Formato virtual de una revista literaria con historia

Dirección: Norma Segades - Manias

directoragaceta@gmail.com

GACETA VIRTUAL LES DESEA UN

¡FELIZ AÑO NUEVO!



GACETA VIRTUAL Nº 98–ENERO de 2015–Año IX–Nº1


Imágenes: FRANCES EMILY NESBIT (Wolverhampton -Inglaterra)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

LAS GUERRAS DE LA GUERRA

4. En este marco ha estallado la crisis en América Central. En este cuadro general de cosas ocurren el bombardeo de amenazas contra Nicaragua, las denuncias contra Cuba -demonio rojo, de cuernos y largo rabo, que, como Dios, está en todas partes- y recrudece la intervención imperialista en El Salvador y Guatemala.
Respuesta al hambre
La efervescencia revolucionaria de América, central da respuesta, en lo más hondo, a la guerra secreta que mata niños de hambre y a la violencia invisible que encarcela pueblos y países. Son guerras contra la guerra, podríamos decir, las que están sacudiendo aquella atormentada región: guerras de liberación que atacan las causas de la guerra, guerras contra la guerra cotidiana que desangra a la clase trabajadora, guerras contra la falsa paz de las cárceles y los cementerios, guerras del pueblo por la única paz que merece llamarse paz, que es la paz con dignidad. El desafío popular hacia cambios profundos choca con el sistema y lo desenmascara: la potencia imperial, amenazada en sus dominios, da orden de exterminio y el terrorismo de Estado muestra todos sus dientes. Los dueños del terror, los terroristas de uniforme, llaman terroristas a sus víctimas. Un solo dato ilustrativo, tomado del último informe del grupo sobre desaparecidos de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas: en El Salvador, 87 niños menores de catorce años han sido capturados por las fuerzas armadas. Esos niños estaban acusados de terrorismo. Esos niños han desaparecido.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Argentina)

Y SIN EMBARGO…

Campanillas violeta,
ínfimos adornos,
enredaderas de ferrocarril.

Sobre las pilas de escombros,
entre las vías abandonadas,
tapando techos agujereados,
entre los hinchados cadáveres
de perros envenenados.
En la miseria última y final.
Sobre chapas, hierros y
pobreza desvencijada,
debajo de carrocerías deshechas,
se abre la flor inesperada,
maravillosa,
de la alegría.

MIRTA GAZIANO
(Santa Fe-Argentina)

 MI NOMBRE

Amarrando de algún modo los recuerdos
escribo mi nombre en un cuaderno.

Es la forma quizás de recordarme
que el día aún me pertenece
que los frutos de la vida continúan
las jornadas transcurren sin fronteras
y acontecen los hechos sin descanso.

Retahíla de voces infantiles
cánticos de monjes en clausura
tañidos de campanas a los vientos
concierto de insectos en las noches.

El trabajo, la búsqueda y consenso
las citas
las misas
los reclamos
los niños y jóvenes en clases
las madres que esperan a sus hijos
ancianos y palomas en las plazas.

Son las notas que anuncio en mi cuaderno
para dejar en claro algunas cosas
y amalgamar las causas consecuencias
del diario acontecer del universo.

MARÍA ISABEL BUGNON
(San Javier-Santa Fe-Argentina)

MI CORAZÓN

Sobre pétalos 
De rosa blanca 
Yacía mi corazón

Enormes gotas de rocío
Le hacían compañía 

El sol se escondía 
Tras las grises nubes.

Se balanceaban en el río 
De los sueños las flores muertas.

La siringa con ocho cristales melodiosos
Acompaño a mi corazón en su largo viaje..

HÉCTOR BERENGUER
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

El cuerpo me mira
y se lleva un cuerpo que no es.
Se lleva mi ausencia
como si fuera su alma.
Lo que queda también
es parte de lo que se va.
Nada mira quien todo lo ve,
lo que no ve su frente
lo ve su espalda.
La poesía conoce sus lágrimas
pero no las seca.
Lo queda nos deja
es lo que vamos muriendo en otros.
La ausencia nunca se lleva nada de importancia..

FERNANDO BELOTTINI
(El Trébol-Santa Fe-Argentina)

SABER HACER
“...es el espacio vacío lo que permite
que la casa pueda ser habitada."
Lao Tsé

frente a la construcción soy invisible
un manto de prejuicios me tapa
tiré unas líneas, juegan ahora
creen ser algo, erigirse, tomar forma
insinúan un fondo, una altura

la construcción es imposible
se deshace de nada
se tapa con las sábanas de los fantasmas
pero igual quiere ser

yo le dibujé una cúpula, unas columnas
y atraje un abejorro
que depositó sus huevos encima
¿pensó que era una flor? ¿un destino?
o pensó que así estaba terminada

muta la esencia del vegetal
ahora es cárcel de esas líneas
pujan los colores, la tinta
se quiebran las puntas de las rotrings

hay que hacer todo de nuevo
el abejorro me quedó mirando

pedazo de infeliz, le dije
me manchaste la camisa
y yo no te preñé, ni la obra, claro

la obra es estéril
los albañiles van de blanco
el pozo de agua está seco
la cal es negra
el cemento nos suaviza el cutis
¿este es el plan? ¿el proyecto? ¿el presupuesto?
¿todo en cero?

un ladrillo me llegó de mozambique
y unas columnas de atenas
los objetos se manifiestan
el andamio, la cuchara
la plomada, el hormigón
esperan que dé un paso adelante
que  recite de memoria el código civil

qué terreno escabroso don ambrosio
si para construir hay que sacar las flores
lo haremos, don ambrosio
daremos vuelta la tierra
para saber qué hay del otro lado
haremos un socavón, una galería, un talud, un mural

después, quedarán hiladas de apariencias
cientos de puntos en fuga
imprecisiones de las formas de mirar
u orificios que dejó la argamasa

porque será un gran paredón don ambrosio
un gran paredón
ningún delicnuente podrá saltarlo
sea común o especial

el baldío tiene cuatro por ocho
el plano dice dos por cuatro
y talaremos el ombú, es solo un vegetal
¿o quiere que lo podemos?
¿o puede que lo queramos?

todo coincide
hasta la más silenciosa interrupción
y nos llueven piedras y mentiras
pero sin mentiras, no hay mezcla
ni punto de partida, parece
¿qué es sino un proyecto?
¿qué son las ilusiones al fin?

vea esa topadora que nos llegó esta mañana
viene a demoler
y lleva una oruga para afirmarse
(las orugas tienen personalidad)

sé que no se llevará bien con el abejorro
sé que ahora vendrá una lucha de especies
la oruga querrá comerse el ombú
y el abejorro querrá impedirlo
y nosotros nos quedaremos mirando el espectáculo
con los baldes en la mano
esperando que nos paguen el jornal
mientras el contador tarda meses en llegar

pico y pala don ambrosio
pico y pala para seguir
haremos un surco allá lejos
que pegará la vuelta
todos alguna vez pegamos la vuelta
yo, por ejemplo, regreso
hago equilibrio en las cornisas
y tomo sol desnudo

mi corazón, entonces, permanece tapiado de ladrillos
y busca en la hoja de ruta la nervadura de la hierba
la oruga quiere comerme la hoja, ya sé
y el abejorro, después de todo, es su aliado

con don ambrosio conspiran
para que entremos por la ventana
para que demolamos lo demolido
para que hagamos polvo del polvo
y las vecinas vengan a quejarse

ya deben haber visto el caracol que desenterramos
que seguro lo convertirán en escalera
yo les diría: no se esfuercen tanto en cambiar una cosa por otra
todas las cosas son lo mismo
ya lo dicen los arquitectos
están hechas de una misma (única) sustancia innombrable

la palabra

porque usted habrá visto las descripciones
el lugar donde quieren poner la lámpara,
los cables, las llaves de luz, el interruptor principal

coincido con los inversores
y las quejas de los gastos de energía
es que andar con el farol encendido a pleno sol
es demasiado
pero qué haremos sin agua
¿existe una mezcla sin agua?

días y noches cavamos y cavamos
casi llegamos al otro lado del planeta
y no cayó una sola gota
(no era que el planeta...)
solo logramos intoxicarnos de mandatos
y perdimos algunos operarios
que vieron la ocasión para marcharse

nuestra construcción, ahora,
es subterránea, indefinible, laberíntica
con galerías que empiezan acá
y terminan en cualquier parte
¿será que no fuimos hacia abajo, hacia la napa
y nos extraviamos en tuberías innumerables?

nuestro único consuelo
aquí y ahora
es el acero dulce
que comeremos con pan fresco y manteca

sírvanle café a la oruga por favor
sin que se entere el abejorro
o esa oruga nos pisará a todos
(es que por donde pasa la oruga
ni el pasto crece)

entreténgala
háganle esculturas de colada continua
o muñequitos de corcho
o caleidoscopios con vitrales
o déjenla que elija los mosaicos
muéstrenle los que están de moda

hay un rosa pálido
y un verde manzana
y otro con piedritas multicolores

tenga en cuenta don ambrosio
que debemos saber dónde pisamos

nada hay más trascendente que el suelo
y, sobre él, una casa

si llegamos a dar el final de obra
(algo improbable en estos días)
baldearán los mosaicos con agua bendita
por ahora solo tenemos vino, salud
y un viento norte que envuelve las hojas en el frente
donde haremos los jardines

unas mariposas quieren copar la parada
no serán bien recibidas
el abejorro y los demás
ya tienen cantos rodados en las manos
y una impiedad de escombros
es decir, son bastante mal llevados

no se puede construir sin demoler, don ambro
ni recibir mariposas con alegría
hay que estudiarlas, o traer un perro que las corra
todo progreso es lento así, y perfectible

¿que está torcido?
es otra ilusión
es el revoque
¿nadie se da cuenta?
las paredes no se hacen con martillos
ni con retazos de escritorios
aunque tampoco sabemos bien cómo se hacen

pero intentemos
qué nos cuesta conseguir una cuchara
y olvidarnos del premoldeado
y del durlock®
qué pasará cuando queramos clavar un clavo
y se nos venga el cuadro encima

es imposible clavar con una brocha
o pintar con mierda
no dura

usemos las espigas negras para el encofrado de adobe
fijemos las vigas con latas de atún y botellas de pevecé

más difícil es la intemperie
la desolación del desolado
las cenizas de los huesos
los atardeceres con hambre

nosotros al menos tenemos una misión
fíjese el abejorro
puso unos huevos y ya se olvidó
ni los empolla siquiera
así le van a crecer guachos esos chicos
con problemas psicológicos
abejorritos problema

ya  él es un poquito complicado
si hasta rompió el piquete que hicimos el otro día
cuando pedíamos un poco de aire fresco
apenas una diferencia entre el ser y el estar

y después de tanto pedir
¿sabe qué nos dieron?
poliuretano expandido
para aislarnos

no podré dibujar esas líneas que tenía pensadas
ni las caídas de los techos
ni claraboyas
ni glicinas en las pérgolas
y lo peor es que nadie pero nadie podrá verlas

porque para qué sirven las casas
si no es para mostrarlas
qué es una casa después de todo
¿mi casa soy yo? ¿yo soy una casa? ¿una casa es un yo?
¿el yo es la casa de un moribundo que boquea?

así no vamos a ningún lado
que traigan el aparejo
subiremos los tirantes, las alfarjías
haremos un techo mejor que el cielo
y muchas bromas

tomaremos de punto a la oruga
que ya durmió bastante siesta
no le perdonaremos su falta de tacto
porque perdonar es como picar las paredes
que supimos construir

síganle  echando tierra a la oruga
sigan difamándola
después no se quejen de las manchas de humedad
ni del cimiento flojo

ya le dije que mida
y usted, sí,  usted
me miró con bronca

qué métrica, me dijo
a poncho y espada
con un poco de ritmo no más
traigan a los músicos
que enseguida terminamos
y verá qué lindo le quedará el patio
con esas magnolias
ese césped brasilero
y esta tierra negra

¡ah! don ambrosio
si fuera tan fácil
ya hubiéramos terminado.



PÁGINA 3 – CUENTO

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

LA PERLA DE LOS SUEÑOS

En aquellos tiempos el pueblo no sólo estaba dividido por las vías del tren, sino por los altos hinojales que crecían en ese perímetro que abarcaba casi todo el centro del pueblo y que era llamado (y lo era): terreno del Ferrocarril. Motivo por el cual crecían los hinojos hasta cubrir la estatura de un ser humano, por más alto que fuera.
El cruce "al otro lado" como se llamaba al de las vías era cubierto por tres pasos a nivel. Pero la gente armaba por otros lugares sinuosos senderitos para no caminar tanto.
Había, sí, al centro un camino abierto que iba desde la Estación del Ferrocarril hasta la cerealera de la familia Sáenz de Arregui y la farmacia del Negro Peñaloza.
No se podían cortar esos yuyos, la Comuna no tenía ingerencia y menos la Provincia.
Eran terrenos fiscales, como se les llamaba. Luego cuando la Nación se desentendió por una decisión política de todos ellos se armó un hermoso parque que aprovechan sobre todo los muy jóvenes y los jóvenes. Pero el precio fue altísimo: desde 1975 dejó de pasar el tren de pasajeros que hacía el trayecto RosarioRío Cuarto y viceversa.
Ahora, alguna formación de carga cruza el pueblo y con su pitar agónico en la alta noche nos llena a los más grandes de una nostalgia acumulada como una pátina oscura de pintura superpuesta en una superficie de madera muerta.
Esta somera y melancólica descripción surge de una charla con mi amigo Pepe Donati, quien vivía "del otro lado" y me dice que se cruzaba los domingos hasta nuestro Club que tenía un cine en la esquina, llamado La Perla, fundado por don José Sorribas, natural de Beravebú. Era para las gloriosas matinés donde el muchachito salvaba a la chica de las garras del malvado antes del the end consabido. Yo también era habitué a esas funciones de cine, a esas películas de las cuatro de la tarde.
Ese cine fue posteriormente comprado por el Club Huracán, pero el edificio --"pintado de color cremita" precisa mi amigo Pepe--, fue demolido en la década del sesenta para levantar una sala de teatro más monumental y ostentosa. Tanto que cierta vez fue visita en una gira nada menos que don Atahualpa Yupanqui. Era el año 1965. Yo ya vivía en Rosario pero de casualidad estaba de visita en mi casa paterna, y obviamente fui al espectáculo. En el intervalo fue al bar a tomarse un vasito de vino. Aprovechando que estaba solo, con mi amigo Tago Sánchez nos arrimamos para pedirle que nos firmara una foto que allí mismo habíamos comprado y que era la de don Ata en un cartón ordinario.
Ante nuestra sorpresa, nos dijo muy amablemente
--Después muchachos, después. Pero ese "después" no vino nunca.
Tago tenía 17 años y yo 19.
Cuando apuró el último traguito que le quedaba del vaso, y antes de volverse para seguir el espectáculo, nos dijo.
--Qué lindo teatro ¡Deberían cerrar todos los de los pueblos vecinos y deberían usar sólo este. Creo que lo dijo con sinceridad y no para quedar bien con nosotros.
Imposible saber o asegurar cuántos grandes artistas lo visitaron por aquellos años y en toda la historia del Teatro. Son datos que a mí se me escapan, porque yo ya no estaba el pueblo.
Hoy resulta casi un escándalo comentar el movimiento que tenían aquellos clubes populares de los pueblos, los jóvenes que nos escuchan no sé si llegan a dimensionarlo, siquiera a creer en nuestras palabras que repiten sólo la mera y exclusiva verdad.
La realidad es que el mundo era infinitamente más inocente que ahora, esa inocencia que se perdió para siempre, aquel mundo de pasiones módicas y de sueños que se podían cumplir porque no tenían demasiadas aspiraciones, y tal vez cabían en una sola noche donde uno, adolescente, soñaba con una artista lejana, tan lejana, tan inalcanzable que uno se podía permitir enamorarse hasta el delirio y que ese nombre no le sería suspirado ni siquiera a la almohada. Mucho menos comentar entre los amigos que se podían burlar de aquello que para uno guardaba como un secreto de estado.
Y seguramente todo ese sueño salía de esa pequeña pantalla en blanco y negro que regalaba ilusiones apenas el operador apagaba las luces y ese rectángulo luminoso se llenara con los ojos inmensos de la actriz de turno, que a partir de esos momentos y hasta que la cambiáramos por otra, nos iba a quitar todos los suspiros. Es más, iba a transformarnos de tal modo que uno podría hasta tratar de sobresalir en la escuela, cosa que casi siempre nos tenía sin cuidado.
Claro que no éramos conscientes que el verdadero dolor nos esperaba, no muy lejos tal vez de allí, cuando el objeto de nuestro deseo fuera real, de carne y hueso, pero mientras ignoráramos el dolor que nos esperaba, bien podíamos soñar con esa bella actriz, que era la más bella del mundo y que nos sonreía desde esa pequeña pantalla del cine La Perla.


PÁGINA 4 – POESÍA ARGENTINA

CARLOS J. ALDAZÁBAL
(Salta-Argentina)

TIGRE

Felino sí.
Probablemente puma o simple gato:
la madera tallada no transmite verdades
y a un tigre de madera no se le ven dibujos.

Faltaría un pintor, alguien que con minucia
le decore el hocico, las patas, los costados,
para que la madera forme al tigre,
espejismo de rayas, pura voluntad de artesanía.

Luego sí, vendrá algún domador hecho de plomo:
acercará la silla, y al oído del tigre
escupirá verdades hasta formar la jaula.
Con un poco de alambre cubierto de algodones
construirá un gran aro para que el tigre salte
y el fuego lo consuma, como consume el fuego la madera.

¿Y si el tigre le ruge? ¿y si el tigre no salta?
¿si la silla se rompe y el domador tropieza?
¿y si el fuego perdona los colores del tigre
y se encarga del plomo y lo convierte en río,
y el tigre va y se baña, como hacen los tigres
que no son de madera, y se queda sin jaula?

¿Entonces se sabrán los dibujos del tigre?

¿O será por el agua, su devenir, sus ríos,
que Heráclito hablará de las certezas?

CLAUDIA AINCHIL
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

LA FLECHA

En ocasiones una película sopapa avanza
escena de murmullo en el cuerpo
glup de sapos rugosos
algunos prendiéndose son camaleones
cierta clandestinidad
boca del estomago como un banquete irregular
se exprime por la ranura consciente
o inconsciente?
Campeones ruidosos duermen
dentro de su propio carnaval
un limón agrio destiñe
ciertas gotas internas
siento cuadriculas fermentando
prisiones del otro deseando encarcelar
relámpagos.
A veces entre burbujas que succionan
pierdo toda brújula
sacudo barrotes
aquí el celuloide continua
son gradas  anti mecánicas manchadas
hasta que se acomoda la mirada
la flecha en su lugar.

ROLANDO REVAGLIATTI
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

SENOS DE TAHITIANAS

Se diría que los recuerdo
y que hasta estuve allí

Me exhibía entonces al natural
con ellos todo es más simple

Al ciudadano le di
el olivo que es el olvido

Mis construcciones insistían
en situarme al fresco

Descalzo, mis valores de siempre
tendían a disiparse

Al náufrago le cabía
pintar y amar

SUSANA LAGE
(San Juan-Argentina)

POR NACER EN EL DESIERTO

Tengo sol en invierno
y de mi cama
se ven perfectamente las estrellas.
Tengo dos gatos tibios
y algún olvido,
el cuerpo ocioso y el escudo atento
que a veces los errores no dan tiempo.
Y tengo los recuerdos tan disciplinados
y la risa tan fácil
que soy tan feliz
como se debe.
Y a veces
(si estoy muy descuidada)
la soledad se me cuela en los papeles
y me escribe un poema por las noches.
Y a veces
(si no estoy muy apurada)
lloro muy bajito en los rincones
por no hacer ostentación,
que hay mucha envidia.
Y tengo sed congénita de viento
y un miedo colectivo.
Y sólo puedo amar sin que se note,
como el tiempo de siesta,
de puntillas,
como una piedra inmóvil del camino.

Para calmar el dolor
(que a veces duele)
oyendo historias y cebando chismes
he aprendido a creer lo que no veo,
que los que hemos nacido en el desierto
conocemos a Dios sólo de oídas.

TERESA LEONARDI HERRÁN
(Salta-Argentina)

REGRESO DE ORFEO

Crecía en el aire el agua de una campana
al principio imperiosa luego suplicante
volcando su claridad merovingia en los oídos
(salvo en los de la vieja cuidadora de gansos
mujer de la edad de piedra con su rito
de honrar a los dioses pastoreando animales)
confundiendo a los gallos heraldos
que anunciaban el huevo de una mentida lluvia.
Tú venías es esa agua convocadora de otros tiempos
nombrándome como entonces (cuando habitantes
de un idéntico sueño)
“aquí yace Teresa esa es la tierra que hoy araron sus ojos
hoy ocupada por su cuerpo”
antes ay mucho antes de que emprendieras el viaje a los
infiernos
Para buscar a eurídice
y ahora regresabas diciéndome
que la habías perdido para siempre.
Poco a poco tu rostro como un humo
fue cuando el felino memoria como una hijo pródigo
volvió después de amargo viaje a la guarida del olvido
y solo retuve parte de su plateada cola
una mecha de su pelaje azul
batíscafo con el que desciendo a un abolida tiempo
donde tu claro corazón aún vive
edificando el vuelo de los pájaros.


