Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 35 – Noviembre de 2009 – Año III – Nº 11



Imágenes: Óleos de Carlos Arturo Guerra (Ríonegro-Antioquía/Colombia)
Música: Seleccionar al pie de la revista

PÁGINA EDITORIAL

CELEBRACIÓN DE LA VOZ HUMANA / 1

Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido. La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre.
Eduardo Galeano (Montevideo/Uruguay)

PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

Adriana Vecarich (Rosario/Santa Fe)

EL MAR

El mar es ruido, es frío,
es salado y amado .
Es comunicación y visualización,
Realización y acción
Es triste , pensaste
pero también lo amaste .

Te sacó a tu ser querido
pero te brindó a tu amado.
Te da, te saca, te devuelve
Su color azul verdoso
es siempre primoroso.
Se distingue desde lejos,
de cerca lo ven tus ojos.
Es violento en sus antojos
y el viento mueve sus despojos .

Te brinda el amor
y el dolor,
el sabor,
y el rubor,
y el dulzor.
de la bienvenida
del barco
¡ Oh dulce marco
de esplendor y amor !
Al marinero que llega
de su estadía larga
a un puerto recién .
Y después
en su vaivén ,
puede decir amen
Adiós y a Dios.

Nota: en croata bog se puede traducir como hola o como adiós o sea que su vida está llena de esta palabra.
En castellano podemos decir tanto adiós como a Dios para saludar.


¡OH ESCRITOR!

Sí eres el motor
De esta sociedad
el que interpreta
el furor, el rumor,
el dolor y el honor.

Sí eres la palabra
que siempre aunque macabra
labra en el surco
de todos los días ,
en el día a día vas construyendo
un camino y vas yendo
por la senda del olvido.

Sí eres el ángel
de todo el universo
y en este mundo perverso
pones tu canto aunque
sea al reverso.

Sí eres el alma
un poco de todos
y en distintos modos
dice los logos.
De cualquier hombre,
sus ruegos reza
y a Dios profesa
su agradecimiento:
por inspirarte y darte
la mente inteligente
que como un mago siente,
saca de su galera y les
ofrece y siempre regálales
una flor , una sonrisa y
porque no una camisa
la de la felicidad ,
la de la cordialidad,
la de humanidad .

Sí sigue siempre
cantando , cantando
poeta amigo del hombre
que en ese canto
encontrarán un camino
luminoso y encantado
para volver a ver
y ascender al firmamento,
que es el mejor intento.

¿LA POESÍA QUE ES? …

Una dama, un caballero, un niño
por que no también el cariño.
Una fruta una flor
Todo lo que tiene sabor,
dulzor, amargor.

¿La poesía qué es?
Maldad, bondad,
mezquindad, caridad
por supuesto todo esto,
más agregada su musicalidad.

¿La poesía qué es?
Luchar, llorar,
Caminar, vivir
revivir, sobrevivir.

¿Por qué?
Porque la poesía
Es tu forma de soñar
Para perdurar,
para madurar,
para amar.



César Áctis Brú (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

LO QUE RESTA DE MÍ

Lo que resta de mí
son tenues hebras
de lana de las mansas ovejas
que no han ido a la malla,
ni al telar,
ni al ovillo,
ni a la cesta de restos de la hilada.
Lo que resta de mí
son suaves telarañas,
impalpables amigas de los aires.
Lo que no está,
se ha marchado en los sueños
y en los bellos poemas,
en las puestas de sol,
en lágrimas brotadas sin motivo
conmovido de duelos y nostalgias.
Lo que resta de mí
son frágiles virutas,
sutiles como las alas de una abeja.
Lo que no está,
ha sido de pagar las usuras de amor,
de llorar a los míos,
de rezar por mis muertos,
por ir con todos ellos,
los que amo,
a los «hades», solemnes de penumbras.
Lo que resta de mí
son hebras, alas de abeja, telarañas,
jubileo del viento y la distancia!

LA HOGUERA

Cada uno
que mira cuando pasa
agrega breves fuegos
al fuego que me incluye.
Astillas, hojas secas,
briznas de hierba segadas en la víspera,
ramitas de los árboles del invierno extinguido.
Cada uno que pasa lo alimenta
con algo de lo suyo.
Historias amarillas, ornamentos sagrados,
códices con sueños, papeles familiares y
símbolos que ahora significan
absolutamente nada.
Todos - y cada cual que pasa -
avivan el fuego que me lame
y entre sus dedos me estruja y me deshace.
Cada uno que pasa...
De pronto,
entre las llamas que subieron a hervir toda mi sangre,
tus ojos aparecen
frescos, luminosos, afables,
poniendo refrigerio
sobre mi lábil corazón
en el instante preciso de estallar.

GRADUAL

Sé dónde, en qué lugar,
reposa el Santo Cáliz
-o Graal, o Grial o Gradual,
como los bárbaros
dijeron que se llama -.
Sé dónde, en qué lugar,
acecha el códice que guarda
el Evangelio de Jesús, Hijo de Dios,
que Mateo enseñó
en gutural fonética de Aram
y que civilizaron los helenos.
Pero su acceso me ha sido denegado.
Mi lógica inflexible
y el suave y dulce amor por la mujer
me vedan
-como a Moisés
la tierra prometida y al esforzado Lancelot
su premio-
la entrada a sus santuarios
que he de mirar de lejos.
Sin embargo,
gradual y paso a paso,
he llegado al umbral donde se mezclan
mi apasionado corazón
y el perfume divino del Misterio
que acompañó toda mi vida.

EL INSTANTE

¿En cuál
oscilación
me detendrás,
Tú a mí;
yo,
péndulo
que danzo
entre lo falso y lo cierto;
Tú,
mano
inmutable
sobre el mundo y el cielo?

GUINAT 1

Unos pasos asaltan
el corazón y la tarde.
Pero nadie aparece.
Para aquietar el clima,
y volver
sobre el ocio inicial,
entre los libros
el hombre se levanta.
Ha comido del fruto
del árbol del saber
y se encuentra más solo
que en los principios
del caos primigenio.
Nadie aparece.
Los pasos que se alejan
entre anaqueles
vitelas
y papiros
pleno de
los textos sagrados.
le revelan que
desde ahora y hasta
que venga el Salvador
ha de mirar
el rostro de la muerte.



PÁGINA 3 – CUENTO

AUTORIA


Por Virginia Gutiérrez (Santa Fe/Argentina)
2º Premio narrativa – Concurso Escritores Rafaelinos Agrupados Año 2009

Algunos años después, todavía se lo preguntaba. Pero nunca supo cómo fue que comenzó a hacerlo. Simplemente, luego de un largo texto, colocó el nombre de Juan Ricardo De Laurentis. Y lo envió.
Pasaron cuatro ediciones de miles de ejemplares por las rotativas antes de que el verdadero De Laurentis hiciera sonar los teléfonos de la redacción del diario. Él había visto sólo la última publicación y desconocía que ya existían tres apócrifas. Al enterarse, elevó todavía más el tono de voz. Y mientras conversaba el escritor con el editor, una quinta impresión del falso De Laurentis se imprimía en el taller.
Unas horas más tarde y con ceño fruncido, Juan Ricardo De Laurentis entraba a la redacción del matutino. El director abrió la puerta de su oficina ni bien lo vio aparecer en los pasillos vidriados.
Mientras tanto, una decena de periodistas chequeaba que las últimas publicaciones literarias que se le habían incluido en las páginas del diario pertenecieran efectivamente a sus autores. Los escritores confirmaban su teoría, aunque asombrados de que se les hiciera tal pregunta semanas después de que habían circulado sus poemas o cuentos.
Pero todavía nadie sospechaba algo más grave. En el mismo taller donde se imprimía el diario, se realizaban trabajos a terceros, y la editorial más grande del país había encargado hacía algunas semanas la impresión de la obra de Juan Ricardo De Laurentis.
Los libros ya circulaban por todo el territorio nacional e incluso abordaban barcos y aviones para cruzar fronteras. Una vez conocida la noticia, unos empleados acercaron un ejemplar a la oficina donde escritor y directores intercambiaban los más sutiles insultos.
Y mientras jefe de máquina, editores y directores se lanzaban culpas mutuamente, Juan Ricardo De Laurentis devoró en silencio los primeros párrafos del libro que no había escrito. Descubrió un talento implacable, digno de su nombre.
Sólo un motivo podría haberlo sacado de la oficina donde se estaba develando un enorme engaño: estaba naciendo su séptimo hijo.
Era su séptimo hijo pero el primero de Macarena. Habían decidido llamarlo Juan Ricardo a pesar de las quejas de sus otros seis hijos, a los que les habían tocado nombres de apóstoles. “Esa fue una decisión de su madre, yo ni siquiera creo que Jesús pudiera tener amigos”, se defendía.
O sea que ahora en el mundo había de pronto dos Juan Ricardo De Laurentis más. El que estaba en sus brazos, estrenaba piel y una mirada ingenua. El otro alimentaba tal vez una extraña intención.
De Laurentis esquivó algunos periodistas en la puerta, que si hubieran sabido lo ocurrido en el diario con sus escritos seguramente hubieran actuado con más insistencia. De todos modos, les dio la foto de familia feliz que querían y se encerró en el baño para hablar con su abogado. En pocas palabras, el hombre de leyes le explicó que la publicación de cinco breves en el diario y un libro de 235 páginas había sido posible por la firma de su representante legal, es decir, su ex mujer, de quien se había separado meses antes cuando trascendió la noticia del embarazo de Macarena. “Así que el holgazán volvió a escribir”, había dicho la mujer mientras firmaba, pensando más en el porvenir económico de los seis De Laurentis que vivían bajo su mismo techo que en la felicidad de su ex marido, quien llevaba casi un año sin escribir ni una palabra.
Para esa altura, el escritor ya no estaba enojado con la causa, ni con su ex mujer, ni siquiera con el obstetra que chequeaba salvajemente al recién nacido. Estaba furioso, más bien porque en tantos años sumergido en la literatura no había sentido jamás la conmoción que le causaron los pocos párrafos de ese libro, la contundencia de la palabra exacta, la metáfora elocuente.
Algunos años después, en un parque, escondidos de todos, el verdadero De Laurentis felicitaría al impostor y le entregaría un sobre lleno de billetes para comprar la eternidad de su obra. A veces suceden cosas así, cuando el destino se encapricha en disfrazar el talento y hacer parir a las musas.



PÁGINA 4 – ENSAYO

UNA ESPÍA EN LA VIDA DE FELISBERTO HERNÁNDEZ

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Al parecer nunca lo supo y tampoco lo sospechó, pero en lo que fue una vida rutinaria, grisácea y sin mayores sorpresas, la del escritor uruguayo Felisberto Hernández, hubo una historia paralela que, de haberla conocido, pudo haberlo hecho estallar en mil pedazos. En efecto, una de sus muchas y no demasiado bien tratadas mujeres fue en rigor una espía, un soldado fiel del “padrecito” José Stalin.
Es lo que ya había anticipado en notas periodísticas la argentina Alicia Dujovne Ortiz y que ahora en “La muñeca rusa” lleva al terreno de la ficción, género que le permite extenderse y ampliar esta historia que parece propia de John Le Carré y totalmente ajena a quien fue un extraordinario creador de ficción fantástica, una de las más ricas de las gestadas en el Río de la Plata.
Pero, en rigor, no es tanto Felisberto el que importa en la novela sino precisamente quien -créase o no- fue bautizada con el nombre de África de las Heras y que llegó a ser una importante pieza en la estructura de la KGB, el servicio secreto soviético, detentó el rango de coronela y murió en 1988, con todos los honores, en Moscú y un poco antes de la disolución del país por el que cumplió una larguísima y al parecer más que eficaz misión.
La vida de África, tal como la revela Dujovne Ortiz (aunque en rigor –como lo aclara la autora- la primera investigación la realizó el uruguayo Fernando Barreiro), es digna de una película, de una larguísima novela de espionaje y misterio. Porque la que se presentó ante Felisberto como una simple –y considerablemente ignorante- modista española de nombre María Luisa Las Heras (o Rodríguez), fue una mujer de agallas, que estuvo muy próxima a Trostsky (formó uno de los equipos organizados para su asesinato), luchó en la Guerra Civil Española, adiestró a espías y terroristas y ella misma no vaciló en matar cuando las “necesidades” de sus secretas misiones así lo demandaban.
Un motivo nada inocente. La pregunta obvia es la de por qué África-María Luisa eligió a Felisberto, con qué objetivo. Éste era simple y al mismo tiempo nada inocente, según cuenta Dujovne Ortiz: La coronela del Ejército Rojo debía manejar a los espías comunistas afincados en distintos puntos de Latinoamérica y enviar a algunos de ellos, con documentos uruguayos apócrifos, a los mismísimos Estados Unidos y que fue lo que logró llevar a cabo, según todos los datos que maneja la autora, en plena Guerra Fría y a pesar de la fiebre macartista.
Dujovne Ortiz aplica para las novelas diversos recursos: “utiliza” la voz de Hernández tomada de sus cuentos para darle identidad como protagonista, recurre a los datos de archivos para contar la vida del gran narrador y pianista e “inventa” un diario, el de Oleg, el jefe de África quien desde Moscú dirige la operación del casamiento de la inexistente María Luisa con el narrador uruguayo y cuanto vino después.
La autora entrega un retrato que en nada beneficia a África, a la que presenta como una mujer especuladora y dispuesta a todo, aún al asesinato, por sus ideales. También retrata con justeza a Felisberto, un creador maravilloso que sin embargo maltrataba a las distintas mujeres que estuvieron a su lado, con un gélida indiferencia, con una mezquina incomprensión, mezquindad que trasladó a otros órdenes de la vida, a punto tal de que en los últimos años de su vida no tuvo reparos en denunciar por radio a quienes consideraba y /o calificaba de comunistas.
La novela recorre pues esa relación de pareja y, como dijimos, se detiene más en la vida de África-María Luisa, aunque también se da tiempo para hablar tanto de la personalidad como de la obra literaria de este extraño ser que habitó el planeta Tierra llamado Felisberto Hernández, quien daba la sensación de no advertir siempre qué era lo que de verdad pasaba en la vida.
Nota al margen: Alfaguara termina de reeditar, ampliado, al que consideramos uno de los mejores libros de Tomás Eloy Martínez, “Lugar común la muerte”. En ese volumen, en el que TEM revisa vida y obra de distintas personalidades, hay un capítulo extenso y exhaustivo dedicado a Felisberto que, diríamos, es de lectura imprescindible. Como lo es la obra de Hernández aunque ésta no sea tan fácil de hallar en librerías, especialmente en la Argentina. Una verdadera lástima.

PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

María Julia Ruiz (Santa Fe/Argentina)

TIEMPO DE HABITACIONES SEPARADAS

1º Premio poesía – Concurso Escritores Rafaelinos Agrupados Año 2009

Por
La cárcel de un tiempo sin tiempo
los años
la espera como un punzón en el vientre

El largo pasillo que separa mi vida de la vida

La nostalgia sé que acerca con los años
Te presta la boina, el cigarrillo
la bufanda a cuadros
Extiende hasta tus pasos el peso de la eternidad

La nostalgia que llega como se esperan las cosas más dulces
con el dolor de la desesperación
de la desilusión

Siempre tiene esa cara de asilo, de dentadura podrida

trae en las costillas el olor de la muerte
se siente tan cerca

como el tiempo
como la nostalgia
como las habitaciones separadas

Martín Córdoba (Rafaela-Santa Fe/Argentina)
2º Premio poesía – Concurso Escritores Rafaelinos Agrupados Año 2009

BAJO EL PUENTE

“En lo hondo no hay raíces.
Hay lo arrancado”
Hugo Mujica


Bajo el puente no hay agua.
Hace años que no hay agua.
Hay un rancho y otro, y otro más.
Hay niños que corren
y padres que luchan sin medios
contra el hambre y el tiempo.

Bajo el puente no hay agua.
Hay chapas de zinc, paredes de cartón
ropa tendida, un perro
y entre la miseria del abandono, sueños.



Laura Elena Bermúdez de Tesolín (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

DE CONFLICTOS EXISTENCIALES, DE AMORES Y AMANTES


A veces me aplasta
minúscula sin voz, ni fuerzas
mordiendo las savias amargas
del desencanto
Otras veces erguida
me levanto
Me levantas,
Despacio me levanto.
A veces sollozo
ríos inmenso desbordando
los cuencos de mis ojos
Y limpio el oxido
y aclaro la mirada cristalina
del alma.
A veces,
me acarician las palabras
trayendo primaveras
y huelo la piel fresca, dulce
del durazno que sonroja.
A veces muero
Y la astuta mujer llega
Pero no alcanza a hincar su aguijón,
Resucito con la música
enigmática
de los pájaros y vuelo
Vuelo lejos en la distancia.
Surcando infiernos
acariciando cielos.
Es el amor
que se prodiga, prisionero en las redes
del espanto.
Porque el amor no existe
En ninguna jaula.
A veces
hundo mi rostro
sobre la tierra húmeda
Enlodándome y soy arcilla
De un nuevo barro.
Quiero
Otra vida que nos alcance
A purgar
necedades e hipocresías
Seguro sueño
Con el océano, fabrico barcos de papeles
con mil poemas.
A veces quedo encallada
Equivocando puertos
Y busco sin descanso mi destino cierto.

A MI ADORMECIDA REBELDIA

A mi rebeldía adormecida,
Impotente y estancada te quedas
frente al dolor la desidia de tanta gente
Anestesiada te pierdes
entre mascaras y escondes tus garras
de fiera disfrazada.
Despierta rebeldía!
aflora en mi tu furia guardada!
rompe el témpano de la indiferencia
y deja acariciar o herir tus carnes!
Respirar el nauseabundo olor
de la pobreza sin dignidad
en la oscuridad de sus vidas
Que te despierten miles de ojos
con suplicas de amor en migajas de panes,
mana que debemos compartir desde la patena
de nuestras manos
para distribuidos con equidad.
¡Grita, gime, llora, canta…! Y que mi voz se apague
Se haga eco en la distancia!
Para que nadie silencie del poeta, sus palabras

PARA QUE NO ME OLVIDES

Si te escondes entre las deshilachadas ramas de tu árbol
sin pretender las caricias de mis manos, ni el fulgor caliente
de mi mirada, y te hundes en el hielo oscuro de la soledad
y los silencios. Para que no te toque la magia de mis primaveras
audaces, copulando en el néctar de mi cáliz insinuante.
y me olvidas, me dejas pasar a tu lado como un fugaz recuerdo.
Te prometo permaneceré de cualquier manera en tus pensamientos
aunque la niebla haga nidos de olvidos sobre tu cabeza de plata
Echare en vuelo todos los pájaros y volveré te prometo, a amar
tu cuerpo, árbol arrogante, hasta morirnos de pie con fantasías
y borracheras, pero jamás vencidos...

QUE SABE EL CREPUSCULO

Que sabe el crepúsculo del temblor de la rosa
en el glaciar punzante de la indiferencia.
Cómo el rocío la viste con sus perlas brillantes
y es un llanto que no cesa, llora nostálgica, agónica,
sola, en sombras se oculta sin extinguir su belleza.

No conoce el crepúsculo tus manos, tomando
del tallo de mi cuerpo, devolviéndome el aliento
sin luz abres el capullo de mis pétalos en delicada ofrenda,
que sabe el crepúsculo de nosotros, hilando de boca en boca
los mas exquisitos versos, que ocultan deseos antiguos,
tan antiguos como el tiempo

TRISTEZA DE LA TARDE

Que triste la tarde se mece en ausencias
con un sol opaco de melancolías
Que triste la tarde, sin no estas conmigo.
La inquietud crece, la angustia conmigo.
Que triste esta tarde, pensarte, saberte lejos
Delirando de fiebre, sin poder ayudarte, sentirte
En mi cuerpo, tocarte en el viento, decirte que se hace
Nostálgica la tarde de extrañarte y querer que llegues
Siempre a tiempo…



PÁGINA 6 – CUENTO

EL SURFISTA


Por Lilia Raquel Testi (Santa Fe/Argentina)
1º Premio narrativa – Concurso Escritores Rafaelinos Agrupados - Año 2009

Todo lo que me sucede es extraño. Estoy tendido en la tabla y avanzo en línea recta; la vibración es monótona; el cuerpo se bambolea de manera rítmica hacia ambos costados pero no me deslizo; permanezco recostado como si correas me ataran en esta posición. Quiero pararme, buscar el equilibrio que me impulse al juego de esquivar, enfrentar y romper las olas para sentirme omnipotente, vencedor del gran desafío. Pero no puedo. Hay un letargo en mis músculos casi placentero; me agrada dejarme llevar por manos invisibles que me guían en la inmensidad. El sonido es diferente al acostumbrado; no se parece al rugido que me incita a la confrontación y que yo, mudo pero dispuesto, escucho con la certeza de llegar a la costa triunfante. Lo que percibo es un murmullo indescifrable y de una humanidad que el mar carece. Sin embargo, ahora siento que desciendo, que caigo desde lo alto pero sin notar la electricidad del impacto cuando me asiento en el agua y añoro la descarga de adrenalina que siempre me produce. Otra vez me empujan hacia adelante, más rápido, sin dejarme la posibilidad de cortar la cresta en perfecto balance. ¿Qué sucede? ¿Por qué me detengo y me desplazo hacia otra tabla? A través de los párpados entrecerrados vislumbro la claridad potente nacida de un sol blanco que ilumina sin irradiar calor. De todos modos, estoy relajado y me dejo estar, flotando en esta duermevela que me arrulla como marea calma.

Alina se quitó la túnica para untarse el cuerpo con bronceador sin dejar de admirar la figura espléndida que se destacaba en el mar encrespado. El surfista se había atrevido a internarse muy lejos para su criterio, pero lo suponía un avezado deportista y, además, ella no era experta en el tema. Disfrutaba del espectáculo en la soledad del lugar, libre de turistas irritantes que decidieron no concurrir a la playa debido al viento molesto que soplaba levantando nubes de arena. Para evitar el escozor en los ojos y en la piel, se instaló en un reparo del peñasco, donde se producía la rompiente que salpicaba una fina lluvia de espuma. Le producía un inmenso placer ese cosquilleo fresco en la calidez del verano y se deleitaba al contemplar el tumulto líquido que se arremolinaba, como lucha de cuerpos antagónicos, para luego fundirse en uno solo y morir con un poderoso bramido contra las rocas. No pudo evitar la comparación y dedujo que, en cierta forma, el mar era un espejo de la vida, turbulenta y combativa, pero con la inevitable finitud marcada por el último obstáculo. Se incorporó para ver mejor al hombre que hacía equilibrio enfundado en un traje de neoprene rojo; parecía una escultura surgida del abismo en un marco de gotas cristalinas. Sintió envidia por el coraje y la determinación de esa persona capaz de aventurarse en un sitio tan peligroso; imaginó que sería un triunfador en lo que se propusiera, sin el miedo y la incertidumbre que ella padecía cada vez que se enfrentaba con una situación límite. Tal vez, no eran tan distintos; él se aislaba del mundo en el espacio abierto donde nadie podía derrotarlo, y ella se guarecía en su escondrijo para evitar el contacto con la gente. Eran dos solitarios en diferentes entornos que les aseguraba una infranqueable privacidad.
El viento cambió de dirección en forma abrupta; soplaba con mayor fuerza desconcertando a las olas que, a merced de la corriente, se llevaban por delante en frenética contienda. El surfista parecía haber sentido la alteración; Alina notó que titubeaba en el manejo de la estabilidad, como si hubiera perdido el rumbo. Una ola gigantesca lo encerró y lo hizo desaparecer por unos segundos para luego devolverlo a la superficie con tanta violencia que el cuerpo, con la tabla todavía sujeta, voló por el aire, rebotó en la saliente semioculta del peñasco y cayó en la costa lindante.
Presa del pánico, hurgó desesperada en el bolso hasta encontrar el celular; las manos le temblaban mientras buscaba en el directorio el número de emergencias. Cuando logró pedir auxilio, descendió por las rocas hasta el lugar donde yacía el surfista, se acuclilló junto a él y comprobó que el corazón aún latía; entonces acomodó la cabeza del desconocido en su falda y permaneció en esa posición hasta la llegada de la ambulancia.

Es curiosa esta calma súbita; este vacío de sonidos, esta penumbra como si oscuras nubes hubiesen cubierto al sol. Pero soy paciente, sigo aferrado a la tabla y con el cuerpo suspendido en el agua, esperando que el vientre fecundo del mar genere las ondas que me impulsarán hacia la cima. No falta mucho, ya percibo la dinámica que producen al ir creciendo en volumen y debo trepar para recibirlas. Las veo crecer, abrirse como las fauces de un cetáceo y expulsar un torrente líquido que se eleva y me levanta, firme y seguro, combativo hasta el fin, para superar la cresta y ascender, si, ascender, surfear en lo alto, rasgar el velo de la atmósfera con cabriolas inéditas hasta exceder las barreras de la perfección humana.

