Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
Feria del Libro Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Año 2012

Rediseñada para ofrecer una mayor difusión de la escritura en castellano.

Dirección: Norma Segades - Manias
directoragaceta@gmail.com
GACETA LITERARIA Nº 11 – NOVIEMBRE de 2007





HOMENAJE a la obra de Oswaldo Guayasamín (Ecuador 1919/1999)

PÁGINA EDITORIAL

El revés de la trama.

Por Norma Segades - Manias

Como consecuencia directa del sitio que se reserva a las mujeres en toda sociedad patriarcal, también han sido relegadas a la permanencia en los aposentos interiores de la literatura. De allí la notoria ausencia de sus nombres en las antologías imaginadas como exhibidores de los quehaceres intelectuales de una provincia, de un país o de un continente.
Parece ser que para lograr la dignidad del reconocimiento no resulta suficiente con ajustar el lenguaje, conciliar adjetivos asexuados, custodiar evasiones de costumbres arraigadas en nuestro propio automatismo. Parece ser que debemos comenzar a mirar un poquito más allá de lo que, a simple vista, pudiera señalarse como un ingenuo enfrentamiento genérico.
Porque la reivindicación no es una cuestión que se negocie, se suplique o se confiera condescendientemente. La reivindicación se obtiene persistiendo, batallando, exigiendo, impidiéndonos claudicar en esta velada contienda por una identidad que nos libere.
Y mientras tanto, mientras esto sucede, Gaceta Literaria Virtual publica un Primer Tomo de su Antología de Escritoras Americanas, al que tendrán acceso entrando a su Sello Editor y luego accediendo al título El revés de la trama, donde encontrarán poemas de María Mercedes Carranza (Colombia), Rosario Castellanos (México), Delia Domínguez (Chile), Ana Istarú (Costa Rica), Jenny Londoño (Ecuador), Olga Orozco (Argentina) y Reina María Rodríguez (Cuba), como edición homenaje a estas autoras que ayudaron y ayudan a construir la identidad literaria del continente americano.

PÁGINA Nº 2 - NUESTRA POESÍA

En Santa Ana de Glew.

Entrada en el azul
me sorprendiste
arrinconada.
Como en cada viaje me esperabas
luminosa
para decirme
te sigo acompañando.
En medio de los cardos
mansamente, leímos otra página.

Antonia Taleti (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Ángel

No hay por qué temerle a la muerte.
Ella vayviene con nosotros, aprendemos
juntos hasta que, sin prisa, nos fundimos.

No hay por qué temerle a la muerte.
Ella nos sobrelleva y nace al instante.
Es un ángel al que le asignamos esa desdicha.

No hay por qué temerle a la muerte.
Es una niña oculta que se asusta
de los hombres que la siembran.

No hay por qué temerle a la muerte.
Es, apenas, una danza sutil
enhebrada en la luz.

No hay por qué temerle a la muerte.
No existe sin nosotros.

Oscar Agú (Santa Fe/Argentina)

Tercera Certeza

Se deslizan en la noche las palabras de aire
las de tinta se borran en el tiempo

¿cuál es la certeza, certeza, de la vida?
¿del amor en computadora?
¿de lo guardado en la sombra?

hay una certeza del sexo (máxima certeza de la posesión)
del pensamiento (máxima certeza de del ser)
podría dar también una certeza física (máxima certeza del estar)
arrojar el alma (máxima certeza de la vida)

palpitante
:arrancar el corazón con las uñas
entregarlo

quedar sin la certeza de mí

mi/yo temblando en la distancia

vaciada

Patricia Severín (Reconquista-Santa Fe/Argentina)

ahuyentan y resuenan los ecos de mi torpeza
pirotecnia que sacude lo cóncavo del insomnio

creí haber aprendido espiando en espejos ajenos
olvidando que el oficio del espejo no es instruir sino confinar

en pleno solsticio degollé flores hasta volverlas carroña
otras oportunidades de catálogo no serán lo mismo

se retrajeron las pupilas en vez de ser lazarillos del cielo
hacia la anchura de tu paz húmeda y desnudable

entonces resolví a mazazos el caparazón de la virtud recaída
incrustando una costilla quebrada en la matriz del alma

colmada la cicatriz volví a sentarme débil y esquizofrénico
el destiempo es duro y fatal

duele cada rato en los que se mantiene irreconocible
la instrucción no suele venir con instrucciones

Diego Ferrero (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

La ciudad al atardecer

mi problema no es la noche sino su preámbulo
ese presente
que siempre se modifica en los atardeceres
y el cielo en movimiento
con sus colores tan distintos
me producen una ansiedad latente
me agito
las veredas se ablandan
y en algunos sectores se derriten
tropiezo con los objetos
y las personas
y las sombras
me sorprenden al doblar las esquinas
y desde la copa de los árboles

Hernán Salcedo (Rosario-Santa Fe/Argentina)

PÁGINA Nº 3 - NARRATIVA

El enano Carasol y la bruja Constantina
(cuento para niños dormidos)

Por Miguel Catalán (Valencia - España)

Érase una vez un enanito llamado Carasol. La peculiaridad más notable del enano Carasol es que, dentro de lo que cabe, ya nació pequeño. No es que fuera quedándose pequeño con el tiempo por culpa de un mal gesto o de una corriente de aire, sino que ya nació así. Tan poquita cosa era que el ginecólogo atendió el parto con un microscopio para imprevistos que llevaba siempre en el bolsillo. “Aquí está, señora, ya lo tengo”, dictaminó con la voz en eco: “y, además, le diré que es niño”.
Mientras crecían a su alrededor los otros críos, Carasol se iba quedando del tamaño de un taburete. Sus padres no podían compararlo con ningún otro niño sin terminar avergonzados, así que un buen día resolvieron abandonarlo en el bosque. A la sombra de un abedul de tronco escamoso, llorando y sin saber adónde ir, lo encontró aquella misma tarde la bruja Constantina.
Constantina era bruja sólo de nombre. En las aldeas de la comarca la llamaban vieja bruja porque ya le habían cacudado tres marcapasos, porque vivía sola y apenas se lavaba los días de guardar. La bruja Constantina enseñó a Carasol a hacer el pino y el puente además de juegos malabares; había que verla doblándose sobre sí misma gracias a un pacto gimnástico que había hecho con el diablo. Su único defecto como bruja era que no comía niños, ni siquiera cuando presentaban el apetitoso tamaño de una seta. «Estoy a dieta, que si no ya verías», amenazaba al enanito, pero en realidad le complacía que Carasol anduviera todo el día enredando con el gato y cayéndose de nalgas de la risa tras aparecer de improviso en los cajones más insospechados. La vieja bruja sabía que luego se le dormiría en el enfaldo viendo y ya no viendo el infiernillo rojo del brasero.
Carasol no iba a la escuela los días soleados porque hacía buen tiempo. Tampoco iba los días lluviosos porque llovía. Estos días grises se daba a buscar caracoles que terminaban encontrándolo a él. Había que verlo cuando volvía a casa montado a horcajadas en la concha del molusco. Gritaba triunfalmente con su voz de flautín: “!Ah de la casa; dejad paso franco si no queréis que eche la puerta abajo!”. Y daba la señal de ataque entre los dos cuernos que subían como periscopios blandos.
Un día, buscando caracoles, Carasol se encontró en el bosque con una niña francesa que estaba de merienda con sus padres. La niña, que también era francesa sólo de nombre, le preguntó:
«¿Quién eres tú?»
«Soy el pequeño Carasol. Y si me llevas contigo, nunca te faltarán caracoles para el arroz».
«Pero si eres un niño...».
«No soy un niño», protestó; «sólo soy pequeño».
«Yo tenía un hermanito tan pequeño como tú», dijo la niña Solange, que al punto oyó la llamada de sus padres.
«¡Solange!», dijeron los padres al llegar: «¿Qué haces con este niño?»
«Mamá —dijo Solange—; yo quiero adoptar a Carasol. Será mi juguete preferido».
Los padres se miraron. La madre dijo al padre con ojos suplicantes:
«A título de juguete es otra cosa, ¿no te parece, querido? A título de juguete de Solange sí podría volver a casa».
Carasol se puso muy contento. Preguntó:
«¿Podemos traer a la bruja Constantina con nosotros?»
«¿Una bruja? —contestó el padre—. Ni hablar».
«Pues si no viene Constantina, yo me quedo en el bosque».
«Mamá», lloriqueó la niña Solange tirando de la falda de su madre «yo quiero que vuelva a casa la abuela Constantina».
El padre consideró la situación detenidamente y, tras mirar uno por uno a los presentes, dijo:
«De acuerdo. Voy por el camión de mudanzas. Esperadme en casa de la abuela y en un rato pasamos a recogeros».
Los niños dieron palmas de alegría. La madre dijo:
«¿Estáis contentos, niños?».
Carasol cogió a su madre de una mano y a su hermana Solange de la otra y las llevó a casa de la abuela. Conforme se iban acercando, el enanito Carasol hasta parecía más grande del orgullo que sentía.

PÁGINA Nº 4 - ENSAYO

Reflexiones sobre el descentramiento del poder de la palabra en la comunicación de la literatura oral

“No es un mostrar lo exótico, es un transmitir lo negado”... Es Arte que muestra Arte, en la textualidad de los tejidos, en la ritualidad de la danza, en los “colores de la música” y enla magia de los rituales”. Javier Romero Flores. La Paz, 2000

Por Fanny Trainer (Rosario-Santa Fe/Argentina)
fantrainer@hotmail.com

Nos llama la atención y nos interesa relacionar la "literatura oral" con el "poder" y la "comunicación" propia de una clase social, de una comunidad determinada.
Entendemos por "literatura oral" a la creación colectiva (seres maravillosos, mágicos, míticos) que expresa "...desde el punto de vista de su producción,..., sistemas de pensamiento o sentimientos de diferentes grupos homogéneos, urbanos o rurales que no participan del campo de poder económico".
Estas expresiones orales- las cuales conforman el universo imaginario de los grupos mencionados- son, muchas veces, excluidas de la comunicación afianzada. Del mismo modo que lo son de los proyectos educativos, donde no las tienen en cuenta para incorporarlas en forma orgánica. ¿Acaso es porque no se las considera dignas desde lo filosófico o desde lo estético?, ¿desde su representación o significación?, ¿o, quizás, no es arbitrario el silencio al que son condenadas, a veces?, ¿o es porque se conoce que toda palabra tiene poder en sí misma?
Estas preguntas nos surgen por la relación que hacemos con la lectura: "La conquista de América" de Todorov cuando plantea la derrota de Moctezuma por la ausencia de su palabra y, por lo tanto, la culpa e imperfección de una comunicación con brecha.
En nuestra preocupación, no consideramos los textos en sí (ya que son orales). El análisis de los mismos es muy complejo. La palabra-relato está en acto y como tal es dinámica y cambiante (se requiere de un trabajo específico y prolongado). Sólo nos acercaremos a algunas reflexiones sobre el poder de estas comunicaciones que entrañan en sí mismas signos y significantes, significaciones, enunciados y enunciaciones, lenguaje y lengua relacionados al poder, a la identidad -como constructo, no como escencia- social e histórica y, quizá, a la estructura mental de un pueblo en un momento histórico dado. Intentamos reflexionar sobre las anomalías -falencia, irregularidad- de estas comunicaciones vinculadas al poder que implica la palabra.
¿Acaso en este discurso de literatura oral, sus locutores manejan el código pero no el contexto al igual que Moctezuma? ¿Quizá, la falencia está en que se comunica, dicha literatura, más con lo sobrenatural, con una suprarealidad, que con lo contextual? y esto, ¿se relaciona con alguna anomalía en su legalización?
Partiremos de la tesis de la pluralidad de mundos y de poderes, como dice Barthes, "… ¿y si el poder, fuera plural, como los demonios? Mi nombre es "Legión", podría decir: por doquier en todos los rincones, jefes, aparatos, masivos o minúsculos, grupos de opresión o de presión; por doquier voces "autorizadas", que se autorizan para hacer escuchar el discurso de todo poder: el discurso de la arrogancia. Adivinamos entonces que el poder está presente en los más finos mecanismos del intersticio social: no sólo en el Estado, las clases, los grupos sino también en las modas, las opiniones corrientes, los espectáculos, los juegos, los deportes, las informaciones, las relaciones familiares y privadas, y hasta en los accesos liberadores que tratan de impugnarlo: llamo discurso de poder a todo discurso que engendra la falta, y por ende, la culpabilidad del que lo recibe".
La pluralidad de mundos también implica diversidad y como sostiene Todorov, ¿la variedad connota y denota superioridad? ¿Es acaso, la multiplicidad de mundos una de las formas de incapacidad para percibir la identidad de los otros?, ¿de no reconocerlos en la igualdad diferenciada y descalificar por inferior al otro? Degradar y descalificar el poder de la palabra del otro, de su comunicación. Pero nos preguntamos: ¿ese poder desaparece o se desplaza?; en el último caso, ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?, ¿cuál es el espacio en el que se transformará en acción y conducta?
No es nuestro propósito profundizar en el tema, sólo nos preocupa abrir un campo de debate en torno al mismo.

