Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 37 
Enero de 2010 – Año IV – Nº 1


Imágenes: Pinturas de John William Waterhouse (Roma-1849/Londres-1917)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA EDITORIAL

Nuestras derrotas no demuestran nada

Por Bertolt Brecht (Augsburgo-Baviera/Alemania)

Cuando los que luchan contra la injusticia
muestran sus caras ensangrentadas,
la incomodidad de los que están a salvo es grande.
¿Por qué se quejan ustedes?, les preguntan.
¿No han combatido la injusticia? Ahora
ella los derrotó.
No protesten.
El que lucha debe saber perder
El que busca pelea se expone al peligro.
El que enseña la violencia
no debe culpar a la violencia.
Ay, amigos.
Ustedes que están asegurados,
¿por qué tanta hostilidad?
¿Acaso somos
vuestros enemigos los que somos
enemigos de la injusticia?
Cuando los que luchan contra la injusticia
están vencidos,
no por eso tiene razón la injusticia.
Nuestras derrotas lo único que demuestran
es que somos pocos
los que luchan contra la infamia.
Y de los espectadores, esperamos
que al menos se sientan avergonzados.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

Susana Rozas (Rosario-Santa Fe/Argentina)

GRAVIDEZ

Antes de ser
iban gestando palabras
en nuestros nuevos rictus
no sabíamos que el tiempo
se filtra
desde las axilas
hasta que el hechizo
sacó a relucir
versos
en la madera
………………………….
andan cantando idiomas
bautizando plantas…
Atolondrado el mundo
mutó de nombre
Y así andamos
fugaces y eternos.

CARCELERÍA

No es cierto que pinté esta cárcel
La fui fabricando
Con restos de Dios
Con coágulos de mármol
Y alas mutiladas
Levanté las paredes, impíamente
Donde arrodillé puertas
Con lágrimas enhebradas
Que ofrecieron azahares
Para lumbrera de cada reja.
Mordí cerrojos con serpientes
Me entretuve en recetas veniales
Donde amortiguar el sabor.
Construí esta cárcel /con paredes
De pura saliva adiestrada.
........................................
ante el simulacro y el pudor
pedí perdón
por no volver
hablé de espuma y
rima sin potestad
................................
amé por la muda respuesta
que hoy desconozco
pero
hay vientres pareados
seduciendo sombras
hechizos íntegros
batallando
una danza
desnudez duplicada
tatuando roces
multiplicando
látigos de sol…

DEBÍ AMARTE LAS MANOS
la tarde en que el viento
desparramó silencios
en la mirada los dedos.
Regresarte desde tu tiempo
jilgueros y girasoles
para verte en las calles…
inventarte tu terreno.
Recorrer la altura de tu ternura
con pasos de brisa
sin tocar tu contorno
…quedarme en vos.
Prohibirte la tristeza
los miedos a medianoche
las noches de a uno
el dolor sin calor…
Quizás una soledad
tosca y enmohecida
nos miró desde los huesos…
Sin embargo
debí amarte las manos.

ESTE RELIGIOSO OFICIO
de descansar el alma
en otros ojos
Para que una luz
anterior
nos bifurque

LLUVIAS

I
Alguien debió detonar
Un resplandor de voz:
El último rayo enfermo,
Para que no quedaran
Silencios sin ojos
.......................................
alguien debió conjurar
para que la lluvia
sea un preludio
derretido
en mi vereda.

II

Y el cielo que se repite
Con un agradecimiento
Atroz.
Y la música que fulmina
Y el dolor...
Entonces
La lluvia
En la lluvia
Por la lluvia...

TANGOPOÉ

Guardo un tango
Que nunca me contuvo
Se fue tornando
Con breves señales
Espacios entreabiertos
De besar la noche
Transitar calles
Buscando
Silencios
Guardo un tango
Con silbido lento
Empredarao añejo
Sostenido por las plantas
Y las acuarelas.


PÁGINA 3 – CUENTO

La cita de los martes

Por Susana Ballaris (Gálvez-Santa Fe/Santa Fe)

Es martes.
El campo cortado en el horizonte rojo de sol.
Pocas casas, en su mayoría hechas con el sacrificio de las mujeres más que los hombres.
Los hombres andan por allí, detrás de otras polleras, o con una botella de vino durmiendo en sus gargantas.
Edificio de ayuda comunitaria, donde la imagen de una santa está rodeada de flores en forma de margaritas cortadas de hogares silvestres..
Maestras colocan sus voces a un rosario de migas de pan, mientras el olor a humedad sube por las paredes.
Se supone, que aquí estoy para acompañar las voces y darle agua fresca a las flores silvestres. Cuando todo termina, mis ojos se incrustan en la puerta del frente, que corta el horizonte rojo.
El campo como todos los días martes, ha cambiado su fisonomía y de estar quieto, y sin vida, se transforma en el lugar exacto donde desembarcan barcos celestes y aviones grises, porque tiempo atrás, aquel cordón umbilical que unía mi vientre a un retoño, se ha cortado, cuando quiso buscar nuevos acentos.
¿El martes?
Volveré. Y comenzaré a desgranar el rosario de migas de pan, prenderé una vela a la santa en el edificio de ayuda comunitaria, me sumaré a las voces y esperaré a ver en la puerta del frente al horizonte cortado de rojo.
Y otra vez, nacerá la nostalgia…


PÁGINA 4 – ENSAYO

Ficciones

Por Alfredo Di Bernardo (Santa Fe/Argentina)

Un candidato obtiene miles de votos en una elección. Al día siguiente, proclama exultante que la mayoría de los electores ha respaldado de manera contundente sus propuestas de gobierno. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta las mil y un razones que llevan a los ciudadanos a decidir su voto, algunas de ellas insustanciales y otras, incluso, contradictorias entre sí. Prefiere ampararse en una ficción: la de afirmar que todos quienes lo eligieron constituyen una masa homogénea que piensa igual que él y que, por ende, se encolumna sin matices detrás de sus ideas en forma incondicional.
Una mujer cuarentona tiene la certeza de que su marido no la ama. Tampoco ella siente ya nada especial por él. Los unen, apenas, las formas y la costumbre. Pero hay demasiadas cosas por perder, principalmente un estilo de vida al que ella se ha acostumbrado y que le resulta muy cómodo. Entonces sigue adelante con esa relación tan insatisfactoria casi por inercia. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que se está condenando a la frustracion perpetua. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que, al fin y al cabo, pasado cierto tiempo a todas las parejas les sucede lo mismo y que, por lo tanto, ellos constituyen un matrimonio absolutamente normal.
Una docente de escuela secundaria se jacta de haber logrado que sus alumnos escriban emotivos textos en los que defienden y rescatan valores cardinales como la honestidad, el esfuerzo y la solidaridad. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que esos adolescentes, siguiendo el ejemplo de sus mayores, ya han aprendido el sutil arte del doble discurso y se limitan a reproducir de buena fe lo que se supone deben decir para quedar bien, aunque en el fondo no crean demasiado en ello. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que sus alumnos realmente han internalizado los valores que la escuela intenta inculcarles.
Un contribuyente se indigna por la mala atención que, a su criterio, le están dispensando en una oficina pública. Se planta entonces frente al empleado y, delante de todos los presentes, le inflige una enérgica perorata de naturaleza pedagógica. "Vamos a ver ahora si ese tipo le vuelve a faltar el respeto a alguien", comentará esa noche el hombre en rueda de amigos, orgulloso, con ínfulas de paladín de la justicia. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que seguramente el empleado le habrá dedicado un insulto mental y que, apenas él se retiró de la oficina, habrá olvidado el incidente por completo, sin acusar recibo de la supuesta enseñanza impartida. Prefiere ampararse en una ficción: la de pensar que su comportamiento le sirve a otros de sanción ejemplificadora.
Un hombre vuelve del trabajo, enciende el televisor y mira un programa en el que un famoso periodista se explaya brindando un concluyente análisis acerca de la actualidad nacional. Al otro día, el hombre repite ante sucesivos interlocutores lo que ha escuchado y lo expone como si fuese un dogma. No tiene en cuenta, o no quiere tener en cuenta que esa mirada sobre la realidad de la cual se ha apropiado responde a la línea editorial del canal, y que es muy probable que esa línea editorial esté marcada por fuertes intereses económicos y políticos que la vuelven sospechosamente parcial. Prefiere ampararse en una ficción: la de creer que él es un ciudadano bien informado, que tiene convicciones propias, y que esas convicciones son las correctas.
Ficciones, ficciones, ficciones. Lo que llamamos realidad suele ser un tejido inextricable de ficciones que se entrecruzan sin cesar ocultando la incómoda desnudez de la verdad. Ficciones. No sólo las creamos y protegemos, sino que además las exportamos a los otros. Más aún, nuestro éxito, nuestra seguridad, nuestra autoconfianza depende en buena medida de nuestra capacidad de vender esas ficciones a los demás. Mientras más gente quede convencida de la veracidad de nuestros discursos de oro con pies de barro, menos amenazados estaremos por los peligros de afrontar verdades brutales.
Nadie está exento de incurrir en este vicio, claro; está demasiado arraigado en la naturaleza humana. Lo que nos diferencia es la forma en que lo sobrellevamos. Porque hay quienes se mueven con absoluta soltura en estos territorios de humo y enarbolan sus ficciones con impune ampulosidad. Pero estamos también aquellos a los que el humo nos incomoda y nos lesiona la ética, los que intentamos resistir a la propagación de tan lamentable hábito. Los que nos negamos a tragar ciertas píldoras, por más doradas que nos las ofrezcan. Los que no podemos ni queremos consumir visiones predigeridas del mundo. Los que, sin poder evitarlo, vemos siempre la sombra del hilo que mueve a la marioneta, el fleco escondido bajo la pomposa vestimenta, el cable que le suministra corriente a ciertas estrellas fugaces de ostentosa luminosidad. Los que vemos al emperador en calzoncillos y reconocemos a las monas vestidas de seda. Los que sabemos que la realidad tiene demasiadas aristas como para poder encerrarla en simplificaciones falaces. Los que desconfiamos, no de lo mismo de lo que desconfían casi todos, sino precisamente de aquello en que casi todos confían.
Desconfiamos, sí. Desconfiamos casi siempre. No por deporte ni por cinismo, sino porque nos resulta evidente la ridiculez de algunas pretendidas certezas. Desconfiamos pero no nos resulta gracioso hacerlo, porque la verdad es que nos encantaría que no hubiera doble fondo en las galeras de los magos ni en el corazón de las personas, que las etiquetas describieran con exactitud lo que trae el envase, y que las palabras no excediesen a los actos que intentan reflejar. Desconfiamos hasta (o sobre todo) de nosotros mismos. Intentamos escapar a los discursos autocomplacientes, a las justificaciones instintivas, a la creación involuntaria de interpretaciones distorsionadas de la realidad, elaboradas a la medida de nuestra conveniencia. Nos parece impúdico creerse más de lo que uno es, sobrevalorar lo que uno hace o da, ofrecerse en el mercado haciendo trampa en el peso u ocultando los defectos del producto.
Lo intentamos, sí. Pero no es fácil. Quizás también nosotros nos estemos amparando en una ficción: la de pensar que nuestra lucidez nos va a salvar de crear, sin querer, nuestras propias ficciones.


PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe/Argentina)

LIII

Por la parte de debajo de los ríos
viene
esa forma del lecho.

Tan fugaz,
tan llena de agua,
como una marca azul del desarraigo.

Una larga urgencia acontecida,
un breve lugar
buscado.

LIV

Como así de pronto
se busca el regodeo y la tibieza.
la pulcritud vacía de los extraños,
el acontecimiento
de todos los delirios. Se busca,
así de pronto,
como una fisura de rocío
la osadía.

Y ella va, creciente y limpia
Hasta donde fluye, sin miseria,
Sin temores parecidos
Su distancia en el abismo de sí misma.

LV

Bajar ese costado.
Y no querer volver,
Y no seguir por la oscuridad constante,
Hasta ahí
Donde el costado existe.

LVI

Servir de más.
Hasta el borde.
Hasta la caída de todas las tardes.

LVII

Decir como si dijera “decir”
en leve risa.

Decir que no
por miedo
a decir
nada.

LVIII

Un buen decir
De labios lentos
Respirados de prisa.
Labios
Que arman la nada.
Que se guían de nada.


PÁGINA 6 – CUENTO

Piedras

Por Adrián Néstor Escudero (Santa Fe/Argentina)

“Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios” (Lc. 12, 13-21).

I

Cuando Danilo cumplió doce años –recordó-, su viejo y un poco enfermo abuelo Lorenzo Pignalberi, arrellanado en su somnier nupcial, le contó una fábula a la que, a esa altura de hormonas alborotadas, no prestara mucha atención. Como cualquier fábula ésta comenzaba diciendo:

... Había una vez (ahora, muchas veces) un hombre (ahora, muchos hombres) que no tenía (tenían) una piedra en el zapato que le (les) impidiera caminar. Sino cuatro. Veamos:
Bajo la planta de su pie derecho, conectado al cerebro, las piedras del Odio (resentimientos, inquinas, prejuicios, envidia) y la de la Impiedad (ateismo, agnosticismo, existencialismo: pues pensaba que cada uno procedía de sí mismo, y podía solo con todo y contra todo y todos).
Bajo la planta de su pie izquierdo, conectado al corazón, las piedras de la Indiferencia (acerca del amor, de la verdad, la justicia, la compasión y la paz) y la Avaricia (acerca de que, como no debía nada a nadie y procedía de sí mismo, todo lo hacía por él y para él, sin una pizca de solidaridad)
Lo peor de todo sin embargo lo configuraba el inusual (sic) hecho de que, como las piedras eran del mismo tamaño, los pies se habían amoldado perfectamente a sus agazapadas existencias; por eso el hombre no sabía que tenía una, sino cuatro piedras en sus zapatos. Pero que, con el paso de los años, habían concluido, en modo inexorable y muy a su orgulloso pesar, a impedir su marcha particular, y a sostener aquel engreído, enhiesto y mundano estilo de caminar que tanto le había caracterizado ante los demás... (…)

II

Cuando Danilo cumplió sus veinte años –recordó-, y ya había cursado los estudios secundarios, principiado los terciarios y leído un poco de historia grecorromana, su ahora más viejo y más enfermo abuelo Lorenzo, arrellanado como siempre en su mofletudo somnier nupcial, volvió a contarle la misma fábula, pero agregando algunos detalles mitológicos y místicos a los que, esta vez, supo prestarles singular atención; y eso que, a esa altura, sus hormonas estaban más alborotadas que nunca…
El abuelo actuó para que ello ocurriera con cierta perspicacia: tenía muy en claro que la edad de su nieto -en grado de madurez psicológica- distaba de ser la de otras décadas. Los chicos de ahora –y desde mediados de los años ochenta o principios del noventa, aproximadamente- parecían haber ido incrementando –en especial- el acervo de conocimientos, actitudes y aptitudes (destrezas), en torno al saber tecnológico y sus múltiples variantes, pero con una consecuente y más que proporcional descenso en las capacidades de interacción y comportamiento social (la Internet y la televisión despersonalizaban sus hábitos y costumbres, inaugurando una época de indiferencia y alarmante falta de capacidad autocrítica en sus conductas esquivas y equívocas); así que, la cultura de la imagen y el sonido, con su repiqueteo caótico de información y valores contrapuestos, les hacía rechazar en modo inconsciente y casi de plano, todo lo vinculado a una cultura basada en el coloquio oral o la lectura reflexiva y comprensiva de textos gráficos. “¡Hay que ser prácticos”, abuelo!”, solía afirmar Danilo ante aquella sombra de la vejez incomprendida... Sí, lo utilitario y productivo prevalecía sobre la imaginación y los sueños...
Así que, sin dejar de afirmar los ejes argumentales de su historia, el abuelo Pignalberi –a quien su futura cuñada, Concilia Di Stéfano, admiraba y protegía contra las impropiedades de su novio- fue introduciendo nombres y situaciones, pero interrogando y midiendo sagazmente a su nieto acerca del perfil de los personajes que citaba o de las relaciones que podían llegar a establecerse entre la trama de la historia –muy simple, por cierto- y los arquetipos mitológicos y místicos (o metafísicos) que mencionaba –cosa que, de algún modo, comenzó gradualmente a intensificar la densidad de la fábula y las connotaciones que la misma perseguía a modo de colofón o moraleja final-.
Es más, por un momento y mientras relataba, el abuelo pensó en que si debía poner por escrito lo que estaba expresando coloquialmente con su nieto, en un “ida y vueltas” de dudas, certezas, preguntas e interrogantes, hubiera tenido que elegir –al menos- entre dos alternativas. O utilizar notas al pie ubicadas en modo cercano a los nombres o situaciones que deseaba aclarar o remarcar, o bien, para no distraer al lector, remitir todas las acotaciones que necesitaba hacer, al final de la historia; como diciendo, bueno, al que le interese consultar las citas que las consulte –no era cuestión de herir ni prosapias ni sensibilidades académicas: en el Literatura, como en otros aspectos de la vida, la Soberbia, la Vanidad y la Envidia, conformaban el Cielo, el Mar y el Inframundo terrestre de las mentalidades adoquinadas, mohínas, narcisistas o esquizoides-; en tanto que, la primera alternativa, tenía el atractivo de que, inmediatamente, el lector –aún el más desprevenido- podía tomar rápida referencia de las enseñanzas que, ad-hoc, aderezaban la trama principal. Cuestión de gustos.
Así que, después de pensarlo un poco, y como buen abogado curtido en pleitos por una sociedad moderna, convulsiva y litigiosa, presta al desacuerdo por la ambición del poder y sus fugaces placeres, y sabedor el legista de que el cincuenta por ciento de la biblioteca jurídica apoya determinadas opiniones, posturas, posiciones o doctrinas contrarias a las que defiende el otro cincuenta por ciento, se dijo para sí que optaría por la primera alternativa... La razón era obvia: facilitar al lector eventual la toma de conocimiento inmediata del personaje o situación que ameritaba una nota aclarativa, utilizando la metodología propia de los libros didácticos –máxime tratándose de una fábula, como en este caso-. Esa fue la forma en que después, yo, Danilo Pignalberi, vuelto narrador al fin, intentaría escribir su fábula con cierto oficio en el camino y lejano ya de aquellos veintitantos años, los garabatos que el abuelo Lorenzo había dejado grabados en mi mente de escritor, ensayando lo que alguien, en este mismo instante puede estar leyendo. Eso sí, con el debido respeto y suspenso hacia los suspiros de alerta propios de un lector o leedor consumado a la espera –siempre- de encontrarse con una verdadera obra de arte. Como sigue...
(“Él bien lo sabía. Los que en vida fueran auténticos hijos de la Luz, no tributaban: un túnel tan brillante como abovedado y etéreo, los atraía al propio terreno de los que, sus antepasados llamaran Campos Elíseos, Jardín de las Hespérides o Islas de la Bendición, y que propiamente, se denominaba Cielo. De los otros, había dos clases: uno con pasaje entero y viaje al Purgatorio, a la Otra Orilla; y otros, los desahuciados por su propia maldad, con boleto cortado y viaje hasta la mitad del río-mar Aqueronte que barnizaba las recónditas moradas del Tártaro Averno …
“Así, una vez más, purgando sus propios desatinos hasta el Día del Juicio Final cuando sería liberado por Yosoy, con soberbios, hastiados, desalmados e inmisericordes golpes de remos, Caronte llevó la Barca hasta el centro del Mar de la Muerte, y se detuvo.
Mientras disolvía entre sus mandíbulas sin dientes pero ferrosas las monedas-precio que arrancara de la garganta del aherrojado granjero avaro e impío, y la filtraba entre los poros de sus huesos desnudos, el Barquero de Aqueronte emitió una cuan horrenda, sonora carcajada, dejando escapar en ella todo el brillo que reflectaba en él, metro a metro de idas y vueltas por el río Estigia -según un tal Virgilio-, la luz del Gran Portal encendido en la Otra Orilla… Reía de todos aquellos que, en vida, se preguntaban sobre el “gran tesoro” de monedas de toda clase y material precioso que estaría acumulando Caronte recaudadas por cada una de las miles de ánimas que porteaba en su Barca de horrores... Reía “viéndolos” pensar en qué gastaría semejante fortuna un ser tan desdichado como él... Si supieran que, con eso, alimentaba sus huesos oxidados a la espera del Gran Día Universal...
Indudablemente, los hombres apenabas habían logrado atisbar su existencia, pero qué poco sabían acerca de la geografía y funcionamiento real del Inframundo... A excepción de los doctores de la Iglesia católicos, apostólicos, romanos, de hecho, y muy a pesar de ateos, agnósticos, judíos, musulmanes, budistas y el gran coro de falsos profetas que el Mesías, el Ungido, el Hijo del hombre, el Señor de todo y de Todos, denunciara durante su encarnación terrena; sólo sus Santos Apóstoles Mateo, Marcos, Lucas y, especialmente Pedro, Pablo, Juan, Santiago y su hermano Judas; así como Santo Tomás de Aquino, San Agustín de Hipona, San Benito y Santa Escolástica, Santa Faustina Kowalka, y laicos místicos, entre otros, como Sor María de Jesús de Ágreda, Anna Catalina Emmerich, Luisa Piccarreta, María Valtorta, Catalina Rivas, Gladys Quiroga de Motta o Padre Steffano Gobbi, serían iluminados con la exacta descripción del Juicio final y del futuro de los muertos vivientes, del Reino del Dios Uno y Trino, del Reino del Invisible, Todopoderoso, Omnisciente y Omnipresente; y su Jerusalén Celestial... No por su propia inteligencia, sino por asistencia directa del Espíritu de la Verdad, de Yosoy, que se develara en sus claras mentes y corazones...
Después, eructó un quejido metálico y burlón hacia las historias que, sobre él, Xápov Khárón (brillo intenso), hijo de Érebo y Nix, y barquero de Hades, encargado de guiar las sombras errantes de los difuntos recientes de un lado a otro del río inmenso como un mar, con óbolos plantados en el paladar, redactaran un tal Pausanías –disputando para los egipcios, así como a los etruscos y su guerrero Marte, el origen netamente griego de su estirpe-, aquel ilustre Eurípides, y los venerables Ovidio y Virgilio vigoroso en verba (junto a su Eneas), así como otros audaces poetas antiguos e impertinentes escritores conjeturales y metafísicos modernos: el atormentado Gerárd de Nerval, por ejemplo (y sus febriles Orfeo y Eurídice), o desde el lienzo impoluto a la pintura del Infierno plasmada por el genio insoportable del Dante –único permitido por Él en su, de todos modos, ineficiente intento sixtino-, más actualmente ensamblados con los mágicos escarceos creativos de esa atrevida pero maravillosa demiurga llamada J.KJ.Rowling (y su temerario Harry y bondadoso Albus) –autores, entre muchos otros, que tan osadamente ensayaran en afanosos escritos o artificios plásticos vislumbrar, en modo ciertamente infructuoso, su divina Presencia y real Figura; y que, de ellos, ya diera por supuesto o daría cuenta en su momento, con algunos sustos por simulaciones de hundimiento de su Barca camino del Purgatorio –porque no era tan cruel como deseaba aparentar envuelto en su raquítica “antropomorfia” o ruin y descarnado aspecto cadavérico, pues, al fin y al cabo, como humilde soldado del Reino, sólo cumplía órdenes de su Justo Rey y Juez Supremo-…
Pero llamarlo: ¡“anciano flaco y gruñón y con antifaz, escupiendo insultos sobre a gente obesa”!, o ¡“demonio alado con martillo doble que elegía el tipo de entierro que ameritaban sus pasajeros entre la muchedumbre que atestaba la orilla del Aqueronte”; o pretender con sus afiebradas leyendas enmarcar sus terribles dominios, o dar sitio a sus reliquias de la muerte, o plagiar a sus espectrales secuaces ocultos como ciegos marineros de aquellas aguas procelosas que separaban las fronteras de lo corruptible con los albores invisibles de la eternidad; o, lo que es peor, afrentar su fama afirmando -como Aristófanes- que escupía insultos sobre la gente obesa; o que, al dejar pasar y regresar al “ficcionario” Heracles sin haber muerto (es más, habiendo derrotado a Cerbero, el inexistente perro de tres cabezas del mitológico Hades, tan falso como aquellos “héroes” inventados y aventurados vivos por su territorio), y sin la rama de oro que proporcionaba la ¿imaginaria? Sibila de Cumas poetizada por los venerables Ovidio y Virgilio, hubiera encarcelado en consecuencia durante un año por el Único que Es y Hace Ser... (¡Cómo si alguien hubiera podido retornar de la Muerte alguna vez –porque “¡Él no un Dios de muertos sino de vivientes!” -, excepto designio del Señor de Todo y de Todos, como en el caso Lázaro y otros reavivados por su Mesías, Jesús el Cristo, “El Cordero, vencedor de la Muerte y el Pecado”; o por alguno de sus Santos como muestra de su Poder y Gloria! ¡Necios!)…
… Y dando por calmada su grotesca furia latina enredada con su cuna griega y heredada de sicilianos, napolitanos y calabreses, dio un salto románico (o ateniense, si se prefiere) e indiferente, descendió de la Barca a mitad de camino y dejó flotar con orgullo milanés –el mismo y reconocido defecto que lo había depositado para siempre en aquel lúgubre purgatorio- sus pies sin carne, sobre las aguas mórbidas y estáticas de su río-mar oleoso y maloliente, sin puentes ni galeones ni veleros, formalizando así a la perfección un cuadro mágico de ominosa negrura. Un cuadro no pintado precisamente por el ícono sacro veneciano Vittore Carpaccio, y su excelso cromatismo… Por cierto, la Otra Orilla donde brillaba, por los intersticios de su Gran Puerta, una intensa y pendular llamarada de luz blanca, fulgurante, parecía demasiado lejos. La Gran Puerta estaba tras el sobrio Altar del Cordero, cubierto por un inmenso baldaquino visualizado como un arco de piedra pero con cuatro columnas torneadas en bronce y materiales preciosos, semejantes a las que uno puede admirar en la Basílica de San Pedro Apóstol, en la Ciudad de los Santos, Heraldos y Mártires de la Palabra…
Entonces, una multitud entrelazada de brazos y dedos quebradizos, hambrientos y sin vida, como espinas huesudas de un árbol siniestro cuyas raíces ungían los bajos de la cuenca del Lago de los Suspiros, surgió de su seno estéril como brotes de espanto, sacudió el fangoso y amargo caudal inclinando la proa de la Barca, para guiarla hasta las profundas oquedades del inmutable desierto acuoso donde, la figura de Caronte, se agigantaba y agigantaba fantasmagóricamente a los ojos de quienes miraban atónitos desde una y otra Playa lo que sucedía, en tanto trascurría sin prisa y sin pausa sobre todo, el pavor de la Otra multitud que esperaba su regreso inexorable, orando a sus dioses de barro o de Nada, y así poder realizar aquel último viaje no de la muerte a la muerte sino de la muerte a la vida nueva prometida o, simplemente presentida….
Sin mirar –de hecho, sin poder físicamente hacerlo-, el Piloto Pascual dio la espalda al evento de rutina y, como tantas veces, deseó poder observar y habitar cada uno de los ignotos detalles de la Puerta brillante que titilaba en la Otra Orilla con un fulgor sin tiempo, según había escuchado de entre tantos pasajeros que habían logrado transponerla… Luego, caminando con pena, pero sin despecho, sobre las aguas heladas de sus Dominios Infernales, Caronte iluminó como una delgada luna la Noche de los Tiempos aullada por dragones, lobos, basiliscos y grifos, y, difuminado de pronto en la más abyecta oscuridad, retornó a Puerto Final y costa de partida hacia la trascendencia, para ayudar a otros a surcar el Puente de la Eternidad y a otros a sepultarlos, en su justo medio, con sus pesadas cargas de irredentas inequidades... Sus harapos florentinos y crujientes, y su revuelto y desteñido capello cardenalicio, se sacudieron finalmente en torno de su luenga y abúlica estampa grecorromana, por el aliento fresco, arameo y sarraceno del Misterio del Único que Es y hace Ser, cubriendo aún más de sombras su esquelética cabeza y sus rabiosos ojos ahuecados sin vida para los sin vida…). (…)

