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GACETA LITERARIA Nº 93– Agosto de 2014– Año VIII – Nº 8


Imágenes: ANTONIO BERNI (Rosario-Santa Fe-Argentina)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

13.

Creo en mi oficio; creo en mi instrumento. Nunca pude entender por qué escriben los escritores que mientras tanto declaran, tan campantes, que escribir no tiene sentido en un mundo donde la gente muere de hambre. Tampoco pude nunca entender a los que convierten a la palabra en blanco de furias o en objeto de fetichismo. La palabra es un arma, y puede ser usada para bien o para mal: la culpa del crimen nunca es del cuchillo. Creo que una función primordial de la literatura latinoamericana actual consiste en rescatar la palabra, usada y abusada con impunidad y frecuencia para impedir o traicionar la comunicación. "Libertad" es, en mi país, el nombre de una cárcel para presos políticos y "Democracia" se llaman varios regímenes de terror; la palabra "amor" define la relación del hombre con su automóvil y por "revolución" se entiende lo que un nuevo detergente puede hacer en su cocina; la "gloria" es algo que produce un jabón suave de determinada marca y la "felicidad" una sensación que da comer salchichas. "País en paz" significa, en muchos lugares de América Latina, "cementerio en orden", y donde dice "hombre sano" habría que leer a veces "hombre impotente". Escribiendo es posible ofrecer, a pesar de la persecución y la censura, el testimonio de nuestro tiempo y nuestra gente - para ahora y después -. Se puede escribir como diciendo, en cierto modo: "Estamos aquí, aquí estuvimos; somos así, así fuimos". Lentamente va cobrando fuerza y forma, en América Latina, una literatura que no ayuda a los demás a dormir, sino que les quita el sueño; que no se propone enterrar a nuestros muertos, sino perpetuarlos; que se niega a barrer las cenizas y procura, en cambio, encender el fuego. Esa literatura continúa y enriquece una formidable tradición de palabras peleadoras. Si es mejor, como creemos, la esperanza que la nostalgia, quizás esa literatura naciente pueda llegar a merecer la belleza de las fuerzas sociales que tarde o temprano, por las buenas o por las malas, cambiarán radicalmente el curso de nuestra historia. Y quizás ayude a guardar para los jóvenes. *


PÁGINA 2 – CUENTO

ABEL ESPIL
(CABA-Argentina)

CABO POLONIO

Las sombras empañan sus ojos, el hombre sueña el aleph. En Ariel , todo está recuperado. Es un ser  devenido al  todo, lo real  y lo soñado. Es el ayer y lo que tendrá que esperar que llegue. 
En la playa La Mansa, la mujer en la noche , camina, bebe el vino sentada en la arena, evoca la musicalidad ausente de las olas, un poema olvidado en las sábanas de un cuarto. Despierta de noche, el aire frío de Cabo Polonio, le anuncia la llegada del invierno . Es cuando ella se va. Es cuando lo perdido, se pierde aún más.
 Ariel no encuentra la ropa de Silce. Terminó el verano. La soledad comienza a abrazarlo, y se entrega. No tiene nada, ni a nadie . Desde la planta alta de la Iglesia Luterana --cuando era niño--podía descubrir las terrazas sucias y limpias, el amor del amigo vecinito con la muchacha de turno en los atardeceres de marzo, los barriletes del Barrio Saavedra flamear sus colas de telas de distintos colores.
  No conociendo su imaginación, pensó en el vacío incorporado a su vida. Presumió  haber descubierto  las mentiras y verdades de las paredes con frases vestidas de grafitis, las marchas de hombres con sed y hambre de justicia, el mejor alumno del colegio, bandera en mano sin sangre y con muchos soles , el final de los aplausos a cambio del morir en un escenario.
Silce le reveló la vida. No era el aleph..
Todo había sido el juego de lo terrenal.  Silce en sus caminatas nocturnas, desnuda al borde del mar. El amor en la arena húmeda, las sonrisas de ambos esperando al sol ocultarse .
Cabalga toda la noche, deteniéndose en el pasillo de entrada, por donde se había ido ella. Espera  a una ausente, que sabe que no vuelve, ni volverá. No lo puede asumir.
Regresa, agotando al animal. Él transpirado, sin bañarse, sin secarse, toma de una pequeña biblioteca la Biblia. Enciende nuevas velas, está oscureciendo. Busca nervioso el libro del  Eclesiastés . Lee en voz alta , lo vuelve a leer y se percata de que no es el tiempo lo que busca.
Lo cierra, aprieta sus ojos, como creyendo que el pasado o el presente vuelven. No sucede nada. Nada sucede. Nada de nada.
Regresa a la playa La Mansa de Atlántida. 
Dormita sobre las arenas . Prende un cigarrillo, levanta su mirada al cielo. 
Unidas a la línea del horizonte descubre a las Tres Marías. Unidas.
Ariel y Silce abandonan el protagonismo... y las sombras aún continúan empañando el ojillo del aleph.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA




CELIA FONTAN
(Rosario-Santa Fe-Argentina)
                                                            
CIERVO
“…porque ciervos en la ciudad, no hay.”
Manuel Duré

Porque ciervos en la ciudad no hay
busco tu  huella en la carretera
lejana,
la húmeda belleza de tus ojos
como una descarga de silencio.
Aléjate de mí,
ciervo, sueño del ciervo,
esplendor del camino
y sigue tu paso hacia la nada.
¿En que túmulo
de  vieja hojarasca se perdió tu esqueleto,
tu salto, tu cruce fortuito,
nuestro duelo de amor de un sólo instante
que los ciervos viven,
a lo sumo, veinte años.
Y han pasado tantos más
desde la noche
en que en perfecto presente
nos cruzamos




ELSA HUFSCHMID
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

LUCHA

Si el destino monstruo,
atrapa con sus zarpas
tu pobre vida esperanzada,
no te entregues.

Siempre hay un gramo de aire,
tómalo y empuja,
apoya tus pies en el mundo,
debajo hay millones que lo sostienen,
no te entregues.

Por ellos, por nosotros, por vos,
no te entregues.


 MIRTA GAZIANO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

EL SOL HARÁ EL RESTO

El viento gime su nostalgia
de barcos que surcan mar arriba
golpean olas en las rocas
expandiendo su espuma al firmamento.

Moles de piedra
contienen el aterrador impulso en la rompiente.

En la arena
aquí cerca
casi al límite de la sinuosa playa
espejo de agua transparente
ella baila…
deja al denudo su menudo cuerpo
la fina tela que la cubre
se pega a su cintura
el resto vuela
según los impulsos que el viento pueda darle.

Gira muchacha
libera tu ímpetu en la danza
sigue las coordenadas de tu música interior
muéstranos tu desenfado
desmáyate en la arena
la brisa acariciará tu rostro,
el sol hará el resto
en la magnífica mañana que se inicia.


MIRTA EDITH LARCHER
(Coronda-Santa Fe-Argentina)

I

Ataca al fosco nudo. Vacíate de praderas y… husmea en la soledad de los postigos.
Una mansa costumbre de trigales nos está llorando en la cocina.
Rebélate frente a la espiga inconmovible. Suelta oros dominios ardores espejos.
Trágate el hambre flatulento de las calles. Y en solitario ayuno ven. Esta es.
Aquí la patria. Mi mesa ausencia. ¿Comprendes esta muerte?
Pruébate en muñones de vieja miga. Y ahora… si puedes… ríete conmigo.
Enjóyate los dientes. Esa porcelana fría. Tritúrate en los restos y llévate
ponte esos laureles y el azulyblanco cálzate esa escarcha y siente al punzón
y sé en sangre doliente un grito más… sé tú… el hambre una vez… ya…
y entonces tal vez alguien escuche y un brazo milagroso crezca.
Y alguien… OH SEÑOR… ordene la cesta.
Agregue botitas cuente pancitas. Lunas llenas llenitas… SEÑOR…Despiértalos!!!.

(El poeta escribiría un reposo de las carnes. Encendería los oídos
a cada espaldarazo
y no sería recuerdo:
(LA EXTINCIÓN
DE
LAS INFANCIAS)


LIANA FRIEDRICH
(Rafaela-Santa Fe-Argentina)

HAIKUS DESDE EL EXILIO 
(fragmento) 

Agonizante,
la tarde en el ocaso
de la esperanza.

Desvelo inútil:
aguardar el regreso
del Paraíso.

Llanto de estrellas…
Se derrumba la noche
sobre la tierra.

Torpe vuelo:
mariposa nocturna
de alas lisiadas.

Un gorrión
se estremece en el hueco
de mi letargo...

Viniste a mí
tan silenciosamente,
en puntas de pie.

Y es el olvido
el más largo camino
que nos separa.


MARIA ALEJANDRA TIRABOSCHI
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

RESCATE…

Cuando el tiempo empieza a azular desesperanzas,
está tu voz, hija y me rescata.
Cuando empieza a creer que hay que desdibujar mapas
me  riega tu mirada
y organiza parcelas y me acomoda el alma.
Cuando teorizo sobre soledades
y hablo baratamente de la nada,
viene tu mano y al rozarme me llama.
Cuando estoy y no estoy
borrando tardes y tempranas mañanas,
te me asomas entera con la sonrisa amplia.
Entonces le junto a la vida las palabras
para jugar con vos
y sin apuro, porque el tiempo pasa.


PÁGINA 4 – COMENTARIO DE LIBRO

 CRISTINA VALERO MARTOS
(Alcoy-Alicante-España)

DE LA SOCIEDAD PENIS A LA CULTURA ANUS

Libro: De la Sociedad Penis a la Cultura Anus
Autor: Armando B. Ginés.
Adquirir el libro: www.luhueditorial.com

El fenómeno capitalista es multifacético y reviste una complejidad enorme. Su comprensión resulta difícil y resiste a la crítica global con mucha entereza. La ideología que le da sustento y vela sus efectos directos más perversos sirve a la causa del neoliberalismo y de las derechas internacionales más depredadoras de manera muy eficaz, duradera, maleable y consistente.

El libro De la Sociedad Penis a la Cultura Anus es un intento racional por desentrañar las falsas verdades que colonizan la mente de la masa posmoderna en las sociedades ricas o de mayor tradición democrática.

Parece que estamos ante un concepto consabido y diáfano, el sistema capitalista, pero nadie sabría decir a ciencia cierta y con escrupuloso rigor qué es en su realidad profunda tal régimen total que gobierna y rige los destinos cotidianos de la mayor parte de la población mundial.

Empecemos, para clarificar de modo simple y gráfico el asunto que aquí nos concierne, por definiciones sencillas y aptas para todos los públicos.

Capitalismo es trabajar y ser expropiado dentro de la legalidad del fruto de nuestro esfuerzo laboral diario.

Capitalismo es transformar en mera mercancía transaccional la salud y la educación.

Capitalismo es vivir para consumir compulsivamente por encima o al margen de las necesidades imperiosas de la comunidad social.

Capitalismo es perseguir alocadamente metas particulares sin tener en cuenta las consecuencias humanas de nuestros prescindibles deseos egoístas.

Capitalismo es huir de la realidad para escondernos en el bullicio banal de los entretenimientos ideológicos del sistema.

Por las amenas y comprometidas páginas del libro nos encontraremos con personajes políticos y sociales de muy variada condición: el buen vivir, las revoluciones virtuales, el sujeto histórico, la izquierda posmoderna, la solidaridad versión ong, el realismo mágico, el pensamiento crítico, la clase media, el papa Francisco, la libertad neoliberal, la impotencia democrática, el control político, el miedo inducido, la sociedad cerrada, la mayoría silenciosa… Los conceptos reseñados conforman un todo ideológico invisible al ser humano medio del siglo XXI denominado capitalismo.

El sistema capitalista se asemeja a una cárcel sin barrotes, un espacio inefable que llevamos dentro de sí plagado de respuestas automáticas que nos impiden ver la realidad de forma consecuente y objetiva.

De la sociedad penis a la cultura anus está de rabiosa actualidad, configurándose como un instrumento intelectual de primer orden para conocer de verdad las sofisticadas claves de dominación de la estructura sociopolítica que nos habita a diario: el capitalismo neoliberal y posmoderno de nuestros días.


PÁGINA 5 – CUENTO


EDUARDO PÉRSICO.
(Lanús-Buenos Aires-Argentina)

ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO.

Sólo algo no existe; es el olvido.
Jorge Luis Borges.

          Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera ‘las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo’, y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años.
         Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o ’por algo será’; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría. Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo junto a otras madres y de blanco pañuelo en la cabeza, apretadas del brazo afirmando el mandato de la sangre.

           En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas y el cobarde ’yo no me meto en nada’. O el '¿qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?' – que aullaron los cómplices ‘diarios de la patria'  anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quienes fueron los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?

           Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo y no inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.

           No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. El  proyectil del tiempo ha de orientar su búsqueda si nada más que el aire, con su manera antigua, puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca. Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia preguntando a quién le confió dios conducir la manada...

            Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. ’Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias’ y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara ’las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo’, infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar ’ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio’; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.

          Ha de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire seguirá con su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.  (1980)


PÁGINA 6 – NUESTRA POESÍA




MARCELO PARISI
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

INGRATO

Sucio,
oscuro ser,
desleal
Mal necesario, para que los dioses existan
Traidor,
abundante en egoísmo
Ladrón al fin
que nadie te llame perro, porque no tienes nobleza
que nadie te llame bestia, porque no tienes bondad
que te llamen por tu nombre para que no le afectes a nadie
Que suceda
que no disfrutes de las risas de tu semejantes
Que ocurra
en tu camino… ningún verde y nada de flores lo pulan
Que seas incomprendido
que tengas muchos bienes…pero que nunca te alcancen
Que yo te olvide pronto, que nadie te recuerde
Pero, que diez minutos antes de tu hora, te vuelvas bueno…
y que Dios no exista,

así nadie te perdona


SERGIO BARTÉS
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

FIGURAS

Todo parece irreal
en la memoria infinita
de los hechos.
Una bandada impenetrable
de pájaros encendidos
perfora distancias imposibles.
El mundo está echado
como un perro verde
y hay apariciones de rostros
tatuados por la escritura
del viento en el vacío
de los trazos inciertos.
Sólo el pensamiento
es real
pero es intocable
como la luz.


SILVIA LASALA
(San Cristóbal-Santa Fe-Argentina)

PARA UNA PALOMA

Este cielo de otoño
emancipado,
azulísimo,
curioseador del alma
desnuda dulcemente
las costumbres,
cambia los vientos,
alegra las campanas,
absorbe todo aliento
y se desliza
como un trago de vino
en la garganta.

Este cielo de otoño
es todo mío
bien lo saben
mis alas...


ROBERTO DANIEL MALATESTA
(Santa Fe-Argentina)

MI HIJO Y EL PERRO VIEJO

Mi hijo identifica al perro viejo como suyo,
dice que el nuevo es mío, y a mí me da tristeza.
Pudo haber elegido al joven, pero no, escogió al viejo
que pronto va a morir, y si la muerte es triste
la inocencia de mi hijo le añade un tristísimo elemento.
Se sabe que la muerte cría a su alrededor
colonias de animales melancólicos
y en cada rincón reproduce un símil de sí misma,
falsas muertes que cumplen la misión de ofuscarnos.
Yo quisiera evitarle un pesar a mi hijo,
mas no consigo sino acongojarme.
Hoy jugamos a la pelota y yo perdía siempre,
mirando a los rincones, desatento.
El se rió mucho, ríe y piensa en su perro.
Puede lo que yo no, cree sólo en la vida.


 MARIA ISABEL BUGNON
(San Javier-Santa Fe-Argentina)

PALOMAS

Las palomas /
estrujan a la tarde/
entre sus alas/
Llevan en sus picos/
los besos /
que nunca te di/
En el ocaso  tatuado/
de caricias /
se duerme la luna/
El universo /
se saco la venda/
Un mar de palabras /
sin respuestas/
se deslizan hacia /
el infinito azul/.


NERINA THOMAS
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

SU DESAMOR 

Lo apaga lentamente
no puede ver
la ceguera abre sus puertas.
Camina lento con pantuflas
    arrastra sus pies
por toda esa casa que habita.

Su psiquis se complica
no puede dormir de noche
de  tanto pensar  cómo
        - sostener -
la soledad que duele
lo convierte en un caracol.

Esa dualidad del ser 
     -    el ego -
lo abandonó su madre
no fue amado por ella
     - el vacío -
temió ser amado siempre
   - no sabe de milagros - 

Huye.
No pudo, no puede.
Lo amará mi alma en silencio
   - aunque lo niegue - 
Hoy entiendo el motivo
de haber aprendido braille. 


PÁGINA 7 – COMENTARIO DE LIBRO


LUIS ANTONIO CHÁVEZ 
(San Salvador-El Salvador)

LA CLARIDAD EN LA PALABRA DE ANDRÉ CRUCHAGA

Libro: BALCÓN DEL VÉRTIGO
Autor: ANDRÉ CRUCHAGA

Jorge Arturo, escritor costarricense plasmó hace algunos años: “La poesía es un espejo que muerde”, verso alojado en mi pecho como un haz guiándome por senderos difuminados, canto sirviéndome de luz dentro de una barcaza en medio del océano.
“…en cada letra que escribo las consonantes se desangran, /igual que los ríos cuando los muerden los peces”, escribe André Cruchaga (Nueva Concepción, Chalatenango, 1957) para entrar en calistenia, sondear el piso donde trajinará e irnos inyectando de versos la vida, o por qué no decirlo: de ese espacio que le ha sido dado y como al maná lo reparte en las símiles.
Filosofando sobre los versos de André Cruchaga, cree un espacio, la atmósfera se me fue dando a medida me adentraba en los poemas de este poeta cuya palabra da visos de quedarse entre nosotros, pero a la vez ser universal, por eso no me sorprende cuando me habla de Aristóteles, Descartes o Megan Fox.
Nuestro entrañable amigo no requiere presentación, bastará con decir que ha sido jurado en certámenes a nivel internacional, entre ellos XVI Bienal literaria José Antonio Sucre (Venezuela 2007); Primer concurso de relatos breves El portal voz (Madrid, España).
Su labor literaria sigue y en la actualidad posee más de una docena de títulos publicados, es el eje motor de una página de poesía en la web denominado Arte Poética, además de haber sido traducido al rumano, catalán y otros países que escapan a mi memoria.
Balcón del vértigo (Dirección de Publicaciones e Impresos, mayo 2014) es un libro que destila vida, luz, sombra, sueños y esperanza por un amanecer equitativo, el poeta pestañea, sube a su barca para viajar desde su Barataria querido hasta los confines del espacio sideral.
Agregaré que el poeta André Cruchaga no permite embustes, por eso se desangra en cada verso y hace de la vida el Leit Motiv hasta acicalarse en imágenes literarias impregnadas de frases añejadas en su subconsciente:
“Nunca he aprendido la claridad de los tejados mojados/ por la lluvia; no sé si el moho trabaja junto a la noche/ o si, recorrido el sol, queda un poco de luz en mis pupilas”…
Cuando se comenta un libro, se aprende a leer entre líneas las símiles, y en este arco iris de versos el poeta André Cruchaga se desnuda ante la palabra cuyas imágenes literarias no tienen límites.
El trabajo de un poeta no es dejarse sobornar por la desidia, sino acicalarse día a día, romper los esquemas preestablecidos, hurgar en las diferentes ramas del arte; Filosofía, Química, Aritmética y escudriñar en ellas las razones del ser, por eso el vate perdura, porque sabe descubrir en medio de la niebla el caleidoscopio literario.
Ulises Masis, autor del libro Amo mi soledad, escribió en 1990 que “El poeta es la plomada de su tiempo”, y vaya que no se equivocó, pues en eso estriba la labor de un escritor que ha trajinado en estas ligas, que ha quemado velas, pero además ha comprendido que no debe dejarse guiar por el instinto, pues los laureles llegarán con el tiempo.
André Cruchaga ha vivido las auras del despotismo extremo en esta pequeña aldea, pues sintió la desidia de los años empotrados en las manos del verdugo, por ello testimonia con sus versos el luto guardado en su alma y no puede callar, sorprendiéndonos con los siguientes versos:
“En las manos tengo todavía los días de la tortura. / La humedad bestial en la cama de la fatiga, / y la pena como un desastre en los jardines./ La miseria es una letanía funeraria agazapada en folios y manuales”…
Desde mi óptica, André Cruchaga tiene muchas velas recorridas, horas insepultas anegadas como huevos de codornices en el atril de la palabra, por eso es que leer a este poeta chalateco es hacer un alto en nuestro trajinar diario para- como en un desierto- tomar agua de la madre pura llamada poesía.
En El Balcón del vértigo el poeta ha subido a los andamios de la vida, eso permite que en su lectura –metafóricamente hablando- encontremos versos amalgamados entre sí, que son faros de luz en medio de un océano, versos donde cave el amor y de una forma sutil nos cante:

“Te lo he dicho tantas veces cuando jugamos a los dados/ de tus poros, cuando los ojos del hambre espían en tus ingles,/ cuando el zacate de paja se quema en nuestras pelvis./ En el tapiz de nuestra piel han caído inviernos inverosímiles/ las escaleras del aliento nos han puesto a prueba de todo”…
Cuando el poeta toca el tema erótico, no hace más que apuntalar la coraza con que se ha vestido, por eso recrea la imagen con guirnaldas y en sus versos deja un sabor en la retina, escritos hechos sin pudor ni temor a la beatería.
Pero no hablamos de un erotismo burdo cayendo en la pornografía, hablamos de un erotismo que gusta y regusta, porque leer este tipo de poesía es como manantial “In crescendo”:
“Desde el interior de tu pubis, la luz compensa toda la oscuridad/ que su materia golpea con braceo de peces”…
Con las líneas anteriores me siento más que compensado al tener en mis manos Balcón del vértigo, e invito a los lectores a darse un “tours” por los océanos que habitan en Barataria, que el poeta André Cruchaga recién ha abierto el garaje de sus sueños para seguir cantándole a la vida.



PÁGINA 8 – CUENTO


MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

CHICOS MALOS (III)


“¡Quiero un poco de sol que a vos te sobra!” pidió, casi como una orden, el invasor al abrir la ventana hacia el jardín de le Corbusier.

Pero el arquitecto, para el que la batalla con los errores estaba ganada, puso excusas, inventó pretextos lamentables para disuadir a su vecino de que tapiara ese hueco que había abierto en el cemento y en sus noches.

