Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 20 – Agosto de 2008 – Año II – Nº 8



Imágenes: Pinturas de Caspar David Friedrich (Greifswald, 1774 - Dresde, 1840)
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Música de películas para acompañar tu lectura: Out of Africa (África mía) - The Last of the Mohicans (El último de los mohicanos) - Tara Theme - Gone With The Wind (Lo que el viento se llevó)...


PÁGINA EDITORIAL

Los mapas del alma no tienen fronteras


Palabras de Eduardo Galeano, en la ceremonia-homenaje donde fue declarado primer ciudadano ilustre del Mercosur

Por Eduardo Galeano (Montevideo/Uruguay)

Nuestra región es el reino de las paradojas. Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.
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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
—Quiero decirles estito —había dicho—. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.
Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:
—No sean bobos —les decía—. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.
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Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo.
Hace bien poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.
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Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
—Ustedes —clamaba don Simón—, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:
—No somos dueños de nosotros mismos —decía—. Somos independientes, pero no somos libres.
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Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre, fue paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad, que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la palabra traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy.
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Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:
—Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?
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Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. Él es el más nacedor de todos.
Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
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Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
Tomado de Página/12

PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

Oscar Agú (Hercilia-Santa Fe/Argentina)

Los árboles


aquietan morosamente, tiernamente los pensamientos.

Desde su altura no compiten: están.

Acompañan los ciclos y adormecen los vientos;
persisten sin apetecer.

Son compañeros de viaje hacia el sosiego
maestros en el juego de la luz
y no desean más que lo dado.

Aromito

Iluminado y luminoso el tapiz amarillo
responde al sol que anida en cada copo.
Juegos de milenios enramados, convocantes.
Entre mis torpezas de transitar el mundo
intento la memoria del árbol,
su estar allí, su don,
su presencia inocultable de aromos.
Mis manos no alcanzan para su decir
que es todo asombro en el aire y en la luz.

Entonces,
hago de la mañana un sombrero
y del aromito un sueño de ella.

Jacaranda

Tajo de lunarriba gotea
campánulas de cielo.

Cuentan viejas memorias de la herida del cielo;
el celeste, en breves copos tamizaba estas tierras.
Fue un árbol, cauterizador de heridas, que con
sus largas ramas comenzó a recoger en el aire los
copos cielares. Dicen las voces antiguas que el
cielo se curó por la bondad del árbol que supo de
su herida; lo pobla desde entonces en su copa.
Dicen que dicen que el cielo bajó a habitar
estas tierras.

PÁGINA 3 - CUENTO

Sector de abedules


Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Te llamo el domingo a la noche; la voz parpadeó, fosforescía en la cabeza de Gilda, violentaba la vibración del micro General Belgrano, servicio Pullmann de las 9,30 a Junín. Te llamo el domingo, má, calculá pasada la medianoche, le dijo, sonrió apenas despierta. Aleteó la mano fuera de la sábana en un saludo, bostezó y después se cerró en un hermetismo de caracol en su cápsula justo cuando Gilda a punto de salir, el abrigo sobre los hombros, las gafas oscuras en la mano, quiso abrazarla fuerte así, en la precariedad de esas condiciones.
El parloteo de dos mujeres en el asiento trasero se asimila al ruido del motor. A Gilda la sorprende la energía de algunos para confesarse lo trivial y lo medular, ese fluir de cascada errática bajando entre piedras con diversos grados de sonoridad. Se reparte entre las voces y la ventanilla, punto de fuga. De lejos, moteadas sobre el campo esmeralda, las vaquitas son de plástico.
Parece mentira pero Pedro acaba de morir, ni cuarenta y ocho horas hace y si bien por mucha edad y mucha dolencia era un desenlace anunciado, la pobre Adela está destruida y necesita consuelo. Gilda misma necesita consuelo, ese hombre recién enterrado llevaba entre las letras de su nombre la primera combinación silábica que aprendió a escribir a los cinco años, la mano guiada por el flamante magisterio de Adela sobre papel rayado: Pedro. Pe-dro. P-e-d-r-o. Cumplían cuatro años de recatado noviazgo la hermana y él (en total fueron diez), cuando Gilda nació. Otro padre, dos tuvo, el propio y el padrino, Pedro.
Imposible separar las aguas, poner cada lágrima en su lugar, saber si le mojan la cara debido a la muerte del cuñado o a la mudanza de la hija mañana domingo a primera hora. Dos razones para desolarse. Como la pesadumbre de Adela, como la suya que ahora, pero es distinto… qué va a comparar. Con Morena lejos, nada más que lejos, a trescientos kilómetros. No muerta, lejos. Una vez dejados atrás los naranjales de San Pedro; no, las flores de Escobar, una vez pasadas las flores de Escobar, todo se resuelve en sortear la entrada a Capital, ese laberinto que retuerce un moño al final de la circunvalación. Y allí estará Morena, aguardando en su nuevo hogar, una miniatura de repisa; como ella, minuciosa.
No lo imagina muerto, al muerto. Lo ve entrar a su casa, invitar a la mateada, congregar. Corazón que no ve… La lágrima tirita en el declive de la mejilla, arde sobre restos de maquillaje.
La mudanza se veía venir, entre los temas diarios que tocarlos era como tocar ascuas, alcanzaba el estatus de un axioma indiscutido para Morena y Felipe; tampoco se puede sostener toda la vida un noviazgo a distancia así como les pasó a Pedro y Adela; eso se sabe y también se sabe que mucho mejor es sumar que restar y si a Morenita se le ocurría plantar una familia en otra ciudad como quien planta un árbol en jardín ajeno hay que pensar que con el tiempo el tronco se ensancha, brotan hojas y flores y frutos; un brazo imprevisto de la familia crece, lo más parecido a un afluente. Después de todo, para qué guardarla en casa, ¿acumular hijos como se acumulan sábanas o toallas para que después todos apilados acaben arrancándose los ojos? No, la tragedia griega ya fue, no hay por qué ni para qué apilar; Miki, el padre, no opuso resistencia, y Luli y Nico, los hermanos, se sienten ligeramente desplazados, pero aceptan.
Sus tropiezos tuvo Morenita también, gratis no hay nada en la vida; los últimos meses, cada tanto fijaba las claves de un escenario y una acción futuros: “no me quiero ir pero tampoco me quiero quedar…” –le explicaba -, los ojitos húmedos y esa angustia rara, dubitativa, como si la opresión que le dolía en el pecho fuera opresión a medias y en su núcleo creciera, como un prado de amapolas, una isla de felicidad.
Campo raso. No más ganado vacuno, ovino ni equino. La ruta, de repente, se pica de sombra. ¿Había pronóstico de lluvia? Gilda mira el cielo y no ve sino árboles, largas hileras a los lados del camino. ¿Olmos?, ¿casuarinas? Puede ser, y vastas extensiones de campo canela, detrás.
“Lo que es la vida –rasca y rompe sus cáscaras interiores -, a menos de veinticuatro horas de la mudanza de Morena (que se aparta de mí mientras llevo a cabo esta quijotada de consolar a mi hermana viuda desde hace dos días que le deben parecer dos siglos), el micro cruza Pergamino, de donde hace tanto tiempo fui yo quien se desgajó”. Por primera vez (y le pareció increíble precisamente eso, que fuera por primera vez) ligaba la palabra Pergamino con Pérgamo, la arcaica, la fabricante de pieles peladas, pulidas, alisadas y teñidas donde se escribía, se borraba, se reescribía, se volvía a borrar… A partir del ojo de la ventanilla, Gilda revelaba las partes de un complejo negativo que hasta esa mañana habían permanecido opacas, indescifradas: no fue el azar sino el destino (y ahora la imagen aparecía completa) el que orientó la estrella de sus ancestros a clavar la bandera en el solar propicio, qué duda podía caber. ¿Cuál era la calle de la casa de los abuelos? Calle ancha de tierra apisonada…
Como pinturas antiguas pasan suburbios descascarados, tapiales, enredaderas, el puente sobre el arroyo Chu-Chú. El aire denso en el interior del micro se carga de jazmín, los camiones regadera aplacan polvaredas de recuerdos. Con avidez ella lee una especie de geología personal en ese libro de aire pero de cuero, el pergamino que retuvo las grafías de aquellos sedimentos ya fósiles, bajo sistemas blindados de seguridad…”.
(La ventanilla vuelve a dibujar vaquitas de plástico, pasto de papel crepé).
“Pero... ¿sistema seguro, cuál?”–Gilda es apenas un insecto mínimo en el bosque oscuro sin saber qué atajo tomar; reclina la butaca, estira las piernas –¿“qué sistema existe que sea seguro si un día la vida te rompe a puñetazos el vidrio blindado y permite que se muera Pedro y eso es como decir que el lobo devora a la abuelita, por ejemplo; o que una mano negra disuelve su figura y extravía el sonido de su voz y ya no se puede ni se debe –so pena de convertirse en estatua de sal -mirar atrás, y a pesar de las llagas en carne viva todo te empuja a enganchar la mirada en la estación que sigue: es decir, en la hora y el lugar exacto de la mudanza de Morena?”
Se mira en un espejito de cartera a pesar de la capa de polvillo rosado que lo cubre. Lo limpia con un dedo. A lo lejos se insinúan los contornos de Junín, las agujas de la Iglesia, una línea de edificios discontinuos, casas chatas, simétricas.
Cierra el libro que no leyó. Diez minutos más tarde el micro apunta su cabeza de oruga a la plataforma cinco entre dos líneas blancas. Ajetreos simultáneos de abrigos y bolsos, pies en movimiento, brusco silencio del motor.
Falta cubrir el último tramo. Gilda sube a la combi para pasajeros que ofrece un hombre de cara poceada. Queda una sola butaca libre. El nuevo punto de mira descubre un hábitat esta vez de patos y garzas que delatan la proximidad de la laguna. Dos o tres aves de plumaje oscuro y cuello blanco hunden sus picos en el espejo de un estero. Una que otra bandada dibuja ideogramas en el cielo blanco.
Como en el cine, agitadas por el entresueño, Gilda ve pasar las estaciones de la enfermedad y la vejez que se encargaron de hurtar a Pedro de este mundo. Pero la pantalla, lejos de sostener la trama inicial enloquece, y avanza a la segunda escena: una hoguera donde arden montañas de papiros. Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia. Se cubre hasta el cuello con el abrigo. Sueña que ella y Adela, Pedro y los demás, alineados en fila india, son bolos de carne y hueso que una bocha desmedida procura derribar. Nada, nadie quedará en pie, la conclusión le transpira en el cuello y en las manos, debajo del abrigo.
Una breve sacudida indica el final del recorrido. Recoge su bolso. Desde el andén, que una fina llovizna abrillanta, la ve llegar a Adela en el decrépito auto gris que conservaban con Pedro más por sentimentalismo que otra cosa; la ve bajarse y venir a su encuentro. En el vértigo simultáneo de información visual y táctil anterior al abrazo, percibe con cuánta crueldad las huellas del sufrimiento se incrustaron en su magra presencia, en sus flamantes ojeras de viuda.
El tiempo del fin de semana modela, a modo de consuelo, una matriz blanda y fláccida conteniendo el reencuentro de las hermanas; tiempo irregular, distorsión pura, como esos relojes decrépitos que la memoria deformaba y derretía en las pinturas de Dalí.

El domingo amanece húmedo. La resolana a primera hora blanquea el insomnio de todos en la casa. Alrededor de las diez la familia se traslada en auto, sin que medien palabras, al cementerio jardín; la luz blanca ha dado paso a un azul intenso que acristala las formas. “En este momento Morenita viaja a Buenos Aires”; Gilda perpetúa su monotema, se aferra a él con la prolija tenacidad de quien borda un monograma.
“Aquí la parcela donde se ubicará la tumba”, le informa una voz que ella, a quien van dirigidas las palabras, no reconoce y percibe ausente de la escena que los deudos componen: “Pedro no fue aún enterrado en su sitio definitivo”, agrega la voz en off. Mira donde le indican, ve una placa de metal sin inscripciones en medio del césped. Enfrentado a la placa, al borde de un sendero de grava, un banco de madera donde Adela, de ahora en más, pasará largas horas en el intento de una conversación imposible. El predio se compone de montecitos de árboles reunidos según la especie.
“Un lugar ideal para el descanso de los muertos " -amplía la voz.
Adela y los suyos entran a la capillita vidriada, rezan, el siseo descoordinado sube a la cúpula. Gilda entró con ellos pero el rezo se le coagula en la garganta. En contraste Gilda está muda y perfora los vidrios con la mirada. Dice algo como una jaculatoria incomprensible, da unos pasos indecisos y escapa, se diría que vuela en dirección a la boca verde que abre el parque como aquella otra inmensa pero oscura boca del lobo en el cuento; todo lo rápido que las piernas le dan, Gilda penetra en la telaraña. Rastrea en el parque los abedules blancos, tanto ha pensado en ellos, en su corteza folio-pergamino-papiro donde espera grabar no un corazón con dos iniciales herido por una flecha, sino contar el cuento de la mudanza dichosa que enredaba esa mañana una larga baba de muerte.

Encontró un espléndido “sector de abedules” en el cementerio jardín. El otoño esparcía una arena ocre de hojitas desmenuzadas. Con lápiz negro y paciencia de copista, Gilda empezó a cavar en la corteza el trazo de la primera palabra. Hundía la mina como una gubia, pero también pensó en la pertinencia, esas cosas del “se debe” o “no se debe” y lo pensado le paralizó la mano y la mente: nada nuevo había bajo el sol, nada que contar en realidad; “amor y muerte son historias tan viejas como el mundo” –, murmuró, bajó los brazos. La mina inservible se soltó de su mano y cayó al pie del abedul. La copista no escribiría su relato en el tronco blando y blanco. Toda marca de rebelión, todo trazo de su propio cuento pasaría inadvertido porque a ellos, a los deudos de Pedro los rodea un foso de dolor que los transforma en isla más allá de cualquier continente.
En cuestión de segundos regresará con ellos y se dejará acariciar la cabeza en señal de paz. Se sentará en el banco junto a la tumba futura, no en el sector de abedules sino en el de tilos.
Es cierto que murió Pedro, habrá que asumirlo, tan cierto como que los demás y ella misma están vivos. Y si algún detalle alcanza para drenar ese foso de aguas de muerte que rodea a la viuda como una corola marchita, ese detalle es reponerlo a él, al muerto, en el sector elegido, sector de tilos, allí donde tiempo atrás, visionario ( y volvió a oír la voz de la hermana la noche anterior enfatizando esa palabra: “visionario, Pedro era un visionario”), cuando cada tilo era sólo un tilito compró su lote en cómodas cuotas a pasos del banco de algarrobo, porque primero –y tratándose de Pedro era una conducta natural, había que creerlo -, antes que en él mismo fue en Adela que pensó; vivo o muerto, siempre, lo primero para él, fue pensar el bienestar de Adela.

PÁGINA 4 - ENSAYO

Perra con ruedas


Por Mónica Russomanno (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Una amiga adhería a la frase “la mujer que sabe cocinar tiene que ocultarlo”, una millonaria ejecutiva dijo hoy que las mujeres son buenas en los negocios pero después, para explicar su éxito comercial, dijo “pienso como un hombre”.
Crecí en una biblioteca libre, donde yo sacaba los libros que me llamaban desde los anaqueles. Todos estaban escritos por hombres. Yo pensaba que si quería escribir, debía hacerlo como si fuese un hombre y buscar un seudónimo al estilo de George Sand.
El feminismo trajo muchas conquistas y significó un avance en importantes temas, permitió accesos vedados y abrió numerosos espacios y armarios cerrados desde siempre. Pero nos quitó la inocencia de mostrar la ternura a flor de ojos, la piel que se estremece por una tristeza etérea. Tenemos que pensar como hombres si queremos un lugar de los conquistados tan duramente. Eso nos han dicho.
Una mujer exitosa no puede permitirse la ternura, la vulnerabilidad, la emoción fácil y sincera. Eso nos muestran las mujeres exitosas y sus pares masculinos quienes les exigen conductas masculinas.
Sin embargo, hace un tiempo vi una película en la que moría un perrito y lo enterraban en la nieve. El suelo estaba congelado, lo taparon con nieve y nada más. Al final, contra toda lógica, cuando llega la primavera vemos cómo se derrite la nieve, vemos un mechón de pelo que queda expuesto, vemos, contra toda lógica, si, que el perrito se levanta, se sacude, se aleja trotando con esa felicidad alocada de las criaturas pequeñas. Y una llora, y sonríe, y siente que el mundo a veces puede ser redimido con un milagro. Contra toda lógica.
La directora de esa película de la que no recuerdo el nombre era, claro, si, era una mujer. Y filmó una cosa de mujeres. No pudo resignarse a dejar morir el perro en el relato ya que podía evitarlo.
Y también es de una mujer el remate del film en que un hombre va a hacer sacrificar a su perra, vieja y enferma, para que no sufra. Se lo dice a la amante, quien lo acaba de despedir para que ya no vuelva. Cierra, ella, la puerta. La vemos en su departamento, sola, muy sola, alelada por la soledad reconcentrada que le espera. Vemos cómo corre hacia la puerta, vemos cómo alcanza al amante en la escalera. Una piensa que se asustó, que se arrepintió, que le va a decir que va a seguir siendo la otra, la segunda, la trampa. Pero le dice, solamente esto, le dice que necesita hacerle una pregunta. Nada más, no escuchamos ni vemos el final de la conversación en la escalera. Termina la escena.
Después un cartel nos advierte que han pasado seis meses. La mujer trota en una costanera. La cámara la deja pasar, y vemos, detrás, a la perra de su ex amante corriendo feliz con esa sonrisa que tienen los perros cuando corren, y corre con las orejas voladizas y con un aparato de rueditas atadas a la cadera. Cómo no llorar en el cine, en el camino de vuelta a casa, cómo no llorar ahora que lo escribo.
La directora de esta película de la que sí recuerdo el nombre, “The Savages”, es, y claro, si, es una mujer. Cosa de mujeres el filme. Cosa de mujeres. Trata de padres, hijos, soledades y renuncias. Trata del mundo real y de cómo hacerse cargo de ordenar un poco el pequeño mundo de las pequeñas vidas. Cosa de mujeres, ciertamente, la de ordenar las gavetas y las repisas, hacerse cargo de los niños y los ancianos. Enjugar lágrimas.
No hay nada reprensible en ser tiernas, en ser vulnerables, en dejar que el mundo nos conmueva. Renegar de una misma hace que los espejos reflejen monstruos. Nos mata lentamente, insidiosamente, de a poco y desde adentro. Si es el amor, si es la ternura la que nos define. Una mujer jamás estará sola. Siempre encontraremos una planta, un gato, una perra con ruedas a quien amar, mientras recogemos pedazos de vajilla, colocamos fotografías en los portarretratos y tendemos la cama.
Y a mucha honra.

PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Palabras bautismales.


A orillas de la nada,
durante la inquietud de los presagios,
vagaron densas hordas de tinieblas desplegando una esencia inescrutable urdida en los telares de la noche por arcángeles ciegos.
De pronto,
la palabra
estalló en lo profundo del abismo.
Desnudos silabarios encendieron los hachones flamígeros del alba
y derrotaron huecos en jauría con su aliento de fuego.
El cosmos fue distancia.
Alzó la arquitectura del oxígeno rotundos arbotantes que erizaron nervaduras de agrestes transparencias
hasta alcanzar las altas soledades
más allá de los truenos.
Se reunieron las aguas en una antología de frescura
que estrelló la obediencia de su espuma contra la voluntad del arrecife
donde el tenaz asedio del oleaje golpeaba a contrafreno.
El mundo fue ordenado según el albedrío de la magia.
Geografías de arcilla contundente surgieron desde el fondo de la ausencia ocultando
en compactos corredores
sus gérmenes secretos.
Estatuyó la hoguera el susurro nacido de sí mismo.
Los rituales quemantes de la vida escanciaron
a fuerza de reflejos
el mosto primitivo de los soles desde alambiques negros
mientras la luna andaba su intemperie de escarcha cenicienta
entre constelaciones infinitas laceradas por ráfagas de eclipses
antes que naufragaran las lloviznas sobre el musgo sediento.
Después reptó la escama bajo el regazo roto de las ciénagas
y en el advenimiento de los saurios
detonaron membranas las anteras
poblando los recodos de la tarde con vestigios de helechos.
Hubo un rumor de alas
horadando las vastas lejanías hacia la inmensidad del horizonte
que paría los signos del crepúsculo entre los muslos tensos.
Derrotó la memoria el torpe cautiverio de la greda
expulsando los músculos precarios, la osamenta, los coágulos fugaces,
la obstinada nostalgia de un destino
a espaldas del silencio.
Bajo la sexta lámpara
la piel nacida inauguró los pactos,
esa alianza de luz acantilada donde las hierbas propagaban tréboles y el sonoro lenguaje de los pájaros taladraba el sosiego.
Crecía la esperanza entre las madrigueras vegetales.
No existían fronteras, patrimonios, amarras, inventarios, apetencias.
Todo era una implacable mansedumbre en la orilla del tiempo.
La Tierra Prometida.
En la consumación de las arenas
ese extraño espejismo inalcanzable fraguado por
descalzas inocencias
celebraba los días del origen.

Entonces... llegó el viento
.

Destierro a la esperanza.

De cómo fue que la sangre aventurera de los hijos de Castilla hacinábase en los puertos presta a embarcar con rumbo a lo desconocido, en las postrimerías del año 1493.

Los mesones del puerto son malsanos,
huelen a herrumbre,
a sal,
cebolla
y humo;
son total abandono,
una impudicia,
la esencia cruel del hambre y de sus llagas.
Ellas están aquí.
Lo sabe el cielo
y los ojos del aire
y el olvido
y los dedos del odio y los puñales
y la traición lo sabe
y la distancia.
Están aquí;
desnudas,
decididas,
arrojadas al mundo,
cadavéricas.
Su tumba las espera en cualquier sitio:
una esquina,
una calle,
una nostalgia,
una selva extraviada en sus enigmas,
altivas cordilleras,
fiebres secas,
lujurias implacables,
borracheras,
naufragios,
ambiciones,
asonadas...
Desterradas de todas las ternuras
nada piden ni dan,
pues nada queda
dentro del hosco corazón perdido
entre aullidos de sangre empalizada.
Están aquí;
estatura de silencio,
la escoria de los muelles.
las prohibidas,
las que ya no poseen,
ni siquiera,
una hilacha de honor,
una esperanza.
Aprendieron,
a golpe de tormentos,
que la vida y la muerte son
apenas
el límite sutil donde los filos
beben la luz antigua en que se embriagan,
que la tierra no alcanza para todos
y la pobreza hereda la pobreza
y el cepo
y el repudio de la estirpe
y la peste que eriza sus mortajas.
Han renunciado a todos sus paisajes,
los del alma y la piel,
los de los sueños.
Sólo el luctuoso canto del océano
las convoca,
las nombra,
las abraza.
Desterradas están,
las fugitivas,
las que en el alba elevarán las velas
hacia su propio infierno,
hacia el insomnio
con que inician los miedos sus proclamas.
Al alba partirán,
sin despedirse,
las mesnadas de harapos iracundos,
cargando al hombro sus vergüenzas acres,
condenadas al mar,
las condenadas.

Sacrificio.

Canto de luz por el valiente enemigo cuyo corazón encenderá el fuego nuevo en la antigua morada de los dioses.

Atalaya del cielo
alguien vigila el rastro de las lejanas Pléyades hacia los meridianos donde estalla el eclipse
donde el Dios de la Vida establece la magia
donde el semen de Tauro preña vientres de estrellas enciende el horizonte
donde el Dios de la Muerte escupe sus oráculos.
Porque el Guardián del Culto ha visto arder la luz nacida en el levante
poco después que el viento quiebra la medianoche con largas lenguas de oro
o lámparas fatídicas
con rabos que violentan desnudeces de escarcha
con mitos como espejos extraviados en fauces de oscuros amarantos.
Porque el Dios de la Aurora demanda sus raciones de asombro inevitable
devora para siempre los flancos de la luna
reclama codornices para sahumar el ara
reivindica estertores de un miedo contundente amarillo viscoso
y exige a puro insomnio un sitio en los presagios.
En la cumbre del cerro
maniatado a la piedra por turbas de tentáculos que tal vez lo sofocan con su aliento a martirio
rotas a dentelladas las venas indefensas
mientras danza en el aire el filo de obsidiana
ofrendando al silencio su corazón sangrante su cuerpo destrozado
el noble Xiutlamín
solo en la soledad de su soberbio exilio
va a sustentar al sol con su coraje
va a parir de su pecho haces de hogueras blancas
va a iluminar espesos rituales de agonía con llamas redentoras
va a penetrar de a poco la piel del holocausto.
Va a transmutar al fuego.
Su follaje de sombra aullará en la esperanza conducido a la hondura agreste de los valles por centurias de antorchas y teas celebrantes
repetirán su rostro los sagrados braseros
se inscribirá su nombre en la alta madriguera donde habita el relámpago
para que los antiguos
los dioses protectores de las vegetaciones y la tierra fecunda
los custodios del agua
los guardianes de estratos y raíces secretas con que los minerales se aferran al subsuelo
con un gesto de lluvia
renueven a sus hijos las sílabas del pacto.