III

… Molesto, sin saber lo que pasaba, y, de hecho, sin tener a Nadie a quién preguntar debido a su inconmovible seguridad “individual” (pues no había alcanzado en su modo de ser el status de lo “personal”), hacía algún tiempo que no había tenido más remedio que dejarse acompasar y acompañar con una vieja muleta –fabricada con restos de madera carcomida de un granero sustituido por el hombre, cuando su fortuna aumentara en modo proporcional a su avaricia- mal comprada a un tal Don Misterio, un pobre viejo dedicado a dar lo que no tenía a quien más lo necesitara (algunos lo apodaban “consuelo” o “compasión”; pero de seguro eran todas habladurías de esa gente mediocre que tanto le costaba soportar)
… Una muleta que, para su suerte de varón soberbio, nadie sino él podía ver. Hasta que, un día, el menos pensado, ya desnudo y erecto en su mortaja sin bolsillos, Alguien usó para construir, astilla por astilla, una bellísima barca…
…. Una bellísima barca en la que se hundió por el peso de las piedras que llevaba engarzadas -como perlas huecas a las plantas de sus pies de ostras teñidas por una lividez mortal-, hasta la profunda cuenca de un Abismo de odios, ateísmos, indiferencias y avaricias con las que había edificado, ahora sí, una eterna y “personal” infelicidad….
“Perdón”, alcanzó a murmurar el lívido, engreído, avaro e impío granjero al Barquero Griego. Pero ya era tarde. En el mundo de Don Misterio, el Tiempo de la Misericordia había terminado definitivamente para él.-


PÁGINA 7 – ENSAYO

Poesía coyuntural

Por Julio Carmona (Chiclayo /Perú)

La denominación del epígrafe, “poesía coyuntural”, fue creación del poeta Cesáreo Martínez (“Chacho”, para sus amigos), uno de los grandes exponentes de la afamada Generación del 70’ (a la que pertenecen los no menos afamados Enrique Verástegui, Juan Ramírez Ruiz, Tulio Mora, Rosina Valcárcel, Manuel Morales, entre otros). Y hoy me animo a escribir sobre el tópico, porque creo que son pertinentes algunos deslindes.
Nadie que conozca los orígenes poéticos de “Chacho” puede ignorar que su concepción teórica de la poesía se inscribía dentro de los parámetros de la “poesía pura” (denominación ésta que en el Perú tomó carta de ciudadanía en la década de los cincuenta del siglo pasado, por oposición a la otra ciudadana: la poesía social). Y, en efecto, hay pruebas fehacientes de la producción poética de “Chacho” en ese sentido. Pero no fue, precisamente, por esta producción que logró la consagración. Esto lo hizo con poemas de corte social. A los que él llamó “poesía coyuntural”.
Y alguna vez –conversando sobre estos tópicos, de poesía formalista y realista, pura y social– “Chacho” precisó los alcances de su propuesta. Uno de ellos era, digámoslo así, descriptivo. Refería que se trataba de tomar temas propios del momento, situaciones conflictivas del entorno, coyunturas sociales y políticas que podían y debían ser llevadas al trabajo poético. Y esto, en realidad, no era lo novedoso. Era algo ya practicado por otros poetas de la tendencia purista o formalista (Octavio Paz, Jorge Eduardo Eielson, por mencionar a los más emblemáticos).
Lo decisivo en el caso de “Chacho” es que él manifestó que era una “actitud coyuntural” de su parte. Es decir, que él no renunciaba a sus convicciones poestéticas vinculadas a la tendencia purista/formalista. Felizmente –para el mismo “Chacho” y para bien de la misma poesía– no volvió a escribir poemas de esa tendencia (los de sus orígenes prácticamente “no existen”). Porque los más celebrados son “Carta a Iksra” y “5 razones puras para comprometerse (con la huelga)”. Son sus dos primeros “poemas coyunturales”. Y obsérvese la expresión “razones puras”, tan sugerente y decisiva para entender estos deslindes.
Cesáreo Martínez ya no es un “poeta coyuntural”. Su obra ya es parte de la poesía realista peruana (aunque él, desde sus convicciones poestéticas, no lo quisiera). Muchas veces, los poetas son los menos indicados para calificar el valor de su propia poesía. ¡Si le pasó a Cervantes que prefirió a su olvidada “Galatea”, antes que a su “Don Quijote”! Cesáreo Martínez –insisto– ya no es: ni poeta formalista ni “poeta coyuntural”.


PÁGINA 8 – CUENTO

16 de septiembre

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

Ayer la Revolución Libertadora pasó de largo por el pueblo, como montada en el “Estrella del Norte” directa a la Capital, sin escalas. Los esquivó por provincianos, y Paniagua, se pasó la noche en vilo viendo correr trenes repletos de soldados hacia donde todo sucedía y algo podía hacerse: Historia. Pero no importa, (y agarra el martillo), él va a obligarla a que entre y arme un relato: este roñoso pueblo no será la excepción. No pretende una gloria equivalente a los bombardeos sobre la Plaza de Mayo con su tendal de peronachos muertos. Pero saldrá de cacería. Y ni debe moverse hacia la calle para capturarlos. Aquí, en la estación ferroviaria, anida la mayor cantidad de cantores de la marchita infame.
Aquí él había masticado sus cascotes en cada acto, y cascotes en cada arenga del demagogo por las cadenas de Radio Nacional.
Se para en el centro del vestíbulo. 7,25. Hora en que empezarán a caer los empleados del turno mañana. Él, de traje y corbata, cinta celeste y blanca en la solapa. Peteco, envuelto en la bandera patria. Día de festejo, carajo.
Vierte las instrucciones. Que a medida que los foguistas y maquinistas entren, Peteco los pare y los haga formar en medialuna alrededor de él, el jefe, Paniagua. Que lo primero en que hay que fijarse, ves Peteco, que la mayoría todavía sigue con su escudito y su cinta negra de luto y lo que tenés que hacer, una vez que los tengas paraditos en círculo, es pasar sin decir ni mu y quitarles esas vergüenzas nacionales, que se enteren que la Historia trajo a la Libertadora, aquí, a este puto pueblo, también, y yo no me animo, protestó Peteco, encogiéndose, no seas gil, le levantó el ánimo Paniagua, si se resisten éstos van presos. Y cuando la fila de ferroviarios de overall estuvo donde él, Paniagua, la quería, les avisó lo que la Historia había traído, así que se procedería en consecuencia y el que se negara, a la comisaría a dar explicaciones. Peteco, apretado dentro de la bandera pasó y recogió los escuditos y las cintas de luto, pero siguió de largo bien callado cuando Crocco quedó cruzado de brazos, duro, ceño fruncido y sin tocarse los símbolos del tirano prófugo, Peteco no procedió y Paniagua ni enterado porque no lo distinguió en la multitud de ferroviarios, casi una masa, pero capaz que ahora tampoco pudiera decirse masa, las masas, terminología del dictador, y una vez recolectados los escuditos Paniagua puso en funcionamiento el martillo; primero le hizo saltar la nariz al busto de yeso de la Eva, luego le rompió la boca, las mejillas y para terminar masculló “Peteco tumbala” y Peteco hizo palanca con una barra y la derribó con facilidad; algunos ferroviarios lagrimearon mientras los pedazos rodaban por el piso, pero Paniagua taconeó y ordenó que lo siguieran, y los ferroviarios lo siguieron, remoloneando y con cara adusta, pero lo siguieron porque la tortilla se había dado vuelta y del lado que había caído estaba la comisaría, y con una escalera Paniagua bajó los retratos de la Jefa Espiritual y del General que colgaban en lo alto del andén y los revoleó directo a las vías, y también había una capillita con la foto de Eva y y ahí se le ocurrió “Peteco traeme una lata de kerosene” y Peteco buscó la lata de kerosene cada vez más encogido bajo la bandera como si ésta lo protegiera como un escudo del mal de odio y de la que le esperaba por profanar la capillita y tuvo que rociar el altar pero el mismo Paniagua se dio el gusto de acercar el encendedor y dejó que ardiera la imagen y hasta la cruz porque la cruz –aseguró- estaba contaminada de paganismo y no vio, pero Peteco sí, que Crocco se retiraba a su oficina, entraba y cerraba la puerta. Y no iba a ser él Peteco, el que le avisara al Jefe lo que otro estaba haciendo aunque se le figuraba que Crocco algo se traía entre las manos, así que calladito lo siguió a Paniagua lugar por lugar donde había algún símbolo del infame régimen y escuchaba cómo Paniagua les avisaba que de ahora en adelante estaban todos fichados en la Policía, así que al menor acto de política, adentro, que esto era el ferrocarril y no la unidad básica, la que, por otra parte se encontraba bien allanada y bien clausurada y el Secretario, Oliva, preso, y que fruncieran bien el culo porque él iba a pasar la lista de todos los afiliados para que los declararan prescindibles, y en ese momento, abrió la oficina de Crocco porque Crocco tenía colgado, detrás de su escritorio de encargado de diagramas, un par de láminas del ex presidente y la ex primera dama y por lo tanto no iban a escapar de la cacería y Paniagua lo estudió a Crocco sentado en su escritorio y atrás, enormes, los retratos. El escritorio los separaba. Crocco, tranquilo, sin levantarse ante el Jefe, el Jefe ordenándole que descolgara los retratos. Crocco corrió la mano hacia la derecha, sobre un bulto triangular, envuelto en un paño, y con la mano sobre el bulto contestó muy quedo que los retratos se quedaban donde estaban. Paniagua rechinó los dientes y repitió la orden, pero esta vez Crocco no abrió siquiera la boca, siempre con la mano sobre el bulto y la mirada clavada en la de Paniagua. Paniagua, taconeando, aulló que le daba diez minutos de plazo para que bajara de ahí las láminas prohibidas, porque en esos diez minutos él terminaba de desratizar toda la estación y volvía y se vería quién mandaba y siguió desratizando; con un machete reventó discos con discursos del general y las marchas que se ponían para los actos oficiales y pasaron no diez, sino cuarenta minutos cuando volvimos todos a la oficina de Crocco, con el cuadro tal cual lo dejáramos, y Paniagua se atuzó el bigote, y dijo: ya vas a ver, y Peteco susurró: ya vas a ver, y Paniagua agregó: no sabés con quién te metés y la cosa es que de ahí fueron directos a la sección telégrafos. En un mes llegó el primer telegrama de cesantía, con el nombre de Crocco. Él se hallaba en su oficina, trabajando en sus diagramas, altos y lustrosos los retratos de Perón y Eva, en su sitio, donde habían permanecido hora tras hora y semana tras semana. Peteco le entregó el telegrama, -¿viste? ¿ahora te enteraste de quién es Paniagua?- dijo y Crocco, tranquilito, descuelga sus cuadros, los carga uno en cada brazo y se retira pasando por la doble fila que le forman los 120 ferroviarios de la estación, quienes lo aplauden y cantan a todo pulmón la marchita peronista.


PÁGINA 9 – ENSAYO

Acerca de la fugacidad del arte popular y otras implicancias

Por Claudia Sastre (San Julián-Santa Cruz/Argentina)

Hay un gesto muy interesante de leer en un artista que dibuja complicadas obras de arte con tiza en una vereda pública, transitada por cientos de transeúntes por hora.
Hay una renuncia a la trascendencia que merece ser analizada, y por qué no? Transpolada a otras artes para poder interpretar los fenómenos culturales atravesados por la pos modernidad; la cultura es denuncia y es síntoma, y si bien algunas artes han sido consideradas como proféticas, anunciando los tiempos por venir, antes de que sucedan; como la literatura en algunas etapas de la historia (la historia del arte no es una entelequia, ni sucede aislada de los tiempos históricos), o en otras, las plásticas, que han abandonado a través de los tiempos algunos elementos (el soporte material por ejemplo en el caso de Duchamp, donde el “gesto” (o la actitud) pasa a ocupar el lugar que la destreza física o material del artista ocupaba), en su famosa obra “fuente” (conocida vulgarmente como el mingitorio). Podríamos equiparar ese hecho con las transformaciones de la lírica en poesía, que de a poco fue abandonando elementos, la rima, por un lado; la métrica por otro; finalmente abandona el “yo lírico” y deviene multitud (mi nombre es legión, proclama). En un increíble eterno retorno, se vuelve al concepto renacentista de arte popular, que de algún modo quisieron lograr los artistas surrealistas (la poesía debemos hacerla entre todos, y cuando digo poesía digo el arte en general, de manera metonímica); y cómo se lograría esto? De manera casi involuntaria, por la fugacidad.
Esa sensación que tenían algunos sabios de abarcar el conocimiento en su totalidad (Kant por ejemplo, lo tenía como petición de principios y quizás murió con esa idea) de los Enciclopedistas, como una superación de la Summa medieval reunida en una persona, es hoy imposible debido a la aceleración de la producción de conocimientos, y más que eso, debido a la velocidad de la información(1).
Los creadores de hoy día nos hemos resignado a poseer apenas una sombra de la totalidad, los escritores e investigadores vamos contra reloj leyendo todo lo que podemos, quedando en déficit siempre, comemos, comemos, devoramos toda la cultura a nuestro alcance y quedamos con hambre como Tántalo, siempre queriendo alcanzar esa manzana, que se nos niega.
Por otra parte, ante el flujo incesante de información, creación, etc, el artista pos moderno ha renunciado a la trascendencia (y esto no es negativo en lo absoluto), ¿quién puede hoy por hoy, estando en sus cabales plenamente, pensar que de aquí a doscientos años, alguien puede recordar su nombre siquiera?.
Y decía que no es negativo en absoluto, no porque yo crea que un Dante Alighieri no pueda nacer en la posmodernidad, no; sino por el hecho que la idea de la fugacidad ha creado un arte nuevo, y como Walter Benjamin sostenía, un nuevo sujeto para el arte, una nueva conciencia artística y una nueva conciencia perceptiva. Y esto es negativo? No lo creo. Que un creador pueda desarrollar su arte desde cualquier sitio donde esté residiendo y que esté conectado con el mundo aunque esté en pleno desierto es una idea muy potente y subversiva de lo tradicional del arte. Se me dirá que de todos modos, todo lo visible sucede en las grandes urbes, ya lo sé (como patagónica lo sé) pero eso no inhabilita la praxis, no será visible el arte que no sucede en las grandes urbes, pero existe, y ese existir, denuncia; y entre otras cosas que denuncia, denuncia las maniobra de invisibilidad que las grandes urbes ejercen sobre los que no están en ellas.
Hay un gesto de denuncia en los artistas de intervención urbana como Julián Breaver, un gesto de llevar el arte a los pies de los que pasan, apurados y ajetreados; esos mismos pies que borrarán con su paso las obras que el artista realiza para el mismo peatón.


PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Juan Meneguín (Concordia-Entre Ríos/Argentina)

CUANDO MI PADRE COMÍA FLORES

La visita del alma fue entre dos pinos,
rendidos de tormentas y calandrias...

Yo supe colgar allí un pizarrón
donde escribía haikus al modo de Matsuo Basho
pero el rocío de las noches insistía en desteñirlos
o corregirlos, que es casi lo mismo,
y la noche en que madre olvidó descolgar el pizarrón
llovió más que nunca esa noche;
el mejor de los versos se perdió entre las agujas de los árboles
y a la mañana padre miraba con sonrisa en sus ojos
y le daba al martillo enderezando fierros
que después serían antenas de TV o cabreadas.
Pero eso fue antes de que empezara a comer flores.

Para cuando empezó a comer flores
elegía la más sabrosa de los gladiolos,
y como quien no quiere al pasar robaba un pétalo;
las rosas, decía, son todo un bocatto di cardinale,
aunque las preferidas eran las más humildes,
el jazmín del cielo, la flor del trébol.

Eso fue antes del cáncer y los intestinos revueltos
cuando se complacía en cambiar,
desterrar o regalar los mejores helechos
creando odios interminables entre suegras y nueras
a causa de un culantrillo y algunas margaritas
comidas como lechuga en ensalada.

Ahora me visita, con una blusa azul de ferroviario del ’50,
con su gastado pantalón de sarga y una varita de hinojo en la mano.
Se sienta en el viejo banco bajo los pinos,
se rasca la cabeza y me pregunta qué,
el Chicho me pregunta con el gesto qué hice con la vida:
no la dejes a tu madre, me dice,
acordate de cambiarle el aceite a la cupé.

Distraídamente deja caer una mano de costado
arranca una florcita blanca y la mira atento,
estudia la corola cuatro pétalos el estambre rubio,
y la lleva a su boca, la mastica despacito.

En sus ojos pasan las nubes que pasan,
brillan como relojes andando para atrás.
El alma de mi padre sonríe por algo que no entiendo.
Todavía no entiendo. Sólo lo veo a él,
comiendo flores como en sus mejores días.

BAHÍA GANSO VERDE

Así descubrirás ahora
—es probable— todos estos cielos
esa materia donde golpearan,
como sobre una diferente trama tantas pulsaciones
—latido y corazón de la vieja tierra—
diluidas, siempre diluidas hacia otra sustancia,
aquello en que desde extraño futuro
habría de ser el recuerdo de tus pasos en las arenas,
la textura de renacido mar negándote las huellas
y un viento de yodo sobrevolando poblaciones litorales...

Y sin embargo, nadie
—lo sabrás mil años más tarde—
dará testimonio de esta costa,
de ese pueblo de pescadores entre la bruma lejos
donde la fritura de pescado exige una sed de cerveza,
en esos bares donde nadie dará testimonio sin embargo
cuando tus pasos sorprendan risas de amantes entre las dunas,
el tridente de rocas que se interna en la noche marítima,
el airecito como irresponsable
que oculta revela oculta las estrellas del Atlántico,
y aquellos viejos bares de madera despintados
que están como llamándote,
como llamándote aquellas mujeres frívolas y elegantes
que regresan a sus whiskys de atardeceres lentos,
al lino blanquísimo, la finura del gesto,
y aquella conversación sólo murmurada y cómplice...
como llamándote esas marinas
cuando los pescadores de sarda habrían de volver
desde la línea de las ochenta brazas...

pero salvo esas metalurgias
retorcidas y devoradas por el salitre,
—pesqueros encallados donde aún persista el viento
jirones hilachas de óxido robados lentamente—
salvo aquellos pájaros tardíos en el crepúsculo
nada podrías alterar, aunque rompieras la mirada,
esos relojes curvados de la relatividad
que dejaran escapar un tiempo de muy lejanas aguas,
poco podrás salvar de tanto naufragio,
apenas un camino entre colinas en la niebla
y toda esa niebla como distancia inasible a cualquier fortuna
seguir y seguir, pese a todo, resignado en invocar el milagro,
la llegada de alguien
olores familiares que regresen desde olvidadas lloviznas,
esa calandria que vuelve a cruzar hacia los árboles de más allá
y el mismo viento-mundo que en la noche de Punta del Diablo
nos habría de traer todas las estrellas del Sur
y el mundo como recién nacido,
cuando las huellas de tus pasos en las arenas
y el mar como negándote las huellas,
salvo todo eso, nada habría de alterarse
aunque rompieras la mirada
y tus pasos regresen a la calle de los bares
cuando un relámpago helado viene hacia el lado izquierdo de la visión
y es bruma de camarones acribillada por sola ráfaga de Mirages,
plateadas líneas de flotación perforadas sobre el frío
y entre el frío pobres pastizales resistiendo
sin embargo al viento que jamás descansaría los ojos de quien llegara
para descubrir tanta soledad en aquellas colinas,
en aquella bahía Goose Green,
donde habría de andar como un resplandor de aluminio
buscando una cabecera de playa
con infantes muertos en el oleaje,
y en la bruma enrojecida un silbido de rockets
regresa como un reloj discontinuo en una mente enferma,
como el surco quebrado en medio de la fanfarria,
como una lección tonta repetida de memoria,
regresa como una generación intolerable de fractales,
como el engranaje donde falla un diente,
como buscando desde un chip averiado
un pueblo de pescadores y el Atlántico bajo la noche
y una playa donde siempre estarás volviendo
a las huellas de tus pasos en las arenas
y al mar que seguirá como negándote las huellas.


PÁGINA 11 – CUENTO

La tomatina.