PÁGINA 5 – CUENTO

HERNÁN CASCIARI
(Mercedes-Buenos Aires-Argentina)

ANTES LOS AUTOS ERAN GENTE

Salgo muy poco, pero cuando no queda más remedio me pone muy triste ver los autos en la calle, estacionados. No puedo reconocer a ninguno, no sé de qué marca son, ni de qué país. Antes los autos eran todos distintos, como los humanos. Cuando yo era chico los autos tenían personalidad. Había autos fornidos, prepotentes; los había tímidos y perezosos. Ahora son todos igualitos: redondeados arriba, medio aerodinámicos, y de colores tristes. Antes no.
Yo sabía diferenciar un Peugeot de un Dodge, un Fiat de un Renault. Hasta que apareció el Ford Sierra y todos los autos empezaron a ser el mismo. Ahí, en ese punto de los ochenta, se pudrió todo, ahí fue que empezaron a perder la personalidad.
Y no solamente me pasa a mí esa tristeza, también noté que le pasa a los perros. Antes los perros le ladraban con más odio a los Citroën que al resto de los autos, podían reconocer un 2CV a kilómetros, y empezaban a ladrar. Era un odio ancestral. Ahora los perros miran a todos los autos igual, les ladran por compromiso, sin ganas; los perros andan tristes, ya no corren atrás de las ruedas de ningún auto.
Yo también ando triste por la calle, por eso no me gusta salir. Cuando era chico salía a la vereda con más ganas, porque cuando pasaba un auto yo lo podía reconocer. Por mil detalles: por el ruido del motor, por los alerones, por la forma de las llantas, por el baúl (que a veces estaba adelante y a veces atrás), por el ruido de la bocina.
El Torino era un playboy de la Capital, un gigoló que siempre estaba de paso por el pueblo, (no vivía en Mercedes). Venía a visitar a su amante, que era una Citroneta beige que estaba muy bien de tracción.
El auto más careta del pueblo era el Dodge familiar. Por la avenida se hacía el serio, pero en calle de tierra fumaba porro y buscaba travestis.
El Valiant 3 y el Fairlane eran dos médicos, muy conocidos, que se pelearon para siempre por una Rural bordó, retapizada en cuero.
El Citroen 2CV amarillo era el loco del pueblo, pero el blanco no, el Citroen blanco era una especie de mendigo con olor a hinojo.
Hasta mis 10 años mi papá tuvo un AutoUnión rojo, un Fiat 1500 verdecito, un Dodge amarillo, y un Taunus azul. Mi hija, que también tiene diez años, solamente tuvo variaciones de autos negros o grises, todos parecidos, todos aburridos.
Yo podía subirme a un auto con los ojos vendados y reconocer cuál era por el olor de la cuerina, por la forma del volante, por la disposición de la palanca de cambio, por el pituto de la ventanilla.
Los Peugeot tenían olor a mandarinas y los Falcon a desgracia. Los escarabajos Volkswagen eran chicas a las que les empezaban a gustar las fiestas nocturnas, y las camionetas F100 eran lesbianas de pelo corto. El Fiat 128 era un inspector de la DGI con bigote anchoa y el Opel blanco un cura que manoseaba a los fititos, que eran monaguillos domingueros.
Antes los autos eran gente, eran razas puras: había chinos, rusos, italianos, franceses, nacionales, indocumentados. Ahora salgo a la calle y todos los autos son un alemán que no hace gestos. Que te lleva rápido de un lugar a otro.
Antes los autos paseaban con nosotros, ahora nos llevan.
Nos llevan de un lugar hermoso al que nunca vamos a volver, hasta otro lugar, horrible, donde se acaba el camino.


PÁGINA 6 – POESÍA ARGENTINA

ALDO LUIS NOVELLI
(Neuquén-Argentina)

pura física y química
escribimos para llenar los huecos
de la memoria reptil
que culebrea en nuestro ser
desde hace 500 millones de años.
para atrapar la luz
que viene desde el primigenio tiempo
del big bang estelar
mientras viajamos en el caparazón de una tortuga
a 300.000 kilómetros por segundo.
escribimos para descubrir al hombre invisible
que camina desde el nacimiento
a nuestro lado
y al desconocido que vive
en la sangre que nos fluye por las venas.
para hacer un viejo amor imposible
plenamente posible.
para cantar la canción del infinito
en un bar de malamuerte
de los bordes de la ciudad.
escribimos para reírnos del mundo
y llorar con nuestros muertos.

ALEJANDRA DÍAZ.
(Tucumán-Argentina)

levedad  /  un  rayo  de  luz
atraviesa  la  mirada   / detiene  la  respiración
abraza
palabras  sueltas  salpicando  la  voz
como  decir  bollito  de  papel  arrojado  al  agua

  graznidos  secos - alaridos de Antígona
el  hermano-réquiem )

palabras  sueltas  en  hilera  sobrevienen
del tiempo de los libros

callan  ya  /  se  duermen
con ese  canto del pétalo que cae  en  la  tierra
o la  hoja  que  convierte  en  un  mandala
su  caída  en  el  agua  casi  tiesa

-qué  lejos  queda  la  avenida
por la que se cruzó anchamente sin mirar
sin pies ni manos  / sin identidad -

soledad  del  existir /  sonidos del silencio

la  boca  que  roza  otra  boca
calla  la  palabra 
volviéndose      beso

cuerpo  /  identidad

-un  tuquito
bicho-luz   se  queja despacio

cierra  la  palma  de  su  mano
un  demiurgo  / desaparece
todo
todo.

AMELIA ARELLANO
(San Luis-Argentina)

TRES ESTACIONES Y UNA MENOS

Es de noche y hace frío.
El hombre mastica escarcha.
En sus manos tiembla el viento sur.
Es interminable el camino de la soledad.

Es de día y el calor es bochornoso.
La boca de la mujer es un desierto salino.
El viento zonda se enrosca en sus pies.
El camino de la soledad termina en el horizonte.

El hombre entibia su boca en colinas pródigas.
Su cabeza descansa en valles fértiles.
La mujer refresca su boca en el pico de un pájaro.
Sus cabellos mojados se adhieren a su rostro.

El hombre y la mujer exploran.
Una geografía de carbón y obsidiana, los alberga.
El camino de la soledad es una anaconda quieta.

ANIBAL DE GRECIA
(Oberá-Misiones-Argentina)

DE VEZ EN CUANDO

me permito el descuido de no pensarte
tengo astillas de blues clavadas bajo las uñas

están ahí
como esas noches que no vivimos

Un pedacito de vos se exilió al silencio

el otro
           soy yo
escuchando a Jeff  Beck en un casete
regalo de mi primer miedo.

HUGO FRANCISCO RIVELLA
(Salta-Córdoba/Argentina)

PALOMITAS

Palomitas de harina
hacía mi madre y las horneaba en el horno de barro con el fuego del viento de quebracho.
Palomitas de papel
que arrojaba hacia el instante aquél de un cielo niño.
Palomitas de alambre y argamasa,
el artesano,
para soplar el alma al calendario que se llevaba el sueño hacia el olvido,
aunque nunca dijera que los días tardarían en llegar toda la vida.
Palomitas dibujadas en el cuaderno de tareas de la niña ojos de cometa.

Palomitas,
en Salta,
Argentina,
fue la noche con garras consumiendo los pies de los asesinados
y  Cristo ardiendo en sus espinas


PÁGINA 7 – RESEÑA

ANA MARINA SUÁREZ GIANELLO
(Santa Fe-Argentina)

LA ORILLA ABANDONADA

 “En la costa, los pescadores extienden sus redes/
 y nosotros, nuestros corazones sobre el mundo”
(Fragmento de “Tierra Entera”).

Leoncio Gianello (h), o “Copete”, como lo llamábamos familiares y amigos, hubiera cumplido en este 2014, 80 años. Siempre en el recuerdo, rezamos por él y por el encuentro, releemos sus poesías maravillosas y lo extrañamos.
Muy joven sintió el llamado a un destino de papel y en compañía de Jorge Taverna, le leyó a su padre sus primeros poemas. Un poco más tarde, los dos amigos y un grupo de jóvenes escritores crearían “Generación”, sobre el que escribe Sara Zapata Valeije: “Los que estuvimos unidos a él en el grupo literario ‘Generación’ conocimos la madurez y ecuanimidad de su juicio, la generosidad y nobleza de sus actitudes y, sobre todo, la virtud de su exquisita amistad. (...) Creo que [su] madurez precoz tenía estrecha relación con la sabiduría de su padre poeta, con las conversaciones íntimas sobre el quehacer lírico, que afianzaban en el hijo la perspectiva decantada de la generación precedente”.
“Mendigo en la mansión” está dedicado a su padre: “De ahí que con este poema participado con la sangre y con Dios, escrito con el alma a cuestas, tu hermano menor, tu hijo devotísimo, penetra desnudo a la luz y la tiniebla, mendigo en la mansión de la palabra”. En la poesía entraba, con la ingenuidad de los poetas naturales, sin adjetivos desmesurados, sin metáforas complejas. Refiriéndose a su trabajo, comentaba en una carta a Julio C. Pedrazzoli que el poeta coloca las cosas que lo rodean en un plano más luminoso para “tratar de llevarlas en función de belleza al resto del mundo. En consecuencia por esa función de ‘nombrador’ de las cosas, no es posible el empleo de un lenguaje oscuro y alambicado (...). Y el lenguaje claro y sencillo no se logra con tanta facilidad como podría parecer, sino por el contrario trabajando sobre lo hecho, quitando accidentes y ramajes, mutilando el mismo fruto para tratar de recogerlo en esencias que, en definitiva, son lo perdurable”.
Su poesía empieza y termina en él, que se descubre poeta: “Madre: (...) Hay un hombre cara al viento que dice: ‘Conozco tu lengua’. Oigo su voz que me habla y va abriendo las puertas. Una paloma me nace. Una paloma me vuela” (1) pero también se extiende para cantar al hombre de su tiempo en poesías de crítica como “Carta a Pablo Neruda” o para celebrar la vida, que late mansa y buena para nosotros: “Domingo por la tarde. Horizonte hecho con papel de cometa. Tarde cansada. De tan cansada, quieta. Silencio. Murieron las sonrisas nuestras. Estás hecha de miel y azucena sobre una tarde de color violeta” (2).
Trabajaba como periodista en distintos medios y al mismo tiempo seguía su camino de versos. A los libros inéditos como Azúcar quemada, Los poemas del claro día y Mitad del Camino, se sumarían Tierra Entera, editado por Castellví en 1958; Amoroso Alimento, publicado por la Dirección General de Cultura en 1960 y La Remota Brasa, Premio José Pedroni del año 1973, publicado por sus amigos y familiares, en su memoria, en 1993. Siempre ha sido recordado con cariño entrañable, como en el poema “Plegaria” de su hermana Susana, o en los artículos escritos por los que no dejaron que su voz se apagara. En el prólogo a La Remota Brasa, escribe Taverna Irigoyen: “Y él fue un predestinado para el canto, para ese poema diario, compañero, que llamó ‘amoroso alimento’. (...) En este libro, Gianello asume en totalidad su oficio de revelador, de medium agudísimo de nuestras realidades y nuestros estados más profundos. Es también, sin saberlo, premonitoriamente, un adiós definitivo”.
“El Viaje” fue escrito en memoria de Victorino De Carolis, quien como Ulises el navegante ya ha partido. El mar es nuestro río y todo es sombra y “silencio en la barranca, torre del lino, catedral del río, raíces despeinadas. Ni demonio ni delirio convocan al canto sucesivo que lamenta la orilla abandonada”. Sí, queda la orilla abandonada sin la presencia del poeta. Leoncio Gianello (hijo) hubiera cumplido 80 años el 2 de noviembre; vayan estas líneas como homenaje al querido “Copete”, vivo en su poesía y en nuestro corazón.

(1) Fragmento de “Tierra Entera”.
(2) “Domingo a Juan Ramón Jiménez”.


PÁGINA 8 – POESÍA ARGENTINA


RICARDO GUZMÁN
Jujuy-Argentina)

POEMA XXXVIII

Había un corazón desmemoriado
resbaladizo,
desalentado de ajenidad.

De tanto en tanto
en virtud
de ladrillos hambrientos
transparentaba
acuerdos previos.

Sabía
que era arriesgado
desnudar esculturas.

A veces
de tarde en tarde
como un sapo,
como un incendio,
se dispara de verdad
frente a mediodías de piedra.

El
no es otro.
Es,
el sol
que en Jujuy
baja en otoño.

NORA NANI
(Córdoba-Argentina)

HOGUERA

Como si una hoguera
viniera a destruirlo todo,
así,
con la limpia certeza del fuego,
voy huyendo de mis manos aterradas,
me dispongo a cubrir horas extras con los sueños,
le explico al gendarme que mi paso es efímero,
que me esperan otros calendarios y otras gentes
más allá de bullicio cotidiano,
le sugiero que mi prisa
es la calma del que olvida su último tren
y sin embargo
duerme en andenes corrompidos por la ausencia…
Sé que nada me espera
pero corro a su encuentro…
Me evado del incendio pero crezco en insensateces
hasta ser yo misma
la hoguera que me anuncia el futuro
la cita con el desconcierto
del que arde sin saber qué llama le corresponde.

MONICA VOLPINI
(General Pico-La Pampa-Argentina)

SER MUJER

Ser mujer es aprender a ser feliz
gozando desde las lágrimas que envejecen nuestro cuerpo.
Ser mujer es estar siempre preparada
para contrarrestar el azote interminable de los vientos.
Ser mujer es estar lista ante el abrazo de mil hijos
a pesar de nuestro amor ..  hasta el desprecio de esos hombres que nos aman desde su fatal infierno.
Ser mujer es decidir un día ser amada hasta el hartazgo…
Olvidándonos de odiar al que se aparta…
Ser mujer es de repente transformarnos en la amante más ardiente de la tierra..
junto a ese hombre  que algún día olvidaremos para siempre..
Ser mujer es aceptar esa injusticia de los vivos que nos consideran para la sociedad muertas.
Ser mujer es vivir un día eterno..
Es olvidarnos de las noches, de los sueños..
Es tener manos para acariciar y alimentar al hijo…al padre…a todo el universo entero..
Es imaginarse sonriendo en medio de las guerras..
Ser mujer es lograr ser a la vez hija, hermana, amiga,
padre, madre ,abuela y por momentos…perra!
" Ser mujer es lo más noble que jamás será premiado en esta tierra.
Es aquel mágico sentimiento que solamente nosotras..
alguna vez sentimos…acariciándonos
el vientre..al  dar gracias.
Por eso..
ser mujer… es acarrear la misión más perfecta de los tiempos.
Gritarle las gracias a ese Dios que a veces no oye,
dárselas  a la madre y a ese niño que mujeres nos hicieron,
hincando nuestras rodillas agotadas por la búsqueda
sobre ese lugar en el que algún día….
-adorando a nuestos hijos-..moriremos.

MARTHA OLIVER
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

REVERSO

Sigilosamente como el mar vence la roca
su original belleza de memorias y espinas,
de corales y pliegues que hablan del origen.
la parsimonia sádica del siglo da un rito de rompiente
su venenosa espuma
y allí donde amanece se inaugura un eclipse.

Quién es el asesino, el verdadero
Y quién el loco o el suicida
Quién es el poeta condenado por la palabra excesiva
Y el sueño inadmisible.

No hay más que una verdad
y es la metáfora:

Lo demás sólo un rito de infamia acorralada
un cielo insoportable para los ojos miopes
de un telescopio que no ha alcanzado a Dios.

No digas más...
Silencio...

Acaba de morir un niño
de este lado del mundo.
Una mujer clava un puñal
sobre el pecho partido
una herida más antigua que su edad.

Quién impulsa esa mano:
la tristeza innombrable.
la muerte aunque su muerte
nunca será la suya.

Silencio... hay muchas voces
de este lado del mundo.

No puedo oír el suave
crepitar del ángel.

MÁXIMO SIMPSON
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

TO BE OR NOT TO BE
                      
Yo quise ser un rojo violín desorbitado,
un ex abrupto eterno,
un jardín de magnolias o una tromba,
y sólo soy ahora profesor de nostalgias,
edecán del otoño pesaroso.

Yo quise ser el mar,
o tal vez quise ser lo que no quise,
un triángulo isósceles o un trueno,
o una momia egipcia
con su paz infinita, imperturbable.

Eso quise tal vez en mi constancia,
en mi apuro, en mi afán, en mi zozobra,
quise ser el revés, la mano izquierda,
el costado de mí, mi renegado,
y sólo soy mi tú, mi pobre mí,
un pronombre ya exhausto,
un posesivo huérfano, un despojado mi.

Eso quise tal vez,
y sólo soy ahora mi vecino,
apenas mi perfil, mi suroeste,
mi terco lateral:
estoy en la adyacencia limítrofe de mí,
y siento desazón, me extraño mucho.


PÁGINA 9 – CUENTO

CHARLES WARNKE
(Nueva York-Estados Unidos)

SAL CON UNA CHICA QUE NO LEE

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.
Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.
Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.
Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.
Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.
Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo continuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.
Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.
No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.


PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

HERNÁN SCHILLAGI
(Mendoza-Argentina)

ESTADO DEL TIEMPO

tranquilo que un viaje es solamente
una manera distinta de ver pasar las formas
hay un cuerpo sí una máquina hecha de velocidad
y el tiempo como un árbol que se trepa en otoño
para llegar hasta la cima y contar las horas amarillas
que cayeron quebradas en el camino

tranquilo me susurrabas y mis oídos
eran esa antena solitaria que recibía
cada palabra como un golpe eléctrico
como el choque de dos bocas en la oscuridad
como ese mensaje que atraviesa letra a letra una borrasca
y cuando llega a destino es otro diferente
porque toda comunicación debería ser un engaño

como lo ves estoy tranquilo aquí
he tomado la decisión de perderte y seguirte
en todos los pasos que dibujan un mapa
seguirte en cada desvío de la memoria
que se rompe como un vidrio opaco
que la distancia cambia de color
y al girar los pedazos trazan una rosa simétrica
una estrella de cinco puntas contra el sol
un sendero empedrado sin salida
para que el caleidoscopio dé la última vuelta
y enfrente sus tres espejos contra el vacío

tranquilo me pedías mientras de tu boca salía
la sombra de una historia donde hace mucho
un dios castigaba a los hombres quitándoles la posibilidad
de viajar en el tiempo con sus artefactos de metal y de fuego
pero hubo una revolución sin fronteras
entonces ese derrotado dios concedió entre dientes
que los viajes no tendrían regreso
tranquilo me dijiste que todo viaje es una excusa
para cambiar de tiempo y no de espacio

JEREMÍAS VERGARA

(San Martín de los Andes-Neuquén-Argentina) 

EL REY AZULADO CIRUELO 

La primavera llegó,
las pequeñas rojas azuladas hojas,
descansan por encima de ti
llena de vida.

Siempre estás mirando más allá
de las aún frías colinas,
bajo la protección de aquel parado a tu espalda.

Aquí las tierras son silenciosas,
pero tu arpa en la mañana,
acaricia las almas vivientes,
todos escuchan de ti.

Tus castaños y oscuros cabellos,
danzan con el viento ,
lo seducen enamorándolo,
con tu bella melodía,
aquella que él llevará,
por siempre donde quiera que vaya.

Tu canción vuela,
por las nevadas montañas,
por el azul y profundo charco de peces
aquel que esta a tu lado,
bajo la loma del rey azulado.
Aquel rey que con sus hojas caducas,
te da la sombra ,
amor de un árbol a tu lado.
Pero intranquila estas en espera
del desprecio que siente tu corazón por el hombre
qué esperas que no regrese,
sólo pides que la guerra se lo haya llevado,
pero esperando estas que la muerte pise tu lecho,
tu hogar, aquellas praderas de los juegos de tus niños.

Horroriza tu rostro la idea
de algo que tal vez nunca pase
pero no puedes escapar de tal.

Opción no tienes, pedir su poder mágico
marchar al reino entre los señores arbolados
pedir su suerte y protección
que jamás regrese de su profesión.

Pero ellos no pueden aceptar,
aceptar tu petición
el destino lo ha querido así.

En una oscura frustración,
te ahogas en el miedo,
la rabia consume tu espíritu bello mujer,
los árboles piden que te marches.

Tu odio marchita  a quien tienes a tu lado
que siente temor de ti
temor por ti ,
al ver que tu cabellos oscuros,
se tiñen de grises ancianos,
tu bella piel se arruga en jóvenes peldaños de la vida,
como la corteza de quien
sostuvo tu espalda en días del ayer.

Eres la mujer que tus retoños no anhelan,
tus niños ya no juegan alrededor,
tu ya no tocas el encordado para mi
el arpa ya no suena,
las laderas extrañan de ti blancas de luto,
el viento, ya no ha vuelto a rondar estos lugares.
Te veo partir, y te vas y me dejas,
el miedo fue, quien devoró  tus años en tristeza,
él nunca volvió,  sin embargo siempre le esperaste
una mala jugada de la vida y el pensamiento.

Sólo ahora descansas bajo mis pequeñas y azules hojas
bajo aquella fúnebre tierra, entre mis raíces,
bajo aquel manto rosado de mis hojas,
bajo tu ciruelo.

