Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA – NÚMERO EXTRAORDINARIO     
25 de Mayo de 2010

¡A la ronda, a la ronda de Mayo!
¡Vuelen sueños de Mayo en la ronda!
¡Vuelen, vuelen los sueños de Mayo!
¡Vuele Mayo con sueños de ronda!
®Aguirre, Irene Mercedes, Mi ser en el tiempo, Ediciones Amaru, p.- 77



Imágenes: Homenaje a Rodolfo Campodónico (Buenos Aires, 1938)
Música: Seleccionar al pie de la revista

A MANERA DE EDITORIAL

CONFIANZAS

Por Juan Gelman (Buenos Aires-Buenos Aires/Argentina)

se sienta en la mesa y escribe / "con este poema no tomarás el poder" dice / "con estos versos no harás la revolución" dice / "ni con miles de versos harás la revolución" dice // y más: esos versos no han de servirle para / que peones maestros hacheros vivan mejor / coman mejor o él mismo coma viva mejor / ni para enamorar a una le servirán // no ganará plata con ellos / no entrará al cine gratis con ellos / no le darán ropa por ellos / no conseguirá tabaco o vino por ellos // ni papagayos ni bufandas ni barcos / ni toros ni paraguas conseguirá por ellos / si por ellos fuera la lluvia lo mojará / no alcanzará perdón o gracia por ellos // "con este poema no tomarás el poder" dice / "con estos versos no harás la revolución" dice / "ni con miles de versos harás la revolución" dice / se sienta a la mesa y escribe

PÁGINA 1 - CUENTO

ATRÁS DE LO BRUTAL

Por Alicia Duo (Guaymallén-Mendoza/Argentina)

Al teniente Francisco Carrizo lo enviaron al Regimiento Veintidós. Su destino no le pareció un despropósito hasta que llegó al campamento el coronel Ezequiel Blazco. Decían que el superior, acostumbrado a la comodidad, había elegido una galera para pasar por los primeros puestos de avanzada contra los indios. Luego había optado por presentarse a caballo en su enclave militar.
Blazco arribó en comitiva, como si fuera un virrey. Entró en la tienda de los oficiales y exhibió un desdeñoso fastidio por el olor que dijo percibir, por las moscas y otros insectos que nadie advertía y un imaginario desorden que quiso resolver de inmediato. Carrizo pensó “este hombre es ciego y fastidioso”. El coronel demostraba torpeza al caminar, indecisión al recibir las documentaciones y un modo particular, ausente de firmeza, de portar las propias armas. Francisco sintió un comienzo de aversión.
Se permitió peores pensamientos cuando prestó atención a las vestimentas de Blazco. El coronel usaba camisas adornadas con encajes y botones de nácar, prefería los pantalones de terciopelo, calzaba zapatos de gala con hebillas y se perfumaba todos los días. Si reunía a la plana mayor para determinar los ejercicios de guerra, corroborar las vituallas, reforzar defensas y reasignar puestos y guardias, hablaba a los subordinados en verso, y decía: ha de saberse que la poesía es un idioma musical que empapa el universo, con cuya armonía es más entendible aquello que se expresa. Al conocer estos hábitos, el teniente conjeturó que lo habían asignado a dicho lugar como castigo. Trató de recordar a qué oficiales había ofendido, pero él era ajeno a toda insolencia. No se explicaba en función de qué desconocido rencor lo habían seleccionado para soportar a un imbécil del que desconfiaba con buenos motivos.
Un mediodía cayó al campamento uno de los guías del ejército. Había encontrado desertores de las fuerzas conjuntas que operaban en la zona. Los había detenido y los traía encadenados. Entre ellos venía la Negra Clemira. En realidad no era negra, sino mestiza, pero ella dijo que se llamaba así: “Negra” o “Clemira”. Alta, delgada, tenía unos ojos centelleantes. El coronel Blazco se ocupó de los prisioneros. Los interrogó, concluyó que no significaban amenazas serias y los hizo desencadenar. A la Negra Clemira apenas si la miró, pero dijo que la quería en su carpa esa misma noche. Ella lo estuvo midiendo por encima del hombro, con sus ojos oscuros iluminados de orgullo, quizás de desprecio.
Carrizo estaba presente. La lujuria del coronel, tan indudable, le pareció de mal gusto. Más tarde, vio a la mujer entrar en la tienda del jefe. Escuchó por un largo rato los arrullos de los grillos. Había un silencio sano, con olor tranquilo. Después nacieron los gritos de Clemira. Francisco intuyó que Blazco la estaba dominando como si ella fuera un caballo chúcaro. Se sentían golpes de guascas. A Carrizo le dio asco. Al mañana siguiente, frente al comentario franco y grosero de uno de sus compañeros, el coronel dijo que para eso se utilizaba la fuerza, el golpe, la certeza de ser dueño.
La situación se repitió, en los sucesivos días, como un infierno más en el infierno de aguardar al enemigo. Los gemidos de la Negra se juntaban con la noche y, en la jornada inmediata, Ezequiel Blazco se presentaba alegre y despejado. Entre mate y mate recitaba a Cervantes: En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes habían puesto allí por falta de juicio. Era graduado en cánones por Osuna; pero aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos no dejara de ser loco., y se señalaba a sí mismo. Todos reían, sosegados y obedientes. Respondían al compromiso de quedar bien con el que mandaba y el coronel continuaba con sus romanticismos en versos, tan contradictorios a sus violencias nocturnas, que la tropa, indiferente, toleraba. Clemira pasaba ante ellos, con la cabeza levantada, sin evidencias de penas, como si la vejara más admitir los salvajismos que todos conocían; como si ocultara, en el orgullo, su vergüenza.
Francisco Carrizo calificó a Blazco de hombre extraño, con manías de sañas y furores. “Seguro que le marca el cuerpo, pero en lugares que no se ven”, se dijo. Sus sentimientos de repugnancia le alimentaban otras sospechas. Entonces, se impuso vigilarlo.
En las rotaciones de tareas le tocó estar de guardia. En una de sus vigilias vio pasar al coronel sin dar la contraseña. Le sumó, a los conocidos defectos, la imprudencia. Ezequiel Blazco, que habría dejado a la mujer acaso dormida o agobiada de golpes y sometimientos, caminaba solo y se dirigía al río. Se quedó sentado a la orilla de un puente precario que sus soldados habían construido para evitar vadear el río. Miraba su propia sombra, como velado dibujo movedizo en el agua.
Carrizo, curioso, se arrastró entre los pastizales. ¿Qué buscaba su jefe en ese ir de correntada? Escuchó unos murmullos. “Secretos inconfesos”, pensó, “culpas negras de maldades impuras malquistándose a través de la conciencia”. No entendía lo que el otro decía. El viento le quitaba el contenido a las palabras y los balbuceos llegaban hacia su escondite como hojas sueltas de árbol seco. El teniente esperaba y aguantaba el respiro. Blazco parecía ciego, pero no era sordo. Si lo descubría en su espionaje lo degradaría y Francisco viajaría de retorno hacia guarniciones que había superado, sin poder justificar del todo su conducta.
Unos sonidos parecieron escurrirse desde la oscuridad vencida sobre los remolinos del agua.
-¡Qué terrible es morir! -dijo el coronel.
“Cobarde”, pensó Carrizo y se sintió desamparado. No se había equivocado en las primeras impresiones ¿Cómo confiar vidas a quien escondía, como un pusilánime, su propio temor?
El coronel retornó a su tienda y el teniente, espantado de certezas negativas, se reintegró a su puesto de vigilancia.

El veinticuatro de marzo llegó un mensajero del general Valdivieso, comandante en jefe de las operaciones, quien se había estacionado con sus hombres en el sector sur, frontal a la pampa. Las fuerzas rebeldes de la indiada avanzaban hacia las posiciones del coronel Blazco y Valdivieso lo alertaba. Carrizo evocó al coronel, allá en el río: era posible que el jefe, premonitorio, hubiera adelantado su muerte y la muerte de sus hombres. Decidió prepararse para lo que viniera. Tenía el ánimo aprensivo. Su ayudante le dejó impecable el uniforme; la luna, por la noche, brilló en el reflejo de las botas. Acarició el metal de su espada entre las manos. El arma resultaba filosa.
Blazco dio las instrucciones de defensa y de ataque. Recitó unos versos. El teniente lo odió. “Anda soltando rimas de la suerte desgraciada”, pensó. Y ansió la madrugada, cuando le tocaría estar bajo el arrebato exasperante del enemigo.
Con un sol indeciso, rodeado de nubes ventosas, avanzaron con la caballería. Carrizo no tuvo olvido de esos hechos. Una memoria imperturbable lo siguió en los recuerdos. En el encontronazo, Blazco estaba entre los más encarnizados, trenzada su montura con otros caballares. Su espada, certera, cortaba cabezas como si los cuellos fueran cañas. Blazco no era Blazco. Era otro: un animal de guerra. Con el pecho al frente abría líneas y parecía, entre el fuego y los aceros, un inalcanzable.
Al final de la tarde el ejército del coronel había ganado la batalla, pero Blazco estaba muerto. Un lanzazo fatal le había cruzado la espalda. Carrizo, dubitativo aún, no sabía si alegrarse u honrarlo. Clemira se ocupó del muerto: lavó las heridas, bañó el cuerpo y lo vistió con el uniforme de gala.
Después, la tropa se formó para hacer los honores al coronel. La espera fue larga, porque transcurrían las horas y el difunto seguía en la carpa central. Carrizo se entretuvo en desvaídos pensamientos. Aunque su jefe lo había sorprendido, con un valor inesperado en el espacio de la guerra, no le perdonaba el maltrato que le había dado a su pasajera concubina. Que a Blazco lo enterraran o no le resultaba indiferente, pero la dilación del rito fúnebre perturbó la paciencia obsecuente de subalternos y provocó el nerviosismo de superiores. El teniente recibió la orden de investigar qué sucedía.
Francisco encontró a la Negra abrazada a Blazco. Algunos integrantes del regimiento rodeaban al cadáver. Clemira se mantenía apretada al jefe, desentendida sobre el final de una vida. No podían convencerla para que se apartara de aquella rigidez insalvable: tenía las manos tan agarrotadas en el cuello del coronel como clavada estaba la muerte en ese esqueleto duro, vestido con traje de ceremonia.
Azellaz, segundo en el mando de la tropa, con disgusto en la voz, encargó a Francisco la tarea de alejar a Clemira. Él hubiera preferido enfrentarse otra vez al enemigo. Los demás soldados volvieron a la formación. En la tienda quedaron, en soledad, los cuatro: el teniente, la Negra, el coronel y la muerte.
Ante la obligación de incitarla a entrar en razones, Carrizo dijo algunas palabras. Ella no lo escuchaba. El teniente no comprendía a esta mujer. Blazco la había obligado a proveer goces para recibir, a cambio, permanentes maltratos y ella se dolía de una pérdida que, en definitiva, era como puerta de libertad que el destino le otorgaba. Clemira lo dejaba hablar. De repente dio un grito feroz, abrió los brazos y se enfrentó al soldado.
-¿Qué sabe usted? ¿Qué sabe? -dijo-. Él nunca me castigó. Era yo la que aullaba para animarlo en pasiones dormidas. Era yo solita la que alzaba el chicote y le daba al catre con ganas, para demostrar que la cama es cuna de reposo en los dolores y remanso de tormentos. Lloraba por él, por Blazco, tan tierno y a la vez tan severo para consigo mismo. Lo quise desde que nos vimos. Ninguno, en mi vida, me cubrió el corazón como él supo hacerlo. No sea tonto. ¿No reconoce al amor? ¿Acaso es ciego?
Enterraron al coronel cuando ya oscurecía. La Negra Clemira partió del campamento antes de que clareara.

Al teniente Francisco Carrizo la continuidad de la guerra le perdonó la vida, pero se llevó una de sus piernas. Su tiempo, con un devenir inmóvil, le permitió agilizar la mano en los papeles. No olvidó al Coronel Blazco ni a su amante. Esperó en soledad, sin saber qué aguardaba. Con un caminar dificultoso recorría las habitaciones vacías de su casa. Fatigado, le dio paso a los sueños que quería enterrar entre batallas. En sus ansiedades oníricas buscaba una mujer que le aullara al oído para despertarle los instintos dormidos. Por las noches recitaba poemas que él mismo escribía.
(Segundo Premio en el Certamen Literario Guaymallén Cuna de las Letras 2008)


PÁGINA 2 – POESIA

Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

XXV

En esta inquietud
que los crepúsculos obturan
como si fuera
un relámpago
breve
violeta
que pone el horizonte
en movimiento.

Así tus ojos
cuando miran
iluminan lo que nadie
ve
lo mejor de mí
lo que subsiste.

XXVIII

Necesité
varios días
para limpiarme
el sarro
de la ciudad
bajo estos árboles
bajo este cielo
mirando volar
un pájaro
y sentirme
atravesado y pleno
por el canto alegre
de aquella
tacuarita.

XXXI

Si acaso fuera
esta costumbre
altiva
a veces
y otras
exultante
una prueba
de que el mundo
existe
pero no para uno
sino siempre
de otros
siempre ajeno
dando pábulo
a los sueños.

XXXV

¿Habrá algo
en este día
que me cubra
de la miseria
de los hombres?

¿Y un poco
más
como un esfuerzo
extra
que me salve
de sentir miserias
personales?

XLIII

Si la palabra mesa
fuera solo la palabra
mesa y no dijera
pan, hijos, familia, carpintero.
Si la familia no fueran los hijos
entonces la palabra mesa
no tendría el puñetazo áspero
del padre exigiendo silencio
o la marca del cigarrillo
quemando la blancura
como el pezón de unos senos.

Si la palabra mesa
acaso no trajera aquella
harina que la madre
espolvoreaba para hacer la pasta
que amasaba todos los domingos
hubiera que desterrar su sentido
de todo diccionario


PÁGINA 3 – ENSAYO

FORTÍN “CAYASTÁ VIEJO”

Por José Rafael López Rosas (Santa Fe-Santa Fe/Argentina 1920-2000)

En el año 1867 el Ejército establece el fortín, llamado por entonces “Cayastá Viejo”, que posteriormente, toma el nombre de Cantón San Martín. En este punto –dice Roselli- los padres franciscanos Bernardo Arana y Gerónimo Marchetti fundaron la misión de Nuestra Señora de los Dolores, con la indiada del cacique Mariano Salteño que, el padre Hermete Constanzi –en arriesgada expedición al desierto- había reducido dos años antes. El sitio elegido –agrega- correspondía al que ocupó la antigua reducción de los charrúas (Cayastá Grande), que los padres franciscanos fundaron en el siglo XVIII.
El gobierno provincial destinó un área de cuatro leguas al norte del Arroyo Cayastá para la fundación de la colonia indígena, y comisionó al agrimensor don Carlos Chapeaurouge para que efectuara los deslindes y subdivisiones. A cargo de la nueva colonia quedaron los padres Arana y Marchetti.
La fundación, que podemos llamar oficial, pues la colonia existía de hecho desde el año anterior, tuvo lugar en 1870. el documento original, extraído del archivo de la parroquia, dice textualmente: “El 23 de junio de 1870 se fundó la Misión en el Cantón San Martín, pueblo de Dolores. Prefecto era el P. Rafael Pezzini. Cura: Fray Bernardo Arana y Fray Gerónimo Marchetti, y el 24 de julio de 1869 en el mismo rincón se bautizó indios de la gentes del cacique Mariano, como asimismo en diciembre de 1869. El primer censo que se levantó en este pueblo nuevo de Dolores fue el día 14 de mayo de 1870. Eran los bautizados en esta fecha, cuando venimos a fundar esta nueva reducción en estos campos despoblados del Chaco, en total: 231. Toda la indiada se componía, entre cristianos, infieles, grandes y chicos, de 338, incluso 107 infieles, 4 en duda, 5 matrimonios y 54 amancebados. Para saber con certeza de los 231 indios bautizados que habíamos encontrado, hemos averiguado con toda inteligencia, tanto de sus mismos padres y de los ancianos; según su declaración fueron bautizados en varios puntos como son: Santa Fe, Cayastacito, Sauce, Estancia Grande, San Javier y en los montes; y para que conste en todo tiempo escribimos en seguida sus nombres y apellidos tan solamente, pues de otra cosa de cierto no hemos podido averiguar, y firmamos los misioneros de verdad. (Fdo.): B. Arana y G. Marchetti”. (Texto citado por Roselli)
La fecha de la fundación –según el P. Ernst y su equipo- fue tenida en cuenta, en razón de que ese día se “hizo el primer bautismo en la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad de Dolores. La bautizada fue la niña indígena Dolores Caviaqué, de sólo dos días”.
En octubre de ese año, los frailes franciscanos a cargo de la colonia y los caciques Mariano Salteño, Valentín Tiotí y José Manuel solicitaron al gobierno la modificación del trazado del primitivo emplazamiento, e hicieron trámites para que se les escriturara las chacras y solares concedidos.
Sobre la base de estas diligencias, el 25 de setiembre de 1872 el gobierno nombra a una comisión encargada de otorgar los títulos provisorios de propiedad, tanto para las chacras como para los solares. Los terrenos subdivididos fueron distribuidos a los pobladores, siendo ésta la nómina:
Solares entregados en el pueblo: Juan Johnson, Mariano Salteño, cacique José Manuel, Casiano Seco, Ignacio Lanchi, Francisco Troncoso, Juan Larraiquí, Valentín Tiotí, Santiago Amilquí, Francisco Pannorec, Pedro Migrantín, Antonio Calentín, Ignacio Ivatraquín, Marcos Lachitiquí, José Santos Salteño y un solar para los padres misioneros. A su vez, se entregaron los títulos provisorios a los que poseían chacras. (Ob.Cit.)
En forma inusitada, quizás por cuestiones políticas, pues los indios en general, eran utilizados en las insurrecciones contra las autoridades (revoluciones de 1877, 1878 y otra más) el gobierno de la provincia, llevado por presiones y rumores, decidió disolver la reducción. Y así, los 700 indígenas que componían la población tuvieron que desperdigarse por todos los caminos, en un total desamparo. Esta medida fue criticada duramente.

EL TRASLADO

Años más tarde, debido a que la zona de la colonia disuelta era anegable y corría el peligro de quedar en cualquier creciente bajo las aguas, el gobierno decide trasladar lo que queda del viejo pueblo a tres leguas hacia el norte. A tal efecto, designa una comisión integrada por los señores Juan Manuel Zavalla, Fray Vicente Caloni y Emilio Goupillaut con carácter de administradores del nuevo pueblo, que habría de denominarse en adelante San Martín Norte. El traslado oficial tuvo lugar el 6 de setiembre de 1889. Los primeros pobladores del nuevo sitio fueron: Santiago Gutiérrez, Valentín Tiotí, Pedro Torres, Alejandro Berger, José Angeloni, Francisco Salteño, Secundina Marín, Delicio Funes. Tomasa Peralta, Santos Calegari, Marcelino Olivares, José Nacitiquí, Ramón Rodríguez, José Jaimén y Ponciano Perezlindo, entre otros. (Ob. Cit.)
En el año 1887 –según informe del Departamento Topográfico- el gobierno resuelve trazar nuevamente la reducción de Dolores, disponiendo la mensura y delineación del Pueblo Dolores, en la proximidad del actual pueblo de San Martín Norte, a unos escasos cuatro kilómetros.
Así es como en 1890 son trasladadas al nuevo lugar las escasas familias indígenas que aún quedaban en la antigua colonia.
Tanto en San Martín Norte como en Colonia Dolores se les obligó a los nuevos pobladores, para otorgarles definitivamente las tierras, que levantaran una casa en los solares o cultivaran dos hectáreas si se trataba de chacras.
En lo que hace a Dolores, al no poder cumplir con estas exigencias los indígenas, mediante una ley del 5 de setiembre de 1900, Nº 1.049 se autorizó al Poder Ejecutivo para declarar caducas las donaciones de solares, estableciendo que los terrenos serían nuevamente medidos y las fracciones donadas a las familias que se mantenían en la reducción. Para cumplimentar esta ley se nombra una comisión integrada por el prefecto de las misiones fray Pedro Iturralde, el señor Leopoldo Lefranc y el señor D. Régulo Martínez; y el 13 de noviembre de ese año, el P. E. aprueba las donaciones realizadas por la comisión. El replanteo de la colonia y el trazado del pueblo fue realizado por el agrimensor Escipión Panizza. El 10 de junio de 1903 se resuelve que por la Escribanía de Gobierno se otorguen los respectivos títulos de propiedad a los aborígenes. Y aquí termina la historia, la que está en los papeles.
Cuando visitamos Colonia Dolores, charlamos largo y tendido con los pobladores, en total 50 familias. Hasta la fecha –según sus dichos- nada se ha podido conseguir luego de más de 80 años. Otros nos contaron que por razones económicas, -angustiosas épocas de hambre-, los indígenas fueron perdiendo los pocos derechos que tenían sobre estas tierras, enajenando las mismas a postores oportunistas, que luego –imaginamos- habrán reclamado la posesión treintañal. Lo cierto del caso es que, la mísera población, dueña de todas y más tierras de la región, a la fecha, no posee ni el terreno donde han levantado sus ranchos. Ha recibido promesas en tiempos electorales, sin cumplirse las mismas. Algunos viven hoy del escaso fruto de sus huertas; otros, levantando el algodón o trabajando en los desmontes. Pero no bajan la guardia. Trabajan todos, sin excepción, en una magnífica comunidad espiritual esperando que algún gobernante con sensibilidad y altura de miras le devuelva la tierra que siempre les perteneciera.
Por su parte, los vecinos de San Martín Norte, se quejan igualmente del abandono en que se encuentra el pueblo, por falta de ayuda de las autoridades. Ni la energía eléctrica, que está a pocos kilómetros de la localidad, han podido conseguir, pese a sus innumerables gestiones.
Es lamentable que dos pueblos, como San Martín Norte y Colonia Dolores, tan nuestros y tan apegados a nuestra historia, estén tan olvidados, como está el nombre de aquellos que, en épocas pasadas, tanto hicieron por civilizar la tierra indómita.

Cfr. “Origen de la población y evolución institucional de San Martín Norte” por R.P.Rolando Ernst, Luis Geróminez, Celia L.de Llorenz y Rita D.de Molli.
“Un héroe anónimo del Evangelio” por Manuel H.Roselli
Informe del Jefe de División Cartografía del Departamento Topográfico, Sr. Miguel Ángel Manias (Dirección General de Catastro de la Provincia de Santa Fe)



PÁGINA 4 – POESÍA

Norma Segades – Manias (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

MARÍA EVA DUARTE

Mientras la mayoría del pueblo la llora con desconsuelo, en algunas paredes de los barrios aristocráticos alguien escribe: “Viva el cáncer”. Tenía 33 años.
Buenos Aires/Argentina (1952)

Encarcelada adentro de mis pieles,
el alma se debate entre las llagas que saquearon su cuerpo,
a pura furia,
en estas coordenadas del silencio donde sucede el tiempo en espirales
y la agonía duele todavía
aunque el fétido aliento de la muerte ya no rompa,
con uñas amarillas,
los baluartes del útero infecundo donde engendrara el cáncer su paisaje.
Soy
apenas
la máscara de la hembra
que odiaron los señores biencomidos desde lo más profundo de sus vísceras.
Soy Evita,
la intrusa resentida,
la virtuosa,
la puta,
la arrogante;
la que mantuvo un odio apasionado por los olvidos,
por las injusticias,
y alzó una represalia en torbellino que consumió sus días
y sus noches
y el desleal desenfreno de su sangre
desterrándola al hondo cautiverio de una perpetuidad inconmovible
donde habrán de golpearla,
mutilarla,
temerle hasta el espanto y la locura,
condenarla a un atroz peregrinaje
al que será entregada por bastarda,
por hija de la chusma,
por fanática,
por conducir legiones desdentadas
hacia la dignidad que les adeuda la rapiña legal de los farsantes.
Soy Evita,
la madre irrespetuosa,
la que no consintió con su destino de sirvienta,
operaria,
costurera,
discreto pasatiempo de señores en alguna evasión de mediatarde
y se jugó la vida
a todo o nada
porque tuvo el coraje,
la fiereza,
la razón, el arrojo, los ovarios
para parar el juego
y dar de nuevo
a pesar del agravio interminable.

