Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com


GACETA LITERARIA Nº 24 – Diciembre de 2008 – Año II – Nº 12

Imágenes: Acuarelas de Leonid Afremov (Vitebsk, Bielorrusia, 1955) - El artista tiene su propio y único estilo. En lugar de pinceles utiliza espátula.
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA EDITORIAL

Celebración de la voz humana / 1


Por Eduardo Galeano (Uruguay)

Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido. La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA


Poenimios

Margarita Oliva (Rafaela-Santa Fe/Argentina)


Insomnio

En la noche sin sueño
la tensión del poema
crece.

Sólo la palabra sin tregua
puede cubrir piadosa
ese silencio que orilla
lo absoluto.


Equilibristas

Dónde hallar
el escurridizo límite
entre el yo y el nosotros.
¿Seguiremos
la marcha en las cornisas
con la vida a cuestas?


Peregrina

Indagar
sombras huyentes
en las siestas del verano
por el aire libre.


En la pérgola

Esperar el paso de la luz,
el canto en la lejanía,
la vibración oculta.

Surcar
el tiempo suspendido,
la travesía,
el destierro.


Sombras

No dije voy a volver.
No vi si la luna era
una moneda quebrada.
No sabré
qué pensabas entonces.


Tarea

En la todavía noche
seguiré reescribiendo
un poema inconcluso
manchado con gotas de vino
de sangre.

Aguardo la oportunidad única
para hablar.


Ella

Agnóstica y panteísta,
desierta y floreciente,
desorbitada y calma,
cuál es
la que me usurpa,
me desborda,
me transcurre.


Retrato

Salgo a la calle
vestida de palabras,
conjugando el olvido
y la inquietante
memoria antojadiza.
En este escenario
de fugaz eternidad
soy una fotocopia desdibujada,
inútil testimonio
del vacío.


Orlando Valdéz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Sin luna ni ocaso


como plegaria de muchedumbre
se hunde con filo de cuchillo
donde nadie salva a nadie
ni nada
la sangre de la ofrenda
de
rostros que miran llegar
en lentitud de noche otro
que no viene del polvo
sin luna ni ocaso
con metal en los ojos
como si algún Dios creara
en él o viceversa huracanes

como chispas

taciturnos
guerreros de la oscuridad


Al clarear

mientras
fieles
veneramos
la madrugada
entre añicos
de noches
lenta
blandamente
rompe
el blanco
de las hojas
la obscenidad
de un ángel profano

al clarear

miles máscaras
a mi lado


Esa quietud esa mujer

esa quietud
aproxima esa mujer
entre la aurora
y la bruma
de la mañana
transfigurada
en el agua
en igual lugar
la piedra
que es un mil
cuando sola arroja

su belleza y su espejito


Intervalo

sabiendo de la nada en el ocaso
ofrenda costados de lunas
entre concilios del rito

en intervalo inteligente
enciende una vela
y asesina al ángel de cenizas

cinco

o seis minutos antes
que la vez anterior


Sapiencia

nadie vendrá
siquiera después
en alguna manera
o infinitas poderoso
en la espera
creada sin fin y eso,
eso, debes saber
del amanecer
o del crepúsculo
de las manos
que interpretan navegantes
cuanta pasión
entre ellas hubo
y sus flechas


José Haroldo

cercanía
o lejanía
como causa
o imperio
que José Haroldo
no comprende
ni
como unidad de medida
tampoco Lauro la con-
versión inevitable
entre los desvíos
confundiendo
la muerte
con flores amarillas
una tarde de pino verde


Ni el mínimo suceso

tal vez nada sea
ni el mínimo suceso
en que tarda
desaparecer
toda posibilidad
de yerro o caída
la esquiva de ir
con la incomprensión
desatento
como salvación
de la inmensidad del final

de la nada persuasiva
que impone su lógica eternidad


Sentido poético

ese espejo
estipula comparación
entre existires
capaz
de establecer belleza
el pretérito
con la ocultación del verbo
por el que solemos confundir
misteriosa
o brutalmente
el sentido quimérico
de felicidad
que devuelve poética
su terrible ensimismicidad


Al ojala al oeste

esa señora
no es mi mujer
ni dueña ella
ella del deseo
que implosiona
con
ojala
contra viento
como mariposa
de fuego al oeste

y nada

en mí
ni a ti
queda


Y a la vez

amo y el amor
tal vez sea mujer
inasible
con tormentas
como olas
y a la vez silvestre
aroma de flores
con mucho color
como nunca todavía.

amo y soy amor
salvaje animal
de la llanura
que habita solitario
modificándose
como la violenta
y súbita gravedad
de un soplo
que dio vida que mata ahora


Roberto Malatesta (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Dormir en una silla


El cuerpo está hecho para echarse
apenas el cansancio lo reclama,
dormir en una silla no es parte
de la naturaleza del cuerpo fatigado.
Todo el planeta sirve al peso
de un cuerpo dispuesto a dormir,
una silla es una alteración
de la esencia del cuerpo,
pero bajo la dura ley de vida
y por decreto de la angustia
el cuerpo aprende fiel
como el elefante de circo
que se para en dos patas.
Lo cierto el cuerpo no está hecho
para dormir en una silla
cuando el duro cansancio lo reviste.
Quien duerme en una silla a veces sueña
morir crucificado.


Dragones

Por la pequeña ventanilla de la sala
veíamos pasar blancos dragones.
Es cierto que los chinos los admiraban
desde verdes praderas o en la falda de sus montes,
como también es cierto que el obrero esclavo de sol a sol
doblado sobre el arrozal no los percibía
o el prisionero desde su ventana cruzada de barrotes,
cuánta añoranza de libertad,
y yo hubiese querido para vos
praderas o montes y no
esta esclavitud de tubos y líquidos.
Yo miraba deseaba para voz
otro cuento fantástico y no esta vida aplazada
de chico prisionero de su enfermedad.
Yo miraba y me era difícil entender
que los mismos dragones que mutan en el cielo,
los mismos gratuitos blancos dragones,
signifique luz para unos y deseo en otros.
No obstante, allí estábamos, viendo, y más
admirando dragones, quien sabe
si acaso no nos atisbaban,
si acaso viéndonos no se admiraban
de la forma azul de tu entereza y la forma azul
de mi sombra sobre vos recostada.


Si pienso que aún esta junto a mi

Si pienso que aún está junto a mí,
si eso me complace, no puedo sino dudar,
sentir que cometo un acto egoísta,
y en mí no hay descanso.
Entonces sueño hacerlo feliz
con sus pequeñeces que tanto lo absorben,
me reprocho lo poco que he reparado
en aquello que realmente lo alegraba
y cuánto empeño puesto para que crezca,
que suba la cuesta de la edad a buen paso,
y todos esos cuidados propios de un buen padre,
vanos por ciertos, errados.
Y en mí no hay descanso.
Si me pienso sin él hallo sólo vértigo
y pavor por no saber desprenderme
de todo lo que en mí significa.
Si lo imagino fuera de nosotros,
padres que hemos aprendido año a año
como ensaña el dolor, no le encuentro
en el mundo refugio que lo guarde.
Hijo, forma frágil sujeta a nuestro cansancio, y
prueba al fin, extraña bendición quizás
que abre los ojos al camino del amor
por un doloroso, poco transitado, costado del mundo.


Canto del peregrino

En la inestable arena alzarás tiendas,
No construirás otra morada,
En la inestable arena endebles tiendas
que el sol de la mañana verá sobre tu espalda,
con su remolino de estrellas
perfumará la noche tu refugio.
No más que tiendas, las palabras
firme, seguro, inalterable
el peregrino desconoce.
La palabra casa no existe.


A veces creo posible ver

A veces creo ver tu espíritu
azul a través de tu cuerpo.
y me sorprende tu entereza
ya pidiendo el regreso pronto a casa,
a gritos exigirnos o insultar a enfermeros
con tal inusitada fortaleza
que no parece que naciese
de carne. Y todos te admiramos.
A veces te ves transparente
y un espíritu duro entre las nadas
de tu carne parece revelarse.
Muchacho puro que reinventas
palabras ya hace tiempo
vacías de significado.
Es como si vinieras de tu adentro,
fuerza, espíritu, vida
para quedarte y sostenernos
vos a nosotros. Para darnos vida.


PÁGINA 3 – CUENTO


Cristian y sus bisabuelos


Por Hugo Borgna (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Profundamente juntos, Antonio y Julia están unidos por la increíble cantidad de agua que recorrieron en un solo sentido, por la Airasca que no quieren borrar de sus emociones y por los nombres y apellidos que dejaron como prueba de su amor, a quienes con frecuencia miran desde la blanda casa en que viven, en un rincón circular de la larga noche.
Nunca se le ocurrió pensar a Cristian que las luces que cuelgan del techo de tiempo y silencio son algo más que estrellas. Tampoco se sintió nombrado en las largas conversaciones que allí sostienen los que lo miran a él, a sus padres, a sus abuelos.
Aún ahora, en esta definitiva tierra azul, Antonio y Julia no dejan de sentirse extraños. Intuyen en la palabra raíz, lo que no alcanzaron a tener. ¿Es el lugar montañoso de donde salieron en 1914? ¿O la familia que les fue creciendo allá abajo? ¿No estará en este sitio indefinible donde vivirán por siempre? Lo que comprenden viendo los actos habituales de Cristian, al que prefieren llamar posesivamente el bisnieto, es que la capacidad de asombro no tiene fin.
Recostado en un sillón con los ojos cerrados, miraba una y otra vez las partituras que se ayudaban para no caer de la pequeña mesa, sosteniendo especialmente a Il mazzulin di fiori . Allí también estaba el decreto que lo designaba pomposamente como Director del Coro Polifónico a él, que se sentía satisfecho por el simple hecho de poder hacer volar al aire corcheas y semifusas.
El que más se quejó fue Antonio. Julia, comprensiva, había perdonado siempre las actitudes egoístas de los hombres. Son en realidad débiles, decía para cerrar las discusiones que amenazaban con eternizarse y eso era grave, teniendo en cuenta la medida de tiempo de donde ahora vivían.
Sin embargo Cristian fue un caso especial, que puso a prueba hasta la paciencia infinita de su bisabuela.
El director no dormía, sentía cada nota, acomodaba el orden de las canciones, imaginaba el efecto que haría su arreglo en el público.
En la casa de Antonio y Julia se escucha música: nace de cada soplo, combinado con juegos de luces. Son canciones íntimas, sentidas, donde aparecen palabras y gestos de los descendientes a quienes miran atentamente, emitiendo opiniones acerca de ellos.
Aquél paso de los planetas grandes (es una de las medidas de tiempo que usa Antonio) fue especialmente conflictiva. Se habían acostumbrado a ver a Cristian en el club italiano llevando la remera con la inscripción University of California. También a que cuando iba al museo de la fotografía, en lugar de mirar las que mostraban el tren llegando a la plaza 25 de mayo en los primeros años del siglo, donde ellos veían tantos conocidos, se extasiara con las obras de técnica digital. Entendían que no supiera lo que era una ventosa, pero hubo un desconocimiento que para ellos fue escandaloso.
El director se incorporó, decidido. Ya estaba definido el repertorio. La primera canción sería Il mazzulin de fiori. Lo que no le gustaba demasiado era que algunos coreutas (como Cristian) no conocieran el dialecto tradicional.
Antonio se enojó al enterarse de que a Cristian no le sugerían nada especial los nombres de Colombo y Ripamonti. Cuando supo que debieron escribirle en fonética las canciones piamontesas, se indignó. Julia una vez más equilibró la situación, le recordó que él no sabía lo que es un chip.
El bisnieto era un problema especial también para el director, cuando advirtió que además de no cantar bien, había ingresado al coro sólo para tener oportunidad de relacionarse con Claretta, una de sus voces preferidas.
No siempre desde arriba miran a las mismas personas ¡Hay tantos parientes! ¡Tantas generaciones! Esa vez la que avisó fue Julia: el murmullo de la sala llegaba hasta allá. La expectativa que había creado la primera actuación del coro Piamontés había llenado la sala: esa misma tarde resolvieron agregar dos funciones. La expresión normalmente grave de Antonio había desaparecido: miraba a Cristian y sonreía, el bisnieto ya ocupaba las gradas junto a los demás coreutas. No miró a Julia, para que ella no le descubra la sensación de satisfacción infinita que experimentaba. Ella no le dirigió la mirada para no hacerlo sentir débil.
El director dio un golpecito de advertencia y el coro se puso alerta. Alzó los brazos buscando bajar la belleza suprema y los bajó suavemente, para que no se pierda. Primero fue un susurro, como el de las aves antes de levantar vuelo.
Il mazzulin de fiori
Que ven de la montaña
La carga de emoción hizo que, con fuerza, ganara altura el canto.
Se lo voglio rigalar
Julia dio la voz de alarma: Cristian no estaba cantando, había olvidado la letra. Antonio desde el fondo de sus ancestros sentenció: no es mi bisnieto. Julia, siempre ella, tomó las últimas reservas de dulzura y hasta las inventó, para tratar de convencerlo. ¿Hasta cuándo, se preguntó Antonio, tendré que dar últimas oportunidades?
El canto siguió, seguro y emocionado.
Sara una bruta sera
A veces parece un trueno. Es la forma que tiene el público de hacer llover las felicitaciones. Después, ponerse de pie para aplaudir y felicitar con gesto de satisfacción. Luego volver a la casa, a la vida establecida.
En ese ámbito donde todo se analiza con serenidad el director no terminaba de comprender.
Si Cristian no había cantado, ¿quién era el dueño de la voz de tenor que, emocionada y enérgica, se sumó desde la segunda estrofa y pareció partir desde su derecha?


PÁGINA 4 – ENSAYO


Primera persona del singular*


Por Alfredo Di Bernardo alfdibernardo@fibertel.com.ar

"Yo", digo, mientras por reflejo me señalo el pecho con los dedos.
"Yo", te digo, y pretendo que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entiendas de qué estoy hablando.
"Yo", pronuncio, y al hacerlo no revelo casi nada de lo que intento nombrar.
Porque "yo" soy mi abuela que se dejaba ganar a las damas y mi abuelo que me sacaba a pasear en su jeep.
"Yo" soy aquel horizonte hacia el cual corrí ingenuamente para llegar adonde estaba el sol.
"Yo" soy "Los tres chiflados" a las diez de la mañana y "La Pantera Rosa" a las ocho y media de la noche.
"Yo" soy las partituras amarillentas que mis dedos flacos tocaron en el piano.
"Yo" soy las historietas que leí de panza al suelo comiendo galletitas con dulce de leche.
"Yo" soy ese universo paralelo que inventé para refugiarme.
"Yo" soy esa pelota pateada hasta el cansancio con una felicidad tan pura como jamás volví a sentir.
"Yo" soy la timidez irreductible de mi adolescencia.
"Yo" soy los sucesivos pares de anteojos que han decorado mi cara.
"Yo" soy la fascinación incomparable que me obsequiaron ciertos libros.
"Yo" soy los cien mil minutos de fútbol que llevo mirados.
"Yo" soy las ideas de otros que alumbraron mis búsquedas a tientas.
"Yo" soy todos los lugares por donde paseé mis ojos asombrados.
"Yo" soy mi ternura inagotable y mi agotadora ambivalencia.
"Yo" soy mis ideales más nobles y mis más indecentes fantasías.
"Yo" soy los textos por los que me han aplaudido y las palabras que nunca me atreví a pronunciar.
"Yo" soy la gente que me quiere y esta tendencia vocacional a la soledad.
"Yo" soy las mujeres que he abrazado y las que jamás me animé a besar.
"Yo" soy mi golosa inclinación al chocolate y la melancolía.
"Yo" soy esa perpetua sensación de extrañeza que me genera habitar este planeta.
"Yo" soy mi singular forma de interpretar el mundo y mi irónica manera de contárselo a los otros.
"Yo" soy el caos que percibo en el universo y esta ilusión de darle un orden poniéndolo en palabras.

"Yo", decís, mientras por reflejo te señalás el pecho con los dedos.
"Yo", me decís, y pretendés que esa escueta afirmación monosilábica alcance para que entienda de qué estás hablando.


PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA


Laura Bermúdez (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)



Los de abajo, que mueven simientes
y abren caminos para alcanzar horizontes
trepan estrellas, acariciando sueños.

Los de abajo, los que mendigan hambrientos
Con la mirada perdida, dilatando futuro
Consumiendo “paco” para perderse sin tiempos.

Los que lloran exilios, los que mueren
En intentos y sufren la ignominia, indignos
Humanos, hermanos, parientes, prójimos
De este universo.

Los que duermen sin techo a la intemperie
Y caminan las calles nocturnas
En busca de alimentos revolviendo basuras
por el pan que desechan los pudientes.

Los de abajo , militantes valientes
De una casta que resiste venciendo
los días de soles y aguaceros, de frío intensos
Con los ojos prendidos al cielo y el corazón abierto..


Entre amarillos descoloridos

El ocre pinta sus matices
En un mayo de luz y sombras.

El amanecer se estremece
Frente al primer llanto.
La vida fluye, sin más…

Jadeos, gritos, pujanzas.

Se conmueve el sol
Sobre los vitrales del ventanal.
Los fríos pasillos del hospital
Van calentándose lentos.

Otro llanto estalla
Concluyendo
El doloroso y heroico
Acto
De parir.

En esta aventura de a dos
Ella saltó apresurada
Detrás
La precedí yo.

Me asomé a la vida consternada
Pulsión genuina,
Diminuta e inquieta
Como una extraña ,necesitada
Del olor
De la tibieza desconocida
De sus manos
De su voz
Recibiendo de una máquina
El calor.

Pequeña e indefensa
Buscando el ancla de su mirada
Y ese aroma dulce a leche.
Pero estaba sola .Mamá?

Tal vez el tiempo vertiginoso
Me llevó a vagar
Por nuestros tres primeros años
Envueltos en celofán.

Tres tortas para el festejo
Delantales pintados con personajes
De Blanca nieves,
Una foto en blanco y negro
Para recordar.
Navidades adormecidas
Caramelos de leche descifrando
Nostálgicos sabores.
Muñecas de trapo
Mi perro Bucky
Mi rancho
Los días inolvidables
De lluvias
La canción de los batracios
La escuela
El descampado de enfrente
La cava con su vertiente
De río o lago trunco
Los ombúes y sus sombras
Donde uno podía soñar.


Después…

La infancia tardó en retirarse
( aunque aquella niña, nunca se marchó)
Se fue esfumando despacito
como la tarde, en un beso de amor
fugaz.



MATRA dulce

que acaricias mis oídos
un pájaro libre es mi alma
que atraviesa cielos lejanos
y convierte en florestas azules,
la percepción de una mirada.
La mirada de mi amante.
azul intenso en mis pupilas
prendido a mis retinas
hundiéndose en mis carnes
como un puñal encendido...
Matra antiguo,
esferoide circuito de dulces
melodías
no me dejes morir en la mitad
de este viaje,
déjame alcanzarle
mi ánfora para que bebamos juntos
del agua viva
y un pan de amor compartido...


En habitáculos inconmensurables

El espacio inicia una danza
Policromáticas bailarinas se acoplan
a su vaivén.
Colibríes sobrevuelan flores
incitados por la dulce vertiente
de los pétalos..Los libados estambres
tiemblan.
Estoy llena de mariposas
que se deslizan por el tobogán azabache
de mis cabellos.
Las mastico , las trituro en mi boca
Y
se liberan filosóficas iluminando
mis pensamientos.


Mirta Gaziano (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)


Hoy


Hoy cosí un botón blanco en una hilera de botones rosados

Hoy sentí que quizás no estaba haciendo bien las cosas
Que si el botón hubiese sido rosa hubiese sido mejor
Que si hubiese encontrado el rosa en vez del blanco
La hilera hubiese quedado más ordenada, más preciosa, más pareja…
Pero a quien le importa, le aflige, o le incumbe, si el botón es blanco en vez de rosa, si el hilo utilizado es el justo, el real, el que se parece.
Hoy pegué mi rebeldía en esa blusa, hoy sortié las ataduras del botón que sobresale, del ademán inquieto, del parecer desenfrenado de la especie,
Para qué que se parezca
Para que se sea igual
Para quien que no le incumba
Pues quien mira mis botones, no me estará viendo a los ojos, quien fija su impresión en mis atuendos, no lo hará en mi persona, pues es entonces que poco me importa y menos me aflige ya que todo empieza de esta forma con un simple botón en mi camisa


Máscara

Agacho la cabeza y guardo el rostro,
Agacho la cabeza y escondo la pena que me da,
La total vergüenza de sentirme impotente en medio de la espera,
Guardo mi rostro que se expresa, escondo las lágrimas por vergüenza,
Por desazón y no descubran,
Protegerme de dejarles ver lo simple y espontáneo que desnuda mi alma y no promete,
Que ignoren mi esencia, que no sepan, que crean que tiene razón y no me importa.
Para que darles más datos,
Para que decirles lo que siento,
Para que mostrar mi rostro que transparenta mis sensibles sentimientos amarrados.
Para quien que no le incumba y se sirva de ellos a su antojo,
Para que si de nada sirve a quienes solo saben de monedas,
de estúpidas series de novelas,
de gratuitas marcas de programas,
de baratas contiendas de política.
Es allí no en otro momento que saco a relucir mi nueva cara,
la que me deja pasar inadvertida,
la que solo deja ver lo necesario,
lo cotidiano, útil momentáneo,
la que nada da, nada promete, no se mezcla con nadie y no conmueve,
solo un rostro, solo una imagen,
una marcada faz controvertida sin compromiso, sin marcadas emociones,
solo un fugaz, espontáneo y consabido flash,
que sobresale como tapa de revista.


No pude…

Quise más no pude, perpetuar la belleza, hallarla otra vez,
y nuevamente fui a buscarla.
Quise repetir algunos momentos, pero la maravilla simplemente se alejó, se diluyó como espuma en la falda de la playa, como hoja empujada por el fuerte viento,
no es posible amarrarla, no es posible.
La belleza a veces es efímera, se disuelve, se nos escapa, no es posible asirla más del minuto que dura.
Es por eso que amo los momentos,
los instantes en que hace su incipiente aparición y abro el pecho,
preparo en desmesura los sentidos y me entrego de lleno,
con renovadas ganas con asombro y sin prejuicios.
Y allí me encuentro indefensa frágil y desnuda,
es la paz que me invade, es la dicha, es presencia misma de la vida en manifiesto pleno, puro y mejorado apto para que sea aprovechado.
Y es por eso, y no por otra cosa que ansío volver a ver, tocar, oír, absorber los mismos manifiestos,
y no puedo, transcurrido el instante se perdieron, solo me queda suspirar, inspirar y dejar que la brisa seque una a una las lágrimas que se dieron lugar ocupando y nublando temporalmente mi mirada.


Quizás se pueda

Quizás se pueda, quizás se pueda
Recuperar de un soplo la memoria
Hacer de cuenta que el tiempo no ha avanzado
Girar de pronto sobre nuestros talones
Posar de frente ante nuestro pasado

Quizás se pueda, volver a los comienzos
Contar de nuevo cada una de la cosa ya vivida
Reconstruir en serio nuestra historia
Convalidar aciertos, de la misma manera y a conciencia
Hacer justicia y sentenciar lo incierto
Contactar de nuevo aquellas emociones,
Y aún así despertar las sensaciones,
Llorar los logros, recordar fracasos, reforzar lazos, mirar de frente
Como otrora te miraban.

Quizás se pueda volver a la memoria
Los días francos de tardes transparentes
Los atardeceres de otras tierras, de otros confines, de otras latitudes
Quizás se pueda, conquistar con la mirada, otra mirada que acorde con lo viejo
Con lo que nos llevó a esos deslices, a esos roces, y a esas relaciones
Traer de pronto todo ese pasado, pasarlo en limpio, iluminar retratos, desempolvar recuerdos, revalidar aquello que causó perturbaciones, nos llenó de vergüenza o nos hizo más felices
Todo aquello que liberó las ataduras, que nos distrajo quizás por un momento, o todo aquello de pasiones perdurables, de amores contenidos, de continuo refugio y alboradas.

Lindo sería, ¡hay ¡si se pudiera... relacionar lo nuevo con lo viejo
Remediar las cosas que han quedado
Repartir mejor las producciones
Mejorar los días de tormento
Dormir de nuevo las noches desveladas
Despertar a los 15 con sueños renovados
O quizás cuando esperaba el misterio de la vida
En mi vientre sembrada la semilla
Que bien vendría tomar aquellas manos que se fueron
Sentir las voces de mis seres mas queridos
Recuperar el tiempo de la vida ya pasada
En racimos de frutos relucientes
Como la niñez de mi hija y sobrinos

¡Quizás se deba!



PÁGINA 6 – CUENTO


El cuento


Por Susana Ballaris (Gálvez-Santa Fe/Argentina

Todas las noches ocurre lo mismo. Es casi un ritual. Sentado en mi sillón de algarrobo, casi tocando el piso, voy armando tiempos vivientes.
Todas las noches me hundo en el sillón de algarrobo como en un campo de estrellas y hago los mismos movimientos. Y la mirada que emana de mi cuerpo, mientras se enciende la madrugada, va prendiendo, enumerando como al descuido: un tazón estampado con sus orillas chorreando café y humo, voces en las guías telefónicas luego de las nueve de la noche, a la izquierda textos y textos a medio leer envueltos en tinta de birome negra, anotaciones varias en trozos de revistas, hojas blancas donde garabateo pasajes secretos de mis cuentos cortos con sus esquinas húmedas por alguna espiral de café todavía sin beber. Y frente a mí el cuadrado donde se suceden miles de marquesinas y hasta se pueden ver flores púrpuras que pierden su agua en las banquinas.
Luego, cuando pasan las horas mi cuerpo toma impulso y camino, mientras en el interior siento a mi otro yo que permanece tirado, perezoso, silencioso.
Todo está envuelto en la noche que golpea fuerte y oscura en mi ventana de madrugada.
Más tarde, tras el impulso, recorro unos metros y llego hasta el baño donde con los huecos de mis manos baño a mis ojos y quedan pálidos como lavados por una lluvia. Están exhaustos de tanto vivir personajes ajenos y es allí que encuentro arrugas sobre la frente, fruto de cicatrices, huellas, marcas, tatuajes.
No me reconozco.
He terminado el cuento en medio de la madrugada y al recostarme sobre la cama mi personaje cierra los ojos.


PÁGINA 7 – ENSAYO


Alea Jacta Est (*)


"La superstición trae mala suerte." Raymond Smullyan (1)

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

I
Entonces, percibí que las palabras de mi amigo -"buena suerte"-, y su gesto -una mirada piadosa-, y su ademán -una mano en mi espalda- podrían parecerse, exageradamente, a las que se le dispensan a aquel que sabe que le espera el cadalso y sólo tiene tiempo para un adiós contrario a su voluntad; o a las que reciben los que van a morir en combate y aguardan hacerlo dignamente; o a las que despiden a los que parten al exilio; o a las que recoge aquel que se arroja a una empresa imposible. A medida que avanzaba, más desahuciado que temeroso, atiné a pensar que, ciertamente, desear la suerte del otro, o esperarla uno mismo, implica un acto de fe, en una invocación última a una fuerza inextricable, a la usanza del ateo que depone su ateísmo y se ofrece a Dios con el último suspiro. Y cavilé -mientras me arrastraba apesadumbrado desde los bancos al escritorio- que la suerte también puede ser una especie de coartada de los cobardes o los tibios, de los débiles, ante la imposibilidad de modificar la realidad propia. Así que metí las manos en los bolsillos para asirme de algo y sacudir mis pensamientos. Mi horror fue total: había olvidado mi amuleto.

II
A medida que me acercaba, menos irascible que triste, insólitamente, recordé una película. En "Match Point", de Woody Allen, el asesino tiende una coartada que le sale bien de milagro: simula un robo para matar a su amante. Lo hace así: da muerte, primero, a una vecina mayor; roba joyas y psicofármacos para que los investigadores supongan que se trata de un caso de drogas y, luego, dispara a su compañera. Es afortunado: cuando arroja las pertenencias de la anciana al Támesis, uno de los anillos rebota contra la baranda de la costanera y queda de su lado. Tiempo después, encuentran ese anillo en las ropas de un junkie (adicto) muerto por la policía, sorprendido cuando robaba. Con esto, los detectives dan por cerrado el caso.

III
Entonces, caminaba con pavura hacia el estrado donde retozaba el tribunal examinador y pensé, tal vez ingenuamente, que el anillo podría, ese mediodía, rebotar hacia mi lado. Las noches anteriores, yo, absorto en las seducciones de trasnoche, había relegado el estudio. Sabía que no sabía. Sabía que una mala nota iba a afectar mi promedio. Y, ante los docentes malhumorados, que se proponían interrogar al vigésimo octavo estudiante, en una jornada de mil infiernos, me senté presto al fusilamiento retórico. Entonces, sucedió: un llamado telefónico al presidente del Tribunal; un caso de emergencia familiar; la postergación de la mesa. Regresé a mi casa, con otro recuerdo: la de aquella frase que se le adjudica a Julio César, "La suerte está echada", que yo leí por primera vez, de niño, con inenarrable sorpresa, en las historietas de Ásterix. Esta máxima, pensaba, no postula ya la noción de tener a la suerte como único salvataje posible; más bien, señala lo inmodificable del destino: está escrito, no hay retorno. A las dos semanas rendí con buena nota, y presenté el promedio para una beca en el exterior, y me eligieron, y me contrataron. Cada vez que me ve, y no son muchas, mi amigo me dice ahora: "Qué suerte", y me palmea lo mismo que aquella vez y despide una mirada que no termino de descifrar, entre la envidia, el afecto y cierta recriminación, como si tuviese yo alguna cuenta impaga con alguien.

(*) Latín: trad. "La suerte está echada".
(1) Citado en "El Péndulo de Foucault", de Umberto Eco. Lumen/De La Flor, 1989.



PÁGINA 8 – CUENTO


Felicitas


Por Marcelo Juan Valenti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

¿Por qué hacemos estas cosas con los muertos?
Felicitas, tan infantil y entusiasta, quedó desencajada ante la foto de Rodolfo que puse frente a la puerta de entrada. Descubrí por accidente un rollo, cuando Araceli me pidió prestada la cámara para el cumpleaños de uno de los chicos. El que llega, lo primero que ve es a mi hijo, en una pose casual, sonriente. ¿Quién se la habrá tomado? Si debo ser honesta, creo que Rodolfo desautorizaría esta exposición. Pero no lo pude evitar. Lo traiciono, a la par que hiero a los que me traen el raro descanso de la compañía. En especial, Felicitas, una amiga de toda la vida. Si, ya sé. Es aniñada, parece tonta y el vicio de hablar en diminutivos puede fastidiar al más templado. Pero siempre estuvo, tan fiel, tan compañera. A los quince años nos prometimos el amadrinamiento del primer hijo varón. Ambas cumplimos.
-¿Té o café?
-Un cafecito, Elvirita.
-Regio. Estaba por preparar. Me faltaba la excusa.
-Y aquí vino Felicitas a justificar. Traje estas masitas de jengibre.
-Vamos a la cocina.
Mi amiga se detuvo un momento en el comedor. Más fotos, más muertos. Al fin, el alivio de servir los pocillos y del primer bocado.
-Riquísimas.
-Una receta de familia. Te la voy a dejar de herencia.
Se calló, enrojecida. La muerte circula en las expresiones cotidianas. Felicitas se sintió en falta. Como cuando se habla con un ciego y es inevitable decir:- Mirá, fijate, ¿ves? Y cuando nos damos cuenta, es tarde.
-No sólo traje masitas. También una propuesta. Un viajecito.
-¿Viaje? ¿Adónde?
-Al mar.
-¿Fuera de temporada?
-Si. Lo que pasa es que hay un festival poético, en el que las chicas van a presentar sus primeros libritos.
Las chicas eran Victoria y Eugenia, dos de sus hermanas.
-Vamos a ir en mi auto.
-¿Con ellas?
-No, ellas se van por su lado. Yo llevo a dos personas más, que no manejan.
-Felicitas, desde el accidente evito manejar en ruta.
-Ya sé, ya sé. Pero quiero tener a alguien que me ayude, si se da el rarísimo caso de que me canse… Además... lo pensé porque es un viaje que nos debemos y te va a hacer bien. ¿O no?

Decidí aceptar. Detrás de la invitación había un ruego. Felicitas tenía un miedo que no le conocía. ¿O que percibía por primera vez?
Me sentí inmediatamente atraída por Inés, que viajaba para encargarse de la presentación de los libros. El cuarto pasajero era un chico joven y pedante. Apenas pudo, me contó:- Me llamo Adrián, porque mis padres son devotos de Yourcenar.
Disfracé con una sonrisa forzada mi incredulidad. Mi madre, irreprimible, se hubiera reído a carcajadas. Había combinado con éxito la viudez con el manejo de la librería de mi padre. No hubieran faltado los comentarios mordaces, eruditos.
Éramos un grupo de mujeres fuertes. Mamá a la cabeza, lúcida, dueña. Mi suegra, independiente, viajaba sola las seis horas desde su pueblo, para visitarnos. Araceli había superado las complicaciones de tres partos difíciles, luego de los que los médicos nos prepararon para lo peor.
Los varones caían fulminados. Mi padre, el hombre más hermoso que conocí, derribado por un infarto. Mi marido, destrozado en el accidente que tuvimos en nuestro primer y último viaje sin los chicos, del que salí ilesa. Y Rodolfo... una muerte que nadie supo explicarme.
Viajar me puso de buen humor. Yo misma me ofrecí a suplantar a Felicitas. Inés, siempre en al asiento del acompañante.
No era la primera vez que me pasaba. En general, lograba manejarlo y sublimar. Las opciones solían ser dos: ganaba una amiga o dejaba de frecuentar al objeto de mis deseos, que histéricamente, nunca realicé. Así, algunas mujeres bellas, cultas, pasaron por mi vida, intocables, veladas. El interés se desvanecía en el olvido si no volvía a verlas, o en el inexorable tedio que ensombrece a las personas conocidas.
Pensé que las tres compartiríamos la habitación, pero Inés se alojaba en otro hotel, por una aparente maniobra de Felicitas.
-Así estamos tranquilitas y hacemos lo que queremos.
No faltaría oportunidad de volver a verla.

