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GACETA LITERARIA Nº 87– Febrero de 2014– Año VIII – Nº 2


Imágenes:
NÚMERO HOMENAJE A VINCENT WILLEM VAN GOGH

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

DEFENSA DE LA PALABRA

7.
Nuestro propio destino de escritores latinoamericanos está ligado a la  necesidad de transformaciones sociales profundas. Narrar es darse: parece obvio que la literatura, como tentativa de comunicación plena, continuará bloqueada de antemano mientras existan la miseria y el analfabetismo y los dueños del poder sigan realizando impunemente su proyecto de imbecilización colectiva a través de los medios masivos de comunicación. No comparto la actitud de quienes reivindican para los escritores un privilegio de libertad al margen de la libertad de los demás trabajadores. Grandes cambios, hondos cambios de estructura serán necesarios en nuestros países para que los escritores podamos llegar más allá de las ciudadelas cerradas de las élites y para que podamos expresarnos sin mordazas visibles o invisibles. Dentro de una sociedad presa, la literatura libre sólo puede existir como denuncia y esperanza. En el mismo sentido, creo que sería un sueño de una noche de verano suponer que por vías exclusivamente culturales podría llegar a liberarse la potencia creadora del pueblo, desde temprano adormecida por las duras condiciones materiales y las exigencias de la vida. ¿Cuántos talentos se extinguen, en América Latina, antes de que puedan llegar a manifestarse? ¿Cuántos escritores y artistas no llegan ni siquiera a enterarse de que lo son?


PÁGINA 2 – CUENTO

EL TIO CARRIL
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

DEUDAS PENDIENTES

Qué alguien se ponga mal porque un amigo acaba de suicidarse es algo relativamente normal, o en todo caso, esperable. Está, además, dentro de lo que corresponde a los parámetros éticos para la mayoría de la gente que comparte criterios más o menos vulgares sobre ciertos sentimientos como la amistad o el amor. No era el caso de mi exasperante amiga Fiorella cuando me llamó para narrarme su angustia ante la decisión de un viejo amigo de la escuela primaria de colgarse de una soga y poner por una vez sentido, o al menos notoriedad a su seguramente insignificante existencia.
No era el caso, no. Bien sabía yo que Fiorella era completamente incapaz de evitar el llanto ante el deceso de un sujeto que tal vez hubiera querido en la infancia y al cual no veía durante meses, o años. Yo no me burlaba de esa imposibilidad para distinguir entre sentimientos, presente, fantasmas, recuerdos e idealizaciones. En primer lugar, porque esa invalidez era hija de la forma más noble de tenerle miedo a la muerte, que es la de añorar vivir todas las vidas. Fiorella no vivía ninguna por querer más de una a la vez y en eso no era menos vulgar que todos los demás. En segundo lugar, porque su ineptitud para la taxonomía jerárquica de sus relaciones le hacían pasar del estado amiga al de amante y viceversa sin mayores complicaciones, lo cual resultaba particularmente beneficioso, para mí, claro.
Pero no era este caso y debí de haberme dado cuenta ante la divergencia que había entre su urgencia por que fuera y el tono de sus palabras. El imperativo reclamo había elaborado rápidamente en mi cerebro la siguiente escena, a saber: a) llanto desconsolado intermitente, risa nerviosa, en un lapso relativamente corto, b) intermedio de angustia promedio para charla de café o mate en cocina de su casa y c) abrazo consolador que, según la forma en que me apoyara la teta y/o el grado de humedad con que resoplara por encima de mi hombro, garantizaban un polvo básico con algunos chiches de promoción y sin demasiado trabajo.
Nada de eso, y menos la opción c), porque me había hecho a la idea en base a los prejuicios que yo tenía sobre ella y no al tono extasiado de su voz cuando me habló. Al llegar entendí. El tipo en cuestión se había suicidado ahí mismo, es decir en el departamento de ella. Pasó que al tipo se le ocurrió acabarme por todo el cuerpo y por eso me había metido a ducharme y cuando volví lo encontré así. Y a la pregunta sobre desde cuándo andabas con éste me respondió que no, que se acordó que en la secundaria al occiso lo habían bautizado Anaconda y que ella nunca, porque por hache o por be y que ahora que estaba al filo de los cuarenta y que quien sabe si te pegás un cáncer o qué y entonces que no quería dejar cuentas pendientes y se tenía que sacar la duda.
Vivir la vida pensé, y la felicité, además, porque había saldado la cuestión. Con la lengua afuera y los pantalones cagados, el morocho colgaba de una viga del tinglado del techo corredizo del patio techado del ph, y bien ganado el apodo, macana. No te creas, semejante tarasca y acaba rápido. Bueno, como acabar, acabó, me dijo, pero yo te llamaba por otra cosa, fijate cómo se mueve.
Y era verdad, se movía como el final de “Un Mundo Feliz” de Huxley: los pies giraban hacia la derecha: norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste; después se detenían, y, al toque, giraban hacia la izquierda: sur, suroeste, sur, sudeste, este, etc. Hace media hora que está así, quería compartirlo con alguien antes de llamar a la cana.
Ahí fue cuando me rajé a pesar de que empezó con la secuencia a), b) etc. pero yo ya estaba consumido por la fiebre de la angustia existencial. Semejante tarasca bamboleándose había impactado en mi conciencia. Yo también tenía que saldar deudas. Ya no pensaba volver a la oficina y tenía un buen rato antes de que las nenas salieran del colegio. Llamé a casa y me atendió el contestador, pero igual dejé el mensaje, voy en camino, por si mi mujer estaba enfiestada, cosas normales después de veinticinco años de matrimonio, pero yo no podía afrontar una escena como esa en ese momento porque estaba urgido y más que para lo único que iba a casa era para manotear la Beretta 92 y salir para el Once.
Cacé el primer 57 a Luján y en menos de una hora estaba en Rodríguez, en la parada de La Serenísima, a cinco cuadras de mi infancia y adolescencia de mierda y con dos acciones por cumplir. La primera, cruzarlo al forro de Fabián M. Lo mío era injusto, porque me había cagado a trompadas en buena ley, en la puerta del colegio, con cita a la salida, como se debe, fin de séptimo grado. Pero fue porque era más petiso pero yo más cobarde y ahora lo iba arreglar. Después me dije, para qué la Beretta, cagón, un cinturón negro de jiu-jitsu, pero igual la agarré. La segunda, ir hasta la despensa de Cecilia M. o de su familia, y si la encontraba, declararle mi amor e incluso tratar de cogérmela in situ. Aunque yo la amaba de verdad, pero en la primaria, además de cobarde era pelotudo y nunca me le declaré, y en la secundaria no cambié mucho. Siempre iba a la despensa a comprar algo sólo para saludarla, íbamos a distintas escuelas y no tenía mucho trato, ella era macanuda y si yo no hubiera sido tan boludo capaz que la tenía de señora en lugar de la que tengo ahora.
Al Fabián lo encontraría en la remisería que quedaba a dos cuadras de la despensa de Cecilia, ahí el noventa por ciento de la gente labura en el negocio del padre y se casa, más o menos reglamentariamente, y el resto se va al carajo como yo, para volver de tanto en tanto, a felicitarse por haber huido. Pero cuando entré no me lo encontré a él sino a una foto de él que coronaba el lugar, como de gerente de empresa japonesa. Miré para un lado y para otro y otra vez, foto de acá, foto de allá. El tipo que me atendió tenía cara conocida y me saludó como tal. Después me di cuenta de que era el Tano Giacoia, que estaba hecho mierda, o tan hecho mierda como seguramente él me veía a mí. Le pregunté por Fabián, no te enteraste, de qué me tenía que enterar si yo no vivo ahí, ni soy de ahí. Se mató con la moto, hace dos meses. Chocó, pregunté, mientras digería y el tano me explica que no, que el boludo quiso hacer willy sin casco y aceleró la moto tanto que se fue para atrás y se desnucó contra el asfalto.
Pedazo de hijo de remil putas!, diez años de jiu-jitsu hasta que tomé coraje por culpa de la chota de un suicidado y el infeliz se me viene a piantar a la quinta del ñato de esa forma. El tano me preguntó qué andaba haciendo y yo me excusé con un pasaba nomás, de tanto en tanto, la familia, que tal los tuyos, saludos, etc, cualquier día nos vemos, y me fui, ya consternado, a la despensa.
Cáncer, fue que dijo la vieja, cáncer de útero, pobrecita, luchó como diez años. Y claro, el boludo había llegado después, cuando la amada ya se pudría en la tierra o adentro de un cajón. Fiorella tenía razón y yo, como un desconsiderado con mi amiga, ni siquiera le había preguntado si había podido acabar ella. No, norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste era todo lo que me había quedado boyando en la conciencia. Ahora estaba casi perdido, el hombre que más había odiado y la mujer que más había amado eran carne de los gusanos y se habían ido para siempre sin saber de mí. De pronto me surgió una catarata de acontecimientos por afrontar, cuestiones por resolver, la vida se me iba y yo seguía masturbándome el espíritu.
Algo se había quebrado, nada sería igual. La vieja seguía contándome de la quimioterapia cuando de repente se encontró con el caño de la Beretta en la frente. No entendió y me empezó a dar toda la plata de la caja. Le tuve que encajar un castañazo para que me hiciera caso. Trescientos pesos era todo lo que quería, todo lo que necesitaba, ni un peso más. Agarré los tres billetes de Roca y salí caminando rápido para la remisería.
Trescientos pesos salía el viaje a Buenos Aires y quería llegar rápido. Por ahí tenía suerte y lo enganchaba al Tano, tenía un rato de viaje para conversar.


PÁGINA 3 – NUESTRA POESÍA

MARIANA VACS
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

ENFERMEDAD

Las palabras pierden consistencia
y el dolor es sólo una metáfora 
confusa.

Me preocupa que el termómetro que mide 
cual es la distancia ideal entre dos cuerpos
se haya roto esta mañana.
 
Voy curando la enfermedad
que repite tu nombre.
Ya no duele el silencio.
Ya no lloran las noches.
Ya no se emborrachan los poemas.

No pude encontrar
el gen que provoca el mal
dentro de mi cuerpo.
Así te expulsaría para siempre 
y sin secuelas.

BICICLETAS PINTADAS

Alguien
olvidó la sombra
de su bicicleta
en la pared.

Me mira
con sus ruedas inútiles
con su número puesto
igual que un N.N.

con sus pedales
de gueto
me mira.

abandonada y muda
como un muerto .

1

Zumbido
Turbinas arrancan 
los oidos a la mañana.
Explotan vidrios
implosionan edificios

No es la guerra
pero se le parece.

2

Estallan las palabras 
antes de llegar al subsuelo
se desgarran sustantivos
ocultos en escombros.

Los nombres tienen cuerpo
y eso duele.

3

La rueda de la fortuna
se detuvo en esta ciudad.
Todo
 cae
en su peso específico.

Dimos la vuelta al mundo
de la peor manera.

VISIBILIDAD

La niebla
esconde al campo.

Un hornero
cede su cansancio
a la tranquera.
Pero no lo veo.


SIRENA

Dentro del cenote,
tu cuerpo es sirena y canta. 
Escucho tus melodías de infancia,
no es desaire mi mudez,
es que el aire hace rondas en la memoria
y me estaca.

AMÉRICA LATINA

Miraba un documental sobre Latinoamérica,
tenía doce años.
Se estrenaba TV color en la Argentina
y el locutor contaba con voz de agua
las maravillas más lejanas del mundo.

Machu Picchu, Amazonas, Iguazú,
la cascada del Angel, inalcanzable
y oculta. Mayas y Aztecas, pirámides en la selva.

Latinoamérica, es verde, dije.
Miré por mis costados. El río tapialado
por el puerto, el asfalto.

Cuando sea grande quiero ir a Latinoamérica,
le dije a mi madre.
- Ya estás ahí, fue su respuesta.

MASCARA

Hoy, al levantarme,
me puse esta máscara de niña.
Me oculta del rumor del agua,
de la esfinge que vigila el camino;

y no es que quiera negar quién soy:

El problema
no es a quién le digo,
sino quién se entera.

MIGUEL ANGEL GAVILAN
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

HOSPITAL ITURRASPE

El pasillo del hospital Iturraspe florece por la noche.
Derrama en lenta perpetuidad de algodones
su vida alcanforada.
 Como el tumor que crece adormecido,
                                                            almibarado,
por los aceites de la quimioterapia.
Como tentáculos que se vuelven trampas,
                                                                   ateridos,
en las cuevas de la carne.
Como esas masificaciones que forman deltas,
                                                                          cortan corrientes,
                                                                          degluten islotes malignos
en un ensanche venoso.

La voz de los que esperan
muta en la garganta,
                                   agranda cavernas,
                                   dispara ronquidos.
Y la fiebre,
impetrada como defensa,
               (“es bueno tenerla
para no morirse pronto,
               tanto,
               de una perdigonada,
               de una recaída en el centro del buen ánimo”),
ovilla estampas de santos
mientras se piensa
que la fe es lo mejor que puede pasar.

Los bancos se reproducen
en la media sombra
de un silbido que llega de afuera.
Adquieren familia,
drenan sangre,
se convierten en un remanso de casual compañía.

Y las salas blancas ilustran
lo blanco de la nada.
Sin fin,
como si la muerte no existiera.

Aunque una vieja vestida de harapos
espere
que el tiempo se achique como un trébol,
un pasto pisoteado,
ese cascote
que se empuja con el borde de la suela
al fondo de un charco.

Aunque la niña de ojos de hollín
pretenda que terminó
la destrucción en la madera,
el horadar parejo de la carcoma,
la cuchara en el plato,
el hule de flores,
limpio,
después del almuerzo,
(la mesa, el domingo
armada para sufrir -de nuevo-
la alegría).

Aunque un hombre cabecee entre diarios y morfinas.
Repita “mañana” como un loco
y empuñe rosarios
en un siempre perpetuo.

Incluso,
aunque no se crea
que lo cotidiano
es el frío
                  (compacto)
de las chaquetillas,
y que lo habitual
es ese estropicio de silencio
solo interrumpido
por una gota de suero
en la piel agrisada.
Aunque resulte ineludible,
                                           -irreparable-
alguna vez,
alimentar esa ruta de sonámbulos
(culebreo rectilíneo
donde nadie duerme,
donde nadie es nadie. Y sólo eso).

CHICLE BAZOOKA

En un cartel
la frente limpia y llena de arrugas.
El suelo picaneado de puchos,
una pareja de bolitas
vende pouloveres Mar del Plata en el límite del sueño.

Las flores de tela se ponen mustias.
Mudas,
            traspasan
                             el centro del aire.
Se inclinan por el hambre, a favor de la suerte.
Indagan entre ellas
el sudor que pasó hace tantos inviernos.

Y un panel de tergopol
narra que alguien quiere a alguien
con sed y todo.

Mascado chicle Bazooka
                                         en el zapato,
                                                              unta el suelo de menta.
Desmiente que esa forma
                                          sea la frescura de una boca
                                                                                      sin dientes.

Por la plaza Pringles
(sin cabeza las estatuas),
el coche con Morrison hasta las ventanillas.
Saca,
            con brea de la noche recién empezada,
                                                                          un ventarrón azul
del pavimento.

Las chicas cruzan pensando la risa.
El traje de lentejuelas,
                                    lentejas lentas,
                                                             juegan por bochorno hasta el suelo.
(Disolvente prontitud de escarcha).

“¿Alguien sabe dónde comer un poco de tiempo que sobre?
Digo,
hasta que llegue
la voz famélica de la compañía?”


PÁGINA 4 – ENSAYO

GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA
(Santa Cruz-Bolivia)

LA POESÍA PUDO MÁS

...cuando la Muerte te haga prisionero / tu casa / ¿de qué te servirá? / aunque esté hecha de ladrillos / ¿de qué te servirá?, se preguntaba Juan Gelman en un poema. Pero, ¿y si la casa estuviera hecha de palabras? ¿Construida con palabras de belleza y verdad capaces de trascender, de encandilar a la misma Muerte?
Después de conocerse su partida, miles de personas, entre escritores y lectores –lectores de a pie, pues su poesía, en toda su profundidad, era sencilla y próxima- han llenado las redes con poemas del autor de Velorio del solo, despidiéndose de él y demostrando que su obra continúa, acaso aún con más fuerza, diciéndose entre nosotros.
 no lo olvides cuando estés allá abajo / contestando al notario de la Muerte / ¿hablarás / ya desnudo? / ni bienes ni parientes te servirán / ellos / no te acompañarán, prosigue el poema. Pero, ¿y si te acompañaran tus libros, tus papeles escritos? ¿Y si tus poemas respondieran, al notario de la Muerte, por ti?

LA FRAGILIDAD Y LA FIRMEZA

Me gusta ahora mismo imaginar a Juan, frágil pero firme –o a la inversa- como era en estos años últimos, llegar a las orillas del Aqueronte y pagarle al barquero con una moneda de escritura, acaso con ese poema casi final, del último octubre, donde le habla a su esqueleto saqueado, y le dice: pronto / no estorbará tu vista ninguna veleidad. / Aguantarás el universo desnudo.
No es el único texto en el que habla del instante final. En el poema que vengo citando, y que enhebra estas ideas, escribe: ¿a quién pertenecés? / o sea / ¿quién te pertenece? / cuando te fundas con la última pureza / tampoco lo sabrás. / corazón obstinado: te hacés el que no entiende / aunque mil veces perseguiste / las huellas del poema en el agua.
Sospecho, a estas alturas, que Gelman ya no se pertenece porque nos pertenece a todos. O mejor, porque nos pertenece a todos, ahora se pertenece más que nunca. Y nos pertenece no solo por su poesía, sino también por su vida, seguro no exenta de errores, como la de cada quien, pero que ha sido una clara muestra de integridad y firmeza.
El dolor, el mal, lo atroz, tocaron sus puertas y hollaron su casa, pero no pudieron con él (te voy a matar, derrota); es más, nos mostró que la poesía era posible aun después del horror y contra el horror. Pero además, su derrota de la derrota no se tiñó de amargura ni de soberbia. Quienes tuvimos el privilegio de conversar con él, sabemos cuán próximo y sencillo era, como su poesía. Y cuán transparente su mirada, y cuán afable su voz.

LOS RECUERDOS


En Aguascalientes, tras conocernos en una lectura, nos fumamos un cigarrillo de buenas a primeras. Luego vendrían otros encuentros y otros cigarrillos y otros whiskies, y sin saberlo nos despedimos en Quito el pasado junio, cuando recibió el premio Paralelo Cero. Esa noche dio una inolvidable lectura, seguramente una de sus últimas lecturas públicas, ante un auditorio abarrotado y conmovido, y luego conversamos con él hasta muy entrada la noche, junto a Mara, su pareja, y a poetas y amigos de diversas latitudes.
Quiero seguirlo recordando con su sonrisa pícara, su cigarrillo en la boca y la melena plateada al viento, alejándose en la barca de Caronte y convirtiéndose de pronto su voz en un pío-pío, en el pío-pío de su poema sobre la muerte del tío Juan, esa hermosa fábula sobre la poesía, donde asevera que lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío / en las más raras circunstancias, y que no ve por qué la muerte sea un motivo para no cantar.
Ahora su voz se aleja –“adiós adiós" decía- cantando por el río, sacudiendo su corazón como un pañuelo. Adiós al corazón que vuela y al vuelo del corazón



PÁGINA 5 – CUENTO

EVA MARÍA MEDINA MORENO
(Madrid-España)

UNA REVELACIÓN

Cuando entré en la galería, una sala pequeña, bastante oscura, había poca gente. El pintor no estaba. Sobre un taburete, folletos. Cogí uno. Me lo guardé, dirigiéndome al primer cuadro con el mismo recogimiento con el que se comulga. En cuanto Xaime llegó, viéndome frente a su «Costa da Morte», me dijo que lo había pintado en cabo Touriñán, el más occidental de la península ibérica, y no el de Finisterre como se decía.
Me acerqué al cuadro. Eran brochazos despreocupados que, cuando te alejabas, cobraban realidad. Me confesó el toque impresionista, y algo expresionista, que algunos críticos de arte habían visto en su obra.
Yo sólo veía la fuerza, la rabia, de ese mar contra las rocas. Le pregunté sobre ello. Sin contestarme, siguió con los críticos. Miré el cuadro alejándome un poco a la izquierda. En segundos, atrapé el significado simbólico. Trascendía detrás de esa luz sobre la ola más cercana; la espuma tan blanca. Reflejaba la lucha de dos poderes. Aunque uno de ellos fuese desgastando, poco a poco, al otro, y pareciese el más fuerte, no lo era, porque roca y mar eran la misma cosa; el hombre luchando contra la sinrazón de su propia existencia. Xaime me contaba cuanto tardó en pintarlo, la vida tan dura del artista. La «náusea» nos acechaba, pensé, sin poder escapar, porque formábamos parte de ella; nosotros éramos la «náusea». Me acordé de Kafka, de ese pobre K. de El proceso, que éramos todos nosotros, buscando una explicación en un mundo inexplicable. Me vi formando parte de ese mar y esas rocas. Nada se podía hacer. El mar era la humanidad luchando contra un muro; su propia existencia.
«Hay pocos genios», continuó, mientras yo me imaginaba a Van Gogh, saliendo de madrugada al campo, con sus lienzos volteados por el aire, y a Kafka, de regreso del trabajo, escribiendo en una mesa pequeña frente a una pared gris.

Salí de allí con la sensación de que el descubrimiento de ese acantilado alegórico no podía revelarlo a nadie. Sería como destapar una olla exprés antes de que se enfriase. Sufriré por todos, me dije, sonriendo a San Manuel.



PÁGINA 6 –POESÍA ARGENTINA

CARINA SEDEVICH
(Villa María-Córdoba-Argentina)

10

Veo las fotos de los escritores
siempre cabizbajos
mirando un papel o un horizonte.
En mis fotos sonrio porque salgo mejor.
Y ademas saco pecho
como si fuera a bailar.
Decididamente estas fotos no sirven.

11

Se anunciaba la lluvia
en un soplo lento en las ventanas,
como de caireles secos.
El dia de la pausa se abria paso
con una claridad opaca
que me hacia pensar en una arana
encendida bajo el polvo.
Cualquier arana vieja
hasta la mas sencilla
es adorable para mi.
Puede suplir al sol perfectamente.

12

Dormir de tarde
por dos horas de olvido.
El pesado sueno de la rabia
urdido como un mimbre.
Ojo conmigo.
Me levanto a terere lavado.
*
Si fuera feliz
nunca escribiria.
Soy de esa gente que
no tiene que perder.
Como los hombres que viven
en las plazas
no temo que vean mi miseria.
La humillacion es contagiosa:
no me apena.
Mi rencor es como un rio.
Y mi moral es blanda.
Lloro siempre porque
soy de agua.
Ojo conmigo.
Calibro mal el dolor.
*
Ya no recuerdo todo,
pero no hace falta.
Dos o tres nombres,
dos o tres armas lacerantes.
Ojo conmigo.
No creo en nada.
Y mi dolor mal calibrado vuelve
como cuando tenia cinco anos.
*
No me recuerdo.
Lloro en silencio,
odio profusamente.
Mi odio es una cana voladora
de chicos pobres a la siesta.
*
Miento para ver que pasa.
Elijo los senuelos,
los arranco de mi propia carne.
Es que estoy templada como un te.
Ojo conmigo.
No guardo una pasion,
no guardo nada.
Como una vieja loca
ya empece a resolverlo todo.

13

Existe lo soportable
y lo insoportable existe.
Nada mas.
El tiempo
es apenas un pozo de agua.
Mi ojo siniestro ve un sexto del pasado,
mi ojo diestro una septima parte del futuro.
Si pudiera delimitar el tiempo
como un arco de futbol de potrero
entre palo y palo habria lo mismo:

algunas chispas en la oscuridad.


CLAUDIA AINCHIL
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

CREO Y NO CREO

Creo y no creo.
Como una contradicción estética
mundo enfurecido
que entrevista sombras exageradas
o itinerarios que nunca cumplo
por si acaso.
Después, las voluntades de la mariposa
perspectiva circular, tan momentánea
grotesco silencio apurado
contextos indescifrables
en el alma rara desquiciada
la gramática no me salva
cada mafia de eso que dice ser aire
esta atestado de palabras
inmóviles cuando deberían ser trueno
y tsunami que extingue la calma chicha del desierto.
¿Te asilas en un cuerpo nocturno?
¿Cómo obtener el trazo que divida al viento?.
Llevar la condena a rastras
buscar siempre buscar
y la nada orilla.
Moscas.
Soy cuando menos lo espero en la antesala
esa nada a la cual acepto
cierta trompeta induciéndome
por karmas acalambrados en las venas.
Ir manoseando abismos
ojos claros precipicios perforan iris
ojos negros no se resguardan en la pantalla
se hacen chiquitos analfabetos
no advierten el significado de las reproducciones humanas
la opacidad del quizás quizás.
Mi mirada me excede.
Creo y no creo en las palabras
ellas giran 180 grados
y las evoco
ellas vuelven
y a veces no me encuentran

ALERTAS

Acaso todo sucedió así
desmedidos arquetipos y recopilaciones de extraños
circularon al revés
viajes sin proyecciones frenéticas
siendo temporal implicado.
El definitivamente no existe
ha trepado al vértice donde se reciclan alertas
y se unen infinitos sin llaves
…insertar el punto estático en la cornisa
el alerta del viento
de la duda, del instante feliz
unos cuantos exilios
esa luminiscencia de tus ojos
en alerta roja al escuchar señales …
el destino es el hacedor
quien erige
el siempre
y el jamás
y nosotros somos ese aluvión de estaciones
con calles subterráneas.