PÁGINA Nº 5 – NARRATIVA

Bailarina en la plaza

Por Lili Muñoz (Neuquén/Argentina)

En medio de la lluvia
mi vientre es un trompo
baila, baila
tirabuzón y remolino
baila.
Con cintas de colores
se entretejen los árboles
y se acuna la cuna
de mi niño, mi niña
que aún es amapola
que aún es una estrella.
Mirna, la de la danza, es un torbellino de pies y una cintura que mimbrea.
Un cuello color de olivares que arrastra las llamaradas de su pelo. Sombra y
sol juegan en la plaza atardecida. Su público, el de Mirna, se va acercando.
Llega con la alegría de las palmas y la escasez de monedas en las bolsas.
Rodean el tablado. Hacen eco a los ecos del pandero y a la cítara del negro.
Largo ha sido el camino. Todo el día, toda la noche se alargó el quehacer de
Mirna, la bailarina, como la nombran en los pueblos. Ahora ya tiene catorce
años, pero desde los diez, si es que ella los sabe contar, danza en los campos
polvorientos, en los tablados o en los patios, recita, juega con los osos
mirándolos a los ojos, desanda su misterio, canta.
Esta plaza es la última en el itinerario de Mirna. Viene viajando sola, pero ha
sido más precavida esta vez, ha estado muy cerca, ha marchado casi junto
con el grupo de saltimbanquis del este. Con todos ellos, en el montón de
caminantes, iba también un negro citarista venido de las tierras de arena, más
allá de la meseta. También iba Justina, la mima, de más edad que Mirna, tal
vez de veinte años.
De pronto, ha comenzado a llover en la plaza. El calor hacía prever algo así.
Los indicios presagiaban pedidos al cielo por agua, por más agua, por
vertientes de agua.
El ritmo te ha traído otra vez. Tu cabeza en medio de la lluvia. Sigue siendo
un títere gigante posado en la estampa de la plaza. Se esfuma. Aparece. De
nuevo. Aparece.
Campesinos y artesanos reían. Comenzaban a bailar entre ellos. Celebraban
la lluvia que aliviaría la sequedad de los campos, la sequedad de sus vidas.
Goterones y viento encendían la ilusión de acarrear un respiro.
Reconocí sin ver tu danza, danzarín, sobre mi vientre. Te sentí en mis pies, en
el aire transparente en enlace invisible por mis brazos. Agradecí tu semen. Y
olvidé cómo se desprendía tu cabeza. Cómo fueron cayendo los retazos de
tu cuerpo y se deshilachó aquel traje de colores. Cómo hicieron cenizas tus
papiros.
Bailé y bailé. Mis pies desnudos se entreveraron con las palmas. Hice que el
baile fuese ronda de agua y círculos de fuego.
Saludamos. La gorra pasó. Como de costumbre recogía monedas o lo que
hubiera para asalariar nuestro trabajo.
Este es nuestro sudor
y nuestra arcilla.
No hay otro rincón
sólo aridez del polvo
que se adhiere,
olores en ronroneo fugaz
venas que crujen.
El niño ¿la niña? danzaba sutil en mis entrañas

PÁGINA Nº 6 - PÁGINA DE MAESTROS

Marosa Di Giorgio –1932/2004 – Salto/Montevideo - Uruguay

A veces, en el trecho de huerta...

A veces, en el trecho de huerta que va desde el hogar
a la alcoba, se me aparecían los ángeles.
Alguno, quedaba allí de pie, en el aire, como un gallo
blanco -oh, su alarido-, como una llamarada de azucenas
blancas como la nieve o color rosa.
A veces, por los senderos de la huerta, algún ángel me
seguía casi rozándome; su sonrisa y su traje, cotidianos;
se parecía a algún pariente, a algún vecino (pero, aquel
plumaje gris, siniestro, cayéndole por la espalda
hasta los suelos...). Otros eran como mariposas negras
pintadas a la lámpara, a los techos, hasta que un día
se daban vuelta y les ardía el envés del ala, el pelo,
un número increíble.
Otros eran diminutos como moscas y violetas e iban
todo el día de aquí para allá y ésos no nos infundían miedo,
hasta les dejábamos un vasito de miel en el altar.

Había nacido con zapatos...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.

Los leones rondaban la casa

Los leones rondaban la casa.
Los leones siempre rondaron.
Siempre se dijo que los leones rondaron siempre.
Parecían salir de los paraísos y el rosal.
Los leones eran sucios y dorados.
Ellos eran muy bellos.
Los ojos como perlas. Y un broche brillante en el pecho
entre aquel pelo áureo.
Los leones entraron a la casa.
Corrimos a esconder los floreros de sal, de azúcar, el cometa
Halley, las queridísimas sábanas nevadas, la
colección
estampillas. Y a traer los sudarios.
Los leones eran al mismo tiempo, presentes e invisibles, al
mismo tiempo, visibles e invisibles.
Se oía el rumor de la leche que robaban, el clamor de la miel
y la carne que cortaban.
Llevaron hacia afuera a la abuela oscura, la que tenía una
guía de rositas alrededor del corazón.
Y la comieron fríamente. Como en un simulacro.
Y -como si hubiese sido un simulacro!- ella tornó a la
casa y dijo: -Los leones rondaron siempre. Están delante
de los paraísos y el rosal. Dijo: -Los leones están acá.

Me acuerdo de los repollos...

Me acuerdo de los repollos acresponados, blancos -rosas
nieves de la tierra, de los huertos-, de marmolina, de la
porcelana más leve, los repollos con los niños dentro.
Y las altas acelgas azules.
Y el tomate, riñón de rubíes.
Y las cebollas envueltas en papel de seda, papel de fumar,
como bombas de azúcar, de sal, de alcohol.
Los espárragos gnomos, torrecillas del país de los gnomos.
Me acuerdo de las papas, a las que siempre plantábamos en
el medio un tulipán.
Y las víboras de largas alas anaranjadas.
Y el humo del tabaco de las luciérnagas, que fuman sin reposo.
Me acuerdo de la eternidad.

Mi alma es un vampiro...

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se
alimenta de muchas especies y de sólo una. Las busca en la
noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande,
con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.

Yendo por aquel campo...

Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto, esas extrañas
cosas. Las llamaban por allí, virtudes o espíritus. Pero, en
verdad eran la producción de seres tristes, casi inmóviles,
que nunca se salían de su lugar.
Estancias al parecer, del otro mundo, y casi eternas,
porque el viento y la lluvia las lavaban y abrillantaban, cada
vez más. Era de ver aquellas nieves, aquellas cremas,
aquellos hongos purísimos... Esos rocíos, esos huevos,
esos espejos.
Escultura, o pintura, o escritura, nunca vista, pero, fácilmente
descifrable.
Al entreleerla, venía todo el ayer, y se hacía evidente
el porvenir.
Los poetas mayores están allá, donde yo digo.

PÁGINA Nº 7 - NARRATIVA

Nubes.

Por Cláudio Portella (Fortaleza-Ceará/Brasil)
clautella@ig.com.br

Mañana de plomo. ¿Nubes? ¡Nubes!. El oso polar. La rueda gigante. El pirulito. Él. Lentamente él pasa. Después él. Él. Él. Él. Una caravana de ellos desfila en el cielo de plomo sin nubes. Él. Él. Él. Él. Él. Él. Él. Él. Él. Él.
Filtro el café. Compro pan. Esquivo la mirada hacia el suelo. Una cosa se desprende de la alfombra como un efecto especial de un film loco.
Derrama el café en mi vestido. Abre mi boca y me arranca un pedazo de pan masticado. Me escupe en la cara. Él es de los tipos que escupe en el plato del que come.
Limpio el rifle-amarillo. ¿Cuántas aves caerán sobre la mirada la mirada auspiciosa de mi abuelo?
Soñé que volaba. Salía por la ventana. Cruzaba la ciudad. La playa. Iba al encuentro de las sierras. En lo alto de la sierra. Cansada de saltar como los buitres. Miro el cielo. Nubes. Nubes. Elevarán a mi hombre hacia una casa de descanso sólo porque él hacía nubes. Debe dar mucho trabajo hacer nubes. ¡Son tantas! El oso polar. La rueda gigante. El pirulito. Él. ¿Él?
Cocino y almuerzo. Es insoportable comer lo mismo que yo hago. Abuelo de la mirada auspiciosa que quita los pecados del mundo. ¡Mira estoy aquí! ¡Soy un pájaro!
¡Estoy sobrevolando la cocina! ¿Vio mis muslos? ¿Mi gran nalga? ¡Es tan fácil! Mientras revolvía las alubias.
Va a llegar el día en que nunca más voy a tener que limpiar el rifle-amarillo de mi abuelo. Son las ventajas de irse. Nunca más tener que limpiar las cosas. Nunca más tener noticias del Tibet. ¿Saben por qué los chinos tienen los ojos pequeños? Para ver sólo mis verdades. El sufrimiento del pueblo tibeteano hace de mí un gavilán ciego, preso en una jaula.
Cena para dos a la luz de las velas. Yo y el espectro de él. Me levanto bruscamente de la mesa. Él sujeta mi brazo con fuerza. Me toma por el cuello. Evoca en mis oídos palabras que deletrea muy despacio. Es inevitable no caer en la trampa. ¡Cama! Una fantasía de circo. Él de payaso. Yo de trapecista.
Noche de luna llena. Una bola amarilla en el cielo. La segunda en el billar. Luces. Barullo de avión. El rifle-amarillo de mi abuelo en las paredes. Todo en su lugar. La luna llena en lo alto del predio. La bola amarilla sobre el paño verde. Las luces en la avenida. El avión en los tímpanos. El rifle-amarillo en mi garganta. El café en el vestido. El almuerzo en el basurero de la cocina. La cena sobre la mesa. La mirada auspiciosa de mi abuelo en la mira del rifle-amarillo.

Traducción: María Pugliese (Argentina) Poeta, ensayista, docente universitaria.

PÁGINA Nº 8 - ENSAYO

Confesiones de propia boca

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe/Argentina)
soniacatela@yahoo.com.ar

Elvira Aldao de Díaz, nacida en Rosario, hija del fundador de Colonia Aldao, dice*:
"Y perteneciendo a la alta sociedad de Buenos Aires, durante mi largo viaje a Europa, de más de siete años fui invitada al gran almuerzo que el conde y la condesa de Romanones ofrecieron en su hermoso palacio; fue la fiesta que más me satisfizo de las que asistí en Madrid; “grandes de España” rodeaban la magnífica mesa, según lo ordena el protocolo".
Y dice: "mis padres eran tan pulcros para expresarse... perteneciendo a la más alta sociedad nuestra educación fue esmerada al respecto, pero en el teatro Real madrileño oí designar como “cogote”, el cuello delicado de la mujer”,
Y dice: "el conde español, el duque de Parsent, el conde de Montelirio, la duquesa de Canalejas, el conde de Vichy",
"Y al retorno de mi largo viaje, noté en la alta sociedad de Buenos Aires, un descender muy bajo, el abuso del champagne en la mujer; a corregir a las viciosas, o cundirá el mal ejemplo si a esas damas no se las pone inexorablemente en el Index hasta que se corrijan",
Y dice: "el cocherito español me trató con el democrático “usted”, de igual a igual con la gente culta",
"De igual a igual con la gente culta, el cocherito español",
Y dice: "en la afamada Ville d'Eaux, en otra deliciosa comida, también en atrayente mesa, otro comensal, distinguido hombre de mundo, hablando del arte pictórico, habló de una mujer en "cueros"... cuero, la piel finísima de la mujer".
Y dice: de Roma a San Sebastián, pleno verano y plena guerra con Marie, mi femme de chambre, (dama de compañía). Y el marqués de O... nos encontró en tren de excursión a Fuenterrabía, diciéndole que como él veía, iban también nuestras fámulas (la inglesa y la francesa) cargadas con la máquina fotográfica, la canasta de viaje con el lunch preparado y una manta escocesa que nos serviría de alfombra en sitio pintoresco",
Y dice: "me daba a entender que eran inferiores a ella. En todas las clases hay jerarquías..."
Y dice: "el democrático "usted", nada de tercera persona, como Marie, mi femme de chambre, que se dirige a mí en tercera persona, con su habitual "si madame quiere..."
Y dice: "de Madrid a París, oh París, tras cuatro meses de ausencia, me invitó a tomar el té en el Ritz, argentina, casada con un español, muy relacionada con la alta sociedad, té en el Ritz; y en Roma, en Santa María dei Angeli, el solemne funeral de Epifanio Portela, extinto ministro de Argentina ante el Quirinal, mientras la duquesa había ido a París",
"Marie, en tercera persona, con su habitual "si madame quiere..."
Y dice: "súbitamente, inspiración fulmínea, me transformé en española monárquica... y exalté el deber en que estaban de no rendir honores a un republicano",
Y dice: "soy liberal",
"El pleno teatro Real, en una noche de gran ópera: naturalmente, la asistencia de la realeza daba mayor realce a las representaciones",
Y "me daba a entender que eran inferiores a ella... En todas las clases hay jerarquías".
"Con los republicanos en el gobierno, ¿qué nombre tendrá ahora el gran hotel Reina Cristina? Pues seguramente, a los nombres de los reyes vivos o muertos, de los establecimientos públicos o que sirven al público, ya los habrán decapitado en toda España",
Y: "¡qué primitiva la veía a América ante esos siglos italianos henchidos de intensa vida espiritual!"
"En la sala de billar del hotel La Perla, de Zarauz, la pequeña playa aristocrática, sede veraniega del duque de Cuba, los duques de Lécera, la duquesa de Sotomayor, los condes de San Luis y tantos otros de la nobleza madrileña..."
"Mi amiga, que hacía años vivía en París, retornaba sorprendida del lujo de la vida bonaerense, grandes casas, algunas en desproporción con las fortunas de sus propietarios",
"Y mi amiga agregó que los argentinos ricos residentes en París ¿de los que ellos formaban número? gastaban con más moderación siguiendo el modelo europeo, frente a ese lujo desmedido visto en Buenos Aires",
Y dice: "Pero estalló la guerra... y el mundo cosmopolita huyó de París",
"La fiesta de mi amiga argentina fue interesante y brillante. En el gran salón, transformado en teatro, se dio una representación con artistas de la Comedia Francesa. No recuerdo qué se representaba, algo clásico, desde luego",
Y: "¡qué primitiva la veía a América ante esos siglos italianos henchidos de intensa vida espiritual!",
"Y todo el ¿salón? teatro estaba colmado de argentinos y franceses distinguidos, formando un conjunto brillante y atrayente",
Y dice: "Era tan numerosa entonces la colonia argentina en París, que sería interminable nombrar a todos los compatriotas que lucían su distinción y elegancia en aquella fiesta",
"Pero estalló la guerra... y el mundo cosmopolita huyó de París",
"Le presento mi tarjeta al ministro Álvarez de Toledo. "Señora, usted no necesita presentación. Más de una vez la he visto en los recibidores de mi madre, en París y en Buenos Aires".
"Pero mi amiga no necesitaba de mí para presentarse: sus apellidos se presentan por sí solos",
"Y entre otros tantos encuentros amistosos, recuerdo la tarde en que tomábamos té en lo de Angiolina Astengo de Mitre o en lo de María Josefa Weeks de Villegas. No recuerdo bien en cuál de las dos mansiones",
"Se representaba, algo clásico, desde luego, No recuerdo qué. Desde luego".
"Es en la Ciudad Luz donde esos argentinos "niños bien" desenvuelven sus hazañas, cosas pésimas, por no decir vergonzosas, y no solamente en los cabarets, sino también en las fiestas sociales; esto es lo más imperdonable",
Y dice: "Tomé posesión de mi banqueta con mi "nécessaire" de viaje y mi "femme de chambre",
Y dice: "Los argentinos se presentaban derrochando el dinero, como si tuvieran una renta inagotable..."
"Con mi "nécessaire" de viaje y mi "femme de chambre",
"El mayor de nuestros parientes blandió en el aire una cucharilla de plata, y entre carcajadas, nos dijo que se la había robado a los jesuitas... en recuerdo de la visita que acabábamos de realizar al convento",
"Bien trajeados y con medios para darse vida rumbosa, como se la daban..."
"Mi pariente dijo que habían reunido una curiosísima colección de recuerdos de sus viajes, adquiridos de esa forma; vanagloriándose, ellos mismos se lo festejaban con todo desparpajo",
Y dice: "los argentinos se presentaban derrochando el dinero, como si tuvieran una renta inagotable..."
"Dos características porteñas: el qué dirán los paraliza; y el temor al ridículo los enmudece".
"Las mujeres, también enmudecen por doble motivo: darse importancia y observarse mutuamente. Lo que llevan encima (modelos recién llegados de París) las absorbe por completo. La superficialidad es el defecto dominante en la mujer argentina".
"Por estas causas fútiles, nuestro mundo no es triste: es aburrido"
...
* (Ensamble de fragmentos de su libro "Recuerdos dispersos". Los ejemplares de este libro, disponibles en librerías, fueron comprados por su hermano Martín, quien procedió a quemarlos)