Por Jimmy Valdez (Ridgewood-NewYork/USA)

Rubén, almacenó las cosas en el garaje. Cerró con llaves los recuerdos para luego despistarse a la razón de algunos bloques, desde donde nunca más le conocimos regreso o algún lugar de descanso. Sus apuntes nadaban en un mar de moho sediento. No se sabe el porqué puso toda su obra en la inmersión de toneles de salsa. Siempre fue un poco excéntrico, pero nunca de imaginar semejante asonada mental.
Le vi aquel domingo, siempre en franela, obligadamente sociable. Saludó a mi esposa, se detuvo en la bodega y luego, no sé si me equivoco; creo compró unas cervezas, se evaporó para siempre calle abajo.
Su mujer dio la parte, los hijos le acompañaban, y sin embargo nadie, a excepción de esos cuantos minutos, puede hacer mayor memoria de lo acontecido. Ayer lo ha conocido el barrio, los manuscritos son el boom del momento, se ha regado como epidemia y mire usted, haciéndose la fila para ser fotografiados en el frente de la cochera.
¿Podíase imaginar cosas iguales? Un pendejo escritor de obituarios alcanzando la gloria por unas cuantas cojudeses podridas de tan absurdas


PÁGINA 12 – ENSAYO

El gusto por el entusiasmo estético

Por Carlos Fajardo Fajardo (Cali/Colombia)

El mercado estetizado ha procedido a superar las distancias entre público y arte masivo. No permite el distanciamiento crítico ni las rupturas originales; no está en su lógica imponer barreras entre el público consumidor y sus productos ofertados. El “gran arte” moderno se encuentra así en una situación nueva: se ha convertido en sucedáneo de lo económico global. De esta identificación entre la multiplicidad de los gustos con los productos consumibles nace el entusiasmo estético.
La superación de la distancia entre el sujeto y el objeto presentado desemboca en lo sublime estetizado, donde la conciencia de pertenencia y de identidad con los productos en oferta logran convertir al Ser en “querer hacer” un Ser de éxito. Los poderosos y famosos se muestran como algo supremo e ideal, con los cuales el sujeto receptor debe identificarse. Deseo posible en tanto virtualidad iconosférica, caso perdido en tanto realidad concreta. Lo inefable de los famosos procesa un gusto lleno de entusiasmo sublime, fuerza y voluntad para superar la pequeñez cotidiana a través de la monumentalidad del hombre de éxito. Pero para tal fin, debe obedecer al establecimiento, consagrarse a sus leyes, rendirle pleitesía a sus exigencias. En últimas, convertirse en colaborador y conciliador con el sistema de reglamentaciones, de lo contrario este Tántalo posmoderno fracasaría como ciudadano consumidor. Su individualidad autónoma se pierde en el entusiasmo estético que lo homogeniza. La gran masa lo desaparece como sujeto y, aunque él sienta que está ejerciendo su libertad, en realidad existe un aplastamiento de la subjetividad crítica por parte de la euforia entusiasta por un gusto globalitario.
El entusiasmo estético se beneficia de la multitud de deseos que aspiran a alcanzar la gran totalidad del éxito y la fama. Allí las estrategias publicitarias transforman al hombre moderno, que se consideraba amo del universo, en un Yo intimista que se cree dueño de sí mismo. Esto es lo sublime del mercado estetizado. Máscaras y simulación; realidades capitalistas ensoñadas pero no alcanzadas; disparos de una imaginación entusiasmada por posar en la pasarela del mundo-vitrina la apariencia de ser y gozar por un momento lo inefable logrado por pocos pero consumido por todos. He aquí la iconografía del gusto por el entusiasmo de lo masivo. Como espectadores proyectamos el deseo de realizarnos en ricos y famosos, vivir en aquellos ambientes light, procurar alcanzar la felicidad en una proyección más interesante que la cotidianidad en la que vivimos. Proyección de un deseo posindustrial: ser tele-turista, tele-top models; todos pueden emprender su viaje virtual. El éxtasis y la euforia en línea por consumir con eficacia los productos ofertados, lleva a los ciudadanos a una permanente pulsión casi esquizofrénica que alimenta su individualización, excluyendo al otro como sujeto activo. El gusto por el entusiasmo no sólo des-realiza al yo sino a la otredad; ésta se convierte, o bien en medio, o bien en obstáculo para el logro de un fin aterrador: la felicidad simulada en la llenura y la indigestión mediática. Éxtasis, fascinación, entusiasmo colectivo que destierra y margina a los sujetos que no marchen hacia una misma dirección. El Otro es desconectado por ser un extraño extraviado, un “inauténtico” que no cumple con las lógicas totalitarias del mercado. Se procede a formular una ilusión de libertad individualista que en realidad es un confinamiento de la libertad ética personal. El juicio de gusto queda encarcelado en los estallidos de una sociedad de sordos entre sí. A toda sensibilidad se le impone el reto de aparentar ser diferente y de asimilar una identificación con el ilusionismo global del capitalismo y con una aparente libertad para escoger entre la gran variedad y cantidad de productos materiales y simbólicos. Diferencia como fetiche, identidad como orden e imposición.
El gusto por el entusiasmo estético masivo, carga también por antonomasia la categoría de necesidad. Para éste es necesario que el sujeto individualista -diferente aparente- proclame su superioridad al fusionar sus deseos con la grandiosidad del Ideal de la globalización económica y de la mundialización cultural, produciéndose el espejismo de trascendencia en la inmediatez, en lo fugaz e instantáneo. Teleología de lo efímero. La necesidad, como categoría que tanto preocupó a los historicismos, en este caso, al imponerse y realizarse, logra un simulacro de libertad en la masificación. Soledad masificada, libertad atada a las necesidades del establecimiento . El gusto ilustrado del sujeto autónomo, fruto del arte monumental y de la época de los grandes sistemas filosóficos, es diferente en la época del arte ornamental y de los grandes sistemas del hipermercado. En últimas, la posindustrialización no ha perdido el sentimiento de lo sublime tanto estético como histórico. Lo ha mutado. Se ha producido un cambio del objeto por el cual nos sentimos pequeños y a la vez grandes, y este objeto ya no es la naturaleza ni la historia, es el régimen totalitario del consumo, el nuevo macro-proyecto y metarrelato actual.
De esa misma manera, el gusto por lo interesante y lo pintoresco, que llamaba al disfrute de la naturaleza y de las “fisiologías” de la ciudad - tales son los casos del héroe romántico, del Fläneur y del bohemio-; y el gusto por lo sublime, que llamaba a superar las adversidades de la naturaleza y de la historia para lograr el placer de una pena hasta llegar al deleite humano, se han convertido, por la posindustrialización, en el disfrute de los sistemas de símbolos del mercado. Lo histórico- como emancipación- no interesa a nadie, ni la ciudad es un lugar de contemplación con sus milagros y maravillas.
La naturaleza, transformada por el capitalismo en realidad y materia prima; y la historia, mutada por la posmodernidad en museo y colección, caen derrotadas como teleologías del gusto estético y poético, pues están bajo regímenes más ingrávidos y leves, dominados por una virtualización de las acciones civiles y ciudadanas a través de la presencia masiva -y muchas veces agresiva- de la iconoadicción tecnocultural. Ya se nos hace casi imposible proceder a disfrutar de los silencios en la sociedad del bullicio y del aplauso estruendoso; ya es un don alimentar nuestras capacidades de mirar y escuchar en medio de la cultura -clip, en la sociedad de los video-juegos. ¿Qué otra mirada, qué otra manera de escuchar se ha constituido en fundamento de nuestro gusto desterritorializado y global? Gusto en red y aceleración. La mirada se constituye en un ver, lo que quiere decir, se aisla en su ensimismamiento, se le priva de interpretar y construir ilusiones estéticas de lo invisible visionado., lo expresable de lo inexpresable, de ir más allá del objeto totalitario presente-presentado. La mirada está discapacitada y necesita de prótesis para disparar un imaginario que no sólo penetre en lo real, sino que lo subvierta e inquiete. El gusto por lo ágil favorece al surgimiento de otro tipo de memoria, no la “memoria histórica”, tan explotada por los radicalismos políticos, sino una “memoria instantánea” que privilegia el ahora-presente y que es heterodoxa, simultánea, múltiple, dispersa, contrario a la memoria grávida, histórica y crítica -analítica de la modernidad. El gusto por una memoria global instantánea, inmediata, ubicua, está despreocupado ante los compromisos con el futuro y con el macroprogreso histórico, pero se preocupa por integrarse a la euforia masiva de las ofertas tecno-culturales y concibe a la historia, a la naturaleza y lo urbano como objetos museoficados que están allí no para cambiar ni superar las condiciones que cargan. El resultado son sensibilidades alfabetizadas en el kitsch y lo light del Top eufórico internacional.


PÁGINA 13 – CUENTO

En la otra dimensión.

Por Carmen Barrere (Buenos Aires/Argentina)

La mujer aparece por la feria tres veces por semana. Tomas, el verdulero, se apretuja entre los cajones de fruta para hacerle sitio. Indiferente a las premuras del tiempo, con una circunspección que le viene de adentro, como si nada la empujara, abre su mesita pegadiza, deposita su banquito y encima su humanidad pesada. Va pobremente vestida, pero cuando alza la barbilla y sonríe, de ella se desprende una dignidad heredada. Resabios, quien sabe de que genes.
Trae consigo un paño rojo con bordados cabalísticos, que desenrolla sobre la mesa, donde también coloca una vela, un recipiente plástico con una rosa de papel y una lechuza de vidrio.
Desde la amplitud de su cintura pende una bolsa de arpillera que contiene, según afirma, piedras mágicas traídas del Uritorco. Insufladas del poder de los trasgos y emanaciones montañesas, para conformar su escudo contra la mala onda.
Su presencia transforma la fisonomía vulgar del mercado. Como un imán atrae las miradas de la gente. Las mujeres apuradas, cargan sus compras en los bolsos y hacen la cola para que la agorera les diga la suerte.
Ella lee solamente tres naipes: -Para lo único importante en esta vida- Dice y sonríe enseñando su diente de oro por lo que muchos piensan que es gitana.
Por el amor, que es la energía que mueve al mundo
Por la salud. Sin ella pasamos a depender de la buena o mala voluntad de otros.
Por el dinero, que al final no importa tanto. Si no tenemos los otros dos ¿para qué sirve?. –
Las mujeres de la cola comentan sus aciertos: El casamiento
preanunciado de Elvirita, la de la panadería. La lotería que ganaron los de la Firestone. La operación inesperada del repartidor de gas. Una semana antes, se la pronosticó a la mujer que lo arrastró al hospital donde lo salvaron por milagro.
De pronto, en un halito nefasto que se expande, vociferan el chisme: La policía la busca a la entrada de la feria. “Trabaja sin permiso. Engatusa con mentiras a la pobre gente”, argumenta la autoridad que la persigue. La verdad es muy otra: La persiguen por que la adivina se niega a pagarles la coima que le piden, gritando un Inaudible insulto en una lengua extraña.
- Bruja de mierda – masculla el hombre de la ley abriéndose paso entre los compradores y la basura de los desechos de la hora de cierre del mercado.
El verdulero cómplice –la mujer le ha fabricado un emplumado mágico enmoñado con cintas rojas para los buenos negocios- la mira asustado. Ella se pone de pie. Recoge sus bártulos con parsimonia, y ahí ante el estupor de todos manipula las piedras de la bolsa y se esfuma. Con la lechuza viva al hombro, la flor detrás de la oreja, y la pelambre al viento.
Otra dimensión, otro tiempo. Esta es una tierra distante donde no existen los relojes. Para los incrédulos, tal vez un lugar de la pura fantasía.
El recinto, excavado en la montaña, adorna las paredes de piedra con figuras humanas alargadas; animales con cabeza de unicornio y ojos rasgados. Soles intensos que persiguen las sombras, que se acurrucan donde la luz no llega.
Espejos enormes en el techo, Reflejando iridiscencias que se descuelgan enfiladas de los caireles móviles. Abalorios de hechizo. Inciensos de fragancias exóticas. La magia instalada hasta en el aire.
La gitana es joven alta y esbelta como una reina egipcia. Una pierna torneada a la que se ajusta una ajorca de oro en forma de víbora, eleva su bifida lengua amenazante. Los largos aros tintinean al menor movimiento. Las pulseras con pedrería se agitan cuándo desplaza sus preciosas manos de largos dedos y pintadas uñas.
La túnica pesada por el difícil entramado del bordado descubre uno de sus hombros. La tersa piel huele a flores exóticas, perdidas en el devenir del mito.
Una misteriosa lámpara, en un rincón, quema oleos para eternizar la belleza, que es esquiva en todo sitio donde habita el hombre.
En la puerta, la clientela aguarda bajo el dintel que representa a la Sibila de Delfos. La pitonisa los guía al maravilloso interior. Eterna la sonrisa. Idéntico el diente de oro, alegremente expuesto con el gesto
Afuera la arboleda es surrealista. Troncos rojos retorcidos y flores como aves. Nubes fantasmagóricas con rostros de gentes del pasado y la luz. Una luz diferente envolvente, y tibia.
Este es un lugar sin policías sin basura en el suelo. Sin persecución ni coimas.
El público es el mismo: Gente que busca una respuesta. Transformar la dura realidad en la utopía con final feliz.


PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

Aníbal Aguirre (Salta/Argentina)

ANALISIS LITERARIO

I

El hombre piensa, una brisa intenta
apagar la vela.

En otro de los temas, una persona lee,
lo hará aunque se pierda el mundo.

Clava la imagen de una mujer en nuestra
conciencia.

Una mariposa vence a la tempestad y lo
visita.

El autor ofrece hacer literatura con
todo lo que le cuenten.

La bruma (su último trabajo),
fagocita a su extraordinario cerebro.

II

En la pasión el escritor nos dice del
poder seductor de sus coplas.

Comparte una fórmula para escribir lo
que sea en dieciocho líneas.

Ensaya el prólogo de una novela en
dieciocho líneas.

Algo le sucedió con la lluvia que
conoció el dolor.

En el espejo de su casa ve a todos los
que la habitaron.

Dice que no cualquier licor conduce
al paraíso.

III

Sus composiciones están desprovistas de
toda calidad literaria, se

resuelven en una simple anécdota, o en
una reflexión irrelevante.

Sorprende al expresar que un regidor,
(da su nombre), lo nombra mente
iluminada.

Desea que en su libro no encuentren nada.

Se ríe de su destino de escritor, del
cual cree y descree.

El libro no fue escrito por Aguirre, en
una de sus páginas así lo manifiesta.

ANA GLORIA MOYA

No sé si lo que me lanzaste fue un beso,
o lo que hiciste con el índice de tu mano

en tus labios, fue un saludo a la manera
de los antiguos cristianos.

Partes, yo a los viajes los asocio con
las tragedias.

Será por que soy un náufrago que no
recuerda ni como era el puerto de
donde ha partido.

Esto de vivir amarrado a una tabla,
contemplar como los buques pasan.

Ver a tu carabela, a tu cabellera, que
son sus velas.

EL BAR DE LA CALLE MORGUE

A Alejandra Pérez

I

Un fuego surcará el cielo, es la
señal.

Quedarán mis tugurios solitarios por
un tiempo, bares
de mi aldea en donde mi espíritu
encontró la paz.

Mujer de rojo, cuida los polluelos que
caen de sus nidos.

Seguiré el sendero del yaguareté, el
jabalí y la corzuela.

Me espera un corazón de tambores,
colmado de licores.


PÁGINA 15 – CUENTO

Cuando no te pertenezca.

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada. Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.
Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.
No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.
Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.
Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.
Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.
No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.
Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.
Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.


PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS

Diario de la plaza y otros desvíos, Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2009-Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Por Marta Aponte Alsina (Puerto Rico)

A Marta Huidobro, viva en el recuerdo
A Dalidia Colón, lectora de poesía

La ciudad natal, la casa y el paisaje sustentan desde siempre el diseño de la poesía. Obras humanas, son extensiones metonímicas de la voz. Si bien el hablante lírico nunca ha sido del todo equivalente al escritor de carne y hueso, es a partir de Baudelaire que se profundiza la distancia entre el yo lírico (máscara desrealizada, sujeto retórico) y el “yo individual del escritor, cargado con su historia personal, con su estado social, y con su psicología… ”. (Combe, 149)[1]
Diario de la plaza y otros desvíos, de Marta Ortiz, es ejemplo de cómo ese sujeto lírico rebasa el testimonio autobiográfico. Conocer la entrañable relación de la escritora con los lugares de su ciudad (Rosario, Argentina) los datos de su biografía y el perfil de sus afectos familiares es privilegio de sus amigos y conocidos. La escritura de este diario poético, no obstante, renueva tropos de sólida tradición en la narrativa y la escritura y es a partir de ellos que se configuran las imágenes estelares de la constelación que es el libro.
Se trata de una autora que saca brillo a las palabras con voluntad de orfebre. Su oficio impecable no busca sumirse en la oscuridad o la representación del caos sino iluminar las cosas familiares y la melancolía que provoca su desgaste, como si el trazo pretendiera fijar el rastro de esas pérdidas.
El Diario consta de cinco secciones: “Goteo”, “Diario de la plaza”, “Mapa, “Contexto” y “Periplo”. La primera da cuenta de la chispa que incita a escribir: los objetos atesorados en la memoria, los sentidos deseantes. La segunda encierra en el libro el universo, como otra versión del aleph; magia reductora que construye un modelo en miniatura de la plaza, con sus árboles transformados en otra superficie de escritura. “Mapa” es el rastro del cuerpo en sus deseos y patologías y también una relación de las vocaciones: la escritura, el canto, el arte, la simpatía cultivada. “Contexto” y “Periplo” se refieren a un entorno dominado por la influencia mediática global con su equívoca ilusión de proximidad, cuando su mecanismo radica en reproducir lo efímero mediante un abandono del yo , semejante al de la zona estéril de los aeropuertos, donde los pasajeros esperan, tras someterse al examen de sus pertenencias, el traslado a otras coordenadas.
El título del poemario des-cubre uno de sus principios dinámicos. El prefijo des se repite a lo largo del libro. La poesía es cortina de sonidos, de aliteraciones, de ritmos: desvío, desmenuzo, des-aireado, des-enterraban, deslíe, des-pintada. Uno de los significados de des, justamente el sentido que cobra en la palabra desvío, comunica la vivencia de apartarse. Esa distancia que se acentúa al revisar lo escrito separa el dolor inefable que se siente de su fantasmal destilado poético.
El prefijo homófono, de apunta a otro concepto: la posesión. Además, relaciona las palabras destello y destilar. En su des-usado origen, destello significaba gota (stilla) que chorrea y brilla. Destilar – purificar - refinar – gotear – destellar. “Goteo" de la tinta que destila, destella y deslumbra.
El oficio de Ortiz, la limpieza del trazo en poemas breves, intensos y precisos, es tan libre y disciplinado como la pericia de quien atrapa una mariposa con un solo movimiento de la red. Arte de la escritura miniada, afín a la magia simpática que al reducir domestica y posee. Los tropos dominantes aluden a las pérdidas y a la gracia de amar en medio de las ruinas: el musgo, las grietas, el óxido, la humedad, el olvido, la familia, la memoria, el gesto que se repite, el revoque descascarado, el vagabundo, las madres de Plaza de Mayo, los libros de la infancia, la casa perdida, la cajita de hojalata donde se guardan objetos banales que nadie más valorará en su secreta memoria, de esos que a la hora de nuestra muerte recobrarán su destino de vagabundos desamados. Esa caja de recuerdos me evoca el arte de Joseph Cornell, maestro del assemblage apreciado por los surrealistas, fabricante de cajas de objetos que en el encuentro fortuito revelan su magia des-atada. Cornell, citando a Nerval, llamaba metafísica de lo efímero al aura de las cajitas deslumbrantes.



Luna de Agua-Edición de Fundación Artística y Cultural Tribu Salvaje-Neuquén, 2009-Lilí Muñoz (Neuquén-Neuquén/Argentina)

Por Marita Molfese (Neuquén/Argentina)
Especialista en Literatura Hispanoamericana del siglo XX

A través de los años, la escritora Lilí Muñoz nos ha ido acostumbrando a su caminar laborioso en la producción de obras a las que podríamos incluir en diferentes géneros: desde el ensayo, con sus formalidades discursivas, la poesía con su verbo libre, las leyendas y relatos en los que se hacen presentes tramas y personajes de nuestra Patagonia , los cuentos -algunos para destinatarios infantiles- la dramaturgia, la literatura didáctica y en esta oportunidad, contemplamos - y lo digo metafóricamente- Luna de agua porque. es un libro de minificciones y como tales se diluyen, empequeñecen, juegan al misterio, a descubrirlas en aristas y en reflejos de otros, tal como la luna se ve reflejada en el agua.
Es la minificción un género de por sí novedoso, investido de brevedad, fugacidad, urgencia y autonomía que encuentra en la autora un espacio propicio para manifestarse. Así podríamos decir que muy pocos textos superan las 250 palabras y que varios (como escuché decir) caben en la palma de la mano “Después que hablé con vos, llegué con pasos lentos hasta la gruta más azul de la aurora. Dije tu nombre y su boca se abrió. Pude dormir”. Se trata de tres enunciados que conforman “La gruta de la aurora” y que en esa brevedad que marcamos, sin embargo, dan cuenta de la presencia de un yo que cierra el texto, un tú invocado y una resolución. No son necesarios los nombres, las descripciones extensas. Tan sólo uno o dos adjetivos precisos y acciones puntuales que imponen ritmo para sumergirnos en un ámbito de sueños y. lirismo.
Pero también la minificción dialoga, entabla relaciones de intertextualidad y en nuestro caso, algunos de los textos parecería que intentan apelar no a un sujeto presente sino a aquel otro, el del relato que en algún momento los cobijó. Es el caso del “Tiro al pichón” o la historia de Dino, en “Distancia cero”, o “Arlequín” o ”La Inglesa Bandolera en el caserío de la Confluencia” , por citar sólo algunos. Estos cuentículos –en términos de la autora- fueron abordados previamente en textos más extensos de los que, como unidades en busca de su propia identidad, se desprenden para enlazarse en Luna de agua. Aquí han sido retomados a partir de estrategias propias de la minificción como los datos escabullidos o escamoteados, las elipsis, brevísimas descripciones o en algunos casos, espacios no delineados.
También destacamos la relectura de mitos universales, configurando anclajes íntimos con sus protagonistas, más que con su trayecto narrativo. Tal es el caso de Ariadna, Lilith, Agar, a los que acompañan los mitos más próximos, más ligados a nuestras historias de vida, de pueblo, de barrio, como “La llorona” o “La dama de blanco”. Nuevamente destacamos un contenido recurrente en los escritos de la autora: el lugar para la mujer: madre, hembra, segunda, relegada, luchadora, altiva, realzadas por la prodigalidad estética, el sujeto en primera persona, un toque certero de la palabra..
No es ajena al tono lúdico ni a la ternura (“Luciernagar”, Ocho miradas”) en esos segmentos narrativos quizá con nostalgia de totalidad pero que en su micro hechura requieren, exigen, un trabajo de artesano en el detalle, en lo mínimo y casi desapercibido para un ojo desprovisto de sensibilidad a ello y de atención a la asociación, a la búsqueda, al intertexto, a la ruptura de una tradición de lectura. Porque, conviene insistir en que la lectura de minificción nos exige un estado de alerta, de contemplación como Buda, esto es “despiertos” con la mente y con la emoción ya que raudamente irrumpe un protagonista que, en un instante, en brevísimas líneas se esfuma y puede ocurrir que desaparezca sin haberlo casi advertido.
Otros textos, a su vez, me atrevo a decir que anticipan o se prefiguran como hipotextos de alguna historia que quizá ya esté tomando cuerpo en la mente de la autora y nos sorprenda vestida de novela o novela corta.
En síntesis, Lili Muñoz nos acerca Luna de agua con sus estrategias de metaforización donde deja abierta, como Scherezade en Las mil y una noches: un capítulo más, una noche más, en este caso, metonimia de un todo que no significa incompletud sino plenitud y goce en su figura pequeña, decorada, primorosa y sutil.
Como Arlequín que se menea con su gracia natural a cuestas….


PÁGINA 17 – CUENTO

Temores injustificados.