MIRADA

Inmediatas pequeñeces
magnéticas nimiedades seduciendo
una cornea
la pared hueca que oscila
tambaleo
no poder detener la inacabable desmesura.
Como en un circo de espectadores
ávidos de sangre licuada
detectives perdiéndose a medianoche
para no encontrar un algo que nos convierta
la inteligente orilla
lo real del resplandor
desierto doble visión.
Una cornea se imposibilito a si misma
apretó lluvias y desmanes
diría que fue solo un vestigio
telenovela de tardes sin otros.
Y en los peldaños, alejada, la cornea que no fue deslumbrada
observando teórica fría
acostumbrada a la disección feroz
realismo carente de explosión ni ahora.
Un sitio en venta, unos ojos nuevos irregulares
empezar otra vez a sorbos…como siempre…
alas que no tienen nombre y apellido
vapor sin oscuridad
risas contaminando
luz
mucha luz
de pronto luciérnagas
cuando el mundo simula ser una caja de pandora
que ha olvidado las miradas


PÁGINA 7 – ENSAYO

JORGE RENDÓN VÁSQUEZ *
 (Lima-Perú)

WINSTON EL ALFARERO, UNO DE LOS POETAS MAYORES DE NUESTROS DÍAS

A mediodía del sábado 16 de noviembre, las nubes dejaron pasar los tibios rayos del Sol sobre la Plaza de Barranco. Las casas, la Biblioteca y los añosos árboles se iluminaron alegremente y la Primavera declamó sus multicolores pensamientos, petunias, geranios, rosas y claveles, agitándolos a coro en sus parterres. Frente al peristilo de blancas columnas una audiencia colmaba los asientos. Estaba allí, en este mágico escenario, porque Winston Orrillo iba a presentar su reciente libro “Poesía esencial”, una antología de cincuenta años.
Conozco a Winston desde los ya antiguos, pero perdurables tiempos de la Casona de San Marcos.
Como poeta, como intelectual y como ciudadano siempre han latido en él como valores guías: la libertad, la igualdad, la fraternidad, la generosidad y la bondad, que ha compartido con sus amigos
Una antología de la obra poética de cincuenta años, vale decir de toda una vida, es una de las tareas más difíciles, porque, como él mismo dice: hay que sufrir “los desgarramientos que supone el dejar de lado a algunos de nuestros «consentidos»”. Esta pequeña asamblea de elegidos es sólo una muestra de su producción Y, sin embargo, constituye una prospección sincera de su ya largo recorrido parnasiano, recordando a cada paso cómo cada uno de sus poemas “era una victoria contra la nada, contra la muerte”.
¿Hay una cumbre cronológica en la poesía de Winston?
Es difícil decirlo. Cada poema suyo tiene su ADN.
Así como al ver un cuadro de Picaso se sabe instantáneamente que pertenece a este gran pintor, al leer un poema de Winston se entra de inmediato en comunicación con él, como si estuviéramos viéndolo y oyéndolo recitarlo.
En este ya largo caminar se advierte una progresión hacia una madurez más madura aún de la que ya exhibía al partir, cuando tenía veinte años y empezaba a poemar, una progresión alérgica a las caídas.
¿Que caracteriza, a mi juicio, a la poesía de Winston Orrillo?
Lo diré esquemáticamente.
Su poesía está embebida de transparencia; no se encuentra en ella las trashumantes opacidades de la bruma.

Hacer el amor / con el pálido / altar de / tus dos pechos, repisa / donde albergo / mi sed / de berebere; / con el árbol, / los pájaros / y el río /que nacen  / cuando yaces / debajo de mi sueño. (Epitalamio, 1982)

Su poesía no está hecha de palabras aglutinadas con cierta gracia. La forman imágenes conceptuales, se diría esencias. Alguien dijo alguna vez que la poesía era el culto de la palabra. Fue una declaración con la audacia de las falacias. Si así fuera sería sólo la adoración de los sonidos vocales y sus resonancias onomatopéyicas. La poesía es cualitativamente más que eso. Es la creación y la recreación de la imagen, como juicio lógico compuesto de conceptos reunidos para expresar algo distinto de su significación ordinaria.

Luego de varias muertes, les / juro, amigos míos, yo / volveré a estar vivo. / […] / No lo sé / como sea. / Vivir sin / periscopios sin luces / de peligro sin / zócalos ni aduanas. / […] / (Reincidir en la vida, 1991)

Winston posee el secreto órfico de tutearse con esas esencias, un raro privilegio de la inteligencia, gracias a la cual pudo advertir, en algún temprano momento de su vida, que podía percibirlas. Y así nació el poeta.
Los poemas de Winston son como pequeñas historias, en las que inevitablemente habrá un epílogo con la misión de justificar todo el poema, es decir, la reflexión, la exclamación o el grito del poeta.

Muchas gracias, buen padre, / por estos huesos largos / y estos ojos cansados / Que un día me donaste. / […] / Te agradezco, buen padre, / y al padre de tu padre / y a todas las raíces / que en mi se avecindaron / y hoy azuzan a mi hijo / ¡para hacerle que siga / robándonos el fuego! / (Prometeo, 1981)

Y ya instalado en ese laboratorio de la imagen, Winston comienza a subir sus escalones hacia los niveles más trascendentes para dar a conocer desde allí el mensaje confiado a cada imagen: lo que él desea que también sintamos, llevado de su indoblegable vocación ciudadana, inconforme y visionaria, que no abdica jamás de su sino popular y culto.
En la poesía de Winston Orrillo los personajes son el amor, aun a “León” y a “Benita”, sus engreídos e irreverentes gatos, la condición humana, la condición social; lo que somos y lo que deberíamos ser.

Amo a / una mujer / parecida / a un ciclón. // Me trajo / hasta la vida. / Me empapa. / Con su vida. / Me arranca / del insomnio / y me engrilla / en el día / allende mis / noctívagos / arabescos / autistas. / […] //Yo aquí honro / a aquella lumbre / con que escalo / hasta el cielo / que está / en el crisantemo / que tiene / entre las piernas. /(Poema mujer ciclón, 2013)

En muchos de sus poemas emerge su mensaje socialista de protesta, como el relente en los campos al amanecer, y nos comunica, en seguida, una sutil convocatoria a la acción.
Así lo dice en su Poema “Un floripondio”, una flor de su infancia que su mamá cuidaba con amor y defendía, distinta de otra con la que se topó años después por azar, en Miraflores, que le hizo descubrir que también entre las flores había diferencias sociales.

He visto un floripondio en Miraflores. / Yo he nacido en los barrios populares. / En la calle Naranjos he atisbado / catorce inviernos juntos (¡cómo duelen!). // Y allí en mi vieja casa, y esmaltado,  / un tibio floripondio como amigo. / Mamá lo defendía de los bichos. / Mis hermanos jugaban a su sombra. / […] / ¡Mucho tuve que andar sobre la tierra / buscando un floripondio y un amigo! / Y ahora está a metro y medio de mis manos: / en un lacio jardín de Miraflores. // Lo separan de mí las alambradas, / una placa en la puerta, un apellido, / un áspero mastín, todo un Sistema.

El poeta Winston Orrillo pertenece cronológicamente a la generación del 60, por haber nacido en 1941. Pero él se eleva sobre esa adscripción. Su obra no se quedó en la década del sesenta. Nunca dejó de producir.
Pienso que el registrar a una persona en un grupo determinado, reunido por el hecho del nacimiento, puede ser un sigiloso medio de encubrir los contrabandos, de mezclar a los buenos con los malos. Yo, por ejemplo, anduve por los claustros de la Casona de San Marcos de 1952 a 1954, cuando despuntaba lo que luego se llamó la generación literaria del 50. Y, sin embargo, tenía muy poco de común con ella, excepto que éramos alumnos de la misma Universidad y nos cruzábamos en sus patios. Nunca vi a esos literatos en ciernes en las batallas callejeras, en los cenáculos conspirativos contra la dictadura, en las páginas de algún periódico de protesta que tenía que ser clandestino y, por supuesto, nunca fueron huéspedes de las prisiones. Eran conscientes de que su silencio constituía el requisito para tramitar el pasaporte que les permitiría ingresar a los diarios y las revistas del poder mediático. ¿Qué de común podíamos tener con ellos, los que combatíamos? Tampoco Winston, alineado en la generación del sesenta, tiene nada que ver con ciertos poetas y narradores que coincidieron con él en su tránsito por la década del sesenta e incluso en los patios de San Marcos.
Hace mucho que Winston Orrillo ha ingresado a la academia ciudadana de la poesía, consagrado por cada uno de sus poemas.
Los vasos y las ánforas líricas de Winston, el Alfarero (que como tal firma sus correos), están hechos de una sustancia amiga del tiempo, y ostentan el sabor añejo de la técnica y al mismo tiempo la tozuda frescura de su rebelde espíritu juvenil.

Túpac Amaru, cacique claro, / cuatro caballos o cuatro truenos / no consiguieron desembarcarte / del heroísmo, que fue tu nave. // Fue en Tungasuca donde la afrenta / se hizo vindicta, fruta madura, / espiga indemne. Fue en Sangarara // donde la Historia, como doncella,  /  quitó sus velos, hizo la venia / y a la miríada de poblaciones // llegó la nueva: Túpac Amaru, / cacique claro, espuela al viento, / con la justicia se ha desposado. / (Cántiga por Túpac Amaru, 1973)

*(Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos)


PÁGINA 8 – CUENTO

ANA PATRICIA MOYA
(Córdoba-España)

LA COSTUMBRE

Me despierto cuando la luz, a través de la ventana, me da directamente en la cara; malhumorada, miro el reloj, es muy temprano, refunfuño por lo bajo – odio levantarme a estas horas, y más en vacaciones – y noto molestias en la espalda cuando me estiro. Lógico: he dormido encogida en el sillón de esta casa. Me incorporo, despacio, con cuidado de que alguna vértebra no se descoloque, me alboroto el pelo – definitivamente, de hoy no pasa, esta tarde a la peluquería a cortarme las greñas – me acaricio la nuca, en un intento frustrado de calmar este dolor que en horas sucesivas serán un incordio; retiro la manta al suelo, que no ha conseguido protegerme completamente del frío propio de Febrero. Carraspeo. Estornudo. Genial. Aparte de estar con la espina dorsal jodida, el resfriado me adornará con una cara de perros, una nariz irritada por culpa de los mocos, y quizás, una frente ardiendo. Me siento, despacio, y agarro de nuevo la manta y me cubro con ella. Sorbo fuerte por la nariz. Joder. El mal humor matutino tiene que desaparecer, porque me conozco, sé que soy bipolar, y de la mala leche puedo pasar en cuestión de segundos a la depresión profunda. Comienza un nuevo día y tengo que recargar las pilas: hay un montón de tareas que concluir. Necesito un café, tostadas con aceite… y una pastilla, o mejor, una tortilla de pastillas, ya siento como me cruje la cintura y la garganta me arde. Pero me da vergüenza rastrear en hogar desconocido: de hecho, en mi propia casa, pido permiso hasta para coger un vaso de agua, este aspecto de mi carácter le pone los nervios de punta a mis padres. No sé si esperar o levantarme, envuelta en mi gruesa capa protectora: la ropa está dentro de su cuarto – y el tabaco, otra cosa importante que ahora me vendría muy bien - y no puedo entrar, soy respetuosa con el sueño ajeno y no quiero despertarle. Mierda. A saber a que hora se levantará. Y yo no puedo perder el tiempo: el autobús pasa cada treinta minutos y no tengo dinero suficiente para un taxi. ¿Qué hacer? Me miro los brazos: la piel de gallina. Siento un ligero latigazo al final de mi espalda, me cubro la boca con la mano, vuelvo a toser. Decidido: aunque sea una falta de educación, rebusco en la cocina a ver si encuentro alguna caja de aspirinas, me serviré aunque sea un vaso de leche fresquita y luego, entraré a vestirme. Al levantarme torpemente, escucho sonidos al fondo del pasillo: menos mal, ya está en píe. Un alivio. Resuena mi nombre en las paredes del apartamento, pero yo no respondo, por la maldita ronquera; aparece por el salón, con mi camiseta puesta, sonriendo ante mi cómico aspecto de fantasma tembloroso; yo la miro, muy seria, y tocando suavemente mi cuello, le digo, con voz bajita, que tengo que marcharme, que si es tan amable de darme un Ibuprofeno o un Nolotil, lo que sea. Ella, en silencio, me observa, con esos ojos de un azul profundo; yo me pierdo en ellos, me quedo quieta en mi sitio, eso sí, un poco extrañada, esperando una reacción. Me pregunta que por qué no me he quedado a dormir con ella en su cama de matrimonio, más cómoda que ese pequeño sofá destartalado que me ha destrozado los huesos. Y yo le aclaro, suspirando, que después de tantos años de soledad, se me hace raro dormir con alguien a mi lado. 


PÁGINA 9 – POESÍA ARGENTINA

FANNY TRAINER
(Humahuaca-Jujuy-Argentina)

AHOGOS MÍTICOS                                                          

Al Planeta, cuando las aguas
invadan la Tierra
           
El sonido de los durmientes
recuerda el peligro de desaparición,
procesual extinción en agonía.

Él irá con traje guindo de terciopelo;
ella, con vestido de nácares y sedas.
¿Quiénes se vestirán de nuevo?
¿Se dormirán unos con otros,
con las manos juntas,
              y
con roncas rondas
danzarán de noche?

Tal vez, será la sal y el agua
las que invadirán sus sábanas.

¿En dónde estará el alto suelo prometido,
aquél narrado por abuelos junto al fuego?
¿En dónde será que gritarán-clamarán los ropajes?
¿En dónde no se mojarán los ruedos,
los bordados con encajes negros?
¿Cómo podrán nadar la cama,
las nubes, las nieves más altas,
hasta encontrar al Illimani?


Poesía. Descripción
de lábil sentido.
Narración de relatos
sin cantos,
sin sonidos antiguos,
sin…, ay…, compromisos continuos;
son
son, son, ton, ton;
tachín, tachín;
son germinaciones ausentes
de pasiones austeras.
Poesía plana,
llama sin túnica;
Irrecuperados cóndores de oros
        con bordados en el pecho
      y
           laureles en la frente.

Replicar al quetzal
alejará a los graznidos tediosos
de los cuervos
     y
        de la muerte.


SECRETO                     

La levedad de la lluvia
                          en la suave tersura de la tarde
                          oculta el secreto del reloj de arena;
            es allí donde el mutismo
                mastica el afónico sigilo del sosiego.

                     En la sequedad de ese misterio,
                               se pondera a la injusta
                               caída de las hojas en otoños
                               y a las tediosas lloviznas en las tardes.
                              
BARRIO: LUGAR COMÚN

A la tía Delia
un día después de su muerte
3/02/13, Rosario

   Acompañamos ayer a la tía Delia
a su última morada
     (lugar común
       llamado cementerio);
sin embargo,
                     hoy, al mediodía,
estaba sentada con María
                    -su vecina de hace cuarenta años-
en un sillón de cuero veneciano,
en la vereda de su casa;
se hamacaban;
se miraban;
se reían;
parloteaban sobre la minifaldera rubiteñida
                    parada en la esquina;
ésa, la esposa del zapatero.
Sonreían y miraban ahora hacia el Sur, hacia la otra esquina;
veían al viejo Dr. Anselmo, de la otra cuadra, acercarse lascivo
                     y genuflexo
a las rodillas anchas
y a las pantorrillas con zapatillas.

¿En qué momento tía Dalia
se escapó para charlar con María?

A tía Dalia,
después de 10 años
de su muerte en Posadas


                                                                       A Edelweiss
SE TRATA DE MUJERES
DE MUJERES SE TRATA
TRATA DE MUJERES

El trato dado a las mujeres
impide percibir lo circundante,
las circunstancias “propias y ajenas”
e inhibe asistir, acoger , socorrer
a las vaginas desgarradas
a las mías, a las tuyas.
Sordera, sordedaz de lamento- llanto
de  niñas,
de bebas.
¿Me preguntas de qué se trata?
De asuntos sin tacto
de bebedores de sus propias babas,
de blasfemadores conscientes sin blasones;
son los adoradores de sus tractos- anales.

Tratos silentes pactos
entre soeces lumbres de amaneceres groseros
tra…                                                              tra
            tra…                                         tra
                        tra…                  tra              
                                   tra…
son
machis -cabríos fagocitadores.
-¿De qué?
-¿No te acuerdas?
Sin embargo…, no me olvides
cuando de mujeres se trata.            


JORGE CARLOS ALEGRET
(Río Grande-Tierra del Fuego-Argentina)

ONELLIANAS

4
Incierto amanecer de rojo plomo
en las pupilas, y un destello de sol frío
en las comisuras de la boca sellada.
Ceniza de luz entre las copas de los árboles.
Es la hora de la ginebra, la estrategia
para cancelar el día, por si acaso.

5
Hoy soy un tanto básico, con los ojos
de sol híbrido de estrella y poeta leyendo sus poemas
con los pies fríos; hoy soy un esquizoparanoide
ilustrado, un santo sin riñones, soy una escalera
de cien escalones, soy un viejo elemental retratado
con sus relojes rotos y un millón de monigotes en la arena,
¿alguien va a recoger las partes para algún museo
del petróleo?; soy apenas el óleo borroso de mí mismo
incendiando hoteles, almorzando con los crotos pescado
frito entre los médanos, pero no hoy, que soy poco,
andando entre las manchas de aceite de las quinientas
rotiserías de la Onelli, un inventario obsesivo, y ajeno,
y falso, como este sol mediático en el ascensor.

6
Se sabe poco de los extremos, se sabe poco del tránsito.
Un chino se ha vuelto peruano en dieciseis cuadras,
un perro se ha vuelto paloma y volado a morir en el lago;
un asesino serial se hizo mormón al cruzar un semáforo,
y hay mutaciones de carnicerías en farmacias, de cibercafés
en santerías; lo que queda es la necedad del asfalto
y un gato en la cumbre que, dicen, era un cirujano
/plástico.

7
Una ráfaga de viento le ha arrancado el rostro, que ahora
planea como una bolsita de La Anónima que hubiera
transportado, digamos, carne picada. La gente, discreta,
mira el rostro flotando sobre los techos de los autos. Se
escucha desde un taxi: “no me vendría mal”. El sujeto
sin rostro ve su cara quedarse enganchada en un cable
de teléfono. Se queda en medio de la calle y produce
un embotellamiento, hasta que un camión de lácteos lo
atropella.

8
El espejo es el verdadero culo del diablo.
Proverbio francés.
Cuándo ves el espejo?
Volpi.
En la lista ha de asentarse un espejo convexo,
una pantalla, media botella de jb y las vértebras
de una mujer en las ventanas, afuera,
en el balconcito cubierto de cristalitos de nieve.

Vértebras grises, atemporales, juegos de serpiente,
y mi boca huérfana de manzanas pierde-paraísos.
Además, habrá que anotar las sirenas de la policía
y la locura de mi madre en el armario, esa babosa
de treinta kilos verde que canta flamenco al alba;
habrá que incluir un muestrario de pesadillas weber
y un libro de artaud, una silla de mimbre, un colchón
viejo donde sueño una flor de amancay bajo la lluvia,
mientras vivaldi; y una nada ni romántica ni bukowski
ni andahazi, ni bohemia, digo, una nada oneliana
hecha de hielo negro, de colisiones de carne y metal,
de huesos frontales frizados, una nada con anemia
y palabra débil, y una estufa a leña rugiendo en el éxtasis
surreal de la miseria.

9
Solo, con la dentadura móvil del lobo viejo
un poco carroñero, ladino lobo de edificios basura
ahora duele en las clavículas el agua fría del lago,
y pensar en irse para que solo no sea una cualidad
sino cosa arqueológica, porque este SOLO
es ser superpoblado, un habitar del desterrado
entre apariciones de jagger y pessoa promediados,
porque falla el olfato, pero queda crepúsculo en la sangre
como las formas que apenas adivino cuando cruzo
la calle, en una soledad de barro y artesanos borrachos
bajo cúpulas de plástico; hay tantas manos solas
y ciegas buscándose y mudando el encuentro
Poetiqa 3ra Prueba.indd 37 03/05/2011 16:20:53
38 por fugaces bellezas para el desván, donde suceder
hecho Yo de costados perdidos, Yo multipolar y agrio
de puro mirar periférico en el crimen cotidiano de durar
sabiéndose enfermo ambulatorio y dolorosamente presente
y denso y material, tan estepario y tan dislocado,
hecho de voz disfónica en la subasta de palabras
donde cada vez más alimañas, mi amor, más mierda
/digital
en la que voy chapoteando solo, el viejo lobo que come
/puré
de papas, sitiado por tres roedores y una paloma anciana
mientras las imágenes se van a otra parte donde Yo
sea definitiva cosa.



PÁGINA 10 – ENSAYO

MARIO BOJÓRQUEZ
(Los Mochis-Sinaloa-México

LIZALDE O LA POESÍA DEL RESENTIMIENTO

Cuando leemos un poema estamos leyendo toda la poesía universal; este trabajo en colaboración implica al idioma y a la experiencia vital del hombre sobre la Tierra. Cuando leemos a un poeta leemos también a aquellos otros que dieron testimonio de su vida y, aún más, los poemas que aún no han sido escritos por autores que aún no nacen. En la poesía de Eduardo Lizalde encontramos rasgos inequívocos de la obra de Ramón López Velarde. Esta influencia ha sido analizada y comentada por la crítica a partir de la publicación de El tigre en la casa y confirmada en Caza mayor y otros libros. La figura del tigre, se ha dicho, le ha llegado a Borges por Blake y a Lizalde por Darío. Esto puede ser cierto; de Borges sabemos su gusto por el trocaico tigre que “en las selvas de la noche es un brillo ardiente”, y en Lizalde recordamos su diálogo con Darío en “las fieras se acarician, Rubén,/ bajo las vastas selvas primitivas” que nos remiten al poema “Estival”. Sin embargo, nosotros creemos que es del texto “Obra maestra”, de Ramón López Velarde, que viene su final filiación; ya Vicente Quirarte ha apuntado a principios de la década de los noventas: “El tigre es el gran mendigo cósmico, el solterón lopezvelardeano, el de la inaudita belleza que atrae y que repugna”, y en otro momento Ramón Xirau se refiere así a El tigre en la casa: “Nace, ahora cercana a López Velarde –nuevamente punto de partida– ‘la amada’, pero surge en el ‘resentimiento’– ¿se trata de un re-sentimiento, un nuevo sentir?” Sí, nos parece que se trata de un nuevo sentir; pensamos que la poesía de Eduardo Lizalde ha renovado el discurso amoroso en la poesía española contemporánea, ha logrado inyectarle esa fiereza que viene de “Obra maestra”, esa desesperación que en el vértigo se abisma, ese girar sobre el signo del infinito. Desesperado, furioso, colérico, conocedor de la potencia que la naturaleza ha dispuesto en su semilla, pero al mismo tiempo excedido por no lograr la perfección, la indigencia espiritual que en racimos de ira, de odio en peso, en vilo, lacera las paredes del alma, injerta garras de amargo y dorado odio. Ya la perra enorme ha dado al dogo fiel vástagos de puerca en El tigre en la casa, y en Caza mayor la tigra destruirá a la camada y compartirá, con el tigre real, el amo, el sol, el solo, el soltero, las tiernas carnes del filicidio. En López Velarde leemos “El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infinito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un solo sitio. El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad.” He aquí retratada la fiereza del tigre de Lizalde, su descarnada furia, que destruye porque la piedad no es un atributo de la belleza; aquí su maquinal fatalidad, su engrasada maquinaria de odio y de placer rencoroso; aquí el retrato del tigre-soltero: “El tigre en celo/ es como un pozo de semen,/ como un brazo de río:/ más de cincuenta veces en un día/ copula y se descarga largamente en la hembra,/ como un cielo encendido en éxtasis perpetuo,/ una tormenta de erecciones.”
Un poeta romántico mexicano casi desconocido para las nuevas generaciones, un autor digamos de culto, es quizá una de las fuentes del lenguaje injuriante en la poesía mexicana. Muchos poetas nuestros han establecido una suerte de diálogo con la obra de Antonio Plaza, pero será sin duda el poeta Eduardo Lizalde quien mejor reflejará esta influencia literaria. Su libro, El tigre en la casa, conserva rasgos definitivos de la escritura de “A una ramera”, el tema de la amada como el ser más vil y vicioso: en Plaza, la ramera; en Lizalde, la perra: “La perra más inmunda/ Es noble lirio junto a ella/ Se vendería por cinco tlacos a un caimán/ Es prostituta vil, artera zorra/ Y ya tenía podrida el alma a los cuatro años./ Pero su peor defecto es otro:/ Soy para ella el último de los hombres.”
Mientras que en Antonio Plaza reconocemos la devoción del amor por un ser manchado en el desprecio social, en Eduardo Lizalde esta visión se ha modernizado, incide en el destino de un hombre que ha tenido que sutilizar su amorosa entrega a alguien por quien él mismo siente ese desprecio: “¡Ámame tú también! seré tu esclavo,/ tu pobre perro que doquier te siga./ Seré feliz si con mi sangre lavo/ tu huella, aunque al seguirte me persiga/ ridículo y deshonra; al cabo, al cabo,/ nada me importa lo que el mundo diga./ Nada me importa tu manchada historia/ si a través de tus ojos veo la gloria.”
En sus poemas “Lamentación por una perra” y “La ciudad ha perdido su Beatriz”, Eduardo Lizalde consigue ir más allá en el uso violento del lenguaje con expresiones que causan pasmo en el sorprendido lector: “También la pobre puta sueña./ La más infame y sucia/ y rota y necia y torpe,/ hinchada, renga y sorda puta,/ sueña.” Con expresiones de amargo y ácido desencanto va colocando el repertorio de injurias: “despreciable perra”, “cloaca ambulante”, “perra innoble”, “perra sin límites”, “perra impune”, y aun las prostitutas al lado de esa “perra” se ven como decentes señoritas: “¡Grandes hetairas,/ qué pequeñas sois junto a ella!/ qué despreciables,/ qué puras.” En tanto que Antonio Plaza logra una mezcla agridulce de injurias y devoción enferma evidenciado en el uso del contraste, tal como en Petrarca reconocemos el tema de los contrarios en el amor con su Pace non trovo…, donde a cada proposición positiva en el discurso se alterna una proposición negativa en sus valores más eminentemente morales: “Mujer preciosa para el bien nacida,/ Mujer preciosa por mi mal hallada,/ Perla del solio del Señor caída/ Y en albañal inmundo sepultada;/ Cándida rosa en el Edén crecida/ Y por manos infames deshojada;/ Cisne de cuello alabastrino y blando/ En indecente bacanal cantando.”
Una de las figuras plásticas más impresionantes en la obra de Eduardo Lizalde es la de la mutilación y el desgarramiento; en el poema 3 del Retrato hablado de la fiera. Dice que “el amor era una fiera lentísima:/ mordía con sus colmillos de azúcar/ y endulzaba el muñón al desprender el brazo”. Y en el poema “Bellísima” de La zorra enferma afirma: “Si fuera usted un poco menos bella/ si tuviera un defecto en algún sitio/ un dedo mutilado y evidente.” Y más adelante insiste: “Y desespera comprender/ que aun la mutilación la haría más bella/ como a ciertas estatuas.” La referencia mexicana a este uso poético, donde se unen belleza y mutilación, la podemos encontrar en un hermoso poema, “Delicta Carnis”, de Amado Nervo, donde el poeta nayarita se duele en oración por su alma que se pierde entre los tormentos de la pasión carnal; rechaza a la Afrodita impura para alcanzar el sosiego de los justos, pero en sueños temibles la Venus de Milo lo persigue y desea: “Y no encuentro esperanza, ni refugio ni asilo,/ y en mis noches, pobladas de febriles quimeras,/ me persigue la imagen de la Venus de Milo,/ con sus lácteos muñones, con su rostro tranquilo/ y las combas triunfales de sus amplias caderas.”