PÁGINA Nº 9 - POESÍA ARGENTINA

Destornillar el almanaque
quitar los días enojados
las noches con hormigas negras
el atardecer que desvía el sol.

Impedir que pese a esto
el tiempo se acorte
-ya es tan fugaz...

Pedir ayuda para que el orden
no se dispare
sería muy incómodo
que ella viva en domingo
otros en viernes
él en lunes
y los desencuentros sean
más continuos
los abrazos mínimos
la palabra apenas una gota más
de amargura.

Graciela Wencelblat (Buenos Aires/Argentina)

He recorrido el mar
de tu infancia con mis ojos de montes.
He recorrido la playa
buscando tu risa y tu canto.
He dejado al abandono de caracoles
suicidados o crucificados
mi corazón latiendo
para que un día, no sé cuando,
lo encuentres y me lo devuelvas
por e-mail
en vuelo de gaviotas ,
o me lo guardes en el bolsillo
la próxima vez que te encuentre…

Esteban González (Chaco/Argentina)

Identidad

con la sangre intacta
desperté al misterio
y los poros de la selva
recuperaron la magia en celo

la lluvia en remolino
recupera el instante
del follaje que nace entre las piedras

y ciertas alas elevan sobre el río
el mapa tenue de un Camino

con la sangre entre los dedos
escribo tu señal en el Silencio

y como si hablara el mismo idioma de tus ojos
la selva se vuelve
Azul

Mirna Guerrero (El Dorado-Misiones/Argentina)

Poema póstumo

Duerme hijo mío y escribe en los monólogos
del sueño las profecías de lo que no vendrá.
Escribe. Funda el poema donde la vida
está en la muerte y descansa tu en su féretro.

Todas las sombras pasan y se apagan
las luces. El mundo es solo fábula.
No hay realidades ni apariencias.

Nadie puede decir “yo digo” sino en
sueños y ahora mismo sueñas que
estás soñando tus manos y se mueven
al compás de los signos. Has ganado batallas,
la de saberte vivo en muerte y soñar
en los cielos. Ya no dices como los negros
tordos “oh soledad” , porque tú eres la soledad
y no se habla de lo que uno es. Tampoco
la soledad habla de ti sino se expresa
por tu boca como un sueño que produce
espejismos, dátiles o estrellas fugitivas.

Por fin lo has comprendido. Estás completamente
solo y tus “doloras” son apenas el eco
de un simulacro de fantasmas que hace coro
a los sueños. ¿Si ya estás muerto, dime,
quién te echará de menos? ¿Y qué presencias
desearías tú en la muerte? Aletargarse es todo
y es veneno la vida. Duerme pues y continúa
el sueño donde comienza todo…. Había “una vez”
y el canto de las nornas* y ya no mires las
estrellas… no hay veranos o inviernos y no existen
cerezos en el jardín que construyó el deseo.
Solo sigue la ruta que te trazó el no estar más
aquí y ya sin espejismos ni desiertos – con los
muertos anhelos – volverás a ser número sin nombre.
Todo nombre es pecar contra la muerte.

*(Nórdico antiguo: norn, plural: nornir) son tres dísirs conocidos por los nombres de Urðr (Urd, el pasado), Verðandi (Verdandi, el ser) y Skuld (Lo que vendrá). A Skuld también se la podía ver cumpliendo el rol de Valquiria.

Oscar Portela (Corrientes/Argentina)

Detrás del dolor

Hace una larga oscuridad que tengo frío. Apelo desesperadamente al tacto porque mi máscara no tiene ojos. Roba los míos, pero también los pierde.
Ahora, mientras en algún lugar del mundo la espuma del mar balancea naves antiguas, aquí, yo, en este desierto que me transforma en extranjera, a través de estos oídos de hierro, escucho quebrarse un tallo de magnolia.
Tanto he mirado el cielo en una época blanca en que cruzaba puentes hacia la felicidad. En la que el sol me raptaba hacia dulces prisiones donde crecían árboles de miel. Tanto...
Yo, durante siglos enarbolando tardes verdes, desplegando mundos fuera de relojes, hoy, sumida en una hora interminable, detrás de este velo que cubre todo lo que pertenece a mis sueños, espío. Sin ver, espío detrás de lo que aún queda: mi máscara de hielo, herrumbre, soledad. Espío entre ritos salvajes la celebración definitiva de mi ser a la intemperie.

Susana Cattaneo (Buenos Aires/Argentina)

PÁGINA Nº 10 - NARRATIVA

La playa

Por Guillermo Ibáñez (Rosario-Santa Fe/Argentina)

Estábamos con mi mujer debajo de la sombrilla. Ella leyendo una parte del diario; yo la otra.
El paisaje casi solitario atrajo más mi atención que las noticias y abandoné esa página de informaciones (por otra parte, todas o casi todas terribles). Así, sentado, me puse a ver el mar que amo, lo desierto de la playa en ese marzo y dos mujeres que junto a la orilla se mojaban los pies mientras miraban distraídamente y charlaban.
De pronto me di cuenta, o creí, que una de ellas, a quien llamaré “la polaca”, miraba hacia donde yo estaba. La atención dejó el paisaje y se concentró en ella.
Me distrajo la aparición de un hombre que inmediatamente reconocí como el que fuera bañero de esa playa durante tantos años y ahora ejercía una especie de jefatura de la zona. De pronto el sujeto ingresó al agua y se alejó tanto que sólo se divisaba el gorrito blanco en medio del mar. Estaría a unos trescientos metros y mi vista lo seguía atentamente. Apoyado sobre ambas manos me erguía de tanto en tanto, cuando me parecía que lo había perdido de vista. De esto me sacó mi mujer al comentar, bajando el diario...
—Mirá ese hombre, tan lejos (con su usual exclama-ción)... ¡Cómo se anima, qué barbaridad!
—De todos modos, qué arriesgado.
Y siguió leyendo con la atención que la caracteriza, comentándome de vez en cuando alguna noticia.
Salido de este tema reapareció mi preocupación por “la polaca” —como ya a esa altura la había bautizado por su esbelta figura: rubia, nariz respingada, ojos que supuse claros—. Seguía mirando hacia mí. La tentación de un gesto (que ensayé mentalmente), me pareció algo sin posibilidad ni futuro.
Renació mi interés, cuando justo su acompañante empezó a caminar por la orilla, alejándose bastante y ella se metió en el agua. Me dije: yo también quiero ir al agua. Si voy ahora, alguna palabra se puede cruzar...
Pero, nuevamente, mi definición de que soy un hombre retirado de la “guerrilla urbana” (así le llamo al conocido como atraque), la ausencia de probabilidades y la presencia de mi mujer que —como es de imaginar— negaba toda chance, hicieron que desestimara la intención.
No obstante seguí mirándola y, a veces, como el destino quiere ayudarme, la polaquita salió del agua, levantó su mano en busca de la atención de su amiga a lo lejos y se encaminó hacia ella.
El camino del agua estaba ahora libre.
Puse el pedazo de diario bajo un bolso y me encaminé hacia ese mar que añoro en la distancia y disfruto como un goce supremo cuando lo tengo cerca, o más cabría decir, cuando su inmensidad me abraza, me golpean sus olas, me arrulla como un canto de sirenas su ininterrumpida rompiente que se hace espuma en la orilla y cuyos últimos restos acuosos penetran en la arena; quizás para que las huellas del hombre se marquen, y para después que creyó imprimir esa huella (oh, lo efímero y transitorio de las cosas), venir con otra ola y borrar sus pisadas y la historia que esas pisadas trataban de contar. Digo esto, porque realmente el mar es mejor que cualquier diván, que cualquier terapia, más poderoso que cualquier otro dios.
La sensación de frescura en los pies me sacó del ensimismamiento y ya fue vivencial pisar haciendo ruido y salpicando alrededor, hasta encontrarme con las primeras olas y el agua llegándome a la cintura.
Eran las cinco de la tarde, más o menos; lo digo por la posición del sol. Parecía que estaba en una playa personal. Habría en ese momento, cuatro personas en cuatrocientos metros a la redonda. Una, mi esposa, impávida, leyendo a unos ochenta o noventa metros de donde yo estaba. Otros dos hombres, bien lejos, casi en el límite expresado y sí, bien cerca, en la orilla y precisamente mirando cómo yo jugueteaba con las olas, hacía la plancha, me zambullía debajo de alguna muy alta, se encontraba una mujer descalza con un pañuelo en la cabeza, con un vestido o salida de baño largo, color rojo y estoy seguro de que me miraba, le veía los dientes. Tenía, sin duda, expresión de risa. La tenía a veinte metros. Me tranquilizó pensar que estaría divirtiéndose con mis payasadas. Por un momento me sentí un tanto ridículo, pero el paisaje se impuso a mis ojos y olvidé todo y gocé esas gaviotas aterrizando y elevándose con una gracia inigualable. Pensé que una de ellas era Juan Salvador porque hacía todo lo que se le antojaba sin seguir las supuestas directivas o metas que esa hora de pesca indicaba a las otras de su especie.
Algunas nubes a lo lejos, daban una impresión mágica al cuadro. Los rayos del sol se colaban por ellas, como a través de una seda, el fuego. Aun hacía mucho calor. El instante era en verdad inefable.
Mi mujer, allá, leía. La mujer de la orilla seguía mirándome y parecía sonreír. Las figuras de las dos jóvenes se perdían en la lejanía, entre la bruma del agua y el espejismo de la superficie irregular. Los hombres, en el confín del cuadro, parecían cruzados de brazos, parados e inmóviles.
Entonces, de pronto, mis pies no palparon ya la arena del fondo, el agua me cubrió, mis ojos se inundaron, salté y apareció el paisaje inmóvil con mi mujer a lo lejos leyendo sin mirarme (ella que siempre me seguía con su mirada cuando yo iba al agua), los hombres como estatuas clavadas en la distancia y las gaviotas detenidas en el aire en pleno vuelo. La chica que hasta un momento antes parecía divertirse con mis zambullidas y que siguió mirándome después, justo ahora había girado y estaba como viendo el mismo cuadro que yo pero dándome la espalda. Ella, ahora creo que no se reía de mis payasadas. Esa mujer simbolizaba algo. Esto lo pensaba en décimas de segundos en las cuales emergía y volvía a sumergirme buscando desesperadamente con las puntas de mis pies, un suelo donde apoyarme, una salvación.
Además, no creía que fuera válido gritar en demanda de auxilio, yo que había visto sacar a tantos hombres que se estaban por ahogar o ya muertos y recordaba sus pálidos semblantes, yertos sobre la arena o en camino a un inútil hospital sobre una camilla.
Quería hacerlo por mí mismo y sintiendo que era imposible, me dije que debía aguantarme sin gritar, sin nada; morir como se debe, sin escándalo, sin ruido, sin que nadie despertara.
Al emerger, otra vez ese paisaje quieto, las inexistentes olas, algo extraño en la nariz y los pulmones que me decía que era la hora y tenía que ser fuerte, aguantar y morir sin decir nada.
Pero también quería salir, buscaba afanosamente con los pies un sitio, un fondo en el cual hallar la salvación, aunque el nivel del agua parecía subir y bajar en mis ojos como cuando viera esas películas que la cámara toma la superficie y bajo el nivel alternadamente.
Pensaba en mi mujer allá a lo lejos leyendo.
Vi, o me pareció ver, que la mujer de la orilla tenía una piel extremadamente blanca, pálida diría, como una imagen singular de la muerte que me hubiera venido a buscar. Entonces grité, moví manos, pedí auxilio y al sumergirme de nuevo pensé que al salir ya alguien me habría visto.
Pero el paisaje seguía como una fotografía y un velo que no podría traducir de qué materia se componía iba espesándose… el paisaje se diluía.
Pensé que debía gritar más fuerte, que el viento en contra de la dirección de mi pedido se confabulaba para apagar la voz; junté nuevas fuerzas, salí y grité con todo lo que podía, vi que mi mujer a lo lejos, parecía ahora sí mirarme, pero de costado, simulando que seguía leyendo el diario. Calculé si no sería ésa la respuesta final a mi pretensión de mirar a la polaquita de hace un rato y a otras cosas que yo creí que nunca se había enterado. Y si las sabía y ahora no me miraba era para disimulada-mente verme perecer.
Como en una película, acudían memorias de lo estudiado sobre la vida de las arañas que se dejan hacer el amor y después matan al macho y lo devoran.
Mis pies no encontraban lugar, el agua parecía estar conquistándome, mis miembros no articulaban movimiento alguno y sólo mi mente no moría. Los ojos, percibiendo un paisaje cada vez más nublado como si una membrana de humo que se engrosara cada vez más me separara de todas las cosas.
Como última imagen, apareció la nítida figura de la mujer pálida que ahora me había vuelto a mirar, sonreía dulcemente mientras venía hacia mí —o eso creí—, sólo quedaron en el espacio y el tiempo, (ya que todo lo demás se había borrado), ella y yo, juntos.

