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GACETA LITERARIA Nº 103– JULIO de 2015– Año IX – Nº 7





Imágenes:
ERIC DIJKSTRA (Zwolle-Overjssel-Holanda)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Uruguay/1940-2015)

DEFENSA DE LA PALABRA

2.
No hemos nacido en la luna, no habitamos el séptimo cielo. Tenemos la dicha y la desgracia de pertenecer a una región atormentada del mundo, América Latina, y de vivir un tiempo histórico que golpea duro. Las contradicciones de la  sociedad de clases son, aquí, más feroces que en los países ricos. La miseria masiva es el precio que los países pobres pagan para que el seis por ciento de la población mundial pueda consumir impunemente la mitad de la riqueza que el mundo entero genera. Es mucho mayor la distancia, el abismo que en América Latina se abre entre el bienestar de pocos y la desgracia de muchos; y son más salvajes los métodos necesarios para salvaguardar esa distancia. El desarrollo de una industria restrictiva y dependiente, que aterrizó sobre las viejas estructuras agrarias y mineras sin alterar sus deformaciones esenciales, ha agudizado las contradicciones sociales en lugar de aliviarlas. La habilidad de los políticos tradicionales, expertos en las artes de la seducción y la estafa, resulta hoy insuficiente, anticuada, inútil; el juego populista que permitía otorgar para manipular ya no es posible, o revela su peligroso doble filo. Las clases y los países dominantes recurren a la maquinaria represiva. ¿De qué otra manera podría sobrevivir sin cambios un sistema social cada vez más parecida a un campo de concentración? ¿Cómo mantener a raya, sin alambradas de púas, a la reciente legión de los malditos? En la medida en que el sistema se siente amenazado por el desarrollo sin tregua de la desocupación, la pobreza y las tensiones sociales y políticas derivadas, se abrevia el espacio disponible para la simulación y los buenos modales: en los suburbios del mundo el sistema revela su verdadero rostro. ¿Por qué no reconocer un cierto mérito de sinceridad en las dictaduras que oprimen, hoy por hoy, a la mayoría de nuestros países? La libertad de los   negocios implica, en tiempos de crisis, la prisión de las personas. Los científicos latinoamericanos emigran, los laboratorios y las universidades no tienen recursos, el "know how" industrial es siempre extranjero y se paga  carísimo, pero ¿por qué no reconocer un cierto mérito de creatividad en el  desarrollo de una tecnología del terror? América Latina está haciendo inspirados aportes universales en cuanto al desarrollo de métodos de torturas, técnicas del asesinato de personas e ideas, cultivo del silencio, multiplicación de la impotencia y siembra del miedo. Quienes queremos trabajar por una literatura que ayude a revelar la voz de los que no tienen voz, ¿cómo podemos actuar en el marco de esta realidad? ¿Podemos hacernos oír en medio de una cultura sorda y muda? Las nuestras son repúblicas del silencio. La pequeña libertad del escritor, ¿no es a veces la prueba de su fracaso? ¿Hasta dónde y hasta quiénes podemos llegar? Hermosa tarea la de anunciar el mundo de los justos y los libres; digna función la de negar el sistema del hambre y de las jaulas visibles o invisibles. Pero, ¿a cuántos metros tenemos la frontera? ¿Hasta dónde otorgan permiso los dueños del poder?



PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

ALEJANDRA MENDEZ BUJONOK 
(San Cristóbal-Santa Fe-Argentina)

EN CORO

El puño de la tarde se abre
en semillas de luz multiplicada.

El sonido no es
solo una constante.

Bajan de a una las lianas liláceas
como lágrimas
en coro de los pájaros.

Cardenal amarillo en mi pecho
es el campo

Un animal sediento,
un dios,
un amante.

ARIEL FERNÁNDEZ
(Villa Constitución-Santa Fe-Argentina)

LAS VIEJAS QUE CAMINAN

Las viejas que caminan
lo hacen con una paloma en el hombro.
Las viejas que caminan
se pierden el juego de los niños
y las penas de sus hijos.
Las viejas que caminan
no se ríen
y tampoco se permiten llorar,
así las des-creen humanas.
Las viejas que caminan
compran Caras y Gente
y nunca dejan de hablar de Susana.
Las viejas que caminan
desconocen que en cada paso
dado con egoísmo
se acercan un poco más a la muerte.     

CARINA SEDEVICH
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

2

He decidido mirar por la ventana.
Todo cae mientras yo miro por la ventana.
Mientras me caliento el pecho con el sol.
Miro las telaranas entre las rejas
finas, tornasoladas.
Miro las volutas de hierro, sencillas
las que eligio Rodolfo.
He decidido mirar por la ventana
de esta casa enorme.
Aca iba a crecer un hijo nuestro.
Las pinas se amontonan en los arboles.
Aca ibamos a tener una pileta.
Y el color de las paredes iba a ser arena.
He decidido mirar por la ventana.
Inmovil en la silla, como en un hospicio.
Ver los rosales plantados y olvidados
que crecieron sin darnos una flor.
Los yuyos del invierno, las agujas
que caen de los pinos, las gramillas.
El gris de los ladrillos que costaron tanto.
He decidido mirar por la ventana.
Repasar en silencio la alegria perdida
con esta ropa vieja de todos los inviernos.

SERGIO BARTÉS
(Santa Fe-Argentina)

TRAVESÍA

Sueño con torres
de pan caliente;
amo el vino sumergido
de tu bostezo sexual.
Navego en un barco
de alas consumidas;
me alejo de cuartos deshabitados
y la sangre indecisa
de las sílabas rotas.
Quiero tatuarme de palabras
con significados de bosques;
flotar en las plataformas del deseo
y deslizarme en tu cuerpo
como un argumento
de la lluvia.

MARÍA DEL ROSARIO ALARCÓN
(Santa Fe-Argentina)

MUERTES DE UNA NOCHE

No hay caso, tu espada no corta.
No hay caso, tu espada ni hiere
ni marca
ni mata.
Tu espada, el filo certero
revienta en mil gotas
la sangre que drena
Tu espada, afilada de luces
el arma mortal 
deshace las penas.
Tu espada, ritual de maestrías
reduce el todo a nada
en una embestida.
No hay caso, tu espada no mata.
Tajea la noche.
Enciende la fragua.
Desarma la estancia.
Corta las almenas,
que miro lejana.
No hay caso tu espada no mata
Tu espada es profana.
Tu espada es blasfema.
Por eso,
tu espada-palabra,
despacio me quema.



PÁGINA 3 – CUENTO

ANTONIO CAMACHO GÓMEZ
(Roquetas de Mar-Almería-España)

LA SOLEDAD DEL HOMBRE

   El hombre lo tomó del cuello y apretó durante unos minutos. Hasta que el chapoteo del otro en el bajío se convirtió en silencio de correntada. Hasta que tuvo la impresión de asir una cosa inútil. Entonces, lo soltó. Y vio unos momentos cómo el torbellino líquido arrastraba el cuerpo río abajo.
   Una procesión de camalotes bogaba sin pausa a la deriva. El sol se prendía desfalleciente en los esteros. Después, más allá de la paja brava, se hundió como una moneda dorada y tibia.
   Un ave graznó. El hombre, aún jadeante, sintió un escalofrío. La soledad se le hizo ahora más honda. Una sima negra, insondable. Y se dirigió a la canoa fondeada entre los juncos de un remanso. Subió, las alpargatas limosas, las bombachas chorreando. Sentado en un banquillo se miró las manos: morenas, rugosas, ásperas y fuertes. Sí, pensó. Tenía unas manos fuertes. Si no que lo dijera el “gringo”. Pero ya no podría hablar. A nadie se lo podría decir.
   Sus ideas se eslabonaban surtas en el fatalismo. Había sido tan fácil, tan fácil. Sin embargo se sentía cansado. Y la culpa la tenía el “gringo”. ¡Vivía tan bien con su “guaina”, “gringo”, “gringo”, ‘e porra. Ahora tuito se lo llevó el diablo.
   La flora ribereña se iba tornando en una espesa mancha de recortada oscuridad. Las aguas se enturbiaban más y más y pronto las alimañas saldrían de sus escondrijos. La misteriosa fauna noctámbula.
   Recordó con los ojos entrecerrados, como para hacer nítidas las imágenes de hombre acostumbrado al silencio y a los largos soliloquios, el día en que la chinita cayó al rancho con sus ojos de “guasuncho” asustado, los pies descalzos y una pollerita rotosa que dejaba ver su carne endurecida y morocha, habituada al fuerte sol del verano y a una vida prolongada al aire libre.
   Desde entonces Roque Bogado, olvidado de Dios y de la gente, allí, en la zona más interna de la isla, con sus trampas y sus espineles había sentido por primera vez lo que era el calor humano. Y aunque conversaban muy poco, bastaba una mirada, un gesto para entenderse mejor que con palabras. ¿Acaso los animales no se comprendían sin hablar? Si lo sabría él que se pasaba noches enteras escuchándolos, atento a los gruñidos, a sus chillidos y a sus movimientos, apenas perceptibles, que sólo podía apreciar aquel que hubiera pasado muchos años entre esteros y bañados, junto a lagunas y sobre albardones.
   Hizo un leve acto con la mano, como quien procura ahuyentar una mosca pegajosa. Tuvo una imagen indeseable y escupió con bronca. La saliva cayó en un hormiguero. Los insectos se dispersaron como enloquecidos.
   Todo iba bien hasta que llegó el “gringo” con los ojos lastimosos, como aquel perro que lo siguió una vez en el pueblo. Aquel perro que parecía comprender su soledad y que se hermanaba con él movido por los misteriosos resortes de su instinto. Quizá en mejores tiempos había jugado con los niños, correteando por los campos, alimentado con cariño para después, muertos sus protectores, deambular sin destino apaleado por los muchachotes, corrido de las casas, mal visto por los perros guardianes de las estancias. Flaco y angustiado lo había mirado con la misma solicitud de ayuda de aquel visitante que imploraba su refugio. Y desde entonces había sido un fiel compañero en sus andanzas, compartiendo sus penurias y su soledad hasta que desapareció una mañana invernal sin dejar rastros. Lo extrañó un tiempo, pero ya estaba acostumbrado a perder.
   Nunca supo de dónde ni por qué llegó el “gringo”, pero hospitalario como buen isleño lo recibió en su humilde vivienda. Allá él con su pasado. No le gustaba entremeterse en cuestiones ajenas ni era dado a la confidencia enclaustrado en una reserva que le era tan natural como el paso de los patos salvajes al atardecer.
   Al principio compartían las tareas de captura de carpinchos, nutrias y, sobre todo, lobitos, cuyas pieles, siempre codiciadas, le permitían conseguir los australes necesarios para sobrellevar su dura y apartada existencia. La que había elegido desde hacía muchos años cansado de hacer changas en el pueblo y desolado por la muerte de aquellos viejos que lo criaron con el único cariño que conoció en su vida y le enseñaron a echar siempre una mano al necesitado, a ser servicial con los demás.
   Por eso recibió al “gringo” en su rancho de techo de paja y paredes de barro que él mismo se había construido en un lugar alto, adonde no pudieran llegar las aguas del cercano río en época de crecida. Cuando los camalotes flotaban corriente abajo transportaban alguna que otra yarará y a menudo se veían pasar boyando animales muertos, sobre todo vacunos, y hasta muebles y enseres pertenecientes a los eternos inundados que habitaban precarias construcciones ubicadas en la ribera. De los que se acordaban las autoridades sólo en tiempos preelectorales y en esas circunstancias críticas de repercusión social.
   Pronto advirtió que el “gringo”, con cualquier excusa, se demoraba en el rancho y le pareció notar un extraño brillo en los ojos de aquél cuando la Rosa se acercaba. Hasta que una noche en que bebieron caña en abundancia hasta la madrugada a la luz del farol de queroseno, el “gringo” comenzó a decir macanas y a propasarse de palabra con su compañera.

   Allí tuvieron el primer altercado que no pasó a mayores porque la Rosa se interpuso. Sin embargo, la antipatía que empezó a sentir entonces más tarde se fue transformando en odio cuando comprobó que el “gringo”, en vez de enmendarse, cada día bebía más, lo provocaba por cualquier cosa y cargoseaba a la muchacha con mayor frecuencia. Hasta que decidió matarlo una tarde en que al regresar más temprano que de costumbre lo sorprendió tomándola del brazo y hablándole al oído, mientras la Rosa se reía.
   Desde aquel día perdió el sueño y las ganas de vivir. Los celos y el rencor se tornaron insoportables. Recordó los días, no muy lejanos, en que aislado del mundo, hundido en aquella soledad casi selvática; teniendo como única compañía la fauna isleña y contemplando los atardeceres, mientras mateaba sentado en la puerta del rancho, saltar los dorados en el río, tenía los sentimientos apagados. Las jornadas transcurrían iguales, confundido con el medio, mimetizado con el ambiente, pensando de vez en cuando en aquellos pobres viejos cuyas tumbas no dejó de visitar jamás para el Día de los Difuntos. Esa fecha la tenía siempre bien presente y hasta encendía una vela para que las ánimas de los finados descansaran en paz. La paz que él parecía sentir porque nada lo conmovía en su retiro, como si las pasiones humanas le fueran desconocidas. Hasta que el contacto con la Rosa, primero, y después con el “gringo” lo volvió a una realidad que consideraba olvidada. La de una solidaridad propia de la gente de tierra adentro. Al final incomprendida y mal paga.
   Durante un tiempo disimuló su dolor y esperó pacientemente hasta que el “gringo”, sin sospechar nada, resolvió acompañarlo a pescar sin pasársele todavía los efectos de una de sus habituales borracheras. No quiso, ni pudo, esperar otra ocasión.
   Como un autómata empujó la canoa y, a golpe de remo, despacio, abstraído, el hombre se alejó de la orilla y se perdió en las tinieblas del río como si entrara en la eternidad.



PÁGINA 4 – ENSAYO

HERNÁN SCHILLAGI
(San Martín-Mendoza-Argentina)

PALABRAS A LA NOCHE

Casi nunca sueño. Es decir, no recuerdo nada de nada cuando abro los ojos a la primera luz del amanecer. Tampoco tengo sensaciones o resabios de alguna actividad onírica del tipo corazón agitado o sudor frío. Pero me niego a aceptar con docilidad ese desenchufe total de la mente por tantas horas: «Que no puedas perder lo que perdiste / no da tranquilidad, sino vacío…», dice Luis García Montero en un poema que habla de la noche y la nieve. Además, cuántos escritores han declarado que muchos de sus argumentos geniales les fueron dictados palabra por palabra en una pesadilla inolvidable y al despertarse, sin mayor esfuerzo, se pusieron a redactar cuentos o novelas como si los copiaran de una película. No es justo, estoy condenado a un forzoso desvelo creativo. Por eso es que me molesta tanto que alguien me cuente sus sueños en el desayuno, no puedo devolverle la pelota ni soñando (valga la metáfora).
Mi abuela tenía una frase que me inquietaba bastante; llegábamos a su casa con mi mamá y sin saludar nos largaba: «He hecho un sueño terrible». No lo había tenido, sino que ella te lo edificaba. Todo un esoterismo de barrio que mi niñez no estaba preparada para entender. Así nos narraba, entre mates con sacarina y esperanzas de quiniela, apariciones brumosas de tíos o vecinas que yo no conocía. Marco Denevi pensaba que no somos los mismos de noche que de día: «Durante la noche todos somos más espontáneos, más ricos, más intrigantes, y en el fondo, mucho más auténticos…». Y sí, el día es para las obligaciones. Tal vez ese sea el motivo por el que todos porfían en rescatar el poco material que dejan en el recuerdo las imágenes confusas de un sueño. Como si esa «otra vida» a ojos cerrados tuviera una importancia real, asible, a punto tal de hacer una edición casera para lucirse con la familia. ¡Y yo que no sueño nunca!
En La vida es sueño, Calderón de la Barca convertía a Segismundo en un príncipe despiadado para luego devolverlo a su cautiverio y hacerle creer que todo no había sucedido, salvo mientras dormía. Conclusión: los recuerdos de libertad y los actos impuros torturan al protagonista durante la engañosa vigilia. ¿Para qué soñar, entonces, si los sueños son, como la vida, «una ilusión, / una sombra, una ficción…»?
Sin embargo, no hay mañana en que mi mujer no exclame con una sonrisa tan cómplice como adormilada: «Anoche tuvimos show». La función, pues, consiste en que hablo dormido sin parar, el llamado somniloquio: conversaciones disparatadas, risas contenidas o a mandíbula batiente, gritos desaforados y, hasta una vez, silbidos temerarios. Como un testigo involuntario, mi esposa se debate en la oscuridad entre el miedo y las carcajadas. Es que es una especie de stand up comedy, aunque horizontal. Tiro palabras a la noche que, de no ser por su resignada compañía conyugal, no podría recuperar de ningún modo. A veces me sorprendo de lo que me relata, ya que no logro conectarlo con ningún aspecto de mi realidad, como cuando me acaricié el pecho y solté un «Estuve reciclándolo», o esa oportunidad en que susurré un estribillo trasnochado y misterioso: «Peltre, peltre», que me llevó a buscarlo después en Wikipedia porque no recordaba bien el significado. Soy un rapero noctámbulo condenado a olvidarse la letra luego de cada canción. No obstante, hace un par de noches hubo un cambio preocupante, ya que me di una sonora cachetada para decir con los ojos fuera de órbita: «Tuve que hacerlo». Al menos, eso es lo que confiesa mi mujer, con la vista en su café, cuando intento aclarar los hechos. Por lo tanto prefiero no ahondar más en las preguntas, ella es el mejor público que alguien con ínfulas de comediante dormido podría tener.



PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

RICARDO ANGEL MINETTI
(Sarmiento-Santa Fe-Argentina)

MERODEO

alguien rodeó la casa
por la noche

no ha quedado su rastro
en el rocío

bastó la pulsación
de su acechanza

ORLANDO VALDEZ
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

SIN LUNA NI OCASO

como plegaria de muchedumbre
se hunde
con filo de cuchillo
donde nadie salva a nadie
ni nada
la sangre de la ofrenda
de
rostros que miran llegar
en lentitud de noche otro
que no viene del polvo
sin luna ni ocaso
con metal en los ojos
como si algún dios creara
en él o viceversa huracanes

como chispas taciturnos
guerreros de la oscuridad

IME BIASSONI
(Ceres-Santa Fe-Argentina) 

ESE, MI DUENDE

Poblaré mi mente
de distinguidos fantasmas,
esos que apilan sus voces
en las cajas ajustadas
de mis habitaciones secretas.

Sobre agudas aristas
reina el duende que me quiebra,
no es musa ni es ángel
tampoco mago o hechicero,
tiene la voz del amor
también la de la muerte.
Se viste de arte
y milagrosamente brota
o se esconde entre paredes
invisibles o toscas,
se asoma a abismos infinitos
tiene los ojos abiertos
navega alturas
y pisa Tierra,
toca nuestras raíces
desciende y se eleva
con ímpetu de poder.
Rima todos los colores
y se vuelve invisible
en el aire metálico
soplando sobre la muerte
y acariciando la vida.
Está en la divina natura celeste
está en la natura terrestre humana
fraguando dicha
con astillas de formas
en sensata locura.
Tiene una lúcida ceguera
para acariciar mi ciega lucidez.

Y al final
se mete en mi deshilachado bolsillo
mientras la lógica, la pasión y el espíritu
se mueven como límites sin apuro
que descienden de otras aristas.

ROSA LÍA CUELLO
(Cañada de Gómez-Santa Fe-Argentina)

¿ADÓNDE?

La soledad
es un ruido
que se dobla
en la curvatura de mis días
un mar embravecido
que aparece
en las esquinas de la vida
una hoja
que cae
en el otoño de la mirada
un perfil
que se esconde
como una sombra
un espectro desolado
en el fértil barranco
del silencio.
¿Adónde vamos los dos
piel con piel mimetizadas?

BELKYS SORBELLINI
(Santa Fe-Argentina)

MUJER EN CIERNES

Alumbro un nuevo día detrás de tu mirada.
Sonrío, acabo de hacerle un guiño a la alegría.
Quizás mi algarabía se deba, a los suspiros
que sin pedir permiso se instalaron en mí.
Caigo en la seducción de tus palabras
Y me revelo crédula todavía.
La ilusión se instala nuevamente
mezcla de dulzor y azahares
y el aroma de mujer se enciende.
Abrazo tu perfume que huele a madera y almizcle
y me anuncio una y otra vez.
Me anuncio sin haberme perdido
Me anuncio solo siendo mujer.
Mujer en ciernes.



