Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com

GACETA LITERARIA Nº 5 – Mayo de 2007

Homenaje de Gaceta Literaria a la artista plástica santafesina Zulma Molaro
Obra: Descanso del pescador

PÁGINA EDITORIAL

Esa entelequia llamada lector.

Los poetas que llevan a cabo sus desestimados quehaceres en estos espacios abandonados por los ángeles custodios [1] no deberían detenerse demasiado en las consabidas controversias referentes a posibles incompatibilidades entre ética y estética, debates intrascendentes relacionados con la vigencia o desuso de la cadencia versificante o discusiones bizantinas acerca de la validez o inutilidad del género poético.
Antes bien, resultaría altamente beneficioso, para su característico decir, continuar ejercitando el oficio que asumieron como tarea, celebrándolo desde una imprescindible honestidad intelectual. Porque, si fuera cierto que la belleza transfigura el mundo y la conducta lo transforma, nada estaría oponiéndose a la ejecución de tantas búsquedas personales de transformación cimentadas en la singularidad de un particular concepto artístico.
Quizás por ello el común de la gente se manifiesta indiferente ante todos esos despliegues de bellísimos discursos ejecutados con paciencia de orfebre, pero abarcados en contextos nimios, serenamente insustanciales, trivialmente esteticistas, y, sin embargo, acompañan las voces de quienes formalizan una literatura conmovida, encrespada, desprolija si se quiere, pero dramáticamente apasionada, conmovedora en la incondicionalidad de su entrega
Es que solamente nuestros pares pueden llegar a comprender la imperiosa y absurda necesidad de sumergirnos en la escritura como estrategia para sobremorir a tantas circunstancias poco propicias.
Esa otredad que nos da plena existencia [2] antepone las voces nacidas del desvelo, de las necesidades vitales, de la urgencia por revertir situaciones socialmente establecidas por una supremacía dominante. Esa otredad descree de la literatura como ejercicio, de la escritura por la escritura misma, de la misma manera en que nosotros renegamos de los escritores a sueldo, de quienes permanentemente están rindiendo examen en inciertos lugares, de aquellos que se someten a la inconstancia de la moda cambiando de corrientes literarias como si se tratase de camisas y de los que actúan como asalariados de las industrias editoriales hasta terminar comercializando su mensaje. Esa otredad prefiere los poemas que testimonian las incertidumbres, las pasiones, los misterios que tanto desvelan a los seres humanos a aquellos que les han sido dedicados al vagabundeo de las mariposas.
De allí que tantos vates contemporáneos hayan alcanzado la gloria de ser leídos masivamente escribiendo sobre temáticas que les eran dictadas por las vísceras, y así, quizás sin proponérselo, tendieron un puente hacia la conciliación, una mano fraterna, una voz ajena a las tendencias, escuelas o estilos en boga pero definitivamente armonizada con el sentimiento del otro al que necesitamos para continuar siendo y sin el cual no podemos ser: esa entelequia llamada lector.

[1] Jorge M. Taverna Irigoyen – Santa Fe/Argentina
[2] Octavio Paz – Libertad bajo palabra - México

PÁGINA 2 – Nuestra poesía

Deudas

Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arado con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
En un setiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero la furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaban la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba un mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

Jorge Isaías (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Génesis

acostumbro
en las tardes doloridas del otoño
acunarme en la historia de un sillón
cómplice

dejando que me acaricie la garganta
alguna melodía lánguida
para sentir que mi almita se duerme
serena
unos instantes

adivinarle un sueño
y regalártelo

Mabel Zimmerman (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Consejos silvestres

Si planea dominar un continente de indemostrable vastedad:
hembra o reino,
es imperioso que su más atroz artillería
bendiga
el arte del lenguaje;

que despliegue
un exquisito arsenal
de frases célebres
inscriptas ya en la cumbre del arco
desdeñoso.
Previsión ineludible para justificar sus estandartes
acosando muelles suaves y futuros sembradíos de discordia.

Es imperioso, señor, que tiente al demonio con la brújula del tiempo
distrayendo su atención con un discurso de aristas principescas,
reteniendo en el descuido, entre sus redes,
al pez desconcertado
para su primera y última cena de victoria,
que intentará usted repetir hasta el empacho,
señor,
amparado en un pudor obsceno.

(Doy a usted gratuitamente mis consejos porque los sabios han descubierto
tras paciente observación de las especies,
que a las hienas
se les ha negado el habla).

María Oscaritz (Arroyo Aguiar-Santa Fe/Argentina)

El orden.

Antes de que yo naciera
alrededor del sol los planetas giraban
y la luz nocturna se reflejaba como un polvillo astral
sobre este cielo, esos campos, aquel río;
con la sangre de la tierra
se alimentaron mis huesos, mi sangre,
en el seno materno
y como el ciervo, como el tigre,
como el castor y la paloma,
por años devoré la carne, los granos, la hierba
de la tierra paciente a donde volveré algún día
y alrededor del sol girarán los planetas
y el polvillo astral se reflejará como siempre
sobre este cielo, esos campos, aquel río.

Sara Zapata Valeije (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

Poema por Haroldo Conti

Dónde estará Haroldo Conti
¿en el cielo
o en el mar?
Sus delgados tendones azules
no podrán llevar las palabras.
Es imposible que pueda caminar.
Qué rosa estuvo ausente
sobre su hora más triste
pregunta mi frente sin entender.
No eras conocido por mí
escribo entonces por el poeta que fue.

No podrás irte solo
“la balada del álamo carolina” acuna pájaros y miel.
Hoy
ahora que la gente canta.
Sobre cuál territorio gris
perdió la rosa su uniforme de oro.

Haroldo Conti: Chacabuco, Pcia.de Buenos Aires (1925) fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar. “Los hermanos de Conti lo habían podido ver en una especie de campo de concentración, con los tendones cortados. El pobre no podía caminar”. Palabras del escritor Antonio Di Benedetto. Clarín, Mayo de 1984

Estrella Quinteros (Santa Fe/Argentina)

PÁGINA 3 – Narrativa

Limpia y desnuda

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)

La mujer contestó desde adentro, sin asomarse; dijo que usara el otro baño, el de servicio, y que por qué él -el marido, Julio- todavía andaba batiendo el aire doméstico cuando debía haber avanzado unos puntos hacia la ficha del empleo, ocho en punto, ella le dijo que usara el otro baño y el marido gruñó -me las vas a pagar-, pero no pudo imaginar que ahí, encerrada, Silvia se miraba al espejo y las arrugas de la palma, con la hoja de afeitar sobre el cruce palpitante de las venas, como contando una cuenta regresiva, él sólo sabía que debía irse al estrecho y maloliente baño de servicio o iniciar el día con una discusión, pero siguió merodeando por si la esposa se arrepentía y le abría paso, siempre merodeaban cuando la mujer se encerraba en el baño, Julio tanteó el picaporte y le pegó una patada a la hoja antes de darse por notificado que Silvia no abriría, no saldría pese al llanto del bebé, al chantajista llanto del bebé que desde adentro ella escuchó con atención pero sin preocuparse ni siquiera cuando se hendió la carne hasta el tendón, se rasgó sin controlar visualmente su acción sólo mirándose el rostro en el espejo, dándose el derecho de contemplarse y luego volvió, sí, las pupilas a lo que manaba de adentro hacia afuera, lo que rompía fronteras y haría que el mundo se apoderase de ella, polvo al polvo, pero el marido no tuvo modo de enterarse de que la mujer disponía sólo de un fragmento de vida delante de sí, punto del que ella estaba al tanto manteniendo a raya el eventual arrepentimiento con el rollo de cinta adhesiva a mano; Silvia había esperado horas primero, días después y semanas y meses, había esperado lo que no se produjo; y lo que no se producía a medida que no se producía, irreversiblemente, la había encerrado en el baño con la hoja sobre el cruce palpitante y a mano la bolsa de plástico repleta de secretos que acababa de sacar del escondite; la navaja ahora buscó la muñeca derecha, pero el metal filoso se cayó al suelo y Julio golpeó: necesitaba la afeitadora de ese baño; escuchó decir de ella que se hallaba lavando ropa, pero tampoco supo que probablemente ésas fueran las últimas palabras que intercambiaban, pobres expresiones, aunque la mujer se dijo que era improbable especular sobre qué quedaría realmente de ese momento en la alquimia mental ajena, de él; Julio apoyó la mejilla contra la puerta, como rogando pero sin hablar, sin saber que ella recogía la hoja del suelo, cruzaba la muñeca derecha con dos cortes profundos y paralelos, alzaba los brazos y se concedía el derecho de escrutarse en el espejo por un momento, se desnudaba, abría el grifo de la bañera, metía la ropa sucia en el tacho de los residuos, y empezaba a escribir algo sobre el espejo, algo que omitía el tradicional "no se culpe a nadie" sino -ella elegía y dudaba entre las palabras testamentarias- algo que expresaba "no se explicarán este acto pero sepan que no concierne a mi salud", pluralizar despersonalizaba a su marido, lo alejaba a un punto remoto, pura acción inconsciente, ella que miraba en el reloj el tiempo de arrepentirse, se metía en el agua, sacaba cosas de la bolsa clandestina: una cadenita que echó a la rejilla, una carta y papeles que leyó y amasó en el agua hasta hacerlos pasta, nada, y los desapareció en el inodoro, se deshacía de los rastros para que él, Julio, se preguntara una y otra vez el por qué, la causa, condenado al secreto, a lo inexplicable, aunque ella no se propusiera condenarlo a nada, ¿a quién le importaba a qué quedaba condenado Julio? y él le habló nuevamente, dijo que si ya no lo quería, y que el cartero había dejado una carta para ella, una carta ¿de quién? ¿de quién? interrogó la mujer desde dentro y él, que no se había fijado puso el sobre sobre la heladera, hasta luego, se iba, mientras Silvia, que había escrito el mensaje sobre el espejo, que había esperado horas, y semanas y meses mientras la espera la encerraba con la hoja sobre el cruce palpitante y el dedo del pie listo a descorchar el tapón de la bañera unos segundos antes que la cuenta regresiva cesara, para mostrarse simple y desnuda, ella que se había dicho ¿qué dice Julio?, ¿acaso me importa lo que Julio dice? ella, que supo que tal vez la carta fuera el objeto de la espera, vio cómo se borroneaba el rollo blanco de cinta adhesiva, sin tomarlo, sin intentar siquiera estirar la mano hacia el rollo hasta que el rollo desapareció.

PÁGINA 4 – Narrativa

Historias de gente sin importancia.

Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe/Argentina)

Fedor.

Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violÍn. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor.

Quiromancia.

Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos.

Mediodía.

Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana.

Metempsicosis.

Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre.

Metáfora siniestra.

El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares...

Un escritor.

Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico.

Triángulo de amor.

Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres.

La nera veritá.

Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún.

La nieve, la nieve.

Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos.

PÁGINA 5 – Página de maestros: Alberto Girri – 1919/1991 - (Buenos Aires/Argentina)

Canción de amor

Aquí yazgo pensando en ti:

¡La mancha del amor
se extiende sobre el mundo!
¡Amarilla, amarilla, amarilla
roe las hojas,
unta con azafrán
las cornígeras ramas que se inclinan
pesadamente
contra un liso cielo púrpura!
No hay luz,
sólo una espesa mancha de miel
que gotea de hoja en hoja
y de rama en rama
desluciendo los colores
del mundo entero;

¡tú allá lejos
bajo el rojo zumo del oeste!

El compañero de los pájaros

Como el amor
que se posa
cada día sobre la ramita
que puede morir
Así brota tu amor
lozano
vigoroso de sol
compañero de los pájaros...

Poema con un poema

Del emperador
que desvalido se adormece
en su jardín,
tiene algo este
anciano a quien súbitamente
el deseo,
huésped no invitado,
vuelve, persiste en sacudirlo.

También se amodorra,
y los dos son como gatos,
no les importa
sino sobrevivir;

pero en su precario retiro
el viejo no enhebra canciones,
y en lugar de ir entreviendo
ejércitos que incendian y destruyen
concita sobre él un retorno
en procesión de bellezas
ahora agrias,
cada cual mostrándole
la forma de un triángulo
allí donde hubo un sexo,
todas
semejantes
a las tardías flores
que en el imperial jardín
aguardan el invierno.

Oír uno su propia sombra

Repeticiones inútiles, verbosidad
en pleonasmos, redundancias,
tautologías,

garrulerías en las casas
amadas amando hasta el mirlo
que sobre ellas habla,

ruidos continuados
aislándote, los arrullos
por sentimientos melancólicos
del tiempo otoñal,

cantinelas ensalzando
imposibles concordias:
que al agua del pozo
le sea dado invadir la del río,
que la cosecha pasada
y la nueva se unan.

Es mantener abierto el pico,
no puedan las palabras obstruirlo:
como leznas
dentro de una bolsa
(acaban por romperla).

Es el anverso
diáfano de la vida suavizando
las áreas hostiles,
la de los ojos turbios,
balbuceos lastimeros, orejas calientes,
vértigos de borrachos.

Es tu cotidiano ensayar,
mientras no suena la campana,

no se haya ido la arena del reloj,
cómo hacer con discursos de aire
que el mundo de los felices
y el mundo del desdichado
no parezcan distintos.

Puertas adentro

Como Blake con el tigre,
en tu gato no atiendes
a uñas, lengua áspera,
poblados pelos largos,
estrías blancas,
c lo que provocas desde confusa
f hermandad, la pretensión
de que en su vigor está el tuyo,
y de acercarle
elusivos discursos, soliloquios
para un no favorable
ni adverso ánimo,
sin cooperar, sin airadamente
estirarse indicando que apenas
cerraste postigos, cortinas,
él ya captó,
tu agitar antipatías, infatuaciones,
prontuarios de la menuda hojarasca
que en la sagacidad animal
pudiera disolverse,
apremio
por alguien que se mantiene
atado a su especie,
alcanzar
el par donde apoyarte, tu correspondiente;
como Blake y el tigre,
Poe y el cuervo,
Basho y la rana,
recluyéndote a pedir
el benjgno, consolador ajuste
de tu aliento, fatigoso golpe, desazón,
y la prescindencia del libre, que no juzga.