Presagio.

Canto de sombra por los duros presagios que preocupan el rostro de nuestro muy amado Moctezuma Señor de los aztecas.

Es el tiempo del tiempo de la octava gavilla cuando
en hordas salvajes
los heraldos del miedo escrutan los helados caminos de la sombra entre los vendavales nocturnos como lobos
revierten las pisadas del Dios de los Destierros
labran a pura náusea su azul itinerario.
El tiempo de las llagas
de augustas satrapías balbuceando plegarias que sofoquen hogueras de lenguas impiadosas
de los rabos del rayo desamarrando furias
sobre los chapiteles de los templos ungidos al Dios de las Batallas
sin lluvias ni tronidos ni aullidos desbocados.
Es el tiempo del agua
de la hondura que encrespa sus entrañas bravías
con olas como muros
derrotando abatiendo las riberas inermes
en un aire tan puro que el prodigio no cesa de pulsar los asombros
en un aire tan quieto que se quedan los ojos suspendidos del llanto.
El tiempo de la brisa arrastrando en su seno
los lamentos perdidos
el dolor a destajo de la madre convulsa
(la plañidera insomne de los días sin tregua y las noches con garras)
que deambula demente
que implora por sus hijos sin encontrar refugio para tanto calvario.
Es el tiempo del ave con cimeras de azogue habitando el silencio
revelando regiones de astros a la deriva y mastelejos de odio
de los demonios blancos montando sobre bestias en gran tropel de muerte
del viento advenedizo
parido por las vulvas siniestras del espanto.
El tiempo de la niebla siseando en la llanura
del humo antropomorfo trepando los barrancos
reptando como sierpes de escamas ominosas
repletos de ponzoña los colmillos letales
cuando las piedras hablan con sus bocas de piedra
y no quedan auroras ni quedan calendarios
solamente las naves
solamente las proas escarneciendo oleajes en las mares lejanas
solamente corceles piafando en las corolas las esporas de helechos los musgos empapados.
Es el advenimiento del Gran Dios Quetzalcoatl.
Bajo el sol inclemente callan todos los pájaros.

Malintzín.

Canto de sombra por la princesa Malintzín que traicionó a su raza a cambio de un puñado de caricias.

Malintzín
la traidora
piel de lunas bravías degradada por hordas de besos extranjeros
cabalga junto al viento desciñendo
salvaje
su larga cabellera de demencias prolijas
mientras la noche cae sobre el agua esmeralda sobre espectros de sauces sobre piedras hostiles.
Mientras cae la noche sobre dulces nopales sobre templos sin fuego
y sueña Moctezuma presintiendo los sordos pasos del exterminio
y México es la madre la tierra dolorosa que teme gime llora
que cobija con furia la ansiedad de los hombres temblando en sus raíces.
Malintzín
la traidora
sucia de amores sucios
establece en el tiempo su amor sin horizontes
su trágico destino de repudio encrespado
esboza en la distancia perfiles de patíbulos junto al lecho culpable
funda los precipicios donde el odio despeña la unidad de su estirpe.
Capturada en la urdimbre de jadeos exhaustos de caricias violentas de miradas impuras
permite a la serpiente penetrar sus misterios con vértigo de estambres
y niega los indicios
y oculta que los dioses son un fraude muriente aferrado al encono a resecas matrices a insomnios impiadosos a miedos desbocados
a oscuras pesadillas donde abordan navíos para huir de la peste de miserias y hambrunas de gusanos feroces devorando intestinos
de la amarga pobreza que olfatea sus huellas con los belfos tenaces de tenaces mastines.
Su pecado es amarlo
su imprudencia es amarlo más allá del presagio que ultraja filiaciones de pájaros silvestres
su condena es seguirlo como una loba en celo sin preguntas ni treguas
porque ella es una pena
un gesto apasionado repetido en el viento que agosta los jazmines.
Malintzín
la traidora la infiel la renegada
la que entregó en Tabasco su nombre y su vergüenza
la que arrojó al silencio su sangre en rebeldía su dignidad hirsuta su castidad de espino
alzando silabarios de lenguas amarillas
desnuda
deshonrada
cabalga entre los buitres.

Navíos al crepúsculo.

De cómo fue que el Eximo. Señor Fernando Cortés de Monroy evitó que los hombres desertaran de su lado y regresaran a Cuba luego de la fundación de Veracruz.

En Cuba está el refugio,
la memoria,
su identidad de letra amenazante.
En Cuba,
ese paréntesis de patria
sitiado por el mar y las intrigas.
Esta ciudad nació en la tierra firme.
Su nombre es Veracruz.
Aquí,
las naves
presienten miedos ásperos,
los huelen...
Los miedos...
esas sombras confundidas
que reptan el silencio,
que susurran,
que se encienden hambrientos en las dagas
y las lenguas encienden
y tragedias
y encienden la traición
y la falsía.
La serpiente lo sabe.
Su mirada
es seca,
es horadante,
es perentoria,
es un destello azul, esa mirada
que no entiende de amor
ni cobardías,
que no entiende de amor ni de nostalgias,
que no entiende de amor ni de milagros,
que no entiende de amor
o paroxismos
o ternuras
o entregas
o caricias.
Las diez quillas se mueven,
incitantes,
sobre el vientre desnudo del océano,
se alzan
en el follaje de la espuma
y socavan
y ondulan
y agonizan
como si,
golpe a golpe,
copularan
con entrega salvaje.
A contracielo
las diez quillas son hembras combatientes
gimiendo,
entre las sales corrosivas.
Pero deben morir.
En el crepúsculo,
cuando el sol se desangre sobre Méjico,
dentelladas de furias agresoras
morderán sus entrañas,
vengativas.
El viento es una racha tempestuosa
agostando el verdor de los recuerdos.
El viento es inclemente.
Su arrebato
es niebla,
es impiedad,
es avaricia.
El viento es un relámpago demente
renunciando al ayer.
Es un demonio
desterrado en espurios calendarios,
es un látigo,
un rabo de perfidia.
Estandartes de pena,
en los velámenes,
suplican un andrajo de horizonte,
pero el verdugo calla,
el mundo calla...
Deben morir...
para que el viento viva.

Colmillos clandestinos.

De cómo fue que el sacrificio, las privaciones y los padecimientos endurecieron el alma de los soldados españoles forjando lo intrépido y osado de su temperamento.

El corazón les duele de tan seco.
Les hizo falta un pulso de ternura
para olvidar derrotas,
abandonos
que la miseria les tatuó en los ojos
cuando el mundo era apenas una sombra,
una actitud huraña,
una manera
de asumir soledades,
bofetadas,
costras de injurias,
pactos con demonios.
La existencia les duele de tan dura.
Les hizo falta un diezmo de tibieza
para aquietar los párpados desnudos
que encallaban al borde del sollozo
mientras la luna bostezaba escarcha
y el hambre,
el hambre.
el hambre,
el hambre,
el hambre
clavaba dentelladas a los miedos
se emboscaba,
tenaz,
en el insomnio.
El desamor les duele de tan pulcro.
Les hizo falta un gesto de llovizna
bautizando las llagas,
en un tiempo
que se extendía,
a paso minucioso,
hasta la latitud de la vergüenza,
hasta el dolor puntual de los agravios
erizando una risa desdentada
en la región más yerma del encono.
Son hijos del harapo,
de la ausencia,
herederos de vientos,
de pecados,
de impotencias,
de látigos,
de esquirlas,
de infamias,
de desprecios,
de despojos.
Son Almagros,
Pizarros,
Alvarados.
Si no tienen un nombre,
lo construyen,
lo roban a una aldea,
lo levantan
desde la oscura identidad del polvo.
Marqueses,
Protectores,
Alguaciles,
Caballeros de la Orden del Garrote,
Capitanes de vastas deslealtades,
Hidalgos de burdel y calabozos.
Aristocracia a punta de osadía:
temeraria,
brutal,
analfabeta,
aguardando su muerte en cada sitio
donde estalle un motín,
se encienda el odio,
despliegue telarañas la codicia
con la complicidad de los puñales
y su sangre se evada,
lentamente,
por los cauces sedientos del asombro.

Apenas una lágrima.

Después llegó el despojo.
Después el mundo tuvo nombre y dueño.
Después,
avergonzadas golondrinas bordaron relicarios amarillos
entre los bastidores donde el viento tensaba la nostalgia.
Después cubrió el sigilo migraciones de crótalos tajantes,
turbas de intolerancia a contrafuria empecinadas en ceder indultos a codicias rastreras como hierbas,
a apetencias compactas.
Después llegó la ausencia,
esa yerma orfandad sin atenuantes que hundía los colmillos impiadosos en la médula intacta del silencio,
en la seca sustancia de la angustia,
en la pulpa del alma.
Y a veces
el espanto derramaba ceniza en los rincones para ocultar los rastros de la muerte
que se alejaba,
ahíta de estertores,
embriagada de coágulos morenos,
largamente saciada...
Sobre el lento exterminio
extendieron murallas los secretos,
sofocaron gemidos moribundos con la complicidad del disimulo
como si nadie nunca hubiera sido testigo de la infamia;
como si nadie nunca
hubiera encadenado los sollozos al tributo fatídico de un hambre que atravesó la piel del desamparo a paso de abandonos compulsivos,
a vuelta de mordaza;
como si nunca nadie hubiera denunciado cicatrices entre las soledades agraviadas por tanta cacería inexcusable,
por tantos espinosos latrocinios,
por tanta empalizada.
Así se delinearon
las duras coordenadas del olvido en esta longitud de la deshonra,
en esta latitud de la desdicha donde la dinastía de la tierra obtuvo sus hilachas;
donde el reino vencido recibió su racimo de escorbuto,
su cuota de sermones desdentados, su alfabeto descalzo, su infortunio,
sus mendrugos de vida a la intemperie,
su urgencia de cucharas.
Así llegó a mi mundo este agreste cuaderno de bitácora
apenas un susurro acongojado desciñendo su voz sobre los nombres,
las fechas, las leyendas, los caminos,
los sueños, la esperanza;
apenas un susurro,
un ademán de pena redentora congregando las voces espectrales que se dejan oír en la alta noche
donde espesos murciélagos de sombra despliegan su acechanza;
apenas un susurro,
una actitud de fraternal congoja por tantas injusticias a destajo,
por tanto apasionado desencuentro,
por tanta hipocresía vindicando la sangre derribada;
apenas un susurro
perdido en la espesura de los tiempos
como en enmarañados laberintos de nocturnas cavernas palpitantes
apenas un desnudo balbuceo...

apenas una lágrima
.

PÁGINA 6 - CUENTO

Todos los jueves

Por José Luis Pagés (Santa Fe/Argentina)

Me pareció que alguien me llamaba desde el agua. Me incliné sobre la balaustrada. Abajo el río cruzaba marrón y torrentoso.
Ella tenía los cabellos sueltos, en el remanso que se forma entre las piedras. Sentí un escalofrío y cerré las solapas del sobretodo. Era noche cerrada y la niebla lo diluía todo. Hice unos pasos en dirección a la escalara y me detuvo un instante frente a los primeros peldaños. Una rata cruzó vertiginosa junto a mis zapatos y quedó en un rincón, escrudiñando la oscuridad con sus ojitos brillosos.
Me aparté de la costa y a poco de andar entré a un café. Sobre el mantel mugriento extendí una servilleta de papel y con la mejor caligrafía escribí: “Jueves, chica ahogada”.
Dormí mal. Toda la noche el reloj del campanario con sus enormes números romanos, con sus agujas finamente delineadas, entre relámpagos y nubes de tormenta, sobrevoló mi cama. Esas nubes llevadas y traídas por el viento, a veces, semejaban una desordenada cabellera.
Muy temprano, confundido entre muchos, llegué al boulevard. Bajo los fresnos rojizos, con sus hojas abrillantadas por la humedad, esperé el paso de un diarero.
Desplegué las hojas en el colectivo y busqué ávidamente, aunque mal no fuera, una sola línea sobre aquel suceso. Una anciana de mi barrio había sido asesinada. El criminal para consumar su bárbaro acto había utilizado una tijera. Detalles. Menor violada en el parque Belgrano. Una fuga y otros episodios menores. Confundido busqué tocar la servilleta sumergida en el bolsillo. Allí estaba.
Pocos días atrás _pensé ya en mi oficina_, quizás una semana atrás, había visto yo a una anciana de riguroso luto acodada en la baranda del puente. Entre sus manos había un ramo de flores. Parecía rezar, de pronto santiguaba y echaba esas flores al río. Inútil asociar aquel hecho con el que horas antes había registrado prolijamente, en los bordes de la servilleta.
Otra noche, imprevistamente, me encontré caminando bajo las farolas de luz amarillenta. El agua golpeaba, monótona, bajo mis pies. El río se removía, negro, brillante y espeso, hasta donde alcanzaban mis ojos; encendí un cigarrillo, pero en seguida lo eché a la corriente.
Con las manos en los bolsillos y paso rápido anduve las cuadras que me separaban de la comisaría.
“Cuando quise llegar hasta ella, ya no estaba”, expliqué. “El río se traga todo”, meditó el policía. Después me clavó los ojos: “Debió avisar en el mismo momento. El río se lleva todo. Si era un cuerpo, como usted dice, hoy debe estar más allá del puerto, cerca del canal, o quizás más lejos”. “De todos modos _dijo como para tranquilizarme_, acá no hay denuncia por desaparición de ninguna persona”.
Redacté una nota, torpe, apresurada y quedé a la espera con los ojos fijos en la pared de mi oficina; había pedido una licencia. Concedida, me puso de pie y acomodé mi bufanda en el cuello. Alguien preguntó qué pensaba hacer yo, a esa altura del año. Busqué una expliación y sólo pude articular dos palabras: “Tengo pesadillas”. Tendí la mano a cada uno de mis compañeros y me retiré.
Pedí un café, luego una ginebra y luego otra más. Advertí que mis dedos se mostraban inusualmente sucios de nicotina. Aplasté el pucho en el cenicero y sin levantar los ojos atendí a los consejos del mozo. “No irá a pescar, seguramente _decía_ Todo tiene gusto a petróleo y dicen que está contaminado”.
“No voy a pescar”, dije. “Voy a caminar un poco”.
“Se a va reventar los pulmones con este frio”, dijo él.
Hizo una pausa y agregó: “Pero si a usted le parece…”.
Cuando pagué advertí en sus ojos un dejo de compasión, como si estuviese mirando a un loco o a un suicida.
Subí y bajé todo el largo de la costanera, ida y vuelta, tres o cuatro noches seguidas. No sabía, ciertamente, qué buscaba en medio de la noche y cada vez regresaba a mi casa con una tenebrosa sensación de derrota.
En mis sueños un rústico carro de ruedas enormes se desplazaba ruidosamente sobre calles empedradas y el alboroto me despertaba a cada instante. También estaba ese reloj, sus campanadas, y algunos seres alados y oscuros que de pronto enloquecían y golpeaban rabiosamente contra las paredes de mi cuarto.
Por las mañanas sólo bebía una taza de café y tras ello, casi inmediatamente, encendía un cigarrillo para quedar absorto en las evoluciones del humo gris. Los diarios no decían nada. El asesino de la vieja confesó su crimen y no se mostró arrepentido. El violador era intensamente buscado. Ahora, un banco de niebla y un paso a nivel sin barreras habían causado una tragedia. Nadie moría ahogado en pleno invierno.
Se cumplía una semana de aquel encuentro a juzgar por el rápido apunte que yo conservaba en mi servilleta: “Jueves, chica ahogada”. Algo me impulsaba a alejarme del río. Hice planes para llegar al centro. Repasé mi lista de amigos. Imaginé una cita con algunos de ellos, a los que seguramente encontraría a cualquier hora en Los Vascos, reunidos en torno a un tablero de ajedrez.
Un taxista de piel seca y amarronada, con un ligero matiz cadavérico, me condujo en un viejo Ford por algunas calles empedradas y mal iluminadas que yo había olvidado. El auto, que evidentemente tenía los elásticos vencidos, se sacudía y el motor bufaba con violencia. “¿Por dónde vamos?”.
“Es un desvío obligado”, contestó él, “Está toda la ciudad rota”.
“¿Qué es aquello que se ve allá, al fondo?”, pregunté un tanto sobresaltado.
“Bueno”, dijo el viejo, “¿Parece un carro, no?”.
Llegados a la esquina giramos bruscamente y la intranquilizadora imagen se perdió en un instante.
Los atajos elegidos a su capricho nos fueron acercando a las calles del centro. “Esta tienda, Los Angeles, ¿no había cerrado?”. El tipo aminoró la marcha y se volvió para observarme “Usted no es de acá?, dijo.
En Los Vascos ya no quedaba nadie. Las persianas estaban bajas y en el umbral de mármol blanco, un gato negro y lustroso me miraba desafiante. Un viento silencioso empujaba hojas de periódicos amarillentos.
Un par de cuadras más adelante el reloj del campanario apenas vislumbrado entre la niebla, indicaba que ya era un poco más de medianoche.
“Vamos a la costanera”, dije de un modo totalmente azaroso, mostrando con esas pocas palabras un fuerte impulso, para mi, desconocido.
“La costanera”, dijo el tipo, estirando el cuello y volviendo hacia mi sus ojos amarillos, ¿A qué lugar de la costanera?”.
“Al puente”, dije yo.
El auto se puso nuevamente en marcha y pude adivinar que el taxista me observaba, inquieto, por el retrovisor.
El carro marchaba lentamente, al paso del caballo del que un hombre tiraba por las bridas. Más atrás seguía un grupo de hombres, casi todos jóvenes y algún viejo. Uno de ellos llevaba en alto un farol de kerosén que soltaba un olor penetrante, una columna espesa de humo negro y un luz escasa y temblorosa. En principio ninguno de todos ellos reparó en mi. Todos parecían hipnotizados, con los ojos obstinados queriendo atravesar la superficie para llegar al mismo lecho del río. Con cierto aire de indiferencia algunos perros se cruzaban y entrecruzaban entre las piernas de los integrantes del cortejo.
Intenté tomar a uno por la camisa. Quería saber. Pregunté.
El tipo no contestaba, pero en seguida otro lo hizo por él. Abriéndose del grupo y mostrándome el puño, me dijo: “No se meta. Váyase si no tiene nada que hacer. A usted esto no le importa. Este es nuestro dolor”.
Me quedé unos instantes en el lugar mirando como la noche se iba tragando a ese extraño conjunto que parecía extraído de una lámina de otro siglo.
Después, era jueves, y ella estaba ahí. Muy secretamente yo esperaba ver nuevamente su rostro como la primera vez, una cuarta sumergido bajo el agua, rodeado por una ondulante cabellera.
Había bajado la escalera eludiendo el paso de las ratas, despegando de mi cara los hilos elásticos de las telarañas, controlando la náusea que me provocaba el penetrante olor a podredumbre de la costa y miraba con insistencia hacia las piedras cuando alguien tocó mi brazo.
“Gracias” _me dijo_ “Por distraerlos. Si usted no hubiera intervenido me habrían visto y ya no quiero volverlos a encontrar”.
Yo había retrocedido instintivamente, en realidad ya había trepado varios escalones cuando sin hablar me detuve a contemplarla. Era ella. Sus ojos, inmensos, miraban fijamente, sin pestañear un instante. Estaba de pie con su túnica blanca y su larga sombra negra se proyectaba sobre el murallón. Avanzó otro paso hacia mi y extendió su mano. La toqué. Era fría, casi metálica y con un ligero matiz plateado.
“¿Ellos, quiénes son?”, pregunté.
“No tiene importancia” _dijo ella_ “Para mí, hace muchos años que está muertos. Usted podría pasar una mano a través de sus cuerpos y no sentiría nada. Es como si hubieran perdido la sustancia. Eso no pasa con usted. Cuando ellos me buscan, me escondo. En realidad, termina siendo aburrido pasar todo el tiempo jugando a las escondidas”.
“¿Por qué ese carro?”, inquirí.
“Oh”, hizo ella, con un mohín de fastidio, “Quieren ponerme ahí ariba para llevarme a la morgue. Después querrán velarme, son muy ceremoniosos”.
“Usted no va a creerme”_dijo el taxista por centésima vez_ “Yo me quedé junto al puente porque pensé, usted perdone, se me ocurrió; hay tanta gente rara que imaginé, bueno, que en fin, usted podía querer, a lo mejor se le ocurría, suicidarse.”
Alguien había puesto un vaso con ginebra frente a mí. En el licor cristalino se movían algunas sombras, sin sentido.
“Esa loca que quería nadar con usted, después, era hermosa. ¿Es algo suyo? ¿Qué hacía con este frío? Tome, le va a hacer bien. ¿Usted me dijo que todos los jueves está ahí? Si a mi hubiera invitado, yo me tiró. De cabeza, ¿Me oye?”.
El café estaba cerrando y cuando me puse de pie comprendí que estaba bastante borracho. El viejo me tomó por el brazo y me condujo al taxi.
Acocado sobre el volante, con la cara vuelta hacia mi, envuelto en el humo de su propio cigarrillo, el hombre abría y cerraba una boca que era una arruga más entre otras tantas. Decía: “También hubo otra cosa extraña. ¿Recuerda al tipo ese que quiso agarrar del brazo? Bueno, ese, y que me Dios me castigue si miento o me equivoco, era el profesor Hauchel. En mi profesión se conoce mucha gente y hace unos treinta años atrás yo sabía llevarlo todas las tardes a la Facultad de Derecho. Después, un día, desapareció sin dejar rastros. No, los otros, no los conozco. No los vi nunca. Pero la mujer, ¿No le importa que le diga? Esa mujer es hermosa y no entiendo por qué usted salió corriendo como un loco cuando ella lo llamaba de ese modo”.
“Déme un cigarrillo”, pedí.
El viejo me indicó que abriese la guantera. Bajo un atado de Particulares brillaba un 38 largo. “No me gusta que nadie me tome desprevenido”, dijo con una sonrisa.
Eran mis sueños, pero siempre había gente extraña. Esa vieja del punte, por ejemplo, se instaló en ellos por lo menos tres noches seguidas. Cada vez que yo iba a soñar ella se persignaba y echaba su ramo al agua; después cubría su rostro con un chal negro y se perdía en l niebla. También estaba el cortejo del carro, siempre siguiendo la línea de la costa, pero no pocas veces ellos se volvían y miraban hacia mi cama como si yo fuese el culpable de algún grave error.
Cuando dormía también el taxista se acercaba a mi y me ofrecía cigarrillos. Me hablaba de otros tiempos y me advertía que el reloj del campanario nunca había marcado una sola hora con precisión. “Tenga cuidado, podemos llegar tarde”, me decía. Ella, en cambio, solía insinuarse tímidamente bajo veinte o trenita centímetros de agua. Sus ojos permanecían siempre abiertos y su sonrisa amplia permitía ver las aguzadas puntas de sus dientes.
Por ese tiempo, en realidad, yo recorría durante las noches la margen oeste, pero en mi camino no hacía más que tropezar con imágenes, recuerdos borrosos, ratas repulsivas y murciélagos que aleteaban junto a mi cabeza.
Una mañana me sorprendió una foto que acompañaba un breve texto metido como a presión entre muchas noticias policiales: “Catedrático desaparecido estaría con vida”, habían titulado. La nota refería al profesor Hauchel. Recordaba su desaparición, unos años atrás y precisaba la fecha en que había sido visto ahora. Se agregaba que el testigo ocasional no había querido decir más sobre el asunto por cuanto “Temía por su vida”.
“Sí, fui yo”, dijo el viejo mientras abría la puerta del Ford, “Un periodista amigo, ¿Entiende?” “Lo de mi temor lo puso él”.
Yo no agregué una palabra y me quedé plantado en esa esquina del centro con el periódico bajo el brazo. “Quería recordarle que hoy es jueves” , dijo él. “Si le parece puedo pasarlo a buscar”. A esa hora del día del taxista no parecía tan viejo, ni sus ojos eran tan amarillos. En silencio acercó a mi su atado de cigarrillos. Acepté uno y él cerró la puerta del Ford. A modo de saludo se llevó la mano a la cabeza y partió después, sin agregar otra cosa.
En uno de los bolsillos de mi sobretodo conservaba entre viejas colillas, cajas de fósforos, boletos y billetes de lotería _más otros desperdicios_, aquella servilleta en la que, en uno de sus bordes yo había escrito.
Mi circunstancial sociedad con el taxista no estaba del todo clara y sus declaraciones a ese periodista me resultaban un tanto indiscretas. De todas maneras mi anotación había perdido sentido. Hice un bollo con el papel y lo arrojé al pavimento. También me deshice de las pelusas y cuanto objeto inservible encontré en mis bolsillos.
Algo contrariado regresé a casa. En el camino me asaltó la sensación de que a través de algunos postigos me observaban ojos ávidos que anticipadamente me hacían sospechar alguna oscura tragedia.
“Después de todo yo no maté a la vieja”, me escuché decir en voz alta mientras, no sin dificultad giraba la llave en la cerradura.
La tarde la pasé junto a la ventana que da a la calle tomando una incalculable cantidad de tazas de café espeso y fumando con desesperación. Ahora era yo quien miraba tras los postigos como el aire gris del invierno se iba espesando con el paso de las horas.
El camino hacia la costa lo hicimos en silencio. Ahora era yo quien miraba a través del espejo retrovisor. A medida que pasábamos bajo los faroles de las esquinas el viejo se volvía más locuaz y su cuello se estiraba en la dirección del río. El castigado Ford se ladeaba a izquierda y derecha, pero la cabeza del taxista parecía indiferente, como la aguja de una brújula, a esas fluctuaciones. “Si a mi me hubiera llamado, yo me tiro sin pensar”, me había dicho. Sentía de pronto que era él el verdadero interesado en el reencuentro. Me estaba robando, en realidad ya me había me había robado, una historia que me pertenecía. Mis puños se apretaban en los bolsillos. Me decía ahora entre muchas otras cosas: “No sé. No me explico cómo pudo desaprovechar esa oportunidad”.
El taxi avanzaba en la niebla asomando a otra dimensión en cada esquina; como si en cada tramo se descorriese un nuevo telón. Pensé en golpearlo. Mi puño izquierdo pesaba con impaciencia junto a esa nuca añosa y ajada como la de una tortuga.
Era cerca de medianoche cuando descendimos en la costanera. Hacia el medio del río, sumergida y desdibujada, se me ocurrió ver la enorme luna del reloj del campanario. Lo señalé a mi compañero, pero él no quería otra cosa que ver a esa mujer. Se había metido en mi historia y yo no estaba dispuesto a hacer una sola seña que facilitase un nuevo avance suyo sobre lo que consideraba, apenas un poco, mi propio territorio.
Recuerdo ahora que las farolas brillaban mortuorias irradiando una tímida luz amarilla y temblorosa. Las aguas, abajo, corrían rumorosas.
“No es que ella esté muerta”_ dije en un arranque de sinceridad y con convicción vehemente_ “Es posible que alguna vez se haya tirado al río, pero con el tiempo se transformó en algo extraño que no termino de entender y menos lo puedo explicar”, El me miró, indiferente.
Mis pensamientos no penetraban siquiera la capa más superficial de sus intenciones. Como si yo no hubiese abierto la boca se demoró indefinidamente abriendo un atado y al cabo me convidó con un nuevo cigarrillo.
Quise golpearlo otra vez, pero era jueves. La noche era una sola y compacta masa de aire gris. Me quedé sobre el auto mientras él restregando las manos se metía en la niebla que flotaba sobre el río. “Déjeme hacer a mi”, era lo último que le había escuchado decir. Mientras lo veía andar, ligeramente encorvado, pensé que ni tan siquiera conocía su nombre.
En dos o tres oportunidades me acerqué a él, pero la mayor parte del tiempo la pasé recostado en el viejo Ford pitando cigarrillos con gusto a tabaco húmedo. Por momentos creo haberme adormecido. De pronto me parecía escuchar el traqueteo de aquel misterioso carro y tras esto la imagen de ella se sobreimprimía en la luna del reloj o flotaba indefinida entre las ramas más bajas de los árboles o era su túnica que flameaba entre los hierros retorcidos del antiguo puente destruido.
El taxista aguardaba junto a la orilla con la paciencia de un veterano pescador. Toda vez que me aproximaba a él, se deshacía en gestos y ademanes. Siempre silencioso, me urgía a que me alejara del lugar.
Pronto lo ví bajar de a uno los peldaños. Con ambas manos alisaba sus escasos cabellos blancos.
Una lancha de la prefectura lanzó un triste gemido y su proa blanca emergió de la bruma. Avanzó en dirección de la costa pero a poco corrigió su rumbo y volvió a desvanecerse en la noche.
En uno de sus flancos un marinero subía y bajaba su brazo al tiempo que tiraba de una cuerda. Buscaban a alguien en el fondo del río.
Pude ver, oculto tras una columna, como ella y él seguían con los ojos el paso melancólico de la embarcación. Pude ver, también, como ella sonreía mientras hacía con sus manos un gesto que abarcaba toda la superficie de las aguas.
El, por su parte, asentía con la cabeza. Después parecieron quedar en silencio y ella apoyó su mano sobre el pecho de él. Los dedos, donde brillaba el agua, subieron por el cuello y acariciaron la mejilla del viejo. El, en tanto, rodeó con su brazo la cintura de ella. El agua lamía los pies de la pareja.
“Me habría tirado de cabeza”, había dicho.
Los ví rodar en la orilla. Primero el cuerpo de ella sobre el cuerpo de él. Después él, con los ojos fuera de órbita echando agua por la boca, agitando los brazos. Y los dientes de ella y una pierna de él. Luego sólo un borbollón y de inmediato la cabeza del viejo y un alarido que pareció erizar la noche.
Corrí entonces hacia el auto. El 38 estaba en la guantera, pero ahora cuando regrese la superficie, siempre negra y aceitosa, ahora se veía levemente teñida de rojo.
Sin tan siquiera apuntar comencé a disparar en cualquier sentido.
Algún tiempo más tarde me quitaban el revólver de las manos. Para mi fue como despertar. Allá abajo un policía trataba de alcanzar con un palo uno de los zapatos del taxista que flotaba sobre el agua, entre las piedras.
Ya amanecía cuando advertí que me llevaban tomado por los brazos. Eché una mirada al costado: ahí estaba el viejo Ford con una de sus puertas abiertas y la guantera violentada. En el suelo, desperdigados un pañuelo mugriento, un par de anteojos, una caja de balas, varios proyectiles y algunas cápsulas servidas.
Ahora, particularmente las noches de los días jueves, sin nada que hacer, sobre la pared de la celda, veo desfilar aquel extraño cortejo. En ese grupo, cabizbajo, pensativo, veo marchar al mismo viejo.