PÁGINA 6 – CUENTO

MONICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Argentina)

VÉRTIGOS MODESTOS

Los plátanos, que excepto por su nombre engañoso ninguna relación tienen con los bananos o palmeras, se erigían altísimos en la noche, retorcidos en sus posturas escénicas, las ramas como brazos implorantes, flamígeros, que se pierden teatralmente en la oscuridad del cielo, y los troncos dramáticamente definidos en luz y sombra por las luminarias ciudadanas.
Ya hubo, entre las altas copas y alrededor de las ramas blanquecinas, una veloz danza de murciélagos. Ahora, que es noche profunda, los murciélagos han ido a buscar insectos en la esfera de luz de otros faroles, y la calle está inmóvil de solemne soledad. Apenas la hace vibrar brevemente el salto blando de un gato desde un muro a un techo, o los faros de un automóvil allá lejos, que nos demuestran que todavía alguien está despierto.
En algún lugar se cierra una persiana.
María Beatriz camina por el centro de la vereda, despacio, intentando en la penumbra no tropezar con las baldosas quebradas y desparejas por la presión de las raíces de los árboles. Los plátanos sofocan la luz de los faroles, María Beatriz vacila escogiendo cuidadosamente adónde poner, uno tras otro, sus zapatones de vieja bibliotecaria de escuela.
Lleva una falda gruesa de lanilla, una blusa, un saquito, todo con esa voluntad de amarronarse en una amalgama desalentadora.
Dos calles más adelante gira una camioneta que se acerca. A través de las ventanillas bajas sale una música estridente y peligrosamente soez, como las carcajadas bastas de los hombres que viajan en la cabina. Van tomando cerveza a pico de una botella marrón, la camioneta tiene la patente sucia con barro, ilegible, y el guardabarros delantero está semi desprendido. En el badén de la esquina el guardabarros toca el asfalto con un fuerte golpe, lo que causa una enorme hilaridad en los hombres. 
María Beatriz intenta mantenerse serena pero inadvertidamente apura el paso. No levanta la vista mientras llegan hasta ella. Siente calor y un vértigo que le vacía el cuerpo. No los mira, no gira la cabeza, es preciso simular que caminar sola a plena noche es natural y seguro.
No los mira, fijamente no los mira con los ojos, pero sabe que los acecha como una presa siente la presencia del rapaz con los vellos de la nuca. Pasan. Al pasar el conductor le grita algo que quizás el miedo no le permite entender.
La camioneta se aleja, y los hombres siguen riendo, celebrando con grandes carcajadas la frase que seguramente fue una burla. La música es lo último que se pierde.
María Beatriz sigue caminando con una sensación magnífica de haber sorteado un gran peligro. Ya casi llega a la puerta de su pasillo. Solamente le falta dar unos pasos, abrir la reja, transitar el pasillo desierto (otro desafío, bien podría haber alguien, alguna figura amenazante escondida detrás de la gran maceta con el ficus o en el vano de alguna otra puerta)
Con la garganta cerrada y la sangre haciendo notar el violento bombeo del corazón abre y cierra la reja, camina por el pasillo, abre y cierra la puerta de su departamento con dos vueltas de llave. 
Está feliz. Por fin ha vuelto a la cálida seguridad de su dormitorio. Sonríe con alivio y a la vez con la satisfacción de quien ya ascendió la montaña, y ahora se puede sacar los guantes y calentarse las manos en la fogata.
Había puesto la alarma del reloj a las tres de la mañana. Se levantó del lecho tibio, se quitó el camisón, caminó las nueve cuadras que se había impuesto. Ahora se desviste, deposita cuidadosamente la ropa doblada en una silla, y ajusta la alarma para despertarse a las seis y media, a tiempo para desayunar tranquila y tomar el ómnibus a la escuela.
Piensa que fue una buena noche; hubo vértigo, amenazas, peligro y retorno feliz.
Hace un tiempo pudo improvisar un desafío interesante gracias a la noticia que escuchó en la  
radio, mientras daba entrada a una colección infantil de libritos ilustrados. El locutor del noticiero informó del hallazgo de un ahogado en la laguna Setúbal, desconocido, de una edad de entre treinta y cuarenta años. María Beatriz fue a la morgue, dijo que un tío suyo estaba desaparecido y pidió ver el cadáver para cerciorarse de si se trataba o no de su familiar. La trataron con mucha deferencia, después le dieron un vaso de agua con azúcar. Recuerda la camilla, que el pobre hombre estaba muy descompuesto, recuerda la horrible impresión de la carne hinchada, el hedor que le quedó prendido en el fondo del subconsciente, las pesadillas que tuvo. Fue una buena experiencia, se dice. 
Precisamente hace un mes fue la aventura de robar un sobrecito de ají molido en el supermercado. Tuvo que verificar con gran agitación que en ese momento el guardia de seguridad estaba distraído, que ninguna de las camaritas la estaba captando, que nadie la miraba, y en un instante vertiginoso deslizó la especia en el bolsillo del tapado. No pudo respirar con calma hasta que llegó a su departamento. Aún en la calle, a varias cuadras del supermercado, no se atrevía a mirar hacia atrás, imaginando que vería al policía que la seguiría para –horror- destruir acusadoramente su reputación de puntillosa honestidad.
Otra vez fue el absurdo de ahorrar varios meses para ir un fin de semana a Europa. Hizo economías, fue a una agencia de viajes, ingenió transbordos. Salió directamente de la escuela el viernes al mediodía para poder llegar el lunes como siempre, tímida y callada, con sus zapatos de taco bajo, a sentarse detrás de su escritorio con la cabeza aún mareada de aviones y aeropuertos.
Hubo una noche en vela, café tras café y películas en la televisión, para lograr esa mañana alucinada, entre la sensación de fiebre y de sueño diurno, las luces más brillantes, los objetos encantadoramente fuera de foco. Y qué felicidad luego de la noche sin dormir y la mañana de trabajo, esa siesta tan deseada y magníficamente disfrutada entre sábanas de hilo, lavadas, planchadas y perfumadas con el fin prefigurado de un goce perfecto.
Hoy María Beatriz guardó un destornillador en la cartera. Ya afiló la punta con la piedra que usa para la cuchilla de cocina. Habrá de elegir alguno de los automóviles estacionados alrededor de la escuela y le hará un profundo y hermoso rayón en la puerta. No deberá ser el sedán del profesor de gimnasia, porque es un hombre que le desagrada. Será un automóvil escogido al azar, ya que el disfrute debe de estar ligado a lo gratuito e inconducente.
María Beatriz se para en la esquina, extiende el brazo para que el ómnibus se detenga, sube aferrada al pasamanos, vacila cuando el chofer arranca y ella tiene que acercar la tarjeta magnética a la máquina, con sus cincuenta y seis años, su pelo mal teñido y la chalina barata sobre los hombros.
Sonríe amablemente cuando un chico de secundaria le cede el asiento, y modosamente acomoda la cartera sobre las rodillas juntas.



PÁGINA 7 – ENSAYO

WILLIAM SOMERSET MAUGHAM 
( Inglaterra /1874 - 1965)

¿POR QUÉ LEEN LAS PERSONAS?

Hay personas que leen para instruirse, lo que merece alabanza; las hay que leen por diversión, lo que es inocente, pero también hay muchas que leen por hábito, lo que no es inocente ni merece alabanza. Yo me incluyo entre estas últimas. La conversación me aburre pronto, el juego me cansa y hasta mis propios pensamientos, que, según dicen, son un motivo inagotable de diversión para el hombre inteligente, tienen cierta tendencia a extinguirse. Entonces corro en busca de mis libros como el fumador de opio en busca de su pipa. Prefiero leer el catálogo de los almacenes Army and Navy o la Guía Bradshaw, a no leer nada; es más, leyendo esos dos libros he pasado horas deliciosas. Hubo un tiempo en que no salía nunca sin llevar en el bolsillo el catálogo de una librería de lance. No conozco una lectura más provechosa. Naturalmente, leer así es tan censurable como usar drogas, y nunca ha dejado de admirarme la impertinencia de los grandes lectores que por el hecho de serlo desprecian a los incultos. Desde el punto de vista de la eternidad, ¿será mejor haber leído miles de libros que haber arado un millón de surcos? Reconozcamos sinceramente que la lectura es para nosotros como una droga de la que no nos podemos privar. ¿Quién de este grupo no conoce el nerviosismo que le ataca cuando hace tiempo que no lee, la aprensión y la irritabilidad que experimenta, y la satisfacción que siente al ver una página impresa? No nos vanagloriemos pues, como tampoco pueden vanagloriarse los esclavos de la jeringuilla o del opio.
Yo, como el vicioso que no puede ir de un sitio a otro sin llevar consigo una buena provisión de su terrible bálsamo, nunca viajo sin suficiente materia para leer. Los libros me son tan necesarios que cuando, ya en el tren, me doy cuenta de que los demás viajeros no llevan ninguno, se apodera de mí una sensación de verdadero espanto. Naturalmente, cuando el viaje es largo adquiere una magnitud gigantesca...

Traducción de J. Romero de Tejada



PÁGINA 8 – POESÍA ARGENTINA

SUSANA CABUCHI
(Jesús María-Córdoba-Argentina)

CIELO

Sobre las montañas nevadas,
como una flecha oscura,
van los patos salvajes.
Cruzan.
Como tu sombra
sobre mi corazón. 

MIRIAM CAIRO
(San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires-Argentina)

CANCIÓN SIN EMPLEO

Me pregunto si los hombres del alto horno,
si las cosmetólogas,
si el muchacho de la tintorería,
si el médico pediatra,
tienen tiempo de pensar en todo lo que yo pienso
mientras llevo mi carta de presentación para pedir empleo.
Me pregunto si ellos escriben las imágenes
que construyen los miedos y las asombros.
Si tienen madrigueras,
o casilleros personales,
o taco calendario donde guardar metáforas.
Me pregunto con qué dos conceptos fundamentales
construirán sus pensamientos metonímicos.
Me pregunto cómo hacen los contadores nacionales,
los tesoreros,
para sofocar su generosidad.
Cómo harán las azafatas
para no apropiarse de los sueños ajenos
mientras vuelan.
Cómo harán las extraordinarias luminarias del fútbol
para sobreponerse al deseo de despojarse
de tan desaforadas fortunas,
cómo harán los editores
para no alzar la rosa contra la fría noche que se atreve.
Me pregunto si cada mañana el alcalde de la penitenciaría
tendrá que luchar contra sus tristes pensamientos.
Si el boxeador expulsará a golpes
la actividad constante de su conciencia.
Me pregunto cómo hacen para hablar los periodistas
y los locutores,
sin sucumbir ante el deseo de permanecer en silencio.
Me pregunto de dónde sacan ánimo los tenistas
para no vencerse a sí mismos.
Me pregunto cómo acomodan todos ellos sus pies en el mundo
y cuáles son las razones que los hacen sentirse parte de él.
Me pregunto a qué pruebas extremas se habrán sometido,
de qué interrogatorio despiadado habrán salido indemnes,
qué conocimientos superiores habrán desarrollado,
a qué horas tan tempranas abrirán los ojos
para merecer la recompensa de un puesto de trabajo.
Me pregunto cómo han hecho los farmacéuticos para vender
y no regalar remedios.
¿Reconocerá el operador de mercado
a los otros seres que habitan su pensamiento?
¿El computista estará en sintonía con sus misterios?
Me pregunto si los trabajadores
tienen que esperar la hora del refrigerio
para pensar que su estar en el mundo
no es un hecho meramente topográfico
ni productivo,
sino que es fundamentalmente
un estar humano.
¿Cómo harán para acallar sus asaltos cenestésicos
en medio de las tareas cotidianas?
¿Serán compatibles el pragmatismo
y la inanición del pensamiento continuo?
¿Sabrá el soldador que nunca está sólo en su pellejo?
Me pregunto si todos tienen un horario para ser ellos mismos
y un horario para ser lo que les indican otros.
¿Podrá el jefe de personal ser lo mejor de sí sin perder autoridad?
¿Podrá el estibador cargar la noche sobre los hombros?
¿Habrá un modo de hablar
que no se confunda con la dulce voz de las camelias?
¿Será posible ser una misma y ser otra y otra, bajo el mismo nombre,
sin que esto cause sospechas al empleador?
Me pregunto si hay tiempo de pensar qué diferencias separan
al hombre del hombre,
a la mujer de la mujer,
a la mujer del hombre,
y si ese tiempo de pensar es un trabajo,
y si ese trabajo puede dar de comer.

ALDO LUIS NOVELLI
(Neuquén-Argentina)

PURA FÍSICA Y QUÍMICA

escribimos para llenar los huecos
de la memoria reptil
que culebrea en nuestro ser
desde hace 500 millones de años.
para atrapar la luz
que viene desde el primigenio tiempo
del big bang estelar
mientras viajamos en el caparazón de una tortuga
a 300.000 kilómetros por segundo.
escribimos para descubrir al hombre invisible
que camina desde el nacimiento
a nuestro lado
y al desconocido que vive
en la sangre que nos fluye por las venas.
para hacer un viejo amor imposible
plenamente posible.
para cantar la canción del infinito
en un bar de malamuerte
de los bordes de la ciudad.
escribimos para reírnos del mundo
y llorar con nuestros muertos.

ALEJANDRA DIAZ 
(Tucumán-Argentina)

NADIE SABE

detrás  del  gesto  hay  interpretaciones 
y  nadie  sabe  qué  quiere  decir  ese  gesto  /
salvo   que  haya  un  espacio  vacío 
en  el  que  los  gestos  sean  letreritos  multicolores
escritos  por  niños  que  recién  comienzan  a  escribir...

el  equilibrio  que  se  mantiene  en  las  calles  de  la  vida  / sanatorios
y  seguir  caminando aveces  sin anestesia
aún  la  alegría  disfrazada  cuando  uno  se  ríe
en  las  avenidas  de  esa   misma  vida 
respirando  los  niños  que  nacen  con  aves  de  corazón
y  pasos  de  cristales  que  no  se  fueran a  romper
nadie  sabe  /  nunca  se  sabe

pueden  presuponerse  lecturas  desajustadas
sobre  un  verso / una  pintura
una  sinfonía  o  letra de canción
giro  en  el  aire  de  un bailarín
payaso  equilibrista  de  circo 

y  sin  embargo  tanto  por  decir  andar  mirar
nombrar  reir  llorar  vivir 

antes  de  irse  lejos
como  de  muerte 
sin  intentar  explicar  nada   

sólo  latido  sólo  existencia  sólo  intuiciones

AMELIA ARELLANO
(San Luis-Argentina)

LLAGAS

Dedicado a Eduardo Dalter
Con agradecimiento… con admiración

A dentelladas cortadas mis trompas de Falopio
Toda la oscuridad del mundo en mis cipreses.
En mi sexo. En mis campos de sal
En las mareas de vinagre de mi vientre yerto.
Pájaros del estinfalo. Campana rota. Víbora cascabel.
Yo, la abandonada, láminas moradas en los parpados.
Yo, la abandónica. Un látigo y una balanza en mi mano diestra.
-Hay que odiar para amarse. Hay que amar pera odiar-
He sido presa fácil de un dios furioso.

Esperma en sus tentáculos. Cerilla que no alumbra.
Boca de ceniza. Pavorosas manos.
Vestida de lagarto lo asesiné en el páramo. Flecha roma.
Era él o yo. Boca sabor a leche y amargo en las entrañas.
Nadie dibujó el contorno de mi enero. Menos el de mi nombre.
Solo crucificándome pude crucificarte.
Hombre. Dios. Pradera de inconfesables goces.
Los ángeles caían. Me cedían el paso. ¡Pobre de mi y tu fiebre! 
-hablo sola en el huerto de olivos-
La hiedra venenosa alimenta a Teseo. Ariadna huye.
Nadie advierte que la pestaña de la noche es un cuervo hueco.
De un soplo. Uno. Uno solo. Exhalar mi vida. Quiero.
Dintel donde se esconden ruinas. Ruines. Runas.
Yo, la abandonada. ¿Donde está la posada de la palabra infiel?
Una mano, trémula se acerca. Le indago. Le inquiero.
Miro ese rostro incrustado en el olvido. Mueve la cabeza.
Mi madre. Mi padre. ¿Dónde están?
El hombre está sordo, o solo, que más da.
Mi grito es una lengua de vieja tenebrosa.
Clausurados capítulos responden en una lengua oscura.
-Aun no nacía y ya me esperaba una cruz de palo-
“Hormigas de la mandíbula trampa” esperaban mis ojos.
El viento de los médanos. El lodazal. La niña no 
deseada.
Vuelve a tu laberinto de pajas y lagartos.
Aloe vera, quiero, quiero.
Jano tiene dos caras, solo dos. No, tres…



PÁGINA 9 – CUENTO

horacio c. rossi
(santa fe- argentina)

un cuento para todos nosotros, los niños...

Estaba el otro día desgranando ideas en un poema imaginario, cuando llegó Luis Alberto con su bicicleta anaranjada, y me invitó a tomar un refresco en la próxima nube. Fuimos a buscar a Kuky y a Pelusa. Al salir todos juntos escalando la pared sin cornisas, en bicicleta, un heladero nos gritó si estábamos locos. Nos causó mucha gracia la pregunta, y le dijimos: "¡no!".
Entonces nos tiró un helado de ananá, de esos que enloquecen a la bicicleta de Luis Alberto.
La parte de arriba de la nube estaba con alta gramilla. Llegamos justo cuando los pájaros de vidrio, que la impulsan, desayunaban. 
Nos mostraron un brillo nuevo del sol. Era realmente último modelo. Parecía hecho de tortugas jugando a la mancha, pero eran caracoles cocinando empanadas. 
Al principio, yo no quería creer que fueran caracoles. Creía que algo era, pero no caracoles. Tomé uno y le pregunté cómo se llamaba. Me respondió: "caracol". Recién entonces creí.
La bicicleta rodó riendo en torno a mí. Su burla era hermosa, clara, lógica y prudente. Era justa.
Yo me puse colorado.
Entonces un caracol me ofreció una empanada, y le dije: ¡gracias, caracol!. La tomé y la mordí. Su sabroso relleno era una carta en la cual los caracoles me perdonaban haberlos confundido y, sobre todo, no haberles creído, siendo tan importante la fe en los seres. Y más en estos tiempos.
Fue la secuencia más larga de nuestro tiempo en la nube.
La bicicleta se me había subido a los hombros, y me susurraba luz en el oído... Se torna regalona luego de hacernos burlas, y nos tiene prendados con sus mimos, sus caricias y sus ronroneos, así como, a veces, nos enojan sus impertinencias o nos desconciertan algunas de sus actitudes.
¡Hace cada cosa con esos manubrios y pedales! Siempre le digo a Luis Alberto que no la mime tanto.
Pero todos la dejamos hacer.
Kuky y Pelusa escuchaban las quejas del viento frío. Decía que, si seguía el tiempo caluroso como estaba, los chocolatines no iban a florecer. Él venía del campo, por eso lo sabía (¿no?).
Un pájaro de vidrio le trajo sus pichones a Luis Alberto. Niño él todos nosotros para siempre, pronto jugamos jugamos jugamos con esas suaves plumitas, todavía de acrílico.
El tiempo era un caramelo de dulce de leche chocolatada (¡ah!).
Los pájaros de vidrio habían convertido su desayuno en un picnic festejando que, pronto, toda la gente tendrá solamente primavera en el alma, y no habrá necesidad de almanaque que la determine. Festejando, porque pronto todo será sólo felicidad.
Las nubes tenían que irse. Las habían invitado no sé dónde. Los pájaros de vidrio empezaron a volar.
Como los pájaros de vidrio tampoco sabían bien adónde debían ir, hasta ponerse de acuerdo hubo una real y densa marejada de órdenes, gritos, picotazos y carreras. Y aleteos. Todo un ruído desparejo que nos dio risa, y reímos como locos.
Todo ese barullo hizo que el viento frío se cayese de cabeza, arrastrando consigo toda la basura del picnic. 
La gente abría paraguas y corría hacia sus casas para protegerse de la lluvia, porque eso era la basura del picnic de los pájaros de vidrio.
Nosotros le gritábamos que no corriesen, que eso era puro, fresco, limpio, que saltasen y bailasen, que se abrazasen y se besasen y se quisiesen mucho.
Pero la gente no nos oía, porque solamente oye estupideces.
Nosotros bajamos corriendo desde el cielo, mientras Dios nos guiñaba el ojo desde todos lados.
Al llegar decíamos: hola, qué tal, chau. Todos los árboles querían saber de nuestro viaje. La estatua del parque, bañándose desnuda y feliz bajo la lluvia, nos preguntó, coqueta, si había carta para ella, y si se la veía linda desde el cielo.
Le gritamos que sí, mientras masticábamos chicles de carcajadas multicolores.
Toda la tierra anudaba su eterno moño con un brillante cordón de lombrices.
Y, desde el parque a casa, fue correr. 
Correr y ser felices. 
Correr todos juntos, de la mano.
La bicicleta de Luis Alberto se quedó con la estatua, abrazada a su sombra, paseando el paso a paso de chisme pero de amor.
Y todo esto es así porque la vida es un sueño que soñamos solamente nosotros los niños.
Nadie más suele atreverse a vivir.
Fue hermoso.
Vos no hicistes este viaje con nosotros. ¡Pero podés hacer el próximo! Con sólo soñar, imaginar, reír. ¡Reír mucho!.
Yo creo firmemente que, así, el mundo entero será un día una sola flor de niños felices para siempre.
horacio c. rossi, en la terraza,
mcmlxxii, mmiii, años de chicle



PÁGINA 10 – CUENTO

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

PAVESE

Recuerdo aquel famoso poema de Cesare Pavese, Los mares del sur, que además de producir un hecho poético importante, de ruptura con la poesía anterior y transformar lo que se escribía en Italia, narra algunas cosas.
Leído y releído desde mis veinte años no ha dejado de asombrarme desde entonces. Allí el primo viajero, que habla el dialecto áspero aconseja alejarse de la tierra y luego volver para sacarle provecho y gozar ante un nuevo rencuentro.
El primo que la familia había creído muerto aconseja al joven, quejándose de que en las Langas, hombres y bestias son la misma raza.
Tal vez resulta excesiva la apreciación de este primo siempre bronceado, pero yo que he visto de cerca esos hombres que el gran piamontés magistralmente describe, podría asegurar que en aquellos tiempos remotos, cuando el campo era un sacrificio constante, que no difería con el paso del tiempo por décadas y que sólo fue cambiando lentamente. Por ello no es irrazonable pensar que los caballos eran muy preciados por la gran ayuda que proporcionaba a la gente de campo, porque la tracción a sangre era fundamental. Se utilizaba para arrastra todo tipo de herramientas: arados, rastras, sembradoras, cosechadoras, carpidoras, cortadoras de pasto, etc. Se los usaba para llevar cualquier tipo de carga y por supuesto, el traslado de personas.
Yo he visto a los hombres de mi familia en esas tareas brutas, trabajando de sol a sol, del amanecer a la noche, descansando sólo los domingos a la tarde. Comprendo entonces cómo pudieron cuidar los caballos hasta la exageración, incluso lo hacían por la tradición  que traían desde su aldea donde habían crecido.
El recuerdo  que tengo sobre todo es el de los amaneceres, cuando las sombras de la noche no se desceñían aún. En ese momento en que las sombras se van apartando como n velo de las cosas, van como desprendiéndose, cual telaraña que una mano invisible retira. Cuando realmente empezaban las tareas. Cuando los hombres luego de tomarse sus mates en silencio, iban saliendo al gran patio de tierra con la brasa del cigarrillo como luciérnaga inquieta, como si fueran ojos que hendían la ya amenazante claridad. Lo hacían sin hablarse porque las tareas estaban previamente acordadas. El más joven iría por el “nochero”, atado al palenque de ñandubay, montarlo en pelo y salir en busca de la tropilla encerrada en el potrero grande era una sola cosa. Arrearlos hasta el
Abrevadero al pie del molino era la segunda, donde los otros esperaban con sus arneses listos para las tareas del día. Ya sea arar, rastrear la tierra o carpir lo sembrado quitando yuyos, para lo cual ningún caballo se salvaba de llevar sobre su cuello esa pesada pechera de cerda recubierta de cuero y rodeada de yuguillos de hierro y madera con  sus argollas y sus ganchos.
En una de ellas me ponían de muy niño. Me sentaban allí al despertarme hasta que avisaban a mi madre que trabajaba en el campo para que viniera a amamantarme. Nunca leche tan sustanciosa se esperó con tal ansiedad por un niño al que acunaron el canto de los grillos cuando el día y el mundo recién comenzaban.



