Formato virtual de una revista literaria con historia

Dirección: Norma Segades - Manias

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GACETA LITERARIA Nº 115– JULIO de 2016– Año X – Nº 7


Imágenes:
Homenaje a la obra de OMAR ORTIZ
(México)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Uruguay/1940-2015)

LOS SUEÑOS OLVIDADOS 

Helena soñó que se dejaba los sueños olvidados en una isla.
Claribel Alegría recogía los sueños, los ataba con una cinta y los guardaba bien guardados. Pero los niños de la casa descubrían el escondite y querían ponerse los sueños de Helena, y Claribel, enojada, les decía:
_Eso no se toca.
Entonces Claribel llamaba a Helena por teléfono y le preguntaba:
_¿Qué hago con tus sueños?


PÁGINA 2 – NARRATIVA

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

ALREDEDOR DE NABAM

Yo soy yo, la que escribo y no la que escribió. Algunas veces, cuando releo la novela de ella tiendo a confundir las identidades y creo ser la otra, la que se obsesionó con ese personaje extraño y maravilloso que fue apareciendo apunte por apunte, en esas noches de insomnio en las cuales la historia le fue aconteciendo como dictada, como si ese ser imposible se escribiese y describiese a sí mismo, apareciendo pleno y corpóreo, ajeno a su imaginación.
La cosa comenzó a partir de un artículo del "Diccionario infernal" de Collin de Plancy, libro que pacientemente la esperaba en un anaquel de la biblioteca familiar desde antes de que naciera. Siempre había estado allí, lo descubrió en la infancia leyéndolo a escondidas de sus padres, y desde entonces esporádicamente releía algunos artículos, con la curiosidad incrédula que conviene a nuestros tiempos y la satisfacción por el estilo y el lenguaje antiguos. También allí, desde siempre, la aguardaba quizás Nabam para manifestarse.
En la página dedicada a los conjuros se recetan las palabras, signos y condiciones para invocar a los demonios, y tan bien organizadas se encuentran las huestes infernales, con sus capitanes, sus legiones y sus cadenas de mando, que a cada día de la semana corresponde un demonio, un horario para efectuar la ceremonia, una ofrenda que debe ser preparada con celo para entregar al compareciente.
La escritora no otorgaba fe a la brujería, pero le pareció que el tema era adecuado para crear una novela, y la primera noche hizo una descripción de Nabam, el demonio de los martes.
"Lo miro parado y es más bajo de lo que parece estando sentado. Esa falsa impresión la causa una cierta desproporción entre el cuerpo y los brazos, que resultan demasiado largos. Me desagrada. Tiene un exterior brutal desmentido por una delicadeza extrema en los dedos y la forma en que manipula los objetos. Desearía que fuese simplemente bestial sin esa cualidad falsa de cuidadosa cortesía. Cuando habla, agacha la cabeza, lo que hace que aparezca una línea blanca debajo de su iris. Ojos celestes, o grises, o verdes.
Difícil definición. El inicio de cada frase le provoca una sacudida y un adelantar el torso hacia mí, que en cada uno de sus avances retrocedo. Me llega su aliento a cigarrillo y alcohol, y algún aroma más como a perfume y transpiración. (Y flores marchitas). Me mira con una intensidad que me pone nerviosa. Respondo apurada, equivoco las palabras y mis expresiones me resultan estúpidas en el mismo momento de decirlas. Siempre igual. Serpiente encantadora de pajarillos. Pero yo no soy un pequeño pajarito; sin embargo frente a él soy un ser informe. Me desprecio. Cada vez que estoy contenida en su mirada, con su cuerpo atento y ominoso, me siento en la zona de trampa. Digámoslo de una vez, el hombre me resulta intolerablemente atractivo porque me repugna."
Este primer retrato se le dio como una revelación, como si hubiese visto realmente a Nabam, y al otro día la imagen del demonio se le presentaba constantemente, reclamando su atención aun mientras ejecutaba sus tareas cotidianas.
Tenía, entonces, al personaje. Cómo sería el desarrollo de la novela no era tan claro, excepto que le resultaba evidente que se enamoraría de él con secreto horror. En síntesis, una mujer invoca al demonio en una ceremonia hecha por broma, el demonio se presenta, se declara suyo, esta mujer debe convivir con él y se consignan las visicitudes y los diálogos que se dan entre ellos.
En algunos borradores utilizó un narrador omnisciente, en otros la tercera persona, pero los desechó y finalmente escogió el relato en primera persona, siendo la narradora una mujer que era ella misma, disfrazada apenas por detalles dispares o concesiones tenues a un intento de ocultamiento. Se puede notar sin ninguna dificultad al leer el libro cómo esos pueriles disfraces se diluyen a medida que la relación avanza, y finalmente aparece la escritora claramente retratada a través de sus palabras. Así, Nabam iba tomando forma y peso, y ella se despojaba de imposturas para reconocerse como protagonista del drama.
"No soy más que una mujer. Una patética mujer. No puedo escribir sobre sentimientos porque caería en la deplorable zona de la novela rosa, no no no no no no.
¿Qué se puede decir que no haya sido dicho admirablemente por otros?."
Este párrafo se encuentra en su diario, y por la fecha corresponde a las primeras etapas de escritura. No deseaba escribir una historia de amor, y era eso sin embargo el fondo de la trama, la secreta seducción del demonio. Sin embargo, un segundo leimotiv ejercía un contrapunto constante, y era la relación del demonio con Dios, la imposibilidad de probar la existencia de Dios aún ante la presencia del demonio, igual de ignorante que las demás creaturas de los secretos designios del creador.
Así, este personaje en principio fantástico e increíble se va mostrando como ser arrojado al mundo, dotado de escasos poderes y aún más escasos conocimientos del más allá, siendo que al entrar en este territorio, al franquear la puerta de nuestra existencia pierde la memoria sobre las maravillas o espantos del otro lado.
Todo esto lo escribía ella sin consultarse a sí misma, con rapidez, finalizando capítulo tras capítulo casi sin efectuar correcciones posteriores.
"No me extrañaría para nada comenzar a escribir en lenguas. Jamás había sentido igual urgencia por otro relato, ni tanta seguridad al poner las palabras, que se siguen unas a otras como dotadas de una necesaria ordenación. Recuerdo un documental sobre el autismo, en el que un niño dibujaba un gallo copiando la imagen fielmente de su memoria, trazando líneas aparentemente azarosas, caóticas, hasta que como por milagro se completó la figura. Se explicaba que las líneas no tenían sentido para él, y que aleatoriamente podía realizar un trazo del ala, luego una pata, luego una pluma de la cola y el pico, pero que el gallo surgiría completo y perfecto al final, siempre igual al primer modelo, sin importar el orden o aparente desorden de la operación. Me pregunto si no estaré dibujando algo que tiene una existencia propia, me pregunto qué rostro aparecerá cuando coloque el punto que cierre el último capítulo, y si podré mirar ese rostro que me estará devolviendo la mirada".
Esa sensación de ser mera transcriptora, acaso de estar realizando un acto más de medium que de creadora la acompañó todos los meses en los cuales los capítulos se sucedían velozmente unos a otros, en los cuales el demonio narraba historias, reflexionaba sobre la humanidad desde su condición de creatura ajena, se instalaba con su rostro y su cuerpo detalle por detalle en las palabras y en esa realidad paralela que tomaba una consistencia de cosa cierta.
Y Nabam, claro, era hermoso y terrible, orgulloso, soberbio y completo en sí mismo, una enorme fuerza agazapada y acaso mentida en su presencia confortable. La violencia probable, la posibilidad de una súbita detonación hacía que el horror por su condición demoníaca permaneciera como bajo continuo por detrás de la melodía tranquilizadora de los diálogos calmos y la convivencia cotidiana.
El demonio se presentaba con una corporeidad en el relato que al principio le hizo dejar las luces encendidas por las noches y se resolvió luego en una especie de espera insensata.
"Me he descubierto en la calle mirando insistentemente los portales y las veredas, buscando la imagen familiar de mi demonio recostado contra el umbral de una casa o fumando silenciosamente desde la silla de un bar, libro en mano, sentado con esa actitud de dejarse estar, con ese reposo de animal cazador que reconocería de inmediato. Me ha parecido verlo, y no me he asombrado. Sería natural y fácil caminar hacia él y saludarlo, aceptando su comparescencia como algo necesario.
Cuando escribo lo siento a mi lado, puedo percibir ese olor que le es característico, y no tengo miedo sino expectación. Frente al teclado de mi computadora, mientras describo cómo me seduce lentamente, soy seducida, ¿me seduzco?. Y cómo lo extraño cuando lo busco en las habitaciones silenciosas y descubro que él no está aquí, que no puedo rodear su cuerpo ominoso con mis brazos.
Ayer, cuando llegaba a casa, la imagen de Nabam aguardándome, espalda en la pared, cigarrillo humeante en la mano de estatua, esa imagen era tan nítida y precisa que la decepción de no encontrarlo me sumió en una depresión que hube de conjurar continuando con la novela, donde vive respira actúa habla, me habla."
Reconociendo el grado de obsesión que su personaje le provocaba, la escritora no se alarmó por ella sino se limitó a disfrutarla, pues no creía en realidad en la existencia de los cielos o infiernos del catecismo. Pensaba, como lo consignó en otros apuntes, que esta momentánea suspensión de la incredulidad era el
resultado de haber encontrado un carácter y una historia interesantes, cosas que favorecerían la obra, que prometía ser buena o en el peor de los casos menos mala que sus anteriores producciones, las que reconocía resignadamente como mediocres y carecientes de ese impacto que obliga al lector a mantener la atención en las páginas, y distrae del artificio del estilo y los mecanismos del relato.
"No te asustes, que cuando te dije que lo busco y me parece escuchar sus pasos demorados por las habitaciones, sé perfectamente que no va a ocurrir. Sólo es un sentimiento de posibilidad de la maravilla pero como juego. Dejame ser feliz con su compañía imaginaria mientras dure. No te preocupes, que no me estoy volviendo loca. Lo que pasa es que es tan hermoso."
Este fragmento de un mail a una amiga da cuenta de la alarma de ésta por esa inmersión en la irrealidad, y del intento de la escritora por tranquilizarla y quizás tranquilizarse a sí misma. Luego del frenesí de escritura de los primeros tiempos, hubo una súbita detención en correcciones mínimas y agregado o sustitución de palabras o frases que no alteraban la obra sustancialmente, sino que demoraban el desenlace.
"No he continuado con la novela. No puedo decir mi novela porque es suya, es la zona donde él camina y respira y me acaricia distraídamente. Me he percatado de que esta suspensión no se debe a falta de inspiración. Demasiado sé que ya el último capítulo está completo línea por línea, y es el miedo a la finalización, a escribir las palabras lo que me amedrenta. Sé que puesto el punto final, esto acaba, Nabam se transforma en un personaje con presentación, nudo, desenlace, y que narrar el desenlace equivale a darle fin a él junto con la novela. Está vivo mientras escribo, lo relegaré al pasado cuando concluya su historia. Me demoro en separarme de su presencia cotidiana, no me resigno a aceptar que sus últimas palabras sean consignadas y se resuelva finalmente en una foto más del álbum, que desaparezca como esos amigos que se van y se diluyen en la memoria."
Pero, resignadamente, luego de corregir una y otra vez pasajes ya revisados, en un solo día completó lo que restaba y colocó el temido punto último que equivalía al punto de muerte para la relación íntima con su personaje.
"Ya está, la cosa está hecha. Nabam está terminado, qué feo me suena. Ahora, a intentar vivir sin mi demonio. Pero qué dramática, yo que deploro las tragedias y esa penosa magnificación de las cosas, me entrego a la lástima por mí misma y por nada. Pero me engaño. Es el pudor, siempre ese pudor por los sentimientos lo que me obliga a intentar mentirme a mí misma. Los sentimientos me avergüenzan como la exhibición de las tragedias o la demostración de que al fin y al cabo yo tomo, también, seriamente mis sufrimientos, aunque éstos sean bastante lastimosos y dignos más de una sonrisa que de una lágrima. No es que no haya ocurrido nada, lo que me sucedió no sucedió en el terreno de lo diurno, de lo tangible, pero esta desazón, este pesar no son ficticios. Es un abandono, una carencia, y duele, me duele.
A veces siento el impulso de retomar Nabam, de agregar otro capítulo, de fingir que puedo tocarlo cuando íntimamente sé que está completo y no puedo manipularlo sin perjudicar esa cosa de bruñido ya realizado."
Quizás resulte innecesario referir que ella estaba enamorada de Nabam. Se había enamorado de ese angel caído hermoso y taciturno que página a página iba definiéndose como un ser negado al amor. Era la seducción del amado inaccesible, acaso la más perversa porque al no ser factible su satisfacción la transforma en una obsesión imposible de conjurar. Ella sólo podía depositar su amor en ese demonio, y el demonio sólo podía amar a Dios, que lo había expulsado de su amor.
Situación refleja, simétrica, insensata porque el demonio a fin de cuentas no existía.
"Te extraño mi Nabam, cómo te extraño. Y no es casual que extraño sea lo ajeno, lo diferente, lo alejado de uno y de sus costumbres, y utilicemos el verbo extrañar para expresar el intolerable vacío, la urgencia, el desesperado hueco que alguien deja en nosotros al marcharse. Cuando uno extraña, es porque el extrañado se ha convertido en ajeno, alejado, diferente, en un extraño."
Pasado un tiempo, dijo a sus amigos en tono de broma que poco a poco había remitido la enfermedad, y que ya no buscaba a su personaje por las calles ni esperaba hallarlo sentado en la silla de hierro de la cocina. Contó que había comenzado a escribir algunos cuentos, y que tenía la idea de una nueva novela.
Hay apuntes de esa novela, que recomenzó varias veces, sin hallar el tono justo ni la forma de narrar la historia. Los borradores revelan una escritura desganada, carente de inspiración, más de trabajo de redacción impuesto que de novelista.
"No hallo placer en la escritura, no puedo dejar el estilo de Nabam, su castellano antiguo, su fría observación a través de frases corteses. No puedo creer en estos nuevos personajes intrascendentes, meros personajes y no otra cosa, marionetas con los hilos al descubierto. Cómo habría sonreído Nabam, siempre tan pronto a burlarse de mí, si hubiese leído la frase 'marionetas con los hilos al descubierto'. Sin su mirada no puedo soslayar estas frases estúpidas y gastadas. Para qué engañarme, no puedo escribir este libro sin sombra, esta historia anecdótica e insustancial que tanto esfuerzo me demanda y que tan poco vale."
No destruyó los borradores, pero los guardó definitivamente y no volvió a escribir.
Sus conocidos dicen que ya no hablaba de Nabam, y que continuó su vida sin demostrar la íntima sensación de vacío de la que habla en su diario. Era quizás tan penosa para ella que no quería compartirla, y más aun cuanto que pensaba que no había verdaderos motivos, ya que se repetía que el demonio había sido un personaje en una trama y no había razones reales para sentirse abandonada. Cabría preguntarse qué es la realidad, qué significa esa palabra aplicada a los sentimientos.
"Trato de salir, de ver amigas, de volver a la realidad. Me persigue un vacío helado, una soledad que me atemoriza, la vergüenza de admitir ante mí misma que me enamoré de un ser inexistente y al que yo misma di forma sólo con palabras. Cómo decir esto, como admitir esto si no puedo confesármelo sin saber que es absurdo. Sin embargo, no es menos doloroso por ser absurdo. No, no duele menos."
Fue entonces que tomó la resolución de invocarlo. Tal vez lo meditó durante semanas, tal vez fue un impulso repentino. Como sea, ningún rastro escrito queda de ello, y cada uno puede formarse su propia opinión al respecto.
Repitiendo al personaje, repitiéndose a sí misma si convenimos finalmente en que ella era el personaje de la novela, con una tiza dibujó el círculo mágico y el pantaclo en el suelo, y pronunció su pedido de comparescencia a la noche del martes, al aire inmóvil de la habitación, a los improbables habitantes de esas oscuras regiones invisibles en las cuales no creía.
Sabemos que su pedido fue satisfecho, y también sabemos que no fue su demonio familiar, su doméstico acompañante quien apareció atraído formado o conjurado por la letanía. Qué terrible espanto se alzó frente a ella Dios nos guarde de saberlo. No fue posible reconocerla, pues su cadáver estaba desperdigado en jirones de carne y cabello y vísceras ensangrentadas. De nada había servido la pueril barrera de la línea de tiza, y la protección que asegura el conjuro es seguramente un engaño más de los demonios, que se complacen en juegos de esa naturaleza.
Ahora, en mis manos se encuentra la novela, y me hallo con súbito horror buscando la figura de Nabam recostado en algún muro, fumando en la silla de algún bar, respirando quedamente mientras hojea un libro. Línea por línea conozco su rostro y su cuerpo, y es tan hermoso. Es tan hermoso.


PÁGINA 3 – POESÍA ARGENTINA: SANTA FE

BELKYS SORBELLINI
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

ELLA SONREÍA.

Ella sonreía, y esa sola expresión me colmaba de felicidad.
ella levantaba sus manos y jugaba con las aves,
o tal vez, las aves acariciaban sus manos.
Ella sonreía, y sus mejillas eran dos melocotones de paz
y su cuerpo una metáfora.
Visualicé su mentón y quedé anclado en su ombligo
apoyé en su hombro mis pensamientos.
Me subyugó su frescura.
Ella sonreía y el mundo entero dejaba de ser una contienda
ella sonreía y las aves en sinfonía magistral danzaban en vuelo.
Anidé en su figura, en su sonrisa, en su belleza
el fondo estelar de la noche pintaba un cuadro de sensaciones
porque ella sonreía y sus manos diseñaban en el espacio como aves.
La noche dejaba de ser sólo la noche
el aire era un beso de terciopelo azul, soñado.
Me embriagué de belleza, de amor, de noche y estrellas
Sólo porque ella sonreía.

CARINA SEDEVICH
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

14

Suena una alarma.
El calor, la ausencia, una rama de sauce:
¿qué hace que la alarma suene?
El perro del vecino llora.
Es la mañana de una nochebuena.
Un día giratorio,
más que otros.
Cegador como una vuelta al mundo.
Si fueras a perdonarme
escribiría una carta, hijo
de despedida.
Te diría que no encuentro la belleza
más.
Que me sequé.
Quisiera
rodearte de piel embarazada
para siempre.
Que te quedes así, en la tibieza.
Que tu vuelo
sea el vuelo del que nunca va a perder.
Hijo, si pudiera,
te dejaría el álbum grande de la vida
completo, con todas las figuritas,
sobre todo las difíciles.
Hijo, si pudiera,
repartiría mi cuerpo por tajadas
lo dejaría guardado en la heladera.
Hijo, si pudiera,
dejaría la palabra exacta
blanda y blanca como un cirio
cada noche en tu mesita.
Suena una alarma.
Pero no pasa nada.
Porque estas cosas no se anuncian.

CELIA FONTÁN
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

LA FRONTERA

Como un sueño
recordado al ras del alba,
donde hemos estado viendo el mar:
un remoto paisaje
de acantilados,
el agua de las rompientes
cayendo sobre los automóviles,
en una ruta de paso de frontera
así,
de ese modo,
hasta ella llegaban
las palabras perdidas
de una conversación lejana
y ahora irrepetible.
En esa textura del oleaje,
como si fueran 10 mismo el sueño, el mar,
una vieja conversación
sobre amoríos
devastados por la inutilidad y el tiempo,
con un fondo de ruidos
de mar
de carreteras.
En esa levedad,
entre los materiales
apenas legibles de los sueños
alguien cruza de nuevo la frontera
vuelve a oír el agua
en las rompientes.

JORGELINA PALADINI
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

ELEGÍA

A mi madre 
No levantan vuelo las alas de tus ojos 
ni se pierde en el aire
el tañido de campanas de tu voz.
No esconde el viento
el dulzor naranja de tu aliento
ni huye
con la última lluvia
el húmedo salitre de tu lágrima
tampoco se desvanece tu piel
en el remedo del abrazo.
Estás más acá del abrigo de la tierra
envolviendo tu recuerdo mi figura
con el halo sutil de tu presencia.
Estás aquí,
en el costado de mi pecho
en la palma de mi mano
en el hueco de mis brazos
en la saliva de mi boca que te nombra
y te nombra…
y te nombra… 

MARÍA DEL ROSARIO ALARCÓN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

AMANTE GRAMATICAL

Tengo ganas
de amarte hoy, sin comas
olerte hoy,
sin puntos suspensivos
escucharte hoy,
mas allá de mi teclado,
llegarte hoy,
sorpresiva sin palabras.
Tengo ganas
de buscarte hoy,
y escribir en gestos la poesía,
acunarte hoy,
en los valles de mis pliegues,
leerte hoy,
las historias que escriben
nuestras pieles.
Tengo ganas
de tenerte hoy,
mucho en pocos besos
invadirte hoy,
en tu mundo en marejada
encontrarte hoy,
esa estrella guardó
los nombres que gritamos.
Tengo ganas amarte sin palabras
De abrazarte sin un punto y aparte
De besarte sin dos puntos seguidos
De saberte sin escondites de verbos
De entregarme hasta el final del cuento.

SANDRA GUDIÑO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

MUJER-POESÍA

Entra corriendo
tropieza con mi noche
de sueño ligero
planta una banderita
de libre en mis pestañas,
me espera cruzada de brazos
al borde del consuelo.
Entra corriendo
se abre paso
entre las sombras
de mis muertos,
recoge las huellas
del vacío entre distancias,
ensaya su primer vuelo.
Entra corriendo
tropelía en telaraña
de desgarros lentos,
embestida en hilachas viejas
colgadas de algún verbo.
Punto atrás para la sonrisa
de ojos negros.
Entra corriendo
arremete a horcajadas
de la primera lágrima,
amordaza el último olvido,
se exilia en mí,
íntima.
Espera.
Se arrodilla,
en franca reverencia,
besa mi mano derecha
y se marcha en silencio.
A veces vuelve.



PÁGINA 4 – NARRATIVA

SONIA CATELA
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

LA CRÍA DEL CUERVO

Mi enemigo, el doctor Bursa -un juez que actualmente persigue con saña cualquier delito menor que se comete en su jurisdicción- y yo, de profesión enfermera, nos cruzamos en el tribunal mientras subía atestiguar en su contra. Al enfrentarnos, escrutamos el espejo del vínculo indescifrable que nos unió, y que no acaba de romperse. En cuanto a los motivos por los cuales nació nuestra enemistad, debo adelantar que no se originaron directamente en los hechos de la causa por la que se lo enjuicia, partícipe de tortura. Apenas recuerdo el rostro de Bursa en aquellas sesiones sobre cuyos detalles seré económica para no agobiar con el horror excesivo que provocan camillas, espasmos de electricidad, almohadas sobre el rostro, ausencias. Pero el juez estuvo en esa pieza de pisos de ladrillos, y tosía como yo por el frío de aquel invierno, aunque él actuara totalmente vestido y a mí me correspondiera un desempeño expuesto, sin prendas. Sé de su presencia como sé que había paredes: por su voz. Su bigote era oscuro veinte años atrás, y yo ignoraba que se trataba de un juez. Me enteré hace una semana, al tropezarme con su imagen en una entrevista publicada por el periódico local.
Cuando me tenía que desvestir, antes de que me acostaran, el juez Bursa aguardaba, a mis espaldas, con un grabador o un cuaderno. Se quedaba todo el tiempo de la sesión; también lo sé porque en tanto, me interrogaba. Recuerdo que me preguntaba qué libros leía. Yo pensaba los títulos que le confiaría y mi cuerpo se encargaba de los espasmos de su desintegración. Durante los preparativos de una de esas sesiones, mientras el oficial a cargo preparaba o renovaba sus elementos, el juez comenzó a contarle a su compañero un sueño que había tenido. Debía atravesar una especie de lago, llevando un ave muerta, un pollo, destinado no sabía a qué. Se introdujo en el agua y nadó mirando hacia abajo, hacia el espeso líquido profundo, oscuro. Cuando ya divisaba la orilla, el envoltorio se le cayó y con repugnancia él debió sumergirse en la tenebrosidad a buscar el animal. El corazón se me paró en un hilo: yo acababa de soñar idéntica historia o situación, la noche anterior. También había experimentado angustia. Enseguida, el oficial se acercó y me vendó la cara y el juez tomó el lápiz y me preguntó qué me parecía Gramsci y si conocía personalmente el cuartel de Santucho. Pero no pude abandonar las disquisiciones sobre la abominable coincidencia de nuestros sueños: todo lo demás -hasta el dolor-, pasó a un segundo plano, al menos durante un instante. Cuando al día siguiente me acostaron de nuevo en la camilla, en tanto me maniataban, deseé que el juez no hablara, que no dijera que había soñado con una valija que al abrirse, contenía una laguna con muñones de árboles y el agua se desbordaba e inundaba todo mientras yo -es decir, él- forcejaba sin poder volver a cerrar la tapa para contener el torrente; lo oí relatar exactamente el mismo escenario. El sueño se refractaba en nuestros inconscientes.
A la tercera sesión, recostada y con ojos vendados, me le adelanté: "-Levanto la cabeza, y en el cielo un ómnibus deteriorado y un auto vuelan; le pregunto al alguien, a mi lado si vemos lo mismo. 'No es la primera ocasión', me responde el hombre". El juez se desborda: -Mierda-, exclama, -yo contesté eso -. Pero el oficial se inclina sobre mí, ajusta mis muñecas con las correas y Bursa se recompone y me interroga acerca de presuntas vinculaciones con Agustín Tosco. El problema es ese "yo". En el encuentro posterior, vuelvo a anticiparme y relato lo que soñé. El juez se descontrola y se abalanza como para abofetearme. Pero congela su palma contra mi mejilla, vacila y se retira. En cambio el oficial no detiene su trabajo. A veces se queja del frío excesivo, y también, del exceso de trabajo.
En lo sucesivo, se renueva el tormento de verificar la aberrante exactitud onírica que reproducimos. El juez comienza a tratar con prepotencia al oficial. Ha entablado conmigo una suerte de alianza provisoria, hasta que decida su opinión. Yo, directamente, no sé qué rumbo tomar con mis conjeturas. La sexta jornada comienza con su narración de las aventuras del sueño. En su transcurso se ha producido nuestro primer encuentro, un encuentro breve, en medio de la multitud de una calle santafesina. Bursa camina delante, de espaldas; de repente gira la cabeza y me dice con claridad: "el río". ¿Qué es esto? Del relato de la sucesiva sesión me ocupo yo, mientras yazgo en la camilla: nos hallamos nuevamente juntos, en la ribera. Nos asomamos a la baranda, mientras el torbellino marrón se agolpa y corre. Es curioso. Lo único que hacemos es observar el agua, pero esperamos que pase un cadáver, digo. Eso aguardamos en la costanera, inclinados hacia el cauce, sin hablarnos. Un cadáver. Pero el juez interrumpe mi relato e inquiere: cuando en el precedente episodio él mencionó "el río" ¿se trataba de una cita?
Lo ignoro.
La noche próxima, el cadáver esperado emerge de las aguas.
Pertenece a una adolescente desnuda.
-No siga-, se encrespa Bursa. Afirma que deformo los hechos. Le señalo que no se trata de sucesos, sino de una creación de nuestras mentes. Continúo: El cadáver desnudo presenta golpes y un par de heridas alrededor de los pezones; de ellas mana sangre. A la chica le han amputado las manos. El juez niega. Me ratifico, segura de lo que vi. Bursa resiste: "es una trampa", se exaspera.
No. Es apenas un sueño. Aunque quizá sea también, un secreto. -Esto debe acabarse sin demoras, dictamina él. Repite que se trata de una celada. Lo arrastra al oficial de la camilla y le murmura algo en el oído. Se escucha el rechazo del militar: "no me dé órdenes". Bursa pretende zamarrearlo pero como el otro lo empuja, me mira por última vez, con rabia, y se retira. No reaparece. Ya no sé si coincide conmigo, por las noches. ¿Seguiré sus itinerarios secretos? ¿Le transmitiré los míos? Por una decisión política ajena a ambos, me transfieren a un centro de detención en Buenos Aires de donde, afortunadamente, resulto liberada. Diez años después reconozco a este hombre en el periódico y me presento espontáneamente a declarar como testigo. Ahora, me miro con el Juez Bursa, en el Tribunal. Cuando paso a su lado, para subir al estrado, musita: -Me alegro de que viva. -No puedo decir lo mismo de usted- replico. Nos observamos con exasperación, fragmentos de un espejo roto pero común. -Me alegra de que siga viva- repite él, lento, y ese "me alegro" es advertencia y serán quizá, represalias, aviso de algo que él conoce y yo no. Dejo de reflejarme en él. Retomo impulso y me encamino a acusarlo.


