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GACETA LITERARIA Nº 101– MAYO de 2015– Año IX – Nº 5




Imágenes: Homenaje a la obra de CATHERINE KLEIN (1861-1929)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO

(Montevideo-Uruguay)

Discurso de Eduardo Galeano cuando fue declarado primer ciudadano ilustre del Mercosur (2008)

Nuestra región es el reino de las paradojas.
Brasil, pongamos por caso: paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras del arte de la época colonial; paradójicamente, Garrincha, arruinado desde la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha, fue el jugador que más alegría ofreció en toda la historia del fútbol y, paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los arquitectos y el más joven de los brasileños.
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O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente, toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado y había hecho callar a todos.
–Quiero decirles estito –había dicho–. Nuestro enemigo principal no es el imperialismo, ni la burguesía ni la burocracia. Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.
Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo. La habían echado de Bolivia, y ella había marchado al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo solos, hablando solos. Y les daba consejos:
–No sean bobos –les decía–. Júntense. Nosotros, allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos, nos juntamos.
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Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están, aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás. Su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito, pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región nuestra forma parte de una América latina organizada para el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia. Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para el miedo y la resignación y la soledad y que cada día nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar en lugar de crear.
- - -
Todo a lo largo de la primera mitad del siglo diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula, desafiando a los nuevos dueños del poder:
–Ustedes –clamaba don Simón–, ustedes que tanto imitan a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban loco, porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con nuestra propia cabeza, porque cometía la cordura de proponer una educación para todos y una América de todos, y decía que al que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera lo compra, y porque cometía la cordura de dudar de la independencia de nuestros países recién nacidos:
–No somos dueños de nosotros mismos –decía–. Somos independientes, pero no somos libres.
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Quince años después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay fue exterminado. El único país hispanoamericano de veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa, porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía de importación y una cultura de impostación.
Paradójicamente, al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte sobrevivió el origen. Según la más antigua de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní. Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora de la verdad, que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñeñé significa palabra y también significa alma. Quien miente la palabra traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy.
- - -
Un siglo después de la guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno, también ametrallado por las tropas de tierra. El había dicho:
–Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La bala de Salvador Allende no mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y a la dignidad de la palabra?
- - -
Y saltando la cordillera, me pregunto: ¿por qué será que el Che Guevara, el argentino más famoso de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos, tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente, cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan, más nace. El es el más nacedor de todos.
Y me pregunto: ¿No será porque él decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?
- - -
Los mapas del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias. Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región, evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio, pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una sola frase suya que no fuera subversiva y tuvo que decorar con fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande se rompiera en pedazos; a él, que se negó a aceptar que la independencia de América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres, a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería. O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda sin aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten, quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza tan honda?


Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario, don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen, cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le hará falta. Porque usted, don José Artigas, general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

RUBEN VEDOVALDI
(Capitán Bermúdez-Santa Fe-Argentina)

MANERAS DE DECIR

La poesía no el huevo de Colón.
La poesía no es contante ni sonante.
Para muestra de la poesía no vale un botón.
La poesía no es de buena fe, ni de mala.
La poesía no es para uno de cada diez.
La poesía no hace antesala.
La poesía no es un consultorio sentimental.
La poesía no es una agencia de turismo.
La poesía no se jacta de serlo.
Sólo el poema
ES.

RICARDO ANGEL MINETTI
(Sarmiento-Santa Fe-Argentina)

HIJO DEL FUEGO

Yo, hijo del fuego,
desde un tiempo remoto
busco un lugar donde dejar mi hoguera.

Todo mi ser es llama, cuerpo
de llamas tengo.
Es un ardor tremendo
que me han encomendado,
pero yo ya no puedo.

No sé qué leño puede alimentarlo:
En la noche las llamas
se levantan al cielo
y opacan el fulgor de las estrellas.
Ninguna lluvia pudo darle mengua,
ningún océano logró apagarlo nunca.
No abrasa los resecos espinales,
ni quiere consumir pajares o papeles.

Oh más que Aldebarán,
más que Antares!
¿Quién me ha dado la antorcha?
¿Quién habrá de heredarla?

ROSA LÍA CUELLO
(Cañada de Gómez-Santa Fe-Argentina)

ESTARÁ POR AHÍ…

“Dios se desnuda en la lluvia
como una caricia innumerable”
Juan L. Ortiz

Estará ahora cayendo en cualquier parte
y alguien  con lenta monotonía
fijará su vista en la ventana
para verla mojar los techos de la ciudad
y es posible   que se precipite
y genere vahos  que saldrán de las bocacalles
y correrá libre  e inesperada
como  corre alguna sustancia en la noche.
Nadie la detendrá con fusiles de viento
ni habrá gárgolas  de bocas abiertas
para contar su recorrido
ni la cansarán las distancias
ni las maldiciones de los desprevenidos
ni el pájaro ciego que vive en lo profundo
deseoso de reflejarse en algún charco.
Estará ahora por ahí esta lluvia
oyendo el canto de los hambrientos
y su propia melodía que se repite
a través de los siglos…

MIRYAM COLOMBOTTO DE SEIA
(Gálvez-Santa Fe-Argentina)

IDENTIDAD

Exiliada de ti, de la grandilocuencia.
Con un simple vestido de atardeceres
y molinos de viento como albergue.
Con largas caminatas buscando el trébol
de la cuarta hoja
la pluma del caburé y su magia
la esotérica piedra de la revelación.
No eran para mí esos hallazgos.
Mucho menos descubrir la alquimia
de las palabras.
Su cauce. Sus tiempos. Sus estancias.

Exiliada de ti, sentada a orillas
de mi silencio -no el que calla
sino el que escucha, atento-
remonto el curso del agua
y los amo.

Soy yo en ellos.

MARÍA LYDA CANOSO
(Casilda-Santa Fe-Argentina)

CAMPO QUE PASA POR LA VENTANILLA
2

el micro orilla la tormenta

los tubos fluorescentes se encienden en el cielo titilando mi primera casa

uno dos tres 
muerte

la creación estalla
como el primer día

-¿Cuándo fue ese primer día?
-No sé, hace ya muchos, muchos años.
-Yo no había nacido. 
-Yo tampoco.



PÁGINA 3 – CUENTO

JOSÉ LUIS ENCISO 
(México DF-México)

EL MAGO Y LA MARIONETA

Hubo golpecitos de martillo que sonaron igual a las teclas de un piano y luego vino el silencio. El mago irguió la cabeza; la punta de su gorro alargado y oscuro dibujó la trayectoria de una cometa; al fondo, un firmamento gris de acuarela. Entre la profusión de barbas encanecidas sus labios finos y rojos formaban una línea horizontal de satisfacción aun sin llegar a convertirse en sonrisa. Fijó su mirada en la obra que estaba a punto de terminar. El artífice contempló las manitas perfectas que acababa de clavetear. Hizo que se movieran como alas de ave y como patas de arácnido. Al compararlas con las suyas se estremeció. Eran más finas y menos torpes. Sus ojos refulgieron con un brillo melancólico de cristal. Cogió el pequeño martillo, dio un par de golpecitos armónicos más y volvió a colocarlo junto a los diminutos clavos que habían hecho posible la unión de las extremidades del muñeco. Pasó su diestra rígida por el cuerpecito que yacía sobre la mesa de trabajo de la misma forma en que un pájaro insomne bordea el horizonte en la penumbra. Al lado del montón de clavos cogió un rollo de cuerda. Jaló algunas líneas, las midió y las ató a las manitas. En tal acto hubo amor en forma de paciencia y precisión. Hizo varias pruebas con el fin de verificar que las amarras no se enredaran entre sí al moverse. En la sala se escuchó algo similar a un improbable murmullo. Al escenario lo rodeaban cortinas grisáceas y púrpuras a las que apenas llegaban residuos de la luz exterior que se colaba por el techo desvencijado y caía sobre la mesa donde trabajaba ese hombre oscuro, bañando el centro del montaje. Levantó el cuerpecillo al que daba vida y tirando de las cuerdas le infundió movimiento. Contempló de qué manera se meneaban los piecitos, los minúsculos zapatos todavía sin pintar, las manos, los brazos y la cabeza. Movió la cruz desde la cual pendían las amarras y el cuerpecillo danzó con una armonía insospechada, acorde al ritmo de una melodía hermosa. Un bisbiseo, tal vez de admiración, se escapó de entre las butacas. En el escenario, dos, tres pasos, una manita que saludó y la otra que lanzó un beso al aire arrancaron alguna risa y el intento de un aplauso. Indiferente, el fusco titiritero cogió al cuerpecillo y lo colocó de nuevo en la mesa. Eligió el pincel más fino de entre sus utensilios y empezó a delinear los ojos de su creación. Continuó con los labios y en ellos plasmó una expresión que, en otro tiempo, seguramente hubiera sido apreciada enigmática y perfecta. Maquilló las mejillas, la frente, la carita entera y al hacerlo puso un empeño grave, convencido de que él nunca sería dueño de una vitalidad igual a la que imprimía al cuerpo que estaba haciendo nacer. Al pasar una brocha por el rostro de la marioneta en ésta surgió un rubor tan vivo que hacía suponer que el artífice en vez de retocar borraba una máscara de polvo y serrín. Al final pintó los zapatos y el resto de las partes. La tarea le llevó pocos minutos. Levantó al muñeco. Lo contempló durante unos instantes y exhaló, preludiando que el acto se aproximaba al final. Con una languidez inefable se llevó la diestra a la boca como si fuera a beber agua, se inclinó sobre la marioneta y sopló. Entonces el muñeco levantó la cara, movió la cabeza en dirección de su artífice y, después, mirando hacia la galería, sonrió. Un rayo de luna parecía estar enfocado sólo en ese rostro alegre y agradecido. Y así, con lentitud, por la obstrucción de una nube, se fue apagando. Con la penumbra total estallaron cientos de aplausos en la sala derruida casi en su totalidad. La ovación continuó durante un par de minutos. Las luces del foro no se encendieron. Las grietas en las paredes y en el techo dejaron que el rayo de luna se colara de nuevo cuando el cielo se despejó. Fue como si el telón se reabriera. La carita mantenía la sonrisa, los ojos irradiaban y entre sus manos diminutas apenas podía sostener el cuerpo inanimado de quien había interpretado el papel del oscuro creador, para quien pedía aplausos, mientras doblaba los ropajes negros, el gorro alargado, peinaba las barbas blancas de nailon, cuidaba de no enredar las amarras con las que había manipulado al otro, y guardaba ceremoniosamente al mago dentro de un baúl entre clamores y aplausos atronadores en ese teatro vacío.



PÁGINA 4 – RESEÑA

SIMÓN S. ESAIN
(Maipú-Buenos Aires-Argentina)

ESCRIBO SOBRE  ‘LEO Y ESCRIBO’

PREVIATURA

    Comienza con una confesión. Sigue con otra. Revagliatti hermanado; tierno pero no esquelético; de una manera esquelética y tierna, lo confiesa al señor Pickwick. Tanto, que el diablo helado es destinatario. Todo, todo consta en los papeles de Revagliatti. De cada cual tiene anotado; de tanto en tanto se hace preguntas que son como pájaros; no están lejos de un nido.
     En la ciudad absorben la paradoja de que la materia libre viva sin estar muy atenta o sujeta al devenir de sus prisioneros. Batallones de uniformados por la neurosis se encargan de la conservación de edificios y vías públicas. Que la ciudad se pone en marcha no es metáfora. Su ambiente es literario por inevitable. Tarde o temprano pasa por las páginas de un texto. Aun sin sospecharlo, cualquiera es un personaje.
     Revagliatti lo ha sospechado de todos y trama probarlo. Arma otra mundana ciudad literaria con similares características a las de la ciudad real. Y sucede como si todos supiésemos que aquella ciudad también funciona.
     Revagliatti le escribe motivos, anécdotas, contradicciones, argumentos, sin recurrir a la epístola o al servicio de correos. Les da cuerda a sus habitantes; nos hace sentir que los palmea; los distribuye. Ni Parque Norte, ni Parque Chas, ni parque cerrado ni para cuando. Parque portátil.
     Hace decir a Borges: Nadie es un energúmeno; todos lo somos.
     Como Buenos Aires, la urbanidad de Revagliatti crece. Se amplía y eleva. RR es el demandado intendente de este crecer.
      Todo el mundo tiene algo de Buenos Aires a partir de ahora. Ese país, ese compás.
      Tanto, que me lleva a preguntarme ¿por qué no le habrá dedicado un poema a “Los Premios”?, de un tal Cortázar.
      - Me asaltó tu ciudadanía – le dice a Norah Lange – Para los cronistas este mapa gentil –
      Algo que catan los huesos de un porteño. Está Discépolo en la esquina. Esto lo dice todo.
     …¡Ah! “Noches de las cosas, mitad del mundo” es, para mí, el mejor de estos poemas. Sugestivamente lo es, para mí.