Empezaron por odiarse. Tramaron desencuentros con flores en la basura y mates en una camioneta de circo. El arquitecto aceptó la escultura de balas a modo de impensada tregua estética, pero en silencio se arrepintió más de una vez de habitar en aquella casa tan segura.

La cama entre la esposa yoga y el hombre bien se convirtió en un gran ojo desvelado. Y los amigos, que antes se reunían para degustar las ironías del vino y de la música experimental, no regresaron a la casa de las rampas.

El lugar del silencio fue ocupado por unas botitas de muñeca, por el baile de los dedos en la comida (la hija del arquitecto admiraba sinceramente este detalle) y por el sexo cavernícola. Pasa que perdura una equívoca brillantez en el mal gusto, en el desorden, en la grasa encima de la grasa, a la que cualquier incauto no puede permanecer ajeno.

Por fin, y a pesar de que el intruso le había salvado la vida a su hija, el arquitecto arribó a lo que estéticamente componía la mejor salida.

Luego cerró la ventana. Y el sol volvió a estar de su lado.

P.D.: El texto hace referencia a la película “El hombre de al lado” de Cohn y Duprat.


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA



VICKY CHINCARINI
(San Miguel de Tucumán-Tucumán-Argentina)

LA CRECIENTE 


De pronto el río quiere ser mar,
alza sus espadas
y apenas un rumor quiebra el silencio.

En muro avanza:
                            pasa el pez,
                            el pájaro,
                            el caballo,
                            el corral disperso,
                            la serpiente,
                            el hombre,
                            la piedra,
                            el colibrí,
                            la iguana
sobre los pliegues donde flotan
imágenes de otras aguas que el olvido niega.

¿Acaso son las mismas
que elevaron sus manos sobre el barranco gris
o hacia el rostro de la mujer sin un nombre sonoro?

Después,construída la intemperie
el alba deja en la orilla la rama de laurel
junto al niño que acaricia el lomo de su gato.

Lejos,entre un incendio de soles
¿quién cantará
para esa noche poblada de relámpagos,
para el gorrión sin nido,
para los que nunca hablarán de la muerte?


VERÓNICA ARDANAZ
(Salta-Salta-Argentina)

ESTAR EN EL MUNDO

no hay tiempo cuando el sol entra en Tiwanaku
sus caminos son pies descalzos
salimos por las caderas del día
hacia adentro
no sé cómo regresaremos
¿luz coagulada, huella calcinada?
piedra blandísima parió el ojo es el mundo
¿piedra que canta escuchamos?
madre ventana donde mariposas sueñan la densidad de lo abierto
tan abierto duele como vivir
como abrazar lo imposible
el ángulo sagrado entre el Illimani
el Murarata
y el tajo de piedra de Tiwanaku
el sol no se detiene abraza
de la vida la sombra
besamos tiernamente
las manos de Kusch

Tiwanaku, equinoccio, 2013


SUSANA GRIMBERG
(San Juan-Argentina)

LA MIRADA DE ANA.

EL ANEXO encarnaba
la alegría de estar.
(La dicha es tormento).

Las tablas del piso pedían ser pisadas.
Las camas, los sillones, conversaban el silencio.

Vacía de voces,
la casa.
Las paredes extrañaban
ser tocadas, rozadas, miradas.

El padre.
Él.
El señor Frank.

Marca los territorios. Todos aceptan,

La vida será silencio. Convertirse en mudos.
Y estallar a la hora señalada.

Nunca demasiado.

Después reír, hablar.

Nunca demasiado.

¿Qué es demasiado? ¿Qué, más grande que callar?
¿Hasta cuándo?

Siempre.


ROGELIO RAMOS SIGNES
(San Juan-Argentina)

UNA TARDE DE INVIERNO EN LAS ALTURAS

El viento helado ponía un velo a las callecitas del pueblo.

Un coro de niños cantaba en la capilla de adobes.

La mujer que nos preparó chocolate
se aburría contando monedas extranjeras.

Una joven pareja de alemanes
quería entender algo, pero no podía.

Siete chicos jugaban a la pelota sin arqueros.

Un camión de Arequipa iba desapareciendo
bajo el polvo volcánico, blanco como harina.

Esa tarde en Susques fui feliz.


RAÚL ORLANDO ARTOLA 
(Viedma-Río Negro-Argentina)

LA HABANA, 1958

Chucho Valdés le afinaba 
el piano a mi abuela
cuando vivíamos en el malecón
y ella regenteaba un burdel.
Mi abuela le decía
negro buaié
y lo esperaba días y días
prendiéndole velas
al Santo de los Negros Afinadores.
Lo atendía con café y canela
mientras Chucho le afinaba
el instrumento.
Así aprendió a tocar
el piano.
Mi abuela creyó que era
un desperdicio
que negro tan lindo y hábil
sólo usara el clavijero
como parte de su trabajo
y no por puro placer.
Entonces le permitió
que deslizara sus dedos
por todo el encordado.
Era una maravilla
cómo sonaban las cuerdas
del piano de mi abuela
en las manos
de Chucho Valdés
practicando.


ORLANDO VAN BREDAM
(Formosa-Argentina)

A LOS TRENES DE BASAVILBASO

El humo de los trenes penetraba
las paredes de las casas,
el corazón caliente del ladrillo,
el revoque tibio
y andaba por el mate amargo
como un cáliz con ángeles dormidos.
Llegaba el humo hasta las bocas,
bajaba hasta el alma
o subía
hasta los ojos
o entre las arrugas de la vieja gente
hacía su nido, su pétalo celeste.
Yo andaba detrás del humo de los trenes
con mi niñez corriendo,
agazapado
para apresar el canto oscuro de las vías,
la desenfrenada
soledad de los vagones.
Están siempre los trenes recorriendo
un metálico círculo,
una telaraña de carbón
en mi infancia, en mi voz aguda
y alta
como un árbol
de humo, de humo viajero, de interminable humo..


PÁGINA 10 – COMENTARIO DE LIBRO


JULIO CARMONA
(Lima-Perú)

A LA SOMBRA DEL ÁRBOL DE LA ACACIA

Autor: Rosina Valcárcel
Título: Contradanza
Editor: Fondo editorial Cultura peruana, Lima, 2013

Rosina Valcárcel nació poeta. Con ella se confirma el aforismo que dice: «El poeta nace y no se hace». Si no fuese un vulgarismo, diría —como los materialistas del siglo XIX— que ella produce poesía, así como el cerebro producía ideas imitando al hígado que producía bilis. (He hecho, sin proponérmelo, una preterición: aparentar que no se quiere decir lo que se está diciendo). Pero creo que la evasiva adquiere valor, porque tratándose de Rosina se puede convenir que su formación de antropóloga la hizo asumir la filosofía materialista, no la del mecanicismo antes aludido sino la dialéctica. Y, desde esa concepción, no podemos menos que identificar la reflexión poética de Rosina en relación con su visión del mundo, materialista.

A veces se piensa y se dice que la poesía está reñida con la filosofía materialista, aunque no se dice ni se piensa lo mismo respecto de la filosofía idealista. Y esa inconsecuencia conduce a una contradicción mayor: a dudar de la existencia del mundo material, pero no a hacer lo mismo con la existencia del mundo ideal. Y tanto una como otra, posturas, no pasan de ser inveteradas falacias con las que las fuerzas oscuras, que dominan la realidad, pretenden hacernos comulgar. Y en muchos casos —demasiados— lo logran. Sin embargo, la respuesta opuesta, aunque tenga menos adeptos, no se deja confundir ni arrastrar. Por eso es digno destacar a «una mujer que canta en medio del caos», como heredera de una tradición contestataria, que no se resigna a transigir, que se resiste a dejarse morir, y que suma su nombre: Rosina Valcárcel, entre las voces del viento que anuncia tempestad.

Y esto lo digo a propósito de la lectura que acabo de realizar de su último libro de poesía publicado, Contradanza (Fondo editorial Cultura peruana, Lima, 2013), pues la sensación que me dejó el primer acercamiento a él —y se reafirmó en los sucesivos— es su materialidad. No solo los temas —divididos en seis apartados— sino los poemas en sí que los integran (relacionados con la familia, los amigos —vivos y fallecidos—, los amores, la música, los colores, hasta las visiones aparentemente ideales o míticas y los dedicados a esa realidad tan delicada que es la política), todo el libro trasunta ese hálito de materialidad que aquí acuso y que, desde mi perspectiva, le da ese tono vital que es característico de su poesía total. Y, sin ir muy lejos, me remito a su penúltimo libroNaturaleza viva (Hipocampo, Lima, 2001), título que por sí mismo contradice el tópico pictórico de la «naturaleza muerta».

Y en Contradanza creo percibir también esa impronta dialéctica: así como la muerte tiene su negación en la vida, la danza asimismo tiene su contrario: en la poesía, que es —como diría Scorza— una danza inmóvil, una «contradanza», sonora como ella sola. Y la poesía en Rosina es una forma de esa vida. Y no porque —como aspiran ciertos puristas— se sienta vivir en el aire o en mundos aparte, sino porque siente y sabe que el reino de la poesía y de la vida es de este mundo. Un mundo que se ve —como lo expresa la simplicidad popular— «con estos ojos que se ha de tragar la tierra». Por eso el primer poema del apartado «Álbum de familia» hace referencia a los ojos del padre, ojos de poeta, ojos que han envejecido llenándose de mundo. Y Rosina dice haberle preguntado: «Papá, ¿adónde vas?» Y la respuesta es: «A buscar mis viejos ojos». Ojos que son la entrada del alma. Alma que rebosa de mundo. «Y se va papá, / Vuelve en la noche, / Vuelve al día siguiente, / Y se vuelve a ir/ Tras sus viejos ojos.» En este punto inicial hay algo que se debe rescatar como distintivo de la poesía de Rosina, y se percibe desde este primer poema: que hay en él un solo adjetivo: «viejos». En este y los otros poemas predominan los sustantivos y los verbos. Y esa reticencia a la adjetivación no es un efectismo de academia, es otro índice de la materialidad poética sugerida.

Del superrealismo decía J.C. Mariátegui que era una forma de acercarse a la realidad. Y Rosina usa la expresión (aunque en su versión simplificada) como título de la segunda estancia «Carta surrealista». Y aquí también cabe detenerse para precisar que la mayoría de las estancias adoptan el título de uno de los poemas que las integran. Cuando no ocurre así (los dos últimos casos) se debe asumir como una ruptura de lo armónico, es decir, la inarmonía (recurso musical) que rompe con la monotonía, y que, como efecto de la contradanza, nos acerca una vez más a la realidad, en la que los matices, variaciones y rupturas de la linealidad contribuyen a exaltar su riqueza y versatilidad. Volviendo a J.C. Mariátegui, su perspicacia crítica o sagacidad estética lo hizo vislumbrar en el superrealismo algo que, a muchos, en su época solo les permitió ver un aparente alejamiento de la realidad, y que para él constituye la captura de sus esencias que, como las entrañas, siempre están ocultas. Y se convirtió en una opción artística que circunstancialmente fue puesta en vigencia por los cultores del movimiento superrealista, pero que era y es un recurso ínsito del arte de todos los tiempos. Cito un fragmento de la «Carta surrealista» de Rosina: «Otra vez es noviembre y el amor renace de mis entrañas. Rojo, debe ser rojo, y no me quejo. Los trenes pasan y tu llamada tarda. Una mano invisible levanta mis faldas y la piel relincha como yegua en celo. Por ti perdí la realidad. Roedor  de fantasías, no me dejes.» Obviamente, es un poema de amor, prosa poética cuyo dominio nuestra poeta ejerce casi a diario en sus envíos por Internet. Y, cabe preguntar, ¿quién al ser tocado por la magia del amor no ha sentido transportarse más allá de los linderos de su realidad? Sin olvidar también que es el amor el que nos obliga a creer en la realidad externa (Marx), pues es en ella que descubrimos y cubrimos al otro para formar ese nosotros que tarda, a veces, pero que llega, siempre. Así como la primera estancia está integrada por poemas que exaltan el amor familiar (a los padres, las hijas, los hermanos) la estancia segunda remite a las amistades más amadas y a los amores más amicales: «Te recordamos mucho, Poeta, amigo de puta madre. ¿Qué más, qué más? Solo un verso limpio y justo en tu corazón». («Juan Ramírez Ruiz»).

La tercera estancia, «La pradera reverdece entre libros y música de Bach», es una ampliación temática de la anterior (aunque exclusiva para la amistad). Y se corresponde con el título de uno de los poemas. Dijimos al comienzo que la música es uno de los referentes temáticos de nuestra poeta. Y el título de la estancia lo hace ostensible. Pero no hay incidencia solo en la música clásica. También está la música popular representada por el tango que, vertical, «me enreda en el aire» y queda la satisfacción de que «No hay fin para esta melodía». Como no hay fin para la presencia de la pintura, con la alusión a los colores preferidos de la poeta (sepia, amatista, carmesí, caoba, ámbar, rojo, negro, púrpura, obsidiana, azafrán, cerúleo, turquesa, etc.) y son colores que remiten a sus cultores, Van Gogh, Frida Kahlo, Diego Rivera, Humareda, Ostolaza. Y Ostolaza está presente como Zorba y lo está con sus dibujos de estilo inconfundible, con que ilustra cada una de las estancias y motiva la portada.

La cuarta estancia da título al libro, Contradanza. Y el primer poema, «Actor griego», engarza con lo dicho al final del párrafo precedente, la referencia al pintor Carlos Alberto Ostolaza (poema dedicado a él, obviamente) y a su apelativo de Zorba. Un poema en el que «la arisca ciudad de Lima» sirve de trasfondo para recrear el amor que une a Valquiria y a Zorba. Y Valquiria se vuelve «aire tímido en el lecho/ (y) es agosto en el sur/ y la cordura un sueño inútil.» Y esta estancia termina con un segundo tango, reviviendo los caligramas de Apollinaire, para dar paso a las «Visiones diurnas», título de la quinta estancia, que busca el efecto de Naturaleza viva, y deContradanza, pues las «visiones» por lo común están asociadas a la noche. Incluso en uno de los poemas de esta estancia, titulado «Invierno», destaca la intertextualidad de San Juan de la Cruz con su clásico Noche oscura del alma, que, a su vez, fuera intertextualizado por Jorge E. Eielson con su Noche oscura del cuerpo, y que en el caso de nuestra poeta adquiere la forma de «Oscura mañana del alma». Hasta llegar al poema «Visión» que se adhiere al título de la estancia, dedicado al valioso escritor argentino, y mejor amigo, Raúl Isman, para recordar «Héroes, libros, presagios/ Que hoy siguen poblando/ La buhardilla de Alejandra Pizarnik».

Y este recorrido, por los cinco continentes previos del libro, conduce a la última estancia que es, sin lugar a dudas, la prueba de fuego de esa materialidad que ha servido a nuestra poeta para dar vida al mundo de Contradanza, que es su mundo espiritual, reflejo de aquella materia que sus ojos de lechuza (como ella misma se alucina, «Tango 2») han sabido absorber para transmitirla en forma de canción, ¿y no es acaso —desde los griegos— la lechuza el símbolo de la sabiduría, representada por Palas Atenea acompañada de esa ave, y que el modernismo americano último reivindicó en la voz del mexicano Enrique González Martínez, en su «Tuércele el cuello al cisne»? Y nuestra poeta nos lo dice, en el poema de la última estancia: «Una mujer fragmentada canta/ y traga los ojos de la adversidad». («Muchacha desnuda en Cajamarca»).

«Zona liberada» es el título de esta estancia peliaguda. Y es tanto así que nuestra poeta ampara sus dudas en este epígrafe de Paul Éluard: «Revolución sabré colorear tal palabra?» Pero Rosina Valcárcel sale airosa de su propio reto. Y, en principio, a nivel formal logra el círculo perfecto, enlazando el primer poema de la primera estancia con el primero de la última, a través de la imagen del padre poeta y poeta revolucionario (digno homenaje): «Al caer el Muro de Berlín registra:/ —‘Qué dolor, y ni un solo disparo’.» Y luego vienen los homenajes a Manuel González Prada, Juan Pablo Chang, Víctor Jara, Fidel Castro y Víctor Polay. Personajes, actores y testigos —todos— de «un tiempo derrelicto» (para usar una expresión cara al poeta Juan Ojeda). Un barco abandonado es la imagen. Y Rosina lo describe así, en el poema dedicado a Polay: «La prisión se extiende/ La humedad las hojas de la urbe/ Como quien torea el patíbulo/ La tarde del 6 de abril/ Con sus ojos abiertos/ El héroe aguarda al filo de un pozo/ Me cede un libro de cuentos/ Sereno se mueve en la escena y dice: / —«Nadie podrá atarnos el espíritu/ He soltado una cometa».


Parafraseando a Antonio Cornejo Polar, puedo decir que si Rosina Valcárcel no hubiera escrito poesía, tal vez no la extrañaríamos, porque ella misma lo es. Porque ella ha sabido captar el ser mujer, desde su visión realista de la vida. Y lo dice: «Una mujer es misterio / rito / laberinto», como el amor, como la vida, como la materia, como la poesía, como la mujer… y todo lo que tocan sus manos de creadora universal. Y, tras los golpes, ella aprendió a ironizar: «A la sombra del árbol de la acacia / En el pórtico de tu jardín / Una parte de mi vientre cuida tus sueños / Entre ritmos y olor a caña dulce / Mientras cabalgas río arriba // Pero no me pidas danzar».


PÁGINA 11 – CUENTO


ADRIANA AGRELO
(Avellaneda-Buenos Aires-Argentina)

CINTA ROJA

A Elena que siempre alimenta mi imaginación con sus historias
y a Loly, la verdadera.

Escribir su nombre de puño y letra al pie de página era algo tan mágico para Loly, como ver el mar por primera vez. Esa sensación de su letra despatarrada y temblorosa sellando la libertad.
Ante sus ojos se desplegaban como un oleaje incesante, libros que encerraban historias maravillosas. Cadena de letras que narran la historia del mundo. Su propia historia. Mundos reales y posibles. Un rumor de palabras que al fin de cuentas atesoraba un libro, el sonido del viento dentro de un caracol o voces murmurando secretos.
Todo esto sentía Loly cuando escribió esa primera carta a sus veinte años. "Tía, he decidido irme de tu casa". Fue penoso el camino que recorrió antes de que su mano escribiera esa nota y la firmara. "No sé adonde iré, pero cualquier lugar será mejor que éste". Se imaginaba la cara de sorpresa de su tía, el único pariente que le quedaba y a la que hoy abandona sin remordimiento "Por fin seré libre, nada me llevo que no me pertenezca". La sorpresa de su tía no sería por la nota de despedida sino por esa escritura que se rebelaba como un puño.
Durante años le había negado la más mínima instrucción. Y Loly,
ignorante de esas marcas parejas y negras sobre el papel poco a poco las fue descifrando. Por las noches recortaba letras que ponía en cajas y escondía bajo la cama. Armaba sobre cartón las palabras.
¿Qué dice aquí tía? preguntaba ella cuando recién llegó a la casa.
No te importa, chinita curiosa.
Pero tía, ¿cuándo voy a ir a la escuela?
¿Y para qué querés llenar tu cabeza de palabras? Eso es para otra gente.
Y Loly callaba.
Otra gente era todo el mundo; los señores leyendo el periódico en los cafés; las señoras y sus revistas en la peluquería; aquel muchacho en el parque con su libro de poemas; el viejo detenido ante un afiche publicitario de Te Mazawate; una joven leyendo el prospecto de un medicamento en la farmacia de la esquina y el almacenero descifrando la lista de las compras que su tía le preparaba. Sus vecinas recitan obedientes las palabras del libro de lecturas de primer grado. Mimamámemima.
La escuela te hace escribir mentiras, decía enojada, los carteles de las calles mienten y mienten las revistas, los periódicos, los afiches, los prospectos y sobre todo mienten los libros de lectura. Mimamámemima. Qué cosa tan ridicula y mentirosa, parece que los labios se movieran como peces boqueando fuera del agua. Y Loly la repite despacito mi ma má me mi ma y siente que se ahoga, que el aire le falta antes de llegar a la última sílaba y que le duele un poco el corazón.