PÁGINA 5 – POESÍA ARGENTINA:  SANTA CRUZ

JORGE CURINAO 
(Río Gallegos-Santa Cruz-Argentina)

 COMEDOR ESCOLAR

Mujeres
sin tiempo ni lugar.

Oración confusa de mis hijos.

Tan lejos de los reyes magos
y los cumpleaños felices
de las canciones de cuna

y los besos al dormir.
El mismo dolor nos acaricia

NOHRA LEONOR FUEYO
(Puerto San Julián-Santa Cruz-Argentina)

EL ALMA

I

Esperó la hora de los pájaros y levantó vuelo
no sabía que las costumbres eran otras…
El viento le frenó las alas al doblar la esquina
y quedó suspendida en el aire como una partícula
de ingenuo polvo, liviano y pardo.

Los pájaros giraron brevemente y burlaron el soplo,
el alma renunció a la libertad… y en breve caída
se introdujo en el aburrido y metódico cuerpo.
Tendría que aguardar el momento final…

II

Aquel otoño llegó con cierto desgano
… a regañadientes…
El alma esperó la hora de los pájaros
en que el cielo enrojecía azorado de alas.
El cuerpo dibujó una puerta muda y gris
…a regañadientes…

Con dedos de niebla ella corrió el cerrojo
y se soltó con posesiva y torpe lentitud
…a regañadientes…
¿A dónde ir ahora…?

PEDRO CARRIZO
(Río Turbio-Santa Cruz-Argentina)

AVENIDA ROCA

Y el silencio es una mancha de sangre incorregible

Hay cadáveres que son tan divertidos!
que golpean con sus huesos de sapos
golpean en sienes los asfaltos,
que dibujan tactos en la noche
y galopan invisibles en misterios.
Ellos tan divertidos
tan cómicos
que tienen la inquietud de un niño
traspasando las paredes,
se escapan trémulos de sus epitafios
claros, vencidos, anónimos.
Buscando en el aroma de la sangre
de petrificada insignia invertebrada
el acero de la carne hacedora.
Son cadáveres tan divertidos y llenos de vida
que aún buscan modernos de plumas
con la pausa del grito
a las raíces venerantes de la roca.
Son tan divertidos como insatisfechos
Oh!! Indio poeta
sobre sepulcros vendados
donde revienta la sangre invisible
que nos mancha.

PATRICIA SAMPAOLI
(Caleta Olivia-Santa Cruz-Argentina)

RES IPSA LOQUITUR (el asunto es bastante obvio)

Frente al espejo
me lleno los ojos de mí misma
y me doy cuenta:
no se pueden resistir
las máculas del tiempo
que escurren claroscuros en la piel

Frente al espejo
me lleno los ojos de mí misma
para reconocerme desde adentro
y decirme que soy yo con otra máscara
Una máscara mustia

Y el espejo
manosea
magulla
azota
mi reflejo

Pero el espejo miente
yo soy la misma
Sólo le parece
al que mira
que me estoy yendo

Todo va por afuera
Mocedad perdida
maridaje marchito de perfil y frescura

Le hago un guiño al espejo
Entre los dos
embaucamos al que observa
porque yo soy la misma
la que mira
la que piensa
la que siente
La que no se refleja
por adentro
la que sigue igual

Hasta que la efigie
que esconde el tiempo
repentinamente
se haga cierta en lo interno
y yo luzca igual frente al espejo
por afuera y por dentro

Entonces sin ornatos
como cuando nací
y no traía otra ropa
que una piel remojada

partiré hacia el pasado
con la huella de fotos
pero sin el vislumbre del espejo

SACAMATA CARLOS

(El Calafate-Santa Cruz-Argentina)

DE CUERPO Y ALMA
(mitología tehuelche)

Elal
nació
cerca
del río
Senguerr
como hijo
del horror
y tentativo
nieto
del incesto.

Creador
del país
Aónikenk,De Sésom,
"La vieja
del cielo"
la que mira
el tatuaje
en la muñeca,
jueza implacable
de los muertos.

De Karut
un paisano
poderoso
dueño
del trueno,
el rayo,
la lluvia
y la tormenta
¡guay!
de la gente
que él no quiera.

De Keénguenkon
dueña
del avestruz
y del guanaco
macho
que riñen
a muerte
con los hombres,
Mujer-Luna
Culto
de la buena
lluvia,
salud
del toldo
a contracara
del espanto.

Del
Nefasto Máip
que gira
de Este a Oeste,
que grita
que silva
como indio
que está penando retumban
las boleadoras
contra el piso
es tiempo
de volver
a tus cuevas
renegridas de males.

De Ajchum
espíritu
de la fuente
sulfurosa,
temor
de niños
y mujeres,
dueña
del calafate,
señora
de los grandes
lagos,
potencia
demencial,
a veces
los duendes
del idioma
la pintan
de rojo.

De Kéronkeuken
Espíritu –guía-
del siniestro
brujo,
negro pájaro
gigante
que dando vueltas
al rancho
extrae
la vida
del hombre,
burlesco
bebedor
de lágrimas
maternales.

De Uámenk
buscador
del alma –sombra
del enfermo,
su don
multicolor
frasea
el redondo
poder
lítico
dentro
de la sonaja
de cuero,
sobreviviente
de tres días
solitarios
entre
el puma,
el cóndor
y los espíritus
malignos...

Así diciendo,
cuando todo
era
"Agua Linda"
y Elal
construía
su toldo
con estrellas
azules...

SHEILA LINCHESKI
(Caleta Olivia-Santa Cruz-Argentina)

MI FLOR MARCHITA (sueño de almas)

El lento caminar entre las estrellas deslumbraba su bello rostro con la luz de la luna. Su tez, resaltaba solemne, apartada de tanta oscuridad. Sus ojos, brillantes entre albas y marrones, se extinguían y hasta desaparecían dejando apenas un pertinaz humo grisáceo, al son de lejanos casqueos de ramas ya consumidas.
Terminó atravesándome con su mirada, y fue cuando mis defensas no resistieron tanta dulzura, tras lo cual desplegué un suspiro… casi al mismo tiempo que él dejó caer su cabeza sobre mi hombro mostrando un hermoso cabello negro.
Quiso decir unas palabras, pero un incesante zumbido lo detuvo. Eran las nueve; hora de despertarse y dejar de soñarlo.
Sin embargo, él logra que me pierda en todo tipo de sueños; que sea inevitable recordarlo.
Es una belleza inquietante, pura y digna de aquellas personas que descolocan el aura de sólo pensarlas.
A eso le llamo amor. Él es sinónimo de amor, sin más que decir.
¿Pero saben lo mejor?
Su mirada es el zoológico que hace revivir mi estómago.
Sus labios son los que me hacen descender a la locura, o hasta las nubes de un nuevo paraíso desconocido; aquellos que a veces se vuelven realidad.
La belleza es un complemento que implica tantas variedades… pero él, una vez más, es quien las unifica a todas.
¿Es amor lo que siento?
¡Pero sí! ¡En realidad, el amor no es siquiera similar a lo que yo siento por él!
Las situaciones se vuelven raudas una vez más, pero me quedo en mi lugar esperando tu dulce llegada.
Entre suspiros y silencios, quiero que me leas.
¡Léeme a mí! ¡Léeme la mirada, lee lo que siento!
Mira como muerdo las estrellas cada vez que miro el cielo y bailo con la Luna mientras te pienso.
Mira cómo se funde el hielo al chocar con esos labios de la desidia que me pierden en frugales sueños inquietantes.
Mira cómo tu alma me penetra en el acné y convierte al tiempo en un flagrante fugitivo.
Pero es que yo no sé nada de por acá. Necesito a mi guía de siempre.
Necesito un despertar; un renacer lento.
Necesito del aire; necesito de mi musa para revivir y fusionar un par de almas en un frenesí lejano, pero existente entre dos almas que perduran para siempre.
Mientras tus gemidos conforman las notas que mis besos no pudieron interpretar cuando hacíamos el intento de una lujuriosa sinfonía juntos, tendrás que saber algo:


yo seré la dueña de la tinta y el papel, pero la poesía siempre serás vos.


PÁGINA 6 – NARRATIVA BREVE

JORGE M.TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

PASIONES

Tácita López es apasionada de los horóscopos. Y si bien no se crucifica por las predicciones, con un lápiz rojo subraya lo que le parece más posible para ella. Lee que la semana se le presentará favorable. Sale a la calle y un auto la pasa por encima. Sobre la mesa, la revista abierta anuncia que un golpe le traerá sorpresa.


Descubrió lo que es la pasión cuando le regalaron un libro de Gustavo Adolfo Bécquer. Se duerme con él entre las manos. Va a pasear mientras recorre sus páginas. En la bolsa del supermercado lo incluye siempre. Pero hoy sucedió algo extraño. Le dieron el primer beso y sintió que le faltaba fuego. Que eso no era amor.


El odio le ha dado tal fuerza que está siguiendo un curso de antropofagia por correo.


Le apasiona el agua. En el agua revive, sueña, se transporta. Y en su piel han comenzado a salir escamas. Cuando el dermatólogo diagnostica ictiosis, el hechizo se rompe.


Cristian I, rey de Suecia, lo fue también de Noruega y Dinamarca. Dicen que le apasionaba la música y que cierto dá, laúd en mano, salió a recorrer sus posesiones y cayó en una trampa para lobos. Sólo el laúd lo salvó de ser devorado: cuando lo hallaron, estaba en un círculo de bestias extasiadas. Dicen también que un lobo fue a vivir a palacio y es quien le cuida el instrumento.


El horizonte que no llega ha cumplido su ciclo. Dio oportunidades a unos y a otros, pero por lo mismo que su sino está trazado, poco se han realizado sus aspiraciones. Los desahuciados quedaron esperando. Los amantes del absurdo se contrariaron un tanto por la escacez de oportunidades. Las criaturas transparentes –que las hay- no fueron vistas prácticamente por nadie. Y los evadidos de la realidad, los que sueñan con la ficción, cumplieron sus sueños tan sólo a medias. Quedaron seres sin destino, que pocos consideran. Y hubo por ahí intentos de amores trasnochados, que quién sabe en qué paisajes quedaron.
El horizonte que no llega fue, en tal sentido, perfecto a los errores. Y las dilaciones que no se concretan, por la misma razón que están desarticuladas del tiempo, hicieron lo propio para que el horizonte no llegara.
Queda la ilusión, siempre, que algún lector iluminado logre revertir parte de estos destiempos y reubique escenarios. Ahí, recién ahí puede que algún protagonista recalifique su rol. Y ya sin ataduras, alcance el valor de personaje de determinada acción, que no supo concretar, paternalmente, su autor.


PÁGINA 7 – POESÍA ARGENTINA: ENTRE RÍOS

JUAN MENEGUÍN
(Concordia-Entre Ríos-Argentina)

BAHÍA GANSO VERDE

Así descubrirás ahora
—es probable— todos estos cielos
esa materia donde golpearan,
como sobre una diferente trama tantas pulsaciones
—latido y corazón de la vieja tierra—
diluidas, siempre diluidas hacia otra sustancia,
aquello en que desde extraño futuro
habría de ser el recuerdo de tus pasos en las arenas,
la textura de renacido mar negándote las huellas
y un viento de yodo sobrevolando poblaciones litorales...  

Y sin embargo, nadie
 —lo sabrás mil años más tarde—
dará testimonio de esta costa,
de ese pueblo de pescadores entre la bruma lejos
donde la fritura de pescado exige una sed de cerveza,
en esos bares donde nadie dará testimonio sin embargo
cuando tus pasos sorprendan risas de amantes entre las dunas,
el tridente de rocas que se interna en la noche marítima,
el airecito como irresponsable
que oculta revela oculta las estrellas del Atlántico,
y aquellos viejos bares de madera despintados
que están como llamándote,
como llamándote aquellas mujeres frívolas y elegantes
que regresan a sus whiskys de atardeceres lentos,
al lino blanquísimo, la finura del gesto,
y aquella conversación sólo murmurada y cómplice...
como llamándote esas marinas
cuando los pescadores de sarda habrían de volver
desde la línea de las ochenta brazas...
pero salvo esas metalurgias
retorcidas y devoradas por el salitre,
—pesqueros encallados donde aún persista el viento
jirones hilachas de óxido robados lentamente—
salvo aquellos pájaros tardíos en el crepúsculo
nada podrías alterar, aunque rompieras la mirada,
esos relojes curvados de la relatividad
que dejaran escapar un tiempo de muy lejanas aguas,
poco podrás salvar de tanto naufragio,
apenas un camino entre colinas en la niebla
y toda esa niebla como distancia inasible a cualquier fortuna
seguir y seguir, pese a todo, resignado en invocar el milagro,
la llegada de alguien
olores familiares que regresen desde olvidadas lloviznas,
esa calandria que vuelve a cruzar hacia los árboles de más allá
y el mismo viento-mundo que en la noche de Punta del Diablo
nos habría de traer todas las estrellas del Sur
y el mundo como recién nacido,
cuando las huellas de tus pasos en las arenas
y el mar como negándote las huellas,
salvo todo eso, nada habría de alterarse
aunque rompieras la mirada
y tus pasos regresen a la calle de los bares
cuando un relámpago helado viene hacia el lado izquierdo de la visión
y es bruma de camarones acribillada por sola ráfaga de Mirages,
plateadas líneas de flotación perforadas sobre el frío
y entre el frío pobres pastizales resistiendo
sin embargo al viento que jamás descansaría los ojos de quien llegara
para descubrir tanta soledad en aquellas colinas,
en aquella bahía Goose Green,
donde habría de andar como un resplandor de aluminio
buscando una cabecera de playa
con infantes muertos en el oleaje,
y en la bruma enrojecida un silbido de rockets
regresa como un reloj discontinuo en una mente enferma,
como el surco quebrado en medio de la fanfarria,
como una lección tonta repetida de memoria,
regresa como una generación intolerable de fractales,
como el engranaje donde falla un diente,
como buscando desde un chip averiado
un pueblo de pescadores y el Atlántico bajo la noche
y una playa donde siempre estarás volviendo
a las huellas de tus pasos en las arenas
y al mar que seguirá como negándote las huellas.

LILÍ MUÑOZ
(Victoria-Entre Ríos-Argentina)

HOMBRE DE SOL Y LLUVIA

Hombre de sol y lluvia,
de sonrisa de pan
entre tibios mezcales;
de maíz y de niebla,
de roca tutelar
y de niñas con hambre
ya desnudas.
Mi sed deambuló por las entrañas
de la casa grande.
Reconocí árboles azules,
rotundas orquídeas,
buganvillas de seda
que enamoran apenas aquel muro
y maquillan soleadas
las absurdas pobrezas.
Hombre de sol y sombra,
la estrella de la tarde
riela surcos de estela
entre los surcos.
Por el país de nubes
retumban sin pudor
voces silentes
(los otros, los que llegaron,
vuelven,
cadenciosos y hediondos).
Al alba
—siempre habrá un alba, Federico—,
el rocío, mi rocío
hizo extraño el olvido.
Merodeé sin descanso recovecos y tripas
hurgué candores
el sendero fue escándalo
y el regreso un error.
Pura cresta de sal
temor deseante.
Cada quién, cada uno
tendió su espera sin mantel
y arrimó —como pudo—
un tanto de maíz
algo de carne y
vino
no,
no faltó.
Fue creciendo la arcilla.

MIGUEL CARLOS GONZÁLEZ
(Federal-Entre Ríos-Argentina)

SIESTA SIN ÁNGEL

Al calor de la siesta nos juntamos
silbándonos de lejos.
Nada nos inquietaba
porque uno se acordó que la monjita
durante el catecismo
había dicho que Dios estaba lejos
“allá en los cielos”.
Y si Dios ni nos mira- dijo el Vago-
ya nos podemos ir hasta el arroyo
sin que nadie nos rete.

Como Adanes tostados
saltábamos al agua (chapoteo, risas, gritos)
En nuestro imaginario
éramos tararira, yacaré, palometa…

Y todo era jolgorio, hasta que Támaro
resbaló en una rama humedecida
y cayó, desarmado, desde el árbol.
Primero lo aplaudimos. Al ver que no salía
varios nos zambullimos a buscarlo
y cuando lo sacamos entre cuatro
ya estaba casi azul, pero pudimos
hacerlo respirar. Quedó muy quieto.
Un pesado silencio nos nubló la alegría.
Nos volvimos callados.
En el camino el Gringo preguntó
¿y en dónde mierda estaba el ángel de la guarda?
Le respondió Mosquito: tal vez nos ayudó
de abajo ‘el agua…por eso no lo vimos…
Los demás no quisimos discutir su confianza
y ya no hablamos más.

MIRTA GAZIANO
(Diamante-Entre Ríos-Argentina)

ALLÍ ESTARÉ

Camino, si
quizás no lleve tu ritmo
ni tu misma dirección, pero camino,
y mi andar en nada se parece
solo crece con la necesidad natural de darlo todo.

Para seguirme
busca mi estrella
ella podrá guiarte
o las huellas que seguramente voy dejando.

Para seguirme
procura escuchar al ruiseñor que me acompaña
ve los cúmulos de nubes que me envuelven
déjate acariciar el rostro por la brisa.

Fíjate en la luna estriada de la lluvia
que felizmente me secunda
ve los montículos de arena blanca
donde quedan las huellas de mis pies descalzos.

Verás rastros de líquenes en frondosos bosques
y un abra,
¡ah!, un abra formidable
apertura desde lo alto
cumbre estelar tocar el cielo con las manos.

Ventana abierta sin marcos ni persianas
espacio abierto
estremecedor estrépito de vida
allí festejaremos el encuentro
¡allí estaré!

MIGUEL ANGEL FEDERIK
(Villaguay-Entre Ríos)

CUANDO BAJE EL GUALEGUAY
Cuando baje el Gualeguay,
cuando deje de cortejar nidales ateridos
y regrese entre balsas de hojitas a su caja de greda;
cuando baje el Gualeguay,
cuando vuelva del aguaribay y las lagunas,
la boca llena de pimientas y de oros del celaje;
cuando vuelva el azul al ojo de las vacas
y el moscardón verifique con el sonar de sus bajos
el sepia lento de sus barrancas curvas,
cuando baje el Gualeguay;
cuando recobren su sintaxis las urdimbres del sauce
las palabras serán piedritas de colores en la orilla.
Cuando música y eco de palas de remos
de canoas invisibles reverberen entre vapores y colinas,
cuando baje el Gualeguay.
Cuando baje el Gualeguay
y las garzas impriman en arcilla morada
las notas de la canción que termina
donde comienza el vuelo; cuando el sarandí abanique las faldas de las hadas fluviales
y ensayen sus letanías la madre biguá,
la madre crespín, la madre iguana
y todas las madrecitas de la ribera aparecida,
cuando baje el Gualeguay;
cuando la capibara sacuda el barro de sus tetas
y el río huela a pisingallos y azufre
con la orquesta en su punto, con el agua en su flecha;
cuando baje el Gualeguay
y yeguas de cobre bañadas en rocío
retocen entre perros de luz y palmares de hondura;
cuando baje el Gualeguay,
cuando olvide de su condición de hijo único
y por leguas de niebla levite
ante el piadoso bisbiseo de los desamparos;
cuando todo huela a leche de tases,
a piel de guazuncho, a lana mojada, a boga con luna,
a jabones del aire, a leña verde de trapos colgados…
Cuando baje el Gualeguay,
veré el volcán con palitos de la hormiga,
las ruinas del mandala de las arañas del monte,
el ay de las criaturas ahogadas en la luz y en el aire.
Cuando baje el Gualeguay,
iré a leer los ideogramas de las garzas, la canción que termina donde comienza el vuelo
y las garzas son garzas para siempre;
cuando baje.

SUSANA LIZZI 
(Gualeguaychú-Entre Ríos-Argentina)

PRESENCIA

Llegué hasta aquí
así nomás no voy a irme:
los vientos no me fueron favorables
tuve que andar
con la simiente oculta hora tras hora
conseguir que la esencia
olvidara el hachazo que arrimaban los hombres
espantar la atalaya de las indiscreciones
apacentar las furias de las acobardadas
avivar los rescoldos de pasiones marchitas
prender fuego la astilla de recuerdos mediocres
arder entre los libros, letra a letra (a los golpes
me entraba la palabra);
tuve que atemperarme
amansarme
dejarme a la intemperie, helada y sola y nueva
arrojarme a las agua de la inquina y del hambre
desandar tardecitas y apretar la mañana.
Más temprano o más tarde me atacó la impaciencia
al ver que la hojarasca del otoño marcó punto final,
necesité salvar los más fecundos sueños para entrar en el mundo
donde entran los iguales.
Apelé las sentencias de las lenguas feroces
ignoré o fingí hacerlo ciertas acusaciones.
Arremetí de veras contra las alimañas que buscan la carroña
espanté sus pichones
pisé todas las huellas que ostentan mis zapatos
amé a malos y a buenos,
pateé sin miramientos los ojos insensibles
y entre el rico y el pobre elegí siempre al pobre.
Tengo las manos llenas de la sal y el almíbar
que dejan los amores,
tengo la cara partida de vivencias
los labios cubiertos de mentiras
y llagada mi boca con verdades,
soy de cal y de arena
de pólvora y de pétalos
soy de madera y piedra
de témpera y de acero.
Llegué hasta aquí,
lo juro:
me costó demasiado
Ya estoy aquí
así nomás
no voy a irme.




PÁGINA 8 – RESEÑA

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

 LA GARRA Y EL PÁJARO

Son dos los que danzan-José María Pallaoro-Libros de la talita dorada

Tiene razón mi amigo el poeta salteño Santiago Sylvester: "No hace falta un Platón que nos eche de la República, nos hemos ido solos”.
Cuando uno ve la cantidad de basura que se hace pasar por poesía hoy –y lo logra muchas veces– piensa que César Vallejo se murió de hambre y tristeza, uno tiende a pensar lo que sabe desde siempre: no existe el menor vestigio de justicia en este mundo, ni humana ni divina.
Ivonne Bordelois en un imperdible libro que se llama: “El país que nos habla” hace la puesta al día de todo los peligros que acechan no ya a nuestro idioma sino a la mera palabra humana, cito: “No es ya la norma hispánica obsoleta la que nos desfigura, sino la apetencia de parecer globales y actualizados y hablar de sales en vez de saldos o bien adoptar una chabacanería ilimitada que acaba por convertir un depósito de basura verbal en programas de televisión más exitosa, las letras de canciones más repetidas o las páginas más socorridas de las revistas amarillas de todo tipo. Y aquí otra vez Borges y su maravilloso estilo de enunciar el proyecto y la esperanza: Sabemos que el lenguaje es como la luna y tiene su hemisferio de sombras. Demasiado bien sabemos, pero no quisiéramos volverlo tan límpido como ese porvenir que es la mejor pasión de la tierra”.
Por suerte el libro que hoy me ocupa está a salvo de estas prevenciones que consigné –no sin furia– más arriba. A José María Pallaoro (La Plata, 1959) le cabe la contundente exigencia de la gran Idea Villariño: “Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructura, ritmos–. O no es.”
El libro consta de cuatro partes: 1. Interior con pájaros. / 2. La claridad / 3. Aguas de nuestra sed / 4. Nada fuera de lugar.
Además estas cuatro partes están precedidas por citas, y no artilladas de cualquier manera. La primera fuera de las partes, es decir a manera de pórtico, es el fragmento de un poema de Ana Ajmátova, la poeta “acmeista” rusa silenciada por el estalinismo durante sesenta años que aunaba la torpe burocracia y aún la persecución y la muerte (el marido de Ajmátova fue fusilado por el gobierno, acusado de opositor a este régimen que los eufemismos de la Guerra Fría nombraban para definirlo como las “democracias populares”.
Los primeros dos versos dicen, según la traducción al español: “Tal vez es mucho todavía / lo que quiere ser cantado por mí”, y no es casual que abra un libro de las características de Son dos los que danzan, porque todo el resto sigue esa propuesta y ese deseo.
Las cuatro secciones antes enunciadas abren con citas de Horacio Núñez West, Roland Barthes, Mary Shelley y Jorge Drexler.
Todas y cada una de ellas cumplen aquel diálogo intertextual en los poemas que le siguen, pero la primera llámame la atención, copio: “En el jardín, pájaros inocentes / picotean el césped encendido”. Y por si fuera poco esa primera sección se llama justamente “Interior con pájaros”, porque el nombre de esta avecilla funciona como un símbolo resignificado al que se le atribuye y funciona como operador textual de todo el libro, la libertad (lo obvio) pero también como imagen del amor hasta el juego pendular inscripto en el poema “Saberes” y que es axial para la comprensión de lo que podríamos llamar –perdóneseme por la palabra antigua– el meollo del mensaje:

sé que soy
la garra en la puerta
de la jaula

y soy el pájaro
que se queda
en un rincón

sin querer salir

Por lo pronto es dos cosas: garra (es decir, amenaza, agresividad) y pájaro (libertad, cielo abierto, “espacio rodador”, diría Miguel Hernández).
Las preguntas caen de por sí: ¿Por qué el poema habla al mismo tiempo, sin decidirse, entre quedar entrar y no querer salir? ¿Temor a la “garra” o al espacio? ¿A quién le hablan –si es que deciden hablarnos– esos versos que son como la jaula cerrada? Un lugar que antes de ser abierto no quiere decir abrirse.
El pájaro-símbolo atraviesa fuertemente todo el libro, o casi. También lo es para nombrar a la dicha de la amada “que no lo ve”.
Irina Bogdaschevski certeramente consigna sobre la sensibilidad excesiva con respecto a la vida, al amor, a la muerte. Condición ineludible para no ser un mero escribidor de versos, de los que hoy abundan. Condición de poeta, que Pallaoro cumple con creces como ya lo había demostrado en su libro anterior “Pájaros cubiertos de ceniza”, precursor como vemos del símbolo que hoy nos ocupa.
El autor puede ser asimilado a aquella afirmación de Maiacovsky: “Un poeta es cualquier hombre pero cualquier hombre no es un poeta”. Frase que Raúl González Tuñon gustaba repetir.