EPÍLOGO

     Si Revagliatti se ha propuesto escribir algunas frases e ideas favorecidas por la lectura de ciertos libros no tengo nada que decir. Sobre todo de una lista tan heterogénea como la compuesta. Prefiero pensar que ha intentado otra cosa. ¿Dónde se para uno, cómo se ubica de cara a libros escritos, publicados y leídos, de la variedad de autores aquí reunida? Lo hace como puede, porque se lo plantea como un ejercicio personal.
     ¿Por qué digo esto? Porque los libros ajenos le arman semejante escenario para su condición de duende. Prefiero pensar que  Revagliatti se ha buscado un comportamiento antes que otra cosa. Se pone calzas oscuras, algo en la cabeza, y concita seriedad. Sólo seriedad, y profesional. Ojo.
     A este nuevo emprendimiento suyo, me pregunto: ¿Lo habrá iniciado a partir de unos cuantos buenos poemas, o de algunos poemas de su maldad?
     Revagliatti me pone hiperbólico. Me puede. Me antipodoyea.
     Si suponemos que una biblioteca universal es algo parecido al cosmos, Revagliatti le ha devuelto el caos.
     He distinguido un modo a partir del oportunismo de sus lecturas, al que agrega fácilmente el capricho de su plectro. Este es su estilete. Corta para ver como le sangra. Sabemos que RR es un cirujano frustrado que empezó a practicar con una amiguita, y se distrajo. Como no hubiera podido ser de otro modo. El afanoso escalpelo es su herramienta favorita. Sueña con hacernos un tajo desde la garganta hasta debajo del ombligo y ver cómo se vuelve afuera lo de adentro. Tajos aquí y allá para ver como sangra el universo que supimos brindarle. Debemos agradecerlo.
     Niño terrible; he aquí el universo concéntrico de Revagliatti. Una persona de pie, esperando con algunas de sus tripas en la mano. Otras, tal cual ella, hasta donde la vista alcanza, completan el panorama.
     Es uno de los libros. Un libro que cabe en otro. Este otro contiene un panorama de personas de pie, en espera, con puñados de tripas tibias en sus manos, etc. En opinión de Revagliatti la gente no necesita morir. Todos somos como prototipos de escritor célebre. No necesitamos de la muerte y por tanto nos resistimos a ella con nuestras evidencias. Lo mismo pasa con los libros. Un tajo aquí, un tajito allá y algún velo  le descorren a la inmortalidad.
     Como no podía ser de otro modo, la avaricia que le pertenece no se priva de nada. En un mismo plato hace coincidir vivos y muertos, talantes y talentos, ausencias y presencias. Ahora se ha servido una ración y le ha puesto aceite, y al aceite vinagre.
     Creo que se ha preguntado: Si picar ¿por qué no rascar? Si sentir ¿por qué no devolver? Si leer ¿por qué no morder? Y le ha salido esta caótica para la calle Méjico.
     ( - Buenos días, don Leopoldo. Don Jorge, buenos días - )
     Es que él siempre se coloca más allá. ¡Lo pickwickea a Dickens! ¡Cómo puede ser! ¡Cómo no sentirse ultratentado a ponernos más acá de Revagliatti! Si el único asiento que te deja es a su izquierda. Se coloca detrás de la obra publicada por el autor, que ha quedado como al desnudo imposible después de ponerse detrás de nosotros. Le arranca las tapas, que es como mirar desde la tramoya. Al autor no lo destituye, ¡lo destitula! ¡Lo acomete de entrada! ¡Fijensé! A ese cubo transparente pretende empinarse y asomarse. ¿Para? No para sorprenderse ni soñarlo. ¡Para sorprendernos!
      Si la culpa produce conciencia ¿por qué no sentirnos culpables de que hayamos escrito o de que seamos escribidos?
      En este trabajo Revagliatti ha jugado a que es posible. Como le quedamos desnudos y de espaldas, nos caricaturiza. Es inevitable que le salga. O le sale a él o le sale al otro, que es el juego que más le gusta.
     Y ya no puede taparse lo destapado. Yo le preguntaría a Dickens si no se sentiría.
      Escrita y publicada, cada obra ha pasado a resultar una pilita de ropas que el empinado Revagliatti pisa, enumera o glosa de acuerdo a la luz que entre en la habitación. Es capaz de tentarse con nuestros calzoncillos para hacerse de un título.
      Para disimular se muestra frío por donde lo miremos. Impávido. Lo dice y lo hace, necesariamente. Él no ríe de las caricaturas. En el peor de los casos agregaría una fotografía de su seriedad porque le pertinentea al que está detrás del que está detrás del que está detrás. Y que no se ve, ni se ve ni se ve.

CONCLUSIÓN DEL EPÍLOGO:

¡Ah, no! ¡Las Meninas, no! ¡Detrás estás ti, no tú! ¿Entendés?
Lo que nosotros diríamos ¡Vos! ¡Vos!
Yo sabía jugar a ‘la mancha’. ¡Piedra libre para Revagliatti!



PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

ARIEL FERNÁNDEZ
(Villa Constitución-Santa Fe-Argentina)

FEROCIDAD

¿En qué lugar
habita la soledad
que rodea a la muerte?
Son los restos
de los ojos
descompuestos
los que lanzan
las palabras como ratas
que se resisten
a ser despojadas
del barco que se hunde.
¿Ahora a dónde te quedas?
¿Ahora,
justo ahora,
en qué lugar
acotas tu locura
de animal muerto?
Las explicaciones
son carne
para la boca
de los lobos
que no quieren
ser amaestrados.
Sólo te corresponde
alejarte
y ocultar el dolor
que penetra
en mi mirada. 

CARINA SEDEVICH
(Santa Fe-Argentina)

19

Yo se que en algún lado nuestro amor existe
como existen los esteros y los ríos.
Ajeno a nosotros como si fuera un hijo.
Un hijo que se fue.
Y lo pensamos.
En algún lado, le damos nuestro cuerpo.
Le damos todavia nuestros gestos.
Nos preguntamos.
En nuestra memoria es tan distinto
como cada día que tuvimos.
Hasta podemos saborear su sangre
como después de un puñetazo.
Porque hoy nuestro amor no nos asiste.
Aunque esté erigido en algún sitio
o fluya sobre un cauce
o se haga brasa.

BELKYS SORBELLINI
(Santa Fe-Argentina)

Sé que me has llamado una, dos, tres y cien veces
Sé que me has pedido que asistiera, que estuviese presente
Pero aquí estoy, contando mis costillas, hurgando entre mis huesos
Y entiendo que no alcanza, no llego, aunque lo cuente
una, dos, tres y cien veces.

Sé que necesitas mi presencia, que mis partes completen tu figura
Que mi sombra se sumerja en la tuya y juntas oscurezcan la pálida pared
Del cuarto en que me citas.
Ahora no puedo comprender por qué la ausencia.
Ahora no puedo separar las formas, aún siento tus costillas en las mías
Aún silbo por las noches cuando la luna aparece y creo que subes presurosa.

Sé que prometí alcanzarte, más no pude, el ocaso me atrapó en sus fauces.
Sé que prometí no escabullirme, pero el trazo no es firme, los pasos no me llevan a ninguna parte y tus pies no se acomodan.
Siento que una piedra en tus zapatos alejan tus pasos de los míos.

SANDRA GUDIÑO
(Santa Fe-Argentina)

GOTERAS
(A Clelia Bercovich)

Enero.
Llueve sobre París.
Lluevo.
La melancolía 
tira al blanco
apresa la memoria 
entre cuchillas: 
mi rostro 
no me recuerda
y el lápiz 
que me escribe
enturbia los cristales.
Tristezas ancestrales
me lloran de corrido
congoja de agua
me nazco 
de una lágrima.
Goteo.
Corazón de pájaro
tengo una sed de otoño 
en cada mano: 
golondrino de regreso.
¡Y esta lluvia 
que no cesa!
Ahora sé 
que nada quedará 
como legado
dice el ángel
sólo un mar
de polvo y escombros
dice.
Y levanta el ala 
de mi huella.

PAULINA RIERA
(Santa Fe-Argentina)

Salgo a la calle y allí están:
Simuladores de serotonina sin stock a la vista.
Obligados peregrinos de cornisas y abismos.
Como yo.
Como yo y tantos otros,
ansiosos  buscadores de certezas.
Porque así vamos, los humanos,
 andando vida, con el engranaje afirmado en la cabeza
y un reloj demandante que nos dirige el tránsito.

En el frente, una sonrisa con código de barra,
como etiqueta promoviendo la venta,
exponiendo, a la jauría de afuera,
las bondades que se ofertan a quien compre.

Pero debajo de la piel de la apariencia
golpea las compuertas     
la pura adrenalina que nos llena la sangre,
al ver en nuestro espejo a ese ser de carencias que habitamos,
navegando
         por un hoy inseguro


               y un mañana improbable.  



PÁGINA 6 – CUENTO

EMILIO PÉREZ MIGUEL
(Montevideo-Uruguay)

HEMISFERIOS

Ella esperaba. Ya no deseaba volverse palabras. Deseaba ser desahogo y rendición, pero no un fragmento de ese inicio que solo algunos logran aprehender pero que todos transitan y que reconocen como propio, aun más que quienes lo han forjado. Por momentos sus dedos jugaban en la baranda. Se movían como si quisieran reconstruir algo – algo que ellos recordaban, pero que su memoria nunca había llegado a decidir del todo. Adriana sentía que el cielo la perseguía con sus huesos de ángeles nuevos, mientras las sirenas de los barcos se perdían en la ausencia que deja la tarde cuando la tarde es una elección premeditada, esa clase de elección que empieza en ―Yo‖;para terminar en ―Mi. Las sirenas se enmudecían conscientemente, pero sin sentir el efecto que ocasionaban. Eran como una versión del alma. ―La historia no existe‖, se dijo a sí misma. ―Si nadie cuenta la historia, la historia no existe”. Lo repitió para sus adentros, una y otra vez. Buscando aprobación. Buscando repudio. Buscando algo, queriendo hallar un poco, anhelando perder un poco de algo. No sintió la puerta cuando se cerró. Tampoco sintió los pasos ni la voz de Álvaro, ni su piel lenta. Pero sabía que había vuelto. Y pensaba que habría de volver un centenar de veces más. ―Si nadie cuenta la historia, la historia no existe‖. Se lo dijo a sí misma nuevamente. No sabía que ya nunca repetiría esas palabras invariables. La lluvia comenzó a caer entonces.
–o0o–

No importaba qué tan suave o fuerte se cerrara el zaguán, el ruido que hacía era siempre como un cañonazo en un salón de ecos rotos. Álvaro lo había empujado apenas cuando salió de la casa de sus padres, y el estruendo desparramó palomas por el rojo de la tarde, un rojo conjurado en la paleta de un Van Gogh que nunca llegó a cercenarse. Y entonces todo enmudeció, como si la espiral del mundo hubiera pronunciado su sentencia final. Álvaro se quedó de pie por unos minutos frente al zaguán, mirando las ventanas huecas en esa calle añosa, en ese barrio que siempre le pareció una cárcel donde los presos son libres de marcharse, pero no de irse. Adriana ignoraba que él sabía, que supo desde un principio, y que siempre iba a saber, que el conocimiento lo enceguecía como destellos en un mar de navajas, navajas que marcaban su piel con la desgracia implacable de ser lo que uno hace. Sin dejar de observar las ventanas, Álvaro se puso la mano en el bolsillo. Y corroboró que todo era cierto. Éste sería el único desenlace posible para el vendaval de cordura que lo enfebrecía. Y entonces, se echó a andar. Cuando llegó a su cuadra, vio que Adriana estaba en el balcón, esperando. Ella no reparó en él. Miraba al cielo sin hacer ningún ademán de moverse, con la expresión de alguien que siente nostalgia de cosas que nunca tuvo. Al verla, Álvaro recostó su espalda contra la pared. Respiraba con dificultad. Volvió a poner la mano en su bolsillo. Sintió de nuevo la fría empuñadura del revólver que había sacado del escritorio de su padre hacía un rato. Se pasó la otra mano por la cara. Estaba empapada. Todavía no empezaba a llover.



PÁGINA 7 – RESEÑA

SILVIA LOUSTAU
(Mar del Plata-Argentina)

DEL OTRO  LADO DEL  MAR
MERCÉ RODOREDA  Y LA MAGIA  DE  SU ESTILO

Mercè Rodoreda nació en 1908 en el barrio de Sant Gervasi de Cassoles, Barcelona. Hija única, su padre era contable, amante de la poesía y a menudo le recitaba poemas cuando era niña. Murió durante la guerra civil en un bombardeo. Su madre vivió hasta 1964.
Escribió  poemas, una obra de teatro ya desaparecida y publicó varias novelas. En 1938 publica Alorna, que obtiene el premio Crexells de novela, obra que reescribe y publica de nuevo en 1969. Acabada la Guerra  Civil  Española escapa de Barcelona , exiliándose por muchos años.

Conoce a Armand Obiols, del "grupo de Sabadell", en el castillo de Roissy. Aunque él está casado y tiene una hija, inician una relación amorosa y se van a vivir a Burdeos y a París.ëste  es  perído  agráfo  en  su vida..
En 1954 se traslada a vivir a Ginebra, trabajando como traductora en la Unesco y vuelve a escribir, poemas y cuentos. Cinco años después escribe su primera novela de posguerra, Jardí vora la mar , seguida por La plaça del diamant, Mirall trencat y comienza La mort i la primavera( que  quedará inconclusa).
A partir de 1972 comienza a frecuentar Romanyá de la Selva, Gerona, donde pasará sus últimos años. En 1974 se publica Mirall trencat, una de sus novelas más ambiciosas, y en 1978 Semblava de seda i altres contes. En 1980 recibe el Premi d'honor de les lletres  catalanes  y se publica Quanta, quanta guerra.
Fallece en 1983 en Gerona

SU  ESTILO

Muchos son los elementos que dan cohesión a su producción literaria, tanto en lo que respecta al estilo como en la utilización de ciertos tópicos que se van repitiendo constantemente. En primer lugar, podemos destacar que los personajes más relevantes de sus obras son femeninos, la escritora nos ofrece un abanico amplio y variado de la figura de la mujer, tanto en lo que concierne a la edad como al estatus social, nivel cultura, cuyo único elemento de relación, además de su sexo, es la ubicación en Barcelona. Todos sus personajes tienen también en común la capacidad de reflexionar sobre ellos mismos y sobre su modo particular de ver el mundo que las rodea. Son frecuentes los planteamientos existenciales como la búsqueda de identidad, la soledad o la libertad, que en ocasiones llegan a provocar incluso la histeria; todo ello siempre desde una perspectiva femenina, marcada por la maternidad, casi siempre conflictiva, cuyo enfoque responde a la idea que, sobre este aspecto, nos da Julia Kristeva. Por esa adopción de un punto de vista femenino complejo, y por el rechazo en la reproducción de estereotipos simplificadores su obra literaria da una imagen más cercana de la psiqué de la mujer contemporánea.
Otros subtemas que giran alrededor de la escritura femenina son: las complejas relaciones madre-hija, vistas siempre desde distintos puntos de vista, el jardín, las flores, las relaciones familiares, la figura del tío-marido o la soledad.
Muchos de estos tópicos se convierten en símbolos personales por la fuerte trabazón que mantienen con la propia vida de la escritora y por su aparición repetitiva incluso machacona; entre dichos símbolos se produce en ocasiones una relación estrecha fácilmente interpretable; es el caso de la pérdida de la infancia a los doce años y la consiguiente pérdida de la felicidad que coincide con la obsesión por la sangre que a menudo lo impregna todo a través del color de ciertas flores y la evocación de recuerdos; junto a ellos, el descubrimiento del mundo y, en consecuencia, la toma de conciencia de falta de libertad. Otro ejemplo podría ser el valor simbólico de los nombres de las mujeres o su relación con símbolos florales, presentes en casi todas sus obras y exentos todos ellos de la candidez e ingenuidad que les atribuye la tradición; por contra, la crueldad, en sus diferentes manifestaciones, es casi omnipresente.
Junto al jardín, otro de los escenarios preferentes en las novelas de Rodoreda es la casa, ambos acabarán convirtiéndose en la imagen de la mujer que los habita y en un reflejo de la evolución de su propia vida; de ahí la importancia del paso del tiempo como un fenómeno en muchas ocasiones degradador que incluso condiciona los recuerdos hasta el punto de llegar a modificar la imagen del pasado.
Esta evolución de los personajes paralela a la casa y al jardín adquiere tal importancia en las novelas que la conciencia del transcurso del tiempo viene proporcionada por los cambios que se producen en esa la realidad exterior más cercana.