PÁGINA 6 - Artículo ensayístico

El chaleco de Hemingway

Por Ramón Fernández Palmeral (Orihuela/España)

El que fuera Premio Nobel, Ernesto Hemingway y Mary Welsh (su cuarta esposa) cruzan el Atlántico a bordo del “Constitución” y desembarcaron el 1º de mayo de 1959 en Algeciras (España) instalándose en la finca de La Cónsula en Churriana (Málaga), propiedad de Bill Davis, norteamericano. La revista Life le había encargado un reportaje que ya era considerado como el enfrentamiento de toreros más grande de la historia: el mano a mano entre Dominguín y Ordóñez que tendría lugar ese verano. Aquí en Churriana también estuvo acompañado por su secretaria irlandesa Valiere.
EL escritor estadounidense Ernest Hemingway se quedó prendado de la finca La Cónsula, no era para menos, y, sobre todo, de su precioso jardín botánico. La mansión la describió en el libro que escribió de aquella aventura taurina, El verano peligroso, «como maravillosa casa», y comparaba su jardín en belleza con el Botánico de Madrid. Seguramente, aquí trabajó en su libro París era una fiesta.
En el mes de mayo de 1959, se cree que Hemingway estuvo en la casa del hispanista Gerald Brenan, sita e calle Torremolinos, 56, donde se celebró una comida familiar o -picnic- en el jardín, según vemos en la foto aparecida en el libro de Antonio Ramos ya anotado. Lo cual debió ser un honor para usted, como bien describe en páginas 755-757, Autobiografía. Además mostró interés en que se lo presentaran porque ya conocía su libro El laberinto español de 1943
Cuando Hemingway viajó de Málaga a Madrid, aquí se hospedaría en el Hotel Suecia para asistir a la temporada taurina de las fiestas de San Isidro, su presencia se anunciaba casi como parte del cartel de las fiestas. Ocupaba asiento de barrera, al final de cada corrida, la concurrencia se volvía a buscarle para pedirle opinión sobre la faena. La relación de Hemingway con los Ordóñez se inicia con Cayetano, El Niño de la Palma y padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, que tiene un papel destacado en Muerte en la tarde (1932). Pero es con este último con quien visita «aquella encantadora y extraña ciudad» y su mítica plaza de toros. (Vi fotos inéditas en la casa de Tomás Toranto de Churriana).
A Hemingway le fatigó esta temporada de toros, bebía sin límites, constantes viajes de feria en feria en un Ford color rosa alquilado conducido por Bill Davis, los horarios de comidas eran irregulares, las noches se alargaban hasta el amanecer. En este año se enteró de que su Gary Cooper (actor en la película “¿Por quién doblan las campanas?”) se estaba muriendo por un cáncer de próstata, ello le conmocionó profundamente, y su propia salud se vio quebrada.
Esta frenética actividad nos la cuenta Rodrigo Fresan:
Entre el 26 y el 31 de ese mes (mayo) Ordóñez tenía corridas en Córdoba, Sevilla, Aranjuez y Granada. Mary, engripada, se quedó en Madrid; pero Hemingway estaba dispuesto a no perderse nada. En Aranjuez, Ordóñez sufrió una leve cornada y allí estaba Hemingway para atenderlo y –ya con trece corridas en su haber – se hizo un alto hasta finales de junio para que el matador se recuperara. El otro matador aprovechó el alto para volver a La Cónsula y arremeter en su lidia privada. “Este es un verano maravilloso”, dijo Hemingway en algún momento mientras las corridas y festejos se sucedían a velocidad de vértigo. Y agregó: “Quien no pueda escribir aquí no podrá escribir en ninguna parte”.
En junio del 2006 más de 300 especialistas en el novelista Ernest Hemingway se reunirán a partir de mañana domingo en Málaga para tratar la influencia de la tauromaquia en su obra, así como las vivencias que compartió con artistas como Picasso o toreros como Antonio Ordóñez (padre de Carmina Ordóñez y abuelo del torero Francisco Rivera) durante sus estancias en la Costa del Sol. El congreso concluyó el 30 de junio.
El Museo Picasso y la escuela de hostelería de La Cónsula, y el Palacio de Congresos de Ronda (Málaga), fueron lugares de las conferencias organizadas por la Fundación Hemingway, que convertirán a Málaga en el "punto de referencia internacional de un escritor internacional", según aseguró el concejal de Cultura, Diego Maldonado. Este encuentro consolida la unión del escritor con Málaga, "a la que adoraba", según destacó el presidente de la Fundación y Sociedad Hemingway, James H. Meredith.
En 1960, el régimen castrista-marxista le expropió la casa La Vigía que tenía en Cuba, y se apropió de sus pertenencias, que luego fueron sacadas ilegalmente, le entró una fuerte depresión, su excesivo orgullo le asesinó, se disparó un tiro de escopeta el 2 de julio de 1961 en Ketchum (Idaho).
En diciembre del 2006 estuve en Churriana buscando vestigios de la vida de Gerald Brenan donde vivió con su esposa la poetisa norteamericana Gamel Woosley entre 1955 a 1970. Estuve en la Casa de Cultura de Churriana hablando con el responsable, Salvador Escalona, que me enseñó la placa y me informó de algún aspecto el escritor inglés. Cuanto salí de la Casa de Cultura me encontré a un hombre en la calle con el que estuve hablando y me comentó, para mi asombro, que había conocido a Hemingway, porque su madre trabajó en La Cónsula, y tenía un chaleco del Premio Nobel. Tomás Toranto, que así es como se llama este hombre, me acompañó hasta una especie de trastienda o almacén que tiene muy cerca, en otra calle, donde me muestra, muy orgulloso, su museo taurino; aquí me enseñó la multitud de fotos que tenía en la pared, entre las que estaban las de Hemingway en diferentes fiestas y en plazas de toros, porque al Nobel se le iba la marca del toro, la comida y el alcohol. Pero cuando le pedí permiso para sacar algunas fotos con mi cámara digital, me lo negó, consciente de que tenía gran valor y yo podía publicarlas en Internet. A mí me gusta pedir permiso para reproducir fotos.
Las fotos de Hemingway estaban firmadas por el fotógrafo taurino Cano. Allí estaban casi todos los toreros malagueños (casi 50). Había una de El Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez Aguilera) el padre del torero rondeño Antonio Ordóñez, Dominguín, Paquirri, Jaime Ostos, Bienvenida… Me quedé muy emocionado, y a la vez contrariado por no poder sacar fotos a este museo que, en cualquier ciudad o Peña Taurina se darían tortas por él. Me dijo que trabajó muchos años en la Plaza de Toros de Torremolinos, y me enseñó una fotografía donde se le veía toreando una vaquilla. También me enseñó dos motos de la marca Lube, antiguas, reparadas, en uso, dos reliquias del motociclismo, una de ella la quería vender. Hablamos sobre el chaleco de Hemingway que tenía en su casa
Entramos en su casa y me sacó el chaleco envuelto en una funda de plástico, era blanco marfil como de piel de gamuza, yo lo cogí con mucho cuidado, con nervios, me dijo que tenía intención de venderlo, pero no le pregunté cuánto pedía, estas son reliquias que no tienen precio. Con sumo cuidado como si fuera una casulla papal, lo puse encima de un sofá y le saqué unas fotos con su permiso. Yo me ofrecí a colgarlo en Internet y que sea lo que Dios quiera. Es una pena que esto salga de Churriana, pero como somos así, unos pasotas, pues alguien acabará comprándolo. Seguidamente sacó un libro escrito en inglés sobre la vida de Ernest Hemingway, en el álbum de fotos del libro está Hemingway con el chaleco, y otra foto celebrando el cumpleaños donde se veía a la madre de este hombre que me dijo que se llama Tomás Toranto. Su madre trabajó en La Cónsula, por ello toda esta historia del chaleco de Hemingway tenía sus razones de ser. La foto del cumpleaños debió de tomarse el 21 de julio de 1959, en el sexagésimo cumpleaños del escritor y periodista, que lo celebró en La Cónsula. Me dio su número de teléfono.
Tranquilamente encontré más información y fotos sobre la vida del premio Nobel de Literatura de 1954, Ernest Hemingway, y sobre su veraneo de 1959 en Churriana. Estuve buscando fotos de Hemingway con sus chalecos de piel. El que tiene con Gerald Brenan en el patio de la casa de la calle Torremolinos, posee un bolsillo en la parte izquierda, en cambio, el chaleco que tiene Tomás, no tiene este bolsillo, por lo tanto debe ser otro de sus chalecos, pero hace falta encontrar la fotografía en que lo demuestre.

PÁGINA 7 – Poesía argentina

Con el éter del enigma

Huye el eterno retorno del Yo.
La tarde ausente de todo
trae rimas como nubes.
Como si nadie supiera nada
se promete
el regreso de las metáforas:
letras olvidadas en el tiempo
de un mundo sin destino,
páramo inconsciente
olas desnudas sobre el mar
agitado de sal.

Juan Pomponio (Berazategui-Buenos Aires/Argentina)

Compadre :

no hay palabras de piedras en la clave de sol
ni en las contradicciones de los almácigos
No es conveniente animarse a decir adiós.
Ya hemos sumado las mordidas que envejecen
y merecemos descansar de los jadeos
urgentes.
En la sala de espera de la noche
Una tarde de lluvia dije buenos días.
Así uno nace al revés de los andrajos
y se apuesta una lucha,
y se hincha de luchas
todas llenas de lluvia, de noche,
de soledades en astucia en uay
que te comen hasta el despertar.

No defino el final del adiós,
Tengo un amigo en San Antonio,
una hija aún sin decapitar
y dos perras que le ladran al réquiem
para envejecer juntos.
Esta tardecita de enero
están buenos los pimientos de Calahorra
y el Este con su tormenta que amaga
una mirada de quizás.
Aún tengo viajes pendientes
a la caricatura de la rabia,
donde tomaré café
y algo más
con el verdugo de los tiempos perdidos.
La vida es zarandanga para que te toque aquel
y te lleve éste.
En la próxima risa soltaré tamboriles sin rutina
y me beberé toda el agua que dejaron los ahogados.
Los que partieron no de muerte natural.
Esas cicatrices que dejaron los compadres.
cuando se ponen corbata
y se peinan y depilan los adioses
y se olvidan que algún día juntos
amamos la revolución en alza.
Estoy vinculado con las palomas de los entretechos
para decir adiós a los que visitan el festín de
los dueños.

Alfredo Ariel Carrió (Entre Ríos/Argentina)

Entonces supe.

Entonces supe que hacer
me arremangué
las manos retorcieron el trapo
sequé y sequé
como si hubiera llorado
tanto
pero no había tiempo
llegaba lo nuevo
tenía que ponerme algo
sobre la desnuda tristeza
destapar las cañerías
trabajar
eso hice
y pelé chauchas
y deshojé prolijamente
los bordes del espanto.

Graciela Wencelblat (Buenos Aires/Argentina)

Soneto

No salgas niña, que la lluvia viene;
viene la lluvia con su pie ligero
y agitando en el aire su pandero,
cuando quiere bailar, no se detiene.

No salgas niña, que la lluvia tiene
flores de vidrio para tu sendero.
No vayas a salir, porque no quiero
que en lugar de alegrarte, ella te apene.

Pero la niña se lanzó a la calle,
rompió un espejo con su airoso talle,
y se perdió en el aire alucinado.

Si la niña no hubiese sido rubia,
la hubieran visto irse con la lluvia
para seguir bailando en otro lado

José Fernández Molina (Salta/Argentina)

Soy Muchas, Soy Una, Soy La Pachamama

Yo soy Sedna, la diosa del mar, la creadora de los
inuit del Ártico y entre los navajos soy la Mujer
Cambiante, diosa araña de la creación, madre del Cielo
y la Tierra. Soy la Bisabuela Wakan de los sioux, la
Mujer Bisonte Blanco de los lakotas y la Mujer del
Peyote de los huicholes.

Soy Ixchel, la diosa luna de los mayas y
Tonacayohua, la diosa cielo de los totonacas. Los
mejicas me llamaban Señora de la Falda de Jade y
Señora de la Falda de Serpientes porque producía la
vida, la muerte cíclica y la regeneración.

En Centroamérica, me han celebrado bajo el nombre
de Flor Emplumada, la Estrella que humea en el bosque,
patrona del amor, la sexualidad, los códices y las
artes.

En Colombia soy Bauche, la diosa serpiente creadora
en la laguna de Iguapé y en las selvas soy Nunguí, la
fértil diosa que danza en los campos de yuca plantados
por las mujeres jíbaros. Los incas me llamaban
Pachamama y me reconocían en mis hijas: Saramama,
Cocamama, Axomama, Coyamama y Sañumama.

Soy la Mujer Jaguar de los Andres y la Jaguar Negra
del Amazonas. En las costas del Brasil y del Uruguay
me llaman Iemanjá, la diosa luna que emerge del mar. Y
para los tobas del Chaco paraguayo y argentino soy
Aquehua, la diosa sol que bajó a la tierra para
engendrar a los primeros seres humanos y regresó al
cielo para nutrir la vida.

Soy la Sirena del Paraná y la Doncella de la Yerba
Mate. Entre los pampas soy la Llorona, la Luz Mala de
los huesos y la Vieja vestida de Novia. También he
sido la Telesita y la Difunta Correa.

Entre los araucanos soy el Espíritu del Pehuén, la
Diosa Madre de los mapuches. Danzo, canto, profetizo y
curo con las machis, únicas sacerdotisas activas de
esas tierras. Y con máscaras sagradas estuve danzando
con las onas y yaganes de la austral Tierras del
Fuego.

Soy Muchas y Soy Una. Soy la Pachamama.