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA: SAN LUIS


DARÍO OLIVA

(Villa Mercedes-San Luis-Argentina)

AL SR. TIRANO

Insensato,
tu látigo no vencerá mi canto.
Por más sombras del cerrojo
mis ojos verán la luz del día
aunque te rías y voltees
de tu lado la moneda,
volverá a ti la pena como una paloma
a joderte el sueño y a cagar en tu cama,
volverán a ti el sudor y la sangre derramada,
tirano sin bandera, ni patio ni parcela.
Insensato fascista,
conocedor de idiomas de botella
donde rumian rinocerontes y bueyes
su borrachera,
mírate, desvergonzado
impresentable señor de los genuflexos,
en el espejo de tu propia envidia;
adelgaza las palabras,
júntalas, desparrámalas
si es que hilvanas el hilo de Ariadna de mi poesía,
muérdete en la lengua
si un neologismo ripia tu garganta
ahogada en vino, vino amargo
de soledad sin despedidas.
El mundo material te agrada,
pequeño, falso Midas,
energúmeno del cálculo y la cifra,
licenciado de botellas
y circunloquios de miopía
con voz de cloaca y pupilas incendiadas
de insomne hipocresía...
No, no callarás mi canto,
fascista insensato,
energúmeno,
rey de los idiotas;
mi canto te atravesará como una espada
y veremos quién es más
cuando rompas tu alcancía
y te mees en las medias
rey de copas,
pobre marioneta en alpargatas,
sarmientino monigote en propaganda.
Veremos quién es menos
cuando el reloj curve tu espalda
y caigas en el fango del reino que has creado,
del que has nacido,
insigne pusilánime sin dios y sin escuela,
tirano sin bandera, ni patio ni parcela.

MÓNICA ALGARBE
(San Luis-San Luis-Argentina)

HIJO DE LA CALLE

Manos sucias,
olvidadas de otras pieles,
que no conocen de lápices,
ni de libros,
ni de ingenuidad
o amparo.
Dedos de niño,
que rasgan bolsillos,
carteras,
almas,
para hallar
un poco de pan,
unas monedas,
quizás una caricia
o algo de respeto;
escarban y rebuscan
la grieta mínima,
un agujero en la ciudad pudorosa,
el lugar del aire limpio
que los libere del pegamento,
de la huída mortal.
Ojos pícaros,
demasiado viejos para su altura,
que develan sin tapujos
la sociedad cruel,
deliberadamente cruel,
ensañada con su infancia
y con miedo a su mirada.
Cuerpo desguarnecido,
brazos sin abrazo,
oprimido vientre,
cama de diarios,
despreciado, recio, desafiante
hijo de la calle.

LUIS REYNALDO VILCHEZ
(San Luis-San Luis-Argentina)

GOZADOR

No,
las mañanas no son para cualquiera...

el goce
el fresco aroma matinal
el sol que nace y muere

la mirada de Beatriz que me provoca
el mate
el buen café
la despedida

la sombra del pasado
despertándonos inquieta

una hoja con rimel y con miel
un buenos días con un lecho tibio
no son para cualquiera...

el manantial de agua de la ducha tibia
los pájaros cantándole al silencio

ser un perseguidor del colectivo que se escapa
para no llegar tarde a la rutina diaria
a la presciencia como un arte de magia

atreverse a despertar
junto a la muerte

abrir la puerta
sanar lo cotidiano

planificar las horas
que se mueren

besar la sombra
el mismo aliento en el cepillo

desenchufar la mufa de la radio
quemar las hojas del diario oficialista

planificar la marcha
la protesta diaria

consciente
que aunque ya no estés

siempre estarán
tus alas
tus abrazos

acariciándome en los sueños
que te escribo

pero no
las mañanas no son para cualquiera...

SILVANA MERLO
(Villa Mercedes-San Luis)

LA JUGUETERÍA

Yo soy una muñeca
exhibida con labial oscuro y maquillaje blanco
un vaivén de caja musical evocando notas disonantes
      por un costado espío al conde transilvano
      enamorado de mis cortesanas medias blancas
      posesiva mirada en los hilos de mi espalda
                            y esperamos de pie
el desenlace inimaginable
más allá del sol que jamás ilumina.

GUSTAVO ROMERO BORRI
(San Luis-San Luis-Argentina)

PEDIDO

Te pido valentías que no tengo:
lo que no soy
                te pido.

Te pido la pureza de tus lágrimas
para limpiar mis ojos.
Te pido las palabras necesarias,
                     las únicas capaces
de ser más que el silencio
donde se hunde
                        mi intimidad desierta.

Te pido los recuerdos que olvidé,
para que sean nuestros.
Tu libertad -te pido-
                             a cambio de la mía.

Te pido el ave que escapó de mis ojos
hasta volverse noche
                  y estrella
                                     y lejanía.

Te pido el cumplimietno de mínimos juramentos
que dan sentido al  día que vendrá.
Te pido los momentos que perdí,
las hermosas mañanas
nubladas por tu ausencia.

Te pido que me alumbres
orillas imprecisas
donde quiere apoyarse
                                  este puente que soy.

Te pido tu mirada
para agrandar el punto
desde donde se acercan
                                    las cosas alejadas.

Lo que no soy
                    te pido
                    y  te pido
                    lo que doy.

Te pido que seamos
                             y te pido
que me
ayudes
a ser.

AMELIA ARELLANO 
(San Luis-San Luis-Argentina)

HUIDA

“Huyo de lo que me sigue; voy detrás de lo que huye de mí.”(Ovidio)

Este capricho mío de llorar descalza.
Esa empecinada boca de hierba que me nombra.
Pájaro negro que grazna sobre antiguos cálices.
Recién nacida. Vieja rugosa y desdentada.
¿De que múltiples rumores de espejos me arrancaron?
Yo jugaba entre lápidas. Árboles tristísimos y trigales venerables.
Y robaba flores a los muertos. Nardos y flores de papel morado.
Bravura de polleras cortas. Trenzas y largas falsedades.
Huía y huía y Dios me perseguía. No me alcanzaba
No lo consigue, aún. No lo consigue.
Fugitiva yegua con crines coloradas.
-¿Tampoco viene este domingo, madre?-
Ella alisaba los pliegues de la almohada.
Una desnudez de hierro la arropaba.
Un vaso de agua y cuatro hembras yertas.
Y el reloj se detuvo.Y la noche.
Quise beber, tirada es sus faldas de albahaca.
Sus manos de Magdalena, cruzadas sobre el pecho.
Leve brisa elevando un cansancio de años.
¿Están todos? No. No están.
¿Por qué esa soledad? ¿Quien te obligó a orinar de pie?
¿Escuchas madre? Es la eterna nebulosa.
Es otra vez el mar… y un puñado de sal en mis desiertos.


PÁGINA 10 – NARRATIVA

AMANDA PEDROZO
(Asunción-Paraguay)

ÁNGELA PURA

A sus quince años tenía una sabiduría que se podía oler a la legua. Era imposible aguantar esos ojos de niña vieja que desmentían de golpe la carita de inocencia y su cuerpo hinchado de sevo'i (Guaraní: Lombrices). Abuela Esperanza no la podía ver: el diablo andaba por la casa cuando esa chiquilina movía su carne marrón bajo la resolana, decía.

Ángela Pura era guardada por las tías. Día y noche ellas la seguían con la vista, estuviera prendida a los platos sucios o chupando embelesada una naranja tras otra. La controlaban porque en la familia era la última mujercita que quedaba sin conocer hombre. La controlaban porque esa chica tenía algo que hacía desvariar y de eso cualquiera se daba cuenta. Hasta el abuelo Catá la seguía con la respiración caliente, no importaba que estuviera delante abuela Esperanza que predecía alargando las palabras como en un rezo o plagueo sin utilidad.

-El diablo anda cerca.

-Ave María Purísima.

Día y noche las tías se quebrantaban, alargaban sus narices y procuraban recordar por dónde comenzaba la historia de la madre que parió tal hija. Querían culparla de la absurda telaraña que había ido envolviendo la vida de Ángela Pura hasta hacerla el bocado más apetecible para parientes y extraños, y también el más imposible.

La tal madre se había muerto mirando a la tal hija.

-Que en gloria esté.

-Que Cristo Nuestro Señor se apiade de ella que era tan porfiada.

-Además de eso que ya sabemos.

-Que ya no importa, Dios nos guarde, no hay que decir.

-Después de todo, pobrecita, no tuvo buen ejemplo.
-Pero que no hable mal la gente de nosotras, siempre hicimos las cosas según Dios manda y con arreglo a la Constitución Nacional.

-Y encima no somos sus parientes de sangre.

-Si no por culpa del primo Rosendo.

-El que sufría de hemorroides y de maldad sin asidero.

Ángela Pura había mirado tanto a su madre, o esta a ella, que enseguida todos supieron cuál iba a morirse sin falta. Cuando la cara de la madre quedó al fin definitivamente pálida, resultó que el cadáver ya no dio trabajo: todo estaba listo, y hasta se había llorado con anticipación. Para la hora del velorio, sólo quedaron la diversión subterránea de los barruntos familiares y el largo relatorio (Paraguayismo: Relato, historia) de los escándalos amorosos de las parientas menos allegadas.

Para cuando la niña se decidió a crecer, sus ojos hacía rato le habían robado toda la cara, se habían comido las paredes y los gusanos, se habían apoderado de la casa y de los hombres, del sudor de los perros callejeros y también de todo lo que habían visto quienes la miraban. Por eso, y porque nadie en la casa había olvidado cómo se murió su madre de tanto mirarla, nadie l la miraba de frente en lo posible. En lo no posible, rezaban un Padrenuestro de protección al Arcángel Gabriel por si acaso. Lo demás era seguirla y cuidarla, nadie sabía para qué.

La noche del día de los Santos Difuntos resultó con luna colorada. Eso llenó enseguida de premonición a la abuela Esperanza. Apenas comieron todos de la olla de hierro, se fueron a juntar sus miedos en una pieza desde donde no tenían que soportar los ojos de Ángela Pura y no corrían así peligro de olvidarse de repente de todo lo que habían aprendido con esfuerzo y dedicación.

Los ojos predestinados llegaron tranquilos al bananal. Allí Ángela Pura tumbó su cuerpito cuidado por las tías bajo la luna colorada para que el destino llegara de una vez por todas. Ni se movió cuando supo, con esa sabiduría absurda que le había venido creciendo desde chica para desesperación de ella misma, que allí estaba el esperado, el impensable, enteramente olor a caballo y a mierda de gallina, enteramente imposible, puro sufrimiento ancestral, puro tierra, con su maldición que era la única que podía conjurar aquella otra.

Un aullido que nadie supo de quién provenía marcó el segundo en que el interminable pene del Kurupi (Guaraní: en la mitolagía paraguaya, ser caracterizado por su virilidad) (yo decía que esa niña era cosa del diablo) la rompió en dos para siempre. Desde ese momento, sólo la abuela Esperanza siguió recordando cómo había muerto esa niña, de tanto mirar al diablo en el bananal.


PÁGINA 11 - POESÍA ARGENTINA: SAN JUAN

ALFIA ARREDONDO
(San Juan-San Juan-Argentina)

He profanado este templo
demasiadas veces,
dejé entrar a extraños
y olvidé nombres divinos,
se apagaron las velas,
las risas fueron oscuras
formas del desamor.
Fui Agamenón
con su ira y su sordera,
fui Casandra
con su candidez y sus visiones.
Mi templo quedó en ruinas,
después
fue difícil volver a creer
que las velas podían encenderse.
Las ruinas quedan para recordarnos,
el amanecer se repite
para acabar con la noche.

ROGELIO RAMOS SIGNES
(San Juan-San Juan-Argentina)

DIARIO DE RUTA

No es niebla. Es humo lo que acontece en el paisaje.
Pasto seco que difunde su noticia con el viento,
concordia fugaz de antiguos adversarios.
Ella frena el motor de sus pensamientos
centímetros antes del precipicio.
Es mujer en desapego a los milagros
que ingresa y se retira de los espejismos
como quien bebe de una fuente sin dar las gracias.
Ella es un mantel de hilo que se agita sin premura,
promesa de desayunos bajo un árbol
en la vera cruz de dos caminos con historia.
El mundo la protege aunque ambos lo nieguen.
Profecías como caligramas. Gatos como perros.
Arsenal de palabras en desuso, por ahora,
que se resolverán en frases de caprichoso sentido.
Como un director de orquesta con su batuta
ella espanta las moscas con una rama de sauce.
Pronto llegará la lluvia a decretar finales.
Mientras tanto es humo lo que ocurre,
mensajes indios de dolor irreparable
volviéndose hilachas al paso de los camiones.

ESTHER PAGANO
(Calingasta-San Juan-Argentina)

OCHO CUARENTA

Ellas tropezaron...
desembarcaron infancia
en la capital dilatada;
tanto frío pagado
con monedas de agua
dejaron el cauce
abierto a la rapiña.
A la textura de los años
arbolados
se le acopian tachos
llenos de pueblo,
vacíos de pescado;
ya no pueden volver
no hay barco
ni piernas
además
el río es una vieja fábula

GUSTAVO SÁNCHEZ
(San Juan-San Juan-Argentina)

MI HERMANO ES UN POETA

Es tarde y hace frío en el taller.
Solo mi hermano y yo.
Mientras el forja cosas brillantes, filosas, incisivas,
cebo mates que tomo solo: una voz ajena
al ronroneo de la maquinaria pesada
puede ser la muerte.

Mi hermano trabaja a salvo
del doble silencio del obrero:
cuando deja de retumbar el martillo sobre el yunque,
deja de retumbar el martillo sobre el yunque.

Logra, y por eso guardo la entrada a este espectáculo,
lo que el resto solo podemos intentar
hacer en el silencio:
domesticar a golpes,
materia al rojo vivo.

SUSANA GRIMBERG
(San Juan-San Juan-Argentina)

SI LOS TIEMPOS

Amábamos las hojas que el rocío
besaba en las mañanas.
Amabamos sin saber siquiera
que todo era tan efímero
tan sin cielos por delante.
Eran tiempos
en donde un vendaval de hojas secas
caía a cegar alcantarillas
a quebrarse bajo el paso
solitario
de un viejecito comido por la noche.

Los juguetes eran de verdad escasa
o inexistente.
Amábamos la muchacha rubia
con su trenza flotándole en la espalda,
la pienso como era: esquiva, clara, desgarbada
y con sus manos inquietas de jazmines y de rosas.

Luego vinieron dudas
resquemores
odios
sospechas
y un porvenir plagado de agujeros
y botellas rotas.

BRUNO DI BELLA
(San Juan-San Juan-Argentina)

PROXIMIDAD DEL SILENCIO

cuando nada quede
detrás de este abandono
indeciso de restos

ni labios
que articulen sombras
tras la sombra de estériles escombros

ni viento animando lo posible:
vértices baldíos
el insomnio

vendrá músico
engendrándose a sí mismo
a vertebrar el vacío
en todas partes

cuando los ojos abiertos sean
sangre espesa cerrando futuro
sangre negra: el color de la noche
sangre espesa en clepsidras sin pulso

vendrá dios
dado a luz
desde su abismo
a reiniciar el juego


PÁGINA 12 – RESEÑA

ANA RUSSO
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

Mónica Angelino : “Estigmas  Desechos”,  Editorial Artesanal Kereme, General Rodríguez, Buenos Aires.

          La autora de este libro valioso en primera instancia por el esfuerzo de “lo artesanal”, que como tributo a la poesía se labra lejos de los mercados habituales, se pare con la humildad con que también debiera parirse el poema, en todos los casos e ineludiblemente. Ella en su prólogo nos habla de su acercamiento, en calidad de alumna, al taller de poesía de Rolando Revagliatti: “Me encontré con un hombre de a ratos desopilante, histriónico (…) A poco de andar fui descubriendo a la persona detrás del personaje. Al Rolando que ve la vida de una manera desesperanzada (…) Revagliatti no tiene otra ambición como coordinador que no sea provocar la palabra hasta que la palabra estalle con la voz propia y visceral de cada quien: única”. Realmente Angelino da una exacta visión de lo que los verdaderos  talleres de poesía, “tan denostados”, deben proponerse como actitud y objetivo fundamental, esa detonación que  tiene que ver con romper lugares comunes, modos reiterativos, miradas habituales; un verdadero taller da la libertad interior como para que la palabra golpee con voz nueva e identidad sobre el cuerpo y sobre el papel.  Revagliatti lo ha conseguido, dado que Angelino presenta en este libro una suerte de correlato, cada página incluye un trabajo del poeta, y a su lado una, podríamos decir, síntesis de ese poema, y digo síntesis como podría decir rastro, traza, señal, borra, sustancia elemental; saca el hollejo, deja la semilla y la pulpa. Angelino trabaja sobre los poemarios de Revagliatti titulados: “De mi mayor estigma (si mal no me equivoco):” -ya comentado en “Poesía de Rosario”- y “Desecho e izquierdo”.
           No es fácil ni ligero hacer este trabajo interpretativo, re-creativo, yendo al meollo de la cuestión que suscitaría cada poema de Revagliatti. Angelino sabe desbrozar lo contingente y va a lo seguro, a la médula o al resumen de todo un trayecto que garantiza, si no un decurso explicativo, sí una sensación que no importaría de dónde proviene sino como se llegó a ese extremo. Leo en los poemas sintéticos de Angelino, un profundo conocimiento de la obra de su maestro y también leo una intención de dejar plasmado un remate inesperado, un abrupto final que en algunos casos hace paralelas ambas emociones más allá de las palabras. Creo en las simbiosis, en las transferencias, en los símiles, aunque debo destacar con voces absolutamente diferentes, a pesar del maridaje intencional que se propone esta muestra, asegurando  que los disparadores que otros poetas nos acercan ponen en funcionamiento esa maquinaria bella y aleatoria que es la creación. 


PÁGINA 13 – POESÍA ARGENTINA: FORMOSA

FERNANDO ACOSTA
(Formosa-Formosa-Argentina)

POEMA PARA UNA GROUPIE

ella tiene la capacidad de hacerme envejecer
arrancando las páginas del calendario
me trenza el pelo y deja
mi guitarra enchufada para que la casa se llene
con gritos finos de fantasmas
luego me olvida en la cama
como a un libro manoseado

todos los días existe
la posibilidad que no regrese
por eso tapié las puertas
sellé las ventanas
y llené nuestro pequeño cuarto
con humo de cigarros

ahora estoy mirando por la ventana
el fino cabello de la lluvia
me dio un beso en la mejilla y salió
sin invitarme, sin decir chau, adiós, hasta nunca
la vieja de enfrente olvidó su silla de ruedas en el patio
y es todo un haiku ver como se moja
alguien dibujó garabatos obscenos en mi poster
de greenpeace
el interior de mi heladera
es un viaje directo a la prehistoria

a veces escucho el desliz del portón sobre charcos
pero las puertas abiertas hace tiempo
me suenan a falsa alarma

y ella diría:
ves muñeco, ésto si que es vida
se reiría con su boquita pequeña y burlona
y saldría de nuevo a la calle
para que la quiera aun más
o para que ya no me preocupe por nada
o simplemente
y en el más seguro de los casos
para cagarse de risa

HUMBERTO HAUFF
(El Colorado-Formosa-Argentina)

POEMA 4

Llueve.
Nos olvidamos de cobijar las alegrías
y ahora la humedad las enmohece
y andan por los cuartos tiritando

Las veredas son ahora ríos
y al amanecer debemos buscarlo
desmalezando la bruma a machetazo limpio.

Llueve.

En las escuelas expuestas bulle el clima
y retozan niños y esperan hombres
a quienes les sale del pecho brotes
para bendición del cántaro.

Con los pies en el agua somos cebollines
verdes de coraje duro, y en las almas irritadas
el salvaje aliento de junio
reniega incesante.

NATALIA ESTHER CUEVAS 
(Formosa-Formosa-Argentina)

DEL EXPRESAR

Si como una respuesta santa a mí vinieran
en tiempo y forma y con fuego esas palabras,
para decir como se debe aquello que no digo,
liberarme de la imprecisión y de sus lanzas.

Si como una respuesta santa a mí viniera
el definir perfecto de lo que es
dormirse sin plegarias.
Acunar como un demente tanto no olvido,
saberse frente al otro sin las máscaras,
amar y desamar pero no como en los libros,
decir adiós a los temores
pero a la vez cuidar frenético la espalda,
embarcarse en la búsqueda de un todo
para después anclar entre migajas.

Si como una respuesta santa a mí vinieran
con sencillez y con altura esas palabras
prometería olvidar tu belleza
cerrándole mis patios y mis salas,
prometería ver como ellos ven,
llevando a una gran cruz
o a una hoguera tantas ideas vanas.

ORLANDO VAN BREDAM
(El Colorado-Formosa-Argentina)

ESCRITO EN EL AGUA

Todos los poemas se escriben en el agua.
A todos los poemas se los lleva el agua,
los disuelve el agua.
El poeta lo sabe y sabe que es inútil
atrapar con palabras este sol tan índigo,
la tarde en tres pájaros,
seis caparazones de cigarras muertas
y la esqueletura gris y taciturna
de un digno lapacho.
Sin embargo insiste. Insiste. Insiste.
En esa insistencia transcurre el poema
y dice lo que calla, calla lo que siente,
siente lo que dice
y se lo lleva el agua.

NICOLÁS GÓMEZ
(Formosa-Formosa-Argentina)

ADAMANTINO
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
“Ajedrez” J. L. Borges

Detrás de Dios no existe dios alterno,
sólo el vacío del tiempo y la distancia,
y un elemento atado a la sustancia
memorizando un cronos de lo eterno.

Detrás de Dios el torso es algo interno
sin ajedrez ni espaldas de ignorancia,
sólo tres frentes de ésa transustancia
sin “un rigor adamantino” externo.

Detrás de Dios no existe lo que cansa,
tampoco un dios midiendo su reverso,
ni en la mejor imagen de esperanza:

no cabe Dios en lo fugaz de un verso;
lo que la mente a comprender no alcanza:
detrás de Dios… no hay dios… ni el universo.