El festival se desarrollaba en el “Centro de las Artes”, un edificio moderno, cálido. En el hall había stands de editoriales independientes. Compré tres libros artesanales para mis compañeros de viaje. Elegí para Inés uno que llevaba en la tapa la imagen, sugerente de claroscuros, de una mujer desnuda.
Adrián insistió en que le dedicara el suyo.
Inés esbozó un agradecimiento, inconcluso debido a la aparición de un grupo de poetas de nuestra ciudad.
El colmo fue Felicitas.
-¿Este librito es para mi?
Se puso a lloriquear, sus lágrimas daban un ligero salto, muy definidas, antes de resbalar por las mejillas. Una forma acrobática de llanto, que sólo he visto en ella.

La presentación era el segundo día.
Inés tomó la palabra y llenó el espacio de elogios.
Las hermanas, muy compuestas, intercalaron la lectura de poemas. Me sorprendieron, se veía que los años de taller literarios habían dado frutos.
Victoria y Eugenia eran mellizas y solteronas. Se notaba el cuidado puesto en la ropa y los peinados opuestos, que lograba un efecto contrario al buscado: el parecido se realzaba.
Cuando tuve oportunidad de leer completos sus poemarios (uno de tapa naranja, el otro verde) comprendí que esos textos se reflejaban uno en el otro, como espejos enfrentados.
Celebramos en una pizzería que abandonamos temprano.

Al tercer día, Felicitas y yo salimos a pasear. Usó más diminutivos que nunca. Cuando conté que en estas playas había conocido el mar, poco antes de que muriera mi padre, mi amiga se emocionó hasta las lágrimas. Intuyo que se acordó de Rodolfo. Estábamos en un café y la gente nos miraba. Dos mujeres solas, maduras, tristes. Felicitas daba siempre estos espectáculos que yo no comprendía. El que no le iba a perdonar jamás, sucedió en la fiesta por el retorno de Rodolfo, luego de dos años en el extranjero. La casa estaba llena de gente. La familia, los amigos. Mi hijo volvía triunfante, hermoso, feliz. En medio de ese vértigo, Felicitas lo tomó de las manos.
-A ver, a ver. Quiero a mi ahijadito para mí. Para mí-. Retorciéndole los cachetes, agregó- Pendejo... tenés pinta, título, contrato con una súper empresa, sos joven, divino. ¿Qué? ¿Qué te falta? ¿Qué problema podés tener?
Entonces Rodolfo la besó y le habló al oído. La dejó y se sumó al remolino de la fiesta, Felicitas lloraba, con las lágrimas a los saltos.
Dos meses después, en una reunión de amigos, Rodolfo tuvo un mareo y se desmayó. Lo trasladaron al sanatorio, al que llegó muerto.
-¿Felicitas?
-Ay, si, dale, decí. Suena a secretito.
-Si. ¿Te acordás de la fiesta que hice cuando volvió Rodolfo?
Noté que se puso en guardia.
-Nunca me olvidé de algo que pasó. Le preguntaste que problema podía tener y te dijo algo al oído. ¿Qué?
Más y más y más lágrimas acrobáticas.
-Pero... nada -balbuceó. Se dio cuenta de que estabas escuchando. Te quiso dar celos.
Lágrimas y la certeza de que me estaba mintiendo. No insistí. Volvimos apesadumbradas al hotel. Felicitas argumentó que estaba agotada (¡Ella que no se cansaba nunca!) No quería cenar. A lo sumo pediría un té.
-¿Te importa si salgo un rato?
-No, andá nomás. Andá. Voy a estar bien.
Frunció la boca como preparándose para reprochar.
-Bárbaro. Nos vemos.
Corrí hasta el hotel donde se alojaba Inés. No estaba. Tampoco la encontré en el “Centro de las Artes”. En el hall lo vi a Adrián, en un enjambre de personas jóvenes. Las pilosidades curiosas, el entusiasmo, un aura perfumada: indicios de la pertenencia a la raza sublime y condenada de los poetas.
Caminé, perdida, con la mente en blanco. Casi me atropella un auto, eso me despertó. Sentí hambre y decidí sentarme en el primer lugar que encontrara... que fue un viejo restaurante, que ya funcionaba en aquel viaje de infancia. Estaba reciclado, pero se reconocían las líneas originales.
Elegí mesa, ordené el pedido y miré mi interior. Nada, nada de culpa por haber abandonado a Felicitas. Podía más la ofuscación por su mentira, su silencio. Me había robado mi herencia, el secreto de mi hijo.
Quizás convenía no saber. Cada cosa que se descubría en mi familia llevaba a la muerte.
Ignoro lo que descubrió Rodolfo.
Mi marido supo, sobre el final, de mis arrebatos. Por eso la discusión en el auto, el accidente.
Al restaurante entró el recuerdo de mi imagen de niña, flanqueada por mis padres. En aquella primera visita al mar, mi padre me descubrió a mí. No lo entendí hasta muchos años después. En ese momento sólo hubo el deslumbramiento por el súbito interés de parte de ese hombre habitualmente tan lejano. Mi madre era una buena nadadora y se internaba con elegantes brazadas en el agua helada. Papá se quedaba conmigo, en la playa. Habíamos alquilado una carpa. Dormíamos la siesta abrazados y sus caricias...
¿Lo habrá sabido mi madre?
Él cesó sus atenciones cuando regresamos a casa. Tres meses después moriría de un infarto.
A la costa, no volvimos más.


PÁGINA 9 – ENSAYO


Ellos, los diferentes.


Por Eduardo Pérsico (Banfield-Buenos Aires/Argentina)

Puede saber a gloria sentirse diferente. Con la certeza de saberse distinto cada día cualquiera ha de amanecer victorioso y entero. Sin apremios en decir ‘soy de otra clase’ ni presumir de lo bueno que existan diferencias, la expresión de esa gente no es la nuestra. Acaso por pisar un escalón más alto; eso suelen callarlo pero sentir lo sienten; demuestran ser distintos. Y no vale despreciar, ellos tienen su estilo.
Sin pensar en azarosos engendros de galaxias lejanas o exóticos venidos de ultratumba, hay un gentío natural y común, -esta no es la palabra- que habita en otro barrio más seguro y lujoso que nos mira sin vernos. O más bien, ni nos mira. Aunque claro, alguien que entiende asuntos de la ciencia nos advierte que ellos, los diferentes, son iguales en todo y no hay genética que analice títulos ni riquezas, por ejemplo. Y por decirlo de una vez, esos tipos son similares al Papa, al Rabino Supremo y al mismísimo Rey del Oro en barras; iguales a la gente que si no come ha de morirse de hambre y también perpetúa la especie del modo más a mano y placentero al engendrar un hijo.
Ellos, los diferentes, son apenas iguales si al fin y sin saberlo son esclavos del hambre. Y no del deseo social de comer un bocado al decaer la tarde, sino del hambre de verdad, profundo y serio. Son mortales que ignoran estar esclavizados por no comer lo imprescindible, ese mínimo para supervivir que además de las tripas demuele la ética y las morales de cualquiera. Sí, los diferentes opinan sobre todo por desconocer ese hambre terminal que no respeta iglesias, sinagogas y mezquitas; reductos donde se la pasan ponderando palabras y milagros sobre este asunto concreto de la hambruna.
‘Mi reino por un caballo’ imploró aquel aterrado Rey al presentir el aletazo del final, porque nada vale en la vida más que la vida misma’, le escuchamos a cierto filósofo de trasnoche en un bar de Buenos Aires. Que además, solía imaginar a los hombres y mujeres más afortunados del planeta reunidos en un palacio inigualable, quienes de pronto quedaran aislados del resto y sin nada de alimento. ‘Entonces al cuarto día, sin prejuicios ni pudores, todos daban todo pero todo por apenas un cachito de pan’. Aunque claro, tal vez aquello fuera pura imaginación de un trasnochado que nos cruzamos por ahí…
Igual y de cualquier manera, no hay mortal que ande exento de alguna herencia de hambre. ‘La evolución humana’ se explica por sus continuas migraciones persiguiendo comida. Familias, gentíos y multitudes caminaron desiertos y atravesaron mares corridos por esta implacable realidad que a nadie espera. Esta infamia que acaso se muera con nosotros pero lejos de esa gente, tan diferente que ni siquiera mira.


PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA


Mónica Angelino (Gral. Rodríguez -Buenos Aires/Argentina)

Así


lento
sin pausa
muriendo los días
uno en uno

agotándolos


Nostalgia

Se mueven los gestos de tu sombra
en la cortina de seda
se diluyen con el viento
caen en repliegues
se amodorran en la levedad de la siesta
sobre lo eucaliptos del camino
en la vereda de mis ojos

como cocodrilo sin piel
en el rellano del río
los zapatos en tus pies
los ecos bailan
de otros pasos.


Ahí

tengo
clavada
una espina
dorsal
que asegura
que yo

¿soy este cuerpo?


El mundo del oyente

En su mayoría
ante los reclamos
del sordo
la sociedad
hace
oídos sordos

es difícil
no escuchan
no hacen ruido

las manos.


Fue

noche de vampiros
sobre la piel del invierno
fue agua
y fuego
agria ausencia en las manos
lluvia seca
trueno y viento.


Todo

Esta metonimia
de abarcar el todo
amándote

la mano
de mis dedos
acariciando

un tobogán
al abismo
que sube.


Incansable

Va respirando serruchos de arena
hundiéndose en una fatiga incansable de agua
estancada contra las columnas del silencio
asida a las líneas fronterizas
de los zócalos del fuego
resbalando en la viscosa furia tumoral
de la impotencia

El tren se detiene en la franja justa
todo se desvanece
el camino se transita a si mismo
repitiendo incansable el círculo

Mónica se busca
sigue sin saber en que lugar
velan
sus restos.


Claudio Piermarini (San Miguel de Tucumán-Tucumán/Argentina)


La necesidad de lo contingente


Un jueves
encontré a Dios en un cineclub.
Era morocha.
De Aries.


Alienación

Se puede morir de disyunción.
Se puede llorar al pie de las iglesias,
hasta agotar el agua de las fuentes
y convertir el Edén en un desierto calcinado.
Uno puede darse al sacrificio
en un altar para dioses que no existen,
o entregar el alma a feroz idolatría
y adorar todos los fetiches del Capitalismo
hasta volverse de plástico,
ser un simulacro de la vida,
un muñeco de cera organizado,
andar y desandar los vastos hipermercados,
confundiendo felicidad con mercancía.
Se puede consumir
todo tipo de drogas ilegales
y, con la cara de Guevara
tatuada en el antebrazo,
jugar a la ruleta rusa con narcopolicías.
Se puede morir de pie
defendiendo una mentira,
por no turbar el sueño
de los sepultos antepasados,
yacer con prostitutas un alba de cenizas,
por el bien del Patriarcado
y con un guiño del Papa,
o escribir un libro de poesías
como un gran cementerio
de amores enterrados.
Se puede traicionar al propio corazón
una y mil veces,
sólo para volverlo a traicionar.

Pero lo que no se puede,
bajo ningún concepto,
es tratar de vivir en la verdad,
soñar tu propio sueño,
decir: yo quiero, yo deseo
y no tener, al instante,
que negarlo.


Andrea

Ya sé, amor,
que en un momento cualquiera
moriremos,
porque el misterio,
que hoy nos da el latido,
es apenas un hilo delgado.
Y sé,
que por más
que hondamente lo indaguemos,
nunca sabremos
a dónde dan las puertas de la muerte.

Pero, ¿acaso no es bello estar aquí,
acariciando entre tus piernas
tu boca secreta,
mientras alzo tu pollera
y tus párpados se caen ?


Tribunales populares

¿El día del juicio,
podrá Dios redimirse
con haber sacrificado un Hijo?


"Un cuento contado por un idiota"

Todas las monedas de nuestro amor
cayeron cruz.
Si vos amanecías,
sobre mí llovia
el cántaro de la noche.
Causa y efecto fueron un velo,
que escondía un designio monstruoso,
un dios sin ojos y sin luz
que, con mala fortuna,
gobierna el mundo.

Todos los pétalos de la rosa
desparramados en el viento,
todo lo que busques
para perderlo.
Siempre Julieta se equivoca
y en su tragedia de enredos,
sin comprender la trama,
se suicida a destiempo.


Pecado original

Un dios al que nacemos debiendo
no es un buen dios.
Es un Banco Universal de la Desgracia.


Caminos de mierda

Con fusil y con flor,
partimos buscando
en mañanas desnudas
como hornos,
detener las ruedas aceitadas
del karma implacable;
dormir las perras de la Historia
una larga siesta en Acuario,
sin calvario y sin coroneles.
Sin fusil y sin flor,
de uno en uno
caimos sangrando
en la panza del Diablo,
envenenando la simiente
y pudriendo la siega,
como niños desconcertados,
que despiertan, para siempre,
a un alba de bayonetas
o túneles y pesadillas.
El ángel del Mal
echó suertes en su oficina.
Para algunos, entonces,
fueron tumbas
las arenas voraces del Orden,
el gusano sistemático, perfecto
del martirio,
y a los otros, cadenas perpetuas
en cuchitriles del espíritu,
totem-televisores,
cenizas de la libido,
largas, muchas, rutinarias
rayas de cocaína,
piedras frìas desmenuzando
esos jóvenes corazones viejos.

Como estrellas finales,
todos ardimos invocando
manos, huesos, cabelleras,
no significantes nombres
de profetas muertos
amados en vano.
Llorando, inútilmente, debajo
de un sordo,
mudo
y ciego
póster en llamas.


Rosas en el viento

Cosita,
que me dejaste
atormentado en el Eclipse
y un hueco en el alma,
como la bomba en Hiroshima,
rosa perdida en el laberinto,
no voy a cantarte,
borracho de tango en el abismo,
las metáforas negras
del rencor y del olvido.
Ni quiero hablarte aquí
del viento de la pena en torbellino,
que me muerde
por las calles de tu barrio.
Fresca, como una mañana entre los álamos,
voy a cantarte una canción sencilla,
que sólo diga cosas así:
me hiciste feliz,
lloramos y reímos
al amparo de los bares
y, temblando en tu balcón
la luna roja,
me diste en la penumbra
lo mejor que tenías.
¿Qué más puedo pedir?

Que tengas buenos vientos
en los mares de la vida
y en la curva impredecible de las olas,
de nuevo te traigan hasta mí,
giradas las ruedas de la Rosa.


A Hegel

También anda Dios,
enamorado en tu red,
Divina Maya.
Nadando con nosotros
en el río de los vivos.

Nuestro agradecimiento para Aníbal Jorge Sciorra y la Máquina de Escribir


Juan González (San Miguel de Tucumán-Tucumán/Argentina)


La casa


Qué mano secreta golpea
qué ruido de alas
atraviesa la tarde
no puedo nombrarte ahora
pasión o distancia
ojo desnudo bajo la lluvia
brazo de ternura caído
en las redes del tiempo
no volverás a dolerme
como cuando niño
me golpeaban los cumpleaños
o esa palabra trenes
me dormía en sobresaltos
no volverás dije
por esta calle
que ya no te reconoce
y esta casa
tan antigua como el amor
seguirá encendida
como una lámpara.


Materia del canto

Todos los días
salgo por las calles
decidido a madurar
la vida
y penetro me sumerjo
en los rostros
en las manos
en el corazón del viento
velozmente
como un mágico trompo
y voy apretado
entre voces y lenguas
que conozco bien
transito las palabras
esta dura necesidad
de expresar y comunicar
embadurno las monedas
solicito a los árboles
una música en sus hojas
y miro largamente
las huellas del hombre
sobre el tiempo

poque es así
y no de otra manera
porque hay que andar
con ojos de tormentas
para las lluvias
porque hay que sentir
y conocer los días
del puro esplendor
de la más alta pena
y vivir de pie
parado sobre la tierra
con todo el cuerpo
con toda la memoria
de lo sucedido
con los acontecimientos
de hoy y de mañana
porque éste
es nuestro tiempo
ésta la materia
de mi canto


Pasión de la tribu

Arde el día en su ropa raída
y suena un extraño rumor en su pecho
como una ola vecina a los vilanos
que emigran a lugares remotos
donde crujen las semillas bajo un sol
mundial
y estallan arcoiris en los colibríes
que resplandecen en el aire
dónde dónde las alas de los pájaros
los camiones alados de verduras
relucientes como joyas
que penetran los mercados la ciudad
la circunvalan de olores
joyas de verduras de las eras
partos de la tierra que navegan
en camiones como grandes garzas
ondulando el cuello para llegar
a les halles de parís en otro tiempo
al cabo de hornos
a la calle de peligros de madrid
o a la calle junín de tucumán
despierto lleno de viento
de crecientes
de bramidos
me sentía como el gato
que regresa a la casa
y desde mi cuarto seguía escuchando
el rumor del agua
el vuelo de las golondrinas
los olores los ruidos invaden
la ciudad
las ciudades del mundo despiertan
todas las mañanas grávidas
llenas de palomas o gorriones
o rumores o árboles quemados por el plomo
o el óxido de plomo de los escapes
o por la mano del hombre que destruye
el movimiento natural solar
de las hormigas del tatú carreta
agonizante muerto en el zoo de córdoba
oh el zoo de los safaris
luzol que invade las cárceles
un cementerio marino etrusco
o indígena luz de tus dientes
o de tus hombros abrazados
por mi cuerpo
luz luz que penetra o sale
de la boca de las sirenas
de mar luz que arrasa
los andenes de mi infancia
y que duerme dorada
en la cáscara de una naranja
en un palacio de semillas
la mujer se mueve con los astros
y en su cuerpo brillan los almendros
de sus pequeños senos
la colina oscura de su sexo
que palpita en el cuadro con las ovejas
con las majadas que rodean su cuerpo
es la historia que brota de las piedras
como el sol o la resolana que baña
en invierno las ruinas de quilmes
es el viento el viento que despierta
el misterio de los jeroglíficos
que enciende el fuego de la palabra
que circula por el mar mezclada
con los desperdicios
y el aceite quemado de la task force
despierto en una ciudad desnuda
y desde un balcón
descubro el juego
de las golondrinas
que abren la furia del aire
veo cómo se alejan
por los canales y reaparecen
en bella vista
en el arcoiris del pasado
y la lluvia sobre todo la lluvia
desatada sobre los árboles
la noche creciendo
como una gasa negra
como una lámpara
la luna que agoniza roja en las
aguas del río de la plata
la plata dulce la usura de ezra pound
tan viva tan dulce
en la época de martínez de hoz
oh oh la bicicleta cruza países mares
y se desliza cerca de zurich
una señora emite señales sonidos
para que la vean va en globo
un gran globo estalla en el aire
bajo una lluvia ácida
luz luz que despierta los cantos
de maldoror en una edición
del año 1925 luz sobre las flores
los pescados sobre un tanque
de guerra que no sirve para nada
luz que sale de una sinfonía de
beethoven de un cuarteto de
bela bartok o de la trompa de
dizzy gillespie luz blanca de los
pañuelos en la plaza de mayo de
buenos aires luz de lisboa de fernando
pessoa y sus heterónimos
tengo en la boca sueños
con caballos percherones trenes o
barcos que navegan en el humo
por el mar el humo de los barcos
llena mi boca de sueños


"Todo lo que escribo sucede"

Todo este tiempo estuve
afilando mis dientes
por eso me inclino para dejarlo
pasar sobre mi cuerpo
y no sentir de nuevo los golpes
de sus cascos
en mi cabeza

pensaban que iba a estar
masticándome el aire
alguien alguna vez
masticó aire

los perros dicen
mastican el aire
se alimentan de pastos
o frotan sus lomos
en la tierra
cuando va a llover

estaré loca como dicen
los que machacaron todo con sus patas
hasta el aliento de los niños
el mismísimo diablo se los lleve

Aquí las noticias
envejecen de un día para otro
y el sol se acumula
en esos nombres que designaban cosas
muebles o piedras
llaves que abrían
o cerraban la llama
de las hornillas

aquí escucho voces olores
que vienen de la calle
y mugen o chillan en las orillas
cuántas cosas suceden
a mi alrededor

por eso hablen cartas
hablen con el báculo del obispo
díganle que soy de este mundo
que no miento
y espero ser descubierta
o revelada en una foto
que se vea como las agujas
de un gran reloj
o como un megalito
en medio del desierto.

Mi piel está quedándose lilial
de tanta sombra
una década de sombra no es
nonda
es el color quebrado el
pecho del pajarito que no veo

y son tantas las cosas
que no veo
alguien afuera ve las ciudades
seguramente no pasan grullas
ni cigüeñas
con niños en el pico
sino los cinco palotinos elididos

o la intimidad
de las casas voladas no
por un ciclón
sino por panes de fuego
que dejaron insomnes
a los cuatro puntos cardinales

y llegan también
hasta aquí
y conmueven mi cordillera
o el lomo verde de mis aguas
que un día dejaré salir
para lavar todas las manchas

Hablen cartas digan que no salí
todo este tiempo
que estuve rodeada de ojos
eso
ojos que devoraban mi lengua
o mi esternón tan alegre
cuando le daba el sol o
cuando andaba por las calles

eso no lo digan ahora
no hablen de la prisionera
de la golpeada
en su macizo central

digan que sólo
escribía cartas con la boca
o bailaba la pericona nacional
y mentía le mentía mucho
a los dueños de los ojos
y era la loca de la caserna
a la que no pudieron sacarle
la gran revelación

Pronto voy a cumplir años
otra vez
lo sé por las tantas veces
que he dormido en este círculo
donde aprendí a medir el tiempo
como los cavernícolas

donde soy memoria
o puedo escuchar otra vez
el trote del caballo
que tira una jardinera
y oler el humo
de las hojas que se queman
todos los otoños

o escuchar el único gallo
que canta
cerca de donde estoy viva
no muerta
como quisieran ellos
los guardianes o
los que miran hacia arriba
cuando escuchan mis rugidos

Ellos hablan en voz baja o
bajan la voz cuando escucho
lo que dicen
están hablando de una mujer
que gritaba todas las noches
muy cerca de la caserna

ahora no grita más
pero siguen hablando
como si nada
y cuentan sus crímenes

háblame boca ahora
estírate lengua
invade el espacio manchado
lava con tus papilas
el palastro de la caserna
y dile cuatro palabritas
solamente cuatro
que les rompa el paladial
la boca de asnos

Hoy tiene que haber una salida
un día esperándome
en los umbrales de las panaderías

muévete aire baila conmigo
déjame besarte y
deja que me desnude
que lave mis ropas lejos de aquí
y ría
en las riberas del idioma
que bulle turbulento
en mi boca que sale
por las cerraduras o
en los saltos de agua
donde otras bocas me beben
o lavan sus ojos
para volver a mirar


Baila otra vez conmigo
cabeza
quítate ese zumbido
y lávame agua
el cuello de garza
tan salido de las plumas

o mis manos
que todas las noches
desvelan mi sexo
lo encienden como un faro
y es como un perro loco
que babea vean si ba bea
miren cómo moja mis
manos o mi ropa
me hace morder el cemento
y veo estrellas
cuando se descarga
y grito bailo
abrazándome los hombros
en un vuelo de tigres

y todo mi cuerpo es una tigra
encendida y cuidado
que no se asomen los ojos
que me rodean
porque puede salir toda la selva
la rabia que cruza mi abecedario

Labeo silabeo
de costado
en punta de pie
erguida mi columna
no rota
ni deshilachada

siempre de pie
estirando el cuello
las vértebras
el hilo de la médula
toda la luz que soy
que da miedo a los ojos
que me miran
mis ojos dan miedo
lo que sale de mi boca
miedo

soy la mirada
el sonido
que perfora los muros

Soy la loca de la lengua
así me dicen
y para que no me destruyan
de sembrado palabras
por todas partes

son como la hiedra
viven resplandecientes
en los muros
el viento las lleva o
las trae
de nuevo a mi boca

hablo sola
soli loqueo día y noche
nombro o desombro
todas las cosas

soy la luz
que ilumina los muros
y no tengo miedo
de mostrar mi cuerpo
cubierto de señales

Mis sueños salen por la mirilla
de las cartas que escribo
y viajan por la tierra
o encienden las calderas
las ruedas o
las huellas borradas
de las orugas

despierta de nuevo casa
limpia tu olor
con la seda de mis dedos
sacude el polvo
acumulado en las lámparas
o en los libros mordidos
por el fuego
que no pudo destruirme

estuve soñada
por la gente
hablada en voz baja o
escrita pero muda
en las paredes

así me encontraron
tomando sol
o silbando en una esquina
que se deshacía
en mi boca llena de signos

Las paredes empiezan
a despertar
me parece
que está lloviendo/ras
escucho a través
de la pared
yo también creo
que está lloviendo/ras
contesto

quién será el que raspa
la pared del otro lado
con la mielina de sus dedos

alguien habla de la lluvia
cuenta que ha visto llover
por primera vez sobre las uñas
habla de nubes
como delfines
a mí me quedó una nube
como una medialuna en la uña

ahí estás ahora llena de agua
y desde allí te hacemos llover
hablando a las paredes/ras

Mi cuerpo se hace miel
camino de grava
o geotropismo
y vuelvo a brotar
sin pesadillas

a la madrugada
me convertían
en un olingo
y aullaba como nunca

qué más podía hacer
sino abrir
las palabras
o sincopar las sílabas
del fuego
encerrado en las
piedras o
romper todos
los sellos

ahora se me escucha
hilar
cubierta todavía
por las sombras
o por el olor
de la caserna

Bullen en mis ojos
las imágenes
y salen por mis dedos
caballos
que se arremolinan
cerca de mi cuerpo

y giro en el espacio
arrojando luces o
fragmentos de sal
de mi lengua que crece
en la trama raída

y vuelvo a ser
movimiento
alimento de las mesas
olor en las cocinas
o en las sábanas
voz de los cuerpos
enlazados o
lengua girasol
que envía mensajes
o barcos con nombres
de semillas o vocales


PÁGINA 11 – CUENTO


En espera de una definición


Por Fernando Sorrentino (Buenos Aires/Argentina)

Yo estoy dominado por un mosquito. En cuanto se le antoje, me matará. Por suerte, hasta ahora no ha abusado de su poder: ejerce su autoridad con moderación, sin arbitrariedad, en una forma —diríamos— constitucional. Pero, en cualquier caso, debe sobreentenderse que mi obediencia no emana de un reconocimiento de sus méritos o virtudes, sino del temor que me infunde.
Si él lo considerara conveniente, me mataría, y su crimen —o ejecución— quedaría impune. Aun en el caso de que las autoridades judiciales pudiesen establecer fehacientemente que él es el homicida, no podrían castigarlo: no sólo por el hecho secundario de que esa figura delictiva no está prevista por el código penal, sino también porque él no permitiría que lo hicieran. Por fortuna, tengo suficientes elementos de juicio para suponer que —si yo no le doy motivo— ha desechado para siempre la idea de ajusticiarme.
Él se halla sobre la pared, cerca del vértice de un cuadro pintado al óleo que representa un paisaje imposible donde dos pastoras, al parecer españolas, con sendos cayados, conversan sobre asuntos desconocidos, rodeadas de dóciles ovejas, el recto lomo de una de las cuales coincide horriblemente con la línea del horizonte. La topografía es abundante y multicolor: hay una llanura verde, hay dos montañas violetas coronadas de blanco y hay un río azul que desemboca en un lago grisáceo. Nada entiendo de artes plásticas, pero siempre me ha parecido que ese cuadro carece de todo valor estético. Sin embargo, se diría que al mosquito no le interesan los valores estéticos —y, tal vez, ninguna otra clase de valores—. Por lo menos, nunca ha manifestado aplauso ni reprobación.
Más bien tiende a ocuparse de otros menesteres. Durante la mañana le agrada recorrer la casa, quizá sin un fin determinado. Pero el hecho es que, desde el comedor, donde ha establecido su sede gubernamental, se dirige en primer término hacia la cocina, donde parece —pero, sin duda, es una mera imaginación mía— interesarse en el brillo de una cacerolita de mango negro y alargado. A veces he pensado en por qué le llamará tanto la atención un objeto del todo insípido; después razoné que él, al fin y al cabo, no es más que un mosquito. En la cocina es donde más tiempo permanece. Luego recorre el vestíbulo, el dormitorio y la otra piecita, sin detenerse de manera especial en ningún elemento. Creo que su fin es menos controlar el buen funcionamiento de la casa que ratificar la autoridad sobre sus dominios.
Al mediodía —para ser más exacto, a las doce y media— almuerza. Su dieta no es variada. Todos los días come una rodaja de morcilla vasca, que yo le sirvo en un platito de porcelana (él no admitiría otro). Aún recuerdo el día en que rechazó una tajada de morcilla criolla que yo, en mi obsecuencia, le había llevado para ganar su favor: tuve que bajar presuroso hasta la carnicería y comprarle su manjar preferido y excluyente. Una vez que he dejado el plato sobre la mesa, debo retirarme en seguida, pues no quiere que haya nadie presente mientras come. No obstante, también yo tengo alguna dosis de astucia, y, en ciertas ocasiones —cuando no tengo otra cosa más urgente para hacer—, lo espío a través del ojo de la cerradura. Lo cierto es que ésta es una acción bastante tonta: no hay nada notable en lo que veo. Apenas el mosquito tiene la seguridad de que yo he abandonado el comedor, desciende, con lentitud apropiada a su investidura, hasta el plato de porcelana. Luego clava su trompita en la morcilla y sorbe con calma y avidez la sangre (despreciando, paradójicamente, los trozos de nuez, que son los que diferencian la morcilla vasca de la criolla): en esta acción no hay nada que lo distinga del resto de los mosquitos del mundo. Su almuerzo dura, por lo general, entre dos y tres minutos. (En realidad, he mentido al decir que lo espío cuando no tengo otra cosa más urgente para hacer: lo cierto es que lo espío todos los días. Es fascinante penetrar en la intimidad de los poderosos.)
Una vez que ha satisfecho su apetito, lo invade una suerte de modorra y pesadez, y, en apariencia, ya no puede regresar a su residencia vecina al cuadro de las ovejas. Prefiere dormir entonces una especie de siesta, sobre el zócalo, en un preciso lugar en que la pintura está algo descascarada. Se despierta a eso de las cinco de la tarde, y ya no vuelve a recorrer la casa: se ubica de nuevo junto al cuadro y permanece allí hasta la hora de la cena.
A propósito de estos detalles, supuse que el conocer con tanta exactitud sus hábitos de vida me proporcionaba alguna ventaja para deshacerme de él. Lo intenté una sola vez: tan mal me fue, que no osé una segunda. Los hechos —no me avergüenza recordarlos— se produjeron de la siguiente manera:
En esa ocasión me pareció que su almuerzo había durado más de lo habitual y que el mosquito estaba más abotagado que de costumbre. Entonces me descalcé y, llevando como arma una alpargata, me acerqué, con el alma en un hilo, en el mayor sigilo posible, hasta hallarme junto al zócalo en que él dormía o simulaba dormir. Por un instante la soberbia me cegó y creí que podría estrellarlo fácilmente con la alpargata contra la madera del zócalo. Pero, en el preciso segundo en que ya le asestaba el golpe fatal, remontó vuelo con rapidez y se lanzó hacia mi rostro. Inicié entonces, gritando de terror, enloquecido, una fuga despavorida por toda la casa. ¡Con cuánta velocidad volaba él, cómo se mimetizaba contra los fondos oscuros, qué silenciosa era su persecución, cuántos obstáculos me impedían desplazarme con la celeridad que lo peligroso del caso requería! Intenté hacer girar la llave en la cerradura para abrir la puerta y huir para siempre de mi casa; pero esta operación era imposible. El mosquito no me daba tiempo, la llave se me trababa, mis dedos estaban agarrotados. Corrí, corrí por toda la casa, corrí sin poder interponer una puerta cerrada entre él y yo, corrí tropezando con muebles, derribando sillas, rompiendo jarrones y cristales, desgarrándome la ropa, hiriéndome las rodillas y los pies descalzos. Corrí, corrí, corrí, hasta que, extenuado de cansancio y terror, caí de rodillas.
—¡Perdón! ¡Perdón! —grité con las manos entrelazadas y extendidas en expresión suplicante—. ¡Lo juro, lo juro por lo más sagrado! ¡Juro no intentarlo más!
El mosquito se detuvo y comenzó a girar en breves círculos, mientras yo, entre lágrimas, repetía aquellas y otras expresiones semejantes. No sé si me escuchaba. Parecía estar meditando en qué haría conmigo. Tenía que tomar una decisión importante, para la cual, sin duda, necesitaba la reflexión que sólo facilita el silencio; y yo, en vez de permanecer callado, seguía gimiendo, anhelante, jadeando, con las ropas empapadas de transpiración y llegando, con todo, a observar que las venas de mis manos estaban hinchadas y azules, casi violetas, casi negras. Él pensaba, reflexionaba, cavilaba; era evidente que no se precipitaría a adoptar una decisión de la que luego pudiera arrepentirse. Revoloteaba y revoloteaba, cada vez con más lentitud, como si fuera a detenerse, pero lo exasperante era que no se detenía. Más de media hora duró esta situación, y yo, mientras tanto (con el rostro desencajado, los ojos llenos de lágrimas y temblando de pies a cabeza, esperaba su veredicto y su sentencia —que serían simultáneos—), observaba por la ventana las vagas figuras de los albañiles que trabajaban en la obra en construcción de la vereda de enfrente y pensaba que ellos estaban en un mundo de sol, de aire, de baldes y ladrillos límpidos, un mundo donde no tenía lugar un mosquito siniestro y poderoso que ahora decidiría mi vida o mi muerte...
Y, por fin, el mosquito fue misericordioso: con indecible alivio vi cómo se dirigía parsimoniosamente hacia su zócalo, sin vanidad alguna, pero seguro ya de que yo no me atrevería nunca más a molestarlo.
Después de este episodio, comprendí que debía resignarme a mi suerte. Al fin y al cabo, poco es lo que exige de mí: sus dos tajadas diarias de morcilla y el platito de porcelana. Tengo, sin embargo, un escrúpulo, uno solo: me subleva, me hiere, me humilla estar dominado por un ser tan pequeño, un ser que apenas pesa unos pocos miligramos, cuando mi peso es de casi ochenta kilos. Al mismo tiempo, no me siento en absoluto disminuido por estar bajo las órdenes de un ente irracional —un ente que tiene, literalmente, cerebro de mosquito—. Quizás esta resignación se deba a que muchas veces fui subordinado de gente que no tenía mayor inteligencia que un gato, y, sin duda, mucho menos belleza.
Pero, así como tengo un escrúpulo, tengo también una esperanza. Sé que la vida de un mosquito no dura sino unos pocos meses: por eso, cada mañana echo una furtiva mirada al calendario, esperando el día en que pueda marcar con un lápiz verde que tengo oculto la fecha en que el mosquito muera. Sin embargo, por otra parte, mañana se van a cumplir veinte años desde el día en que fundó su imperio. Esto, aparte de contradecir las leyes naturales, me sumerge en una suerte de alucinación: el pensamiento de que el mosquito es inmortal.
De ser falsa esta idea, caben, a su vez, dos posibilidades:
La primera es que ese mosquito no haya sido siempre el mismo, y que, durante la noche, cuando yo estoy durmiendo, se produzca el relevo del mosquito moribundo por otro más joven y fuerte. Me ha llevado a esta suposición el haber encontrado una mañana, al pie de la mesa del comedor, el cadáver de un mosquito. Es cierto que ésta no es una prueba decisiva: no tengo ninguna seguridad de que ese mosquito muerto sea el que me tenía dominado; acaso fuera un mosquito común y silvestre, de esos que abaten la palmeta y el insecticida.
La segunda posibilidad excluye a la primera. El poderoso podría ser el mosquito muerto, y el que se halla junto al cuadro de las ovejas, un mosquito usurpador, sin poder ninguno, que basa su autoridad en una cuestión de investidura o similitud. Pero, como este argumento no explica los veinte años de dominio, cabría suponer que los mosquitos usurpadores son muchos y efectúan disciplinadamente el relevo. De todos modos, sea como fuere, no osaré asegurarme de ello: podría serme fatal.
Mientras tanto, como nada puedo hacer, pasan los días, los meses, los años. Yo envejezco y me marchito consumido en mi propia angustia y, siempre dominado por un mosquito, continúo en espera de una definición.