Por Fernando Sorrentino (Buenos Aires/Argentina)

Yo no soy demasiado sociable, y muchas veces me olvido de mis amistades. Tras casi dos años, en esos días de enero de 1979 —tan calurosos—, fui a visitar a un amigo que sufre de temores un poco injustificados. Su nombre no viene al caso: pongamos que se llama —es un decir— Enrique Viani.
Cierto sábado de marzo de 1977 su vida sufrió un cambio bastante notable.
Resulta que, estando esa mañana en el living de su casa, cerca de la puerta del balcón, Enrique Viani vio, de pronto, una «enorme» —según él— araña sobre su zapato derecho. No había terminado de pensar que ésa era la araña más grande que había visto en su vida, cuando, abandonando bruscamente el zapato, el animal se le introdujo, por la bocamanga, entre la pierna y el pantalón.
Enrique Viani quedó —dijo— «petrificado». Jamás le había ocurrido nada tan desagradable. En ese instante recordó dos conceptos leídos quién sabe cuándo, a saber: 1) que, sin excepción, todas las arañas, aun las más pequeñas, poseen veneno, y la posibilidad de inocularlo, y 2) que las arañas sólo pican cuando se consideran agredidas o molestadas. Con toda evidencia, esa araña descomunal tendría, por fuerza, abundante veneno, y con alto grado de nocividad. Aunque tal concepto es erróneo, ya que las más letales suelen ser las arañas más pequeñas —por ejemplo, la tristemente célebre viuda negra—, Enrique Viani pensó que lo más sensato era quedarse inmóvil, pues, al menor estremecimiento suyo, la araña le inyectaría una dosis de ponzoña definitiva.
De manera que permaneció rígido cinco o seis horas, con la razonable esperanza de que la araña terminaría por abandonar el sitio que había ocupado sobre su tibia derecha: por lógica, no podría quedarse demasiado tiempo en un lugar donde jamás encontraría qué comer.
Al formular esta predicción optimista, sintió que, en efecto, la visitante se ponía en marcha. Era una araña tan voluminosa y pesada que Enrique Viani pudo percibir —y contar— el paso de las ocho patas —velludas y un poco viscosas— sobre la erizada piel de la pierna. Pero, por desgracia, la huésped no se iba: por el contrario, instaló su nido, tibio y palpitante de cefalotórax y abdomen, en la concavidad que todos tenemos detrás de la rodilla.
Hasta aquí la primera —y, por cierto, fundamental— parte de esta historia. Después le siguieron variantes poco significativas: el hecho básico era que Enrique Viani, en el temor de ser picado, estaba empecinado en quedarse estático todo el tiempo que fuere menester, pese a las exhortaciones en sentido contrario que le impartieron su mujer y sus dos hijas. Llegaron, de este modo, a un punto muerto en que ningún progreso fue posible.
Entonces Gabriela —la señora— me hizo el honor de llamarme para ver si yo podía resolver el problema. Esto ocurrió hacia las dos de la tarde: sacrificar mi única siesta semanal me causó un poco de disgusto y lancé diatribas silenciosas contra la gente que no es capaz de arreglárselas sola. En casa de Enrique Viani encontré una escena patética: él estaba inmóvil, si bien en una postura no demasiado forzada, parecida a la del descanso en la instrucción militar; Gabriela y las muchachas lloraban.
Logré mantener la calma y procuré infundirla en las tres mujeres. Luego le dije a Enrique Viani que, si él aprobaba mi plan, en un periquete yo podría derrotar con toda facilidad a la araña invasora. Abriendo muy poquito la boca, para no transmitir el mínimo movimiento muscular a la pierna, Enrique Viani musitó:
—¿Qué plan?
Le expliqué. Con una hojita de afeitar, yo cortaría verticalmente, de abajo arriba, la pernera derecha del pantalón hasta descubrir, sin siquiera rozarla, a la araña. Una vez realizada esta operación, sencillo me sería, mediante un golpe de un periódico arrollado, precipitarla al suelo y, entonces, darle muerte o capturarla.
—No, no —masculló Enrique Viani, en contenida desesperación—. La tela del pantalón va a temblar, y la araña me picará. No, no: ese plan no sirve para nada.
A la gente cabeza dura no la soporto. Con toda modestia, afirmo que mi plan era perfecto, y aquel desdichado, que me había hecho perder la siesta, se daba el lujo de rechazarlo: sin argumentos serios y, por añadidura, con algún desdén.
—Entonces no sé qué diablos vamos a hacer —dijo Gabriela—. Justamente esta noche le festejamos los quince años a Patricia...
—Felicitaciones —dije, y besé a la afortunada.
—... y no puede ser que los invitados vean a Enrique así como si fuera una estatua.
—Además, qué va a decir Alejandro.
—¿Quién es Alejandro?
—Mi novio —me contestó, previsiblemente, Patricia.
—¡Tengo una idea! —exclamó Claudia, la más pequeña—. Llamemos a don Nicola y...
Me apresuro a dejar sentado que el plan de Claudia no me deslumbró y que, por lo tanto, no me cabe ninguna responsabilidad en su ejecución. Más aún: me opuse a él con energía. Sin embargo, fue aprobado calurosamente y Enrique Viani mostró más entusiasmo que nadie.
De manera que se presentó don Nicola y, de inmediato, pues era hombre de escasas palabras y de muchos hechos, puso manos a la obra. Rápidamente preparó argamasa y, ladrillo sobre ladrillo, erigió en torno de Enrique Viani un cilindro alto y delgado. La estrechez del habitáculo, lejos de ser una desventaja, permitiría a Enrique Viani dormir de pie, sin temor a caídas que le hicieran perder la posición vertical. Luego don Nicola revocó prolijamente la construcción, le aplicó enduido y la pintó de color verde musgo, para que armonizara con el alfombrado y los sillones.
Sin embargo, Gabriela —disconforme con el efecto general que ese microobelisco producía en el living— probó sobre el techo un jarrón con flores y, en seguida, una lámpara con arabescos. Dubitativa, dijo:
—Que por ahora quede esta porquería. El lunes compro algo como la gente.
Para que Enrique Viani no se sintiera tan solo, pensé en colarme en la fiesta de Patricia, pero la perspectiva de afrontar la música a que son aficionados nuestros jóvenes me amedrentó. De cualquier modo, don Nicola había tenido la precaución de confeccionar una diminuta ventana rectangular frente a los ojos de Enrique Viani, quien así podría divertirse contemplando ciertas irregularidades advertibles en la pintura de la pared. Viendo, pues, que todo era normal, me despedí de los Viani y de don Nicola, y regresé a casa.
En Buenos Aires y en estos años, todos estamos abrumados de tareas y compromisos: lo cierto fue que me olvidé casi por completo de Enrique Viani. Por fin, hará quince días, logré hacerme de un ratito libre y fui a visitarlo.
Me encontré con que sigue habitando en su pequeño obelisco y con la novedad de que, en torno de éste, ha estrechado ramas y hojas una espléndida enredadera de campanillas azules. Aparté un poco el exuberante follaje y logré ver a través de la ventanita un rostro casi transparente de tan pálido. Anticipándose a la pregunta que yo tenía en la punta de la lengua, Gabriela me informó que, por una suerte de sabia adecuación a las nuevas circunstancias, la naturaleza había eximido a Enrique Viani de necesidades físicas de toda índole.
No quise retirarme sin intentar una última exhortación a la cordura. Le pedí a Enrique Viani que fuera razonable; que, tras veintidós meses de encierro, sin duda la famosa araña habría muerto; que, en consecuencia, podríamos destruir la obra de don Nicola y...
Enrique Viani ha perdido el habla o, en todo caso, su voz ya no se percibe: se limitó a negar desesperadamente con los ojos.
Cansado y, quizás, un poco triste, me retiré.
En general, no pienso en Enrique Viani. Pero, en los últimos tiempos, recordé dos o tres veces su situación, y me encendí en una llama de rebeldía: ah, si esos temores injustificados no fueran tan poderosos, ya verían cómo, a golpes de pico, tiro abajo esa ridícula construcción de don Nicola; ya verían cómo, ante la elocuencia de los hechos, Enrique Viani terminaría por convencerse de que sus temores son infundados.
Pero, después de estos estallidos, prevalece el respeto por el prójimo, y me doy cuenta de que no tengo ningún derecho a entrometerme en vidas ajenas y a despojar a Enrique Viani de una ventaja que él mucho valora.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Ana María Intili (Lima/Perú)

LUCHA CON LA PALABRA

Eres
el único poema
Con los brazos extendidos
Mirando hacia
explorando hacia
Buscando mis besos
Mis palabras bañadas
de semen o de sangre

Pretendes
descubrir mi aurora
Mis velos nocturnos
Mientras tus ojos
Buscan
El pan
El único pan que compartimos
Cada mañana

PARA SER CANTADA

Tengo que danzar
Alrededor
De tus palabras
Sorteando tu aliento a barbarie
Lascivia
Que descubre mi atardecer
Mi boca húmeda
Mis pasos hollando la historia
La triste historia
Que iniciamos
una mañana
cuando juntos
atamos nuestro clamor
barcaza a la deriva
búsqueda inútil
sueño engomado
moscascas pastando cada aurora
cada plato
cada sábana
al despertar ignorando el
sol que nos cubre
porque solo existimos para ser cantadas

CÓMPLICE

Eres mi última morada
Allí
Donde dejo mis
Atavíos
Donde mis huesos se funden
En cada una de tus miradas
Donde me has hecho
Sentir
Toda la luz
Del día
Sorber
Gota a gota el caudal
Oculto
De tu humildad/deseo doliente
Guerrero
Escondido entre papeles
Degustando
Cada uno de mis poros
Puñado de poemas
Escondidos entre las hojas
De la enorme selva/tierra húmeda
Que hemos de atardecer
Si tus ojos
Expiran la cárcel
Del silencio

TERRITORIO

Pronto
Seré tu último valle
Que atravieses
Llevando un canasto
De frutas frescas
Palpando mis senos
Junto a la noche
Pastando el mundo
Que sepultamos
El que dejamos atrás
Cuidando nustras manos
Siempre tibias
Que acarician uñas y pelos
Beber el goce
Durazno ardiente
Veneno fogoso
Junto
Al territorio bañado
En las aguas sagradas
Último valle
Que nos cobija


PÁGINA 19 – CUENTO

La Falsa Ciudadela del Recuerdo

Por Alejo Urdaneta (Caracas/Venezuela)

En un momento puede contemplar la explanada del mar, eterna, igual siempre y siempre diferente. Contempla el mar y ya no lo ve de la misma manera: algo en la densa liquidez ha cambiado. Es un fulgor nuevo, una radiaci6n inesperada, el vapor que sube de alguna voluta de agua o la sombra que espesa la cumbre de la ola con el aletazo de un ave. EI mar no es ya siempre igual, ya no es eterno. Y observa entonces lo que no es el mar pero que lo magnifica. Siente que el océano es enorme porque lo imagina así, y esta dispuesto a comprobarlo. Vuelve la mirada y analiza, a poca distancia, a un conjunto humano que danza en frenético seguimiento de los tambores que otro pequeño grupo hacen sonar. Ya no es el mar el que absorbe su atenci6n sino ese conjunto de hombres que hace la adoraci6n del mar. Se acerca a ellos y es así un espectador asombrado ante el delirio de las sombras. Todos remueven sus instintos y siguen al conductor de la danza, un hombre de aspecto descuidado (tal vez así lo quiere), con los ojos enrojecidos por el alcohol o la pasión que intencionalmente despierta en SI mismo para comunicarla a los danzantes y a los tamboreros. El batir de los instrumentos crece, crece, se hace intenso y más ágil y apremiante; y crece el furor del conductor, que mueve su cuerpo en procura de goces nuevos para los que bailan cada vez mas contagiados por el seco golpe repetido en las olas rabiosas. La tarde se ha hecho rojiza y el mar la ha imitado. En los cuerpos que bailan se reflejan destellos del mar, o serán los ojos del delirante jefe los que proyectan hacia los danzantes la furia de su incontinencia. El paroxismo de la escena ha impresionado a este espectador que contemplaba desprevenido la explanada eterna del mar. Decide alejarse para serenar los nervios. Quiere comprender y dar un sentido al ritual de fiebre que ha presenciado. Camina por el borde de la playa, entre algas podridas y caracoles abandonados. Es la sombra de su cuerpo la que lo sigue mientras escucha todavía el lejano retumbar de los tambores. Se 1e vuelve y contempla, ya lejos, las figuras manchadas de oscuridad que afuera se mueven. Pero ya no siente el frenesí que antes causo su impresión mayor. Ahora parecen marionetas que las nubes manejaran en su deshilachada danza. Porque las nubes se hacen rojas formas que también danzan, ahítas de sal y repetición. En su camino encuentra alguna pareja que se cruza con el, y saluda algún silencio que le devuelve el mar. Pero no tiene otra compañía, solo la imagen que dejo atrás, ya borrada de su visión. Alcanza una arboleda que protege las casas cercanas a la playa del oleaje y la marejada. Son arbustos diseminados en una corta extensión y que le ofrecen abrigo. Se acerca a la arboleda y busca asiento. Esta ahora pensativo, puede estarlo frente al mar ensombrecido y rumoroso, con la única compañía de sus pensamientos y la imagen del batir de los tambores y el movimiento de los cuerpos acrecentado por la fuerza de los ojos del conductor frenético. La algarabía del mar que exalta su imaginación lo devuelve a otros pensamientos: una tranquila estancia montañosa, una mesa de escritorio cubierta de libros, un busto de Aristóteles, una idea que no puede definir. (Toma un libro y lee: "Separar con mana sabia y afortunada el conocer y crear ( ... ) pero si el crear era de dioses, el conocer era de héroes, Y era ambas cosas, dios y héroe, aquel que creaba conociendo!... La voluntad de lo difícil...:). Dejo la lectura y abandono el libro sobre la mesa escritorio. Podía aproximarse a la ventana y contemplar el vasto silencio de la montaña. Sentir el refugio que le brindaba la grata temperatura de la sierra, distante del bullicio humano 0 de algún espasmo de la naturaleza (el mar era un maravilloso espasmo-espuma de sangre y algodón ... ). La algarabía del mar en la sombría tarde le confunde los pensamientos: conocer, crear. Creaban los danzantes? Conocían sus impulsos? Dormitaba en un corto céfiro y no sabia si estaba en la montana 0 en el mar.
La despertó un desasosiego. 0 algún ruido extraño en aquel rumor de viento y agua oceánica le hizo ver distintos sueños. Camino entonces abandonando su pequeño refugio de playa y dirigió sus pasos hacia las casas próximas. Algunas estaban iluminadas sin estridencia. Sus moradores harían los quehaceres de rutina después de un día de sol. Tendrían cansado el cuerpo y saciado el instinto. Esta frente a una ventana y observa al hombre que había visto en 1a danza como conductor de aquellos posesos, ahora en actitud de meditación, frente a una mesa llena de libros. La estancia es la misma que trajo a su imaginaci6n un poco antes. Hay un busto de Arist6teles y se presiente una idea indefinida. Reflexionaría no tienen sus ojos la lujuria que en la tarde hacia danzar en locuras infinitas a los seres que seguían su incontinencia. Lo contempla con el mismo asombro que le produjo antes la visión de la danza. Parece que hace un holocausto para lavar pasiones, 0 invoca un perdón.
El aturdimiento, como un fue no, lo devuelve a imágenes distantes.
Esta de nuevo en el aposento recogido de la montaña. Ali hay pensamientos confusos, hay suscitaciones extrañas que distorsionan el entorno y lo hacen diferente: algo místico es esa neblina que se cuela por la ventana, y algo inexplicable el silbido del viento (Único rumor en la estancia). Pero esta el que sí existe y puede afirmarlo. Y sin embargo el oleaje del mar pone una duda y lo hace vacilar: conoce el sentido que ha dado a su permanencia en la playa y sabe que ahora el mar no es eterno ni es siempre igual. Una vez suena como el viento en la sierra, otra hace el graznido de la gaviota. Y ni el esta ausente de la lujuria que cre6 un torbellino de tambores, como tampoco el danzante puede despedirse fácilmente de su anhelo de conocer mientras crea algo sinuoso, tentador, con sus brazos de selva, sus ojos de locura.
La noche ha avanzado y el esta pleno de pensamientos. Busca un goce que acople la inquietud que lo posee con el monótono rumor del mar. Podría beber un trago de alcohol pero eso no lo aliviara. Y decide caminar hasta que la aurora lo despierte. En el transcurso sentirá la lluvia, el viento fuerte sobre las palmas y los techos temerosos, el fulgor del faro lejano, el adi6s de todos los barcos. Los primeros albores lo hallaran desnudo, bailando con el mar que siempre es reposado en el amanecer.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Fabricio Estrada (Francisco Morazán/Honduras)

THYMOS

Dame más tiempo vida…
(Roberto Monzón)

Dame más tiempo, palabra,
el viento me apaga cuando me enciendes
y una extraña raíz
crepita profunda sin mostrarme su fuego.

Dame más tiempo, palabra,
el silencio y su herrumbre
no mellarán tu filo:
serás de nuevo la hiedra,
aguarda,
el principio y la magia,
aguarda,

no me hagas tomar el lápiz
tan sólo para clavarlo despacio
en mi garganta.

CAMPANAS PARA UN ÁNGEL

Cuando era un ángel
las campanas sonaban más alegres,
la naftalina flotaba en el aire
y un velo blanco adornaba en la prisa
el altar con flores del patio
y jarrones prestados.

Aquel niño muerto
no tenía foto para su vela,
ni anécdota, ni sobrenombre,
era un ángel, nada más,
un soplo de polen que vagaba hacia los ojos
para hacerlos llorar.
Acompañarlo traía buena suerte,
soñarlo, dinero...
Bastaba un hombro para cargarlo
y nueve meses bien amados para olvidarlo.

Cuando un ángel moría,
los niños jugábamos al entierro
sembrando cigarras bajo el mango.

MENSAJE EN UNA BOMBILLA

Por elección o exilio,
a la luz hay que ir
para quemarse,
horca radiante
en la que se muere iluminado.
Por elección o exilio,
fugaz como el sol de las cinco
a la luz hay que ir
para quemarse, las alas
el deseo nómada
el complejo de avestruz
de tubérculo sabio
de cofia.
Por elección o exilio,
a la luz hay que ir
con los ojos en blanco,
cegados en la llama,
carbonizados
por las chispas del vuelo.

KINSHASA MEMORIES

Vuelvo a Kinshasa, mi amor,
dulce paranoia que repito
en cada vuelo que regresa desde el sueño al día.
En pleno goce del clima
percuto sobre el tambor del verano
y clavo en las paredes, con lanzas,
mi colección de pájaros humana.

Supura el sol, enfermo,
la aldea crece y se consume a sí misma,
nada desconocida a mis ojos,
babel de termitas o estatua de polvo,
pero feliz la mirada por volver a vos,
oh abandonada...
Tu pelo revuelto y medusa
envenenándolo todo,
el asedio del incendio
y el pánico del amante presa del deseo
inocultable en los parque calcinados,
en los hoteles destruidos,
en el delirio de la ceniza que hace las veces de nieve.

Estoy de vuelta, amor mío,
amaestrado en tu aro de fuego,
como el dulce paquidermo de la amnesia
te saludo, oh Kinshasa,
Serenísima,
Capital Augusta de la América Central.

II

En kinshasa no queda lluvia.
La tribu perfora los cerros y busca los odres
-que dicen- yacen repletos bajo el suelo.
Así, pierden las manos y el sueño,
abren enormes surcos,
señalizan con huesos y mascan raíces
hasta dejarlas resecas.
Un constante zumbido es la palabra
y la aldea crece en octágonos incontenibles,
en un andamiaje feroz
donde guardan la breve historia de su tiempo.

No pasa nube en Kinshasa,
tan sólo, un interminable temporal de langostas
que se encarga de arrasar las techumbres
y a las precarias flores
que todos dan por llamar esperanzas.


PÁGINA 23 – CUENTO

Una razón de ser.

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe/Argentina)

