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GACETA LITERARIA Nº 94– Septiembre de 2014– Año VIII – Nº 9


Imágenes: ISMAIL SHAMMOUT (Palestina, 1930 /Alemania, 2006)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Montevideo-Uruguay)

LAS GUERRAS DE LA GUERRA

1.
Uno se asoma a las estadísticas internacionales y se pregunta: Pero ¿en qué mundo vivimos? ¿Un manicomio gigante? ¿Un matadero? ¿Quién ha escrito esta obra que estamos obligados a representar? ¿Qué loco o eufórico verdugo? ¿Mentía la historia cuando prometía paz y progreso?Diez mil personas mueren de hambre cada día, pero cada día gasta el mundo más de mil millones de dólares en ejércitos y armamentos. El cotejo de las cifras militares con los datos de analfabetismo, enfermedad y atraso produce estremecimientos de espanto si se piensa que con el coste de un tanque se podrían equipar quinientas aulas escolares; que un caza a reacción equivale a 40.000 farmacias, y que con lo que cuesta un destructor se podría proporcionar electricidad a nueve millones de personas. Aunque las armas durmieran y no fueran disparadas jamás, de todos modos estarían devorando los recursos de la economía mundial. Y por cierto que sí se disparan. No contra el hambre: contra los hambrientos.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

GRACIELA  MITRE
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

CONSIGNAS

Mamá trenzaba su pelo el día en que yo nací.
De esa manera me recibió.
Con los años trenzaría el mío también.
Encadenaba ramales castaños formando una trenza gruesa y prometedora.
Le gustaba que cayera hacia uno de mis hombros.
La abuela en cambio repartía mi pelo hasta lograr dos trencitas atadas con una cinta arriba de la cabeza, las que yo desarmaba después
“Si querés tenerlo largo debemos atarlo”, decían.
El pelo largo se parecía a una boca pintada de rojo o a los zapatos tacos aguja.
A una falda ajustada tal vez o al escote exuberante de la tía que era italiana.
Se crece y hay que cortar.
A mi me lo cortaron también.
Me quedó la nuca vacía, los hombros desprotegidos, la espalda muerta de frío.
La trenza fue mutilada. 
Envuelta en un papel blanco y liviano.
Quedó guardada en un cajón del ropero.
La olía para no olvidar el aroma de mi pelo de niña.
La pasaba por mi cara, la apretaba.
En alguna ocasión la até a mi melena corta y jugué.
Quizás estaba asustada y quería volver.
Por largo tiempo la trenza estuvo allí.
Una mañana la mujer de tez morena tocó la puerta de casa y con un tono de voz poco frecuente preguntó si teníamos  pelo natural para vender.
Y mi madre le dijo que sí.
Tomó mi pelo de la infancia, el pelo del corte, el que uno tiene cuando se acuesta y sueña y lo dio.
Mi trenza fue a parar a un bolso negro de plástico a cambio de unas monedas.
Todo objeto parecía ser canjeable.
Se lo podía vender, regalar, tirar o bien quemarlo por si traía mala suerte.
Y uno se quedaba callado, con la añoranza adentro, dejando ir, porque las cosas se hacían de esa manera. Anticipados para no sufrir después, cuando tomáramos conciencia.

STELLA MARIS TABORO
(San Jorge-Santa Fe-Argentina)

LOS POBRES 

Los pobres miran la nada
porque el todo no les pertenece,
andan por la vida sin que se los vea.
El mundo no reluce con los pobres
hay que esconderlos muy bien,
no les corresponden los derechos
que para todos se han redactado.
Miran como la ausencia
y no se lamentan de su suerte .
Son los pobres, son los más,
porque abundan como números.
Los pobres son pradera
que nadie quiere valorar,
pueden hacer sombras
con su inteligencia
a los ricos que los tapan.
Los pobres caminan desahuciados
como minúscula partícula
sin saber a dónde van.
Si miran el cielo, no entienden
de las aves la libertad,
si miran el suelo, no saben
que otros son sus dueños,
propietarios, tan mortales como ellos.
Son los pobres, tambores sin sonido,
quena sin viento, callando su ser.

HÉCTOR BERENGUER
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

IN THE ROAD

No te mueras hijo mio
la calle está muy fría.
Acá nunca seremos nada para nadie.
Este mundo es una casa llena de fantasmas
y ni dios se conoce a sí mismo.
Llamo del lado del dolor
y responde una voz metálica de oriente
o la trompeta del último juicio:
"presione dos en caso de urgencia,
tres, cinco o muera,sin ser atendido"
Y esa música de Scott Joplin destrozando mi cabeza
y pulse nuevamente tres
para confirmar su identidad.
Todo esto en esta calle infinita, Vía Dolorosa de los desesperados
igual a otras infinitas calles de este mundo,
con gente acechando para ver el color de la sangre
que es igual a la de todos.
Así se ve volar la vida en "American Beauty"
así nos cruzamos por miles cada día,
así es la hora de las anónimas matanzas.
Grito como loco: ¡ No te mueras hijo !
que ya pasó la mitad del bombardeo
y vendrán las sirenas de nácar con barbas
de algodón, de reyes magos.
No quieras morir en esta calle
cierta e inapelable.
Te llamo hijo o camarada
el nombre secreto conque llamaba Whitman a un soldado moribundo.
Como si este lugar de nadie fuera una página perdida de "Drum Taps"
Sin ningún heroísmo.
La humanidad siempre ha sido lucha eterna
te tumban,te cuentas hasta diez y nadie te levanta.
Estás muriendo a la vista de todos
ya no hay droga que te salve.
Cuando pasen las horas del derrumbe
y las horas siempre pasan y queda el hueco del derrumbe.
Pueden ser mil años o unos minutos,
yo te amé tanto camarada,
amé tu martirio.
Soy tu testigo ante la vida,
ante la muerte.


PÁGINA 3 – CUENTO

SERGIO FABIAN SALINAS SIXTOS
(México DF-México)

EL HAIKU

Una tarde, nos reunimos Ulises Luna, Pepe Daconte y yo en el Café Ik de la calle Independencia. El aroma a café tostado y el chocar de tazas de las mesas vecinas, incitaron a Daconte a contar una de sus historias de detectives —tenía dos años retirado y aún no lo abandonaba la nostalgia—, sin dejar de garabatear en su libreta caricaturas de las personas que ocupaban las mesas vecinas dijo: —Voy a contarles algo que sucedió hace años, llega la idea, ya que no puedo quitar la vista de la portada del libro que lee la joven a la que estoy retratando. Miré el dibujo, no era malo, pero a veces Daconte exageraba con sus pretensiones artísticas. El libro de la joven era una antología de haikus clásicos japoneses: Issa, Buson, Shiki y otros. —En 26 de septiembre de hace cuatro años —comenzó Daconte—, recibí una llamada urgente de mi jefe, habían asesinado en su departamento a la prestigiosa poetisa Xóchitl Guadarrama, tal vez recuerden el caso, la prensa amarillista hizo un escándalo del homicidio. —Lo recuerdo, se descubrió que fue un crimen pasional más no tenía idea de que estuviste involucrado en el caso —dijo Ulises Luna. —Las consecuencias del crimen me tienen sin cuidado —dijo Daconte haciendo una mueca de desdén—, lo interesante, es que se cumple aquel viejo refrán: "genio y figura hasta la sepultura". Aquella mujer: escribió libros de poemas, acaparó premios literarios y vivió la poesía hasta el final de su vida. No soy una autoridad en el tema ni mucho menos, pero sé distinguir entre el trabajo de un aficionado y un profesional en casi todos los campos útiles para mi profesión. —Daconte haciendo gala de su terrible modestia, hizo una pausa teatral mientras cerraba su libreta de apuntes y apuraba su café con leche, pidió uno más a la camarera y prosiguió: —Me dirigí al conjunto urbano Nonoalco Tlatelolco, al departamento 576 del edificio Cuauhtémoc. Los policías de a pie con los que me encontré estaban desconcertados por la evidencia encontrada o mejor dicho por la falta de evidencia; la poetisa había sido apuñalada y no había rastro de lucha en el departamento, ni arma homicida. La única pista palpable era un pequeño poema escrito, con la propia sangre de la víctima, a un lado del cadáver. Todo hacía suponer que la poetisa había escrito esos versos, quizá como testamento literario. Algunos de mis compañeros lo pensaron así. Soy escéptico en todos los campos por naturaleza y rechacé la idea desde un principio, aunque la letra era errática y temblorosa había algo que no cuadraba. En la biblioteca de la poetisa, como es de suponer, estaban sus obras completas; revisé cada uno de los libros y leí los poemas; eran cantos al amor, la esperanza y a la vida. No estaba presente la métrica que desde pequeño me enseñaron en la escuela, todo el trabajo de la poetisa era prosa poética. —¿Había una diferencia con lo escrito en el piso? —pregunté tratando de recordar alguno de los poemas que sabía de memoria. —Sí, era un haiku, ya saben: pequeños poemas compuestos de tres versos que describen la naturaleza —contestó Daconte señalando el libro de la joven. —Es extraño que una poetisa que escribió prosa poética toda su vida decidiera escribir un haiku en sus últimas horas —dijo Ulises Luna mirando el libro de la joven. —Lo mismo pensé, leí con atención el haiku y dirigí a los policías de a pie a detener al asesino —dijo Daconte con satisfacción. —Espera, espera. ¿Quieres decir que estaba escrito en el haiku la identidad del asesino? —pregunté incrédulo. —Claro que no, la vida no es tan simple amigo mío; quiero decir que el asesino quería que lo descubriera y dejó todo a mi disposición —contestó Daconte con una sonrisa burlona. Miré ofendido a Daconte, mientras éste ordenaba su tercer café con leche. Daconte prosiguió sin darse por aludido: —El haiku era de lo más vulgar y decía: Observa el cuerpo fue próxima la muerte sigue los versos. —No entiendo —tuve que admitir. —Está claro —apuntó Daconte sonriendo. —Tampoco entiendo —secundó Ulises Luna frunciendo el ceño. —El haiku amigos, es un poema breve, una reflexión poética de la naturaleza o la vida cotidiana y sólo lo estructuran tres versos; para llamarse haiku, se necesita que el primer verso sea de cinco sílabas, el segundo de siete y el tercero verso de cinco sílabas. 575; el número del departamento del homicida, era el vecino, el amante despechado. Encontramos el arma homicida y al sospechoso que aún no se deshacía de la evidencia. —Daconte terminó su tercer café con leche y ordenó la cuenta.


PÁGINA 4 – NUESTRA POESÍA

PATRICIA SEVERÍN
(Reconquista-Santa Fe-Argentina)

ROCK

Charly se arrojó desde lo alto a la piscina
y esta bruma no disipa
quizá algo de locura venga bien
algo
no esta barbarie 
que serpentea por el piso
reguero de pólvora
se incrusta en las paredes
dejando boquetes más grandes que una colt
(Nadie se da cuenta
cómo tiemblo
sordomuda encerrada en el altillo
el cuerpo no responde
traqueteo / carromato
que devora hasta la lengua)
¿Vamos a cruzar el charco en barquito de papel?
Siempre nos pasa lo mismo
No veo el cielo en llamaradas
sólo ceniza que se arrastra
babosa rociada con sal
Hay un éxodo dispuesto a dispararse
dame un rock
un rock cargado
Charly
                           para no escuchar

ROSINA LOZECO
(Santa Fe-Argentina)

ALTOTRIP.

Las noches se pusieron finitas
como la luna en cuarto creciente,
terminan rápido / o las hacemos terminar
antes de lo que los amigos pretenden,
el amor también late ahí,
en la fisura, en la panza llena
en el plan de ochenta años.
Más allá de eso,
los problemas se siguen gestando
a la hora en la que todos
duermen / o hacen que duermen / mientras esperan
con el cuchillo atrás de la puerta,
hasta que la madrugada se arma,
el despertador suena
como cuando voy al trabajo,
pero diferente, porque no voy al trabajo,
contra mi voluntad encaro el viaje
que me deja en una cama
que me pertenece pero que no abriga
como esa en la que dormí hasta recién
entonces me abrazo sola / para consolarme
y una vez más escucharme decir:
todo lo que somos / es consecuencia de lo que hacemos,
en algún momento anduve / meando afuera del tarro,
ahora no,
ahora que encontré lo que buscaba,
todo va a estar bien.

GREGORIO ECHEVERRÍA
(Santa Fe-Argentina)

EXTINCIÓN DE LOS CÍCLOPES

Pienso / si bajo su único ojo mis azules
lo hubieran mirado / una hoja vuelta sobre la vida
para recuperar el nacimiento. Y entender.
Silvia Braun / El destiempo

Un ojo / ojo impar en medio de la frente / verde o zarco
(según Homero rubí subido como la huella de una espada)
aunque el color —vaya con las limitaciones de un espectro
menudo ceñido al arcoiris— nos suba al otro cielo
donde campean a despecho / a porfía del croma los antes
y los nuncas / entonces ese ojo es el ojo terrible del Budha
pupila de un pantokrator irascible dominando el proscenio
sin megafón y sin consolas mezcladoras ni música
ni efectos especiales / ese ojo solo despoblado en mitad
del rostro turbulento / unas barbas hirsutas enredadas
al torso contenedor de la clepsidra y las cóncavas
aurículas subordinadas a ese párpado / titilando al compás
la membrana nictálope y el iris centelleante / relámpagos
descerrajando en cuartas ascendentes las oleadas del deseo
sin control el voltaje de las ingles / un punto antes
nada más un punto antes del semen y el rugido
luego la sangre y al fin un laberinto ríspido en epitafios
y yámbicos de alabanza / ah victoria de las ranas más acá
de la virtud de los ovillos / más allá de los decretos lacanianos
a salvo al cabo de las demandas uterales y el código
materno / libres ya del index y de sus runas incestuosas.


PÁGINA 5 – CUENTO

EDUARDO MAGOO
 (Lomas de Zamora-Buenos Aires-Argentina)

CASA

I

Un primer intento ciego se deshizo. Fue lánguido aquel beso de bruma alicaído. Habíamos tirado esa pared y descubrimos del otro lado una hermosa ventana en arco de bordes celestes. Sabíamos que estaba allí, pero hasta ese día, no se nos ocurrió haberla visto. Un gesto triste. Nulo. Ahora el lugar vacío era más grande. Y yo y vos en casa, y todo el tiempo por delante (tal vez otras casas y otros cielos enmarcados, bonitos o terribles).
En esta casa vaciada por dentro, yo te construyo un cuerpo enfrente, el mío. Así empieza la felicidad, un camino de caracol celeste y blanco con la casa a cuestas, con estufas cuando llueve, con pisos de ladrillos desparejos y muros enormes, que la cresta enhiesta de una palmera corona. No somos arquitectos árabes, lo sé, y no haremos palacios voluptuosos de nuestra felicidad pequeña. Somos apenas caracoles y chorreamos sin poder impedirlo, esa baba pegajosa por donde nos arrastramos. Esa vida que vamos perdiendo. Entre ventana y ventana, en los cuadrados gastados del patio, en los canteros sin flores y el enorme corredor que no me canso de barrer, está nuestra locura.
Te confieso desalmado, que no sé vivir, que todo se divide bajo mis pies, que engaño, me engaño, veo doble y sólo la escritura me devuelve una cierta integridad. Yo creo que aún se puede vaciar más esta casa, cercarla de manera que nadie espíe lo que sucede dentro. Prohibirla, tabicarla, abrirla más al cielo. Podríamos incluso sacarla al campo, inundarla en parte. Es tan agua esta felicidad que quiero hacer con vos, que no quiero más mojarme solo, sin manguera, sin bebés flotando, sin patos, sin casa.

II

Siempre jugamos. Estoy jugando. Siempre jugamos y vos siempre ganabas. Si yo vencí finalmente, fue porque vos me dejaste. Ahí es tu locura rubia y limpia como cuando yo te soñaba... Te encontré en ese cuarto que vos quisiste hacer en el lindero del fondo, donde la tierra tiembla con cada tren que pasa. Altar pagano, cocina de fragancias, enumeración. Ese lugar desbordado de pecados, un confesionario. Fue milagro que lograras mi respeto por tu antro apenas estuvo hecho. Ante esa magia me inclino en el inicio de esta felicidad llena de miedo, vaciada como un molde en nuestros cuerpos.

III

Desde nuestro cuarto, bajo la gran palmera, se ve la Casa. Yo te festejo casa, antigua casa, muros blancos, ventanas arqueadas, aire andaluz, vidrios celestes y rosados, libros y perros. Te festejo por tu arrullo que anuncia un ronroneo de mujer ávida y sincera, que vino a habitar esta colección de fantasías (que se me despegan), y que yo llamo: nuestra casa.