Recordaba otras oraciones, "Mi perro se llama Paco". Nunca tuvo un perro propio. Sólo perros callejeros. Prefería las historias que empezaban con "Había una vez"
"Habia un avez truz"
"Había una vez un pez"
coreaban sus amigas entre risas, cuando ella les pedía que le leyeran la historia de “había una vez.”
Nada de animales pulgosos en esta casa - solía decir la tía - y nada de historias tontas de princesas y reinos, eso, es para otra gente.
Las frases de la tía siempre terminaban igual. Y Loly envidiaba la vida de esa “otra gente” devoradora de libros y de esos perros flacos, libres que no necesitaban leer ni escribir ni ser mimados ni nombrados. Y envidiaba los cuentos contados junto a la cama o cerca de las hornallas de la cocina en las noches de invierno, que invariablemente comenzaban con había una vez.
Todas estas cosas recuerda Loly camino a la estación. ligera de equipaje y con la promesa de miles de palabras que como migas de pan le marquen señales y caminos nuevos. Tiene los ojos hambrientos de noticias. Ahora nada la detendrá, piensa, cuando lee una placa de bronce en el muro de ladrillos "Biblioteca Municipal” y un cartel de papel pegado en la puerta “se necesita empleada".
Se siente tan feliz que comienza a contarse su propia historia, esa historia que necesita contarse para recuperar su infancia y todos los cuentos negados.
Había una vez una niña que no sabía leer ni escribir, pero sentía tanto amor por las palabras que sin saber cómo las fue aprendiendo poco a poco. Cada palabra nueva tenía un color y un sabor diferente y las iba enhebrando como perlas de un collar interminable. Las palabras fueron creciendo y contándole historias, y sabía que al final todos serían felices y colorín colorado comerían perdices.
Loly sonríe y abre la puerta con reverencia como quien entra a un templo y este cuento recién comienza, de dice para sí.
Esa chiquilla ingrata. De nada sirvió protegerla durante todos estos años. Ahora descubrirá las bajezas del mundo, tan lleno de mentiras y falsos sueños. Alimentará su loca cabeza con palabras. Ya hablar es una traición al espíritu. Sólo la oración nos eleva. Espero que recuerde los rezos que le enseñé. Porque el mundo no tiene piedad con un alma inocente y ella aún no lo sabe. No sabe lo que me costó evitar la tentación de contarle todos los cuentos que me contaron de chica. Pero los cuentos no nos hacen mejores, ni más fuertes, no señor, los cuentos nos muestran universos luminosos, enceguecedores, estimulan la locura, eso que otros llaman imaginación. Imaginación. Si sabré yo lo que es la imaginación. ¿Acaso no sufrí de excesos imaginativos desde joven? Lo malo no es la imaginación en sí misma sino sus nefastas consecuencias. Su canto de sirena. Sus fuegos artificiales.
Quizás debí mentirle, porque la verdad es cruel y sólo los fuertes la soportan, quizás debí cantarle canciones de cuna y hablarle del ángel de la guarda dulce compañía que no la abandonaría ni de noche ni de día y decirle que su madre no la abandonó e inventar una historia amable, inofensiva, en la que su madre fuera una heroína que lucha contra la pobreza y la tuberculosis y muere románticamente como La Dama de las Camelias, lejos y olvidada y la mira desde el cielo. Pero no, tuve que decirle que la abandonó, que no le interesaba en lo más mínimo, que corría como loca detrás del hombre que amaba y que éste hombre no era su padre. Quise contarle la verdad. Y no quise que aprendiera a leer para que no conociera la realidad del mundo y nunca recibiera cartas como las que yo he recibido y soportado durante años. Cartas de desamor, de reproche, de injustos reclamos. ¿Así que después de un año de abandono quiso recuperar a su hija? Ahora estoy en condiciones de mantenerla y darle una buena educación, por favor no me niegues ese derecho, tía. Así me dijo la impertinente mujer perdida. Pero yo fui ante la justicia y le gané. Tantos años protegiéndola para que no fuera como su madre. El arrepentimiento no sirve cuando el daño se ha cometido, sigue con tu vida y olvídate que tuviste una hija. Eso le dije. Y ella me escribió tantas cartas desesperadas, pero nunca se atrevió a volver. Cobarde. Por eso digo, las palabras no sirven. Una sola acción hubiera bastado. Si hubiera aparecido ante mi puerta y yo hubiera visto en sus ojos esa desesperación que prometían sus palabras. Luego me llegó esa esquela, breve y mal escrita por el hombre, donde me decía que ella se había muerto. Fin de la historia.
Por suerte Loly nunca lo supo. Recuerdo aquel día en que la sorprendí con las cartas de su madre desplegadas sobre el piso, las olía, las miraba como si supiera leerlas y tenía tal expresión de tristeza como si comprendiera. Me asusté, quise protegerla y ahí decidí. Nunca la enviaría a la escuela. Estaría a salvo del dolor y esa historia quedaría escondida ante sus ojos. Era mi secreto.
Y ella ahora me deja esta carta, quizás la primera que escribe, y se siente orgullosa, porque la ha escrito y porque por fin puede leer todo lo que se ponga ante sus ojos. Y ser feliz. Claro, la imagino feliz, libre, cargando esa miserable valija de cartón que de niña, cuando me la trajeron, arrastraba como una carga demasiado pesada.

Lo que ella no sabe es que todo acto de rebeldía termina develando crímenes, descorriendo el velo de lo maravilloso para mostrarnos el rostro del dolor, implacable y sin adornos. Y sólo lo sabrá cuando descubra en el fondo de su pequeña maleta, el paquetito de cartas atado prolijamente con una cinta roja.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA



CARLOS NORBERTO CARBONE
(Buenos Aires-Argentina)

CAZADORES

El camarógrafo se acerca al león
es encantador ver el entusiasmo por su toma
cada vez mas cerca de su presa.

El poeta se acerca al poema
es encantador ver el entusiasmo por sus palabras
cada vez mas cerca de su presa.

El camarógrafo sigue al león.
El poeta sigue al poema.

El león merodea y de reojo mira
                                a su presa.

El poema merodea y de reojo siente
                                el calor de su presa.

El camarógrafo se queda sin aliento
cuando el león avanza sobre él.

El poeta se queda sin aliento
cuando el poema entra en él.

El león salta sobre el camarógrafo.

El poema salta sobre el poeta.

El camarógrafo huye.
El poeta no.


CONSTANTINO MPOLÁS ANDREADIS
(CABA-Argentina)

UNO PUEDE ESCRIBIR LO QUE QUIERA

uno puede escribir lo que quiera
pero el poema
si lo que escribe el que escribe es un poema
siempre dirá lo que el poema quiera
es decir
lo que el que escribe quiere
y aunque él
el que escribe
el que lo escribe
haya querido
decir otra cosa
es
como si el que escribe
hubiera querido escribir
lo que dice el poema
o sea
lo que él escribe
lo que el que escribe escribe
cuando escribe
el poema que escribe


CLAUDIA TEJEDA
(Alta Gracia-Córdoba-Argentina)

HUNDIMIENTO

La casa fue construida sobre clepsidras
para que no faltara agua ni tiempo.
Alguien maniobraba los relojes
sobre hornallas de cítricas paciencias
con la cuchara de madera en el minuto
cuando la madurez era
un tajo preciso en el almíbar.
Pero la mesa se fue hundiendo
en el ángulo certero de la ausencia
y la sed en las paredes se hizo barro
declive en los umbrales
escalera extinta
alarido de peldaños aplastados
contra el cimiento
cuando no alcanzan los puntales
ni la sangre
y
se cae la casa de la madre
como un árbol hacia su raíz
                           se cae
porque el agua se lo lleva todo
porque a todo se lo lleva el tiempo.


CARLOS PIRRO AGUILAR
(Córdoba-Argentina)

LUABA DE LA LLUVIA

Llega hasta mí
ahora que la noche dispone
sus oscuras frondas
y atiza en el silencio
el fervor del día que se escapa.

Mírame.
Toca mi frente,mis labios.

Haz de esta desnudez
un pequeño fuego que arda
-impasible-
ante el ubicuo cerco de la muerte.


ALFREDO LUNA
(Catamarca-Argentina)

con nosotros, dios tiene mal comportamiento y cae

de esto se duele mi sangre, de no tener una madre audaz;
apenas un animall ciego lamiéndose
que imagina árboles de espuma
olas de montañas en el cielo
y me ve hermoso con lanzas en la boca

no. tengo una madre fiel a su desdicha implacable y pulcra;
ángel mustio, se mira en el tiempo que la muerde 
y nada le reprocha

hasta el fin de los días, seguirán doliéndome en la pena
sus embates de amazona temerosa, su derroche de lágrimas

como ninguna, alma hostigada por el amor, 
tan leal a su soledad, como ninguna.

ojalá no gimiera entre el amanecer y el ocaso.


ERNESTINA ELORRIAGA
(Córdoba-Argentina)

El mantel de hilo
tenía bordadas flores azules
palabras
                   agitado por sus manos
descendía estremeciendo el aire
las flores por momento
parecían quebrarse
                  quedar desordenadas
los brazos de mi madre repetían el movimiento
mis ojos la seguían
el mantel     los brazos
          los brazos      el mantel
las palabras

no sé
qué vientos precipitaron
el derrumbe de la nada sobre esa mesa.


PÁGINA 13 – ENSAYO


CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

LA DESGRACIA DE LA REALIDAD ES LA GRACIA DE LA POESÍA
(Una charla a la intemperie)

Me gustaría comenzar esta charla diciendo que ella es un homenaje para los que todavía viven y respiran ese aire que facilita la imaginación y el descubrimiento de lo esencial en la realidad.
He aceptado para la poesía, y para su extraña-terrible actividad, este tipo de homenaje que aquí se le permite, más aún cuando veo claro que en el fondo ello puede facilitarme un acercamiento a esa región inédita y hereditaria que corno hijos asimilamos y donde todo puede ser posible.
He aceptado también conversar con ustedes por una simple razón: desde que fue posible afianzarme en mi trabajo con la palabra poética unas cuantas preguntas me rondan y quiero en esta ocasión ensayar a responderlas, no sin antes dejar claro que son las respuestas de una individualidad, de un islote en medio del continente de inquietudes y propuestas que ustedes contienen.
La vocación o destino del poeta, quizá sea provocar la interrogación y la sospecha más allá de las circunstancias de su realidad, pues dudo que la poesía tenga las mismas intenciones de un sistema lógico y autoritario que venera la verdad como algo total.
Con esto dejo claro que de ser posible una conclusión, ella ya no pertenecería a mi intención sino a la de ustedes.
Creo por lo demás que, desde esa visión verbal que es la poesía. Se desprenden múltiples accidentes y sentidos, los cuales permiten acercarnos a ella más limpios y sin tantos prejuicios supuestamente intelectuales; con más carga de amor e intensidad hacia lo que está allí escrito que con el frío sentido de una mirada de difunto ante semejante sol de la vida.
Retomo de Federico García Lorca una carta dirigida a su amigo Gerardo Diego que puede facilitarnos entrar en cuestión. Ésta dice:
¿“Qué voy a decir yo de la poesía? ¿Qué voy a decir de esta nube, de este cielo? Comprenderás que un poeta no puede decir nada de la poesía. Eso déjaselo a los críticos y profesores, pero ni tú ni yo, ni ningún poeta sabemos lo que es la poesía. Aquí está, mira. Yo tengo ese fuego en mis manos, yo lo entiendo y trabajo con él perfectamente... En mis conferencias he hablado a veces de la poesía pero de lo único que no puedo hablar es de mi poesía. Y no porque sea un inconsciente de lo que hago, al contrario, si es verdad que soy un poeta por la gracia de Dios —o del demonio— lo soy también por la gracia de la técnica y del esfuerzo y de darme cuenta en absoluto de qué es un poema”.
Ahora bien, yo me preguntaría, ¿podemos definir la poesía?, o bien, ¿podemos definir la vida? Diría que la única forma de definirla es hacerse con ella, crearse con su manantial, es decir, estar dentro de ella y esto no es otra cosa que explicarse su creación por su misma creación, así como el amor sólo es explicable y comprensible cuando se ama.
Estar dentro de ese reino como un astro, siendo reino y astro a la vez. Entonces, ¿qué nos depara la poesía?
Tal vez ser conscientes, como la insignificante y solitaria flor en la llanura, de toda la grandeza y pobreza de lo que habita; descubrir en la sencillez, la universal y compleja presencia de las cosas sin descuidar nuestra más innata extranjería.
Muchas veces me he preguntado cuál es el sentido de la poesía y he dudado si realmente tenga algún sentido. Pero sospecho un signo, una idea que me condena. Tal vez “la poesía sea una empresa de descubrimiento esencial, una entrada al laberinto de lo conocido y desconocido del mundo en que estamos insertos y que alcanzamos a vislumbrar por medio de nuestros sentidos” (Enrique Molina); tal vez sea lo que nos llena de maravilla o de terror pero que facilita conocer nuestras imposibilidades y nuestros límites. Es una teoría de conocimiento, una forma de acercarse a la realidad, de reflexionar sobre su drama, conocerlo y no sólo sufrirlo y cantarlo.
Probablemente, esto es lo que ha hecho que la poesía se haya observado en muchas épocas como una región misteriosa en la cual se penetra gracias a la sensibilidad y al amor, pues es quizás “entre todas las aguas que corren, la que menos se demora en los reflejos de sus puentes” (René Char), y por esta misma razón es de lo que menos podríamos hablar con vanidosa seguridad, pero sí sentirla y habitarla como autores de ella sin creernos conocedores absolutos de sus intrincadas voces.
Cuántos poetas no habrán sentido ese rayo fulminante de la verdadera poesía y se habrán dado cuenta de la insuficiencia de aclararlo, de retenerlo como un fuego propio. Los casos sobrarían y rebosarían el cielo.
En alguna parte, alguno de estos poetas probablemente anuncia que habla desde el fondo del abismo que es el fondo de su cima. Conozco estas palabras; no son más que una de las tantas explicaciones a la extranjería del poeta, a su vital presencia ante los “otros’ y ante la realidad. Individualidad y cosmos, extranjería y presencia ante los “otros” son cuestiones que llevaremos toda la vida como presupuestos al escribir nuestros poemas; es un ciclo amenazante y maravilloso del cual no saldremos, pues no es misión nuestra la de abandonar sino la de asimilar estas cuestiones. Estar a la intemperie del mundo y, sin embargo, estar en él de forma permanente. Vigilar y excluirse; ser sedentario y nómada en la transparencia y en la oscuridad de las vivencias; el que vigila también es vigilado: el que observa desde afuera también está dentro del paisaje. Ser modelo e imagen, sueño y realidad, extranjero y amigo.
¡Ah!, pero si yo quisiera dejar más claro cuál es mi visión de lo que es la poesía, tendría que remontarme al carácter original, al estudio de orígenes que la rodean y esto ya sería pedirme demasiado. Pero sospecho de nuevo un signo, una región de aventuras: la poesía puede ser inocente más no ingenua y esto es lo que la hace partícipe de su cultura.
Determinados como estamos por el despotismo de una realidad que si bien se nos cierra cada día, es bueno saber también que ésta se nos invierte en una alternativa demasiado positiva y, es que, a pesar de ella o sobre ella, todavía reconocemos su potencia enriquecedora para nuestra obra.
De otra parte, ¿no será una gran verdad, que gracias a dicho roce permanente con la realidad, estamos ricos de imágenes? No faltaba más que, conscientes de ello, echáramos a perder esta riqueza en el momento de su mayor jerarquía, de su mayor autoridad.
Reconozcamos entonces el conocimiento de nuestra propia pérdida, aceptemos nuestra propia no resurrección. La poesía está aquí y no en otro reino.
Y es aquí, sólo aquí, donde propongo una alta conciencia de trabajo y vocación; es aquí en este instante de estimación y deferencia hacia lo que nos rodea, donde la “gracia” de la poesía se nos revela en la veneración al nosotros sin que ello haga estragos en nuestra perturbada intimidad. Dicho en otros términos: la desgracia de la realidad es la gracia de la poesía’.
Quiero recordar ahora un verso escrito hace algún tiempo donde se dice que la realidad es ese sol disperso que a mi interior interroga. Pienso que podríamos remplazar la palabra Realidad por la de GRACIA poética, pues me parece que la poesía es también una forma de reconocimiento y valoración de la escala total de la realidad, o mejor, es una dimensión que no se contenta con sólo la apariencia y los reflejos de lo que se observa o se palpa, sino que vislumbra, en las múltiples estancias de este laberinto efímero, una forma de divinización y de permanencia, una grandeza en lo que aparentemente es insignificante.
Se me ocurre que podríamos ampliar más estas afirmaciones trayendo hasta nosotros un pensamiento de Montherlant:
“Hay lo real y lo irreal. Más allá de lo real y más allá de lo irreal hay lo profundo”, o bien este verso de Roberto Juarroz: “La realidad se hunde palmo a palmo. La realidad que ya no se conforma con ser más que realidad”.
Para Montherlant, lo profundo sería justamente la estancia de lo poético como actividad suprema y única de exploración sobre lo que se vive. Juarroz nos permite saber que, a pesar de todo, la realidad también está sola y necesita de alguien que la descubra, que la fertilice y le dé “realidad”, todo para que ese edificio único y múltiple no se derrumbe.
Entonces, la realidad soñada o concreta sólo se valoraría al ser descubierta su gracia; al explorar su maravillosa y terrible grandeza. Desde luego, no me interesa aquí discurrir por las múltiples concepciones filosóficas y tradicionales acerca de lo que es la realidad; a lo sumo aprovecharme de esta categoría para explicar que en su “desgracia” tiene una hermana mayor que la “diviniza” y amplía, y ésta ya sabemos es la poesía.1
Por lo tanto, aclarado esto, propongo que ante una lógica de la desesperación impongamos una lógica de la comprensión de nuestro más grande nutriente; una consumación con la historia de los hombres; una revuelta íntima con la realidad hispanoamericana y mundial; una convivencia con los habitantes de lo terrible, donde lo único que sabemos es que nos desconocemos y tal vez ésta sea nuestra mayor ventaja.
No estaría mal, también, pensar desde nosotros mismos sin descuidar el pensar por nosotros mismos. Nuestra visión debería construirse a la medida del sueño, pero a la medida del sueño que es a la vez anverso, razón y convulsión, refugio e intemperie, muy contrario a la voluntad de los aniquilados. Nuestros sueños deben tener raíces humanas, desde luego, y no raíces en el cántaro de un mundo construido a la manera de Disneyworld.
¡Ah! y por mucho que pensemos la huida de este mundo, sólo a él nos remontan nuestros pasos; por mucho que deseemos una “Realidad Poética”, sólo a ésta retornan nuestros gritos. La poesía escrita para desahogarse de la crueldad del mundo, es también provocación de estornudos.
Sabemos que estamos bajo la lógica de una sociedad globalizada que se desconoce y, por lo tanto, es asesina de sus propios artífices. Pero, aunque conscientes de ello, no podemos exigirle a la poesía ser arma técnica, sílex práctico en la máquina histórica de los hombres. La poesía tomada así como pieza utensiliar y fundamental del mecanismo social humano, tal vez sin proponérselo, no iría muy lejos en su misión de constructora, pues no es misión suya construirnos un mundo habitable. Su misión no es la de un estratega, su conciencia no es la de un ingeniero. Rota y perseguida, la poesía es quizás lo más inútil dentro de sociedades pragmáticas, serviles y vigilantes como las nuestras. Sola, pero con una transparencia de hermandad que no se fatiga, su rostro no se voltea, sin embargo, ni se cubre, frente a las catástrofes de su tiempo. No es mesiánica pero tampoco en su innata extranjería ignora; sabe comprender muy bien la huida y también los compromisos, y lejos de toda ideología redentora no marcha al lado de los más.
Víctima de su formación en la intemperie, aún vive con la misión de pensar desde la periferia —y desde el fondo— y es aquí donde su valor se une con la misión del sabio y del filósofo; y aunque no construye sistemas, digna es de reconocerle la creación de algunos símbolos y signos, tan propios como comunitarios, de ser exploración y fundación de ciertas realidades, únicas y maravillosas, demasiado fuertes para ser desechadas por las tempestades de la historia; es decir, de elevar concepciones globales, tanto formales como conceptuales, a las cuales damos el nombre de poéticas.
Con su visión encantada, el poeta se enriquece e instaura su poética; escoge sus signos, sus símbolos, sus secretos tonos, los cuales le permiten contemplar regiones desde una perspectiva muy particular, y esto no es otra cosa que instaurar un reino propio, es definir su voz, su búsqueda, su rostro, dentro del cual adquieren importancia los elementos y valores de la realidad donde habita y piensa el mundo.
Desde esa región perturbadora (la realidad), con su halo de asombro y sus espacios profundos y elementales, es donde la poesía se nos manifiesta permanente y tal vez aquí adquiera su verdadera grandeza: la de hacer del hombre una continua correspondencia entre lo finito y lo infinito, entre lo singular y lo cosmológico, entre el ritmo de la emoción y la pasión de la inteligencia ayudada por una dimensión de soledad de la cual se abastece. La libertad es su ley, el universo su patria, la pasión es su razón.
En lo alto del silencio, su región propicia, la poesía recupera para el hombre el trance, la contemplación y la armonía del delirio; la unidad entre lo múltiple y lo único, entre el ser y el pensar; abre la oscura realidad de lo existente para pensarlo y admirarlo con el “ojo del alma”. En su alegría y en su muerte posiblemente naufragamos, pero ella vive intensa y trágica, destinada a ser susurro en medio del escándalo. Va de lo transparente a lo oculto, de lo pasajero a lo presente; su divinización está en las cosas, y nos descubre en todo y en el TODO una dimensión sobrecogedora: la valoración de las cosas y la divinización de las mismas, de lo cual nos hemos olvidado.
No pretendo con lo anterior reducir este universo memorable; sólo intento un riesgo, una aproximación no única, pero sí continua, tan importante para mi noción de poesía, la cual me ha permitido de alguna forma entrar a esta entrañable intimidad del mundo y sus continentes inéditos. Esta lámpara ha servido para salvarme de pérdidas y dolores, asimismo que la risa, el juego y el amor.
Pero, en medio de la tempestad que nos aflige, creo que todavía queda la esperanza de averiguar qué nos deja la cultura y en esto la poesía tiene un camino muy extenso para recorrer.
Giro en torno a estos planteamientos y en torno a la poesía. Sé que para llegar a su centro es necesario el amor. “Las obras de arte, decía Rilke, son de una infinita soledad, nada es peor que la crítica para abordarla, sólo el amor las puede alcanzar, guardarlas, ser justo con ellas”.
Y ahora basta de averiguaciones, lo único cierto es crear, pero crear siendo; escribir la poesía como también vivirla. Habitar el mundo no como turista sino como casero, forma de estar. Ampliar el Ser a través de la palabra, así la poesía constituya la mayor conciencia originaria de la soledad del hombre.


1 El concepto de Gracia aquí se inserta como una aserción estética, no como una cualidad moral y psicológica de la persona, es decir, no como amistad ni afabilidad y benevolencia. Trato de profundizar sobre el hecho poético de la Gracia, es decir, sobre la transformación espiritual y artística de lo que nos rodea. Gracia como don del poeta para volver mágicas las cosas que él asume en el mundo que habita.


PÁGINA 14 – CUENTO


TERESA ITURRIAGA OSA
(Palma de Mallorca-Islas Baleares-España)

INTERMITENCIA

Cruza la calle embozado en su sueño. Palpitan sus nervios en la voz de su
sexo de paloma silenciosa. Apura el instante en disimulos de adioses y recatos que ocultan sus cartas de amor apolillado del invierno. Es octubre y todos los ojos esperan la caída de las hojas ocres de otoño mientras un triste pintor de acuarelas dobla sus emociones en un pañuelo blanco planchado e impoluto; allí vierte la mezcla de colores, olores, ata el lienzo a una nube, la rodea con su aliento y piensa intermitente en su musa lejana.

        El semáforo guiña las horas advirtiéndole del peligro del vértigo, dibujando en su mente la magia en el mercado, ella salta los charcos, de alegría en alegría, salpica sus piernas moteadas, cantarina de besos va como loca, esa niña vestida con paraguas de volantes. Fátima envuelta en un vaho de cigarrillo, oscuridad penumbra fuera del harén con el príncipe de los sueños, sus ojos taladros arengan a un ejército de esclavos, activando la tinta y la piel.

        Suena el teléfono. Es ella. Dice pronuncia calla... ella se aparta aspira las letras de una bocanada en espera... dice pronuncia y calla otra vez... El acordeonista ciego del puente toca La Vie en Rose y él se deja llevar al escucharla, su presencia se materializa en un instante, la toma del brazo suavemente, la acerca a través del satélite hasta el parque y sienten su pulso pegados pecho a pecho, susurro a susurro. Bailan y un tul de encaje magenta cae despacio sobre la ciudad de las ausencias. La música cambia el tiempo en llanura y todo se hace más suave, sencillo, dúctil. Es la hora de besar.