PÁGINA Nº 11 – RESEÑA DE LIBROS

Luisina Crespi – Santa Fe/Argentina - “De los dedos” - Premio “José Rafael López Rosas” Año 2006.

La producción poética de Luisina es de corte intimista, ya que alude a temas propios de una experiencia sentimental intensa, plena de vivencias y sensaciones vitales, pero no por eso se limita a las impresiones superficiales o sensibleras, porque se exige a sí misma una escritura cuidada, digna de una orfebre del verso, y por eso el efecto estético que producen sus versos no resulta para nada frívolo ni cursi, sino tan fuertemente significante, que estremece… Sus palabras tan elocuentes Se desgajan (como) las horas/ en el latir del otoño. / El tiempo enmudece/ sobre las manos desnudas./ (que)/Se deslizaron fuera de la sombra/ como una rosa gris./ Su latido sacude el silencio/ en el día sin nombre./
Su joven existencia en el itinerario de la poesía se halla aquilatada por una incesante búsqueda de sentido, con la intención de revelar, a través del mágico poder evocador del verbo, la revelación de una pasión que invita al lector a seguir sus percepciones, sus estremecimientos e impulsos.
Las manos recorren, palpan, buscan, esperan, se aquietan, se dilatan, se rinden o aletean como las mariposas, tratando de encontrar señales, signos que logren hacer visible lo invisible, para desnudar los sentimientos más íntimos del ser enamorado…Las manos derrotan las horas, / trepan los muros/ de alguna pena, /desordenan la noche, / la agitan, /entibian./ Rasgando la piel/ los dedos lastiman/ el resplandor entre los cuerpos. /
Podemos decir entonces que esa búsqueda constante –materializada poéticamente a través del ir y venir de las manos- constituye el intento que impulsa a todo escritor a transparentar la esencia sutil de las emociones, a través de la legibilidad que les otorga la Palabra… Sin embargo, sabemos que la lírica se caracteriza justamente por su opacidad, ya que se vale de atmósferas alusivas, propias del lenguaje metafórico y simbólico. Pero Luisina ha sido “tocada por la varita mágica” que le permite trasmutar los sentimientos y sensaciones más íntimas en la sustancia inefable de la poesía. Por eso sus versos reúnen tanta elocuencia y misterio, y sus imágenes resultan delicadas, pero a la vez poderosas.
Cada una de sus composiciones puede ser leída de manera independiente, aunque las mismas se hallan concatenadas de tal manera que constituyen un gran poema, cuyo hilo conductor ya se explicita desde el título, acompañado en la tapa del portador textual por la imagen de una mano abierta a los sentidos, no sólo en alusión a las imágenes sensoriales inherentes al género poético, sino al poder evocador que posee la palabra escrita, cuyo carácter fundante de literaturidad se abre en abanico, para que los lectores-destinatarios puedan abordar el texto según sus estados emocionales, y así apreciar, por ejemplo, la dimensión de esos dedos Distraídos en la oscuridad/(que) recuerdan tus labios;/ detrás del silencio,/ en la levedad de los sueños,/ lloran/ junto a las horas./
Y también hipertextualmente, la cita que le sirve de pórtico al poemario -extraída de “Rayuela”, de Julio Cortázar- anticipa el contenido conceptual de este gran poema de amor, donde con minucioso trabajo de artesana, teje las infinitas maneras de consumar el sentimiento a través de sus dedos de “amante/escritora”: Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me bastara cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar…
También es posible establecer relaciones intertextuales con otras manos… no tanto quizás con aquellas laboriosas, de Gabriela Mistral o de Pedroni, pero sí con las de Delmira Agustini o las de Pablo Neruda, porque también son configuradas a través de un lenguaje puramente estético, pleno de imágenes y de símbolos, y además porque temáticamente se hallan enlazadas por el semema del amor: L. Crespi habla de Tus dedos (que) quitan/ las telarañas/ de la lluvia pasada, /las voces, las sombras. /Son dueños de las palabras/ cuando los labios estallan. / Son cómplices de la noche /cuando callan. /, mientras que D. Agustini, se pregunta, a través de sus versos que –como ella misma declara- surgen de un bello momento hiperestésico, el más sincero: ¿En qué tela de llamas me envolvieron / las arañas de nieve de tus manos? / Red de tu alma y de tu carne, lía / mis alas y mis brazos. /
Luisina expresa que Sube tu mano,/ tantea mis senos dormidos, menea y palpita/ la flor que descubre./ El sueño se ha esfumado, pero mantener /los ojos cerrados/ me sumerge/ en el danzar de tus dedos/ que se estiran, /se desnudan, /me hablan,/ me llevan./, cuando Delmira revela que las manos me alzaron como un lirio roto / de mi tristeza como de un pantano; / me desvelaron de melancolías, / obturaron las venas de mi llanto, / las corolas de oro de mis lámparas / de insomnio deshojaron, / abrieron deslumbrantes los dormidos / capullos de mis astros, / y gráciles prendieron en mi pecho / la rosa del Encanto./
L. Crespi –siguiendo con este contrapunto polifónico- confiesa que sus dedos Despeinan/ la tarde que se pierde;/ turbados/ hacen sudar el alma/ y esconden entre tus manos/ esta luz habitada de fantasmas./ Y en el caso de D. Agustini, la originalidad no reside en la forma, en la “estética” –que cultivaran con esmero los grandes maestros del Modernismo de su tiempo- sino en la genialidad de su temperamento, en la profundidad categorial de su vivencia lírica. Eso es lo que define básicamente su originalidad, el sentido subliminal de su inspiración erótica: Mis alas embriagadas de pereza / con dulzura balsámica peinaron, / les curaron las llagas de la tierra, / apartando las puertas del Milagro, / con un gesto que hacía un horizonte / una vía de azur me señalaron…/ Yo abrí los brazos al tender las alas…/ Quise volar… ¡y desmayé en tus manos!/
En el poema “Para tus manos”, Delmira las recuerda por ser tan vivas como dos almas,/ tan blancas como de muerto,/ tan suaves que se diría/ acariciar un recuerdo; /vasos de los elixires,/ los filtros y los venenos;/, tal vez esos dedos son los de Luisina que Deforman los hilos/ que me unen a las sombras, /se balancean limpiando/ la distancia de la noche,/ la breve historia de mi alma./ Dejan desnuda mi piel/ y un escalofrío blanco/ se desliza/ junto a ellos./ ¿O son esas manos que D. Agustini exalta, porque ellas abren sin fin sobre mi vida,/ como un cielo presente aunque lejano,/ y de sus palmas armoniosas bajan/ noches y días alhajados de astros,/ o encapuzados de siniestras nubes/ que me apuntan sus rayos…?/ ¿O quizás son las manos de L. Crespì las que Destejen el cielo gris de la tarde, / desparraman la lluvia que clama, / llora. / Traen una luz blanca/ que desnuda la noche./? Ah, y el tiempo… ese tirano que sigiloso pasa, tratando de arrastrarnos en su vorágine, también se hace presente en el intento explícito, por dominarlo con las manos: ¿Contendrán esas manos divinas, invisibles,/ el doloroso signo de las supremas leyes?... –se pregunta Delimra- ¡Yo creo que, solemnes, dominarán al Tiempo/ y, dulces, juraría que hechizan a la Muerte!/ Es por eso que Luisina expresa: Quisiera que mis manos/ fuesen dueñas del tiempo; /entonces/ mis dedos serían agujas /para hilvanar/ las horas perdidas./
Continuando con este trabajo de hiperglosia, L. Crespi habla de los dedos que Seducen el borde de tus labios/ y descienden/ con la respiración entrecortada./ tantean el final/ y regresan,/ parecen morder la piel/ como si quisieran arar/ la luz con su lenguaje, /como si para adueñarse/ hubiese que dejar huellas./, mientras que Pablo Neruda, desde Los versos del Capitán, uno de los libros de amor más famosos y leídos, expresa: Cuando tus manos salen, / amor, hacia las mías, / ¿qué me traen volando? / Por qué se detuvieron / en mi boca, de pronto, / por qué las reconozco / como si entonces, antes, / las hubiera tocado, / como si antes de ser / hubieran recorrido / mi frente, mi cintura? /
L. Crespi percibe Entre luces que llegan/ y voces que desgranan/ una sombra (que) tiñe la noche./ Mis dedos/ rodean el cansancio,/ descifran esa luz suspendida/ entre los párpados. / Sobre tu rostro / un gesto mojado, / sobre mi pecho/ tu mano se estira./ Y para P. Neruda, Su suavidad venía / volando sobre el tiempo, / sobre el mar, sobre el humo, / sobre la primavera, / y cuando tú pusiste/ tus manos en mi pecho, / reconocí esas alas / de paloma dorada, / reconocí esa greda / y ese color de trigo. /
Rosario, la destinataria de Los versos del Capitán, afirmaba que ellos eran como él mismo: tiernos, apasionados y terribles… Sus grandes manos eran de una blandura dulce, cuando escribía esos poemas que la hacían subir al cielo o bajar al mismo infierno: …la almendra me anunciaba / tu suavidad secreta, / hasta que se cerraron / tus manos en mi pecho / y allí como dos alas / terminaron su viaje. / (“Tus manos”, de P. Neruda). Luisina comenta que Se deslizan contorneando/ la dibujada curva de los senos. / Parecen hojas ramificadas. / Se clavan en mi pecho/ como espinas negras/ que derraman la soledad/ sobre el cuerpo./
Si seguimos transitando los caminos de la poesía en lengua española, encontramos otras resonancias: las de Vicente Barbieri, porque en sus versos también subyace la realidad, pero transfigurada por medio del código simbólico, con imágenes poderosas, plenas de adjetivación libre: Yo pensaba la pena de perderte/ en viajes de la sangre, en los países/ de los lentos regresos, oh, regresos,/ cuando las siemprevivas de tus manos/ encendían las brújulas natales/ con hondas amapolas protectoras./, en tanto que a L. Crespi le preocupa El recuerdo enajenado/ en un lugar de mi mente;/ protegido/ sobre flores marchitas/ donde mis dedos aún/ se retraen/ y gritan en penumbras./
También se oyen las voces de Olga Orozco, de raíz surrealista, pero identificada con los conflictos del ser: Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte/ o te espante este calco vacío de otra mano que creíste encontrar. / ¿Será por eso que Luisina se queja de que Un nombre lastima/ las horas dormidas,/ rasguña el olvido/ y escucho que gime/ entre los dedos./ El compás de mi respiración/ acompaña su funeral ?/
Y por supuesto, trasciende la voz profunda, intensamente personal, libérrima, de Alejandra Pizarnik: no más dulces metamorfosis de una niña de seda/ sonámbula ahora en la cornisa de niebla/ su despertar de mano respirando/ de flor que se abre al viento/…/ que es frío es verde que también se mueve/ llama jadea grazna es halo es hielo / hilos vibran tiembla/ hilos/ es verde estoy muriendo/ es muro es mero muro es mudo mira muere. /
Toda actividad humana adquiere significado si aporta algún sentido a la existencia, y en la literatura, específicamente, lo hace mediante la belleza de la imagen, cuando Hay una lentitud exhausta/ entre las horas y el final, / entre la presencia y lo perdido./ En el medio,/ los dedos complacidos/ arrancan palabras/ para detener la noche./
¡Tamaña tarea, la del poeta, hoy inmerso en un contexto sociocultural signado por la violencia y el caos! Por eso, este poemario constituye un remanso en medio de tanta desesperanza, de tanta frustración e hipocresía… Porque indudablemente lo que perdurará por siempre es la belleza: sólo la belleza y el amor salvarán al mundo de la desintegración. Y es por eso que no resulta para nada extraño que este poemario resultara merecedor el premio “José Rafael López Rosas”, en el año 2006.
Pocas cosas existen más frágiles que las voces poéticas; sin embargo esa misma fragilidad es la que sugiere tanta belleza y tanta maravilla: en este caso son dedos sutiles como la brisa, como el aliento, como los susurros, los que Duermen,/ desnudos como el mar./ Esperan el viento, /“el susurro”/ para romper como las olas/ sobre tu cuerpo./
Y ¿cómo lograrlo sino engañando a la gramática, ahondando los espacios en blanco, para ocuparlos con silencios elocuentes, en un mágico ensamble de palabras y de pausas? En el silencio/ un hueco, / desordenado y dulce/ que viaja sin lenguaje./ Mis manos cansadas/ entrecruzan nuevos sonidos/ que jamás volverán. (Como manifestara Alejandra Pizarnik, “Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se formó el silencio”.
Y ¿cómo hacer para que un acto vital, un momento de éxtasis o una caricia puedan adquirir dimensión significativa, sino a través de la poesía? Percibo la mano/ apoyada en mi hombro. / Sus dedos se estiran, /tantean y caminan, /recorren mi espalda /como miles de gotas, /como si tu ausencia /me persiguiese /en lluvia./ Por eso- sigue diciendo A. Pizarnik- en la poesía cada palabra dice lo que dice, y además más, y otra cosa…