PÁGINA 7 - ENSAYO

Proceso de naturalización de la subordinación en narrativas orales kollas


Por Fanny Trainer (Rosario-Santa Fe/Argentina)

En este trabajo se plantea que la narrativa oral kolla en español -su comunicación oral y la recuperación de mensajes en contexto- es uno de los factores en la relación con el proceso de naturalización de la subordinación.
Mirar dicho vínculo -naturalización de la subordinación- desde y sobre la comunicación, es entender por tal a la transmisión de información obtenida mediante la emisión, la conducción y la recepción de mensajes. Proceso socializado en el cual tal información pasa a través del soporte lingüístico; esto implica la naturaleza del canal, dos o más interlocutores, un código y un contexto en común.
Dentro del proceso comunicativo, es fundamental el acto de habla y los comportamientos de los sujetos sociales con el uso del lenguaje, entre otras complejidades implicadas.
Desde la semiótica, todos los fenómenos culturales son fenómenos de comunicación; el acto de habla y del mensaje requiere, por lo tanto, un tipo de comprensión que se corresponde con el paradigma etnográfico o fenomenológico, posicionándose, de este modo, en la lógica cualitativa. Análisis interpretativo que se encamina hacia la significación y se dirige al sentido cuando éste se puede contextualizar (semántica y pragmática como herramientas de trabajo).
El binomio comunicación-dominio se entreteje con el poder. Para Bourdieu toda comunicación es poder. Es ésta la mirada más apropiada para el escenario aquí expuesto ya que “...las relaciones de comunicación, son siempre, inseparablemente, relaciones de poder...” (Bourdieu, 1999: 68).
Por lo tanto, si todo fenómeno cultural es comunicación mediatizada por el lenguaje con el poder, ¿se puede inferir que el universo cultural kolla se articula con los poderes? Y si la narrativa oral kolla es un fenómeno cultural ¿ella también se relaciona con el poder?, ¿de qué manera?
Un punto de partida y disparador de este trabajo es la hipótesis de Todorov sobre la derrota mexica frente al español, en la cual considera que la comunicación es un factor más que favorece a la conquista. Sostiene que en la comunicación de Moctezuma frente a Cortés los mexicas construyen discursos epistemológicos porque se preguntan proféticamente cómo hacer frente al invasor; es diferente, según el autor citado, la comunicación de Cortés, a la cual denomina praxeológica pues se cuestionaba qué hacer. En el primer caso, se confluye en la imaginación esperando la decisión de los dioses; en cambio, en el segundo, Cortés dialoga con lo real, materialidad que lo lleva a la acción.
Tal planteo despertó el interés suficiente para observar si en la actualidad sucede lo mismo al relacionar la comunicación narrativa oral kolla con el estado evidente de subordinación del sector social kolla en nuestro país. De este modo y apriorísticamente, se debe buscar en tales narrativas los procedimientos, características, estructuras y marcas sígnicas en relación con el contexto cultural y socio-histórico.
En este sentido, es interesante descubrir si en la comunicación narrativa oral kolla existen marcas sígnicas que den cuenta de la aceptación de la subordinación que padece hoy el sujeto kolla y aun sectores de su mestizaje -étnico-cultural y social; tipo de comunicación que implica la vinculación entre el contexto, el significado y el sentido construido en base a las adivinaciones “proféticas” -como sostiene Todorov según explicamos más arriba- que se expresan en y por sus narrativas orales. ¿De qué modo -entonces- se naturaliza el proceso de subordinación de los sujetos usuarios y constructores de dicha narrativa?
Los estudios morfológicos de Vladimir Propp, con los cuales se inician los trabajos de semántica estructural, centran el interés en la búsqueda de ritos y mitos antiguos en el cuento maravilloso. Si bien no es ésa la búsqueda que aquí se plantea, es factible ocuparse de diferenciar los elementos constantes de los irregulares en la narrativa oral kolla. Propp sostiene que lo constante son las funciones ya que son éstas las que dan cuenta de los propósitos de la acción en el interior del relato. En este trabajo no es, desde ya, posible enfrentar un estudio como el realizado por dicho autor, quien llegó a descubrir en las profundidades del cuento maravilloso 31 funciones, evidenciando una obra científica de gran envergadura, pero sí se puede intentar la búsqueda de significación y sentido -marcas sígnicas- que pueden funcionar como parte de la estructura de la narrativa kolla en el corpus de sostén, por ejemplo, la leyenda de la Difunta Correa y el mito del Curquirquinchu. Ambos relatos son estudiados en otros trabajos de investigación.
De modo que estudiar la narrativa oral kolla es descubrir funciones por medio de los elementos constantes para abordar los elementos subordinantes en la recuperación del mensaje, ya que es dado observar en el plano de la expresión, que la comunicación oral kolla tiene aspectos que deben ser estudiados desde la pragmática (inferencias e implícitos) para recuperar sentidos.
Se puede proponer como hipótesis lo siguiente: los procedimientos y marcas sígnicas que se encuentran en las narraciones orales kollas favorecen el proceso de naturalización de la subordinación.
El contacto con la cultura kolla y literatura oral en contexto permite observar la aceptación de la subordinación –subalternidad- como natural frente a la cultura hegemónica. Esto implica el peso que ejerce el dominio cultural, cuyo efecto se manifiesta, en los sujetos, en el hecho de asumir como propia una identidad sociocultural de aceptación de la superioridad de lo hegemónico; dominio que se extiende a la vida cotidiana.
¿Qué papel desempeñan las literaturas orales como comunicación y como narrativa en dicha aceptación de subordinación?, ¿por qué se acepta ser un sujeto subordinado?, ¿se tiene mentalizado ese proceso?, ¿algunos?, ¿quiénes?, ¿artistas, intelectuales, científicos, políticos, dentro de los sujetos kollas y su mestizaje?
Son múltiples los factores que confluyen para que se dé el proceso de subordinación: pobreza, ruptura de identidad, pérdida de la memoria histórica, baja autoestima, marginalización del sujeto histórico, segregación socioeconómica y una cosmogonía en muchos casos metafísica; es decir factores del sistema material y simbólico. Es relevante enfocarse en las marcas sígnicas; es factible la explicación del funcionamiento de la comunicación y la narrativa en forma de relatos orales (leyenda de La Difunta Correa y mito del Curquirquinchu) con respecto a la subordinación de sus usuarios frente al sistema cultural dominante.
¿De qué manera se vinculan la comunicación y la narrativa oral kolla con la hegemonía dominante?
¿Cómo se articula la narrativa oral kolla con el proceso de naturalización de la subordinación?
Por lo tanto, descubriendo las estructuras narrativas, sus funciones, se puede reconstruir el sentido del mensaje recuperándolo por medio de inferencias e implícitos.

Narratología popular y mito
Dennis Mumby (En: Contursi, M.E. y Ferro, F., 2000:100-101) sostiene que la narratología es una construcción que permite estructurar la inteligibilidad del mundo y, en su dimensión comunicativa, es una práctica simbólica que se adquiere en un contexto social determinado, mientras que también construye ese contexto social como espacio de sentido en el que están involucrados los sujetos. “En su dimensión simbólica, tiende a naturalizar y, por lo tanto, a legitimar esa generación y ese uso (o, desde otra perspectiva, esa producción y reproducción) de poder”. (Dennis Mumby: ibidem).
Las narrativas populares pueden permitir desocultar las significaciones de las culturas, siendo factible su estudio no sólo como productora de conocimiento sino de sentidos y, por lo tanto, de culturas en la cotidianidad.
Mieke Bal (En: Contursi, M.E. y Ferro, F., 2000:12) restringe la narración al lenguaje verbal aunque -como sostienen Contursi y Ferro- se la puede ampliar a otros lenguajes como por ejemplo el cine.
Si la narración está ligada a la noción de tiempo y su transcurrir, como también a la acción de actores (que producen y sufren cambios), tanto la leyenda de Deolinda Correa como el mito del Curquirquinchu son narraciones del lenguaje verbal.
Roland Barthes (En: Contursi, M.E. y Ferro, F., 2000:14) destaca el carácter dominante de la narrativa; sostiene que los relatos existen en todos los pueblos y son internacionales. El Curquirquinchu es un relato internacional, según esta categorización de Barthes, ya que aparece en Argentina y en otros países de América Latina como Chile, Colombia, Ecuador, Venezuela y Perú; también es transhistórico porque hasta donde se lo pudo rastrear, el personaje es un duende precolombino y transcultural pues –en el caso de la lengua- hoy traspasa desde el quechua y sus variaciones dialectales, hasta el español y sus diferencias idiomáticas propias de las distintas regiones en América Latina. No se puede afirmar que tenga la categoría de universal pero se aproxima a estas categorizaciones como relato quechua-transversalizado con diferentes culturas (las subordinantes versus dominantes) e interactuando con otra lengua. Pertenece al universo de los duendes del sol que circulan en distintas provincias de nuestro país, como la Solapa, el Pombero, el Yasí Yateré, el Hombre de la Bolsa, etc.
Jack Goody pone en duda la posición de Barthes cuando sostiene que en África no existen relatos como los registrados en el sudoeste de EE.UU. y en algunos pueblos europeos, lo cual mostraría que la narración no se usa del mismo modo y con los mismos valores. (En: Contursi, M.E. y Ferro, F. 2000:15).
Son muchas las escuelas y los autores que se han ocupado de estudiar la narración desde una gran diversidad de puntos de vista, por ejemplo, Jerome Bruner quien enfoca el estudio desde la perspectiva de la psicología cognitiva; otros son Aníbal Ford, Mijail Bajtin, Jean Michel Adam, Van Dijk, Emile Benveniste, Genette, Paul Ricoeur, Greimas, entre tantos que, con diferentes miradas, han trabajado esta temática, alcanzando cada vez mayores explicaciones científicas.
El enfoque aquí propuesto se justifica pues puede brindar a los sujetos -que sienten como parte de sus propias vidas algunas narrativas orales y que circulan con antifaz de inocencia pero que, en realidad, son signos portadores de subordinación- la posibilidad hacer visible el propósito no explícito de naturalizar la cultura hegemónica como la única relevante. No es dado afirmar que todos los textos que conforman el campo de la literatura popular -oralidad kolla- participan de tales características ya que en los discursos orales kollas existe también la “belleza primordial” y “refinada” de coplas poéticas, colectivizadas y socializadas entre todos los usuarios de un mismo contexto cultural y social. Son, asimismo, reducto de resistencia e identidad del grupo. Contradicción que no debe ser dejada de lado en posteriores investigaciones.
La lectura de Tzvetan Todorov y su tesis sobre la derrota de los mexicas frente a Cortés, es un elemento disparador que lleva a la reflexión y a la posibilidad de analogar su teoría con la inquietud sobre la comunicación oral kolla y su narrativa, relacionándola en la actualidad con el proceso de naturalización de la subordinación de los productores y reproductores de relatos del universo literario popular.
El tema, motivo de este trabajo, tiene su origen en distintos estudios previos; son investigaciones sobre la problemática de la cultura verbal y la narrativa andina. Dichos trabajos abarcan desde la recopilación de relatos orales llevada a cabo en el noroeste argentino, Bolivia y Perú desde la década del 80 hasta su sistematización en propuestas de metodologías para su abordaje.
Los antecedentes del trabajo empírico y teórico se encuentran publicados en periódicos, revistas especializadas y socializados en congresos. Desde ese espacio es que se intenta una mirada diferente: articular la comunicación verbal –narrativa oral- con la subordinación de los discursos kollas.

Antecedentes sobre el tema
“En el intento de comprender la multiplicidad de relaciones que problematizan los vínculos entre la cultura verbal con la aceptación del dominio de los pueblos originarios, me parece importante extender la mirada a los orígenes históricos de la cultura verbal mexica para desde allí partir en desgranadas inferencias hacia la cultura verbal del pueblo kolla.”
Las proposiciones de Michel Foucault son fundamentos teóricos que permiten comprender el espacio simbólico de las construcciones verbales de la literatura popular. Foucault (1984) sostiene que, a la hora de significar un discurso, es importante tener en cuenta lo que el historiador deja al margen. Es relevante tanto lo que dice como lo que excluye. El método arqueológico de Foucault posibilita el acercamiento a la “exclusión”: dilemas que obturan una acción liberadora.
Los aportes de Pierre Bourdieu sobre la consideración de que toda comunicación se vincula con el poder y de Roland Barthes con respecto a la multiplicidad de poderes permiten profundizar la vinculación entre diferentes formas de dominio.
La narrativa oral es abordada desde investigaciones, entre otras, como “Literatura oral, educación e identidad”(Trainer, F. 1998) , “Literatura oral y crítica literaria” (Trainer, F. 1998), “El poder de la palabra en la literatura oral”(Trainer, F. 2001). Problemáticas vinculadas a esta propuesta de trabajo.
En sus trabajos, José Tamarit se interroga sobre la hegemonía y el vínculo de ésta con la dominación.
Jesús Martín Barbero (1978: 50-51) al estudiar el proceso de dominación y su relación con el discurso, se refiere “al silencio” al que históricamente son condenados los sectores oprimidos. Considera que el acontecimiento no se puede explicar por palabras como tampoco reducir la comunicación a lenguaje ni la historia reducirla a discurso sino “... leer el discurso como acontecimiento” pues sólo desde allí se puede plantear con un mínimo de rigor histórico, el proceso de dominación que viene del monopolio de la palabra, la gestación de esa “cultura del silencio” que ya Martí denunciaba en Nuestra América...”. La palabra oculta en el silencio de la literatura oral, en muchos casos, pierde poder frente a la palabra explicitada de las culturas hegemónicas. ¿Parece ser... que el hombre acepta como natural el dominio de los grupos que quieren imponer su voluntad ejercitando el poder de la palabra?
Para Tzvetan Todorov, el discurso de los mexicas es de carácter epistemológico. Buscan cómo saber a través de las profecías y no qué hacer frente a los hechos reales y ciertos de la presencia española en sus tierras. Al ser aquélla una comunicación que encuentra respuestas en los dioses, se descontextualiza del mundo real. “...el individuo no construye su porvenir, sino que éste se revela; de ahí el papel del calendario, los presagios, de los augurios”. (Todorov, T. 1997: 75). Por el contrario, el discurso de Cortés se contextualiza en el diálogo “con la naturaleza y con los hombres” (Todorov, T. ibidem) en donde encuentra las respuestas sobre qué hacer, construyendo un discurso praxeológico.
En su tesis, Todorov sostiene que ambos discursos, el de Cortés y el de los mexicas, son factores–desde la comunicación- del triunfo de la conquista española.
El discurso, como una emisión lingüística de significación y sentido, depende de un sistema comunicativo en el cual se produce.
Para Marín (1998: 61) es necesario en el análisis incluir el campo social, cultural e histórico; por lo tanto, se debe dimensionar también lo social y lo ideológico.
No circulan estudios sistemáticos y específicos sobre la literatura oral kolla; sí, en cambio, se puede acceder a recopilaciones que se realizan desde la antropología, donde se reescriben y traducen relatos orales. Es difícil acceder a una bibliografía que estudie la literatura oral kolla desde su propia inmanencia; existen intentos pero no se encuentran socializados en congresos ni en bibliotecas públicas.

Literatura oral kolla como soporte ideológico
A la literatura oral no es posible englobarla como un género específico y delimitado, en cambio, resulta más evidente para nuestro estudio la perspectiva de Bourdieu (1999: 68-69) con respecto a la comunicación: “...las relaciones de comunicación son siempre inseparablemente, relaciones de poder que dependen en forma y contenido, del poder material o simbólico acumulado por los agentes (o las instituciones) comprometidas en esas relaciones y que como el don o el potlatch, pueden permitir acumular poder simbólico”. Es desde este espacio que hablo de comunicación verbal y su vinculación con la subordinación.
Pensar la subordinación es también pensar el dominio; ¿dominio y hegemonía se articulan? Sostiene José Tamarit (1990: 65) que la hegemonía remite al movimiento de la sociedad en cuanto a su acción y efecto sobre los individuos “....internalización de valores, normas, actitudes, representaciones del mundo, etc... resultado previsible de una situación concreta de dominación social”.
¿Cómo funciona, entonces, ese corpus de valores, creencias, actitudes, representaciones del mundo, en el campo de la literatura oral?¿Cuál es el efecto ideológico y social en el sujeto kolla?
“Se trata de una concepción del mundo y de la vida, de los hombres y sus relaciones. No en el sentido de un sistema articulado de proposiciones que pretenda dar cuenta de la realidad...sino como aquello que experimentamos a lo largo de nuestra vida. Desde el punto de vista de su acción sobre el individuo, la hegemonía es un proceso que recorre toda la vida y se inicia con nuestro nacimiento; nos presenta un mundo como el único posible, tanto en el plano material como en las representaciones (...). Desde el punto de vista del movimiento general de la sociedad, la hegemonía consiste en el logro y mantenimiento del consenso activo de las clases subalternas en pos de un proyecto “nacional”(es decir, en beneficio de “toda” la nación, de “todo” el pueblo, etc.).” (Tamarit, J. 1990: 66).

La hegemonía se conforma a través de la ideología. Es la que hace pensar y actuar de una determinada manera. Es un proceso que lleva a instalarse en una determinada visión para producir una conducta.

