga. Busca sus raíces. Buscaba las raíces del criollismo, pero el criollismo estaba inficionado en la argentina de toda una literatura muy menor, donde venía como camuflado un libro que Lugones y Rojas iban a rescatar para las futuras generaciones de lectores cultos. Y hablo de Martín Fierro. Deliberadamente digo cultos, porque la literatura popular lo hizo suyo apenas aparecido.
Eran o podrían ser las raíces también del criollismo vanguardista, que se oponía aquél otro exasperado de moreiras y hormigas negras y Eduardo Gutiérrez.
Era también el reconocimiento topográfico de Buenos Aires. La búsqueda de su poesía que en ese tiempo intentaba una especie de recuperación del lugar y de la patria chica.
Algún autor se atrevería a considerar esta época como tributaria de un viejo y vago nacionalismo borgeano. Es la época en que escribe El tamaño de mi esperanza borrada luego de su bibliografía, recuperado por su viuda por razones me imagino que no literarias.
En El Tamaño de mi esperanza Borges examina con su mirada casi rosista varios tópicos de la literatura de ese tiempo y arremete contra Sarmiento, como mentor de muchos males argentinos.
Es la época del luego aceptado y famoso poema El General Quiroga va en coche al muere (fíjense que no dice a la muerte, que hubiera sido la construcción correcta, está utilizando una acepción popular. Ir al muere no sólo es morirse, es irse a menos, abandonar).
Pero sobre todo inaugura una costumbre en Borges: escribir sobre autores más bien marginales, antes que opaquen su brillo que empezó a lustrarse allá por los años de “Proa”.
Carriego le ofrece en este sentido muchas ventajas adicionales:
Al parecer, si no es una licencia poética borgeana, de niño su casa era uno de los lugares que frecuentaba Carriego. Allí según Borges recitaba a Almafuerte. Allí oyéndolo al propio Carriego, se le ocurrió que las palabras eran más que una forma de comunicación humana y que comunicaba emoción a través de la poesía. Para decirlo de un modo rápido: según Borges que escuchó de niño a Carriego recitar a Almafuerte él descubrió a la poesía. Es un rito iniciático que tal vez haya inventado Borges para hacer más real la paternidad supuesta de Carriego sobre su vocación y sobre su poesía. No sabemos –no lo sabremos nunca- si es verdad. Pero funciona a las maravillas como anécdota detonante de esa vocación de las más firmes y más brillantes de todas las literaturas no sólo las que se escriben en español.
Carriego había muerto muy joven. De la misma muerte que Keats (lo dice Borges) Keats el romántico inglés. La muerte era la “tisis” como se le llamaba a la tuberculosis, aunque la familia tal vez para eludir el escarnio de la época dirá siempre que fue una peritonitis.
Esta curiosa y hasta cómoda teoría del precursor también la aplicaría en adelante a Kafka con respecto a Melville.
Borges dice: Melville en su Barteleby define ya un género (estamos en 1956) que en 1919 Kafka tomará y profundizará. El de las fantasías de la conducta y del sentimiento, o, como ahora malamente se dice: el psicoanálisis, o lo psicológico.
La idea borgeana sobre esto es que el viene después, viene a terminar aquella prefiguración, aquel texto anterior.
Como erudito y estudioso que era, se tomó el trabajo de citar ese rastreo, una especie de inventario prekafkaiano.
Zenón de Elea y sus famosas aporías (dificultades) de Aquiles y la tortura o el arco y la fecha.
Han yu, prosista chino del siglo IX
Kierkegaard, filósofo danés contemporáneo, 1913-1955
Un poema del poeta inglés Browning, de 1876 quien había nacido en 1812 y murió en 1890
En vindicación temprana de Carriego, Borges inaugura un estilo.
Aquello que afirma más arriba. Que le interesaban menos los grandes que aquellos que prefiguraban a esos grandes. Y acá Uds. Ya saben la ecuación inminente. El grande será Borges. Carriego queda en el módico lugar de los precursores, del origen de una poesía, de un estilo. En el camino que hizo posible que detrás viniera Borges. Y Carriego hará según Borges que una obra anómala para sus contemporáneos con el tiempo se haga trivial. Porque de todos modos lo que interesa es que aparezca un Borges. Ese parece ser el razonamiento.
No obstante le hace justicia a su modo. De Carriego saldrán luego las líneas de la poesía del tango cuando se haga canción cantada.
De allí salen con toda seguridad: Celedonio flores, los Contursi, Cadícamo y el más conspicuo carriguista: Homero Manzi.

PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Instalación


En vaga composición de olores
satura la mañana,
una terca mota de azahar.
Travestida de flor,
cadencia cítrica,
la mota descarada
desmorona
el hálito a desecho acidulado
en el contenedor.

Y aunque ronda
en lo azaroso del azahar
la cálida memoria
de un tiempo de flores y de frutas,
el sesgo a primavera
embiste
el bulto amorfo
en el atrio cultural:
lo adereza, lo atavía,
lo centra en la retina.

Curiosa instalación,
la precaria quietud de la escultura
sobre trapos y al abrigo
de una plancha de cartón,
denuncia el alcaloide,
implacable
sopor del pordiosero.

Pasos
a mi madre

Sobre el piso colorado,
grumos de silencio.
De arena, sus pasos perdidos
delatan mi extravío:
no sé cómo seguirlos.

Una mano piadosa me lleva a la ventana.

Pasos de algodón retumban en el césped.
vislumbro blancos que en el verde abre el jazmín.
Capturo la mirada de mi madre
prisionera de un gesto de hace tiempo
aún inconcluso:
sorber con toda la cara
la espesura de la flor.

Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Eva


“De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada." (Génesis 2:22-23)

Útero de dolientes laberintos donde la humanidad se salvaguarda,
grito el nombre del dueño de la vida,
mientras llovizna el alba
sobre el huerto
y ha comenzado el tiempo de los pájaros.
Grito el nombre del amo de los sueños,
insolente señor de los caprichos que cinceló en un hueso mis caderas,
mis senos contundentes,
mi cintura,
mis tobillos de andar acompasado.
Grito el nombre del verbo hermafrodita que me impuso
en la noche originaria
mi credencial de hembra,
de varona dispuesta a entretejer mi dinastía con hilvanes de semen desvelado
y luego,
sin piedad,
hirió mi rostro con el amargo musgo del olvido,
me arrebató en la fiebre de su cólera,
me expulsó hacia el naciente del repudio con espadas de fuego entre las manos.
Soy Eva.
Soy la madre del castigo.
Detrás de mi vendrán cendales negros,
y un silencio de sangre sin embriones vaciada en las arenas de los siglos
y una historia de sexos mutilados
y piedras lapidando los pezones
y puños como rocas
y puñales
y la profanación de la inocencia
y manos machacando en los morteros el secreto nutriente de los granos
y el pulso del dolor atravesando por acequias de carne desgarrada
y la muerte
acechando en los rincones
como un perro de presa que reclama su diezmo de menudos calendarios.
Grito el nombre del padre,
a voz en cuello;
increpo a su desdén,
prevengo al viento acerca de estas lunas insumisas
que habrán de continuar sobreviviendo
a pesar del desprecio
y los agravios

Salomé

“Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes, por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo que pidiese. Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un plato la cabeza de Juan el Bautista.” (Marcos 14:6-7-8)

Escucho,
desde lejos,
las denuncias,
las recriminaciones,
las censuras,
las insidias de bordes insolentes reptando por los muros del palacio
en el eco rotundo de sus voces.
Pero nadie se atreve a ajusticiarlo,
a desnucar sus ojos encendidos,
porque este tiempo ha sido revelado como el advenimiento de otro reino
sobre la piel ajada de los códices.
Yo sólo libro el fuego de la danza al ritmo de sonajas que percuten
junto a los balanceos,
las flexiones,
el arquear obediente de mi torso junto al suave pulsar de los tambores
y ese inmisericorde fanatismo enjuiciando la vida de mi madre
que ya no pueden ocultar las cítaras;
ese apasionamiento huracanado condenando el ritual de mis amores.
Me acosan las miradas de lujuria adulando mi vientre delicado
moviéndose,
sinuoso,
entre los velos
que caen como hojuelas otoñales multiplicando el goce en los azogues.
No lo asesinan leyes ni preceptos,
lo matan mis caderas complacientes,
mi fragancia a hembra en celo
y el alfanje
instaurando entre coágulos desnudos la decapitación del horizonte;
lo mata mi mirada seductora enmarcada por sombras de antimonio
mis piernas impetuosas,
mi cintura,
y el engreimiento de sentirse dueño de la vida y la muerte de los hombres.
Lo mata el erotismo,
la impudicia,
la voluptuosidad adolescente que funda entre mis muslos su desgracia.
En bandeja de plata
su silencio
como obsequio a la puta de la corte.

Dalila

“Y ella hizo que él se durmiese sobre sus rodillas; y llamado un hombre, rapóle siete guedejas de su cabeza, y comenzó á afligirlo, pues su fuerza se apartó de él.” (Jueces 16:19)

Observan con sus ojos de condena
como si nunca hubieran sospechado un sisear de traiciones satisfechas
reptando
en las tinieblas de la noche
hacia el precio final de la codicia.
Observan con sus ojos de reproche
los meandros impetuosos de las sábanas
las trenzas de cabellos retorcidos
cercenados
al borde de la luna
por determinación de mis caricias.
Podría declarar
en mi defensa
que el gran juez de Israel es un fantoche,
un autómata inútil,
un pelele subordinado al dios de sus ancestros
y al cumplimiento fiel de su doctrina.
Pero no diré nada.
Está en mi esencia no apreciar los amores reverentes
no valorar la entrega ilimitada con que los hombres pierden
en el lecho
el patrimonio breve de su dicha.
Es que a mí no me inquietan las sentencias brotadas de sus miedos primitivos.
No creo en la falacia de esos dioses que reivindican guerras,
sufrimientos,
hambre dura,
muñones de injusticia
y a cambio de algún cielo prodigioso reglamentan penurias en eclipse,
remolinos de fiebre,
ceremonias donde solemnizar,
sobre las piedras,
estertores de sangre redimida.
Porque yo soy Dalila,
filistea del Valle de Sorec,
en Palestina;
infiel al corazón y a la liturgia,
infiel hasta la médula del pulso que corre por mis venas atrevidas.
Porque yo soy Dalila,
soy atea,
y desconozco el arrepentimiento.
No me inclino,
jamás,
en los altares.
No admito sus leyendas.
No permito ni un vestigio de culpa en mis pupilas.



PÁGINA 6 – CUENTO

Al sur del sano juicio


Por Ricardo Rubio (Ciudad de Buenos Aires-Buenos Aires/Argentina)

Ella estaba bastante segura de haber nacido. La rodeaba una sociedad sucia y superflua donde la certeza no era un bien codiciado. La memoria, que es la hermana imbécil de la inteligencia, le hablaba del sabor oscuro de las trasnoches de trastienda en la pantalla negra de su pasado, cuando el oleaje de sus muslos ahogaba el deseo presuroso de los clientes. La paga la había redimido del asco pero no de la melancolía. Pese a ello, estaba bastante segura de haber nacido y de haberse enamorado alguna vez de un hombre chiquito y regordete que resultó ser su tío. Ahora, tiernizada por el tiempo y enternecida por las dudas, no resultaba atractiva ni para las cachetadas; aunque un mal día su obscenidad se cruzó con las pocas luces de Luciano, que sólo deseaba mitigar la pena sorda de los domingos y se la llevó con él. Impávido ante la imprudencia, estuvo meses ignorando que ella seguía abocada al sexo de los otros, hasta que un día la encontró mascullando la miseria, atrincherada entre las piernas del mecánico. La cabeza de Luciano pareció no estar tan seca cuando gatilló la escopeta que heredara de su padre, dándole sólo al tipo. Luciano terminó en el loquero y ella, que hasta entonces había estado segura de haber nacido, decidió probar arrojándose de un sexto piso.

PÁGINA 7 – ENSAYO

Un reposo entre dos movimientos


Por Julio Carmona (Chiclayo/Perú)

Hace algunos años leí en un texto filosófico (creo que del francés Alain) la siguiente metáfora que definía al presente como “un reposo entre dos movimientos”, vale decir que nuestra existencia reposa entre esa acelerada acumulación de tiempo que va dejando de ser (el pasado), y esa otra vertiginosa vorágine de acontecimientos que nos imponen su existir fugaz (el futuro): ¿cómo hablar de un presente que, segundo tras segundo, ya es pasado? ¿Cómo hablar de un futuro que, por más lejano que lo ubiquemos, está condenado a ser pasado?
Estas reflexiones las hago leyendo el poema “Lo fatal” del gran nicaragüense Rubén Darío, que concluye con estos versos: “… y la carne que tienta con sus frescos racimos/ y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos./ Y no saber a dónde vamos/ ni de dónde venimos…” Dicen que la mayor tragedia del ser humano es el ser consciente de su temporalidad. De ahí que el mismo poema de Darío empiece así: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura porque ésa ya no siente,/ pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo/ ni mayor pesadumbre que la vida consciente.”
Hace pocos días leí la reflexión de un afro-descendiente respecto de esa incertidumbre de los orígenes: ¿quién fue el padre del padre de mi padre?, preguntaba. Y, claro, a los descendientes de africanos esa situación se nos convierte en absoluto desamparo, por las condiciones escalofriantes sufridas por nuestros ascendientes. No obstante hay que reconocer que esa perplejidad es común a todos. Los tatarabuelos (si no hasta los abuelos) a todos nos resultan ciertamente extraños. Por eso el poema de Darío continúa: “Ser y no saber nada y ser sin rumbo cierto,/ y el temor de haber sido y un futuro terror…/ Y el espanto seguro de estar mañana muerto,/ y sufrir por la vida y por la sombra y por/ lo que no conocemos y apenas sospechamos…”
Tal vez, este poema, en el contexto general de la obra del “liróforo celeste”, constituya uno de los hitos que marcan su ruptura con el modernismo formalista y hasta retórico que él mismo encumbrara con singular maestría, pero que sus epígonos o imitadores se encargaron de devaluar. Las princesas exóticas, los cisnes emblemáticos –pero también extraños– son suplantados por una visión más humanista o, si se quiere, más realista de la condición humana, en la que –realmente– no se sabe “a dónde vamos/ ni de dónde venimos”.

PÁGINA 8 – CUENTO

El noticiario de la noche


Por Ruth Pérez Aguirre (Villahermosa-Tabasco/México)

Al llegar a mi departamento lo primero que hice fue encender la televisión. Ya era tarde, lo admitía, y de paso, aceptaba que ya no tenía más excusas que darle a Magnolia; lo que ella me dijera esta vez tenía que tolerarlo, no había nada que refutarle. Hoy, muy temprano en la mañana, una niña de seis años y una señora de cincuenta fueron atropelladas por un motociclista fantasma que se dio a la fuga antes de que alguna autoridad llegara; ambas personas murieron. ¿Qué hora es Ramiro? Me preguntó con una voz que aparentaba tranquilidad pero que yo sabía muy bien que llevaba en su interior un volcán a punto de hacer erupción. Las diez treinta. Le contesté sin mirarla.-Y si sales de tu oficina a las seis, ¿cómo es que llegas a tu casa tan tarde? ¡Ah sí!, dirás que es a causa del tráfico, siempre el tráfico, ese que con seguridad te habrá atrapado por horas como todos los días. Los estudiantes que tienen tomadas las instalaciones de la universidad dijeron a través de su vocero que no cederán ante nada hasta que el rector cambie de actitud. Sí, Magnolia comenzaba a ponerse roja de la cara, a crispar las manos enterrándose las uñas hasta lastimarse y a alzar el tono contenido de su voz, que dicho sea de paso era tan aguda que alcanzaba los más altos decibeles de la escala. Entré al cuarto a dejar mi saco y corbata y hasta allá me siguió mientras me hacía reclamos sin detenerse ni para respirar. No me has respondido Ramiro, ten por lo menos la educación de hacerlo, y si tienes aún valor, contéstame de frente. En la colonia Insurgentes toda la población está padeciendo por la escasez del agua desde hace diez días. Los habitantes de dicho lugar han amenazado con hacer un plantón mañana por la tarde a las puertas de la Residencia de Los Pinos y permanecerán ahí hasta hacer que sus demandas sean escuchadas. Salí del cuarto dándole apenas una ligera mirada a la histérica de mi mujer, me dirigí a la cocina y mientras destapaba mi cena me gritó a mis espaldas. Por favor Ramiro dime al menos una mentira, haz el esfuerzo de inventar algo, quiero escuchar tu ingenio una vez más. Mientras la señora Luz María Martínez dejaba a su hijo en el colegio, los amantes de lo ajeno asaltaron su coche; se cree que los malhechores sean los mismos que ayer amagaron y robaron a un septuagenario que estaba a punto de abordar su vehículo en el mismo lugar. Todo nos hace indicar que el de hoy es un atraco más de la banda “Los tigres” que opera por esa zona desde hace un año. No sé que más decirte Magnolia. Me volteé para responderle de frente a sus anegados ojos como lo hacía todos los días. No te creo porque bien sé que son mentiras; tú sales a las seis y de ahí te vas a alguna parte con esa mujer que es tu amante. No me digas que no es cierto. Por exceso de velocidad e ir hablando por teléfono al mismo tiempo que guiaba, Francisco López causó hoy una carambola de quince vehículos en pleno Paseo de la Reforma provocando un caos tal ya que las quince unidades fueron colapsadas. Llevaba una charola con mi plato y mi taza de café para ponerlo en la mesa del comedor sintiendo el conocido aroma de los chilaquiles verdes que sólo Magnolia sabía preparar de esa manera, cuando de pronto ella le dio un golpe a la charola para que todo cayera sobre mí. Pasado el momento de la sorpresa estallé yo también en cólera. Pues sí, así es, tienes razón, todos los días salgo a las seis, y junto con ella me voy a cualquier parte hasta que dan las diez de la noche, de ahí salgo a dejarla a su casa y me vengo fletado a la mía. ¿Eso es lo que querías que te confirmara? Agregué con sorna para hacerla enojar aún más. Magnolia se fue corriendo al cuarto y dio un portazo, yo me dirigí a la cocina a buscar un paño y mientras me limpiaba la camisa sólo pude escuchar un disparo. Hoy se presentará en Bellas Artes la famosa ópera Rigoletto del celebérrimo compositor Giuseppe Verdi con la actuación estelar del tenor argentino José Cura en el papel protagónico...



PÁGINA 9 – ENSAYO

La importancia del lector.


Por María Eugenia Caseiro (Miami/Estados Unidos)

A nuestros lectores,
almas buscando el alma.


La escritura está a menudo formulada como complemento al juego de la reflexión, especialmente la poesía, que con el uso de imágenes, metáforas y toda esa suerte de recursos que conforman quehacer y el arte del poeta, descubre a través del lenguaje lírico, de la subjetividad, el efecto de la emoción en el marco de lo que se escribe. La escritura es además un arte y una manera de expresar nuestros sentimientos por medio de ese arte, y motivados por el deseo y la tendencia a transcribir las ideas. El arte es libre y esa libertad que se manifiesta también en la escritura, está paradójicamente sujeta a reglas de lenguaje, de sintaxis gramatical, de género, y también al estilo; y es aquí donde toma sentido la exigencia. Aparte de la habilidad existe una porción de exigencia que no viene sólo de quien escribe sino de quien nos lee y esa exigencia, no es otra cosa que el aguijón que nos mueve a mejorar lo escrito y que a veces nos lleva a cuestionarnos con respecto al resultado.
Valoramos el tiempo de quien hace suya la palabra leída; hecho que estimula y redunda en una mayor aplicación al trabajo, y que a su vez beneficia la relación con el lector, pero también valoramos la buena crítica. El escritor, además de su propio lector, es también lector; debe, por ende, ser su propio crítico llamado a formar parte del constante aprendizaje que nace de ambas actividades.
Muchos sienten el llamado de la escritura, pero no todos tienen la suerte de escribir guiados por una inspiración excepcional, incluso por una no tan excepcional, sin embargo les motiva y les nutre la certeza de saberse leídos, de no quedar al desamparo de la escritura en soledad, y es por ello que escritor y lector crean esa connivencia que genera además un nuevo vínculo: una articulación entre el lector y el texto, que hoy día se facilita en mayor proporción debido a la divulgación y difusión de los escritores y de todo arte en general, por medio de Internet; un medio veloz y de gran alcance.
Si bien sabemos que la escritura es un acto de comunicación; la lectura, es complemento indispensable para esta comunicación. El lector, quien añade su propia interpretación y análisis, es parte activa y vital de la escritura. Y la escritura, que no es otra cosa que una invitación a la lectura, tal vez provocación a la misma, logra desentrañar muchas veces con estricta limpieza, los pensamientos y debates internos del lector, y lo lleva además a despertar la curiosidad por aquellos presentes en el escritor.
Todo acto de comunicación está matizado emocionalmente y pasa, de forma inevitable, por el filtro de subjetividad, tanto de quien emite el mensaje como de quien lo recibe. En la interrelación escritor-lector, la peculiaridad de la función comunicativa o el modo en que el receptor debe tomar el texto, no es exclusiva del texto literario; cada cual obedece a una función comunicativa específica que conlleva a un conjunto de particularidades, reguladas a su vez por principios dilucidados en su condición de fenómeno de interacción social y de actividad cognoscitiva.
Tanto quien escribe como quien lee, aportan su ración al producto, por lo que el fruto del acto de escribir, en un plano subjetivo de comunicación tiene de uno y de otro; recoge, en las más íntimas vivencias, un resultado de esta comunicación, que a su vez origina un nuevo producto que pasa directamente a influir en el lector de manera que lo articula con episodios creados expresamente para ello. Esta comunicación subjetiva, ánima elemental que interrelaciona al lector con el texto, y a su vez con quien lo escribe, no es otra cosa que la fusión de dos actos y el acto de leer, pasa a formar parte del acto de escribir desde el punto en que es concebida la escritura, una vez que incluye al lector en el proyecto del escritor.
Un libro no leído, es como un libro nunca escrito.

PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Carlos Carbone (Buenos Aires/Argentina)

La lluvia y los miedos


Esta noche la lluvia se llevó
todos los miedos.

Se llevó el miedo interior
el miedo a todo
y a nada
ese miedo niño que viaja
conmigo.

Esta noche estoy libre de miedos
nada importa demasiado
atrás quedó el santuario
del temor
la literaria lluvia
barrió todo del oscuro
horizonte
y yo
espero la mañana
con la mínima realidad
que necesito.

Herida

Ya dejará de sangrar esta puta herida.

Esta herida que me divide
que me deja inmóvil
que me enfrenta con lo peor de mí.

Esta herida abierta que sangra feroz
y que tira al fondo mi estima de hombre

Esta herida dolorosa
Y siniestra.

Herida
que no para de llorar.

Ya dejara de sangrar
la brutal asesina.

Perdido

Me llevan en hombros
y golpean palmas.

No creo que en esta
desierta playa
encuentren
a mis padres.

Los dedos de la lluvia

Hoy
sólo me tocan
los dedos de la lluvia

Ella
no es indiferente
tiene la belleza
de las que se levantan tarde
es precisa y fatal
y todo toca
para acobardar este frio
en mi soledad.

Hoy
más solido que el aburrimiento
ella me toca
y hace a un hombre solo
feliz.

Piedra y palabra

‘En medio del camino había una piedra Había una piedra en medio del camino’. Carlos Drumond de Andrade

El destino del hombre está lleno de piedras
También está lleno de palabras.

El camino se hace con piedras
El camino también se hace con palabras.

Algunos arrojan piedras al opresor
Otros le lanzan palabras.

Algunos parten la piedra
Otros astillan las palabras.

Algunos levantan estatuas de piedras
Otros hacen monumentos con las palabras.