LAURA YASAN
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

hoy función hoy

como todos los días despierto sobre un riel
confundida en el rumbo de los trenes que parten
la fe con su martillo
pongo el cuerpo en la calle y espero de la suerte algún favor
otra vez cacería
el pecho una recámara de aire comprimido
besos de corto alcance
palabras que no llegan a matar
vuelvo a cargar y sale circo
monos amaestrados
pañuelos infinitos de la boca
me toca equilibrista sobre cable de fuego
campo minado rock ferretería
nunca me sale cisne ni princesa

LILIANA ANCALAO
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

AL MATE

de consuelo a punto
calabaza
mi rincón centrado en tu fogón amigo
otra vez conmigo
y vos... conmigo.

armazón apurado a la mañana
sorbo sorbo
despierto contra el frío
centinela desvelado entre los libros

rito de la yerba agua espuma
en el redondo hueco de las manos
voy siempre con vos
pequeño hermano

LUIS BENÍTEZ
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

SU PEQUEÑO TIEMPO DETENIDO

el automóvil que lo mató
se alejó seguro de sí mismo
y ahora duerme su sueño de motor
en un desaliñado garaje del suburbio

mañana le limpiarán la sangre
antes de ir a trabajar

el criminal no duerme sin embargo:
discute con su esposa el tema de la renta
se ha olvidado por completo del gato
que hasta que llegó la tarde estaba hecho
de músculos y encanto
de sanguinaria agilidad y de silencio

ahora en la lejana calle
sólo está hecho de tiempo detenido
y lo buscan las hormigas

que caminan siempre
por un desierto infinito
donde el agua escasea
pero abunda la comida

ese país escondido donde ponemos los pies

la calle sigue como siempre calle
como estuvo ayer como estaba

en la tarde de la muerte
como seguirá durante todos
los indefinidos mañanas

el cielo apenas más oscuro
apenas alguien solo
que cruza por la esquina

y de tanto en tanto otro automóvil
que busca algún ser vivo

sólo el gato cambió
o su mitad que es todo
lo que quedó en la acera

hoy que la muerte
ha capturado otro ratón


PÁGINA 11 – CUENTO

EDUARDO FRANCISCO COIRO
(Lomas de Zamora-Buenos Aires-Argentina)

LO IRREVERSIBLE
(De la estación Henderson)

Aparece una vez más la imagen de la placita frente a la estación Henderson. Él, un niño aprendiendo a andar en bicicleta y Reynaldo su hermano mayor corriendo a la par de su bicicleta para prevenir que no perdiera el equilibrio.
Cada tanto veían llegar al tren.
Fue en 1977 el último tren. En septiembre porque fue días antes de su cumpleaños. Se ve corriendo al costado del último tren que se va a Buenos Aires.
La gente que agita las manos por la ventanilla, sopla besos.
Se cerraba el tren. Se llevaron hasta los rieles. Había sido testigo en una tarde a la salida de la escuela del paso de esa máquina levanta vías que a su paso solo dejaba marcas de ausencia en el terraplén.

Tarde o temprano hay mucho pasado en la vida de cualquier persona.
De la universidad le quedo grabada aquella enseñanza que decía "la vida de las personas transcurre entre lo imprevisible y lo irreversible".

Y la ciudad de Henderson que se llama así en honor a Frank Henderson, el ciudadano inglés que desde su cargo en el Ferrocarril Sud completo las obras para que el Midland llegara a Carhué.

Frank Henderson que además jugaba al golf, al ajedrez y hasta tuvo tiempo en la vida para la fundación del club de golf en Mar Del Plata -El que pudieron conocer en aquellas vacaciones de familia en el 79-.

Después ocurrió lo irreversible, aunque aun hoy le cueste aceptarlo. Reynaldo fue sorteado para hacer el servicio militar en la Armada. Reynaldo destinado arriba del Phoenix CL 46.

El hombre se niega por un momento a llamarlo por su último nombre a ese barco de guerra. ¿Porque no lo hundieron los japoneses en Pearl Harbor?
Todo hubiera sido distinto, se ilusiona en vano, jamás hubiera llegado a ser el Crucero General Belgrano.

En algún limbo Frank Henderson golpea su palo de golf una y otra vez. Las pelotas se pierden al infinito cielo. Como en el azar, son un misil buscando el blanco.
Reynaldo sigue allí. En el barco, presintiendo o no lo que vendrá y sin poder cambiar el curso de las cosas.

El hombre preferiría que nada de eso hubiera ocurrido. Que la estación siga siendo estación de trenes. Que su padre no hubiera muerto de tristeza hace años.


Que a nadie se le hubiera ocurrido poner en la estación -ya sin vías- una terminal de ómnibus, y que a esa terminal la bautizaran con el nombre de su hermano, un héroe del pueblo hundido en el Crucero General Belgrano.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

ABEL ESPIL
(CABA-Argentina)

CERO MÁS CEROS
Dedicado  a Ema Arean


El devenir del tiempo,
acorrala el espiral
de mis sentidos.

Me escapó por claraboyas
ajenas,
huyendo del crepúsculo
final.

¿Soy cero más ceros ?

Me voy abroquelando entre piedras,
horadando el hueco final.

No tendré, ni  seré,
la luz del infinito .

Me llevará el viento tramontana...

JORGE VINITZKY
(CABA-Argentina)

LA VACA

A la sombra de un cartel
que no lee.
Rumiando la hierba
de un campo
que no conoce.
La vieja vaca vive su día.
Sin prisa.
Que fue vendida para faena,
que mañana será la muerte…
Son realidades que ignora,
en la inmediatez
de su universo nítido.
El tiempo de terneros,
de ordeñes, y cuidados,
se ha evaporado
en una niebla sin memoria.
En el paisaje resalta
el surrealista ajedrez
de su cuero…
Tal vez la alfombra
junto a un hogar,
para largas noches
de invierno.

LILI MUÑOZ OBEID
(Neuquén-Argentina)

Y LA VERTIENTE FLUYE

no   busco la vertiente
surge sola
fluye
difuma la pantalla
despedidas destierran otro día
otro más
entre el  norte y el sur 
un presente galopa
un  lugar en la tierra
alguno
uno cualquiera
destella el horizonte
y es la matria furtiva
la que calla la aurora.

ADRIANA AGRELO
(Avellaneda-Buenos Aires-Argentina)

DE VIAJES Y PARTIDAS

Una luna que está menguando
se cuelga de mi ventana
el viento aúlla una monótona canción
                                estoy de paso canta
                                siempre en fuga
mis raíces se amotinan 
quiero partir
danzar
aullar
antes que el otoño
me deshoje
que el viento arremoline
los restos
que el invierno
me detenga

ANAMARIA MAYOL
(San Martín de los Andes-Neuquén-Argentina)

ESTALLIDO

Diré árbol
aparecerá un bosque
que será sombra magia silencio
estallido

pero si digo lluvia
otoño
también diré mayo

diré un número
que será hoja seca
 muerte -renacimiento

final de un estallido que recomienza

y entonces diré mi nombre
siete veces mi nombre caducifolio

me llamaré a la vida
y pariré otro rostro

detrás del viento


PÁGINA 13 – RESEÑA

ÚNA FINGAL
(Barcelona-España)

Libro: RELOJES MUERTOS
Autora: EVA MARIA MEDINA


Tras leer la novela de Eva María Medina una duradera e inquietante sensación permanece en el interior, la de haber sido espectador de personajes existiendo en la no vida. Como así sucede con el protagonista, cuyo tiempo transcurre muerto.

La novela se desarrolla ante nuestros ojos a una velocidad fílmica, alcanzando cada uno de sus párrafos hondos pliegues del alma como la impresión recibida ante una buena película. Sirviéndose de una narrativa brillante y perspicaz, nos introduce en el culto al delirio. Porque el protagonista, desde su personal voz, nos habla de su propia incomprensión y caos existencial.

En esta historia abundan personajes atormentados con vidas desistidas y son ellos quienes acompañan ese tiempo muerto donde se suspenden sus existencias. Existencias de unos y otros mecidas por el vaivén de la temible esquizofrenia, mundo donde toda realidad coexiste absorbida por un vórtice coherente en su atroz vorágine, e incoherente para quienes observan en la comodidad del insolidario silencio al otro lado del espejo.

El delirio visto desde dentro, comprendido por nosotros los lectores, incomprendido por el narrador, nos ofrece un tratamiento del tema original y un exquisito ejercicio narrativo, de gran precisión, y de perfecto control sobre el relato.

El texto es una composición de poderosas imágenes al servicio de la metáfora, como en el caso del mimo en el Retiro, contemplado en secreto. Ellas nos hablan de prisiones y encarcelamientos emocionales además de suponer momentos de inflexión para el personaje. Porque es entonces cuando emerge ese Madrid distorsionado para él, hermoso para nosotros, concluyendo en un fascinante resultado de emociones contrapuestas.

Además, poderosas descripciones de entornos y personas refuerzan ideas y aconteceres de esta novela dotándola de una calidad literaria indiscutible. La autora sumerge a sus lectores en el complejo universo de una mente obsesiva, y confundida que se golpea a sí misma con cada suceso como el tictac de un reloj fanático, consiguiendo con ello, una tremenda sensación al pasar cada página, ¿pues qué esperanza tiene un reloj descontrolado? No demasiada.

De igual modo sucede con el protagonista, ¿qué vida tiene? Ninguna, pues es imposible vivir así. Sin embargo su corazón continúa latiendo como una máquina con el alma desencajada. Debe seguir avanzando pues, el alma confundida en los delirios de la mente y el cuerpo sin estímulos, incapaz de sentir. Por eso su tiempo transcurre muerto, como el de los relojes golpeados, cuyas manecillas a lo mejor siguen avanzando en torpes intentos desacompasados, porque en realidad sus mecanismos ya hace tiempo que están muertos. 



PÁGINA 14 – POESÍA AMERICANA

ALEJANDRO DELGADO
(Morelia-Michoacán-México)

PECADO ORIGINAL

se necesita ser
criatura de la oscuridad
para crear la luz del primer día

el séptimo día
Dios fue el doceavo jugador
y el lunes caudillo sindical

Dios creó la semana inglesa
para sabotear el ciclo de los mayas
y embriagarse a pierna suelta
los días de período menstrual
y nunca supo que los hombres
lo adorarían
como el más abstracto de los conceptos
ni que el tiempo es su trampa para la redención

Dios no ha aprendido
a reconocer que el demonio
es su eterna contradicción

ASPASIA WORLITZKY
(Lval-Quebec-Canadá)

HERMANO

Hoy te vi con la misma frescura,
en ese espacio de terreno
inmensamente verde,
en donde sopesábamos nuestros sacrificios.

Tenías el pelo azabache,
brillante hasta sin gomina,
caminabas presto,
yo llevaba dos trenzas
que me tiraban las mejillas.

Te gustaba Sinatra, te admiraba
porque cantabas en lengua desconocida,
también porque llevabas el estigma
del hermano mayor.

Así de simple, así de bueno,
caminábamos lentito por adolescencias ocres
de tanto sufrirlas.

No recuerdo cuando nos paramos en seco,
puede haber sido en aquella despedida
en el aeropuerto
con tanta guerra y tanto desaliento
tampoco me explico como los años
se nos fueron metiendo dentro.
Te examiné un día a través de mis intentos
de existencia exiliaria .
transformándote de golpe, la rabia desatada
te convertí en estatua perfumada de copihues,
te levanté en vilo y te sentí hasta las entrañas.

Tú eras el que cortó la leña
del bosque de eucaliptos,
que fabricó puentes para pasar
sobre el canal podrido,
el que cavó surcos y más surcos
en la tierra fértil y agrietada
con los terremotos del siglo.

Eras y no fuiste, hermano sudamericano.
Extraños en la noche,
inmensa noche en la que estoy perdida,
definitivamente lejos,
sin trinos de aves nuestras.
Nuestros trinos.
Hoy te vi… en la parcela. . .

ASTRID SOFÍA PEDRAZA DE LA HOZ
(Puerto Colombia-Colombia)

QUIEN LOS UNIRÀ?

Dios palpita en la fauna humana.
Yacen impregnadas en las cuerdas
Del arpa eoliana.
En sus notas, cuatro razas:
Rot, Aruc,  alasuv, lìbio.
Dos ríos filosóficos,
Desviaron sus rutas.
El Arcángel justiciero,
Armado de la espada y
Del rayo.
Prometeo, con fuego robado
Del cielo.

Micro…
Macro,
Afuera,
Dentro.
 Habitan dos magos,
Dos ríos, dos genios.
Se contradicen,
Combaten íntimos sentimientos.
Instituciones, bajo su influjo gobiernan.
Actúan por turnos,
Bajo el imperio de uno o del otro.

Siguen entretejidos como
Telar de arañas,
No fundidos como el beso.
Irreconciliables,
Invencibles.
¿Quién los unirá?
El amor…el amor
Expresó Jehová.

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

I

Parpadeos que rompen
la piel de la noche.

II
Náufragos milenarios en el mar del silencio.

III
Espejos de sueños del amanecer.

IV
Ventanas para que escape la noche.

V
Mapas de sueños para un corazón aeronauta.

CARLOS LOPEZ DZUR
(Orange County-California-Estados Unidos)

ELLA ES DONANTE Y RESGUARDO

      «Un tiempo que es lugar de acontecer original venidero del Dasein»:
      Martin Heidegger

... desde el pasado, Ella es quien mira
a puercos renunciantes de lo fiable,
el proyecto,
a lombriceros de olvido,
delimitadores, baratos
con quehacer oscilante,
los ve, la.rechazaron
y por Ella, su tiempo original
y dijeron que ha muerto
y no volverá, que no hay Mujer Donante
ovuladora ni réplica de Helios,
ni cemí de sol futuro,
que no es digna de sentarse en su dujo
ni dictar que exista rango elevado
por herencia o por mérito.
La olvidarán en favor
de otro economía y relación
de tribus / a ella que desde el pasado
ha donado para que tengan hembras,
placeres, consoladoras,
un mínimo de civilización
con hamacas al viento,
metates, yuca y el fuego comunal
en los bateyes y ella ella
todavía en dujo.


PÁGINA 15- CUENTO

ALEA SANAPÍ 
(Putumayo-Colombia)

Y EN SILENCIO NOS FUIMOS

Cuando iba a terminar el año viejo regresé a Mitú para recoger todo lo que allí tenía porque quería que apenas comenzara el año nuevo los poetas me enseñaran más palabras para poder estar segura de mí misma pero nadie quiso creerme que volvería al día siguiente a la ciudad donde había descubierto la poesía tú no te puedes ir me dijo Eloy agarrándome duro la mano por la muñeca y preguntándome qué me había pasado si yo sabía bien que mi mundo era la selva y que en la ciudad me perdería como sucede con los patiblancos que se van del nido tan pequeños y después no saben cómo volver y si acaso lo logran algún día sus padres ya están muertos de tristeza yo le dije que no que en la ciudad había descubierto la poesía y que un poeta me había dicho que mientras la poesía estuviera conmigo nadie podría hacerme daño y Eloy entonces mirándome a los ojos sin quitarme los suyos ni sus lágrimas me dijo qué es la poesía y yo le dije suéltame y te digo y él me soltó y le dije por ejemplo la poesía es una paloma blanca y él me llevó al palomar y dijo toma tenla para que no te vayas pero no me entendía que la poesía no era una paloma blanca de verdad sino de eso que se siente cuando uno dice o escribe paloma blanca y traté de explicarle y él me dijo estás loca y así no puedes irte y yo le dije no yo no estoy loca la poesía puede ser también algo sin nombre y él se quitó el sombrero y se secó las lágrimas y dijo que lo que hubiera que hacer para conseguirme poesía él lo haría porque él me quería y no quería que me fuera y yo le dije mira eso por ejemplo puede ser poesía quererme pero dejarme ir que puedes seguir queriéndome aunque yo me vaya y nunca vuelva y él se quedó en silencio y yo el silencio lo sentí poesía y entonces fui yo quien le cogió la mano pero suave y se la acaricié y puse mis ojos bien firmes en sus ojos y le dije me voy de nuevo a la ciudad y si un día tú descubres lo que es la poesía allá te espero pero eso sí te advierto que casi todos los poetas de la ciudad me aman y que yo amo a todos y sólo vine para despedirme yo no creo que vuelva y si tú vas te quedas pero tienes que decirme ahora mismo si estás interesado en la poesía o si sólo me quieres a mí para vivir conmigo y tener hijos y eso yo no lo quiero lo que quiero es aprender muchas palabras que aquí nunca se dicen y que si se saben mezclar son poesía y él me dijo que cuáles por ejemplo y yo empecé a decirle como si fuera una cascada de palabras necoclí salsipuedes dónde pajarito ulalume presagio ventolera feijoa pasamanos ayúdame armadillo gaviota dulceabrigo y yo notaba que a medida que iba diciéndole las palabras que a mí me parecían poesía él iba quedando hipnotizado y me quería más y yo decía por ejemplo risa y a él le brotaban carcajadas del sombrero y si yo pronunciaba la palabra tranvía él sacaba la lengua y se ponía la mano en la cintura y si nombraba paranoia él se lleva la mano al corazón y así estuvimos yo diciéndole palabras locas y él haciendo mil cosas que parecían palabras con las manos y los ojos y el cuerpo y el sombrero y el pelo que florecía lleno de patiblancos perdidos en el vuelo hacia nunca y fue cuando me dijo quiero irme contigo porque ya entiendo y siento qué es la poesía y yo le dije a ver dime palabras que sean poesía y él me dijo no yo no puedo hacer poesía con palabras porque yo aún no conozco la ciudad yo siento mi poesía en el aire de las manos y en cómo me da el sol sobre la cara o me resbala el agua por el pensamiento y yo quedé petrificada porque yo no sabía que de esa clase también podía ser la poesía y le acepté que se fuera conmigo a la ciudad y así nos fuimos los dos al día siguiente en un avión sin decirle nada a nadie porque sabíamos que si contagiábamos a todos con la poesía todos querrían irse con nosotros y el pueblo entonces qué para qué decir pueblo si es caserío más bien aldea pequeña casa de toda la familia y cuando ya estuvimos en el pueblo grande los poetas salieron a recibirnos pero cuando me vieron llegar con Eloy se disgustaron y dijeron que yo no podía traer pareja porque todos me amaban y que Eloy se tenía que devolver y Eloy les dijo no señores yo sé lo que es la poesía y ya tengo derecho de estar aquí con ella y les dijo la poesía no son sólo palabras y les dio explicaciones y demostraciones con sus manos y con sus miradas y con la manera de andar por entre el gentío y todos se quedaron asombrados y acordaron que lo dejaban siempre y cuando con su manera de poetizar no enloqueciera a nadie y ni siquiera se habían dado cuenta que yo ya estaba loca por Eloy y que era mejor la poesía del silencio que la de las palabras y en silencio nos cogió el año viejo cruzando al año nuevo y en silencio nos fuimos nunca supimos para donde. 



PÁGINA 16 –  CUENTO

SERGIO FABIÁN SALINAS
(Distrito Federal-México

PARA UNA TEORÍA DEL VACÍO

Me observa con ojos donde la fiebre, la locura y el sueño convergen. Está tirado en la vereda; lleva un traje antiguo, como robado de una fiesta de pueblo de hace décadas. Hay viejas lluvias en ese traje. 
–Señor –me dice–, entrégueme por favor esta carta. 
Sus palabras son lentas. No alcanzo a distinguir si es un pedido, un ruego o (¿por qué no?) una orden. Me alcanza un sobre amarillento. Lo coloco en mi portafolios, entre los cientos de papeles que llevamos los profesores. Para tranquilizarlo le digo que sí, que está bien, que apenas salga del trabajo llevaré su carta. 
No me dice a quién. Tampoco se lo pregunto. 
Pasan los días. Una tarde, mientras me dispongo a corregir unos exámenes, reencuentro el sobre. Sonrío. Lo dejo a un costado. Una hora más tarde, después de enmendar el enésimo ejercicio de Lógica, empiezo a pensar en él. 
Salgo a la calle, pero sé que ya no voy a encontrar al mendigo. 
Vuelvo. No me animo a abrirlo. Sé que allí hay un papel que debe de tener una confesión que me excede. Sé que esas palabras guardan las claves de una vida. 
Para tranquilizarme, coloco el sobre en un libro. Es una medida absurda. Pasan los días y sueño con cartas infinitas, con hojas fantasmales que cruzan los distintos pueblos del país y nunca llegan a tiempo. Comprendo que todos los libros de mi biblioteca giran en derredor de ese tomito que contiene la carta. Giran como estrellas en derredor de un vacío que, sin  prisa ni pausa, los devora. 
Comienzo a escribir esta carta para que alguien la entregue a un destinatario que no conozco.


PÁGINA 17 – CUENTO

MIRIAM CAIRO
(San Nicolás-Buenos Aires-Argentina)

¿SE MUERE DE ESO?