        Desde la costa, ella agita un pañuelo arco iris para él, orfebre navegante que llega de tan lejos. Entran en la pobreza aparente de la gruta, un espacio para amarse en la oscuridad, en medio de un aleteo desorden de peces e imágenes, buques entrando y saliendo de sus almas. Él adorna su cuello con collares de piedras del mar, ella coloca su vestido transparente sobre su desnudez y sale a su encuentro. En la cueva de la verdad enmudecen y ríen por los aires sin hacer caso de la tentación de las riquezas.

           Ondea la bandera del amor en el mirador de la esperanza, expuesta queda su colección de cerámicas, las telas al viento, la tierra amasada con las manos que estiran ese canto de hembra, espejo de sus genes. Entra una luz especial en el templo callejero aunque la gente pasa delante del altar sin pena ni gloria. Observa las pinturas sin atender el sufrimiento del óleo, sin percatarse de la quebradura del trazo... Una multitud de transeúntes frivoliza sobre la importancia del color curioseando las láminas, en la más absoluta distracción de la profundidad.


        ¿Cuánta verdad necesitan entonces? ¿Cuántos administradores del miedo? Ninguno se atreve a cometer un desacato al tribunal gris y anodino de los días... Nadie es capaz de oír el crujido, el enigma vegetal que se consume en el caballete del artista, el estrépito de pasiones que arde en pleno atardecer. 


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA



ALEXIS COMAMALA.
(Córdoba-Argentina)

Si escribo es para hablar de las cosas muertas
de un pan lleno de gusanos amanecido en el umbral de la belleza
de los rayones que lleva en su carro durante la noche el ciruja
de la botella ladeada por el vértigo del sol en la nuca
de los escombros de un dragón
de la plegaria muerta en la boca
del pez que sabe de la mordida del anzuelo

Si escribo es para hablar de las cosas vivas
de los promontorios de infelices que llegan a pagar su cuota en el infierno
de la alegría del anciano esquivando el hacha firme en su sien
de los niños en huertas enroscados por la savia del amor sin freno
de la música para calmar las balizas de los reyes
del aroma del orgasmo en la nariz comprendo el cielo sin sentido

escribir es mirar y estar muerto por horas

(A Sebastián Pons)




ALICIA MÁRQUEZ
(Vicente López-Buenos Aires-Argentina)

FIN DE AÑO

El fin de año es un barco
anclado en un puerto impreciso.
Todos quieren llegar.
Todos se abrazan y besan.
Empujándose. Corriendo. Gimiendo.
Quieren subirse al barco y despedir,
con pañuelitos lánguidos
a todas las cosas que no pudieron ser.
Rápido. Rápido.
Las luces en el cielo suntuosas, opulentas,
iluminan la cara de los viajeros.
Rápido. Rápido.
Piensan. Desean. Brindan.
El barco sigue en el puerto impreciso.
Ahora todos se bajan
y comentan lo bueno del viaje.
Las cosas que no pudieron ser, esperan.

Siempre esperan.



AUGUSTO ENRIQUE RUFINO
(Salta-Salta-Argentina)

ZAFRA

Está extenuada la tierra
    de abrir sus manos de azúcar
           para saciar la codicia

Húmedo vientre quemado
      sudor de esperanzas ciegas
          saliva olor a coca y desvelo
      
Chaguanco huesos de junco
                 gladiador de cañas
                         de soles y lunas

Memoria de látigos y perros
       vientos de fuego y malhoja
                                 lluvia negra

Está extenuada la tierra
    de abrir sus manos de azúcar
            para sostener al insaciable
                     con
                          anhelos
                                    truncados…


FERNANDA AGÜERO
(Salta-Salta-Argentina)

UN CUERPO ANÓNIMO

un cuerpo anónimo
y después la calle
cuerpo de breves mariposas
estridencias

cristal entre las manos de las mezquindades
precipicio de los desnudos
pasos sobre el aire

entre las sábanas
la bestia
la mandíbula del urso
el dios del abandono jugando a las barajas
las viejas rezadoras de las lamparillas
los sapos mirando hacia otro lado
el sol que se atormenta
el agua que encandila
cuando un cuerpo sin nombre se extiende sobre el mundo
a mentir que su vientre
su castillo de arena

es mar y alcantarilla.


.GREGORIO ECHEVERRÍA
(El Tigre-Buenos Aires-Argentina)

TRAS UNA LARGA NOCHE EL SOL

Hubo una larga noche / larga noche de poetas cercenados
y cuchillos hambrientos / noche de botas decapitando la espiga
asesinando pájaros al compás chirriante y obsceno
de las esvástivas marchando
fue —por cierto— una noche de walpurgis sanguinariamente larga
sin Novalis y sin Wagner
huérfana de canciones
huérfana de piedad
huérfana de amanecer
una acantilada noche de brazaletes y vampiros codiciosos
de desnudez y sangre / ávida de neuróticas antorchas encapuchadas
preñada de uniformadas calaveras coaguladas bestiales ahítas
de charreteras y crespones.

Pérfidamente acarreaban su veneno gerifaltes tonantes y cuervos
predadores / incurable quemadura provocaba el roce de sus plumas
todo vigor bajo su negra luz desfallecía toda fuente quemada
tanta cisterna estéril cada semilla inútil agonizando
en féretros de plomo / sobre la desolación del salitre navegaban
los parches amarillos y las nubes de prusiato / fue el reinado
de los mariscales de hierro y los federicos del arsénico.

Pero hubo una mañana en que con inconsciencia alzaron
vuelo las tibias y los fémures y el empavorecido mosto
de la desesperanza / rústico villancico prevaleció con manos
y paciencia sobre el graznido de las botas sobre el encendido
aliento de los dragones crematorios sobre la pestilencia
prepotente de los monaguillos del terror y la pólvora
hubo al cabo una mañana de sepultar otra vez en sagrado
a nuestros muertos / plantar árboles nuevos en los calcinados
cráteres / tiempo de edificar sobre los quebrantados
estandartes un oleaje de himnos proletarios
esa mañana tristes todavía para recomenzar amurallamos
el horror en crónicas para la memoria de toda generación
y nos atrevimos —nuevamente— a fecundar los surcos
y los lechos / hubo una mañana en que a despecho
de alambrada y látigos estallaron de pánico las horcas
entre una erupción de olivas y palomas se suicidaron los halcones.

Hace cuarenta años hubo en el mundo esa mañana.


JORGE VINITZKY
(CABA-Argentina)

DONDE NACE EL SOL

A veces temo
no madrugar lo suficiente
para correr hasta aquel roquedal,
al Este de mi infancia,
donde viví mi primer amanecer.
Me dijeron, contundentes,
como una sentencia:
“Aquí nace el sol de la patria”
Y son palabras que pierden peso
cuando no existe
la idea de pertenencia,
en caminantes poetas.
El sol sale.
Sin fronteras…
Y repite la maravilla del universo,
para que  el niño reciba
su bautismo astral.
Volveré al Este final.
Límite impuesto
por aquel ensueño del alba.
A mis ganas de abrir nuevamente
los brazos,
frente al disco fulgurante
brillando, como fuego ancestral.
Arcano.
Indomable.
Madrugaré sobre la costa
que aún susurra a mis oídos
la historia.
Lo haré como comunión.
Como confirmación de la memoria.


PÁGINA 16 – ENSAYO


ALEJANDRO BOVINO MACIEL
(Almagro-Buenos Aires-Argentina)

MANIFIESTO DEL NEO-REGIONALISMO LITERARIO

En la ciudad de Corrientes, en abril de 1985, luego de un amplio debate en el Ateneo Cultural, del que participaron Pierina Vallejos, Laura Perez, Ompa Mohando, Juan Mujica, Juan Malagrida, José Martelotte, Silvia Perottino y luego de una breve exposición de los autores Marta Quiles y Alejandro Maciel se acordó firmar un manifiesto que dejase fundado un nuevo enfoque de la narrativa regional.
Desde los primeros autores del llamado “cuento regionalista” empezando por Velmiro Ayala Gaúna, siguiendo con Ezquer Zelaya, Saturnino Muniagurria (de Goya), Gerardo Pisarello (de Saladas), Nilda Nicolini (de Curuzú Cuatiá), Marily Morales y los autores que actualmente publican cuentos de ámbito regional, se ha perpetuado una sola línea narrativa que fue deviniendo en un simple folclorismo pintoresco, de postal, que no va más allá de las descripciones de costumbres rurales, enfrentamiento a punta de cuchillos entre colorados y celestes, un mundo mítico muy primitivo y cautivo del catecismo cristiano. Estas tendencias meramente descriptivas y coloristas tienen una conflictiva muy simple, reduccionista, como si toda la rica historia de la provincia de Corrientes y área de influencia en provincias vecinas (norte de Santa Fe, este del Chaco, parte de Misiones y Formosa) quedase limitada a las peleas de poncho y cuchillo por el amor de una china.
Manifestamos que es necesario ahondar en la conflictiva social.
Que la literatura puede ser un excelente reflejo de las cusas más hondas de división de clanes, del mantenimiento de un feudalismo feroz, del caudillismo como enfermedad política, del atraso y marginación de la gente de campo, de los males que esto ocasiona en una sociedad que tiene vasallos antes que ciudadanos.
Es necesario propones un cambio de estética como movimiento, empezando por generar obras que reflejen de un modo vivo estas contrariedades para que la vieja imagen de la “Corrientes feliz con sus fiestas y sus fetiches” tengan la contrapartida de una literatura más cuestionadora de esas supuestas bases narrativas que la costumbre fue instalando.Y al mismo tiempo, con la proyección más universal que conviene a los problemas humanos.
Se hace urgente romper con esos viejos y ajados moldes del pasado, que han sido fundadores y tuvieron una primitiva función en su época pero a la vista de la realidad actual han quedado caducos y demorados.



PÁGINA 17 – CUENTO


SAUL ALVAREZ LARA
(Medellín-Colombia)

PERSONAJE CON NUBE

Las situaciones corrientes, naturales, cotidianas, son las que por lo general vienen con espacio suficiente en su interior para que la ficción se desenvuelva sin reserva. Esta premisa está al comienzo, si se afina la mirada, de la búsqueda de historias que permiten trazar un puente entre quien busca la ficción y los desprevenidos que sueñan o hacen su día. Por supuesto no es un invento, este ejercicio es corriente en talleres de arte donde, la idea de ver más o distinto conduce al encuentro con el tema en curso. No estoy seguro, pero imagino que en talleres literarios el hallazgo de este puente es también una actividad que se lleva a cabo con el mismo fin. Ahora, si lo planteado se toma como un ejercicio, el de esta semana sucede así:
Es temprano, entre siete y media y ocho de la mañana. El lugar es una calle de doble vía poco transitada. Tuve alguna dificultad para cruzar otras vías y encontrarme en la acera rumbo al oriente. No hay sol. Un chofer de taxi predijo un día caluroso a su pasajero cuando pasé cerca de ellos. La calle tiene una pequeña, casi imperceptible, pendiente. Frente a mí, aparte de los edificios y locales comerciales que parecen inhabitados, se levantan las montañas que lindan al otro lado con los valles del oriente.
No tengo razón para apresurar mi paso, camino al ritmo del momento. Unos metros más adelante, es posible que ya estuviera allí y yo no lo notara, un hombre joven tomó el mismo rumbo. Sólo veo sus espaldas y por su ropa decido que es joven: camiseta negra, holgada; pantalón también negro dos tallas más grande, de tiro hasta las rodillas; zapatillas de caucho combinadas, blanco y negro; corte de cabello erizado con gomina, del estilo que no precisa peinado. Somos los únicos a esa hora. Cuando lo veo, unos diez metros delante de mí, presiento que va más rápido que yo porque en los veinte o treinta metros siguientes la distancia que nos separa aumenta aunque no lo suficiente para perderlo de vista. De repente una nube de humo blanco aparece sobre su cabeza. Quizá la nube lo obligó a disminuir el ritmo de su paso porque poco a poco me aproximé a él. No había alcanzado a recortar la mitad de la distancia que nos separaba cuando el olor de la marihuana me envolvió. No vinculé la nube, que apareció encima de su cabeza, con el aroma de la yerba y busqué el fumador en otras direcciones. No vi a nadie. Los únicos en esa calle, aparte de los pocos conductores de automóvil o bus que pasaban en ambas direcciones, éramos él y yo.
Recordé, entonces, otra época, ¿lejana?, en que era impensable fumar un “pucho” en plena calle a cualquier hora. Empezando porque para comprar la yerba había que ir, o encontrar quien fuera, hasta los extramuros del barrio Antioquia o de la Curva del Bosque, y ése era sólo el primer paso, después había que encontrar dónde fumarse el “pucho”, a escondidas en una casa, en una fiesta sin que mucha gente se diera cuenta, o en algún sendero perdido de los montes del oriente entre El Retiro, La Ceja o Rionegro. Era la época del Festival de Ancón, que la generación de los años cincuenta y tal vez sesenta, recuerdan.
Mientras hacía el arqueo en el tiempo y la historia, la distancia con el joven se acortó. Se me ocurrió pensar entonces en otra época anterior a la mencionada, las señoras “bien” llamaban marihuanero a todo aquel que transitara por la margen de lo establecido, incluso llegaban a asegurar que robos, desmanes, agresiones o rasgos de mala educación, no la llamaban aún violencia, tenían origen en los marihuaneros. Estaban equivocadas al culpar de esas desdichas a los fumadores de yerba, pacíficos en general. Pero no estaban equivocadas al mencionar la yerba como una forma de marginalidad latente puesto que desde la mitad del siglo XX y aún años antes, la región era ya escala obligada para otras drogas duras que nos cambiarían la vida y subían desde Bolivia y Perú con dirección a Cuba y Norteamérica.
Lo seguí unos cuatro o cinco pasos detrás. Caminé un buen trecho a la misma distancia. Nadie, en todo el trayecto, cruzamos pocas personas en sentido contrario, pareció tomar en cuenta el aroma o la nube; fumarse un “pucho” a esa hora y en esta época no tiene significado de rebeldía o marginalidad y más bien hace parte de lo corriente que a nadie preocupa. Aspiré el aroma que quedaba en el aire, alcancé al joven, la nube blanca aun sobre su cabeza no parecía preocuparle. Caminé a su lado, nos miramos sin hablar, él miró la nube sobre mi cabeza yo no la había notado aún y solo caí en la cuenta después; aspiré por segunda vez y me adelanté porque sus pasos eran más cortos, pero hice más lento el ritmo de los míos sin que se diera cuenta.
No quería alejarme de él, me pareció que había llegado el momento de tirar un puente entre la calle desierta, el joven marihuanero y el ejercicio que mencioné al comienzo, pero la situación se estancó. El joven no producía ningún ruido, solo el aroma de su “pucho”, no sus pasos, acusaba su presencia unos metros detrás, ¿cuántos?, no me atrevo a decirlo porque tampoco me atrevo a voltearme, encontrarme frente a frente con él y hablarle, preguntarle una dirección, la hora o decirle de una vez que me deje aspirar su “pucho”, es una posibilidad. El aroma me rodea y el convencimiento de que él sigue mis pasos al mismo ritmo me tranquiliza. Entonces me doy cuenta de que la nube, su nube, campea también sobre mi cabeza. Debe ser la de él, me digo, no tengo por qué tener una nube mía, propia, sobre mi cabeza. Mientras las preguntas se amontonan, ¿la nube?, ¿mía, de él?, ¿hablar?, ¿del tiempo?, ¿del calor?, ¿de su pucho? camino al paso más lento posible para no permitir que se quede rezagado.

Entonces una idea cae de la nube que va y viene sobre su cabeza y la mía: le diré que somos personajes de una historia, que tenemos la nube, que con ese argumento es suficiente para destrabar el trance. No sé cuanto caminamos, las cuadras son largas y no hemos cruzado ninguna calle. Con el convencimiento de que él viene pocos pasos detrás, me detengo y giro sobre mis talones de un solo golpe para no darle tiempo de reaccionar, esquivarme o pasar a mi lado sin verme y sin escucharme. Estoy seguro de que la nube sigue mi movimiento. Entonces me quedo sin palabras, no veo con quien hablar, la acera y la calle están desiertas, ni un alma se mueve cerca o lejos. A esa hora de la mañana en una calle de doble vía por donde no pasa nadie solo la nube blanca que campea sobre mi cabeza me acompaña, ¡ah! y el aroma…



PÁGINA 18 – POESÍA ARGENTINA



SONIA RABINOVICH
(Córdoba-Argentina)

 A MI MADRE

Caminé con su cuerpo entre los brazos
durante toda la noche.
Recorrí insomne los pasillos de la casa
con el cuerpo de su lágrima
apoyado en el pecho.

Caminé llevándola, hamacándola
a un consuelo que la devuelva a la boca
que hoy no acepta el trípode de la pena.
Antes, se transformó en agujero
y después llegaron los silencios.
La llevé , apoyada su impotencia
sobre mi hombro durante toda la noche,
y caminé con sus piernas hasta quedar exhausta.
Caminé toda la noche con el dolor
de madre entre los brazos
y ahora escribo, dormida sobre sus ojos
sintiéndola erguirse
entre la nebulosa de unos tacos aguja

mientras se acomoda el pañuelo frente al espejo.


MÓNICA LAURENCENA
(Paraná-Entre Ríos)

EL ARMA DEL VERSO
                           
 La furia del Verbo nace... se hace carne en el Verso.
 Somos palabras en la espesura de la ciudad.
¿Sólo observamos la casa triste del hombre?
¿Somos letras y sonidos de los descalzos en el paisaje?

El verso se hace llama.
Libera su belleza en la consagración.
Dicen que la palabra de los pobres es desahogo...
El corazón es gris-baldío...
No es sutil cuadro de pasteles o de quietas flores-muertas.
Ni  cuento de hadas o comentario  de obras famosas.

¿Poetas, salimos con el arma del verso a repartir panes?

Devengo en  oficio de escriba. Testigo de mis días. 
El poema,  grito descarnado.
En el diario devenir la escritura intenta acribillar las calles.
La terca humanidad sobrevive...

La furia sigue cavando  vida en el verso.
Los sin nombre  son lágrimas del mundo 
en la ciudad analfabeta.


MIGUEL GAYA
(Buenos Aires-Argentina)

Recuerdo haber pasado por aquí.
Recuerdo una calle.
Recuerdo una vida. Un niño sigue siendo un niño
en una calle, y su pulóver pica sobre su brazo.
Es así como la luz de una mañana oscura
es en blanco y negro,
como si quien caminara en ella estuviera
en una fotografía de los años cincuenta
en un remoto país desolado
por una posguerra sin victoria.
El hombre se sube el cuello de su abrigo
y piensa que ya ha estado ahí,
en esa carretera apenas dibujada, algo más que una huella,
en esa calle donde tiene un pulóver de lana rústica y opaca.
Camina en una dirección, y luego en otra, y un niño lo mira caminar,
solo, y se lleva a la mejilla la lana pinchuda de su pulóver, oscura
es la vida, y además eterna. 


PABLO ANADÓN
(Córdoba-Argentina)

RELEYENDO A KAVAFIS EN LA NOCHE

“Un eco de los días de placer…”
K. K.

Hundido en una vieja reposera
De vuelta del trabajo, con la hora
Silenciosa regresa lo que fuera
Su vida alguna vez. ¿Aún la añora?
Es tarde y está solo. Bebe, fuma,
Hojea un libro, lo abandona, bebe
Un sorbo más, se pone en pie… Se esfuma
Lejana, turbia, la ciudad. Ya llueve.
Resuena el agua en las baldosas, trae
Un eco de los días de placer:
Todo lo dio por una sensación
Soñada y realizada. En calma, cae
La lluvia. Hizo sufrir. No halla perdón.
Busca el olvido: no sentir, no ser.


MARISA NEGRI
(Buenos Aires-Argentina)

INMIGRANTES

la tierra hecha a mano
el sol a pico sobre el monte

un zumbido de insectos sobre la fruta


no hay góndolas en el Paraná
ilusoria la pequeña Venecia

arrasa la creciente
bajo las canoas de timbó
y el cielo resplandece
salvaje


MYRIAM LEAL
(Tucumán-Argentina)

CUANDO ELLA NO TE HACE CASO

No entres en mi habitación
Le dije
Pero lo hizo
Y se recostó
sobre la frazada negra
Escuché sus alaridos desesperados
Y corrí desde la cocina
La saqué a empellones
Había arañas
Grandes
Peludas
Negras
rojas
amarillas
escandinavas
azules
Una gritó
me decía al borde de la histeria
mientras yo cerraba la puerta
Son de goma
Juguetes del perro
      Él me miró
      -nunca entra en la pieza-
Tras la puerta
mis pensamientos
volvieron a adormecerse
Sin sobresaltos

Le murmuro a mis tarántulas
las dejo libres en las noches
salen a comer los malos pensamientos
las tristezas de cada día
tienen esa costumbre higiénica
que no he conseguido
en los minúsculos escorpiones
que me habitan
que mascullan en mi oreja
Ellas
tan aplicadas
acicalan mi frente
deshilan las madrugadas brumosas
de los pozos de ausencia
y llaman
a los murciélagos que
habitan las cortinas
que disipen las hebras
umbrosas de las pesadillas
mientras el día
cae a plomo


PÁGINA 19 – ENSAYO


ALEJO URDANETA
(Caracas-Venezuela)

CARLOS CRUZ-DIEZ Y SU OBRA

I

Nombrar a Carlos Cruz-Diez es decir Fenomenología del color como percepción particular de los objetos. Y es así porque la obra del artista venezolano nacido en Caracas en 1923, arranca de un realismo social y evoluciona hacia lo que él artista ha denominado de ese modo, para afirmar que su creación se asienta en la filosofía de Edmund Husserl.
La teoría fenomenológica de Husserl, que sigue a Descartes y a Kant, propone que sólo existen como realidad los contenidos de la mente, para excluir todo lo demás que la conciencia ponga entre paréntesis en el momento de percibir los objetos (la llamadaEpoché). Yo no veo sensaciones de color sino cosas coloreadas; no oigo sensaciones de sonido sino la música ordenada temporalmente, es decir que no registró una sucesión de notas aisladas sino el conjunto de las notas desarrolladas en el tiempo de la ejecución. Los puros elementos sensibles hacen sólo de materia, frente a la acción individual que conduce a la objetivación sensorial. La realidad es mi sensación y sólo existe como tal cuando mi conciencia, en un acto voluntario, la percibe. La intención construye la percepción.