Ocurrió, cuenta Williams con voz ligeramente melancólica, en ese paisito a punto de caerse del mapa, meses después de que fracasaron las investigaciones y los cateos hechos en el extremo sur, donde “seguro”, según afirmara el magnate francés, iban a encontrarlo, pero no pasó así. Por el contrario, por más que perforaron y perforaron e hicieron relevamientos satelitales no apareció ninguna gota negra y oleosa, ni el menor rastro del ansiado petróleo. “Nada - le dijo compungido el ministro al líder mientras, temblando, le entregaba la renuncia - sólo agua”. El agua también tiene su valor, le contestó el líder tratando de recuperar parte del ánimo, y del gasto, perdidos, “pero no cuando contiene cianuro, como la nuestra”, tuvo que aclarar en un hilo de voz el ministro renunciante en tanto pensaba si podría salvar a su familia dado que a él, por lo menos, menos de diez años de mazmorras no le iban a tocar.
Siempre y cuando el líder estuviera de buen ánimo.
Y fue también después, añade Williams, que pese a estar retirado sigue atento a los vaivenes de este mundo, que fracasara lo del príncipe y lo de la hija del líder. Lo del príncipe, la verdad, no iba a darles al paisito, su líder y su corte, dinero contante y sonante, salvo para ser vendida la historia a “Hola” y semejantes que hay en el orbe, porque el príncipe, y ahí sí Williams admite que tuvo su intervención, llegaba con blasones pero sin dinero, perdido por algún abuelo aficionado al turf, por algún padre aficionado a las bellas damas del siglo pasado, duras, inflexibles y viciosas de los diamantes.
Pero el príncipe podía atraer inversiones y turistas. Sin embargo no fue, no pudo ser, se lamenta Williams aún hoy, dado que no bien el príncipe llegó a esas distantes tierras y se puso a observar y justipreciar lo que había y, especialmente, todo lo que faltaba, y sintió el calor y el hedor y vio en primer plano las masas sudorosas extendiéndole sus manos, no sabía si para tocarlo o para pedirle limosna, y después de auscultar en primerísimo primer plano la verdad de la hija que no era la otra verdad retocada, la de las fotos y la de la filmación hecha con filtros, pegó la media vuelta y sin dar demasiadas explicaciones regresó en el mismo avión que para fletarlo el país entero debió pagar un platal y que significó otra renuncia ministerial y otro ingreso a las mazmorras.
Es cierto que el líder había pensado que con el príncipe podía llegar el turismo y al turismo siempre se le puede vender algo, artesanías y platería y viajes en burro y montañas y pasto y algo de mar, porque algo de mar, no demasiado templado y no demasiado extenso y sin infraestructura, después de todo tenían. Pero sin príncipe, a olvidarse de los turistas y a buscar otra cosa. Porque más cambios de gabinete no podía hacer y si bien la última reforma de la Constitución le permitía postularse a la enésima reelección, debía pasar por el incordio de los comicios. Y no siempre se puede, decía el líder mientras movía sin ganas las piezas de ajedrez y esperaba que su contrincante, el entonces cónsul Williams, le diera alguna otra buena salvadora idea.
Porque en el extremo sur del país perdido, justo al lado de dónde había salido agua envenenada en vez de petróleo, empezaron a abrirse las bocas para expresar, ay de mí, quejas. Y en el extremo norte, en el límite con el desierto, hubo también rechinar de dientes y las rutas, de súbito, como por milagro, empezaron a ser cortadas, primero por grandes árboles que la atravesaban, después por gente, concreta gente que al parecer algo le provocaba descontento, como si se hubieran puesto piedritas en sus viejas zapatillas para generarse dolor y protestar.
Y difícil ganar las elecciones si hay que mandar exceso de reses al matadero.
Williams permanecía silencioso, avanzaba las piezas del ajedrez con lentitud, hablaba de los cañones que les dimos y de las camionetas y de los fusiles que con tanto esfuerzo les conseguimos, me parece que con eso alcanza. Pero el líder, que conocía el suelo nativo, no las tenía todas consigo. A un ministro lo terminaban de hacer callar de un tomatazo y el propio arzobispo debió interrumpir una misa donde había exhibición de sables y condecoraciones porque se escucharon silbidos, reproches y uno que otro explosivo suelto.
- Así no llego-, le admitió compungido y, para que Williams comprendiera la seriedad de la situación, dio por terminada la partida.
Esa noche el cónsul no tan honorario durmió mal porque comprendió que era su responsabilidad. Lo propio, lo que dicen los manuales de historia, es el salto hacia delante, pero el cónsul recordó que la historia reciente mostraba a los coroneles griegos impacientes por invadir Chipre y al general argentino del whisky en la mano impaciente por invadir Malvinas, él aún les dice Falkland porque es de la estirpe de los cónsules que no se equivocan, y recordaba con claridad los resultados que tuvieron ambas artimañas. Ello lo llevó a colegir que, de ser salto hacia delante tenía que tratarse de algo diferente, de algo un tanto más original.
Pensó mucho, cuenta hoy Williams con evidente nostalgia, consultó en su computadora personal, buscó en archivos polvosos y en otros, más recientes, se pasó en vela la larga madrugada hasta que, un aviso mínimo y en inglés, le dio la pista: Un avispado norteamericano vendía lotes en la luna porque ninguna ley se lo prohibía. Y había quienes compraban, porque tampoco las leyes prohibían la estupidez humana.
Después de todo… se dijo el cónsul y a primera hora de la mañana, con su primer whisky ingerido para entonarse, fue y tocó el timbre en el Palacio Presidencial. Llegó sonriente, amplio de gestos, diciendo incluso algunas palabras en el idioma nativo, lo cual lo hacía saludablemente gracioso y por eso las pronunciaba mal, para que el efecto cómico se acentuara.
- Después de todo… Y lanzó su propuesta: Una batalla pero sin sangre, una acción nacional a futuro, una especie de reclamo de espacios vitales que a nadie molestara. “Habrá protestas”, dijo el líder. Las habría, ellos mismos pondrían el grito en el cielo, ellos, su propio país, por supuesto que sí, pero en definitiva sería como discutir el sexo de los ángeles.
- ¿Y usted cree que con eso será suficiente?
Suficiente, al menos, para ganar las elecciones. Sí, pensaba que sí, si el líder hacía el gasto suficiente. Vale decir, si cubría el país de punta a punta con consignas y carteles, con gorritos y banderitas, sí, si lo transmitía con convicción y justeza. No hoy, no mañana, pero será a partir de ahora nuestro sueño. Cosas de esa clase.
- Se van a reír.
Se reirían y burlarían, pero qué importaba. Bastaba con que se buscara un joven emprendedor, que lo exhibiera como su ministro, justo él tenía su candidato, que contratara técnicos y publicistas y que vendiera la idea. “Haga de cuenta que es pasta dentífrica, o una nueva gaseosa que pone en circulación”.
Entonces, en el magno lanzamiento de su enésima candidatura, ante miles de entusiastas llegados de todos los rincones de la patria, con el claro y fácilmente identificable dibujo del planeta Venus (porque la Luna imposible y porque Marte era el objetivo elegidos por quienes de verdad podían llegar allá), en banderas y pancartas el líder dijo: “Lo reivindicamos como nuestro, será para nuestros hijos, será nuestro dream”. Y las masas que entendían poco igual aplaudieron y vivaron, porque la propuesta como original era original.
El ministro ungido, joven, recibido en Chicago, simpático y arrastrando el idioma nativo de una manera parecida a la forma de hablar del cónsul, se hizo retratar entre banderas y fotografías de cohetes espaciales, de transbordadores, de cosmonautas ajenos. “Ya tendremos los propios”, aclaró. Y anunciaron sus propósitos en distintos lados, pese a protestas formales y reclamos en las Naciones Unidas, “a dream is a dream”, dijo el ministro, explicó y se reiteraron las banderas, las pancartas, las consignas y quienes en el suelo nacional empezaron a criticar la propuesta recibieron el mote de infames traidores a la Patria y conocieron el pétreo suelo de las mazmorras.
Que pidan Venus no molesta a nadie, explicó el cónsul por su teléfono encriptado, no se preocupen, debió agregar, ganamos las elecciones y ya está. Hablaba en plural porque el suelo nativo se le colaba en la sangre, como se le colaba una casquivana mulata nativa, cosas que suelen ocurrir.
Y, tal cual, con Venus en las pancartas y en simpáticos sombreritos de cartón, en carteles multicolores y en slogans que aparecían entre telenovela y telenovela, con las voces ariscas –que nunca faltan porque no todo es felicidad en la vida- acalladas, las cosas volvieron a su cauce, al menos en los meses cortitos que duró la arrolladora campaña electoral en la que hubo zapatillas y pelotas de fútbol, sonrisas de dentífrico y el futuro provisorio descrito ante las masas sudorosas, las zanjas abiertas, el agua servida, las ropas vuelta andrajo, que fueron convenciendo a unos y a otros porque el futuro, que tenía forma de cohete espacial, estaba no más al alcance de la mano de cada uno.
Fue así que el líder volvió a ganar ante dos débiles rivales (uno, arrinconado, apenas si pudo votarse a sí mismo, el otro, alentado, recibió algunas diputaciones, algunas concejalías, algunos coches relucientes, algún viaje al Caribe) y fue devuelto en alas de gloria al Palacio Presidencial.
A los días ya agonizaban los carteles que, pegados a los murallones, decían que Venus era el objetivo a conquistar. A las semanas no había ni rastros de la campaña y de la propuesta de llegar alguna vez “para hacerlo nuestro” al por ahora inabordable planeta no quedaba nada, con lo cual el plan simple y sencillo del cónsul no tan tan honorario demostró su eficacia y Williams se sintió reconfortado, especialmente cuando recibió felicitaciones del Propio Verdadero Presidente. “¿Ya está?”, se limitó a preguntarle y Williams, con indisimulable sonrisa, asentía enmudecido de emoción ante el teléfono satelital.
Todo, salvo el pequeño detalle de la placa que, en un rincón del Palacio Presidencial, deslucida porque nadie le pasaba un paño, anunciaba que en ese ala se encontraban las oficinas del “Ministerio de Venus” al que, puntualmente, día tras día, llegaba el joven ministro designado, joven y ambicioso, joven y educado en Chicago, quien seguía haciéndose conducir de su casa al Palacio, utilizaba el teléfono celular, se hacía servir café y continuaba preparando memorandos que enviaba al líder con puntualidad anglosajona y que el líder ni se dignaba mirar, como a tantas otras cosas.
La perturbación de apenas una olita en el mar.
Ocurrió esta vez, recuerda Williams siempre sin ocultar su nostalgia, en el otro país, en el que sí contaba, que el Propio Verdadero Presidente un día de estos, mirando el cielo, oteándolo con telescopio porque en el fondo del corazoncito patriótico se decía “en algún momento, hijo mío, todo esto será tuyo”, ubicó, diminuta y esbelta, pequeña y coqueta, casi haciéndole un guiño mágico desde la distancia, a Venus. Sí, a la misma Venus. Y sintió un vuelco en el corazón.
Tomó su celular encriptado y llamó al jefe de las expediciones interespaciales y después de preguntarle por su esposa Jane y sus hijos Bill y Cinthia y cómo le había salido esta vez la tarta de arándanos le dijo, se miraba las uñas, se aplastaba el pelo, que lo mejor era olvidarse de Marte, que ahí la tierra era demasiado roja para su gusto, que había calor y ninguna esperanza de vida, que por qué no cambiar, vida es cambio permanente, y le sugirió, con la amabilidad de quien sabe que sus sugerencias tienen que ser tomadas como órdenes, que pensara de aquí en más en Venus, “nuestro nuevo objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser”.
John, que era el esposo de Jane, y el padre de Bill y Cinthia y el amante de Patricia, pero para qué fijarse en este detalle, y que no había digerido bien la tarta de arándano, pero eso tampoco figurara en su biografía autorizada, y que venía de superar cuatro presidentes y cinco by pass, dijo sólo “comprendido” e interpretando como nadie la palabra del Propio Verdadero Presidente ordenó de inmediato la impresión de afiches y pancartas, de stickers de campaña, con el slogan “Venus, nuestro objetivo, nuestra bandera, nuestra razón de ser” y ordenó, también, el cambio de programas y la instalación de otros software en las supercomputadoras del Centro Espacial.
Lo cual, tratándose de un nuevo capricho imperial tipo huevos de Fabergé, no tendría la menor importancia, vientito que se levanta de pronto y que de pronto se apaga, pero ocurrió que la noticia, como tantas otras, llegó también al paisito que casi se caía del mapa y en el mal momento en que las masas sudorosas comenzaban a rascarse y a quejarse porque les picaba otra vez las molestias de los sueldos inexistentes y del hambre omnipresente, demostrando carecer totalmente de originalidad.
Que fue cuando el joven ministro, el ambicioso, el que se la creía, el olvidado además, dijo “¡No puede ser!” (y se dijo, ésta es mi oportunidad, pero esta última frase no figura en su biografía autorizada que presumimos nunca será publicada) y arrastrando los signos de admiración por todo el Palacio Presidencial llegó hasta el área restringida do moraba el líder, sumido para peor en agoreros pensamientos.
“!Mire lo que lo ocurre, fíjese en lo que nos quieren quitar, recuerde sus palabras y promesas, no lo permita!”, le espetó entregándole las copias de las primeras planas de los diarios de la Tierra Que Sí Importa en la que figuraban, en letras de gran tipografía, los Imperiales Planes que apuntaban a Venus. “¡Y Venus es Nuestra!”, no pudo dejar de gritar el joven impetuoso, quien comenzó también a hablar con mayúsculas.
El líder lo miró primero sorprendido, después con desconfianza, en tercer término observó a los que, serviles, lo rodeaban para adularlo y obtener prebendas, pero cuando los guardias parecían a punto de avanzar sobre el joven ministro para sacárselo del medio, hizo un gesto para detenerlos. Y de inmediato ordenó que lo dejaran a solas con el impetuoso que no podía mantenerse quieto.
- Escucho-, dijo (error, error) el líder.
Y el joven le habló de la Historia y de la Patria, de la Bandera y de Las Sacrosantas Tradiciones, le habló de la marcha triunfal de los pueblos y de las reelecciones inmortales. Usted, dijo finalmente temblando (y a lo mejor, aunque esto huele a calumnia, pensando en que se lo veía, al líder, un tanto viejito, que quizás hubiera que pensar en algún otro, joven, impetuoso, para reemplazarlo), es el Líder Carismático, no puede permitir… Y su voz se ahogó en llanto.
Y el Líder Carismático se vio ungido en Majestad. Y efectuó las convocatorias.
Y la Asamblea de los Representantes se reunió y emitió un bando que dijo “No lo podemos permitir” y los sindicatos y las amas de casa y los campesinos furiosos salieron a las calles con pancartas, banderas y redoblantes repitiendo la consigna “No lo podemos permitir”. Y reapareció Venus en la televisión estatal y en las frases publicitarias de la radio, en los carteles pegados en las calles, en los grafittis que las masas espontáneas escribían con extrema prolijidad y dibujos gigantescos en los lugares permitidos. Y en todos lados, en las mansiones de los dueños de la tierra y de la vida y en las casas más miserables del poblado más olvidado, reapareció Venus, joven y alentadora, bella brillando en la noche, y al lado el slogan patriótico, levemente modificado: “No lo vamos permitir”.
Y el Líder Carismático, tal su nombre actualizado, al que además se le habían incorporado las mayúsculas, ordenó a sus embajadores en las Naciones Unidas, en la Fao y en la UNESCO, en el ALCA y en el Banco Mundial, en el FMI y en los países que quieren tener petróleo pero pobrecillos eso no les ocurre (póngase aquí la sigla correspondiente), que hicieran las correspondientes presentaciones, siempre bajo el eslogan, ay, triste de ellos, “No lo vamos a permitir”.
Williams, que padecía sus hemorroides y sus males de amores porque la morena nativa le mantenía cerradas sus puertas (ellas pueden hacerlo, aun en las mejores novelas), se demoró en atender el teléfono –satelital, encriptado- porque eran las cuatro de la mañana y él dormía la mona aturdido por los whiskys, el calor y el esplín, pero cuando pudo conectar su cerebro confundido con el auricular escuchó del otro lado, lejana pero inconfundible, la Voz. Queremos decir: la Verdadera Voz. La del Mismo Mismo. Que lo llamaba indignado, con todos los cables cruzados y más que enojado dado que Diana le sirvió medio cruda la tarta de arándanos.
Williams, a pesar de los whiskys y de las humillaciones del amor mal correspondido, de lo siniestro de la hora y de la soledades del Trópico, entendió. Y luego de un baño (y de otro whisky), oliendo a colonia salió de su casa de las afueras y se dirigió al mismísimo Palacio Presidencial, do irrumpió cuando no eran ni las cinco de la mañana.
Por supuesto que se demoraron en atenderlo. Por supuesto que el Líder Carismático dormía el sueño de los justos y por supuesto que en consecuencia más se demoró en recibirlo. Sin embargo hubiera sido mejor para todos la prisa y no la pausa, y mucho menos los carteles reivindicativos que a largo de su viaje a Palacio fue viendo Williams. Venus, esa obsesión nativa. Esa confusión, ese error.
Porque el que había comido la indigerible tarta de arándanos, entre sapos y culebras transmitidos por el eficiente teléfono encriptado, también le había dicho que la terminaran. En otro idioma, pero igual, traducido: que la terminaran en tres minutos dos quintos a partir de este momento. Y que ya los misiles intertricontinentales y los satélites con sus bombas neutrónicas y los cazabombarderos supersónicos y las fragatas y los cruceros estaban dispuestos todos, apuntando al paisito que se caía del mapa, por si no cambiaban de opinión.
Williams, y no por falta de aire acondicionado, sudaba lo suyo. El Líder Carismático, que comprendió la importancia del asunto y también que había llevado demasiado adelante su juego, comenzó a temblar. Pero no así el joven impetuoso, que se paseaba como león enjaulado en la sala contigua, mientras escuchaba la conversación privada que nunca debió llegar a sus oídos. Pero la historia nunca es como te la cuentan.
Y ocurrió que cuando el Líder Carismático estaba a punto crema de caer abatido en forma definitiva, irrumpió en la sala el joven impetuoso, gritando, alzando los brazos, nimbado de Heroicidad, obligando a que Williams cesara con su prédica, “sólo estoy tratando de evitar la catástrofe, haciendo lo mejor para todos”, trató de explicarle pero en vano. El joven exigió que se fuera, ya mismo, del Palacio Presidencial, y haciéndole ver al Líder Carismático que en verdad no veía nada salvo los superbombarderos supersónicos en acción, cuál debía ser su Papel En Este Momento De La Historia.
Y eso que De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, habían hecho la película, De Niro consejero presidencial, Dustin Hoffman productor de cine que debió inventar una historia falsa aunque después se la creyó, trató de mantenerla viva cuando ya estaba muerta. Y así le fue.
Williams quiso decir eso, todo eso, pero no lo dejaron. Salió, meneando la cabeza, arrastrando los pies, pensando en cómo convencer a la morena nativa que se fuera con él en el avión que, previsoramente, había ordenado que lo esperara en el aeropuerto internacional con los motores en marcha. Cónsul sí, tonto no tanto.
Ya se sabe lo que ocurrió, agrega Williams acompañando sus palabras con un leve suspiro, salió en todos los diarios, apareció en todos los noticieros de la televisión, se mezcló entre las tandas publicitarias en las radioemisoras, nadie, en el mundo globalizado, dejó de enterarse sobre lo que estaba pasando en el paisito que de pronto reingresó al mapamundi en esos momentos en que, no hubo más remedio, debieron enviarse tropas para terminar con la dictadura oprobiosa y devolver luz a un pueblo aplastado por las sombras.
Que cayeron algunas bombas, cayeron. Que hubo muertos, los hubo. Que no se entendió bien qué pasó con el tesoro nacional y con la concesión de tal lugar y aquel otro tema que en una de las reuniones y que con las promesas que se hicieron que temblaron las paredes y que las madres huían desesperadas con sus hijos en brazos sangre sudor y muchas lágrimas, pozos con centenares de cadáveres incendios y cráteres de las bombas hambrunas y actos de canibalismo máquinas destrozando viviendas y que se hicieron llamamientos últimos y amargos, incendios, incendios, y que no hubo razón de ser y que las penas y las vaquitas se van por sendas, sí, es cierto. Pero ahora hay, por así decir, otro aire.
No hay, es cierto, más Líder Carismático. No hay, es cierto, un cónsul tipo Williams dispuesto a contar la película de De Niro y Dustin Hoffman, juntos son dinamita, a quien, dicen o más bien murmuran por estos pagos cuando se cree que nadie escucha, que se lo extraña un tanto, porque se había aclimatado, porque con él se podía conversar y hasta hacer algunos chistecillos, bromillas que el Actual Gran Inquisidor no las permite. Además no hay nativo alguno que se le pueda acercar a menos de un kilómetro de distancia.
El Actual Gran Inquisidor vive en la parte que quedó sana, libre de escombros, de lo que fue el Palacio Presidencial. Es lo que más se pudo recuperar, uno de los viejos edificios que quedó, relativamente, en pie. El resto, ya se sabe. De los terremotos no se regresa tan rápido.
Y así las cosas. Calles despejadas, barricadas en las esquinas, helicópteros a cada rato, raíds nocturnos, alarmas y sirenas que suenan a cada rato. Una morena que suspira mientras envejece porque, ay, en el último momento decidió quedarse.
Y nada más, ni un rastrito de lo que fue. En Palacio persiste una parte de la oficinita que, ¿recuerdan?, ocupaba el joven impetuoso. La están restaurando, quedan restitos, un tornillo flojo, un cuadro sin foto, el rectángulo de un afiche en el que se leen las letras DEMOS PERMITI, un resto de placa en la que se leen las también extrañas letras MINI VEN, que por supuesto nada dicen.
Y, por cierto, detalle final, de los diccionarios y los cuadernos de los chicos (en los lugares donde se han vuelto al dictado de clases), de lo que se puede leer por Internet (los escasísimos nativos que, todo el mundo necesita colaboradores, tienen acceso a ella), de lo que sale por la televisión, que se corta a cada rato, y lo que se dice por radio, de lo que sale en el único diario permitido, hay una palabra prohibida. Prohibidísima. Ustedes saben a qué nos referimos.
Ni nombrarla, ni pensarla, ni nada ni nadie. Disolución del pasado.
Y eso es todo, afirma Williams sin poderse quitar del todo el rostro lejano de la morena perdida, aparte de desmentir que de tanto en tanto, entre las sombras, arrastrándose y replegándose, subiendo y bajando para que nadie los vea, aparecen esos fantasmas que vuelven a dibujar a la casquivana, a escribir “es nuestra”, a prometer que están dispuestos a seguir ¿soñando? ¿luchando? ¿qué?
Vale decir, que nada de eso ocurre porque sencillamente, aclara Williams a sus contertulios en las tardes lluviosas y melancólicas, hace un raro gesto que no termina de interpretarse, nada de eso, repite, puede ocurrir.


PÁGINA 24 – ENSAYO

La poesía y el hombre, un ensayo eterno. 

Por Héctor Berenguer (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El destino de los pueblos está regido por las formas de sus pensamientos y sentimientos, ellos interactúan modelando su imaginario colectivo. Esa fuerza genera formas nuevas y con ellas produce sus propias circunstancias de organización social. Los pueblos, no son entes abstractos, son seres humanos que en una constante interacción con su medio ambiente deciden su avance o retroceso. Solo lo humano es histórico. Sabiamente describe el Mahabharatta: "el hombre se convierte en lo que piensa". ¿Y que piensa el hombre, cuando piensa lo que piensa y lo lleva a ser lo que es? ¿Sabe quién es? ¿O en su errancia camina sin darse cuenta de su entorno vital, diseña su propio futuro, qué bien puede ser alguna de las formas de autoextinción ya conocidas en el pasado o otras acorde a nuevas circunstancias que
puedan producirse?
He aquí unas preguntas abiertas por nuestros antecesores ancestrales, que auque no puedan aclarar los misterios del presente, pueden dar alguna perspectiva para aquéllos que no hayan perdido el interés en el fenómeno humano y sus complejidades. Los homínidos, nuestros antepasados remotos, pero no tanto, provocaron en los sabios más de un malentendido. La aparición del australopitecus fue todo un desafío a la imaginación. Parece que estos antecesores del "homo erectus", como grupo zoológico, intentaron muchas veces, en extraña geometría disímil cruzar la "delgada línea de la hominización" y que algunos, lograron esa extrema metamorfosis entre lo indefinible y el actual grupo zoológico humano. Es decir, un animal capaz de pensar y transformarse autodiseñándose en lenta y plástica transformación, producto la más de las veces de la emergencia de las circunstancias que lo rodearon y que lo empujaron a ser lo que es, una parcela de infinito, tan cercana y lejana como una galaxia, encantado en el misterio de los lenguajes, que construyeron el habla. Parece sin embargo, que se han encontrado entre las muchas tendencias, diseños de homínidos y su lento devenir en los tiempos sin historia, más fracasos que éxitos. ¿Pero que sucedió? Es evidente que el: "alzamiento de la conciencia" fue una
celebración, un triunfo, pero también hubo regresiones comprobables.
Como si "sin la certeza animal" a unos que se les daba por homínidos o homo erectus fueron en realidad "regresiones muy próximas". ¿Fue entonces posible una regresión tan cercana? ¿Tan capaz de confundirse con la geometría corporal humana? ¿Qué los diferenciaría? ¿Dejaron de pensar los unos y perdieron su atributo humano? ¿Y los otros siguieron afrontando el riesgo de la azarosa existencia pensante? Tal vez el
"HAZ DEL PSIQUISMO HUMANO", no fue ni será homogéneo, ni hegemónico, sino heterogéneo. No se despliega siguiendo un mismo patrón rítmico, sino un inmenso abanico de linajes. ¿Será siempre el hombre un paso hacia el hombre? ¿Por qué se supone que es uno solo de entre todos los linajes, el que participó del gran impulso, hacia donde la conciencia rompe sus cadenas, introduciendo la reflexión en los dominios de la vida, imprimiendo a la evolución un nuevo curso?

De la era de las evoluciones que se desenvuelven en cierto modo por inercia, característica inevitable del mundo infrahumano, entramos sin saber, con el hombre en la evolución conciente de sí misma. Ella introduce el factor más original y sin precedentes…"la inteligencia en expansión". Esa inteligencia fue posible por la aportación inestimable del lenguaje. No es tan importante el hombre que nos precedió sino la lección que nos deja. Su largo aprendizaje camino hacia el habla, es decir, camino a su asilo, a su morada. "Reflexionar sobre el habla de un modo tal que el hablar advenga como aquello que otorga morada a la esencia de los mortales". (M.Heidegger "De camino al habla")
"El hombre debe terminar lo que la naturaleza a dejado inconcluso" (Proverbio alquímico) . Según R. M. Rilke, nos llevaremos algunas palabras primordiales, quizás la palabra puente, casa, fuente, ánfora o árbol de las frutas, ventana o más, columna, torre? Cada uno se llevará las palabras que más haya amado. Como un mandala sagrado, una palabra penetra la creación hasta sus raíces profundas. En la
materia parece existir un dios dolido que nos llama en espera que le revelemos los abismos de sus goces y sus penurias. Este acto de la creación es casi imperceptible, pero "modifica" la sustancia de la vida misma. El mismo Rilke decía en una de sus "ELEGIAS DE DUINO": "Porque el estar aquí es mucho/ y porque todo lo de aquí nos necesita en apariencia, lo evanescente/ lo que de una rara manera nos toca. / A nosotros los más evanescentes. Una vez cada cosa. / Solo una vez y no
más. / Y nosotros también una vez. Nunca jamás. / Pero este haber sido una vez, aunque solamente una vez; / haber sido terrestre, parece irrevocable… Y estas cosas cuyo vivir es desfallecimiento / comprenden que tú las alabas; perecederas, confían en nosotros, los más efímeros, como capaces de salvar. / Quieren que nos obliguemos a trasmutarlas del todo, / en nuestro corazón invisible/ ¡Oh infinitamente! En
nosotros, / quienesquiera que seamos al final. Tierra, ¿No es esto lo que tu quieres, rebrotar en nosotros invisible? ¿No es tu sueño ser invisible? ¡Tierra! ¡Invisible! / Pues ¿Qué otra cosa sino trasformación es tu apremiante mandato?
El hombre es producto de la naturaleza y sin embargo se rebela contra ella. Esto se debe a que en la naturaleza existiría también desde siempre, y esta noción atraviesa todas las antiguas culturas, a través de sus cultos y sistema de creencias, algo más que un ser ciego y sufriente, otra fuerza que la cruza de parte a parte y que nos empuja al sacrificio, y a la rebelión, esa OTRA FUERZA que posiblemente también forme parte de la misma naturaleza. Es decir, que aquello que
nos empuja a la rebelión quizás sea lo mismo que nos induce a amarla.
Los pueblos llamados "primitivos" conocen desde sus orígenes esta circularidad de la materia como paradigma de "Creación y destrucción". Fundidos en esta contemplación del mundo como mito, el chamán se unge de palabras maravillosas y enigmáticas en la representación ritual del drama del universo. Es que también allí un dios dolido y gozoso al mismo tiempo, nos llama en la espera de que le revelemos los abismos de sus goces y penurias. El poeta auténtico "conoce" y es parte activa
de esa contemplación, sabe la proporción entre la palabra y la "cosa" que actúa como causa engendradora y que constituye el fundamento de la palabra que se hace poética. No por lo que ella dice en sí misma, sino por estar en el límite de lo decible, produciendo así su propio acontecimiento cuya manera de acaecer se superpone tanto al mundo de lo fenoménico como a los criterios de "verdad y "validez". La palabra poética cuestiona a la lógica del sentido y a toda teoría del
lenguaje. En el decir poético, la materialidad de las palabras se hace palpable por medio del sonido y de la letra, colisiona a su vez con lo impalpable de su referente produciéndose con ello un acontecimiento singular según la articulación de dos momentos simultáneos. En el primer momento, lo palpable (sonido, oralidad, discurso, letra, escritura) se pliega sobre lo intangible (ausencia de referente,
significado, desproporción palabra /cosa). En el segundo momento, lo intangible regresa sobre lo palpable mostrando la desproporción y lo indecible. En lo cual se funda el hecho poético.¬
El efecto de la palabra se demora, por así decirlo, en el intervalo imperceptible que se sitúa entre dos momentos produciéndose el "milagro del acontecer poético", que no es otro que el transformar en "tesoro" la indigencia del lenguaje y en otorgar existencia a lo que carece de ella. De este modo, los objetos bajo relaciones inusitadas emergen de los umbrales del lenguaje común y muestran por sí mismos la sutil existencia que les ha sido conferida por la obra del acto poético. El decir poético es una alquimia sutil obtenida en los márgenes, en los bordes, en las fronteras, en el más allá de las convenciones lingüísticas.
El modo de habitar lo poético es aquel que responde, como señala Heidegger, a la exhortación del lenguaje que nos atraviesa. El hombre vulgar no puede percibir lo poético, ya que es ciego con respecto a lo que allí se muestra y sordo con respecto a lo que allí se hace oír. No puede aprehender lo poético, se requiere una red sutil de fina malla.
La opinión cosificante es creer que el poeta es el "señor del lenguaje y no su devoto sirviente esperanzado" y no es mero azar que se lo presente como alguien divorciado de la realidad y que vive, según el triste adagio popular "en las nubes", mientras que el hombre atareado, es quien afirma tener sus pies en la tierra. Sin embargo el poetizar, no aleja al hombre de la tierra. Por el contrario, el poetizar consagra al hombre a su esencia terrenal, lo entrega a la tierra, pues
es la tierra donde reside, aún cuando muere.