SU  TÉCNICA

Pero la calidad de un escritor no se reconoce por la utilización de ciertos tópicos o la evolución de los mismos en símbolos, que, aunque numerosos en Rodoreda, son siempre limitados. Su reconocimiento como novelista contemporánea viene dado por el dominio de las técnicas narrativas, su capacidad para utilizar distintas posiciones enunciativas incluso dentro de una misma novela y la maestría en el uso de la polifonía en su producción más madura. Estamos ante una escritora en continuo proceso de evolución que comenzó escribiendo cuentos con gran maestría pero no quiso limitarse a las posibilidades sintéticas de este género sino que indagó en las capacidades discursivas de la novela.
Así, comenzó con el uso de la tercera persona en novelas de juventud como Aloma, pero aventurándose en un narrador equisciente que mostrara un conocimiento del mundo limitado e ingenuo, el de su propia protagonista.
En La plaça del Diamant, sin embargo, tenemos una narradora   en primera persona que exhibe en su propio discurso rasgos que la definen y caracterizan; así, a través de un denso monólogo interior, Colometa cuenta su propia vida, pero exhibiendo una total pasividad ante el mundo que la rodea, sin conciencia alguna de responsabilidad o actitud positiva. La impresión que ofrece al lector la incapacidad de controlar y conducir su propia existencia.
Dichas posiciones enunciativas ofrecerían pocas posibilidades a una escritora perfeccionista y con grandes aspiraciones. Por ello probablemente escribiera una novela totalmente realista, con ciertas dosis de naturalismo: Mirall trencat, contada en su totalidad por un narrador omnisciente, fuera del universo de la historia, que, desde una posición ajena a los sucesos, manipula los personajes, las acciones, el tratamiento del tiempo.
 La adopción de una técnica tradicional no resta, sin embargo, modernidad a un relato en el cual se encuentran ciertos rasgos estilísticos propios del momento en que fue escrito, como son el perfeccionamiento en el uso del estilo indirecto libre, la multifocalización, el acceso mental de alternancia limitada, la ironía, etc. Rodoreda se apoya en formas literarias instituidas por la escritura masculina que, no obstante, quedan subvertidas al ser utilizadas como instrumentos de transmisión de experiencias femeninas.
En muchas de sus novelas se transmite la sensación de que la historia de la protagonista no tiene un interlocutor definido, con lo que se refuerza el vacío existencial de la narradora-protagonista. Además, es frecuente la narración personal disonante caracterizada porque en el discurso aparecen claramente dos ejes : el que se sitúa cronológicamente en el momento de la enunciación, y el que se apoya estructuralmente en un tiempo pasado, por lo que existe una distancia temporal entre el tiempo de la historia y el tiempo del discurso. La escritora contemporánea indaga, por tanto, en las posibilidades que su palabra ofrece para la expresión de un mundo oculto y percibido como individual y diferente, de ahí el uso frecuento de la corriente de conciencia. Esto la diferencia de la novela escrita por mujeres de épocas anteriores, cuya finalidad básica consistía en que no se percibiera a través de la escritura la condición femenina de la autora y, de este modo, exponer una visión de la realidad ficticia que no difiriera de la ya expuesta.
En casi todas las narradoras contemporáneas se percibe una preocupación por indagar en las diferencias por razón de sexo y por determinar el proceso a partir del cual el individuo se convierte en mujer. De ahí que sea frecuente que los relatos se retrotraigan a la época de pubertad de las protagonistas, dado que la adquisición de la conciencia de la diferencia marca un punto de inflexión en la vida de los personajes femeninos. Al dar la palabra al personaje femenino, la descripción de los hechos difiere de la realizada por los personajes masculinos.

Como otros muchos escritores en el exilio, Rodoreda escribe inspirándose en su tierra, pero desde una observación a distancia que provoca una visión de la realidad a menudo deformada por la selección de recuerdos e idealizada por la añoranza, pero enriquecida por la perspectiva y por las vivencias de otras realidades distintas a las vividas en su espacio propio.



PÁGINA 8 – POESÍA ARGENTINA

ROGELIO RAMOS SIGNES
(San Juan-Argentina)

POSOLOGÍA

Ni siquiera sé si este sueño
cabe dentro de una cama,
pero hay una mujer que ingresa en él
con vestidos de otros tiempos.
Alguien susurra un nombre
y el nombre es Mercedes.
Ella no intenta detenerse.
Avanza sin pasión. Atraviesa los muros.

Creo que sería conveniente
no dejar este sueño al alcance de los niños.

TERESA LEONARDI HERRÁN
(Salta-Argentina)

EL CORAZÓN TATUADO

Por haber viajado por tu sangre
Conozco muchedumbre de soles
Oh viejo Ptolomeo celebro tu verdad
El universo gira alrededor de este animal terrestre:
El ciego y haraposo niño eterno que habita entre nosotros
Ahora que no estás
Llego al puerto de una Hiroshima devastada
Se desovilla el invierno nuclear
Estalla la memoria del paraíso que me habitó
Los días mezclan sus aguas
Ignoro si aún navego o he varado
"Amor construye un cielo
en la desesperación del infierno"
escribió Blake hace un siglo con tinta en mi corazón.

SILVIA LOUSTAU
(Mar del Plata-Buenos Aires-Argentina)
        
I
una   sombra  roja
me cava el pecho como un descendimiento
todo me parece un vagar empedernido
por el líquido articular del dígase amor propio
dígase egoísmo
dígase umbral eterno entre las cosas.

SONIA RABINOVICH
(Córdoba-Argentina)

VIENTO DE ORIENTE

Mariposas enlazadas en una rama
Explosión de belleza por siete días
hasta lloverse al mundo
y volver al viento que las sopló.
¿Así será la vida? ¿Seremos eso?
¿Pétalos que se pierden
en el viento de oriente?

RODOLFO ALONSO
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

HIROSHIMA MON AMOUR

una mujer desciende envuelta en desesperado orgullo del aire de su
/casa
como hija de la lástima feroz de la furia pequeña
/provincial
el mundo contento arde quieto a su alrededor
canta en el interior de esa mujer el mundo como
/una boca de fuego
un hombre lejano la contempla con ojos de
/desesperado amor
ese hombre es otros hombres es el mismo amor
/cantando para sobrevivir
el mundo contento arde veloz a su alrededor
canta en el interior de ese hombre el mundo
/como una boca de fuego
cuando la palabra amor no tenga necesidad de ser
/pronunciada
amor en todos los cuerpos desesperados ardiendo
/tranquilos
el mundo contento como una boca de fuego
una mujer y un hombre lentamente a su alrededor



PÁGINA 9 – CUENTO

GUSTAVO VALLE
(Caracas-Venezuela)

BAJO TIERRA

Hay mucha gente buscando a otra gente y eso se siente, de verdad que se siente. Explicar esto no tiene importancia. Las cosas perdidas suelen llevarse consigo el motivo  de su pérdida, y si las recuperamos suele ser demasiado tarde para reclamar explicaciones.
La noche del terremoto yo, Sebastián C. recién nacido, bajaba las escaleras del hospital en brazos de mi padre. Escaleras oscuras, gente atropellándose, gritos, y un hombre y su hijo escapando a toda prisa del temblor. Cuando pienso en esto no pienso en mí sino en mi padre, presa del pánico, con un bebé en brazos. Desde  entonces su miedo es mi propio miedo y la historia del terremoto es mi propia historia. Pero hay otra. Siempre hay otra historia.
Doce años después, en 1979, mi viejo desapareció en la excavación de un túnel. Él era un inmigrante que había llegado a Venezuela en los años cuarenta. Dedicó su vida a estudiar el subsuelo de Caracas para los proyectos viales del Ministerio de Obras Públicas. Extraía muestras de la tierra, las piedras y el lodo que teníamos bajo nuestros pies. Un día, mientras trabajaba en la perforación de un viejo túnel del Metro, desapareció. Minutos antes sus colaboradores lo vieron meterse en el agujero, minutos después ya no estaba, se había esfumado.
Lamento ser tan escueto pero no tengo otro remedio: mi viejo se metió dentro de un túnel y no volvimos a verlo más. El suceso tuvo una repercusión escasa: ocupó un par de renglones en dos de los periódicos de mayor circulación del país. El Colegio de Ingenieros publicó un comunicado, y a pedido de mi madre se abrió una investigación que, al cabo de unos meses, terminó archivada. Varias hipótesis se barajaron en aquel momento: el hampa común, la venganza, el accidente fatal, problemas psicológicos, militancia política, abandono de hogar, deudas, suicidio. Pero nosotros, su familia, sabíamos que ninguna de esas hipótesis podía explicar nada. Creo que en el fondo estábamos convencidos de que la muerte, esa vez, había tomado una forma imprevista.
Para colmo, al año después de desaparecido, mi vieja decidió enterrarlo. Y lo digo literalmente. Ignoro cómo fue el trámite, pero se ofició un entierro sin su cuerpo en un cementerio a las afueras de Caracas.
Como es de suponer, mi madre, mi hermano y yo sufrimos el vacío que dejó esta sorpresiva ausencia. No quiero hablar por los demás, pero en mi caso el asunto me marcó para siempre. Quizás porque yo sólo tenía doce años, y a esa edad uno está saliendo del sueño de la infancia para meterse en el sueño de la vida, o quizás porque nunca entendí qué diablos había pasado, ni por qué.
Desde ese momento esta historia comenzó a contarse sola. Casi siempre ocurre así, las historias se cuentan solas. Uno cree que uno es quien las cuenta, pero no, uno solamente las agarra, las recorta, pero no las cuenta. Contarlas es otra cosa. Contar una historia es, en el fondo, un trabajo imposible. Quizás por eso este libro no comienza con la desaparición de mi viejo, sino veinte años después, el día en que salí a buscarlo en diciembre de 1999, y más exactamente el día en que Gloria y yo conocimos a Mawari. Pero de esto hablaré más adelante.
“Salir a buscarlo” quizás no sea la expresión exacta. Más que buscarlo a él, salí a buscar el vacío que dejó, el agujero de ese vacío. En un momento dado (tardé veinte años en darme cuenta) supe que yo debía ir tras él. Por eso, más que buscarlo (nunca tuve la estúpida ilusión de encontrarlo, de dar con sus huesos) lo que pretendía era hacer el mismo camino que él hizo, seguirle los pasos.
Por supuesto esto no podía hacerlo, desde la conciencia de saber que lo estaba haciendo, pues eso hubiese significado la locura o el suicidio. Lo hice, ahora lo pienso así, como el niño que va a la playa sin preguntarse nada, o casi nada, e incluso sin tener mucha conciencia de su deseo de ir a la playa, y sin embargo llega a la playa.


Por último debo decir que nunca antes había sentido la necesidad de buscar a nadie y mucho menos de contar una historia. Creo que sólo se siente esa necesidad cuando lo que uno busca, o pretende contar, ha desaparecido del todo.



PÁGINA 10 – CUENTOS BREVES

NORA MÉNDEZ
(San Salvador-El Salvador)

CUENTOS DE LEMON TWIST

EL ENFERMO IMAGINARIO

Había estado en el Ejército de El Salvador, peleó durante toda la guerra. Los psiquiatras que lo habían atendido coincidían en decir que no estaba enfermo pues se consideraba a sí mismo un enfermo imaginario. Pero ni aún con los diagnósticos que descartaban la locura se lo llevaban preso. Había matado a cientos de personas en un río, cuando iban huyendo hacia Honduras.
-Yo no he matado a nadie – decía - lo que vi eran animales y eso era parte del operativo tierra arrasada donde todo lo que se movía moría. Yo no maté gente, maté animales – terminaba siempre gritando.
Finalmente un médico aceptó su teoría. Debía ir a una cárcel imaginaria, pues en su mente no había matado a nadie, no sentía culpa, todo lo había imaginado. Imaginado que mataba animales, tal como le dijeron en la Academia de Las Américas donde armaron a todos esos enfermos imaginarios. Le preguntaron si conocía el zoológico pero nunca lo llevaron de niño. Entonces le preguntaron si podía imaginarse una jaula con leones, a lo que respondió asertivamente.
Lo metieron en la jaula de los leones, una noche del mes de enero, y todo el mundo imaginó cómo se lo comían. Ni él mismo pudo imaginarse tal desenlace.


VAMOS A LA VUELTA DE TORO TORO GIL

Toro Gil era un muchacho del Partido Comunista que agarró La Guardia en 1986. Lo subieron en un auto a darle vueltas todo el día alrededor de la Universidad para que identificara a otros cuadros del partido, a la fuerza.
Cuando lo bajaron quedó tan mareado y acostumbrado que se metió todo lo que pudo para seguir así: alcohol, anfetaminas, marihuana, coca, crack y un largo etcétera, hasta que nadie pudiera reconocerlo.
Un día de tantos se cansó. Ahora escribe sus memorias en un círculo literario.