PÁGINA 6 – POESÍA ARGENTINA

ZULMA LILIANA SOSA
(Formosa-Formosa-Argentina)

LA MUERTE Y
LA ESCRIBIDORA

I

no poder mollar / no ser cuerpo / pulpa / carne.
 costra negra lo
aventurado en la lámpara.

Qué tremendo percance el del párpado /
No morir de viejos / no en la cama /
Morir en esa levedad /¿ por qué el momento
olfatea cuando el hocico del instante no espera?

No aguardó las bocas humeantes /
La matadura que entiende la vida de retiro /
Esa clausura tan atractiva del fuego por la llama /
 (  ese fuego )
humeante de clausura / de ayuno /

Claro está / la penitencia con ojos y pelos de
convento.

¿ entendiste /  lobita
lo que arde ahora en el corral?

Ese cansancio del viento /desfoga sus días de niño /
¿ con qué mano / con qué mano solita / ella /
apunta /aprieta /atraviesa lo que irriga ese árbol /
ese / que fuera rupestre / del lago / los insectos /
ese árbol quemado / sangrando / desparramado.

No es la hora de lamer / Señora / la bella declinación
cuando el jinete descansa / el orín sin vejiga / herrumbra /

su nudo argumental 
deserta  / lo mortífero viene de
afuera

 débilmente en otro
sitio / algo cautiva un ángel.

¿Un ángel consigo ? ¿un ángel con una bala en el ala?

VERÓNICA ARDANAZ
(Salta-Salta-Argentina)

viajo buscando el árbol que soy
sabiduría verde
telar sin bordes
juegos de abundancia donde una piedrita es mundo
terroncito de tierra, la casa
madreperla mariposa, inabarcable
certeza en los huesos
                                                           insolente fe:
                                                           el tiempo no es una moneda
                                                           ni un hueco cerrado
                                                                       insensible al olor de la lluvia

RAÚL ORLANDO ARTOLA 
(Viedma-Río Negro-Argentina)

LA HABANA, 1958

Chucho Valdés le afinaba 
el piano a mi abuela
cuando vivíamos en el malecón
y ella regenteaba un burdel.
Mi abuela le decía
negro buaié
y lo esperaba días y días
prendiéndole velas
al Santo de los Negros Afinadores.
Lo atendía con café y canela
mientras Chucho le afinaba
el instrumento.
Así aprendió a tocar
el piano.
Mi abuela creyó que era
un desperdicio
que negro tan lindo y hábil
sólo usara el clavijero
como parte de su trabajo
y no por puro placer.
Entonces le permitió
que deslizara sus dedos
por todo el encordado.
Era una maravilla
cómo sonaban las cuerdas
del piano de mi abuela
en las manos
de Chucho Valdés
practicando.


PÁGINA 7 – RESEÑA

PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA  
(Sevilla-España)

CUANDO LA LITERATURA ES PÁBILO Y PRENDE EN LA REALIDAD

Libro: EL HOMBRE DESCONOCIDO
Autor: STIG DAGERMAN

Con los veinticinco relatos que componen esta  obra, la dimensión del escritor sueco se arroga la legitimidad póstuma de ser un auténtico acontecimiento literario, a lo que siempre rehusó.

Stig Dagerman en el año 1945, cuando el horror y la destrucción campaban en Europa, apenas finalizada la Segunda Guerra Mundial, publicó un artículo bajo el título El escritor y la conciencia, en el que translucía su compromiso inalienable con la literatura. Desde una perspectiva combativa que alentaba su profundo ideario libertario, pero no por ello desentendido de un quehacer imbricado a la naturaleza intacta de aquélla. Es decir, el verdadero yo del autor queda relegado a una simple herramienta de la que hace uso, exclusivamente, la competencia literaria, nada más. “El escritor debe partir siempre de la base de que su situación no es segura, de que la supervivencia de la literatura se halla amenazada. Es por esto que debe permanecer siempre en guardia sobre los flacos de sus defensas, perseguir sin pausa a los miembros de la quinta columna que se encuentran en su interior, aniquilarlos sin descanso aunque crea que sería más fácil vivir sin ellos. Esta actitud exige valentía y como mínimo una absoluta falta de cobardía. Insatisfecho con todo lo anterior, el poeta debe esforzarse en que, aunque tenga aspecto de verdugo, es el único de los vivientes que puede tener escrúpulos de conciencia”. Un año más tarde, con apenas 23 años, viaja a Alemania como corresponsal del periódico Expressen. La descomposición del país germano no sólo apreciable en las ruinas del tétrico y desolador paisaje urbano que contempló en Berlín, Munich, Hamburgo y Stturgart, comporta en la  retina del jovencísimo escritor una visión de reportaje, ya que ahonda en otros aspectos que naufragan en la concepción de un mundo cuyas consecuencias estamos sufriendo desde entonces. Escruta en los rostros humanos que sobreviven a la estela calamitosa del nazismo y que sólo aspiran tras la contienda bélica a proveerse de alimento, mientras malviven en condiciones indignantes y el floreciente mercado negro campa a sus anchas. Como así describiera en 1949, la magistral película El tercer hombre. Con guión de Graham Greene y la participación de Orson Welles, Joseph Cotten y Alida Valli, en los papeles principales. En el caso del autor sueco la compilación de sus indagaciones, que cumplió a golpe de calcetín, fue la obra Otoño alemán, publicada en 1947. Este hecho da la magnitud precisa del empaque de un escritor que abunda con decisión en los entresijos del panorama político internacional, y que no duda en asestar sus críticas desde Churchill a Stalin, pasando por el Papa. Apreciable en lucidos artículos en los que a la perspicacia analítica adiciona una elevada calidad expresiva e inteligente capacidad de argumentación. En la recientísima abdicación del rey Juan Carlos I y la inmediata polvareda republicana en España, bien pudiera tenerse en consideración y servir como ejemplo de la finura estilística que profesaba, este sucinto fragmento del artículo La dictadura de la aflicción, publicado como editorial en el periódico anarcosindicalista sueco Arbetaren en 1950, con motivo del fallecimiento del rey Gustav V, “Los republicanos del pasado podrán decir que no existe ninguna contradicción entre la democracia de “la casa del pueblo” y la monarquía del “castillo del pueblo”. Esto quizás sería cierto si por democracia se entendiera solamente una técnica del ejercicio del poder o una máquina gubernamental. Pero antes, la democracia significaba algo más. Poseía una dimensión espiritual. Designaba un sentimiento y una manera de vivir, un estilo y una dignidad. Era la expresión del carácter sagrado del individuo”.
Juan Capel y Marina Torres son los traductores de esta deslumbrante obra. El primero es, además, autor del interesantísimo prólogo en el que la ponderada medida e introspectiva reflexión, motiva e invita a los lectores a recorrer las historias que nos proponen, desde una visión antológica personal, pero decididamente atinada, a la que incorporan no sólo la secuencia biográfica, también  póstuma. Conoceremos la especial mirada a España en atención a las vicisitudes vitales de su primera esposa y otras consideraciones biográficas y existenciales que nos facilitaran el acercamiento al autor.
El hombre desconocido –Nórdica Libros, Colección Letras Nórdicas- concita la sobriedad como estilo y, sin embargo, la persuasiva acentuación del imaginario en el que afloran las narraciones para adentrarse en la estancia última, extrema e insospechada donde la resiliencia es sobresaliente habitante. La elegancia de los relatos compendia ese estado inmarcesible, en el que fondo y forma son un todo para acoger al inframundo social y espiritual por el que deambulan los personajes, y que Stig Dagerman confronta con la descarnada realidad que adolece de piedad. Existencia “Segura y estable –añadió-, porque se erige sobre la certeza de la impiedad de ustedes y del mundo, sobre la certeza de que a uno no le condenan a morir o a vivir en virtud de sus actos, sino por la percepción que otros tienen de esos mismos actos” . Aunque sólo es el reflejo de unas aguas más profundas, procelosas y abisales en las que se sumerge hasta tocar fondo y palpar el estado emocional y psicológico que describe, con tal grado de afinidad que la empatía se adueña del lector. Impregnado de su hálito, cada relato alienta de principio a fin otro estado del ser. En el que inevitablemente se descompone el espectro de las presencias y ausencias, desde la ansiada ternura al amargo dolor, pasando por la opresiva indiferencia.
Los relatos respiran por sí solos. Poseen una entidad de tal locuacidad interpretativa que irremisiblemente nos conducen en su lectura a ese estado en el que, como expósitos, nos sentimos abandonados, excluidos, arrojados a la intemperie, “(...) y si no quiero perder todo de una vez, no debo perder este breve tiempo de soledad (...) Tengo que ser un solitario, la ilusión en la soledad debe ser obligada a elegirme”. Los 25 relatos que integran esta obra son dardos que penetran en la conciencia. Son fulminantes a la hora de afinar en la línea expositiva de la infelicidad y el escepticismo. El cerco al que se encuentra sometido el ser humano, le condiciona de tal manera que el lento y progresivo conformismo al que se ve abocado, se revela como la mayor expresión de encadenamiento. La libertad no se ejerce, se añora. De ahí que los sucesos que se narran hablen de la agonía que acompaña a la biografía más íntima de cada uno y de la terrible sensación de fragilidad; el desencanto que procura el descreimiento como síntoma de relatividad; el rechazo de lo imprevisto, novedoso y sanador que desalienta el desenlace; el destino malogrado por la falta de estima; la ternura como deseo y gesto propicio de aliviar la angustia que saja la garganta; la comprensión desprendida de sucedáneos, a modo de cortesía o mera norma cívica; la pérdida, cuyo golpe mudo se asemeja al tañido de una campana sin badajo. Un compendio de equilibrios que transitan entre la salvación y el precipicio. Y lo explicita con la contundencia de quien su única aspiración es contender con la literatura para resucitar la propia vida: el halo de quienes fueron, en la sensación trágica que nos envuelve de contradictoria vitalidad, “Tenía que ser escritor y sabía lo que debía escribir: el libro de mis muertos”. Tal vez en una primera intención, desde las mismas entrañas, emergente como un geiser, acosado por la desesperación de elevar su flujo, descargar su interior y caer sin remisión, “Pero de la vergüenza, de la impotencia, y del dolor nació algo que fue, creo, la pasión por ser escritor, es decir, de contar como se sufre el dolor, ser querido y quedarse solo”. La fabulación salta sin rubor entre relatos realistas y otros que se aproximan a la orilla de la ficción, incluso parapsicológicos, pero siempre con un asiento rotundo en la mitificación del ser humano desarraigado que no encuentra espacio ni acomodo existencial. Y en el que no hay lugar para la búsqueda de la verdadera identidad, “No era sentimentalismo o arrogancia. Era orgullo de un trabajo bien hecho”. Incluso el distanciamiento forzoso del campo en pos de la ciudad, lo significa de forma tajante, “La ciudad no le causó ninguna impresión. Había mucha gente, muy poca seriedad y demasiado ruido”.
Nórdica Libros acierta de pleno con la edición de esta obra intemporal El paso del tiempo la ha hecho madurar como el buen vino para ser degustado por los lectores en lengua española. No ha perdido ni un átomo de la solidísima materia literaria que elaboró su malogrado autor. Una edición cuidada que se reconoce, como el resto de títulos de esta editorial, por su atractiva sencillez y matizada maquetación que favorece el acercamiento y el trato afable con la lectura. La personalidad de esta edición se condensa en el bello poema que es antesala de la obra y que, como principio humano nos orienta en el sentir que podremos encontrar en las páginas posteriores, “Mejor es aprender / a perdonar a tiempo / a los otros primero / a uno mismo después. / Mejor es aprender / a juzgar tarde / pero si / pero cuándo / a los otros después / a uno mismo primero.” Testimonio de humanismo en primera persona y del pábilo literario que inflama y que prende en la realidad con la desazón más ardiente y luminosa.


PÁGINA 8 – POESÍA ARGENTINA

RUBÉN EDUARDO GÓMEZ
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

(casa)

lo que no se contó es que ella cerró la puerta antes / para no verlo partir / para no desarmarse si apenas / lo que no se contó es que el viejo vio cómo la casa empezó a crecer y crecer / que se hizo más grande que la cuadra / que la manzana / que la isla toda / que el viejo quiso salir y corrió por la casa / pero la casa era más grande y más grande que la desolación / más grande y más grande la angustia y la desesperación / lo que no se contó es que la casa se le vino encima / que los clavos fueron a herir la piel del viejo / su carne / que los ladrillos lo golpearon / que el techo lo aplastó / que cuando pudo pararse / el viejo era escombros diseminados por toda la grande y más grande casa // sin tiempo para levantarlos / el viejo tomó su bolso y caminó / kilómetros y kilómetros caminó / una barcaza lo cruzó y más kilómetros caminó / hasta quedar fuera de la casa // lo que no se cuenta es que el viejo / cuando levanta la vista / puede ver la casa de la puerta cerrada //

ROGELIO RAMOS SIGNES
(San Juan-Argentina)

EL TREN SE DETIENE EN UNA ESTACIÓN VACÍA Y

“No te duermas” me digo
             pero igual me duermo.
“Como ya te has dormido -me digo-
             no sueñes”.
Entonces sueño.
Es un sueño con palabras
             que no se dicen.
Es una canción para ver
con cielos de mermelada
y taxis de papel de diario.
Es una música de siempre.
Es un texto prohibido
             por militares analfabetos.
Tengo la cabeza en las nubes
pero las nubes son de diamante
             y me encandilo.
Un mozo de plastilina
con corbata de espejitos
me propone un canje.
“Es un canje muy conveniente
             -me dice-.
Es todo a cambio de nada.”
Tarde descubro que es todo para él
y nada para mí. Entonces lloro.
“No te despiertes”
             me dice el carcelero,
pero ya estoy despierto.

MIGUEL ÁNGEL FEDERIK
(Entre Ríos-Argentina)

VELANDO UN PIE
A las madres del desierto de Calama

El cordón esta intacto.
Del borde de la media sobresale algo de carne corrupta,
el velamen de un hueso a la soledad acostumbrado.
Una ligera línea en el zapato
recuerda el jardín de aquella tarde,
la alambrada, el cuerpo que volaba,
un grito, el penúltimo zarpazo.

El cuero ha cerrado sus ojales
y en la tersura áspera de la capellada
la vela es una lenta mariposa inacabable.

Las madres saben que ese pie es de un hijo,
y oran y recuerdan escarpines y todos los zapatos.
Afuera se oye un murmullo de motores,
la vida civil, la llegada del otoño en plena calle.

Sobre la mesa, la sombra del pie se estira
y se encoge ante la luz del mar que entreabre la ventana.

El pie occipital, el  zapato del desierto,
sabe que el cordón esta intacto.
                                  
El ritual es exiguo: el jadeo de la vela,
la mirada de las madres arrugada sobre las faldas.

Todo esta en orden: la vida civil, el horario de los trenes,
las palomas que sobrevuelan las estatuas.

Afuera se oye un murmullo de motores,
el redoble de un zapato que nos mira,
el eco andante de una generación deshabitada.


