Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 7 – JULIO de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria Virtual a la trayectoria del fotógrafo Sebastiao Salgado (Aimorés-Minas Gerais/Brasil)
Obra
: Tres niños cubiertos con sábanas. Zaire, 1994

PÁGINA EDITORIAL

La riqueza interior.

Por Norma Segades - Manias

Existen personas excepcionalmente privilegiadas, que llegan a la vida signadas por la providencia. Y por ello deben dar gracias. Yo soy una de ellas.
Nací en la Maternidad de un Hospital Público, de madre soltera, en el seno de una familia pobre. En mi adolescencia alquilábamos una vivienda con techo de paja, con paredes de adobe, madera y lata, con goteras y patio de tierra. Nos vestíamos con ropas heredadas y asistíamos becadas a colegios privados.
A cambio de todo eso, me fue concedido el privilegio de la lectura.
En aquellos tiempos de mi infancia, no se obsequiaban libros en las canchas de fútbol, había que ganarlos compitiendo en certámenes intra y extra-escolares de lectura, ortografía o redacción. Así aprendíamos acerca del auténtico valor del idioma y de esos volúmenes escritos por grandes maestros de la literatura universal que ya comenzaban a integrar nuestro propio legado cultural, nuestra textoteca personal.
Un título repetido en esas incipientes bibliotecas era Corazón, de Edmundo D´Amicis. Indudablemente seleccionado por los organizadores con la finalidad de fortalecer el desarrollo de virtudes morales similares a las que, por aquel entonces, transmitía la familia. Y los libros amarillos con tapa dura de la clásica colección Robin Hood acercándonos a Mark Twain, Harold Foster, Louise May Alcott, Fenimore Cooper, Julio Verne, Ridder Haggard, Jack London, Lucio Mansilla, Charles Dickens, Lewis Carroll, Stevenson y Salgari
Martina, mi bisabuela, solía sentarse en los atardeceres bajo la protección lilazul de las glicinas y, mientras dejaba secar su larga cabellera entrecana, me pedía que le leyera las páginas del diario, algunos poemas o antiguas cartas familiares que atesoraba en una ajada caja de zapatos. Así me fue revelado, sin lema publicitario alguno, que la prohibición del alfabeto tiene un significado altamente esclavizante y que, a través de la lectura comenzamos a conquistar la libertad más genuina, la libertad del pensamiento.
Ninguno de mis padres o maestros se detuvo a hacerme objeto de interminables e insistentes retóricas destacando los beneficios que aporta la lectura a la ilustración esclarecida de los pueblos. Alcanzaba con mirar a mi madre en la cocina leyendo a los Dumas, las hermanas Bronté, Flaubert, Conan Doyle, Poe, Víctor Hugo, Oscar Wilde o Julio Verne antes de comenzar su jornada de rutinas cotidianas. Bastaba con observar a mi padre compartiendo con nosotras poemas de Pedro B. Palacios, Belisario Roldán, Federico García Lorca, Homero, José Hernández, mientras aguardaba a que la cena estuviera servida. Así entendí que la lectura no solamente instruye sino que ayuda a crear hábitos de reflexión, favorece el siempre necesario esparcimiento y contribuye a la felicidad.
Así, con la lectura como único salvoconducto, burlamos estadísticas que reservaban el conocimiento para determinadas jerarquías sociales. Así cruzamos páginas memorables, frecuentamos las costumbres, el pensamiento, la historia y la geografía de regiones que quizá ya nunca visitaremos, pero cuyo recuerdo se mantiene tan real dentro del alma que, en ocasiones, hasta dudamos del verdadero alcance de nuestra memoria.

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Insomnio.

En la noche sin sueño
la tensión del poema crece.
Sólo la palabra sin tregua
puede cubrir piadosa
ese silencio que orilla
lo absoluto.

Margarita Oliva (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Que sea la última vez

Que sea la última vez
que ocultas adrede la noche
en el cajón de la mesa de luz.
Que demoras en venir
más de la cuenta hasta mi sed
y recurras a pretextos vanos
como que dormiste sin sueños.
No quieras justificarte
ante mi espíritu con delicias
que lo distraen de luna llena.
Que sea la última vez
que desperdicias las horas
del día con tanta ignorancia
por hallar asilo en mi edad,
puesto que mis años
no te devolverán el tiempo
de las ausencias rotas.
No quieras fingir una muerte
ni pretendas juzgar al destino.
Nadie, ninguno desconfía
con tanta pasión de la nada
como mi fe en este momento.

Raúl A. Viale (Santa Fe/Argentina)

Aleteo marino.

El sol se ahoga en el perfil del mar
Ya no hay reflejos rojos,
amarillos, dorados…
Las gaviotas rompen el viento
y navegan el tiempo del silencio
en el aleteo del ocaso.

Juan Carlos Gruski (Avellaneda-Santa Fe/Argentina)

Automóviles

Guardo la fotografía
en que mi abuela
conduce un Buick sedan
y lleva a su madre en el asiento trasero.
A menudo pienso
que quise hacer lo mismo:
conducir un automóvil
y llevar a mi madre a donde ella quisiera,
quizás hacia la escena lejana en que la abuela
condujo el viejo Buick.
Mi madre
nunca tuvo automóvil ni manejó ninguno,
mi abuela fue algo serio:
condujo como en sueños,
lo que no existió nunca.

Celia Fontán (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El rebaño

¿Quién cuidará el rebaño?
¿Quién –azadas, cubos, hachas, ladrillos,
verdades de metal, sudor y oficio-
traerá la ley, la nueva ley que nace del descanso?
Desde que son los bueyes
con sus mugidos espesos, su corazón de trébol;
desde que la vida es inapelable
en sus madres; desde que agosto
trae sus vientos, sus vientos de sonido;
desde que el tiempo es este olor a resina
esta sed
este cansancio que no encuentra párpados;
desde que la voluntad
vuela en el aire circular de los azadones;
desde que los obstinados vecinos
(porque este nogal da más nueces,
porque su tierra no tiene más sangre)
mueven la lengua de discordia
bajo el viejo cielo;
desde que las muertes inocentes crecen sobre linares
absolutos, y ya nada más es exactamente recto
ni duro el cemento
ni blancura de antes la cal,
la pregunta
melancólicamente la pregunta
gira. La pregunta gira:
¿Quién cuidará el rebaño?

Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Luna, espejo del tiempo (Sentencia persa)

Por María Guadalupe Allassia (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Sobre los álamos blancos / de la dormida ribera, /una luna rosa y triste / va subiendo entre la niebla. - Juan Ramón Jiménez -

El Árbol de la Caoba, por las noches, respira aire de luna, con lo cual, conoce el secreto de antiguas piedras galácticas, y las leyendas que flotan ingrávidas, entre las constelaciones, como redes de luz que encienden el pensamiento.
Entre sus ramas laten pulsos cósmicos y almanaques que cuentan las miles de lunas que ha visto. Y ha besado.
Los hombres creen en sus historias, porque siendo un árbol sagrado, cura ensueños y males de sombras y penas. De su boca se oyó el relato que cuenta, cómo la Luna bajó a la Tierra, por culpa de los Espíritus de Sortilegio de la Noche. De ellos se decía que extraviaban los viajeros y desataban el miedo, el cual hablaba con la voz de los lobos.
La Luna, viendo cómo sucedían tales cosas a los hombres, quiso intervenir.
Se envolvió en una capa oscura que la tornaba invisible y descendió hasta las tierras húmedas, donde los senderos se cruzaban para la confusión y la pesadilla.
Ay, luna translúcida, luna de nada, luna que guardas la liebre de jade y el hombre con espinas. Ay. Olorosa a anís silvestre. Ay.
Un camino de aliento frío se deslizó a sus pies. Sus delicados pies que se enredaron en raíces espinosas que laceran. Cayó entonces en el agua profunda. Ay, luna oscurita, qué temblor grande el del río.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan. Tan. Entre estremecimientos de escarabajos y lombrices que medían el tiempo debajo de la tierra. Tan. Vibraron los pececitos que le bebían los pies.
Ay, Luna de cabellos celestes y llovidos. Cómo hundiste tu cuerpo en el agua oscura, mientras los Sortilegios de la Noche te sumergían más y más y te ahogaban en el silencio redondo de antiguos llantos.
Ay, Luna de oro que iluminaste tanto siglos, perdida entre luciérnagas dormidas.
Los Espíritus de Sortilegio obraron con libertad durante todo el tiempo de noche - noche que la Luna no brilló en el cielo... Crecieron los males, los hechizos, y las palabras que invocan la oscuridad avanzaron hasta la vivienda de los hombres.
¿Cuántas lunas calladas pasaron?
¿Cuántas lunas muertas pasaron?
El Tiempo, piedra misteriosa, cayó sobre la Tierra, sin medir las sombras, lo que se convirtió para todos en tiempo peligroso y de enigmáticos designios.
Los espejos sellaron la entrada de las cosas y dejaron salir el rumor de batallas.

El búho de ojos amarillos avisó a los pescadores, que acudieron rápidamente a liberar a la Luna ahogada en oscuridad.
¿Pero, cómo romper el encantamiento de los devoradores de luz?
Los hombres del río sabían de ríos y de estrellas, porque siempre obedecían la palabra de los astros. También sabían de lunas aguadas que anunciaban lluvias, o de lunas rojas que anunciaban calor. Conocían de peces alunados y de lunarios poéticos acumulados en la orilla.
Por eso, alguien dibujó un barco en la arena, un barco pequeño, de velas suaves y ondeantes.
Otro hombre pronunció la palabra adecuada que rompió el encantamiento.
¿Palabra de lágrima?
¿Palabra de estrella?
¿Palabra de boca enamorada?
¿Palabra soplo de poesía?
Los peces, cientos de ellos, levantaron a la Luna y la subieron al barco. Barquito de ensueño que se movió y buscó el espacio azul.
Ay, Luna rota que en añicos de luz cayó sobre el lomo de los peces y el agua asustada.
Ay, lágrimas de plata que los siglos no borraron.
Tan, sonó el reloj de la eternidad. Tan, los sueños que la elevaron con suavidad.
La Luna flotó en el cielo, en su barca, libre como el pensamiento de los hombres que buscan peces en el agua.
Así volvió a la serena dulzura de su casa y a los ocultos ecos del espacio. Así brilló otra vez. Ritual. Inmensa. Naturalmente, como quien no sabe hacer otra cosa.
Expulsó después los Sortilegios de la Noche que huyeron ante la luz, fuego blanco, sin uso, como en los orígenes.
Nadie recuerda la palabra pronunciada contra el hechizo. Pero es conveniente, que por generaciones, alguien la imagine, la repita, la triture, la mastique, la lave, la pula, la respire, la exalte, la ilumine y la pronuncie en las noches.
Por qué si no, ¿qué haremos vos y yo, lunautas eternos, sin el espejo del tiempo, sin la medida de la eternidad?
“¿De qué metal está hecho/ ese broche, ese temblor, /para prenderse en qué pecho/ como un alfiler de amor?” (Nicolás Guillén).

PÁGINA 4 – Narrativa

En la bruma.