DOLORES MORA

Nacida en Tucumán/Salta a fines del siglo XIX, cuando mujer y escultora parecían términos excluyentes en el seno de una sociedad provinciana, el 21 de mayo de 1903 emplaza en Buenos Aires la polémica y monumental Fuente de las Nereidas. Tenía 37 años.
Buenos Aires/Argentina (1877)

A martillo
y escoplo
y puño pleno,
luché con la entereza de la piedra.
A martillo y escoplo,
golpe a golpe,
le disputé a las vetas indomables la elocuencia de cada criatura.
Y fueron concebidos los tritones
y su dominación avasallante sobre la altanería de los potros,
y fueron engendradas las nereidas con sus míticos pubis sin censura
y emergió la figura femenina
de la tierra
y el aire
y el rocío
como un cántico,
un himno de alabanza,
como una sinfonía que proyecta la perfección de formas incorruptas
que inquietan al rebaño de melindres,
que impacientan el gesto artificioso de la mano que atusa los mostachos,
que quiebran protocolos y etiquetas
con la sola visión de la tersura
con que revelo al pueblo la grandeza de esta sensualidad en armonía
donde estallan acordes minerales
celebrando el remoto nacimiento de la femineidad,
entre la espuma.
Pero soy Lola Mora,
impertinente.
Mis cuerpos de belleza sin recato les toman por asalto la decencia,
les sitian los insomnios,
los asedian con nalgas vigorosas y desnudas.
A mi paso se exhiben las espaldas,
a mi paso el silencio se detiene,
a mi paso los curas se santiguan
y las voces predican desvergüenzas en reuniones,
cenáculos,
tribunas.
Soy,
para su ceguera puritana,
la ramera de todos los ministros,
la infractora y rebelde tucumana que enfundada en bombachas campesinas,
empuñó su cincel y su locura
para arrancar al mármol sus secretos,
el perfil primigenio de los dioses pronunciado en su idioma inquebrantable,
un gesto en equilibrio,
un rastro leve,
la huella de intangibles curvaturas
La que guarda silencio,
aunque le duela,
mientras muerde la piel de los olvidos con sus dientes de furia,
adelgazados,
y se lanza a un exilio sin retorno bajo los ojos
yertos
de sus lunas.

DOROTEA CABRAL

Rescatada por un contingente militar años después de su secuestro, negándose a abandonar a sus hijos mestizos, en el colmo de la libertad sexual, la antigua cautiva de los ranqueles escapa con un alférez. Tenía 32 años.
Tierra de los ranqueles/Argentina (1879)

Tuve nombre una vez.
Fue en aquel tiempo
en que una adolescencia irrecobrable cabalgó sobre potros enlutados
hacia la vastedad de la llanura.
Tuve nombre una vez.
Y otra existencia.
Dorotea Cabral.
Así me llaman de este lado del mundo,
de este lado donde no es bueno alzar la desvergüenza
y declarar que Cañumil me amaba
como a la más amada de sus hembras;
que en esa soledad del cautiverio,
parí tres veces mi aflicción desnuda desde el vientre profundo del olvido
y amé la inconveniencia de sus pieles
y su sangre culpable
y su miseria
Yo nunca supliqué por el retorno
ni me hinqué ante los dioses de la tierra
ni pedí que calmaran sus hambrunas repetidas invierno tras invierno
con hatos de ganado en recompensa
a cambio de los cuerpos postergados habitando en los toldos del ultraje
ahora que
por ley
es conveniente rescatarlos de aquellas realidades,
redimirlos del odio
y la tragedia;
a cambio de un puñado de nostalgia ardiendo en calenturas y sudores
cuando el recuerdo atropellaba
lento
por los caminos de la madrugada
hasta alcanzar los rostros de la ausencia
tendidos al final de los asedios,
sin lápidas
ni cruces
ni epitafios,
sin apenas un diezmo de plegaria que los librara,
al fin,
de los demonios cabalgando en las ancas de la niebla.
Y ahora que los lobos de sus ojos
persiguen la promesa de mis labios desde la conveniencia del crepúsculo.
Ahora que sus manos rastreadoras humedecen mis muslos con su urgencia.
Ahora que el instinto es como un viento exterminando toda la prudencia
no me exijan embozo o disimulo.
He pagado con creces mi derecho a vivir el amor
de otra manera.

MARTINA CHAPANAY

Hija de un cacique toba y una cautiva blanca, la cuyana Martina Chapanay, mulata, asaltante de caminos, oficial del ejército libertador, guerrera federal y policía, muere pidiendo limosna y confesión. Tenía 76 años.
Mogna-San Juan/Argentina (1874)

Como un espasmo breve en el cogote
o el nervioso ventear hacia la sombra que enciende sus temores,
que la alarma hasta hacerla piafar sobre la arena
mi sangre fue una yegua sin sosiego
que galopó la luz de la distancia
desnuda y sudorosa,
embravecida por tanta libertad sobre su morro,
por tanta libertad bajo sus ancas,
por tanta libertad contra su pecho
cuando el miedo espoleaba los sentidos hasta el confín de todos los pecados
y mi nombre a la orilla del camino era el pan de los pobres,
era abrigo en las heladas noches del invierno
Hoy he venido a confesar mis culpas.
Porque el tiempo está cerca,
el tiempo llega a exigir que le rinda mis baluartes,
que le entregue esta vida de miseria apretada en la piel de los recuerdos.
Desde aquel día en que el oscuro toba que me legó el perfil de su apellido
se desplomó
junto a la tumba abierta donde mi madre inauguraba el viaje
y me entregó a rigores polvorientos,
con lanza,
con cuchillo,
con machete,
a pie o montada,
el poncho como escudo
despené algunos hombres que enfrentaron mi coraje de hembra en el combate, mis opciones de hembra sobre el lecho,
mi integridad de hembra
que no admite ni un vestigio de indulto a las traiciones.
Los envié de regreso a los abismos,
a las fosas de llagas y vinagres donde siempre es dolor y no hay remedio.
Luché en muchos ejércitos.
Y todos contaban con tu ayuda,
con tu anuencia,
con la complicidad de tus altares-.
Ahora estoy aquí.
Soy la Martina.
He perdido la cuenta de mis muertos.

ALFONSINA STORNI

Esta poeta excepcional, esta mujer capaz de desafiar los asfixiantes convencionalismos sociales, impotente ante el dolor producido por el cáncer, se arroja al mar. Tenía 46 años.
Mar del Plata-Buenos Aires/Argentina (1938)

Sumida en el dolor.
Loca de pena.
Un animal salvaje agonizando entre hierbas nacidas en octubre,
afuera,
donde brama la tormenta
y el viento ha desatado sus demonios
donde la lluvia es furia despeñando goterones de ocultas esperanzas
justo en el filo de las escolleras
mientras la soledad
y sus espectros
rasguñan la impiedad de los insomnios,
estoy de pie,
de pie sobre las rocas,
de pie frente a la cólera tremenda que pronuncia mi nombre,
que me llama con las voces leprosas del salitre,
que azota con sus rabos poderosos
y esculpe la figura de una loba aullando en la orfandad de las tinieblas, lamiéndose los senos mutilados,
roídos por las zarpas,
los colmillos,
las uñas de este cáncer alevoso.
De pie sobre el abismo,
soy la hembra
que disputó a los hombres sus baluartes sólo con su talento por trinchera
y un idioma desnudo,
descarnado,
dibujando las huellas del sollozo.
Mi nombre es Alfonsina.
Ese es mi nombre.
Mujer,
madre,
poeta,
asalariada
y el corazón por todo escapulario,
por todo talismán contra el olvido,
contra la oscuridad,
contra los odios.
Quiero elegir mi muerte.
Tanta lucha,
merece mucho más que la morfina
y la degradación de sus letargos
y las bocas abiertas
para siempre
hacia el despeñadero del asombro.
Tan sólo el mar conoce los secretos que ocultan tras rotundas cicatrices.
Tan sólo el mar,
tenaz como ninguno en la ferocidad de las ausencias.
El mar,
tan sólo el mar,
y sus despojos.


PÁGINA 5 – CUENTO

LA CLARIDAD QUEMANTE

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Hace meses que están así. De un sitio a otro, ocultándose en la espesura, hablando con extraños. Están así.
“¡Ay, pero el General está mal!” dice Feliciana mientras va de un cuarto a otro de la casa levantando ropas y cobijas que deja caer en el apuro. “¡Ay, pero el General está mal!”, repite mientras en la galería cantan los zorzales y el calor del anochecer se posa en toda la largura de “La llora”, la vieja estancia de la familia.
En el cuarto, la respiración trabajosa de Juan Antonio de Usandivaras y Cornejo desbarranca la angustia de la sirvienta y frena el balanceo perpetuo del idiota, hacia adelante-hacia atrás, espantando las mocas con la mano, eructando la acidez del tamal o de las humitas que ha comido ignorando el límite de su estómago.
De cuando en vez, la mujer se detiene a mirarse en el espejo. Le parece mentira que siendo joven se le haya impuesto sufrir tanto. Algunas arrugas le rajan el contorno de los párpados y sus ojos marrones se despiden de la alegría con cada mirada.
Cuando el General tuvo que escapar de Salta ella decidió servirlo. Juntó algunas cosas no tan imprescindibles, papel, tinta, ropa, y se arremangó para ayudarlo a ensillar. Estaba tan enfermo. A veces la cabeza de él buscaba la suavidad de un reposo y caía sobre la crin del caballo.
Ella lo había visto debilitarse antes de que se fueran de la ciudad ruin que sepultó en el desprestigio la imagen de ese hombre. Por ejemplo cuando Quiroga lo llamó cobarde delante de todos, y su General intentó responderle pero algo le cargó de prudencia los actos y lo hizo dudar.
Mientras echa agua y jabón sobre la alfombra recuerda el ataque de esa mañana. Tras cada golpe de tos se sucedían las flemas ahogándolo. Y tras cada ahogo, la voz esgrimiendo un último deseo: “Feliciana debo escribir... tengo que decirles lo de la emboscada...”.
Y ella, levantándole la cabeza le enjugaba con trapo el sudor, fijando la atención en esos coágulos que se abrían en el yute como hormigueros.
Pero es tarde ahora. Quizás fue tarde siempre para ellos. Por momentos la mano del General se levanta en el aire y queda estática como un gancho de metal. A veces también toma fuerzas y sale del camastro en busca de sus papeles. Los carga con una letra roja que no alcanza a trocarse legible. Después, así como empezó se cae la pluma y él, aflojando el cuerpo, se arrastra hasta la cama, sosegando todo golpe de fiebre en aquellas renuncias encima de las colchas.
Al acomodarlo en el sueño, la mujer piensa que si su padre la hubiera tratado mejor, ella no habría seguido al General. Amores que la retengan no le faltaron, pero en cambio no tuvo coraje para dejar sólo a aquél hombre despojado como un leproso de sus honores y de su ciudad.
Una noche, en el delirio, le había dicho que necesitaba hablar con Quiroga. Que él debía hacerle saber la traición, la muerte que le darían. Feliciana lo levantó como pudo y lo subió al caballo. En el galope no llegaron ni a las tranqueras. El cuerpo del General era una masa floja, que no toleraría otro galope ni otros desprecios. Cuando entraron nuevamente al cuarto, antes de dormirse, él pidió que atara sus papeles con una cinta y que se los hiciera llegar a Quiroga ni bien aclarara. Pero Feliciana no lo hizo. Los dejó allí, en el escritorio de roble, hasta que las brisas repetidas y calientes los fueron dispersando, distribuyéndolos de una manera grosera y arbitraria bajo las alacenas, en el patio, entre los ponchos de vicuña y los rebenques, sobre los platos inconclusos y las salivaciones del enfermo.
En realidad, si existía una realidad capaz de ser descripta o pronunciada, a la mujer no le importaba otra cosa que no fuera la vida escasa y pobre de Juan Antonio de Usandivaras y Cornejo. Después de todo, en aquella soledad del campo quien puede pensar en otra cosa estando tan lejos del ruido acompañada por un muerto y por un idiota.
El día que llegaron a la estancia, el General, caída la cabeza de a ratos, envuelto en un sopor viejo que le teñía de humedades la frente y los ojos, iba balbuceando palabras que se perdían en un reguero de sílabas sin sentido. En ese momento pensó en dejarlo, pero cambió de planes cuando entró en “La llora”.
Sus primeros recuerdos fueron para el aljibe y los ombúes. Una enorme formación verde haciendo pasar un sol de siesta que lastimaba. “La claridad quemante” musitó el General y volvió a caer en el silencio de la fiebre. Más allá, un grito de pájaro inundando los sentidos como quien envuelve en tela una figura de yeso.
La estancia de los Usandivaras y Cornejo era una de las pocas que se había salvado a los saqueos. Quiroga no perdonaba ni a los que estaban de su lado. En el fondo de la galería se podía ver una cruz de palos y detrás de la cruz un chañar y en el chañar la cabeza del idiota sobresaliendo como una piedra entre las espinas. Feliciana se asustó al verlo, pero un quejido la distrajo y no tuvo más tiempo para temores.
Ya en la casa, mientras la mujer buscaba los cacharros para cocinar, lo vio junto al horno de barro. El idiota no se alejó al ser descubierto. Al contrario, la buscó con los ojos, en ese oscilar percutiente de adelante hacia atrás, sin detenerse ni para dormir. Ella sintió pena y su piedad fue en ascenso.
Una noche le dio de comer. Otra, le trajo ropa. Otra lo condujo hacia la galería y le tiró un jergón a la entrada del cuarto para que durmiera. Pero el idiota no dormía. En medio del sofoco del campo a la noche, aquel hombre pequeño y sin edad abría en su balanceo un arco de pelos, de piel negra y huesos chillones que hacían sentir acompañada a la sirvienta.
Ahora el dolor y la muerte recorren los cuartos de la estancia como dos viajeros. Son tan ciertas esas presencias que Feliciana cree sentirlas mientras hace las tareas del hogar o trata de arrancarle alguna palabra al extraño. En su mutismo sin ideas, atrincherado en su balanceo y en un apetito interminable, el opa parece obligarla a seguir.
Ahora, la mujer espera el final de la tarde mientras enciende el fuego. Las manos jabonosas hacen resbalar la leña y el mango de un balde.
Cada vez que pasa frente a la puerta la garganta del General vuelve a enarbolar un borbotón de sangre que lo arrastra al tosido. “¿Y si el General muriera esa noche?” Se pregunta la mujer al mojarse la cara. “¿Y si Quiroga, ese diablo que era Quiroga llegara para matarlos, sin tener piedad ni por ella ni por los moribundos?”. Se desabotona la blusa para que el sudor no la sofoque. ¡Qué calor!
Otro ahogo. Feliciana acerca el oído a la puerta rogando que el sonido más odiado no se repita. Después prepara una limonada espesa y bebe. Un viento fresco ha iniciado su recorrido por los cuartos. Para acercarlo a su piel se abre el vestido dejando entrever un seno que se cubre con muy poco pudor. Después de todo ¿qué sentido tiene la impudicia cuando no hay quien mire?
En eso piensa cuando oye el ahogo distinto, ese que la alarma y la hace volver sobre sí en busca de la puerta. Sin darse cuenta el escote se le abre del todo. Sus senos son dos ojos a la luz de la lámpara. Dos ojos que el idiota mira fijamente. Como renunciando a su eterno balanceo, el opa le clava unos ojos lacrimosos y eructa ruidosamente. La mujer intenta esquivarlo pero él está de pie, la golpea, la tira contra la mesa.
En otro lado, como desde la distancia que da una tumba, el General Juan Antonio de Usandivaras y Cornejo se revuelve en el camastro implorando un aire que no llega.
Feliciana grita mientras el idiota escarba en su pollera como en una zanja. En esa lucha, la lámpara cae al suelo encendiendo los tiestos con verduras, se levanta la cortina, se prenden las maderas resinosas y las escobas. En esa lucha, el humo doblega al aire y el pelo de la mujer es una maraña que imita la noche.
Alcanza un palo de higuera que usa para revolver los guisos y asesta un golpe que hace caer al opa hacia atrás. Logra llegar a la puerta. Busca, alumbrada por las llamas el cuarto del General. Ya todo es fuego y ella una forma de carne que busca vida.
Desde el vano, oculto por la humareda, lo ve casi como en todas esas noches. Esta vez, su mano en gancho parece pedirle que se vaya. Pero la mujer entra en la habitación justo cuando se desploma la galería, sabiendo que nunca podrá salir de allí, teniendo conciencia que el descanso ha llegado para los dos.
Es cuando se reclina junto al General para ayudarlo a respirar que siente crujir el techo. Y mientras afuera la oscuridad justifica la hora, adentro el fuego ya crepita sobre la tela de su falda y el cuero chamuscado, acompasando las palabras de Feliciana que le dice al oído: “Era Quiroga mi General, pero yo lo maté... el idiota... era Quiroga mi General...”.
Y las vigas se contraen.



PÁGINA 6 – CUENTO

UN APETITO INSACIABLE

Por Aldo Luis Novelli (Neuquén-Neuquén/Argentina)

Esa noche había visto televisión hasta tarde.
Luego mientras prendía un cigarrillo, decidí seguir con el libro. Desparramado a lo largo sobre la cama, me sumergí en esos fantásticos seres imaginarios.
A las 3 de la mañana aproximadamente, sentí un ruido desconocido que provenía del comedor. El interés por la historia y un poco de desgano en levantarme, hizo que no le prestara atención, y seguí con mi lectura.
Deben haber pasado quince minutos y otra vez el ruido. Ahora no me sonó desconocido, si bien tampoco era un sonido familiar.
Decidí ir a ver.
El comedor estaba oscuro, y algo que no puedo explicar con precisión me impidió prender la luz. El ruido era más fuerte, pero indudablemente no era allí. Ahora estaba seguro, provenía desde la cocina.
Avancé despacio, en puntas de pie, y con una intriga que se iba agrandando a medida que me acercaba a la puerta.
Me acerqué al vano de la misma y lo vi.
Allí estaba, como escapado de una fábula oriental. Extrañamente su presencia no me asustó, parecía normal que estuviera allí, en medio de la oscuridad. Era una mole de 1,80 metros de altura, con una cabeza cuasi rectángular que ocupaba la tercera parte de su cuerpo, y una aleta dorsal que llegaba hasta su frente.
Me acerqué con cuidado hasta la cajonera y saqué un cuchillo mientras lo observaba con atención.
Emitió un sonido gutural, y pegué un respingo hacia atrás
Me había visto pese a la oscuridad de la habitación. Entonces abrió una inmensa boca, y desde esa horrorosa fauce, lanzó una bocanada de fuego.
Era una inesperada flama amarilla que iluminó parcialmente la habitación. El miedo se apoderó de mi cuerpo. Dudé unos instantes, sin saber que hacer, y entonces en un impulso básico de protección me lancé sobre su costado izquierdo, y le hundí el cuchillo en su flanco.
El terror y la tensión nerviosa me deben haber generado una fuerza sobrehumana, porque se abrió su vientre y dejó ver su interior de aspecto repugnante.
Su apetito debía ser extraordinario, se había tragado los zapallitos rellenos de anoche, con cacerola y todo. Además había engullido cinco botellas, manteca, queso y todas las frutas de la cocina.
Junto a estas cosas emitía una flama amarillenta.
El asco y el miedo a quemarme, hizo que diera un salto hacia atrás. Al saltar trastabillé con la pata de la silla y golpee contra la pared. Y al apoyarme en la misma activé sin querer la llave de luz con mi espalda, iluminando completamente la habitación.
Ahora todo terminó.
Prendo un cigarrillo. Lanzo otra carcajada más.
Aquí sentado a la mesa, riendo conmigo mismo, mientras me sirvo un vaso de vino, con la botella que logré arrebatarle a ese monstruo blanco de mi cocina.



PÁGINA 7 – POESÍA

Rogelio Ramos Signes (San Miguel de Tucumán-Tucumán/Argentina)

NIEVE EN LA CORDILLERA Y FUEGO EN EL PATIO

Con mi boca de 7 años
llamo a mi padre de 46
que está limpiando de malezas la huerta.
El viento Sur ya es un remolino de arena
que en pocos minutos se batirá a duelo
en nuestro patio
con el fuego de este Zonda
que nos acosa sin piedad desde el jueves.
Es hora de guarecerse.
Con mi miedo de 2º grado
(de Escuela Nacional,
de “cuidado con las víboras”)
pido a mi madre de 39 años
que todo pase rápido,
que la nieve de la cordillera deje de mirarnos
con sus ojos brillantes desde allá arriba
y que mis hermanas de 15 y de 17
preparen un rico postre
con mucho caramelo quemadito en los bordes.
Pero el tiempo es una postal
que alguna vez fue nueva (aunque ya no)
y sienta otros reales
y decreta otros nudos en el mismo pañuelo,
nudos de los que olvidaré toda la historia
con mis ojos de 42
para llorar a mi padre de recién 81.
Trepo entonces por una rama imaginaria
que ya no puede sostenerme
y dejo en libertad
pájaros que nadie encarceló,
y subo con no sé qué artimañas
esta escalera de no sé cuántos escalones
e intento sobre la hoja en blanco
otra causa perdida,
un fallo previsible a favor del tiempo,
con mi mano de 55 recién estrenados,
con la misma de discar números
que no retienen mi memoria,
con la misma de despedir a los amigos,
con la misma que echa un puñado de tierra
sobre el cajón donde desde ahora dormirá mi madre
de 86, eternamente.

EL PEDIDO DE LA PIEDRA

Sáquenme de los cimientos de esta casa.
No es que no quiera los espacios
donde vive el hombre.
No es que no tolere la risa de los niños
yendo y viniendo junto a mí
sobre de mí
o a mi lado.
Vuélvanme a la montaña
que ése es mi lugar.
Allí también soy parte del cimiento del paisaje.
Cielo tan azul podría desplomarse
sin mí.
Azul tan espeso podría desvanecerse,
y con él esta casa
ardiendo como una antorcha
en el desierto interminable,
en la noche interminable
que envuelve a los tiempos.

DE FUTUROS JARDINES

“Tú eres la rosa que fue a nacer entre cardos, como revancha.”
(Joan Manuel Serrat)

Llegabas en silencio
a la fiesta de los otros
con tu vestidito de supermercado
mucho más linda que todas
aunque tan pobre,
humilde como un animalito
abandonado en un jardín ajeno
diciendo “permiso” sin abrir la boca,
diciendo “disculpe”.

Los ojos que miraban siluetas a la moda
no te veían.
Estabas allí, princesa, y no te veían.

Se arrepentirán con los años.

PATRIA DE ARENA

a Sergio De Matteo

Poco sabía de esta ciudad
hasta ayer
(pido disculpas).
Poco sabía de este cruce de caminos
que otrora fueron y que no son.
Poco sabía de las múltiples historias del caldén,
del gringo avasallante y del mapuche vencido.

Todo es breve (aquí,
allá, en cualquier parte)
sólo la lengua madre nos antecede
y también nos despide,
aunque tampoco es eterna.

Cuando la sudestada traiga rodando sal de Macachín
nuevamente estaré lejos,
serán otros los sonidos del tiempo
revoloteando en mi sueño,
y esta ciudad
de la que hasta ayer poco sabía
ya no será pregunta, sino recuerdo,
jarilla chilladora aferrada a la arena,
rock and roll para mí.

EPIGRAMA 22

Desandas los pasadizos de la torre en busca de una llave.
Acaricias con torpeza la mascota de tu enemigo
(es decir, mi mascota) y la empujas al vacío.
Es posible que tus parientes retiren los manteles de la mesa
antes de que los comensales mueran envenenados.
Los recolectores de residuos tal vez hagan el resto.
mientras tanto vuelves a acariciar con torpeza mi mascota
(es decir, la mascota de tu enemigo)
mientras un viento de milagro despierta uno a uno
los comensales muertos. Es fiesta de guardar.