Si esto es así, la conducta de subordinación tiene que ver con el transporte sígnico e ideológico de subordinación.
Es decir, la narrativa kolla en el corpus: la leyenda de Deolinda Correa y el mito de Curquirquinchu ¿funcionan como soporte de ideología hegemónica? ¿Tienen como finalidad accionar y naturalizar la subordinación frente a la hegemonía o poderes establecidos?
La preocupación principal es saber de qué manera la comunicación y la narrativa oral kolla favorecen el proceso de naturalización de la subordinación.
Los múltiples relatos registrados tienen un discurso narrativo común que, como explica Eco (Contursi y Ferro, 2000: 36) se trata de la fábula y la trama. Para este autor, fábula y trama no serían cuestiones de lenguaje sino que pueden ser traducibles a otros sistemas semióticos. De acuerdo con esto, el discurso narrativo de la Difunta Correa y el Curquirquinchu se pueden expresar de maneras diversas según los diferentes hablantes.
Con respecto a la leyenda de la Difunta Correa, lo común en las distintas versiones es que se justifica un “buen viaje”, sin inconvenientes, si se la invoca o si al pasar por uno de sus altares se le deja una botella de agua ya que Deolinda Correa histórica murió de sed. En un diálogo epistemológico, en términos de Todorov, se busca una solución mágica. La respuesta praxeológica –qué hacer- es controlar el camión, revisarlo antes de emprender el viaje, (la mayoría de las personas que actúan y sienten de esa manera son camioneros) y provistos de agua para beber y para el vehículo, sobre todo por las largas distancias que se deben recorrer sin encontrar agua potable o talleres mecánicos para solucionar algún problema.
Lo mismo sucede con los relatos del mito del Curquirquinchu. Las variaciones en las diferentes narraciones recogidas son mínimas, de modo que se trata de uno de los duendes del sol – duende petiso y sombrerudo, con una mano de lana y otra de plomo. Con este mito se explican los hurtos que se suceden en una casa, impidiendo de este modo que se haga una investigación sobre el mismo, ya que “mágicamente”los objetos desaparecen porque “el duende se los llevó”, quedando libre de culpa y cargo el verdadero responsable. Con estas narraciones-comunicaciones, se oscurecen los hechos.

Impacto de la propuesta
Lograr una mirada más global del proceso de construcción de la narrativa oral kolla, su funcionamiento como bisagra, y su posible articulación con la cultura hegemónica.
La contradicción se encuentra en que, dentro de la comunicación y narrativa oral, por un lado se intentan discursos epistemológicos y descontextualizados y, por el otro, se ejerce la palabra. En los dos polos de la contradicción, se debe balancear también el peso del silencio ya que el poder también está en la palabra.
Hoy existen movimientos sociales y políticos que se enfrentan y luchan contra el sistema dominante –movimiento indígena regional y latinoamericano en sus diferentes corrientes, luchas populares reivindicatorias de variados signos políticos pero que confluyen en la conciencia de su historia y de su futuro como sociedades pluriculturales insertas en distintas regiones-; por este motivo es que este tipo de perspectiva metodológica puede ser un aporte en el plano de las culturas populares coincidentes con las luchas arriba mencionadas. Sabiendo de qué manera funcionan algunas comunicaciones y narrativas orales subordinantes, es posible revertirlas en sentido contrario.

PÁGINA 8 - CUENTO

Los rastros de lo que era


Por María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral-Córdoba/Argentina)

Donde hay hielo, hay frescor para dos.
Para dos: por eso te hice venir.
Paul Celan


Con el ruido de los ómnibus, le llega desde la calle la transmisión de un partido de fútbol y entonces descubre -antes no lo había notado- que todos los que están en el Savoy son hombres. No sabe por qué se ha metido en ese bar que en otro tiempo frecuentaba, tal vez porque está próximo a la terminal, y porque ahí sobre la cortada, parece un sitio a resguardo. En otra mesa, borracho, alguien duerme y su baba moja la fórmica; los ventiladores no espantan el calor, tampoco las moscas.
Se ha dicho cien veces que no tiene ni tendrá miedo y, aunque ocho años fuera del país han borrado las direcciones de los amigos que tenía en la ciudad, la invade la impresión de estar esperando a alguien. Todavía en Roissy, cuando despegaban, no pudo detener el impulso de revisar la agenda, pero enseguida comprobó que ninguno de los amigos de aquella época había resistido la poda de los años.
Hasta el momento de subir al avión, Antoine le había pedido que se quedara. Lo había hecho a su modo, con la angustia de quien presiente una catástrofe; incluso le había pedido a sus amigos -los únicos que tenían en Grenoble- que la convencieran. Pero ella no podía dejarse convencer, no esta vez. Por años había deseado volver, con un deseo animal, intenso como el miedo; incluso en alguna ocasión había avanzado hasta Air France -hasta la reserva del vuelo- y después dado marcha atrás con la ayuda de su marido, que la cuidaba más de lo que se cuidaba ella misma. Antoine era un hombre de una bondad tan extrema que ella no creía que ninguna mujer pudiera dejar de quererlo. Esa fue la impresión que tuvo desde el fin de semana en que lo conoció, cuando Iris era una recién llegada -poco después de todo aquello- y él trabajaba en ese grupo de apoyo. Lo primero que se le ocurrió pensar entonces -cuando se lo contaba reían los dos hasta llorar- fue que parecía un predicador, un Testigo de Jehová de ésos que pasaban por su casa los domingos cuando ella era una niña y a los que su padre echaba de un portazo; o un mormón, porque Antoine era así de rubio y de limpio siempre. Pero con los años había comprendido que sólo se trataba de un hombre bueno y que esa bondad le había devuelto una vida blanca, impecable, como la camisa de un mormón.
Antoine la amaba pero ella no sabía por qué su amor le llegaba a veces como un ahogo; nunca se lo había dicho porque él no hubiera comprendido y ella temía -con un gesto, con una palabra que se le escapara- echarlo todo a perder. Siempre había bastado un pedido suyo para que él estuviera pendiente, dispuesto; así habían hecho aquel viaje por las islas griegas y el otro a Fez con el que Iris había soñado durante años. Para no tener más amigos que ella que los había perdido a todos, Antoine fue abandonando poco a poco a sus amigos franceses y se quedaron sólo con Chela y Michel. Ahora que lo pensaba, ella comprendía que -por amor- Antoine le había concedido todo, que estaba siempre dispuesto a satisfacer sus deseos, todos los deseos excepto el de regresar.
Cada vez que Iris hablaba de regresar, Antoine entraba en pánico, tanto que ella llegó a pensar que había algo más que deseos de cuidarla en ese pánico. Iris no sabía qué sentido tenía regresar, sólo comprendía oscuramente que iba a suceder, como había pasado con la fuga, largamente planificada. Las otras veces se había dejado convencer, pero ahora no. Acaso fuera, se dijo, porque tenía a su madre muriéndose, aunque la madre no se enterara de nada porque estaba en una cama, inconsciente desde hacía años, tirada, muerta en vida; cómo explicarle a Antoine que lo mismo quiere verla. Cree que por eso ha regresado, para ver lo que fue alguna vez el cuerpo de su madre y ahora es esa cosa en una cama; pero no lo sabe con certeza.
Ella necesitaba volver y eso es algo que Antoine nunca entenderá. A veces piensa que la vida es muy sencilla para los que se han trazado un camino sin vueltas, pero qué decir de los que se vieron obligados a buscar atajos, a perderse en callejones oscuros. Antoine no sabe de estas cosas y ella -aunque quisiera- no podría explicarle nada. Sólo con Chela hablaba de su deseo de volver, porque ella era también una extraña en Francia; sin embargo Chela le había dicho que lo pensara bien, que era peligroso.
Desde hacía años, Iris no pensaba en otra cosa. Lo había hecho primero con horror, a espaldas de Antoine, sin confesar a nadie esos sentimientos que habían ido creciendo, ramificándose en cada carta, temida primero y después -no sabía ella por qué razón- esperada. Los seres humanos nos conocemos poco, le dijo a Antoine una tarde que caminaban por las afueras de Grenoble hablando, como todos entonces, de los asesinatos en serie de un comerciante de Lyon.
En Pajas Blancas compró el diario y lo fue leyendo en el taxi que la llevaba hasta la terminal. En su país, más que en ninguna otra parte, los titulares le parecieron risibles: cientos de hombres respetables no eran más que asesinos y ahora iban a juzgarlos porque habían hecho cosas que impresionaban a la gente; no a ella, claro, pero sí a gente como Antoine.
El mozo trae una botella de agua mineral. Ella le ve bajo la axila una aureola y siente asco; también por la rejilla grasienta y la mesa con quemaduras. Después escucha unos pasos y recuerda el ruido de botas que venían por los corredores hace tiempo, y también el sudor helado que le brotaba con sólo oírlo.
Aunque no es más que una palabra lo que ese hombre dice a sus espaldas, Iris lo reconoce: ha seguido oyendo en sueños esa voz y la reconocería donde fuera. Además, Antoine le ha dicho que dormida repite con insistencia un nombre y ella sabe que es ese nombre. Todavía no le ha visto la cara, ni necesita vérsela, cuando siente su contacto -es sólo la presión de unos dedos sobre la espalda- y percibe, como antes, el escalofrío. Después él se sienta y por sobre la mesa extiende una mano y roza la suya.
Sólo más tarde, cuando lo que sucedía dejó de ser el espejismo que era en esa siesta de enero, ella intentó sacar la mano; pero él la retuvo por un dedo, uno solo, el meñique. Iris imaginó que él hacía fuerza hasta arrancarle el dedo y que ella finalmente lograba desasirse y se marchaba con la mano sangrando. Él avanza hacia la palma y luego por el brazo hacia arriba, por la piel desnuda. Iris espanta por inútiles las imágenes que se le cruzan: quisiera borrar sobre todo el deseo que, contra toda lógica, ha sentido, y el día y la hora en que él la vio y la eligió entre todas; pero sabe que suprimir ese momento implicaría suprimir toda la vida y se interna en caminos no recorridos, callejones sin salida que acaban en nada. Él dijo algo, la nombró, pero no por su nombre sino por el modo en que solía llamarla entonces, cuando era suya; violentaba la voz de una forma que los años no habían borrado, con tanta fuerza que los de la mesa de enfrente se volvieron a mirarlo.
Iris mira por la ventana, hacia la avenida: ve pasar los ómnibus, sabe que pronto pasará el suyo. Él sacó los cigarrillos y le ofreció uno, pero ella ya no fuma; después, se abrió el saco para buscar en el bolsillo de adentro el encendedor y ella vio, contra la tela de hilo color crema, un Dupont esmaltado en azul que conoce bien. Él encendió su Marlboro, dio unas pitadas y con el humo avivó la brasa; entonces ella supo lo que iba a venir y se miró el brazo, los pelos oscuros. Sabe que la brasa llegará a la carne -que él lo hace muy bien- y se dispone a soportar lo que viene para no darle con el gusto de que la vea como otras veces; pero él se detuvo antes -un poco antes- y ya no avanzó. Más que el dolor, la paralizan los recuerdos que tiene almacenados y no puede desechar. Si le fuera posible suprimir la memoria, acabarían de un soplo no sólo los horrores pasados sino los que vendrán; pero no puede. Sintió el calor, la brasa chamuscándola, la catinga de los pelos quemándose. Ella ha olido la carne quemada, y eso no es algo que pueda olvidarse. Sin embargo, no intentó retirar el brazo. Pasaron por su cabeza cuerpos marcados: la habían obligado a mirar esas cosas y ahora ella no podía borrárselas; la obligaron y entonces todo eso no dejó de suceder adentro de ella mientras viajaba a Fez, daba clases de español o hacía el amor con Antoine. También ahora escuchó los gritos -nunca se habían callado esos gritos-, unos sobre otros se mezclaban con sus quejidos.
Se le cruzó otra vez su madre muriéndose y supo que ya no iría a verla. Midió las horas que la separaban del momento en que quedaría para siempre despojada de toda raíz; calculó también la distancia hasta la puerta y hasta el hombre que despachaba tras la barra, imaginó una maniobra y supo que ni un milagro alteraría el ritmo de las cosas. Él nombró el sitio donde la guardaba por aquellos años -el campo donde la chuparon y después la casa- y le recordó lo que ella había hecho a cambio de promesas que la mantuvieron viva. En esa casa, ella se había acostado con él sin olvidar quién era ni lo que hacía, ni tampoco lo que había hecho con ella, ni hasta qué extremo la había sometido. Esto era algo que Antoine no comprendía porque -ahora lo sabe- para su madre, para Antoine, para sus compañeros, para ella misma, era imposible comprender que había dicho que sí, que había estado con él y había hecho aquellas cosas que hizo para seguir viva.
Lo escuchó preguntar si recibía las cartas y los regalos que le mandaba, pero no quiso contestar. Le miró las manos, los dedos largos, el anillo de sello con las iniciales, y después, desde la ventana del bar, vio que por la avenida bajaba su ómnibus. El preguntó nuevamente por las cartas, por las que desde hacía años le mandaba y que -sin que ella supiera cómo- habían llegado regularmente a todas las casas de todas las ciudades donde había vivido; apretándole el brazo preguntaba, hasta que Iris asintió.
Tenía los ojos vacíos, la mirada en algún punto lejos, cuando levantó la mano hasta la cara del hombre y con un dedo le dibujó la boca. Después se largó a llorar sin importarle que la viera así, repitiendo que por qué a ella, que por qué la había elegido a ella. Echada sobre la mesa, mojando con sus lágrimas la fórmica como el borracho que dormía un poco más allá, Iris repitió esa frase hasta perder las fuerzas, mientras él le acariciaba el pelo. Bajo la caricia, ella temblaba, empapada en sudor.

PÁGINA 9 – ENSAYO

La voz de Gelman


Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires/Argentina)

No es usual, por desdicha, que algún libro de un poeta argentino contemporáneo llegue a ser publicado hoy por una gran editorial. Y, mucho menos aún, que no se trate de algún título aislado sino de la reedición de prácticamente todo el conjunto de su obra. Hay quien dirá que, en el caso que ahora nos ocupa, ello se debe quizá al hecho de haber llegado a convertirse en hombre público, y que los avatares de su historia personal (por otro lado tan entreverados con la historia de todos) han venido a convertirse en algo así como una caja de resonancia para su poesía.
Y si bien es verdad que, ya desde su mismísimo primer título: Violín y otras cuestiones (1956), su innegable lirismo surge ineludiblemente confundido con sus nada conformistas opiniones políticas y sociales, también es cierto que desde allí mismo comienza a hacerse acaso patente la mutua honestidad que ya lo constituye desde entonces y que no le iba a permitir convertirse para nada, en absoluto, apenas en un módico transmisor de consignas.
Esa tensión, fecunda como tantas otras, entre su doble fidelidad a la poesía y a sus ideas, no se ha manifestado apenas en lo superficial, en lo aparente, en el concepto y, por tratarse de un escritor de raza, se ha trasladado como aliento vivo al cuerpo mismo de su propia escritura, la cuestiona y la sostiene, la inquieta y la alimenta. Y si una prueba de fondo de su autenticidad en tal sentido la manifiesta su absoluta imposibilidad, casi visceral, orgánica, para aprovechar su propia historia, en tantos sentidos trágica, como muchos otros tan diferentes de él manejan hoy sus relaciones públicas o su marketing, si todo nos asegura que la resonancia obtenida ha sido totalmente espontánea, inocente, fruto maduro de las circunstancias y nunca de su voluntad, hay otra prueba más reciente en el mismo sentido. Y es el hecho de que su propia escritura haya ido ahondando legítimamente su experiencia, en el sentido de lo raigalmente humano e incluso metafísico pero, como debe ser, por el libre fluir de su propia espontaneidad creadora, sin artimañas ni dobles intenciones.
Quiero decir que en el merecido éxito de Gelman como poeta, que ha de incluir probablemente también sus vicisitudes de hombres público, que allí se entremezclan en gran medida, el hecho de que él mismo haya ido abandonando ciertas temáticas demasiado evidentes para profundizar en otros sentidos, tal vez menos redituables desde el punto de vista del negocio editorial, no me parece sino otra prueba de aquella doble honestidad a que antes hacía referencia. Y que lo digan si no esos dos libros ejemplares, en ese y otros sentidos, que son Dibaxu (1994) e Incompletamente (1997).
Por ejemplo, en el volumen que hoy consideramos: Interrupciones 1 (Seix Barral, Buenos Aires, 1997), donde se reúnen otros siete libros que van desde 1971 hasta 1980, es decir signados en la mayor parte por su exilio, si en gran medida su estilo continúa aquí diferenciándose no sólo por su peculiar construcción, por su nada demagógico abandono de las mayúsculas y de los signos de puntuación tanto como por su particular escandido, de riquísima, escasamente populista y conmovedora entonación, se vuelve también significativo en ambas direcciones por la absoluta preponderancia de las preguntas (¿de los cuestionamientos quizás?), temblorosas y tocantes, antes que por las afirmaciones. Y aquellas honduras desprendidas de lo anecdótico comienzan a aparecer, en forma natural, casi desde antes de la mitad de este volumen, para confluir en una profunda elaboración de impensadas referencias, sin embargo a la postre claramente comprensibles, que van desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz hasta Homero Manzi o Gardel y Lepera, que afinan y ahondan su expresión también en lo que podríamos llamar formal, ya que, si bien sostenida siempre por el mismo aliento poético, va dando lugar casi instintivamente a la emergencia de formas clásicas del lirismo de nuestra lengua, a veces sólo barruntadas o rozadas, aunque por supuesto animadas por la entereza y la originalidad de siempre.
Es que, me animaría a sugerir, si hubo alguno de aquellos primeros momentos en que pudo hablarse de la hasta lógica presencia de alguien como César Vallejo en el desarrollo de su obra, en el ejemplo humano y poético del gran poeta peruano que no podía, vistas sus peculiares inquietudes, dejar de seducirlo y atraparlo primero por su sonoridad y su contacto, exteriores, de piel, hoy bien podríamos decir que ya se han abandonado aquí todas estas y otras superficies para ahondar en el meollo esencial de la existencia y del lenguaje que, también, por otro lado, es el Vallejo esencial cuando logramos adentrarnos en lo pleno de su vivencia, en lo que nos contagia antes que en lo que apenas logra transmitirnos. Inocente, como él, y aunque no se lo proponga, por propia deriva de su ser, de todo lo que no sea lirismo esencial, vida y muerte desnudas, Juan Gelman logra también contagiarnos su vivencia, su evidencia, incluso más allá de que a cada lector le toque coincidir o no, total o parcialmente, con sus opiniones.

PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Silvia Loustau (Mar del Plata-Buenos Aires/Argentina)

syllous@yahoo.com.ar
www.silvialoustau.blogspot.com

VIII

ha mirado la luna
preñada de lluvia
como una copa de plata.
ha navegado
sobre el paraíso del dolor
custodiada por dos leones :
ayer y mañana.
ha caminado
sobre las cicatrices de la pasión /
bebido agua del cristal
de la infancia
y soñado con la blanca esencia
del renacer.

IX

solitaria
se ha dirigido al lecho
ha encendido el fuego
de una blanca vela.
su espíritu es un pájaro incansable
que busca y se busca
a si mismo
y presiente
que el perfume del incienso
no es la eternidad.

XXIII

silencio
crepita una canción
ve
el refugio del unicornio
donde brota el agua.
siente
un soplo de luz
iluminando sus huesos
y en las arenas de la luna
adivina
la agreste corona
que perdió el druida.

III

ha venido a transitar el tiempo
ha conocer los dioses.
en el silencio
adivina las presencias.
en sus manos la luz
tiembla /
y tiembla ante el poder
de las ausencias /
cuando
debe encender el fuego
para iluminar
el camino .

PÁGINA 11 - CUENTO

Viejo oficio


Por Orlando Van Bredam (El Colorado-Formosa/Argentina)

Todas las noches, la joven prostituta muerta sale de su tumba y se ofrece en una esquina cercana al cementerio. Regresa cuando escucha el primer gallo. Algunas veces, satisfecha por lo obtenido; otras, decepcionada. Es tan duro ganarse la eternidad.



PÁGINA 12 – ENSAYO

El nombre de América Latina


Aún considerando América Latina como una prolongación de Occidente, sus nombres y sus identidades han estado, desde mediados del siglo XIX, en función de una negación

Por Jorge Majfud (Tacuarembó/Uruguay)

El componente escencialista de la antigua búsqueda de la identidad como parte de diferentes proyectos nacionalistas —y que ocupó tanto tiempo a intelectuales como Octavio Paz—, no ha desaparecido completamente o se ha transmutado en una relación comercial de signos en lucha, en un nuevo contexto global. Y como siempre, la realidad es un subproducto de equívocos de sus propias representaciones. ¿Qué significa "latino"? Por años, el latinoamericano típico —que es otra forma de decir "el latinoamericano estereotípico"— fue representado por el indígena de origen azteca, maya, inca o quechua, que conservaba sus tradiciones ancestrales mezclándolas con los ritos católicos.
Lo que tenían en común estos pueblos era la lengua castellana y la violencia común de la colonización. Sin embargo, todos, a los ojos europeos, norteamericanos e, incluso, ante sus propios ojos, eran definidos monolíticamente como "latinoamericanos". A los habitantes de la región del Río de la Plata se los llamaba, por parte de los anglosajones, "los europeos del Sur".
Si volvemos a la etimología de la palabra latina, veremos una fuerte contradicción en esta identificación anterior: ninguna de las culturas indígenas que encontraron los españoles en el nuevo continente tenían algo de "latino". Por el contrario, otras regiones más al sur carecían de este componente étnico y cultural. En su casi totalidad, su población y su cultura procedía de Italia, de Francia, de España y de Portugal.
En Valiente mundo nuevo, Carlos Fuentes nos dice: "Lo primero es que somos un continente multirracial y policultural. De ahí que a lo largo de este libro no se emplee la denominación 'América Latina', inventada por los franceses en el siglo XIX para incluirse en el conjunto americano, sino la descripción más completa Indo-Afro-Ibero-América. Pero en todo caso, el componente indio y africano está presente, implícito".
A esta objeción del ensayista mexicano, Koen de Munter responde con la misma piedra, observando que el discurso indigenista ha pasado a ser una moda, siempre y cuando se refiera a la defensa de pequeños grupos, políticamente inofensivos, folklóricos, de forma de olvidar las grandes masas que migran a las ciudades y se mimetizan en una especie de mestizaje obligatorio. Este mestizaje, en países como México, sería sólo la metáfora central de un proyecto nacional, principalmente desde los años noventa.
Fuentes, que sostiene que afortunadamente fuimos una colonia española y no inglesa, lo que permitió un "mestizaje" en el continente. Pero Koen de Munter entiende este tipo de discurso como parte una demagogia "hispanófila", de una "ideología del mestizaje" por la cual se soslayan las condiciones inaceptables de la actual realidad latinoamericana. Según el mismo autor, la hispanofilia de estos intelectuales no les permite recordar el racismo colonial de la España que luchó contra moros y judíos al tiempo que se abría camino en el nuevo continente. En resumen, más que mestizaje deberíamos hablar de una "multiple violation".
Al parecer porque el término propuesto era demasiado largo, Carlos Fuentes se decide por usar "Iberoamérica", siendo éste, a mi juicio, mucho más restrictivo que el propuesto "interesadamente" por los franceses, ya que se excluye no sólo a las oleadas de inmigración francesa en el Cono Sur y en otras regiones del continente en cuestión, sino a otros inmigrantes aún más numerosos y tan latinos como los pueblos ibéricos, como lo fueron los italianos. Bastaría con recordar que a finales del siglo XIX el ochenta por ciento de la población de Buenos Aires era italiana, motivo por el cual alguien definió a los argentinos —procediendo con otra generalización— como "italianos que hablan español".
Por otra parte, la idea de incluir en una sola denominación el componente indígena ("Indo") junto con el nombre "América" nos sugiere que son dos cosas distintas. Semejante, es la suerte de la pudorosa y "políticamente correcta" referencia racial "afroamericano" para referirse a un norteamericano de piel oscura que tiene tanto de africano como Clint Eastwood o Kim Basinger. Podríamos pensar que los pueblos indígenas son los que más derecho tienen a revindicar la denominación de "americanos", pero se ha colonizado el término como se colonizó la tierra, el espacio físico y cultural.
Incluso cuando hoy en día decimos "americano" nos referimos a una única nacionalidad: la estadounidense. Para el significado de este término, tan importante es la definición de lo que significa como de lo que no significa. Y esta definición de las fronteras semánticas no deriva simplemente de su etimología sino de una disputa semántica en la cual ha vencido la exclusión de aquello que no es estadounidense. Un cubano o un brasileño podrán argumentar fatigosamente sobre las razones por las cuales se les debe llamar a ellos también "americanos", pero la redefinición de este término no se establece por la voluntad intelectual de algunos sino por la fuerza de una tradición cultural e intercultural.
Si bien los primeros criollos que habitaban al sur del río Grande, desde México hasta el Río de la Plata se llamaban a sí mismos "americanos", luego la fuerza de la geopolítica de Estados Unidos se apropió del término, obligando al resto a usar un adjetivo para diferenciarse.
Es posible, también, que esta simplificación se deba al predominio de la perspectiva del otro: la europea. Europa, como Estados Unidos, no sólo ha sido históricamente egocéntrica y egolátrica sino también los pueblos colonizados lo han sido. Pocos en América, sin una carga ideológica importante, han estimado y han estudiado las culturas indígenas tanto como la europea.
Es decir, es posible que nuestras definiciones simplificadas y simplificadoras de "América Latina" se deban a la natural confusión que proyecta siempre la mirada del otro: todos los indios son iguales: los mayas, los aztecas, los incas y los guaraníes. Sólo en lo que hoy es México, existía —y existe— un mosaico cultural que sólo nuestra ignorancia confunde y agrupa bajo la palabra "indígena". Con frecuencia, estas diferencias se resolvían en la guerra o en el sacrificio del otro.
De cualquier forma, aún considerando América Latina como una prolongación de Occidente (como extremo Occidente), sus nombres y sus identidades han estado, principalmente desde mediados del siglo XIX, en función de una negación. En julio de 1946, Jorge Luis Borges observaba, en la revista Sur, este mismo hábito cultural restringido a los argentinos. Los nacionalistas "ignoran, sin embargo, a los argentinos; en la polémica prefieren definirlos en función a algún hecho externo; de los conquistadores españoles (digamos) o de alguna imaginaria tradición católica o del imperialismo sajón".
Las repúblicas latinoamericanas fueron sucesivos inventos literarios de la elite intelectual del siglo XIX. Definir, prescribir y nombrar no son detalles menores. Pero la realidad también existe y ésta nunca se adaptó del todo a sus definiciones, a pesar de la violencia de la imaginación. La diferencia entre la concepción y la realidad del pueblo muchas veces tuvo el tamaño de centenarias injusticias, exclusiones y violentas revueltas y rebeliones que nunca llegaron a la categoría de revoluciones. Lo representado sigue siendo más débil que su representación.