PÁGINA 12 – ENSAYO


Creyente


Por Mónica Russomanno (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Fuera de los amores y las circunstancias, fuera de la familia y los amigos, fuera de este país, de la ciudad, de la década que viene con sus bombardeos y sus niños mutilados.
Fuera de los dolores del alma y los del cuerpo, fuera del afuera, adentro de mi. Dentro de lo más profundo de esta mujer que soy, de esta mujer que tiñe canas, que observa cómo las firmezas se disuelven en carne que ha sufrido. Adentro, más allá de lo que muestran las serias pupilas en la luna de los espejos. Adentro del más adentro de los círculos cerrados, en lo insondable. Allí debe abrirse la esperanza de creer.
Creer en un futuro. Extenso, breve, benigno o ya manchado de presagios. En el futuro como continuación, cambio, transmutación de lo que fue. Aceptación, negación, no importa qué pero porvenir.
Debo creer en una posibilidad aunque sea mínima. Creencia en que no importa cómo cuándo o dónde, siempre voy a estar conmigo y no me niego a ser yo. Que vale la pena seguir intentando la vida con grito, carcajada, medio tono. No importa. La vida, la vida que merecida o no debe vivirse y traerá soles, atardeceres y también madrugadas insomnes. Una vida a pesar de mi misma.
Debo creer en mis manos, en mi llanto, en la bendición de reparar en los absurdos. Debo creer, es mi obligación creer en que no soy lo que me rodea, no soy lo que otros quieren o suponen que soy. Que no soy, jamás lo fui, una sombra de otro. Soy esta aquí adentro que se niega a dejarse morir por desencanto, o llevar luto eterno por lo que duró un instante en el tiempo fluido que no miden los relojes.
Tengo que volver a encontrarme, eso si, para creer en mi.


PÁGINA 13 – CUENTO


La inundación


Por David Lagmanovich (San Miguel de Tucumán-Tucumán/Argentina)

Comenzó a llover y durante días no hubo más que lluvia; llovió y llovió, sin truenos ni relámpagos, casi sin ruido salvo por el diminuto rumor de algunas hojas, no escuchado por nadie. Los roedores que se habían refugiado en sus cuevas comenzaron a huir despavoridos, resbalando en el lodo que se formaba bajo el agua y obturaba todos los orificios. Algunos pájaros buscaban árboles más altos que los habituales para posarse y, en su marcha hacia el exilio, rozaban con sus alas las caras de los hombres que, con sus mujeres y niños, habían trepado a los techos de sus viviendas. “Vamos a perder todo”, decían las mujeres. El puente sobre el arroyo cercano se hundió con un crujido y, después de formar una gran fosa, el agua avanzó hasta no dejar rastro de lo que allí había existido. Del molino de viento sólo sobresalía, inmóvil, la roseta que les gustaba mirar en los atardeceres, y lo que una vez fue la cinta gris del camino había desaparecido para siempre. Sólo en los techos de los edificios más altos del pueblo quedaban grupos de personas que, tomadas de las manos, rezaban con grandes voces destempladas. Un cadáver pasó flotando, como si fuera un anuncio llegado del Este. A lo lejos, en esa dirección, se alcanzaba a ver una forma grotesca, como una nuez gigante: era un barco sin velas ni arboladuras, que venía avanzando hacia ellos. “Es el Arca”, dijo uno de los hombres más jóvenes, antes de darse cuenta de que él y su mujer eran los únicos seres que quedaban sobre el techo de la iglesia.


PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA


Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)


Pachamama


Toco la tierra pongo
mi corazón mi mano
sobre la tierra negra
gris roja fértil
reseca zumbadora
marrón de viva carne
color del elemento
materia sol sonido
vibraciones caricia

Piso la tierra toco
lo que tengo soy sé
tierra por descubrir
tierra que nutre
madre tierra hasta el fin
tierra que entierra

Sobre la tierra desde
la tierra un paso
una mirada una canción
que celebre el encuentro
de un hombre con su hembra


La canción de las hojas

Voz del añoso mundo
con que el viento se enciende.
¿qué me dices, si dices,
para mí, para todos?

Vida que se desvive
por vivir, vida viva,
maravilla sedienta
coronada de ecos.

Cada murmullo late
atento a cada hoja,
silencio suspendido
por una boca eterna.

El cielo se susurra
canciones de festejo,
música a solas, sol,
aire, luz, agua, hierba.

Son que ilumina hondo,
incesante milagro:
yo que me siento oír,
la voz que hace memoria.

El árbol en la tierra,
la canción bajo el sol,
las hojas en el cielo,
el viento entre las hojas.

Colmada de frescura,
mi sangre reconoce
ese freír alado:
no hay más que un universo.


Arroyo Tiú Mayú

Días enteros a lomos de la tierra fiera frescura Con el acuerdo de la arisca belleza torcaza y cielo Días macizos en eso cae la noche y se derrama Los dioses borran bárbara cortesía la hiel de la urbe Porque esto somos pie desnudo en el agua arena limpia


Razón de ozono

“Vivi tu, vivi, o santa natura?”
Leopardi


El fénix del oxígeno
hace la altura azul

¿Quién iba a imaginar
el cielo asesinado?

El mar intoxicado
la pradera oxidada

Ni los príncipes locos
mataban su caballo

No hay vida inalterable
no hay verde inalterable

El bruto tecnológico
orina hacia los astros

Soberanos suicidas
somos reo y verdugo

La acidez de la lluvia
es nuestro patrimonio

¿Fuimos hechos para esto
somos esto que hicimos?

¿No hay ganas de vivir
en la barbarie técnica?

Son nuestras propias manos
las salvajes culpables

Civilizadamente
masacramos la gracia

El desierto era bello
y no hay ciudad alegre

Asesinos de árboles
enemigos del pájaro

Ni graves animales
ni fieras emblemáticas

En nuestras catacumbas
exquisitos venenos

Con la infancia del mundo
comenzamos a erguirnos

La liana fue siempre
cordón umbilical

Hicimos arcos flechas
dólmenes y papiros

Maquinamos la máquina
domamos el vapor

Y los dulces nativos
vilmente inoculados

con los virus letales
de las pestes del alma

El indio el afro el bárbaro
víctimas escogidas

sabían acompañar
la cadencia del mundo

Nuestra cabeza es hoy
el agujero negro

A la placenta atmósfera
le criamos un cáncer

Quemamos nuestras naves
cortamos nuestras anclas

La tierra devastada
será nuestra memoria

Refugiados en urbes
presos de nuestra prisa

somos fáciles presas
de nuestra propia plaga

apresuradamente
apretujadamente

Las ruinas del planeta
son también nuestra ruina

Los gatos desconfían
con razón de nosotros

Y la bella ballena
no ha podido esquivarnos

No hay islas ni tesoros
la aldea es planetaria

El comercio insaciable
tiene un rígido límite

¿De qué sirve ser rico
en la tierra arrasada?

Íbamos a ir al orbe
caemos del universo

Nuestra carrera al cosmos
terminó en el vacío

Aquí yacen los mares
que crearon al hombre

Nuestra pobre codicia
nuestra rica miseria

devoraron el oro
de la límpida vida

Nuestro miedo culmina
envenenando arroyos

Deshecho entre desechos
el hombre se agoniza

¿Quién dijo que el sendero
llevaba a alguna parte?

Las montañas resisten
el cielo cae encima

Los insectos nos miran
con inquieta paciencia

¿Heredarán lo árido?


Gauguin recuerda a Francia en Mururoa

“¿Te dejé por Tahití, triste madrastra,
para morir soñándote, pintando
tu nevada Bretaña? Al color libre
y salvaje huí, a adormecerme
en los senos cobrizos de Tehura,
al resplandor del tamarindo, lejos
de tus gendarmes. Pero estabas allí:
jueces, archivos, sables, mercaderes.
¿Morí una vez, lejos de ti, ajeno,
y he de verme morir en Mururoa?
¿Volveré a ver morir lo que admiraba
por obra tuya nuevamente, madre
mortal? ¿Qué puede un maorí, qué pueden
brujos sabios contra el hechizo blanco,
seco, ácido, letal, inexorable?
La dulce vida no será la misma.
¿Libertad, igualdad, fraternidad?
La gracia huye espantada, suicidándose,
a arrojarse en el mar. En sus abismos
que alguna vez creímos insondables.
Bajo el altar del atolón, el cáncer
de coral su misa negra extiende.
Francia, nodriza cruel, si quieres luz
cría vida. Si sueñas con abismos
que sean tus abismos, no los de otros,
sino en tu propio suelo. ¿Te arrastrarás,
así, tú misma al muro? ¿Ya ni en la paz
de los abismos crees, reina árida?”


A la sombra de Malthus

Sabios anuncian,
con discreta emoción
y sopesando datos,
de manera siniestra,
irreprochables,
que en el Tercer Milenio
más hombres tendrán sed.

(De hacerlo, no serán,
como se ve,
lo suficientemente
originales:
todos los siglos
consiguieron tener
sed de justicia,
libertad y belleza.)

Ahora, por fin, parece
-miserable milagro,
cruel consumación,
irrisorio destino
final-, que los humanos
tendrán por suerte
matar muriendo
(cazando lluvias,
en oasis blindados,
cercando ríos,
encerrando al mar)
por una simple, serena,
saludable y letal
sed clarísima de agua.


Rubén Vela (Santa Fe-Buenos Aires/Argentina)


I

Yo era el príncipe de las constelaciones más confusas, la culebra acuática de las calamidades, el azogue de las melancolías.

Un coro de ángeles alababa, con antiguas canciones, mi más espléndidos extravíos, mi lenguaje más obsceno.
Pero era también el Arcángel de los descubrimientos, el incansable recolector de la palabra en los campos helados, el labrador de la hierbabuena.

¡Oh, miseria interior! Mi podredumbre transformaba las cosas de este mundo en objetos de pura belleza.

Mis fatigas más perversas, mis fracasos, reventaban en mi boca como flores del bien, con un amor distinto.

Y a pesar del infinito amargor de tantos días difíciles, los hombres recobraban a mi paso su perdida condición de gigantes en la tierra, la dimensión irrepetible de su libertad y de su alegría.


II

Cada una de mis fabulaciones más perversas engendraba hijos espléndidos.

Mis constantes suicidios, el delirio de mis venas desbordándose en ríos de pánico y resentimiento, fecundaban los campo, purificaban las cosechas.

Al disparo certero, al terror más absurdo, mis sienes estallaban como cuevas antiguas, liberando los olvidados animales de la aurora.

¿Arrancarme el corazón? Crecía la música. Mis blasfemias salvaban el futuro, ya existente en los no nacidos espacios profundos de mi ser.

Y al negar a mi Padre, el Verdadero desde Siempre, su Palabra Ordenaba: Protegedlo y Honradlo. El es el Elegido.


III

Reventaba por placer los ojos de los recién nacidos. Pero visiones maravillosas les revelaban la belleza de este mundo.

De cada pedazo de piel que arrancaba, brotaban luces como incendios de donde renacía la verdadera memoria de los hombres.

Maté mis propios hijos, los por mí engendrados y alumbrados. Y ellos alabaron mi sabiduría al convertirlos en hombres para siempre.

Entonces destrocé el odio y el amor, todo cuanto en mí tenía. Y creció ante mí la Hembra Victoriosa, la mujer portadora del más perfecto amor sobre la tierra.


IV

Así, a pesar de mí mismo, soy el arrogante dispensador de bienes no deseados, el insolente instrumento de la verdad para probar la existencia de otra Verdad no alcanzada. El condenado de la fe, portador de la esperanza y la alegría.


V

Madre misteriosa, ¿en qué lecho me has parido?

¿Qué violador invisible llenó de músicas tu memoria más íntima?

¿El asombro de qué prodigio ungió tus muslos en tu noche de bodas?

¿Qué dios transformado en pájaro perfecto penetró tu nombre de virgen, se adentró en tus entrañas, puso su canto en ellas?

¡Y qué grito enternecedor, qué aterradora sinfonía brotó de tu garganta, oh virgen perdida desde siempre, oh madre ganada desde siempre!

Madre misteriosa, gozozo nombre de la tierra india, hembra de América abierta en dos, pariéndome con entera y desconocida alegría.


VI

Y el coro de ángeles protegiéndome desde entonces, transformando mis lepras y sangrías, mi carne llagada y lastimosa, mi nombre tan herido, mis enteras miserias, mis soledades y mis profundos odios, mis injustificables crímenes, mis agonías y mis muertes, en una resurrección constante, en una salvación fuera del Tiempo.


VII

Esta palabra que crece duramente en libertad y cruel armonía.
Porque yo soy,
yo justifico

la presencia del fruto del Vientre Elemental sobre la tierra.


Laura Yasán (Buenos Aires/Argentina)

Cash


una mujer en caída libre
rajando el aire en dos como un cierre relámpago
¿piensa en velocidad
o puede desmembrar escena y escenario?
¿borra cada pregunta la respuesta anterior cayendo en caída libre?
¿recuerda algo vital o prioritario dadas las circunstancias
ha combinado esa mañana los colores de su ropa interior
cerró con llave
o impactará contra el cemento
como en los brazos del hombre que la ama?
¿podrá abrir una grieta
su peso de mujer cayendo en caída libre
imprimir en el medio de la calle un leve desnivel
algo que la recuerde para siempre tanto menos vulgar que una mancha de sangre?
¿verá pasar la vida delante de sus ojos?
¿cuarenta fucking years cayendo en caída libre
son suficientes fichas para ganar el juego?
o es demasiado riesgo
tentar la cavidad rosada del peligro en una sola apuesta
sin más que esa moneda para pagar el precio


Gato en la oscuridad

cada noche se acaba con los mismos oficios
del día le quedaron los platos sin lavar
la decena de veces que él la tocó
porque si
como se toca un gato
piensa
si tuviera testículos diría frases ocurrentes
gestos tremendos a la altura del pubis
le pesan
algo le pesa
no hay en la casa otro lugar
donde apoyar la carga
en el living la hija mira novelas mexicanas
llora y resuelve largas ecuaciones
en el cuarto la esperan
testículos reales y el insomnio
cada noche
se congela los pies camino al baño
tanteando oscuridad traga pastillas
piensa
tengo que conseguir otra receta
piensa
que menstruar cuatro días es un asco
que adentro de lo que se elige siempre viene un paquete que no se elige
piensa
las hormonas son ásperas como la soga del ahorcado
piensa


En el borde de las tazas

una mujer
se mueve en el denso fluir de sus instintos
sabe quebrar
la cáscara de una intención
una mujer
abarca por fragmentos la totalidad
y nunca es la misma
un hombre
sube al misterio en una extrema progresión
descubre el sentimiento
acorralado en un límite
el resto
lo filtra en el pensar
una mujer
es a la vez su historia
y lo que aún no ha conocido
sabe ordenar lo que no ve
un hombre
arriba al corazón del mundo
en cada vértice de su conocimiento
se instala en lo que ve
y se proyecta
una mujer es todas las mujeres
pero es única
un hombre es todos los hombres
pero es único
un hombre y una mujer
nunca se conocen
saben suponer
saben crear sobre el malentendido
son cada uno
mitad secreto
mitad vacío
un hombre y una mujer
a lo largo de cientos de actos cotidianos
cruzan información
dejan la vida escrita
en el borde de las tazas
cada día se escribe
cada día se lava


En los bellos días de noviembre

dónde estabas cuando abrí la puerta
y un hombre me alargó sus dedos sudorosos
y me lamió con su mirada negra
y jadeó sobre mi palabras sucias
dónde estabas
dónde cuando me fui con él
cuando vestí de puta sólo para ofenderte
cuando sangre y hedí
cuando pedí perdón y caían mis lágrimas
sobre la punta de tus zapatos
dónde
dónde que era siempre tan lejos
tan fría
tan inmediatamente tarde
dónde que te llamé hasta quedar sorda
hasta romperme los dientes
hasta rajarme la vagina
dónde que en los bellos días de noviembre te llamé
en las lluvias de julio te llamé
te dejé papelitos debajo de la almohada
fotos despedazadas con los puños
secretos como gritos
dónde
que iba y volvía con tu nombre colgando de los ojos
y los ojos se me hicieron cadenas
y las cadenas se volvieron barcos
y los barcos se hundieron como ojos
en las profundidades de una noche tremenda


Escrito bajo el agua

desciendo de un secreto
trazado bajo el agua por la quilla de un barco
un siglo de silencios me niega cada vez
me devuelve a una isla en donde soy la única habitante
privada del reflejo
caigo a una cifra indivisible
cadena trunca
¿qué cantaban los hombres en rumania?
¿de qué reían descalzos en la nieve?
¿tejían las mujeres su destierro?
¿ ladronas eran?
¿prostitutas?
¿piezas de cambio en el mercado negro?
busco en otra mirada el mapa de la sangre
en el dibujo de mis venas
falso sudario
es tan lejos de casa el beso que encendió mi corazón


PÁGINA 15 – CUENTO


Un hombre viejo a la orilla del camino


Por María Teresa Andruetto (Córdoba/Argentina)

Lo más desconcertante es que todas
las cosas útiles tienen un precio y se compran
sólo con dinero, y que así es como está
organizado el mundo.
Carson Mc Cullers


Suba, maestro, lo llevo, le dijo. Pensó que iba a responder con alguna palabra amable, quién no necesita eso. El lo necesitaba, una palabra de agradecimiento, porque no todo es dinero en la vida; pero el viejo sólo se acercó al auto, arrastrando la pierna, Es la gota, no me deja en paz.
Había hecho un negocio redondo esa mañana, inmejorable, pero no era de los que pensaban que el tiempo es oro, aunque tuviera mil cosas por delante, podía detenerse, distraer unos minutos por el camino para alzar a un viejo, al fin y al cabo eso es algo que aprendió en su casa. Le llamaron la atención los ojos acuosos y la ropa, y lo que le costó meter el cuerpo adentro, una pierna y después la otra, la que rengueaba, pero estaba de buen humor, así que tecleó sobre el volante y encendió un cigarrillo, todo mientras esperaba que el viejo subiera, mientras veía cómo se desplomaba, con sus ropas sucias, sobre la VW Tuareg.
Estaba empeñado en cumplir, de algún modo todavía borroso, una obra de bien y no era de los que abandonan fácilmente lo que quieren. Solía verlo a la altura del semáforo, cuando iba camino a la acopiadora. No sabe bien por qué nunca antes se le ocurrió alzarlo, pero hoy está eufórico, un poco magnánimo. Un viejo a la altura del semáforo, pidiendo que lo lleven a alguna parte, un viejo necesitado como ése es lo que necesita esta mañana. Acaba de vender la cosecha a precio tope, ochocientos el quintal, una pegada porque apenas cerrado el negocio subió al auto, encendió la radio y escuchó que había bajado. El empleado de la acopiadora era un tipo nuevo, le preguntó si le hacía una transferencia, pero después de lo que pasó en este país con los bancos, él ha vuelto al viejo estilo, un fajo de billetes en un bolsillo, en el otro bolsillo otro fajo y el resto en un envoltorio de papel de diario; se usa lo que se tiene que usar y el sobrante, como hacía su madre con los pequeños ahorros de aquella época, el sobrante a una lata vacía en el patio, al fondo, ya sabe en qué lugar.
Ha vendido bien, en el mejor momento, eso es algo que aprendió de su padre. Sabe que a su padre no le hubiera gustado que sacara los animales del campo, que mandara a mejor vida el tambo y le metiera derecho con la soja; lo que pasa es que en la época de su padre la soja no existía, la soja es un invento nuevo, un gran invento. Pensar que antes, con el tambo, había que reventarse en el campo, el tambero, el peón y él largando los bofes o escuchando la cotización de Liniers con los huevos en la boca; si hubiera seguido con todo eso la Gringa lo hubiera dejado hace rato. Después de mucho darle vueltas al asunto, le parece que lo mejor es hacer lo que está haciendo, tomar de los viejos lo que sirve, pero tomarlo con un espíritu renovado, para hacer lo que da frutos.
Nunca se sabe si hay que vender, en qué momento, porque siempre puede seguir subiendo el precio y entonces uno entrega hoy y mañana se da cuenta de que ha perdido el diez o el veinte, o se duerme en la ambición de sacar un poco más y cuando despierta se da cuenta de que ha empezado a bajar. Pero hoy él ha vendido al mejor precio, un golpe de astucia o de suerte. En estos años aprendió a comprar tierras, a sembrar lo que conviene y a colocar la cosecha cuando se debe, lo aprendió a fuego, por eso y no por otra cosa pudo hacer una diferencia, levantar el caserón en el pueblo para que la Gringa no chille, y comprar la cuatro por cuatro, el Bora y el bulín para encontrarse con Patricia.
Su madre escondía la plata en un hueco en la cocina, él se acuerda muy bien de eso, y de que ella le pagaba con pollos y huevos al tipo que pasaba por el campo a vender ropa y que con eso hacía funcionar la caja chica, esa lata donde guardaba el dinero. La vieja sí que era un fenómeno, pobre vieja; así, de ese modo, habían pagado el campo sus abuelos y así habían comprado sus padres el campo del vecino, para que él y su hermana pudieran tener cada uno un campito, como le gustaba decir a su madre; hasta que la llevaron al geriátrico siguió diciendo esas cosas, y ahora él ni se imagina a la Gringa criando gallinas, es posible que ni siquiera se acuerde de cómo son, si no ve gallinas desde que era chica y sus padres estaban de tamberos en el campo del lado. Se acuerda bien de cuánto pechó para que se fueran al pueblo, desde cuando estaban recién casados pechó, este guadal me tiene harta, decía, fanática como era por la limpieza, y así fue como dejaron la casa del campo, al peón se la dejaron, la casa que tenía de todo, y se fueron a vivir al pueblo, a una casita de mierda frente al pavimento, en una calle con luz blanca, cerca del centro, como la Gringa quería. Ahora sí vale la pena vivir en el pueblo, como viven ahora sí, en esta casa que han hecho detrás del Club, pero para tener este caserón tuvo que olvidarse del tambo y mentirle a su madre, que cada vez que iba a verla al geriátrico le preguntaba cuánta leche daban las vacas.
Hasta dónde va, amigo, le preguntó al viejo y el viejo dijo que hasta el cruce a La Almada, ahí esperaba que alguno lo alzara para hacer el otro tramo, hasta su casa. Mientras el viejo habla, se le acaba de ocurrir una idea, pasar por la agencia y comprarle un Corolla rojo a la Gringa. Si llegan a tener uno, lo compra ahora mismo; piensa también en unos pasajes a Orlando, para que vaya con los chicos, con la condición de quedarse él acá, así se toma unos días con Patricia, porque si no, se le encabrita esta otra. A veces no sabe si es mejor o peor esto de tener dos mujeres, un poco complicado para tipos como él, tal vez hubiera sido más cómodo hacer la de sus padres que envejecieron juntos, protestando y renegando, pero juntos. Activa el manos libres y llama a la agencia, ¿Garbino? Te habla Garessio. Che, te hago una pregunta. ¿Te queda algún Corolla rojo? No, metalizado no, tiene que ser rojo, una sorpresa. ¿Tenés uno señado? Pero yo te lo pago cash. Estoy manejando, voy a casa. Si podés liberarlo, llamame que paso por ahí. Si no, pregunto en lo del Gusano y te perdés el negocio.
El viejo carraspeó, pareció que iba a decir algo. Dijo algo: Disculpeme, pero…, después ya nada, y entonces él le preguntó qué hacía parado en el semáforo. Voy a hacerme los rayos, contestó el viejo, un tratamiento, un viaje largo, más que largo incómodo, desde La Almada hasta la ruta y desde ahí hasta el hospital de Laguna, todo para que la sesión de rayos durara cinco minutos. Llegaba, lo metían en una máquina, escuchaba un golpe seco, como si le sacaran una foto, y ya nada más que hacer hasta el día siguiente. ¿Le gusta el rojo a la patrona?, preguntó finalmente el viejo. El se largó a reír con ganas. Se le ha puesto que quiere uno rojo. ¿Usted es casado?, ¿qué tal le ha ido con las mujeres? El viejo intentó aclarar la voz, Quedé viudo muy joven, con los hijos…yo quisiera pedirle…
Tuvo que interrumpirlo porque sonó el manos libres. ¿Lo pudiste arreglar? Paso por ahí en quince minutos. Giró en U, tomó la curva, después la ruta bordeada de álamos, pasó el pueblo que acababan de dejar atrás y se detuvo en la concesionaria. ¿Me aguanta un momento, maestro?
El viejo lo vio bajar, meterse la camisa adentro del pantalón, entrar a la concesionaria Garbino Automotores; lo vio gesticular y reír a carcajadas con un hombre a través del vidrio. Desde atrás, desde la calle, escuchó gritos y con esfuerzo intentó girarse, pero apenas si pudo volver un poco la cabeza; no alcanzó a ver demasiado, nomás la parte trasera del auto, donde había una muñeca, un paquete de papel de diario en el piso y caída desde la luneta, una campera de cuero. Estaba embotado, a punto de reventar, y tenía miedo de no retener; varias veces había intentado pedirle al hombre que se detuviera para orinar a la orilla del camino, pero siempre algo lo había interrumpido y ahora estaba en un auto, en la calle de un pueblo, y no podía hacerlo frente a la gente que pasaba.
El hombre demoró mucho, tanto que el viejo no supo qué hacer con la pierna, hinchada como un botellón, pero finalmente regresó, con un juego de llaves que hizo sonar como una campanita. Me ha traído suerte, maestro, esta mañana todo me sale bien, dijo mientras arrancaba. El viejo sonrió, los ojos más acuosos que antes.
Atravesaron el pueblo y retomaron la ruta de álamos; Bueno amigo, ya estamos llegando, dijo poco antes de llegar al cruce a La Almada. El viejo se tomó su tiempo para bajar. El se acordó de una tarde en que cruzaba la calle con su padre, una tarde del último tiempo de su padre, y entonces se largó a llover y él no supo si debía avanzar o regresar a reparo a la vereda. Con esas cosas nunca se sabe, a ver si por hacer mejor todavía lo humilla al viejo; es preferible que baje solo, como pueda, qué se le va a hacer. El sabe esperar, esta mañana él puede esperar que un viejo baje a su ritmo.
Buena suerte, maestro, hasta la próxima. Ya había acelerado cuando escuchó decir Gracias, en la voz débil, cascada. Había hecho un par de kilómetros cuando, en un movimiento automático, metió la mano debajo del asiento y descubrió que el paquete no estaba. Viejo zorro, se dijo mientras giraba en U.
El viejo todavía esperaba en el cruce. Ni se imaginó que me iba a dar cuenta al toque, pensó, y cuando el otro preguntó ¿Pasa algo, amigo?, él se le abalanzó, ¿Qué te creés?, ¿que soy boludo?, gritó hurgando en el fondo de aquellos ojos, pero no encontró nada que no fuera la terquedad de un viejo. Lo agarró de la camisa y lo increpaba, Dónde la guardaste, decime dónde la metiste, hijo de puta, pero el viejo no dijo nada, sólo largó un gemido y por un momento pareció que iba a desvanecerse.
Era tan terco que terminó por apoyarlo contra la VWTuareg, con las manos sobre el techo del auto, pateándolo en los riñones, tanteando dónde había metido el paquete, impotente ante la empecinada mudez del otro. Dame la plata, viejo de mierda, o te doy en los huevos, fue lo último que dijo, mientras el viejo se orinaba, los pantalones mojados como solía pasarle a su padre.


PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS


Juan Carlos Lázaro
Entre la sombra y el fuego
(Lima, Ediciones Copé 2008)

Cerraron la calle Berlín de Miraflores el 30 de abril, recién los rayos lilas de septiembre pudieron abrirla. Algunos milagros acontecieron. Recibo libros fabulosos, entre ellos el ejemplar # 0480 de Entre la sombra y el fuego.
Autor insular de la llamada generación del 70, Juan Carlos, es un lector voraz, un fino artesano de la palabra y un hombre solitario. Entre sus compañeros evoco a los amigos de la adolescencia: Alfredo Rubio Bazán, filósofo; y de la juventud: Armando Arteaga, arquitecto y poeta; Nelson Castañeda, pintor y Paco Tumi, narrador. Pero, bueno, voy al punto. Entre la sombra y el fuego (2008) no es un libro de un solo discurso poético, sino de registro variado, organizado en cinco secciones, cuyos temas giran en torno a dos tópicos constantes: la soledad (sombra) y la pasión (fuego): "Migraciones y exilios"; "Entre la sombra y el fuego"; "Animales, objetos y fantasmas"; "Nowhere"; "Una temporada con Rimbaud en los desiertos de África". Un rasgo a destacar, característico de este autor, es la autonomía que le confiere a cada uno de sus textos, los cuales pueden leerse independientemente del conjunto dentro del cual se inscriben. Esta característica, que en otros expresaría carencia de conjunto o unidad, le confiere a todos los libros de Juan Carlos Lázaro virtudes de pluralidad temática, estilística y formal.
Es con este poemario laureado que su autor logra un notable conjunto orgánico lírico. Me atrevería a decir que es su libro más acabado, tanto por tratarse de una muestra técnica del duro oficio de escribir, como por el sublime vuelo de inspiración palpable en la mano del aeda y que se esparce en un verso fecundo y resplandeciente y que refleja en última instancia el proceso vital del poeta. El título, tomado de uno de los poemas del conjunto, encarna –repito- la polarización de dos estancias del ser humano; por una parte la sombra, la desolación y lo tenebroso, y por otra el fuego, la luz, la pasión amorosa. Aquí Lázaro adivina las comarcas oníricas y experimenta la realidad social en su propia historia, en su devenir. ¿Acaso, a nivel inconsciente, hallan estos versos atisbos del vanguardismo literario y del expresionismo pictórico dominantes en el arte del siglo XX? Leamos un fragmento de "En los extramuros de Babel":
Se me castigó por mis propósitos, / aunque hoy los hombres de negocios / usurpan el Paraíso, lo ofrecen / como simple mercancía / y jamás se arrepienten ni oran. Perdóname, pues, hermano Lobo, / por mis uñas sucias y mis bolsillos rotos / y por ciertas indignas borracheras / en los arrabales de la ciudad / que antes fuera de mis dominios. / Tengo noticias de una gran Libro / en el que se me difama: / una fábula para eunucos / o un cuento para niños tontos. / Mas no repitas tú el ladrido /de los perros a mi paso. / Recuérdale al mundo que renazco / con la rotación de los astros, / y que mi crepúsculo / puede ser también el final / de esta era. (pp. 14-15).
Aunque parezca contradictorio, para los temas y las ideas que afloran en una parte de este libro (la leyenda de la destrucción de Babel, la crítica al capitalismo, la redención por la poesía, etc.) las herramientas expresivas más recurrentes son las del surrealismo y las del vanguardismo de los modernistas norteamericanos. Dentro de su propia tradición, sus referentes más claramente identificables son César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, los dos más grandes surrealistas peruanos, y también Washington Delgado, por su eclecticismo poético.
La diferencia con ellos la instaura el tiempo y la perspectiva social desde la cual escribe el autor de Entre la sombra y el fuego. En una entrevista periodística declaró: "Estamos viviendo un momento crítico en la civilización occidental, con una quiebra de los valores que la rigen, el traspaso de un sistema político económico a otro y, todo esto genera una crisis muy grave en el ser humano".
A otra pregunta sobre la situación actual de la poesía, respondió: "La poesía se ha sumergido, ha preferido pasar a las catacumbas, tal vez como una manera de preservar su función transformadora y revolucionaria, también como una forma de preservar la reserva moral que ella significa en la civilización"*.
La filosofía pesa mucho en el quehacer poético del autor. En sus poemas hay referencias a la filosofía del antiguo cristianismo, de Schopenhauer, de Sartre, etc. Y es que la meditación en el misterio del ser es otra constante de su poesía.
"Una temporada con Rimbaud en los desiertos de África" es un capítulo fuera de serie. Nos remonta al pasado y nos hace testigos y cómplices de un diálogo original con el célebre autor de Une Saison en Enfer (1873).
Confío se den otras lecturas más ricas en posibilidades interpretativas. Mientras alzo una copa de vino tinto y desde este refugio cerca al mar, digo: poeta ¡Salud!
Juan Carlos Lázaro, cuya andadura poética se inició en los años 70, ha publicado Las palabras (1977), Gris amanece la urbe de hambre (1987) y La casa y la hojarasca (2001). A su breve bibliografía suma este nuevo libro, Entre la sombra y el fuego, que se hizo acreedor del Premio Internacional de Poesía Copé de Plata 2007 y que PetroPerú ha lanzado en sus Ediciones Copé en una bellísima publicación digna de elogio.
Rosina Valcárcel (Lima/Perú)


John Fante, Pregúntale al polvo, Prólogo de Charles Bukowski, Traducción de Antonio –Prometeo Moya, Anagrama, Barcelona, 2007, pp 9-203.

John Fante nació en Denver, Colorado. Hijo de una familia de inmigrantes italianos, estudió en la Universidad de Colorado. El es considerado representante del realismo sucio, algunas de sus novelas ambientadas en California son un reflejo de la pobreza, el catolicismo en relación a la comunidad ítalo-americana y la incomunicación de la familia o de la pareja. Trabajó como guionista en Hollywood y dedicó su vida a la literatura, aunque sólo alcanzó el pleno reconocimiento de la crítica y del público después de su muerte. Este redescubrimiento tardío se debió en gran parte a las exigencias de Charles Bukowski, que en 1980, le pidió a su editor la publicación de Pregúntale al polvo (1939). Dentro de las páginas de esta novela las circunstancias irrelevantes suelen ser también las más conmovedoras y las que más recuerdos dejan a flor de piel como lámina incandescente marcada en nuestro caparazón humano. Y es que al activar la historia de Arturo Bandini, descubrimos al personaje principal impulsar sueños que dependen de su sensibilidad: ser un escritor sobresaliente. Junto con esta capacidad de idealizar, así como bajo el uso constante del monólogo interior y desde el recuerdo que en ocasiones emerge como un presente, se exterioriza una gran urgencia no de contar cosas ficticias, ni siquiera de inventar la propia literatura, sino de expresar ambas cotidianamente, escribirlas y junto con ellas capturar la historia en una autobiografía o mejor radiografía. Es evidente que conforme se avanza en la lectura de esta novela, la estructura social y literaria adquieren resonancias míticas y de denuncia, pero sobretodo de sobrevivencia: Bandini, pese a sus crisis económicas y existenciales, piensa en triunfar, ser un gran escritor. Por ello, y aunque en ocasiones no tenga nada que contar, se entrega al oficio de las letras. Este oficio le hace vivir una serie de avatares. La pobreza en la que viven él y quien se aparezca en su camino se evidencian en Pregúntale al polvo, radiografía articulada del desarraigo y de la incomunicación. Así, los barrios, las casas y los seres humanos se parecen en su pobreza y mezquindad.
Para escribir esta novela, John Fante se apoya en un estilo directo y en el uso marginal de un lenguaje “sencillo”, el cual organiza cada una de las líneas narrativas. En esta obra despierta de forma intensa y penetrante el sueño americano, severamente cuestionado y constantemente derrumbado como la misma ciudad de Los Ángeles, después de un temblor (uno de los espacios elegidos para contar las aventuras de Arturo Bandini). Estilísticamente, Pregúntale al polvo abunda en recursos literarios que se enfocan en ocasiones en una óptica cruel o en otras en una visión fría o animalesca de acuerdo con la sepa del personaje en turno. De tal forma, la psique de una de las protagonistas, como Camilla López, abarca tanto el ninguneo como la discriminación social. Ella en ocasiones es calificada metafóricamente como una perra, niega constantemente sus raíces mexicanas y se pretende americana, sueño imposible.
Deseo rescatar tres ejes temáticos de esta novela: A) el primero aparece centrado en el sueño de grandeza que como escritor configura la mentalidad de Arturo Bandini. B) El segundo se enlaza reiteradamente con la presencia de Camilla López. El protagonista desea encontrar el amor de esta mujer, pese a las reiteradas negaciones e hipocresías de la misma. Ella está en constante huída e incluso al final de está historia quedará ante Baldini sin polvo o rastro alguno. C) El tercer eje temático escudriña la identidad del emigrante, su lucha constante por ser alguien. Entre esos tres momentos se experimenta la figura de una épica estruendosa, una dura batalla para lograr el autorreconocimiento, pero mientras uno como personaje real o ficticio no reconozca sus orígenes, la exploración del yo será en vano.
De esta suerte, la historia de Bandini suele articular la “épica de una sociedad en lucha consigo misma”. Esta sociedad no sabe ni cómo, ni cuándo será derrotada. De acuerdo con Carlos Fuentes: “Si en su origen la palabra ‘novela` significa ´ portadora de novedades`”, dentro de Pregúntale al polvo esa condición creativa hará sonar los pasos de Arturo Bandini, quien no deja de buscar a Camila.
Javier Gaytán y Gaytán(MéxicoDF/México)


Juan Carlos Onetti: "El Pozo"

El pozo (1939), de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-1994) rompió las convenciones literarias de su tiempo anunciando la nueva novela. Nadie había narrado hasta entonces con lirismo tan cruel y amordazado [«Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender»] el desarraigo del hombre, en el mismo momento que el mundo se venía abajo con el auge del nazismo, los estragos de la Gran Guerra y los conflictos económicos e ideológicos de entonces, con sus oligarquías dominantes, sus dictadores y caciques.
Este libro hondamente pesimista, creó, en Eladio Linacero, el arquetipo del antihéroe onettiano, «sólo y entre la mugre». Soñador, enamorado de la juventud y la inocencia, no encuentra otra forma de realizar su sueño que raptando una adolescente, Ana María. Lázaro, el militante, tiene un ideal; Cordes, el poeta, sus bellos pensamientos, pero para Eladio no hay sino un sentido de culpa y la certeza de vivir aislado en un mundo de eterna oscuridad.
La vida breve (1950) es una larga novela que marca el punto culminante de su carrera como narrador. No sólo cuenta la vida novelesca de un novelista, Juan María Brausen, sino la novela o el guión cinematográfico que escribe, la crónica que hace durante el relato que Onetti hace de su vida y que llega a confundirse con ella, trascendiéndola y salvándola. El personaje central es un alienado e introspectivo publicista que vive con su esposa, [Gertrudis, que ha perdido un seno a causa de un cáncer], una atroz intimidad de mutuo desamor. Al ser cesado del trabajo, incapaz de enfrentar la nueva situación cae en una serie de fantasías, o argumentos, tratando de dar sentido a la confusión: unas veces es el bandido Arce, que vive con una prostituta y vende drogas en las calles, o el médico cínico Díaz Grey, para quien Brausen inventa un amor con la joven Elena Sala y un completo escenario: un lúgubre puerto de río llamado Santa María. De esa manera Brausen lleva a cabo su batalla contra el anonimato, queriendo vivir y morir sin memoria.
Puerto de Santa María es el lugar, la tierra, el nombre feliz lleno de sol, de gentes, de árboles y soledad donde el autor y los personajes hallan salvación. Una ciudad irreal, limbo terrestre donde viven el tormento de la vida breve sin importarles el futuro, ausentes de pasado y sin necesidad ni interés por comunicar algo a los otros. En Santa María los personajes existen absortos en un tiempo que es un presente invulnerable al pasado y al futuro. De allí que mientras Brausen escribe una novela, Onetti escriba la que leemos y los personajes tengan que huir de Buenos Aires o de Montevideo, a Santa María, para encontrar libertad, porque sospechan que es el otro mundo, un país de maravilla, una ciudad literaria.
Santa María está hecha de los sueños de Brausen como Brausen de los sueños de Onetti, quien deja a aquel crear en su memoria y sus delirios la ciudad. Brausen sabrá de la realidad de sus sueños mientras su mujer llora, dormida, y Onetti, que comparte con él un despacho, le hace buscar la salvación en la habitación de la Queca, su vecina de aquel. En esa habitación, «naturaleza muerta» donde se oyen todos los ruidos del mundo y desde donde siente los suspiros de su mujer que sufre en sueños, Brausen, -que se finge Arce para gozar de la pureza ilusoria de no tener pasado y se realiza en Díez Grey haciendo que el ayer no importe y la historia de su personaje sea impotente ante el hoy de Santa María-, se mueve adentrándose en sí mismo como por el espacio irreal de un cuadro. Los objetos, sucios y podridos, reposan con obstinada inocencia, ajenos al devenir, desnudos en su existir, mudos y discretos pero apoderándose del intruso. Absorto en esa paz que contagian los objetos llega a la existencia pura, recorre el alma, el cuerpo, la persona toda de la Queca, logrando una intimidad irrecuperable con ella. Decide entonces asesinarla para lograr el vacío total. Pero un otro, real, la mata por él. Brausen alcanzará la plenitud del ser cuando, en compañía del asesino real, se entrega a la policía.
La vida breve es una elegía-despedida a la vida sin pasar por la muerte; la conciencia de la soledad y de nuestros falleceres diurnos y nocturnos. Y el rechazo, también, a todos los valores que se nos han impuesto. Brausen inventa una realidad para vengar la realidad no elegida pues, como artista, tiene la facultad de crear otros mundos para escapar de la insoportable continuidad de la existencia.
La imposibilidad de comunicación rige El astillero (1962), su pieza maestra. La novela está dominada por la persona de Junta Larsen, un hombre duro, lacónico y rebuscador, antiguo propietario de un burdel que había aparecido por primera vez en Tierra de nadie y que también forma parte del elenco de La vida breve. Las visiones ideales de la juventud de Larsen, sus subsecuentes sueños de riqueza y poder, le han eludido; ahora está al final de su larga maniobra. Vuelve a Puerto de Santa María y se convierte en un muy bien remunerado gerente de un astillero. De hecho, el astillero es un despojo del tiempo y el salario mera imaginación, pero Larsen, como los otros empleados, entran a gusto y con aparente convicción en este juego kafkiano: estudian archivos envejecidos, hablan de barcos que hace tiempo desaparecieron, cortejan a la enferma hija del patrón. La crisis se precipita cuando uno de los empleados se rebela contra este mundo absurdo, y Larsen, fallando al intentar asesinarle, enloquece y muere.
Para Larsen la vida se nos va haciendo nada, una cosa tras otra sin interés ni sentido. Pero a pesar del fracaso y las degradaciones, su heroísmo reside en tratar de encontrar algún sentido a su constante lucha por sobrevivir, sabiendo que crecer es fallar pues sólo en la juventud somos capaces de amar y tener esperanzas. Al cerrar el libro tenemos la certeza de que la muerte es la única que puede salvarnos del absurdo de vivir, librarnos de esa pesadilla que es la vida adulta.
El asunto de Juntacadáveres (1964) es un fragmento de la vida de Larsen, cuando, al establecer un burdel en Puerto de Santa María, asiste a la realización de su ideal. Refiere paradójicamente los precedentes de la expulsión decretada por el gobernador, de Larsen o Junta, quien murió, según se cuenta en El astillero, de pulmonía en un hospital de El Rosario.
Santa María es ya una ciudad en plenitud ciudadana. Pero la verdadera historia hay que buscarla en el ánima de los personajes: Larsen, con su extraña vocación de ser siempre y sobre todo una figura escatológica, un ave de mal augurio que anuncia la muerte, un junta-cadáveres, hiena coleccionista de carroñas, y su grupo de grotescas putas, decrépitas, buscando en el lupanar el naufragio definitivo.
Onetti ha puesto en esta novela toda la sabiduría de su larga existencia a fin de someternos al asfixiante clímax de una ciudad alucinada que renace cada día, desde su provincialismo, entre un río y una colonia de labradores suizos, con la tranquilidad conmovida por la presencia súbita e insólita de una casa de putas, autorizada por el Consejo Municipal mediante votación y luego de un nudo de discordias y conflictos que termina en una tragedia y una curiosa cruzada impulsada por el cura Bergner, con militancia de jóvenes que «quieren novios castos y maridos sanos». Larsen, el proxeneta, significa el «progreso» en una sociedad atemorizada y conservadora. El prostíbulo es el mundo futuro y las putas, la infinita ternura que necesitan los hombres.
Toda la obra de Onetti es una honda reflexión que nos empuja al desamparo, el desencanto, el desarraigo, la pasividad, el aburrimiento. Sus personajes se mueven entre las miserias de la angustia y la resignación, que asumen sin ira ni rebeldía, con cierto fatalismo cristiano digno de nuestras tradiciones, así sea sin fe. Sus personajes son contemplativos a la manera de Díaz Grey o Jorge Malabia, seres incapacitados para crear relaciones orgánicas con sus comunidades y son por tanto relegados a la soledad y el aislamiento. El mundo, para ellos, es un suplicio que deben evitar pues representa la decrepitud e insolvencia de unos valores que la pequeña burguesía abandonó hace ya tiempos, pero que parece serán pronto remplazados por otros. Un mundo de indiferencia moral, sin fe ni interés por el destino. El asunto central de su obra es la imposibilidad del hombre para resistir el peso de la realidad, como dice Eliot en uno de sus poemas. Incapaces de aceptar que sus vidas carecen de sentido, sus personajes tratan de modificar la realidad y se destruyen a si mismos.
Notable cuentista, la trama de sus narraciones se construye a menudo alrededor de una acción fundamental ofrecida en versiones o claves varias, contadas a través de terceros, pasivos espectadores -como el lector- que evocan con maledicencias, chismes y rumores la vida de otros, dejándonos en la incertidumbre al tiempo que teje un personaje colectivo al que nos vamos integrando, una sociedad a la que terminamos por pertenecer: la gente de Puerto de Santa María.
Onetti fue calificado de anti novelista a causa de su escaso interés en los argumentos tradicionales. La acción en sus libros está generalmente subordinada a describir detalles que enfatizan el paso del tiempo. Su estilo, plano desde los primeros libros, fue cambiando gradualmente hacia un denso y oblicuo instrumento pleno en encubrimientos, reiteraciones, monólogos elípticos de acuerdo con las características complejas y confusas de sus personajes y la estática visión de la vida que tienen.
Juan Carlos Onetti abandonó la escuela secundaria y trabajó como portero, oficinista, mesero y vendedor. En 1932 se trasladó a Buenos Aires, donde vivió por dos años, y publicó sus primeros cuentos en los suplementos literarios de La Prensa y La Nación. Sus intereses literarios se fueron desarrollando paralelamente a sus intereses políticos. De regreso a Montevideo fue nombrado editor de Marcha (1939-1942) donde promovió la nueva literatura. Al dejar la revista pasó a trabajar en la agencia noticiosa Reuter, primero en Montevideo (1942-1943) y luego en Buenos Aires (1943-1946). En esta última ciudad permanecería hasta 1955 trabajando como editor de las revistas Vea y Lea. Durante la década del cuarenta escribió varias novelas y tradujo a varios escritores norteamericanos, en especial a Faulkner, uno de sus favoritos. En 1957 fue nombrado director de las bibliotecas públicas de Montevideo. En 1974 premió un cuento de Nelson Marra, donde la policía uruguaya es presentada como torturadores y raptores. La historia fue publicada en Marcha, que fue clausurado por diez semanas y Marra, Onetti y otros miembros del jurado fueron puestos en prisión, y golpeados para hacerles entender que nadie podía afirmar que la policía uruguaya golpeaba y torturaba a los detenidos. Onetti sufrió una crisis nerviosa, tuvo que ser recluido en una clínica por algunos días y luego partió para Madrid, donde murió. Otros de sus libros son Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), Los adioses (1954), Para una tumba sin nombre (1959), Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987) y Cuando ya no importe (1994). Sus Obras completas aparecieron en México en 1970. Recibió el Premio Nacional de Literatura (1962) y el Cervantes (1980).
Harold Alvarado Tenorio (Colombia)


PÁGINA 17 – CUENTO


Centauro


Por Orlando Van Bredam (El Colorado-Formosa/Argentina)

Si para un hombre cualquiera, la vida está llena de obstáculos y contrariedades, qué decir, para un centauro como yo. ¿Qué soy, al final? ¿Hombre o caballo? ¿Una burla de los dioses? Con mi amigo Omega hemos decidido huir del Olimpo, visitar esta tierra de los mortales, confundirnos con los animales, las plantas y la gente. En la ciudad es imposible. Todos se ríen de nosotros. Los momentos más tristes llegan en primavera con la excitación de la sangre. Somos todavía muy jóvenes, casi adolescentes. En este instante, por ejemplo, en esta llanura que nos insulta con tanta belleza nueva hemos descubierto dos yeguas pastando y ahí nomás, en una breve laguna, dos muchachas se bañan alegres y desnudas. Nuestros ojos van de un lado al otro. La primavera nos acosa.
-¿Y ahora qué hacemos?-me pregunta Omega.
-No nos podemos pasar la vida dudando -le respondo- Habrá que tomar una decisión.
-Claro que sí -dice Omega. Y arremetemos.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA


©Alina Galliano (Nueva York/Estados Unidos)


VIII


Como leche tibia mezclada
con miel y clavo
mi corazón va alimentando el cosmos.
Soy la primera letra que engendra
el primer sonido,
lo que como cadencia se derrama
perpetuando consciencias.
Yo determino el ciclo de la dimensión
la raíz de todo cuanto vive,
el código de la profecía,
lo que desata la antigua tesitura
de las formas.
Mi espíritu como sábana de azul profundo
copula la vibración perfecta de las noches,
la fuerza que despliega
el poder de lo intuitivo.
Así, la esencia de mi ser,
me llama al núcleo de su destino
reconociéndome sin tregua, átomo,
en abierto equilibrio de existencia.
El vuelo de la abeja
y la pisada de los ciervos
restaura el balance de universos,
la singularidad de sus ecos
confecciona rutas para nuevas galaxias.
En el sudor de mi cuerpo
hacen su residencia cielos y tierras
perpetuando el linaje,
la partitura de lo oculto
que como luz versatiliza mi cerebro
desenterrando la permanencia de lo sutil.
Y soy la genética de las naranjas,
el cítrico fulgor de los azahares
e inagotable semilla en el péndulo
de lo diverso,
garganta y labio soy
de cuanto vibra.


X

Todos los gestos traen la vez primera
el perenne capítulo, lo que vive sin fin;
el gesto único de trazar con la yema de mi dedo
un punto a la derecha en tu cabeza,
sentirlo abiertamente, irlo enmarcando
a través de tu piel, hilo de sangre irrevocable,
río interno bordeando la partitura de tu pie
y regresando izquierda en su derecho, como un pájaro,
a buscar en tu sien su propio centro,
su efervescente nicho.
Cómo puedo besarte,
con qué beso será posible hablarte
la no fragmentación de esta manera,
donde cruzo tu espacio,
a un quererte en las formas o la gente que pasan junto a mí
sin más destino que regalarme generosamente tus nombres
en invencible arquitectura de un sonido que viene
a su lugar de fiesta
y se adueña de todo cuanto tengo,
soltando mis deseos como una enredadera entre tus pechos.
Cuál sello,
qué palabra me daría en hospedaje el cerco de tu tímpano,
la intensa resonancia de sus ecos,
por transitar en esos laberintos
la repentina fiebre de los verbos
cuando tu rostro se detiene al diálogo sin voz,
y entre mis manos derrama o redefine la hermosura,
para dejarme mundos, cosas vivas, apariencias,
carruseles de ganas, pomas ,granadas, caracoles, nubes,
pequeños sicomoros, algas marinas a explosión de novas,
o luciérnagas
copulando la yerba a todo vértigo.


XI

Toda la tierra fue una sola cosa
desde el día en que tu cuerpo,
como una gran canción,
se estrenó en las gargantas
de los llenos de consciencia.
Toda la tierra fue una sola entidad
desde la noche en que tus hombros
como racimos de frutas maduras,
se derramaron,
en la elocuencia de sus movimientos
llenando las aguas y sus espejos
con el color y el brillo de las esmeraldas.
Toda la tierra fue una con las formas
desde el instante en que tu danzante visión
rasgó el centro de las llanuras,
siguiendo el trueno que habita
en la tremenda carrera de los Búfalos
donde siempre galopa el corazón,
la fuerza de nuestra sangre.
Toda la tierra fue una sola esencia
desde el segundo en el cual
el temblor de tu cintura
nos despertó a la eterna memoria del principio,
cuando nos fuimos estrenando
como un gran sartal de flores
sobre los perfectos Huesos
de mis Señoras Abuelas:
los primeros baúles
donde toda generación
necesitó ser concebida.
Desde entonces rastreamos las huellas que te habitan,
los largos corredores
donde el eco de tus coyunturas
se fabrica sin tregua.
Con esta acción evitamos
la posibilidad de tu pérdida
Así también logramos que nada tuyo,
se nos vuelva ajeno.


©Alex Pausides (Manzanillo/Cuba)


Llaman desde algún sitio feliz


He aquí que morciego
le arma una bronca a la poesía
en una calle cualquiera en camagüey
libra la batalla
hay un sol rubia pólvora rajándose en aullidos
al campo descuartizados
el tiempo la rabia las mujeres
blancadelia atiza el fuego
brasa al rojo huracán arrasador
bellísima centella engullendo cielo en lo alto de un poema


Pero Moa calla la boca musical a ese pincel
dame un verde para hablarte de esa venus
escapada del pecho del giorgione en 1532
para venir bajo la lluvia con su humo incontrolable
a enfermarnos la sonrisa
crepitar a cien grados en la suela
a despavorirnos la tribu
a dolerte cruel en el tintero
anda ponle una tapita a tanta rabia entre la voz
y cuídala que ese huracán te rompe a poco los andamios
y no hay oreja que resista el vendaval
mejor nos vamos a tu casa a tu niquero calleoscuro
de amigos muchachitas y un miserable hotel mirando al mar
te digo que iremos a embarrarnos de pudín
de ese olor que esgrime la madre en la sonrisa
y así bajitas las palabras
abrirle fuego a la última mujer
mordida ráfaga en el muro
y desparrámate regio como un ron
pero calla un momento ese pincel
que a esa frente se le vuelan las palabras
eh ven con tu brecha apágale la luz
ponte un candado habráse visto


Eh ahí viene Bellot velludo
almudo como un álamo
melena de león alto monte de gaviotas
que asalta al cielo y le usurpa su ojo azul
bueno ¿y anacecilia y las bodas y las cartas de amor
y los amigos de abordo?


Alejandra amor mío potranca feliz
mañana recostada en la hierba
deja de secarte la memoria
aquel día en que abuela estuvo muy enferma
y nosotros nos medimos la ternura
remontamos el amor arroyo arriba
y dejábamos un hilillo de magia roja
temblando en la corriente
desgajada inocencia
terneza que resbala
mira ahí sale emelicio cantando
con la sierra al hombro y la infancia bajo el brazo
en su rostro arrulla un río
y hay un diminutivo tembloroso
en la distancia que hay de aquí a su corazón


Si vas traeme una huella de tus pasos en la nieve
y saluda a maiakovski y dile
tiene usted la palabra para siempre camarada
y a esenin que me cuide un abedul


Quiero un mundo imbatible entre las manos
que sea así como un gran espejo
al que puedan arreglarse las imágenes


Óyeme
ana teme
dice que se le desbordan las ternuras
y que sin poetas el mundo es un escombro


Sonia canta como una mano que le entra al corazón
y le abre un rumbo
tojosita mojada por la lluvia
menudo enjambre de magia
en las ramas un naranjo invadido por los niños
huesecillo bullicioso del verano


Eh muchachos
acabo casi el festín de las palabras
espérenme en la más limpia estación
los días que vendrán
quiero zambullirme en la espuma
¿me copian anacecilia sonia alejandra?
es decir ¿estamos?
moa emelicio ernest pedro ángel y tú efraín
canta este mismo meridiano
en la hora de fuego
de cada corazón?


Álvaro Miranda (Santa Marta/Colombia)


El hombre con cualidades


Empezó por demostrar que el carácter era uno de sus rasgos típicos.
El otro era la personalidad creadora. Goethe había dicho:
“la baja calidad de la literatura de esta época
radica en que no hay escritores con suficiente personalidad”.
El hallaría la forma de encontrar o abrirse camino.
Los salvajes lo persiguieron con sus talismanes. Los jíbaros
esgrimían postales
de sus reducciones. Los falsos ingenuos facilitaban el camino.
Le cortaron las vías de acceso a la civilización.
Le condenaron al tam-tam de los tambores. Anduvo perdido
pero nunca perdió la conciencia y así el sufrimiento era mayor.
Acusó recibo. Nadie se le enfrentó directamente pero los alfileres
se clavaban en su figura. Mafia negra. Mafia negra.
No estaba dispuesto a claudicar. Si había que morir lo haría peleando.
Preferible a entregarse dócilmente. No era su naturaleza.
Si la sangre tenía que correr haría algunos tajos antes del corte profundo.
Tampoco quería ser guerrero. Lo llevaron a ello. Había que defenderse.
Quería hacer dos o tres cosas antes de desaparecer en ese humo
del olvido. Lo peor era que no lo dejaran hablar, que le impusieran
el silencio. Proclamándose devotos libertarios tapiaban la palabra
del que discrepaba con ellos. Fueron los tiempos de la “heroica democracia”.
Con la roca en su espalda seguía subiendo la montaña.
Se abriría camino contra todo enemigo. Cuando era joven quiso ser él mismo,
hacer cosas, actuar, crear con personalidad. El hombre equivocado
en el espacio equivocado. Pero carácter y personalidad, dijo Goethe
y él sabía que nadie le quitaría esas cualidades.


Perdido

el hombre está parado contemplando la pared
filamentos de humedad por donde la cañería baja
un sincopado gorgoteo de agua cayendo
siguiendo los desniveles del desagüe, los ojos ya no le responden
como antes, ni siquiera le responden como en la mañana
al despertar. Es cuando ve algo más claro de lo usual.
Con el transcurso del día la mirada se desgasta
la visión se vuelve difusa, pierde las líneas
la definición de los cuerpos, de los objetos,
ella se vuelve boca abajo y le ofrece su culo
es lo que él desea. Pero la concentración es esquiva.
Es un culo bien formado, carne muy joven y firme
nalgas deleitosas, pero la mirada se esfuma,
ve su vagina, separa los labios, ve el orificio que espera
pero la mirada se extravía, el agua gotea cada vez más fuerte,
el líquido se desliza con un sonido hueco. La luz era más brillante antes,
lo recuerda, podían contemplarse los detalles
la madera cruje por el calor del ambiente, no siente ninguna brisa,
no hay viento en la cara, no hay olas estrellándose sobre la arena,
ni nocturna luna de verano, la ventana se desdibuja
y tiene filamentos de humedad. El hombre parado los contempla,
parece olvidado el cuerpo desnudo ofreciéndose como fruta sabrosa
¿cómo explicará el pecado de no verlo? ¿a qué sombra despedirá
como si fuera rostro?. Lenta, una gota resbala sobre un lente.
Cierra los ojos para ver mejor. Pero nada disipa la penumbra
en la que vive. De la vivienda de enfrente le llegan sonidos
y voces. Hay lugares para el curso de la vida
pero él, parado contemplando la pared se hunde como el náufrago
cercano de la costa que su mirada niega.


Corrientes opuestas

cae, siente que cae, procura aferrarse a algo
pero todo lo tocado se desintegra
los canales de televisión precipitan esa caída
si permanecieran silenciosos o dijeran la verdad sobre los hechos
que ocurren en lo que llaman mundo.
Pero no. La caída es más fácil.
A veces otras manos se rozan con las suyas y así sabe
que no está solo en la caída
esa sensación de vértigo, si no hubieran sido tantos
los engaños acaso dejaría de caer
quedaría atado a una raíz pero baja, baja siempre
y los canallas montados sobre la gente
empujan al vacío. No. Hay que resistir. No resignarse.
Desenmascarar a los rufianes, señalarlos con los dedos rotos
No claudicar. Pero es una lucha estéril porque su poder
es tan grande que mueve molinos. Y se sabe lo que han hecho con sus
enemigos. Los dedos se tocan apenas, un roce ligero
y frágil. Las manos quisieran evitar la caída pero en la mente
un extraño le dice que caiga, que siga cayendo, que no se detenga
hasta llegar al fondo – porque habrá un fondo –
en su corazón podría detenerse un momento breve
pero las corrientes encontradas son muy fuertes, el viento dibuja
giros inesperados y empuja también. Si los monstruos se despeñaran.
Pero firmes y altivos contemplan la caída múltiple
con sonrisas feroces. Y la gente cae.


Moloch

Los pasos de la oscuridad se conocen.
Primero fue la agitación en el pueblo
pagando a los hambrientos para que marcharan por las calles
en la dudosa compañía de algunos privilegiados
una y otra vez, para televisar al mundo
cuánto descontento había.
Después, los hechos se desencadenaron
con bombardeos y metralla
hasta la muerte, destitución o exilio del gobernante.
Pero no olvidaban invitar a la prensa extranjera adicta
Para que estuviese presente en la fiesta.
Así creaban a sus títeres, obtenían prebendas,
se apoderaban de las riquezas de las naciones
que compartían con los privilegiados.
A la gente ya no se le pagaba por marchar en las calles
y se quedaban solos con su hambre.
Ahora los pasos de la oscuridad fueron rotundos
avanzaron más allá, descubrieron
que una buena jugada es aparecer como víctimas
sacrificando algunas vidas para poder matar muchas más
y se coronaron en el imperio del doble lenguaje y la falsedad.
La maldad humana es la sal de este mundo
la ambición corrompe hasta los más lejanos desiertos,
están sueltos, están libres, son poderosos
el mundo entero yace entre sus garras.
¿Será el Anticristo no un hombre
sino una civilización cómplice, irracional, violenta?.
¿O será un hombre que conduce a la civilización
a las ruinas más profundas de su ruina?.


¿Qué sigue?

Y esos niños que ahora recogen basura
esas muchachas de quince que vuelven borrachas
a sus casas, a las nueve de la mañana.
Y los hambrientos y los desesperados.
Y los que comen y beben hartos y odiándolos
por ser pobres y peligrosos para ellos.
El hombre es malo para el hombre, ha matado
a su Dios, ha borrado toda piedad,
toda solidaridad, todo amor – palabra en desuso –
Enfermedad es el signo. Odio es el signo.
Maldad, vicio y excrementos son los signos
de este tiempo de horror.
pero ya vendrán
a decir que el poeta es anacrónico,
apocalíptico, pesimista, antisocial. Y aunque
lo callen por las buenas o por las malas
no llegarán tiempos mejores
hasta que el hombre
tuerza el cuello de la bestia en su interior
y sea humano.