Por Osvaldo Barbieri (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Desde hace un año, León es recolector. Antes, cuando changueaba por encargo, solía decirle a su mujer que Dios, seguramente, le reservaba algo distinto, definitivo. Vivía casi en indigencia, pero el nervio tenso de la incertidumbre era embotado por su fe. Tal vez alguien había observado en él esa plástica mesura de movimiento, un escaso pestañeo emotivo, o su rigor para cumplir la tarea. Pues, sin que León se ofreciera, una noche, impensadamente, llegó a su vivienda un desconocido con la propuesta de empleo. Y fue imaginar que Dios había obrado su milagro.
El camión compactador regula el ritmo de León, que lo sigue con un trote de perro sulkynero, jadeando la dicha de quien se sabe guiado y protegido. De tanto en tanto, le agrada volverse para contemplar el aspecto de la calle, impecable bajo espigadas farolas de luces amarillas. En alguna ocasión es solidario con el compañero de la izquierda, cuando deja sin recoger un bulto velado por la bruma. Entonces manda detener el camión, comunicándose con un transmisor que desengancha del cinto. Esto le ufana. En cada intervención se redescubre perteneciendo al poderoso mecanismo. Aún atesora aquella emoción, cuando le entregaron el uniforme color mostaza. Fue como recibir título de persona. Hasta ese momento lo vestían colgajos de compasiones y desprecios. Paulatinamente comenzó a notar el cambio que se operaba en Gloria: su guiso favorito, el vino en la mesa, la ropa planchada, el amor a su gusto. Y en el pequeño hijo. Había dejado de protestar, y los “sí, pa” eran monedas de pago a sus demandas.
¡Cómo había cambiado su vida! En cada resuello surge el rostro de la familia, en trance de respeto y admiración, renovando energías para el esfuerzo. No creo ser un mero colaborador en la eliminación de bultos, sino que se pondera como signado por el destino; una especie de ungido con el óleo sagrado.
Las noches son noches invernales desde que hubo comprometido, tranco a tranco, su aliento; desde la primera bolsa de plástico donde metió su pasado, arrojándolo a las fauces de acero. Ahora transpira serenidad de camposanto. Se ve pulcro como el pavimento y los edificios de piel nicotinada. Sin automóviles junto al cordón y sin gente que transita, lo pulsa la sensación del amo cuando recorre su comarca. Pero siempre hay televisores encendidos, música, voces, risas, programas de entretenimiento que filtran las persianas; espuma volátil acrecentando la niebla. Entonces vuelve a la conciencia responsable, y torna a ser brazo del animal rebufante y chirrioso, que engulle los restos.
Los pulmones de León transmutan el aire húmedo en vaho tibio, en bruma encubridora. Así corre, aspirando el relente, respirando lo respirado, sabiendo lo sabido, con la figura de Gloria y de su hijo en las pupilas gratificadas, estampa de un presente secular como su ritmo.
Con el de la izquierda rivalizan en orgullo y eficiencia. Sin odios. Cada uno recoge lo suyo. Al cabo, los motivan similares ilusiones.
Es noche tranquila, de poca faena. Alza el último bulto. Casi no pesan. Se trata tan sólo de sueños masacrados.
En el final de la calle, un visaje al recorrido. Bajo los arbolitos alineados y desnudos, todo limpio. Sobre el horizonte hay una luna enrarecida por nubecillas. Luna nueva, sanguinolenta. No es nueva –piensa-, es siempre la misma.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Amado Nervo – 1870/1919 – (Tepic-Nayarit/México)

Me besaba mucho

Me besaba mucho, como si temiera
irse muy temprano... Su cariño era
inquieto, nervioso. Yo no comprendía
tan febril premura. Mi intención grosera
nunca vio muy lejos
¡Ella presentía!
Ella presentía que era corto el plazo,
que la vela herida por el latigazo
del viento, aguardaba ya..., y en su ansiedad
quería dejarme su alma en cada abrazo,
poner en sus besos una eternidad.

Si una espina me hiere...

¡Si una espina me hiere, me aparto de la espina,
...pero no la aborrezco!
Cuando la mezquindad
envidiosa en mí clava los dardos de su inquina,
esquívase en silencio mi planta, y se encamina
hacia más puro ambiente de amor y caridad.

¿Rencores? ¡De qué sirven! ¡Qué logran los rencores!
Ni restañan heridas, ni corrigen el mal.
Mi rosal tiene apenas tiempo para dar flores,
y no prodiga savias en pinchos punzadores:

si pasa mi enemigo cerca de mi rosal,
se llevará las rosas de más sutil esencia;
y si notare en ellas algún rojo vivaz,
¡será el de aquella sangre que su malevolencia
de ayer, vertió, al herirme con encono y violencia,
y que el rosal devuelve, trocada en flor de paz!

Cobardía

Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...!
Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirar azul!
Quedé como en éxtasis...
Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
...Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!

El primer beso

Yo ya me despedía.... y palpitante
cerca mi labio de tus labios rojos,
«Hasta mañana», susurraste;
yo te miré a los ojos un instante
y tú cerraste sin pensar los ojos
y te di el primer beso: alcé la frente
iluminado por mi dicha cierta.

Salí a la calle alborozadamente
mientras tu te asomabas a la puerta
mirándome encendida y sonriente.
Volví la cara en dulce arrobamiento,
y sin dejarte de mirar siquiera,
salté a un tranvía en raudo movimiento;
y me quedé mirándote un momento
y sonriendo con el alma entera,
y aún más te sonreí... Y en el tranvía
a un ansioso, sarcástico y curioso,
que nos miró a los dos con ironía,
le dije poniéndome dichoso:
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»

En paz

Artifex vitae, artifex sui

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales coseché siempre rosas.

Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

Que trata sobre la dificultad de leer


Por Carlos Penelas (Buenos Aires/Argentina)

En la desnudez del recién nacido - aun no arropado por leyes, arneses sociológicos y culturales, constituciones, edictos, religiones y otros dogmas – se construye y se vuelve a construir perpetuamente la imagen del Estado. Antes de gatear es sometido a atavíos, vestiduras y prendas para ser excluido de la desnudez libertaria. Un significado social lo cubre en un mundo fraccionado, en una organización prolijamente loteada, en una sociedad indiferente, sumergida. En este mundo de categorías y sutiles diferencias llega a ser un ciudadano con derechos. La expropiación ya fue realizada desde el poder, será uno más que hablará de civilización, que se adaptará a la búsqueda de la felicidad, a la solidaridad en el mercado de consumo. En el Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito por Étienne de La Boétie, (1530-1563) éste se preocupa por aquellos que obedecen y aquellos que imparten órdenes, y también de aquellos que se resisten a ellas. Estaba interesado en dilucidar por qué obedece la gente. Se preguntaba: “Si un tirano es un solo hombre y sus súbditos son muchos, ¿por qué consienten ellos su propia esclavitud?”. Nos acerca a lo dicho de la misma manera que en 1976 Michel Foucault expone que “…la función del poder no es esencialmente prohibir, sino producir, producir placer, en ese momento se puede comprender, al mismo tiempo, cómo se puede obedecer al poder y encontrar en el hecho de la obediencia placer, que no es masoquista necesariamente”. Estas son, en parte, las redes del poder.
María Elena Walsh escribió en uno de sus poemas: “el que dice que todo tiempo pasado fue mejor; / nunca fue mujer / ni trabajador”. En Antígona dice Sófocles: “Mas yo no hubiera hecho lo prohibido / Por ningún esposo y por ningún hijo, / ¿Para qué? Podría haber tenido otro esposos / Y con él otros hijos, de haber perdido alguno; / Pero, perdidos padre y madre, ¿dónde encontraría yo / Otro hermano?” La perdida de los padres es irrevocable. Y también nos dice Antígona para siempre: “y nadie puede predecir que será de lo que es”. En 1944, en medio de la guerra, Ludwig Wittgenstein pudo señalar: “Ningún grito atormentado puede ser mayor que el grito de un solo hombre. O mejor, ningún tormento puede ser mayor que el que puede sufrir un solo ser humano. Todo un planeta no puede sufrir un tormento mayor que una sola alma”. Medio siglo después leemos y escuchamos: “pensamos que valió la pena pagar este precio”. Esto se escribió después de haber bombardeado miles de seres indefensos en Irak, Palestina y otros lugares del mundo. Sin piedad, sin anestesia, sin pudor.
La idea libertaria es, entre otras cosas, luchar por el conocimiento como elemento emancipador. Y compartir ese saber. Esto significa una construcción cotidiana, un acto si se quiere para cuestionar la disciplina ortodoxa, para liberar nuestra imaginación, nuestro poder creador. De otra manera: una forma de existencia contra la dominación desde lo vital, desde lo heterogéneo. John Berger, uno de los escritores anglosajones contemporáneos más originales, señalo: “El misterio no está en las palabras sino en la página escrita”. Y también: “La perversidad imperdonable de nuestro fin de siglo radica en su inocencia”.
Caro lector, seguramente usted ya se enteró que expulsaron del sistema solar – científicos del cielo y del más allá – a Plutón. La noticia me dejó perplejo. Hace unos días leí un graffiti en una de las calles porteñas: “Queremos que vuelva Plutón”. Otrosí digo. El capo mafia siciliano, Bernardo Provenzano, detenido en Corleone hace unos años, ordenaba sus crímenes utilizando, de modo cifrado, versículos de su Biblia personal.
Se trata de abordar la conciencia, liberarse de las convenciones, de la historia, de la retórica. El poema ya no es mediación sino acción, no hay una búsqueda sino un punto de llegada. El equivalente al silencio, a la voz, al deseo. La complejidad de todo parece vibrar en ese clima, en ese mundo. La obra de arte nos hace romper con el hábito, nos educa en el coraje de no cerrar los ojos. El poema es la única promesa que se cumple.
Harold Rosenberg, pensando en Jackson Pollock, en su pintura metafísica y violenta, elogiando su obra, escribió: “El pintor moderno comienza con la nada. Es lo único que copia. El resto es pura invención”.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

boby dogy

abrí la puerta y encontré un animal
lamía sobras del amor
subí a la compasión y traje leche tibia
busqué una tienda en medio de la noche
compré alimento para perros
una correa hermosa
salimos a pasear y volví con el cuello lastimado
busqué algo abierto en medio de lo mismo
conseguí una curita y aspirinas
él seguía con hambre de ese plato
le ofrecí restos de otra carne
hubo mordida astillas y sutura
busqué pañuelos en medio del cansancio
busqué en el beso y en las habitaciones
el nido de esos ojos el lazo la medida
busqué en la permanencia en la postergación

él me vio arrodillada buscando su alimento

Laura Yasán (Buenos Aires/Argentina)

Ars poética

Quemarme con las criaturas de la arena
/de sangre de su manto.
El viajero vuela sobre el bosque.
Habíamos despertado las puertas nocturnas.

Manuel Lozano (Córdoba/Argentina)

Mujeres

Era la tarde
cuando las mujeres de la calle se atornillaban de frío en las veredas.
Cuando el viento del sur entorpecía
las claridades azules del invierno.
Qué malo fue mirarlas simplemente.
Ellas que inventan risas a la noche para amortajar angustias.
Eran ellas, sí.
las mismas que encendían en la memoria
diseños de brujas desveladas
o antiguas muñecas de loza, decoradas con el whisky o con el rhum.
Ellas, las que las niñas soñaban de mentira
porque no creían que fueran de verdad, de carne y hueso.
Botas y medias atrayentes, minifaldas abiertas
y remotos secretos.
Cómo nos sorprendimos esa tarde
cuando advertimos que eran ciertas.
No lisa cartulina en las veredas
Un jazmín en el pecho para intentar pudores inconclusos.
Ellas, pobres, mujeres a la venta,
con una gota azul
en el corazón zurcido de tristezas.