PÁGINA 9 – CUENTO

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

EL SILENCIO DE MI MADRE*
a mi hermano

Mi madre era de natural, callada. “Propensa al llanto y muy hermosa”, como escribió José Pedroni. También era muy silenciosa, vigilante de los suyos y muy trabajadora.
Por lo tanto, para mí era un enigma el por qué de las ironías de mi padre sobre su condición que portaba el ser justamente lo contrario.
Y las dos cosas eran verdad, o podían ser al menos consideradas. Porque ella al reunirse con sus amigas, o mis tías, o mis propias abuelas, se transformaba. Era realmente otra mujer.
Como por arte  de magia convertía esa pequeña salita de estar en una cómoda estancia donde circulaban los cruces, los susurros y las exclamaciones de toda una información privativa  de mujeres. Quiero suponer que en ese mundo íntimo y casi secreto se canjeaban  todo tipo de discurso, lo que obviamente se les escapaba a los varones. Bordados, costuras, recetas de cocina, casamientos, noviazgos, celebraciones y en ese run-run del chisme que debe ser secreto. Tampoco faltaban los obituarios, o las recomendaciones sobre jardinería,  la quinta y la eficacia de las gallinas ponedoras.
En algún momento del año, probablemente para el invierno, cuando algunas gallinas jóvenes comenzaban con una fiebre a quedarse en unas casitas de ladrillos que mi padre había construido para las ponedoras, y luego de todo un día donde no bajaban ni a comer, venía con la noticia:
- La bataraza está clueca.
Y no era raro que la siguieran otras.
Entonces mi madre les colocaba debajo un poco más de una docena de huevos, en lo posible esos inmensos huevos de gallina de campo que le traían. No sin antes marcar con un lápiz rojo o azul, de trozo muy grueso y que ella usaba para marcar el corte de género para sus costuras. Era una precaución porque cuando la clueca bajaba a comer, no era raro que alguna subiera a su nido y pusiera un huevo, Era una manera de poder distinguirlo. Con el mismo lápiz marcaba en el almanaque: 21 días.
Cuando se acercaba la fecha, se ponía más atenta con sus cluecas que bajaban una sola vez al día, para comer y volvía a empollar sus huevos.
Y un día venía con la noticia: Ya están “picando” nos decía. Quería decir que el pollito con su piquito comenzaba a romper al huevo desde adentro. Salvo que hubiera alguno prematuro, en tres días nacían. Ella los ayudaba a romper el cascarón. Los dos o tres primeros eran envueltos en una media vieja, de lana y puestos en una canastita al lado de la cocina económica donde debían recuperarse, porque dejados con la madre constituía un peligro, ya que podía pisar y matarlos mientras cuidaba su nidada.
Al irme a la cama no era raro que oyera ese piar entre azorado y gozoso de esos pequeños pichones que  se daban calor entre sí, ayudados por la lana en la que estaban envueltos. La cocina de hierro aún mantendría por un rato largo ese calor que paulatinamente se iría adelgazando con ese sueño feliz que me arroparía más allá de las frazadas con que mi madre me había tapado con naturalidad y cariño.
No era improbable que en el cuidado de todos los animalitos domésticos yo le ayudara, ya que estos, eran por su  realidad comestible, parte importante de la pequeña economía familiar.
También recuerdo de ese tiempo su aplicación por la limpieza y en especial el lavado de la ropa. Ella insistía que el agua salada de la bomba le “cortaba el jabón”, sin entender yo para nada que significaba esa expresión. Por ello, para la ropa blanca juntaba agua de lluvia, que desaguaba desde los techos de chapas hasta un tanque de 500 litros y que ella sabiamente administraba, sobre todo para las sábanas. Y me parece estar viendo cuando ella las tendía sobre la verde gramilla que dejaba crecer para este fin en un costado de la quinta que siempre olía a pimientos. Y era un bello espectáculo como si varias cigüeñas inmensas estuvieran aposentadas bajo ese sol brillante, como dormidas bajo un sueño de fuego. Si hasta a mí me asombraba verlas tan quietas como esperando que en cualquier momento levantaran vuelo y se perfilaran cruzando el cielo de un raro  celeste como tal vez deberían tener todos los sueños.
Muchas veces he pensado qué distintos hubiera sido su vida si en lugar de soportar el sometimiento al marido, muy común en ese tiempo ella hubiera podido expresarse con toda libertad y no vivir con ese estigma de mujer.
Seguramente hubiera sido muy frecuente su sonrisa de harina como cuando se reunía con otras mujeres, libre, y lejos de la presión y el prejuicio.


PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA

MARÍA TERESA ANDRUETTO
(Córdoba-Argentina)

HOSTERÍA EN LAS SIERRAS/ Otoño de 2007

Mi música es para esta gente
Ludwig van Beethoven

Tras la ventana del hotel caen las hojas amarillas,
flotan semimuertas sobre el agua de la piscina,
como en un cuento de Cheever. En la memoria
alguien arrastra una silla hacia el agua sucia,
sin embargo es de oro esta luz y ella sabe que puede
no verla más. Cuando era chica quería ser pianista.
Iba con otra de la mano, iba con El clave bien temperado
bajo el brazo, hacia una casa de la calle Francia.
Saludaba camino del conservatorio a los vecinos,
pensando que su música era para esa gente.
Alguna vez tocaré preludios en un teatro, se decía,
y aplaudirán los vecinos, la buena gente
del pueblo.
        
                           Historia de vida suya, pero remota.

Más tarde quiso ser como la puta de Fassbinder,
ésa que hacía feliz a todo el mundo. No la maldita,
no la estrella incandescente, no la artista consumida,
sino la monja de clausura, la que alivia al peregrino,
la que no le quita a nadie nada. No hay distancia
entre lo íntimo y lo público, las calamidades
históricas convergen con las privadas. La buena
gente asesina a los débiles y mantener abierta
la herida es la única esperanza.

                            Historia de vida remota, pero suya.

Cuando escribe en la noche, crece el murmullo
de tantos y tantos que vienen llegando, un torrente
que avanza y se dilata, que grita Go Home,
Go Home, necesito un lugar en el mundo. ¡Y ella
que no quería quitarle a nadie nada!

MARTHA OLIVERI
(CABA-Argentina)

PLEGARIA PARA MI NOMBRE

Sentir la carga de los años sobre mí.
El cuervo invisible ronda
el espacio de un verso
picoteando las palabras
esas chispas del inicio
que integraron el alba
que amaneció a la niña.

Debo herirme de muerte
Hasta la azul nervadura
donde calla el infierno.

Oh, límpida anestesia
sepárame del mundo
libérame de la asfixia
ah, cumbre de la angustia.

A ti elevo esta plegaria
dulce dios en minúsculas
por el hermano trunco
o el ángel poseído
o el que perdió sus huellas
en la fosa común
de las mutilaciones.

Que en este olvido fatuo
ha nacido otro Judas.

Pero a mí no me ha vendido
un discípulo amante
ni en las peregrinaciones
de mis últimos versos.
No hubo signos
que pudieran ser mis cómplices.

Me ha entregado el silencio:
La omisión absoluta
de los hijos oscuros en mi canal de Luz

El gen arrebatado a la metáfora:
Esa mitología
Inapelable y hueca
donde no hay lugar para el rebelde
y la pauta es el suicidio de lo libre.

En la orgía del vicio de la virtud terrena
Se invocan ceremonias
de nobles tradiciones
Nunca hubo tal destierro
Nunca tal despojo entre los mártires
Tanta muerte libre pregonado sus éticas

Casual es que no muera,
porque he muerto tantas veces
Y me han asesinado
con mansedumbre y mérito

Como sólo asesinan los burgueses
Y los cuervos.

Como sólo asesinan
los detractores del sueño.

Como sólo asesinan
los que jamás murieron
Y en la historia permanecen
con diferente rostro
Dios minúsculo de la compasión
que yo he inventado
salva a la inocencia
de sus garras de hielo.

Líbrame de mi misma.
Pon límite a mi infierno.
Déjame mecerme una vez más
en el vuelo.
Y cántame por último tu réquiem de tibieza
suspendido mi cuerpo ya de gasa y vapores.
Y en la ultima noche dame el azul oído
que morir en la música es ver el paraíso.

Déjame ser la luz
El rayo que en las tardes del crepúsculo
dé calor al que sufre
Igual que yo he sufrido
Y alegra aquel que vaga en su angustia de nieve
Relatándole el verbo de un cálido regreso

Plegaria por los sueños
que no habré de tener
por los sueños sin nombre
aislados del soñante,
por las rejas del alma,
donde claman las fábulas
de los desesperados.

Y alguna vez si puedes
si un niño te esculpe con palabras de inicio
inaugural... lejano
y logres ser tú parte
de los seres que sufren...

Recuerda el viejo sueño
que aún corre en los ríos
de estas tierras heridas
de ignorados gigantes
de filosos molinos,
de vejados quijotes.

Apiádate pequeño
de la pequeña vida
de la pequeña muerte
Y no desoigas ya
ni el más mínimo llanto.

Cada lágrima es tuya
de ellas nacerás
Molécula a molécula
para negar tu muerte
que selló un falso Pedro
en mayúsculos ritos.

Dios de mí
plegaria de las palabras
iniciales e íntimas como sueño
en su cópula
como el abrazo íntimo
que nos damos al limite
de todo el abandono.
Concédeme la paz
en los últimos días...

y has crecer el jardín
que he marchitado
si es que es verdad lo dicho y...
“En el fondo de todo hay un jardín”

MÁXIMO SIMPSON
(CABA-Argentina)

GIORDANO BRUNO EN LA HOGUERA
Campo di Fiori, Roma, 17 de febrero de 1600)

Y Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del
jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no come-
rás, porque el día que comieres de él morirás sin remedio.                                                                
Génesis, 2. 19  
                                                                                                                                 
Me doy cuenta muy bien de que caeré 
muerto; pero ¿cuál vida puede igualar  
a esta muerte mía?
Giordano Bruno, evocando unos  versos del poeta Tarsillo.
 
Miro pasar el tren y huelo el mar,
mientras crecen las llamas
donde Giordano Bruno piensa el mundo,
y  lejos está el cielo.

Miro el aire, la luz que me sustenta,
mientras Giordano muerde
la incendiaria manzana del Edén,
y pule sus cristales,
y mira hacia lo alto,
y dice sí,
hay infinitos mundos,
hay mundos infinitos,
todo es uno.

Miro el cándido fuego,
ciega bestia neutral, desenlazada,
miro el pasado eterno, el instante fugaz,
el sonámbulo sol del pensamiento,
mientras Giordano arde con los ojos desnudos,
con el alma sedienta,
y los jueces le brindan
la pócima irascible de su amor,
el zumo del versículo raído,
el áspero jarabe de la salvación,
y lejos está el cielo.

En  el Campo de Flores,
un diecisiete de febrero
eterno y uno,
aún  Giordano canta
la canción del Saber,
se asoma entre cenizas.

Cantando,  desmedido,
Giordano Bruno acrece su densidad terrestre,
su pequeñez inmensa entre los astros fríos.

Y lejos está el cielo,
muy lejos el Edén,
y qué cerca las llamas
donde  Bruno reverencia al Creador,
lo funda con su aliento.

Giordano arde aún bajo las lluvias,
bajo todos los soles que son uno,
y su alabanza a  Dios de doble filo
corroe los altares,
y así ofrenda verdades malheridas,
su luz desesperada,
el ancho mar de sus deslumbramientos,
a la mota de polvo que anda y piensa.

Entre corderos que trascienden
y la suave inmanencia de las brumas
está siempre la hoguera,
y en ella habla la voz,
la voz humana
que es la parte y el todo,
el sí y el no,
el inmenso exabrupto del hereje.

(Y el hereje predica
lo que han visto sus ojos,
lo que aún ve su cabeza
gozosa entre las llamas).


PÁGINA 11 – CUENTO

MARCELO COLUSSI
(Guatemala-Guatemala)

LO SABÍA…

Martin lo sabía. Desde el primer momento, siempre lo supo: ¡eso era imposible, un sueño afiebrado, una locura!

Lo sabía, y así lo decidió. O, al menos, eso creía. Su sensación era que él tomaba la última palabra, que esa era una decisión suya. Eso lo hacía sentir poderoso.

Más de alguna vez le habían dicho que había nacido para fracasar. Efectivamente, su vida era una larga suma de desaciertos, de fiascos. No era judío, ni tampoco comunista, ni homosexual, ni gitano…, pero había pasado dos largos años en el campo de concentración de Buchenwald. Nunca le pidieron perdón explícitamente. Ni él mismo podía explicarse por qué estuvo ahí… ¡Pero estuvo! Y no del lado de los alemanes, por supuesto, pese a ser todo un ario puro, rubio de ojos azules y más de un metro ochenta de altura con una piel tan blanca que llamaba la atención.

Terminado ese infierno, terminada la guerra, vinieron nuevos infiernos. Curiosamente Martin siempre sonreía con un aire bonachón. Jamás se lo veía triste. Pero nadie sabía tampoco qué sentía hondamente. Era muy reservado para sus cosas personales. Bien observada, su sonrisa, más que bonachona tenía algo de sarcástica. ¿De satánica quizá?

Con su esposa mantenía una relación muy superficial. Luego de engendrados los hijos, sus vidas sexuales eran muy pobres. Ninguno de los dos tenía relaciones por fuera del matrimonio, y en la pareja solamente se limitaban a cumplir con los ritos sociales mínimos que las circunstancias obligaban. De cierta forma, estaban separados sin estarlo. Ya había perdido la cuenta desde cuándo dormían dándose la espalda. Sus tres hijos, como no podía ser de otro modo por ser un producto suyo, también hacían parte de esta cadena de fracasos. O, al menos, así lo sentía Martin. La mayor, Ingeborg, era lesbiana –por supuesto, mantenido en el más riguroso secreto–; Klaus era alcohólico, y Berta quería meterse a monja. Él era católico, de lo que se sentía orgulloso. Pero tener una hija religiosa no era lo que más le satisfacía precisamente. En cierta forma lo sentía también como una derrota.

Klaus, con 23 años cuando sucedió la historia que estamos relatando, era ya desde su adolescencia un bebedor compulsivo. Su novia, Pauline –personaje central en lo que vendrá– lo había abandonado por eso. El muchacho había probado con varios trabajos, pero en ninguno duraba mucho. Pauline, jovencita adorable y que se había metido muy hondamente en el corazón de la familia, le dio innumerables ultimatos para que cambiara su conducta alcohólica, pero Klaus nunca lo hizo. Por el contrario, cada vez más se sumergía en el consumo.

La cercanía de Pauline con su suegro, Martin, había dado como resultado una gran confianza entre ambos. Se tuteaban con la más absoluta naturalidad, cosa llamativa para la época. Pauline llegó a contarle intimidades que ni siquiera a sus padres o hermanas confiaba. Del mismo modo, Martin se abrió completamente con la joven. También le compartía secretos, fantasías bien guardadas. Le hablaba de la frialdad de su matrimonio, de su eterna sensación de fracaso, de su falta de ánimo para la vida más allá de la bien estudiada sonrisa con que siempre aparecía.

Esa confianza fue dando lugar a sentimientos más potentes, menos “familiares” y más volcánicos. Para Pauline era la sensación de tener un padre-amigo con quien podía contar. Pero sin saberlo –¿o lo sabría?– fue abriendo la puerta para algo más. Pequeños detalles, inadvertidos quizá para quien viera la relación desde fuera, fueron construyendo un ámbito que desbordaba por mucho la simple familiaridad de un varón de más de cincuenta años con una jovencita veinteañera. Miradas cómplices, pequeños detalles como compartir los mismos cubiertos en la mesa, tirarse una bolita de nieve a la cara en gesto simpático, lágrimas que brotaban a veces cuando se sinceraban en la soledad de la salita del fondo de la casa, fueron dando lugar a un sentimiento que los comenzó a alterar.

Para Pauline, en verdad, nunca pasó de un extraño juego que, efectivamente, la alegraba, quizá la erotizaba en cierta forma –aunque ella prefiriese no enterarse–, pero del que nunca esperó más. Para Martin, sin dudas con una pesada historia de derrotas a sus espaldas, la presencia de esa joven era una fuente de vitalidad. Una vez le confesó, bañándose en lágrimas, que su vida se dividía en antes y después de conocerla. Ella tomó la confesión con cierta frialdad. Pero Martin comenzó a soñar.

“Soñar nos mantiene despiertos” leyó en algún libro de filosofía romántica, esos que el nazismo de años atrás había levantado como la gran creación intelectual aria. La frase pasó a ser la insignia de su vida: si la vida le resultaba tan trabajosa, tan pesada, mantener vivo un sueño le insuflaba energía. Una energía que le procuraba la más profunda de las satisfacciones.

Aunque ella no se dio por enterada, Pauline se transformó en lo más importante para Martin.

Si bien había roto con su hijo Klaus, quien seguía sumergiéndose día a día en el alcohol, la muchacha continuaba viéndose a diario con Martin. Ambos trabajaban en el mismo taller de orfebrería. Él era un avezado maestro en el asunto; ella una destacada aprendiz. Esa relación laboral los hacía verse cotidianamente. Pero hablaban muy poco en el trabajo, nunca más allá de lo estrictamente técnico, y sólo cuando era necesario; a veces pasaba toda una semana donde casi no se dirigían la palabra. Martin comenzó a escribirle cartas de amor.

Pauline las recibía con una actitud confusa: no las rechazaba abiertamente, pero tampoco las contestaba. Aunque, a veces, venían esas respuestas desconcertantes: un pequeño presente dejado para Martin en su mesa de trabajo –un chocolate, un caramelo–, o una sonrisa nada inocente, quizá un suspiro en su cercanía. Martin soñaba. “La vida fluye y nos da sorpresas”, afirmaba Pauline a veces. Para su amante secreto eso constituía ya una jurada declaración de amor. Aunque quizá fantaseaba muchísimo más de lo que la realidad le autorizaba. Pero esos sueños, tal como la frase del autor leído se lo recordaba a diario, lo mantenían despierto, vivo. Su vida había vuelto a tener sentido.

Como artesano joyero no era malo. Podría haberse independizado en algún momento y haber abierto su propio negocio, tal como su esposa se lo proponía. Su pusilanimidad, la sensación que fracasaría en el intento –como le sucedía con todo– se lo había impedido. Refunfuñando por lo bajo, había seguido siendo siempre un dependiente, con un salario que, si bien le permitía vivir, nunca lo había sacado de la relativa precariedad. Al aparecer Pauline hasta había soñado separarse de su mujer, proponerle matrimonio a la joven y abrir su propio taller. De todos modos, no pasó del sueño.