En esta rodaja de longitud del planeta el disco se ha acabado. El baile terminó. ¿Se muere de eso?
Las nubes femeninas tienen hijos tormentosos. Es un momento difícil, como para salir huyendo.
Tu mano escribe, en sueños, palabras que nadie dice. Ensaya un proceso de fragmentación geométrica, una escritura que se zurce a sí misma y se contempla. Sólo se necesita tu corazón para entenderlo.
No escuchás otra cosa. Cuando parece que oyeras algo, no escuchás nada. Ni las risas, ni los motores de los autos, ni las hojas que caen del árbol, ni el traqueteo de los tacones en la vereda, ni el golpeteo de la lengua en el placer. No estás acostado, no lográs hacerlo. Una cama no es siempre una cama. Se puede morir de eso.
Los edificios ya no tienen forma de edificios. Sobre ellos hay una nube negra y no se parecen a nada conocido. Los edificios dejan en sombras todo lo de abajo. Es posible que recuerdes tu miedo. Como te acordás de la piel y de la suavidad dorada que todavía no has tocado. Es extraño el recuerdo.
Cada día te sorprende más esa capacidad de recordar todo lo que sucederá en el futuro. Se puede vivir por eso.
Dejás que las palabras lleguen por iniciativa propia. El sexo como una daga que busca muerte y no encuentra. La daga lustrosa no se atreve a matar.
Tiembla oscura y sola. Te quedás bocarriba en la cama y soñás fracciones de segundos cortados hasta el infinito por el puñal infinito.
Aunque parece que oyeras no escuchás que alguien recita versos de Machado.
Versos que ya han sido repetidos y no volverán a aparecer por propio impulso. No escuchás pero sabés que hay tantos versos como personas existen.
Versos pequeños como un dolor en el corazón. Versos que han transmutado la realidad.
Desde donde estás, la única banda sonora es la del silencio. La calle tiene comportamientos nocturnos. Con cualquier pretexto dejás entrar en tu recuerdo el fuerte aroma de la noche recalentada por la luna. Los que habitan en esa calle, en esa casa, en ese recuerdo, tienen algo difícil de evitar.
Estiradas sombras contra un furor posible. No se puede hacer nada sino dejar que el cuchillo se hunda cada vez más en su recuerdo. No es tu culpa que desees la muerte y la vida al mismo tiempo, en la misma franja horaria, en esa rodaja del planeta. El amor podría comenzar allí: en estiradas sombras contra un furor posible.
Cerrás los ojos como un ciego. Estás solo en tu imagen. Con tus manos de escribir palabras que ya nadie escribe sostenés el músculo que tiembla.
Alrededor del hueso ese sueño que se llama nosotros tiembla. Habrías podido no nombrar el mundo, ni soñar el sueño, ni extender los brazos bajo una media luna. Incluso habrías podido no dar pasos en una pista de baile pero la música del recuerdo es continua, de único flujo, es la inmensidad. Y el corazón está tan abierto que se escucha el roce continuo de la ciudad contra la ventana, justo ahora que estás tendido en la cama bocarriba.
En este preciso instante, sobre esa faz de la tierra decidís no eternizarte solo en este planeta que gira solo. Te ponés de pie como un árbol y caminás por toda la habitación dando un paso hacia la luz y otro hacia la sombra, con el puñal desnudo deseoso de matar y morir.
No existe ninguna razón para excluirte de muchas cosas inciertas que están por venir.
Luego, de repente, vuelven los ruidos de la calle a mezclarse con esa música americana y con la suavidad y con la desesperación de la felicidad de la carne que sueña. Poco a poco se convierte en algo como una sinfonía, y a la vez en un canto personal, hecho a la viva imagen de una intemperie.
Tal como siguen las cosas, todas las películas que has visto no te sirven de nada. Todos los libros que leíste no te sirven de nada. Todas las canciones que escuchaste no te sirven de nada. Ese adjetivo donde crecía hierba no sirve de nada. El puñal desea matar y morir con los ojos abiertos. Se puede morir de eso. Morir hasta la delgadez atómica y juntar el polvo de los huesos, lejos de la ciudad siempre invisible, siempre exterior. Sólo se necesita tu corazón para entenderlo.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

ELVIRA ALEJANDRA QUINTEROS
(Cali-Colombia)

13. 
La edad
La edad.
Toda ella el dibujo del labrador. El doblez de la roca. La tentación de ignorarla.

Podría valerme de la escena frente al espejo pero entonces quedaría por fuera el resto de la casa, esa condición de desorden que se levanta persistente contra el anhelo de perfección, el triunfo del sol sobre los rincones más escabrosos.

La edad. La insoportable incongruencia entre lo que fue y lo que queríamos que fuera.
La repentina esperanza de empezar de nuevo y con otro nombre a discurrir en otro universo.
Tapar. Eso no fue.
En cambio lo que ocurrió sigue intentando elevarse sobre su condición de fracaso, haciendo gestos casi imperceptibles debajo de la voz, de la mirada, debajo, debajo.

Fascinada por el deseo de belleza y completez la casa se levanta adornada, amada
Dispuesta a ser recorrida por alguien que no ha visto la angustia que acomodó las piedras y las protegió definitivamente de la mirada del mundo. Debajo, debajo. Para que la casa fuera acogedora y alegre, confortable.

Allí la edad. El nombre mismo.

FRANK  PADRÓN
(Pinar del Río-Cuba)

BUSCAVIDA

No te confíes
agradece si acaso
este inusual momento débil
para escapar de mí.
Ya lo sabes:
me gano el pan
vendiendo el sexo
Me da igual cualquier cosa
No sé si luces bien o mal pues yo no miro eso
Mujer, hombre, travesti
Pasivo o no
Viejo, gordo o delgado
(siempre, claro, que pagues)
eso, claro, resérvatelo:
ante los colegas soy siempre el gallo padre
tampoco reveles honorarios
contigo voy a ser considerado
porque me caes bien y ando sin un centavo
mas para todos soy de tarifas altas
(competidores, clientes potenciales)
ahora, eso sí
voy a llevarte al cielo.
Soy traicionero y sucio
ladrón ocasional (si no hay segundas partes)
te olvido desde el mismo momento en que me acuesto
no creo en los amigos
y tan sólo me excita el azul (mejor verde) esplendor
del dinero
pero vas a pensar
en esa hora
que soy el amante más fiel y cariñoso
te voy a hacer feliz desplegando mi(s)l encantos
si es necesario, incluso, te digo que te amo
y después, en la calle, cuando te vuelva a ver
difícilmente me acuerde
de tu nombre.

ANTONIO PRECIADO BEDOYA
(Esmeraldas-Ecuador)

NACHA

Tenía la voz delgada
de planchar esa misma canción
todas las tardes.
Cuando se le quemó,
y con canción y todo la enterraron,
la tierra estuvo triste
y se pasó la noche
en el fondo de un charco
croando con las ranas.

RUI CAVERTA
(México DF-México)

AUTOBÚS

Subió una anciana
y reniega.
Le grita al chofer,
a los pasajeros.
Me emociono,
al borde de las lágrimas.
Esta mujercita tan horrible,
con sus manos temblorosas,
su piel manchada
y su boca con la que reniega
a un mundo demasiado chico
para sus dolores,
se parece tanto a mi abuela
fallecida hace poco.
Tan mismo su carácter.

CARMEN HERNANDEZ PEÑA
(Ciego de Ávila-Cuba)

LENGUAJE DE ADULTOS


Me gustan las películas de asesinos en serie que matan con taladro y hachuelas. En el fondo siempre hay el crimen y el castigo y hasta una pobre Lizaveta Ivanova que ni la come ni la bebe, pero termina al fin con el cráneo partido, en un delicioso mar de sangre. También las de paranormal activities en las que no sabes quiénes son los vivos y los muertos. Y las de tsunamis, terremotos y aviones incendiados, que me suben la adrenalina y disparan todos los sistemas de señales grabados en mi genoma. Cuando terminan sin el decimonónico The End —casi fuera de uso—, le hago un guiño a la pantalla y tuerzo el labio a medias como Lauren Bacall porque en ninguna su horror alcanza al mío.


PÁGINA 19 – ENSAYO

RODOLFO ALONSO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

BORGES SE COPIA

Primero me pareció de no creer, casi imposible sólo atreverme a imaginarlo, y cerré y guardé el libro de inmediato, avergonzado de mí mismo. Pero fui y busqué el otro. Lo abrí. Era evidente. No podía creerlo.
Después, tan intrigado como para volver a cerciorarme, los fui a buscar de nuevo, juntos. Los hojeé. Y allí estaba, imposible negarlo. La frase, las palabras y los signos exactos que componían esa frase están allí, prácticamente idénticos. En ambos libros.
Me quedé confundido. En semejante autor eso no podía ser un ardid ni una minucia, ni mucho menos un simplísimo error. Eso a cualquiera iba a pasarle, pero no a El.
Presa de cierto pánico, me arrojé desconfiado pero ansioso a las aguas insondables de la memoria digital, para indagar en esos archivos confusos e infinitos alguna prueba, algún testimonio, algún otro. Algún otro que también se hubiera dado cuenta. Pero no, no había nada. Y tuve que aceptar lo ya evidente: una y otra frase son exactamente iguales.
Se me ocurrió buscar en la primera edición de sus obras completas, que conservo con su firma insegura, de ciego. Si había sido un desliz, allí podría haberlo subsanado. No fue así. Todo seguía igual. Y el hecho resultaba, pues, flagrante. Tan flagrante como impenetrable, en su enceguecedora nitidez.
Porque se trataba de Borges, ese escritor que ejerce el adjetivo como el torero su estocada final. Un escritor en cuya entera obra casi no se repite una palabra. Una obra que congenia exquisita modestia con la exigencia más altiva.
Pero aquí están las pruebas. Y tenía que ser en el justamente memorable cuento “El Sur”, que cierra a toda orquesta ese libro, Ficciones, donde empezó a consolidar su nombre. En la segunda parte que subtituló (precisamente) “Artificios” y fechó en 1944, puede leerse lo siguiente: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Es bello, es preciso, es justo, es tocante. Pero veamos.
No mucho tiempo después –nada menos que en El aleph, libro que como es sabido apareció originalmente en 1949, pero en uno de los cuatro cuentos que le agregó según su Posdata de 1952–, puede leerse en el relato “El hombre en el umbral”, esta otra frase que su personaje Pierre Ménard (¡quien crea el Quijote como por primera vez!) bien pudiera haber reclamado como suya, pero que mi flaca memoria insiste en reiterar del todo semejante a la primera: “Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
¿Qué hacer frente a eso, frente a una cosa así? ¿Yo, descubrirlo en eso, a El? Y peor aún: ¿quién iba a creer que Borges se había copiado literalmente a sí mismo, que había repetido en dos cuentos de temas y asuntos diferentes, casi letra por letra, signo por signo, la misma frase similar? ¿Quién podía imaginar que El, nada menos que Borges, no había hecho de esa repetición una trampa para incautos sino que, directamente, o se le había escapado o tanto le gustó que fue a sabiendas?
Por si fuera poco, además de ese autocitarse, ¡repetirse!, en ambos cuentos también son similares, aunque no ya tan idénticas, las frases precedentes. Donde se cambia de situación y de contexto, pero el protagonista sigue siendo básicamente el mismo. Y hasta con idéntica, o casi idéntica función.
Dice en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo”. Y dice en “El hombre en el umbral”: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo”. Sólo que aquí intercala, antes de la frase que vimos reiterada en ambos casos, esto acaso imprescindible: “Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia”. Lo cual agrava el hecho. O insisto, me parece, puede ser: también lo embebe de ironía.
Nunca sabremos con exactitud, del todo, a ciencia cierta, qué lo movió a El a esa jugada. Nunca sabremos si no se dio cuenta (cosa impensable, aterradora) o, como todo pareciera indicar, lo hizo adrede, a propósito. ¿Y entonces, Borges, estoy diciendo Borges, no tuvo otro remedio que recurrir a la reiteración porque sintió que era el momento justo para hacerlo, que precisamente esas palabras debían estar de nuevo allí?
¿O acaso fue el justo momento el que le demandó, a El, que era eso lo que debía insertarse en ese punto? ¿Lo que correspondía, ahí? ¿Se le puede haber escapado, a El, algo como eso? ¿Lo hizo ex profeso? ¿Quiso demostrarnos que lo de Pierre Ménard seguía siendo, como siempre lo fue, nunca una burla ni una zancadilla sino una demostración, una evidencia?
¡Maten a Borges!, dicen que les gritó Gombrowicz a sus escasos seguidores locales, cuando logró escapar, después de décadas, de su empantanamiento en Buenos Aires, proa a la Europa que iba también a consagrarlo.
¿Maten a Borges? Probablemente una metáfora, una alusión, un símbolo. De cualquier modo, estoy seguro, ni soy yo ni esta leve digresión quien va a lograrlo.
Pero se lee en “El Sur”: “En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
Y al leer “El hombre en el umbral” ineludiblemente El también dice: “A mis pies, inmóvil como una cosa, se acurrucaba en el umbral un hombre muy viejo. Diré cómo era, porque es parte esencial de la historia. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia”.
El mismo caso de que ambos libros sean de escritura consecutiva en pocos años, de 1944 a 1952, primero uno, después el otro, no resuelve el asunto. Es más, lo agrava. Si la reiteración se hizo a propósito, el mismo hecho de ubicarla en su obra inmediata ostenta la honestidad de ofrecernos una pista, demostraría la inocencia con que lo hizo.
Pero también nos deja, al hacerlo, lo nunca imaginado: que El no llegó a darse cuenta. Que no lo percibió, cosa inaudita. ¿Y no se dio cuenta, si así fue, a lo largo de toda su vida? ¿Y en cada reedición de dichos libros? ¿Y en sus obras completas? ¿Reeditadas una y otra vez? No, si lo hizo, lo hizo a sabiendas. Y si no se dio cuenta, peor aún.
¿Matar a Borges? Díganle a Pierre Ménard.


PÁGINA 20 – CUENTO

PATRICIA FIGURA
(Santa Fe-Argentina)

CAMBIO DE PLANES

Idas, vueltas, idas, vueltas…..pensar en círculos, vivir en círculos, soñar en círculos, llorar en círculos…. Con la incapacidad visceral de fijar una meta y lograrla yendo en línea recta hasta el final.
Y eran tantos los que de manera directa o indirecta esperaban una decisión, un rumbo, un “por fin sabemos hacia donde apuntamos”
Nadie debería “colgar” su vida de las determinaciones ajenas, sin embargo es una disección casi imposible en algunos aspectos.
Un grupo de amigos.
Cada uno con sus encrucijadas.
Cada uno involucrando tangencialmente a otros destinos, otras personas otros derechos a la paz…. A la certidumbre.
Una enfermedad repentina, cruel, agotante….para el que la padece tanto como para los que rodean a la victima.
Encrucijada con decisiones rayando en lo cruel, persona mayor, sin familia propia, poco querible, pero ser humano al fin, familiar, no se podía abandonar, tampoco sostener financieramente,  ellos mismos siendo adultos con hijos a cargo no podían hacer frente a las demandas de tiempo y dinero que exigía el prolongado tratamiento.
¿geriátrico pagado con la magra jubilación?, ¿interminables horas de trámites para conseguir los medicamentos que solo demorarían el triste final? ¿Qué se encarguen otros? ¿Quiénes?.
Angustia laboral, malas finanzas, mala suerte, malas personas aprovechando un hecho desgraciado del destino.
Urgiendo un cambio inevitable, soltar el trabajo que se hizo sangre en las venas durante casi treinta años, cuando se esta cansado, no se ve claro, el árbol inmediato tapa todo un bosque…y en medio de las decisiones el sufrimiento familiar ante la inseguridad, ante el no saber cómo hacer frente cuando el torrente de gastos propios de vivir siguen su curso aumentando invariablemente su caudal.
El amor y la tentación tironeando de ambos brazos de una sola persona.
La tentación que se volvió amor?
O es la imposibilidad de compartir al antojo de ambos todo el tiempo disponible lo que hace tan fuerte el vínculo?
Un tira y afloja que deteriora, agota, cansa….los enoja tanto entre ellos como con sus familias respectivas.
Esporádicos momentos robados a la vida estructurada de cada uno, a la lealtad de quien confía, a la credulidad que supieron ganarse de quienes están a su lado, hacen que el calvario se sostenga día a día.
La piel que aprendió lo que era arder….no se conforma con menos.
Al menos no mientras exista quien provoque tal sensación.
¿Cómo se termina con el dolor de sostener lo insostenible? ¿Después de la tormenta siempre vuelve la calma? ¿Se puede retomar la vida que se tenía antes de conocer un mundo de sensaciones distintas? ¿Se pueden acallar las voces sibilantes que endilgan cobardía a quien solo evita lastimar más de lo que cree estar haciéndolo?
Una carrera universitaria eternamente inconclusa.
Excusas permanentes para la falta de voluntad frente a los libros.
El estigma grabado a fuego de que el “no se puede no existe”.
La negación de entender que por más que una profesión te guste y mucho, no sos capaz de atravesar el camino para lograrlo.
Culpa. Por el tiempo perdido, sin reconocer que nunca lo es.
Por lo invertido económicamente.
El famoso “si llegué hasta acá”.
Y la infelicidad atemperada por horas de terapia, placebos, discursos de seres queridos que intentan ayudar.
Diferentes dilemas, todos importantes para el que los lleva como pesada mochila al hombro.
Somatizaciones.
Preguntas y repreguntas.
Charlas entre amigos para apalear el nudo en el pecho, la imposibilidad de suspirar fuerte para expulsar la angustia que genera la incertidumbre.
El que espera desespera…. Es cierto. Cansa. Enferma.
Porque una vez que la decisión está tomada…. el miembro queda amputado, la gangrena se detiene, se aprende a vivir con la determinación que se tomó sabiendo que el abanico es imposible de mantener abierto para siempre.
O vamos hacia la derecha.
O a la izquierda.
O al frente.
Asumiendo que en cada una de las decisiones perdemos las otras.
Sino, hay que resignarse a vivir en un círculo que no tiene fin.
Ni paz
No hay dolor que no se encapsule
Y a veces…. Si uno está muy convencido de que lo que decidió fue con la mejor intención posible, pensándolo, y eligiendo desde el corazón, la tranquilidad y la felicidad llegan….y también si se mantiene fiel a lo que dicta el alma ese ser que estaba dolido, aprende a disfrutarlas sin culpas ni facturas pendientes




PÁGINA 21 – CUENTOS BREVES

JORGE M.TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe Capital-Argentina)

ENTRE DUDAS Y CERTEZAS.


No hay diagnóstico para ninguna de las dos hermanas. Están graves y hasta los mismos médicos se preguntan quién morirá primero. Todos los estudios son negativos. Pero ellas se están muriendo. Y finalmente mueren juntas –el mismo día y a la misma hora- como buenas gemelas.


Está seguro: este año se graduará de médico, rendirá la última materia y le entregará el diploma. No importa qué haga con él su abuelo. Y si lo abraza o no. Él, simplemente, tirará todos los libros y se irá para siempre. Tiene la certeza de que en Somalía necesitan enfermeros.


Soy Juan Sin Tierra, hijo de Enrique II y Leonor de Aquitania, hermano de Ricardo Corazón de León. Desde niño, escribo, y así como para mi hermano la espada es su gloria, yo me refugio en la pluma. Entre guerras y Cruzadas él es elegido rey de Inglaterra. Y cuando el trono me llega, pienso en lo que el pueblo espera de mí. Escribo entonces la Carta Magna para los nobles y –sin una gota de sangre derramada- confío en que la historia me dé un hábeas corpus de perdón.


Los dos dudan en responder. ¿Acaso está escrito que deban hacerlo? No han firmado nada. Sin embargo, hoy los vienen a buscar los gendarmes: están acusados de haber liberado la malicia en el barrio, la concupiscencia, la desconfianza. Ambos se miran sin entender nada. No obstante, les muestran unos papeles en blanco y les ponen esposas.


Le han traído de las Indias dos pares de primorosas medias tejidas con hilos de telas de araña. Son tan suaves como la piel de un niño. Las mira, las toca y finalmente, por las dudas que estén contaminadas por los bárbaros de esas tierras, Carlos III las tira al fuego.


Hoy abriré el álbum familiar y veré si es cierto. No creo que las fotos digan más que las palabras que alguna vez oí detrás de una puerta. ¿Cómo develar el misterio de las genealogías? Mi abuela dice que su padre era hijo natural del mulato Bernardino Rivadavia, en cuyo caso, yo sería chozno de él. ¿Por eso tengo los labios guesos y el pelo ensortijado? Por un lado me hincho de orgullo: desciendo de un presidente. Por el otro, me inquietan los orígenes. Y el pelo ensortijado.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

MONICA IVULICH.
(Nueva York-Estados Unidos)

POR QUE ESCRIBO

Escribo porque los dedos me llevan a ello
Surge una idea, como zumbido de mosquito
y solo se aplaca entre las letras multiformes
Escribo porque las palabras son déspotas
 
quieren salir de mi mano y lo hacen como sea,
porque son terminaciones de mis neuronas
producto de millones de sinapsis ininterrumpidas
tiranas y plebeyas al mismo tiempo, las letras.
Además, me hacen revivir momentos, paisajes
evocar personas, inventar personajes, historias…
tocarte el corazón, provocarte una sonrisa…
Tan lindas las letras que me deleito con ellas,
creando palabras, o sueltas, abalorios tornasoles
en frases y poesías forman collares de armonía.
Con ellas, atravieso las galaxias de tus pupilas…
Con esos signos prodigiosos atenúo mis sentidos,
encumbro mis aptitudes y bendigo tu ternura.
Hermosos son los caracteres para crear mi destino
coincidir con tu destino y viajar al tiempo futuro.
 
Por todo esto y por razones interminables: escribo…
Sobre todo porque es mi forma de ser y de llegar
 
de llegar a mi libertad, a mi amor propio y al tuyo,
alcanzar verdades y delirios, concretar las musas,
de dar rienda suelta a mis pensamientos y quimeras.
Esos fonemas siempre me llegan como flores etéreas
haciendo de mi vida un admirable paraíso ilustrado
 
y, en ese vergel, me permiten ser un pequeño dios
 
creando todo el Universo que me rodea y te rodea
creando una historia propia que te incluye y nos une.
¿Cómo no amar la literatura? ¿cómo dejar de escribir?
Las letras son alas de mis emociones y fantasías
que, vistiéndose de poesía, me permiten volar.

JENNY LONDOÑO.
(Quito-Ecuador)

CAMINO SIN FIN

Este camino que no termina nunca
ni lleva a punto alguno soñado o conocido 
cubierto de letreros, de señales y símbolos
me regresa incesante al punto originario

Un ave sobrevuela mi espacio y me confunde
¿Es un sueño inconcluso que persigue mis horas?
¿Quién marca mi destino? ¿Quién retiene mis pasos?
¿Soy yo la que decide mi viaje o soy un títere?