Y el ruido de un balcón con otras que miraban
la ironía alquilada cada noche.
Autos que iban y venían. Bigotes o caras rasuradas, de risas y colores.
Y una extranjera blanca, casi azul, que las miraba absorta,
como si tuvieran que salir corriendo
o espantarlas del mundo..

Ellas, las pobres mujeres de la calle.
A la venta.

No fue preciso, no, irse hasta Amsterdan
o a cualquier lugar lejano de la tierra.
No precisan vidrieras.
Están allí, al alcance de la mano,
con un desvalimiento en andas
en medio del tibio desamparo.

No existen más extrañas vibraciones, sino sólo la espera.

Una moneda o un billete se extravían en su canto.

Un pan para los hijos, desdibuja la noche del verano.

Rosa María Sobrón (Entre Ríos/Argentina)

Dos veces el amor

Hacer dos veces el amor
en una hora
no es cualquier cosa
y menos a los cincuenta
te lo dije
amor,
pero usted, nada
mejor dicho,
usted todo
y más
sin cansancio
ni heridas de trabajo
ni mujer que se ha ido
por un rato.

Usted sí y sí
en el despeje
tal vez
sólo pensó en usted
o en los dos
siquiera un poco
entonces
yo le doy las gracias.

Cuando crucé la esquina
- a contrapelo del adiós que no dijimos -
un hombre joven me pidió monedas.
Supe que habíamos hecho pedazos cualquier quantum
cuatro eran dos
y por instantes uno
el cuadrado rodaba
refutando la síntesis
... y sin embargo
la realidad virtual
usted lo sabe
venía de agonizar
aquí
en noviembre
el hambre y el aroma de los tilos.

Lili Muñoz (Neuquén/Argentina)

De mis manos

No le creas a mis manos.
Dicen que sueltan palomas desde las cornisas
y apenas si dibujan
arrebatos de alas trashumantes.

Te prometen espasmos de tibieza
jugando en la comba de tu blusa
y apenas si trazan arabescos
en el aire empañado de la célula.

No le creas a mis manos

cuando buscan la intimidad de tu cintura
cuando recorren los pliegues de tu piel
cuando cortan la flor en los jardines.

En realidad son dos muñones de la ráfaga
dos caparazones sin sonido
anclados al fondo del océano.

No le creas a mis manos
cuando en tu nuca enredan
la nostalgia.

Míralas a contraluz
desde la palma al dorso
y hallarás laberintos en sus líneas
enmarañadas venas por donde surca
una vieja sangre
marcada por el fuego de otros días.

Si acaso en la concavidad cansada
de mi pulso
hiciera un alto tu ternura
déjalas descubrir el sitio
para que alguna chispa baje por la espalda,
hazles un hueco pequeñito
en tu soplido
para que vuelvan a empuñar
la fragua.

Horacio Goslino (Bahía Blanca/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

La ventana de papá

Por Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Mi papá fumaba cada día un cigarrillo después del almuerzo. Sólo uno. Fumaba un cigarrillo y miraba por la ventana del comedor hacia la calle, mientras el humo daba tres vueltas en círculos alrededor de su cabeza.
Mi papá miraba la gente que pasaba, desde arriba, porque mi casa queda en la planta alta. En la planta baja hay dos garajes y un negocio que vende inodoros, bidets, bañaderas (bañaderas no, me dijo la dueña: se dice bañeras) y percheros de distintos colores para colgar toallas. No hay espejos ni otra cosa. Es un negocio aburrido y de feo nombre: “Sevlo”. Nosotros alquilamos ese local y uno de los garajes, para tener otra entrada, dice mi mamá, que siempre organiza los dineros de la casa.
Mi mamá pensaba que mi papá no sabía hacer plata. Por eso ella tenía que renegar para que no faltara la comida en casa.
En casa no faltaba la comida, pero faltaban muchas cosas que mi papá no podía comprar, porque en el campo nunca nada iba bien. Si no era la sequía, era la inundación, si no era la inundación, habían bajado los precios del trigo y nunca alcanzaba para nada.
Una siesta, mi papá dejó de fumar un cigarrillo todos los días después de comer. Empezó a fumar también uno antes de almorzar y otro, antes de cenar. No fumes tanto, le decía mi mamá, que vas a enviciar a los chicos con el mal ejemplo. Mi papá no decía nada. Miraba por la ventana del comedor, desde la planta alta, a la gente que pasaba por la calle. Después se iba al campo. A veces volvía al rato porque la camioneta se le había descompuesto, y otras veces no volvía por muchos días.
Entonces mamá decía: este hombre me va a volver loca. Y cuando papá regresaba, en realidad parecía una loca que gritaba. Papá se ponía a mirar por la ventana y prendía otro cigarrillo.
Un día le dijo a mi mamá “No puedo respirar”. Mamá fue a la farmacia y le trajo un aparatito que él apretaba y largaba un rocío adentro de su boca. Desde entonces mi papá fumaba y usaba el aparatito. Pero a veces seguía diciendo: no puedo respirar.
Mi mamá, mientras tanto, hablaba de posibles negocios que debían hacer para tener más entradas, de todo lo que necesitaba comprar, de las cosas que nos faltaban y de los programas de la tele. De vez en cuando, de lo mal que le salía la comida porque siempre le andaba faltando algún ingrediente, o de las vacaciones que soñaba.
Hasta que un día llegué de la escuela y mamá estaba llorando. Me abrazó y me mostró a papá, que estaba acostado sobre el sillón rojo. Yo fui a darle un beso, pero él no se movió. Tenía un ojo medio abierto y el otro cerrado. mamá empezó a gritar como cuando se ponía loca mientras repetía: qué nos espera, qué nos espera. Fui a sacudir a mi papá para que se levantara, pero se le cayó el brazo hacia el costado y tampoco se movió. Mi mamá dijo, ya basta, ya basta, y me llevó hacia la puerta: te vas a quedar en la cocina con tus primos. Mis primos no hablaban, me miraban de reojo y yo me aburría. Después entraron las tías cuchicheando; lloraban y me abrazaban. Cuando algunas salieron con el café yo me fui al comedor y me puse a mirar por la ventana.
Desde entonces no puedo salir de ese lugar. Veo todo pequeño y diferente. Veo las espaldas y me pongo a contarlas.
Es posible que todas esas espaldas lleven como una marca invisible la mirada de papá.

PÁGINA 9 – Artículo ensayístico

La Sorda Vagina

Maritza Luza Castillo (Lima-Perú)

Las acusaban de escasa capacidad intelectual, debilidad, avaricia o infidelidad; de causarles placer la violación y de hacer insoportable el matrimonio con su amargura y rencor. El Estudio corrompía sus costumbres cuyas obligaciones eran no pensar y obedecer ciegamente al marido. Esa tarea de ganado ausente y sorda a los gritos lucidos de una mente propia se le reducía al animal con una sorda vagina que camina por detrás del hombre
La obra de Cristina de Pizan la primera escritora del siglo XV emplea la pluma como instrumento de venganza y se lanza contra todo pronóstico a la guerra culta. Aquella que no necesita acercarse para propinar un golpe letal al opositor. Hija del físico real, el sabio Tommaso da Pizzano, procedente de la Universidad de Bolonia aquella diminuta mujer formada en la corte renacentista de Carlos V de Valois, descubrió la pluma como arma de defensa y ofensiva; y genero mediante sus publicaciones una corriente de Dignidad a la mujer que hace evidente en su obra: “Querella de las mujeres"
Fue la primera en atreverse a sustentar de frente y sin tapujos que la sociedad era la piedra depositada en sus espaldas y las circunstancias, las responsables de su minusvalía
De hecho, la identificación y valoración de la mujer no es más la argamasa cuyos cimientos virtuosos debe afincar. Sin embargo, cabe señalar que en pleno siglo 21 aún a la mujer se le ve como una vagina parlante, pese a la superación constante en el área de la cultura, arte, y ciencia la mujer de hoy sensible pero firme, subsiste en un ambiente de relegación disimulada. Todavía la condición femenina con todo el avance científico y tecnológico no ha superado las fronteras lingüísticas culturales económicas del mundo turbulento e industrializado dominado por el hombre, como el que tenemos.
Los dueños de los medios de producción aún chantajean a la mujer sexualmente para permanecer en un puesto de trabajo. A propósito mantienen las conversaciones con la vagina inevitablemente.
En la antigua Grecia, Lisístrata empezó una huelga sexual contra los hombres para poner fina a la guerra; en la Revolución Francesa, las parisienses que pedían “libertad, igualdad y fraternidad” marcharon hacia Versalles para exigir el sufragio femenino.
De manera que desde siempre la moneda de cambio es el intercambio sexual. Los asientos de adopción de decisiones no deben pasar por ese tamiz del cuerpo. Es decisivo para el adelanto de la mujer en todo el mundo y para el progreso de la humanidad en su conjunto, la participación de la mujer en condiciones de igualdad de facto y no de letra muerta en declaraciones que todos los años se hacen para las cámaras de televisión
La comunidad internacional debe comprender el principio fundamental de la mujer en la práctica y no con buenos propósitos en el papel. Las mujeres siguen siendo las más afectadas en todo orden de desigualdades en las diferentes capas sociales. Queda mucho por hacer y mucho por demostrar. Demostrar entre otros que la mujer es más que una vagina y un objeto de comercio. La movilización de sus derechos parte de ellas mismas y el valor que empleen en hacerlos cumplir
El resultado mas concreto es el equilibrio entre la vida personal y laboral de la mujer pensando que ser feminista no implica lograr conquistar derechos alejados de la realidad sino la realidad de navegar en el mundo como un ser individual y pensante dueño de derechos y voluntad, mas no como un artefacto equipado para el comercio.

PÁGINA 10 – Reseña de libros

Ripio – Laura Yasan – Nuevohacer Grupo Editor Latinoamericano – Buenos Aires - 58 pgs.


Uno de los métodos usuales para presentar un libro en pocas líneas, consiste en citar versos sueltos, fragmentos acertados, trozos elegidos de un espejo roto capaces de prismar la luz para que el posible lector se obnubile con matices, con juegos de colores. En el caso de Ripio se podrían elegir tantos versos precisos, tantas metáforas inéditas, tantos descubrimientos, que sería una injusticia con un libro que no acepta la lectura dispersa, ni la atomización. Se trata de un todo, un texto único que por más que se encuentre dividido en poemas, merece una lectura unitaria, agregaría despaciosa y reiterada, porque cada nueva lectura descubre nuevas capas, nuevas cadencias. No suelo hacerlo, pero he leído este volumen varias veces, y en cada inmersión he encontrado distintos puntos de vista, sorprendentes, escondidas desgarraduras que pueden palparse, corporizarse en el lector en poemas sin caídas ni golpes bajos. Laura Yasan ha alcanzado su madurez creadora.
Si como afirmaba T. S. Eliot el mejor crítico es el que logra convencer a un lector para que lea un libro, ojalá pudiese lograr que el desconocido que tiene Ripio en sus manos me creyera cuando afirmo que está ante una obra que no habrá de desilusionarlo. Y que estas palabras no son de circunstancias. Vería que se trata de una poesía que desborda los chisporroteos y las modas: es pura persistencia.