Algunos se paran sobre una piedra para ver más lejos
Otros lo hacen sobre las palabras
y rompen el horizonte.

Alvit Oillart (Ituzaingó-Buenos Aires/Argentina)

Borges


Te imagino...
Custodiando la inmensa biblioteca...
donde habitan fantasmas en tus libros.
Ayeres que quedan en la historia.
Palabras que aún, siguen latiendo

Imagino...Tu figura reflejada en el espejo.
Tu mirada. La sombra de un extraño.

Imagino...
La muerte cabalgando en un centauro en
la llanura de tus papeles blancos.
Parado en una esquina bajo un árbol...Un
malevo fumando un cigarrillo

No eres tú, sino el otro Borges que detiene...
El tiempo de la vida en el recuerdo.

A Romeo y Julieta

Tus ojos se posaron en mis ojos
tu boca se acercó hacia mi boca
y en un suave desvío de mi rostro
tus labios rozaron mi mejilla.

Fue un tímido beso arrebatado
y un halo nos cubrió nítidamente
El latir del corazón lo dijo todo
Flotaba el amor entre jazmines.

El silencio nos sorprendió callados
Nuestros cuerpos...inmovilizados.
No podíamos amarnos libremente
Los dos, éramos esclavos del destino.

El eslabón perdido

La Primera mirada: La existencia.
Huella de silencios, la naturaleza humana.
Punto muerto en el túnel del tiempo,
Extinguido...sobrevivido...
Profundo abismo del ayer desconocido.

Final

Hoja a hoja, fue despojándose el árbol.
El almanaque, sus días y sus años.
Los grises cabellos de tus sienes,
hoy , son otoño en primavera

El ocaso, marchita tus pupilas
al paso de la vida acostumbrada.
El sueño de las mezquinas horas,
son sombra de tu sombra ,envejecida.

La huella de tus pies, largo camino
Cicatrices del destino ensombrecido
Ajena e indiferente de tu alma
la muerte espera en el banquillo.

La estación del amor

Cuando el tren se detenga en tu estación de destino,
yo , mirare el anden, buscando...
En cada rostro tu rostro, en cada cuerpo tu cuerpo.
Ansiando verte.

Entonces…
El tren pondrá en marcha el adiós del movimiento.
Mi sombra se resistirá a viajar con mi presente
y el fantasma rebelde del recuerdo
se quedara en el anden de la esperanza.

Y cada vez, que el tren se detenga
en ese instante fugaz que determina el tiempo,
despertara mi corazón dormido
con un suspiro de amor en el infinito

Río de amargura

Llora el cielo y yo...
Despierto en este día tan lluvioso
en que miles de lagrimas caen torrencialmente.
El viento. Dando latigazos de agua pura.
Castigando las veredas y los techos.
Los frágiles tallos de las plantas...

Latigando...Golpeando.
Haciendo caer las hojas de los árboles
que asemejan a gotas gigantescas.
Latigando... Golpendo el paraguas
de algún transeúnte arriesgado
que cruza por las calles anegadas.

Y yo...llorando.
Sintiendo que este río de amargura
se escapa raudamente por los ojos.
El llanto es una catarata
que riega cada espacio de mi alma.

Se ciñen las cejas y los párpados.
Se humedece mi boca enmudecida.
La sirena también larga su llanto en
su lánguido sufrir, pidiendo ayuda.

PÁGINA 11 – CUENTO

Amores Batracios


Por Malcolm Peñaranda (Medellín-Antioquia/Colombia) © 2009

Serie: Escenas de Ciudad
Ciudad Escenario: Los Ángeles, California.

Si algo tenían en común aquellas tres mujeres era lo soñadoras.
A veces parecían vivir en un cuento de hadas en el que ni eran felices ni comían perdices.
Las tres eran inmigrantes, bellas y estaban en edad de merecer.
Eran tan exigentes que siempre te preguntabas si estarías a la altura de ese supra yo que ellas proyectaban de vos.
Cuando las conocí me las presentaron como “las tres tristes tigresas” y como al principio no entendí totalmente el porqué de la etiqueta, tuve que utilizar todos mis conocimientos de sicología para descifrar cada enigma de mujer que ellas representaban.
Era como entrar en el laberinto del minotauro, pero sin minotauro y sin burladeros, rastrillando los pies como toro bravo para no dejarse devorar de las tigresas.
Marietta, la salvadoreña, era una médica medianamente exitosa que a veces hacía de uróloga aficionada. Desde que había migrado de su El Salvador en guerra, tenía como única meta encontrar a su príncipe azul aunque para ello tuviese que besar muchos sapos y uno que otro viejito verde.
Hablaba inglés perfectamente pero cuando quería conquistar un gringo visajoso recurría siempre a su frase de cacería número 13: “I don’t speak much English, wanna teach me some?”. Lo decía con acento y más parecía una wetback que una residente retrechera. Si el ganoso de turno se hacía el interesante, recurría entonces a su infalible juego del “tequila caliente” porque era una convencida de que un ombligo apetitoso vale más que mil palabras.
Lola, la española, era una divorciada acomodada que vivía de un salón de belleza que de vez en cuando administraba y del sudor de su exmarido, un macho vulgar y superficial que gastaba parte de su fortuna en callgirls y masajistas pajeras.
Ella en cambio, se derretía por los texanos o por cualquier hombre que tuviera pinta de vaquero y que pudiera cabalgar cual potro salvaje. No necesitaba hablar. Le bastaba su mirada lasciva y sus labios carnosos para conseguir lo que quería. Jamás se le resistió hombre alguno. A todos los despojaba de su ropa interior que luego etiquetaba y guardaba en un cuarto como sus trofeos de guerra. Tenía un pantaloncillo negro que decía Bruce Willis y juraba que se había acostado con él, que le había hecho el “combo” y que el tipo tenía el fetiche de los pies.
Sandra, la colombiana, era tan ilusa como irresistible. Trabajaba como ejecutiva en un banco y a menudo rompía el dress code poniéndose faldas arriba de la rodilla para dejar ver sus piernas perfectas que desconcentraban a cualquiera.
Recién llegada a Los Ángeles soñó con ser actriz y volverse famosa de la noche a la mañana. Empero, jamás se acostó con ningún director para obtener un papel, aunque propuestas no le faltaron. Ella sabía que al hacerlo solamente obtendría el papel de amantonta de ocasión. Había migrado a los Estados Unidos porque estaba harta del machismo de los colombianos y decía que no quería terminar sus días como la típica ama de casa latina. Insistía en que los gringos y europeos eran menos machistas y que la valoraban más por sus opiniones que por sus atributos físicos. Pobre ilusa.
Cuando las tres tigresas salían juntas de cacería se convertían en auténticas depredadoras que devoraban cualquier hombre que cumpliera por lo menos siete de los diez requisitos que habían escrito conjuntamente. Sin pensarlo, se habían convertido en espejos de esos hombres que se acuestan con docenas de mujeres porque creen que a través del sexo encontrarán la mujer ideal, aquella de la que se enamoren porque resulte ser una especie de “virgen con experiencia”, una contradicción de cazador cazado que no piensa con la cabeza sino con la cabecita.
Ellas los buscaban altos y bien parecidos, pero a veces se conformaban con feos inteligentes o enanos con sorpresa. Jamás lo hacían borrachas ni aceptaban faena sin “sombrero” porque decían que preferían morir asesinadas que víctimas de Sida.
Intentaron tantas fórmulas. Experimentaron tantas nacionalidades. Se metieron en medio de tantas parejas. Y besaron tantos sapos! Pero ninguna de las tres coronó su príncipe y terminaron mal casadas, bien divorciadas y cantando “It’s raining men” a todo pulmón en cualquier bar con rocola donde sirvieran buenos martinis. La última vez que hablé con ellas por teléfono estaban en Daytona a la caza de adolescentes cachondos en spring break. Nunca cambiaron. Nunca cambiarán. Y espero que nunca lo hagan porque son infinitamente divertidas.



PÁGINA 12 – ENSAYO

Recepción y ritual positivista franco-brasileño de un icono femenino mexicano


Por Ricardo Melgar Bao (Cuernavaca-Morelos/México)

No es novedad decir que Doña Marina, más conocida como “La Malinche”, ha sido y sigue siendo uno de los personajes más controvertidos de la historia de México, habiendo nutrido una frondosa producción bibliohemerográfica e iconográfica. Figura mítica, legendaria e histórica ha gravitado en diversos imaginarios, confundiendo sus símbolos y sentidos.
Un nuevo ciclo vive la Malinche en el imaginario intelectual y de la población letrada. Durante los últimos años se han generado nuevas lecturas históricas, narrativas, teatrales, dentro y fuera de México, lo refrendan: La novela Malinche de Laura Esquivel, la pieza teatral del mismo nombre de Víctor Hugo Rascón Banda, el texto de Edward Rosset, el ensayo sobre la identidad de Juan Miralles, el de corte histórico Malinche`s Conquest de la escritora australiana Anna Lanyon, la biografía de Luis Rutiaga y un escrito para divulgación de Tere de las Casas, entre otras. Estos últimos años La Malinche aparece como centro de un abanico de relecturas críticas, simbólicas, literarias.
Situaremos nosotros a la Malinche fuera de México. Poco sabemos acerca del proceso de su recepción simbólica e ideológica entre mediados del siglo XIX y principios del XX. En tal dirección abriremos una restringida e interesante cala sobre la apropiación de Doña Marina y de los discursos sobre lo femenino y la mujer en el imaginario positivista en dos ciudades lejanas entre sí, París y Río de Janeiro. Augusto Comte (1798-1857), Luciano Biart y Miguel Lemos (1854-1917) jugaron un papel de primer orden en la conducción de tal proceso.
Esta peculiar apropiación extranjera de una singular figura femenina mexicana, transgredió dos órdenes, el del poder y la identidad en tiempos del Porfiriato. Por un lado, la actualizada Malinche de fines del novecientos, comenzaba a distanciarse de la moda aztequista del nacionalismo cultural, lo expresó su presunta filiación istmeña o tabasqueña, a veces cubana. Quizás por lo anterior, entre otras razones caras a la pedagogía cívica liberal, doña Marina, nuestra Malinche, apareció cumpliendo un papel disidente a contrapelo de la exaltación literaria y escultórica de Cuahtémoc y Cuitlahuac en la ciudad de México. La resignificación positivista prefirió adscribir a doña Marina a un ámbito liminar amerindio ajeno a su territorio originario, situado en los lindes de la frontera lingüística y etnocultural, para exaltar virtudes femeninas más universales.

El mirador francés: Augusto Comte
Particularizaremos nuestra lectura a partir del seguimiento de algunas marcas culturales en el itinerario biográfico de Auguste Comte (1798-1857), el fundador de la escuela positivista y para muchos de la Sociología, así como de una obra señera dedicada a doña Marina, debida a la pluma de Luciano Biart (1829-1897), el viajero, escritor y naturalista francés.
En este acápite nos dedicaremos a presentar un cuadro de referencia puntual sobre Augusto Comte, entre la modelación de lo femenino y la aparición de su lectura sobre Doña Marina, ya que nuestro pensador fue marcado por sus dos experiencias más significativas frente a las mujeres, a través de sus dos parejas y sus inesperadas crisis. Una y otra fémina, en diferenciados momentos de la vida del sociólogo francés, coadyuvaron en la configuración de una densa dicotomía que filtró sus representaciones de género y su vida. Y por si fuera poco, dado el papel protagónico de Comte en el seno del movimiento positivista, sus ideas celebratorias de lo femenino ideal, impactaron en la construcción de su calendario ritual, aquel que rigió la vida ceremonial de los positivistas en las diversas ciudades del mundo donde lograron echar raíces.
Más oscuros y controversiales resultaron los vínculos del joven Comte con la tradición saintsimoniana, la cual había alimentado en París y muchos escenarios europeos la idea de un liderazgo compartido entre el hombre y la mujer, entre el “Pére” y la “Mére”. El primero, suponía la existencia de una figura solar y virtuosa emergida de los escenarios del saber y la moral popular de la Europa Occidental que debía prepararse para ser ungida para una magna tarea regeneracionista en el mundo. La segunda, refería la existencia de una mujer sabia y virtuosa que debía ser buscada y hallada por los mensajeros y viajeros saintsimonianos en los confines del Oriente. La conjunción de lo masculino occidental y lo femenino oriental en la pareja guía de la humanidad, daría inicio a una nueva era de hermandad, equidad, sabiduría. Huella de ello, aparece en la obra señera de Flora Tristán (1803-1844), la conocida utopista franco-peruana.
Sin lugar a dudas, al joven Comte le había tocado vivir una atmósfera ideológica donde estaban en revisión los papeles de la mujer y el del hombre en el espacio público y el privado; como también sus respectivas representaciones y símbolos.
El año de 1826, Comte, tras haber iniciado un exitoso ciclo de conferencias en París, tuvo que suspenderlas presa de un cuadro de locura que se prolongó durante un año. Su primera esposa Carolina Massin ejercía la prostitución, según unos, Comte quería redimirla, según otros, ella sostenía la economía del hogar o coadyuvaba sustantivamente en ella. El año 1828, Comte se divorció de su Carolina a la que llamó a partir de entonces “indigna” temeroso de sus cómplices excesos. Las mujeres quedaban situadas, en el pensamiento de Comte, en una frontera maniquea: dignas e indignas. El pensador francés, además de vivir su dramática crisis de pareja, resintió el peso de otros eventos situados entre la trasgresión de la ley y la ruptura ideológica. Al mismo tiempo, que nuestro personaje fue encarcelado por su tenaz oposición a ser enrolado en el ejército, rompió ideológicamente con la ideología liberal, deudora de la libertad de los espíritus. El Comte positivista se fue así dibujando como figura protagónica de una nueva corriente del pensamiento occidental pos liberal.
El año de 1845 Comte conoció a Clotilde de Vaux, enamorándose de ella hasta su trágico deceso un año más tarde. Su imagen se convirtió en obsesión veneracional por parte de Comte e incidió en el curso de sus escritos y en su propia existencia. Los giros de vida y pensamiento no siempre fueron tan trasparentes mirados desde las claves del género.
En el sociólogo francés, todo indica que sí.
En 1852, Comte convirtió su filosofía en un sistema religioso. Instituyó un santoral positivista, y una gama de “rituales científicos” propios de la llamada Religión de la Humanidad cumplidos en los templos del saber.
Por esos años Comte condenó al feminismo de su época, prefiriendo recrear el orden patriarcal para otorgarle un lugar contradictorio a la mujer en su visión reformista de la humanidad. En un plano más general y abstracto, la concepción comtiana de la religión positivista y su armónica coalición de factores dota a las claves del género de cierta relevancia. En el pensamiento de nuestro autor, las leyes de la inteligencia aparecieron vinculadas a su visión de la masculinidad, las de la física al llamado “sexo activo”, las de la moral al sacerdocio y las afectivas al reino de lo femenino. Sostenía que el hombre piensa y resuelve lo que la mujer le inspira sentimentalmente. Razón y corazón guardan una estrecha y armónica unidad. Consideraba que en el juego de equilibrios sociales, el sacerdote y la mujer asumían respectivamente las condiciones de “elementos esenciales del verdadero poder moderador, a la vez doméstico y cívico.”
Durante el proceso de construcción del santoral positivista en el cual tuvo lugar privilegiado nuestro pensador, apareció flanqueado entre otros santos, por dos selectas figuras femeninas como Juana de Arco y la Malinche, símbolos de esa oposición binaria que también atravesó a sus amores terrenales, es decir, los conferidos en sus respectivos tiempos a su puta/esposa y a su esposa/venerada. Los rostros de la dignidad femenina se fueron ensanchando al ritmo de la construcción ritual.
Fue el mismísimo Comte quien al incorporar a Doña Marina en su calendario histórico le otorgó una inusual y sorprendente carta de legitimidad en la expandida legión de los seguidores de la Religión de la Humanidad. Si el santoral católico tenía siete marinas santas, entre vírgenes y esposas mártires dispersas entre Europa y el África, el santoral positivista sólo tendría una, nuestra Malinche.
Las razones de Auguste Comte para elevar a la Marina mesoamericana a la condición de mujer venerada, nos revelan los inconfundibles trazos de una visión occidental de tintes paternalistas hacia los indígenas mexicanos y por extensión del continente. El 26 de julio de 1855, el fundador del positivismo le dirigió a su amigo Edger una carta en que le decía:
“La ampliación que acabo de hacer, para la séptima edición del Calendario Positivista, de la admirable india Marina, como adjunta de Juana de Arco, deberá fortalecer, en tiempo oportuno, gérmenes de adhesión en la infeliz raza mexicana, al sentir que se ocupan de ella en París.”
Fecundo juicio comtiano sobre la Malinche, el cual abriría muchas entradas a pocos años de que se produjese la invasión francesa a México. La centralidad que tuvo la ciudad de París en la construcción de los nuevos íconos y cultos positivistas se dio como un hecho. Desde allí, se recuperó comtianamente la imagen de la Malinche como doña Marina, signada por su ostensible indianidad mexicana a la cual había que tenderle un simbólico gesto de condescendencia civilizatoria. Ver a la Malinche en el santoral positivista, sembraría, ni más ni menos, los buenos “gérmenes” de adhesión en la “infeliz raza mexicana”. La lógica de la contaminación ideal propuesta por Comte para la raza mexicana, corría paralela al auge decimonónico de las concepciones higienistas para abatir los malos agentes patógenos que reinaban sobre los cuerpos, objetos, lugares, aguas y aires. El “llamado “despotismo sanitario” estaba a la alza.
Marina y Juana de Arco proyectaron en sus límites, unidad y jerarquía, las tensiones de lo femenino representado en el imaginario positivista. Fue así como Marina llenó un vacío de género y lugar cultural en el proyecto ecuménico del positivismo mundial. En lo general, las mujeres en el imaginario positivista oscilaron entre el reconocimiento a las que destacaron en alguna disciplina científica y las que de manera invisible y silenciosa coadyuvaron en favor del brillo de los grandes e ilustres varones del positivismo.
La presencia de las mujeres en el santoral positivista, reducidas en número frente a la hegemonía abrumadora de los santones positivistas, no haría más que reafirmar la dualidad de su representación, entre la excepcionalidad de sus cultivadas virtudes y logros intelectuales y, los dones innatos de sus bellos y solidarios sentimientos. En el pensamiento de Comte resultaba visible un anclaje biologicista que en la actualidad difícilmente podría ganar auditorio, así afirmaba que la inteligencia de la mujer se localizaba en su útero y que de allí derivaría su incapacidad para cuidar de la casa y pensar simultáneamente. La mujer positivista, atrapada en el falso dilema comtiano, al optar por uno u otro camino, se dislocaba de su lugar ideal. Así las cosas, la educación positivista que pretendía armar un nuevo orden para la mujer, en realidad, les ofrecía, matices más, variantes menos, más de lo mismo.
Sin embargo, la apropiación femenina del discurso positivista en América Latina, trabajó inéditas alternativas de equidad de género en materia educativa.

La Marina de Luciano Biart
Luciano Biart después de una prolongada estancia y recorrido por tierras mexicanas durante los años de 1847 a 1867, rescató la imagen seductora de doña Marina a través de las páginas de la Revue Deux Mondes. Biart publicó muchos escritos sobre México, pero el que escribió dedicado a doña Marina fue el que tuvo mayor eco, quizás por su eslabonamiento con la construcción del santoral positivista.
Años más tarde, F. Medeiros Germano, un “confrade” brasileño se abocó a la traducción del francés al portugués del texto de Biart. Subrayó la parquedad de los cronistas sobre doña Marina, así como el silencio de Hernán Cortés en sus Cartas de Relación… La fuente principal en la que abrevó Biart acerca de doña Marina, fue la obra magistral del cronista Bernal Díaz del Castillo.
Biart consideraba que Cortés, sin el apoyo de Marina como conocedora e intérprete del maya y del nahua, hubiese caminado a tientas en la empresa de la Conquista. ¿Por qué Biart comparó la ausencia de una lengua con la pérdida de la visión? La imagen metafórica nos revela la fuerte relación de sentido entre la tradición letrada y la vista. Sin el dominio de la lectura y de arte especializado de la traducción, no es posible “mirar” la otredad en sus fortalezas y debilidades, máxime cuando se trata de narrar los inicios de un proceso colonial propio del siglo XVI.
Biart inventó un disloque civilizatorio mesoamericano, entre los mayas y los aztecas, a favor de los primeros. El asunto tenía que ver con las prácticas sacrificiales humanas de los aztecas repudiadas por los mayas tabasqueños y por la propia Marina. La adhesión al cristianismo de la istmeña, en la versión de Biart, la convirtió en una exitosa propagandista de cierta idea milenarista acerca del advenimiento de los nuevos tiempos que darían fin a los sacrificios humanos. El presunto rechazo de Marina a toda forma de crueldad social, le permitió a Biart convertirla en “joven heroína” de una deseable empresa civilizatoria y no en una “traidora” a su raza o a su pueblo, por otro lado, escindido y confrontado. Lemos disintió con él, al comparar a Marina con Valliére, reclamando mayor proximidad modélica con las insignes figuras de Juana de Arco y la propia Eloísa.
El referente civilizatorio avanzado está personificado en la Marina de Biart, situado en el más crudo y “cruento cuadro de la Conquista de México”. Así los argumentos, Marina quedó ennoblecida, dignificada y humanizada distanciándose de los excesos de toda violencia colonial, asumiendo “los derechos siempre desconocidos en las horas de las luchas violentas, de la justicia y de la humanidad.”
El biógrafo francés desplegó otras imágenes más caras al romanticismo que al positivismo, a fin de exaltar los referentes femeninos de doña Marina. A tal fin, apeló a tres simbólicas claves: flor, ave, fuente: “flor de corola resplandeciente de la que exhala grato perfume, ave de melodioso cantar y de brillante plumaje, cristalina fuente, cuyas aguas murmuran y gimen.”