Analía Bernardo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 8 – Narrativa

Las razones de Ana

Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe/Argentina)

En el caso de Ana supongo que persistirá la marca dejada en una pared, pero que seguirá ahí sólo hasta que alguien decida quitarla. Y eso sería todo.
Quiero decir que no habría más, porque no hay sustancia en el presente sino un pasado que carece de importancia porque a nadie le importan los muertos. Aunque es cierto que el dolor es intransferible. El dolor particular, lo que no se puede contar.
Cuando Ana hizo un gesto de cansancio que intentó reprimir advertí la grieta. Fue un momento apenas pero suficiente como para establecer un precario sistema de complicidades consolidado en esos breves días, lentos y soleados, que nos hizo encontrar en las jornadas del hotel.
Nada más tedioso. No hay que tener obligaciones, el ser humano debería tener derechos, tal el derecho a no trabajar, a no rendir exámenes a diario. Quiero decir que a tres cuadras no más estaban la playa, el río y sin embargo no se podía ir y nadar y perder el tiempo. Nada de eso, la convención era ejecutiva, cuatro días de intensa concentración.
Para disputar espacios, para vencer, porque el gerente feroz de la empresa había decidido concentrarnos en ese lugar confortable, hacernos dar cátedra de mercado y salvaje conquista por parte de especialistas sonrientes y sin gracia, lujosos y considerablemente estúpidos. Todo tan artificioso. Morenti entre ellos.
El gerente poderoso, Ladril, estaba allí, ladrando. Ana estaba también allí, a su lado, cumpliendo el rol de eficiente secretaria y de rigurosa amante. Esas cosas se saben de entrada. Ella era linda, fría y distante y parecía cumplir a cabalidad el rol que le habían designado. Esta mujer, esta mujercita, pensé con cierto desprecio y me aboqué a atender a los eficientes que todo lo sabían, sopesé la lanza y el escudo que nos proporcionaban para salir y matar, sin dejar nada en pie salvo nuestra empresa.
No precisamente mía. Pensaba de esa manera al llegar, pero yo como otros me encontraba en el hotel para que en esos cuatro días me extirparan tales pensamientos. Yo estaba ahí. Y Ana estaba ahí. Y yo continuaba sin tomarla en cuenta hasta que le descubrí -fue apenas un instante- su gesto de impaciencia. Algo que de pronto nos unió: la impaciencia ante tanto desborde, ante tanto humo fabricado para adormecernos y así poder extraer cuanto éramos de verdad. Mis preconceptos sobre ella cayeron. Un alma desamparada, pensé. Error, pero no es extraño que en el desierto se compre cualquier espejismo.
Cuando hizo el gesto sin pensarlo demasiado tosí y la miré con ligera sonrisa. De inmediato volví a mis papeles, pero ella registró mi presencia. Y al poco rato, en el momento en que comprendí que terminaba de correr ligeramente el cenicero para que Ladril se tirara encima las cenizas del cigarrillo estuve a punto de aplaudir. Ella -lo supo en el momento mismo en que impulsivamente me puse de pie y me aproximé a su silla- podía contarme como aliado, el alma gemela que estaba esperándola. Uno muchas veces se equivoca, pero díganme si ese no es el signo de la vida.
La convención continuaba, fría como si en la mesa se diseccionara un cadáver, cada uno desarrollando estrategias de ataque y defensa simultáneos. Esperé de ella un nuevo gesto de insatisfacción, una mirada de odio dirigida a ese Ladril quien todo lo decidía en nuestro nombre. Ladril era ágil pese a su edad, con gestos desagradables y uso y abuso de su poder que demostraba con sus constantes actitudes vulgares.
Uno a veces hace cosas...
El nuevo gesto de complicidad que aguardaba de Ana se demoraba en aparecer. A la primera jornada se le sumó la segunda (momento en que descubrí su fastidio) y la tercera se arrastraba con los jóvenes yuppies del espacio flamante y tecnológico unidos en fraterna camaradería y nada estaba ocurriendo. Que fue cuando me dije que la melaza del mustio mundo iba a continuar impregnándome, metiéndose en mi vida de rutina, nada que me permitiera salir de la clausura,
Además daba lo mismo (no era así) que esa mujer no fuera la que pensé. Uno había llegado hueco y se iría de igual manera. Se roza la vida, no existe otra medida para las cosas.
Supe de su nombre de inmediato porque todos llevábamos tarjetas de identificación, como las cocardas que se colocan a los toros en exposición. Supe, más allá de su frialdad, que esa mujer por una razón oscura (que en definitiva son las razones que importan) debía tener algo que ver con mi vida. Había llegado sin planes y ahora Ana la llenaba de sentido. Tan frágil es uno. A tanto está dispuesto a exponerse.
Morenti se me acercó con gestos de amistad. Me molestaban sus miraditas de muchacho pícaro, su manera abusiva de tratar a la gente, las burlas que hacía a espaldas del que recién se retiraba de su lado convencido de haber trabado una amistad sin límites. Me molestaban su frescura, su cuerpo de gigante. Y más que todo eso lo que me molestaba (aunque no deseaba admitirlo) el inconveniente central de que él ingresaba al predio cuando yo ya me retiraba al cono de sombra. Sin embargo, pese a mis prevenciones actuaba conmigo como si fuera un igual, me buscaba, daba la impresión de tener hacia mí planes imprecisos, pero al mismo tiempo extraordinarios. No eran los suyos actos de amistad viril, ni de perversión erótica, no se trataba de eso, sino de acciones concretas en la empresa, una apuesta en común hacia el futuro, espalda contra espalda defendiéndonos y atacando al resto. Algo así.
Carecía de sentido, él tenía poder de decisión, no yo, yo no era un igual. Aparte no me interesaba Morenti, pero Ana -a pesar de los acuerdos silenciosos, del fastidio que me mostraba por tener que permanecer al lado mismo de Ladril- persistía en una suerte de segundo plano, cercana pero también irreductiblemente distante.
En el bar del hotel, me animé, intenté hablarle pero ella me rechazó: "No, imposible aquí, Ladril no me deja de vigilar ni un segundo". Me aparté molesto y pedí un café en la barra del bar. Al segundo tenía un papelito en mi mano libre: "Afuera, en el quincho", decía su letra apresurada. Salí después que ella y di un largo rodeo por un jardín que casi no había visto, bañado el lugar por la luz matinal, cerros cercanos, turistas, chicos que gritaban y jugaban y vivían su mundo. Cada uno lo hace. Yo buscaba concretar el mío cuando me acerqué al quincho apartado que en ese momento estaba desierto. Salvo Ana.
¿Diré que todo es previsible, en definitiva? ¿contaré que la vida es una calamidad porque termina en la muerte? ¿para qué decir tantas tonteras, para qué caer en el lugar común? Ella al fin me esperaba, ella me abrazó, me besó, me atrajo hacia su cuerpo espléndido e inesperado, en el que pude descargar, al fin, tanto que había acumulado y que era más que besos y semen, que era todo. Que era aquello imposible de contar.
Después, mientras fumábamos, tomé un atizador e hice una larga marca en la pared: "Para que sepamos que estuvimos aquí", dije riéndome.
Ella me miró con seriedad: "Para tenerme, hay que sacarlo del medio a Ladril". Clara y diáfana y sutil como una cuchilla. "Nosotros no nos conocemos", agregó al darme el beso de despedida.
Dije dolor, quizás sea excesivo pero digo lo que siento. Uno se presta a lo más ruin para obtener resultados. Se trataba de mí, de ella, de lo que ayuda a construir la imaginación, el remedo de la realidad.
Desprenderse de Ladril, sacárselo de encima. Era como pedirme que con pico y pala cambiara de lugar los cerros. Algo imposible, pero con qué gusto haría. Lamentablemente se trataba de una ficción, de un absurdo.
Uno se presta a tantas cosas...
Se me acercó Morenti: "¿No te lo dije?", pidió un whisky, su felicidad se expandía por todos los poros, contagiaba al bar, a las paredes de fotografías gigantes, de cuadros eglógicos, a los turistas que se confundían con los participantes del simposio.
Por ejemplo, Morenti: "¿No te dije?", insistió. Para mí era una pregunta enigmática, si algo dijo yo me lo había perdido. Sonreía abiertamente, su rostro estaba también abierto, joven, pleno, el mundo se postraba ante él como fruta madura, como mujer dispuesta.
No me lo había dicho y seguía sin precisar las cosas aunque me estaba enterando que en el orbe en que ellos se movían (al parecer también ahí me movía yo según me lo estaba haciendo ver Morenti, que conocía el envés del guante), que se terminara Ladril resultaba una cuestión menor, una piedrita de las que se patean en el camino sin que a nadie le importe.
En tal misterio yo tenía algo que ver. Lo descubrí en el momento en que Morenti buscaba hipnotizarme. Era la primera vez que yo asistía a esa clase de convenciones. Me contó que año tras año Ladril era ratificado por los dueños, pero esta vez había algo más: Morenti me mostraba unos informes. Sonreía. "Mirá como brilla el sol", dijo con entusiasmo.
Ana daba vueltas por el bar, exhibiendo su cuerpo que terminaba de ser mío. Me miró con intensidad y después siguió su camino, ausente y secretaria y amante de Ladril. Yo la imaginé, la vi, la volví a vivir, entera y desnuda en el quincho.
- ¿De qué se trata?-, pregunté sin inocencia.
No se despidió de mí. No dijo lo siento.
Los informes eran claros y simples, lapidarios. Terminarían -como terminaron- con Ladril en un segundo. Fue un golpe inesperado, como si se tratara del jugador inexperto que cuando se van a retirar los que saben y están por juntar las fichas exhibe el poker imbatible.
- De manera que no lo puedo leer yo. Se necesitaba un valiente, me decía Morenti mientras me colocaba la coraza y me acercaba la lanza, el escudo, pero no el yelmo porque en estos casos había que actuar a cara descubierta, sin ninguna protección.
Estaba equivocado conmigo, último en la lista, debía buscar a otro que hiciera la representación, ese juego no era para mí. Pero (obviamente, digo ahora), en el instante en que me negaba me rozó Ana, era la mujer enfática que me esperaba. La tristeza se nutre de estas minucias.
El informe resultaba contundente, ladrillos para sepultar a Ladril. Por supuesto que terminé aceptando, por supuesto que pedí la palabra, era el momento en que los jugadores estaban a punto de retirar las fichas, cuatro ases brillaban en mis manos, todos miraban -creí que con fascinación, en realidad lo hacían con asco y fastidio- al recién llegado mientras descargaba cifras, datos cruzados, hechos incontrastables. No miré a Ladril pero lo imaginé pálido, abatido, vuelto un dibujo aplastado.
No sé qué pasó con él. Renunció, como era de prever. Y, como era de prever, Morenti fue entronizado en su reemplazo. Lo estoy matando, pensaba cuando lanzaba miraditas de triunfo a Ana que seguía hierática, a lo mejor transformada en gárgola sin que yo lo supiera.
Todas las complicaciones, todos los indicios, todas las acusaciones, los entrecruzamientos, recayeron sobre Ladril que apenas si pudo protestar, insinuar, afirmar, toser. Al rato no más estaba liquidado.
Pero nadie me felicitó. Nadie me dijo la menor palabra de aliento. El único que se dirigió a mí fue uno de esos jefes oscuros que escupen al hablar. Me llamó a un rincón: "Ya está preparada su ropa", me alcanzó el billete del colectivo más barato que salía en minutos. Me dijo que me enviarían las cosas de la oficina a mi casa. Lo mejor, agregó, es que nos mande la renuncia.
Después pensé que al informe le faltaban datos, otros nombres (no había uno solo más, aparte del de Ladril), que nada en definitiva cerraba. Pero era el precio que pagué para tener a Ana. Qué ridícula pretensión.
Porque no se despidió de mí. No dijo lo siento. No me miró cuando se fue con Morenti, quien desde hacía horas ya no me hablaba.
Me fui también. Una marca queda en la pared del quincho. Algún gaucho reparará la osadía.
Razones tendrá Ana. Razones tuve yo. A quién pueden importar.
Hay cosas que el viento se lleva con tanta simplicidad...

PÁGINA 9 – Reseña de libros

Poemas – 1964/2004 – Rosa María Sobrón
– Editorial Dunken – Buenos Aires – 338 páginas

Ajena a las expresiones que ponen a la poesía fuera de la medida y los sentimientos del lector tradicional (ese lector moderadamente culto y sensible que alguna vez gustó de la poesía y ha dejado de leerla), Rosa María Sobrón es, sin embargo, una poeta de hoy. Cultora de una escritura fiel a la belleza y la emoción, su contemporaneidad no se vincula con determinadas concepciones o modalidades retóricas sino con su condición de mujer comprometida con su tiempo y sus semejantes, así como con algunos valores: la fe en la vida, el amor y la esperanza –como lo señala Norma Pérez Martín en el prólogo a “La puerta infinita”–, que están en la raíz de cada uno de sus poemas. La autora nos ofrece aquí el testimonio de una obra poética comenzada hace cuarenta años y proseguida con fervor, lealtad y una permanente profundización de sus temas y recursos creativos. Desde La espera iluminada, de 1964, a La puerta infinita, de 2003, Rosa María Sobrón desarrolla una temática recurrente: el amor al terruño provinciano, las reminiscencias de infancia y juventud, la compañía o ausencia de sus seres queridos, la preocupación social, la fe en Dios, las ilusiones y nostalgias que han ido entrelazándose en el decurso de su existencia. Todo eso lo transmite limpiamente, con transparente y conmovedora sugestión, ofreciéndonos una poesía que cumple con la función que el género siempre tuvo a lo largo de la historia de la literatura: ser un diálogo de almas y, al mismo tiempo, una vía de acceso a lo esencial. En sus inicios, la poeta se destaca por el tono celebrante con el que nombra su escenario entrerriano –río, colinas, ceibos, pájaros–, prolongando el eco de algunas voces de la Generación del Cuarenta. Sensualidad de la palabra, belleza y emotividad. Su predilección por el romance, el soneto y un verso libre ceñido, no obstante, a una instancia rítmica, musical, regresa en los siguientes libros: Poemas con sol y llanto, de 1974, y Es tiempo de elegía, de 1978, donde ya se advierte una actitud más reflexiva, más pronunciada de melancolía y más abierta a los seres de su contorno inmediato. Finalmente, La puerta infinita, de 2003, nos muestra a una poeta ya segura y afirmada en su voz personal. Las puertas giran, se abren o se cierran en un tiempo que Heidegger calificó de indigente y desesperanzado. Las puertas del padre y de la madre, de los hijos, del marido que ya no está, la puerta que se abre a los recuerdos y las sombras. “Cuando cerré con llave/ y contemplé aire desconsuelo/ nadie advirtió –tan solo Dios–/ el punto rojo que me despedía. / Las puertas de la angustia/ no se abren al sol. / Miramos hacia arriba. / Y vemos otra luz”. Seguramente, Rosa María Sobrón hará felices también a sus lectores (Wallace Stevens decía que la poesía es la felicidad del lenguaje), abriéndoles con estos poemas humanos, tiernos y reveladores, la puerta infinita de su corazón.

Antonio Requeni (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA 10 – Desde el olvido: Alfonso Sola González – 1917/1975 –(Paraná-Entre Ríos/Argentina)

Felices Pascuas
(inédito)

Felices los que creen en el Espíritu Santo
felices los que creen en el partido comunista
felices los que creen en el dragón del Sol
o en el oscuro río de la noche
eternamente inmóvil.
Felices, felices los que en la flor del cáncer
encuentran la paloma
de la última hora.
Y feliz vos
y yo,
tan perdidos
en la soledad del amor,
cuerpos que fueron sombra
y ahora resplandecen en las viejas almohadas,
felices,
porque ya está el pan que quema.

Felices mis amigos que perdí
porque me perdieron
feliz el vaso roto
en la noche
sin el Señor,
feliz la espuma de los dientes
del lobo
tan solo,
en el bosque dorado;

feliz alma mía
que no comprendes nada,
nada, nada,
feliz cuerpo mío
que ardes como un árbol
de tierra
en la noche
del Pan.

Camina el poeta y no sabe...

"Sennores para el camino
dat al de Villasandino".

A Mauricio López

Has perdido tu sombra, alma que fuiste mía.
Ya no verás cruzar los grandes pájaros celestes
que reparten la corola centelleante del cielo.
Esplendores del día, nubes gloriosas,
dadle para el camino.
Estará en la taberna;
jugará con el dado de oro de la muerte.
O no estará. Monarcas de las encrucijadas
dadle para el camino.
Verá su última tarde. Verá un río que vuelve.
Topacio de la guerra, lanza de niebla
dadle para el camino. Quien fue ángel destroza interminablemente
su espada negra. Dadle,
dadle para el camino.
Y cuando llegue ciego,
a la puerta que arde entre el cielo y su frente,
dadle, dadle para el camino.