Prof. Liana Friedrich (Rafaela-Santa Fe/Argentina)

Gema Santamaría-Managua/Nicaragua--Antídoto para una mujer trágica

Dulcemente trágica, perversamente tierna, Gema Santamaría (Managua, Nicaragua, 1979) responde a un linaje proverbial de celebridades como Ernesto Mejía Sánchez (1923, muy apreciado en México, donde falleció a finales del siglo XX), Martínez Rivas, Ernesto Cardenal (1925) y Pablo Antonio Cuadra, entre otros, quienes dentro de la historia de la literatura hispanoamericana cobran particular resonancia . Y justamente por esta raigambre resplandeciente, por su condición de mujer, sería fácil caer en el estereotipo y señalar, de primera intención, que el poemario Antídoto para una mujer trágica, pertenece a la lírica centroamericana donde la innovación, la autenticidad y el dinamismo revolucionario –no sólo en el ámbito político- son determinantes, y además, en el segundo caso, responde a una manera de ser femenina, ajena al discurso masculino dominante y, sobre todo, que pretende “escaparse del falocentrismo”, como invocaban las viejas feministas angloestadounidenses.
No pretendo repetir que “lo escrito por mujeres reafirma el valor de lo femenino”, ni caer en los cuatro modelos propuestos por la crítica con esta temática: 1. Modelo biológico, sexista, que responde al ámbito orgánico de la mujer, 2. Modelo lingüístico, que en momentos pretende reinventar el lenguaje, 3. Modelo psicoanalítico, que incorpora los modelos anteriores en una teoría sobre la psiquis o el ser femenino configurada por el cuerpo, el desarrollo del lenguaje y el papel del sexo en la sociedad, y 4. Modelo cultural, que busca definir la cultura femenina como experiencia colectiva inmersa en la totalidad cultural, una conocimiento que vincula a las escritoras a través del tiempo y del espacio.
Habría que agregar a la imaginación, como espacio estético forjado como un ámbito literario activo, para poder decir lo que se quiere decir, básico en todo terreno. Y el silencio, primordial en la creación literaria, en la poesía misma, que provoca y perturba, y establece cadencias y atmósferas.
La imaginación, esa “fuerza que penetra en el sentido interno de la realidad” o “la capacidad para crear sustitutos de la realidad”, como determina Patricia M. Spack, sino ese espacio mágico donde lo maravilloso no violenta las leyes de la lógica sino que forma parte de ella. Por supuesto que escribir “como mujer”, según Marjorie Agosín, no involucra escribir mal, sino sacar a la luz su propio lenguaje, su propio decir, desde la particular perspectiva, y donde el silencio, como un discurso subversivo o como esa zona insonora donde se refugia la mayoría de las que no saben decir, o como forma de evadir a la autoridad para “refugiarse en la interioridad de la imaginación para solamente en este espacio poder decir lo que se quiere decir”
Ardor, experiencia, sabiduría. Pero también conciencia del oficio (pericia técnica), y una visión profundamente auténtica del mundo, son invaluables. Y Gema Santamaría ha demostrado ser una sacerdotisa de la forma, de la expresión reveladora, puesto que la poesía -ese espacio textual donde se busca una poética radical para desestabilizar el lenguaje, transformándolo, modificándolo, haciéndolo nuevo cada día, dinamizándolo, como sugiere el viejo Pound -, se determina de manera incisiva en los 39 poemas de que consta Antídoto para una mujer trágica. Recobrar lo petrificado de la substancia lingüística que subyace en la Palabra, en ese vacío léxico extraviado en la Torre de Babel, para castigo de los hombres, según Murena y Foucault y que el poeta debe recuperar. Pero a pesar de eso, el lenguaje sigue siendo “el lugar de las revelaciones”, donde el mundo pretende establecerse, ser. Cierto: la Palabra nos perpetúa: es la memoria hecha substancia y, la naturaleza, según los hebreos, es ese espacio poblado de letras y palabras.
De este mundo, obstinadamente hostil, perturbadoramente espléndido, nos canta Gema Santamaría. Sinécdoques y metáforas van generando una expresión que, no obstante, se vuelve en momentos intimista, confesional: la mujer se pinta las uñas, se “texturiza”, casi de manera similar como en “Contradicciones ideológicas al lavar un plato”, de Kira Galván (México, D. F., 1956).
Gema y Kira Galván se hermanan a distancia, puesto que en ambas la historia se encuentra presente como una afirmación hegeliana, como una adecuada herramienta metodológica de conocimiento, de interpretación. Precisa Gema Santamaría:
“pinté mis unas de rojo. porque sí. porque el día me ha parecido aburrido, sin sobresaltos. con puras tragedias enanas envueltas en pequeños sobres de oficina. porque en el metro vi a un papanatas leyendo el periódico y viéndome el escote, con la discreción de una vaca rumiante, y pensé que mis uñas de rojo serían una buena advertencia: afiladitas como las de una gárgola, porque en el estado del tiempo han dado los tips de la última moda y en lugar del rosa que cubre las sonrisas dietéticas de las pasarelas, me decidí por el rojo. al fin y al cabo un color más ardiente para este mayo tan o más tropical que cualquier verano de fiesta. porque he llegado a casa y en lugar de apagarme como todas las noches, después de la divertida faena de celulares enfermizos y avenidas voladoras, decidí jugar con el pequeño pincel de las pinturas de uñas. imaginar que, ese frasco pequeño, no esconde el aroma de algún químico adictivo, sino el olor metálico de la sangre recién lastimada. pinté mis uñas de rojo y pinté también esa sábana blanca con la que nos cubren a todos justo después de la muerte”. (p. 51)
Galván alude a ese ceremonial “insignificante” al aplicarse el maquillaje, independientemente de su origen primitivo, mágico, del orden antropológico, pero que asume otra significación menos evidente: connota la manipulación de que son objeto las mujeres en la sociedad contemporánea, e ironiza sobre la no-superación de las contradicciones:
“Me pinto el ojo / no por automatismo imbécil / sino porque es el único instante en el día/ en que regreso a tiempos ajenos y/mi mano se vuelve egipcia y/el rasgo del ojo se me queda en la Historia./La sombra del párpado me embalsama eternamente/como mujer”
La autora observa la vida como una “calculada trampa”, donde el sexo puede ser un abandonado temblor entre las piernas “de esos que derriban ciudades/ y erigen imperios” (p. 31), mientras que la condición del Yo (su cuerpo femenino), se transforma “en un charquito de agua enjabonada”(41); el mundo –hostil, aburrido, intransigente- se vuelve un rito amoroso, “carne tibia y deshuesada como aceitunas flotando en la saliva de un martini” (p. 47), en tanto el instinto se revela como “antesala de la locura” (p. 55). Es interesante también la deconstrucción que establece fonéticamente con un adjetivo (amarillo) y una forma enunciativa (amar y yo). Y cuando el lenguaje es insuficiente, Gema Santamaría subvierte la prosodia: feminiza los sustantivos: cangreja (p.31), animala (p. 37). Aquí se advierte la conexión entre escritura, género e ideología puesto que la poesía, la literatura, constituye una forma de conocimiento, donde el mito, incluso, no puede faltar. Y es que el verso, ya lo sabemos, es un código rítmico, una manera de respirar.
La experiencia que asume con el lenguaje, los ámbitos metonímicos, cuya morfosintaxis dispersa la univocidad -provocando hipálages e isotopías- establece una dimensión sonora, un territorio donde no hay titubeos. Prescinde de las mayúsculas y las pausas son marcadas por diagonales, a la manera del poeta argentino Juan Gelman. Hay, ciertamente, combinaciones discursivas: el verso acentual (amétrico, irregular, y que algunos señalan como libre), se concilia con el verso corrido (lo que algunos torpes denominan “prosa poética”, soslayando la intención sonora, la combinación silábica).
Para concluir, Gema Santamaría, independientemente de sus recursos versiculares, sabe manejar su cadencia rítmica, íntimamente vinculada a las metáforas, que evidentemente muestran (de ahí el término de fanopea, que señala Ezra Pound) el otro contenido de la realidad. Antídoto para una mujer trágica constituye un volumen de poemas muy bien articulado donde el mundo se concilia con esa visión sensible, profunda, que asume la autora para ingresar, de lleno, en las dimensiones de lo femenino, aunque sin actitudes sexistas o feministas.

Profesor Óscar Wong (Chiapas/México)

PÁGINA Nº 12 - ENSAYO

Aguante Doris

Por Esther Andradi

La literatura de Doris Lessing es de lo que no hay, aquello que creíamos recluido definitivamente en los sótanos, derivada a las mesas de saldo, en algún desván del pasado irredento. Y sin embargo, ahí vuelve, recuperada por un premio que, dicen, llega tardío, y sin saber qué significa esa categoría -el Tiempo-, me digo que en buena hora, que nunca es tarde para premiar lo excelso. El lujo de una clásica.
«Me estaba desternillando de risa, me reía de las mujeres libres»
Anna Wulf
«Si las jóvenes supieran, si las viejas pudieran...»
Jane Somers
Cómo olvidar la conmoción que me produjo El cuaderno dorado. Ninguna de nosotras, las que lo hayamos leído, volvió a ser la misma después de esa lectura. La protagonista, esa mujer llamada Anna Wulf, encarnaba no una sino las muchas que nos debatíamos por ser. Cuatro cuadernos de escritura, el rojo, el azul, el amarillo y el negro que como un delta venían a dar a la mar del cuaderno dorado, estructuraban una novela fuera de lo convencional. Diferente. El diario de las emociones y el de la vida política, el de las discusiones y las desilusiones y las utopías del siglo XX, el manuscrito de la novela Mujeres libres y los apuntes de posibles temas para futuros emprendimientos literarios. Porque Anna Wulf además de mujer, era escritora. Como si vivir peligrosamente con una de estas condiciones no fuera bastante. «En el momento en que me siento a escribir, alguien entra en la habitación, mira por encima del hombro y hace que me detenga». Las preguntas del para qué, la tartamudez, el desengaño, la fuerza de las cosas, la biblia y el calefón, los hijos y la mar en coche, la producción obsesiva en medio de pañales y las pausas diarias y sobre todo ese dedo grande encima que indica que hay que escribir algo que valga la pena. Y siempre esa autocensura con la subjetividad y sus límites, sobrevolando.
La traducción de El cuaderno dorado tanto en español como en alemán llegó recién en 1978, casi veinte años después de su publicación, y dudo que en esa oscura época haya arribado a las librerías argentinas. Fue en Lima que tuve en mis manos aquella primera edición española de la Biblioteca Universal Caralt, y que devoré como una biblia transgresora, la subrayé y llevé conmigo a través de los países, un libro que, a pesar de su traducción, dejaba entrever una prosa magnífica y una fuerza narrativa, sostenidas ambas por una estructura exigente, distinta, nueva. Volví a él una y otra vez, y cuando estuve a punto de escribir una tesis de doctorado en literatura releí el prefacio, aquel que Doris Lessing incorporó al Cuaderno casi diez años después de su publicación.
Allí escribe: «Mi mayor aspiración era elaborar un libro que se comentara por sí mismo, que equivaliese a una declaración sin palabras, que diera a entender cómo había sido elaborado (...) El libro está vivo y es poderoso, fructificador y capaz de promover el pensamiento y la discusión solamente cuando su forma, intencionalidad y plan no se comprenden, debido a que el momento de captar la forma, la intencionalidad y el plan coincide con el momento en que no queda ya nada por extraer».
No parece casual que algunos notables de las candilejas literarias se hayan sentido abrumados por la decisión de la Academia sueca. Lessing, a una semana de cumplir 88 y 'eterna candidata' al Nobel, había dejado de aparecer hacía años en las nominaciones, acaso por cansancio o por eso que llaman oportunidad, y que esta vez apuntaba como favoritos al italiano Claudio Magris, al sirio Adonis o al estadounidense Philip Roth. Nada en contra, qué va, si es una suerte que existan siempre por lo menos dos o tres o más aspirantes al Nobel. Que si fue muy tarde, que ya es nonagenaria, que por qué no alguien más joven, que por qué otro escritor inglés, en la Feria Internacional del Libro de Fráncfort, stage del Hollywood de los libros, el Nobel para Lessing levantó elogios varios y alguna polvareda. Cómo puede ser que recién ahora la Academia la premie, se preguntaron, perplejos, algunos. Más doloroso es pensar que los temas que trasuntan muchas de sus más de cuarenta obras, como el sexismo, el racismo y el colonialismo no hayan perdido ni un ápice de actualidad veinte años después de su publicación. Pero además de novela política, Doris Lessing escribe ciencia ficción, ensayos, relatos cortos, teatro y hasta libretos para ópera. Por si fuera poco, cuando ya era la escritora anglosajona más leída, entregó a su agente el manuscrito de su novela, Diario de una buena vecina, con el seudónimo de Jane Somers. Lessing quiso demostrar que la maquinaria de las editoriales y las reseñas periodísticas no se guían por los méritos literarios, sino por el éxito pegado a un nombre. En efecto, le resultó bastante difícil colocar la novela, y cuando fue editada, apenas si unas pocas mujeres periodistas se ocuparon de la desconocida Jane Somers, en quien veían una semejante.
La literatura de Doris Lessing es de lo que no hay, aquello que creíamos recluido definitivamente en los sótanos, derivada a las mesas de saldo, en algún desván del pasado irredento. Y sin embargo, ahí vuelve, recuperada por un premio que, dicen, llega tardío, y sin saber qué significa esa categoría -el Tiempo-, me digo que en buena hora, que nunca es tarde para premiar lo excelso. El lujo de una clásica. Sostiene Doris, habríamos dicho años atrás, aguante Lessing. Sea como fuere, me siento a mirarla, sentada ella misma en el umbral de su casa recibiendo a los periodistas con su tenida azul, su pollera, su trenza en el pelo plateado y su bolsa del mercado. Con esa voz capaz de desgranar la mejor de las ironías y su picardía de sabia. «Cómo voy a brindar si ustedes ni siquiera han traído el champán», le dijo a los periodistas. Y después saludó con su vaso lleno, diciendo que era ginebra. ¿O era agua? ¡Salud Doris!
Nosotras, sus lectoras, las que decimos con ella, las que soñamos con la utopía como ella y fuimos defraudadas, una y mil veces, las que como ella seguimos sorprendiéndonos, decimos gracias Doris, gracias crisálida, mariposa. Por esta vez la anciana sabia es reconocida. No teman, mírenla, sentada en el umbral de su casa, con la alegría de una quinceañera, la vieja Doris. En vos se escribe la luna nueva. Tarde o temprano, todo llega. Entretanto, hay que salir al mercado a comprar la verdura fresca como si fuera la primera vez.