ZULMA LILIANA SOSA
(Formosa-Formosa-Argentina)

ZONA DE LLAMAS
“ la espera debe convertirse en algo
más sólido ”
Paulina Vinderman

la espera en la ceniza / desataba / contienda en el temblor
de la fisura / resistencia /
compulsivamente la niña lloraba / y el llanto encendía otro /
otro / se agazapaba con desgarbada  nitidez

berrear por la casa / insignias tozudas como bestias / tonos
dejados a elección del que lastima.../
en el aislamiento del dolor  / está la mirada / ojos ojitos que
el hombre ve / ve desde la solemnidad con que maltrata la
espera

“ ya va a ver / ese envoltorio de mujer que no llega / lo que
el tabaco de este hombre de provincia / hace ”

en el desaire de la suavecita carne / está la matadura / disfruta
el enojoso y quema

se huele / la unión sexual del cigarrillo y la carne / lo que la
ceniza de ese llanto / y la niña / lo que la zona /
dice / de las llamas


PÁGINA 14 – NARRATIVA

MABEL PEDROZO

(Asunción-Paraguay)

LA PUERTA PAR

El doctor Edmundo Molina se presentó con nombre y apellido desde la puerta entreabierta de la subcomandancia, pero tuvo que agregar que era el médico a quien quisieron asesinar hacía unas horas en el Hotel Anteus para que el comisario levante la vista y se le quede viendo con ese aire de todopoderosidad que adopta la gente uniformada.
Le preguntó si venía por su declaración.
«No», le dijo, lo que quería era hablar con el hombre a quien arrestaron frente a su puerta -habitación 36, segundo piso- empuñando un cuchillo de carnicero.
-Para qué lo quiere ver -interrogó el comisario, esta vez con voz de que no preguntaba siguiendo el procedimiento sino porque en serio sentía curiosidad.
-Es la primera vez que me quieren matar -hizo notar el médico, y hubiese querido que el comisario fuese su amigo para que esa frase baste, pero no lo era-. Quiero saber por qué.
El comisario no tenía instrucciones respecto a una situación como aquella, excepto que no debía demostrar que no la tenía, de manera que levantó el tubo de color verde mate del teléfono y pidió que alguien venga.
-Oficial, informe sobre el arrestado por intento de homicidio.
-En celda de reclusión, mi señor comisario.
Hubo un pequeño relatorio de antecedentes después de que se trajo el parte policial y que el comisario decidió que podía compartirlo con la víctima, acodado a estas alturas sobre su escritorio y con una taza de café humeante que se llevaba a la boca porque quedaba mal que no lo hiciese.
El hombre se llamaba Andrés Cardozo, 39 años, soltero, no se le conocía familia y podría ser el «homicida de los números pares» como le llamaron en los periódicos cuando comenzaron los asesinatos en los hoteles y en los barrios residenciales.
Siempre gente que se hospedaba en pisos y habitaciones pares, y en hotel de numeración par, como el Anteus, ubicado al 2004 de la avenida Potosí. Las residencias seguían el mismo patrón, pero nunca una huella, un testigo, nada, hasta esa llamada a las ocho y treinta y cinco de la noche de la recepción del hotel que pedía una patrullera porque había un hombre parado frente a una de sus habitaciones, con un cuchillo en la mano.
Cuando la policía llegó el sospechoso no se resistió, pero tampoco colaboró con una declaración. Cuando le dijeron que su silencio empeoraba las cosas, sólo respondió que no le importaba.
-Si es posible, si a usted no le compromete, quiero hablar con él -insistió el médico.
Caminaron por corredores que se cruzaban con otros iguales y que, según el comisario, tenían el propósito de prolongar la agonía del detenido ya que no hay peor cosa que la incertidumbre del tránsito.
Por decir algo el doctor contó que formaba parte de la comitiva de médicos que participaban del congreso de proctología organizado por la universidad nacional, pero el comisario ya lo sabía y su silencio indicaba que no estaba interesado en conocer detalles.
Llegaron frente a una puerta parecida a todas las que le antecedían, pero esta fue desllaveada por el oficial. El olor a óxido de las celdas y la mirada de gente igual a todo el mundo del hombre que levantó la vista desde el fondo de la estancia recibieron a los recién llegados.
El médico preguntó si podía quedarse a solas con el detenido, y el comisario, que no quería perderse el encuentro, tuvo que irse pero dejó al oficial parado en la puerta, lo que significaba que de todas maneras se enteraría de lo que fuese a ocurrir.
-Buenas noches --el doctor Edmundo sintió que cualquier cosa que dijese en ese momento no sería la indicada, así que no se esforzó-, Supongo que podemos tratarnos como conocidos.
El hombre de la celda lo miró con curiosidad.
-Soy el doctor Edmundo, el de la habitación del Anteus. A usted lo apresaron frente a mi puerta.
El detenido parpadeó.
-Disculpe que lo moleste en esta situación tan difícil por la que está pasando, pero es que no entiendo por qué me quiso matar. Llegué hace tres días a esta ciudad, no salí del hotel ya que allí es el congreso y pedí comida en la habitación porque me aburre la compañía de los colegas. ¿Me quería matar a mí, específicamente, o le daba igual que sea cualquiera que esté en esa habitación?
El detenido tosió.
Acostumbrado a hacerse una idea de la gente con sólo verla, al doctor le pareció que estaba frente a un hombre instruido, no un asesino atávico de los que se habla en los libros de medicina legal. Un fumador, además, ya que la tos era inconfundible.
-¿Usted qué cree? -le preguntó el detenido.
Su voz sonó cálida, como el tufo de una habitación que se mantenía cerrada pero donde se adivinaba un pote de talco abierto, o un agua de anís filtrando sus esencias dulzonas por las grietas de un corcho de botella.
-Le daba igual, verdad, que sea otro o que sea yo. Pero por qué no entró, por qué se quedó en la puerta, por qué no terminó lo que fue a hacer -se sorprendió de lo que decía, ya que sonaba como si lamentase que las cosas no hubiesen llegado a más-: Perdón, es sólo que no tiene sentido para mí.
-¿Y usted por qué no abrió? -preguntó el hombre detrás de los barrotes.
Era lo peor. Que él también pregunte. Pero era cierto lo que decía. El doctor Edmundo no abrió cuando escuchó el timbre de la puerta. Dos, tres veces, largas pausas y otra vez el silbido metálico, como quien está decidido a no irse hasta que lo atiendan.
Cuando cerró la llave de la ducha, tomó la toalla que colgaba del rodillo pero no se secó, sino que bajó la tapa del water y la cubrió con ella. Entonces se sentó encima, desnudo, el agua tibia corriéndole por la cara, y con la tijera de cortar cutícula escarbó la uña del pie derecho que lo torturó desde la mañana.
No abrió porque tenía atrapada la punta de la uña y dejar que se le meta de nuevo en la carne hubiese sido no sólo doloroso, sino también arriesgado, porque quién le decía que tendría otra oportunidad de separarla de la piel enrojecida.
-Me estuve bañando -resumió,
-No entré porque usted no abrió -le respondió el detenido.
El médico admitió cuando se le preguntó, que lo que le afectó de aquel encuentro fue la franca indiferencia con la que lo miró el hombre que pudo ser su asesino.
Detrás de los barrotes el sospechoso escuchó cuando la puerta se cerró y se sintió aliviado de que el silencio recupere a su alrededor su dimensión totalizadora.
En parte, él también mintió.
Esa noche llegó al hotel sin llamar la atención, subió al segundo piso y cuando se detuvo frente a la habitación 36, imaginó lo del baño ya que en los hoteles todos se bañan a las ocho y media de la noche. Llevaba un destornillador en el bolsillo, y si no forzó la cerradura fue únicamente porque un aroma a champú de vainilla lo detuvo.
Venía de la habitación. Se escurría por la línea encajonada de la puerta, por el cerrojo plateado, por la mirilla, un vapor que antes que por su nariz fue capturado por su piel, por sus ojos, por algo dentro suyo que le detuvo la respiración. Su mamá olía a vainilla. Y ese olor era igual a ella.
Yo conocí las versiones de ambos, del médico y del detenido, en mi calidad de abogado de gente que no quiere uno, o que no se lo puede pagar.
Me dieron el caso del hombre detenido en el hotel. «Usted está fuera en dos días», le prometí, y así fue, ya que pararse frente a la puerta 36 no lo convertía en «el asesino de los números pares», y tener un cuchillo en la mano no significaba que quisiese degollar a alguien, aunque la verdad es que mi olfato me confirmó ambas cosas antes de que el señor Cardozo lo haga. Era el asesino, y sí quiso matar al médico.
El doctor se mostró convencido de que su destino lo puso frente a la uña encarnada con el único propósito de alejarlo de la puerta, y el ex detenido -que debe estar camino a mi oficina en este momento- no quiso contarle lo del champú de vainilla. «Es algo personal», me explicó, y lo dejó pensando lo que quisiese.
Lo que yo afirmo finalmente, y antes de ir a atender la puerta donde alguien que ya debe ser mi cliente está tocando, es que hasta la casualidad tiene que ver más con el asesino que con la víctima.
Punto final.
Lo veo desde acá, desde el pasillo, la luz amarilla del farol mecida por el viento de junio que hamaca su sombra de sobretodo y manos enguantadas encima del cerco de ligustrinas recién podadas de la entrada.
-Buenas noches, pase por favor.
No me responde, pero sé que entrará conmigo y que quizás le invite un café y hasta tengamos una conversación. Pero ahora, parado en el corredor bajo el farol que en su balanceo revuelve su sombra con la mía tiene los ojos fijos en los números que identifican mi residencia: el 612 de la avenida 18 de Octubre.


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA: CHACO 

ESTEBAN GONZÁLEZ 
(Puerto Tirol-Chaco-Argentina)

5
 
Las casas  que enmudecieron
algún día rendirán cuentas de sus noches de horror.
Entonces las lágrimas se oxidarán.
Sellarán candados y cerraduras.
No serán jamás casas tomadas.
Serán un alerta
para los verdugos anónimos.

MARINA CORONEL
(Resistencia-Chaco-Argentina)

ESE HOMBRE

el hombre
amansado en la tarde
o en la noche
de su dolor
se desencadena de su boca
la voz se le estira hasta la palabra
y es lo mudo lo que le cuesta
acostumbrarse a paladear cenizas
a rumiar ortigas bajo la lengua
tal vez se obligue a matar la sorpresa
con un tiro de gracia en la nuca
o entre los ojos
que es lo mismo
cansado de vomitar ayeres
meterá el dedo en el grito
y rascará con automatismo de loco
las urgencias
abrirá la garganta por completo
para tragarse la muerte
de memoria

MARTÍN DOMINGUEZ
(Resistencia-Chaco-Argentina)

RASTROS DE ASTROS

Conseguí levantarme antes de las dos de la tarde
el aroma dulce de tu perfume impregnaba el lugar.
La noche había dejado sus rastros, y entre ellos
me deslicé hacia el baño.

Fue una buena meada.

¿Salimos?

Mmm no, ¿Para qué?
O sí, dale.

Perdamos algunas neuronas, ¿total?
Seamos funcionales.

Pastemos en la barra.

Disfrutemos de esta libertad de plastilina
­­­­­­­­­­­­­­­­­
-- Holaaaa, todo bieeennn?
-- No, la verdad que no
pero en realidad no te interesa
­
Me gustaría poder contestar así alguna vez
Me gustaría bastarme a mi mismo.

Me gustaría ir a una fiesta
Adentro mío.

Dicen que a veces
se pone bueno ese lugar

CLAUDIA MASIN
(Resistencia-Chaco-Argentina)

EL TALISMÁN

Los ojos de los que estamos continuamente al borde de la caída
o del tropiezo, no saben despegarse de la tierra. De qué sirve
una belleza material que no pueda tomarse entre las manos
como una piedra y ser llevada siempre encima del cuerpo
igual que esos objetos insignificantes
que un niño acarrea consigo donde vaya, y que lo hunden
en el terror o el desconcierto si se pierden.
No hay belleza para mí en las cosas
que no pueden volverse talismán contra las fuerzas
del desamparo o de la pena, y ninguna palabra podría hacer eso,
sólo la presencia física de lo que fue elegido por un amor oscuro,
cuyas leyes desconocemos, para preservar nuestra vida intacta
entre todos los peligros y accidentes que la acechan, a pesar
de que es ella, esa presencia amada, el peligro mayor,
porque no puede protegernos de su pérdida.

FRANCO BOCZKOWSKI
(Presidencia Roque Sáenz Peña-Chaco-Argentina)

RESULTADOS ELECTORALES

Los diarios publican hoy en tapa
los resultados electorales, y ofrecen
pasar en paz el resto de la jornada.
Podríamos aceptar la oferta, si es que aún nos toleramos.
Lo haríamos, ¿no es cierto? Afrontaríamos
con gusto ese resto de día que nos dejan.
En paz, en guerra, según sea el humor
que nos domine, o el que demande la ocasión.
Lo que vale para nosotros podrá no valer para el resto.
Algo se perdió en el camino para llegar hasta aquí. Pudimos
haber prescindido de fines inútiles, o habernos dignado
inclinarnos para recogerlo del suelo si nos hacía falta.
Era necesario comprobar que el tiempo
pasaba para nosotros también, y no solamente
para cada uno. Un poema de mañana
no puede evitar los titulares, ni prescindir de las páginas
que comprueban, con crueldad, que el tiempo es algo colectivo,
y para nada indiferente. Un porcentaje así
no augura la paz sin el conflicto.
Lo que vale para el resto valdrá también para nosotros. Si asesinan
por negocio, por delirio, o por violencia
de género o de cualquiera; si amenazan con default o recesión
en países lejanos que no pensamos visitar
revolucionan nuestro tiempo y es cada vez menos
el que disfrutamos en paz entre los dos
los fines de semana o los feriados, las horas vacías
que ya dejamos de ocupar y que nos ocupan
los dueños de la única materia con que contamos
para hacer, con pedazos de estación, nuestra vida en común.

SUSANA SZWARC 
(Quitilipi-Chaco-Argentina)

QUISIERA ENTERARME

Quisiera enterarme de que nada
tiene forma, decías. Y acepté,
hasta el fondo de la copa del árbol,
de la copa del río.

Ninguna de las otras (creía)
se ahogaba como yo. (Me hundí.)

No hay placer, dijiste
mientras vaciabas al padre
en la botella y mi cuerpo te servía.

¿Te habías ido? ¿Y las otras?
Tuve vértigos
como si alguno más
se cayera del mundo.

Dormida, en la noche de fiesta,
alcancé a oír: ¿qué hay después?

Al despertar
había panes
en mi cama.


PÁGINA 16 –  ENSAYO

MIRIAM CAIRO
(San Nicolás de los Arroyos-Buenos Aires-Argentina)

NO NOS DICEN, NO NOS VEMOS

MIS LIBROS
Mis libros (que no saben que yo existo) / son tan parte de mí como este rostro /de sienes grises y de grises ojos / que vanamente busco en los cristales /yque recorro con la mano cóncava / no sin alguna lógica amargura / pienso que las palabras esenciales / que me expresan están en esas hojas /que no saben quién soy, no en las que he escrito. /Mejor así. Las voces de los muertos / me dirán para siempre.
Jorge Luis Borges

El día 16 del mes de agosto de 2010, recibí por correo electrónico un artículo de Eduardo Dalter, enviado por el querido poeta Rubén Vedovaldi. El asunto del mismo era "¿200 años de poesía argentina?". El interrogante venía a cuestionar la antología editada por Alfaguara que pretende homenajear a la poesía argentina en el bicentenario de la Revolución de Mayo. Me permito transcribir sólo un tramo de la nota de Dalter para ponernos en cuestión: "El propio Licenciado Monteleone, firmante de la antología citada (200 años de poesía argentina) y crítico del matutino La Nación, en los comienzos mismos del prólogo nos va a advertir, contraviniendo en rigor al propio título, y abriendo el paraguas, para que no queden dudas, lo que sigue acerca de la obra: “Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No sólo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección. " La mayoría de las perversas omisiones corresponde a poetas del interior del país. Pero la peripecia irrelevante de los motivos extraliterarios, al parecer, son motivo suficiente para justificar el olvido.Todo lector es dicho por los autores que lee. (Como lectora, me permito repetir al maestro, quien siempre ha puesto por sobre su condición de escritor su cualidad de lector). Pero el lector en la actualidad de nuestro país tiene la identidad mutilada por el mercado editorial. El lector es dicho a medias por los autores que el mercado elige que digan. Y está claro que el mercado editorial da la voz condicionado por el debe y el haber no por convicciones estético culturales. Sin dudas, la principal actividad del mercado editorial es el silencio. O el barullo. Cada uno podrá colocar en una u otra categoría lo que lee o lo que no puede leer.
No parece muy razonable que los escritores que se han dado a conocer al público masivo en los últimos años hayan salido de premios de emporios comerciales. ¿A ningún ministro de cultura se le ha dado por sospechar algún atisbo de pobreza en el hecho, por ejemplo, de que estos premios sean otorgados a uno solo de los géneros literarios que existen? ¿El estado no tiene por función proteger a los sectores más vulnerables? ¿La cultura de una nación ûno de una metrópoli no merece cuidado y promoción de todos sus referentes culturales? ¿Un país que tiene el privilegio de contar con un poeta merecedor del Premio Cervantes (no del premio Clarín), no debería ocuparse, preocuparse porque la poesía conquiste un lugar más preciado? El mismo Gelman, cuando recibió el premio en el año 2007, nos dio un mensaje que por lo visto, como nación no hemos podido comprender: "la poesía es la Cenicienta de las artes". Perdón, maestro. Esta princesa, oculta entre las labores más veladas y complejas del hombre, sigue siendo destinada a tareas de servidumbre: en los colegios es utilizada para cantar odas acomodaticias en fechas patrias, y en el parlamento, para dar unas pinceladas de maquillaje a la conciencia cultural de los funcionarios.Porque el estrago no sólo se dio por la indolencia con que se pensó, se prologó y se vendió la antología, sino que además, este tajazo a la memoria nacional fue declarado de interés para la H. Cámara de Diputados, y quien firma el trámite parlamentario Nº 77 del 16 de junio de 2010 es la diputada Castaldo Norah Susana, de Tucumán. Entre los fundamentos para tal declaración se cita a los propios editores quienes procuran "entre todas las facetas de nuestro patrimonio común, reconocernos en la palabra poética, entendida como la quinta esencia de la creación de sentido, de belleza y de verdad. Ese es el espejo continua diciendo la nota de presentación de los editores donde en esta fecha elegimos mirarnos: el de la reunión de las obras de cientos de poetas argentinos, de diferentes épocas, estéticas y cosmovisiones, que esta antología pone otra vez al alcance de todos, a modo de celebración". En el espejo roto de la poesía nacional, como lectora, elijo no mirarme.Entiéndase que mi postura no va en contra de los poetas seleccionados sino de la amputación, de la indolencia, de la mezquindad. Recuerdo que en el III Congreso de la Lengua, el poeta Ernesto Cardenal (cuyo discurso no gozó de las luces de neón) dijo que "Cada vez que un pueblo deja de hablar una lengua se empobrece toda la humanidad." Y yo me permito diversificar este enunciado: cada vez que un pueblo deja de leer los distintos lenguajes de sus poetas se restringe su cosmovisión, se limita su condición lectora, se cercena su percepción estética, se disgrega su tejido social, se le roban sus tesoros, se empobrece su humanidad. En 1987, Octavio Paz decía: "En las democracias liberales de Occidente la libertad de creación se enfrenta a peligros más insidiosos pero no menos bárbaros que la censura política e ideológica de los Estados intolerantes: el mercado y la publicidad. Someter a la poesía, por naturaleza solitaria y que nada siempre contra la corriente, a las leyes de circulación de las mercancías, es mutilarla en su esencia. La poesía moderna, lo dijo Blake, es la aliada del demonio: es el ángel que dice No." Este ángel del No sigue vivo en los bares y resiste en publicaciones privadas. Es cierto que es fuerte, que es invencible, pero no la forcemos más a sobrevivir a la sombra del poder editorial porque seríamos cómplices de un crimen donde nosotros seremos nuestros propios cadáveres.


PÁGINA 17 – POESÍA AMERICANA: COLOMBIA

AMPARO OSORIO
(Bogotá-Colombia)

DERRUMBE

Se acumulan los días, los años
la erosión de la vida
nos echa encima su balandra y vamos
hacia el despeñadero.
Pasa la sombra... pasa y mira
y vuelve a acomodarse.
Una luz de farol bordea la penumbra.
Es la ciudad: me digo.
La sombra se adelanta
no quiere compartir mis pensamientos
pero lee la esquina, los escombros
los pasos solitarios y el eco de esos pasos
mucho antes que sorprendan a mi cuerpo.
El funerario pájaro del tiempo
aletea en el aire.
Las ruinas del amor se precipitan.
Quiero cerrar los ojos.
Quiero
que sólo el viento pase
y nos lea el poema de la errancia,
que nos diga al oído
sobre la honda pena que hoy irrumpe
en el alma del saxo.
que el viento,

sólo el viento...

FRANK PEREIRA HENNESSEY
(Barranquilla-Colombia)

EL VALLE DE LAS 14 LUNAS

Te encontré
en el sur de un misterio,
en un valle sediento,
en un enjambre de lluvias,
agotando
la desnudez de una fuga
con sus escarchas boreales,
en ese valle
de las 14 lunas,
en el furor de una magnolia.

GLORIA CEPEDA VARGAS
(Santiago de Cali-Colombia)

FRIDA

Te echaste al pico toda la raza pintante…
Diego Rivera

Una vara de mimbre/ se aleja patinando en dos naranjas/ ¿Dónde vas/ Frida Kahlo/ con tus hambres/ tu sed de pergamino/ los cactos de Sonora en las muñecas/ como aros de la suerte?/ Frida de Coyoacán/ descobijada flor/ siempre pariendo/ ¿Con qué sustancia vegetal y oscura/ te tatuaste las cejas?/ Pasan los años como dromedarios/ y tú/ plantada ahí/ cada día más lejos del olvido/ Nadan/ tus tumultuosos hijos/ en todas tus orgías/ atadas al ombligo de la tierra/ en tus dientes que abrieron/ forámenes de mundo/ en tus vísceras rotas/ y zurcidas a medias/ en tu desbordamiento/ que da miedo/ Tú/ con tu altiva falda/ levantada/ como una carpa bajo las estrellas/ guerrera de pinceles/ duros como tornillos/ de pinturas espesas/ como aceites natales/ Sé que vas al encuentro/ del escorpión/ que ruge en tu cintura/ ¿Cómo hablaré de tu dolor con canas?/ ¿Cómo arrullar tu niño sin orejas?/ ¿Cómo trazar el ángulo/ donde se despereza/ tu pubis amarillo?/ Macho y hembra/ de espaldas/ y de frente/ amor y tregua siempre/ ¡Jaque mate!/ Un viento de colores/ te mece/ como a un niño/ que no quiere dormir.
Cojita pendenciera/ dedos ahusados/ polvo de canela/ En las panaderías/ donde orbes y muñecas/ se abastecen/ bailas con tu pareja/ El sol y tu sonrisa/ el sol y tus dos manos/ para que el ciego tiente/ Frida de cinco letras/ de cuatro ojos al viento/ de cuatro piernas/ que se contradicen/ como los asesinos en flagrancia/ ¿Qué sentirán los hombres/ las mujeres/ los niños mejicanos/ cuando tu nombre estalla/ como un caldero hirviente?/ ¿Qué será de su arena/ mezclada con la tuya/ al borde del camino/ como flor de barranco?/ Leño descoyuntado/  entre las aspas rojas del verano/ ¿Aún buscas bajo el cielo/ primero de la tierra/ la pieza que te falta?

Te echaste al pico toda la raza pintante/ dijo Diego Rivera/ el sapo donairoso/ te los echaste al pico/ y luego te alejaste/ saltando de la luna/ al girasol/ Día y noche creando de la nada/ sangre y orina antiguas/ desnudándote/ abriéndote/ ubicando uno a uno/ tus huesos insepultos/ ¡Llévalos a beber que se te mueren/ de sed/ como camellos extraviados!/ ¡Permíteles que quemen su corola/ en esta ceremonia deleitosa!/ Raza pintante/ dijo tu maestro/ tu hombre niño/ redondo como el mundo/ mientras Méjico araba las conciencias/ izaba las polleras/ ondeaba en los sarapes/ apuraba las copas/ Ése fue tu rugiente anfiteatro/ ésa tu carnadura rezumante/ Para llamarte amiga o compañera/ me falta amanecer.

PEDRO ARTURO ESTRADA
(Girardota-Antioquía-Colombia)

26

Bienvenida, perfecta irrealidad,
dilución de la certeza en humos angélicos, espejismo,
claridad mutante hacia la tiniebla absoluta.
Bienvenida inconsistencia del tacto, visión dudosa
que nos salvas del dogma,
de creer que creemos.

Bienvenida, refracción íntima de la luz
en el núcleo seroso del cáncer que aniquila
la fe, el confiado vigor del músculo
y el impulso sensual.

Bienvenida, fatiga sabia
que creces y te adensas
tranquila en las arterias.

Amiga que das tiempo
después de todo al tiempo.

PIEDAD BONNETT
(Amalfi-Colombia)

LLAMADO

Variaciones en torno a un poema de Dylan Thomas

Al escuchar tu voz nocturna, padre,
—tu voz de amante navegando en sus mares de zozobra—
yo descendí del más hondo silencio
y me hice llanto.
Una llama violeta le dio vida a mi médula,
y mi nada de viento se posó como un pájaro
en las pupilas rubias de mi madre.
A tu llamado
(que era roto tremor, ciego buceo,
roja batalla enfebrecida)
yo descendí vertiginoso y lúgubre
como un hombre con sed que bebe un agua amarga.
Traje del frío sideral
la luz fosforescente que hace brillar mis huesos.
Y del oscuro magma brotó una flor quemante:
mi corazón, donde ya había miedo.
Quise ser sordo
seguir siendo gota
del furioso torrente donde no habita el tiempo.
Pero tu voz subía,
como una lluvia inversa tu voz subía a buscarme
hasta mi oscuro centro aún sin nombre,
hasta el umbral de sombra donde era luz mi madre.

WINSTON MORALES CHAVARRO
(Neiva-Huila-Colombia)

CANCIÓN DE EVA A ADÁN
(Para mitigar el viaje)

Cuán hermoso es el barro que se levantó de otras orillas
Y se formó como un pájaro en el bosque
Hasta cantar la diadema de los ríos.
Cuán bello su orgullo de hoja seca
Que se doblega como un faro
Al contacto inmisericorde de la espada.
Cuán bello es el hombre que bautizó a los animales de la selva,
Puso nombre a los ríos de la muerte
Y le canta al Chatak de los lejanos pinos
Para que descienda el agua de la acequia
Sobre las viñas y los olivares de las sombras.
Cuán hermoso es Adán
Innumerables son los hijos que le ha arrojado al mundo,
Innumerables las manzanas que lleva bajo el brazo,
Innumerables los ríos que ha sobre-nadado
E innumerables las colinas y las arenas recorridas
En su último destierro.
Cuán hermoso es el pájaro del Génesis:
Su boca tiene la medida exacta de los frutos del Apocalipsis
Y sus ojos las visiones premonitorias
De todos los calvarios:
Las hojas afiladas y serradas
De sus próximos destierros.
Cuán hermoso es Adán
Cuán magna su sabiduría de la muerte
Su tortuoso caminar por los recovecos de esta Terra.
Cuán hermoso el paradigma del sepulcro,
Sus costillas, sus cabellos, sus ojos, sus pestañas,
Sus manos de extranjero
En los confines de otro continente.
Cuán hermoso es Adán
Esta noche me entregaré de nuevo a sus mieses, a sus frutas,
A su siega.
Como quien va de los precipicios de las sombras
Al vórtice inigualable de otro paraíso,
Me entregaré de nuevo a él
Como la última manzana,
Como la última mujer que puebla sobre el mundo.