Horacio Salas (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 11 - Desde el olvido: Lina Macho Vidal – 1930/2004 – (Rosario-Santa Fe/Argentina)

El exilio

Ya no ve la exiliada
los pueblos de la tierra
ni al padre de las bestias
ni a las bellas muchachas
bailando en la margen del río.
Va perdiendo la sombra
y eso es asunto serio.
La busca con sigilo,
la va leyendo en la hierba
pero la sombra no está.
Se ha ido alejando en silencio
desde un punto de luz
que es el centro del mundo
que es un mantram
en el centro del mundo.

Como un vino.

Ella bebía la vida como un vino
un vino subterráneo
un vino maduro de uvas crecidas
sobre hogueras y nieves,
lo llevaba en cuclillas a la boca,
a veces caía bajo un sueño y volaba
hacia un antiguo amante
pero existían
altas bóvedas perversas
puertas baldías
muros sinuosos
recovas inhumanas
que doblaban
sus pies y las señales.
Se perdía en un país paralelo
sin idea de su linaje
sin indagar el territorio del otro
siempre hermético
en aparente contradicción con su sonrisa
porque ésta era también
un fraude,
tal vez sólo era
una sonrisa pintada
allá a lo lejos
en el rostro dibujado
sobre aquellos muros.

La casa de la solitaria

A quién llama la prisionera desde su jaula verde
apoyada en el muro
contra la enredadera?
La solitaria mete su lengua hasta las vísceras
y de pronto sopla y mueve corolas de jacintos
quiebra reinos del mundo
y vuela con su alfombra enajenada.
Señora, despierte ya, mucho sitio en el mundo y éste
tan solitario para usted. El que espera no está pero estará,
algún día tu crónica del desvelo
tu larga lágrima
caerá por las combas del planeta
vaya a saber dónde.
Esta noche el que esperas llegará
exiliado del día
refugiado en el país de tus sábanas.
Comienza el viento, sopla y apaga la maravilla de tu dolor.
Más allá del delirio que la desvaría a punto de locura,
más allá de una apariencia que desgarrará para nunca,
¿qué hará con su saga inmóvil, ahí sentada sobre la hierba
y el rocío y las lombrices del humus
y alguna raicilla de la enredadera
su enamorada del muro?
¿qué hará con su cuento de nieve
que se está contando a sí misma?
Ella es también una enamorada
y su amante un pretil sombrío sin luciérnagas ni ángeles.
El huerto va acallando las cigarras
va doblando las hojas del amaranto
va escondiendo la oruga bajo las piedras.
Los duendes se acuestan junto a la solitaria
y ella murmura al fin...
Emanuel, éste es mi canto secreto.

Los ojos de piedra
1
En estas prisiones nace el vacío de la soledad.
Aquí se confrontan las soledades más extrañas
y cada soledad es un hueco lleno de ignorancia gimiente.
Cuando una necia soledad cree tomar por la cola
a la anciana serpiente de las plumas de diosa
de pronto estalla: es mucho para una simple soledad.
Es mucho para una simple soledad
el atroz incienso de la sabiduría.
Entonces la soledad muere de sed, su sed es muerte,
su sed le sacude los hombros
y extiende torpes brazos hacia el gran cuenco vacío.
La sed es más que la roja cuchilla lanzada al viento,
es más que ese muro en tomo de átomos primordiales.
Casi concupiscente, vuelve miope mi oído, rasga mis voces
y adormece en largos humos rituales la conciencia.

Pájaros ardientes

La hechizada abre en las calles
su libro secreto
de alegrías perdidas para nunca;
placentas perturbadoras
flotan en el aire.
Un cardumen de brujas
sella con cenizas
su lengua y sus párpados.
Al margen de la vida
entre sombras azules
recuerda el bosque escondido
de los siete ángeles
y aquellos oscuros escorpiones
sobre el sol.
Sus palabras son pájaros ardientes
que huyen espantados.

PÁGINA 12 – Artículo ensayístico

La querella de los gustos
Otras posibilidades en la búsqueda lírica

Por Óscar Wong (Tonalá-Chiapas/México)

Desde el pasado siglo XX, con Huidobro en 1911 y, posteriormente con César Vallejo, se han cuestionado los diversos modos de poetizar, partiendo de cánones rígidos, como son la métrica y la rima (sin soslayar la discusión planteada por el autor del Creacionismo con los preceptistas españoles. ¿Verso libre o verso blanco?, se interrogaba el chileno, determinando al verso como un código rítmico, como un aspecto donde la respiración y la tensión interna jugaban un papel predominante). Lo que después se concibió como vanguardia –y que yo denomino simplemente como “experimentación”- parte de las posibilidades que el lenguaje ofrece para entregar, de otra manera, el contenido lírico. Centro y Sudamérica se han caracterizado por estas exploraciones, estas posibilidades lingüísticas de abordar el poema, partiendo del tono conversacional, prosaico, o buscando resaltar en el discurso no sólo el aspecto tropológico sino la condición social. Muchas “poéticas” han surgido, desde la famosa antipoesía con Nicanor Parra, el Movimiento Zero en Perú, y por supuesto con las expresiones de los poetas cubanos de la revolución del 56. Hubo, desde luego, tendencias en Ecuador y en Nicaragua y en otras latitudes de Hispanoamérica.
En México no es posible hablar de indagaciones ni tentativas. Los Contemporáneos –excepto Salvador Novo-, los del grupo Taller y más tarde los seguidores de Paz, circularon con una proposición formal en tono y contenidos; aunque Eduardo Lizalde, José Emilio Pacheco y Félix Suárez van de la tradición bárdica, del cantor sagrado, al poeta satírico. Muy escasos autores mexicanos han pretendido arriesgarse. Los nombres son mínimos: Sergio Mondragón, Gerardo Deniz, Orlando Guillén y párese de contar. La famosa “tradición de la ruptura”, concebida por Octavio Paz en el siglo pasado, simplemente ha quedado en “tradición de la mesura”. Por supuesto que habría que aclarar qué se considera en tanto búsqueda, en tanto vanguardia. En Zacatecas, hace dos años, el poeta Antonio Cisneros, comentaba conmigo y con Rodolfo Hinostroza sobre Ramón López Velarde. No se explicaba el porqué de la alharaca que se realiza en junio de cada año por el poeta de Jerez, cuando en Sudamérica hubo, por esos años (1911 a 1921, un Vicente Huidobro). Mi respuesta fue sencilla: López Velarde aportó, a partir del soneto alejandrino, la novedad del encabalgamiento, por lo cual la composición poética semeja a verso libre. Por la forma, desde luego, el autor de Zozobra es muy tradicional (“poeta menor” le llama Octavio Paz), aunque la adjetivación y la creación de atmósferas provienen, ya lo sabemos, de Herrera y Reissig y de Leopoldo Lugones.
En el presente, con tristeza se percibe que en México cualquiera se abroga el derecho de hablar mal de quienes obtienen premios y galardones. Así, se acusa de que alguna poeta se acuesta con los jurados para alcanzar el triunfo (lo cual es una soberana mentira, una infamia); se divulga de manera soterrada, y en ocasiones a los cuatro vientos, de que aquella escritora es amiga de los “conjurados” o que labora en la Casa del Poeta o de que su esposo trabaja en tal o cual editorial. Los triunfos ajenos, reitero, se vuelven un estigma... cuando los malquerientes, resentidos y difamadores debían ponerse a revisar sus propios textos, dejarlos que cuajen, rescribirlos, y reflexionar, en principio, sobre el concepto de verso, el manejo de la preceptiva, su conocimiento de las diversas poéticas que en el mundo han sido y procurar mejorar su obra. La “república de las letras” nacionales es, desde la óptica literaria, el país de la ignominia, el territorio de los frustrados, donde habitan quienes pertenecen a la “tradición de la impostura”.
Pero dejo atrás estas disquisiciones y paso a lo que en verdad importa en esta ocasión: La querella de los gustos, de Jorge Santiago Perednik (Bs. As., Argentina, 1952), donde se advierte que la poesía no es un acto de reflexión, como equivocadamente se plantea en el prólogo de este volumen, puesto que aquí no intervienen los factores del pensar; tampoco, desde la perspectiva señalada, se piensa sobre lo pensado, como se concibe al acto de reflexionar. La poesía es, ciertamente, un acto de comunicación, si se parte de que para entender se parte del hecho de descifrar, ya que atender al significado significa traducir, aunque también es maniobrar la codificación rítmica, estructural y considerar la emisión y recepción del significado, partiendo de la “indagación intuitiva” del autor. A lo largo de La querella del gusto, principalmente del primer poema, se cuestiona la substanciabilidad de la palabra, a partir del sonido y de su repercusión significante, como sucede en un poemario anterior: El todo por la parte, una recopilación de 15 poemas procedentes de cuatro volúmenes: El fin del no (1955), El gran derrapador (2001), Retrato de poeta y Tres tragedias shakesperianas, estos dos últimos inéditos. En esta obra, previa a La querella de los gustos, el autor utiliza términos más adecuados a su ámbito expresivo: anemoran, por ejemplo, o enarbolando la (p. 6), tartamudenado (p. 7); con este sentido intencional, el significado se vuelve inconcluso a propósito, como balbuceos, como una propensión marcada para interrumpir el verso, la expresión. A veces el ritmo se vuelve divergente, con apoyaturas del enclítico: “hágase, acumúlese, multiplíquese, llámase con un nombre” (p. 9). También hay juegos de sentido y de sonido: “o quedades”, “o ído”. El poema “Breve historia de los poetas contemporáneos” marca el proyecto de Perednik: desacralizar a la poesía, ahondar en la dimensión lingüística, buscar las posibilidades del lenguaje, partiendo de la relación siguiente: expresión-contenido-intención-resolución. El razonamiento va, según Jorge Santiago, desde la manera en que los poetas del siglo XIX concebían, metafóricamente, al océano, que:
que era el espejo cóncavo de un cielo no / convexo / cóncavo / y que una piedra lanzada por un niño / desde una escollera / jamás dejaría caer / (p. 11)
Pero si el autor aborda el espacio escritural, sin llegar a lo que Octavio Paz determina como “artefactos líricos”, también la relación humana se marca, no de manera categórica, estética, sino desde la perspectiva sonora. “Hambre” (pp. 17-19) asume el verso libre “tradicional”, al menos en su disposición versicular, respetando las pausas, cesuras y encabalgamientos, aunque sigue determinando el enunciado rítmico, casi prosódico, eludiendo de manera recurrente los recursos de la preceptiva correspondiente (figuras de dicción y de repetición: anáforas, epítomes, etc.). Una constante: Jorge Santiago Perednik analiza lírica, fonológicamente, el lenguaje, el sonido significante, a través de prefijos y sufijos:
la definición diabólica dice / derrapar es quitar la rapa y la rapa es / el delirio burgués sobre las manzanas podridas del gran derrapador / el infierno es lo contrario del fierno y el fierno es / el sueño de todas las banderas con la eternidad del despertar / la arena es la negación de la rena y la rena es / ese mamífero lumpen que nunca llegará a existir / más acá de los delirios y los sueños... / (p. 22)
Es evidente que lo anterior no es gratuito. Como traductor y poeta, Perednik sabe descomponer las palabras, puesto que desde sus inicios, el lenguaje forma parte de la gran distribución de similitudes y signaturas, como precisa Michel Foucault . Hay analogías obligadas, “propiedades” intrínsecas de las letras, de las sílabas, de las palabras; conoce, y asume, el aspecto sintáctico, su contenido representativo, etc. El lenguaje, además, se ancla en la realidad, en los procesos sociales, en la hostilidad del mundo:
Ahora / el ave metálica bombardea los huertos / es un a-ve / riega lluvia que no moja lo sembrado / el que la ve no la avé / grita que sabe o que es ave / para que el piloto lave lave todo el tiempo / un polvo interminable / tras la risa y el horror está el colaboracionismo / los amantes deciden terminar / tercamente minar / todo posible aterrizaje / y donde se leía “un poblado” se lee “destrucción” / y donde se lee “destrucción” se leerá “limpieza” (p. 27)
El poema continúa exteriorizando lo que el autor visualiza: el espacio, el contorno de las aves que permite el vuelo. Esta representación, en la lectura, advierte:
ojos bombardean manchas blancas que dicen[ ] / el vacío ahora soñará el sentido del sueño y / el sueño vaciará el sentido del vacío / O los adentros de una / o herida donde las aves picotean / (También las esquirlas tallan la forma del mundo / Y donde había desesperación hay desesperación / Y donde no se leía ahora se lee: ( ) (p. 27)
“Balada de la oveja fuera del rebaño” (pp. 30-32) es un claro ejemplo de la propuesta estética del escritor y traductor argentino, el conocimiento que tiene de la tradición lírica, de la historia del lenguaje, de la arqueología del nombre. En El todo la parte, al igual que en La querella de los gustos, se advierte el fraseo prosódico, la oralidad que se entroniza en la grafía, la intertextualidad misma. Hay una constante en este último poemario, un reclamo a las palabras, una pendencia a la expresión lírica. Por algo “querellarse” es manifestar resentimiento contra algo o contra alguien. Así, disgregar conceptos, fragmentar sílabas, fonemas, no sólo es primordial, sino que la deconstrucción lingüística va más allá del simple significante, ya que el nombre establece la substancia (se sustrae el contenido y se hurga en el significado). Nombrar, formulan los hebreos, es sustituir el vacío, llenarlo, aunque atrás de la palabra, arguye perversamente Cioram, el abismo acecha. Paronomasia, sí, en muchas expresiones versiculares de Perednik, y de cuando en cuando sonidos aliterantes; pero siempre en virtud de la busca significativa en tanto coyuntura lingüística con una intención no sólo fonética: / formas hormas ramos de moras / palabras que él me ordena escribir / la receta pide mezclar, revolver con la cuchara / demorar con giros el tiempo que no llega a tiempo la leche de la vejez, agria / pero más dulce que la leche de la bondad / mezclada en jirones con azúcar ¿cuánto tiempo? / disimula, di si muy tarde aceptas la trampa / el tiempo que mora en el destiempo... (p. 29)
Cierto: la oralidad frente a la indagación del emisor/receptor, tal vez porque arqueológica y míticamente el lenguaje, la palabra misma extravió su primera substancia, su transparencia, según la dispersión que ocurrió en la Torre de Babel. Hay que buscar ese secreto que la palabra contiene en sí misma, no en la superficie. Los nombres designaban aquello que designaban. Hay un fragmento silencioso, un saber que tiene esas propiedades inmóviles que subyacen en ese espacio que la similitud, la analogía, dejó en la nada, en el vacío. La semejanza de las cosas se ha extraviado. Y más de una lengua a otra, revela Foucault. Y esto se advierte en el libro de Jorge Santiago.
En “El suicida” (pp.43-44), por citar otro ejemplo, el signo gráfico, la tilde, juega un papel relevante: atiende a la sílaba acentuada; el aspecto prosódico contraponiéndose a la representación del signo para determinar el significado; el juego de las posibilidades, el sentido de la ambigüedad va de la mano de esta propuesta que libera el tiempo verbal y que, consecuentemente, acciona y reacciona. La grafía recupera su valor deliberado: presente o pretérito entremezclándose. Y lo que parece errata tipográfica, descuido editorial, describe la contingencia de representar planos simultáneos de significados. “Exvoto a la tormenta” (pp. 47-49), busca, otra vez, la deconstrucción; semas y fonemas, recorrido gráfico que va del español al inglés: tormenta se trastoca en mentas para el dios Tor y los hombres (men, en inglés), mientras la partícula tas se vincula a tormenta y ornamenta. La composición “Un nuevo poeta crea una nueva poética” (pp. 56-57), por su particular planteamiento recuerda el inicio del Canto III de Altazor al manejar pareados; pero el tono es juguetón, chispeante, muy bien aprovechado a la manera del impar Jaime Sabines (“La cojita está embarazada”, por ejemplo, o “El diablo y yo nos parecemos”).
Eduardo Lizalde, en México, se ha ocupado del Tractatus de Wittgenstein. Jorge Santiago, en el poema con que cierra su libro, aborda estos postulados: demostración y contrapropuesta en la poética de Perednik. ¿Callar ante lo que no se puede articular? La respuesta, válida en Wittgenstein, “de lo que no se puede hablar/ mejor es callar”, se invalida con Jorge Santiago:
El poema si calla / jamás hace silencio / calla de manera estruendosa / calla por la vía elocuente / el silencio no existe en poesía / el que lee un poema y vive un silencio / es un sordo a la vista (p. 59)
La querella de los gustos husmea y hurga en la sonoridad, en los vectores direccionales de las palabras. No busca plantear las categorías estéticas –lo bello, lo sublime, etc.- del poema tradicional, sino que va más allá de la disociación del signo y de sus semejanzas. Paronomasias y combinaciones rítmicas aliterantes, designación articulada, sin eludir el campo de la representación. Un marcado ejemplo de discurso lingüístico, donde la cadencia silábica, el enunciado sonoro, también es requerida para su realización, incluso teleológica, sin descuidar el marco humano, real, de la poesía.