PÁGINA 13 - CUENTO

La construcción del baño chico


Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

Un buen día las mujeres de la casa decidimos utilizar nuestros ahorros para construir un baño chico. La verdad es que nos hacía falta. Tuvimos en cuenta que, si bien íbamos a perder un trozo de patio, obtendríamos un poco de alivio para nuestras esperas y reproches. Todas estuvimos de acuerdo enseguida, menos la tía Margarita. ¡Cuándo no! Apenas se enteró de nuestra decisión vimos a la tía Margarita sentarse en el último escalón de la escalera de pórtland en señal de protesta. Así pasó la tarde, llegó la noche y de nuevo la siesta: la luz alta y cuadrada que emergía desde el rectángulo de la puerta de la terraza iluminó la espalda de mi tía que continuaba allí, iluminó también su pelambre teñida por la mitad y su gruesa cintura. Pasamos mil veces delante de ella como frente a un funeral. Después, inevitablemente, debió salir de allí para ir a la cama, se notaba que tía Margarita ya no daba más. La protesta la había extenuado. Y a nosotros también. No importa, nos recobramos pronto, pusimos manos a la obra y nos ilusionamos con el proyecto.
Enseguida sospechamos que iba a presentarse un inconveniente: encontrar al hombre apropiado para tal tarea. Por desgracia no nos equivocamos. Nuestra experiencia nos demostraba que encontrar un hombre para lo que fuese no era una labor sencilla. De manera que nos abocamos a ello con tesón y desconfianza. Recorrimos el barrio de cabo a rabo hasta que, a las perdidas, logramos dar con un albañil del que habíamos obtenido escasas referencias. Pero a falta de otro, lo recibimos con los brazos abiertos. Entró por la puerta del zaguán con un balde percudido y cubierto de costras blancas en una mano y una damajuana de vino tinto en la otra. Sobre el salpiqué gris de las baldosas del patio, el albañil trazó un cuadrado que amagaba ciertamente asemejarse a un paralelogramo. Luego cantó tangos hasta volvernos melancólicas, no sin interrumpirse a cada rato con sorbidas del pico de su damajuana.
Comprar los sanitarios blancos y los blanquísimos azulejos fue una durísima empresa. Tuvimos que ir hasta los confines del barrio y casi arriesgarnos a salir de él. Necesitábamos tubos, grifos, y la taza con su clásica forma bombé del inodoro y un montón de chirimbolos más. Las tramitaciones, compras y traslados tardaron mucho, porque doña Pepa era lerda para las elecciones. Tía Margarita se recluyó en su pieza en señal de contundente disconformidad, mientras yo miraba con ojos desorbitados desconfiando de los beneficios de la llegada de un hombre tan bamboleante a nuestra casa. Cuando el hombre, que se llamaba Pedro, empezó a levantar las dos paredes laterales que se apoyaban en las dos que formaban ángulo en el patio, percibimos un desajuste en las proporciones. Pero no dijimos nada. Era ocupación de hombres y hubiese sido bochornoso inmiscuirse. Cuando Pedro empezó a planear el techo, nos dimos cuenta de una vez y para siempre de dos cosas lamentables: que nuestro baño estaba decididamente inclinado hacia un costado y que Pedro se había olvidado de dejar el agujero para la tan solicitada ventanita. Mientras tanto nuestro hombre iba y venía desde el almacén hasta un rincón del patio arrastrando su damajuana. Largas negociaciones no lograron persuadirlo de que tirara todo abajo y empezara de nuevo, ni siquiera considerando que estábamos dispuestas a correr con los gastos de los materiales. Cuando el baño quedó terminado y, por supuesto, carecía de ventanita, descubrimos que finalmente teníamos dentro de nuestra propia casa algo parecido a una réplica de la torre de Pisa, de la que, de manera alguna, podíamos enorgullecernos.
Pero, al fin de cuentas, un baño es un baño. Con esa definición escueta convinimos en que el hombre había tenido buenas intenciones, aunque su vista y su modo de caminar dejaran bastante que desear. La que quedó con la sangre en el ojo fue tía Margarita. Se notaba por su forma de mirarnos que no estaba dispuesta a dar el brazo a torcer; jamás entró en el baño. Ni siquiera en casos de extrema urgencia, no lo incluyó en su conversación ni le dedicó una distraída, escueta ni chanfleada mirada. El baño chico fue su particular habitación innombrable, el Sancto Sanctorum de su vida cotidiana, la camisa del hombre feliz del cuento del rey desdichado. Así es que tía Margarita no llegó a corroborar que las canillas giraban para el lado contrario al que usualmente giran o para el lado que una espera que giren, es decir en sentido inverso al de la rotación de la tierra ni que durante el día, si una entraba en el baño y cerraba la puerta, se sentía ingresando a una tumba egipcia. Tampoco pudo enterarse de que los mosaicos estaban colocados sobre un piso con desniveles, ondulaciones y lomitas caprichosas y que los dibujos no respetaban su combinación. Todo esto no hubiera sido un impedimento para que ella si se considerara que, de un modo oblicuo, había ganado la batalla. Su rencor era tan inmensamente grande que daba la impresión de que una amnesia, especialmente dirigida a cualquier cosa relacionada con el baño, gobernaba su vida. "Mejor así”, murmuró doña Pepa. Y no se habló más del asunto.
Fue justamente a doña Pepa a quien se le ocurrió una buena idea. Las finanzas no andaban demasiado bien en casa, por eso ella propuso que cobráramos la entrada con el fin de que los vecinos vinieran a ver el baño chico. La idea se le ocurrió mirando un documental titulado “Maravillas de la Italia actual”. Bien dicen que la desesperación tiene cara de hereje. Ella insistió en que la idea no estaba mal porque si la gente iba a Pisa a ver esa torre rasposa, bien podía deslumbrarse con el desquicio de las formas lineales de nuestro pobre baño chico. Yo apoyé la propuesta. En cambio los otros no estuvieron de acuerdo en lo más mínimo. Se opusieron fervientemente a que nuestro baño terminara convertido en atracción turística. Fue por una razón bastante poco razonable: íbamos a perder intimidad. Se equivocaron de cabo a rabo. Algo hay que perder por un poco de plata. Y la intimidad nuestra no lucía demasiado bien como para que nos lamentáramos por perderla. Más aún: me atrevería a decir que prácticamente era imperdible porque carecíamos de ella. El negocio nos estaba tragando la casa con sus cajones de bebidas apilados en el zaguán, sus paquetes de caramelos desparramados arriba de las sillas, sus pilas de cuadernos sobre los muebles y las latas de cera puestas en cualquier parte y a la bartola. Como el proyecto de doña Pepa no tuvo aceptación, así quedaron las cosas. El baño no nos sirvió para nada por un motivo muy explicable: la inclinación era opuesta a la boca de la rejilla, de modo que los caños se orientaban tanto en dirección desafortunada que nunca logramos que saliera una miserable gota de agua de aquella dichosa canilla. Tampoco nos animamos a usar el bañito para guardar objetos inservibles o menudencias por el estilo. Quizá, en el fondo, es muy probable que por asociarlo con la torre de Pisa creyéramos que en verdad se trataba de un santuario. Y quién sabe, a lo mejor con el tiempo algún hecho, situación o peripecia o la gran casualidad de las casualidades terminarían convirtiéndolo en eso. El tiempo siempre transforma las cosas, aun en un barrio como el nuestro.

PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

Xenia Mora (Mendoza/Argentina)


Albur de una espera

Mordiendo las palabras
mis ojos escriben
pensamientos de aire.

Subo los peldaños
de mi escalera de cristal
albur de aquellos días.

Sé que se han ido
con la eternidad de las olas
en un barco sin rumbo.

Pero aún llevo su tatuaje
en mi piel que le habla
y me obliga hoy como ayer
a recostarme en su playa.

Ángel caído 2

Malherida de amor
con aguerridas alas
la voz del ángel
vuela por los vientos
esquiva tormentas
en busca de abrazos.

Tules de ortigas
cubren su piel
la sequía de caricias
corteja su duelo.
La infinitud es una lanza
quemando sus entrañas
con el tajo del olvido
es una sola llaga.

En lo profundo de su alma
sumida en el limbo
agoniza su canto
y en su último aliento
pronuncia un nombre.

Ausencia

Cuando el arenal
con la tenacidad de sus ojos
se duela en mutación
rozará el recuerdo de sus dunas.

Cuando empiece el implacable viento
con el sonido del llanto en los cristales
y se anuncie el mar en retirada,
estallarán en un desgarro
las olas de días caminados.

Muy pronto el rocío
yacerá inerte agridulce de lluvia
e irá marcando la ausencia
sus huellas en la arena.

Danza de las musas

Cuando el crepúsculo sueña
un manto seduce la noche,
salen en danza las musas
con la piel del amor en el baile
y el topacio del río en misterio
adorna sus ojos moros.

Los poetas dormidos despiertan
con música al ritmo de versos,
flautas , cantos y violines
con el suave aroma de azahares
se va perfumando el poema.

En vuelo sutil de seda
salen en danza las musas,
cintura de frágiles lirios
piel desnuda de agua
senos que palpitan
cual flores rosadas de loto,
embriagan sus sentidos
y despiertan en plenitud
los deseos de Venus.

PÁGINA 15 - CUENTO

El irritador


Por Fernando Sorrentino (Buenos Aires/Argentina)

El 8 de noviembre fue mi cumpleaños. Me pareció que una buena manera de festejarlo consistía en entablar un diálogo con alguna persona desconocida.
Serían las diez de la mañana.
En la esquina de Florida y Córdoba detuve a un señor de unos sesenta años, muy bien vestido, con un maletín en la mano derecha y con cierto aire vanidoso de abogado o escribano.
—Discúlpeme, señor —le dije—, ¿usted podría por favor indicarme cómo debo hacer para llegar a la plaza de Mayo?
El señor se detuvo, me observó de pies a cabeza y me contestó con una pregunta ociosa:
—¿Usted quiere ir a la plaza de Mayo o a la avenida de Mayo?
—En principio me gustaría ir a la plaza de Mayo, pero, si tal cosa no fuera posible, me conformaría con ir a cualquier otro lugar.
—Muy bien —dijo, ansioso por hablar y sin haberme prestado la menor atención—. Tome hacia allá —señaló el sur—, y va a cruzar Viamonte, Tucumán, Lavalle…
Me di cuenta de que iba a encontrar placer en enumerar las ocho calles que yo debería cruzar, y entonces decidí interrumpirlo:
—¿Usted está seguro de lo que dice?
—Absolutamente seguro.
—Discúlpeme si dudo de su palabra —expliqué—, pero hace unos minutos un hombre con cara de inteligente me dijo que la plaza de Mayo quedaba hacia allá —y señalé en dirección a la plaza San Martín.
El señor se limitó a decir:
—Será alguien que no conoce la ciudad.
—Sin embargo, como le decía, era un hombre con cara de inteligente. Y yo, como es lógico, prefiero creerle a él, y no a usted.
Mirándome con severidad, me preguntó:
—A ver, dígame, ¿por qué prefiere creerle a él antes que a mí?
—No es que yo prefiera creerle a él antes que a usted. Pero, como le dije, ese hombre tenía cara de inteligente.
—¡No me diga…! ¿Y yo tengo cara de burro, acaso?
—¡No, no…! —me escandalicé—. ¿Quién dijo tal cosa?
—Como usted dijo que el otro hombre tenía cara de inteligente…
—Es que, en verdad, era un hombre con un rostro muy inteligente.
Mi interlocutor mostró alguna impaciencia:
—Muy bien, caballero —dijo—, estoy bastante apurado, así que lo saludo y me retiro.
—De acuerdo, pero ¿cómo hago para llegar a la plaza San Martín?
Hubo en su cara un breve gesto de contrariedad:
—¿Pero no me había dicho que quería ir a la plaza de Mayo?
—No: a la de Mayo, no. A la plaza San Martín quiero ir. Nunca se habló de la plaza de Mayo.
—En ese caso —ahora señaló hacia el norte—, tome por Florida, y va a cruzar Paraguay…
—¡Usted me está volviendo loco! —protesté—. ¿No me dijo antes que tenía que tomar hacia el lado opuesto?
—¡Porque usted me dijo que quería ir a la plaza de Mayo!
—¡En ningún momento hablé de la plaza de Mayo! ¿Cómo se lo tengo que decir? ¿Usted no entiende el idioma o todavía está medio dormido?
El señor enrojeció; vi cómo su mano derecha se crispaba contra la manija del maletín. Me dirigió una frase que es preferible no repetir y se puso en marcha con pasos rápidos y violentos.
Daba la sensación de estar un poco enojado.

PÁGINA 16 – A LA VENTA EN AGOSTO

Cantos en tiempos de amor y de Guerra, de Norton Contreras Robledo (Canela /Chile)

Cantos en tiempos de amor y de guerra - Norton Contreras Robledo

“no tocas un libro, tocas un hombre”
(Walt Whitman)


En cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar un mundo. Ahí radican la grandeza y el temblor portadores de la palabra escrita. No es otra su tarea.
Ante la mirada- en este caso del poeta- las cosas asoman por definición inconclusas. Asoman como oportunidad. Lo fundamental, entonces, es dejar que el asombro cumpla su tarea, que sea él quien nos conduzca por los laberintos de la imagen, del verbo, de lo realmente significativo de aquella experiencia que pretendemos fijar en el tiempo propio y en el de los otros.
Frecuentamos la realidad, demasiado a menudo, con la mirada superficial del turista y pasamos, con cierta simpleza, por las vivencias cotidianas sin dejarnos sorprender o interpelar por ellas. Estamos en exceso acostumbrados a lo desechable y hemos llegado a creer que todo lo que nos pasa cae dentro de esa categoría.
Por fortuna,, aún hay quienes pretenden ayudarnos a mirar o más bien sueñan colocar en nuestras manos su mirada como ofrenda de reencuentro. Norton Contreras Robledo es uno de ellos.
Estas páginas interpuestas ante nosotros están colmadas de vida. Por eso, poseen la magia de lo simple y cotidiano trastocado por la palabra. Obligado a girar sobre otro eje, el verbo que habita la memoria del autor se transforma en presencia, a modo de exorcismo, reubica la realidad ante sus propios demonios y los nuestros…”una mujer con una soñolienta guitarra me contempla/ desde una fotografía. / Me desarma con su timidez,/ me abraza con su ternura”.
El ejercicio, no tan común, de una memoria capaz de modelar el paisaje desde los matices menos concientes en cada uno, es la apuesta que en estos poemas se extiende como un “doble o nada” sin el cual ninguna propuesta literaria merecería el nombre de tal.
Nombrar o convocar las cosas y los hechos que llevamos bajo la piel, para que nos ayuden a reconocernos cada mañana, como parte de un flujo inagotable, trascendiendo la precariedad del instante y la conciencia de nuestra finitud, es la intuición que atraviesa las páginas de este libro.
Cada cual posee una respuesta muy personal para esta inquietud, pero en el fondo algo nos dice que es la misma, que no hay muchas sino una sola: la del mismo e irrepetible ser humano, en cualquier lugar, inmerso en los acontecimientos, tratando de decir “…aquí estoy”.
Contreras Robledo, atraviesa y pasa revista a toda una existencia marcada por todo aquello que nos cincela; la esperanza, el dolor, el amor, el desamor, la injusticia… en fin lo que bien sabemos ha quedado guardado en los pliegues de las horas y los días... “aquí están los cantos, / vienen de las alturas de los andamios, / con los que los obreros/construyen grandes edificios”, nos aclara en sus versos.
La necesidad de que las palabras retomen su rol fundacional, en lo inmenso del desafío de estar vivo, asoma casi como una declaración de principios inevitable a la hora de hacerse oír: “quiero desenterrar las palabras/ sepultadas bajos los restos de las estrellas muertas”. La labor entonces del poeta nos es otra que hundir sus manos, su mirada y su ser en medio de la muerte, para desde ahí reencender el horizonte con la alquimia del verbo. Es la certeza que mueve al creador y lo ubica dentro de una dinámica de crecimiento nutrida en la disciplina silenciosa de la búsqueda sin fin del propio lenguaje o la propia voz, la única capaz de convertir en universal-valga la paradoja- lo que por definición nos pertenece y nos invade.
Así lo expresa Norton en uno de sus poemas: “Soy el reflejo de tu alma,/ la prolongación de tu tristeza,/ la sombra de tus horas de hastío,/ la tristeza rondando tu esquina,/ el elemento que se repite en toda tu novela/…espejos, lo que se ve reflejado en ellos/ y a través de ellos…la soledad ”.
Transitan también por estas páginas los rostros de aquellos que fueron tragados por la noche oscura y siniestra de la dictadura militar en su patria natal-Chile-, y en América Latina, ellos son la causa de una dura, pero inevitable, imprecación al Dios enseñado en el hogar y recibido junto a la leche materna. El poeta pregunta: “¿Dónde están los desaparecidos?.../Cuando todo esto pasaba, cuando estos crímenes horrendos.../decidme ¿dónde estabas? ¡vos Dios!/ Vos que estás en la tierra, en el cielo y en todo lugar./¡Decidme! Dios: ¿vos dónde estabas?/¿Estabas tomando mate con los patrones?/¿En algún asado en una hacienda?/¿Estabas mirando un partido de fútbol en el mundial?”
Esta suerte de recriminación, surgida desde el fondo mismo del dolor y la injusticia, se muestra como una voz colectiva: son la Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, son los Familiares de detenidos Desaparecidos en Chile, son la Victimas de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador…somos todos preguntando lo mismo, somos todos preguntando por los mismos. Somos los que a pesar de tanta muerte, seguimos creyendo en la vida…los que no hemos olvidado a ninguno de esos rostros cargados de sonrisas que ninguna bota manchada de sangre podrá borrar, aunque pasen siglos, aunque el sol caiga a pedazos o hasta que los encontremos y abracemos nuevamente.
Es el amor, en definitiva, el que nos lleva a preguntar y nos impide caer en el olvido. No podría ser de otra manera.
No vivimos tiempos fáciles para apostar por la belleza o reivindicar la palabra como fundamento de un modo de vida. Hoy parece ser que las ciudades y sus calles no nos pertenecen, han sido arrebatadas inevitables y lentas por el consumo – y no sólo de bienes, sino también de personas-. Parece que no hubiera mucho más para hacer.
Afortunadamente, esto no es una verdad absoluta –si es que éstas existen- aún queda mucho por hacer y creemos que la poesía tiene un papel fundamental en la construcción de un nuevo paradigma existencial para el ser humano actual. Ella es la única capaz de leer la realidad de un modo tal que posibilite la re-humanización de los principios y estructuras que nos rigen.
La poesía en su afán de totalidad es portadora de certeza, voluntad de cambio y recreación que identificada en lo esencial y más significativo, las carencias del “viatore” del siglo XXI.
En este nivel de aproximación a la obra de Norton Contreras Robledo, ella asoma como un recuento vivaz y vivencial de todo un camino sin otra posibilidad de resolución que el recurso a lo poético. Es la poesía la que ofrece a nuestro autor la experiencia y la posibilidad de transformar lo inefable en imagen, en evocación o en presencia.
Decíamos, al inicio, que cada poeta nos ofrece la posibilidad de inaugurar un mundo. En estos “Cantos en tiempos de amor y de guerra” esa posibilidad se ofrece generosa y cuestionadora al lector a partir de una panorámica que junto con desplegarse ante nosotros por medio de imágenes, se nos hace reconocible y habitable por medio de la sintonía secular que la experiencia humana nos ofrece. En ella nos podemos encontrar y mejor aún, nos podemos proyectar, en la certeza de que en cada uno de nosotros no es inútil o estéril la presencia de los sueños que aún nos quedan por concretar.
Es en ellos en quienes nos movemos…en quienes nuestra porfía sigue existiendo.

Reynaldo Lacámara C.
Presidente Sociedad de Escritores de Chile

Algunos poemas

Tabúes, mitos, leyendas


Quisiera ser mago,
alquimista,
unir las letras milenarias,
organizar, construir
laberintos
en espacios de..
cosas vacías, sin sentido
de valores de hojarascas,
Al principio solo era el verbo
trajo la luz,
las palabras mueven la vida
son las ruedas de la historia.
Siempre que mires con una
doble mirada.
Cuando los tabúes,
mitos,
leyendas,
cuentos
mentiras
cubren los ojos.
Quedas prisionero en las palabras.

Un Amor

Un amor me dejó tres heridas.
Es de corazón ardiente,
el alma en calma.
Puede ser corazón frío e indiferente,
tormenta en los mares de su alma,
cambiante
imprevisible.
Es psicóloga de vocación
con actitudes y alma gitana.
Antes de marcharse para siempre
me dejó mi perfil psicológico,
insultos y maldiciones de por vida.

La noche viene sembrando estrellas

I

La noche viene sembrando estrellas
en el firmamento.
A través de los ventanales de la terraza,
la soledad traspasa los espacios y se sienta a mi lado.
Mientras fumo, la veo en la penumbra
extendiendo sus tentáculos,
los veos proyectarse hacia mi,
noto como aprietan con fuerza.
Desde la calle me llegan las voces de la
gentes en su ir y venir
caminado por la rutina cotidiana.
Veo a mi vecino que después de
una larga jornada viene cansado.
Camina arrastrando los pasos
mirando hacia el suelo
como quien busca sus huellas,
los pasos perdidos…
esos que se quedaron escondidos…
en un rincón de cualquier lugar
esos que se perdieron en los laberintos
de la vida.
Las hojas del calendario
han caído cientos de veces.
Él sigue soñando.

