Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 26 – Febrero de 2009 – Año III– Nº 2

Imágenes: Homenaje a la obra de Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla 1617/Cádiz 1682)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA EDITORIAL

El clamor de la sangre


Por Mónica Russomanno (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Toda situación en proceso es difícil de evaluar. Los sentimientos, la falta de información o la sobra de ella, la falta de perspectiva, esa perspectiva que da el tiempo cuando los resultados finales sean ya sopesables, medibles, definitivos. Toda situación en trámite, situación del ahora cambiante y todavía en parte ignoto es un disparar contra un blanco móvil.
Decir judío en mi infancia era recordar los campos, era ponerle horror a la memoria, evocar los uniformes y las botas de cuero contrastando con las víctimas indefensas. Decir Israel era recordar la construcción de jardines en el desierto, era pensar en los barcos llenos de desheredados que ningún país quiso recoger, y que fundaron valientes y tenaces su propio lugar.
Decir EEUU en mi infancia era evocar los muchachos de blancas dentaduras llevando la libertad a una Europa dominada por tiranos. Era el sueño de la vida limpia y perfecta de familias limpias y perfectas en casas inmaculadas.
Ahora las víctimas y los héroes siguen jugando de víctimas y de héroes en los relatos. Pero los relatos ya no convencen.
Los abuelos cremados en los hornos no legitiman las acciones de los nietos, cuando los nietos son quienes fabrican los nuevos guetos. Y es una pena que sea así. Es una de las formas de la traición ésta la de escudarse en un pasado trágico para ocultar los recientes cadáveres de niños sobre sábanas ensangrentadas.
Los conflictos jamás son de fácil resolución. Nunca. Y menos cuando la historia se remonta a miles de años, a una concepción del mundo, a una idea de raza, cultura, religión. Cada uno tiene sus razones atendibles y coherentes. Cada uno puede argumentar y defender y rebatir.
Pero se acumulan los cadáveres, pero la sangre será vengada con más sangre que será vengada. Anatema. Solución final. Y el organito toca una y otra vez la misma canción para que baile el monito. Que tiene una navaja.
En la Alemania de Hitler los alemanes comprendían y aceptaban las razones del régimen. Hitler tenía razón, había una necesidad de recuperarse de la humillación de la primera guerra, había que mejorar el estándar de vida, y argüía razones históricas, políticas, de cultura, de raza, de una concepción del mundo. Algunos alemanes en la misma Alemania, pero más aún alemanes en el exterior trataron de dar la alarma. Esos traidores de siempre.
Ahora he podido leer la condena de judíos a las acciones de Israel. Estos traidores contemporáneos.
No puede caerse en la simplificación. Nada es simple, ni un minuto de la vida de una persona ordinaria es simple. Lo que haga piense crea sueñe o deje de hacer responde a miles de variables, a miles de razones y valores y en definitiva a la historia del universo.
Pero la muerte es un término absoluto. Cuando alguien mata está clausurando una vida y está abriendo la puerta a los demonios. La sangre, dijimos y lo dicen las antiguas escrituras, clama al cielo. La sangre de Abel clamó al cielo, y Dios inquirió a Caín por la suerte de su hermano.
Judíos y palestinos son hermanos. Como dijo Kusturika, una guerra no es una guerra hasta que un hermano mata a otro.
Ya no podemos más ver a los israelitas como los descendientes de los hombres y mujeres que sufrieron el horror. El respeto por la situación de víctima se diluye cuando la víctima se calza las botas del verdugo. Y los espigados muchachos de cabellos cortos y blancas dentaduras no son más los adalides incuestionables en la defensa de la libertad.
Es para que nos abrume una tristeza infinita esto de que los hombres siempre hallen las razones y la justificación para las masacres. Es para llorar con lágrima y gemido destemplado que seamos tan coherentes para formar el relato que finaliza con un disparo, una explosión, un estallido de mutilación y muerte. Es definitivamente descorazonador que los retratos de los héroes se nos despinten en los muros.
Mientras tanto, la sangre clama al cielo indiferente. Y los hermanos se matan.

PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

©Fernando Vaschetto (Santa Fe/Argentina)


Hacia vos

*

¿Puede decir la rosa que es rosa?
Si lo puede decir tal vez la mariposa
Que en el aire flotando
Sobre ella se posa
¿puede decir el amor que es amor?
Tal vez si pueda decirlo el corazón
Que es cual vasija
Donde se escancia su don

La mariposa besa a la flor…que es rosa
El sentimiento bebe del corazón…que es amor!

*

lejos me llevaron mis pasos
pero más lejos me llevó mi sed
y cuando creía estar perdido
junto a tu puerta deje mis zapatos
y deje de andar
para beber.

*

Han quedado atrás las luces de la ciudad
han quedado atrás su tristeza
y su oscuridad
y atrás queda también el ayer
con sus dudas y sinrazones…
Maravillosa virtud la del viaje
la de abrir horizontes
hacia delante el futuro me espera
hacia delante
aunque solo un vidrio empañado
se muestre
como un palpitar de corazones
hacia adelante, sin destino
más que el futuro
y el afán de cumplirlo,
pues la esperanza también me acompaña
aunque el dolor aún va conmigo.

*

primero he de decir
que nacido de la lluvia
deambulé como un enfermo
por la ciudad desnuda
fui a los bares y los cines
y escuché
las musiquitas discordantes
sobre la risa de los niños
¿le llamarán a esto soledad?
¿estaré solo entre tanta gente?
¿o simplemente te estaré esperando?
Ojala supiera quien sos…
Para al fin verte.

*

Después de la tormenta que originó el naufragio
Después del rayo que partió al viejo nogal
Después de la zozobra y el temor
Después del miedo
Tras la sorpresa y el golpe
Justo después del tiempo que persiste el dolor
Justo después que el hueco se instaló en el corazón
Cuando humeante quedó la madera aún caliente
Y la resaca inundó las playas de la marisma
Cuando aún sonaba el eco del ulular de las sirenas
Y nuestro cuerpo manifestó su último temblor
Cuando la lágrima no salió y fue por dentro
Y cuando vimos la claridad tras las persianas
Cuando el sendero se terminó
Y nuestros ojos
Dejaron de empañarse de fantasmas
Cuando fue el adiós pleno y completo
Cuando fue el perdón
Y dejamos de preguntarnos por nuestros muertos
Se abrió una puerta y estabas tú
Y estaba yo
Y fuimos juntos –frente a frente-
El continuar
De lo que resta de nuestras vidas.

*

Parece vulgar pero aún siento tu piel
Y mi cuerpo me dicta recuerdos
Que mis ojos no pudieron aprehender
Estar juntos es como dejarse llover:
El agua está allí, también la tierra
Solo basta que el viento haga su juego
Y nos haga embeber
aún siento tu carne y siento tu piel
Tu cuerpo que serpèa al borde del mío
Tu leve peso encausando mi camino
Para irte a beber…
Parece vulgar, pero aún te siento
Y es que no te extraño en ausencia
Porque aunque suene vulgar
Perdura en tus caricias
Tu presencia.

*

De sábanas rotas son las velas
De esta nave que va surcando
Entre vendavales de amor y cansancio,
De sábanas rotas y penas
Y alegrías que las van quitando
Como se quitan las cortinas
Para dejar pasar la luz del sol.

Navegaciones y desvelos
Austeridades y placeres
Hay dos caras en cada moneda
Y no todas son tan buenas,
Pero el corazón, mi amor
No tiene dobleces
Y vale más que su peso en oro
Cuando se trata de querer…
Deja que él sea el almirante
De esta travesía misteriosa,
Demos por sentado los peligros:
Los monstruos marinos;
Las obscuras profundidades
Y el tifón que acecha,
Juntos doblaremos el Cabo de Hornos
Superando las desdichas,
Que entre sábanas rotas y cortinas
Veo asomar la luz de nuestra estrella
Besémonos de nuevo
Y vamos mi amor
Tras ella…



PÁGINA 3 – CUENTO

Rutinaria cotidianidad


Por Laura Bermúdez (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Ella despierta, como todos los días. Toma la pastilla y bebe un vaso de agua hasta la mitad. Desayuna café con leche y tres tostadas de gluten, después ingiere otra pastilla y bebe el resto de agua Rutinaria cotidianidad.
El quien le ha alcanzado la medicación, también le sirvió el desayuno
(como todos los días a la misma hora) acerca a la mesa de luz una pequeña radio, que vocifera chillona las primeras noticias del día.
Luego se sienta sobre el borde de la cama, del lado de ella y disminuye el volumen y abre con la señal de la cruz un dialogo con Dios, en el rezo.
Ella arrastra las palabras de un desteñido padre nuestro y casi en susurro reza un Ave María. No tiene deseos de hacerlo, pero tampoco quiere discutir. Conforma a ese hombre que lleva más de treinta años viviendo a su lado. Rutina cotidiana.
Ella enciende su ordenador, revisa el correo, no abre todos los mails, sólo los que le interesan.
Chatea con algunos contactos (tiene muchos) pero también eso se ha convertido en tediosa rutina.
Word… y las palabras se deslizan cómodas sobre la pagina en blanco
En letra arial doce, se expresan los sueños y se revelan habitaciones vacías y despobladas. Una profunda soledad.
¿Quién se atreve a descubrirla?
Sin dudas quienes están más lejos, porque solo a la distancia podemos ver con claridad.
Antes de partir hacia el trabajo. Gesto repetido. Apoya sus labios sobre una de las mejillas de ella, en un intento de tierno beso, que ella rechaza con bronca. Él parece no darse cuenta.
En la noche, otra vez las mismas escenas y el televisor frente a ellos, suple la falta de diálogos. Silencios…
Ya en la habitación, también el aparato de TV. Es media noche, se apagan todas las luces, cada uno por su lado sobre la cama matrimonial, ovilla su cuerpo.
A ella le cuesta dormir y olvidar su tristeza. De vez en cuando para lograrlo toma un tranquilizante (de rutina)
Cada amanecer se despierta pellizcándose la piel, para creer en un nuevo día. Rutina agobiante.
La taza de café humea entre sus manos. El sonido crujiente de las tostadas que desintegra en su boca, le ofrecen un sonido seco que recorre desde sus oídos hasta la cabeza, enloqueciéndola
Miles de palabras se le cruzan en la mente, pero ya no tienen fluidez, ni la voluntad de gritarlas (¡tantas veces dichas!) queda en silencio, incapacitada para el habla, con la bronca atosigada en su garganta. Quemándola como un veneno que le va secando la sangre. Y en la instancia del rezo, cuando él toma su mano entre las suyas, ella piensa en las noches que buscó con sus manos la calidez del cuerpo de su hombre, y recordó las sensaciones de rechazo.
Humillada y cansada, estalla contra la pared, el pocillo (aún con café), la cucharita y el platito. Acompañando a esta acción, con un grito de liberación, bajo la mirada atónita de él, quien nunca entendió lo que le pasaba…

PÁGINA 4 – ENSAYO

Adivinen quién murió


Por Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez-Santa Fe/Argentina)

Cuando muera Mariano Mores los diarios ya tienen la foto que van a poner y bastante armada la reseña breve o extensa de su vida y obra. La televisión ya sabe cómo va a tratar su agonía si enferma y su deceso cuando suceda.
Cuando muera alguien muy conocido en el mundo del espectáculo, de la política, del deporte, alguien que por algún motivo fue primera plana y vendió prensa, hay que estar prevenidos para evitar el paquete de oferta mass-mediatica vernácula cholulocrática repetitiva desenvuelta a consecuencia de esa y de cada inesperada – esperada muerte.
Los medios ya saben hacer de cualquier noticia un lugar común. Cuando muera Mariano Mores, entonces, no hay que seguir nada que los medios cubran o encubran sobre eso, porque no hay nada de sincero duelo ni hubo sincero amor en ese espectáculo de crear y enterrar fama. Se ha creado un producto, y se lo vende hasta que no da más y después se lo reemplaza por otro. No importa la vida ni importa la muerte del ser humano, importa vender, tapar el olor a podrido que sale de los agujeros negros del universo económico-social por unos días inflando esa muerte-pantalla, y después siga el baile siga el baile.
Cuando muera Sandro, el ex novio de américa, (“no quiero que me lloren cuando me vaya a la eternidad”) inflarán su agonía y su muerte por T.V., (no sólo Crónica) y por radio, por diarios y revistas y hasta por Internet. Sólo hay que negarse a comprar ese compacto prefabricado, ir a otro medio o a ningún medio, si eso está simultáneamente en todas las señales como por una semana estuvo la muerte de Jorge Guinzburg o antes la muerte de Olmedo o la de Monzón o la de Yabrán (si ese muerto de rostro desfigurado era en verdad Alfredo Yabrán) o tantas otras. Buscar otra cosa hasta que eso pase o crear en la medida de nuestras modestas posibilidades otros aconteceres, otros mensajes, otro procesar de otras informaciones y formaciones sociales y culturales para otros destinatarios menos rebaño.
Cuando muera Mirtha Legrand no hay que comprar la fina alhaja de su maquilladísima muerte, la luctuosa joya rococó de te vendo el velatorio el entierro, la escalera, la vueltita, la palabra de los que la conocieron, el escamoteo de la imagen de su hermana Silvia para que la gente no compare, etc. (hasta el congreso de la Nación últimamente vende esa cholulocarcia buscavotos del homenaje con relación a Sandro, a Fontanarrosa, a Chiquita, etc.) No hay que comprar nada de eso. No los pusimos en el Parlamento para que inventen premios y castigos. A nuestros representantes los necesitábamos en el Parlamento cuando Videla amenazaba desde Tucumán con dar aquel golpe, y los necesitábamos en 1984 para tomar ellos en sus manos la investigación de crímenes de lesa humanidad desde el 74 al 84 y no que le pasaran la papa caliente a la CONADEP.
Pero, volviendo al tema, cuando muera Nicolás Pipo Mancera guiñando un ojo o Antonio Carrizo con su gorra, o Silvio Soldán en su peluquín o Cacho Fontana con su sonrisa Odol en el aire (un minuto) o Carlitos Balá soplándose el flequillo, cuando muera Horacio Guaraní, (si se calla el cantor no pasa nada), o Palito Ortega (“cuando me muera no quiero que lloren”) o León Gieco (“cuando me muera quiero poder nacer en alguien”). Cuando mueran Pelé o Guillermo Vilas o Diego Armando o Facundo Cabral; cuando mueran Irma Roy o Zulma Faiad o Susana Jiménez (la pebeta más linda ‘e Miami) o Ethel Rojo o Jorge Corona o Caloi en su tinta, los medios, con más o menos impudicia, inflarán cada muerte como un nuevo producto, una nueva edición, extra extra.
Solamente cuando una sola de esas muerte-espectáculo coincide con la intelevisada muerte de un ser querido, un familiar, un amigo, allí uno mide la verdadera dimensión, porque entonces será esa muerte que nos afecta en lo más íntimo y personal la que ocupe todo el tiempo y lugar de nuestro duelo, del verdadero duelo, no del masivo.
Cuando muera un ídolo de multitudes, los medios van a orquestar siempre el mismo ritual. Ya tienen el archivo preparado. A veces mostrarán las caras tristes de ese público que se busca –única novedad- en la mirada de la cámara para que lo vean otros y le digan te ví en la tele entre la gente cuando “pasaban” la muerte de fulano o mengana.
Eso es banalidad de la vidriera catódica, eso no tiene nada que ver ni con el duelo ni con el amor. Cortan y pasan la tanda y después vuelven con repercusiones y a otro tema-oferta.
Cuidado con la sensiblería pacata cuando muera Joan Manuel Serrat, cuando mueran Alfredo Alcón o Mercedes Sosa o Silvio Rodríguez, Osvaldo Bayer o Daniel Viglietti. Hay algo que se llamaba pudor y me temo que se vaya perdiendo si no nos cuidamos, si no impedimos la invasión manipulatoria de nuestros afectos.
Cuidado con consumir por los medios amarillos o grises las muertes de los buenos y los malos de la historia humana. No dejemos que manoseen nuestros sentimientos.
Cuando muera Fidel Castro ya sabemos el tratamiento que le va a dar a esa muerte la Caracol, la CNN, Euro-News, Todo Noticias, BBC, TIMES, Washington Post, América te vende, Crónica, Canal 9, La Nación, el Granma, etc.
Cuando muera China Zorrilla, Gerardo Sofovich o Juan Carlos Calabró; cuando muera Jorge Luz, cuando muera Carlos Innombrable Saúl, o Raúl Moneta, cuando muera José Luis Barrionuevo o Charly García o cualquier conocido, ojo, no hay que comprar otra vez las estupideces que dicen los movileros o el estúpido silencio que hacen mientras la cámara morbosa mira y vende. Todo funeral pasado por los medios, cuanto más se difunde más se deforma.
Muchos famosodependientes van al velorio televisable no por el muerto sino para que lo vean los medios, así como hacen campañas solidarias por esto o lo otro para que vean su rostro y digan su nombre y la gente no los olvide ni los cambie rápidamente por otros.
El mercado se vende a sí mismo todo el tiempo en todas partes por todos los medios y ser ninguneado por el mercado es, para muchos hombres públicos, peor que morir.
Lo que más admiro de Luis Alberto Spinetta es que jamás, en cincuenta años de músico, le ha dado pasto a las fieras de cholulandia.
No necesitamos esa hojarasca que arma la caja boba para banalizar cualquier premio o fallecimiento, cualquier crimen, cualquier descubrimiento de la ciencia o del arte, cualquier triunfo o derrota del deporte o guerra o desastre natural. Los medios masivos cada vez se parecen más unos a otros en todo el mundo. Los medios banalizan si nosotros compramos su banalización.
Ni siquiera las muertes de un Jorge Rafael Videla, de Isabel Martínez, de un Emilio Eduardo Massera o de un Mariano Grondona o José Alfredo Martínez de Hoz pueden ser hoy verdaderas pasando por el filtro de los medios masivos de reproducción hasta saturar y banalización y olvido y a otro tema o a otra tanda. A lo sumo la muerte de Pinochet puede generar algún escupitajo o insulto, la muerte de Videla como cabeza visible del genocidio puede provocar algún intercambio de pancartas y machetazos entre policía e H.I.J.O.S. o entre familiares del genocida y víctimas sobrevivientes o algún imbécil de Quebracho rompiendo alguna vidriera, pero ya está todo previsto y se venderá la noticia preparada sin mayores novedades.
Cuando mueran Bin Laden u otro demonizado, cuando muera Benedicto XVI u otro auto-santificado; cuando mueran el rey o la reina de España, de Holanda o de Inglaterra, siempre lo van a mediatizar para que no nos sirva de nada.
Ya sabemos cómo van a tratar la muerte de Mario Benedetti o de María Elena Walsh, ya saben qué van a decir y que no van a decir cuando muera Gabriel García Márquez o José Saramago o Paul Mc Carthney o alguno de los Rolling Stones o Spielberg o Leonardo Favio.
No dejemos que los medios nos manoseen el duelo ni la fiesta, el amor o el dolor.
Aunque nos quieran hacer sentir el consumidor final, el último orejón del tarro teledirigido, ese poder de comprar o no comprar lo que los medios quieren está en nuestras manos. La conciencia y la decisión, corriente o no, está en cada uno que enciende o apaga, que consume y tira o no compra y exige o produce otra cosa y por otros medios si esos no nos sirven.
Cuando oigamos decir que ha muerto Ernesto Sábato o Madonna, Gorvachov, Bill Gates, Pipo Pescador o Menotti o cualquiera que nos haya dado algo de su máscara, de su pan o de su circo, de su humanidad o antipatía, no compremos la noticia en los medios, entre tanda y tanda publicitaria. No hay nada de amor en todo eso y nosotros también somos vitales mortales por esta única vez.
Vivamos nuestros propios deseos, nuestros propios sueños, nuestras opciones o elecciones, nuestros propios amores y duelos en vivo y en directo. Parafraseando a Milan Kundera podríamos decir que la muerte está en otra parte.



PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

©Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina

Magdalena


“Dícele Jesús: No me toques: porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue María Magdalena dando las nuevas á los discípulos de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.” (Juan 20:17-18)

Ellos saben que anduve los paisajes compartiendo su ardiente desvarío,
acompañando el ritmo de sus pasos sobre ásperos guijarros persistentes
junto a las mordeduras del desierto.
Ellos saben que secundé rituales,
que bebí la esperanza de sus labios como si fuera el agua de la vida
y alejados de leyes
y prejuicios
compartí la igualdad de su evangelio.
Ellos saben que amé cada palabra
como amé sus miradas indulgentes
como amé el vuelo humilde de sus manos
como amé su cansancio peregrino orillando las márgenes del sueño.
Se amparan en antiguas tradiciones para acallar las letras de mi nombre,
para ocultar,
tras densas desmemorias,
cada suceso donde fui escogida como depositaria del misterio.
Sin embargo,
yo soy la Magdalena,
discípula tenaz de su doctrina.
Yo no escondí mi rostro
aquellas horas en que tropas romanas perseguían
las huellas delatoras de los miedos.
Soy la que custodió su pesadumbre
la que estuvo a su lado en el patíbulo con el alma abrigando su agonía,
con el alma desnuda,
con el alma
velando ese brutal padecimiento.
A mi no me interesan las cautelas
ni esa mezquina usurpación que ejercen desde los pedestales de su hombría
apóstoles,
patriarcas,
eruditos,
reformando la letra de los textos.
Soy María,
María Magdalena.
Mis ojos
- dos murciélagos perdidos que cruzan las penumbras de la historia-
cargan la voz de todas las mujeres
y su postergación
y su desvelo.

Betsabé

“Y sucedió un día, al caer la tarde, que se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real; y vio desde el terrado a una mujer que se estaba bañando, la cual era muy hermosa. Y envió David mensajeros, y la tomó; y vino a él, y él durmió con ella…” (2 Samuel 11:2-4)

Debajo de su sed,
el agua clara,
como llovizna levemente fresca
roza el contorno quieto de mi rostro,
acaricia la curva de los senos de piel dorada
y de pezones tórridos.
Debajo de su sed
el agua mansa halaga la hendidura de mi sexo,
perfila la silueta de las nalgas,
roza muslos de suave terciopelo,
resbala sobre el vientre lujurioso.
Debajo de su sed,
bajo la luna,
levantando los brazos hacia el cielo
y ofreciendo la larga cabellera a los dedos inquietos de la brisa
que sopla
en el terrado de mi insomnio.
Puedo escuchar su aliento entrecortado,
sus urgentes deseos,
sus vigilias
detrás de las señales de mi nombre.
Puedo augurar sus torpes apetencias
mientras me envuelvo,
lenta,
en el rebozo.
Soy Betsabé,
la esposa del hitita.
Procedencia de muertes y castigos para quien olfatea mi intemperie
cuando Jerusalén
se paraliza
cómplice del deseo caprichoso;
para quien vivifica la apetencia de una nueva mujer en su serrallo,
para quien escarnece la palabra comprometida al pueblo de su sangre
y al dios perfecto
y misericordioso;
para quien destituye el paradigma de guerrero invencible
y alma justa
gozando los discretos servilismos
de decenas de sexos tolerantes cautivos en ocultos dormitorios.
Y en esta alianza de infidelidades donde nuestros destinos se encadenan
detrás de celosías
y persianas
y cancelas
y torpes disimulos…
me complace el asedio de sus ojos.

Edith

“Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, de parte del Señor desde los cielos; y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra. Pero la mujer de Lot, que iba tras él, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal.” (Génesis 19:24-25-26)

Soy Edith,
habitante de Sodoma,
a quien Yahvé exigiera testimonio de su estricta condena,
de su furia desgarrando el revés de los pecados
con zarpas de tajantes exterminios…
Camino tras los pasos de mi esposo.
Soy un espectro de alma polvorienta asumiendo que el pacto
ha sido roto
y el número de justos ya no alcanza para salvar al mundo del castigo.
Soy apenas la cruz de mi silencio,
un exánime gesto de clemencia adivinando ráfagas de azufre
que expulsan
hacia el útero terrestre
aluviones de espasmos en racimo.
Una silueta sorda al desamparo,
a la angustia,
al espanto borrascoso,
a la demencia aullando
a contra cielo
orfandades de instantes carcomidos por las bestiales fauces del abismo.
Soy esta terquedad de la nostalgia que escapa de una turba de esqueletos
presintiendo las fiebres,
los temblores,
las vísceras de todas las hogueras consumiendo semblantes amarillos.
No podré echar raíces en el sueño
si atormentan los cauces de la sangre sus gritos de intemperie desnucada,
sus ampollas de estrictas contricciones
detonando en las pieles del olvido.
El delgado susurro de mi nombre atraviesa anatemas desvelados,
anunciando los tiempos del incesto
donde los escogidos del rebaño caerán desde la altura de sus vicios.
El delgado susurro de mi nombre
extendido en el aire del augurio que me fecunda en su matriz salobre
con las pupilas tenazmente yermas mirando
para siempre
hacia el vacío.