El hombre de la bata verde entró en la sala que estaba vacía a excepción de una joven acurrucada en un sillón. Agotada tras la larga espera, sorprendida por el descubrimiento de esa sensación nueva de afecto hacia un extraño, cuyo nombre ignoraba pero que le había devuelto el sentido de solidaridad, Alina no necesitó escuchar las palabras del cirujano. Lo supo. Intuyó, con aflicción creciente, que el surfista había sucumbido ante el último obstáculo.



PÁGINA 7 – ENSAYO

CADA PINCELADA DEJA LA HUELLA DE SU ERROR


Por Mónica Russomanno (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Le explicaba a Juan Manuel la dificultad de la acuarela como técnica, una técnica que utiliza esa materia liviana y transparente, ese pigmento apenas perdurable, esa nada de color difuso, esa mancha sutil. Y le dije; comparando el óleo que puede repintarse, taparse, corregirse; que en la acuarela cada pincelada deja la huella de su error. Una de esas frases maravillosas que venidas de otros lados hallan una aplicación a la forma en que se da el mundo.
Decía en broma Juan Manuel que para resultar interesante diría, para explicar los fallos y la propia historia, para justificar un poco el propio rostro, que en él cada pincelada ha dejado la huella de su propio error.
Y es así, estamos surcados de antiguas pinceladas que se ven tenuamente debajo de las nuevas, y por mucho que acumulemos capa tras capa de materia evanescente, no podemos hacer desaparecer las huellas que el tiempo, las decisiones, los aconteceres fueron dejando siempre fijas y siempre adivinables como soporte de lo que tratamos de dibujar por sobre ellas.
Somos el resultado de esa materia liviana y transparente, somos una acumulación de felicidades y malas horas, y no las podremos negar aún si accedemos a la senectud que va vaciando los frascos y despeja los estantes. Seguirán percibiéndose las viejas pinceladas, y no serán quizás menos dolorosas. Ni acaso menos gozosas.
Nos miramos en los reflejos fríos. Y el primer amor, y aquella íntima vergüenza, y ese día que no podemos recordar sin que algo se mueva en las profundidades, todo está allí, capa sobre capa sobre capa. Y eso somos al fin.



PÁGINA 8 – CUENTO

EL CANILLITA.


Por Ricardo A. Kleine Samson (Neuquén-Neuquén/Argentina)

Tal vez usted lo conozca. Estamos en el punto en que se cruzan la ruta 22 y la calle Saavedra, de la ciudad de Neuquén. Frente a uno de los centros comerciales más grandes de la Patagonia. En ese punto, desde hace muchos años, hay un “canillita” que a de tener, para no equivocarme, mas de 50 y menos de 80 años. Es un hombre canoso, atlético, muy simpático y dinámico. Esta pendiente a cualquier movimiento. Una guiñada de luces, una señal con la mano, un bocinazo, un chistido, una llamada, cualquier modificación en el paisaje le sirve como motivador para vender un diario. Lo llaman de allá y corre, sabe que le quedan pocos segundos antes que el semáforo habilite a su potencial comprador y tenga que irse apurado por los bocinazos de los que lo preceden. Pero no pierde el tiempo, un diario es un diario. De nuevo lo llaman de la otra punta. En el bullicio de la ruta, entre bocinazos, frenadas y motores encendidos, él sabe reconocer “la señal” del “ruido”. Y entonces, sale disparado, salta el guarda rail con la premura y la elegancia propia del que sabe que no se puede caer. Un error de cálculo le puede quebrar una pierna, que no seria tanto sino fuera porque mañana no puede salir a vender y el “canillita” vive de eso. Mientras corre, le avisa con su mano a un tercer comprador, en la esquina opuesta, que lo espere un segundo. Desde la madrugada hasta bien entrado el medio día está, como todos los días, llueva, haga calor o hiele, ahí. Siempre predispuesto y entusiasta. Hace años que lo observo y no ha fallado un día. Imagino que no a de tener subsidio, ni obra social. No cobrará aguinaldo, ni vacaciones. No se puede enfermar ni quedarse dormido. Su mirada es tan ávida como las necesidades cotidianas que a de cubrir con las ventas de diarios…
Ahora bien, acompáñeme hasta el centro de la ciudad. En esa esquina hay dos policías. Uno está leyendo o escribiendo un “mensajito de textos” y se lo muestra a su compañero, este ríe y le da un “okey” con la cabeza. En ese minuto, mientras el canillita vendió tres diarios, un auto estaciona en doble fila, una moto sube a la vereda, una mujer intenta cruzar por la senda peatonal pero un automovilista que dobla se lo impide, alguien estaciona en la rampa para discapacitados, una moto con escape libre irrumpe la monotonía de la mañana, un lavacoches raya el auto de quien se le ha negado a sus servicios, una mujer mayor intenta, como puede, sortear las “zonas lacustres” que dejan los lavacoches. Esto es lo evidente, lo que se ve todos los días. Mientras, en otro lugar, una mujer saca dinero del banco, sube a su auto para ir a su casa y nota que alguien la sigue en otro vehiculo…Desesperada llama al comando, se cansa de llamar y nadie le contesta y, finalmente, los ladrones le roban su dinero. Esto no se ve, pero pasa a diario. Hace solo unos días. Usted lo recordará.
En que se diferencia el “canillita” del policía. En nada, pertenecen a universos incomparables.
Extraño sistema el que vivimos en que los “múltiples canillitas” subsidian a los “múltiples policías” aunque usted crea lo contrario. ¿Qué pasaría si el “canillita” fuera policía? Habría más prevención y mucho menos delincuencia. ¿Qué pasaría si el policía fuese canillita? No se venderían más diarios en la calle. ¿Por qué el “canillita” no es policía? Por el mismo motivo por el que el policía se moriría de hambre si dependiera de si mismo, pero sin dudas mañana, con un poco de suerte y poco talento, quizás llegue a ser comisario, concejal o diputado y le compre el diario al “canillita”. Agradezcámoselo…



PÁGINA 9 – ENSAYO

JORGE LUIS BORGES: LA PALABRA UNIVERSAL

¿Un ciego con luz, o un lúcido enceguecido?

Por Cristina Castelló (Buenos Aires-Buenos Aires/Argentina)

«Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrazaba la sed»
J. L. Borges, de «El Inmortal»


Jorge Luis Borges es una metáfora de sí mismo. Es uno de los escritores más destacados del siglo XX y un emblema de su patria argentina, donde todos lo nombran pero pocos lo leyeron. Niño prodigio, vivió su infancia vestido de niña por su madre, quien lo llamaba «inútil» e «infeliz».
Su erudición tiene pocos parangones. ¿Fue tan lúcido para descubrir la sacralidad de la vida, como para escribir? ¿O la lucidez dañó esa parte del espíritu donde está escrito que nada de lo humano debería ser extraño?
Pocos artistas son tan amados y aborrecidos. Y se comprende: los versos de Borges son sagrados, pero su boca fue incontinente. Calificó a Federico García Lorca, como un «poeta menor», y de la misma forma honró a los vates de la Generación del XXVII española; no se privó de críticas a Julio Cortázar; de Cien años de soledad, de García Márquez dijo: «Lindo título, ¿no?». Fue implacable con Charles Baudelaire, se ensañó con Pierre Corneille –autor de «El Cid»– y con Isidore Ducasse (el Comte de Lautréamont).
Más: al ritmo de cada sorbo de su té inglés calificó a Arthur Rimbaud como «un artista en busca de experiencias que nunca logró», y criticó salvajemente a André Breton, potencia de imaginación y poesía; y, aunque nacido en las pampas, su anglofilia era tan fuerte como su franco fobia (Juan José Saer dixit). Demasiado, Mister George.
Su sed, su sed eterna. Este 24 de agosto, se cumplen 110 años de su nacimiento, y la pregunta de siempre sigue en pie: ¿Tuvo sed de poesía, o, también –y sobre todo– de sentirse amado por una mujer? Él, la pluma universal, tuvo amores imposibles y sufrió como los personajes de las novelas más vulgares, que despreciaba. Hasta que llegó su cauce: María Kodama, con quien tuvo una unión en el misterio.
Mente prodigiosa, en «El jardín de los senderos que se bifurcan», propuso –sin saberlo¬¬¬¬– una repuesta a un problema de la física cuántica. Y toda su vasta obra fue un hito, como disparador de la fantasía de lectores y gentes de letras.
A la par, si bien en su momento condenó a Adolfo Hitler y a Benito Mussolini, después hizo loas de autores de crímenes de lesa humanidad: Francisco Franco, Jorge Rafael Videla y Pinochet, entre otros. Asesinos, condenados en tal condición por la Justicia.
Más que por otros poetas, se sintió marcado por el enorme Walt Whitman. Pero, ¿qué asimiló de él? La palabra de Whitman se batía por la libertad de los pueblos y la dignidad humana; la palabra hablada de Borges defendía –también– la invasión-masacre norteamericana en Vietnam.
Su obra de ficción, plena de ironía, es sobria y precisa pero, en general, tiene una gran distancia con la vida viviente, como si lo que escribía hubiera pasado por su cerebro y no por su sangre; está plena de símbolos, de metáforas tan ricas como poco comprensibles para la mayoría; tiene un sentido metafísico, y muchas veces intensamente lúdico. «Historia universal de la infamia» y «El Aleph», entre otras, son piezas maestras del siglo XX.
Borges fue uno de sus espejos de tinta. Un acertijo. Una suerte de estatua de sí mismo, un monumento, un ser sin piel, por cuyos poros brotaba su inteligencia. Pero en la poesía que escribió asoman sus venas terrenales, irremediablemente: [...] Sin que nadie lo supiera, ni el espejo, /ha llorado unas lágrimas humanas. /No puede sospechar que conmemoran /todas las cosas que merecen lágrimas (de «La cifra»).
La poesía es una voz: la vida viva. Ni siquiera este hombre de la esquina rosada, pudo esconderse tras los muros de cristal del poema. El poema no tiene tapias: es revelador.

LA HORA DE LA ESPADA:
Borges, Pinochet y Videla

Amaba la música de Pink Floyd, de Los Beatles, de los Rolling Stones y de Brahms. Adoraba a «Bepo», su gato. Mientras, aplaudía al gobierno que hizo desaparecer a 30.000 personas –luego de torturas satánicas–, durante el golpe de Estado de 1976 en Argentina. Abrazado a su gato, Borges reclamó públicamente «cien años de dictadura militar».
«Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno», dijo en mayo de aquel año. Se refería a la reunión que mantuvo con el genocida Jorge Rafael Videla, primer presidente de facto de aquella etapa; había asistido, presuroso, con Ernesto Sábato, quien fue después defensor de los derechos humanos: los rictus de la vida.
El tiempo hizo su juego y en1980, con o sin el gato «Bepo», recibió a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, gesto en el cual –aunque ella lo niega, discreta– hay una influencia evidente de María Kodama. Entonces se mostró conmovido, y hasta indignado con los militares asesinos; y reiteró esa conducta cuando, ya en democracia, se juzgó a los desaparecedores de seres humanos: recién en ese momento quiso enterarse de los suplicios y muertes sufridos por sus congéneres, y escribió una crónica para la agencia EFE. ¿Había despertado por fin su lucidez para la fraternidad? Ojalá.
Pero las palabras son una suelta de pájaros: imposible remontarlas cuando vuelan a voluntad del viento. ¿En cuántas personas influyeron sus primeras declaraciones? ¿Cuántas, sin pensamiento propio, repitieron los conceptos del poeta sólo porque «lo dijo Borges»?
Paseó entre laberintos, espejos, libros de arena, ruinas circulares y bibliotecas de Babel. Cultivadísimo –es una de las más grandes glorias mundiales de la literatura– se fue de este planeta el 14 de junio de 1986, siempre en espera del Nobel. La condecoración que, orgulloso, había recibido de las manos con sangre de Augusto Pinochet, fue un escollo insalvable para el premio. Aquel día se alborozó con su flamante doctorado Honoris Causa de la Universidad de Chile, y enarboló la hora de la espada. La hora de la espada, el discurso reaccionario de Leopoldo Lugones, quien –con esas palabras– avalaba la siembra de muerte de los futuros golpes de Estado.
Borges fue Borges, ni más ni menos y sin «ismos», a pesar de haberse definido como anarquista. A los 17 había sido tildado de comunista, con la prohibición de entrar a Norteamérica. En realidad, sólo había tenido un enamoramiento adolescente de la Revolución Rusa, fuente de inspiración para el poemario «Los salmos rojos», que destruyó tres años después. Sólo se publicaron los versos de la poesía que da título al libro, en la revista «Grecia», en un periódico de España y en otro de Ginebra.
De su pecado de juventud sólo queda esa huella, y las cenizas de tantas estrofas incendiadas.
En 1983 anunció su suicidio en el diario La Nación, en el relato «Agosto 25, 1983». Por cierto que no se quitó la vida; y justificó haber jugado con las palabras y con la opinión pública, en su cobardía para auto inmolarse. ¿Buscaba con sus actitudes, la fama y el espacio que su país le negaba como escritor? ¿Era un exquisito provocador?
Lúdico, me dijo en una entrevista que el deporte que más le gustaba era la riña de gallos; y con su proverbial ironía bajo el aspecto de ingenuidad, se preguntaba por qué en el fútbol 22 hombres corren detrás de una pelota, en lugar de comprar 22 pelotas.
Se jactaba de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud. Pero aquello no duró más que un instante: su droga dura fueron los caramelos de menta, y su devoción, la merluza hervida.
Travieso, guardaba billetes de 10, 50 y 100 dólares entre los libros de su Paraíso: la biblioteca. A pesar de no haber creído en ningún dios, antes de morir rezó el «Padre Nuestro», porque así lo había dictaminado muchos años antes, su madre. Doña Leonor Acevedo seguía rigiendo el destino del hijo –el «inútil» e «infeliz»–, obediente hasta el último soplo, que exhaló el 14 de junio del ’86.

«Me duele una mujer en todo el cuerpo»
(Borges, en «El oro de los tigres»)

Su padre lo llevó a un prostíbulo en Ginebra, para que ejerciera por primera vez como varón; y desde entonces, el amor le fue una frustración. Muy amigo de Adolfo Bioy Casares, escritor y caballero excelso y de una personalidad fuertemente seductora, Borges vivía a través suyo, lo que la vida no le daba: la pasión de una dama. Se sentía el patito feo.
El nombre de una mujer recorrió el mundo en los versos borgianos: «Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach». Matilde no existió jamás: era el personaje de una novela ignota y de baja calidad, a quien él dio entidad universal con su estrofa.
La soledad puede ser una telaraña.
A Elsa Astete Millán, su primera esposa, la conoció en 1931, cuando él tenía 32. La relación fue terrible: sin amor, sin pasión, sin interés de ninguno de los dos por el otro. Ella se enamoró de Ricardo Albarracín Sarmiento, dejó al poeta ciego y amante de las espadas, y se casó con el candidato nuevo. Sólo después de decenios, Elsa relató aquel fracaso, sin mucha elocuencia:
―«No se dio», contó, apenas.
―«Sólo la esperaba a ella», gimió el poeta a modo de narración.
Para mitigar la espera, Borges se enamoró de Estela Canto –quien jamás lo amó–, de Silvina Bullrich, de María Esther Vásquez, y más.
Y llegó 1965 –habían pasado más de treinta años– y el reencuentro con Elsa. Él ya estaba casi ciego, tenía 68 años y ella 57. Sin que le importara su agnosticismo, se casaron por iglesia: por amor, todo podía sacrificarse. Al menos eso creyó.
Doña Leonor Acevedo había influido una vez más: ―«¿Cada noche de su vida, antes de acostarse, miraba tu foto», dijo a su futura nuera.
El matrimonio se terminó después de tres años, en 1970. Georgie se cansó: sin una palabra, salió de la casa conyugal y no volvió jamás. Unos meses después, mientras paseaba con su sobrino por la calle Florida de Buenos Aires, Elsa Astete Millán se cruzó con el escritor y lo saludó:
―«¿Quién es? », preguntó el poeta, ya totalmente ciego. ―«Es Elsa, tío», fue la respuesta
―«¿Y quién es Elsa?», repreguntó Borges.
Enterraba el amor, ¿el amor? ¿Fue Millán la pasión que le hizo escribir me duele una mujer en todo el cuerpo? Todo hace pensar que no, pero... Qui sait?
Alcanzó la fama recién en la antesala de la vejez, a pesar de haber comenzado su vida literaria como un superdotado. A los siete años había escrito en inglés un resumen de la mitología griega; a los ocho, el cuento «La visera fatal», inspirado en un episodio del Quijote; y a los nueve tradujo del inglés «El príncipe feliz» de Oscar Wilde.
Su obra incluye cuentos, ensayos y poesía. Fue un innovador, abrió senderos. No hay que olvidar que dos de las grandes revoluciones de la lengua castellana, tuvieron su origen en la América morena: una fue la de Rubén Darío y el modernismo; y la otra, la de Borges, a partir del cambio que impuso a la narrativa. Además, hizo guiones de cine, crítica literaria y prólogos; escribió en colaboración con otros escritores, y tradujo obras del inglés, francés, alemán, anglosajón y escandinavo antiguo.
Era como Leonardo da Vinci, complejísimo y lleno de matices, con inteligencia fascinante e imaginación enorme. ¿Era como el genio da Vinci? Así lo siente María Kodama. Cultivadísima, escritora e incansable cancerbero de la obra del Maestro, ella amaba tanto «su rostro de conejo» como verlo reír tal «un cachorro de tigre al sol».
«Ulrica», según él la llamaba –nombre nórdico que quiere decir «Osita»–, escuchó por primera vez un poema del que sería su esposo, cuando tenía cinco años; lo conoció a los 12 y la relación amorosa empezó a finales de los’60, pero se hizo exclusiva, desde el adiós a Elsa. «Osita» fue también un gran soporte de la actividad literaria y personal de Borges, lo ayudó en la dirección de su colección «Biblioteca personal»; y escribieron juntos, en colaboración, «Breve antología anglosajona» y «Atlas».
Fue desenfadada, fresca y espontánea con el Maestro: a pesar de su juventud, le discutía cosas que podrían haber parecido una insolencia y que, sin embargo, a Georgie le gustaban y divertían. Y así la disfrutó: libre como un animal en la selva, según ella se define, a costa de ser prisionera de su libertad.
María fue los ojos a través de los cuales Borges descubrió geografías, amaneceres y obras de arte presentidas pero vedadas para sus pupilas en penumbras. Hoy, el poeta descansa –por su elección– en el cementerio Plainpalais (Ginebra), cerca de donde había tenido su primera experiencia sexual, en aquel prostíbulo. Vaya coincidencia.
Y tantos amores frustrados, y tantos versos, y dos esposas, tan diferentes.
Elsa le había dicho:
-«Georgie, aprovecha tu cuarto de hora; hoy estás en el candelero, pero dentro de dos o tres años nadie se acordará de vos».
María lo acompañó hasta el final y hoy recorre el mundo, para mantener vigente y hacer crecer la obra del poeta. Y no le debe de ser fácil: no es sencillo tener talento y ser la viuda de un grande, en un país como Argentina, donde tantos quieren apropiarse del alma del Maestro. ¿La amó? Nadie puede saberlo, el corazón del hombre es insondable, aún para sí mismo.
¾«Yo pronuncio ahora su nombre, María Kodama. / Cuántas mañanas, cuántos mares, cuántos jardines de Oriente y de Occidente, cuánto Virgilio», le escribió, entre tantos versos. Es como el ojo del huracán: serenidad y silencio cuando todo se arremolina a su alrededor, dijo de su mujer.
«Y que nadie temiera», está grabado en la tumba de Jorge Luis Borges, un grande de las letras y un poeta sin compromiso con la vida humana. Sediento, lúdico, incontinente verbal, brillante, desamparado, a veces un niño. En los días anteriores a su muerte, contaba a su esposa de los caramelos «toffie» que le compraba su abuela, hablaban de literatura y estudiaban árabe.
¿Fue un hombre ciego pero con la lucidez a flor de alma, o la luz del conocimiento lo encegueció? «Debo justificar lo que me hiere. /No importa mi ventura o mi desventura. /Soy el poeta», había escrito.
Quizás sea la mejor sentencia y la única conclusión.



PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

Por Santiago Bao (Villa Gesell-Buenos Aires/Argentina)
(Premio de Poesía Fondo Editorial Rionegrino)

ENFRENTAMIENTOS

Qué manera
de enfrentarme al destino
con un cuchillo
que no corta nada.
Sangran los otoños antiguos
en esquinas
donde se arrastran
heridas abiertas
en combates desiguales
hacia la zozobra
de seguir estando
en el camino.

EL DESVÁN ABANDONADO

Siempre habrá cosas
que nunca dijimos
que cuelgan del destino
como murciélagos de polvo
palabras, larvas
de la memoria
encerradas con mil llaves
en desvanes abandonados
para zurcir
las horas inexorables
del implacable recuerdo.

BARROS

Desde aquella vez
en que no quisimos
inclinarnos y tocar
el barro de nuestros zapatos
fue que la misma vida
poco a poco
fue haciéndose intocada
huidiza como las flores
de las despedidas.

MEMORY

El polvo
de la memoria pura
es el terciopelo tierno
la tapicería del humo
de madreperla
la pátina de las fracciones
breves del tiempo
la ilusión del fragmento fino
conque están hechas
las inocencias que valen
las lloviznas dulces.

TIEMPOS MALDITOS

Tiempos malditos estos
en que los esclavos
temen romper sus cadenas
y hasta se preguntan
si son dignos de ellas
el amo y el esclavo
satisfechos
la ilusión perfecta
de un paraíso maldito.

VOLVEREMOS

Y los libros
y esa columna que se disuelve
en un jardín del otoño
Schubert
lo de las palabras y sonidos
de afuera
que están o se posesionan
de los de adentro
y lo que ya está
que viene de vaya
a saberse cuando
y bueno
el agua que hierve
en la pava
esa carta que llegó ayer
el pasto que asoma
por la ventana
las cuentas por pagar
un amigo
que se está muriendo
así tan de repente
la realidad
que le dicen.



Eduardo Cháves (Córdoba/Argentina)

TODOS


Creo que soy cientos de rostros todos misterios.
Desconocidos que me habitan y rondan
sin descubrirse nunca
máscaras siempre
sombras.
Soldados que se agitan sangrando en mi batalla
luchan en mí por mí en mi contra
conmigo desde antes
inmemoriales
salvándome de nada
buscándome.
Los espejos no sirven, no me sirve la historia,
soy una extraña alquimia
una prueba una magia.
Cualquier reconocimiento se convierte en la duda
un naufragio una trampa
y el rostro que me observa
que me sobrevive
reclama una victoria una digna muerte
una eternidad fácil y blanca.
Dentro de mí, una guerra,
también
una paz inusitada.
Multitud multitudes de incontenible asombro
y algo que se prolonga
algo inasible y raro
algo.

CARACOL

Sobre la baja marea que prescribe
las huellas de una noche que aún no ha sucedido
el caracol ovilla para nadie la firme sinrazón de la memoria.
El tiempo no se acaba ni comienza
es un sueño que atraviesa una espiral
y la espiral se abraza
gira y se busca en la curva infinita
desde siempre hasta nunca
para ahora y jamás.
Todo pasa y se olvida,
todo lejos, más lejos y más lejos,
todo queda en el punto de confluencia
donde la eternidad y el instante se unifican.
La distancia es un sitio para guardar las horas
la sola llave para todas las puertas
un recurso de amparo cuando se borran la arena y la certeza.
Sin embargo
hay una hora que se niega a los abismos
un aquí perentorio y obstinado
que reclama una inmortalidad de sombra
desde un refugio de sutiles espejos.
La palabra no vuelve, pero un eco perfecto
que deshoja y redime la muerte de las cosas
abre la noche que aún no ha sucedido
y es espuma en la cóncava muralla.
Se reinicia la causa del asombro
el código del mar hace temblar la luna
y otra vez sobre la baja marea que todo lo prescribe
lento en la luz
casi luz
el caracol ovilla para nadie
la firme sinrazón de la memoria.