ESTA MUJER

En un trozo de follaje subtropical
ajeno a esos desiertos
se inicia el drama.
Esta mujer ronda espacios que no le pertenecen,
lugares del espíritu de donde fue extirpada.
Esta mujer inventa platos ricos en veneno,
proyectiles de deseo
que hacen impacto en mi cuerpo cuando descansa.
Esta mujer camina milimétrica sobre las huellas de otras mujeres.
Esta mujer repite partes de sí misma
en cada niña que cruza la línea de rectitud por la que avanzo.
Esta mujer tensa los parches que adormecen a la tribu.
Esta mujer exige pequeñas máquinas que no existen,
inventa palabras terminadas en “er”,
diseña ojos que escuchan,
párpados que olfatean,
bocas que detectan la torpe afinación de los violines.
Esta mujer declara contra mí en juicios donde nadie me acusa.
Esta mujer agota el semen de mis venas,
desvía el curso de mi sangre,
clava banderillas en el miedo de mis pómulos,
impone su presencia en éste y en otros poemas.
Esta mujer fumiga los libros que escribiré,
donde por simple omisión también estará presente.
Esta mujer raspa mis huesos con el cuchillo de su indiferencia.
Esta mujer planea viajes en vehículos donde no consigo asiento,
edifica a partir de la terraza,
recrudece las inundaciones
donde siempre se me ahoga algún grato recuerdo.
Esta mujer subleva a mis músicos en medio del concierto,
estaciona sus muslos en espacios reservados para coches oficiales.
Con feroces gritos de despedida inaugura el otoño en los árboles
esta mujer.
Esta mujer desova peces que llenarán de espinas mi garganta,
colecciona pompas de jabón,
brújulas destruidas,
estatuas de alquitrán al rayo del sol.
Esta mujer linda con lo repostero rozando lo mortífero.
Esta mujer corrompe el pedernal sobre el que juramos por la eterna virtud
entre otras cosas.
Esta mujer atraviesa los témpanos de hielo munida de una cuchara,
modifica el diseño de mis huellas dactilares,
decide en altamar el tsunami de sus tetas,
falsifica necrológicas,
llueve hacia arriba.
Con pararrayo y tegumento (esta mujer) fabrica puchero y anestesia,
desmoraliza con pequeñeces
la persistencia de los mejores alquimistas.
Esta mujer sorbe el caracú
con el que podría calmar el hambre de mis amigas.
Esta mujer trenza con mis tripas un cordel para escapar por la ventana
bajo la que siempre hay un guardia dormido.
Esta mujer vacía los tanques donde corro a saciar mi sed.
Disfrazada de adverbio (esta mujer)
desgarra las oraciones donde hablo de mis hijos.
Esta mujer deambula contraria a las agujas del reloj,
duerme cuando el mundo avanza y canta cuando todo calla,
reproduce hexágonos de nieve en el centro del fuego,
exorciza vitrales, blasfema bendiciones.
Esta mujer constata el brillo de sus cabellos
en los mapas ferroviarios.
Esta mujer cierra las cortinas cuando salgo a saludar al público,
corta en cascos la naranja de mis frustraciones,
ingresa sin permiso en la última cena de cualquier persona decente.
Esta mujer es (y hace) las cosas que debería odiar en otras mujeres,
despide al jardinero sin aviso previo,
trafica caracoles con no sé qué vecinos,
talla mi epitafio en una lápida cuando los médicos me dan el alta.
Esta mujer (jugosa, delictiva, sin complejos)
es la mujer que amo.
¡Qué martirio hubiese sido no permitirle destruir la ciudad de mis sueños!
¡Qué suplicio hubiese sido no haberme cruzado en su camino!


PÁGINA 8 – ENSAYO

DE LA ÉTICA Y EL BIEN COMÚN

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Ya en las Éticas, Aristóteles hace referencia a la cosa pública. Pero su obra sistemática se llama Política, un proyecto que ya aparece en La Ética a Nicómano, donde recuerda que la política es una ciencia, aunque práctica, y no es sino una rama de la moral. El tema, que ya habían considerado en tesitura similar Sócrates y Platón, toma en Aristóteles una hondura diferente, por cuanto éste divide a la moral en individual (ética), doméstica (economía) y la que corresponde a la polis o sociedad que sería propiamente la política. Como esta última hace al perfeccionamiento del individuo, la política se convierte en cierta forma en la más importante.
Con Aristóteles queda en alguna medida “canonizado” el término política y específicamente todo lo relativo a la ciencia y el arte de gobernar. (El mismo puso en práctica su preocupación en la materia estudiando y compilando, como se sabe, 158 constituciones de diferentes ciudades). Pero también Aristóteles es quien más claramente pone de relieve el concepto de “bien común” clave del pensamiento occidental. “Es evidente –dice- que todos los regímenes que procuran el bien común son rectos, y los que sólo tienen en cuenta el interés de los gobernantes son defectuosos”.
La noción de Aristóteles (que ya estaba esbozada en Platón) se completa con la idea de “justicia”. Servir al bien común es hacer justicia, y mediante la justicia se alcanza la felicidad individual y colectiva.
Uno piensa en todos estos conceptos, y a poco de profundizarlos se pregunta si no hemos arribado a un mundo del revés. Un mundo cifrado (política y socialmente hablando) en las especulaciones, las arbitrariedades, el imperio de la injusticia y, por sobre todo, la inmoralidad. Porque ¿se puede hablar de bien común frente a funcionarios que toman la cosa pública lisa y llanamente como un medio de enriquecimiento? ¿Se puede cifrar expectativas ante ejercicios falseados de la ética, por actos de gobierno que más allá de incapacidades equivalen a testimonios de la soberbia del mando? ¿Es dable creer en la justicia cuando sólo se castiga a los débiles, a los que menos tienen y a los que menos pueden, mientras que permanecen impunes los otros: los que están (o estuvieron) “en la vereda del mando”?
Aristóteles, Sócrates y Platón quedan atrás, muy lejos, en la ejemplaridad de sus leyes rectoras, de sus órdenes de comportamiento, de sus conductas y postulados de civilidad y comunitarismo. Muy atrás, también, las convicciones teológicas, los Mandamientos de Dios, el amor al prójimo, el peso de las culpas…
Mientras una gran parte del pueblo sufre, se posterga y aun sucumbe por hambre o por otras formas de desprotección social, hay quienes lucran a través de ese dolor, de ese sufrimiento. Y lo que es mucho más grave, valga reiterarlo, impunemente. Mientras se han cifrado expectativas en los poderes de conducción; mientras se ha alimentado la renovada esperanza; mientras se promete y se proyectan infinitas ilusiones en la palabra oral y la palabra escrita.
Cada vez son menos los que creen en lo que debieran creer todos: el peso de la ética, la fuerza del bien común.



PÁGINA 9 – POESÍA

Susana Cabuchi (Jesús María-Córdoba/Argentina)

MEDIODÍA

Hoy comemos bajo los parrales.
He lavado
las frutas de la palta
que golpeara el verano
y brillan
sobre las tablas de la mesa.
El sol ilumina los rostros
y suspende
las uvas negras
sobre cada cabeza.
Los niños han entrado corriendo
a preguntar
quién quiere jugar al marinero.
Y yo he aceptado.
Yo quiero navegar en este barco.

AIRES DE JULIO

Obediente
a engañosa señal
por los fines de julio
una flor de durazno.
Oh, falsa,
mentirosa primavera,
con qué fríos
castigarás
a la inocente.

ÁLBUM FAMILIAR

Los padres
fueron una vez
a Mendoza.
Me dejaron
una foto con nieve
a orillas del camino
con un gran auto negro
y con amigos.

Me dejaron
una foto con nieve
y este frío.

PASOS

He bebido las aguas
del Shu – Am
como si no estuvieran
contaminadas.
A orillas
del río silencioso
crecen flores amargas
sobre las que he descansado,
leyendo.
Y no he pecado
sino
lo necesario.

CHINO

Todos los días cose
cerca del ventanal de la sastrería
para que la luz
ayude a enhebrar las agujas
y al riguroso corte de los moldes.
En el atardecer
enciende lámparas
y sigue uniendo telas
con hilvanes precisos.
Nadie sabe
a qué hora
agrega bordados y lentejuelas
al ropaje ceremonial
que viste cinco noches al año.
Con la cabeza inclinada
sobre las manos juntas
-como cuando trabaja-
se desplaza, lejos
de los palacios imperiales
y de los grandes templos,
entregado
a una vocación indescifrable.

El mono se arrastra a su costado
y la bailarina lo roza
con sus livianos tules.
Él mantiene distancia,
ajeno
a los deseos de este mundo.

EXILIO

Al cerrar el negocio
mis padres
se sentaban en la vereda
del Panamericano
a mirar el desfile.

Mi padre sonreía
con la misma serena tristeza,
repetida,
tantos años después,
en la fila de cajones
abiertos hacia el crematorio,
más oscuro, con los párpados quietos,
entero, intacto,
esperándome.
Así dio su perdón,
así recibió el mío.

Acompañaba la fiesta
con la mirada suave
del que ha danzado, inocente,
sobre los barcos del exilio.

Cuando pregunté
en el Registro de su país
la íntima caligrafía
sentenciaba “desertor”.
Cómo explicar
que tenía dos años al partir,
que nunca se había ido,
que cada mañana
ascendía las calles amarillas
de Maalula
mientras levantaba las persianas.



PÁGINA 10 – CUENTO

MENSAJES

Por Silvia Rodríguez (El Bolsón-Río Negro/Argentina)

-No llore más, papá, nunca lo vi así, ya habíamos hablado y usted aceptó que me fuera. ¿Qué quiere que hagamos si acá ya no se puede?
El hombre escuchaba todo lo que le decía su hija. Sabía de la realidad del pueblo, de la falta de trabajo y de la dureza de los pocos ofrecidos. Había confortado a otros amigos que asistían con impotencia al alejamiento, casi siempre definitivo, de los hijos. Ahora, en cambio, nada parecía consolarlo; sentía la injusticia en carne propia. La madre había muerto cuando Mariela cumplía seis años; la crió sólo, nunca volvió a unirse a otra mujer y sufría porque estaba convencido de que su cosecha era la pérdida.
-Papá, escuche, por favor. Se queda con el Tito, él lo necesita, mire que es chiquito todavía.
El padre se quedaba a cargo de un nieto de cinco años. La maternidad temprana no era curiosidad en la zona, muchas jovencitas tenían hijos siendo casi niñas.
Más allá de los prejuicios, el abuelo estuvo feliz cuando nació el Tito. En la rústica cama, un poco arruinada por un fuego ahogado a tiempo, la Mariela y el Tito eran una vieja imagen en su mente. Nunca iba a olvidad ese día, porque hubiera querido un piso de ladrillos, un baño aunque más no fuera con inodoro y algo de dinero. Estaba feliz de veras, había olvidado las rabietas por la paternidad oculta y lo enorgullecía que ese machito fuera a llamarse como él: Luna.
Pero hoy era distinto, perdía a su compañera de catorce años de soledad y no lograba resignarse. Antes… antes todo era mejor, la gente estaba unida, trabajaba en común; el clima duro de la montaña patagónica no era una traba porque formaban una comunidad. ¿Para qué había llegado el progreso y tanta gente nueva, si no hacía más que separar, poner distancia entre las personas?
-Don Luna, escúcheme- se enternecía cuando ella lo llamaba por el apellido. –Le prometo algo: enseguida que llegue a la ciudad voy a escribirle y en cuanto tenga los primeros pesitos, le mando una encomienda.
Él se había sacrificado mucho en el monte para hacerla estudiar. Esos semejantes rollizos de árbol bajados a pura hacha, entre la helada gruesa o la nieve. El calzado precario, la humedad en los huesos y el esfuerzo que cobraba con años el derroche… Todo eso lo melló, pero valía la pena, porque la chinita terminó bien, con título y buenas notas. Y ahora le aseguraba que le iba a escribir, eso sí que era de valor.

Aquella mañana de primavera se levantó más temprano que nunca. Prendió el fuego igual, porque la primavera estaba sólo en el almanaque; se había descolgado una helada de Dios Padre. Corrió la cortina que separaba el dormitorio de la cocina y miró a Elcira ¡Qué linda era! Al lado, en la sencilla cunita, la Mariela, colorada como una manzana deliciosa.
-¡Levántense, dormilonas, que estamos de fiesta!-
Se cambiaron con lo mejor que tenían y al rato escucharon la bocina de don Blanco. Era un acontecimiento ir al pueblo y en vehículo. Todo el pueblito estaba embanderado; en el valle, las casitas eran pocas y estaban muy juntas, siempre lo asombraba esa cercanía.
Le gustó mucho ver el edificio terminado con su techo de zinc rojo y los muros de piedra. Ya antes habían construido la comisaría, muy parecida, bien de cordillera, decían: madera y piedra. La banda de música festejaba en la calle el madrugón de algunos escolares y la ilusión de los vecinos, poco acostumbrados a los festejos. El frío intenso se denunciaba en las manos escondidas y en el vapor de las palabras.
Delante de la puerta principal había una cinta con los colores de la bandera… Hablaron el Intendente, el Comisario y el flamante Jefe de Correo. A Pepe le quedó como grabada una frase del último discurso: “para que estemos comunicados con todo el país y la ruta barrosa o nevada, no impida saber lo que está pasando en otros lugares. Para que nuestros seres queridos estén más cerca”. Sus ojos lagrimearon, era de emoción fácil. Miró a Elcira, tan hermosa con la Mariela en brazos y pensó en lo cerca que estaban. Se aproximó más sin tocarla, porque eso no quedaba bien frente a los demás y se sintió feliz. Los primeros rayos de sol iluminaron los negros cabellos de Elcira y el corazón de Pepe tocó diana. El Intendente cortó la cinta y pudieron recorrer las breves instalaciones.
-¿Qué te parece, Elcira?
-Lindo ¿Qué me va a parecer?
-No, yo digo si alguien nos mandará una carta.
-Vos sabés que mi hermana está en Neuquén, a lo mejor nos podemos cartear. Algún día.
Tomaron un vino de honor y más tarde compartieron unos corderos en el parque municipal. Fue inolvidable.

-¿Qué le pasa, abuelo?- preguntó el nieto medio asustado.
Él no contestó, revolvía cajas porfiadamente y por eso mismo la encontró. Tantos años, tantas penas vividas; una lágrima le humedeció la mano… Acarició la cinta celeste y blanca un poco ajada y se sintió parado muy cerca de la Elcira, y gozar el perfume de flores que llevaba en el cabello.
La habían repartido entre los presentes al terminar la fiesta. Hoy no pudo evitar andar hurgando entre lo antiguo, dentro de la valija que había heredado de su madre. Al lado, una foto amarronada de Elcira, la bebita y él, junto a otros. Se la regaló don Blanco.
-Me la dio el Intendente pero yo no salí, tomala vos, Pepe, si la querés.
-Sí, che, cómo no la voy a querer ¡Mirá que linda está la nena!
-¡Vamos, vamos, Pepe! Vos la querés por Elcira que te tiene hecho un pavo. Y rieron con complicidad.

Tito se tranquilizó al verlo sonreir y salió de la pieza. Pepe lo vio desaparecer tras la cortina desteñida y ese movimiento casi indiferente, removió sus recuerdos y también su sonrisa.
Aquel día salió del hospital como ciego. Se detuvo en el portal, tropezó con un escalón y lo contuvo un paisano que entraba. Al cruzar la plaza en diagonal, se paró en la avenida. El pueblo había crecido mucho en seis años. La calle central estaba asfaltada y era de doble mano, con un largo cantero de pinos en medio. Se apoyó en uno de los árboles antes del segundo tramo. Hacía calor, pero él no sentía nada, sudaba sin saberlo. Abrió la puerta y se quedó pasmado. El mostrador alto, oscuro, los armarios, los casilleros, todo estaba como en la inauguración.
-¿Qué necesita?- dijo un jovencito desde el otro lado.
Silencio
-Oiga, don, acerquese ¿Qué necesita?
-Dejá, Jorge- intervino el jefe. Levantó la mesa rebatible y lo hizo pasar a la oficina. El hombre estaba enterado de lo ocurrido, en una aldea corrían las noticias y este caso había sido muy comentado.
-Al final se murió la Elcira, nomás.- El funcionario le pudo una mano sobre el hombro y le respondió con intimidad.
-Sí ya me enteré… ¿Quiere avisar a algún pariente?
Luna continuó como si nadie le hubiese hablado.
-Trajo a la nena al doctor porque andaba muy resfriada; después se la dejó a una enfermera para que no tomara frío, mientras salía a comprar el remedio. El farmacéutico me dijo que se puso muy nerviosa al pedir fiado. Cruzó mal, el del auto no tuvo la culpa, iba despacio, pero igual…
-Y… La vida es dura, pero la muerte de un ser querido…- Pepe no escuchaba, no podía. -¿Quiere escribirle a alguien, mandar algún mensaje?
Lo miró a los ojos como si una profecía se estuviera cumpliendo.
-Sí, a la Estela, la hermana- Sacó un papel arrugado del bolsillo de la bombacha, con la dirección. El hombre tomó el formulario de telegrama.
-¿Qué le va a poner?
-¿No puede ser una carta?
-No llega a tiempo.
-Entonces, lo que se acostumbra.

-Abuelo, venga, mire que van a ser las diez y media.- El nieto lo reclamaba desde la cocina.
Esas palabras fueron más efectivas que cualquier papel entintado y despachado con estampillas, rodando de mano en mano, de bolsa en bolsa y entregado por un desconocido; en especial cuando el mensaje es de una persona a la que uno quiere tener, más que nada en el mundo: cerca. Regresó de la memoria con menos angustia de la que esperaba.
-Sí Tito, tenés razón. Mejor me dejo de joder de andar revolviendo las cosas viejas. Poné la radio.
El gallego de la chacra vecina, le mandó a avisar con el hijo que había un comunicado de su interés en los avisos de la radio y se acercaba el segundo ciclo matinal. Ensilló el mate, arrimó una leñita al brasero y se sentó a escuchar.
-“Al poblador Pepe Luna del Hielo Azul, su hija Mariela Luna le comunica que consiguió trabajo y que retire encomienda en el correo local la próxima semana”
Se miraron sin hablar. Tito se acercó lentamente y se le sentó en las piernas, lo abrazó con fuerza y se escuchó muy bajito:
-Vió, abuelo, que la Mariela también es Luna.
Cuento que recibió en 1990 el Primer Premio Nacional de Cuento Social otorgado por la Universidad de La Matanza.



PÁGINA 11 – CUENTO

VIENTO QUE EMPUJA

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

En realidad, primero éramos solamente nosotros tres, pero en la fuente donde nos sentamos a meter las patas para refrescarnos por la larga caminata, nos juntamos con los otros que nos habían precedido, y qué va a hacer uno sino ponerse a charlar, y de qué va a hablar sino del país; una de las mujeres había venido al hospital a buscar insulina y no había; yo, leche y no había, y un ex metalúrgico una prótesis para su viejo y no había y así, charlando que esto no daba para más y esto no daba para más porque lo único que circulaba era la pura desesperación, y parecía como que salían multitudes del hospital royendo un hueso amargo, porque esta vez todos aparecían con las manos vacías, con la negativa del remedio para la hija epiléptica o los antibióticos para el bebé, y como tampoco acertaban adónde ir con el “arreglate como puedas”, se venían al grupo que formábamos en la fuente, creyendo que nosotros les tendríamos información de que a lo mejor mañana llegaban las cosas, los medicamentos, pero ni mañana ni pasado, compañeros, la única información que teníamos nosotros es que esto no daba para más, compañeros, y los invitábamos a que se refrescaran un poco las patas en la fuente, y si no da para mas, qué, dijo la mujer de la insulina, con los ojos como alucinados, y el que esto no diera para más nos fue empujando, y como la cuerda se rompe siempre por lo más flaco, y la ley que nos rige es la del gallinero y los patos de la boda quiénes son, nosotros (decía la mujer), ella se largó a correr y nosotros también nos largamos a correr, siguiéndola, porque lo único que queríamos era la leche para el pibe, la insulina para la diabetes, la prótesis para el viejo y la gente que andaba de aquí para allá por la calle buscando cómo canjear los bonos o sacar algo de plata de debajo de los adoquines, ya que en ninguna parte había más laburo y debajo de los adoquines tampoco, pero en la antigüedad las calles de Buenos Aires estaban empedradas en plata, por eso empezamos a levantar pedazos de pavimento a ver si era cierto que ahí se escondían los millones desaparecidos, pero tampoco estaban y lo único que teníamos en las manos eran esos adoquines, y con adoquines ni se cura, ni se educa ni se come, como nos habían prometido, y debajo de los adoquines tampoco encontramos el suelo patrio de la revolución productiva, como nos habían prometido sino un barro maloliente de cloacas deterioriadas y corríamos con las piedras que pesaban bastante aunque personalmente yo no sabía bien si el material del que estaban hechas era mentiras y promesas o la pura desesperación, la misma que nos empujaba a la Plaza de Mayo, y no hubo vallado, ni policía, ni balas de gomas que pudieran deternos y lo más raro resultaba que no estuviera la televisión contándonos qué pasaba, y nos mirábamos y era raro que nadie te dijera que estábamos desbordados, que con los adoquines nos abalanzamos contra la policía y que ellos nos disparaban balas que creímos de goma, no nos enteramos de cuántos éramos, nadie nos lo estaba contando, nosotros veíamos al de al lado, o a los de unas filas más allá, y cuando ya llegábamos a la puerta de la Rosada, sin saberlo hasta que lo vimos en la televisión, porque fluíamos en masa, en gritos, y las piedras que todavía estaban en nuestras manos empezaban a manar sangre, pero tampoco lo sabíamos porque el locutor televisivo ausente no nos decía que las balas no eran de goma, entonces, en medio de la gente agrumada y tan cerca ya de la puerta, empezaron a sonar los altoparlantes anunciando que nos daban un millón de planes Trabajar, que nos retirásemos en orden, que nos pagarían doscientos pesos por mes, una voz firme, ¿un millón de puestos? nada menos, y que solamente deberíamos volver rapidito y hacer colas ordenadas frente a la intendencia de la localidad a la que cada uno pertenecía, que ahí nos anotarían y nos darían el plan, y ahora que la televisión cuenta sobre nosotros, y te muestra que en la Plaza éramos miles o millones, y que las intendencias estaban cerradas cuando llegamos de a grupitos e hicimos ordenadamente las colas, cuando lo ves en la televisión, y relatan sobre los trece muertos que hubo, y muestran el cartel colgado en todas las intendencias de que volviéramos el martes por lo de los planes, se me caen como lágrimas, a lo mejor por la mujer de la insulina con sus ojos alucinados, a la que no volví a ver, y en la cola que hacemos ante la intendencia hoy jueves, porque el martes la prorrogaron por razones de implementación, los de adelante dicen que esta vez van a cumplir, que esta vez será distinto, y yo miro el pavimento a ver si habla, pero mudo, y me fijo si hay algún periodista que diga que sí, que nos dieron los planes Trabajar, pero tampoco está y me cruzo de brazos y espero debajo de la sombrita de veinte centímetros que larga el alero del municipio, espero escrutando el pavimento, el suelo que piso, tratando de acertar de qué está hecho.



PÁGINA 12 – POESÍA

Francisco Romano Pérez (Libertador General San Martín-Jujuy/Argentina)

I

oculto laberinto de la ola
llanura hueca del viento
naufragio de infinitos

en tu rompiente espuma
cómo encontrar
la huella acumulada

cómo saber desde el vacío
la lejanía de su orilla
el roce de su piel
la luz
esa otra luz
asida en el umbral de su cuerpo

mar

vagabundo
intenso
definitivo

cómo decir el amor
en la desmesura del instante

II

pájaro de luz
apriétame contra tu canto

inventa la palabra
que guarde los olvidos

con un conjuro
desdibuja el alba

quédate en mí
con tu palabra de fuego

III

la incertidumbre de tu boca
me revela el tiempo del exilio

tu imagen llega
con el último destello

sin embargo
en la locura
cuando me voy de mí
siento posible tu piel
un día de otoño

y llueve
A Hugo Svoboda, a su memoria

IV

el tiempo del encuentro apurándole las manos

ayer
olvidándose de la vida
se bebió la primavera

V

la tarde trepa por el sol
brotan alucinados enigmas

tu cuerpo
extenuado refugio

invoco la forma del beso

los presagios oprimen la palabra
la palabra se quiebra

en el adiós late
profundamente herida
la soledad de la lágrima



PÁGINA 13 – ENSAYO

AUTOBIOGRAFÍA

Por Luis Di Filippo (Rosario 1902/Santa Fe 1997)

La biografía de un hombre debiera ser tenida en cuenta a partir del momento cuando se empieza a tener conciencia de sí mismo y de su circunstancia. La niñez y las horas iniciales de la adolescencia son historia de otro mundo; de un mundo de irrealidad, no desde el punto de vista biológico ni cronológico, sino desde el punto de vista de la racionalidad o si se quiere de la emotividad consciente.
Tomando como teoría válida esta premisa un tanto arbitraria, quizás, puedo escribir mi autobiografía a la manera de un cuento o una pequeña historia romántica. De acuerdo con este modo histórico-narrativo tan poco científico, diré que cierto día, a comienzos de este siglo XX que está declinando envuelto en mortecinas luces de ocaso, con más pena que gloria, partí desde el puerto de Rosario para empezar mi gran aventura vital poniendo proa a un impreciso destino de hombría.
Nave ricamente empavesada con sus coloridos banderines de fantasía, de ideales, de promesas que eran proyecto de vida forjados con “la madera de los sueños”, dijera Shakespeare. Así fui transitando las rutas de una realidad que sólo cuando se es joven uno transfigura en empresas heroicas. Pero, luego, con el transcurso del tiempo y las aventuras de la travesía, aquella nave bizarramente engalanada fue perdiendo poco a poco, implacablemente, las banderas de su otrora lujosa decoración primaveral.
Los hijos de este siglo, los sobrevivientes que nacimos con él, hemos atravesado muy tristes vicisitudes y hemos bebido muy ácidas frustraciones; han sido décadas de guerras estériles y de revoluciones inconclusas, cada una de las cuales nos ofreció sus nunca satisfechas promesas ilusorias.
Y cuando más cerca creíamos estar de ese puerto de utopía donde anhelábamos echar anclas, más lejos estábamos en verdad de meta luminosa alguna. Extraño espejismo nos movía a persistir en la marcha, pero al llegar la fatiga nocturna sólo la estrella lejana, rutilante e indiferente, nos daba la fría caridad de su blanca sonrisa. Luz remota que ilumina, pero no calienta ni consuela.
Perdonen esta confesión que ni siquiera tiene la gracia musical del ruiseñor cuando parece festejar las últimas luces del día o anunciar con tristeza la vecindad de la noche. Es que a cierta altura de la vida, el espíritu se nutre con el placer agridulce de la nostalgia, de las evocaciones de cuanto quiso ser y no pudo.
Llegados a esta hora del tiempo consumido, cuando el futuro se acorta y el pasado nos parece un sueño lejano, todavía nos acucia una empecinada voluntad de vida. Todavía creemos, a pesar de todo, que la vida vale la pena vivirla. Y entonces descubrimos que de aquella nave simbólica que ha perdido tantas banderas arrancadas por los vientos adversos de la historia, se mantiene aún en su árbol solitario, aunque desgarrada y un tanto descolorida, la última bandera enhiesta: la de la esperanza. La que hemos de sostener contra viento y marea, hasta el último aliento.