EL PERRO

Siempre me gustaron los perros. El día que me asesinaron en el volcán, los compañeros no tuvieron tiempo de sacarme del campo de batalla y el enemigo se quedó con mi cuerpo varios días, haciendo posta para atrapar a mis familiares.
Cuando se cansaron de que no llegara nadie, me dejaron en el mismo lugar. Ya no tenía ojos ni dedos pues los cuches me los habían comido. Unos campesinos que me habían visto y eran cristianos como yo, se apiadaron, y a pesar del miedo a los soldados me enterraron, con la mala suerte que me dejaron un pie de fuera, el pie necio que usaba para golear.
Como si fuera mi bandera quedó ondeando en la tierra.
Un perro que andaba por ahí lo vió y comenzó a mordérmelo y aunque estaba muerto y siempre me gustaron los perros, no pude aguantar más ultrajes y le pegué una patada.


HABEAS CORPUS

A Norma Guirola y a treinta mujeres más se las llevaron de una casa de seguridad en San Jacinto la madrugada del 12 de noviembre de 1989. Estaban sin armas, pues los compañeros que las llevaban se perdieron. Las agarraron cuando tiraron una bengala sobre la zona y vieron a varias en el patio. Los soldados no saben cuál de todas es Norma Guirola, a la que están buscando para matarla.
Las metieron en un calabozo del Cuartel El Zapote; las insultaron y las dejaron solas un rato. Más tarde volvió un hombre y encendió un foco que estaba al medio de la mazmorra.
-¿Quién es Norma Guirola?- gritó. Y todas las mujeres, por reflejo y sin querer, la miraron.


DESPEDIDA



Bajo el olor de las flores confundidas con las bestias, los sonidos empacados de rutina nocturna, el vecino aúlla solitario el marasmo de un mundo que olvida todo, menos olvidar. Vamos a despedir al amigo, que se embarcó sobre heno fresco y neblina adolescentes, un navío de fuego para nuestros pasos, aquellos que remábamos de espaldas, sin remordimientos, tiempo en que pensábamos al sol para secar nuestro futuro. Hemos venido a poner los átomos a aquel cóctel de la estampida, estamos casi curvas, sumario, cabrones, caminos sin lealtad, floja la cuerda tensa en el ideal, espumas, salivas y una mesa raída para sentarnos a hablar, todos al mismo tiempo, vemos arder al amigo de ayer como una vela, explotar como petardo en la fiesta de diciembre, y dejar un polvo negro untado en la pared.



PÁGINA 11 – POESÍA ARGENTINA

PATRICIA DAJRUCH
(Córdoba-Argentina)

RIELES

En las postrimerías del día
es cuando crecen los rieles
hacia horizontes ciegos,
y el tren parte rasgando el aire.
Nunca se en que vagón viaja mi alma,
con la frente pegada a la ventanilla
observo
respiro
sueño.
Voy dejando atrás árboles
cielos alunados, y arlequines macabros.
A veces el paisaje se transforma
en trigales peinados por el viento
o en semillas recién brotadas
o en flores amatistas.
De vez en cuando los rieles
cruzan el corazón de la montaña
y sepulta lo sepultado bajo otras rocas desconocidas.
Sigo partiendo,
apurada recojo el último beso
el último apretón de manos
y los guardo en mi ilusorio bolsillo de recuerdos.
Juego
creo
sonrío
lloro.
Parto
siempre estoy partiendo
las estaciones asfixian
en las grandes conglomeraciones
de humos, de caos, de voceríos.
Tragedias,
puñales,
sangre
pieles zurcidas
relojes rotos
ojos vacíos.
Parto
nunca llego.
Estoy siempre de paso.

AMELIA ARELLANO
(San Luis-Argentina)

SALVACIÓN

Es tan extraño, amor, es tan  extraño.
Tan peregrino. Sutil y doloroso.
Es tan extraño este pensar, dormida.
Este soñar, despierta.
Es la hora de la flor y el insecto.
Del regreso de la paloma al arca.

Y me salen violetas de los ojos.
Y pasan en tropel, los álamos descalzos
Y un toro negro y una yegua blanca.
Y se buscan a ciegas  y se encuentran.
Y beben.
Y se beben y tragan el néctar de sus belfos.
Y no es la gloria de la carne.
Ni el corazón del muro.
Ni el semental. Ni el útero. 

Es algo tan imperioso, tan urgente.
Es  tan extraño, este salvarse de la muerte.

MONICA VOLPINI
(General Pico-La Pampa-Argentina)

PRETÉRITO IMPERFECTO

Es imposible no recordar cuánto te amé.
Eras hombre. Eras fuego. Eras palabra.
Pero Dios borró mi nombre de tu agenda.
Así…
Tu último beso fue el primero.
Tus primeras caricias aún me queman.
Y quedé inmersa en la ironía de tu ausencia.
-ebria por la dulzura de tus ojos-
Y así te amé.
A sabiendas de que tu corazón gritaba adioses.
Con mil suspiros que me borraron la conciencia.
Hasta llegar a ese final que conocemos…
Y aún soy mujer. Y sigo estando loca.
Y soy tormenta.

MÓNICA LAURENCENA BERRAZ
(Entre Ríos-Argentina)

ARBOLEANDO TRINARES                                                        
Sube un perfume a lima 
y va la arboleda verdeando
enclavada en medio del morro.

Atrás el mar...extenso
inasible presencia, persiste
en lo eterno.

Todo huele a ese verdioleaje
y se sube a mi cabeza.
Las olas están allí
como una inalterable verdad.

Infinitud de la arena.
La tarde se llena de pájaros.
Trina el morro de Bombinhas.
Arboleando cantos me voy 
dormitando, con el olor a limas...
La luz del cielo es belleza singular.

MANUEL LOZANO
(San Francisco-Córdoba-Argentina)

"LA ROSA AÚREA"

Un imperio de salvaje amor, un nácar dorado
teje las bienaventuranzas
desde el barro a la semilla.
La flor nace de las grietas
en el paradero de las anunciaciones.
El niño no duerme en el día del siglo.
Mira a su madre y le señala


la raíz intransferible de la esfera.



PÁGINA 12 – CUENTO

SLAVKO ZUPCIC
(Valencia-Venezuela)

DÍAS DE SUERTE

—Juéguese el cuatrocientos cuarenta y ocho —dijo para mi sorpresa la cajera de la panadería cuando terminó de darme el vuelto.
Yo le había pagado con un billete de diez mil y ella no sólo me daba dos o tres billetes y algunas monedas, sino que también un número para jugar en la lotería, como si supiera que yo estaba a punto de presentar un libro con textos ludopáticos.
—Gracias —fue lo único que dije—. Muchas gracias. Cuatrocientas cuarenta y ocho gracias.
—No hay de qué, mi amor. Pero que sea por la lotería de Caracas. En el sorteo de las once de la mañana.
—Okey —le dije esta vez y caminé torpemente hacia el carro: tenía que ir a lo del libro.
Antes de entrar en la autopista, el anciano que pide dinero en el semáforo me lo volvió a repetir. A cambio de las monedas que la cajera me había dado, claro.
—El cuatro cuatro ocho. Lotería del Táchira. Sorteo de las siete.
Eran las siete y cinco y el bautizo estaba pautado para las siete y media: ya lo de la lotería sería para el día siguiente. Era necesario llegar al museo. Que si patatín, que si patatán. Los saludos de rigor, algún discurso. Se trataba de una presentación colectiva y el único libro ludopático era el mío.
Mientras presentaban la colección, como había mucha gente y demasiado calor, me senté junto a las plantas, aproximadamente a diez metros de la tarima.
Inmediatamente se acercó una morena, interesante aunque con el pelo teñido de amarillo y un libro de Fernández Retamar en la mano izquierda.
—¿Puedo? —apenas dijo en lo que yo entendí como una pregunta destinada a saber si podía sentarse a mi lado.
—Claro, ¿cómo no? —le dije apretando las piernas y haciendo desaparecer los codos.
Ella se sentó y comenzó a abanicarse con el libro. Luego lo colocó sobre sus piernas, lo abrió y se detuvo en una página en blanco, donde estaba garabateada la dedicatoria.
—¿Es del autor? —le pregunté.
—No sé, el libro no es mío, es del amigo con que vine —dijo mostrándome un centímetro de papel donde decía clarito: “Retamar”—. ¿Tú también lees?
—Un poco, sí.
—¿Y escribes?
—Un poquito menos.
—¿Y tienes suerte?
Le iba a responder, pero en seguida me llamaron para que me tomara una foto con el libro en la mano, como si fuera un diploma.
A los dos minutos regresé.
—Tengo suerte a veces, depende de la compañía —le dije pensando en un amigo que siempre ocasiona desgracias, verdaderas desgracias.
—¿Y llevas dinero contigo?
—Es posible, creo que sí.
—Entonces llévame a un bingo.
—¿Y tu amigo?
—No importa, yo le devuelvo el libro.
Todavía no sé muy bien por qué, pero inmediatamente salí del museo con la morena de pelo pintado. Retroceso, primera, segunda, en apenas cinco minutos llegamos al bingo y, en uno más, estábamos junto a las maquinitas.
—¿Tú sabes que en el libro casualmente se habla de estas máquinas?
—Ah, ¿sí? Yo me voy a meter en esta máquina.
La máquina en cuestión estaba decorada con carritos y flores.
—Si me tocan los tres carritos, me da quince jugadas gratis —dijo mientras metía el segundo billete en la ranura tragabilletes.
A mi lado, un desdichado peleaba con una máquina llena de muñequitos de Disney:
—Que me toquen tres Barneys, por favor. Que me salgan los tres Barneys.
No pude evitar girarme completamente para ver su rostro.
Lo que vi justificaba la visita al bingo. Era mi profesor de historia de la psiquiatría, un médico de Maracay que se había educado vendiendo panelas de San Joaquín.
Fingí no reconocerlo y continué dándole dinero a la morena de pelo teñido.
Cuando el dinero estaba a punto de acabarse, aparté un billete de veinte y lo introduje en uno de los bolsillos de la chaqueta.
—¿Por qué haces eso, papi? Mira que trae mala suerte.


—No te preocupes, mi vida. Es para pagar el estacionamiento —le dije pensando que antes de doce horas jugaría el vuelto al cuatrocientos cuarenta y ocho.



PÁGINA 13 – ENSAYO

MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN
(Santa Fe-Argentina)