¿Hacia dónde camina la multitud insomne?
¿Quién elabora códigos de la vida y la muerte?
¿Qué mano me maneja con hilos indelebles?
¿Qué se esconde detrás del ruido intermitente?

Mi mundo es inclemente, es camisa de fuerza
me arrastro como todos, para salir del cieno
me lavo, me acicalo, parece que estoy viva,
pero siento que muero y me hundo en el caos.

Me marcho, me diluyo involuntariamente,
estiro las cadenas tratando de romperlas,
no soporto las garras de los dueños del mundo
de los tan exitosos jerarcas de lo humano.

Enfrento a los mesías que viven de la renta
de sus palabras pérfidas, que pretenden llevarnos
con un cabestro al cuello y, un bozal que silencia,
a postrarnos en tierra para adorar estatuas.

Rechazo a los que llevan un letrero de odio
anunciando la muerte, los castigos eternos,
y a los que minimizan el poder de la mente
y nos lanzan recetas y consejos que hieren.

El mundo es inclemente, no nos da ni un respiro
mi certeza es que muero cada instante del día,
y sueño con ser diosa de un mundo primitivo,
donde otro dios no pueda borrarnos la memoria.

ALEJANDRA ZARHI GARCÍA
(Santiago-Chile)

CORAZÓN ATORMENTADO

Mientras tú duermes.
yo lloro, sufro.
Solo finges quererme
es costumbre de tenerme.
No concibo tanta frialdad
de parte de tu corazón.
No puedo creer, que prefieras
estar con otra, a estar a mi lado.
¿Hasta cuando mataras
este amor que te he profesado?
¿Cuál   es la causa, de humillarme
y prefieres estar mal acompañado?
Voy a cerrar la compuerta
de este corazón pintado de tormentos.
No tienes piedad, y solo sabes
reírte de todo lo que te dado.
No merezco tus burlas,
no te sigas riendo,
pues solo recibirás, el peor
de los castigos que nunca te han dado.
Si me amaras de verdad,
vendrías a mi lado.

MARIANELA PUEBLA
(Valparaíso-Chile)

LA IMPACIENCIA

La impaciencia corre desenfrenada calle abajo,
no puede detenerse, se ha quedado sin mando.
Le falta el aire. Está sofocada,
no escucha, su prisa la lleva a una calle fatal,
a las mismas puertas del abismo.
Es sólo un atado de espigas en la boca del viento
que la empuja sin darle tregua.
Pero la impaciencia no puede detenerse,
tomar aire y pensar,
dar un tiempo a la reflexión
que es una  buena consejera.

Por eso, comete tantos errores,
pierde amigos y momentos inolvidables.
Juzga sin titubear,
toma decisiones en instantes acalorados,
pierde hasta la cabeza y vive en un constante
movimiento de ebullición que la lleva
por  caminos nebulosos,
espejismos traicioneros,
brazos que la encadenan.

La impaciencia por alocada
está en medio de conflictos,
y cuando se detenga,
si es qué algún día puede tranquilizarse,
sabrá por fin, que  es la causa de todo su mal,
que la  empuja la mayoría de las veces
en decisiones desbocadas
hasta el borde del indeseable precipicio.

GRACIELA GUERRERO GARAY
(Las Tunas-Cuba)

BURBUJAS ROJAS 

¿Será cierto que el amor se muere,
allá donde el tiempo se lo traga?
¿Puede ser que el silencio que lo hiere,
ignore todo y lo deshaga? 
Tal vez una gaviota enamorada
tenga la piel picada con burbujas.
Grito salvaje que sale de la nada,
puñales secos, malditos por las brujas. 
Extraño el maremoto de pasión,
tejiendo rojos agujeros sin pecado.
Aquel beso, primero al corazón,
que me hizo mujer de lado a lado. 
¿Dónde está el sol que calentaba,
las voraces horas de locura?
Un reloj agoniza en la aldaba,
cruel espasmo sin voces que murmura.  
Maldición de los modos y traiciones.
Juego impuro de cuerpos atraídos,
con burbujas rojas, camaleones
por la envidia del sexo poseídos. 
Silencio absurdo, inerte del olvido.
Metástasis de óxidos calientes,
satánico pudor enardecido
con viejas escupidas entre dientes.


PÁGINA 23 – CUENTO

FERNANDO SORRENTINO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

LA LECCIÓN

Después de terminar mis estudios secundarios, conseguí empleo como oficinista en una compañía de seguros de Buenos Aires. Era un trabajo en extremo desagradable y se desarrollaba en un ambiente de personas atroces, pero, como yo tenía apenas dieciocho años, no me importaba demasiado.
El edificio constaba de diez pisos, que eran recorridos por cuatro ascensores. Tres de ellos estaban destinados al uso general del personal, de las jerarquías que fueren. Pero el cuarto ascensor, alfombrado en rojo, con tres espejos y decorado especialmente, era para empleo exclusivo del presidente de la compañía, de los miembros del directorio y del gerente general. Esto significaba que sólo ellos podían viajar en el ascensor rojo, pero no les vedaba utilizar los otros tres.
Yo nunca había visto al presidente de la compañía ni a los miembros del directorio. Pero, cada tanto, veía —siempre desde lejos— al gerente general, con quien, sin embargo, jamás había cambiado una palabra. Era un hombre de unos cincuenta años, de aspecto «noble» y «señorial»; yo lo consideraba como una mezcla de antiguo caballero argentino y de honestísimo juez de algún tribunal supremo. El pelo entrecano, el bigote recto, la sobriedad de sus trajes y lo afable de sus maneras habían hecho que yo —que, en realidad, aborrecía a todos mis jefes inmediatos— sintiera, en cambio, cierto grado de simpatía hacia don Fernando. Así lo llamaban: don más el nombre de pila y sin mencionar el apellido, a medio camino entre la aparente familiaridad y la veneración debida a un señor feudal.
Las oficinas de don Fernando y de su séquito ocupaban todo el quinto piso del edificio. Nuestra sección se hallaba en el tercero, pero a mí, como el empleado de menor importancia, solían mandarme de un piso a otro con recados. En el décimo piso sólo había empleados viejos y de mal humor, y mujeres feas y enfurruñadas; allí funcionaba una especie de archivo donde, cinco minutos antes de retirarme de la empresa, yo debía entregar indefectiblemente unos legajos con los resúmenes de todas las tareas realizadas en el día.
Cierto atardecer, y habiendo ya entregado esos papeles, yo esperaba el ascensor en el décimo piso para retirarme. Por eso, ya no estaba en mangas de camisa: vestía el traje completo, me había peinado, ajustado la corbata y mirado en el espejo; tenía en la mano mi maletín de cuero.
De pronto, apareció a mi lado el mismísimo don Fernando, también él en actitud de esperar el ascensor.
Lo saludé con sumo respeto:
—Buenas tardes, don Fernando.
Don Fernando fue más allá; me estrechó la mano y me dijo:
—Mucho gusto en conocerlo, joven. Veo que ha terminado una fructífera jornada de labor y ahora se retira, en busca del merecido descanso.
Aquella actitud y estas frases —donde me pareció percibir cierto matiz irónico— me pusieron nervioso. Sentí que me ruborizaba.
En ese momento se detuvo uno de los ascensores «populares» y la puerta se abrió automáticamente, mostrando su interior desierto. Yo, para impedir que la puerta se cerrase, mantuve oprimido el botón, mientras le decía a don Fernando:
—Adelante, señor. Después de usted.
—De ninguna manera, joven —repuso don Fernando, con una sonrisa—. Entre usted primero.
—No, señor, por favor. No podría hacerlo: después de usted, por favor.
—Suba, joven —había alguna impaciencia en su voz—. Por favor.
Este «por favor» fue pronunciado con tal perentoriedad que debí tomarlo como una orden. Ejecuté una pequeña reverencia y, en efecto, entré en el ascensor; detrás de mí entró don Fernando.
Las puertas se cerraron.
—¿Va al quinto piso, don Fernando?
—A la planta baja. Voy a retirarme de la empresa, igual que usted. Creo que también yo tengo derecho al descanso, ¿no es cierto?
No supe qué responder. La presencia, tan cercana, de aquel magnate me incomodaba en extremo. Me dispuse a soportar con estoicismo el silencio que seguiría por nueve pisos hasta la planta baja. No me atrevía a mirar a don Fernando, de manera que clavé los ojos en mis zapatos.
—¿Usted en qué sección trabaja, joven?
—En Dirección de Producción, señor —ahora acababa de descubrir que don Fernando era bastante más bajo que yo.
—Ajá —pasó índice y pulgar por el mentón—, su gerente es el señor Biotti, si no me equivoco.
—Sí, señor. Es el señor Biotti
Yo detestaba al señor Biotti, que me parecía una especie de imbécil presuntuoso, pero no di esta información a don Fernando.
—Y, a usted, el señor Biotti ¿nunca le dijo que debe respetar las jerarquías internas de la empresa?
—¿Có-cómo, señor?
—¿Cuál es su nombre?
—Roberto Kriskovich.
—Ah, un apellido polaco.
—Polaco, no, señor: es un apellido croata.
Ya habíamos llegado a la planta baja. Don Fernando —que estaba junto a la puerta— se hizo a un lado para dejarme bajar primero:
—Por favor —ordenó.
—No, señor, por favor —repuse, nerviosísimo—, después de usted.
Don Fernando me clavó una mirada severa:
—Joven, por favor, le ruego que baje.
Amedrentado, obedecí.
—Nunca es tarde para aprender, joven —dijo, saliendo el primero a la calle—. Voy a invitarlo a tomar un café.
Y, en efecto, entramos —don Fernando primero, yo después— en la cafetería de la esquina y yo me encontré, mesa por medio, frente al gerente general.
—¿Cuánto hace que usted trabaja en la empresa?
—Empecé en diciembre del año pasado, señor.
—O sea que ni siquiera hace un año que trabaja aquí.
—La semana que viene se van a cumplir nueve meses, don Fernando.
—Pues bien: yo hace veintisiete años que pertenezco a la empresa —y me clavó otra mirada severa.
Como supuse que esperaba algo de mí, meneé la cabeza tratando de mostrar cierta admiración contenida.
Extrajo de un bolsillo una pequeña calculadora:
—Veintisiete años, multiplicados por doce meses, hacen un total de trescientos veinticuatro meses. Trescientos veinticuatro meses divididos por nueve meses da treinta y seis. Quiere decir que yo soy treinta y seis veces más antiguo que usted en la empresa. Además, usted es un empleado raso y yo soy el gerente general. Por último, usted tiene diecinueve o veinte años años, y yo tengo cincuenta y dos. ¿No es así?
—Sí, sí, por supuesto.
—Además, ¿usted está siguiendo alguna carrera universitaria?
—Sí, don Fernando: estoy estudiando Letras, con orientación en griego y latín.
Esbozó un gesto como de sentirse agraviado por estas palabras. Dijo:
—De todos modos, hay que ver si llega a terminar la carrera. En cambio, yo soy doctor en Ciencias Económicas, graduado con notas altísimas.
Incliné la cabeza y separé un poco las manos.
—Y, siendo esto así, ¿no le parece que merezco una consideración especial?
—Sí, señor, sin duda.
—Entonces, ¿cómo se atrevió a entrar en el ascensor antes que yo…? Y, no conforme con semejante osadía, en la planta baja salió antes que yo.
—Bueno, señor, no quise ser impertinente ni pecar de tozudo. Como usted insistió tanto…
—Que yo insista o no insista es asunto mío. Pero usted debió darse cuenta de que bajo ninguna circunstancia usted podía entrar en el ascensor antes que yo. Ni tampoco salir antes que yo. Y, mucho menos, contradecirme: ¿por qué me dijo que su apellido es croata si yo le dije que era polaco?
—Es que es un apellido croata: mis padres nacieron en Split, Yugoslavia.
—No me interesa dónde nacieron ni dónde dejaron de nacer sus padres. Si yo digo que su apellido es polaco, usted no puede ni debe contradecirme.
—Disculpe, señor. No lo haré nunca más.
—Muy bien. ¿De modo que sus dos padres nacieron en Split, Yugoslavia?
—No, señor, no nacieron allí.
—¿Y dónde nacieron?
—En Cracovia, Polonia.
—¡Pero qué raro! —don Fernando abrió los brazos, en gesto de asombro—. ¿Cómo, siendo polacos sus padres, usted tiene apellido croata?
—Es que, debido a un conflicto familiar y judicial, mis cuatro abuelos emigraron de Yugoslavia a Polonia; y en Polonia nacieron mis padres.
Una enorme tristeza ensombreció el rostro de don Fernando:
—Yo soy un hombre mayor, y creo que no merezco ser tomado en solfa. Dígame, joven, ¿cómo se le ocurre fraguar tan descarado embuste? ¿Cómo se le ocurre que yo podría creer en esa fábula tan descabellada? ¿No me dijo antes que sus padres habían nacido en Split?
—Sí, señor, pero como usted me dijo que yo no debía contradecirlo, admití que mis padres habían nacido en Cracovia.
—Entonces, sea como fuere, usted me ha mentido.
—Sí, señor, así es: le he mentido.
—Mentir a un superior constituye una enorme falta de respeto y, además, como todo dato falso, atenta contra la buena marcha de la compañía.
—Así es, señor. Estoy de acuerdo con todo lo que usted dice.
—Me parece muy bien, y hasta estoy por valorarlo un poco, al verlo tan dócil y razonable. Pero quiero someterlo a una última prueba. Hemos tomado dos cafés: ¿quién pagará la cuenta?
—Para mí será un placer hacerlo.
—Ha vuelto a mentir. A usted, que tiene un sueldo muy bajo, no puede causarle ningún placer pagarle el café al gerente general, que, en un mes, gana más que usted en dos años. Entonces, le ruego que no me mienta y que me diga la verdad: ¿es cierto que le gusta pagarme el café?
—No, don Fernando, la verdad es que no me gusta.
—Pero, pese a que no le gusta, ¿está dispuesto a hacerlo?
—Sí, don Fernando, estoy dispuesto a hacerlo.
—Entonces ¡pague de una vez y no me haga perder más tiempo, caramba!
Llamé al mozo y pagué los dos cafés. Salimos —don Fernando primero, yo después— a la calle. Nos hallábamos frente a la verja del subte.
—Muy bien, joven. Debo dejarlo. Sinceramente, espero que haya interpretado la lección y que ésta le sea muy útil para el futuro.
Me estrechó la mano y descendió por la escalera de la estación Florida.
Ya dije que ese empleo no me gustaba. Antes de que terminase el año, conseguí un trabajo menos desagradable en otra empresa. En esos últimos dos meses en que me desempeñé en la compañía de seguros, vi alguna vez a don Fernando, pero siempre desde lejos, de manera que nunca volvió a impartirme otra lección.


PÁGINA 24 – POESIA AMERICANA 

yanarys VALDIVIA MELO
(Ciego de Ávila-Cuba)

Identidad

Soy hija de Kali, hermana de Changó.
Nací pulsando instrumentos de cuerdas,
sonidos agudos que mi oído no alcanza a percibir,
pero el ritmo está en mi sangre.
No soy hija de Yemayá, hermana de Agni.
No nací escuchando tambores,
toda la percusión que se me ocurra.
No nací aquí,
aunque el ritmo esté en mi sangre.

ARABELLA SALAVERRY
(San José-Costa Rica)

NO ME CONTENGO

No me contengo
vivo entre rasgaduras
lanzas y corona de espinas
irredenta violenta piel violento silencio

No me contengo
pájaro sin alas emplumado lagarto
herido animal oquedad inconclusa
desecho de desastre
violenta piel

Así me vivo
muriendo desde la vida
cotidianas muertes
y en ajena presencia de la mía

MARGARITA MUÑOZ
(Chihuahua-México)

MI TERRITORIO

Ven
aquí te necesito

En esta tierra
tu cuerpo es lo único habitable

Déjame estar
bajo tu sonrisa
enredada en tu cintura
riendo y sudando
Sin hablar de amor…

GUSTAVO PEÑALOSA CASTRO
(México D.F.-México)

2

que jamás el destino, comprendiéndome mal,
me otorgue la mitad de lo que anhelo
y me niegue el regreso
Robert Frost


Un par de ojos (familiares),
como manos de cristal reflejan
involuntariamente
el tacto sutil de las imágenes.
Germinan hojas en el tronco hueco de otro tiempo
–Escuchamos el diminuto retumbo de su fuga
(el potrillo y ese aire que peina su carrera)
Nos quedamos quietos por el recuerdo:
"fuera de la verdad, todo parece frágil"
y apuramos el último sorbo
de la tarde con su olor a dísel.
Alguien quiso brindar por los ausentes
los que estuvieron ahí, sentados, tantas veces
antes que nosotros fuera nuestra voz
en la deshabitada intimidad de la última palabra.

MARILIA PIMENTA GONÇALVES
(Petrópolis-Brasil)

Há flores de lótus
nos longínquos olhos
profundos lagos
abertos para a luz
onde a vida reflecte
por instantes
pensar que nos traduz.
Irmãos além da seiva
alem do sémen
mais longe que a distancia
é a fusão
da memória dos dias da infância
meu irmão.
Dias passados escrevem-nos a história
que há-de contar-nos para além do fim
imagens que pertencem à memória
não só de ti nem de mim!
Mas a todos aqueles que moldaram
uma estrela polar na nossa mão
em nossos peitos pra sempre
semearam
continuação!...
Aqueles que partindo, em nós ficaram
meu irmão.


Hay flores de loto
en los ojos distantes
profundos lagos
abiertos a la luz
donde la vida nos refleja
por instantes
piensa que nos traduce..

Hermanos más allá de la savia
más allá del semen
más allá de la distancia
donde se han fusionado
los días de la memoria de la infancia
mi hermano.

Días pasados escribimos la historia
que han de contarnos más allá del final
imágenes que pertenecen a la memoria
no solamente tuya o mía!

Pero a todos aquellos que moldearon
una estrella polar en nuestras manos
en nuestros pechos para siempre
generarán
continuidades.

Aquellos que partiendo, estaban en nosotros,
mi hermano.



PÁGINA 25 – CUENTO

LILIANA COLANZI
(Cornell-Estados Unidos)