PÁGINA 14 – POESÍA

Miguel Carlos González (Concordia-Entre Ríos/Argentina)

REITERACIONES

...¨Y destruyeron a filo de espada
todo lo que en la ciudad había :
hombres y mujeres, jóvenes y viejos
( JOSUÉ VI : 21 )

PALESTINA
c.1400 a.C.

En la ciudad sitiada
el peso del temor agobia el aire.
Aún no escucho el tropel, pero ya veo
desde mi puesto sobre las murallas
avanzar nubes grises,
espesas polvaredas donde trotan
los pies enardecidos que esta noche
han de golpear con saña
las cabezas cortadas del guerrero,
pero también del niño,
la mujer y el anciano.

Lo que supimos de ellos fue un engaño ;
son pueblos de pastores – nos dijeron –
no hay hombres de pelea.
Sus tiendas numerosas
llevan años errando en el desierto.
El dios al que ellos sirven – rumoreaban –
les prohibe matar.

En cada altar de los lugares altos
quemamos sacrificios.
Pero fue en vano el humo de la sangre
e inútil el incienso :
Baal, Anat, Asera y Astarté,
nuestros dioses, callaron. Están muertos,
Y nosotros con ellos.
..................................................................
LÍBANO
2006 d.C.

Cierro los ojos, sueño:
qué límpido era el silencio en la mezquita,
la voz del recitante recorría
los arcos, las columnas,
y era tan musical su resonancia.
Cuando se interrumpía,
otra vez con su manto transparente
el silencio envolvía nuestros cuerpos
y era dulce su peso.
Pero a este lo siento
como piedra apresando mi cabeza
dentro de un lago de alquitrán inmóvil.
Aparece lejano en mi memoria
un extraño silbido... y un estruendo.
Ahora estoy entre escombros
y no sé desde cuándo.
Cerca, veo los cuerpos mutilados.
A lo lejos, fulgores que se encienden,
casas que se desploman…
Las llamas están cerca
pero desde los pies me muerde el frío.
Crece el ahogo oscuro como el humo.
algo gira... o va... o vuelve...
Es hora de rezar ?
¨...vendrá el castigo sobre los infieles...¨
¿ Dónde están los soldados?
¨...bajo sus pies la tierra será hierro...¨
¿ Dónde fueron los pájaros ?
El agua en mi garganta....
¿ ya es de noche ?
¨...fuiste siervo en Egipto, no lo olvides...
¨¿ Por qué hace tanto frío ?
¨....no negarás ayuda a tus hermanos...¨
¿ Era ayer?
....esta mano....
algunos días....

ÁRBOLES CAIDOS

Desde el amanecer subíamos
hacia el azul purísimo.
Soñábamos volar
y en nuestras hojas
con replicar el canto
de los pájaros.
El impiadoso tiempo
doblega nuestras ramas
con el peso de sueños incumplidos,
su inclemencia nuestros cuerpos socava,
cambia la tersa piel en musgo débil,
silentes oquedades, cicatrices.....
Líquenes desolados nos invaden.
Irremediable, se mitiga el derrumbe
porque siempre caemos
con la vida y la luz en derredor
o los brazos tendidos hacia el agua,
la madre primordial,
que tiene un lecho
donde la luz duplica el cielo.

¿ Habrá otros avatares
con ventanas abiertas
al cielo al sol al agua
al infinito verde resurrecto?

ESTOY SOLO….

Estoy solo en la casa.
Desde el pedacito de cielo,
profundo celeste inmaculado,
que muestra una ventana,
deposita su paz en mi silencio
la mañana de otoño.
A ratos, de los helechos
las ramitas delgadas
se mecen, apenas.
Una ligera sombra
de inquietud tengo
ante la mirada
del gorrión de madera
rígido en su peana.
Mis ojos, demorándose,
recorren de los cuadros
las líneas, las figuras, los colores,
los variados intentos que hice
para hablar, sin palabras,
de los sueños perdidos.

Estos son los momentos
donde, desde su tibieza,
intenta la penumbra seducirnos
para que nos quedemos
hundidos en la sombra
de una paz engañosa,
muy lejos de la vida.

TEOREMA

A veces, en el caos infinito,
se cruzan nuestras líneas en un punto,
geometría imprecisa cuyas leyes
en las manos del Geómetra se ocultan,
lejos de los umbrales de la mente.

O siguen discurriendo paralelas
sin que sepamos nunca con certeza
cuándo será el instante divergente
ya que son nuestras vidas un teorema
de aleatorias hipótesis cambiantes.

Un teorema, tal vez, que está resuelto
en un plano invisible, donde cada
círculo o espiral tienen sentido,
en tanto transitamos por el tiempo
trazando signos de aire por el aire.

PROBEMOS DE OTRO MODO

“Oh, Dios, si estás ahí, despierta.
Despierta Dios de todos.”
- Marta Zamarripa -

Como en la hondura del atardecer las alas de las garzas se despliegan
dejándole a la brisa ese susurro que la melancolía desvanece ,
tus palabras, hermana, se elevaron buscando lo divino
nombrando el desconsuelo y la esperanza.
Y si rogaste a Dios
pidiendo que despierte, que nos mire,
que nos ponga a la sombra de sus manos,
es porque en ese instante estuviste segura de dos cosas, al menos :
que existe y nos escucha.
Yo, que también contemplo esas mismas miserias que desvelan tu sueño
sin tener tus certezas y que he vivido siempre sólo de incertidumbres,
te propongo una cosa:
si al ruego respetuoso, a la voz elegida con cuidado
para que no perturbe con su impertinencia los círculos sagrados
no le ha dado respuesta. Probemos de otro modo.
Elijamos un tono confianzudo, como viejos amigos que se encuentran
después de mucho tiempo, a medianoche, en un bar penumbroso :
- ¿Te fijaste, mi viejo, cómo andan nuestras cosas?
- ¿Mirás, de vez en cuando, el hogar que nos diste?
No voy a reprocharte falta de libertad
porque desde el principio nos dijiste: vayan, todo es de ustedes.
y actuando como padre pusiste unos consejos en la alforja
para que en el camino no sólo fruta y pan nos alimenten.
Pero también dijiste (si es que mal no recuerdo)
que estarían con nosotros tu protección y tu misericordia
no en algunos momentos sino siempre.
No te haré responsable
de tantos cataclismos, de tsunamis, de sismos o erupciones
(por más que hay quienes dicen que son señales tuyas)
pues me niego a pensarte el autor de crueldades semejantes,
pero si tu palabra, si el más leve susurro de tu voz infinita
tiene el poder de disipar la sombra, de mover las montañas,
de llamar a la vida a un muerto de tres días,
¿será mucho pedir que hagas un gesto, un ademán apenas,
para que brote tibia y abundante la leche de los pechos de las madres
de los niños hambrientos que mueren inocentes?
¿qué sería para vos, el dueño de la luz inmarcesible,
gastarte unas chispitas que iluminen los rincones oscuros
de la mente egoísta de esos hombres a quienes permitiste que acumulen
lo que otros necesitan y ellos no han de llevarse?
Si indicaras pianissimo al coro de los ángeles que siempre cantan Gloria
podrías escuchar este coro terrestre de lamentos
y condolerte un poco de tus hijos…

De distintas maneras, más devotas, más líricas, más hondas,
temerosas y menos atrevidas, voces de mejor tono que la mía
te han estado pidiendo lo mismo que te he dicho en esta noche.
Tal vez estamos todos confiando en que conservas tus poderes
y en realidad los siglos también en vos trabajan y te mellan…

Hermana, quién te dice que hablándole a la cara de este modo,
el índice mojado de la duda amagando a la oreja,
no conseguimos que se le despierte como a un macho compadre la guapeza,
se requinte el sombrero y en dos quiebres limpitos nos demuestre
que la vista es la misma y la firmeza es como en tiempos idos.
…Y “por ahí” confirmamos que dios es argentino.



PÁGINA 15 - CUENTO

AL FINAL DEL DÍA

Por Guillermo Ibañez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Cuando uno llega el final del día... uno se pregunta tantas cosas.
Se ha levantado temprano, desayunó e hizo ejercicios, tomó mate o salió volando para llegar al trabajo.
Cuando se pasaron las peripecias del colectivo que no paró y uno debe tomar un taxi (que los días feos escasean, por lo menos en este rincón del mundo), no hay cambio (siempre falta), con buena o mala fe, depende de cómo se lo mire (o sea mirado por), ese hombre, quien al igual que cualquiera, tiene “su final del día”.
Quedó trabajo del día anterior y hay que acomodar, escribir, hacer resúmenes o cuentas. Se ha ido a dar clases y lidiado con chicos que no han estudiado o estudian poco (uno piensa cuánto estudian los de uno... ¿no?).
Se es jefe o se tiene un jefe y del carácter de uno y otro depende una jornada con buena cara o mala (según hayan sido las ventas, la producción, las noticias, las deudas, entre otras cosas).
Cuando se pasa a buscar a los hijos y uno charla con alguien y le da sus ondas y recibe las del otro.
Y las ondas son de todos los colores o niveles (aunque por estos tiempos predominan las pálidas).
Una que otra vez, salir con los chicos a la plaza, al club, supervisar sus tareas —que antes se llamaban deberes y ahora el lenguaje mismo lo convierte como decía, don Jaime Barilko, en algo light y deja de tener la connotación obligada que impone la palabra “deber”, para convertirse en tarea— ... dicho apenas, casi llegando en el silencio de la “a” alargada y como diciendo: si querés lo hacés. Este es un tema de terror hoy en día.
Uno, que sin ser militar, quiere que los chicos estudien con tutti porque la ven y algunas mamás o papás, que alegan que ahora las cosas son así, que tiene que ser un placer y no un deber. Que “pobrecitos los chicos”, que “escribir tres renglones es bastante porque tiene seis años” (pero para irse a jugar solo tiene casi siete)... y tiene que ir manejándose solo... y su hermano a esa edad iba y venía de tal o cual lugar solito... que «ya llegó a leer toda una página”... “dejá que juegue... que vengan los amiguitos, que vaya a la práctica”. Todo sí, nada no.
Hacer la comida uno u otro de la pareja, porque el compañero está trabajando, sea mediodía o noche, la merienda, la gente que corre para volver a su casa en colectivos atestados, el tráfico que ya es igual al porteño pero peor porque aquí se maneja mal y se pretende ir por callejuelas, tal el caso de San Lorenzo como si se estuviera en una gran avenida de la capital.
Y uno llega, se encuentra con que no ha podido pagar la cuenta del gas, debe el seguro, vence la cuota del lavarropas, se quemó la bombita del palier, la ropa está sin planchar porque la mamá no pudo hacer todo y hay que lavar las zapatillas de los chicos y se avecinan los tiempos de los guardapolvos y uno quiere que sus hijos además de escuchar música a todo volumen lean y se pregunta de qué le ha servido a uno leer todo lo que ha leído si hoy el “triunfo” pasa por una marca de vaquero o de zapatillas y los juguetes se amontonan por toda la casa, los libros ya no hay dónde ponerlos, se va llegando al final del día y uno toma un libro, pone una música suave —Vivaldi, por decir alguna—, debe poner cara de serio para que los demás le cedan un pequeño rato para fumarse un cigarrillo mirando por la ventana las estrellas de la noche, para poder escribir y preguntarse por la existencia, por el valor de la palabra luchando contra la molicie de la imagen que trae el paquete con moño desde el televisor; y un país, un autista o un perro, miran la TV (como le dicen), se estupidizan aún más con las estupideces, se atemorizan aún más con las imágenes de horror de todas las pequeñas y grandes guerras actuales o memoradas por las películas y hasta de las futuras guerras que los Spielberg se han ocupado de inventar, a priori, para los años 2050 o por ahí, uno apaga el pucho, prepara el despertador a la hora señalada pero sin Gary Cooper, sino en el horario que hay que levantarse al día siguiente, el siguiente y otro más durante el resto del tiempo y ni pensar en jubilarme porque es como pensar en condena a muerte, así que es preferible seguir con esto de perpetua con trabajo forzado, mientras el bobo aguante y uno desista de seguir diciendo cosas dirigidas a nadie o a todos y disponer que ha llegado, por fin, al final del día.



PÁGINA 16 – CUENTO

EL PUENTE

Por Marcelo Moreyra (Iguazú-Misiones/Argentina)

A Omar y Romi

Apenas descendió del colectivo urbano, Ismael Quintana se quedó contemplando los finos hilos de tierra escapándose a los costados de la temeraria ruta, como si fueran traviesas viboritas rojas. La Villa Salto Encantado tiene, a su criterio, además de un apacible aspecto, el nombre muy acorde; allí se mezclan las casas de todo tipo con algunos edificios industriales y plantaciones de té y yerba que parecen desplazarse permanentemente en perfecta y prolija formación, hasta rodear las casas del pequeño centro. Su letargo es quebrado de vez en cuando por el insistente tañer del bronce de la capilla, cuya gastada boca suele esconderse bajo los mantos invernales que amenazan con quedarse para siempre. Aunque también el humo de los aserraderos y el aroma dulzón del zapecado de las hojas de los secaderos, le dan al aire del lugar una característica peculiar. El recién llegado se dirigió al único bar de la zona donde podía encontrar un buen café que le devolviera parte del calor perdido, para internarse más tarde colonia adentro con el encendido afán de encontrar el puente que conociera quince años atrás y lograr una buena foto del mismo, con cuyas imágenes aledañas pensaba nutrir su mente y su alma e intentar embarcarse en la última etapa de su novela, para lo cual no había logrado aún sortear un sinnúmero de dificultades que le quitaban el sueño, ni mucho menos la ira del voraz editor que lo enloquecía a través del teléfono, transformando sus fallidas intenciones de escribir, en una abrumadora y desgastante obsesión.
Había conocido el lugar una lejana tarde de octubre, después de realizar varios kilómetros en el viejo fitito de un familiar, con el que al regreso tuvieron que hacer una mayor distancia, atravesando improvisados caminos por chacras ajenas, antes la imposibilidad del frágil vehículo de sortear con mínimo éxito las pedregosas e impresionantes subidas de la vuelta. Fluctuaban en su memoria las primeras imágenes de aquélla vez: grandes masas azules de montes lejanos en los picos horizontales de las sierras, y más abajo, como jugando a sus pies, difusos tonos de franjas verdosas reptando por el inmenso prado hacia el vibrante paso del Arroyo Alegre, antes de quebrarse estruendosamente en una increíble cascada oculta en el corazón del monte, como una ancestral doncella virgen de la selva, de asustadora y enigmática belleza. Parecía que millares de libélulas de transparentes alas ultramarinas, en lentas y tenues oleadas le daban al paisaje una incomparable atmósfera, donde todas las cosas flotaban y justo en el medio, el puente de madera y sus columnas de piedra y cemento, emergiendo del agua como una extraña escultura agreste o un dios de la lejanía, uniendo la base de dos grandes cerros. Desde entonces lo tuvo en su mente, lo soñó en incontables oportunidades atravesando los viejos tablones, tomado de la mano con una mujer de quien no alcanzaba a divisar el rostro, aunque a partir de ese momento, comenzó a buscar inconscientemente su voz y su risa. Fue así que logró ponerle título a su nueva obra, en una febril noche de insomnio, cuando obnubilado por el sueño y el cansancio, se vio sentado al borde, colgando las piernas sobre el ondulante espejo que conjuraba todas las sombras, en una luminosa noche de luna llena, sabiendo que en breves instantes, ella estaría a su lado y que saldría de un sendero invisible luciendo un vestido blanco y una sonrisa tan maravillosa que lograría encantar la suave brisa de todo el valle, convencido de andar caminando en una indiscutible porción del paraíso.
Terminaba el primer sorbo revitalizante cuando el llamador de ángeles anunció la llegada de alguien más: una exuberante muchacha de tapado bordó con una boina del mismo color, cuyos bucles se detenían en los hombros, en simpáticos y caprichosos dibujos. Él interrumpió el viaje del pocillo de su boca a la mesa, pensando que efectivamente el ruidoso objeto colgado sobre la parte posterior de la puerta, tenía en su tintineo de coloridos cristales la mágica capacidad de lograr la presencia de un ángel como ella, regocijándose con su presencia y mucho más, luego que se despojara de su abrigado atuendo, dejando explotar imponentes formas, a pesar de su polera de alto y elegante cuello, el jean negro y las botas al estilo tejano, todo en riguroso negro, que transformó el momento en una escena ligeramente cinematográfica e irreal. Una taza de chocolate, rogó ella, con una voz de ecos llameantes en la mente del forastero, a quien miró comentando algo sobre la baja temperatura, detrás de una sonrisa que a él se le ocurrió cargada de inocencia y sensualidad al mismo tiempo. El hecho de ser los únicos clientes a esa hora, facilitó el inevitable intercambio de apreciaciones circunstanciales. Le llamó sumamente la atención la blancura de su piel y la suavidad de sus gestos y movimientos y ante un tímido requerimiento suyo sobre lo que hacía, ella festejó la ocurrencia, aclarándole que no era una turista perdida y que en ese horario de religiosa siesta, prefería una caliente bebida chocolatada, después de caminar un largo rato bajo el viento frío, para regresar posteriormente a sus actividades cotidianas, sin dar mayores precisiones y sin que él insistiera al respecto ni tuviera el coraje de confesar que la había visto como una simple oficinista porteña, de las que suelen aparecer ocasionalmente para desintoxicarse de la esquizofrenia ciudadana, además, sin tener en cuenta a quién de los dos le correspondía el papel de foráneo. A ella le causó mucha gracia la motivación que tenía el visitante de ir a un lugar sólo transitado por chacareros y paisanos de varias aldeas. Habiendo tantos puentes monumentales usted elige justo ése, dijo, riéndose, como si supiera a qué se estaba refiriendo su interlocutor. Si no le parece mal puedo oficiarle de guía, me crié por aquí, agregó, desde sus brillantes pupilas, casi en tono desafiante. Qué buena idea, ya no recuerdo cómo llegar, mintió él y hacia allá salieron, luego de tomar un taxi que parecía estar esperándolos.
Luego de interminables días de lluvia ese era el primer día bueno, pero no muy favorable para la incursión por sinuosos caminos de tierra que subían y bajaban hacia todas las direcciones. A las dos y media de la tarde el sol se manifestaba de manera esplendorosa, actuando sobre los colores con verdaderas energías cósmicas, dándole al otoño un brillo diferente. Bordeando las chacras, las plantas de mandarina dejaban caer sus gajos bajo el peso de infinitas frutas de oro, cuyo intenso color significaba la más dulce promesa de la tierra, al tiempo que las hileras de caña de azúcar, apuntaban hacia las alturas sus flechas de fibrosa pulpa, balanceándose ante el acoso del viento. Al pasar frente a una humilde escuela rural a ella se le ensombreció la mirada por primera vez, Aquí fui maestra alguna vez, dijo, mientras un chispazo oscuro y triste pareció saltar de su alma. Ante su insistencia de fotografiarla frente a su antiguo lugar de trabajo, ella prometió que lo harían al regresar. Maestra, de ahí la dulzura, pensó él. Cuando llegaron al valle tan esperado ya nada era como el paisaje de ensueño que tanto lo había conmocionado; ante la ausencia de bruma la tonalidad era absolutamente diferente, las altas laderas tenían profundos manchones ocres y salpicones de cobre, porque a los tungales de irregulares delimitaciones, se les iba muriendo las hojas, y a la distancia, se asemejaban a heridas de grandes proporciones. El mismo color, en diversas escalas, se repetía en los pajonales laterales en todo el trayecto y en la plantación de maíz que comenzaba a orillas del camino y bajaba en una gran pendiente, como un amplio torrente de lágrimas amarillentas. Por qué quiebran las plantas por la mitad? preguntó el curioso excursionista, luego de tomar varias fotos de las gordas espigas apuntando al suelo. El chofer respondió que era por los loros pero ella dio otros argumentos que provocó la risa general. No lograba ubicarse geográficamente, todo había cambiado y no quedaba la más mínima huella de cerros ni árboles azules, la vegetación había crecido sustancialmente tragándose de un bocado la pasividad del campo que se extendía a las márgenes del arroyo que pasó a verse apenas como un hilo endeble, casi mudo. Por primera vez se percató de que los ríos y arroyos de la región corrían hacia el lado opuesto de los demás que conocía y cuando le mencionó el detalle a su bella acompañante, ella volvió a reír, preguntando a su vez, si había una ley que regía la obligatoria dirección hacia el Paraná, Si así fuera, imagínese, añadió, cómo se alimentaría el Río Uruguay? Ya confundido del todo, llegaron a la pedregosa costa, a pocos metros de la gran caída, donde la velocidad del agua se manifestaba con violencia creciente y amenazadora. Significa que el puente quedó atrás, dijo él con evidente contrariedad, mientras ella creyó conveniente guardarse las opiniones, pero cuando regresaban hacia el vehículo, le señaló a la derecha, Me parece que es por ahí, dijo con seguridad. Sí, pero no se ve ningún camino, además, fijáte, eso es puro monte, nos vamos a perder, señaló él, al ver la altura del pajonal que con certeza los taparía, aunque en realidad no quiso dejar en evidencia su profundo temor a las serpientes y en el mismo instante abandonó la búsqueda. Vamos, si ya llegó hasta aquí, no va a renunciar a su puente, estamos a menos de cien metros, insistió su acompañante, en una actitud que comenzó a alarmarlo, sobre todo cuando le palmeó un brazo, dirigiéndose decididamente espesura adentro. Entonces, sin pensarlo más y con un creciente miedo debido a sus débiles zapatillas para ese tipo de terreno, la siguió, abriéndose paso a los manotazos. En ese momento tomó exacta conciencia de estar con dos personas que jamás había visto y que podría pasar cualquier cosa sin que alguien pudiera enterarse, aunque continuó avanzando. Absorto en sus cavilaciones no prestaba atención a los obstáculos más elevados, sino que llevaba la vista clavada al suelo donde no podía ver sus pies ni evitar el desorden de sus latidos. De repente sintió una especie de latigazo y un dolor agudo en la frente y no pudo controlar una queja. Ella se dio vuelta al tiempo que él le mostraba los dedos ensangrentados luego de habérselos pasado por donde algo le había hincado y raspado simultáneamente. Sin demostrar la mínima inquietud ella sacó un pañuelo amarillo con delicados bordados del bolsillo del pantalón y se lo pasó delicadamente por la herida, No se preocupe, es apenas un raspón, fue el gajo del yuquerí, señaló, y en sus profundos ojos él creyó ver una infinita carga de ternura. Metros más adelante, llegaron al fin al ansiado puente, pero en tantos años pasados, ya no existía el camino y lo peor para él, apenas quedaban los restos: algunos tirantes de importantes proporciones, pendiendo débilmente del carcomido borde de las piedras, como restos del esqueleto de un antiguo y desconocido habitante de esas comarcas olvidadas del mundo. Se veía negro abajo y en los costados, en cuyos lomos sobresalían los diminutos muñones de bulones doblados y herrumbrados. No lo puedo creer, a quién se le podría ocurrir quemar un puente, no es posible, no es posible, se repetía consternado. Finalmente, decidió llevarse las imágenes de los restos carbonizados, para lo cual fue buscando los ángulos más adecuados, ubicándose peligrosamente sobre algunos troncos agonizantes, para que también ella saliera lo más favorecida posible. Cuando consideró finalizada su doliente tarea, luego de enfocar reiteradamente su cámara a lo que quedaba del puente asesinado, miró a todas partes pero ya no estaba su acompañante y volvió a sentir miedo, sobre todo porque ella no pudo haberse alejado sin hacer ruido y si así lo hizo, habrían razones poco recomendables para ello. Estos me van a asaltar, concluyó muy alarmado. Claro, esa mina está tan blanca porque habrá estado presa, ma qué maestra, estos son chorros. Quedó en el lugar como una irónica evidencia de la dama, el pañuelo con manchas escarlata. Me estarán esperando para el asalto, se repitió, y a pesar del temor de extraviarse, logró llegar hasta el coche, imaginándose que ya estarían con las armas preparadas y que tal vez hasta podrían matarlo. Pero ambos, conductor y pasajero, se extrañaron de verse sin la grata compañía del principio. Dónde está Luisa, preguntó Quintana, más tentado de decir tu cómplice. No sé, por aquí no salió, respondió el otro, visiblemente molesto y también pensando que podría ser asaltado por un desconocido de portafolios, cuya compañera pudo haber sido violada y asesinada monte adentro, sobre todo el ver la sangre en la frente de su pasajero, razón por la cual se aferró con más fuerza al puñal que siempre llevaba por las dudas, dando un paso atrás. Pará, no te asustes, ella simplemente desapareció, pensé que estaba con vos, hasta creí que me iban a robar. Ahora entiendo, respondió el atribulado taxista, ella debe ser la hija del nuevo dueño que todos comentan, es gente muy rara, dicen que el tipo ya mató a varios que encontró en su propiedad. Y aquí donde estamos le pertenece? No, parece que esto es del fisco, pero va a ser mejor que salgamos de aquí, suba por favor. Pero, y si se cayó al agua o le mordió una serpiente o se desvaneció por algún problema de salud? No señor, seguro que no, volvamos por favor, hágame caso.
El escritor le contó brevemente lo acontecido al fotógrafo-ecologista-concejal, a quien le pidió ayuda para identificar a la joven que se esfumara sin dejar la más mínima pista. Pero al finalizar el revelado todos quedaron muy asombrados: ella no aparecía en ninguna de las cinco fotos en las que debía estar, a pesar de haber posado con tanta gracia y naturalidad. El silencio y las miradas tenían una preocupante elocuencia; el dueño del local, por temor al ridículo, omitió contarle una fuerte historia de los lugareños, quienes afirmaban que esas apariciones comenzaron meses después del asesinato a puñaladas de una joven docente de la escuela bilingüe de la aldea. La policía resolvió el caso en cuestión de horas, guiándose por una carta de amor de un joven aborigen encontrada entre sus pertenencias aquélla lluviosa noche en que fue sorprendida por tan violento acontecimiento, quien también murió a los pocos meses, luego de terminar en un psiquiátrico gritando su inocencia casi las veinticuatro horas de cada día, negándose rotundamente a la ingesta de alimentos y sin que nadie lograra convencerlo de lo contrario. Otros afirmaban temerosamente en ámbitos más íntimos que las autoridades sabían que el verdadero autor del crimen era el hijo de un empresario que ostentaba dinero y poder en la misma proporción, quien juró vengarse ante la persistente negativa de ella a sus reclamos amorosos y que desde entonces ésta aparecía en circunstancias similares, a conocidos y desconocidos, y que a varios de ellos les habría atacado la locura luego de una bella noche de pasión con ella, porque con las primeras luces del amanecer ya no estaban abrazados a su cuerpo desnudo sino a un frío esqueleto que nadie podía encontrar, y que era su manera de reclamar la justicia que le estaban adeudando, y que la gente se negaba a salir en soledad por las noches a los efectos de evitar la temible experiencia de encontrarse, de hablar o de hacer algo con alguien que se había muerto muchos años atrás, a causa de lo cual los pintorescos bailes de los colonos fueron quedando paulatinamente en el olvido.
Quintana sintió un incontenible peso de plomo en esa marcada ausencia de palabras y cuando se aprestaba a disparar una larga serie de preguntas respecto a su guía desaparecida y a profundizar su descripción, decidió marcharse frustrado y con el espíritu herido de interrogantes. Al salir a la vereda, el horizonte se estaba enrojeciendo, miró a todas partes y cuando creyó que nadie lo veía, arrojó rápidamente a un basurero, el pañuelo amarillo manchado con sangre.-