II

Carlos Cruz-Diez formó parte del movimiento cinético. Estudió en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas (1940-45), donde se graduó como profesor de artes manuales y aplicadas. Pronto es nombrado es nombrado profesor de la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas, donde permanecerá hasta 1955. En ese tiempo supo compaginar la docencia con la dirección artística de una agencia publicitaria, y paralelamente desarrollar una obra artística marcada por el realismo social. Hacia 1954 abandona la figuración y empieza a investigar los fenómenos ópticos del color.
El itinerario artístico de Cruz-Diez no puede separarse de la variedad de lugares en los que ha vivido, para asimilar desde su percepción los detalles que resaltará en sus creaciones plásticas. Desde cualquier lugar ha proseguido sus investigaciones sobre la Fenomenología del color.
Su  trabajo ha evolucionado desde el uso del blanco, el negro, el verde y el rojo, para prefigurar los conceptos denominados de signos y ritmos dinámicos, cilindros de color y modulaciones ópticas.

III

Nuestro artista no ha sido mezquino con su técnica creativa. Nos ha dicho en entrevistas y charlas  cómo hacía su obra y los conceptos que respaldaban sus creaciones; de lo que era color aditivo, sustractivo, reflexivo; de la luz coloreada, de los desplazamientos del espectador en la plenitud del arte cinético.  Sabemos por él mismo que en la década de los años 60 utilizaba cartón y madera, para evolucionar hacia el uso de materiales más modernos, como el plexiglás, metal, aluminio en la búsqueda de los colores y las formas.
El asombro que nos produce una obra cinética es el resultado del contacto directo entre la obra y el espectador. Carlos Cruz-Diez Ha logrado con éxito llegar al público, al acercarse a su modo de vida o sus raíces culturales.
En su texto Reflexión sobre el color, Cruz-Diez escribe: "Decidí que lo más conveniente era crear una estructura donde el ordenamiento plástico fuera reemplazado por esquemas preestablecidos, en función de su eficacia. De esta manera la estructura crearía un determinado orden, que a su vez sería el generador de su propia estética".

IV

 “El arte contemporáneo ha descubierto el valor y la fecundidad de la materia bruta”, ha dicho el filósofo Umberto Eco, para destacar que no siempre el arte se sostuvo en el idealismo estético y la expresión figurativa. La poética del Objet trouvé  es de procedencia surrealista, y los objetos cotidianos pueden convertirse en obras de arte. El hierro ha sido el metal utilizado con mayor frecuencia en la escultura abstracta.
El metal como materia formativa del arte se comprende en la civilización industrial, pero esto no significa que el artista se haya deshumanizado, como decía Ortega y Gasset del arte de su tiempo. No es árida la civilización del hierro, ni tampoco antipoética o inhóspita. Tiene en su seno un sentido de humanidad que produce las mismas emociones que pudo sentir un espectador de Rembrandt.
En una entrevista reciente (marzo de 2009), Cruz-Diez nos confiesa que su creación de arte inicial fue fundada en el realismo socialista. Y supo desde muy temprano “que la investigación sobre el color era el nuevo camino que le debía llevar hacia aquellas metas humanísticas”.  (Cita de Josep M. Sarriegui, con motivo de la exposición en Palma de Mallorca).
El color es un hecho natural, vivo, nunca estático ni sujeto a las formas. Se modifica de acuerdo con el movimiento, como ocurre con la atmósfera en un día lluvioso de París, que produce cambios afectivos en quien no es simple espectador sino partícipe de la creación cromática.

V

Para concluir estas reflexiones acerca de la obra artística de Carlos Cruz-Diez, parece conveniente regresar a la idea de la fenomenología que sustenta la creación del artista venezolano.
Para ello lo más apropiado es presentar un fragmento del pensamiento del filósofo francés Maurice Merleau-Ponty, inscrito en la corriente de la Fenomenología. De su obra: “Fenomenología de la percepción”, citamos el siguiente párrafo:

"Si ver u oír es separarse de la impresión para investirla en pensamiento y dejar de ser para conocer, sería absurdo decir que veo con mis ojos o que oigo con mis oídos, ya que mis ojos, mis oídos, son aún seres-del-mundo, incapaces, en cuanto tales, de disponer ante él la zona de subjetividad desde la cual se le verá u oirá. Ni siquiera puedo conservar para mis ojos u oídos un poder de conocer a base de convertirlos en instrumentos de mi percepción, ya que esta noción es ambigua; mis ojos u oídos sólo son instrumentos de la excitación corpórea, no de la percepción en sí. Digo que mis ojos ven, que mi mano toca, que mi pie sufre; pero estas expresiones ingenuas no traducen mi verdadera experiencia.
(…)
Lo sensible me devuelve aquello que le presté, pero que yo había recibido ya de él. Yo que contemplo el azul del cielo, no soy ante el mismo un sujeto acósmico, no lo poseo en pensamiento, no despliego ante él una idea del azul que me daría su secreto; me abandono a él, me sumerjo en este misterio, él se piensa en mí, yo soy el cielo que se aúna, se recoge y se pone a existir para sí, mi conciencia queda atascada en ese azul ilimitado. –Pero el cielo no es espíritu, y ¿qué sentido puede tener decir que existe para sí?– Verdad es que el cielo del geógrafo y del astrónomo no existe para sí. Pero del cielo percibido o sentido, subtendido por mi mirada que lo recorre y lo habita, sí puede decirse que existe para sí, en cuanto que no está hecho de partes exteriores, que cada parte del conjunto es sensible a lo que ocurre en todas las demás. "

Carlos Cruz-Diez significa lo más profundo, riguroso, coherente y variado, en la investigación y en la representación del universo cromático.


PÁGINA 20 – CUENTO


SILVIA LOUSTAU
(Mar del Plata-Buenos Aires-Argentina)

EN AQUELLA CASA 

En aquella casa no se festejaba Navidad. Fiesta de curas,  aseveraba el anciano delgado, erguido, de ojos  azules.
En aquella  casa  el perfume de la vainilla, el azahar, el cognac se  dejaba sentir luego del  veinticinco de   diciembre.
En  aquel bols  anaranjado, con bordes rojos, donde se podía  bañar un bebé, el batidor de alambre se movía al ritmo   de alguna canción.
En este cuenco anaranjado, que ahora  envuelvo, se deslizaba lenta la harina, las frutas coloridas,  como  las joyas del  zar, las almendras, los piñones, las nueces, el bosque entero se mezclaba.
Luego las dos mujeres untaban con manteca los moldes. Conversaban poco, a la vez que rellenaban  casi ciento  de tomates. O esmeraldas  diminutas, las alcaparras, rodaban    sobre lonjas de carne.
La mujer de cabello blanco, con su rodete trenzado, se cambiaba el delantal: no soporto más las manchas, murmuraba, a la vez que sobre su  cuerpo, aún grácil, lucía otro, de tela basta, blanca, con las iniciales bordadas. Y un bolsillo grande, como los canguros,  reía su nieta, quien sabía que allí dentro encontraría golosinas y un pañuelito oliendo  a violetas.
La otra mujer, un rostro donde el sol  había dejado sus huellas, el pelo negro, pesado, corto.Picaba cebollines, entre lágrimas,   mientras relataba algunas cartas de su hijo.
En aquella casa  donde Navidad era cosa de curas, hoy miro a trasluz unas tazas de porcelana. En el fondo del canasto, donde  dormirán,  he puesto un mantón de seda, de tía Lucia.
Tía Lucia, un mimbre vestida siempre de colores claros, relataba a quien quisiese oírla sus avatares colaborando  con la prensa anarquista.
Ella estaba  encargada de los centros de flores y frutas. Los he aprendido  ha  hacer para los oligarcas de  mis patrones, repetía  todos los años.Traía también los manteles, níveos, con puntillas tejidas en las largas noches de invierno en aquel chalet de La Loma.
Una tarde la niña le preguntó si no vivían fantasmas en la  casa grande. Lucía rió: anda, que tienes imaginación, los fantasmas no existen- comentó- a la vez que le servia chocolate en la taza, especial para aquellas ocasiones.
En aquella casa no se festejaba Navidad, cosas de curas, afirmaba tío Luciano y el amigo Pepe, encargados  de llevar  a asar el cerdo en el horno de la panadería de Marceliano.
No se preocupen, declaraba, yo lo loncho; dejamos aparte la cabeza, resoplaba  en su gordura: si, si, ya  lo se, las orejas son para Dora.
En esta casa donde hoy  apilo sábanas de hilo y toallones, que aún huelen  a lavanda, las lenguas largas de mis nueras, decía  el abuelo, se santiguaban; mientras cada una de ellas preparaban su especialidad pensando que lucirían la noche del treinta y uno. Había que estar elegante, bien puesta, bien maquillada. Lucir el  collar de perlas, las  pulseras de oro- que marcaban sus años de esclavas, reía Don Gutiérrez, quien pregonaba el  amor libre, para espanto de aquellas mujeres  quienes llevan sus hijos  al catecismo.
Los tacos bien altos, las uñas rojas.Y los chicos,  también,  ellos  irían como príncipes, diría el abuelo, sonriendo con sorna.Era  una pulseada ¿Quién estaría mejor?  , en aquella casa  donde no se festejaba Navidad. Yo no soy estupida y las hijas y Laurita, la nieta más  chica, son las preferidas, se torturaba  La Marquesa- era el sobrenombre que le había estampado el hombre de los ojos azules, él que no creí en la Santa Madre Iglesia, a aquella morocha que pretendía ser la estrella  de las reuniones.
En aquella casa donde no se festejaba Navidad  se tendía una mesa larguísima el treinta y uno por la tarde; y una más pequeña, para los chavales, comentaba  Pilar.
Recién  a partir de los  quince  se obtenía la venia de sentarse con los mayores. Siempre que tengáis excelentes notas en  los estudios, era la ley  del  abuelo.
A la mesa infantil se sumaba, siempre, el nieto, el sobrino  o el hijo de algún amigo.
La familia iba  llegando, con paquetes brillantes, con moños o estrellas y una tarjeta que tenían el nombre  del agraciado., porque  en aquella casa donde la Navidad era cosa de curas, luego de las doce se repartían   los regalos. Y debía  haber para todos.
Los presentes, en su compás de espera, se apilaban en el costado izquierdo, donde para estas ocasiones se  quitaba el sillón provenzal.
Miro a trasluz las copas, con su pie ancho, estas copas que  en una  horas  contaré y repartiré en  cajas, estás  copas, con las que se brindaba, antes de la cena, jerez helado, y  si la noche lo permitía en el amplio patio donde mareaba el perfume de nardos y jazmines.
Los pibes patinaban sobre los baldosones bordó. Alguno gritaba que se había manchado con naranjada. Los moños de las nenas resbalaban  por el cabello ante la mirada inquieta de las madres.
En aquella casa  sonaba un cencerro, aplausos y gritos: a la mesa, a la mesa.
Qué cómo se ha ido el tiempo ¿Te has fijado? Mira, mira como han crecido tus chiquillos. Claro, claro que recuerdo la nieve en  el valle de Soria. ¡Qué las hemos pasado!
Oye, tú, Luciano y Pepe a la cabecera. Porque en aquella  casa  a la cabecera de la mesa se  acomodaban cuatro personas. Cuatro, a quienes los unía  una historia de años.
Allí donde la  Navidad era cosa de curas, a nadie le importaba el pecado de la gula. Cada plato era festejado  y repetido, los brindis  volvían y volvían, una ronda infinita.
Los niños comían, se pateaban bajo la mesa, el primo mayor  desgranaba rosarios  de palabrotas. Concha peluda era la preferida. Culo roto le seguía. Moco verde. Sorete aplastado. Bosta caliente.Subían el tono, algunos reían golpeando   sobre el mantel, hasta que la tía soltera se acercaba con una bandeja  para servirles e inquiría: ¿De que se  ríen, eh? La mujer  se volvía, con su  vestido que despertaba la envidia de las cuñadas, y por lo bajo con cara angelical, el primo mayor sentenciaba: la pija se mete en la concha.
En esta casa  hoy  miro a  trasluz las polveras de la  abuela, palidecen sobre el cristal filigranas  dorados en una, finísimas  caracteres grabado en  otra. Aún el cisne  tiene un lejano perfume a polvos Coty.
En  aquella casa  unos minutos antes que campanas, sirenas y fuegos de artificio  subieran por el aire, el abuelo entregaba a cada  chaval un globo: ahí volaran  todo lo malo del Año Viejo, murmuraba, caminando hacía el balcón. Cuando Don Luciano  golpeaba doce veces en el mortero de bronce, cada uno soltaba el suyo. Los  observaban elevarse, perderse, pensando quién sabe  que.
En pocos s segundos el firmamento   era un jardín de luces escurriéndose entre las estrellas. Besos. Feliz  año .Abrazos. Que sea mejor. Que  se cumplan los deseos. Ven aquí  mi pequeñita. Con la salud  basta.
Entonces en aquella casa donde no se festejaba  Navidad, porque era cosa de curas, los viejos anarquistas y sus compañeras se paraban erguidos, elevando el puño y entonaban  la Internacional. Entre el hombre de ojos  azules y la mujer de rodete, la niña de vestido de organdí, los imitaba. Había  a quienes les corría una lágrima. Abrazos, ven para aquí camarada, algún: Muera Franco  quebraba el aire.
Se repartían los regalos. Se abrían como en todos lados del mundo, entre exclamaciones, agradecimientos y alguna  sorpresa desagradable.
La niña miraba el líquido dorado, burbujeante, escuchaba las campanillas del brindis. Cuando sea grande, yo también  tomaré champagne, pensaba, aunque sabia que alguno de sus tíos le permitiría un sorbo, cuando su madre estuviese distraída.
Y llegaba el show.Don Pepe, siempre tan  pálido y serio, se subido a una banqueta, con el  cabello  cayendo sobre su frente, recitaba: Y que yo me la llevé al río/creyendo que era mozuela, /pero tenía marido…. /En las últimas esquinas/toqué sus pechos dormidos/,Y se me abrieron de pronto/.
Le tocaba la tetas  repetían los  primos, y se reían. Tetas, tetas, repetía alguno, hasta que un pellizco de la madre lo callaba.
Don Luciano ataba a su cuello una  servilleta: imagínenla roja, decía  y tañendo el bronce  comenzaba: El Ejército del Ebro/rumba la rumba la rumba la. /El Ejército del Ebro/rumba la rumba la rumba la/una noche el río pasó…
Y  un  solo eco,  puños  golpeando sobre la mesa, repetían:/rumba la rumba la rumba la.
La Marquesa,  como un rito anual, luego que se había encendido el fuego revolucionario y los recuerdos, declaraba: esto es para mi Leo, carraspeaba un poquito y:
Abrázame así/que esta noche yo quiero sentir/de tu pecho el inquieto latir/cuando estás a mi lado. /abrázame así… Y  su marido, tan rubio, de piel blanquísima enrojecía, las cuñadas  se daban codazos,  y él  sentaba en sus rodillas a  la nena del vestido de organdí, mirando un punto fijo.
Se bailaba al aire libre,  entre los  chicos  que jugaban  a las escondidas-  ese  día nadie controlaba  los  rincones.
Café, masas helados, frutas secas, perlas de chocolate, todo  era  alabado. Y dale seguí con el chocolate vos, mañana no vengas con la urticaria, amenazaban a mi prima.
A la madrugada los chiquilines yacían dormidos en las camas,en el sillón  más cómodo  cercano al balcón. Respiraban con profundidad. Soñaban, quizá. Alguna mano siempre tendía sobre ellos una manta suave.
Las mujeres levantaban la mesa, alcanzándole  a  la mujer que había preparado todo con la abuela, pilas de platos, cubiertos, enormes bandejas. Sólo se  secaban las copas, para que el cristal no se manche. Hasta el año que viene, decían.
En aquella  casa donde no se festejaba  navidad, abro una de las bibliotecas del abuelo, la que me gustaba con sus puertas   de  vidrios  biselados azules y rojos, tomo una carpeta y cae una postal, amarillenta:
Laurita este  que vez aquí  es el puente por donde pudimos huir a Francia. Imagínalo, hija, lleno de gente y todos  sus  bártulos. Alguna vez vendremos juntos y lo cruzaremos...
Mi dedo índice  pasa sobre el puente. Los ojos  se humedecen. Huir vencidos y con los   sueños a cuestas.
Porque en aquella casa donde no se festejaba   Navidad, porque era cosa de  curas, el hombre de los ojos  azules, repitió a quien quisiese oírlo: no regresaré a España, no, hasta que muera el hijo e´puta de Franco. No voy a pisar esa tierra  de sotanudos que me hartaron con sus latines, agregaba.
Otra vez  mi dedo  acaricia  el puente  y el río  Manzanares.
Con su cabello largo, casi hasta la cintura, suelto, cepillado, alguna  noche de conversaciones de almohada, la mujer, seguro, lo convenció: oye no seas así, no te das cuenta  que nosotros moriremos antes que  el Caudillo.
En aquella casa donde no se festejaba   Navidad, al año siguiente hubo panderos, castañuelas, mantillas, mantones de Manila muñecas vestidas de manolas, abanicos de encaje, botellas de  jerez y manzanilla, unas  estaban  vestidas con una malla de hilo rojo con dos  madroños. Y tú no digas nada de los vestidos que te hemos traído, habían advertido  a la  niña, la  del vestido de organdí, que ese año era  una espuma de puntilla blanca.
Continuo mirando la postal  por donde huyeron del viva la muerte, mientras , despacito, despacito,  en voz  muy baja , entono la Internacional  en esta casa donde  no se festejaba  Navidad  porque era cosa de curas.


PÁGINA 21 – POESÍA AMERICANA



ANA MARÍA RODAS
(Guatemala-Guatemala)
Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias 2000
*

Limpiaste el esperma
y te metiste a la ducha.

Diste el manotazo al testimonio
pero no al recuerdo.

Ahora
yo aquí, frustrada
sin permiso para estarlo
debo esperar
y encender el fuego
y limpiar los muebles
y llenar de mantequilla el pan.

Tú comprarás con sucios billetes
tu capricho
pasajero.

A mí me harta un poco todo esto
en que dejo de ser humana
y me transformo en trasto viejo.

*

De acuerdo
soy arrebatada, celosa
voluble
y llena de lujuria.

Qué esperaban?

Que tuviera ojos
glándulas
cerebro, treinta y tres años
y que actuara
como el ciprés de un cementerio?

*

Domingo 12 de septiembre, 1937
a las dos de la mañana: nací.
De ahí mis hábitos nocturnos
y el amor a los fines de semana.
Me clasificaron: nena? Rosadito.
Boté el rosa hace mucho tiempo
y escogí el color que más me gusta,
que son todos.
Me acompañan tres hijas y dos perros:
lo que me queda de dos matrimonios.
Estudié porque no había remedio
afortunadamente lo he olvidado casi todo.

Tengo hígado, estómago, dos ovarios,
una matriz, corazón y cerebro, más accesorios.
Todo funciona en orden, por lo tanto,
río, grito, insulto, lloro y hago el amor.


Y después lo cuento.


CARMEN VÁSCONES
(Guayaquil-Ecuador)

MOSAICO
1
La belleza: nostalgia desprendiéndose del reflejo: el doble.
2
Se cae una estrella fugada de la mirada. El cielo no es su cárcel. Ella se difumina en el deseo de pasar desapercibida.
3
Tener es sacar al vacío mismo. Recibir es abrazarlo: desposeerlo
4
El ser no se acoge a la forma ¿el espejo se habita de quién?
5
Descubro el espacio: expando un poco de mí.
6
Mientras va rompiendo el molde deja caer trocitos sin nada de pena.
7
No le va eso de aguantar el anzuelo -pesa el  puedo como genética- 
8
La carnada del placer ola muerta.
9
Nada de patrón (nada de historia espeluznante) ni prestar la caña  -te pescan-
10
Un resto por saber la punta psíquica… Sabotaje del eslabón: uno no…
11
Insondable solo: falla: desajuste del cuento inédito.
12
Equilibrio del vacío el movimiento amorfo: reloj de arena. Vasija dónde cae la nada.
14
Vacía de mí la ola me deja echar  en su espacio.



JENIFFER MOORE
(Miami-Estados Unidos)

PAN DE SILENCIOS

Amasa, amasa,  el panadero amasa,
se ha despertado antes que natura,
prepara enseres, desparrama harina
en medio de la ronda urge
hilo de agua, manantial cayendo:
Es el amor mezclándose en el día.

Oye voces de niños que desde el vientre piden
un pajarillo blanco.

Tiznada la nariz como el sombrero
alisa sin apuro ilusiones de cuna,
el horno está llamando a los aromas,
vaivén de brazo en firme regocijo.

¡Ay, ese pan de silencios y el amor en las manos!

Cruje el día en la boca y en el aire el perfume
del molino y la espiga.

EL AMOR, SÍ

Me defendiste
cuando  tus pies enjugué con mis cabellos
y subía perfume de nardos en el aire.
Lloramos juntos cuando la muerte vino
a quebrar nuestros huesos y dejarnos
su lamento en la boca.
El sentido común no llora frente a la tumba,
el amor, sí. Luego,  renace.



DANIEL MONTOLY
(Ohio-Estados Unidos)

ELLA BAILA SOLA

Y ellos me desprendieron
la última gota roja del vientre
con estrépitos de balas
en los dientes ensangrentados
llevándoselo
con la fuerza espartana de sus uñas.
Su sangre que se hizo carne
con mi forma desprendida
del aliento materno
de estos muslos temblorosos.
¿A cuál deriva
me arrastrará el consuelo
dedicándome canciones
de lastimera utopía masoquista?
Estas lágrimas  despojadas.
de signos húmedos
convertidas en azufre negro
para que  no haya perdón
en sus olvidos
silencio
con alas volubles     dentro de sus vidas.
No permitiré
que  por ingenuidad
la lluvia arrase mi dolor
lavando las arrugas
de los verdugos
asesinos de mi útero.
Yo seguiré bailando con la soledad
en esta plaza
con astillas de llovizna
clavadas en mis pies desnudos.



GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA
(Santa Cruz de la Sierra-Bolivia)

PATIOS

Los patios son para la lluvia.

Cuando ella cae despiertan sus baldosas,
abren los ojos del tiempo sus aljibes.

Y entonces los patios cantan.

Un canto hondo,
en un idioma arcano
que hemos olvidado pero que comprendemos
cuando cae la lluvia sobre los patios
y volvemos a ser niños que oyen llover.