PÁGINA 6 – CUENTO

Dos loros


Por Delfina Acosta (Asunción del Paraguay/Paraguay)

Mi hermana Leny andaba ociosa ese caluroso día de mayo. Me di cuenta de su estado de ánimo al descubrir una mecánica mueca de desprecio que le subía al rostro al observar las formas perezosas de la siesta vagando por el patio.
Tenía la mirada vencida de quienes sólo se reaniman un tanto, al oír, de cuando en cuando, el llamado a la vagancia de la cigarra subida al eucalipto.
De repente, una chispita se prendió en su cabeza; me dijo que no sería mala idea ir a la casa del señor Antonio y su mujer, Rosa, para echar una picardía a sus dos loros y reírnos de ellos.
Sabía de su existencia. En la colina corría la leyenda de que los pájaros hablaban.
Fuimos por un caminito angosto. Y mientras caminábamos, bastante animó mi espíritu de viajera ese sitio colmado de árboles tan añosos como jorobados e infestados de insectos rastreros. Si algún ave salía disparando hacia el cielo, asustada ante nuestra presencia, más asustada que el ave, lanzaba yo un grito, como de quien va a perder el juicio en el instante; bien se sabe que a las niñas nos encanta chillar y hacer escenas.
- Pero si es solamente un tero - tero - me decía mi hermana.
Nunca tuve un loro. Sí me congracié con una perra, llamada Laica.
Mientras íbamos andando, Leny cantaba en voz alta una estrofa del Himno Nacional. Siempre que ella se daba a la libertad de soltar sus pasos en la campiña, el Himno le venía a la boca; lo hacía para entreverar la ilusión de la fuga de la casa con letras patrias de la escuela, y así hacerme creer que en empresa de huida no estábamos embarcadas. Siempre, sin embargo, acaba delatándola ante mis padres.
Llegamos a la casa, mejor dicho el rancho. Don Antonio, hombre de cabellera blanca, y acostumbrado, como muchos viejos, a tomar el mate todo el santo día, estaba sentado infinitamente sobre una silla de cuero. Asiento, vejez y mate solían ser una estampa común en los ranchos de la colina.
Nos miró con indiferencia. Cerca de él, junto a una enorme olla de hierro donde bullía un caldo de pescado, su mujer nos echaba una mirada de simpatía.
Una fila de enormes hormigas negras subía por la pared de barro de la tapera.
En un limonero del patio estaban las bestias de pluma. Paco, el loro hablador, nos saludó. Eso despertó alborozo en mí.
“Don Antonio, viene gente. Geeeeente. Geeeente”, decía.
El hombre nos miró, entonces. Paco pronunció esta frase estirando el cuello:
“Qué linda visita. Que linda visita. Qué linda visita. Liiiiiinda. Liiiiiinda”.
Leny reía.
“Adelante. Adelante. Adelante. Pasen. Pasen. Pasen. Están en su casa”, insistía Paco. Mi hermana y yo, permanecimos quietas en el pequeño patio de arena, por el respeto y el miedo tan comunes en los niños, quienes cuanto más son invitados a pasar al interior de un rancho, y cuanto más la amabilidad se alarga, más se quedan plantados y tiesos donde tienen puestos los pies.
Me llamó la atención el otro loro, que no decía palabra.
Era un bello ejemplar. Su plumaje tenía vivos colores.
Si bien nos miraba de cuando en cuando, permanecía mudo.
- Acaso Chilito perdió el habla, pobrecito - le susurré a mi hermana, quien por toda respuesta, se encogió de hombros. A ella le faltaba el sentido trágico y sentimental de la vida, que en mí creció y me cubrió, como la hiedra, deformando mi alma.
Cuando uno es niño, suele sentir, a veces, que puede llegar a tener alguna influencia en los animales. Sobre todo en los loros. El silencio de aquel ave, fue interpretado por mi curiosidad, como una dignidad del animal. Lo suponía talentoso, aunque tímido. Creía que conseguiría sacarle algunas palabras, echándole una conversación amable.
Silbé una canción alegre. Luego me acerqué a él.
- ¿Qué te pasa, lindo Chilito?
Silencio.
- Tu nombre es muy lindo. Yo me llamo Delfina. Quiero ser tu amiga. ¿Te sientes triste? Yo también estoy triste.
Silencio.
- Hola Chilito de mi corazón. Hola Chilito - le dije casi al oído, mientras el otro loro, prendido al alambre del que colgaba la botella, seguía verseando.
- Yo sé lo que pasa por tu cabecita, lindo loro. Yo lo sé - exclamé.
Siempre me caractericé por creer, en mi infancia, que tenía poderes especiales. Echaba en los momentos de mi locura infantil, maldiciones a los rayos y a las tormentas, para que la lluvia cesara. Algunas veces, he llegado a creer que puse fin a algunas lloviznas.
- A ver... Chilito... ¡ya sé qué es lo te ocurre!, ¡ya sé!, ¡ya sé! - comencé a decir, sin saber lo que le ocurría, por supuesto, y mirando fijamente los ojos inquietos del animal. ¡Qué firme pero insensata manera de querer llegar al alma de un ave!
En ese instante, Paco, dando un vuelo veloz, se largó sobre mí. Sus uñas se convirtieron en gruesos alambres clavados en mi cuello y su pico en una tenaza de fuego que doblaba mi nariz.
No lloré. Don Antonio y su mujer dijeron que Paco solía actuar a menudo así, y con esa explicación se quedaron mirándonos, y nos seguirían mirando todo el tiempo, de no ser porque Paco, más dueño de la casa que sus amos gritó: “Adiós. Adiós. Gracias por la visita. Gracias por la visiiiiiiita”.
-Adiós - dijimos.
Mientras mi hermana y yo emprendíamos el viaje de retorno, el sol calentaba el pasto como el aliento de un caballo y algunas golondrinas alzaban vuelo en dirección al norte, con un trino festivo.

PÁGINA 7 – ENSAYO

Estas Navidades siniestras


Por Gabriel García Márquez
(El País - Opinión - 24-12-1980)

Ya nadie se acuerda de Dios en Navidad. Hay tantos estruendos de cometas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales que uno se pregunta si a alguien le queda un instante para darse cuenta de que semejante despelote es para celebrar el cumpleaños de un niño que nació hace 2.000 años en una caballeriza de miseria, a poca distancia de donde había nacido, unos mil años antes, el rey David. 954 millones de cristianos creen que ese niño era Dios encarnado, pero muchos lo celebran como si en realidad no lo creyeran. Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda, y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social. Lo más grave de todo es el desastre cultural que estas Navidades pervertidas están causando en América Latina. Antes, cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar. El niño Dios era más grande que el buey, las casitas encaramadas en las colinas eran más grandes que la virgen, y nadie se fijaba en anacronismos: el paisaje de Belén era completado con un tren de cuerda, con un pato de peluche más grande que Un león que nadaba en el espejo de la sala, o con un agente de tránsito que dirigía un rebaño de corderos en una esquina de Jerusalén. Encima de todo se ponía una estrella de papel dorado con una bombilla en el centro, y un rayo de seda amarilla que había de indicar a los Reyes Magos el camino de la salvación. El resultado era más bien feo, pero se parecía a nosotros, y desde luego era mejor que tantos cuadros primitivos mal copiados del aduanero Rousseau.

La mistificación empezó con la costumbre de que losjuguetes no los trajeran los Reyes Magos -como sucede en España con toda razón-, sino el niño Dios. Los niños nos acostábamos más temprano para que los regalos llegaran pronto, y éramos felices oyendo las mentiras poéticas de los adultos. Sin embargo, yo no tenía más de cinco años cuando alguien en mi casa decidió que ya era tiempo de revelarme la verdad. Fue una desilusión no sólo porque yo creía de veras que era el niño Dios quien traía los juguetes, sino también porque hubiera querido seguir creyéndolo. Además, por pura lógica de adulto, pensé entonces que también los otros misterios católicos eran inventados por los padres para entretener a los niños, y me quedé en el limbo. Aquel día como decían los maestros jesuitas en la escuela primaria- perdía la inocencia, pues descubrí que tampoco a los niños los traían las cigüeñas de París, que es algo que todavía me gustaría seguir creyendo para pensar más en el amor y menos en la píldora.

Todo aquello cambió en los últimos treinta años, mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noel de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo al que yo quiero mucho porque es el de mi abuelo el coronel, pero que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con la Nochebuena tropical de la América Latina. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germanicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de losjuguetes. y hace poco más de cien anos pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego pasó a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron para América Latina, con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar. Con todo, tal vez lo más siniestro de estas Navidades de consumo sea la estética miserable que trajeron consigo: esas tarjetas postales indigentes, esas ristras de foquitos de colores, esas campanitas de vidrio, esas coronas de muérdago colgadas en el umbral, esas canciones de retrasados mentales que son los villancicos traducídos del inglés; y tantas otras estupideces gloriosas para las cuales ni siquiera valía la pena de haber inventado la electricidad.

Todo eso, en torno a la fiesta más espantosa del año. Una noche infernal en que los niños no pueden dormir con la casa llena de borrachos que se equivocan de puerta buscando dónde desaguar, o persiguiendo a la esposa de otro que acaso tuvo la buena suerte de quedarse dormido en la sala. Mentira: no es una noche de paz y de amor, sino todo lo contrario. Es la ocasión solemne de la gente que no se quiere. La oportunidad providencial de salir por fin de los compromisos aplazados por indeseables: la invitación al pobre ciego que nadie invita, a la prima Isabel que se quedó viuda hace quince años, a la abuela paralítica que nadie se atreve a mostrar. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan, o para que nos regalen, y de llorar en público sin dar explicaciones. Es la hora feliz de que los invitados se beban todo lo que sobró de la Navidad anterior: la crema de menta, el licor de chocolate, el vino de plátano. No es raro, como sucede a menudo, que la fiesta termine a tiros. Ni es raro tampoco que los niños -viendo tantas cosas atroces- terminen por creer de veras que el niño Jesús no nació en Belén, sino en Estados Unidos.

PÁGINA 8 – CUENTO

Cuerpos


Por Susana Ballaris (Gálvez-Santa Fe/Argentina)

Mi cuerpo traspasó la esquina y sintió la mañana helada a través de las manos y de las fosas nasales. Todo fue a principios del mes de julio, cuando una melodía enganchada en una rama de algún árbol en la peatonal San Martín bajó a mis oídos. Mis ojos medios adormecidos, enfocaron a través de la niebla manchada de lluvia como si fuera un desierto de hojas blancas, a un hombre vestido de negro. Chambergo alado sobre su cara y en sus manos ateridas, una guitarra; gemía y sollozaba la guitarra bajo la caricia del hombre y yo imaginaba que salían jazmines mojados por el rocío. Nunca había escuchado un concierto tan de madrugada, tan en la calle, tan en soledad. Quise acercarme y preguntar cuál era el nombre de esa melodía tan fantástica, tan embebida en azúcares y a la vez con un trasfondo amargo o ácido de cáscaras de cítricos.
Pero, mis ojos, como si tuvieran dos lupas en sus huecos, enfocaron a otro hombre, sentado en un banco de madera con un abrigo largo y raído. A sus pies un ramillete de valijas dormidas; cansadas de estar tanto tiempo a la intemperie y viniendo quién sabe desde dónde. El hombre tenía la cabeza baja e indiferente ante el concierto del otro cuerpo que rasgaba una canción. Hosco y retraído, sus ojos estaban turbios como si la niebla los hubiera emborrachado. No alcanzaba a explicarme por qué no movía sus pupilas, sus manos, su semblante ante la música llena de jazmines. Y allí estaban los dos cuerpos, uno al lado del otro, impasibles, olvidados por la vida. De pronto recordé que dentro de mi bolso estaba la cámara fotográfica y apreté el botón clic, Uno, clic Dos.
Luego, caminé rápido hasta el departamento. Entré, y sin quitarme el abrigo, abrí la máquina. Un aliento helado sopló sobre mi cara. ¿qué estaba pasando?, sentí un olor que chorreaba humedad y la humedad me salpicó. ¿qué podía ser? El monitor se abrió y me ofreció el rostro aniñado del guitarrista que bajo su sombrero alado parecía mayor. A su lado, seguían las valijas dormidas al pie del banco de madera. Pero en él no estaba el hombre de abrigo largo y raído sino sólo una gran mueca. Sentí que mi cuerpo se estremecía. Tuve ganas de salir corriendo. No entendía nada. Comencé a encadenar para mis adentros las ideas “Sí, fue cuando abrí la máquina, sentí una ráfaga helada y yo respiré ese aliento y lo que me salpicó fue la esencia, la memoria”…y fue allí, que mis pensamientos fueron cortados por un grito agudo, largo, lacerante que salía de la gran mueca. El grito salió directo a mi pecho, en pleno corazón, con un golpe seco.
Mi cuerpo no lo pudo esquivar.

PÁGINA 9 – ENSAYO

Chilete y su primera poeta


Por Diómedes Morales Salazar (Trujillo/Perú)

Si Contumazá, capital de la provincia, inicia su historia literaria con Carmen Plasencia Zavaleta de Burga (1847-1928); Chilete, que data su origen pueblerino de los albores del siglo XX, tiene, sin duda, en María Alva Rodríguez (1914), a su primera aeda de trascendencia histórica. Pero, a pesar de haber publicado en la antología “Exposición de la Poesía Contumacina” (Lima, 1964, pp. 11-12) de Juan Luis Alva Plasencia y en periódicos y revistas de Contumazá, Cajamarca y Trujillo, según informa Francisco Deza Saldaña en su antología “Diamantes Literarios Contumacinos” (Trujillo, 2002, pp. 81-82-83), donde se le publica los poemas “A mi madre querida” y “Gotas de Acíbar”, las nuevas generaciones la ignoran casi por completo, estando pendiente la laboriosa tarea de rescatarla y revalorarla como se merece.
María Alva Rodríguez fue hija de don Nicolás Alva Castillo, uno de los pioneros en la fundación de Chilete, que nació en Contumazá en 1879 y llegó a radicar en la entonces “Estación de Chilete” en 1909, según dice Juan Luis Alva Plasencia en “Contumazá Centenaria y el Perú” (Lima, 1972, pp. 48-49-50-51). Así, con la llegada de don Nicolás, que compró terrenos “para construir una agencia comercial y dedicarse luego a la agricultura”, y “construyó muchas casas y tiendas en lo que es la última cuadra del jirón Contumazá, resultando ser el más próspero empresario y gran propietario de terrenos en este lugar” (Chilete: Sueños y Añoranzas, Lima, Arteidea Editores, 2008, Henry Buezo de Manzanedo Villavicencio, pp. 76-77); la estirpe de los Alva, que es también intelectual, gesta, para Chilete, a su primera poeta, iniciando así su historia literaria.
Y como está pendiente la tarea de reunir y publicar toda su producción poética, además de sus escritos inéditos que seguramente guarda todavía su familia, por ahora, como no es posible evaluarla a cabalidad, sólo diré de ella unas cuantas palabras. Pues, como poeta, María Alva Rodríguez, según se verifica en sus dos únicos poemas que conocemos, es romántica, de verso métrico, fatalista a lo Rubén Darío; pero su voz, en vez de ser convencional, cual era la costumbre de su tiempo, resignada a su destino, expresa su protesta y no esconde su amor a la verdad y la justicia.
Por eso, escribe: “Tu me diste de beber los sin sabores/ en el cáliz del dolor... de la tortura;/ y yo, en cambio, paladeando tus rigores,/ hoy te ofrezco la hiel de mi amargura./ Tú sembraste en mi camino abrojos,/ que a mis pasos van hiriendo lentamente;/ y yo, en cambio, con mi vida hecha despojos,/ hoy te ofrezco mi calvario y mi tormento./ Tú, juzgando mi dolor con indolencia,/ empujaste mi vida al sacrificio;/ y yo, en cambio, recibiendo esa sentencia,/ hoy te ofrezco la cruz de mi suplicio./ Tú, olvidando mi cariño, me ofendiste,/ mancillando mi honor en recompensa;/ y yo, en cambio, de ese daño que me hiciste,/ hoy te ofrezco, en recuerdo de esa ofensa, el olvido” (Gotas de Acíbar).
Este poema, por hoy, es el más logrado. La unidad en su contenido y forma es in dudable, y le da el mérito suficiente para figura no sólo en las antologías anotadas, sino también en la historia de la poesía de Chilete. Sus paisanos deben sentirse orgullosos porque ya, acorde a su tiempo y a su problemática social, María Alva Rodríguez se ubica en las filas del (para entonces: las décadas del 30 al 50 del siglo XX) emergente movimiento feminista que luchaba (y lucha todavía) no sólo contra el famoso machismo que los hombres imponían en sus hogares, sino también por sus derechos y deberes ciudadanos, económicos y políticos. Pues, por ejemplo, el derecho a elegir y ser elegidas en cargos públicos y gubernamentales empieza a concretarse en el Perú a partir de la mitad del siglo XX.
Ignoramos qué otros méritos tendrá. Pero esta poeta que vivía “paladeando tus rigores” del abusivo y prepotente machismo social que imperaba en su época, el cual le dejaba su “vida hecha despojos”, “juzgando mi dolor con indolencia”, reclama urgente el sitial que le corresponde. Y el primer paso para hacer justicia con ella, es, indudablemente, cumplir la tarea de rescatarla y revalorarla como se merece. Por ello los chiletanos tienen la palabra.



PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

©Juan González (San Miguel de Tucumán-Tucumán/Argentina)


"Los pastos crecían cuando te encontré acurrucada tiritando de frío entre los muros entonces te tomé con mis manos lavé tu cara"

Sol que bebo
aire que tomo o
circula por mi frente
y se expande

grita nombres o
lugares donde estuve
donde estoy saliendo
de tu boca
donde estábamos
reunidos mañana
y decíamos ayer
hablabas en mi escritura
o en las solapas
y desovabas
como una desconocida

o regabas en mi cintura
las almácigas
de alevinos o
el ombligo oscuro
da la o
que sale como un huevo
por la ranura
de tus labios

Te veo al borde
de la cama
con los ojos abiertos
brillantes
como una cobra
que avanza por las grietas
de la lengua
que escribe con las
manos en jarra
en el espacio vacío

escribes
con el movimiento
de tus labios
semejantes a un incendio
la historia de los
juegos que nacen
en la niña de los ojos

inventas o borras
el color de las nubes
que pasan rozando
la urdimbre de las
ciudades o plazas que
despiertan en tu cabeza

Flameas en el papel
y es tu voz
lo que se escucha
ahora en las ventanas

escucho
el deslizamiento
de tus articulaciones
en los mercados o
vuelves a modular
las voces
de las alcobas
o la voz del buey
que lame las manchas
de tu cuerpo

cuerpo de voces
voces de tu cuerpo
que se funden
o resplandecen
en el espacio abierto

Mirándote miras
el agua florida
de las fuentes y
vuelves a ver el sol
el espacio pulido
de las piedras o
el vuelo marsupial
rasante
de los pájaros
contra el cielo

tantas cosas reunidas
otra vez ante tus ojos
tanto trigo
que habla tu lengua
orla tu boca de sonidos
y derriba los muros

murolos donde estuve
con la voz velada
pero ahora
se me escucha hablar
echar nombres o
colores por la boca

Desde la tela
miramos juntos
el verdear
de la trama
destruida

mi mano
no derramó
las ovejas
ni el aceite
de las alcuzas

ni tu pie
destruyó
los alveolos
de los dientes
ahora estás
en la cocina
parodiando
los olores
de la feria
corriendo
por los canales
de la lengua
fragmentada

Urdidora de todas
las edades y
madre de las voces
iluminas ahora
los campos o
los hilos de la
lengua que vuelve
a fluir o memorar
en los márgenes

o en los oídos
de los memoriales
donde hablabas o
hacías la loca o
escribías los anales
de la década

o dibujabas en las
paredes el humo
de los barcos
un pedazo de sol o
una figura de espaldas
mirando por la ventana


Estás aquí de nuevo
te veo entrar por la ventana
atravesar el vidrio
y sentarte en el piso
con las piernas abiertas

ensayas un gesto
que trae el olor de la resina
o de madera estacionada
en un aserradero

ensayas otro gesto
simulas abrirte la blusa
o el color de tu piel
que es barroca
renacentista o
coloquial
pero sobre todo oscura
hermética como la voz
que sale de tus pechos
o de la blancura de tus dientes

Abro la sed abro
el deseo de
decir tu nombre
la hoguera
del mundo de bocas
cerradas

abro y saqueo tus
baúles
el oro de las axilas
o el marfil de tu saliva

y aprieto tu voz
ahogada en el grito
de las sonajas
del alfabeto
de la araña blanca
que anida
en tus pestañas/

De ella se decía 1

Una humareda blanca sale
de su cabeza

eso sucede desde su nacimiento
escribe y salen de su boca
señales luminosas
y su cuerpo se cubre de mantillos
o valvas que se acumulan
en el granero de su lengua
que hace glub bufff
en su garganta estuosa
cuando da vueltas en la calesa
donde nació
entre plumas paraguayas
o joyas que cubrían
su cuerpo desvelado
que apenas tenía el calor
de un nido

o el ardor de los picotazos
en la tierra
cuando comenzaba a gatear
masticando los nudos
del lino que da vueltas
en el rodillo
de su ropa multicolor

aprendo el a b c e dario
de letreo en la imprenta
de gutenberg con el rebuzno
del asno que me lleva en el lomo
de la escritura que saboreo
mientras me abrocho los zapatos.

De ella se decía 2

A veces los sueños la atormentan
y no la dejan vivir
está viajando por el atlas
de su cuarto
con un palimpsesto donde escribe
o borra las cosas que suceden
de pronto se aproximan a sus ojos
las estrellas más cercanas
y grita aterrada
me van a aplastar
van a destruir el jardín
donde dibujo los océanos
y viajo en el cristóforo colombo
pero siempre vuelve
cubierta de hojas o velos
con huellas en los pechos
o sombras de besos en la boca
son los sueños solares
mezclados con aullidos
que atraviesan las paredes
de su casa
donde vive echando lumbres
todo el tiempo o
tejiendo las telas de su ropa
con las que se cubre
o se menea
cuando cruza la frontera
donde abre las palabras.

PÁGINA 11 – CUENTO

Zoo


Por Luisa Futoransky (Paris/Francia)

En mi barrio a nadie extraña que las margaritas se conviertan en amapolas escarlatas o que las palomas se transformen en cuervos.
A mí lo que sí me molesta es que se les ocurra seguirme por las calles graznando que es un contento.
Para que no me cambie de vereda de vez en cuando me tiran un picotazo que como doler, duele.
Con la edad los tejidos olvidan defenderse y cicatrizo bastante menos.

PÁGINA 12 – ENSAYO

Onetti: la lección del maestro


Por Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

La obra del gran escritor Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid,l994) estuvo signada por los desencuentros -el primero con la crítica ciega, y luego con el público que no estaba preparado para recibir una escritura de esa dimensión- que lo llevaron, pese a ser muy original, a los segundos premios donde se presentara.
En 1939 a instancias de su amigo el poeta Juan Cunha que se improvisó su editor, apareció en Montevideo la primera edición de "El pozo", donde Eladio Linacero, personaje emblemático del sujeto urbano aplastado por la angustia y el anonimato, monologa sobre la sinrazón de la existencia."La náusea", saldría varios años después, al fin de la guerra, es decir que Onetti pasó desapercibido porque simplemente vivía en el arrabal del mundo. Era latinoamericano.
La patética suerte de este libro que debió modificar el mapa literario del Río de la Plata, quedó sujeto a la falta de interés ya que según Angel Rama, quien años después de su aparición lo reeditó, sostenía que aún quedaban ( a 30 años de aquella edición secreta) paquetes de ejemplares de los 500 que se habían tirado.
La tapa tenía la reproducción de un Picasso apócrifo y el papel interior era de estraza celeste.
En estas costas reinaba Eduardo Mallea, de quien hoy nadie se acuerda, ni los distraídos profesores de literatura lo incluyen en sus programas..
No mejor le fue con “La vida breve”, en 1950, ya viviendo en Buenos Aires. No tuvo casi comentarios, pasó desapercibida esta obra verdaderamente de vanguardia, seis años después le pasaría lo mismo a Antonio Di Benedetto con “Zama”, que son junto a “Los siete locos” las tres mejores novelas que se publicaron en la Argentina en el siglo XX según Juan José Saer.
Los “fracasos” no hicieron mella en la obcecación de Onetti. Siguió poniendo en palabras como nadie al ritmo de su respiración de fumador empedernido y de alcohólico contumaz, las insanias de este mundo absurdo. Su galería de putas y de borrachos, su “corte de los milagros” donde pululan los fracasados, los locos, los pirómanos, los proxenetas, los marginales que sólo en sus piadosas palabras tienen un destino, y los únicos seres que se salvan de su mundo atroz: los adolescentes, porque según sus palabras no han perdido aún la pureza que una vida de miserias les va a arrebatar seguramente en la primera de cambio.
Huraño, cascarrabias y escéptico, pasó por este mundo escribiendo “por necesidad, para mí mismo, aunque supiera que nunca nadie me va a leer” como dijo en uno de los pocos reportajes que concedió en su vida a la periodista uruguaya María Esther Giglio.
La obscenidad, norte de la vida social de muchos escritores que sólo se empeñan en hablar mal de los colegas en público, como si eso les diera una pátina de genialidad, deberían seguir su ejemplo de ascetismo.
Onetti, como su admirado maestro Faulkner, dejó una larga estela de escritores que sin su obra no hubieran existido. Lo diré sin más vueltas: dejó un montón de discípulos, que aprendieron a escribir gracias a él. Algunos se lo han agradecido (Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Saer) y otros se lo guardan y lo niegan si se les pregunta, pero no llegan lejos con su mentira. Eso se percibe fácilmente al leerlos. Pareciera que son “guachos”, como se les dice en el campo a los huérfanos, a los que no tienen padre conocido, a los “hijos de la nada”. Suponen que el mundo los estuvo esperando para comenzar su marcha, son sus modestos aportes a este mundo de miserias. Allá ellos.
Lo cierto es que Onetti nos dejó un puñado considerable de cuentos y por lo menos cuatro novelas que son obras maestras del género: “La vida breve”,”El astillero”,”Los adioses” y “Juntacadáveres”. El “Juntacadáveres” Larsen o simplemente “El Junta”, quien ya había ido apareciendo en novelas anteriores y que en “El Astillero” había sido personaje principal, pero es en “Juntacadáveres” donde hace su aparición que es toda una sinfonía: el sueño de un prostíbulo perfecto. ¿Acaso “el astrólogo” no pensaba lo mismo en la saga arltiana para financiar “su” revolución. ”Juntacadáveres” se instala en la ciudad de Santa María, la ciudad inventada por Juan María Brausen en “La Vida breve” y trata de poner en práctica su plan, elaborado minuciosamente, ya abonado por fracasos anteriores pero se debe enfrentar con el doctor Díaz Grey (otro emblemático personaje onettiano, quien representa las fuerzas vivas de la ciudad. Hay un diálogo entre ambos que no tiene desperdicio. Allí Juntacadáveres intenta convencer al médico que ellos tiene vocaciones diferentes, pero una misma pasión.
Cierta vez se le preguntó a Onetti sobre el origen de este personaje. Y él contó que trabajando para la empresa Reuter en Buenos Aires, una madrugada asomó por la puerta de un bar un sujeto que llamó su atención. Al inquirir por él, le dijeron: ”AH, es el Junta. Le dicen Juntacadáveres porque se dedica a coleccionar prostitutas viejas. Fue suficiente para construir después uno de sus personajes más entrañables, aún en su miseria final y su abyección.
En su magistral cuento “El posible Baldi”, afirma que somos responsables de una lenta vida idiota. ”Porque el doctor Baldi-dice el narrador- no fue capaz de saltar un día sobre la cubierta de una barcaza, pesada de bolsas o maderas. No se había animado a aceptar que la vida es otra cosa, que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles ni de hombres sensatos”.
Una vez le preguntaron por qué sólo salvaba a los adolescentes en sus libros. “Porque al ser humano lo destruyen la política y el matrimonio”, contestó. Él, que se casó cuatro veces.
Entre las cosas absurdas de un continente sumido en la represión que orquestaron sus propios Estados contra los pueblos está la dolorosa anécdota que llevó a Onetti a la cárcel por haber participado como jurado en un concurso de la mítica revista “Marcha” y haber premiado un cuento de Nelson Marra donde el personaje era una represor/torturador. Marra estuvo 5 años preso en una cárcel para detenidos de extrema peligrosidad. Onetti, Mercedes Rein, miembros del jurado, seis meses, junto a Carlos Quijano y Hugo Alfaro, director y Jefe de redacción respectivamente de esa publicación donde Onetti había sido su primer secretario en l939. Esto de las detenciones fue en gobierno de Bordabberry, quien disolvió el Congreso y gobernaba con una junta militar. Corría el año 1974.
Cuando lo dejaron libre se cruzó a Buenos Aires con una valija de libros, allí tomó un avión para ir a Madrid donde se lo había invitado para participar como jurado en la editorial Seix Barral. Su última esposa, la argentina Dorotea Muhr lo siguió. Estando privado de la libertad pidieron por él todos los intelectuales dignos de Europa y Latinoamérica. Empezando por Jean Paul Sartre.
Nunca volvieron de allí, ni cuando el presidente Sanguinetti elegido democráticamente lo invitó telefónicamente.
-Gracias, pero no sé qué volvería a hacer yo allí, contestó eludiendo el convite.
Pasó sus últimos años escribiendo cuatro novelas más y algunos cuentos, se empezó a reeditar parte de su obra en España y otros países de Europa, pero él siguió acostado en su cama tomando whisky, fumando varios paquetes de cigarrillos y leyendo interminables novelas policiales. Sin dar ningún reportaje.
Había hecho hacer un cartel que pegó con una chinche en la puerta con la leyenda que decía: “Onetti no está”. Los curiosos o pacientes que lo buscaban infructuosamente se encontraban con el cartel... y el ruido del violín que producían los ensayos de su esposa que era música.
Cuando le concedieron el Premio Cervantes (máximo galardón literario en lengua española), nunca tan bien otorgado valga apuntar, agradeció al rey con un discurso donde aclaraba que él en la vida siempre había pagado “no placé” y cuando ya no esperaba nada le caía esta distinción. Al ser requerido por el periodismo de todo el mundo, un periodista español le preguntó qué significaba el premio para él.
-“Ciento diecisiete mil dólares”, contestó lacónico.
Al periodismo hispano no le cayó muy bien su respuesta.
Se olvidaba que él era Juan Carlos Onetti, un verdadero duro hasta el fin.