PÁGINA Nº 13 - POESÍA AMERICANA

El tigre

El tigre que me espera en la espesura
tiene mis mismos ojos
donde el pan y el fuego
tejen las llamas sutiles
de todos los imperios.
El tigre que me espera en la espesura
tiene mi mismo sino. Sólo que yo
he caminado los senderos que él desdeña,
me he sumergido en abismos
donde no llegan tigres ni silencios.
He bebido el dolor de milenios
y he esperado el atardecer de mi vida
mientras mis manos verdes
caían a pedazos
sosteniendo los trozos de la jarra
rota diariamente por la tarde.
El tigre brama. En su piel
lloran los hologramas
y los lejanos pucheros de la noche
aguardan que los beba
y los beba
hasta que el infinito se pudra
junto a un hermoso cadáver
en un costado de cualquier camino
mientras un coro de brujas
arrulla destripados gatos
en un silencio cómplice de sombras.

Gocho Versolari (Venezuela)

Es otro el tiempo

En este cuarto con resuello de señor hay sensación de paz
Un rayo atraviesa la hendija de la puerta
y el hueco de la ventana
De extraño modo vuelvo la mirada
y escucho en su boca el chasquido de la lengua
Ya no pica en mi rostro el viento
ni la playa sostiene mis pasos lerdos.
El rumoroso abrazo de mi padre calla
Las voces de los tira bomba
Las bombas de los mata peces
El ronco sonido del jeep sobre la arena
también calla.
La infancia sostenida es un trozo de papel
Coraza y adarga lanza esta palabra
Sólo este oficio me sostiene
Y sin pedir favor a nadie
La dejo ir, a buena hora.

Karla Sánchez (Managua/Nicaragua)

Test

¿Qué es Bolivia?
¿Un conglomerado de cadáveres?
¿Un colectivo lleno de militares?
¿Una masa enorme de tierra silenciosa?
¿Una planicie de rostros terrosos?
(Impasibles miradas cansadas de esperar)
¿Una altitud de cartón-piedra?
¿Una caída vertical de la pobreza a la nada?
¿Un grupo de niños pijes de anchas corbatas?
¿Una cadena de resentimientos y mentiras?
¿Un puñado de crímenes detrás de la basura?
¿Un niño muerto en una caja de zapatos?
¿Un libro de poemas que arde porque sí?
(Porque invade la sangre de quien lo lee)
¿Un escritorio, dos escritorios, tres escritorios?
¿Una tienda de campaña?
¿Una lluvia pasajera?
¿Un costal de títeres quemados?
¿Un periodista que siempre cae parado?
(Como trípode con un rollo de dólares
que le alegra el ano)
¿Una página menos, siempre tan lejos
de la historia?
¿Un grupo de universitarios confundidos?
¿Un poema, dos poemas, este poema?
Escoja solamente diecinueve respuestas.
Ni una menos.

©Alfonso Gumucio (La Paz/Bolivia)

Inventario

Nada fue tuyo.
Sólo imaginaste una casa y la luna.
El fuego vacilante de la llama.
La mensajera noche
alta en la soledad de tus estrellas

La sombra perfecta y fiel dictando
el paso de las constelaciones.
La música del agua...
Ahora lo sabes.
Palidecen las manos.
Miras el tiempo de tu cuerpo,
el tiempo de los ríos,
el tiempo de las ruinas.

Basta que quisieras dormir
sin pronunciar la última palabra.
Que sólo desearas
ya no mirar y desatar los brazos.

Sólo eso bastaría...
Pero no sabes cómo.

Amparo Osorio (Bogotá/Colombia)

Matriciata

calma
ten calma
van a cortar el cordón umbilical
te van a poner en la vida
esa ruta transitada
procura no ser un vagabundo
pero no está mal que lo seas si quieres serlo
anímate a cortar por lo diferente
no te repitas, en nombre de los ángeles innombrables del cielo
no lo hagas, sé tú
y no te midas con los otros
ni sigas mis consejos
tómalo con calma
ya que estás aquí, juega tu juego
pero que sea tu juego
van a ponerte un anillo como si fuera una corona
pero es un anillo
un círculo que cierra
ten calma
te van a poner a trabajar como si fuera tu ilusión más querida
te van a poner a trabajar en una condena
en un círculo que se cierra sobre ti
calma
sigue el compás, silba tu canción favorita
no temas cantar fuerte cuando quieras cantar fuerte
aunque se prohiba cantar fuerte
anímate, no hay animales solos en la granja
ni granjeros solos, ni faena solitaria,
cuando el reclamador venga, dile:
puedo dejar de comer pero no puedo abandonar la poesía
cuando la muertecita se arrime, dile:
tengo páginas por escribir, vuelve en otro momento
o dile: por fin, viniste
o déjame esta última copa de vino
escuchando la música que amo
escribiendo los poemas que nunca escribiré
calma, mi chiquita, ten calma
me voy cuando me estaba sintiendo a gusto
y poniendo a tono.

Álvaro Miranda (Montevideo/Uruguay)

Recuento de daños

III

Me duele tu nombre
y los pájaros de la tarde
lo recuerdan como al mejor de los lamentos

No sé cuando aprendieron a cantarlo
si son los mismos que cada tarde
quiebran la mudez de los parques.

Camino y las calles saben a tus ojos
a esa ausencia interminable
que he inventado.
no tengo excusa para llorar,
ni siquiera una razón pactada
para exigir tu regreso.

Marcharse es borrar la historia
que la piel ha grabado
sin permiso y sin miseria
sin motivo aparente
como llamas de hielo
perforando la risa o la mueca
que mi boca remeda.

El día es la dimensión interminable
el encuentro, la comunión y la soledad
al mismo tiempo.

Cada amanecer hiere más que el sol
que se marcha por las noches
porque me ofende
con la esperanza
y yo sólo sé mojar estas hojas
que el día seca así por así
como retándome a olvidarte.

Susana Reyes (San Salvador/El Salvador)

PÁGINA Nº 14 - NARRATIVA

Anécdota contrafactual

“Para comprender cómo fue en realidad, tenemos... que entender cómo no fue en realidad; pero cómo podría haber sido”. Niall Ferguson (*)

Por Estanislao Giménez Corte (Santa Fe/Argentina)

Podemos imaginarlo así. Un hombre camina por la noche sin rumbo. Se reconoce en esa hora; disfruta, con alguna jactancia, de la oscuridad de ese páramo suburbano que a tantos otros intimida. Fija la mirada en la acera derruida que sus pasos dejan atrás con ritmo seguro. Respira hondo en el viento frío; suspira como sacándose el peso de la sal del aire que acumula. Las luces tenues, que rebotan trabajosamente en la vereda deformada por los yuyos, nos permiten adivinar que hay en las líneas que cruzan su rostro señales de alguna nostalgia o pérdida indeleble. Va de norte de sur.
Un hombre (otro) vaga en la madrugada. Desesperadamente arrastra sus piernas a través de la maleza como queriendo dejarse atrás. Observa con ojos vacíos la luna o las aves que pasean cerca. Fuma, suspira y tose; tal vez (podemos arriesgar) quiere conjurar el peso de una mochila interna que carga vaya uno a saber qué inconfesables penas. Va de sur a norte, quizás en busca de una última posibilidad de respuesta o de un accidente que lo desvíe de un destino que intuye inmodificable. En su mirada hay pánico y frío, una honda soledad irresoluble.
Se van encontrar, en una intersección sólo imaginable al arbitrio del dibujo del paso errante. Se conocen desde hace años; no se ven desde hace años. El primero sabe que el segundo asume una situación terrible y horrorosa. En la confluencia, que dura una fracción de segundos o un segundo, ambos sacan la mirada del piso húmedo y ven o creen ver al que viene, que bien podría ser una aparición. Es un destello, pero se reconocen. En los dos, durante ese lapso imposible de tiempo, las fuerzas de la voluntad vacilan. En una fracción de fracción de segundo piensan, tal vez, en detenerse, saludarse, convidarse. Ninguno lo hace. Después es tarde.
Al amanecer, los perros hallarán un cadáver con un impacto de bala autoinfligido. ¿Qué hubiese pasado si no hubiese pasado?; ¿si se hablaban, si se detenían, si respondían a la causalidad de hallarse en ese sitio, en esa gélida mala hora? Algunos opinarán que estaba escrito, que debía suceder; otros, que los actos de los hombres determinan los actos de los hombres; otros, que podrían haberse no encontrado; otros, que esta forma de imaginación o inferencia, que los estudiosos llaman historia contrafactual, sólo sirve para otorgar entidad a este relato o fabular inútilmente. Podemos aceptar esto último; podemos, con la misma justicia, agregar lo siguiente: ¿acaso no es toda nuestra vida una suma informe de infinitas decisiones y omisiones?; ¿no es, acaso, el resultado de esa operación lo que conforma nuestra ruina o nos justifica?
Un mínimo gesto, una demora, un llamado a destiempo, una palabra; modestas conductas que tejen un entramado invisible pero que a la postre definen todo. Ello, ahora, es materia para los teóricos de la historia; a nosotros (a mí) nos interesa, solamente, el momento clave, el instante esencial en que estos dos hombres se cruzaron, se vieron y siguieron, sabiéndolo, el camino que sellaba la muerte de uno y la muerte en vida del otro. Todavía hoy me pregunto por qué no hice nada por mi amigo.

PÁGINA Nº 15 - NARRATIVA

El llanto de la Romina

Por Mónica Russomanno (Santa Fe/Argentina)

Romina era una nena morena, gordita, no de las que descollan en la clase, no de las que son parte del grupo de las nenas que hacen, dicen, de las que uno recuerda. Era de las que están sentadas allá atrás, de las que llevan un taper con un sándwich, de las que no se compran coca cola en la cantina, de las que no suelen levantar la mano y de las que miran para abajo cuando les preguntan algo. Pelo grueso en trenza desordenada, alguna mancha en la remera, la falda demasiado ajustada, las medias de un azul desvaído por mucho lavado.
En las aulas, como en el resto de la vida real, las mujeres se agrupan por cierta clasificación implícita. La forma de pertenecer al grupo de las elegidas es portar un rostro agradable, una personalidad vivaz, esa soltura que proporciona saberse adorable. Las niñas adorables siempre saben lucir algo original, ricas o pobres, una cinta en la muñeca, una caja de lápices, lo que sea, algo las distingue de las demás y es envidiado.
Romina no era adorable. Era una más entre las que hacen el montón, los personajes de relleno. Como los primeros que mueren en las películas de acción y uno olvida mientras sigue la trama con los que de veras importan.
No hubiese podido decirlo, pero lo sabía. Y lo sabía desde adentro y desde afuera, desde el espejo en el botiquín del baño hasta el espejo de los ojos del mundo que la miraba sin atención, sin odio, sin interés. Como si, estando, dolorosamente estando, no estuviera.
Pero una mañana, llegó a la escuela y dijo que era la hermana melliza de Romina. Dijo que se llamaba Yanina, que iba a otra escuela y que se habían intercambiado para hacer una broma.
Pasada la risa inicial, pasado el estupor de que mantuviese su afirmación pese a la pregunta repetida de si no estaba haciendo una broma, la maestra le tendió algunas trampas. Le pidió que hiciera un mandado, que fuera a darle un papel a la señorita María Rosa de la biblioteca.
Romina no sabía cuál era la señorita María Rosa, no sabía adónde quedaba la biblioteca; en el recreo pidió que la acompañase otra chica porque no sabía en qué lugar estaban los baños.
Desconoció el nombre de sus compañeros, describió la escuela a la que asistía, dijo cómo se llamaban sus amiguitas allí. Desplegó toda la imaginación que nunca demostró tener para fabricarse la nueva identidad, y con tozudez y perseverancia fue salvando los obstáculos. Por un momento, logró que la maestra dudase frente a semejante resistencia.
Fue a la última hora, cuando había logrado ir zigzagueando entre las preguntas y las pruebas, cuando la llevaron a la dirección y se quebró frente a la autoridad.
Entonces se largó a llorar y lloró por todo, por ella y por el mundo injusto, por sus medias gastadas, por el desinterés humano, por su piel oscura y por la genética, por ser tan infeliz a los ocho años, por la letra desprolija y por no sentirse amada. Por todo lloró hasta que se quedó seca de lágrimas y tiritando de frío en noviembre.
Y si, dijo que si, que era Romina nomás, que no tenía hermana melliza, que ella era nada más que la Romina, esa nena sin amigas, la Romina morocha y gordita, sólo la Romina, sin gracia, torpe. La Romina.
Había creído que si era otra quizás las cosas saldrían mejor. Que a lo mejor si era Yanina le iban a prestar atención, y las nenas espléndidas, las nenas rubias, las nenas adorables jugarían, una vez, al menos una vez, a lo mejor las nenas espléndidas jugarían con ella. Que a lo mejor lograba salirse, sacar la cabeza fuera del agua, aferrarse a alguna tabla en su naufragio. Que a lo mejor y con la sola magia de cambiarse el nombre, podría ser feliz de prestado.
Sentadita en la silla en la dirección de la escuela, con la cara mojada y la espalda vencida, con sus pequeñas palabras reveló, a los ocho años, la desventura de ser quien no quería ser. Ella misma. Pero aquella vez al llorar, lloró por todos, y ese llanto aún nos abarca.