Cuando leemos un poema leemos también de nuevo al hombre en su simpleza, en la modesta convencionalidad no heroica de sus ínfimos actos; leemos en ese verso la misma pulsión que gobernó el latido del aeda, y leemos al poeta futuro, aquel que volverá a cantar con nuevos acentos las melodías antiguas. Cuando nos acercamos a la obra de un poeta verdadero, como Eduardo Lizalde, nos acercamos a la historia del alma humana.


PÁGINA 11 – CUENTO

FABIANA IGLESIAS
(Málaga-España)

GOLPE DE SUERTE


Lo primero que llamó la atención del hombre fueron las piernas. Eran enormes; parecían gruesos troncos de árboles. El resto del cuerpo estaba embutido en un vestido negro pasado de moda; aunque el color no podía hacer el milagro de quitarle kilos a aquella mole descomunal. ¿Cuánto pesaría? ¿Una tonelada?
El hombre estuvo a punto de sonreír, hasta que un brillo atrajo su mirada especulativa. «Ajá» pensó. Aquel fenómeno de mujer lucía pendientes de oro, al igual que los anillos que lanzaban destellos en sus manos rechonchas.
El individuo giró la cabeza a un lado para hacer una señal a su compañero, ubicado a pocos metros de distancia, quien con cara de aburrido mataba el tiempo escarbándose la nariz en medio de la acera sucia.
De inmediato ambos comenzaron a seguir sin disimulo a la mujer hasta su casa. Cuando ella sacó las llaves de su cartera, uno de los sujetos la abordó por detrás, y con una navaja la pinchó en el cuello, al tiempo que susurró:
–No chilles o te mato.
La mujer hizo un ruido como de un fuelle buscando aire, y entró a trompicones, seguida por los dos hombres. El que la apuntaba con la navaja la obligó a entregarle las joyas que ella llevaba puestas, mientras su compañero comenzó a abrir cajones y volcar su contenido en el suelo.
–¿Dónde tienes la pasta? ¡Venga, que no tenemos todo el día! –gritó a la mujer.
Ella, temblorosa e incapaz de hablar, lo llevó a la cocina y le indicó con un gesto una lata de galletas en lo alto de la alacena. El delincuente se abalanzó sobre el mueble para coger la lata, en tanto que el otro hombre abrió la nevera carcajeando:
–¡Eh, «foca», esto está vacío! ¿Dónde escondes la comida?
Ambos daban la espalda a la mujer, quien por primera vez habló con una sorprendente voz de barítono:
–¿Cómo me has llamado?
Al instante cogió una cuchilla de carnicero y la hundió en el vientre del primer sujeto. Mientras este caía al suelo, la mujer atacó al segundo hombre con increíble agilidad; lo tumbó boca arriba de un golpe en la mandíbula, y se le echó encima, con una pesada rodilla sobre el cuello que le aplastaba la tráquea, al tiempo que con la cuchilla trazaba un tajo desde el esternón hasta el bajo vientre. El hombre tenía los ojos en blanco y su cuerpo se sacudía en espasmos. La atacante se inclinó para susurrarle:
–Te has equivocado, guapo. Aquí dentro hay una joven esbelta y fuerte, ¿lo ves?
Después se incorporó y comenzó a trabajar.
Había tenido mucha suerte; por fin volvería a llenar la nevera.


PÁGINA 12 – POESIA ARGENTINA

JORGE FALCONE
(La Plata-Buenos Aires-Argentina)

DEBAJO DE BIRIMBÓ

Yo quiero un domicilio
bajo el árbol más frondoso.
Este que por vez primera
a las narices del amor dice “siempre“
quiere decir lo mismo
ante las fauces de la muerte:
Yo de acá no me voy.
Yo viviré en Birimbó,
el árbol que da más sombra.
Porque estimo que gané
el derecho a yacer debajo
de donde mis nietos corran,
a que hagan cosquilla las lombrices
sobre lo que el tiempo me convierta en raíces,
hacia el cielo mis brazos-ramas
para solaz de los colibríes.-

POBRE DEL NIÑO ORIEL

Pobre del niño Oriel,
que vive en calle de tierra y
no mira nunca TV !

Pobre del niño que digo,
sin compactera o DVD
ni más remedio que leer !

Pobre del niño Oriel,
criando perro y pajarita
y dando la espalda a Internet !

TRUCO - QUIERO! (*)

Una mirada tunecina basta
a veces
para decirlo todo,
y uno
se predispone pues a la sorpresa,
como si fuera necesario musitar
“y tu
qué te traes?”.
Entonces
una bocanada de vapor
nubla la imagen de ambos
y enciende la espera…
Ya lo plantearon Weaver y Shannon
y Jacobson lo ajustó:
Comunicarse es enunciar un mensaje y
provocar una reacción.
Y aburre recordar que no todos
los lenguajes a nuestro alcance
son meramente verbales.

Yo nunca paladeé
- es un ejemplo –
esos platelmintos que hervís vos
y no obstante
siento curiosidad por saber
adónde te dirigís o
- como decía la Coca –
qué pretendés de mí
picando ese verdeo,
dorando tanta cebolla,
sumando
el ajo que
- sabemos –
es mejor si nunca falta…

No finjas ignorar que me afano
por ser un viejito cool y
con vos al lado
nunca bajo ni un puto gramo.
Ya ensayó Laura Esquivel en
“Como agua para chocolate” que
cocinar también es una forma
de prodigarse amor,
un arte
(culinario como dicen) pero
muy parecido a la alquimia
de buscar en vez
de piedras filosofales un sabor
capaz de resultar desconocido.

Acaso el que convoca desde
una cazuela de barro con solo
inhalar, perder el equilibrio, y
caer dentro de ese abismo.

No me dejás
palabras ni pretendo,
al punto que te contesto
rehogando más cebolla
en oliva y agregando
la inefable dupla de pimiento y ajo,
a ver si sos capaz de soportar
una pechuga que se embeba
en eso y en vino blanco,
jugos de la carne mediante.
Pero como sé tu flanco y procuro
en la contienda escarmentarte,
no sellaré la tapa
de mi mejor olla a vapor sin cubrir
lo dicho con rodajas de papa.

Ahora sólo se trata
de cederle turno al fuego
para que haga
su paciente sortilegio.

Amar sin palabras requiere
un poco más de paciencia:
Respetar el tiempo de cocción
en un diálogo cuerpo a cuerpo para
que no nos eche de menos la pasión.-
Para Andrea
(*) Desafío y réplica, en nuestro juego criollo de naipes.-

EN EL SILENCIO VIVE LO SAGRADO

Ya no acostumbro a exponer.
Mientras riego nísperos y alimento
algún perro sin hogar,
esta pizarra en que me narro
no busca posteridad.-

LO QUE NO FIGURABA EN MIS PLANES

“Cuántas veces me he preguntado si era posible
ligarse a una masa sin haber amado a nadie?”
Antonio Gramsci

Lo que no figuraba en mis planes
es que el mundo de Mubarak,
de Baby Doc,
y el Tea Party
fuera a su vez un paraje hermoso.
Donde encontrara el noble su sitio
y el justo fuera dichoso.
Donde el sol que nutre al mandarino
entibiara también nuestro amor…
Ahora sé que si es posible,

la culpa la tenés vos.-

LILI MUÑOZ
(Neuquén-Neuquén-Argentina)

ME HAS PARIDO

Mano, voz, lengua
silencios
en la noche
arden
queman distancias
afiebran lejanías

Puños al viento nos guían
bocas que escupen el frío
arcoiris tus labios
son a  mi hambre.

Te quiero
locura interminable
has parido sin fin

con la palabra amor entre tus ojos
has dado a luz
me has sacudido con el grito. 

ENTRAS POR MIS POROS

Sé que me quieres
 y ese amor  me llena
entra en mis poros
 lo aspiro
me desbordas
lanzas
 un te quiero  de  silencios
y en el quiebre virtual
recibo tanto
que me forjas y  forjo
tanta seguridad
en las palabras
temple y temblor nosotros
mixtura de nosotros mismos
eros  consuma  los rituales
vos y yo
la vida en la escritura.

ECOS

Hubo un eco muy bajo
fue tu voz al comienzo
tu voz dijo  energía
ternura
desnudez de lo incierto
vuelvo a leer
no te oigo
te percibo
en  el sabor inicial de tus palabras
en el clamor primero
letras que titilan
barquitos de papel
siento
la candidez sin par
sin control ni censura
de haberte conocido
de haber sido algo más
que la imagen de un chat
hombre y mujer fuimos
eternidad instante
de  rescoldo y silencio
no tregua
mucho menos olvido.


PÁGINA 13 – ENSAYO

LIC. WASHINGTON DANIEL GOROSITO PÉREZ
(Irapuato-Guanajuato-México)

JOSÉ EMILIO PACHECO, EL HAIKU Y MI HOMENAJE

Humilde homenaje al escritor José Emilio Pacheco
(Ciudad de México 30-6-1939- Ciudad de México D.F 26-1-2014)

El escritor mexicano José Emilio Pacheco que recibiera el Premio Cervantes de Literatura en el año 2009, ha sido descrito por algunos críticos como un poeta pesimista y vital. Me remito a sus palabras: “Escribir poesía es una forma de resistencia contra la barbarie”.

Fue conocido en círculos literarios, su gusto por la lectura y análisis del haiku. Poesía japonesa que es marcada en su contenido profundamente por la naturaleza. En Japón, la adopción y posterior mezcla del budismo y confucionismo chino dio como resultado el sintoísmo japonés.

La característica principal del mismo es el profundo amor por la naturaleza o por todas las cosas que crecen y fluyen y esa filosofía se ve profundamente reflejada en el haiku. Según Pacheco esto,  “a diferencia de nuestra cultura, que está inspirada en el odio y la destrucción de la naturaleza”.

Obviamente que esa adoración de la belleza no vista como algo extraordinario o milagroso sino simplemente como algo cotidiano, es la clave del fundamento para entender lo que significa el haiku. El escritor mexicano, considera que el budismo zen “trata de meditar en la irrealidad del yo, el cual es causa del deseo, y como sabemos casi todos quedan insatisfechos”.

“Así, meditar es destruir poco a poco el yo y las ilusiones que engendra, entonces el haiku se nos presenta como una forma activa y poética de meditación, por medio de la cual se alcanza la iluminación que nos lleva al Nirvana, experiencia mística de la que la poesía puede darnos un vislumbre”

Es importante tomar en cuenta que en el haiku no encontramos como existe en el español, rima ni versificación acentuada. El origen del haiku comenzó como un pasatiempo de sociedad, que posteriormente el poeta Busho reconvirtió en poesía popular.

La característica del haiku para su escritura es respetar la estructura de tres líneas de cinco, siete y cinco sílabas. Según Pacheco lo maravilloso “es que no son textos poéticos cerrados, pues el lector puede continuarlos y dar su propia versión”.

Uno de los temas que aparece muy poco en el haiku tradicional, es el amor, hoy la “occidentalización” de Japón ha hecho que el mismo aparezca con asiduidad. La profunda significación filosófica del haiku es el silencio. “El haiku viene del silencio y va al silencio”.

Aunque antes de caer en ese silencio, el haiku producirá alguna forma de iluminación y siempre por más triste que sea el tema un haiku va a ofrecer una sensación de alegría o asombro por que estamos vivos.

Al decir de José Emilio Pacheco, el haiku permite “buscar lo maravilloso en lo cotidiano, como buscar el alma y el sentido de las cosas”.

Como humilde aportación y homenaje a este gran escritor mexicano quiero compartir una serie de haikus de mi autoría:

Fina campana
el trino del zenzontle
por la mañana.


Azul en vuelo
las gaviotas hermanan
el mar al cielo.


La golondrina
presenta sus tijeras

es primavera.


PÁGINA 14 – CUENTO

PAULINA MOVSICHOFF
(Córdoba-Argentina)

EL JARDÍN DE LA PALABRA


Aunque no lo sepamos, la escritura siempre está. Sólo debemos encontrar los conjuros, aplicarnos en los hechizos mágicos que nos harán encontrarla. Porque ella está fabricada con palabras, esas monedas de dos caras. Palabra-Amor, Palabra-Deseo, Palabra-Vida. En ella buscamos refugio para cualquier momento de la vida, antes de entrar en el gran silencio de donde ha surgido.
  ¿Y de qué otra cosa podría ocuparse la escritura sino del amor? Y todo amor precisa de un objeto para orientarse. Como en el Cantar de los cantares, la palabra sale de noche para encontrar al amado. Y luego dice: "Morena soy pero hermosa, hijas de Jerusalén. Por eso me ha amado el rey y me conducido a su cámara".  Habría que ocuparse de la negritud de la palabra, de esa palabra que irradia en el poema. Porque ella se diferencia de las otras, de sus hermanas menores, en que es negra, es decir diferente y por eso muy pocos quieren conocerla.
  Iremos al jardín de la palabra. Pero tan sólo pueden encontrarlo los iniciados. Allí está la fuente de la vida. Y la palabra sale de ella fresca y recién lavada, preparada para llevar de la mano a quienes quieran adentrarse en sus misterios.
  La palabra es la rescatadora del olvido. Nos permite recrear nuestra vida a nuestro antojo, imaginar la propia historia. Nos da la prueba de nuestra existencia. El Verbo se hace carne una vez más.
  Detrás de una palabra hay otra, y otra, y otra. Para atravesar su laberinto sólo necesitamos del hilo del deseo. Él es quien nos empuja a ese viaje incesante.


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA

LUCÍA CARMONA
(Chilecito-La Rioja)

6

Los cuerpos tienen
otro relieve,
ya han dejado de ser
arboles con neuronas
que deambulan al sol.
Hoy, justamente hoy
algo ha cambiado
y es distinta la dimensiòn
desde la que se espìan
las señales.
Hoy cada uno
se parece a su origen
y al mismo tiempo
es extranjero
con ojos y con manos
que ya no caben
en el sitio dispuesto.

Hoy cada uno
se ha mudado a sì mismo
aunque tambièn un hilo de extrañeza
demora la llegada.

7

¡Ay Lucìa,
mi madre de claveles!,
¡Ay mi madre,
tanto pudor viviendo
en un solo suspiro!!

8

Sin palabras, sin nombre,
Ni pasos hacia el mundo.
Te llamas como te llamabas
o es que acaso la muerte
ha izado sus banderas
en mitad de tu frente
y aùn estás despierta
custodiando el hallazgo?

9

Con què armas lucharè contra el tiempo,
con cuàles derrotarè
al magistral enemigo
y a què hora?
Ya la piel de las flores
se tiñe de ceniza,
ya no es de fuego el cuerpo
sino de claroscuro .
Alucino
las màrgenes del viento,
me desentiendo de los adioses,
abrazo mi violenta fantasìa.
De què modo vencerlo,
de què modo?
Por la curva del cìrculo
quedamos ciegos
no se puede ascender o descender.
Es la ceguera
que han poseìdo los genes de los genes.
Allì se olvida el nombre
las formas, las pasiones.
Es lo que resta a la primera estatura,
la mentira que forma parte de las verdades
incuestionables,
lo que nos hace nutrientes de la nada.

10

No encuentro màs refugio
que esta lluvia,
soy yo misma
una densa expiación
de mis pecados
o la absuelta inocente sin.memoria
Después,
continuar el camino
con la ebriedad de lo imperfecto
Importante es la lucha,
la sangre,
la vigilia…

11

ELEGIA
Estás presa  de todas las fronteras
Y han huído poemas
Por canales angostos
Hacia un río profundo
Sin sonidos.

Cuando piensas
Se desatanlos nidos
De pàjaros ausentes
Y el silencio
Avanza hacia la nada
Cae sobre su propio cuerpo enfermo
Y no es màs que silencio
Lo que queda.

Cuando quieres recordar
Te asalta una marea inexplicable,
Tan sólo entrelazados
Fragmentos de pasado,
Trozos de hoy

Volviéndote la espalda.


LUIS MARÍA LETTIERI
(Temperley-Buenos Aires-Argentina)

HUESOS.

Por la memoria relativa de los huesos
y los humos que invaden nuestras noches,
nada es tan importante al antojadizo día
como restarle importancias a las cosas.

Hay relojes invisibles degollando minutos,
truncas escaleras de caracol sin faros
hurgando la infinitud celeste.
En vano, todo eso es en vano...
Las huellas confusas del pasado,
el sol lamiendo la desértica salina,
y la lluvia, cayendo sobre el pinar incendiado.
El barro infausto de los dioses,
los túmulos y los altares consagrados,
el amor que nos hemos tenido,
el fuego del verano, el frío de invierno...
el oro de la carne, que se avieja y sufre
el cristalino mirar enredado en la opacidad
de los secretos tules que bordan
las noches y entre sí sufilan los días.

Qué fuimos? nosotros que nos creímos todo...
Qué resta? me pregunto, al borde del abismo
y sé que dentro mío ya no queda nada.

Oigo el eco de los viejos juramentos
junto al muro de estuco, la corona de laureles:
de aquella fausta gloria sólo quedan las espinas,
y los juramentos se han vuelto remisas palabras.


Me intrusan la vigilia memorias inasibles,
son quizás las mismas que merodean la noche,
hechas con confusos trazos de tiza
dibujando sueños finales, y pesadillas.


Pero hay rutas en los huesos, astillas
que rumorean victorias o derrotas.
Ahí yace el último recuerdo de la vida,
esa mueca siniestra de la calavera
mirando absorta cielos invisibles
y sonriendo, con sus dientes amarillos.
Me recuerda que todo es posible
aún la felicidad efímera y viajera,
pero dando por segura, sólo a la muerte.

Huesos y bronces, mármoles y glorias
componen y descomponen nuestra historia.

Así, quizás mis huesos huelan a café
a gardenias degolladas a las 6 en punto,
laderas de lavandas e ignominias.
Y tus huesos huelan a malhabidos billetes
a la plata de Judas, al oro de Midas
o al hierro vetusto de las rejas
donde gime tu alma encarcelada.

Hay en la críptica intimidad de los espejos
runas y voces reservadas a pocos, vedadas a ninguno,
formas sutiles, curvas, prismas adamantinos
que azulan a los ojos la blancura de los haces.

Una febril inteligencia perversa trama
la sombra detrás de las siluetas,
y la muerte, allende la vida.

Nos hemos quedado solos, a pelo,
en páramos helados por la indiferencia,
las dagas que afila el odio ya brillan
en el cielo rojo de la tarde, y caen
como dragones, buscando lagos de fuego y sangre.

Solos y callados.
en patíbulos moribundos
vacíos, anudados a voraces horcas,
nudos finales, sobre horcas caudinas.

Entonces quedarán un tiempo más , ellos,
los huesos, surgiendo de las hedientas carnes.
Los tarsos diminutos, los fémures torcidos.
las sinceras costillas y las falsas,
la pátina sepia de las calaveras
los húmeros, asidos al sudario.

Brotarán de mis dulces tuétanos
blancas azucenas, carnosos geranios,
abriéndose paso entre la grama
para que coma el pájaro de mi quieta mano
o vuelva el cielo a mis ojos apagados.

Huesos que aparecen en escena
para la vista de quienes en vida
los han negado, con su proclama callada
y su millón y medio de silencios.

Nadie podrá entonces decir qué fue de mi vida,
al tiempo que nadie podrá ignorar
que entre las cosas que fueron
una vez, en un tiempo, en un lugar
yo también, a mi modo, he sido.

Me irás olvidando, en cada parpadeo,
y cada paso que des, te irás alejando,
todo beso que me has dado lleva
el falso sabor de uno más,
siendo que todo beso que se da,
siempre es un beso menos.




PÁGINA 16 – ENSAYO

MIJAIL LAMAS
(Culiacán-Sinaloa-México)

EDUARDO LIZALDE Y SU FECUNDO RAYO


Alejado ya de la militancia comunista y cuatro años después de publicar su extenso poema Cada cosa es babel (1966), que reflexiona sobre el lenguaje y la función enunciativa de la poesía, el poeta mexicano Eduardo Lizalde publica un libro fundamental para la poesía en lengua española: El tigre en la casa (1970). Éste ha sido reeditado en 2013 por Valparaiso Ediciones, editorial española que dirige el poeta Javier Bozalongo.

Con El tigre en la casa Eduardo Lizalde construye una estética inusitada, que toma sin reservas elementos de la poesía de Charles Baudelaire así como del romanticismo español de Gustavo Adolfo Bécquer; una poesía que conjuga la eficacia verbal de Salvador Díaz Mirón y la escalofriante plasticidad del Isidore Ducasse.

Al fijar el procedimiento de su poética personal, Eduardo Lizalde elige la figura del tigre como el símbolo inequívoco de la desgracia amorosa; en esta bestia se conjugan "le plus beu" y la "fearful symmetry", gracia y flexibilidad conjugadas al servicio del homicida.

La equilibrada bipolaridad del tigre, su carnicera figura imperturbable se antepone a la perra, como contraparte efectiva del mismo signo. Alguna vez Lizalde declaró que "la humanidad es soltera y huérfana, por lo que el ser humano tiene algo de tigre"; esta declaración nos remite inmediata al otro poeta mexicano fundamental, Ramón López Velarde.

Me explico, el tigre de Lizalde es una alusión a la desgracia amorosa, esta naturaleza alegórica del tigre es cercana entonces a la que Ramón López Velarde bosqueja en su poema Obra Maestra donde "el soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza".

Si en Ramón López Velarde el tigre es el soltero que ha decidido evitar la paternidad, en Lizalde "el tigre real, el amo, el solo, el sol" lo es como fiera que no acepta compañía, el tigre caza solo, pero ambos tigres comparten el ámbito doméstico de su encierro.

El tigre en la casa nos ha modificado, no sólo como lectores de poesía; su fecundo rayo "moteado y asonante", nos ha acompañado en las más distintas etapas de nuestra juventud, y nos sigue regalando visiones insólitas de la condición humana, cada vez más próximas. Su sólida construcción, el asalto infalible de sus versos y esa estructura múltiple que se aleja de la manida e inflexible unidad temática que suele imperar en algunos libros contemporáneos, nos sigue fascinando a casi cuarenta años de su publicación.

La obtención de Eduardo Lizalde del X Premio de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca sólo reafirma la dimensión de una obra ejemplar que desde hace tiempo reclama un merecido reconocimiento más allá de las fronteras.