PÁGINA  18 – NARRATIVA

MEMPO GIARDINELLI
(Resistencia-Chaco-Argentina)

KILÓMETRO 11

Para Miguel Angel Molfino

—Para mí que es Segovia —dice Aquiles, pestañeando, nervioso, mientras codea al Negro López—. El de anteojos oscuros, por mi madre que es el cabo Segovia.
El Negro observa rigurosamente al tipo que toca el bandoneón, frunciendo el ceño, y es como si en sus ojos se proyectara un montón de películas viejas, imposibles de olvidar.
La escena, durante un baile en una casa de Barrio España. Un grupo de amigos se ha reunido a festejar el cumpleaños de Aquiles. Son todos ex presos que estuvieron en la U-7 durante la dictadura. Han pasado ya algunos años, y tienen la costumbre de reunirse con sus familias para festejar todos los cumpleaños. Esta vez decidieron hacerlo en grande, con asado al asador, un lechón de entrada y todo el vino y la cerveza disponibles en el barrio. El Moncho echó buena la semana pasada en el Bingo y entonces el festejo es con orquesta.
Bajo el emparrado, un cuarteto desgrana chamamés y polkas, tangos y pasodobles. En el momento en que Aquiles se fija en el bandoneonista de anteojos negros, están tocando “Kilómetro 11”.
—Sí, es —dice el Negro López, y le hace una seña a Jacinto.
Jacinto asiente como diciendo yo también lo reconocí.
Sin hablarse, a puras miradas, uno a uno van reconociendo al cabo Segovia.
Morocho y labiudo, de ojitos sapipí, siempre tocaba “Kilómetro 11” mientras a ellos los torturaban. Los milicos lo hacían tocar y cantar para que no se oyeran los gritos de los prisioneros.
Algunos comentan el descubrimiento con sus compañeras, y todos van rodeando al bandoneonista. Cuando termina la canción, ya nadie baila. Y antes de que el cuarteto arranque con otro tema, Luis le pide, al de anteojos oscuros, que toque otra vez “Kilómetro 11”.
La fiesta se ha acabado y la tarde tambalea, como si el crepúsculo se hiciera más lento o no se decidiera a ser noche. Hay en el aire una densidad rítmica, como si los corazones de todos los presentes marcharan al unísono y sólo se pudiera escuchar un único y enorme corazón.
Cuando termina la repetición del chamamé, nadie aplaude. Todos los asistentes a la fiesta, algunos vaso en mano, otros con las manos en los bolsillos, o abrazados con sus damas, rodean al cuarteto y el emparrado semeja una especie de circo romano en el que se hubieran invertido los roles de fiera y víctimas.
Con el último acorde, El Moncho dice:
—De nuevo —y no se dirige a los cuatro músicos, sino al bandoneonista—. Tocálo de nuevo.
—Pero si ya lo tocamos dos veces —responde éste con una sonrisa falsa, repentinamente nerviosa, como de quien acaba de darse cuenta de que se metió en el lugar equivocado.
—Sí, pero lo vas a tocar de nuevo.
Y parece que el tipo va a decir algo, pero es evidente que el tono firme y conminatorio del Moncho lo ha hecho caer en la cuenta de quiénes son los que lo rodean.
—Una vez por cada uno de nosotros, Segovia —tercia El Flaco Martínez.
El bandoneón, después de una respiración entrecortada y afónica que parece metáfora de la de su ejecutante, empieza tímidamente con el mismo chamamé. A los pocos compases lo acompaña la guitarra, y enseguida se agregan el contrabajo y la verdulera.
Pero Aquiles alza una mano y les ordena silenciarse.
—Que toque él solo —dice.
Y después de un silencio que parece largo como una pena amorosa, el bandoneón hace un da cappo y las notas empiezan a parir un “Kilómetro 11” agudo y chillón, pero legítimo.
Todos miran al tipo, incluso sus compañeros músicos. Y el tipo transpira: le caen de las sienes dos gotones que flirtean por los pómulos como lentos y minúsculos ríos en busca de un cauce. Los dedos teclean, mecánicos, sin entusiasmo, se diría que sin saber lo que tocan. Y el bandoneón se abre y se cierra sobre la rodilla derecha del tipo, boqueando como si el fueye fuera un pulmón averiado del que cuelga una cintita argentina.
Cuando termina, el hombre separa las manos de los teclados. Flexiona los dedos amasando el aire, y no se decide a hacer algo. No sabe qué hacer. Ni qué decir.
—Sacáte los anteojos —le ordena Miguel—. Sacátelos y seguí tocando.
El tipo, lentamente, con la derecha, se quita los anteojos negros y los tira al suelo, al costado de su silla. Tiene los ojos clavados en la parte superior del fueye. No mira a la concurrencia, no puede mirarlos. Mira para abajo o eludiendo focos, como cuando hay mucho sol.
—“Kilómetro 11”, de nuevo —ordena la mujer del Cholo.
El tipo sigue mirando para abajo.
—Dale, tocá. Tocá, hijo de puta —dicen Luis, y Miguel, y algunas mujeres.
Aquiles hace una seña como diciendo no, insultos no, no hacen falta.
Y el tipo toca: “Kilómetro 11”.
Un minuto después, cuando suenan los arpegios del estribillo, se oye el llanto de la mujer de Tito, que está abrazada a Tito, y los dos al chico que tuvieron cuando él estaba adentro. Los tres, lloran. Tito moquea. Aquiles va y lo abraza.
Luego es el turno del Moncho.
A cada uno, “Kilómetro 11” le convoca recuerdos diferentes. Porque las emociones siempre estallan a destiempo.
Y cuando el tipo va por el octavo o noveno “Kilómetro 11”, es Miguel el que llora. Y el Colorado Aguirre le explica a su mujer, en voz baja, que fue Miguel el que inventó aquello de ir a comprarle un caramelo todos los días a Leiva Longhi. Cada uno iba y le compraba un caramelo mirándolo a los ojos. Y eso era todo. Y le pagaban, claro. El tipo no quería cobrarles. Decía: no, lleve nomás, pero ellos le pagaban el caramelo. Siempre un único caramelo. Ninguna otra cosa, ni puchos. Un caramelo. De cualquier gusto, pero uno solo y mirándolo a los ojos a Leiva Longhi. Fue un desfile de ex presos que todas las tardes se paró frente al kiosco, durante tres años y pico, del 83 al 87, sin faltar ni un solo día, ninguno de ellos, y sólo para decir: “Un caramelo, déme un caramelo”, Y así todas las tardes hasta que Leiva Longhi murió, de cáncer.
De pronto, el tipo parece que empieza a acalambrarse. En esas últimas versiones pifió varias notas. Está tocando con los ojos cerrados, pero se equivoca por el cansancio.
Nadie se ha movido de su lado. El círculo que lo rodea es casi perfecto, de una equidistancia tácitamente bien ponderada. De allí no podría escapar. Y sus compañeros están petrificados. Cada uno se ha quedado rígido, como los chicos cuando juegan a la tatuíta. El aire cargado de rencor que impera en la tarde los ha esculpido en granito.
—Nosotros no nos vengamos —dice el Sordo Pérez, mientras Segovia va por el décimo “Kilómetro 11”. Y empieza a contar en voz alta, sobreimpresa a la música, del día en que fue al consultorio de Camilo Evans, el urólogo, tres meses después que salió de la cárcel, en el verano del 84. Camilo era uno de los médicos de la cárcel durante el Proceso. Y una vez que de tanto que lo torturaron el Sordo empezó a mear sangre, Camilo le dijo, riéndose, que no era nada, y le dijo “eso te pasa por hacerte tanto la paja”. Por eso cuando salió en libertad, el Sordo lo primero que hizo fue ir a verlo, al consultorio, pero con otro nombre. Camilo, al principio, no lo reconoció. Y cuando el Sordo le dijo quién era se puso pálido y se echó atrás en la silla y empezó a decirle que él sólo había cumplido órdenes, que lo perdonase y no le hiciera nada. El Sordo le dijo no, si yo no vengo a hacerte nada, no tengas miedo; sólo quiero que me mires a los ojos mientras te digo que sos una mierda y un cobarde.
—Lo mismo con este hijo de puta que no nos mira —dice Aquiles—. ¿Cuántos van?
—Con éste son catorce —responde el Negro—. ¿No?
—Sí, los tengo contados —dice Pitín—. Y somos catorce.
—Entonces cortála, Segovia —dice Aquiles.
Y el bandoneón enmudece. En el aire queda flotando, por unos segundos, la respiración agónica del fueye.
El tipo deja caer las manos al costado de su cuerpo. Parecen más largas; llegan casi hasta el suelo.
—Ahora alzá la vista, mirános y andáte —le ordena Miguel.
Pero el tipo no levanta la cabeza. Suspira profundo, casi jadeante, asmático como el bandoneón.
Se produce un silencio largo, pesadísimo, apenitas quebrado por el quejido del bebé de los Margoza, que parece que perdió el chupete pero se lo reponen enseguida.
El tipo cierra el instrumento y aprieta los botones que fijan el acordeón. Después lo agarra con las dos manos, como si fuera una ofrenda, y lentamente se pone de pie. En ningún momento deja de mirarse la punta de los zapatos. Pero una vez que está parado todos ven que además de transpirar, lagrimea. Hace un puchero, igual que un chico, y es como si de repente la verticalidad le cambiara la dirección de las aguas: porque primero solloza, y después llora, pero mudo.
Y en eso Aquiles, codeando de nuevo al Negro López, dice:
—Parece mentira pero es humano, nomás, este hijo de puta. Mírenlo cómo llora.
—Que se vaya —dice una de las chicas.
Y el tipo, el Cabo Segovia, se va.


PÁGINA 19 – POESÍA  AMERICANA: MEXICO

LETY RICÁRDEZ
(Oaxaca-México)

OFRENDA

Gozosa
llego a ti. Soy tuya.
Mi nombre es sacrificio,

Fui, soy, seguiré siendo
antes y después de ti,
el agua y la sed misma,
calma y turbulencia.

El cauce
seguirá fluyendo
ingobernable.

El venero es tuyo
No te saciarás,
de esta voz
que se estrena.

Su himen aguarda.

LINA ZERÓN
(México DF-México)

MORADAS MARIPOSAS

Fui semilla de sol plantada en la tierra
parida por un tornado de agua
entre polvo estelar y alarido de colores.
Yo quería nacer mariposa,
águila
y que me crecieran doradas plumas,
pero nací higuera de enormes raíces
y me salieron ramas
y de las ramas hojas
y me nacieron ojos en la corteza.
De las hojas brotaron palomas
y acunaron suspiros mis rojos dedos,
y mis manos abanicaron tinieblas
y probé la manzana del Edén.
Supe del sabor de la sangre
y me punzaron los huesos
y aprendí a llorar con mi sombra
y a cargar la cruz del fruto de María,
pero también probé la miel sagrada de la rosa
y la carne del cordero
y tuve sangre virgen en las venas
y entre mis piernas el jugo de Adán corrió.
Mi vientre parió moradas mariposas
que alimenté con savia pura de abeja
y me convertí en olmo
para defender los frutos
y ni sequías
ni tempestades
arrancaron mi tronco de la tierra.
Cantaron muchas primaveras con sus inviernos,
maduraron los higos y a la vida cayeron
y se olvidaron de este árbol
y desnudas quedaron mis ramas.
Dejé de ser higuera y olmo,
me crecieron alas
y en las plumas colores
y en los colores agua
y me convertí en pez-golondrina.
Mis lágrimas humedecen las escamas
y los suspiros hacen volar mis alas
cuando veo las semillas que mis frutos dieron.
Soy feliz de haber nacido higuera,
volverme olmo
y ahora ser pez-golondrina
sin nido fijo y sin cadenas.

FRANCISCO SEGOVIA
(México DF-México)

VEN.

Toca la consistencia de la tierra en este sitio
tan lejos de las vegas y la sombra. ¿La sientes?
No tocas una duna que dispersa el viento :
tocas tierra firme : el lomo de una loma.
¿Sientes cómo desde dentro
una humedad la agruma y vuelve firme?
¿Cómo desde dentro un esqueleto
le da asidero a su carne y la mantiene junta?
Debajo de la piel hay piedras
y adobe y un altar íntimo y doméstico.

Deja en paz esas cosas niña.
No descuajes sus peñas
no quebrantes sus huesos
no interrumpas el lento trance
de la tierra por la tierra.

Cuando eches raíz aquí
no edifiques tu casa
con las ruinas de otra casa. 

MINERVA VILLARREAL
(Nuevo León-México)

La casa que construiste fue arrasada
Vi cómo sucedió
cómo se desprendían paredes y ladrillos
El techo voló
sobre los huesos
y el paisaje entre la hierba abrió
echó raíces bajo las plantas de mis pies
Estoy anclada
y esta casa mojada por la lluvia
esta casa azotada por el viento
hecha polvo
y materia que crece
Esta casa soy yo

ELSA CROSS
(México DF-México)

VI


Gravitación
hacia la arena donde habitas
al borde de mis sueños más antiguos,
tras edades que acumularon sus arcillas,
marfiles,
soldaduras de bronce-
todo el desecho de esos pueblos que acampaban
no lejos de las playas.
Los murmullos del mar entre los médanos,
el cielo incandescente con sus cobaltos crudos.
Arenas,
hierbas sin oficio en los declives.
Estrella abierta a la ventura franca de los mares.
Lunas serpentinas en el agua.
Y al cabo de las horas
todo el frescor del mar con sus sales decantadas.
Una ciudad sepultada en la arena,
perdida
bajo la ola inmensa y negra,
como lengua de dragón.
Si allí la noche nos fuera a devorar,
qué tumbo incierto,
qué túmulo de tanto sentimiento,
tanto amor sepultado.
Tanto amor.
Y preguntamos si en vano abrió sus alas,
si en vano quiso hallar en un estanque
su reflejo-
Alzó tras de las nubes un vuelo enloquecido,
rompiendo todo lazo,
desprendiéndose ya de toda tierra
para arder en el aire.

SALVADOR PLIEGO
(México DF-México)

VESTÍAMOS DE BLANCO

Les voy a platicar lo que encontramos:
ésta era una patria vestida de blanco,
los árboles, los niños, los corazones
con sus franelas blancas,
los sentimientos
eran hogazas llenas de blancura,
la ternura era un caminar níveo sobre las plazas.
Pero aquellos tenían odio y coraje,
y tenían tirria sobre el blanco,
y querían muerte sobre el blanco.
Salieron entonces con sus polvos mortecinos
a repartirlos,
a justificar la muerte en todas las provincias,
a decir que ellos eran la justicia
portando sus metrallas y desmembrando la honradez,
la probidad requerida en cada día.
Se confundió el gobernante con el paria,
y el sicario se burlaba desde el atrio
donde la regencia estatuía.
Y mi patria ya no era blanca,
la hicieron negra,
la transformaron en
una encarnada herida,
en un bermellón quejido;
decretaron la muerte como una jornada obligatoria
y nos entregaron el temor como bandera,
como estandarte que se izara.
Pero aun llorando por las manos,
aun contando a los caídos,
aun viendo sus bufonadas risas,
les dijimos a los niños:
corran, vístanse de blanco, jueguen...
mientras nosotros nos limpiábamos el rostro
y el negro se escurría hasta el piso.


PÁGINA 20 – NARRATIVA

LEO CASTILLO
(Costa Caribe-Colombia)

II

Borges está sentado ante mí, en una mecedora de madera pintada de verde. No advierto la posición de sus manos. Mira casi directamente a mis ojos. Quizá haya alguien más en la escena -un espacio amplio, acaso sin piso, ¿un patio?-, pero la "presencia" de esta tercera persona es apenas tácita, nunca visible. No se mece, Borges, y yo no sé en qué clase de mueble me encuentro sentado, pero nuestras cabezas están al mismo nivel; acaso estoy en cuclillas simplemente, dado que es indudable que me mira como tengo dicho, sin tener que levantar la cabeza, ni siquiera dirigir hacia arriba su mirada azul. Intento, procurando no perder un solo detalle de su persona ni de sus palabras, sentarme en una mecedora, a su diestra. Hay una cortina y quizá alguna prenda puesta de cualquier modo, en desorden, un bulto, en mi mecedera. Levanto como un rollo esto y advierto que el otro extremo de la cortina está atascado entre las traviesas de la mecedora de Borges. Asumo que la cortina lo incomodará o, en todo caso, pudiera distraer un instante la charla, que no se ha interrumpido en ningún momento, más de ella sólo recuerdo que Borges, sabiéndome colombiano, cosa que no dije, menciona el nombre de Andrés Caicedo. Encuentro insignificante esta referencia, sin embargo empiezo a pensar en un autor francés judío que sé que Borges admira -lo sé en la vigilia, no en el sueño. En el sueño sólo deseo asociarlo al autor colombiano en razón más bien de su breve vida y, mejor, de su precocidad, empero más bien tratando de exaltar mediante la comparación, por complacer a Borges, al colombiano. Mientras pienso en este nombre, Borges sigue hablándome, y ya no parece haber tiempo o ser oportuno, o mejor, se ha impuesto un nuevo apunte al parecer de mayor entidad en mi mente. Los ojos de Borges son hermosos, y lo miro a él muy de cerca. Es más joven que en mis otros sueños.  Tengo la sensación de que me está mirando -siempre estimé que su ceguera no fue jamás perfecta, que él mismo la exageraba, asimilándose a Milton, a Homero, con ello. Lo que digo a Borges -y siento una bella vibración emotiva entre ambos, que la veo en su mirada cerúlea-, viene a ser:
   ──Uno de los más bellos títulos de la literatura en lengua castellana es Luna de enfrente.
   En diciéndolo siento, primero, que debí decir no "uno de los más bellos", sino "el más bello" de la lengua castellana; luego siento que debí haber ido más allá: uno de los más bellos de la literatura universal.
   En estas vuelvo a pensar en el nombre del escritor francés de origen judío, y lo recuerdo de inmediato: Marcel Schwob, pero ya no lo digo a Borges y me despierto en mi cuarto del barrio Boston, en Barranquilla, Colombia, con el nombre de Schwob en mi mente, musitándolo apenas mis labios. Son las dos en punto de la tarde.


PÁGINA 21 – POESÍA AMERICANA: BOLIVIA 

NORAH ZAPATA PRILL
(Cochabamba-Bolivia)

REENCUENTRO

Aquí están, aún de pie
arrimados los unos a los otros
los viejos libros de mis primeras letras
Sus historias aún se ríen de la ignorancia
con la que me iniciaba en el misterio
El aroma ha cambiado
Ya no es el de las lluvias sobre grietas vírgenes
sino el de árboles que han resistido al invierno de muchas estaciones
Este, tiene la página veinte marcada con el verde trébol
Y aquél, la frase subrayada
la que desmenuza el pan por conocer la razón del hambre
Ese, una página rota como si hubiese aquel día
podido más la espina que la rosa
¿Y esta historia en la que actuó el cosmos
su pasión transitoria?
¿Y aquel manual erótico que vistió de papel
el ansia y el poema
y llenó mi cuerpo de viñedo y tierra?
¿Y este otro
quizás el más querido por estar ya tan viejo
el predestinado, que tiene luces propias
en medio de sus sombras
e higuera en cuya savia es fiebre el rezo
y en cuya alma un dios se crucifica cada día?
Que la esencia venga con la noche
puesto que hoy es de noche
Que las palabras en torno a la fogata se incineren
Así como los árboles, sin piedad por si mismos
voy a dejar a la hojarasca mis manos
mis hojeadores dedos, mis esposas
mis pies y la hierba y el camino
Que todo sea por un grano
Un nuevo brote
Un nuevo libro.

EDUARDO MITRE
(Oruro-Bolivia)

CUERPOS

Hay un cuerpo que nos despierta
al milagro del cuerpo.
Hay un cuerpo que nos despierta
a la soledad del deseo.
Hay un cuerpo que nos despierta
al paraíso del cuerpo.
Hay un cuerpo que nos despierta
al infierno del cuerpo.
Hay un cuerpo que nos despierta
a los poderes del tiempo (en mi padre
lo siento. Fraternalmente lo siento.)
Hay un cuerpo que nos despierta
a la impotencia del grito
porque el grito ya no lo despierta
(Carlos Mitre, hace ya noches,
fue para mí ese cuerpo.)
Hay un cuerpo que nos despierta
a la increíble ausencia.
Hay un cuerpo que nos despierta
al exangüe recuerdo.
Hay un cuerpo que nos despierta
al incesante olvido.
Hay un cuerpo que ya no nos despierta.

RUTH ANA LOPEZ CALDERÓN
(Sucre-Bolivia)

TODOS LOS GRITOS DEL MUNDO

Es parte de algo mayor
La ensortijada red de cuencos vacíos
Desbordan enloquecidas mentes.

¿Y quién entiende?

El hombre ya no puede creer.

Los límites se han cruzado muchas veces
Entre la oscuridad y la luz
Entre los mares y desiertos.

Son todos los gritos del mundo esos ecos
Vibran y retumban ahí, bajo el agua de las
tormentas.

¡Quien pudiera rescatar la ilusión
Ahogada entre los cipreses!
¡Quién pudiera retomar la senda de los laureles!

¡Ah, fe de erratas!

GARY DAHER CANEDO
(Beni-Bolivia)

ÉSTE ES MI RÍO

Éste es mi río
mi Mamoré de larga cola
de garza al vuelo
de tarde teñida y roja.
Éste que
besado por las enmarañadas orillas
con sus árboles de bosque
con sus maderas de enamorado verde
se tuerce de placeres llevando una sola y líquida vena
que recupera de la playa dulce
la pascana del sueño
y de los pequeños desfiladeros
la arisca torrente de su alma de agua.
Éste es mi río
de corriente de chocolate en pena
mi río de canoa vadeada
y peces de escama cerril y salto de fugaz clavada.
Éste.
Y por nadar
encariñado con el vigoroso crecer vegetal
su piel está pintada de ramas y hojas tiernas
Pintura que lleva de vez en vez un sordo latido de lágrima
que lo exalta y encabrita azotando sus riberas
devorando animal y cabañas
con su hosco bramido de anaconda en inundada.
Éste es mi río
de sol contra el oeste
gigante y exaltado en fulgor naranja
mi río de tarde tarde
que canta arias de sirena india
hechizando
fresco y grande
al coro misterioso y eterno del rumor de la espesura.

PAURA NATALIA RODRIGUEZ LEYTON
(La Paz-Bolivia)

DISTANCIA

Conversarías tal vez
con el humo confundido entre la niebla
después de ser fuego

Tal vez
con otro poema
con otra palabra

No sé
por qué presiento que tú  eres distancia
y siendo distancia
eres camino
en ese tren eres el único vagón que viaja sin rumbo
vagón
yo te vi pisando las gotas de otoño
bajo la desnudez de sus brazos
yo sentí junto al verso el verdor de sus palabras
pero tú sigues caminando con tu piel harapos
dejando traspasar tu rostro con ese polvo
que se dice tiempo.

GABRIEL CHAVEZ CASAZOLA
(Sucre-Bolivia)

VUELO NOCTURNO / ARTE POÉTICA

El eje del mundo se ha movido hoy diez centímetros

a la izquierda o a la derecha quién lo sabe
pero los poetas esta noche andan revueltos

y se descalzan
y entran al río
y se ponen
a atrapar
el resplandor
de las estrellas

a atraparlas
con las manos
en el agua.


PÁGINA 22 – NARRATIVA

JORGE GÓMEZ JIMÉNEZ
(Caracas-Venezuela)

LOS ESCRIBAS

La sabiduría no considera nunca los medios de hacer al hombre dichoso.
Aristóteles.

A mediados de 1981, el semanario Rostros publicó en su segmento cultural una historia de Jonás Alino, un joven escritor hasta entonces desconocido que pasaba las tardes de domingo leyendo la prensa capitalina en busca de anuncios de concursos literarios. El cuento llegó a la redacción de Rostros debido a la imprudencia de un amigo de Alino empeñado en que éste debía hacer conocer su producción en la prensa antes de probar suerte en los concursos; justamente ese cuento había sido enviado antes por Alino, sin conocimiento del amigo entusiasta, a la Bienal Regional auspiciada por la Dirección de Cultura del estado. La publicación del cuento en el semanario —la primera de una cadena de circunstancias que habrían de conectar a Alino con los escribas— podría significar su descalificación automática.
Por esta razón, Alino fue el principal sorprendido cuando, en septiembre de ese año, fue informado telefónicamente de que se había hecho acreedor del primer premio. El semanario Rostros tenía un área de circulación bastante limitada —dos o tres pueblos bucólicos a los que la prensa nacional llegaba de manera irregular—, pero era muy reconocido en el ambiente por sus páginas culturales, y resultaba bastante improbable que los organizadores y los miembros del jurado hubieran pasado por alto tal detalle. Impulsado por su vanidad, presionado por sus parientes y allegados y confiado de su suerte, Alino decidió ignorar el hecho hasta llegar a la fecha de entrega, o al menos hasta que alguien le denunciara y se resolviera otorgar la distinción a otro escritor.
Nada desagradable ocurrió. El sábado 26 de octubre de 1981, la crema y nata cultural del estado se dio cita en la Casa de Gobierno para rendir su complacido tributo al joven valor de las letras que enaltecía el gentilicio de su pueblo con una exquisita narración de marcado estilo y refinado lenguaje. Alino, obligado dentro de un traje de alquiler, se dejaba llevar entre los grupos de personas que deseaban conocer al escritor victorioso, armado con un vaso de escocés que no le daban tiempo de paladear.
Una de las atracciones de la noche era la presencia de Tomás Frejas, escritor del patio que empezaba a construir una trayectoria de importancia en la capital. Alino era consecuente seguidor de su obra, y cuando le divisó entre la multitud empezó a caminar tímidamente hacia él para estrechar su mano. Alino había conocido a Frejas varios años antes en una tasca, pero estaba convencido de la absoluta imposibilidad de que éste recordara el fugaz encuentro. Aun cuando la celebridad le saludó afablemente y aseguró recordarle, Alino ya conocía el rito de ocultar los olvidos y aceptó los elogios del otro como una cortesía.
Esa noche le entrevistó un periodista de la capital. Altivo, capaz dentro de su pose, Alino afirmó que su mayor pasión era la literatura y, su única perspectiva, escribir toda la vida.
La suerte de Alino mejoró notablemente a raíz de su triunfo en la bienal. Diarios regionales publicaban sus trabajos y en un par de años se convirtió en una referencia cultural del estado. En marzo de 1984, Alino decidió que ya había conquistado el pequeño entorno estatal y se fue a vivir a la capital. Su precipitación le reservaba seguramente el fracaso, pero el azar le deparó un nuevo encuentro con Frejas cuando ya la apretada economía y el desdeñoso ambiente intelectual capitalino empezaban a hacerle flaquear.
Frejas salía de una asamblea en la Sociedad de Escritores cuando divisó a Alino tomándose un café, a unos pasos de él. Lo saludó como si fueran viejos amigos —lo que Alino íntimamente agradeció— y le invitó a tomarse algo más fuerte en un restaurante cercano. Frejas deseaba estar al tanto de la actividad de Alino y se mostró muy complacido de saber que éste continuaba escribiendo pese a las altas y bajas en que se había visto involucrado. Finalmente, Frejas hizo una oferta formal: si el material escrito por Alino en los últimos tiempos tenía la calidad que él esperaba, le serviría de mentor en la capital. Acordaron una cita para algunos días más tarde.
La relación con Frejas fue sumamente productiva para Alino, y no exclusivamente en el aspecto económico. Frejas era un gran escritor, sus amigos eran los miembros de la farándula literaria de la nación y Alino pudo establecer contacto con decenas de personas que criticaron su obra y dieron pulimento a su estilo con dedicación. Impulsados por Frejas, los cuentos de Jonás Alino empezaron a pasearse con cierta frecuencia por las páginas culturales de los principales diarios de la capital; ocasionalmente le invitaban a participar en discusiones sobre el futuro de nuestra literatura, y su ponencia acerca del estímulo a la lectura en la educación primaria obtuvo interesantes elogios durante el XIV Congreso de Escritores. En noviembre de 1985 sostuvo entre sus manos su primer libro impreso, que recibió favorables comentarios de la crítica y una razonable aceptación del público. Casi se asustó la primera vez que un escritor más joven que él le pidió consejos literarios. Ya no era más un cazarrecompensas ni buscaba anuncios de concursos en los periódicos del domingo; ahora recibía dinero por sus colaboraciones en las revistas del medio y los aplausos a su obra se extendían a paso firme por toda la nación. La dedicatoria del cuento con el que Alino ganó el Premio Alfareros en junio de 1986 lo decía todo: a Tomás Frejas.