El Soñador

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
mas allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte,
más hondo que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso, de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertas por la hiedra del sueño
y las batallas.
Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida
bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Mas allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
mas allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
lleno de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el amor arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.

La mirada y los ojos

Todos tus ojos, todos
los errantes, los quietos
los que sueñan o hablaron
o queman con callada piel de tigre azul-celeste.
Todos tus ojos, todos
los que engañaban la corona visible de la luz,
los que ocultaban al sol el sol del día...
y los otros secretos, tus ojos escondidos,
no pintados de color,
los que contemplan
la sombra lenta del amor que llama,
tus ojos no vestidos,
todos tus ojos, todos
pueblan la Creación,
ya la alta esfera por desunidos ángeles
ya el descendiente paso de los días unidos
donde, en oscuridad, te estoy mirando.

Horas antes de morir

¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?

Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.

No busques el camino más allá
de la infancia.

En tu casa hay una vieja fotografía
Donde ya estás muerto,
Alfonso.

PÁGINA 11 – Artículo ensayístico

La barcarola de los dioses

Por Miriam Cairo (San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires/Argentina)

Dadá

A los veinte años, mi dios frecuentaba con la misma pasión y asiduidad, los burdeles y las bibliotecas. Sería redundante decir que como todo joven buscaba los extremos y que su autor preferido era Tristán Tzara. Leía poemas en los bares y su primer libro estuvo a punto de titularse "Semilla y aberturas" porque él tenía dadá en el corazón. Sus insomnios crónicos a veces le cansaban el motor y a veces se lo inflamaban.
Cuando hablaba con su madre sobre la desesperación que lo invadía, ella lo desconsolaba diciéndole que ningún dios había tenido la dicha de morir tan joven. Mentía, obviamente, como lo hacen siempre las madres.
A los veintiún años él no sabía si hacerse monje o caer preso en una cárcel nacionalista. Pudo haberse cortado el brazo derecho y enviárselo al Papa de Roma porque tenía dadá en el corazón.
A los veintidós recorrió el país en bicicleta y pudo haber titulado su segundo libro "Cinema calendario del corazón abstracto", pero no quiso ser siempre el portador de la mala noticia y además amaba una bicicleta que no era ni alegre ni triste, dadá, dadá.
Así siguió la historia. El agua salvaje, los dientes hambrientos, su ojo encerrado en un triángulo, el compartimiento para fumadores, la alegría de los astrónomos, bocanadas de buru?buru formando remolinos, las mujeres usando sus lagrimitas a modo de collar, el soplido animal, el hálito salino, el capitán a?a?antifilósofo. También las serpientes lo amenazaban a menudo, y él cuidándose siempre de los ojos y de los azules, escondía sus milagros detrás de la puerta porque la divinidad le nació de un bastonazo. En el burdel a veces elegía a las chicas que trabajaban con las manos y a veces, las que trabajaban con los pies. También predijo que después de la guerra vendría la guerra y que las alondras estridentes se quebrarían contra un espejo, porque él tenía dadá en el corazón. Y no hablemos del solsticio. De los días cambiantes. Del guerrero vestido de negro que hacía sonar su garganta transparente y cantaba el aleluya. No hablemos de los vehículos y los peatones. Había en él un stress por circular. Condujo su historia hacia el pasado porque siempre le cayeron bien los mitos.
En el umbral de la vejez, mi dios aceptó algo que antes siempre había rechazado: en vez de ir al burdel, recibiría a las muchachas en su casa. Cuando más envejecía, más cerca de su nacimiento se hallaba. Antes de volverse eterno, dio un golpe de arco y escribió la canción autobiográfica de un ciclista que era dadá de corazón.

PÁGINA 12 – Poesía americana

Papigochi

El río, rumor sosegado, diáfano, silente
Corre respirando la música del tiempo

La lluvia ha lavado la noche
Extraviada en el aroma de flores
y el viento entre los pinos

El plenilunio pinta de deseo nuestra piel
Ebrios de amor y vino, ardimos en la hoguera
Colmados nuestros cuerpos
alcanzamos el cielo

He vuelto a soñar el sabor de tus labios
el aroma de tu piel
Aquella vocación de tocarnos no agotada

Me has vuelto a doler alma mía

¿Recuerdas el lugar donde vimos el sol,
el tañer de las campanas de Tomochi,
el volar de las palomas,
el olor a madera cortada y a pan recién horneado,
y la mañana transparente y fría?

¿Olvidaste mi presencia en tu lecho de río?

Margarita Muñoz Villalobos (México)

Trampa azul

Sólo el cielo.
Sólo la lluvia.
Sólo las alas despuntando
en los alveólos rotos de la tarde.

Sólo un roce sesgado de tus labios
y el aluvión de tu mirada cómplice.
Sólo alas buscando
entre la noche tus delirios.

Sólo la piedra y sólo el manantial.
Esta hierba que nace de la piedra
entre el musgo fortuito que la inventa
cuando desaparece y aparece.
Sólo alas trizando en los espacios
la sutileza de batir asombros.

Sólo esta tierra sola,
tizne horizontal para este tránsito
de sólo el mar,
de sólo cicatrices.

Algo de amor así,
para que inventes esta albura.
Sólo la sangre y sólo el cuerpo.

Algo para que aspire al alma
lo ordinario del pétalo.

Tan sólo alas y contra alas.
Despliegue del recuerdo que te azora,
casi ángel al fin
esclavo de la memoria posible.

Sólo el ansia de sólo
abrazarnos tan ciegos,
déspotas sumisos de la memoria perdida.
Sólo amamos...
Amparados a la piel que nos transpira y unge,
avatares desoídos por el mundo.

Sólo la palabra:
el poeta y su trampa,
para que tal vez tropieces desde la noche
con esta soledad que compartimos.

Ronald Bonilla (Costa Rica)

Saco y corbata

Tengo un corazón
que viste de saco y corbata.

Cada vez que lo veo
se me desacomoda el aire

se me erizan
las cejas en la espalda

se me anudan los ojos
en la garganta

y la voz se me escapa
por los pies.

Shirley Villalba (Paraguay)

Yo tenía mi guerra

Yo tenía mi guerra,
mi juego de dardos para matar el tiempo
y apostar a que Cristo vendría a mi abalorio.
Yo salía a las calles;
educaba mis perros, les mostraba
cuánto muerde el blasón de la jauría.
Yo tenía mi ínsula,
Mi barataria patria de gemidos
donde descansa en paz Altisidora.
Yo tenía mi retrato;
escrito mi epitafio a lo Desnos
"porque uno nunca sabe".
Yo conciliaba en mí
A Sun Tzu y Lao Tsé.
Previstos mis asuntos:
Mi caverna, mi glaciar, mi reno;
cuando babeles,
cuando bajeles
traen su Apocalipsis:
Gemelas cicatrices donde desova el tiempo.
Yo el Unigénito, el último.

Ramón Ordáz (Venezuela)

Bitácora

Todo comienza el día que el mundo acaba
Las aves que alguna vez
cantaron serenas en los árboles de enfrente
comienzan a emigrar
Los días se acortan imperceptibles
y el agua gris de los crepúsculos cede el paso
a una noche que apenas llega
y es ya el misterio en las ventanas
No sé si han sentido esa falta de aire
que turba el equilibrio, ese temblor
en los músculos
El corazón queda exactamente en el abdomen
Uno debe estar listo para enfrentar
ese viento del sur que trae la ausencia
Rotas las amarras debe uno bajar de las naves
simplemente. Quemar las naves, un desastre
si tus pies no tocaron a fondo el continente
Fino y frágil fracaso en las manos flacas de la suerte
Bueno es hacerse a la mar detrás del cataclismo
Recoger del sargazo las ruinas, las fosforescencias ilesas
No detenerse a mirar los peces muertos
Aconsejable asir las algas dislocadas, los hipocampos truncos
Da coraje alzar las criaturas que rompió la tempestad
y no mirar al azul: que te da vértigos
No otear las estrellas
No tocar el cuerpo del viento, ese cómplice hipócrita
No mirar hacia atrás: las sirenas son bellas
inquietante la espuma de las islas
Ah pero yo ordeno el delirio
promulgo el horizonte sin límites
Indico al escándalo de las islas
qué fondos necesitan mis naos
Y nada de alisios
Nada de música de mar
Exijo catástrofes
Rones que intenten echar bruma en mi paso
Magias que me abran de nuevo a la inocencia
Blancos caballos de furia
que hollen la piel con sus cascos más duros
¿A ver qué mínimo dios podría doblegarme?
Vientos, vientos, tomen en mi pómulo
el grano fabuloso del maizal de mi sangre
Que la luz enferma no me alumbre
Ni me ampare la sombra
Yo anunciaré los caminos
las buenas nuevas que anoche trajo el verano
Yo traeré a la mesa las viandas más finas
Yo alzaré en los dedos el trofeo antiguo de la risa
Y estoy seguro será hermoso

Alex Pausides (Cuba)

PÁGINA 13 - Narrativa

El encuentro con Rou

Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Paseaba desalentado por falta de ideas para escribir.
La fortuna que consiguiera con esos negocios había terminado con mi — hasta entonces — prolífica imaginación.
Los poemas no fluían como años atrás y las narraciones se iban haciendo esqueléticas de vivencia, huecas, superficiales... cómo decirlo...
Abordaba cualquier experiencia para tratar de extraerle un argumento. Pero no había caso. Tenía cerrada la puerta de esa parte de la cabeza que contiene la imaginación. Y la puerta tenía cerrojos inviolables que habían ido forjando demasiados años dedicados a cuestiones muy lejanas de la Vida, y me habían sumido en las cosas banales de la vida.
Llovía sobre las veredas. Guarecido por los balcones de las viejas casas de ese barrio de París, iba esquivando los charcos, casi con ganas de no esquivarlos y de que no fueran charcos.
Miraba dentro de los bares, como buscando alguien conocido.
Eso duró toda la semana desde que regresé a mi país.
Había estado tres años seguidos atendiendo los intereses de la empresa en América. Había visto la miseria como nunca antes desde la guerra y había traído conmigo la desazón de esos pueblos. Comía poco, tomaba bastante. Creo que tomaba más por hastío que por gusto. Tomaba para olvidar quién era, o mejor dicho, quién había sido.
Tener una participación en la empresa, no agregaba nada. Sólo me traía más dificultades. También dinero, es cierto, pero en lo mío, nada.
Y aquí me encontraba, sin poder someter una sola línea a la voluntad de la máquina de escribir. Sin una idea.
Vagando en busca de algo.
Al séptimo día —que algunos suponen fue el descanso del Creador—, por la calle Lafayette, encontré un misérrimo barsucho y, en él, a un amigo de años atrás que hacía juego perfectamente con el lugar.
Estaba echado sobre la mesa tras una botella vacía de vino, con el vaso aún entre sus manos.
Me acerqué y comprobé que dormía. Todos esos años sin verlo. Miré las arrugas de su rostro y la ropa sucia y vieja que vestía. En su tiempo fue un joven agraciado, mujeriego, talentoso y requerido por la gente. Siempre tuvo una vida divertida (eso suponía yo), embistiendo todo con su esplendor y su juventud.
Lo miré un momento más y apoyé mi mano sobre las suyas. Le saqué el vaso y apreté cariñosamente sus helados dedos. Se despertó lentamente. Lo bebido lo tenía hasta extrañado de sí mismo. Me miró, apretó los ojos y se le surcó más aún el rostro. Levantó la cabeza, volvió a verme y se le iluminó la mirada. Una sonrisa nació en sus labios. Sus comisuras hacia abajo, disimuladas apenas por la rala barba canosa, indicaban un gesto duro y tiempos no muy alegres.
Hablamos de él y de mí, le conté mi cuasi tragedia de no poder escribir. Se rió como me gustaba verlo, con esa furia y esa gracia que divertía a quienes lo conocíamos, y aplastaba a los que quería herir. Rió, y a pesar de la amistad, sentí que también se reía de mí. Reía de verme como era, sin los disfraces que el resto de la gente tiene en cuenta.
Rou era el mismo y yo, era yo sin vestimentas ni status ni fama ni posición. Éramos ni más ni menos que nosotros.
La charla derivó a contarnos mutuas historias de viajes y de gente.
Bebimos varias botellas de vino y pugné para que me relatara sus cosas. Ahora creo que algún demonio ya pensaba entonces un plan dentro de mi cabeza.
Me refirió una historia. Gocé, sufrí, viví esa historia. Le pedí que me confiara otra más. Se negó. Respondió que le pertenecían como me pertenecían las mías.
Ese demonio ya lo había pensado. Indudablemente ya se había procurado una trama para conseguirme otra vida, lejos de los negocios y la posición; cerca de la creación, a cualquier precio.
Esperó en silencio. Al fin le propuse pagarle sus historias. Dijo que no cambiaría por nada del mundo lo suyo, mucho más valioso que los objetos que podría darle a cambio. Insistí, rogué, supliqué y a pesar de todo, se mantuvo en el no.
Le dije que no tomaba esa respuesta como definitiva, que lo pensara, que lo volveríamos a charlar. Y concertamos vernos al día siguiente en el mismo lugar, a las cuatro de la tarde.
Lo llevé hasta su casa, o lo que así llamaba. Subí un momento hasta el altillo, una habitación de cuatro por cuatro, dos ventanas, una cama, una mesa, una silla, dos viejos sillones, una biblioteca, papeles esparcidos por todos lados, lápices, una vieja máquina de escribir, fotos, cuadros de cinco o seis famosos —los más, desconocidos—, frases de Rimbaud, Hölderlin, Artaud, pegadas en los marcos de las aberturas con chinches. Afiches, poemas, un tocadiscos, una alfombra deshilachada, cortinas eternas, máscaras de ceramistas ignotos, tres o cuatro pequeñas esculturas…
Masculló un «hasta mañana» que apenas comprendí y se tiró sobre la cama.
No me dio lugar a nada. Quedó dormido, como muerto.
Recorrí la habitación, tropecé, miré, leí lomos de libros, citas de poetas y filósofos mezcladas con telarañas de suciedad, de abandono y de desidia.
Lo miré. Estaba boca abajo, haciendo un ruido tremendo al dormir.
Al salir, cerré por fuera y bajé por la escalera peligrosa. Llegué a la puerta, entré al auto y me fui lentamente.