Klaus ya ni siquiera mencionaba a la que fuera su novia. El alcohol lo tenía atrapado. Eso era un puñal atravesado en el pecho para Martin, pero al mismo tiempo le dejaba la oportunidad de soñar con la que podría haber sido su nuera. Aunque al mismo tiempo, eso lo llenaba de culpa y vergüenza. Más de alguna vez había pensado cómo encarar a su esposa para decirle que estaba profundamente enamorado de esa muchacha. Sin embargo, ¿para qué decirlo, si la joven no lo tomaba como objeto amoroso?

El sueño no pasaba de quimera irrealizable. Él lo sabía. Desde el día en que descubrió que estaba enamorado de ella supo que eso no tenía futuro, que no podía ser, que era una locura. Pero… soñar lo mantenía despierto.

Era la década del 70, y ya para ese entonces se comenzaban a popularizar las escuelas de paracaidismo. Constituían aún un esnobismo, muy caro por cierto. De todos modos Martin tomó la decisión. Por supuesto lo hizo a escondidas de todos, también de Pauline. Simplemente le hizo saber que “algo grande estaba por venir”. La joven no entendió exactamente a qué se refería, pero pensó –¿esperó?– que Martin se decidiría a hacerle una propuesta amorosa. El desenlace que tuvo la historia no se lo imaginaba.

Martin lo sabía, lo supo siempre desde el primer momento. Simplemente estaba esperando la ocasión oportuna. ¡Y la ocasión había llegado!

Con unos ahorros secretos que tenía, disimulando muy bien toda la operación, comenzó a tomar sus cursos de paracaidismo. Asistía los sábados por la tarde, y armó todo de tal manera que no levantó ninguna sospecha en su familia. Tampoco a Pauline le comentó palabra del asunto.

Luego de un par de meses de entrenamientos, llegó el momento del primer salto. Llevaba los dos equipos, el principal y el de emergencia. Su instructor era sumamente puntilloso con cada detalle, y si algo no hubiera funcionado, sin dudas no le hubiera permitido abordar el avión. Por tanto, fue más que obvio que la decisión fue de Martin. No fue un error.

Con el ritmo cardíaco acelerado, sudando frío, saltó en tercer lugar, luego de dos jovencitos muy intrépidos. Él era apodado “el abuelo” en el grupo de los jóvenes paracaidistas. Eso no le preocupaba; por el contrario, le llenaba de orgullo. Ya en el avión, mientras llegaban a la altura propicia para el salto, se atrevió a comunicarlo a sus acompañantes: saltaba como parte de una promesa que se había hecho con su, por ahora, amante secreta, una jovencita de 22 años con quien, luego de esta primera experiencia en el paracaídas, se iría a vivir. La noticia dejó sorprendidos a todos. Recibió varias felicitaciones. “¡Viejo astuto!”, “¡Te envidiamos, viejo zorro!”, “¡Eres de los nuestros!”, fueron algunas de las palabras –ferozmente machistas– que recibió como aliento, como premio, como gesto de admiración.

Martin lo sabía, lo sabía desde el momento en que decidió tomar el curso, desde la primera clase. No se le olvidaba un solo detalle de las explicaciones, minucioso como era para todo. Si ninguno de los dos paracaídas se abrió, sin dudas no fue por accidente. Él lo sabía y lo tenía fatalmente calculado. Dijo luego el instructor que le comenzó acompañando en la caída, que tenía una cara de satisfacción cuando iba por el aire que le asustó: “no era una cara de humano. Parecía un ángel de esos que se ven en las iglesias, gozoso, pleno”, comentó aún impresionado por lo acontecido.

Nunca pudo demostrarse que fuera suicidio. No dejó carta alguna ni indicio que así lo permitiera pensar. Pero hubo un dato muy significativo: no fue Berta, su hija, la que finalmente se convirtió en religiosa. Fue Pauline.

En el diario personal que se pudo rescatar luego del incendio que consumió el convento, y del que Pauline –bautizada Sor Rita para su vida religiosa– pudo escapar milagrosamente, años después tuve la ocasión de leer que ella, aun siendo una laica, había escrito antes del fatídico salto: “quizá ya llegó el momento y se me declare. Si no, lo haré yo”.


PÁGINA 12 – POESÍA ARGENTINA

MIGUEL ANGEL MORELLI
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

2 (llueve sobre el mundo)

hoy no es como otras lluvias
hoy llueve por vez primera
sobre el mármol de su tumba
hugo mujica

llueve sobre el mundo | sobre todas las cosas del mundo
y mientras miro cómo las gotas se balancean en el techo
tiemblan | y finalmente 
acaban hundidas contra las baldosas del patio
me pregunto
cómo hay que hacer para sobrevivir a la tormenta |
de qué manera escapar de la tristeza 
de estas ganas enormes de correr hacia abajo
para ser agua en el agua | lluvia en la lluvia

REYNA DOMINGUEZ
(San Juan-Argentina)

ADÓNDE
 (A las Madres de Plaza de Mayo)

Entras a la casa
sales de la casa
el aire no sabe nada

Adónde
la sal y el agua de tus ojos
fueron a parar
polvo son
polvo serán

Adónde
la sal y el agua de tus ojos
fueron a parar...

Miro
miro el aire vacío
Y allí están
los luminosos ojos
de los que ya no están.        

MARCELO LEITES
(Entre Ríos-Argentina)

HONGOS

II

Espero que vengas luminosa
mientras la semana se te pega la cuerpo
y el vapor de la ducha inaugura otra
perspectiva.
Entonces pienso si los niños
tienen cabida en este mundo
o si sólo son el persistente espejismo
de la continuidad.
Escucho el ruido de agua que cae
sobre tu pelo
y sé que tuviste acceso
al único instante de placer
de la jornada.


PÁGINA 13 – RESEÑA

ANÍBAL FERNANDO BONILLA F.
(Otavalo-Ecuador)

Autor: HUGO FRANCISCO RIVELLA
Libro: ESPINAS EN LOS OJOS & SIETE POEMAS DE BARRO
Editor: EL ANGEL EDITOR (QUITO-ECUADOR)

ESPINAS Y CICATRICES DE BARRO

La poesía contiene elementos insondables en el tránsito por la vida. De hecho, nuestra existencia está compuesta de una amalgama poética, que, a ratos, ni siquiera sospechamos. Es el efecto de la desnudez de los actos y de la tormenta que arrecia en la noche. Es el cúmulo del flagelo. Es el advenimiento del rocío que nos devuelve a la infancia. Es el silbido del pájaro en la frescura del día. Es la huella que conduce a la orilla incierta. Es la tesitura de una voz que se expande con angustia y se deleita en las fauces de lo venidero.  
Con la propiedad que emana de un poeta que trasciende lo efímero, Hugo Francisco Rivella (Argentina, 1948) nos comparte su reciente trabajo: Espinas en los ojos & siete poemas de barro (El Ángel Editor, Quito, enero de 2014).  
Es, ciertamente un cántico de esperanza que se abriga en la holgura mística. Tiene transparencia verbal y reminiscencia divina. Se sumerge en la buena palabra que emana de los pasajes y personajes bíblicos. Ahí está Dios siendo interrogado, de cuerpo entero, ante los cuestionamientos que provocan quebrantos y superan el tiempo. Como dice Antonio Preciado Bedoya: “Desde la boca de Cristo, Rivella pone el gran ojo fijo de Dios ante los del hombre, que respetuosamente le sostiene la mirada, sin negaciones estridentes, pero, a la vez, sin arrastrarse de hinojos o llegar a las mortificaciones del cilicio”.
Rivella poetiza el trigo, el pan, los peces de colores, el relámpago, la espada maltratando a los huesos, el río “abriéndose como tus manos”, el horror del mundo tras la muerte del hijo de Dios. Es una bocanada de misterio tras la crucifixión: “El alarido al cielo en carne viva y la luz que se derrama lentamente”.
La herida que provoca la desdicha en pos de la redención humana se contagia de altas temperaturas en la tormenta, se humedece de sangre. Es la caída de la tarde, el grito desconsolado de una madre afligida, el contubernio de almas perdidas. Es la oración que se desprende en la derrota: “el Padrenuestro que salvaba mi alma del naufragio”.
Hugo Francisco aletea mares insondables, se baña en las aguas venturosas de la historia de los pueblos afligidos, delinea el conjuro de la muerte desde el barro y las espinas. Advierte las consecuencias del símbolo cristiano y de la llaga sin cicatrizar. Enuncia la ausencia del ser ante la tumba descubierta y el alarido que resucita otros enigmas: “Yo sé que voy a ti,/ Padre./ Muero por ser un hombre con las huellas de Dios en la mirada,/ su eterna soledad./ Alguien lava mi cuerpo que no pesa./ Agua de mí en la noche que sube por la cruz y en la quietud del polvo de/ mis huesos vuelve a ser lo que fui,/ esta palabra,/ el fuego,/ el regreso,/ la hondura de saber que soy tu Hijo”.


PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

MARTHA CWIELONG
(CABA-Argentina)

una  noche de invierno
tuve miedo
frío
desamparo
todavía la recuerdo

-------------------------

cada ausencia feroz
me tiene en pie
me alimenta
me humilla

----------------------

MARIANO SHIFMAN
(CABA-Argentina)

LA CONVERSIÓN

¿Hasta cuándo seré el triste Gregorio,
sufriente en Lídice y sufriente en Praga?
Viajante oscuro, haga lo que haga,
nunca escapo de un bajo territorio.

Rutina, humillación, el purgatorio
¿de alguna culpa oculta? Pobre paga
estos florines por mi vida aciaga,
pena de cumplimiento obligatorio…

Tal vez soñando logre aquel efecto
que niegan las vigilias: el trabajo
de ser humano cansa, cansa, cansa…

Hermana, madre, padre: ¡soy insecto!
Un horrendo, un bendito escarabajo;
he dejado de ser Gregorio Samsa.

LUCRECIA COSCIO
(Salta-Salta-Argentina)

SUBSISTEMA ESCOLAR

Cualquier cabello
que intente crecer
sobre los ojos
detrás de la oreja
que desborde los límites
y se atreva a descender por el cuello
hacia la espalda o el ombligo
puede llegar al pubis
por lo tanto:
                       Será cortado.


PÁGINA 15 – CUENTO

EDUARDO PÉRSICO.
(Lanús-Buenos Aires-Argentina)

IZQUIERDA ABAJO.

     Cualquiera que atajara la pelota que le sacudieron aquel sábado al flaquito Gerardo no hablaría de otra cosa, pero en el vestuario el loco que estudiaba sociología solo acarició sus guantes color rosa y no habló ni media palabra del asunto.
    El partido por el norte y contra esos de dientes apretados con su gente mirando el juego en cuatro escalones a un costado, a los de Escalada no les agradó pese al sol de octubre y las vistosas minas de alrededor. Fue por los años ’78 o ’79, y ellos como siempre salieron a jugar prolijo sin revolear la pelota pero de entrada chocaron con unos atletas con camisetas de rugby y pierna  fuerte que protestaban todo. Así que lo mejor entonces resultaría no discutir y esperar bien protegidos atrás que ya el Nene y Cacho, los dos de punta, tendrían su contragolpe. Pero igual durante el juego el ambiente se iría calentando y jugadores, socios más familiares lejanos del local le indicarían al referí y los jueces de línea aplicar un reglamento propio. Y el clásico ‘¿qué cobrás hijo de puta?’ haría que los tres personajes sin demostrarlo se sentirían bien temerosos, mientras los de Escalada serían nombrados al menos ‘negro de mierda’ con agregados. Menos el tan veloz narigón Aguilera, que por izquierda ganaba siempre y lograra que una señora muy bien embutida en un conjunto deportivo blanco le aconsejara, ‘zurdito, vos seguí corriendo así que vas a  desaparecer’.     
       En ese clima de cordialidad deportiva y los dos equipos con muy poco juego se irían al descanso empatados en cero, aunque por los treinta del segundo tiempo el Nene embocó un derechazo de veinte metros que levantó el aburrido nivel, y aunque al golazo los de Escalada apenas lo festejaran lo mismo les cambiaría el juego. Y de ahí retrasaran algo a los cuatro medios amontonando gente y consiguiendo así que la bola anduviera desprolija pero siempre lejos del arco de Gerardito. Un recurso algo aburrido de ir pasando el tiempo toqueteando en el medio campo todo lo posible; algo bien ejercitado por los cuatro o cinco habilidosos de Escalada a quienes sin pegarle con descaro, era muy difícil quitársela con limpieza. Así que sin ninguna exhibición canchera porque la hinchada local los entró a putear hasta la tercera generación, sobre el final y ganando los visitantes uno a cero el referí agregó cuatro minutos de descuento. Un tiempo adicional que luego de transcurrir de sobra y aunque el juez prosiguiera con el alargue sin mirar su reloj, unos tipos de pelo corto entraron al campo y chau con la elegancia deportiva en el varonil juego del balompié. Porque uno de prolijo bigote le recordó  a toda la concurrencia cierto novedoso reglamento: ‘este partido sigue hasta el final y punto’. Original decisión que no evitaría que se redoblaran los centros  al área de los de Escalada con despejes a cualquier parte, y tras un centro inocente  que se iba afuera ‘penal a favor del local cometido por el hombre invisible’. Y sin discusión en mitad del griterío local en segunda escena, el flaquito Gerardo se ajustó los guantes rosas mientras sus compañeros de Escalada se miraban en silencio, si al fin un empate en ese ambiente no les parecía tan  mal…
       Entonces y sin demora el número seis contrario acomodó la pelota exigiendo que no se adelante el arquero y el obediente referí le gritó a Gerardito ‘usted no se mueva de la línea’; agregando algo más, inentendible. Y cuando el zurdo contrario sacudió un cañonazo seco abajo, inatajable, raramente la bola resonó ‘chaf’ en los guantes rosas del arquero y sobre el rebote sin perder un segundo en aquel silencio desplomado, un defensor la revoleó rápido para el Nene que allá adelante andaba  en soledad y tenía todo sencillo para definir. ‘Serio detalle técnico’ que por salvarse de un quilombo más grande el corajudo referí ahí mismo pitó el final y rajó a juntarse con los jueces de línea. Pero vaya uno a saber, quizá por demostrar un cierto estilo de gente educada el público local les seguiría puteando a los tres las abuelas, madres y familiares más queridos hasta que entraran  al vestuario. Y al final los heroicos jueces del juego sobrevivieron.
       El penal que atajó el flaquito Gerardo hubiera merecido algún comentario bajo las duchas,  - de mojarse rápido y rajar- cuando el arquero apenas flamearía triunfal sus  ‘guantes mágicos color rosa’ y nada más. Aunque luego  y ni bien subidos al tren de regreso vía Retiro, Gerardito contó el asunto en pocas palabras. 
        Al referí le habían puteado toda la descendencia tanto como a nosotros,  pero como él sabía adónde pateaba el seis, me gritó ‘no se mueva de la línea’; y entre dientes me sopló  ‘izquierda abajo’. Toda una revancha de Poder propia de un tipo naturalmente turro. ¿No les parece? 


PÁGINA 16 –  POESÍA ARGENTINA

MARIA SILVIA PASCHETA
(San Antonio Oeste-Río Negro-Argentina)

CAMINO

esta que soy
esta orfandad de hueco
este sabor a sal y destemplanza
este saber que nunca más tu abrazo
este encontrarte
mamá
sólo en mi adentro

LILIANA ANCALAO
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

ESPERANDO A INAKAYAL

Volvió Inakayal. Los huesos del lonko habían permanecido desvelados demasiado tiempo en la vitrina de un museo.Volvió para descansar en la tierra.
Mis paisanos lo esperaban en Tecka. Puntuales estaban allí: Fabiana y Silvia.

las imagino celestes
el frío en las polleras
el corazón desandando la impaciencia

las veo celestes
de espaldas a la luna
atentas a los signos de la tierra

sagradas y en silencio
por no perderse ni un latido
del tiempo aquel que regresó ese día
a tocarles las manos y los ojos
y las halló tempranas
sin esquivarle la mirada al viento

merecedoras del rumor en chezungun
... inakayal... lonko...piwke...
en remolinos
hasta aquietar la espera

del fondo azul
recorto sus figuras y las traigo
desde antes y hasta el horizonte
antiñir
cayupán
anay hermanas

LEANDRO MANUEL CALLE
(Córdoba-Córdoba-Argentina)

Germán
es pintor.
Me dijo que
nunca se aburrió
que siempre pinta
que le gusta viajar
que se hace diálisis
3 veces por semana
Me regaló un cuadro
que colgué directamente
de mi lengua
para no quejarme más.