Alino revisaba los originales de su primera novela la tarde de 1989 en que se enteró del asunto de los escribas. Frejas le telefoneó para avisarle de una inesperada asamblea de la Sociedad de Escritores. La extemporaneidad del compromiso —la sociedad solía reunirse los jueves, no los martes— no debería haber extrañado a Alino, pero quizás la interrupción del trabajo le incomodó un poco. De cualquier manera, uno de sus acuerdos con Frejas era dejarse conducir, por lo que accedió a lo que consideraba casi una obligación.
Desde el principio los asistentes a la reunión se mostraron inusualmente cautos y serios. Aunque por lo general la sociedad tendía a convertir sus asambleas en encuentros sociales para intercambiar contactos y organizar conferencias, esta en particular tenía todo el carácter de un cónclave con jerarquías bien definidas. Después de conversar vagamente sobre algunos puntos sin mayor trascendencia, el presidente hizo una seña a Frejas que Alino detectó en el acto, menos por su perspicacia que por la deliberada intención del presidente de que así ocurriera. Frejas se acercó a Alino y le dijo al oído que le acompañara a la oficina contigua.
Era la oficina del secretario. Un cuarto espacioso y frío, cuyas paredes ostentaban los retratos de las glorias literarias nacionales de todas las épocas. Alino entró detrás de Frejas, quien le pidió que cerrara la puerta y le invitó a sentarse en uno de los sillones para visitantes. Bajando la voz con prudencia, Alino preguntó a Frejas qué ocurría, pero éste parecía dar vueltas en su cabeza a una idea sin hallar la manera de explicarse. De pronto, estalló.
El verbo de Frejas se hizo rápido y preciso como el de un locutor de radio. Haciéndole varias cortas preguntas de obvia respuesta, comparó hábilmente las sucesivas etapas de su carrera con las que Alino estaba viviendo: la tímida ambición de los inicios, la aparición de uno o más mentores que ayudan al escritor a abrirse paso en medio de la indiferencia, la definitiva catapulta hacia el éxito que se traduce en constantes apariciones en los medios editoriales. Con la minuciosa pericia de un profesor de anatomía, Frejas demostró paso por paso cómo, con ligeras variaciones del esquema esencial, todos los escritores que estaban en la sala contigua, todos los escritores reconocidos en el país habían transitado los mismos estadios hasta ubicarse en la cresta de la ola para no bajar de allí nunca más, salvo las excepciones de rigor.
Para mantener ese estatus, afirmaba Frejas, era insuficiente comportarse como el escritor ideal, el hombre de letras cuya única perspectiva es escribir toda la vida; debía hacerse de la literatura un oficio menor supeditado al imprescindible oficio social, participar en conferencias y foros, dictar talleres, sentar precedente emitiendo insospechadas opiniones en la prensa, recibir doctorados honoris causa con poemas en lugar de discursos, establecer los parámetros de la literatura contemporánea, gestionar acuerdos de paz entre gobiernos que nunca los respetarán, lanzarse para la Presidencia de la República; cualquiera de esas cosas que el común suele llamar el dejarse ver. Por supuesto, para honrar todas estas responsabilidades debía restarse un tiempo vital a la creación literaria inmaculada, y era en ese punto donde cobraba importancia el comité de escribas.
La sola mención del comité de escribas bastó para turbar a Alino, para quien todo lo anterior resultaba un compendio de situaciones conocidas y, en cierta forma, la promesa de un futuro que aguardaba impaciente. Esa tarde, los escritores Jonás Alino y Tomás Frejas hicieron sus mejores esfuerzos por parecer naturales a sí mismos. Esperando, tras cada palabra, la reacción de Alino, Frejas le explicó que, en un momento específico, los escritores adquieren una dimensión especial en la que reciben ciertas nuevas obligaciones —las ya descritas— y son relevados de una en particular: escribir. A partir de entonces, la producción de quien recibe el ascenso es ejecutada por los miembros del comité de escribas, quienes a su vez son escritores menores que, con el debido adiestramiento, bifurcan su creación en dos vertientes: la suya propia y la del escritor a quien sirven de suplentes. Los escribas son sustentados con porcentajes de los beneficios económicos que sus propias obras generan en nombre del otro; se ocupan de preparar los frecuentes discursos, las palabras para los funerales, los artículos periodísticos y hasta los poemarios y novelas del escritor a quien sirven. Después de ser ascendido, un escritor puede disfrutar de la colaboración de muchos escribas a lo largo del resto de su vida; escritor y escribas se comprometen secretamente a silenciar su sistema en aras del recíproco bienestar. Cierto día, la Sociedad de Escritores considera que la producción de un escriba es lo suficientemente sólida como para participar él mismo del juego. Entonces un compañero ocupa su lugar, él deja el comité y se prepara para su propio ascenso, que le es concedido si presenta al menos un candidato lo suficientemente valioso como para pertenecer al comité. Una vez que el nuevo aspirante es admitido, el otrora escriba es finalmente ascendido y se repite todo el proceso.
Obviamente, Alino no creyó nada de lo que Frejas le dijo. Éste pretendió presentarle, a manera de prueba fehaciente de la existencia del comité, los recibos que certificaban su propia actividad de escriba de cierto connotado escritor. Había dejado de ser escriba tres años antes, cuando su propia creación fue debidamente valorada por sus superiores y se le dio un lapso prudencial para hallar un prospecto de valía que pudiera integrarse al comité.
Ese prospecto era, ni más ni menos, Jonás Alino. Frejas le había estado preparando durante años, inclusive desde antes de ser ascendido, pues percibía en él la madera de un escriba en toda la regla. Con el auxilio de la Sociedad de Escritores, Frejas había detallado de manera meticulosa la trayectoria de Alino, abriéndole a escondidas las puertas de los talleres de imprenta. Si Alino había ganado la Bienal Regional de 1981, se debía a que la Sociedad de Escritores había dado la orden a los miembros del jurado —tres escribas de entonces— de que pasaran por alto el hecho evidentísimo de que su cuento, por accidente, ya no era inédito. Sin saberlo, Alino había sido en 1981 un bebé de probeta, de varios a quienes, a lo largo de los años y en todo el país, la Sociedad de Escritores ha estado proporcionando el impulso inicial de un premio o una edición. Frejas representó entonces las últimas líneas de su papel poniéndose de pie, abriendo la puerta de la oficina y dejando pasar a cuatro escritores, todos conocidos por Alino, quienes le aseguraron formar parte del comité de escribas y atestiguaron los grandes beneficios profesionales y socioeconómicos de su membresía.
Una vez que los escribas fueron invitados a volver a la sala —lo que hicieron no sin antes estrechar la mano del que ya consideraban un compañero—, Frejas preguntó a Alino sobre su decisión. Éste se levantó del sillón, dijo algunas frases inconexas en las que repitió muchas veces las palabras locura e imposible, y desalojó la oficina. Ya en la sala, lanzó una mirada de desprecio a los demás escritores y se perdió en lo profundo de las escaleras que dirigían a la salida.
Durante algún tiempo, la prensa capitalina ofreció falsas versiones sobre la desaparición de Alino: un cronista afirmaba haberle visto en un congreso de narradores en el exterior, luciendo su recién acabada novela; otro decía que un tío del escritor había fallecido y, con él, toda su inspiración; el más arriesgado le inventó una muerte oscura en algún arrabal de la ciudad. En 1995 se supo que había obtenido el primer lugar en un premio internacional con una novela titulada Los escribas, pero no hizo acto de presencia para recibirlo.


PÁGINA 23 – POESÍA AMERICANA: URUGUAY

IDA VITALE
(Montevideo-Uruguay)

EXILIOS

...tras tanto acá y allá yendo y viniendo.
Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.

ANDRÉS ECHEVARRÍA
(Melo-Cerro Largo-Uruguay)

ANATOMÍA DEL VUELO BLANCO DE UNA BAILARINA

un movimiento en la curvatura femenina
del arco de su cuerpo puso la sombra a un lado
y la atención es toda para ella / el trazado
impulso con la música de agua que la anima
cada nota clara de su espalda la domina
se asoma adelante donde Tchaikovski ha centrado
el lugar para su historia de un instante alado
y es la hilada coreografía de su rutina
el moño de su pelo la estación de sus senos
apenas insinuados bajo el blanco vestido
la pierna que eleva la punta del pie sin suelo
mariposa de luz que se adueña del sentido
del silencio del auditorio de los serenos
ojos de Herodes encandilados por su vuelo

SELVA CASAL
(Montevideo-Uruguay)

AÚLLAN

Como quien prepara un complot
Se prepara el silencio
Los enemigos lloran
Ya les hemos entregado la vida
Pero lloran
Aúllan su extraño sueño
Mis vísceras sueñan tu mismo sueño
Viven un destiempo
Un río
Todo se oscurece.

JORGE ARBELECHE
(Montevideo-Uruguay)

CERVICALES

Diagnóstico primario: cervicales.
Contractura severa de las vértebras
debida al desgaste del disco, la humedad,
las horas viejas. Síntomas:
el giro delirante de la cabeza en espiral
hacia el lado de atrás
el del revés el ciego el lado
desplomado del arrabal del sueño
manoteo de ahogado en pozo seco
donde todo parece morirse de silencio.
Diagnóstico final: la sumatoria
de achaques temblequeo mirada quieta
del ojo de la niebla,
la cañada que silbando iba al monte
por las siestas de enero
cuando los horas jóvenes
el flameante penacho de ese cardenal
aquella ceniza ese rescoldo este brasero
y el pendular murmullo del rocío
sobre la hierba
nueva.
Pronóstico probable: proceso degradado de lumbares.
En tanto, enciende el aire
el cardenal de pie sobre su
canto.

TATIANA OROÑO
(San José-Uruguay)

EL DESEO

Todo tuvo la forma
que no tuvo. Pero tiene
el deseo
persistencia una forma
fluida un amarre
de aguas. Más
del 50% de los cuerpos
es agua
tornasol del abrazo
molecular de hache
en torno a O.
En la suerte corrida en lo vivido
en su fe de bitácora
cuenta
ese suelo lacustre esa morada móvil esa frontera líquida
su espermático
don
de dividirse
en flujos en
regatos en subsuelos
barrosos. Mi mano palma y dorso
también es agua orilla
burilada por el deseo
que siempre borra el trazo.
Tanta agua humedece la historia.
Hace duda su suerte. Húmeda.

RAFAEL COURTOISIE
(Montevideo-Uruguay)

LAS NARANJAS

Putas redondas, pelotas
llenas de hambre sexual, de una luz sometida
sin tiempo, de una vida agridulce
de la pasión idiota
de unos pocos momentos, del amor de un minuto
de la sombra, del sexo de los gajos
de la cáscara.
No se parecen al sol, no son como la luna
se parecen al atardecer, se parecen al viento
cuando sopla sobre las rocas, cuando habla el silencio.
Tienen una virtud: son locas.
La frescura y el dolor se parecen.
Las naranjas dementes no tienen pelo, no tienen voz
no tienen sentimientos.
Las naranjas son frescas, locas y frescas
como el jugo del pensamiento.


PÁGINA 24 – ENSAYO

MANU DE ORDOÑANA
(Donostia-San Sebastián-España)

ESTILO RICO, ESTILO POBRE

Este es el título de un libro que ha sido todo un hallazgo. Nos ha abierto los ojos y nos ha hecho estar alerta ante lo que leemos y escuchamos. Cada vez que nos ponemos a redactar un artículo, ¡miedo nos da! escribir cualquier frase. Ojalá todas nuestras palabras sean las adecuadas para hacer un pequeño resumen de lo que contiene. Está dirigido a esas personas que realmente se preocupan por la forma de expresión, por escribir sin muletillas, con las palabras exactas y necesarias.
El español no es la lengua materna de Luis Magrinyá (Palma de Mallorca, 1960) y esa distancia que mantiene de observador y aprendiz le ha valido para darse cuenta de todos los errores que se cometen. Filólogo, traductor, trabajó en la RAE y es escritor de varios libros de cuentos y de una novela.
El contenido de este libro rompe varios estigmas: por un lado, desconfiar, en la justa medida, de los diccionarios, ya que no siempre dan fe de las condiciones de vida de las palabras, de su construcción, de sus relaciones…, ya que no siempre son del todo iluminadores y tampoco recogen todas las variantes de la lengua que, como todo ser vivo, cambia constantemente. Y por el otro, ratificar que la lengua es el instrumento de la literatura, lo que a veces no es tan obvio. En todas las artes y oficios se exigen conocimiento y dominio del medio con que se trabaja, de ahí que pensar la lengua es la primera condición del escritor.
En el estilo rico, la riqueza, la variedad, la belleza, la funcionalidad, la intensidad… serán los nobles objetivos a alcanzar, pero no siempre se acierta con ellos. En el estilo pobre, el tema principal es la falta de atención, de reflexión. La polisemia, las palabras comodín… habrá que evitarlas. Todo esto se da por el desconocimiento de las posibilidades de la lengua.
El trabajo de documentación realizado por el autor es inmenso, amplio y muy diverso, aparecen múltiples ejemplos extraídos de novelistas, políticos, periodistas, incluso de la telebasura. Resultan inesperados los ejemplos de muchas plumas autóctonas y de muchos laureados literatos.
Cuando indica la mala utilización de un verbo o de una expresión, alude a su procedencia. Y cuando ésta es el inglés reafirma su gran influencia y lo perjudicial que ha sido, aunque no se le puede culpar de todo. Si para decir que uno es “honesto” en vez de “honrado” o “sincero” no hace falta saber inglés (honest), para sufrir un “trauma” no hace falta tampoco tener ni la más remota idea de quién era Freud.
Vamos a ver varios aspectos que se comentan en el libro y que a nuestro juicio ilustran muy bien el trabajo del autor:
En ocasiones para evitar la repetición se utilizan palabras nada acertadas para lo que se quiere decir y, otras veces, las palabras repetidas no tienen el mismo significado. A los que aspiran a tener un “buen estilo” les han inculcado que la repetición deriva en una prosa pobre y cansina. Pero no todos los sinónimos valen como sustitutos; aunque tengan el mismo significado, no siempre se corresponden en el plano material de las palabras. Por ejemplo, tener miedo, no es intercambiable por poseer miedo. Aquí vemos claramente que hay ciertas expresiones fijas que no se pueden alterar, pero que por no repetir se alteran y el resultado resulta ambiguo y poco adecuado. No olvidemos que uno de los requisitos de un buen estilo es el uso de combinaciones estereotipadas.
Todos los sinónimos no siempre son equivalentes, su significado varía en función del contexto. Además, es conveniente ser selectivos, moderados y precisos, para no caer en desaciertos como: Haz que le siga uno de tus hombres de confianza, aseveró contundente; Bastante tiempo ha vivido usted gratis, rebuznó el administrador. Se tiende a confundir la disponibilidad con la sinonimia. Se ha sustituido el verbo decir creyendo que el estilo será más “rico” y “expresivo”; en cambio, el resultado es que se antepone la profusión a la exactitud.
Algunos verbos se convierten en comodínes porque se ponen de moda, usurpan el lugar a los otros y se termina por abusar de ellos. El uso repetido de verbos como “provocar” y “usar” revela una actitud muy desagradecida ante las posibilidades de la lengua, que se ven así tan pobremente aplanadas como desperdiciadas.
En cuanto al léxico penal, se tiende a vincular las metáforas a los delitos y casi nadie se da cuenta de ello. Así, por ejemplo, cuando no aparece “cometer” suplantado vulgarmente por el omnipresente “realizar”, nos sentimos autorizados a reclamar su presencia: …incluida la capacidad para realizar asesinatos. Asimismo, para el DRAE, “perpetrar” sigue siendo solo “cometer, consumar un delito o culpa grave”, pero para muchos escritores se perpetran obras artísticas: Sin embargo, ¿qué necesidad tenía de perpetrar una novela?, El destino (…) no me dejó en paz hasta que perpetré un cuento póstumo.
Hay cierta teoría que define el lenguaje literario como el que más se aparta de la norma y relaciona el estilo con presencia y sonoridad. Mucha gente aplicada en “escribir bien” se lo ha creído: si algo suena raro, complicado, si no es lo que uno diría todos los días entonces es que tiene que ser “literario”. Que una palabra sea de uso frecuente no significa que sea un coloquialismo ni una vulgaridad. Parece que se rigen por esta máxima: para qué va uno a tener estilo si no se va a notar.
Fijémonos en que a veces, “todo” sobra y alguna vez falta. Todo lo que sabía era que quería matar a alguien, ¿y si se omite la palabra “todo”? El hombre explota al hombre y eso es todo. También podríamos omitir esta muletilla porque no aporta nada al sentido de la frase.
Las preposiciones son elementos de unión a tener en cuenta en el estilo. No siempre se utilizan de forma adecuada conforme a su significado. Podrá presentar cierto interés hacia las artes en general, lo normal es que “interés” se asocie, en este caso, con “por”.
Los fenómenos de sintaxis léxica, es decir, la relación que establecen unas palabras concretas al combinarse o no con otras, son algo enrevesados. A veces, sí que se puede elegir entre dos o tres preposiciones, actitud con, ante o frente a, pero otras veces esas combinaciones no son las propias: su lealtad era para con su familia, no hacia Sadam. En este ejemplo vemos lo que no hay que hacer, pues la palabra “lealtad” está asociada únicamente a la preposición “a”. El periodista recogió los documentos (…) y fue a meterlos bajo el sofá. ¿Seguro que no los meterá “debajo del sofá”? Rochelle estaba ante el ordenador. No, realmente estaría “delante del ordenador”.
Los hiperónimos (palabras de significado muy amplio, genéricos) no se pueden usar en todos los contextos. Cuando es necesario concretar, hagámoslo; normalmente se lee en la biblioteca, no leemos en el lugar. “Lugar”, “mueble”… serían hiperónimos. El camino del estilista está plagado de obstáculos. Las escenas de las novelas suelen ocurrir en alguna parte y esa parte hay que nombrarla. Evitemos: Llevaba una ropa con un escote pronunciado. Una descripción detallada no puede contener un genérico.
A la hora de traducir, se hace muy visible la diferencia fundamental que existe entre lo que es propio de una lengua y de sus mecanismos convencionales y lo que es propio de un tipo de estilo literario o de un autor en concreto. Cuando, en español, decimos de alguien que tiene el pelo «color caoba» no hacemos más que repetir, a pesar de la exquisitez cromática de tal combinación, un uso lingüístico; si dijéramos, en cambio, qué sé yo, que el pelo es de «color marta cibelina», se trataría de una aportación estilística personal. Este ejemplo es evidente y, al mismo tiempo, didáctico. Los apuros empiezan cuando los límites no están tan claros, o cuando creemos que podemos hacer usos estilísticos de meros usos lingüísticos.
En definitiva, este libro alude al gusto por la escritura. Merece la pena acudir a él, recapacitar antes de escribir, dedicar tiempo a pensar la lengua. Es importante saber elegir y atreverse a romper con lo esperable. Una máxima a tener en cuenta es que el estilo consiste precisamente en la identificación de lo prescindible.
Hay que tener presente que la lengua ofrece un repertorio estupendo de posibilidades y el estilo posiblemente consiste en conocerlas, distinguir las reales de las imaginadas o supuestas y hacer, después, una elección. No hablamos de que haya que hacer filigranas, sino, simplemente, de explorar la variedad sin perder la naturalidad.


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA: VENEZUELA 

ADALBER SALAS
(Caracas-Venezuela)

II

Por haber sucumbido
a la oscura tentación
de nacer,

por haber comido de este
pan árido,
encenizado,

por haber asentido
y entregado la frente
para recibir la saliva lustral
del tiempo,

por todo ello
estás aquí,

pisando esta tierra que siempre
te será infiel,
habitando su noche
sin párpados,

con tu desnudez balbuciente,

la misma desnudez
que sostiene el día
cuando se entrega
sin más

descubriendo el miedo ágrafo
de tener un rostro.

LAURA CRACCO
(Barquisimeto-Venezuela)

ALMA SIN CUERPO, VISIÓN SIN OJOS…

Alma sin cuerpo, visión sin ojos,
Como un dios ciego conservo la forma
Pero ni una sola rosa.
Alma sin aposento, qué música puedo oír,
Qué melodía uniendo esferas sin sonido.
¿Puede existir el tigre, arquitectura perfecta,
fuera del movimiento que la prueba?
Patas forjadas en el correr,
Colmillos a imagen y semejanza de la presa.
Cómo saber del hombre y no saber de muerte,
cómo saber del mar en esta otra orilla.
En vano recorro el desierto
Fuera del río que devuelve al recuerdo,
Fuera del desierto que nos borra,
Alma sin cuerpo pero con vendas
Ni inmovilidad ni errancia,
perturbación, borrosa frontera.

DANIEL PRADILLA RIVERO
(Caracas-Venezuela)

SOBRE LA MALINTERPRETACIÓN DE LA PALABRA DICCIONARIO

Diccionarios nada
es posible que las palabras sobren
hay que actuar, actuar a viva voz
con irresponsabilidad semántica.
Sobre la mesa de negociación
ella puso su promesa de amor eterno
calle y unos reales.
Yo puse un libro de poemas
y como no tenía más nada
me la llevé secuestrada
a punta de bolígrafo .

EMILIA MARCANO QUIJADA
(Ojeda-Zulia-Venezuela)

LO PRIMERO Y LO ÚLTIMO

El que se arrebata sabe
que el hambre no importa,
el sueño no llega,
el miedo nos retuerce las vísceras,
nos voltea los ojos
y nos hace vomitar.

El humo es desayuno,
almuerzo y comida,
pupilas dilatadas,
miedo constante, sudor,
sarna,
piojos y liendras.

Lo primero que desaparece
son las uñas, los nombres,
el hogar,
el blanco de los ojos,
las suelas de los zapatos,
la ropa limpia,
la solidaridad de la gente. 

Lo último que se va, es la tristeza.

ENIO ESCAURIZA
(La Guaira-Venezuela)

SOLÓLOGO

Esta mirada llámese perdida
esta cabeza suplicio
ya ni ando, ni estoy
espuma del alkaseltzer, ahógame.
Hoy es un buen día de playa
pero todas están prohibidas
nadie puede ir solo al mar
la arena exige compañía.
Este domingo llámese sopa
este ratón tristeza
ella me escribió anoche
pero salí con errores ortográficos.
Hoy el sol está derritiendo misses
rompiendo modorras
despertando todo
solo, como siempre el sol.
Este domingo llámese deshabitado.
Cualquier palabra con ese:
Cómo me hacen daño y me duelen
podría destruirme que vuelvas.

ANGELA MOLINA
(Caracas-Venezuela)

LAS HEMBRAS


Las hembras paren a sus hijos y entierran a sus maridos.
Después se mueren sin lamentarse,
con una comprensión que lo abarca todo.
No se rompen, se secan las lágrimas que saltan y siguen adelante.
Las impulsa la vida, no saben hacer más.
Las hembras desean, devoran, protegen,
lamen las heridas de los otros, nunca lamen las propias.
Desgarran la carne con las uñas, gritan con gemidos que atraviesan paredes,
atrapan con brazos y piernas, aspiran los aromas hasta el último aliento.
No abandonan: se desinteresan, genuinamente.
Quieren comerse el mundo en cada hombre,
echan un hombre al mundo en cada parto.
Viven, intensamente, y no esperan.
Escuchan las largas sinrazones de los que lo esperan todo.
Sonríen, a veces, con indulgencia.
Se exasperan, únicamente por sus hijos,
piensan que todavía hay algo por hacer, algo que pueden salvar.
No se creen fuertes (lo son, sin saberlo).
Lo esencial las diluye y las seduce.
Hacia allá se dirigen.


PÁGINA 26 – NARRATIVA

RAFAEL R.VALCÁRCEL
(Arequipa-Perú)

LAS GOTAS SALADAS

La biblioteca del Vaticano atesora sorprendentes sucesos históricos vinculados a trastornos médicos que hoy, en su mayoría, la ciencia ha llegado a conocer y comprender, desmitificando así su interpretación sobrenatural. Ese era, por ejemplo, el caso de la epilepsia, atribuida hasta hace no mucho a una posesión diabólica. Sin embargo, hay otros fenómenos que no se han vuelto a presentar, convirtiéndose en una incógnita para unos y conservando su misterio religioso para otros. De los que he podido documentarme, gracias a mi amistad con un entrañable jesuita, el hecho que más me ha cautivado es el de una mujer cuyo aroma natural hacía llorar a la gente a su alrededor.

El día del parto, la matrona pellizcó a la criatura para que llorase y lo consiguió, por lo menos en cuanto al sonido, porque lágrimas no derramó ni una. En cambio, quienes presenciaron su nacimiento no dejaron de echarlas. Al desconocer el motivo real, atribuyeron su estado a una profunda emoción por la nueva vida, así que dieron rienda suelta a todos los gestos y gemidos que suelen acompañar a esas gotas saladas.

Los visitantes y la matrona pudieron recuperase al poco rato de abandonar la cabaña, pero la madre y el padre estuvieron a punto de fallecer esa misma noche por deshidratación. A la mañana siguiente, hicieron pruebas saliendo y entrando de la casa, repetidas veces, descubriendo que su hija era la causante de su incomprensible lagrimeo. Si alguien del pueblo se enteraba de aquello, la acusarían de endemoniada y la condenarían a muerte. También ellos correrían la misma suerte por haberla engendrado. Decidieron ocultarla del mundo hasta saber qué hacer. Pero tenían la obligación de bautizarla para no despertar sospechas y, de paso, ver si con eso se aliviaba. El sacramento tuvo lugar en su casa y sólo acudió el cura. Habían dicho a los vecinos y amigos que la niña padecía fiebres extrañas y posiblemente contagiosas. Como era de esperar, el sacerdote Darius lloró. Lo imprevisto fue que se lo tomase tan bien. Puesto que en ningún instante sintió tristeza, pensó que la ceremonia estaba siendo bendecida con un halo de alegría espiritual. Lamentablemente para él, debía atender otros compromisos y tuvo que retirase de inmediato, sin darle tiempo a sospechar. A raíz de lo ocurrido, la criatura adquirió el nombre de Beatrice, que significa ‘quien da felicidad’.