PÁGINA 13 – Poesía americana

Confesión última

Yo Confieso
que maté al padre. Freud
que le copié todo a Freud. Lacan
haber quemado vuestra memoria. Obispo de Landa
que todos los fuegos son fatuos. Juana de Arco
que no tuve nada que ver con la guerra. Elena de Troya
que amo a Elena. Paris
no sentir ninguna culpa. Simone de Beauvoir
que soy la peor de todas. Sor Juana Inés de la Cruz
haber descubierto que el hombre viene del mono. Darwin
haber descubierto que Dios no existe. Nietzsche
que hice al hombre a mi imagen y semejanza. Dios

Caro Escobar Sartí (Guatemala)


Tania en la bruma


Alguien queda llorando sobre briznas de sueños cuando ellos alucinan,
cuando se evaden voluptuosamente de tantas orfandades
Norma Segades - Manias (Argentina)

Mira Tania, cómo quedan tristes las lunas y las ventanas
los caracoles y la brisa, los tejados, los caballos de los carruseles
los calendarios, las campanas, las hojas, los niños, las estrellas de mar
quedan tristes, como si la lluvia fuera para siempre
quedan tristes, como amantes expulsados del amanecer por un Dios castigador
quedan tristes cuando en silencio te marchas con la bruma y la ceniza
y vuelves con nuevas y feroces mordeduras en el alma
con grietas en la mirada, sin pájaros en la risa
avergonzada de respirar

Yo también subí a la cruz casi todos mis cuerpos, también mis almas
y tuve miedo al reloj, a los tréboles, a los dedos
Me hice niño y me hice viejo bebiendo a sorbos largos la leche negra del crepúsculo
el agua cruda que baja por los párpados hacia ninguna parte
y oculté piedras en el ombligo, piedras mudas, piedras de olvido
Atravesé a nado un océano entero de espejos rotos
un océano donde los barcos naufragaban sin necesidad de tormenta, sin que nadie los viera
y es extraño, muy extraño, pero tuve dolor de saliva

Mira Tania, mira cómo todo está dispuesto a nacer ante tus ojos
a la espera de una palabra sin esquinas, de un latir sin bordes
Es hora ya de regresar a donde nunca has estado antes
a esos lugares sin tiempo y sin tiniebla, sin paredes, sin cruces en el camino
a esos lugares que no están en ningún lugar, que no existen
porque nacen sólo cuando te quedas en ellos
y les pones un nombre, un silencio, un amar
y les clavas una bandera azul o verde o roja
Allí te esperan los que en verdad te esperan; te esperas tú misma
Tienes una cita con la mañana, no quiero que faltes
no quiero que te hagas la dormida, no quiero que tomes un atajo

Derrámate, amiga mía, derrámate luminosa
sobre los surcos húmedos que dejan tus propias lágrimas
como si llorar fuera sembrar, enterrar la grana en el consuelo
para que en el sitio del espanto broten árboles frutales
Déjate moldear por el rocío, por las olas
por los últimos silencios del silencio
Es hora de regresar a esos lugares sin bruma y sin ceniza
esos lugares que deberás fundar con tus pisadas
y que sólo existen cuando tu aliento les da forma, les da nombre
cuando te das cuenta que ya no hay dónde ni de qué escapar
cuando decides apartar el corazón de la bruma y serle fiel a tus rodillas, a tus venas, a tu risa

Mauricio Feller (Chile)

Hoy no es un buen día para pedir

la lluvia se ha llevado todo
hasta la misericordia de los transeúntes
su tornado arrastra la sonrisa de los niños
tras la ventanilla de los autos
y ya no puedo mostrarles
el espanto de mis manos vacías

hoy no es un buen día
para extender la mano
y tocar la esperanza
porque hasta el sol me abandona
cuando nada más pareciera quedarse
ni siquiera el paso del invierno
detiene su afán / en medio de la autopista
donde solo la lluvia y yo envejecemos

Marta Sepúlveda (Bogotá/Colombia)

Misterio Gozoso

Nunca temió mi sangre
jamás borró las lunas
de nuestro calendario
minucioso construyó alas
en la cima de mis nervios
y ahí
regocijado
colocó espejos en las puntas
de todas mis mujeres
él y solo él
supo encontrar
el animal gozoso
de mis días siniestros

Nora Méndez (San Salvador/El Salvador)

Polvo negro

Camino con un agujero
en el pecho y en el bolsillo
más grave, siento mi piel quemada
una carta desgarrada, una llave fría
una estampilla burbujeante.

Recorro un pasillo de hambre
una penumbra que inventa
con fría lógica
siete puertas blancas condenadas.

Medianoche en las uñas
y en los ojos hollín
pelusas de carbón, polvo negro
que mi puño apretado advierte
que mi cuello áspero, que mi camisa
que mi nariz cerrada advierte.

Advierto el polvo negro
que burla el aire espeso
el verano fugitivo
en tumbos de campana
círculos de relojero
espirales de agua pesada.
Desde una torre blanca aún
se me cae encima sin remedio
el polvo negro que mi pecho advierte.

Alfonso Gumucio (La Paz/Bolivia)

PÁGINA 14 - Narrativa

Chau Pinela.