PÁGINA 11 – POESÍA ARGENTINA

ANAMARIA MAYOL
(Victorica-La Pampa-Argentina)

Escribo
para que la palabra se deshaga
traiga su testimonio
grite su libertad

y entonces
arremeta contra muros que hospedan
silencios impuestos

denuncie renombre
desenmascare

pronuncie sobre los labios de todos
la esperanza el amor y el verbo

Escribo por que me duele no nombrar
el hambre

el niño solo
golpeando con su temblor la noche
en la intemperie de un mundo capturado
por unos pocos poderosos

Escribo para que mi nombre sepa
a quién nombra

mi tiempo se sienta historia
los anónimos
recuperen sus nombres y apellidos
y sean más que memoria

Escribo para dejar un rastro
estampado en la profunda roca

más allá de los pasos
del túnel del vuelo
de las sombras
de la herida epidermis de la tierra

Escribo
para que la utopía sobreviva

para arrebatarle al olvido su sentencia. 

ANÍBAL DE GRECIA
(Oberá-Misiones-Argentina)

ESTOY ADIESTRANDO AL CORAZÓN PARA QUE APRENDA A SANGRAR DE A POCO

Tengo una pendeja con un cuchillo en el bolsillo de una camisa
Más abajo un demonio que no es mío se retuerce de dolor.

También hay hambres que no son míos
hay dolores
hay gritos
y un estertor des intentándose.

Tengo una pendeja, un demonio, un cuchillo y un corazón afilado aún sin adiestrar.

CLAUDIA MASIN
(Resistencia-Chaco)

LEONA

Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo profundísimo, parecido
a los cráteres que deja un bombardeo, e indefectiblemente caemos
desde una altura que hace imposible llegar al fondo
sin quebrarse las dos piernas. Ninguna sale intacta y sin embargo
suele decirse que se trata de un malentendido, que no hubo tal caída,
que todas las mujeres exageran. Lleva una vida completa
poder decir: esto ha pasado, fui dañada,
acá está la prueba, los huesos rotos,
la columna vertebral vencida, porque después
de una caída como esa se anda de rodillas, o inclinada,
en constante actitud de terror o reverencia. Muy temprano el miedo
es rociado como un veneno sobre el pastizal demasiado vivo
donde de otra manera crecerían plantas parásitas, en nada necesarias,
capaces de comerse en pocos días la tierra entera con su energía salvaje
y desquiciada. Aún así, siempre quedan algunos brotes vivos,
porque quien combate a esas plantas que se van en vicio,
después de un tiempo ya tiene suficiente, de puro saciado se retira
del campo baldío y a veces les perdona la vida
y se va antes de terminar la tarea. No es compasión,
es como si una tempestad se detuviera
porque ya fueron suficientes las vidas arrebatadas, las casas reducidas
a una armazón de palos y hierros desplomados,
que aun restauradas nunca podrían volver a ser las mismas.
La compasión, claro, es otra cosa
que haber saqueado una tierra con tal ferocidad que lo que queda
está tan malogrado que ya no sirve ni como alimento
ni como trofeo de guerra.
En el corto tiempo de gracia antes de la caída,
las mujeres, esos yuyos siempre demasiado crecidos,
andamos por ahí, perdidas y felices, esperando lo que no suele llegar:
la compañía del hermano que no tenga terror a lo desconocido,
a lo sensible. No el hermano que pueda impedir la caída
sino ese capaz de caer junto a nosotras,
desobedeciendo la ley que establece
la universalidad de la conquista, la belleza
de la bota del cazador sobre el cuello partido de la leona
y de su cría. El hermano incapaz de levantar su brazo para marcar a fuego
la espalda de la hermana, la señal que los separaría para siempre,
cada cual en el mundo que le toca: él a causar el daño, ella a sufrirlo
y a engendrar la venganza
del débil que un día se levanta, el esclavo
que incendia la casa del amo y se fuga
y elude el castigo. El mal está en la sangre hace ya tanto
que está diluido y es indiscernible del líquido
que el corazón bombea: el patrón ama esto y el hermano lo sufre,
tan malherido como la mujer a la que él debería
lastimar. El dolor sigue su curso, indiferente,

y el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá,
a menos que algo pase,
un acto de desobediencia casi imposible de imaginar,
como si de repente el cazador se detuviera justo antes del disparo
porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre
de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte,
y supo que formar parte de la especie dominante
es ser como una fiera que ha caído
en una trampa de metal que te destroza lentamente
cada músculo, cada ligamento,
para que te desangres antes de poder escapar.

ERNESTINA ELORRIAGA
(Córdoba-Argentina)

MUJER MIRANDO UNA FOTOGRAFÍA

La sombra desciende sobre su espalda
Pesa como el dolor que cae de sus ojos
Mira una fotografía 
Se empecina en mirarla
Ha regresado al bar de la estación 
Donde se cobijó junto a su maleta 
Cuando bajó del tren
Era entonces 
Cuando sus pies tocaban la tierra prometida
Cuando en sus mejillas florecían las camelias
Ay ay cuando la ciudad se le entregaba
Ella ha regresado
Pide una taza de té
Repite todos los gestos
Repasa los pasos 
No encuentra el error
La ciudad y su sombra se relamen

HUGO FRANCISCO RIVELLA
(Rosario de la Frontera-Salta-Argentina)

LA POESÍA

La Poesía ¿Qué será la Poesía? 
¿Será esta rajadura del cráneo y la garganta cuando la atora el hueso del desaparecido? ¿Será el agua inocente del niño y sus juguetes que le cuidan el sueño cuando duerme? ¿Será esta piel tatuada por tu boca?
¿El faro en la bahía con la tormenta encima? 
¿Será el fuego que rueda mansamente en el río? 
¿Será el cuerpo indeciso de Lorca y tantos otros? ¿Será el reino dormido de dios entre chacales? ¿Será el brazo que estalla su lámpara en el miedo?
La Poesía ¿Qué será la Poesía? 
¿Será el verso que busca la palabra más pulcra o el hombre acribillado en un país lejano? ¿Será el rinoceronte que deambula en la noche buscando en el follaje la sombra de una rosa? ¿Será el grito del hambre que pone tieso el aire? 
¿Será el rastro del tiempo en las viejas aldeanas? 
¿Las arrugas del alma de un niño abandonado? 
¿Será la luz desierta del ciego en una esquina? 
¿El ojo enajenado del ladrón de caballos?
La Poesía ¿Qué será la Poesía? 
¿Será esta garra oculta, su secreto a pedazos? 
¿Aquello que me acecha en donde no imagino? 
¿El barro que me piensa como un ángel caído? 
¿La música del viento bajando de los astros?
¿Será la puñalada de dios en mi tristeza?
La Poesía. ¿Qué será la Poesía? 
¿Será lo que persigo? ¿Acoso o me destierra? 
¿Será quien lava mi corazón cuando estoy derrotado?
Quizás sea lo que ignoro, suficiente con eso.



PÁGINA 12 – CUENTO

GRACIELA MITRE
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

HOGAR

y cuando me muera te vas a acordar
y cuando resucite lo vas a lamentar
(La morada imposible-Susana Thénon)

Esa noche, luego de acomodarle la cama y cambiarle la ropa, los hijos cerraron la habitación con llave y se fueron. No dejaron ninguna recomendación, tampoco un preaviso.
Mientras tanto el marido se arropó en la cocina, no para mantener la vigilia, sino por miedo.
Al día siguiente la muerte había pasado. Se fue como estaba. Sin ningún arreglo, sin un beso ni una mano a su lado, con el cuerpo famélico, el camisón floreado y las manos cerradas.
Siempre quedará la duda acerca de quién tomó a quién. Quizás pudo elegir, vivir en voz baja su muerte, en comunión total, como el acto de parir, donde el cuerpo entrega y da en un mismo instante.
Después del hecho el marido no volvió al cuarto matrimonial, se mudó a otro más pequeño y allí se quedó, miedoso y sombrío.
Él, cuyo tiempo libre lo disponía sólo para el club, su primer hogar, como solía decir su mujer, se mantenía acuartelado en ese pequeño cubículo, con el cuerpo desaliñado y maloliente.
Recuerdo su andar de hombre compacto, libre de fisuras, pañuelo de seda al cuello  bañado en perfume Old Spice, engominado el jopo, yéndose sin importarle otra cosa que los torneos de fútbol de los pibes, la construcción de la pileta olímpica, el truco y la cerveza con amigos.
Pero un día abandonó la indiferencia y se puso malo. Entonces gritaba sin parar, dedicaba los mayores improperios a esa mujer apocada y quieta, con la que sólo compartía la comida, los hijos y los partidos de Ñuls.
El bienestar del hogar se fue acabando y ella pasó a ser una fuente donde él podía drenar su ira, la ira imparable que la encogió hasta dejarle los ojos cavernosos y la garganta sin palabras.   
Tiempo después los hijos lo llevaron a otro hogar. Era invierno y la llovizna caía como púas sobre la ciudad. Entró sin objetar nada, sólo atinó a responder el saludo de sus hijos. Vio lo rápido que se iban, esquivando los charcos, esperando un taxi, despareciendo entre la espesa humedad.
El cambio tuvo que ver con los comentarios que él hacía acerca del camisón a florcitas de su mujer el día de su muerte, diciendo que había vuelto, que se despertaba encontrándolo junto a su almohada.
No hubo dudas de parte de los hijos en sentenciar una demencia senil, aun cuando  días más tarde encontraron el camisón tal cual lo expresaba su padre. Prefirieron no decir nada, obviar cualquier comentario que pudiera incomodarles el pensamiento. Lo pusieron en una bolsa y así cómo estaba, lo dieron, con el olor natural y las marcas que había dejado el cuerpo muerto.
La estadía del padre en el nuevo hogar fue breve. Al igual que la mayoría de los internos comía poco, no hacía comentarios, salvo para hablar del camisón, hasta el día en que eligió morir.  
Cuando se fue, parecía otro, la muerte le había lavado el gesto del enojo. También él murió solo. La noticia había llegado tarde, arribaron cuando el cuerpo no tenía tibieza y la rigidez lo envolvía.   
La casa aún está de pie. Fue remodelada; la ventana es más grande, la puerta ahora es de metal, el patio está cubierto con baldosas de granitos rojas, pero el arbusto de rosas chinas se mantiene allí, conservando el majestuoso porte de siempre, también las hojas del ligustro cubriendo el frente; son tan verdes como cuando le sacábamos la piel dejando una lámina fina de papel de calcar.
Pase lo que pase, la vida fluye desafligida del pasado. Me abro paso entre las ramas y me ilusiono con verla caminando hacia las margaritas que habitaban su jardín, creo escucharla hablando en voz baja, guardando en el corazón de la tierra una nueva semilla que tal vez lleve su nombre.
  


PÁGINA 13 – ENSAYO

ALEJANDRO BOVINO MACIEL
(Corrientes-Argentina)

QUÉ SOMOS Y QUÉ NO SOMOS

Todos quedaron en silencio y entonces la conversación que mantenían dos gigantescos Baobabs, se pudo escuchar nítidamente:
-¡Ya te decía que son cangrejos! sostenía el que estaba a la izquierda.
El enigma era saber cómo hablaba, ya que entre el tronco y el follaje no se divisaban ojos, boca ni indicios de nariz. Sin embargo, cada vez que aparecía la voz, el inmenso árbol se sacudía de cabo a rabo.
-¡Que no! ¡Te digo que son hipocampos! Hay que reconocer que lo disimulan muy bien; hasta se diría que parecen cow-boys.
-¿Y si fueran cow-boys disfrazados de hipocampos?
No, que son hipocampos. Yo los he visto en un documental de la TV y son…viscosos, así como éstos que se aproximan -aseveró el Baobab de la derecha que tampoco lucía boca, ojos ni lengua y sin embargo articulaba las palabras con perfección.
-¡Jamás podrían ser hipocampos! ¡Estamos fuera del océano! -reclamó el de la izquierda.
-¡Son hipocampos extra~marinos!
-¡Son cangrejos ermitaños!
-¡Basta de discusión! -terminó diciendo el de la derecha- ¿Por qué no le preguntamos a ellos qué son?
-Eso, -el de la izquierda usó un tono sospechoso para decirlo- suponiendo que ellos mismos sepan qué son.
-Todos sabemos qué somos -aseguró su vecino.
-Conmigo no pasa lo mismo -advirtió el otro Baobab-. Yo sólo sé qué no soy. No soy un batracio. Tampoco soy una forma de mineral. Ni un fenómeno atmosférico. Me costó mucho constatar cada una de estas cosas. Para saber que no era un pulpo hice este cálculo: los pulpos no asisten a fiestas donde se disfruta el jazz. A mí me gustan las fiestas aunque nunca fui a una. Adoro el jazz. Luego, no soy un pulpo. En otros tiempos estaba casi convencido de ser un verdadero pulpo gigante. Un pulpón. Pero tenía dos argumentos en contra: las fiestas y el jazz; no obstante igual, yo mismo me decía: hoy te alimentarás exclusivamente de almejas. Llegué a odiar las almejas y los mejillones. Y en mis ramas cantaban los pájaros. Eso tampoco encajaba con la idea de la pulpidad. Es sabido que los pájaros submarinos no cantan. Son mudos.
Yo soy un baobab y ellos son hipocampos supra~marinos.
-¿Qué tipo de crustáceos sois? -indagó amablemente el Baobab de la izquierda dirigiéndose a ellos.
-Nosotros...-empezó contestando la Reina- no somos...
-¡No son baobabs! -se apresuró a decir el de la derecha- eso se nota a simple vista. Ella dijo ‘no somos...’; estoy a punto de pensar que tu observación es razonable. Parece que casi todos saben qué no son y muy pocos saben qué son.



PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

CLAUDIA AINCHIL
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

POEMA DESCUBIERTO

Lo descubrí con el rabillo del pez
tiburón ojo mojarrita
ajetreos tallados y dibujos dormidos
fui rastreada tras enigmas, levemente somnolientos.
Ningún abracadabra se apiadó
del eterno e inconcluso ser no ser
siempre la misma cantinela…
a ver si las catacumbas seleccionan viscosas manos
que estremezcan a los sombríos consumidores de almas.
Será posible?.
Tome el anzuelo liviano de maldiciones
la premisa fue liberando complicidades
ex antídotos para no resbalar en submundos
que intentan persuadirnos que son mundo.
En tantas ocasiones anónimos sin pisada
acarician la zona que existe entre la inercia
y cada deuda propia.
Un manojo marca Abril
seguir entre fabricas humanas a medio construir
Abril…el corazón arde en secreto
la soledad improvisa gestos
formulas para no desistir en la misión
de lanzar botellas al mar.

CRISTINA VILLANUEVA
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

GRACIAS A LA VIDA

Creo en Violeta Parra
alumbrada de música y poemas
En Salvador Allende su entera dignidad
 En Miguel Hermandez  su huella
de sangre y de belleza
En la libertad que escribe incesante con
uñas  en los  muros.
En la alegría,  el abrazo.
En la fiesta que continua al dolor
en la dulce tristeza
en las flores
la amistad
creo en los luchadores que buscan
en la ternura
en la oscuridad salpicada de sueños
en el arte de pensar
los libros  en la cama
sobre la mesa
en los libros que asaltan todos los rincones.
En mi ciudad, mi casa, mi cuerpo, surcados de
latidos.

En la
 leche tibia de las palabras.
En la rebelión
En los títeres,
el cine, los cafés, los recuerdos,
la murga

en el amor
 que acaricia a todo lo que creo.