PÁGINA 17 – COMENTARIOS DE LIBROS

MARÍA CRISTINA ALONSO
(Bragado-Buenos Aires-Argentina)

PLANTAR UNA LENGUA

Libro: GALLITO CIEGO
Autor: HERNÁN SCHILLAGI (1976, San Martin, Mendoza, Argentina)
Editorial: LIBROS DE PIEDRA INFINITA, 2013

Una secreta trama unifica estos poemas en los que la escritura, y sus ideas afines: mensajes, textos, cartas, palabras, intentan plantar una lengua para escribir al futuro. En los versos del epígrafe -extraídos de un poema de Boccanera- está la primera clave de lectura: “escribir con la mano del deseo, ese libro que mañana hablará como un hijo”.
Como en el juego del gallito ciego al que remite el título, el poeta intenta orientarse hasta encontrar las palabras que alumbren las zonas de oscuridad, que lo devuelvan a la aldea de la infancia de donde fue desterrado, que lo ayuden a improvisar la última palabra.
Poesía que remite a otros textos, emanada de un lector que se guarda personajes para luego compartirlos. “arqueología del café” remite al comienzo de El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, “Strogoff” es una clara alusión a la novela de Julio Verne, Strogoff, el mensajero del rey. En ambos  textos se busca que la palabra defina, evoque, abra un paréntesis.
He aquí la segunda clave, la poesía como mensaje cifrado, como un enhebrar palabras con los ojos vendados, un aferrarse al idioma sin soltarse para entender la existencia.
El libro de poemas de Hernán Schillagi  resplandece en imágenes, algunas nos remiten a actos cotidianos: encender una salamandra, rallar una manzana, viajar en colectivo, pero detrás de los gestos sencillos, están las historias sin contar, esa “ficción que sangra y late en los gestos rotos”
 Poemas que remiten no a los iluminados lugares que idealizamos sino a sus zonas más oscuras donde merodea la muerte como expresa el poeta en  “el sabor de lo perdido recuperado”.  Porque la palabra es aquí un rayo que hiere pero también libera al silencio (“lengua suelta”)
Poemas en los que las metáforas  se construyen desde la observación de acciones mínimas trazando  una escritura imposible de traducir como es toda experiencia humana y que solo se conserva en los dedos que “son la memoria del tiempo”
Una escritura que intenta nombrar el mundo como sólo un poeta puede hacerlo. Sólo él  puede oír la música de las palabras aun en los periódicos usados para envolver un ladrillo que paliará el frío del invierno y que permitirá ahuyentar a los monstruos.


Construcción imaginaria de una lengua que pueda descifrar los secretos, los sueños, el quiebre de la inocencia, el amor y la muerte.




SILVINA MARSIMIAN [*]
(Córdoba-Argentina)

HABÍA UNA VEZ

Título: UN PEQUEÑO LIBRO DE TAPAS AZULES


Texto: MARÍA TERESA ANDRUETTO
Ilustraciones: Claudia Legnazzi
Colección "Líneas de arena"
Edición: Judith Wilhelm
Diseño: Dina Pérez
Buenos Aires, Calibroscopio, 2012

“¿Qué puede hacer una niña tímida, que tiene nariz grande, piernas flacas, ropa deslucida y que se sabe invisible para sus compañeras de grado? ¿Qué puede hacer esa niña a la que su madre ha contado cuentos cuando ella era la niña de la niña que hoy es, sino leer, leer desaforadamente todo lo que hay en su casa?”, dice María Teresa Andruetto, en “ABC de lectura”, artículo aparecido en la revista Piedra Libre y compilado luego en su libro de ensayos Hacia una literatura sin adjetivos (Comunicarte, 2009). Estas palabras autobiográficas pueden, quizás, explicar el punto en que se ubica la imaginación de una escritora para dar origen a un libro pequeño y azul, guardado en un estuche también azul, que apenas deja descubrir el lomo que nos observará a los lectores desde un estante de la biblioteca. Todo en él es azul. Como los sueños. De esos que viajan en láminas traslúcidas a través de un espacio lejano y hacia un tiempo fuera del tiempo.

Este pequeño e inquietante libro es Había una vez. Una de las últimas producciones de la ganadora del Premio Hans Cristian Andersen 2012, se inspira en el Libro de las mil y una noches y en una voz legendaria: Scheherezade (“hija de la ciudad”), joven hermosa que entretenía al rey degollador de mujeres, contándole historias sin fin para evitar la muerte. Como es bien sabido, la hechicera había leído los anales y las leyendas de los reyes antiguos; además, poseía innumerables crónicas de pueblos remotos y de sus poetas. Esta suerte de figuración bibliográfica era muy elocuente y daba tanto gusto oírla que el rey olvidaba cada noche ajusticiarla para conocer cómo continuaba la atrapante historia que dejaba en suspenso. Podría decirse que Andruetto es un poco Scheherezade, la “mujer inteligente y sensible” con vocación de narradora. Y Scheherezade a veces se llama Anú, se llama Saläh, se llama Ghuta, se llama Sura. Cada una de las historias contadas por estas y otras mujeres es “extraña y misteriosa”: basta decir “había una vez”, para que se despliegue el mundo en que las mujeres viven “para siempre”.

Mujer. Voz. Ficción. Mundo. Infinito. Cinco palabras que organizan una literatura que Andruetto destina a los niños y a los adultos por igual. Cada uno con sus propias búsquedas. Cada cual con lo que van pudiendo encontrar. En ese itinerario hecho de fantasías, silencios y lengua madre, las ilustraciones de Legnazzi invitan a construir una nueva mirada de lector azorado. El país lejano, hermoso, extraño, remoto, espacio mágico en que se originan las historias, transita por diversas gamas de colores, desde los más luminosos hasta los que diseñan la paleta del atardecer y la declinación definitiva del día; todo él está constituido por edificios ondulantes con sus ventanitas en piedra tejida; cúpulas alargadas hacia el cielo y la luna; y alrededor de las casas con secretos habitantes, esféricos mundos naturales y en pleno florecimiento. Agua y vida. Una tierra surcada por las mujeres que narran, imaginadas como volátiles seres de sugerentes ojos, envueltos en velos y sobre alfombras voladoras. Cultivando un lenguaje visual que desestima la representación realista y profundiza en lo simbólico, la ilustración, que siempre se resuelve a doble página, es como una ventana a través de la que miramos o desde la que nos miran. Ficción del personaje y realidad del lector, en efecto, parecen remitirse mutuamente.

En su conferencia “Las mil y una noches”, Borges nos recuerda que Oriente es el lugar en que sale el sol y que es también una palabra en que, por una feliz casualidad, está el oro, el oro de la primera mañana. Tales connotaciones se las debemos a los cuentos de Scheherezade. Origen de la imaginación, ilustre literatura, obra de diversos autores, aquel primer relato oriental se prolonga en este librito de tapas azules, porque donde hay alguien que dice “Había una vez” todo puede empezar de nuevo. 

[*] Profesora. Editora. Miembro de Número de la Academia Argentina de Literatura Infantil y Juvenil (AALIJ)




PÁGINA 18 – CUENTOS BREVES

JUAN ALBERTO JOSÉ ENNIS
(Olavarría-Buenos Aires-Argentina)

SUEÑOS

El pequeño Cristóbal Colón se duerme en todos los lados redondos que encuentra cada vez que deambula por las calles angostas de la ilusión. Lo hace de noche y de día. Y no es que duerma por dormir; es su modo de soñar, su soñar redondo. Cristobalito no se puede sacar del inconsciente ese almirante deseo de navegar. En el mundo de los sueños, navega dando vueltas y vueltas navegando el mundo, y para lograrlo sin caerse del planeta tiene el loco sueño de que la Tierra es redonda. Pero no se crean que anda por allí y por acá comentando esta idea, él sabe que lo apuntarían como un loco.
Desde el siglo III a. C., el astrónomo Eratóstenes, de la Antigua Grecia, sueña con un marino que surca los mares por todo el planeta Tierra (descubriendo otros mundos). En aquel futuro, ciertamente, Eratóstenes sueña: enormes barcos, rudos tripulantes y un almirante audaz; todo lo enunciado demostrará más tarde que este planeta que habitamos es una esfera.
Cristóbal ha crecido y hoy es almirante. La reina de España necesita creerle y por eso le financia la aventura. Ella sueña con extender sus dominios (siempre y cuando la Tierra sea redonda como dice su almirante).
En Abya Yala, a la sombra de un árbol centenario, duerme Yala Kuna, un joven miembro de la familia Kuna, y sueña que es un pájaro. Siempre sueña que es un ave, o un pez, y vuela o nada, según convenga. Solo que en este sueño, aparece un ser monstruoso que hiere al pájaro hasta darle muerte.
Por esa costumbre que tienen los dioses, esa de levantarse con la pantufla derecha algunos días, estos sueños se cumplen, todos a la vez. Sí. La Tierra es redonda y también el Tiempo es redondo.
Hoy todos han cumplido sus sueños. Sí.
Y la Muerte, también.

EL SIGLO DE ORO DE KID ATÓN

El arqueólogo John Joe Smith fue injustamente opacado por Howard Carter que descubrió la tumba de Tutankamón. Por eso vale la pena su reivindicación, y dar a conocer que John descubrió varios años antes la tumba de un señor que, cuando todavía era Atón el dios de aquella civilización, había realizado incomparables hazañas, según lo ilustran los papiros antiquísimos cuya autenticidad algunos envidiosos ponen en duda.
Al mando de las tropas aliadas de la tribus melónidas y sandíacas, este sub faraón intrépido, conocido como KidAtón, derrotó al poderoso ejército de Tomátides el rojo, poniendo fin a la cruenta guerra de los siete años –así llamada para disimular que en realidad duró siete días, pero hubo mucho viático que justificar- Murieron ocho millones de civiles, niños y mujeres, todos calificados “post mortem” de terroristas apátridas- Dos mil degenerales, mil de cada bando, fueron ascendidos a terratenientes degenerales, y sin rasguños prejubilados con asignaciones de privilegio.
La religión pepinuchoteísta se declaró la única autorizada, y se prohibio pensar después de la caída del solepípedo. José Glutenberg imprimió las sagradas mentituras, y se impuso la excomunión y el destierro para cualquiera que intentase leer otra cosa.
El siglo de oro no duró un siglo ni fue de oro, pero KidAtón hizo lo que pudo, y traducido por un experto enólogo, el discurso encontrado por nuestro arqueólogo y atribuido al sub faraón, así decía: “¡Hermanos y hermanas de mi patria! Un medicastro a la derecha, un veterinárido a la izquierda, un gasistérico matriculado al diome! ¡Vengan santos en mi ayuda, no los voy a defraudar. Todos los que apostaron a nuestro fracaso ganarán. Los niños pobres que tiene hambre serán hombres con más hambre si sobreviven. Los niños ricos que tienen tristeza tendrán ataques de pánico. Cerraremos los cabarés, las cárceles, los colegios, los hospitales, los cuarteles, los estadios de fulbo, los boliches bailables, los peloteros, con quienes estén adentro, y los prenderemos fuego para Nerón que lo mira por tevé. Fundaremos un gran movimiento político opositor porque todas estas barbaridades tendrán que terminar. Derrotaremos nuestra tiranía estableciendo un nuevo gobierno con nueva salud, nueva educación, nueva seguridad, tirando a los viejos por las ventanas de las plantas bajas para que no se lastimen. Y habrá manicomios para los cuerdos, sillas de ruedas para los ciegos y audífonos para los paralíticos.”.


Contaron en los más altos ámbitos académicos que muchas de estas iniciativas fueron imitadas, cuando no plagiadas por conductores de las más diversas comunidades, durante siglos.






PÁGINA 19 – POESÍA ARGENTINA

LYDIA ALFONSO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

TERCERA CARTA

Andar contigo era andar de cómplice
arañándole a la sombra las abejas
de luz, los arabescos caprichosos
del color y la luz
en rascacielos.
Andar de buen aire en las caderas
peleadoras,
sintiéndote estallar la sangre
en tangos,
la voz en júbilo
creador,
en ciudad
terca
y desvelada,
bucearle al tango una ciudad entera,
una muchacha
buenos aires, un surtidor
de sueños rezongones
que el pulso del aire te instrumenta.
Era encubrirte el fuelle corajudo,
andar contigo y noche a calle abierta,
a sótanos, contigo,
a irrespetuoso alcohol en jetas
tristes buenos aires
y qué llanto carcajeándole las penas.
Era cobrate el vino de algún beso
con terrazas,
con locura,
con estrellas.
Y qué más,
qué más que ser tu cómplice,
andar contigo de hurto compañera
y un buen día embolsarnos buenos aires
en tu bandoneón caliente hasta que suba
macho mordiéndole las tetas a la noche
muchachamente vieja.

CUARTA CARTA



Qué esquinas de esperarte las mañanas
sin un bostezo tuyo en el costado.
porque la luz empieza en vos,
la pone en órbita
tu ojo
glotón
del sueño
si asomado apenas
le anuda un claro tiento en cada
párpado.
Y tanto amor es yapa, amor,
es yapa
esta ciudad que me ha crecido tanto,
es yapa buenos aires con un río
mazapán en la garganta
y otro río de música
en tus brazos.
Pero amanecida así, sin tu bostezo,
sin tu cuerpo ovillándome los flancos,
sin tu costumbre de alargar la noche
desde un cacho de sueño acorralado,
o tu costumbre de ensanchar el día
abriéndome en el cuerpo
surcos largos.
Amanecida, digo, así,
Verticalmente,
con este hueco increíble en el costado,
me pone buenos aires como un puño,
como un ojo de fiebre, un ojo
terco de esperar que vengas
todo de esquinas dóciles el paso.




PATRICIA ELENA VILAS

(La Plata-Buenos Aires-Argentina)



SUCESOS

Cuántas cosas suceden
en la vida de una persona,
cuántas cosas sucederán
en los próximos años,
tal vez sean buenas, tal vez no,
nunca se sabrá.

Si ves una figura a lo lejos
no temas, soy yo
que busco en el horizonte
un nuevo amanecer.
Si tú ves un resplandor a lo lejos
no temas, soy yo
que estallo de alegría
ante la llegada de un nuevo amor.

Si tú ves un sombrío amanecer,
no temas, soy yo
que lloro la pérdida
de ese amor tan ansiado.
Si algún día me encuentras
y no te miro, descuida,
contra tí no tengo nada,
tristes pensamientos se apoderan de mi alma.

Si algún día me encuentras
y te brindo mi mejor sonrisa
es porque siento una gran alegría al verte
y junto a mí,
tenerte.

V  I  D  A

Sólo tú sabes cuánto he llorado
y la tristeza que me embarga.
Sólo tú sabes cuánto añoro
la felicidad perdida.

Sólo te pido ahora
paz para mi espíritu
y que ella sea el nido
de esa felicidad tan anhelada.



PÁGINA 20 – ENSAYO

MILCÍADES ARÉVALO
(Chía-Cundinamarca-Colombia)

POESÍA COLOMBIANA

    Jaime Jaramillo Escobar (l932), tan lúcido como Heráclito, estudioso de los Proverbios, de Blake, de Whitman, de las Mil y una noches, “surgido en medio del apocalipsis nadaísta, se ha convertido así, paradoja última, en el autor de una obra que sin renegar del nadaismo lo prosigue en un nivel más alto y a la vez más profundo: el de la auténtica poesía” (6). Ahí están por  ejemplo “Los Poemas de la Ofensa”. En uno de sus poemas, Telegrama de Cuero, nos resuelve toda una noche de bodas:

            “Era el bazar del amor y los mozos disfrazados de gitanos
                       agitaban panderetas y pañuelos rojos
             en memoria de una gota de sangre”.

    Jotamario Arbeláez (l940), a su modo y de manera genial, rompe los lazos del sortilegio de la edad media de las vanguardias anteriores y su poesía “evoluciona y se hace vibrante, un tanto absurda y saltarina” al decir de Armando Romero o como lo advirtió Aldo Pelligrini en su Antología de la Poesía Viva Latinoamericana: “se sumerge en el surrealismo para arañar su propio cielo poético, aunque también aprende mucho de Altazor y de sus saltos al vacío, o del aluvión orgiástico de Henry Miller, ya que su obra vuelve mucho sobre sí mismo revisándose para inventarse públicamente” (7):

                                       “Dios creó el mundo
                                        Creo también todas las cosas
                                        Pero el poeta les nombre

                                       Le dijo Dios a Dios
                                       Al mundo mundo
                                       Le dijo cosa a cada cosa”

    Pero esta corriente poética no daba tregua, ni los movimientos poéticos tampoco y surge “La Generación Sin Nombre”, que entre sus integrantes estaba entre otros: Harold Alvarado Tenorio, Darío Jaramillo Agudelo,  Juan Gustavo Cobo Borda y unos cuantos más. Juan Gustavo Cobo, tratando de ser amable con el poetariado colombiano, les pregunta desde el fondo de un salón de té:
                   “Como escribir ahora poesía
                    por qué no callarnos  definitivamente
                    y dedicarnos a cosas mucho más útiles”.

    Sin embargo es Darío Jaramillo Agudelo (l947) quien mejor nos ilustra acerca de la “generación sin nombre”, y del tono generacional de la nueva poesía colombiana:
“Tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce”
   “Cuando se habla de la Generación sin nombre, se suele mencionar muy a la ligera el nombre de Miguel Méndez Camacho (1942). Grave error. Supo Miguel Méndez muy pronto que lo suyo era lo urbano, cantar la exaltación del momento, volver lo efímero perdurable. Si Rogelio Echavarría con “El Transeúnte”  los nadaistas ya habían abierto una nueva puerta de la poesía colombiana hacia una región desconocida para ella, lo coloquial, atreverse a cantar a una ciudad sin maquillaje, inventar una poética de lo sórdido y del milagro, fue con Mario Rivero quien con “Poemas Urbanos” le dio carta de ciudadanía a este nuevo registro, aspecto que sería de gran utilidad para el joven Méndez Camacho quien a su vez consideró que cualquier asunto, inclusive el más amargo y cruel, por antipoético que sea, puede alcanzar la estatua de la alta poesía”. (8)
                                        La caricia es culpable
                                          que te vuelvas gacela y amazona
                                          pantera en celo
                                          potra rebelde
                                          paloma quejumbrosa,

    Juan Manuel Roca (l946), que ya estaba grandecito para enfrentarse al poema, nos salió al paso con “La mujer que lava el agua”,  y comenzó a deslumbrarnos con el preciosismo de su magia surrealista de ambiente latinoamericano,  entremezclando  lecturas de ebriedad con  Rimbaud e   imágenes  oníricas  con formulas secretas de Tralk. A  partir de allí  la poética colombiana se despierta en otra cama y  Juan Manuel Roca  publica  “Fabulario Real”, donde dice cosas que sólo él ha visto  en sueños:
                   “El  colibrí era también otro temblor del aire”.
    “El arte de Juan Manuel está definido por la imagen, como responsable de la permanente transmutación de la realidad. Su poesía es un fabuloso ejercicio de la imaginación, no sólo como creador, sino también por la capacidad de su verso para someter al lector a las reglas fantásticas de su universo poético, que sin embargo nos remite siempre a lo bello o lamentable de nuestra condición de ciudadanos de la violenta realidad del sueño. El resultado de leer a Roca es el de quedarnos atrapados en la riqueza de posibilidades significativas de sus poemas, en la actualización de sus muchos sentidos. Es tan fuerte su mundo mágico, poderosamente imaginativo y onírico, tan visual y sensitivo, que uno podría olvidarse de que el poema está hecho de palabras cuando entra a ser habitante de un país surreal. Que sigue siendo el nuestro” (9)
        Después de Roca comienzan a aparecer poetas en todos los rincones del país, la mayoría  apenas con buenas intenciones, pero otros, muy pocos, con muchos  aciertos. Ya no se trataba de cambiar de oficio sino de reafirmarse en el oficio. Su verdad no era otra que la poesía y echaban llamaradas por la boca, incendiándonos. El porvenir comenzaba ahora mismo. Era como si los oficiantes del verbo se hubieran reunido en un concilio para delirar  por la belleza. José Manuel Arango, “desde su primer libro, desde su primer poema,  parecía estrenar un mundo e inaugurar un tono que serían, en adelante, inconfundibles. Lo melodioso de la versificación, asordinada, como si fuese un efecto natural de las palabras, los acentos casi disueltos en el fluir del verso, las aliteraciones sabiamente dispuestas y atenuadas para evitar toda estridencia. Desde el primer poema, unas constantes: temas, metros, acentos, imágenes. Cambia, si, Crece, asimilando, incorporando nuevas sustancias. Conserva el timbre, la calidez de una voz que conocemos y reconocemos, aun en los momentos en que ciertas urgencias de lo inmediato lo obligan a hablar de sangre, de torturas, de la muerte en la calle... La poesía de Arango no se torna protesta, si por tal se entiende una opinión expresada en verso acerca de la situación del país. Fiel a su poética, sus poemas son imágenes o relatos: aterradores, sin embellecimientos que disimulen la crueldad, sin sublimaciones. Su poesía surge, entonces, de lo preciso de la visión, de lo tenso del lenguaje. Y la protesta queda en los labios del lector, no en el texto del poema” (10).
     En medio de ese huracán  de poetas que pretendían dejar su huella en la década del 80, se oyó la voz de un fauno que vivía a la orilla del Sinú, componiendo versos delirantes, comiendo mango biche y que se la pasaba tirándole piedrecitas al  fondo del cielo. El acento visceral de su poesía era violento, tan corajudo y violento como él solo. Sus versos nos adentraban en su delirio rompiéndonos la brújula del destino. Iluminado como Rimbaud, loco como Artaud, sagrado como Blake. Hablo de Raúl Gómez Jattin (l946 -1997). No estaba afiliado a ninguna escuela ni creía en él mismo. Únicamente en la vida, si es que su vida pudo llamarse eso: una tragedia. Es cosa de volverse loco.  “La poesía me ha deparado locura, pobreza y soledad. Pero también me ha traído a mi vida ocio, amistad y gran alegría” me explicó una  tarde. Yo no sé por qué a veces la vida y la muerte nos parecen la misma cosa. ¡Yo no sé!
                                   Airoso en su galope
                                  levantó la mano armada
                                  hasta su sien
                                  y  disparó:
                                  suave derrumbe
                                  del caballo al suelo
                                  Doblado sobre un muslo
                                  cayó
                                  y sin un gemido
                                  se fue a galopar
                                  a las praderas del cielo

  Jaime Jaramillo Escobar, con la misma  sutileza de un jardinero de Dios,  celebró  los versos de Raúl  con estas encendidas  palabras que son  pura dinamita: “Eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando bosques y tirándoles las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres el putas!” (l1).
    “Los poetas que vienen después del auge del nadaismo y que comienzan a publicar sus primeros libros a fines de la década del 70, hablan de la generación sin nombre, la antipoesía, la poesía política, la poesía de la imagen y la poesía en prosa. La utilidad descriptiva de su clasificación alude más a influjos que al carácter específico de cada escritor. Mediante su lectura podríamos detectar el influjo de poetas tales como Cavafy, Borges, Octavio Paz, Lezama Lima, Ernesto Cardenal, Alejandra Pizarnik,  los surrealistas, los beatnik, la más reciente poesía latinoamericana, la vertiente latinoamericana del surrealismo, y un desdén inexplicable por la tradición poética española. Flotamos, entonces, en la luz, perdidos en el asombro de la dicha, incrédulos  de que la felicidad sea por fin  esa palabra  que podemos palpar como quien acaricia un cuerpo, tan resistente como vulnerable, tan fragmentario como único” (12). 
    A lo largo de este viaje por la poesía colombiana, he conocido a muchos poetas cuyas propuestas me asombran, entre otros  Giovanni Quessep, William Ospina,  Helí Ramírez, Víctor Manuel Gaviria, Guillermo Martínez González, Rómulo Bustos, Fernando Linero, Horacio Benavides, Winston Morales Chavarro, Felipe García Quintero, Ramón Cote Baraibar, Juan Felipe Robledo, Federico Díazgranados   y muchos más. La poesía es como un pez  en  un espejo, una búsqueda incesante  que todos los días empieza.  Los que leen poesía con sentido crítico, a lo sumo pierden el tiempo porque la poesía  se debe leer como un canto.  Y el que no canta es que no es poeta o el pájaro está muerto.  A los malos poetas los veréis siempre en todas partes, hasta dando declaraciones por televisión.
        Guillermo Martínez González (l952), tan sereno como los versos de Aurelio Arturo, sonoro como la voz de un hombre solo vagando por los caminos de la noche,  hizo pública su “Declaración de amor a las ventanas”  (l98l), y esto dijo en uno de sus versos, solemnemente, como suelen ser los discursos cuando alguien  se gradúa de poeta:

                              “Bebiéndome la luna
                               ebrio de vinos nocturnos
                               yo el trasnochador
                               recorro la ciudad hasta el alba
                               comiendo fábulas en la sombra”.

    Cuando a Gabriel García Márquez le dieron el premio Nobel, lo mejor que pudo decir esa noche  en  que casi toda Colombia estaba en Suecia, fue su discurso en honor a la poesía. Porque todo lo que el hombre tiene de bestia y de humano está en la poesía. Porque todo lo creado y lo imaginado y aún lo soñado está en la poesía. El poeta  es un dios como Prometeo y también tan elemental como Francisco el hombre, capaz de  soñar un mundo a su medida, no para competir con Dios sino para dar testimonio de la vida, del cielo y del infierno, acrecentando la fantasía, haciendo más grato  el universo humano.  Porque sin poesía no hay mar y sin el aire el pájaro no vuela. Cuando el arte está domesticado no comunica ni crea nuevos mundos. La poesía toda debe servirnos  para completar la historia del hombre sobre la tierra.  El oficio del poeta es hacer verdadera poesía. Si bien es cierto que nuestro es un país de poetas,  la verdad es que no hay  tan buenos poetas como quisiéramos, pero los hay. Búsquenlos en la provincia, en las páginas de las revistas marginales de literatura y  en esos libritos que aparecen por ahí sin ganas de hacerle mal a nadie
     Otro punto muy importante que hay que destacar en la poesía colombiana, es la  existencia de una producción poética femenina, “particularmente valiosa no solo como actitud sino que ya se concreta en realizaciones apreciables”, como señala Juan Gustavo Cobo Borda. Ahí están  las voces inconfundibles de Laura Victoria, María Mercedes Carranza, Piedad Bonnet Vélez, Orietta Lozano, Lucía Estrada, Lauren Mendinueta, Tallulah Flórez, etc. Resulta innecesario  nombrarlas a todas aquí, pero cada una va por el mundo con su poema a cuestas, con  su verdad, con su vanidad  y sus sueños entretejidos con telarañas y aburrimientos domésticos que nos ponen en contacto con una poesía muy particular, con nombre propio, más intensa y más viril, si se quiere, que la de tantos poemas supuestamente eróticos escritos por hombres. Veamos dos semblanzas:
    “La pirueta lírica de María Mercedes Carranza (l945) causa tanto asombro como desconcierto. Una amplia cultura se adivina detrás de estos versos sin bellezas formales pero con mucho talento unido a un evidente sentido poético. Realista, amarga a veces, con angustia real –contenida- ante la muerte, irónica –por contraste- ante las cosas cotidianas, ha sabido buscar una vena poética muy original, personalísima, Es muy auténtica en todo ello, incluso en su actitud ante el amor, que es en realidad nueva dentro de la poesía más reciente. También son auténticas su rebeldía, su insubordinación. Y, muy de cerca del nihilismo, se salva por su confianza en la amistad y en el amor” (13). 