EL DESTINO

Este incierto camino cuya interrogación preveo
lo tomé por asalto un día del que no guardo recuerdos.
Rompí un mundo ligero
me atreví a la contienda
al principio fue el llanto
mi voz contra el silencio.
La mujer que me impuso sobre aquél territorio
era fiel a una larga cadena de eslabones
me entregó la inocencia como escudo y bandera
con el proyecto entusiasta de vencer al olvido
y la simple obediencia
a una oscura ley de dudas y condenas.
Después fueron batallas.
Cubrí todos los flancos y usé todas las armas,
fui ejército, soldado, la flecha disparada y el arco que se tensa
el grito de la herida, el foso, la muralla
la feroz catapulta y la ciudad sitiada.
Sólo puentes distintos, nunca cambia el abismo,
la tormenta se nutre de templanza y de vértigo
estuve de mi lado también fui el enemigo
el campo de la espada tiene secretos lirios
el amor se desliza entre bronces y besos
las discordias del fuego, la piel, el desconcierto
y un final se anuncia, quizás, desde el comienzo.
Sobre toda pradera hay una historia triste
cada nube que pasa ha visto alguna muerte.
Y el cuerpo, ¡ay! el cuerpo,
la más dulce armadura,
el lugar donde quedan las marcas de los días
centro y vida de límites cerrados
a la luz y a la llama inocente y despierto
altivo, temeroso, todo fragilidad y esfuerzo,
nos acompaña sólo para ser los testigos de su desvalimiento.
Sin embargo algo sigue
estamos combatiendo la penúltima guerra,
malheridos y ardientes en la eterna trinchera,
capaces de otra noche, rendidos y dispuestos,
mientras la victoria espera
del otro lado del tiempo.



PÁGINA 11 – CUENTO

ESPLENDORES


Por Miriam Cairo (San Nicolás-Buenos Aires/Argentina)

VIVIR MUCHO ES OSCURO

Preparo los almohadones en la habitación para el título de la obra: "Primero suave y luego, duro, duro." Luego llevo el espejo para duplicar la escena y romper la tercera pared. Lo nuestro es un arte.

LA NOCHE INCESANTE AGUARDA

Anoche te he sentido sin que tu cuerpo haya dormido junto al mío. No sé si has estado como sueño o como vino, pero llegaste a mi cuarto como una noche entera. Hijo de los abismos que suben y de la oscuridad terrible y silenciosa, que baja. Anoche te quedaste inmóvil y me nombrabas como si mi nombre lejos de vos no existiera.

ESCRIBIR CON LOS OJOS ABIERTOS

Aquí los labios, los grupos, las fisuras. Aquí las cabezas, el sueño prolongado. Los horizontes atados a la cintura, lo llano del mundo, elevado. Aquí arriba la espesura de allá abajo. Un zumo de estrellas corriendo por la cara. Aquí arde una gruta entre las manos. Aquí la escritura pequeña, movediza, llena de patas. Aquí los ojos no repiten lo que copian. Aquí se escribe con un puñal y un remolino en cada mano. Aquí se esconde una montaña.

EL ORO DEL CIENO

Está visto que la falta es constitutiva de su ser. La falible puede estirar las pestañas como cualquier estiradora de pestañas, pero además puede estirar las manos hasta un coser por dentro las roturas del alma.



PÁGINA 12 – ENSAYO

BORGES. PRECURSORES Y TRADICIÓN


Por Jorge Isaías (Los Quirquinchos-Santa Fe/Argentina)

La poesía de este pequeño ilustrado que era Carriego queda según Borges como un verdadero precursor (de él, pero no lo dice) un precursor no deja de ser la protohistoria de otro, del que brilla y si bien es la raíz de algo, está bajo tierra, no molesta, no brilla, no está visible. Esto para Borges es más que suficiente.
A veces he pensado que a él no le importó demasiado la poesía de Carriego, lo tomó como un símbolo nada más.
Allí en ese libro que se llama icónicamente Evaristo Carriego, incluye, un apéndice muy de su gusto sobre el tango y algunas de sus lecturas, que son intereses de entonces.
Es el entierro de las vanguardias, el adiós a una lucha que él mismo había encabezado diez años antes, ocho años antes.
Es el entierro de su criolledá, como lo llamaba sin ostentación a su inveterado criollismo juvenil. Línea que viene del Centenario pero que él, fiel a su estilo trastueca en ironías y en miradas no canónicas.
Contra el oropel lugoniano antepone el medio tono, la voz baja y humilde de Carriego (su vecino, como dirá en un alarde soterrado). Antes se cuidó muy bien de no dejar de pasar la anécdota de su biografiado como amigo de sus padres, pero también de los malevos y guardaespaldas de caudillos del barrio. Paredes entre ellos. Borges no se si será verdad o es un oculto chiste, dice que también fue su amigo. Paredes que debía varias muertes, haciendo honor al folklore orillero.
Pero era servicial y hasta capaz de pulsar una guitarra y mantener el orden en el barrio con su sola presencia o mirar con severidad al que quería pasarse de vivo.
Veras o falsas estas historias eran en ese tiempo muy amadas por él. Por el Borges que inventó un poeta de prosapia entrerriana que se llamaba Evaristo Carriego.
Se me hace que para Borges, para el proyecto literario de Borges necesitó un escritor de las orillas para construir luego una literatura que tuviera en cuenta los interesados interrogantes de la cultura grecolatina primero y luego algunas de las orientales, como la china y la persa.
Borges necesita también este origen porque su país, la Argentina, también se crea sobre la base de una cultura criolla que ya era invadida por la ola inmigratoria, por la ola de gente que hablaba otros idiomas, que hace de la ciudad de Buenos Aires una Babel infernal. El poder político obligará a través de la ley 1420 de escolarización obligatoria a desaprender esa lengua a los hijos de inmigrantes. Una sola lengua para todos. Estos aprenderán la lengua que no es la materna de los padres con la fruición de un converso. Luego se les va a cuestionar a ellos que quieran escribir con esa lengua adquirida (una aberración para Girondo, para quien la lengua se mamaba o no se aprendía nunca). Girondo, no nos olvidemos era partenaire de Borges en las guerrillas literarias de los años veinte (una de las pullas que se le hacía a Roberto Mariani era justamente él: el italiano, le decía. Era una forma de desvalorizar su literatura. Mariani, era hijo de itálicos.
Siguiendo con esta teoría borgeana de los precursores, no se le podía escapar el precursor mayor de un género que a él le preocupó mucho: la gauchesca.
Este género, que se abstuvieron de inventar los vaqueros de E.E.U.U., dice Borges inteligentemente, ya que no bastan dice “el duro pastor y el desierto” para crear una literatura y en el Río de la Plata si se creó.
El Adán de todos fue el oriental Bartolomé Hidalgo, quien fue dice Borges superado por todos pero sobrevivió en los otros, ya que instaló el género, desde la forma dialectal con que intentó cantar las albricias de mayo y las invectivas contra Fernando VII, hasta el movido diálogo que el llamó “patriótico” y que fue utilizado por todos los poetas civiles, por los poetas de la ciudad que se animaron con este género que encontró tantos adictos entre los no letrados y aseguró la fama de un oscuro periodista federal llamado José Hernández.
Pero la más importante del aporte que hace Hidalgo según Borges es descubrir la entonación del gaucho. Ese medio tono que los verdaderamente creadores descubren para decir algo, y esto lo digo yo, a veces es más importante que la ejecución feliz de muchas páginas o la responsabilidad de una obra monumental legada a la posterioridad. Esto hizo Hidalgo, dice Borges, y es verdad.
Pero él ahonda. Y uno de sus preferidos, Hilario Ascasubi, (Ascásubi, como le llama él), fue en vida el Beránger del Río de la Plata, pero muerto fue el borrador olvidado de Hernández.
Porque dice Borges con razón, pensarlo precursor de su admirador Estanislao del Campo era demasiado evidente y demasiado cercano.
También es cierto que la motivación de las dos obras –la de Ascasubi y la de Hernández- son absolutamente distintas y tienen entre sí de coincidencia entre otras cosas lo que tienen todas o casi todas las obras de las gauchesca: la entonación atribuida al lenguaje rural del siglo XIX, y algunas descripciones sobre el paisaje, los malones o el cambio de tonalidad en la luz que proveían los cambiantes crepúsculos sobre la vastedad de la pampa que Sarmiento comparó con un mar.
Yo creo que esta teoría de los precursores se da plenamente en Antonio Lussich, poeta gauchesco oriental o uruguayo, quien publicó su libro Los tres gauchos orientales seis meses antes que el Martín Fierro. Hay cartas entre ambos, hay pruebas de que Lussich admiraba a Hernández, ya que éste había publicado ya versos gauchos en Uruguay, es decir que Lussich consideraba a Hernández, su maestro, no obstante no hubo un mal pensado que molesto por la fama de Hernández atribuyó la influencia a la inversa. Borges vuelve aquí con el tema del precursor. No obstante, con suma inteligencia, dice que cree que la charla entre los tres orientales es una aplicación de diálogo de Contreras y Chano, que como todos sabemos es la del precursor Hidalgo.
No obstante, según Borges, los rasgos autobiográficos de los personajes de Lussich si estarían prefigurando al genial poema de José Hernández.
Hablar de gauchesca y tratándose de Borges, nos lleva necesariamente a pensarlo a él frente a esa tradición.
Mezcla de malentendidos y fisuras, de grandes adherentes y grandes detractores, la gauchesca y en especial la obra cumbre del género, al Martín Fierro han obligado a muchos autores a sentirse menos cavados o soberbios con él, depende del temperamento. Borges, como gran creador que era, zanjó no acatando la tradición sino intentando modificarla. Ya que no hay más que dos caminos. La obediencia o la rebelión. Si nos atenemos a los serios trabajos realizados por el profesor Adolfo Prieto sobre el criollismo, notamos que el Martín fierro vino entremezclado en esa veta, desconocidos por los cultos cincuenta años, y el nombre de Hernández casi anonimizado por la fama popular de su gaucho rebelde.
Es discutible todavía la contribución real que hicieron los hermanos Podestá con la puesta en escena en sus famosas carpas de tan emblemático personaje
Lo cierto es que hasta el doctor Rojas, como lo llama irónicamente Borges, y se trata de don Ricardo Rojas, no revaloriza la obra de Hernández en su Historia de la Literatura Argentina que es según Borges más larga que la propia literatura argentina, y el Leopoldo Lugones del Centenario con sus notas de El Payador, donde es fama que asistió Figueroa Alcorta sin perderse ninguna conferencia, el destino de este magnífico ejemplar de la literatura había pasado desapercibido para los que profesan y conceden los honores en el canon de las letras nacionales. Ni el reconocimiento de Unamuno o Menéndez y Pelayo, de Ultramar, habían bastado para que la obra del periodista Hernández fuera bien vista por nuestros connacionales amantes de la obra ya de los realistas franceses o los decadentes del mismo país, sin dejar pasar por alto el relumbrón rubendariano, como comentó alguna vez el bueno de Borges de Baldomero Fernández Moreno.
Borges, sin embargo, hace una lectura interesada del Martín Fierro. Pone, sabiendo que nunca se hace en literatura, una invectiva moral para desacreditar una obra de arte. Trata de cuchillero al héroe hernandiano, siendo que eso no cuenta para la ejecución feliz de una obra. Es como si el Fausto de Goethe sería desvalorizado porque el diablo está entre los personajes y no se debe ofender la ideología del papa o asustar a los curitas de parroquia. Pero anota una notoria verdad: “Todos los héroes de esa poesía, Fierro es el más individual, el que menos responde a la tradición. El arte siempre opta por lo individual, lo concreto: el arte nunca es platónico.”
Lo que no nos queda claro es si Borges cambia al final del Martín Fiero sólo por una cuestión moral, porque para su sentido de la justicia el gaucho se había pasado de raya y debía pagar por ello (Borges fue siempre un hombre adicto a la ley, al menos la que escribían Mitre y Sarmiento) , o porque envidioso de la fama de José Hernández le cambia el curso del argumento para que el desertor no se saliera con la suya y pagara con su propia muerte la injusticia de la muerte del primer moreno.
Creo, siempre he creído, que en esa decisión borgeana, no estaba sólo la idea rebelde de cuestionar una tradición, además había que tratar de matarla, para ser él el primero.



PÁGINA 13 – CUENTO

AL LLEGAR LA SOMBRA


Por Gregorio Echeverría (El Talar-Buenos Aires/Argentina)

I CERTAMEN DE CUENTOS CORTOS “DEL CORDOBAZO”
Casa de los Trabajadores / Córdoba (Argentina) 2009


Parecía que la historia estaba pasando junto a nosotros
y nos acariciaba suavemente como la brisa fresca del río.
Raúl Scalabrini Ortiz


El hombre se da cuenta un atardecer de que los ruidos de adentro empiezan a pesar más que los ruidos de afuera. El galope de su sangre en las arterias que alguna vez parecieran haberse agotado acosadas por los golpes y la mordedura de los perros. Ese cosquilleo de los pensamientos queriendo saltar barrancos y zanjones para largarse cielo arriba más arriba de la copa de los más altos edificios, más arriba incluso de la cresta lejana de sus sierras. El borboteo de las tripas cuando se cansan de dilatarse y contraerse en el vacío y el cuerpo al fin percibe que incluso el dolor, la sed y el hambre —hasta el mismo miedo— son conceptos carentes de sentido. Un ronroneo a veces suave a veces torvo al fondo del oído que una noche tropezara con un par de borceguíes empecinados y más tarde contra el pavimento mugroso de una celda. No queda ya un pie o cadera, un omóplato, una rodilla que no crujan con esa pena triste que dejan las heridas cuando van cicatrizando para hacer lugar a otros dolores y más golpes. Claro, hay otras que jamás han de cerrarse porque no se sabe de medicina ni de emplastos que curen las ausencias. La ausencia es un tatuaje sin anestesia pegado a la piel como un augurio ácido que corroe la vigilia y exaspera los recovecos de la quietud y el sueño.
Santiago … Hilda … Juan José … Ramón … Máximo … los primeros que se fueron, las primeras presas de los colmillos y los palos. Hace pocos meses el pibe de Raimundo . Derecho y corajudo el tano, aunque no siempre estuvieran de acuerdo en los detalles. Los perros no perdonan, las dentaduras y los cascos siempre al acecho de esa sangre que se prodiga en grito y en abrazo a despecho de las tanquetas y las balas. Los despedazaron antes de que del fondo de la tierra brotara el fuego y en cada bocacalle de la ciudad ocupada por los perros crecieran las barricadas y el sol de las fogatas. Antes de que la noche se encendiera en astillas de protesta por la presencia de los candados y las botas. No queremos alambradas, no queremos celadores, no queremos tenazas que nos desalienten ni alicates que nos muerdan ni verdugos que nos destrocen las ilusiones y los sueños. Entre el humo crecían las carcajadas de los perros y el escarnio de los bastones y las botas. Botas y bastones que ahora mismo acorralan a la viuda que ya ni siquiera cuenta con el prestigio del destierro ni con las manos del general para detener los golpes.

El hombre recupera retazos de su infancia en el pueblito al sur de la provincia, la voz acusadora de la Berta Singerman desparramándose junto con el humo de la cocina económíca desde una broadcasting de Buenos Aires. Botas… botas… botas… las circunstancias son otras pero los perros siempre son los mismos. Botas… botas… botas… En la cabeza del hombre atormentado por la fiebre y acosado por los recuerdos se mezclan lo vivido con lo imaginado y lo que ha visto con todo lo que le contaron los compañeros, hasta confunde ya las mentiras de los grandes diarios con las verdades garabateadas en las paredes y en volantes pegoteados por la tinta grasienta de los mimeógrafos. Palabras escritas con la sangre de los grasitas que amaba Evita eternamente odiada por las señoras gordas y los perros. Cosa de locos cómo todo se junta en la cabeza a la hora de la fiebre y uno empieza a sacar cuentas de todo lo hecho y de lo tanto por hacer. Saber sin ir más lejos que en la clandestinidad ni siquiera podés llegar a un hospital y te vas a morir así tan antes de tu hora, nada más porque los perros vigilan los dispensarios y las salas de guardia y los hijos de puta te la tienen jurada. Porque arenaron los frentes de Clínicas pero aunque arenaran toda la ciudad no podrían borrar las pintadas y las consignas que quedaron grabadas en cada vereda, en cada adoquín, en cada ochava. Al fin de cuentas tendrían que arenar el país para borrar todas las huellas. Y ni aún así.

Muchas memorias y desmemorias le trae la fiebre al hombre, algunas tal vez producto de la misma enfermedad que se lo está llevando al amparo de su desamparo, ya se sabe que la muerte no da ventajas a nadie ni desdeña lo que las circunstancias o los perros le sirven en bandeja. Por la cabeza del hombre desfilan escenas raramente realistas, hasta el calor del fuego y la humareda de las quemazones le cosquillea en la garganta, mezclados con el olor de las matas de poleo y peperina de su pueblito allá en las sierras y los montoncitos de bosta de burro. Las madrugadas largas en el sindicato, las primeras manifestaciones por las calles, las agarradas con los gendarmes, los enfrentamientos con la cobardía y la traición dentro de las propias filas, las pintadas, las corridas, las noches de calabozo en comisarías de barrio, más tarde las alcaidías y varios establecimientos penitenciarios malos o peores, al final La Pampa y después Rawson, donde emparedados en celdas individuales debieran padecer la noticia de los fusilamientos de Trelew, gritando entre el dolor y la bronca el nombre de cada uno de los mártires.

Entre uno y otro episodio el hombre recupera sus rostros y voces más queridos, los que están y los que ya partieron, los que sueñan con el mañana venturoso y los que ya no han de verlo. De repente los siente a todos a su alrededor, familia y compañeros. Si a fin de cuentas la gente del sindicato han sido su gran familia, apretujados en cada movida, en cada decisión, en cada enfrentamiento. Sostenidos en el abrazo solidario en las buenas y en las malas. Muchas malas y pocas buenas por cierto. Uno por uno, cara a cara, reviviendo, desmenuzando y saboreando gestos y palabras como una despedida. Y la consigna escueta, algunos a voz vibrante, otros apenas un murmullo. ¡Hasta la victoria siempre…!

Santiago Pampillón, obrero estudiante asesinado por la policía de Córdoba en 1966 durante la dictadura de Juan Carlos Onganía.
El 12 de enero de 1967, la represión a los obreros de los ingenios azucareros tucumanos Santa Lucía y Bella Vista deja como saldo la muerte de Hilda Guerrero de Molina.
El 15 de marzo de 1968 el estudiante de medicina Juan José Cabral es asesinado por balas policiales durante una manifestación contra la privatización del Comedor Estudiantil de la ciudad de Corrientes.
El 17 de mayo de 1968 en la ciudad de Rosario se efectúan actos y una gran marcha. En la Galería Melipal es baleado en la cabeza Adolfo Ramón Bello, estudiante de 22 años.
El 29 de mayo 1969, en la esquina de Blas y Bulevar San Juan, cae herido de muerte el obrero mecánico Máximo Mena de 27 años.




PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

Claudio Martínez Zabala (Buenos Aires/Argentina)

YO PAGO


El mundo es tan hipócrita...desequilibrado y tibio,
la vida tan subversiva, educada en un penal, maleducada en la calle.
Tan susceptible, persistiendo en el dolor, el enojo, el resentimiento.
Ocultando la mirada, entre la hiedra húmeda y áspera.
Que bien te ves, los de atrás vienen conmigo, desgajando mi historia.
El mundo es tan palpable, desarmonizado y frágil.
La vida tan incongruente, masticada por la mentira, atragantada en la verdad.
Tan increíble, subsistiendo en el celo, la calentura, el crecimiento.
Ocultando la prostitución, entre las piedras, mojada y rugosa.
Que bien te ves, los de atrás vienen conmigo...
Yo pago.



Eduardo Espósito (Paso del Rey-Buenos Aires/Argentina)

NENÚFARES DE CARNE


¿Qué busca esa mujer en la madera del tiempo?
Ha ligado la noche con saliva
Con saunas de su cuerpo derrite los barrotes
Cama y celda son uno en el recuerdo
¿Busca clavos de amor? Seguramente
y en los encastres
flores de prisión de aguas
Nenúfares de carne
En el espejo en negativo de su cuarto un año ido
y el baño de manteca por las noches
Hombres de a dos y en pugna
La verga en ristre
Aquella esgrima púbica y brutal
¿Qué encuentra esa mujer en las vetas
en los nudos des – nudos de otras vidas?
¿una verdad articulada?
¿Limonada Rogé?
¿La baguette prenupcial?
Su tiempo se contrae desde el vientre
Con el alba inclinado
la matrona se astilla y desmenuza
respirando un destino de viruta
Del polillaje saldrá el huevo
que comerá su ayer

EL PAN

El pan es sólo pan
¿Qué puede ser?
Harina y levadura
Masa, hostia adulterada
Miga en prisión
Sudor de hornos
Su aritmética es simple
Multiplicado
da el milagro
Mal dividido
el hambre
Restado
la indigencia
Sumado
es buen negocio
Elevado al cuadrado
revela a su hacedor
El pan que puede ser
¿Es sólo pan?

DEL AIRE

A Gabriela Tamborini

Del aire
La flor del mal
El despegue imperceptible
de unas piernas en ángulo
Difícil mensurar el vuelo
del aire
El compás humano girando en círculos
carnívoros
La fleur
La corola de todos los males
o ninguno
Algo que nace y horada
Y en un punto de apoyo
el universo

EL JARDÍN DE LAS MISERIAS

Dos hombres de pie
desayúnanse un caballo en una plaza pública
Nadie los mira
La ciudad apesta a traperío viejo
Y al infierno del Bosco
Nadie ve el nervio de la cosa
sólo el caballo –también de pie-
con la receta entre los belfos
Le piden perdón y lo mastican
Dos Dráculas dos
raquíticos
invisibles de flacura
Disculpen la molestia –dice el caballo
hay que guardar una ración extra
para la cola que se viene

TODO FLUYE

Un hombre entra en el río
dispuesto a refutar a Heráclito
Trastabilla
Pierde pié
Es arrastrado por las aguas
Otro hombre será hallado muerto
en un río al que nunca entró
mañana

MALDOROR’S LOT

Al que madruga Dios lo arruga
dice el pobrecito
y asoma el brazo enflaquecido
por la ventana de las desesperaciones
Un pozo de dolor chupó a su padre
Le quedan siete bocas
siete verdades amaestradas
El problema es que vienen
con el resto del cuerpo
Herencia desmedida para un niño – padre
cuando el viento del norte es clandestino
El traumatólogo del cielo
nos soldó mal los huesos dice
El bracito de la limosna
nos sale del tobillo
Al que madruga no lo ven los de arriba
que se levantan tarde
ciegos al mal olor
Ojalá que se pudran con los ojos peinados



Luis Benítez (Buenos Aires/Argentina)

CARACOL DE SUEÑO SOBRE UNA COSA QUE MATA


Una bestia terrible resbala sobre todo:
terrible como decir “yo permanezco”,
de la tribu que puede cruzar sobre una hoja de afeitar
tomándose su tiempo,
arrastrando su fuerza pausadamente
sobre el agudo diminuto abismo
que separa un lado de otro lado.
Y no puedo ver la sonrisa de esta casi cosa
tras su hazaña que no puedo imitar,
yo, frágil materia que sólo puede aplastarla,
ella, como casi todas las cosas, fuerte gelatina
determinada a seguir sin que yo exista.
Para mí, la certeza es el brilloso camino de su nunca.

ESE HERMANO QUE ENVENENA LOS RIOS

Ese hermano que envenena los ríos
Abre una ancha brecha
Que le parte la vida.

La mano que asesina los huevos de los peces,
El dedo que ordena que se sequen las raíces del mundo,
Que la fruta se pudra antes de llegar a su boca,
Que en el aire fallezcan las alas de los pájaros,
Y el silencio congele el paisaje de su misma muerte,
Ese hermano que pide
Que los hongos se asomen en lo rubio del trigo,
Y que la noche se abra en el corazón del alto mediodía.

Ese hermano que obliga
A retroceder al tiempo hasta su aborto,
El que invoca calaveras
en medio de la fiesta de su propia carne viva,
no sabe que se suicida en el ave que cae,
no sabe que se muere
donde declina el tallo
su alegre columna verde,
donde el todo de los campos
se convierte en la nada.

Ese hermano que envenena los ríos
No sabe que envenena también el rojo río
Que lo anima por dentro,
El que desagua en la sangre de sus hijos
Lo empetrola hoy y ahora con su error infinito.

La mano que alzó la orden
De talar el futuro
Derribó cada hora de ese día, mañana,
Donde había gestos y rostros
Que se le parecían
Al hermano equivocado que envenena los ríos.

ANOCHE ALGUIEN DERRIBO UN ARBOL QUE CUMPLIA TRES MIL AÑOS

Anoche alguien derribó un árbol
Que cumplía 3.000 años
Erguido sobre el campo.
En la noche sus astillas ardieron
Calentando a los hombres ateridos
Y en la niebla el resplandor
Indicaba el sitio de su muerte,
El mismo de su larga vida,
El mismo de su corta hoguera.

Ayer su sombra
Se alargaba hasta la casa distante,
Cruzaba el arroyo
Que cuando él brotó
No estaba.
Hoy un pozo
Con colgajos de raíces,
Con fragmentos de ramas y cortezas
Indica dónde floreció
A través de los siglos
Su savia poderosa.