PÁGINA 13 – CUENTO

A la hora de su llegada


Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Estoy en la orilla del río, sentado en medio de la paz del atardecer que se lleva las urgencias del día, esperando que ella llegue.
A lo lejos se advierten las luces de un barco, seguramente un barco cerealero, que viene a cargar, si viene del norte para acá. Seguro viene a cargar, porque cuando están cargados pasan en sentido inverso, hacia el sur. Por sus luces debe ser un barco grande, de gran calado me refiero. De qué bandera será.
La isla parece enterrada en la oscuridad de la noche que avanza desde el este. A mis espaldas el día se va, con sus últimas claridades, oscurecidas por las nubes que abrigan el ocaso.
El río color león pasa potente, como demostrando que aún con su poca velocidad encierra su ferocidad de gran torrente.
No hay mosquitos, los primeros fríos no los afectaron, o son mosquitos de otoño, pero ahora con los fríos que hubo, no quedan. Deben haber permanecido vivos muchos hasta hace unos días, tal vez debido a las interminables lluvias que pareciera los engendran.
El barco ya está más cerca, sin duda es de gran tonelaje, parece que va a ocupar toda la anchura del río con su imponente manga.
Ahora se ven más luces. Del barco y de la ciudad que se va iluminando con el artificio de la noche. Carteles, luces rojas en lo alto de los edificios, nubes que semejan otros paisajes.
Paisajes con otras orillas, otros ríos, tropeles de bestias indescriptibles. Por allá una forma como de oso rampante, más lejos la figura de un caminante en una orilla, que recorta sólo su sombra u otra nube que figura la cabeza de un corcel desbocado.
Cuando ella llegue, qué me dirá. La estrecharé y besaré o le daré la mano.
Ha pasado mucho tiempo sin que nos viéramos.
Es decir, nos hemos visto, pero vernos solos, sin testigos, hace mucho.
Cuando nos hemos encontrado siempre alguien estaba con ella o conmigo y la charla era trabada, confusa, quedaba más por decir.
Ahora, después de tanto, vamos a poder hablar de nosotros. Si llega, claro.
¿Vendrá?
¿Qué dirá para viajar hasta aquí y demorar un rato o unas horas o toda una noche?
Le tendría que preguntar qué va a decir. No, mejor no le pregunto nada.
Si ella dice, bueno; pero inmiscuirse en lo que haya dicho no corresponde, son cosas de ella.
Aunque quisiera que sus cosas fueran las mías, pero ya una vez ella dijo lo mismo y yo le dije que respetara mi vida y mi modo y que nuestra relación debía seguir tal como empezó, con conciencia de sus limitaciones tanto de tiempo, como de circunstancias. Que el día que se mezclara con mi vida, todo terminaba. Me acuerdo perfectamente que dije esas palabras, agrandado, como si manejara mis afectos.
Pero entonces lo hice así, prepeando a la realidad y a mí mismo.
Hoy, la estoy esperando como si fuéramos chicos, digo, jóvenes que concurren a una cita con alguien que desean mucho y han pasado tantas cosas, tanta agua por este río, tantos años.
El cielo de este cambiante abril, ahora está despejado y se nota que ese viento sur que indica aquella chimenea, lo ha dejado límpido. Cuánto durará. Este mes ha sido lluvioso como los anteriores, por eso pienso que a lo mejor mañana otra vez aparece nublado, aunque la costumbre es tormenta seguro los fines de semana, no los días que hay que ir al trabajo.
Y esos fines de semana con lluvia, hacen que uno se lo pase con la familia encerrado, mirando televisión, leyendo algún libro, extrañando a alguien, ya que de no distraerse —a mí por lo menos—, se abalanzan recuerdos, hipótesis de encuentros, suposiciones, presunciones que tal vez no sean más que ansiedades volcadas dentro de uno.
Hace rato que tendría que haber llegado.
No podrá venir. Estaré aquí esperando toda la noche. A lo mejor se demoró el ómnibus que la dejaría a las siete en la estación. Mejor no me preocupo y aguardo tranquilo.
Pero... y si no viene... Ella que me decía que me esperaba en el andén de sus muslos, en la puerta de sus labios. Que quedaba en el puerto de partida haciendo señas con la mano mientras yo asumía de pronto una actitud indiferente, serio, distante, arrojado de nuevo al abismo de mis pensamientos cuando salía de su ciudad y partía de regreso a la mía, a mi casa.
Qué pensará. Creerá que todo vuelve o como me pasa a mí, sentirá que no se puede recuperar el tiempo perdido. Si piensa eso... capaz que no venga o que en este momento esté pensando que me va a llamar por teléfono, me va a decir que no pudo y yo quedaré ansioso hasta su llamado, con la intriga de qué pasó.
O tal vez use el llamado para hacer como una despedida, sin atreverse al duelo de enfrentarnos, porque fui capaz entonces de separarme de ella, pero no sería capaz ahora, si todo volviera.
Aunque tal como ocurrió, quizá aparte de su historia oficial, tenga otras cosas, ya no le interese más nuestro amorío y esa relación conmigo haya sido una más, como fueron o son otras relaciones para mí.
Tal vez si no viene, sea yo quien le hable por teléfono y le diga que no se animó, que ahora fue ella la que tuvo miedo. Miedo como el que tuve entonces.
El barco aquel ya pasó hace rato y hasta desapareció, río arriba.
La noche se instaló soberana y estoy sintiendo frío.
Aunque hubiera perdido el que llega a las siete, debería haber llegado a lo sumo a las ocho y ya son mucho más de las nueve.
Ahora el río me cuenta una historia que trato de no escuchar, pero el río persevera, se adentra en mi interior. Ahora la noche se ha hecho dentro de mí, como la soledad y el desconsuelo.



PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

©José Antonio Cedrón (Buenos Aires/Argentina)


*

En esta casa alguien vivió antes.
Dejó clavos de punta en las paredes
la forma de sus manos en un viejo jabón
olores a tabaco, el lavadero sucio.
Huellas poco confiables.
Vivió esperando un ruido que lo llame
desde el amanecer?
¿Lo imaginó esperando?
¿Lloró también de frente, aquí,
contra estas puertas?
¿Qué lloró cómo qué hizo
cuando el sol se le secó en el horizonte?
¿Qué sintió de esta lluvia debajo del papel?
¿Humedeció sus miedos el cielo de este techo?
¿Dudó del calendario con las manos cerradas?
¿Del amor?
¿Compró pan en el barrio y fue observado?
¿Vio sonrisas por él y no hacia él?
¿Nombró con el silencio?
¿De qué cielo llegaba?
¿Escribió cartas?
¿En qué idioma dijo, señor no puedo más?
¿Era extranjero acaso?

*

Entre los jeroglíficos hallados en tu almohada
enfrentarás la mueca de los días.
La distancia idealiza.
El sueño solamente demora esa costumbre.
Las miradas de entonces
no quieren saber nada.
La mano que aún extrañas acostumbró su piel
al paso de tu ausencia.

*

Los habitantes del cerro de Macuto
venden pescado fresco de espaldas a la costa.
Hábiles con el filo, separan las escamas
ya no ven hacia el mar de las riquezas.
Las gaviotas se agitan, sobrevuelan la presa
que aún respira.
Aquí hay cerveza helada en abundancia
tabaco, ron, collares de Taiwan, leche en polvo
de Holanda, turistas que recorren
como la quinta piel de las Antillas
que alimentó corsarios
dio a beber y morder, agua, mango, palmeras,
muchachas reflotadas de barcos encallados
que ofrecen su belleza a un excesivo ritmo
en los 40 grados a la sombra.
Los espacios grisados son los conquistadores
que creyeron perder, por las llamas del sol,
el rumbo de Indias.
Me veo caminando en el paisaje
que retienen tus ojos.
Las gaviotas volvieron, el reinado no cesa.
En cuartos arenosos dormimos nuestra piel
humedecida.
Olemos a arroz blanco y cuero de tambores
dejando que los sueños enterraran sus manos
en castillos de arena.

*

Mis muertos no son dioses
cambian con el peso de los años
me levantan de noche a caminar con ellos
me hablan del futuro, entre cenizas
piden un vaso de agua a mitad del camino
alzan la voz las manos la mirada
furiosamente
discuten con la vida
no son dioses.
Mis muertos se llevaron la cordura
apretada en el pecho
y la respiración empedernida
su rostro lentamente de la mesa
una impotencia extraña entre los dedos.
Mis muertos no son dioses
no cargan con mi vida ahora ni nunca
pero viajan en todo mi equipaje
son una certidumbre, no una carga.
Mis muertos no son dioses.

*

No hubo lucha de clases cuando dimos batalla
sólo daños menores en la mampostería
cuyos antecedentes no pueden atribuirnos
fallas de construcción en el armado del cielo
incontrolables nubes y neblina constante
durante el acarreo de la luz.
Rasguños en la piel también menores
cansancio en la energía de los astros
que dieron de morder.
Sí algo de lava y polvo que escaparon
por las escaleras de emergencia
que no sería honesto negar aquí.
Caricias que acabaron despertando combate.
El roce de la carne con los filos del tiempo.
Me deslicé en tu cuerpo como por esos pueblos
que después de sus calles el desierto.
No te besé la espalda ni las piernas
para que la tormenta
no entrara en tu equipaje.
Ahora, con más calma, mirando
por los ojos de huellas y testigos
¿qué margen le darías a este temblor
en la escala de Richter?

*

Teníamos la tierra, la raíz de las plantas,
los metales, la piedra.
Yo te amaba.
Teníamos ciudades, gobiernos, sacrificios,
líderes, predicciones, guerreros, bandoleros.
Teníamos rebeldes
teníamos las clases, la explotación, la lucha
de las clases, la barbarie, las leyes.
Pero yo igual te amaba.
Sabíamos rezar, combatir, cosechar.
Sabíamos cazar, torturar y matar.
Sabíamos reír, llorar, besarnos.
Teníamos dioses, semidioses, reyes,
armas, madera.
Teníamos pirámides y chozas y enemigos,
hambrunas, desnudeces.
Pagábamos tributo.
Teníamos idiomas, dialectos, oraciones,
maíz, pueblos vecinos, rutas.
Sabías que te amaba.
Teníamos envidias, celos, muertes absurdas,
casamientos, suicidios, crueldades, sacerdotes.
Teníamos canoas, sectas, enfermedades,
pestes.
Teníamos artistas, cementerios, hijos,
mejillas, putas, ceremonias.
Teníamos calendarios, promesas, medicinas.
Teníamos hermosos nombres,
ternuras, incendios.
Solíamos tener sueños para volar,
plumas para volar.
Sabíamos danzar, embriagarnos, tallar,
darnos la mano.
Conocimos el paso de los tiempos
y de los vientos.
Teníamos pasado, presente y porvenir.
Adoramos al sol, entre otras cosas,
al escribir lo hicimos del lado del poniente
le dimos a la piedra nuestras vidas
no teníamos ruinas
sabíamos quiénes éramos.
Después del desembarco de esos hombres
que fueron descubiertos
llegaron otros, y otros, y otros.
Aquí tuvimos barro, fuego, pájaros, peces.
De esto hace mucho tiempo.
Nada ha podido hacer que no te amara.

*

a Eduardo Dalter

Un elefante espera la muerte en su manada.
Camina por la tierra.
A veces lo acorralan.
La piel de un elefante tiene el mismo espesor
que el metal de una bala calibre 35.
Para dar muerte rápida a la bestia
si el matador apunta
debe hacerlo con rifles de potencia
y mejor precisión.
Algunos animales han sido desplazados
de los ríos, sin consulta
y son muertos por hambre y sed
atacados también cuando dormían
y hay los que fueron desaparecidos
por las grietas profundas de la tierra
en que vivían.
Para cazar un rinoceronte hacen falta
en tiempos de paz
unos diez hombres bien dispuestos
conocimiento del terreno
infraestructura logística y
como en el caso del resto de la especie
buenos tiradores.
Un rinoceronte puede resistir tanto plomo
como un toro, si no se le acierta
en las partes vitales.
Un toro es capaz de no morir de espada
sino de cansancio.
Un desterrado espera morir en su manada.
Camina por la tierra.
La piel de un desterrado tiene el mismo
espesor que la piel de sus perseguidores.
sólo una diferencia lo separa de aquellos
animales,
no se puede acabar con esa especie
engendra al que lo acosa
despierta tanto ruido.

Pequeña cosa

Si no tuviera alas como tiene
si no hablara y cantara
si no fuera de fiesta de velorio
si no amara tus piernas como ramas
de un niño
si no tuviera acaso componentes políticos
estaría diciendo que el corazón
es sólo el corazón
no esta mancha que cambia
pasos bodas y viajes
no este pájaro huido que carga una maleta
pesada como pueblo
no esta sombra que emigra en mala hora
qué va.

*

Después de mucho tiempo
nos cuesta acostumbrarnos.
Ese extraño nosotros dejó huellas y vuelve.
Al cuarto día, al quinto ya se hacen
familiares el acento que traes,
la camisa, zapatos, tu encendedor, la pluma.
Pero un poco incomodas.
Y de alguna manera, absurda, eres el muerto
regresando despacio sobre el húmedo polvo
que dejó tu vacío: el lomo de algún libro,
los bordes de los cuadros,
la dudosa manija del ventanal que, entonces,
abría hacia otros vientos.

*

Las parejas se separan por celos/ por infidelidad/ por estrategia/ porque
piensan que se equivocaron o porque están seguras de que se equivocaron.
Las parejas se separan por envidias/
falta de ingenio/ bienes inmuebles.
Porque quieren montar a su antojo
el caballo de su majestad.
Las parejas se separan porque sus padres
porque sus familiares/ porque sus amigos
porque sus terapeutas/ porque la distancia.
Las parejas se separan porque su trabajo
porque la educación de sus hijos
porque el adiestramiento de sus perros.
Las parejas se separan por ignorancias
por lo que dicen sus fantasmas/
las líneas de sus manos/ las cartas del tarot/
la borra del café/ su catequista.
Las parejas se separan por exceso de amor
o de mentiras/ por el amor insatisfecho/
por lo que cada cual cree del amor/ de la pareja.
Las parejas se separan porque nunca pudieron
trascender lo que infieren/ el azar/
las representaciones del crepúsculo/
lo que dicta el silencio.
Las parejas se separan porque la vida es dura/
dicen/ la realidad invencible.
Las parejas se separan porque idealizan
lo imposible, pero no lo saben.
Las parejas se separan porque están separadas
y necesitan confirmarlo.
Las parejas se separan porque la perfección
no existe/ porque la eternidad no existe.
Las parejas se separan por carta/ por teléfono/
por radio/ por tv/ por correo electrónico.
Las parejas se separan por falta de dinero/
de proyecto/ de mundo. O porque descubren “incompatibilidad de
caracteres”/de gestos/
de sueños/ de "usos y costumbres".
Las parejas se separan para no interrumpirse/ dicen/ para no encontrarse/ para
no explicarse/
para no olerse más/ para que nadie atienda su
teléfono/ ni vea su correspondencia/
ni sepa lo que gana.
Las parejas se separan por cambio de ciudad/
de ideología/ de religión/ de sexo.
Y así poner a prueba la contención de sus íntimos.
Las parejas se separan para saber más tarde
que no lo fueron nunca/ y también se separan
para olvidarse de la separación y poder separarse.
Las parejas se separan porque no saben leer arquitectura/ historia/ geometría
y al llegar el invierno no saben lo que hacer.
Las parejas se separan por experiencia/
para acabar con el eco de la educación sentimental/ para ganar lo que perdieron
en el nombre del padre/ porque su cobardía
es más valiente.
Las parejas se separan porque se descobijan/ dicen/ porque ya todos saben.
Las parejas se separan por supersticiones/
por reducción de plantas industriales/
por excesos de alcohol/ y de pelos caídos
en la ducha.
Las parejas se separan porque se abruman
de ser dos/ para mirar tres días los ojos
de Chagall/ tatuarse el corazón/ pintarse el pelo.
Las parejas se separan porque se desalunan
con dolor, pero el síntoma es mudo/
porque nunca supieron/ porque nunca aprendieron/ porque se lo merecen.
Las parejas se separan para no ser olvidadas/
para no compartir ningún espejo/
para desencarnarse del pasado que anuda/
para no envejecer.
Las parejas se separan porque tienen un solo paraguas/ dicen/ la verdad de su lado/
el tiempo de su lado/ la virtud de su lado/
los sueños de su lado.
Las parejas se separan porque la piel es joven/ porque la madurez no basta.
Las parejas se separan porque los dos son buenos
pero la bondad no alcanza.
Las parejas se separan porque las derrotó
la dictadura.
Las parejas se separan porque las derrotó el exilio.
Las parejas se separan porque la patria es primero/ porque la poesía es
primero/ porque la intimidad
es primero/porque la soledad es primero/
porque la libertad.

PÁGINA 15 – CUENTO

Asi de breve


Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Inicio aquí mi historia, la que será breve como el vuelo de los pájaros. Quizás porque se ha quedado en eso, sin tener más pretensiones que ser la breve historia de Milagros Noguera.
Yo, Milagros Noguera, nací y morí la misma mañana en que Ignacio se fue. Todavía llevo la imagen de su partida barnizada por la tierra del camino y por el apuro de levantar los ojos para terminarlo de ver. Desde allí supe, por las piedras, que ni el tiempo, ni el olor de las tunas maduras me lo traerían. El camino me confesó también que estaría lejos en cuanto yo cerrara los ojos para lavar su recuerdo y dejarlo como nuevo.
Antes fuimos felices. Antes íbamos a la feria y había guirnaldas de colores sostenidas entre el cielo y nuestras cabezas. La gente nos llamaba por nuestro nombre y no nos avergonzábamos porque la vergüenza era para los clandestinos.
Nosotros estábamos juntos. Habíamos sido felices. El campo era una cueva de eucaliptus y gramilla que nos protegía de la luz del sol y de la soledad verde en el pecho.
Fue una mañana sin ruidos y con flores recién abiertas que yo lo vi. Ignacio venía de un viaje con los del circo y su tropilla de caballos. Formaban una caravana. Las mujeres tenían vestidos largos. Los hombres, sobre las monturas o a pie, marcaban la velocidad y el ritmo del paso. Al llegar a mi casa, no pensé que se quedarían. Lo supe después, cuando apoyaron los baúles cerca del granero y me dijeron: "Nos quedamos unos días".
Yo era sola. Vivía con mi madre pero ella se murió. Me quedé con su ropa y con la casa. Ya eran mías, pero se volvieron más mías cuando puse a mi madre bajo la tierra, envuelta en una sábana blanca porque hacía calor. Mi abuela me hablaba de que los muertos sudan un agua gris hasta que se mueren del todo. No quería que ella estuviera incómoda entre las raíces y los gusanos. Por eso la enterré con la sábana sola y los ojos abiertos para que me pudiera ver desde la fosa, cada noche mientras le rezaba. Mi abuela decía que los muertos se vuelven santos cuando están muertos y que hay que rezarles para contentarlos. Yo también vivía sola cuando llegaron ellos. Los dejé quedarse porque eran gente rara. Había algunos que hacían piruetas y lanzaban al aire botellas de madera sin que éstas cayeran al suelo.
Ignacio podía saltar muy alto. Un día aflojó una teja al caer, de un solo salto, sobre el techo. Tenía una sonrisa sin apuro dibujada en la boca. Me invitó a bailar. Las noches suelen ser hermosas por esta región. Cantaban canciones en muchos idiomas y bailaban todos haciendo sonar tambores y flautas de caña. El aire de mi casa cambió, de pronto. No me dolía más la ropa de batista, ni la pintura roja que borraba a mis labios por miedo a la frialdad plateada de los espejos. La soledad no era más ese rumor hueco, perforando el medio del día o de la noche. Aquí una sale al campo y no encuentra otra cosa que la largura del cielo y la porosidad de la tierra.
Ellos bailaban. Me ponían collares con cuentas de vidrio y me dedicaban trucos en los que desaparecían vasos verdes o rojos y pañuelos. Ignacio, no. Ignacio dormía en mi cama. Todas las noches. Guardé la colcha violeta por él. Por él también, porque me lo pidió, corté las flores de los cactus para los floreros vacíos y para las fotos enmarcadas.
Él me bañada de perfume con el canto del gallo y me trenzaba el pelo. Fuimos felices hasta que ellos se fueron. Guardaron sus instrumentos en las alforjas y se diluyeron de mi ventana junto con las carpas, los faroles apagados, los niños que corrían empujados por el viento.
Se fueron los otros. Ignacio se quedó. No sintió dejar a su gente por mí. Yo le había prometido la paz de un techo seguro. Lo quería para que me tapara ese aire del sur que levanta las cobijas a la noche o que hace bramar las ventanas y los escapularios de la cómoda.
Tuve conciencia de que no me quería por sus caricias rápidas. Por eso y porque no se daba cuenta del vestido azul que me ponía para rellenarle los ojos conmigo. Mentía bien cuando salíamos al baile. Nadie más que yo tenía claro que me iba odiando despacio. Tampoco lo conté. Quizás porque su odio me hacía saber que estaba acompañada.
Nunca se fue, hasta que lo vi perderse por el mismo camino que me lo trajo. Todavía puedo ver si me lo propongo, esa tierra pegajosa que se levanta al pasar un animal. La noche anterior ya no hablábamos. Estábamos cansados de no hacerlo. Junto al fuego, en la cocina, la saliva nos sobraba en la boca de no usarla. No tenía ni esperanzas de decirle nada. El ruido de los platos sobre la mesa se precipitaba ocupando todo el espacio, haciéndose lugar en el silencio nuestro. La gente como nosotros sabemos callar mucho, hasta que nos duele la lengua.
Al servirle la comida, detrás del humo, se le vieron los ojos. Me miró como lo hacía cuando se enojaba pero no le hice caso. Comimos un guiso hecho de un arroz que brillaba con la luz del sol atardecido. Me acuerdo. Cuando cortaba la cebolla bien fina y los pimientos, la luz rosada le daba a los granos un reflejo suave, amarillo. La abuela me decía que los condimentos deben ponerse a lo último. Ni antes ni después. Que deben ser frescos, que no se tienen que marchitar.
Nos habíamos cansado. Demasiados meses sin extrañarnos. Eso pensaba. Los tomillos estaban marchitos y el orégano también. Ignacio llegó del campo y no quise mirarlo para que no me viera. Se me acercó durante las horas que siguieron pero yo le hice creer que no lo veía. Era mejor así. Quise acordarme de los días en los que llegó. La primera noche entró en mi casa. Yo había cargado la palangana de losa con agua fresca para lavarle la tierra de los saltos y esas cosas que no gustan en la cama. Al entrar se quitó el cinto de cuero y se desabotonó la camisa hasta la mitad. Tenía un vello oscuro, igual que los hombres que luchaban en las épocas de mi abuela, antes de mi nacimiento. Mientras se lavaba, miró los retratos y se le armó una sonrisa en la boca. Se burlaba de lo mío. Lo dejé. Para que pelear en la primera noche.
Las hierbas triangulares tienen buen sabor. Los pájaros las comen. Yo no las probé. Ignacio, sí. Antes de ir a la cama dijo que el guiso no estaba mal. Ahí casi me arrepiento de dejarlo ir. Al dar vuelta la cara y ver la casa vacía como quedaría otra vez, me entraron intenciones de abrir la puerta de la habitación y abrazarlo fuerte. De decirle todo hasta lo último, que queda hecho borra en el pecho. Hasta abrí los ojos y la boca para hablarle pero no pude. Volví a dejar los dedos donde estaban, al costado del plato y del guiso humeante.
Él se fue. Yo me senté en uno de los escalones y comencé a escribir mi historia. Milagros Noguera. Esa era yo. También era la madera de mi casa, el polvo del camino. Era la cruz de la tumba de mi madre, las piedras, los pliegues del agua.
La noche antes no durmió bien. A su lado, en la misma cama, lo sentí moverse, plegar las piernas como si algo le doliera. Lo sentí incómodo, sin sueño. Hasta el amanecer no descansó bien. Cuando el sol estuvo alto, recién se durmió. Me dí cuenta porque el calor pegaba en los cactus. Corrió un viento fuerte que le agitó el flequillo.
Yo vestí, con las ropas de la primera noche, a aquel hombre que no renunció odiarme, hasta que se lo tragó la distancia. Yo le ordené los cabellos. Yo lo besé y me subí a una silla para ponerlo sobre el lomo del caballo que había ensillado. Todo eso es mío. Lo conservo para mí, a pesar de esta procesión fastidiosa de remover la memoria del último día. A pesar de los días que seguirán a esta confesión única, porque me pertenece, desde todos los dolores, para siempre.
Las hierbas triangulares siguieron creciendo frente a mi casa. No me animé a cortarlas. El veneno de sus hojas me recordaba las palabras de mi abuela, las recomendaciones sobre su buen sabor engañoso y sus recetas de cocina. Me traía el paso de un hombre, el único, por esta mi piel de Milagros Noguera. El paso de quien, sin querer, había iniciado esta historia mía, que sería tan breve como el vuelo de los pájaros.