Visibilidad brasileña e invisibilidad mexicana
La recepción positivista de la Malinche, trascendió al propio Comte, y reveló los caminos no siempre convergentes de las figuras incorporadas al santoral positivista. El camino brasileño fue más generoso con la Malinche que el seguido en México. Este contraste considerémoslo un hecho sorprendente al ser valorado desde nuestro mirador mexicano.
En el último cuarto del siglo XIX, en el Brasil muchas “meninas” integrantes de las colectividades positivistas de las ciudades de Río Janeiro y de Sao Paulo, adoptaron el nombre de Marina como propio. Una y otra vez, las hijas brasileñas de Augusto Comte mostraron su predilección por el nombre de Marina en las ceremonias de presentación celebradas en el principal Templo de la Humanidad de la Iglesia Positivista del Brasil con sede en la Rua Benjamín Constant Nº 30 en Río Janeiro. Era la natural resultante de la buena y atractiva imagen de esta indígena mesoamericana. Las Marinas brasileñas se sintieron réplicas simbólicas de la Marina primordial, la istmeña fiel, amante, traductora y aliada del conquistador Hernán Cortés.
Si el saber acerca de las lenguas no fue desdeñable para el mirador positivista decimonónico, Marina debió ser erigida como un valor-signo transoccidental. Pero no fueron estas las razones comtianas ni las de los positivistas latino-americanos, sino su condición primaria de femenina lealtad. Miguel Lemos, el pensador positivista brasileño filiado entre los ortodoxos comtianos y vinculado al más selecto grupo positivista parisino, escribió una Advertencia al ensayo biográfico de Luciano Biart sobre la Malinche, allí nos traza su propia caracterización de doña Marina como uno “de los más sublimes ejemplos de la dedicación femenina.” Lemos consideraba la vida de Marina propia de una trama novelesca, en la que la anti-heroína en su entrega amorosa a Cortés, se convirtió en objeto de la ambición de dominio del conquistador. Lo que hizo crecer la figura de Marina, al decir de Lemos, fue su capacidad de entrega y resignación a pesar del engaño de que fue objeto tanto por Cortés como por la religión inculcada por los sacerdotes católicos.
Si los centenares de Marinas brasileñas y de otros países donde caló la Religión de la Humanidad dislocaron el peso del estigma de la Malinche, ¿qué acontecía en los marcos de la intelectualidad positivista mexicana? La Revista Positiva, el principal vocero del positivismo nacional entre los años de 1900 y 1901, no hizo eco de esta lectura y recepción simbólica de doña Marina, aunque dio espacio para significar lo femenino. La propia indianidad careció de simbólico soporte femenino, la estatuaria y la pedagogía cívica prefirieron a las figuras masculinas de Cuahtémoc, Cuitlahuac, Moctezuma.
De otro lado, José Rodríguez M. condensaba la mirada positivista sobre lo femenino al sumarse al homenaje rendido el año de 1900 por la Academia de Ciencias de París a tres mujeres dedicadas a la ciencia: a madame Curie con el premio Gegner por sus logros y aportes a la Química, el cual ya le había sido conferido en 1898; a la Condesa de Lunden con el premio Da Gama Machado por sus estudios en zoología (alas de mariposas) y a mademoiselle Joteyko por sus investigaciones en Fisiología Experimental (fatiga muscular y nerviosa) el premio Montyon; y evocó que dicha Academia había ya distinguido con un premio a madame Sofía Kovalewsky por sus estudios matemáticos.
Así las mujeres intelectuales más destacadas, ingresaron simbólicamente a las filas de la nobleza cultural de la academia patriarcal positivista.
La dedicación a la ciencia de estas destacadas mujeres del mundo académico, aparecía como loable dada su excepcionalidad, por lo cual se les cedía un lugar simbólico. Sin embargo, el sentido fuerte de la construcción positivista de la imagen de la mujer, reveló una inconfundible marca patriarcal. Uno de los pensadores positivistas más relevantes del continente, el chileno Juan Enrique Lagarrigue (1852-1927), sintetizó esta visión en el acápite de un extenso ensayo publicado en La Revista Positiva de México. La caracterización de la mujer fue próxima a la que significaba a doña Marina. Leamos a Lagarrigue “La mujer es la fuente de la virtud. Su existencia se distingue por sus nobles afectos. Olvidándose a sí misma, vive para los demás, y halla en ello su mayor felicidad”. Así, la lógica sobre el sentido de la mujer como entrega sacrificial en aras del bienestar patriarcal fue esencializada como una virtud de género; y justificó su subalternidad sentimental frente al varón pleno de razón.
La lectura de Juan Pablo Lagarrigue sobre la simbólica inserción de la mujer en la Humanidad manifestaba, por un lado su deslinde realista sobre la existencia social frente a las explicaciones trascendentalistas religiosas, y por el otro, proponía una peculiar axiología en que le otorgaba a la mujer una sensibilidad de primer rango:
“El positivismo al reconocer a la Humanidad como el único Ser supremo real, lo personifica en la mujer. Siendo el amor el atributo fundamental de ese Ser Supremo, nada más justo que esta personificación, pues la mujer encarna, por su bella índole, las tres facultades altruistas del alma, el apego, la veneración y la bondad, que han hecho posible la cooperación social a través de los siglos.”

Una reflexión al cierre
La estetización y naturalización del cuerpo femenino y su segunda y tercera piel en clave positivista, apareció en contradicción con su moderna manera de concebir la historia de la humanidad. El cuerpo real objetivado reificó a la mujer ubicándola en su lugar subalterno de reproductora natural de la cooperación social desde su sacralizado nicho familiar como esposa/madre. De otro lado, la mirada positivista, evadió parcialmente la materialidad del cuerpo femenino salvo lo inventariado, clasificado y construido por el discurso médico e higienista que además pretendía normar tanto como la moda, la segunda piel femenina (indumentaria exterior e íntima). Signar al útero como depositario de la inteligencia femenina y de sus desajustes en los órdenes domésticos y públicos operó como una creencia, distanciada de las preocupaciones médicas e higienistas sobre el mismo. Agreguemos que la presunta virtud amorosa de la mujer, es decir, la piel del alma femenina en la añeja visión dicotómica del ser humano, “encarna” (sic) según el mirador positivista sus tres modos de ser altruista (apego, veneración y bondad).
En lo general, la lectura esencialista de la mujer propuesta por Comte, Biart, Lagarrigue y aún Lemos, reprodujo a trazos generales, la línea de continuidad del pensamiento comtiano parisino y latinoamericano, matices e inflexiones aparte. Sin embargo, la presentación simbólica de doña Marina, debió abrir lecturas distintas, variadas, encontradas o convergentes. Las posibilidades de sentido del símbolo sólo las pueden dar sus interlocutores. ¿Qué dirían de la Marina primordial los padres y padrinos de las marinas bautizadas? ¿Y ellas mismas, con los años acaso dejaron huellas de su doble identidad? Las preguntas son una buena frontera para no ingresar al territorio minado de la historia conjetural, pero si para dejar dibujadas algunas de sus posibilidades.

PÁGINA 13 – CUENTO

Y en silencio nos fuimos nunca supimos para dónde


Por Alea Sanapí *(Selva del Putumayo/Colombia)

Cuando iba a terminar el año viejo regresé a Mitú para recoger todo lo que allí tenía porque quería que apenas comenzara el año nuevo los poetas me enseñaran más palabras para poder estar segura de mí misma pero nadie quiso creerme que volvería al día siguiente a la ciudad donde había descubierto la poesía tú no te puedes ir me dijo Eloy agarrándome duro la mano por la muñeca y preguntándome qué me había pasado si yo sabía bien que mi mundo era la selva y que en la ciudad me perdería como sucede con los patiblancos que se van del nido tan pequeños y después no saben cómo volver y si acaso lo logran algún día sus padres ya están muertos de tristeza yo le dije que no que en la ciudad había descubierto la poesía y que un poeta me había dicho que mientras la poesía estuviera conmigo nadie podría hacerme daño y Eloy entonces mirándome a los ojos sin quitarme los suyos ni sus lágrimas me dijo qué es la poesía y yo le dije suéltame y te digo y él me soltó y le dije por ejemplo la poesía es una paloma blanca y él me llevó al palomar y dijo toma tenla para que no te vayas pero no me entendía que la poesía no era una paloma blanca de verdad sino de eso que se siente cuando uno dice o escribe paloma blanca y traté de explicarle y él me dijo estás loca y así no puedes irte y yo le dije no yo no estoy loca la poesía puede ser también algo sin nombre y él se quitó el sombrero y se secó las lágrimas y dijo que lo que hubiera que hacer para conseguirme
poesía él lo haría porque él me quería y no quería que me fuera y yo le dije mira eso por ejemplo puede ser poesía quererme pero dejarme ir que puedes seguir queriéndome aunque yo me vaya y nunca vuelva y él se quedó en silencio y yo el silencio lo sentí poesía y entonces fui yo quien le cogió la mano pero suave y se la acaricié y puse mis ojos bien firmes en sus ojos y le dije me voy de nuevo a la ciudad y si un día tú descubres lo que es la poesía allá te espero pero eso sí te advierto que casi todos los poetas de la ciudad me aman y que yo amo a todos y sólo vine para despedirme yo no creo que vuelva y si tú vas te quedas pero tienes que decirme ahora mismo si estás interesado en la poesía o si sólo me quieres a mí para vivir conmigo y tener hijos y eso yo no lo quiero lo que quiero es aprender muchas palabras que aquí nunca se dicen y que si se saben mezclar son poesía y él me dijo que cuáles por ejemplo y yo empecé a decirle como si fuera una cascada de palabras necoclí salsipuedes dónde pajarito ulalume presagio ventolera feijoa pasamanos ayúdame armadillo gaviota dulceabrigo y yo notaba que a medida que iba diciéndole las palabras que a mí me parecían poesía él iba quedando hipnotizado y me quería más y yo decía por ejemplo risa y a él le brotaban carcajadas del sombrero y si yo pronunciaba la palabra tranvía él sacaba la lengua y se ponía la mano en la cintura y si nombraba paranoia él se lleva la mano al corazón y así estuvimos yo diciéndole palabras locas y él haciendo mil cosas que parecían palabras con las manos y los ojos y el cuerpo y el sombrero y el pelo que florecía lleno de patiblancos perdidos en el vuelo hacia nunca y fue cuando me dijo quiero irme contigo porque ya entiendo y siento qué es la poesía y yo le dije a ver dime palabras que sean poesía y él me dijo no yo no puedo hacer poesía con palabras porque yo aún no conozco la ciudad yo siento mi poesía en el aire de las manos y en cómo me da el sol sobre la cara o me resbala el agua por el pensamiento y yo quedé petrificada porque yo no sabía que de esa clase también podía ser la poesía y le acepté que se fuera conmigo a la ciudad y así nos fuimos los dos al día siguiente en un avión sin decirle nada a nadie porque sabíamos que si contagiábamos a todos con la poesía todos querrían irse con nosotros y el pueblo entonces qué para qué decir pueblo si es caserío más bien aldea pequeña casa de toda la familia y cuando ya estuvimos en el pueblo grande los poetas salieron a recibirnos pero cuando me vieron llegar con Eloy se disgustaron y dijeron que yo no podía traer pareja porque todos me amaban y que Eloy se tenía que devolver y Eloy les dijo no señores yo sé lo que es la poesía y ya tengo derecho de estar aquí con ella y les dijo la poesía no son sólo palabras y les dio explicaciones y demostraciones con sus manos y con sus miradas y con la manera de andar por entre el gentío y todos se quedaron asombrados y acordaron que lo dejaban siempre y cuando con su manera de poetizar no enloqueciera a nadie y ni siquiera se habían dado cuenta que yo ya estaba loca por Eloy y que era mejor la poesía del silencio que la de las palabras y en silencio nos cogió el año viejo cruzando al año nuevo y en silencio nos fuimos nunca supimos para donde.

* indígena nacida en las selvas del Putumayo a quien un antropólogo holandés enseñó a leer

PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

Edda Ottonieri de Maggi (Marcos Juárez-Córdoba/Argentina)

Rumbo a la caída (2008)


Respiran fuelles los hombres en veredas de estío,
sus caras van por enfilados árboles,
la tierra se hace roca,
con la esperanza puesta en el trabajo:
(terror de perderlo)
(Pequeñas bocas esperan el pan de cada día)
Miedo al futuro que amanece despintado.
(En los muros se estrellan ilusiones)

Focos amanecidos lamen el cielo,
mientras las estrellas blanquean leche difusa...
(Bocas pequeñas quieren succionar)

Vitrales siniestros en sutiles mejillas de rocío,
hablan de un destino que ha variado el lienzo;
la memoria de gloria ha quedado en el umbral,
y la vida se ciñe a la mundial sacudida.

La hoguera, telaraña de fábulas,
se levanta sobre su propia baba y sus heridas.
(Las princesas se fueron con los cuentos
y los cuentos, cuentos...)
La jornada bosqueja un paisaje de llanto
ante las voces divididas del ser y el sentir.

Se enfilan puertas sin picaportes:
gotean rancias resinas en ventanas de sudorosa palabra,
bocas calladas bajo días agonizantes,
alas ingenuas, vidrieras estremecidas de preguntas,
ante un futuro imprevisible.

La primavera anunció su presencia

Lluvia seca, copiosa, de polen primaveral,
rocío que evapora sinfonías de inversos añiles,
como vitrales etéreos de escamas amariposadas
en el repliegue donde se esposa el umbral con la memoria.

Un tejido de telarañas arroja una fábula asesina
que apresa y mata la procacidad del ingenuo
y hasta la noche emite sus sollozos
bajo un réquiem de grillos bandidos en la lobreguez
de sus heridas.

El viento azota los tejados y las voces de las aves en vuelo,
Como diáfanas pupilas flotan brillos de caricias,
y las persianas, párpados de entrañas,
sofocan el aliento de una luna que agoniza
bajo la devenida sed de los cuerpos...

Destinos de esencia en el aire
abrir de sueños desde antiguas pieles de ceniza.
Fluye la sed en cataratas sin barrotes
y el hombre siembra el surco del renacer
en el ojo lánguido que sacude el misterio del amor
en esta primavera

Sólo hay que mirar el día para prohibir el odio.

Ser y esencia

Crepita el viento sobre los tinglados,
y se estrenan pulmones
es llama que “prende” la vida
en balbuceos ardidos de sed
y en la caricia espesa de la sangre,
donde aletean mariposas
y dibuja destinos.

Corazones ardientes que sembraron la vida,
en el canto fervoroso
abiertos los sueños hacia arcana pieles
tras el surco de tiempos heredados.

Es posible que el hambre mane
por arcos herrumbrosos, para desterrar el odio
y que cante el vivir
sin llaves para abrir compuertas de conciencia.

En la fervorosa armonía en un canto y de todos los cantos…
quedará sellada la fe y la esperanza de SER.

Sumisión

Desde mi esencia desnuda,
emerjo,
sarro de saqueos de pasiones descarnadas
por ilusiones entorpecidas a gritos.

Disparo montada en mi “yo” tras olas de cerrazones
mientras mi cuerpo, como magra gelatina tensada,
queda estático
al lado del despeñadero.

Toneladas de rebeliones surgen
para morir apenas nacidas.
Los monstruos están allí, como boca de ensenada...
Se esconden en los hechos cotidianos...

Y mi esencia sigue
siempre a la saga de los monstruos...
sin poder rebelarse
cabeza escondida entre almohadas
en resignad mudez

Mientras, el grito del otro se agiganta...

El latido de la vida

El tiempo se olvida de pulsar y quedan pájaros en el aire,

párpados ausentes y ojos que nos despiertan...
Y todo se detiene en ningún lugar de la intemperie,
mientras los huesos
guarecen los secretos en la médula de la esperanza
bajo el cristal del mapa heredado
de padres a hijos, perpetua especie...
Se vuelve a calcar una mujer que puja hacia la luz
en la época señalada: hora, día, mes, año...

Y en el misterio de la vida
vuelan estrellas de inocencia
y brotan milagros de las fuentes...

El tiempo vuelve a girar
y la vida se eterniza...

Paisajes secretos

Hay paisajes secretos en el alma
donde se guarda la infancia,
parches resignados de sombras y de luz

en toboganes de azúcar y hamacas de viento,

madejas en redes pescadoras

con olor a mariscos, puerto, sexo...
que impregnan la piel... y el recuerdo

Hay paisajes secretos en el alma
donde se han remontado golondrinas,

y desiertas por frío, han quedado las plazas...
y las campiñas abovedadas de silencio, olvidadas...

Por descuido de genes en olvidada memoria
la infancia se ha borrado y ha vuelto a nacer.

Eduardo Espósito (Paso del Rey-Buenos Aires/Argentina)

Tabula Rasa


Job 2:11

Todo consuelo está lleno
de lugares comunes
Erramos de manera estrepitosa
zeppelines de piedra
salvavidas de estaño (parecemos)
hundiendo a quien amamos
en la profundidad gelatinosa
de un sofisma
que ni a nosotros convence
Zarza ardiente que quema
al mensajero
La simple desventura agigantada
por un presunto empacho
sabiduría angélica
de parches y remiendos
Así se fue la Plath
envuelta en gases
así partió Alejandra empastillada
para escapar de tanto bien
El poema hecho astillas
desde entonces
el empujón final a una piedad
con sobrepeso.

Impromptu

Quién le estará dando vueltas
a la manivela del dolor
como si yo fuese un Ford T
Son varios los andamios del parir
Los hombres corren desesperados
vida abajo
Y yo no di permiso (que recuerde)
al demoler mi nombre y apellido
No permitiría jamás tamaño ultraje
y sin embargo alguien
quién sabe quien
se las ingenia de día en día
para hundirme un taladro en la esperanza
Ando entonces a cuerda
como un juguete desconcertado
un disparo en la oreja de Dios
robótico perdido
Un fósforo final en la refinería del caos.

Le gustaba Beethoven

Ayer nevó en Bs As después de 89 años
También ayer falleció Lidia la vecina
después de 85
Eventos que no ocurren a menudo
como ases en la manga salen a la luz
Dos buenas jugarretas del destino
un extraño combo inesperado
Si no viajo pienso
no veré la nieve nuevamente
si no muero no veré a Lidia como ayer
Lo cierto es que nada garantiza
que si viajo en Bariloche habrá nevado
que si muero iré a tomar el té con la vecina
o a escuchar a Beethoven
tocarle un solo de arpa
La nieve comienza a disolverse igual que Lidia
y yo sentado frente al mar de lo ya escrito
me abrigo bien en mi afán de perdurar

Celeridad

Hay cuatro clases de hombres en el mundo
Los lampiños
Los barbudos
Los que se afeitan como Dios manda
Y los tristes pobres hombres
de la afeitadora eléctrica

Pobres niños olvidados por sus madres
a quienes jamás papá pasó pelota
Nunca una curita en el uncido rostro
Nunca una sonrisa de satisfacción padruna
jamás papel higiénico en la herida
o paños tibios a ese amor con la gillette

Pobres desmadrados
que perdieron segundos en su vida apenas
por no ganar un cielo de brochas y afiladas
Pobres hombres de besos jamás lisos
esclavos para siempre de su aceleración

Premios Clarín

Escribo un poema en un grano de arroz
Es un haiku creo y sublime además
Lo pongo a cocinar a fuego lento
Las palabras se hinchan hasta pegotearse
Desbordado apago las hornallas
Sobredimensionado el grano sigue hirviendo
Quién sabe cuántos comerán de esta novela.



PÁGINA 15 – CUENTO

Un lavarropa inteligente


Por Ricardo A. Kleine Samson (Neuquén-Neuquén/Argentina)

Sí, pase por acá por favor… bueno, este lavarropa es lo último de lo último. Es el último modelo que salió en el mercado. Es un lavarropas inteligente. Digamos, para ser justos, que todos son inteligentes, pero este es el más inteligente de todos. Es hijo de este y este otro. De la unión de estos dos lavarropas inteligentes nace este otro que, desde ya le digo: Es una barbaridad. No se imagina. En primer lugar hace todo lo que un lavarropas convencional. Lava y centrifuga además de otras funciones como lavado corto, lavado largo, centrifugado suave, centrifugado mojado. Tiene para suavizante, para lavandina, para jabón en polvo, jabón en barra… bueno en fin, todo lo que se imagina… lo puede programar, si usted por ejemplo ya sabe que a las 17 horas del día 16 de septiembre del año que viene se le va a ensuciar la camisa de su esposo, entonces el lavarro… ¡¡Ah!!, es soltera, bueno, que desperdicio, con esos ojos… yo me la imaginaba casada. Bueno, pero tendrá novio, usted no puede estar sola… ¿Vive por el barrio?… Qué raro, nunca la vi por aquí… Claro, lo que pasa es que yo estoy muy concentrado en la venta de lavarropas y casi no tengo tiempo para distraerme… Sí, yo también soy soltero y tampoco tengo novia… Bueno, no me diga esas cosas por favor. Yo ya estoy viejo… Podría ser su padre… Si, es cierto, me mantengo bien. Hago mucha gimnasia, camino mucho, corro, salto, leo… Hago mucho deportes… Aquí, en el gimnasio de acá a la vuelta… ¡¡¿Usted también va al mismo gimnasio?!! ¡¡Pero que casualidad!! Nunca la vi… ¿Qué días va?… Igual que yo… Martes y jueves… ¡Pero como no nos vimos!!!! Los mismos días y al mismo horario y nunca nos vimos. Que curioso… Bueno leer, me gusta leer a Ricardo Kleine. Me he leído todos sus libros… ¿Leyó el ultimo?… Yo ya lo compre y ya lo leí… Es que se agota volando… Bueno, si quiere se lo presto, yo ya lo leí… se lo puedo prestar si quiere… mañana o pasado se lo traigo… No, como me va a molestar llevárselo a su casa. No tengo problemas… no quisiera molestarla… a lo mejor está muy ocupada y no voy a ir yo a llevarle un libro… ¡¿Esta noche?!… No, no tengo nada que hacer, además es un ratito, le dejo el libro y me voy para el gimnasio… ¡¡Ahh! ¿A cenar?… Usted quiere que yo vaya a cenar a su casa… no sé que decirle… me gustaría mucho… pero bueno… esteeee… sí… sí, sí ¿A qué hora?… A las 10 de la noche estoy ahí… Le llevo el vino… ¿Tinto o blanco?… Le voy a llevar un tinto que le va a encantar… Le sigo contando del lavarropas, le estaba diciendo que es de última generación y justo le iba a contar lo de la programación cuando nos distrajimos… Le llevo el libro. Yo llevo el libro y el vino… ¿Le gusta el helado?… De limón… ¡Le llevo de limón!… El libro, el helado y el vino… Bueno, supóngase que quiera lavar esta camisa tan linda que tiene puesta… imagínese que tiene una mancha rebelde aquí en el puño… entonces este lavarropas… ¿Qué me va a hacer de cenar?… Si, si, tiene razón que sea una sorpresa… sigamos con la manchita en su puño… bueno, supóngase que mete mucha ropa en el lavarropas, pero usted quiere particularmente que le lave muy bien esa manchita rebelde… entonces lo programa así, le ponemos MAN-CHI-TA RE-BEL-DE CA-MI-SA BLAN-CA… enter, y la maquina identifica la prenda, busca el puño y le saca la manchita de la camisa y se la deja como nueva… ¡¡Nueva, nueva!!… Mire, présteme la camisa, va a ver lo que le digo… No se haga problemas, acá nadie la va a andar mirando… ¿Qué importa que no se haya puesto corpiño?… Préstemela… que lindos pechos que tiene… disculpe, pero ¿son suyos?… Mitad suyos mitad de su hermana… Bueno, las felicito a las dos… Mire, metemos la camisa y lo programamos… En diez minutos esta lista… Y dígame, mientras esperamos ¿a qué se dedica?… Productora agropecuaria… Que interesante… ¿Tiene algún campito?… Quince mil hectáreas, a la pipeta… ¿En donde?… En Bolivia… ¿Alguna herencia…? Lo compro usted… Y ¿qué hace? ¿Maíz, sorgo, trigo… frijoles?… ¡Que produce!… ¡Cocaína y marihuana…! Que bien… ¿Y como anda el negocio?… Y si, esta todo tan difícil… Bip, bip, bip… Ese es el lavarropas, le esta dando la señal que ya lavó la manchita del puño y se la esta mostrando por el visor para ver si esta conforme… Fíjese ¿Qué le parece?… ¿Esta conforme? Bueno, entonces le ponemos enter y termina de lavar todo… Es una maravilla… Ahí tiene su camisa, seca y planchada por el mismo lavarropas… Ahh… a ver, a ver, acá me esta diciendo que también le cosió un botón flojo… Claro, con esos pechos se afloja todo... bueno, todo no... ¡Qué me cuenta! No es caro… tampoco es barato, pero para lo que hace. Sesentamil dólares… ¿Dos? Quiere dos… Si, tengo, tengo. ¿Quiere que se los lleve esta noche? No se haga problemas, se los llevo junto con el vino, el helado y el libro de Kleine… A las 10, esta noche a las 10…

PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS

Este jilguero agenda
Premio Nacional Miguel Hernández 2007
Sara Mesa Villalba (Madrid/España)
Devenir, Madrid, 2007