ALFREDITO

Una vez, cuando era niña, vi matar a un chancho. Era verano. Las moscas se lanzaban contra los cristales. Me gustaba masticar hielo, y en las tardes subía al balcón con un vaso rasante de cubitos a observar al vecino, don Casiano, serruchar muebles viejos en su patio. Pero no ese día. Apenas me apoyé en la baranda un chillido me golpeó de frente. Don Casiano machacaba al bicho a martillazos. El chancho aullaba –¿o gruñía? ¿o bramaba?– y corría por su vida, la mitad de la cara destrozada, pero estaba atado por el cuello al carambolo y la soga solo le permitía dar vueltas frenéticas y cada vez más cortas alrededor del árbol. Don Casiano se paraba de vez en cuando para limpiarse el sudor con la manga de la camisa y darle una nueva calada al pucho que le asomaba entre los labios. Solo tenía que esperar a que el chancho pasara corriendo a su lado para rematarlo con otro martillazo en el lomo o la cabeza, y entonces el chancho tropezaba y caía sobre sus patas y volvía a levantarse gimiendo y arañando el suelo. Según mi nana Elsa, que sabía de estas cosas, debió haber sido en ese momento cuando se me metió el susto, la ñaña, la cosa mala, porque desde entonces me convertí en una criatura nerviosa, llorona, impresionable. Dicen que con el susto a veces también viene un don: la clarividencia, por ejemplo, el ver sin haber visto. Pero todo eso estaba ahí desde antes. Lo que es, vuelve, solía decir mi nana. Yo creo más bien que todo comenzó con la muerte de Alfredito.
Mi nana Elsa era la nieta de una india ayorea. Mi abuela se había encargado de sacar a Elsa del monte cuando era jovencita, pero años de vida en la ciudad no habían podido sacar al monte de adentro de mi nana. Una de las costumbres que había heredado de sus antepasados nómadas era el gusto por masticar los piojos que extraía de mi cabeza cada vez que yo era víctima de una nueva epidemia en el colegio. ¡Qué torazo!, gritaba muerta de delicia cada vez que encontraba un macho alfa en mis cabellos, y sus dedos ágiles y fuertes apresaban al intruso para colocarlo entre sus dientes, donde lo reventaba de un golpe de mandíbula. Mi madre aborrecía estas prácticas.
Precisamente el día en que me enteré de la muerte de Alfredito, mi nana Elsa me estaba limpiando la cabeza de piojos y yo me quejaba a los gritos. Mamá apareció en la puerta de la cocina, precedida por el clic clac de sus tacos.
¡Elsa me está lastimando!, chillé, deseando que mamá la retara, pero ella no me hizo caso. Tenía la vista clavada en el piso, como si se avergonzara de algo.
Alfredito se murió, dijo mamá, y solo entonces las manos gruesas de Elsa aflojaron los mechones de mi cabello. Me reí, mareada, porque era la primera vez que alguien me traía noticias de un muerto, y porque el nombre no admitía equívocos.
¿Alfredito Parada Chávez?, pregunté, como si hubiera otro.
Alfredito era el más chiquito de la clase. El profesor de música lo adoraba porque tocaba el piano de maravillas; en todas las otras materias estaba a punto de aplazarse. La semana anterior, cuando la Vaca, la profesora de lenguaje, pasó lista de asistencia con su voz rasposa (“Parada Chávez, Alfredo”), Alfredito había contestado “Presente y parada, profesora”. Yo no entendí el chiste, pero a Alfredito lo mandaron –¡una vez más!– a la Dirección a hablar con el hermano Vicente. Alfredito debía conocer de memoria esa oficina.
Le dio un ataque de asma anoche, dijo mamá. Dicen que estuvo jugando hasta tarde en el patio, con semejante aguacero, y se fue a dormir mojado. Nadie se dio cuenta en su casa. Tita lo encontró en la madrugada, boqueando. Morado. Cuando lo llevaron a la clínica ya no respiraba. Se murió esta mañana.
Me largué a llorar. Elsa me abrazó.
El velorio es a las siete, dijo mamá. Y dirigiéndose a Elsa: Que se bañe y se cambie, yo voy a pasar a recogerla a las siete menos cuarto. Si llama Cuculis, decile que me fui donde Michiko.
Cuculis era mi tía; Michiko, la peluquera japonesa. Elsa subió conmigo al cuarto.
Ay, Señor, qué maldad tan grande la tuya, suspiró. Apenas un niñito.
Yo ya me había olvidado de que estaba llorando, y mi imaginación se esforzaba por capturar la enormidad de lo sucedido. ¿Dónde podría estar Alfredito? ¿En el cielo o en el infierno, o acaso su espíritu vagaba por el mundo? ¿Lo sabría ya el hermano Vicente? ¿Y la Vaca? Elsa encendió la ducha: ráfagas de vapor huyeron flotando por encima de la cortina. Me quité la ropa y la arrojé al piso. Apenas me encontré desnuda, un miedo repentino hizo que corriera a cubrirme con la toalla. Ahora que había muerto, ¿era posible que Alfredito pudiera escurrirse hasta mi cuarto y observarme? No hay secretos para los fantasmas y no quería que Alfredito –que tenía la costumbre de espiar a las chicas de intermedio en los vestidores del colegio– me viera chuta, por más que fuera un fantasma bueno.
¿Qué juéee…?, dijo Elsa.
Nada, respondí, porque todo era de pronto muy difícil de explicar, y tirando la toalla salté bajo el agua que caía.
En algún lugar, en ese mismo momento, el cuerpo de Alfredito –demasiado pequeño incluso para sus diez años: un cadáver de alasitas– comenzaba a descomponerse, a agusanarse. Hacía apenas un mes, durante la excursión que hicimos los de quinto a Samaipata, Alfredito sacó de la mochila una botella de licor de frutilla que había robado en el pueblo. La bebimos a escondidas mientras el viento aullaba en los cerros. Cubierto con un pasamontañas, el guardia de las ruinas nos mostró el lugar donde los incas hacían sacrificios humanos. Las almas de las víctimas todavía sobrevolaban las piedras. Algunas noches bajan hasta acá naves espaciales, dijo el guardia, señalando el cielo azul metálico. La Vaca opinó que solo la gente ignorante y vulgar creía en esas cosas. El licor nos había dejado a los chicos las bocas manchadas de rojo, pero no sentíamos nada de lo prometido. Den vueltas, ordenó Alfredito cuando bajamos hasta la planicie donde estaba el esqueleto de la avioneta abandonada, y nos pusimos a girar en medio de los remolinos de viento. Entonces el licor de frutilla disparó algo en mi cerebro, me hinchó el pecho y la garganta, y el cielo se abrió de repente en una espiral gigante. Reía. Todos reíamos. ¿Ven, cojudos?, decía Alfredito corriendo a lo loco en dirección contraria al viento con los brazos abiertos. Claro que veíamos. Esa noche, espoleada por el licor, Yeni trepó hasta mi cama y, aprovechando que la Vaca roncaba con la boca abierta unos metros más allá, me dio un beso torpe y húmedo en los labios, mi primer beso. Después explotamos en risas…
Y ahora tenía que acostumbrarme a la idea monstruosa del cadáver de Alfredito listo para ocupar su lugar en el cementerio, donde comenzaría su lento viaje hacia la podredumbre. Alfredito, me daba cuenta, había dejado de ser el niño corriendo en el campo con los brazos abiertos; ya era otra cosa. Sus padres, ¿tendrían miedo del cadáver de Alfredito? ¿Serían capaces de tocarlo, de besarlo?
Elsa abrió la cortina un par de veces para asegurarse de que me lavara bien la cabeza; en casa habían descubierto mi aversión hacia el champú y decían que esa era una de las razones por las que la epidemia de piojos no se me curaba nunca. Elsa lo había probado todo, desde peinarme con un peine de hueso de dientes apretados hasta bañarme la cabeza con vinagre. Era igual: cada día encontraba en mis cabellos nuevos huevitos translúcidos que reventaba entre sus dientes.
Elsa, le pregunté mientras me trenzaba el pelo, ¿adónde se van los muertos?
Los muertos nunca se van, me contestó con la boca llena de grampos.
Iba a hacer más preguntas pero justo nos interrumpió mamá, que llegaba olorosa a peluquería. Camino al velorio, mamá me advirtió que había faltado a su cena de señoras por mi culpa. Pero esto es importante, dijo. Luego me contó que Alfredito había nacido con un defecto en el corazón y que era un milagro que hubiera llegado a los diez años. Sus padres sabían que podían perderlo en cualquier momento y por eso lo habían consentido tanto.
¿Y Alfredito sabía que se iba a morir?, pregunté, desconfiada, porque Alfredito era el bromista de la clase, el que nos había puesto los apodos por los que ahora nos conocían, y de ninguna manera podía entender que alguien fuera riendo hacia su propia muerte.
Él era un niño, dijo mamá, como si esa fuera una respuesta.
Llegamos al velorio. Costaba creer que el cadáver de Alfredito fuera capaz de convocar a tanta gente. En el salón vi al hermano Vicente rascándose la narizanga, irreconocible con la barba recién afeitada y sin los tirantes que le sujetaban la panza, y a las madres de casi todos los de quinto. En el centro de la sala, bajo un crucifijo que derramaba su luz de neón hacia nosotros, estaba el ataúd de Alfredito disimulado entre los ramos de flores. Era un cajón blanco y  pequeño, hecho a su medida, casi un barquito. El olor maduro de las flores lo anegaba todo y daba un poco de asco.
Mamá buscó las sillas del fondo del salón. Escuché a alguien contar en susurros que la madre de Alfredito estaba todavía en el hospital, recuperándose de la impresión. Unas filas más adelante vi a Yeni, sentada junto a su madre, la costurera coja a la que le decíamos la Tullida. Yeni llevaba cintas violetas en el cabello húmedo y un vestido de pechera cuadrada que seguramente le había hecho la Tullida. Cuando me vio me hizo señas para que nos encontráramos en la calle. Afuera descubrimos a Pupa y Felipe sentados en los escalones de una fotocopiadora. La muerte de Alfredito nos daba un aire de suspenso y algo parecido al entusiasmo, como si esperáramos la sorpresa en una fiesta de cumpleaños. Había algo chocante y raro en estar reunidos un día de semana a esa hora, vestidos como para una fiesta, rodeados de adultos y crucifijos, y por causa de Alfredito.
Hace poco llegó la Vaca, dijo Felipe. Estaba con su marido.
¿La Vaca tiene marido?, gritamos nosotras al unísono.
Tiene, dijo Felipe. Es un petiso que no le llega ni a los hombros.
Y en vez de decirle Magda le debe decir Muuuuugda, dijo Yeni, y todos nos reímos.
Ese era un chiste de Alfredito. Nos gustaban los chistes.
¿Qué le dice un jaguar a otro jaguar cuando se encuentran en la selva?, siguió Yeni. Jaguar you.
Felipe y yo nos reímos, pero Pupa parecía ausente. A Pupa la habían encontrado encaramada en el confesionario con Alfredito, besándose. Los habían suspendido por una semana, y a Pupa el incidente le había dejado una fama que la hacía repulsiva y misteriosa por partes iguales. Tenía la voz ronca y unos ojos castaños maravillosos. Sus padres se habían divorciado en una época en la que nadie se divorciaba, y la gente decía que a la madre de Pupa le gustaba la pichicata. A mí nadie me quería explicar lo que era la pichicata, así que llegué por cuenta propia a la conclusión de que se trataba de un juego de mesa, como la loba o el cacho, de esos que hacían que las mujeres regresaran a la casa trasnochadas y con el aliento a whisky.
¿Lo entendiste?, le pregunté a Pupa.
¿Qué…?
El chiste, sonsa, reprochó Felipe.
Anoche se me apareció Alfredito, dijo Pupa de repente.
Qué hablás…, dijo Felipe.
Es verdad, insistió Pupa. Vino en sueños. Yo no sabía que se había muerto. Tenía los ojos rojos y la cara hinchada. Daba miedo.
No se juega con esas cosas, Pupi, dijo Yeni, de pronto muy seria.
Pero no es juego. Yo lo vi. Quería decirme algo. Estaba sufriendo. “¿Qué tenés?”, le pregunté. “No me gusta acá, no se puede respirar”, me dijo, y se agarró la garganta. “Decile a los otros que me esperen”.
Mentirosa, dijo Yeni, enojándose.
Estaba por añadir algo cuando vimos frenar en seco un Fiat negro a la puerta de la funeraria. De su interior bajó una mujer alta, imponente, arrasadora. La madre de Alfredito. Tenía la cara de alguien que se ha detenido a contemplar por mucho tiempo una visión destructora, y en su dolor había algo salvaje y vivo. Una señora gorda emergió de la otra puerta del auto e intentó arrullarla, pero la madre de Alfredito la apartó de un empujón y corrió hacia el interior de la funeraria. Escuchamos su grito desde la calle: de sus pulmones salió el chillido de un halcón.
Entonces corrimos hacia el interior de la sala como persiguiendo una tormenta. La madre de Alfredito había caído de rodillas frente al ataúd, en medio de las flores nauseabundas. Un hombre calvo y triste que debía ser el padre de Alfredito se inclinó sobre ella y, sujetándola por la espalda, la obligó a levantarse y se la llevó casi a rastras.
Vamos a ver a Alfredito, me susurró Felipe, señalando la pequeña procesión de gente que se había detenido a contemplar la escena y que ahora esperaba su turno para desfilar frente al ataúd. Eran casi todos vejestorios que se persignaban cuando les tocaba el turno de orarle al difuntito. Me puse en la cola detrás de Pupa. Su cabello olía a champú BubbleGummers. ¿Podríamos ver el cuerpo de Alfredito? Me acordé de la historia que mi nana Elsa me había contado una vez, sobre un tío al que se lo llevó el diablo en cuerpo y alma. El tío de Elsa había vendido su alma al diablo a cambio de una casa para su madre, que era anciana. El diablo le dio poderes. El tío de mi nana podía despertar en otras partes del mundo con solo desearlo. También sabía hacer trucos. ¿Querés comer?, le decía a mi nana, y metía una piedra en una bolsa vacía de yute. Cuando Elsa abría la bolsa, la encontraba rebosante de papas o camotes. ¿Querés ver una víbora?, le decía, y arrojaba el cinturón al suelo, y apenas tocar la superficie se convertía en una culebra que huía ondulando de la habitación. Un día se murió de una enfermedad fulminante. Cuando los parientes alzaron el ataúd para llevárselo, se dieron cuenta de que estaba liviano como una cáscara. Entonces lo abrieron y se encontraron con que en el interior solo había unas cuantas piedritas negras. A mí la historia me había causado pesadillas y  mamá había amenazado a Elsa con botarla de la casa si seguía inventando disparates.
Ahora, en el velorio de Alfredito, haciendo fila para verlo, me pregunté si su ataúd estaría vacío o si encontraríamos ahí al cadáver. Si yo me muriera, pensé, no me gustaría nada que vinieran a espiarme. Presentí que a Alfredito tampoco le gustaría lo que estábamos haciendo, pero también supe que él entendería. Necesitábamos verlo. Cuando llegó nuestro turno, nos persignamos frente al ataúd y fingimos rezar un padrenuestro. Pero lo que en realidad queríamos era acercarnos lo más posible al cajón para comprobar si Alfredito estaba muerto de verdad. La llama de un cirio temblequeaba en el piso de cerámica. Los ramos de flores estiraban hacia nosotros sus brazos vegetales. El ataúd tenía una ventanita en la parte superior, como si el muerto precisara echarle un último vistazo al mundo que se le clausuraba, y esa ventanita estaba abierta para que la gente pudiera asomarse a la cara del difunto. La luz de neón del crucifijo refractaba sobre el cristal, pero entre los reflejos distinguí la fina nariz de Alfredito. Sus fosas nasales estaban taponadas por dos gruesas bolas de algodón. Me pareció ver que las aletas de su nariz se inflaban y desinflaban, como si se esforzara por respirar a pesar de las dos gruesas bolas de algodón que taponaban sus fosas nasales. Pupa me pegó un codazo y me miró con esos enormes ojos suyos, desmesurados. Yeni y Felipe observaban el vidrio con la boca abierta. El ataúd vibraba y se estremecía con la respiración rítmica y profunda de Alfredito.
Alfredito, ¿dormís?, dijo Pupa.
En ese momento la cruz de neón centelleó sobre nosotros con la intensidad de un diamante. El salón, la gente, el ataúd, las flores, nuestros propios cuerpos asombrados: todo levitó en un solo haz de luz iridiscente. Era como si la vida nos abandonara para luego relumbrar en una visión que nos dejó rebosantes, inundados.
Un momento más tarde un par de ancianas impacientes, vestidas con el hábito violeta del Señor de los Milagros, nos hacía a un lado llorando sobre sus rosarios. Nos miramos unos a otros con la bruma de lo que habíamos visto estallando en los ojos, y entonces supimos que Alfredito iba a volver.


PÁGINA 26 – ENSAYO

CLOTILDE GIANELLO
(Santa Fe-Argentina)

SAN JUAN DE LA CRUZ 

14 de diciembre
«Figura señera de la Orden carmelita. Gran asceta, místico y poeta, insigne doctor de la Iglesia. Admirado por creyentes y no creyentes. Juan Pablo II lo eligió para realizar su tesis doctoral y lo declaró patrono de los poetas»

La admirable existencia de Juan de Yepes, este excepcional carmelita, aclamado en el mundo entero, considerado con toda propiedad «el más grande de los poetas de lengua castellana», es una heroica gesta de amor a Dios desde el principio hasta el fin de la misma. La ascética tiene en él a uno de los preclaros ejemplos de lo que significa la entrega genuina; es una de las figuras más representativas de la mística que han pasado por esta sección de ZENIT. Creyó a pies juntillas que todo aquel que ofrece su vida por Cristo la salva, y no se arredró haciendo de su acontecer un admirable compendio de renuncias y sacrificios amén de sufrir el desdén de algunos de los suyos. Dios le alumbró siempre, y en particular, en el momento más álgido de su oscuridad.
Sus padres, Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez, tejedores de profesión y residentes en Fontiveros, Ávila, España, recibieron con gozo a este segundo de los tres hijos que conformarían la familia, cuando nació en 1542. Su padre y su hermano sucumbieron a causa del hambre. Una gran y trágica escuela para el santo. Al enviudar Catalina, quedaron en una situación económica de gran precariedad, y para tratar de contrarrestarla, primeramente se estableció con sus hijos en Arévalo, Ávila, y después en Medina del Campo, Valladolid. Gracias a la caridad ajena, Juan pudo formarse en el colegio de los Niños de la Doctrina, a cambio de prestar su ayuda en la misa, entierros, oficios, y pedir limosna. En 1551 la generosidad de otras caritativas personas le permitió continuar estudios en el colegio de los jesuitas. Tenía que hacer un hueco para trabajar en el hospital de las Bubas, donde se atendían a los afectados por enfermedades venéreas, hasta que decidió convertirse en carmelita. De haber continuado con los jesuitas posiblemente hubiera tenido otras opciones más ventajosas para él y para su familia, pero tomó otra vía, la que estaba destinada para él.
A sus 21 años había sido un alumno ejemplar y tenía la base idónea para ingresar en la universidad salmantina. Era profeso cuando comenzó sus estudios en ella en 1564. Allí contó con excepcionales profesores de la talla de Francisco de Vitoria, fray Luís de León y Melchor Cano, entre otros, y tres años más tarde se convirtió en un consumado bachiller en Artes. El año 1564 fue significativo en su vida. Aparte de haber sido prefecto de estudiantes, fue ordenado sacerdote y conoció a santa Teresa de Jesús. Hacía años que practicaba severas mortificaciones corporales iniciadas siendo alumno de los jesuitas, y al ingresar en la Orden carmelita pidió permiso para continuar realizándolas. Hombre de intensa oración, amaba tanto la soledad que, en un momento dado, no descartó ser cartujo. Ya llevaba grabado en su espíritu la preciada convicción que nos ha legado: «A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición».
La santa de Ávila, que había oído hablar de su virtud, lo reclamó para que le ayudase en la reforma carmelitana que pensaba llevar a cabo. Él, que había tomado el nombre de Juan de Matías, lo reemplazó entonces por Juan de la Cruz. Muy impresionada al conocerlo, Teresa no tuvo duda de que estaba ante un santo. Él la acompañó y fueron parejos en la heroica entrega y ardor apostólico. Juan dejó el reguero de su amor a Dios en Castilla y Andalucía, así como un futuro espléndido en Salamanca, que hubiera acogido con gusto su sabiduría. Fundó en Valladolid, Duruelo, Mancera y Pastrana, ostentando oficios de subprior y maestro de novicios. Fue rector en Alcalá de Henares, vicario y confesor de las carmelitas del monasterio abulense de la Encarnación, a petición de santa Teresa, entre otras misiones relevantes.
Sus propios hermanos se levantaron contra el celo apostólico del santo, resistiéndose a una reforma que solo pretendía conquistar una mayor fidelidad al carisma. En un entramado de secretas ambiciones y resentimientos, fue apresado y recluido en un minúsculo e inhóspito lugar durante nueve meses, manteniéndole en inenarrables y pésimas condiciones. Sufrió de forma indecible física y espiritualmente. La soledad y la oscuridad en su espíritu, combatida con férrea confianza en la divina Providencia, fueron el germen del incomparable Cántico Espiritual. Ebrio de amor divino trataba de condensar en su prodigioso verbo la pasión que le consumía:  «¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti clamando, y eras ido»… Previendo una muerte inminente, recibió el consuelo del cielo y, con él, la libertad, que obtuvo evadiéndose de noche, a escondidas, de sus guardianes: sus hermanos.
Reforzado en su experiencia mística y determinación a dar a conocer al único Dios Amor, se trasladó a Beas de Segura, Jaén, donde siguió ayudando a las carmelitas. Allí entabló fraterna amistad con la religiosa Ana de Jesús. Luego fundó un colegio en Baeza, y prosiguió su incansable recorrido por Granada y Córdoba, donde estableció otro convento en 1586. Todo se le quedaba corto para entregárselo a Cristo. La sed de sufrimiento para asemejarse a Él ardía dentro de sí: «Padecer, Señor, y ser menospreciado por Vos». Vio realizado este anhelo.
Tras nuevo convulso capítulo en su Orden, mientras se hallaba destinado en Segovia lo despojaron de sus misiones y lo exiliaron a México. No llegó a marcharse. Viajó a La Peñuela camino de Andalucía. Enfermó y lo trasladaron a Úbeda, donde fue tratado con impávida frialdad por su prior, siendo mal atendido desde el punto de vista médico. De modo que este gran místico, poeta genial de Dios, murió a los 49 años la madrugada del 14 de diciembre de 1591. Clemente X lo beatificó el 25 de enero de 1675. Benedicto XIII lo canonizó el 27 de diciembre de 1726. Pío XI lo declaró doctor de la Iglesia en 1926, y Juan Pablo II patrono de los poetas en 1993. Sigue retumbando el eco de su amor, junto al Cántico, en el resto de sus obras: la Noche oscura, Llama de amor viva y Subida del Monte Carmelo,entre otras.