En su copa anidaron
Animales que ya no existen,
Y bajo sus ramas
Estallaron infinitas tormentas.
Sus altos brazos
Surgían de entre las nubes bajas.
Entre sus raíces
Primitivos hombres
Se escondieron de las fieras,
Y luego se ocultaron tesoros,
Cartas de amor,
Objetos robados,
Y alguien talló
Con cortaplumas
Palabras que no se leen.

Anoche alguien derribó un árbol
Que cumplía 3.000 años
Erguido sobre el mundo.

EN EL CANTERO ARRASADO POR EL FRÍO RESISTÍA

Discutíamos tú y yo
Sobre cosas de nuestro amplio mundo,
Hecho de ventanas
Detrás de las que guardamos padecimientos y alegrías,
Como en un acuario
Que creemos aislado de lo que está
Bullendo, cuando
En todo lo que decimos su magma estalla:
El hombre y la mujer
Son dos razas que en medio de su batalla perpetua
Se intercalan.

Más allá ¿recuerdas? Estábamos en el balcón y explotó en abril
Su desusada melodía.
El grillo viejo desde un cantero lejano bramó su partitura,
En el ya frío abril
Del hemisferio sur era su estar lo desusado, lo inaudito:
Nada tenía que hacer
Su sexual sinfonía, trastorno del verano, en medio de la tarde helada
Que abandonaba en su águila
Ese niño furioso que para siempre representará el deseo.

En el cantero arrasado por el frío resistía,
Como un bulbo tozudo,
Como una semilla insistiendo en procrear,
En ser padre tardío
De diminutas larvas que inundaron el aire
Meses antes,
Cuando la escarcha no nublaba el parabrisas
Del hombre cansado
Que por la calle somnolienta conduce el autobús.
Abajo, en la calle,
Alguien grita que tiene odio, hambre y frío;
Entre los bocinazos
Otro cruza la calle frenético en su automóvil
Y un vendedor recita
Su interesada palinodia. Nosotros ante el grillo
Callamos la vergüenza
De ser casi ya viejos y de no ser padres.
No llegará hasta una hembra
Su violín desastroso: en la humedad del cantero
Le cortarán las cuerdas
Entidades más potentes que su canto ridículo:
La niebla de mayo,
El viento de la calle que sembrará otro junio,
Arrasarán el destiempo
De su amplificado rascar los costados gastados
Por un deseo incesante.
Estúpido animal que cuando un silencio momentáneo
Intercede por su apenas, mínima gracia,
Deja oír en toda la calle su humilde esplendor,
Esa insistencia
De otro tiempo simultáneo que no vemos,
Que no oímos,
A no ser por un grillo u otra cosa eterna y fuera para siempre
De este bien conocido,
calculado y cotidiano mundo que habitamos.

Ciertamente el tiempo
Es un río
Que a orillas de su canto
Se detiene.

NOSOTROS, ANTIGUOS PERFUMISTAS

Si alguien en un siglo anterior operaba
Sobre la combinación de esencias que apenas pesaban lo que el aire,
Y si de su apenas presentida combinación creía
Obtener una esencia tan capaz de devolver
A quien cerca pasara, por lectura o aspiración apenas
El simulacro de la belleza condensada
En unas palabras o efluvios, el vislumbre
Siquiera, pero tan poderoso, que abre para siempre
Las narices a la nueva realidad para él,
Que es la antigua y continua, para tantos y tan pocos,
Es muy cierto, apenas contenida
En la cifra de unos versos o un veneno.

Si era cierto entonces que la mayoría –exigua- apenas aspiraba,
Por casualidad o por gracia, las primeras notas,
Las que se llaman palabras, las que primero se desvanecen
Y nada dejan en la nariz que es la mente y son pronto olvidadas,
Perdido para siempre su sentido, las que luego
Vuelven sin saberlo en una frase casual,
En el espejismo de una visión que les parece propia y es ajena.

Si otros, muchos menos, alcanzan a gustar o creen ello,
El centro donde “reside” el sentido, apenas
El primero del ejército de significados
Contenido en una condenatoria bocanada de comprensión,
Y no saben que todos sus posteriores errores sobre el mundo
Engendro serán de esa lectura y asomo algo más hondo
Que para siempre los encerrará en la falsa cárcel
Donde a partir de allí se licuarán sus vidas,
No menos engañadas por la apariencia
Del perfume, del atractivo engaño segundo
Atento como una araña, seguro como un rifle.

Y más hondo, en las notas que se dice son del corazón,
Acecha la epifanía profunda, que sus redes lanza
Más allá de lo que puede capturar un perfume,
Recoger nocturnamente el sentido o las palabras.

¿Quién puede ir más allá sin volver
Con un miembro transformado, con un órgano nuevo,
Para siempre cambiado por el asomo a lo que está
Tan fuera, tan carente de olor como de palabra?
El problema luego es andar sin ser visto por el mundo
Con esa prótesis viva, esa nueva porción de uno mismo.

La poesía es un perfume donde limbo, infierno y paraíso
Se disputan, igual que todas las cosas, cada día de algo nuevo
Que la fortuna dispone sobre el mundo:

(Creer cierto lo que dicen estos tres últimos versos
Es abrir los ojos con el frasco, fatal, abierto).



PÁGINA 15 – CUENTO

EL CLUB DE LOS MELANCÓLICOS


Por Delfina Acosta (Asunción/Paraguay)

Levanté la mirada y caí rendida de desolación. Cuán grande era la casa, con sus habitaciones desnudas y húmedas por donde corría el viento frío de la tarde de agosto.
Un agosto ventoso y huraño.
Pensé, no sé porqué, en mi amigo Antonio, que estaría - seguramente - aguardando las campanadas de las cinco de la tarde para ir a misa, y salir luego de ella, a las siete, entre los empujones de la gente apurada; distraído él, con los ojos marcados por profundas ojeras, se dejaría empujar. Pobre...
Nada podía hacer ya Antonio; los oficios religiosos no le servían, sin embargo prefería el olor a incienso de la iglesia, que le producía un modo distinto de tristeza a aquella otra, tan bien conocida desde sus veinte años (ahora tenía treinta y cuatro), aquella tristeza que le hacía reclinar su cabeza sobre el respaldo del sofá, mientras Frank Sinatra cantaba “A mi manera”, y un hilo de conversación, entre él y su propio yo, se apagaba en el momento de encender un cigarrillo.
Sonó el timbre.
Era Consuelo, con su crisis de asma. Parecía una aparición frente al portón de mi casa.
Un estornino amarilláceo que la escuchó estornudar levantó el vuelo hacia el cielo; deseé entonces (siempre he sentido una profunda aflicción por los asmáticos) que los pulmones atormentados por la asfixia de mi pobre amiga se liberaran, y su carga fuera llevada por aquel pájaro que partía, aleteando con fuerza y vitalidad, hacia la claridad del firmamento.
La hice entrar. Y me contó. Y se sabe que contar es reunir los muebles ajados de la casa, el polvo de los pedestales, el desaparecimiento del repartidor de gas, la humedad de la tarde, los ácaros de las gavetas, la pérdida de los biblioratos, todo, en suma, en un suspiro largo, que de por sí lo dice todo. ¿No es cierto, acaso?
Ah..., le dije tomándole de las manos, que estaban frías. Caminamos.
Le comenté que la semana pasada había sufrido un nuevo ataque de melancolía.
Los ataques suelen ser terribles. Pareciera que la enfermedad bajara hasta mí desde la rama pálida del jazminero que crece junto a mi ventana; peor aún, pareciera que la misma rama se metiera en mi interior; suelo sentir cómo caen de mi boca aquellos jazmines salivosos las veces que hablo. Hablo para quejarme, sin saber qué me duele, ni dónde, aunque me duele y mucho.

Ay, vivo tan sola. Cuando enfermo no está nadie en la casa para prepararme un té de chamomilla o tilo, ni para decirme que quizás estoy exagerando, ni para prometerme que ya pasará este ruido molesto de puertas que se abren, rechinantes, en mi interior, aunque no hay modo de cerrarlas pues se sabe que ellas obedecen a los espíritus rebeldes.

Por las puertas abiertas entra no solamente la lluvia, con un olor a sal de alta mar, sino las formas delgadas de algunas personas a quienes no conozco y que me observan con atrevimiento; ellas ven en mi melancolía la asquerosa figura de un araña; me es tan fácil darme cuenta de que aquellas personas sienten temor de mí, pero allí están, embelesadas con mi estado melancólico que avanza sobre sus patas peludas (sus pobres y horribles patas de arácnido) en una enloquecida huida hacia cualquier parte, porque, insecto al fin, la observación de tantos ojos humanos moviliza su instinto de conservación, su pánico a los zapatillazos...

Consuelo notó mi abatimiento. Ya se sabe que dos personas tristes no hacen más que mirarse y suspirar por lo mucho que se entienden y lo poco que pueden hacer el uno por el otro.
- Te queda bonito ese rouge purpurino. Y esa blusa celeste combina con tus zuecos, porque los corchos... - me dijo, y había en su voz aquel sonido de violín que subía de tono o se languidecía según el nerviosismo con que el arco hacía vibrar las cuerdas.
Ah... la obra de arte de sus pobres bronquios.
Hace tiempo se me había ocurrido una idea. Y se la comenté.
Mis amigos, marcados por la depresión o la melancolía, solían aparecer por mi casa con frecuencia. Formaría el club de los melancólicos, entonces. La decisión estaba echada.
Los requisitos, exagerados desde luego, los escribí en un papel que guardé dentro de una carpeta. Estas extravagancias (¿o debo decir locuras?) se me ocurrieron: Amar el arte en cualquiera de sus expresiones. Concebir la vida como un disgusto, un desaire, un piano de cola que cargamos sobre las espaldas a donde quiera que vayamos, sea lluvioso o húmedo el estado atmosférico; entender la perra vida como una forma de existir donde el suicidio podría considerarse, un domingo, a la hora cinco, como una oportunidad de escape. Esquivar a los felices, que suelen hacer la existencia imposible con sus chistes groseros y sus risas que ruedan como pelotas de tenis hasta nuestros pies. Resumir el mundo en la forma de un tren de infinito viaje, sin posibilidad de bajarse en alguna estación, con un paisaje a propósito de un tren para suicidas: un sol negro alumbrando los cactus de brazos deformados y los cuervos volando encima de un silo abandonado y oscuro del cual el pueblo, superticioso, prefería no hablar.
Consuelo se entusiasmó con la idea.
- Estás loca, pero nunca dudé de tu genialidad - dijo.
El club se formó como se forma cualquier club.
Cada sábado, la casa se convertía en el refugio perfecto de mis amigos.
Caían a las cinco en punto. Antonio hablaba y no paraba, y todos los escuchábamos en silencio, o sea, en estado de rendición. A mí, no sé por qué, se me presentaban en la mente hongos gigantes y una fila de hormigas rojas que el viento de la calle no conseguía barrer, cuando él hablaba. Antonio iba secando el sudor de su frente con un pañuelo de satén, y eso le daba, por momentos, cierta importancia de catedrático o de pastor anglicano, aunque la realidad es que sólo hablaba y hablaba, tapiándonos. Pero cierta vez, en el punto más desordenado de su perorata, dijo algo que nos emocionó: “Algún día seremos felices. Se los aseguro”.
Felicitas, de cara redonda y blanca, levantaba la mano
a menudo pidiendo turno para hablar; su ansiedad provocaba un descontento generalizado dentro de los miembros del club; ella no les hacía caso (no podía hacerles caso, mas bien) y allí estaba, dale que dale, contando, mientras se comía las uñas, que quería un novio para espantar su soledad. El novio no aparecía, decía, porque su imagen de artista plástica impresionaba a los caballeros acostumbrados a tratar con las mujeres simples, tranquilas, de maquillaje tupido y faldas muy cortas, que tenían en la cabeza la idea de una sola aspirina para encarar el mundo.
“Tomo alprazolán tres veces al día con agua carbonatada; la mitad de la angustia se me va con el medicamento”, decía, y nos miraba durante un largo rato a los ojos como pidiendo absolución. Casi todos los integrantes del club consumíamos medicina de receta controlada pero no nos atrevíamos a contarlo. ¿Temor a qué? No lo sé.
- Te quedarás solterona - le decía Margarita, con el orgullo de su cutis de loza y la liviandad de su cabellera rubiácea; un gajo de su cabello espinoso usaba para pasarlo a menudo por su largo cuello. Tic nervioso. Margarita hacía terapia con un sicólogo, sin resultado, porque casi todas las entrevistas pasaban por un juego de seducción. Pero ¿por qué iba con vestidos de profundo escote y un despilfarro de perfume en sus axilas a las sesiones sabiendo a lo que se exponía? Los sicólogos y psiquiatras suelen enamorarse a menudo de sus pacientes. Eso se dice.

Santiago, alto, con bigote breve, poeta de los raros, ya llevaba veinte años en la melancolía. Era adicto a la cafeína. Abriendo y cerrando con cuidado las puertas de las gavetas de mi cocina, se preparaba una jarra de café, apenas llegaba. Y luego, ligeramente eufórico, se presentaba en la sala, se sentaba en su butaca preferida, la de respaldo con forma de exágono. Al rato prendía un cigarrillo y leía una obra literaria.
Cuando leía su poema, los demás empezaban a hablar en voz baja. Esas impertinencias, esos cuchicheos, ese zumbido de abejorros eran un desacato a las reglas y me disgustaban bastante. Una tarde de filosa llovizna, Santiago leyó un soneto alejandrino dedicado a Van Gogh; cuchicheaban los miembros del club, y era tal el desorden, que me largué a llorar.
El sábado siguiente nos sorprendió con el silencio.
Estoy buscando que madure un poema dedicado a los cocuyos. No tengo nada para hoy; lo siento - dijo. Y nos quedamos mirándonos absortos. Como sea, extrañábamos su figura alta inclinándose en un acto de reverencia ante cada rima de su poesía.
En fin; las cosas caminaban solas. Creo que fuimos progresando.
Empezamos a buscar la manera de ser razonables. Covenimos en que un tiempo no mayor de veinte minutos era más que suficiente para las exposiciones.
Consuelo vino contenta un día. “Se me pasó el asma”, dijo. Y agregó: “La fraternidad del ambiente ha hecho un milagro sobre mis bronquios. Estoy curada. Adiós a la cortisona, a la efedrina y a las sesiones de inhalación de sustancias volátiles”. Nunca más apareció. La aguardábamos sábado tras sábado; sonaba el timbre, nos apiñábamos junto a la ventana sacando las cabezas, y no, no era ella, sino otro miembro del club.
Ah... la ingratitud de los melancólicos.
Juan, de mirada sombría y uñas largas, nos sorprendió durante una sesión comentándonos que prefería la compañía de los gatos a la de una mujer. Era buen mozo y ganaba algo de dinero vendiendo pinturas de peces, de limazas y de cámbaros, cada domingo, frente a los portones de la gente rica.
Se sabe cómo funciona la operación o la venta: el artista, vestido de indigencia, pasea con sus obras por las veredas de los millonarios, y ellos, seducidos por los colores refulgentes de la pintura, compran los cuadros sin pensar.
- No; yo no me caso - suspiró Juan.
- No es bueno que el hombre esté solo - dijo Felicitas, quien estaba secretamente enamorada de él. Su voz tenía la emoción del escándalo.
- Pero yo no estoy solo; tengo a mis gatos. Son todos tan hábiles. No hacen más que aguardarme pacientemente cuando salgo a la calle en busca de dinero. Y me reciben con sus artes y sus maneras milenarias que yo sólo sé corresponder con un largo silbido - respondió.
Sin embargo, a partir de ese día, Juan empezó a observar a Felicitas con más claridad. Eso lo descubrió el club al instante. Sus ojos se posaban a menudo en su blusa transparente bajo la cual sus senos se mantenían muy apretados dentro de unos corpiños negros.
Una tarde los vimos llegar juntos. Y tomados de la mano. Y era que llegaban y no llegaban porque se echaban chistes y bromas y otros cuentos que los desternillaban de risa; demoraban una eternidad sus pasos para observarse mejor y pincharse.

El hecho, mejor dicho el noviazgo, ameritaba un ágape, brindis. Así lo decidimos.
Y el brindis se organizó solo. Aparecieron las palomitas de maíz, el olor de las papas freídas, el calor de las empanadas recalentadas, los tragos de gaseosas, los helados que Antonio fue a comprar de la esquina con una sonrisa fresca en el rostro. Nos divertimos tanto.
Los novios estaban radiantes. Y yo estaba feliz. Me ponía de buen humor que se amaran, así, a su manera. Ella reclinaba su cabeza sobre los hombros de Juan, y él se entretenía con sus cabellos.
A veces se besaban en la boca. Y entonces todos jugábamos a que volvíamos inmediatamente las caras hacia otro lado, para escondernos de aquellas escenas atrevidas.
Ah..., qué diversiones de niños, aquellas.
El noviazgo de Juan y Felicitas era un logro, una orquídea florecida repentinamente en un tronco amenazado por las plantas biofritas, el mejor puntaje del club de los melancólicos.
Pero hubo otra sorpresa.
Antonio y Margarita cayeron un sábado, media hora después de las cinco, con la novedad de que deseaban casarse.
- ¿Cómo? - dijimos.
Ellos se abrazaron fuertemente por toda explicación.
Alguien fumó y tosió aparatosamente. Yo quise hacer un análisis de la situación, magnífica, ciertamente, pero compleja e inesperada desde el sentido común, pues respondíamos a una mentalidad, a un perfil sicológico, rasgados por la angustia y la neurosis. Pero preferí callar. La melancolía era, por lo visto, una caja de pandora.
Ah... Margarita empezó a moverse al compás del tema musical “Imagine” de los Beatles. Se veía feliz y bella y sobre todo triunfante. Arrojó su gorra con visera azul sobre una rinconera. Fue abriendo su blusa a rayas, botón por botón. Pasó varias veces su mano larga y blanca por su vientre, y como por arte de magia, la forma de la criatura, su hijo escondido bajo la faja desenrollada lentamente, reveló un embarazo de tres o cuatro meses.
“Ah...”, dijimos todos. Y nos entró un sentimiento inexplicable.
Un niño se añadía a nuestras vidas.
Y éramos sus padres y sus madres.
A la noche, Consuelo me llamó. Otra vez le habían vuelto los pitidos. De nuevo sus bronquios se llenaban de mucosidades. Había un estornino en sus pulmones.
Algo parecido al miedo agitó mi corazón.
No sabía qué decirle. No le iría a contar, por supuesto, que en los últimos tiempos me hallaba recuperada. Eso sería una descortesía.
- Vuelve a las reuniones - le aconsejé.
Un sí, una aceptación suya que sonaba al piar lastimero de un gorrión caído de su nido, oí del otro lado del tubo.
El sábado siguiente un clima de armonía iba y venía por las paredes de la sala.
Santiago leyó un soneto de su creación. Y lo aplaudimos aunque no nos agradaron esos endecasílabos suyos que cabalgaban sin musicalidad, pasando del trote a la estampida. Pero fue él mismo, quien oyéndose, cayó en la cuenta de la falta, del imperdonable error, pues dijo: ¡Qué desastre!
A veces pensaba que debía tomarme una vacación, ir a algún sitio donde el clima fuera beneficioso para las grandes fumadoras como yo. Pero no. Acababa quedándome en la casa, y hacía como que no me quedaba, los sábados, cuando los miembros del club tocaban desesperadamente el timbre una y otra vez.
Solía escucharlos.
“Se habrá pegado un tiro”.
“No digas eso”
“Deberíamos llamar a la policía”.
Y no; no llamaban a la policía, por suerte.
Sábado tras sábado, allí estaban, insistentes cual llovizna callejera. Cuando llovía, se metían debajo de sus paraguas negros; eran nuevas aves oscuras engendradas por esta naturaleza anárquica marcada por la contaminación de la atmósfera y el gran agujero de la capa de ozono.
Me enloquecían con los continuos timbrazos. Una tarde no pude más y abrí la puerta. Entraron. No me dijeron nada. Comprendieron mi conflicto. Este es el estilo de gente como nosotros en cualquier trato.
Ahora faltan diez minutos para que ellos lleguen.
Debo estar hermosa esta tarde porque me sacarán una fotografía para colgarla luego en la pared de piedras de jade de la chimenea. Un color especial, cuando las leñas son consumidas lentamente por el fuego, se va desplazando (casi con vida, pareciera) por la chimenea ecológica. De hecho, ella es algo así como el sitio de Dios en mi casa.
El epígrafe lo escribí yo misma y será leído por Santiago cuando se descubra oficialmente la foto: Guadalupe Sánchez, Presidenta del Primer Club de los Melancólicos.



PÁGINA 16 – COMENTARIO DE LIBROS

CUADERNO DEL NO HACER NADA


Roberto Malatesta (Santa Fe/Argentina)- Ediciones Sigamos Enamoradas, Buenos Aires, 2009