                           “Como si nada las personas van y vienen
                            Por las habitaciones en ruinas,
                            Hacen el amor, bailan, escriben cartas”.
   
    Orietta Lozano (l956), quien pacientemente ha venido ocupando un lugar honroso en la poesía colombiana, y más exactamente,  en la poesía erótica, toca la cotidianidad  de nuestras vidas con una sutil aprehensión erótica, como si temiera hacernos daño, pero está probado que el amor no hace daño, tampoco el erotismo. Orietta es transparente, así nos desbarate la razón. Lo ha demostrado  en  tres de sus poemarios: “Fuego Secreto”, “Memoria de los Espejos” y  “El Vampiro Esperado”, como también en su novela  “Luminar”. No sé si para entregarnos su cuerpo,  para gritar en la soledad de un cuarto vacío o para desbaratarnos el alma, dijo en uno de sus poemas:
                              “La noche vuelve secreta
                               a tentar mi cuerpo
                               me penetra lenta y suave
                               me abro
                               como una flor nocturna”.

      Octavio Gamboa, al referirse a la poesía de Orietta dice: “Ella busca su sitio en la luz, sin preocuparse por lo que pueda ocurrir más allá de la frontera de lo tenebroso. Por eso su poesía es elevada y sencilla al mismo tiempo, ilógica y clara, llena de seres transparentes y de oscuros gemidos nocturnos. Es una poesía que participa de todos los dones del cielo y de la tierra y, yo no diría que está más cerca de la felicidad que de la angustia” (l4).

    La poesía está en todas partes, lo dicen los  que viven a la orilla del mar y  los que viven en las altas montañas de los Andes.  Las voces de la poesía colombiana son tan múltiples como sus imágenes. No me corresponde  verificar el rumbo  ni nombrar a  sus creadores ni alabar sus aciertos o desmentir sus desaciertos,   sino tender un puente entre la poesía y los poetas,  para que la belleza y la vida sigan su curso.



PÁGINA 21 – CUENTO

JUAN CARLOS VECCHI
(Olavarría-Buenos Aires-Argentina)

LOS HÉROES GRIEGOS: MITAD DIOSES, MITAD ZAFIOS...

Al lado de una puerta del Olimpo donde alguien clavó un cartel que dice “DIOSES”,  la mitología griega ha puesto en escena a un gran número de personajes de segundo orden conocidos con el nombre de “héroes”.
Seres superiores al común de los cualunques por sus hazañas o por sus virtudes, los cuales lograron -gastando una fortuna en promociones y avisos publicitarios-, ser considerados como semejantes a dioses. Eran hijos de un dios y de una simple mujer, y se sabe de un solo caso en que la madre fue una diosa y el padre un simple mortal. Tal cual el caso de Eneas, nacido de los amores de la diosa Afrodita, aquella que surgió de la media mitad de Urano arrojada al mar junto a su hermana Lombrisa, y Anquises. Anquises trabajaba como cajero en un banco de Troya y más allá del hecho que jamás un cliente se quejó por su atención (e incluso algunos parroquianos afirmaron que Anquises era incapaz de quedarse con una moneda del cambio), no se le reconoce ninguna virtud significativa. Podía recorrer la distancia entre su morada hasta el banco, unos 450 metros, en tres minutos. Sin correr, a paso de cigüeña. Pero, además de lo ridículo que se lo veía, este habitual comportamiento no se consideraba como una proeza. También debemos considerar la vestimenta que Anquises utilizaba en su trabajo: sábana plegada, sandalias de pescador, medias tres cuarto y una corbata anudada a su cuello: Anquises no era un dios para nada.
En Homero los héroes son más bien hombres que se han distinguido por su fuerza, su valor o su sabiduría. Por ejemplo, Sísifo, hijo de Eolo y de María Romina Gutiérrez de Espinosa, fundador de Efira, la antigua Corinto, fue capaz de demostrar su condición de héroe: ordenó colocar a doce elefantes en fila india y una vez que la docena de paquidermos se dispuso de acuerdo a su mandato, se paró orgulloso frente al primero de la fila, y dirigiéndose a la multitud presente, exclamó: "Pero, oh bestias populares...  ¿a quién diablos se le ocurre que yo pueda comerme toda esta carne?". Evidentemente, Sísifo, poseía una gran sabiduría.
Otro ejemplo de héroe, según la concepción que de ellos tenía Homero, fue Belerofonte, hijo de Glauco, rey del Epiro, y de Roxana Miloja, costurera de Macedonia. Belerofonte, logró derrotar a un pulpo en una serie completa de ocho pulseadas. Por su hazaña, si bien las crónicas antiguas nunca pudieron determinar si en realidad Belerofonte doblegó al pulpo porque los cefalópodos carecen de codos, el héroe del Epiro, a partir de entonces, fue reconocido como uno de los más vigorosos.
Y Fauno, hijo de Pancracio y nieto de Saturno, de Marisa Ponce, también nieto de Doña Rosaura, considerado como uno de los primeros reyes de Lacio. Fauno fue un super- desarrollado desde el punto de vista fecundante. Bajo el nombre de Lupercus, tenía un templo en el Palatino donde se realizaron las primeras donaciones de esperma en forma masiva.
En cambio, Hesíodo, generaliza la idea del superhombre de acuerdo a su origen. Según Hesíodo los héroes provendrían de la cuarta generación de hombres místicos. Es decir, la generación que conoció la guerra frente a los muros de Troya y la lucha junto a Tebas. En esta época, efectivamente, dioses y hombres simples vivían en la mayor intimidad. Algunos de ellos, compartiendo el mismo lecho. Otros, combatiendo codo a codo, frente al defensor troyano. Tal fue el caso de los hermanos siameses Eurialo y Tomás, el primero dios y el segundo vulgar jardinero. Para ellos, durante uno de los innumerables ataques a Troya, el destino actuó de manera irónica e irremediable. Porque Eurialo fue batido por una lanza troyana y Tomás finalizó la sangrienta contienda con una curitas en la frente. Esta desgracia a medias obligó a Tomás, por el resto de su vida, llevar a la rastra a su hermano fallecido a donde fuera. Por supuesto, también arrastraba por el piso la lanza clavada. (detalle anecdótico: si bien a Eurialo no pudieron enterrarlo por razones obvias, nunca le faltaron flores gracias al trabajo de Tomás).
Ahora bien, el culto que se rendía a los héroes se distinguía en muchos aspectos del que se tributaba a los dioses.  Antes de degollar las víctimas ofrecidas a los héroes se inclinaba hacia la tierra la cabeza del animal quedando su rabo o cola apuntando hacia la lostananza, mientras que en los que se hacían en honor de los dioses la cabeza del animal se doblaba hacia el cielo, y desde el rabo que apuntaba hacia la tierra, se podía observar que salía un cable hacia esta última. Se temía algún tipo de descarga a causa de la carga eléctrica que solían poseer los dioses con sus tridentes, sus rayos y relámpagos acostumbrados.
Los animales ofrecidos en sacrificio a los héroes eran el toro, el carnero y a veces el caballo. En ocasiones, la musaraña enana. Incluso, si el homenajeado no había hechos grandes hazañas en vida, se le ofrecía un quelonio. Todos los animales debían ser negros. Al quelonio lo pintaban negro. Además, debían ser peludos o lanudos. Al quelonio le pegaban los pelos o la lana en su caparazón con pegamento. Podían ser de corta estatura y ahí andaba bien el quelonio. Cornudos, si nos referimos al toro. Esquilados, antes del verano, si era un carnero. Nadie podía tocar la carne del animal sacrificado hasta que la quema de la víctima era completa. Entonces, los presentes podían tocar el suelo. Cuando el animalito sacrificado era un quelonio, nunca faltaba el que salía corriendo al grito de "¡por fin tengo un plato sopero!".




PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

ARABELLA SALAVERRY
(Sabanilla-San José-Costa Rica)

SÓLO EL AMOR

Se han regado
las constelaciones por el suelo
iluminan el mapa difuso de la tierra

Impávida la noche
se refleja en sí misma

Hay voces que acuden
desde irreflexivas galaxias
marchan tropezando con cruces encendidas

Escuchas atiendes
salta solitario ese aterido rumor
dibujas espejos
para conjurar soledades

Miras oteas
se desliza una interrogación
que no termina

Allá arriba
ya no habitan estrellas
las voces se pierden
envueltas en sudarios
y todo vacío
y todo vértigo

Entonces sólo el amor te salva
de las oblicuas profundidades
del azogue

Te asomas a las estelas anónimas
de un cometa
siembras vértigo
pero el amor allí

Sólo el amor te salva

Al bordear las simas siderales
de la ausencia
sólo el amor te salva

Cuando te miras en agujeros negros
sólo el amor
solo el amor te salva

Solo el amor
solo el amor te salva
del espanto




CARMEN HERNÁNDEZ PEÑA
(Ciego de Ávila-Cuba)

CINE DE ENSAYO

Esa mujer tan triste bebe una cerveza tras otra, y cuando se terminan las cervezas, el dinero, llora, se bebe las lágrimas que con una pizca de lúpulo y cebada, serían tan buenas como las que tomó toda la tarde.
Perece que esa mujer estuvo en Sarajevo arrojando granadas contra los enemigos, que aún no se sabe quiénes son. Es tan triste la guerra, el camuflaje, una nueve milímetros, que sólo sirve para ser apoyada en el cielo de la boca del dueño de la boca y de la mano. Infinitamente menos de un segundo. El disparo. El gris simulador manchando las paredes.  Después, dulce, la muerte.
Pobre Marlon Brando, muerto. Su piel de víbora colgando de un perchero; la gabardina de Corleone, mercada al estilo del prepucio de Cristo, distribuido en siete mil ochocientos noventa y cuatro relicarios por los seis continentes, si tenemos en cuenta que la mar es un continente donde navegan trasatlánticos piadosos. En Sicilia, los botones de la gabardina valen un millón cada uno. La Yakuza organiza un comando suicida por sólo la solapa. A Yasser Arafat no le pudieron arrancar de las garras el bolsillo derecho, en el que Don Vito guardaba las monedas. Cuánta falta hubiera hecho a Patrice Lumumba un fajo de billetes. Los brujos congoleses habrían conjurado la sequía. Pero Brando, con penacho de plumas, a los pies del tótem, tan muerto y tan ajeno.
Veo los pensamientos de la mujer muy triste, parece mujer de ghetto. Pero en verdad, la mujer de ghetto soy yo. Ella sólo está triste y bebe una cerveza.

 (camino de Santiago)

En la tierra firme hay caminos que llevan a Santiago
pero yo vivo en una isla donde los caminos polvorientos
conducen a otros caminos polvorientos
que se abren al mar.
No hay en mi isla caminos que lleven a Santiago
para hacerme una santa o una bruja en los senderos salvajes
o en los ríos
siempre a los pies del santo que a lo mejor no se llamó Santiago
ni era santo.
Tal vez Santiago fue un guerrero celta
que sacrificaba toros blancos junto al sagrado roble
y cortaba con una hoz de oro las ramas de muérdago y acebo.

—Me empeño en verlo con sus vestidos blancos
como una luz plateada desafiando a los lobos—.

Quiero arrancar su túnica y su espada
en las primeras lloviznas del otoño
—aunque dicen que en Santiago llovizna tenazmente
no importa si en otoño o primavera—.
Las lloviznas de otoño
arrastran el polvo de las rosas, de las flores silvestres,
el polvo cruel que inunda los veranos.
Comienzo a hablar entonces de mi isla, no de Santiago
y de unas rosas que no he podido ver
aunque «una rosa es una rosa, es una rosa, es una rosa»
pero no me inmovilices en las rosas
porque nada tengo yo que ver con ellas.
Evócame en el muérdago, el guijarro tenaz
que inunda los caminos.
Qué más da que viva en una isla
o que en el mar no haya caminos que lleven a Santiago
si cada quien es el camino.

CONFESIONES DE UNA PROSTITUTA

I
[...] a orillas del Támesis [...] la primera vez que un hombre me tuvo entre sus brazos [...] Arthur [...] estudiante de literatura. Grave era su voz, azules sus ojos. Pero me desgarró como a una liebre. El miedo anidó en mi corazón[...] odié a los hombres todos, por su brutalidad, por sus olores [...] mi padre llegó a casa borracho, yo estaba sola [...] cayó sobre mí como una tromba, y lo maté a navajazos, sin que mis manos temblaran ni mi corazón cesara en su latido [...] huyendo varios meses por los campos. Muerta de hambre y de frío, regresé a Londres [...] me dio la mano en los que pensé serían mis últimos momentos [...] gentil, un caballero. Me llevó hasta una casa humilde, y allí me dio de comer y de beber, y me compró vestidos y [...]  sin pedir nada a cambio. Volví a ser la mujer hermosa [...] Una noche mi señor llegó asustado y cubierto de sangre, «Marie, Marie, te amo, pero nunca más me miraré en tus ojos», y salió.  [...] me lancé a la calle, a prestar mis caricias por algunas monedas. Mientras los hombres usaban mi cuerpo, yo miraba a lo lejos con los ojos cerrados y pensaba en [...] que me salvó del frío, en sus manos tan blancas, en sus olores a heno y a lavanda [...] mientras me desgarraban como a la misma liebre que he sido y que seré, veía solamente el brillo de sus ojos.

II


[...] horror acometió a las mujeres de mi oficio. Un loco [...]  en las callejuelas, las destazaba como a bestias. No sólo les quitaba la vida, que es lo de menos, sino [...]  Aquella tarde, me fui temprano a casa. Era noviembre y un viento helado arrasaba Londres y [...] dormida cuando alguien cayó sobre mi cuerpo [...] arrancaron las sábanas con las que me cubría [...] una boca lamió mis pezones [...] vida entera en esa boca [...] gimió sobre mi cuerpo. Me aplastó dulcemente, todo él dentro de mí [...] ganas de llorar, de cantar, de hacer una oración, no al Dios de la Reina Victoria, sino a los otros dioses que invocaba mi madre en las piedras del bosque [...] nunca antes sentí que vivir valía la pena [...] me besó, apenas rozándome los labios, apenas enredando mi lengua con la suya [...] escasa luz que entraba, pude entrever sus manos [...] aquellas que tanto conocía [...] habló ahogado por un llanto más excitante incluso que su cuerpo desnudo: «Perdóname, Marie, no podría evitarlo». [...] me cortó limpiamente el cuello, como a una cierva, como a una liebre [...] sangre se escapó y mojó las sábanas, y sus ropas y sus manos, y él bebió de mi sangre como un niño que bebe leche del seno de la madre [...] yo miraba desde arriba, absorta [...] toda la pasión [...] no en la calle, como a las otras, vagabundas, que no conocieron [...] pero lo espero para morir miles de veces más, siempre en sus brazos. 



PÁGINA 23 – ENSAYO

PABLO MONTANARO
(Neuquén-Neuquén-Argentina)

FIEL COMPAÑERA DE UN VIAJE LITERARIO

En “La historia de mi máquina de escribir”, el novelista Paul Auster rescata esa relación de fidelidad que lo une a su Olympia, que ha utilizado desde la década del ’70 para escribir sus mejores novelas, relatos y poemas. Los textos de este bellísimo libro reeditado por Seix Barral (la primera edición data del año 2002), son acompañados por los dibujos de Sam Messer, pintor que consiguió plasmar la fascinación que siente por la máquina de escribir, el autor de “La música del azar”. Según Auster, el pintor logró convertir un objeto “inanimado” en un “ser con una presencia en el mundo”.
Mientras sus amigos se sumaban a la era digital, Auster continuaba aferrado a su Olympia portátil (fabricada en Alemania Occidental, que en 1971 le costó 40 dólares), desoyendo las advertencias de la pérdida de tiempo que significaba estar tecleando. Y esgrimía una justificación: “Yo empecé a parecer un enemigo del progreso, el último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos digitales".
Los retratos de la máquina, sus teclas, los ojos de Auster, cigarrillos, papeles, lapiceras aparecen desplegados en este libro de la mano de Messer, que obliga al escritor a ver de otra manera a esa vieja compañera de escritura y confidente de sus relatos de toda una vida.
También aparecen a lo largo de este relato, los problemas con los que el autor empezaba a enfrentarse, “presintiendo que se acercaba el final” de esa relación. Así fue que encargó de Kansas City cincuenta cintas para su Olympia que, de esta forma, se convertía “en uno de los últimos artefactos que aún quedaban del homo scriptorius del siglo XX”.
Auster describe todos los lugares en donde, durante más de un cuarto de siglo, esa máquina de escribir estuvo siempre a mano: Manhattan, Nueva York, Brooklyn, California, Maine, Minnesota, Massachusetts, Vermont… Y siempre esa fiel compañía a pesar de que la consideraba anticuada. Una “reliquia de una época que rápidamente está desapareciendo de la memoria” y que ha “desgranando con aire entrecortado su música antigua y familiar. Letra a letra, he ido viendo cómo escribía estas palabras”.

Un ruido que jamás se olvida
En una entrevista a fines del año pasado, Paul Auster aseguró que sólo usaba la computadora para escribir sus guiones cinematográficos, “porque no me gusta cómo es el teclado de la computadora al tacto”.
El escritor estadounidense consideró que su vieja máquina de escribir tiene “cierta resistencia” y además porque todo el tiempo “está desarrollando mis músculos mientras que la computadora lastima mis manos porque no hay resistencia en las teclas”.
Grandes obras maestras de la literatura universal fueron elaboradas con máquinas de escribir como la Olympia de Auster o las Underwood y Remington. Para muchos escritores aquel ruido al teclear las máquinas de escribir es uno de los sonidos más hermosos que existen. Así lo reflejó otro estadounidense, Don DeLillo, quien confesó que “la materialidad de un tecleo tiene un peso, es como si usara martillos para esculpir las páginas; es como si labrara el mármol, me gusta ver las palabras y las frases cuando van tomando forma”.


PÁGINA 24 – MICROFICCIONES

J. M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

DE BIBLIOTECAS

Halló al fin el volumen de Centurias, de Nostradamus. Ajado, roto en muchas de sus páginas, deslomado. Manos que lo han maltratado, sin duda, o muchos lectores a través de los años. Buscó el capítulo de las astrologías remotas. Había páginas arrancadas. Se preguntó qué significado tenían esos apremios. No obtuvo respuesta alguna. En cambio, cuando consultó  los libros de los hijos del astrólogo, César y Miguel, de su hermano Juan, advirtió que estaban intactos, con páginas sin esfoliar…También el misterio está escrito.




El monje Lucas de Calatrava piensa en la oquedad del silencio. Silencio siniestro, que le es familiar desde hace décadas.Desde hace décadas siente la presión de las estanterías,
en el ámbito de las ediciones secretas.De este lado, los incunables miniados a mano, crujientes de pergaminos, con  capas de polvo. Del otro, los primeros hijos de la imprenta, las Biblias y el Salterio, las ediciones de Juan Fust, de Schöffer, las del afamado Gutenberg.  Las palabras de unos y otros se enfrentan, abren batalla en la gran biblioteca de Maguncia, gritan en sus gargantas vacías.El monje suspira hondo y suspende -por la eternidad de un minuto- el destino de los libros.




Los estantes vacíos denuncian una conjura. Alguien ha sacado los volúmenes, cientos de volúmenes. En el círculo de lectores nadie osa hacer un vaticinio. Hasta los bibliotecarios han desaparecido. Y en la calle, los murmullos son inaudibles. Anoche, frente a la fogata inmensa e imprecisable, todos ahogaron el grito. Todos ahogaron el grito, hoy también, cuando las estanterías volvieron a cubrirse de los libros de siempre. Junto a los impertérritos bibliotecarios de siempre.




Soy el único lector. El de las tardes. El que no requiere de bibliotecarios. Llego, acomodo mis cosas y saco de allí, donde me aguarda al alcance de mis manos, el tomo en que están reunidas las Dulcineas de la literatura, desde aquélla del Toboso. Todas me esperan con impaciencia. Y con todas, con cada una, hago el amor.


HILOS DE ARIADNA

No te busqué. Es cierto, no te busqué porque en mi cabeza alentaban otras ideas. Pensaba tomar un barco sin rumbo y llegar a alguna isla donde no me encontrara nadie. Pero no se dio ni lo uno ni lo otro. En cambio, tú me encontraste. Sí, me encontraste en el preciso momento en que la policía cerraba mis pasos  y tu cuerpo, tu cuerpo exánime, era la mejor prueba de mi ira incontrolada.




El tesoro buscado estaba allí, donde lo marcaban los mapas. Mezcla de desilusión y de bronca los inunda en lo más hondo. Después de veintidós años, en sus manos las monedas de cobre, los bronces herrumbrados, los jirones de vestidos de seda. Y una espada rota. Y un astrolabio sin aguja.  Cierran el cofre y lo devuelven al mar. Para que lo busquen otros.


PÁGINA 25 – POESÍA AMERICANA

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

PIEL ADENTRO
SEGUNDA PIEL

ANIVERSARIO


Sentado en la mesa vacía de mis sueños
sorbo a sorbo he gastado el vino de los años

Ausente convidado al festín de las cosas
en la copa del día me bebo lentamente.

LO QUE YO SÉ

Sé de la noche que transita el rostro
de las manos que tejen sueños
de los ojos que ven pasar los años
de horas que caen como piedras
de niños que colorean sombras
de hombres que abultan
el silencio de su desgracia
Sé de una ciudad donde a diario
nos demuele la vida
Y que existo en ella sin remedio

MELANCOLIA

Firme su pie sobre el pedal,
atentos sus ojos a cada puntada,
centímetro a centímetro,
me enseñó mi madre a confeccionar la vida.

Juntos ella y yo
viajamos por el mundo,
tardes enteras,
noches completas,
fabricando sueños,
cortando tristezas,
hilvanando esperanzas,
devanando silencios.
A bordo de su antigua máquina;
de su inolvidable máquina de coser

POEMA ALREDEDOR DEL FUEGO

Hay un extraño hilar
de cosas viejas
Te oigo girar apresuradamente

Corazón, Corazón ebrio
Tu licor quema mi sangre

Deja de girar apresuradamente
Corazón
Mi vida cuelga de, ti hecha llamas


DANIEL MONTOLY
(Montecristi-República Dominicana)

EL AMANTE LEJANO DE VIRGINIA WOOLF

Las últimas horas de Virginia Woolf
no fueron suyas, tampoco
aquel espíritu censor
que se comió el blanco de sus ojos.
Y quiso escribir un soneto amoroso
como William Shakespeare
para quebrar el mito de la inocencia
apoderádonse de su tiempo
pero el viento de aquel valle
odia a los poetas con la tenacidad
de relámpago pagano.
Prefiere a hombres con manos rudas,
ojos de alfileres y con aliento
a cebolla agria.
Las últimas horas de Virginia Woolf
no fueron suyas, como tampoco
lo serán estas palabras.

ELLA BAILA SOLA.

Y ellos me deprendieron
la última gota roja
del vientre
con estrépitos
de balas
en los dientes
ensangrentados
llevándoselo
con la fuerza
espartana
de sus uñas.
Su sangre
que se hizo carne
con mi forma
desprendida
del aliento
materno
de estos muslos
temblorosos.
¿A cuál deriva
me arrastrará
el consuelo
dedicándome
canciones
de latimera
utopía masoquista?
Estas lágrimas
despojadas
de signos
húmedos
convertidas
en azufre negro
para que
no haya perdón
en sus olvidos
o silencio
con alas volubles
dentro
de sus vidas.
No permitiré
que
por ingenuidad
la lluvia arrase
mi dolor
lavando
las arrugas
de los verdugos
asesinos
de mi útero.
Yo seguiré bailando
con la soledad
en esta plaza
con astillas de llovizna
clavadas en mis pies
desnudos.

ROMANCE CON UNA MUJER PÁJARO

Le firmé
el contrato, para no oirla resabiar
como las nubes
de aquel Septiembre negro
pero la tregua duro muy poco
sólo lo suficiente
para encontrar a otra
que gimiera más que ella
como las nubes
o como su pájaro.