Millones de ideas revoloteaban por la cabeza pero no tuve más remedio que acostarme.
Ignoro si dormí o no, en qué pensé, o si estuve soñando.
Al día siguiente hablé por teléfono avisando que no iría a la oficina.
Anduve todo el día a la espera del horario del encuentro.
Por fin fueron las tres y media en mi reloj.
Salí hacia él o hacia mí mismo.
Antes de la hora, ya estaba en el barsucho del día anterior. Me senté a la espera de que llegara.
El campanario lejano confirmó la hora, pero no aparecía.
Recién a los treinta minutos y cuando la impaciencia impulsaba para salir a buscarlo, descubrí que miraba por la vidriera del bar. Al verme, saludó con una mano y entró. Se sentó frente a mí, como un espejo.
Hablamos de la ciudad y de otras cosas. Invitó a una muestra de pintura. Me opuse. Dije que estaba esquivando hablar de lo que habíamos dejado pendiente. Contestó que mientras fuéramos hacia la galería, charlaríamos del tema.
Pero decía todo con un tono de restarle importancia mientras su desinterés crecía proporcionalmente a mi angustia y mi ansiedad.
Propuse pagarle con cosas sus vivencias.
Le ofrecí un departamento que tenía desocupado en un buen barrio para que viviera confortablemente a cambio de algunos relatos.
Al principio me miró como no creyendo lo que decía. Luego dijo que formalizáramos. Pero lo único que prometía eran las historias, que no pretendiera que fueran verídicas. Me negué y dije que debían ser verídicas, vivenciales, de otro modo, no le pagaría nada; aunque creo que toqué algo de él que no esperaba, porque algunas de ellas me parecen más producto de la fantasía de ese loco que de su vida. No puede ser que haya hecho ciertas cosas. O sí — ¿cuál es el límite de los demás? —, sí hice todo lo que hice por estas narraciones.
Al fin, prometió veracidad. Le creí, de apurado que estaba por obtener vidas para escribirlas.
Me refirió muchas que escribí con fe y dedicación, situaciones y personajes complementarios. Cambié finales, quité hechos o los sustituí por otros; creé psicologías y arquetipos, vidas y obras.
Dejé trabajos formales. Me emborraché después de mucho tiempo. Vagabundeé y me dejé mojar por la lluvia bohemia de las tardes, quedándome dormido en los bares, yendo a las exposiciones de cuadros, hablando con los artistas, escuchando música, viviendo en su pieza.
Él, por su parte, se viste bien, maneja automóvil, cumple horarios y compromisos, bebe lo justo, apenas sale fuera de las reuniones que el protocolo de su nivel requiere y dentro de algunos años, cuando el hastío y el vacío sean como lo fueron en mí, buscará por los bares a otro como era antes, o como soy ahora.
A otro en quien pueda escapar cambiando todo lo que tenga por unas historias para recuperar el tiempo perdido en la vida minúscula del hombre de afuera.

PÁGINA 14 – Narrativa

Rincón del Diablo - Capítulo 28: Los perros de Cipriano

Por Víctor Heredia (Buenos Aires/Argentina)

El que lame su cara y empuja su mano con el hocico frío es Vladimir. Lo reconoce por el olor a estiércol. De todos sus perros es el único al que le gusta revolcarse en la boñiga reseca. Ni Fedor ni Aqueronte son capaces de un acto tan repulsivo, lo máximo que se permiten es hurgar en alguna carroña o empolvarse las pulgas de tanto en tanto. Pero Vladimir encuentra un placer insólito en su chifladura y no deja pasar ninguna oportunidad. Fue el último en unirse a su tropa canina, quizá por eso no tuvo chance de aprender las bondades de la pulcritud. Cuando recorren los bañados el primero en meterse al agua es Aqueronte, por algo tiene nombre de río, después le sigue dubitativo Fedor, con miedo y duda, hasta que se acostumbra y termina zambulléndose. Pero Vladimir rodea los pajonales hasta dar con un lugar por donde pasar sin mojarse. Otras veces se queda a esperarlos sobre alguna loma y, si entiende que la jornada será larga, vuelve a Puente Blanco a dormir a la sombra exigua de las palmeras.
Sin abrir los ojos aún, Cipriano piensa que debe bañarlo. Hace un momento soñaba con su padre: Justo Gómez le insistía que desbrozara el monte alrededor de la casa. Se hallaba parado en medio del bello jardín, ese que, por abulia o tristeza fuera abandonado, y señalaba el horizonte. Él asentía afligido. Frente a ellos la selva cubría rápidamente el terreno y amenazaba con taparlos a ellos también. Se veía arremeter a machetazos contra esa monstruosa y animada pared vegetal, las ramas que cortaba para librar a su padre caían una tras otra pero se multiplicaban hasta hacer inútil su esfuerzo. Por fin lo veía caer ahogado en la maraña.
Fue a esa altura que la lengua húmeda de Vladimir lo despertó. Acaba de recordarlo y también de recuperar su pesadilla y vuelve a decirse que es imperioso que lo bañe, pero no se decide a luchar contra el peso que mantiene cerrados sus párpados. Vladimir gime y mordisquea sus dedos. No entiende por qué su amo está quieto como un muerto y sin embargo tibio. Ladra con angustia, se torna vehemente pero, ante la falta de respuesta, gimotea y su hocico revuelve el suelo a centímetros del rostro de Cipriano. De pronto la mano se mueve y los dedos se estiran. Vladimir se anima y mete otra vez el hocico bajo la palma. Esta vez es distinto: ahora es él quien recibe la caricia, cesa de ladrar para agitar el rabo y disfruta del sabor salino de esa mano que conoce y que acaba de reanimar. Los dedos pellizcan, tantean, golpean suavemente su cabeza y rascan. Ahora está feliz y se ofrece, con el lomo apoyado contra el suelo, las patas abiertas, el cuello estirado. De pronto Cipriano deja de acariciarlo y se levanta. “Estoy peor que nunca”, se dice mientras busca un sitio donde apoyarse. Recién entonces repara en el desorden que lo rodea. Todo quedó igual desde aquel día en que arregló el techo: el andamio que armó con la ayuda del Seco, las herramientas desparramadas por el suelo y lo que alguna vez fuera una mesa, bajo una parva de hojas garabateadas, libros y sobras inconfesables atacadas por un ejército de hormigas blancas. Se recompone, quita los platos sucios y arroja los desperdicios al jardín llamándolo, pero Vladimir olfatea y al ver los enormes tacurúes se aparta. “¡Belona no era tan remilgosa como vos, perro harapiento, si ella estuviera viva se las comería feliz!”. Y Vladimir lo mira como si hubiera entendido la frase. “Pero se nos murió, perro estercolero. ¡Y creo que fueron tus compinches chúcaros los culpables!” La puerta que dejó entreabierta se abre de golpe y la enorme y negra figura de Aqueronte aparece en el vano. La voz de su amo es inconfundible, pero quizá también haya escuchado pronunciar el nombre de la única hembra que hubo en esa casa desde la muerte de Doña María Concepción: Belona, de pelambre lacia y blanca. Sus ojos que buscan por el cuarto parecen recordarla, pero Belona hace tiempo que no está por allí: la última vez que la vieron fue cerca del bañado, tumbada entre las cañas y malherida, después de una pelea con unos compadres cimarrones de Vladimir. De todas maneras se queda allí meneando el rabo, sin atreverse a entrar. Detrás de él se divisa a Fedor, su eterna sombra, su hermano de caza y de riñas. Cuatro días atrás pelearon con dos cimarrones; Fedor también recibió algunas mordidas, pero de una dentellada se sacó de encima al más pequeño. Gruñe. No le gusta Vladimir. Le hace recordar a Belona tendida entre las cañas y quizá no entiende por qué está allí mientras él no puede pasar. Lanza otro gruñido contra Vladimir y finalmente se echa junto a Fedor a la sombra del chircal. Allí se está mejor.
“¿Ves, Vladimir? Tus compadres conocen las reglas de esta casa, así tendrías que actuar”.
Cuando terminó de acomodar se echó en la hamaca y la sombra del timbó lo cobijó, mientras compartía un jamón reseco de jabalí con sus tres perros. “¿Qué te pasa, Aquerón? ¿Ya no te gusta el pecarí?” Los ojos tristes lo acompañaron hasta que se volvió a adormecer.
El sol del mediodía curtía los cueros colgados de los alambres y el silencio se desplomó alrededor. La hamaca desflecada apenas lo sostenía, a cada movimiento un nuevo hilo se soltaba y estuvo a punto de reventarse del todo cuando clavó sus botas en el medio, para acomodarse mejor.
A media tarde las palmeras comenzaron a vibrar al influjo del viento y Aquerón se levantó con la cabeza gacha para echarse cerca de la mano que pendía fláccida. Lamió hasta que ya no percibió gusto alguno en lamer y volvió a caer en el mismo sopor que adormecía a sus compañeros. Salvo el temblor que ganaba su cuerpo y hacía estremecer su cabeza, todo parecía normal. Pero cuando la espuma blanquecina rebasó sus belfos volvió a gruñir y se lanzó a la carrera contra Vladimir. Le cortó la yugular de un solo tarascón. Después se volvió contra Fedor pero éste comenzó a ladrar y a correr alrededor de la casa. Cipriano saltó de la hamaca, vio a Vladimir y entendió en un segundo lo que sucedía, pero ya era tarde: Fedor también yacía al costado de las chircas, en un charco de sangre. Cuando sacó su cuchilla, Aquerón babeaba frente a él. Sus ojos lo escrutaban desde un mundo afiebrado y hostil, sin embargo creyó ser reconocido y dudó. Justo en el momento en que Aquerón se le abalanzaba sonó el disparo que lo atajó en el aire y lo estrelló contra la pared. El Seco bajó de su caballo y se persignó.

Hicieron el pozo lejos de la casa, profundo, para que las mulitas no los encontraran fácilmente y volvieron en silencio. A la segunda copa de caña, el Seco colocó dos cartuchos nuevos en la escopeta y se levantó.
— ¿Y ahora adónde vas?
—Ya me vuelvo. Vine a salvarte la vida, che, no a casoriarme con vos.
—Gracias.
—Pensé que nunca ibas a decírmelo. Me mandó Belinda. Dice que si te olvidaste que le debés una conversación.
—No me olvidé, pero...
Entonces el domingo te espera en La Mimosa con Paula y Cristiano. Y que si querés seguir trabajando con nosotros tendrías que dormir allá. ¡Hace rato que usted no es más puestero, capataz! Está un poco dolida y creo que tiene razón, vos nunca estás.
—Tomate otra.
—No, tengo un trecho largo de monte y... ya sabés. Pierdo la puntería cuando me paso. Lamento lo del perro, compadre. Lo lamento de verdad –había una lágrima en la voz del Seco y Cipriano se acordó de aquel toro en La Mimosa.
— ¡Justo vos!
— ¡Qué vas a hacer, así son las cosas! Ya van a venir otros a pedirte refugio, no te preocupés.
—No creo que quiera perros por un tiempo.
—Pensalo bien, mirá que a vos los lutos te duran demasiado.
—Decile a Belinda que le tomo la palabra, voy a quedarme allá con ustedes, aquí ya no me queda nada, che. Y no quiero agregar.
—El que está por agregar y en serio es Julián, ayer llevó a la mujer a Weisburd por el asunto ese de la sordera y ¿qué te cuento?, está embarazada. Me hizo reír el infeliz. Porque Angustias ahora escucha todo, le sacaron dos tapones de cera grandes como corchos y, a la noche, cuando le dan esos ataques de sonambulismo, él le silba como vos le dijiste. Dice que lo tiene bailando hasta la madrugada y que después se acuesta lo más pancha, pero a la mañana el que tiene que hacer el desayuno para los chicos es él. Está pensando en contratar a Los del Salado para que le den una mano y así, mientras ellos tocan y ella baila, poder dormir tranquilo. Y guarda, que te lo piensa cobrar a vos que fuiste el de la idea. ¿Te mordió? Aquerón digo, ¿alcanzó a morderte?
—No, Seco, era un perro extraordinario.
—Bueno, veo que no hay otra cosa que se pueda hacer por aquí.
Pero se quedó un rato más, con la excusa de que se le estaba por caer una herradura a su caballo. Se demoró hasta que supo que Cipriano no diría una palabra más sobre los perros. La vieja casa construida al estilo de las de Weisburd parecía más vieja y silenciosa que nunca pero, mientras esperaba que Cipriano le alcanzara una tenaza para acomodar los clavos, le pareció escuchar un gemido. Atento a todo, Cipriano lo miró y le dijo:
—Son los chifletes, Seco. Nadie llora por aquí. Es el viento que viene a hacerme compañía por última vez.
Recién entonces el Seco montó y se fue al paso en busca del recodo. Cipriano lo siguió con la mirada hasta que se perdió en el monte. Después de un rato entró y escuchó atentamente.
Estaba solo.

PÁGINA 15 – Poesía allende el mar

El sol en un pozo

Ciego desde su nacimiento y solo
el lisiado caminaba por la calle.
Nosotros disimulábamos como si no lo conociéramos
con miradas distraídas y lejanas
masticando chicles
a pocos pasos de la casa abandonada.

Luego vino un chaparrón tremendo
que apagó el polvo de las calles
diluyó los colores de los edificios
inundó los huertos de los jubilados
el jardín de la plaza principal
maltrató los árboles de tronco débil
hasta un farol dobló ese viento.

Entonces el lisiado se puso a correr
sacudiendo con las manos
el vacío que no podía ver
pero que desde siempre lo rodeaba.
Nosotros nos quedamos escondidos
dentro de la casa abandonada
disimulábamos como si no lo conociéramos
riendo a carcajadas
fumando un cigarrillo detrás de otro
observando la lluvia y después las estrellas.

Por eso el sol se fue de nuestro mundo
teníamos que hacer cola para verlo
sofocado dentro de un pozo, allá abajo
en el fondo.

Il sole in un buco

Cieco dalla nascita e solo
lo storpio arrancava per strada.
Noi facevamo finta di non conoscerlo
con sguardi distratti o lontani
masticavamo gomma americana
a pochi passi dalla casa abbandonata.

Poi ci fu un tremendo acquazzone
che spense la polvere della strada
diluì i colori dei muri dei palazzi
affossò gli orti dei pensionati
il giardino della piazza principale
maltrattò alberi dall’esile tronco
il vento piegò persino un lampione.

Allora lo storpio si mise a correre
con le mani perse nel vuoto
non visto ma che da sempre
gli girava intorno.
Ora noi ce ne stavamo nascosti
dentro la casa abbandonata
facevamo finta di non conoscerlo
presi a ridere a crepapelle
fumando una sigaretta dietro l’altra
a osservare la pioggia e poi le stelle.

Per questo il sole uscì dal nostro mondo
si doveva fare la fila per vederlo
strozzato dentro un buco, giù
giù in fondo.

Alessio Brandolini (Italia)

Isolda

Si alguien sabe de un filtro que excuse mi extravío,
que explique el desvarío de mi sangre,
le suplico:
Antes de que se muera el jazmín de mi vientre
y se cumplan mis lunas puntuales y enteras
y mis venas se agoten de tantas madrugadas
en las que un muslo roza al muslo compañero
y lo sabe marfil pero lo piensa lumbre;
antes de que la edad extenúe en mi carne
la vehemencia, que por favor lo diga.
Contemplo ante el espejo, hospedado en mis sábanas,
las señales febriles de la noche inclemente
en donde el terso lino aulaga se vertiera
y duro pedernal y cuerpo de muchacho.
ciño mi cinturón y el azogue me escruta,
fresas bajo mi blusa ansiosas se endurecen
y al resbalar la tela por mi inclinada espalda
parece una caricia; y la boca me arde.
si alguien sabe de un filtro que excuse mi locura
y me entregue al furor que la pasión exige,
se lo ruego, antes de que me ahogue
en mi propia fragancia, por favor,
por favor se lo ruego:
que lo beba conmigo.