PÁGINA 17 – CUENTO

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

GUARDANDO EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES*

 Mis cabellos matan el sol. Son negros mis cabellos; negros como la boca del traidor, como la nariz de un perro en el bosque, negros son como el centro de tus ojos.
Mis cabellos son negros.
Diría que ensortijados, diría que espléndidos en su derrame móvil sobre mi espalda y mis hombros desnudos. La belleza lisa y bruñida de cada cinta de resumida oscuridad es un fustazo de dicha nunca apropiada, nunca gozada por mortal.
Ah mis cabellos. Ondulo mi cintura blanca, tiendo acuáticos brazos fantasmagóricos. Observo con fascinación mi sombra arbórea y móvil. Y aguardo.
Junto a mis hermanas aguardo, y guardo la puerta del jardín donde los hombres no tienen cobijo.

Yo guardo y aguardo y espero.
Te espero.
Con los ojos del corazón te veo, y no con los del peligro. Detrás de los párpados, detrás de los velos te añora mi frágil corazón de hembra sola.
Te llama mi anhelo. Transparentes vahos de deseo te atraen hasta la puerta que no debes cruzar, que no debo permitir que cruces.
Sé que vendrás.
Sé que por tierra y agua marchas hacia mi destino. Y que más pronto que tarde tu sombra dibujará tu belleza sobre mi tierra yerma. Aquí estarás para cumplir la promesa de la muerte y las espadas. No ruego otra baraja ni otros dados.
Sé que vendrás. Me basta.
Sé que puedo recorrer tu cuerpo duro con mis manos, que puedo atrapar el hombre con mi boca anhelante. Pero sé asimismo que la dicha está contaminada de brevedad, que la fugacidad de la carne tibia se transformará en piedra contra mis senos ansiosos. Te matará mi amor, amor. Mi fatal mirada.
Mi amor te transformará en estatua de piedra. Sólo la dicha de contenerme en tus ojos es mi anhelo, y tal dicha, lo sabemos, sería tu sentencia. Mis cabellos de serpiente se retuercen y anudan en deseo e ira.
Mi amado, debieses comprender que Medusa te ama aunque mi amor confluya con la muerte. No será para nosotros la ternura. Morir o destruir al objeto de mi amor, tal es la torpe suerte que me ha tocado.
Perseo, dejaré que me decapites y te ufanes de tu hazaña.


PÁGINA 18 – POESÍA AMERICANA

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

ALBUM DE FAMILIA
Para Juliana.

Como el árbol milenario cobijándonos
con el frondoso ramaje de su mirada
está el abuelo
plantado por la magia del fotógrafo
El abuelo
es el centro de todo este mundo
detenido en un ancho instante
Sus brazos son arado
sus manos trigo
su rostro libro ya leído
transido
cerrándose para volver
pues la tierra lo reclama
Y la abuela
expectante
taciturna
nos mira compasiva
sabe que como el abuelo
un día el arado será ceniza
Y el trigo pan duro de comer

CARMEN HERNÁNDEZ PEÑA
(Ciego de Ávila-Cuba)

DIÁSPORA

Las muchachas de ayer son dos abismos
donde se pierde la memoria.

 «No olvidaremos a los muertos:
sus rostros insaciables»
pero los muertos fueron olvidados.

«Dime cuando te enamores
si hablas con Lennon en un callejón
de Londres o Bagdad.
Dime cómo es la nieve
sus cristales antiguos».

Las muchachas de ayer
nadaron en la angustia
del desencuentro
con que los sueños brillan en lo oscuro.

«Envíame las piedras
su fuerza
sus prodigios.
Un tiempo fuimos piedras
y en piedra volveremos».

«Dime cómo es la nieve
sus cristales antiguos».

«Dime cómo arde el sol
sobre mi pueblo».

No me canso de andar
me desvanezco    nos desvanecemos
entre la niebla pálida
que corre en los dos mundos.

«Lennon murió de un disparo en la noche
y yo rasgué  mi blusa
como rasgan sus blusas los gitanos».

Mi vocación de alondra se convierte en sospecha.

«Dime cuán desolada es su blancura.
No quiero morir una vez más
sin ver la nieve».

Las muchachas de ayer son dos alondras
 enfermaron de altura en pleno vuelo.
Son dos puñados de sal.
Dos lobos muertos.

CARLOS FAJARDO FAJARDO
(Santiago de Cali-Colombia)

BAJO OTROS SOLES

Sé infiel a tu ciudad. No te quedes esperándola. Es probable que ya haya llegado convertida en quimera y tu cuerpo ande perdido en otras calles, buscándola en el olvido. No importa en todo caso.

Sé infiel a tu ciudad, pues a ella le es inútil, indiferente, que habites sus rincones y trates de esculpirla con palabras.

Bajo sus lluvias olvida el primer y último amor que en ella hayas poseído. En sus calles, casa por casa, en todas las esquinas, no esperes sus eternas y falsas promesas. Las ciudades se desgastan igual a los ojos que miramos fijos durante años.

Marcha. Aférrate a tus sogas. Viaja bajo otros soles siendo infiel incluso a tu muerte.


PÁGINA 19 – ENSAYO

FRANCISCO MORALES LOMAS
(Campillo de Arenas-Jaén-España)

EL HUMANISMO SOLIDARIO Y EL SENTIMIENTO
EN ANTONIO MACHADO

La poesía de Machado es un canto al sentimiento (“al poeta le basta con sentir honda y fuertemente y con expresar claramente su sentimiento”1) en una línea que procede directamente de la poesía arábigo-andaluza (de las jarchas fundamentalmente) y prosigue en el romancero y más tarde se aviva con Marique y Garcilaso. Mairena defiende el sentimiento aplicado a la lírica y Machado, ya desde una fecha tan temprana como 1917, lo define en un doble sentido: no como una elaboración propia del sujeto individual, de ese yo en contacto con el mundo externo, sino que existe siempre en él una elaboración del TÚ, es decir, de otros sujetos.
La fórmula que postula Machado es mucho más compleja que lo que habitualmente supone el común de los mortales. No existe esa simplificación de considerar el sentimiento como mi corazón frente al paisaje y el uso del lenguaje para comunicar a mi prójimo esa sensación sino que hay mucho más, nada más y nada menos que los otros, esos que no habían contado ab initio en su elaboración:
Mi corazón, enfrente, del paisaje, apenas sería capaz de sentir el terror cósmico, porque aun este sentimiento elemental -necesita, para producirse, la congoja de otros corazones enteleridos en medio de la naturaleza no comprendida. Mi sentimiento ante el mundo 'exterior, -que aquí llamo paisaje, no surge sin una atmósfera cordial. Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien NUESTRO.
Es una visión del sentimiento de raíz cívica, fraternal y empática que nos permite hablar ya en Machado de un profundo humanismo solidario en su lírica, por cuanto el objeto sentimiento que habitualmente el poeta lo entiende como algo personal e intransferible en la lírica de Machado adquiere un valor colegiado, ecuménico, se amplifica y pierde su dimensión individual. El sentimiento del poeta no es un estado de ánimo personal sino colectivo. El placer o el dolor que posee ante su visión del mundo y la realidad que hay en su entorno el poeta lo posee tanto en cuanto forma parte de una comunidad, de una sociedad, de una humanidad: es un sentimiento NUESTRO.
Por tanto, su raíz tiene una construcción ética relevante en tanto deja de ser un “yo-único” para englobarse en un “yo-nosotros”. Ese yo-único está presente siempre, evidentemente, pero no es un “yo” ajeno al “otro” sino que se identifica con este y lo asume como propio. En ese esencialidad existe mucho de relación con el concepto de sentimiento expresado en su momento por Hume que lo asociaba a una concepción moral. En Machado se produciría un “emotivismo ético”, de raíz profundamente moral y proyectiva que amplifica una poesía para los otros desde los otros.
El sentimiento ante el mundo sería solipsistamente narcisista si solo aspirara a expresarse a sí mismo sin tener en cuenta esa felicidad o ese terror del colectivo ante las oscuridades del ser. De ahí que esa sensación la exprese aludiendo a la “congoja de otros corazones enteleridos en medio de una naturaleza no comprendida”. Las sensaciones propias importan, cómo no, no se está con ello anulando el ser en sí, pero su valor (y, por tanto, ese reconocimiento ético) nacen de la colectividad. Las sensaciones que poseemos no son únicas sino que forman parte de un fondo común, de una comunidad con la que se identifica el poeta:
Sin salir de mí mismo, noto que en mi sentir vibran otros sentires y que mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la voz mejor timbrada. Que lo sea también para los demás, éste es el problema de la expresión lírica2.
Sin embargo, no queda ahí ese recurso al nosotros. La sustancia del significante, lo que me permite a mí como poeta expresar esos sentimientos también forman parte de la colectividad, por cuanto es esta diacrónicamente quien la ha ido gestando. Está claro que nos estamos refiriendo al lenguaje. Por eso dirá Machado: “El lenguaje es mucho menos mío que mi sentimiento”. El lenguaje no es mío, lo he tenido que aprender de otros. Es una construcción histórica. El sentimiento lo es también, una construcción histórica, y como construcción histórica la semántica del sentimiento también tiene ese raíz diacrónica:
Antes de ser NUESTRO -porque mío exclusivamente no lo será nunca- era de ellos, de ese mundo que no es ni objetivo ni subjetivo, de ese tercer mundo en que todavía no ha reparado suficientemente la psicología, del mundo DE LOS OTROS YOS3.
Y es consciente de que el sentimiento “mío-nuestro” no es eterno y cambia históricamente (sobre toda esta versión del sentimiento García Montero construyó en los 80 la nueva sentimentalidad, como en su momento afirmó) e incluso durante la misma vida del individuo. Se pregunta Mairena qué es esto de “una nueva sensibilidad” (difícil de entender en un tiempo zoológico) o, todavía mejor, una “nueva sentimentalidad”. Lejos de definirla, lo que postula es cómo van transmutándose y cambiando a lo largo de la vida, su variabilidad en su valoración, su desdoro e incluso su muerte para ser sustituida por otra nueva y así sin solución de continuidad. Y, aunque es consciente de que algunos sentimientos pueden perdurar “mas no por eso han de ser eternos”. Y afirma contundente Mairena: “Nada tan voluble como el sentimiento. Esto deberían aprender los poetas que piensan que les basta sentir para ser eternos”4. Al respecto dirá Gonzalo Sobejano5:
Lo que persigue es la aparición de la verdad, la revelación de los «universales del sentimiento», de «lo esencial castellano» y de «lo eterno humano», de «las directas intuiciones del ser que deviene» (...)las palabras verdaderas debían llegarle como una «humilde ola» que nada distrae, interrumpe ni detiene. Proceso de decantación, no por paciencia y habilidad de artesano, sino por paulatino empleo de la experiencia al servicio de la comunicación. Necesidad de los mismos objetos cantados, que por eso no son múltiples, sino escasos y siempre los mismos.


PÁGINA 20 – POESÍA AMERICANA

CARLOS LÓPEZ DZUR
(Orange County-California-USA)

ABRAN Y MIDAN LO QUE SERA EL RECINTO

Midan lo que será el recinto de sus nupciasa
y el que sepa que cave y ponga ladrillos de honra
y ejercite agrimensura y mampostería
antes de la apertura y se acontezca
lo que al Ser le pasa
como Ereignis.

Sea para la Hestia / la comunidad
que solamente se afirma / y sea
para el destino que es el Seyn /
el Ser / de la Vesta, luz de luna
que se inmola.
Sea edificado ese Altar
no como dato y novedad de vulgar sociología
sino compromiso de Destino que el pueblo
protege como lo anhelado,
verdad misma / unificada / de su Ser

Venga el pueblo atestiguador,
aquellos anhelantes, protectores
y empáticos que celosamente guardarán
el pensamiento, el poema, la acción
y exigencia del fuego en sagrado refugio.

ELVIRA ALEJANDRA QUINTEROS
(Cali-Colombia)

Cita – I
He llegado a un pueblo de calles polvorientas donde mi amor me ha puesto una cita.
Mis compañeros del grupo de teatro no comprenden pero aceptan el juego como si fuesen mis hermanos menores.
Sin embargo cuando me hablan lo hacen como si fuesen mis hermanos mayores y no olvidan señalar hacia arriba con el dedo índice.

Las gentes visten de amarillo claro, de rojo, de azul desteñido
Y todo
Su piel, sus ojos fríos, los cabellos largos de sus mujeres
Están llenos del polvo que levantan al pasar los buses relucientes.

La plaza se llena primero con los niños y las ancianas
Y después el resto
Los novios
Las muchachas de cabellos trenzados
Los señores serios, sabios, adustos.

Pero no veo a mi amor y vuelvo a buscarlo entre las palmas de las manos que se agitan afanosas, cansadas de esperar la hora del milagro.

JAVIER FLORES LETELIER
(Santiago de Chile-Chile)

I

Escuchamos venir al océano mercante
pero nunca sabremos
quién será el último comprador,
aquel que escupirá
la carne del corazón animal.
Piensa, medita a la Bestia
el peso en los túneles
del hogar que construiste,
la ficción de los suelos rasos
donde la trascendencia
es humillada hasta el éxtasis.
Vuelve al pueblo
con las manchas imperdonables
de quien tomó la decisión
que lo separa del amor
para observar su milenaria consunción,
impregnado de aquella humedad
que invoca a las personas a reunirse
en sus pequeños círculos dorados:
Por qué no debo matar,
vengarlos con el golpe de la naturaleza
¿es el temor al total silencio
en la traición del origen?
La justicia humana, la justicia divina
pertenecen al mismo reino
de colmillos ardientes:
en mis sueños salvajes con la libertad
somos un solo monstruo
cuyos signos encandilan a los recién nacidos.
La raza perfecta
ávida de la raza perfecta.
Tiempo y aliento,
comprende
la distancia entre las ruinas
y resuelve a la Bestia.



FRANK PEREIRA HENNESSEY
(Colombia)

MANUEL MARULANDA VELEZ
a, tirofijo.

Guerrero inasible
in albis
del vientre de un sueño,
de las entrañas del viento,
de la piel de la tierra.

Tus pléyades
orbitan
en los andes
con sus raíces de amianto.

Eres
de la estirpe de Tupac
de raigambre de sol
enmarcado

en la cresta de un futuro. 


PÁGINA 21 – CUENTO

NECHI DORADO
(CABA-Argentina)

LA OBEDIENCIA DE LA ALMEJA

Llegaron los turistas, arribaron ansiosos de mar, de sol, descanso, alejándose de la selva de cemento donde alternan sus días entre consumo, polución y nervios que parecen mechas de dinamita que se encienden hasta por usuales “buenos días”, casi siempre deseados de la boca para afuera.
Se los ve tendidos como iguanas sobre la arena recalentada y cuando el sol afloja la tensión de sus rayos, muchos comienzan la tarea irresponsablemente pasatista que los arrastra hacia la caza compulsiva de almejas, acción  devastadora para la especie que lo único que hace es vivir encerrada en su propia valva.
(Casi orgullosamente encerrada, como tantos humanos)
-Triste la vida de la almeja, pienso. Condenada ad eternum (o hasta que el hombre disponga lo contrario) a alternar sus días entre las aguas saladas y las arenas, ordenada, obediente, sumisa, aún ante el riesgo de convertirse en un recuerdo pretérito.
Tanto habrán insistido en la idea de que su vida debe esquematizarse bajo la consigna “del mar a la arena, de la arena al mar” que omitieron el principio ineludible de la organización, el reclamo, la lucha por la propia supervivencia.
El hombre, hecho a imagen y semejanza de algún dios, aunque según dicen, no supo interpretar la última parte de la obra y la adaptó a su manera, está depredando a esos moluscos bivalvos que cumplen a rajatablas el mandato.
(¿Se entenderá algún día que la endeblez de los débiles es el motor fundamental, posibilitador del crecimiento de los fuertes?)
 Y así transcurren las almejas sus últimos momentos ignorando la inminencia de su propio extermino.
-Triste el destino de la almeja, sigo pensando.  Rutinario su corto camino  estéril que no la conducirá a ningún puerto seguro, apenas a su propio agujero arenoso.
Continuará el viaje atemporal del molusco rumbo al pozo oscuro hasta que la irresponsabilidad –propia y ajena- decida lo contrario.