PÁGINA 26 – ENSAYO

CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

BUENOS AIRES: “SERÁ POR ESO QUE LA QUIERO TANTO”

Asalta la mirada aquella Buenos Aires con sus barrios viejos y seductoras callecitas, con su gran río de tantas extranjerías y llegadas, testigo de músicas, nostalgias, melancolías.
La primera vez que la visité, sentí la ciudad envuelta en un verano interminable. La vi llena de infinitos papeles arrojados desde altas edificaciones. Alguien dijo: “Hoy es 30 de diciembre”, y explicó el suceso: “Cada oficina lanza desde las ventanas documentos burocráticos, los aburridos memorandos de todo un año”. Era diciembre. En un viejo hotel de la calle Juan Domingo Perón, mi mujer y yo sentimos bajo el sopor de esos días la magia de la extraña y bella Buenos Aires. Ahí estaba con sus leyendas, una y otra vez leídas o escuchadas, sobre sus audaces poetas y cantores de arrabal, de viajeros, exilios y destierros.
Es tan difícil descifrarte Buenos Aires; tan injusto definir tus múltiples olores en frase alguna. Sin embargo, allí están tus barrios: La Boca, San Telmo, El Abasto, Palermo, Belgrano, ambiguos y únicos, con calles que cargan todo tu origen. Todavía se escuchan las voces del recién llegado de ultramar, sus lentos y melancólicos pasos por el empedrado. Aún se oyen los recuerdos de viejos marineros, de mujeres hermosas llegadas de lejanas comarcas. En los míticos lugares del tango y la milonga, en tus arrabales y conventillos, viven legendarios cantores, músicas de tristes patrias, tonadas de ausentes, presencia de un amor en la memoria.
Desde el malecón observo oxidados buques, encallados en un antiguo puerto. ¿De qué soñados y dolorosos países llegaron con su carga de música, sabores y paisajes? Muchos descendieron para vivir, amar y enterrar aquí sus huesos. Su imagen palpita todavía en esta nativa y extranjera provincia, calidoscopio de trágica belleza.
Tan extraña y misteriosa eres Buenos Aires. Así te llamó Manuel Mujica Laínez al descifrar tu secreta historia. Sensual e ingrávida como una danza de tango; real y violenta como tu duro pasado. Y ahora estás ante mis ojos, mirándome en los ojos de todos, paseando conmigo por Sanjuán y Boedo, por todo el cielo, contorneándote como una muchacha, terrible y seductora igual a un ángel de pie.
Entonces, recuerdo unos versos: No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto.Son del viejo Borges, el iluminado. He pronunciado en voz alta el poema de este lúcido ciego, y me he detenido en una esquina de la Calle Corrientes, la misma por la cual Alejandra Pizarnik deambulaba solitaria, padeciendo estos lugares del centro, diciéndose: Es que ¡Oh señor! Yo no soy una muchacha: soy un muestrario de los pecados capitales; repitiéndose una y otra vez, indudablemente el mundo externo es una amenaza, cuando buscaba aquella poesía que dijera lo indecible, un silencio, una página en blanco.
Alejandra ¿hacia dónde vas Alejandra? Esta lúgubre manía de vivir/ esta recóndita humorada de vivir/ te arrastra Alejandra no lo niegues./ Hoy te miraste en el espejo/ y te fue triste/ estabas sola/ la luz rugía el aire cantaba/ pero tu amado no volvió.
Sí, Alejandra, tú lo habías escrito. Estabas Cansada del estruendo mágico de las vocales/ Cansada de inquirir con los ojos elevados/… Cansada de aquel amor que no sucedió/… Cansada de la insidiosa fuga de preguntas/… Cansada de abrir la boca y beber el viento/ Cansada de sostener las mismas vísceras/… ¡Cansada de Dios!/ Cansada por fin de las muertes de turno/ a la espera de la hermana mayor/ la otra la gran muerte/ dulce morada para tanto cansancio.
Te observo pasar fugaz por Callao y recuerdo cómo peleaste con las palabras como si fueran tu propia muerte. Te encargaste de hacerlas presentes, visibles después de tu partida. Sabías que demasiada angustia hace que las palabras se suiciden. Tú, la siempre rebelde, entendías que la rebelión consiste en mirar una rosa/ hasta pulverizarse los ojos. Y los pulverizaste en una gran explosión de amor, llena de miedos y de soledad, de mucho extravío, buscando, excavando en las palabras sin llegar a ninguna parte. Nadie apagó el furor de tu cuerpo elemental. Sólo tu suicidio en septiembre de 1972; sólo las lilas y ese sueño infantil con huérfanas muñecas, te acompañaron en el traumático viaje. Lo escribiste, como suplicando desde el fondo de tu herida: Señor/ La jaula se ha vuelto pájaro/ y se ha volado/ y mi corazón está loco/ porque aúlla a la muerte/ y sonríe detrás del viento/ a mis delirios// Qué haré con el miedo/ Qué haré con el miedo (…) Señor// Es el desastre/ Es la hora del vacío no vacío/ Es el instante de poner cerrojo a los labios/ oír a los condenados gritar/ contemplar a cada uno de mis nombres/ ahorcados en la nada. (…) ¿Cómo no me suicido frente a un espejo/ y desaparezco para reaparecer en el mar/ donde un gran barco me esperaría/ con las luces encendidas?
Ahora las lilas colorean vientos y todavía hay mucho abismo como el que abarcaste, mucha pesadilla en la luz, sombras muertas petrificadas en los muros.
Alejandra, Alejandra ¿Hacia dónde vas? La muerte siempre al lado, decías, todo para morir de tanta vida. Nadie te ocultó del combate ni las mismas palabras. Vieja niña con tu camisa en llamas. ¿Quién te entiende ahora? ¿Quién lee tu misterioso y sombrío abecedario? ¿Quién recita tu poema de ausente, tu jardín prohibido?
Pasas efímera por estas callecitas porteñas como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia…Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca torcida, párpados cosidos… Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro”. Y vas diciendo: “Toda la noche escucho el llamamiento de la muerte, toda la noche escucho el canto de la muerte junto al río, toda la noche escucho la voz de la muerte que me llama… La muerte es una palabra.
Alejandra, Alejandra ¿a dónde vas Alejandra?
Con ella me voy por los rinconcitos y los bares ocultos, dejándome guiar por Diego Molinas, un joven amigo porteño que cuenta otras historias de dolor, de torturas y asesinatos. De repente una placa nos recuerda al chico y a la chica desaparecidos en esta esquina por la nefasta dictadura de los militares. En cualquier lugar, en los galpones y sitios donde se instauró el tormento, los argentinos han levantado símbolos al no olvido, a un “nunca más”, con la confianza de que la justicia esta vez será cierta o no lo será. “Memoria y justicia” dice la voz del amigo que nos relata tanto dolor comunitario; “memoria y justicia” se oye en las bocas de los que padecieron las heridas.
En la Plaza de Mayo todavía las madres buscan a sus hijos convertidos en humo de tirano.
He aquí tu ambigua figura Buenos Aires, dolorosa y fugaz, trágica y hermosa, con esa cicatriz que aún te desangra.
Dejarse ir por esos rinconcitos del “qué sé yo”, de seducción y peligro. Dejarse ir sin queja alguna y decirte: Buenos Aires, eres nostálgica como una zamba, como un tango, una milonga; así te vivimos desde el primer día; así te sigo cantando cuando te abrazo y poseo.


PÁGINA 27 – CUENTO

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

JEROGLÍFICOS

     Un hombrecito moreno sostiene un pincel con pintura negra. Debe pintar un ojo en el muro. Ha visto, en su vida de artista observador, miles de ojos diferentes, con los párpados arqueados, arrugados, escondidos, con el iris marrón oscuro, claro, con intrincadas venitas rojas, con destellos amarillentos o verdosos; ojos oblicuos, pequeños, enormes, separados o extraordinariamente juntos; ha notado asimetrías y formas puras o mezquinas. Ha visto miles de ojos con sus particularidades y miradas diferentes.
     El hombrecito sostiene con firmeza el pincel, y con absoluta seguridad pinta un ojo lineal, simple y claro, idéntico al que pintaba su padre, su abuelo, su bisabuelo. Está, él mismo, enseñando a su hijo la exacta manera de representar un ojo.
     Ana sale de su casa, suena una musiquita, y sabe por ella que su amiga Laura le ha mandado un mensaje. En la pantallita aparece la imagen de un animalito llorando, se ven las lágrimas que rodean su cabeza. Laura está triste. Ana le envía la imagen de un arcoíris entre nubecitas, las nubecitas nítidamente dibujadas con las curvas de una mano infantil.
     Ana va a desayunar, mira las fotografías de los combos que se ofrecen, y señala a la empleada el combo cuatro. El combo cuatro consiste en un café con leche, una medialuna y un vasito de jugo de naranja, todo ello claramente representado en la fotografía.
    El hombrecito moreno en un solo movimiento delinea eficientemente el ojo tal y como el ojo debe ser. Renunciando al desmesurado ojo de Picasso, al imposible ojo rojo y azul de un artista fauve, al ojo naturalista de Dalí, que coloca la realidad en medio del sueño. Renuncia al ojo estilizado de Giotto y al ojo de violento claroscuro de Caravaggio. Renuncia, el hombrecito moreno, a su propia experiencia para ceñirse a un lenguaje fijo, inmóvil y pautado. Pinta con incomparable precisión el mismo ojo. Exactamente el mismo ojo que el lenguaje oficial del faraón requiere, establecido por los sacerdotes y avalado por la tradición del imperio, que fija el tiempo deteniéndolo en un único instante, retiene las estrellas y asegura que el orden del mundo sea eterno e invariable.
     Ana no necesita preguntar nada a nadie. Un cartel le indica la parada del autobús, las flechas en las paredes le marcan el camino, un tenedor le dice que hay un restaurante en esa dirección, un hombrecito y una mujercita esquemáticos le aseguran que por allí hallará baños.
     Hemos vuelto a una esquematización del mundo. La infografía se va normalizando hasta constituir el verdadero lenguaje universal. Simple, claro, eficaz. Más extendido que el inglés, carente de complejidades. Expone verdades indudables y lima las desagradables aristas de la variedad de los seres y los objetos.
     Ana sabe poner el dedo en un botón ficticio de su pantallita cuando suena una música, sabe que una nota anuncia que el ascensor llegó al piso cinco, sabe quién es el héroe, el villano, el personaje gracioso o la mujer bella. Todo eso se desprende con suma facilidad de unas cuantas notas indicativas en el rostro y la vestimenta.
     El pintor de hace cuatro milenios renunció a la inconmensurable cantidad de ojos posibles para pintar uno, y sólo uno, durante toda su vida. No vaya a ocurrir como cuando Akenatón permitió en su reinado la libertad para los artistas, y se liberaron los dibujos y los cabellos, y los pensamientos, y ocurrió en esos tiempos que los sacerdotes perdieron el poder, y la capital del imperio se mudó, y hubo que volver atrás luego, y romper la piedra labrada, enterrar las flautas, y perder en el desierto los monumentos y el recuerdo de la época peligrosa que demostró que se puede cambiar la historia.
     Simplificar, eliminar opciones, enrasar para que ninguna cima se eleve, ninguna sima atraiga con esa cosa absurda de deseo que causan los abismos. Poner un orden en los pensamientos, las palabras. Dar múltiple choice como forma de contactarse con la inagotable riqueza del universo.
     Ana camina con seguridad. Nada la va a sorprender. Tiene la destreza de un mico de laboratorio para accionar los botones correspondientes. Lleva su teléfono móvil que la identifica con un número. Escucha la canción que pasan en todas las emisoras, mira el show que se comenta en todos los programas, se viste cuidadosamente con las ropas que le informan los medios que se usan en la temporada. Y Ana, como el lejano egipcio, no puede pensar en la posibilidad de que su sociedad desacomode las piezas, dé las barajas nuevamente, tome un sendero en vez de seguir la doble línea marcada en el ancho pavimento.


PÁGINA 28 – POESÍA AMERICANA

CARMEN AMATO
(Ciudad Juárez-México)

XI

Era un amor extraño,
desconocido para mí lo que nombraba.
Allí estaban sus manos vaciándose en las mías,
La gracia de su aliento viajando en mis sentidos,
destilando del fondo de mi palidez la fuerza,
puliendo el aro de mis pensamientos,
podando la maleza de mi miedo, diciendo
a cada instante con sus actos: vive
y yo viviendo intensamente.
Naciendo de los ríos que fluían de su cuerpo.

XII

Ante mis ojos indefensos
movió su mano vertical y abierta
y no volví a mirarlo.
Las auras del rencor
ondearon cerca,
quede crucificada,
sedienta en el desierto,
expuesto el corazón al viento ardiente
cubierto levemente el sexo,
el pecho desangrado, el  seno seco.

Igual que tú morí un viernes santo
Con la certeza y el dolor

De una muerte inútil.

YESICA MOYRA
(San Ramón-Costa Rica)

boceto Ñ    ñañaras
falar-urías
palabrerías
engatusamientos
patrañas
mentiras
heridas
y quién las sana?
ella misma 
por qué?
porque al hombre por entre las venas no le corre sangre sino ego 
jaja que ni con pétalos entonces porque la realidad evidencia 
hematomas
asesinatos
violaciones
traumas
ñañaras!
por qué son tan ingratos?
contesta!!!!!!!! y no vale decir que por naturaleza
si son humanos tienen conciencia 
haber
dime intrépido Mozart?
dime ingenuo Farinelli?
dime indomable Enrique VII?
dime implacable Bonaparte?
dime infiel Johny Cash?
dime eufórico Axl Roses?
dime orgulloso Agamenon?
dime cruel Odiseo?
dime Pacheco?
dime ---?

boceto O     orgullo
aptitud incrédula para tu bienestar
no presumas sólo defiende tu integridad
aplaude tu libertad
abofetea tu opresión
recrea tu misión
no te avergüence tu ignorancia 
entre las infinitas trampas
porque eres comprobad-ora
de todo sacas experiencia y evidencia

boceto P     promesas
si cada mujer contara su versión 
recaudaría una antología inédita  
de lo que escribo
de lo que demando
de lo que tengo juicio


PÁGINA 29 – ENSAYO

MARÍA TERESA ANDRUETTO.
(Arroyo Cabral-Córdoba-Argentina)

EL GENIO EN LOS MÁRGENES: DANIEL MOYANO

La publicación de Un sudaca en la Corte, del riojano Daniel Moyano, viene a producir “cierta reparación en la obra de un escritor mayúsculo”.

En noviembre pasado se presentó en Córdoba Un sudaca en la Corte, (Caballo negro, 2012) con lo que sumado a la edición de la nouvelle En la Atmósfera (El Mensú, 2012) y la reedición deTres golpes de timbal (Colección Archivos, con el apoyo del centro de Investigación de Poitiers/Alción, 2012), con revisión, crítica y génesis a cargo de Marcelo Casarín, un libro de casi 600 páginas que incluye la novela + anotaciones + un dvd con diversos documentos, se produce una cierta reparación a la obra de un escritor mayúsculo que todavía no tiene el lugar que le corresponde en nuestra literatura. Moyano (Buenos Aires 1930, Madrid 1992) es uno de los escritores más potentes de la generación post Borges, por completo diferente a todos sus contemporáneos, autor de una obra cuyo descentramiento social, experiencial y geográfico ha pagado —paga todavía hoy— con sus condiciones de circulación. Si todo escritor tiene un arco de sensibilidad fuera del cual nada existe, como dijo alguna vez Wallace Stevens, el de Moyano abreva en lo humano más profundo sin aspavientos ni ostentaciones, sin explicaciones ni explicitaciones, corrido de toda corrección política. Interrogando las condiciones de la vida en provincia y de la vida en los márgenes como quizás ninguna otra obra de nuestra literatura, este escritor, siempre en los bordes difusos y en su caso únicos entre realismo y fantasía, refleja zonas de nuestra identidad que muy poco han ido a parar a nuestras ficciones: territorios y criaturas olvidadas que él rescató por amor y conocimiento cabal, a partir de su propia vida, una vida de condiciones tan difíciles que haber construido con ella la obra que construyó parece todavía un milagro. Un sudaca en la corte contiene cinco relatos breves que oscilan entre la ficción y lo autobiográfico y en los que Moyano se interna en la fantasía de los pobres (Un agujero en la pantalla), la música como arma de transformación y lucha (El oboe que se escondió y La Follía, conmovedora remembranza en torno a la sonata homónima de Arcángelo Corelli), el universo mestizo (dicen que cierta vez le dijo a Cortázar: “Yo necesito a América Latina: necesito que exista, porque no soy ni italiano como mi abuelo, ni indio como mi padre. Soy mezcla”), núcleo estructurador de sus ficciones (Caballo de izquierda y El habitante, donde Moyano da un giro a la leyenda norteña de El familiar, ese monstruo que, encerrado en una casa de ricos, devora a los pobres), y la nouvelle que da título al libro, que estaba revisando al momento de su muerte.
Un sudaca en la corte, la nouvelle, permite, plena de ironía y de gracia, lecturas múltiples en las que el sudaca del título, un hombre de a pie, un escritor argentino perdido y olvidado en el exilio español, recibe una carta del Rey invitándolo a la fiesta de cumpleaños de Cervantes, en lo que pronto entendemos como la entrega del premio homónimo, recaído a la sazón en un escritor latinoamericano. En la ocasión,  los asistentes de Su Majestad  comienzan a rastrear a cuando sudaca escritor encuentran por ahí. La invitación dispara una desopilante sucesión de absurdos que tiene su correspondencia en la historia de nuestro continente, la conquista española de América y la tensión dominantes dominados, todo en deliciosa clave humorística, desde la búsqueda del traje que reclama la etiqueta, la opción de reemplazo del convencional traje negro por uno tornasolado, más económico, los problemas que el sudaca tiene con los zapatos, las convenciones sociales y tantas otras cuestiones por el estilo.  Indocumentado hasta la mayoría de edad, obrero, plomero y músico, en todo ello autodidacta desde que no pudo ir a la escuela en Córdoba, donde vivió en casas de diversas tías que intentaban reparar la profunda orfandad que lo habitó, Moyano lleva adelante aquí, con gracia y levedad, un censo de nuestras tragedias, humillaciones y vejámenes. En el tránsito de la lectura, se siente todo el tiempo el delicado, divertido, contrapunto entre lo irreal y lo histórico, la encantadora ingenuidad, ese equilibrio que él encontró como nadie, entre candor y cuestionamiento, inocencia y lucidez, sueño y fábula, un mundo de fantasía necesaria para atenuar el exilio, la pobreza, el desamparo. Los habituales lectores de Moyano encontrarán en Un sudaca en la Corte, en envase pequeño, casi todos los temas y muchas de las estrategias que el riojano desarrolló en sus novelas: la fiesta como escenario y lugar de recreación de realidades y fantasías, el exilio, la migración, la expulsión, la marginación. Los que aun no lo han leído bien podrían, creo yo, comenzar por aquí, por el pobre invitado al cumpleaños de Cervantes que va a la fiesta con la media que se le corre en el zapato y, para no hacer ruido, aprende a caminar de otra manera. Un sudaca en la corte, un libro entrañable escrito, como dijo el escritor Augusto Porporato en la presentación, por “un narrador que descubría los hilos de sus argumentos escribiendo sin un plan previo, para lo cual utilizó más su fantasía que su memoria, recurrió más al invento que al recuerdo, más al sonido que al sentido y, para lograrlo, se tomó todas las libertades con el tiempo, el espacio y las palabras”.


PÁGINA 30 – CUENTO

RICARDO JUAN BENÍTEZ
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

HUMAREDAS

“Dios no juega a los dados” (Albert Einstein)

Un probable destino es tan irracional como el supuesto azar. Entonces la pretendida existencia de uno no debería negar la presencia del otro. De hecho, si el tiempo fluye desde algún pasado hacia el hipotético presente y desde ese presente al incierto futuro, nada parecería indicar que desde ese futuro se haya tejido un plan inmutable hasta llegar a él. Pero, ¿si incluso pudiéramos saber con certeza cómo van a caer los dados? ¿Cuál sería la diferencia? Azar y destino parecerían ser dos vías paralelas y alternativas que echan a suerte nuestras vidas.

Siempre descreí de las casualidades, por lo tanto debe haber sido una serie de prodigiosas causalidades las que me depositaron en el cuarto de aquel hostel sobre Atlantic Avenue, en esa parte de Brooklyn conocida como Bed-Stuy (Bedford-Stuyvesant); un juego de palabras y pronunciaciones que se podría traducir como “permanecer en cama”.

Hacía el año 1936 el metro neoyorquino construyó la extensión de la línea de la calle Fulton: la línea A. Conectaba, atravesando desde el norte de Manhattan hasta el oriente de Brooklyn, el Harlem con Bedford, por ese motivo muchos afroamericanos decidieron mudarse a Bed-Stuy, que estaba menos superpoblado. Un acontecimiento cultural que quedaría perpetuado años más tarde en un jazz estándar de Billy Strayhorn llamado “Take the A train” (“Toma el tren A”), que a la postre resultó ser un clásico de apertura a los shows de Duke Ellington y Ella Fitzgerald.

Por lo tanto Bed-Stuy tenía, para mi gusto, un agregado socioantropológico cultural más interesante que el componente meramente turístico. Nunca me atrajo demasiado buscar la estatua de “Alicia en el País de las Maravillas” en el Central Park, ni allegarme hasta la entrada del Dakota Building o, por caso, conocer el Frank Sinatra Park en Oboken.

Mis mañanas comenzaban bien entradas las 10 am, por lo tanto otra de mis misteriosas causalidades había logrado que estuviera antes de las 7 am en la esquina de Atlantic Av. con Clinton Street para ser testigo de una de esas escenas donde la realidad transcribe a la ficción. Un hombre de mediana estatura, algo enjuto, calzado con zapatillas de tenis, ataviado con jeans, una sudadera azul con capucha y una gorra de los Mets, estaba acomodando en un trípode una cámara fotográfica, que a la distancia me pareció una vieja Leica de 35 milímetros, apuntando a la ochava este del cruce de la avenida con la calle Clinton. Por instinto miré mi reloj de pulsera, faltaba poco más de cinco minutos para las siete de la mañana en punto. Contuve la respiración y quedé expectante como un cazador que acecha a través de tupidos centenos. Paradójicamente, mi supuesta presa también adoptó la pose típica del predador. La tensión que se reflejaba en los músculos del cuello, la intensa pasividad corporal y la mirada concentrada en su objetivo. A las siete antes de meridiano exactas escuché el inconfundible sonido metálico del disparador de la cámara. El tipo sonrió satisfecho, guardó la cámara en un estuche de cuero, cargó el trípode al hombro y marchó rumbo a Court Street.

—¿Será él?
Decidí que no tenía nada más interesante que hacer aquel día y lo seguí.

El sujeto dobló por la calle Court hacía la derecha, como si fuera al complejo del metro Court-Borough Hall, pero a unas pocas cuadras se detuvo frente a un negocio cerrado. Era un drugstore especializado en tabacos. Con parsimonia abrió los cerrojos y entró cargando sus aparatos. Al rato acomodó en la vereda una máquina expendedora de golosinas, de esas que traen premios, y con una larga vara bajó el toldo de la entrada.

Sin pensarlo demasiado me dirigí a paso vivo hacía aquel negocio. Al entrar sonó la típica campanita colgada sobre el dintel. El hombre estaba detrás del mostrador acomodando algunas mercaderías.

—Good morning —saludó.
—Good day —respondí.
Me miró algo extrañado, para luego seguir con sus tareas.

El almacén, aunque incomparable, era tal y como lo había imaginado. Estaba abarrotado hasta el techo de todo tipo de menudencias, licores, bocadillos, refrescos y cigarros. Además disponía de algunas mesas para tomar un desayuno, una comida ligera o un trago. Las neveras atiborradas de latas de cerveza, sándwiches envasados al vacío, legumbres congeladas y sorbetes. En el extremo del mostrador había un exhibidor de puros, pipas y tabaco para las mismas. En el centro del escaparate estaba el tesoro que yo intuía que no debía faltar: unos delicados puritos holandeses.

—Can I help you?
En mi inglés, poco menos que decente, le dije que sí; que deseaba un emparedado de jamón y queso, un café negro sin azúcar y una dona glaseada.

Poco a poco iban llegando los primeros clientes de la mañana. Algún viejo, en apariencia jubilado; con su pijama, las pantuflas y el periódico abajo del brazo. Un par de taxistas bulliciosos que, luego de trabajar toda la noche, iban a desayunar antes de acostarse. Una mujer luchando con su bolso, el atado de cigarrillos y un niño que había decidido tomar por asalto el exhibidor de golosinas. Tuve la inefable sensación de que en cualquier momento entraría un tipo alto, de ojos saltones y aspecto de intelectual para reclamar por sus cigarritos holandeses.

El hombre se acercó con mi pedido. Acomodó con prolijidad la taza con café, el sándwich y la dona. Luego me ofreció un periódico y si deseaba algo más. A decir verdad, sí lo deseaba:

—Disculpe, ¿usted es Auggie?
Me dedicó una mirada intensa mientras sopesaba la respuesta.

—No, yo no me llamo Auggie.
Pasó un trapo sobre la mesa y se retiró para atender a otros clientes.

Estuve escudriñando el periódico tratando de desentrañar las informaciones que, debido al rudimentario uso del idioma, me llegaban fragmentadas. No dejaba de ser un ejercicio interesante.

Cuando consideré que ya me había aburrido lo suficiente le solicité la cuenta, la cual trajo presuroso.

—¿De dónde es usted? —interrogó secamente.
—De Argentina —respondí con su misma sequedad.
—¿Qué hace tan lejos del hogar?
—Verá, soy escritor —dije forzando mi capacidad lingüística al límite—. Me gusta viajar, conocer otras culturas, encontrar nuevos ambientes y escuchar historias.

El hombre se sentó a mi mesa pues el almacén estaba en un momento de relativa calma.

—¿Le gusta escuchar historias? —dijo con un brillo pícaro en la mirada—. Aquí lo que sobra son historias.
—¿Por ejemplo? —respondí con aire conspirativo.
—¿Por ejemplo? —quedó pensativo—. Historias de rateros huidizos, de carteras perdidas, ancianas ciegas o de cenas navideñas entre solitarios. Usted elige.

En principio pensé que se estaba burlando, que era algún tipo de espíritu bromista.

—Aunque usted no lo crea, en esta misma mesa, lo ayudé a un famoso escritor que sufría un bloqueo a concluir una historia que no deseaba escribir. ¿Le interesa?
Pese al brillo malévolo de sus ojos, yo sabía que aquel tipo no se burlaba ni estaba fantaseando.
—¿O prefiere ver mis álbumes de fotos?
Decidí aceptar el convite.