Quiero contarles que me dio gran trabajo centrarme en este Cuaderno del no hacer nada, poemas de Roberto Malatesta. Porque precisamente, y ya desde su título, esta obra y éste género, invitan a otra cosa. ¿A que invita el Cuaderno? Al descanso, al ocio, a la contemplación, al disfrute. A no hacer. Cada poema nos plantea el singular desafío de dejarnos llevar hacia otro universo que no es éste, Santa Fe, 2009, Argentina, sociedad occidental, capitalista y cristiana pero que, paradojalmente, también es éste.
Una profunda sutileza recorre este Cuaderno, y es grato dejarse estar, fluir, emocionarse, en la breve e intensa profundidad del poema. “Algo va a traer, algo va a llegar/llegarme en algún momento”
Llamé al poeta, observador-poeta: de lo que existe, de su entorno, de su pequeño rectángulo, de su registro de patio, perro y sol. Lo que un poeta urbano y santafesino encuentra en este milenio desde el pequeño abarcativo de su refugio y de su singular ideología. Pero luego me sentí equivocada en la enunciación de observador-poeta. Un observador es alguien que examina algo con total atención, con la conciencia puesta en el acto. Y esto no es así en el Cuaderno del no hacer nada, por lo tanto quite al observador- poeta y coloqué en su lugar al contemplador. ¿Qué es un contemplador? Alguien que medita sobre las cosas divinas. ¿Y que es meditar? ¿Y que son las cosas divinas? Según mi diccionario occidental es “aplicar el pensamiento a la consideración de algo”. Sin embargo el meditar que estamos considerando es justamente no aplicar el pensamiento, quitarlo del lugar en que lo hemos erigido, contemplar sin rédito, contemplar por contemplar las cosas divinas, entendiendo por cosas divinas nuestra circunstancia natural: la lluvia, el sol, la hierba, las hormigas, una flor. Viendo la divinidad en lo que nos rodea. Panteísmo si se quiere. O ponernos nuevos ojos. “Apacible espectáculo:/hombres y bestias,/viento y un cielo gris/luz a lo lejos, en los bordes/donde quiebran las nubes/Estamos bien aquí/ la tarde nos parece inmejorable/echados en el patio sin nada que hacer”
Lo que nos plantea el contemplador es un ocio creador como el de los griegos y, también, como el ocio meditativo oriental que se ilumina en el no-hacer: “Algo va a traer, algo va a llegar/llegarme en algún momento”
Pero la diferencia de Malatesta, con griegos y orientales, radica en primera instancia, que él es un poeta santafesino de éste milenio. Y al serlo, su recorte se afinca en sus pequeñas cosas domésticas y en su circunstancia. En los días grises con su opaco pedacito de sol que merecen ser cantados y contados. De lo gris sale el haz de luz, de lo gris sale la belleza. La belleza es “un estado de armonía”, dice el poeta, o es el álamo, o el estado del álamo que suscita la luz verde entre las hojas. Aparecen fragmentos de cielo y lluvia desde su refugio. Y el contemplador se asombra del viento, de las chicharras, de la hierba y las hormigas. O de ese girasol que de pronto aparece en su “patio provinciano”
Macedonio Fernández tiene un libro que se titula “El no-hacer”, en el cuál el planteo último es seguir buscando algo más que se pueda haber omitido, para dejar de hacerlo. Pero las artes de la inacción y la soledad que se convertían en ocio eran para Macedonio, ocio para pensar, ni siquiera para escribir, sólo para pensar. Es aquí donde Malatesta, marca también la diferencia: su ocio es para contemplar, complacerse, crear –al decir de Juan L. “el descanso…que permite ver cómo crecen día a día, las florcitas salvajes….mirar las flores y mirar el cielo”.
La fuerza del no hacer, hace hacer. ¿Qué cosa? Contemplar minuciosamente detalles inasibles:
-el susurro del viento -el aroma -un ángel -el sol -el caos -el fracaso -las voces-la conciencia -el cansancio -la luz. Este universo me remite de inmediato a una escritora, poeta, amiga, hermana, Graciela Geller –vivía en Santa Fe- y me explicó –hace ya muchos años- en qué consiste la diferencia entre lo sencillo y lo elemental. Hasta ese momento no me había detenido a reparar en ello. Pero tuve que detenerme, yo estaba escribiendo “Poemas con bichos”. Ella me hizo ver el gran abismo que separa estos conceptos. Lo sencillo, lo simple, cala en profundidad. Lo elemental, en cambio, es lo superficial. Lo sencillo carece de artificio, de ornamento, no necesita adornos, es por sí mismo. Lo elemental es lo obvio, lo evidente, lo que todos ven, lo que salta a la vista, lo que no hace a un poema.
Este contemplador se deshace de lo accesorio para decir lo sencillo “Una pequeña bandada: seis aves/ y ya es mejor que pensar en algo”. Sólo observar el temblor, esa mínima ondulación que la naturaleza muestra por encima, por debajo, al costado, “y luego al igual que un chico/buscar formas en las nubes”; casi saliendo del mundo o de éste pedacito de mundo que detiene al contemplador “La vida es fluir, esencia que se consume” Y para ver esta “esencia que se consume” hay que dejar de lado todo hacer inútil, y el cansancio que provoca este hacer, como el pensamiento en el mañana que es doblemente inútil, una especie de insolencia de ir por ir hacia cualquier parte: “la gente ya no sabe estarse quieta”, afirma el observador. Y es así, construidos como estamos, de hacer y de apuro. “¿Para qué?”, dice un maestro oriental, “para qué apurarse si no hay donde llegar”
Pero en los domingos, el ocio se permite y se eleva, el día se transforma, muta. “Un día para alimentarse de luz/Un día en que lo inútil se eleva/ por encima de las estupideces útiles/ a las que nos somete la semana” El domingo es para Malatesta un ocio multiplicado. “Empero esta quietud/es mi mayor libertad”. El aquí y ahora, este presente que conjuga la felicidad familiar, del feriado y la comida, “Mejor no pensar en mañana/ lo porvenir nos cansa/ y hemos de abandonar/esa patética costumbre/ de vivir en pretérito”
Y otra vez los opuestos funcionan en toda su potencia: más nos alejamos de la norma, más nos salimos del foco de lo establecido, más nos acercamos al eje, al ser, a lo que es.
Fracaso. Indolencia. ¿Desvalores? De ella provienen sus poemas, dice el contemplador. De la indolencia y de la nada: “de la nada se alimenta mi poesía/de la quietud/del brillo opaco de las cosas/como la rosa o la hierba/como el caos del mundo que ordena constelaciones” Esa nada, al igual que el desierto es a su vez, el todo. Una sutil vibración que el ocio contiene. ¿Esta realmente inmóvil el poeta? ¿O algo se agita levemente dentro de él para nacer?
Llama a éste libro, “Cuaderno” ¿Por qué Cuaderno y en singular? ¿Por qué Cuaderno y no Libro? El Cuaderno es un libro de hojas en blanco. En cambio el Libro esta escrito y esta impreso. El Cuaderno tiene todas las posibilidades por delante, el Libro esta cerrado.
Otras voces hay en éste “Cuaderno” además del contemplador; cambian el tono, lo hacen oscilar, subir, ondear, agitarse, retrucan, dan su punto de vista, contestan sobre este ocio del no hacer. La cajera del supermercado- el obrero- el comerciante- el desocupado- el ama de casa- el presidiario y le contesta su padre. Y es el padre, la última voz, que como en un círculo cierra y vuelve al hijo. El padre dice “Ir a cazar perdices…dormir en el monte sobre una frazada haciendo tapera….ir de pesca y perder la mirada en la corriente del río….escuchar la radio o no escucharla, saberla encendida” Un padre que confiesa “Si en vida hubiese podido prolongar esos momentos/ todo habría sido más suave” y dice también, “Sabés bien que estoy allí donde el ocio/ ha hecho de mí un ser más amable, porque eso es lo que hace,/ eso construye en los hombres, seres conciliables/ mundos dignos de habitar” Y finaliza “Ahora tendrás que disculparme pues/ tengo que atender otros asuntos celestes. No hace mucho/ descubrimos una charca donde el pique es abundante/ rodeada de cerros que embriagan a peperina”
Es así, al fin, con la anuencia del padre que Malatesta hace de este ocio su pequeño cosmos, su paraíso provinciano, donde todo importa y, sin embargo nada es importante, en la paradoja singular de éste “Cuaderno”
Malatesta nos confronta, una y otra vez, con el despojamiento, una escritura sin maquillaje, donde el decir lo mínimo, lo pequeño, lo susurrante, lo sencillo, la partecita que nos lleva al todo, cala hacia el hueso con levedad de pájaro.

Por Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)



PÁGINA 17 – CUENTO

DE POLVO TE CUBREN Y EN POLVO PERDURARÁS


Por Antonio Vizcaya Durán (Santiago de Chile/Chile)

Hace apenas un instante persistían ocasionales murmullos en el cielo, una especie de prolongado, suave eructo de algún dragón con empacho por cenar cien kilos innecesarios de follaje, en el bosque. Mientras tanto, yo contaba cada segundo entre sus cólicos y las salvajes flatulencias, a manera de estremecedor relámpago cada vez más cercano... doce... nueve... cinco... ¡uno!
Es medianoche de viernes. El aguacero parece cohibir mi vela, titilante, angustiada, a diez centímetros de esta hoja de papel; transformando la tinta en fantasmal revelación de un alquimista; precisamente hoy que no tengo nada especial que contar. Momento idóneo –pienso– para describir mi alrededor melancólico, esta velada en soledad, esperando con ridícula paciencia a que retorne la luz eléctrica.
¡No!, ¡mejor no! Hacía tanto tiempo que no disfrutaba de una penumbra malabarista, animada por un titiritero experto en eso de relajar a ociosos. Me siento tan acompañado por siluetas, indicio en vaga proyección, alguna mancha inconclusa, perfecta sombra que me libera.
¡Qué chispazo!... Mi columna vertebral hormiguea esperando el rayo... ¡aprieto los ojos! ¡... ... ... ... ... ... ...!
Por un momento, todo brilló en idéntico color a través de mis párpados, a manera de moraleja: “Es un sueño; no olvides tu realidad”. Y yo me pregunto: ¿La realidad de la luz o la realidad iluminada? –en el último instante mis párpados se abrieron.
Mi vela es de esas que no gotean. No sé si de mayor o menor calidad a aquellas que también guiaban la tinta color sepia, en pluma de avestruz, empuñada por los antiguos escribientes. Tampoco chisquea –algo me dice que es gringa–; más bien es como una bombilla eléctrica de un octavo de watt, maciza su base en este gastado plato, sobre mi viejo escritorio, cuya madera cobriza está protegida por una fina capa de polvo. Alrededor de la vela, sobre el pequeño plato, un mondadientes, una llave plateada que no volverá a abrir nada, nunca; el pantano de otras ceras y hasta de lo que parece fue una rebanada de mango del verano anterior.
A pesar del chubasco y más estremecimientos en mi espina dorsal –apenas parpadeo–, escucho el húmedo cruce de neumáticos en la calle. La cuerda más aguda de la fastidiosa guitarra susurra sus reumas; me reprocha por estar a punto de cumplir una década colgada en la pared, polvorienta, al igual que las entrañas del mausoleo de un alquimista enterrado con la parvada de llaves.
De vez en cuando, la guitarra intenta afinar su mutismo en la misma frecuencia en que yo me obstino en ignorarla, al temblar mis labios idéntica mudez a la llama de la vela. Me dan ganas de soplar sobre ambas, sobre la guitarra y la vela, por simple capricho, por hacer algo; para admirar su agonía a través de una sola pasión: de polvo te cubren; en polvo perdurarás.
¡El dragón al fin vomita! ¡... ... ... ... ... ... ...!
Los cristales de la ventana parecen darle vida a la guitarra, que sigue vibrando. Creo que un gigante en el bosque se entretiene al desmoronar piedras del tamaño de la luna.
De pronto, al rascarme la cabeza, de un mechón se ha desprendido, sorprendente, una pequeña flor. Cae solitaria en este papel garabateado, con el fresco de sus pétalos hacia abajo; de manera que si hubiese sido exótico paracaídas, una honorable mancha de fresca sangre le daría ahora sentido a las innumerables tachaduras de mis palabras.
Tomo la alegre florecilla con mucho cuidado, luego de colocar la vela en un lugar estratégico, para ubicarla mejor. Las yemas de mi índice y pulgar la transportan hasta mi palma derecha: sus pétalos vuelven a caer hacia abajo, desconcertada, con vergüenza, quizás, de su tersura. De nuevo la apreso, acercándola a la vela: cinco son sus pétalos diminutos, circulares; bien les servirían a cinco moscas para protegerse de la irreverencia de un cirio, en cualquier iglesia.
Siete signos de polen, cada uno intenso, erguido, apretados como el tesoro de una virgen; tan lejana su gestación, sin importarles que la llama crezca al sentir la cercanía de la flor; de otra primavera incubando más moscas sin velo; obedientes de no violar un sólo capullo, soportan su propio arrebato; sin sospechar que el polen es algo más que polvo mágico.
Tal vez a las velas les guste avivar su flama al percibir un chorro de agua, como el que escucho caer desde la azotea, burbujeante en insolencia.
El concierto pluvial ha cesado, pero la luz eléctrica no retorna. Al menos esta madrugada he aprendido que si el antiguo escribano era zurdo, debía ubicar su lámpara a la derecha del papel; uno nunca sabe cuándo sucederá otra lluvia de polen.
¡Ojalá no vuelva en toda la noche la electricidad! En caso contrario, apagaré el switch y seguiré con mi vela seca.
La sombra, embarrada sin recato en la pared refleja la verdadera personalidad de las cosas, los seres. Claro que depende dónde esté ubicada la fuente de iluminación; pero si la casualidad es el destino de todo, digamos que mi capricho, en este caso, es una revelación total. ¿Subjetiva?, ¿fortuita? Eso deberíamos preguntárselo a Quien puso a la luna y al sol ahí; par de polvos mágicos, al desprenderse de la Primera Flor.
Estas sombras, arrastrándose por momentos, nada tienen de tristeza o pesar. Al contrario, el color se recata a lo estrictamente armonioso; la interpretación de cada objeto, sobre el escritorio, se convierte en acertijo al que les puedo confiar mi paz, mis secretos que tan bien conoce. Son verdades con uno que otro brillo exquisito, inadvertido en la luz.
No importó el reciente diluvio; el calor persiste. Retiro la vela hasta donde mi brazo alcanza. Impresiona ver que la personalidad de la sombra no cambia en lo más mínimo, ni siquiera en esos viejos casetes, apilados en la orilla del escritorio desde hace más de un año, gracias a las telarañas; o mi propia silueta ennegrecida sobre el muro tan manchado de aquellas canciones. Esto significa que la ubicación siempre será obra de un azar, de cierta forma guiado, cuyo secreto nunca se escondió entre las ropas de un alquimista. La fantasía de un humano es menos que una sombra, si la sombra habita en la memoria, en la interpretación de su angustiado desconsuelo –tanto brillo pasajero.
Del chorro de la azotea no queda más que un goteo frenético, sucio, al no tintinear; es el desfile hacia la cloaca de mi risible agobio; el último eructo extendido del gran dragón que, luego de purgarse con los pastizales de la colina, se interna en el bosque, hasta nuevo aviso de las moscas, entre su rabo inmaculado.
Retorna la luz... ¿Dónde quedó la florecilla? ¿Dónde la realidad iluminada?... ¡Dónde estoy!
¡Qué importa! Obedezco, soy una abeja obrera que debe retornar al panal; apago el foco y me voy a dormir. ¿O es el final del sueño?

Hoy no tuve nada especial que contar.



PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

Dolores Vilá Blanco (La Habana/Cuba)

LA ROSA FRESCA.

Yo te necesito ahora, no te necesito luego.
Porque tal vez entonces, todo sea diferente y haya muerto el deseo.

Porque todavía me lates en las venas,
porque mis años te exigen como su principal sustento.

Porque lo moverías todo al ritmo de la vida.
Porque me impulsarías más allá de los cielos,
de las dimensiones conocidas, de lo que yo misma creo.

Tómame ahora y no luego.
Recoge mis rosas, llévatelas dentro.

Cultívalas, bésalas…
No las guardes jamás en libros austeros
que la rigidez y la costumbre consumen lo tierno.
Y más vale una rosa fresca en su planta.
Y más conmueve una rosa fresca en el jardín,
que rosa marchita para el recuerdo.

EL CORAZÓN.

Tú piensas que todo se olvida.
Que cada agravio al amanecer con el sol se despeja.
No comprendes que el corazón se queja,
las conserva y a ratos las mira,
las repasa,
las ordena,
las anima...
Tú piensas que todo se olvida.
Por el contrario se anida

LA MIRADA.

Miras que desnudas
miras que apena
miras que de tanto mirar quema.
Miras que seduces
miras que exacerbas
miras y me elevas a los cielos
y con un manto blanco me depositas en el suelo.
Miras que confundes
miras que aterras
miras que los recónditos secretos escapan de sus guerras.
Miras que paralizas
miras que enmudeces
miras que no puedo dejar de mirarte y me enloqueces.
Miras y me envuelvo en tu mirada.
Miras y todo acaba…

TENTACIÓN.

Me gustas así de una manera extraña,
intangible y deseable,
desconocida y esperada.
Que nace más del propio sentimiento,
que del calor de los cuerpos,
del ardor en las miradas...

Me agrada que existas así,
pues de otro modo no te anhelo.
Hay amores más dulces,
cuanto menos amores sean.

Sólo te quiero de frente o de espalda.
Pero allí,
como ayer,
como hoy,
como mañana.

Eres de esa forma
que gusta contemplarse de lejos,
sentirse a distancia.

Eres de los manantiales que corren con arrogancia
y de los que al azar, un día...
Estuvimos a punto de beber de su agua.

MAREMOTO.

No te di la vida
pero te di el amor.
Te obsequié mis años,
mis anhelos,
mi ilusión.

No cuidé tu infancia
pero inspiré la juventud.
Te soñé feliz,
quise darte luz.

No velé tu sueño de adolescente
pero te di los hijos,
la sangre,
un sol naciente.

No te di la vida
pero te di el amor.
Quise no equivocarme,
pero tal vez sucedió.
Quise dártelo todo,
y el mar se lo llevó.

MIS CANAS.

Aparecieron las canas...
Indiscretas, ingeniosas,
airadas e irreverentes,
profundas y ufanas.

Repletas de lo vivido.
¡Terriblemente experimentadas!
Marcadoras de los sueños.
Dignas, humanas.

Símbolos de la inocencia clara
y la maledicencia oscura;
de los besos suaves, de los furtivos,
de los robados, los atrevidos.
Del sexo fácil, del sexo vivo,
del sexo amado con o sin olvidos.

Penitentes canas del tiempo que las cubrió
brillen, luzcan sanas.
Feliz quien las poseyó.



Adrián Pino Varón (Chinchiná-Caldas/Colombia)

DIÁLOGO DESPUÉS DE LA BATALLA


Regreso después de batallar en los campos con aquellos hombres que sólo conocí por el santo y seña, por sus rostros polvorientos tras cada jornada que se abreviaban cuidándose la espalda para evitar ser blanco de los fragores diarios.
Cada hombre compartía su propio ángel de la guarda porque no era fácil cruzar los bosques sin dejar rastro, sin que el aire quedara manchado por nuestros hedores, sin que los ríos presenciaran nuestro ritmo marcial.
No había tiempo de seguir los cocuyos que trazaban bajo los cielos nocturnos figuras de infancia, porque el tic tac de la luna nos anunciaba constantemente la vigilia, y nadie era dueño de su palabra o de sus actos, si acaso de atisbos de sonrisas como piedras desmoronadas.
Regreso sin sentirme victorioso o derrotado, sin saber si en verdad alguien tenía la razón, y si mi contienda fue por esta tierra o del lado del enemigo que ahora enseña como yo las heridas en su cuerpo.

CRÓNICA DEL RETORNO

Tuvimos suerte, sí, de no morirnos todos en la manigua, de no extraviarnos para siempre en sus dominios, de no quedar petrificados en sus pantanos invisibles.
Al comienzo creímos que todo era parte de la aventura: los reptiles venenosos colgados de los árboles como frutos gigantes, las tormentas con su furia inagotable reclinando las cumbres, la ausencia del fuego que sirviera de incienso o de verano, el aullido de animales salvajes rasgándonos la espalda, las raíces que consumíamos contra todos los escrúpulos pretendiendo alimentarnos.
Pero de pronto todo cambió como sucede en mi país hace más de cincuenta años: ya no nos producía asombro aquella tierra que cada vez parecía internarnos más en sus tinieblas, pues sólo sabíamos que era de día por uno que otro rayo de sol que lograba transgredir los ramajes; el hambre comenzó a hacer estragos en nuestros cuerpos hasta dejarnos débiles y torpes de espíritu, y el recuerdo de las familias se hizo más latente en cada desvarío.
Tuvimos suerte, sí, de que esos expedicionarios nos encontraran cuando el abismo nos ofrecía ya sus fauces, de estar ahora contando estas cosas cuando en las casas nos habían levantado una sepultura a punta de lágrimas.
Sin embargo, es doloroso que sólo regresemos dos después de que éramos cinco, que se los haya tragado esa vastedad entre sus altas fiebres tropicales, entre el terror de su espesura que de noche congrega todos los misterios, entre el dolor de unas heridas que no dieron un minuto de sosiego.
Regresar vivo de la manigua, como usted dice, es un milagro. Pero insisto en que quedan los muertos nuestros y a ellos de nada les sirve que nosotros creamos en milagros, que no podamos traerlos de vuelta para regar sus cenizas sobre el asfalto.
Del libro Memoria de ceniza



PÁGINA 19 – CUENTO

Al anhelo de todos por la paz

HÉROES CAÍDOS

Por Alejo Urdaneta (Caracas/Venezuela)

La inútil guerra entre los pueblos vecinos fue cruenta. Se contaban por miles las víctimas fallecidas por la violencia, sin hablar de los heridos. Ninguno de los bandos podía asegurar si sentía orgullo por la heroicidad de sus soldados sacrificados en la guerra, y sin embargo los gobiernos de cada pueblo erigieron monumentos para honrarlos. Se dijeron discursos altisonantes para exaltar el nacionalismo y la entrega del sacrificio, se les condecoró en forma póstuma. Cada nación se atribuyó la victoria y condenó la crueldad del contrario. Hablaban de muerte heroica y la santificaban con la gloria. Los huesos enterrados con honores, uniformados y cargados de medallas, eran la prueba de la fuerza de los ideales y la capacidad para dar la vida por una causa justa.
Los rumores comenzaron a circular uno o dos años después del armisticio que trajo una paz maltrecha. Se decía que los cadáveres salían de sus sepulturas, igual en cada pueblo, y que los habían visto cruzar la frontera. Se reunían luego en el campo de batalla donde se había decidido el enfrentamiento con una exigua paz. Eso decían los rumores.
En poco tiempo se extendió el miedo. Nadie salía de su casa al anochecer. Hablaban las gentes de la inutilidad de la guerra, lamentaban la desgracia por tantas vidas perdidas. Cada hombre había dejado en la muerte a algún ser de su afecto, muchos niños fueron a orfanatos, lloraron las viudas de soledad.
Pero siempre el olvido cae sobre los acontecimientos de la vida, y es posible que hasta la guerra fuera un suceso del pasado. Sólo algunos pocos que la habían padecido en forma directa la recordaban con dolor. El impulso de vivir se imponía, pero los hechos se niegan a ocultarse en el olvido.
Años después vieron los pobladores de cada territorio que muchas sepulturas habían sido violadas. Alarmados todos ante tal sacrilegio, acudieron a las autoridades públicas y denunciaron el hecho. Cada nación gritaba por la ofensa a la gloria, lo que indujo a los gobernantes a designar comisiones que indagaran lo sucedido y buscaran remedio a tan grave afrenta.
La circunstancia obligó a ponerse de acuerdo a quienes habían sido acerbos enemigos. Resolvieron comprobar la veracidad de los hechos y hallar a los responsables. Invocaban el castigo al ultraje, cada uno con mayor apasionamiento que el otro. La profanación merecía castigo.
Médicos legistas, científicos, el clero de cada pueblo, gente de autoridad, todos fueron a los cementerios en comisión mixta. Parecía que se avenían bien al encuentro. Analizaron el terreno de los camposantos, observaron la tierra removida en las tumbas, rotas lápidas se veían de cada lado. Uno a uno fueron vistos y escrutados los túmulos de la gloria.
El descubrimiento fue todavía más sorprendente que el hecho que investigaban. Comprobaron que los héroes de una y otra facción, a quienes identificaron por sus uniformes de guerra y condecoraciones de oro, habían intercambiado de sepulcro y estaban ahora en las sepulturas del cementerio enemigo.
Héroes caídos que pudieron abrazarse.



PÁGINA 20 – ENSAYO

EL LIBRO TAMBIÉN SE SUMA A LA CRISIS


Por Javier Rodríguez Marcos (Nuñomoral-Cáceres/España)

Tras años de crecimiento, las ventas cayeron un 6% en el primer semestre de 2009
La fiesta ha terminado. La tozuda realidad ha despertado de su sueño a los que sostenían que el libro era un refugio de ocio barato en tiempos de crisis. Las cifras de 2008 aguantaron el tipo, pero las del primer semestre de 2009 suponen un serio toque de atención.
Según los datos que ayer hizo públicos la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), el mercado interior del libro creció el año pasado un 2%. Eso sí, se ganó más dinero (3.219 millones de euros) pero se vendieron menos ejemplares. Concretamente, un 4,1% menos, lo que supone algo más de diez millones de volúmenes (de 250.860.000 se pasó a 240.660.000). Una de las explicaciones para el desfase entre ganancias y ventas reside en la subida del precio medio por ejemplar, que pasó de 12,45 euros a 13,26.
Las buenas noticias se acabaron en diciembre. Al tiempo que presentaba los datos de 2008, Antonio María Ávila, director ejecutivo de la FGEE, reveló que durante la primera mitad de este año las ventas descendieron un 6% con respecto al mismo periodo del año pasado. Además, lo que ahora, en palabras de Ávila, es "grave" empezó siendo "catastrófico". Durante los meses de enero y febrero las ventas cayeron un 40%. El día de San Jordi y las diversas ferias consiguieron atajar la hemorragia, pero "de nada sirve llenar el restaurante con las comuniones si el resto del año está vacío". Lo dice el propio representante de los editores, que, sin perder el optimismo, sostiene que "la tendencia es recuperarse".
Aunque subraya que los datos de 2008 son "verificables" y que los de 2009 se basan en "muestras y proyecciones", Antonio María Ávila apunta una explicación para el sangrante descenso del comienzo del año: las devoluciones masivas por parte de las librerías. "Creo que la razón fue administrativa", argumenta, "además de explicable en tiempos de crisis. Después de un excelente diciembre, limpiaron el almacén de golpe. Los datos reflejan más ese efecto que una situación real".
Michèle Chevallier, directora de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL), tiene un argumento más concreto y menos optimista: "La librerías devuelven porque no venden". Y añade: "Los libreros están asustados. En los cuatro primeros meses del año, las ventas de mostrador han bajado alrededor de un 25%". Y lo que no es mostrador es venta a instituciones, una rama que la crisis hace tambalearse. "Muchas instituciones se están retrasando en los pagos o anulando pedidos ya cursados", explica Chevallier. "Si a esto se suma que los bancos no están renovando las pólizas de crédito... La tabla de salvación es devolver. Hay que sanear y ser precavido: si antes pedía diez ejemplares, ahora pide cinco".
Otra de las grietas entre editores y libreros es una sobreproducción que sitúa la oferta muy por encima de la demanda. Frente a los 70.520 de 2007, el año pasado se publicaron 72.982 títulos, de los que el 52,1 % fueron novedades y el resto, reimpresiones.
Para Antonio María Ávila, el "aparente" exceso está distorsionada por los libros de texto (unos 17.000 títulos): "Multiplique 33 editoriales por ocho disciplinas por 17 autonomías y por cuatro lenguas oficiales". Chevallier no pierde de vista esas operaciones, pero matiza: el resultado de la multiplicación no tendría por qué crecer cada año. Y remacha: "Es una huida hacia adelante de las editoriales. Cuando consiguen ocupar un espacio en las mesas de novedades, publican y publican para no perder la posición. Aparte de que esa política ha terminado con el fondo de catálogo, las librerías no pueden absorber tantas novedades". Según Chevallier, "hay muchos libros que no duran ni un mes en las tiendas; algunos ni 15 días".
Los editores juegan sus números en busca de un best seller. Varios de ellos -Rowling, Ken Follet, Zafón, Larsson, Meyer- engrosaron las cifras del año pasado. Este otoño, si el nuevo Dan Brown no viene al rescate, los números quedarán en manos del último Larsson, de la vuelta al colegio y de la Navidad. Sigrid Kraus, directora de Salamandra, la editorial de Harry Potter y de El niño con el pijama de rayas, sostiene que la "lotería" de la apuesta única falsea el mercado: se vende mucho de muy pocos títulos. Ella ha conseguido una marca de catálogo que sostiene la editorial al margen de sus superventas, pero reconoce que cada vez cuesta más: "Al contrario de lo que se dijo, este año en la feria de Madrid nos fue peor que el pasado. Y algunos libreros me comentan que ha habido semanas en las que no entraba ni un solo cliente". Según datos de la FGEE, la industria editorial supone un 0,7% del PIB de España y da empleo directo e indirecto a más de 30.000 personas.