PÁGINA 17 – POESÍA

Matías Alejandro Cravero (Usuhaia-Tierra del Fuego/Argentina)

BICENTENARIO O SISTEMA OPERATIVO

En los nuevos comienzos
también hay rémoras pretéritas,
deseos inéditos que se hibridan
con las pulverulencias del ayer.
Al igual que el sonido y sus cualidades
los puntos de inflexión transmiten vibraciones.

Hoy empiezo de cero
junto al cadáver aún tibio.
Mañana besaré las pubescencias del amor,
pero ahora debo trabajar en mi proyecto.
Renovarme, fundando lo inesperado
junto a las continuidades disfrazadas de destino.

Hay flatulencias viajando por la tripa del tiempo,
pétalos tersos de cualquier brizna de sol
sátiros anfibios tocando timbales
ruinas tercas que se apilan, estrato sobre estrato.

Como buen hijo de esta época
temo más a la obsolescencia que a la muerte.
Estoy en otro refugio de alta montaña,
el hogar encendido hace rechinar los maderos,
un confort haragán sobrevuela el salón.
Miro las nieves profusas más allá del cristal.
La siempre probable avalancha se desencadena,
y Kant perece aplastado con todos sus enseres.
Yo sonrío malévolamente.
Puedo ser abyecto y puedo ser angelical.

Quiero crear un nuevo salto de pértiga,
y descubro al anciano que me habita.
Estoy en otra bahía olvidada
aguardando el navío inverosímil.
Náufrago perenne soñando el rescate,
no dejo de oscilar entre las mareas veleidosas.

En los nuevos comienzos,
con las pulverulencias del ayer…
Ya se avizoran las manos comunistas
que habrán de ayudarme a sostener el cedazo.

Desfiladeros, quebradas,
pasarelas, pretiles.
Algo fresco y desconocido quedará sobre el tamiz.

DE ESPALDAS A LA CIUDAD

Este melodrama crepuscular reverbera,
y el que toca su coda
es un día más.
Miro hacia el oeste enrojecido de nubes deshilachadas,
lo esencial del tiempo es la sucesión.
Respiro las feromonas del paisaje,
lo primordial del espacio es la situación.
Estoy hundido en mis circunstancias,
apreciando el melodrama crepuscular.
En lontananza se mueve una pequeña embarcación,
el viento rota sus magias y trama rizos en la mar.
Muy cerca, casi al alcance de la mano
resuena el graznido metalizado de las gaviotas.
Detrás yace la ciudad, embotada de parafernalias.
Como toda gran instalación, procura sorprender
o al menos multiplicar artificios.

Esta jornada, una más, busca la noche.
Y yo, otro observador desarraigado,
expulsado de no sé qué útero primigenio,
contemplo los puentes derrumbados,
el camino vedado hacia una supuesta naturaleza primera.
Me envuelve el paisaje, que es un híbrido mutante.
Junto al feraz universo de arena y seres enconchados,
hay latas de cerveza, vacías y apretujadas.
La atmósfera viste pieles rugosas,
sueña con una plaza en el mundo del espectáculo,
y sonríe ilusionada.
Dos turistas acaban de llegar,
en inglés dicen que pese al desorden, el lugar es magnífico,
y para ratificar sus dichos toman varias fotografías.
Yo, al igual que todos
sigo hundido en mis circunstancias,
apreciando el melodrama crepuscular.

OTRA BALA INCRUSTADA EN ALGÚN LUGAR PERDIDO DEL CORAZÓN LACRIMÓGENO

Dos movimientos envolventes despliegan la membrana
rugosa y crujiente, de núcleo rosado y bordes violáceos.
Siete latidos de geometría desordenada aúllan la inanición,
el espanto frívolo ante un mundo de bullicio y olvido.
La copita de jerez, la hierba humeante
drogas de diseño y el humor erótico en páginas de Cosmopolitan.
Nueve golpes sobre el umbral de la nada disfrazada de astrofísica,
porque puede que sea materia oscura la que incrementa el volumen galáctico,
puede que los agujeros negros escondan los primeros cálices y el santo sudario,
o cualquier otra bobera cristiana con aires de importancia, de secreto supremo,
capital, en antros bursátiles babeando fusiones y dinero cibernético.
La cruz y el tesoro, un Papa ridículo gira sobre la estupidez imperial,
reformistas fanáticos jugando al buen pastor y envenenando las libertades
con discursos normalizadores, de rectitud, testimonio y arrepentimiento.
Porque la fe en cualquier modelo explicativo grandilocuente y pomposo
crea asesinos de la diversidad, tiranos que someten el devenir
en los patíbulos del destino.
Pero también apesta el minimalismo, funcional al consumo incesante
y a la burda espectacularización de la vida cotidiana,
con todos esos talk shows de verdulería y competencia infinitesimal.
La membrana rosada de bordes violáceos,
avanza rugosa y crujiente, con un doble movimiento.
Pareciera que todo lo quiere envolver, junta y aísla,
protege y asfixia, con vocación sanitarista
grita consignas de paranoia y prevención.
Pero it’s only talk,
el último y desesperado intento del gigantesco parásito dominante,
por embarrar la cancha y perpetuar una suerte de toque de queda,
la excepción constante y el pánico servil.
Cincuenta y dos relámpagos dibujan algoritmos en el mediodía detenido
transformado en medianoche o viceversa,
ya que no es la exactitud cronométrica la que carga estos pesares
y evita el desfondamiento de la estulticia,
ni asegura el pétalo fragante en medio de la roña secretada por todo mecanismo.
Son otras cosas, algo inestables y vagas, las que sostienen y elevan.
Más allá o más aquí de los campos gravitatorios, subyugantes,
generados por la obcecada vanidad narcisista,
y la envidia mezquina para la cual expansión colectiva
es lo mismo que cese de la individualidad.
Son otras cosas, algo paradójicas y alegres, las que oxigenan
nutren y auspician, la voluntad de unidad sin uniformidad,
democracia constituyente que rechaza fatuas delegaciones
crecimiento personal sin degradación social.
Y entonces, sólo entonces,
alcanzarán su cumbre semiótica, aquellos fenómenos tan inquietantes,
hechos de una lírica inclasificable, reticente al análisis erudito.
La conciencia de la propia mortalidad,
el fin como trance singular en el que todos los demás
devienen extras lejanos sin mayor importancia.
La profunda brecha entre expectativas y eventos tangibles,
el amor, con su amplia gama de cursilerías y bendiciones,
otra bala incrustada en algún lugar perdido del corazón lacrimógeno.
Lo que se roza con la imaginación pero no se puede asir,
una broma pitagórica maullando en los tejados macilentos,
el viaje interno sin otro medio de transporte que la memoria
esa bomba de hidrógeno que aniquila las periodizaciones.
Ser, al mismo tiempo, centro y periferia,
marea que susurra y bote desafiante,
víctima y verdugo.

SER EN EL CAMBIO

Desde lo alto de las montañas nevadas baja una brisa aleve,
no trae recelos ni logomaquias,
baja con fragancias de alerces mentolados
trabaja con la sencillez, esa fuerza amplia y vigorosa.
Unos pájaros de plumas cálidas baten sus alas,
y entre las nubes hay más nubes,
todas distintas aunque similares.
El paisaje y sus órganos restallan tenues,
en el canal del sur extremo se abrazan los océanos,
como deponiendo armas y vanidades
porque la simplicidad es gracia de Natura,
y su despliegue no implica esquematismo y linealidad,
sino fluidez y gracilidad, aquello que enlaza
lo afable y lo espontáneo.
El paisaje junto a sus órganos traza este perfil patagónico,
donde cosas y seres se abandonan confiados
al contento de ser en el cambio.

LA REVOLUCIÓN ES UNA HERMOSA BUSCONA

Con siluetas de arena translúcida se pueblan los espejismos,
frente al rayo de flama alambicada claudica la inapetencia,
y entonces ríen y beben tus caricias copiosas,
lozanía de narcisos y caléndulas
otro mundo es posible.
Un albur y un pentagrama mentolado,
siete soles engarzados regalando luz.
Aleteo, rizomo,
mientras procuro alcanzarte
y compartirte con mis contemporáneos.
En tus adyacencias, riscos sin temor.
Llegar a tu cuerpo zigzagueante
implica asumir variados devenires.
Hombre que muta a dragón
dragón que se transforma en epístola,
epístola que deviene manifiesto.
Un reguero de ideales conduce a tu sexo
fruta algo acre de pulpa redentora.
Poseerte, perderte y reencontrarte al doblar la esquina,
siempre distinta, fluctuante tallo conductor.
Y viajar por el vino de tus besos,
junto al intelectual y el artista callejero
la costurera y la actriz,
los peones de mil partidas de ajedrez.
Versos como puentes de cristal,
puentes como portales al cambio,
y tus senos rozagantes
y tus muslos tibios de amor.



PÁGINA 18 – ENSAYO

DESVENTURAS EN EL PAÍS JARDÍN-DE-INFANTES

Por María Elena Walsh (Ramos Mejía-Buenos Aires/Argentina)

Si alguien quisiera recitar el clásico "Como amado en el amante / uno en otro residía..." por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar "por esa única vez" los sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo, las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o "desaconsejables". Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros qué éramos...?"
El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.
Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: "La inflación ha muerto" (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.
Es verdad que no toda censura procede "de arriba" sino que, insisto, es un antiguo deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo oficial favorece —como la humedad a los hongos— la proliferación de meritorios y culposos. Unos recortan y otros se achican. Y entre todos embalsamamos las mustias alas de cóndor de la República.
Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.
No es ejemplo actual sino intemporal, digamos, el del taxista calvo que "fusilaría a los muchachos de pelo largo". El del culto librero que una vez, al pedirle un libro feminista, me reprochó: "Vamos, no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena, eso no se toca.") O el del director de una sala que exigió a un distinguido coreógrafo que no incluyera "danza demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas". ("Nene, eso no se hace.")
Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. Y si de aplacar la violencia se trata, ¿por qué no se retacean las series de TV o se sanciona a los conductores que nos convierten en virtuales víctimas y asesinos?
Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?
Aun la pornografía —que personalmente detesto, en especial la clandestina y la española— y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado un primer asalto de curiosidad, son naturalmente relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos. Y allí va a buscarlas el adulto cuando tiene ganas, así como va a sintonizar debates sobre temas vigentes durante el horario de protección al menor.
Se supone que, en cuanto el censor desaparezca, los primeros en aprovechar del recreo serán los descomedidos de siempre, que reflotarán una grosera contra-cultura. Pero a la larga resultarían relegados siempre que una debida promoción (que hoy tampoco existe) de los honestos los lleve a ocupar las posiciones más evidentes.
El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustamos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía... vicios poco recomendables para una familia.
En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna "lista" creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese "sentido de familia" que se nos quiere inculcar escolarmente... y con interminables avisos de vinos.
Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.
Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: "No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada".
Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de "derechos humanos", era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.
La autora "está muy cansada", no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. Porque más que la imagen del país en el exterior le importa y duele el cuerpo de ese país por dentro.
Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, munidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.



PÁGINA 19 – POESÍA

Marcelo Ahumada (San Fernando-Catamarca/Argentina)

YO SOY LA OSCURIDAD

II

derramado en lápida vieja
cargo una caja de fósforos para la oscuridad
herré el sábado a la tarde
me cansé de esperar

sos otra cosa
un pedazo
de esa cosa
como peinar a los muertos
guardarles la sonrisa los dientes blancos en el bolso marrón
hasta olvidarlos

una camisa desteñida
En la soga del espanto
gira y gira mi frío y mido en el viento
el slip que usé de gorra chupado
en año nuevo
entre extraños
áfrica no me necesita

(¿no hubiera sido mejor que quedara
en casa recordando lo que querías ser?)

cavo un hueco cerca de mí
para que escuches lo que
Todavía
necesito decir
y cavar un hueco del otro lado

III

el tenedor
el arroz
un vagón de soledad
la caja con sopas
las personas no tienen a qué volver
hoy se respira días perdidos
lugares con tu nombre
a cada rato es la mañana

mejoraré agachando la cabeza
llenándome de sangre

hoy todavía es ayer y no puedo oírte más
al menos por hoy

soy irrepetible
quiero ser irrepetible
como no poder abrigarme sin despertarte
Y enfermar

no sé cómo hacerte salir
soy todo el patio nervioso

de cerca nadie es normal

no quiero que se note lo huérfano
sé que vienes con hambre
los reptiles huelen el desamparo.

VIII

me haré buen tipo
lobo tranquilo
lleno tarde mi hueco en tu cama
me desalojas del deseo
del campo sano

la libertad me atraviesa como una bala
la libertad es una ametralladora llena de misericordia
como el hambre

duermes la siesta y aún tengo fe en vos
la ley es la alarma del reloj
te ha despertado años luz
como el viejo edificio el tribunal iluminado

la escalera se ha corrido
no me podré bajar de tus muros
espero que regreses
la noche es un pueblo hindú

me sentaré en la orilla en el río sagrado
pondré mis pies en agua

(estoy ebrio
pero no moriré así)

el río lavará el revólver y te perdonará
cuando vuelvas
búscame entre los zapatos
he caminado con todos los hombres
para acostarme a tu lado

XII

mi oscuridad es un perro
no me ampara su ovillo
lloverá fuego o haga frío
tenedores de veneno
yo podré con la ira
aunque no sepa dónde olvidarte
vengo del horizonte y no vuelves
no me ves este animal traspasado
yo tampoco me llamaría
los meses son un hombre sin poesía
que arde desde afuera
por los caminos este perro su oscuridad
regresa en papel quemado
mamífero de cenizas
la furia es un caballo
que anda sobre mi paz
a qué huele a qué sabe esta higuera
violenta y fresca
su flor se me ocurre
maligna y sin olor
nace de mí crece en mis ojos
nadie podará
soy el perro de mi oscuridad
no quería no me gusta el fuego
y aún así iluminaré
la noche con tu fuego

XIII

el cielo de adentro
el amor es una boca una fauce
golpea esta parte del mundo
me golpea el cielo los ascensores
todos esos árboles no parecen tan viejos como yo
creo que deberías dormir solo esta noche
el amor es una roca
una piedra que viaja por sangre
despierta la selva inquieta
debajo del cielo del adentro
el cielo de mí
te veré más tarde
el día es un campo dormido
no quiero morir
estoy en el fondo
me siento un avión preso
me llevo al infierno
cargo frutas de madrugada
bajo la lluvia
como una cabellera se despeina
por el viento de la ventanilla
no tengas miedo pensé que eras otra persona
otro bar
otro día
el amor es una roca allí empezaré la casa


PÁGINA 20 – CUENTO

EL GRAN MONGOL

Por Mempo Giardinelli (Resistencia-Chaco/Argentina)

Sueña que va a comprar botones. Azules, cuadraditos, forrados. Alguien le informa que sólo podrá encontrarlos en El Gran Mongol, que es una casa importadora. Cree haberla visto; pero no sabe exactamente dónde queda.
Camina, extraviado, por una extraña ciudad que no reconoce. Hasta que en el cruce de dos grandes avenidas, descubre la enorme tienda luego de un efecto que le parece cinematográfico: como si la lente de la cámara que son sus propios ojos se hubiese abierto por completo. Pero enseguida el efecto cambia nuevamente, y ante sus ojos comienzan a aparecer fotografías, que narran una historia que protagoniza él mismo. Son fotos sucesivas, como los cuadritos de una historieta, y contienen acciones, colores y movimientos internos, fragmentarios.
En la primera, está entrando a la tienda en busca de los botones y en un escaparate los ve. Los pide a una vendedora y separa los que más le gustan.
Los alza y los mira a contraluz, contento como un niño. De pronto, inexplicablemente, se pincha un dedo con una aguja. Brinca desmesuradamente hacia atrás, pisa a un hombre que pasa, y se produce un alboroto. Pide disculpas, zafa de la situación y, nervioso, se dirige a la Caja a pagar los botones.
Foto dos: La cajera es una belleza, idéntica a Xuxa. O acaso es Xuxa, no lo sabe, en los sueños pasan esas cosas increíbles. Debe pagar un peso con cuarenta y cinco centavos, pero sólo tiene un billete de cien dólares que ella agarra mientras le dice que no puede aceptarlos. Pero él le explica que peso y dólar en este país, ahora, valen lo mismo porque la convertibilidad, etcétera. La chica atiende a otros clientes: a todos les da sus productos y ellos pagan y se van.
Mientras espera, observa el sitio. Es la tercera foto, panorámica: hay como un corral cuadrado, de fórmica, en el medio de un gigantesco salón. Parece Harrods, o Macy's, o alguna de esas grandes tiendas del Primer Mundo. Hay un MacDonald's al fondo, varias joyerías, un sector de góndolas y escaparates de perfumerías de marcas conocidas, pasillos, gente, luces. Al cabo se impacienta y reclama. Foto número cuatro: Ya va, ya va, le dice Xuxa, y empieza a sobrarlo, a burlarse de él. Qué nariz más ridícula, dice, y esos botoncitos, un hombre grande. El insiste en su protesta, cada vez de modo más altisonante. Siente su adrenalina, la presión que le sube. Pero ella ni le da el cambio ni le devuelve los cien dólares. Fúrico, golpea contra el mostrador y a los gritos pide por un supervisor. Xuxa, como si no lo oyera, despacha a otro cliente, sale de la caja y atraviesa el salón.
En la quinta foto, la sigue y la toma del brazo, escúcheme señorita, pero ella quita esa mano como con asco y le dice hubiera sido más político, señor, más diplomático, y él quién es el gerente general de la casa, quiero hablar con el gerente general. Aquél de bigotes, dice ella, y además es mi
novio, y se aparta rumbo al baño de damas. Entonces él se dirige al tipo (foto seis), que cuando es interpelado lo mira como preguntándose quién es este loco y le dice yo no trabajo aquí, no tengo nada que ver, sólo vine a comprar unas zapatillas, camino por el shopping, no me fastidie.
Decidido a buscar al gerente, se mete en un salón donde hay un montón de mujeres que juegan a la canasta. Séptima foto: en una mesa, unas ancianas toman té con masitas, y en otra, muy larga, hay unos viejitos que visten ternos con flores en las solapas y aplauden a un tipo parecido a Leopoldo Lugones. Sale de allí y entra en un pasillo larguísimo (es la foto número ocho) a cuyos costados sólo hay escaparates iluminados pero vacíos, y puertas de vidrio cerradas cada no se sabe cuántos metros.
El Gran Mongol, se da cuenta, es como una caja de Pandora, un laberinto, pero sigue por el pasillo, que hace una curva extrañamente peraltada, y al final desemboca (foto nueve) en un enorme patio, entre andaluz y griego, perimetrado por altas paredes blancas y con una docena de columnas allá
arriba, sobre los murallones de piedra, lanzadas al cielo como si tuvieran que sostener un techo imaginario. Allí ha habido una fiesta de bodas o algo así: hay muchas cosas tiradas en el suelo y los meseros van y vienen limpiando las mesas de restos de comida, y levantando papeles, servilletas,
puchos, huesos de pollo, botellas vacías.
En la foto diez hay un tipo muy gordo, un obeso enorme con pinta de patriarca, que está sentado en un banquito de cocina a un costado del patio.
Un mozo lo señala con un dedo mugriento: es Don Artemio, dice, el patrón.
Está enfundado en un traje negro y usa corbata de moño. No parece ni mongol ni gallego. Habla con una chiquilina a la que da órdenes perentorias. Su tonada es litoraleña, acaso de entrerriano del norte. Sonríe todo el tiempo.
En la once se dirige hacia el gordo, se para frente a él, y le explica todo, especialmente su furia contra la cajera que se quedó con sus cien dólares. El gordo asiente con una sonrisa y enseguida alza una mano que deja suspendida en el aire, como para que se calle y espere, y con voz suave llama a un mozo, que se acerca con trote marcial y se queda trotando en el aire, dando saltitos suspendido sobre un mismo lugar. Decile a Teresa que me vaya preparando un guisito de arroz, ordena, y su vista queda clavada melancólicamente en una de las columnas que están allá arriba, como para no escuchar al que sueña, que está desesperado y no cesa de hablar porque necesita que se atienda su situación, su desagrado, y quiere sus cien dólares.
Pero en eso viene otro mozo (foto doce, una instantánea) y le pregunta qué vino va a querer tomar y el gordo dice elegíme un torrontés del año pasado, o sino un Rincón Famoso del 84, el que cuadre.
En la número trece, como el ofendido insiste en hablar del episodio y su indignación aumenta, el obeso sigue asintiendo pero con una sonrisa de cansancio, la condescendiente sonrisa del poder, que es también una mueca de intolerancia, mientras saca un cigarrillo y busca fuego, y otro mesero que pasa se lo enciende con unos fósforos Fragata, y al final dice me tienen harto no hay derecho, y lo dice suavemente aunque hay algo amenazante en su voz.
La foto catorce es un primer plano, desencajado, del que sueña: Cómo que no hay derecho, usted también se va a hacer el burro, gordo de mierda, y entonces todos se ríen, la foto se abre como tomada con un gran angular, un distorsionante eye fish que se llena de caras y bocas y dientes, y todo se
vuelve grotesco como en las películas de Fellini, hay enanos y payasos en el patio, y gordas de grandes tetas, y querubines y vírgenes y demonios a la manera de los cuadros de Rubens, y el soñante empieza a retirarse lentamente, humillado y vencido, expulsado por El Gran Mongol.
Ahora está saliendo de la enorme tienda: en la foto quince ve, en la puerta, a la cajera rubia con los cien dólares en la mano, que se dirige hacia él y le tiende el billete con desprecio: se lo manda Don Artemio, dice, para que no friegue. Y se da vuelta y se va, y él, con doble humillación, camina de regreso a su casa, a su sueño.
Cuando se despierta tiene ante sí, clavada con chinches sobre la pared, una foto en blanco y negro en la que él, de niño, viste un trajecito de marinero: pantalón corto y saco cruzado de botones que él recuerda perfectamente que eran azules, cuadraditos, forrados.