PÁGINA 22 – POESÍA AMERICANA

LUCÍA ESTRADA
(Medellín-Colombia)

LA NOCHE EN EL ESPEJO

El aire se abrió lentamente con el sonido
de las campanas, y en los cuartos,
cada cosa ocupó su lugar y su nombre,
revelando de las palabras
su extraño alfabeto.
Entonces todo era posible
bajo esa luz de invierno que dibujó tu rostro.
¿Quién habita en esta tierra
precedida por el ángel?
¿Quién dispuso los vasos
en los que beberíamos el fervor de una pregunta?
Señalaste tras la ventana un jardín cerrado,
y en él un estanque vacío esperando por mis ojos.
Era preciso mirarlo con atención
antes que se diluyera en la penumbra.
Estábamos inmersos en el paisaje,
y las voces del jardín venían desde adentro,
y las formas encontraban entre sí su correspondencia.
Algo dijiste del vacío, y a lo lejos,
la fuente brilló en su propia oscuridad.
Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia
y en el movimiento de la luz. Ella recorre
paciente lo que para nosotros
había perdido su misterio. Aquí están
todas las cosas recién descubiertas,
y el mundo, cada vez más liviano,
cada vez más pleno de sí mismo,
cada vez más verdadero.
Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren
para conducirnos a otro silencio,
y cómo cavamos en él
aunque las cuerdas de la voz
se hayan debilitado.
El estanque se cubrirá de agua.
Puedo presentirla.
Es oscura y asciende hasta tus ojos
llenándote de extrañeza.
Pero delante de ti,
nada perderá su claridad.
Deja que tu corazón entable cercanía con la muerte,
que allí también encontrarás
presencias luminosas.
Será entonces como si nunca
te hubieras apartado del camino:
“El resistir lo es todo”.

ANDRÉ CRUCHAGA
(Chalatenango-El Salvador)

TRANSPARENCIA

Mirar la gota en el ojo que la ansía. La gota solamente en lo profundo.
—Pero, no mires la claridad, en la claridad misma, sino en la salida
de los rostros y los nombres;
todo tiene su ritmo, el fuego y la muerte, el tiempo que nos alcanza
y nos deja, el grano de mostaza en la estatura, la roca fiel al río
en su propio espejismo.
No mires los colores volcados en el arcoíris, sino en la rama disuelta
del designio, que la palabra compartida es silencio.
No camines si al caminar, acaba el bullido de la sangre, allá en la sombra,
la piedra de los sueños, quizás la claridad que a veces nos avergüenza.
No busques compañía, en la compañía del tallo, hazlo en las semillas,
y hasta en los pergaminos del viento.
(El poema siempre vacía a manotazo limpio el pálpito del firmamento.)
Líquido el poema, se siente la retribución en las manos: el sollozo
no necesita de pañuelos, sino de un cuerpo que lo contenga,
en el tibio cuaderno de la luz.
No mires la intensidad con tus ojos, mírala desde el espejo del otro;
entonces podrás saber de qué están hechos, fuego y tormenta…

RUTH ANA LOPEZ CALDERON
(Sucre-Bolivia)

DESPIERTA

El frío golpea la copa de los árboles,
la ciudad amanece sumida en múltiples congojas,
deshecha en laberintos grises

voces de motores viejos y torpes
comienzan a poblar el silencio,
y las luces opacas alumbran
a pocos
deambulantes, ensimismados,
encadenados a sus voces,
paseando, negados a ver
más allá de las narices

los minutos lentan
presurosos,
impunes al dolor o al miedo,
a la soberbia,
ó a la deshonra,

cuerpos vestidos de cachemir y calzados
cuerpos semidesnudos,
cercenados por el gélido
aliento de noches desamparos
y almas bailan en su propio espejo
fétidas
y almas bailan llanto,
los extremos, los opuestos necesarios,
y los medios cabizbajos, atrapan
en sádico mutismo,

y nos jactamos, y nos jactamos,
de ser lo que no somos.



PÁGINA 23 – CUENTO

LILIANA SAVOIA
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

DIÁLOGOS EN SI BEMOL

Me acerqué a ellos con cierto recelo, sus volúmenes me inhibían, debo admitirlo. Aún así como un autómata continué la marcha hacia ellos. Se mantenían en silencio aunque se miraban a los ojos.
Sus cuerpos corpulentos daban la impresión de estar demorados en una eternidad sostenida, en un continúo presente.
Primero me acerqué a ella, que me superaba ampliamente en peso, de eso estoy seguro, y sin proponérmelo me hallé preguntándole su nombre. El mutismo del principio me sobrecogió pero no me di por vencido y sí seguí intentándolo.
Después de un tiempo que no puedo definir en horas ni minutos, ni segundos, me contestó. Su voz sonaba aguda, casi impropia de una garganta que lleva a cuestas ese enorme lastre. El volumen de la frecuencia de sus vocablos era apenas audible, como un dejo de silbido ininteligible que yo, obstinado, me empeñaba en decodificar.
Agudicé mis oídos y pude percibir un pedido que me llenó de angustia.
Miré hacia ambos lados, también lo hice hacia atrás. Estaba solo, era imposible que se dirigiera a alguien que no fuese yo. La miré con una mirada larga y sostenida. Sus labios no se movían, o por lo menos yo no lo distinguía. Pero el sonido musicalmente penetrante era cada vez más claro. “Agua, por favor, agua”.
Me dirigí hacia una fuente que se hallaba en el centro del parque y haciendo un cuenco con mis manos recogí un poco de agua fresca. Apresuré mis pasos tratando de conservar el líquido de entre mis palmas y llegué al sitio donde se encontraban ellos.
Me resultó engorroso acceder a la boca de la mujer, aún así perseveré en el intento hasta que lo logré. Volqué la escueta cantidad de gotas sobre sus labios. Las moléculas desaparecieron dejando en su lugar una bruma humeante. Me miró agradecida para luego dirigirse a él, ya con una voz más clara, quizás por saciar la sed en sus entrañas.
Traté de escuchar el diálogo que sonaba a melodía y por los conocimientos que poseo de música, debo decir, que un si bemol se percibía de fondo, como si una orquesta de violines acompañara la conversación.
Agudicé más mis sentidos y logré apreciar que ella le decía: “pedile, no seas orgulloso, seguro que él nos ayudará”. Supuse que se trataría de ir en busca de más agua, pero lo que oí me dejó atónito. Ahora era él el que hablaba dirigiéndose a mí. Su voz era grave, de tenor. Lo escuché claro y firme: “Deseo estar más cerca de ella, pronunció”.
El pedido me resultaba desconcertante y casi imposible de cumplir. Cómo haría yo tal cosa. Primero, no me atrevía a tocarla, estaba desnuda. Dos pechos pequeños lucían altivos en su rollizo torso. En ese momento me percaté de lo pequeñas que eran sus cabezas. Las partes no parecían pertenecer a esos cuerpos orondos que se alzaban como moles en el sendero este del parque. Bajé la vista hacia sus pies, me sobresaltó los diminutos que eran.
Volví a mirarla a ella, me pregunté de nuevo si podría cumplir con lo solicitado por su descomunal compañero.
Sin que mediara la prudencia me esforcé en hacerlo, arremangué mi camisa y me dispuse a maniobrarla a ella. Decir que pesaba sobremanera es nada. Empujé y empujé desde el costado derecho de su cuerpo con todas mis fuerzas sin lograr moverlo ni unos míseros centímetros. Ella tampoco ayudaba, a pesar que yo le imploraba que lo hiciera. Él, parecía estar diciéndole ahora algo, pero sumido en la faena de movilizarlos, no entendí qué le señalaba.
Giré por atrás de la figura femenina y me empeñé con más fuerzas a movilizarlo a él. Imposible, la corpulencia grotesca y enorme no cedía al intento.
Creí que mis fuerzas me abandonaban pero no quería desistir a mi propósito de acercarlos, quizás deseaban besarse, acariciarse o simplemente erguirse más unidos, más juntos.
A lo lejos veo unas siluetas que corren hacia mí. Estoy empapado y cansado por el esfuerzo, si embargo continúo. Las figuras se acercan. Uno de ellos trata de convencerme que ceda en mi empeño. Al negarme otro saca de un oscuro maletín algo que en la confusión de los movimientos no alcanzo a percibir. Siento como un líquido ardiente penetra el músculo de mi antebrazo mientras las voces que creo son de los hombres que me rodean hablan de llevarme a un lugar seguro, donde no pueda hacerme daño. Miro a las enormes figuras que me devuelven una triste mirada. Ambos repiten al unísono: “lo siento”.
Ahora brazos desconocidos me alejan de la pareja, murmuran que deben separarme de las ciclópeas moles de bronce, entretanto escucho melodías en si bemol.



PÁGINA 24 – POESÍA AMERICANA 

YOLANDA DUQUE VIDAL
(Montreal-Canadá))

NOCHE DE PLENILUNIO

Lóbrega mudez rodea la calle
Afuera, la tormenta ha cesado
Adentro, recién comienza

Horas enrojecidas de vigilia
riegan de lluvia la antesala
de un íntimo misticismo

Algo ocultan las sombras
esta noche, mientras arriba
los astros palpitan como nunca

La cortina de nublos desaparece
dejando ver la luna enrojecida,
como si tuviera vergüenza

Se filtra uno de sus ojos
No deja que el pájaro del sueño
penetre de una vez en su jaula

Hay tantos que no saben
lo que ocurre esta noche
más arriba de sus cabezas

ARABELLA SALAVERRY
(San José-Costa Rica)

CANCIÓN DE NIÑA AFRICANA
(Después de leer una noticia sobre la ablación)

Yo tuve una corola
tuve una flor espléndida
yo tuve una anémona
que también fue fruta de la pasión

Tuve una flor de suculentos pétalos
yo tuve una sencilla mariposa
durmiendo entre los muslos

Tuve una golondrina
Yo tuve un grillo cantando
un abejorro
tuve una tórtola
soñando entre los muslos

Pero un día
Me latió un pájaro
 de desconsolado vuelo

La tradición fue navaja
de un turbulento trazo
enmudeció mi grillo
la mariposa abortó su vuelo
desapareció la fruta
la corola se anegó en mi sangre

Ahora tengo un poco de nada
muriendo entre mis muslos

PASTOR AGUIAR
(Colón-Matanzas-Cuba)

MUJER ÁRBOL
A Jeniffer

Tú sabes de maderas, la boca te florece
y enraízas volando corazón hacia adentro
como una flecha viva que embaraza a las Almas,
que anuncia primaveras y recita
las tablas de La Ley.

Todo huele distinto cuando al fin te pronuncias
desnuda en la arboleda que se deshace en frutos
desde tus ojos altos, desde tu mano leve,
porque el día es posible si alimentas
la luz con tu universo.

Cuál árbol te dejó la palabra semilla,
la sombra cabellera trenzando tomeguines,
la tendencia a ser mártir hasta cuando te asomas
como un susto en el verde, y roja pulpa:
mujer fructificada.

No tienes que decirlo, lo grita tu presencia,
la edad de tus anillos tatuados en el tiempo,
tu hembritud que delira la abundancia de un parto
donde los niños duren y la muerte
signifique otra vida.



PÁGINA 25 – ENSAYO

ANNA BANASIAK
(Zgierz-Polonia)

REFLEJO SCHULZIANO EN EL ESPEJO DE ROBERTO BOLAÑO


            La obra de Roberto Bolaño se concentra en la creación de las protagonistas llenas de las contradicciones, secretos y los reflejos parecidos a sus multiplicados personajes. Sus protagonistas caminan con los remisiones acompañados a las diferentes obras literarias. Esta situación ocurre también en su novela Estrella distante. Entre las decenas de las criptocitas y los apellidos evocados directamente de los autores como: Octavio Paz, Gabriel García Máquez o Gabriela Mistral, se encuentra el escritor polaco, Bruno Schulz.
            La prosa del escritor chileno ha sido el tema del análisis de los numerosos conocedores de las letras. El significado del fragmento referido a Schulz, hace caso Zofia Grzesiak. Según la investigadora: "el lector debe suponer que Bruno Schulz, en su rol de visitante de la novela de Bolaño, funciona como los personajes analizados por Brian McHale en Postmodernist fiction, es decir, 'como sinécoloque de su lugar de origen, e introduce su realidad dentro del mundo ficticio' "   (Grzesiak 2012: 109)
El mágico de Drohobycz parece pasear por las calles creados por Bolaño preparando las huellas, los reflejos nuevos de Estrella distante. Una de las rutas se compromete con la creación, una capacidad representada por Wieder y Jakub. Al oponerse a la Biblia, el personaje schulziano sueña con crear el hombre a la semejanza del maniquí. Jugando al Dios, parece crear una reprodución, quizás la pacotilla. Al mismo tiempo, "Wieder proclama la creación de un mundo nuevo y la discusión clara entre la luz y las tinieblas” (Grzesiak 2012 : 112). Se puede suponer que Jakub y Wieder tienen muchos similitudes.
            Mientras tanto, el protagonista de Bolaño es la contradicción de Jakub. Si para el segundo el maniquí es el modelo de la creación, Wieder trata de actuar al revés. Esta relación parece ocurrir entre un objeto y su reflejo en el espejo. Según C. Manzoni (2002) la creación de Wieder incluye un código misterioso, introduciendo el elemento del miedo a la vida cotidiana. Considerando las categorias de lo malo y lo bueno, se puede citar la opinión de F. Rodríguez (2010: 212), según la cuál Roberto Bolaño quiere tapar mencionadas categorias usando la duplicación de los motivos y personajes. La multiplicación del mundo es uno de las disposiciones que sirven para la creación del desenfoque y el debilitamiento de la visión coherente del mundo. En esta manera la visión del mundo es cuestionada. Como en la realidad postmoderna, nada puede ser considerado como seguro,  fijo e indiscutible. Bolaño, al romper las reglas de la lógica, a Schulz invitándole a su mundo. Al mismo tiempo, el escritor chileno subraya la falta del razón y consecuencia.
Tal como el movimiento definido como realismo mágico, los elementos de la vida cotidiana se mezclan con las sombras de las fantasmas y los seres del otro mundo. La imaginación del escritor remite a la obra  del escritor polaco, en cuanto a la cultura origen muy lejano. En esta manera causa una perplejidad, una sorpresa que parece imposible a lograr en la literatura y cultura contemporánea. Bolaño logra a este efecto con haber invitado Schulz a su peregrinaje.

Bibliografia:
1.       Grzesiak, Zofia (2012). Los maniquíes de Bruno Schulz y Roberto Bolaño: sobre la red intertextual en Estrella distante. En: Itinerarios. Vol.16, pp. 107-118.
2.      Manzoni, Celina (2002). Narrar lo inefable. El juego del doble y los desplazamientos en Estrella distante. En: Manzoni, C. (coord.). Roberto Bolaño: la escritura como tauromaquía. Buenos Aires, pp. 17- 32.
3.      Rodríguez, Franklin (2010). Unsettleness and doublings in Roberto Bolaño`s Estrella distante. Revista Hispánica Moderna. University of Pennsylvania Press. 63: 203-218.



PÁGINA 26 – POESÍA AMERICANA

JORGE VINITZKY
(Montevideo-Uruguay)

VUELVES

Domo
de líquido cristal.
Tu suerte…
crecer invertido.
Bruñido espejo.
Diamante fundido
que pende del bronce
que lo retiene.
Lo alimenta.
El planeta entero
lo llama.
Con fuerte mano
imperiosa, extendida,
clama
por su vuelta
a la matriz mineral.
La curiosa gota
cede y cae.
Mañana brotará,
salobre,
de tus ojos negros.
Húmedos cielos
Azabaches.
Apurada por tu alma
volverá a su cuna.
Tras acariciar tu piel
será lágrima.
Pequeña ofrenda
pasional
al mar eterno
que la espera.

ISABELLA DE JESÚS
(Guadalajara-México)

ESENCIA

A veces considero que
los poemas no aroman
pero fraguan suspiros
los poemas no cantan
pero tejen mareas
los poemas no cortan
y sin embargo hienden
hacen sangrías insomnian
ranuran a amanezcas
ponen alto en el alma
uno piensa a menudo que
los poemas no obedecen a un bando
pero arremeten en oleadas
desaparecen los silencios y
tormentean la guerra
donde el menesteroso de la vida
gracias a sus disparos se agiganta
puede que
los poemas no naden
se ahoguen de a ratitos
con la sal del que escribe
cuando su mar se cae
los poemas que atrapo
me desnudan con faros
y no aroman no cantan
van sin filo maduro sin pancartas
rara vez son guerreros
no saben de braceo
nacivuelan extraños desde una vieja
región de tierra adentro
donde los ríos humectan
y las anclas son alas.