Bajo la lluvia todas las cosas son renovadas en los patios
y cuando escampa el mundo huele a recién hecho, a sábado de Dios, a primavera.

El canto de los patios en la lluvia borra el dolor del universo y susurra el dolor del universo
por las lluvias perdidas, por los patios perdidos, por los cantos perdidos,
por ti y por mi que bailamos
bajo la lluvia de Bizancio
arcanas danzas
con movimientos hondos e indescifrables
en los patios de la memoria.

Por ti y por mi que bailamos
que llovemos
que despertamos las estaciones mientras el patio canta

porque la lluvia es para los patios,
esos indescifrables.



PEDRO ARTURO ESTRADA
(Colombia/Nueva York)

CITA

Al comienzo
es una mancha tibia avanzando hacia ti
con destellos de duende en el borde

Después
frente a la mesa
una fuerza gravitacional que asciende
que pliega lo visible en lo invisible
alrededor

Que tensiona los ángulos
que orienta hacia su vórtice
esto que aún somos
o fingimos ser

Que nos hace esconder
las manos e incluso con decepción
las palabras

que queríamos decir.


PÁGINA 22 – ENSAYO


ARMANDO OROZCO TOVAR
(Bogotá-Colombia)

LA REVOLUCIÓN POÉTICA EN COLOMBIA

Como Jorge Gaitán Durán crea en 1955 la Revista Mito, que reúne a los mejores intelectuales, escritores y poetas de su generación… De la misma manera la revista Los Nuevos,  de los hermanos Lleras Camargo en 1925, congrega  a los mejores intelectuales, escritores y poetas de su generación, destacándose el poeta Luis Vidales, (1904- 1990)  Autor del libro Suenan Timbres, inaugurando el solo la vanguardia en Colombia. En este libro hay: “Humor, ironía, y  una nueva mirada sobre nuestra realidad de aquellos años. Una nueva visión cinematográfica de nuestro país: “Por el cielo amarilloso/ de linterna/pasan las nubes colombianas/y como se les nota que habían ensayado antes/ (…)  En Suenan Timbres: (hay lo que la postmodernidad exige) “Burla, desenfado, irreverencia. Los poemas tanto en prosa como en verso configuran una de las secuencias más originales y renovadoras no sólo dentro del ámbito de la literatura colombiana sino a nivel hispanoamericano, dice Juan Gustavo Cobo Borda, en el prólogo de la Segunda Edición de Suenan timbres, editado en 1977 después 50 años de silencio por el Instituto Colombiano de Cultura. Suenan Timbres, después de todos esos años de soledad editorial, se reeditó por la cultura oficial por ser una obra, que cuando apareció en 1926, produjo encendidas polémicas a favor y en contra de su  estética  y contenido y de la forma de  plantear la escritura poetica sacándola por primera vez de la estética decimonónica del  Modernismo Hispanoamericano, que ya había fenecido en todas partes menos aquí, donde “Todo nos llega tarde hasta la muerte…” El cronista Luis Tejada, autor de Gotas de Tinta, en 1922, fue el primero que advirtió que Suenan Timbres, era una obra nueva: “Este aparición de algún país es esencialmente conservador en todos los aspectos de su vida, pero singularmente en lo que se refiere a la literatura… Nuestra lírica, sobre todo, está retrasada cincuenta años…pasan muchos días antes que alguien atisbe la valor nuevo, y yo acabo de tener esa fortuna… Tejada con su comentario de Suenan Timbres,  dice que  le causa mucha alegría. “Ese hombre nuevo, rompa en un gesto de liberación con el pasado (…) “Yo presento hoy a Luis Vidales y reclamo para él el título de poeta en el más noble sentido de la palabra…La poesía de Vidales es en esta primera etapa de su obra una poesía de ideas, sobria y sintética…que presenta en un despliegue de alto y fino humorismo…El humorista- añade- posee una visión cósmica del universo… No se conoce  -añade-un gran poeta que no haya sido íntima, profundamente un humorista…Así al tocar las menudas cosas cotidianas el poeta no pierde su situación eminente, su punto de vista universal y esencial…”Jorge Zalamea, dice: “Viene a enriquecernos prodigiosamente. Es el libro que más hace pensar de las publicaciones en el último lustro. Hace pensar no por sí mismo, sino por la atmósfera que crea y por las preguntas que sugiere…”  Eduardo Carranza, fundador de “Piedra y Cielo”, (1935-1955) dijo: “Resulta interesante el hecho de que Vidales, escribiendo en plena vanguardia revolucionaria de la primera post-guerra, y en un ambiente de modas cosmopolitas permanezca fiel al aire de nuestra patria.  El  Fernando Arbeláez, afirmó: Fue Luis Vidales, quien inició la auténtica revolución poética en Colombia.
Armando Orozco Tovar

Bibliografía: Vidales Luis, Suenan timbres. Colección Autores Nacionales. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1977

POESIA DE LUIS VIDALES

LAS PISADAS

La mujer ha pasado
pero sus pasos se quedaron sonando para siempre dentro de mí.
¡En qué seres ya muertos
repercutiría el ruido de sus pasos
cuando era niña?

SUPER-CIENCIA

Por medio de los microscopios
los microbios
observan a los sabios.

LOS PARAGUAS

El palo de los paraguas
sopla sus globos de seda
para que el cielo los insulte.
pero los paraguas son cínicos
y se alejan bajo la lluvia
en una panorámica desbandada
de cupulitas negras.
Y cuando los días claros vengan dándole vuelcos
a los cielos infantiles
los paraguas se quedarán en casa
y mirarán por la ventana
pasar las nubes
y acaso se pregunten
quien los ha desterrado

de su patria azul.


PÁGINA 23 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

DE BIBILIOTECAS

Halló al fin del volumen de Centurias, de Nostradamus.Ajado, roto en muchas de sus páginas, deslomado. Manos que lo han maltratado, sin duda, o muchos lectores a través de los años. Buscó el capítulo de las astrologías remotas. Había páginas arrancadas. Se preguntó qué significado tenían esos apremios. En cambio, cuando consultó los libros de los hijos del astrólogo, César y Miguel, de su hermano Juan, advirtió que estaban intactos, con páginas sin esfoliar... También el misterio está escrito.



El monje Lucas de Calatrava piensa en la oquedad del silencio. Silencio siniestro, que le es familiar desde décadas. Desde décadas siente la presión en el ámbito de las ediciones secretas. De este lado, los incunables miniados a mano, crujientes de pergaminos. Del otro, los primeros hijos de la imprenta, las Biblias y el Salterio, las ediciones de Juan Fust, de Schöffer, las del afamado Gutenberg. Unos y otros abren batalla en la gran biblioteca de Maguncia, gritan desde sus gargantes de tinta. El monje suspira hondo y suspende -por la eternidad de un minuto- el destino de los libros.



Los estantes vacíos denuncian una conjura. Alguien ha sacado los volúmenes, cientos de volúmenes. En el círculo de lectores nadie osa hacer un vaticinio. Hasta los bibliotecarios han desaparecido. Y en la calle, los murmullos son inaudibles. Anoche, frente a la fogata inmensa e imprecisable, todos ahogaron el grito. Todos ahogaron el grito, hoy también, cuando las estanterías volvieron a cubrirse de los libros de siempre. Junto a los impertérritos bibliotecarios de siempre.



Soy el único lector. El de las tardes. El que no requiere de bibliotecarios. Llego, acomodo mis cosas y saco de allí, donde me aguarda al alcance de mis manos, el tomo en que están reunidas las Dulcineas de la literatura, desde aquella del Toboso. Todas me esperan con impaciencia. Y con todas, con cada una, hago el amor.



Teófilo lee y relee el Deuteronomio, quinto libro del Pentateuco de Moisés. Une allí todos los cielos y todos los abismos de su existencia gris. Obediente y a la vez obseso, Teófilo va de atrás para adelante, recita capítulos, sobrevuela páginas, y un día, en determinante acto, quema el libro porque entiende que sólo se salvará si se convierte en el Gran Hereje.


PÁGINA 24 – POESÍA AMERICANA



ELVIRA ALEJANDRA QUINTEROS
(Cali-Colombia)

CICLOS

A sólo cuatro años del fin del milenio, me pregunto si alguno de mis treinta y seis años pertenece a ese ciclo como la tierra a la Tierra, o si acaso, mi condición no es todavía la misma que aquella de la infancia
mundo desalojado del Mundo
pregunta anhelando ser Pregunta
ahogo del sueño indescifrado todavía, examinado en silencio, frente a todos, a la hora del desayuno.

En el lugar donde vivo mis vecinos bajan a Cali para discutir fórmulas de cercanía a la civilización.
Después en la noche intentan alejar del sueño la pesadilla aquella anunciada en las noticias
La insoportable imagen del niño rogando no ser llevado por sus padres a la guerra
La desolada sabiduría del padre sobre su condición de Nadie, abocado al éxodo eterno y sin futuro, aprovechando el fondo de la noche para refugiarse de las balas.

En Cali otras manos se levantan sobre los ojos para apartar la misma escena y luego reniegan sobre su condición de provincia.
Entonces miramos las fotografías premiadas en los diarios y decimos que somos un país extraño, donde sus habitantes pagan con la vida el hecho de haber nacido en la más hermosa de las tierras.

Sólo cuatro años y empezaremos un nuevo ciclo.



MARIANELA PUEBLA
(Valparaíso-Chile)

LLEGAS

Hueles a lluvia,
a lamento bajo las piedras,
a silencio ancestral.
Me miras solamente
con miradas oblicuas y no dices nada.

Un susurro ha quedado
navegando a lo lejos
entre un desorden de sombras.

Tanto te he soñado
y ahora que estás aquí sobran las palabras.
Todo se puede adivinar
en tu delicado reflejo,
eres como el color de un sueño.

No te puedo tocar pero te siento junto a mí
peinando tiempos.
Cierro los ojos, me entrego
y acaricies mis páginas en blanco
con un beso mudo,
cual un largo silencio…



ANDRÉ CRUCHAGA
(Chalatenango-El Salvador)

A QUEMARROPA

La muerte lo hace temblar, lívido,
le hincha las venas, le hincha el cuello,
le afloja la carne, le agranda
los tendones que unen los huesos...
François Villon

Los cuadernos desfallecen en los disturbios de la memoria.
Crece bajo el sol el hálito de la muerte.
Nadie es quien  entre los muertos. El miedo se nutre en esta ciudad
sin puertas, a quemarropa el desaliño, las huestes del hedor.
No somos el milagro del pétalo en los jardines,
sino el brote soterrado de las semillas. El zaguán a oscuras
de las estatuas, el invernadero atroz del aniquilamiento.
Después de todo no se vive con aforismos en los atrios de las iglesias,
ni con una metáfora de servidor público.
La violencia es más filosa que los razonamientos de Sócrates.
Los catecismos no nos salvan de la violencia,
ni soterrando cualquier remordimiento o descargando culpas.
Vivimos arrebatados por la intemperie de lo efímero:
—aquí la muerte con toda su fantasía macabra. Aquí el desvarío
de los pañuelos. Aquí la sal en los tragantes.
Escuchamos la ráfaga y no es un vals, ni un blues, ni una melodía
pop, sino el tableteo del fuego en el ambiente.
Hemos llegado a un punto en donde la ceniza nos es doméstica.
Y no hay escrúpulo suficiente, sino olvido y disimulo.
Pese a todo, mis sueños navegan obedientes en la vigilia.
Es casi una eternidad andar descalzo y sobrevivir en lo subterráneo
de las llaves. En el estanque de la tiniebla. En lalosa hendida.
Necesitamos aceites y trompetas para derribar este aullido de Cíclope;
necesitamos ebanistas para darle brillo a la tristeza,
necesitamos matamoscas para ahuyentar el zumbido;
necesitamos espátulas y cremas y no títulos, ni antibióticos.
En el espejo del pecho se nos ven los muertos. —Ventana gris
del extravío, —trasluz de Adán en Delfos, en las catacumbas
donde el dolor carece de taxonomías y se vuelve sombra unánime.
—¿Y cómo sus destellos tan macabros nos convierten en anfiteatro,
donde nos deleita la pócima de sangre
vertida en la acera, tras entrar la bala o el cuchillo en la costilla?
Es la verdad. Dura verdad de la Sodoma.
No hay engrudo que pegue los muñones, ni restaure el alma
cercenada. No hay política para que acabe esta pantalla de niebla
en los ojos. No hay agua que limpie los alvéolos.
No es parto la sangre ahuecada en las sábanas. Es la parálisis
podrida a toda lógica.
Es doloroso verse en un País de Pilatos. En un País de tuertos.
No es parto la sangre que azota las pupilas. Es el filo de la náusea
que pende de las sienes. El serrucho, el hacha, el cascajo.
No es parto la sangre indigente en las cerraduras,
es el hígado sajado a puro diente…


AMANDA PEDROZO
(Asunción-Paraguay)

SEDUCCIÓN VIRTUAL

Todo está en empezar, y es tan simple:
un tomacorrientes, el hilo de Ariadna
y el ojo omnisciente, el mundo que se desata,
llovizna de estrellas hasta mis pestañas,
la manzana mordida (y dicen que demoniaca)
una palabra oculta y ábrete Sésamo.
Se destraban puertas y te encuentro despierto
tendiendo liñadas, acechador de incautas,
lobo en tu guarida de celadas arteras,
regalador de besos y rosas virtuales
yo te anticipo (palabra de enamorada):
habrás de caer en tu propia trampa.


CARMEN AMATO TEJEDA
(Ciudad Juárez-México)

VIVIR PARA CONTARLO

Con esta sensación de Logro
que es como posarse un instante
en la más alta Cima,
lleno de plenitud y aire mis pulmones;
los cielos inmensos de mi mente
no tienen nubes,
desde aquí miro mis abismos,
no con soberbia sino con humildad,
porque la Cumbre no es un lugar
para vivir por siempre.
Una vez que se logra el ascenso,
el placer secundario de la hazaña                             
es contarlo:
*Vivir para contarlo*
tiene sentido porque nos devuelve
a los otros, nos rescata de ese gozo
intenso pero al fin solitario
que se agota y con él nos agota,
si no logramos antes
alcanzar de nuevo nuestro espacio
común, cruzar el puente
de la conversación y rematar con eso
la experienciat vital de conquistar la Cima.


EDMUNDO TORREJÓN JURADO
(Santa Cruz-Bolivia)

TEOTIHUACAN
Para Carlos Véjar Perez-Rubio

Excelsitud     de galaxias y de tiempo,
resumidos en perfecta sinfonía.

¿Quién impuso el acre don
 de los olvidos
a esta joya gigante de maestría?

Inmensa gratitud la de los dioses
concediendo a los hombres
                                               su infinito.

Todo es nada…nada es todo,
Teotihuacán en tus entrañas.

Eres himno al algebra
            del cosmos.

Elegía suprema,       soberana,
a esa adusta matemática engarzada,
en el trono    del ritual enaltecido.

Escultura con lógicas triunfantes
en la insigne razón
 de cálculo     y geometría.

Infinitud perfecta, silenciosa.

Tu logro de universo
da a la roca
            la forma del ritual

hacia lo eterno.


PÁGINA 25 - ENSAYO


EDUARDO GOMEZ
(Miraflores-Boyacá-Colombia)

OBSERVACIONES CRITICAS SOBRE
LA FUNCIÓN ESTÉTICA Y SOCIAL DE LA POESÍA

Hacer crítica de poesía será siempre muy difícil para no racionalizar en forma destructiva la obra de que se trate y no empobrecer su bella ambigüedad e irreductibilidad. Sin embargo, la poesía, como todo arte, es un lenguaje que busca comunicar, lo cual supone una capacidad implícita y específica de conocer y objetivar el mundo. Ese conocimiento tiene lugar a través de la sensibilidad y resulta, no es buscado conscientemente, al menos en lo fundamental. La poesía es, entonces, otra forma de conocimiento aunque el más abstruso en el campo literario y el más amenazado, en el campo artístico, por el subjetivismo (después de la música). A esa situación contribuye el hecho de ser el género literario que logra una mayor capacidad de condensación expresiva. En alemán es, filológicamente, más ostensible esa cualidad: Dichtung (poesía), Gedicht (poema), Dichter (poeta) y dichten (hacer versos) provienen de dicht que significa denso. Si la comparamos con la prosa artística (novela, cuento, teatro) la poesía tiene de común con ella, la configuración o sugerencia (mediante palabras) de imágenes artísticas, es decir esenciales, totalizantes y ambiguas pero se diferencia de la misma no sólo por su mayor capacidad de síntesis, sino porque, en su necesidad de condensación, involucra con más frecuencia y audacia, lo simbólico y refuerza sus significados mediante un ritmo más acentuado que la emparienta con la música (el lenguaje artístico más cifrado y hermético). Así que, glosando a Valery, el significado en la poesía resulta de la oscilación entre el sentido y el sonido.
Podemos, pues, pensar y comprender la poesía con cierta objetividad crítica (aunque de una manera más relativa y ambigua que las modalidades de la prosa artística), en contra de las creencias del esteticismo y el nihilismo vanguardistas, que consideran a la poesía casi que inaccesible y cerrada a un posible análisis esclarecedor. No obstante, habría que estar de acuerdo con esa imposibilidad si se intenta un análisis simplemente racionalista, lógico o técnico, de la obra poética pero no lo estaríamos si se logra una reflexión aproximativa, mediante una razón más compleja que dé suficiente importancia a la sensibilidad y la conciba como capacidad cognoscitiva inherente al pensar y que está abierta a los laberintos de lo inconsciente, es decir de lo onírico, pulsional e instintivo. Las exageraciones irracionalistas del esteticismo y del vanguardismo son, por tanto, comprensibles como reacción defensiva de la complicada ambigüedad poética, ya que la crítica capaz de involucrar esa nueva razón, que da importancia suficiente a lo inconsciente, pulsional, onírico y plástico-musical, en la creación poética, es casi inexistente, sobre todo en nuestro medio. Esa nueva razón crítica surge de esta comprobación: a toda sensibilidad corresponde, de hecho, una forma de pensar y comprender el mundo y viceversa, no se concibe un pensamiento al que no corresponda una sensibilidad.
De modo que la sensibilidad involucra la sexualidad y sus formas de relación con los otros, así como los demás instintos y las formas con las que una cultura los sublima, realiza o reprime. Es así como a través de la sensibilidad, la poesía modifica el campo de la inteligencia, al cuestionarlo y relativizarlo, lo mismo que al saber aprendido que la inteligencia ha conquistado. De esa manera, la poesía cumple una función social que es la de enriquecer la sensibilidad y mediante este enriquecimiento influye decisivamente en la manera como el ser humano asume la realidad de su entorno. Es obvio, entonces, que si la poesía incide en los procesos es posible también algún juicio crítico sobre su capacidad renovadora y transformadora, en la medida en que la inteligencia y su saber adquirido necesitan de los descubrimientos intuitivos de la sensibilidad y son matizados y enriquecidos por estos.
Pero es necesario aclarar algo más: la sensibilidad poética (como toda sensibilidad artística) sólo es concebible como sensibilidad cultivada, lo cual pone en evidencia el vínculo dialéctico e indisoluble entre sensibilidad, conciencia autocrítica y saber aprendido, sin los cuales no es posible la obra de arte, en cuanto ésta no se realiza sin las modificaciones resultantes del conocimiento de la historia de la cultura y, en especial, de la asimilación de las conquistas de los grandes creadores en el campo artístico. Y como la sensibilidad cultivada implica necesariamente (a más de la apertura a la ciencia, la filosofía, la lingüística, el psicoanálisis, etc.) la educación de los sentidos (saber ver y oír ) y esa educación se efectúa, ante todo, mediante las artes que les corresponden (las artes plásticas y la música) podemos concluir que, si se saben desarrollar las indispensables mediaciones, la función de la poesía es de extraordinaria amplitud y eficacia soterrada a pesar de su apariencia frágil e inocua. Hölderlin planteaba esa paradoja al distinguir a la poesía como esa “tarea, entre todas la más inocente” , pero cuyo carácter lúdico-testimonial, “de lo que él (el Hombre) es”, la torna “el más peligroso de los bienes” .
Por el contrario, las creencias acerca de la impotencia cognoscitiva de la poesía y para comprenderla críticamente (puesto que estos dos aspectos son inseparables, ya que si la poesía no tiene capacidad cuestionadora no podrá ser criticada), fomentan el subjetivismo desenfrenado de la escritura poética (que confunde la sensación insignificante y personal con la sensación que trasciende de que hablaba Proust) y rechazan u obstruyen las posibles influencias de otras disciplinas (científicas, históricas, psicoanalíticas, políticas etc.) tanto en la realización del poeta y su obra como en la valoración de la misma. El resultado es un empobrecimiento del radio de acción de la poesía, que se agrega a las determinaciones estructurales alienantes de un Capitalismo Salvaje y las polarizaciones extremistas que éste genera, fomentando así el marginamiento y la escasa influencia de la poesía. Mientras la gran novela moderna (Goethe, Dostoievski, Tolstoi, Proust, Mann, Kafka, Sartre, Joyce y otros) genera la más poderosa poesía de los últimos ciento cincuenta años, la poesía versificada ha debilitado sus vínculos y combinaciones con la prosa artística: el poema dramático (que floreció en el pasado con obras como la “Divina Comedia”, las tragedias de Shakespeare y “Fausto” de Goethe, entre otras muchas) ha desaparecido casi del todo, el poema satírico y burlesco, el poema didáctico, el teatro poético –incluyendo el guión operático- han languidecido y casi no se cultivan, no porque ya no tengan vigencia (¿Por qué no habrían de tenerla si esos subgéneros se pueden actualizar?), sino porque hay una verdadera confabulación de la abrumadora mayoría de los poetas que han vuelto tabú el apartarse de la lírica “pura”, el cual está reforzado por la actitud práctica dominante, la fetichización del dinero y el poder con su carga inquisitorial implícita contra toda toma de conciencia y contra las formas de cultura más auténticas y eficaces, por la influencia manipuladora de los medios de comunicación comercializados, las editoriales (en la medida en que sacrifican la calidad a la ganancia) la formación académica aislada, libresca y pedante, que han propiciado una insensibilidad colectiva alarmante respecto a lo histórico-social, a la que no escapa el medio artístico, sobre todo en las últimas generaciones.
Aquí se da la paradoja de que el deseo inicial de mantener incontaminada a la poesía, desencadenó su limitación y raquitismo; y estos, a su vez, dieron lugar a la formación de un gremio “profesional” dominante, acrítico y cómplice y a una depreciación estética, social e histórica de la creación poética. Mientras la novela se agigantaba como una especie de género antropófago que asimiló elementos científicos, sociológicos, psicológicos, filosóficos y políticos, especialmente en la Bildungsroman (novela de formación) así como criterios y técnicas de otras modalidades artísticas (incluyendo en primer lugar a la poesía) convirtiéndolos en su propia substancia, la poesía de las tendencias ampliamente predominantes (que sigue siendo la del formalismo vanguardista) se encogió y enclaustró, debilitó su carácter de re-creación del lenguaje para un re-descubrimiento del mundo y fue conformándose cada vez más con la inmediatez de la sensación inocua, renunciando (al menos como tendencia) a los amplios y ambiciosos temas que le ofrecía su siglo, y que (con obvias variaciones de época) constituyeron la inspiración de los clásicos antiguos y de unos pocos modernos. De acuerdo a los mezquinos códigos, tácitos o explícitos, que establecen ciertos antologistas, comentaristas de prensa y núcleos de poder en la cultura de consumo, el poeta no debe, por principio, ampliar su radio de acción, expresando, por ejemplo, experiencias entrañables de carácter trascendental (filosófico, político y psicológico) y del otro lado, un sociologismo vulgar y extremista vetó o subestimó una serie de vivencias y sensaciones muy subjetivas pero de especial significación como ciertas experiencias oníricas, metafísicas y amorosas. Ambos extremos ignoran que la obra de arte se realiza cuando, a través de las vivencias subjetivas más singulares, se sugiere lo universal. Pero fue el vanguardismo, el que inició un desequilibrio entre esos dos polos, al acentuar desproporcionadamente el elemento subjetivo hasta deformarlo como subjetivismo desenfrenado. Este, a su vez, surge en el estrecho ámbito de un narcisismo psicológico y un idealismo muy limitado que no permiten relacionar con alguna objetividad las vivencias inmediatas con la coyuntura histórico-social que las determina. Ese subjetivismo extremo se inicia tanto en la obra de Lautréamont como en el Rimbaud de “Iluminaciones” (ambas precursoras del surrealismo) así como en la mayor parte de la obra de Mallarmé. Posteriormente se sistematiza en la escritura automática de André Breton y sus seguidores, todos formados inicialmente en el dadaismo, que, como dice Aldo Pellegrini, “significó una ruptura absoluta con los principios vigentes, en grado tal que no sólo llegó a negar el arte y la literatura del pasado, sino que cuestionó la razón fundamental de todo arte, afirmando la caducidad esencial de cualquier expresión artística”. Se trató, entonces, de concepciones delirantemente unilaterales que pretendían arrasar la cultura anterior y, en particular, rechazar sin un balance crítico, la gran herencia clásica y romántica y que optaron por refugiarse en las cavernosas honduras del inconsciente, la fetichización de la ingenuidad infantil y del mundo de los sueños, mientras, por otra parte, hablaban de la revolución social y del psicoanálisis freudiano. Pero como no hubo elaboración autocrítica de los materiales que aporta el inconsciente, primaron la neurosis y la espontaneidad lúdica superficial, y como no se realizó un estudio y una praxis de la problemática social, no se intentó una síntesis que llevara a una superación de sus alienaciones personales, de modo que terminaron por agotarse en la gestualidad escandalosa e irreverente.