PÁGINA 16 – COMENTARIOS DE LIBROS

“Palabras sumergidas” – Sergio Bartés – Edición del autor


“Palabras sumergidas” es el nuevo desafío lector propuesto por Sergio Bartés, un hombre que ha decidido “Hojear el mundo / como a un libro interminable...” (Poema Travesía incierta) y que, en este volumen de poemas, va desandando el extenso camino hacia la pausa, la intensa meditación sobre el existir y la existencia, la celebración del acto de pensar como mecanismo constructor de un mundo iluminado por el destello azul de la palabra. Por ello, esta inconformidad con sus quehaceres; “Estoy detrás de la luz / y me cuestiono su resplandor / que nunca alcanza / a iluminar lo imposible...” (Poema Hoy).
Bien sabemos que no hay nada más eterno ni efímero que el pensamiento. No obstante ello, es el fruto de las introspecciones del poeta quien atrapará al desprevenido lector en un mundo simbólico, un mundo de arquitecturas sombrías, un mundo de enigmas, secretos y presagios.”La persistencia de mi pensamiento (...) / sube por las paredes del sueño / como la ronca lengua / de una locomotora”. (Poema Un tiempo incierto).
Desde los obstinados intentos por encontrar la propia verdad el autor va hilando la trama de una poesía reflexiva que crece a medida que el discurso se interna en laberintos interiores donde descubre la trágica conciencia de la temporalidad, el doloroso itinerario del hombre”...cuando recorre / el desierto / que lleva adentro.” (Poema Lónlines).
Leer, entonces, la desvelada, la, por momentos, angustiada poesía de Sergio, es arribar al encuentro con cuestiones escasamente jubilosas, descriptivas, sensoriales pero, al mismo tiempo, sutilmente emotivas:”...En los surcos / en enlutados charcos,/ sólo veo miradas vacías / goteando hacia arriba / en el centro del lodo;/ donde nunca crecerán / la uva ni el trigo.” (Poema En la ciudad); es arribar al encuentro de evocaciones que reconocemos parte del imaginario colectivo y que son, por ese mismo motivo, capaces de disparar el pensamiento hacia otras evocaciones que componen nuestro propio universo mítico-fundante: ‘Y aunque se parezcan / a golondrinas, enredaderas , / manos o sombreros, / son las mismas palabras terrestres / que siempre escribo”.(Poema Identidad).
A mi entender, este es un libro que se caracteriza por situar cierto acento de perpleja vaguedad en sus poemas a través del cual, Bartés expone o, al menos intenta exponer, la incertidumbre del propio universo, invitándonos a percibir la apertura a otra cosmovisión, a ingresar a su universo personal envueltos en un halo fantástico, intemporal, sintiéndonos rehenes de situaciones extrañas que, a lo largo del poemario, adquieren categoría de símbolos abiertos, sugerentes, polisemánticos “...estoy invadido / por la interminable / murmuración de la piel / y sus sílabas talladas.”(Poema Plenitud).
Pérez Zelaschi supo decir que nuestras abstracciones son fantasmagorías verbales surgidas en oposición al verdadero mundo, ese mundo que está hecho de cosas concretas, sensibles, y que, por lo tanto, la búsqueda artística, pertenezca ésta a cualquiera de las ramas del arte, debería concentrarse no en algo eterno, ni en algo efímero, sino en la eternización de lo efímero.
Entonces, las metáforas que el autor ha elegido para compartir el misterio, conducen al lector hacia el descubrimiento de una voz especial, una voz que revela distintas dimensiones para la misma desmemoria, que manifiesta idénticos dilemas, conflictos y estupores.
Es que “...Algo tenazmente aislado / lo sostiene, como a un árbol / infinitamente dormido,/ con su abierto olor a distancia.” (Poema La espera) y Sergio Bartés ya no podrá abdicar a este anónimo oficio de continuar diciendo, de asumir el destierro a un destino de indócil persistencia y, al mismo tiempo, de insurgente esperanza.

Norma Segades-Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

“El cuerpo del hijo” – Rocío Soria - Rueca Editores

Hay un temblor de huesos en estos versos tiernos y al mismo tiempo afilados que nos propone Rocío Soria en su poemario El cuerpo del hijo, publicado por Rueca Editores.
Pareciera que toda la naturaleza está en parto, y que las señales de los astros confluyeran en su testimonio poético para recordarnos -fijamente- la desolación de la vida.
Dios arroja vómitos de sangre en la interpretación de los sueños de la poetisa ecuatoriana.
No hay pues lugar en el planeta Tierra para la flor, para la esperanza, sino un cúmulo de pus y de flores desesperanzadas.
No hay esferas azules en sus poemas, ni trinos, ni cantos de ondinas, ni sonidos que nos remitan a suaves aleteos de los pájaros en los bosques atardecidos.
Todo es conciencia de búsqueda a través de la sangre, del cuerpo, de la metamorfosis, del dolor existencial que va derramando su sangre (tal parece) en una palangana vacía.
Poesía fuerte, llena de desenfado, la suya.
Poesía vehemente, que no vacila en señalar a Dios en las alturas.
Poesía que duele, a pesar de su belleza.

Un poema de Rocío Soria

Es el momento en que el azul oscuro trinca los espacios de la alcoba.

Tiende los brazos como la sombra de un cristo
orina
respira
cojea
tose.

Los dibujos sobre la cama se arrancan uno a otro
separan las canicas de sus ganglios
por tamaños, colores y consistencias.

Rosas purpúreas salen de sus bocas.

Delfina Acosta (Asunción/Paraguay)

“Historias verosímiles” - Jorge M. Taverna Irigoyen – Ediciones de la UNL (Universidad Nacional del Litoral)

Hablarles de un libro que ya ha sido analizado por especialistas, por lectores de la talla de Marco Denevi, Romualdo Brughetti, Basilio Uribe, Tomás Alva Negri, Rodolfo Alonso, Osvaldo Svanascini, Rubén Vela, Angélica Gorodischer, me deja abandonada en el más pulido de los desamparos, porque descubre, ante ustedes, que sólo invisto este marginado oficio de lector a la intemperie, esta modesta profesión que, supongo, es la que me permitirá intentar transmitirles las vivencias casi mitológicas, casi oníricas, que cautivan la razón desde estas historias mínimas que Jorge Taverna Irigoyen viene creando para su disfrute personal y el nuestro.
Estoy de acuerdo con el autor en cuanto a su renuencia a encasillarlos o a categorizarlos estructuralmente, ya que, si bien parece nutrirse de todos los géneros breves, ha gestado una nueva identidad literaria que no se parece a ninguna.
“Compro semillas de flores del jardín de Monet, que venden en un almacén de la calle Cujas, en París”, dice; “Suena el teléfono. Es Meryl Streep. Está sola, me llama para que la acompañe”, dice; “Doménico della Giustina extravió su pasaporte a veinticuatro horas de haber pisado Buenos Aires. Se enloqueció. Perdió el control de sus esfínteres…”, dice. Y así, a partir de la justeza, del humor, de un discurso sin deslices, sus textos se convierten en piezas cuya médula argumentativa propone atmósferas, tramados, situaciones siempre fluctuantes entre lo evidente y lo aleatorio, entre lo verdadero y lo ficcional.
Nacidas de una abundante y sostenida información, realidades pertenecientes a distintas épocas son rescatadas a través de esta palabra que oficia como pincel, definiendo a cada personaje y el marco o escenario donde se desplaza, relacionándolos con otros, organizando el material que atesora su memoria, mientras sujeta -con mano firme- el hilo argumental de estas historias que actúan como salvoconducto necesario para ingresar al espacio de complicidades y marañas de verdades a medio descubrir en el que Jorge Taverna desnuda la inventiva, el ingenio, el correcto ejercicio de su prosa, la economía verbal de un escritor experimentado que opera fundando y refundando lo rutinario, el acontecer de otras vidas a través del tiempo y el espacio, sus fragilidades, sus estupideces, sus cobardías, sus indiferencias… Todo, claro está, dentro de la cuidada coherencia con que nos propone ser partícipes de un nuevo juego creativo donde el autor devela, con mirada piadosa, actos perturbadores, mientras permite al lector ejercer el libre albedrío de abrir estas mínimas ventanas hacia lo sucedido, o casi sucedido, o nunca sucedido, pero que sucede cada vez que los ojos se tornan inocentes y aceptan como creíbles o posibles las historias planteadas.
Esgrimiendo un lenguaje que pasa de lo coloquial “Isaac Singer fue popular en todas las familias del mundo por la máquina de coser que inventó y que lo hizo inmensamente rico” a lo poético “No hay que hacer hablar a los muertos. Están del otro lado de las lenguas”; ahonda en cada uno de los seres que ofrece como personaje. Entonces versatiliza la palabra, porque intuye que todo es digno de ser contado. Entonces la impregna de colores y frescura, es lúdica, gozosa: se ve, se huele, se gusta, se palpa… y se entrega al servicio de un final premeditado.
¿Cuentos breves? ¿Minicuentos? ¿Mininarrativa? ¿Minificciones? ¿Historias? Tiempo habrá para trabajar en su clasificación, de ser necesario. Mientras tanto, podemos emocionarnos ante las formas, sentir la fuerza del lenguaje, crear y recrear imágenes, reír y gozar con sus palabras, proyectar universos posibles o imposibles, estallar en la metáfora imprevista o, simplemente, encontrarnos y reconocernos.

Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)



PÁGINA 17 – CUENTO

El hombre de ceniza


Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Para ver una cosa hay que comprenderla (...)
Si viéramos realmente el universo, tal vez lo
entenderíamos.
Jorge Luis Borges


El aceite chisporroteó de manera escandalosa cuando el jengibre tocó la metálica superficie de la sartén. El aroma inconfundible se agregó a la cebollita cambray y a los demás implementos del guisado: el apio y el pimiento pusieron el toque especial a los lingotes de jade. Sin dejar de moverse todavía, la tortuga, cortada en trozos, aguardaba su turno y los cartílagos de tiburón nadaban en el consomé de pollo. Huang Shi Quang continuó afanándose en la cocina mientras su mujer aguardaba en la sala, entretenida con una revista de turismo. Los negros caracteres resaltaban sobre entrañables paisajes: puentes y pagodas convergían en la hoja endurecida. No comprendía el por qué de su afectación por esos vestidos diminutos que en nada se parecían a los espléndidos quipaos que tan bien le quedaban, resaltando su silueta. La vaporera protestó, indicándole que el arroz estaba en su punto exacto de cocción. El ritual culinario proseguía, ahora en la mesa del comedor; la variedad de guisados en el centro permitía que la charla se desenvolviera plácidamente; las voces se movían con ese canturrear de marejada grácil, mientras Shi Quang asentía con la cabeza. Los tazones de gramínea blanca desaparecían con rapidez, junto con el pescado y las verduras; la mujer sonreía tímidamente a las bromas y arremetidas de los chicos, quienes ahora escandalizaban, pese a las miradas admonitorias del padre. Las vacaciones provocaban ese ambiente festivo, como resorte gracioso que impulsa el disparador de la alegría; hablaban de La Gran Ciudad como de algo distante, pero a la vez familiar, que espera la llegada del viajero. La expectativa crecía, como instinto involuntario, preciso, desbordando los deseos de Shi Quang y su mujer.
Sonrían ante los ojos desmesurados de los niños cuando hablaban de los paseos que realizarían en Zhongguó, de los parientes que finalmente conocerían. El idioma, por fortuna, no era una barrera: mal que bien los pequeños habían aprendido a descifrar los caracteres y su fonética no era tan torpe como los hijos de su vecino. Huang Liu, el mayor, tenía una clara disposición para el dibujo y Siu Lang bailaba con exquisita destreza los bailes tradicionales. Por supuesto que Shi Quang se mostraba orgulloso de las habilidades de sus vástagos. Aprende sabiduría, para que puedas heredarla a tus hijos, repetía siempre la cantaleta aprendida de su padre y éste a su vez del padre de su padre. Y la comida, tan importante para la familia, representaba una forma de ver y conciliar al mundo, como cristales coloridos: "el hombre también debe aprender a cocinar, porque nadie sabe lo que ocurrirá en el futuro; tu madre, o tu mujer, pueden enfermar; y si no puedes hacerlo te convertirás en un inútil", machacaba. Y el índice se dirigía enérgico a los rostros amarillentos, cuyas miradas terminaban por desplazarse hacia la madera laqueada de la mesa. El respeto es ante todo una muestra de virtud, insistía. "Cuando volvamos a nuestra tierra conocerán la verdadera raíz del hombre y las diez mil pequeñas cosas de que está formado el universo", agregaba entre las espirales de humo del alargado cigarrillo.
Shi Quang se imaginó caminando bajo la sonoridad del bambú, sintiendo la ondulante brisa que lo circundaba. Sus manos se movían con suavidad, mientras la respiración penetraba en oleadas de shi, esa energía vivificante que removía, y renovaba, sus entrañas. El boxeo celestial era una costumbre entre sus ancestros y Shi Quang no olvidaba lo aprendido. Movió la cabeza buscando la clara placidez desgranándose sobre su figura. El anciano lo observó con mirada de sabiduría; el cigarrillo humeaba entre sus labios. Contempló la ceniza que parecía un gusano endeble, apenas sostenido por la brasa diminuta. El corazón del sabio se localiza en el residuo que se apaga, pensó, alejando de su mente la imagen del húmedo vestigio. Lo mortificó la mirada gris y melancólica y entonces supo que el humo del cigarro semejaba las varillas de incienso. Tosió, molesto, mientras experimentaba una violenta repugnancia.
Debían prohibir que las personas fumaran en el parque, pensó. Y más a esa hora de la mañana. Con detenimiento observó al viejo que se acercaba bajo la línea luminosa del horizonte, las manos en la espalda. El sol del amanecer y el peculiar olor de la humedad le hicieron recordar a su propio padre, sobre todo cuando su mirada tropezó con el dorado verde del arroyo que simulaba un alargado sortilegio. Como felino aproximándose, sus pasos parecían desvanecerse entre la fragilidad de la hojarasca y la desnudez precisa del mutismo; pero algo había en la actitud del anciano -tal vez la etérea gravedad del rostro o su sonrisa dócil- que lo impulsaba a mirarlo con detenimiento. Si hay un lugar desde donde se observan todos los puntos del universo, reflexionó, seguramente existe otro donde confluyen todos los silencios. Y el punto donde convergían era, precisamente, en la gravedad de esa figura que se agrandaba y parecía una mancha fluorescente capaz de abarcarlo todo. Rasgos familiares se dejaban entrever en las arrugas. Shi Quang se visualizó a sí mismo, contemplándose sorprendido por el hombre que parecía frágil, quebradizo, pese a su juventud, balanceándose en su caminar cansino.
Bajo el dosel oscuro que formaba el follaje, descubrió los ruidos que se diversificaban y parecían detenerse en el destello que los árboles dejaban pasar. Ambos hombres se examinaron largamente. El uno simulaba un enorme terrón de arcilla que parecía solidificarse bajo la luminosidad de la mañana. El otro parecía un endeble bloque de ceniza a punto de confundirse y zozobrar bajo la sombra resplandeciente del sol. El octogenario se movió con lentitud, en ese mínimo instante donde confluyen la luz y la penumbra, entre el silencio y la quietud del parque. Y se vio a sí mismo avistándose, asumiendo la pétrea luminosidad, la fugaz rispidez del fuego que avanza y crepita al mediodía, devastando sus carnes y su alma, consumiendo su voluntad, su conciencia, como si a su vez el anciano flotara en ese vasto mundo de hermetismo, como una demostración exacta del momento eternizado. Los silencios confluían, se verificaban y se solidificaban. A lo lejos la pagoda se desvanecía y los tazones de arroz simulaban diminutos grumos de albura.
La sonrisa de su mujer se detenía, congelándose en los movimientos de sus vástagos, quienes ahora se diluían cual fragmentos de memoria. Aromas y sabores convergían en ese instante inmóvil, voraz en su deslizamiento. Comprendió que el Universo era solamente un punto grisáceo, oscuramente transparente, como una obstinada extensión de agua parda concentrándose en el temblor imperceptible que se fijaba en sus músculos; un sendero donde sus antepasados surgían de entre los arrozales para estrechar la mano de quienes ahora lo observaban, eliminando cualquier posibilidad de futuro, bifurcándose en ese puñado de instantes que emergían de ese laberinto como una melodía china. Escuchó el disparo y la caída del cuerpo, como en una vieja historia de espías. El dolor retumbó en su cerebro como una oscura trepidación. Shi Quang ni siquiera vislumbró la irracional sensación de vacío que parecía convulsionarlo, esa insobornable viscosidad, mezcla de tierra y argamasa cenicienta en que paulatinamente se convertía; un manotazo de culpa lo sacó de la turbación, arrastrándolo hacia los hierbajos. El puente, la pagoda que se diluía en la sombra, el farol que simulaba una encerrada luna roja a punto conjurar el caos, se esfumaban. Sintió la lengua torpe, adormecida. Buscando empujarla entre los dientes, con horror descubrió lo que su cerebro había detectado, el negro punto cristalino donde el terror crepitaba desde todos los ángulos, devastándolo, devorando todo a su alrededor como una llama ciega, furibunda. El sabor de la ceniza lo llenó de soledad.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

©Rosina Valcárcel (Lima/Perú)

Nosotros


Nosotros no inventamos la Historia
Ésta existía cuando abrimos los ojos al mundo
La patria es cierta cuando uno es muy joven

Hoy balbuceo suspiros y lágrimas
mi cuerpo de barro se desmorona
el desarraigo, el rubor

Nuestros pulmones quedaron dispersos en toda el país
con el vaivén de las chozas andinas aprendimos el color del día
con el fuego blanco de la ciudad tejo mi soledad callada

Acabo de narrar que los conozco
que he visto vuestra nave despegar al amanecer
mientras mis ojos se quedaban quietos en la roca más alta

A veces pienso soñar otra vez
pero el reposo de la guerrera se impone
queridos compañeros

Ay mi Comandante mi Compañón
cómo no amar hasta la rabia de extraviarte
con el día que riegas a pedazos

La miseria

La miseria
toca mi puerta
todas las mañanas.
Se cansa de ser exigente
y se retira.
Vuelve por las tardes
cuando todos han salido,
pero el perro de mi casa
la reconoce y le abre.
Cuando regresamos por la noche
la encontramos sentada
en todas partes.

Loca como los pájaros

¿Cómo esconder mi corazón turbado?
¿Cómo arrancarlo?
¿Cómo entregar belleza sin orgullo?
¿Por qué me falta lo que anhelo?
¿Cuándo recibir el amor osado que yo entregué?
¿Hasta cuándo dar todo sin reparar en mi dolor?
¿Por qué no distinguen si canto o lloro?
¿Por qué si deseo bailar otros duermen?
¿Por qué se niegan a calmar mis pesares?
¿Por qué nací en la suavidad de la rosa
y otros en el frío del acero?
¿Por qué nací loca como los pájaros
y otros crueles como una espada?

Cazadora del arcoiris
a Carmen Luz Bejarano

Cazadora del arco iris
Los silencios de mi casa están de pie
El río de sal acerca nuestras manos
La flecha del cielo llega en la tarde
Y tibia tu voz libre ora y
G
I
R
A
entre picos de palomas y ramas de aracanto

¿Amiga mía, ¿son las estrellas infinitas?
Flor de día, espuma, aire, sonrisa y jazmín
Rocío, luz, luna y sangre, tierra, mar
¿En qué isla afortunada tus ojos se disipan
Amando el recuerdo de los árboles
Hasta su despertar en otoño
Entre hogueras y manzanas ignoradas?
(Princesa dice a todos arrivederci. La ventana se rompe un
hombre desaparece. Y el violín negro es tu corazón silbando a los
oídos. Y las alas son un eco teñido de bosque. Nuestras imágenes
llenas de mariposas blancas y soles oscuros).
El mundo en guerra, crece y se divide
Vestido de negro y blanco-violeta.
A la sombra de un viejo eucalipto el tiempo se olvida
En copos de arena azul vibra tu palabra mineral
La lluvia no es fresca, el amor y la dicha están lejos
donde moran los lirios.

Un poema a Jorge
(a Coco Salazar)

Un tema es morirse del corazón
y otro es morirse de soledad
esta tarde les pregunto
principalmente a los escritores
uno puede partir así sin ton ni son sin previo aviso
uno tiene el derecho de largarse
cuando quiera y dejar sollozando al buen amigo
así nomás collera eso me huele a trampa
los varones lloran las mujeres chillan desmayamos
gemimos gritamos
maldecimos hijoputeamos todos
es mejor aullar que hacerse el loco
es mejor llorar que negar nuestra raíz
ya nada es más que un gran suspiro en el límite
bajo el polvo de una palmera
qué infinito es morir durante una ardiente existencia
el día se va como tu cuerpo a mis pies
fijo tu imagen sobre un papel crepé
arrastrada por un ciego temor a la muerte
silbo canto danzo escribo tu nombre, amor mío
pero jamás te olvido pero jamás pero

Nací en un país cuya historia fustiga
a Timoteo Atoche

Nací en un país cuya historia fustiga
entre sueños de pólvora y libertad
cien cerros amontonados de muertos
andinos, mestizos, amazónicos
pálidos, afrodescendientes
los claros ojos indefensos
los bellos cuerpos firmes
aplastados como animales
en las cárceles sin luz
¿lurigancho y el frontón?
¿junio e invierno?
la lúgubre capital escupida
nuestro corazón deshecho
un inmenso río con olor de retamas
cubiertas de sangre y fuego
un yaraví a lo lejos
dos danzantes de tijeras
una canción popular
piedra y acero
la hoz y el martillo
y esta carta diminuta ardiendo.

¿Historia?

Pueden narrar cualquier hazaña
contar mitos, leyendas remotas
oír es vital para los infantes
así podrán recrear el mundo
inventar quimeras
ir a la guerra
cantar a la paz
a imagen y semejanza
de la sociedad moderna
la que sabe cerrar
todas las puertas

PÁGINA 19 – CUENTO

El mesero


Por Esmeralda Mora Luviano (Zihuatanejo-Ixtapa/México:

Prendo el televisor por inercia, aquí el invierno es solo sugestivo; amanecí desnudo, el calor acometió como una violación perfecta; las sábanas esperan que algún día ese hoyo en la capa de ozono me dejen con ellas. Estoy inquieto, me han suspendido de golpe la lectura a través de esa ventana -¿qué es la costumbre?-, necesito de esa presencia constante y diversa, de esa prenda que ha trasplantando mi piel a través de los segundos, cuerpo de humo. Seré paciente-¿que son después de todo tan solo tres semanas?- mientras, beberé una cerveza.
La bronceada figura se levanta del lecho poseída de un elástico impulso, en la pantalla se exhibe el nuevo modelo de automóvil, se detiene un instante reflexivo. Las propinas a lo largo del tiempo se han ido repartiendo entre burdeles y bares, si al menos hubiera sido más sensato. La modelo anuncia una nueva marca de shampoo, el producto ahora es lo menos que le importa, desea esa cabellera. Se lleva las manos a la nuca y estirando su talle deja atrapada en su mente las imágenes. Un salto en giro, un grito grave y unos brazos en posición de defensa son el ritual que ahora le despierta.
Camino por mi espacio descalzo, absorbo con mis plantas la frescura del piso y con el pecho el vaho del refrigerador, empuño el frasco oscuro, me apresuro, de pronto ha nacido ese ávido deseo de escuchar el sonido del gas que se libera, espumosos episodios van conquistando mi lengua, la espesa crema deshace veladas amarguras y enciende mi apetito vital. He dejado atrás la borrachera, del exceso parece que aprendí, soy alma vieja, la velocidad me llevó al vértigo. Ahora atiendo a los comensales sobrio y contento, no confundo la órdenes, se adivinar en los ojos lo que el paladar desea. Soy el intermediario perfecto, el pedazo de lengua que le hace falta al chef, el deseo insatisfecho del comensal, llevo y traigo, soy mensajero del placer,
Tres semanas hace que decidió purgar su tedio, el origen de la provocación pudo ser inconsciente, leía "fausto"; intercambiaba correspondencia con un ávido lector, le dejaban el auricular bajo llave de golpe, la puerta abierta al misionero estaba clausurada; ahora el corazón insinuaba que la lectura estaba afuera, en la nube que deja caer de su boca una bomba de fuego, en los rayos que traspasan el agua y serpentean, en los pájaros que remojan su alas en polvo. Allí, mas allá, la conducirían sus pasos, recorrería lo efímero; por todos lados arrojaría su pergamino, desplegaría su piel.
Alguien toca a mi puerta, pregunto quién y abro, son dos señoras que cada cuando aparecen para invitarme a que "estudiemos" la Biblia, les he dicho que saldré de viaje, se van. Seguro ellas desayunaron muy temprano pero yo no, lo siento, he mentido. Hay crisis de fe y me llega, se que bien haré yo también en prepararme algo. Té y fruta no apetezco nada más. Suena el teléfono - a sus órdenes - el saldo de la tarjeta de crédito está vencido. Sin trabajo me tendrán que esperar. El cigarrillo se prende de mi boca, salgo a fumar al traspatio, ahí la corriente de aire extrae por la ventana el humo, mis ojos se pierden...ronda una mirada.
Le gusta el regaderazo frío; desliza lento el jabón de yerbas por el cuello, los brazos, el talle y las piernas; a los pies, prefiere refregarlos con fuerza, le agrada estimular la sangre en esa zona del cuerpo; Inclina el cuello permaneciendo así por un minuto bajo los dedos líquidos, poco a poco las costras van cayendo y en remolino se pierden bajo la coladera, la mano cierra el grifo y el ambiente enmudece. En unos minutos, el no será el actor, dejará que otros remen; como ejercicio casi siempre hace lo mismo, es alumno y maestro, mesero y comensal, peatón y conductor, policía y ladrón, ratonera y ratón, ángel y demonio, día y noche, instinto y razón; es flor y colibrí, brasas y carne, pero también es el largo trayecto de ida y vuelta que de un extremo a otro se recorre... sólo la nada queda fuera del juego.
Cada mañana elijo un restaurante distinto, aunque me gusta cocinar, prefiero sentirme acompañado. Hoy mientras llega el menú afino mis sentidos. Desde aquí observo completa la franja curva de arena y mar, desde aquí oigo el rompimiento de las olas, hasta acá me llega un secreto húmedo. Palmeo a mi colega: café, fruta y chilaquiles. El plástico de la carta tiene bombas de aire, las uñas del mesero no están cortas, viste un blanco percudido, pero todo él es amabilidad pura, pareciera que baila al caminar, veo que viene, me acomoda el mantel, mi tasa con café y una leve sonrisa. Tomo un grueso sorbo de negro y con el un suspiro... ¡ah que delicia, dejarse consentir!.
Poco a poco la gente va llegando, en medio hay una pareja de extranjeros, han pedido una jarra con jugo de naranja y hielo, en otro extremo un par de amigos con vestido formal, parece que atienden asuntos de negocio, uno de ellos ve insistente el reloj, no duran mucho; a distancia se escucha el trajín de cubiertos, cocina y un suave jazz. Un hombre con gruesas gafas, regordete y moreno, se mueve inquieto, supervisa el lugar, parece el dueño,
Hoy he botado las sandalias y rompo el muro, mis pies hormiguean y despiertan; la arena, las conchas rotas y las piedras se clavan en mi piel, al principio estuve tentada a desandar el camino, pero ahora sé que esta tierra me seduce; ese dolor inicial, esa costumbre de la piel, no era mas que una cárcel. Le temo al mar, nunca aprendí a nadar, pero aún así él me levanta sus brazos, me llama, ven, ven... gritándome a veces, susurrándome apenas... debo de estar loca, el lenguaje del mar no existe, soy tal vez yo renaciendo, pero a decir verdad prefiero esta otra vida al sonsonete repetitivo de una fábrica gris. Otra vez la mirada...
Con timidez sube las escaleras que dan a una terraza, su falda se le enreda y cae, no ha pasado nada, sólo un golpe leve en la rodilla, que alivio, nadie se ha dado cuenta vuelve a sus pasos y toma un lugar, ordena, mira; todo lo mira como si apenas le mecieran los ojos, todo lo siente como si apenas encontrara a su alma, todo lo saborea,.. hoy supo lo que era el apetito... así la sorprende otra vez esa mirada.
Como quisiera ser esa mujer que disfruta el instante a su modo, la he estado observando; saborea el té, la salsa, las finas tiras de pescado; disfruto como remoja sus pies en las olas, retrocede, se queda quieta.
Siendo quien soy, yo no podría hacer lo mismo, pero cómo me gustaría algún día aprender a correr olas, así como aquel hombre que me acaricia con su mirada.
Las sombras se esfuman con el sol.