Los números del libro en España

- La venta de libros en España descendió un 40% entre los meses de enero y febrero de este año. El motivo principal: las devoluciones masivas por parte de los libreros.
- La bajada media en la facturación del sector editorial a lo largo del primer semestre de 2009 fue del 6%.
- La venta por mostrador en el conjunto de las librerías españolas experimentó un descenso de hasta el 25% en los cuatro primeros meses de 2009.
- El número de ejemplares vendidos en España en 2008 fue de 240,66 millones, un 4,1% menos que en 2007. La cifra de negocio se situó en 3.219 millones de euros, 2% más que en 2007. Una de las razones: la subida del precio medio por libro.
- El precio medio por ejemplar en 2008 fue de 13,26 euros, 81 céntimos de euro más que en 2007.
- La tirada media en 2008 fue de 5.035 ejemplares.



PÁGINA 21 – CUENTO

RAFAGA


Por Fransiles Gallardo Plasencia (Magdalena-Cajamarca/Perú)

-¡Contra la pared!- dice una voz cortante, como un afilado cuchillo.
Salgo del tumulto y seis obreros que me acompañan en la construcción del canal de irrigación de Santiago Chico, siguen mis pasos. Siento en mis espaldas las miradas misericordiosas de los poblanos.
Gruesas gotas de lluvia, caen sobre el árido suelo de la descuidada plaza .
-¡Les repetimos que no hicieran nada, sin nuestro consentimiento!-
grita a voz de cuello, quien se supone; es el líder de esta agrupación de encapuchados.
Han ingresado al poblado hace una hora y a empellones nos han
sacado de la casa, que tenemos alquilada como almacén.
-¡La desobediencia se castiga!- vuelvo a sentir su voz filosa -¡y vamos
a castigarte ingeniero!- siento su mirada clavarse en mis ojos- ¡como ejemplo y para que nadie más quiera rebelarse a las disposiciones del partido!.
La población ha enmudecido. Me pellizco para saber que soy yo auch, quien está allí parado.
Un aullido lastimero en la distancia, se pierde con el viento.
Silencio.
-Igual que tú, camarada, sólo cumplo mi deber- le digo con el poco coraje que aún queda en el fondo de mi pecho- no podrán destruir siempre- miedo y tartamudez en mis palabras- otros ingenieros vendrán y lo harán y no vas a asesinarlos a todos- digo, finalmente cagándome de miedo temblando la voz.
-¡Contra la pared!- vuelve a gritar con su voz de machete afilado y nos alineamos nerviosamente con los huevos en la garganta, ingeniero, se lo juro por diosito; ya somos siete, carajo.
El recuerdo del sargento Díaz “en casos de fusilamiento es mejor ponerse al centro; las ráfagas siempre van de izquierda a derecha” en el curso de instrucción pre militar jamás pensé, que tendría que practicarlo y justo en estas circunstancias.
-¡Por las desobediencias constantes contra los dispositivos del partido y desoír las órdenes impartidas por el camarada Rufino, comandante en jefe de esta zona liberada; por lo tanto en este juicio sumario popular; se decreta la pena de muerte por fusilamiento, al ingeniero Rodolfo Tolentino Arrascue; de igual forma se sentencia a la igual pena; a sus seis obreros bastardos, hijos de la burguesía nacional y sirvientes de este gobierno imperialista y reaccionario!.
Mierda digo nos jodimos tengo seca la garganta y mis piernas se mueven solas. Intento correr, perderme entre las sombras de la noche y de los alisos; pero los pies no responden, están paralizados hasta aquí llegaste me digo grandísimo pendejo un vaho de inconciencia nubla mi cerebro y mis sentidos, también.
-¡Atención!- tres encapuchados se ponen al frente nuestro.
Quiero que mis últimos pensamientos sean para Aurorita, mi mujer; en los jubilosos ratos de alborozo y su sonrisa alegre; al verme bajar sudoroso oliendo a hombre salvaje de la camioneta.
-¡Apunten!.
Que sean, tan sólo; las últimas imágenes de mis hijos estoy llorando de mi Lalito correteando por el parque recuérdame de mi Margie y su cabello peinado en colita talvez no te dije cuanto te quiero de Blonch y sus ojazos de aceituna talvez no te abracé mucho de mi Torintín y su forma de arrugar el entrecejo talvez no me recuerde, es tan pequeño, aún.
-¡¡… Fuego …!!.
El rojo resplandor de los fusiles, vomitando fuego; me hacen cerrar los ojos que Dios se apiade de mí.
En avalancha, los recuerdos de nuestro último viaje, en familia al Cusco y Machu picchu se agolpan en mi recuerdo ojalá haya tiempo para celebrar nuestros veinticinco años de casados y volver a estar juntos, como antes; por siempre, jamás.
Los terrucos, vivando a la lucha armada y haciendo disparos al aire, se van.
Dos de mis trabajadores se han desmayado los mataron, carajo los otros están de pie gracias Dios, están vivos pálidos y temblando.
Me toco el cuerpo. Un frío húmedo y pesado recorre mi cuerpo tembloroso.
Tengo humedecidos, mojados, muy mojados los pantalones me he orinado, carajo creo que pesados, muy pesados, oliendo a podrido me he cagado, mierda también.
Sobre Marcaval llueve; torrencialmente sobre su plaza, llueve.
Baña mi cuerpo, de la cabeza a los pies.



PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

Alejo Urdaneta (Caracas/Venezuela)

“…y nuestra breve vida rodeada está de sueño”
Shakespeare: “La Tempestad”


AMANECER ROJO
(Poema al amor y la esperanza)

1

Falta un milagro para la gracia,
siento la insuficiencia y tengo las manos vacías
cuando recibo la dádiva de tu secreta morada.
Vuela hacia ti mi alma
y mi cuerpo hacia la tierra.

2

Junto a tu tristeza de alas invisibles,
la vida se contorsiona en milagros:
luces brillantes en el río, ardientes océanos.
&
Desdeña ahora el correr del tiempo,
la belleza que algún día pasará,
la alegría que te abandona en su adiós,
y a cambio, déjate mecer por la ilusión de amar,
huye de las sombras
y muerde el fruto blando de la dicha,
recuerda tu infancia,
tu mar, la alegría de las fiestas.

3

Sientes en el pulso de la sangre
el susurro del reloj de arena,
y contemplas la llama vacilante:
Reloj y llama, tiempo de dos caras,
La vibrátil que se eleva en la penumbra,
decidida verticalidad,
y la lenta fluidez del pensamiento,
tenaz maceración de la noche.

4

Que comience en cada despertar
la ensoñación.
Haré profetizar a los grillos
y arrastrarse las flores
hasta el pozo iluminado de tus ojos.
Beberán de ellos sabiduría y placer,
también melancolía.
&
Proclama la vida,
la humanidad,
por la santa virtud o el arte diabólico
que todos llevamos.

5

Aléjate de los búhos infelices
y cobíjate en la aurora.
Amanecer, bandera olvidada al viento,
colorido de trinos y ligera brisa.
Todo viene del fondo del sueño,
todo vibra como trueno
o como guitarra llorosa y sola.

6

Te haré un altar de humildad y sacrificio,
tu sonrisa no se disipará en el vacío tormento:
será el signo de tu voluntad.
Sufrirás, sin duda, avatar de la sensibilidad,
y tus pasos sobre la arena en la playa
danzarán como saltamontes,
incansable de besar la tierra.

7

Siempre te encuentro,
Oigo tu voz susurrante en la quieta soledad,
en la hora de luz de los sentidos.
Convoca, entonces, la sagrada sensualidad.
Allí estaré en el rojo amanecer.



Gloria Gabuardi (Managua/Nicaragua)

CONFESIÓN DE AMOR


Confieso que la amo.
Es la caracolita de oro de un cuento de mi madre,
el caballito de luna de un cuento de mi padre
las lágrimas derramadas de mi madre
las torturas sufridas por mi padre,
la guitarrita de los juegos de mis hijos,
la ola violenta del mar de San Juan del Sur,
la maravilla del mundo que es el río San Juan
los ocho mil kilómetros cuadrados de historia del lago
de la señorial Granada.
Es mi casa, mis hijos, el hombre que quiero .
Es mi Patria que habita en mi,
y confieso que la amo.

Por eso soy un pájaro descuadernado cuando me ausento.
Creció conmigo como el canto de un zenzontle
como fluyen las aguas de los ríos
como un árbol frondoso en el centro de mi corazón
donde se han empozado las aguas del llanto.

Creció como maraña de ramas
se enroscó en mis venas
como el azote de un viento
como el alba penetrando las rendijas.

Mi amor creció como si el hambre no existiera,
ni el destierro, ni la tristeza, ni la pobreza,
ni la pena, ni la melancolía, ni el olvido,
ni la sombra amordazada de lo justo o de lo injusto
y me hizo mujer de aguas y volcanes.

Mi patria Nicaragua,
tierra de la sangre derramada,
lugar donde nace y muere el arcoiris
con sus cielos y sus infiernos
con su cofre de sueños, con sus tragos amargos,
con su mito de aquí está el paraíso,
en constante lucha entre la sangre
y el corazón de sus habitantes
y donde encontramos el horizonte
tras un largo caminar.

Me siente y me extiende suya
como cordillera conquistada,
por piratas y bucaneros.
He viajado por su lluvia y por su espuma
como Minotauro con alas
como Dragón guardián de sus sueños imposibles.

Por eso quiero cuando muera
que me entierren con un trozo de su cielo
que me guarden agua de su lago
y que un puño de su tierra
me cubra la piel
donde escriban mi nombre y su nombre.
Gloria, Nicaragua.

REINO DE PALABRAS

Quiero tener un reino de palabras
o un río de palabras
que arrastre la desdicha humana
que haga raíces en mi alma
y la transformen en Argonauta
Quijota de los mares de la fantasía
valiente soñadora de la Libertad..

Un reino de palabras
que me haga trastocar
el movimiento de los pájaros en sus ramas
y que me transmita el color de una estrella
el olor del viento
la espiritualidad de la pasión de los hombres.

Un reino de palabras que me haga conocer
al ser humano, los mares y los astros
para juntar mi alma con mi cuerpo
y así complacer mi carne.

Quiero un reino de palabras para mi alma
como quiero una Patria inmensa para mi corazón
libre como la soñamos todos.
un reino de palabras que me seduzcan
y que se desgranen entre mi lengua
como laberinto de perlas
en un atardecer de mi Patria.

Un reino de palabras o un rio de palabras.
que se desborde y arrastre todo lo que encuentre
que sea fuego fatuo entre mi boca
pasión devoradora de mis sueños.

Que me encandile los labios
que me entregue las llaves de la imaginación
de las islas de los colores y las especias
Amboina, Banda, Ternate y Tidore
con sus baúles, sus tragedias y sus aventuras
en el mar del llanto de Vespuccio y Magallanes

Y, que para detenerse ante mí,
solo baste, que me iluminen tus ojos
o el temblor del umbral de un sueño
para manchar la página en blanco.

EN LA MONTAÑA DE LAS BRUMAS DE ESTELÍ.
a Francisco de Asís .

Con los pálpitos del corazón entre los dedos,
llegamos a la Cima del Mundo.
He colgado mis miserias
en el ojo de esta luna transparente
y tirado con desdén mis angustias
a un lado de las nubes.
Pienso dormir en ellas,
revolcarme de dolor o de alegría,
jugar al volandás o chimpilicoco
o por lo menos, tener mis pensamientos amorosos
(mi hija allá lejana, y mis hijos lejos, mi corazón hecho trizas,
dividido como sandía destrozada).

Que mis sueños cabalguen esta noche,
arrullados por el ruido fantasmal de los grillos,
hasta donde lleguen los límites
de mi corazón abierto en pampas
como la flor de la bandera española.

Estoy de nuevo en la Cima del Mundo.
En la Montaña de Las Brumas de Estelí,
equidistante del Quiabuc, lejos del Tisey
y lejos del Guarumo,
entre el mundo de los vivos
y la eternidad imaginaria,
entre la realidad trágica de mi Patria
y lo fantasmagórico de lo creíble y la mentira
entre el inventario del mundo de los vivos,
seco, árido, despalado y destructivo
como un cuadro gigantesco de Dalí
y el abismo de lo fantástico y del mito.

Aquí, como en el Pamir, en Tadjikistán,
entre Afganistán y China
en Asia Central, el Techo del Mundo,
queriendo encontrar a Dios
entre el azul del cielo que toco con mis manos,
y el celaje lapislázuli , verde, jade, morado, gris del atardecer
en el rumor de los pinos que aún quedan con vida,
o en las huellas de Marco Polo

y su aventurero caminar en las batallas del tiempo
o en las crueldades de las guerras del gran Khan,
arrasador de pueblos y montañas.

Yo llegué a la Cima de la Montaña del Pamir,
y me asomé en el verdor de su laguna transparente
la misma del gran Marco Polo
y puse mi huella sobre su huella.

Aquí en Estelí, tierra de mi Nicaragua,
vuela mi ojo hacia el infinito
sin encontrar límite que lo contenga
y con un corazón colgado como relicario
donde guardo los colores del crepúsculo y del ocaso
las lágrimas de la vida y de la muerte,
la imaginación y la risa de los míos,
los nombres de los que se fueron,
las añoranzas de los que están vivos,
la raíz de mi origen,
y la savia oculta del pozo de mis deseos.,
no vaya a ser que en este despale inmisericorde
hagan que desaparezcan para siémpre.

Y se van , vuelan mis sueños
navegando como góndolas entre las nubes
llevando tan solo el registro del viento y su violencia,
donde el eco es como una espiral que se engulle al mundo.
Y la inmensidad de esta tierra despalada
y la voluptuosidad de su tristeza,
dan rienda suelta a mi nostalgia y a mi furia interior.

Aquí estoy, en el Cerro de las Brumas, en estas montañas,
donde hace ya muchas lunas, no penetraba la luminosidad del día,
y el rocío bastaba para desencajar el mar del llanto,
de las ánimas en penas,
donde desembocaban las pasiones de la vida.

OBSERVANDO A MI HIJA CUANDO BAILA.

A mi hija Gloria Marimelda Blanca Fernanda,
bailarina de mis sueños.


Mi hija cuando baila es ángel,
Sheherezada, Mandolina, Diosa de luna,
Maga de la Luna y de la Noche
figurita colorada de Kandinski
envuelta en gasas, sedas y tafetanes crujientes
al ritmo del vuelo de una mariposa
y sus pies, uno, dos, tres, pies de ICARO
marcando el paso y alzando el vuelo
muñequita de cuerda
en lluvia de estrellas
que cae sobre las piernas, brinca, salta,
sus pies, su memoria y su recuerdo,
vuela igual que saeta,
dá giros, uno, dos , tres,
giros y vuelve al vuelo
con los hombros nerviosos, como olas de mar,
cintura en constante rotor,
danza en el vértigo del caos,
choque de olas contra las piedras,
choque y movimiento de huesos
alfarera de la vida y de la muerte
danza anidando su cielo
increpando lo oscuro de la noche
que no deja ver, oir
el ritmo feroz de la danza
danza primitiva ancestral
comanda a sus amigas
las alerta, grita : las mujeres aran la tierra
el espíritu del baile la atrapa y la transforma
como hechizo y como embrujo:
las mujeres defienden la tierra
se transforma en guerrera, zenzontle mañanero
ángel de la guarda protegiendo las estrellas
danza en primitivo movimiento ancestral:
uno, dos , tres, cuatro, vuelta,
la tierra, la tierra nuestra ,de los hijos
de los míos, a su defensa, gira y gira
empuña el palo, su espada, su machete
lo alza, lo lanza, lo clava en la tierra
al ritmo del calor, del color, del tambor
danza primitiva ancestral:
los hombres se fueron a la lucha
las mujeres en la danza defendiendo
el arado , la tierra que chorrea sangre,
la tierra de los hijos
la tierra de los ancestros
luego husmea, siente el peligro, es un lince
danza, brinca, se agacha, lanza el palo,
remolino de sedas, cintas, sudor y llanto
giros y mas giros , vuelos de pájaros
hasta quedar extenuadas, jadeantes,
trasmitiendo, bailando, el sentido de su danza
ruidos de pájaros, trinos , voces ahogadas
en los vientos huracanados que impulsan la danza
hasta el fin
hasta que la bailarina cae desmayada.



PÁGINA 23 – CUENTO

MISIÓN CUMPLIDA.


Por Jimmy Valdez (Ridgewood-NewYork/USA)

El enemigo, escribió, el enemigo. Y sabe usted que el café aún humeaba. Todo muy distinto, casi secretando su nombre. Precisamente en eso entraba y de carambola… Es qué no lo adivina; si lo vomitó todito sobre el teclado. Allí mismo, en su covacha, de puesta al ventanal como un ciclope. Le juro que no lo parecía, pero era demasiada cierta la rigidez, casi inmediata, de asustarse. Nos tocó lo de la llamada. Hasta que llegaron, nadie se atrevió al canje. Échele un vistazo, se le puso la corbata y el único camisón disponible entre todas sus cosas. El lio fue afeitarlo. A esas horas y con la holganza tocando su esplendor no dimos con navaja alguna y lo hicimos a cuchillo. Una proeza patrona, una proeza.
He aquí lo del sumario: Dizque por causa natural, y los del treinta y tres ni se tomaron el tiempo para ver qué era lo inmundo. Se murió de loco, murmuraron. Yo apenas esperé el visto bueno y lo bajamos así de urgente… No se preocupe más que en unas horas lo llevamos en parihuela y santo enterrón por réquiem eterno. -Por cierto, no se le arrime mucho. Usted sabe lo que cuentan: Al buen morido no se le puede acercar el de los favores, porque sangra.



PÁGINA 24 – ENSAYO

LA LABOR HUMANITARIA DE UN POETA MALAGUEÑO


Por Carlos Benítez Villodres (Málaga/España)

La ONG AID CHILDREN OF THE WORLD, fundada hace 2 años por el poeta y escritor malagueño José Sarria Cuevas, está dando ya, desde su cooperación internacional, frutos exquisitos y maduros a favor, principalmente, de niños y jóvenes necesitados de Marruecos. Hasta el día de hoy, dos son las campañas (2008/2009) llevadas a cabo por esta ONG en las ciudades alauitas de Tetuán, Larache, Zinat y Agla. Las organizaciones e instituciones beneficiadas con los envíos de esta ONG son: la Asociación de Tetuán Asmir (Tetuán), la Fundación Dar Laraïch (Larache), el Colegio Monjas Franciscanas Nuestra Señora de los Ángeles (Larache), las Hijas de la Caridad (Larache), la Asociación Rural ADAFER (Zinat), la Asociación Amal Al Atfal (Tetuán) y el Ayuntamiento de Agla.
Con José Sarria colaboran un grupo de voluntarios. Éste está formado por Sergio Barce, María Gámez, María Pedraza, Susana Gómez, Larisa Rynzhuk, David Sánchez y Alberto Sánchez.
AID CHILDREN OF THE WORLD es, pues, una ONG internacional de cooperación al desarrollo, aconfesional, apartidista e independiente, que actúa, en la actualidad, en Marruecos, como ya quedó anteriormente reflejado, promoviendo en especial la mejora de las condiciones de vida de la infancia y la adolescencia, incluida las de la mujer igualmente desamparada, e incidiendo en las causas de la pobreza y las desigualdades. Es decir, los voluntarios de esta ONG trabajan para contribuir al desarrollo humano y sostenible de las personas que se encuentran en esas etapas de su vida paupérrima, denigrante, -niños y adolescentes-, o, como es el caso de la mujer, cuya existencia está condicionada por la indigencia más atroz y el abandono. A todos ellos se les facilitan los recursos necesarios para fortalecer sus capacidades y, por consiguiente, mejorar sus condiciones de vida.
Según se puede leer en la web (www.aidcw.org) de AID CHILDREN OF THE WORLD, “el equipo de voluntarios de dicha ONG trabaja, principalmente, desde España, aunque el ámbito de actuación de la misma es de carácter internacional, comprometiéndose con la ayuda y el desarrollo (como fórmulas de transformación de las sociedades más desfavorecidas) destinados, especialmente, al colectivo de niños y adolescentes, y al de las mujeres”, como ya quedó reflejado en el parágrafo anterior.
Del mismo modo, “el objetivo final de AID CHILDREN OF THE WORLD es la mejora de las condiciones de vida de las regiones más necesitadas del mundo y de sus habitantes”.
En las campañas ya referidas se enviaron, desde Málaga, en dos trailers, unas 1.500 cajas con material escolar, ropa y zapatos, juguetes, material higiénico y sanitario. Los mismos cooperantes de AID CHILDREN OF THE WORLD son quienes se encargan personalmente, tanto de la compra y recogida de materiales fungibles y no fungibles como de la custodia y entrega de los mismos a los destinatarios ya preestablecidos. Para realizar dicho menester, “cada uno se paga de su bolsillo el viaje y su estancia y manutención en las ciudades de destino, dice José Sarria, pues la ONG no destina ni un euro a gastos de gestión o administración interna”.
Tras los dos objetivos logrados, los componentes de esta ONG ya están trabajando para alcanzar la próxima meta propuesta, es decir, la correspondiente al año 2010. Este nuevo objetivo consiste, además de aportar nuevos materiales para el óptimo desarrollo mental y físico de niños y adolescentes y mujeres marroquíes más desfavorecidos, en consolidar este tipo de cooperación humanitaria. Además, los componentes de esta ONG tienen en proyecto la construcción o creación de una “casa de acogida”, tipo “aldeas infantiles”, para ayudar a niños y jóvenes en orfandad o desamparo, sin distinción de raza, religión o nacionalidad, ofreciéndoles con esta realidad, aún en su fase de propósito, una familia y un hogar estable, así como una preparación sólida que les permita luego independizarse.
Quienes deseen simplemente informarse o colaborar con AID CHILDREN OF THE WORLD pueden hacerlo a través del portal web, ya reseñado, de esta ONG.



PÁGINA 25 – CUENTO

LA CLARIDAD DEL CHOCOLATE


Por Julio Carmona (Lima/Perú)

“Las cosas claras y el chocolate espeso” reza el refrán. Cuando el ambiente se va tornando oscuro, lo más sensato es clarificarlo. Este preámbulo es una especie de “mea culpa” respecto de la expresión “cumanana” usada en el Diario “Correo de Piura” para referirse a la copla diaria (a veces interrumpida) que aparece en el ángulo inferior izquierdo de su segunda página. En esta calurosa y acogedora ciudad del norte de Perú, muy pocas personas desconocen lo que es la cumanana; por eso, son varias las que me han hecho llegar su extrañeza (y hasta su resquemor) por usar esa denominación “La cumanana del día” para referirse a dicha copla. Los argumentos son tan claros y concluyentes que no puedo hacer otra cosa que admitirlos.
En primer lugar se dice que lo característico de la cumanana (de Morropón, Chulucanas y Yapatera) es su humor ácido e irreverente y, en algunos casos, rijoso y hasta procaz; el otro aspecto es su naturaleza de contrapunto (dime que te diré) y hasta su repentismo o capacidad de improvisación de los autores; y respecto de éstos, por lo común, su anonimato (tan esencial en la literatura popular, tradicional o folklórica). Y, en efecto, son cualidades que en grandes dosis están ausentes de las coplas (más propio es llamarlas así) producidas por este modesto servidor. Por ello, considero pertinente aclarar el asunto.
Y, en principio, me acojo a la feliz expresión de don Antonio Machado: “¿Cantar como el pueblo? ¡Qué más quisiera yo!” Porque ese canto que parece sencillo es el más complicado de lograr. La poesía culta se aprende. La popular, nace. Y lo hace –en sus mejores logros, los imperecederos– con una singularidad, frescura y contundencia que –al decir de Machado– cuánto quisieran los poetas cultos. Lo dicho me exonera de cualquier acusación de querer usurpar los valores de la cumanana. Mi respeto por ella (y por toda creación popular) se manifiesta en este reconocimiento. Y, en tal sentido, pido disculpas a los depositarios de su bagaje si es que ha habido atrevimiento en el uso de su denominación, mas no insolencia ni mucho menos usurpación.
Es más, no tengo el menor reparo en suscribir la idea del otro Machado, Manuel, quien al referirse a las coplas populares y reconocer su valor, dice que: “Mientras no las canta el pueblo/ las coplas, coplas no son/ y cuando el pueblo las canta/ ya nadie sabe el autor”, y esto es algo que también quisiera yo. Pero mientras eso no ocurra, sigo asumiendo la autoría de esa imitación del estro popular, imitación que –insisto– hago con respeto y veneración.
Lo ocurrido, en realidad, es que, en mi afán de decir mis sentimientos sobre la vida, el amor, la amistad, la verdad, la justicia y la lucha por un mundo mejor (que, en verdad, es algo que vengo haciendo por Internet, desde hace dos años, bajo el título de “Epístola Moral”), me dirigí al Director del Diario Correo de Piura y le propuse publicar mis coplas. Y le dejé una muestra de las mismas, sugiriéndole una modificación de la palabra cumanana, usando en su lugar la expresión “cumañana” que además aludía a la aparición temprana del diario, y era como una especie de “buenos días” en verso al pueblo piurano. Pero el Director lanzó la propuesta con la denominación que ha causado revuelo y resquemor. Y que aquí aclaro, para mayor gloria de la voz del pueblo, que es la voz de Dios.