Corredores

el rostro de los corredores
que van quedando en el camino,
la desesperación en el rostro de los corredores
que van quedando en el camino
sin suerte
sin padrinos
sin madrinas
que hubieran apostado fuerte por ellos
el saber
que los que siguen no son mejores
tienen lo que ellos no tuvieron
¿suerte?
¿una mano amiga?
¿impulso?
algo faltó: había calidad en ellos
y fuerza y empuje y decisión
querían ser los primeros
pero un empujón, una trampa,
un chicotazo en la cara,
un traspié, un desequilibrio
o, simplemente, algo
falló, faltó
y no pudieron.
Los otros no eran mejores
tuvieron viento a favor o suerte pura
o apoyo decisivo
todos corren
pero los que llegan a la meta
no siempre son los ganadores
y los que abandonan
no siempre son perdedores
¿ganar? ¿perder? categorías elásticas
se puede ganar perdiendo
y perder ganando.
Se dirá: lo importante es correr
no, lo importante no es correr
lo importante es que las reglas
nunca son iguales para todos
y la distribución de los papeles, a la salida,
confunde fácil el 2 con el 8
el 2 tenía una ruta marcada
el 8 otra
el 2 debía llegar a la meta, según los hados
el 8 no
el 2 no era mejor que el 8
quizás fuera a la inversa
pero para la multitud el 2 fue un héroe
y el 8 un fracasado.
Juez: que permites severos desniveles
haciendo trampas
disfrutando tus figuras articuladas
correr hacia nada
golpeando, salivando, empujando
para llegar al trofeo
de manos vacías.

pero el rostro de los corredores
quietos en el camino.


PÁGINA 19 – CUENTO


Dios del fuego


Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Alina deslizó sus dedos sobre el teclado del piano y la musica iluminó la estancia. Pese al calor del mediodía disfrutaba de la vida; el mundo continuaba su ascenso, aunque a veces acechaba con su rostro carnicero, dejando piedras en el camino. Sus enormes pestañas simulaban alas de mariposas, mientras su pupila se detenía sobre el papel pautado. Un leve mareo detuvo la ejecución de la pieza. Y de pronto vino la sacudida como un manotazo amenazador. El sismo fue breve, aunque prácticamente ya se estaba habituando a sentirlos. Alina suspiró con alivio, observó que todo estuviera en su sitio. Ni un cuadro ni una mota de polvo estaban fuera de lugar. Se asomó a la ventana. En línea recta, calculó mentalmente, el volcán se encuentra a 32 kilómetros de distancia de la capital, a 458 metros sobre el nivel del mar. Contra el azul del cielo, con una altura de 3,930 metros, envuelto en una bruma blancuzca, parece una cabellera, pensó. "Y si el volcán finalmente se decide a..."
Movió la cabeza como sacudiéndose este mal pensamiento. El sol continuaba planeando sobre la ciudad; salvo esa breve sacudida todo parecía en calma. Recordó los comentarios que había escuchado desde siempre: que por el rumbo de Jalisco, allá en Sayula, por las noches se observan luces brillantes y redondas se estacionan en el cráter, a un lado de las fumarolas y luego, después de giros rapidísimos, desaparecen. También platican que a últimas fechas han desaparecido algunas vacas y becerros o que los encuentran muertos, sin una gota de sangre. Sonrió al evocar estas consejas. "Tonterías", se dijo, y volvió a su actividad.
En el centro de la ciudad a anciana reza; luego, dirigiéndose a la grabadora, comenta con voz compungida: "Cuando era niña ocurrió lo del Paricutín, allá en Michoacán; colgábamos las sábanas y se llenaban de ceniza. Yo sí siento mucho miedo", termina teatralmente mirando hacia la cima; agrega una serie de tonterías, luego explica sobre las costumbres de la localidad, del pozole blanco seco, del tejuino. Con un breve movimiento de cabeza agradezco sus declaraciones, apago el aparto, le indico a Chuchín, mi compañero fotógrafo, que tome unas placas y subimos al jeep.
El cabo Muñoz sigue con las historias de los alrededores, refiere que hay una zona magnética en la carretera, por el rumbo de Comala, donde los vehículos, detenidos, se mueven solos y alcanzan una velocidad de más de 60 kilómetros por hora hacia atrás. Asegura que es cierto; pero a mí sólo me preocupan los temblores, las sacudidas que da el vehículo cuando nos internamos sobre la terracería. A 14 grados centígrados, entre cedros altísimos y matas de café, higueras y papayas, la inmensa mole luce mortalmente bella. Un largo río blanco se advierte en su ladera este, señal inequívoca de la lava que ha bajado por ahí en otras ocasiones. La cúpula que tapona el cráter ha subido paulatinamente, derramándose en flujos negros de fuego líquido en 1962, 1976, 1970, 1982 -escucho la voz del vulcanólogo que explica desde la pequeña bocina de la grabadora-, desde 1988 han aumentado los derrumbes de sus frentes. Una y otra vez confronto mis anotaciones con mi memoria. Mis ojos escudriñan a la gente y aunque palpo el miedo, el temor como un susurro que crece paulatinamente, sigo pensando en que es una tontería estar aquí, entre el calor, con estas gruesas botas que molestan, aunque estén listas para ascender por las faldas del volcán, acercarme lo más que pueda,. Lo más sencillo sería hacer las entrevistas y mandar al fotógrafo a que cumpla con su trabajo. Pero en el fondo me siento inquieto, incómodo.
A lo mejor y la de malas el volcán hace su gracia, lo cual, por supuesto, sería magnífico para mi carrera profesional. Ver la erupción, testificar el horror de la naturaleza, darle un giro a mi trabajo. No todos los días hay un cráter a la mano. Desde luego que a veces es bueno combinar la chamba con la diversión. Son gajes del oficio. Anoche, por ejemplo, después de reportarme a la redacción, nos fuimos a echar unos tragos. Un par de rones para olvidar un poco el sabor de la cerveza. La charla de Chuchín, fue la misma de siempre: su mujer, sus hijos que lo abandonaron y que ahora viven en Veracruz, la comadre que continúa dándole lo que su mujer le había retirado, la chavita de la fonda donde come. La música, suave, dulce por momentos. De mucha calidad, por eso buscó con los ojos al intérprete. Una mujer en el piano. Y hermosa, por si fuera poco. Y joven. ¿Alina se llamaba? Confrontó su libreta. Sí, ese era el nombre. Y aunque había charlado con ella la chica no aflojó. Tal vez porque el mugre fotorreportero estuvo maloreándolo. Dos temblores, ligeritos según la chica, acabaron con la diversión. Y tuvo que irse a la habitación con un sentimiento de fracaso.
Siguió revisando las fotos. Cenizas, lava escurriendo por la ladera, el humo negro como un largo penacho. Pero el coloso sigue ahí, rodeado de una bruma azul, como una fiera insomne, acechando a la población. Tal vez muy pronto dé un rugido devastador. Imaginó el magma moviéndose, agitándose como serpiente líquida, revolcándose en el lecho candente, mostrando los colmillos, provocando temblores, terror en la gente. Frente a la fuerza terrorífica de la naturaleza hay un sentimiento de desamparo, de impotencia. Finalmente el hombre, ante el horro primigenio, continúa siendo un pobre animal asustado, una insignificante hormiga ante los gruñidos de la bestia.
Ahora veo la fumarola del volcán cambiando de color, volviéndose más negra instante tras instante, aumentando su calor, agitando las fauces, vomitando fuego líquido, cenizas, arena candente y gases peligrosos; los pedruscos caen raudos y certeros sobre los poblados. El gigante ruge, barrita, pretende levantarse y alzar el vuelo; aunque sigue fijo en la montaña. Los temblores indican sus malignas intenciones.
El agudo ulular de las sirenas pone en acción a los habitantes de la zona. El rápido desplazarse del vehículo policiaco por las empedradas calles, los haces de luz roja que proyecta, así como las órdenes dadas por los walki-talkies ponen el tinte dramático a la evacuación. Arriba el sol se debilita y amenaza con desplazarse sobre el lomerío. El personal militar también se suma al contingente. Tomo nota de o que ocurre: en un santiamén las cosas han dado un viraje violento. La Condición B de los manuales empieza a cobrara realidad. La actividad volcánica es fuerte. Socorristas de la Cruz Roja se mueven con habilidad.
La fumarola del volcán es negra; lenguas rojizas se destacan sobre esa sombra funesta. Otra sacudida me devuelve a la realidad. Miro al fotógrafo y al cabo Muñoz charlando mientras nos acercamos a las faldas del volcán. El calor ha despertado mi sed. Anhelo una cerveza fría, las aguas tentadoras de la alberca del hotel, los bikinis que emergen, el aire acondicionado de la habitación, el lecho que me aguarda junto con la hermosa mujer de largas pestañas y manos de hada que finalmente ha aceptado acompañarme. Sus manos acarician el teclado de mi cuerpo, ejecutan la única melodía que una mujer espléndida como Alina puede interpretar con un hombre. Paso la yema de los dedos sobre su rostro, como un ciego ansioso por conocerla, como si buscara dibujarla con mis ganas.
La beso ansiosa, golosamente; lamo sus pezones mientras el volcán del deseo continúa arrojando el líquido candente. La punta de la lengua ardiendo entre sus labios; lamo el botón de su íntima sonrisa y dejo que me moje, que sus pechos y su vientre y su ombligo se encabriten; yo cabalgo de placer y dejo que ella explote con gemidos de júbilo. Ahora la pradera es verde. La gorra del militar se confunde con la vegetación que nos rodea. El calor continúa intenso, sofocante, mientras la tarde asciende por la ladera y los montículos.


PÁGINA 20 – ENSAYO


La balada de Haroldo Conti.


Por Jorge Isaías (Los quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

En los textos de Conti las estaciones predicen el destino de los personajes y lideran las futuras acciones y peripecias de los personajes, influyen en su ánimo, tiñen el valor y espesor de los recuerdos.
Los colores cambiantes van traduciéndose en percepciones para instalar leve y paulatinamente el tono con que el relato se desplaza en un cono de luces que cubren todos los sentidos.
Los diálogos son verosímiles y como en la saga hemingwaiana siempre exponen un mundo interior que subyace detrás de la historia, que va más allá de su laconismo y su economía de recursos expresivos.
La diferencia entre el autor norteamericano a quien admiró la generación de Conti y Conti mismo reside en que el discurso de aquél nunca o casi nunca expone los sentimientos mientras que el escritor argentino con similitud de recursos expone una afectividad nostalgiosa y nunca ríspida, apegada al gran valor otorgado a las cosas y a los seres que se pierden para siempre y que por algún motivo no preciso de la memoria a él se le presentan asociados.
La escritura de Haroldo Conti se nos aparece humilde, morosa y preocupada para retener aquello tan pequeño que a nadie interesa, solo a su letra que no se resigne a dejar morir lo que se va
De eso, creo, se ocupa la poesía de todos los tiempos porque tal vez Barthes tenga razón y los escritores eternamente estarán tratando de responder a dos preguntas claves.
¿Por qué te amo?
¿ Por qué le tengo miedo a la muerte?
No hay ningún tema fuera de esos porque el poder y la gloria no permanecen indiferentes sino implicados en esos enunciados barthesianos.
La morosidad y el amor con que Haroldo Conti trabaja el devenir de las vidas anónimas, marginales y muchas veces miserables de sus personajes, que como en el caso de El Boga, de Sudeste, ni nombre propio tienen.
La morosidad de sus narraciones que el propio Conti eligió para construir un mundo poético lleno de reflexiones donde duda permanentemente sobre el poder representativo de la palabra, conciente que dedica sus afanes a esos ”antihéroes” que obviamente no son ni nunca serán ejemplares, presentados los párrafos con la ironía con que reconoce su propia dificultad y su distancia, su desconfianza de ser tenido en cuenta en ese discurrir de sus historias que como dice el narrador de uno de sus cuentos está contando una historia que no es de él sino de otro, y que además le fue referida y ”que no interesan verdaderamente a nadie”, como si fuera conciente de la elusión que hace de los grandes temas que instalaron el prestigio de la literatura de todos los tiempos.
Haroldo Conti apostó a una poética, esa visión de lo que falta, de lo que siempre está detrás, este trazo que aparece donde nada existe.
La conjunciones disyuntivas, las frases indirectas, los reflexivos, la progresiva incorporación y la preponderancia de las frases pocas seguras, acentuaron la relación entre el narrador y su materia. Esas frases que ponen en duda la historia que cuenta el propio narrador como si constantemente estuviera dudando en esas infinitas mediaciones que hacen entrever lo que quiere contar de una historia que conoce de oídas.
Cumple con el consejo borgeano que dice que uno tiene que contar las historias como si no las supiera del todo.
El río funciona en los textos de Conti como una metáfora del tiempo, que no es sino el río que El boga trasiega incansablemente con la excusa de la pesca o la del viejo del cuento “Todos los veranos”, donde el narrador-personaje niño relata las vicisitudes de su padre, un pescador que navega las aguas enojosas o calmas del Delta en busca de pesca pero en el fondo lo que busca es el sentido para su vida vagabunda y errática.
El tiempo, gran personaje de la narrativa contiana, tal como aparece a lo largo de toda su obra, sirva como ejemplo esta cita de su cuento “Los novios” de su libro Todos los veranos.
“A Hipólito le gustaba hablar del tiempo, lo mismo que a su padre. En realidad, era todo lo que lo que recordaba del viejo.
Allí estaba en su recuerdo hablando las horas enteras en el Círculo Italiano o en el bar Alsina. La verdad que era un tema inmenso. Se recordaban cosas, se auguraban cosas, y uno se volvía cosa y tiempo también”.
Quien recorra con atención (única manera de manera de leer literatura) la obra de Haroldo Conti se encontrará con las recurrentes núcleos de sentidos que va desplegando incesantemente, con frases que hacen de la elipsis una retórica y en el énfasis sobre la ambigüedad semántica su pilar donde funda una estética.
(aclaro que uso aquí la palabra estética en su sentido clásico y no como se usa ahora, para hablar de una moda).
En Sudeste, El Boga es el río, pero también el tiempo, también la conciencia de la indiferencia del hombre frente a los otros hombres donde ni el río que buscó como refugio lo salva.
En esa indolencia, en ese vagabundeo en que El Boga se desplaza buscándose inútilmente a sí mismo si saberlo o intentando intuitivamente un sentido a su propia existencia se involucra sin quererlo, con indolencia, como un héroe de la tragedia griega va a encontrarse con unos contrabandistas y al final sucede lo predecible: la muerte oscura en un riacho bajo las balas policiales. Como se ve, un final nada épico como corresponde a un personaje contiano.
Tal vez podría decirse sin exagerar que empecinadamente el personaje no busca sino terminar con esa vida de eterno viajero sin sentido para encontrar “su sentido” que no era otro que su propia muerte.
Como tantas vidas oscuras de la vida real ,como tantos otro personajes de la saga contiana
Que el escritor trató con ternura sin igual, esa ternura que tuvo para con todos los desclasados que pueblan la tierra.
En el cuento “Perfumada noche”, del libro La balada del álamo carolina, el narrador pone al lector en situación, cito:
“La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristeza que cabe en una cuántas líneas .Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de un hombre es una luz deslumbrante .El señor Pelice tuvo ese minuto y esa luz”.
Probablemente podríamos relacionar este párrafo con aquella reiterada aseveración borgeana donde asegura que hay un minuto de la vida de un hombre donde el sabe para siempre quién es.
Probablemente se necesita toda una vida para encontrarse con el propio coraje físico, pero en el cuento de Conti el personaje encuentra la felicidad en un amor platónico donde el platonismo es tan perfecto que el objeto de su amor nunca se entera.
El clímax de su felicidad se produce cuando al pasar por la calle Saavedra, donde vive la señorita Haydée Lombardi y ella lo saluda mientras él el se quita el sombrero panamá en señal de admiración, galantería y respeto.
Pero esa insinuada o imaginada sonrisa de la señorita Lombardi dio sentido y felicidad para siempre al señor Pelice, quien era el más reputado cohetero de la zona y a partir de allí perfeccionó su técnica en honor de la señorita. Desde entonces y durante los años en que la señorita vivió le escribió una carta cotidiana que nunca le hizo llegar, salvo el día en que ella murió, entonces le envió un ardiente y sentido pésame rogándole que lo espere para descansar por toda la eternidad juntos, como no habían estado en la vida.

“Al señor Pelice le hizo un nudo el corazón y la amó desde ese mismo momento. Jamás cruzaron una palabra pero él desde entonces se quitaba puntualmente el panamá frente a aquella puerta a las seis de la tarde en invierno y a las ocho en verano, y ella inclinaba apenas la cabeza y casi sonreía”.
Eso sólo le bastó al señor Pelice para ser el más feliz de los mortales.
Los personajes siempre aparecen y actúan en ese centro de radiación que se constituye en el discurso enunciativo, no como presencia viva sino como sombras difusas y reminiscentes que presentan un aura de extraña y entrañable morosidad donde es imposible no sentir afecto por esos seres desvalidos que en el papel juegan una fantasmagoría de sombras, que a través de esa enunciación termina siendo de una carnalidad vivida y consecuente, inolvidables criaturas que uno como lector no puede dejar de amar y recordar:
El tío Hipólito y la señorita Adela en “Los novios”, el señor Pelice y la señorita Lombardi en “Perfumada noche”, El boga en “Sudeste”, Silvestre y Milo en Alrededor de la jaula, el Oreste de En vida y el otro Oreste de Mascaró y el cazador americano, el chico sin nombre del cuento “Como un león” de Con otra gente, Basilio Argimón en”Ad astra”, el inolvidable viejo sin nombre, el pescador del cuento “Todos los veranos” etc. etc.
La textualidad contiana ha participado con creces en la representación de su literatura de aquella premisa de Cesare Pavese:
“Narrar es monótono. Y todo auténtico escritor es espléndidamente monótono”


PÁGINA 21 – CUENTO


Wagner escucha blues


Angélica Aguilera (México DF/México)

Wagner escucha blues y hay música en su pelo suave y en esa forma de andar que es un canto permanente a la pereza. La melodía de su cuerpo lo acompaña de la recámara a la sala, del baño a la estancia; suena sin prisa su pisada de ochenta kilos, va "a tempo" con el disco que más le gusta oír. En sus ojos francos nace el milenario aspecto de su rostro que adorna cada bostezo descarado y todos los refunfuños de su día sin reloj.
Wagner, mítico mastín que escucha blues. La leyenda nace cada noche de sus belfos en reposo, se afirma en la cabeza enorme descansada sobre la alfombra y en la magnanimidad de su gigante estatura de San Bernardo, sabio que tiene el don de la serenidad.
Wagner escucha blues, y odia la lluvia, lo sé. A cada trueno la sorpresa agita los corazones: el suyo forjado con sangre de lobo noble, el mío que se desbarata en el espectáculo del rayo. Nos miramos y de su cola nívea que abanica el suelo surgen los signos que interpreto: paciencia de pastor que vigila su rebaño, sombra magnífica acariciando los libros del estante. Pongo una mano en su cabeza de monarca y cómplice de mis horas, me regala la comprensión de su mirada antes del sueño. Agradezco su recato, me alegra la confirmada estirpe de mi cancerbero.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA


Gonzalo Mallarino Flórez (Bogotá/Colombia)


No puedes venir


La luz cayendo entre los árboles
y esos niños mirando la tierra y buscando con los dedos.

Las ramas sobre las cabezas y los niños mirando
las piedras y las lombrices.

Se encaramaron después en la barda amarilla para
mirar el río y abajo unas mujeres negras lavando.

¿Viste las uñas? ¿Las piernas de ellos? ¿Las espaldas con pecas?
¿Y unas yemas buscando piojos despacio?

Así para que sepas cuánta luz había y no vengas
oscura. Mira cuánta tórtola
y cuánta hoja había.

Recuerda la tierra entre las uñas de los niños.
Si aún te hace falta mira las rodillas.
Mira que ahora están respirando otra vez los niños
y cae otra hoja.

No puedes venir oscura ahora.
No puedes llegarme hoy.
Si sigo en mi letanía
no puedes ya alcanzarme. Oscura.


Las voces que estaban

El tiempo se mete entre los vidrios. Borra
las cosas y las voces que estaban.

Yo creería que lo único son los ojos. Y sólo a veces.
Los ojos tienen siempre una tristeza
que puede durar.

En cambio las voces. Las manos. Las
bocas. Todo se hace astillas. Particularmente
los brazos se hacen astillas.

Ya el vientre que respirábamos. O los muslos
dulces. Eso se ha perdido casi
como si no hubiera sido nunca.
O como si no hubiéramos sido nosotros.

¡Qué dolor! Como si no hubiéramos
sido nosotros.


He visto

He visto mujeres en el Valle
frescas y claras como una fuente
o como una palmera. Tienen los ojos pardos
y las bocas grandes. Sus muslos son gruesos
y tiernos y sus caderas anchas y móviles.

Las he visto caminar en Palmira o en Caicedonia.
Frescas y claras bajo el vestido de tela delgada.
Las he visto. Sentado en una mesa del andén
o desde un bus que se detiene. Sonríen
y se tocan con la gente. Sus rostros se tornan más
dulces con la sonrisa cuando piden
un frasquito de esmalte en la droguería
o se sientan en las bancas de la plaza.

He visto a esas mujeres y he deseado
amarlas. Ser quien las siente cerca.
Ver cómo se quedan dormidas. Cómo la sonrisa
del sueño les pinta de flores la cara.


Pablo Sexto

Algunos despiertan
pero permanecen tendidos en sus camas.
Abren los ojos sin luz. Sin mirada.

Algunos como tú
no quieren levantarse y mirar por la ventana
porque saben que un bloque
de nubes estará oscureciendo a Monserrate.

Porque saben que en el parque
las gotas estarán brillando entre los pinos
y deslizándose sobre las hojas púrpuras de los eucaliptos.

Y no quieren mirar eso al despertar.

Entonces no se levantan. Hay mujeres como tú
que no se levantan porque sienten sus vidas
como fardos.

Tú. A quien quiero llamar. Nombrar ahora.
Adelaida por ejemplo.
Bebiendo agua en la cocina oscurecida.

No has querido mirar la tarde
dura del domingo. Sólo bebes agua como todos
al despertar. Descalza sobre el baldosín. Desnuda
bajo la bata blanca. Con los mechones claros
y largos de pelo sobe la espalda
y a los lados de la cabeza.

El lunes por la noche cuando la vecina te encuentre
la luz del alumbrado entrará por la ventana.
Tu rostro se verá morado o gris.
Tendrás las manos
sobre el pecho y las piernas un poco separadas.

Adelaida. Tendrás los labios cerrados

con fuerza. Secos. Sin color.

Afuera seguirá lloviendo. Adelaida. El agua
caerá incesantemente
bajo el polvo blanco y silencioso de las lámparas.


Carmen Hernández Peña (Ciego de Avila-Cuba)

Soy apenas la sombra que proyectan
esas íntimas sombras intrincadas.
JORGE LUIS BORGES



I

En el inicio
el punto.
Ni Aleph ni Tav.
Tan sólo el punto.
La certeza que estalla
en el halcón
el ojo
y la serpiente.
De la oquedad absoluta
el gran animador de los enigmas.
Desde Él
a la palabra
al caos
a cuatro líneas rectas
donde crecen mis alas.
Quien lo sepa
hará de la osadía su venablo.
De su pecho un escudo.
Y cerrará la boca.
Lo primero fue el punto.
En el centro
nosotros.
Después
eternamente
el punto.
Sólo el punto.


II

En cada risco
no importa lo escarpado
voy grabando tu nombre.
Con guijarros
con agua de manantial
con nubes rojas negras
escribo cada letra.
Penoso es el ascenso
sangran mis pies mis manos
pero con estoicismo
voy grabando tu nombre.
En los muros de lujosas mansiones
alguna seña de tu nombre dejo.
En túmulos pretéritos
sobre el jaguar y el águila
[es casi una blasfemia]
pero escribo tu nombre.
Encima de la nieve
debajo del manto de la Virgen
junto a los pies del Cristo Negro
sigo perennemente
escribiendo tu nombre.

Un grito
una salmodia.

Sobre mi piel
que intenta deshacerse
bajo el Sol y la Luna
a fuerza de garra y de colmillo
para siempre
llevo escrito tu nombre.


III

Es el ojo del tiempo el que te mira.
El ojo del jaguar
siempre al acecho.
Alguna vez fue
de lapislázuli.
Hoy sólo es una cuenca vacía
pero observa
te desnuda.
Sabe que también estás del otro lado.
Siempre estuviste allí
esperando la hora
el momento preciso.
No sólo el jaguar salta.
También tú das el salto
y salta el agua.

Agua cae sobre agua.
Piedra cae sobre piedra.

Quien no se atreve a acariciar
la piel manchada
no sabe del tal vez
ni del acaso.

Agua cae sobre agua.
Piel sobre piel.

Siempre es así.
Y estalla el Universo.


IV

Cansada de mirarte
al vórtice del sueño
aun
eres mi piedra más valiosa
pero te rompo
remontándome en círculos.

Qué vida miserable
cuando cierras las puertas.

Difícil correr tras el zorro plateado.
Somos la presa de nosotros mismos.
Todo alcanza su fin
y es el inicio.

Vuelve tu rostro.
Observa.
Pon tu mano.
Sobre mi corazón
anida una serpiente.


©Aleyda Romero (Puerto Cortés/Honduras)

A veces.


“Sucede que me canso de ser hombre”
Walking Around. Pablo Neruda.


Sucede que me canso de ser mujer.
De mis dolores de siempre,
y mi amargura mensual.

Me cansa la faena, la rutina, el apuro
por las “cosas importantes”,
me cansa tener que llegar siempre a la misma hora,
Salir atropellando sueños,
sobrevivir a dentellada limpia.

Me canso de ensordecer y enmudecer a veces,
Me cansa la radio, la televisión…
estos años que se me vienen encima
sin ningún respeto, esta memoria que cavila
con fechas y nombres que fueron importantes.

La tristeza y hasta la felicidad
me aterra, puede ser un mal presagio.

No me cansa la sonrisa de aquel niño mío,
Un libro, un atardecer, un poema, un buen amigo
y la visión de aquel ángel.


Don Salva.

“Mamá ya tiene canas, malhumor y bisnietos”
Rigoberto Paredes.


Papá envejece, aunque
lo disimula bien.

Oye poco, habla menos,
se hace niño.

Enciende la televisión
y se queda dormido.

Nunca ha visto
El arco iris del cine
y su único universo
es nuestra casa vieja.


Destiempo.

Tiempo descocido en sus medidas,
que transcurre sólo en la piel
y sus miradas.

Edad sin límites,
vivencia eterna.

Locos que seguirán entretejiendo
telas de arañas,
mientras engullen sueños.

Para ellos el amor
-si un día nace-
es imposible:
no tiene pasado,
no tiene futuro
y el presente…


Duncan.

Me mirás como sólo vos
podés mirarme:
fijo,
largo,
tendido.

Esperás una caricia
para entregarte todo,
ternura incondicional,
silencio perfecto,
amor sin pretensiones.

Lluvia de pelos y cariño,
huracanes de entendidos,
fiel a mi tristeza,
invisible a mi ira.
Inmune a los surcos del tiempo
a las carcajadas y al llanto.

Dolor escondido,
para que nadie sufra.
Mi Duncan, desafiando la vida
desde su mundo perruno.


Sueños literarios.

Para: mis alumnos de Vida Abundante Choluteca.

Viajo con mis alumnos en una máquina del tiempo,
los hago suspirar por Helena, Blanca, Efraín, Gustavo, María.
Después nos detenemos a cuestionar la eterna lucha entre civilización y barbarie, tomamos partido por los Luzardos.

Nos conmueve, la determinación del viejo Santiago.
El memorando que le pueden mandar a Gregorio Samsa,
el viaje inútil del coronel al correo.

Después miramos la pintura de Castel y entendemos a María Iribarne,
aterrizamos en Comala, queremos explicarle a Juan Preciado,
porque esas voces vienen de tan lejos,
hemos intentado mandarle un e-mail a Santiago Nasar, imposible
ese día no revisó correspondencia.

La literatura tiene más tristezas que alegrías,
reniegan a veces,
sueñan,
ríen,
piensan,
disfrutan,

Finalmente los despierto para cambiar de clase.


La transparencia del tiempo

Para Víctor Manuel

Me descubro en tus ojos
Como la primera vez,
No me oculto.
Pero vos sos predecible
No intento triquiñuelas,
Ya me conoces,
Puedo descansar en vos.

Te encuentro,
Disfruto ese romance de tu mirada
Ese preludio
Ese ritual.
Esa batalla donde sucumben mis emociones.
Renovada,
Por este amor que no corroe el tiempo,
Que vence la rutina,
Que busca otra vez;
Sumergido en la transparencia del tiempo.
Desaparecemos.
Ni vos,
Ni yo,
Ni antes,
Ni después…
Juntos.


PÁGINA 23 – CUENTO


Josefina


Por Neftali Sandoval-Vekarich (Belgrado/Serbia)

Fue un espejismo. Una imagen fugaz. La transición de la vida a la muerte en un suspiro. Largos y negros cabellos le cubren los hombros como una cascada de tinta negra. En la mirada, suspicaz y transparente, el olvido no muy lejano de una noche de primavera cuajada de estrellas, pero cuando la vio cubriendo con su cuerpo el marco de la puerta el sol golpeaba sus espaldas y no era aquella otra mujer de rostro pálido y altivo portadora de lo eterno que se anuncia sin saludar al pasar por la calle, dibujando casi la sonrísa enigmática y picara de una escolar de primer grado que arrastra al desgaire su bolsa de libros y cuadernos. No podía ser más contradictoria la aparición, tal fuera la luz nocturna de aquella en el destello solar de ésta que sacudía enérgica sus largos y finos dedos sobre la corta melena de cabellos claros como la paja de los sombreros que usan las mujeres del pueblo en el páramo de Santafé de Bogotá. En sus ojos estaba el fulgor de los últimos días del estío, un cielo gris casi azul en los que se podía adivinar el color dorado de las hojas que el viento arranca de los árboles y arrastra hacia los más lejanos confines del sueño. "Tú y yo ya nos hemos visto", afirmó. Se acomodó muellemente en la butaca que alguien le alcanzó para que se sentara. Miré sus largas piernas de bailadora de tangos dentro de pantalones vaquero, me pareció recordar su voz en el murmullo de una fuente lejana y perdida en mi infancia; en el jardín de una ciudad inventada por la memoria de los falsos recuerdos vanidosos pavosreales desplegaban su abanico de colores ya verdes, ya azules en tanto un cisne ignorado de todos ponía la nota blanca sobre las aguas. Pero ahora estaba allí, al alcance de mis manos que querían acariciar sus mejillas, tersas casi pétalos de rosa. Era la primera vez que su estampa inundaba de ignotas mandrágoras mi espíritu, sentí que su presencia era desde siempre una herida incurable en mi corazón, una herencia imperdonable del pasado, un castigo y a la vez una promesa que me habría de perseguir con esa fe y esa desesperanza de un beduino. No una dolorosa espina, un árbol acaso en un campo yermo, una rosa blanca solitaria contrastando dentro de un jarrón de porcelana gris y azul frente a una ventana abierta hacia el mar. En la playa los chiquillos alborozados descubren caracolas bajo las arenas y un par de enamorados se acarician curiosos descubriendo la irresistible pasión del cuerpo. De pronto su risa rompe el rumor de las conversaciones, se abre paso a semejanza de una alondra que inundada de felicidad escapa de una jaula. Me invadió una tristeza infinita por tenerla tan próxima y tan lejana. Nunca supe compartir la soledad, sempiterno prisionero de mí mismo, de mis sentimientos tan contradictorios y en pugna por salir del claustro en que me encontraba rebosando de amor y de ternura hacia aquella desconocida que me ponía una vez más frente al peligro del dolor y de las frustraciones, de la cobardía de perderla antes de haber disfrutado del sudor de sus axilas Sentí la imperiosa necesidad de marcharme cuando la alegre comparsa se trasladó a la terraza del hotel en la ancha acera que daba a la avenida, agitada por el ir y venir sin sentido de las gentes, en una feria cotidiana en que la vida discurría hacia el pasado. Hay en el aire un olor fresco de palomitas de maíz y jolgorios de niños inquietos y alegres que corren y gritan sin sentido. Amplios parasoles proporcionan generosa sombra a las tres pequeñas mesas arrumadas para atender a tan bulliciosos contertulios, parecidos a veteranos en licencia de una guerra jamás librada. Un gitanillo se acercó tímido a pedir una moneda, ella le acarició el rostro con el amor de una madre que ha perdido sin saber cómo a sus hijos en algún recodo del camino. "Tú te quedas" me amonestó imperioso Antonio, conocedor de mi inexplicable abracadabra de desaparecer en el instante menos esperado. Ella, sentada a mi lado izquierdo, nada dijo ni me obsequió ninguna mirada segura de que todo esto era un juego tonto que no le concernía. Brillaba en la diestra del gitanillo una moneda que agradeció besando la mano generosa de la mujer. Los chascarrillos se batían como espadachines sin provocar escándalo, pero las risas espontáneas rompían la monotonía de una charla insustancial y baladí como si se tratara del condimento indispensable de un compromiso social sin importancia en un baile de beneficencia, en realidad el campo era propicio para la frivolidad y vanidad de los actores acostumbrados a participar en esta clase de deslices y ocurrencias sin salir jamás del proscenio de un teatro artificial. La tarde había muerto. La noche se hizo dueña del auditorio que sintió la imperiosa necesidad de cambiar de escenario. Ella propuso el bodegón de los marinos, al menos así lo recordaba con ese nombre en aquellos años de vida estudiantil tan pródiga entonces a pesar de los precarios bolsillos.