En marzo de 2007 era concedido el Premio Nacional de Poesía “Miguel Hernández”, convocado por la Fundación que lleva su nombre, a la obra Este jilguero agenda, obra que el Jurado calificaba “como original, llena de lecturas, de estructura reflexionada y con un título enigmático donde se conjugan naturaleza y tiempo”.
Todo ello normal y acorde con el ritual de los premios y más con el de un Premio serio y riguroso como es el Miguel Hernández, cuyos escogidos y expertos jurados son además certeros en sus decisiones apostando, a veces, por el futuro.
Es lo que ocurre con esta obra que se trata nada más y nada menos que de la “opera prima” de una joven , Sara Mesa (Madrid 1976) , que demuestra en ella una profunda decisión de hacer una definida y conceptual poesía con una doble capacidad para conjugar indagaciones puramente estéticas con instantes fragmentarios de lúcida vitalidad y emotividad sensorial sin dejar de ser cautamente hermética, sólo voz que canta con dominada y reflexiva pasión que no sabemos si es cautela o estricta táctica.
Ignoramos por qué cauce fluirán sus ríos futuros; pero esta obra, merecedora claramente de este premio es la manifestación de una voz potente en los nuevos tiempos de la poesía, que es para nosotros un placer dar a conocer.
No sé si por precaución o por escepticismo comienza este poemario con los siguientes versos: “Este jilguero agenda/ ¿quedará para siempre entre tus manos/ o aleteará al olvido?”. Y es que en el fondo queda la duda de la trascendencia de la emoción, pese a ser: “ …un pájaro con las alas mojadas…”, en un mundo extraño, donde: “ El espacio es tan amplio, tan extenso/ que a veces siento vértigo.” y del que “espero una respuesta y el aire me devuelve/ un cruel silencio,/ un enigmático vacío de palabras…”. Un mundo donde “ …soy una brizna de hierba que brota/ de un sumidero sucio.” y , sin embargo, “..quiero arder/donde el frío acerado devora las esperanzas..”; pero manifestándose claramente un hermetismo asumido como arma o simplemente designio: “ En el lechoso y dulce refugio del silencio/quiero permanecer, y guarecerme/ entre sus pliegues cálidos…” Quizás una forma de autoprotección, porque: “ El mundo que vislumbro desde aquí/ se llena de presagios,/ de aleteos, de sombras… Un mundo cruel, desolado, silencioso: “ La ciudad no responde a mis preguntas. Me mira con su ojo impasible, despiadado. Estoy sola entre escombros..”
Mas existe una vida embrionaria que late en el deseo, como ave poderosa que se cierne : “Ave roja/ hoy logro ser aquello que tú ves./ Tanto me pesan los pies sobre la tierra/que solo imaginar tu vuelo / me enaltece./ Deseo águila.” Versos que declaran la presencia constante de quien “…es imposible quitarte de mi vista/…/compañía terrible/ siempre vienes conmigo/ y ya no me imagino sin tus labios.” Por ello, queda la esperanza “ Espero confiada/ hasta que un día me sobrevenga / el tiempo ineludible de la fuga.” hasta un futuro en el que : “Azul debiera ser el horizonte./ Azul la vida…” Y hacia ella, como un camino de depuración, como en ascesis hacia el misterio: “Insólita luz/ llueve en mi frente..” y en pura introspección: “ Con un cuchillo de desolación/ abro mi pecho..” para llegar, decepcionada, a decir :
“Tanto hablar por mi boca acechando el silencio/ y al final he llegado a una torre/ de babel sin sentido…”. Sin embargo, “…ha llegado la hora de las luces.” y “Al igual que el amor/ yo construyo mis versos en el lecho/ de abandono y memoria…” y “A través de la lengua penetro/ en tu azulado mundo/ ineludiblemente soldado a tus palabras.”
Así, ineludiblemente conectada a una poética de indagación de ámbitos de pureza y reflexión, dentro de un hermetismo en el que es difícil deslindar la esencia vital de la nuez estética, crea una poesía estructurada en un mundo original con una factura de prometedores futuros.
Francisco Basallote Muñoz (Vejer de la Frontera-Cádiz/España)

PÁGINA 17 – CUENTO

Cuatro letras


Por Mario Capasso (Villa Martelli-Buenos Aires/Argentina)

Y sí, no me fue posible evitarlo. Luego de mucho tiempo de esquivar el bulto, sucedió finalmente una noche, cuando ella entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí.
Una semana, o poco más, había pasado desde el momento en que nos conocimos en las circunstancias más asombrosas teniendo en cuenta mi origen y mis hábitos. El encuentro ocurrió en un departamento de un Buenos Aires en el que yo estaba dando mis primeros pasos y en el que se celebraba una especie de reunión social de algún tipo. Enseguida descubrí que se trataba de un enfrentamiento entre los dos sexos. Yo había caído allí por error.
Lo concreto es que ni bien toqué el timbre me vi metido dentro del barullo, del descontrol generalizado, con una copa que desbordaba en mi mano y bailando o algo por el estilo con Isabel, que así se llama la que días más tarde entraría en la habitación para gritarme al oído lo que pensaba de mí. En ese momento reía a carcajadas.
Y acá sí, sí que en verdad empezó el asunto y no, no antes porque contestando a una de sus preguntas le dije que sí, sí que era de Géminis tal como ella había arriesgado y que no, no había estado nunca ahí y que sí, sí me gustaba el departamento y no, no conocía ni de vista al Lito Branca y que sí, sí me gustaría conocerlo ya que según me había parecido escuchar era el anfitrión y que no, yo no había sido invitado y que sí, sí que lo veía sentado en el taburete del bar y que no, no te lo puedo presentar ahora, dijo Isabel y que sí, contesté yo, sí que ya lo veía cómo trepaba por la escalera y no se detenía y sí avanzaba detrás de una señorita que sí iba adelante y moviéndose toda parecía amenazar con un no rotundo y quitándose la blusa prometía más bien que sí.
Y no, no le pude seguir el ritmo a Isabel. La verdad. Ella sí que bebía y bailaba y fumaba y reía y actuaba como yo no había visto actuar a mujer alguna y como si jamás en la vida hubiera hecho otra cosa y no era nada más que lo parecía, no, para nada, y ya en el sillón sí, sí que al menos dejó de bailar aunque no, no de moverse y todo lo demás, y sí se acercaba y sí me acariciaba justo a mí que no. Yo sí me esforzaba por no, por no decirle que sí, que sí había visto medio de refilón una mancha en la alfombra o que las cortinas parecían no estar del todo limpias o que las plantas sí que eran bellas aunque tal vez no se adecuaban al ambiente, y también miraba los pantalones yendo y viniendo y abultándose y en algunos casos decidía que sí, sí me gustaban aunque decididamente otros no, no hacían el juego preciso con la camisa y ella que insistía en que sí, sí que yo la volvía loca de remate y sí se me trepaba e intentaba besarme y yo no tenía otro remedio que cubrirme bebiendo y bebiendo hasta perder el sentido de las cosas de alrededor hasta que al final sí, sí que sucumbí al embate de sus arrebatadores encantos, y me dormí. Sí.
Aunque tal vez convendría arriesgar a decir que no, que la historia no comenzó en realidad durante la fiesta en el departamento sino que sí, sí comenzó en un vagón del tren que no, no paró desde Rosario hasta Retiro pero en el que sí, sí había compartido el asiento con un hombre que no, no pareció prestarme atención hasta que sí, sí que me la prestó cuando dijo no, no me mirés más por favor y yo le contesté que sí, sí con la cabeza pero no con el pensamiento y él entonces sí pareció distraerse en otra cosa y olvidarme aunque yo no, no lo pude evitar y sí lo seguí mirando aunque ya no con la insistencia de antes y al llegar sí, sí que lo seguí un tramo por el andén hasta que al fin me dije que no, ya basta de tonterías, cuando sí se encontró con una mujer que al principio parecía que no, no lo quería demasiado, pero luego tuve que reconocer que sí, sí que lo quería porque lo abrazaba y entre lágrimas y grititos lo besaba pese a que los dos pibes que estaban con ella no se parecían al hombre, o sí se le parecían, no sé.
Pero tal vez no, la historia no comenzó tampoco ahí, sino un tiempo antes todavía en Rosario, cuando sí, sí que me presenté en la fábrica nueva, que ya había empleado a varios de mis amigos y ahí nomás me dijeron que no, no había más vacantes aunque luego sí, sí que las hubo para otros, pero no, no para mí, y entonces sí, sí que todo pareció terminar y entonces decidí bajar a Buenos Aires y no, no me encontré con la oposición de mi padre pero sí, sí con la de mi madre que no, no me había abandonado nunca y que sí, sí que siempre me había querido pero mi padre no, no me había aceptado jamás y sí, que me fuera nomás porque él no, no iba a cambiar su opinión sobre mí que sí, sí que ya estaba haciendo las valijas y no, no me importaba nada de mi madre que sí, sí se lamentaba y andaba muy triste por la casa, ni de mi padre que no, ni siquiera un poco, y al final sí que me fui de Rosario.
O a lo mejor no, quién sabe, a lo mejor todo este asunto tampoco empezó en esa instancia de mi vida, sino cuando a los dieciocho todavía no me había afeitado ni una vez y me sortearon para la colimba y sí, sí saqué número bajo, el 40 para ser exactos pero no, nadie creyó esta versión y sí se mantuvieron en sus dichos que no, no respetaban la verdad de lo sucedido pero que sí, sí me hirieron por no, no ser veraces aunque sí o en definitiva no, en el fondo no cambiaba nada porque sí, sí era verdad que me había salvado aunque no, no tenía importancia si ellos sí me creyeran o no me creyeran. Y ahora que ha pasado el tiempo y lo escribo pienso que sí, que me hubiera gustado estar adentro, porque una vez conocí a un sargento, aunque no, muy seguro que digamos no estoy.
O quizá sí que la historia comenzó justo tres años antes del sorteo, cuando no me llegó la tarjeta y cuando sí, sí Isabel pero no la Isabel que entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí, sino que otra muy distinta Isabel fue la que sí cumplió los quince y mis amigos no quisieron que yo fuera. Ellos sí que fueron invitados aunque yo no y entonces sí, sí me quedé ese larguísimo sábado a la noche solo y no, no pude llorar aunque sí, sí que tenía lágrimas adentro pero no, no se animaron a salir, o apenas algunas, puede ser. Aquella Isabel sí, sí que siempre había sido comprensiva conmigo y no, no me había fallado nunca y sí, sí que yo la tenía hasta ese momento como mi mejor amiga y confidente hasta que no, “no” dijo esa tarde de lluvia aunque dos o tres días después de la fiesta dijo sí, sí que ella hubiera querido invitarme, pero no, no me invitó porque sí le había hecho caso a los otros que no, no querían, aunque días después ellos mismos juraron que sí, que ellos no, no habían dicho que no sino que sí, que bueno, que vaya al cumpleaños, aunque yo no les creí porque sí, sí lo habían hecho.
O no, quizá en realidad este embrollo no comenzó con los quince de la otra Isabel de Rosario, que también eran mis quince, y sí cuando tenía casi diez años en esos carnavales y entré corriendo a la cocina y le dije a mi mamá que ya me había bañado y no, no voy a volver tarde y sí, sí que quería ir al corso que se hacía ahí nomás a tres cuadras de casa y no, le prometí a mi papá que miraba la tele, no me va pasar nada y que sí, sí que ya era grande y sabría cuidarme y que no se preocuparan porque sí. Y entonces caminé todo contento hasta que llegué pero no, no al corso y sí a la casa de Isabel a la que no había visto en todo el día y ahí pasó que sí, que llamé pero no, no salió ella y sí salió el tío para decirme que no, no estaba Isabel pero que sí, sí que igual podía entrar y no, no le dije que no al tío de Isabel, sino que le dije sí, que bueno, sí que lo acompañaba adentro y no, no tenía miedo, por qué iba tener miedo, nada de miedo tenía, y una vez en la pieza mentí que sí, sí que ya había visto montones de fotos como esas en que las mujeres no tenían nada de ropa y que sí, sí que me sentía bien y que no, no me molestaba lo que él me estaba haciendo y que sí, sí eran hermosas las mujeres así, desnudas, y al final, cuando se cansó de resoplar a mis espaldas, le dije que no les contaría nada a mis padres ni a nadie y que sí, sí que me iría derechito al corso que ahora estaba a menos de dos cuadras pero no, no fui al corso y sí volví despacio a mi casa y les dije a mis padres que no, no me gustaba ni un poquito el carnaval y que sí me iba a dormir. Aunque luego resultó que no.
Y años más tarde fue cuando sí, sí me desperté de la borrachera de aquella noche en aquella fiesta y pasó que no, no la Isabel de Rosario pero sí, sí la Isabel de Buenos Aires, la que días después me gritaría al oído lo que pensaba de mí, no, no descansaba a mi lado sino que sí desperté solo pero no, no en lo del Lito Branca sino que sí, sí en otro departamento que no, no conocía aunque luego supe que sí, sí era de Isabel. De eso me enteré cuando ella llegó al rato de haberme despertado y me dijo que no, que nunca había llevado a ningún hombre a ese lugar y yo le pregunté si sí, si era verdad y ella me dijo que no, que era mentira pero sí, sí era verdad que nunca lo había llevado tan pronto y con tanta ilusión y con tantas ganas de disfrutar, y mucho menos en las condiciones en que me había llevado a mí, y juró que sí, que tuvieron que ayudarla para arrastrarme hasta allí y yo dale que no, que no podía ser. Y así estuvimos un rato bastante largo que sí que no que no que sí mientras yo me fijaba cómo estaba decorado el lugar y decidía que sí, sí que me gustaría quedarme a vivir allí mientras ella me decía que no, no lo había pensado pero después de todo sí que pintaba bien la cosa y no, no le disgustaba para nada la idea porque creía que sí, sí se estaba enamorando de mí y yo no, no le pude decir que no, mejor que no, y dije sí, bueno, sí, me quedo y vemos qué pasa.
Y así fue que no, no me fui y sí me quedé a vivir con ella que no se impacientó y sí, sí intentó hacerme el amor de todas las formas imaginables pero sólo imaginadas porque yo no, no, no encontraba ya más excusas y le decía que sí, sí extrañaba mi ciudad o que no, no me acostumbraba al clima de Buenos Aires o que la cama así o asá o le decía sí, mañana seguro sí y que no, que no me echara, que adónde iba a ir a parar, si no conocía a nadie. Y ella sí, sí que tuvo paciencia una semana o poco más hasta que no, no aguantó la situación y así llegó el momento en que yo sí, como casi todos los días todo el día, no, no hacía otra cosa que dormir y por eso sí dormía en su cama que ella quería que fuera la nuestra aunque yo no lograba darle el gusto. No y no. No hasta que esa noche sí, sí que ella entró con todo derecho a la habitación y me gritó al oído lo que pensaba de mí en una sola palabra de apenas cuatro letras y no, no tuvo piedad y entonces sí, sí que mi cuerpo comenzó a crecer y a prolongarse como no, como no se había prolongado nunca en su puta vida de no saber si sí o si no, y aunque yo no pudiera creerlo sucedió que sí. Sí. Definitivamente sí. Una y mil veces sí. O sea.



PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Aspasia Worlitzky (Quebec-Montreal/Canadá)

La partida del hijo


Te fuiste caminando lento,
llevabas los hombros tristes,
el pelo largo y liso.
En silencio miré como te alejabas,
no sabías, eras feliz.

Te saqué de mi tibio vientre,
en mis brazos te cubrí de aureolas,
no sabías y te quedaste quieto.
Tus grandes ojos
se enmarañaron de sombras misteriosas.
“Estamos de paso”, dije.

Tu mano pequeña se quedó en la mía,
tu sonrisa en mi sonrisa.
Te ibas.

Diálogo

¿Hijo, te acuerdas de la Margarita?
¿cuando te cambiaba de ropa
para llevarte a pasear al cerro?

Tal vez no recuerdas.

Había un sauce llorón
en medio de la parcela
donde a veces me instalaba
a escribir poemas,
a observarte de lejos.
Te arrancabas del perro
tropezando en los terrones,
recogiendo a tu paso damascos y ciruelas.

¿Te acuerdas de tu escuela,
del overol casero,
los cerdos intrusos
que atravesaban la cerca?
¿Te acuerdas de tu maestra pequeñita
que te enseñaba las letras?

Tal vez no recuerdas.

Tu abuelo en la terraza
liando un cigarrillo,
tu padre en reunión de Partido
y yo cosiendo un parche
de tu pantalón dominguero.

De pronto, un ruido extraño
atronando el cielo entero,
los aviones, los soldados,
un llanto largo y mucho miedo.

¿Te acuerdas hijo
del día que te dije adiós
porque partía al destierro?

En mis manos, la pelota de trapo
que el Juan te había hecho,
“ya vuelvo ligerito, la abuelita te cuida”.

Esa pena de siglos,
esa incertidumbre
quemándome por dentro.

Tal vez no recuerdas
y prefiero que así sea,
que ahora vivas la vida
con la misma entrega honesta
que tus padres aprendieron
en otros tiempos
y en otras guerras.

Quiero que no lo sepas,
puede llegar un día
a destruir tu existencia.

Huida

Es como si desapareciera,
poco a poco, en una blanda agonía.
Como si todos los soles del mundo
no lograran levantarme,
como si muriera.
Imaginarios fríos me recorren,
mi cabeza se cansa,
se empaña la transparencia de mis ojos,
escribo sin pudor, incierta,
no sé si tú lo sabes,
no puede ser que no lo sepas.

Pasan los años, el rastro queda,
el miedo, el mismo miedo,
pareciera que realmente estoy perdida,
voy y vuelvo,
vuelvo y me colmo de sonrisas.

A veces creo, me parece verte,
acudo a tu llamado.
Nada, el vacío.

Yo no sabía, todo era nuevo
y mi sembrar reluciente.
Se enredaba el juego, una esperanza,
la primavera, el invierno,
en medio del patio yo con trenzas,
calcetas blancas
y un renacimiento entero.
¿Cómo quieres que comprendan
si no lo han vivido?
¿lo comprendes tú?
Ésta pena que se arraiga con tu ausencia
¿cómo quieres que la entiendan?

De mi casa me mudaron
sin preguntarme siquiera,
se me hizo largo el camino de zarza y tierra,
se me hizo sombra la tarde,
el grito quedó,
sordo, estremecido.

¿Adónde vas madre?
A buscar hambre.
¿Qué me traes madre?
Calla niño que tengo prisa.
Déjame enlazarte
que el sol ya brilla,
y... quema.

Un rebaño se aleja maleta en mano,
una lucha que se ausenta
para seguir luchando.

Nadie me espera, tú no me esperas,
no le encuentro sentido a esta vida mía
que ya no es mía ni tuya,
como si desapareciera
¿lo comprendes?

Derrotada

Me instalo a escribir
como si con ello te pudiera
destronar, asolar.
Te veo gigante
destruir a latigazos nuestro destino,
aquél destino nuestro que tuvimos.

Entonces el sol brillaba y calentaba la tierra,
con mi delantal me veo en el jardín,
entre rosas y eucaliptos,
hace calor afuera.
Los pies desnudos,
sin fatiga, pequeños,
el agua fría de la acequia.

Acequia, parrón, hojas muertas.
Hay que barrer la terraza,
hay que poner la manguera.

Padre mío
¡cómo quisiera cantarle
a tus ojos marinos,
al enigma de tu vida!
pero se juntan las nubes en el cielo
y él, mi amante,
viene a mi encuentro como entonces,
tímido, en silencio.

El camino largo, largo y enseguida
un sendero, una montaña,

tu cuerpo hundiéndose en el pasto,
riendo, amándonos... riendo.

El miedo dibujado en tus entrañas,
ese maldito miedo sin delito cometido,
la tarde en que se confirmó.

Tú representabas la sangre de mi tierra,
un pedazo de mundo
que no sabía que era mío.

Eras más que el amor, eras la guerra,
yo me fui sin luchar, las manos secas,
me fui y no volví.

Todos nos quedamos esperando
ese milagro blando que jamás llegó.
Supusimos que el plazo estaba terminado,
un minuto eran diez años.

Nos cansamos de juntar dinero para enviarlo,
nos cansamos de contar historias a los hijos,
apretamos los ojos y las gargantas,
nos acostumbramos a bajar los brazos,
a no demostrar,
hasta que un día
te borraste con la tormenta.
Tu nombre desapareció
en el agua salada de los mares del mundo,
también la estampa
con los nombres de cien mil vientres contraídos.

Me instalo a escribir,
como si con ello pudiera perdonar.

Promesa

Te voy a dar un jardín lleno de flores,
de cardenales, de rosas perfumadas,
algunos claveles blancos
y dos girasoles.

Te voy a dar un cerro de pasto verde
para que corras descalzo
sin molestar a nadie.

Un sauce frondoso,
grande para que te subas trepando,
aunque de verdad yo no sé
si se dan por estos lados…

Tal vez haya también
un nido pequeño y tímido
con tres gorriones risueños.

En la escalera de la entrada
un perro, un gato angora,
sol, mucha nieve
y en el otoño
hojas secas de colores varios.

Temprano por la mañana
saldrás a buscar tesoros,
reirás otra vez, serás feliz,
tendrás amigos.

Te voy a dar, lo prometo,
una casita hermosa
con baranda de madera,
un patio solo tuyo
con la tierra sólo tuya,
con el aire tuyo y nuestro.

Te voy a dar hijo mío,
un hogar en Canadá.

Antonio Kleber Mathias Netto (Rio das Ostras-Teresópolis-Rio de Janeiro/Brasil)

Canto a los niños de los cañaverales


La tierra es la madre pariendo el dolor y la caña,
bajo el canto de hierro de los machetes.
El batallón de niños-jóvenes
realiza ambiciones aristocráticas,
al peso de las taperas y de los andrajos,
de la cicatriz, del llanto y la vergüenza.
La canción de las moliendas de los ingenios
invade la inmensidad de los campos verdes,
rompiendo el día, la noche y la madrugada,
al molde esclavista de la “senzala”
que convivía al canto del trabajo.
Si los cuerpos de los niños “bóias-frias”
se despedazan en la lucha deshumana,
al rigor del desprecio de los patrones,
retornemos a la historia de los señores
que a los cuerpos de los esclavos provocaban
los torturantes dolores de los látigos,
en nombre de la ambición innombrable.
La cosecha es mandíbula de la fiera
que de a poco dilacera la vida inocente,
consumida en las brasas que aún subsisten
después de las llamaradas de la limpieza.
La cosecha es una puñalada perversa,
que rompe la conciencia inocente
en dirección a la carne sin defensa.
La ceguera empresaria es tragedia,
a pesar que justifique sus contratos
con una obra social imponente.
La suerte de los niños, mientras tanto,
desenmascara la indecente hipocresía
del vil capataz explotador.
De sol a sol, mandioca, sal, frijol,
agua salada y un catre para el descanso.
De las manos desnudas, brotan callos vivos;
del pecho desnudo, renacen cicatrices;
del rostro frío, emerge la mirada sin rumbo.
Es en el alma que las cadenas están presas.
Legión desnutrida y analfabeta,
abriga los hierros sucios de la ambición
mientras la libertad vuela sin sentido

Noches

Las sombras nocturnas de las calles estrechas
se mesclan con los bultos perdidos en la noche
que prestan a los pasos destinos sin rumbo,
al sonido de los latidos espaciados que resuenan.
Las sombras son frías, inmóviles, sospechosas,
abrigan mendigos en el dormir sin sueños.
Son marcas que esconden secretos y amores
al margen de las luces antiguas de los postes.
El dolor sumergido en las cloacas
recibe el desprecio de las almas anónimas
que disparan sus fados en las salas de danza,
al son de un bolero de bohemia.
Familias enteras asumen abrigos,
huyendo de la lluvia y de la llama social,
marcando en las sombras un trecho de techo,
en la mísera guerra entre tanta desgracia.
Las noches son crudas en las calles estrechas.
Perfecta emboscada al silencio y al misterio,
el extraño escenario carcome las voluntades,
apila los deseos de abrojos y basura.
Las sombras nocturnas son formas antiguas,
mostrando los fantasmas de gente olvidada
que de la madrugada hace amargo alimento.