ILDIKO NASSR
(Jujuy-Argentina)

SEI SHONAGON

sei shonagon vivió en japón en el siglo X 
emily dickinson vivió en estados unidos en el siglo XX
ildiko nassr vivió en argentina después del golpe de estado
más sangriento de la historia de su país 
nunca escribió un gran poema como shonagon o dickinson
pero la poesía le mostró su piel una noche de amor
y jujuy le brindó un banquete de imágenes mágicas 

JORGE FALCONE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

POECINE

Quién me manda a caminar
por Corrientes si ya no soy
de esta ciudad y sé muy bien
con qué me puede tentar…
Si a partir de la mudanza
me puse a considerar
que no sería fácil cambiar
sus veredas por Internet…
Si sé cuánto me cuesta
ganar un sueldo y no llega
del Obelisco a Callao…
Para qué descuarticé
mi última  tarjeta de crédito
si a la postre siempre vuelvo
a averiguar si de cine
o poesía hay en las bateas
alguna cosa que sepa a nuevo…
Maldita la hora que doblo
en La Ópera, cruzo a Zival’s,
hojeo libros en Hernández
o recalo en Entelequia!
Porqué me engaño rodeado
de filmes, libros y discos
que un buen día embalados
habrán de donar mis hijos…
Vivo feliz juntando amigos,
sin tiempo de conocerlos…
Bazar donde atesoro
la más efímera dicha!
Ay de mi tan impotente
bajo una megaindustria que nunca
parará ya de editar!
Lo que gano se transforma
en Getino o Lamborghini,
mas nunca en ropa o botines.-

LILIANA ANCALAO
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

DETRÁS DE LOS PÁRPADOS

detrás de los párpados queda la vigilia detenida
en el sueño un haz de luz centellea
y sospecho
que un paso más acá están las respuestas

recuerdo que en sueños
puedo volar
y vuelo
sobre escaleras rotas alturas silenciosas
y hombres que espían

¿qué fui yo?
¿qué delicados pies tenía
que corría sobre el cuerpo de la nocheaire?
¿qué mensaje llevaba?
¿qué vértigo me hundió los ojosmiedo?
¿qué burla corrosiva tocó mi hombro
y me abandonó despierta en la otra orilla?
¿alguien fue enviada en mi lugar?
¿alguien curó mis alas rasgadas por el silencio?


que no supe llegar a destino
y que se desarmó mi vuelo leve y blanco en la neblina
y que estoy condenada en cada sueño
a repetir el intento

hasta que pueda fervorosa
traspasar en vuelo los párpados de la vigilia
y me gane
amanecer al mundo
con dos cicatrices en la espalda



PÁGINA 15- CUENTO

BERTA LUCÍA ESTRADA
(Manizales-Colombia)

DETRÁS DEL ESPEJO

Tengo cuatro o cinco años y estoy jugando con mis primas en la casa de la abuela. Es una casa enorme, llena de habitaciones cerradas y mal iluminadas, por las que yo me paseo triunfal, como si fuera otra persona. Me gusta ir a la casa de los abuelos. Cada vez que lo hago mi mamá me peina con mucho cuidado y me viste como lo hace cuando vamos a misa los domingos. A veces me coloca mi camisa predilecta y luego me monta en el carro, hacemos un viaje largo; al menos eso me parece a mí. Cuando llegamos, mi mamá deja caer tres veces un gran aldabón que hay en la puerta de entrada. Me gusta su sonido, gong-gong-gong, es como si la música saliera de las entrañas de la casa y luego la puerta se abre. Subimos una larga escalera, me da la impresión que subo hasta el cielo. Arriba están los abuelos, siempre hay galletas de vainilla y yo puedo comerme las que quiera. Al final de las escalas hay un corredor largo y al fondo está la cocina, corro a reclamar las galletas que tanto me gustan. Al lado del corredor están alineadas las habitaciones, se comunican unas con otras. Al lado de la cocina hay más escaleras, así que sigo subiendo, llego a una gran terraza, es la terraza más grande que conozco, apenas para patinar; pero mi mamá no me deja traer los patines. Es el lugar de la casa que más me gusta. Los adultos nunca suben. Levanto mis brazos y toco el cielo. Oigo voces, me buscan y me dicen que baje, no les gusta que esté arriba solo, mi mamá no se cansa de decirme que es peligroso, yo no entiendo que es el peligro, miro para todos lados pero no lo veo. Imagino que debe ser un señor muy feo, a lo mejor tiene mal olor. No me gusta que la gente huela mal. Por eso me gusta tanto que mi mamá me bañe. Sé que debo obedecer, así que bajo. Me encuentro con mis primas. Me siento bien con ellas, menos con Susana. Jugamos a las escondidas. Hay tantos lugares donde esconderse en esta casa, así algunas puertas estén cerradas y no podamos cruzarlas. A mí no me gusta buscar, prefiero correr a esconderme y esperar, sin respirar apenas, que alguna de ellas descubra dónde estoy. Pero siempre soy el primero que pillan y eso que me oculto muy bien, dentro del armario de mi abuela; estoy convencido de que es el mejor escondrijo. Las puertas tienen unos espejos enormes, me gusta mirarme en ellos, a veces me da la impresión que mi cuerpo crece, que se transforma, me veo reflejado dos, tres, cuatro veces. Como si fuera un camaleón. Mi papá, que siempre me cuenta historias de animales, me habló hace poco de ellos. Me dijo que cambiaban de color, utilizó una palabra muy rara, que no entendí, la repitió dos o tres veces, como hace cuando quiere que yo me aprenda una palabra nueva. Mimetizar, mimetizar, mimetizar. Es nuestro juego. El día de mi cumpleaños me regaló un libro de zoología, todos los días se sienta conmigo y me muestra un animal diferente. Me lee sus características, si tiene pelo o lana o plumas o escamas, me dice su nombre. Me explica si es mamífero u ovíparo, si es terrestre o acuático. Me gusta oír la voz de mi papá. Recuerdo que debo esconderme, así que abro la puerta del armario sigilosamente y me oculto detrás de los vestidos de la abuela. Me gustaría ponérmelos, algún día voy a preguntarle si me presta alguno. Escucho pasos, tratan de no hacer ruido, pero yo puedo oír el aleteo de las moscas en la oscuridad de la alcoba, así que los pasos, por más silenciosos que sean, no pasan desapercibidos. Los pasos se paran al frente del escaparate, me quedo más quieto que nunca, ojalá continúen; pero la puerta comienza a abrirse, muy suavemente, sin hacer ruido. Tengo un poco de miedo, no quiero que me descubran. Pero a quien veo entrar es a Susana, a ella no le toca buscar, sino esconderse. Así que se pone un dedo en la boca y se sienta a mi lado. Ella es más grande que yo; cuando lloro, se burla de mí y se pone a cantar en un tono muy desagradable: -El bebé está llorando, el bebé está llorando… y entre más la escucho más ganas de llorar me dan. A veces pienso que no me quiere. Me hala el pelo o me da puños, con las otras primas es igual y después dice que no ha hecho nada. Y si la regañan, se aguanta y no llora. Esperanza ya nos ha debido de encontrar, no sé qué le pasa hoy. Así que comienzo a aburrirme, además no contaba con la presencia de Susana, este es mi rincón. Entre la ropa de mi abuela, hay algo que nunca había visto, es una prenda rara, como si fuesen dos cuencos de coco o dos tazas para naranjas o mandarinas. La cojo y la miro. Le pregunto a Susana si ella sabe qué es y me responde con aire de suficiencia: -Es para las mujeres, cuando sea mayor yo también tendré uno, mi mamá me lo prometió. Me lo arrebata de las manos y se lo pone en el pecho. Yo la encuentro linda y eso que no soy muy amigo de ella. Le respondo que yo también le voy a decir a mi mamá que me compre uno. Me responde con una gran carcajada, -¡Pero si tú no eres como yo! En su voz hay algo horrible. No entiendo por qué me dice que no soy como ella. Es verdad que tengo el pelo muy corto, yo quisiera tenerlo largo, como el de Esperanza. Me gusta su pelo, es sedoso y brillante, su mamá le hace unas trenzas muy bonitas. También me gusta su ropa. Yo no sé por qué siempre me visten con pantalones, yo quisiera ponerme el vestido azul con el que ella va a misa, como el que tiene hoy. Susana se sigue probando la pieza de los cuencos y yo quiero arrebatársela, ella no me deja. En cambio me dice que los hombres no usan ese tipo de prendas. Nuevamente siento que me hiere y cuando voy a ponerme a llorar, la puerta se abre y Esperanza grita emocionada: -1-2-3, los encontré.
Me llamo Orlando y tengo quince años. A todos mis compañeros les está saliendo barba, menos a mí; por lo que todo el tiempo me hacen bromas bastante pesadas. Me llaman niñita, marica, me dan patadas o me insultan. Venir al colegio a veces resulta una tortura, pero ni modo de decirle a mi papá que me quiero salir. Además no estoy muy seguro que en otro colegio no me pase algo parecido. Yo solo siento que estoy atrapado en el nombre de Orlando. Como si ese nombre fuese mi verdugo. En las noches, en la soledad de mi alcoba, me imagino con otro nombre, sonoro y profundo: Cayetana. Con él callaría a mucha gente, a los que no me aceptan, a los que me pegan en la calle o en el colegio; pero sobre todo podría vestirme como una mujer. Al menos eso es lo que el médico me aconsejó. Mi papá está muy preocupado porque no desarrollo los músculos de un hombre y porque no hay atisbos de barba, así que me envió donde un médico. El doctor quiso saber qué pensaba de mi cuerpo, y yo, por primera vez en la vida confesé mi deseo: -Quiero el cuerpo de una mujer, no me gusta el empaque con el que llegué al mundo. Él me aconsejó que me vistiera de mujer para ver si seguía pensando lo mismo. En la casa se armó la de Troya. La voz amada de mi padre sonó como los truenos en plena tormenta. No me pegó, pero el grito fue suficiente para producirme una gran herida.
Estoy parado al frente del espejo de la abuela. Trato de ponerme la prenda de los cuencos, mi mamá me dijo que se llamaba brasier. No sé cómo se pone. -¿Cómo harán las mujeres? -me pregunto-. Comienzo a sentir una sensación de incomodidad, no tardo mucho en conocer la causa. Detrás de la silla, está escondida Susana. Me mira con una sonrisa burlona. Nuevamente me dice que yo no soy una niña y me ordena que me baje los pantalones, cuando lo hago, ella se baja los calzones y señala con un dedo -¿Ves?, tú no tienes un pipí como el mío. Nunca lo tendrás. Luego se los sube y se va corriendo. Yo no puedo moverme, siento que estoy pegado al piso; y de la rabia, o de la sorpresa, no sé, me orino encima de la ropa. Susana debe de ser el peligro del que tanto habla mi mamá.
Tengo 20 años, mi papá sigue insistiendo en que debo ver a un médico, -pero a uno competente -me dice, sin mirarme- no al tegua que le recomendó vestirse de mujer -aclara con la voz llena de ira-. Ya no me habla directamente, siempre lo hace como si me enviara una razón, tampoco me mira a los ojos. Ya no soy el niño consentido a quien le solía leer historias de animales. El médico me prescribe un tratamiento hormonal, mi cuerpo comienza a cambiar; pero algo en mi interior sigue rechazando ese miembro que me estorba. Comienzo a ser aceptado por las chicas. Siempre me han gustado las mujeres, por eso anhelo ser como ellas. Ahora tengo una amiga con quien salgo siempre, nos entendemos; aunque ella no sabe que en el fondo la busco porque ella tiene lo que a mí me falta.
Un charco se ha formado a mi alrededor, huelo a orines, no me gusta sentirme sucio. Me pongo a llorar y veo a mi mamá parada en el umbral de la puerta preguntando por qué no he ido al baño. No sé qué responder. Es mejor no hablar de los juegos con Susana.
En la casa busco prendas de mi hermana mayor, me las pongo cuando ella no está. Descubro que hay una mansarda. Me escondo en ella cada vez que puedo. Se convierte en mi lugar predilecto. Allí hay un viejo baúl con ropa que ya nadie utiliza. Los vestidos me quedan muy grandes, así que ensayo con las camisas, descubro que son de mujer, y aunque me llegan al suelo puedo caminar sin caerme todo el tiempo. En la buhardilla también hay un espejo, me paseo frente a él, y sonrío cada vez que veo mi imagen, mi verdadera imagen, reflejada en él. Pienso que soy un camaleón, comienzo a entender la palabra mimetizar. Aprendo que yo también puedo cambiar de aspecto, ese es mi secreto, no debo revelarlo. Pero aquí, en este cuarto oscuro, es donde verdaderamente soy feliz. Susana no sabe de la existencia de este cuarto, así que cuando ella viene, yo no hablo de él, no quiero que suba.
Una amiga de la universidad, a la que le gusta mucho leer, me habló hoy de un libro que lleva mi nombre: Orlando. Dice que es un libro muy bueno, de una escritora inglesa. Quedo atónito. Yo, que toda la vida he detestado mi nombre, descubro que es el título de un libro muy famoso. Me pongo un poco nervioso, pero ella no lo nota. Le digo que me hable un poco sobre el argumento.
-Es un hombre de la época Isabelina, un aristócrata inglés, a quien le encantan las mujeres -igual que yo, pienso-.
-Orlando, sin ser un ser sobrenatural, o un dios, o algo parecido, ni envejece ni muere.
-Como en el caso de Dorian Gray -le contesto-.
-Algo así. Con la diferencia, que él no hace pactos de ninguna clase, ni tiene una mente abyecta, no tiene manchas que ocultar. El caso es que a mediados del siglo XIX, trescientos años después de haber nacido, y en plena época Victoriana, un buen día se despierta siendo mujer. Es un libro que bucea en la intimidad del ser humano -concluye-.
Recuerdo el armario de la abuela y a Susana diciendo que no soy como ella, que nunca lo seré. Siento una gran desazón. Quiero salir corriendo a comprar el libro y no puedo. Otra vez estoy pegado al piso. Por primera vez intuyo que sí puedo cambiar. Que el alma que habita en esta carcasa equivocada puede al fin encontrar el cuerpo adecuado.
Mi mamá acaba de subir, me ha visto con ropas de mujer. Me ha hecho bajar de inmediato y me ha prohibido regresar a la mansarda. Mi secreto ha sido descubierto, me siento desnudo, no entiendo qué mal puede haber en vestir ropas de mujer. No digo nada, pero ante mí todo es negro. Me han cerrado el acceso al único lugar donde soy yo mismo.
Tengo cuarenta años, estoy casado desde hace diez y tengo dos hijos. Soy un hombre roto, dual. En mí siempre ha habido un cisma. Debo fingir que estoy bien cuando en el fondo quisiera recuperar lo que me quitaron antes de nacer, mi cuerpo de mujer. Tal vez si fuese andrógino mi vida sería diferente. Cuando me quedo solo en el apartamento, me pongo la ropa de mi esposa y me paseo ante el espejo largo rato. Lo vengo haciendo desde hace unos tres años. Desde que visité a un chamán que al verme me dijo: -Debes aceptar a la otra que llevas en ti. Desde entonces he venido abriéndole camino a la Cayetana de mi adolescencia, poco a poco se apodera de mí y rompe el silencio. A medida que lo hace, mi cuerpo comienza a unirse, poco a poco voy dejando atrás la sensación de estar escindida. He hecho progresos, ya puedo caminar con tacones y me desenvuelvo mejor con las manos. No quiero que mis gestos parezcan caricaturas cuando recupere mi verdadero yo. Deseo que cuando a ella le llegue el momento de hablar, no tenga los gestos de él. Desde hace poco estoy pensando en hacerme operar. Ese miembro que llevo entre las piernas cada vez me estorba más. Siento a Cayetana como si fuese un volcán que anida en mi interior, su fuerza magmática crece y crece; no demora en hacer explosión. Cuando eso ocurra, mi antigua armazón habrá desaparecido y dará paso al cuerpo que siempre he ansiado.



PÁGINA 16 –  ENSAYO

PEDRO SALVADOR ALÉ
(San Salvador de Jujuy-Argentina)

LA SOMBRA EN EL ESPEJO:
Poesía reunida de Hugo Francisco Rivella)

Alguna vez escuché a Octavio Paz decir que todo poeta trae algo nuevo a la poesía; es el caso de Hugo Francisco Rivella, las grandes novedades son la confianza en el mundo, la confianza, a pesar de todo, en los hombres y las mujeres que expresan un homenaje a la Vida.
La reunión de poemas comienza con Espinas en los ojos, que me remite a pensar en Albert Camus, cuando nos dice que existen tres fases de pensamiento: la del absurdo, la de la rebelión y la del amor. En esta concepción, Dios, que por definición suministra racionalidad y sentido, está ausente en el mundo. Camus no negó la posibilidad que Dios existiera: sólo asumió la vida como si no existiera. 
Rivella lo dice así:
“¿Dónde estás Padre mío?
Es más ciega la noche cuando me dueles, 
Padre.
El Hombre se arrodilla hasta que el hueso cale las espinas,
los dientes, el ademán huesudo de lo que toco y canto.
Martín Heidegger en una conferencia de 1926, dedicada a conmemorar la poesía de Rainer María Rilke, cuestionaba: ¿Para qué ser poeta en tiempos de penuria?
El filósofo, a partir de su lúcido interrogar al ser poético, devela la necesidad y la urgencia de esa labor entregada a hacernos oír el sonido del verbo originador del mundo.
Rivella lo expresa de este modo:
“Un Cristo sin edades vino a pisar la tierra, 
fue quizás, 
Téotl, 
Quetzalcoalt con sus plumas brillantes, 
Viracocha en el fuego del lago Titicaca, 
Bachué, la madre, con los pechos desnudos, 
Ñamandú en la Amazonia con el trueno y el río, 
los peces de colores subiendo por la luna hasta el 
pozo sagrado del muerto y sus oficios. Ngenechen con el tiempo reciclando la lluvia.
El logos, el fiatlux primordial. Y también esa palabra destinada a hacer perdurables “las huellas de los dioses que han huido”.
Yo soy, 
Padre, 
el pasado en la historia del miedo, 
los códices ardiendo por la espada y la trampa, 
las ciudades cayendo por caballos alados 
y la Biblia en el barro que extermina a los pájaros.
Puedo pensar el mundo, madre, 
ser el Popol Vuh y la noche con sus soles muriendo, 
el Chilam Balan de número y cosecha.
Puedo ser tantos hombres como dioses o esferas.
Por otra parte, la vida es absurda porque hay que morir, y la muerte es la dispersión absoluta, pero nos queda el intento humano de unidad, el gran coraje, consiste en mantener los ojos abiertos a la luz y a la muerte, aún con “astillas”. 
Luis Cardoza y Aragón nos hizo ver que “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”. 
Rivella nos deja su testimonio en esa línea de pensamiento:
Voy a hablar del relámpago su luz como un retazo de dios entre las cosas y el cielo dividido del milagro y el hambre las mujeres los hombres con la culpa del muerto y el árbol que lo ensueña con sus ramas ausentes.
La rebelión, que es por principio conciencia de la muerte y reacción hacia la muerte o el anhelo de vivir y asunción del destino, define el carácter provisional del pensamiento rebelde como una constante:
He de colgar del árbol como Judas pues traicioné la senda y la mirada del hijo que he soltado de la mano. Fui un pirata en los mares del sur, crujía mi calavera cuando mi espada atravesaba el alma de algún náufrago, y fui un ladrón en las garras del tigre.
Tendré mi muerte así, pura y desnuda.
Heidegger supo encontrar las analogías, los vasos comunicantes entre la experiencia del conocimiento y del acto poético, la poesía no es el fruto del pensar: “es el camino de la historia y del ser”, dice. Y al final de aquella conferencia de 1926, el autor de El ser y el tiempo, responde de este modo a la interrogación que hace al arte de la creación verbal: “Si Rilke es poeta en época de penuria, sólo su poesía contesta la pregunta de por qué él es poeta, hacia dónde se encamina su poesía, a dónde pertenece el poeta en el destino de la noche del mundo. Este destino decide sobre qué permanece siendo destino en esa poesía”. 
Nuestro poeta Rivella invoca a la palabra:
Voy a hablar de la guerra sus nudos sus espasmos la hondonada del surco 
por dónde anda la muerte la trinchera anegada la gangrena y el odio de la bala zumbando 
voy a hablar y no importa que me duelan los ojos y el húmero me sangre 
y el hígado me estalle que un tigre desgarrado salga a cazar fantasmas 
y el metralleo distante del fusil sea un animal monstruoso taladrándome el hueso
Religión viene de re-ligar, volver a unir, y la herencia espiritualista de Rivella, se relaciona con esa forma de ver el mundo que en estas primeras décadas del siglo XXI semeja una expresión pagana expresada a través de la poesía:
La Poesía aquí, desnuda o desnudándose, 
mostrándonos el sexo para que se escandalice la página literaria que merodea su censura infinita, porque si digo puta o mierda o puñalada, causa más impresión que si dijera hambre, pobreza, desnutrición, 
extrema unción del río que va contaminado.
El poeta se ha quedado en silencio, pero en el poema está decantándose. No puede expresar todo lo que siente e intuye, pura adivinación, deslumbramiento de las cosas. Y no lo podrá decir de otra manera porque ya lo ha dicho, es el poema mismo, es el propio devenir de la escritura.
El poeta sin querer dar un trasfondo biográfico, se encarna en sus poemas, haciendo un signo de sí mismo, indicando que él, como un gigante invencible, no es una elección sino el elegido:
Mi alimento es el verso de Machado y Celaya, 
Cardoza y Aragón en el ojo de un tigre, la carta deshuesada de Rilke a los poetas,
Garduño, la palabra que brota en su cabeza y la mínima copla de un cantor en los cerros. 
Mi alimento es la Sombra, la vidala perdida que Espinosa persigue más allá de los vinos por las calles de Salta, 
la campiña celeste del cielo en el Caribe y las ranas fantásticas del lago Tangañika.
Mi alimento es el cuerpo de la mujer que amo con los dientes y el fuego de una planta carnívora, su lengua interminable, sus gemidos, la trampa de sus brazos y piernas.
La infancia- que nunca acaba en el poeta- se envuelve de espiritualidad, pero con fuertes resonancias hacia lo sensible: el poeta se encuentra absorto en su lenguaje, impactado por la abundancia de conocimiento que supone manejar esa “cifra inicial de Dios”, que es verbo, en la dialéctica oscuridad/luz, porque si ha sido lanzado a un destino verbal, luminoso, desde su ”oscuro principio”, también posee aquella luz aniquiladora”, la belleza:
Murió de muerte a la luz de las rosas, digo, porque era un niño el que murió de muerte,
corría camino al parque cuando ocurrió el estruendo
y el mundo era un fracaso de un dios ciego y absurdo.
Álzame padre.
¿Vienes conmigo al puente? 
¿A correr las palomas?
¿A tirar en el río los peces del asombro?
Rivella posee una voz consolidada alcanzando su madurez, nuestro poeta ya es vigía, se encuentra a la vanguardia de una sociedad muerta o dormida y en su generación se encuadra en ese sector más visionario, rasgo ineludible que le diferenciará del resto en el uso de la palabra:
La Poesía ¿Qué será la Poesía? 
¿Será esta rajadura del cráneo y la garganta cuando la atora el hueso del desaparecido? ¿Será el agua inocente del niño y sus juguetes que le cuidan el sueño cuando duerme? 
¿Será esta piel tatuada por tu boca? ¿El faro en la bahía con la tormenta encima? 
¿Será el fuego que rueda mansamente en el río? ¿Será el cuerpo indeciso de Lorca y tantos otros? ¿Será el reino dormido de Dios entre chacales? ¿Será el brazo que estalla su lámpara en el miedo?
La poesía de Hugo Francisco Rivella reunida en La sombra en el espejo, nos deja una lección perdurable: el poeta, además de conocer los materiales celestes e infernales de que está hecho el mundo, sabe ante todo soñarlo y construirlo con el lenguaje, edificarlo con el verbo, saber cómo nace y dónde culmina el organismo verbal de su texto, el cuerpo del poema, el árbol del hombre, que está hecho de vivencias, de recuerdos y de palabras. 