II

La noche viene sembrando estrellas en el firmamento,
revisando los sueños, designando a quienes soñarán,
quienes recordarán los sueños,
a los que tendrán solo un vago y tenue
recuerdo de ellos,
a los que creerán que soñaron.
La noche no sabe que
hay quienes despiertos
viven en los sueños eternos de la vida.

En un rincón del salón
Versos inconclusos
salen del estudio
van en pos de los acordes de jazz
que llegan del salón de visitas.
Me asomo y veo a Miles Davis,
me hace un guiño,
interpreta con toda el alma
Seven Steps To Haven.
En un rincón apartado veo a
John Coltrane que lo acompaña,
Vislumbro los versos fugitivos
llevando el ritmo con los puntos
suspensivos.

Palabras libres

I

Cuando las palabras
son censuradas,
quedan clandestinas
en cualquier lugar,
en cualquier espacio.
Esperando, aguardando,
activando, organizando,
despertando conciencias
para un nuevo día,
una nueva historia.
En la que los de abajo,
los marginados,
escribirán las páginas futuras.
Las palabras van reconstruyendo
los momentos, gestos, actos,
de poetas trasnochados.
abrazados al humo del tabaco,
aferrados a la inspiración
que viene y va.
Náufragos en la mar del amor y desamor,
sedientos de vino deslizándose
por sus gargantas,
adormeciendo sueños e ilusiones,
mientras las luces de la madrugada
iluminan sus recuerdos cercanos,
quizás lejanos,
pero siempre a su lado
para recordarle que
el tiempo presente
es el capítulo inacabado
del pasado
y el preludio impreciso
del futuro.
Las palabras que aún
no se han dicho,
serán las que se dirán un día.
Estarán en las voces de los
poetas, cantantes,
escritores, artistas.
En las de las gentes
que se organizan,
luchan con la ilusión,
la certeza.
De que un mundo
mejor es posible.

II

Mientras haya vida,
estarán las palabras
en los parques, en los susurros
de los enamorados.
En los bancos de las plazas
donde los cesantes maldicen
su suerte y al destino,
y los pensionados calientan
sus cuerpos al sol,
mientras comentan que el dinero
no les alcanza para vivir
y que el tiempo pasado fue mejor.
Las palabras mil veces dichas,
escritas, pronunciadas,
son las semillas en la arena,
montañas, océanos,
campos y ciudades.
Nacen cada día, cada mañana.
Van hacia la vida,
hacia las gentes.
Como la luz al día.
Como el espacio al tiempo.

© Norton Contreras Robledo
© Belgeuse, S. L. (Grupo Editorial)

Editado por:
Otra Dimensión Editores
(Belgeuse Grupo Editorial).
C/ Alberto Aguilera, 35 – 2º Centro. 28015 Madrid.
TEL: +34 91 548 93 53; info@belgeuse.org; www.belgeuse.org




PÁGINA 17 - CUENTO

Antígona


Por Guido Rodríguez Alcalá (Asunción/Paraguay)

Avanza flanqueada por dos hombres.
El uno, un bisoño con algo de poeta, mira de reojo a la mujer, tratando de hallar motivos detrás de su exterior impenetrable. ¿Cómo ha de comprender un mozo sus lealtades ancestrales, viejas como los dioses cuyas estatuas rotas dan testimonio de un mundo desaparecido y presente?
El otro, el veterano, ha conocido las incertidumbres del joven antes de perder el hábito de hacerse preguntas. Con sus muchos viajes, conoce gentes y lugares hasta donde puede conocerlos un hombre de su oficio. ¿Justicia? La experiencia lo ha llevado a descreer. Con todo, detesta el sufrimiento innecesario y por eso detesta a la mujer. Inmóviles, los pasantes murmuran maldiciones. ¡Cómo si él quisiera estar ahí! ¡Cómo si quisiera cargar, bajo un sol de fuego, tanto metal sobre el peso de los años! Le sobra edad para retirarse, y continúa sólo por decisión del superior. A él debieran dirigir los puños crispados.
El golpe de la piedra sobre el hombro le hace volverse. El joven lo mira sobresaltado. ¿Irán a lapidarlos por llevarse a la mujer? El viejo contesta señalando al culpable, que ha ganado ya con increíble agilidad el refugio de los callejones laberínticos de la ciudad antigua como Tebas. Un niño. Nada deben temer de los demás, de los hombres, aunque irritados meros espectadores prudentes de la intervención, impopular como todas las intervenciones de ese género. La experiencia del viejo aparta los temores del joven.
Los antecedentes del procedimiento favorecen los miedos del muchacho. Minutos antes ha tronado una tempestad de polvo y humo, sacudiendo la tierra como un terremoto mayor. Pasado el peligro de las explosiones, han encontrado a la mujer en una situación equívoca. El joven propuso seguir de largo; el compañero se apegó a la disciplina. Escoltando a la extraña, el joven admira su altivez real buscando razones para comprenderla. Tarea tan sencilla como adivinar los pensamientos de una cariátide. Después del primer arrebato, esa mujer es una estatua que marcha, una imagen llevada en una procesión. Los dos soldados se sienten ridículos escoltándola.
El joven se alistó alentando sueños de honor y gloria. La paga le resultaba necesaria como la certeza de servir una causa noble. Unas semanas le bastaron para ver sus convicciones trituradas como el pavimento del templo (no puede recordar el extraño nombre) bajo los carros y las máquinas de la destrucción. Con desánimo presencia a cada paso la efusión de una violencia propicia a revivir las figuras amenazantes de la demonología asiria. La guerra, celebrada todavía en el hogar lejano del muchacho, en el territorio sometido suscita sólo malos espíritus.
El viejo, de haber tenido un techo y una mesa provista, no hubiera recorrido el mundo hostilizando pueblos extranjeros para hacerse acreedor de una venganza evitada con suerte pero no sin secuelas. Se considera un hombre digno de compasión por eso, por una enfermedad inexplicable contraída en la campaña del desierto, y por su absoluta desposesión. Quiere volver a casa, los usureros se la han quitado. Quiere su mujer, la ha perdido hace tiempo; la quiere de cualquier manera y la mera idea de su compañía le hace insoportable la presencia de la infractora. ¿Qué malos vientos la han puesto en su camino?
Rumiando esos pensamientos llegan a la presencia del general, a quien sus mismos enemigos llaman rey, para marcar el alcance desmesurado de su poder y su origen espurio. El rey o general ha triunfado y está dispuesto a conservar el mando. Débil por la insuficiencia de la fuerza, gobierna con decretos severos. Ha decidido negarles número, nombre y tumba a los vencidos. ¿Podrá exiliarlos así de las memorias, cuando la contienda ha comprometido clanes y naciones? Sin permitir consejos ni compasiones, manda a sus hombres armados entre las multitudes hostiles. Ellos le obedecen de mala gana, sabiendo cuánto ha costado la victoria. A sus desgracias de siempre, los del país deben sumar la desgracia adicional de cosechas perdidas, pozos contaminados, ganado muerto, enteras ciudades destruidas. ¡Cuándo llegará la paz deseada por civiles y soldados!
El joven cree comprender el propósito del general. Negando honores a los caídos, aquél no ha pretendido desconocer los deberes básicos de la piedad fraterna, sino evitar sediciones, pues los duelos se prestan, en ocasiones semejantes, a fomentar propósitos muy ajenos al amor familiar. Pero, ¿de qué sería culpable aquella joven arrogante? Las mujeres tienen, todas, un corazón de más para los suyos, ella sólo obedeció a la naturaleza dando rienda suelta a su dolor. (Trabajo les costó separarla del cuerpo inanimado.) El joven se cree en posesión del valor necesario para exponer sus razones al comandante y juez.
¿Cuál es la verdad? La mujer llorando por su deudo podía ser una de las tantas cuya culpa no iba más allá de que algún pariente hubiera empuñado las armas, cosa cada vez más frecuente porque ni los mismos estrategas saben cómo terminar la guerra. El viejo comprende los motivos del adversario, cuya resistencia pretende sólo hacerle deponer las armas (¿quién es el enemigo entonces?) que el general le obliga a sostener. Por cierto, la mujer podría ser culpable de auxiliar al rebelde con víveres, información o incluso más; podría ser de las jóvenes ricas transformadas en furias por la duración de los combates, siembra de los dientes del dragón. En tal caso, el viejo no le reprocha tanto su participación en la insurgencia como el haberlo puesto en la necesidad odiosa de entregarla a sus verdugos.
Algo de niño tiene el veterano, pero lo comprendió desde el primer momento, y esa es la causa de su dureza hipócrita. ¡Bien lo sabía! Las lágrimas ablandan a los mismísimos jueces del Infierno, ella no ha de llorar ante el tribunal militar. Después de increpar a los soldados, increpará al general llamándolo tirano, impenitente en la culpa de haber asistido al hombre abatido por el gobierno, su hermano. Con dureza varonil, ella contrastará la inconsistencia del triunfo con las leyes eternas del Todopoderoso. Al prenderla, y pese a toda su rudeza, el veterano ya la vio marchar por el largo pasillo hacia la puerta, amenazadora como la boca abierta de una enorme bestia. Detrás de la puerta (¿cómo negárselo?) ella conocerá los vejámenes de la infame prisión de Abu Grahib.

PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Carlos Garrido Chalén (Tumbes / Perú)

El regreso a la Tierra Prometida


Yo no soy de esta tierra:
vengo desde otra latitud
para probar el dulzor que tienen las cerezas.
Por eso mi amor es más sincero
que el que ofrecen al aire las palomas.

He venido desde el mundo del alhelí
para ver cómo los prados se llenan de rocío.
Vengo desde la eterna frecuencia del amor
para llorar por los que sufren
y mañana me iré a caminar otros caminos diferentes.
Pero me alegra haberte conocido.

Me alegra haber sentido la tibia frescura del amor
burlando poco a poco la tristeza.
Y hoy digo: ya me puedo morir tranquilo
he probado ya el dulzor
que me dieron las cerezas
de tu boca.

Invito a Dios a recorrer las zarzamoras.

Porque soy sobreviviente de una guerra
aún no declarada
e inventor de una ciudad imaginaria
conquistada por nadie,
mi casa se levanta sobre la cúspide
de un cerro sin cima
desde donde a diario convoco a los murciélagos
para prestarles mi tristeza.

Soy minero a tajo abierto y explorador
de incendios imprevistos.

Busco tesoros en las montañas agrestes
en donde hizo su nido el cóndor indomable
y me deleito con mis propios usos de gavilán
subiéndome al abismo.

Ermitaño, cazador de soledades, a veces me alojo en la valva vacía
de cualquier molusco
y me lanzo sin pausa a recorrer los treintaidos rumbos
en que Dios dividió el horizonte.

Soy un dique avanzado construido a la entrada de algún Puerto
y amo intensamente mirando a la gaviota que regresa.

Mi cabaña está al borde de un acantilado desde cuya gruta
a veces me despeño hacia la nada
y sufro la tristeza de la hoguera.

Nadie sabe que soy uno de los tres Reyes Magos
que adoraron a Jesús
(una perpendicular trazada desde el centro de un polígono regular
a cualquiera de sus lados).

Echo los caballos al potrero y duro como el pedernal
proyecto mi sombra al medio día en dirección contraria.

Soy acaso la piedra que sujeta la boya de una red
y acantono a la altura de la ilusión para entrevistar
a las nuevas Musas que habitaron el Parnaso.
Por eso, siembro acacias en el aprisco
y magnolias en el chubasco
y como tengo la salud de un pez a medio morir
me interpongo entre los que contienden para reconciliarlos,
y aunque irreverente
respeto el orden natural de la naturaleza
y como soy un pájaro túrdido
que ha aprendido a repetir sonidos
estoy en la boca de una túnel
a la que una muchedumbre innúmera se acerca presurosa
y huyo de los sátrapas.

No creo en las divinidades infernales
que personificaron los remordimientos.
Creo en Dios porque todos los días
lo invito a recorrer las zarzamoras

Cuando maduraron los cerezos

"Cuando el fruto sea perfecto, y pasada
la flor se maduren los frutos, podará con
podaderas las ramitas, y cortará y quitará
las ramas" (Isaías 18:5)


Cuando pasada la flor maduraron los cerezos
en la viña del vino rojo
confidencié con el viento,
y me encargaron de lo Alto cubrirla de celosías
con farolas encendidas por el celo de la brisa.

Guardé la fruta temprana y canté a los cabrahigos
y en batalla conspiraron los cardos y las termitas.

Hicieron alianza inútil debajo de las pezuñas
y cerrojo en las corolas
y azafrán entre los tules.
Y en el cinto de mi tronco y el perfil de mi cintura
las hijas del canto fueron
amadas por mis esquirlas.

Yo no quería decirle
a nadie lo que es el tiempo.

Yo guardaba vino rojo en las pipas del silencio.

Y era carmesí la rosa
y el color de los misterios.

De rubí, tinto, escarlata,
el horizonte del eco.

Caducó la flor y siempre, maduraron los cerezos
y el que añade alas al viento
le puso llamas al fuego.

Y fueron como manadas que suben al lavadero
las cabras y las ovejas trasquiladas del destierro.

PÁGINA 19 - CUENTO

Acuario (en tres tiempos)


Angélica Aguilera (México DF/México)

1. El esturión viene noche a noche. Entra sigiloso, se desliza con cautela entre las peceras del acuario y me sorprende despierta, siguiendo con la mirada el vaivén multicolor de los peces que tampoco duermen. Mi vientre de agua me devuelve su imagen a la mirada, se une a su respiración, lo deja detenerse y empezar de nuevo a entrar en este cuerpo condenado a flotar eternamente. Tengo los mil nombres que el esturión me ha puesto, y ninguno es realmente el mío.
2. La manta llegó y su sombra, con ella. Esa inseparable oscuridad que la rodea, que domina el aire y se come al sol. Ella y su sombra no lo saben; ignoran que el agua de mi vientre baja y se disfraza de roca, de nube, de rama; no la han visto, vanidosa, vestirse en ondulantes formas que suben, todas, otra vez, retrocediendo a ratos para anunciarle al sol la humedad de mis piernas. La manta no sabe que el esturión llega y bebe, y me deshago en un murmullo para que él, ya exhausto, se tumbe a mi lado.
3. El esturión ha muerto. Flota inmóvil y una leve mancha roja le atraviesa el cuerpo. Mira necio hacia un punto fijo, a la cara de la muerte que lo sorprendió de prono en el agua turbia de la pecera, y que se quedará en sus ojos vidriosos, indeterminados, para siempre ciegos.
En el espacio también acuoso de mi memoria recuerdo al esturión. Me visita su sombra cristalina, azul y dorada, su llamado imperceptible al arrullo del agua, su invitación a una danza de ola y sal. He visto la muerte asomada en los ojos del esturión. La he visto multiplicarse y permanecer, como en una fotografía, grabada en el tiempo infinito de la nada.

PÁGINA 20 – ENSAYO

Tomás Borge: Fuego y alquimia


Por Rosina Valcárcel (Lima/Perú)

Tomás nace en Matagalpa, Nicaragua, el 13 de agosto de 1930, bajo el intenso signo de Leo. Muy temprano se integra a la lucha contra la dictadura que la dinastía de los Somoza conservaba en Nicaragua desde el asesinato de Sandino.
Insertado en ese combate cae y es confinado en Managua (Nicaragua) por el intento de asesinato contra Anastasio Somoza García. Encarcelado entre 1956 y 1959, logra fugar de prisión y huir a Honduras en cuya frontera es detenido, mas gracias a la oportuna intervención de Otto Castro, amigo del presidente hondureño, puede ingresar a ese país. Luego, empleando un pasaporte falso, viaja a El Salvador y a Costa Rica. Aclaramos, cuando encarcelan a Tomás Borge por la muerte del primer Somoza (el asesino de Sandino), aún no existían FSLN ni guerrillas. Tomás era, en ese entonces, dirigente estudiantil. Está en la cárcel dos años y medio. Es la presión de los estudiantes la que logra que le den arresto domiciliario, de donde se fuga disfrazado de mujer. Debe haber estado muy bien hecho el disfraz pues hasta el guardia de la esquina lo piropeó. Sus compañeros de cautiverio corrieron mala suerte: tres de ellos intentaron fugarse de la prisión: pero, desgraciadamente, los atraparon y los mataron.
En 1961, Carlos Fonseca Amador, Silvio Mayorga, Tomás Borge Martínez y un puñado de muchachos fundan el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que concentra a todas las fuerzas que luchan contra la dictadura somocista. Esta organización abraza la ideología y el movimiento liderado por el líder nicaragüense Augusto C. Sandino (del que tomó el nombre), empieza la guerra de guerrillas contra la intrusión estadounidense en su país durante las primeras décadas del siglo XX, y, se revelará como el baluarte contra la dictadura.
Borge es apresado por sus actividades guerrilleras y es uno de los liberados por la toma del Palacio del Congreso Nacional el 22 de agosto de 1978. El glorioso 19 de julio de 1979 los guerrilleros entran en Managua y tumban al gobierno de Somoza, se yergue así la revolución Sandinista que se desarrollaría hasta 1990. Durante los gobiernos del período revolucionario, Borge mantuvo el cargo de Ministro del Interior. Luego el FSLN pierde las elecciones presidenciales. Durante el período en el que el FSLN se mantuvo en la oposición (1990 - 2006) Tomás Borge ejerce el cargo de Vicesecretario del FSLN y de parlamentario.
Además de político y orador es escritor, periodista y poeta. Ha editado diversos libros, destacan Los primeros pasos: La Revolución Popular Sandinista, Siglo XXI (1988); La paciente Impaciencia (Premio Casa de las Américas, 1989); La ceremonia esperada(1990); Un grano de maíz. Conversación con Fidel Castro (1992) y cuentan con varias ediciones traducidas a distintos idiomas.
Actualmente es embajador de Nicaragua en el Perú. Mas, para Tomás Borge: América del Sur no es una región de exilio, ni sólo de tránsito, para Tomás Perú es patria de adopción, hogar espiritual, refugio de amistad, magia y amor.
Conocí al controversial Tomás Borge hace más de veinte años. Gustavo Valcárcel, mi padre y él eran amigos. Bajo la dictadura de Fujimori, un día nos dimos cita en el Café de la Paz en el corazón de Miraflores. Me invitó a almorzar. Yo le regalé un poemario mío y manifesté tanto mi preocupación por el proceso nicaragüense como mi interés por la situación que soportaban (y soportan) los presos políticos en Perú. Hablamos del sentimiento de desarraigo, de las ausencias y pérdidas. Él era el icono turbador y el hombre con sus dos pies fatigados sobre esta tierra de aparecidos. Tomás y la Historia que arde y nos desgarra. Él temerario y sus contradicciones. La destrucción de los proyectos de cambio. El murmullo sordo de nuestra plática. Años después leo unas confesiones suyas conmovedoras:
-He tenido golpes duros. La muerte de mi hija Bolivia fue algo que me golpeó muchísimo en la cárcel. Luego la muerte de Carlos Fonseca, la muerte de Enrique Schmidt. Ha sido siempre vinculado al fallecimiento de gente querida por mí. La muerte de mi hija Birmania.
-Estuve nueve meses encapuchado, encarcelado, pero no fueron días desdichados para mí, sino que fueron días que me produjeron mucho orgullo y satisfacción, todo el mundo me respetaba, a diferencia de lo que ha ocurrido después, y esos fueron días hasta felices para mí, cuando estuve preso.
Vi el respeto con el que empezaron a tratarme mis torturadores, el respeto con que me empezaron a tratar. Momentos de satisfacción personal que no se han producido posteriormente, como cuando perdoné a mi torturador."
Desde entonces, entre nos se tejen hilos invisibles al son de la música, poesía, anhelos libertarios y las sanas discrepancias. Nos hemos visto en presentaciones de libros, en la Base Naval, en el juicio contra los líderes del MRTA, en la defensa de Víctor Polay, en recitales urbanos. Así el 25 de junio asistí al fabuloso concierto a cargo de Marcela Pérez Silva, su esposa, Félix Casaverde y Leslie Patten (percusionista), la acompañaron. Ahí en el Jazz Zone, me dio un ejemplar autografiado de su obra: A la sombra de un grano de sal (2007).
Mientras Víctor Raúl, Otilia y Victoria, conversaban, sentada en la misma mesita, a media luz eché un ojito y me cautivó el texto redondo: "Verano del Marine":
Las cenizas devoran / el cielo / y las pestañas / Los niños juegan / con sus juguetes rotos / entre charcos de estrellas / Los muertos se levantan / para esculpir perfiles / con la señal de la ira / Su castigo final / será que no esté muerta la luz / que esté muerta la muerte (p.15).
Y, Oh incauta fui descubriendo otras páginas construidas como castillos en el aire. En mi habitación puse el objeto estético sobre la mesa de noche. No busqué leerlo. El libro me ha llamado con su aroma familiar, sus hojas, su humo, sus chispas. Y así, sin darme cuenta, mientras dormía me devoraron sus ciento veinte páginas. Viajar al interior de un libro es ejercicio de la imaginación. Tomás a menudo es Virgilio, otras Prometeo, y a veces Sandino. Tomados de la mano hemos viajado por América Latina y el Caribe, hemos contemplado la tierra de Rubén Darío, sus raíces, su devenir, el horizonte. El camino se angosta, el camino no se esfuma. Hemos bailado con Marcela y hemos jugado a las almohadas con sus sonrientes hijos.
He percibido el deseo de Tomás, el alquimista, por asir la vida, Eros, la belleza, y la necesidad de alcanzar el mundo nuevo, la patria grande, libre, soberana, justa. Ello se expresa en su escritura solidaria, en el juego de sus palabras, en el fuego de las oraciones que dibuja su alma. La poesía de Tomás sugiere dar el salto del reino de la necesidad al reino de la libertad.
A la sombra de un grano de sal, tiene elementos populares, matices de frescura, soledad, ternura, ironía, proyección en los otros, reciprocidad, búsqueda de la identidad latinoamericana y caribeña. Veamos el poema "Salvador Allende":
Un río de raíces/ desde aquellos minutos / largos como el ancho mar / sudando Termópilas / como si el caballero/ fuera guitarra / y zapato largo o arquero / disparando agudos / y alamedas / desde aquel recinto/ demasiado pequeño/ para tan grande hazaña (p. 47).
Considero que el libro tiende un puente hacia ese umbral ámbar por donde será posible entrar hacia una comprensión más cercana de la realidad del autor-sujeto. Es un lento proceso que provee individuo-autor-sujeto con una subjetividad que lo sujeta, en última instancia, a la estructura social con sus respectivas y contradictorias relaciones de poder. Acaso por ello el marxismo debe echar mano a los aportes del psicoanálisis y de otras corrientes posteriores que enriquecen y amplían el conocimiento humano, el arte, la cultura, la poesía y que contribuyen a la gestación de la teoría del lenguaje. Ya que el materialismo dialéctico debería ser comprendido como una suerte de dialéctica entre historia, leguaje e ideología.
Tomás me guiña un ojo, dice hasta pronto y susurra al viento su agudo texto ácido "Como un candelabro":
Es verdad/ amiga/ Estoy solo / como un candelabro // En los espejos rotos / hay una luz tenue / que bebió alacranes / y golondrinas // Acertaste / amiga / Se me olvidó / el olvido // Esta soledad es igual / a la lágrima de un gato / al teorema de Pitágoras / al horizonte // Ya lo sabes / amiga / Es un lingote / de frío // Eso / Un beso de cobre / Eso / Un candelabro (p. 112).