PÁGINA 25 – CUENTO

Para decirle adiós a mamá.

Por Darío Ruiz Gómez (Anorí/Colombia)

Mamá había llorado toda la noche. A las cuatro de la mañana cuando ya no puede soportar su llanto en que en un solo tono de voz repetido y fastidioso hacía de lamento, me levanté y descubrí que sentada en el borde de la cama lloraba mientras rezaba el rosario. Su cuerpo inmenso y blanco resplandecía entre la azulada tonalidad de la penumbra. Se había bebido el vaso de leche pero no había querido tomarse el calmante que Rodrigo le había recomendado. Tratar de explicarle algo, de llamarla al orden, decirle que se acostara era imposible ya que al mínimo intento de decirle una palabra echaba hacia atrás la cabeza, replegaba la papada y en sus ojos verdes aparecía un tono neutro, casi despectivo. Vista así era tan lejana como una de esas mujeres que rezan en los templos vacíos.
De manera que ante aquellos gestos desaparecía en uno, como por encanto, todo afecto inmediato; y allí en frente únicamente quedaba la visión de una vieja mujer, los racimos amoratados de los brazos temblando al compás de los sollozos, lastimera es cierto pero vista más como una paciente de la cual no se sabe nada en absoluto que como lo que en realidad tenía que ser ante nosotros en ese momento: una madre abandonada. Pues Hipólito Jaramillo su esposo durante cuarenta y cinco años y padre de sus tres hijos se había marchado de la casa para no volver jamás. Esa era la evidencia que ella había encontrado no sólo por la clásica carta colocada estratégicamente para ser descubierta, además, en el momento preciso y en donde igualmente se debían leer los clásicos argumentos, sino porque vestidos, zapatos, lociones, habían desaparecido al regresar aquel domingo de la finca: ¿no bastó acaso para entenderlo el silencio aterrador que los cubrió al abrir la puerta? ¿Esa dolida oscuridad que inicialmente los llevó a pensar en lo peor, un crimen para no ir muy lejos?
Durante esos cuarenta y cinco años la vida de ambos se había enfrentado a muchos sinsabores y no de tipo económico hay que decirlo, pues Hipólito por razones de herencia paterna tenía tres fincas ganaderas y varios locales comerciales. Y aquel capital supo incrementarlo con la colaboración de Juan Pedro y Fabio, los hijos mayores, abogado y economista respectivamente. Ella criada en los principios religiosos de una familia de Sonsón en la cual se contaban varios sacerdotes, desde el comienzo del matrimonio redujo su vida matrimonial a lo más estricto, el tener hijos. Otra cosa, una caricia, un beso debían suponer para su alma piadosa de fervorosa católica algo así como un desacato a Dios, una condescendencia con el demonio. De manera que esa misma moral trató de inculcarla a todos sus hijos e igualmente Hipólito supo respetar en silencio aquellas normas especiales nacidas después de un largo proceso histórico lleno de sufrimientos y renuncias. Virtudes que era fácil descubrir en el rostro de los abuelos, rosados, hieráticos; casi que se podía ver en sus manos los sabañones, en los dedos gruesos, los pies húmedos, callosos, el eco sordo de los largos inviernos en cuya monotonía pareció verse lejano el inusitado cambio que al cabo de pocos años había sufrido aquella fría y desapacible provincia; pero eso si sin que para nada cambiara aquella virtuosa manera de contemplar la vida, de levantarse cada mañana a enfrentar a los demás humanos, de encontrar en la oración una justificación del éxito económico.
Y ese color de un verde intenso pero difuso a la vez, inquietante hasta la desolación, era pues el distintivo de aquella alma de mujer que había entrado en el siglo XX sin renunciar a ninguna de sus palabras, sin abandonar ninguno de los hábitos de aquellos abuelos, tal como si lo que en realidad hubiese querido era —y ahí estaba ese caserón para atestiguarlo— negarse a aceptar el presente, quedarse a vivir en aquella arcadia mental donde ningún familiar pudiera estar expuesto a los extravíos de la actualidad. Y no es que esa autoridad se hubiera manifestado en castigos corporales, ya que bastaba la expresión de la cara, la sutil y rigurosa manera de hacer cumplir los ritos familiares para que hasta el más despistado de los hijos terminara por plegarse a aquel orden marcial, baño de las seis de la mañana, rezo del rosario a las siete de la noche, etc. De modo que en algún lugar del corazón de aquellos niños había quedado impresa para siempre la visión de la oscura casa, las lánguidas luces, el aire triste de los patios, el silencio roto apenas por una risa infantil, tímida y condescendiente; tal vez algún rumor perdido, y, exactas, las campanadas de la iglesia de San Ignacio.
“¿Soy cristiano?” “Sí, por la gracia de Dios”. En el lívido color de aquel aire toda la luz verdadera parecía condenada. Y de esa lívida transparencia surgía la figura de una mujer joven, una adolescente blanca y sonrosada que llevaba en las manos una bandeja con los platos de la comida. Y en la dispersa memoria de los hijos de hoy vive la sonrisa de ese rostro pulcro, al apagar las luces en la noche, al colocar la ropa en los armarios, olorosa su ropa a limpio, apenas con algunas palabras para insinuar algo, para dar a entender a los aterrados párvulos que una pizca de bondad quedaba en el mundo. De manera que de su mano venían también las camisas, los pantalones, los calcetines y los zapatos brillantes. Su rostro níveo bajo esa luz de la infancia es ahora el rostro de una hada en medio de aquel mortal ambiente; un susurro, los labios finos que cantaban extrañas y remotas canciones que llegaban hasta el sueño de los niños y los llevaban hacia los palacios y albercas, altas y doradas montañas, inquietantes alamedas en cuyo final estallaba, sin embargo, la más familiar de las luces.
Mamá continuaba sollozando y su desolación seguía siendo helada, totalmente ajena al interés con que sus hijos trataban de consolarla. Ester trajo una taza de manzanilla y volvió a insistir en que se tomara el calmante que aún estaba sobre la mesa de noche. Al moverse en un gesto de desagrado, el rosario se desprendió de su mano y cayó al suelo con un ruido tintineante. Ester tuvo que agacharse y entregárselo de nuevo.
Al recibirlo, mecánicamente empezó otra vez a susurrar la misma oración, moviendo los labios que decían palabras sin eco alguno, sin sentido alguno, gélidas como el aire que definía su piel, que hablaba de su pasado, de aquellos antepasados a los cuales parecía haber convocado en ese momento de suprema tristeza. La primera claridad de la mañana asomó, descubriendo casi con crueldad, aquella escena donde la actitud de unos y de otros reflejaba la incertidumbre de la espera.
Ella ni siquiera sollozaba realmente y más pálida aún en esa claridad recordaba una figura de mármol colocada sobre la tumba de alguien en un olvidado cementerio. Hizo señas de que quería ir al baño y Ester tuvo que llevarla casi en vilo; era como si aquel descubrimiento de la luz, la certeza de la huida de su esposo, le hubiera paralizado ambas piernas; antes que el ruido de un automóvil fue entonces el ruido de sus meados lo que introdujo un significado a aquella mañana en que el rastro de Hipólito Jaramillo había desaparecido para siempre: su retrato colocado sobre la mesa de noche era ahora el rostro de un antiguo visitante. Y ¿quién se atrevería a decir que en esa cama había dormido durante años? ¿Quién podría imaginar allí cualquier intimidad? ¿Y quién además podría pensar que allí de espaldas a ella había fraguado su retirada ante el llamado de la vida?
En la habitación además nada parecía haber acontecido, así de intemporal se sentía el ambiente: por la cama de comino crespo, por las mesitas, por el escaparate que parecía observar desde una penumbra fría. Hasta allí habían llegado entonces las manos gruesas pero no vulgares, el rostro susurrante que destendía la cama, y dejaba sobre cada mesa de noche un vaso de agua y colocaba sobre la cama las dos pijamas. Seguramente en la mañana recogiendo la ropa sucia, tendiendo la cama, brillaría ella el vidrio de aquel retrato donde Hipólito Jaramillo con una mirada llena de picardía se había detenido en el espacio de esos años en que la infancia de aquellos muchachitos empezaba apenas a golpearse contra las primeras evidencias de la vida. En que las húmedas luces de la casa se iban fijando sobre las sienes tiernas como una imagen ya imborrable y a través de la cual el mundo seguiría teniendo una perspectiva desolada, tal como si el ejercicio espontáneo de una sonrisa, de una alegría estuviera desterrada también para siempre.
Tímidamente aquella figura fue introduciendo en el ambiente helado un toque de dulzura y de este modo cruza por la mente a través de los años, siempre la misma, siempre su mirada apacible, sin palabras que llegaran a limitarla definiéndola, presentándola como una vida más y no como la imagen intemporal que seguiría siendo porque al recordarla incluso en el presente continuaba siendo la misma que los había visto crecer y llegar al primer pecado sin que al parecer nada hubiera cambiado en el interior de aquel maravilloso organismo: ¿Qué había allí después de la cocina? ¿Allí donde su intimidad se resguardaba de todas las miradas? En este instante la penumbra de un corredor, el bombillo solitario y después el espacio sin nombre donde cada noche se perdía y donde debía ser otra en su quietud, en la manera de atraer los sueños y conservar intactos los colores, el sabor de las cosas, preservar su pasado.
Después llegó Fabio, precedido casi del olor a una pésima colonia. Y al hablar sin preámbulos afirmaba con tono franco lo que aquella situación le planteaba a él y a su familia; tal pues como si no se tratara del problema de dos almas que jamás llegaron a conocerse sino de un problema político cuyas consecuencias en el orden social eran impredecibles, ya que hasta ese momento desconocía las repercusiones que el acto de Hipólito podría tener en los negocios familiares, si es que, por ejemplo, Hipólito había decidido también renunciar a esos negocios, lo que insinuó enarcando las cejas y poniendo la mano sobre el hombro de su mujer. La esposa, Trina, quien hacía gestos de supuesta desesperación, abría los ojos recorriendo cada cosa, cada porcelana como si pensara que algo faltaba, que Hipólito había roto también aquel orden de cosas, que uno de esos objetos incorporados a la costumbre de la casa había desaparecido y estaría ahora en aquellas manos que lo mancillaban. Fue ella quien entró a la pieza del servicio y empezó a rebujarlo todo hasta que regresó iracunda con una foto de Hipólito sonriente como siempre. Lo que indicaba que durante todos esos años de aparente y fría calma, de mustia cotidianidad, él había ido desarrollando su estrategia, ya que en la foto aparecía de chaleco y sombrero y poniendo gesto de joven vividor, detalle que indicaba una temprana y vigorosa identidad, una radical confianza mutua para estar allí resistiendo los silencios, los pequeños ultrajes. Descubrimiento que en la cabeza de mamá debió resonar como el golpe seco de un badajo: ¿cómo habían logrado mantener el secreto durante tantos años? ¿Cómo no había logrado ella descubrir siquiera un gesto de complicidad? Volvió a meterse entre la cama y se cubrió la cabeza con la sábana. Nadie sin embargo movió un dedo para consolarla ya que todo pareció tan mecánico que no llamó a compasión alguna.
Tal vez porque esa frialdad había sido su línea de conducta respecto a Hipólito y los hijos: que cada quien al enfermarse se bandeara por su lado. De manera que en aquellos años en que la fiebre anuncia las primeras dudas, en que el espacio grávido de la adolescencia irrumpe a las lágrimas, nadie había estado allí para acompañar perplejidades y terrores, fuera de aquel rostro que un milenario candor iluminaba, rostro sin voz pero que llevaba a la serenidad y la confianza. Pero a la vez un rostro sin familia, sin pasado conocido. De ahí que al recordarlo viniera hasta el presente en su verdadera dimensión: casi etéreo, solamente la mano que tocaba la frente o colocaba unos zapatos, solamente el vaso con leche en las primeras y furtivas borracheras. No era más y por eso había llegado de nuevo a los ojos de aquellos dos hombres que ahora se miraban poniéndose inconscientemente de acuerdo sobre lo que debía hacerse, y a quienes en verdad unía aquel momento que había regresado para hacer ver la vida del pasado de una manera más clara. Pero con esa claridad que no aceptamos de comienzo ya que las costumbres, la inercia del tiempo, se han filtrado en nuestros huesos y el miedo de aceptar la realidad que llega de repente es más poderoso que cualquier razón por justa que ésta sea.
De este modo al hablar alguien del desayuno se logró esquivar por el momento aquella incertidumbre en que ambos habían quedado, esquivar la proximidad de esa figura que había regresado a ellos en el recuerdo vivo como la única imagen de su propio pasado. Ella, mamá, dejó que su voz se escuchara destemplada e hiriente ya que en aquella particular medida del dolor que vivía habían hecho irrupción todos aquellos tedios, aquellos fríos inviernos de su lejana niñez, las oraciones yertas, la ausencia de alegría. La débil sombra del armario hacía más pétreo aún su rostro de pastora y en el aire fresco de la mañana las palabras adquirían la resonancia de un papel que se desgarra lentamente.
Hasta que cada uno de ellos logró entender que no era dolor lo que ella sentía sino un rencor profundo al imaginar que ahora los pasos que su marido estaba dando eran en verdad una reconciliación con el mundo y que por mucho que tratara de imaginarse nunca lograría ubicarlos en algún lugar exacto, viviendo en un sitio diferente a esa mustia habitación en donde ahora sus palabras convocaban a un pasado de tristezas, un agobio, un rezo monótono con el cual supuestamente ella agradecía a Dios, el ser tan puros y tan comedidos, el ser virtuosos.
Afirmaba esto haciendo sonar el rosario al pasar un misterio, al elevar el tono de voz en el comienzo de la oración, invitándolos a hincarse, a seguirla en aquella supuesta práctica piadosa. Pero había algo en la frialdad de sus carnes, en la distancia que establecía su gesto, que los mantenía mudos y alejados de aquel exorcismo. Y parecía verse a través del silencio del que todo se había revestido y donde mentalmente cada uno de ellos se había abstraído de los ruidos del día, el comedor bañado por el sol y aquellos muchachitos inclinados sobre la taza de chocolate, antes de que la joven mujer llegara para llevarlos a la plazuela. Y era el poder de ese recuerdo lo que hacía menos áspera la atmósfera del cuarto, aquella serie de objetos que, singularmente seguían siendo fieles a su dueño y que yertos mantenían una recóndita solidaridad con la vieja mujer que sollozaba.
De pronto, al correr Fabio una cortina, la intensa luz del día recobró la dimensión estólida de los objetos, hizo más penosas las pequeñas penumbras donde habían ido a refugiarse los restos de ese pudor de madre herida. Y ahí se hizo más perentoria la ausencia de aquella mano cuyo calor confería otro sentido a los objetos, hacía más resplandecientes las superficies de madera, de cristal y menos alejado del mundo real aquel espacio de la casa donde estaba ella ahora. ¿A qué orden de cosas ahora confería su calor? Hasta la mirada de Trina pareció acusar esa pregunta que instalada en el ambiente ya se había quedado para siempre en el corazón de todos ellos. Y al hacerlo comenzaron a imaginar la ciudad que vivía bajo la luz resplandeciente, muros, sombras tenues, ese lento y casi dulce transcurrir de las horas cuando la calidad del sol impone al universo su poderosa pauta: uno ve la enredadera derramada sobre el espacio de la calle, escucha el zumbido de las abejas y sobre todo el paso de ese río sin nombre cuyas aguas cruzan dentro de nosotros, únicamente en instantes privilegiados, como aquél en donde la pregunta que había brotado de repente y la luz abstracta de un día que no obedecía al calendario los había hecho recuperar el espacio de los días anteriores, allí donde estaba el único dato significativo de sus vidas.
Pareció entonces como si la intrusa fuera ella. Porque se vio tan alejada de las cosas, tan poco referenciada hacia la historia sentimental de aquel lugar, que ya verdaderamente nada en ella llamaba a compasión. Y si Trina se acercó a ella y le hizo sorber un poco de tisana fue ante todo respondiendo a uno de esos gestos caritativos que se tienen con cualquier persona desvalida ya que en esa claridad quienes vivían ahora eran Hipólito y Graciela, porque el misterio se había develado y todas aquellas noches a oscuras de la adolescencia habían adquirido un sentido preciso: de este modo también esa vieja casa había comenzado a derrumbarse, por fin hasta los muros habían entendido que era necesario obedecer a la inexorable ley de la vida y que con la huida de Hipólito y Graciela todo aquello había perdido ya su significado para la misma ciudad, si es que acaso había tenido alguno para ellos, si es que alguno de ellos volvería a acordarse de aquellas penumbras heladas, de aquellos muros sin calor.
Esa sensación de un pasado muerto, esa evidencia de la nueva ciudad, casi los llenó de espanto, la presencia de objetos que nada tenían que ver con el presente, aquellas penumbras doloridas donde jamás había estado la alegría, donde los recuerdos verdaderos se pudrían. La sensación plena del día, la visión de esa otra ciudad radiante logró hacer que por un segundo Hipólito y Graciela mostraran el lugar donde ahora vivían, su presente, no pues su dirección que nadie estaba interesado en hallar, sino el espacio al cual habían empezado a conferir sus sueños y caídas.
Mamá había dejado de llorar, como asombrada de la luz, y como regresando del único recuerdo milagrosamente feliz de su vida, se levantó de la cama y abrió el escaparate y empezó a sacar la ropa que iba a ponerse para, por fin, marcharnos de allí definitivamente.


PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

José Pivín (Haifa/Israel)

SUCEDE DE DÍA Y A VECES DE NOCHE TAMBIÉN

Sucede generalmente de día
y a veces de noche también.

A la hora en que los vientos se desatan
y la atmósfera se transforma en una
enloquecida gran pantalla
en la que es difícil divisar
con exactitud
quien se avecina
quien se aleja
porque todo es como un
lejano Oasis que aparece
y desaparece
como una fata morgana*

Sucede generalmente de día
y a veces de noche también.

te apareces cual sacerdotisa
semi transparente
flotando sobre este espacio
que llamamos aire
que llamamos tarde
que llamamos noche.

Y cuando dejamos casi de respirar
conteniendo el aire cálido
desapareces inevitablemente
y te esfumas
como si nunca hubieras estado aquí.

Oh extraña mujer de hábitos transparentes
y senos rosados

Como la tarde de un día de verano
o la noche iluminada por la luna
tu fragancia virginal persiste
en mis sentidos y en el espacio.

*fata morgana(en italiano): ilusion- espejismo

A PESAR DE LA NOSTALGIA

A pesar de la nostalgia
y de la distancia traicionera
que nos separa
a pesar de la nostalgia
y de los cambios climáticos
a pesar de la nostalgia
esa saudade triste que me envuelve.

A pesar de la nostalgia
digo, a pesar de todo eso
a pesar de todo aquello
a pesar de la nostalgia
de praderas verdes
y marrones ríos
serpenteando
deslizándose como culebras
rápidamente.

A pesar de este marzo
de invierno israelí
tormentoso e imposible
con peligrosos vientos
que sacuden y estremecen
a pesar de la nostalgia
esa nostalgia que me quema.

DE TARDE, CUANDO LA BRISA CALMA

De tarde, cuando la brisa calma
la pupila se detiene
y la respiración disminuye.

De tarde, cuando la brisa calma
las colinas enmudecen
el verde es una señal de
alarma.

De tarde, cuando la brisa calma
tu pollera al viento
y tus senos ondulantes.

De tarde, cuando la brisa calma
nosotros somos uno
recostados sobre la arena
aun caliente...

COLONIA ALEMANA

Tejas rojas
coloradas
tejas
sobre las viejas
casas de la "Colonia Alemana"

Pedazo antiguo
de pasado incierto
así de pueblerina
cayéndose de a poco.

Sólo paredes
descascaradas
viejo musgo
brotando a reventones
entre tus ladrillos
cales desintegradas
como arenas mojadas
así tu estructura
de viejo barrio.

Muchas veces
de noche cuando la luna clama
su desconcierto de novia
traicionada
te irás asomando
entre las copas de los
árboles

muchas veces...


PÁGINA 27 – ENSAYO

Julio Cortázar y el analfabetismo en Latinoamérica.