Volví a la hora del cierre. Mi anfitrión me esperaba con los álbumes prolijamente apilados sobre una mesa y un par de Budweiser heladas al lado.

Las fotos eran tal como las había imaginado. Retazos de vida aprisionados en blanco y negro. Los rostros, con diferentes expresiones y estados de ánimo, repitiéndose a la misma hora durante meses y años. Un meticuloso estudio antropológico de la rutina abrumadora de la gran ciudad.

Estaba analizando los retratos del tercer álbum cuando reparé en una fotografía que era a color, algo desvaída y ajada y que no guardaba relación con el resto de la obra. Estaba pegada al final de la carpeta.

—¿Y esta? —pregunté.
—Bueno, los vecinos saben que soy fotógrafo aficionado —susurró con tono cansado—. Además tengo un pequeño laboratorio de revelado. Son pocas las personas que siguen usando el método artesanal de revelado, ahora todo es digital. Entonces suelen traer viejos negativos para restaurar...

La fotografía en cuestión era un cuadro familiar de extraña composición en un jardín pletórico. Parecía un matrimonio con sus dos hijas. Las niñas miraban a cámara sonrientes. Daba la sensación de que estuvieran por hacer alguna payasada que la toma dejó trunca. La madre, por el contrario, parecía mirar a sus hijas. Pero no se veía felicidad en su rostro, sólo una mirada ausente y pensativa. Pero la pose más rara era la del padre. No miraba ni a las hijas ni a la esposa. Tampoco sonreía. Su mirada angustiada se perdía hacía un costado, como si viera alguna cosa amenazante por detrás de la cámara fotográfica. Su pose daba la sensación de tender a la invisibilidad, casi como si fuera un fantasma.

—Me la trajo una vecina que vivía cerca de aquí —agregó sin que yo hiciera más preguntas—. Esa foto tiene una historia que comienza en su país.
—¿En Argentina? ¿Cómo? —pregunté incrédulo.
Parece que había estado esperando aquel momento. Dio un largo sorbo al porrón y comenzó la historia.
—La familia de la foto vivía en Argentina. Ella, Rebecca, era arquitecta y él, David, ingeniero. Tenían un estudio compartido y abundante trabajo. Pero a finales de los setenta y comienzos de los ochenta en su país la situación social y política era insostenible.
—La guerra sucia, el terrorismo de Estado —balbuceé.
—Exacto —asintió con la cabeza—, ellos eran judíos y un probable blanco de los paramilitares de derecha. Decidieron emigrar a Israel ayudados por algunos familiares. Comenzaron una nueva vida y no les iba nada mal. Las niñas se adaptaron a las nuevas amistades. Tampoco sufrieron con el cambio de los planes de estudio, ya que hablaban inglés y hebreo con fluidez. Ellos consiguieron trabajo en una constructora internacional que desarrollaba nuevos barrios en Palestina. Todo parecía bajo control.
—¿Parecía?
—Una noche una pareja de amigos los invitó a cenar a un restaurante árabe en Tel Aviv —prosiguió como si no me hubiera escuchado—. En un momento de la velada Rebecca debe acudir a los sanitarios. Cuando está regresando escucha un griterío y una voz que se alza sobre las demás: “Alá es grande”. Su último recuerdo es una terrible explosión, pedazos de mampostería que caen sobre ella y una ola de calor que la abrasa. Despertó algunos días más tarde en una sala del Assuta Hospital de Tel Aviv. David no pudo sobrevivir al ataque terrorista.

—¿Qué pasó con Rebecca?
—Ahora vive en París —entornó los ojos antes de agregar—, se volvió a casar con un concertista francés. La vida resiste, aun con la cercanía de la muerte.
—¿Y las hijas? —pregunté.
—Hanna vive en un kibbutz cerca de Haifa, está casada y tiene dos niñas —hizo una breve pausa—. Sara era mi vecina. La que me trajo la foto para restaurar.
—Era su vecina —dije pensativo—, ¿se mudó?
—No —su mirada pícara se apagó antes de agregar—, trabajaba en la Torre Dos del World Trade Center.


PÁGINA 31 – CUENTO

ANA MARIA MANCEDA
(San Martín de los Andes-Neuquen-Argentina)

DESDE EL ÁRBOL ROJO

 La luz rojiza fluye a través de las cortinas, iluminando de manera intermitente las perfectas caras de variadas y  exóticas muñecas dispuestas en el anaquel. Algo despertó a Helena, no tenía conciencia de la hora, el calor que irradiaba la calefacción hacia pesada la atmósfera. Aún media dormida captó  la belleza que provocaba la luz en las imágenes de las muñecas. De pronto escuchó un llanto de persona adulta, sonaba único en el silencio nocturno de la ciudad. A los tropezones se fue acercando a la ventana, su grácil cuerpo de trece años recibía los flashes de la luz rojiza, como si en su andar un duende la fuera fotografiando.
               Su cuarto queda en el primer piso de la casa  paterna, desde esa posición se observa el inmenso cartel luminoso que  se encuentra en el negocio de la acera de enfrente, dominando el paisaje urbano. La calle estaba mojada por la pertinaz lluvia invernal, pero lo que más le atrajo la atención fue el soberbio Arce que disimulaba su desnudez emitiendo la luz del cartel. Al bajar la vista vio a un hombre sentado a los pies del arce, las manos en la cabeza, llorando. Transmitía tanta soledad que la niña sintió deseos de bajar y poder consolarlo ¡Imposible! Luego de un rato el desconocido se fue tambaleando. Helena ya no podía dormir, sintió vergüenza  de ir hacia sus padres, prendió la luz y buscó un libro para entretenerse, miró el reloj, era casi la una de la mañana. Al fin decidió anotar en su cuaderno de  “Memorias” lo sucedido, la había impactado el dolor del hombre y la belleza de las imágenes.
                 Desde esa noche, Helena encontró una necesidad misteriosa de esperar la oscuridad, ver el juego de luces que brillaban en las muñecas y la posibilidad que regresara el extraño al árbol rojo. Su joven mente fantaseaba con distintas historias en las que involucraba al desconocido. Hasta que una noche escuchó en la calle murmullos y quejidos, saltó de la cama y corrió hacia la ventana. Una pareja se besaba apasionada bajo el árbol,  sus cuerpos fusionados  se movían rítmicamente. En una de las contorsiones que los amantes ejecutaban, la niña pudo ver el rostro de la mujer, éste tenía una expresión que Helena jamás había visto en ninguna persona, sus ojos abiertos, claros, transmitían un éxtasis cercano al sufrimiento. Toda la escena parecía irreal, la soledad de la calle, el árbol desnudo y  la pasión de la pareja delatada por los destellos rojos que jugaban entre las ramas invernales.  Luego que se fueron, no  pudo dormir, ni leer, ni escribir.  Sentía sensaciones nuevas, sus manos recorrían el joven cuerpo sorprendido, la noche se le hizo interminable.
                  Los padres de Helena se sorprendieron ante sus cambios de actitud. Se la veía más determinante, sus posturas de niña mimada e hija única se diluían ante una mirada que transmitía   ferocidad y rebeldía. Por las noches se iba tarde a acostar,  se negaba a estar pendiente si la pareja volvía. Una noche volvió a acontecer lo del hombre llorando, pero lo más sorprendente aconteció un lunes. El cansancio luego de una jornada escolar intensa hizo que fuera más temprano a su cuarto. Luego de leer un rato apagó la luz y al mirar a las muñecas su sorpresa  fue muy grande  al ver que las mismas brillaban bajo una luz azulada. Se acercó a la ventana y descubrió que el cartel de propaganda ya no era el mismo, lo suplió otro, de distintas características que emitía una luz azul. Anunciando la primavera, el arce lucía sus ramas con  brotes  como si fueran millares de zafiros. A los pies del árbol yacía una joven tapada con una capa negra, en partes abierta, por la que sé entrevía un vestido de tules, como de bailarina. Buscó su cara, cuando la luz azul la mostró, reconoció a la amante desconocida, estaba desfigurada y  con una expresión  de terror. Helena se fue a acostar,  esta escena la  había impresionada de tal manera que sintió su niñez  huyendo  para siempre, se tapó la cabeza con la almohada y lloró.
                Los días primaverales comenzaron a alegrar la vida, el invierno dejó su energía para que ésta se desplegara. Las noches eran tranquilas, solo rompía la armonía el aullido de las sirenas policiales y de las ambulancias. Una tarde, casi a  la finalización de las clases, Helena volvía del colegio, los pájaros aturdían en el frondoso arce, unas vecinas pasaban con sus compras, conversando de manera alterada.- Ella lo mató -¿Quién, la bailarina? - Sí, se querían mucho, pero él la celaba y parece que le pegaba, llegó a desfigurarla. Helena no quiso escuchar más, aparecieron en su mente imágenes dispersas, caras de sufrimiento, el tul de la mujer bajo la  capa, su cara de terror. Aceleró el paso, no podía contener las lágrimas, sintió asco y rechazo hacia algo pegajoso que se adhería a su cuerpo adolescente.  Sintió la necesidad de estar con sus padres y sentirse de nuevo  pequeña, muy pequeña.


PÁGINA 32 – POESÍA AMERICANA

ERNESTO R. DEL VALLE
(Camagüey-Cuba)

1ER COROLARIO


La sangre. Ese liquido espeso y azul -rojo al ponerse
en contacto con el oxigeno- es la temática de este poemario.
La sangre no es solamente nuestra identidad personal,
es también historia grupal, el antecedente de nuestros
antepasados. Cuando una pareja hace el amor,
la sangre de ambos confluyen en otro ser que los
identifica y los hacen ser uno y a la vez el todo de una raza

2DO COROLARIO 

No es gran historia la que cuento, pero caramba, lo
común palpita y estremece paredes y deidades.
No es gran cosa rendirle pleitesía a la cotidianidad, pero a veces
sucede,  que la sangre ahoga los intentos de ser solo alguien
o una persona más sobre las nubes.

EL HOY DE AYER SE HIZO MAÑANA
Decineto Alejandrino

Vivimos el presente de un hoy tan respetable,
tan bien vestido el pobre, tan necio y elegante,
que al tributar sus aguas de tiempo relevante
se hara triunfo o fracaso, según de quien se hable.

Para unos fue una fiesta de sexos y de vinos,
de turbios engranajes y brumosos caminos,
de efimeros amores sin besos ni campana.

Mas fue el ayer vivido a sangre y a coraje,
a fuego redivivo sin tiempo ni paisaje
viviendo cada hora pensando en el mañana

EL HOMBRE

“Esos pies que lo traen y que lo llevan.”

                                    1
La sangre que en las venas lo desgarra.
Estas alas internas que lo elevan.
Aquello que es, y unanime congrega.
Su aire mortal, y dosis de mortaja.

Viene con su infeliz hoja de parra
a ocultar lo de todos conocido:
la sombra del sexo en los concilios
del alma. Ese, señores… es el Hombre..
Vil inmundicia, drogas y temores
y en la voz, la mentira,  el escondrijo

                          2
Mas yo estoy con  el  Hombre paralelo
a la salida del sol y de la rosa,
y deja su coraje en cada cosa
que hace en Paz, con amor y con recelo

Estruendo secular y solidario
Junto a la hembra que ama y fertiliza
que por ella y junto a ella canaliza
el breviario de su vida en el planeta
Ese es el hombre que en todo es poeta
Breviario de la llama y la ceniza.

TRIBUTOS EN MI AUSENCIA

¿A quién molestará la mosca de mi muerte?
¿A quién impugnará en su vuelo?
 ¿A cuántos alcanzará con su hedor a mi mortaja?

Quienes llevan
la sangre cercana a mis latidos
rasgarán sus vestiduras.
Clamarán por mi presencia.
Estrujarán en sus pechos mis libros editados.
Besarán mi rostro en las fotos.
Archivarán mis poemas sueltos
y en cada amanecer estaré en sus recuerdos.

Mis colegas alzarán la copa
 para el brindis en nombre  del amor y de la vida

Pero tú, entre todas,
conocerás a partir de entonces
la sombra de mis caricias,
el valor eterno de los besos.
El dolor que encierra la palabra Amor
 en nuestras vidas.

ALBORADA INTERIOR
(Decineto dodecasílabo)

Al nacer el día, con su impronta magia,
de la sangre pende la razón del pulso.
Si a la página llega de flor y mortaja
la alquimia del verso, inocente y puro.

Y  en esa vendimia del desasosiego,
queda el alma muda, queda el verso ciego
con esa vigencia de sabor a luto.
Mas la sangre viva que en mi copa escruto,
la que fiel defiendo, la que no discuto
me arde en las venas si traidor la niego.

LA SANGRE INAGOTABLE

La sangre inagotable de la que hablaba Benedetti.
la defiendo en mi tazón contemporáneo
donde vierto también las brumas de lo mítico
y las pezuñas del gato globalizado
que el montevideano
 alcanzo a conocer
aunque sabia ciertamente
que todas las aguas del mundo
eran una abuela.

La sangre separada
en sus fuegos mas latentes,
 en sus mas permanentes atributos familiares
me confirma su sensual raíz,
 su eterna diadema de genes seculares.
La sangre febril, yacente o tributaria,
en sus bastiones de cósmica arrogancia,
hoy bulle en las arterias, se inflama
de recuerdos, apura
su almendra ante el golpe y la violencia.
Se aviva!
Crece!
Salta!

TRINO BARRANTES
(San Ramón de Alajuela-Costa Rica)

Salmo V
"Junta el agua del mar como un frasco
y almacena las aguas del océano"
                                             Salmo. 33
Estoy mojado
por tanta memoria encharcada
en los refugios del olvido.
Mientras pasa la tormenta
me renaceré obligadamente
entre gota y gota
entre página y página
de un buen texto.
Un mariposario de nubes
anuncian el alba,
el movimiento, la música,
hay chubasco, cilampa, neblina
el olor a tierra abierta
aplaza el nacimiento del maíz.
Salmo VI
La extensión de las ventanas
abren el debate
al manifiesto liminar
de la lluvia,
los cielos han proclamado
una larga huelga
en el tránsito de los mensajes
que llevan los truenos.
El cielo es un firmamento
de ciervos guardianes
agradables sonidos
que se destejen en las rocas
y los acantilados
al  murmullo del agua.
El sol comienza a manifestarse,
enjuga su cara asustada
en la llovizna milenaria,
un nuevo grito de aliento
en este invierno da sus primeros
pasos en el viacruces de las metáforas.
Rompió el cielo, rompió la lluvia
en su despedida mañanera
pero la tarde anuncia sus retazos
para un largo aliento de aguaceros.
Salmo VII
En el agua está la vida
y por ella veremos el rito
de la nueva cosecha.
Hay en el árbol
un pájaro de inútiles huelgas
con su garganta agotada
invocando el invierno.
Las gotas cascabelean
la ruta  caprichosa de las canoas
impulsan los nuevos verbos
contra la hojarasca,
de tiempo en tiempo
estas humedades
nos dejan almácigos de palabras
en las estibas infatigables
que tejen las sombras.
Me amanezco húmedo
he escampado en el sereno
de las raíces del madroño
y el agua en su larval rito
se desnuda una vez más
tejiendo el polen

para la nueva vida.


PÁGINA 33 – CUENTO

GREGORIO ECHEVERÍA
(Tigre-Buenos Aires-Argentina)

PRELUDIO Y MUERTE DE AMOR

Yo, el miserable picapedrero Parakos de Selinunte, hijo de Nicias el talabartero, inscribo estos plomos a dos amaneceres de cumplirse la sentencia impuesta por el prefecto romano de la alcudia, desde mi celda excavada en la muralla que da la cara al río. Es poco probable que mi muerte logre alterar el pulso de esta población, aplicada con esmero a los pequeños quehaceres de cualquier aldea costera. Vida en verdad monótona al margen de estar siempre pendientes de la seca, el acopio de agua dulce proveniente del hielo de la  sierra y lo que les deja la benevolencia del mar. Los labriegos se ocupan de proveer granos, los hortelanos verdura y fruta. Los desocupados se turnan en la muela del común de donde brota la harina que han de amasar las mujeres y el afrecho para los gorrinos y los gansos. El horno de piedra permanece caliente entre luna y luna y da abasto para el poblado y para los vecinos de La Escuera. Cada primavera fondean detrás de la albufera goletas ligeras de Trinacria, alguna carraca de
Carthago o balandros que costean de ida y de vuelta entre Ifach y Mastia.
Italiotas, griegos y púnicos comercian aquí sus linos  del Nilo, el vino áspero de Rhodas y los agrios bastetanos, por nuestro aceite y los fardos de pescado charqueado que almacenan las cuevas y los hórreos. Unos vientos traen desde levante su misterio y sus historias y otros vientos de poniente empujan detrás  del horizonte nuestros apetitos y algunas ilusiones. Ilusiones traía por todo equipaje al dejar Selinunte hace ya cinco veranos, más el oficio bien aprendido de cantero y pulidor adquirido a sudor y hambre en la Cave di Cusa. Ser ciudadano libre no basta para solventar los viajes que el delirio dibuja en nuestros sueños. Soñando se viaja nada más pensarlo y salta uno de Cusa a Korinthos y de Acragas a Tesalónika y hasta puede uno darse el lujo de desayunar en el Ponto y a mediodía estar sentado en una amable taberna de Tiro, echar una siesta al son de panderos y rabeles en el puerto de Halycarnaso y llegar a tiempo para encargar una cena como para un príncipe en cualquier burdel de la costa eubea. Confieso haber pasado muchas noches saboreando cestas de higos rubios de Smyrna con hogazas de pan negro palermitano y queso agrio del que fermentan los camelleros libios, todo regado por buenas cráteras de chianti de Taranto o ese morapio traicionero que se decanta en las cubas de piedra de la Bastetania. Alguna noche fui reclutado a la salida de una taberna tracia por agentes de un rey macedonio que se aprestaba a cruzar los estrechos en busca de la gloria. Cierta madrugada en la costa de Trebizonda pasaron sobre mi tienda los camellos de una caravana del Gran Khan y los cascos insolentes de su caballería. Qué no puede la imaginación de un hombre sano  y robusto cuando el vino abriga su garguero y las caderas de una bella bailarina hacen cantar su corazón. En realidad, hasta aquel día ya lejano en que avié como pude mis alforjas para engrosar la tripulación de un gaulo que rumbeaba hacia Tarsis, mi viaje más atrevido había sido salir de mi casa con el sol del amanecer camino a la Cave y regresar casi entrada la noche, hambriento de un bocado caliente y un jergón donde echarme a soñar. Bien es cierto que el menestral de la cantera, un simio siracusano que fungía a la vez de capataz y de mentor de los rapaces más avispados, me alentó a tallar por mi cuenta y a mi provecho una de las columnas que habría de sostener el templo de Hera empezado a demarcar a treinta estadios de la Acrópolis. Los griegos de la diáspora llevamos un género de vida bien distante por cierto del que disfrutan los compadres atenienses y tebanos. Para ellos la vida es un fluir de mieles parloteando cuanto les acomoda y asistiendo a diario a los debates políticos y al teatro, sin poner nunca la mano sobre un yunque y sin saber lo que es hachar y desbastar un palo de cedro para la arboladura de las embarcaciones que recorren la costa jonia o las que habrán de engrosar la flota de un rey libio o un tirano italiota. Las tareas manuales son para ellos ocupación de esclavos y gentes de baja ralea, pues no conocen otro negocio que el de su política. Pero en las colonias la historia es muy distinta y el ser griego no le da de comer a nadie, a menos que se avenga a echar los bofes en las canteras o en los campos, por una paga miserable que luna tras luna le da para llenar a medias el buche, sin soñar con extravagancias ni con lujos. Conque bien me pareció la idea de afrontar ese desafío que podía permitirme —según cálculo de mi mentor— un ahorro de no menos de diez denarios de plata. Suma con la cual un labriego o un artesano pueden considerarse si no ricos, al menos dueños de darse algún gusto o encarar un modesto emprendimiento. Mi maestro había licitado la provisión de media docena de columnas, con lo cual hube de ver en su consejo un gesto de apreciable bondad. Ya para entonces estaban mis manos habituadas a la alcotana y al cincel, pero recordando aquellas larguísimas jornadas en la cave vuelven a mi frente los sudores y el cansancio a mis espaldas. La columna que habría de darme al fin la posibilidad de salir a ver mundo era una pieza dórica robusta de dieciocho codos de talla y el arquitecto rhodio que había trazado los planos del templo se ocupaba de que los contratistas contaran con todos los croquis necesarios. 

Dos años lunares me demandó la obra, que  dejó en mi espíritu huellas profundas: la suavidad engañosa de la arenisca compacta que mis herramientas iban modelando y el rostro de la diosa, esculpido en una de las metopas, a cargo de otro de los oficiales de Cusa. Se trata de una escena en que la deidad arroja hacia Apolo un cuero de venado, azuzando a dos perros para que lo destrocen. Pero mi sujeción a esa divina mujer se hizo irreversible a partir de una charla con el rhodio, quien sorprendido de mi devoción me mostró dibujos en los cuales la diosa aparecía de frente en todo su esplendor. Y esa había de ser la imagen que me quedara prendida en la piel y que habría de resultar al cabo mi perdición y causa de mi condición actual. Hasta pienso posible que un hado funesto hubiera amañado mi penuria, puesto que en cuanto tocamos fondo en la costa ilicitana, un lugareño subió a bordo preguntando de parte de su señor si acaso entre los tripulantes se contaba algún maestro en el tallado de la piedra. Hoy comprendo que debí haber sido más cauto, pero lo cierto es que me despedí con premura del capitán de la nave y bajé a tierra siguiendo a mi guía. Caminamos cosa de cinco estadios hasta dar con la casa de quien habría de ser para desgracia mi próximo (y último) patrón, ubicada según pude apreciar en un punto principal del lugar y destacándose de las viviendas que la rodean por su porte que señala la elevada posición social de su propietario. El criado me confió que el nombre de su amo era Melmas y que podía aguardarlo sentado en un banco de piedra, en uno de los patios interiores. Tiempo que aproveché para observar detalles que hablaban si no de buen gusto al menos de un cómodo pasar. Ya el sirviente se había ocupado de informarme que su señor era algo así como el encargado de negocios del poblado, por cuyas manos pasaban todas las transacciones comerciales con el interior del país y con numerosos puertos de ultramar. Al fin llegó el momento de conocer a este importante personaje, quien me saludó con amables muestras de afecto y me hizo servir un refrigerio antes de entrar a exponer sus deseos. Me habló brevemente de sus actividades, se interesó por mis circunstancias personales  y por fin confesó su idea de tener un busto de su esposa en tamaño natural tallado en piedra, de esos monumentos funerarios que suelen llevar la  espalda excavada para alojar las cenizas.
Cuestión si se quiere lúgubre pero se sabe que un cantero tiene familiaridad con el tema.
Más aún los nativos de Trinacria, poblada por gentes que mantienen sus necrópolis con menos mezquindad de la que cuidan sus propias aldeas. En fin, se fijaron detalles y se establecieron condiciones, una de ellas el pedido de alojarme en la mansión, donde contaría con un cuarto para dormir y un anexo bien iluminado de muros altos, apto para organizar mi taller. Se discutieron honorarios y se fijó un plazo de ocho meses lunares para la conclusión de la obra, con un adelanto de dinero para compra de herramientas y acopio de materiales. Mis gastos, desde la comida hasta el aceite para las lámparas, corrían a cargo de Melmas. Todo lo cual fue registrado por un escriba que al día siguiente presentó las tablillas de plomo con el contrato listo para la firma. Nos abrazamos en signo de acuerdo por lo tratado y pude retirarme a descansar hasta la hora de la cena. Brillaba ya en el cielo la estrella vespertina cuando fui guiado a la sala donde estaba servida la comida. Apenas reparé en los detalles del lugar, capturada mi atención por la esposa de Melmas, a quien mi anfitrión presentó con muestras de amor y de orgullo. Estaba preparado para conocer a una mujer joven, pues Melmas no pasaría de los treinta años. Pero para nada hubiera imaginado la arrasadora perfección de ese rostro, los enormes ojos oscuros levemende  rasgados, la nariz delicada, los labios plegados esbozando una casi sonrisa, los párpados apenas entrecerrados procurando velar el brillo profundo de la mirada. La saludé con una ligera inclinación de cabeza y sin decir palabra, como es norma entre personas libres y educadas. Correspondía a
Melmas hacer la presentación de su esposa al huésped y luego un conciso elogio de mi persona y de los motivos de mi presencia en la casa. El silencio que me exigía la etiqueta sirvió para disimular mi turbación a la vez que me permitió observar con detenimiento su perfecta belleza. Solo me privaron los dioses de escuchar su voz, que adiviné un suave gorjeo de timbres seductores. Gurnia —ese era su nombre— no pronunció palabra en toda la noche, aunque creí percibir que le fastidiaba el proyecto de su esposo y acaso la circunstancia de tener en su hogar a un extraño durante tantas semanas. En fin, Melmas se ocupó de que  la conversación no decayera. Habló de sus negocios y de lugares distantes que visitaba de continuo, haciendo notar la importancia que atribuía al ocuparse personalmente de los mínimos detalles, desde la redacción de los contratos que revisaba cláusula por  cláusula hasta que cada palabra quedaba inscripta a su entera satisfacción. Confeccionar listas de la mercadería más diversa, precios, lugares y fechas de entrega, fletes, órdenes de embarque, arriendo de almacenes, en fin, un cúmulo de obligaciones y responsabilidades propias del envidiable estado de sus negocios. Que incluía por supuesto la pelea constante con alcabaleros y recaudadores de tributos, contando los que percibía la guarnición romana de la alcudia. 