PÁGINA 26 - CUENTO

STELLA MARIS TABORO
(San Jorge-Santa Fe-Argentina)

LA CARTA

Sentada... frente a la ventana que estaba más iluminada en aquella habitación,  Isolda Devillle leía: "Cumbres borrascosas".  En la nutrida biblioteca de su padre, su mirada   se posaba en este libro, tal vez...  porque en aquellos viejos anaqueles, advirtió que el lomo de ese libro, estaba más envejecido  que los demás.      
El viento movía la cortina de gasa transparente mientras regalaba, en la sala, figuras mitológicas que vivían sólo un instante.
Isolda, sentada en el sillón de rojo paño, estaba tan compenetrada en la lectura, que no advirtió la presencia de un sobre de papel depositado en el piso de mosaicos antiguos. No llevaba remitente, pero junto  al membrete, un arabesco  rodeaba su nombre: "Isolda", como si lo acariciara. 
Cuando el sol hirió sus ojos marrones, ella parpadeó y buscó otro lugar donde sentarse para abrir la carta, lo hizo casi con desesperación, rasgando el papel carta de color rosa de su interior.
Los ojos de Isolda  leían y releían aquellas letras, donde la palabra "Franchesco" ocupaba el último renglón. Ella no lo conocía, pero sí su sentimiento profundo, que florecía en cada línea de la misiva:
"Tierna centella, de tierras y mares, no quieras que el hielo apague el fuego que en mí, has encendido. Abre la ventana de tu alma para entrar y así poder hacerte feliz. Bajo la piel de tu tierra sembraré las semillas  del  amor.
Te ví aquella tarde de abril a orillas del río Yuspe y fuiste un pétalo suave que anidó en mi corazón. Las tormentas desaparecieron de mi vida y un sendero de nácar se abrió entre tu alma y la mía".

La carta terminaba  con una invitación, una cita a las 8 de la tarde junto a la cascada que decoraba el centro de la plaza principal de la ciudad de Cuesta blanca...


PÁGINA 27 – ENSAYO


GUILLERMO MAYR
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

PACO URONDO Y LA PRESENCIA DE GARCÍA LORCA

Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. A partir de mediados de la década del cincuenta publicó varios libros de poemas, entre ellos "Historia antigua", "Breves", "Lugares", "Nombres", "Del otro lado", "Adolecer", "Poemas póstumos", con los que construyó un camino original y profundo dentro de la poesía argentina. Su actividad literaria se proyectó con igual rigor a otros ámbitos, publicando los libros de cuentos "Todo eso" y "Al tacto"; la novela "Los pasos previos"; las obras teatrales "Sainete con variaciones" y "Veraneando"; el libro de ensayos "Veinte años de poesía argentina. 1940-1960" y el libro de entrevistas y testimonios que recogiera en la cárcel de Villa Devoto de los sobrevivientes de la masacre de Trelew de 1972 "La patria fusilada". Fue autor, además, de los libros cinematográficos de las películas "Pajarito Gómez" y "Noche terrible" y de las adaptaciones para la televisión de "Madame Bovary" de Flaubert, "Rojo y negro" de Stendhal y "Los Maias" de Eca de Queiroz. Como periodista colaboró en diversos medios del país y del extranjero, entre ellos, "Crisis", "La Opinión", "Noticias", "Panorama" y "Primera Plana". Murió a fines de junio de 1976, en Mendoza.
En 1956, en ocasión de cumplirse veinte años del asesinato del poeta granadino Federico García Lorca (1898-1936), Paco Urondo publicó en el nº 1 de la revista "Tiempo de América" que apareció en octubre de ese año, el siguiente artículo titulado sencillamente "García Lorca":

Federico García Lorca fue un hombre con capacidad de tentación: le tentaron los frutos prohibidos, le tentó el riesgo, le tentó la poesía. Pensamos en sus poemas gallegos considerando este hecho como un capricho, una tentación de tomar contacto íntimo con una lengua, que si bien no le era propia, estaba vinculada con los orígenes de la poesía de nuestra civilización y, por lo tanto, con el canto y el trovador. Su dominio sobre el Romancero, su profundo conocimiento de las costumbres de su pueblo, la aprehensión directa de la música popular española, su propia capacidad creadora, su gracia y lo desconcertante, nuevo y fresco de sus medios expresivos, su temperamento musical y su inquietud terminaron por conformar a este trovador con grandes tentaciones, con tantos abandonos y tan urgido, tan moderno y tan viejo.
Las alternativas de su vida gozan de popularidad. Se sabe que nació el 5 de junio de 1898. Que se crió en el campo cerca de la ciudad de Granada. Que su madre le reveló los secretos del piano, que Falla le enseñó a solfear y que sus primeros poemas y la lectura de los clásicos se contaban en su niñez. A los veinte años viaja a Madrid, después de la guerra del catorce, después de la derrota, tan rotunda como aparente, del imperialismo alemán; era el pleno auge y florecimiento de todas las "izquierdas", con las que poco tarda en complicarse. Pero también conoce la primavera madrileña, el "scottish", el tango y la tibieza simple de alguna modistilla tan adolescente y vibrante como él.
En Madrid se recibe de abogado, pero nunca ejerce su profesión, pues prefiere dedicarse al teatro. Para ese entonces la República había organizado las "Misiones Pedagógicas"; estaban destinadas a divulgar las expresiones del arte, inclusive el teatro, entre el campesinado español. Al teatro le llamaron "La Barraca", era una carreta con la que se trasladaban de un lugar a otro y donde representaban obras de Juan de la Encina, de Lope de Rueda, de Quiñones, de Benavente, de Cervantes. Con Manuel de Falla y Giner de los Ríos organizan la "Fiesta del Cante Jondo" en Granada, donde se reúnen los más reputados "cantaores" y guitarristas de España, encabezados por la veterana "Niña de los peines". Esta fiesta da origen al libro "Poema del Cante Jondo".
Lorca viaja dos veces a Buenos Aires, asiste al estreno de sus obras teatrales, en el teatro hace títeres para los amigos después de las funciones, conoce a Gardel y las cantinas del Mercado de Abasto. Viaja también a Nueva York donde escribe su gran denuncia, el mejor tal vez, de sus libros, "Poeta en Nueva York", donde el tono excesivamente nacional que tenían sus experiencias creadoras desaparecen, o mejor, se integra ya totalmente en la condición humana y en su actualidad dramática: "yo denuncio a toda la gente/ que ignora la otra mitad/ yo denuncio la conjura/ de estas desiertas oficinas/ que no radian las agonías/ que borran los programas de la selva./ Una danza de muros agita las praderas/ y América se anega de máquinas y llanto".
Se sabe el desenlace de este trovador. Se recuerda la Guerra Civil, el odio falangista, viejo odio de curas y de negreros, hacia los hombres en libertad y hacia la poesía. Se conocen las diferencias alternativas, a veces datos contradictorios, sobre el asesinato y, recientemente, se nos entera que los instigadores, con solemnidad, participan en la UN con los que se dicen defensores de la justicia y de la libertad. Pero estos "slogan" no conmueven ya a nadie, se sabe que los poetas nada tienen que ver con la cáscara de las palabras. Esas traiciones tampoco sorprenden pues se conocen los hábitos de los que buscan el poder.
Todo aquello pasó hace veinte años. En el ínterin, los más burdos trataron de copiar, sin lograrlo, la frescura de la poesía de García Lorca, pero la gloria no les favoreció. Otros, no menos vanidosos pero más simples, ostentaron su amistad y hablaron hasta el cansancio de su personalidad trágica y juguetona. Algunos tratan aún de ocultar el crimen y otros, de utilizarlo con intenciones ajenas. Pero hoy, todavía, es demasiado doloroso el hecho y sería preferible hablar de su presencia más que de su desaparición.
Afirmar que los poemas de Lorca pueden ser cantados, no creo que sea ninguna novedad, pero sí creo que sería de interés que ellos pudieran cantarse en cualquier parte y desataran la comunicación más intensa entre los más dispares pueblos y épocas. Esto posiblemente ya está ocurriendo en alguna medida. Interesa entonces destacar la importancia que tiene la presencia de Lorca, como la presencia de cualquier poeta. Esto, decíamos, ha desatado la comunicación. Darse, comunicar, hablar, es interesarse, inclinarse, es tener una actitud bondadosa, amar las cosas o los hombres. La poesía está estrechamente relacionada con el amor. La presencia de un poeta es la presencia de un ser que tiene bondad, que ejercita el amor en todas sus formas y en todo momento. En sus tareas el poeta está mucho más allá de toda contingencia política. La presencia actual de Lorca no reside en su trágico fin sino en su poesía. Su presencia confirma que ésta no puede desaparecer, porque el amor no puede desaparecer, porque con ellos desaparecería la vida misma.
Lorca, el poeta, está relacionado con el primer poeta de España y lo estará con el último, con el primer hombre y el último. Trovador entre los crímenes, con capacidad de tentación en esta época de desinterés, condenado a padecer su falta de ubicuidad y exceso de gracia, lúcido ante los desastres y a su vez heredero del canto, significa la esperanza de que el amor y la poesía van a liberar al hombre, significa el deseo de que nada terminó, de que la vida salve todas sus excelencias.

"Estas palabras de esperanza y de poesía -aclaró Urondo cuando publicó el artículo- las volcamos en el silencio en que pretendieron dejarnos con el asesinato de Federico".


PÁGINA 28 – POESÍA ALLENDE EL MAR

 PAUL DISNARD
(Belgrado-Serbia y Montenegro)

LA REINA

Siempre Ella,
la inescrutable

A manera de un Castillo construyó su soledad.
Alta, impertérrita dentro de un silencio altanero y majestuoso a la vez.
El murmullo de los arroyos y los cantos de los pájaros no interrumpieron nunca su porte soberbio, 
el rostro adquiría entonces el encanto misterioso de la luna llena y en sus ojos el resplandor azul de ignotas alboradas.

Pozos profundos circundaban su castillo enclavado casi en las nubes,
en lo más alto de la montaña, más cerca del cielo y del vuelo fugaz y sutil de los arcángeles de la luz.

Terminado el estío y las alegres noches de jolgorio, de la vendimia y las mozas entregadas al ensueño del idilio y de las esperanzas
Inesperadamente, el puente levadizo fue hecho pedazos,
convertidos los troncos y las pértigas en hogueras para espantar los lobos
y las heladas fauces del invierno que les acompañan cuando la ilusión deja de ser
y pierde su encanto en los leños que el fuego del hogar consume lentamente.

En aquel solitario castillo próximo al refugio de las águilas albinas
Tú serás siempre la inescrutable Soberana
de los incognoscibles destinos de mi corazón.


TANIA ALEGRIA
(Lisboa-Portugal)

CARTA IX

Desde hace mucho tiempo no te escribo
poemas de exhumar melancolías.

Vino la primavera con su boca.
Vino el verano con manos azules.
Todo ha pasado y no te dije: estoy
tan cercana de ti por el lado de dentro
tan al ras del esbozo que tu sombra
dibuja en los caminos del crespúsculo.

No te conté que anduve atareada
cultivando milagros:
el niño y el jardín y los fractales
de nubes con su sabia geometría.

(Tampoco cuenta nada el pan al trigo
ni el vino a los viñedos
y son tan consecuentes.)

Vuelvo a escribir porque te he visto anoche
atravesar el filtro de mis ojos
tal y cual como eres: en el pecho rasgado
el campanario de una catedral,
en una mano el látigo, en la otra la pluma,
los minuteros ciegos
persiguiendo tardanzas en las venas.

Recordé que hubo un tiempo en que aún no existías.

Yo era visceral, como planta carnívora.
Usaba fuente bookman old style
de preferencia bold, corsiva, azul.
Era ágil, letal y literaria
como un frustrado predador hambriento
en selvas de papel.

(Entonces te escribía
como quien tira una botella al mar). 

Pero llegaste con el campanario,
el látigo, la pluma, el reloj en la sangre,
y abandoné mi jungla por seguirte
en el oficio de cifrar palabras.

Ahora soy tan mansa que me bebo el tiempo.
Nómada en un desierto de minutos
hasta me espanta el viento de la tarde.

(Por eso escribo sin otro propósito
más que reconciliar las paradojas.)

Son necesarias muchas cosas dentro
y dos o tres afuera
por dar a las palabras la silueta
de barco o de puñal o de clavel.
Pero yo, que soy simple como un número,
tan sólo necesito de dos alas
en vuelo raso sobre el mar bravío
seguido de un naufragio
de proporciones inconmensurables.

O entonces de algún código de enigmas
que no circule sino al borde de las horas.

 (Sólo los dos sabemos que es de Bergman
el reloj de Los Números del Tiempo).


SILVIA FAVARETTO
(Venecia-Italia)

AGITO EL MAR DENTRO DE MÍ

Cuando sea ángel
viviré en el faro...
Lloraré mirando las luces de los barcos
alejarse en la noche...
Sentiré nostalgia
de emociones nunca tenidas.
Gritaré imprecaciones al viento
(porque los ángeles no tienen padres)
y arrancaré una a una
las plumas de mis alas,
desesperada y sanguinaria
por la mala suerte
que me ha dado
maravillosas alas ligeras
y un cuerpo
demasiado pesado para volar...


SILVIA CUEVAS-MORALES
(Melbourne-Australia)

ALZHEIMER

Busco en la oscuridad de mi armario interno.
Saco trastos inútiles, juguetes rotos,
fotos desvaídas, direcciones que ya no existen,
canciones que ya ni siquiera me gustan,
nombres de gente que ya no frecuento.

Ansiosa escarbo mi cerebro:
Poemas, libros, fechas,
adioses, encuentros,
pérdidas, amores pasajeros,
aeropuertos, funerales, visados,
vallas, montañas, bombardeos,
números, candados, lágrimas en vano,
decepciones, miedos, sueños,
cartas amarillentas, flores secas,
aromas lejanos, sonidos añorados.

Pero no logro saber quién soy,
ni cómo me llamo,
ni de dónde vengo.


GABRIEL IMPAGLIONE
(Sardegna, Italia)

FINAL

Antes del primer revoltijo de polvo y piedra
del silbido in crescendo del metal quemado
del corazón saltando hacia la urgencia
y la pupila absorta    previo al corte de luz
y la alarma las colas el pan de ayer y las calles
rotas de basta desoido   antes de los himnos
televisados las arengas desde los megáfonos
las solemnes marchas patrióticas y los viejos
abrazados al miedo que les mordió la infancia
antes de los niños con porqué al vacío
y la clandestinidad de los compañeros
de los discursos de hemoshechotodoslosesfuerzos   
antes del gran silencio de los diarios y del grito
de los pobres sobre el surco envenenado   antes
del desesperado intento de comenzar de nuevo
de la implantación del toque de queda
de las manifestaciones y los asesinatos
antes del trabajo roto y el hambre creciente
desbordado como un río de huecos negros
mucho antes de los pactos secretos la fiesta
de la casta todopoderosa     la indiferencia
como peste en el aire    el gran sueño americano
y los créditos fáciles     el gran circo romano
mucho antes de cuotas vidrieras  vacaciones
cuando se movían ejércitos lejanos   hablaban
prepotentes los dueños de todo   y un viejo
anunciaba lluvia tardía como en los años treinta
mucho antes que todo esto sucediese
te había dicho, mi amor, no hay dos sin tres,
la tercera guerra será su último gran negocio.


ANNA BANASIAK
(Zgierz-Polonia)

Cada día-
cuando los difuntos,
casi tan reales como la niebla,
tratan de despertar en mí los recuerdos,

-es parecido al follaje en la selva.
Aunque lo parezca casi imposible,
mis ojos no pueden dejar de mirar
 a la vista sumergida profundamente a la niebla.
Cuando un cuerpo era un niña
mi mente creía en las historias sobre el paraiso ideal y bueno,
donde no había ni malos hombres ni maliciosas mujeres.
Despuès tenía que abrir los ojos.
La vista de los difuntos resultó
abrir las puertas olvidadas hace mucho.
El día no puede acabarse.
Sigue bailando entre mis dos caderas nacidas para ligar con la ley de la naturaleza.


PÁGINA 29 - CUENTO

JULIO CORTÁZAR
(1914-1984)

LA NOCHE BOCA ARRIBA

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;le llamaban la guerra florida.
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina.
Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en las piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado...";
Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida.
Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra.Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche.
Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta.
Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta.
Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo.
Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de
la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza.
Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha.
Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales.
Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.


PAGINA 30 – ENSAYO


MARGUERITE DURAS
(1914-1996)

ÉCRIRE.

“La lucha del vicecónsul es una lucha a la vez ingenua y revolucionaria.
Es la mayor injusticia del tiempo, de todos los tiempos: y si uno no llora por eso una sola vez en su vida no llora por nada. Y no llorar nunca es no vivir.

Llorar, es necesario que eso también suceda.

Aunque llorar sea inútil, creo que, con todo, es necesario llorar. Porque la desesperación es tangible. Permanece. El recuerdo de la desesperación, permanece. A veces mata.
Escribir.
No puedo.
Nadie puede.
Hay que decirlo: no se puede.

Y se escribe.
Lo desconocido que uno lleva en sí mismo: escribir, eso es lo que se consigue. Eso o nada.
Se puede hablar de un mal de escribir.
No es sencillo lo que intento decir, pero creo que es algo en lo que podemos coincidir, camaradas de todo el mundo.
Hay una locura de escribir que existe en sí misma, una locura de escribir furiosa, pero no se está loco debido a esa locura de escribir. Al contrario.
La escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.
Es lo desconocido de sí, de su cabeza, de su cuerpo. Escribir no es ni siquiera una reflexión, es una especie de facultad que se posee junto a su persona, paralelamente a ella, de otra persona que aparece y avanza, invisible, dotada de pensamiento, de cólera, y que a veces, por propio quehacer, está en peligro de perder la vida.
Si se supiera algo de lo que se va a escribir antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena.
Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos -sólo lo sabemos después- antes, es la cuestión más peligrosa que podemos plantearnos. Pero también es la más habitual.

La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.”


PÁGINA 31 - POESÍA ALLENDE EL MAR


 TANYA TINJÄLÄ
(Helsinki-Finlandia)

ALMA HUECA

Me dejaste
alma hueca
pasión  árida
corazón yermo
entrañas gimiendo
su hambre de hombre
reyes rojo
reinas vírgenes
llorando rios
mares, torrentes,
estruendosas cataratas
higuera seca
desolada
desierta
vacía
muerta en vida
(Y la araña
nunca serás tú)


XIMENA GAUTIER GREVE
(Paris-Francia)

© SEIS LETANIAS PARA VIOLETA
(dedicadas a Violeta Parra) 

II.

¡Vamos a él, mi tío!  
Violeta  del horizonte
letargo en la mirada
dormida entre las lluvias
río de calendario abierto
abajo inundaba las playas
Violeta espiga llorona
del dolor blanco y ardiente
Violeta a la chillaneja
camino hondo  del alma
alma de los chilenos
que aún te lloran cantando
aunque no cante tu parra
Violeta de nueve hermanos
guitarreando con las brisas
¡ay! San Carlos los de Itihue
Lalo, Roberto, copihue
Nicanor antipoeta
cogollito y meridiano
Violeta Parra


FLAVIA COSMA
(Bucarest-Rumania)
 traduccion de Luis Raúl Calvo

DESCANSO

Me acurruco en tu corazón;
me caliento en la llama de tu sangre
me adormezco con los latidos esbozados, monótonos
e hipnotizados de tus tambores
forjados en la piel dulce de las corzas, de los ciervos.