Por Carlos Liendro (Buenos Aires/Argentina)

En "Sobre la función del intelectual", Julio Cortázar, escribía:"Porque además no se debe olvidar que aparte de las barreras de la opresión existe en América Latina otra barrera aún más temible y desesperante: la imposibilidad en que se encuentran enormes masas populares de acceder a los productos culturales que podrían ayudarlas a pensar por sí mismas, a elevarse en su conciencia política, a ir descubriendo las raíces más auténticas de su identidad nacional y latinoamericana. Me refiero, naturalmente, al enorme porcentaje de analfabetismo que sigue dándose en la gran mayoría de nuestros países."
El había sido maestro en Bolívar y Chivilcoy (provincia de Buenos Aires) y profesor de literatura inglesa en la Universidad de Cuyo (Mendoza). Había nacido en Bruselas en 1914, cuando su padre era diplomático en Bélgica. A los cinco años viene a Argentina y vive en Banfield, al sur de la capital. En 1951 obtiene una beca y se va a Francia, trabajará como traductor de la UNESCO. Cinco años antes, Jorge Luis Borges, en la revista Los anales de Buenos Aires, le publica su primer cuento. "Casa Tomada".
Ese primer cuento, que aparecerá en ‘Bestiario’, ha sido interpretado como el reflejo del momento político que le tocaba vivir. La calidad de sus cuentos y sus ficciones tienen un alto nivel de simbolismos. Donde lo cotidiano pasa a una brusca dualidad. Es como una realidad escindida: lo extraño, lo siniestro, se presenta en algo inesperado y posible. Casa Tomada, cuenta la apacible vida rutinaria que llevan dos hermanos de una clase social media alta (Cortázar detalla los usos y costumbres de este sector; su porcelana, sus revistas, su forma de tomar el té, su mirada a Europa) y que de repente (lo imprevisible) se sienten invadidos por una fuerza extraña, que les va ocupando por partes su casa. El cuento ya es un clásico en la literatura de ficción, pero las interpretaciones posteriores relacionan, el ascenso de las masas populares a través del primer peronismo (1945-1955) como esa ‘fuerza extraña’ que invadía a la oligarquía de Buenos Aires en su moral y su tranquilidad.
Su compromiso político comenzará en los 60, después de la Revolución cubana; posiblemente como al Sartre de la post-guerra cuando descubrió al marxismo..Comparo estos dos intelectuales, en el proceso de cambio que tuvieron, ya que Jean Paul Sartre, estuvo en 1934 estudiando la filosofía de Husserl y de Heidegger,(sobre fenomenología y existencialismo) en Alemania, pero en ese período nunca mencionó en su literatura o filosofía lo que hacían los SA (tropas de asalto nazis) que ya perseguían a los judíos, comunistas, socialistas y a todos los que se opusieran al ascenso total de Hitler al poder.
Julio Cortázar conoció Cuba en 1962, invitado por la Casa de las Américas (estuvo junto a Fidel Castro y el Che Guevara), y su concepción política tuvo un cambio profundo en su compromiso como intelectual, en todo lo que iba a suceder en Latinoamérica. Sartre había estado en Cuba en 1960, escribió sobre su experiencia en la isla: Huracán sobre el azúcar. Cortázar junto a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, fueron el boom literario de los 60, a través de la distribución de Carlos Barral, los conoció todo el mundo. Latinoamérica comenzaba una serie de criminales dictaduras militares (la primera es en Brasil), dentro del plan seguridad, con préstamos para la compra de armas, la formación de militares en métodos que hoy se siguen aplicando en el continente.
Es el período del exilio, pero también de su mayor producción. Aparecen no solo cuentos, también sus grandes novelas como: Rayuela; 62, modelo para armar; Libro de Manuel, etc. El inicio de la década del 70, lo encuentra con Salvador Allende en Chile. En sus escritos para distintos periódicos lucha contra la dictadura (1976- 1983) en Argentina, hoy están recopilados en libros como ARGENTINA: AÑOS DE ALAMBRADAS CULTURALES. Allí aparecen artículos como: Nuevo elogio de la locura, América latina: exilio y literatura, Las estrategias del miedo, Literatura e identidad, Qué poco revolucionario suele ser el lenguaje de los revolucionarios!
Sobre la función del intelectual, Una maquinación diabólica: las desapariciones forzadas. Toda esa literatura estaba censurada en nuestro país, y pocos sabían todo lo que hizo Julio Cortázar, por los exiliados Latinoamericanos que estaban en Francia, por los Derechos Humanos y contra la Guerra de las Malvinas, que utilizaban los militares demagógicamente como una bocanada nacionalista para seguir oprimiendo al pueblo.
Con la revolución nicaragüense, también asume el compromiso. Sus artículos están reunidos en NICARAGUA TAN VIOLENTAMENTE DULCE, allí denuncia la intervención de la CIA y del gobierno de Reagan, en la ayuda económica y en armas a la "Contra". Hoy todo esto está firmemente documentado de cómo no solo el congreso norteamericano votaba una ayuda de 25 millones de dólares para que realizarán sabotajes y matanzas a maestros, médicos, y destruyeran instalaciones, y sembradíos en Nicaragua, sino de cómo se le informaba a la población estadounidense, sobre la idea de lo peligroso que era el gobierno sandinista y una invasión que realizarían a EEUU.
Veinte años después, es necesario seguir analizando el aparato de propaganda que son los medios de comunicación. Alcanza con pensar en la CNN y la guerra de Irak (tanto la primera como la segunda, bajo el gobierno de los Bush). Cortázar veía esto en nuestro continente .Ya no le preocupaba él como escritor (un escritor puede escribir buenos libros, tener prestigio, etc.), lo que le preocupaba es quienes leerían. Quienes se benefician con la ignorancia. En Latinoamérica han aumentado las cifras de analfabetismo y se han incrementado las de semianalfabetismo. Las poblaciones rurales e indígenas siguen aún más excluidas socialmente. "La conquista del poder es una cosa, pero de nada sirve si no se ve inmediatamente acompañada por la conquista de una conciencia cultural y política en los niveles populares." Escribía en un artículo ya citado.
Cuando visitó por última vez nuestro país, en la primavera democrática de 1983, el gobierno radical no lo recibió, serían los mismos que luego aprobarían leyes del perdón y Obediencia debida, que dejaría a miles de torturadores y de crímenes contra la humanidad impunes. En el teatro Margarita Xirgú, algunos escritores exiliados que habían vuelto, Las Madres de Plaza de Mayo, defensores de Derechos Humanos, le rindieron un homenaje, a alguien que venía a despedirse. Sabía que su leucemia no le daría mucho tiempo. En 1984 falleció.
En un discurso pronunciado unos años antes leyó (...) "Puede llegar el día en el que uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros, no deje ver ya la diferencia esencial de sentidos que hay en términos tales como individuo, como justicia social, como Derechos Humanos, si bien sean vistos por nosotros ó por cualquier demagogo del imperialismo ó del fascismo. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar y si esa máquina es su inteligencia y su conciencia con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan; solo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y nuestra acción, porque la historia es al hombre y se hace a su imagen y a su palabra."
(Texto tomado de: Rebelión).


PÁGINA 28 – CUENTO

Bailarina de tres brazos.

Por Noemí Ulla (Santa Fe/Argentina)

Con tres brazos la mujer bailaba. Dos se extendían para el lado izquierdo y el otro, quedaba solito del lado derecho. Se movía con agilidad y mucha gracia. Cuando llegó hasta mí pude ver que uno de los brazos de la izquierda no se articulaba, era de madera, fino como palo de escoba, pero ella lo movía con el otro desde el hombro y así daba la ilusión de que eran gemelos. En la cabeza llevaba unos velos que caían sobre la espalda y los hombros. Con seguridad que la cascada de esas gasas trastornaban la visión del brazo muerto y le prestaban movimiento.
Mi padre dijo con autoridad: No mires. Pero ya era tarde, había visto todo lo que mi padre no quería que viera. A su lado mi madre sonreía diciéndole que me dejara mirar y que así entendería. ¿Qué debía entender? me pregunté en silencio para no turbar el momento de fragilidad del diálogo de mis padres, en que él terminaba por admitir y ella por restarle importancia al espectáculo. ¿Y qué? –agregó mi madre–, no es más que un brazo de madera.
Y ahí se detuvo. Ella conocía todas las reglas del silencio, conocía el valor de la pausa para que mi padre midiera las palabras que ella decía mientras sus ojos verdes vagaban distraídos por la penumbra del circo. No había espectáculo de circo que papá no viera con toda la familia. Solía decirnos a los más chiquitos que en su infancia no lo habían llevado al circo y entonces, disfrutaba con nosotros de ver elefantes y damas chinas, la flor azteca y el juego de los cuchillos. A veces se volvía grande como con la mujer de los tres brazos y pensaba demasiado en nosotros, pero por suerte estaba ahí mamá para recordarle la infancia.
Cuando salimos del circo el parque se había poblado de personas y de sombras que debíamos atravesar. Era raro andar de noche por el parque, el que de día conocía tan bien por el andar de los cisnes y los patos del lago; se me ocurrió que se trataría de otro parque en otro lugar del mundo. Pregunté si estábamos lejos de casa para atender a la voz de mamá diciéndome “sí” e imaginar entonces que si me llegaba a perder en medio de los árboles ellos estarían a mi lado para salvarme. Después me dio por pensar que mi hermana mayor se las ingeniaría para tener tres brazos, ella siempre estaba inventando cosas que maravillaban a todos y yo no podía hacer más que quedarme en éxtasis viendo cómo sabía hacer los juegos más raros del mundo. Los altos faroles del veredón iluminaron de pronto unas caras conocidas a quienes mis padres saludaron con amabilidad, diciéndome que yo también debía saludar a los antiguos vecinos de la calle Catamarca. Saludé cuando ya habían pasado, saludé al aire y a los cisnes que se estarían deslizando ondulantes por el agua del lago. Pensé en el río y en los veleros que surcaban el agua dejándole dos colitas enruladas de ángulo agudo. Papá me preguntó si me habían gustado los números del circo y vi que le guiñaba un ojo a mamá, seguramente por el miedo que me habían dado los leones.
En el coche, sentada solita en el asiento de atrás, porque mis hermanos no habían querido ir al circo y ya tenían otros gustos, conversé con la mujer de los tres brazos. Le pregunté por qué le gustaba su brazo de palo y le conté las cosas que hacía mi hermana mayor. Mi padre, como siempre ocurría, me preguntó si estaba hablando sola otra vez. Ellos no podían verle el brazo de palo, ni ese brazo ni los otros ni a ella con sus largos velos, y me resultaba difícil decirles que ella estaba sentada en el coche conmigo, y que hablábamos, y que como a mí le daban cierta impresión los árboles del parque por la noche. Por fin comprendí que ella, tanto como yo, deseaba llegar a su casa, el circo, y la abandoné mirando cómo cruzaba la espesura.
Esa noche no fue una noche como tantas. Al llegar a casa, mis hermanos miraban televisión con los vecinitos del barrio. Papá se enojó muchísimo y cuando fuimos a la mesa mi hermana mayor le pidió disculpas con toda seriedad, mientras movía tres brazos como yo le había contado que hacía la mujer del circo. Papá quiso demostrar que estaba disgustado, pero muy pronto soltó la risa y se volvió a iluminar la noche.


PÁGINA 29 - ENSAYO

Consejos inútiles para escritores bobos. 

Por Eduardo García Aguilar (Manizales/Colombia)

La devaluación de la palabra ha llegado a tal nivel, que no es vano preguntarse si escribir tiene todavía sentido y si la literatura es sólo un oficio comercial e industrial que pasó a la historia, en tiempos de imágenes y competitividad desbocadas. Los autores de hoy están avorazados por obtener premios y subir a los podios como reinas de belleza y obedecer mansos a las órdenes de los editores que planean en sus oficinas olas sucesivas de novelas históricas, autobiográficas, policíacas o sobre temas de autoayuda para amas de casa. Y para sostenerse en la efímera pasarela del cabaret, el autor produce a destajo obras cada vez más vacías y ridículas.
Hoy un autor discreto y profundo como Juan Rulfo o Elías Canetti sería impensable y a cambio tenemos que soportar cada semana la risa Pepsodent de Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes con sus cien doctorados honoris causa y el premio semanal. El silencio es un pecado en tiempos de literatura espectáculo, donde reinan las obviedades y los temas correctos y perfumados de historia patria, cuando no el fácil escándalo autobiográfico para asustar monjas. Y para sobrevivir en la farándula, el escritor debe volverse el perro faldero e inicuo de los poderosos y de los grupos de influencia mediática.
Todo comenzó con las tabletas de los grandes imperios perdidos, cuando funcionarios y sacerdotes plasmaban jeroglíficos sobre un barro que luego, ya seco, viajó milenios hasta nosotros. Es saludable observar esos escritos de piedra en las estanterías de los grandes museos que nos hacen viajar hacia los tiempos de Babilonia, Nínive o Alejandría, para entender el olvido y la pervivencia simultánea de esas voces lejanas. Nada tan impactante como la observación del pequeño escriba sentado de Egipto, expuesto en una sala del Louvre, que nos maravilla e interroga siempre desde su época con la ignota mirada. Esa figura me fascina desde la escuela, cuando la descubrimos en viejos libros de historia que mirábamos durante horas con sus figuras borrosas de grandes templos y ciudades milenarias desaparecidas en el cataclismo del vasto Oriente Medio, de donde provienen casi todas las cosas. El escriba esta ahí, perfecto, silencioso, con sus ojos de vidrio insondables, imagen del letrado que nos viene desde el más profundo pasado y del más allá. Hay algo en él que resume en su gloria la labor de quienes escribían sobre papiros o cueros para la eternidad o el olvido. En el mundo egipcio, la escritura impregna todas las enormes superficies de los templos y las criptas selladas. De ellos nos quedan muchas cosas gracias a las arenas secas del desierto y tanto o más tuvo que haber en otras civilizaciones borradas del mapa por inundaciones, incendios o guerras en las interminables rutas del Extremo Oriente.
Lo que ha llegado a nosotros es ínfimo fruto del azar. Del escultor Praxiteles sólo tenemos copias de sus obras inolvidables. Y de Sócrates, sus palabras rebeldes nos llegan a través de su discípulo Platón. Ellos existieron e hicieron parte de la obra colectiva del hombre en su larga aventura, después de milenos de ver amanecer y atardecer y atestiguar las acciones de la muerte, la enfermedad, el poder, la gloria, la derrota y el olvido. Con los clásicos de la filosofía y tragedia griegas es suficiente. Esquilo, Sófocles y Eurípides dijeron todo lo que había que decir sobre la aventura humana. ¿Entonces para qué escribir hoy banalidades y creerse el cuento?
Muchas de esas voces colectivas quedaron para siempre en los libros sagrados que hoy por fortuna se leen en todos los puntos cardinales y nos impactan con la misma fuerza que hace milenios y nos iluminan comoen tiempos de anacoretas y guerreros. ¿Qué misterio hay ahí en esas obras que siguen firmes pese a los progresos de las ciencias y los avances y retrocesos de la razón, que todo explica y desmenuza? Hay gran belleza en esas palabras antiguas, en los libros de viejos filósofos que como Lucrecio trataron de entender el mundo y sus misterios con una voz llena de poesía que está viva tiempo después de la caída del Imperio Romano, el de Pompeya, a la vez tan lejano y tan cercano que nos prueba lo poco que el mundo ha cambiado pese a las nuevas proezas técnicas.
Lucrecio y Propercio han sobrevivido y una escasa cofradía de hombres de hoy accedemos a ellos y los disfrutamos. Somos la minoría y qué importa. Es preferible pertenecer a la minoritaria cofradía anacrónica que ir entre el rebaño de los lectores de best sellers.
¿Para qué escribir entonces hoy? Los escritores milenarios lo hacían por otras razones. Grababan ideogramas en esos papiros para nada y para nadie, sin imaginar que un día estarían tan cerca de quienes habitamos en el mundo tres mil o cuatro mil años después. Los motivos de la escritura presente son tan deleznables que uno se pregunta por el sentido de escribir hoy y perder el tiempo leyendo contemporáneos. La pulsión actual es competitiva, comercial, vanidosa, corroída por la envidia y la emulación, y el individualismo del éxito y la vanidad patética llevan indefectiblemente a endiosar a escritores payasos y a olvidar a quienes están lejos de los tronos y los corredores del poder y cerca de la ebriedad y la locura como Sócrates y Diógenes en su tiempo.
En la guerra el héroe arriesga su vida, pero en la literatura y la escritura de hoy nadie arriesga nada. El escritor de hoy está equivocado porque busca izarse en un podio de dólares y volverse estatua de pacotilla para una corte de ilusos. ¿Para qué escribir hoy si nos hemos olvidado de que todo es olvido y que no quedará rastro de tantos libros y textos lanzados en la red? Todo será sólo la voz colectiva de una época. El escritor como individuo, el que surgió en la era moderna, se ha ido para siempre en el remolino de la proliferación. Volveremos a los libros sagrados, donde la voz no tiene autor ni estatua. La palabra hoy es sólo polvo, ruido y viento. Y como diría nuestro poeta Porfirio Barba Jacob, es sólo "Polvo de Pericles, polvo de Simón".


PÁGINA 30 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Moma Dimic (Serbia-Montenegro)

UN DRAMA

Las conversaciones le fueron obsequiadas a la víctima
¡Ah mi don divino!
oyóse por un lado
¡Oh mi don divino!
oyóse por el otro.
Con esa resplandeciente sombra suya
atados estaban por el cuello
en torno a los vasos sanguíneos
con las maletas rellenas de poemas
subían por las escaleras
apoyados en la nada.
No eso no sucedía en el circo
ese fue sólo
su drama

SOÑE

La soñé.
Leía mi libro.
Lo cerré y,
sonriendo, ella me dijo:
Sí, tú lees
mis sueños.

EL SOL

En el mundo estuve,
he visto que,
la gente no sabe gritar en modo alguno,
nada sabe gritar.

Y yo si tuviera una mujer
gritaría a voz en grito:
¡esta es mi mujer!

Si yo tuviera mi taller de barbero
gritaría a voz en grito:
venid que os cortaré el pelo,
¡esta es mi peluquería!

Fijaos,
la gente de ahí no es nada,
todo es secreto en ellos.

HOLA

La guía telefónica
nos recuerda que todos estamos aquí
por lo menos los registrados,
los celulares y los inalámbricos,
conectados,
despertados,
curiosos,
inquietos.
Por la voz que se escurre
por los agujeritos,
por los cables,
por la tensión de los abismos
ese murmullo misterioso
el de abrochar
un pecho con unos senos
la gente con la gente
los muertos con los vivos
la despedida
de los vivos y los muertos
de todos los futuros.
Hola.
Hola.
Hola.

UNA MUJER EN EL PARQUE

La espada del alma
respirando por los pulmones
cruza el sendero del parque,
arde hasta el cielo
lanzándose desde
esos escasos escombros debajo suyo
los ingredientes de las nubes,
las colillas pisoteadas de los cigarrillos,
una que otra esquela en algún tronco,
la espera en el banco de los minutos
y los años que no alcanzamos a esperar
en la canasta de mimbre de los años,
el arpa apoyada en mi hombro,
en mis dedos
como un ave en el alambre,
rastro volador que sin siquiera volar
no le debe nada a nadie,
nidos en los bordes de los ojos,
nidos en las comisuras de los labios,
nidos entre las piernas,
al paso una serie de gotas
y otras señales del tiempo,
todo rociado por el incienso de la cruz
nunca elevada suficientemente,
nunca suficientemente dorada o adorada?
para que nos salve de los suicidas
¿qué pasa?
dijo alguien por ahí,
las ramas mecerán
miradas de ansiedad
desde los hospitales,
desde las estaciones veterinarias,
no es ella que camina
entre las arboledas de flores
debajo del riel blanco en el cielo del avión,
sino que es la salvación también mía
salpicada de cariño de mujer
por casualidad recubierta
de uno de mis mil deseos
desde que en el corazón de ese parque
jugaron con la mirada alrededor de la calesita;
el sendero sube poco a poco y se acorta
como si sólo hubiera estado esperando eso:
bifurcarse hacia el norte
y los océanos olvidados de todos, indistintamente
ante esto de ahora
al encuentro de un transeúnte
que pasea a su perro
y cada vez menos a si mismo,
ella desciende desde lo alto
cual un icono de hierba y de césped,
de flores plantadas y marchitas,
dueña de sus secretos,
de los bolsillos y de las llaves,
un seno junto al otro,
la mirada de ambos lados de la luna,
un encuentro sin espera
que no espera de un siglo al otro
sin demora,
las patitas blandas por el puñal afilado
del que los dos nos desangramos invisiblemente
con todas nuestras gotas
hasta la última
Traducción: María Cristina Orantes (El Salvador)


PÁGINA 31 – CUENTO

La traición.

Por Marta Ortiz (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Del hondo follaje que al río ha caído...
Alejandra Méndez

Vea, si le anda con ganas no lo dude. En la isla hay lindas playas, salvajes, dijo el hombre moreno de crin dorada. Tenía el pelo duro, espeso, lo ataba en la nuca. Por lo desteñido y pajizo contrastaba bruscamente con la piel de color aceituna. Decidasé doña, por tres pesitos la cruzo ida y vuelta.
Mariana se sostuvo el sombrero de paja indeformable con la mano izquierda y con la otra se tapó el reflejo del sol. Miró la otra orilla. Exuberante, aguas quietas de un ambiguo marrón verdoso y largas playas de arena amarilla recortadas y pegadas a los bordes. Un cartel de Coca-Cola delataba la indispensable presencia de la gaseosa y el sandwich de jamón y queso.
Calculó la distancia que separaba una costa de la otra y midió a ojo, asumiendo el riesgo de haber sido una chica bastante dura para los cálculos orales, unos mil metros.
Tal vez lo que la impulsó a medir fue el recuerdo de los barquitos de papel de diario que echaba a navegar en la bañera y que nunca llegaban a destino. Tambaleaban, desafiaban la tormenta de olas gigantes que leves movimientos de sus dedos desataban desde la orilla; trepaba el agua a la proa, la popa y la cubierta, y la embarcación se iba a pique en menos que canta un gallo con toda su tripulación a bordo. Quedaba en pie un papel gelatinoso chocando rítmico contra las paredes blancas enlozadas. También podría haber sido por el inquieto sobrevuelo de las historias del Titanic y de otros hundimientos, aunque ninguno tan espectacular como ése. Pero claro, qué tenía que hacer aquí, en este río calmo y generoso, tan nuestro y tan de entrecasa, el prodigioso Titanic. Nada, nada, pero igual a ella le sudaban las manos.
Controló primero el aspecto de la lancha y después el hombre bajito de crines doradas (advirtió que las llevaba sujetas con un elástico negro) y sintió la negativa de los pies que se enredaban entre la arena y las piedras; echaba raíces. Se vio ridícula así parada y tiesa, pero prefirió esa inmovilidad a navegar las aguas oscuras y mansas (nada le aseguraba que no se volvieran turbulentas), del río marrón (jugo de ladrillo) cruzado perpendicular a las dos costas por una franja de sol que reverberaba hasta lo imposible.
Mariana hizo un último intento: cerró la cortina invisible que como un escudo la protegía del acoso de antiguas catástrofes marinas. Aquellos barcos herrumbrados que zumbaban naufragios se anclaron uno a uno en el fango arenoso del lecho del río. Armada de flamante coraje, cargó los bolsos y el termo de agua caliente para el mate y trepó a la lancha.
-Lléveme. No perdamos tiempo.
El hombrecito oscuro suspiró aliviado y pensó en los tres pesos que cobraría por adelantado al llegar a la isla. Encontraría como siempre a don Manuel y la canoa rebosante de peces recién escamoteados al río. Todavía vivos, aleteando. Un surubí sería suficiente, comerían todos.
-¿Vio que le dije? Era cuestión de dar el primer paso. Después va a querer venir todos los días a que la cruce. Yo sé cómo son estas cosas. -Y sonrió con su boca de dientes cariados y desparejos.
Mariana también sonrió. Sintió la brisa caliente de lleno en la cara cuando iniciaron el cruce. Se entretuvo siguiendo el surco que arrugaba con oleajes de espuma esa agua siempre un poco turbia, como si ya llegara contaminada de la tierra colorada y de la vegetación sin límites de la selva misionera. Se acordó del capítulo Hidrografía de América, en el libro de geografía americana del secundario, y lo del Amazonas y el Paraná que eran los dos cursos de agua más imponentes del continente mirando al sur.
Imaginó el cauce del río hacia el norte y lo oyó bajar en correntadas densas desde el corazón de una selva húmeda de savias espesas y de resinas gomosas; abrirse en riachos verdes como ese mismo cielo selvático de enredaderas, helechos gigantes, lianas y árboles altísimos deteniendo la luz del sol. Lo vio traer camalotes, arañas, boas plateadas, pequeños insectos y mariposas azules. Lo sintió bifurcarse en anchos vientres como mares de acero celeste, de a trechos profanado por puentes aéreos y subacuáticos.
El sol le arranca un reflejo tan intenso al agua, que los ojos de Mariana no ven. Es mejor cerrarlos. Es mejor imaginar. Se recuesta aflojándose en el asiento.
El río vuelve a afinarse y se hace laguna o pequeño vaso linfático que lo comunica sutilmente a una vasta red acuática mayor. El rumor permanente de la lancha a motor, el quiebre de las aguas calmas, el sombrero que le tapa toda la cara...
Oye también el batir de los remos de la canoa aquel remoto mediodía (una fotografía antigua) cuando la vio desde las barrancas del arroyo Saladillo (un vaso comunicante) sin poder hacer nada. Sin poder ayudar vio cómo Julián se iba acercando, imprudente, al peligroso embudo con forma de campana invertida. La canoa aceleraba ingobernable y Julián que no podía con los remos. Ella fue la testigo, tal vez la única testigo. Muy quieta, echando raíces en lo alto de la barranca donde acababa de ver una pequeña lagartija al sol; sin poder darle la mano ni ayudarlo a salir a la superficie vio cómo la canoa giraba muy rápido, un remolino de círculos conteniéndose uno al otro hasta llegar al más pequeño que era como el ojo del huracán, un centro convulso y revulsivo que se tragaba todo y se hundía definitivamente con Julián y con los remos en el centro mismo del torbellino, de la campana mentirosa. Aquella tarde ya un poco difusa, hacía tanto tiempo, había sentido que se le anudaba el estómago y una amargura insoportable en la boca y el brote de una mueca horrible de dolor en la cara. Se había tapado los ojos con las palmas, no quiso ver más el arroyo traidor de aguas calmas (aquí no pasó nada, señorita Mariana, usted no vio lo sucedido, olvídese, no es conveniente para una niña atesorar un recuerdo tan triste) ni el cielo limpio donde volaban unos pocos pájaros distraídos.
Desde que Julián desapareció en el lecho del arroyo que jamás lo devolvió a la orilla pasaron muchos años. En ese momento pudo taparse los ojos, pero ahora es ahora y sí se ve obligada a mirar con los ojos bien abiertos, porque de pronto siente un girar amenazante debajo de sus pies. Alcanza a sostener el sombrero de paja con flores azules y la costa y el río parecen súbitamente un calidoscopio que gira sin tregua y por momentos el cielo es verde, o azul o marrón y el sol se le mete en los ojos y no ve nada, pero alcanza a distinguir al hombre moreno de crines doradas luchando desesperadamente para que no se le escape de las manos el surubí con el que piensa alimentar a toda su familia esa noche.
Mariana vuelve a sentir que le crecen raíces, pero esta vez en el piso de tablones de la lancha, la cabeza le da vueltas. Todo se ha oscurecido y presiente que el río se la va a chupar como lo chupó a Julián: con lancha, hombre moreno, surubí, bolsos, termos y todo lo demás, pero otra vez no puede hacer nada mientras se va dando cuenta de que en realidad ella es nada más que una simple espectadora que registra el paso de la lancha desde la playa de arena donde permanece tendida desde hace horas, siente la piel caliente, chamuscada. Le cuesta entender que no es ella la pasajera de la embarcación. La ve hundirse desde la orilla. O quizá alejarse. Ese puntito que se achica a lo lejos y ya casi no se ve, parece una lancha.
La noche cierra un paño de terciopelo espeso sobre la isla. Mariana se incorpora y apoya las manos en la arena húmeda. Se durmió tomando el último sol de la tarde. El río oscuro y traicionero baña las costas iluminadas de Rosario que enciende luces como ojos brillantes en el anochecer. Cada vez son más y parece un juego que agrega edificios-cajas de remedios perforados de pequeñas ventanas, uno al lado del otro hasta armar la ciudad en la orilla de enfrente.
Dificultosamente recuerda el pacto sellado con el hombre que la transportó a la isla soñada. “A eso de las ocho en el apeadero”. Se fija en la hora y cree que es mentira, que está soñando: son casi las nueve y media de la noche. Corre al lugar de la cita pero es demasiado tarde, ya no quedan lanchas ni veleros ni botes. Ya no queda nada. Escudriña a uno y otro lado achicando los ojos para ver mejor y no ve a nadie. No ve nada. Alguna que otra fogata lejana y el cartel de Coca-Cola refresca mejor.
Mariana detiene la mirada otra vez en el río. Una boca negra, rugiente, casi el mar. Amedrenta. Algunas nubes cargadas le cierran el paso a una luna incipiente, apenas modelada. La brisa ya no es brisa sino viento. Tiene frío y otra vez la vieja mueca de terror le abre la boca y le cierra los ojos y se va quedando, ahoga el grito que es el mismo de siempre, el de aquella tarde cuando el río traicionaba a Julián mientras ella seguía con el rabillo del ojo a la lagartija que reptaba cerca de su escondite, reptaba y luego se detenía y quedaba inmóvil, una talla de piedra al sol. Y ella también está inmóvil pero por momentos repta en la arena, busca un escondite como aquél del que salió aquella tarde la lagartija, pero no hay ningún refugio y entonces queda paralizada mirando la otra orilla, de pie, como si fuera un árbol.