PÁGINA 17 – POESÍA AMERICANA

RUTH VEGA
 (Cusco-Perú)

El cauce del viento y la luna erosionan mi techo
Desatan mis trenzas perforan mi cráneo.
te he sorprendido noche justo antes de herirme de muerte
y te mordí y te deshice en mil pedazos
ahora yo sin boca tu sin piel
podemos habitar alguna vena hueca
y coagular eternamente
y soy yo en el cascaron de un buitre
y seguiré siendo yo en el gineceo de una flor.
no hay placenta que alimente nuestras crías
ni tierra que quiera sepultar nuestros espasmos
y aquí estamos ulcerando el aire
carcomiendo las rocas
escupiendo hierro

MARIANELA PUEBLA
(Valparaíso-Chile)

ATRAPADA

Atrapada entre luz y sombra
en el resquicio de ventanas que no anuncian nada,
en la ofuscación de algo lejano y doloroso,
la  noche y el día
se suceden en un abrir y cerrar de ojos.

Sólo ausencia de tiempo, agonizar entumecida
por nebulosas que lo cubren todo.
Estoy atrapada en la maraña maliciosa
que circunnavega el espectro de mis días.

Y mientras la noche se alarga como gota errabunda
he arañado las paredes del oprobio
en busca de la trayectoria de mis palabras.
Pero, heme aquí, tras los barrotes
que yo misma levanté dolida por angustias
que no cesan.

He alzado la voz al universo, cansada
de la miseria existente,
mas nadie responde  a tanta queja.
Detenida en la incertidumbre,
cobijo mi tristeza entre las manos temblorosas
de antiguas plegarias, rastros de saliva
y de  silabas no dichas.

Estoy cautiva,
las dimensiones me circundan con ironía
perturbadora.
Los dioses me han abandonado,
Deidades obstruyen la puerta a la verdad
y estoy a la deriva, sin rumbo fijo,
a merced del cauro y su séquito de hojas,
entre cuatro paredes de dudosa procedencia.

Manos gélidas me abrazan,
hurgan  mi cuerpo y clavan sus arpones.
Soy la presa de nadie,
un ser sin nombre ni apellido
tan única y dolida que no necesita escapatoria.

Retenida en un cristal sin reflejo,
siento pasar el tiempo inexorablemente
llevando un vergel de lamentos.
En esta soledad inaudita dibujo
mi penitencia.

No se si amanece o el ocaso empaña mi retina
elevo mi voz al infinito
y pregunto a ellos:
¿Por qué me han dejado huérfana,
atrapada en un mundo sin respuestas?

EMILIA MARCANO QUIJADA
(Ciudad Ojeda-Zulia-Venezuela)

Si prestas atención te darás cuenta
que los ojos de la noche se cierran
apenas sale el sol para esconderse
en un cuarto destruido por el humo,
donde solo duerme el deseo
de morir de un golpe, 
un disparo,
una botella rota en el cuello
que te lleve a un mar de calma.

GLORIA CEPEDA VARGAS
(Cali-Colombia)

¿DE DÓNDE?

¿De dónde viene
el agua?
de tus lágrimas-peces.
Se agrietan
las manos
de los Andes
los árboles de vidrio
los cordones metálicos
del sur.
Se van volviendo letras ilegibles
las nubes
las cuevas submarinas
los árboles de arroz.
Soy yo bajo tu estruendo
entre tus desmesuras minerales
una delgada vena que revienta
a tu paso
de dragón asustado.

VLADIMIR ZAMBRANO
(Guayaquil-Ecuador)

ITINERARIO DE LA SOMBRA

Amarte es disolverme
                                    y quebrarte en los segundos,
ser otra servidumbre en el delicioso juego al centro de las piernas.

Amarte es ser esclavo,
                                   necesaria obsesión,
                                                                       necesaria bestia,
necesaria torre cuidándote los gestos…

Amarte es una daga fingiendo como falo…

La pólvora:

vestida de locura en portales de conciencia pregonada
(movimiento de sombra y flechas ordenando a sus vigías:
como una lluvia que crece
y crece
hasta ocultarnos con su rabia…)
como esas bifurcaciones del sueño
cantarán espejismos medievales
para que otro vagabundo de  arena
aprenda de las puertas cerradas
que  todo lo consiguen...

Mis nervios:

poblados con tu cuerpo
donde presiento el oro del poema,
burlándose  en los actos de pereza
en mis manos distintas cada día...,

copa de cristal:

donde Satán  recoge el confín de la palabra…



PÁGINA 18 – CUENTO

JORGE FALCONE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

SER HIJO

El día en que vine al mundo los paracaidistas franceses atacaban al Vietminh,  desocupados protestaban en las calles de Trieste, era inminente una nueva reunión de la Federación Mundial de la Alimentación, Milton Eisenhower veía con fe y optimismo el futuro de América Latina, Fangio encabezaba la clasificación general en la Carrera Panamericana... y la cigüeña concedía a mis padres el deseo de recibir un varón.

Mi cuna de madera color crema compartió dormitorio con ellos más tiempo que el conveniente. Haciendo causa común con Edipo de Tebas, por ende, temí que los gemidos nocturnos de mi madre indicaran un daño inminente, y no hallé más sospechoso que su marido.

Hoy creo que el saludo matinal al que me acostumbró aquella mujer - "Buenos días, luz de Dios" - inauguró mi colección de antídotos contra la adversidad, toda vez que la identidad familiar constituye el primer estadio de lo que luego será la identidad nacional; y, como ya es sabido, quien ha sido bienamado desde temprano acomete el camino de la vida con una poderosa adarga al brazo.
Un lugar común a varias generaciones de padres ha sido intentar imponer a los hijos un legado que suponen imprescindible para triunfar en la vida, o al menos para disminuir el margen de sus desatinos. Tiene su lógica. Ni los antiguos griegos, que se dedicaron a pensarlo todo, lograron conjurar la angustia existencial que implica transcurrir sabiéndose finito. Ser humano, por ende, casi siempre supone anhelar alguna suerte de trascendencia.

Lo paradojal es cuando se nos “modela” en un sentido cuyas consecuencias no terminan siendo las buscadas. A mí se me esperó intrépido mientras se me estimulaba para  reflexivo. En todo caso, no logré cultivar ambas habilidades.

En efecto, ¿qué podía resultar de un niño al que antes de cumplir cinco años se mandaba a dormir leyéndole novelas de fantaciencia decimonónica? ¿No era previsible que de grande emulara a Verne o a Meliés en vez de a Bonavena o Maradona? Sin embargo la aceptación llegó tarde. Cuando nuestra familia nuclear se disgregó como el espiral de fragmentación de una granada.

Pero, recapitulando, si algo debo agradecerle a mi padre es haber estimulado esta capacidad de fabulación que hoy me otorga prácticamente el monopolio del relato en los núcleos que cultivo: Aquellas primigenias narraciones fueron pues mi ventana al mundo. Pero no siempre al que compartimos, preferentemente a utopías y ucronías algo más benévolas. En esta circunstancia detecto la primer coordenada de mi felicidad.

Como contraparte me fueron exigidas hasta la saturación - generalmente no con los mejores modales - capacidades de las que aún carezco, tales como boxear, meter un gol, o conquistar otra placa de galeno. Supongo que se trataba de los requisitos para que fundamentalmente mi padre se sintiese orgulloso de mí. Si alguna vez llegó a experimentar dicho sentimiento seguramente fue motivado por alguna causa más próxima a la ética que a la destreza.

Sospecho que - atento a los valores predominantes de su generación - a él lo desvelaba que yo respondiera a un patrón de conducta “masculino”. Tal vez por ello infería que me generaría admiración conocer que era capaz de engañar a mi madre con alguna paciente. Al fin y al cabo, ¿qué varoncito no desea espejarse en un padre con capacidad de seducción? Más alejado de cualquier rédito positivo estaba que celara injustificadamente a su esposa o que la castigara con severidad, siendo frecuentemente interpelado por la criatura que fui. Si bien suele decirse que “la violencia física es impotencia de la palabra”, no he logrado apiadarme del viejo. Por el contrario, con los años he comprendido y valorado el silencio enamorado de mi madre.

Supongo que a causa de ciertos apremios económicos, a diferencia de los que proliferan en este Siglo XXI, crecí en un hogar habitado por tres generaciones. Tal circunstancia, me interiorizó sobre saberes populares remotos a través de la carismática e influyente presencia de mi abuelo paterno.

A la edad de siete años abandoné la condición de hijo único (que habría de restituirme violentamente la dictadura oligárquico-militar genocida instaurada en 1976) Aquello que alguna vez fuera una mala nueva culminó transformándose en una de las relaciones de máximo entendimiento que me ofreció la vida.



PÁGINA 19 – ENSAYO

REYNALDO LACÁMARA C.
(Santiago-Chile)

LA POESÍA DE NORTON CONTRERAS ROBLEDO

No tocas un libro, tocas un hombre
(Walt Whitman).

En cada poeta asoma la posibilidad de inaugurar un mundo. Ahí radican la grandeza y el temblor portadores de la palabra escrita. No es otra su tarea.
Ante la mirada- en este caso del poeta- las cosas asoman por definición inconclusas. Asoman como oportunidad. Lo fundamental, entonces, es dejar que el asombro cumpla su tarea, que sea él quien nos conduzca por los laberintos de la imagen, del verbo, de lo realmente significativo de aquella experiencia que pretendemos fijar en el tiempo propio y en el de los otros.
Frecuentamos la realidad, demasiado a menudo, con la mirada superficial del turista y pasamos, con cierta simpleza, por las vivencias cotidianas sin dejarnos sorprender o interpelar por ellas. Estamos en exceso acostumbrados a lo desechable y hemos llegado a creer que todo lo que nos pasa cae dentro de esa categoría.
Por fortuna, aún hay quienes pretenden ayudarnos a mirar o más bien sueñan colocar en nuestras manos su mirada como ofrenda de reencuentro. Norton Contreras Robledo es uno de ellos.
Estas páginas interpuestas ante nosotros están colmadas de vida. Por eso, poseen la magia de lo simple y cotidiano trastocado por la palabra. Obligado a girar sobre otro eje, el verbo que habita la memoria del autor se transforma en presencia, a modo de exorcismo, reubica la realidad ante sus propios demonios y los nuestros una mujer con una soñolienta guitarra me contempla/ desde una fotografía./ Me desarma con su timidez,/ me abraza con su ternura.
El ejercicio, no tan común, de una memoria capaz de modelar el paisaje desde los matices menos concientes en cada uno, es la apuesta que en estos poemas se extiende como un “doble o nada” sin el cual ninguna propuesta literaria merecería el nombre de tal. Nombrar o convocar las cosas y los hechos que llevamos bajo la piel, para que nos ayuden a reconocernos cada mañana, como parte de un flujo inagotable, trascendiendo la precariedad del instante y la conciencia de nuestra finitud, es la intuición que atraviesa las páginas de este libro.
Cada cual posee una respuesta muy personal para esta inquietud, pero en el fondo algo nos dice que es la misma, que no hay muchas sino una sola: la del mismo e irrepetible ser humano, en cualquier lugar, inmerso en los acontecimientos, tratando de decir aquí estoy.
Contreras Robledo, atraviesa y pasa revista a toda una existencia marcada por todo aquello que nos cincela; la esperanza, el dolor, el amor, el desamor, la injusticia en fin lo que bien sabemos ha quedado guardado en los pliegues de las horas y los días... aquí están los cantos,/ vienen de las alturas de los andamios,/ con los que los obreros/construyen grandes edificios, nos aclara en sus versos.
La necesidad de que las palabras retomen su rol fundacional, en lo inmenso del desafío de estar vivo, asoma casi como una declaración de principios inevitable a la hora de hacerse oír: quiero desenterrar las palabras/ sepultadas bajos los restos de las estrellas muertas. La labor entonces del poeta nos es otra que hundir sus manos, su mirada y su ser en medio de la muerte, para desde ahí reencender el horizonte con la alquimia del verbo. Es la certeza que mueve al creador y lo ubica dentro de una dinámica de crecimiento nutrida en la disciplina silenciosa de la búsqueda sin fin del propio lenguaje o la propia voz, la única capaz de convertir en universal-valga la paradoja- lo que por definición nos pertenece y nos invade.
Así lo expresa Norton en uno de sus poemas: “Soy el reflejo de tu alma,/ la prolongación de tu tristeza,/ la sombra de tus horas de hastío,/ la tristeza rondando tu esquina,/ el elemento que se repite en toda tu novela/…espejos, lo que se ve reflejado en ellos/ y a través de ellos…la soledad ”.
Transitan también por estas páginas los rostros de aquellos que fueron tragados por la noche oscura y siniestra de la dictadura militar en su patria natal-Chile-, y en América Latina, ellos son la causa de una dura, pero inevitable, imprecación al Dios enseñado en el hogar y recibido junto a la leche materna. El poeta pregunta: ¿Dónde están los desaparecidos?... /Cuando todo esto pasaba, cuando estos crímenes horrendos.../decidme ¿dónde estabas? ¡vos Dios!/ Vos que estás en la tierra, en el cielo y en todo lugar./¡Decidme! Dios: ¿vos dónde estabas?/¿Estabas tomando mate con los patrones?/¿En algún asado en una hacienda?/¿Estabas mirando un partido de fútbol en el mundial?”
Esta suerte de recriminación, surgida desde el fondo mismo del dolor y la injusticia, se muestra como una voz colectiva: son la Madres de la Plaza de Mayo en Argentina, son los Familiares de detenidos Desaparecidos en Chile, son la Victimas de los Escuadrones de la Muerte en El Salvador…somos todos preguntando lo mismo, somos todos preguntando por los mismos. Somos los que a pesar de tanta muerte, seguimos creyendo en la vida…los que no hemos olvidado a ninguno de esos rostros cargados de sonrisas que ninguna bota manchada de sangre podrá borrar, aunque pasen siglos, aunque el sol caiga a pedazos o hasta que los encontremos y abracemos nuevamente.
Es el amor, en definitiva, el que nos lleva a preguntar y nos impide caer en el olvido. No podría ser de otra manera.
No vivimos tiempos fáciles para apostar por la belleza o reivindicar la palabra como fundamento de un modo de vida. Hoy parece ser que las ciudades y sus calles no nos pertenecen, han sido arrebatadas inevitables y lentas por el consumo – y no sólo de bienes, sino también de personas-. Parece que no hubiera mucho más para hacer.
Afortunadamente, esto no es una verdad absoluta –si es que éstas existen- aún queda mucho por hacer y creemos que la poesía tiene un papel fundamental en la construcción de un nuevo paradigma existencial para el ser humano actual. Ella es la única capaz de leer la realidad de un modo tal que posibilite la re-humanización de los principios y estructuras que nos rigen.
La poesía en su afán de totalidad es portadora de certeza, voluntad de cambio y recreación que identificada en lo esencial y más significativo, las carencias del “viatore” del siglo XXI.
En este nivel de aproximación a la obra de Norton Contreras, ella asoma como un recuento vivaz y vivencial de todo un camino sin otra posibilidad de resolución que el recurso a lo poético. Es la poesía la que ofrece a nuestro autor la experiencia y la posibilidad de transformar lo inefable en imagen, en evocación o en presencia.
Decíamos, al inicio, que cada poeta nos ofrece la posibilidad de inaugurar un mundo. En estos “Cantos en tiempos de amor y de guerra” esa posibilidad se ofrece generosa y cuestionadora al lector a partir de una panorámica que junto con desplegarse ante nosotros por medio de imágenes, se nos hace reconocible y habitable por medio de la sintonía secular que la experiencia humana nos ofrece. En ella nos podemos encontrar y mejor aún, nos podemos proyectar, en la certeza de que en cada uno de nosotros no es inútil o estéril la presencia de los sueños que aún nos quedan por concretar.
Es en ellos en quienes nos movemos…en quienes nuestra porfía sigue existiendo.



PÁGINA 20 – POESÍA AMERICANA

FRANCISCO PINZÓN BEDOYA ©
 (Líbano-Tolima-Colombia)

ESO TAN BELLO

En las tardes instantáneas como la de ayer
hay una pasión de sangre en la despedida
que llama a dejar atrás lo que esté haciendo
y levantar los ojos al cielo para solazarme

Me siento en ese rumor de rosadeces
como un inmenso infinitésimo ser de luces
que absorbe el derivar de la esfera azul
por ese dombo oscuro en que la energía
malea mi forma incierta... sin que lo note

¡Soy la fuerza y en esa plenitud me reinvento!
¡Soy el resultado de tanto que es mayor
que todo lo que creo ser... y no soy!

Benditas las maneras en que me sé insepulto
en esta parte inocente y alelada del cosmos

ANA MARÍA VALDEAVELLANO PINOT
(Guatemala-Guatemala)

Envuelta
en un sutil aroma de incienso y mirra
Selena, en su esplendor dorado,
veía pasar las tres coronas reales,
en mágico atavismo,
hacia la estrella de luz.
Un caballo, un camello y un elefante
al unísono, marcan sus huellas en los siglos…

El cofre dorado porta el primer presente:
La pasión, tesoro humano,
envuelta en dos cálidas pieles,
capaces de arder con el fulgor de una mirada…
danzan, se entrelazan y se entregan
en el beso de los sexos,
durante un gemido de permanencia y eternidad.
La acompaña el deseo,
su goloso hermano, quien jadeante esparce exquisitez.

El segundo cofre,
lleva las aromáticas, brillantes y transparentes
lágrimas reales,
la mirra del amor,
de donde gota a gota, mana el sentimiento que
ennoblece, dignifica, mueve, eleva, motiva, purifica
y se convierte en sextante de vida y corazón.

Del último cofre emana el celestial incienso;
en su humo se entrelazan las palabras,
la magia, mito y leyenda, lira y zampoña,
ideas, sueños y musas;
inspiración, trascendencia y universalidad…

Sorprendido y deslumbrado,
el poeta se eleva del pesebre de su vida,
emerge de su soledad
y abraza su destino… la poesía…

ROSSANA AICARDI CAPRIO
(Pando-Canelones-Uruguay)

MARIONETA  POBRE

Veo  tus piolines
miro  cómo cuelgas
sin escrúpulos
sin resistencia
te meces
en tu pobre
estructura
viendo
pasar la vida
como ajena.
Es cómodo
solo mantenerte
hamacarte
en el silencio
de la nada
hasta que
sin aviso
el gran titiritero
aparezca
y sincronizando
tus piolas muertas
 sin desgaste
haga que tu funcióncomience.

LILIAN VIACAVA
(Montevideo-Uruguay)

CARTA A UN POETA

Quisiera ser tu musa para sumergirme en tu abismo,
cortar la distancia, subirme al viento;
bajarme de una nube en gotas de lluvia
para bañar tu rostro de otoño.

Quisiera ser la que te enciende
de palabras la boca y de locuras el corazón.

La que ilumina tu cuerpo con los pinceles
de la palabra que se reserva.

Clavarte los colmillos inyectados del veneno de mi silencio.
De bronce  me he convertido en plata
para inventar un nuevo color…
Para pintar las horas de tu recuerdo.

Deambulas entre el bien y el mal
para tomar el lucero de la mañana
y dibujar mi silueta con el filo de la estrella.

Quisiera ser tu Lilith, tu Eva y todas tus mujeres,
convertirme en acuarela para que me pintes
en el lienzo de tu mente y no me borre el olvido.

Dios también te castiga con su silencio
y se hace mas honda la herida de tu conciencia.

Nos hundimos con besos en la bahía de mis sábanas,
y la luz entra por la ventana y nos trae la tragedia
de los borrachos que le cantan al amor.

El olor del árbol de la vida nos embriaga
y nos sube un gusto a flores de la boca al corazón.

Déjame curar tu dolor y detener el tiempo
en el momento que te beba con mis ojos,
como los marineros al ajenjo.

Súbete a mi barca marinero para navegar juntos
la locura de los versos que mueren en la orilla de mi boca.
Bebe de mi océano mientras voy hacia ti
montada en hipocampos azules y blancos como mis sueños.

GRACIELA GUERRERO GARAY
(Las Tunas-Cuba)

BRUMAS

Quiero perder el nombre.
                       Irme a los confines de tu mundo.
Sentir la cavidad del hombre
                       que me desangra, allá en lo profundo.

Cubrirte todo, paso y palmo.
                        Romper el tiempo y el espacio.
Volar, sin brújula ni espasmo.
                         Volver callada, bien despacio.

Sacudir la inercia del destino,
                             acorralar tu voz en mi garganta.
Hacer del virgo, tu camino
                             con gemas inmortales de la Atlanta.

Coleccionar gaviotas y delfines.
                               Hacerte cadenetas de mil flores.
Regalarte las noches de violines,
                                para pulirte el alma con amores.