JORGE AMADO: UN FACTOR DE LECTURAS

En esos caminos ajenos fluyen voces, colores, manos y labios que nunca besaremos, surgen profanos, los contornos que amaremos una sola vez y se diluyen las formas de lo que ya nunca podremos tener.  Esa complejidad del acto de lectura nos ubica en el vaivén de la palabra del otro, nos doblega y nos inunda, nos llama y nos abandona.
Jorge Amado es de los escritores que uno destina para leer cuando “tenga tiempo”. Es un narrador víctima de esa muletilla de las horas libres, descuidadas y desobligadas que nunca llegan pero que se desean como la mejor recompensa. Digo, de esos momentos de espaldas al trajín diario donde la lectura puede ser la mejor ocupación de los desocupados; donde nuestra única intención es no querer ser nada más que unos pobres sujetos sumados en el desconcierto de la calma. Porque somos, a esas horas, el último pináculo de la rebeldía en que corre final y fatal, la memoria de los días perdidos.
Entonces, nos detenemos a mirar los libros como retos encuadernados, partes de un universo detenido en los estantes de la biblioteca, esperando que alguien se acerque a vivir sus historias. O a revivirlas. El tiempo parece no pasar en las repisas pero sigue pasando con su ritmo susurrado de papel que se herrumbra, con su fatiga en la fatiga de las horas. A través de los libros el tiempo se doblega. Es una batalla desigual, tan pretérita como el deseo, como la rabia o el sueño, pero que a la vez nos llama manteniéndonos erguidos detrás de la pereza, por encima y además de cualquier renunciación.
Este verano fue uno de esos en que el tiempo se detiene y nos dialoga al oído. Nos incita a parar, nos da una tregua, nos entrega la tranquilidad necesaria para leer los tan postergados textos a los que nunca les dimos importancia.
Porque eso es lo que me pasó con Jorge Amado: no le di importancia. Nunca se toma en serio lo que es comercial, esos títulos que se escuchan de boca en boca, mientras viajamos en ascensor o caminamos hacia la oficina. Son nombres o autores a los que con solo ver la cara de quien los nombra con admiración, ya se nos derrumban o, peor aún, pasan a engrosar el depósito de lo que consideramos la literatura chatarra o pasatista.
Yo había comprado en una época muchos títulos de Jorge Amado. Había visto dos películas, “Doña Flor y sus dos maridos” y “Gabriela clavo y canela”. Ninguna de las dos me parecieron grandes obras cinematográficas pero no obstante cierto trabajo de los personajes como el perfil de los maridos de Doña Flor, o la descripción aparentemente jocosa de la sociedad provinciana realizada en “Gabriela...” me despertaron curiosidad por ese autor del que todos hablaban en los colectivos, en los mercados, las mujeres en las peluquerías y los hombres en las estaciones de servicio. La década del ’80 estuvo sumamente empapada por la felicidad caliente de Amado. Yo me acuerdo que la gente hablaba de sus textos y gozaba repitiendo pasajes de ellos. Amado, de alguna forma había tocado una fibra de la sociedad latina al centrar sus novelas y cuentos en la pobreza de las favelas  o en los barrios proletarios de Bahía, su Bahía,  proyectando esa visión de la decadencia al resto de América y del mundo, como si fuera una forma del ritmo, un jolgorio. Amado resemantiza el significado de la miseria, lo filtra a través de un cedazo de vitalidades y de deseos hasta hacer de esa temática decadente una forma de celebrar la vida.
Amado protesta desde la felicidad de los oprimidos. El autor encapsula el dolor, el pesar, la decadencia y los abusos dentro de una burbuja de ritmos que sin dejar de ser sensuales hacen de ese objeto que se denuncia el germen central del goce. Vale decir: el bahiano de Amado se impulsa desde su dolor para hundirse y justificar su contento.
El autor toma el camino más árido puesto que opta por el goce de los sentidos para denunciar la falta de sentido de los poderosos; se asoma a los actos carnales por intermedio de sus prostitutas, mujeres simples que se enorgullecen de hacer favores y dar el cariño que las esposas ya no pueden dar, para llegar a valorizar el verdadero amor, ese sin tregua, sin tapujos, sin consuelo que delira y hace delirar. En Amado el sexo es el hilo conducente para hablar del amor puro, del desinterés absoluto de toda relación, del desbocado abandono en los brazos del otro.  Apresa la lujuria y la transforma en código de gestos, en goces de miradas, en seducción llena de mares y de mujeres que se obstinan por alcanzar la dicha.
La obra de este autor tiene dos características fundamentales: es extensa y es compleja. Su misma extensión complejiza la obra ya que resulta difícil recortar un corpus de análisis  sabroso para su estudio y representativo de una propuesta literaria. Pero, como ventaja de esa extensión, tenemos que la obra de Amado es temáticamente variada.
Dentro de su producción encontramos desde la novela romántica (“Doña Flor...·”, “Gabriela...”, “Teresa Batista cansada de guerra”), pasando por la  histórica (“Romance  de castro Alves”) y por la de costumbres (“El país del carnaval”, “Tienda de Milagros”), hasta llegar a la  de hondo contenido social donde profundas discrepancias políticas ubican a la enunciación en la no siempre recomendable tribuna de la denuncia (“Capitanes de la Arena”, “Agonía de la noche”). Digo ‘no siempre recomendable’ puesto que los textos de denuncia traen en sí una saturación, un límite que  lo impone la denuncia misma, que va en desmedro muchas veces del potencial artístico de la obra. “Capitanes de la arena” constituye a mi criterio el punto más alto en la narrativa social de Amado, no solamente por el fresco cultural que logra, donde las convulsiones de una sociedad de valores destruidos o en plena destrucción se imbrican y se tuercen, se cortan y se ahogan entre sí, hasta transformar la vida en un estertor de moribundos, en un lecho embarrado como la playa donde pululan los niños que protagonizan la historia; sino porque es una novela hermosa, es un bello trabajo literario en donde la realidad que se figura no sojuzga los recursos expresivos de una pluma brillante.
Si bien la crítica social está presente en todos sus textos, es en las novelas en donde no se plantea hacer un panegírico de la lucha del pueblo bahiano, en donde está más viva la crítica  hacia cualquier forma de totalitarismo y abuso político.
Pongo por ejemplo el caso de “Teresa Batista...”. En ella hay una parte donde Teresa, siendo niña es vendida por su tía a un terrateniente rico que abusa sexualmente de ella hundiéndola en un mar de violencia física y sicológica que la anula hasta reducirla a la bestialidad. Esa relación forzada, no es más que un pasaje de la historia pero sintetiza un conflicto social del que el propio Amado fue testigo. La novela cuenta en esta parte el enfrentamiento desajustado de dos fuerzas: los que ostentan el poder y los que son carne de cañón de ese poder.
Teresa Batista, niña, huérfana, salvaje, desprovista de toda maldad, brutalmente hermosa  representa al Brasil grosero, ventral, asfixiado entre olores de hebras y sudores de carnavales deshojados en noches de fiesta. Es el grito. Contrariamente, Justiniano Duarte Da Rosa, el hombre imponente del traje blanco, que lleva una cadena al cuelo en la que cada eslabón  es cada una de las muchachas vírgenes que él violó en circunstancias análogas a las de Teresa, configura el poder descontrolado, atropellador taimado, es un poder de pies embarrados y barrigas llenas. Es el que seduce a través del golpe, del latigazo pespunteando la carne de los caídos. Ese poder de masacre en un Brasil que abre los ojos en mitad de una nube de miedo y silencio.
Teresa le dará resistencia hasta que todo su orgullo de ser humano se doblegue ante el dominador. El final de la contienda lo marca Justiniano cuando le quema los pies a la niña con un bracero completando con su caída, el dominio del rebelde.
Si bien hay un recupero de la fuerza del pueblo Bahiano cuando Teresa mata a Justiniano de una puñalada, varios capítulos después; es éste enfrentamiento de la primera violación el que más fija el panorama de la lucha.
Más adelante aparece Daniel, el muchacho rico que enamora a Teresa y que precipita el desenlace. En este nuevo juego de opuestos establecido entre el joven y Justiniano, Amado especifica que, sin embargo estar enfrentados, Teresa y Justiniano  son los verdaderos hijos del lugar, ambos son la bastardía de la barbarie, y ambos quieren algo de Daniel: Justiniano, un lugar en la clase acomodada, ese sitio al que ni siquiera su dinero le permite llegar; Teresa, un amor correspondido, un arrullo aunque sea débil que la ayude a continuar en su rol de descastada.
El novelista tiene esa curiosa virtud  de hacer luchar a sus  personajes desde el amor.  El amor refugio y exilio. Quien se enamora de verdad en el mundo de Amado queda automáticamente preso en un ambiente sofocante de pelea y descanso, de contienda y exceso, de placidez y desolación. A su vez, el sexo en este autor es arma y delito. En el acto sexual se repliega y se expande la alevosía de los que participan.
Ese ejército de prostitutas comprensivas, que arrullan a sus clientes como si fueran niños de pecho; esas mujeres que se pasean casi desnudas por sus novelas, imponentes morenas que sacuden su inocencia como una provocación; esos muchachos que compran noches viejas de placeres abigarrados en camas pobres, constituyen tópicos en donde la lucha carnal es una lucha de poder, de imposición y destierro de perdurabilidad por encima del otro y de muerte.
Por eso en sus novelas proliferan las camas. Lechos desvencijados donde se derriten los cuerpos, llanuras de edredones, almohadas como senos, rulos de cobertores como cuencos, enredos de fundas y cobijas, tensores de batistas y firuletes de monogramas, son síntesis de la ira de los que pelean, centinelas vitalicios de una lucha de clase que se resuelve con jadeos y pulsos repentinos, con golpes y tocamientos, con la potencia y la mesura más desbarrancadas del deseo.



PÁGINA 14 – POESÍA ARGENTINA

MARIA BENICIA COSTA PAZ
(Cipolletti-Río Negro-Argentina)

LA VIDA

La vida:
diario en hojas esculpidas
sobre  polvo volátil;
ajadas de tantas
historias releídas,
rastreo obsesivo
del ser que se oculta
entre vientos que alternan
en espacios distintos,
en tiempos fantásticos.

Una vuelta a la edad primera
la de la ternura dolida,
las capas ocultan
el misterio perpetuo
de ser y no saber qué
ni hasta cuándo.

LILIANA ANCALAO
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

SOLICITUD DE DESAMPARO

habiendo reunido cada requisito
en mis treinta y años residiendo estable
llegada a esta instancia
este día lunes seis de la mañana
con un sol certero que se me ha clavado
justo en la parada

solicito a ustedes innovar
así casi formalmente
una firma apenas que me dé permiso
unas cuantas lunas

hace rato siento que me está faltando
la sangre en la sangre
y me he permitido tramitar un viaje
hasta mis regiones las más abisales

por si me demoro
por si tarda el lago en recuperarme
con imagen clara
tengan comprobante de que fue a pedido
y no sientan pena de cubrir vacante

adjunto las copias de certificados
de buena salud y de buena conducta
los estudios hechos no me han detectado
amor mal curado
ni es delito probo el haber parido hijas como el fuego

sin quedar a espera y por triplicado
saludo señores señores señores 

LAURA PONCE
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

ESA MUJER

Esa mujer no soltaba su pájaro
ni roía su hueso. No quebraba su ala.
Ni soltaba su pájaro.
Esa mujer creía tenazmente insistía
en la perduración de la materia,
fiel a sí misma idéntica. Inmutable.
¿Bajo qué cielo creciste, madre?
¿No sabías, acaso,
que las fulguraciones del verano son
tan cambiantes y breves
como el verano mismo?

JOSÉ ANTONIO CEDRÓN
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

Fue de noche, tan frío, entre columnas anchas
después de habernos dado en la boca
en los dientes
como un temblor nos vimos,
había tanto y poco como en este presente
pasado sin saber.
Recogimos vestido para el viaje,
resistente vitualla, zapatos que duraran
la pasión del camino, días y noches semejantes.
Nos llevamos las cartas, los planos, embarcamos
y nunca imaginamos que aquellas pertenencias
fundarían ciudades, darían hijos, vientos,
estaciones de lluvia.
Aquello que era apenas una ilusión formada
a orillas de tu cama –donde pasan los ríos de un país–
crearía un delirio jamás domesticado.
Nunca pensé que fueras un espesor de sombras
que turbara los ojos,
el matiz de una ausencia que no puede escribirse.
Pasamos turbulencias, el azar intrigaba
yo tenía gitanas en mis manos
cruzaban por sus líneas
y eran como el olvido
que venía a buscarnos
y nunca supo nada de nosotros.


KATO MOLINARI
(Alta Gracia-Córdoba-Argentina)


DIEZ PRUEBAS EN FAVOR DE LA EXISTENCIA DE DANILO

Me telefonea varias veces al día,
con aproximaciones onomatopéyicas de casos.
Se ocupa de mi alimentación.
Prometió regalarme un par de zapatos, cuando cobrara.
No quiere que yo fume ni que diga palabrotas.
Procura inculcarme fe religiosa.
Me lleva al letto día por medio.
cronométrico,
exultante,
dominador.
Me colma de jabones, perfumes,
pañuelos,algodón y dentífrico.
Niégase a leer "Rayuela".
Preocúpase, debidamente, por mejorar mi pronunciación
del italiano.
Asegura que la mamma es una, irrepetible y sacra.



PÁGINA 15- CUENTO

MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Argentina)

MATERIALISTAS

     He de reconocer que últimamente descubrí que soy una mujer apegada a lo material. Lejos de bastarme el disfrute de las palabas dichas y escuchadas, el placer de las imágenes únicas que se recogen en los atestados ómnibus o las veredas transitadas. Lejos, digo, de bastarme el placer de ser testigo de estas magnificencias del espectáculo de la vida, intento obcecadamente llevar estas impresiones efímeras al papel, la madera tallada, incluso a la humildad de un postre a tres colores armado en una copa de vidrio.
     Porque no me basta ser testigo del transcurrir del mundo, he descubierto que deseo hacer muescas en él, detenerlo un momento, añadir algún signo sobre la roca muda.
     Y he descubierto que recelosa de los abrazos y las efusiones notorias, debo construir un alhajero para Ross, empanadas dulces para Gabriela, un postre suculento para Alfredo, un posapavas de intrincado mosaico para Mandy.
     Tengo que urdir una cazuela para Rodolfo y Guillermo, un texto convergente para mi madre. Y tengo que, necesito, construir una mesita junto a Myriam, martillándonos los dedos llenitos de torpezas.
     Hacer y hacer para otros, esa es la encontrada felicidad de estos días. Cortar las cerámicas halladas en la calle con mi pinza anaranjada, resonar a la noche con mi martillo guiando a la gubia contra la veta de la madera.
     He descubierto en este tiempo mi gran propensión a los objetos, mi eterna necesidad de belleza en ellos. Como los hombres del Paleolítico, que con necesidades, con cortas vidas, con innumerables trabajos y luchas en sus jornadas, tallaban un pajarillo innecesario en el mango de su arma de hueso. Como los aborígenes que no solamente se resignaban a modelar utilitarias tinajas de barro, sino que las fabricaban maravillosamente armónicas y exquisitamente decoradas.
     He descubierto en estos días que tengo tanto por hacer, tan poco tiempo, y que los días se escurren entre los dedos.
     Veo a Gaby amasando la harina con la levadura fragante, ocupación que remite a los siglos y la historia, a la otra Gaby regalándonos un banquete de verduras sabrosas sabiamente asadas a la chapa sobre brasas, veo a Silvia pintando un mandala que girará en el aire, a Alfredo en soledad escribiendo para todos nosotros un cuento.
     Madera, tinta, pinceles, ingredientes. Palabras que no me remiten al trabajo obligado sino a poesía. Ni mariposas ni alondras ni rosas en los versos de mi vida hoy. Cinceles, cedro, vidrios estallados en pequeños fragmentos de luz, cebollas y manzanas verdes.

    Dando un salto acrobático, una voltereta en el aire, puedo decir de mis amigos que sí, que no hay dudas, que estamos transidos de materialismo.



PÁGINA 16 –  ENSAYO

SERGIO DE MATTEO
(Santa Rosa-La Pampa-Argentina)

OLGA OROZCO: UNA ESCRITURA DESDE LEJOS

Sólo es posible ultrajar (del lat. ultratĭcum, de ultra, más allá) lo que ha quedado escrito; y lo es en su doble vertiente: camino de iniciación y camino de recordación. En el primero se apelará al palimpsesto, escritura sobre escritura, práctica de la escritura: que deviene en literatura. En la segunda opción, que se vertebra con la primera, habría una instancia de reconocimiento, la anagnórisis helénica: instante de revelación en que la ignorancia da paso al conocimiento.