PÁGINA 27 – CUENTO

SERGIO BORAO LLOP
(Zaragoza-España)

UNA CONVERSACIÓN

Kafka pareció sorprenderse un poco al verme.
—Creí que seguías vivo —dijo sin preámbulos. El tuteo le salió natural, como si ya nos conociéramos de antes, como si, en cualquier otro lugar o tiempo, tal vez posibles pero inequívocamente teñidos por un aura de irrealidad, hubiésemos sido amigos.
—Anoche, al acostarme, lo estaba —respondí sin mucha convicción—. Así lo creo, al menos. Como sabes, no es tan fácil fijar con precisión los límites entre un estado y otro.
Se quedó pensativo unos instantes. Luego sonrió levemente antes de volver a hablar:
—Probablemente estás durmiendo y esto no es más que un sueño.
—Esa me parece la explicación más lógica —concedí. Él sabía o sospechaba que no era eso: sólo trataba de ser amable, permitiéndome a la vez tener algo más de tiempo para adaptarme a mi nueva circunstancia. Pensé que ese gesto exigía de mí una respuesta un poco más extensa—. Sin embargo, tampoco me atrevería a asegurar que sea yo el que sueña. Como ambos sabemos, en este mundo gelatinoso el cálculo de probabilidades no existe y nada es más cierto que su opuesto. Acaso en realidad (si es que hay realidad) se trate de tu sueño y no del mío.
—Podría ser... Aunque no recuerdo muy bien dónde leí, o escuché, que los muertos no soñamos, luego si es sueño ha de ser por fuerza tuyo, salvo que haya un tercero en todo esto y ambos no seamos más que meras formas que su delirio ha creado por motivos que jamás nos serán revelados. Imágenes, sonidos, sombras que danzan en la imaginación de un desconocido, sin esencia propia. Simples figurantes en un teatro que nos es ajeno.
—Esa descripción se asemeja bastante a lo que llamamos vida.
—Cierto. Y no obstante...
Ambos callamos durante unos segundos. Me miró sin sonreír, esperando mis palabras. Como si todo estuviese ya escrito desde mucho tiempo antes. Dije:
—De cualquier modo, sea sueño o no lo sea, y en el primer caso, sea uno u otro el soñador, hay dos cosas que siempre quise decirte y éste me parece el mejor momento para hacerlo. No sé si habrá otro. Quizá, después de todo, el que está soñando sea un dios sin suerte, un dios anónimo que ve llegar su hora postrera y que, como un último acto generoso, a modo de despedida, ha querido concederme este instante y estas palabras.
—Habla pues. Te escucho.
—Lo primero que he de decir es que yo, que te he leído, sé cuál fue realmente el motivo por el que ordenaste quemar tus textos. Mucho se ha escrito sobre ello, pero creo que nadie hasta ahora ha mencionado lo esencial. Puesto que ambos sabemos de qué estoy hablando y no hay aquí nadie más a quien pudiera interesar éste, nuestro pequeño secreto, me parece innecesario dedicarle una palabra más —hice una breve pausa, quizá algo teatral, para observar la reacción de mi interlocutor. Kafka enrojeció levemente. Después se encogió de hombros y, adoptando una pose un tanto patriarcal, dijo:
—No hay escritor que no crea saberlo. Incluso la mayoría de los lectores silenciosos. Cada uno tiene su opinión, todas igualmente respetables. Alguna de ellas, sin duda, se acercará más o menos a la verdad, lo cual tampoco importa; si lo miramos bien, verdad y mentira pueden ser sinónimas, sólo la perspectiva del que contempla o escucha o lee cambia. Pero siento curiosidad: ¿Qué es lo otro que deseas decirme?
—Lo segundo es que, gracias a tus obras no quemadas, pude finalmente hacer caso al impulso que desde niño me había estado empujando a escribir. No es probable que alguna vez sepamos si esto fue algo positivo para mí o, por el contrario, una más de las causas de mi desgracia, pero en uno u otro caso, así sucedió, y por ello, ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, te doy las gracias.
—Agradécele a Max. Como ya sabes, yo había condenado a la hoguera hasta la última línea. Pero no comprendo del todo bien el motivo de tu agradecimiento. Por un lado, me parece que escribir no es algo que te haga demasiado feliz; por otro, tú mismo acabas de decir que acaso el hecho de haberte decidido a emprender ese camino pueda estar ligado a tu propia desdicha.
—Tienes razón. Escribir no es algo que me cause una especial satisfacción. Si bien tampoco puede decirse que me resulte detestable, en ocasiones llega a molestarme un poco tener que hacerlo. Tú sabes a qué me refiero. Me alegra poder hablar de todo esto contigo, porque a casi todo el mundo le resulta extraña, incluso incoherente, la idea de que un escritor pueda no disfrutar con lo que hace. Para la mayoría, esto debería ser una especie de juego o distracción.
—Es comprensible. Sin duda, ellos no han padecido las pesadillas, la obsesión por transformar lo indefinible en términos concretos, el irrefrenable impulso de completar aquello que, aunque no lo sepamos, es, en esencia, incompleto…
Durante un larguísimo instante escuché. Ni el más leve sonido perturbaba nuestra charla. Luego respondí:
—Y sin embargo, aunque intuyamos que hay vacíos que no se pueden llenar, no queda otra opción que seguir en el empeño.
—El camino en sí será suficiente... Creo que tú mismo dijiste eso o algo parecido alguna vez, en un poema.
—Es posible. Ya no me acuerdo —hice un gesto vago con la mano abierta—. Palabras escritas, reflejo de palabras leídas u oídas, reflejo al cabo. No tiene importancia... Pero me alegra que lo hayas leído.
—En realidad ya no recuerdo si lo leí yo mismo o alguien me habló de él. Como puedes imaginar, aquí todo resulta un poco confuso. En especial, los nombres. De hecho, no conozco el tuyo —hizo un leve gesto de impaciencia—. Pero no hace falta que te molestes en pronunciarlo; lo olvidaría en pocos segundos. Importan las obras, los nombres son tan sólo una más de las muchas máscaras que solemos usar en nuestro deambular por el mundo. Aquí carecen de importancia.
—El tuyo, no obstante, ha perdurado. Incluso ha dado para acuñar un término, kafkiano, que mucha gente utiliza sin el menor reparo, y en muchos casos de forma arbitraria, aun desconociendo por completo tu obra.
—Mero accidente. Reflejo de la superficialidad que gobierna las cosas del mundo de los vivos. Más acentuada en tu época que en la mía, según he podido escuchar por ahí.
—Creo que así es. El culto a la apariencia nos ha llevado a valorar la forma y olvidarnos casi por completo de lo importante. Somos, en esencia, lo que aparentamos ser. Lo demás es abstracción, algo que no goza de la simpatía general.
Después de un corto silencio, Kafka preguntó:
—¿Cuál sería entonces la razón que te impulsa a escribir contra viento y arena, según tu propio testimonio?
Uno nunca está preparado para una pregunta como ésta, pero por alguna razón, no me incomodó. La respuesta surgió de forma natural, sin siquiera pensar lo que estaba diciendo.
—No es fácil saberlo con certeza. Yo mismo me lo he preguntado muchas veces y no me atrevo a afirmar que conozca la respuesta. Podría inventar algunas explicaciones más o menos verosímiles, pero ninguna de ellas sería del todo cierta; como mucho servirían, quizá, para mitigar la incomodidad de algunos lectores y disimular vagamente la impenetrable verdad. Sólo puedo decir que, mientras escribo, hay momentos en que estoy fuera del tiempo. Mientras eso dura, presiento que soy inmortal, invulnerable. Aunque entonces se viniese todo abajo, el verso que acabo de terminar es único y es mío, y yo suyo. Sólo por un instante, algo trasciende, va más allá del mero devenir inconsistente de esta parodia que habito o que me habita; por un instante, o una mera fracción del mismo, hay un resplandor. El mundo, durante esa millonésima de segundo, parece tener un sentido. Ahora mismo...
—¿Ahora? ¿Estás, pues, escribiendo en este momento?
—En este sueño, si sueño es, escribo que tiene lugar esta conversación. Tal vez en otro seas tú quien dialoga con el fantasma de un oscuro autor no nacido. Si hay alguien más, tal vez sea ese alguien quien finalmente cuente que tú y yo, en un tiempo inconcebible, brindamos en algún lóbrego bar de una ciudad que ninguno de los dos conoció en vida.


—Sea  como  dices,  pero  ahora  ¡despierta!    Está  amaneciendo.


PÁGINA 28 – CUENTO

CLARICE LISPECTOR
(Chechelnik-Ucrania)

PENSAMIENTO

 “Ya escondí un amor por miedo de perderlo. Ya perdí un amor por esconderlo. Ya me aseguré en las manos de alguien por miedo. Ya he sentido tanto miedo, hasta el punto de no sentir mis manos. Ya expulsé a personas que amaba de mi vida, ya me arrepentí por eso. Ya pasé noches llorando hasta quedarme dormida. Ya me fui a dormir tan feliz, hasta el punto de no poder cerrar los ojos. Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que ellos no existen. Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo tratando de descubrir quién soy. Ya tuve tanta certeza de mí, hasta el punto de querer desaparecer. Ya mentí y me arrepentí después. Ya dije la verdad y también me arrepentí. Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar en silencio en un rincón. Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír. Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían. Ya tuve ataques de risa cuando no debía. Ya rompí platos, vasos y jarrones, de rabia. Ya extrañé mucho a alguien, pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar. Muchas veces dejé de decir lo que pienso para agradar a unos, otras veces hablé lo que no pensaba para molestar a otros. Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros. Ya conté chistes y más chistes sin gracia, sólo para ver a un amigo feliz. Ya inventé historias con finales felices para dar esperanza a quien la necesitaba. Ya soñé de más, hasta el punto de confundir la realidad. Ya tuve miedo de lo oscuro, hoy en lo oscuro me encuentro, me agacho, me quedo ahí.
Ya me caí muchas veces pensando que no me levantaría, ya me levanté muchas veces pensando que no me caería más. Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería. Ya corrí detrás de un carro, por llevarse lejos a quien amaba. Ya he llamado a mi madre en el medio de la noche, huyendo de una pesadilla. Pero ella no apareció y fue una pesadilla peor todavía. Ya llamé a personas cercanas de “amigos” y descubrí que no lo eran… a algunas personas nunca necesité llamarlas de ninguna manera y siempre fueron y serán especiales para mí…
No me den fórmulas ciertas, porque no espero acertar siempre. No me muestren lo que esperan de mí porque voy a seguir mi corazón! No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente! No sé amar por la mitad, no sé vivir de mentira, no sé volar con los pies en la tierra. Soy siempre yo misma, pero con seguridad no seré la misma para siempre!

Me gustan los venenos más lentos, las bebidas más amargas, las drogas más potentes, las ideas más insanas, los pensamientos más complejos, los sentimientos más fuertes. Tengo un apetito voraz y los delirios más locos. Pueden hasta empujarme de un risco y yo voy a decir: “Qué más da? Me encanta volar!”


PÁGINA 29 – ENSAYO

 CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

POESÍA Y UNIVERSIDAD

¿Es posible unir institución académica con libertad creadora? ¿Existe poesía en los claustros universitarios? Vieja y difícil polémica. Sin embargo, bajo las actuales condiciones de la universidad mercantil neoliberal, dicha polémica se agudiza más, debido a que día a día es mayor la distancia entre los poetas y artistas y los tecnócratas instrumentales universitarios, pues, si el mismo ambiente de debate académico reflexivo y crítico se ha esfumado de las esferas universitarias, ¿qué se dirá de las sensibilidades libertarias creativas de los artistas, que nadan en contravía a las estructuras jerárquicas del statu quo?
“La cultura libre nace al margen de la universidad, y hasta en contra” nos dice el poeta Gabriel Zaid, y continúa: “Erasmo, Descartes y Spinoza rechazaron dar cátedra universitaria. No querían ser profesores, sino contertulios y autores. Frente al saber jerárquico, autorizado y certificado que se imparte en las universidades, prefirieron la conversación y la lectura”. Como se sabe las estructuras que construyen las actuales universidades para el mercado han desterrado de las aulas, ahora sí casi de forma definitiva, el pensamiento nómada, creador y libertario, imponiendo un esquema positivista funcional y administrativo, con métodos cuantitativos que liquidan los pocos espacios de pensamiento crítico y a todo andamiaje teórico-analítico y creador. Gestión empresarial versus pulsión creativa.
Educar para las destrezas, habilidades y competencias del mercado en la era de las privatizaciones, tal es la consigna que se establece en la actual universidad tecnócrata-gerencial, despojada de sensibilidad ética y estética y, peor aún, de ideas.
Reducida a ser una eficiente empresa, con estudiantes como clientes, con profesores como insumos, y administrativos como autómatas burócratas, la universidad actual, prestadora de servicios, se vuelve déspota contra las actividades poético-creativas, ya que éstas no se proyectan como una inversión rentable. Entonces, a los poetas y artistas se les margina, se le excluye e invisibiliza a través del silencio y el ninguneo. Por su condición libertaria, la poesía, peligro de peligros para las instituciones, nada a contra corriente de las cajas registradoras de los mercaderes de la educación; fomenta la tertulia, el amor al  ágora, el diálogo, la crítica y el análisis, la lectura creadora. Algo de ello, gracias a unos cuantos espíritus, todavía perdura como especie exótica y en vía de extinción en los pasillos y cafeterías de nuestros “campus universitarios”. He aquí entonces que la poiesis se comienza a asumir como un acto contracultural para los empresarios y financistas de una educación con nomenclatura ecónoma y de servicios.
“Algo tienen las burocracias, nos vuelve a decir el poeta Zaid, que desanima la creatividad. Las estructuras jerárquicas se llevan mal con la libertad creadora. Tienden al centralismo y a la hegemonía”. De resultas tenemos que la gran poesía y el gran arte muy raras veces han brotado del seno de las universidades; más bien, han entrado posteriormente a ellas, formando parte, como temática, de su plan de estudios.
De manera que la universidad neoliberal no es un campo para el crecimiento sensible de la creatividad poética y existencial. La proliferación de ambientes instrumentales, de cuadrologías cuantitativas en todos los procesos académicos-culturales; la gestación sin mayores resultados intelectuales de una “investigacioncitis” seudocientífica y compulsiva, propuesta por Colciencias y masificada debido a una paranoia en red de la llamada Acreditación Institucional de Alta Calidad; el síndrome de lo administrativo en contra  de lo reflexivo, conducen al aplastamiento sistemático de todo pensamiento inconforme y de controversia política y poética. Adaptación deliciosa versus lucidez creativa.
Por lo regular, algunos creadores y poetas, que están bajo las redes institucionales de una universidad estéril, neoesclavizante y acrítica, asumen a ésta como un espacio negativo donde la muerte del espíritu y del pensamiento se hace evidente. Es tal vez, en su trabajo poético personal, o con sus amigos  cómplices, donde estos creadores se sienten en verdad vivos. “Las influencias dominantes del siglo XX (Marx, Freud, Einstein, Picasso, Stravinski, Chaplin, Le Corbusier) nacieron de la libertad creadora de personas que trabajaban en su casa, en su consultorio, en su estudio, en su taller. Influyeron por la importancia de su obra, no por el peso institucional de su investidura. Tenían algo importante qué decir y lo dijeron por su cuenta, firmando como personas, no como profesores, investigadores, clérigos o funcionarios” (Gabriel Zaid).
Hoy por hoy, bajo las condiciones de una universidad tercerizada y con una educación constituida en factor de servicios, esclava de la empresa privada y del sector financiero ¿será posible ver germinar, florecer, madurar la semilla de la creación poética?
Sabemos que algunos estudiantes y profesores, incluso algunos decanos, luchan con tenacidad para que la poesía se geste y se conserve en las universidades. Su voluntad feroz y su amor por el saber creativo demanda esfuerzos gigantescos y actividades poéticas tales como recitales, talleres, conversatorios y publicaciones. Ellos merecen nuestra más alta admiración. Son el desvío de la norma, la posibilidad del sueño entre las ruinas que deja una constante barbarie.
No obstante, muchos docentes y estudiantes siguen seducidos por una pedagogía instrumental, estandarizada, impuesta para enseñar no el “saber por el saber” y el amor a la libertad creadora, sino el “saber hacer” pragmático, habilidoso, competitivo y esquemático. En ciertos discursos pedagógicos, legitimadores  de este vacío académico, se escucha más bien un no a las propuestas poéticas  y un sí a los activos cambiarios de las rentabilidades.
Destinado al cuarto del olvido o al botadero como algo desechable, el pensamiento poético se sostiene en la diferencia y en la resistencia, intentando re-existir como utopía y posibilidad humanizadora que invita a descubrir lo cubierto, vislumbrar lo invisible, expresar lo inexpresable; es decir, a traspasar el espejo cual Alicia, hasta encontrarnos con la grata presencia de un milagro, enriqueciendo nuestra mirada gracias a una pedagogía del asombro y de lo imaginario que cuestiona a los nuevos dioses de los mercados y del consumo.
Ante las situaciones que imponen las lógicas de una Universidad que se edifica a través del llamado por algunos teóricos “capitalismo académico”, y  frente a una “Universidad emprendedora”, que concibe la educación como industria, fábrica o businnes university, la poesía promueve la reflexión y el disenso; tiene la facultad de establecernos en “otras lógicas” no tradicionales ni legitimadoras. Es una invitación a la fractura y a la separación, al distanciamiento y a la escisión. De allí su intenso diálogo con lo marginal, lo rechazado y el peligro. De esta manera, se convierte en antípoda de los conceptos de poder, burocracia, fama, éxito y lucro. Con intensidad y actitud libertaria vive en los márgenes desde y contra el lenguaje, desde y contra la realidad y la historia, desde y contra la cultura, desde y contra su silencio. “La poesía, escribe el poeta Roberto Juarroz, no es otra clase de luz eléctrica, ni receta para las farmacias y los hospitales de la lógica, ni cuento entretenido para la tertulia del café social. Como lenguaje último y revelador del hombre para el hombre, la poesía es oscuridad, fragmento, abismal reflexión sobre su propia naturaleza (…) No es materia enseñable, ni cultura al uso o de la moda, ni actividad de funcionarios o comisarios”. 

He allí su destino demoledor e inventor de otras realidades. Poesía como descubrimiento de lo que se abandona o se hospeda. Ante el ruido mediático de los cínicos mercaderes, la verdadera poesía tiene grabada en su interior los nombres de libertad y autenticidad. La poesía renueva, reactualiza el lenguaje y a la idea de vida a través de la subversión de las costumbres y de los estatismos convencionales; es en últimas, una sensibilidad a contracorriente que, en palabras de Jean Paul Sartre, expande el campo de lo posible.


PÁGINA 30 – POESÍA EUROPEA

RON RIDDELL
(Wellington-Nueva Zelanda)

EL SILENCIO
Para los estudiantes normalistas de Ayotzinapa

El silencio tiene una voz
tiene un respiro
tiene esperanza
el silencio tiene suplicas
respuestas y lágrimas secas
de almas vacías
el silencio tiene calles
llenas de gente que va hombro a hombro
en el espíritu invencible
el  silencio tiene las voces de la tierra
de vivos y muertos
tiene los frutos de la tierra
y los cantos de la luna
tiene la fuerza y energía
de los ángeles respirando
de seres bebiendo sangre:
el agua en su silencio -
lagunas de las lágrimas blancas
y familias desgarradas -
el silencio en la lluvia
del sol en su tristeza
de sus estrellas fugaces
en las alturas desvistiendo la oscuridad
el silencio en su hermandad
maestros, campesinos y obreros
el silencio tiene las manos blancas de los muertos
de los desaparecidos que brillan en la oscuridad
la oscuridad de las palabras
de príncipes de plata
los generales detrás de las cortinas de humo
el silencio es el espejo de los rostros de la calle
y de los rostros detrás de los rostros
los fantasmas que danzan todavía
en los fuegos de la noche
en las fiestas de los muertos
el silencio respeta los muertos que duermen
en dignidad y libertad
los que pudieron liberar sus cadenas
del ruido de la locura:
tiene la poesía de la inocencia y la juventud
tiene las voces que vuelven a recordarnos
que nada es imposible
ninguna lucha es insoportable
en los vínculos entre los vivos y los muertos 
las manos que pueden alejar y juntar
las manos de los desaparecidos
los desaparecidos de la luz y de la oscuridad.
El silencio puede ver, escuchar y entregarnos la voz de lo humano
                                                                    de nuevo
      de nuevo
otra luz
                   otra esperanza.

Traducción de Saray Torres

SILVIA FAVARETTO
(Venecia-Italia)

NOCTURNO 5

Rayas de seda violeta.
Con olor a sándalo,
goteando como miel
cae la noche que danza
sobre los techos de las ciudades.
La inmortalidad
te ha tocado
con el verso, con la oscuridad,
con la ola;
pero la eternidad te queda grande.
Los ríos de palabras inútiles
que nos hemos dicho,
alcanzarán el mar del lamento
cuando nuestros barcos sin vela
varados queden contra los escollos
del pasado.
Rayas de seda violeta
con olor a sándalo
goteando como miel
cae la noche que danza
sobre tu cuerpo tendido, y cansado.

PAUL DISNARD
(Belgrado-Serbia)

UN POEMA A DOLORES SALEM, PALESTINA

 “El tiempo habrá llegado
cuando en la esfera de tu reloj
caiga el último grano de arena”
Gorjan Falkony.

Abandonaron las cigüeñas Sarajevo. No encontraron refugio en Palestina.
¡Oh, Capitán!, mi Capitán!
En Vietnam eran plato exquisito para los perros de la Casa Blanca.
Aderezo hermoso en el festín de los mercenarios de la primavera cuando en Libia devoraron a Gadafi. Aplausos en Washington y Bruselas. En Berlín
recuerdan la muerte de Hitler y la bandera de la Unión Soviética flameando en los edificios más altos de la metrópoli del crimen
Comiendo palomitas de maíz
para los mariscales de campo
fue un brillante espectáculo el sacrificio de Osama Bin Laden, el osado cazador de hienas
¡Alah es grande y misericordioso!
Plumas ensangrentadas de halcones en los aires caen como hojas abatidas por el otoño a tierra.
La tristeza y la desolación se hacen cargo de los niños que se ocultan bajos los escombros.
Donde antes gritaban y cantaban de alegría tomados de la mano
dejan ahora los zamuros en los atrios de los templos huellas infames de palomas  y mujeres salvajemente asesinadas.
En Sarajevo empezó la sórdida contienda entre Abraham y Muhamed, pero los soldados del alba estrella en la frente de sus cascos y carros de combate no apostaron por ninguno,
otro dios los guía y los protege.
Olvidaron que en Granada, en Sefarda, el Edén era compartido con los sabios poetas árabes, un hermoso poema se recitaba desde lo alto de los minaretes, los campesinos,  sin gorros ni sombreros, de rodillas  bendecían  a Dios.
En los jardines de rosas blancas y radiantes jazmines de sol y luna,
en la fuente de los leones cubiertas por inmensos parasoles de colores,
bellas princesas moras enseñaban a los caballeros de los dorados castillos de Aragón y de Navarra melodías y rimas de canciones de amor que ellas componían entre danzas y risas al son de sus laudes y guitarras.
Pero el odio ha alimentado siempre a los monjes expulsados de Sodoma, van ocultos con mercenarios y soldados a reclamar la presa para los buitres de las altas estrellas blancas y banderas empapadas en sangre y pólvora.
Hay un Profeta que llora en la cima de la montaña y un hombre santo  lleno de purulencias que se lamenta en los caminos. No mató David a Goliat, su avatar: sombra y piedra de su honda, porque en verdad os digo ¡Quien a hierro hiere, a hierro muere!