PÁGINA 26 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Luis Calizaya Arce (Gotemburgo/Suecia)


LITURGIA DE LAS VOCES DE MI PUEBLO

Cuentan los espíritus a través de los awichos, achachilas y sabios ancianos, de las grandes civilizaciones andinas bolivianas; y en mi memoria llegó la frase que escuché en el templo del saber, en la escuela un maestro Aymara suplicando con humildad pronunció "Khantataita Inti Tata" que significa "Padre sol, hazme amanecer" e inmediatamente en mi mente aparecieron versos, donde expresan la belleza nocturna que develó la profunda añoranza de ver ese otro encanto, también del amanecer en mi alma.

Quizá para algunos sea paradójico, lo que para el mundo andino y su filosofía de vida es el centro de todas sus acciones y pensamientos; esté concentrado en el sol y su máximo exponente la gente, que para ellos fue y seguirá siempre siendo esa luz y estrella eterna.

En el cielo de estrellas de los Aruma Markasata*, -Voces de mi Pueblo, junto al sonido y el calor, el canto de libertad es el más bello instrumento su voz y cuando me falte el aliento quiero su dulce palabra de ecología social, nuestra paz expresar por la no violencia en este mundo moderno.

"Amamos la vida por que estamos
acostumbrados al amor y la paz"


HOY

En este preciso instante
Como todos los días
A cada segundo
A cada minuto
Pensando en ti
Como todas las noches
Junto a la música de nuestros recuerdos
Veo cantar, bailar y sonreír el Universo.

"El olvido, es la noche sin luz ni estrellas dentro
del alma"


SINÉRSIS DEL CORAZON

No importa el tiempo que amé
ayer fue hoy
hoy será mañana
y te amaré.
Llegaste como un raito de luz
tu cuerpo y el mío
causaron eclipses de Sol y de Luna
el día y la noche
se convirtieron en poemas.
No importa el tiempo que amo
ayer es hoy y mañana futuro
en el hijo que prolonga
la estrella que acompaña mis noches.
Amar es un verbo que tiene
presente pasado y futuro
como música de los latidos
desde el fondo de mi corazón.

"Por un pedazo de Amor"

SONKOY UKUMANTA

Mi extraña nostalgia,
cuando te diviso...
Retumba el vibrar del alma
y resurge en mi,
el apremio de confesar.
Mi esculpido sueño utópico.

Mi insólito prodigio,
contigo...
Surge la explosión anhelosa
de unirme a tu amparo,
compartir mis delicias,
amarte y llegar a la cima.
Aunque sea en ignoto

Mi ensoñado fulgor,
te tengo atrapado
entre mi ser y mi alma.
Y me tienes naufragando por la vida,
hasta el día ... ¿quién sabe cuando?, que te lo revele,
este amor natal y divino.
A ti...mi soledad y mi esperanza...
a ti mi amor Luz



Manuela Ruiz Vivanco (Sopelana-Vizcaya/España)

TENGO POR COSTUMBRE


En tardes como esta
no pregunto
estarán las hadas de mi parte
ni pienso en nada trascendente
tengo por costumbre
no hacer muchas preguntas
beber la vida ferozmente
no distraer la mirada en otros mundos
esconder la tragedia de mi risa
para eso tengo mis rincones
ya sé, a veces no me entienden
me gustan demasiado las personas
sentarme en la orilla de la vida
contemplarla simplemente
envolver mi lado oscuro en el armario
no hacer muchas preguntas
dejarme llevar por mis zapatos.

NO QUIERO

No quiero
que tus manos pudorosas deshojen mis margaritas.
Las prefiero señoreando insurrectas
colgadas de los vértices de mi precipicio
perdiéndose sin rubor en cada uno de mis pliegues
acompañando el dolor de mis lunas en huelga de hambre
sinuosas, tatuando mis curvas
cosquilleo besos de mariposa
rebosantes impregnadas de mi esencia,
solidarias acariciando las heridas de mi cráter
deslizándose perturbadoras por todo mi universo
habitando en mi soledad desnudas
se acostumbren,
y de vez en cuando
alivien toda mi pesadumbre.-

NO SE PORQUÉ

No se porqué
he sentido celos de mi gata
Ronroneando
felina preñada me ha observado
plena de gozo
contorneándose coqueta
incendiando mi plexo solar
hurgando, indiscreta
obscena e irreverente
se me ha anudado.
Olisqueando semillas vacías
agitando mi océano profundo
acurrucada mimosa
se ha estremecido.
Quizás,
sospechando
la tragedia que esconde mi vientre.



PÁGINA 27 – ENSAYO

BENEDETTI: POESÍA DE LIBERACIÓN


Por José M. Vallejo (Toronto-Ontario/Canadá)

A la edad de 88, en mayo pasado, nos dejó Mario Benedetti el gran poeta y escritor uruguayo quien, junto a Neruda, Vallejo, Guillén, Alberti, García Lorca, Machado, Hernández, Aleixandre, sigue viviendo en su obra. Y aunque cultivó los géneros de la novela (La tregua, Primavera con una esquina rota) el ensayo, el cuento, la crónica y el periodismo, es en la poesía donde los destellos de luz resaltan con mayor vigor literario. La poética de Benedetti es amplia, sencilla y directa; disidente, contestataria y por momentos ensimismada y filosófica. Una voz de liberación en todos los aspectos del ser humano, no circunscrita al discurso meramente social o comprometido de quienes pretenden asignar una separación, de modo arbitrario, entre campos irreconciliables de la poesía y la creatividad literaria. La singularidad de la poética de Benedetti marca siempre una idea central que concita a la reflexión íntima y de grupo, donde están presentes la ansiedad, la agonía, el dolor y a la vez la esperanza y el amor del ser individual o colectivo frente a la propia existencia.
Noción de patria, A la izquierda del roble, A ras del sueño, Sobre el amor y el exilio, Letras de emergencia, Vamos juntos compañero, El hombre que mira sin sus anteojos, El hombre preso que mira a su hijo, La casa y el ladrillo, El Surco, Amor y odio en las ciudades, A mis patrias suplentes compañeras, Cotidianas, Otro cielo, Soy un caso perdido, El sur también existe, Defensa de la alegría, Estados de ánimo, Pasatiempo, Corazón coraza, Hagamos un trato, Rostro de vos, Las soledades de Babel, Peregrinación a Machado, entre otros títulos de su prolífica producción, son poemas de un travesía por la vida tocándola y confundiéndose en ella. El poeta se formula preguntas a cada instante con la finalidad de encontrarle sentido a la existencia y al mundo. Marcado por el exilio y la persecución política de las dictaduras, a él y a sus compatriotas, el espíritu de lucha prevalece en su poesía con la armazón objetiva y la disposición emocional, puntos de partida que invitan a la sugerencia y el libre pensar. El canto así se convierte en descargas eléctricas donde el poeta trata de organizar en una corriente continua o una fuerza principal en juego de luces, ritmo y sonido. A diferencia de la poesía clásica, armonía y unidad del sentimiento con el pensamiento, donde las cosas se acomodan de manera racional en función del sentimiento que las convoca, en la poesía de Vallejo, Neruda, Aleixandre y Benedetti, se observa con toda transparencia la ruptura con ese equilibrio y convenio entre el sentimiento, la razón y las cosas, pues el empeño fundamental está en la vida interior, en la fantasía, la metáfora y la palpitación.
Benedetti encuentra en esos estados de soñador impenitente la paz y el equilibrio, el huerto placentero del jardín botánico en “A la izquierda del roble” cuando dice: “es un parque dormido en el que uno puede sentirse árbol o prójimo siempre y cuando se cumpla un requisito previo. Que la ciudad exista tranquilamente lejos.” Y es en la configuración poética del resto de este poema, por ejemplo, donde ese sentimiento inicial de la tranquilidad, el sosiego, el descanso placentero, se pierde, dando paso al sentimiento turbulento de la vida real imaginando distintos momentos de conversaciones figuradas de los enamorados, interpretando los silencios, las estaciones del año, los mendigos, los niños: “quizá tuviera un alma triste / como mi alma / poca cosa / quizá aprendiera con el tiempo / a desplegarse / a usar el mundo / pero los niños que así vienen / muertos de amor / muertos de frío / tienen tan grande el corazón / que se destruyen sin saberlo” Vemos, pues, en el transcurso o desarrollo posterior del poema un levar anclas para continuar la navegación verbal hacia el estremecimiento de un enfoque global, social y universal, donde el jardín botánico y el huerto pasan a un segundo plano y aparecerán sólo de forma fragmentaria en una multiplicidad de objetos inesperados y heterogéneos.
Juan Nicolás Padrón Barquín, en el prólogo de una antología poética de Mario Benedetti, señala: “la obra poética de Mario Benedetti provoca murmullos declamada en público, concita reflexión leída en intimidad y transmite alegría en la lectura entre jóvenes. Estamos ante un exclusivo caso de popularidad literaria, o tal vez ante una rareza mayor: un excepcional ejemplo de comunicación multitudinaria mediante la poesía. ¿Por qué? … puede enfocarse la respuesta desde la perspectiva de que el poeta escribe para los pueblos latinoamericanos; en ese sentido, alude a vivencias comunes, sintetizadoras de experiencias de este mundo, e interpreta al ser de aquí, donde los exilios se pueden transformar en éxodos y las migraciones son diásporas de la violencia.” En síntesis se eleva a la cúspide la moción del poeta peruano César Vallejo: “la poesía nace del pueblo y va hacia él.” Así los poetas cultivadores de este estilo se guardan la abusiva intervención del intelecto a fin de no aparecer como elitistas, por supuesto sin renunciar totalmente a ella. Debemos observar que la poesía de Benedetti es a su vez objetivación de un mensaje a ser captado y comprendido en cuanto a sentimiento y natural discernimiento, allí encontramos la estructura cristalizada del intelecto de varias maneras deformada por el sueño poético de la liberación. Tratar de entender la poesía de Benedetti con una visión práctica significaría renunciar a la reflexión de enriquecernos como seres humanos.
Como todo promotor y animador del verso libre, Benedetti quebranta, consciente e inconscientemente, toda ley formal a manera de una tendencia de versificación donde su poética está compuesta de bloques rítmicos en los cuales no todo es libertad absoluta como tampoco sujeción al verso tradicional. No existe la autodeterminación forzada o la mecanización del ritmo métrico; y los bloques rítmicos a que nos referimos corresponden a los aspectos de la prosa condicionada por la sintaxis, algunos párrafos enteros forman el bloque del movimiento rítmico privilegiando la acústica, la música del leguaje, la intensidad facilitadora de la comprensión (Darío, Vallejo, Neruda) estilo que huye de las rigurosas sujeciones específicas: sílabas contadas, acentuación, rima, estrofas, número de versos, etc. En su poema El Surco se nota ese ritmo de la prosa poética: “A medio metro de mis botas recién inauguradas / el surco es una secreta monstruosa novedad / hay que considerar que desde mis doce años no arrancaba un desgraciado yuyo/ y aún tengo serias dudas sobre ese barroco antecedente secreto / porque no sé que pasará con mi cintura con mis versos/ con mis yugulares con mis ficheros con mis cartílagos / con mis lecturas de Marx con mi asma con mis nostalgias con mis rodillas / con mis manos de dactilógrafo que no tienen seguro como las de los pianistas / ni intuición como las de los alfareros y monstruosa no muy bien por qué el millo emerge a duras penas / entre la catástrofe de la mala hierba …” Vemos aquí un encabalgamiento sintáctico que no necesariamente corresponde a una misma unidad, porque con frecuencia Benedetti busca o privilegia el ritmo especial del sonido, procedimiento de invalorable sentido artístico, fonético y emocional. No cabe duda, nos dejó un gran poeta que seguirá viviendo en la eternidad literaria hispanoamericana.
(Texto proporcionado por: Críticas Literarias, 12 de julio, 2009).



PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

Francisco Jesús Muñoz Soler (Málaga/España)

EL SABOR DE LAS PALABRAS

ABSORBER LA PERMANENTE VITALIDAD


Absorber la permanente vitalidad
de la trascendencia de lo cotidiano,
del día a día pausado
vivo, armonioso, pero callado
que pasa sin hacer ruido
pero va llenando los posos
de nuestros adentros
de las esencias que nos hacen ser
y sentirnos persona.

LA DENSA CORPOREIDAD DE MI MEMORIA

La densa corporeidad de mi memoria
bulle en el hermoso caldero
donde se cuecen los olores
de mis realidades y sueños,
es tanto su bagaje y la fina línea
entre verdad y ensoñación
es tan imperceptible
que se han mezclado
formando un magma
tan verdadero y lúcido
que no se podrían rescatar
sus sabores y texturas originales.

ESTE LUGAR CONFORMADO POR UN ENTRAMADO

Ese lugar conformado por un entramado
de realidades y ensoñaciones,
aromatizado por vibrantes olores
y sustantivas emociones
llena los espacios de mi amada vida.

QUE SERÁ DE LA RICA

Que será de la rica
y sustantiva esencia
de mi acaudalada memoria,
donde hallará cobijo
sus magníficos nutrientes
cuando la vasija
que los contiene
deje de vibrar y se reseque.

COMO DENOMINAR EL INTANGIBLE

Como denominar el intangible
espacio donde mis emociones
hallarán descanso
cuando mi lugar desaparezca.

RARA ES LA VEZ

Rara es la vez
que no arranca
una sonrisa
el ilustre poeta
de mi amada tierra
con su deje
de irónica ocurrencia.
Disfruto leyendo
sus breves crónicas
que se desgranan cayendo
hasta formar columnas
que se adosan
en los pilares
que sujetan mis alforjas.
Empiezo de buena mañana
con refrescantes sonrisas
rellenas de mermelada
del nutritivo sabor
de la realidad cachorreña
que solo da la cosecha
de Don Manuel de Alcántara.



Claude Couffon (Paris-Francia)

LA CONFESIÓN


Puedo aún escribir
y con la mano temblorosa
deshojando sílabas
mofarme de la muerte
¿Pero de qué me sirve?
¿de cara a quién?
¿Para qué hablar
incluso en voz baja
de la soledad?

VIAJES II

Llegué a la edad en la que se viaja dentro de su cuarto
en aviones que piloteamos solitarios
hacia islas imaginarias
de continentes cercanos al cielo
o del infierno
pero poco importa
se asemejan en su salvaje libertad
Emparejarse aquí es soñar
con todos esos cuerpos que fueron nuestros
y que el tiempo no puede envejecer
¡Ah, los viajes sin regreso
en los que me hundo cada noche!

TÚ Y YO

El hombre habla y la mujer escucha.
El hombre habla de sus fantasmas,
sueños y quimeras,
de lo que fue sin serlo.
Y la mujer escucha como una beata,
beata, sí, pero convencida
de que ella lo sacará de la nada.
¿La nada? ¿Qué es la nada?
Lo que ya no existe, ¡doña!

MALLARMEANA

¡Ay qué triste es la carne y el hastío de leer
a estos poetas que no me aportan nada
salvo la sombría visión de un ombligo ampuloso
o de una verga colgada entre dos metáforas!
Tengo ante mí el mar, las islas, los barcos
un pájaro que me acaricia con su vuelo seguro
y soy feliz en este instante que pasa
al entregarme el grito de la autenticidad.

ESPEJO

El espejo en el que me miro
me muestra dos ojos cansados
de rumiar la misma vida
de aquí en adelante vacía
día tras día
monotonía
de lo que fue y ya no es
más que vana espera
del misterio que ya nada es.

DE PASO

¿Sólo somos materia que se transmite
consciente
o inconscientemente?
La edad lo afirma
o lo rechaza
si se trata de juventud
o de extinción
pero de qué nos sirve plantearnos tantas preguntas
si vivir es la maravilla de un tiempo
a lo más pasajero.



PÁGINA 29 – CUENTO

DESNUDÉMONOS

Por Héctor Cediel (Bogotá/Colombia)

Con todo mi amor y respeto
a la voz de una amiga invisible
en una noche de insomnio
en el infierno carcelero.


Transforma en fantasías mis ilusiones. Una vez más, soy victima de los imposibles del destino. El silencio de tu ausencia es una barrera inexpugnable. Con quimeras, has construido un utópico paraíso, donde los versos brotan encapsulados dentro de profilácticas imágenes y metáforas límpidas, como la piel transparente de tu espíritu, etéreo como la carne de un ángelus. La luz de tu arco iris, le ha obsequiado colores a la gama de grises de mis paisajes. Ahora mis sueños tienen sabor a ti, mis deseos son menos absurdos a pesar de nacer sin aurora, pero noche tras noche su ardor es más despiadado conmigo.
Intenta reemplazar con sensaciones reales, a los ensueños fantásticos de mis perversas visiones. Se que pienso y actúo como un viejo hombre poco evolucionado, anal y mediocre. Me siento víctima de la ironía del destino, de la tecnología o de un absurdo modernismo, que despedaza nuestro sosiego poniéndonos frente a los ojos tentaciones imposibles de complacer. Enséñame a conocer el amor tántrico, para escapar de las garras de la desesperación. Has un om para que mi infelicidad sea menos dolorosa.
Desnudémonos. Comencemos a abrazarnos suavemente, con abracitos de osos y peluches; con mimos tiernos, medianamente cálidos, un poquito atrevidos como todo lo amoroso, pero inmensamente respetuosos, porque conocen el arte del seducir con irreverencia, hacia la placidez plena y hasta conquistar el añorado sosiego. Sintamos el reflujo de las olas tibias del viento, refrigerando con su aliento tropical y con su delicioso sabor a brisa marina, un poquito la temperatura de nuestra anhelante sangre, sazonada con trocitos sutiles de tímidos deseos. Besémonos despacito, con pasos lentos y bien calculados, porque la noche podría ser nuestra o seria una hermosa forma de creer, que le pudimos robar un poquito de tiempo a nuestros destinos. La realidad es cruel y por eso: te pido que cierres los ojos y no voltees a mirar hacia atrás, porque el pasado y algunos conceptos anárquicos, terminan en la mayoría de las ocasiones, castrando momentos que podrían haber sido: ¡Inmortales!. Regalémonos una noche de placidez y delirios, como si hubiéramos regresado a nuestros pasados y cada uno hubiese podido reencarnar con sus particulares oraciones, a ese ser inolvidable, a ese Gran amor insepulto, cuyo nombre y recuerdos llevamos tallados en el puesto inaugural de apasionadoras recordaciones, por la gratitud de nuestras propias manos.
Desnudémonos. Besémonos despacito y con prisa, para no darle oportunidad a un inesperado arrepentimiento o que nos separe un inoportuno imponderable. Digámonos cosas tiernas y cariñosas, que nos permitan viajar hacia los paraísos de las eróticas fantasías. Toquemos nuestros cabellos. Arranquémonos esos pensamientos perversos y descabellados, mundanos y cuyos hedores a veces nos confunden o nublan la formas del contemplarnos, frente a los espejos de agua de la naturaleza pura. Despeinémonos. Deshojémonos, haciendo de la intimidad un hermoso ritual de liberación y goce. Acariciemos nuestros cuellos, para podernos desenganchar de esas absurdas cadenas o dolorosos nudos que nos atan a miedos, a absurdas angustias, a temores que nos impiden dar pasos y disfrutar con plenitud la vida, cual libertos cimarrones con alas y con fe en un Ser Superior. Besemos nuestros cabellos, nuestras frentes, las cuencas de nuestros ojos… las narices… nuestras mejillas, mentones y pechos… reservemos nuestros labios, para después de haber acariciado y observado la belleza desnuda de nuestros cuerpos. Coqueteémonos con seductoras posturas, actitudes y hasta con el tono de esas frases amorosas, que van poco a poco perdiendo su timidez y se van deslizando sobre nuestras pieles, guidas por las lazarillas manos de nuestras miradas… estos son algunos de los instantes más hermosos y sublimes del amor… Este es el ritual que nos corrobora, que el amor es más un arte religioso, que actitudes del instinto animal…
Desnudémonos. Percibamos y embriaguémonos con los aromas, de todas las partes de nuestros cuerpos. Deseo que sintamos nuestro calor, vivamos con intensidad el temblor de nuestros deseos. Démonos todo nuestro amor, en porciones precisas. Abriguémonos con los sentimientos de nuestras pieles. Se que no es fácil vivir y sentir las pasiones del amor, cuando se despiertan los instintos cariñosos de la naturaleza; más cuando todavía me habita demasiado del viejo hombre y aún veo de una manera anal o demasiado carnal a la belleza del cuerpo humano. Deseo vivirte y sentirte entre mis manos, despertar del ensueño con olor a ti en mis dedos y que el regusto me compruebe, que no fue un sueño-pesadilla o un desencanto más en el vidorrio destino. Vivamos la pasión desbocada de la ternura. No es fácil el desapego de nuestras afecciones, para que nuestros espíritus se puedan entregar, hacerse concesiones o permisividades inimaginadas. Amémonos al ritmo sutil de las ondas de las olas, que poco a poco van pasando de tormenta a huracanadas embestidas. Amémonos sin limitantes ni miedos, pero sin invaginarnos para solo satisfacer nuestro hemisferio animal, como las bestias ciegas que se aparean para intentar escapar de sus infiernos. Amémonos cual corceles de mar, ninfas… o como las sirenas que celebran sensuales rituales en el templo al amor en el corazón del piélago…
Desnudémonos, para que nos podamos festejar en donde y como lo deseemos. Agasajémonos y obsequiémonos con pasión, tibieza y con esa benigna calidez que ansían y necesitan nuestras almas. Mimemos nuestros cuerpos, sin pensar ni un minuto, si existirá para nosotros un mañana. Vivamos con pasión el hoy y el hora, porque el pasado son cenizas y el futuro es incierto. Acariciemos nuestros vientres… recurramos a la imaginación o a esos pequeños truquillos que nos permiten delirar, con sus inocentes perversidades mágicas de brujería blanca o de diablillas locas… puedes jugar con un cubito de hielo, una pluma… algo sutil que nos permita disfrutar de sensibles sensualidades… Deslicémonos hacia nuestras piernas… besemos nuestros pies cual ritual holocaustico de humildad y mensaje subliminal de una entrega total, plena hacia unas pequeñas muertes. Dejemos que todos nuestros besos sean de ternura, inspiradores, cancerberos… Sintamos el uno al otro cálido y húmedo. Tomemos iniciativas sin esperar insinuaciones, para que el otro alcance las estrellas o como me enseñó una amiga a tocarlas con las puntas de los dedos; sintámonos y disfrutémonos como un delicioso postre con frutas exóticas. Tócame como desees y déjame ensoñarme o alunarme mientras te toco… mientras te descubro toda… mientras me embriago de ti y me enajeno como todo amante cuando se aluna, con la hermosura de los colores del alma y del cuerpo de su pareja… observémonos… Toquémonos… olfateémonos… besémonos… disfrutemos de la música de las palabras amorosas… embriaguémonos con nuestra saliva… ardámonos… prostituyámonos pero sin hacernos el más mínimo daño en todo sentido.
Desnudémonos, hasta empalagarnos con el dulce almíbar de la complaciente locura; como cuando de adolescentes nos disipábamos devorándonos a besos como caníbales osculadores, en despedidas que se eternizaban. Humedéceme y pruébame, como experta catadora de mostos y conocedora de los laberintos secretos de las cavas del diablo. Sé que ansiamos sorber la miel del amor, antes que el ciclo natural de los procesos amatorios las pausterice, con nuestros sedientos y dipsomanos labios. Abramos nuestras piernas para que podamos capturar todo el calor de nuestra pasión y así podamos comulgar una vez más con la naturaleza y razón natural de la vida. Dejemos que nuestros sexos se acaricien con suavidad y ardor. Permitámosle a nuestras ingles que se inciten y exciten con la sapiencia de la tibieza de la memoria, de esas lenguas que solo expresan, sienten y traducen las palabras silenciosas del amor, tras el velo celestino de las sombras y la mudez del silencio autista de las paredes o de algunos testigos invisibles.
Desnudémonos. Desatémonos para siempre de las cadenas invisibles. Retengámonos ente nuestros brazos hasta deshacernos y licuarnos, como si nos hubiésemos fundido con el calor de nuestros apasionados cuerpos. Dejemos que nuestras almas se gocen, derritiendo nuestras carnes. Sabemos que el delirio nos disuelve o nos deshace, sin destruir las profundas propiedades de nuestros valores o principios. Derrítete y piérdete en mis manos, amor mío. Este es el delicioso juego del amor y la razón mas profunda y sincera de la entrega amistosa. Deseo sentir viva a tu carne. Hazme creer que te retendré eternamente entre mis brazos. Cree que soy y que seré tuyo para siempre. No rompamos la magia del hechizo con preguntas necias o promesas tontas, que nunca cumpliremos. Gocémonos y besémonos como si supiéramos que vamos a morir mañana. Dejemos que el caudal del amor brote como afluentes, raptando sobre la pubica amazonía. Es espuma de mar y savia de la naturaleza, el vino embriagador que se bebe de nuestros cálices. Siente cual miel mi semen, mientras que la saliva de tu polen deja que mi lengua se apodere corsariamente, de la mariposa esquiva de la ardiente rosa de los suspiros. Es primavera, amor mío, como son todas las noches de amor que liberan a las luciérnagas de sus clepsidras.
Desnudémonos. Dejémonos morir y revivir con los perturbadores, maníacos y excéntricos besos fálicos y pùbicos. Escapémonos de las cárceles de la carne y regalémosle a nuestros espíritus una noche de desmesurado libertinaje. Encarcelémonos con el deseo y hablemos sin el más mínimo celo, para hacer realidad a algunas de nuestras fantasías y que no queden navegando a la deriva, como necias propuestas, hasta que se disuelvan entre la bruma del olvido. Deslicémonos cual serpientes sobre nuestras pieles y apareémonos como ellas. Embriágate con los cristales simientes de tus versos, como si el delirio te hubiese alcoholizado. Inclinémonos frente al amor, cuantas veces sea necesario, así cien veces cien sea poco y rebajémonos hasta revolcarnos sobre el mismo fango si es preciso, para podernos relajar y sentirnos mas humanos, despojados de los disfraces y de las absurdas mascaras que tenemos que manipular o vestir algunas veces… por no decir que casi siempre. Deja que el macho se yerga hasta erizar tu piel, porque esa es su naturaleza: ser empalador varilarguero. Mira como el deseo transforma al amor en pájaro… en canto. Vuélvete sirena, musa o diosa como Atenea o Hera, transfórmate en amorosa mujer, en cariñosa o mimosa esposa, en apasionada hembra, en ardiente compañera, enloquécete hasta el amanecer, hasta que la trasnochada aurora encienda las luces… y dejes de ser cariátide de mis perversidades.
Desnudémonos. Simplemente te escribí para proponerte: que nos desnudemos. Enséñame a desnudarme a tu manera y déjame instruirte con algunas lecciones a la carrera, sobre como desnudarte a mi manera.