Los padres hicieron de todo para remediar la situación. La bañaron con cuantas flores conocían, rezaron hasta la última oración que habían aprendido, se inventaron más, compraron amuletos, le dieron medicinas, recurrieron a pócimas e incluso, yendo contra sí mismos, intentaron provocarle el llanto como la última esperanza de que con ello se resolvería el problema. Beatrice no soltó ni una lágrima, únicamente quedó afónica. Los padres, destrozados por el remordimiento y la impotencia, optaron por confiar en el sacerdote. Al menos él no era un bruto ignorante.

Efectivamente, Darius era listo. Para empezar, propuso una solución temporal para cuando necesitasen sacar a la pequeña de casa. Aconsejó envolverla completamente, dejando sólo un diminuto orificio a la altura de la nariz que le permitiese respirar. Bastaría con decir que le había caído agua hirviendo encima y que no querían que nadie viese su deformidad. Darius les prometió encontrar un remedio definitivo. Mientras tanto, les pidió un favor en beneficio de los pobres del pueblo de Argesca. En las celebraciones de la misa, tenían que colocarse en el centro de la nave y, al iniciar el sermón, debían descubrir sigilosamente a la pequeña. Así se hizo. La fe del pueblo se elevó y con ella las limosnas. No obstante, Darius no comió ni más ni mejor. Él era uno de esos curas que creían en la bondad de la iglesia. Por consiguiente, redistribuyó los ingresos. También es cierto que era consciente de su pecado.

En medio de uno de los sermones, un feligrés se percató de lo que hacía la madre y, al ver el rostro de Beatrice, gritó ¡milagro, milagro, la niña ha sanado!, y todos lloraron mucho más de lo habitual. A partir de ahí, la pequeña caminó descubierta y fue sólo cuestión de tiempo que la gente notase que ella era la causante de sus lágrimas. Sin embargo, no pensaron que fuese un acto del mal, sino de Dios, porque en lugar de dolerles, les hacía más sensibles, más buenos. Y Darius volvió a sacarle el lado positivo a la situación. Se confesó ante todas las personas del pueblo y, seguidamente, las convenció para que fueran sus cómplices. 

En pocos días, esparcieron por los pueblos aledaños el falso rumor de que en Argesca habían encontrado los restos de un hombre santo y que durante las misas su presencia era tal, que todo el que asistía lloraba de alegría. Cada semana, el número de peregrinos crecía notablemente, dejando generosas ofrendas. Durante las ceremonias, la gente del pueblo se colocaba alrededor de la niña, para que la madre nunca fuese vista al destaparla y al cubrirla nuevamente. Con los años, la propia Beatrice se encargó del ritual. Una vez lejos de las inmediaciones de la iglesia y de los extranjeros, aligeraba sus vestimentas y paseaba como cualquiera de sus amigas. Los arguescianos se acostumbraron a vivir entre lágrimas en medio de risas, de discusiones, de pedidas de mano, de negociaciones, de juegos, de brindis, de la vida cotidiana.

El sacerdote Darius fue ascendido a obispo por las ingentes cantidades que conseguía recolectar. Lo único que pidió fue no ser destituido de la parroquia de Argesca. Por azares del destino, sobrevivió a la muerte de la señora Beatrice. Ya cansado, sin nada que perder por la edad y su débil salud, se atrevió a documentar la vida de su benefactora, confesando el gran engaño que había encabezado. Por supuesto, el documento no salió a la luz.

Curiosamente —podría considerarse más bien un detalle lógico, aunque no por eso menos llamativo— en el funeral de Beatrice, ninguno de los presentes lloró. La querían, sí, pero contuvieron sus lágrimas en señal de duelo.


PÁGINA 27 – POESÍA AMERICANA: REPÚBLICA DOMINICANA

KARINA RIEKE
(Santo Domingo-República Dominicana)

EPITAFIO A LA LOCURA

Estoy aquí sin rostro
En la esquina donde
Se disipan mis angustias
Con ese grito esforzado
Angustioso
En contra y
De frente a los demás
 
Estoy aquí sin tiempo
Arañando el significado de esta voz
Sola con la fachada de un poema
Que se asedia a sí mismo cuando
Intento aproximarme a su imagen
 
Estoy aquí desgastada
Ante la frialdad de una mirada
Consumiéndome las inexpresables ganas
Que se pierden ante la angustia
Implícita en el verbo
 
Estoy y desaparezco
Hacia los limites que se
Rigen oscuramente
Con una precisión casi feroz
Ante la idea del fracaso
 
Pasivo e inerte
Como la voz teñida que
Interrumpe la marcha del tiempo y de
Todas mis muertes
 
Habito en el aquí apropiándome
Del  pasado y futuro con un
Entusiasmo delirante  
A fin de reconciliarme con el
Carácter prohibido del espacio
 
Sigo aquí alojada con la
Indispensable cortesía de una señal
Que se rescata simultáneamente con mis cosas
Para probarse siempre inalcanzable
Para aglomerar todas mis soledades

OSCAR PEÑA
(Las Matas de Farfán-República Dominicana)

DOS GATOS FORNICAN EN MI TECHO

Esta noche dos gatos fornican en mi techo
rasgando la oscuridad del barrio.
No duermo y en el diario leo:
“Ochenta desaparecen en el mar buscando un sueño”.
La gata…el gato…el techo...
La mar está picada.
Un caserón ronca sordo contra el viento.
Antes era una destilería
con gerentes de levitas, conserjes y obreros;
ahora un refugio de borrachos, chulos y prostitutas.
Ven que mi cabaña con la luna pintaré,
dice el montunero
y la cintura de la negra se cimbrea.
El humo, las aspas, el viento ronronean…
La noche está rota de tristeza.
La gata…el gato…el techo...
La negra, el polvo, el chulo, el son montuno,
La mar está picada.
En la desolación de la oscuridad del barrio
máscaras de sueños flagelan las miradas,
más dos puntos sigilosos se observan
como argollas de fuego que vigilan la noche.

KATHERINE CASTRO
(Santo Domingo-República Dominicana)

LOS REYES MAGOS ESTÁN MUERTOS

Eso de perder la cabeza nunca estuvo en mis planes.
Pero uno crece.
Olvida lo que una vez supo y crece,
manda al diablo las sábanas y los sueños
para entregarse a un mundo construido en miedos
que se multiplican con cada amanecer. 

Uno olvida que un día no tan lejano pisó la gloria
y sintió la calma del Mar Caribe habitando sus pies,
otorgándoles el derecho de entregarse a amar un rato,
sin dar espacio a las dudas.

Entonces uno llora.
Uno duda, olvida y llora
como un desquiciado que perdió el rumbo
en una cama que ya no recuerda.
Como el que no sabe qué pierde
pero sabe que al final, no importa lo que pase, siempre pierde. 

Y se pregunta si vale la pena
ser tan incapaz de entender
tan dispuesto a mandarse uno mismo a la mierda
por unos ojos que nunca podrán ver lo que pasa.

Y estamos todos muertos
tan solos
dedicados a dejar que la vida siga doliendo como si existiera

RAMON SABA
(Tenares-República Dominicana)

FRENTE A FRENTE A MI DESTINO

Aquí estoy, frente a frente a mi destino,
muy cercano al olor de su presencia,
degustando el sabor de mi existencia…
negociando el final de mi camino.

Y se torna mordaz y hasta mezquino
a medida que avanza su insistencia,
carcomiendo sutil la resistencia
que le planta mi haber de peregrino.

Y descubro también la fortaleza
compañera de todos mis sentidos.
Ya no importa si acaba mi gran suerte,

sólo importan los gestos de tristeza
que me ocultan mis seres más queridos
al arribo silente de mi muerte.

JAEL URIBE
(Santo Domingo-República Dominicana)

HEROÍNA COTIDIANA

Vengo de la sangre
y de la tierra.
De barro la esencia intrínseca
de mis curvas concéntricas,
de manos laboriosas y llagas marchitas
con difuminadas huellas.
Perdida en los olvidos del valor,
pariendo del alma
a la humanidad ingenua.

Ornada de roles.
Dignificada por los éxitos
de un día cualquiera.

Mis batallas de segundos
son menester en mi agenda.
soy heroína cotidiana
sin lauros,
ni corona.
Mi trono altivo se yergue
en la pureza de mi estela.

RENÉ RODRÍGUEZ SORIANO
(Constanza-República Dominicana)

TÍO JENGO

Si miro hacia el profundo y amplio verde
me pierdo en la mañana mansa y húmeda;
no hago otra cosa que mirarme en su sonrisa sosegada ventana de la estancia:
franca, alta, encorvada y solidaria.
Si vuelvo tras el niño de mis pasos,
de vuelta hacia la escuela,
cruzando las rigolas de la tarde, sé
que habré de encontrarlo
y volverá a mirarme, rascándose el bolsillo.
Tal vez no vuelva nunca más la misma agua,
la que lavó mis huellas de esos días;
tal vez no vuelva nunca a ver,
perdido entre los maizales
o las enredaderas de las auyamas, su paso incierto y largo.
Del tamaño del puente, grandazas
e ilustradas, continuarán sus manos
desgranando la tierra, surco a surco.


PÁGINA 28 – NARRATIVA

CARLOS MARTÍN BRICEÑO
(Mérida-México)

INSOMNIOS
Para Rosa Beltrán
 
Otra vez, otra vez ese llanto en la madrugada; debería voltear, abrazarla, acercarme, cumplir el rito del marido amoroso, hacerle creer que comparto su pena, que me duele también el estado de su madre; sin ningún pudor el llanto sube de tono, no va a parar hasta que me levante y la abrace en la oscuridad; y ahí están, además, esos ladridos del doberman del vecino; ya lo habría envenenado si no fuera porque Malena prefiere evitar líos. Ahora se levanta y va al baño; la escucho revolver las gavetas; sé lo que busca, toma lo mismo desde hace meses; no lo acepta, pero lo necesita; y cada vez en dosis mayores; en el reloj de pared, las agujas fosforescentes señalan las tres cuarenta y cinco: mañana seré un autómata en la oficina; ayer estuve a punto de estrellarme al ir al trabajo; cuando abrí los ojos estaba casi encima del coche de adelante; el frenazo debió quedar marcado en el pavimento; siquiera reaccioné a tiempo. Debo dormir, ¡necesito dormir!, pero, ¿cómo con Malena vagando a oscuras por la casa?, de nada serviría ponerse tapones en los oídos, seguiría escuchando ese ladrar de la chingada; y como si no fuera suficiente, el rumrum de la máquina de oxígeno que ayuda a respirar a mi suegra desde que se puso peor, acompañándolos; ella agoniza en mi antiguo estudio, ahora sección de hospital con enfermera e instrumental incluidos; hay que ver lo que cuestan; nada más la enfermera se lleva mes a mes la cuarta parte de mi sueldo; ¿y si pierdo mi trabajo?, a ver quién carga con la vieja; ayer firmé por otro invento costosísimo: un nebulizador ultrasónico; mi mujer me habló desesperada a la oficina, ni siquiera escuchó cuando le dije “estoy con un cliente cerrando un contrato”; su madre estaba teniendo otro más de esos ataques respiratorios que, tarde o temprano, la llevarán a la tumba. “Con un nebulizador ultrasónico dijo el médico que la salvamos”, trató de convencerme. “¿No te das cuenta —por qué no le dije–– que todo esto es inútil?”; mis tarjetas están al tope, sigo atorado con el segundo préstamo y, tras dos años seguidos, vuelvo a cobrar mis vacaciones en lugar de disfrutarlas, ¿cuándo va a terminar?; mi cuñado fue más inteli- gente, desde un principio se zafó; lo criticaron un rato pero se libró de todo este circo. Malena sigue en el baño; de seguro hojea esas revistas que trae cuando viene del súper; que la desestresan, pretexta, que la ayudan a resistir, a olvidar los meses que su madre lleva luchando contra el cáncer cerebral, me dice, cuando le insisto en que comprarlas es tirar los billetes por el inodoro; y ahora este perro se pone a aullar; carajo; pensar que estuvimos a punto de cambiarnos de casa; hasta inicié los trámites del crédito en el banco; había una en las afueras de la ciudad, con un gran terreno y árboles frutales, como para construir en el fondo una parrilla y una piscina para los niños; qué bueno que no le entré al compromiso. El inodoro descarga, oigo los pasos de mi mujer, se acerca, escucho su respirar pausado; la percibo dirigirse al otro cuarto; coño; como si no bastara con la friega del día, insiste en pasar noches enteras allá; llevamos semanas, meses, sin coger, sin dormir como se debe; ayer en la madrugada tuve que ir a traerla, estaba en el suelo sobre un cobertor extendido, a los pies de su madre; el tufo a orines y medicamentos me espantó el sueño. “Vamos”, la tomé de un brazo con firmeza. “Para eso está aquí la enfermera”, aunque la empleada roncaba a gusto en mi reposet. Tosen. ¿La vieja? ¿Los niños? También ellos lo están resintiendo; hace mucho que no salimos; se la pasan frente a la televisión o metidos en los videojuegos; el grande está cada vez peor, irritable, molesto por todo este desmadre; y encima debo atenderlos al volver del trabajo; desde que mi suegra está aquí, Malena no tiene cabeza; los niños me esperan para que les prepare de cenar; luego debo ver que terminen sus tareas, se vayan a la cama; los quiero pero no estoy dispuesto a jugar por más tiempo a la mamá; al menor le ha dado por levantarse a medianoche; varias veces lo he encontrado en la cocina; tengo hambre, papá, se justifica al verme; tal vez piensa que lo voy a regañar, y sólo quiero dormir, dormir para estar bien por la mañana, dormir para tener la mente despejada y seguir tan campante por la vida como mis subordinados; sirvo un vaso de leche con chocolate; el chorro rompe el silencio, su aroma dulzón se esparce en la cocina; escucho el líquido que recorre la garganta de Mauricio; lo abrazo y lo llevo de vuelta a su cama. ¡El doberman de nuevo! ¿Por qué no se calla ese animal? ¿Qué chingados tengo que aguantarle sus ladridos? Mañana mismo lo enveneno; si lo otro fuera así de fácil… “¿Y qué podemos hacer?”, me echó en cara la otra noche Malena cuando dije que era hora de tomar medidas, que de lo contrario íbamos a irnos todos antes que su madre. “¿Qué quieres? ¿Quitarle el oxígeno o ponerle una almohada en la cara para acabarla? ¡Escoge!” Se descompuso: la voz quebrada, el rostro desencajado, tensos los músculos del cuello; no le respondí, sólo iba a desatar otra más de esas discusiones interminables; mi único deseo era dormir. Más ladridos: agudos, alterados, insistentes; es como si el perro estuviera dentro de la casa; hay voces en el otro cuarto; me incorporo y alcanzo a oír a mi mujer discutiendo con la enfermera: le reclama que no esté al pendiente de la vieja; por un momento trato de entender; no ha de ser fácil obligarse a permanecer despierto cuidando el oxígeno que aspira alguien prácticamente muerto; Malena regresa después al dormitorio; la espero en la penumbra, apoyado contra la cabecera de la cama.
—¿Qué te pasa? ¿Ya viste la hora que es? ¿Quieres que ésta también se largue? ¿No te acuerdas cuánto trabajo costó conseguirla?
—¡No aguanto, te juro que ya no aguanto! —se sienta a mi lado, indefensa.
—¿Puedes calmarte? ¡Intento dormir!
Levanta la cara; el resplandor de la luz de la calle deja ver que llora; no me atrevo a consolarla, tengo una junta importante mañana y necesito llegar con la mente clara; si la abrazo no va a parar allí, habrá que escucharla largo rato; imposible volver a conciliar el sueño; en la ventana, la luna desborda una sucia luminosidad.
—Ya, tranquilízate. Ven a la cama, también debes descansar.
Ella sigue sentada, sollozante; me reclino en la almohada; cierro los ojos y trato de poner mi mente en blanco; necesito dormir; en un rato comenzará a clarear y habrá que ir a la oficina; para entonces, las píldoras que ha tomado empezarán a hacerle efecto; ahora se inclina hacia mí, me estrecha y vuelve a llorar; no tengo otra opción que abrazarla; su cuerpo se amolda al mío; si espera palabras de aliento, sólo obtiene un tranquilízate repetitivo que me hace sentir ridículo; después de unos minutos cesa, se aparta y se recuesta sobre su costado, dándome la espalda; pronto el sueño la arrebata, como si todo lo anterior lo hubiera hecho nada más por joder; su ronquido rasposo me exaspera; con cuidado me pongo de pie: no tiene caso hacer el tonto tratando de dormirse esta madrugada; el cielo se torna grisáceo en la ventana; ya casi amanece; me llega el sonido del tráfico que se desliza, próximo, sobre el asfalto; una luz se enciende en la cocina de la casa de enfrente, las hojas del ficus del jardín delantero brillan con el rocío; nadie en la calle; por fin el doberman se ha callado; silencio en la casa; ni siquiera el rumor de la máquina de oxígeno, ni siquiera.

PÁGINA 29– POESÍA EUROPEA

SILVIA DELGADO FUENTES
(Sopelana-Bilbao-Euskal Herria)

CUANDO MUERE UN POETA

Cuando muere un poeta no pasa nada, apenas ni nos damos cuenta,
ni la lluvia  queda quieta,
ni las estrellas se descuelgan,
ni los niños dejan de jugar a la rayuela.
Nada. No pasa nada.
Todos los días nos morimos.
Limosneros de pan y de ternura,
dejamos la vida como si tal cosa.
Como dejamos los poemas sobre mesas,
o en paredes o en plazas donde se amontonan
las huellas de los besos y de las quejas.
No pasa nada cuando nos morimos,
porque somos muchos muriéndonos clandestinos,
en lugares sombríos de humanidad,
porque somos tantos,
tantos los poetas que vamos muriéndonos
huérfanos, errantes, solitarios.
 Amados desde distancias remotas,
odiados por tener voz y estrofas,
aislados en un mundo  hostil que
nos lleva de cabeza.
Nada pasa, nada.
O sí pasa.
Ocurre que si muere un poeta
cerca del fuego y de las lágrimas,
cerca de la sequía  y de las guerras,
cerca de la memoria y de las picanas,
la muerte secuestra una garganta insomne.
Cundo muere un poeta  y muere gritando a la barbarie
calla la voz vigilante de quien quiso vivir

en pie,
en paz,
eternamente.

VLADIMIR MARKU
(Durrés-Albania)

VELANDO

Navegamos sedientos, pintando nuevas rutas
Como si nunca hubiéramos navegado
En busca de tierra para descansar y dormir
Así, como si el amor nunca hubiera dormido.
El tiempo es salado.
Los pescados de arrepiento son también salados
La atracción de la Tierra se nota en el aire
Nos somos solo mamíferos
Mamíferos mercenarios, marinos
Velando, no sé por dónde
En la mesa de los sueños
Relevamos el mapa de la noche
Bebemos, nos emborrachamos y hacemos muchas promesas
Cuando se pierde la dirección
El compás tiene la culpa
Después nos despertamos, con nuestros cuerpos heridos
por el sol inocente.
Olvidamos en un instante todo lo dicho.
También perdemos el mapa de la noche
Sinceramente sin cesar
Pedimos perdón por nuestros pecados
Ordeñando nuestro derecho a la mentira
Hasta el cubo de la conciencia comienza a fluir
Entonces, entendemos, la felicidad está demasiado lejos
¿Dónde están las luces
 del lugar al que caminamos?
Con sabor salado de conciencia
y un cubo agujereado
en nuestro labios
Navegamos, ¿hacia dónde?

MARINA AOÍZ MONREAL
(Tafalla-Navarra-España)

HILO TENUE

/ ¿por eso escribo versos? / ¿para volver
al vientre donde toda palabra va a nacer? / ¿por
hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos? / ¿tus
penas y tus goces? / ¿te destruís conmigo como
palabra en la palabra? / ¿por eso escribo versos? /
Juan Gelman

Por hilo tenue trabajo de funámbula
en este circo del carajo. Ni yo creo
en el personaje, ni el hilo aguanta mi peso.
Pero sigo representando este simulacro
mientras me amaso cada día con centeno
de oscuros recuerdos. Por eso escribo versos.

Muertas
Rompe como una hucha su pasado
y dentro sólo había oscuridad.
En los huesos del tiempo no hay ternura.
Los lugares no existen.
Las chicas ya son viejas o están muertas.
Joan Margarit
Joan Margarit, sé que no me mientes.
Todas estamos muertas y en los huesos del tiempo
la ternura es sólo harina. Pero aquí,
entre los otros huesos,
el viento entona nanas, un Magníficat, una salve.

Cuando éramos viejas, Joan Margarit,
y entre los muros blancos,
la parra virgen jugaba con las sombras,
la canción de las golondrinas acompañaba
nuestros pasos diminutos al ritmo de la lluvia.

Criaturas infames y voraces acechaban
desde las tripas de las televisiones. Nosotras
nos hacíamos las suecas: quien no se enredaba
en labores interminables con hilos delicados
para distraer los peligros,
ensartaba barrocas perlas o cocinaba habas tiernas.

Escapábamos algunas noches de las fotografías
en blanco y negro, hacia los paisajes irreales
de amarillentas enciclopedias, para vivir la aventura.
Suecas o noruegas, de pronto, convertidas en espeleólogas
penetrábamos en las entrañas de una tierra imposible.
O nos tornábamos pequeñas concubinas
de un emperador oriental
que acariciaba láminas de jade sobre nuestros pezones.

Antes de morir fuimos rompiendo espejos.
Abrimos semillas musicales
a los niños y las niñas azules, desbrozamos caminos.

Estamos muertas, Joan Margarit. Más que muertas.
Fuimos jóvenes espléndidas
y después viejas de dedos retorcidos y lágrimas fáciles.
Y después, viejas y enfermas, amasamos con ternura
la harina de los huesos. Cocimos en el horno blanco
el pan de nuestros muertos. El pan de cada día.

RACHID BOUDJEDRA
(Ain-Belda-Oum El Bouaghi-Argelia)

LOS CUERVOS

En las calles de Argel
Los cuervos tienen pinta de paracaidistas
Mis ametralladoras pegajosas
Vomitan sobre las paredes blancas
De la Qasba
Sangre amarilla
En los jardines de mi barrio
Los almendros acarrean el odio
El cielo está lleno de bruma sórdida
Y tiene cara de verdugo
En los callejones de Constantine
Las mujeres caminan rápido
Y llevan en las orejas
Electrodos grises.

EVA BOURKE
(Galway-Irlanda)

LA POETA A LOS 90 ESCRIBE UNA CARTA

Mis amigos, aquí en esta mesa
con papel y lápiz
quiero contarles lo que perdí
que era todo
y lo que ha vuelto a mí
que también era todo.
De niña aprendí en los días de verano
que el sol habla una lengua incansable
que el pasto quiere vestirlo
todo bajo el cielo
con estrofas verdes
miel para envolver al mundo entero
con su dulce retórica
y su clara marca de agua para escribir sobre las cosas
Pero más tarde a mi lengua le arrojaron piedras
para alimentarse y tierra muerta
en el exilio habló de jarra cuenco pan
nada más quedó en mi mesa.
A su tiempo se curó e hizo amistad con los árboles
a veces fue hasta los confines de la tierra
el viento le mostró el camino.
En la oscuridad y la pena
se puso el vestido de muchachita-
abrió una puerta llamada flor
una puerta llamada estrella
una puerta llamada marea,
las atravesé todas con mi corazón palpitante y vi
a mi madre en un balcón de luz de verano.
Deben creerme
lo único que siempre quise fue pan y rosas
que la sangre de la flor estuviera quieta
para encontrar una palabra clara como un espejo
para enseñarme a mí misma y a ustedes
a tener cuidado con la desesperación.

SERGIO BORAO LLOP
(Mallén-Zaragoza-España)

MAS NO ME ENCONTRARÉIS EN LAS BATALLAS.

No estaré agazapado en una barricada
ni lamiendo la sangre del cuchillo victorioso.

No empuñaré las armas homicidas
ni la palabra ambigua
ni el rencor permanente del alma embrutecida.

No serán mías las fauces carniceras
ni el estandarte gris del bombardeo.

No seré el cazador
ni ese francotirador de la azotea
que va tachando vidas en la pared funesta
de la ciudad sitiada.

No estaré con aquellos que filtraron
gota a gota la sangre de los pobres
para hacer de cada vena un instrumento
de riqueza enterrada en sus bolsillos.

Tal vez podáis hallarme donde lloran los tigres.

Acaso en la morada del hambriento,
en los ojos del niño moribundo,
en la sangre del ave asesinada.


PÁGINA 30 – ENSAYO

SANDRA SARTOR
Facultad de Filosofía y Letras
Universidad Ca Foscari
(Venecia-Italia)

LA NUEVA LITERATURA LATINOAMERICANA

A partir de 1960 ocurre en las letras hispánicas un fenómeno inusitado: la aparición de un grupo numeroso de escritores jóvenes, narradores y novelistas. Algunos de ellos fueron críticos literarios y escritores, los cuales hacían las esplicaciones, valorizaciones y críticas de las obras de sus compañeros. Otro dato que anotar fue la gran cantidad de lectores que surgió en esa época, quienes leían con avidez las novelas de éstos escritores. 
Este "boom" es conocido como la Nueva Literatura Latinoamericana. A partir de este lapso la "nueva novela" toma un papel importante tanto para América como para Europa.
 Esta literatura presenta algunas características:
· la desintegración de las formas tradicionales de la novela, debido a que con esta nueva novela se tratan nuevas técnicas y el lector se convierte en un "lector cómplice" y dejará de ser aquel lector pasivo de antes
·  La simultaneidad del lenguaje, aquí el autor utilizará un lenguaje variado de podría hacer denotar las distintas clases sociales, diversidad de lugares y regiones que a la vez que son diferentes su lenguaje también, ya no se utilizará en exceso aquel lenguaje directo, literario. El argumento de la novela es borrado por el lenguaje de personajes y narradores, que serán ahora "hablantes" simultáneos.
·  La novela como ficción total; en esta parte ocurre una ruptura con la realidad circunstancial, los nuevos escritores emprenden la ruta hacia la imaginación creadora y el realismo mágico con la invención de lugares, nombres y personajes. Un gran ejemplo sería "Cien Años de Soledad", sin embargo a partir de Mario Vargas LLosa, Gabriel García Márquez entre otros la novela se convierte en un territorio imaginativo que totaliza la realidad en todos los planos.