PÁGINA 20 – ENSAYO

Pesadillas para insomnes


Por Estanislao Jiménez Corte (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

El esclavo
Ha agotado sus días estudiando. La embriaguez de escuelas, corrientes, citas, lo abruma de modo tal que no puede desprenderse de la cadena de siglos de historia que lo atan. Sin esas muletas que forman su abyecta erudición es incapaz de escribir un verso propio o de divulgar una idea original o de hablar sin objeto de aparente lucimiento. En la noche prescinde del descanso: repite aforismos, máximas, fechas de nacimientos y muertes. Sabe que esa sapiencia de modesta repercusión es todo en él. Lo aterroriza la idea de que un día cualquiera su memoria falle, que sobrevenga un lapsus, que implosione esa lastimosa construcción mnemotécnica y se descubra que su única virtud es la apagada repetición de lo que otros crearon. Inmerso en ese dilema le llega el alba.

El político
En el café profesa doctrinas, en su habitación comanda ejércitos de ideas salvajes. Hurta lugar a otras voces en la plaza pública. El día de su ejercicio, ascendido a la picota por sus obsecuentes, enmudece su retórica, se paraliza su verba, espantada por el terror inconcebible de hacer. Imagina, cuando la oscuridad, que lava su fama en un gran acto público que nunca llega.

El ciego
Escruta en las madrugadas las religiones milenarias, las filosofías, los enigmas; hunde sus manos en las literaturas, penetra en las tradiciones científicas, con certero ojo crítico. No puede ver a su prójimo, congelado de indiferencia a su lado.

El solo
Piensa en la noche como una pregunta. Piensa que es un pesado río turbio que debe remontar, la noche, pero que puede ser también un bálsamo para olvidar las tragedias de la vigilia. Piensa en la noche como en una pregunta vacía, cada vez que percibe que no hay aliento alguno a su lado. Piensa que podría ser un preaviso del edén, si en la noche hubiera un aura a su costado. Piensa que, si alguna respuesta hay para él, está allí, en la noche, a la que le respira cada segundo como exigiendo que, alguna vez, desde uno de los cuatro costados en los que se dispersa su oxígeno, se adivine el de una compañía.

El creyente
Busca siempre, se repite cada noche, aunque no encuentres revelaciones ni el terroso camino de estacas; arrastra la piedra, que a granito mute, cual borrosa analogía del Cristo carga con altivez la cruz, se dice para los adentros, con ansia, mientras la ciudad calla. Aunque le han enseñado que fe y razón pertenecen a categorías diferentes y no pueden estar en conflicto, él atraviesa la noche, lento, buscando secretamente una señal que le confirme esa fe suya que tambalea, frágil, ante los encantos impíos de la noche. Reza para ahuyentar los apetitos y entiende el amanecer como un premio a su esfuerzo.

El tímido
No hubo razón para que lo evidente a todas luces se demorase en esperanza, se lamenta. No debería haber habido esta espera, este cansancio. No hubo histerias ni mentiras, ni el acoso ni la sugerencia, ni desengaños ni el vacío ni la rutina. Ni la desesperación del fin ni la adrenalina del comienzo. No hubo nada por lo cual pueda alguna vez dejar de amarla, se lamenta, simplemente porque nada hubo. Ni siquiera el rechazo. Y enciende un cigarrillo más, después de beber la noche como a la cicuta, al momento en que de súbito clarea detrás de los edificios.

El poeta
Con excitación de amante primerizo espera la noche el poeta, que llega y trae consigo la despedida, que hincha de tristeza su corazón, que lo arroja a atravesar la noche pretendiendo ponerle palabras a esa asfixia, que lo condenará a vagar por papeles y tintas, hasta el retiro de las sombras.



PÁGINA 21 – CUENTO

Una razón de ser


Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Ocurrió, cuenta Williams con voz ligeramente melancólica, en ese paisito a punto de caerse del mapa, meses después de que fracasaron las investigaciones y los cateos hechos en el extremo sur, donde “seguro”, según afirmara el magnate francés, iban a encontrarlo, pero no pasó así. Por el contrario, por más que perforaron y perforaron e hicieron relevamientos satelitales no apareció ninguna gota negra y oleosa, ni el menor rastro del ansiado petróleo. “Nada -le dijo compungido el ministro al líder mientras, temblando, le entregaba la renuncia- sólo agua”. El agua también tiene su valor, le contestó el líder tratando de recuperar parte del ánimo, y del gasto, perdidos, “pero no cuando contiene cianuro, como la nuestra”, tuvo que aclarar en un hilo de voz el ministro renunciante en tanto pensaba si podría salvar a su familia dado que a él, por lo menos, menos de diez años de mazmorras no le iban a tocar.
Siempre y cuando el líder estuviera de buen ánimo.
Y fue también después, añade Williams, que pese a estar retirado sigue atento a los vaivenes de este mundo, que fracasara lo del príncipe y lo de la hija del líder. Lo del príncipe, la verdad, no iba a darles al paisito, su líder y su corte, dinero contante y sonante, salvo para ser vendida la historia a “Hola” y semejantes que hay en el orbe, porque el príncipe, y ahí sí Williams admite que tuvo su intervención, llegaba con blasones pero sin dinero, perdido por algún abuelo aficionado al turf, por algún padre aficionado a las bellas damas del siglo pasado, duras, inflexibles y viciosas de los diamantes.
Pero el príncipe podía atraer inversiones y turistas. Sin embargo no fue, no pudo ser, se lamenta Williams aún hoy, dado que no bien el príncipe llegó a esas distantes tierras y se puso a observar y justipreciar lo que había y, especialmente, todo lo que faltaba, y sintió el calor y el hedor y vio en primer plano las masas sudorosas extendiéndole sus manos, no sabía si para tocarlo o para pedirle limosna, y después de auscultar en primerísimo primer plano la verdad de la hija que no era la otra verdad retocada, la de las fotos y la de la filmación hecha con filtros, pegó la media vuelta y sin dar demasiadas explicaciones regresó en el mismo avión que para fletarlo el país entero debió pagar un platal y que significó otra renuncia ministerial y otro ingreso a las mazmorras.
Es cierto que el líder había pensado que con el príncipe podía llegar el turismo y al turismo siempre se le puede vender algo, artesanías y platería y viajes en burro y montañas y pasto y algo de mar, porque algo de mar, no demasiado templado y no demasiado extenso y sin infraestructura, después de todo tenían. Pero sin príncipe, a olvidarse de los turistas y a buscar otra cosa. Porque más cambios de gabinete no podía hacer y si bien la última reforma de la Constitución le permitía postularse a la enésima reelección, debía pasar por el incordio de los comicios. Y no siempre se puede, decía el líder mientras movía sin ganas las piezas de ajedrez y esperaba que su contrincante, el entonces cónsul Williams, le diera alguna otra buena salvadora idea.
Porque en el extremo sur del país perdido, justo al lado de dónde había salido agua envenenada en vez de petróleo, empezaron a abrirse las bocas para expresar, ay de mí, quejas. Y en el extremo norte, en el límite con el desierto, hubo también rechinar de dientes y las rutas, de súbito, como por milagro, empezaron a ser cortadas, primero por grandes árboles que la atravesaban, después por gente, concreta gente que al parecer algo le provocaba descontento, como si se hubieran puesto piedritas en sus viejas zapatillas para generarse dolor y protestar.
Y difícil ganar las elecciones si hay que mandar exceso de reses al matadero.
Williams permanecía silencioso, avanzaba las piezas del ajedrez con lentitud, hablaba de los cañones que les dimos y de las camionetas y de los fusiles que con tanto esfuerzo les conseguimos, me parece que con eso alcanza. Pero el líder, que conocía el suelo nativo, no las tenía todas consigo. A un ministro lo terminaban de hacer callar de un tomatazo y el propio arzobispo debió interrumpir una misa donde había exhibición de sables y condecoraciones porque se escucharon silbidos, reproches y uno que otro explosivo suelto.
—Así no llego-, le admitió compungido y, para que Williams comprendiera la seriedad de la situación, dio por terminada la partida.

Esa noche el cónsul no tan honorario durmió mal porque comprendió que era su responsabilidad. Lo propio, lo que dicen los manuales de historia, es el salto hacia delante, pero el cónsul recordó que la historia reciente mostraba a los coroneles griegos impacientes por invadir Chipre y al general argentino del whisky en la mano impaciente por invadir Malvinas, él aún les dice Falkland porque es de la estirpe de los cónsules que no se equivocan, y recordaba con claridad los resultados que tuvieron ambas artimañas. Ello lo llevó a colegir que, de ser salto hacia delante tenía que tratarse de algo diferente, de algo un tanto más original.
Pensó mucho, cuenta hoy Williams con evidente nostalgia, consultó en su computadora personal, buscó en archivos polvosos y en otros, más recientes, se pasó en vela la larga madrugada hasta que, un aviso mínimo y en inglés, le dio la pista: Un avispado norteamericano vendía lotes en la luna porque ninguna ley se lo prohibía. Y había quienes compraban, porque tampoco las leyes prohibían la estupidez humana.
Después de todo… se dijo el cónsul y a primera hora de la mañana, con su primer whisky ingerido para entonarse, fue y tocó el timbre en el Palacio Presidencial. Llegó sonriente, amplio de gestos, diciendo incluso algunas palabras en el idioma nativo, lo cual lo hacía saludablemente gracioso y por eso las pronunciaba mal, para que el efecto cómico se acentuara.
— Después de todo… Y lanzó su propuesta: Una batalla pero sin sangre, una acción nacional a futuro, una especie de reclamo de espacios vitales que a nadie molestara. “Habrá protestas”, dijo el líder. Las habría, ellos mismos pondrían el grito en el cielo, ellos, su propio país, por supuesto que sí, pero en definitiva sería como discutir el sexo de los ángeles.
— ¿Y usted cree que con eso será suficiente?
Suficiente, al menos, para ganar las elecciones. Sí, pensaba que sí, si el líder hacía el gasto suficiente. Vale decir, si cubría el país de punta a punta con consignas y carteles, con gorritos y banderitas, sí, si lo transmitía con convicción y justeza. No hoy, no mañana, pero será a partir de ahora nuestro sueño. Cosas de esa clase.
— Se van a reír.
Se reirían y burlarían, pero qué importaba. Bastaba con que se buscara un joven emprendedor, que lo exhibiera como su ministro, justo él tenía su candidato, que contratara técnicos y publicistas y que vendiera la idea. “Haga de cuenta que es pasta dentífrica, o una nueva gaseosa que pone en circulación”.
Entonces, en el magno lanzamiento de su enésima candidatura, ante miles de entusiastas llegados de todos los rincones de la patria, con el claro y fácilmente identificable dibujo del planeta Venus (porque la Luna imposible y porque Marte era el objetivo elegidos por quienes de verdad podían llegar allá), en banderas y pancartas el líder dijo: “Lo reivindicamos como nuestro, será para nuestros hijos, será nuestro dream”. Y las masas que entendían poco igual aplaudieron y vivaron, porque la propuesta como original era original.
El ministro ungido, joven, recibido en Chicago, simpático y arrastrando el idioma nativo de una manera parecida a la forma de hablar del cónsul, se hizo retratar entre banderas y fotografías de cohetes espaciales, de transbordadores, de cosmonautas ajenos. “Ya tendremos los propios”, aclaró. Y anunciaron sus propósitos en distintos lados, pese a protestas formales y reclamos en las Naciones Unidas, “a dream is a dream”, dijo el ministro, explicó y se reiteraron las banderas, las pancartas, las consignas y quienes en el suelo nacional empezaron a criticar la propuesta recibieron el mote de infames traidores a la Patria y conocieron el pétreo suelo de las mazmorras.
Que pidan Venus no molesta a nadie, explicó el cónsul por su teléfono encriptado, no se preocupen, debió agregar, ganamos las elecciones y ya está. Hablaba en plural porque el suelo nativo se le colaba en la sangre, como se le colaba una casquivana mulata nativa, cosas que suelen ocurrir.
Y, tal cual, con Venus en las pancartas y en simpáticos sombreritos de cartón, en carteles multicolores y en slogans que aparecían entre telenovela y telenovela, con las voces ariscas –que nunca faltan porque no todo es felicidad en la vida- acalladas, las cosas volvieron a su cauce, al menos en los meses cortitos que duró la arrolladora campaña electoral en la que hubo zapatillas y pelotas de fútbol, sonrisas de dentífrico y el futuro provisorio descrito ante las masas sudorosas, las zanjas abiertas, el agua servida, las ropas vuelta andrajo, que fueron convenciendo a unos y a otros porque el futuro, que tenía forma de cohete espacial, estaba no más al alcance de la mano de cada uno.
Fue así que el líder volvió a ganar ante dos débiles rivales (uno, arrinconado, apenas si pudo votarse a sí mismo, el otro, alentado, recibió algunas diputaciones, algunas concejalías, algunos coches relucientes, algún viaje al Caribe) y fue devuelto en alas de gloria al Palacio Presidencial.
A los días ya agonizaban los carteles que, pegados a los murallones, decían que Venus era el objetivo a conquistar. A las semanas no había ni rastros de la campaña y de la propuesta de llegar alguna vez “para hacerlo nuestro” al por ahora inabordable planeta no quedaba nada, con lo cual el plan simple y sencillo del cónsul no tan tan honorario demostró su eficacia y Williams se sintió reconfortado, especialmente cuando recibió felicitaciones del Propio Verdadero Presidente. “¿Ya está?”, se limitó a preguntarle y Williams, con indisimulable sonrisa, asentía enmudecido de emoción ante el teléfono satelital.

Todo, salvo el pequeño detalle de la placa que, en un rincón del Palacio Presidencial, deslucida porque nadie le pasaba un paño, anunciaba que en ese ala se encontraban las oficinas del “Ministerio de Venus” al que, puntualmente, día tras día, llegaba el joven ministro designado, joven y ambicioso, joven y educado en Chicago, quien seguía haciéndose conducir de su casa al Palacio, utilizaba el teléfono celular, se hacía servir café y continuaba preparando memorandos que enviaba al líder con puntualidad anglosajona y que el líder ni se dignaba mirar, como a tantas otras cosas.
La perturbación de apenas una olita en el mar.

Ocurrió esta vez, recuerda Williams siempre sin ocultar su nostalgia, en el otro país, en el que sí contaba, que el Propio Verdadero Presidente un día de estos, mirando el cielo, oteándolo con telescopio porque en el fondo del corazoncito patriótico se decía “en algún momento, hijo mío, todo esto será tuyo”, ubicó, diminuta y esbelta, pequeña y coqueta, casi haciéndole un guiño mágico desde la distancia, a Venus. Sí, a la misma Venus. Y sintió un vuelco en el corazón.
Tomó su celular encriptado y llamó al jefe de las expediciones interespaciales y después de preguntarle por su esposa Jane y sus hijos Bill y Cinthia y cómo le había salido esta vez la tarta de arándanos le dijo, se miraba las uñas, se aplastaba el pelo, que lo mejor era olvidarse de Marte, que ahí la tierra era demasiado roja para su gusto, que había calor y ninguna esperanza de vida, que por qué no cambiar, vida es cambio permanente, y le sugirió, con la amabilidad de quien sabe que sus sugerencias tienen que ser tomadas como órdenes, que pensara de aquí en más en Venus, “nuestro nuevo objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser”.
John, que era el esposo de Jane, y el padre de Bill y Cinthia y el amante de Patricia, pero para qué fijarse en este detalle, y que no había digerido bien la tarta de arándano, pero eso tampoco figurara en su biografía autorizada, y que venía de superar cuatro presidentes y cinco by pass, dijo sólo “comprendido” e interpretando como nadie la palabra del Propio Verdadero Presidente ordenó de inmediato la impresión de afiches y pancartas, de stickers de campaña, con el slogan “Venus, nuestro objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser” y ordenó, también, el cambio de programas y la instalación de otros software en las supercomputadoras del Centro Espacial.
Lo cual, tratándose de un nuevo capricho imperial tipo huevos de Fabergé, no tendría la menor importancia, vientito que se levanta de pronto y que de pronto se apaga, pero ocurrió que la noticia, como tantas otras, llegó también al paisito que casi se caía del mapa y en el mal momento en que las masas sudorosas comenzaban a rascarse y a quejarse porque les picaba otra vez las molestias de los sueldos inexistentes y del hambre omnipresente, demostrando carecer totalmente de originalidad.
Que fue cuando el joven ministro, el ambicioso, el que se la creía, el olvidado además, dijo “¡No puede ser!” (y se dijo, ésta es mi oportunidad, pero esta última frase no figura en su biografía autorizada que presumimos nunca será publicada) y arrastrando los signos de admiración por todo el Palacio Presidencial llegó hasta el área restringida do moraba el líder, sumido para peor en agoreros pensamientos.
“!Mire lo que lo ocurre, fíjese en lo que nos quieren quitar, recuerde sus palabras y promesas, no lo permita!”, le espetó entregándole las copias de las primeras planas de los diarios de la Tierra Que Sí Importa en la que figuraban, en letras de gran tipografía, los Imperiales Planes que apuntaban a Venus. “¡Y Venus es Nuestra!”, no pudo dejar de gritar el joven impetuoso, quien comenzó también a hablar con mayúsculas.
El líder lo miró primero sorprendido, después con desconfianza, en tercer término observó a los que, serviles, lo rodeaban para adularlo y obtener prebendas, pero cuando los guardias parecían a punto de avanzar sobre el joven ministro para sacárselo del medio, hizo un gesto para detenerlos. Y de inmediato ordenó que lo dejaran a solas con el impetuoso que no podía mantenerse quieto.
— Escucho-, dijo (error, error) el líder.
Y el joven le habló de la Historia y de la Patria, de la Bandera y de Las Sacrosantas Tradiciones, le habló de la marcha triunfal de los pueblos y de las reelecciones inmortales. Usted, dijo finalmente temblando (y a lo mejor, aunque esto huele a calumnia, pensando en que se lo veía, al líder, un tanto viejito, que quizás hubiera que pensar en algún otro, joven, impetuoso, para reemplazarlo), es el Líder Carismático, no puede permitir… Y su voz se ahogó en llanto.
Y el Líder Carismático se vio ungido en Majestad. Y efectuó las convocatorias.
Y la Asamblea de los Representantes se reunió y emitió un bando que dijo “No lo podemos permitir” y los sindicatos y las amas de casa y los campesinos furiosos salieron a las calles con pancartas, banderas y redoblantes repitiendo la consigna “No lo podemos permitir”. Y reapareció Venus en la televisión estatal y en las frases publicitarias de la radio, en los carteles pegados en las calles, en los grafittis que las masas espontáneas escribían con extrema prolijidad y dibujos gigantescos en los lugares permitidos. Y en todos lados, en las mansiones de los dueños de la tierra y de la vida y en las casas más miserables del poblado más olvidado, reapareció Venus, joven y alentadora, bella brillando en la noche, y al lado el slogan patriótico, levemente modificado: “No lo vamos permitir”.
Y el Líder Carismático, tal su nombre actualizado, al que además se le habían incorporado las mayúsculas, ordenó a sus embajadores en las Naciones Unidas, en la Fao y en la UNESCO, en el ALCA y en el Banco Mundial, en el FMI y en los países que quieren tener petróleo pero pobrecillos eso no les ocurre (póngase aquí la sigla correspondiente), que hicieran las correspondientes presentaciones, siempre bajo el eslogan, ay, triste de ellos, “No lo vamos a permitir”.
Williams, que padecía sus hemorroides y sus males de amores porque la morena nativa le mantenía cerradas sus puertas (ellas pueden hacerlo, aun en las mejores novelas), se demoró en atender el teléfono –satelital, encriptado- porque eran las cuatro de la mañana y él dormía la mona aturdido por los whiskys, el calor y el esplín, pero cuando pudo conectar su cerebro confundido con el auricular escuchó del otro lado, lejana pero inconfundible, la Voz. Queremos decir: la Verdadera Voz. La del Mismo Mismo. Que lo llamaba indignado, con todos los cables cruzados y más que enojado dado que Diana le sirvió medio cruda la tarta de arándanos.
Williams, a pesar de los whiskys y de las humillaciones del amor mal correspondido, de lo siniestro de la hora y de la soledades del Trópico, entendió. Y luego de un baño (y de otro whisky), oliendo a colonia salió de su casa de las afueras y se dirigió al mismísimo Palacio Presidencial, do irrumpió cuando no eran ni las cinco de la mañana.
Por supuesto que se demoraron en atenderlo. Por supuesto que el Líder Carismático dormía el sueño de los justos y por supuesto que en consecuencia más se demoró en recibirlo. Sin embargo hubiera sido mejor para todos la prisa y no la pausa, y mucho menos los carteles reivindicativos que a largo de su viaje a Palacio fue viendo Williams. Venus, esa obsesión nativa. Esa confusión, ese error.
Porque el que había comido la indigerible tarta de arándanos, entre sapos y culebras transmitidos por el eficiente teléfono encriptado, también le había dicho que la terminaran. En otro idioma, pero igual, traducido: que la terminaran en tres minutos dos quintos a partir de este momento. Y que ya los misiles intertricontinentales y los satélites con sus bombas neutrónicas y los cazabombarderos supersónicos y las fragatas y los cruceros estaban dispuestos todos, apuntando al paisito que se caía del mapa, por si no cambiaban de opinión.
Williams, y no por falta de aire acondicionado, sudaba lo suyo. El Líder Carismático, que comprendió la importancia del asunto y también que había llevado demasiado adelante su juego, comenzó a temblar. Pero no así el joven impetuoso, que se paseaba como león enjaulado en la sala contigua, mientras escuchaba la conversación privada que nunca debió llegar a sus oídos. Pero la historia nunca es como te la cuentan.
Y ocurrió que cuando el Líder Carismático estaba a punto crema de caer abatido en forma definitiva, irrumpió en la sala el joven impetuoso, gritando, alzando los brazos, nimbado de Heroicidad, obligando a que Williams cesara con su prédica, “sólo estoy tratando de evitar la catástrofe, haciendo lo mejor para todos”, trató de explicarle pero en vano. El joven exigió que se fuera, ya mismo, del Palacio Presidencial, y haciéndole ver al Líder Carismático que en verdad no veía nada salvo los superbombarderos supersónicos en acción, cuál debía ser su Papel En Este Momento De La Historia.
Y eso que De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, habían hecho la película, De Niro consejero presidencial, Dustin Hoffman productor de cine que debió inventar una historia falsa aunque después se la creyó, trató de mantenerla viva cuando ya estaba muerta. Y así le fue.
Williams quiso decir eso, todo eso, pero no lo dejaron. Salió, meneando la cabeza, arrastrando los pies, pensando en cómo convencer a la morena nativa que se fuera con él en el avión que, previsoramente, había ordenado que lo esperara en el aeropuerto internacional con los motores en marcha. Cónsul sí, tonto no tanto.