Voracidad

Quiero desaparecer antes que amanezca.
Mis pies mastican las calles de acero puro.
El corazón de la fábrica es de piedra.
Degluto las emociones en tiras vivas,
marcado para morir un día incierto,
mecánico gestor del arroz con huevo.
Para enfrentar las filas de otro mundo,
arreglo el brin desgastado del uniforme
dejado al margen de la utopía,
muchacho de propaganda de las quimeras.
Cargando la marmita de las sirenas de las fábricas
Forzando las horas frescas de las mañanas,
penetrando suburbios sin barreras,
me agito en el incendio de las provincias

El pasado es un abismo conocido

No hay derrotas puras, como la muerte.
Sobra de la caída la voz pidiendo bis,
porque siempre por poco resta la esperanza
que nos lanza a la labor de un nuevo combate.
El ahora es el comienzo de la aventura
sobre los caminos nuevos de las ideas.
El pasado es archivo, ilusión muerta,
es abismo conocido, es experiencia,
hecho retrato indefenso, colgado
al pie de los desencuentros de la memoria.
El presente es el proyecto de los deseos,
de las ansias, del impulso lleno de vida,
como gusto de pitanga bien madura
que siempre acompañase nuestros labios.
Sufrir la suerte que ayer no llegó,
sentir perdido el instante de las esperas,
o cultivar las llagas de los azares,
es la forma cenicienta del pecado
capaz de corromper nuestra estructura
y transformar nuestro ahora en cenizas.
Despertamos y el sol nos da buen-día;
las flores, las montañas, los niños
están afuera, a la espera de la palabra,
de las manos libres, del gesto, de los sentidos.
La fantasía crece al otro día,
porque el sueño nunca se aniquila,
cuando hay una chance para la esperanza.
No hay derrotas puras, como la muerte,
en la sucesión del tiempo sobre el tiempo.

Amenazadores de papel

Hay dientes afilados, conflictos de cercas,
reñida lucha cuerpo a cuerpo en los confines.
Hay mucha cobardía atenta en los escondites,
mientras mujeres y niños caminan
en busca del pan y el vino prometidos.
Amenazadores pasan libres, regocijados,
abdómenes anchos, botas asesinas,
aunque todos griten y apunten tumbas
a las amenazas construidas de papel.
Los hombres de dientes filosos pisan y escupen
en el rastro de los sentimientos de soslayo.
Antes que el mal llegue gigante por las espaldas,
banderas se agitan y canes ladran,
para perturbar la cobardía de los galardones.
La miseria ha sido determinada en todas partes,
porque se descubre la farsa de las promesas
en este siglo de inquietantes rupturas.
No existe democracia donde hay hambre y miedo,
es esta la razón por la que se entregan hombres fuertes
a la marcha de la dignidad y el ideal.
No hay verdades escondidas en las escupideras
y los megáfonos se preparan para vociferar
conquistas que rompan fronteras antiguas.
A los amenazadores de papel, lucha desmedida,
hasta que todos comprendan el sueño, la patria, la libertad

Fracasos

Todos van mordiendo herrumbres y anzuelos,
la cuerda ensebada que sirve de horca,
el palo de hierro, cabo maduro de la azada.
Vomitan estrellas en las aguas cenicientas;
vomitan metal precioso y diamantes;
vomitan granito que rueda de los montes
encubriendo la ambición de la pobreza sin nombre.
Todos van royendo los grilletes seculares.
Son ratas en el queso de la historia borrada.
Es un batallón que se pudre en la lluvia,
rompiendo poemas de barro, sin temas,
itinerario apestoso hiriendo la emoción,
al típico no de la ninfa soñada.
Cuantas desgracias desfilan gloriosas,
pisando los fracasos del tiempo sin vuelta,
matando las ideas más puras y enérgicas,
acertando en las caras de la gente perpleja,
coronando de asco las favelas del miedo.
No se encuentra una manera, ni trenes, ni estrellas,
y las piernas ya se cansan perdidas al viento,
tornando el destino un caudal de miserias.

Rutina

Los pájaros pellizcan las moras,
los mamones y las migajas del café.
Las mañanas se repiten en el jardín,
en el canto sucesivo de los canarios,
en las goiabas rotas y rojas,
en las ráfaga que llegan del océano
y en mi manía de escribir
hasta que el sol a pino me convide
para el arroz con pirón, pescado y ensalada.
Después, caminar rompiendo la playa,
mascando la intimidad entre el alma y la roca,
sorbiendo la danza leve de las gaviotas
sobre los barcos y las redes desparramadas.
Los estornudos que se repiten,
en el batir de las olas en los acantilados,
y el diagrama de los sonidos que dan compás
al mágico andar del peregrino.
Baja la rueda gigante y nuevamente
retomo la tarde al canto del crepúsculo.
Los pájaros se recogen y el silencio
abre las puertas de la noche y de las angustias.
Me entrego a la prisión de la oscuridad,
a los sueños y a las inútiles tentativas
de creer en la espera envejecida,
repositorio antiguo de fantasmas.
Cuando la noche profundiza sus misterios,
busco el lecho y me profundizo en el sueño,
deseando la rutina de otro día.

PÁGINA 19 – CUENTO

Ojos de gallo


Por José Manuel Sanrodri Limorte (Alicante/España)

Se ha perturbado el silencio de la noche con los molestos ruidos de los gritos exprimidos en el aire de esos despertadores que interrumpen a los sueños indefinidos dejándolos a medias, (en casi todos los casos). Hasta no presionar la clavija, el guirigay del despertador taladra a tus tímpanos impertérritos casi sin tu permiso y parte de esos microscópicos sonajeros alborotadores que atraviesan los huecos que han quedado al descubierto de entre las sábanas y edredones, ha sido por que has consentido su feroz ópera de afónica melodía y se transmutan en dardos de veneno caduco, se filtran hasta tu cuerpo cobijado en su tálamo o (para algún cuerpo solitario) de su cama desértica.
Tus pastosos ojos de gallo se desperezan sabiendo que tu silueta horneada en esa madeja de lanas e hilos se enfriará nada más que pongas un pie sobre el glacial suelo.
Es la hora de ir abrir las cortinas metálicas. Los camareros, esos escultores de tapas y bebidas, consienten que el aroma de su café recién hecho babosee hasta la calle. Los panaderos, hornean sus mejores hogazas de pan para que con nuestras manos podamos disfrazarlos de bocadillos de salchichón y mortadela enroscándolos en el papel de aluminio, suculento almuerzo de aguante que consigue engañar al hambre del marido en su trabajo o del niño en el colegio. Pero no todo el mundo sube una persiana, los hay que arrastran sus abultadas escobas que barren cada porción de la ciudad, son como seres invisibles mimetizados en ese verde fosforito y son muy pocos los que reparan en ellos. Los que nos fijamos en los barrenderos, esbozamos de nuestras bocas un identificado “buenos días” porque somos parte de esa especie de animales mañaneros, aunque siempre existen quienes les saludan más por el compromiso que porqué de verdad les apetezcan hacerlo.
Y es en esa madrugada diaria donde los individuos abren las puertas de sus cubitos de piedra para licuarse con el hierro de sus bestias de carraspeo perenne, apurando los minutos en el camino hasta llegar a su lugar de trabajo (un bien escaso hoy día). El plumaje de estos gallos del crepúsculo, se les va cayendo a lo largo de toda la mañana hasta que la finiquitan, evolucionando en organismos de aspectos normal para que de nuevo al día siguiente vuelvan al mismo punto de partida de esa rutinaria esfera…
Las campanillas suenan chirriantes, abre tus párpados y muestra esos ojos de gallo, eres ese fragmento necesario antes de que el sol se despoje de su pijama para estrenar el día, que tú ya has inaugurado como el tempranero ser que eres.

PÁGINA 20 – ENSAYO

Siglo XXI Edad del analfabetismo ilustrado


Por Daniel de Cullá (Vallelado-Segovia/España)

El renacimiento de la esvástica expresión emocional, estética y filosófica se está adueñando de nuestras vidas, y el mensaje de la Europa carcelaria, según el cual, mediante el razonamiento adecuado del palo y tentetieso, la asignatura de religión y la educación para la ciudadanía se pretende llegar a la síntesis armoniosa de obtener la felicidad y virtud perfectas que vienen fomentadas por un clero egoísta que se siente muy a gusto con los tiranos, y les añora, sabedora de que sin ellos no son nada. La teoría de que el miedo guarda la viña se ha adueñado del conocimiento y la naturaleza humana y su énfasis le vemos en la plástica del europeíto de a pie que llega a casa con su pan bajo el brazo y la prensa diaria, sin enterarse ni saber nada de algo, fenómeno de esta civilización analfabeta. El Siglo XXI es la Edad del Analfabetismo Ilustrado en el cual la felicidad humana depende del dominio de los cancerberos sobre el pensamiento de Libertad y Pasión, anunciando que la humanidad necesita religión, represión y sumisión total, notablemente rápida en la dolarización del bien el mal, convertida en una doncella y un villano, como en la novela de Samuel Richardson Clarissa; The History of a Young Lady. Clarissa Harlowe, la virgen atormentada, y Robert Lovelace, el malvado violador. Figura relevante para una comprensión del Estado “atormentado atormentador” hacia el cual la sociedad se siente misteriosamente atraída.
“Canta zurrón canta, si no, te daré un coscorrón”. Es el cuento que finge que un romero traía un gran zurrón, , y decía que le haría cantar por sacar mucho con la invención , y era que llevaba dentro un muchacho que cantaba en diciéndole esto.
Desde la época retrógrada de aquel periódico “El Caso”, paridor de la prensa del corazón y la prensa negra, hasta nuestros días, el ser humano tan sólo ha avanzado en esa iconografía del crimen que nos es familiar a través de la televisión, el cine, la prensa, los medios: heroína perseguida, maltratadotes satánicos, hombres locos, mujeres fatales, “naranjitos mecánicos” en recuerdo de La Naranja Mecánica, etcétera.
Nunca como hoy en día, los justicieros árbitros de esta Era del Analfabetismo Ilustrado han encontrado tanta utilidad a los crueles fantasmas y a las atrocidades sádicas ,satisfaciendo las insaciables ansias de terror público y manteniéndose el horror fiel a la Tradición, reinventando viejas y nuevas imágenes, reabriendo heridas de locura, muerte y decadencia.
Estamos en El Castillo de Otranto. Una historia gótica, de Horace Walpole, donde emerge como fuerza dominante el “Anuncia, que Dios dará”, que ya en tiempos de los Reyes Católicos, se valieron un Obispo llamado fray Mortero, por ser antes fraile dominico, natural del Valle de Mortera, en las montañas de Burgos, Cárdenas y Cardenal,y don Chacón, que fueron gran cosa en saber y eran insaciables en sus bajeras ansias. Y con Melmoth, el errabundo, de Charles Robert Maturin nos alabamos en el rascar, como aquella viuda que tenía un hijo estudiante con sarna, y no gustaba que su madre se casase: él se rascaba mucho y se llagaba, y la madre le amenazó que se casaría si se rascaba; él se animó a no rascarse, y pusieron tres días de plazo, so pena de casarse; él sufrió los dos, y al tercero, no pudiendo sufrir la comezón , se empeñó a rascar con gana, diciendo:
-Madre, casaos.
Este Siglo XXI Era del Analfabetismo Ilustrado es sensacionalista, melodramático, exagera los personajes y las situaciones, se mueve en un marco clerical que facilita el terror, el crimen y el horror. Los engendros más grotescos y macabros, reflejo de un subconsciente convulso y desasosegado campean por sus fueros. La “Escuela del Cementerio” se ha instalado en nuestras vidas enseñándonos a recitar como en los tiempos de Maricastaña, el desagrado a la Razón, el Orden y el sentido natural común en una mórbida efusión de oscuros rezos. Vamos como piedras a tablado, que ya lo indicaba La Celestina (F. De Rojas. La Celestina. Acto IX), diciendo que iban bodigos a su casa espesos como piedras a tablado, pues... “otros curas sin renta, no era ofrecido el bodigo, cuando, en besando el feligrés la estola, era del primero voleo en mi casa. Espesos como piedras a tablado, entraban muchachos cargados de provisiones por mi puerta”. Thomas Parnell, Edward Young, Robert Blair y Thomas Gray,” redescubriendo la relación escatológica entre terror y éxtasis” ( Lucía Solaz. Literatura gótica), levantan un tablado para ejercitarse en tirar bohordos, lanza corta arrojadiza utilizada en los juegos de cañas y fiestas de caballería, y que comúnmente servía para arrojarla contra un armazón de tablas, como se refiere en muchos romances viejos, y en aquellos de los Siete Infantes de Lara, y otros del rey don Fernando de León. Y a este uso fue dicha la comparación “ Con cabeza de lobo , gana el raposo”, usando dar premio al que mata algún lobo, y puede andar a pedir cuatro o cinco leguas por los lugares de alrededor con la cabeza, y le dan algo los que tienen ganado y los ricos, además de una atracción hacia la muerte como recargada complacencia en el dolor.
Este Siglo del Analfabetismo Ilustrado se deleita en lo maligno sobrenatural tratando de subvertir las normas del racionalismo, apelando a la falaz y eterna necesidad humana de elementos inhumanos y religiosos. Alternancia de terror, confusión psíquica y social, atractiva decadencia y extravagancia sobrenatural son los rasgos definitorios de nuestra sociedad que tiene su alivio en la inanición mental como meta artística. Dejarse hacer, dejarse llevar”, una clase de sofisticación psicológica y metafísica que marca el ser social. Cruz en lumbre, y cruz en puerta, y cruz en llelda, y no hay sino entra entra” como dice el cuento. (Llelda es la levadura, y da aviso que se hagan cruces).
La acción social y política, a nivel local y global, se mueve en un torrente de narrativa de terror, cayendo en localizaciones cerradas cuyo decorado no es otro que una atmósfera de deliciosos terror, como respuesta a la inseguridad política y religiosa de una época actual dominada por la Inmigración. Como recurso estratégico para intensificar la atmósfera de miedo, nos han hecho creer que el extraño, el extranjero, el bárbaro no se comporta de modo humano. “El secuestro mental y social, además de la detención física expone una inteligencia y movilidad malignas y es mentalmente más poderoso que sus ocupantes humanos” ( Lucía Solaz). El Monje, de Matthew Lewis, brillante novela sobre hipocresía religiosa, como su The Castle Spectre, hallaron cruz en todas las puertas y todas las cosas y como aquel letrado loco del hospital de Valladolid, tiene un cartapacio de pareceres para diferentes casos, puesto su precio y tasa a cada uno, y se pone a una reja y dice a voces:
-¿Hay quien quiera un parecer de cien reales, de noventa, de ochenta?
Y de esta manera iba bajando hasta diez, y de aquí para abajo hasta un real; y de aquí hasta un cuarto. A este precio llegó uno, el Frankenstein, de Mary Sélley , y le dio el cuarto; el monje hojeó el libro, hasta que por su tabla halló el parecer de a cuarto, que es :” Cuando fueres a cagar, lleva con qué te limpiar”.
Las novelas de Dickens y de las hermanas Brontë (Cumbres Borrascosas), son una referencia clara a esta sociedad que va minando la libertad y la identidad individuales. Que son como “cuando Juan Ruiz pone paz, bueno está el mundo”, pues es muy rifador, y se halla en todas las bregas, y aporrea a menudo a su mujer e hijos. Sucedió que una vez metió paz entre dos que reñían, y, como cosa contra su condición, hicieron de ello refrán en el campo de Montiel. Y Dicen que contaba que su mujer estaba para expirar, desahuciada del médico; vino él de fuera y se acostó con ella. A la mañana, el médico la halló buena y preguntó qué le habían dado; dijo que unos caldos; él dijo: De esos caldos déla hartos.
La Sociedad alunizada y alucinada se adapta más a los demonios exteriores que a los interiores. El “salvapantallas”, la persecución del conocimiento, el “papamovil” añaden al lenguaje y su imaginería un fantasma en forma serializada que se adapta cada día más a la capa social, que ya adivinara la reina Isabel, que dicen que dijo “Disfrazado viene el villano”, por el ajo, que no siendo amiga de él, se le echaron en un guisado disfrazado, y lo echó de ver en sabor, y color, y olor, como le sucedió al El Vampiro, de James Robinson Planche, o James Hogg en Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson, o el Retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde, donde en la confluencia de la bondad y la maldad, “expresan sentimientos constreñidos y oprimidos por las leyes y practicas sociales” (Lucía Solaz), que es la fábula que pidieron a Júpiter que los liberase de tanto afán; él respondió que cuando hicieran un río meando se les acabaría el trabajo y las penas, y, por hacerle, mean todos en lo meado de otros.
El lenguaje y la imaginería del terror se ha convertido en un texto político autorizado: el miedo a uno mismo, el desorden psíquico y social, la integración de la familia, las contradicciones y conflictos laborales, la actuación Okupa, la fascinación por la corrupción en la construcción, exploran y exponen la ironía del sentimiento trágico de la vida que H.P. Lovecraft enfatizó con éxito, y que ya quedó plasmado en la matraca aquella de que “en Malagón, en cada casa un ladrón, y en la del alcalde, hijo y padre”, que, aunque le ayuda el consonante, Marbella, Estepona y tantas otras villas o ayuntamientos son semejantes a los acabados en on.



PÁGINA 21 – CUENTO

El Huésped


Por Silvia Lousteau (Mar del Plata-Buenos Aires/Argentina)

No recuerdo el día exacto en que llegó a casa. La casa grande, cerca del río, en San Isidro. Con mi hermana lo empezamos a presentir. Suponíamos que lo había traído papá. A veces creíamos que lo habían dejado abandonado en el jardín. Pero después se impuso, como un huésped más, de tantos que venían a casa. Se impuso cuando cerraron la puerta del cuarto de servicio, donde había un amplio placard dentro del que mi hermana y yo jugábamos a la cueva secreta. Ese cuarto en el que Sofía, de apenas cuatro años, pintaba con crayones, mientras yo leía historietas.
Al principio no supimos qué era. Imaginábamos un duende silencioso, acechando; acechando tras alguna puerta. Nuestra vida parecía normal. Lo único que nos diferenciaba de otros chicos era la cantidad de tías y tíos que solían pasar algunos días en casa. Cuando ellos estaban, algo caminaba por la garganta de los mayores. Susurraban en vez de hablar. Se encerraban a conversar, y si de pronto mi hermana o yo entrábamos se hacía un silencio súbito. Si estaba papá levantaba una ceja y dejaba el mate o el pocillo de café en suspenso. En esos momentos se oía su aleteo.
Algo había en la casa que se podía palpar. Lo sentíamos Sofía y yo, mamá y también papá. Vivir de esa manera era como vestir una túnica helada y nadie puede entender como es si no se la ha probado. Y aún después de probarla es difícil de contar. Todos habían cambiado. Mamá estaba más nerviosa, de pronto nos retaba y de inmediato nos abrazaba hasta cortarnos el aliento. O lloraba por cualquier cosa, al escuchar alguna noticia, porque papá volvía del hospital más tarde de lo acostumbrado. Papá también cambió y él, que siempre nos explicaba todo, comenzó a decir : no preguntes más o ya lo vas a entender. Sofía empezó a llorar por las noches y a mojar la cama. O se enfurecía, porque mamá cerraba la puerta del baño para ducharse, entonces Sofía lloraba y golpeaba la puerta gritando : abríme , mami, abríme. No te vayas, mami. Y entre el llanto y los mocos aparecía el pis. Mamá la abrazaba, murmurando: no te asustes, mi chiquita, no te asustes. Recuerdo que Sofía me daba mucha pena. Porque desde mis siete años su temor parecía mucho más grande que el mío.
Y algunas noches la imaginaba durmiendo con eso, o que quizá la espiaría desde detrás del sillón o aparecería debajo de su cama y con una mano muy fría le apretaría el cuello hasta ahogarla o hasta que mojara nuevamente la cama.
A menudo nos enviaban a jugar con Manuel- el hijo de nuestro vecino. Teníamos la misma edad. Una tarde mientras jugábamos le pregunté si él tenía miedo. Contestó que sí. Que por las noches. Que él creía que el miedo salía a dar vueltas por las noches. Que a veces te podía esperar con ojos refulgentes en medio de la oscuridad o dentro de un placard. Esa misma noche, cuando todos dormían , fui a la habitación de Sofía y me acosté a su lado. Juntos. Como cuando éramos chiquitos y nos ponían en la cama grande de los abuelos. Pero no siempre podía ir hasta el cuarto de mi hermana, porque a veces sentía eso parado cerca de la puerta. Su sombra enorme, enorme. No me dejaba pasar. O sentía su respiración, pegajosa, resoplándome en la nuca. Entonces era yo quien se despertaba llorando. Ahogado. Mamá entraba en mi cuarto y mientras me calmaba le decía a papá : son pesadillas , son malos sueños. Pero papá contestaba: no, es el asma.
Nos gustaba ir a jugar a lo de Manuel. No sólo por las hamacas que había en el jardín, sino porque su papá, que era aviador, poseía una colección de aviones en miniatura. Los días lluviosos nos permitían jugar con ellos. Recuerdo en especial una tarde en la que el papá de Manuel estuvo un largo rato con nosotros. Nos explicó las diferencias entre los modelos y nos preguntó, a Sofía y a mí , si nos gustaba volar. Sonriendo cargó a mi hermana sobre sus hombros y nos prometió que un día nos llevaría en un vuelo. Cuando el cielo estuviese claro. Sin nubes. Y qué pequeñita veríamos la ciudad de Buenos Aires y que ancho, ancho era el Río de La Plata visto desde lo alto. Y que si el cielo estaba muy, muy claro- agregó- se nota donde el río se une con el mar. Y recuerdo a Sofía. Riendo sobre los hombros del papá de Manuel y pensé que ella debería creer que si volábamos muy alto dejaríamos abajo las pesadillas y los aleteos extraños.
Una mañana mamá nos despertó muy temprano. Agitada. Mientras peinaba a Sofía nos dijo que nos íbamos por unos días al campo, a casa de los abuelos
Que no me preocupase por las clases. Que me vistiera rápido. Que no, no podía despedirme de Manuel. ¿Y papá? ¿Y papá? Se había quedado a dormir en el hospital porque el tío José había tenido un accidente. Que luego iría para el campo. En unos días. Cuando nos sentamos a la mesa algo punzante y helado se sentía en cada sorbo de café con leche. Estaba también en las manos de mamá, que temblaban levemente, cuando le alcanzaba galletitas a Sofía. Yo miré los bolsos, ya listos, y supe que aquello innombrable estaba guardado, como un frío pañuelo blanco, entre cada una de nuestras prendas.
Cuando la casa fue quedando atrás tomé la mano de Sofía y pensé que quizá ahora no iba a mojarse más la cama. No. En la casa de los abuelos no. Todo volvería a ser como antes. Como antes de la llegada de aquel huésped de quien no sabíamos el nombre.
Y esta noche mientras mi hija recién nacida duerme junto al pecho tibio de mi mujer, veo aparecer en la pantalla del televisor al papá de Manuel. El papá de Manuel que llora. Casi babea. Mientras relata que el manejó aviones sobre el Río de La Plata y se disculpa diciendo que él solo manejó los aviones. Yo no tiré nunca un cuerpo- agrega- nunca un cuerpo. Y lo repite una y otra vez.
Entonces pienso en mamá, a la que algunos creían loca, como la Ofelia de Shakespeare, arrojando claveles rojos al río, para los cumpleaños de papá. Y pienso en Sofía, que nunca quiso volver a Buenos Aires. Y siento otra vez, en mi nuca, la respiración del miedo. El miedo. El llanto y las manitos moradas de mi hermana. El asma. Y vuelvo a observar el rostro tenso, los ojos vidriosos del padre de Manuel. Y comprendo que el miedo está allí. Sentado con ese hombre que llora. Casi babea.

PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Carlos Ernesto García (Santa Tecla/El Salvador)

Yo no tengo casa


La mitad de lo que amaba ya no está conmigo
Unos (casi todos) se han quedado
Otros simplemente partieron

Mi hermano urgentemente me escribe de México:
La casa se derrumba
hay que venderla
y pienso:
es qué aún tenemos casa?

Mi padre se quedó sin comprarse aquella camisa
o aquél pantalón que tanto le gustaba
sin ir al cine los domingos
sin viajar al país con el que tanto soñó
y se conformó con visitar un parque
en donde mirarle el rostro al caballo
y al general que lo montaba en una estatua
Todo por comprarnos una casa
Una pequeña y modesta casa donde vivir
y a la que hoy solamente se le ocurre derrumbarse

Por mí
que se derrumbe si quiere
Si la mitad de lo que amaba ya no está conmigo
si los niños no se amelcochan frente a la ventana
y si a mi hermana se le quebró la sonrisa frente al espejo
aquella terrible noche de junio
antes de la tormenta y el canto del gallo
si el llanto metálico de un niño
no me provoca una tremenda ternura
que haga nacer una canción de amor entre mis manos
por mí que se derrumbe;
y que vuelvan a construir un día si quieren
pero será sobre cenizas

Mi voz
no vibrará más en sus paredes
Tus cartas de amor Mariana
no llegarán con su olor a perfume hasta mis manos
Al caer la Navidad estaré siempre lejos
y solitarias habitaciones poblarán la casa
que según cuenta mi hermano en su carta:
ya perdió sus primeros cristales

Está bien
que se derrumbe si quiere
si es así
olvidarla será mi venganza
porque yo hace tiempo
mucho tiempo
que no tengo casa.

Breve poema de amor

Vos sabés que yo
vengo de la melancolía a la melancolía
que confundo todos los lugares
la Plaza del Zócalo
con el Parque Ula Ula
el Danubio con el Lempa
a los niños andaluces con los de Panchimalco
la torre de París
con las de electricidad que daban frente a mi casa
allá en San Martín
cerca de Suchitoto


la verdad es que lo confundo todo
hasta el color de tu pelo
con la espesa oscuridad de los cafetales.

Primer beso
A una muchacha cuyo nombre
no recuerdo.


Cuando te besé
(Fue en casa de una amiga tuya
que me gustaba)
era la primera vez que te besaban

Sentí tu cuerpo temblar contra la tierra

Nunca más volví a verte ni besarte
pero cuando te recuerdo
no sé por qué
aún siento tu cuerpo temblar contra la tierra.

Presentimiento

La tensión de mi mano
dibuja esa forma mortal que conoces
y que busca terminar
con el dolor de lo que me es ajeno.

Algo inhumano se oculta esta noche
al otro lado de la puerta
dispuesto a envolverme en su regazo
en cuanto cierre los ojos.

Tendido a lo largo de tu cuerpo
sólo el silencio
es nuestro mejor confidente.

Homenaje

El invierno en Budapest
tiene un gris añejo.
El Danubio como chuchillo
atraviesa el cuerpo de esta ciudad
que vio mil guerras.
Así lo atestigua
el monumento a los pescadores
que recibieron de Turquía sus flechas.
Desde ahí
la imaginación es capaz de cabalgar
sobre los siglos.

Si visitas Budapest en invierno
sentirás su sabor a luto
su sabor a sangre que tiene la tarde.

La sombra
a M. I. V.

Desde una esquina
me sonríe una sombra
de cuchillos afilados.

La misma que esta noche
tocó a mis ojos
trayendo en sus manos
un puñado de flores
muertas.

Alejandro Delgado Ramírez (Morelia-Michoacán/México)

lluvia, delta y sueño


fue y entrando se depositó en él
juntos fluían en pálidos y amarillos
enrojecidos desalojando las grietas en la tierra
lanzaron estrellas que cayeron
dentro de poros abiertos en celo
cesaron los volcanes de vomitar su verdad
erizos de conos verdes y orquídeas
bajaron nubarrones a fecundar semillas
el fango brilló destellos de hierba
llegaron en conchas y caracoles
del cenizo se levantó la flama
todo horizonte habitado de incendios
había huellas buscando amurallar
lugares de cosecha y retoños
no dijeron imprecisos nombres ni bostezos
eran todo manos y correrías en azul
erguidos sus ojos caminantes
cascabeles tronaron dando espacio al fuego
el tiempo del sol guarnecido en cimas arropadas
tez de piedra cada vez que el relámpago mojaba
voces graves congregantes sin edad
'prender el poder del grano y la fragua
crecieron sus manos abarcando los senos de la tierra
surgiendo en cada palmo de roca turquesa
perfiles incandescentes custodiando el sol
así emergieron habitantes de cuencas y cañadas
curtiendo tierras fundieron la miel con peces
en este lugar extensión de filos verdes
cercanos manantiales reflejando el eco del sol y lunas

rebelión térmica
(en memoria de emiliano zapata)

los pasos perseguían tiranos
sombras húmedas de sangre emboscadas en la pólvora
rostros helados por la mañana
rociaban fuego de mirada y fusil
cárcel que tenía sus puertas en las fronteras del país
hasta dios mordió barrotes enjaulado
no hubo lugar para lutos y calendarios
de los cerros bajaron uno a uno a miles
cada cual un motín de terror y coraje
cascabeles estallaron en fragmentos de gritos lacerantes
ferrocarriles incendiaron el crepúsculo
todo era clamor emboscado
fusiles arrebozados de ira y espanto
huellas pasos retornos destierros
madres de atajos humo y fuego
eran miles de rocas cuesta abajo
pero hubo enlutados de escalafón
descarnando espaldas guerreras
vestían uniformes de los muertos
escondiendo en los archivos la sangre derramada
aullaron sus discursos los chacales
hicieron del papel institución castrarte
desde entonces los sembradores perseguidos
se ocultan más allá del norte
mueren y se multiplican sin cesar
la rebelión térmica apenas ha empezado

aleación y grieta

tal vez somos la semilla
guarnecida en el granero del silencio
que la humedad oscura germinó
frutos del verdor heridos de estaciones
caer y sembrarse en poro de piel y oído
vena y cuerpos en camino
respiraciones anidando en oídos y ventanas
duración de besos todo el cuerpo
aspirando miradas y jadeos
temblor a fuerza de miel
abrazados al delta de nuestros cuerpos
tal vez somos un apenas el principio
ese tener prisa para todo
contarnos con dedos y labios nuestras horas
palmo a palmo girasoles que se frotan
miel y lava en espirales
vientres del mar en las arenas
trenzas de piel gotas de cristales encendidos
tal vez somos un aviso de tormenta •
temerosos de encerrarnos en nostalgia
advertencia en sellos postales amarillos
circundar hasta desaparecer explicaciones
o enmarcar paisajes viejos y gritos ancestrales
tal vez nunca lo sabremos
también para mí es difícil
ser puente y río turbulento

ansiolíticos y antidepresivos

hay lágrimas que como toronjas
puños cerrados candados
frases que se quieren oír
miedos cercados por trompetas y viento
esquinas sin término
zarzales aullando fuego
huellas en espiral de sombras
alas con ojos y abrelatas
pasos que roncan letanías
funerales de la luz
filos ordenando el camino
daniel aniquilando ballenas
siluetas de asfalto y hierro
niños sin espaldas
promesas sequedad números
fichas para no llegar
fondos revolventes de conformismo
entierros de flores gritando ratas
soles heridos grietas en la luz
fragmentos frigoríficos martillos
silencios diciendo gritos solitarios
explosiones lunares genocidios
sin final de lo comenzado
rojo óxido flor vació
humo notas rojas arco iris
aves de hielo sofocación
boleros aceleración latencia
panfletos distribución de caras arpías
esquinas que como prismas
los cuatro jinetes persiguen sueldos de estado
raíces mutiladas en almohadas gritos que se miran
murciélagos devorando mariposas espejos negros
sombras ámbar cuerpos y engranes
ojos calcinados de tanto mirar tragan sus cuencas
máquinas original y tres copias
antesalas hoyos negros
hay ricos como verdugos
el orden desperfecto voces
profetas enjaulados ojos blancos
espejos hocicos rabiosos
el juicio final nombre de cantina
espuma moscas fotografías tamaño infantil
apretujarse en la fila de incoherencias
miradas que como muros
separó las arenas del desierto
en el templo trepanan niños
justos y pecadores perros pateados
mujeres sin agua y cubetas
los pobres siempre fueron boxeadores
hay vientres que como jaulas
largó mercaderes del templo
lo llevaron con un psiquiatra a tlatelolco
bostezos filas y rebaños
no fornicarás a tu padre ni a tu madre
apostadores tahúres vírgenes jaurías
no saben hacer otra cosa tiemblan
caudillos enfermeras loros
goteo caminos serpenteantes puertas arden
ofertas y demandas rechinar dientes
no matarás en nombre de dios en vano ^
niños que como catacumbas
puentes humeando ramas frío
besos alambradas rayos catódicos
tierras de abandonos letreros prohibitivos
locutores escamoteando verdades
aves de alas cercenadas cazadores
ventanas escuelas vacías
ancianos enlutados ramas contra vidrios
caricias perforadas promesas sirvientes
hay gentes que como botellas
la santísima trinidad está en la banca
el torneo espera su butaca enjambres
ya no hay tiempo créditos existencia
eros el mejor no vive
hay hombres que como huellas
lloran

musgo y sombra
(ramón martínez ocaranza-in memoriam)

imagen sonido
el viento en la entraña
la palabra disecada
prueba del millón de retos
dilemas apretujados
misterios ecuación
temores deslizándose infantiles
ser con letras
más que ser
forma del musgo
que ordena galaxias
hechura de tornos
voces retorcidas
fragatas en velo
hojas subiendo horizontes
restañar de heridas y cavernas
predicciones alternando fieras
perdiciones encontradas
encuentros perdidos
siniestra tu temida ternura
documento de la ira
escondite y madroño
sombra estampada en el presente
en lo inédito del deseo
vigía de la muerte
estampida de agonías
papeles ennegrecidos
imagen
viento

PÁGINA 23 – CUENTO

Tres minicuentos con inventos tristes


Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

-1-
Una paloma inventa una escopeta para matar cazadores de palomas. Y cuando se le pone a tiro un cazador, antes que él la descubra, ella le apunta a la cabeza o al corazón y lo mata. Además de tener muy buena puntería, la paloma es sociable y quiso afiliarse al club de cazadores, pero los socios son tan poco sociables que no la quieren.

-2-
Una mujer inventa un hijo de nube y lo acuna en sus brazos y le da de mamar y lo arrulla para que se duerma y el niño se duerme y viene el viento y se lo lleva.
Al otro día la mujer inventa una hija de viento y la acuna en sus brazos y le da de mamar y la arrulla para que se duerma
Cuando la niña se duerme viene una aspiradora y la traga y la arroja a la bolsa de basura y se la lleva el basurero.
Al otro dia la mujer inventa un hijo basura y lo acuna en sus brazos y le da de mamar y lo arrulla para que se duerma
Y cuando el niño basura se duerme viene un niño de verdad y tiene hambre y se quiere comer la basura.
Y la madre de la basura mata al niño de verdad y ya no inventa nunca más nada.

-3-
Un hombre inventa una goma para borrar aciertos humanos y dejar solamente errores.
Anda por todas partes borrando el arte, la cultura, la ciencia y la técnica, el amor, el deporte y todo quehacer y saber humano y dejando solamente errores y más errores, hasta que todo el humano mundo es nada más que errores. Cuando en todo el mundo no queda más que ese hombre y su goma y todos los errores, el hombre quiere borrarse con la goma pero sin querer comete un error y se convierte en dos hombres.
Ahora los hombres se miran y el inventor ya no sabe cuál de ellos es el verdadero y cuál el error.



PÁGINA 24 – ENSAYO

La imaginación al poder


Por Marcelo Colussi (Caracas/Venezuela)

“Hasta ahora los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintas maneras; de lo que se trata es de transformarlo”, sentenciaba terminante el joven Marx en la tesis XI sobre Ludwig Feuerbach, en 1845. Para muchos esa fue la declaración de muerte de la filosofía clásica. De todos modos siguió habiendo filosofía.
Para muchos, la obra del alemán Martin Heidegger fue la última expresión de un gran sistema filosófico, tal como existieron por más de dos milenios en la tradición occidental, desde los griegos clásicos hasta el idealismo alemán. Pero desaparecido Heidegger, el gran filósofo del siglo XX, siguió habiendo filosofía.
Ahora el gobierno mexicano, en medio de su más mediática que real crisis creada por la nueva gripe “asesina”, ha decretado la eliminación de los cursos de filosofía en la escuela media. Pero pese a ello, todo indica que seguirá habiendo filosofía. O, al menos, eso debemos impulsar. La filosofía, esa gran aventura del pensamiento, no puede morir por un decreto. En definitiva: si eso fuera a lo que se apunta, no lo podemos permitir.
¿Acaso es inmortal la filosofía? No puede afirmarse con total seguridad, pero hay que intentar que así sea. Cabe entonces la pregunta: ¿y qué es en verdad la filosofía?
La respuesta dependerá de quién la formule. Para nosotros, la gran mayoría, o quizá la totalidad de los lectores de este breve artículo –si es que los tiene–, seguramente occidentales, son inevitables ciertas representaciones, en algún caso ya estereotipadas: saber por el saber mismo, reflexión profunda, meditación serena. E inmediatamente se nos podrá figurar la estatua de Rodin: “El pensador”, o el fabuloso fresco “La escuela de Atenas”, de Rafael, con las distintas vacas sagradas del pensamiento griego clásico, aunque muy probablemente no evocaremos los tlamatinime, los sabios o filósofos aztecas. Ni tampoco pensaremos, por ejemplo, en los filósofos musulmanes de la escuela de Bagdad, surgidos hacia el año 800, uno de los momentos más fecundos del pensamiento universal, fundamento del posterior desarrollo científico de Occidente, universalmente) , la arquitectura, la astronomía. Quizá pensemos en los míticos sabios orientales, muy poco conocidos –eurocentrismo mediante– en nuestra civilización occidental, pero más como una invocación espiritual-religios a que como filósofos. Seguramente no haremos mención de las cosmogonías precolombinas de América (maya e inca), riquísimas sistematizaciones de un rigor filosófico indudable, pero desconocidas en la academia de raíz europea. Y quizá, entre los filósofos, no se ponga a Marx, considerado más bien un revolucionario. ¿Pero no es acaso revolucionaria la filosofía misma? Aunque en nuestro mundo científico-técnico actual, dominado por la ideología de la eficiencia y el lucro como bienes supremos, de acuerdo a esos estereotipos que nos inundan, filosofía también puede identificarse con inservibilidad. ¿Para qué filosofar si con eso no se come? ¡Las humanidades han muerto!, podría proclamarse –quizá al menos en la línea que llevó a anunciar que las ideologías estaban muertas, cuando cayó el muro de Berlín y se autodesintegró el bloque soviético–.
Al menos algo así pueden haber pensado los funcionarios aztecas que tomaron la medida de marras. Quizá leyeron demasiado literalmente a González Tuñón: “con la filosofía poco se goza”, seguramente sin entender nada de la metáfora en juego. ¿Con qué se goza entonces: con los nuevos espejitos de colores con que nos inunda el actual sistema económico? ¿Con los teléfonos celulares de última generación? ¿Con los spa cinco estrellas? ¿O con las nuevas muñecas inflables de silicona?
Con la filosofía se goza, y mucho. El preguntar, la sed de saber, la búsqueda de lo desconocido ha sido y sigue siendo la llama que enciende el hecho humano, desde el interrogante que posibilitó labrar la primera piedra hace dos millones y medio de años atrás a nuestros ancestros apenas descendidos de los árboles hasta el día de hoy, en que nos seguimos preguntando cosas, seguramente las mismas de aquellos remotos antepasados. Por ejemplo, en la tierra donde ahora se toma la medida de eliminar las clases de filosofía, tierra donde existió esa larga tradición de pensadores, los tlamatinime, sabios filósofos admirados incluso por los conquistadores españoles: ¿qué hay con esto de la terrible gripe porcina? ¿No es necesario que una actitud de pensamiento crítico, de indagación filosófica, de apasionada búsqueda de la verdad por la verdad misma eche un poco de luz sobre tanta sombra? ¿Por qué decretar el no pensar? (como si ello fuera posible acaso). ¿Acaso alguien puede pensar que la “tecnología de avanzada” lo resolverá todo? ¿Por qué se sigue apostando por los “espejitos de colores”?
Todo esto lleva a algunas consideraciones más de fondo.
Saber por el saber mismo siempre ha sido una práctica usual en cualquier cultura, desde el neolítico en adelante, y nada indica que eso, mientras sigamos siendo seres humanos y no autómatas, vaya a cambiar (aunque cualquier dictadura lo intente, incluida la actual dictadura del mercado, disfrazada de democracia y sutilmente manejada con tecnologías de punta, mercadotecnia y psicología del consumidor).
El impulso por saber es lo que pone en marcha todo proceso humano: saber, preguntar, descubrir, investigar, he ahí el motor de la humanización, lo que hace del infante un adulto. He ahí lo que hizo del mono esta obra tan peculiar que es el ser humano.
Preguntar, reflexionar, ordenar el caos de la vida para entenderla y poder manejarse mejor: esa es la necesidad que lleva a esta actitud tan humana que sigue siendo sorprenderse ante el mundo y buscarle un sentido (aunque la tendencia actual nos orille a pensar que los manuales ad hoc nos dan la respuesta adecuada para todo, para ser feliz, para tener amigos o para conquistar el espacio sideral, siguiendo los pasos indicados y no preguntando más allá).
Filosofar en tanto preguntar sin anestesia, sin concesiones: he ahí lo que, en un esfuerzo extremo, lleva a Marx a formular su llamado a transformar el mundo superando la contemplación pasiva, pero no para negar el hecho de preguntar, la sed de saber, sino para profundizar todo ello más aún (radical “crítica implacable de todo lo existente”, reclamaba estricto). Si prefirió no llamar a eso “filosofía” fue por la carga negativa que encontró en mucha de ella, filosofía barata y complaciente que no sirve para la transformació n requerida.
Con distintos nombres, esa sed por saber dónde estamos parados en el mundo, saber de dónde venimos y hacia dónde vamos, esa pulsión irresistible por conocer acerca de nuestros límites, recorre toda la historia de la civilización, llámese filosofía, sabiduría, pensamiento crítico, reflexión o como se quiera.
¿Se puede eliminar la filosofía? ¿Morirá el pensamiento crítico?
Pretender eliminar el deseo de saber es ingenuo. ¡E imposible!, obviamente. Pero se puede hacer que ese ánimo interrogativo, esa sed de verdad, juegue para la conveniencia de ciertos poderes. La filosofía puede ser –y de hecho lo ha sido en numerosas ocasiones– revolucionaria, así como puede ser también una buena aliada disciplinada de los poderes de turno. Ancilla theologiae, esclava de la teología, la llamaban en tal caso los escolásticos medievales de Europa. Ancilla scientae, esclava de las ciencias, pasó a ser con el mundo moderno dominado por los nuevos industriales. De lo que se trata es que no sea esclava de nadie, que se constituya en el “tábano socrático” instigador que fuerza a seguir cuestionando siempre. La filosofía, si sirve para algo, es porque es irreverente, provocativa. Ahí está el mayor de los goces.
Lo que, en todo caso, la medida tomada en México expresa, es un espíritu general de la época: la tecnocracia se ha enseñoreado y campea victoriosa. Un pensamiento parcializado, sin interés por la universalidad, bastante miope, ciegamente confiado en el saber del especialista (aquél que sabe todo sobre casi nada). Eso es lo que puede llevar a pensar que la sed de preguntar puede colmarse con respuestas técnicas parciales, fragmentarias. La cultura del “no piense” (no piense en términos de integralidad, de visión universal y orgánica de las cosas) se ha impuesto con mucha fuerza.
“No hay alternativa”, pudo decir feliz la dama de hierro, la británica Margaret Tatcher para referirse a estos tiempos de pensamiento único. “¡No piense, siga las instrucciones, mire la pantalla y sea un triunfador en esta vida!” (si puede, claro...), pasó a ser la consigna dominante. Y la pregunta filosófica se ha trocado en... ¡libros de autoayuda! (el renglón de la industria editorial más poderoso en estos últimos años). ¿En eso devino la filosofía: esclava de qué? ¿Quién tuvo la torpeza de creer que el pensamiento fragmentario de hiper super mega especialistas con post doctorados daría la razón del mundo, la luz necesaria en tiempos de tinieblas?
La filosofía como orientadora, como grito de guerra, como actitud crítica ante la vida, la filosofía como búsqueda absoluta e incondicionada de la verdad (recordemos que Sócrates, pudiendo salvarse desdiciéndose de lo dicho, optó por la cicuta antes que avalar el conformismo, la mentira, la superficialidad) , la filosofía en ese sentido, como pregunta crítica, no ha muerto ni puede morir.
Si bien es cierto que el sistema capitalista desarrollado ha llevado a un modelo social que puede manipular todo con creciente capacidad (ahí se inscriben los saberes técnicos, sin duda efectivos, los diversos manuales de mercadotecnia y los libros de autoayuda, entre otras cosas), la pregunta rebelde sigue estando siempre en pie. Y eso es lo que debemos alentar: la sana y productiva rebeldía. En otros términos: la actitud socrática, para decirlo según nuestras raíces occidentales.
Sin filosofía, como dijo Enrique Dussel, “se formarían profesionales aptos para “apretar botones” de máquinas que no podrían desmontar ni inventar para que fueran las adecuadas para una sociedad más equitativa. Serían autómatas al servicio del mejor postor sin ninguna conciencia crítica, ni creadora ni ética”.
Lo que se sigue necesitando, entonces, en México y en cualquier parte de nuestro atribulado planeta, es esa actitud de sana rebeldía, de actitud crítica, de irreverencia con los poderes y las “buenas costumbres”. ¿Qué otra cosa, si no, es la filosofía? Filosofemos para transformar esta agobiante realidad que nos ata, injusta, violenta, hipócritamente moralista. No le tengamos miedo a la palabra: “filosofar” no significa sólo contemplación improductiva. Filosofemos a martillazos, como quería Nietzsche, filosofemos para perder el miedo. En relación a esta maravillosa aventura de pensar, de ser rebeldes en las ideas, nuestro peor enemigo, por cierto, no es externo, no es el sistema capitalista ni el imperialismo, no es la burocracia o la mediocridad, ni la falta de presupuesto o la posibilidad de caer en manos del torturador; nuestro principal enemigo es el miedo que llevamos dentro, el miedo a desembarazarnos de los prejuicios.
“Las religiones no son más que un conjunto de supersticiones útiles para mantener bajo control a los pueblos ignorantes”, pudo decir con la mayor valentía un pensador como Giordano Bruno en el seno mismo de la institución religiosa, a la sazón unos de los principales poderes del mundo cuando él lo formuló, siendo él mismo un religioso. Y aunque eso le valió la condena a la hoguera, su enseñanza, su actitud, su búsqueda apasionada por la verdad es lo que nos debe quedar como síntesis de lo que significa la filosofía, la sana irreverencia, la rebeldía como actitud constructiva, crítica, propositiva en definitiva. Eso fue lo que le permitió decir en la cara a sus jueces: “tembláis más vosotros al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. La historia se escribe con actitudes como la de Bruno. ¡Eso es la filosofía!, aunque algún pusilánime pueda decir que lo que el mundo necesita son “técnicos eficientes y que no se metan en política, bien portados y con el pelo corto”.
De eso se trata entonces: aunque se la quiera maniatar, amansar, presentar en formato “light” –tan a la moda hoy día, en que todo es light– o simplemente suprimir por decreto como en México, la filosofía, la pasión por la pregunta que da cuenta del sistema, que explica lo universal, la interrogación por el sentido general de las cosas, por uno mismo, por nuestros límites, sigue siendo tal vez la mayor aventura humana.
“En momentos de crisis –dijo un gran pensador como Einstein– sólo la imaginación es más importante que el conocimiento”. Sin pregunta crítica seguiríamos aún en las cavernas (en sentido literal y en el sentido del mito platónico de “La República”). Aunque estemos inundados de libros de autoayuda, no todo está perdido, pues como dijera un gran pensador italiano, Galileo Galilei: eppur si muove.