Ana Rossetti (España)

Áspera montaña

Tuvo a casi todas las mujeres y a todos los hombres; ministros, genuflexos, temerosos, traidores, inventores, delatores, sacerdotes, críticos y consejeros; tuvo los soldados y las leyes, el servicio y la servidumbre, los navíos y las armas, el sextante y los sabios, los honores y la gloria.

Tuvo un imperio donde nunca se puso el sol.

Un día un rayo o un ángel o la vergüenza lo alcanzó. Tomó el camino de la montaña y se encerró en el helado monasterio.

Alli vistió su cuarto de terciopelo negro, imponente como el dolor por su madre.

Y en Yuste, Carlos V se dedicó a orar para siempre.

Carmen Verlichak (Croacia)

El país extraño

Desde muy lejos
vienen los que piden asilo
vienen en barcos,
en aviones,
en trenes,
caminan por la noche,
a través del calor y de la nieve,
encuentran en el frío
la soledad de su aliento,
escriben en las paredes
de su escondite la maldición
de su lenguaje de migrante,
lenguaje, lanzado,
esperando un eco
bajo el cielo diferente.

A lo lejos
desesperadamente los que huyen
buscan una morada en sí mismos
construyen de su nostalgia
el puente secreto del regreso.
Les queda creer
en el gesto amable
de alguien
les queda confiar
en el brillo
de los ojos de un desconocido.

Ulrich Grasnick (Alemania)

La voz de Dostoyevsky

Dostoyevsky me devuelve la vida.
Se aparece por todas partes
agitando la bandera, incitándome.

¿De qué manera? No lo sé.
Algunas veces, escucho su voz
pero cuando lo busco, me evade.

Intenta coger su pluma
en medio de las estepas congeladas, sus sabanas de invierno,
las calles bordeadas de árboles de San Petersburgo.
Después se queda en silencio, absorto, todo oídos:
como si por fuera de de sus profundidades
me escuchara también, incitándolo.

Empero a veces miro por mi ventana
sólo hay olas, árboles,
la torre del reloj y algunos navíos.
No veo señal alguna de él pero encuentro su voz
en el sonido callejero:
en la voz de los trabajadores, el silbido de la fábrica
y de los navíos retumbando desde las profundidades.

Ron Riddell (Nueva Zelanda)

PÁGINA 16 – Narrativa

Escritos de la casa nueva

Por Irma Verolín (Buenos Aires/Argentina)

Esta es la historia de una mujer que compró una casa vieja. Una casa para remodelar. Yo soy esa mujer y esta es la casa, la historia y la casa van juntas. Y siempre digo, mientras me canso de trajinar yendo y viniendo con una brocha en mano de una punta a otra de esta decrepitud: Cuando cumpla mis cincuenta años voy a terminar. Lo digo a cada rato para convencerme o para que el tiempo se estire y me dure, para que el tiempo se haga más grande que la casa, para que el tiempo se ensanche, sólo así tendré el espacio y podré mejorar lo que por ahora parece inmejorable.
La casa ha sido vieja durante demasiado tiempo, por eso resulta tan difícil procurar que no lo sea más. Las paredes repletas de grietas se burlan de mi buena voluntad, de mi empeño por rejuvenecer y hacer bello lo que es vetusto. Cuando vi por primera vez estas paredes sentí el desafío. Yo, que soy una mujer que comienza a ser vieja, pretendo que al menos lo que me rodea deje de serlo. Es lo único que me alivia y me ayuda a vengarme del castigo de ver mi cuerpo así, tan distinto a lo que era. Aquella primera vez en presencia de la dueña que mostraba en sus ojos el deseo ferviente de que yo fuera por fin la compradora de su casa vieja, vi los techos agujereados por culpa de la lluvia y me dio tanta pena por la casa, tanta pena que decidí comprarla y cerré rápido los ojos y dije “sí”, como si se tratara de un casamiento.
Compré una casa vieja, una casa que tuviera algo para decirme.

Era tanto lo que debía hacer en la casa que yo no quería ni pensar ni calcular el tamaño de una pared. Me imaginaba que arreglar la casa, pintar las paredes era como escalar una montaña. Para llegar a la cima era preciso no mirar hacia abajo. Pero me equivocaba. En la casa sucede al revés que con la montaña, al mirar hacia arriba me topaba con los cielorrasos: calamidad de manchas e imperfecciones. Había que subir a mirar los techos. Hacia arriba estaba la profundidad de la montaña. Mi casa es una montaña al revés.

Una mañana descubrí que los pinceles que yo tenía para pintar las paredes eran más viejos que las paredes. Los miré un largo rato, los toqué, los estudié en silencio. Las paredes tenían una rugosidad que había terminado por contagiar a los pinceles. ¿Qué hacía? ¿Compraba pinceles nuevos o tiraba las paredes abajo?

El esplendor de una pared recién pintada es el único esplendor que puedo imaginar por ahora. Pero la pared es como un mapa absurdo con ondulaciones y excavaciones de inusitadas profundidades. El esplendor no está en ninguna parte o mejor dicho, está en el futuro de la pared. Yo trato de ver más allá de este presente cuando miro la pared, imagino mi mano pasando mil veces sobre la superficie rugosa, mil millones de veces. Y mi mano pasando más el tiempo sumado o acumulado en ese sitio inconcebible donde se repliega el tiempo, hacen de la pared ese esplendor, como si yo mirara a través de las capas de aire y allí estuviera el futuro o mi pared en el futuro. Entonces yo seré más vieja y frente a la suavidad de la pared, la rugosidad de mi mano. Tal vez tendré cincuenta años cuando eso ocurra, porque eso debe ocurrir, no hay nada más importante en el desfiladero de los sucesos que ese esplendor de pared que me espera del otro lado del aire.

Durante un tiempo, desde aquel día en que compré la casa, estuvieron unos hombres trabajando. Tiraron abajo paredes, levantaron otras y la fisonomía original de la casa cambió, aunque no demasiado. Por la noche yo venía hasta aquí y, a falta de luz eléctrica, entraba tanteando y reconociendo el espacio paso a paso. La oscuridad ocultó para mí la nueva fisonomía de la casa. La oscuridad era más grande que la casa en aquellos días en los que la casa no era de nadie, o mejor dicho, en aquellos días en los que la casa le pertenecía a la oscuridad y entrar en ella era como entrar en un agujero del alma.

Por fin logré subirme al techo. Fue un relámpago, un vértigo que jamás imaginé. El resplandor del sol golpeó contra el cinc plateado y la luz me pegó en los ojos. Y el mundo quedó boca abajo. Alcancé a apoyar el otro pie y la escalera dio la impresión de hundirse en un abismo que agujereaba el mundo. Caminé temblando, la calle se veía lánguida y colegial y del otro lado un paredón y lejos, más lejos, la iglesia con su campanario. Los árboles. Los árboles. Más techos y nadie, ninguna persona en ningún lado. No bien caminé un poco encontré un pájaro muerto, seco, desplumado, muerto de quién sabe cuánto tiempo atrás. Habiendo tantos lugares en la ciudad el pájaro tuvo que venir a morirse justo sobre mi techo, seguramente la luz también lo golpeó a él, el pobre pájaro debió confundir la superficie plateada con un lago. Se veía como una cosa estrellada contra la nada, las alas abiertas y la cabeza hacia un costado. Lo dejé ahí para que continuara secándose.

Uno de los dos árboles que están frente a mi casa tiene un agujero. El agujero parece siempre igual, pero sé que eso no es cierto, el agujero crece con lentitud de planta y en algún momento en el futuro, que está más allá de donde ahora mis ojos llegan y llegarán, en el futuro entonces el agujero se habrá comido al árbol y no habrá más árbol, sólo agujero y cuando salga de mi casa tendré que esquivarlo con el cuerpo para que en ese futuro inalcanzable el agujero no me alcance a mí, no me devore, no se confunda con mi sombra.

Pinto las paredes con un reglamentario y estropeado equipo: un pantalón decolorado y una camisa a cuadros que una vez fue la camisa de mi cita de amor. Me la compré exclusivamente para ir a esa confitería y decirle al hombre que lo amaba. Los colores de los cuadros eran más vivos que ahora y supongo que elegí la camisa para darme ánimos. Debo decir que la cara del hombre al escuchar mi declaración no fue lo que yo esperaba. Él dijo que lo pensaría y lo siguió pensando por lo visto mientras yo seguí usando la camisa año tras año, hace ya tantos. Y la sigo usando ahora que ya no pienso en él, ahora que ni siquiera me pregunto si él piensa en mí. De todos modos aquel hombre ya no podrá encontrarme, me he mudado y las paredes oscuras antes de la pincelada apenas contrastan con los colores de los cuadros de la camisa.

Cuando estoy arriba, en el último escalón de la escalera, la casa se siente tan profunda que me asusta pensar que yo vivo metida adentro de semejante profundidad. Me tiro al suelo y me extiendo como una lagartija, me extiendo tanto que creo hundirme más abajo de todo, entonces el arriba y el abajo que son parte de este mundo me llenan de contrariedad y mi cabeza estalla. Mi pobre cabeza hecha de barro, que se convertirá en cenizas, se siente tan cerca de la casa que me dan ganas de llorar.

Estaba cansada de subir y bajar las escaleras llevando y trayendo cosas, trayendo y llevando. Entonces cuando debí bajar el colchón y unos cuantos almohadones los tiré desde lo alto y cayeron al fondo del patio, blandos y decisivos. Qué alivio, qué placer. Así comprendí a las mujeres que luego de echar a sus maridos de casa, tiran su ropa por el balcón.

Los albañiles me explicaron que existen dos clases de escaleras. Las que dan cara al cielo y las que están encerradas dentro de las casas, bajo un techo que a veces las cobija y otras las aprisiona. Las escaleras que permanecen a la intemperie tienen los escalones inclinados hacia abajo, con un desnivel para que lluvia se resbale cuando cae, cuando se precipita sobre el mundo. Las otras, en cambio, están hechas con escalones lisos, rectos, de una horizontalidad endemoniada, porque la lluvia no entra en las casas, se queda sobre los techos y se escurre por canaletas blancas por fuera y negras por dentro. Mi escalera, me explicaron también, pertenece al primer tipo. Vea, me dijo el albañil número uno. Vea qué desnivel. Espere a que llueva y observe la languidez que tendrá el agua gracias a ese declive, agregó el albañil número dos, aunque lo dijo con palabras menos estilizadas. No esperé para ver semejante cosa, sino que teché el patio entero y la escalera entonces pasó a formar parte del segundo grupo, de las cobijadas o aprisionadas, según se mire. Ahora bien, el conflicto es que el declive de los escalones se ha vuelto completamente inútil y ha dado nacimiento a una enorme contrariedad. Las escaleras internas como esta, la mía ahora, son bajadas y subidas en estado de despreocupación por esa creencia que existe de que la casa propia es segura, por lo propia, por lo encerrada. Las escaleras de la intemperie suelen subirse y bajarse con el cuidado de los que saben que están en terreno ajeno. Mis pasos entonces no se corresponden con el declive de esos escalones que, dos por tres, me empujan hacia el suelo como si yo estuviese hecha de agua. La escalera y mis pasos tienen ahora un severo conflicto de identidad. Así es la vida. Las cosas nunca encajan completamente donde deben encajar, ya que si fuese de otra manera en vez de mundo estaríamos habitando un paraíso. Lo cierto es que habitamos este crudo mundo con los pies que tenemos y la escalera que nos legaron, la que vino con la casa. Y no hay más remedio.

El albañil me dice que no importa, que no se va a notar. Yo miro la cara del albañil y miro a la vez los azulejos que acabo de conseguir que son de un blanco distinto al de blanco angustiado de las paredes. Me cuesta creerle a este hombre que pierde su vista bonachonamente en esa lejanía de pared, pero él insiste, me explica que con el tiempo todo se va a asimilando porque la compañía contagia y así este blanco blanco se irá volviendo gastado como el de las paredes. ¿Por qué no le creo? ¿Por qué sospecho que quiere terminar cuanto antes el trabajo? Es que me cuesta creer que el tiempo doblega mi voluntad y hace de las suyas, ya sea en las paredes, en los colores o en la piel de mi cara. Le digo entonces al albañil, luego de escaparme furibunda de la inmensidad de mis pensamientos, que proceda a terminar el trabajo, que mezcle esos dos blancos como si jugara con el tiempo y pusiera de una buena vez sobre el tapete la conclusión a la que no quieren llegar mis pensamientos. Veo que el hombre se encorva sobre el balde lleno de un mejunje gris y cubre la contratara del azulejo y luego lo apoya sobre la pared ¡Con cuánto desparpajo lo hace! Qué falta de conciencia. El tiempo, subrepticiamente, se ha deslizado por detrás de su espalda y nos desabrigó a los dos. Y aquí estamos y allí está mi pared y el mundo sigue andando.

Cuando llega la noche pienso en los albañiles. Sus manos rugosas, su forma de encorvarse para comer. Toda la espalda cóncava encerrando el bocado de comida y esos ojos de gente de techo ajeno y esa odiosa forma de hablarme con tono condescendiente cuando les pregunto algo sobre el comportamiento de las paredes, como si yo fuese una niña a la que hay que explicarle todo y ellos estuvieran cansados de contestar cosas tan simples de entender. Siento celos, ellos y la casa guardan un secreto, un profundo conocimiento del que estoy excluida. Después recuerdo el hueco que sus espaldas forman a la hora de comer y ya no me importa. Creo que tienen un hambre muy grande y sus bocas intentan ocultarlo, del mismo modo en que las paredes esconden ese misterio de materia dura, esa extraña forma de vivir que tienen las casas en su interior.