FLAVIA COSMA
(Rumania-Canadá)
 traduccion de Luis Raúl Calvo

EL MAR TRASTORNADO

El mar, con sus anchas faldas
se ha extendido de arriba a abajo
en el perturbado cielo.
Su  constante movimiento, le permite
a los últimos y tímidos rayos del sol
pasar por encima de sus pies.

El centro de la tierra se ha removido entre sus muslos,
un pulso desordenado late fuertemente en el vacío,
huérfano del corazón que lo levantó.
Las amplias puertas  han quedado atrás
mudas, cerradas con llave.

¿Hasta dónde vamos a arrastrar detrás nuestro
esta dulce carga?
El único ser capaz de volver
a darle el equilibrio, yace sin vigor.

Una sombra de arcilla enferma y rota,
olvidada por el mundo.

ISABEL REZMO I PEREZ
(Jaen-Andalucía-España)

CUANDO LA ARRUGA SEQUE MI VOZ


Cuando la arruga seque mi voz,
seré un ramo de flores dormidas.
El espejo de los años en las riberas.
El dominio de la razón sobre el disco duro formateado
de la ausencia que provoca el desasosiego o el crisol de la conciencia.
Cuando seque la vida la comisura del labio,
caerá como las treguas de los ancianos,
los años pasarán factura de compra y venta,
y la muerte será la dama que puje en la subasta
al mejor deudor de la carrocería.
Cuando se seque mi voz,
violarán los caminos
las huellas de los carromatos,
los tractores quedarán
en los moteles.
Y en la nostalgia de los años venideros,
mi contorno resucitará entre los girasoles.


PAGINA 31 – ENSAYO

ANDRÉ MAUROIS
(Elbeuf-Francia)

EL ARTE DE ESCRIBIR.

¿Queréis aprender a escribir bien? Tenéis mucha razón. No sirve de nada tener ideas justas si no se sabe expresarlas. La palabra, ni incluso la elocuencia, son suficientes porque las palabras vuelan. Un escrito queda. Los que lo reciben pueden releerlo, meditarlo. Es para ellos como una imagen del autor. Un informe bien compuesto y bien escrito es el origen además de una gran carrera.
Para escribir bien es necesario tener una cultura. No es necesario estar al corriente de la literatura más moderna. El conocimiento de los grandes clásicos vale más. Suministra ejemplos, citas. Nos introduce en una asociación secreta y poderosa, en esa masonería misteriosa de los hombres cultos, en la que se encuentra frecuentemente tantos médicos e ingenieros como escritores. La cultura da sobre todo un vocabulario.
No se escribe con sentimientos; se escribe con palabras. Hay que conocer muchas y haber penetrado en su sentido exacto. Si se emplean a diestro y siniestro el lector no las comprenderá. La Academia Francesa pasa toda una sesión en definir tres o cuatro palabras. Esto no es tiempo perdido. A falta de un lenguaje preciso, todo un pueblo puede lanzarse en busca de objetivos vagos, que no valen la pena de ser buscados.
Hay que consultar los diccionarios y sobre todo el Littre, que da tan excelentes ejemplos. Cada vez que se ignore el sentido de una palabra, hay que buscarlo. Hay que leer a los grandes autores. Demuestran que con las palabras de todo el mundo saben construir un estilo. ¿Qué autores? Moliere, el Cardenal Retz, Saint-Simón, Voltaire, Diderot, Chateubriand, Hugo. Hay que encontrar el secreto de cada uno de ellos y los recursos de su maestría.
No tratéis de tener personalmente un estilo. Llegará solo si llegáis a formar a la vez un vocabulario rico y grandes pensamientos. “Lo que se concibe bien se expresa bien”. Hay que evitar las rebuscas pomposas o pedantes. Nada estropea más un estilo que la vanidad. Hay que decir de una manera muy sencilla lo que se desea decir. Valéry daba este ejemplo:
“De dos palabras es necesario elegir la menor”. La menor, quiere decir, la menos ambiciosa, la menos ruidosa, la más modesta.
Hay que preferir siempre la palabra concreta, que designa objetos o seres, a la palabra abstracta. “Los hombres” valen más que “la humanidad”. Un hombre vale más que los hombres. Las palabras abstractas son útiles, pero es preciso llevar al lector rápidamente a lo concreto. A falta de lo cual su pensamiento vuela por regiones nebulosas donde todo parece verdad. Con palabras abstractas puede probarse todo, pero nada puede realizarse. Hay que preferir también el sustantivo y el verbo al adjetivo. Más tarde aprenderéis a manejar el adjetivo como lo hicieron Chateaubriand y Proust, pero es difícil.
El filósofo Alain, que fue un gran profesor, daba este consejo: “Reducir la puesta en marcha a lo mínimo”. Esto quería decir: “No hay que preguntarse durante varios días: ¿voy a comenzar, cómo debo comenzar? No. Hay que comenzar. Después de la primera frase llegará la siguiente. Los pensamientos se desarrollarán. Si se espera a que se anuden, no se avanzará nunca. Si se aguarda la inspiración se esperará en vano. La inspiración nace del trabajo.
Stendhal decía que es necesario escribir todas las mañanas, “genio o no genio”, y uno de la antigüedad; “Nulla dies sine línea”. Ni un día sin una línea. Si no se impone uno la obligación todos los días de sentarse ante la mesa, no para soñar sino para trabajar; si se dedica uno a pensar: “Esta mañana haré los trabajos difíciles”, entonces está uno perdido. Al día siguiente se encontrará una nueva excusa y la vida pasará, en la pereza y el fracaso.
“Y sin embargo, -podéis alegar- es necesario reflexionar antes de escribir”. Indudablemente. Es necesario preguntarme muy simplemente: “¿De qué se trata?“, y formular para sí mismo el problema de la manera más clara. Hay que tener en cuenta también que la mayor parte de vuestros lectores no saben nada de la cuestión y que hay que darles en algunas frases, los elementos esenciales. Es un plan cómodo, en casi todos los casos, el decirse: “He aquí lo que voy a tratar de demostrar; he aquí mi demostración; he aquí lo que yo he demostrado”.
¿Es necesario atreverse a audacias de lenguaje y estilo? ¿Se puede de vez en cuando despertar la frase con una palabra familiar? Sí, cuando se haya adquirido a la vez el gusto y la autoridad necesarios: Los grandes escritores tienen sus ocurrencias y vulgaridades deliberadas; los grandes embajadores escriben informes humorísticos y brutalmente concretos. Hay que esperar, antes de imitarles, tener su experiencia y su talento. Hasta entonces no hay que ser aburrido, sino sencillo. No hay que llamar la atención más que por la precisión de las fórmulas, por el ajuste perfecto de las frases y de las ideas, por la brevedad compacta y plena.

Finalmente, hay que evitar, hasta que se llegue a ser un maestro, las frases largas. Bossuet las empleaba mucho, pero era Bossuet. En la época en que Caillauz era presidente del Consejo, le dijo al jefe de su Secretaría, cuyo estilo le parecía ampuloso: “Escúcheme. Una frase francesa se compone del sujeto, del verbo y del complemento directo. Es todo. Y cuando usted tenga necesidad de un complemento indirecto, haga el favor de consultarme”. Empleaba así una exageración expresa y divertida. Pero en el fondo era justa.


PÁGINA 32 -COMENTARIO DE LIBRO

MARCELA CARRANZA
(Córdoba-Argentina)

Libro: SERES MITOLÓGICOS ARGENTINOS

Autor: ADOLFO COLOMBRES

Jasch'aklich
Ser mitológico nivaklé o chulupí. Es el Arco Iris. Fue originado por Vo't'itaj, la Tortuga, para que detuviera una larga lluvia que castigaba la tierra. Cuando ésta se fue secando pudo nacer Päsej, el primer hombre. Jasch'aklich viéndolo solo y desorientado, vagando por el monte en busca de alimento, hizo pie en un punto y se estiró por el cielo, como señalándole un camino. Päsej lo siguió y fue a dar así con Ta'ä.ö, la primera mujer, que acababa de alzarse del suelo.
Seres mitológicos argentinos es la suma, organizada a la manera de un diccionario, de casi quinientos seres de la mitología de nuestro país. Cada ser es caracterizado en su aspecto y su función, ubicándolo en su ámbito de pertenencia: la región geográfica, la cultura aborigen o criollo-mestiza a la que pertenece.
Si bien los seres mitológicos de origen mestizo o criollo no son pocos, el mayor número de seres proviene de las cosmovisiones aborígenes.
Dioses principales que dieron origen al mundo y a los astros, como Ñanderuvusú, "el que vino solo y se dejó ver en el corazón de las tinieblas", de la mitología mbyá-guaraní. Los héroes civilizadores, que explican el origen de técnicas, saberes y costumbres de la cultura, y aquellos que como El Coquena entre los diaguitas-calchaquíes protege a los animales castigando al hombre que se excede en su trato con la naturaleza. Personajes mágicos que provocan o curan enfermedades, que pueden hacer el mal y el bien indistintamente.
Son 45 los mitos recogidos en este libro que pertenecen a una cultura y un pueblo ya desaparecidos, los selk'nam de Tierra del Fuego. Otros persisten sólo en la memoria de algún anciano. Si bien hallamos seres sobrenaturales originarios de occidente (el Familiar, el Lobizón, el Basilisco, las Brujas), éstos no tienen en nuestro país las mismas características que en sus culturas originarias.
El mito, nos expresa el prólogo del libro de Colombres, es una forma de conocimiento. El hombre, más que un animal racional, es un animal simbólico; "ciertos hechos son sustraídos de la banalidad, convertidos en imágenes y fijados en el espacio de la intensidad y la luz; (...) se podría decir que el mito, más que un fruto del deseo y los sueños, es hijo del horror al vacío y al sentimiento de intrascendencia y fugacidad que rodea todo lo humano."
Como el arte, el relato mítico apela a la máscara y la polisemia para mostrar "flancos ocultos de las cosas, que es donde suelen residir las claves de la realidad."
Relegados por el pensamiento racionalista al ámbito de la superstición en un hacer de dominación de occidente sobre otras culturas, los mitos han perdido desde este punto de vista su fuerza y su sentido. Podemos decir que en la descripción que Colombres realiza de cada uno de estos seres, y en las ilustraciones de Luis Scafati, que acompañan a algunos de ellos, el sentido del mito se recupera en su valor cognoscitivo y artístico. Resulta curioso que muchos de estos personajes, según se indica en el prólogo, nunca antes habían sido dibujados, por lo que el ilustrador debió crear para ellos una imagen visual a partir de su caracterización en la palabra (1). Los seres "creados" por Scafati surgen de la mancha y el trazo en tinta negra, estremeciéndonos de terror y poesía.

El mito nos conmueve, nos conmueve su imagen, las palabras que lo definen, y nos adentra en otros modos de asombrarnos frente a la realidad. A través del mito podemos sentir e imaginar las formas mediante las cuales otros hombres se propusieron hablar del mundo y de sí mismos.


PÁGINA 33 – CUENTO

LAURA DEVETACH
(Reconquista-Santa Fe-Argentina)

MONIGOTE EN LA ARENA

La arena estaba tibia y jugaba a cambiar de colores cuando la soplaba el viento. Laurita apoyó la cara sobre un montoncito y le dijo:
—Por ser tan linda y amarilla te voy a dejar un regalo —y con la punta del dedo dibujó un monigote de seda y se fue.
Monigote quedó solo, muy sorprendido. Oyó como cantaban el agua y el viento. Vio las nubes acomodándose una al lado de la otra para formar cuadros pintados. Vio las mariposas azules que cerraban las alas y se ponían a dormir sobre los caracoles.
—Hola —dijo monigote, y su voz sonó como una castañuela de arena.
El agua lo oyó y se puso a mirarlo encantada.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —dijo preocupada y dio dos pasos hacia atrás para no mojarlo—. ¡Qué monigote más lindo, tenemos que cuidarte!
—¿Qué? ¿Es que puede pasarme algo malo? —preguntó Monigote tirándose de los botones como hacía cuando se ponía nervioso.
—Glubi glubi, monigote en la arena es cosa que dura poco —repitió el agua, y se fue a a avisar a las nubes que había un nuevo amigo pero que se podía borrar.
—Flu flu —cantaron las nubes—, monigote en la arena es cosa que dura poco. Vamos a preguntar a las hojas voladoras cómo podemos cuidarlo.
Monigote seguía tirándose los botones y estaba tan preocupado que ni siquiera probó los caramelitos de flor de durazno que le ofrecieron las hormigas.
—Crucri crucri —cantaron las hojas voladoras—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. ¿Qué podemos hacer para que no se borre?
El agua tendió lejos su cama de burbujas para no mojarlo. Las nubes se fueron hasta la esquina para no rozarlo. Las hojas no hicieron ronda. La lluvia no llovió. Las hormigas hicieron otros caminos.
Monigote se sintió solo solo solo.
—No puede ser —decía con su vocecita de castañuela de arena—, todos me quieren pero porque me quieren se van. Así no me gusta.
Hizo "cla cla cla" para llamar a las hojas voladoras.
—No quiero estar solo —les dijo—, no puedo vivir lejos de los demás, con tanto miedo. Soy un monigote de arena. Juguemos, y si me borro, por lo menos me borraré jugando.
—Crucri crucri —dijeron las hojas voladoras sin saber qué hacer.
Pero en eso llegó el viento y armó un remolino.
—¿Un monigote de arena? —silbó con alegría—. Monigote en la arena es cosa que dura poco. Tenemos que hacerlo jugar.
"Cla cla cla", hizo monigote porque el remolino era como una calesita.
Las hojas voladoras se colgaron del viento para dar vueltas.
El agua se acercó tocando su piano de burbujas.
Las nubes bajaron un poquito, enhebradas en rayos de sol.
Monigote jugó y jugó en medio de la ronda dorada, y rió hasta el cielo con su voz de castañuela.

Y mientras se borraba siguió riendo, hasta que toda la arena fue una risa que juega a cambiar de colores cuando la sopla el viento.



BEATRIZ FERRO
(CABA-Argentina)

PÍMPATE

Un día Miguel tuvo que hacer algo muy importante. El dueño de la papelería le pidió, nada más ni nada menos, que llevara un rollo de papel a la casa de su cliente el dibujante.

–Mucha atención, a no estropearlo, tené cuidado –réquete recomendó el señor papelero.

Miguel contestó sisisisí y se fue con el rollo.

El día era tan lindo que las calles del barrio parecían caminitos de plaza.

Miguel caminó al compás de pim pam, pim pam, dando suaves golpecitos con el rollo en el suelo. Hasta que, pímpate, el rollo se convirtió en un bastón bailarín.

Pímpate pam, pímpate pam, Miguel y su bastón llegaron a la esquina.

En la avenida había un lío de coches que protestaban con bocinas de trueno y clarinete. Entonces pímpate, el bastón se transformó en una batuta de director de orquesta y Miguel dirigió el gran concierto de bocinazos.


Cuando por fin cruzó la avenida, pímpate, la batuta se volvió remo.

Entonces el asfalto se volvió río y Miguel lo cruzó remando en canoa.

Desembarcó en la vereda de enfrente y caminó por el cordón pasito a paso con mu-chí-si-mo-cui-da-do, como un equilibrista que avanza por la cuerda floja. Y pímpate, el remo se convirtió en la varilla del equilibrista más grande del mundo.

En eso pasó un colectivo y pímpate, la varilla se transformó en un fusil y el colectivo en una antigua diligencia. Miguel le apuntó con cara de Miguelete, el terrible bandido del Oeste.

En la cuadra siguiente la vereda se llenó de chicos que salían de la escuela. Pímpate, el fusil se volvió bastón de pastor y todos los chicos fueron corderitos blancos. Entonces Miguelito el bueno los arreó por el campo.

Cuando llegó a la casa del dibujante, el rollo ya no era nuevo y blanco sino medio cachi-cachivache.

–¿Qué es esto? –rugió el dibujante–.
¿Este es un rollo de papel hermoso y limpio? ¡Habrás venido jugando!

Miguel quiso explicarle que es muy difícil caminar con un rollo que a cada rato, pímpate pámpate, te da tantas ganas de jugar.

Pero el dibujante no le dio tiempo porque lo agarró de un brazo, tomó el rollo de papel y fue derechito a la papelería, a quejarse, a protestar.

Con el rollo al hombro, caminó al compás de “¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!”. Entonces pímpate, el rollo volvió a convertirse en un fusil y el dibujante fue un soldado que marchaba un dos un dos.

El árbol de la vereda lo invitó a que le diera unos golpecitos en el tronco. Y claro, pímpate, el fusil se transformó en un hacha y el dibujante en el leñador más forzudo de todo el Canadá.

Más adelante saltaron un charquito. Pímpate. El hacha se volvió garrocha y el señor fue un campeón de salto muy aplaudido.

Faltaba poco para llegar a la papelería y Miguel caminaba al compás de “me van a retar, me van a retar, me van a retar”.

Cuando iban a cruzar la avenida, otra vez pómpate, el asfalto se convirtió en ancho mar, la garrocha en un catalejo y el dibujante en pirata Barbarroja.

–¡Atención mis hombres! –gritó mirando por el catalejo y señalando un camión– ¡Se acerca un ballenero a babor!

Entonces de repente se miraron con Miguel y tuvieron un ataque de risa.

Los dos pensaban lo mismo: “¿Viste qué difícil es caminar con un rollo de papel que, pímpate pámpete, te da tantas ganas de jugar?”.

Y llegaron a la papelería. Pero el dibujante, en vez de protestar, se compró otro papel.

El rollo se lo regaló a Miguel. ¿Para qué?

–Ya sé, esta noche se me vuelve telescopio y espío las lechuzas de la Luna.

Pímpate.




PÁGINA 34 – POESÍAS

JOSÉ MARTÍ
(Cuba)

Si ves un monte de espumas,
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.
Mi verso es como un puñal
que por el puño echa flor:
mi verso es un surtidor
que da un agua de coral.
Mi verso es de un verde claro
y de un carmín encendido:
mi verso es un ciervo herido
que busca en el monte amparo.
Mi verso al valiente agrada:
mi verso, breve y sincero,
es del vigor del acero
con que se funde la espada.

GABRIELA MISTRAL 
(Vicuña-Chile)

MURO,

Muro fácil y extraordinario, 
muro sin peso y sin color: 
un poco de aire en el aire. 

Pasan los pájaros de un sesgo, 
pasa el columpio de la luz, 
pasa el filo de los inviernos 
como el resuello del verano; 
pasan las hojas en las ráfagas 
y las sombras incorporadas. 

Pero no pasan los alientos, 
pero el brazo no va a los brazos 
y el pecho al pecho nunca alcanza!

ELICURA CHIHUAILAF N.
(
Kechurewe-Chile)

EN ESTE SUELO HABITAN LAS ESTRELLAS 

En este suelo habitan las estrellas 
En este cielo canta el agua 
de la imaginación 
Más allá de las nubes que surgen 
de estas aguas y estos suelos 
nos sueñan los antepasados 
Su espíritu -dicen- es la luna llena 
El silencio su corazón que late. 

RICARDO E. POSE
(Buenos Aires-Argentina)

CANCIÓN DEL NIÑO MARINERO

Cuando sea marinero,
madre, por el mundo iré,
con mi blusa marinera
y mi barco de papel.

Pequeñas velas de seda,
pequeñas velas pondré
sobre el casco tan pequeño
de mi barco de papel.

¡Sobre las aguas del mar
cuánto que navegaré!
a la tierra donde nacen
las estrellas llegaré.

Cien estrellas y un lucero
en mi barco cargaré
¡Cien estrellas y un lucero
en mi barco de papel!

Sobre las aguas del mar
al puerto regresaré
¿Qué barco tendrá la carga
de mi barco de papel?

Me gritarán: -¡Marinero!
¡Fuerte marinero! ¡Eh!
¿De donde traes esa carga
en tu barco de papel?

-De la tierra donde nacen
las estrellas. Allí fue.
¡Pero tiene que ir un niño
en un barco de papel!

GLORIA FUERTES
(España)

CÓMO SE DIBUJA A UN NIÑO

Para dibujar un niño hay que hacerlo con cariño. 
Pintarle mucho flequillo, 
que esté comiendo un barquillo; 
muchas pecas en la cara que se note que es un pillo;

Continuemos el dibujo: redonda cara de queso.
Como es un niño de moda, bebe jarabe con soda. 
Lleva pantalón vaquero con un hermoso agujero; 
camiseta americana y una gorrita de pana. 

Las botas de futbolista, porque chutando es artista. 
Se ríe continuamente, porque es muy inteligente. 
Debajo del brazo un cuento por eso está tan contento. 

Para dibujar un niño hay que hacerlo con cariño.




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La Fundación Argentina para la Poesía resuelve conferir la distinción Puma de Plata a la escritora Norma Segades Manias en reconocimiento a la denodada y generosa labor de difusión de la producción literaria que desde hace seis años realiza a través de la web, mediante la publicación Gaceta Virtual, valiosa referencia del actual periodismo cultural argentino, cometido ejercido con ejemplar solvencia y notoria entrega personal, en la que prescinde incluso de dar preferencia en él a su propia y destacada obra.

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