MARGARITA MUÑOZ
(Chihuahua-México)

RESPLANDOR EN LA TARDE

Siento que me incendio
Resplandor tu cuerpo llega

La ciudad ingrávida
            Pende de un sol casi blanco

Ondean en las ventanas
            Las cortinas azules
Respondiendo al vaivén de mis caderas

Fiebre renovada cada tarde
Cierra la puerta amor
            No sea que se escape la lujuria



PÁGINA 27 – CUENTO

MARÍA BENICIA COSTA PAZ                                  
(Cipolletti-Río Negro-Argentina)

LA RIQUEZA DE LOS POBRES

Conocí a Estefanía en Corrientes. Era una mujer de garra y baja como buena taragüí. Muy trabajadora y a pesar de todas las amarguras y tragedias vividas era alegre y cariñosa. Junto al “Viejo” tuvieron una durísima vida como cosecheros de algodón,  en tierras de Napenay, donde ¡pucha! si se ganaba plata. El Viejo era piel y huesos; sus músculos fibrosos quedaban al descubierto, como torrentes de anhelos insatisfechos  y la piel la tenía calcinada por los agobiantes soles chaqueños. El “Viejo” hachero con anterioridad, fue quedando ciego. Estefanía podría haberlo abandonado, pero aguantadora como era, trabajó siempre por dos y lo acarreó hasta su muerte. Su tenacidad me impactaba, y por otro lado, cuando se le metía una idea en la cabeza era una mula, no se movía un milímetro de sus palabras o intenciones.
El “Viejo” era mayor que ella. Lo de ellos comenzó con un encuentro fulminante donde las palabras no fueron necesarias.  Al cabo de estrelladas noches llegó el fruto, que  a su debido tiempo se anunció niña, Ramona. Ganar mucho era sólo una ilusión: la comida,   valía fortunas y ni hablar de los vicios, el tabaco y el alcohol, todo provisto por el patrón.
 Al decaer las fuerzas, se fueron para la capital de Corrientes, enclavándose en los confines. Un terreno con casa de chapa, con trapos como puerta, cercada con palos y algún alambre evanescente. Era mucho contar con un lugar “propio”.
 Estefanía trabajó de empleada en casas  de la ciudad. Un día,  Ramonita enfermó. “Para las altas fiebres, un te de yuyos. Para el dolor de cabeza, rodajas de papa en las sienes”: el médico era un personaje inexistente.  La pequeña nunca se curó del todo: quedó con ataques que la dejaban tiesa por algún tiempo, vaya a saber que extraño espíritu la había habitado.
 Un 16 de julio,  Estefanía consiguió un lugar, a través de unos allegados,  en una carreta con bueyes. Los 60 kilómetros entre Corrientes capital e Itatí les llevaba un par de días. Algunos iban a caballo y la mayoría a pie por lo que se iba despacio. Por las noches sobraban los asados y el trago, que impaciente, no se hacía esperar. Pasaban cosas; en realidad lo de siempre: vino, miradas, y ahí nomás a los hechos. Se rezaba de tanto en tanto una rezagada letanía; eso sí,  se conversaba mucho. Lo que más atraía era los cuentos de aparecidos. La imaginación,  como tenue red se expandía durante la noche, cebada con añejos e innombrables miedos. Y nuevamente el chamamé, y los sapukays, tan de hombres, tan sonoros. Las pícaras miradas otra vez en entrecruces. Y cuando no, una pelea a cuchillo, como para galantearle a la muerte.
 ¡Estefanía había codiciado tanto este encuentro con la Virgen! Pensaba  y repensaba cómo iba a hacer para que la escuchara. ¡Era tan milagrosa!,  si, que cure a Ramonita.
 La llegada a la Basílica era siempre una fiesta. Cantidades de carretones de todos los puntos de la provincia se ubicaban formando ondas con las pálidas luces de sus faroles. Los últimos vahos de alcohol todavía se tumbaban en los fogones, mezclados con olor a bosta, a pura suciedad.
Esa mañana en las escalinatas del templo había tanta gente que era imposible avanzar. Para colmo las autoridades pujaban por salir para hacer su propia procesión alrededor del pueblo. La gente cantaba monótonamente. Por los altavoces se anunciaba la salida del Obispo y del Gobernador. Estefanía que iba a contramano, estaba por desfallecer. Alguien le tocó el brazo, “Espere, Doña, a que salgan todos. Después será más fácil”. Se quedó allí, bajo el árbol, con la mano de Ramonita apretada, enlazando coraje para presentarse al ruedo.
 Cuando finalmente entró a la Basílica se puso de rodillas persignándose varias veces. La emoción le cerraba la garganta pero rezaba con desesperación, en silencio. Ramona la miraba expectante, sin entender. De golpe la emoción le causó una mala jugada a Estefanía, quien cayó  para adelante casi desvanecida. Varias manos la quisieron sentar pero ella, firme y dura como garrote, se hincó. Esta gente no entiende, pensó. Me van a “cortar” la promesa. Sacando fuerzas de vaya a saber donde, siguió deslizándose sobre las rodillas,  camino al altar. Llegó radiante aunque  exhausta. Ahora la Virgencita haría lo suyo, pensó. Ella, pobre alma, había cumplido.
El viaje de vuelta fue casi igual. La fe infantil y primitiva de Estefanía era  fuerte como la sangre. Ahora todo sería mejor. La miraba a Ramonita, esperanzada. Y de hecho, al cabo de un tiempo, la niña se fue tranquilizando. Ya no tuvo más esos ataques en que quedaba dura. Comenzó a hablar más y a usar  palabras nuevas. Para Estefanía el milagro se había concretado. Es que la Virgencita de Itatí no falla, y menos en su día.

Al final de la jornada,  el Obispo en el páramo de una fe pequeña se preguntaba de dónde sacan los fieles ese fervor a prueba de las peores calamidades; indudablemente Dios los sostenía; y volvía a justificar, una vez más, esta peregrinación tan cuestionada.
Yo, testigo taciturno de milagros repetidos, no logro comprender del todo; indudablemente la gente cree en ellos, vive con ellos para no morir del todo.
 Los que sufren llevan a flor de piel la hondura de estas vivencias.



PÁGINA 28 – POESÍA AMERICANA

PEDRO ARTURO ESTRADA
(Colombia/Nueva York)

ANTIORACIÓN

Que la vida me agarre confesado
libre de temor y ebrio de soles
boca arriba del miedo
aleteando en el azul

Una sola canción
una palabra sola
—dioses desconocidos
cantaré para vosotros

No pido ningún cielo
No ignoro vuestro infierno

Solo este instante es mío
No lo carguéis de eternidad

Dejadme ir cuando quiera
No me atéis
No pidáis mi fidelidad

Mi fe última

Esa apenas me alcanza
para el día.

—todo el amor.

FRANK  PADRÓN
(Pinar del Río-Cuba)

SE BUSCA

No por gusto el viejo Dante
nos concibió eternamente
caminando
esa especie especial que somos
no se detiene
¿qué buscamos?:
el otro
que nos habita y sin embargo
se esconde en algún sitio
unos lo encuentran
otros                 pasan la vida entera en esa búsqueda
y los hay que hasta mueren
sin hallarle
por eso        tanto error
tanta gente que no es y lo aparenta
falsas mitades que se acomodan y después
se deshacen
dejándote sin más
ese hueco más hondo
además de     sangrante
Yo lo voy encontrar
voy a ir     imitando al salmista
hasta el océano
a la montaña donde también
Mahoma aguarda
a las esquinas que aún me faltan
al valle, sin lágrimas
(porque imagino que ya las derramé todas)
a la izquierda y la diestra del padre
al planeta prohibido
pero iré                    caminando
como quien no busca
disfrutando la estela que deje cada paso
la historia que vaya rescribiendo
el resplandor que destilen los días
y hasta las piedras que me ponga
el camino
yo voy
sin esperar        hallazgos
y al final
me toparé con Dante
en medio del camino de la vida
concibiendo de nuevo
La Comedia.

PAURA RODRÍGUEZ LEYTÓN.
(Santa Cruz de la Sierra-Bolivia)

LAS RUINAS DE QUE RECORRÍAMOS

Ahora,
Las Ruinas de Que recorríamos
hijo Leves Fantasmas amorosos.
(Fragancia de Other DIAS).

Sal Hay,
mucha sal.
Te Queda el extraño sabor,
tro Camina La Locura Bajo los pasteles,
Como gusano incesante te cosquillea el reloj simétrico.

Transitaste disperso,
de como hoja al viento te pintaste de blanco,
Papel,
ARRUGADO Papel Que huelo disimulo pecado
Recordar párr las Fórmulas de nadar y Rezar.
Hay Un FRAGMENTO de Realidad
Aguardando en El último peldaño,
Haciendo Señas Con Los Ojos,
Saboreando el hielo,
agonizar pecado
ni recalar en la arena de Este sueño confuso.


PÁGINA 29 – CUENTO

TOMÁS JUÁREZ BELTRÁN.
(Córdoba-Argentina)

LA MEDALLITA

La Jacinta es buena muchacha. Su único pecado fue dar a luz un hijo, sin marido, en un pueblo como Villa Adelina.
La conocí cuando era adolescente. En ese entonces ella no se fijaba en mí, yo no era nadie, ni la merecía. Hoy las cosas cambiaron: soy el intendente.
Su familia era de Buenos Aires, tenían una estancia grande y mucho dinero. Hija única de madre bohemia y padre “mal entretenido”, viajaban por el mundo sin reparar en gastos. Cuando entró al secundario sus padres optaron por dejarla pupila en el colegio de monjas y mi tía Porota ofició de tutora a cambio de ocupar el viejo inmueble que tenían frente a la plaza.
Era muy bonita. Se distinguía por su forma de caminar, por su donaire. Los hombres se alborotaban cuando, con su andar ondulante, cruzaba la plaza. Se sabía linda y pretendida pero ninguno obtenía sus favores. No era una mujer cualquiera...
Regresó al pueblo hace unos meses. Ni sus padres ni los campos existen. No tiene nada ni a nadie, sólo un hijo y recuerdos borrosos. Actualmente ocupa un cuarto en la pensión de mi tía Porota y gracias a ella consiguió trabajo en la panadería de los Roldán.
A mi tía le tiene confianza, le cuenta cosas: el otro día le dijo que para ella había sido muy duro aceptar ese hijo, pero que en realidad siempre le habían gustado los niños; recordó que casi la habían echado del convento cuando se resistió a entregarlo en adopción.
Según ella, hombre, verdaderamente hombre, tuvo sólo uno: Juan Soler.
Soler trabajaba como peón en el aserradero de las monjas, lugar donde la habían enviado para ocultar su embarazo. Con él escapó a Buenos Aires llena de ilusiones y proyectos que no pudo cumplir.
La tía Porota quiere que me case con ella, cree que tengo posibilidades. Me cuenta que todas las noches la Jacinta reza frente a la imagen de la Virgen del Valle, apretando entre sus manos una medallita de bronce.
Hace unos días la vi nuevamente. La panadería de los Roldán queda cerca de la intendencia y desde el auto pude observarla: todavía es hermosa...
Aún recuerdo ese día de primavera cuando junto a otras compañeras del colegio se bañaba en el río y entró al monte para cambiarse. Ella no pudo vernos. Veníamos con el finado Tucho del cumpleaños del Bocha, envalentonados con tanta sangría y ginebra. Allí nos hicimos hombres, allí perdí mi medallita. Por suerte su hijo no se parece a ninguno de los dos.



PÁGINA 30 – POESÍA EUROPEA

DOLORS ALBEROLA
(Valencia-España)

INFANCIA

Llena de barcas ibas
y de arena desnuda entre tus pechos,
ante tu voz los saltos,
las alegres mañanas de andar por escondites,
la luz de las pavesas, al tomar en tus manos las incógnitas,
la sensación abierta de las sílabas,
el no tener más fin que renacer,
para gritar de pronto.
La conciencia, como un papel en blanco,
un palimpsesto en el que nada escrito podía deshacerse.
Y llena de violetas y en tus palmas
las olas remozando la mar a cada instante.
El pelo desconchado en los abriles,
llena de sed la boca y en el vientre la rosa todavía.
Colma de risa entonces,
cuajada de gorriones, te veía venir,
te veo ahora, te reconozco, palpo
la verdad infinita de unos cuántos días
que ya el tiempo ha vestido de gris en las miradas.

EVA VILLALVILLA. -©Copyright
(Granada-España)

MIS PIES Y MANOS LLAGADAS 

Hoy, 
hoy aquí
con los pies en el acantilado
alzo mi vista al cielo
y mis plegarías al viento,
más mi voz se la llevarán los alisios
para que vuele y se revele
por todos sitios
hasta cruzar el firmamento.

Ruego y pido a los dioses;
que no jueguen más con los desfavorecidos,
que no sean motivo de guerras absurdas,
que fundan con un rayo a aquellos, 
que su nombre usan 
para entablar cualquier disputa
separando cuerpo y cerebro.

Ruego y pido a la Madre Tierra;
que nos perdone por nuestra gran afrenta,
que nos proteja de nuestra propia ignorancia,
que nos meza en sus aguas y nos acurruque
en su alma eterna.

Ruego y pido a mis semejantes;
que dejemos de ser mezquinos
que nos ayudemos unos a otros
en este maldito destino;
que tendamos una mano al que ande caído
pues no hay diferencias cuando uno
no quiere imponerlas,
pues no hay más riqueza
que la que nuestro corazón albergue
y nuestras manos limpias sostengan;
que no hay más poder del que ya poseemos
pues con amor por bandera 
siempre se llegará primero y entero
y altiva la cabeza.

Y ahora, 
ahora aquí
levanto las manos y suelto mi pelo
pues mis lágrimas se las dejé a los vientos
y mi grito, ya me dejó sin aliento.

Pero no importa, no
si un poco toqué el alma a los muertos,
no por yacer bajo tierra
si no por los que deambulan por ella
con los ojos cerrados
y el corazón de piedra
cargados de sufrimiento.

TANIA ALEGRÍA
(Lisboa-Portugal)

RITOS PANTEÍSTAS

Piénsame anclada en niebla.

Llevo oculto un collar de noches blancas
bajo la burka de un misterio nuevo.

No es de verdad que te inventé adrede
por escribir de mí para conmigo
cartas que nadie nunca me responde.
Pongo la mesa del café cada mañana
para veintidós ninfas,
abro la jaula donde guardo sátiros
y adorno con guirnaldas los dinteles
por leer tus mensajes
mientras celebro ritos panteístas.

Cada día descifro los vestigios
del fardo de rutinas, las batallas,
los rastros de los sueños en la hierba
si hace niebla o sol sobre el perchero
donde sueles colgar tu piel de tigre
después de destrozar las tempestades,
y atisbo, desde lejos –si es el caso–,
los bordes de la herida.

Y si a veces te escribo como si no existieras
es que me dueles tanto
–daños colaterales del afecto–
que de doler me vuelvo endecasílaba.

GABRIEL IMPAGLIONE
(Sardegna, Italia)

ME SALGO DE ESTE VIERNES

Lenta narración del viernes en su fuga,
desatino del viento                  --tañe nubes
y hace llover tristes campanas--
desconcierto bajo los paraguas         palabras
que se despalabran
ecos mudos de una razón que no se encuentra.

Chalecos salvavidas para surcar la tarde
grita el vendedor en una esquina.

Ya casi no queda crepúsculo a salvo.

Fue la desbandada de las flores, torrencial porqué
sin respuesta.
La humanidad es un niño abandonado en el umbral.

Hay quienes velan páginas vacías
en la ilusión que una vocal rompa el silencio.
Quienes juntan en la calle
vencidas murmuraciones, colillas de pretextos,
rotas vasijas de consonantes húmedas.

Pretenden con usadas mercaderías renombrar la hora,
darle identidad a lo que aún no se sabe.

Y el viernes es lento como un tren dormido y oscuro
macizo             inútil                     incierto.

Entro en tu hondura
me salgo de este viernes           te celebro.

SILVIA FAVARETTO
(Venecia-Italia)

300 VERSOS

Versos resbaladizos
a lo largo de la espalda,
versos tímidos
en los pliegues de tu carne,
versos transparente
de lágrimas y lluvia,
versos de frío vidrio
y de ceniza negra,
versos de cuentos de hadas
en la respiración de un niño,
versos escondidos,
colgados de un momento;
pero el lapicero es una varita mágica
que transforma el recuerdo en poesía.


PAGINA 31 – ENSAYO

MAHMUD DARWISH
(1941-2008)

¿POR QUÉ ESCRIBES MAHMUD DARWISH?
                              