“Y un poco más acá de lo visible, debajo de esta lengua que celebra el silencio y escarba en la prohibida oscuridad, ¿no comienzan también las canteras del verbo, las roncas fundiciones de la poesía, el acceso a las altas transparencias que hacen palidecer la pregunta y la respuesta?
Duro brillo, este oráculo mudo”.
“Duro brillo, mi boca”, en Museo Salvaje, 1974

El trabajo con la “palabra” requiere un proceso, que no sólo conlleva su asimilación sino también su uso, porque esa palabra nos ha sido donada en un acto de aprendizaje, hablamos con la palabra del Otro, hemos sido construidos por la Otredad.
En ese reconocimiento hay a su vez una apropiación de la palabra; el escritor, o el poeta, podrían considerarse como canales por donde fluye el discurso social que, en definitiva, será la materia prima, el sustrato, de su obra. Por lo tanto se escribe con los otros, porque el discurso es dialógico, y está cruzado, contaminado, por un sinnúmero de voces; en la escritura emerge la polifonía, los coros, las pluralidades.
En efecto hay un desplazamiento en la grafía que nos señala el lugar o el punto donde sería permisible hacer encajar otra cosmovisión del mundo. En ese transcurrir, en donde se amontonan las capas de la experimentación, el artista se reconoce, a su vez que se ultraja (en ese más allá) a sí mismo, enfrentando el fantasma, para poder escribir su homenaje a la Diosa Blanca.

La escritura de Olga Orozco es profética y ritual. Apela a diferentes tropos para canalizar su itinerario, (como ejemplo técnico) abunda el oxímoron, donde se armonizan dos términos opuestos para formar un tercer concepto. El anclaje principal es la memoria, junto al espacio y el tiempo, el sueño y el trance, porque funciona a modo de buhardilla en donde todas las experiencias, las sensaciones y las lecturas fulguran hasta que son convocadas. Siempre hay proyección: las palabras como claves o llaves que abren puertas a posibles reinos (en su estética siempre “en el fondo de todo hay un jardín”). El poema se transforma en una pulsación en donde los símbolos adquieren textura y se densifican; la escritora (o la sacerdotisa) intenta asir lo desconocido, intenta descifrar.

“Noches y días con los ojos abiertos bajo el insoportable parpadeo del sol,
atisbando en el cielo una señal,
la sombra de un eclipse fulgurante sobre el rostro del tiempo,
una fisura blanca como un tajo de Dios en la muralla del planeta.
Algo con que alumbrar las sílabas dispersas de un código perdido
para poder leer en estas piedras mi costado invisible”.
“Densos velos te cubren, poesía”, en Mutaciones de la realidad, 1979

Nos dirá el psicoanalista francés Jacques Lacan que el síntoma se forja en un proceso de escritura, en la exploración profunda de la lengua. Y agrega en el Seminario 1: “El síntoma se presenta en primer lugar como un trazo borrado, es aproximándose a él como se verá el sentido”. Es decir, que si se ubica el síntoma como el sentido de un trazo borrado puede encontrarse su ubicación entre lo simbólico y lo real; o sea la misma imaginación creando. Aquí se tendría el sin sentido profundo de todo síntoma, porque ya existe todo lo creado, sólo se agregan variaciones sobre el original. Sin embargo, es posible interpretar a la significación, como sentido comprensible, entre lo imaginario y lo simbólico, es decir lo real en su verdadera urgencia del devenir. Por eso la exploración suspendida (levitante) rodea los tópicos existentes y trata de resignificar su parcela en medio de la sucesión interpretativa. Ese sin sentido le hará decir a Orozco en el poema citado: “Un puñado de polvo, mis vocablos”. Pero a pesar del fracaso todo suma para que se explicite la obra, el sinthome únicamente estará resuelto cuando se anuden lo real, lo simbólico y lo imaginario, y por lo tanto, se funde el nombre: Olga Orozco.

Aunque el escritor intuya cierto dominio sobre las formas, siempre estará atrapado en una indefinición, acosado por la sombra tutelar de la lengua, porque por más maestría que interponga no puede manipular de modo completo al lenguaje. Escribe en el poema “En la brisa, un momento”: “…y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,/ esos que solamente Dios conoce…”. Nos revela el Seminario 2: “El sentido consiste en que el ser humano no es el amo de ese lenguaje primordial y primitivo. Fue arrojado a él, metido en él, está apresado en su engranaje”. Fundamentalmente el hacedor crea sobre los restos de lo publicado y el sedimento de épocas anteriores, interpola con la materia heredada, y fija su patrón emergente.

La misión de la poesía para los románticos alemanes es recrear el lenguaje primitivo, restituir la primera presencia de las cosas, esa palabra mesiánica advocada por Benjamin. El poeta se halla en constante desafío (“Mi peste pertinaz es la palabra”), frente al abismo y la dispersión de su búsqueda; porque debe reunir los fragmentos dispersos y reconstituir la unidad perdida, no obstante no ser el dueño del lenguaje primigenio.

“No te pronunciaré jamás, verbo sagrado,
aunque me tiña las encías de color azul,
aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro,
aunque derrame sobre mi corazón la corriente secreta de los grandes ríos”.
“Con esta boca, en este mundo”, en Con esta boca, en este mundo, 1995

La escritura es un complemento de la vivencia y opera como intermediaria; y en la vigilia de Olga Orozco, en su universo, la escritura es comprendida como acto de discernimiento, de juego peligroso.

Nos advierte Lacan: “Para que haya síntoma es necesario, al menos, que haya dos conflictos en causa, uno actual y otro antiguo”. En ese correlato se halla transida la poeta nacida en Toay; y resuelve ese conflicto en la compleja síntesis del poema. Por eso emergen y se articulan en su voz: invocaciones, emisarios, utensilios, sustancias, cartas, que se conjugan junto a los nombres y lugares que dan referencia a lo real pero que la palabra poética destrona y expande como manifestaciones de lo desconocido; conjuga pasado, presente y futuro. Entonces sus filiaciones con la magia y la religión, aunque parezcan dos opciones antípodas, confluyen en la concreción de su poética, la cual funciona a modo de “oración” incantatoria y los versículos anudan el jardín, el inframundo y el reino de Dios.
Hay producciones poéticas de distintas épocas que un fino hilo mantiene unidas. Reverberan con una luz inusitada mostrando en su proyección el camino que trazan los textos fundamentales, y eso sólo se debe, en consecuencia, al trabajo meticuloso e infatigable del bardo. En 1917, en su ensayo sobre “La tradición y el talento individual”, el poeta inglés Thomas Stearns Eliot declaró:

“Ningún poeta, ningún artista de ningún arte, tiene completo significado solo. Su significado, es la apreciación de su relación con los poetas y artistas muertos”.

Olga Orozco desafía la concepción del autor de "La tierra yerma", la incinera en su propia lengua, al nominarse ella misma en la categoría de los muertos: “Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero”; y es ahí que los convoca y escribe con ellos, dialoga con sus predecesores, mitiga en la poesía sus ausencias.

La autora de "Las muertes" ha tenido que explicar, de una u otra manera, tanto su existencia como su devenir en el mundo, una tarea ardua y compleja con todo lo que implica; ya que la cosmovisión que compone su pensamiento no le ha sido dada de inmediato y para siempre como si fuera una iluminación, sino que se ha realizado, sin realizarse definitivamente, en el trajinar mismo. Aceptar en sí la existencia, el ser ahí, es estar signado entre la existencia y la esencia, por lo que en dicha juntura y fricción brota la voluntad de vivir, de historiar, de ser proyecto. Olga Orozco escogió la escritura.

Estas son algunas de las reflexiones que podemos acercar a la obra de Orozco, considerando lo filosófico y psicoanalítico, además de lo intrínsecamente literario; porque su poética merodea la muerte, el paraíso perdido, conversa y especula sobre las contingencias existenciales en cada uno de sus libros y por eso la búsqueda, esa búsqueda particular, la que cierre el círculo, ha sido, es, y será a través de la práctica poética.

Søren Kierkegaard, el pensador danés, distingue como un modo de ser de la existencia humana los estadios estéticos, éticos y religiosos. El sujeto elige uno de estos estadios y se compromete. Porque él no los conceptualiza por medio de abstracciones sino como determinaciones existenciales regidos por una ley que los relaciona como alternativa: o lo uno o lo otro. Entonces agrega que “el concepto de existencia estética es el modo de lo estético como expresión de una determinada situación del hombre en el ser”. Los textos de Orozco tienen como aditamento lo religioso, conjuga elementos paganos y místicos, pero su experiencia es poética, responde, sin duda, a la literariedad, si bien todo ese suplemento responde a la necesidad de la función poética.

En un artículo María Antonia Solaro expresa: “En el estadio estético el hombre se siente arrojado a los límites de la experiencia entre lo decible y lo indecible, expulsado al desierto sin referencias, el lenguaje poético se vuelve violento, subversivo; porque en las fronteras del decir, de la misma razón, en el entrevero de la locura, de la visión y alucinación, el poeta abre todo el universo con un bisturí, ahí prueba su propio temple. La vivencia profunda de la belleza se muestra como un éxtasis de destrucción producido por la seducción erótica de la Muerte”. En Orozco, la muerte fue siempre el objeto más preciado, el lugar más buscado de su ronda espiritual.

“Nuestro largo combate fue también un combate a muerte con la muerte, poesía.

Hemos ganado. Hemos perdido,
porque ¿cómo nombrar con esta boca,
cómo nombrar en este mundo con esta sola boca en este mundo con esta sola boca?”

Toda poética se destaca sobre otras cuando logra la conquista de un estilo, porque es la propia práctica la que consolida la escritura, la exploración estética y es, justamente, en donde se vuelca la cosmovisión del mundo que posee determinado autor. Por lo tanto el libro es el lugar de las convocatorias, un centro implosionado de símbolos y signos en el que emerge la imaginación creadora, la invención. La hoja en blanco funciona a modo de confesionario, en donde se masculla la metafísica y se desnuda el alma. También irrumpe la razón instrumental de una psique, y es en donde los intertextos hacen referencia a la deuda que se tiene con la tradición, pues repercute, destilada, la voz de los antecesores descubiertos en la lectura, canibalizados en la imitación y el plagio creativo.
Olga Orozco busca ese Reino (o Jardín) del cual el alma guarda una secreta memoria, y como todo penitente hace su enmienda, se ultraja para reencontrarse, trasmigra desde lejos en el rito de iniciación y reconocimiento que condescienden los cuerpos poéticos.



PÁGINA 17 – POESÍA AMERICANA

MARIANELA PUEBLA
(Valparaíso-Chile)

EL DESPERTAR DE LOS COLOSOS

Volvieron los fantasmas dormidos
con sus carcajadas de agua y barro.
Se deslizaron estruendosamente sobre la ciudad callada,
devorando  todo a su paso.
Los ríos Salado, Copiapó y el Elqui,
abrieron sus fauces hambrientas
por tantos años perdidos en ayuno.

Los ríos despertaron de improviso
de una amnesia dañina y devastadora
arrasando con  torrente desorbitado
los pueblos,  sus casas y su gente.

Buscaban sus antiguos  lechos vacíos
en donde ahora se alzaban las viviendas.
Pero llegó la noche inesperada en que las aguas
reclamaron sus dominios ocupados.

Los ríos bajaron las montañas  de arena y  metales
por quebradas escondidas, solitarias,
un aluvión de terror y desenfreno
arreó las nieves eternas en una parafernalia 
de  locura e inundó todo en su camino.

Los colosos con su inmenso caudal de muerte
destruyeron caminos, relaves, faenas mineras,
arrasando todo el  Norte Chico y sus villorrios.
Tierra Amarilla, Los Loros,  Diego de Almagro,
Alto del Carmen,
Paipote, Los Choros, La Higuera, Chañaral,
Copiapó, Antofagasta,
yacen bajo un alud de lodo, deshechos y de ruina,
todo  aquello que los ríos arrancaron a su paso.
Las casas destruidas como barcos sin comandos
navegaban ese espeso torrente por las calles
y dejaron su miseria en cualquier parte.

Hoy después de tantos gritos, lucha,
de tanto llanto,
los deudos recogen a sus muertos,
y buscan incansables
a muchos desaparecidos que siguen entre el lodazal.

Otro día más de sufrimiento
rescatando unos pocos enseres y unas tablas,
mientras la solidaridad llega de a poco,
con brigadistas y jóvenes voluntarios,
los pueblos, no se mueren, se levantan,
entre el barro y las catástrofes que les caen.

GLORIA CEPEDA VARGAS
(Cali-Colombia)

LA COLOMBIA QUE YO QUIERO

La Colombia que yo quiero
de la cabeza al talón
la que me quita el sombrero
y me abrocha el cinturón
no es esta niña vestida
de terciopelo y olán
ni esta dama desteñida
ni este torcido galán.
La patria que me desvela
lejos vuela.

Me duelen los moretones
rojos de fin de semana
el hambre de los rincones
la desnudez de la cama.
Me abre huecos en el cielo
la mujer en entredicho
la que es flor de desconsuelo
la que es pasto de capricho.
La mujer sin esperanza
que no avanza.

Patria rica para el rico
serena para el sereno
patria con alas y pico
según el tiempo del trueno.
Colombia de mis dolores
de mi ceniza y mi fuego
de mi abrazo y mis sudores
de mi adiós y mi hasta luego.
De responsos y guitarras
sin amarras.

Adiós negrita desnuda
boga de la Magdalena
adiós chachajo de ruda
y ensortijada melena
adiós, adiós. El retrato
de marimba y alabaos
de cununo y vallenato
de iglesias y de mercados
se va borrando en la sombra
carnicera que te apaña
en el eco que te nombra
en la niebla que te engaña.

Como a mi madre, te siento
como a mi almohada, te abrazo
duerme mi primer momento
en la nuez de tu regazo.
Colombiecita trizada
Colombieja, Colombina,
viajera desorbitada
en el envés de mi espina.

En la caja de mi mente
zumba
como un eco recurrente
tumba
como un amor insurgente
zumba
tumba.

RONALD BONILLA CARVJAL
(San José-Costa Rica)

II

Yo te pongo en la balanza
entre el amor y la nostalgia.
Te reinvento ­-azul planicie–
para que cohabitemos en el ángulo desnudo
de la alcoba.
Te desarmo...
y te estoy apuntando hacia el poniente.
Acaso eres de nuevo la desconocida
que se ató a mis brasas, mis cenizas,
mis maderos naufragando,
mis barandales de fe ciega en las derrotas.