PÁGINA 32 – ENSAYO

Contra los poetas.

Por Witold Gombrowicz (Maloszyce/Polonia)

SERÍA más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido, carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales, para comprobar qué quedará de ellos entonces. Cuando uno carece de medios para realizar un estudio sutil, bien enlazado verbalmente, sobre, por ejemplo, las rutas de la poesía moderna, empieza a meditar acerca de esas cosas de modo más sencillo, casi elemental y, a lo mejor, demasiado elemental.
No cabe duda de que la tesis de esta nota: que los versos no gustan a casi nadie y que el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado, parecerá desesperadamente infantil; y, sin embargo, confieso que los versos no me gustan y hasta me aburren un poco. Lo interesante es que no soy un ignorante absoluto en cuestiones artísticas ni tampoco me falta la sensibilidad poética; y cuando la poesía aparece mezclada con otros elementos, más crudos y prosaicos, por ejemplo en los dramas de Shakespeare, en las obras de Dostoievski, de Pascal, o, sencillamente en el crepúsculo cotidiano, tiemblo como cualquier mortal. Lo que difícilmente aguanta mi naturaleza es el extracto farmacéutico y depurado de la poesía que se llama "poesía pura" y, sobre todo, cuando aparece versificada. Me cansa el canto monótono de esos versos, siempre elevado, me adormecen el ritmo y la rima, me extraña dentro del vocabulario poético cierta "pobreza dentro de la nobleza" (rosas, amor, noche, lirios), y a veces sospecho que todo ese modo de expresión y todo el grupo social que a él se dedica padecen de algún defecto básico.
Yo mismo creía al principio que esto se debía a una particular deficiencia de mi "sensibilidad poética" pero cada vez tomo menos en serio los slogans que abusan de nuestra credulidad. No hay cosa más instructiva que la experiencia y por eso empecé a realizar algunas muy curiosas: leía cualquier poema alterando intencionalmente su orden de tal suerte que se convertía en un absurdo y ninguno de mis oyentes (finos y cultos, por cierto y fervientes admiradores de aquel poeta) advertía la treta; o, analizando en forma detallada el texto de un poema más extenso, comprobaba con asombro que los "admiradores" ni siquiera lo habían leído completo. ¿Cómo puede ser esto entonces? ¿Admirarlo tanto y no leerlo? ¿Gozar tanto de la "precisión matemática" de las palabras y no percibir una fundamental alteración en el orden de la expresión? Pero lo que pasa es que todo este cúmulo de ficticios goces, admiraciones y deleites está basado sobre un convenio de mutua discreción: cuando alguien declara que le encanta la poesía de Valéry es mejor no acosarlo demasiado con indiscretas investigaciones, porque entonces se pondría en evidencia una realidad tan distinta de todo lo que nos imaginamos, y tan sarcástica, que nos sentiríamos sumamente molestos. El que deja por un momento las conversaciones del juego artístico, enseguida tropieza con un enorme montón de ficciones y falsificaciones, cual un escolástico escapado de los principios aristotélicos.
Me encontré, pues, cara a cara con el siguiente dilema: miles de hombres hacen versos; otros miles les demuestran gran admiración; grandes genios se expresan por medio del verso; desde tiempos inmemoriales el poeta y los versos son venerados; y frente a esa montaña de gloria: yo, con mi convicción de que la misa poética se efectúa en el vacío casi completo.¡Valor, señores! En vez de huir de ese hecho expresamente, tratemos de buscar sus causas como si fuese un hecho como cualquier otro.

Poesía pura y azúcar puro

¿Por qué no me gusta la poesía pura? Por las mismas razones por las cuales no me gusta el azúcar "puro". El azúcar encanta cuando lo tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar: sería ya demasiado. Es el exceso lo que cansa en la poesía: exceso de la poesía, exceso de palabras poéticas, exceso de metáforas, exceso de nobleza, exceso de depuración y de condensación que asemejan los versos a un producto químico.
¿Cómo hemos llegado a este grado de exceso? Cuando un hombre se expresa en forma natural, es decir en prosa, su habla abarca una gama infinita de elementos que reflejan su naturaleza entera; pero he aquí que vienen los poetas y proceden a eliminar gradualmente del habla humana todo elemento apoético, en vez de hablar empiezan a cantar y de hombres se convierten en bardos y vates, consagrándose única y exclusivamente al canto. Cuando un trabajo semejante de depuración y eliminación se mantiene durante siglos llégase a una síntesis tan perfecta que no quedan más que unas pocas notas y la monotonía tiene que invadir forzosamente el campo del mejor poeta. El estilo se deshumaniza; el poeta no toma como punto de partida la sensibilidad del hombre común sino la de otro poeta, una sensibilidad "profesional" y, entre los profesionales, se crea un lenguaje tan inaccesible como los otros dialectos técnicos; y, subiendo unos sobre los hombros de otros, forman una pirámide cuya punta ya se pierde en el cielo, mientras nosotros nos quedamos abajo algo confundidos. Pero lo más importante es que todos ellos se vuelven esclavos de su instrumento porque esa forma es ya tan rígida y precisa, sagrada y consagrada que deja de ser un medio de expresión: y podemos definir al poeta profesional como un ser que no se puede expresar a sí mismo porque tiene que expresar los versos.
Por más que se diga que el arte es una especie de clave, que el arte de la poesía consiste precisamente en lograr una infinidad de matices con pocos elementos, tales y parecidos argumentos no ocultarán el primordial fenómeno de que con la máquina del verbo poético ha ocurrido lo mismo que con todas las demás máquinas, pues en vez de servir a su dueño se ha convertido en un fin en sí; y, francamente, una reacción contra ese estado de cosas parece aún más justificada aquí que en otros campos porque aquí estamos en el terreno del humanismo "par excellence". Existen dos formas de humanismo básicas y diametralmente opuestas: una que podríamos llamar "religiosa" que coloca al hombre de rodillas ante la obra cultural de la humanidad y otra, laica, que trata de recuperar la soberanía del hombre frente a sus dioses y sus musas. El abuso de cualquiera de estas formas tiene que provocar una reacción y es cierto que una reacción así contra la poesía sería hoy totalmente justificada porque, de vez en cuando, hay que parar por un momento la producción cultural para ver si lo que producimos tiene todavía alguna vinculación con nosotros. Posiblemente los que han tenido la oportunidad de leer algún texto artístico mío se sentirán extrañados por lo que digo, ya que soy en apariencia un autor típicamente moderno, difícil, complicado y aun a veces -quien sabe- aburrido. Pero, téngase en cuenta que yo no aconsejo a nadie prescindir de la perfección ya alcanzada, sino que considero que esta perfección, este aristocrático hermetismo del arte deben ser compensados de algún modo y que, por ejemplo, cuanto más el artista es refinado, tanto más debe tomar en cuenta a los hombres menos refinados y cuanto más es idealista tanto más debe ser realista. Este equilibrio a base de compensaciones y antinomias es el fundamento de todo buen estilo, más, en los poemas no lo encontraremos, y tampoco se puede notar en la prosa moderna influenciada por el espíritu de la poesía.
Libros como "La muerte de Virgilio", de Herman Broch o aun el celebrado "Ulises" de Joyce resultan imposibles de leer por ser demasiado "artísticos". Todo allí es perfecto, profundo, grandioso, elevado y, al mismo tiempo, nada nos interesa porque sus autores no lo han escrito para nosotros sino para el Dios del Arte.
Pero la poesía pura además de constituir un estilo hermético y unilateral, constituye también un mundo hermético. Y sus debilidades aparecen con más crudeza aún, cuando se contempla el mundo de los poetas en su aspecto social. Los poetas escriben para los poetas. Los poetas son los que rinden homenaje a su propio trabajo y todo este mundo se parece mucho a cualquier otro de los tantos y tantos mundos especializados y herméticos que dividen la sociedad contemporánea. Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores. Pero el ajedrez es un juego mientras que la poesía es algo más serio y lo que resulta simpático en los ajedrecistas, en los poetas es signo de una mezquindad imperdonable. La primera consecuencia del aislamiento social de los poetas es que en el mundo poético todo se hincha, y aún los creadores mediocres llegan a adquirir dimensiones apocalípticas y, por el mismo motivo, los problemas de poca monta cobran una trascendencia que asusta. Hace tiempo hubo entre los poetas una gran polémica sobre la famosa cuestión de las asonancias y parecía que la suerte del universo dependía del hecho de si es posible rimar "espesura" y "susurran". Es lo que sucede cuando el espíritu gremial domina al universal.
La segunda consecuencia es aún más desagradable: el poeta no sabe defenderse de sus enemigos. Y así vemos cómo en el terreno personal y social se pone en evidencia la misma estrechez de estilo que hemos mencionado más arriba. El estilo no es otra cosa sino una actitud espiritual frente al mundo, pero hay varios y el mundo de un zapatero o de un militar tiene poco que ver con el mundo de los versos: como los poetas viven entre ellos y entre ellos forman su estilo, eludiendo todo contacto con ambientes distintos, quedan dolorosamente indefensos frente a los que no comparten sus credos. Lo único que son capaces de hacer, cuando se ven atacados es afirmar que la poesía es un don de los dioses, indignarse contra el profano o lamentarse por la barbarie de nuestros tiempos lo que, por cierto, resulta bastante gratuito. El poeta se dirige sólo a aquel que ya está compenetrado con la poesía, es decir a uno que ya es poeta, pero esto es como si un cura endilgara su sermón a otro cura. ¡Cuánta más importancia tiene, sin embargo, para nuestra formación el enemigo que el amigo! Sólo frente al enemigo podemos verificar plenamente nuestra razón de ser y sólo él nos procura la clave de nuestros puntos débiles y nos pone el sello de la universalidad. ¿Por qué, entonces, los poetas huyen ante el choque salvador? Ah, porque carecen de medios, de actitud, de estilo para afrontarlo. ¿Y por qué les faltan estos medios? Ah, porque eluden el choque.

El vate y el ridículo

La más seria dificultad de orden personal y social que debe afrontar el poeta proviene de que él, considerándose superior como sacerdote de la poesía, se dirige a sus oyentes desde más arriba; pero los oyentes no siempre reconocen su derecho a la superioridad y no quieren oírlo desde abajo. Cuanto más aumenta el número de personas que ponen en duda el valor de los poemas y faltan el respeto al culto, tanto más delicada y cercana al ridículo se vuelve la actitud del vate. Mas, por otra parte, crece también el número de los poetas y a todos los excesos de la poesía ya enumerados hay que añadir el exceso de bardos y el exceso de versos. Estas ultrademocráticas cifras minan desde el interior la aristocrática y orgullosa actitud del mundo de los poetas y nada más comprometedor, en ese sentido, que cuando se los ve a todos reunidos, por ejemplo, en un congreso: una muchedumbre de seres excepcionales.
Un artista que en verdad se preocupe por la forma buscaría alguna salida a este callejón, porque sin duda estos problemas en apariencia sólo personales están estrechamente vinculados con el arte y la voz del poeta no suena bien, ni puede ser seria y convincente mientras él mismo quede ridiculizado por tales contrastes.
Un artista creador y vital no vacilaría en cambiar totalmente de actitud y, por ejemplo, él desde abajo se dirigiría a la gente: como el que pide el favor de ser reconocido y aceptado o como el que canta pero al mismo tiempo sabe que aburre. Podría también proclamar públicamente esas antinomias y escribir sus versos sin estar satisfecho de ellos y anhelando ser cambiado y renovado por el choque regenerador con los demás hombres. Pero no es posible exigir tanto a los que dedican toda su energía a la "depuración" de su rima. Los poetas siguen agarrándose febrilmente a una autoridad que no tienen y embriagándose a sí mismos con la ilusión del poder. ¡Qué ilusos! De cada diez poemas uno por lo menos cantará el poder del Verbo y la elevada misión del Poeta lo que, justamente, demuestra que el Verbo y la Misión están en peligro... y los estudios o reseñas sobre poesía nos procuran una rara impresión: porque su inteligencia, sutileza y finura están en contraste con el tono que es a la vez ingenuo y pretencioso. Todavía no han comprendido los poetas que de la poesía no se puede hablar en tono poético y por eso sus revistas están llenas de poetizaciones sobre la poesía muy a menudo horripilantes por su estéril malabarismo verbal. A esos pecados mortales contra el estilo los lleva el temor que sienten ante la realidad y la necesidad de encontrar a toda costa una afirmación de su quebrantado prestigio.

Formas de la salvación

La ceguera voluntaria se nota también en ese simplismo tremendo en que caen hombres, por otra parte muy inteligentes, cuando se trata de su suerte. Muchos poetas pretenden salvarse de las dificultades expuestas más arriba declarando que ellos escriben sólo para sí mismos, para su propio goce estético aunque al mismo tiempo hacen lo posible por publicar sus obras. Otros buscan la salvación en el marxismo y afirman con toda seriedad que el pueblo es capaz de asimilar sus refinadísimos y difíciles poemas, productos de siglos de cultura. Ahora la mayoría de los poetas cree firmemente en la repercusión social de los versos y nos dirán extrañados: "Pero cómo puede usted dudar... Vea las muchedumbres que asisten a cada recital poético. ¡Cuántas ediciones se publican! Cuánto se escribe sobre la poesía y cuán admirados son los que conducen a los pueblos por el camino de la Belleza."
No se les ocurre pensar que en un recital poético es casi imposible asimilar un verso (porque no basta escuchar un verso moderno una sola vez para entenderlo), que miles de libros se compran para no ser leídos nunca, que los que escriben en los periódicos sobre poesía son poetas y que los pueblos admiran sus poetas porque necesitan mitos. No se dan cuenta que si las escuelas no enseñasen a los niños el culto de los poetas en sus tristes y tan formales clases de idioma nacional y si este culto no se mantuviera todavía por inercia entre los adultos nadie, fuera de unos pocos aficionados, se interesaría en ellos. No quieren ver que esa supuesta admiración por el canto versificado es en realidad el resultado de muchos factores como la tradición, la imitación y, aun otros como el sentimiento religioso o la afición deportiva (porque asistimos a un recital poético del mismo modo que a una misa -sin comprenderlo- y sólo cumpliendo un acto de presencia frente a un rito; y porque nos interesa la carrera de los poetas hacia la gloria así como nos interesan las carreras de caballos); no, ese complicado proceso de la reacción de las multitudes se reduce para ellos a la fórmula: "el verso encanta porque es bello..."

Que me disculpen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos y gustoso tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos; sin embargo ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir las ventanas de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que los abruma. Poco me importa que digáis pestes de mí y de mi nota - ¿acaso puedo esperar que aceptéis un juicio que os quita la razón de ser?-. Y, además, mis palabras están destinadas a la nueva generación. El mundo se vería en situación desesperada si cada año no entrase un nuevo contingente de seres humanos, frescos, libres del pasado, no comprometidos con nadie ni con nada, no paralizados por puestos, glorias, obligaciones y responsabilidades, seres, en fin, no definidos por lo que ya han hecho y por lo tanto, libres para elegir.


CONTRATAPA:

La danza en el Renacimiento: II
Thoinot Arbeau (Dijon 1519-1595)

Por María Dolores Velasco Vidal (Madrid/España)

¿Quién fue Thoinot Arbeau? os preguntaréis algunos. Hay grandes personajes que no son muy conocidos por todo el mundo a pesar de reunir todos los méritos para ello. Yo amo a este personaje, me fascina, reconozco en él una gran valentía y libertad impresionantes, me encantaría haber podido conocerle. Si, ya se que me repito en este sentido, que también lo he dicho de otros personajes, pero es que en esta época hay tantos y tan interesantes y con tantos méritos que desearía haberlos conocido y tenido el privilegio de departir con ellos y aprendido de sus propias fuentes.
Ellos son mis amigos: desde mis entrañables Leonín y Perotín, hasta el que hoy os muestro, pasando por el enigmático Josquin des Pres, bello como un dios griego y por el gran Dufay inteligente y sencillo a la vez , sin olvidar a mi compatriota Juan del Encina, caballero serio , recio castellano, inteligente hombre, gran poeta y gran músico. Yo los he observado y los he adoptado como mis amigos, me encantan, los admiro tanto…
Lo primero que se hace es presentar a los amigos, bien, pues aquí os presento a Jean Tabourot. Es el autor del primer libro y posiblemente el mejor de su tiempo sobre danzas: “La Orchesographie” escrita en Francia en 1588 con el seudónimo de Thoinot Arbeau (el seudónimo es un juego con las letras de su nombre)
Hasta entonces no se había escrito nada sobre la evolución de la danza ni su historia ni descripción alguna ya que, como hemos visto en otros apartados, el saber y la ciencia estaba en los monasterios y difícilmente los monjes se prestaran a escribir sobre ello ya que las danzas eran poco menos que pecaminosas o en el mejor de los casos no se tenían en cuenta como parte de la cultura. Las danzas de palacio tampoco eran consideradas como danzas propiamente dichas porque en realidad no se utilizaban como divertimentos, eran formas severas, procesionales, de auténtico protocolo de los cortesanos ante los reyes, hasta los obispos participaban en ellas. Es desde la secularización de la música cuando sale de las manos de los eruditos monjes para pasar a la cultura del pueblo llano.
Bien, pues ahora viene una pequeña sorpresa... Jean Tabourot era sacerdote, sí, este señor tuvo la valentía de escribir un tratado sobre la danza y, como dije antes, aún es el mejor tratado sobre la danza de su tiempo. Entenderéis ahora por qué le tengo una especial admiración. Ya me imagino el campanazo que debió ser el hecho de que un sacerdote notable hiciera un trabajo como ese, debió ser muy fuerte, como se dice hoy día… Me imagino los comentarios de la gente principal entre divertidos y sorprendidos, pasando por sentimientos de incluso admiración por tan grande acontecimiento un tanto escandaloso quizás. Me divierte pensar en ello, se le “cruzarían los cables” a más de uno, ¡¡genial!!
En esos tiempos había que andar con mucho cuidado porque a poco que te salieras de lo establecido ya te habían tachado poco menos que de impío y eso os aseguro que no traía buenas consecuencias y menos siendo clérigo. Dicen que se ocupó de las danzas porque una de las cosas que más le gustó en su juventud era danzar.
En la “Orchesògraphie” podemos ver las danzas que estaban al uso en esos tiempos, tanto las de origen severo y cortesano como las que se adoptan del pueblo llano, sus coreografías, los pasos bien descritos e incluso dibujos de cómo danzarlas, y hasta unas indicaciones al margen izquierdo de la página sobre la línea melódica de dicha danza. Es verdaderamente una joya de incalculable valor, a mi me fascina y hasta me emociona saber de estos hombres que dedicaron mucho de sus vidas a elaborar trabajos tan notables.
He tenido oportunidad de tener en mis manos y poseer copias de fragmentos de la “Orchesògraphie” y es algo delicioso ya que te encuentras ante un estudio serio y muy completo sobre las danzas , pero no puedes evitar a veces alguna amorosa sonrisa cuando hace comentarios licenciosos sobre algunas de las danzas, porque no hay que olvidar que era sacerdote y naturalmente él veía que algunas formas de danzar eran un poco salidas de tono, claro está que hoy día nos parecen que las podrían danzar las propias Hermanas Ursulinas, pero en aquellos tiempos a un clérigo le parecían claramente eróticas aunque, en honor a verdad, algunas tienen su punto pícaro… el alma humana es siempre la misma no iban a ser menos esos jóvenes del siglo XVI. Ya os iré describiendo pasajes de su libro al ir presentado y viendo algunas de las danzas, porque son muy interesantes sus apreciaciones y comentarios.
El perfeccionamiento de la imprenta y la calidad de los editores supuso una rápida difusión de los libros y así también, en este caso, la difusión de las danzas ya fijadas, y a partir de ahí empezó un mundo nuevo que se iría abriendo a las formas musicales propias de la danza y a la proliferación de autores musicales que escribieran músicas para danzar.
Hay que destacar otro aspecto de gran importancia para la danza y es que a partir de este valiosísimo trabajo de Arbeau no sólo se escribe música exclusiva para la danza sino que los autores van reuniendo, clasificando, digamos que contrastando diferentes danzas de una forma estética y equilibrada, hecho que da lugar al nacimiento de lo que llamamos “suite”, es decir una serie de danzas que se interpretan siempre en el mismo orden y van alternando formas de “baja danza” tranquilas, ceremoniosas, procesionales, con otras mas dinámicas como la “alta danza”, mucho más divertidas y propias de la juventud , esas que tanto le gustaban a Arbeau cuando era un muchacho todavía seglar.
Posteriormente la “suite” se convertirá en una forma musical propiamente dicha la cual se creará para su audición, sin ser bailada.
Copyright © María Dolores Velasco Vidal


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Virtual solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.
Publicar un comentario

Números anteriores

Seguidores

Gracias por leernos

Registro

IBSN: Internet Blog Serial Number 5-6-1945-2841 Page copy protected against web site content infringement by Copyscape