PÁGINA Nº 16 - POESÍA ALLENDE EL MAR

Elogio de lo que queda.

Apoyo un lápiz en el vacío.

Una miríada de nombres
se pierde
en el acto trivial de elegir
una frase
una palabra
la letra.

Como el tranvía de Gaudí
los trenes sembrarán
vidas inconclusas.

No nos queda
sino esperar.

Edith Goel (Israel)

Canción triste

Nunca podré escribir
"Las hojas muertas"
¿Entonces para qué seguir escribiendo?
Para tratar como tantos otros
de exorcizar mi memoria
o tal vez
de disculparme por haber vivido…

Claude Couffon (Paris/Francia)

I

Ya hemos vuelto de nuevo al invierno de la lluvia.
Tocamos la gran piedra y su alquimia
nos redujo a cenizas.
De nada sirve, pues, la espesa tundra
de pensamientos firmes que tuvimos.
Hemos bajado al cálculo, nosotros,
los que erigimos torres
y fingimos silencios previamente.
Nuestras manos comienzan a diluirse, empero,
no quedó ningún verso capaz de pervivirnos.
Hemos vuelto al silencio,
al oscuro exactísimo que nadie deseamos.
Las gacelas no vierten sus más ligeros pasos
y hace un frío de vidrio que penetra los huesos.
De regreso al lugar donde nos sobra el nombre,
nosotros, los oscuros, no tenemos ya tiempo.
Los hijos, espantados, huyeron tercamente
y sólo somos miedo en las horas nocturnas.
Hemos vuelto a verter, entre la falda
pútrida de la tierra, nuestras viejas pasiones.
Aquí yacen ahora los más deseados pechos,
las narices perfectas de algún actor de moda,
los pinceles secretos que guardara el pintor
más dentro de sus ojos,
la moral predilecta de algún hijo de Dios
cuyo hábito podrido nos muestra los girones
de la ambigua materia.
Aquí se desparraman niños,
vaginas no tocadas convierten en caminos
de larvas su pureza,
se desafora el pánico de no ser más besado,
se diluye la fe
como en un territorio de dioses pequeñísimos
que corroen la carne, impunemente.
Hemos vuelto de nuevo al jardín del invierno
a convertirnos tercos en suicidas rosales.
Si existe el jardinero que cuide nuestros tallos
habrá llegado tarde,
la nieve de la duda ahogó todos los cálices
y en el lugar secreto de la corola muerta
flotan lágrimas frías.

Dolors Alberola (Valencia/España)

Saccheggi

Tra le pietre delle case e delle strade ci sono i volti
dei torturati che lanciano un cenno di saluto.
le popolazioni sottomesse sono troppe, sono tante
per questo le si priva del dono delle virgole e dei punti
però non vogliono starsene in eterno con la testa
reclinata: strappano la carne con i denti
leccano l’acqua che cola dal ghiaccio e dal soffitto.

Ho trascorso gli anni della giovinezza a registrare
le libertà svendute i rumori i suoni dell’erba e della bestia
ho saccheggiato l’aria la terra la musica e, infine, la morte.
l’uomo dallo sguardo attento cerca il controllo automatico
delle emozioni e c’è chi si fa muto chi spia ma io ascolto
la voce dei bambini che non giocano e ti osservano
nel villaggio trasformato in deserto senza petrolio né sabbia.

Da sempre si commettono delitti per scuotere un dio
ma quel giorno lui aveva gli occhi chiusi in un sacco
e le preghiere di scorta erano finite da un pezzo.
forse non è questa la strada giusta
lo dici osservandomi con lo sguardo duro
ma io non posso risponderti che ammirando
il corpo scuoiato della città eterna
i disegni delle nuvole che hanno il respiro corto
come d’un viaggio rimandato troppo a lungo.

Tra le pietre delle case e delle strade ci sono i volti
dei torturati che regalano sguardi di terrore
urla disumane per via delle torture e dei morsi
di cani perfettamente addestrati. Solo la lingua
batte sul marcio intanto il resto resta immutato
anche se separato e messo in disparte, seviziato
e allora come aspettarsi l’attenzione di chi conta?

Sfregio le pareti i soffitti le tende i quadri i colori
così poi lo sguardo ci cola addosso e per un po’
si spegne il controllo automatico del male e del bene.

a Rafael Courtoisie
Medellín, giugno 2004

Saqueos

Entre las piedras de las casas y las calles están los rostros
de los torturados que lanzan señales de saludo.
las poblaciones sometidas son tantas, demasiadas
por eso las privan del don de las comas y los puntos
pero ellas no aceptan quedarse eternamente con la cabeza
baja: arrancan la carne con los dientes
chupan el agua que se desprende del hielo y de los techos.

Me he pasado los años de la juventud registrando
las libertades barateadas los rumores los sonidos de la hierba y de las bestias
he saqueado el aire, la tierra, la música, y por fin la, muerte.
el hombre de la mirada astuta busca el control automático
de las emociones mientras otros enmudecen o espían pero yo escucho
la voz de los niños que no jugan y te observan
en la aldea transformada en un desierto sin petróleo ni arena.

Desde siempre se cometen crímenes para conmover a un dios
pero ese día el dios tenía los ojos metidos dentro de un saco
y las oraciones de reserva se habían terminado hacía rato.
tal vez no es éste el camino justo
me lo dices mientras me miras con ojos perversos
pero yo no puedo contestarte más que admirando
el cuerpo desgarrado de la Ciudad Eterna
los dibujos de las nubes que tienen la respiración corta
como en un viaje postergado durante demasiado tiempo.

Entre las piedras de las casas y las calles están
los rostros de los torturados que te dirigen miradas de terror
y gritos deshumanos a causa de las torturas
y lo mordiscos de los perros perfectamente adiestrados.
sólo la palabra insiste en lo podrido
mientras lo demás se queda igual
aunque sea separado, dejado de lado, maltratado
y entonces cómo esperar la atención de los que cuentan.

Tajo las paredes, los techos, las cortinas, los cuadros, los colores
de modo que luégo la miráda se nos apaga encima y por un rato
queda suspendido el control automático del mal y del bien.

Alessio Brandolini (Roma/Italia)

Nombrando al mar

En el istmo de hielo
Y opuesta a tal tributo, corté de mí una parte castigada
frente a mi corazón, opuesto, otro corazón
cuyo nombre designa a la gracia inefable.
los ojos rebosando
di gracias a Dios pues todo tiene dos ojos y un aliento.
“Oh esclavo, sólo a mi perteneces y esta será tu existencia”
“Oh esclavo, la ausencia y el aliento son como dos caballos de carrera”
“Oh esclavo, el alma y la visión son compañeros inseparables”

Bailé ante el despojo de lo arrancado
y que en mi se había convertido,
tu eres mi otredad
Él, el otro
en mí la intimidad sacrificada
en la cabeza un rumor y el canto de un pájaro
nos convertimos en los gemelos solares, yo y otra vez yo
De mí surgida, posó ella su cabeza al pie del altar
Yo y mi opuesta convertida en ella.
ofrecida al sol de la otra muerte
sobre un altar hecho del cuerpo de una mujer que exhala en éxtasis
y en su piel tatuada, la imagen de los gemelos solares
nacidos de la leche según cuentan
Mas luego abandonados al odio de los hombres, a la pesadilla
de los palacios.
he dormido en mi segunda muerte
partí otra vez para Andalucía
hasta los antiguos años
que puse en una rebanada de pan caliente
y vi la playa de piedra
y el mal que se expande por la tierra
y el desierto imposible
de ti huyendo,
volviendo a ti pero alejándome, apoyada en la sombra
y las gotas de agua fijadas en mi pierna
¿Has contemplado la galaxia?
En el cielo hay nombres que brillan en la órbita
y tu nombre se adhiere a la profundidad del fuego
para que de mi por segunda vez yo nazca,
aquí sacrificado está el despojo
que mi madre arrancó de mi matriz
y el mundo entero se vuelve un caldero rebosante
donde todo lo cuezo, dos, dos,
dos son los gemelos solares.
desde entonces, ¿De quién es el poder
que te salva del escalofrío
del rechinar de dientes
de los caprichos del día?
Me acordaré de Andalucía
me acordaré del balcón al que subí
de las casas en que estuve,
de las huellas que seguía,
del espíritu que sobrevoló el lugar
en el que se dibujaba un hogar abandonado
y todo el mar mirando.
aquél despojo que era ciertamente mío,
míralo, al sol expuesto
ofrenda envuelta en una piel,
tatuada con la imagen de los gemelos solares
Me acordaré de las pitas,
el mástil de su inflorescencia encantada
orillando el camino
enfrente, la nocturna grandeza iluminada
la vuelta, la espiral, la sumisión,
la mano, ambas manos, el pie, los pies
y correr tras el aliento, la saliva,
los restos de alimento y las últimas gotas de leche
de otra que yo fuí
El balcón colgante y las cosas del pasado son un muro y dos muros
tras el desmayo fui reanimada por un líquido maravilloso
La leche de almendra me llevó a la playa de los peces
se dispusieron las mesas y el propio santo tomó la parrilla
Dejamos la locura en un estuche
y el crimen en un cofre con mil llaves
y llegó el alimento
para que te nutrieras
El vino para alterarme y en el susurro
Te oigo
Ansiosa bebí el vino
y me nutrí de tu alimento
Blanco era el pescado y denso
sin embargo denso y a la vez blanco
El olvido tal seda cuyos pliegues yo plisaba
Tocándola en secreto, en momentos conocidos
parada ante la flor, icono,
o plegaria de aquella que,
engañada,
abandonada quedó a su suerte.

Safaa Fathy (Minia/Egipto)

PÁGINA Nº 17 - ENSAYO

Los cantos de Maldoror

Yo creo, dice Andre Breton, en la fusión futura de esos dos estados, aparentemente tan contradictorios: el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, de superrealidad.
Lautremont y Rimbaud fueron para el grupo de Breton la encarnación mítica de sus ideales poéticos. Isidore Ducasse, conde de Lautremont y autor de “Los cantos de Maldoror” escribió una obra que “se yergue como un enigma casi insultante por su resistencia a los esfuerzos elucidadores de historiadores, críticos y biógrafos”
.


Por Araceli Otamendi (Buenos Aires/Argentina)

Yo creo, dice Andre Breton, en la fusión futura de esos dos estados, aparentemente tan contradictorios: el sueño y la realidad, en una especie de realidad absoluta, de superrealidad. Lautremont y Rimbaud fueron para el grupo de Breton la encarnación mítica de sus ideales poéticos. Isidore Ducasse, conde de Lautremont y autor de “Los cantos de Maldoror” escribió una obra que “se yergue como un enigma casi insultante por su resistencia a los esfuerzos elucidadores de historiadores, críticos y biógrafos”. Lo maravilloso, lo fantástico está en esa obra. Según el prólogo de “El reino de este mundo” de Alejo Carpentier: “... y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos “niños amenzados por ruiseñores”, o los “caballos devorando pájaros” de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. Y tuvo que ser un pintor de América, el cubano Wilfredo Lam, quien nos enseñara la magia de la vegetación tropical, la desenfrenada Creación de Formas de nuestra naturaleza – con todas sus metamorfosis y simbiosis -, en cuadros monumentales de una expresión única en la pintura contemporánea”. En el mismo prólogo se afirma: “Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos”.... También, relacionando la obra de Lautremont con el héroe de “El reino de este mundo”, dice: “Hay un momento, en el sexto canto de Maldoror, en que el héroe, perseguido por toda la policía del mundo, escapa a “un ejército de agentes y espías” adoptando el aspecto de animales diversos y haciendo uso de su don de transportarse instantáneamente a Pekín, Madrid o San Petersburgo. Esto es “literatura maravillosa” en pleno. Pero en América, donde no se ha escrito nada semejante, existió un Mackandal dotado de los mismos poderes por la fe de sus contemporáneos, y que alentó, con esa magia, una de las sublevaciones más dramáticas y extrañas de la Historia”. Al final del prólogo hay una pregunta: ¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real-maravilloso? Hace pocos días se estrenó “Maldoror” en el Teatro Colón. La ópera de Leo Masliah es un digno homenaje al extraño canto poético de Isidore Ducasse. Y tal vez, como anhelaba André Breton “Los Cantos de Maldoror” han sabido preservar su misterio.