PÁGINA 25 – CUENTO

Pequeña historia.


Por Marta Rodríguez (Rosario-Santa Fe/Argentina

Volvió a sentarse como todos los días ante esa ventana, que era el paisaje mismo.
Luís vivía en una casa pequeña sobre la precordillera mendocina. Le gustaba el silencio.
Recorrió el lugar fascinado por el colorido, por la serenidad que le transmitía esa vista. Memorizó cada sendero, cada riacho, cada árbol. Creyó ver algo mágico en ese panorama y comenzó a pintarlo. Eligió un ángulo donde la casa quedaba a la izquierda, era verano y las montañas se enrojecían al atardecer, y luego dibujó la casa en el medio del paisaje con la nieve que unificaba todo en su blancura, y después la misma casa en primavera sobre el costado de la derecha, con el verde amaneciendo en los árboles, o con lluvia, y siguieron otros días con las montañas cubiertas de niebla y las noches de luna donde le parecía navegar con las estrellas, y la casa siempre ahí.
Una mañana, volvió a instalar el viejo atril frente a las montañas. Colocó el último cuadro y se dibujó a sí mismo dibujando. Comprendió que ese paisaje era una cárcel para él. Entonces le pintó unos barrotes muy gruesos de color negro. En aquel momento ocurrió algo inexplicable: al sentirse privado de libertad, olvidó su entorno y dejó de pintar. El cuadro, solitario como el paisaje, se fue diluyendo en el atardecer.

PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Sendoo Hadaa (Ulán Bator/Mongolia)

Paisaje


Un trozo virgen de tierra verde
fue mi ciudad natal
en el sur de Hangai

No despertará
de entre los recursos minerales
del mapa geológico
un diminuto punto rojo se convirtió

*Hangai-montañas y pastos fértiles

Lluvia temprana

Desesperado el verano espera
en el cielo esta noche
voló con prisa sobre la rama seca

Dejó marchitar la sinfonía de las flores
El agua primaveral inunda el lecho del río

Un cabello blanco no puede tornarse verde
La muerte del Pozo
Contiene las estrellas del cielo
Traducción de Lina Zerón

Silencio

Khar Korin, lentas se desplazan las nubes.
Un trozo de hierba nace en mi húmeda palma.
Algo sucederá.
No soy el único a la espera.

El primer sol me esta observando.
Yo estoy observando al primer sol.
Algo deseado.
No deseo ya nada más.

Nómadas

En el rojo fuego del desierto,
saludamos al último día del dorado otoño.
Los pastores conducen lentamente los camellos,
también hay un cuidador de perros.
¿Viajaremos lejos del camino que hemos elegido?

Estamos unidos al gran y ancho desierto.
Desde lo alto, los mongoles oscilan más alto que las jorobas,
los ojos brillan como las altas tierras.
Y en mi corazón, esta gran fuerza verde nunca será quebrada.
Mi blanca nieve mongol es mi lugar de descanso final.
Traducción Lina Zerón

El beso

El hambriento besa el pan
y quien va al exilio
besa la tierra en que nació.

La nieve que cae
besa el campo, como
el pájaro besa el cielo
cuando vuela.

La lluvia besa el suelo
y tú besas mi alma.

Tu beso es el rocío
y mi beso lo recibe
en el frescor
de la madrugada.

Norte y Sur

Cuando los cisnes se van
es tiempo de partir
dejando mi patria,
la tierra del Sur

Y como los cisnes que levantan
las alas para volar lejos
considero el universo
sin fronteras y me voy
sin reluctancia hacia
el norte de mi tierra
Traducción Teresinka Pereira

Agustín Bilbao (Vizcaya-País Vasco/España)

Viento sur


Hojas secas
casi sin violencia derrotadas.
Bellotas caídas
tierra cuarteada
arroyos en aventura
hilando tímidamente
entre las piedras, soberbias.
El músculo flácido
y el corazón exhausto
a imprevistos golpes combatiendo.

Hombres que duermen poco
y fantasean mucho.
Mujeres, migrañas,
y ningún deseo
de fantasear acompañadas.

Se acerca el invierno
y el verano redivivo.
Incendios que purifican
y que devastan.
Las almas quemadas
en tenso letargo.

Pequeña hermosa tierra vasca
entre Picos de Europa y Pirineos tumbada.
Tierra de siempre acogedora.
Bajo el manto del viento
desde el principio de nuestro tiempo
desde la helada Europa
hermosas bestias, hombres y pueblos huidos
en tu refugio agradecidos.
Tan cerca del norte y tan templada:
leche, queso, manzana,
trigo, vid y olivo.
La sidra y el vino
juntos han engendrado
un corazón distinto…
vividor.

De la mar y la libertad

Cinco hermanos siameses
unidos en la placidez de la calma.
No hay atisbo, ni duda, ni alerta.

Y bailan las mieses
en olas crecientes cargadas de almas
rotas en esperas de meses.
Anclados en barra de arena cinco mástiles
y en abrazo de hierro cinco agitadas banderas.
Banderas de sangre y huesos exangües.
Gritos de gargantas exhaustas
y corazones agonizantes.
Vidas en lánguida despedida en las crestas blancas.

Muerte helada en aguas de abundancia.
Yo, vuestro juguete zarandeado
en seguros días de tormenta caprichosa.
Y, quizás, en fecha ya escrita besaréis mis pulmones agotados y seré libre en vosotros.

En soplo y hielo

En el aire limpio y frío un triángulo de aves diminutas
cuchillo de sangre en sábana de agua.
Cambian de rumbo, retroceden
otra vez al norte hacia la muerte.
Súbito una rectifica y, sincronía perfecta, todas la siguen
hacia el oeste húmedo y vaporoso.
Sopla el este, hielo y distancia
son de balalaika, alma en ausencia
y es tu presencia la que se anuncia
en mi corazón abandonado
abandonado por las fuerzas de tanto quererte.
Sopla de nuevo aún más frío y hueco
y me trae al recuerdo tu deseo ardiente
el calor que me acuna, el calor que me vence.
Fuera, tras el cristal, inmigrante y amigo
cruel y perfecto el hielo del este.



PÁGINA 27 – ENSAYO

En la muerte de Idea Vilariño


Por Ana Inés Larre Borges (Montevideo/Uruguay)

Sola, sola y triste, lejos de todas las almas, / De todo lo tierno, de todo lo suave. Idea Vilariño, 1937, a sus 17 años.
Sola de toda soledad estará Idea. A pesar de la altivez delicada con que supo buscarla, esa soledad duele ahora porque somos nosotros los huérfanos. Aunque estuviese retirada del mundo y reticente, saber que estaba todavía y era, daba intensidad a la vida. Y cierta fuerza sabernos sus contemporáneos. De pronto se hacía presente en una nota sobre los que se buscan alimento en la basura de los contenedores, porque "como dice Idea, acaso tiene delicadeza, vivir, romperse el alma", o privadamente la convocaba una secreta pérdida, el fin de algo, o aparecía, en cambio, su imagen proyectada sobre las multitudes en un concierto de rock, como una marca de la renovada adolescencia de sus lectores que, en ella como en Onetti, encuentran en estos tiempos de hastío y desencanto, una fuerza subversiva ajena a programas, porque nace desde la más honda subjetividad. Ese universo sin dioses es el legado de Idea. Esa poesía nocturnal hecha también de silencios, es la piedra pulida, dura y contundente que nos arroja desafiante al rostro. Pero esa dureza no lastima, sino que tienta (¿alienta?) a pedir lo imposible, a vivir sin cálculo, a amar sin reposo. Y a sufrir bellamente. Sí a enamorarse del dolor, esa invitación de juventud y rebeldía que procura lo más puro de cada uno de nosotros. Es por eso quizás que a pesar del pesimismo y la amargura, su poesía libera. No consuela, pero da dignidad y derecho al dolor de vivir. Y reivindica la olvidada pasión.
Contra corrientes hegemónicas en la poesía de su tiempo, Idea fue también en eso una figura solitaria y escribió de los grandes temas de la gran poesía de siempre (no del lenguaje que los dice). Tal vez por eso es difícil advertir la evolución de una obra que parece nacida enteramente ya, de una poeta que no exhibe fácilmente sus aprendizajes. Y aunque haya ordenado sus poemas en las ya famosas categorías de Poemas de amor, para sus cantos de desamor y sensualidad (Un pájaro me canta y yo le canto/ me gorjea al oído y le gorjeo/…y me vence y lo venzo/ y me acaba y lo acabo"; "Te estoy llamando amor, como a la muerte") , Nocturnos para los más metafísicos, "Noche sin nadie, noche en la espesura.."; "Como una sopa amarga, como una dua cucharada atroz/ empujada hasta el fondo de la boca"…; Pobre Mundo para la poesía social y el éxtasis de la naturaleza ("Con los brazos atados a la espalda/ un hombre/ feo y joven.../ lo hundían en el agua de aquel río.../ahora mismo/ hoy/ lo están pateando");y No para el brevísimo escepticismo, su decir es siempre incondundible, su obra sostiene una desusada unidad. Eros y thanatos, el amor y la muerte sutilmente enredados, fueron dichos, sin ampulosidad con las palabras sencillas del español rioplatense, con el tono austero y delicado de una música interior. Construyó así una poesía antiretórica y lacónica, -del temblor austerio, la llamó Gelman- hecha también de silencios, de espacios vacíos. Con ella la grandeza se hacía cercana y doméstica. Ahí en sus versos, decía su amigo argentino Gregoric "está el amor, puro, elemental y condenado, no ya en el jardín del Paraíso, ni en el pasado vertiginoso, sino en el duro presente de la ciudad americana, asediado por la tristeza, la ropa sucia, la rutina y el dinero".
Tal vez su ausencia, la lectura de Idea sin Idea, permita otras interpretaciones de su obra. Tal vez, liberada de su presencia poderosa (y soberana), la crítica de su poesía aprenda a articular una evaluación más rica y compleja y conflictiva. Queda todavía por explorar su tarea de traductora, sus filiaciones inconfesas, sus diálogos con otros poetas. Beatriz Végh ha hecho un estudio revelador sobre Idea traductora festiva de Quéneau. Queda por explorar su biografía, atravesar el corpus espiralado de una correspondencia inmensa y rica. Queda la herencia del diario que inició a sus 18 años, y dispuso que fuera publicado a su muerte. Otra Idea nos espera. Intuyo, sin embargo, que cuando todo pase, estas piedras pulidas de sus poemas, estos golpes como de dios, volverán a imperar, sobre su tránsito, sobre la leyenda que también construyó, sobre lo que hayamos podido desplegar de su tránsito. Y quedarán las palabras simples e irrevocables para que aprendamos a amar y a sufrir bellamente. A aceptar el deseo de "loco amor, que todos o que algunos, siempre, tras la serena máscara pedimos de rodillas".
© Brecha

PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Sergio Zuñiga Rivas (Varsovia/Polonia)

Amor


Sobre las alas de la esperanza
recorro los desiertos
que me dejó tu ausencia.

La inundación

Llevé mi alma en lo brazos
Desde el desierto de mis sueños
Hasta la playa de la esperanza.

En un segundo de descuido la Osa Mayor
y dos cálidos océanos
invadieron todas mis islas y penínsulas,
anegando de vida e ilusiones
todos los puertos de mis sentimientos
y de mi conciencia.

Ahora camino por la playa,
por las calles y los rincones
que tus ojos han acariciado
y veo, por la sonrisa de los niños,
que mi figura ha mejorado
con las algas que llevo en el pelo
y las conchas y caracolas
que cantan en mis bolsillos.

El rincón del poeta

Esta es mi casa
y aquí me quedo,
en este rincón
poblado por los míos.
Soñar alimenta las almas.
Entonces somos
el rincón de los soñadores,
de los cantores de
esperanzas.

El rincón más querido de mi casa
es el lugar donde guardo mis tesoros.
Aquí habitas, habita tu voz.
Un atril me permite depositar
en él mis angustias, mis pesares
y mis alegrías. Desde allí me ilumina tu presencia.

En un rincón obscuro del olvido se quedó
aquella que decía querer envejecer
conmigo y que al final de cuentas
olvidó donde estaba nuestro rincón.

Hoy, en el rincón más cálido de mis días
me baño con tu voz, me deleito cuando veo que creces,
cuando siento que eres tú.
Pero cuando tu voz se ausenta mi corazón enloquecido
quiere volar a tus brazos, decirte lo que no te atreves a oír,
quiere decirte que cuando me tengas nadie compartirá
contigo mi oficio de amarte y entonces sabrás que seré sólo tuyo.

En el intertanto haré un ajuste sagrado de cuentas conmigo mismo
y me quedaré contigo, entre mi gente querida,
en este rincón que alguien definió como del poeta.

Despertar

Despertaste mis sueños más ocultos,
por los aromas de la vida y
el deseo de ser tuyo
ahora que he vuelto a volar.
Son mis primeras alas con perfumes de
manzanas,
los primeros vientos que trae tu primavera
a mi otoño indefenso ante tu encanto.
Hoy me atrevo a todo, porque
le perdí el respeto al no se debe
y al no se puede.
Te invito a la felicidad, con mi canto
amerindio y con tus océanos
de esperanza que sonríen
cuando adivinan que mis sueños
ya te pertenecen.

Noche Buena feliz

Tuve un día de Noche Buena feliz.
En el tranvía y en la tienda,
por mi aspecto, nadie me dijo gitano,
judío ni negro.

Durante la cena de Noche Buena
nadie definió mis ideas propias como las
de un comunista.

Al marchar me colgué el bolso donde llevo mis
cosas personales y nadie se hizo eco de lo dicho
por la radio de una secta que dice que los hombres
que llevan un bolso colgado tienen inclinaciones homosexuales.
Casi olvido decir que tampoco
nadie me dijo” regresa allá de donde has venido”
No me puedo quejar. Me tratan bien.

Tania Alegría (Lisboa/Portugal)

No pasa nada


La luz chispea sobre el muro blanco
donde se desperezan los rosales.
El aire es poco más que una intuición
que resbala en la piel y huele a pinos.
La mañana está en paz. No pasa nada.
Y sin embargo, tú, tan desvalida,
tan pálida, tan sucia de tormentas,
como si un fiero vendaval hubiese
demolido la almena de tu patio.
Hongos húmedos cuelgan de tu pelo;
en tus manos se enredan hojas muertas;
humo en los ojos, musgo entre los dientes;
y pecho adentro aúlla una jauría
husmeando los puntos cardinales
por oler las cosechas incendiadas.
Tienes carbón debajo de las uñas,
tal fue tu saña al escarbar la noche.
Traes manchas de liquen en la espalda
por haberte acostado en tantas tumbas.
Cálmate, tú. No hay más que olor a pinos,
alborada serena, brisa mansa,
alondras despertando en los ramajes.
No hay huracanes destrozando bosques.
No hay incendio en la mies de tus exilios.
La mañana está en paz consigo misma.
Cálmate tú, Marién. No pasa nada.

Esperando el amor aunque no exista

Me voy hacia el paisaje de las yermas
llanuras en el mapa de mi pecho,
donde hay un patio con aroma a espliegos
y silencios se yerguen como almenas.
Allí moran mis ángeles de niebla,
los diablos que discurren mis desiertos
y oculta en el envés de los espejos
una niña que habla con las fieras.
Estaré revestida de invisible,
sin forma o gravedad, como una nube,
utópica, cual eje de una abscisa,
entrenzando hipotéticas urdimbres
con este odio fiel y esta costumbre
de esperar el amor aunque no exista.

El nombre de las horas

En estas horas mías -que parecen ajenas-,
cuando busco mi rostro en la faz del momento,
tu nombre se repite al ritmo de mi aliento
y recurre el trayecto de la sangre en mis venas.
Te nombro y casi no, es un murmullo apenas,
y casi no, no más que un exiguo fragmento
que navega los mares, llevado por el viento,
hasta alcanzar tu orilla, al ras de tus arenas.
Digo tu nombre usando las claves del sigilo
en los modos que sé de enseñar a la nada
el lugar donde el eco resuena en doble filo.

Te nombro desde un páramo con carencia de auroras
como quien dice un rezo, el pecho en la callada,
como quien dice al tiempo el nombre de las horas.

Sur

Tengo un arcón lleno de Sur en el desván
y un mensaje cifrado para abrir la tapa.
Se debe decir tajo
sin mencionar la anchura de la herida,
se debe decir tren sin referir andenes,
y otros vocablos, como pan y madre,
palabras con la fuerza de la proa de un barco
rompiendo olas en el mar abierto.
Hay que decir exilio.
Tengo restos de Sur, como migajas,
en el plato de peltre de la infancia.
Hay demasiado verde en la memoria,
afectos de rodillas en las torvas cavernas de los años,
verdades como puños que mutilan
cada proposición del silogismo
en que se ampara mi armazón de carne.
Alboroza un escándalo de trópicos
la sospechosa paz de mis suburbios
y por eso los perros del olvido
rastrean las orillas
husmeando en los trillos mar adentro
la sangre en mis pisadas
siempre que parto con mi exilio a cuestas.

Un puñado de arcilla

A veces te despiertas y es como si murieses
de espanto y de extrañeza
al vislumbrar el día, discernir sus escollos,
evaluar cuántos pasos te alejan de la noche.
Árido suelo espera la impronta de tu mano
y no hay más que un puñado de arcilla para erguir la colosal muralla que encierra tus silencios.
Tan sola que tu sombra no cruzará contigo
el gres de los umbrales,
tan muda que las voces no encontrarán el rumbo
que lleva hacia tu oído,
construirás, obstinada, las cercas de tu patio.

Y nada llegará incólume al crepúsculo.
Vendrá la luna clara a alumbrar los despojos
mientras de tu mirada los pájaros emigran.
Mañana volverás, sin otros argumentos
más que tu mano obrera y un puñado de arcilla,
a construir los muros que encierran tus silencios

Legado

Cuando me vaya,
en un rincón del sótano
hallarán un arcón viejo de roble
con el modesto saldo de mis bienes,
mi legado de trastos
exento de tributos.
Nunca guardé por más de una semana
cartas de amor,
tarjetas con ausencias,
números de teléfono,
fotografías;
no encontrarán ninguna flor ajada
en las vetustas páginas de un libro
ni servilletas sucias con poemas.
En el baúl de avíos ya sin uso
hay un par de zapatos de charol
que llevaban mis pies para encontrarte
(nadie se enterará de que eran alas);
algunas joyas falsas, relucientes,
como mis ojos cuando te veía;
ropas fuera de moda
en donde no verán
-porque no son visibles los recuerdos-
la impronta de tu abrazo en mis vestidos.

PÁGINA 29 – CUENTO

Diario de la muerte de mi abuela

(Fragmento)

Por Irma Verolín (Capital Federal-Buenos Aires/Argentina)

1.
Mi abuela se ha convertido en un pájaro. Esto sucedió hace un instante. Aunque supongo que todo empezó antes, poco a poco, disimuladamente en un sitio oculto de ella misma. Lo cierto es que una tarde me encontré llamándola “pajarita” y así la empecé a llamarla desde entonces. El nuevo nombre le queda perfecto, ha adelgazado, su nariz luce más afilada, sus ojos transparentes y ese aire continuo de estar lista para desprenderse de la tierra de un instante a otro.
Sé que detrás del nombre “pajarita” está la idea de la muerte y que entre mi abuela y yo sólo existe la idea de la muerte y más aún, que siempre, desde el principio es lo único que había existido entre ella y yo: la idea de la muerte.
Haberle encontrado un nuevo nombre a mi abuela significaba tan sólo que de una buena vez he logrado que las cosas estén por fin en su sitio.

2.
Desnudeces. Mi abuela y yo seguimos hablando de desnudeces. Sucedió en la tarde de ayer. En la televisión unas cuantas coristas y unos strippers se contorsionaban. Algunas llevaban los senos al aire y en los hombres se adivinaba el bulto exagerado de su miembro. Pero mi abuela quería hablar de su desnudez que, según sus propias palabras, ha sido un acontecimiento imposible. Su desnudez: una victoria frente a su virginidad perdida. La defendió a rajatabla para acrecentar el misterio femenino hasta llegar a extremos absurdos ante un médico joven y aburrido de ver pubis y tetas de viejas. Y ahora la palabra desnudez sonaba tan exquisita en su boca con dientes postizos. Parecía que hablaba de otra clase de desnudez, porque la desnudez del cuerpo no puede en tiempos como los que corren ser motivo de tantas extravagancias, cuidados y recriminaciones. Desde el primer capítulo de la Biblia, la desnudez es un acontecimiento aterrador aunque esté inmerso en el Paraíso, tanto es así que hubo que disimularla con el agregado de una hoja de parra. Mi abuela me hace reflexionar sobre el acontecimiento de pronunciar una palabra con semejante alcurnia. Ella dice “desnuda” y yo pienso en mi madre muerta, en la muñeca aquella a la que le comí los dedos, en los desaparecidos de la dictadura militar, en un cuerpo sorprendido que flota o huye en un sueño, en Marilyn Monroe llamando por teléfono con un frasco lleno de píldoras en la mano, en una muchacha que da a luz sobre piedras mojadas o en un colchón de hojas secas, en una estatua de mármol con el brazo perdido sumergida en un mar muy lejos de la orilla. Desnuda es la palabra que dice “desnuda” y ninguna otra cosa más. Desnuda, la Tierra entera después del estallido de la bomba atómica. Cuando mi abuela volvió a decir “desnuda” mi corazón se convulsionó y, de golpe, la desnudez surgió para mí en un penoso intento de borrar la línea que separa el adentro del afuera. Deslavar la memoria del trajinar de los tiempos, quitarse lo que envejece más rápido que esos músculos y esas untuosidades. Romper el pacto que hicimos al entrar en el mundo, ir hacia atrás sin perder completamente las nociones, dejarse arrastrar por el movimiento inverso de las galaxias. Correr, correr. Correr desesperadamente, alguien detrás, algo adelante y el aire a los costados para que los brazos, también desnudos, ayuden a batir ese aire siempre nuevo. Alas, los brazos desnudos. Desnuda yo con cinco años en verano entre las sábanas y mis padres en la habitación de al lado. Aire suelto, pensamientos deshilvanados. Desnuda: en el mundo todo fue acomodado para nacer y morir, antes y después la vida de cada día y sus rudimentos. Desnuda: una mano sobre la transparencia de lo que hoy está sobre la faz de lo que es y que mañana no será nada. Nada la desnudez y todo brilla del otro lado de los asuntos. El cuerpo desnudo invita al alma a aparecer también desnuda, porque cuando una ya no tiene nada que sacarse, todo entra en un orden desprolijo y verdadero. Mi abuela dijo “desnuda” y me dio pena que esa palabra se tambaleara entre su paladar y por los resquicios de su dentadura postiza que navega un poco hacia aquí y otro poco hacia allá, sobre el vaivén de las conversaciones y del masticar esforzado. Entonces toda la desnudez del mundo se cayó en su boca y se precipitó hacia adentro y fue deglutida para pulverizarse sin pena ni gloria; y el silencio fue de plomo y golpeó en la boca de mi estómago. Todo se detuvo y mi abuela me miró con rencor o yo creí que así me miraba. La conversación estaba deshecha y aparecieron los achaques, el dolor de reuma, la presión arterial. La desnudez había calado hondo y traspasado la superficie de un cuerpo ahora devastado. La desnudez, de tan honda que ha sido desde el principio, terminó husmeando en las interioridades. Y allí estábamos las dos, a medio camino entre el adentro y el afuera. Una anécdota nos rescató. Fue la del hombre araña, que siguiendo las presunciones de mi abuela, podía aparecerse en cualquier momento, entrar por la ventana y violarla a ella, como violó a esa mujer que vivía sola en un barrio de esta ciudad tan parecido al suyo, según dicen en el diario y en el noticiero de la televisión.
-Abuela, eso no es tan fácil.
-Ah, decís eso porque no se trata de vos...
-Pero el hombre araña no va a venir justo acá.
-¡Claro!- se ofuscó mi abuela- decilo así, total a vos no te pasa.
Para calmar los ánimos hice un chiste:
-Bueno, entonces, estate preparada y no duermas desnuda.
No bien terminé de decir la frase me arrepentí. Ella, como era de esperarse, dijo muy explicativa y con bastante terquedad:
-Ya te dije que yo jamás estoy desnuda. ¿O acaso de qué hemos estado hablando?