Por Esther Andradi (Ataliva-Santa Fe-Argentina/Berlín-Alemania)

Te ofrecí mis fantasmas, mis muñecos de cera, mi muselina líquida. Te invité a recorrer el camino que hacen los magos, mitad brujos, mitad hombres, en las lagunas blancas que nacen al pie de los abismos. Te prometí construir un desierto grande grande, con arena líquida que vive en las alturas, donde no hay dios, ni hombres, ni nada.
Te invité a caminar el interior de nuestros secretos, las fantasías inmensas que guardamos en el rincón, volvamos a la panza de mamá, te dije, y yo presentaré mis animales de lujo: serpientes aladas, chanchos verdes, elefantes niñas. Y a lo mejor también algunos zorros, pero te lo advertí: Esto es más difícil.
Te invité a presenciar los aluviones, los que tienen un padre poderoso, violento y cadavérico, que un día entran en cólera, se resbalan por sus faldas, y le dicen “chau” al padrecito, en un acto de liberación y de muerte.
Te invité a los senderos de mentiras y trampas, siempre tan elocuentes y misteriosos, derritiéndose en las tierras de Camaná, donde sólo crece la hierba buena.
Te invité a todas las islas, incluso aquella que está a un costado del barranco, mitad cielo, un cuarto de luna y otro tercio de jazmín.
Te invité al agua, al azul, a la magia. Estaba dispuesta a descubrir todos los ritos para ti. A regalarte mis años buenos y comprar tus días malos, a entregarte los capullos de algodón del que crece junto a las colinas y escalinatas del templo después del maremoto. Te prometí alimentar con aceite de sésamo y cacao del Alto Camerún, ensaladas rociadas con uvas de Marcapasos y alumbradas con velas de Oriente. Te ofrecí todo el sueño, la esperanza, el color del sol en los crepúsculos, las nubes diminutas que desaparecen si se habla de ellas, el miedo, la inseguridad, elegir las constelaciones a la intemperie de un camión que recorre las montañas en invierno, proteger las espigas de trigo y algunas otras cosas más.
Y tú dijiste: No, gracias.
¿Qué será de ti, pedacito de albahaca, corazón de espejos, río de zumo de limón? ¿Qué será de ti, concha de nácar, caracol de betún, musgo de otoño? ¿Qué será de ti sin mí? ¿Qué será de ti sin la esperanza en mí? ¿A quién entregaré mis animales, mis pasos, mis caminos de caracoles, mis sombreros?
Así triste me quedaré, payasito sin circo, calavera de verano, maldito el mundo, mi corazón de espejos. Malo eres tú, pedacito de hierba buena, se terminó mi ternura, me creció una ortiga en la oreja. Y ahora debo pagar a las diosas por haberme equivocado.
Tengo una deuda grande con mis diosas ahora. La eternidad capaz me castigue. Pero no podrás, corazón de vidrio, yo me voy a lavar tu imagen de mi cara, y tendré que rescatar todos los tiempos para entregárselos a los duendes que habitan en las cuevas de Chapín, mientras los hombres duermen en Berlín. Sí, mi querido, mi sueño de dieciséis milímetros. Nunca más, mi amor. Nunca más.
Y bien. Podría decir que no me importa, que total soy libre, que fue mi decisión, que cualquiera podrá amarme más que tú, pero no. Esta tarde me voy al monumento a la guerra. Me quedaré allí por un minuto, oliendo el orín de los muchachos que beben alcohol por las mañanas, y el semen contra las mujeres que no se preñaron en la noche. Y allí voy a parir mi hijo. Un gusano de veintinueve piernas y una muleta, a quien le crecerán alas para ir a la escuela en otoño, y se educará como corresponde en las escalinatas del Foro, en Roma, donde conozco a alguien con experiencia en la educación de gusanos con muletas. Y seré feliz, con mi hijo de piel arrugadita y pechugona, de poros delgados y cataratas internas; que yo cuidaré de sus sudores y evitaré que otros intenten hacerle bromas pesadas echándole sal para disolverlo; que le compraré zapatos de lona en la KDW y un chupete de seda de Ceilán para las noches de pesadillas.

Vámonos, gusanito precioso, ya no tenemos nada más que hacer por aquí.

PÁGINA 15 – Narrativa

Cerca del río, cerca del camino

Por Carlos Morán (Santa Fe-Santa Fe/Argentina)