Ya se sabe lo que ocurrió, agrega Williams acompañando sus palabras con un leve suspiro, salió en todos los diarios, apareció en todos los noticieros de la televisión, se mezcló entre las tandas publicitarias en las radioemisoras, nadie, en el mundo globalizado, dejó de enterarse sobre lo que estaba pasando en el paisito que de pronto reingresó al mapamundi en esos momentos en que, no hubo más remedio, debieron enviarse tropas para terminar con la dictadura oprobiosa y devolver luz a un pueblo aplastado por las sombras.
Que cayeron algunas bombas, cayeron. Que hubo muertos, los hubo. Que no se entendió bien qué pasó con el tesoro nacional y con la concesión de tal lugar y aquel otro tema que en una de las reuniones y que con las promesas que se hicieron que temblaron las paredes y que las madres huían desesperadas con sus hijos en brazos sangre sudor y muchas lágrimas, pozos con centenares de cadáveres incendios y cráteres de las bombas hambrunas y actos de canibalismo máquinas destrozando viviendas y que se hicieron llamamientos últimos y amargos, incendios, incendios, y que no hubo razón de ser y que las penas y las vaquitas se van por sendas, sí, es cierto. Pero ahora hay, por así decir, otro aire.
No hay, es cierto, más Líder Carismático. No hay, es cierto, un cónsul tipo Williams dispuesto a contar la película de De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, a quien, dicen o más bien murmuran por estos pagos cuando se cree que nadie escucha, que se lo extraña un tanto, porque se había aclimatado, porque con él se podía conversar y hasta hacer algunos chistecillos, bromillas que el Actual Gran Inquisidor no las permite. Además no hay nativo alguno que se le pueda acercar a menos de un kilómetro de distancia.
El Actual Gran Inquisidor vive en la parte que quedó sana, libre de escombros, de lo que fue el Palacio Presidencial. Es lo que más se pudo recuperar, uno de los viejos edificios que quedó, relativamente, en pie. El resto, ya se sabe. De los terremotos no se regresa tan rápido.
Y así las cosas. Calles despejadas, barricadas en las esquinas, helicópteros a cada rato, raíds nocturnos, alarmas y sirenas que suenan a cada rato. Una morena que suspira mientras envejece porque, ay, en el último momento decidió quedarse.
Y nada más, ni un rastrito de lo que fue. En Palacio persiste una parte de la oficinita que, ¿recuerdan?, ocupaba el joven impetuoso. La están restaurando, quedan restitos, un tornillo flojo, un cuadro sin foto, el rectángulo de un afiche en el que se leen las letras DEMOS PERMITI, un resto de placa en la que se leen las también extrañas letras MINI VEN, que por supuesto nada dicen.
Y, por cierto, detalle final, de los diccionarios y los cuadernos de los chicos (en los lugares donde se han vuelto al dictado de clases), de lo que se puede leer por Internet (los escasísimos nativos que, todo el mundo necesita colaboradores, tienen acceso a ella), de lo que sale por la televisión, que se corta a cada rato, y lo que se dice por radio, de lo que sale en el único diario permitido, hay una palabra prohibida. Prohibidísima. Ustedes saben a qué nos referimos.
Ni nombrarla, ni pensarla, ni nada ni nadie. Disolución del pasado.
Y eso es todo, afirma Williams sin poderse quitar del todo el rostro lejano de la morena perdida, aparte de desmentir que de tanto en tanto, entre las sombras, arrastrándose y replegándose, subiendo y bajando para que nadie los vea, aparecen esos fantasmas que vuelven a dibujar a la casquivana, a escribir “es nuestra”, a prometer que están dispuestos a seguir ¿soñando?, ¿luchando?, ¿qué?
Vale decir, que nada de eso ocurre porque sencillamente, aclara Williams a sus contertulios en las tardes lluviosas y melancólicas, hace un raro gesto que no termina de interpretarse, nada de eso, repite, puede ocurrir.

PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

©Jorge Gómez Jiménez (Cagua/Venezuela)


A hurtadillas aparece suele hacerlo
en la oscuridad en mis insomnios
tu sonrisa generosa tus besos
el rubor de tus pómulos tu mirada
el calor de tu piel tu fragor

Y lo juro lo he intentado
noche tras noche insomnio a cuestas
atrapar tus besos tu sonrisa
tu mirada el rubor de tus pómulos
tu fragor tu piel que hierve
y nunca puedo gran fracaso
y duermo solo tan solo.

*

No te diré
de escribirte mil canciones
de escribir un idioma para nosotros
ni de construirte un planeta de palabras
todo es tan cierto
pero tan dicho

Te diré en cambio de una palabra
una sola en la que llueves
y anocheces
y bienvienes
y eternas

*

Prefiero oír tu voz en la penumbra
muy baja y sin rigores
como un acto de fe
feroz de vocablos
con tu timbre en ristre
con tus trampas implacables
en las que muero
de recuerdos
de ti.

*

A veces
todo el género femenino
se resume en uno
o dos
de tus gestos.

*

Se hace necesario preguntarse
cómo están las fuentes del cariño,
si el tiempo al fin
las ha secado
o acaso aún sangran
desde tus venas,
si vale la pena
refrescarse en ellas
o si ahora son sólo
estatuas de piedra,
duras, tan frías.

*

Revolotear, tocar tus manos,
mirar durante años
el cielo con tus ojos.

Despertar en tu risa
una mañana de lluvia fría
y llover contigo.

Darle nuevos significados
a la floral industria de tu piel,
que me transpira.

Fundar en tu tierra
todo un pueblo
y ser su único habitante.

Amarte, amarte.

*

Quiero esta noche decirte amor
que estoy absolutamente disponible
para nuestro viejo proyecto
de amarnos sin razón
toda vez que es bien sabido
que el amor y la conciencia
son enemigos de antes
de antes amor de conocernos

*

Llora mi lecho
vacío de ti.
Necesito que vengas,
que me expliques
de qué manera puedo
cobijarme de sus lágrimas.

*

¿Cómo se lo digo?
"Dame un minuto de tu tiempo
para intentar explicarte mi amor"
"No lo tomes a mal amor
pero te amo"
Puedo tomar la vía rápida
y decir simplemente que la amo
Cualquier cosa será
definitivamente mejor
que quedarme callado
y esperar que lo lea en mis ojos.

PÁGINA 23 – CUENTO

Larga mariposa negra


Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

-Bueno, parece que no piensan entrar a trabajar- dijo el tipo más grande (Gerbaudo)- arremangándose la camisa y aflojando un poco la corbata.
-Carajo- punteó el peladito escupiendo sobre las baldosas reventadas de la vereda.
-A mí no me van a hacer eso-. El tipo grande alzó el brazo y lo agitó cerrando el puño. En la esquina se amontonaba un grupito de hombres con overales. Miraron los gestos del grandote sin dispersarse.
-Hijos de puta- chasqueó la lengua el peladito: -vengan, che- gritó. Nadie se movió. -No vienen- corroboró, sorprendido.
-A mí ni me ocupan la fábrica ni me hacen huelga-. El grandote, cabeceando, le indicó al peladito que entraran: -con todo lo que me deben, los favores que les hice.
-Sht- punteó el pelado.
Se metieron cerrando con llave y trancando el portón de lata del frente. Rápidamente enfilaron a la oficina levantada con paneles de aglomerado en un ángulo del galpón. El grandote tomó el teléfono: -vos vigilalos desde la claraboya, que yo a esto lo arreglo en un santiamén. Tomá- prosiguió abriendo una gaveta metálica y sacando un revólver. El peladito alzó balas, un atado de cigarrillos y trepó hábilmente por la escalerita caracol. Cuando llegó a las chapas del cielo raso abrió el tragaluz y sacó el torso por el techo.
El grandote discó, y habló corto. Del otro lado le opusieron objeciones porque puntualizó: -no son ideas mías y lo responsabilizo.
-Vienen- gritó el peladito descolgándose a medias por el agujero. -Ahí vienen.
El grandote colgó el tubo sin terminar de convencer al comisario.
-Vamos a ver, conchudos-. Corrió hasta el portón y tanteó donde la chapa parecía más gruesa para parapetarse. Esperó, crucificado, hasta que los golpes bambolearon la oruga de la persiana.
-El delegado quiere entregarle un memorándum, don- explicaron desde el otro lado.
-¿Sos vos, García?- preguntó el dueño, inmóvil. De allá llegó un cuchicheo. -No arrugués, marica- vibró de bronca.
-Sí, soy García. Y el delegado va a entregarle el petitorio.
El grandote se afirmó sobre sus zapatos y se volvió ligeramente, -me cago en tu delegado- gruñó. -Viste che pelado, ahora tenemos delegado y todo- gritó. El peladito, asomado entero hacia abajo desde el tragaluz, caía como una radicheta mustia: -Perón les metió muchas ideas- punteó.
-Te acordás García cuando se te moría el hijo- el grandote volvió a pegarse a la hojalata, confesionario de viva voz, -¿te acordás cuando se te cortaba?
-Me acuerdo- dijo García. -¿Va a recibirnos o no el petitorio?
-Che, pelado- vociferó el patrón sin contestarle, -¿lo junás a García?
-¿Cuál- ululó la pregunta del peladito. ...ál..ál rebotó en el tinglado vacío.
-Ese mugriento que vino a pedirnos laburo -peló el grandote. -Uno que lloraba por un puesto ¿lo ubicás? -los gritos cruzaban el galpón como cables chisporroteantes de troleybuses.
-Síííí- acordó el peladito a todo pulmón, hamacando las piernas por el agujero de luz abierto en el cinc.
-Ahora ese mismo García, el llorón, quiere que le recibamos un "petitorio".
-Qué muerto de hambre- punteó el pelado.
-Vos a mí- prosiguió el grandote volviéndose hacia la chapa, -vos a mí ni me imponés un "delegado" ni me hacés leer ese papel asqueroso.
-Está bien- dijo García desde afuera.
El grandote escuchó cómo el grupo se marchaba. Velozmente corrió hacia el rectángulo de luz, gesticulando. El peladito asintió, se irguió sobre el techo como si comandara un tanque, y disparó dos tiros al aire.
-Apuntales a ellos, ahora- ordenó el grandote.
El peladito bajó el pescuezo asomando la cabeza por entre las ingles. -¿Te parece?
-Dispará, te digo. O éstos se nos suben a la cabeza.
-Eso- dijo el peladito. -Se nos suben a la cabeza.
-Metele- gritó el gradote. -Dale.
El peladito concretó una nueva y lenta trepada. -La puta... ya se rajaron los degenerados- sostuvo.
-Pero cómo- gritó el grandote. -¿No se ve ninguno?
-Se hicieron humo- afirmó el peladito observando al grupo que formaba un círculo alrededor de García. García hablaba y revolvía con el pie basura de una demolición. -Para mí, piensan entrar y ocupar la fábrica- dijo.
-¿No era que se habían ido?-. Gerbaudo escupió.
-Pero se me hace que eso es lo que piensan hacer-. García y los otros habían alzado vigas de andamio, varas de hierro y se venían. -Se vienen- anunció el peladito.
-Qué esperás. Disparales -el grandote saltaba acomodándose la entrepierna.
-Corren fuerte- mintió el peladito.
En un pestañear, Gerbaudo trepó y se colgó de los pies del vigía. -A mí no me jodés. Tirales de una vez, hijo de puta-. El pelado brincó hacia atrás. -Che, que me tumbás. -Reventalos- insistió Gerbaudo y aumentó la fuerza con que arrastraba al otro hacia el vacío. Sacándola barata, lo menos que le esperaba al pelado era un par de piernas quebradas. -Dejame apuntar; no quiero tirar al pedo- refunfuñó; sonaron otros dos tiros.
Gerbaudo aflojó la tenaza. -¿Les pegaste?
-Los volteé -dijo el peladito.
-A quién le diste -Gernaudo jadeaba a la altura de la bragueta del francotirador. -A quién.
-Le di a García-. Las manos se apretaron sobre el arma.
-¿Estás seguro que a García?
-Y cómo no-. García y los otros ya estaban frente al galpón apoyando fierros y vigas.
El grandote alzó por última vez la cara hacia el tragaluz y bajó un escalón: -Y los demás ¿se rajaron? -No. Están abajo- anunció el peladito y le arrojó la pistola a Gerbaudo: -agarrala.
A éste casi se le escurre, pero la tomó. Los golpes contra el portón repicaron más fuerte que perforadoras sobre cemento.
-Entran- anunció el de arriba.
-Cómo que entran- Gerbaudo corrió hasta el portón repitiendo: -¿Cómo que entran? -gritó: -Ningún mugriento va a poner el pie en mi fábrica cuando yo cierro el portón con llave-. Pateó una silla que le molestaba. La silla se desarmó como un espantapájaros.
-Le traemos el petitorio- avisó García del otro lado.
-Pero es García- constató Gerbaudo abriendo los brazos. -¿No le habías dado?-. El pelado recogió las piernas del agujero y retrocedió, tirándose sobre el techo.
-Sí, soy García- dijo García. -Le entregamos el petitorio y nos vamos.
-Pero si dijiste que le diste- reiteró el grandote; con las piernas abiertas y el arma hacia adelante, giró hacia la escalera; el peladito apenas asomó la nariz por el agujero. -Ésta me la pagás- bufó el patrón. El otro retrocedió, reptando sobre la hojalata caliente:-¿A mí? ¿A mí me decís eso? -gritó. -Che, ustedes, déjense de joder -pidió más bajo cubriéndose de los cascotazos que empezaron a caer sobre el techo del tinglado.
-Vengan- Gerbaudo martilló la pistola. -El que entre deja viuda-. Disparó contra el zinc y quedó un boquete. Alguien gritó del otro lado: “-Le dieron, le dieron, busquen ayuda”. Alerta, el patrón bajó el arma y ordenó:-Pelado, bajá y llamá a la cana. Nadie me toma la fábrica.
El peladito asomó la cabeza por el agujero. Pero se quedó ahí. Le corría un poco de sangre por la frente.
Los goznes del portón rechinaron. La estructura del tinglado parecía venirse abajo.
-Dale, llamá a la cana. Y que se apuren- mandaba el grandote a los alaridos. Por el agujero que dejara su balazo en la lata entraba una moneda de luz.
El ruido metálico se transformó en estruendo. -Trajeron un soplete los desgraciados -se asombró el grandote.
-Ya bajo- se apuró el peladito.
La llama azulada abrió rápidamente un círculo desprolijo. Gerbaudo disparó de nuevo. Pero esta vez la calle emitió sólo el habitual sonido de motores y caños de escape del tránsito.
Por el agujero cayó un papel.
De inmediato cesó el cuchicheo exterior; se oyeron corridas.
-Se fueron- susurraron los dos hombres. -Nadie entra en mi fábrica cuando yo le echo candado al portón- testimonió como para sí el grandote. El peladito discaba. Un rato después confirmó que la policía mandaba un patrullero. -Mirá lo que me hicieron los desgraciados-, se quejó el empleado. Sacó un poco de estopa de un tambor y se limpió la sangre de la calva. El otro dijo con claridad: -Jodete.
-Cómo van a querer entrar si el dueño le echa candado-, refrendó enseguida el peladito como si no hubiera escuchado el insulto del patrón. Y liando un cigarrillo añadió: -A alguien le diste-. Salió de la oficina de chapadur y caminó unos pasos. Gerbaudo había vaciado el revólver y contaba las balas intactas.
El papel del petitorio yacía, tirado en el piso.
-No lo agarrés- le gritó el grandote al peladito. Éste se paró en seco. Con un rodeo esquivó el papel y siguió de largo.
-Ojalá se la hayas dado a García- dijo el peladito. Estiró las piernas y las cruzó. -Le mataste el hambre- agregó. -Le salvaste la vida al hijo. Ojalá se la hayas dado.
El grandote, Gerbaudo, echó hacia atrás un escupitajo por sobre su hombro.
-Sí- dijo, -ojalá. Fue a la gaveta y guardó el arma. -Nadie va a entrar aquí si yo no le doy permiso.
El peladito se quedó mirando el suelo. Por los agujeros del portón se colaban ráfagas de aire. El papel del petitorio se movía como una mariposa. Gerbaudo lo atajó con el zapato. Bajo la suela del zapato la mariposa se convirtió en un largo chorizo embebido en grasa negra.
***

Ella cavó un agujero en la arena y ahondó, y otro poco, otro. Se agachó casi a ras del pozo y observó lo destapado. Abajo había un cielo y nubes que corrían y dos planetas rotaban con sus lunas naturales y también algunos satélites de metal, cuyas luces centelleaban en cada giro. En un lugar de latitud que no pudo precisar cayó y se apagó una estrella. Cerca, se desplazaban los cometas dejando estelas. Celina arrojó dentro el jazmín que tenía en la mano y vio cómo el manchón blanco desaparecía en los confines de ese espacio. Juntó arena, tapó todo y se marchó. Mientras caminaba, los pétalos comenzaron a caer desde el aire y se le enredaron en el pelo.

PÁGINA 24 – ENSAYO

República de viento


Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

“Aquí, hasta los proyectos son recuerdos.”
Paul Valéry


Al eterno retorno que presagia el refrán, “El pueblo que no recuerda su historia está condenado a repetirla”, acaso podríamos añadirle en nuestro caso el retoque marxiano: que la historia se reitera como farsa, ya no como tragedia. Aunque, acaso por eso, no menos dolorosa.
¿Pero quién podría enumerar, contar literalmente toda la historia? Tal vez exagerando instintiva, impunemente los dominios de la bellamente imprecisa sinécdoque, aquí también quizás se espere que la parte pueda implicar al todo. O que el todo se asome, dé señales, se muestre por la parte. Como en el poema, que sin habérselo planteado intenta responder a la innata ambición de decirlo todo sin decirlo, y de una vez y para siempre, el fragmento (que no es totalmente el ensayo), y a veces hasta la intervención, la palabra que se concibe participando del acontecimiento, se ve compelida a señalar, a indicar, incluso a iluminar algunas veces. Y a hacerlo desde su ambigüedad esencial, si es que no radical.
Y de improviso nos sorprende una intuición, fugazmente demoledora: acaso nuestro futuro como país quedó atrás, fondeado en el pasado. Y de improviso nos aferra una evidencia: sólo para volver a cuando creíamos estar tan mal como para haber soñado o intentado cambiarlo todo, sólo para regresar a aquella etapa entonces desdeñada, o más bien cuestionada, resultaría hoy onerosísimo el costo a pagar. Reducción al absurdo, oxímoron de tiempo. O sea, de vida.
La ilegitimidad (es decir, la introspección culpable de una ajenidad tan supuesta como irrefrenable) y su negación, podrían estar acaso en el fondo de tantas desdichas sociales argentinas. ¿Cómo explicar, si no, que en un país poblado por descendientes de millones y millones de inmigrantes, sus propios hijos y nietos no sólo encubren la conciencia de su condición, y de sus secuelas, sino que hasta se burlan de sus propios ancestros? A la violencia externa que los conquistadores infligieron a los aborígenes, se encima luego esta otra violencia interior, que bien podría llegar a ser considerada suicida y masoquista.
Y además está el lenguaje mismo, que encubre vida propia, que no se deja manejar. Desde la infancia, casi congénito, terror al malentendido, intento de temblorosa claridad, de fraternidad y de contagio. Y temor al terror, que siempre fue didáctico. Que se ha interiorizado desde niño. O nos rodea como el oxígeno. Callar es traicionar. Hablar es traicionarse.
No escribir, ser escrito. No hablar de la historia, ser la historia.
Volátil espesor de lo vivido. La verdadera historia es personal.



PÁGINA 25 – CUENTO

Urías


Por Luis Leoncio Flores Prado (Huamachuco-Sánchez Carrión/Perú)

¡Abyssus abyssus invocat!, El abismo llama al abismo, mis palabras refugian bajo el paladar la muerte, el sólo pisar las baldosas del palacio estremece la piel, los años han desteñido mis ropas, al igual que los recuerdos jironeados por los lutos continuos. Divago par no herirme. Las noches reptan largas y silenciosas como víboras y las mañanas me sorprenden sentada sobre las mantas, mirando esas medialunas que emergen cada vez con más lentitud, blanquecinas, desde la raíz de las uñas. En silencio peinan mis cabellos las sirvientas, mientras oteo el horizonte polvoroso de Israel.
¿Qué poder para cambiar el devenir tenemos? ¡ Ni nos damos cuenta siquiera! Es como estar en las riberas de la playa con los pies refrescándose, mientras la arena los sepulta como al descuido. Basta una mirada, un gesto para determinar la muerte de un guerrero o de un príncipe, sin haberlo querido o deseado remotamente, como una casualidad.
El arameo jadeante, postrado a mis sandalias, de Adonías, hijo de Jaguit. Pedía sólo una cosa, a su hermano, el nuevo rey, a éste, que se ha cogido la barba negra, revuelta con una leve fragancia a sándalo; pedía sólo a la muchacha Abisag.
Los ancianos del pueblo recorrieron todo el país y en Sunem pasteando un rebaño de cabras hurañas la encontraron. Era el alivio a la vejez de mi esposo. Ahora que él a muerto. Ella es motivo de la disputa del trono entre Adonías y Jedidia.
¡Ah! Mi esposo, llevó luto aún, pero no siento pena por él, el malogrado rey hace mucho que había dejado de tomarme, tuvo a otras, sólo el miedo de mi muerte y la de mi hijo me hizo presentarme de nuevo ante él, y ya no era aquella de los senos aduraznados, de la piel firme de gacela, abrazada por el calor de aquella tarde, bañándome casi a las orillas de sus ojos, erizada por el atardecer, ansiosa que Rabbá caiga en manos israelitas, y, retorne mi esposo, aquel bruto de Urias, con la espada siempre ensangrentada. Más tarde, él, David me mando llamar a su palacio, me ofreció vino, revolvió mis cabellos y copuló en el centro de su alcoba; mis labios curvos, tensos sobre su pecho, mordían suavemente besándole, y luego intensamente un fragmento de su piel endurecida.
Ahora mis carnes se descuelgan, dejando ver mi calavera, la muerte, aquella que me persigue desde que Urias, el Heteo, retornó de la antigua ciudadela amonita de Rabbá, dejó el asedio para venir al llamado del rey David. Le vi cruzando el portal del palacio, seguro, con el polvo del camino cubriendo su cuerpo; tenía que bajar a la casa, poseerme, para así enmascarar mi embarazo, pero él estaba de campaña, enérgico consigo mismo, prefirió dormir sobre cueros de ovejas, junto con los sirvientes que profanar la Ley de la Guerra, a pesar que el rey lo embriagó, éste no tuvo más remedio que escribir a Jobol, ordenándole el asesinato sordamente planeado. Su figura se perdió en el camino, iba majestuoso, inquebrantable, llevando en su aljaba sin saberlo su sentencia de muerte, ¿Sabría que lo traicionaban? ¿Tendría tiempo de volver la cabeza y entender por que estaba solo ante los arqueros sitiados, después de encabezar la carga? ¿Porqué él? ¿Porqué tanta obsidiana penetró en su cuerpo?, ¿Supo acaso? ¿ Porqué ninguno de los Treinta, los de la Guardia Real vino a levantarlo, cuando a rastras con el escudo erizado de flechas se protegía vanamente, pues les tenía ya mortales en el cuerpo?
Meses después, en medio del rasgueó del laúd nació nuestro primer hijo, muriendo casi según las palabras de Adonías, al nacer. David ayunó mientras agonizaba. Dos pichones de tórtola, uno para el sacrificio, otro para el holocausto fueron nuestras ofrendas, en sus plumas manchadas de sangre vi las flechas arrancadas del cuerpo de Urias, vi la placenta ensangrentada, vi el fondo de los ojos de los hombres, cuando en tiempos de guerra no vacilan en matar, cuando es necesario. Mi hijo sabe eso, no en vano su padre tuvo que combatir a Absalón, tuvo que matar a su propio soldado para lavarse las manos por la muerte. No en vano tuvimos que huir en medio de un medio día hirviente, donde el sol a plomo, donde la espada a plomo, amenazaban acabar con todo. Jejidia había nacido, era el octavo día, el día de su circuncisión. Huíamos, mis sandalias se llenaron de polvo y sudor, y más tarde una sangre negra reventaba de mis ampollas, se había alzado Sebá, esgrimió la espada, dividió al pueblo, y tomó para sí a diez concubinas del Rey, más tarde cruzó sobre los muros su cabeza, y con un golpe seco cayo sobre un pedregal. De ahí aprendió Jejidia a combatir, a matar para preservar, a no confiar en nadie, sobre todo en nadie de su familia.
El estruendo de su voz, hizo temblar las llamas, y aún resuenan en mis oídos. Adonías, su hermano, recientemente había intentado usurpar la corona, cuando aún vivo mi esposo, David, le perdonó la vida, pero ahora la voz del nuevo Rey clama su sangre. Nuevamente la tragedia por una mujer, esta vez ya no es Betsabe, ya no es Urias, es la sulamita, la sentencia es contra el hermano del Rey Salomón, Adonías.
Retrocedo en silencio, mirándome los pies envejecidos, temiendo mirar al nuevo Rey, Salomón, mi hijo. Quién a decretado la muerte de su hermano Adonías como su primera decisión real.

PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

©Ulrich Grasnick (Berlín/Alemania)

Neruda


Ese puente de color,
arco iris,
pasión de tu poesía,
y una lengua
que tomó la fuerza
del indomable fuego.

También un iceberg
cuya quilla oculta
cortó
las más profundas aguas

Tus barcos rojos
que como soles
salen en el horizonte,
cargados con la fresca sazón
del lenguaje,
veleros
que no conoce
la melancolía
del viento en calma.

Nada fue en vano,
ninguna línea,
ninguna furia,
ningún luto –

Siempre nos has asombrado,
incluso
en las tensas cuerdas
de la luz
nos tocabas la guitarra.

II

Quién quería
impedir a la fuente
mostrarse,
quien quería
robar la fuerza
a la sangre del verso,
quién quería impedir
al picapedrero
dar lenguaje a la roca.

Futuro
ya han dado cuerda
a los manijas inquebrantables
de tus relojes
que hacen tictac sin cesar
aun cubiertos
de tierra y luto,
allá
donde las tumbas indefensas
recogen la muerte forzada
y la flor del mar
se retuerce en el polvo.

III

Mar,
espejo
de todas las emociones –

La fuerza de la tempestad,
el color sangriento
del lenguaje
que irrumpe
de los colores
del prisma
de tu corazón,
que no soporta
la pálida sepultura
del silencio
y la duración oscura
de ese septiembre.

Todavía la hora
de la despedida,
armada de emociones
esa noche,
armada con tus ojos,
que no pueden olvidar
la sangre,
que no pueden olvidar
a los muertos,
que flotan río abajo,
tampoco la hora
de la despedida,
armada con tus versos –

¡Quién hubiera podido
encadenar ese
crepúsculo matutino
de los corazones!

V

Registro domiciliario
en casa de un muerto

Ellos han demolido
tu casa,
han hecho todo
para demostrar,
que un muerto
no opone resistencia.
ofrecer resistencia.

Se han embriagado
de tu indefensa –
como ratas agreden
en los barrios pobres
a un niño durmiendo,
así han llegado.

En esa mañana
no tardó el sol
en su llegada.
Iluminó cuidadosamente
todos los crímenes
cometidos
ante
tu rostro pálido,
iluminó precisamente
los rostros de los asesinos,
para que no olvidemos
sus nombres,
tampoco las fotos rotas
en tu cuarto,
los armarios destrozados,
la cama acuchillada.