PÁGINA 21 - CUENTO

Datsun 1969


Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Como un enorme gato Antonio se desperezó sobre el volante, después quedóse viendo el faro rojo que parpadeaba momentáneamente antes de pasar al verde. Accionó la palanca de velocidades y el Datsun modelo 1969 arrancó con un bufido ronco. El coche respondía a los continuos cambios de su conductor, como el caballo a la rienda del jinete, sin reparos ni relinchos, tal vez como esos papalotes que, al menor movimiento de la mano, suavizan su dirección pese a los golpes de viento, mientras el sol festeja la brillante libertad que emerge de la cauda. Lo había comprado con desvelos, noche tras noche, hasta completar el dinero exigido por la dueña, una obscura muchacha clasemediera que pugnaba por salvar a su padre del escándalo. Antonio aprovechó las circunstancias, los ocho días de plazo que le dieron para liquidar la hipoteca del anciano y ahora el nuevo dueño del automóvil sonría de satisfacción al contar su hazaña y las cualidades de la compra. Una parvada de palomas blancas, diminutas, escapó por la ventanilla derecha cuando la mano golpeó el cristal.
- De niña siempre me gustaba hacer trocitos de papel -rió Judith a manera de disculpa. Sus manos juguetearon con la llave del encendido; después se posaron sobre la palanca accionada en tercera. Paulatinamente la muchacha iba tejiendo la red que aprisionaría al felino en ese callado y delicioso juego adolescente, según se presentaran las circunstancias. La jovencita conocía a la perfección las reglas a seguir, alternando el papel de víctima y verdugo. Antonio sabía corretear tras la madeja sin peligro de enredarse. Es cierto que en ese momento ninguno de los dos sospechaba la sutilidad de las señales, los designios que de alguna manera confluían en el cochecito marrón que circulaba de este a oeste por la Avenida Montevideo, porque los ojos estaban pendientes del tránsito que embestía sordamente con un rumor igual al de los albañales tapados que eructan con rebeldía, o a las aguas del mar chocando contra el rompeolas; las manos jugueteaban con el llavero, que se movía acompasadamente de acuerdo a la velocidad del auto.
Atravesaban el parquecito que divide Montevideo e Insurgentes con el ánimo floreciendo en sus pechos. Las manazas aferradas al círculo metálico, emitiendo obscuramente los signos, los vericuetos por donde se reúnen las probabilidades, las ecuaciones que van del cero al infinito, sintiendo que en ese simple acto mecánico convergen la charla amigable, la potencia del auto, el dominio enérgico del conductor y el cierre inesperado, brusco, de las puertas de la ensoñación frente al camión materialista que está a pocos metros de la defensa del Datsun, entre las maldiciones del claxon que protesta, la mentada de madre del manejador y el chillido histérico de su hermosa acompañante. El tono de la voz había bajado antes de producirse la respuesta. Sin embargo ascendió nerviosa, balbuceante, como las volutas del cigarrillo con filtro de Judith, quien trataba de calmar los nervios.
- Un campo de espigas bajo los efectos lumínicos de la aurora. En medio una mujer rubia de cabellos largos, rojizos, que son al mismo tiempo las espigas y las raíces de la mujer, símbolo de algo o de alguien...
Judith sonrió al imaginar la pintura ya colgada sobre la chimenea de su casa.
- Espero que no quede en promesa -dijeron los ojos verdes de la chica, aunque la frase quedó aprisionada en algún recodo de la garganta, columpiándose en la lengua, en la atmósfera que la envolvía.
- Sí, ese cuadro será mi Obra Maestra, la que tanto he perseguido y que, empero, se me niega, se resiste a la pincelada, al momento sublime de la creación -confirmó Antonio exaltado.
El ronroneo del motor, la voz profunda que viene de la oquedad o del cansancio, aletargaron a la joven, en tanto el Datsun se internaba por estrechas calles arboladas, silenciosas pese a la hora. Arriba, como viejo pajarraco, el sol bostezaba ante las sombras que furtivamente se adentraban en la pesadez de los párpados, en el bostezo reprimido, en el frío que penetraba hasta los huesos. Judith corrió las ventanillas. Pardas tonalidades, en ocasiones rojizas, bermejas, adquiría la tarde, semejando un gigantesco incendio en el horizonte.
- Una vez pude reflejar, concretizar la hermosura del crepúsculo en la tela. Me dieron una miseria por el cuadro. Y eso que lo hice en acrílico. Ahora debe colgar en la sala burguesa, insultante, de algún imbécil con intenciones de político -masculló Antonio decepcionado y agregó.
- Si los grandes maestros renacentistas vivieran en esta sociedad de consumo, harían pósters para sobrevivir y posiblemente trabajarían como dibujantes de historietas o en una agencia de publicidad...
Ella no captó la intención, la amargura de la expresión porque sus enormes ojos verdes quedaron suspendidos en ese pequeño espacio vacío de respuestas, como palabra-anguila, escurridiza, que espera ser atrapada, contraída en la conversación cada vez más lejana, más ausente, igual que el Datsun comprado con sacrificios, con la sangre de Antonio que escapa por las heridas. El llanto se confunde con los alaridos de la ambulancia mientras se acercan al final del viaje. Inmóvil, apagada, Judith observa al médico que mueve la cabeza negando todas las posibilidades. Sus manos, pálidas, se crispan. Vuelve el rostro con resignación y suspira, mientras se enfrenta a la realidad: como un enorme gato Antonio se desperezó sobre el volante y sonrió, después quedóse viendo el faro rojo que parpadea momentáneamente antes de pasar al verde.



PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

A M B R O S I A – Ambrosía

José Geraldo Neres (Garça-São Paulo/Brasil)

Traducción de Marta Spagnuolo (Argentina)

sentir el ritmo
y sumergirse en el cántico de las aguas
el grito
revela el paladar-líquido del rocío-carne
moldura inclinada sobre un cáliz de música y palabras

I

en la barranca
pintura de miedo
perfume de luna

con trenzas de árbol
tejo un columpio
y bailo en las estrellas
la ronda de los sueños

II

con vestes estelares
dragones en la cintura
las caras de la luna
en el peregrino dorso

en la acuarela
gritos
destrozan
girasoles

III

el sexo grita
los dolores del arco iris
espasmo secular
gotas insanas

relieve sin tramas

IV

con las lágrimas
la cara mezclada
lava otras caras
el mar salvaje
se curva
escultura desnuda
cruda de secretos

V

un puñal
onírico
tatúa en la
película
del
cuerpo
diecisiete piedras

recorren el castillo
en las
sandalias de la luna

VI

el cuerpo sudado
moldura del agua
bebe naturaleza
un acuario solloza

su cuerpo desierto

VII

delirio plateado
protesta callada de una geisha
orquídea con máscara de rocío
sentencia despedidas

(temporal de sake)

VIII

cautivos
en sueños verdes
amaru y sade
en versos
cáliz cuerpo
cálido convexo

guirnalda mítica
cantiga tenue
madrugada
desnuda

IX

busca el cuerpo dentro de sí
en actos de salvajería
se rasgan

susurros

en el octavo día semanal
la madrugada extasiada
se baña en el néctar uterino
de la madre tierra

X

fantasmas se entregan a la noche
el día besa
la cara de la madrugada

XI

sus pecados
parto por la mitad
sin ningún esfuerzo
las sobras de sus actos
las dejo para el juicio
de su amada

eso

si aún le queda alguna

XII

riacho de la luna guerrera
pez y fuego
en la moldura

el día en el vientre
del centauro negro
flecha humedecida
en la aurora boreal

XIII

cántico en la órbita azul
verbo de tambores
y silencios

agua en la caza
de un sagitario
y laberintos
grito las melodías
del Vesubio

esfinge siembra
el noveno girasol
en el reloj lunar

XIV

Médula
ser libertino
se mezcla con líquido
en mañoso éxtasis
el deleite acompasa el desatino
tatúo un poema en su dorso
manifiesto silente de misterios
la madrugada estimula tramas
estrellas juegan en el espejo del alma
rocío
el paladar del amanecer
son versos en papiro inmaculado

XV

rozar arco iris
con dedos cristalinos
susurrar palabras extintas
en el diccionario de la selva carnal
puñal aterciopelado
bálsamo en cicatriz azul
ingenuo instante
poema bilingüe
modela nubes de algodón

XVI

estrella marina
acuario de viento
gota tejedora
suspendida

(ojos-tempestad)

el seno lunar
contornea el rocío
piedra de fuego
late en la acuarela-vientre
génesis

XVII

en el lecho
silueta
sol de labios místicos

en la puerta
el son me llama a bailar
reina-mujer
cabalga y alimenta
tatúa su mapa
en este peregrino

en la barca-deseo
el sudor de la noche

sin estrategia
sin miedo al mañana
me entrego
oh cazadora!
Avalón
se dibuja en la savia
navego

XVIII

Muerdo la noche
y los espejos de luz – mujer
retazos
de palabras carnívoras
en el tiempo de sombras
cuerpo
laberinto de mis ojos
la música de su vientre
revela las puertas de la muerte
abrazo esa melodía
la savia de una estrella
y siento la canción del silencio
correr por el cuerpo

un beso
recibe la primera gota de rocío

me alimento de su sonrisa
ofrenda de sangre

PÁGINA 23 - CUENTO

Tres solapas


Por Luisa Futoransky (París/Francia)

1
Ella había hecho todo lo posible para matarlo dentro de sí y ni siquiera eso había cambiado nada; ni lo que sentía ni su desamparo. No quería que eso volviera a ocurrirle, que los sentimientos dominaran su juicio y su respiración.
Lo curioso fue que seguía echándolo de menos, aunque sabía que tarde o temprano volvería a despedirla contra las cuerdas, tiritando, amoratada y que volvería a intentar matarlo otra vez.

2
Las venas de la ciudad lucen mejor de noche. Hasta las lecturas en la oscuridad mejoran en mística. El amanecer desliza el telón, la intriga desaparece y la sustituye un sentido de peligro mediocre y agazapado pero continuo.
Como otros sitios en los que había vivido éste también era un lugar de apostadores y adictos, de veredas y sueños rotos. Construyes una ciudad en el páramo, la riegas con falsas ilusiones y falsos ídolos y en última instancia esto es lo que ocurre. El desierto la reclama y ella prefiere la aridez. Plantas carniceras, tan humanas van a la deriva por sus calles y avenidas y los francotiradores se ocultan en las rocas y las plazas aunque prefieren sentar residencia tras los visillos de las ventanas.

3
Y las barajas empezaron a saltar, a dejar manchas de sangre y muy mal olor. Ella no se lo había montado muy bien en un mundo de policías corruptos, gángsteres con coartadas a toda prueba, productores cinematográficos y televisivos sin escrúpulos y actrices decididas a triunfar a cualquier precio.
Julia Marlowe Hammett logró por fin salir de todo aquello sólo un poco más magullada, amarga y desencantada de lo que había entrado.
Las alas y las nubes se le habían estropeado para siempre.

PÁGINA 24 - ENSAYO

Documental censurado sobre Quesada (Jaén-España)

Por Ramón Fernández Palmeral (Orihuela-Alicante/España
)

Visualizado el documental hoy recuperado de Antonio Mercero, sobre Quesada de 1968, censurado y no emitido por su tono reivindicativo, veo que es todo una joya, un bien cultural, un memoria socio-política, nuestra memoria perdida en imágenes: «Quesada: el museo, el folklore, los hijos, la romería», está rodado en blanco y negro como las grandes películas de gángster o como fotografías antiguas. Dirección y guión de Antonio Mercero para la serie: Fiesta, 1968. Producción: TVE. Director de la serie Pío Cano. Sonido: José Luis Peña. Temas musicales: “las tres morillas de Jaén”, interpretado por Ismael. Duración 25 minutos. Es como dice la carátula, un testimonio de una gran calidad cinematográfica, arriesgado y comprometido para el tiempo en que se rodó, al reflejar la vida en un pueblo- cualquiera de los pueblos de la España profunda… La integridad humana de Mercero y sus convicciones, se reflejan en cada fotograma, en cada escena, en cada plano, es como un escenario del tiempo pasado, de una pesadilla española, pero toda una realidad cruel a ver a los hombres desdentados y desnutridos, a los penitentes caminando de rodillas hasta el Santuario, en una fe que hoy en día nos parece equívoca, una romería en la que aducen las autoridades escoltadas por la Guardia Civil de bigotes, trinchas tricornios y gafas de sol.
Las causas de la censura se debieron, posiblemente, a las imágenes de una España mísera y pobre de los años 60, de posguerra, y además que aparezcan tres poemas del incómodo poeta Miguel Hernández a la vez que se muestran imágenes del pintor quesedeño Rafael Zabaleta. Y ya para cerrar la terna, Mercero introdujo unas estrofas de Antonio Machado sobre la Virgen de la Sierra de Quesada, la Virgen de Tiscar, a la vez que vemos a gentes tullidas y caminando de rodillas, en una cuestionada fe.
Son dignos de mencionarse los recortes de prensa jienense cuando fue recuperado esta joya de documental gracias a las gestiones del Ayuntamiento de Quesada en el 2005:
a) El primer documento es un artículo de María José Bayona «Rescatan la cinta de Mercero sobre Quesada», publicado en el Diario de Jaén, de 10-02-05. Donde nos informa «la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Quesada logra recuperar un documental que el conocido cineasta Antonio Marcero realizó en 1968 sobre la localidad». No hace María José un breve currículum de Mercero. También nos dice “El resultado del documental no fue bien recibido por los responsables políticos del área de Turismo de la época que lo vetaron y no llegó a ver la luz”. Según Juan Antonio López, Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Quesada “porque reflejaba una realidad demasiado cruda como para ser admitida […] reflejaba a gente muy mayor y delgada o lisiados que iban andando hacia el santuario de la Virgen lo que debió conducir a censurar esta imagen nada agradable”.
Y es que el documental de Mercero plantea dudas sobre la verdadera fe cristiana a la vista de las crudas penitencias de cojos o tullidos, de mujeres arrodilladas o arrastrándose. Pero que era la realidad de la época. Una fe ciega en la religión como único camino de salvación, sin raciocinio, y una iglesia que permitía estos vanos sacrificios, casi medievales, como aquellas largas horas de flagelaciones o mortificaciones de los carmelitas descalzos que vivieron por tierras del Segura, caso de San Juan de la Cruz que murió en Úbeda.
Como bien escribe María José, en el documental se vincula el nombre del pintor quesadeño Rafael Zabaleta con un poeta “non grato” como era el oriolano Miguel Hernández en los años de la dictadura, además de unos versos de Antonio Machado. El edil dijo que “hemos iniciado las conversaciones con Mercero para que sea él quien lo presente en Quesada”.
Por lo que podemos leer, en la carta que envió Mercero al Sr. Manuel Vallejo Laso, Alcalde de Quesada, en fecha 27 de mayo de 2005, Mercero se disculpó con que tenía mucho trabajo: “Me gustaría acudir a Quesada para dar a conocer mi documental, pero por ahora me es imposible, dado que tengo una agenda muy ajustada de trabajo, ya que dentro de unos días empiezo a rodar un documental sobre caseríos vascos en Lasarte, mi pueblo, y eso me llevará algún tiempo”.
Mercero no es muy dado a acudir a actos públicos, no se prodiga en la feria de las vanidades, además este documental era su bestia negra, pero estoy seguro que si le hubiera llamado Steven Spielberg a Hollywood, lo deja todo, toma el primer avión y sale echando leches.
b) El periódico “Sierra de Cazorla Información”, de marzo del 2005, autoría de la Redacción de Quesada, se hace eco de la noticia del Diario de Jaén, repite lo ya comentado en el apartado a), y, aporta además algunas acertada críticas tales como:
“Según el concejal delegado de Cultura de Quesada. Juan Antonio López Vílchez, el documental es una auténtica joya, desde el punto de vista cultural, sociológico, histórico y político, ya que es el fiel reflejo de los pueblos de la España de la posguerra. Si bien desde el Gobierno de aquella época se estaba intentando dar la imagen de una España moderna y en pleno desarrollo (período del desarrollo industrial del norte), la realidad era bien distinta y así se recogió en el polémico documento. Un reflejo de otra España más profunda, que no interesaba difundir”.
c) El diario Ideal de Jaén, de fecha 14-03-95, también se hace eco de la noticia con el titular “Quesada y Antonio Mercero se reencuentran después de 37 años de censura y silencio”, firmado por José A. García Márquez. No dice que es uno de los documentales más controvertidos de la última década de la dictadura. Recuperado de la Filmoteca nacional. En su época:
«La censura eliminó cualquier vía de proyección y enclaustró la cinta para que nadie pudiera verla. Ni siquiera el hecho de que dos años después, en 1970, Mercero dirigiera la seria nada dudosa “Crónicas de un pueblo” o el prestigioso mediometraje “La Cabina”, con el que consiguió primeros premios nacionales e internacionales, permitieron desbloquear la película sobre Quesada. Finalmente, con la llega de la Democracia, el cortometraje se estrenó en TVE, en 1983, aprovechando el tirón de “Verano Azul”».
Nos apunta J. A. García Márquez que la canción que suena de fondo al principio y al final de la cinta es el tema “Tres morillas de Jaén”, interpretada por Ismael.
Aunque no se comenta en este artículo, seguramente por al brevedad del espacio asignado, me permito analizar que esta canción popular es del siglo XV, parece ser que lo recuperó Federico Garcia Lorca. Las tres morillas son Axa, Fátima y Marién, que en realidad eran cristianas moras en Jaén que cuando fueron a coger olivas y manzanas ya estaban cogidas, aquí la canción:
Tres moricas me enamoran / en Jaén: / Axa y Fátima y Marién. / Tres moricas tan garridas / iban a coger olivas, / y hallábanlas cogidas / en Jaén: / Axa y Fátima y Marién. / Y hallábanlas cogidas / y tornaban desmaídas / y las colores perdidas / en Jaén: / Axa y Fátima y Marién. / Tres moricas tan lozanas / iban a coger manzanas / y hallábanlas tomadas / en Jaén: / Axa y Fátima y Marién. / Díjeles: ¿Quién sois, señoras, / de mi vida robadoras? / Cristianas que éramos moras / en Jaén: / Axa y Fátima y Marién.
d).- El Suplemento del Diario de Jaén, del miércoles 22 de junio de 2005, en una detallada crónica con texto de María Aldea e ilustrada con fotografías del Archivo del Ayuntamiento de Quesada. Este trabajo tiene la particularidad de que se nos describe el documental por el orden de los capítulos del documental, algunas estrofas de los poemas de Miguel y «Las tres morillas de Jaén». Añada María Aldea que “Todo parece inocente, hoy a nuestros ojos hasta quizás nos parezca excesivo que fuese vetado y censurado”. Indudablemente que son imágenes inocentes, víctimas nada más de una posguerra y de un campo duro, por eso el régimen franquista quería controlar los No-Do, las películas, la prensa y todos los medios, para evitar enseñar sus vergüenzas y sus errores de gestión.
e) En la sección “Vivir-Cultura” del Ideal, miércoles 22 de junio, se homenajea a Rafael Zabaleta en el aniversario de su muerte. Rafael nació hace ahora cien años en Quesada el 6 de noviembre de 1907, estudió en la Escuela de Bellas Artes de Madrid y falleció el 24 de junio de 1960. Donó 112 óleos, 11 acuarelas, y casi 500 dibujos, para el Museo que lleva su nombre, creado en 1963. El proyecto del nuevo museo lo ha realizado el arquitecto quesadeño José Gabriel Padilla Sánchez junto a los hermanos José Luis y Jesús Martín Clabo en 1992.
El hecho de que en este documental se vinculara la obra zabaletiana al poeta Miguel Hernández con sus poemas rurales, fue todo un acierto por parte de Mercero. Si contemplamos detenidamente la obra de este quesadeño universal podemos observar que su pintura, evolucionó hacia un poscubismo, influenciado por Picasso, unido a una figuración geométrica expresionista y colorista. Escenas bucólicas como "Campesina amamantado a su bebé" son de una armonía y calidad insuperable. Sin duda Rafael apostó por el estilo personal, lo cual le lleva al punto que todo artista debe buscar: el Parnaso de su arte. La pintura zabaletiana es también un icono y una anticipación a las nuevas búsquedas, y a la vez, es precursor de lo que yo llamo “Intelectualismo”.
¿Acaso la censura, los secuestros de incómodos diarios o revistas, o cadenas de televisión se pueden ocultar a los ojos de la Historia?

PÁGINA 25 – CUENTO

La estación.

Por Sergio Borao Llops (Mallén-Zaragoza/España)


Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.
Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez), metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.
Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de esos que luego resultan ser trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.
No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?). Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: no denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!).
Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las certezas no existen). Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
—¿Ha salido ya el tren hacia D.?
—No puedo estar seguro —contesté con amabilidad—. Lo único que puedo asegurar es que no lo ha hecho desde que estoy aquí —no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
—Entonces ¿llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intrascendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
—¡Estás loca! —gritó. Después se dirigió a mí en otro tono—: Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto. —Se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó—: Nunca volverá ese tren. ¡Nunca!
—Calla, viejo idiota —dijo ella entre sollozos—. Tratas de confundirme. Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
—Yo nada espero. Eso es cierto —aceptó él con un tono más calmado—. Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tú puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén que pueda llevarte hacia la luz.
—¡Cállate! —gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo—: Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
—¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
—Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel —su tono fue subiendo poco a poco—. ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme. ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti? Acabas de llegar y ya crees saberlo todo —su voz adquirió un tonillo irónico— pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
—Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
—¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
—De ningún modo —respondió él, sonriendo con amargura—. Ese tren ya pasó y nunca regresan —hizo una breve pausa—. Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
—Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños —al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas—. Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
—¿Caminatas? —pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
—Sí. Es preciso caminar mucho para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
—¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? —dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible. Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
—Muchos días y muchas noches —respondió él con cierto desaliento—. Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo. Pero no conozco otro camino.
—Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
—Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse. Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
—Pero es que debería regresar antes del lunes...
—¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
—Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
—¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar. ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota. ¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
—Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a qué aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
—¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar. Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...). Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo pensamiento: no puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato. Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.
El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación. Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril. Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado. Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.



PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Dolors Alberola (Valencia/España)

En el principio fue el número


Creárase la soledad,
el doble de ella misma,
e incluso el triple y llegárase al siete de la nota,
al lugar del descanso, al punto geométrico,
al triángulo exacto de la transmigración perenne
-el alma que se escapa entre los brazos quietos
y el triángulo -viejo- con sus catetos rotos-.
Y de nuevo hacia el uno,
hacia la sola agua. Consonancia perfecta
el uno con el dos y cada nota, fija, en esa vibración,
exactamente el doble en las octavas altas.
Creárase la soledad, el infinito nunca de la música,
el punto equidistante entre la nada.
La piel del hombre, un árbol.
En su interior, lo solo y el dos y el tres en su
costado
y el cuatro y nuevamente el cinco con sus dedos
correctos
y el seis (como de hombre) y el siete del retorno.
El ser, así, girando en desmesura, como un sonido
ciego
y un estuche, desnudo en cada muerte.

Pitágoras
Metaponte, h. 500 a.C.

Porque de tierra somos

Arco de meridiano azul, hondamente medido
como la tierra gris que hay en el hombre.
Y el radio de la tierra, el corazón exacto de la
tierra
como una línea recta que palpita.
Pero dónde medir los sueños del geodesta
sin un punto de origen. Dónde depositar la estrella
del astrónomo sin un final que, ígneo,
nos ocupe los huecos de memoria.
Volar desde la cuerda azul de la medida,
atravesando gris el rayo del silencio
y volar, volar por el silencio y por la estrella
que no existió jamás. Pero su brillo
se dejó computar y ahora refleja,
en la almohada térrea de la tierra,
nuestro sueño dormido de altos dioses.

Jean Picard
París, 1682

Cosi fan tutte

Le dijeron, la música,
la música que es dios y un pequeño peldaño
la eleva hacia la gloria.
Ella que se hace ubicua en oscuras catedrales
y entre un arco ojival tiene puesto su grito.
La música es el vals y el trueno es esa música
donde vive la lluvia sus mojadas cavernas.
Le dijeron, la música,
tejiendo entre sus dedos un diapasón sagrado.

Wolfgang Amadeus Mozart
Viena-1791

El navegar oculto de la especie

Y no fue el mar,
no fuera el agua disoluta,
el agua en cuyo origen nada o todo
o mismamente dios fluía en la impaciencia.
No fuera allí la mano, erguida ante la vida,
la que dura asestara, final, el navajazo.
No fueras tú la voz,
el sonido inaudible de la voz,
la boca muerta,
el quejido del simio o de la nube.
No fue allí tu nombre, ni mi nombre,
no fue tu tiempo ni mi tiempo.
No fue.
Verás que nunca fue esa masa que ahora
se esparce húmedamente en el silencio.

Charles Robert Darwin
Down,1882

Transmutación

Volvería a ser piedra.
El pensamiento aquel que circundara al mundo
completamente ebrio. La luz.
La panacea agreste del viento en el tejido.
El hombre que calmara, que abrevara la fe,
el cuenco de la mano, funesto, ya vencido.
La sempiterna lucha del hombre por el hombre.
Y ahora regresar,
volver tal vez de nuevo a la tierra de origen,
comenzar desde cero la divina parodia.
Fluir constantemente hasta el vértice exacto,
el fuego, tan vital, lamiéndonos la voz
y, entre el silencio,
hormigas trabajando agriamente ese cuerpo
hasta dejar disolviéndose el ser
entre otro ser que gire, sempiterno.