PÁGINA 17 – Artículo ensayístico

Horacio Salas: crónica provisoria

Por Esteban Moore (Buenos Aires/Argentina)

En la primavera de 1971, aparece en las vidrieras y mesas de algunas librerías de la ciudad, un libro con una tapa en la que su diseñador, Oscar Smöje, realiza en un estilo propio del Pop Art, un collage con diversos personajes del mundo de la historieta. Allí, en un mismo plano, los curiosos y el “…despreocupado lector…” podían ver, entre otros, a Popeye, al ratón Mickey, a Dick Tracy, a la pequeña Lulú, al Llanero solitario, a Langostino, Batman y Superman. Su título, Mate pastor,[1] no aclara significativamente el asunto del mismo; quienes practican el deporte de la inteligencia, incluso podrían confundirlo con un estudio de la clásica combinación del ajedrez.
En sus páginas no existen alusiones ni se menciona a los mellizos de Éfeso, tampoco a los de Siracusa ni a ningún otro personaje de Una comedia de errores; sin embargo se estaba suscitando una: algunos de los que se consideraban conocedores del género se referían a él como libro de poemas, incluso no faltó quien, ebrio de audacia provinciana, sostuvo: “eso no es poesía”.
Ese era ya el sexto libro de Horacio Salas (Buenos Aires, 1938), quien anteriormente había dado a conocer en poesía: El tiempo insuficiente (1962), La soledad en pedazos (1964), El caudillo (1966), Memoria del tiempo (1966) y La corrupción (1969).[2]
Mate pastor es un largo poema narrativo, cuya estructura se articula con una serie de pausas que seccionan el relato, creando la ilusión de que las distintas partes, como si se tratara de una novela, puedan ser leídas como capítulos, fracciones de un mismo objeto. Salas recurre a su memoria y experiencia; los elementos autobiográficos se funden con hechos protagonizados por otros individuos en distintas latitudes, los acontecimientos locales se mezclan con los ecos de aquellos que sucedieron y suceden en otros rincones del planeta, integrándose en su discurso poético en el que el pasado y el presente viven un perpetuo cruzamiento.
Este texto extenso, algo poco frecuente en la poesía argentina de las últimas décadas que se ha inclinado mayormente por el poema breve, tiene un antecedente en su bibliografía. Si no respetamos estrictamente el orden cronológico y realizamos un pequeño salto en el tiempo, podremos observar que en El caudillo, publicado cinco años antes, recurre a un procedimiento similar. En este libro que recoge un conjunto de textos de índole epopéyica y que también puede ser considerado un poema unitario, el poeta licúa su voz en la de su personaje, no sin advertirnos antes desde la portadilla: “Como no existe el bronce riguroso/ y la historia –sabemos- es incierta, / debo inventar en mi memoria al Chacho”.
En la evocación que realiza de la figura del general Ángel Vicente Peñaloza y su sufrido via crucis por los llanos de La Rioja, la voz del presente es aplicada al pasado; sin embargo, la intención no es revisar la historia ni colocarse fuera de los márgenes de su causalidad para recrearla, no existe la voluntad de resucitar a Cartago; la idea central gira en torno de la recuperación de una imagen histórica para integrarla metafóricamente a nuestra tradición poética y tensionar, como lo hace en otras oportunidades, ciertas proposiciones culturalmente sancionadas y aceptadas socialmente.
En El caudillo, según León Benarós: “…Salas transita el ejemplo rector de Borges, que abrió sendas con aquel poema en que Francisco de Laprida conjetura su verdadero destino, mezclando su sangre a la tierra americana, que le da una insospechada y alta dimensión de su ser. Desde ese ‘Poema conjetural’, y desde antes del también poema borgiano en que el general Quiroga va en coche ‘al muere’, el magisterio de Borges ha encontrado largos ecos. Pero Salas, sin desconocer el nexo posible, asume con verdad su propia voz, y entre sus excelencias debe destacarse lo sostenido del tono, la coherencia, la intensidad de sus poemas…”. Estas líneas, que, en su momento, lo presentaron desde la contratapa, destacan la presencia de Borges, asfixiante en esos años, y además reconocen en el por entonces joven autor una voz propia. Voz que por otra parte parece haber hecho suya una opinión de Walter Benjamin expresada con cierto énfasis en Tesis sobre la filosofía de la historia: “Toda imagen del pasado que no es reconocida por el presente como una de su propia incumbencia, nos amenaza con su irremediable desaparición”, palabras que Salas considera cuidadosamente cuando ingresa en el resbaladizo terreno de la historia.
Pero a diferencia de Borges que en poemas como “Isidoro Acevedo”, “Alusión a la muerte del Coronel Francisco Borges (1833-1874)”, “Página para recordar al Coronel Suárez en Junín”, “Acevedo”, “Los Borges” y “Coronel Suárez”, se impone la tarea de re-escribir su genealogía, Salas se propone articular el pasado históricamente, reconocer imágenes pretéritas, rescatarlas en momentos en que el conformismo reinante las pone en peligro en el ámbito difuso de nuestra memoria colectiva.
En los 60, en la Argentina, se renovaría una vez más la maldición de 1930; son años extraños y crueles en los que conviven una larvada violencia política y los happenings del Instituto Di Tella. Es éste un período en el que una melancolía de origen moral comienza a extenderse como un sarcoma en el espíritu de los argentinos. A fines de esa década, Salas da a conocer un volumen cuyo título es sintomático: La corrupción. Dice en “Los viejos”:

Soy casi un prisionero de la muerte.
Me conformo con releer antiguas revistas,
testigos de los años de adolescencia
que reviven en mí los recuerdos dormidos,
los paisajes que el tiempo ha derrotado.
No tengo más que un archivo de sucesos.
He vivido la historia que los jóvenes bucean en los textos,
pero el olvido traiciona mis ojeras.
Largas noches de insomnio acumulan los rostros,
las casas derruidas,
los persistentes sueños
que ya no me atrevo a continuar.
Mis hijos han crecido de mis brazos
y luego los hijos de mis hijos,
mientras el tiempo fue deteriorando mis sentidos.
Hace ya muchos años que comprendo
que la muerte está en mí,
que se apodera de mis menores gestos,
que me mancha las manos y la frente,
que me prohibe parte de la vida.
Los jóvenes me soportan
extrañados de este irónico azar que me sustenta.
No sin temor me acuesto cada noche.
La mañana es una alegría insólita,
un sabor que no puedo compartir.
Supe del desaliento, del amor, de los sueños;
he visto a la muerte ensañarse con mis viejos amigos;
me doblegó la impudicia de las enfermedades;
conozco la crueldad del dolor,
la oscuridad, la resignación y el miedo.
Sin embargo –secretamente-,
no quiero convencerme de que mis pocos días
sólo son la certeza de la muerte.

No obstante el clima de la época, ésta es una etapa de gran actividad para Salas, quien ejerce el periodismo en distintos medios gráficos y en la televisión e incursiona, además, en el ensayo. En 1968 publica La poesía de Buenos Aires, una antología de los poetas de la ciudad que incluye, y ésta no es una decisión menor, a varios letristas de tango.[3] Ese mismo año aparecerá Homero Manzi, en el que reafirma su relación con el tango y su poesía, y, en 1970, se edita Vicente Barbieri y El Salado, trabajo sobre un autor influenciado por el romanticismo que hace uso de formas poéticas tradicionales y a quien muchos críticos le otorgan cierta representatividad entre los integrantes de la promoción del 40.[4]
Al año siguiente dará a conocer el ya citado Mate pastor, texto que puede ser considerado un punto de inflexión en su obra, el calibrado definitivo de sus instrumentos de percepción. A partir de él, podemos realizar un doble paneo: hacia el pasado y hacia todo lo que sobrevendría posteriormente. En él la voz se afirma, desarrolla sus propias particularidades, tics y desdoblamientos. El poeta ya no actúa como un flanêur que mira con asombro y registra sus observaciones. Asume una nueva actitud, merodea por las calles, camina los barrios, se detiene en los cafés, escucha con mayor atención, les pone el oído a los sonidos, el tono y las inflexiones de su lengua en su medio ambiente: la ciudad.
Mate pastor sale al encuentro del público en un momento en que los principios activos de la prosodia, aquellos que constituyen lo que denominamos el tono, están siendo sometidos a revisión por distintos poetas. Alberto Girri, quizás uno de los autores más preocupados por la construcción de una nueva retórica, para quien las palabras desplegaban un brío atolondrado y falso para hacérsenos concretas, sostenía en Diario de un libro (1972): “…Que el tono se aproxime al del discurso normal […] discurso corriente transformado en poema”. Alfredo Veiravé a su vez les recomienda a los jóvenes poetas que expresen: “…su propia, íntima canción, la que suena en la cabeza […] la melodía que llevás, el estilo que te pertenece.” Salas sintetiza ambos criterios y su resultado es una escritura que nos recuerda la confesión de Baudelaire en el prólogo de Pequeños poemas en prosa: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días de ambición, el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, bastante flexible y bastante conmovida para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”
Lo que nos lleva irremediablemente a la forma. Lo que llamamos verso libre tiene en la actualidad una edad más que centenaria. En 1886 la revista parisina La Vogue, dirigida por Gustave Khan, difundió Marina y Movimiento de Arthur Rimbaud y algunas traducciones de Hojas de hierba realizadas por Jules Laforgue. Ezra Pound en 1913 ya había redactado y publicado en la revista Poetry su manifiesto del Imagismo, en el que en lo que concierne al ritmo especifica: “se debe componer en la secuencia de la frase musical, no en la secuencia del metrónomo”.
El verso libre establece los cimientos de una corriente poética que rechaza los modelos cerrados, y en la que el contenido es sometido a una revaloración, asumiendo éste una nueva preeminencia. El poeta cifra su empeño en el enunciado, en sus sueños y visiones. Los poemas serán modelados por sus emociones. En Verso proyectivo (1950) Charles Olson para quien “la forma no es nunca más que la extensión del contenido”, lo define como un verso que nace en la respiración del hombre que escribe y sostiene que es “la línea la que habla por el corazón”, a diferencia de la sílaba que lo hace desde la razón.
Éste es el sendero seguido en la segunda mitad del siglo XX por aquellos que intentan dar cuenta de una nueva sensibilidad, dotándola de un discurso poético lo suficientemente abarcativo de una modernidad que en la ruptura halla su esencia. Esta tendencia que se afirma definitivamente en el panorama poético luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, sentirá, en muchos casos, un relativo desprecio por los términos “poético” y “poéticamente”. Los integrantes del Movimiento Beat, particularmente Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, los consideran malas palabras; para ellos lo concreto es lo verdaderamente poético: “El detalle exacto sin bordados adicionales. De esto se trata precisamente la ética de los beats”.[5] Desde ese momento los excesos de la sensibilidad poética y el sentimentalismo que los representa, pesarán en la mentalidad contemporánea como un valor negativo.
En esta atmósfera, que en más de una manera le resulta funcional a su estrategia, Horacio Salas desarrolla una poética que no dudará en aprovecharse de los tópicos en cuestión para expandir los enfoques y el campo visual de su propia tradición. Su visión personal, en un tiempo en que la poesía se enfrenta a la brutalidad de lo real, persigue nuevas perspectivas y ampliar sus registros. El poema ya no se resignará a las comodidades de lo universal, indagará meticulosamente en las particularidades del espectro temático que le brinda el mundo circundante, “... la concepción abstracta / de la experiencia privada en su punto más alto de intensidad / universalizándose, eso que llamamos poesía”; afirmó T.S. Eliot en Nota acerca de la poesía de guerra.[6]
La voz con su timbre singular será su verdadera máscara, la que comenta la historia, manifestando opiniones y convicciones propias o ajenas; todo es válido, el objetivo lo justifica: la inclusión del otro. No habla para entretenernos, todo lo contrario, aferrada a los pliegues del silencio, comprende que el universo sólo será inteligible desde la locución de la palabra. Recurrirá a diversos procedimientos para erigirse sobre la página, siendo el más notorio la intertextualización. De esta manera penetran en el territorio del poema, en un contrapunto dialógico, los ecos de Quevedo, Borges, Molina, Girri, Ginsberg y Vallejo, viejas pintadas en muros descascarados, escenas de películas, fragmentos de la marcha peronista, el grito de un hombre sobre la mesa de tortura y letras de tango.
En Salas, la presencia del tango es recurrente; quizás sea ésta la forma más directa de declararse un adepto incondicional, desde el campo poético, del género musical representativo de la ciudad argentina más cosmopolita de nuestro territorio, posiblemente el producto más acabado de la cultura nacional. Esta postura lo diferencia decididamente de muchos de los poetas de los 60. En el prólogo de la antología El ’60 poesía blindada, Ramón Plaza, en una apreciación retrospectiva de la música de Buenos Aires, deja testimonio de los sentimientos que ésta despertaba en los poetas jóvenes de la época: “La mayoría se fascinó con lo coloquial, con lo conversacional. Se interesaron profundamente en la poesía que emanaba del tango, tratando de desentimentalizarla pero no en el tango precisamente, pues éste para casi todos, era un deshecho (sic) en degeneración, una materia que debía transformarse de adentro hacia fuera”.[7]
En 1975, Salas publica una serie de entrevistas, Conversaciones con Raúl González Tuñón, que escarba el terreno de la poesía urbana y cumple la función de redescubrir para los jóvenes el trabajo del autor de A la sombra de los barrios amados, que había fallecido el año anterior.[8] Con un artículo que aparece en el suplemento del diario Clarín con motivo de la edición de Quien habla no está muerto, de Alberto Girri, obtiene el “Premio de Crítica Literaria” establecido ese año por la Editorial Sudamericana. En este breve ensayo, Salas sesgadamente brinda algunas pautas de su búsqueda y anhelos: “Pero el hilo del laberinto está en el poema de Wittgenstein: ‘Quizá en lo irrebatible, en lo que no puede demostrarse / no puede decirse, ser dicho, / está la clave’. Una clave que es finalmente la de toda la poesía, la de la lucha constante entre las palabras y el silencio, entre lo supuestamente irrefutable y aquello que se intuye más allá de las fronteras de la razón, donde se mueven ‘signos sonoros que por los oídos andan / sin dueños, como rodando, disponibles y expectantes, / ignorantes de sus pautas de significados, de donde obtenerlos; / y su persistencia, insaciable, para adherírsenos, un yo / instalado en el otro yo, / vigilando por encima de nuestro hombro’.”[9] Palabras que no sólo constatan el amplio abanico de sus intereses y también ciertas coincidencias con una experiencia disímil, sino que además nos develan los alcances impuestos a la práctica de la apropiación en el paciente armado del corpus de su discurso poético.
La Argentina de esos años, muerto Perón, se debatía al borde del abismo; diversas facciones conjugaban el verbo de la muerte e intentaban imponer sus definiciones ideológicas con plomo y explosivos, mientras entre bambalinas los dueños del poder disponían el futuro institucional del país. El 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas, apoyadas por un amplísimo sector de la sociedad que reclamaba orden, inaugurarían el período más oscuro de la historia argentina. Miles de muertos, una guerra inútil y la deuda externa que han marcado a fuego el destino de la República, son los hitos por los cuales se recordará el período que culminaría en 1983.
Salas, quien había comenzado a recibir amenazas contra su vida antes del golpe militar, decide, frente a la falta de garantías, abandonar con su familia el país, radicándose en Madrid en mayo de 1976. Ese año se publicaría en Buenos Aires su La generación poética del 60.[10]
El exilio no fue una etapa dulce de su existencia; para subsistir realiza distintas tareas: instalador de carteles de publicidad en las rutas para una empresa petrolera, traductor, escritor fantasma y periodista a destajo. El oficio lo llevó a colaborar con importantes revistas culturales y trabajó en Cuadernos Hispanoamericanos donde dio a conocer ensayos, artículos y notas.
En 1978 publica su ensayo La España barroca y meses más tarde, luego de ocho años de aparente silencio poético, su nombre integra con Gajes del oficio el catálogo de la colección “Nos queda la palabra” de Ediciones Taranto de Madrid, donde lo acompañan Félix Grande, Gonzalo Rojas y Ángel González.[10] En Gajes del oficio incluirá textos escritos entre 1970 y 1978, que acompaña con una nota aclaratoria en la que señala que los poemas reunidos: “No nacieron pensando en un libro; se dieron aisladamente, como borrosos reflejos de la realidad. De ahí que se reiteren obsesiones, imágenes y temores que me han acompañado en estos años de un lado y otro del Atlántico”. Estos reflejos pueden ser traducidos como interpretaciones; Salas nos convence de que una de las funciones primordiales de la poesía en tanto actividad autónoma de la imaginación, debe ser la de expresar al mundo.
Los poemas están atravesados por la desazón producida por la pérdida del ámbito de la lengua materna: “...y al preguntar la hora en el teléfono / no responde esa vieja pariente 113 / sino una voz impersonal ajena...”; asimismo están habitados por el dolor y la muerte que planea como un ave carroñera sobre América Latina. Podemos considerarlos culturalistas en el sentido de que aluden reiteradamente a episodios diversos de la civilización y de la historia del hombre y su condición. Los textos publicitarios que promocionan los productos de las grandes empresas transnacionales le serán instrumentales, por ejemplo en “Salmos, XXXVII, 28”, para trazar irónicos paralelos de estas organizaciones y de los espejismos que irradian. “Mientras era conducido en un viejo Renault por / las calles de Lyon / atravesado por el dolor que le producía el ojo que / acababan de vaciarle con el taco de una bota / Michel Rosier intuía que sus compañeros / acaso los mismos que había oído aullar en la rue de Clécy / salvarían a Francia castigarían a esos otros franceses / que aún a regañadientes cumplían las consignas de Laval / porque de esa forma decían alimentaban a sus hijos / eran recibidos / por los vencedores asistían a la Ópera reían con / viejos chistes / en los cabarets de Marsella / No es solamente como me siento como manejo / Es también cómo me siento cuando llego / Fairlane. La gran manera de llegar”. El poema se arma como un rompecabezas, pero los sucesos o piezas del objeto se integran en un premeditado desorden temporal, a la manera de Ezra Pound en su Canto 100,[ ] el tiempo secuencial es pulverizado, aniquilado; argumentando como lo haría Cavafy que las proposiciones contradictorias están gobernadas por la ley de la repetición.
Resuelto el destino de la dictadura por la derrota de Malvinas, Salas se reencuentra con su ciudad, hecho que parece haber sido anunciado con la edición de Que veinte años no es nada (1982) una selección de su obra poética y el primer libro publicado en la Argentina luego de su obligada ausencia.[11] En 1983 llega a una Buenos Aires encendida por la esperanza de la inminente salida democrática. Retoma su actividad periodística y pone al aire un programa radial llamado “Dar la nota” (1985-1989), de neto contenido cultural y con un formato novedoso que hizo historia en el medio.
El retorno, simbolizado por el genio de Alfredo Le Pera en la voz de Carlos Gardel, tiene para los argentinos, y muy especialmente para los porteños, el sabor de la victoria. Dulce o amargo, el regreso a “La Reina del Plata”, sólo es comparable a la vuelta al pago o a “la casita de los viejos”; es la acción de ponernos en contacto nuevamente con nuestras raíces, moldeadas por el habla de un monstruo cosmopolita que observa desde los márgenes una imagen deformada del mundo.
La mudanza de Horacio Salas desde una capital europea a Palermo, uno de los barrios más emblemáticos de los 47 que componen la capital (recordemos a Carriego y Borges), es también la recuperación de un territorio, de un ámbito en el que ajusta una vez más el ritmo de su respiración y el tono de su voz, factores determinantes del estilo. Luego de su arribo termina de corregir los originales de Cuestiones personales, que será publicado en Buenos Aires en 1984 (Premio Municipal de Poesía) y reeditado en Madrid al año siguiente.[12] En él “La literatura teje ese tapiz no personal, sobre la hechura de innúmeras versiones precedentes donde se ha dicho todo y el texto se borra y se reescribe, acaso escolio del anterior. En este eterno retorno que explica la fantasmagoría del presente, somos sombras enigmáticas, como los objetos y los destinos trenzados en infinitas causas secretas, ignorantes móviles de inagotables posibilidades para el porvenir. Así como los hombres somos una continuación levemente alterada del pasado en la tierra y convivimos en el presente con nuestro conjeturable e inconcebible futuro, las formas literarias reeditan viejas destrezas, las comentan y las homenajean o refutan y se heredan y se legan de manera vicaria”.[13]
En Cuestiones personales confirma la técnica constructiva del poema en el que continuará amalgamando elementos diversos y contrapuestos, sirviéndose de un amplio menú: mitos culturales, fotografías, textos ajenos, deporte, cine. El ojo del poeta anda por el mundo y sus culturas apropiándose de todo aquello que le resulte relevante; no obstante ello, ha de replicar a la absorción de ese todo con una dicción ya inconfundible. Esto pone de manifiesto aspectos paradojales de su génesis: estos textos que fueron escritos en gran parte en Madrid, ratifican una visión del universo que en los dominios de una lengua común es apuntalada por la diferencia, rasgos connotativos que surgen de nuestro propio paisaje y geografía cultural. Cuestión que James Joyce pone en la boca de Stephen Dedallus en A Portrait of the Artist as a Young Man, luego de que éste se entrevistara con el director del colegio jesuita en Dublín, un inglés converso: “El lenguaje que hablamos le pertenece antes a él que a nosotros. Qué diferentes suenan las palabras, hogar, Cristo, cerveza, amo, en sus labios y en los míos. Su lengua, tan familiar y tan extranjera, es siempre para mí una lengua adquirida. Yo no he fabricado ni aceptado sus palabras. Mi voz las mantiene a distancia. Mi alma se inquieta en la sombra de su lenguaje”.[14]
La cita no es arbitraria ni pretende ser una boutade. El trabajo de Salas tiene muchos puntos de contacto con escritores y poetas de diferentes literaturas postcoloniales que a partir de 1945 se inspiraron en Joyce para acelerar un proceso de inversión de la mirada en el que se niega la pretensión, tan extendida en la metrópoli y la periferia, de considerar a las naciones emergentes y su cultura como efecto de los deseos de los países centrales. Se trata de una respuesta a los guardianes celosos de su tradición que ante cualquier atisbo de insurrección lingüística, remiten al rebelde a la biblioteca de sus clásicos. Esta circunstancia, que se repite a través de los tiempos y de la que existen infinidad de ejemplos, halla uno casi perfecto en una frase de Thomas Macaulay: “un solo estante de una biblioteca europea tiene más valor que toda la literatura nativa de la India y de Arabia”.[15]
En este contexto, invertir la mirada requiere que la revisión de la historia y el análisis de la cotidianeidad se hagan en lo que H. A. Murena denomina una “clave local”.[16] Se trata de someter nuestra incipiente tradición literaria -cuya trama está atravesada por una serie de entrecruzamientos de los que participan distintas tradiciones poéticas- a una nueva lectura. Este ejercicio, un claro acto de traducción, está subordinado a ciertas condiciones. Walter Benjamin[17] pensaba que la falla de la mayoría de las traducciones del siglo XIX se debía al excesivo respeto del traductor por las convenciones de la lengua de destino y el temor de que la lengua de origen perturbara su sintaxis. Por lo tanto, este recorrido, si tiene aspiraciones de releer el campo de lo heredado, debe desembarazarse de la actualización de esos prejuicios: los recortes que impone el periodismo cultural -reemplazados cíclicamente cuando el supuesto canon y sus objetos de culto se disuelven en la memoria- y la aprensión a que los signos aún vitales del pasado estallen en la voz del presente.
Este mirarse a uno mismo a través de los otros y de un devenir cultural es una característica que fija o radicaliza un rumbo definitorio de la poética de Horacio Salas. La modulación de un decir que en el nosotros halla las razones de su existencia, emparentado carnalmente con los compases y las letras del dos por cuatro, que durante su exilio español se le cruzaban de maneras hasta entonces insospechadas, y que nos son devueltas en imágenes plenas de brillo y efecto, como se da en el recordado “Anclao en Madrid”:

Mientras tomaba mate en el estudio de Velázquez
llegó Quevedo sacudiéndose
los copos de la última nevada
y confirmó lo que pensábamos
los grabados eróticos de Picasso -dijo-
me resultan auténticamente afrodisíacos.
Después muerto de frío
Levantó el volumen de un disco del Polaco
Y nosotros quedamos en silencio

Garúa... tristeza...
Hasta el cielo se ha puesto a llorar.

En 1986 se distribuye la primera edición argentina de El tango, que lleva un ensayo preliminar de Ernesto Sábato, y en 1990 aparecerán Poesía argentina del siglo XX y El otro, a la fecha su último libro de poemas.[18] En el prólogo nos confía que advierte: “...que el libro está salpicado de preguntas y que se encuentran pocas de las metáforas que en otros tiempos parecían protagónicas. Sólo espero que nuevos chaparrones me permitan responder con los años a algunas (me bastaría un puñado) de las indagaciones que aún no puedo contestar”. Estas palabras que expresan el anhelo de hallar respuestas, se niegan a sí mismas, afirman su contrario cuando leemos: “¿De algo de lo que ocurra / de lo que está ocurriendo / de lo que ocurrirá / de lo que ocurre a miles de kilómetros / podremos algún día descubrir el sentido? [...] ¿los poemas son tan solo preguntas? / ¿los poemas son tan solo preguntas sin respuesta?” Toda respuesta en realidad sería una nueva pregunta; incluso en aquellos poemas que prescinden de los signos de interrogación, éstas laten en su efecto poético. El cometido no es verificar la taxabilidad de los enunciados a través de descripciones o imágenes. La demanda de la poesía como forma del conocimiento, parece decirnos, es la de imaginar el sentido a través de la reafirmación de las preguntas, cuyo fin es reproducirse instalándose como mecanismo primordial del proceso poético. Acto que se lleva a cabo en un escenario donde la volubilidad del objeto tiende a confundir a la mirada: “La cercanía es mezquina / se hipnotiza con las deformaciones de la lupa / se obstina en detalles aparentes / pide peras al olmo / se equivoca”.
Estas preguntas que no buscan réplica, refutación o mera conclusión, crean en la falta de correspondencia de los términos, los intersticios o huecos en los que la voz puede callar. En su acertada y reciente “¿Podríamos llamarla vindicación de la poesía?” Raúl Dorra afirma: “La incorporación del silencio en el interior del lenguaje es una conquista de la poesía, una conquista trascendental que hace de la poesía un género único, el único para el cual el no decir puede alcanzar un valor incluso más alto que el decir, el único donde el callar encuentra el modo de expresarse, un modo que tiene que ver con el misterio, con la angustia, con la desgarradora aventura de situarse al otro lado de la palabra”.[19]
Este colocarse más acá o más allá de los límites de la palabra, espacio en el que la estela de su sonido entabla un duelo con el sentido, revela el muchas veces esquivo efecto poético, territorio donde lo no dicho asume su dimensión semántica. Para ello, el poema deberá guiarnos desde las zonas más oscuras de la expresión poética hacia ese vacío casi mágico donde repentinamente estallarán los fuegos de artificio de la significación.
Salas lo logra plenamente. Para hacerlo, monta en la página una ajustada organización prosódica. La relación sonido-sentido se apoya en una estructura rítmica en la que el tono del habla coloquial, instalada como una música de fondo, reaparece en un rearmado armónico, combinándose en un doble contrapunto. La primera de sus fases se produce en la línea donde las palabras, como si fueran notas, enfrentan sus sonidos construyendo el primer movimiento de un compás de duración variable cuya disposición acentual entra en tensión, cuando en una segunda instancia, su eco se enfrenta al de la siguiente línea. Este contrapunto regulado y medido obsesivamente por las emisiones de la voz escribe su melodía; es el medio que utiliza “lo expresado” para estimular las correlaciones emocionales en el lector.
La labor sostenida por Horacio Salas, un autor familiarizado con tradiciones literarias y abierto a las más diversas influencias, puede ser considerada la de un genuino multiculturalista. Un poeta que no cesa de captar mensajes lejanos que luego serán filtrados por esa voz histórica que repta murmurante en las calles de su ciudad.

[1]Mate pastor, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1971.
[2]El tiempo insuficiente, Buenos Aires, Ediciones Cuadernos del Siroco, 1962); La soledad en pedazos, Buenos Aires, Ediciones Barrilete, 1964; El caudillo, Buenos Aires, Pleamar, 1966; Memoria del tiempo, Buenos Aires, Losada, 1966 y La corrupción, Buenos Aires, Americalee, 1969.
[3]La poesía de Buenos Aires, Buenos Aires, Pleamar, 1968.
[4]Homero Manzi, Buenos Aires, Brújula, 1968; Vicente Barbieri y el Salado, La Plata, Cuadernos del Instituto de la Provincia de Buenos Aires, 1971.
[5]Lawrence Ferlinghetti, carta a E.M. con motivo de la traducción de América desierta y otros poemas, Montevideo, UNESCO-Graffiti, 1996.
[6]T. S. Elliot, Collected Poems, 1909-1962, London, Faber & Faber, 1963.
[7]Ramón Plaza, El 60 – Poesía blindada, antología, prólogo de Ramón Plaza, selección de Rubén Chihade, Buenos Aires, Ediciones Gente Sur, 1990.
[8]Conversaciones con Raúl González Tuñón, Buenos Aires, La Bastilla, 1975.
[9]Horacio Salas, Alberto Girri – Homenaje, Buenos Aires, Fondo Nacional de las Artes - Sudamericana, 1993, pp. 109-113.
[10]Ezra Pound, The Cantos, London, Faber & Faber, 1986.
[11]Veinte años no es nada (Antología), Buenos Aires, Fundación argentina para la poesía, 1982.
[12]Cuestiones personales, Buenos Aires, Torre Agüero Editor, 1985; Madrid, Playor, 1986.
[13]Javier Adúriz, “Borges como mito”, Hablar de poesía, III, 5 (2001).
[14]James Joyce, A Portrait of the Artist as a Young Man, Dublin, Hardmondsworth, 1992.
[15]Thomas Macaulay, Lord, Prose and Poetry, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1967, pp. 721-24.
[16]H. A. Murena, El pecado original de América, Buenos Aires, Sur, 1954, p. 23 y ss.
[17]Walter Benjamin, Illuminations, New York, Schocken Books, 1979.
[18]El tango, Buenos Aires, Planeta, 1986; Poesía argentina del siglo XX, Ginebra, Fundación Patiño, 1996; El otro, Buenos Aires, Manrique Zago Editor, 1990.
[19]Raúl Dorra, “¿Para qué poemas ?, Revista Crítica [Universidad Autónoma de Puebla], 90 (2002), p. 68.


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