Renegaba de la ropa interior comprada en Roma que me quemaba el cuerpo. En el bodegón el calor era sofocante, insoportable, pero la gente se sentía a gusto y el rumor de las voces parecía un concierto de ranas y de gansos, si alguien recuerda el croar de los batracios y el graznido de las ánades a la orilla de los lagos cuando la tarde declina. En el centro de la sala una inmensa caldera se alimentaba de carbón, una manga larga de hojalata que transportaba la calefacción se extendía buscando la salida apropiada del humo en un extremo de las paredes de un segundo piso, de anchos balcones, abastecidos con mesitas a lo largo del pasadizo aéreo y protegidas por un tejido de listones de madera pintados de verde. Desde el piso inferior que era en si toda la sala, cuando se miraba hacia lo alto, se podían ver bajo las enaguas las piernas abrigadas de las mujeres con gruesas medias de lana, los abrigos colgaban desmadejados en herrumbrosas perchas de hierro, el humo de los cigarrillos, la transpiración de los parroquianos y el vaho caliente hacían irrespirable el ambiente, pero las gentes se sentían felices, comían con fruición y vaciaban de manera maquinal e intermitente las jarras de vino que mezclaban con soda o con agua mineral. Los estudiantes preferíamos lo más barato de acuerdo a la prosodia de nuestros bolsillos, los "girice" que llaman "ménola" los italianos, pececillos minúsculos fritos en aceite que aun hoy se acompañan con gran cantidad de pan y papas fritas. El bodegón de los marinos, así era conocido, tenía otro nombre más apropiado por la procedencia de sus especialidades. Cuando empezó todo ese despelote de las minorías y nacionalidades "Dalmacia" fue desapareciendo lentamente hasta perderse en el coágulo de los nuevos acontecimientos, el "Dalmatinski Mornar" recibió otros motes y sobrenombres que no sobrevivieron, pero el bodegón soportó al desastre, seleccionó su clientela hasta convertirse en un lugar exótico en una ciudad que empezó a llenarse de pequeños cafés y pizzerías que aparecieron como una epidemia occidental. En esa tarde de otoño el tránsito fue inexplicable hacia el pasado, hacia un invierno violento y crudo. Bastó que ella mencionara el bodegón para recordar la mañana gris y fría de un mes de febrero en Roma, no muy lejos del Quirinal en donde degustábamos el café oscuro y corto como el proyectil de un arma de pequeño calibre para regocijo de mis compañeros que lo preferían a la grapa tan necesaria a esas horas para calentar el alma.

En Yugoslavia hace un frío del carajo, decían, aconsejando el uso de ropa interior adecuada. Me llevaron a uno de esos grandes almacenes de varios pisos, finalmente escogimos varias piezas de ropa interior de lana que de muchacho nunca había visto, hasta recordé las bromas a propósito de los pantaloncillos largos para amarrar en el dedo gordo del pie y ocultar los extremos bajo las medias. La camiseta me causaba escozor y desesperación precisamente esa primera noche cuando mis compañeros serbios me llevaron al "Mornar" un bodegón que daba albergue a cuanto bicho humano tuviera la ocurrencia de pasar por allí, atraídos por el fragor de las conversaciones y el tufillo a pescado que indudablemente se acompaña siempre con grandes garrafas de vino. Me ardía todo el cuerpo, a pesar de estar en el segundo piso, el calor de la caldera era asfixiante y no veía la hora de salir al frío de calle. Estas gentes tienen una alimentación especial para soportar las bajas temperaturas del invierno balcánico, los embutidos y la grasa transpiran olores insoportables y qué decir cuando se comparten los autobuses que van repletos hasta reventar como latas de sardinas. Al llegar al albergue estudiantil me despedí para toda la vida de la ropa interior de lana. Jamás volví a ponerme camiseta alguna, me siento más cómodo y ágil con menos ropa encima.
Indudablemente los cambios fueron drásticos. Desapareció todo cuanto recordaba una época en la cual la pobreza y la riqueza eran ladrillos de un solo muro. La sala inmensa disfrutaba ahora de una gran pulcritud, las altas paredes pintadas de blanco escondían hábilmente camufladas los artefactos de la calefacción, las mesitas pintadas de azul recordaban quizá los cielos y las muralla marinas de Grecia. La clientela escasa y distanciada en defensa de la intimidad, rehuyendo el rumor de las conversaciones ajenas. Una anciana discurría solitaria disfrutando de su porción de la noche que tal vez no sería larga, hasta el despertar en un amanecer repleto de bullicio y motores atrapados por los infortunios y esperanzas de quienes a esas tempranas horas viajan en los atiborrados autobuses por su salario del día.
Antonio distribuyó la mesa quedando ella frente a mi que me ocultaba los ojos. Me divertía tratando de atrapar una mirada para descubrir el verdadero color de sus ojos. Se escabullía con la habilidad y ligereza de un ardilla, esos pequeños animalitos que tienen la gracia y la alegría de la vida. Pensé, ¿acaso es ella igual? Escuché que una de las poetas decía que "tenorio" es una de aquellas palabras difícil de rimar. "Velorio", dije, y ella me espetó: "diez puntos a tu favor". De improviso entre broma y broma empezaron todos a cantar tangos y boleros, querían recordar el pasado, al menos dos de ellas la vida nocturna y jacarandosa de Buenos Aires, me exigieron una que no recordé al momento, pero ya ausente de esa noche me vino a la memoria la que hubiera querido cantarle como antaño en las estudiantinas y serenatas de la lejana ciudad de Popayán: " me gustas tú, y tú, y tú, y nadie más que tú..." Me quedaba ensimismado en una bocacalle próxima al Colegio de las Monjas Josefinas esperando la salida de las alumnas, ella era una aparición indescifrable, de pelo castaño claro, ojos de un verde indescriptible y transparente, alta y de hermosas piernas, siempre sola y sin prisa recorría el mismo camino todas las tardes, a eso de las cinco las campanas de la catedral estremecían el aire llamando a la oración. Nunca me atreví a abordarla, tenía un miedo inexplicable, era timidez, era yo el agua de una fuente, ella el fuego del campamento. Nunca nadie conoció mi secreto, mi amor por ella era inexpugnable y tuve la suerte de encontrarla una noche que nunca olvidé. Ahora en frente mío, en el tiempo y la distancia solamente las manos podían descifrar lo que el rostro no denunciaba. Me sentí profundamente conmovido al pensar que era ella tras voltear la esquina de tantos años y recordé aquel baile en que por algunos momentos la tuve entre mis brazos. Fue hermoso el sueño mientras duró. Había peleado con su pretendiente y no sé si fue casualidad que me encontrara allí en ese momento, en ese baile de adolescentes en casa de la novia de uno de mis compañeros. Nos conocimos por lo menos durante unos instantes, su voz y su risa sonaban casi exactamente igual como la de la mujer que frente a mí canta con los demás las coplas de una milonga. Pero llegó la hora de las buenas noches, suerte, tanto auguri, hasta la próxima y no me aguanté las ganas de decirle cuando al despedirnos me dio un abrazo y yo un beso en la mejilla "eres una mujer maravillosa". "Y eso que tú no me conoces", respondió al cumplido, pero añadió en un susurro conspirativo "tú y yo tenemos que vernos". ¿Volvía acaso la sorpresa de aquel baile? Hubo por ella una pelea que nadie se pudo explicar, yo preferí guardar silencio pues aquella noche me gané varios puntos a sabiendas de que nunca más volvería a verla, mucho menos a esperarla clandestino tras la esquina del colegio. Por un instante en mis brazos tuve su simpatía y se consumió mi corazón como una brasa perdida entre las cenizas de una hoguera que dejó de arder. "Te enviaré por correo mis poemas y cuentos", le prometí al preguntarme en aquella larga y bulliciosa mesa del bodegón de los marinos, si tenía a la mano algún libro mío, quería leerme, conocerme, saber quien era, pues los otros si cargaban varios en sus bolsillos. ¡Oh, vanidad de vanidades! Fue mi discreción y mi silencio que le arrancó ese deseo de volverme a ver. Pero cuando me dí cuenta de que la amaba con la sinrazón de un chiquillo de escuela, la visión se esfumó como el oasis inalcanzable en el desierto y volví a sentir en mi corazón el rescoldo de un volcán apagado.


PÁGINA 24 – ENSAYO


María Granata: esencia, palabra, emoción poética.


Por Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

En 1942 María Granata da a conocer su primer libro de poemas, Umbral de tierra. La edición fue auspiciada por la revista Conducta, una publicación del Teatro del Pueblo, fundado en 1930 por Leónidas Barletta, institución que llevaba a cabo un amplio programa de extensión cultural. Este libro inicial de la autora no pasaría desapercibido en el panorama poético de la época; obtuvo dos destacados reconocimientos: el segundo premio de poesía de la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, y el Martín Fierro, otorgado éste por la Sociedad Argentina de Escritores, distinciones que situaron a María Granata en un lugar de referencia entre los poetas de la denominada Generación del cuarenta.
El momento histórico, no está de más recordar, estaba atravesado por un profundo escepticismo, producto de la Segunda Guerra Mundial. Occidente y Oriente se hallaban entregados a la guerra y la destrucción, asistidos por el progreso industrial y el desarrollo tecnológico que pusieron a disposición de las partes en conflicto armas con la capacidad de multiplicar la muerte en proporciones hasta entonces nunca imaginadas. La blitzkrieg (guerra relámpago) germana, ensayada en Polonia en septiembre de 1939, fue el primer paso de una larga serie, que transformaría una parte substancial del mundo en un gigantesco campo de batalla. La guerra culminaría pocos años después en Japón, donde la humanidad pudo testimoniar los alcances del perfeccionamiento científico y su aplicación fáctica en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki.
Las opiniones de Percy B. Shelley, incomprendidas en su tiempo, consideradas una exageración de su parte, un exceso de la imaginación, resultaban ahora a la luz de los acontecimientos, reales, y adoptaban definitivamente las vestiduras de la profecía cumplida. En su Defensa de la poesía (1821, publicada por primera vez en 1840) el poeta sostenía: “El cultivo de las ciencias que han ensanchado los límites del imperio del hombre sobre el mundo exterior ha estrechado, en la misma proporción, debido a la carencia de la facultad poética, los lindes del mundo interior; y el hombre, luego de haber reducido a esclavitud los elementos, sigue siendo un esclavo él mismo [...] ¿De qué otra causa procede el hecho de que los descubrimientos que deberían haberla aligerado han añadido un peso más a la maldición de Adán?” 1
En este contexto surgen varias voces en el panorama poético argentino que procuran un regreso a lo que ellos de diversas maneras se refieren como la esencia de la poesía. Aquello a lo cual alude Heidegger en su trabajo sobre Hölderlin: “La poesía es el acto de establecer por la palabra y en la palabra. ¿Qué es lo que se establece de este modo? Lo permanente. ¿Pero, entonces puede lo permanente ser establecido? ¿Acaso no es eso que ha estado siempre presente? ¡No! Incluso lo permanente debe ser fijado para que no nos sea arrebatado, lo simple debe ser separado de la confusión, la proporción debe ser establecida frente a aquello que carece de la misma.”2
Estas voces se nuclearían en principio en las revistas Canto (1940); Huella (1941); Verde memoria (1942); Ángel, alas de poesía (1943-1950); Ínsula (1943-1946); Perfil (1943); Cosmorama (1943-1945); Papeles de Buenos Aires (1943-1945); Contrapunto ( 1944-1945) y Disco (1945-47); e integrarían el conjunto de poetas conocido como neorrománticos. Ellos serían los continuadores del antiguo enfrentamiento entablado por el poeta con el racionalismo moderno, reponiendo en escena “una tradición tan antigua como el hombre mismo [...] me refiero a la analogía, a la visión del universo como un sistema de correspondencias y a la visión del lenguaje como el doble del universo.”3
Esta sería uno de las cuestiones centrales de sus poéticas. Los poetas de la generación del cuarenta también se caracterizarían, como algunos de sus poetas de referencia, entre los cuales se cuentan Rainer María Rilke y O.W. de Lubicz Milosz, por ostentar una fe desesperada en la palabra y, en la creencia, que ésta poseía el poder de reconstituir el mundo. Adhieren a la libertad creativa, la espontaneidad, la sinceridad, y el compromiso emocional. Apelan al juego de la imaginación, a una imaginería funcional y la escenificación de lo oscuro y lo difuso. Las respectivas obras de estos poetas están asimismo cruzadas en cada uno de los casos y, de diversa manera, por la religión, las ciencias ocultas, la metafísica y la mitología.
En la obra de María Granata, será el propio lenguaje el que se constituirá en su máscara; el conflicto entre la identidad empírica y la poética está allí representado en el cuidadoso, certero y preciso entramado de las palabras, en el ritmo que producen, el que recrea una música en la que resuenan los ecos de Góngora, Quevedo, San Juan de la Cruz; es decir, de la lengua castellana en todo su esplendor. Asimismo, y deliberadamente utiliza en su vocabulario ciertos términos que por su arcaismo benefician al poema con un cierto extrañamiento, el que tiene por misión expandir el efecto poético del mismo.
La mirada de ese yo que se escuda en la lengua es amplia, desde el aquí y ahora, desde el territorio habitado, se extiende abarcadora hacia otras dimensiones, hacia el mundo en su totalidad: “Apoyada en el muro de la huerta./O en el muro del mundo. Bien atados / los brazos a la espalda. Sin llamados. / Sin amor. Sin umbrales. Viva y muerta.”
La doliente realidad de ese mundo halla en el exaltado lirismo, en la forma, en el metro y la rima, no su negación, sino todo su contrario, la confirmación del hecho, del cual la belleza dará testimonio ineludible con el único fin de transformar esa experiencia en un bien durable. Afirmaciones acerca del transcurrir de la historia que resistan los embates del tiempo, en tanto éstas se constituyen en una expresión perdurable. Ejemplo de ello es su poema El soldado muerto: Desde tu mano sube / el fusil como un lirio congelado./¡Qué diferente de las otras muertes / tu muerte de soldado! // Por tus ojos abiertos / pasa el aire, y el cielo se detiene…/ ¿Quién cerrará tus ojos /¡ay! antes que esta hierba te encadene? // Nadie busca tu voz./ Solamente ese viento sin colores / que te seca la sangre, / sobre tu piel violácea arroja flores.
En 1946, publica Muerte del adolescente, al que le seguirá en 1952 su tercer volumen de poemas, Corazón cavado (1952, Premio Consagración provincia de Buenos Aires). La poética de la autora se caracteriza, como lo señala David Martínez, por los siguientes rasgos:“Angustia, transfiguración, deslumbramiento, por una parte; por otra, ardor y anhelo contemplativo, en recoleta profusión de ensueño, trasvasados a una cósmica presencia de la luz, el viento y el paisaje de una tierra idealizada, enumeran la calidad de su fervor expresivo y emocional.” 4
Luego de un silencio de más de una década publicará Color humano (1966) en el que sorprende incorporando a su poética una nueva perspectiva, en la que el alto grado de intimismo de su obra anterior y el ideal estetizante abrirán paso en esta nueva etapa a una decidida preocupación por el hombre, por ese hombre que no rehuye la trascendencia del espíritu y, que sin embargo, no logra abstraerse de su realidad objetiva, de lo cotidiano. El rigor formal de la autora persiste como el duro granito o el ‘acicalado acero’ del que nos habla Quevedo. Ahora lo demuestra en la cuidadosa elección de sus palabras y en una natural musicalidad que va más allá del objeto cuyo fin es introducirnos en la tradición poética de nuestra lengua, cargando de connotaciones lo significado.
Hacia finales de la década de los 40 comienza a colaborar en el diario El Mundo, donde a partir de 1950, publicará semanalmente un cuento infantil, treinta de los cuales fueron publicados bajo el título de El gallo embrujado (1956), al que le seguirían, entre otros muchos títulos, La ciudad que levantó vuelo (1980), Pico de cigüeña, trompa de elefante (1982), Cuentos azules y blancos (1983), Piupi y la casita de los invisibles (1986, Santiago de Chile), La fiesta de los lagartos (2003) y Agustín y el meteorito (2004); estableciendo a María Granata como una de las escritoras más destacadas y significativas del género, lo que le valió en 1988 el Premio Nacional de Literatura Infantil.
Paralela y simultáneamente a estas actividades María Granata decide incursionar en otro género, sorprendiendo a sus lectores, en 1970, con Los viernes de la eternidad, una novela de prosa cristalina y poética que obtuvo el Premio Emecé (1970) y el Premio Selección Nacional correspondiente al período 1971-1974 y, que fuera llevada al cine en 1981, por Héctor Olivera. A esta le siguieron: Los tumultos (1974, Premio Strega 1976); El jubiloso exterminio (1979); El diluvio y La Guerra (1981); El visitante (1983); La escapada (1988, finalista del premio Rómulo Gallegos, Venezuela); El sol de los tiempos (1992) y Lucero Zarza (1999).
En 2003, pone fin a su largo silencio poético publicando Cerrada Incandescencia, volumen que se reeditó en Madrid, España (2006). En este nuevo libro de poemas, sostiene Ana Quiroga Larrieu: “... como en sus primeras obras, persiste un sujeto poético que tiende a la reflexión metafísica, abordando una temática diversa: el amor, la vida, la muerte y la eternidad...”.
En la actualidad la belleza como ideal enfrenta nuevas dificultades, es analizada desde una nueva óptica, la de los estudios culturales; un amplio campo interdisciplinario que involucra la crítica literaria, la filosofía y las ciencias sociales. Esta disciplina no se interrogará respecto de cuales son los modos en que el arte invoca lo trascendental o si un objeto en particular es bello. Se centrará, principalmente, en las circunstancias históricas en las cuales nació la idea de la belleza como valor trascendente y cuales han sido las consecuencias de las formas de pensamiento que guiaron este proceso. Este panorama podría recordarnos un título del poeta Aldo Pellegrini Para contribuir a la confusión general (1965); desorden, desconcierto cuyo único antídoto se halla en la esencia de la lengua, en sus atributos y señales: “... la palabra es nuestro rostro inmerso/ en los interrogantes / de que estamos hechos. / ¿Cómo volverla ímpetu, / respuesta para siempre...”.
En la poesía de María Granata la vida, el amor, la muerte, las lágrimas y el dolor (temática a la que están expuestos todos los mortales a su paso por esta tierra) se hallan en plena lidia, contenidas sólo por un apasionado candor, cuyo vehículo es un lenguaje depurado y sublime, destinado a transmitirnos la emoción, nacida ésta de una profunda sensibilidad. En su voz la música de la lengua cobra nuevas fuerzas reintroduciéndonos en los aspectos fundamentales de nuestra tradición poética y en los aspectos elementales de la vida humana. Y si Ezra Pound no estaba equivocado podemos repetir su consigna: “En poesía lo que ha de sobrevivir es la emoción.”


PÁGINA 25 – CUENTO


La tigra


Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

¿Qué soñará el indescifrable futuro?
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La vida no es un sueño pero puede llegar a ser un sueño, escribe Novalis.
Jorge Luis Borges


La tigra llegó una madrugada sigilosamente. Ni siquiera sé por dónde vino. La espina de un rosal la lastimó y al ver la mancha de sangre sobre el suelo la descubrí. Permaneció quieta, callada en un rincón del jardín hasta que Juan José y yo la encontramos. De tamaño mediano y contextura fuerte, piel sedosa, trompa chata, se leía la fiereza en los ojos, rasgados, casi amarillos. La tuvimos en brazos unos minutos, nos parecieron pocos, se dejó acariciar, después entramos a la tigra.
Ya en la casa se acomodó en silencio y enseguida eligió un lugar para dormir. Le dimos leche, carne, agua. Comió hasta saciarse, paró para dormir. Juan José y yo la observábamos. Parecía soñar, tenía los ojos semiabiertos, a veces se quejaba. Imaginábamos que había escapado de algún circo o de algún zoológico.
Todos los días leíamos el diario, esperábamos encontrar alguna noticia sobre el origen de la tigra. Le puse un nombre "Liberté", Juan José le agregó "Fiereza". Por el nombre discutimos con Juan José. A mí me gustaba "Liberté" pero no "Fiereza". Se impuso primero el nombre de Juan José, después el mío. Pensé que nos traería mala suerte el orden de los nombres. Invoqué algún texto de Borges, no me acuerdo cuál, pero no hubo caso. Juan José se rió.
La tigra iba creciendo y ocupando un lugar en la casa. Supeditamos nuestra vida a ella. Si la tigra dormía, nosotros no salíamos, cuidábamos el sueño de "Fiereza-Liberté". Juan José empezó a trabajar más horas, había que alimentar a la tigra. Robusta, fuerte, no cesaba de aumentar de peso y de crecer. Yo tenía ojeras por no dormir, de noche la espiaba. La tigra recorría la casa, se movía como dueña absoluta de todo el espacio, por momentos corría, también jugaba. Al principio se entretenía con pelotitas de papel de diario que le hacía yo. Las deshacía entre las "manos", las mordía, las destrozaba. Después empezó a afilarse las uñas, primero en las patas de la mesa, después en los sillones. Le corté las uñas una vez pero Juan José me lo recriminó. A un animal así no se le cortan las uñas, son su defensa, ¿no ves que es una fiera? Dijo. Poco a poco Juan José y yo nos fuimos quedando sin las pocas cosas que habíamos juntado durante los años que llevábamos casados. Una vez la tigra se enfermó y tuvo fiebre. Llamamos al veterinario. El hombre se asombró que tan tremendo animal, ya había crecido mucho, estuviera en nuestra casa, tan chica y doméstica, donde alguna vez había atendido a un pájaro y a un cobayo. El médico diagnosticó no sé qué enfermedad y recetó algunos remedios. El tratamiento era costoso y largo. Con Juan José decidimos comprar los remedios y hacer lo que el veterinario dijera. La tigra se había apoderado de nuestra casa y de nuestra vida. Antes de irse, el médico de animales predijo algo que nos entristeció: la tigra era un animal salvaje, nunca se domesticaría del todo, algún día había que llevarla a su lugar de origen. Ignorábamos cuál era, el veterinario tampoco lo sabía. Esa noche, Juan José y yo no dormimos pensando en el día en que la tigra ya no estuviera más en casa. Le dimos los medicamentos, la bañamos hasta que la fiebre cedió y el animal volvió a lucir sano y tranquilo.
Pasada la enfermedad, la tigra siguió creciendo, los movimientos se fueron haciendo cada vez más ágiles, y también cambió el ritmo de sus costumbres. La tigra dormía de día, de noche caminaba por la casa. Dejé de dormir de noche para observarla. Era un animal enorme, se movía elásticamente, rugía. Atisbaba las sombras del jardín ¿Imaginaba pájaros, una montaña? Aparecía el primer rayo de sol y ella rugía, quería salir. Me gustaba mirar su pelaje, sedoso, brillante, similar al terciopelo, como sus ojos, verdes, de color casi húmedo. Yo la dejaba suelta en el jardín; ella corría, se desplazaba, calculaba los límites del cerco sin salir a la calle. Le comprábamos bolsas enormes de carne y ella las devoraba. Después se tiraba a dormir al sol. Juan José llamaba a casa varias veces por día para hablar de la tigra. Le describía minuciosamente sus andanzas por el jardín, por la casa. Entre los dos jugábamos a adivinar los orígenes de la tigra. La trajeron del África para algún zoológico, decía él, la encargó algún excéntrico, apostaba yo. Nunca lo sabríamos. ¿Se escapó de algún circo?
Una mañana, hasta ese entonces igual a cualquier mañana de las que se venían sucediendo a partir de la llegada de la tigra, tocaron el timbre. La tigra había estado inquieta, rugía, como si temiera algún peligro. La observaba con preocupación y al mismo tiempo estaba preocupada por mí. ¿Qué me había llevado a cobijar a la tigra en casa? ¿No podía haber sido un pequeño animal, un conejo, un perro? El sonido del timbre era insistente, interrumpió el flujo de mis pensamientos. Era la cara familiar de nuestro vecino, estaba serio. Le abrí la puerta. Lo miré a los ojos, de inmediato detecté la amenaza. En la mano traía una escopeta. Debíamos sacar a la tigra de casa o la mataba una noche de éstas, dijo. Le pedí que se fuera, me encargaría yo misma de llevar a la tigra lejos, donde no molestara y estuviera a salvo. Esa misma mañana preparé una bolsa de carne cruda y el auto. Llamé a la tigra: ¡"Fiereza-Liberté"! La tigra se acercó y me miró como si supiera la verdad. Le indiqué que subiera al auto. Me costó convencerla. No entendía razones y sólo el olor de la carne cruda la guió hasta el asiento y cerré la puerta. La tigra se acostó en el asiento de atrás. Apenas encendí el motor se quedó quieta. Cuando empezamos a andar la vi babear un poco. Con la velocidad se durmió.
Al salir a la ruta empecé a pensar dónde iba a dejar a la tigra. Los recuerdos se sucedían como en un film. Vi a la tigra el primer día, cuando llegó a la casa. Vi su mirada fuerte, vi los reflejos ambarinos en los ojos verdes, las uñas largas, el caminar elástico, la evolución de su cuerpo y al mismo tiempo recordé su desprotección, su silencioso pedido de auxilio, su soledad. La tarde empezó a avanzar y con ella, como siempre en el campo, sentí el olor a zorrino muerto y a pasto; también escuché el canto de los pájaros anunciando el reposo nocturno, el chistido de alguna lechuza.
Después de algunos kilómetros detuve el auto en la puerta de una reserva natural. Estaba cerrada y no había guardia. La tigra despertó. Le hablé, me miró como si comprendiera, me miró con ojos de criatura tal vez un poco asustada. Había llegado el momento, dije, de la despedida. Seguramente no volveríamos a vernos. Arrojé la carne detrás del cerco de la reserva y la llamé: ¡Liberté-Fiereza! La tigra saltó como si entendiera que debía alejarse enseguida. La miré durante algún tiempo, se dedicó a comer. Di media vuelta y subí al auto sin mirar hacia atrás. Puse el motor en marcha y salí rápido.
Cuando llegué a casa le relaté a Juan José los hechos, el vecino, la amenaza, el alejamiento de la tigra. Aceptó todo y sin decir palabra se acostó sin comer. No me pude dormir hasta el amanecer, cuando la escalera de luz amarilla se dibujó en el muro. Fue entonces cuando vi a la tigra: ágil, hermosa, libre, como una reina caminaba por la selva exuberante y húmeda. Ahí podía rugir y hacerse respetar entre los animales, le temían pero no la atacaban. Podía matar a sus presas para comer, nadie la juzgaría. Debía cuidarse de los cazadores furtivos que andarían detrás de su piel, de su cuerpo, para exhibirla como una pieza de cacería. Las imágenes eran vívidas y tuve dudas de que fuera un sueño. Logré seguir a la tigra durante un buen tiempo. ¡Liberté-Fiereza! La llamé. Como toda imagen de sueño la tigra estaba muda, sin embargo me miraba. Desapareció durante algunos instantes, después volvió sucia; el pelo, antes reluciente, tenía ahora vestigios de tierra seca, seguramente venía de la cañada que se divisaba lejos. La tigra estaba atenta a los ruidos de la selva, a los rayos del sol que se filtraban a través de los árboles, a los animales que se escondían temiéndola. En ese momento, la tigra se me acercó: escuché su respiración, sentí su aliento de fiera casi en la cara. Desperté sobresaltada. Me parecía que la tigra había vuelto a la casa y caminaba por las habitaciones. Me incorporé y recorrí la casa. Buscaba las huellas. ¡Liberté, Liberté! Dije.


PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR


Lía Karavia (Atenas/Grecia)


Te amo


Te amo porque eres fuerte.
Podrías sostener en tu puño
un jacinto
sin provocarle dolor alguno.
Te amo porque eres ético como el animal.
Seguro como la naturaleza.
Fecundo como la lluvia.
Humilde como los ríos
que desembocan en el mar.
Perfecto como el círculo.
Y sobre todo
inalcanzable
como la línea del horizonte
en un largo viaje


¡Mira qué momento!

Mira qué momento!
Ahora que se colmaron de aromas los senos de las jóvenes,
ahora que se han fortalecido los brazos de los jóvenes,
¡mira qué momento eligió!
Ahora que esbozaron una sonrisa los labios de las jóvenes,
ahora que brillaron los ojos de los jóvenes,
¡mira qué momento!
Y se extienden para recibir todas las manos de las jóvenes,
pesadas se aceleran las respiraciones se los jóvenes,
¡mira qué momento eligió!
Y yo
sola debo quedar


La razón por la que callo

La razón por la que callo
es la gran belleza de vuestra palabra
Pabro Neruda
Yannis Ritsos
Langston Hughes.
Pero esta noche hago una excepción
porque no visteis mi amado
torso desnudo a la luz de la luna
con hombros de mármol
brazos de intensa luz
cuello de cisne
vosotros no escuchasteis
su gemido suave
que ensancha su mítico tórax
listo para combatir
y es en verdad una pena
que quede sin alabar
tanta gallardía.


Debe existir todavía

Debe existir todavía alguna vena.
Antiguamente dónde golpeaba el pico
sonaba oro.
Bastaba que rasparas la pared
para que rodasen esferas brillantes.
Descendías dos, tres mil metros
y las venas en vez de escasear
se espesaban.
Debe existir todavía
en alguna parte, entre las duras rocas,
algún metal inexplorado.
Avara no soy, tampoco presumida
Pero para alguien que se acostumbró a tanta riqueza
amargo es vivir en completa privación.
Parece que entiendes de yacimientos
sobre todo una seguridad tal que
me dejaba siempre asombrada
como si fuera siempre aurífera.
Te espero entonces, humildemente.

Trad. Marta Silvia Dios Sanz


Domingo Faílde (Linares-Jaén/España)


Elegía


... y luego tú te fuiste entre las flores,
te fuiste, y yo no he muerto.
(Ricardo Molina)


Era un nido de fresas submarinas la tarde,
reflejo sin retorno de aquella
mansedumbre que vierte
vino en el corazón, cuando se ha consumado
el oráculo y palpan
mis pupilas la augusta soledad de los líquenes.
El tiempo ha declinado sobre mí sus gaviotas:
pesa tanto el amor cuando se arranca,
es tan lerdo el olvido cuando llueve...
Y, esta tarde,
dejo en el escritorio papeles amarillos
-cartas, algún poema-,
mientras de mi solapa vespertina
ha brotado un jardín de orfebrerías,
y escucho el mar rodando hacia el ocaso
y rozo su esqueleto de líquidas gramíneas
y, como entonces, ando,
y espero, como entonces,
en un punto de un mapa con sillas y casinos,
con agua en las aceras y con árboles lánguidos.
Esta tarde,
esta tarde...
se me enluta el silencio de los pájaros, gira
tu sombra alrededor como un triste recuerdo.
Hacía meses o siglos, y tú ya no me hablabas;
el mar pintó de gris su regazo y la herrumbre
tomó el viejo navío que hay varado en la playa,
ése que contemplé cuando trajo el otoño
un tren de aliento verde
y yo era un peregrino que buscaba posada,
un prófugo, un asceta, un náufrago entre vidrios.
Esta tarde, esta tarde... llueve en Punta Carnero;
también tus manos leves llovieron algún día
y, lleno el pecho de aspas, abrazado al crepúsculo,
musitaba tu nombre, luego acaso palmera,
mecido por la brisa fresca de los lagares.
Y esta tarde las olas suenan a despedida
y un río de esquinas negras te devora... y un río
como todos los ríos
que van a dar al mar –como se sabe-
que es peor que morir.


Piedras y lágrimas

Sunt lacrimae rerum...
(Virgilio)


Evoco este dolor algunas veces,
cuando declina el día y un perfume
de musgos delicados, casi umbrosa,
distante perfección, mana del infinito,
y flamea la muerte, posada en las ruinas
su planta de doncella.
Sabes que has conocido
y amado: que ya nada distrae tu vista, lejos,
detrás del horizonte que algún velero cruza
o aquella torpe piedra donde el pasado habita.
Oyes tras las ventanas una llovizna incierta,
y el resplandor de un vino silente y fastuoso
arrastra los estambres, el polvo sumergido
y amarillento de este dolor antiguo y frágil.
Has tenido tu premio: llegar hasta la orilla
del llanto, la ensenada final, el desescombro
del corazón que apura su historia y sus latidos.
Estás pensando en ella: sus pies, sus senos amplios,
las rosas de un poema roto e irremediable.
Lo sabes. Y estás solo. Y te echas a la calle.
A la deriva. Y solo.
Disperso por el humo,
lo sabes: no hay salida, y el paladar reseco
aún buscará una fuente en cualquier muro
o ha de beberse el llanto de las cosas que, en tromba,
desplómanse en la noche,
surcando el vuelo azul de las gaviotas.


Ruinas de Baelo Claudia

Perenne el rumor de las gaviotas sobre los cuerpos
-tú y yo- enlazados en la soledad de esta arena,
cuya fragancia anida detrás de las palabras
que nunca pronunciamos
y son como tesoros sumergidos,
como clepsidras calmas, ignorantes acaso
de la agraz persistencia del olvido, esa sombra
que planea en silencio sobre nuestras cabezas.