Cerca del río, cerca del camino, donde Oscar casi atropella a Ángela.
Sarita, que cada vez lo estaba sintiendo como a un extraño, interrumpió el bordado cuando le escuchó reprimir un insulto y golpear, como golpeó, la mesa donde estaba ubicada la Notebook. “¿Qué pasa?”, él negó con un golpe de cabeza y sin contestarle pareció revisar el archivo mientras murmuraba.
El viento acentuado de marzo llevaba frío en la montaña. Había un silencio extendido que sólo cortaban el ladrido de un perro y el piar de muchos pájaros. Los turistas finalmente se habían terminado marchando, como una enfermedad que se extinguiera dejando pocas huellas (escritos en las rocas, bolsas de plástico, alguna zapatilla perdida) y muchas de las viviendas que los rodeaban se encontraban cerradas a cal y canto. Un cuidador algo viejo y no demasiado eficaz alejaba a ladrones y presuntos intrusos.
Se estaba bien ahí y en todos esos días lo había visto escribir con entusiasmo, tecleo y tecleo, mientras las llamadas de España se reiteraban, perentorias, porque Conce no era tan agradable como fingía serlo: detrás de sus palabras amables -el “bonito” no se le caía nunca de la boca- había una innegable dureza. Conce confiaba en él, lo dijo de ese modo: “Confío mucho en ti”, pero era exigente, autoritaria, catalana, dueña de vidas y haciendas ajenas. Del confort que los acompañaba en el último tiempo, también.
Había expectativas. Él convenció a Conce cuando le envió el resumen de la novela y algunas de sus primeras páginas. Con todo, el trabajo era arduo dado que no podía ser un libro de cien páginas. “No quiero simple literatura, tiene que tener acción y sexo, aventura, de lo contrario no me serviría”. Había un premio nuevo, lustroso y con fuerte recompensa en euros. Ese era el objetivo. “Lo vas a lograr”, alentaba Conce a la distancia y alguna vez, como si hubiera tomado de más, hizo una ligera alusión al Cervantes. No se dio por aludido, pero las palabras de Conce llegaron justo, en un momento en que él se sentía seguro como nunca e íntimamente convencido de que iba por el buen camino.
El Cervantes… ¿por qué no? Pero por ahora antes de intentar la grande, apuntarle al premio en euros, a seguir acercando a Moisés y Virginia hasta ese final que imaginaba pero que aún no había terminado de perfilar, totalizador y un tanto apocalíptico, después que pudieran salir de la ciudad destruida, en lo alto de la montaña, cuando el coche se detuviera, ellos se amaran y él comprendiera que no había un paso más para ninguno de los dos.
Estaba bebiendo considerablemente menos y eso le daba esperanzas a Sarita, que siempre temía por el exceso de vino y las consecuencias: sus arranques, sus rabias demoledoras. Ahora se contenía y mientras tomaba gaseosas sin azúcar tecleaba y tecleaba y cada tanto enviaba sus páginas a Conce, para que le diera eficaces y comerciales consejos, porque él venía de la poesía y a veces desbarrancaba, se metía en meandros literarios, nada permitidos. “Al premio lo tienes ahí”, le dijo Conce luego de haber leído nuevas y recientes páginas que le envió por el correo electrónico.
La noche anterior había sido sorpresiva para Sarita, que se vio gratamente asaltada luego de varias semanas de abstinencia. Él estuvo fuerte y agradable al mismo tiempo, la besó, le hizo caricias, la llamó como la llamaba antes, tan antes que Sarita había perdido (casi) los recuerdos. Después, mientras los cuerpos descansaban de la gimnasia inesperada le contó, parecía una confesión, que estaba muy cerca del final. “Lo tengo ahí”, dijo remendando a Conce quizás sin darse cuenta y pareció César a punto de conseguir el Imperio.
Conce dio la voz de alarma, aunque cuando llamó no parecía que fuera así, al comunicarse cuando en Madrid era cerca del mediodía pero acá no pasaba de las seis de la mañana. Estaban muy dormidos y el llamado los alteró, como si alguien terminara de sacar un cuadro de su ubicación habitual. Conce contó que se le habían perdido parte de los archivos enviados por el e mail. “No te preocupés, ya te los repito”.
No lo hizo de inmediato. Se volvió a dormir y sólo después de la ducha y el desayuno caliente y abundante, en la montaña el frío se hacía sentir a pesar del comienzo del otoño, se dirigió a su Notebook y fue al rato, mientras Sarita retomaba el bordado y se quedaba todavía pegada a las sábanas y a lo que había pasado sobre ellas, que él golpeó en la mesa y comenzó a murmurar.
Desde ese momento empezó el desasosiego, la irritación y el enojo por nada. Sarita temió que volviera a beber y debió imaginar qué le estaba ocurriendo, porque cuando se enojaba se volvía un tanto irracional y lo mejor –la experiencia a veces es buena consejera- era no preguntar. El problema radicaba en el escrito, pero ella ignoraba de qué se trataba.
Estaba cambiado, demasiado para su gusto, pero vivían distinto y mejor desde que Conce tocó a sus puertas. Ellos, por ejemplo, jamás se hubieran podido permitir la compra de la carísima Notebook ni el ocio de los meses en la montaña en una casa amplia y también cara. Él debió cambiar la perspectiva de sus textos, ajustarlos a lo que Conce, a la distancia, iba más ordenando que sugiriendo.
Sarita no era ducha en informática pero, igual, aunque lo fuera, no hubiera podido acceder a sus archivos porque estaban todos protegidos, encriptados, a ellos se accedía sólo por claves. Debió limitarse entonces a observar su creciente crispación, comprobar que no seguía con el tecleo y que, cuando lo llamó Conce porque no había recibido el prometido correo, comprendió que le contestaba con evasivas, aludiendo a problemas técnicos que -era evidente-, iba inventando sobre la marcha.
No escribía, pero revisaba la Notebook y se enredó en varias y extensas, y tensas, llamadas telefónicas a larga distancia, a su ciudad, donde vivía Jorge, el único técnico en el confiaba. De las llamadas, fue también evidente, no sacó nada en limpio. Lo sorprendió varias veces despierto en la madrugada, dando vueltas o bien revisando su computadora de escritorio, ese ordenador, como lo llamaba Conce.
En el último tiempo dejó mucho tras de sí, en sus obras ajustó y volvió más mundanos a sus personajes. A Sarita le gustaban más sus primeros libros, menos sujetos a las Conce y a las disposiciones del mercado, pero nunca se lo dijo. Tampoco entendía lo del premio. Si iba a participar con seudónimo, uno entre cientos, ¿cómo Conce estaba tan segura del triunfo? Un triunfo que iba a tener que ser compartido: “De lo que saques, la mitad se queda acá”, le dijo sin tapujos.
Claro que no podían pagar la casa en la montaña, que tenía precio de oro a pesar de la baja de la temporada. De eso se encargaba Conce, “confío en ti”, pero sin duda cambiaría rápidamente de opinión si se enterara que él había suspendido el tecleo, que había entrado en una peligrosa etapa de frustración y furia. Que había fuerte tormenta en ese refugio de la montaña, mientras la fecha del cierre del concurso estaba esperándolo a la vuelta de la esquina.
Le escuchó decir “de la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”, después bajó la voz pero siguió leyendo el papel en el que había escrito varias veces y a medida que revisaba, al parecer, el archivo de la Notebook. Después se levantó y pasó al patio, desabrigado a pesar del frío, pero nada le dijo. Su mayor temor no era tanto que se enojara, sino que se intentara buscar la respuesta en la botella. Ella se había cuidado de que no quedara ninguna en la casa, pero el autoservicio estaba a pocas cuadras y permanecía abierto a pesar de la ausencia de turistas.
La inercia siguió y Sarita casi se descompuso cuando él dejó de atender el teléfono y se negó a hablar con Conce. “Decile que viajé”. Conce no se lo creyó y la conversación terminó abruptamente cuando la española cortó con violencia y sin escuchar sus explicaciones.
A las cuatro de la tarde lo sorprendió empacando un bolso con rabia y consultando su reloj. Lo del viaje era un misterio. “No me digas que pasa si no querés, pero al menos necesito saber adónde te vas”. Él refunfuñó, pero terminó diciendo “a Salta” y no quiso agregar ninguna palabra más.
Le dio un beso convencional mientras el taxi del pueblo esperaba en la puerta. “Te llamo”, se limitó a decirle. “¿Y qué le digo a Conce?”. Vaciló un poco antes de subirse al auto. “Que ya la voy a llamar”, dijo. Su cara revelaba fastidio. Y un notable abatimiento.
Sin ningún interés lo vio partir y se sintió despidiendo al que va a morir.
De Salta, varios días más tarde, recibió la primera llamada. Estaba obligada a atender al primer timbrazo del teléfono pero temía que fuera Conce, expeditiva y seca, mandona y distante: “No entiendo lo de este viaje, ¿no habrá vuelto a beber?”. Ella le aseguró que no, le dijo que la Notebook al parecer presentaba problemas. A lo mejor, se animó a suponer, viaja para tener más claro el final de la historia. A veces, se arriesgó a decir, es difícil.
“No se trata de una cosa de chavales, dile eso a tu marido y recuérdale que no soy paciente. Y que hay otros a los que también les interesa el premio”. Conce no le dio la oportunidad de cortar.
La voz que llegaba de Salta, si es que estaba en Salta, no develaba al borracho, pero sí y en cambio al deprimido, al que había vuelto a perder. “Acá no encontré nada”, dijo pero no fue más allá. “Te volveré a llamar”. Colgó. La dejó con la pregunta de por qué Salta, por qué interrumpir el trabajo. Se había llevado la Notebook. Se sentía sola, abandonada, comprendía que para él, en la actual vida, ella no tenía la menor significación.
El segundo llamado la sorprendió todavía más, porque después de cierta reticencia terminó confesándole que estaba en Misiones. Fue breve la conversación en la que hubo total ausencia de aclaraciones. “¿Tenés plata suficiente?”, se animó a preguntarle y él asintió con un “sí” escueto. Le mandó un beso y cortó la comunicación.
La tercera vez, cuando le contó que se encontraba en Merlo, en San Luis, tuvo la visión del viejo algarrobo, 800 años de antigüedad y un retorcimiento de ramas que le dio espanto. Tuvo la visión de la plaza con su antigua iglesia y sintió una fuerte angustia.
Cuando a la cuarta vez llamó desde Mar del Plata supo, pero no lo quiso saber, el porqué de los viajes apresurados y aparentemente absurdos.
Está loco, se dijo. Y decidió no atender más llamadas de Conce mientras se preguntaba cómo haría para ubicarlo, para volver a reunirse con él antes de que su cordura terminara desintegrándose.
- Me costó ubicarte.
Es un grupo de árboles que se recorta contra el estrecho río. Más allá están las islas. En este lugar el calor todavía persiste, como persisten los pájaros con sus estridencias. Hay gente en la playa, hay pescadores, pero nadie se baña porque es baja la temperatura del agua. Por ese camino anduvo Ángela. Y por ese camino apareció Oscar, “alto y flaco y de poco hablar”, como lo describió. ¿Cuánto hacía? Un mundo, una vida entera.
Le habla al aire, le habla al exacto lugar libre que dejan el paraíso y el eucalipto, añosos, enormes como no lo eran cuando pasó por allí con Sarita. Eran las primeras salidas, eran jóvenes, él se estaba alejando de la poesía y escribía sus primeros, tímidos, relatos. Oscar le dio una cachetada limpia y certera a Ángela, que cayó desmayada en ese mismo camino. Después la salvó.
- Aquí estoy.
Dice una voz. A lo mejor lo dice.
- Creí que era un virus, pero Jorge me hizo hacer varias pruebas, hasta me mandó por mail un antivirus potente, actualizado. Bajé otro de Internet. No era un virus. Perdí páginas, perdí un montón de tiempo. Me estás haciendo perder la razón-, le dice al aire.
- No lo voy a hacer.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Una parejita de novios pasa frente a él mirándolo en forma insistente. Advierte que ha estado hablando en voz alta y eso lo perturba, ¿pero qué no lo hace? Sin saber que Sarita también lo piensa cree que ha enloquecido.
- Cuando me convencí, sigue diciendo o imaginando que lo dice, pensé que en Salta podría encontrar una explicación. Yo no conocía Salta, para escribir la novela me manejé con planos e información turística, era suficiente para mis intenciones. Me pasó lo mismo con Misiones, con la casa de Horacio Quiroga y las ruinas jesuíticas.
Por donde anduvo Julián buscando noticias de un hermano que había sido guerrillero y que después terminó perdiéndose en la selva.
- No tenía sentido, por supuesto. Estuve también en Mar del Plata.
En las mismas playas donde Abel armó, con retazos de lo que había pasado en su vida y en la vida de los demás, con lo imaginado y con lo vivido con Miranda, esa mujer de edad madura, su libro de poesías. “Un libro que no vendió nada, un fracaso”. Conce no había querido saber nada con una posible reedición. “Ni con tu nombre puedes levantar semejante error”.
- Pensé y pensé. Demasiado. He vuelto a tomar. No sé qué me hace hablar de estas cosas. Supongo que el vino.
No se lo ve bien, barbudo, desaliñado, incoherente con su arrugada ropa de calle en ese lugar de descanso donde los hombres andan con bermudas y las mujeres con mallas mínimas. Posiblemente no comiera desde varios días atrás, no es algo que le importe.
- Entonces me acordé del cuento, el camino, Ángela.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Oscar es alto y de tez oscura, un muchacho aindiado, telúrico, como lo llamó. Julián, bajo y de anteojos, en Misiones, tuvo que superar las dificultades que le presentaba su cuerpo enfermo. El tercero, Abel, el que anda por Mar del Plata, usa bigotes, le gustan las pizzas y la cerveza, tiene tendencia a engordar. El de Merlo escribió también poesía y con él no llegó a nada, a punto tal de que no le encontró ningún nombre.
El que buscó al general en Salta y se vio metido, Conce mediante, en una intriga de desaparecidos de la dictadura y de espías internacionales, se llama a veces Daniel y a veces Raúl, pero de él no vale la pena hablar. De Salta, piensa, es de lo que no vale la pena hablar.
Sintió mucha vergüenza al recorrerla, nada se parecía a la Salta de su novela, una Salta que inventó a instancias de Conce, porque él deseaba una geografía más conocida. Pero pese a todo, hasta en Salta vio su libro y en otra librería, donde preguntó por él, le dijeron que se había agotado, “pero si vuelve mañana se lo conseguimos”.
Siente vergüenza ahora, al hablar al aire.
Saca un papel arrugado y lee: “De la cinco a la nueve, de la quince a la treinta, la cincuenta y cinco; la noventa, y de ahí a la ciento diez”. Y agrega: “Todo eso me falta, ha desaparecido”. Y después de una pausa: “Te necesito, debés volver”.
Dice o piensa, da lo mismo, que debe terminar el trabajo, que está lo del premio, que está Conce. No lo piensa, pero debajo de su pensamiento aletea el Cervantes.
- No la voy a matar.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.
Está bien, tirémonos al mar: Explica el plan de obra, habla de las vicisitudes que afronta Virginia, la hija del terrateniente (cuando dice estas palabras de nuevo lo cubre la vergüenza), comenta lo de la polución, el smog, el efecto invernadero (“eso sirve -lo alentó Conce- te da la pátina de progre que aún no tienes”), de los negocios turbios de la ciudad –que no es ninguna ciudad, que puede ser cualquiera-, que todo conduce al desideratum, al final de las cosas. Que quedan solos. Que Moisés lo comprende. Y que no habiendo más, corresponde que termine con Ángela, para que deje de sufrir.
- No la voy a matar.
Insiste la voz. A lo mejor lo dice.
Lo buscó en Salta, cuando sólo quedaban restos de lo que fue, y con mayor entusiasmo en Misiones y en Merlo, después en Mar del Plata, porque ahí –creía- había sido el comienzo. En la soledad del hotel, cuando iba por la segunda copa de la segunda botella, aceptó que en la intriga marplatense, en ese viaje por la poesía y en ese encuentro de esa mujer mayor con el muchacho, había mucho de él. Después fue el encuentro con Conce, el éxito de la novela salteña, lo que de inmediato ocurriría no bien obtuviera el premio internacional.
Pero, lo entendió de súbito en una madrugada atroz, el verdadero estaba en otra parte, en las poesías que escribió y que nadie publicaba, en las copias que repartió entre amigos, en las lecturas que le hacía a Sarita. En ese primer cuento, que tanto la conmovió, donde Oscar se jugaba la vida por Ángela, cuatro paginitas, su primera historia.
Lo convocó para la historia marplatense y haciéndolo un poco más grande y más robusto trocó el Oscar por Abel. Fue el de Misiones y a pesar de estar tan cambiado, fue también el que resolvió los misterios salteños. Fue durante mucho tiempo, casi hasta el final, Moisés.
Pero Moisés no va a matar a Virginia. Porque Virginia es Ángela y todas las demás.
Lo ha encontrado, es una manera de decir, en medio del eucalipto y el paraíso, cerca del río, cerca del camino donde Oscar casi atropella a Ángela. Está ahí, férreamente ahí, no se va a mover.
Le sigue hablando al aire, sus palabras vacilan como su cuerpo vacila a causa del alcohol, el premio, Conce, la casa en la montaña, Sarita (ah, sí, Sarita), las cuentas y la Notebook, el inminente viaje a España, el plazo inexorable. ¡El Cervantes!
- Todo perdido. Todo, absolutamente todo.
Le responde el silencio.
Está destrozado. “Estoy destrozado, destruido. Me arruinaste para siempre”.
El silencio se prolonga hasta, en un momento, parece que el aire algo mueve.
- Quizás te terminé salvando.
Dice la voz. A lo mejor lo dice.

PÁGINA 16 – Poesía allende el mar

La Vía Mística
Para Latif Bolat

No tienes que deberme
para conocerme.
No tienes que tenerme
para amarme.

No tienes que verme
para estar conmigo.
No tienes que abrazarme
para tocarme.

No tienes que desearme
para acariciarme.
No tienes que callarme
para escucharme.

No tienes que poseerme
para dejarme libre.
No tienes que preguntarme qué
quiero que seas.

No tienes que hacer nada.
Yo no tengo que ser nadie.

Sólo hay un encuentro, un saludo:
El cielo, los campos, la puerta abierta.