Que guardemos
tus palabras
en nuestro interior
como arma brillante
de la esperanza –
que distingamos el abismo
entre la luz y el dolor,
por eso vino el sol
esa mañana.

PÁGINA 27 – ENSAYO

Frente a la vejez


Por Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

Dudas, dudas, dudas. Y la sombra de la muerte, fiel muerte: ("vendrá como se fue, como se ha ido/ suena a la noche el fatal ladrido" y la infancia que vuelve: "hijos de mis hijos ahora/ y sin masculinidad/ siento surgir en mi pecho/ maternal virginidad".
Don José Ortega Mi Señor te reprochaba no haber tenido en cuenta el sentido "deportivo de la vida"- el exceso diría Bataille - (lo dionisiaco nietszcheano) que conduce si siguiéramos fielmente ésta lógica a la guerra, al sacrificio ritual y todas las formas de la tragedia.
¡Pero cuán lejos hoy estamos de los Dioses de la Tragedia!
Hoy el hombre huye de la muerte - hoy como ayer inventa paraísos artificiales ayudado por la magia de la técnica.
Escapa del tiempo, de la memoria oscura escondida en los laberintos del lenguaje, inventa "prótesis" para el amor y para el sueño, pues Pan ha muerto "in ilore tempo".
Y es posible que auque no simpatizaras con la pagana "siringa agreste" (Darío) menos aún lo harías con nuestras máquinas parlantes que ofician de Pitias -simulacros virtuales que nos conducen nuevamente a la caverna platónica- a la cueva donde la vida es sólo un opaco fluir hacia la nada nadeante, a la errancia metafísica donde crece el desierto, porque, muerta la fuente de vida, lo que alimenta el mundo suprasensible y da sentido a éste, vaciado solo deja el horror de lo vacuo, lo trivial, la libertad negativa, la pobreza del alma y por fin el suicidio de jóvenes que no saben ya para que viven:
"Y tú, Cristo del Cielo,/ redímenos del Cristo de la tierra" dejaste escrito en el poema más intenso y trágico escrito en lengua castellana" ("El Cristo Yacente de Santa Clara de Palencia"): empero esa tierra que es el símbolo de la nada terrena tarde o temprano engendrara uno de los poemarios más importantes del siglo XX: "EL Cristo de Velázquez":
¿ Que los oficiantes de la poesía actual lo ignoren qué significa? ¿Acaso ignorar a Esquilo significa algo?

El problema del yo

¿Quien podría gritar hoy "mi yo, que me arrancan mi yo" cuando el yo desde Nietzsche hasta la forclución lacaniana constituye sólo un simulacro de la gramática?
Pero de que escritura preguntaría acaso don Miguel: ¿de la del "verbo" que es "nada" porque algo fuera no sería más que una máscara de carnaval?
Y el yo de Don Miguel surgirá más allá, junto a los suyos pues de lo contrario con Senacour habría que decir "si lo que nos está reservado es la nada, hagamos que ello sea una injusticia": ("Oberman")
Que lejos hoy pobrecillos de esta lucha entre sentido de eternidad y tiempo: "lumbrera de misterio,/ perla de luz en sangre/ cuántos días de Dios viste a la tierra mota de polvo,/ rodar por los vacíos?": ("Aldebarán")
Es probable que la justicia y el devenir no se avengan a una paz justiciera, pero para usted Don Miguel, en el corazón del hombre donde también se libra la batalla habría que intentarlo.
"Qué es tu vida, alma mía/ cuál tu pago?":
¿No nos preguntamos eso todos los días quienes , insertos en la finitud heideggeriana sabemos que los castigos y premios, las guirnaldas y glorias, el poder volitivo y las maquinaciones fáusticas de la técnica, no son sino fútiles tentaciones de lidiar como ayer con la grandeza de los Dioses?
Luego de que don Miguel, como Prometeo fuese ultimado por el Rayo de Zeus ("Oh Dios, no te olvides de España) fueron muchos los que enriquecieron el acervo de la cultura hispana sin duda alguna, pero es lícito preguntarse casi un siglo después de su desaparición, si alguien lo superó en rango intelectual y creativo y si la suerte de la literatura Española hubiese sido la misma sin su presencia ("¿verdad maestro Unamuno?: A. Machado")
Como si presintiese algo de acerca de que lo Universal no tiene nada que ver con la globalización el escribirá: "el mundo entero es un Bilbao más grande".
Celta que amaba Castilla ("tú me levantas tierra de Castilla en la rugosa palma de tu mano/ al cielo que te enciende y te refresca/ al cielo/ tu amo").
Celta que amaba más que la música de la dulce Francia, los fragores alemanes e ingleses (irlandeses, escoceses) Swiburne, Browning u tantos otros.
Por éstas venas también corren lavas de sangre vazcuence, allí los Arrióla o Arreóla y acaso por ellos sienta que, y frente a los años en fuga, y a pesar de mi lejana juventud sacudida por el viento unamuniano que ya nada podrá hacer que parte de mi visión del mundo y de la vida no advengan de su aura y de su magia.

Su inmensa actualidad

La actualidad de la obra de Unamuno, su esfuerzo por encontrar la síntesis de eternidad y tiempo en la inmortalidad de un Yo quizá imposible están expresadas con claridad por Saint John Perse, cuando afirmaba que la tragedia del hombre contemporáneo consistía en la creciente separación de sentido entre eternidad y tiempo.
Algo de lo cual nadie parece verdaderamente conciente hoy.
En gran medida no perder el sentido trágico de la vida pueda conducimos a reencontrar esa "paz en la guerra" que tanto buscara "nuestro señor Don Miguel de Unamuno" - puente entre eternidad y tiempo- siempre que estemos preparados para sentir como la flecha de éste y tantos otros versos verdaderos puedan herimos el alma:
"El ángel negro el corazón me toca/ con sus alas llamándome del sueño/ en que me finjo con carrera loca/ romper el cielo en grupa á Clavileño".



PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Ana Rossetti (Cádiz/España)

Cibeles ante la ofrenda anual de tulipanes


Desprendida su funda, el capullo,
tulipán sonrosado, apretado turbante,
enfureció mi sangre con brusca primavera.
Inoculado el sensual delirio,
lubrica mi saliva tu pedúnculo;
el tersísimo tallo que mi mano entroniza.
Alta flor tuya erguida en los oscuros parques;
oh, lacérame tú, vulnerada derríbame
con la boca repleta de tu húmeda seda.
Como anillo se cierran en tu redor mis pechos,
los junto, te me incrustas, mis labios se entreabren
y una gota aparece en tu cúspide malva.

El jardín de tus delicias
Flores, pedazos de tu cuerpo;
me reclamo su savia.
Aprieto entre mis labios
la lacerante verga del gladiolo.
Cosería limones a tu torso,
sus durísimas puntas en mis dedos
como altos pezones de muchacha.
Ya conoce mi lengua las más suaves estrías de tu oreja
y es una caracola.
Ella sabe a tu leche adolescente,
y huele a tus muslos.
En mis muslos contengo los pétalos mojados
de las flores. Son flores pedazos de tu cuerpo.

Cierta secta feminista se da consejos prematrimoniales

"...Trabajada despiadadamente por un autómata
que cree que el cumplimiento de un cruel deber es
un asunto de honor."
Andrea de Nerciat


Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Démonos prisa desvalijándonos
destruyendo el botín de nuestros cuerpos.
Al enemigo percibo respirar tras el muro,
la codicia se yergue entre sus piernas.

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
No deis pródigamente a la espada,
oh viril fortuna, el inviolado himen.
Que la grieta, en el blanco ariete
de nuestras manos, pierda su angostura.

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Ya extendieron las sábanas
y la felpa absorbente está dispuesta.
para que los floretes nos derriben
y las piernas empapen de amapolas.
Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Antes que el vencedor la ciudadela
profane, y desvele su recato
para saquear del templo los tesoros,
es preferible siempre entregarla a las llamas.

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Expolio singular: enfebrecidas
en nuestro beneficio arrebatemos
la propia dote. Que el triunfador altivo
no obtenga el masculino privilegio.

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Con la secreta fuente humedecida
en el licor de Venus,
anticipémonos,
de placer mojadas, a Príapo.
y con la sed de nuestros cuerpos, embriaguémonos.

Y besémonos, bellas vírgenes, besémonos.
Rasgando el azahar, gocémonos, gocémonos
del premio que celaban nuestros muslos.
El falo, presto a traspasarnos
encontrará, donde creyó virtud, burdel.

Introito, natura ordenatus ad imperandum

Si al apagar las luces te invadía el terror
de que mientras durmieras la belleza
podría acometerte.
Si infatigablemente inaugurabas nombres
y a todo sortilegio prestabas tus oídos.
Si te cuidabas tanto en elegir los dedos
que tallo o mariposa tocarían
como si algún acorde de ello dependiera.
Si a escondidas, leyendo, con pervertidos príncipes,
apasionados mártires y almas de atormentados
el pacto establecías de una rara alianza.
Si acechabas collares de continuo
pues gustabas probar el sabor de las gemas,
biselados confites convertidos en ascuas
por tu boca.
Sí te fingías enfermo
para, en vez de jugar, a tus desmesurados
dominios acudir y disponer cortejos
o banquetes, o asaltos, y perpetrar delito
y hermosura en baúles y árboles.
Si entregado a ti mismo decías ser feliz
aun cuando, suntuosa, la tristeza vagaba
por tus ojos, desconocido mío,
afortunado fue que no te presintiera.
Pues de la soledad era yo soberana,
tenía todo un atlas pintado en el jardín
y el atrevido espejo que igualarme pudiera,
que pudiera doblar, extender los confines
de mi íntimo reino, me hubiera, irremediable,
aniquilado.
Incapaz de adorar lo que a mí se asemeja,
despiadada y tenaz te hubiera combatido.
Pero si derrotada
me fuera insoportable someterme,
vencedora, perdiéndote, no lo resistiría:
Son débiles corazas el amor y el orgullo.
Desconocido mío, afortunado es
que todavía te sueñe.

Exaltación de la preciosa sangre

Desvelado el espejo -dosel del costurero
saqueado- tantos dones magníficos
excesiva duplica.
Y, no obstante, sólo tiene su cómplice
e incitante señal la madeja encarnada.
Oh, tomémosla. Rasguemos las vitolas,
las hebras desprendiendo con esmero,
y en las tensadas palmas de tus queridas manos
lanceolados estigmas bordaré diestramente...
Tan frágiles cutículas, la sangre al traspasar
su rúbrica brillante va prendiendo.
Mas si al sedoso hilo la sangre verdadera
ha querido emular agolpándose cárdena
a su orilla, no te asustes, amor.
Pues presurosamente mi estremecida boca
a tu herida será vaso propicio.
Labios míos temblando, del precioso regalo
de tu mano, tiñéndose. Tu sabor penetrando
mi inviolada saliva, comulgándome,
y el fervor confundido en delirio de besos.

PÁGINA 29 – CUENTO

Oficios despiadados


Por Beatriz Actis (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Hablamos toda la noche sobre cadáveres, mientras nos emborrachábamos con Becherovka que Blas había traído de un viaje por Brno o por Pilsen, “Todos los checos lo toman, es digestivo”, dijo, sentado bajo el cielo apenas entreabierto de luz junto a la puerta de mi casa, no muy lejos de la pista, no lejos tampoco del estero. Esa misma noche, Blas, que había trabajado en un buque pesquero, contó por primera vez ante mí la muerte de un tripulante en altamar, y hasta el último detalle de cómo con sus compañeros le cosieron los orificios del cuerpo para que conservara sus humores, antes de guardarlo en la cámara frigorífica hasta llegar a puerto. Volvió a beber, esta vez directamente de la botella, e hizo una pausa antes de relatar la ceremonia corrupta de coserle los párpados al muerto, un contramaestre de Curitiba, dijo, “aunque a esta altura, Inglés, y después de tantos años, ya no me lo creo”. Eso fue antes de confesar que se iba a embarcar al día siguiente, pero que esta vez no regresaría al puerto de Colastiné, que esta vez se quedaría para siempre en un puerto verdadero que no necesitara de dragados permanentes para que sólo lo navegaran las barcazas, como ocurría con éste, y que se había engañado en todo este tiempo esperando que el puerto sobre un afluente perdido del Paraná volviera a ser como el de antes, que este lugar nunca podría progresar, que era una sombra de lo que alguna vez fue, que incluso lo que alguna vez fue también podría ser un engaño, que con esas últimas copas y en esa última noche se despedía de mí porque se iba a ir de aquí para siempre.
Fue entonces cuando pensé que estábamos definitivamente cercados, sin puerto para barcos de gran calado, sin vuelos frecuentes al menos por ahora - en el pequeño aeródromo me habían dado la noticia esa misma mañana, después de meses de rumores: sólo se haría un vuelo quincenal en este mes y mensual para el próximo hasta definir las esporádicas rutinas de los vuelos del año siguiente. Era una excusa, el avión se iba a ir como alguna vez se fueron los barcos, del mismo modo como se fueron los aserraderos y las industrias del tanino y como se fue yendo de a poco la gente. Estrangulados por las aguas, como una isla que se olvida después del maremoto, como un sueño que se pierde en la vigilia.
Blas había sido mi único amigo, un amigo itinerante, de charla discontinua, casi un monólogo interrumpido por su estada de unos días en estas tierras de Colastiné, y sin embargo fueron sus idas y venidas las que permanecieron en mi vida como enlace con el mundo de afuera durante casi treinta años. Yo nunca, en cambio, fui capaz de pisar un avión, y menos un barco. Selva, día a día, cuando todavía vivíamos juntos, me lo reprochaba: ella quería cambiar, partir, errar (hay días en que cierro los ojos y veo su boca. No es posible). La memoria del barco en donde mi padre viajó desde Inglaterra hasta la América del Sur ha sido mi única memoria, y resultó suficiente -eso es lo que Selva no podía comprender. Mi padre trajo los recuerdos fragmentados de Exeter y de ese cielo emparchado de pequeños sucesos y de rostros de compañeros, de novias, de parientes perdidos junto a un clima ruin, a una lengua olvidada. Y trajo este oficio que sería mi perdición y mi suerte.
Le di la mano a Blas cuando amanecía, rompí la copa de licor en espera de que su efecto se desvaneciese pronto, como un puño que golpea en el agua. Antes de irse, mi amigo miró hacia el interior de la casa vacía -definitivamente esfumado ya el recuerdo de Selva- y hacia la percha donde dormía encapuchado el halcón. No dijo nada, pensé: Una pérdida más para mí. Sin amigo, sin trabajo si es que pronto iban a cerrar el aeropuerto, sin mujer desde hace tanto tiempo, sin tregua, abandonado, solo otra vez junto al halcón. No pude dormir en toda la noche. El licor y los recuerdos hacían que me estallaran las sienes.
Resuena otra vez en mi cabeza la descripción de Blas del momento de sellar los párpados del contramaestre muerto en el medio del mar, y a la vez surge en mi memoria un verso leído en la juventud, o tal vez el retazo de alguna canción antigua: “Ah, por fin atardece el rencor”. Creo entender recién en este momento su sentido, cuando destella la luz de la mañana y ya no me importa la partida de Blas, no me importa que se suspendan los vuelos, no me importa nada y no puedo pensar ni siquiera en el ave. Los últimos años de mi vida, incluso antes de que Selva se marchara para siempre, cuando todavía vivía con ella y éramos felices (¿pero es que alguna vez fuimos felices?), tuvieron como objeto lograr que el halcón perdiese el miedo a todas las cosas, poco a poco, que fuera acostumbrándose a nuestro ruidoso mundo. A oscuras, sin la capucha, y sólo encapuchado una vez que llegara la luz, hasta que de a poco permitiese que la mano del hombre ciñera su cabeza con la pequeña caperuza a plena luz del día, incluso adentro de la casa. Lo miro. Yo he cambiado; él es el mismo, sin embargo, es el mismo jinete de sí mismo que cruza el cielo azulado en busca de una montaña prohibida, de un destino glorioso como el pasado, de la marca del ave sagrada que alguna vez fue. Cuando lo observo desde el llano, como ahora, bajo la luz sincera de la mañana, enfrento su esbelta pequeñez en las alturas y mi torpe pequeñez a orillas del estero, lejos todavía de la pista donde carreteará por poco tiempo más el avión. Cuando lo observo -y se diluye la oscura resaca de los licores nocturnos- se abisma la distancia entre hombre y halcón, esa distancia inmensa, extremada, incomprensible para los otros.
Las palomas salvajes, los teros de la costa, los pobres pájaros terrenales de Colastiné que duermen en los nidos dispersos de los sauces y de los ceibos que se ven desde la pista, se enconden en los pastizales, cerca del estero. Allí vivo, ahí está mi casa. ”Si tantos halcones la garza combaten, a fe que la maten”, reza el dicho. En lo alto, el ave asusta a los pájaros, que huyen no sólo del rapaz sino del avión y de sus turbinas, y para eso me dejaron vivir al menos hasta ahora en la casa pequeña en los terrenos cercanos al aeródromo: para evitar los accidentes, para que soltara el halcón antes de que el avión partiera hacia la ciudad en algunas madrugadas (mi padre no llegó a conocer este oficio relacionado con las aves que él me enseñara a criar, ¿hubiera estado orgulloso de mí o habría sentido vergüenza por esta derivación espuria de la caza con halcones? Hay veces en que he sentido mi oficio como una traición; mi vida, como la de un hijo bastardo)
El cielo me devuelve hasta en los sueños la imagen del halcón en su faena, cuando destroza a las aves pequeñas, a esos pájaros sutiles y lentos, clavando sus garras en los cuerpecitos trémulos, las plumas de las víctimas rozando el aire, cayendo displicentes desde la altura, en donde el pico ensangrentado del halcón domina y permanece. Como nunca subí al avión, no sé lo que en realidad sucede, pero oí decir que desde arriba puede verse el pueblo como una península, ligada apenas a la provincia por un istmo cada vez más estrecho, cada vez más olvidado. La misma precariedad, el mismo aislamiento serían vistos por el ojo distante y soberbio del halcón en las alturas, si él pudiese comprender este mundo de abajo.
Mi padre me hablaba a veces, cuando yo era apenas un niño, de sus recuerdos del barco que lo trajo de Europa, de su memoria fragmentaria de los suburbios de Exeter y los hombres de la familia entrenados durante siglos para ser halconeros de los señores. La visión de mi padre de un puerto fantasmal apenas entrevisto por sus ojos de niño en el momento de partir se apropió de mi memoria, y es revivida ahora, tan lejos de la Inglaterra natal, en este puerto vacío de Colastiné. La memoria de mi padre es revivida por las desilusiones de este hombre solo, por esta remembranza gris que agoniza en una casa prestada cerca de la pista para el avión que no va a regresar, y la huida del avión, como la de los barcos, significa que desaparece el mundo. ¿Es que ya no habré de partir? (pero es que Selva tenía razón: yo nunca podría irme de aquí, nunca aceptaría un destino como el de Blas, que al fin navega en su mar hacia lugares inaccesibles adonde ni siquiera arriban los halcones)
“El inglés loco”, dicen ahora sobre mí los habitantes de Colastiné como antes lo dijeron sobre mi padre, “piensa sólo en el ave cuyo plumaje oscurece con el paso del tiempo”. Para amansar al halcón, nos parábamos con una pared a nuestras espaldas, para que nadie pudiese acercarse por detrás, para que el halcón no temiera, en tediosas jornadas de entrenamiento, de tentaciones con carnadas y simulacros de caza con víctimas falsas, mientras el ave sentía poco a poco más confianza en el hombre. Veo a mi padre a través de la distancia, desvariado, borracho, deambulando por los aserraderos y después en el puerto para sobrevivir, ayudando a rescatar a los pescadores y a los marinos ahogados, desenredando los cuerpos atrapados en el barro y las plantas acuáticas del fondo del río, llegando a nuestra casa con la humedad de la muerte todavía en los ojos, pero hallando la calma y el orgullo perdidos en el cuidado de las aves, sirviendo en nuestra casa modesta a las águilas y a los halcones como si fuesen príncipes.
Mientras observo el vuelo del último halcón -los otros murieron tras desaparecer mi padre, en estos últimos años de soledad y de miseria- pienso una vez más en el verano y en damascos mojados, en mañanas perdidas de calor y de desidia, en patios y en callejones de tierra. Creo escuchar la voz de Selva murmurando: Mi vida es esperarte. Es mi propia voz, sin embargo, su eco que resuena, agrio, frente al espejo turbio de la tarde. Es mi propia voz que ya nada significa -días condenados a desaparecer, días de infancia, cuando ninguna posibilidad de futuro era extranjera. Pienso una vez más en mi padre dejando su legado: el secreto orgullo de la cetrería en este país salvaje. Otro eterno minuto de vuelo basta para comprobar cómo se pierde el tiempo. El mismo tiempo mítico que alguna vez atrapó al ave con falsos hechizos, con curaciones desde el conjuro de sus plumas, y lo convirtió en símbolo del alma inmortal que ascendía hacia la tierra vasta desde los cielos medievales.
Como en la leyenda de la Torre de Londres que narraba mi padre -mientras existan los cuervos en la Torre persistirá la monarquía-, aquí la última ave es el modesto guardián, el sobreviviente, el desterrado en el medio del estero salvaje, junto al hombre solo, a la pista desierta, a punto de emprender su vuelo fugaz. Pronto habrá sido olvidado sin embargo el abismo que existía entre hombre y halcón.
Pasa una bandada, suenan silbidos de las aves de la costa, pájaros conocidos con crestas rojas erguidas como torres provisorias, como diminutos miradores, parecen observar desde la altura. Está bajo el estero, digo para adentro, para mí mismo, mirando el agua que reposa frente a mis ojos, y la voz es apenas algo más que un murmullo. Se puede llegar desde la pista del aeródromo hasta el centro del pueblo caminando por la orilla del estero y después por los bordes del río. Me había contado Blas en nuestra última noche algunas anécdotas, pequeñas historias de espanto sobre una invasión de ratas en las islas. Despierto de la siesta afiebrado por una pesadilla: ratas devoran al halcón inmovilizado en una trampa de abrojos y de cardos y de yuyos en maraña. Adentro de la casa, una lámpara a kerosene apenas turbia (resulta que he dormido, afiebrado, durante toda la tarde) con su luz insidiosa perturba este desierto y despliega alguno de esos raros cuadros coloridos, fragmentarios: mi sueño es un desierto.
La voz del campo y de la tarde no tienen traducción a orillas del estero. No es fácil descifrar las formas porque resulta que ya no hay formas bajo la lenta luz del sol. Es raro comprobar cómo la luz cambia el espacio, el sol depositado de modo leve en el tejado de la casa en este atardecer refiere otro paisaje. La forma en que la luz se confunde con las sombras alargadas de los árboles llena de incógnitas el agua amarronada del estero, su imagen tiene en estas horas un resplandor distinto que parece iluminar desde tiempos remotos. El halcón duerme con su capucha de ciego junto a mi cama. Imagino, afuera, bajo la luna incipiente, los árboles verdes y amarillos, los tréboles de otoño, los colores apagados en el campo debajo de este cielo. Las últimas partículas de polvo vuelan como haces cambiantes cerca de la pared interna de la casa, de la casa sola en el centro de la tarde. Cuando anochezca, colocaré al halcón sobre su percha como al final de cada jornada, pero no será ésta sin embargo una jornada igual a las demás.
Recuerdo ahora el sol enceguecedor de aquella mañana de noviembre; puedo verlo todavía, después de tantos años. Estaba parado en el patio de mi casa -no de ésta de ahora, sino de la casa natal, cercana al puerto- pero como ausente, mientras los vecinos y los curiosos rodeaban el aljibe en silencio, con solemnidad, con una especie de espanto contenido. Me quedé quieto al lado del aromo que cubría de sombra una zona de bancos y de hamacas, saqué del bolsillo la única foto de mi padre. La había robado de un cajón del armario de la casa ese mismo día. Había sido tomada en ese mismo patio, traté de ubicar exactamente en qué lugar: el cantero de lajas, al lado del huerto; ahí atrás, no muy lejos, se asomaba la boca cuadrada del aljibe. No era el típico pozo con forma de cilindro con polea y roldana que se estila en los patios; era una parecita baja con una tapa de chapa perforada, con un montón de agujeros que permitían espiar el agua allá abajo, oscura y fría. Suponía que fría, porque ésa era la sensación que me recorría la espalda cuando me asomaba a la profundidad a través de ellos, los ojos apoyados sobre los agujeros, las mejillas contra la chapa oxidada, aferrado con las manos por temor a que la tapa cediese y el cuerpo cayera al fondo del abismo. El mismo pozo que ahora rodeaban los vecinos y que, finalmente, había llamado a la desgracia, el mismo pozo que veía como fondo de la foto robada de mi padre.
El cuerpo que flotaba dentro del pozo era el cuerpo de mi padre, que había elegido ahogarse en este puerto hastiado por los abandonos, pero no en las corrientes del río -de donde rescatara a tantos infortunados- sino en el pozo de aguas subterráneas que las napas eternamente altas mantenían rebosante. Selva en tanto se escondía adentro de la casa, no había salido siquiera a un extremo del patio, no había recibido a la gente. Se fue de aquí, se fue hacia la ciudad después de la muerte de mi padre, no me acompañó siquiera cuando velábamos su cadáver tembloroso de ahogado, cuando tuve que llevarlo en una marcha penosa al cementerio de los disidentes en un pueblo vecino, para enterrarlo. Violentamente mi padre, calladamente Selva, los dos se fueron el mismo día de aquí, y sería para siempre.
El cielo, cuando anochece, se vuelve plano y de azogue, el paisaje de Colastiné parece estar hecho con espejos. Veo la luz de la tarde - la memoria selecciona destellos del pasado, lo mejor, lo peor de ese pasado- y en la luz de la tarde la figura de Selva se recorta como la única selección posible en mi memoria. Es sin embargo una mentira, porque hay días en que ni siquiera la recuerdo. Cuando Selva se fue, odié a cada una de las águilas, maldije a los halcones criados y protegidos por mi padre, incubé este rencor por cada una de las aves que vivían en mi casa y que ella había tocado, sólo porque la piel de los dedos de Selva alguna vez había rozado sus plumas al tiempo terrenales, fantasmales; sólo porque ya no reposaría sobre ellas la mirada de Selva, fascinada ante las aves rapaces y al mismo tiempo trémula de temores (en mi recuerdo hay, de modo simultáneo a su partida, flores que caen desde las copas de los árboles). Los recuerdos están hechos con espejos. Las aves estaban ya condenadas a desaparecer y yo, condenado a deshacerme en el recuerdo de Selva, a sucumbir ante la ausencia de Selva, porque en realidad nada puedo hacer ya, ni siquiera pensar cada noche o cada madrugada en algo inasible como su cuerpo.
Un destello de luz débilmente rosa, salmón, coral, naranja en el costado de la tarde pelea las sombras de la noche que cae, ilumina mi voz: es triste permitir que el mundo me juzgue demasiado (una vez tuvo sentido mi vida). Lo único que me ancla todavía a esta vida es el halcón, que descansa impasible en su percha, adentro de la casa. Lo último que el ave sentirá es mi mano ahogándola, y será como decapitar un recuerdo que no me hace feliz. Después, el definitivo destierro, pensar en irme de aquí adonde ninguno me conozca o me recuerde, o tal vez quedarme detenido para siempre. Grande es el otoño, el cielo invernal, el río en primavera, el estío incalculable cuando a través de nubes y de mares podemos ir cerrando los párpados definitivos de los muertos.