PÁGINA 21 – CUENTO

NECHI DORADO
(CABA-Argentina)

LA ÚNICA LUZ DE LA SALA

El rugido del viento hacía pensar que algún demonio errante intentaba ingresar en la habitación descascarada, donde solos, una mujer y un gato color óxido, compartían las horas de cada día y cada noche.
El lugar parecía encubrir  un extraño misterio, de hecho y con suerte aunque no se supo cómo, desde adentro de una alacena con puertas de madera despintada que colgaba de una bisagra apenas sostenida de la punta por un clavo sobreviviente de una época que demostraba haber sido esplendorosa, aparecía algo capaz de saciar otro rugido: el de las tripas al chocar entre sí en el centro de las panzas del dúo devenido en espectro  luego del derrumbe de la economía familiar.
Algún grupo de ángeles gastronómicos de una orden de caridad benéfica, oportunamente camuflada como para permanecer en la trinchera clandestina de la madera reseca, ponía al alcance de la mano de la mujer: paquetes de caldos vencidos, fideos exiliados de algún envoltorio  tomado por gorgojos,  o unos terrones de harina endurecida, salpicada de hongos, donde finas telarañas parecían custodiar lo que hasta tiempo atrás fuera el polvo delicado del almidón. Las tiritas frágiles, hamacas de los parásitos, parecían haber formado un alambrado de seguridad.
La mujer de historia venida a menos se sentía condenada a padecer el castigo de Tántalo*. Ella y su gato, mimetizados uno en el otro, presenciaban desde la penumbra el derrumbe de un pasado que alguna vez auguraba eternidad, gloria, triunfo.
  “Vánitas vanitatum, et ómnia vánitas: ‘vanidad de vanidades y todo vanidad’, solía ser la consigna finamente trabajada por la mujer frente a pilas de billetes acumulados a costa de lo que fuere,  durante sus años de vida útil.
El viento potenció su rugido, aquello parecido a un demonio avanzaba hacia la imagen en estado de descomposición acelerado. El gato arqueó el lomo,  afiló sus uñas y  lanzando un maullido que apagó la única luz de la sala,  se precipitó hacia la calle perdiéndose en el buche oscuro de la noche impresionante.
La mujer, haciendo uso de una varilla rescatada del piso  escribió sobre la superficie de una mesa antigua cubierta de polvo: «Tempus fugit, asicut nubes, quasi naves, velut umbra». El  se escapa como las nubes, como las naves, como las sombras.
La frase obtuvo la fuerza de un rito de despedida, quedando la mujer tendida de panza sobre el piso opaco de la casona añosa.
Afuera calmó el viento mientras el demonio se alejaba silbando.



PÁGINA 22 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

OH, LA DESMEMORIA!

Desde niñas estuvieron atrapadas en un marco isabelino. Reinas de la fatuidad, jugaron a ser dulces, interesantes, vacías. Una de las tres viaja a Turquía y la desflora un ordenanza de hotel. Las hermanas confían en que todo pase. Ellas dos han sufrido el desengaño de permanecer solteras. Una, finalmente, opta por ir a un monasterio de clausura. La otra, prefiere hacerlo a un manicomio. Así de simple, las tres lo olvidan absolutamente todo.


Los números nunca constituyeron su fuerte. Olvida teléfonos, onomásticos, vencimientos. Hoy la llaman urgente: se venció hace un mes su póliza de incendio. Mira las cenizas y sonríe. La verdad, nunca tuve en cuenta el número tan largo del seguro…


Estoy segura que mi falta de memoria podrá corregirse a poco que tome la medicina. Son yuyos salvíferos que más actúan por persuación que por eficiencia farmacológica. Lo supongo, al menos. Desde hace unos días advierto que me ha salido un bozo negro en toda la cara. Y que me miran con curiosidad. No recuerdo, en verdad no recuerdo si antes me afeitaba.


Me acuerdo del abuelo y de la tía Eulogia, pero no de papá. Insistes en que murió hace poco, pero en realidad no lo ubico en casa. ¿Salía mucho? No me digas que era viajante. Si no lo era, ¿dónde estaba? Te pido mamá que no insistas: yo a tía Eulogia la recuerdo porque me regalaba estampitas y medallas. Y el abuelo me miraba el cuaderno todas las tardes. ¿Crees que no me doy cuenta de que papá nunca existió y es solo una invención tuya?



PÁGINA 23 – POESÍA AMERICANA

ELVIRA ALEJANDRA QUINTEROS
(Cali-Colombia)

Tiempo blanco
Ha muerto una vez más el tiempo blanco
Dibujando una caricia en la piel de las montañas

Se disponen a dormir los buitres
El sol
Y los payasos

La tarde ha sucumbido en las fauces de un reloj que sin pesar cuantifica el universo

Entonces tememos la verdad de los sueños
El silencio voraz que devela la nostalgia
La música que excita la piel y las palabras
Y hace nacer el llanto en el origen del grito

Ha muerto una vez más el tiempo blanco
Ha muerto una vez más el giro de gaviotas.

yanarys VALDIVIA MELO
(Ciego de Ávila-Cuba)

YO NUNCA SERÉ UNA MUJER CANTADA

De nada sirve perseguir una canción,
serLongina, la María de algún trovador,

Los trovadores aman a las mujeres hermosas,
perfectamente onduladas, de inigualable andar
y labios carnosos.

Los trovadores aman a las mujeres rígidas,
que serán inmortalizadas con su canto,
las mujeres que no aman la música
y que nunca apostarían sus vestidos
por uno solo de sus versos.

Aman a mujeres desconocidas
y en casa algo seguro que llevarse a la boca.
Aman la fugacidad de la belleza,
las palabras dulces al oído.

Yo nunca seré una mujer cantada.

Mi vida depende de esa música, cada verso,
los opios de la noche, los alcoholes del alba,
la piel sin adornos, la voz rompiendo las guitarras.

Escucho, Sandra, Caridad, tantas otras.
Y solo vuelvo a sentir,
vuelvo a pensar,
que yo nunca seré una mujer cantada.

RONALD BONILLA CARVJAL 
(San José-Costa Rica)

IV 

Entonces pensé que eran las cuatro.
El sol en su desvarío
volvía a caer entre las ramas.
Una hoja se arrastraba sumisa de percances.

El viento es un signo extasiado
que acaso Dios nos colocó en la mirada.
Quizá en la espalda...
El ave negra sobre el muro mira.
No sé qué mira fijo hacia las frondas.
El poeta perdió su compostura...,
su camisa en una apuesta...
Nadie sabe a qué vino si no canta.
Nadie sabe para qué son los gusanos.

Uno diría que debe suspirar el mundo...
Que por eso a veces se desangra
y hay sonrisas:
develadas sonrisas son los niños,
los nietos que auscultaron el silencio.

ALFONSO SÁNCHEZ ARTECHE
(Toluca de Lerdo-México)

SALMO DEL AGNÓSTICO

El mundo vino a mí un día que dios no estaba.
En el acuoso cristalino se movía
una espiral de luces plácidas
sin estrella ni cruz ni media luna
ni triángulo de abismos.
Sólo la cicatriz del deseo original
libre de culpa y miedo.
¿Por qué la vida habría de traicionarme
cuando apenas en cáliz se me abría? ¿
Cómo, si hallaba piel un destino no escrito?
¿Dónde decían pecado el espíritu en blanco
y el pasaporte de alas que me arrojó en brazos de abril
antes que las campanas me marcaran el tiempo?
Desconocía yo entonces que empezaba a morir.
Ya que lo sé no importa,
hay tantas cosas ciertas
que una verdad inútil
nada resuelve, nada, ni nada justifica /
la peste del incienso, la sangre derramada,
ayunos, odios, rezos, procesiones, hogueras/
si el arte del bien morir está en haber vivido
de cara al viento y con el sol a cuestas
y con el agua a gotas de sudor, lluvia o lágrimas.
Hoy como todos muero.
Mas gozo como pocos
de la desesperanza azul de quien despierta
un día más y acaricia a la vida.
Con el cielo no tengo ninguna deuda.
Sólo da lo que puede,
no besa ni permite besar su lejanía.
En cambio de la tierra venían los que me hicieron
y bajo ella reposan después de haberme dado
con ternura y silencio
el cinismo apacible,
la gentil buena nueva de mi libre albedrío.

EDILBERTO GONZALES TREJOS
(Santiago de Veraguas-Panamá)

MAGNETISMO

Al Poeta José Antonio Córdova

En los laberintos urbanos
encuentras esquinas punzantes
campos cargados de electricidad

La acera resguarda silenciosa
el sacrificio secreto
del caucho y de la carne.



PÁGINA 24 – CUENTO

SERGIO BORAO LLOP
(Zaragoza-España)

ORÁCULOS

Me leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en un oscuro tugurio de Buenos Aires.
Todas las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar. Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de ese modo eludían dar mayores explicaciones.
Les cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues, lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez ella, alguna de estas noches...)
Si la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos (mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo sucedido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio. Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo, pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que, entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.
La segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo llamadolibanomancia, un rito mediante el cual se puede adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo, así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía, sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle. Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia) y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no podía ser una mera coincidencia.
Pero si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía bien a Rebeca. Unos días después se presentó en mi casa, me obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.
“En Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”, contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde (cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones, casi súplicas, para vernos esa misma noche.
Al día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos allí a pasar la noche y, ¡quién sabe!
El Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero, un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada, me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente, en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más nítida.
Me sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir. “Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado. Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.
No me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.
Tardaron más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe, Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas, subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de Morales pronunció el nombrecomo una sentencia. Al oírlo, el rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue sólo un chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor. Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto, dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.
En la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas” en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin… Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.
En el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo, jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme “decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa” dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la menor objeción.
Todos padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión, mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo mejor posible el presente.
En Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).
En Mendoza la numerología.
En Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.
Fueron semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro, habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.
En Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa las plantas).
Xilomancia (madera) en Paraná.
Aluromancia (adivinación practicada con harina) en Junín.
Se ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad, hubiésemos pedido la repetición de la prueba.
Bibliomancia en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).
En Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).
Si al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta condena que se cernía, implacable, sobre mí.
Aeromancia (observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.
Tarot en Resistencia.
Al borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó la cabeza: Su dictamen fue implacable.
Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera sólo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.
Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”, me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.
Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.
De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.
- Te estaba esperando.
Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Sólo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.
- Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.
- He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.
- Veinte años – susurré.
- Veinte años – repitió él, como un eco acusador.
Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.
Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.



PÁGINA 25 – ENSAYO

CARLOS BARBARITO
(Pergamino-Buenos Aires-Argentina)

EL OLOR DEL PAPEL DEBE SER EL AROMA DEL PARAÍSO

Leo porque sueño y sueño por que leo. En mí hay una profunda interrelación entre una cosa y la otra, no las concibo desvinculadas una de la otra. Claro, primero fue el sueño (intenso, en colores), sobre todo cuando lo último que oía, antes de dormirme, era el sonido de la lluvia en el techo; más tarde, fue la lectura; pero, cuando sólo parecía existir el sueño, lo otro, desde alguna parte, irradiaba sobre mí su magnetismo, aunque yo ignorase —lo ignoré durante cinco años— qué ocultaban esas manchas negras sobre el papel blanco que los mayores miraban con atención o despreocupación. Lo recuerdo: durante horas, sentado a la mesa de la cocina, en casa de mis abuelos, copiaba los dibujos de diarios, revistas y libros. Tal vez, un modo, larvado, inconsciente, de responder al llamado de eso que permanecía secreto y lejano. Cuando llegó el momento de leer, fue para mí algo gozoso, pleno de dicha. Luego supe que la lectura también trae pesadumbre. En mi casa de infancia había pocos libros, apenas recuerdo un ajado y oloroso atlas —allí, ciertos nombres: Mozambique, El Cairo, Indochina, pasaba la yema de los dedos por los mapas, sobre todo de África, viajaba—, y un libro barato, de ciencia ficción, sin tapas, acerca de una fuerza que se apoderaba de los cerebros de los humanos excepto, claro, del cerebro del héroe. Hubo, no mucho después, un hecho que, visto en retrospectiva, transformó mi vida para siempre: una amiga de la familia me obsequió un ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas. Pienso a menudo en aquel gesto y no exagero si afirmo que en la frecuentación, repetida, como bajo la influencia de un hechizo, de aquel libro, que extravié años más tarde, comenzó a gestarse, subterránea, inadvertidamente, en mí, el poeta. Idea de mis padres fue asociarme a una biblioteca, con piso y muebles de madera. Y ese olor a papel que desde entonces me parece el aroma que debió tener el Paraíso. Primero fue Verne. Yo lo llamo mi padre literario, pese a que jamás escribí un relato, impedido hasta hoy de elaborar la más mínima narración. Junto con Verne, en simultáneo, decenas de libros de bolsillo, de autores españoles con seudónimos en inglés, entre ellos uno acerca de una puerta que permitía el acceso a otros universos. Y Arthur Clarke. Y tomitos dedicados a satélites artificiales, tormentas, descensos al fondo del mar, una biografía de Edison y otra de Samuel Morse y otra de Byrd. Y Salgari, Bradbury, alguna novela inapropiada de Eduardo de Zamacois, una edición abreviada de La odisea, otra dedicada a la cría de caballos y otra, al acodo y otra, a los venenos. Nada me era indiferente: soles, hongos, caballos, pirámides, cuerpos geométricos, modas y costumbres, la hipnosis, los imanes, la fisiología de los astronautas, los desiertos, los músculos de la cara. Era, lo admito, tan curioso como ansioso. Impaciente, como tantos otros, quería tragarme de un bocado de la primera a la última página, incluso salteaba párrafos y hasta páginas, como poseído por un hambre y una sed intensos, inagotables. Más que entender yo quería devorar, hacer mío, apropiarme con la urgencia del tigre que persigue al venado. Leía en simultáneo, pasaba sin pudor alguno de una escena con farol de gas en París a la descripción de un volcán o la bomba atómica. De libro en libro. De geografía a medicina. De novelita de bajo costo a alguna edición de los Evangelios de páginas con borde dorado. La aparición de un cometa me llevaba a alguna enciclopedia para saber qué era un cometa. Lo mismo con motivo de un eclipse solar o lunar, la caída de un rayo. De manos de mi abuelo paterno recibí un antiguo y voluminoso tratado de física. Lo conservo como a un tesoro. Lo releía con frecuencia, pero sobre todo me agradaba mirar los grabados de locomotoras, trombas, telégrafos. Tiempos en los que nada había de nuevo que esperar en esa área de la ciencia, salvo algún que otro ajuste.
Entonces, ¿qué otra profesión sino la de bibliotecario para alguien como yo? Y en el ejercicio de mi tarea, ¿qué otra cosa sino el persistente hurgar, la denodada busca, la eterna curiosidad?



PÁGINA 26 – POESIA EUROPEA

TANIA LIBERTAD
(Elche-España)

Busco entre los espejos mudos,
mi reflejo.
El que ha muerto en este suicidio
consumado en la noche.
Consumiéndome en esta noche.
Con la luna desnuda mirándome equilibradamente
lo que queda de mi.
Vestigios de la criatura nocturna,
lo que soy. Fui.
Combinación huracanada
de secretos y ausencia.

Coleccionando los halos misteriosos
de los que llegan.
Táctica de mi locura.
Soltarme en las calles.
Párpados homicidas.
Volver a los espejos.
Buscarme.
Ser descarriada. Infiel.
Obra y gracia de lo natural.

Resucitar en el hecho
para reclamar en el acto
que se abra el telón,
que empiece la función
de esta travesía inexplorable
donde se pide limosna
a las lágrimas cantadas en las notas
perdidas de tus manos.

Hacer el dictamen
de la que fue mi fúnebre piel,
prisionera de la atmósfera
cálida de tu vientre de metal,
sátrapa de mi cuerpo,
de mi geografía.
Adversario y sospechoso de mi aire.

Buscándome entre los desconocidos.
En las películas.
Me encuentro.
En Buñuel.
Virgen de cualquier esquina.
Entre el humo y las colillas.

TERESA DOMINGO CATALÁ
(Tarragona-España)

Amor, qué ausencias me traes, qué diluvio viene junto a ti, cómo es el renacer de las magnolias, cómo son sus suspensiones.
Son gratos los umbrales. Perviven en tus huellas. Amor, qué huellas recibí de tus caricias, qué marcas de tus uñas, qué girasoles de tus dientes.
Dispuesta a la hermosura, me regresas. Mi hombre, cómo me regresas, cómo me alzas contra el tiempo, con el tiempo y en el tiempo, como si yo fuese una clepsidra redentora.
Contigo construyo las murallas, eres mi cobijo, mi primera aurora, mi misma sangre, la que avanza y retrocede al corazón como si en mi cuerpo viviera un boomerang y tú me lo lanzaras
Como la menta huelo a ti, a ese olor que se me incrusta entre las piernas, que deriva en mis entrañas, y subsiste.
Un cielo me baja de repente. Veo las almas, y son santas. Veo los ángeles, y son albos. Veo el alba y transcurre dentro de tus ojos.

ALBERTO DÁVILA VÁZQUEZ
(Vigo-España)

Mi silencio ilustra la vergüenza de la duda libre y proclamada
sutilmente,
un retraimiento gris, como si un pantalón zurcido le
hubiera gritado la palabra y el acento.
Mi silencio puede asumir un golpe con la lentitud y la hondura
de la luz original.
Mi silencio le ha anudado a su verdad el estallido y
la aniquilación,
ha eyectado y absorbido, mi silencio ha asomado siempre como
un equilibrista,
palpando el ápice delgado de la malla, escuchando su
pecho reventado,
en el vilo del aire o el éter, en la erección del
rayo o de la llama.
Continuamente mi silencio ha sido estricto y expectante,
con la perspectiva de quien gobierna el orden de su pasión
y con la perspectiva de quien se impone simultáneo,
mi silencio hierve en los ángulos, inunda laberintos,
mi grave silencio me ofrece con su síntesis
el perdón enorme de su perfil
y me redime de las mismas inferencias que doblaron sus hojas,
infiltrándome las espinas,
como quien cruza descalzo sobre las brasas y no se apresura.
Mi silencio, el noble adicto, cruzándome a la
narcosis y a la alquimia,
el primariamente humano, el despojado de toda arista que
no tenga su nombre.
Mi grave silencio es serio y seco con los días,
agrio como un error,
pero mejor verdugo, como quien vive rendido
a restablecer su memoria de agresiones.
Mi silencio responde una oculta cima a quienes le preguntan,
y ahí es cenital y alado y mejor orilla.
Mi silencio duerme poco.

YVETTE SCHRYER
(Ra´anana-Israel

RECORDANDO A VIRGILIO

Cuando piensas que todo esta ya dicho
y crees que todo estuvo hecho,
el destino, mostrando su capricho,
se ensaña a cuchilladas en tu pecho.

Y todo lo brillante se hace oscuro,
el deseo se apaga y lo reemplaza
una cortina densa como un muro…
Del bienestar de ayer no queda traza.

Va la angustia, vestida de esperanza,
y con mueca a tus labios, finge dicha
finge serenidad, falsa bonanza.

Recuerdas que Virgilio te decía
que no hay mayor dolor en la desdicha
que rememorar las horas de alegría

MARINA AOIZ MONREAL
(Tafalla-Navarra-España)

TAN INOCENTE

Era verano y Tagore
el poeta de agua
mostraba su alba vestidura
entre las luces del río. Era verano.
Las líquidas palabras
expandían sus rítmicos latidos
entre la avena silvestre y el esplendor
de las espigas del trigo.
Era verano. Las hojas de los plátanos
cuchicheaban con las piedras del castillo.
El deseo abría sus labios de fragantes capullos.
Era verano y ellas
—oscuras, complejas y sombrías—
pretendían que probáramos 
el agraz vino del pecado.
Ignoraban
que la poesía y el maestro
despiertan dulcemente 
a las niñas ensimismadas.
Era verano y una pareja de libélulas
se amaba en los espejos del aire,
cabalgando sobre el lomo de las aguas.
Era verano y la luz tan inocente.