3.
-¿Ves? -dice ella señalándose los colgajos de piel- aquí se nota la edad.
“Vaya coquetería la de mi abuela -pienso yo- Acaba de cumplir noventa y nueve años ¡Como si no se notara en otras partes!”

4.
La voz de mi abuela suena triunfante en el teléfono. Me dice que salió sola. Me preocupo, le hago preguntas, le doy recomendaciones para el futuro. Sospecho que se animó a llegar hasta el supermercado ayudado por el sostén del changuito. Pero no bien se desarrolla la conversación me entero de que la gran salida de mi abuela fue sólo hasta el palier para dejar la bolsa de basura. Evidentemente sus expectativas y acciones temerarias se han empobrecido. Pienso que se parece a las niñas que empiezan a caminar. Se les festeja los primeros pasos, su iniciación en el mundo. En el caso de mi abuela me siento impulsada a festejarle sus últimos pasos. Así que en vez de haberse convertido en pájara es ahora una niñita, pero una niñita al revés, una niñita sin futuro. La vida da la impresión de plegarse para terminar siendo un acordeón retorcido. Todo retorna aunque de un modo deformado. Mi abuela aún camina y al hacerlo con cierta torpeza intenta de alguna manera recordar sus primeros pasos. Su mente cree recordar, pero su cuerpo no. Está contenta porque ella sola dio vuelta la llave y salió del departamento. Claro que igual a esos pájaros que fueron enjaulados mucho tiempo, pronto vuelve a su jaula por voluntad propia.

5.
Es notable la manera en que mi abuela combina olvido y memoria. Ella va y viene con la levedad de su cuerpo y su pequeña mente desde lo que no está, desde lo que se borró, desde esa gran ciénaga donde su mano se hunde, va y viene y, desde allí, se sumerge en esas orillas claras donde las cosas relucen y encuentran una secuencia fina, prolija, invulnerable. Los hechos son los hechos y nunca cambian en el margen que ella pule interminablemente volviendo a él, recorriéndolo con plenitud. El pasado es demasiado perfecto y demasiado igual a sí mismo como para formar parte de la vida. Con cada repetición voy vislumbrando que la vida se congela a sus espaldas, las espaldas encorvadas de mi abuela son la curva final del Universo que hacen girar sus palabras hacia atrás y hacia delante. La escucho con atención aunque ya sé lo que va a decir y el saberlo me llena de inquietud. Su relato, por lo predecible, se me vuelve espeluznante. ¿Cómo es posible que el tiempo no lo alcance a cambiar? Hasta los tonos y las inflexiones de su voz son idénticos a las de ayer. La voz de mi abuela tiene un espejo que es su propio eco. Y ese eco es una campana que atrae el sonido de mi propia voz.

6.
Hace unas semanas mi abuela se arrastraba con mucha dificultad, lo hacía en la forma en que lo hace comúnmente: empujando la silla para no perder equilibrio. De pronto, después de ese gran esfuerzo, me mira con picardía y me dice:
-No te vuelvas vieja. No te vuelvas vieja. No te vuelvas vieja.
Luego entró en el baño y cerró la puerta.

7.
Entrar o salir de la cama es para mi abuela una empresa dificultosa. Por la noche desvestirse y ponerse el camisón la extenúa porque ha pasado todo el día luchando con su escasa energía y quizá porque debió prepararse antes para semejante trabajo. Levantarse por la mañana también le cuesta, los remedios que mitigan el dolor de sus brazos ya le han dejado de hacer efecto y sólo los tomará con el desayuno. Entonces comienza su letanía con el ayayayay, moverse es un desafío a sus escaseces. Obviamente recibe ayuda para vestirse o desvestirse. En esos momentos todas las preguntas sobre el sentido de la vida y la condición humana se agolpan en mi cabeza. A veces me parece que ella envejeció como ha vivido siempre: en la lucha y la queja. Otras veces le admiro su voluntad y su determinación. Últimamente bromeo mucho mientras la ayudo a entrar o salir de la cama y cuando terminamos con la tarea, la aplaudo y le digo: Ya entraste en la cama o ya saliste de la cama. Me da la impresión de que la relación con el mundo que establece mi abuela es tan distante que entrar en la cama implica abandonar algo que es demasiado laxo o salir de la cama supone reentablar una relación limitada y compleja. Dormir o morir se parecen bastante. Mi abuela duerme con una pastilla pero lo olvida como olvida casi todo. Se lo recuerdo y me niega que ella tome pastillas para dormir. No importa, las toma desde hace muchísimos años. Cuando se levanta tiene un brillo en los ojos: sueña con entrar en el mundo. Pero enseguida se da cuenta de que no es sencillo y comienza la queja por el dolor o la falta de flexibilidad en las piernas. Y yo me agacho, la empujo, la levanto, la aliento, le pongo el audífono esperando que escuche lo que le digo. Así, siempre. Por suerte, una vez que logra abandonar la cama, mi abuela cuenta para poder desplazarse con la ayuda y la compañía invalorable de una silla. Desde temprano arrastra las cuatro patas de la silla por todo el departamento. Sin esa silla para mi abuela no habría nada. Sus brazos están por lo general muy doloridos y son esos brazos sin fuerza los que la sujetan a la silla. Casi podría decirse que mi abuela se aferra a lo que sea para no morir o para estar, en otras palabras, con los pies sobre la tierra. Se agarra también de mí y yo siento el peso de su vejez sobre mi cuerpo, sobre mi persona, pero yo, por el momento, tengo el mundo.

8.
Dejo en mi casa a mis dos gatos solos para ir a cuidar a mi abuela. Uno de los gatos está continuamente lastimado. Se pelean entre ellos y el pobre pierde la partida. Mi abuela también está lastimada; no bien llego enciende la luz del velador, se levanta el camisón y me muestra. Debajo de uno de sus senos tiene una gruesa línea roja. Le coloco con suavidad la pomada y ella me mira. Me mira y me dice:
-¿Viste? Tengo dos tetas distintas. Una más chica que la otra. Es por culpa de tu abuelo. Se ve que le quedaba más cómodo sobarme ésta. Y se me achicó de tanto ser sobada.
Mi abuelo murió hace muchos años y es raro que ella vuelva a refrescar ese relato. Lo que abuela no quiere decir es que bajo su seno se acurrucan sus dos hijos muertos.
Ahora se baja el camisón.
-¿Te duele?- le pregunto.
Me contesta que no. Que no. Y apaga la luz.

PÁGINA 30 - ENSAYO

Cuentan que cuento cuentos.


Por Luis Daniel Gutiérrez Espinoza (Arequipa/Perú)

Ahora ya sé que alguien de mi barrio, malévolamente difundió la idea de que escribo o cuento Cuentos. Me fregó. Ya nadie me cree y lo que es peor, mi nombre y hasta mi ego, prácticamente, rasan los suelos.
Es que los Cuentos o contar Cuentos, la gente como que se lo toma a deporte o a chisme, lo cual a mí me admira y molesta. Es cierto, depende de la circunstancias, digo yo, una porque delata una supina ignorancia respecto el fondo, forma y naturaleza del asunto y otra, porque a estas alturas de mi vida soy tremendamente realista y fríamente objetivo y no voy inventando nada de nada, así que...
La cuestión es que supuestamente ven al Cuento como una mera fantasía, incluso como distracción y socorrido tema de conversación, de ahí que se le asocie a los rumores y a las murmuraciones, en suma, a la maledicencia. Es decir, al cotilleo, a la tijera, al raje de comadres o de vecinas ociosas o de compañeras de trabajo, que de la verdad hacen mentira y de la mentira, verdad, o al menos eso parece. Fina ambivalencia y/o mixtura que en boca de amigotas o de amigotes también, como que crece y se extiende, sí y muy especialmente, en duda y en seguridad, principalmente cuando habiendo adquirido algo de estatus y prestigio, ya anda por cuenta propia y muy voraz ciertamente, por cuanta boca, línea periodística o pantalla televisiva se le presente y le dispense tiempo y joda.
En consecuencia, puro cuento eso de te lo advertí, lo sé de buena fuente, es seguro que es recontra fijo, esto que te digo es para ti nomás, dicen, pero sin confirmar aún... mira tú sino será verdad... y así pues, todo un rosario de razones y sortilegios, de conjuros y conjuras que desacralizando la esencia y sustancia del Cuento, lo desvirtúan, lo banalizan y lo desacreditan.
Entonces y sin que el pobre caiga en cuenta y como ya es sabido, pierde galanura y compostura y su género, que por muy literario y exclusivo se tenía, acaba por enlistarse en la simple y vulgar cotidianidad de sabihondos cerebros que yéndose de lengua, discurren y espulguan al mundo y sus tantas y tantas menudencias, que dando que hablar y saltando de aquí para allá, esparcen mismo viento huracanado o guerra química, cuanto infundio, medias tintas o desequilibrio y manipulación se les ocurra.
¡Uyuyuy!, y si usted supiera lo que yo sé... dicen. Oiga, qué de confusa, libérrima y disparatada es toda la vaina esta, ¿no?
Y aquí, la narrativa se convierte en vana crónica o en sutil detalle que ironizando, encubriendo o infamando cada caso y cada cosa, levanta la palabra a la excelsa categoría de certeza, floritura y originalidad, cuya belleza precisamente se asienta en el adorno, la arista y el encanto con que cada cual sepa expresarla o ponerla en consideración... y la boquilla, la pluma, la mímica además, salta, corre, ríe y canta y se desborda y se acelera, cuanto más sobreentendida, audaz, tensa y suspicaz, mucho mejor.
Bueno... es que este cuento, como que viviendo del correveidile, de la sorpresa y del lleva y trae, presta un valioso servicio comunitario, ¡claro!, desparasita las mentes y las neuronas citadinas y pueblerinas, inclusive, referente cualquier susurro, acto o habladuría, tanto así que es profesionalmente prescrito como eficaz remedio contra la abulia, el estrés y la rutina (oiga usted, chismee de vez en cuando, okey? aunque sea con libros, bohemizando o escribiendo), porque rompiendo la monotonía y la sosa placidez circundantes coloca ají, sal y pimienta, luz y fermento sobre cuanto suceso, ocurrencia o manifestación se le de por acaecer y sea por lo que sea, el Cuento cunde, crece y se deforma y se corrige, cuanto más, qué bueno, oiga usted.
Resumiendo, ¿a qué va mi Cuento? Nada más que a diferenciarlo y a distinguirlo, a fin que recuperando solvencia y realismo, me brinde la suficiente credibilidad que permitiéndome separar nociones y reacciones, propicie un efectivo deslinde que sustente su ubicación, campo y actitud, lugar, tiempo y acción, digo yo, de lo cual resultan cuatro aspecto básicos:
Primero: Cuento, relato usualmente breve, verbal o escrito, que desarrolla un argumento o trama (introducción, nudo y desenlace) y enfocando un tema universal o particular, despierta una vivencia imaginativa, enseñanza o empatía.
Segundo: Cuento, patraña, embuste, enredo, chisme, rumor, murmuración, falsía que orientándose al consumo individual o colectivo, genera conceptos, apreciaciones y conductas contrarias a la verdad, la concordia y la razón.
Tercero: Cuento, presente indicativo en primera persona del verbo "Contar", y
Cuarto: Cuento, hecho de numerar o enumerar sucesiva o correlativamente.
Y lo dejo ahí, que si hay más, creo ya no interesa, ¿a usted si?



PÁGINA 31 – CUENTO

Agujas


Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

Por esa confusión ante el tiempo que me impide desde fechar el momento en que se produjo un hecho a acertar con una cita, lo cierto es que esta mañana me desperté y advertí que había cometido un error. Me había levantado en una época cualquiera y equivocada. Al lado de mi cama, un hombre tan ancho como bajo afilaba una cuchilla de enorme hoja. Mi hermano. A la luz del ventanuco sin vidrios, una mujer desgreñada frotaba una piedra sobre el filo de su machete. Mi madre. -Y no es para matar chanchos- canturreaba Héctor. -Ni gallinas- le hacía coro mamá, quien, cuando advirtió la atención con que los escudriñaba, gruñó: -Vos despabilate y agarrá el hacha-. La orden silbó al cruzar el hueco que sustituía sus dientes delanteros.
-¿Adónde vamos?
-A cortar cabezas-, corearon. Luego ordenaron que marchásemos. En camino y hundidos en el barro, me corrigieron la manera de portar la herramienta con un par de trompadas. Mudos.
Nos unimos a una columna de entusiastas andrajosos y armados. En la calle se empastaban carretas, caballos, toneles de agua, odres de vino y otros mobiliarios del pasado.
¿Cuándo estaba?
-Ya los trajeron... apuren- avisaron desde adelante. La gente taponó la estrecha calleja. Nuestros hombros se encajaron unos entre otros, al igual que los codos y los sexos, hasta inmovilizarnos. Faltaba el aire.
Recién entonces, por un hueco que se abrió entre cabezas, nucas, sombreros y puntas afiladas, los vi. Tirados sobre la tarima, en montón, unos debajo de otros, los cuatro cuerpos vivos que iban a ahorcar. Maniatados con gruesas cuerdas, de hombros a pies. Uno habrá tenido veinte, veintidós años. Su mirada enfocaba el piso; su boca murmuraba. De los otros sobresalían volúmenes y harapos, pero no rostros. Quise adelantarme. Una mujerona me hincó sus agujas de tejer y masculló que conservara mi puesto.
A puñetazos y patadas el verdugo puso de pie a los condenados, y avivó las brasas que calentaban un instrumento de hierro. (-Va a usar marcas de ganado- dijo alguien. -De las que empiezan a verse en los campos de Buenos Aires- ilustró otro). Cuando lo aplicó sobre la frente del muchacho, haciéndolo caer hacia atrás, la multitud exhaló una corriente húmeda de deseo que nos envolvió con su espasmódico oleaje de "ah" y el cántico de "Viva la patria". Los otros tres convictos quisieron moverse, huir, pero no pudieron. El ejecutor -un sujeto de fisonomía oculta, enrollada en su totalidad por un trapo mugriento-, reavivó las brasas y apoyó el hierro sobre ellas. Acomodó a los hombres uno al lado del otro, debajo de las horcas. Procedió a empujarlos con un cuchillo; el prisionero más impetuoso exigió un tajo en el brazo para ser dominado. Hubo un silencio anhelante y un relampaguear de filos inquietos entre el gentío, al contemplar esas manos que alzaban nuevamente la marca, buscaban las frentes esquivas como lombrices, y les estampaban una "F" enorme.
Luego, el soldado a cargo de las muertes, apretó la soga alrededor del cuello del muchacho, sin atender sus lastimeros pedidos por un cura; lo hundió de los hombros y lo hizo ponerse casi de rodillas porque el cordel había quedado largo. Cuando la soga se afirmó acabadamente en el pescuezo, el embozado empujó al muchacho por el trasero, lo zamarreó de la espalda, y al voltearlo tarima abajo, el peso inerte en el vacío consumó la ejecución.
Me pareció que luego de ajustar esa especie de capucha improvisada que le tapaba la identidad y que tendía a aflojarse, el verdugo se tocaba algo que llevaba en un bolsillo del pecho de su uniforme; pero el griterío me tapó la visión. Era un griterío denso, que ocupó el espacio con su volumen rojo, y lo volvió opaco.
Hubo como un movimiento que iba de nosotros a la tarima, y volvía, en un único cuerpo actuante. El verdugo acometió al segundo condenado, mientras con ferocidad éste nos descerrajaba insultos, se agitaba en tirabuzón, y su resistencia parecía triunfar sobre la del guardia quien enfrentó la situación con una especie de porra que extrajo de su cinto y descargó sobre la cerviz del condenado hasta atontarlo; pudo entonces apretar la cuerda al son de los "traidores" y "comemierda" que refrendaban cada uno de sus movimientos. Cobardes y traidores, las últimas palabras que el segundo hombre a ser estrangulado escucharía.
Ahorramos aire. El verdugo se ajustó el trapo flojo que cubría todo su semblante y derrumbó la suerte de pila que había improvisado con unos cuantos ladrillos y sobre la que paró al penúltimo sentenciado; pero dos ladrillos se encimaron y el hombre, llorando a los gritos, se empinó hasta último momento, momento en el que el verdugo retiró, agachándose, una por una las piezas de sostén, mientras el ahorcado trataba de detenerlo orando y apelando a su fe cristiana. El verdugo le aplicó un mazazo para acallarlo; y, al sacar el último adobe, el hombre al que la multitud llamaba traidor, cesó de putearnos y expiró con el cuello quebrado.
El que quedaba vivo berreaba, abjuraba de todas sus convicciones, se arrepentía, chillaba por piedad; hasta la multitud pareció vacilar un instante mientras el embozado procedía a asegurarse el trapo que lo enmascaraba, corría el nudo de la horca y pateaba el cajoncito adonde había parado al retractado: cumplió el veredicto de muerte que la gente acompañó con la fórmula de "cobardes traidores unitarios enemigos de la patria".
La multitud se abalanza sobre los ahorcados. Cuando vuelvo a ver algo, cuatro cabezas chorreantes cuelgan de picas levantadas sobre cañas. A éstas no les han quitado las largas hojas verdes, que bailotean con la brisa, junto a mi madre, mi hermano, y el resto de celebrantes. -Mañana habrá más- danza la gente. Festejan. Se cuelgan cintas de color rojo. Cuando puedo, me acerco a la tarima, no sé bien para qué. Quizá para rumiar el modo de que mi error temporal se subsane. Desoigo a mi madre y sus convites para que me le una en la ginebra. Frente a mí se yergue el verdugo, de brazos cruzados. Inmóvil. Camino hacia él. Cuando paso a su lado, y no por azar, el mango de mi hacha se enreda en el trapo que venda su cabeza y lo hace caer. Destapo el rostro de la ferocidad, la cara casi femenina del adolescente que aprieta los labios, al que las lágrimas le rajan el rostro en arrugas hondas como fosas.

PÁGINA 32 – ENSAYO

Obesidad consumista, anorexia de crítica


Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

Paradójica condición la del capitalismo global: el hiperconsumo en las sociedades del mercado, nutre a los ciudadanos de desechables bienes materiales y simbólicos, pero a la vez los desnutre como ciudadanos analíticos y autónomos. Obesidad consumista, anorexia de sentido crítico-creativo. La paradoja es crónica: se vive entre un ciudadano seducido, anonadado y hechizado por el macromercado, y un consumidor depresivo, saturado pero insatisfecho, lleno pero indigesto. De modo que, entre más nos llenamos de deshechos en las híper-ofertas, más nos vaciamos en la sociedad del desengaño y la frustración. Plenitud simulada, decepción real.
Comprar más, acaparar más, turistear más, gozar más, producir más, tirar más, saturarse más, adquirir, desechar y remplazar, refleja la mentalidad de un capitalismo que ha introducido su ideología expansionista y desarrollista en un individualismo extremo, el cual ve fracasadas sus aspiraciones cuando se topa con las pocas posibilidades de realización. Entonces crece el desengaño en esta cultura de paradojas; aumenta la decepción en la vida cotidiana. Entre más cantidad de productos ofertados, mayor zozobra al no poseerlos todos al infinitum. Satisfecho un deseo de compra aparece la carencia de nuevo. La sociedad del mercado garantiza una permanente angustia metafísica en línea. He aquí lo paradójico: llenura efímera, vacío perpetuo. No cumplir con dichos rituales, que rayan lo patológico, es correr un gran peligro. La identidad, la autoestima, el sentido de pertenencia social se verían afectados. El consumo es una carrera por lograr distinción y reconocimiento como ciudadanos de primera categoría.
En la sociedad del mercado, se impone entonces que cada cual trate de convertirse en un seductor producto, consumible y consumidor. Estar visible y vendible en las vitrinas es de suma importancia, de lo contrario se le redactará su acta de defunción. Y las vitrinas son las redes digitales, las pantallas, los diversos escenarios del marketing, nuestra mejor imagen para los empleadores, la exposición de intimidades. He aquí al consumidor consumido. De la soberanía del sujeto ciudadano moderno, pasamos a la llamada “soberanía” del consumidor mediatizado, nueva falacia del capitalismo global.
En el plano político también observamos los impactos del síndrome consumista. Cuando es mayor la desconfianza de los ciudadanos hacia la política y los políticos, es más agresiva la instalación de populismos mediáticos y de caudillos elegidos a perpetuidad por acomodadas democracias. La despolitización y la falta de análisis en las mayorías, es caldo de cultivo para los regímenes sensacionalistas y pasionales. La dinámica es contradictoria: masificación de un sentimiento populista y efusivo en medio de un escepticismo respecto a los políticos.
No cabe duda que, en esta época dedicada al consumo hedónico y onanista, gran parte de los ciudadanos cambien la reflexión crítica por la espectacularidad de las emociones histriónicas de los caudillos. Sus discursos patrióticos, tradicionalistas y moralizantes, les llega en medio de sus nebulosas y confusas opiniones, convirtiéndose en tablas salvadoras para el naufragio ideológico. Entre más decepcionados estén los individuos, más esperanzados se presentan ante los esquemas conservadores que dan supuesta estabilidad y seguridad en la sociedad fragmentada, dispar y caótica. De allí que se vea bien pedir un retorno al orden, al régimen de la fuerza en esta “atmósfera anárquica".
Tampoco se nos haga extraño que, en medio de estas obesidades consumistas, la misma rebelión sea utilizada para el mercado y el entretenimiento mediático. A cualquier protesta se le transforma en show, se le desvirtúa su ética de confrontación. Por asombroso que parezca, ayuda a alimentar la estructura capitalista que combate. Todo lo transgresor comienza a ser parte de la propaganda de consumo inmediato: los movimientos anti-globalización, ecológicos, feministas, alternativos, gays, antixenófobos, el neo-malditismo artístico, las marchas de pacifistas, se transforman, a pesar de ellos, en productos de una cultura de “lo novedoso” que seduce y vende imagen. La rebeldía en la era global se ha convertido en un producto más de la industria del espectáculo, una mercancía desechable, novedosa, sin peligro real, pero excitante. ¿Dónde la rebeldía metafísica? ¿Dónde la rebeldía histórica? Se han transformado en rebeldía mediatizada, rediseñada para el consumo. He aquí la paradoja de paradojas.

Página para colaboraciones visuales


Roberto Daniel Giusti (Paraná/Entre Ríos); un ser humano perceptible a los padecimientos reales de la sociedad tratando de sensibilizar al público a través de sus imágenes pixelismofotográficas
robertogiustigiusti@gmail.com



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