¿Por qué cantas? Esta es la brutal pregunta que el inquisidor dirige al cantor en uno de mis poemas. La respuesta es también brutal: porque canto.
Evidentemente, la pregunta que se me hace no tiene nada en común con la que el inquisidor dirige al prisionero cantor. No puedo, pues, responder de la misma manera: porque escribo. Creo que nuestro objetivo es procurar un diálogo para suprimir en parte el velo de ambigüedad que envuelve a la escritura.
No sé por qué escribo. Tal vez porque estoy implicado en un proceso desde hace bastante, a un ritmo que no me ha dejado tiempo para interrogarme sobre la utilidad de un hobby que se ha convertido en profesión, ni sobre la posibilidad de sustituirlo por otra actividad.
La escritura supone el tormento de la creación para el escritor y el placer para el lector. Pero no hay que engañarse al respecto. Pues el escritor, por medio de un proceso extremadamente complejo y profundamente intimista, se vuelve a apropiar de ese placer. Es ese placer el que le hace tomar conciencia de su utilidad, es decir, de su existencia, le proporciona la fuerza para afrontar ese largo y laborioso diálogo con la hoja en blanco, y atenúa la impresión de librar un combate absurdo contra un espacio en blanco de donde saldrán los puentes que le unirán a los otros.
Escribo poesía y escribo prosa, y mis motivaciones, ciertamente, no son las mismas. Cuando escribo prosa, soy consciente de que dirijo un mensaje al lector con el fin de provocar su reacción o de suscitar en él determinados sentimientos.
Cuando escribo mis poemas no siento la misma necesidad, pues establezco un diálogo conmigo mismo. De hecho, escribo para mí mismo, para comprenderme mejor o incluso para liberarme de un peso que me agobia. Mi poesía es una queja que no se dirige a nadie. Más aún: excluyo conscientemente al lector del espacio secreto entre ese yo y ese yo mismo en el transcurso del proceso poético. Para mí, la poesía puede ser también una actividad lúdica, escribo a veces como si fuera un juego, sí, como si fuera verdaderamente un juego. Pero me he preguntado a menudo: ¿podría proseguir esta queja y este juego si no hubiese un lector? Evidentemente, no.
Cuando miro hacia atrás esa poesía que ha dejado de ser un secreto personal, pero que se ha convertido -si me atrevo a decirlo- en un producto estético que se extiende hacia el dominio de lo público, constato que mi verdadera motivación no era otra que el deseo del poeta hacia su Andalucía... si no, ¿cómo explicar la melancolía de la poesía, su brote en dos direcciones antinómicas: el pasado y el futuro? La poesía no es otra cosa que la búsqueda de una Andalucía posible, una Andalucía que renace en el espíritu y en el corazón. De ahí emerge esa alegría secreta del poeta, alegría que no proviene de lo real sino de la creación, alegría de ver que las palabras captan lo imposible.
Pero la pregunta persiste: ¿por qué escribo? Quizá no tengo ya otra identidad, otro amor, otra libertad, otra patria, u otra razón, para aceptar el proyecto de vida que heredé sin haber sido consultado. No puedo asentir ciegamente ante este destino. Quiero dar forma a mi destino, determinar su sentido, y es la escritura, la que en su fondo y en su forma, alimenta esta voluntad. ¿Puede tener un escritor el coraje, después de un largo camino, tras la experiencia del fracaso, de plantearse la elección siguiente: la escritura o el suicidio? Se trataba con toda probabilidad de compensar una pérdida a través de la poesía. Cuando el amor, la patria, el tiempo o la belleza se me escapan, es a través de la escritura como los reencuentro... como restablezco la unión con las paredes del mundo que se derrumban en mi interior. ¿Seré el poeta de los derrumbamientos, que pasa su vida reconstruyendo lo que se derrumba dentro de sí mismo y a su alrededor por medio de la escritura? Probablemente. Yo no lo he querido, pero soy el producto de mi historia y de mi pasado personal. Jamás quise, ni pretendí, edificar en la poesía, o construir en la lengua, una patria para los palestinos. Pero ¿consciente o inconscientemente, no es lo que hago?

SUPLEMENTO INFANTIL Y JUVENIL

Ilustraciones: SARAH KAY


PÁGINA 32 -COMENTARIOS DE LIBROS

FABIANA MARGOLIS
(CABA-Argentina)

PASEN Y VEAN. CANCIONES DEL CIRCO

Autor: Silvia Schujer (texto) y Roberto Cubillas (Ilustraciones)
Editorial Atlántida-Buenos Aires, 2005. 

Adentrarse en este libro supone una maravillosa experiencia: a la vez que leemos las poesías que lo integran y nos deleitamos con las hermosas ilustraciones, podemos también animarnos a cantar y bailar, ya que el libro viene acompañado por un CD que musicaliza todas las letras.
Una orquesta atípica que interpreta los acordes de una siesta y termina quedándose dormida en medio de la función; divertidos payasos con mameluco y bonete; un gato que hace equilibrio sobre la cuerda floja; el mago Josefino Lafinur que se hace aparecer en medio del escenario, son algunos de los personajes que habitan este circo. Especialmente divertida resulta la caracterización de Adalberto Algarabía, el inventor de la alegría: “Empieza por las caras enojadas / pegoteándoles sonrisas encantadas. / Después les da un país lleno de amigos / a los tontos que pelean sin motivos.”
La voz de Julieta Szewach nos sumerge en una atmósfera de magia y encanto, como si en verdad estuviéramos presenciando la función.
Seguramente, al llegar al final del espectáculo nos den ganas de volver a entrar: entonces podemos abrir nuevamente el libro y sentarnos a disfrutar, una vez más, de sus poesías y canciones.
CD Canciones del Circo: Letras: Silvia Schujer. Música: Julieta Szewach. Arreglos y dirección: Mariano Fernández. Voz y piano: Julieta Szewach. Músicos: Pedro Furió, Matías Furió, Javier Acevedo, Matías Vardé. Locución: Aldo Boetto.

LOS DEVORADORES

Autora: Ana María Shua (textos) Ilustraciones de Lucas Nine.
Editorial : Alfaguara Infantil Serie Azul, Buenos Aires, 2005.

Ocho cuentos de terror, provenientes de distintas culturas, componen este libro. Ana María Shua realiza un minucioso trabajo de investigación e incluye, al terminar cada uno de los relatos, una breve explicación acerca del origen de cada historia.
Chirunir, el Hombre-Perro; el horrible gul, un vampiro de las aguas; la Nsoé, una mujer caníbal; la temible Yamamba, con su hambre eterna; Cabeza Cortada, un ser sin cuerpo: estos son algunos de los personajes que pueblan las escalofriantes historias, plagadas de sangrientas descripciones, donde el canibalismo —que se impone desde la elección misma del título— oficia como hilo conductor.
Es interesante observar, como bien lo indica la autora, cómo muchas historias se repiten con variantes en distintos pueblos del mundo y cómo la inteligencia del hombre es lo que le permite vencer finalmente a otros seres vivientes que, aunque poderosos, suelen ser, casi siempre, bastante tontos.
El clima de suspenso y el ritmo ágil de los cuentos sin duda atraparán al lector hasta el final.


PÁGINA 33 – CUENTO

MARCELO BIRMAJER
(CABA-Argentina)

EL LIBRO VERDE

El día en que cumplí diez años, mi padre me regaló una escalera. Era un regalo tan extraño, que me sorprendí antes de poder enojarme. Yo quería un juguete. Era una escalera para alcanzar los estantes más altos de la enorme biblioteca de madera que se alzaba en el living de mi casa. Yo no había leído ninguno de aquellos libros. Ni siquiera los de los estantes que estaban a mi altura. Pero como no quería despreciar el regalo, fingí interés y subí por la escalera. Había algunos libros para niños: cuentos de palacios, de barcos, de magos. Ninguno me interesaba. La mayoría de los libros eran para adultos, y me interesaban mucho menos. El estante más alto de todos, al que yo no llegaba ni siquiera con la escalera regalada, estaba ocupado, casi en su totalidad, por biografías de hombres célebres: Newton, Einstein, Napoleón, Julio César. Pero justo en el medio, se destacaba un libro verde. El único que no tenía el título en el lomo.

¿Y este libro?–le pregunté a mi padre.

Mi padre sólo carraspeó.

Sin bajar de la escalera, volví a preguntarle con un gesto.

–La escalera te permite llegar hasta los libros que te convienen –respondió por fin mi padre.

–No lo voy a leer –acepté–. Sólo quiero saber de qué trata.

Mi padre me indicó, con una seña de la mano, que bajara de la escalera. Obedecí.

–Ese libro –dijo mi padre– no es para vos.

–Pero de qué trata… –insistí.

–Ni siquiera te puedo decir el tema. Sólo indicarte que no es para vos. Lamento que lo hayas visto.

Luego mi madre nos llamó para almorzar. Cuando regresé al living, el libro ya no estaba. Ni siquiera quedaba un espacio vacío: las biografías ocupaban todo el estante. Como si entre el almuerzo y la digestión, un nuevo hombre célebre hubiera nacido y ya tuviera su biografía escrita.

Desde aquella tarde, cada vez que mis padres se ausentaban de casa, yo buscaba el libro prohibido. Tardé tres meses en encontrarlo. El suelo de mi cuarto era de parquet; debajo de mi cama, había un rectángulo que sobresalía apenas por entre los demás. Nunca lo había notado hasta entonces. Lo descubrí sólo porque, al pasar la mano, me clavé una astilla. Balanceé un poco aquel pedazo de parquet, y noté algo raro. Con mucha dificultad logré despegarlo: allí estaba el libro prohibido, con su inconfundible lomo verde, oculto en esa caja fuerte subterránea. Lo retiré conteniendo la respiración. Dudé en abrirlo. Sentía que estaba a punto de cometer un pecado que acabaría con mi tranquilidad y la de mi familia. Pero no me podía resistir. Abrí la tapa como quien se lanza desde un acantilado a un mar furioso sin saber si hay rocas, y leí… “Fábulas”. Primero me decepcioné, pero luego imaginé que se trataba de un título falso, para ocultar el verdadero tema del libro. Avancé. Leí la primera fábula: La cigarra y la hormiga. Me interesó mucho, pero no entendía qué tenía eso de prohibido. Luego, la del ratón y el león. Seguí leyendo en la búsqueda del motivo por el cual aquel libro había sido escondido con tanta severidad. Pero llegué al final, más de veinte fábulas, sin comprender el motivo de la prohibición. El único modo de averiguarlo era preguntarle a mi padre, pero entonces le habría tenido que confesar que, desde que me había prohibido el libro, yo lo había buscado. Lo había leído. Preferí no decir nada.

Al día siguiente se me ocurrió que tal vez mi padre, habiendo descubierto que yo buscaba el libro prohibido en su ausencia, me había tendido una trampa poniendo aquel libro de fábulas encuadernado en verde bajo mi cama, y que el verdadero libro prohibido estaba escondido entre los de palacios, barcos o magos. Pero me leí todos los de palacios, barcos y magos sin encontrar ni una palabra que me hiciera pensar que no eran para mí, o que pudieran ser prohibidos por tal o cual motivo.

La verdad es que nunca supe por qué mi padre me prohibió aquel libro verde; pero desde entonces, no he parado de leer libros.
Gaceta Virtual agradece el aporte de Beatriz Chiabrera de Marchisone


PÁGINA 34 – POESÍAS

NELVY BUSTAMANTE
(Marcos Juárez-Córdoba-Argentina)

PESCADORES

El barco que se acerca
agita una luna verde.
Navegan mis ojos
por la proa que crece.
Tres hombres de viento
sobre el agua tiemblan.
¿Serán felices los pescadores?
Pensar que yo no sabré nunca
qué se siente cuando el mar
cubre de sueños las redes...
El barco que se aleja
agita una luna verde.
Navegan mis ojos
por la noche que crece.
Tres hombres de agua
sobre el viento tiemblan.

CARLOS MARIANIDIS
(Ciudad Autónoma de Buenos Aires-Argentina)

CANCIÓN DE LA HORMIGA

Con lo frágil que soy,
tierna y pequeña,
de a poco llevaré
toda esta leña.
El invierno será
ventoso y frío;
por eso vengo y voy
por piedra y río.
Cuando empiece a llover
tendré todo hecho
y cantaré feliz
bajo el helecho

GERMAN BERDIALES (1896-1975)
(Buenos Aires-Argentina)

LA TIJERA DE MAMÁ

Cuando me recorta el pelo
la tijera de mamá,
va diciendo en su revuelo:
chiqui-chiqui-chiqui-cha...
Aletea, viene y va
y a mi oído cuchichea:
chiqui-chiqui-chiqui-cha...
Cuando el pelo me recorta
la tijera de mamá,
charla más de lo que corta:
chiqui-chiqui-chiqui-cha...

MARTA GIMÉNEZ PASTOR (1923-2002)
(General Pico-La Pampa-Argentina)

OTOÑO

Por un camino largo
color Habano
juntando margaritas
se va el verano,
y se quedan los duendes,
abril y mayo,
haciendo los deberes
sobre un zapallo.


PÁGINA 35 – ENSAYO

JOSTEIN GAARDER
(Oslo-Noruega)

¿LIBROS PARA UN MUNDO SIN LECTORES?
Primera Entrega

"¿Libros para un mundo sin lectores?" ¿O libros para un mundo sin niños lectores, o sin niños a quienes leérselos? Por fortuna, esta paradójica hipótesis se encuentra encerrada entre signos de interrogación, y se me ocurre que el título de esta conferencia fue elaborado por un adulto preocupado y que los signos de interrogación los agregó un niño disconforme, a quien una estricta censura paterna sólo le permite añadir o suprimir un par de signos de puntuación en el manuscrito de mamá o papá. Porque resulta claro que los niños en etapa de crecimiento seguirán deseando tener libros y sintiendo necesidad de ellos. Incluso es posible predecir que en los tiempos venideros la necesidad del niño por los libros será mayor que nunca.
No todas las culturas necesitan libros en la misma medida. De hecho, muchas culturas se las han arreglado muy bien sin ellos, principalmente debido a la existencia de una abundante tradición narrativa oral. Sin embargo, en el mundo moderno y postmoderno la tradición oral se desmorona, y en algunas sociedades este fenómeno sucede con tanta rapidez que una tradición oral que se desvanece no es reemplazada a tiempo por libros, por relatos escritos; como resultado, muchos niños quedan expuestos a crecer sin el cuento. Y, esencialmente, aquello de lo cual no podemos prescindir es el cuento, sin importar si se encuentra escrito o se transmite oralmente.
Todavía existen culturas en mayor o menor medida ágrafas donde, desde tiempos inmemoriales, los adultos y los niños han tenido acceso a un caudal de cuentos de hadas, mitos y leyendas de transmisión oral, debido a que sus hogares quedan sumidos en la más completa oscuridad a partir de las seis o siete de la tarde. Y aunque, de la noche a la mañana, aparezcan la electricidad y las antenas parabólicas, transcurrirá bastante tiempo antes de que las historias impresas logren desplazar a una tradición oral moribunda. La producción de libros implica un elemento económico. No así la tradición oral. La tradición oral es gratuita.
En mi país, igual que en el resto de Europa, el desarrollo ha seguido un camino algo diferente. En Noruega, los cuentos impresos ya gozaban de reconocimiento en la época en que seguíamos viviendo en una cultura campesina y mucho antes de la llegada de la televisión e Internet, incluso antes de que hicieran su aparición la electricidad y el teléfono. Los cuentos populares de transmisión oral comenzaron a escribirse hacia mediados del siglo XIX mientras la narración popular seguía teniendo amplia vigencia entre los habitantes de zonas rurales. Al mismo tiempo, la novela y el cuento literario comenzaron a compensar la pérdida gradual de la tradición oral. Alrededor de 1900 surgieron los primeros ejemplos de libros "para niños". (En tal sentido, debo aclarar que las leyendas, los mitos y los cuentos populares de transmisión oral no solían dividirse en cuentos "para niños" y cuentos "para adultos". El cuento tenía a todos los miembros de la familia por oyentes, si bien había excepciones. Los cuentos folklóricos eróticos también estaban en circulación y, quizás, se los reservaba para el momento en que los niños ya se habían ido a dormir).
Me atrevería a afirmar que el libro no es necesario en todas las sociedades, pero el cuento sí, especialmente en una sociedad moderna o postmoderna, que en mayor o menor medida suele carecer de tradición oral e incluso de las largas conversaciones familiares que conforman la identidad y con frecuencia abundan en cuentos y elementos épicos. No sólo la tradición oral sufre un proceso de desintegración en una sociedad postmoderna, también gran parte de sus cimientos se ven erosionados: me refiero a la vida familiar tradicional.
El texto escrito no posee valor intrínseco en sí mismo, se publican muchos libros triviales, incluso demasiados. Lo que necesitamos son buenos cuentos que nos nutran y nos ayuden a crecer. Decimos que un cuento nos "afecta". Interpreta nuestra propia existencia bajo una nueva luz y tiene el poder de dar a nuestras vidas una dirección enteramente nueva.
Traducción de Laura Canteros


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