Me acuesto en el interior de un poema
que tú me escribiste en una noche de vigilia
aunque la mujer de tus sueños
tiene la piel más blanca que la  leche
y los pechos más grandes que la Diosa de la abundancia.

Transfigurada por las grandes llamas
por la sed, la lejanía y ciertas incapacidades
me cierro con llave, de buena gana
con las hojas dispersas sobre la cama
y me adormezco acariciando con estas manos quemadas
las hojas finas de papel  azul-transparente.

Creyendo que por fin he descubierto lo que es la felicidad.


MARÍLIA GONÇALVES
(París-Francia)

GAVIOTAS

Hijas de oleajes marítimos
gaviotas de agua y de sal
habitando en mi mirada
que llora por Portugal.

Alas maduras de viento
como mi alma en la distancia
buscando hojas marchitas
en el libro de mi infancia

(Traducción libre de Gaceta Virtual)




SILVIA ROBLEDO
(Valencia-España)

EL DESPERTAR

¿Despertar rosas yo en tu alma,
donde habían ramas ya dormidas?.
No culpes a mi alegre primavera,
pues en tus ramas ya habían semillas.

El mismo aroma de violeta viene a visitarme,
donde tu ves otoños, yo veo primaveras,
quizás del deshielo del paso del invierno,
se dejan ver y aprecias mis praderas.

Mujer soy, mujer dulce y apasionada,
como mujer, tu alma queda bien arropada,
tal vez entre caricias y anhelos
de una soñadora y una mujer enamorada.

No te agobies las ansias de tenerme,
pues en mi lecho de silencio, te espero,
tumbado mi cuerpo, para ser acariciado
y susurrarme un 'te quiero' deseado.

No hay distancia en nuestras llanuras,
envíame las golondrinas junto con tu aroma,
deja que se aniden en mi corazón,
con hermosas palabras de pasión.

Si nacieras de nuevo en nuestras llanuras,
volvería dejar que sembraras hasta llegar a mi,
dejaría que construyeras jardines de jazmín,
sin esclavitudes y con amor sin amargura


SILVIA DELGADO FUENTES
(Bilbao-Euskal Herria)

NO EXISTEN LOS DIOSES.

No existen los dioses.
Ni los monaguillos pueden limpiar toda la sangre
que dejan a su paso los que leen los renglones torcidos de los libros sagrados.
No existen dioses amigos,
pequeños dioses de andar por casa
que puedan dignificar las mesas sin pan,
las familias sin abrigo,
el dolor de la inmensa humanidad
 abandonada en la cruz mientras sus rezos nos clavan las manos.
Son cuentos para dormir a los pueblos.
Viejos cuentos que se cuentan de rodillas
a los que aùn quieren creer en espejismos.
No existen, no,
los dioses son engendros paridos
por la barbarie que siglo a siglo
perpetúa el miedo al amor,
el miedo a ser libre,
el miedo al castigo.
Los dioses son verdugos
que cobran al contado
oro, vidas, epitafios.



SUPLEMENTO INFANTIL Y JUVENIL

PÁGINA 32 -COMENTARIO DE LIBRO

MARIA EUGENIA ARRUPE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

MI PAPÁ ES UN HOMBRE PÁJARO

Autor: David Almond
Ilustraciones de: Polly Dunbar
Traducción de Adriana Delgado
Grupo editorial Norma-Bogotá-2009

Esta novela del autor inglés David Almond con ilustraciones de Polly Dunbar, relata magistralmente cómo una niña, Isabelita, descubre una mañana que su papá no está muy bien de la cabeza y piensa en convertirse en un hombre pájaro con el fin de participar en la competencia de pájaros humanos que se realizará en la ciudad. Pero para poder volar, el papá de Isabelita no sólo ha construido unas hermosas alas de fabricación casera, sino que ha cambiado su dieta humana por la de las aves.
Y su principal ocupación consiste ahora en soñar que es un pájaro y que puede volar. La niña observa azorada cómo su papá grazna y pía alrededor de la mesa; cuando de pronto irrumpe en la casa tía Dorita, intentando hacer aterrizar al hombre pájaro en la realidad. Sin embargo, no será sencillo para Dorita poner orden en la casa, ya que Isabelita pareciera seguir los pasos de su padre y haber perdido el juicio como él. Sin comprender lo que está ocurriendo, la tía pide ayuda al director de la escuela, el profesor Menta, pero para asombro de la mujer, también este decide participar en la competencia e inventarse un método para volar: “El mundo se ha enloquecido”exclama la tía una y otra vez.
La locura como tema literario ha sido abordado por autores de todas las épocas y ha generado obras inolvidables, entre las que podemos incluir esta excelente novela de David Almond. Narrada con un estilo sobrio y despojado, la trama deja entrever profundos conflictos humanos; así los desequilibrios mentales del padre, o la pérdida de la madre de Isabel, se nos vuelven extraños y con un sentido nuevo al ser mostrados a través de la mirada desprejuiciada de la niña. Sin diluir ni quitarle importancia a estos temas, la novela los sugiere sin decirlo todo, y haciendo uso de un humor muy sutil lo serio se vuelve cómico dejando lugar a la risa, esa risa que subvierte y da vuelta los esquemas establecidos del mundo.
En Mi papá es un hombre pájaro los personajes están construidos a modo de caricaturas ya desde sus nombres, como “Sr. Popó” o “Choco Menta”, y generan un singular contraste entre sí, que la ilustradora Polly Dunbar ha representado con maestría. A modo de contrapunto, aparece la tía Dorita, una suerte de versión femenina de Sancho Panza, semejante a una gallina y muy cerca de la tierra, cree que la solución de todos los problemas es una comida sustanciosa; del otro lado, el papá de Isabel, con un aire a Don Quijote, ha olvidado su nombre real —ahora dice llamarse Sr. Cuervo—, sólo piensa en volar y ser liviano como un pájaro, por lo cual come insectos y lombrices para realizar su sueño de volar.

Frente a este mundo adulto desquiciado, es la niña quien encuentra la manera de ayudar a los grandes, e Isabelita apuesta a una solución quijotesca para curar la locura del padre: seguir su juego y volverse una niña pájaro como él. Pero será en ese juego de ficción donde ella le hará a ver su papá y a los demás adultos el verdadero sentido de la vida: “Puede que no podamos volar. Pero pase lo que pase, lo hicimos juntos y eso es lo que de veras importa”, dice Isabelita a su papá en el nido que han construido con ramitas, pasto y pedacitos de telas viejas.
Sin lugar a dudas, una novela que conmueve y hace reír, con esa risa profunda y sumamente seria que nos interroga sobre nuestro modo de ver el mundo y que nos hace mirar, de vez en cuando nuestros pies, para ver “si ya se despegaron del suelo”.

Fuente: Imaginaria



PÁGINA 33 – CUENTO

SILVIA ALEJANDRA GARCÍA
(San Carlos de Bariloche-Río Negro-Argentina)

¡SOCORRO, BEBÉ LLORANDO!

Era una hermosa noche de tormenta. Papá y mamá habían salido a asustar  a los seres humanos. Nosotros nos quedamos por primera vez solos con nuestro hermanito Quintiliano que dormía en la cuna, mientras Filomena, Clota, Leo y yo mirábamos la tele. Daban un programa hermoso de humanos perseguidos por fantasmas.
Todo iba bien hasta que llegó la propaganda. Entonces salió un chico humano, con su cara lampiña, con dos ojos, el pelo de arriba de todo... Y con sus únicas dos manos se llevó a la boca un alfajor de chocolate.
- ¡Puaj!- gritó mi hermana Filomena, que es la más sensible- creo que voy a vomitar.
- ¡Puaj!- repitió Clota.- ¡¿Cómo pueden comer esas porquerías?!
Por suerte, el aviso terminó pronto, porque la verdad es que a mí también me da asco eso que comen los humanos. Mientras tanto,  Leo, que se estaba aburriendo,  fue a mirar cómo andaban sus arañas con tanta mala suerte que se le escapó su tarántula favorita. ¡Para qué! Empezó a corretearla por toda la casa. Pero el bicho es rápido y ya sabe bien cómo burlar a mi hermano.
En la persecución, la araña no se ahorró pasar por detrás de la heladera,  caminar por las paredes, tirarse en picada colgando de un hilo  hasta la mesa del comedor, hacer carrera de obstáculos entre los vasos  que nosotros habíamos dejado allí arriba y  ensayar un vuelo aráñico inaudito hasta abajo del televisor, donde se escondió entre los diarios y revistas de papá.
¿Ya les dije que mi hermano es medio tonto? No importa, si me olvidé, lo digo ahora. No se le ocurrió nada mejor que perseguir a la araña por detrás de la heladera, haciéndola tambalear, gracias a lo cual se cayó un florero que estaba arriba. Después trató de caminar por las paredes: lo único que consiguió fue caerse varias veces como un idiota arriba de Filomena y recibir unos cuantos pellizcones. Después  se lanzó sobre la mesa del comedor y no tuvo idea más brillante que  repetir el recorrido de la tarántula entre los vasos. ¡Qué desparramo de vidrios por el piso! Pero lo peor fue cuando se  tiró, siguiendo a la araña, entre los diarios y revistas de papá. ¡Nunca me imaginé que un televisor chisporroteara de esa forma cuando se estrellaba contra  la cuna de un bebé!
Entonces Quintiliano se largó a llorar. Filomena, que es muy maternal, empezó por sacudirle la cuna, pero como así no se callaba, lo empezó a sacudir a él. Y como no se callaba, yo empecé a sacudir a Filomena, que también empezó a gritar desconsolada. Entonces Clota, que tiene poca paciencia, agarró un murciélago de los que dormían tranquilitos, colgados del  techo, lo hizo un bollo y ¡faaaa! Me lo estampó en un cachete.
-¡Eso sí que no!- grité, mostrando los dientes y con la furia reflejada en mis tres ojos. Entonces se despertaron todos los murciélagos y empezaron a revolotear.
¡Pobres! El bochinche los ponía como locos. Tanto, que algunos sin querer voltearon los frascos de arañas ponzoñosas de Leo y todas se escaparon. Correteaban por el piso, las paredes y el techo, mientras Clota y yo nos tirábamos con lo que encontrábamos a mano. ¡Hasta con Quintiliano, nos tiramos!  Pero él, ni en la cuna, ni en brazos, ni en el aire, paraba de llorar.
-¡Déjenlo, manga de brutos!- rugió Filomena. Lo atajó en el aire con los dos brazos de arriba y lo envolvió cariñosamente en su mantilla negra, con los dos brazos de abajo.  Empezó a hacerle cuchi- cuchi y otras pavadas, le frotaba su nariz peluda con la naricita peludita de él, le cantó canciones de cuna con su voz de motor de auto que arranca, le hizo cosquillas en los tres pies... Pero Quintiliano, lloraba, lloraba, lloraba...
- Dame al bebé- dijo Leo.- Tengo una idea: lo pongo llorando para un lado y las arañas se escapan todas para el otro. Así las voy a atrapar.
- ¡Qué vergüenza!- gritó Clota- Nuestro hermanito, llorando, y vos pensás en  tus arañas. ¡Traéle una galletita de escarabajo molido!
Leo, cabizbajo, se la trajo. Clota y Filomena intentaron metérsela en la boca pero Quintiliano no quería una galletita de escarabajo molido, ni una de sesos de rata, ni un pedacito de torta de cucarachas. Seguía llorando.
¡Traigan el chupete mojado en  mermelada de mocos!- ordenó Filomena. 
Clota corrió a buscar el chupete y yo, la mermelada. Muy contentos, se lo dimos al bebé. Pero tampoco quería eso.
Le cantamos, le bailamos, le cambiamos los pañales, le ofrecimos una cucharada de pimienta, le peinamos la cara, que se le había despeinado con las lágrimas, le dimos a morder una cubierta de auto (por si le estaba saliendo algún diente). Y nada. ¿Qué quería ese bebé? ¡Al rato, lo supimos, cuando mamá llegó apurada!
- ¡Qué tarde se me hizo! No van a poder creer lo que me costó asustar a un chico del Barrio Jardín Botánico. ¡Cuántas vueltas, hasta que lo convencí de que no estaba disfrazada, los monstruos existimos y tenemos nuestras tareas que cumplir, caramba!
Todo esto lo decía mientras pateaba arañas, murciélagos, diarios y vidrios, con Quintiliano a upa. Cuando logró despejar un rincón, se sentó con él en brazos y empezó a darle la teta. Quintiliano  dejó de llorar.
- ¡Qué hambre tenía, mi chiquito!- dijo mamá.- ¿Cómo no iba a estar llorando?
Nosotros nos miramos, sin decir que lo habíamos despertado nosotros. Le preguntamos  por qué ella había vuelto tan  temprano del trabajo y papá se había quedado asustando solo.
- ¿No se dieron cuenta? Es la hora de darle la teta Quintiliano. ¡Cómo no iba a llorar, mi chiquito hermoso!- contestó mamá hecha una ternura porque a las mamás, me di cuenta, les encanta dar la teta.- Y también vine a verlos a ustedes. ¿Cómo están?
-¡Muy bien, mamá!- respondimos a coro.
-¡Qué suerte!- dijo mamá, sonriendo.- Entonces dentro de un rato me  vuelvo a ir. Dejé a una señora bastante asustada en el Barrio Las Mutisias, pero si no vuelvo a darle un toque  final a mi trabajo, se le va a pasar el susto enseguida.

Todos nos reímos, creo que hasta las tarántulas de Leo y los murciélagos. Quintiliano también sonrió. Pero sin soltar la teta.



PÁGINA 34 – POESÍAS

JORGELINA WALDBILLIG
(Juan N. Fernández-Buenos Aires-Argentina)

EL NIÑO CONVERSÓ CON EL ÁNGEL, EN LA CIMA DE LA MONTAÑA

¿Cómo logran crecer los arbustos aquí, ángel?
Crecen con la fuerza de la vida y se sostienen con las rocas del silencio.
Brillan con el frío y se alumbran con las estrellas fugaces.

¿Alguna vez los hombres tocarán el cielo?
siguió interrogando  el niño.
Quizás, cuando se hagan pequeños como tú.

¿Y crees que la nieve al derretirse, sufre?
¡Oh, no! Dijo el ángel.
La nieve, al derretirse, cumple su misión:
escurrirse en un hilo de amor.

¿Y  las aves, ¿de qué se esconden?
Se esconden para estar tibias, y así, poder acunar las madrugadas de los hombres.
¿Y por qué las nubes cubren la cima?
Ese es el misterio de la vida, niño.
Recorrer el camino, alimentarse del amor,
ver crecer las buenas hierbas,
descubrir los refugios,
despertar al mundo,
entibiar las almas,
y todo ello, sin ver qué hay en la cima.


NELVY BUSTAMANTE
(Marcos Juárez-Córdoba-Argentina)

PREGUNTAS

El escarabajo
que cruza el camino:
¿Sabe que yo
lo miro?
Esa araña
que baja por la pared:
¿Ve el mundo
al revés?
El agua del río
donde me bañé ayer:
¿Es la misma que hoy
moja mis pies?

EUGENIO MONTEJO
(Caracas-Venezuela)

La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
—ni siquiera palabras.
Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz.
Y despertamos.


ANTONIO MACHADO
(España 1875-1939)

PEGASOS, LINDOS PEGASOS

Yo conocí siendo niño,
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.

En el aire polvoriento
chispeaban las candelas,
y la noche azul ardía
toda sembrada de estrellas.

¡Alegrías infantiles
que cuestan una moneda
de cobre, lindos pegasos,
caballitos de madera!


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
(España 1881-1958)

ABRIL

El chamariz en el chopo.
-¿Y qué más?

El chopo en el cielo azul.
- ¿Y qué más?

El cielo azul en el agua.
- ¿Y qué más?

El agua en la hojita nueva.
- ¿Y qué más?

La hojita nueva en la rosa.
- ¿Y qué más?

La rosa en mi corazón.
- ¿Y qué más? 

¡Mi corazón en el tuyo!



PÁGINA 35 – ENSAYO

PILAR MUÑOZ LASCANO - MARIA VICTORIA RAMOS
(CABA-Argentina)

CON LA PROFUNDIDAD DEL MAR Y LA LEVEDAD DE LA ESPUMA

En primer lugar nos preguntamos: ¿por qué leemos poesía? Y no hablamos de chicos o grandes, sino de todos.
¿Por qué leer poesía? Tal vez, porque la poesía responde sin que la interroguemos a las grandes preguntas existenciales que nos hacemos los seres humanos.
Y porque lo hace visceralmente pero con la suavidad de una pluma, con la profundidad de aquello que nos trasciende y la fugacidad resbaladiza del instante, con la hondura del mar y la levedad de la espuma.
La poesía responde con las libertades del juego: la rima, el sinsentido, la música, A la rumba luna, y la madurez de aceptar que a veces el lenguaje no alcanza, que el rodeo y la perífrasis son balbuceos del bebé que en algún rincón aún somos en torno al sentido, siempre esquivo y por eso ambicionado.
Un sentido que se busca con todos los sentidos, con los ojos y la boca curiosos de devorar palabras como frutos deliciosos, verdaderas palabras manzana para saborear por bocados, para llegar al corazón blanco del poema.
Poesía que nos deslumbra con su resplandor lunar, La luna lleva un silencio, callado pero sonoro. Porque la escritura poética es también oxímoron y paradoja, y permite desprender de la connotación ecos ancestrales y personales que nos traen músicas que no sabíamos perdidas pero que a través de ella son recobradas.
La poesía nos sacude y nos despierta del largo sueño sin sueños como a La durmiente, y nos ayuda a conciliar otros míticos, prehistóricos, poblados de imágenes,Para escuchar a la tortuga que sueña, dibujados en los anillos del caparazón del misterio.
Nos provee de una lengua natural y arcaica para traducir los trinos de los pájaros que se posan en el poema y lo hacen levantar vuelo con lector y todo a cuestas, Canción y Pico, dejando que el paracaídas caiga en un Zoo loco de inventiva y humor, verdadero bestiario de la imaginación.
La poesía alimenta, abre el apetito del curioso y satisface la voracidad del hambriento de creatividad y desparpajo, engrosando las Pancitas argentinas  que lucen orgullosas el ombligo con tierra, nudo del que nace todo, humus del que crece la semilla de la contemplación para florecer en ramos de imágenes.
La poesía, igual que una doncella enamorada, desenrolla una escalera desde la celosía más alta para que trepemos por Las torres de Nuremberg a rescatarla y besarla. Y cuando al fin la encontramos nos recuerda con humor el espíritu rebelde que nunca debe perder para no convertirse en la Cenicienta que no escarmienta.
Porque la poesía es en sí misma reminiscencia, epifanía, no es infantil sino infancia, ha permanecido allí prolongando y reviviendo una edad de inocente sabiduría en la que se sabía: el secreto de la rosa, la trama de la nube, el brillo de la estrella, la verdad del mundo en su estado más genuino y primigenio. Saber sin saber que se sabe, por qué lo olvidaremos después, como dice el poeta Saint-John Perse en “Para celebrar una infancia”:
“—Si no la infancia, ¿qué había entonces allí que no hay ahora?”
Tal vez la poesía sea esa pura búsqueda. Búsqueda de ese “entonces” y también encuentro, porque el arte es hallazgo de eso que se fue, de ese “allí” del que habla el poeta, de esa infancia perdida y recuperada por obra y magia del poema:
“Me fue concedido saber que la niñez era un estado repetible por instantes, por eso decidí prolongarla, hacer poesía”, nos revela José Lezama Lima. 
La poesía como un país, el de la infancia. Y como un encuentro, el del poeta con lo que fue, el del lector con la maravilla de ser niño de nuevo y estar invitado al juego de leer. Y el de todos con algo más que se nos escapa porque la poesía también es, afortunadamente, eso indefinible que no se deja apresar.
¿Existe una poesía infantil?
Primero se discutió la existencia de una literatura infantil y qué características la definían. Luego le llegó el turno a la literatura juvenil. Y ahora es el momento de la poesía, ¿existe una poesía infantil? La poesía para niños, ¿es la escrita para la infancia, la publicada para estos destinatarios o la que los niños se apropian y disfrutan? Creemos que se trata de una poesía que pueden escuchar, leer y disfrutar también los niños. Pensamos en un concepto inclusivo, sin delimitar si fue o no escrita o publicada para ellos exclusivamente.
A su vez, partimos de la idea de que ante todo tiene que tratarse de poesía y que el adjetivo “infantil” debe ser un atributo secundario, tal como señala María Teresa Andruetto en Hacia una literatura sin adjetivos, en relación a la literatura infantil en general.
Es posible pensar que hoy en día circula una poesía infantil y, al mismo tiempo, una poesía infantilizada. Esta última, si bien contiene algunas características propias del género, carece de intensidad, de tensión, de armonía. Y esto la reduce, muchas veces, a sonsonetes conformados por versos rimados de modo previsible, a lugares comunes y a temáticas recurrentes en el mundo literario infantil. En cambio, la poesía para niños se caracteriza por el trabajo con el lenguaje que da cuenta de la belleza de las palabras y, al mismo tiempo, por los juegos rítmicos, el humor y la experimentación en el espacio. Así como también, por la riqueza sonora y retórica y muchas veces por búsquedas propias de cada poeta, ya sean estas vinculadas a la naturaleza, la existencia o se trate una forma diferente de observar la vida cotidiana. En este sentido, la poesía infantil es una expresión artística de calidad literaria y estética. Como señala Ana Pelegrín: “El poeta no puede dejar de ser un ente ético; escribir poesía infantil no es infantilizar la poesía. El infantilismo poético es un atentado contra la belleza y la sensibilidad del niño”. 
Por último, antes de iniciar este recorrido, nos gustaría detenernos un momento en el lugar que ocupa o debería ocupar la poesía para niños en la escuela. ¿Cómo se conjugan el espacio poético y el pedagógico? Ya en 1976, María Elena Walsh, resaltaba: “la poesía no alude más que a sí misma, sopla donde quiere y es preferible que no forme parte del temario sino del recreo, que se integre más en el juego que en la instrucción”. Y en 1982, Michel Tournier, cerraba su famoso artículo “¿Existe una literatura infantil? recordando a Montaigne, quien decía que “enseñar a un niño no es llenar un vacío sino encender un fuego”. 



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