PÁGINA 30 - ENSAYO

Verdades y mentiras


Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

Al ser humano, y en particular al político, la especulación le impide ser sincero. Si bien sabemos desde pequeños que uno no es santo por pobre, en general – salvo excepciones – se es ladrón por millonario. Recuerde el tema de la aguja y la cerradura. Agréguele, si le parece, lo del pajar. Pero no vamos a conversar, querido lector, de política ni de religión. Ni siquiera de fútbol ni de la televisión que se viene. Vamos a intercambiar frases, gestos, impresiones, sobre ciertos aspectos de la música, de los críticos, de los artistas. Escribió Camus hace ya unos cincuenta años: “En cuanto a la política apoya la pluralidad de posiciones. ¿Se podría organizar un partido de quienes no están seguros de tener razón? Ese sería el mío.” No está nada mal. Sin duda, caro amigo, sería también el nuestro. Estamos ajenos a las frases ladinas (escribí ladinas, no latinas), elusivas, retóricas con la que los forajidos verbales nos acostumbran a sentir, pensar y votar. Que solemos hacer, esto último, con la misma lógica reiterada con la cual elegimos marcas de ropa en un shopping. Tiempos de mercadotecnia, de packaging ideológico, de publicidad, de target. Consenso social, lo llaman algunos.
Pero reitero, no es el tema de la semana estas líneas que estamos desempolvando. Haim Steinbach que nació en Israel y reside en Nueva York, creó lo que se ha dado en llamar “esculturas de bienes de consumo”. En el capitalismo lo que cuenta no es la función sino el valor de cambio, el valor del mercado. Un ejemplo de la “escultura de bienes de consumo” es una exposición que se realizó en Nueva York donde se mostraba una serie compuesta con aspiradoras domésticas colocadas en cajas con tubos de luz fluorescente. El sistema vende deseos y símbolos de bienestar. Jean Baudrillard ya señalaba que las obras han pasado a ser objetos insustanciales, que no cuestionan nada exterior. Y escribió también: “Si en la pornografía circundante se ha perdido la ilusión del deseo, en el arte contemporáneo se ha perdido el deseo de ilusión. En el porno no queda nada que desear.” Todo se ha vuelto simulación, simulacro, impostura. La poesía, la pintura, la escultura, han pasado a ser objetos insustanciales. A veces el tono escandaloso suele mantenerlas unas horas.
Durante los días de mi infancia mi fantasía volaba junto a Superman o cabalgaba al lado de Tom Mix o de Gene Autry. También escuchaba citar a mis mayores a Bruno Barilli. Como se sabe éste fue uno de los prestigiosos críticos italianos, especializado en música clásica. En abril de 1925 escribió con desenfado y sin ningún ápice de rubor sobre Igor Stravinsky : “Profeta noble y aristocrático de la destrucción, Stravinsky, incapaz de competir con Mozart o Scarlatti, odia la música y los músicos, y detesta por igual a los instrumentos”. Como si esto no le alcanzara finaliza su artículo: “…le encanta transformar el aire puro en ácido carbónico, y produce un veneno que lleva a la locura. Su música está llena de excrementos…”.
Traemos este ejemplo (no es el único, claro está, algo similar le ocurrieron a genios como Verdi o Beethoven) para tomar verdadera conciencia de la ortodoxia, la imbecilidad o la intolerancia. Cuando no hablamos de pedantería o necedad. La intrascendencia de muchos de esos personajes que nos rodean - de segundo, tercero o cuarto orden - han pasado al olvido y ya nadie los recuerda. Ni los recordará pues reafirman la vacuidad, lo banal. La insensata costumbre de no sentir lo substancial, de no analizar en profundidad. La inercia de la sociedad de consumo trae trivialidad. Bogamos por una cultura plural y polimorfa. Las jerarquías, en arte, aún existen.

PÁGINA 31 – CUENTO

El conejo de Ushuaia.


Por Fernando Sorrentino (Buenos Aires/Argentina)

En un diario acabo de leer que, “tras largos meses de intentos fallidos y de diversas expediciones, un grupo de científicos argentinos logró dar caza a un ejemplar del ‘conejo de Ushuaia’, especie que se daba por extinguida desde hacía más de un siglo. Los científicos, encabezados por el Dr. Adrián Bertoni, lograron capturar un ejemplar en uno de los bosques que rodean aquella ciudad patagónica…”.
Como prefiero lo específico a lo genérico y lo preciso a lo evanescente, yo habría dicho “en el bosque tal y tal que se encuentra en tal sitio con respecto a la capital fueguina”. Pero no debemos pedir peras al olmo ni inteligencia alguna a los periodistas. El doctor “Adrián Bertoni” soy yo, y por supuesto tuvieron que escribir de manera equivocada mi nombre y mi apellido: me llamo exactamente Andrés Bertoldi, y, en efecto, soy doctor en Ciencias Naturales, con especialización en Zoología y Fauna Extinguida o en Peligro de Extinción.
El conejo de Ushuaia no es, a pesar de todo, un lagomorfo y, mucho menos, un lepórido, y tampoco es cierto que su hábitat sean los bosques de Tierra del Fuego; más aún, ni siquiera un solo individuo ha vivido nunca en la Isla de los Estados. El ejemplar que yo capturé -yo, yo solo, sin ningún equipo ni ayuda de nadie- apareció en la ciudad de Buenos Aires, junto al terraplén del Ferrocarril San Martín que corre paralelo a la avenida Juan B. Justo, a la altura de la calle Soler, en Palermo.
Yo no estaba buscando al conejo de Ushuaia, sino que tenía otras preocupaciones y caminaba un poco cabizbajo. Me dirigía, bajo el calor de noviembre y por la vereda de Juan B. Justo, hacia la avenida Santa Fe, a un banco donde debería realizar trámites molestos y hasta inquietantes. Entre el terraplén y la vereda hay una verja de alambre tejido sobre una base de mampostería; entre la verja y la base del terraplén estaba el conejo de Ushuaia.
Lo reconocí al instante -¿cómo no iba a reconocerlo?-, pero me llamó la atención verlo tan quieto, pues es animal movedizo y saltarín. Pensé que tal vez estuviera herido.
Sea como fuere, me alejé unos metros de donde se hallaba el conejo de Ushuaia, escalé la verja y bajé con sigilo junto al terraplén. Caminé con pasos cautelosos, temiendo a cada instante que el conejo de Ushuaia huyese espantado, y, en ese caso, ¿quién podría alcanzarlo? Es uno de los animales más veloces de la creación y, aunque de modo absoluto el guepardo es más rápido que él, no lo es en términos relativos.
El conejo de Ushuaia giró la cabeza y me miró. Pero, contra lo que yo imaginaba, no sólo no huyó sino que quedó inmóvil, con la única excepción del airón plateado, que se agitaba, como desafiándome.
Me quité la camisa y quedé con el torso desnudo.
-Tranquilo, tranquilo, tranquilito… -iba diciendo.
Cuando estuve a su lado, desplegué con lentitud la camisa, como si fuera una red, y, de repente, en un solo movimiento brusco, cubrí con ella al conejo de Ushuaia, envolviéndolo por abajo y formando un paquete de regulares proporciones. Con las mangas y los faldones practiqué un fuerte nudo, que me permitió sostener el envoltorio con sólo mi mano derecha, mientras la izquierda me quedó libre para ayudarme a escalar de nuevo la verja y volver a la vereda.
Desde luego, no podía presentarme en el banco con el torso desnudo ni con el conejo de Ushuaia. De manera que me dirigí a casa; resido en un octavo piso de la calle Nicaragua, entre Carranza y Bonpland. En una ferretería adquirí una jaula para pájaros, de tamaño más bien grande.
El portero estaba lavando la vereda de nuestro edificio. Al verme con el pecho descubierto, con una jaula en la mano izquierda y un envoltorio blanco, que se agitaba, en la mano derecha, me miró con más asombro que reprobación.
Mi mala suerte quiso que, al entrar en el ascensor, me siguiera una vecina que traía de la calle a su perrito, un animal feo y antipático que, al captar el olor -más allá de la percepción del ser humano- del conejo de Ushuaia, rompió a ladrar ensordecedoramente. En el octavo piso pude librarme de aquella mujer y de su estentórea pesadilla.
Cerré la puerta del departamento con llave, preparé la jaula y, con infinito cuidado, empecé a desenvolver la camisa, tratando de no irritar, y mucho menos de herir, al conejo de Ushuaia. Sin embargo, el encierro lo había hecho enojar y, al liberarlo del todo, no pude impedir que me clavara en el brazo un aguijón. Tuve la suficiente presencia de ánimo para que el dolor no me hiciera soltarlo y logré, por fin, ponerlo a buen recaudo dentro de la jaula.
En el cuarto de baño me lavé la herida con agua y jabón, y, en seguida, con alcohol medicinal. Luego me pareció que lo más sensato era llegarme a la farmacia y hacerme aplicar el suero antitetánico, y eso fue lo que hice sin dudar.
Desde la farmacia me fui directamente al banco para concluir el maldito trámite que había quedado postergado por culpa del conejo de Ushuaia. En el camino de regreso adquirí víveres.
Puesto que, durante el día, carece de aparato masticador, consideré lo más práctico cortar el bofe en pequeños trozos y mezclarlo con leche y garbanzos; revolví todo con una cuchara de madera. Tras olfatear la combinación, el conejo de Ushuaia la absorbió, sin dificultad pero con mucha lentitud.
A la caída del sol empieza su proceso de dilatación. Trasladé entonces los pocos muebles del living -dos sillones simples, uno de dos cuerpos y una mesita ratona- al comedor, apoyándolos casi contra la mesa grande y las sillas.
Antes de que no cupiera por la puertecita, lo hice salir de la jaula y, ya libre y cómodo, creció lo suficiente. En este nuevo estado había perdido por completo la agresividad, y se mostraba abúlico y perezoso. Cuando le vi brotar las escamas violetas -indicios de somnolencia-, me metí en mi dormitorio, me acosté y di por terminado ese día.
A la mañana siguiente, el conejo de Ushuaia había regresado a la jaula. En vista de esa docilidad, no me pareció necesario cerrarle la puertecita: que él decidiera cuándo permanecer dentro o fuera de su prisión.
El instinto del conejo de Ushuaia es infalible. Desde ese primer día, y al anochecer, se habituó a dejar la jaula y a extenderse, a modo de un flan de cierta consistencia, por el suelo del living.
Según se sabe, evacua sus heces las medianoches de los días impares. Si uno coloca (por ánimo de jugar, claro está) esos pequeños poliedros metálicos y verdes en una bolsa, y los agita, suenan de una manera muy simpática, con algo de ritmo caribeño.
En realidad, poco tengo en común con Vanesa Gonçalves, mi novia. Es bastante diferente de mí. En lugar de admirar las tantas cualidades positivas del conejo de Ushuaia, le pareció que lo mejor era desollarlo para hacerse confeccionar un tapado de piel. Eso puede practicarse de noche, cuando el animal está dilatado y la superficie de su piel es lo bastante extensa para que las crestas cartilaginosas se desplacen hasta los bordes y no dificulten las tareas de incisión y corte. No quise ayudarla en la operación; Vanesa, sin otros instrumentos que una tijera de sastre, despojó al conejo de Ushuaia de toda la piel del lomo, la llevó a la bañadera y, bajo el agua de la canilla y con detergente, cepillo y lavandina, eliminó por completo los restos de ámbar y bilis que la cubrían. Luego la secó con una toalla, la plegó, la guardó en una bolsa de plástico y, muy contenta, se la llevó a su casa.
Esa piel no necesita más de ocho o diez horas para regenerarse por completo. Vanesa imaginó un gran negocio: desollar cada noche al conejo de Ushuaia y vender sus pieles. No se lo permití; no quería convertir un hallazgo científico de tanta importancia en algo groseramente mercantil.
Sin embargo, una entidad ecologista denunció el hecho, y en los diarios se publicó una solicitada en la que se acusaba a “Valeria González” -y, lateralmente, también a mí- de ejercer crueldad hacia los animales.
Tal como yo sabía que iba a ocurrir, la llegada del otoño restituyó al conejo de Ushuaia su lenguaje telepático y, aunque su mundo cultural es limitado, pudimos tener agradables conversaciones y hasta establecer una especie de, ¿cómo diré?, de código de convivencia.
Me dijo que Vanesa no le caía simpática, y yo comprendí perfectamente sus calladas razones: le pedí a mi novia que no viniera más a casa.
Tal vez por gratitud, el conejo de Ushuaia perfeccionó un modo de no dilatarse tanto por las noches, de manera que pude traer de regreso al living todos los muebles. Duerme sobre el sillón de dos cuerpos y defeca sus poliedros metálicos sobre la alfombra. Nunca fue de excesivo comer y, en esto, como en todo lo demás, su conducta es mesurada y digna de elogio y de respeto.
Su delicadeza y su eficacia llegaron al extremo de preguntarme cuál sería, para mí, su tamaño diurno más cómodo. Le dije que habría preferido el de la cucaracha, pero advertí que esa misma pequeñez volvía al conejo de Ushuaia peligrosamente imperceptible, con el consiguiente riesgo de herirlo (ya que no de matarlo).
Tras algunos ensayos, llegamos a la conclusión de que, durante las noches, el conejo de Ushuaia continuaría dilatándose hasta adquirir el tamaño de un perro muy grande o de un leopardo. Durante el día, lo ideal consistía en las proporciones de un gato mediano.
Esto me permite, mientras miro televisión, por ejemplo, tener al conejo de Ushuaia en mis rodillas y acariciarlo distraídamente. Hemos forjado una sólida amistad y, a veces, con sólo nuestras miradas nos entendemos. No obstante, durante los meses fríos se mantienen vigentes sus facultades telepáticas, que desaparecerán apenas lleguen los primeros calores.
Ya estamos en agosto. El conejo de Ushuaia sabe que, desde septiembre hasta febrero o marzo, no podrá formularme preguntas ni plantear sugerencias ni recibir mis consejos o felicitaciones.
En los últimos tiempos ha caído en una especie de manía repetitiva. Me dice -como si yo no lo supiera- que él es el único ejemplar sobreviviente de conejo de Ushuaia en todo el mundo. Sabe que no tiene la menor posibilidad de reproducirse, pero -aunque se lo pregunté muchas veces- jamás me dijo si esto le preocupa o lo deja indiferente.
Además de estas afirmaciones, me pregunta -todos los días y varias veces al día- si vale la pena seguir viviendo, así, solo en el mundo, en mi compañía pero sin congéneres. No tiene manera de morir por su propia voluntad, y yo no tengo manera -y, aunque la tuviera, jamás lo haría- de matar a un animal tan dulce y afectuoso.
Por estas razones, mientras perduran los últimos fríos del año, converso con el conejo de Ushuaia y continúo acariciándolo distraídamente. Cuando llegue el calor de septiembre, sólo podré limitarme a acariciarlo.



PÁGINA 32 – ENSAYO

¿Hacia una ciber-poesía?


Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

Así, por ejemplo, en los últimos años, nos hemos familiarizado con la cibercultura y con una revolución microelectrónica que está cambiando infinidad de categorías estéticas. Interesante observar cómo en los encuentros y festivales de poesía se le está dando especial participación y escucha a estas nuevas formas de exploración poéticas, las cuales más que analizarlas con un moralismo tecnofóbico, requieren acercarse a ellas rescatando las posibilidades de los diferentes lenguajes que en el fondo proponen los ciberpoetas. Ni apocalíptico ni integrado quiero ser al realizar una aproximación a estas tendencias tecno-imaginativas; ni conciliador ni radicalmente resistente, sólo expectante, asumiendo la vigilancia con ojos críticos, pues si algo poseen estas iconosferas es su capacidad de seducción y embrujo.
La poesía de la globalización forma parte de toda esta gama de cultura audiovisual y se integra a la fotografía, el cine, las ilustraciones informáticas, a las páginas web, a revistas digitales, hipertextos, etc. Se ha desplazado de Guttemberg hacia la galaxia digital. Los poetas actuales, educados y casi alfabetizados por la cultura mediática, se han nutrido de la exaltación de la imagen; su modo de sentir y percibir es audiovisual. Poesía y tecno-imaginación; poesía de procesos multimediáticos (palabra, sonido, expresión, movimiento, duración) imponiéndose el zapping hipertextual como medio para elaborar la obra de arte.
Los ciberpoetas actuales están captando una telépolis transnacional y su percepción se procesa en red, construyendo el sueño de estar en todas partes y en ninguna. Poetas de un mundo desgravitado y telepresencial. La tecno-virtualidad y la tele-globalización están produciendo unas poéticas que no habíamos ni siquiera sospechado. Flujo, aceleración, velocidad, posibilitan que hablar desde la percepción del objeto real – que tanto nos dijeron los antiguos y modernos – se comience a escuchar como algo extraño. ¿No se estará gestando una poética con sensaciones virtuales y percepciones telemáticas en red? La virtualización del mundo, aceptada por el colectivo, hace parte de la cotidianidad del ciberpoeta contemporáneo. Poetas en línea construyendo metáforas sobre el ciberespacio y los ordenadores. Habrá que esperar algún tiempo para que estos nuevos lenguajes y procesos poéticos se afiancen y superen al actual pragmatismo meramente instrumental y técnico de Internet, y que se propongan poéticas renovadoras.
Nuevos escenarios esperan a los poetas. Escenarios de flujos y redes en las telépolis desterritorializadas, descentradas e híbridas. Sus imágenes, los códigos de habla urbana, surgirán de la virtualización de lo social. Los poetas actuales, y más en el futuro, están generando un gran gusto por lo ingrávido, lo leve, contra la monumentalidad de la estética moderna. Multimedia de sentidos, poesía en multimedia, creando imágenes blandas, volátiles, veloces, donde el zapping es un deber ser para su lecto-escritura. Poeta collage, poesía en bricolage. Poesía de lo inmediato, de la memoria instantánea global; poesía del acontecimiento telepresencial donde tal vez no se desea permanecer en la memoria histórica, sino en la memoria fugaz de las redes blandas. Para el ciberpoeta, la trascendencia de sus textos está marcada por lo que puedan perdurar en la red. La memoria aquí muta de significado: es una memoria inmediata, heterodoxa, simultánea, ubicua, contraria a la memoria grávida, crítica, que construyó los conceptos de “actor social”, “necesidad histórica” y “heroísmo histórico”, tan caros a los siglos XIX y XX.

Una memoria creadora

Claro que no es nada fácil reflexionar sobre esto en un ambiente impregnado por la envolvente ideología de la mediocridad, y más difícil aún concebir una escritura de ideas, o bien, citando a Milán Kundera, una “metáfora que piense”. (Milán Kundera, 2005: 90). Metáforas que piensen desde múltiples técnicas escriturales y tópicos culturales; que edifiquen proyectos estéticos con autenticidad y pasión. La diversidad cultural contemporánea nos ha obligado a pensar en la complejidad del mundo como pluralidad y unidad. Ante la explosión masiva del arte efímero; frente a la propagación en red del olvido de la historia; en medio del show y el shock de las guerras virtuales y reales de un imperio que justifica los asesinatos, la memoria creadora adquiere una importancia como permanente crítica de las manipulaciones ideológicas, ejercidas por los poderes políticos y los intereses financieros del capitalismo transnacional.
El artista está atado a su memoria creadora pero jamás al olvido. “Los poetas no olvidan”, dice alguno de mis versos. Más allá de olvidar, transforman los recuerdos, los vuelven presencia, murmullo donde antes sólo había silencio. Memoria poética frente a olvido histórico. De allí la importancia que posee el artista para mantener presente la edificación de una cultura y evitar que sus recuerdos sean guillotinados.
Hablo aquí de la importancia de la memoria, del derecho que tenemos todos a observarnos en el pasado para aprender de él y transformarnos; derecho que debemos exigir sobre todo ahora cuando las ideas de historia, de actor social y de memoria, son convertidas en archivos museísticos y en cuartos de San Alejo, contempladas como objetos exóticos y lejanos, que se reutilizan o reencauchan para la sociedad del espectáculo. De esta manera, la memoria ha perdido su fuerza innovadora, su aventura.
De allí que la protección de la memoria tal vez sea el sino del poeta. Su labor riega los surcos de la cultura con vastas y agudas obras que la prolongan, la transforman, la conservan. Pero la memoria del poeta va más allá de nostalgizar lo que fue o pudo ser. Su pulsión está en eternizar el instante inmediato, plenamente vivido como un todo, sea pobre o exuberante. No busca perpetuar tampoco la tradición ni repetir, sin innovación poética, una realidad simple e inmediata. Busca en cambio, superar lo que estandariza la rica variedad de lo existente.

“Y la muerte no tendrá poder”

“La poesía es como el sudor de la perfección, pero debe parecer fresca como las gotas de lluvia sobre la frente de una estatua”. La frase del poeta de las Antillas Derek Walcott, (2002: 114), nos sitúa en el ritmo que asumen en nuestra época los poetas. He aquí la imagen del que indaga hondo en la desesperación y el desastre, y, sin embargo, grita que ha encontrado allí la veta del milagro que justifica una vida; que ha podido comprender las ruinas y despojos históricos gracias a la osadía de su consumación y a la superación de las mismas.
El poeta es puente de puentes, canal de canales, comunicador y fundador de espacios y tiempos divergentes. Para no perecer de tanta soledad, extiende su lenguaje hasta tocar lejanos horizontes. Para no morir de tanta compañía vacua, y a veces estúpida, concentra sus palabras hasta llenarse de solitarios matices. Privilegiado y huérfano, rico y despojado, el poeta puebla y despuebla aquellas cosas que forman este mundo, las rebautiza, misión tan ardua como peligrosa, pues no hay mayor dificultad que la de dar un nuevo nombre a lo que ya para todos es reverencia, aceptación y costumbre. ¡Ruptura!, ¡Ruptura!, es su grito milenario. Ruptura y recomposición, destrucción y creación son las palabras que se escuchan desde antaño en sus íntimos recintos. Este difícil dialogismo fue propuesto por los poetas desde las noches y los días del tiempo, desde la profundidad de la grave historia. Sus resultados han dado multitud de transformaciones estéticas, cambios de actitudes, de lenguajes, de sensibilidades, inmensidad de proclamas y manifiestos artísticos, traición a las tradiciones, deconstrucción y composición de la memoria, síntesis y desgarramientos. En ello radica la riqueza y angustia del arte: entre el afuera y el adentro, el permanecer o marcharse, entre el prescindir de sus realidades o involucrarse en ellas.
Desde su convencimiento, el poeta actúa y habla con gratitud por estar vivo, pero también con cierta insatisfacción lúcida por pertenecer a un tiempo de amenazas. Tiempo paradójico, pues tal es la ambigüedad del actual sistema que, en un momento globaliza al mundo con hilos financieros, económicos, políticos, y en otro lo divide en solitarias regiones culturales. Homogeneización y fragmentación; unión y desintegración, multiplicación de las distancias y de las desigualdades. En este juego fatal y seductor, el poeta no se resigna a soportar el totalitarismo de la muerte, la desbandada sin límites de las persecuciones, la esquizofrenia de las torturas. “La muerte no tendrá poder” deberían ser las palabras esperanzadoras que broten de los labios de este artista. En las graderías de los actuales escenarios, estos versos de Dylan Thomas son más certeros para la condición del poeta, y hoy por hoy se pueblan de mayor sentido:

“y la muerte no tendrá poder. / Aunque rueden perdidos por los siglos / Bajo las envolturas del mar, no morirán en vano; / Retorcidos en el potro de tormento donde saltan los tendones, / Amarrados a la rueda del dolor, sin embargo no se romperán”. (“Y la muerte no tendrá poder”).

“El nacimiento de un poeta es siempre una amenaza para el orden cultural existente”, anunciaba en 1959 Salvatore Quasimodo en la entrega de los Premios Nóbel, y continuaba, “el poeta es un inconformista y no ingresa en el cascarón de la civilización falsamente literaria (…) Él pasa de la poesía lírica a la épica para hablar sobre el mundo y su tormento a través del hombre, racional y emocionalmente. El poeta entonces se convierte en un peligro”. (2002: 144 y ss.). Con Quasimodo queremos afirmar la plenitud y osadía de atrevernos a vivir como poetas frente a las garras de los lobos, enfrentados a jueces y verdugos, acorralados por críticos sicariales, rodeados de guerras organizadas por gobiernos autistas y autocráticos. Pero, como lo afirma el Nóbel, “ni el miedo, ni la ausencia, ni la indiferencia o la impotencia, impedirán que el poeta comunique un destino metafísico a otros”, aun cuando sabe que su palabra debe resistir los embates de las piedras lanzadas con odio y envidia desde diferentes estrados.

BIBLIOGRAFIA

Bataille, George. La Felicidad, el erotismo y la Literatura. Ensayos, 1944-1961. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2004.Borges, Jorge Luis. Arte Poética. Seis conferencias. Barcelona: Cítica, 2001.
Discursos Premios Nóbel. Bogotá: Común Presencia Editores, 2002.
Discursos Premios Nóbel. Bogotá: Común Presencia Editores, 2002.
Gaitán Durán, Jorge. Obra Literaria. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1975.
Kundera, Milán. El Telón. Ensayo en siete partes. Barcelona: Tusquets, 2005. P. 90.
Paz, Octavio. Ríos, Julián. Sólo a dos voces. Méjico D.F: Fondo de Cultura Económica, 2000. P.143.
Pitol, Sergio. El arte de la Fuga. México.D.F: Ediciones Era, 1999.
Rilke, Rainer María. Cartas a un joven poeta. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte, 1983.



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