EMILIA MARCANO QUIJADA
(Ciudad Ojeda-Zulia-Venezuela)

Amo a tal grado mis pandemias
que mis manos se inflaman,
la temperatura sube, mi piel se eriza,
suda, plasma, brota
en milésimas porciones de mi carne,
en el hijo nonato,
el futuro que no es mío,
la lengua que me ofende,
la canción muy vieja
en postigos y ventanas al sol
mientras sigo adelante, mientras sigo
transpirando
cómo si fuera a morirme
el virus lacerante de escribir.

ROSSANA AICARDI CAPRIO
(Pando-Canelones-Uruguay)

PAPELES VIEJOS

Fluyes del torrente
acompasado
inundando mi esencia
llenando recuerdos
ya vencidos.
Colmando  palabras
en papeles viejos
esculpiendo  ojos
al poniente  de fuego
que una vez,  ya hoy olvido
grabó con cada gota de amor


mi cuerpo nuevo.



PÁGINA 18 – CUENTO

MOISÉS PASCUAL
(Ciudad de Panamá-Panamá)

"ELEGÍA CONTRA LA MUERTE"
A Ignacio Ortega Santizo, in memorian

Quizás yo no tenga derecho a escribir palabras sobre tu epitafio, poeta. Tu muerte no será noticia en CNN ni en la BBC. Las astrólogas ya sabían de tu final y callaron. No hay piedra para tanto adiós anticipado.


El mundo está hecho de pirámides y pájaros, de sangre y abrazos. Estuve en tu casa como en la mía una tarde y una noche. No sé. El Vich pintaba soles negros y Miriam estaba en Brasil. Brasil huele a sudor y café. A esclavitud y lujo. Y yo me quedé solo en medio de los libros, los tambores y las campanas. Los otros estaban en sus escondrijos bajo las sombras cuidando a sus críos. Era tarde y no me fui. Me quedé, esperando la orden de ir a otro mundo. Palmieri tocaba el piano como un ángel sin isla. Olía a madera y viento. A poemas de viejos amores entre trampas. No sé. Imagino, escribo. La botella estaba más abajo de la mitad, pero yo seguía en las nubes. No había agua en el caserón y todos hablábamos de hacer una revolución en el lugar. ¿Recuerdas? No importa memorizar días de fiestas. Quizá ya basten y sobren el polvo y sus desiertos, donde el viento canta. Tú no tienes tumba en esta tierra. El universo es un mapa de mundos nuevos, calles azules por descubrir en las telarañas de los cometas y las lunas sin nombrar. Nos hundimos en un hoyo oscuro como casa de ratón. No es nada nuevo. Siempre hablamos de lo mismo, entre risas y velas encendidas. Te parecías a Cortázar en París. Me niego a aceptar que la vida es solo un paisaje de rosas y escombros. Somos campeones de boxeo y también poetas. Qué de golpes la vida, para vencer en el último asalto. Las cenizas no alcanzan para medir las rebeldías del amor. Si la vida no gana somos eternos perdedores. Tú lo sabes. No soy quién para tanto entusiasmo de vivir y morir en un solo verbo. Eres esa guitarra sonriente en la ventana de los hoteles de madera. La lluvia y su fertilidad. Un puño en los balcones rotos de la alegría. Una bandera roja en el azul del cielo, en la claridad de un noviembre bailando entre trompetas y banderas de plástico. La queja del indio, el negro y la mujer. La risa del niño, las manos abiertas del vagabundo sin tren. La mariposa y el árbol, moribundos, en el parque. O quizá, sin saberlo, eras un ángel empuñando tu espada de amor y fuego. Una metralla de adjetivos alegres. Nunca se sabrá, si el mundo es ingrato, donde más valen las cosas que los besos sin dientes. Las tristes miradas, las esperas. Los poetas, como tú bien sabes, porque eso solo lo saben los poetas, vamos del amor al olvido en la rumba en una noche. Parecemos santos y hierbas. Huelen a incienso. Breve estadía de frutas dulces, efímeros veranos, sexo y ron. Somos de esos espíritus errantes que cien años después serán –seremos- rescatados del polvo mientras le cantamos a la vida y al amor junto a la luz de las alcobas y los vinos. Alguien siempre nos recordará, de un modo más feliz. Cierto. No puedo exigir nada, de mis propias locuras. Confieso que yo también por amor a vivir he sido suicida en las penumbras de un siglo de muerte y gloria. Virus incurables. Letras de uranio y humo. Hoy soy uno más de esos poetas que escribe contra la muerte. Uno más. Otro. Los poetas somos así, débiles y desvergonzados. Sublimes y útiles. Fáciles de amar y odiar. Y la muerte siempre es un buen tema, para hacer dinero y fama. Perdone usted señora, no es nada personal, pero debo y quiero, nombrarla y maldecirla. Es un honor, lo sé. Le temo, pero la odio. Sepa que no lo hago con rabia, la rabia es apenas una espuma de canes, una venganza de dioses muertos. Esto es mucho más, algo que está mucho más adentro que la simple rabia. No tiene piel no tiene huesos. No tiene límites. Es algo que va por dentro sin poder nombrarla en francés o inglés, portugués o sueco. Como una mujer o el viento. Esto es el colmo, diría usted. Algo así como un existencialismo posmoderno. Una utopía sin tácticas. No me jodan, ya sé que las terminologías pueden ser caprichosas. Ser marciano, marxista o anarquista. Ser hippie o del barrio, esperando un amor en la esquina que va a la tienda por canela para la avena. Llevar heridas hondas y no morir. No me importa. Sobrevivo a mil rayos. A todas las resacas. Que yo sepa, no existe sobre la tierra poeta que en tiempo alguno no haya escrito algo contra tan inverosímil animal. Vistas las cosas, así, la muerte es un mito más, otro, un FMI, o un minotauro que persigue Icaros alados que vuelan al sol. El sol es luz y es vida, aunque a veces también quema. Me pregunto, casi a diario, y en silencio, para que mis pensamientos no sean escuchados por los ignorantes y los idólatras, mis enemigos, si dios existe, y creo que debe existir, no me preguntes cómo, si existe, por qué dios permite tan impunemente que la muerte se burle de la vida y sus injusticias. ¿No es eso una derrota? ¿Una contradicción teológica? ¿Un loco vacío? ¿Un ir en vano? ¿Un dejar solo el paraíso, sin Eva? Creo que ya es tiempo, desde hace mucho quería decirlo, que dios sepa que la muerte es una inutilidad de la materia. Polvo intrascendente. Una hipótesis. Buen oficio es ser enfermera de hospitales o curar heridas en el trópico del Tercer Mundo. Una locura sin ataduras. ¿Paradigma? Nada. Nada. ¡Váyanse al diablo! Sepa que la materia no se crea ni se destruye sino que se transforma, como nos enseñaron en el bachillerato. Somos átomos, poeta. Partículas que hacen un todo. Amebas bajo el microscopio. Hermosos dinosaurios caminando en la llanura. Energía de ríos crecidos. Nervios. Huesos. Carne de amores que se tocan. Paladares. Pieles lejanas. Cenizas que aman entre las cenizas. Retículos entretejidos como colchas de ancianas. Sí. Eso, ni más ni menos. Creo que la primera vez que vi a Cáncer Ortega en 1970 y algo, sobre un escenario, era más hermoso que un dios griego, yo era un niño con los ojos grandes, un arquero sin flechas, y pensé que aquel hombre joven era dios, pero con afro. No puede ser, me dije. Dios no puede ser así. Era un coro de planetas en colisión. Una cosa como un big bang, musical. Un ser de otro mundo que cantaba y era humano. No sé. Fuerza, convicción, entusiasmo, protesta contra un mundo muy bajo y una patria muy boba, un mundo robado, un país muerto. Un inclaudicable demonio de amor y verdad. Manoteaba como San Agustín. Como Marx, pero sin ser judío. Yo quiero ser así, yo, me dije. Entero. Un todo. Quiero ser yo, sin teatros. Permítanme, gozar esta vida y sufrir esta muerte, a mi manera. Si fuera pianista tocaría el piano, y si fuera pintor pintaría de colores nuevos todos los muros del mundo hasta borrarlos. Pero solo soy poeta. Pobre poeta. Sepan, pues, que soy este poeta que se queda solitario en la otra orilla del mundo incierto, sin derechos de constituciones absurdas. Poeta sin carro ni ataúd. Atrapado entre cuatro paredes. Todavía hoy no lloro ni doy el grito, confieso, ese que se esconde en algún lugar del corazón como una escalera de naipes, pero ya me llegará la hora del gran alarido. Estoy en eso. Escribo, hoy, el cielo se ha puesto negro, y pronto sé que va a llover, o si no mañana en la mañana, en la piel del rocío. En la noche mientras cierro los ojos. Lloverá, lo sé. ¿Para qué llorar, pues? Si ya la vida y sus elementos lo hacen todos los días y los domingos. Pido perdón por ello y no de rodillas. Por otra parte, es estúpido o absurdo pensar que se pueda derrotar a la muerte con unos versos libres. No es que tenga nada contra la muerte, pero por qué siempre se lleva a mis amigos. Por qué mejor no llevarse a los que todo lo tienen y ya son felices desde la antigüedad, si ya tienen el gozo de vivir. Entonces, si entiendo la vida, por qué maldecirla me digo, si ella paciente realiza su oscuro trabajo de tiempo. No tengo excusas aunque me cabree con la muerte y ella tenga sus metafísicas razones. Hoy soy uno de esos humanos que tarde dice adiós cuando ya el fuego no existe. Adiós, mañana o nunca. La vida puede ser un viaje en ferrocarril hacia la nada o un retorno a la memoria en un triciclo sin piel o caminando. La infancia es el más hermoso de los jardines. La verdad, no sé qué decir cuando tendría un millón de cosas que decir. Quizá la muerte es un puñado de cenizas en la boca. Una ceguera. Es como si de pronto todas las palabras se hubieran ido de este mundo, lejos, a esos países que todavía no existen, así, como esas olas que poco a poco se alejan al mar y te dejan en la playa en solitario mirando que lejos muy lejos hay una isla que es como un sueño detrás de la niebla, un espejo de la vida, una imborrable memoria de pasos sobre las arenas del mundo. Divago. Piso tierra firme. Voy mirando hacia atrás, en el autobús hacia Managua, a pan y agua, feliz y con miedo, es diciembre, 1989, con unas infinitas ganas de llegar, como un marinero a puerto, ebrio de alegría, sin arpón, y luego Cáncer canta con su guitarra de palo, me da valor, miro árbol a árbol, ciudad a ciudad, miro que la tierra tiene ojos como lagos, lágrimas como niños, y sólo así entiendo que solo esta voluntad de amar y entregarse puede transformar en luz este mundo de sombras, hasta que al fin algo calla mi boca de sorpresas, cruzando las fronteras, porque al fin hemos llegado a la otra vida. La ciudad está hecha de abrazos, de hermanos, luces, gente que te recibe con puños abiertos, hermosos corazones que saltan como chispas, llenos de agua y flores. Amaneceres que lentamente cierran las heridas del dolor, ríos que van al mar con la sapiencia de un terrestre deber cumplido. Volcanes de fuego. Patrias sin cifras. Una insurrección de ángeles desnudos con las armas del amor y los sueños. Me abrazo al sueño, como un escarabajo. Escupo gobiernos. Quemo ciudades. Siembro árboles de luz verde. Esto no es un show, mira, un pacto de intereses comunes, mira, una guerra de pillajes. Siente. Es simplemente un adiós a un amigo. Encendemos un pito entre ojos prohibidos y pasa por el cielo de Centroamérica Chuchú en su aeroplano sin tirar bombas. No está muerto. Los poetas nunca mueren. Palabras, palabras como esas con que los poetas a veces golpean a la vida contra la muerte y sus pobres lágrimas. Eso. No hay otra forma. Sólo otras formas como nubes y libros de reminiscencias. Nostalgias para después. Respiro, respiro, por ti. Respiramos y seguimos. Estamos aquí. El tiempo se ha detenido entre las olas y las palmeras. Huele a coco el mundo. Sé que nunca te harán en la plaza una estatua sobre tu verde caballo, pero aun, lo sé, y sépase, serás, espada de justicia y amor, la canción de nosotros los pobres de la tierra. Los que sin pan cantamos. Los que amamos todos los amores. Los de abajo, los descalzos, los del barro y el maíz. El viento que azota como un huracán. Los que esperamos a golpes de tambor entrar a la vida en los corazones abiertos como puertas de nidos que serán pájaros. Porque, sí, tú lo sabes, sí, la libertad no podrá ser derrotada ni por la muerte ni por los hombres. Nada hay más allá del amor. No hay sombras. Hay un hambre en el mundo que se llenará de ti y de todo el amor de todos los poetas del mundo. Y sin oír tu voz ya escucho que el reino de los cielos está aquí en la tierra. Aquí. Aquí en donde estás con tus voces de seguir vivo y coleando, con tu grotesca voz de Goya y sus disparates, dibujando rostros y hermosas formas de mujer con alas.Entonces, penetrando el misterio como una vulva, de miel, vamos de las tinieblas hacia la luz, sabiendo que después del tercer día tú también serás vida más allá de la muerte y su decir, y que la música lo envolverá todo como un cuerpo en el primer día del mundo oscuro triste y sin alas, y que sonriente hoy la muerte también estará llorando, mientras tu voz gira y gira sin cesar en un nunca acabar de 33 revoluciones por minuto. No sé. Imagino. Escribo. Y es como vivir. Un piano toca himnos en silencio, comandante, hermano, amigo. El tiempo pasa y se queda, girando, en órbita, y todo tiene el color de las sonrisas en las paredes pintadas como amorosos bisontes rupestres. Mangos y azucenas. Nadie, nada, pregunta por ahí, sólo busca, huye, regresa, encuentra, nadie podrá arrebatarnos eso que llevamos de verdad por dentro y para siempre, poeta. Es así. Imagino. Otros mundos. Mañana al alba una luz encenderá nuestros corazones hasta arder por una vida nueva como ayer tu canción profetizó el amor desde el fondo del hombre, esta nuestra elegía contra la muerte. Entonces no será necesario morir, si ya cenizas somos, si polvo fuimos, si piedras hay para la historia con los puños cerrados, y sólo amar, amar, bastará, aquello que desde siempre fue amado sin olvidos, más hoy cuando duelen las palabra y son lanzas en el costado.