Nos habíamos amado, era cierto.
Pero aquí, en Baelo Claudia,
conocimos los raudos embates de la mar,
el sortilegio de las invasiones
que, a lomos del poniente,
sembraron en la arena pavorosas preguntas,
llamadas de socorro nunca correspondidas
y aquel designio inútil
de erigir un castillo en el aire o, tan sólo,
permanecer el tiempo de un latido, el instante
preciso para hurgar
en la niebla, tal vez adivinando
las oscuras razones que escruta el corazón.

Resta, sin más, la música,
los espacios celestes, la estéril pervivencia
de ese amargo detrito que queda entre las rocas
testificando huellas fósiles en el agua,
y un día, quizá sin nombre,
aflorarán, ignotos, los restos del naufragio,
y el pecio de tus labios ha de agitarse, incólume,
en las profundidades, sigilosos y tétricos.

Nosotros, ciudadanos de un temporal de otoño,
seremos devorados por olas insaciables.
Partitura en el viento, soñarán nuestras voces
la algarabía solemne que ondea en la memoria,
y el espejismo lento de las generaciones
avistará el lejano redel de nuestros miembros:

El mar siempre retorna a sus orillas.


Estado de gracia

Surgiste de la aurora
(Albinoni, irreal, sobre la prieta luz
de plata tremolase pálidos gallardetes,
mientras por la ventana
abril desvanecía cítaras a los árboles,
y el índigo vergel de tu cuerpo tendido
rutilaba alabastros lascivos en la estancia).
Como antorcha de pétalos,
tu piel iba prendiendo la alborada, y las uvas,
racimos escarlata, del pubis, bajo palio
hacían estación entre las sábanas,
cuando yo consumaba el sacrilegio
de mirarte dormir, apenas música.


Volver al paraíso

Así la eternidad era el minuto
Vicente Aleixandre


Desnuda, y nada existe
en este anillo funeral que inclina
su sombra bajo el tiempo, y es tan sólo letargo
la estancia, aquella lámpara
que se apagó de pronto en la caricia
de una ciudad celeste, mientras estoy tomándote
en la complicidad helada del silencio,
y más lejos el mundo
enciende su cosmética nocturna.
O descansa
la imperceptible púrpura de un labio
contra el cristal ilímite
de una copa vacía.

VII

Questo giorno ch’omai cede alla sera
Giacomo Leopoardi


Ha caído el telón sobre la última tarde
de este junio, más largo que de costumbre.
A veces,
un remoto jardín brilla en el cielo, y vuelve
su espalda azul el mar, como un tímido arcángel.

Y, luego, este rumor de estarse oscureciendo
la soledad, las olas, lo poco que nos queda
después de la jornada: recuerdos y un poema
que deletrea tu nombre, posado en el silencio.

Porque es de noche, ¿sabes?, y no lo había advertido
ni supe que el reloj vagaba en la penumbra
de otra memoria, lejos, detrás de los navíos

que zarpan a esta hora, dejando sólo el signo
de la ausencia en un muelle desierto y la premura
de un pañuelo ondeando hacia el sur y el olvido.


Alessio Brandolini (Frascati-Roma/Italia)


Noviembre de los vivos


Ajusticiado y sin embargo camina a paso
de danza: llega de un mundo recluso
en la boca tiene cortezas de pan mohoso
en la mochila una caja de leche
negra aún antes de ser bebida.
El viento caluroso de agosto agrietaba
los labios enrojecidos.
Era feliz aquel día por eso
envió un saludo a los amigos, también a aquellos
lejanos o que no había conocido jamás
Hojas amarillas de las manos de fuego
no el calor que llega
de abajo, de la guerra
da los lagos de petróleo
del grito sin rostro del dolor.
Decapitado pero camina, está vivo
y avanza directo hacia la meta
después de años en que todo estaba torcido
turbado por los objetivos, puesto en cruz
la cara contra el muro del pecado.


Casi una laguna

Aquí no volveré más.
Lo encuentro grabado
en la piedra afilada
que gira lenta allá abajo
por la calle inundada.
Son pies y manos que reclaman la voluntad
de existir y no quedar inmóviles sobre el puente
entre personas distantes que no se conocen
que divisan barcos clavados en el horizonte.
Ni pasión ni lucha
se actúa, se espera
enemigos casi inocentes
el cielo hoy es una fiesta
alegrada por pájaros
el agua gira alrededor
por esto los músculos
de las estrellas y la luna
se ahogan de luz
desenfocada y desprovista.
Sin embargo: te amo, piensa, y quisiera
no ser odiado si no lo dice.


El almuerzo festivo

juro que hoy termino de mentirme en el cuerpo.
eso, ves, me desvisto y voy a la cama antes de lo previsto y no me levantaré a la mañana para confundir mi canto con el de los cuervos o con el cemento negro de la periferia romana.
tarde o temprano cierro el cuaderno.
sí, aquello que por su cuenta escribe las historias y los versos sobre mi lengua.
hiere la mórbida carne del corazón.
el mal lacera las vísceras se inventa frases y palabras a las cuales después, por décadas, queda aferrado.
inconscientemente ahí iremos nosotros mismos y de las grietas de la noche no saldrá aire, ni luz.
nos comerá el pan sujeto entre los dedos, nos beberá el silencio escondido en los ojos.
ahí estaremos fuera de la protección que sustenta la falsa armonía de los hombres-hermanos.
por eso nos quedamos aquí, y lentos caminamos descalzos sobre la tierra y hablamos como nunca lo habíamos hecho.
pronto dejaremos de acariciarnos y sonreír a la hierba de vidrio que tajea la piel de las piernas o de los brazos.
La urgencia
de acciones perfectas
deja, por lejos
distantes, estupefactos.
Quizás por años
con el aliento suspendido
o colgado de las paredes
Estando solos
se puede, imaginar
permanecer, resistir
ser varios, o muchos.
Está el pobre
y no lo ves
el santo
y lo pisoteas.
En las comidas festivas
la noche traga
la luz de los astros
torpes, lastimeros.

Traducción de Rafael Courtoisie


PÁGINA 27 – ENSAYO


Leer las piedras


Por Luisa Futoransky (París/Francia)

Las ciudades, como los amores tienen diferentes maneras de revelarse ante nosotros. Una manera de entender la ciudad contemporánea es desentrañar la relación y tratamiento que brinda a sus ruinas. Leer las piedras porque ellas son, más que nada ni nadie, depositarias de utopías, caprichos o ignorancia. Los planos de las ciudades de nuestro tránsito definen un croquis que va de nuestras plantas a nuestro imaginario quien les restituye la dimensión única e intransferible de la emoción.

Qué canto de sirena poseen las ruinas, para atrapar generación tras generación a los viajeros. Tal vez la palabra que mejor convenga para referirlas sea fascinación porque, objetos de horror o de contemplación, la indiferencia les es ajena.
Las ruinas desmienten de por sí, la frágil pretensión del concepto de obra concluida.
Domesticadas, embellecidas o enigmáticas, simples o laberínticas, pilladas o pulidas, conjugan en sí, en forma irrefutable el tiempo pretérito condicional de lo vivo para evolucionar dentro de un presente mineral, un señorío vegetal o también un refugio atávico y animal. Testimonios de cuidado o de barbarie, su destino es estar alejadas, desde el comienzo, de la función primera a que las construcciones fueron destinadas por sus arquitectos y contemporáneos.
Los esfuerzos para visualizarlas de los peregrinos que convocan, son ímprobos: Concebirlas policromas en su palidez, íntegras en sus fragmentadas mutilaciones, bulliciosas en el mercado de la vida ante su desorbitada mudez. Sobre todo dignas, ante el desfile incesante a que la avidez por divisas de nuestro tiempo las somete. Casi siempre sufren interminables manipulaciones ya que se las desplaza, entierra y desentierra con periódica arbitrariedad.
Las ruinas, como los osarios, prueban, la abolición de las fronteras y nacionalismos laboriosamente pergeñados. ¿La nueva pirámide del Louvre evocará acaso el espíritu chino de su arquitecto o más bien la pompa, circunstancia y ansiedades de nuestra época? ¿El visceral paralelepípedo del Centro Pompidou revelará la arquitectura italiana o inglesa de fines del siglo XX (a causa de sus creadores) o el aliento libertario que alentó el mayo 68 francés?

Se trate de Roma, Grecia, Jerusalén o Potosí, ruinas de desierto, o de fondo marino, de reliquias o doblones, las ruinas conocen un común denominador: son escrituras a descifrar entre escombros y publicidad de bebidas universales para la sed.
Qué sed. Para encontrar respuestas los viajeros van de ruina en ruina, las coleccionan y atesoran, incluso las ideológicas. Para satisfacer nuestra desmesurada apetencia de ellas los arqueólogos, antropólogos, los museos y la pluralidad de sacerdotes o conceptores turísticos -cuando no los ejércitos o los rapaces tombaroli que viven de desvalijar todo tipo de ruinas-, nos ofrecen nuevos mausoleos y despojos. Nuestro engolosinamiento es tal que cada generación continúa a producirlas y producirlos pues siempre habrá viajeros para seguir la signalética con los nuevos dardos de la visita; se trate ya del Domo atómico de Hiroshima, el Ground Zero de Nueva York, los budas dinamitados de Bamiyán, o del 'Aquí estuvieron' los antiguos barrios de Beirut, Dili y Sarajevo. Con o sin luz y sonido que realcen nuestra perversidad.
Tal vez por eso, cada vez que aprendemos nuevas técnicas, actualizamos de inmediato nuestra relación con las ruinas. Una de las primeras realizaciones de los multimedia fue reconstruir, también ellos, ruinas virtuales que tienen la calidad y cualidad de ser indoloras. Por lo menos hasta ahora.


PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR


Jaime B. Rosa (Bellreguard-Valencia/España)


Por tu cálida sonrisa


Por tu cálida sonrisa
conozco
el clima de tus dedos
pero olvido
en qué calles trenzamos
nuestras vidas,
en qué sillas
nos sentamos
para frenar
el peso de la tarde
que nos vence
desde dentro
con la rotundidad
de una herida.

Entre tus tinieblas
y las mías
juntos añoramos
un destino
distinto
a la muerte
que nos penetra
paso a paso,
a los nombres y a las cosas
que dejaron en nosotros
su huella singular,
tantas sensaciones desconocidas
con sus sombras ondulantes
junto al fuego
quebradas y abolidas.

Como lo oculto guardado
en un rostro que calla,
acaso el ocaso nos aprieta
con su cimitarra lumbar
que interroga al dolor,
acaso el ocaso nos despide
en el enclave exacto
de una tarde oscura
en que la sangre
mancha para siempre
el eterno retorno
de un lejano amanecer.


Sentimos la tierra...

Sentimos la tierra como una manzana cuadrada y masticable
como una diagonal del viento
como un sueño que suena
a oasis perdido
a sombra alargada
a sol que se apaga por deducción extrema
a faro plural de cambiantes facetas
que ilumina el mismo filo de la noche.

Sentimos la tierra...
sentimos la tierra como una flor inmensa,
vasta como el principio de un largo camino.
Anoche y ayer
sentimos la tierra
como la sombra triste
de otros olvidos.


En la frontera

En la frontera
entre la lluvia y el alma
se extienden avenidas muy largas,
aún no construidas,
edificios tristes con casas
aún deshabitadas.

En esa frontera
la lengua del viento
azul como el cansancio
nos revela el color de la lumbre
el dolor de la leña que arde
el pudor de la tierra podrida
que se oculta bajo la ceniza.

Más silencio hay en la profundidad.
Lo posible no somos nosotros.
Sólo
de las ingles de los dioses
brotan rosas de escayola,
sólo
la luz asume nuestros trazos
las palabras que nos vacían
los lagos helados que nos sonríen
por su lado muerto.

En la frontera
existimos porque escapamos,
entre los últimos fulgores
de un sol partido y devastado,
de nosotros mismos.


En el luego de un salón vacío

En el luego de un salón vacío
mi peso se hunde
en mis sueños
mientras escucho todo el cristal
que transparenta
más de lo que veo.

Ni aún esperando
sé que puedo
por todo lo que fui
ser memoria
de puertos diluidos
en la palabra
tiempo y agua
entre el yo y su densidad
bosque de luz sin lados
ausencia en la distancia
yeso concluido
a cada paso.


Apenas si sé hoy

Apenas si sé hoy
cuándo será mañana
aquello que nada fue
sino ceniza
una línea en el otoño
la faz inerte de las gaviotas
lo que entonces fue como ahora:
agua detenida
calle sin nombre
senectud en la palabra
al otro lado del lodo
de las columnas inconcretas
fundidas
en un solo No.

Apenas si sé hoy
cuándo será mañana
cuánto de aquí o de allá
hay en nosotros
si nos hundimos en lo oculto
para beber en lo lejano
como caballos perdidos
que retroceden
para saltar su sombra
si tantas nieves
guardan las huellas invisibles
de un más allá de nadie
si en las cumbres de lo perdido
se escuchará un fragor
de espacios engullidos
por la indescifrable sombra.


Nada existe

Nada existe
como hubiera deseado ser.

Reitero mis palabras
concordantes con las noches
de tantos cielos desconocidos.

A veces pienso lo que no fue
y debería haber sido
y me contengo
antes de engarzar
el flujo de la vida
a lo inamovible.

En el haber
de los rostros
la voz poligonal del ser
trata de definir
un recuerdo de bellas sombras
antes que la luz
penetre el paladar
de todas las palabras
y sobre los espejismos
banderas de tonos cambiantes
recuerden
la lumbre que arde
en el corazón de los árboles
el exacto momento
en que una paloma
al sostenerse en el aire
hunde sus tiernas alas
en la más profunda soledad.


Nadie me conoce cuando camino

Nadie me conoce cuando camino
por el filo
de mis propios límites,
me ignoro
aunque lo incierto del camino
me ilumine.

Antes o después llegaré a alguna parte
quizás no más allá de cualquier fuego
o de cualquier insignificante sílaba
que perturbe las superficies aceitosas.

Me repito
en lo irrepetible,
me impulso
desde lo inamovible,
y me asombro de coser
los árboles a la tierra
cuando siembro
perdido en la intemporalidad
de una ascensión
hacia cúpulas de palacios triviales,
hacia espacios innominados
en los que lo oscuro
nunca ha sido nada mío,
en los que el cielo
sea quizás la voz de unos paseantes
cuya mirada cadáver
despide destellos de tierra seca.

Por los territorios olvidados
se extiende mi sombra,
ese árbol que crece
sobre un cuerpo incoloro y sin perfil,
y siguiendo mis propias huellas
vengo a ver
qué hay detrás de mis ojos
o si tanta corpulencia
hunde a uno en sí mismo.

Y termino lo que aún no ha comenzado:
definir qué hay en mi lado más oscuro
si asumo mi demencia
hasta lo obtuso
de los diptongos que se cruzan
en la órbita de una lágrima.

Sé que en toda luz reflejada
hay siempre un enigma,
una vaga sospecha
de que lo inmóvil
finalmente cambiará de forma,
y de que las mañanas y las tardes
dejarán de ser postizas
como la noche
o como el día
que esconde una verdad única,
que no se manifiesta
ni aunque me aleje por el camino
que conduce a las columnas
que sostienen el mundo.

Y me dejo arrastrar por los ríos
con mi mirada clavada
en un solo principio:
lo falaz del destino
la obviedad
de que siempre deseo volver
al porcentaje terminal
de una única brisa.


En cualquier lugar

En cualquier lugar
el otoño es una perspectiva
una orilla que a veces nos separa de la luz.

Desde la profundidad
perfilo lo que me apura no dar:
el trazo de una explanada triste
el trigo que dábamos a las palomas
el agua clara que gotea
sobre un libro abierto
un eco detenido en la nieve.

En cualquier lugar
al otro lado de los rostros
la arena no existe
pero el mar nos declina
de aquí a la eternidad.


Alas de lo otro

Alas de lo otro
En nosotros.

Nada fue
Lo que nos arrastró entonces,
Desde esa lejanía
Más alta que nuestras sombras,
Desde esa lluvia
Que tanteaba el alba
De los bueyes muertos.

La densidad de la brisa
Empujaba a los ríos
A discurrir por el olvido.

La luz avanza
Aunque sus rocas
Permanezcan apagadas.


Tu nombre suena a extensa sombra

Tu nombre suena a extensa sombra.
Tu fuego se vacía
después de llenar lo oscuro
de escombros innombrables.

Escucho,
en el entorno de tu levedad,
lo que callabas
cuando aún no eras mundo.

Se cubren de hojarasca las levitas.

Nadie se acuerda ya
de las marcas de almíbar en tu frente
de los cisnes que flotaban en lo supuesto
de la extensa sombra
del último olivo.

El bronce pesa
cincuenta segundos de monumentos.

Las aves descarrilan del viento,
de lo azul,
de lo orientado hacia otras levedades,
de lo neutro y nuestro,
en la añoranza.


Natividad Cepeda (Tomelloso/España)


Los motivos de la pastora Marcela



"Fuego soy apartado y espada puesta lejos"
Don Quijote de la Mancha Capítulo XIV - Iª parte


Jamás pidiera al cielo ser causa de tristeza
porque quise ser libre, yo, muchacha manchega,
con caminos sin fin en la conciencia anclados,
adorno de esta tierra pisada sin reproche
por aquellos que cruzan su piel enamorada
desde el alba a la noche, hidalgos elocuentes
en todos los senderos de esta inmensa llanura
donde el fuego devora recuerdos y epitafios.
Desde que era muy joven, yo, pastora Marcela,
elegí libremente la quietud de estos campos
porque quise ser libre como el sol y los pájaros.

Quien ignora el amor con las estrellas habla
y sabe si la luna, desnuda de atavíos,
en la noche señala los caminos internos.
No era sólo un capricho, ni un estado rebelde,
tampoco una locura de adolescente rica.
Fue la oculta llamada de la vida legitima
la que puso en mis manos un rebaño de cabras
y un monte solitario. Fue seguir el camino
de viejos ermitaños a pesar de ser hembra.
Algunos se preguntan por qué, mujer al cabo,
mi conciencia es un canto hacia las libertades.
¿Acaso Dios en esto nos hizo diferentes?
Tal vez haya nacido, quién sabe, antes de tiempo,
pero estoy convencida de que un día . ¿lejano? -
todos seremos libres, tan libres como el viento.

Me odiáis por hermosa, cuando debiera odiaros
a vosotros, los hombres, por ansiar la hermosura
y rechazar de plano la fealdad femenina.
¿En qué leyes divinas basáis vuestra osadía?
¿Quién se elige a sí mismo antes de haber nacido?
¿Quién puede confirmar que los dones del cuerpo
vienen siempre parejos con los dones del alma?
¡Que injusta acusación, que gran resentimiento
porque amo estos montes y sus rojos crepúsculos!
Víbora me llamáis porque soy como roca
y comulgo estas sierras y todas me conocen.
Me llamáis basilisco porque nunca he querido
depender de vosotros, de vuestro orgullo torpe.

No son mías las llagas que hace la fantasía
y el deseo de aquellos que quieren someterme,
no por amor - amor no culpa ni difama -,
antes por la soberbia, la lujuria el orgullo
mal entendido, saber que nada debo,
que cuido mi ganado, junto con mis zagalas,
sin pedir mayorales, ni amantes ni cabreros.
Torpes razonamientos los vuestros, hombres necios,
que no habéis vislumbrado el futuro que se acerca
pese a quién pese.
Yo, la pastora Marcela,
abrazaré estos riscos que son mi libertad ,
mi legado legítimo para otras mujeres.
Hoy no me importa nada convertirme en leyenda,
en la sombra disuelta de todas las amarras.

Quién sabe si mañana, cuando mi vida acabe
y mi cuerpo convoque partículas de tierra,
mi grito poderoso hacia la libertad
sea el grito valiente de otras generaciones.
"Fuego soy apartado y espada puesta lejos"
Que lo sepa el que quiera someterme a su orgullo.
Bendito sea el duelo que crean mis consignas,
el caballero andante dispuesto a defenderlas
por todas las arterias de la tierra.
Y que nadie
confunda el desamor con el propio albedrío,
pues si yo no tuviera un corazón que ama
sería sólo estatua por nadie requerida.


Marta Zabaleta (Londres/Inglaterra)


Tres caprichos


‘Voy a enseñarte lo que es el miedo en un puñado de polvo’.
T. S. ELIOT


Miedo
Es una cascada sin fibra que se derrumba detrás de la carnaza.
Un río sin paraguas.
Una espina de atún flotando espesa.

La insoslayable piedad de las torcazas.

Amor
Una suma sin nombre, un olor mal parido, una receta debida. El sol
ficticio que no alumbra.
Un día más cerca de la muerte.

Amistad
Una mentira que estaba a igual distancia:
Ven, estírate a mi lado, busca el vientre. Toma mi sombra.
Y en un lugar pelado, busca el miedo que se comió la almohada, como T. S. Eliot, antes de que el polvo disipe tu ombligo en la pendiente. Sacro fuego.


15 y ¾

Esta amistad
suspiro de los vientos
encrucijada sin rostro
en el atajo da cada noche
ausente;
esta amistad mía
que ojalá fuera nuestra
agoniza
me desgarra
se matiza
mitiga la distancia
implanta el miedo;
esta amistad mía
impecúnea
insólita
desenmascarada;
esta amistad
ya casi tuya
con olor a lumbre y a lavaza
que empezó siendo luz por otro
y no quisimos
o no pudimos
nutrirla
con la sangre derramada;
esta amistad
tierna como una oveja
entera, cocida a la brasa
que nació desnuda
y se postró en la cima
de todas las laderas
contemplando ese mundo radial
que nos surcaba
con cuatro ojos y cien manos
desgarradas despegadas deambulantes desarraigadas
incapaces de asir lo inesperado
brutalizadas en los recuerdos en las esperas en mi cansancio
y sin embargo
jilguereando como pinzón herido
saltando de río en río
y de jirafa a anguila,
de ballenato a pingüino,
blanca harina
negra pantera
aterrorizada como puma mal herido
pasajera como golondrina
en primavera
satírica
como pelirrojo
en verano
nacional extranjera milenaria
amenazada
nada más que por nosotros mismos
desplegada en polaca
amistad de los cementerios,
que como alfombra mágica
nos sostuvo
a pesar del invierno
de tus amores
y los míos,
toda junta
tomada de mi leyenda
inundada en la restinga
subiendo la explanada
adormecida en el cerro
plena de amor bañada
la mía cuando aquel le dejaba
padre substitutivo amor primero
sumergida malherida detrás de tus recuerdos
y mis demás afectos,
hecha vida fragante ensangrentada retomada en poesía
encaramada en fotos suspendida en silencios
compartida por los hijos reverdecida en sobrina
excomulgada por tus enamoradas
y las mías
sorprendida por el caos inexperto de la fama
compartida con las Madres los Hijos las Abuelas
amigas y amigos
tuyos los míos
con la sequedad del tiempo
para ti en verano, cuando para mí hace frío
para ti hay viento cuando
para mí el sol quema fuego;
ahondada en las tinieblas
nutrida en las aldabas del cerebro
borracha de sexo ajeno
virtual irreal platónica futurista
siempre embriagada en la gruta
con las últimas gotas de la esencia
sin torturas de matrimonios rotos, de cadenas sílicas
ni muertes prematuras, de vejez antes de tiempo
de ríos desbordados, encauzados por la fuerza
de noches festejadas con fantasmas vivientes;
esta amistad
tan impura
como la punta de mi lengua
tan fría
como tu pulso más emocionado
tan confusa
como el hambre del niño que agoniza
tan delirante
como una pesadilla
tan cantarina
como una garganta muda
tan inocente
como las gracias desnudas en la fuente
tan vespertina
como despertador en vacaciones
tan predestinada
como acequias mendocinas
tan desusada
como la paz
entre los pobres y los ricos
que te grita
que me sonríe
que te llora
que me reta
que te conmueve
que me agita
caliente como un polluelo
cuando me abrazas
desnuda
como huevo sin plumas
marcada
como brazo tatuado
angelical
como recién nacido
esta amistad en inglés o en castellano
esta amistad es mía porque es tuya
esta amistad es nuestra y es ajena
es amenaza y culpa
compartida
por más muertes que vidas
que allí en mi horno
bebas
porque
a pesar
de ti y de mí
tiene facetas bella:
son para mí
tus silencios los nuestros
y si, es mío tu perro
cuando besas mi gato.
Nieva, nieva,
niévame,
grito en Varsovia.


Virginidad del deseo.

Inspirado en una poema de Pere Bessó.

Si existiera una hora capaz de vencer la inquietud sedentaria del poeta
que lo apartara del tumulto, sería la del puente
que le condujera a desplegar todas las fantasías
sobreviviente de todos los herbicidas.
Porque aunque sabe que nunca más llegara a tiempo
para esperar a nadie en la esquina de las cosas,
y ya con mucho menos tiempo para parar la noche,
el poeta imagina
una hora compartida por dos almas
que aunque hayan olvidado el decálogo lógico
compartirán el alfabeto de todos los delirios
una hora que puede ser miserable o piadosa
según que sorprendieran el momento en que desgarradas se abren las rosas
o si vieran en el salto de los peces burbujas de un corazón infiel que vacía sus poemas más tristes
cual si quisiera entender que aun existe
una, entre el misterio y el éxtasis,
esa hora única entre la tibieza del sueño y el velo de la vigilia
la del ceremonial del encuentro, la hora paradojal de ese silencio
el ondulante olor de los naranjales en flor
y el rayo de la luna que tomaba alcoba en la enredadera que cobijaba el sabor de su pelo
cuando vosotros érais tan jóvenes que
aun vuestros genitales no eran fácilmente intercambiables,
y la seda de la cama se confundía con tu deseo de hombre,
prendido entre las motas blancas y la memoria...
Aquélla hora sola de amor sobre el puente de la Sra. Avignon
Esa hora que no pasa
pues su dolor no descansa,
hora invisible que se pasea sonriendo sobre la pradera
la más fresca hora de un mes de julio que se perdió en el viento.
Conquistado el instinto, el poeta retomó solo el tiempo.
Pero ella no quedó sola: lo tenía en su vientre.


La Atalanta

Inspirado en Paul Celán

Pasar
por esa orilla del Sena
como cantando
la tonada,
callada dama

Tornasol
de puertas abiertas para adentro
que se abrieron para afuera
y aparecieron
los zarpazos.

Carabinero del tiempo,
sangre de las sombras lánguidas
en los chorros de agua, vetusta la sustancia
y una sombra.

Corvina anquilosada, salmón, recodo y arco
Marco resuena la metralla, ya, camarada.
Con la cabeza gacha, con la frente en un grito,
No respondes?,
o es la noche quien calla.


Mientras los machos lloran el sol se duerme

Para Cherie

Mientras los machos lloran
y el sol duerme,
cambian los tiempos.


Pobre el pene:
se cae en pedacitos
a lo falo
como un rompecabezas sin estribo,
en un mundo sombrío
y acechante, poblado
de vaginas incoloras
la tarde queda intrascendente,
reñida con la muerte,
mientras el sol transpira
envuelto en sorbos
de aguardiente parece
que me espera.

Tiempo de cambios:
borrón y cuenta nueva.

Decíle al militar que abra la puerta.


Su desnudo exilio

Dedicado a mi hija e hijo

Tal vez porque llegué
al exilio en Dunbarton
con una hija dando sus primeros pasos
sobre la nieve de una Navidad blanca.
No sé si porque mientras lloraba para adentro
le contaba
que esos crakers llenos de piñas
los había inventado Lenin cuando llego al Clyde
a concientizarse en los astilleros de Glasgow.
No sé si porque una voz que no nacía
me torneaba allá adentro
para pedirme
ser argentino,
si por asegurar el dos por dos
y que en el surco de la historia
el también nacería
con su curso de tango bajo el brazo
mi hijo escocés que se volvió
nativo del desenraizamiento.
Ni si eso será o no esta tarde
poblada de cien trinos
tarde de verano
al perderme sola
en las callecitas de Londres que se llevan la arboleda
de mi casa de campo,
o si serán más vale
aquellos escudos rojos
esas banderas rojinegras
alimento de vida de mis sueños
pero yo si sé
que con la sangre estampada de cada camarada asesinado en mi memoria, como el Che y Tania, mientras quedaba el río,…. el río
jugaba su ultima burbuja sobre sus pieles bravas.

Esa tarde
sentí que me subía con mi abuela, allá en Piamonte,
y recorría el estuario y seguía volando
mientras los demás navegaban con un rumbo
hacia Raspallo.

Mi abuela solo sabía hablar italiano
por eso en Buenos Aires le vendieron un tranvía
pero ya han pasado casi: luego de estos veinte minutos
ya puedo imaginarme su semana final,
su corazón estallado
cuando se incendiaron las tres destilerías de petróleo de Campana ciudad del Río Paraná.
y las lágrimas no corrieron por mis mejillas...
porque aun no había nacido.

Cuando me embarqué en Rosario con el cuerpo de
mi madre
toda la costa del Golfo di Genova
estallaba en una vehemente flor.
Los locos amarillos y azulados trineos acuáticos
barrenando como martinetes
en la estela de burbujeante espumante de nuestro
barco,
quedaban atrás las garzas y en las islas del Delta
lloraba un urutaú, porque nació como yo:
Llora llora,urutaú.
Ya no existe la Argentina
donde nací como tú.

Pero los tambores brincan, las palomas se hacen pueblo, otros ches se levantan mientras Víctor se monta en su caballo, en Chile
cuatro hermanos mapuches entran en huelga de hambre
setecientos secundarios van presos, y una mujer se creyó
que ella sola iba a hacer herstoria. Mientras Los Andes
se cubrían de un rojo verde oliva que fue creando uno, dos, cientos, miles de fogatas, y tómame la mano
adonde caiga mi metralla la pena volará otro Vietnam, que en Irak no nos oigan, y ganen la paz.
Y la paz sea como mi abuelo, como un pedazo de pan bajo el brazo,
muy negra y muy roja
igual que este brazo en alto con el que yo le amo. Tal vez
como ese beso
con el que yo te canto.
O esas palabras calladas
con que tú me hablas.