PÁGINA 21 – CUENTO

EPIFANÍA

Por Héctor Tizón (Yala-Jujuy/Argentina)

Algunas veces, antes de que anocheciera, se podían distinguir en el pálido horizonte unos trazos difuminados semejantes a nubes. Pero ya nadie recordaba la lluvia. La aridez sólo era morigerada por la humedad que en los amaneceres destilaba el rocío de las escasas plantas.
Para los de aquí, descendientes de adoradores del sol, el sol es el infierno, que seca la piel antes de que la muerte llegue; estos hombres ya ni siquiera saben defenderse porque han perdido el concepto del mal.
Hacía mucho tiempo que no nacía una mujer en estos pagos, y por falta de hembras los varones mozos debían exiliarse; ya sólo quedaban los ancianos; las mujeres, multíparas, morían, y a los jóvenes se los llevaba el camino.
El día en que las dos comadronas anunciaron la inminencia del nacimiento fue, para todos, de fiesta. Por la forma esférica y no ovoidal del abdomen, por el rumor silencioso como de vientos profundos que las viejas oían al poner sus orejas sobre el vientre grávido, y por la entrañable suavidad y tibieza de la piel, estuvieron seguras las parteras del inminente advenimiento.
El hecho se expandió por las comarcas: ahora, otra vez, iba a nacer una hembra; y esto era como una esperanza y como una flor.
Con el anuncio se preparó el ágape, que sería una comida fraternal y primitiva: cordero asado con hierbas amargas, y maíz; y música de viento.
El pueblo no era grande, apenas siete casas, con sus corrales circulares de piedra seca.
Se obstinaba la gente en construir sus casas en esta paramera, sólo apta para senderos de cabras, cuando a lo sumo podría ser habitada por el viento polvoroso.
Un cuento inmemorial pretende que aquí, o muy cerca de aquí, alguna vez existió un lago; nadie lo cree pero nadie lo niega, y todos los pequeños pueblos de esta región lo reclaman para sí. Algunos hasta han creído ver los rastros o vestigios de ruinas, de cobijos de pescadores que echaban sus redes a la luz de la luna.
Los pequeños pueblos no son más de tres, separados entre sí por leguas tan yermas como las del país de Caín, a quien el Señor había condenado a vagar por el desierto. De allí salieron dos hombres, impulsados por el rumor del nacimiento, y estos dos se hallaron en un cruce de senderos con otro más, y los tres juntos emprendieron el camino. Casi no hablaron entre ellos, puesto que lo que pudieron haberse dicho ya cada quien lo sabía.
Los tres viajeros pasaron la noche a la intemperie y durmieron encogidos junto al fuego que se extinguió al amanecer. Sólo dos tenían cada cual una alforja; uno de ellos llevaba un pequeño pellón, y el otro una ollita del tamaño de una mano, con su tapadera; el tercero era tan pobre que no llevaba nada.
Al amanecer del quinto día avistaron una delgada columna de humo que se mantenía erguida porque a esa hora el viento se recata. Apuraron el paso, pero el sol les ganó en llegar. No tuvieron que hacer ninguna pregunta y, enseguida, los tres estuvieron junto al jergón donde yacía la criatura recién nacida, que acababa de morir.
Tampoco en el camino de regreso hablaron entre ellos, tampoco ahora tenían nada que decirse. Quizá porque todos sabían que vivir ahí era como una extravagante vanagloria.



PÁGINA 22 – POESÍA

Amelia Arellano (San Luis-San Luis/Argentina)

TEOREMAS DE PITÁGORAS
(Texto en proceso de edición. Poemas seleccionados del apartado “LETEO”

“Para hacer desaparecer mis amargos sollozos
Nada es mejor que el abismo de tu lecho;
el poderoso olvido vive en tu boca
y el leteo se desliza en tus besos…”
Charles Baudelaire “El leteo”

LETEO (*)

“De dónde viene esa tristeza extraña
que sube sobre el mar sobre la roca oscura y desnuda.”
Charles Baudelaire

Ha vuelto, ¡Ay! ha vuelto.
El río insomne, el que creía que jamás vendría.
Ha vuelto.
Remembranzas / Piedras.
Pájaros alimento / semillas / amapolas olvido.
Insaciables pasos / escucha.
Cuevas color sepia.
Cauces / subterráneos / vigentes / actuales.
Escisión / vigilia / sueño.

Cualquiera es la figura.
El fondo siempre el mismo: la tristeza.

Máscaras / camufladas / olvido
Bandadas / gaviotas / langostas / jotes / mariposas.

Han vuelto todos.
Todos/ han vuelto ¡Ay!
Y yo sin casa. Y yo sin piso. Y yo sin techo
Ya no queda queso / ni vino / ni pan.
No hay fuego prendido / ni agua hirviendo.
Tampoco queda el niño.
Otro
Triste / Pupila cal hambrienta.
Cataratas / luz ciega / no recuerdos.

Cualquiera es la figura.
El fondo siempre el mismo: la tristeza

Amapola / frescura / inodoro
El Sahara / La sed / Los Nómadas /
La pasión se calcina

Caderas ondulantes / Una copa de vino.
Uno mismo.
Otro.
Roba piel y rostro.

Frágil. Figura de mi madre
Violenta libido de mi padre.
Catecismos. Restos, naufragio humano.
Túneles oscuros incestuosos / sin salida / sin regreso.
Clepsidras / placenta llanto luz.
La culpa, la vergüenza y el miedo, tienen sexo.
Grito solitario / revueltas sábanas.
Silencio fugaz / multitud ruidosa / fragmenta / aturde
Ronda del rabo / perros rabiosos / extraviados.
Sabores
Acre / amargo / salobre.

Cualquiera es la figura.
El fondo siempre el mismo, la tristeza.

Puñado de agua.
Ramas preñadas / vientre luna llena. Leche.
Troncos, huecos / procrear ratones.
Engañosos imagos / mohosa casa.
Lucha. Defensa / andén desierto.
Perseguidores / Simulación / Ausencia de color
Luz perseguida / miedo adoración / terror posesión
Frenesí / Eros amordazado / compulsión.
Malas palabras pegan / expulsa / maldice.
Buenas palabras / mudas / alertas / abstinentes.

Latido tácito / grito explícito.
Fragmentos / Tánatos / alerta
Tiemblan paredes casa.
Otra vez sin preguntas / otra vez sin respuestas.

Cualquiera es la figura.
El fondo, siempre el mismo, la tristeza.

Picasso, Dalí, Apollinaire.
Rimbaud, Artaud, Baudelaire.
Miró.
Mujer remando / río olvido / la llevó la corriente,
Apolo / rostro fulgor/ hermoso
Arpía / perfil de miedo / ríe / grotescamente

El beso/ ha llegado / el beso / apasionadamente / beso.
Ojos entrecerrados / piernas abiertas / macho de tigre siberiano.
Lengua inquieta / mira / ojos quietos.
Safo / Acantilados del deseo.
Mareas pasión, huecos ausencia.

Cualquiera es la figura,
el fondo siempre el mismo, la tristeza.

Aquellos.
Añorados deseados anhelados / nunca vienen.
Adversidad.
Buitres / buitres / buitres.
Mariposas negras.
Vientre / aleteo / pecho.

Fosas nasales.
Larvados / inmortales/ reznos
Músculos vuelos truncados.
Deseo. Interruptus.

Noche rosa agua viva
Cáliz néctar pasión boca.
Lanzallamas. Azul. Gruta furtiva.
Llanto / rabia / amanecer anónimo
Andrómeda ya no espera a Perseo.

Cualquiera es la figura.
El fondo siempre el mismo. La tristeza.

Fondo/ cenagal.
Pensamientos flacos / perros gordos.
Rata gris de cloaca
Obsesiones/ bubones infectados.
Nudo gordiano.
Cola de serpiente / Metástasis.
La señal de la Cruz y un garrote.
Sangre/ alfombrada tarde.
Los vestidos se pierden.
Extraviados zapatos.
Hay que subir la cuesta.
Niños a upa.

Cualquiera es la figura.
El fondo siempre el mismo, la tristeza.

No. No. No.
Pase de mí el veneno de la flor perpetua.
Pavoroso ardid interminable.
La figura es el fondo y el fondo es la figura
Fondo figura espejo.
Corderos cabizbajos.
Víctima tigre cebado. Tristes zarpas.
Río olvido descuidado.
Han vuelto y no hay lugar.
No espacio Memoria hambrienta.

Nunca se irán.
Adiós y bienvenida.
El olvido desciende.
Piernas amordazadas.
Ciega boca
Alivio espada fálica / parte mi inocencia en tres.

Piel y huesos / potestad del misterio
Bienvenida seas noche eterna.

Despertares.
Muero porque vivo.
(*)Poema distinguido por la Universidad de Buena Ventura-CALÍ-COLOMBIA (2008)

EL HIJO DE SOMNUS

El hijo de Somnus ha llegado.
Muro relegado de la luz.
Paz de sepulcro.
Sin nombre, sin dirección, sin techo.
Manos de labios.
Excluidos del yelmo y de la espada.
Olvidados rastros de pezuñas
Camino del retorno.
No se recuerda en el nombre del padre.
Apedreados tallos y sierpes con amnesia.

Universo de pasión.
Dioses, estrellas y conjuros.
Calandrias, potros azules nuevos.
Tigres dientes de sable, corazón de pájaro.

Puentes.
Indescifrables puentes de la noche.
Río de olvido.
Piraguas, canoas, balsas lenguas.
Puentes, colgantes puentes de velas encendidas.
Niños racimos, naranjales .Lupanares.
Manzanas con tacos y sombreros.
Uvas verde amatista. Las uvas están verdes.
Inocencia, pan de saudades .Ubres.
Salto lecho. Oscuridad.

Hijos de la noche, hermanos de la muerte.
Parias. Celebrad el jubileo.
Que no vengan los duendes de la aurora.
Es el hijo de Somnus.
Que no se vaya, no.

SOLEDAD (*)

“Solamente si has perdido tu pérdida,
cortaremos el hilo para empezar de nuevo”
Roberto Juarroz

Musgo sobre mi piedra.
Piel de lagarto sobre mi piel de víbora
Con dos cabezas
Una para esconder
¿Detener con la mano el río de Heráclito…?
Otra para enterrar los ojos en el charco.
El mismo charco, otro charco.
El teorema. Siempre el mismo. Intenta resolver
Ecuaciones de ayeres insondables.
Retratos de puertas tapiadas
El tiempo es un lazo de luz
O un puñal falaz, clavado
En el engaño que llamamos infancia.
Allí está.
Nunca me abandona.
Mirada ausente. Sabor manzana.
Por las pendientes cenagosas del destierro.
Resbala el cansancio.
No hay piedad.
Y la tregua se aleja lentamente.
La marca candente aún humea.
El desamparo galopa, montado en Rocinante.
Lorenza no ha encontrado a Dulcinea.
Nuevamente ha vencido el “Caballero de la Blanca Luna.”

He abandonado todos los caminos
Todos los caminos me han abandonado.
Todos, menos uno:
El laberinto triangular que une vida y muerte.
Raza de ausentes.
Estertor de vinagre sobre llaga abierta.
Ceniza .Polvo sobre mi polvo.
Huéspedes fugaces.
Intentan regresar aquellos secretos.
Enterrados,
Boca sellada de la tierra.
Palabras nunca dichas.
Vino y sangre inútilmente derramados.
Sombra bandada pájaros ciegos
Oscurece apaga la palabra sepultada en ruinas.
Ruina entre ruinas.
En el aire un olor a nostalgia.
Lastima
Hasta morir.
(Hasta Lázaro, ha llorado consternado, en la tumba del olvido)

Ah, qué deseo absurdo,
Que inútil esperanza de cielos imposibles.
Tatuada hasta los huesos
De visitantes que creí inmortales.
Unas manos, una mirada, un ojo acuoso.
Mendigo.
Ah, paradojal recuerdo.
El país donde estuvimos nunca estuvo.
Incompletud.
No queda nadie para hospedar
Este despojo rosa ortiga.
Un túnel solitario entre Escila y Caribdis
Ah ¡Qué tormentoso absurdo!
(La niña, en su bolsillo esconde, un puñado de piedras,
Un espejo y al OTRO )

Tres silencios.
Socavón de un enero sonoro
Tres silencios y un grito.
Aun lastima el implacable médano.
Los fantasmas que he amado son los mismos
Fantasmas
Que he odiado, tanto, pero tanto,
Que aun me duelen las mieses y las siembras.
Cicatriz de piedra cosmogónica

Unidad de soles fragmentados.
Una mitad de gritos, otra de silencios.
Es la primera pena.
El último olvido.
Mucho antes que el espejo reflejara
La agonía del tiempo,
Ya estaba allí, Acechando,
Semen de una semilla de algún ángel caído.
Más sola que los muertos, en su primer lecho.
Adormidera y noche.
Noche de conjuros y rituales.
Circe ha perdido el zapatito a media noche
Laberinto de voces
Babel.
El espejo bifronte refleja
La más terrible soledad.
La soledad de dos a dos.
Soledad.
Duramadre nacida de torcaza… o basilisco.
Hija de la propia noche que engendro
Y me ha engendrado.
(*)Poema distinguido en “Palabras Diversas” Red Mundial de Escritores REMES (España)



PÁGINA 23 – ENSAYO

LA LITERATURA COMO JUEGO: HOMENAJE A JULIO CORTÁZAR

Por Alberto Noé (Salta-Salta/Argentina)

Hace 25 años falleció Julio Cortázar, un escritor que tenía clara su misión: “Nací para no aceptar las cosas como me son dadas”. Hoy el mundo entero rinde homenaje a este símbolo de la literatura. Pero el escritor sigue vivo provocando risas y tristezas.

Las historias de cronopios y famas, esos seres imaginarios, protagonistas de tantas cosas, fue lo que más disfrutó en vida Julio Cortázar.
Eso fue como un juego para él en un intento por clasificar a la raza humana, y escribirlas le produjo tal diversión que dudó mucho antes de poner el punto final. La diferencia entre estos seres puede estar en cómo conservaban sus recuerdos: "Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: `Excursión a Quilmes´, o: `Frank Sinatra´". Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones".
Por eso las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio. Pero también creó a las esperanzas, "sedentarias, que se dejan viajar por las cosas y los hombres, y que son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan".
También disfrutó mucho creando a Un tal Lucas, un personaje que cuando no podía dormir en lugar de contar corderitos se ponía a responder mentalmente la correspondencia atrasada y que cuando lo hacía se quedaba dormido, sólo que al otro día se tenía que levantar a responder esa misma correspondencia pero ya con un resultado frío, torpe, mediocre.
Ese Lucas se preguntaba a sí mismo, entre tantas cosas, por sus pudores, sobre todo, cuando en una reunión de amigos sentía ganas de ir al baño: "En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo más bien, suave y silencioso, pero ya hacia el final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha".
Las historias de cronopios y famas y Un tal Lucas le trajeron carcajadas inagotables al frente de su vieja máquina de escribir.
Pero cuando le preguntaron que si sólo pudiera llevarse un libro de su autoría a otra vida no dudó en responder: Rayuela, el libro que más trabajo le costó escribir.
Esa novela es considerada hoy en día uno de los hitos del boom literario de los años 60 en el que también se destacaron Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Angel Rama, José Lezama Lima, Carlos Fuentes, entre otros.
El propio Cortázar resumió la novela en una frase: "Es la historia de la realización de un fracaso y la esperanza del triunfo".
Por su novedosa narración y por dar al lector la posibilidad de leer el libro como prefiriera, entre tantas otras cosas, esta novela fue el clímax de la carrera literaria de un hombre que empezó publicando poemas en revistas literarias y que sólo a los 35 años se aventuró a dar a conocer Los Reyes.
Lo poético siempre estuvo presente en su obra y él mismo admitía que a través de su prosa buscaba un lenguaje especial, conmovedor, como se lo propuso en La prosa del observatorio: "Así la galaxia negra corre en la noche como la otra dorada allá arriba en la noche corre inmóvilmente: para qué buscar más nombres, más ciclos cuando hay estrellas, hay anguilas que nacen en las profundidades atlánticas y empiezan, porque de alguna manera hay que empezar a seguirlas, a crecer, larvas translúcidas notando entre dos aguas, anfiteatro hialino de medusas y plancton, bocas que resbalan en una succión interminable...". O como en su famoso pasaje de Rayuela que describe un beso: ". Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua".
Amante del boxeo y del jazz, Julio Cortázar vivió casi 70 años.
Nació en Bruselas, de padres argentinos, en 1914 y murió en París el 12 de febrero de 1984, pero fue ciento por ciento argentino. A los 4 años se fue a vivir a Buenos Aires y allí gestó buena parte de su obra.
Trabajó como traductor para la UNESCO y fue profesor universitario.
Como escritor le importaba muy poco saber el final de sus cuentos antes de sentarse a escribir. Le gustaba que los personajes lo fueran llevando a lugares y hechos desconocidos y por eso, sobre la marcha, la historia tomaba direcciones que lo sorprendían.
Lo que sí tenía claro era partir de lo cotidiano, de hechos perfectamente posibles, para hacerlos un poco fantásticos. Como ese envión interminable que inventó a la entrada de París en La Autopista del Sur que duró días enteros no sin antes dejar grandes amistades, romances y frustraciones. O como ese traductor que vomitaba conejos, o ese hombre que desde el avión miraba, cada vez que podía, una pequeña isla a la que su destino estaba ligado.
También creó a un hombre que lee en un libro lo mismo que le está pasando en ese momento, sintiendo un puñal en su espalda.
Los premios (1960), Rayuela (1963), 62/Modelo para armar (1968), Libro de Manuel (1973), entre tantos otros libros, conforman el legado de un hombre que murió de leucemia pero también agobiado por la pena después de la muerte de su última compañera la fotógrafa Carol Dunlop.
Aun así él sigue vivo entre tanta gente provocando risas y tristezas pero, ante todo, llevando al lector a lugares imposibles, a historias jamás pensadas, a plazas, parques y calles en donde la gente no sabe si se está comportando como cronopios o como famas, planificando la vida o aceptándola como viene, pero siempre agradeciendo que alguien los haya visto con ironía.
Como le ocurrió en algún momento a una empleada del servicio que le preguntó al señor de la casa que por qué botaba un pañuelo cada vez que lo usaba y él respondió que no debió haber preguntado eso pues ahora le tocaba a ella lavar los pañuelos en lugar de él botarlos. Sus razonamientos quedarán ahí, para siempre. "En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas todas las explicaciones. Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también el basural".



PÁGINA 24 – POESÍA

Hugo Francisco Rivella (Rosario de la Frontera-Salta/Argentina)

LA IMPLOSIÓN DEL MUDO

este animal esta agua esta osamenta
la felpa de la noche en mi costado
los cuervos y los perros que me lamen
no hay lengua atravesada en el poema ni deslices de furia
en la palabra
se atragantó la muerte está demente
entran caballos ciegos galopando
el tridente del ojo del verdugo parece una serpiente alucinada
dónde el rayo
y dónde la guarida del lobo
a quiénes fiebra tantos deshabitados
la boca se me inflama y se me aturde
el cuello por llamarla
pero no hay qué de siempre
me ungen dioses de arrodillados miedos
el hijo engendra una rosa en llamas
y el mundo sangra su abecedario.

LA NIÑA SIN OLVIDOS

a la niña violada en un hotel en Salta

el vientre seco y de los vientos todo
todo lo enajenado y los remiendos
que retozan y piensan
en la cal y el adobe de la hembra
mujer atada a la mirada el trazo
de lo que rueda y va desmoronando
y el pobrerío de su bata floreada
que perfuma sus ojos desolados
piedra de atardeceres
quién te quema
quien te arde
quien te raspa la noche
quién memoria que es mejor olvidar
y no sentirse de nuevo desflorada
y ese dolor que le harapienta el alma
de nuevo el aliento de su boca y sus dientes
el vientre seco y de los vientos todo.

EL CAZADOR

colibríes y caballos en la ronda del ángel
son unos son cientos y son la quebradura en el borde del agua
el polen parpadea sus pétalos de azúcar
y gira en círculos con su trampa de arena
allí está el cazador
inmóvil con el instinto en ristra igual que una bandera
un sudor asesino le corre por la espalda
mientras pone una bala con el nombre del hijo
los colibríes husmean en el aire la muerte
los caballos se espantan
truenan sus cascos de plata y de tormenta
los colibríes se esfuman
los caballos hechizan las puertas de la luna
el cazador
ha clavado una cruz en sus corazón
no se distrae
espera

EL BORDE. LOLA MORA TIENE FIEBRE

El borde. Lola Mora tiene fiebre. Los tres caballos de la fuente están enfurecidos.
En la Dársena Sur un turista dispara fogonazos, retrata lo que queda del sueño,
la mujer, pequeño huracán que habita el mármol bebe de la ciudad todo sus males,
andará, tal vez, por El Dátil, cavando túneles, buscando la agonía de los cedrales, o quizá, en París, se acueste con Rimbaud
y le lave los pies,
a la luz de una lámpara se desnude y descalza camine sobre el Sena.
Mujer hecha con alas de coyuyo, con pasos de pantera.
En el espejo estalla un refucilo, los caballos se asustan
y galopan de cara al Obelisco, la gente se hace un lado, los niños se alborotan,
el Polaco le canta Las Cuarenta, el Re(ng)o se ríe a las carcajadas,
el Ciego a grupas monta con la Mora y en el ruido del agua escribe su poema de dos mares.
El borde. Lo irreal, también existe.

LA SOLEDAD HIZO ESTRAGOS EN LA PIEZA DEL FONDO

La soledad hizo estragos en la pieza del fondo, en un rincón, la espalda de un hombre, antenas, cucarachas de espuma; en otro, síncopas, atriles, la partitura de Fuga y Misterio y un poema de Molina con uno de González Tuñón.
Qué sabe Macedonio del fantasma de la calle Ayacucho ahorcado con un piolín de barrilete, concierto en Sí Menor, filosofía de trapo a tanto desengaño
Malena no aparece.
El cabaret espera que salgan a la noche para clavar su signo de diáfana mentira, un wisky doble, un cross, un gancho al hígado. La Pantera Saldaño enciende luces orilleras.
Un ritmo de tambores marea sus caderas
Malena está perdida se enamoró otra vez del payaso del circo
y en la pieza del fondo,
en donde esconde el humo su silueta perfecta,
ella vuelve a cantar como ninguna.
La Estrategia del Re(ng)o, Inédito

EZEIZA HERVÍA COMO UN VOLCÁN DE CRUCES

Ezeiza hervía como un volcán de cruces, la tarde en la balanza trepó hasta la locura.
Las hienas tiran desde los árboles. Es la tormenta. Los círculos marean el infinito. El corazón se quema como se quema un pájaro hecho con resinas de roble.
En la calle los cuerpos eluden la tormenta.
La historia repite su concierto barroco, se enfrenta cara a cara con los hombres, le palpa el sexo y se acuesta con ellos para hacerlos más limpios.
La palabra está tiesa tirada en la boca del subte. El tren partió sin esperarla, no resistió tanta derrota, tanta materia del olvido, tanto garrón, tanta traición para la que no hay antídoto.