El resto de esta historia lo revivo como un sueño —una pesadilla— en la penumbra húmeda de mi celda. La cuidadosa elección del peinado y el tocado, cada detalle del maquillaje, etapas de las que participaba mirándola con arrobamiento pero sabiendo que a quien en verdad contemplaba era a la imagen de mi diosa que el rhodio me obsequiara al despedirnos. No solo la llevo entre mis ropas sino dentro de mi corazón y aún es ella quien alumbra la negrura de mi alma y de mis noches. Si Gurnia era naturalmente bella sin afeites, no tengo palabras para describirla en el esplendor de sus ropas, el peinado, las larguísimas trenzas arrolladas con cuidado dentro de las ruedas sostenidas por el casquete de cuero repujado. Hube de forjarme la idea de que se trataba de una deidad y mis ojos no podían mirarla con otra mirada sino la que podemos poner en nuestros dioses. El prisma de arenisca calcárea se erguía sobre una banqueta sólida en medio del taller. Gurnia ocupaba durante horas cada día el sillón de cedro al costado de una ventana que miraba a levante, por lo cual recibía hasta mediodía esa luz algo lechosa que llega a Ilici desde el oriente luego de atravesar el mar. Cinceles y gubias no eran sino la prolongación de mis manos que palpaban y mis dedos que acariciaban largamente la piedra ocre que poco a poco develaba sus tesoros y sus formas. Escasa fue por cierto nuestra conversación, pues la enfermedad apenas le permitía las penosas horas de quietud delante de la piedra.  Era un secreto que ella, Melmas y yo compartíamos en silencio, ella por la consciencia de abandonar la vida en plena exaltación de su juventud y su belleza. Melmas arrasado por la verdad demoledora de que su fortuna nada podía contra la terquedad del destino. Y yo acorralado entre la letra de un contrato que mil veces maldije antes de concluir mi obra. La cual ni soñaba en mis momentos más amargos, que habría de otorgarle —a ella no a mí— el doloroso privilegio de la inmortalidad. Cuando daba los últimos toques al esmalte de sus pupilas, ya bien entrado el invierno, abordé con angustia la cláusula más terrible de mi pacto con Melmas. No llegará al próximo verano, pero sus últimas semanas serán muy dolorosas.
En cuando hayas dado fin a tu obra, la dejarás dormir en paz. Yo me ocuparé de embarcarte hacia el destino que elijas y con la bolsa provista para no afligirte por dinero hasta el fin de tus días. Gurnia decaía hora tras hora. La palidez del rostro, las aletas de su nariz cada mañana más delgadas por el esfuerzo de respirar un aire que apenas le llegaba a la garganta, el esfuerzo terrible para contestar sí o no, hasta que terminamos entendiéndonos por leves gestos de su cabeza o de las manos. Yo sería llegado el momento el encargado de administrarle la pócima del supremo consuelo, porque era el único paso que Melmas no se atrevía a dar por sí mismo. Un precioso perfumero de jade conteniendo el elixir descansaba junto a mis herramientas, siempre a mi alcance. Gurnia nunca preguntó qué contenía, aunque más de una vez la sorprendí observando con un asomo de interés el frasquito oscuro. Concluida mi tarea con la piedra, me arrodillé abrazado a sus piernas sin pronunciar palabra. Ella colocó una mano sobre mi cabeza y ambos lloramos largo rato en silencio al amparo de las sombras. Al fin sus labios murmuraron una suave plegaria. Haz lo que debas hacer y si no tuvieras otros motivos que te muevan, hazlo por amor a mí.


Cumplí lo prometido pero de todos modos quebranté una parte del pacto. Al sentirla desmayarse en mis brazos, la llevé hasta su alcoba y estando Melmas de viaje, di breves instrucciones a los sirvientes. Luego recorrí a la carrera los estadios que median hasta la alcudia y pedí hablar de inmediato con el prefecto. Fastidiado por lo intempestivo de mi presencia y lo avanzado de la hora, el jefe de la guarnición escuchó mi confesión en silencio. Sin otro comentario, me informó que practicadas las necesarias averiguaciones acerca de mis dichos, sería sometido a un juicio sumario y accedió a cumplir mi último pedido. Quiero —dije— que el busto de piedra sea emparedado en la muralla, en la misma celda en que pasaré los días que medien hasta mi muerte. Confío en que Melmas me comprenda y los dioses me perdonen.   


PAGINA 34 – ENSAYO

MARÍA ROSA LOJO
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina) 

EL BANQUETE DE LEOPOLDO MARECHAL

Leopoldo Marechal es desde hace tiempo un clásico hispanoamericano y un escritor argentino universal. Se lo sigue leyendo, se lo sigue estudiando más allá de nuestro país como un renovador. Es más: como el fundador de la literatura argentina moderna. Ese precisamente fue el tema del más reciente y tal vez más importante encuentro académico internacional que tuvo lugar en octubre de este año, realizado hasta ahora sobre el autor de Adán Buenosayres.
La cita fue en Jena: una bella ciudad rodeada de montañas, en el corazón de la Alemania del Romanticismo. La Universidad Friedrich Schiller ofició de anfitriona, con la infatigable organizadora de este evento: Claudia Hammerschmidt, catedrática de la casa, especialista en literatura latinoamericana y autora, en su momento, de una tesis sobre Marechal.
Los invitados llegaron desde diversos puntos, aunque los de Argentina, como era casi lógico, fuimos mayoría (Ana María Zubieta, Graciela Maturo, Adriana Mancini, Ester Andradi, Marta Nesta, Jorge Monteleone, Enrique Foffani, Raquel Maciucci, Fernanda Bravo Herrera, Mariela Blanco y quien esto firma). Pero no faltó la representación de otros países donde también la obra de este gran escritor es conocida: España (Javier de Navascués), Italia (Marisa Martínez Pérsico), Canadá (Norman Cheadle), Cuba (Ernesto Sierra), México (Rose Corral), Alemania (la misma Hammerschmidt, Ulrike Kröpfl, Andrea Pagni, Jorge Locane, Carolin Voigt). Claudio Ongaro Haeltermann (Universidad de Firenze) y Marián Semilla Durán (Universidad de Lyon) estuvieron ausentes por razones de fuerza mayor. Más que invitada, alma mater, María de los Angeles Marechal, presidenta de la Fundación Leopoldo Marechal y principal custodia del legado de su padre, fue una presencia clave. Junto a la Fundación Marechal, apoyaron el coloquio convocado por Hammerschmidt la Deutsche Forschungsgemeinschaft, la Ernst-Abbe-Stiftung y la Embajada de la República Argentina.
Si algo quedó en evidencia desde el principio, con solo leer el programa, fue la versatilidad del escritor abordado, en su calidad de poeta, novelista, ensayista y dramaturgo, así como la pluralidad de los enfoques de sus críticos. Adán Buenosayres (1948), no obstante, siguió siendo el texto más citado y frecuentado, como hito de la novelística latinoamericana. Las distintas voces convocadas adujeron numerosas buenas razones: despliega en clave narrativa el programa de la vanguardia y a la vez lo interpela desde adentro; cuestiona el canon nacional reciclando los estereotipos populares y poniendo en valor la cultura plebeya, deconstruye las dicotomías tradicionales y anticipa la nueva novela de Latinoamérica e incluso la novela postmoderna; utiliza la parodia como eje revolucionario de otra visión del mundo y la literatura; propone la nación argentina misma como una gran metáfora vanguardista, creadora de identidades nuevas con los elementos dispares y distantes provenientes de una inmigración ecuménica.
Uno de los aportes destacables del coloquio fue sin duda la atención prestada a una figura no menos inspiradora que la de Macedonio Fernández para la generación de la revista Martín Fierro. Se trata del multifacético artista Xul Solar (su verdadero nombre era Alejandro Schulz Solari), que se trasluce en un personaje clave del Adán: el astrólogo Schulze, demiurgo de Cacodelphia. Pintor y visionario, Xul es objeto de estudios cada vez más diferenciados a partir de los años ’80 del siglo XX. La ponencia de Andrea Pagni recordó su intensa circulación entre los martinfierristas, así como su peculiar “política de la lengua” y la invención del idioma “neocriollo” que Marechal recoge en su novela. Los múltiples vasos comunicantes entre el ideario de Xul Solar y el Adán Buenosayres permiten pensar –añado– que en esta “novela total” se realiza de alguna manera la panlingua soñada por Xul. Lejos de escribir su epitafio, la novela rescataría, antes bien, el legado más radical del grupo Martín Fierro, apuntó Pagni en sus conclusiones.
Otra singularidad estética del Adán fue puesta de relieve en el trabajo del canadiense Norman Cheadle sobre su teoría y práctica de la imagen, omnipresente y avasallante en todo el texto. Una “guerra de imágenes” (en lucha por la “identidad argentina”) es lo que se desata en el arrabal de Saavedra, donde arquetipos a veces caricaturescos se proyectan contra la noche como figuras de un teatro de sombras o de cartoon. Entre la iconofilia y la iconoclastia (formas acaso complementarias de la misma idolatría, del mismo deslumbramiento), Adán, el poeta, libra su batalla personal contra el tiempo para salvar su amor de la caducidad.

EL MENU DE JENA

Aunque el Adán fue el “plato principal” en el banquete de Jena, no faltaron alternativas. Antígona Vélez, soslayada en la enumeración de las Antígonas hecha por Steiner, fue el objeto de los trabajos de Adriana Mancini (la estética de la muerte que redime el horror en la belleza) y de Ester Andradi (la lectura de la construcción histórica nacional como negación absoluta del otro). Los estudios de Enrique Foffani y Jorge Monteleone abordaron especialmente la poesía, en un recorrido integrador y exhaustivo. Foffani recuperó la primera obra poética: Los aguiluchos, marcando la continuidad de modernismo y vanguardia y la importancia de la alegoría cristiana, trabajada por Baudelaire, en el autor argentino. Monteleone dibujó su tránsito de la vanguardia al arquetipo, colocando la metáfora sorprendente en el lugar de una tradición ahistórica.
De manera informal, pero elocuente, se presentó también Valoración múltiple: Leopoldo Marechal (2011), una antología internacional al cuidado de Ernesto Sierra, editada por Casa de las Américas, de La Habana, que reúne un vasto panorama de opiniones de escritores y fragmentos de estudios críticos sobre el autor.
Adán Buenosayres fue revisitado además por otros motivos. En la mesa de apertura Javier de Navascués se refirió a su nueva edición de la novela, que acaba de lanzarse en la Colección EALA (Ediciones Académicas de Literatura Argentina), siglos XIX y XX, de Corregidor, dirigida por mí y co-dirigida por Jorge Bracamonte. Se trata de la primera edición crítico-genética de esta obra publicada en la Argentina, y cuenta ahora con una base de pre-textos y manuscritos originales (casi la totalidad) que no estuvo disponible para las ediciones anteriores. Entre otros problemas propios de esta labor, Navascués abordó el de las notas al pie, dadas las casi innumerables correcciones establecidas por un autor minucioso al extremo. ¿Sería realmente necesario marcar todos esos cambios? El editor optó por una selección de lo que le pareció verdaderamente significativo. Aun así, la obra, precedida de un fundamental estudio preliminar, incluye más de cuatrocientas notas, entre las léxicas y generales, y aquellas específicas sobre el proceso genético.
Alijerandro, una obra de teatro de Marechal nunca publicada antes, compuesta presumiblemente entre 1950 y 1955, se presentó en el mismo coloquio, como “cierre estelar” de la mesa de balance que tuvo lugar en la Embajada Argentina en Berlín el último día. Pero es solo la punta del iceberg en un territorio inexplorado. María de los Angeles Marechal comentó la existencia de varias obras dramáticas nunca dadas a conocer en el archivo que las hijas y herederas del escritor lograron recuperar en 2008, después de una ardua lucha: Estudio en Cíclope (que el autor decidiría llamar Polifemo), El arquitecto del honor, El Mesías, Muerte y epitafio de Belona (que podría considerarse un apéndice del Adán), Don Alas o la virtud, Un destino para Salomé, La mona de oro, Gregoria Funes y Tu vida en la balanza (estas dos últimas incompletas).
Se han recobrado asimismo los manuscritos y pretextos de sus otras dos novelas, lo cual permitiría realizar, como se ha hecho en el caso del Adán Buenosayres, nuevas ediciones de índole crítica y crítico-genética iluminadoras del proceso creativo, siempre intrincado y complejo en el caso marechaliano. También algunas conferencias completas e incompletas. Lamentablemente, no todas son buenas noticias en este rubro.
En efecto, parte del material inédito, textual y pretextual, según declaró María de los Angeles Marechal, se halla hoy, junto con lo que resta de la biblioteca del autor, en una sala de la Universidad Nacional de Rosario (Facultad de Filosofía y Letras), aún sin catalogar y en situación de riesgo.
La investigadora Marisa Martínez Pérsico publicó este año un extenso estudio en la revista Cartaphilus, cuyo título habla por sí mismo: “Biblioclastia por incuria: la biblioteca personal de Leopoldo Marechal en Rosario”. La “biblioclastia por incuria”, define, siguiendo a Umberto Eco, no es sino el abandono y el olvido al que son sometidos algunos textos, en este caso, los libros y los manuscritos que fueron objeto de una donación realizada años después de la muerte de Marechal y no autorizada por sus hijas. Las fotos del material, exhibidas en el coloquio por María de los Angeles, también se expresaron por sí mismas con elocuencia suficiente. Durante su última visita en 2012 –señaló–, después de sortear múltiples impedimentos burocráticos, las condiciones de conservación no habían mejorado.
En el caso de los libros, por lo que parece, no son todos los que están, ni están todos los que son. Algunos, muy posteriores al año de su muerte, no pudieron pertenecer al escritor. Por otra parte, otros títulos brillan por su ausencia. Faltan los textos vanguardistas de Borges, Güiraldes, Girondo. No hay nada de Cortázar, admirador de primerísima hora del Adán Buenosayres y con quien Marechal mantuvo correspondencia. Tanto Martínez Pérsico como Horacio Zabala, en su folleto pionero El expolio del legado de un escritor argentino, destacan las excedencias y las faltas.
Por otra parte, dentro de cinco cajas sin inventariar, se acumulan, al decir de los investigadores, manuscritos, fotos y cartas todavía por descubrir y describir. Martínez Pérsico llegó a realizar un estudio de sesenta y dos fichas ológrafas, que constituyen materiales pre-textuales de Adán Buenosayres. Se trata de una colección de refranes, proverbios y lugares comunes del folklore oral que se resignificarían luego en la novela con originalidad poderosa.
Un tema no menos delicado, que también surgió en el contexto del coloquio, atañe a las alteraciones realizadas después del fallecimiento del autor en los manuscritos conservados; esto había sido marcado por los filólogos que trabajaron con los originales de Adán Buenosayres. Pero las modificaciones podrían haber afectado incluso a su última novela, Megafón o la guerra, publicada en forma póstuma, según adujo en su ponencia la investigadora alemana Ulrike Kröpfl. Ha sido posible ya comprobar en parte una hipótesis temprana de la misma Kröpfl: que el final de la novela fue en efecto intervenido con añadidos que no están en los manuscritos pasados en limpio. Como se sabe, la novela se publicó en forma póstuma y no fue su autor quien revisó sus segundas pruebas.
En el caso de Alijerandro, Javier de Navascués destacó en su edición crítica las correcciones efectuadas sobre los manuscritos por una mano claramente ajena a la caligrafía del escritor, que someten la obra a una “operación desmarechalizadora”. Así, el nombre del protagonista se convierte en Cristóbal, el título se reemplaza por “Los mecanismos del vuelo”. Y se realizan otras alteraciones que “actualizan” la época probable en que la obra fue compuesta, como reemplazar tranvías (que dejaron de funcionar en 1963) por colectivos, o suprimir el anticuado “quemador de magnesio” cuando se refiere a la cámara de fotos.
Aun en el caso de los libros depositados en la Universidad de Rosario, los investigadores señalan tachaduras, marcas y sobreescrituras discordantes con respecto al sistema de lectura que podría identificarse como propio del autor.
El coloquio de Jena de 2013 se recordará sin duda como un hito en los estudios sobre Leopoldo Marechal: resumen de lo hecho hasta hoy y comienzo de una nueva etapa en la difusión internacional del autor argentino.
Después de este encuentro queda sobre el tapete una verdadera agenda de trabajo y de asignaturas pendientes para los estudios marechalianos, entre ellas, las más elementales: bregar por la conservación, en las condiciones adecuadas, de su biblioteca personal; lograr los recursos para catalogar el frondoso archivo inédito, tanto el que se halla bajo custodia de la Fundación que lleva su nombre, como del que se aún se encuentra en Rosario, y que las herederas de Marechal reclaman para su preservación e inventario.
A partir del cumplimiento de esta agenda, se podrá proceder a la edición de los inéditos desconocidos, al establecimiento riguroso de autoría en el caso de obras publicadas bajo otro nombre (y que se presume podrían ser de Marechal) y al estudio exhaustivo de todos los manuscritos para determinar, sin que haya lugar a dudas, las posibles manipulaciones de los mismos; también se enriquecerá el mapa de los originales, los bocetos, los pretextos que podrán utilizarse en ediciones más complejas y refinadas de los textos que ya se publicaron.
Marechal, el moderno, sigue dando sorpresas, y su obra, lejos de estar cerrada, se abre desde archivos todavía secretos que tienen algo de baúl de tesoro y de caja mágica, a la espera de sus descubridores.


PÁGINA 35 – POESÍA ALLENDE EL MAR

MAHMUD DARWISH
(Birwa-Galilea-Palestina)

¿CUÁNTAS VECES TERMINARÁ LO NUESTRO?
(1995)

Contempla sus días en el humo de los cigarros,
mira el reloj de bolsillo: si pudiera, pausaría su sonido
para aplazar la maduración de la avena. Él sale de sí mismo agotado, impaciente.
El tiempo de la mies ha llegado.
Las espigas son pesadas, las hoces descuidadas
y el país
se aleja ahora de su puerta profética.
El verano del Líbano me habla de
mis viñas en el Sur.
El verano del Líbano me habla
del más allá de la naturaleza,
pero mi camino hacia Dios comienza
desde una estrella en el Sur...

- ¿Me hablas, padre?
- Ellos han fijado una tregua en la isla de - Rodas, hijo.
- ¿Y qué tenemos nosotros que ver con eso, padre?
- Y se ha terminado todo.
- ¿Cuántas veces terminará lo nuestro, padre?
- Ya se ha terminado. Han cumplido con su deber: - Han disparado con fusiles rotos contra los aviones
enemigos.
Hemos cumplido con nuestro deber. Nos hemos alejado de
los acedaraques para no mover la gorra del jefe militar.
Hemos vendido los anillos de nuestras mujeres
para que cazaran pájaros, hijo.

- ¿Pero entonces, padre, nos quedaremos aquí,

bajo el sauce del viento,
entre los cielos y el mar?
- Hijo mío, todo aquí - se asemejará a algo de allí. Seremos a nuestra imagen y semejanza
por las noches,
y la estrella eterna de la semejanza
nos consumirá.

- Padre, aligérame del peso de tus palabras.
- He dejado las ventanas abiertas al arrullo

de las palomas,
he dejado mi rostro en el brocal del pozo,
he dejado a las palabras charlando a su antojo,
colgadas en el armario, he dejado a la oscuridad en su noche,
envuelta en la lana de mi espera, he dejado a las nubes tendiendo sus zaragüelles
en la higuera,
he dejado al sueño engendrando al sueño
y he dejado a la paz sola, allí en la tierra...
- ¿Estabas soñando en mi vigilia, padre?
- Levántate. Regresaremos, hijo mío.

(Traducción de María Luisa Prieto)


GEORGES BRASSENS
(Sète-Francia)


SÚPLICA PARA SER ENTERRADO EN LA PLAYA DE SÈTE

La muerte, que nunca me perdonó
por haber sembrado flores en los agujeros de su nariz,
me persigue con un recelo imbécil.
Así que rodeado de cerca por los entierros,
me pareció bien poner al día mi testamento,
pagarme un testamento.

Moja en la tinta china azul del Golfo de Lion,
moja, moja tu pluma, oh, mi viejo notario,
y con tu más bella escritura
anota lo que tendrá que ocurrir con mi cuerpo,
cuando mi alma y él ya sólo estén de acuerdo
en un solo punto: la ruptura.

Cuando mi alma emprenda su vuelo hacia el horizonte,
junto a la de Gavroche y la de Mimi Pinson,
las de los primates y los jilgueros.
Que ante el tierra natal mi cuerpo sea llevado,
en un coche-cama de Paris-Mediterráneo,
con terminal en la estación de Sète.

Mi panteón de familia, vaya! no está muy nuevo,
vulgarmente hablando, está lleno como un huevo,
y de aquí que alguien salga,
puede que se haga tarde y yo no puedo esperar
decidle a estas bravas gentes: apretaos un poco,
dejad sitio a los jóvenes, de alguna forma.

Justo al borde del mar, a dos pasos del oleaje azul
cavad si es posible un pequeño agujero mullido,
un buen nicho pequeño.
Cerca de mis amigos de infancia, los delfines,
a lo largo de este arenal donde la arena es tan fina,
en la playa llamada La esquina.

Es una playa donde incluso en sus momentos furiosos
Neptuno nunca es tomado en serio,
donde cuando un barco naufraga
el capitán grita: "Soy el jefe a bordo!
sálvese quien pueda, el vino y el anís primero,
cada uno a lo suyo y coraje".

Y es ahí que en otro tiempo, con 15 años cumplidos,
a esa edad donde divertirse solo no es suficiente
conocí el primer amor.
Al lado de una sirena, una mujer-pez,
recibí del amor la primera lección,
tragué la primera espina.

Con todo el respeto hacia Paul Valéry
yo como humilde trovador sobre él sobresalga,
el buen maestro me lo perdone.
Y que al menos si sus versos valen más que los mios,
mi cementerio sea más marino que el suyo,
y no desagrade a los habitantes.

Es mucho pedir: sobre mi pequeña parcela,
plantar, os lo pido una especie de pino,
pino parasol de preferencia.
Que sabrá prevenir contra la insolación,
a los buenos amigos venidos a hacer sobre mi concesión
reverencias de afecto.

Esta tumba sándwich entre el cielo y el agua,
no dará una sombra triste al cuadro,
sino un encanto indefinible.
Las bañistas la utilizarán como biombo,
para cambiar de ropa y los niños pequeños
dirán: qué bueno, un castillo de arena!

Tanto venidos de España y tanto de Italia,
todos cargados de perfumes, de bellas músicas,
El Mistral y la Tramontana,
sobre mi último sueño derramarán los ecos,
de villanela, un día, un día de fandango,
de tarantelle, de sardana.

Y cuando tomando mi loma como almohada
una ondina venga gentilmente a dormitar,
con menos que nada por vestido.
Pido perdón de antemano a Jesús,
si la sombra de su cruz se posa un poco encima,
para un pequeño placer póstumo.

Pobres reyes faraones, pobre Napoleón,
pobres grandes desaparecidos que yacen en el Panteón,
pobres cenizas importantes,
tendréis envidia un poco del eterno veraneante,
que hace surf sobre la playa soñando,
que pasa su muerte de vacaciones.


PÁGINA 36 - CUENTO

JORGE LUIS BORGES
(Argentino-1899/1986)


EL MILAGRO SECRETO

La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.

El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.

Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)

Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.

Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.

Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.

Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.

Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...

El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.

El universo físico se detuvo.

Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.

Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.

No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.

Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.


CONTRATAPA: AUTORES SANTAFESINOS

ELDA MASSONI (1938-2001). Poeta, escritora y periodista. Nació en Ataliva y falleció en Rafaela, localidades ambas de la provincia de Santa Fe. Colaboró en el diario "La Opinión" y fue directora de la revista de cultura "Sensación". Coordinó talleres literarios. En 1992, su poemario "La llanura tiene dioses"obtuvo el Premio de la Secretaría de Cultura de la Nación; dos años antes, el Movimiento Alicia Moreau de Justo la había distinguido por sus contribuciones en el periodismo y en la literatura. La suya es una poesía límpida, serena, que en una mirada abarcativa sabe fundir el paisaje exterior con el propio interior. Otros libros de poesías: "La piel del siglo", "Los límites de la memoria", "Huellas en el llano".


SIMPLE MEMORIA

Simple memoria. Lasciva memoria.
Prodigiosa. Sal y sol. Caricia, latigazo, horizonte.
Ya poco cabe entre las manos.
Se han perdido las gargantas umbrías
dueñas de los lagartos
y ahora beben devotamente las bestias
en un plato de sopa.
Qué delirio.
Memoria de fracciones, de olvidos,
de amores, uñas, algarrobos y crisálidas.
Y una lluvia suspendida entre los ojos.

Cómo decir amarilis, abeja, andén.
Como olvidar los rostros de aquellos niños mudos
o la gravidez del verano
o el espacio infinito.
La memoria cuelga de los bolsillos
-ala escindida-
y una sombra de cenefas
apacigua los retornos.

La línea miope de los ojos
concluye en las grandes manchas verdes;
allí conviven arbustos y fugas.
Pero los párpados
-persianas de colihue-
señalan la hora de ponerse de pie
y seguir cavando laberintos.


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Primer Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL

Primer Reconocimiento Nacional a GACETA VIRTUAL
La Fundación Argentina para la Poesía resuelve conferir la distinción Puma de Plata a la escritora Norma Segades Manias en reconocimiento a la denodada y generosa labor de difusión de la producción literaria que desde hace seis años realiza a través de la web, mediante la publicación Gaceta Virtual, valiosa referencia del actual periodismo cultural argentino, cometido ejercido con ejemplar solvencia y notoria entrega personal, en la que prescinde incluso de dar preferencia en él a su propia y destacada obra.