PÁGINA Nº 18 - NARRATIVA

Momentos de Infancia

Por Carolina Orlando (Luján-Buenos Aires/Argentina)

Asunción, 13 de Junio de 1917

Callás encerrado en un globo acuoso y vivo tus manos inútiles se estiran hasta acariciar el túnel rizado que te alimenta de vida los movimientos son imperceptibles tu voz no se oye yace ahogada en tu cimetière marin tu cuerpo gira el tiempo se detiene el conteo comienza suave lento premonitorio intentás escapar de ese mar oscuro avanzás hacia la luz empujás y caés a un túnel lleno de aire te desespera el cambio te ahogás en oxígeno y creés necesitar el agua el líquido de la vida y la oscuridad pero ya no podés volver.

Asunción a Iturbe

Sólo a veces, cuando cruzábamos campos despoblados, asumía que estábamos ya lejos de Asunción y más cerca de tu padre.
Bajamos un momentito en Paraguari, te refresqué el cuerpo con el agua de la estación y me lavé la cara para quitarme el polvo acumulado alrededor de los ojos. Volvimos a subir al tren cuando daban los últimos llamados que anunciaban Villarrica. Sólo nosotros y unos pocos subimos. Nos acomodamos. Hasta ese momento estabas quedito, sereno. Fuiste enojándote lento, como el tren, que al principio parece arrancar entre nubes y, despacio, va aumentando velocidad, chillidos y coraje. Tu enojo, creo, también tenía que ver con el sol. Los vidrios duplicaban el calor y nos calentaban más. El polvo se filtraba por las maderas, por los bordes de la ventana, y por la entrada al vagón que algún irresponsable había dejado sin cerrar. Ha de ser por eso que el agua de Paraguari se evaporó rápido. Tu pelito negro negro comenzaba a curvarse. Tus llantitos, que por ahora sólo yo advertía, adivinaban la lejanía de nuestro hogar. Comenzábamos a sentir, creo que los dos, esa muerte que se percibe desde los huesos hasta el alma, esa que se inventa cuando nos separamos de todas las cosas que fueron nuestras cosas, de la ciudad que ha llegado a ser nuestra, donde se enraizaron nuestros pies. Y Asunción ya estaba lejos.
Así empezaba a contar, mi madre, el camino hacia Iturbe.
Ahora no me acuerdo cuántos trenes pasaron camino a Asunción. Creo que dos. Nos asustamos con el primero. Pasó sin avisar y nos tragó en su caparazón de aire y silencio espeso. Ido el temblor de ese encuentro o entrecruzamiento de trenes, lloraste con gritos, inquieto.
Después nos acostumbramos. Oíamos desde más lejos el chillido de los rieles y los huecos mudos que provocaban los durmientes. Ya no nos asustamos más.
A mí me gustaba mirar esas gentes que iban hacia Asunción. La velocidad y el polvo jugaban de modo tan espectacular, que la figura se desencajaba como las sombras de un árbol. El rostro y las ropas se engrosaban y yo imaginaba que a esas personas, la velocidad, les desgarraba el alma.
Entonces observábamos a la gente en el vagón. Ahí conocimos a ña Rufina. Al principio nos miraba desconfiada, sería por la ropa, porque algo de ropa decente nos había quedado. Después le sonreí. Son de Asunción, me dijo preguntando en un guaraní bien distinto al de la capital. Sí, bueno, mi marido está trabajando en los ingenios de Iturbe, vamos con él. Y ahí comenzamos a hablar. Resultó que había ido a Paraguari a ver a no sé qué muerto y volvía arrastrando la tristeza de ese duelo.
Todavía siento ese olor a flores, o a muerto, me decía, y miraba a través de la ventana achicando los ojos como quien quiere fijar la vista para ver más lejos, o más nítido, como buscando al fantasma del muerto de Paraguari entre los yuyos de los terrenos salvajes, o entre el polvo rojo cuando nos alejábamos del río y nos adentrábamos en el Guairá. Ella también te observaba a ti. Sólo quitaba la vista de nosotros cuando te prendías a mi pecho. Después de tomar mi leche, volvías a callar.
En Villarrica subió un señor que se sentó al lado de ña Rufina. Le faltaban los brazos y tenía un corte así, como te lo digo, en la cara. Nos contó -porque empezó a hablar rápido- que su hijo trabajaba en los ingenios, que había ido a Villarrica a visitar la tumba de su esposa, que iba cada tanto. No dijo palabras sobre cómo había perdido los brazos. Parecía no importarle, como si no se hubiera dado cuenta de que le faltaban, y nada preguntamos nosotras, claro, eso no se hace. En los momentos de silencio yo miraba el paisaje. Intentaba ver el cielo a través del polvo que lo oscurecía, lo teñía de rojo, parecía el infierno, hijo. Pero adónde vamos, pensaba, que toda esta gente habla de muertos como si estuvieran vivos y hasta yo empezaba a buscar, a través de esa tierra seca que volaba, indicios de muerte, presagios extraños, y me ganaba el miedo.
Parecías intuir esa tristeza porque llorabas más.
El tren ha de llegar, te cantaba yo, y veía cómo las casas de los pueblos se alejaban, y de golpe el tren surcaba ríos, entonces ninguno de los que miraba por las ventanillas podía ver a sus muertos aparecer, como si eso fuera necesario, me decía, y vos llorabas y entonces tenía que cantar otra vez.
Y ahora que estamos aquí, entiendo el por qué de los muertos. Toda esta gente parece detenida en el tiempo. Como dice ña Rufina: quién nos puede asegurar que esto es vivir, quien nos puede desmentir que Iturbe no es la frontera entre el cielo y el infierno.
Y el tren llegó a Iturbe. Yo tenía los ojos chicos para ver las caras que se nos acercaban. De atrás, se alzó una voz de hombre. Era el sin brazos, que se ofreció para guiarnos hacia los ingenios. Sígame, dijo, y allí fuimos juntitos nosotros dos, arrastrando bultos y cargando tus gritos que sonaban a desamparo.
Fuimos hasta los ingenios. Vimos las cañas de azúcar. Ahí están los hombres, dijo. Después desapareció. Llorabas a rabiar. Recuerdo todos esos ojos negros, rostros de frentes sudadas, agua que les mojaba el polvo de sus caras rojas y parecía sangre, o cobre. No, sólo sangre. Las espaldas desnudas sudaban la misma agua, brotaba de ellas la misma sangre y algo de pus. Ardían en llagas. Rodeados de moscas, trabajaban con sus guadañas, con sus manos también rojas, con el alma encorvada. También a ti te buscaban las moscas: olías a leche dulce, pero las espantabas con el llanto.
Mis pies se hundían en la tierra.
Al costado, del otro lado de la fila de cañas, se alzó una voz que gritaba ¡Lucía! ¡Lucía! Y me buscaba un rostro ajeno. También el sol le había llagado la espalda, también de su cara parecía brotar sangre. Asunción a Iturbe, pensaba yo. Asumir el infierno. Las moscas nos rodearon en su manto sucio ¿Por qué lloras? Preguntó tu padre. Nos abrazamos. Yo, hijo, hasta ahora no respondo.
Así contaba mi madre nuestra llegada a Iturbe. Fíjese usted cómo habrá sufrido su destierro. Por eso nos leía. Se obstinaba en llevarnos a vivir otros mundos para imaginar el más allá de la realidad: caminito hacia el infierno, como decía ña Rufina.

PÁGINA Nº 19 - ENSAYO

Cambio de paradigmas cambio de sensibilidades

Por Carlos Fajardo Fajardo (Cali/Colombia)

En tiempos de crisis y relajación vanguardista, la poesía posmoderna parece caminar hacia una búsqueda demasiada ambivalente, donde su compromiso con las ideas de exploración e indagación naufraga sobre una superficialidad extravagante y sin resultados altamente estéticos. De la experimentación vanguardista pasa a un experimentalismo ligero y efímero de lo eficaz y lo útil. Eficaz para la inmediatez del instante publicitario; útil para la estetización del consumo a nivel global. Si es cierto que se agotaron las vanguardias, sus conceptos de cambio, su ideología de ruptura y heroísmo histórico; si entramos a un tiempo donde los conceptos de trascendencia, sublimidad, autenticidad, originalidad, monumentalidad e individualidad creadora, tan importantes en la edificación de las estéticas y poéticas modernas, se han desgastado, también es cierto que esta relajación de las vanguardias ha posibilitado el surgimiento de nuevas categorías estéticas desde las cuales se construyen hoy por hoy algunas obras. Cambio de paradigmas: improvisación versus disciplina, discursos blandos versus discursos duros; ligereza versus experimentación; hedonismo permanente versus revolución permanente; ornamento versus monumento estético; entronización del instante versus compromiso futurista; marketing estético versus sublimidad; inmediatismo versus proyecto; mínimo de resistencia, máximo de indiferencia. (Cf. Fajardo Fajardo Carlos. El abismo Presentido. Cartografías de las sensibilidades de fin de siglo. En Revista Espéculo. Universidad Complutense de Madrid. http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/cfajardo.html).
De esta manera debemos indagar el panorama de la poesía de finales del siglo XX y principios del XXI como un prisma que se deconstruye constantemente, provocando otras miradas y ajuste de nuevos instrumentos para su observación e interpretación. Imposible entrar a ella con los viejos esquemas de la modernidad triunfante; imposible abordarla con las teorías literarias tradicionales del siglo XX. Aquí hay algo que requiere un estudio más agudo y de mayor correspondencia con su desenvolvimiento; un análisis que esté acorde con las múltiples fragmentaciones que en la concepción orgánica del arte se ha operado y con la exploración de nuevas sensibilidades manifiestas en la poesía de última hora. Heterogeneidad, pluralidad, discontinuidad, simultaneidad, bricolage, inestabilidad, dispersión, imprecisión, lo contingente, indecibilidad, lo arbitrario, entre otras, son algunas de las nuevas categorías que se manifiestan en el arte y la poesía contemporáneos, las cuales conectan con otras visiones sobre el mundo y diversifican su estudio.
Es desde aquí de donde se debe entender el nacimiento de un arte y una poesía no “orgánica” en el sentido clásico y moderno, sino híbrida, multifacética y polifónica que procura construir un “no estilo”, o bien, una gama de múltiples posibles expresiones. Al disolverse la “Magna Aesthética”, se propone el fin de los sistemas poéticos totales de donde nacen ciertas micro-estéticas en contraposición a las macro-utopías vanguardistas. La poesía actual no posee la llamada “voluntad de estilo” que tanto desveló a los modernos. Ante la homogeneización de las formas, desea la heterogeneidad del “Todo es apto” y del “Todo se acepta”; frente a la racionalidad unitaria de los Universales Estéticos, se impone el reto de descentrar los referentes legitimadores de la modernidad artística; en relación con el concepto de “pincelada individual distintiva” (F. Jameson) formula la Multimedia de la estetización cotidiana, asumida como un “nuevo estilo” o “estilo del no estilo”, un nomadismo estético.

Sin embargo, debemos anunciar los peligros de la feliz aceptación del slogan “todo es apto”, instaurado como posibilidad libertaria en la poesía.2 De allí que nuestra inquietud está en averiguar hasta qué punto esto favorece la producción de una poesía de alta calidad, o más bien, sirve para dar licencia a una mediocridad legitimada por un concepto demasiado ambiguo como confuso. Si “todo vale” en la poesía –justificado por la quiebra de los grandes proyectos de una estética universalista y unitaria - ¿vale que aceptemos una poesía que colabora con la basuralización cultural? ¿Dejamos que las hibridaciones lleguen al extremo hasta aceptar cualquier proceso multimediático, pirotecnia del lenguaje y pastiche estético como buena poesía? Cierto es que aquí se hacen manifiestas más las leyes del mercado y del consumo que las visiones poéticas. Triunfo de los imaginarios postindustriales del consumo, uso y desecho, globalizados como algo cotidiano. La poesía entra a ser parte del juego transnacional que ofrece “una gran variedad de lo mismo”. Sea mediocre, ligeramente aceptada o no, lo importante es que se consuma y elija entre la multitud de productos del hipermercado cultural. La relajación de calidad entonces impera, imponiéndose como norma la masificación para entrar al juego de la oferta y la demanda. De todo esto, la poesía es, entre todas las artes, la que menos sale beneficiada.
Por su exploración esencial, la poesía exige lectores no públicos; indagadores amorosos y no masas indiferenciadas, lo que registra un nuevo drama para la estética tradicional moderna. La masificación banal desfavorece en gran parte a la intimidad de la poesía y a su recogimiento en el silencio, más aún cuando ésta exigencia de silencio creador se muestra como algo problemático para una sociedad azotada por el ruido mediático. La poesía – al menos el paradigma de poesía construido por la modernidad triunfante – sufre así otra suerte de transformación y va siendo alejada cada día de un “público lector”, marginada (esta vez con mayor fiereza que siempre) de los centros de atención, rezagada por industrias culturales más fuertes y eficaces en el mercado. Al sentirse sitiada en su soledad, la poesía posmoderna, en su gran mayoría, ha entrado al juego global, pero muchas veces deponiendo sus armas y resignándose a ser manipulada, seducida por los imaginarios del éxito, la fama, la celebridad y el sensacionalismo que, como simulacros culturales, ofrece lo mass mediático. Cambio de paradigmas, cambio de sensibilidades.

Fuente: Estética y sensibilidades posmodernas. ITESO, Guadalajara, Méjico. Con autorización del autor


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