PÁGINA 25 – CUENTO

TALLER LITERARIO

Por José Gabriel Ceballos (Alvear-Corrientes/Argentina)

Son relatos extraordinarios. Nos cuesta mucho superar los efectos de sus lecturas. Cada vez que el alemán lee uno en el taller, nos quedamos como zombies, y todo se prolonga por varios días y noches. El poeta Ceferino Miranda sólo emborrachándose hasta la inconsciencia logra reponerse, según sus propias palabras. La señora Lila y don Lisandro sufren insomnios invencibles. Para la mayoría de los talleristas las peores consecuencias son las pesadillas. El Chiche Miqueri suele llamarme por teléfono en plena madrugada, recién salido de un sueño horroroso engendrado unas horas antes en el taller. Desconozco recetas para disipar tanta angustia, por supuesto, pero al parecer la conversación telefónica lo ayuda un poco al Chiche. También en mí esos textos siembran horribles pesadillas. Me llenan el cerebro de agonías.
Don Otto Reiser apareció en el pueblo unos treinta años atrás, con su mujer doña Emilce y los dos primeros hijos. Ni el señor ni la señora Reiser cambiaron mucho desde entonces. El alemán ya tenía esas manchitas en la cara y completa su calvicie; su pequeña esposa ya se parecía a una muñeca por esa como máscara de cosméticos y pasmo que -bien se podría creer- tal vez la preserva del tiempo. El hombre ya cargaba con esas gruesas cejas blancas que producen un vivo contraste con la piel trigueña y los ojos celestes, su enjutez no perdió derechura. Poco después de que ocuparan el chalet contiguo al Centro Cívico, que alquilaron y más adelante compraron y en cuyo garaje el alemán enseguida instaló su relojería, doña Emilce informó en el vecindario que el señor Reiser había llegado al país huyendo de la guerra y que ambos se habían conocido en Santa Fe, de donde venían ahora. Pronto les nacería aquí el tercer y último hijo. Pronto la familia Reiser se integró al pueblo cuanto la natural reserva de un desterrado permite suponer. Por dar ejemplos, aunque se ganó al pueblo entero por clientela el señor Reiser jamás solicitó que se lo admitiera como socio en el Club Social, pero su esposa ejerció varios cargos en la Congregación de la Virgen. En fin, acabamos por sentir a don Otto como un vecino más, pese a su parquedad para el trato.
Ahora debo referirme a nuestro taller literario. Lo bautizamos "El Rincón de Polimnia" porque al principio sólo leíamos poesía. Los cuentos románticos del Chiche Miqueri, los capítulos de una novela infinita que la señora Lila escribe desde hace medio siglo sobre sus antepasados, y los editoriales que don Lisandro Arzuaga pergeña para su semanario "El Progreso", determinaron poco después que lo llamáramos simplemente el taller literario. Empezamos cinco: el poeta Ceferino Miranda, la Neneca Gaúna, el Chiche Miqueri (que reemplazó sus versos de amor por sus cuentos desde cierto juicio cruel de Ceferino Miranda), la señorita Jazmín y yo. No sé bien si la idea se le ocurrió a la Neneca o al Chiche; ambos anduvieron juntos difundiendo la iniciativa. Desde la primera sesión nos juntamos en el salón municipal, que el Chiche consiguió con su primo el Intendente. El poeta Miranda asumió la dirección por unánime decisión de los otros cuatro fundadores y continuó dirigiendo el taller hasta hoy. Aunque con frecuencia el poeta nos hace la rabona, seguramente por obra de bebidas espiritosas, y otras veces concurre con lucidez sólo suficiente para permanecer sentado y a los cabezazos contra el sueño, su dirección no se discute, debido a su brillante trayectoria literaria, la cual incluye publicaciones en los diarios de la capital provincial. La señorita Jazmín concurrió tres meses nada más, hasta que sus males seniles la postraron para siempre. Llegó a leer unos ovillejos dedicados a unos santos. Sus funerales constituyeron la primera oportunidad para que el taller se mostrara públicamente; mandamos una corona pagada en partes iguales y la Neneca Gaúna leyó una oración fúnebre en representación del grupo. En la reunión siguiente se presentó don Lisandro Arzuaga, quien confesó no haber participado antes por su archiconocida enemistad con la señorita Jazmín, odio nacido de un remotísimo amor borrascoso. Ceferino Miranda saludó dicha incorporación como "un ejemplo de sublime humildad", en consideración a la larga experiencia acumulada por el nuevo tallerista en el oficio de escribir. Hubo quien sintió tal saludo como una genuflexión del poeta tendiente a garantizar su espacio lírico habitual en el periódico de don Lisandro. Éste nunca falta, y cada jueves nos lee su editorial para la semana siguiente, sin dejar de recordarnos que el periodismo es también un género literario. Por la época en que se agregó don Lisandro ya habíamos cambiado el horario. Primeramente nos reuníamos los jueves al anochecer. En cuanto fijamos el horario de las veintiuna y treinta se sumó más gente. Siete personas, con don Lisandro. Dos comerciantes, que por sus negocios tenían el tiempo demasiado justo para concurrir al anochecer: el mercero Nassim, sonetista aceptable, y el boticario, que corrige y corrige unos acrósticos escritos en su adolescencia para una muchacha a la que amó desesperadamente. También se incorporaron por entonces cuatro mujeres. La del juez de paz, la del dentista y su prima la costurera fueron para espiar nada más. Se entusiasmaron con los chismes de las charlas preliminares, se aburrieron hasta los bostezos durante las lecturas y acabaron por abandonar el taller. María Antonia no. María Antonia resultó una revelación. Don Ceferino el poeta ha pronosticado un futuro glorioso para esa poesía profunda y dolorosamente sensual, angustiosamente erótica, que las malas lenguas del taller atribuyen a la añeja virginidad de su autora. Dice el Chiche Miqueri : si María Antonia conociera la cara de dios, chau poesía. María Antonia parece a salvo de estas maledicencias. Su semblante trágico, ojeroso, bello quizás antes de que su dueña se convirtiera en una solterona definitiva, no refleja el aquí y el ahora sino cuando ella saluda al llegar y al despedirse y cuando don Cefe la alaba.
Pero la mayor revelación del taller es don Otto.
El alemán se incorporó hace un año y pico. Los primeros meses los pasó sin leer nada. Se sentaba y permanecía todo el tiempo escuchando, tieso, grave. Como aún hoy, no se comprometía con opiniones sobre los textos ajenos. Hasta que un jueves lluvioso que estábamos unos pocos pidió turno para leer algo propio. Lleva leídos unos diez relatos. Uno mejor que el otro. Porque no se puede cuestionar semejante calidad literaria. Dostoyevski, Kafka, se dice en el taller, y ninguna comparación parece suficiente. Las pesadillas, las angustias, las depresiones y demás efectos que nos provocan esos textos prueban su valor literario. El problema es otro.
Me explico, ya nadie duda en el taller de que, por su fuerza, dichos textos están fundados en vivencias personales y de que el punto de vista del narrador es el de uno de los verdugos. Además, si bien no hay ninguna expresión que identifique al narrador con los verdugos (loas a la raza aria, por ejemplo) tampoco aparece piedad hacia las víctimas. Y hay algo más, algo tremendo, que hoy también tenemos por cierto: el narrador no sólo pertenece al bando de los verdugos sino que está entre los jefes. Las narraciones contienen detalles elocuentes al respecto.
Pero qué literatura, qué literatura. "Amanecer en el campo de concentración", "Los alaridos", "Cuando llegan los trenes", "El que encendía los hornos", por citar algunos títulos, relatos imborrables, demoledores. Y don Otto lo sabe. Hay que verlo actuar en el silencio que sigue a su lectura, doblar los papeles con morosa solemnidad, pararse, arrojarnos un seco buenas noches, golpear suavemente los tacos y marcharse lento, con los celestes ojos todavía brillantes, algo todavía aflojándose en su aquilina nariz y sus mejillas, un rictus casi imperceptible en sus labios.
Los demás nos quedamos un rato sin hablar. Por fin nos levantamos y vamos saliendo entre balbuceos. Cada jueves se nos hace más difícil enfrentar los efectos de esos malditos relatos, más difícil volver a creer que tal vez el alemán nos miente, que tal vez él no sea el autor.


PÁGINA 26 – CUENTO

LA CALLE VICTORIA

Por Abelardo Castillo (Buenos Aires-Buenos Aires/Argentina)

La vieja, o tal vez habría que decir la anciana, tenía un aspecto digno y algo mamarracho, sombrerito tipo budinera, florcitas en el sombrero, y voz de abuela a quien se le perdió el tejido. Con esa voz le preguntó a Villari por la calle Victoria. En realidad, dice que pensó Villari, no era una vieja ni mucho menos una anciana; era una viejita.
-Perdón -dijo ausente Villari-. La calle qué.
Desde que había salido de su departamento del Once, Villari andaba distraído, aunque ésa tampoco era la palabra; lo que tenía esa noche era un humor de perros. Era carnaval. Había en Buenos Aires una de esas neblinas nocturnas que parecen estar hechas de espuma de jabón y monóxido de carbono. Un rato antes había estado mirando en la plaza el mausoleo horrendo de Rivadavia y había sentido que Buenos Aires es una ciudad imposible. Me describió a unas lamentables mascaritas que se arrastraban por la recova. Me dijo que pensó en Ezequiel Martínez Estrada. Villari no tenía ningún pudor en confesar que miraba la realidad a través de sus lecturas. Cómo puede ser, me dijo, cómo puede ser que el Viejo haya escrito esa estupidez espantosa sobre el mausoleo. Yo reconocí que ignoraba ese texto erróneo y me resigné a que me lo recitara; demasiadas veces había comprobado que la memoria de Villari es prodigiosa y textual.
La conversación derivó entonces hacia cauces más normales, lo que también es una manera de decir, ya que difícilmente se le puede llamar normal a lo que vino después.
-Victoria -repitió la abuela-. La calle Victoria.
-Como sabrás -me dijo Villari-, la calle Victoria no existe. Se llamaba Victoria, o de la Victoria, creo que a causa de las Invasiones Inglesas. Hoy se llama Hipólito Yrigoyen. Debe hacer cien años que se llama así.
Yo le dije que en efecto lo sabía, pero no le aclaré que su idea del pasado remoto no coincide con mi experiencia.
Villari me tutea pero tiene veinticinco años menos que yo. Yo nací en la década del treinta. Guardo un vago recuerdo de que, en mi infancia, había un cinematógrafo al que me llevaba mi tía, y que ese lugar inolvidable y casi sagrado quedaba precisamente en una calle arbolada que todavía se llamaba Victoria. No sería nada raro que en esa salita yo haya visto Ciudad de conquista o Gunga-Din. Claro que la generación de Villari es muy posterior a estas perfecciones de la melancolía. Ellos nacieron con el tecnicolor y la pantalla panorámica, y cuando terminaron de crecer ya ni siquiera quedaban salas de cine en los barrios de Buenos Aires. Cuando tengan mi edad apenas si va a existir lo que yo llamo Buenos Aires.
-Y cuál era el problema, Villari -le pregunté-. Probablemente la viejita era centenaria y un poco arteriosclerótica. Los viejos recuerdan el pasado pero suelen olvidar si comieron hace diez minutos. O a lo mejor era una disfrazada y te estaba tomando el pelo.
-No era ninguna disfrazada -dijo con repentina seriedad Villari-. Tampoco me estaba tomando el pelo.
En resumen, que Villari tenía una historia para mí. Me gustan mucho las historias de este muchacho. Nunca pasa nada en ellas pero las cuenta con detalles realistas y sus acotaciones son bastante buenas. Ha leído en inglés a los escritores norteamericanos y trabaja en un diario. Eso fomenta, me parece a mí, su tendencia a suponer que cualquier cosa es interesante por el mero hecho de que haya sucedido.
De modo que lo invité a tomar un café en Las Violetas y le dije que me contara.
La historia no era una típica historia de Villari, y esto, creo, era lo que lo desconcertaba a él mismo mientras la refería. Era una historia rara, imprecisa, que abundaba en vaguedades y rodeos. Volvió a insistir con las máscaras, con la neblina. Tenía, me dijo y se corrigió, había tenido durante toda la noche, desde el instante mismo en que salió de su departamento, la sensación de estar en otra parte. Por supuesto, sí, ahí se veían los quioscos del Once, las putas de quince años con sus cafishios de veinte -Villari no tiene una idea piadosa de la realidad, debo escribirlo-, ahí estaban los salones bailables de la recova, con sus chaqueños y sus coreanos y sus paraguayos, pero era como si estuvieran allí por compromiso, y eran muchos menos que de costumbre, se veían borrosos a causa de la neblina, como superpuestos a las mascaritas. El carnaval en Buenos Aires es una cosa horrible, de acuerdo, pero un carnaval con dominós, en la década del noventa, es para desorientar a cualquiera.
-¿Dominós?
-Y colombinas -dijo Villari-. Dominós y colombinas y hasta pierrots.
Ellos habían caminado una cuadra por Rivadavia, hasta Alberti, y doblaron hacia la derecha. En la esquina de Hipólito Yrigoyen Villari le dijo a la abuela que ahí tenía su calle. Ella lo miró con desconfianza, o tal vez con un vago temor, y le dijo que no le parecía que ésa fuera la calle Victoria. Él iba a contestarle que en realidad no lo era, que en realidad esa calle se llamaba Yrigoyen, pero, según me confesó, sintió dos cosas. Un poco de lástima y, al mismo tiempo, algo que se parecía bastante al desconcierto de la vieja. Le preguntó a qué altura iba y ella se lo dijo. Eso era dos o tres cuadras hacia el Sur, me informó Villari, y yo me sorprendí de la referencia astronómica. El Sur. Villari no había dicho dos o tres cuadras hacia Congreso o hacia el centro, sino hacia el Sur, como si las palabras de su narración fueran derivando hacia el anacronismo, hacia un Buenos Aires más antiguo, que era precisamente lo que él había sentido mientras caminaron esas dos o tres cuadras, aunque la palabra sentir, decía Villari, incapaz de sobreponerse a las precisiones literarias, fuera un poco excesiva. Porque no se trataba siquiera de un sentimiento, era una sensación, como la de estar deslizándose por la noche hacia un lugar querible y remoto, pero no remoto en el espacio, no lejano de se modo, y me miró.
-Como en los sueños -dije yo.
-No seas trivial -dijo Villari-. Los sueños no tienen nada que hacer acá. Tu generación sueña. Ustedes se pasaron la vida soñando, y así les fue, en la vida y en los libros. Yo no sueño nunca. Eso no era un sueño. La viejita estaba ahí, a mi lado, de carne y hueso, con su sombrerito florido. Me llevaba del brazo y hablaba no recuerdo de qué, pero sé que me hablaba y que parecía irse poniendo contenta a medida que nos acercábamos a la casa de los balcones.
-La casa tenía balcones -dije yo.
-Tres balcones. Tres balcones en el primer piso.
-Una casa de altos -dije yo
-Exacto -dijo Villari.
-Una casa de altos con tres balcones que daban sobre la calle Victoria -dije yo.
Villari no pareció notar mi ironía. Dijo que sí, como si no advirtiera que la expresión casa de altos era una antigüedad, un giro que él, a sus años, ni siquiera habría debido comprender del todo; como si no advirtiera que yo acababa de instalar definitivamente, en su historia, una calle empedrada y arbolada, calle en la que Villari pudo ver brillar esa noche, de no ser por la niebla, los rieles de tranvías que han dejado de traquetear por Buenos Aires desde antes que él naciera. Lo alenté a hablar mientras pensaba que el muchacho no tenía una idea muy clara de lo que verdaderamente me estaba contando. Imaginé, por mi cuenta, los sonidos lejanos de unas matracas, las risas y la bulla apagada de un corso, y creo que me distraje demasiado en unas vagas especulaciones sobre el romanticismo incurable de estos chicos, tan realista, a la hora de extraviarse en ciertos atajos del tiempo y caer en el desacreditado mundo de los milagros. Cuando regresé de mí mismo, Villari ya estaba en uno de los balcones conversando con una chica disfrazada de dama antigua que no podía tener más de veinte años. Detrás de ellos había un gran salón donde señoras mayores y caballeros de mostacho hablaban, supongo, del asesinato de Wilkes o del suicido de Lisandro de la Torre. Esto, naturalmente, no me lo contó Villari, esto es un aporte personal. Para Villari aquello era una anómala fiesta de disfraz, en una noche anómala, en una casa de Buenos Aires donde había una chica de ojos verdes peinada con bandós, una chica que parecía ocuparlo todo.
-No es que fuera hermosa -me dijo con vehemencia Villari-. Era mucho más que eso.
-Creo que te entiendo -le dije-. Era algo así como la mujer que anduviste buscando siempre. Suele pasar unas diez o doce veces en la vida.
-Te habrá pasado a vos, que tenés como cien años y sos un cínico. Pero a mí es la primera vez que me pasó. Y querés que te diga una cosa, sé que fue también la última. Esa chica era mi chica.
-Por favor, Villari, no me arruines la historia. Hablá en argentino. Parecés una mala traducción de una canción norteamericana.
-Qué querés que diga, que esa mujer me estaba destinada, que la vi y sentí que la conocía desde antes de mi nacimiento, que nadie puede entender la locura esa del andrógino de Platón hasta que se encuentra frente a su propia mitad en un balcón de la calle Hipólito Yrigoyen...
-Mejor no. Contalo como quieras. Pero te recuerdo que la calle se llamaba Victoria. En tu historia la calle Hipólito Yrigoyen no existe.
-Ya sé que no existe, o te pensás que soy tan idiota. Por supuesto que ahora lo sé, pero en ese momento no lo sabía. Y vos que sos tan inteligente tampoco lo hubieras sabido. Yo estaba con ella en ese balcón como estoy con vos en esta mesa, su mano era más real que esta mesa de mierda.
-Muy linda comparación, Villari.
-Es que vos me irritás. Vos no crees una sola palabra de lo que yo te digo.
-No seas infantil. Me estás contando este disparate precisamente porque sabés que soy el único adulto en Buenos Aires que puede creer una cosa así, y tan mal contada. Describime todo.
-¿Qué?
-Que me describas todo.
-Todo qué.
-Todo lo que viste, todo lo que pasó. Describime los trajes, lo que veías allá abajo en la calle. Cómo llegaste a ese balcón con tu dama antigua, si tenía un lunar pintando en la mejilla, dónde quedó la viejita. Todo.
Le dije estas cosas porque Villari me estaba contando su historia muy mal, sin sus acostumbrados detalles y sin acotaciones sorpresivas, rasgos que le daban a sus anécdotas una vivacidad que ésta, con ser bastante buena, no tenía. Villari, sin compasión, ya me había revelado casi todo lo que debió dejar para el final. Pero él parecía preocupado por otra cosa.
-Tenía un lunar -dijo Villari-. Cómo sabés.
-No te asustes -le dije-. Por desgracia, yo no vi nunca a tu chica. Lo que quería averiguar es si estaba disfrazada de Dama Antigua o de Madame Pompadour.
-Vos sos medio loco -dijo Villari-. Cómo llegué a ese balcón ya te lo conté. Subimos la escalera con la abuela y yo estaba en un salón.
-O sea que la abuela te invitó a subir.
-Por supuesto. Cuando entramos en el recibo me miró por primera vez a plena luz y pareció asombrada. Dijo que yo le recordaba a alguien, entonces fue cuando me invitó a subir. Lo raro es que yo acepté. Era como si me mandara una fuerza desconocida. Claro que todavía no me daba cuenta de lo que pasaba.
-Y qué era lo que pasaba.
-No me tomes examen -dijo Villari-. En ese momento no me daba cuenta pero ahora lo sé perfectamente. -Hizo un pausa; lo que iba a agregar de inmediato lo hacía sentir avergonzado e incómodo. -De acuerdo -dijo con una mirada que solo puedo describir como desafiante-. De acuerdo. Yo estaba en otra parte, en otro tiempo. Me había deslizado como por una grieta a un Buenos Aires de cincuenta o sesenta años atrás. Como en los dos Buenos Aires era carnaval, yo no podía notarlo. Ella estaba disfrazada, me refiero a la chica. Tal vez iba a una fiesta o ese mismo salón era la fiesta, porque allá en el fondo me pareció ver una especie de mosquetero y una gorda con alitas. Ella estaba disfrazada pero las señoras mayores y los bigotudos, no. Ellos sencillamente vestían así. Nadie se preocupó por mí cuando entré. Seguramente pensaron, si es que yo existía para ellos, que yo también estaba disfrazado.
-No te quepa la menor duda, Villari. Yo vivo con vos en la misma secuencia del tiempo y también suelo pensarlo, no te enojes.
Villari no se enojó. Creo que ni siquiera me había oído. Se había dejado ganar otra vez por la historia y continuó hablando de la chica, de sus ojos, de su pelo peinado en bandós.
No seguí escuchando con atención porque era innecesario. Mal contada o no, lo cierto es que la historia ya estaba contada. Mientras me hablaba, Villari pronunció la palabra burbuja o esfera, y quería decir que el tiempo que pasó con su dama antigua en ese balcón había sucedido como dentro de una burbuja que los apartaba de los demás, un no-lugar donde el tiempo (la vida, dijo Villari) transcurría en otra dirección y donde, de alguna manera, todo estaba permitido. Su cuerpo inició el movimiento de acercarse a ella, o fue el cuerpo de ella el que lo inició. El caso es que se besaron, de un modo, a juzgar por las palabras de Villari, en el que participaban en igual medida el asombro y la desesperación.
-Todo esto al minuto de haberse conocido -dije yo por decir algo-. Todo esto a la vista y paciencia de los habitantes de la casa.
-La palabra minuto, en esa casa, no significaba nada -dijo Villari-. Y los demás estaban...
-Fuera de la burbuja.
-Exacto -dijo Villari-. Pero los de la calle no.
Le pregunté qué quería decir con eso y él, como si sólo ahora lo recordaba, o tal vez ya estaba haciendo literatura, dijo que hubo un momento, durante el beso, en que un grupo de mascaritas o una murga los aplaudió desde la vereda.
-Lo que rompió bruscamente el encanto -dije yo.
-Qué va a romper el encanto -dijo Villari-. Pobre de vos. ¿Te aplaudieron alguna vez mientras besabas a una chica?
Confesé que no. En mi juventud la gente elegía lugares más clandestinos para demostrar sus sentimientos. Zaguanes, plazas nocturnas, portones. También, de ser posible, elegía chicas reales. Esto último lo dije mientras llamaba al mozo, esperando las palabras y la reacción violenta de Villari. Sólo adiviné las palabras:
-Ella era real -dijo a media voz-. Ella era lo único real que me sucedió en mi vida.
-¿Y después?
-Después nada. Después fue como una película que se corta. Una película mal empalmada. Yo estaba otra vez al pie de la escalera y salí a la calle. Doblé por Pichincha hacia Rivadavia. No hace falta que me lo preguntes: no había colombinas ni pierrots. Casi ni había carnaval. Buenos Aires era la misma porquería de siempre.
Llegó el mozo y pagué.
Cuando salíamos de Las Violetas le pregunté a Villari como al pasar si, mientras él estuvo en ese balcón, había vuelto a ver a la abuela en algún lugar de la casa. Villari no dio muestras de entender mi pregunta. No se daba cuenta de que la viejita y la chica del balcón no pudieron estar juntas en ningún momento. Casi le digo que él no se había encontrado con su chica una sola vez en la vida, sino dos veces, y las dos veces en la misma noche. Que ella y la viejita eran, por decirlo así, la misma dama antigua y, lo que es peor, que acaso su dama antigua todavía andaba por Buenos Aires, vaya a saber dónde pero en el mismo Buenos Aires de Villari, sólo que octogenaria y ataviada con un sombrerito tipo budinera. Qué sé yo si la vi, dijo finalmente Villari, y agregó si a mi me parecía que, en ese balcón, él estaba en condiciones de pensar en viejitas.
Miró el reloj, me dio la mano y casi gritó que se le hacía tarde para el cierre del diario. Corrió detrás de un taxi y cuando abría la puerta del automóvil volvió la cabeza. Me preguntó por qué le había preguntado eso. Yo le contesté que por nada en especial, qué iba a decirle.


PÁGINA 27 – POESÍA

Gregorio Echeverría (Rosario-Santa Fe/Argentina)

CARPE DIEM

Bebe vino a la luz de la luna,
tal vez mañana la luna te busque en vano.
Omar Khayyam: Rubaiyat

Aprovecharlo / ciertamente —oscuro Heráclito— ¿cuál es
la medida?¿carpir (falaz asociación) estas bíblicas yermas
estribaciones de Pamir / terrazas ya tlaxcaltecas / ombligo acaso
propio del Kilimanjaro / placenta de los desiertos australianos?
¿acudir al Gran Antepasado hincando miedo y sílex
en las osamentas de Aurignac o el Languedoc / corretear
desnudos entre cueros de una aldea toba / algún valle
en los Andes o Kamtchaka? ¿saborear con dulce de papaya
pastel de pasas de Corinto / turrón de Alicante con pierna
de carnero Karakul y borgoña de Mykonos clausurando
con haschysh de Ankara y cigarro habano?
¿Por qué no sobornar a Venus (previo Dyonisos y Ceres
y Epicuro)? ¿Pallas tal vez / las musas / el inefable Apollon?