Ron Ridell (Wellington/Nueva Zelanda)

Guatemala/Lluvia

Serbare (in memoriam)

Vivo la vita
ricordata dalla mia bisnonna.
Lei in me amò e deluse,
appese le viscere al vento,
spazzò il pavimento con i capelli.
I suoi piaceri tolsero la polvere dalla cassapanca,
si mise a letto con la mia stirpe.
Io, invece,
viaggerò con valige cariche dei suoi sogni,
sussurrerò all’orecchio
dei suoi amanti,
farò il bagno nell’acqua calda
che lei tanto desiderò,
mi laverò la sua faccia con mani
inschiumate di sapone prezioso,
mi metterò la crema sulle sue gambe
per idratarle dopo questi
cent’anni d’oltretomba,
mi dipingerò le sue unghie di
smalto scarlatto
e andrò a letto con i suoi progenitori.

Verrà il passato e
mi troverà morta
con i capelli sparsi nella polvere
e le dita dei piedi
smaltate di rosso.
E contenta, Dio mio,
contenta.

Guatemala/Lluvia

Guardar (in memoriam)

Vivo la vida
recordada por mi bisabuela.
Ella en mí quiso y defraudó.
Sacó las entrañas a colgar al viento,
barrió el piso con su pelo.
Sus placeres quitaron el polvo de la cómoda.
Ella se acostó con mi estirpe.
Yo, en cambio,
viajaré con la maleta cargada de sus sueños,
soplaré en el oído de
sus amantes,
me bañaré en el agua caliente
que tanto añoró
me limpiaré su cara con manos
espumosas de jabón fino,
me pondré crema en sus piernas
para hidratarlas después de estos
100 años de ultratumba,
me pintaré sus uñas con
esmalte escarlata
y me encamaré con sus progenitores.

Vendrá el pasado y
me encontrará muerta
con el pelo enmarañado en el polvo
y los dedos de los pies
esmaltados de rojo.
Y contenta, por Dios,
contenta.

Silvia Favaretto (Venecia/Italia)

Accidente

Apoyó su elegante portafolios
sobre una mesa impecable
de cristal.
Lo abrió despacio,
exhibiendo sus manos de pianista,
sacó su contenido lentamente
y lo puso sobre la mesa con pulcritud.
Dejó los excrementos secos
a un lado,
los pañuelos usados al otro,
separándole los mocos.
Todo ordenado.
Luego,
sacudió con fuerza el maletín
y tiró a la basura las virutas muertas
del último raspillado doloroso.
Finalmente,
volvió a colocar las cosas en su lugar,
cada una en su sitio.
Hizo sonar el clic del maletín
y salió dignamente a la calle.

Jesús Quiroga (Vigo/España)

Mentiras piadosas

Te mentí cuando te dije
que buscaba sexo sin complejos
cuando dije
“no te quiero”
Cuando cerré los ojos
para que no vieras
mis sentimientos
Cuando casualmente
recogí mi ropa
y aspiré muy hondo
tu perfume para
llevarlo muy dentro
Cuando dije no a las ataduras
y sin embargo por dentro
temblaba con tus besos
Cuando me despedí
con un beso ligero
cuando quería aferrarme
a tus labios
y acariciar tu lengua
sin soltarte jamás
hasta el próximo encuentro
Te mentí cuando dije
que no era nada
que el sexo era sólo eso
Sexo
Te mentí cuando la realidad
es que ya formabas parte
de mi universo
Te mentí
con descaro
con todos mis miedos
Te mentí
Te mentí cuando te dije
que quería sexo sin complejos

Silvia Cuevas (Sydney/Australia)

La guitarra
Homenaje a Víctor Jara

Igual como
un caracol roto en la orilla,
fragmento
de sonido y brillo
en septiembre
bajo los cardos
del recuerdo –

Un cántaro
lleno
de la oscuridad
del silencio definitivo –

Esa guitarra
una muralla
de orgullo y canto,
construido contra el sufrimiento,
contra la soledad,
contra el olvido.

Esa guitarra
que nadie más sabe tocar
sin que toque
la cuerda del dolor.

Ulrich Grasnick (Berlín/Alemania)

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Tradición cultural e identidad lingüística

Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires/Argentina)

Mi primera observación es que el tema de este encuentro, identidad y tradición, ambas nociones referidas al español, se inclina peligrosamente a un tratamiento retórico de lo obvio, que procuraré soslayar. Una lengua hablada por 400 millones de personas, una lengua en donde no se pone el sol, desde las Filipinas hasta México, desde La Cruña hasta Tierra del Fuego, no necesita documentos de identidad. Y en cuanto a nuestra tradición, nuestra tradición se llama el Arcipreste de Hita y se llama Jorge Manrique, se llama Luis de Góngora y Francisco de Quevedo, se llama García Lorca y se llama García Márquez, se llama Gabriela Mistral y se llama Violeta Parra, se llama Jorge Luis Borges. Vaya si tenemos tradición y si nos sobra identidad.
Dos objeciones se pueden alzar contra esta afirmación tan contundente: una falsa y otra cierta. La falsa se refiere al hecho de que el español de nuestro de estos días vive amenazado en su identidad bajo una avalancha de términos tecnológicos y financieros que vienen del hemisferio norte. Contra las voces alarmistas que se levantan en este sentido, entiendo que la identidad del español no sufre en este trance mayor peligro, del mismo modo que la identidad del inglés no corrió riesgos con la enorme proporción de términos románicos que se incorporaron a su léxico. Antes bien, el inglés se enriqueció, se matizó y flexibilizó con estas influencias, para su propio brillo y ventaja.
Por el contrario, creo que la identidad se construye en el diálogo con lo otro, y que en ese sentido tenemos una ventaja sobre el inglés, que es, por su volumen y expansión, nuestro interlocutor natural en occidente. Esa ventaja consiste en que la mayoría de los hispanohablantes “cultos” de esta generación conocen el inglés, es decir, lo hablan o lo entienden, mientras que el anglohablante nativo no conoce el español, por regla general.
Ésta es la ventaja con que cuentan los invadidos frente a los invasores, la misma ventaja que hizo del territorio romance un semillero de lenguas magníficas frente al latín imperial.
El monolingüismo es una suerte de monoteísmo fundamentalista que no favorece a sus creyentes.
Y como entiendo que la pregunta fundamental para asentar nuestra identidad debe ser, no ¿Cuántas lenguas habla Ud.? sino ¿Cuántas lenguas escucha Ud.? pienso que nuestro oído es más rico y más fino, del mismo modo que una persona adquiere mayor conciencia de su identidad cuando descubre y acepta en ella misma los componentes del otro sexo que también la habitan.
Lo que sí preocupa es que detrás de la cortina de humo de la discusión sobre purismo y bastardía en el léxico, se soslaya una discusión más importante acerca del verdadero receso que estamos experimentando en manos de los mercaderes de la cultura y de esos poderosos almaceneros que son los dueños de la publicidad, los mandarines de las grandes firmas discogáficas que ensordecen al mundo y los ejecutivos de las grandes editoriales en toda la extensión del mundo alfabetizado. Más grave que el que nuestros adolescentes digan chatear es que crean que la Coca-Cola es una bebida imprescindible, el popocorn un alimento nutricio y Titanic una gran película. Más importante que el número de anglicismos que se infiltan en el español es la desproporción entre la venta de bestsellers anglosajones impuestos por una maquinaria de publicidad abrumadora y el número de libros en español que se traducen y publican en inglés. Hay en este sentido una iniquidad permanente, un lavaje de cerebro planetario sumamente eficaz que nos está barriendo en nuestra capacidad perceptiva crítica, no ya como hispanohablantes, sino como seres humanos sensibles y pensantes: y esto sí es grave y denunciable, y urge abocarnos con toda nuestra fuerza y lucidez a esa denuncia.
No es la tradición ni la identidad del español la que está en causa en estos momentos. Lo que está en causa en todos los rincones del planeta es la sobrevivencia de la palabra humana: la palabra bantú, la palabra guaraní, la palabra china, la palabra irakí, la palabra vasca, la palabra francesa, la palabra catalana. Lo que está en causa es la subsistencia de la mera palabra, la que todos los días debe levantarse y lavarse la cara ante las innumerables toneladas de basura que le arroja la televisión chatarra, la prensa cipaya, la radio obscena, la música ensordecedora, la propaganda letal. Los medios son los artífices ciegos y eficaces de un mundo en que un lenguaje sordo y pertrechado de frases hechas y mentiras, nos quiere obligar a ser esclavos del trabajo a destajo, autómatas de la información planificada y consumidores incondicionales de bienes superfluos.
El brillo de la palabra verdadera, la palabra gratuita, inagotable, la palabra poesía, la palabra creativa, la palabra humor, la palabra solidaria, la palabra placentera, ese brillo es insoportable a los ojos de los fabricantes de muerte que nos rodean y acorralan. Por eso han desaparecido los fogones del cuento nocturno, por eso se ha desarrollado la monstruosa industria del entertainment, por eso las letras de las canciones más hermosas se ven arrasadas y remplazadas por los alaridos de una lírica metálica y despiadada que sólo ensordece y aturde el corazón de nuestros chicos. Por eso y porque los traficantes de estrépito temen que de los fuegos de la palabra resucitada se vaya encendiendo la crítica implacable que merecen.
Si la primera objeción resultaba irrelevante pero ocultaba una amenaza cierta, de carácter más general, la segunda objeción se refiere a un peligro verdadero en cuanto a la tradición e identidad particular del español. Se trata del destierro de los poemas aprendidos de memoria en la escuela, un olvido que atenta en verdad contra nuestra identidad y nuestra tradición más profundas. Los mismos que dicen que los niños no deben aprender de memoria y han desterrado la enseñanza de la poesía en las escuelas –en primer lugar, porque son incapaces de enseñarla- son los que imaginan que la memoria es una propiedad de la computadora, sin entender que la computadora es sólo una simulación de la maravillosa memoria humana. Son los mercaderes de la electrónica y también los empresarios de las fúnebres pompas del lenguaje, los enterradores oficiales del verbo. Hay que denunciarlos, hay que hostigarlos, hay que remplazarlos. Hay que rescatar la poesía, nuestra espléndida poesía, de las mazmorras a las que la somete una mal llamada cultura sin imaginación y sin amor. Hay que reimplantarla no sólo en los programas escolares sino en los medios masivos de comunicación y en la mente y el corazón de todos los hispanohablantes.
La lengua española, única en crear un romancero popular e inmortal que todavía en la Argentina nos alumbra, así como nos sonríe en los cantos de nuestros payadores, la lengua española, única en las posibilidades inmensas de sus hermosas y fluídas rimas asonantadas, tiene mucho que decir en esta batalla. Desde su tradición deslumbrante, incuestionable, y de su identidad en permanente recreación, desde su vigencia planetaria y su vitalidad poética formidable, desde la gloria de sus escritores famosos y la originalidad de sus escritores y hablantes desconocidos, el español debe llegar a ser una lengua consciente de sus poderes, a la altura del desafío que nos amenaza. Por algo en ella flamea, vecina etimológica de la espiga y del esperma, la preciosa palabra esperanza.

Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.

No hay comentarios.:

Números anteriores

Seguidores

Gracias por leernos

Registro

IBSN: Internet Blog Serial Number 5-6-1945-2841 Page copy protected against web site content infringement by Copyscape