PÁGINA 29 – CUENTO


Mamá ha muerto


Por Arturo Montfort (Barcelona/España)

Cuando amanece, me quedo embobada ante ese resplandor anaranjado que se entrelaza, altivo, entre los pliegues grises del cielo. Esa silenciosa conflagración que nace en la lejanía, se expande con su gama de colores vivos como la sangre, acaricia los tejados de mi ciudad, desciende hasta el jardín de la Comunidad y arranca brillos rojizos a la pared de obra vista de la piscina. Es una aparición que dura lo que un instante pero que me trasmite múltiples sensaciones que ni siquiera intento descifrar. El último sorbo de café coincide con la claridad del preludio. Y ya no sé lo que es peor.
La claridad del preludio, así llamo yo a mi amanecer silencioso. Será que por mucho que me resista, siempre me atrapa la melancolía de ese instante y su futuro recuerdo. Una melancolía que precede a la voracidad de la monotonía. No sin esfuerzo, intento reconstruir el rompecabezas de cada día, esos hábitos, tan simples por otra parte, que cada vez requieren un mayor esfuerzo. Retiro los platos del desayuno, cambio las sábanas, me limpio los dientes, me embadurno la cara con crema hidratante y enciendo la radio. La sintonía de la radio sustituye la sinfonía de los colores. Sumisa, espero ese dolor en el pecho, ese vértigo sin precipicio. No ofrezco resistencia. El dolor puede ser también una costumbre. Casi no hace daño, sólo destruye poco a poco. Lo hace en silencio, como si no quisiera molestar.
Llegan en tropel los locutores, esos seres optimistas a los que nunca se les ve el rostro y que acompañan sus cálidas voces con señales horarias y noticias cada hora en punto. Son los voceros de la normalidad: anuncian tiempo estable en el centro y llovizna en el norte, vulgares escándalos políticos y declaraciones de personajes supuestamente relevantes. De vez en cuando la muerte de algún famoso antecede la necrológica de urgencia. Luego, las piezas del puzzle se recomponen gracias a los embotellamientos, las diatribas parlamentarias y los partidos de la champions ligue .
Cuando rompe el día, hace ya rato que Luis ha salido disparado por esa puerta, con un café recalentado en el micro, tres galletas integrales y un cigarrillo en la boca, amen de un maletín lleno de papeles, pliegos y escrituras y un montón de kilómetros por recorrer. Viéndolo salir de casa, se consolida más mi teoría acerca de la masculinidad, la del hombre burro. Burro y puede que hasta cazador.
- ¿Tendrá alguna amante?-, me pregunto en ocasiones, sorprendiéndome a mí misma ante la vacuidad de este pensamiento. Ni frío ni calor, vaya. La costumbre puede atacar así, sin compasión. A veces, el fracaso puede ser la repetición de cada gesto, esa invasión de hormigas en mi cerebro que me avisa y notifica de que el tiempo no pasa en vano, pero, sobre todo, como dice la canción, de que el tiempo no es nada. Sí, a veces resulta insoportable.
Entonces descubro que me importa un bledo si tiene amantes o no. Y esa sensación me encerraba todavía más en el cuarto vacío de mi cuerpo.
Siempre he sido un tanto aprensiva y boba. Desde muy pequeña, desde que veía una gota de sangre y me desmayaba.
Sí, lo mío viene de antiguo. Aún ahora me acechan ruidos de fantasmas y me asusto como un gato faldero:
sonidos de papeles quemándose
cristales haciéndose añicos
papel de aluminio arrugándose
una pantalla de televisor reventando en diminutos fragmentos de cristal.
Infinidad de cristales quebrándose.
Bueno, este ruido lo vengo escuchando desde hace poco menos de tres meses. Primero pensé que se trataba de una fobia más.
como los asensores
como las ventanas cerradas
como encontrarme en un atasco y sentirme encerrada en un ataúd y experimentar ese vómito interno
ese ataque de pánico
como el miedo a la oscuridad
como despertar a las tantas de la madrugada y descubrir que me han robado la matriz los intestinos el corazón

Estas sensaciones se acrecentaron con la menopausia, "ahí estás preciosa, bienvenida, mala hija de puta". Cuando llegó la recibí con dignidad, eso sí. Me preparé resignadamente para la depresión y el malhumor. Lo hice paciente y metódicamente, aumentando mi dosis de trankimazín y gelocatil
Pero antes de que el fantasma de José Luis cruce el umbral de la puerta, con su maletín negro con cierres dorados, su cabello aplastado con gomina y su afeitado apurado al máximo, dejando su pestilente olor a after shave, mucho antes de eso, suena el despertador. Primero el de color rojo, modelo convencional, zumbido cimbreante, si se me permite la expresión.
Ni caso.
Y más tarde, el antiguo, el que truena con su endiablado driiiiiing. El único que despierta a José Luis, a todos los vecinos, al canario, y a mí la primera, desde luego
Por supuesto, odio los despertadores.. Y eso que aún tengo guardado bajo llave el que me regaló mi querida cuñada, ese que imita el canto del gallo. Sí, mi cuñada... Esperen que les cuente.. Me regaló un cubrecama de un color horrible y chillón, estampado de flores, de esas mismas flores con las que antes se empapelaban los pisos baratos, y un juego de tacitas de té y café de porcelana, y un delantal de plástico con la reproducción de Marilyn Monroe, todo regalos de mi encantadora cuñada, que nunca se olvida de un cumpleaños ni que la maten, es tan previsible, tan inevitable, diría yo, es el tipo de mujer que yo siempre aspiré a ser... hasta que me di cuenta de la broma, de la farsa del hogar y todo eso... También es verdad que al final acabé cediendo ante su constancia, sí, acabé llamándola un día para avisarle de las rebajas en la tienda de la Juani y, acto seguido, claro, pienso qué imbécil que soy, y para qué les voy a contar.
Luis se levanta a las seis y media. Empieza entonces el festival de ruidos, primero en la cocina, luego en el cuarto de baño y, finalmente, en el armario ropero. Tendrían que ver su desespero cuando no encuentra los pantalones a cuadros, ni el traje beige, ni la gabardina recién sacada de la tintorería que cuelga de la percha dentro de su inmaculada bolsa de plástico. Como un pulpo en un garaje. Hasta un ciego la vería. Una hora más tarde suena el segundo despertador.
Sigo. Le preparo el colacao a Víctor, le despierto, le hablo (cosa inútil, es como hablarle a las plantas o a mi madre, la pobre, que está sorda), le visto, le peino y es, en ese momento, mientras le hago la raya (en el lado izquierdo, como su padre), los dos frente al espejo, cuando me encuentro que, junto a un hermoso, listo, inteligente niño de cabellos negros agitanados y ojos de avellana, tengo a una mujer rancia legañosa y un poco canosa que me mira a lo raro. Me mira, aunque en realidad parece mirar hacia un punto indefinido más allá del espejo. Y es que, en determinados estados del alma, mirarse como yo me miro es como un símbolo. O un síntoma, no sé. Un síntoma de la decadencia. Es en ese instante, generalmente, cuando suena el teléfono. No, no es Marta. Es Amador. Le digo que de ninguna manera, que no, que imposible de todas todas, y cada vez que menciono alguna imposibilidad, imposibilidades que se acumulan una sobre la otra como una gran pastel de tortillas (mi especialidad), esa es la verdad, me abandonan un poco las fuerzas, se me escapan junto con el aliento, por las ventanas, y por la chimenea, por todas partes se me escapa el valor, si alguna vez lo tuve. Y acabo sumida en un cansancio tibio, acariciándome los muslos bajo la bata, esa venla que sube sinuosa hasta la rodilla, y así me quedo un rato recreándome en esas odiosas venillas, pero esto es instintivo, ese cosquilleo que me sube hasta los pechos, mis pezones tan helados e insensibles. Me miro en el espejo y esta vez sí que encuentro algo de mí, aunque en realidad sea como buscar una aguja en el pajar: yo entre todas las mujeres que peinan a un niño, entre este niño guapo y esas mujeres que se resumen en mí misma, que de pronto se pasan la mano por el rostro e intentan borrar en vano esa expresión de tristeza y siempre con el miedo de que detrás de ese borrón no quede rostro.
Le recuerdo a Víctor que revise su mochila, ¡atención a la agenda del cole! ¿Algún trabajo pendiente para hoy? Le doy un beso y vigilo desde la ventana la puntual llegada del microbús. Es en ese momento cuando oigo por primera vez el ruido de un papel arrugándose hasta quedar prensado del todo, un bulto dentro del puño. Y es más tarde cuando pienso que quizá no sea un papel arrugándose, que vete a saber si se trata de un montón de cristales rompiéndose, o la luna del armario ropero quebrándose hasta hacerse añicos. Y, acto seguido, escucho, nítido, el sonido del ukelele, aunque un poco más lejano. Y entonces me entran ganas de morirme.
Vendrá pronto, de eso estoy segura, las profesiones liberales tienen sus ventajas, me dijo una vez. Entre cliente y cliente, toda una hora para tomar el café juntos. Lo cierto es que nunca tomábamos el café y que cuando yo le decía ¿a joder le llamas tú tomar el café?, él soltaba una risita nerviosa que se suponía debía excitarme. ¿Qué fácil, ¿no? Primero estas cosas me parecían, sencillamente, vulgares, terriblemente vulgares, sino bochornosas. Algo que les podía pasar a las demás pero nunca a mí, una muchacha educada para ser una princesa o, lo que es lo mismo, para enamorarse de un príncipe. Ahora ya no me parecen nada. Me despierto cada mañana y pienso, bueno, un día más. En esta frase he reducido la filosofía de mi vida.. Otras veces, me despierto y pienso ¿así que la vida era esto? Vaya minucia.
Hará justo ahora tres meses, entramos en un restaurante. Luis pegó un bote de silla y, sin mayores explicaciones, como es su costumbre, regresó acompañado de un individuo más alto que él, más delgado y más guapo, y bruscamente, sin proponérmelo, me imaginé haciendo el amor con un representante de joyería, y me quedé de piedra, claro, me entró como un sofoco. Siempre fabricaba mis fantasías eróticas en el baño o en la cama, en ausencia de Luis pero jamás, hasta entonces, en vivo y en directo. Luis insistió en que el tipo me enseñara su muestrario de bisutería cara, te regalo lo que quieras, imbécil, pensé yo, elige tú misma, respondió él, eso sí que no lo soporto de Luis, su fanfarronería innata, algo que se remontaba sin duda a los tiempos de la mili, en la que, según cuenta siempre, hizo de general o algo parecido, imposible resistirme a esa pulsera de plata, por otra parte.
Bajo a la calle para comprar el pan y tropiezo siempre con el bar que hay junto a la droguería. Sé que el guarda del parking, que ahora mismo me está vigilando (deformación profesional, pienso yo) desde su rincón, con su orujo y sus ducados, el guarda digo, anda loco para que cruce las piernas sobre el taburete y le enseñe las bragas. El problema es que hoy no llevo, así que mi audacia tiene un límite. Oí por primera vez ese ruido cuando murió mamá. Paco, mi hermano mayor, llegó con el rostro compungido pero afable, comprensivo y atento, me rodeó la espalda con sus largos brazos, me abrazó y dijo, mamá ha muerto. No lloré ni me quejé pero sí que oí el ruido de los cristales quebrándose, ese ruido de cristales desintegrándose en trozos muy muy pequeños, en pedazos que no medirían más de un milímetro cayendo sordamente sobre unas baldosas que por mucho que se laven siempre parecen sucias. Fue la primera vez, sí, lo recuerdo muy bien. Este bar tiene el olor a bares viejos y sucios, olor a fritanga y a poso de café, con sus mugrientos banderines de clubes de fútbol, del Real Jaén, por ejemplo, y fotografías viejas, y un camarero que podría ser cualquier cosa, un albañil, un conductor de autobús, un mecánico tornero, todo menos un camarero de esos que se te acercan por la espalda y esconden su brazo izquierdo, bien pegado contra su espalda, un parado de la Seat que ha arrendado un bar con la indemnización del despido, por ejemplo. Un camarero que nunca soñó con ser un camarero y que cuando le pido una copa de coñac pensará seguro que soy una descarada, una perdida. Entonces, cuando me tomo la copa, y a pesar de la mirada subnormal del guarda, pronto a desmayarse, y esto he de reconocerlo, empieza molestándome pero acaba divirtiéndome, es cuando oigo, pero mucho más lejano, el sonido del ukelele.
Llamará a la puerta. Como en las películas de espías: dos llamadas seguidas, una pausa y una tercera llamada. Ding, dang... dong. Dejará su maleta en el sofá. Me ha prohibido terminantemente que me arregle, que me ponga colorete, que me pinte los labios. Ni siquiera me permite que me vista. Hasta aquí lo puedo entender, puedo ser muy comprensiva, lo que no puedo entender es que me ordene que ni siquiera me lave. Le excita pensar que acabo de levantarme de la cama, que aún no me he duchado, que me huele el chocho. Eres un cerdo, así de claro. Por este camino, le dije un día, ya te estás comprando una colección de videos pornos y vete poniéndote al día tú solito, guapo. Por cierto, que cuando le dije esto me cruzó la cara. Me quedé helada de la sorpresa, me abofeteó. Le insulté y acabé mordiéndole en la mano. Y, claro, cómo no, eso no pareció disgustarle al señor... Al día siguiente, como disculpa por el mordisco, me puse las gafas de sol que me había regalado y que siempre me negué a ponerme,, pues no tengo una vista de lince que digamos y, además, a esas horas, con gafas de sol y camisón de raso parezco, no sé qué, una putilla. Ahora las utilizo, más que nada, para disimular ante el camarero y el guarda del parking, esas bolsitas azuladas que asoman por debajo de mis, ejem, bonitos ojos.
Luego ya haré la cama. Claro, quiere la cama sin hacer, ¿para qué?, me digo yo, si nunca la usamos. Tenderé la ropa, fregaré los platos y pondré otra lavadora, y así hasta que...
Hasta que algo pase de verdad. A veces pienso que los sueños me avisan de los acontecimientos pero todo es pura mentira. Mis sueños no se han cumplido jamás. Quizás por eso los olvido tan fácilmente. Marta, mi cuñada, me convenció finalmente para que acudiera a una vidente, ¿qué significado tiene ese ruido?, le dije a ese espantajo que tuvo, a pesar de todo, la delicadeza de esconder su bola de cristal, ¿ese ruido de espejos rotos? Pero no supo contestarme, eso pareció molestarla, esa expresión de clara decepción, que no me molesté en disimular, porque, acto seguido, me vaticinó conque moriría joven, aunque eso sí, muy rica. La traté de imbécil y débil mental, y por eso Marta tuvo que sacarme a rastras de allí y me retiró la palabra durante varias semanas, hasta las rebajas de enero para ser exactos.
Cuando llegó Amador, ¡vaya nombre para un amante!, y me encontró con las maletas hechas, se pegó el susto de su vida, esa es la verdad. Me dijo que mejor lo dejábamos para mañana, pero no regresó jamás. Mientras lo miraba escurriendo el bulto pensaba que nunca había luchado tanto, ni con tanta desesperación, por sentir amor, amor de verdad, de los de los cuentos de hadas. Y no conseguía sobreponerme a la sorpresa de comprobar lo fácil que era desprenderse de un amante sarnoso, nunca mejor dicho. Y esa misma tarde, cuando le dije a Luis que tomaba las de Villadiego, ni se inmutó. No es tan fácil, después de todo, desprenderse de un marido normal, con el que has compartido miles de horas. Con el que alguna vez te has sentido razonablemente tranquila, quizás hasta feliz. Yo ya me había hecho mi película mental, pero no ocurrió nada de lo que me había imaginado, nada de esas complicadas discusiones sobre la pareja, el desgaste conyugal, los reconocimientos de culpa y todo eso que se supone que una puede esperar después de tantos años de oscuridad y vacío. Ni siquiera el ruego final, no te vayas, por favor... O eso otro, ¿y ahora que voy a hacer? Me miró de arriba a abajo y me dijo ¿de qué crees que vas a vivir? Y, luego, me dijo, tú sabrás lo que haces... Me quede de una pieza, mirándome los zapatos como si de pronto me hubiera entrado un feroz ataque de limpieza. Estaban llenos de polvo.
Faltaban dos semanas para la entrada del verano. Rosa, la madre de Javier, el amiguito de Víctor, me había hablado muchas veces de su amiga, la que había conseguido un trabajo de guía turística en la Costa Brava. Nos reíamos las dos, pobre infeliz, cantábamos a coro, seguras dentro de nuestro papel de madres diligentes y hábiles en el arte de soportar la vida. Lo que tendríamos que hacer, decíamos con esa frivolidad tan propio de los que no tienen casi nada que perder, es buscarnos un viudo rico y a ser posible viejo y no precisamente hacernos la hippie a estas alturas de la vida. Pero eso es la teoría, y de la teoría a la práctica hay un trecho, como muy bien dicen. Al día siguiente ya tenía ese trabajo. Hice nuevamente las maletas y me esperé dos horas en el bar de la estación. Esperaría todo el tiempo necesario para asegurarme bien de no oír mas ese maldito espejo deshaciéndose en diminutas partículas dentro de mi cerebro. Te morirás joven aunque rica, eso es lo que dijo la pitonisa engañabobos, pues sí que empezaba bien... Claro que no dijo nada del ruido y yo tampoco le conté nada del runrún del ukelele, estábamos en paz, ese era mi secreto.
Cuando el tren asomó al mar abierto y vi las playas repletas de bañistas, una luz desgastada dejó un rastro de mariposas muertas en mis párpados. Supe, sin saber por qué, que ya nunca más volvería a escuchar otro ruido que no fuera el de mi propia voz. Y fue entonces, como una dulce contradicción, cuando percibí el ligero rumor del ukelele, ligero como la brisa del mar. Y qué cosas, me acordé del delantal, con la imagen de Marilyn Monroe, y de mi hermano apareciendo con rostro arrepentido y apesadumbrado y abrazándome, mamá ha muerto.


PÁGINA 30 - ENSAYO


Miguel Hernández, insurrección de la palabra


Los poetas son los legisladores no reconocidos del mundo.Shelley

Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

Nació en Orihuela, el 30 de octubre de 1910. En 1934 se traslada a Madrid. Muere encarcelado el 28 de marzo de 1942. La hojarasca es una presunción, una vanidad. Leer a Hernández es obstinarnos en el amor, la libertad, un momento intenso en la poética contemporánea. Su poesía está ordenada por la vida, por una escritura pegada a ella, como destino. Una cultura letrada que se superpone a la campesina. Una fusión candente.
En alguna oportunidad he señalado que durante mi infancia el hogar se poblaba de voces gallegas, de referencias permanentes a la Guerra Civil Española, y sobre todo a la literatura. Entre los poetas españoles siempre había un lugar preponderante para García Lorca y Machado. Y naturalmente para Juan Ramón. Se los leía, se los nombraba y eran ejemplos de una tradición poética y cultural. Será mi hermana Raquel, la misma que me inició en la pintura y en la música clásica, la que me incita a la lectura de un poeta que amaba tanto como a Federico: Miguel Hernández. Este poeta será el que me acompañe durante mi adolescencia. Poseo primeras ediciones de Losada que tanto hicieron por su difusión. Uno de mis libros, El corazón del bosque (1992), lleva la siguiente dedicatoria: “a Miguel Hernández en el cincuentenario de su martirio y muerte en cárceles del franquismo.”
Dice Rilke en su célebre Cartas a un joven poeta: “Una obra de arte es buena cuando ha nacido de una necesidad. La juzga la naturaleza de su origen; no hay otra necesidad.” La cita del poeta alemán reúne la esencia y la temporalidad de Hernández. Lo que se ha dado en llamar la generación del ’36 ha sido motivo de discusión en numerosas ocasiones. Así lo manifiesta Gabriel Celaya: “No creo que pueda hablarse de una generación del ’36. Si hay algo que la caracteriza es precisamente la desunión, la guerra, el exilio, etc.” La misma opinión tiene Vicente Aleixandre: “El sino histórico de esa generación como tal la destruyó, la diseminó o pulverizó. No hubo galaxias sino estrellas.” (Ínsula, 1965)
Homero Seris sitúa dentro de esta generación a poetas como León Felipe, Lorca, Guillén, Salinas, Aleixandre... Novelistas como Ramón J. Sender, autores teatrales como Alejandro Casona y Vicente Grau. Por otro lado, el novelista y crítico gallego, Gonzalo Torrente Ballester incluye a Luis Rosales, Miguel Hernández, los hermanos Panero, Dionisio Ridruejo... excluyendo prácticamente a nombre de la novelística y la dramática.
La presencia de Miguel Hernández es sin duda alguna la más atractiva de la generación del ’36. Su vitalidad, su breve vida (1910-1942), su poética apasionada encarna al poeta de la libertad, el símbolo de una figura que lucha desesperadamente a favor del amor, la solidaridad, la defensa del hombre.
Miguel Hernández es el poeta por excelencia. Su lirismo y su originalidad reflejan dolor, desaliento, pero también un desesperado combate por la dignidad.
Su infancia es humilde. Nace en Orihuela el 30 de octubre de 1910. Cuida las cabras de su padre, que era tratante de ganado. Su educación por esos años es muy poca, se pasa las horas contemplando con ojos de asombro la naturaleza que lo rodea. El fraternal Ramón Sijé, estudiante de derecho en la Universidad de Murcia, será quien lo guíe y lo oriente en sus lecturas. Llega a Madrid en 1931 con varios poemas escritos. En 1933 publicará su primer libro: Perito en lunas, de corte gongorista. El joven Miguel rinde homenaje con este poemario al poeta cordobés y a los de la generación del ’27. Dirá Juan Ramón Jiménez: “Que no se pierda esta voz, este acento, este aliento joven de España.”
Regresa a Orihuela y se enamora de Josefina. En 1936 publicará El rayo que no cesa, libro fundamental en su bibliografía. En 1934, otra vez en Madrid trabajará con el eminente J. M. de Cossío como redactor de su monumental obra Los toros. En esa época conoce a Alberti, Cernuda, Altolaguirre, Neruda y Aleixandre. Estos dos últimos se transformarán en consejeros y guías espirituales de su obra. Al estallar la Guerra Civil el poeta opta decididamente por la causa republicana. Surge el poeta social, político, comprometido. Nace Viento del pueblo, 1937, y El hombre acecha, 1939.
Es tomado prisionero a comienzos del ’39 cuando intenta cruzar la frontera con Portugal. De allí, de cárcel en cárcel: Huelva, Sevilla, Madrid. Ese mismo año a mediados de septiembre será puesto en libertad. Y regresa a Orihuela. Será encarcelado una vez más. Ahora es prisionero en Madrid, en Ocaña, en Alicante. Se declara una tuberculosis fulminante y morirá el 28 de marzo de 1942.
En toda su obra hay una conciente elaboración lírica. Si bien la naturaleza tuvo un influjo trascendente en su obra (él mismo lo recuerda: “el limonero de mi huerto influye más en mí que todos los poetas juntos”) Será un hombre autodidacta que leerá con atención a Góngora, Quevedo, Gracilazo, y por supuesto a Aleixandre y Neruda. Eso le da a su obra perfección formal. Los recursos estilísticos (metáforas, anáforas, correlación, etc.) son un claro ejemplo de su técnica y la simbología reiterada –el toro- da una significación dolorosa del destino del hombre. Los poemas de Viento del pueblo fueron naciendo como afirma Joaquín Benito de Lucas, “al calor de los acontecimientos felices entre los años 1936 y 1937”. Más adelante agrega: “el presente trágico, el pueblo oprimido y el poeta como viento salvación son los tres elementos en los que se apoya Miguel Hernández, para hacer de su poesía de este libro una poesía de lucha, un arma de combate.”
Debemos recordar que Hernández formó parte del “Altavoz del frente” y leía sus poemas durante sus descansos de lucha, o a veces, en primera línea donde se colocaban altavoces para que su voz fuera escuchada también por el ejército franquista.
Escribe María de Gracia Ifach: “...elevará su voz hasta su afonía última, la física y verdadera, que le aquejó en sus postreros momentos, como simbólica consunción de ser poeta. A la esposa encinta, al hijito muerto a poco de nacer y al nuevo hijo, cuya pequeña vida alegró su desventurada existencia: ‘Tu risa me hace libre / me pone alas. / Soledades me quita, / cárcel me arranca...”
Cancionero y romancero de ausencia, 1938-1941, es su último libro. El dolor y el pesimismo se agudizan. Dirá en uno de sus versos: “¿qué hice para que pusieran a mi vida tanta cárcel?” Morirá su hijo y verá morir el destino de España. Hay en su poesía clamor viril, sensibilidad y tragedia. De Cancionero este poema como emblema:
Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte
la del amor.


PÁGINA 31 – CUENTO

La Extraña


Por Sergio Borao Llop (Mallén-Zaragoza/España)

Después de tantos meses, el paseo vespertino era una rutina más, un invariable deambular por las calles del barrio y los parques cercanos. La costumbre traza itinerarios. Así, aunque uno se dejase ir al azar, los propios pasos se amoldaban a la monotonía grisácea de las aceras y conducían siempre a los mismos destinos, a idénticos regresos. Salvo esporádicos encuentros con algún vecino o intrascendentes conversaciones accidentales, nunca sucedía nada.

Pero esa tarde de martes - lo mismo podría haber sido viernes o domingo; así de plano era mi horizonte por esa época – hubo un cambio.

Como tantos otros días a lo largo del tedioso e inacabable periodo de convalecencia, yo había salido a caminar por el barrio. Ya de vuelta, intentaba introducir la llave en la puerta para entrar en el viejo edificio donde vivía, cuando vi a la chica. Algo en ella me llamó la atención, y por eso me quedé mirándola, con cierta curiosidad.

Cuando llegó a mi lado, se quedó allí parada, como esperando que terminase de abrir de una vez la puerta para poder entrar en el patio. Así lo hice, invitándola con un gesto a franquear el umbral, cosa que hizo con bastante celeridad y sin el mínimo sonido, como si estuviese formada de brumas o de la intangible esencia de los sueños. Luego, se demoró un poco junto a los buzones, aunque sin abrir ninguno de ellos. Por un momento, pensé que tal vez fuese una repartidora de publicidad, aunque deseché tal idea al observar que no llevaba un solo papel en las manos.

Pasé junto a ella, musitando un sordo “hasta luego” que no recibió respuesta (cosa harto común en este inicio del XXI) y comencé a subir los cuarenta y ocho escalones que me separaban de mi casa, de la temible e inquebrantable soledad tan arduamente edificada a lo largo de los últimos diez años.

No tardé en percibir sus pasos leves, indecisos, a mi espalda. Cada vez más convencido de que ella no pertenecía al edificio, temí que me hubiese venido siguiendo, que tratase de robarme (unos días atrás le había sucedido algo así a una vecina del segundo) pero ese pensamiento me resultó absurdo. La chica era delgada y no muy alta. Calculé que no pesaría más de cincuenta o cincuenta y cinco kilos. Resultaba difícil pensar en ella empuñando una navaja o una jeringuilla.

Deseché tal visión y seguí subiendo con lentitud, con esa lentitud que da el cansancio, ese cansancio nacido de la repetición infinita de los actos cotidianos. Cuando por fin llegué junto a la puerta de mi casa, ella también se detuvo, detrás de mí, a menos de un metro de distancia, mirando al suelo y en silencio.

Me sentí incómodo. No sabía si meter la llave en la cerradura o dar media vuelta y bajar de nuevo los cuarenta y ocho escalones; o quizá encararme con ella y preguntarle por el significado de su persecución o de su estancia allí. Ninguna opción me satisfizo. Tenía la certeza de errar, independientemente de lo que finalmente decidiese hacer. Muy despacio, esperando que fuese ella quien se viese obligada a tomar una u otra decisión, metí la mano en el bolsillo del pantalón y demoré unos segundos infinitos en encontrar el llavero. Luego, con una casi ceremoniosa parsimonia, seleccioné la llave indicada y la introduje en la cerradura, girándola dos veces y abriendo finalmente la puerta, sin prisa, con aparente calma (pero mis entrañas eran un campo de batalla, un entrechocar de sensaciones contrapuestas sin solución posible).

Cuando ya estaba en el interior de mi vivienda, me giré un poco para comprobar su reacción. Seguía allí, al otro lado del umbral, inmóvil, mirándome con esos ojos verdes, profundos, como esperando una invitación (me recordó, no sé por qué, esas historias de vampiros, en las que el vampiro no puede entrar en una casa sin el correspondiente permiso del que la habita) Mas su mirada no albergaba un ruego, ni una pregunta. Nada. Sus ojos eran un remanso de aguas tranquilas. Como si su presencia allí afuera, justo al otro lado de la puerta, fuese lo más natural del mundo.

Imposible precisar el tiempo que duró esa escena. Yo la miraba, interrogándola con los ojos, sin cesar de hacer difíciles conjeturas acerca de sus motivos, esperando que dijese algo, tratando de convencerme de la conveniencia de cerrar la puerta y dejarla allí con su insoportable silencio y su corta melena rubia y el misterio abisal de sus pupilas que no cesaban de mirarme. Ella sólo aguardaba un gesto.

Lo malo de tomar decisiones es que siempre hay que elegir un camino y desechar todos los demás. Uno nunca sabe qué hubiera pasado de haber hecho otra cosa. Resulta frustrante la sospecha de haber elegido la peor opción. Por eso, no cerré la puerta, pero tampoco la invité a pasar. Di media vuelta, me adentré en el recibidor y dejé que fuese ella quien se viese obligada a decidir.

No dudó ni un instante. De reojo, comprobé que, desde el interior, cerraba tras de sí con mucha delicadeza, como tratando de evitar el mínimo ruido. Sonreí.


PÁGINA 32 – ENSAYO

La poesía en un cruce de caminos


Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

La poesía, hija de estos tiempos de incertidumbres, no puede dar verdades últimas ni un “por fin” definitivo. Se abre al fragmento contra el sistema globalitario cerrado; se une a la conjetura contra la certeza total; reflexiona en poema y en ensayo contra el tratado unitario. De allí que sea una garantía de libertad para el pensamiento creativo, el cual siempre estará a la expectativa de encontrar otras rutas y posibilidades.
Sin embargo, ella se encuentra en un cruce de caminos, extraviada y confusa frente a extraños acontecimientos que trata de asimilar y comprender. La crisis del mundo del texto, lo que no significa su disolución total de la cultura, y el avance paulatino del lenguaje del gesto, visual, teatral, produce urticaria en algunos poetas como también la satisfacción en otros, por sus múltiples posibilidades de exploración. Esta es la encrucijada. Del texto lecto-escritural al gesto lecto-teatral-visual. Se podría pensar que estamos ante el fin de un tipo de poesía y el inicio de una poética que aprovecha otros lenguajes, otros ámbitos en su creación. Este último aspecto abre espacios, resuelve el nudo gordiano. Sí, otras posibilidades. No debe entenderse esto como relajación del rigor y del trabajo intenso y pulsional del poema –sea en el formato que fuere-, sino búsqueda de calidad estético-poética ante todo; rechazo a la trivialidad ligera y banal de la obra de arte. Integración, fusión, mezcla, flujo por todos los medios posibles, nomadismo iluminado y propositivo, posición analítica en el poeta bricoleur, performer, digital, visual, objetual, concreto, plástico, etc., todo con una liberalidad absoluta unida, eso sí, a una actitud crítica y de rigor poético.
La poesía asume las mutaciones, las asimila pero no abandona su intensa fuerza libertaria. Está en la encrucijada con sus poros abiertos como esponja. Ello no significa que se indigeste de tanta seductora imagen. Está en el mar de las transformaciones pero se impone sus propios cambios. No debe permitir ser obligada, por ningún fetichismo ecónomo, a abandonar su ethos y su pathos intrínsecos. No está en su vocabulario la palabra claudicar; no hace parte de su estrategia el ser la sirvienta de los nuevos patrones del gusto. Desde el umbral de sensibilidades y voces, es permeable a diversos estilos, ritmos, atmósferas. Integra géneros, se enriquece con las sensaciones novedosas de su época, es en sí misma alteridad, diálogo activo y no simple yuxtaposición, eterna vigía de los movimientos que se producen en sus fronteras. Y tal como hemos escrito en otros lugares, la desgracia de la realidad es su gracia. De la realidad parte, pero también, con inteligencia y estremecimiento, contra ésta se rebela.

Exilio y casa materna

Cada gran poeta lee el libro de su tradición y de su lengua materna. No ignora la historia sobre la cual se levantan sus costumbres y su razón de ser. Hijo de esa cadena que ata dulce y terrible su quehacer, él procede a realizar un movimiento de liberación y ruptura. Se rebela desde el fondo de su tradición contra la misma. Pero esto lo enriquece. Herencia y liberación fusionados en una permanente actitud: creación activa. Cada poeta inventa la manera de realizar y de ejercer esa constante necesidad de expresar su realidad, sea trágica o cómica, cínica o irónica. La poesía está allí para mirar más allá de los oscuros bosques y de sus máscaras.
Ambigua pulsión la del poeta: estar dentro y afuera de su tradición. Ésta le llama para alimentarlo, pero permanecer demasiado en ella desnutre, despoja de armas para la aventura, la escisión, el rompimiento. Pero el estar demasiado afuera también lo despoja, lo exilia de un reino tan propio como comunitario y lo deja en la pobreza espiritual del sin raíz, con unas míseras alforjas de mendigo. De allí que su lucidez consista en tener una actitud despierta para sabotear lo caduco y respetar lo respetable.
Sí, exilio y casa materna; lejanía y cercanía. El poeta no puede despreciar su pasado con un gesto displicente hacia la historia ni tampoco puede hacer de ésta un pesado e insoportable yunque que lo hunda en tan livianas arenas. Por lo cual el poeta, águila y serpiente a la vez, no olvida ni ignora estos constantes retos, aunque su memoria no tiene la misión de oprimirle sino de hacerlo danzar- crítica y juguetona- sobre las gravitacionales piedras. El poeta reivindica una memoria creadora junto a una historia raíz y nube, pájaro y tierra, olorosa tanto a humus como a fragancia vaporosa. El pasado debe vivir entre nosotros para hacernos valorar lo que fuimos, somos y seremos. La poesía tal vez sea el mayor termómetro de estos registros, veleta sensible a los cambios históricos.
Mirar, saber mirar, desde arriba y desde abajo, la tradición asaltada y asimilada. Ello hará que nuestras obras sean fuentes para diversas sensibilidades.

Gravedad de tierra, ingravidez de espíritu

Cada generación posee sus maneras de sentir el mundo, unas con mayor energía y visión para transformar y valorar su historia, otras con espesas neblinas que no le dejan ver el oculto horizonte. Allí se centra el debate sobre el trabajo que debe emprender el poeta bajo estas presiones. Actualizar su ojo, darle mayor intensidad a sus registros.
Claro, el poeta no sólo registra lo que ve, sino algo más; algo que incita a indagar esa “otra” realidad oculta, ese hechizante “otro” lado que vive en lo que tenemos al frente; eso que puede llegar a ser otra cosa, que nos embriaga y sobrecoge. Su lenguaje no es un simple medio de transmisión de mensajes. Su lenguaje es un inventor, no sólo de conceptos sino de sensaciones; es un lenguaje que levanta una metafísica material vital la cual penetra en nuestra piel y en la íntima soledad del ser, situándonos en los límites de lo finito y haciéndonos sentir y pensar la totalidad infinita de lo real. Fisiología estético-metafísica; gravedad de tierra e ingravidez de espíritu. Acto trágico pero acto de alegría suprema en el devenir humano.
El poeta le obliga a la realidad revelar sus ocultos universos. El poema se presenta entonces como una forma de revelación y sabiduría, nos invita a mirar mejor, a profundizar en la realidad efímera y permanente que nos congrega. Asombro, pregunta y poesía son hermanas en estas fraguas intensas cuando se realiza una obra. Gracias a esa hermandad, la poesía nos ubica en los espacios abiertos con nuestros propios miedos y temblores. Desde allí podemos intentar, sólo eso, saber un poco más de esta materia que llamamos vida casi con descuido.
Vivir para crear, crear para vivir. Vivir intensamente el drama reflexionándolo. Escribir para no morir, para inventarnos una razón de estar vivos. Tener valentía ante lo desconocido; escribir para construir una coartada a las situaciones que soportamos; escribir para pensar en la vida- la intensamente vivida se sobreentiende-. Escribir para arder y encender fuegos en otros corazones.



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