Tú enseñaste maestro / que ni luna ni vino
ni poemas / son placeres honestos para un muerto…
San Isidro / junio de 1990

TESTIMONIAL

Sin merecerlo he recibido sus benevolencias y sus dones
he fingido acatarlos / ellos me dispensaron de arenas
y otras mutilaciones / no crujirán —pues— mis huellas
entre las prostitutas de Salónica ni orinaré bajo las noches
estelares de Korinthos / no será Tebas mi destino
sobre mi frente concurrirán otras constelaciones / otras ciudades
reflejarán mi andar en sus veredas y velarán mi muerte
en sus mercados / no traicionaré —huyendo— a los sicoanalistas
ni al venerado Sófocles / cuando madure el tiempo
mi prehistoria unánime tensará los puñales y los arcos
a bordo de una taza de café / tras el oráculo de Irene Papas
en una cola de Lavalle o en el empeño mítico de modelar
otra república perdida / una tarde se cruzará sobre mi sangre
la sombra oblicua del extranjero de los pies hinchados
diestra y prolija su dentadura de centauro / una tarde de otoño.

En Buenos Aires.
San Isidro / enero de 1986
[Asunción en el Huerto] XIX Premio Internacional especial Tiflos / ONCE Madrid.
[Miseria blues] Premio Felipe Aldana 2007 / Editorial Municipal de Rosario.

HISTORICIDAD DE LOS CRISTOS

No me doblegaron las lenguas bífidas del Sanhedrín
ni pudo el Kineret de arena gruesa avasallar la piel
de mis sandalias / mis dedos sobrevivieron al formón
y a la gubia en la carpintería / mi cuello al cilicio
y a los patíbulos del César / aunque forzado a navegar
a bordo de un madero secamente enclavado entre legión
de espinas y sudor de barrabases y ladrones / desmantelé
el capítulo del Gólgota para escandalizar a los profetas
y a mis historiadores / mi visible destino eran los basurales
de León Suárez / la tuberculosis que echa sus tallos ácidos
en Chuquicamata y a orillas del estaño / esas costras oblicuas
que tejen mis monseñores y banqueros sobre cantegriles
y callampas / un toldo pampa donde agoniza el último
tehuelche o el tartajeo del remington y el látigo sembrando
su misión entre espaldas de yerba y de quebracho
mi verdadera muerte fue pequeña / sin resurrección
y sin epístolas / ocurrió a manos de David que no es pastor
de cabras ni labraba unos campos / David hijo del lobo
cinco generaciones de buitres sangrientos / David nieto
de una barriga que hinca sus colmillos en Comodoro
Rivadavia y su culo en Manhattan / David quien guiñando
un ojo a sus generales y almirantes les presentó mi caso
This is the question / es un loco / piensa y dice la verdad
I find him very dangerous. Ecce homo.
San Isidro / enero de 1986

ESTRENO A SALA VACÍA
(o Quien habla solo espera hablar con Dios un día)

A nadie le interesa lo que nos pasa ni aquello que escribimos.
Somos nuestro único público.
Tu-Fu, citado por Luis Bacigalupo en Yo escribía un poemita.

Poeta testigo de su tiempo poeta loquito que con habilidad
zafó del manicomio / poeta heredero de los profetas bíblicos
poeta bandido subversivo armado de imaginación y de malicia
poeta trompeta del ángel a la puerta del huerto / poeta
marginado poeta lengua de su pueblo poeta señor que escribe
versos y entretiene a las señoras / poeta memoria de la especie
poeta mal menor de quien se ocupan los torturadores
y sirve de alimento a críticos editores y doctos del idioma
el poeta (construcción sustantiva) núcleo poeta modificador
directo el —si bien serlo podría ser analizado como circunstancia
adversativa— poeta según el implacable diccionario
el que compone obra poética y está dotado de las facultades
necesarias para componerla / poeta Montemagno da Pistoia
dolce pensier che da si dolce lumi / poeta espantapájaros
disfrazado con palabras / poeta lúcido caos de Juarroz
poeta vago improductivo / mejor vago producto ¿OK?
con los años poeta mentira muro de lamentar y grafitti
—aquello de la identidad y de las proyecciones—
cómo aprovecharon káiseres adolfos generalísimos
sultanes augustos herodes califas torquemadas videlas
mentira que no jode a nadie / los que joden son los poetas
no los que decoran con plata de rocío el ruiseñor
del príncipe / no los que se ruborizan (vivir es milagro)
no los que ilustran cumplidamente los gustos del jurado
no los que callan porque es de mala educación hablar
con las barrigas llenas / no los pavos reales de las ferias
del libro / no los de musa anémica y autógrafo
grandielocuente / no los que se subastan para patentar
un prólogo / no los que acechan un primer plano de segunda
en escenas de cuarta / no los priores cómitres asesores
promotores menestrales comendadores y recomendadores
de vanguardismos supermodernismos cretinismos y putismos
no los encabezadores oficiales de toda lista de bestséleres
de trinchera en gallinero de FM / poetarios y cenáculos cena
culos del presidente almirante señor embajador señora
directora coronel y capo de suplemento literario / joden
¡y cómo joden! los Haroldo Conti los Nazim Hikmet
los Roque Dalton los Rodolfo Walsh / joden los Parra
los Víctor Jara los Prèvert los Miguel Hernández
y los Federicos / los Julio Huasi los Almafuerte los Neruda
los Fijman los Urondo y los Quilapayún / los que eligen
vivir a luna llena / los que no aceptan ser sus únicos testigos.
San Isidro / enero de 1990

DIÁLOGO A LAS PUERTAS DE LA CIUDAD

El hombre que te habla es Esfinge.
El hombre que fuiste, el padre que has tenido, era Esfinge.
Y bien, ¿qué has comprendido acerca de la Esfinge que te fue sometida?
Henri Michaux: Las Esfinges

¡Qué franchuti este Michaux! te leo / oigo casi tu aliento
en la pregunta / te escucho y me pregunto si es mi respuesta
lo que necesitas o con benevolencia intentas desempañar
la luna de mi espejo / sonrío ante el recuerdo cruel
de Federico / le sustraigo la voz y la inocencia para contestarte
¿es acaso que los trovadores galos vislumbran el tabú
que sacraliza a las esfinges? / seguramente ignoran el frío
de los desfiladeros que acechan entre Calydon y Tebas
la acidez del rocío nocturno al acampar cerca del Quersoneso
donde Filipo / el stress del combate / la sangre hediendo
sobre los coágulos de bronce casi al llegar a la ciudad
los pies hinchados / ¿imaginas Michaux cuántas lecciones
de acupuntura para entrar con la daga en el resquicio exacto
entre los parietales de granito / las coordenadas
de sus párpados y el temblor oblicuo hasta acallar el ojo?
¿Tienes idea de la topografía dura de sus órbitas?

Yo te aseguro hermano / que eché a andar con los primeros
brotes del damasco / cargando en las alforjas todas
mis excomuniones / las rosas náuticas / el libro blanco
de mis identidades y una fe de bautismo / deposité
en encrucijadas ofrendas al exú y las migas de pan
para el retorno / tosí bajo el aliento fétido del bóreas
y era invierno / largamente oriné sobre los protocolos
y los mitos / creo haber recibido algunos aplausos en Blackfriars
(o en las afueras de Megara / ya la memoria me es infiel).

En fin huelgan los pormenores / llegué y la vi / su forma
aceleró mi espada / su ronquido de resonancias estelares
avanzó frente a mi sombra / escuché la pregunta
cuando mi lengua y el puñal se reflejaron —a un mismo golpe—
sobre sus garras laxas y la espada comprendí / ahora
sin impaciencia duermo mis noches infinitas vigilando
el desierto / es mi turno / hoy tengo yo los dados franchuti
yo empuño la soledad y las preguntas.
Tú estás ciego.
San Isidro / octubre de 1989
[Asunción en el Huerto] XIX Premio Internacional especial Tiflos / ONCE Madrid.


PÁGINA 28 - ENSAYO

EL CONSUMO NO ES UN SUSTITUTO DEL PARAISO

Por Ernesto Sábato (Santos Lugares-Buenos Aires/Argentina)
Agosto 14, 2002, San Juan, Puerto Rico

He querido venir hasta acá, a mis 91 años, porque al igual que todos ustedes vivo angustiado por el destino del mundo. El amargo presente al que nos enfrentamos, exige que nuestras palabras, nuestros gestos, nuestra obra, se consagren, como verdadero cumplimiento de nuestra vocación, a expresar la angustia, el peligro, la incertidumbre, pero también la esperanza, el coraje y la abnegación de la sufriente y heroica humanidad.
En medio de esta tremenda situación, cada hombre y cada mujer están llamados a encarnar un compromiso ético, que lo lleve a expresar el desagarro de miles y miles de seres humanos, cuyas vidas han sido reducidas al silencio a través de las armas, la violencia y la exclusión.
Tener una historia, poderla contar y en torno a ella reunirnos, es encontrar un hilo conductor con el que hilvanar los pedazos de la vida que, sin ella, son fragmentos sin contexto, partes de ningún todo.
Occidente, desde la Biblia, desde su mito fundacional del paraíso perdido, ubicó el problema ético, el problema del bien y del mal como origen y centro de su historia. Desde allí el hombre parte hacia la historia que estamos aún recorriendo. La que guarda en la memoria el bien perdido, y la esperanza del bien a recobrar. Para la Biblia, en el principio era la Ética. Pero Occidente se expandió por el mundo, conquistó cuanto halló a su paso, dominado por el principio fáustico, que designa el ansia europea de expansión, de conquista, de colonización de la realidad.
Cuando Fausto en la obra de Goethe, busca traducir el comienzo del Evangelio de San Juan, donde se lee "En el principio era la Palabra ", después de mucho pensar, termina encontrando la traducción que considera la correcta para los tiempos que se inician, y escribe "En el principio era la Acción". Desde entonces la moral intrínseca a ser hombres, lo que genuinamente nos constituye como tales, la pulsión hacia el bien y el mal, esa invitación sagrada expresada como origen de nuestra vida, fue dejada de lado para llevar adelante la acción. Entendiendo por tal, la conveniente a nuestros fines. Y así, con la Biblia en la mano, pero el espíritu fáustico en nuestro corazón y en nuestro obrar, llegamos a todas las regiones del mundo.
Hoy, frente a la tragedia que vive la humanidad, debemos unirnos para recobrar, creándola, una narración que nos incluya como pueblos hermanos del mundo. Ya que si el origen del comportamiento ético está en mi, su cumplimiento no soy yo, la ética es el otro. Y ésta no es una opción entre otras. Como dijo el sublime Holderlin, " Cuando abunda el peligro, crece lo que salva". Con estas palabras quiero nombrar a este tiempo aciago en que vivimos, y también a la magnitud de la utopía a l a que creo que estamos llamados a encarnar.
Como ustedes saben vengo de un país que pertenece a esta misma tierra americana y que ha caído de la situación de país rico, riquísimo, que yo en mi juventud conocí como la séptima potencia del mundo, a ser hoy una nación arrasada por los explotadores y los corruptos, los de adentro y los de afuera. Como la mayoría de nuestro continente, hundido en la miseria, sin plata para cubrir las más urgentes necesidades de salud y educación, exigido por las entidades internacionales a reducir más y más el gasto público, siendo que no hay ya ni gasas ni los remedios más elementales en los hospitales, cuando no se cuenta ni con tizas ni con un pobre mapa en los colegios. Y pareciera que no tenemos salida porque debemos a esas instituciones internacionales cifras impagables que contrajeron quienes nos gobernaron con impunidad. Nos hemos convertido en un país pobre y una deuda externa extenuante pesa sobre nuestro pueblo. Sufrimos una sensación de impotencia que parece comprometer la vida de nuestros hijos. No sabemos adónde nos llevarán los años decisivos que estamos viviendo, pero si podemos afirmar que una concepción nueva de la vida está creciendo entre nosotros. En medio del caos, la pobreza y el desempleo todos nos estamos sintiendo hermanados quizá como nunca antes.

II

Que estamos frente a la más grave encrucijada de la historia es un hecho tan evidente que hace prescindible toda constatación. Ya no se puede avanzar por el mismo camino. Basta ver las noticias para advertir que es inadmisible abandonarse tranquilamente a la idea de que nuestros países y el mundo superarán sin más la crisis que atraviesan. Como dijo María Zambrano: "Las crisis muestran las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia de una vida que no fluye hacia meta a1guna y que no encuentra justificación. Entonces, en medio de tanta desdicha surgen los espíritus profundos y visionarios como Buber, Pascal, Schopenhauer, Berdiaev, Unamuno". Todos ellos habían tenido la visión del Apocalipsis que se estaba gestando en medio del optimismo tecnológico. Pero la Gran Maquinaria siguió adelante, hasta que el hombre comenzó a sentirse en un universo incomprensible, cuyos objetivos desconocía y cuyos amos, invisibles lo trituraban. Entonces escribí: "Esta paradoja, cuyas últimas y más trágicas consecuencias padecemos en la actualidad fue el resultado de dos fuerzas dinámicas y amorales: el dinero y la razón. Con ellas, el hombre conquista el poder secular. Pero -y ahí está la raíz de la paradoja esa, conquista se hace mediante la abstracción: desde el lingote de oro hasta el clearing, desde la palanca hasta el logaritmo, la historia del creciente dominio del hombre sobre el universo ha sido también la historia de las sucesivas abstracciones. El capitalismo moderno y la ciencia positiva son las dos caras de una misma realidad desposeída de atributos concretos, de una abstracta fantasmagoría de la que también forma parte el hombre, pero no ya el hombre concreto e individual sino el hombre masa, ese extraño ser con aspecto todavía humano, con ojos y llanto, voz y emociones, pero en verdad engranaje de una gigantesca maquinaria anónima.
Este es el destino contradictorio de aquel semidiós renacentista que reivindicó su individualidad, que orgullosamente se levantó contra Dios, proclamando su voluntad de dominio y transformación de las cosas. Ignoraba que también llegaría a convertirse en cosa."
Han pasado cincuenta años de la publicación de este ensayo, ahora, con espantoso patetismo, muchos advierten el cumplimiento de aquella intuición que tanta amargura me trajo.

III

Estamos en la fase final de una cultura y un estilo de vida que durante siglos dio a los hombres amparo y orientación. Hemos recorrido hasta el abismo las sendas del humanismo. Y aquel hombre que en el Renacimiento entró en la historia moderna lleno de confianza en sí mismo y en sus potencialidades creadoras, ahora sale de ella con su fe hecha jirones.
Bajo el firmamento de estos tiempos modernos, los seres humanos atravesaron con euforia momentos de esplendor y sufrieron con entereza guerras y miserias atroces. Hoy con angustia presenciamos su fin, su inevitable invierno, sabiendo que ha sido construida con los afanes de millones de hombres que han dedicado su vida, sus años, sus estudios, la totalidad de sus horas de trabajo, y la sangre de todos los que cayeron, con sentido o inútilmente, durante siglos. La fe en el hombre y en las fuerzas autónomas que lo sostenían se ha conmovido hasta el fondo.
Demasiadas esperanzas se han quebrado; el hombre se siente exiliado de su propia existencia, extraviado en un universo kafkiano. Camus decía que cada generación se cree destinada a rehacer el mundo, pero que la nuestra tiene una misión mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga; porque es heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, pueden destruirlo todo; en que la inteligencia se ha humillado hasta ponerse al servicio del odio y la opresión. Es imposible no corroborar a diario las palabras de Camus. Ante la visión de las antiguas torres derruidas, la vida se ha vuelto una inmensa cuesta en alto, Y aunque la fuerza del espíritu nos impulsa a seguir luchando, hay días en que el desaliento nos hace dudar si seremos capaces de rescatar al mundo de tanto desamparo. Sufrimos el quiebre total de una concepción de la vida y del ser humano bajo cuyos valores e ideales surgieron las sociedades modernas. Una concepción de la vida que desplegó su ánimo en la conquista. No solo lo hizo en las ciencias, descartando antiguas sabidurías y a sus mitos sino también conquistando todas las regiones del mundo. Ahora, las terribles consecuencias están a la vista. El sufrimiento de millones de seres humanos está permanentemente delante de nuestros ojos, por más esfuerzo que hagamos por cerrar los párpados. Veinte o treinta empresas internacionales tienen el dominio del planeta en sus garras. Continentes enteros en la miseria junto a altos niveles tecnológicos, posibilidades de vida asombrosas a la par de millones de hombres desocupados, sin hogar, sin asistencia médica. Diariamente es amputada la vida de miles de hombres y mujeres; de innumerable cantidad de adolescentes que no tendrán ocasión de comenzar siquiera a entrever el contenido de sus sueños. En nuestros países, ya la gente tiene temor que por tomar decisiones que hagan más humana su vida, pierdan el trabajo, sean expulsados y pasen a pertenecer a esas multitudes que corren acongojadas en busca de un empleo que les impida caer en la miseria. Son los excluidos, esta categoría nueva que habla tanto de la explosión demográfica como de la incapacidad de la economía de regir, sin más, el destino de los pueblos. Son los excluidos de las necesidades mínimas de la comida, la salud, la educación y la justicia; de las ciudades como de sus tierras.

IV

Debemos volver a dar espacio en el alma de los pueblos, a una utopía que pueda albergar valores como el amor por la criatura humana, la justicia, el sentido del honor y de la vergüenza, la honestidad, el respeto por los demás, la búsqueda del sentido sagrado de la vida. Nuestra sociedad se ha visto hasta tal punto golpeada por el materialismo su espíritu ha sido corroído de tal manera por la injusticia y la frivolidad, que se vuelve casi imposible la transmisión de valores a las nuevas generaciones. ¿Cómo vamos a poder transmitir los grandes valores a nuestros hijos, si en el grosero cambalache en que vivimos, ya no se distingue si alguien es reconocido por héroe o por criminal? Y no piensen que exagero.
La verdadera obscenidad es que los chicos vean, a través de la televisión, de que manera honrosa se trata a sujetos que han contribuido a la miseria de sus semejantes. Y no me refiero sólo a los chicos de los países pobres, sino a todo Hijo de hombre. ¿Cómo vamos a poder educar a los chicos que crecen en la abundancia, mirando las caritas de las criaturas con hambre? Para educarlos habrá que ponerles orejeras, hacerles olvidar los valores que hacen a la fraternidad de los hombres, y llenarles el alma con toneladas de informática y actividades, o simulacros de luchas por el bien común. Cuando éste existe únicamente cuando a todo hombre se lo llama hermano. La persona se humaniza consintiendo a su impulso moral. Y nada podremos ofrecer a nuestra juventud si los privamos de poder entregar su vida por amor, especialmente hacia el otro que sufre, ya que es esta la raíz de la grandeza humana. Con este pensamiento, hace unos meses, he creado una Fundación que lleva mi nombre, destinada a los jóvenes para que encuentren en el trabajo social hacia los más pequeños y desamparados, una grave y sagrada alternativa frente al desempleo.

V

Como centinelas, cada hombre ha de permanecer en vela. Porque todo cambio exige creación, novedad respecto de lo que estamos viviendo, y para ello hemos de quitarle a este modelo neoliberal la pretensión de ser la única manera de vivir posible para la humanidad. Si confesamos que todos tenemos una responsabilidad en lo que está sufriendo la humanidad, esto significa que en un momento no hicimos lo que pudimos haber hecho. Hoy habremos de comprometernos tan hondo como para que lleguemos a expresar la frase de Kafka que dice: "Hay momento, del camino desde el que ya no se puede volver atrás lo importante es llegar a ese momento"
A pesar de las desilusiones y frustraciones acumuladas, no hay motivo para descreer del valor de las gestas cotidianas. Aunque simples y modestas, son las que están generando una nueva narración de la historia, abriendo así un nuevo curso al torrente de la vida. Basta con leer la historia, para ver cuantos caminos ha podido abrir el hombre con sus brazos, cuanto el ser humano ha modificado el curso de los hechos. Con esfuerzo, con amor, con fanatismo. La posibilidad de comenzar a revertir esta situación está basada en la mirada que cada uno dirige a los demás. Este es el lugar del peligro y es también la oportunidad que nos ofrece la historia. Porque esta crisis, que tanta desolación está ocasionando, tiene también su contrapartida, porque ya no hay posibilidades para los pueblos ni para las personas de jugarse por si mismos. El "sálvese quien pueda" no sólo es inmoral, sino que tampoco alcanza.
Esta es una hora decisiva. Sobre nuestra generación pesa el destino, y es ésta nuestra responsabilidad histórica. Y no me refiero a un país en particular, es el mundo el que reclama ser expresado para que el martirio de tantos hombres no se pierda en el tumulto y en el caos, sino que pueda alcanzar el corazón de otros hombres, para repararlos y salvarlos. La falta de gestos humanos genera una violencia a la que no podremos revertir con el uso de armas; únicamente un sentido de la vida más fraterno lo podrá sanar. Debo confesar que durante mucho tiempo creí y afirmé que éste era un tiempo final. Por hechos que suceden o por estados de ánimo, a veces vuelvo a pensamientos catastróficos que no dan más lugar a la existencia humana sobre la tierra. Pero infatigablemente gana la vida, es como esas plantas que asoman entre los ladrillos, lejos del agua y del sol, mostrándonos aquella raíz primordial, capaz de nutrirse del manantial oculto del que surge el coraje para seguir luchando .
Como afirma Junger: "En los grandes peligros se buscará a lo que salva a mayor profundidad. Nuestra esperanza, a hoy se apoya en que al menos una de estas raíces vuelva a ponernos en contacto con aquel reino telúrico del que se nutre la vida de los pueblos y de los hombres."

VI

Y así, en medio del miedo y la depresión que prevalece en este tiempo, irá surgiendo, por debajo, imperceptiblemente atisbos de otra manera de vivir que busque, en medio del abismo, la recuperación de una humanidad que se siente a sí misma desfallecer. La fe que me posee se apoya en la esperanza de que el hombre, a la vera de un gran salto, vuelva a encarnar los valores trascendentes, eligiéndolos con una libertad a la que este tiempo, providencialmente, lo está enfrentando.
Aunque todos, por distintas razones, alguna vez nos doblegamos, hay algo que no falla y es la convicción de que, únicamente, los valores del espíritu pueden salvarnos de este gran terremoto que amenaza a la humanidad entera. Necesitamos ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre.
Sin duda lo que hoy nos toca atravesar es un pasaje. Este pasaje significa un paso atrás. Para que una nueva concepción del universo vaya tomando lugar del mismo modo que en el campo se levantan los rastrojos para que la tierra desnuda pueda recibir la nueva siembra. La vida del mundo ha de abrazarse como la tarea más propia y salir a defenderla, con la gravedad de los momentos decisivos, esa es nuestra misión. Porque el mundo del que somos responsables es éste: el único que nos hiere con el dolor y la desdicha, pero también el único que nos da la plenitud de la existencia; el que nos ofrece un jardín en el crepúsculo, el roce de la mano que amamos; esta sangre, este fuego, este amor, esta espera de la muerte. Este deseo de convertir la vida en un terruño humano.
Tenemos que abrimos al mundo, porque es la vida y nuestra tierra la que está en peligro. No hay ningún lugar del mundo que pueda considerar que el desastre ocurre afuera. Y no podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que padecen el hambre. En cambio cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.
Muchos ya lo están haciendo. Son hombres y mujeres que, anónimamente, sostienen la condición humana en medio de la mayor precariedad. Unidos en la entrega a los demás y en el deseo absoluto de un mundo más humano, son ellos los que ya han comenzado a generar un cambio, arriesgándose en experiencias hondas como son el amor y la solidaridad. Y la tierra, así, va quedando preñada de su empeño. Pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del Paraíso.
La situación es muy grave y nos afecta a todos. Pero aún así, son multitudes los que se esfuerzan por no traicionar los valores nobles, y ellos representan la gran mayoría del planeta, también en los países más desarrollados, quienes tienen hambre y sed de un mundo diferente; y en grandes continentes, millones de seres en el mundo sobreviven heroicamente en la miseria. Entre ellos los más vulnerables, inocentes, sagrados: hay millones de niños y niñas cuyas primeras imágenes de la vida son las del abandono y el horror. El tremendo estado de desprotección en que se halla arrojada la infancia nos muestra un tiempo de inmoralidad irreparable. Para todo hombre es una vergüenza, un verdadero crimen, que existan doscientos cincuenta millones de niños explotados en el mundo. Quiera Dios que sean ellos, estos pequeños chicos abandonados que nos pertenecen tanto como nuestros propios hijos, quienes nos abran a una vida humana que los incluya.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.
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