Friedrich Nietzsche
Weimar, 1900

La relatividad del todo

No fuera la amplitud sin ese tiempo,
sin esa cuarta dimensión no fuera el alto,
no pudiera medirse la muerte, largamente,
sin un reloj, cuchillo, la guadaña.
Pudiera ser la luz la exacta relación entre el alma y
la masa.
Pudiera ser el alma esa carrera, esa velocidad de
todo,
ese volar, esa explosión inerte de la carne, ese
cuanto total,
ese quark enfiteuta, o su contrario.
Pero fuera el poema hilo de plata entre el peso y
volar,
entre la luz y el tiempo
y fueras tú, oh Browni,
el espacio infinito que buscamos
después de tanta inercia de las sombras.

Albert Einstein
Princeton, 1955

PÁGINA 27 - CUENTO

Sol y Luna.

Por Harmonie Botella (Alicante/España)


Hoy cumplimos cuarenta años de matrimonio, cuarenta años de andaduras por los senderos de la vida, por los senderos de la cohabitación.
Entró con aires amargos el invierno en nuestras vidas y me percaté que siempre te asemejé a un santifico sol que iluminaba mi vida. Tú eras el sol, pero yo no era la luna.
Volcaste mi corazón en cuanto surgiste, tal una indómita tempestad en la mar sosegada. Estremeciste mi alma, mi corazón. El temblor de mi cuerpo era comparable al temblor de la tierra.
En cuanto te conocí, dejo de importarme el mundo. Solo deseaba estar contigo, compartir tus días, tus noches, tus sueños. Ser el eje de tu vida
Tu luz me deslumbraba. Tus rayos me envolvían, me quemaban. Me transformé en un ser diminuto y frágil. Te necesitaba como la tierra necesita el agua y el sol.
Te necesitaba. Necesitaba tu amor, tu apoyo, tu presencia. Quería ser tu mitad, tu alma gemela, tu yo. Quería fundirme en ti. Quería que compartiésemos todas nuestras vivencias, todas nuestras alegrías, todos nuestros problemas.
Bebía los vientos por ti.
Creí en ti, creí en el amor, creí en la complicidad. Creí que mi vida se uniría a la tuya. Imaginé que el amor era compartir, vivir el uno para el otro.
Al llegar el invierno de nuestras vidas, entendí que había pasado el tiempo esperando que me vieras, de que te dieras cuenta que me vieras, que te dieras cuenta de que yo existía, de que yo aún existo. Derramé todos los suspiros y sollozos de mi cuerpo, hundida en la soledad de los que temen hablar demasiado o reclamar el cariño que tanto necesitan.
A lo largo de nuestro camino, se asoma una voz que musitaba: mañana te verá, mañana entenderá que tu vida es in largo esperar. Mañana entenderá que lo necesitas, mañana…
Para ti, fue más fácil no ver, no entender, no cambiar de ruta. Tu vida siguió sus propios senderos e huiste del compromiso. Me arrinconaste en el desván del olvido.
Mi corazón buscó alivio en el día a día, en la mirada clara de los hijos que tuvimos, de estos hijos que amé, al igual que te amé,
Con locura, con frenesí. El amor, el acecho me laceraron.
Hoy, mis ojos están secos de tanto llorar. Mis pensamientos se pierden en unos meandros incógnitos para elucidar este vació. ¿Cómo acepté esta situación? ¿Por qué fui relegada al último plano del hombre que obsesionaba mis días, mis noches? Me transformé en esta mujer que no espera nada de la vida, del amor.
¿Y tu no te replanteas nada? ¿Lo das todo por hecho?
Para mí todo está por hacer. Pensarás que es una locura increíble a mis años. No quiero seguir viviendo como una mujer ignorada. No quiero morir con este mal sabor de boca. Quiero vivir, quiero sentir. Quiero amar y ser amada. Quiero ser reconquistada.
La puerta está entornada. Está entre tus manos, abrirla o cerrarla para el resto de nuestras vidas.

PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Marina Aoiz Monreal (Navarra-España)

ungüento de mandrágora


has olisqueado el sueño del gavilán

como eres niña rara
escaparás al sur con los zorzales

presas y predador
renglones del mismo palimpsesto

sin cambiar la dirección del vuelo
ligeros atravesáis tierras y mares

porción de luz que arrastra su cola
ungüento de mandrágora

tus axilas las alas su mandala
vuestro libro de conjuros
la estela del cometa tu granada

halcones y estorninos
cada uno en su bandada
hacia el sur de la noche soñada
al ritmo de la escarcha

niña del camino de mostazas

aleteas aburrida en tu jaula
te distraes con baratijas

palpitas y de una vez te alejas
en la alfombra voladora

la sílfide

cuenta Eva Vaz en La historia
de la chica que comía sueños
que con treinta y seis kilos
aquella niña toda hueso
ingresó en el infierno
famélica y endeble
como pajaritos recién nacidos

Mab la reina de las hadas y los sueños
montó en su carroza de cáscara de avellana
conducida por ocho libélulas
y rescató a la niña-pajarito del averno

ahora las cuatro compartimos
deliciosos alimentos biológicos
al ritmo de nuestras insinuantes caderas
dulces frutas panes especias pescados frescos
con sus músicas internas encantadas

el placer de los sabores la alquimia
y hasta una gota de miel en los pezones

la cantante no entra
en el vestido negro


revuelo de cuervos en el Covent Garden
Deborah Voigt soprano americana
no puede lucir el modelito
que el Royal Opera House
guarda con tanto celo y naftalina

mientras Richard Strauss duerme tranquilo
los gerentes graznan por las esquinas
invocan a las divas del gorgorito
Deboraaah Ariaaadne Deboraaah
Voigt Auf Naxos Ariaaadne

¿te atiborras de chocolate o te redondea la nata?
¿qué hacemos ahora a primeros de marzo
con tanto raso y tanta lentejuela?

preciosa criatura ríete a carcajadas
y envíales un gallo de enhiestos espolones
en un tarro gigante de mermelada de frambuesa

se nota que ha comido

la actriz termina de picotear una lechuga
se nota que ha comido
comenta la estilista
tiene mejor color que esta mañana

en la página de al lado
la Down Chemical y la Shell Oil
fabricantes de diabólicos pesticidas
se frotan con fruición las manos

se lleva lo ligero

la gasa estampada
fluidos vestidos drapeados
en tonos lavados
faldas con vuelo
chiffon en blanco y negro
chaquetas de seda
hilos metálicos bordados
sobre colores frutales

se lleva lo ligero
mi diosecilla de ébano
pero tú estás tan tan flaquita
que quien te va a llevar
será el maldito viento

una mujer enjuta

vestida de negro
permanentemente en silencio
vive en el barrio de Yajooz
en la localidad jordana de Zarqa
a 20 kilómetros de Ammán

la mujer enjuta tiene miedo
las alas del terror planean sobre ella

por la captura de su hijo
se ofrece una recompensa
de diez millones de dólares

sueña ella cada noche
con una paloma luminosa
que derrama granos de trigo sobre su cama

con una palabra tierna
y unas sábanas muy blancas
tendidas en la azotea de su casa sueña

esconden sus ojos uvas agraces
un graznido penetrante en los oídos
le tortura las entrañas de madre

sola y a oscuras no encuentra la manera
de volverse sombra en el aire

PÁGINA 29 - CUENTO

Ruta de purificación.

Por Senén Rodríguez Perini (Maresme – Barcelona/España)


Subió uno a uno, lentamente, los cinco mil escalones hacia el antiquísimo Templo en el lejano Tibet, buscando la purificación de su Ser, en lo mas alto de la montaña. Esto solo, de por sí, es muestra de una inmensa constancia para alguien acostumbrado a la vida sedentaria de una oficina estatal y algo pasado de peso. Pero la fe todo lo puede.
Al llegar a la cúspide jadeando y traspasar el inmenso portón milenario sintió su cuerpo invadido por un placentero calor. Reconfortado pese al esfuerzo, y con cierto orgullo por llevar tan bien sus cincuenta y cinco años, hizo girar los extraños y pesados cilindros con inscripciones desconocidas para sus ojos, uno tras otro tres veces cada uno de los veinte, según había estudiado antes de emprender su viaje de conocimiento.
Cuando pisó el último escalón se sentía tan lleno de energía que su pecho parecía oprimido de tremenda carga positiva. Caminó extasiado hasta el altar y prendió una larga vara de sahumerio, se hincó respetuosamente frente al pequeño Buda dorado rodeado de deidades y flores de loto, juntó sus palmas elevándolas tres veces hacia el infinito y bajándolas simbólicamente hacia la madre tierra de la que somos y seremos parte, y luego se inclinó hasta tocar con la frente el piso de piedra pacientemente cuidado – como todas las riquezas simples del templo – por los monjes que viven desde tiempos inmemoriales allí.
El haber logrado cumplir todas las metas que se había propuesto mucho tiempo antes y que fueron planificadas hasta el mínimo detalle, lo hizo tan feliz que se sintió inundado de sensaciones desconocidas, pues junto al calor placentero en todo el cuerpo y a esa energía divina que le oprimía el pecho, comenzaba a sentir un incipiente mareo – fácilmente superable – por el concentrado humo y olor de los cientos y cientos de sahumerios y velas prendidas en el recinto breve, y una abundante transpiración empapaba su ropa generando gruesas gotas que le corrían por la frente – nada raro luego de los sacrificios realizados – y que mostraba como un blasón orgulloso, prueba de su decisión y constancia a los monjes y demás peregrinos que lo acompañaban mirándolo a él, un occidental, cada vez con más asombro ante el logro de semejante hazaña.
Un monje, con cara de alarma y señalándolo, algo le quiso trasmitir en su idioma del que no entendió ni media palabra – cosa que lamentó, porque seguramente era algún viejísimo consejo o un arcaico mantra, pero él nada podía hacer – por lo que se limitó a agradecer tanto interés por su simple persona, bajando varias veces su cabeza. Los cantos plañideros le producían un profundo estado de desconcierto. Dejó atrás al monje que lo seguía mirando fijo y conversaba a grandes voces con otros de sus pares que también lo miraban atentamente, y allí se sintió mas cerca de su Karma, se sintió iluminado, comenzó a entender ese extraño mundo esotérico incomprensible para el humano común de este lado del mundo y el gozo se apoderó de él, emocionándolo de tal forma que se le hacía un nudo, como una garra en el cuello, y una sensación de hormigueo e incluso de dolor leve, se le irradiaba al brazo, lo que le demostraba que estaba llegando al máximo de comunicación con lo celestial y casi se elevaba del mundo material.
Comenzó a retroceder por donde había llegado, siempre sin dar la espalda a la deidad, con pasos dudosos, la cabeza baja, muy mareado por la emoción de encontrarse en ese estado espiritual tan especial.
Antes de llegar a la puerta del milenario templo hizo el infarto masivo que lo condujo al Nirvana expeditivamente.



PÁGINA 30 - ENSAYO

La desgracia de la realidad es la gracia de la poesía.

Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)


Me gustaría comenzar esta nota diciendo que ella es un homenaje para los que todavía viven y respiran ese aire que facilita la imaginación y el descubrimiento de lo esencial en la realidad.
He aceptado para la poesía, y para su extraña-terrible actividad, este tipo de homenaje que aquí se le permite, más aún cuando veo claro que en el fondo ello puede facilitarme un acercamiento a esa región inédita y hereditaria que corno hijos asimilamos y donde todo puede ser posible. He aceptado también conversar con ustedes por una simple razón: desde que fue posible afianzarme en mi trabajo con la palabra poética unas cuantas preguntas me rondan y quiero en esta ocasión ensayar a responderlas, no sin antes dejar claro que son las respuestas de una individualidad, de un islote en medio del continente de inquietudes y propuestas que ustedes contienen.
La vocación o destino del poeta, quizá sea provocar la interrogación y la sospecha más allá de las circunstancias de su realidad, pues dudo que la poesía tenga las mismas intenciones de un sistema lógico y autoritario que venera la verdad como algo total. Con esto dejo claro que de ser posible una conclusión, ella ya no pertenecería a mi intención sino a la de ustedes.
Creo por lo demás que, desde esa visión verbal que es la poesía. se desprenden múltiples accidentes y sentidos, los cuales permiten acercarnos a ella más limpios y sin tantos prejuicios supuestamente intelectuales; con más carga de amor e intensidad hacia lo que está allí escrito que con el frío sentido de una mirada de difunto ante semejante sol de la vida.
Retomo de Federico García Lorca una carta dirigida a su amigo Gerardo Diego que puede facilitarnos entrar en cuestión. Ésta dice:
“Qué voy a decir yo de la poesía? ¿Qué voy a decir de esta nube, de este cielo? Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores, pero ni tú ni yo, ni ningún poeta sabemos lo que es la poesía. Aquí está, mira. Yo tengo ese fuego en mis manos, yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente... En mis conferencias he hablado a veces de la poesía pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago, al contrario, si es verdad que soy un poeta por la gracia de Dios —o del demonio— lo soy también por la gracia de la técnica y del esfuerzo y de darme cuenta en absoluto de qué es un poema”.
Ahora bien, yo me preguntaría, ¿podemos definir la poesía?, o bien, ¿podemos definir la vida? Diría que la única forma de definirla es hacerse con ella, crearse con su manantial, es decir, estar dentro de ella y esto no es otra cosa que explicarse su creación por su misma creación, así como el amor sólo es explicable y comprensible cuando se ama. Estar dentro de ese reino como un astro, siendo reino y astro a la vez. Entonces ¿qué nos depara la poesía?
Tal vez ser conscientes, como la insignificante y solitaria flor en la llanura, de toda la grandeza y pobreza de lo que habita; descubrir en la sencillez, la universal y compleja presencia de las cosas sin descuidar nuestra más innata extranjería.
Muchas veces me he preguntado cuál es el sentido de la poesía y he dudado si realmente tenga algún sentido. Pero sospecho un signo, una idea que me condena. Tal vez “la poesía sea una empresa de descubrimiento esencial, una entrada al laberinto de lo conocido y desconocido del mundo en que estamos insertos y que alcanzamos a vislumbrar por medio de nuestros sentidos” (Enrique Molina); tal vez sea lo que nos llena de maravilla o de terror pero que facilita conocer nuestras imposibilidades y nuestros límites. Es una teoría de conocimiento, una forma de acercarse a la realidad, de reflexionar sobre su drama, conocerlo y no sólo sufrirlo y cantarlo.
Probablemente, esto es lo que ha hecho que la poesía se haya observado en muchas épocas como una región misteriosa en la cual se penetra gracias a la sensibilidad y al amor, pues es quizás “entre todas las aguas que corren, la que menos se demora en los reflejos de sus puentes” (René Char), y por esta misma razón es de lo que menos podríamos hablar con vanidosa seguridad, pero sí sentirla y habitarla como autores de ella sin creernos conocedores absolutos de sus intrincadas voces.
Cuántos poetas no habrán sentido ese rayo fulminante de la verdadera poesía y se habrán dado cuenta de la insuficiencia de aclararlo, de retenerlo como un fuego propio. Los casos sobrarían y rebosarían el cielo.
En alguna parte, alguno de estos poetas probablemente anuncia que habla desde el fondo del abismo que es el fondo de su cima. Conozco estas palabras; no son más que una de las tantas explicaciones a la extranjería del poeta, a su vital presencia ante los “otros’ y ante la realidad. Individualidad y cosmos, extranjería y presencia ante los “otros” son cuestiones que llevaremos toda la vida como presupuestos al escribir nuestros poemas; es un ciclo amenazante y maravilloso del cual no saldremos, pues no es misión nuestra la de abandonar sino la de asimilar estas cuestiones. Estar a la intemperie del mundo y, sin embargo, estar en él de forma permanente. Vigilar y excluirse; ser sedentario y nómada en la transparencia y en la oscuridad de las vivencias; el que vigila también es vigilado: el que observa desde afuera también está dentro del paisaje. Ser modelo e imagen, sueño y realidad, extranjero y amigo.
¡Ah!, pero si yo quisiera dejar más claro cuál es mi visión de lo que es la poesía, tendría que remontarme al carácter original, al estudio de orígenes que la rodean y esto ya sería pedirme demasiado. Pero sospecho de nuevo un signo, una región de aventuras: la poesía puede ser inocente mas no ingenua, y esto es lo que la hace partícipe de su cultura.
Determinados como estamos por el despotismo de una realidad que si bien se nos cierra cada día, es bueno saber también que ésta se nos invierte en una alternativa demasiado positiva y, es que, a pesar de ella o sobre ella, todavía reconocemos su potencia enriquecedora para nuestra obra.
De otra parte, ¿no será una gran verdad, que gracias a dicho roce permanente con la realidad, estamos ricos de imágenes? No faltaba más que, conscientes de ello, echáramos a perder esta riqueza en el momento de su mayor jerarquía, de su mayor autoridad. Reconozcamos entonces el conocimiento de nuestra propia pérdida, aceptemos nuestra propia no resurrección. La poesía está aquí y no en otro reino.
Y es aquí, sólo aquí, donde propongo una alta conciencia de trabajo y vocación; es aquí en este instante de estimación y deferencia hacia lo que nos rodea, donde la “gracia” de la poesía se nos revela en la veneración al nosotros sin que ello haga estragos en nuestra perturbada intimidad. Dicho en otros términos: la desgracia de la realidad es la gracia de la poesía’.
Quiero recordar ahora un verso escrito hace algún tiempo donde se dice que la realidad es ese sol disperso que a mi interior interroga. Pienso que podríamos remplazar la palabra Realidad por la de GRACIA poética, pues me parece que la poesía es también una forma de reconocimiento y valoración de la escala total de la realidad, o mejor, es una dimensión que no se contenta con sólo la apariencia y los reflejos de lo que se observa o se palpa, sino que vislumbra, en las múltiples estancias de este laberinto efímero, una forma de divinización y de permanencia, una grandeza en lo que aparentemente es insignificante.
Se me ocurre que podríamos ampliar más estas afirmaciones trayendo hasta nosotros un pensamiento de Montherlant: “Hay lo real y lo irreal. Más allá de lo real y más allá de lo irreal hay lo profundo”, o bien este verso de Roberto Juarroz: “La realidad se hunde palmo a palmo. La realidad que ya no se conforma con ser más que realidad”.
Para Montherlant, lo profundo sería justamente la estancia de lo poético como actividad suprema y única de exploración sobre lo que se vive. Juarroz nos permite saber que, a pesar de todo, la realidad también está sola y necesita de alguien que la descubra, que la fertilice y le dé “realidad”, todo para que ese edificio único y múltiple no se derrumbe.
Entonces, la realidad soñada o concreta sólo se valoraría al ser descubierta su gracia; al explorar su maravillosa y terrible grandeza. Desde luego, no me interesa aquí discurrir por las múltiples concepciones filosóficas y tradicionales acerca de lo que es la realidad; a lo sumo aprovecharme de esta categoría para explicar que en su “desgracia” tiene una hermana mayor que la “diviniza” y amplía, y ésta ya sabemos es la poesía.
Por lo tanto, aclarado esto, propongo que ante una lógica de la desesperación impongamos una lógica de la comprensión de nuestro más grande nutriente; una consumación con la historia de los hombres; una revuelta íntima con la realidad hispanoamericana y mundial; una convivencia con los habitantes de lo terrible, donde lo único que sabemos es que nos desconocemos y tal vez ésta sea nuestra mayor ventaja.
No estaría mal, también, pensar desde nosotros mismos sin descuidar el pensar por nosotros mismos. Nuestra visión debería construirse a la medida del sueño, pero a la medida del sueño que es a la vez anverso, razón y convulsión, refugio e intemperie, muy contrario a la voluntad de los aniquilados. Nuestros sueños deben tener raíces humanas, desde luego, y no raíces en el cántaro de un mundo construido a la manera de Disneyworld.
¡Ah! y por mucho que pensemos la huida de este mundo, sólo a él nos remontan nuestros pasos; por mucho que deseemos una “Realidad Poética”, sólo a ésta retornan nuestros gritos. La poesía escrita para desahogarse de la crueldad del mundo, es también provocación de estornudos.
Sabemos que estamos bajo la lógica de una sociedad globalizada que se desconoce y, por lo tanto, es asesina de sus propios artífices. Pero, aunque conscientes de ello, no podemos exigirle a la poesía ser arma técnica, sílex práctico en la máquina histórica de los hombres. La poesía tomada así como pieza utensiliar y fundamental del mecanismo social humano, tal vez sin proponérselo, no iría muy lejos en su misión de constructora, pues no es misión suya construirnos un mundo habitable. Su misión no es la de un estratega, su conciencia no es la de un ingeniero. Rota y perseguida, la poesía es quizás lo más inútil dentro de sociedades pragmáticas, serviles y vigilantes como las nuestras. Sola, pero con una transparencia de hermandad que no se fatiga, su rostro no se voltea, sin embargo, ni se cubre, frente a las catástrofes de su tiempo. No es mesiánica pero tampoco en su innata extranjería ignora; sabe comprender muy bien la huida y también los compromisos, y lejos de toda ideología redentora no marcha al lado de los más. Víctima de su formación en la intemperie, aún vive con la misión de pensar desde la periferia —y desde el fondo— y es aquí donde su valor se une con la misión del sabio y del filósofo; y aunque no construye sistemas, digna es de reconocerle la creación de algunos símbolos y signos, tan propios como comunitarios, de ser exploración y fundación de ciertas realidades, únicas y maravillosas, demasiado fuertes para ser desechadas por las tempestades de la historia; es decir, de elevar concepciones globales, tanto formales como conceptuales, a las cuales damos el nombre de poéticas.
Con su visión encantada, el poeta se enriquece e instaura su poética; escoge sus signos, sus símbolos, sus secretos tonos, los cuales le permiten contemplar regiones desde una perspectiva muy particular, y esto no es otra cosa que instaurar un reino propio, es definir su voz, su búsqueda, su rostro, dentro del cual adquieren importancia los elementos y valores de la realidad donde habita y piensa el mundo.
Desde esa región perturbadora (la realidad), con su halo de asombro y sus espacios profundos y elementales, es donde la poesía se nos manifiesta permanente y tal vez aquí adquiera su verdadera grandeza: la de hacer del hombre una continua correspondencia entre lo finito y lo infinito, entre lo singular y lo cosmológico, entre el ritmo de la emoción y la pasión de la inteligencia ayudada por una dimensión de soledad de la cual se abastece. La libertad es su ley, el universo su patria, la pasión es su razón.
En lo alto del silencio, su región propicia, la poesía recupera para el hombre el trance, la contemplación y la armonía del delirio; la unidad entre lo múltiple y lo único, entre el ser y el pensar; abre la oscura realidad de lo existente para pensarlo y admirarlo con el “ojo del alma”. En su alegría y en su muerte posiblemente naufragamos, pero ella vive intensa y trágica, destinada a ser susurro en medio del escándalo. Va de lo transparente a lo oculto, de lo pasajero a lo presente; su divinización está en las cosas, y nos descubre en todo y en el TODO una dimensión sobrecogedora: la valoración de las cosas y la divinización de las mismas, de lo cual nos hemos olvidado.
No pretendo con lo anterior reducir este universo memorable; sólo intento un riesgo, una aproximación no única, pero sí continua, tan importante para mi noción de poesía, la cual me ha permitido de alguna forma entrar a esta entrañable intimidad del mundo y sus continentes inéditos. Esta lámpara ha servido para salvarme de pérdidas y dolores, asimismo que la risa, el juego y el amor.
Pero, en medio de la tempestad que nos aflige, creo que todavía queda la esperanza de averiguar qué nos deja la cultura y en esto la poesía tiene un camino muy extenso para recorrer.
Giro en torno a estos planteamientos y en torno a la poesía. Sé que para llegar a su centro es necesario el amor. “Las obras de arte, decía Rilke, son de una infinita soledad, nada es peor que la crítica para abordarla, sólo el amor las puede alcanzar, guardarlas, ser justo con ellas”.
Y ahora basta de averiguaciones, lo único cierto es crear, pero crear siendo; escribir la poesía como también vivirla. Habitar el mundo no como turista sino como casero, forma de estar. Ampliar el Ser a través de la palabra, así la poesía constituya la mayor conciencia originaria de la soledad del hombre.

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