PÁGINA 27 - CUENTO

PEDRO NEL NIÑO MOGOLLÓN
(Unipamplona-Colombia)

EL REGRESO DE UN ZAPATO
                                                                                
Es costumbre que un par de zapatos anden juntos, que para donde va el uno vaya también el otro, que ambos envejezcan al mismo tiempo y terminen sus días en la misma caneca de basura o en los pies de quien juzga que todavía puede gastarles la poca suela que les queda. Al fin y al cabo, ambos nacieron en la misma zapatería, fueron cortados y cosidos por las mismas manos y es muy probable desciendan del mismo cuero.
            Pero con el par que ahora nos ocupa ocurrió algo poco común: el izquierdo  apareció tirado en medio de una calle y del derecho no se sabía nada.
             El zurdo, como lo denominaba mi abuela, pasó varios días boca abajo junto a una acera, después de que un hombre ebrio lo desplazó hasta allá desde el centro de la calle con un severo puntapié. Unos perros jugaron con él calle arriba y calle abajo hasta que se cansaron. Un chico se lo midió varias veces y, en vista de que le quedaba muy grande y parecía de mujer, lo lanzó de nuevo al aire.
            ─ ¿Podría llevarlo a casa? ─preguntó a su madre una niña que se mostraba enamorada del cuerpo de canoa y los vivos colores del zapato.
            ─ ¡De nada te servirá, hija! ─contestó displicente la madre─. ¡Un zapato solo y usado, nadie se lo va a poner! ¡Desentona en todas partes, no hace sino estorbo! ¡Tan pronto pueda, te compro un par de babuchas nuevas!
            Aunque la niña trató de convencerla de los maravillosos usos que daría al vistoso y acanalado cuerpo del zapato, la progenitora la agarró de la mano y sin más oportunidad de discusión reanudaron su camino.
            Una anciana avara pensó que podría recogerlo, mandar a fabricarle un compañero y ponérselos, así lograría matar dos pájaros de un solo tiro: usar un par por el precio de uno y ahorrar la suela de sus zapatos viejos. Pero renunció a su pretensión porque se vería obligada a comprar una caja de betún para abrillantar solamente uno, el usado.
Una pordiosera, en vista de que no le cupo en el pie, se lo puso en la mano a manera de guante protector y quiso caminar en las manos, pero ante la imposibilidad, abandonó el intento.
Un reciclador lo metió a la brava en una bolsa de zapatos viejos que pronto vendería en una talabartería cercana pero el zapato tuvo la fortuna de caerse sin que el hombre lo notara.
            Fue mediante estos sucesos y otros similares como el zapato llegó hasta la verja de entrada a la casa de doña Angelina, la humanitaria mujer que lo recogió, limpió  y acomodó en la caja de los artículos usados, que solía distribuir gratuitamente y con mucho afecto entre las residentes de los hogares de beneficencia que con frecuencia visitaba.
            ─ ¡Eres el preciso para María Pérez! ─le dijo doña Angelina al zapato, señalándolo con el índice cuando se disponía a cerrar la caja.
            Pero antes de dejar la habitación, se acordó de que el miembro inferior que le faltaba a María desde el nacimiento era el  izquierdo y entonces ésta no tendría  dónde calzarlo. Y se dijo: ¡Un izquierdo metido en un derecho sería preciso solamente para una actuación de payasos!
            Doña Angelina abrió de nuevo la caja y quiso emparejarlo con alguno que también anduviera solo pero ninguno se ajustó porque la diferencia era notoria en cuanto a forma, tamaño y color. Algunos eran muy elegantes  para este humilde zapato;  otros, de tacón muy alto en comparación con el de esta sencilla babucha. Y decidió que el zapato debía seguir andando solo por el mundo, a menos que de un momento a otro apareciese el compañero extraviado como un inusitado milagro del cielo. Y no perdía la esperanza de que alguien en alguna parte le dijese que había visto andando solitario a un zapato de mujer muy parecido a ese de la caja, como si se tratara de unos hermanos gemelos.
            Visitó penitenciarías, asilos y otras instituciones similares y, aunque logró repartir todo el contenido, el zapato permanecía solo en el fondo de la caja. Y al igual que a la niña que quiso recogerlo de la calle, a muchas otras les despertaba también la atención la forma y el colorido, y alegremente se lo medían pero al ver que no tenía compañero o les apretaba los dedos, lo dejaban de nuevo en el sitio.  
Y doña Angelina se convencía cada vez más de que debía entregarlo solamente a quien le quedara a la medida y dispusiera del pie izquierdo para calzarlo. Puso un anuncio en el periódico advirtiendo estos dos requisitos indispensables. Vinieron a su casa mujeres de toda la región a probarse el zapato, pero alguna de las dos exigencias les impedía hacerse acreedoras al mismo. Y ya se había resignado a dejarlo como adorno junto a un antiguo solterón en madera olvidado en un cuarto de la casa.
Una noche, cuando doña Angelina se aprestaba a entrar en su vivienda, con el varias veces mencionado zapato entre las manos, una mujer que apoyaba el lado izquierdo de su cuerpo en una desgastada muleta, le gritó desde la acera de enfrente:
─ ¡Señora, ese zapato es mío! ¡Se me extravió en el accidente cerca de aquí donde perdí mi pie izquierdo! ¡Lo estaba buscando, aquí tengo puesto el compañero, el derecho, mírelo! ¡Devuélvemelo, por favor!



PÁGINA 28 – ENSAYO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Argentina)

LA BELLEZA SALVÍFICA.

Pero cuidado, mis amigos, con envolveros en la seda de la poesía/igual que en un capullo... /No olvidéis que la poesía, /si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva, /es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin, /cruzada o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin /y tendida humildemente, humildemente, para el invento del amor... 
Juan L. Ortiz (Poema publicado: En el aura del sauce)

Lo amanecieron Juan. Juan Laurentino.
Abrevó su mirada en las riberas donde el Gualeguay se nombra Puerto Ruiz, (11 de junio de 1896) y en esa exuberancia lujuriosa que abarcaba la selva de Montiel.
Allí forjó su identidad primaria. Y concibió, en las profundidades de su lírica, todo el protagonismo del paisaje entrerriano.
Los vuelos, las colinas, y el río derivando misterios o presagios.

[1]Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.

Allá en su adolescencia estudió en Gualeguay, para maestro, y quedó aprisionado en un supremo anhelo de justicia que perduró en su sangre hasta el momento exacto de la muerte.
Como todo el que nace lejos del centralismo metropólico, tuvo que someterse al desarraigo de marcharse a estudiar fuera de casa.                                                                                                                                                   
La Gran Ciudad del Puerto (Buenos Aires) fue la encargada de albergar los sueños, la figura delgada, casi de sombra o niebla y enlazar su destino al ambiente de artistas entrañables que le dieron legítimo prestigio.

Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.

Solamente dos años transcurrieron antes de regresar a su provincia, en donde lo aguardaban: el rencuentro con esa perspectiva desmesuradamente inagotable de celajes, matices, tornasoles, del aura entre las ramas de los sauces, una cifra en la nómina de empleos estatales, el amor de su eterna compañera… y el destino imperioso de fundar un lenguaje, de construir una voz inigualable que emergiera desde lo medular, desde la esencia, desde el útero mismo de la tierra.

La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.

Por eso su palabra tuvo la levedad de los suspiros y el humilde, resuelto, caminar de las briznas. Por eso se mantuvo tan veraz, tan auténtica, tan fiel a sus principios. Y por eso alcanzó la extraordinaria dimensión de un canto en donde ejercitó el escudriñamiento de las cosas sencillas como renovación, como escenario, como cuestionamiento, como forma de vida. Constantemente en busca de levedades, suaves transparencias, de lo desencarnado o incomunicable.

Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

Sostenido en las pieles del paisaje, desarrolló su faz contemplativa. Y es esa soledad la que lo arrastra lejos de las ciudades y su ritmo, presuroso, intranquilo, disonante. Quizás allí radica, en lo inasible, el profundo secreto que guarda su poesía. Y adentrarse en sus versos sea recuperarlo del olvido. Confirmarlo en la universalidad que lo reclama a partir de su soplo delicado, de su verbo desnudo, de ese despojo que se intensifica hasta alcanzar el núcleo del espíritu, la sensibilidad inevitable que lo aproxima a Dios y a la esperanza. Hasta hermanar, en sincretismo pleno, lo insuperable de su pensamiento con los ejes concretos, la perspectiva misma de la naturaleza cohabitando en la hondura de sus ojos.

Regresaba
-Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.

Esto le permitió parir una obra plena, dotada de absoluto esteticismo, de lirismo admirable, donde los ecos de su misericordia se posaban, con igual indulgencia, en cada criatura, en cada componente del entorno.
Orfebre o alfarero o artesano, escogió las palabras, los matices, modeló la belleza con los tenaces músculos del alma buscando lo inicial, lo trascendente.
Sin embargo alguno de sus críticos afirma que “(…) En la poesía de Juan L. Ortiz convergen siempre contrastes entre la celebración contemplativa y flotante de la naturaleza, y la conciencia del dolor de las injusticias sociales y de la fragilidad existencial (…)”. [2]
Porque no se mantuvo distanciado de los oscuros tiempos de la historia.
Los horrores de la Segunda Guerra, la muerte del poeta García Lorca, su propio cautiverio por pensar diferente, lo lleva a interrogarse acerca del dolor, del desconsuelo, de la esencia del mal. Y comienza la búsqueda compleja de cierta eticidad que parece negársele.

De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.

Una de sus antólogas sostiene: “no fueron precisamente los premios, los honores, las posiciones privilegiadas los signos de la vida y la obra de Juanele, sino la ascesis austera de una consagración desnuda al magisterio de la poesía y una vocación desasida y absolutamente desinteresada al decir poético” [3]
Porque Juanele logra amotinar en su obra una expresión proficua, temblorosa, variable, evanescente… Patrimonio de imágenes fugaces en vital compromiso con la naturaleza, evoluciona en su simbología, elude todo límite retórico y fluye manantial desde lo cotidiano. Hasta alcanzar la dimensión del mito.

Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.

El hombre de provincia, en fusión con el cauce que transcurre al pie de la barranca ya sabe que el conjunto de su obra “no ha sido solamente un hecho artístico, sino también un estilo de vida, una preparación interna al trabajo poético, una moral” [3]
Comprende que el poema que comenzó a escribir hace ocho décadas aguarda, en la serenidad de los hechizos, el desenlace de su letra mínima. Que la verde comarca donde la luz desnuda sucedió ante sus ojos espera su retorno para cerrar el círculo.
En las postrimerías del crepúsculo, en presencia y ausencia, se despide de todos los amigos y traspone, seguro, el portal de la muerte. (2 de septiembre de 1978)

¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

Afuera, el parque estalla en floraciones y despiertan los grillos



[1] Fui al río. Poema de Juan L. Ortiz. “El ángel inclinado”, 1938
[2]Roberto Forns-Broggi - Metropolitan State College of Denver - El eco-poema de Juan L. Ortiz
 [3] Edelweis Serra - Coquena Ediciones, Rosario, Santa Fe, 1982
 [4]Juan José Saer – Prólogo a Juan L. Ortiz. Obra completa. Incluye En el aura del sauce. Poesía y prosas inéditas de Juan L. Ortiz. Santa Fe, Argentina, Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral



PÁGINA 29 – POESIA EUROPEA

XIMENA GAUTIER GREVE
(Paris-Francia)

LLANTO DECIMO TERCERO.
(Del “Requiem por Chile”)

Allí me quedé sentada
mirando tu lecho vacío.

Fue hacia el fin de la noche.
la luna rodaba caliente
de tu amor hasta mis senos.

Pero llegaron esos hombres
gritando,
arrasando con todo.De mis brazos en pasión
te arrojaron a la calle:
los increpé
corrí con tu abrigo.
Ya te empujaban cuesta abajo
entre las burlas secas y el frío.
Les suplico con desvarío,
tus ojos dulces cruzan los míos...
El café quedó servido

Ahí me quedé desnuda
Mirando tu lecho vacío.

MAHMUD DARWISH

(Acre-Palestina)

ENAMORADO DE PALESTINA

Tus ojos son una adorada
y dolorosa espina en el corazón.
Que preservo del viento,
y que clavo muy hondo,
más allá del dolor y de la noche.
Con cuya luz alumbran los candiles
y se hace mañana mi presente.
Y yo olvido al instante
-al encontrarse el ojo con el ojo-
que una vez fuimos dos
tras de la puerta.

*   *   *

Cantabas al hablar.
Yo intentaba también, mas la miseria
había puesto cerco a los labios primaverales.
Tus palabras, como una golondrina,
volaron de mi casa,
y nuestra puerta,
y nuestros escalones otoñales,
se fueron tras de ti,
donde quiso el deseo.

Rompiéronse también nuestros espejos,
y nacieron mil penas.
Juntamos las cenizas de la voz,
y cantamos tan solo la elegía del país.
Para sembrarla juntos
en el pecho de una guitarra,
y tocar a unas almas deformes, a unas piedras,
sobre las azoteas.
Pero yo me olvidé...
¡Oh Tú, la de la voz desconocida!
¿Fue tal vez tu partida,
o mi silencio,
lo que había oxidado la guitarra?

*   *   *

Te vi ayer, en el puerto,
viajera sin familia ni viático.
Y corrí hacia ti igual que un huérfano,
buscando la prudencia de los viejos:
“¿Por qué el naranjal verde
se encierra en una cárcel o en un puerto,
se esconde en el destierro,
y sigue siempre verde,
a pesar de su marcha,
a pesar de sus sales y el deseo?”...
Y lo anoto en mi agenda:
Me detuve en el puerto...
El mundo era unos ojos invernales,
y pieles de naranjas teníamos en las manos.
Detrás de mí, estaban los desiertos.

*   *   *

Te vi en el monte abrupto,
pastora de corderos, perseguida.
En las ruinas, tú eras mi jardín,
y yo, extraño a la casa,
golpeaba la puerta, ¡corazón!.
Sobre mi corazón alzábase la puerta,
la ventana, las piedras y el cemento.

*  *  *

Te vi en los cántaros de agua,
y el trigo,
destruida.
Servir en los nocturnos cafetuchos.
En los rayos del llanto y las heridas.
Y Tú eras el pulmón que me faltaba.
La voz para mis labios sólo Tú.
Tú el agua... Tú el fuego.
Te vi junto a la puerta de la cueva,
junto al laurel,
tendiendo los vestidos de los huérfanos.
En las calles te vi... En las hogueras.
En la sangre del sol...
En los corrales...
Te vi en la plenitud de las sales del mar.
En las arenas...
Buena, como la tierra,
el jazmín,
y los niños.

*   *   *

Y juro:
Que he de hacer un pañuelo de pestañas,
donde grabar poemas a tus ojos,
y escribir una frase
más dulce que la miel y que los besos:
“¡Que Palestina era... Y sigue siendo!”

*   *   *

Palestina de ojos y tatuajes.
Palestina de nombre.
Palestina de sueños y de penas.
Palestina de pies, de cuerpo y de pañuelo.
Palestina en palabras y en silencio.
Palestina de voz.
Palestina de muerte y nacimiento.
Te llevé, como fuego de mis versos,
en mis viejas carpetas.
Te llevé de alimento en mis viajes.
Y te llamé, gritando , por los valles.

Conozco los caballos de los bárbaros,
aunque cambien los campos.
Pero, tened cuidado...
Del rayo que sacó mi canción del granito.
Porque soy el ornato de los mozos
y el mejor caballero.
Yo destruyo los ídolos
y siembro las fronteras de Siria de poemas
que vencen a las águilas.
Con tu nombre grité a los enemigos:
¡Comeos, oh gusanos, mi carne si me muero!
Porque no nacen águilas
del huevo de la hormiga;
porque el de la serpiente oculta víboras.
Conozco los caballos de los bárbaros.
Pero también
-y antes –
que yo  soy el ornato de los mozos,
y el mejor caballero.

ANDONI K. ROSS
(Castilla La Mancha-España)

SILICIO (‘SIO2’).

Padecimos épocas enteras, yo diría glaciares,
sintonizando en vano emisoras trans europeas
obre los Pirineos y los Alpes.

Ser ‘ego’, no dejar de ser yo; no poder
evitar mi mí mismo, ese animal diminuto
que me habita desde el inicio de las edades,
al que entregué mi compleja historia, no sin recelo,
porque él un día vendrá a asesinarme…

Hoy lo busco en el fragor de la batalla,
esa enésima batalla que precede al sueño;
pero, solo soy capaz, y es triste aunque fecundo,
de plegarme a la evidente desolación
de ordenar dosieres y estantes
donde iracundo dejo descansar el dióxido
arenoso que traigo en mis zapatos,
la mitología romana, y la de los griegos,
y mi escasa pasión
por lo que hace felices a los egos.

Tuve mis veinte años, pasé por los cuarenta,
los cincuenta, ¡y los 60!, como muchos otros;
pero, dejo escritos mis ‘pijos’ y mis ‘odos’,
por si un día van y cambian las cosas
en esta tierra cainita de muchos simios y escasos lobos.

ISABEL REZMO PEREZ I PEREZ
(Úbeda-Jaén-España)

POETA

Suave destello como
las celosías que marcan las diez.
Impenetrable murmullo.
Así es el poeta que aligera
la brisa del alma....
Un cuerpo entre la vida.
Un espíritu ante la muerte.
Y cuando flirtea la cornisa
entre el lamento de la tinta,
sube al ágora de la eterna
cítara comprendiendo,
cuál sutil es la razón
de su melodía.
Atrás no queda nada.
No queda lamento.
Ni la sal que filtra la marea.
Ni el ocaso de la noche.
Ni la curva del olvido.
Solo tinta. Solo bardos.
Solo poesía.

MABEL ESCRIBANO
(Barcelona-España)

Y NO ERA PERRO

Una se hace perro a base de ladridos,
o de palos.
La visten de correas y finalmente,
obedece y ya, no importa si el amo sabe lo que pide,
aunque tu no entiendas, lo que pide el amo.
Una se hace perro y asiente,
mueve la cola -aunque se la hayan partido.
A esa una, un día la sacan a la calle,
le ponen la cadena y la dicen,
¡Si ves un extraño, muerde y ladra!.
Y el extraño no llega,
la lluvia te moja,
y piensas que todo está bien,
que es normal, pero no.
Las pulgas se acumulan,
te lastiman y te quejas para que te escuchen,
pero les molesta tu aullido lastimero,
y te callan a palos -como de costumbre-
Un día, no puedes más, y ladras
muerdes,mostrando tu dolor,
y no importa cómo, te liberas
escapas sin cadena,
sin bozal,
sin comida,
sin caricias,
y lames como puedes tus heridas
Alguien te mira con curiosidad, diciéndote ¿Perro? Tú no eres perro...
Y entonces gruñes al que te lo ha dicho,
porque te duele tanto engaño.
Y tienes que aprender a caminar a dos patas,
a decir NO,
a buscarte la vida sabiendo que
no eres guardián de nadie,
salvo de ti misma,
y a tu lado no hay nada,
ni caseta,
ni cadena,
ni bote de lata para el agua.
Tu eres un ser humano
y te miras al espejo,
te tocas la cara, y lloras,
lloras olvidándote de ladrar,
porque te cuesta después de tantos años,
fiarte de la gente, ser cuidadora de ti misma
y además, una persona.



PÁGINA 30 – CUENTO

MÓNICA IVULICH
(Madrid-España)

VENTANA AL INTERIOR

Cuando me pregunto quién soy, me miro en tus ojos y me veo diferente.
Sé que no soy aquella hija rebelde, ni la estudiante aplicada, ni la maestra de provincia, ni la universitaria en zapatillas, ni la madre abnegada, ni la abuela orgullosa, ni la esposa feliz o infeliz, ni la divorciada reincidente…
No soy la que nació en aquel país lejano, ni la inmigrante que no sabia el idioma o la que lo aprendió, no soy la que escapó de las mil miserias ni la intelectual, ni la trabajadora incansable, ni la buscadora de verdades, ni la espiritual en plenitud… 
No soy la fundadora de una organización sin fines de lucro, ni la rehabilitadora de chicos autistas o especiales, no soy la vegetariana, no soy la escritora feliz, no soy la viajera recalcitrante, no soy la amante devota, no soy la conferencista ni la periodista, ni la que servía café tras café en una cafetería de Manhattan, ni la que monta bicicleta con su nieta, ni la que acaricia a su gata con ternura.
No soy la que pasea por el bosque buscando el Árbol del Beso Prometido, ni soy la que, de niña, bailó tap tap en el teatro o, ya adolescente, cantó la Misa Criolla en TV, no soy la que envolvía camisas en la tienda de sus tíos, ni la que limpiaba baños en un teatro de NY o vendía repuestos de cirugía en Bs. As., ni la que enterrara a su hijo, ni la que no vio morir a su madre lejana, no soy eso…
¿Quién soy? me pregunto y sé que además del ser espiritual, del alma, soy alguien o algo más. Tus ojos son ventanas abiertas a mi interior y hablan de las experiencias que atravesé y que quedaron en el aire, de las huellas que en mi alma se anclaron, de la conciencia que se ha formado en mi centro y que solo puedo ver mirándote, sabiendo que mi energía puede tocar la tuya, mucho más allá de mi piel. Que tu amor puede abrazarme mucho más acá de tus manos.
Tus ojos son las ventanas que interactúan en una danza apretada con los míos. Allí es donde me encuentro yo misma y se quien soy.