BOOM LATINOAMERICANO

Se conoce como Boom latinoamericano o como promoción del Realismo mágico a una serie de escritores de la segunda mitad del siglo XX habitualmente promocionados desde Barcelona por la editorial Seix-Barral y que actualmente constituyen lo más valioso de la literatura escrita en castellano.
El boom latinoamericano se desarrolló y desarrolla en diferentes fases. Entre los más destacados autores de la primera figuran los argentinos Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Ernesto Sábato y Adolfo Bioy Casares; los colombianos Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, los mexicanos Octavio Paz, Juan Rulfo y Carlos Fuentes; los cubanos Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante; los peruanos Mario Vargas Llosa y Alfredo Bryce Echenique; los uruguayos Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti; los chilenos José Donoso y Jorge Edwards; el paraguayo Augusto Roa Bastos y el venezolano Arturo Úslar Pietri

Alejo Carpentier (Cuba, 1904-1980) 
Novelista, ensayista y musicólogo cubano, que influyó notablemente en el desarrollo de la literatura latinoamericana, en particular a través de su estilo de escritura, que incorpora todas las dimensiones de la imaginación -sueños, mitos, magia y religión- en su idea de la realidad. Nació en La Habana el 26 de diciembre de 1904, hijo de un arquitecto francés y de una cubana de refinada educación. Estudió los primeros años en La Habana y a la edad de doce años, como la familia se trasladó a París durante unos años, asistió al liceo de Jeanson de Sailly, y se inició en los estudios musicales con su madre, desarrollando una intensa vocación musical. Ya de regreso a Cuba comenzó a estudiar arquitectura, pero no acabó la carrera. Empezó a trabajar como periodista y a participar en movimientos políticos izquierdistas. Fue encarcelado y a su salida se exilió en Francia. Volvió a Cuba donde trabajó en la radio y llevó a cabo importantes investigaciones sobre la música popular cubana. Viajó por México y Haití donde se interesó por las revueltas de los esclavos del siglo XVIII. Marchó a vivir a Caracas en 1945 y no volvió a Cuba hasta 1959, año en el que se produjo el triunfo de la Revolución castrista. Desempeñó diversos cargos diplomáticos para el gobierno revolucionario, murió en 1980 en París, donde era embajador de Cuba.
Carpentier recibió la influencia directa del surrealismo, y escribió para la revista Révolution surréaliste, por encargo expreso del poeta y crítico literario francés André Breton. Sin embargo, mantuvo una posición crítica respecto a la poco reflexiva aplicación de las teorías del surrealismo e intentó incorporar a toda su obra la 'maravilla', una forma de ver la realidad que, mantenía, era propia y exclusiva de América. Entre sus novelas cabe citar El reino de este mundo (1949), escrita tras un viaje a Haití, centrada en la revolución haitiana y el tirano del siglo XIX Henri Christophe, y Los pasos perdidos (1953), el diario ficticio de un músico cubano en el Amazonas, que trata de definir la relación real entre España y América siguiendo la conquista española. Se considera que es su obra maestra, un intento de llevar a cabo su idea de construir una novela que llegue más allá de la narración, que no sólo exprese su época sino que la interprete. Guerra del tiempo (1958) se centra en la violencia y en la naturaleza represiva del gobierno cubano durante la década de 1950. En 1962 publicó El siglo de las luces, en la que narra la vida de tres personajes arrastrados por el vendaval de la Revolución Francesa. Más que una novela histórica, o una novela de ideas es, en la interpretación de algunos críticos, una cabal novela filosófica. Concierto Barroco (1974) es una novela en la que expone sus visiones acerca de la mezcla de culturas en Hispanoamérica. Finalmente El recurso del método (1974) y La consagración de la primavera (1978), obras complementarias y difíciles; la primera ha solido -considerarse como la historia de la destrucción de un mundo-, la caída del mito del hombre de orden, mientras que la segunda representa la larga crónica del triunfo en Cuba de un nuevo mito, que Carpentier trata de explicar desde su imposible papel de espectador: el autor trata de explicar el inconciliable desajuste entre el tiempo del hombre y el tiempo de la historia.
A pesar de su corta producción narrativa, Carpentier está considerado como uno de los grandes escritores del siglo XX. Fue el primer escritor latinoamericano que afirmó que Hispanoamérica era el barroco americano abriendo una vía literaria imaginativa y fantástica pero basado en la realidad americana, su historia y mitos. Su lenguaje rico, colorista y majestuoso está influido por los escritores españoles del siglo de Oro y crea unos ambientes universales donde no le interesan los personajes concretos, ni profundizar en la psicología individual de sus personajes, sino que crea arquetipos -el villano, la víctima, el liberador- de una época.  

Lydia Cabrera ( 1900 - 1991 )
Es la persona que mejor ha descrito las creencias y prácticas de las religiones africanas traídas a Cuba por los negros esclavos. En la isla la religión más aceptada por la sociedad siempre ha sido el catolicismo pero son las religiones africanas las dueñas de la devoción. Debido a su falta de aceptación y considerarse creencias inapropiadas, por mucho tiempo se clasificaron de ocultismo y por tanto tabú. Lydia Cabrera las trajo a la luz, las presentó como son, terminando con la incredulidad.
Entre sus libros encontramos algunos de cuentos. Leyendas de la sociedad negra en Cuba pasadas de padrinos a ahijados de gran valor cultural y religioso. Uno de sus libros El Monte es considerado La Biblia por muchos creyentes.
Nacida en Nueva York, sus padres regresaron a Cuba cuando aun era pequeña. Desde los catorce años ya se publicaba en los periódicos de La Habana bajo el seudónimo de Nena. Durante su juventud vivió un tiempo en París. Colaboró en muchas publicaciones cubanas y francesas. De los escritores contemporáneos cubanos, posiblemente Lydia Cabrera sea la más aclamada y reconocida por el público. Con respecto a estudios en la cultura Afrocubana, Lydia Cabrera, es la última palabra.

Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) 
Escritor peruano, considerado uno de los más grandes novelistas hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, al lado de Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Es básicamente un realista, y a veces un regionalista, cuyas obras reflejan la convulsa realidad social peruana (y en algún caso, latinoamericana), sacudida por conflictos de tipo racial, sexual, moral y político. Su representación artística de esa problemática no es, sin embargo, mimética o naturalista, sino que incorpora las técnicas narrativas más innovadoras de la novela contemporánea (multiplicidad de focos narrativos, montaje de planos espacio-temporales, efectos expresionistas, monólogo interior). Es, por la fecundidad, riqueza y hondura de su obra creadora y por su continua presencia en el debate sobre asuntos relativos a libertad, violencia, censura y justicia, una de las personalidades intelectuales más activas e influyentes de la actualidad. Ha sido traducido a numerosísimas lenguas y ha ganado los mayores premios literarios internacionales, entre ellos el Premio Cervantes. En 1995, fue elegido académico de número de la Real Academia Española. Nació en Arequipa y estudió en ese lugar, Bolivia, Piura y Lima. En 1959 viajó a París y luego a Madrid, donde estudió y publicó su primer libro, Los jefes, una colección de cuentos. Pasó un largo tiempo en exilio voluntario, primero en París, después en Barcelona y finalmente en Londres, donde reside actualmente; entre 1974 y 1990 vivió en su país. Recientemente, adoptó la ciudadanía española. Alcanzó la fama por primera vez al ganar el importante Premio Biblioteca Breve, de Barcelona, con su novela La ciudad y los perros (1963), que es una de las expresiones más características de ese momento de renovación en la novelística hispanoamericana que se conoce como "el boom", del cual era el representante más joven. La novela reelabora sus experiencias en el colegio militar Leoncio Prado, con imágenes de gran violencia, tensión dramática y cuestionamiento moral sobre autenticidad, responsabilidad y heroísmo. La destreza técnica y el virtuosismo de su lenguaje narrativo son todavía mayores en las dos siguientes novelas: La casa verde (1966), que aprovecha memorias de sus años en Piura para componer un gran mural de acción y degradación sexual; y Conversación en la Catedral (1969), que transcurre durante los oscuros años de la dictadura de Manuel A. Odría (1948-1956) intentando un vasto análisis de los círculos del poder, el mundillo del periodismo amarillo y los cabarés de mala muerte. En 1967 publicó su notable relato Los cachorros. La rigurosa objetividad y la indeclinable tensión con las que plantea sus conflictos, cede un poco en la segunda etapa de su producción novelística, que se distingue por toques de humor grotesco, como en Pantaleón y las visitadoras (1973), o por retratarse a sí mismo en su relato, como en La tía Julia y el escribidor (1977), en la que narra episodios de su primer matrimonio y sus comienzos literarios. La guerra del fin del mundo (1981) es una vuelta al estilo de composición épica de su primera etapa y una rara incursión en el mundo sociopolítico del Brasil de fines del siglo XIX, siguiendo el modelo de gran reportaje establecido por Euclides da Cunha. En la última porción de su obra narrativa, se entremezclan las novelas cuyo tema es esencialmente político Historia de Mayta (1984), Lituma en los Andes (1993),  ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) o erótico Elogio de la madrastra (1988). El hablador (1987) señala un retorno al mundo de la selva, uno de sus ambientes favoritos, para contar una historia sobre identidades culturales y diferencias antropológicas. Una importante porción de su obra ensayística puede leerse en Contra viento y marea (1983-1990). Sus memorias tituladas El pez en el agua (1993) ofrecen un apasionante y minucioso recuento de su experiencia como frustrado candidato presidencial en las elecciones peruanas de 1990. Ha escrito además libros de crítica literaria, obras teatrales e incontables páginas periodísticas en diversos lugares del mundo.

Miguel Ángel Asturias (Guatemala, 1899-1974) 
Autor, diplomático y premio Nobel guatemalteco, nacido en Ciudad de Guatemala. Estudió Derecho en universidades de su país y Antropología en la Sorbona de París, ciudad en la que recibió la influencia del poeta surrealista francés André Breton. En 1942 fue elegido diputado en su país y, a partir de 1946, fue embajador en México, Argentina y El Salvador, hasta que, en 1954, se exilió de Guatemala. Posteriormente, fue embajador en Francia, entre 1966 y 1970. Sus poemas y novelas, de contenido fuertemente antiimperialista, le valieron el Premio Lenin de la Paz en 1966 y el Premio Nobel de Literatura en 1967. La muerte le sobrevino, tras una penosa enfermedad, en 1974, cuando se encontraba en Madrid (España).
En su obra, al igual que en la del escritor cubano Alejo Carpentier, el mito se hace presente, pero a diferencia del cubano, organiza sus novelas en torno a los mitos precolombinos. Su primera obra Leyendas de Guatemala (1930) es una colección de cuentos y leyendas mayas. La novela que le ha dado fama internacional es El señor Presidente (1946) en la que traza el retrato de un dictador de una manera caricaturesca y esperpéntica pero siguiendo una estructura regida por la lucha entre las fuerzas de la luz (el Bien, el pueblo) y las fuerzas de las tinieblas (el Mal, el dictador) según los mitos latinoamericanos. Es también un libro de protesta militante: la descripción de un régimen dictatorial en términos de terror, maldad y muerte. En las cuatro cadenas de episodios que integran la trama predominan el miedo y la crueldad. Este tema mítico vuelve a aparecer en Hombres de maíz (1949) aunque ahora la luz está representada por los indígenas y las tinieblas por los hombres de maíz, los colonizadores que llegan a explotar las tierras de los campesinos en beneficio propio. En esta obra, Asturias logra hermanar armoniosamente lo mítico-maravilloso con la dura realidad de la vida indígena. Después escribió novelas y relatos entre las que destaca la trilogía formada por Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954) y Los ojos de los enterrados (1960). Otras novelas son Mulata de tal (1963), Malandrón (1969) y Viernes de Dolores (1972). Su producción teatral es poco conocida y trata más o menos los mismos temas, como Chantaje o Dique seco ambas de 1964. Su novela Viento fuerte fue citada en el discurso de entrega del Premio Nobel, que le fue concedido por sus coloridos escritos profundamente arraigados en la individualidad nacional y en las tradiciones indígenas de América. 

Isabel Allende (Chile, 1942) 
Novelista y periodista chilena nacida en Lima, Perú, donde su padre se encontraba destinado como diplomático. Asistió a diversos colegios privados y viajó por varios países antes de regresar a Santiago de Chile para concluir sus estudios y trabajar en la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), organismo de las Naciones Unidas. Posteriormente trabajó como periodista, escribió artículos sobre temas sumamente polémicos y también hizo cine y televisión. Allende se exilió en 1973 y buscó refugio en Caracas, Venezuela, cuando su tío Salvador Allende, presidente de Chile, murió durante el golpe militar encabezado por el General Augusto Pinochet Ugarte. En el exilio escribió su primera novela La casa de los espíritus (1982), una crónica familiar ambientada en el torbellino de cambios políticos y económicos acontecidos en Latinoamérica. La novela fue bien acogida por la crítica, que vio en ella ciertos elementos propios del realismo mágico. Esta novela fue llevada al cine por el director danés Bille August. Allende continuó su exploración sobre cuestiones personales y políticas en sus dos siguientes novelas De amor y de sombra (1984) y Eva Luna (1987), y en la colección Cuentos de Eva Luna (1992). Ha sido una de las primeras novelistas latinoamericanas que ha alcanzado fama y reconocimiento a escala mundial. Su exilio concluyó en 1988 cuando los chilenos derrotaron en las urnas al dictador Pinochet y eligieron un presidente democrático. En 1995 publicó Paula, un libro de recuerdos dedicado a su hija. 

Gabriel García Márquez (Colombia, 1928) 
Escritor, periodista y premio Nobel colombiano. Nació en Aracataca y se formó inicialmente en el terreno del periodismo. Fue redactor de El Universal, un periódico de Cartagena de Indias durante 1946, de El Heraldo en Barranquilla entre 1948 y 1952, y de El Espectador en Bogotá a partir de 1952. Entre 1959 y 1961, trabajó para la agencia cubana de noticias, La Prensa, en su país, en la Habana y en Nueva York. Debido a sus ideas políticas izquierdistas, se enfrentó con el dictador Laureano Gómez y con su sucesor, el general Gustavo Rojas Pinilla, y hubo de pasar las décadas de 1960 y 1970 en un exilio voluntario en México y España.
Sus novelas más conocidas son Cien años de soledad (1967), que narra en tono épico la historia de una familia colombiana, y en la cual se pueden rastrear las influencias estilísticas del novelista estadounidense William Faulkner, y El otoño del patriarca (1975), en torno al poder y la corrupción políticos. Crónica de una muerte anunciada (1981) es la historia de un asesinato en una pequeña ciudad latinoamericana, mientras que El amor en los tiempos del cólera (1985) es una historia de amor que se desarrolla también en Latinoamérica. El general en su laberinto (1989), por otro lado, es una narración ficticia de los últimos días del revolucionario y hombre de estado Simón Bolívar. También es autor de varios libros de cuentos como La increíble y triste historia de Eréndira y de su abuela la desalmada (1972) o Doce cuentos peregrinos (1992). García Márquez ha despertado admiración en numerosos países occidentales por la personalísima mezcla de realidad y fantasía que lleva a cabo en sus obras narrativas, situadas siempre en Macondo, una imaginaria ciudad de su país. Su última obra publicada, Noticia de un secuestro (1996), es un reportaje novelado sobre el narcoterrorismo colombiano. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982 y fue formalmente invitado por el gobierno colombiano a regresar a su país, donde ejerció de intermediario entre el gobierno y la guerrilla a comienzos de la década de los ochenta.

Pablo Neruda (Chile, 1904-1973) 
Poeta chileno, considerado uno de los más importantes del siglo XX. Hijo de un ferroviario, y huérfano de madre cuando solo había vivido un mes, escribía poesía desde muy joven (el seudónimo comenzó a usarlo cuando apenas tenía dieciséis años). Gabriela Mistral lo inició en el conocimiento de los novelistas rusos, que el poeta admiró toda su vida. Estudió para convertirse en profesor de francés, sin llegar a lograrlo. Su primer libro, cuyos gastos de publicación sufragó él mismo con la colaboración de amigos, fue Crepusculario (1923). Al año siguiente, su Veinte poemas de amor y una canción desesperada se convirtió en un éxito de ventas (ha superado el millón de ejemplares), y lo situó como uno de los poetas más destacados de Latinoamérica. Entre las numerosas obras que le siguieron destacan Residencia en la tierra (1933), que contiene poemas impregnados de trágica desesperación ante la visión de la existencia del hombre en un mundo que se destruye, y Canto general (1950), un poema épico-social en el que retrata a Latinoamérica desde sus orígenes precolombinos. La obra fue ilustrada por los famosos pintores mexicanos Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Como obra póstuma se publicaron, en el mismo año de su fallecimiento, sus memorias, con el nombre de Confieso que he vivido. Poeta enormemente imaginativo, Neruda fue simbolista en sus comienzos, para unirse posteriormente al surrealismo y derivar, finalmente, hacia el realismo, sustituyendo la estructura tradicional de la poesía por unas formas expresivas más asequibles. Su influencia sobre los poetas de habla hispana ha sido incalculable y su reputación internacional supera los límites de la lengua. En reconocimiento a su valor literario, Neruda fue incorporado al cuerpo consular chileno y, entre 1927 y 1944, representó a su país en ciudades de Asia, Latinoamérica y España. De ideas políticas izquierdistas, fue miembro del Partido Comunista chileno y senador entre 1945 y 1948. En el año 1970 fue designado candidato a la presidencia de Chile por su partido y, entre 1970 y 1972, fue embajador en Francia. En 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura y el Premio Lenin de la Paz. Antes había obtenido el Premio Nacional de Literatura (1945). 

SUPLEMENTO INFANTIL Y JUVENIL


PÁGINA 31 -CUENTO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

DUEÑAS DE LOS SECRETOS

Antiguamente las llamaban brujas.
Habitan en casonas misteriosas donde reinan murciélagos y olvidos.
Los árboles perecen en los alrededores de sus feudos. Y elevan a los cielos el ramaje desnudo. Y ruegan por la suerte de sus almas.
Las sombras desdibujan los bordes de techumbres afiladas y una bruma sin forma se filtra en los rincones como la esencia misma del misterio.
Justo a la medianoche ellas comienzan el ritual del canto. Deliran con la furia de los fuegos. Revuelven los calderos nauseabundos donde cuecen secretos, fundan agüeyamientos, maleficios, venenos.
Conocen el valor de las palabras y perciben las huellas del futuro en cada ebullición, en cada hervor del unto.
Siempre danzan desnudas a la luz de la luna. Establecen ungüentos y brebajes. Tratan con el demonio. Y conciben garduñas. Y conciben arpías. Y conciben chacales.
En tiempos de conjuros y de hogueras; de sayos amarillos y expiaciones; de suplicios, condenas y cadalsos; de desconfianzas y desasosiego, la historia cuenta que robaban niños para sus aquelarres, en la última noche de todos los abriles.
Pero jamás a aquellos que usan salvoconductos para cruzar el sueño.
Es un escapulario. Un saco diminuto conservando la esencia de un gramo de romero, tomillo, perejil y hierba buena. Pero su magia es sólida. Es eterna.


PÁGINA 32– POESÍAS

MARÍA ELENA WALSH
(Ramos Mejía-Buenos Aires-Argentina)

EL REINO DEL REVÉS.

Me dijeron que en el Reino del Revés
nada el pájaro y vuela el pez,
que los gatos no hacen miau y dicen “yes”,
porque estudian mucho inglés.

Vamos a ver cómo es
el Reino del Revés.

Me dijeron que en el Reino del Revés
nadie baila con los pies,
que un ladrón es vigilante y otro es juez,
y que dos y dos son tres.

Me dijeron que en el Reino del Revés
cabe un oso en una nuez,
que usan barbas y bigotes los bebés,
y que un año dura un mes.

Me dijeron que en el Reino del Revés
hay un perro pequinés
que se cae para arriba y una vez
no pudo bajar después.

Me dijeron que en el Reino del Revés
un señor llamado Andrés
tiene 1.530 chimpancés
que si miras no los ves.

Me dijeron que en el Reino del Revés
una araña y un ciempiés
van montados al palacio del Marqués
en caballos de ajedrez.


PÁGINA 33 – CUENTO

GRACIELA MONTES
(Buenos Aires-Argentina)

UN GATO COMO CUALQUIERA


Había una vez un gato de ojos verdes, pelo gris y cola larga. De modo que era un gato parecido a muchos otros gatos. Pero, eso sí, era un gato de bolsillo. Del bolsillo de Aníbal Gobi, guarda de tren del ferrocarril Mitre.
Mientras Aníbal Gobi picaba los boletos con su máquina picadora el gato apenas espiaba desde el borde del bolsillo de su chaqueta marrón.
El Gato de Bolsillo no se acordaba de nada que no fuese el bolsillo de Aníbal Gobi. Tal vez había nacido en el Galpón de la Esquina, o en la Casa de al Lado, o en el Jardín de Atrás. Pero lo cierto es que hacía mucho, muchísimo tiempo que vivía en el bolsillo.
Al Gato de Bolsillo el bolsillo le parecía mucho más lindo que el resto de los lugares del Mundo Grande. El bolsillo era tibio, blando, suave, oscuro, tenía pelusas que hacían cosquillas y era muy fácil acurrucarse en el fondo. El Mundo Grande, en cambio, era frío y caliente, duro y líquido, áspero y liso, negro y brillante; tenía zapatos, ramas, relojes, caras, ruedas y Gatos Peligrosos. Era muy difícil acurrucarse en el Mundo Grande.
Eso, al menos, era lo que pensaba el Gato de Bolsillo hasta las cuatro y cinco de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, porque a las cuatro y diez de la tarde del segundo jueves del mes de octubre, mientras estaba asomado al borde del bolsillo, observando tranquilamente cómo Aníbal Gobi le picaba el boleto a una señora colorada, el gato vio algo nuevo, algo nunca visto en el Mundo Grande: un ratón de cola de piolín y ojos brillantes, un Ratón Cualquiera, que miraba pasar el, tren desde atrás de un poste de la estación Belgrano.
El Gato de Bolsillo vio al Ratón Cualquiera y enseguida notó que ya era hora de salir del bolsillo de Aníbal Gobi. En el bolsillo de Aníbal Gobi jamás había habido ratones de ojos brillantes y cola de piolín.
El Gato de Bolsillo saltó y apoyó sus patas acolchadas en el piso del tren. Volvió a saltar y cayó en el piso de la estación. El Ratón Cualquiera lo vio, dio media vuelta y empezó a correr por la calle Zapiola, con el Gato de Bolsillo atrás, corriendo y corriendo, corriendo como no había corrido nunca.
Como el Ratón Cualquiera estaba mucho más acostumbrado al Mundo Grande que el Gato de Bolsillo, ganó la carrera y encontró un agujerito donde meterse antes de que el Gato de Bolsillo pudiese sujetarle la cola con la pata.
Entonces el Gato de Bolsillo supo que estaba solo en el Mundo Grande, sin pelusas y lleno de Gatos Peligrosos.
El Gato de Bolsillo les tenía muchísimo miedo a los Gatos Peligrosos. Aníbal Gobi siempre le hablaba de ellos mientras le rascaba las orejas; le había contado que tenían garras afiladas, maullidos malévolos y el cuerpo lleno de horribles cicatrices. El Gato de Bolsillo, en cambio, tenía las uñas cortas porque Aníbal Gobi se las cortaba puntualmente todos los lunes a la noche; maullaba bajito y sólo cuando tenía hambre, y tenía un pelaje liso, entero y sin marcas.
Pensando en los Gatos Peligrosos el Gato de Bolsillo se acurrucó detrás de una bolsa de basura. Mientras oía el ruido de los autos y seguía con los ojos los zapatos que iban y venían por la calle, gemía en voz baja: extrañaba muchísimo al bolsillo.
Los zapatos se fueron yendo poco a poco y, poco a poco también, se vino la Verdadera Noche. Y fue entonces que aparecieron uno a uno, uno tras otro, los Gatos Peligrosos.
Los Gatos Peligrosos eran silenciosos como todos los gatos. A veces eran rapidísimos y otras veces muy lentos, como todos los gatos. Y, como todos los gatos, tenían bigotes largos, ojos verdes y amarillos y cola larga.
Pero eran peligrosos. El Gato de Bolsillo enseguida notó que eran peligrosos.
Porque arqueaban el lomo.
Porque maullaban hacia el cielo mostrando las gargantas.
Porque abrían la pata y mostraban las uñas, larguísimas y afiladas.
Cinco Gatos Peligrosos se acercaron al Gato de Bolsillo y los cinco arquearon el lomo, maullaron hacia el cielo y mostraron las uñas. El Gato de Bolsillo los miró con sus ojos verdes y vio que también ellos tenían verdes los ojos.
Entonces pasaron cosas importantes: el Gato de Bolsillo arqueó el lomo; después maulló hacia el cielo y los Gatos Peligrosos le vieron la garganta; después abrió la pata y mostró las uñas, que no eran tan largas ni tan afiladas, pero que ya le estaban creciendo.
Entonces pasó otra cosa importante: un Ratón Cualquiera. Y los seis gatos – un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos – echaron a correr. Todos persiguieron, todos saltaron tapias, todos esquivaron árboles y se escabulleron debajo de los autos estacionados.
Y pasaron más cosas esa noche. El Gato de Bolsillo se peleó con un Gato Peligroso, pegó un salto muy alto, corrió una carrera, escarbó la tierra, encontró un poco de leche en el fondo de una bolsa de basura y se afiló las uñas en una pared de piedra.
Y cuando ya empezaba a clarear los seis gatos – un Gato de Bolsillo y cinco Gatos Peligrosos – se fueron al Baldío de Enfrente y encontraron un rincón oscuro, tibio y suave arriba de un montón de trapos viejos. Y se enroscaron a dormir todos juntos.
Entonces el Gato de Bolsillo supo que en el Mundo Grande no sólo había ratones de ojos brillantes y cola de piolín; también había bolsillos llenos de pelusa.


SEPARADOR

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