PÁGINA 30 - ENSAYO

LITERATURA Y VENENO


Por Claudio Magris (Trieste/Italia)

Celos, envidias, chismes y pataletas: los escritores se han agarrado por siglos unos con otros, dando a las palabras un uso muy alejado de la literatura. A continuación, un breve ensayo sobre el tema y una maléfica selección de lengüetazos ponzoñosos.
Según Brecht, Baudelaire era un poeta pequeño-burgués cuyas palabras son como chaquetas viejas remodeladas, mientras que para Tolstoi las sensaciones evocadas por su lírica no le pueden interesar a ningún hombre en sus cabales. Brecht, por otro lado, fue definido por Ionesco como un poeta didascálico, un estúpido creador de personajes de cartón piedra, y por Döblin como un novelista anticuado. Proust fue liquidado por Beckett en una sola palabra, “güevonadas”, y Beckett a su vez fue tildado por Arno Schmidt de ser un epígono inútil de Maeterlinck. Para Voltaire, Homero es aburrido, y según Benn, Lawrence, Virginia Woolf, Pound y muchos otros, Joyce era un mediocre. Nabokov considera ineptos a Mann, Conrad, Cervantes, Camus, Eliot y Pound; La divina comedia, para el expresionista alemán Albert Ehrenstein, es la obra académica, cerebral, pesada y sádica de un poeta musical pero monótono.
La lista podría prolongarse a voluntad. Los poetas insultan a los poetas, como dice el título de una antología de estas injurias compilada en alemán por Joerg Drews. Estas manifiestan un ensañamiento y una crueldad que muy difícilmente se encuentra en las furiosas rivalidades que también existen, como es obvio, en otras categorías sociales, desde los políticos hasta los empresarios y los comerciantes. Los juicios de muchos grandes artistas sobre sus colegas demuestran una torpeza única, o bien una envidia lívida y pueril, incapaz de ser controlada o al menos disfrazada. El libro de Drews –y hay más ejemplos– muestra la escena literaria (y en general la artística) como una arena de mezquindades y de rencores que parece elevar a la enésima potencia las ruindades y los rencores, la falta de amor, de generosidad y de grandeza existentes en cualquier conglomerado humano, desde la familia hasta la oficina, el mercado o el partido.
Este vulgar y faccioso desconocimiento del otro –que tan a menudo desfigura perversamente la boca de escritores que en otras ocasiones han sido capaces de proferir grandes palabras llenas de humanidad– se justifica a veces por la necesidad que tendrían los artistas de afirmar su propia visión y representación del mundo. Para lograrlo recurren a la negación de otras visiones y representaciones, distintas o contrarias a las suyas, que podrían oponerse a ellas y ponerlas en dificultad o por lo menos en discusión. Una gran obra clásica y armoniosa puede poner en crisis al autor de una gran obra fragmentaria y desacralizante, poner en duda su legitimidad e impulsarlo por lo tanto a rechazar de un modo sectario ese clasicismo, del mismo modo que puede suceder lo inverso. En un caso así, el juicio sale desequilibrado, pero al ser unilateral se entiende que proviene de un sufrimiento, de la necesidad de proteger una exigencia creativa, lo que no justifica ese juicio, pero lo explica y le confiere cierta dignidad humana. Conrad o Hamsun se equivocan, por supuesto, al condenar a Dostoievski y a Ibsen, pero uno entiende por qué sentían la necesidad de hacerlo.
Más a menudo, sin embargo, estas diatribas endogámicas, que no se salen del mismo gremio, desnudan un origen menos noble: un narcisismo exasperado, una pretensión de ser el único dios creador al que hay que adorar, y una penosa inseguridad, que percibe todo homenaje ofrecido a otro como un hurto y un atentado contra la propia necesidad de ser amado y aceptado. En este sentido los consumidores de arte –lectores, escuchas, espectadores– son mucho más libres y mucho más generosos (más poéticos) que los productores de las obras que ellos aman y admiran, porque, en su politeísmo artístico, saben muy bien que amar a Mozart no significa quitarle nada a Beethoven, y que se puede y se debe amar al mismo tiempo a Brecht y a Baudelaire, a Proust y a Beckett. Como en la casa del Padre, según dice la Escritura, también en la casa del arte –de cualquier arte– hay múltiples habitaciones y está permitido frecuentarlas y habitarlas todas, sin que por esto se le esté haciendo un desaire a las demás.
Sin embargo el poeta, que por un lado es un alto mensajero y portador de humanidad, parece muchas veces sucumbir al más innoble de los vicios, la envidia: envidia que, a diferencia de los otros pecados capitales, no consiste en la exacerbación de un desorden en sí mismo bueno (como la lujuria lo es del amor y del sexo o la soberbia del respeto de sí mismo), sino que es toda entera y por completo un mal y una negación, disgusto ante la vista del bien ajeno, que sin embargo nada nos quita y debería alegrar a todo el mundo, porque la existencia de Ana Karenina es algo que enriquece a quienes escribieron Los Buddenbrook o El proceso.
¿Aparece entonces el poeta no como persona que a lo mejor se equivoca, pero siempre de un modo magnánimo, sensual y transgresivo, o prometeico y rebelde –como nos lo presenta la retórica corriente–, sino más bien como ínfimo pecador, burdo y envidioso? Los premios literarios, con las escaramuzas dentro de la rosa de los finalistas, crean odios y bajezas a cuyo lado los enfrentamientos políticos y económicos, a veces incluso criminales, dejan ver una densidad más peligrosa, pero también más digna de respeto. El narcisismo de los artistas se muestra muchas veces como inhumano y miserable, como ya lo sabía Thomas Mann; no es casual que, entre la descendencia de los grandes hombres, los más infelices, los más lesionados en su propia persona sean precisamente los hijos de muchos artistas, evidentemente descuidados por sus padres, no por puras exigencias de trabajo (como en el caso de los políticos, de los empresarios o de los marineros, siempre de viaje y muy poco en casa, pero no por esto lejanos a su familia) sino más bien por un frecuente y sustancial desinterés afectivo de unos progenitores dedicados a las musas.
La rabiosa irritación del artista –incluso del artista cargado de elogios– con respecto a las loas que se dirigen a un colega suyo, demuestra de qué manera el artista, como otros y quizá más que otros, está obsesionado por el mecanismo de la competencia y por el temor de que el mínimo éxito de un producto ajeno amenace la preferencia por su propio producto. No por nada los insultos literarios más mordaces están dirigidos contra los colegas contemporáneos activos en el mercado del espíritu y del dinero. Hace años, un escritor al que apreciaba y sobre el que yo había escrito con entusiasmo, se ofendió profundamente conmigo porque escribí, también con pasión, sobre otro escritor de su misma ciudad. Me dijo explícitamente que, en la ciudad donde vivía, había sitio solamente para un escritor y no para dos, y que por lo tanto ese artículo mío a favor de otro le había hecho un gran daño.
Esta anécdota es solo un ejemplo entre muchos otros, demasiados, que se podrían citar. Quizá uno de los muchos aspectos del mysterium iniquitatis de que habla la Escritura consiste también en la frecuente y desconcertante contradicción ante la que nos ponen muchas veces el arte y los artistas. Por un lado debemos a sus creaciones revelaciones muy importantes de humanidad, que nos permiten no solo comprender intelectualmente, sino también vivir concretamente, casi físicamente, los sentimientos, las decisiones, los valores de la existencia; gracias a ellas sabemos verdaderamente qué es el amor, la valentía, la fidelidad, la bondad, la pasión erótica, la compasión, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia y de verdad, la búsqueda o el rechazo de Dios. Por otro lado muchas veces el artista, casi como si en realidad estuviera poseído por un dios que habla a través de él, como lo quiere el mito, es uno de los primeros en olvidar y en violar esa humanidad que les ha hecho descubrir a los demás.
Goethe escribe la tragedia de Margarita y luego vota por la condena a muerte de una joven que sufrió un destino análogo; Céline representa genialmente en Muerte a crédito el antisemitismo como una vulgar imbecilidad y más tarde se vuelve antisemita; la lista, también en este caso, es muy larga. Nos gusta creer que los escritores son los protectores de lo universal-humano, con frecuencia violado por la política, pero por ejemplo en la guerra que laceró a Yugoeslavia a menudo fueron los escritores quienes incitaron al odio nacionalista más salvaje. Pirandello, que adhiere al fascismo poco después del asesinato de Matteotti, o los escritores franceses que van a Moscú y asisten con devoción a la “Misa roja”, es decir, a las decapitaciones en la horca estaliniana de muchos de sus compañeros comunistas acusados de desviacionismo, no son ejemplos muy recomendables de humanidad.
Platón sabía que solo la divina manía del arte expresa la esencia de la vida y de la verdad vivida, pero expulsaba a los poetas de su República ideal. Aquella condena es injusta, potencialmente totalitaria y debe rechazarse, pero no sobra tenerla siempre en cuenta, con la verdad que contiene, aunque esté distorsionada. La poesía no está obligada a subordinar la existencia a su significado más alto, que la trasciende, como lo hace la filosofía. La manía –recuerda Livio Garzanti en su estupendo Amar a Platón– “produce sueños que la razón, cuando se despierta, debe interpretar”. La poesía está llamada a decir la verdad de la existencia, por cerril, imperfecta o cruel que sea; a expresar el contradictorio corazón del hombre, en el que coexisten la magnanimidad con la bajeza, la vanidad y la maldad. El arte ilumina a fondo estas contradicciones y para hacerlo está obligado –o naturalmente inclinado– a ensimismarse con ellas, incluso con las peores; a mimar esa realidad mundana que para Platón es ya mímesis engañosa de la verdad, de la cual por lo tanto la poesía es mímesis al cuadrado. Doblemente falaz, entonces, pero también necesaria para la verdad, porque es reveladora de ese mundo de sombras que el hombre ve en la caverna platónica y que aunque sean solamente sombras ilusorias, son también, en cuanto tales, compañeras de toda la existencia humana. El mismo yo poético se siente incierto como una sombra.
El alma del hombre, se dice en el Fedro, es tirada hacia lo alto y lo verdadero por un caballo, y arrastrada hacia la bajeza de las propias miserias, por otro. Quizá la función de todo arte, a diferencia de la filosofía o de la religión, consiste en contar y representar lo que le sucede al caballo que nos jala hacia abajo, o mejor, a nosotros cuando le soltamos las riendas y lo seguimos, no solo entre desordenadas y fuertes pasiones, sino también en vanos disgustos –incluidas las envidias de las que dan testimonio estos insultos entre poetas–, quizá inevitables dada la debilidad humana. Lo que no quita que definir “burdo” al Quijote, como hizo Nabokov, seguirá siendo siempre una gran metedura de pata.
Miniantología de la mala leche
—Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia (Mark Twain sobre Jane Austen).
—Baroja escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos (Josep Pla).
—Octavio Paz es la chochona del PRI (Raúl del Pozo)
—Bernard Shaw no tiene enemigos, pero causa intenso desagrado entre sus amigos (Oscar Wilde).
—George Sand sobre todo, y más que ninguna otra cosa, es estúpida como una vaca (Baudelaire).
—Solzhenitsyn es un mal novelista y un bobo. Esa combinación suele implicar gran popularidad en Estados Unidos (Gore Vidal).
—Ya basta de Keats. Yo les suplico: capémoslo vivo (Lord Byron).
—Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido (Truman Capote sobre James Jones).
—Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no (Sánchez Ferlosio sobre Camilo José Cela).
—Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él (Coleridge contra Gibbon).
—Su estilo tiene el desenfado desesperado de una orquesta que estuviera aferrándose por un pelo a la vida en un barco que se va a pique (Edmund Wilson contra Evelyn Waugh).
—Cada vez pienso más en él como un jovencito que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica (Kingsley Amis contra Evelyn Waugh).
—El jadeante hipopótamo Flaubert (Elias Canetti).
—Hay quien aspira a Donoso y se queda en Skármeta, o quien sueña con Huidobro y tiene que conformarse con Isabel Allende (Andrés Neuman)
—Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones surgen de las grandes palabras? (Hemingway).
—Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario (Faulkner sobre Hemingway).
—Todo es tan gris e incómodo en los libros de Beckett que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme. (Nabokov).
—No me gustó la obra, pero fue que la vi en condiciones adversas: el telón estaba arriba (George S. Kaufman).
—Bueno, digamos que fue un premio de tercela categoría (Darío Jaramillo al ser consultado sobre el premio Nobel a Camilo José Cela).
—Su manuscrito es a un tiempo bueno y original; pero la parte que es buena no es original y la parte que es original no es buena (Samuel Johnson).
¿Benedetti? Ughs (Rodrigo Fresán).



PÁGINA 31 – CUENTO

ESPECTADOR


Por Rolando Revagliatti (Buenos Aires/Argentina)

Los ojos saltones del hombre que en la actualidad es de Monte Castro como antes lo fuera de General Rodríguez, antes de Villa Riachuelo, antes de Lincoln –hombre que conserva gratos recuerdos de sus primeros años, en una chacra, dándole de comer a las aves de corral o potreando a sus anchas con los amigos-, esos ojos saltones se posan desde una cuarta fila sobre la superficie impecable de una morochita de aire abúlico, que al son de un corrido mexicano cabalga desnuda sobre el palo de una escoba, remedando a una precaria y sumamente contemplable especie de bruja.

Los ojos ávidos del hombre de chomba amarilla, pantalón beige y mocasines –hombre que ayer permaneciera enfundado en un traje a medida, debiendo comparecer en un juzgado como testigo de un hecho de sangre, y que hoy formalizara compras en firmas mayoristas, para así abastecer sus tres locales de librería escolar y comercial-, esos ojos ávidos se posan ya desde la tercera fila sobre las nalgas sobrecogedoras de una falsa mucamita que mientras baila cha-cha-chá sólo cubierta con un delantal, plumerea falsamente el sofá arratonado a foro.

Los ojos súbitamente opacos del hombre que hace un buen rato abonara en la boletería del burlesque 15 australes con tres billetes nuevos, después de tomarse un capuchino con edulcorante artificial en el barcito contiguo al cual chicas muy maquilladas entraban y salían por una pequeña puerta lateral, y que en el barcito, alternándose, bebían té o café y comían un tostado o una media luna con jamón y queso, esos ojos súbitamente opacos se posan, desde la segunda fila, en las tetas siliconadas de una artista del destape total que se complace en bambolearlas marcialmente –oyéndose un toque de clarín- sin dejar de sonreír mientras, mecanizada, provoca a su platea de machos.

Los ojos avezados del hombre que a principios del próximo mes lucirá su ligera pancita en playas patagónicas a las que arribará en su automóvil de marca japonesa y que hoy cargó nafta, cambió filtro y aceite y agregó un mejorador de combustión, y que pagó con Carta Franca en una YPF, esos ojos avezados se posan, ya a un metro escaso del proscenio, sobre la vulva magnética de la arrodillada pelirroja que se fricciona en esperpéntico frenesí –a poco más de un metro del hombre- con una convincente hortaliza, mientras el gran maestro Toscanini acompaña desde el disco con su inconfundible pericia musical.

El hombre saltón, ávido, súbitamente opaco y avezado, posándose todo él en el escenario, a puro tango canyengue, horas después, durmiendo, interpreta a un inevitablemente fálico y regocijado puente corporal que vibra, ante un público fantasmático, con sus dos pies dentro de los genitales de su madre, y la cabeza embutida en los de su hermana menor, seres amadísimos, hasta que una polución monumental de estofa atávica, lo despabila horrorizado en su cama de bronce.



PÁGINA 32 – ENSAYO

LOS CAMINOS DE LA CREACIÓN


Por Carlos Fajardo Fajardo (Santiago de Cali/Colombia)

“Los caminos de la creación son imprecisos, están llenos de pliegues, de espejismos, de demoras”. (Pitol, 1999: 113). Son palabras de Sergio Pitol en su fascinante y seductor libro “El arte de la fuga”. Sí, la creación no sólo demanda rigor y paciencia sino aislamiento sonoro, reflexión apasionada, equipajes con los cuales el poeta emprende su marcha por ese difícil oficio o arte endiablado como llama a la poesía Dylan Thomas; alforjas con las que llega a regiones inéditas, imprevisibles, secretas. En su itinerario quizá lo acompañen unas cuantas lecturas, sus amores, ciertas músicas y ciudades, como también su infancia, región que contiene los ritmos primigenios de sus poemas.
“El arte sucede cada vez que leemos un poema” manifiesta Jorge Luis Borges. El arte es cada vez una experiencia tan extraña, igual a la transformación del agua en vino. La poesía es metáfora sobre el tiempo, palabra realizándose en el tiempo, finitud creándose. El artista se sumerge en el agua de Heráclito, está hecho de múltiples ríos que brotan de una memoria inagotable, pues todo en él es flujo creativo, fuente que bautiza las cosas como por primera vez, palabra río, humedad esencial acariciando los objetos, imponiendo un nombre a cada ente, a cada ser, imantando la realidad de ese líquido germinal que son las palabras, signos encantados.
En los caminos de la creación, al poeta lo acompañan distintas propuestas poéticas; de ellas aprende los secretos de su oficio, pero contra éstas se rebela. Dialéctica de estar adentro y afuera de su tradición; exilio y casa materna, lejanía y cercanía. Esto lo verifica cada vez que emprende sus encuentros y sus búsquedas. Escribir es un acto de extranjería, es inventar a un otro, tan complejo y extraño como su propio yo. Pero a la vez, escribir es un acto de encuentro, de descubrimiento de sí mismo, una justificación para seguir vivo sobre esta pelota terrestre. Extranjería y justificación son condiciones que siempre lo acompañan incondicionalmente.
De estas situaciones parte uno de los traumas estéticos que más han preocupado a los artistas en la modernidad: el de vivir para la obra rechazando la vida, o el abrazar la vida rechazando la obra; ideal estético versus pasión ética. Dicha conflictiva relación entre escritura y vida fue superada en el siglo XX por las Vanguardias, las cuales liquidaron su dicotomía: tanto la vida como la obra forman una totalidad que se enriquece debido a sus contradicciones. Asumir la estética como una ética, y viceversa, ayuda a superar la grieta entre la pulsión creativa y la condición vital. Al respecto, recordemos esta sugerente frase de Jorge Gaitán Durán: “Todo edificio estético descansa sobre un proyecto ético. Las fallas en la conducta vital corrompen las posibilidades de la conducta creativa” (1975:13). Por tanto, el poeta no concibe la creación de su obra sin que ésta se vuelva un barómetro de las sensibilidades de su tiempo y de las presiones de su existencia; sin que se transforme también en una veleta que registra la dirección de los procesos intra y extra estéticos de los cuales su proyecto ético no es ajeno. El mundo personal y social, las relaciones con el afuera cotidiano y político - que son su adentro pulsional -; los diálogos con las desgracias de la realidad, si son tratadas con aguda sensibilidad, conocimiento y rigor escritural, pueden surgir con gracia en la obra poética, construyendo un permanente y fructífero diálogo creador. Sin embargo, “en el instante de escribir, dice de nuevo Sergio Pitol, lo único que ha de saber, lo que cuenta de verdad, es que su patria es el lenguaje”. (1999: 146). Y yo aumentaría: su patria también es el universo, la libertad es su ley, la pasión su razón.
Elogiar al lenguaje como patria, me hace acordar de estos versos magníficos escritos por el poeta brasileño Ledo Ivo: “¡Cómo te soñé poesía! / no cómo te soñaron… / Me escondo en el bosque del lenguaje, corro por salas de espejos./ Estoy siempre al alcance de todo. Lleno de orgullo/ porque el Ángel me sigue a cualquier parte”. (“La infancia redimida”).
Aquí el poeta, ha hecho del lenguaje un bosque de asombros, un acto iniciático, el origen de los orígenes. Entonces se vuelve palabra, leve y grave, mísera y humana palabra. Aquel Ángel que lo sigue a cualquier parte, puede ser la infancia, la imaginación, el sueño o la realidad vueltos metáforas.
Frente al lenguaje, el poeta se impone la necesidad profunda de transformarlo, estremecerlo, subvertirlo. He aquí una propuesta de crear nuevas formas de vivir y pensar la palabra; una apuesta para cambiar la sensibilidad. Estos son sus signos de valentía creadora; signos de asumir con lucidez las contradicciones personales y colectivas, desde las cuales construye una obra heterodoxa, rica en divergencias, ambigua, compleja. Lucidez para desentrañar el lado oculto de lo real y para fundar otras realidades, posiblemente aún no horadadas.
“Cambiar el lenguaje no es cambiar al mundo, pero el mundo no cambia si antes no cambiamos el lenguaje”, (2000: 143), ha dicho Octavio Paz pidiendo al artista y al poeta sostener una actitud crítica y de reflexión sobre el lenguaje; una urgencia que va más allá del campo artístico y llega al económico y político. De modo que el poeta no sólo espera servirse del lenguaje, sino servir al lenguaje para transformar su praxis estética en una praxis social e histórica, en busca de autonomía analítica tanto de sus medios técnicos y formales, como de sus conceptos y nociones artísticas.
A esto se arriesga el poeta, por lo que se transforma en curador del idioma, en un permanente y atento vigía, pero también en su trasgresor más implacable, en un gestor de nuevas tonalidades y giros lingüísticos. Es una guerra de creación la que se inicia entonces. El poeta pelea con las palabras, suprime unas, impone otras, las elimina o protege porque las desea, y espera que ellas le cifren y descifren una vida, lo justifiquen. Escribir se asume entonces como una relación amorosa donde respeto e irrespeto, atracción y rechazo, conciliación y ruptura fluyen para constituir un cuerpo vivo, el cual da sobre qué pensar y sentir; un cuerpo-poema, deseado-deseante, alimento diario del poeta.



Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.


Danza - El lago de los cisnes - Maricel Demitri

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