PÁGINA 31 – CUENTO

LUIS LÓPEZ NIEVES
(San Juan-Puerto Rico)

LA ABSOLUCIÓN

Tarde en la noche, bajo la lluvia, el carruaje se detuvo frente a la mansión. Los lacayos corrieron a colocar la banqueta bajo la portezuela, para que el Obispo y sus dos sacerdotes pudieran bajar sin esfuerzo. Al inclinarse, la peluca blanca de uno de los sirvientes estuvo a punto de caer en el fango, pero éste la detuvo a tiempo, sin que los clérigos se distrajeran por su torpeza. El Obispo delgado, de carnes rosadas, vestía la ropa suntuosa que exigía la ocasión. Los sacerdotes, más modestos en el acicalamiento, se limitaban a cargar los Santos Óleos y la Eucaristía.
El zaguán estaba repleto de gente del pueblo con velas y linternas en las manos. Olía a lluvia, a humedad, a noche tras noche de llovizna empedernida sin el respiro de una luna llena. Algunas mujeres lloraban. Los lacayos le abrieron paso a los clérigos, pero al llegar a la puerta tuvieron que detenerse y esperar junto a los demás. Pasaron treinta minutos. Sesenta minutos. Dos horas. Primero los lacayos trajeron banquetas para que los clérigos descansaran. Luego trajeron tazones con agua fresca, que el Obispo generosamente compartió con los desconocidos que hacían guardia, como él, frente a la puerta del famoso moribundo.
Al fin, tras una espera que rebasó las tres horas, la sirvienta abrió la puerta y les hizo señas a los clérigos, quienes entraron a la mansión en silencio.
-La sobrina y el médico duermen al fin -dijo la mujer-. El amo muere.
Llevó a los religiosos a una habitación pequeña, oscura, calurosa. Con la cabeza recostada sobre varios almohadones de pluma, el moribundo miraba hacia la puerta con los labios apretados. Era muy viejo y no llevaba peluca.
-Hijo -dijo el Obispo, sentándose al lado de la cama- ¿ya no maldices a Dios?
-No -dijo el moribundo con voz cansada. Los clérigos no pudieron disimular la alegría.
Los dos sacerdotes se congratularon con una sonrisa, mientras el Obispo, el pecho inflado, miraba al moribundo con ojos condescendientes.
-¡Alabado sea! Al fin has visto la luz, hijo mío. ¿Quieres confesión?
-No -dijo el anciano, cada vez más débil y cerca de la muerte. La vida se le vaciaba como una jarra quebrantada.
El regocijo de los sacerdotes se convirtió en un angustiado desconcierto. El Obispo, entristecido, se enderezó la peluca blanca que le caía hacia el lado derecho.
-Pero has dicho que no lo maldices, que ¡crees en tu Creador!
-No puedo maldecir lo que no existe, idiota -dijo el moribundo con sus últimas energías.
Los ojos del cura que cargaba los Santos Óleos se llenaron de lágrimas.
-Es tu última oportunidad -insistió el Obispo.
-Acércate -dijo el moribundo, levantando una mano.
El Obispo acercó el oído. Los sacerdotes, ansiosos por escuchar, casi se recostaron sobre las espaldas del prelado.
-Váyanse a la mierda -dijo el anciano, y expiró.
Los sacerdotes, atónitos, tardaron varios minutos en reaccionar.
-Excelencia -dijo el que llevaba los Santos Óleos- lo vi en sus ojos.
-¿Qué viste? -preguntó, sorprendido, el sacerdote que llevaba la Eucaristía.
-Quiso arrepentirse -continuó el de los Santos Óleos-, pero el maldito Demonio...
-...le llenó la boca de vil blasfemia y pecado -remató el Obispo.
El sacerdote que llevaba la Eucaristía estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo: De su rostro desapareció todo signo de curiosidad. Los tres guardaron silencio otros minutos, contemplando sin cesar el cuerpo inerte del hombre de letras.
-Tengamos piedad de su alma -dijo el que llevaba los Santos Óleos, mientras abría los frascos de aceite exquisito.
-Tengámosla -asintió el Obispo.
Cuando los religiosos regresaron a la puerta principal de la mansión ya el pueblo conocía la noticia de la muerte del filósofo. Algunos lloraban, varios tenían la mirada pasmada, otros guardaban silencio. Todos sabían que algo importante había pasado allí esa noche: La muerte de un hombre que no era como ellos. El Obispo se dispuso a hablarle a su rebaño. Los lacayos acercaron velas a su rostro.
-Hijos míos: regocijaos. Voltaire, el más grande sacrílego de todos los tiempos, vio la luz en los últimos minutos de su vida y pidió la absolución. Dísela. Vio el rostro de Dios. Que descanse en paz.



PÁGINA 32 – POESÍA EUROPEA

CONSTANTINO CAVAFIS
(Grecia: 1863-1933)

ANTES DE QUE LOS CAMBIARA EL TIEMPO

Mucha pena sintieron por la separación.
Ellos no lo querían: fueron las circunstancias.
La necesidad de vivir hizo a uno de ellos
marcharse lejos -Nueva York o Canadá.
Su amor ciertamente no era igual como antes;
había disminuido gradualmente la atracción,
había disminuido mucho la atracción.
Con todo separarse, ellos no lo querían.
Fueron las circunstancias.- O acaso como un artista
el Destino apareció separándolos ahora
antes que se extinguiera su sentimiento, antes que los
cambiara el /Tiempo:
será el uno para el otro cual si siguiera siempre
siendo el hermoso muchacho de veinticuatro años.

ROSALÍA DE CASTRO
(España: 1837-1885)

A LA LUNA

¡Con qué pura y serena transparencia
brilla esta noche la luna!
A imagen de la cándida inocencia,
no tiene mancha ninguna.

De su pálido rayo la luz pura
como lluvia de oro cae
sobre las largas cintas de verdura
que la brisa lleva y trae.

Y el mármol de las tumbas ilumina
con melancólica lumbre,
y las corrientes de agua cristalina
que bajan de la alta cumbre.

La lejana llanura, las praderas,
el mar de espuma cubierto
donde nacen las ondas plañideras,
el blanco arenal desierto,

la iglesia, el campanario, el viejo muro,
la ría en su curso varia,
todo lo ves desde tu cenit puro,
casta virgen solitaria.
                         II
Todo lo ves, y todos los mortales,
cuantos en el mundo habitan,
en busca del alivio de sus males,
tu blanca luz solicitan.

Unos para consuelo de dolores,
otros tras de ensueños de oro
que con vagos y tibios resplandores
vierte tu rayo incoloro.

Y otros, en fin, para gustar contigo
esas venturas robadas
que huyen del sol, acusador testigo,
pero no de tus miradas.
                        III
Y yo, celosa como me dio el cielo
y mi destino inconstante,
correr quisiera un misterioso velo
sobre tu casto semblante.

Y piensa mi exaltada fantasía
que sólo yo te contemplo,
y como que es hermosa en demasía
te doy mi patria por templo.

Pues digo con orgullo que en la esfera
jamás brilló luz alguna
que en su claro fulgor se pareciera
a nuestra cándida luna.

Mas ¡qué delirio y qué ilusión tan vana
esta que llena mi mente!
De altísimas regiones soberana
nos miras indiferente.

Y sigues en silencio tu camino
siempre impasible y serena,
dejándome sujeta a mi destino
como el preso a su cadena.

Y a alumbrar vas un suelo más dichoso

que nuestro encantado suelo,
aunque no más fecundo y más hermoso,
pues no le hay bajo del cielo.

No hizo Dios cual mi patria otra tan bella
en luz, perfume y frescura,
sólo que le dio en cambio mala estrella,
dote de toda hermosura.
                         IV
Dígote, pues, adiós, tú, cuanto amada,
indiferente y esquiva;
¿qué eres al fin, ¡oh, hermosa!, comparada
al que es llama ardiente y viva?

Adiós... adiós, y quiera la fortuna,
descolorida doncella,
que tierra tan feliz no halles ninguna
como mi Galicia bella.

Y que al tornar viajera sin reposo
de nuevo a nuestras regiones,
en donde un tiempo el celta vigoroso
te envió sus oraciones,

en vez de lutos como un tiempo, veas
la abundancia en sus hogares,
y que en ciudades, villas y en aldeas
han vuelto los ausentes a sus lares.

BERTOLT BRECHT
(Alemania: 1898-1956)

CANCIÓN DE LA PROSTITUTA

Señores míos, con diecisiete años
llegué al mercado del amor
y mucho he aprendido.
Malo hubo mucho,
pero ése era el juego.
Aunque hubo Cosas que sí me molestaron
(al fin y al cabo también yo soy persona).
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?

                                   2
Claro que con los años una va
más ligera al mercado del amor
y los abraza por rebaños.
Pero los sentimientos
se vuelven sorprendentemente fríos
si se escatiman tanto
(al fin y al cabo no hay provisión que no se acabe).
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?

                                   3
Y aunque aprendas bien el trato
en la feria del amor,
transformar el placer en calderilla
nunca resulta fácil.
Pero, bien, se consigue.
Aunque también envejeces mientras tanto
(al fin y al cabo no siempre se tienen diecisiete).
Gracias a Dios todo pasa deprisa,
la pena incluso; también el amor.
¿Dónde están las lágrimas de anoche?
¿Dónde la nieve del año pasado?

ANDRÉ BRETON
(Francia: 1896-1966)

LA MUERTE ROSA

El satén de las páginas que se hojean en los libros modela
            una mujer tan hermosa
Que cuando no se lee se contempla a esa mujer con tristeza
Sin atreverse a hablarle sin atreverse a decirle que es tan hermosa
Que lo que se va a saber no tiene precio
Esta mujer pasa imperceptiblemente entre un rumor de flores
A veces se vuelve en medio de las estaciones impresas
Para preguntar la hora o mejor aún simula contemplar unas
            joyas bien de frente
Como no hacen las criaturas reales
Y el mundo se muere una ruptura se produce en los anillos de aire
Un desgarro en el lugar del corazón
Los diarios de la mañana traen cantantes cuya voz tiene el color de la
arena en las riberas tiernas y peligrosas
Y a veces los de la tarde dan paso a muchachas que conducen
            animales encadenados
Pero lo más bello está en el intervalo de ciertas letras
Donde unas manos más blancas que el cuerno de las estrellas a mediodía
Saquean un nido de blancas golondrinas
Para que llueva siempre
Tan bajo tan bajo que las alas no puedan ya mezclarse
Unas manos por donde se sube hasta unos brazos tan leves
            que el vapor de los prados en sus graciosas volutas por
            encima de los estanques es su imperfecto espejo
Unos brazos que no se articulan más que con el peligro excepcional de un
                                                                        cuerpo hecho para el amor
Cuyo vientre llama a los suspiros desprendidos de los matorrales
             llenos de velos
Y que sólo tienen de terrestre la inmensa verdad helada de los trineos de 
                                                      miradas sobre la extensión toda blanca
De lo que no volveré a ver más
A causa de una venda maravillosa
Que es la mía en el juego de la gallina ciega de las heridas.

RAINER MARIA RILKE
(República Checa: 1875-1926)

CANCIÓN DE AMOR

 ¿Cómo sujetar mi alma para
que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas, sobre ti?
Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido,
en un rincón extraño y mudo
donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco,
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!



PÁGINA 33-CUENTOS INOLVIDABLES

MANUEL MUJICA LÁINEZ
(Argentina: 1910-1984)

EL ILUSTRE AMOR – 1797

En el aire fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose a la reja de su ventana. Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas. Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán, entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico, en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena. Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo. Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor. Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos, cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos de quién gime así. Y el secretario virreinal también, sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor de los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro? ¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante, al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando, como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes. Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos. Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero, levántase la gloria de los salmos. El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules. Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio? ¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza, caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio, primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los Dominus vobis cum.
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra... ¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio, más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto hacia quien tan cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso. Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma, hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante. Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso, casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a quien no había visto nunca.

SUPLEMENTO INFANTIL Y JUVENIL



PÁGINA 34-RELATO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Argentina)

LA DIOSA-PÁJARO.

Suele adoptar la forma de una dama. Lleva un pájaro negro sobre el hombro derecho y  espera en los remansos.
Es la antigua guardiana de los muertos.
Tiene los ojos rojos como un río de fuego porque le ha sido dado lavar en los torrentes la ropa de guerreros caídos en batalla, expatriados al este de los sueños.
Lavandeira da noite. Así la llaman.
Duerme en el monte donde los olivos sepultaron el rastro de los dioses, al noroeste de la antigua luna, donde nacen los vientos.
Anu es el primero de sus nombres.
Mucho antes que el Creador del Tiempo nos vedara la magia, aún era posible percibir su silueta, su perfil de tragedia merodeando en la orilla de los ríos, golpeando los ropajes contra duros peñascos.
Morrigan de Landdark, dueña y señora de las pesadillas. Mujer del mundo viejo. Diosa pájaro. Acompañando el tránsito de la sombra a la luz, profetizando el plazo de todas las ausencias.
Si giras nueve veces alrededor del círculo de piedras se cerrarán los pórticos y ella ya no podrá perturbar tu descanso. Se volverá invisible como las otras gentes que habitan los lejanos territorios de sus reinos secretos. Estarás siempre a salvo de los miedos.
Pero esa cobardía despojará tus pieles del asombro y la magia. Para siempre.



PÁGINA 35-POESÍA

NELVY BUSTAMANTE
(Marcos Juárez-Córdoba-Argentina)

POEMITAS

I
Cuatro orejas negras
cuatro orejas blancas.
¿Cuántas ovejas
hay en mi chacra?

II
Una rata
se asoma
por la ventana
¿Una rata
sin bigotes y sin cola?
Debe ser
otra cosa.

III
¿Quién canta
en la laguna
con un traje color
de aceituna?

IV
El botón
tiene cuatro ojos
para mirar
a su antojo.

V
Con un pájaro
en el lomo
duerme el cocodrilo.
Sueña que tiene alas
y vuela
hacia el nido.

VI
Sobre el puende de Avignón
todos giran todos giran.
Sobre el puente de Avignón
todos giran y yo también,
canta el bicho bolita.

VII
En una casita de cebolla
voy a guardar mi corazón
así llora a su antojo
tu desamor.

VIII
Estaba la verde paloma
sentada en un blanco limón.
Con las palabras del viento
el gallo de la veleta
le declaró su amor.

IX
Quién lo diría:
las espinas
se le hacen rulos
a este erizo
cuando te mira.



PÁGINA 36-CUENTO

SILVIA ALEJANDRA GARCÍA
(Lomas de Zamora-Buenos Aires-Argentina)

LOBITO VUELVE AL MAR

Era una linda mañana de enero. El sol acababa de asomar y el mar había recobrado ese color azul intenso que tanto le gustaba a Lobito Rodolfo.
“¡Qué hermoso día!” pensó. “Me quisiera dar un chapuzón, jugar un rato y comer algunos peces.”
Miró a su alrededor. La lobería estaba muy aburrida: los padres dormían, los cachorros dormían... Unas gaviotas pasaban volando y graznaban sin que nadie les prestara atención. Las olas hacían “plaf, plaf” contra las rocas y parecían saludarlo con sus manos de espuma. Lobito Rodolfo pensó: “ya soy grande y estuve otras veces en el mar. No me da miedo ir a nadar solo”.
Así nomás se decidió y, arrastra la panza, empuja con las aletas, llegó al borde de la roca, donde se puso en posición para lanzarse, aprovechando el vaivén de las olas.
-¿A dónde vas, Lobito Rodolfo?- dijo una voz gruesa desde el agua. Era el macho más viejo de la lobería, que se había despertado antes que nadie y ya estaba en el mar.
-Voy aquí nomás, a comer algunos peces porque me hace ruidito la panza.
-Andá con mucho cuidado, Rodolfo, a estas horas salen de cacería las orcas, que también sienten ruidito en la panza. No te alejes demasiado. ¡Ah! Y tampoco confíes en la gente. No todos los seres humanos son buenos con nosotros, por las dudas, es mejor mirarlos desde lejos.
Lobito Rodolfo dijo a todo que sí, esperó una ola que venía y ¡al agua, lobo! Se dejó llevar por el impulso de la ola que volvía mar adentro y después empezó a nadar. ¡Qué linda estaba el agua esa mañana! Fresca y transparente, con ese olor a algas y a cangrejos y a caracoles... Los cardúmenes plateados relucían bajo el sol. Lobito Rodolfo los perseguía y cazaba algunos peces, que iba saboreando como si fueran caramelos salados.
 Y así, un pececito, una voltereta entre las olas, otro pececito, un rato más de juego,  de repente, vio que se le acercaba a toda velocidad una orca, con su lomo negro y su enorme panza blanca. En menos de lo que le llevó pensar “yo no quiero estar ahí adentro”, se volvió hacia la playa y nadó tan rápido como ni él mismo sabía que era capaz de  hacerlo.
        Pero llegar a la costa no era todo: cuando una orca tiene hambre, puede sacar casi todo el cuerpo del agua para cazar a su presa. Por eso, cuando estuvo en la arena, Lobito Rodolfo arrastró la panza y empujó con las aletas usando todas sus fuerzas para alejarse del mar. Corrió hasta el pie del acantilado y se escondió detrás de unas rocas. Mientras tanto, la orca, se paseó un par de veces muy cerca de la orilla hasta convencerse de que había perdido al lobito y no tenía nada más que hacer allí.
        Lobito Rodolfo estaba cansado y asustado. Esa no era su playa, las rocas de su lobería no se veían por ninguna parte y, además, desde su escondite escuchó voces humanas. Se asomó apenas y vio a toda una familia que venía charlando, riéndose y juntando caracoles. Él trató de quedarse quieto, muy quieto, para pasar desapercibido. Pero lo descubrieron igual.
-¡Un lobito marino!
-¡Qué bonito!
- ¡Pobrecito, está perdido!
-¿Estará lastimado?
- No parece. ¿Quién tiene la cámara fotográfica?
-A ver... No, ahí no, le da sombra justo en la cara. ¿Lo corremos un poco para acá?
Pero cuando lo fueron a tocar, Lobito Rodolfo se incorporó imitando a los machos adultos de su manada y gruñó lo más fuerte que pudo para asustarlos.
-¡Qué lindo! ¡Y qué ruido tan gracioso hace!
“¿Gracioso?” pensó él “¿a ver qué les parece esto?” Gruñó  otra vez, pero mostrando los dientes.
-¡Qué dientitos afilados! No lo toquen. Mejor le tiramos un poco de agua, a ver si se corre solo.
Empezaron a traer agua en los baldes de los chicos y a mojarlo para que se corriera hacia el sol.
“Ufa” pensó Rodolfo “en las playas donde hay gente no se puede descansar tranquilo. Me vuelvo al mar”.
Pero, aunque intentó irse al agua, los grandes se le ponían adelante con la cámara fotográfica, los chicos trataban de tocarlo y el mar, que había bajado,  estaba muy lejos. Por fin esa familia se cansó de fotografiarlo y darle vueltas alrededor. Ya se alejaban, cuando, desde unos metros más allá, unos muchachos gritaron:
-¿Qué hay ahí?
-¡Un lobito marino! Se ve que está perdido.
Entonces se fue la familia pero llegaron los dos muchachos.
-¡Qué lástima, justo salimos sin la filmadora!
-Pero mirá quiénes vienen allí. Capaz que ellas tienen con qué fotografiarlo.
-¡Chicas, chicas, vengan, hay un lobito marino!
Las chicas apuraron el paso, entusiasmadas. Lástima que esas chicas tan lindas venían con perrazo, que en seguida se acercó al lobito y le quiso apoyar la nariz por todas partes. Rodolfo volvió a ensayar sus mejores gruñidos y amenazas, pero el perrazo era insistente.
-Salí, Luqui, dejálo en paz- los jóvenes lo echaban, pero Luqui parecía bastante cabeza dura.
“No hay caso, tengo que llegar al agua”, decidió Lobito Rodolfo. Arrastró la panza y empujó con las aletas, abriéndose paso entre los adolescentes y el perro a fuerza de mostrar los dientes. Pero el mar seguía bajando, estaba cada vez más lejos y él, cada vez más cansado. Se volvió a acostar en la arena y esperó a que terminaran de sacarle fotos y más fotos.
        El sol estaba cada vez más alto y a la playa bajaba cada vez más gente. Algunos venían con  perros. Algunos hacían ruido a de un lado o del otro para que mostrara la cara, daban pisotones fuertes en la arena junto a su cola, para filmarlo mientras se escapaba. Todos se reían y decían cosas como “qué amoroso, no lo molesten, saquen a los perros que lo ponen nervioso...” Pero  no lo dejaban en paz. ¡Y el mar se seguía alejando!
        Lobito Rodolfo estaba extenuado. Ya no le importaba que lo rodearan, lo mojaran, se rieran... Entonces la gente empezó a preocuparse.
- Hay que llamar a un veterinario, debe estar fracturado, seguro que lo atacó una orca, quién sabe si va a sobrevivir.
Un señor sacó un teléfono celular y al Instituto de Biología Marina.
-Enseguida vienen los biólogos- dijo.
“¿Y ahora qué será eso de los biólogos?” se preguntó Lobito Rodolfo, que ya no sabía qué más podía esperar de la gente.
Un momento después, vio llegar una camioneta. Los conocía muy bien, porque los había visto muchas veces desde el agua, cuando pasaban por el camino de la costa. Pero ésta venía por la playa y directamente hacia él.
        Una mujer y un hombre bajaron con una valija llena de aparatos. Se los apoyaron en el cuerpo, le abrieron la boca, le tocaron todos los huesos, le revisaron las aletas...
- No tiene nada- aseguraron- está cansado.  Cuando suba la marea se va a ir sin problemas.
- Pero si lo dejamos aquí lo pueden atacar los perros- dijo un chico.
- O lo vamos a seguir molestando las personas...-suspiró una nena.
Los biólogos estuvieron de acuerdo. Subieron a Lobito Rodolfo a su camioneta y lo llevaron a una playa más solitaria. Allí lo liberaron cerca de la orilla. Rodolfo sintió el “chssss, chssss” de las olas al deshacerse en la arena, mientras la brisa le silbaba entre los bigotes. Era la voz del mar que lo llamaba. Se lanzó al agua, aprovechó el impulso de una ola que volvía hacia adentro y después empezó a nadar.
¡Qué linda estaba el agua esa mañana! Fresca y transparente, con ese olor a algas y a cangrejos y a caracoles... Los cardúmenes plateados relucían bajo el sol. Lobito Rodolfo los persiguió y cazó algunos peces, que saboreó contento, como quien vuelve a su casa masticando caramelos salados. Ya no le hacía ruidito la panza. Las orcas, a esa hora, nadaban mar adentro. Y los humanos le habían parecido buenos pero, de todas formas,  era mejor mirarlos desde lejos.




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