PÁGINA 19 – ENSAYO


EDUARDO LAGO
(Madrid-España)

ACERCA DE LA CRÍTICA

Nada peor que una crítica ambigua, que exige leer entre líneas

La crítica es un servicio público. El crítico se tiene que acercar a la obra para hacer de intermediario o embajador entre autor y lector. Es importante mantener para ello criterios de objetividad. Aunque es inevitable hablar desde la propia poética, el crítico debe buscar la objetividad y, sobre todo, tiene la obligación de actuar en defensa del lector, descodificando lo que hay detrás de la obra, y detrás de la obra hay muchos intereses: editoriales, comerciales, etcétera.

El crítico tiene que estar a la altura de la responsabilidad que supone ser considerado por los lectores como un experto, y en este sentido está obligado a manifestarse con claridad. Nada peor que una crítica ambigua, que exige leer entre líneas. Al crítico no hay que descifrarlo, es él o ella quien ha de descifrar honestamente a la autora o el autor. En España la crítica no es independiente, salvo en contados casos, muy reducidos. El crítico es muy consciente de los códigos a los que tiene que prestar atención. Está sometido a demasiadas presiones. Un ejemplo claro y bastante constante es la tiranía de los nombres consagrados. Es una estafa al público lector que una y otra vez es bombardeado con reseñas que le recuerdan que Fulanito o Menganita son poco menos que unos genios. Son muy pocos los que se atreven a tirar de la manta. También ocurre que muchas veces los críticos hacen las veces de peones que otros utilizan para hacer guerras extraliterarias.

En el mundo anglosajón, en el que yo me muevo, sí se advierte más independencia. Si se ha de decir que una novela de Philip Roth ha salido mal, se dice, de un modo razonado. Y el primero en aceptarlo es Philip Roth. Recuerdo una crítica devastadora de James Wood sobre Paul Auster en el New Yorker. En esencia venía a decir que hace mucho que escribía basura. En este caso hay que reconocer que el autor no se lo tomó a bien, cosa perfectamente comprensible por otra parte. No se trata tanto de atacar a nadie, la lección en este caso es que es efectivamente posible y normal hacer una crítica así. El hecho de que en España esto no sea moneda de uso común se traduce en el hecho de que los lectores no se fían de las críticas. Detectan un tufillo que les hace sospechar. Eso es muy interesante: el crítico ensalza a un autor, pero el lector no se fía. Tiene que interpretar la reseña. Otro caso que se suele dar es la falta de generosidad con los que empiezan o son poco conocidos. Ahí sí que se ensañan, porque el enemigo es pequeño. Y es exactamente la otra cara de la moneda. En resumidas cuentas, que la crítica es un oficio de gran responsabilidad, y quien la ejerce está obligado a ser claro y razonar sus opiniones. Un crítico digno del nombre ha de ser alguien muy bien preparado, que debe cultivar la generosidad y la independencia en un difícil equilibrio. En España los críticos que reúnen todas estas condiciones son muy pocos.



PÁGINA 20 – POESÍA AMERICANA

CRISTINA PERI ROSSI
(Montevideo-Uruguay)

El viernes trece de febrero del 2015
A las nueve de la noche.
Yo estaba en la sala de urgencias
Del hospital de Barcelona
Con ciento treinta pulsaciones por minuto
Y la tensión por las nubes
Pero me había puesto una pastilla cardiaca bajo la lengua
De modo que todo estaba descendiendo
Momento ideal para morirme
Pensé
Todos los seres querido lejos
Todo el presente ya pasado
Apagado el móvil
Ninguna obligación
Ninguna demanda
Todo lejano
Todo distante
Salvo mi empleada doméstica
A diez euros la hora
Buen momento para morirme
Todos los seres queridos lejos
Todo el presente ya pasado
Pero no tendré la suerte de morirme ahora
Pensé
Silenciosamente y sin molestar a nadie
Entonces la empleada domestica
Mr acarició la mejilla
Era la caricia mas suave
Mas tierna que yo había recibido
En mucho tiempo
Una caricia dulce y sin palabras
Que valía mas que diez euros la hora
De modo que cuando la médica rubia y simpática
Me auscultó
Mis pulsaciones y mi tensión
Ya eran regulares
"Puede irse a casa " me dijo
Y nunca olvide aquella caricia
Ni el bienestar que me causo
Y no estaba prevista
En el contrato
A diez euros la hora diaria.

ARABELLA SALAVERRY
(San José-Costa Rica)

NO ME CONTENGO
vaso colmado
disparo en diagonal
y hago un círculo perfecto
hacia el delirio

No me contengo
tampoco alcanzo a colocar correctamente
los clavos para sostener estrellas
No me contengo
desaparezco en hostigada ruta
total incontinencia de mí misma

CARLOS LUIS IBÁÑEZ TORRES
(Pamplona-Colombia)

CANCIÓN PARA ISABEL

Sirena que regresas de la infancia,
trayendo un cesto con recuerdos
un pedazo de luna, un pájaro altivo
y mi mirada de niño atrapada
en el blanquísimo encaje de tu falda.
Isabel mujer:
La vida es ahora un mar
que me envejece la mirada.
Lejos está el arroyo de la infancia
y soy un naufrago
con cara de amapola avergonzada.

GRACIELA GUERRERO GARAY
(Las Tunas-Cuba)

REENCUENTRO

Me gusta tu silencio compartido,
tu esperanza de ser y tu alegría.

Degusto aplastar lo que he sufrido
entre el hierro de ser, por tu osadía.

Asusta los espasmos. Cruje fiero.
Duerme al olvido que destruye.

Desgarra las cuerdas del crucero,
convulsiona despierto. Luego,  huye.

BENJAMÍN LEÓN
(La Serena-Chile)

POEMA XI, LA LUZ DE LOS METALES

Lágrima que despoja mi tesón, oscuro germinar
de la insistencia.
Sé que los árboles reviven, que el viento abre sus
fauces y se inunda, que el fuego se destiñe en su
prisión.
Debajo de la noche, una jauría corre veloz a sus
cuarteles: entonces yo te amo.

En la fertilidad aúllas, crujes, abres sonidos llenos
de quebranto y hasta el silencio asciendes.



Un funeral de luz cruza tu cuerpo.



PÁGINA 21 – CUENTO

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

LAS NUBES
Para Toto Míguez y Roberto Vega

Las nubes en aquel tiempo viajaban como algodones sobre el alto cielo al capricho del viento.
A veces eran muy blancas y a veces iban como sucias y anunciaban las lluvias. Si mirábamos a lo alto, inevitablemente encontrábamos caprichosas figuras sobre las cuales no siempre coincidíamos.
Si nos acostábamos sobre la gramilla que era rala en invierno y muy profusa en los veranos, podíamos ver otras cosas. Los pájaros, sobre todo o la luz del sol que las hojas y los gajos de los fresnos o los paraísos filtraban dándonos al rostro una coloratura extraña y que podíamos calificar también de fantasmagórica.
Si lo hacíamos a pleno aire y sol, es decir sin otro obstáculo entre nuestra mirada y esa lámina chata veíamos el vuelo de los pájaros. Algunos volando muy bajo, como las calandrias, los gorriones o los tordos, pero había otros como las tijeretas o las golondrinas que comenzaban sus vuelos muy bajo, pero que iban espaciándose de a poco, en forma tal que su alejamiento de la tierra era percibido luego, cuando formaban puntitos negros, apenas móviles, hasta desaparecer en esa distancia que era razonable pensar como “la inmensidad”, según alentó en versos sublimes aquel poeta inolvidable que fue Jaime Dávalos.
Esto tuvo que ver en otro tiempo, no creo que la infancia de hoy en los pequeños pueblos se viva de ese modo tan íntimamente con la naturaleza relativamente domesticada que nos tocó.
De aquella barrita desmañada sólo quedan en el pueblo dos firmes y queridos exponentes. Porque “los otros vinieron luego”, como certeramente escribió Héctor Negro.
Lo bueno es que a veces nos solemos juntar; todavía tenemos ganas de vernos, y cuando eso sucede, es decir estar ante un asado y un tinto, fluyen las anécdotas como si el tiempo no hubiera pasado, y estuviera detenido en la sierra penetrante de las cigarras que seccionaban el verano sin siquiera hacerse ver entre las ramas y las hojas increíblemente verdes de los fresnos. Cualquier motivo entonces es bueno para seguir con los recuerdos o alguna anécdota compartida que cada cual cuenta según su recuerdo o la percepción que le quedó de aquel suceso tan remoto que sale cálido de las cenizas que albergaron brasas rojas y que son en las manos como gemas guardando su fulgor. Ese fulgor que nos ponía alertas en los amaneceres de verano, cuando el sol asomaba ya casi quemando en ese cielo limpio y nosotros nos juntábamos con nuestras tramperas para cazar pájaros, listos y de pronto en caravana hacia el campo, donde los pechitos colorados se tiraban en la banda amarilla de los trigales que pronto sería hollado por las “fauces hambrientas de las trilladoras” con sus perros y su carrito aguatero.
Esas mañanas que desde la retina niña nos aparece como la huella más indeleble que guarda la memoria.



PÁGINA 22 – CUENTOS BREVES

JORGE M. TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

DEL CELULOIDE

En una tienda de teatro compró el peluquín. Justo el apropiado. Se lo coloca los fines de semana cuando la piazza está llena de turistas y, entre susurros y gritos, lo confunden con Marcello Mastroianni y lo persiguen.



El cine de Spoletto cerró hace diez años. En sus dos carteleras continúan, más o menos legibles, los afiches de Casablanca y de Cleopatra, la Reina del Nilo. Ninguno de los que pasan dejan de mirar a Ingrid Bergman y Humphrey Bogart y a esa enigmática Liz Taylor que sonríe tras un rostro semioculto, junto a Richard Burton. Ninguno de los que pasan olvida que allí se cobijaron sueños. Se tejieron romances. Se robaron besos. Y se inmolaron cien almas.



Vive pendiente de Bette Davis y de Joan Crawford, cómo lloran, cómo se desvanecen, las bofetadas que reciben. Y los besos. Las tiene fijadas en la retina: una en cada ojo. Y a ver cuál la hace llorar más con sus abismos. ¡Cómo se sufre con ellas! A veces piensa que no es justo que todavía no hayan encontrado un galán maduro que las haga felices. Tonta: tendrían que irse de Hollywood, dice su amiga…



No fue más al biógrafo desde el día que Greta Garbo mostró al mundo que sabía hablar.



La última vez que vi una película de Gary Cooper advertí que le costaba pronunciar las erres y las eses. Me dio la impresión como que hubiera tenido labio leporino, la forma suya frente a ciertas dicciones. Si es así, tendrían que cuidarse más en los estudios de filmación. Tanto hacen para seleccionar actores y aceptan algunos que tienen defectos. A mí, precisamente a mí, no me perdonaron la dislalia.





Mi abuelo, Cecil B. De Mille, aseguraba que cualquier cadalso era más misericordioso que ser ahorcado por la diva de turno.



PÁGINA 23 – POESÍA AMERICANA

YANARYS VALDIVIA MELO
(Ciego de Ávila-Cuba)

PREGUNTAS UNIVERSALES

Otra vez vuelvo a mis antiguos tics, mis manías,
pellizco una y otra vez mi rostro
mientras escucho,
siempre escucho atenta,
pero estoy más allá.
Devoro las carne de mis uñas,
el dolor tiene la apariencia de borrar todo a su paso.
Retorno a lugares que temo,
a ese sitio que siempre se asemeja a un cubo impecable
que me detiene y encierra.
Regreso a este espacio reducido, medianamente oscuro.
La dicha no es algo de paso, pero tampoco es definitiva;
la dicha ocurre cuando crees en la belleza
de lo que de por si es incierto,
cuando ves luz en las personas puras, en lo insalvable.
cuando tienes fe en que todos somos en realidad, tan buenos,
y tan apasionados.
Lo que ocurre es otra maldición a nuestra estirpe,
es así que me adentro en estos laberintos de mi alma,
de mi mente apagada, aburrida de tratar de justificarlo todo,
de encontrar una respuesta certera, inamovible,
una respuesta de esperanza.
Otra vez me adentro en ese cubo perfecto
donde arrojo mis preguntas
y mi vida
y él me devuelve lo que más temo,
todas las respuestas.

RUI CAVERTA
(México DF-México)

BUDA DE MADERA

Nos venerarán en el futuro,
Como al Buda de Nara.
Mis agrietados labios sobre tu cuello
Serán el vendaval
Que haga habitable el desierto.
Las pestañas serán el hombre:
pendientes sobre una línea
Que  entona  algo parecido al miedo.
El arco del tendón
Será cuerda eterna ;
Inquisidora del pecado ;
Y nuestro vaivén es el mundo,
Que se agita,
Rechina,
Comiendo a dos manos,
vida y muerte.

JORGE VINITZKY
(Montevideo-Uruguay)

Nocturno XXXl

Conozco la noche.
He transpuesto
los umbrales del sueño
para vivirla por completo.
Noche para amar…
para soñar.
He vagado
entre solitarias callejas
penumbrosas.
Entre luces y multitudes,
entre bailes y vértigo.
Conozco la noche.
He atravesado lo onírico,
para soñar despierto.
Amo la noche.
He desandado por ella,
la mágica senda
del atardecer…
a la madrugada.
(Soy de inspiración nocturna)
Conozco la noche.
Amo sus secretos.
Sé de sus virtudes…
Y sus miedos.

ASPASIA WORLITZKY
(Quebec-Montreal/Canadá)

DIÁLOGO

¿Hijo, te acuerdas de la Margarita?
¿cuando te cambiaba de ropa
para llevarte a pasear al cerro?

Tal vez no recuerdas.

Había un sauce llorón
en medio de la parcela
donde a veces me instalaba
a escribir poemas,
a observarte de lejos.
Te arrancabas del perro
tropezando en los terrones,
recogiendo a tu paso damascos y ciruelas.

¿Te acuerdas de tu escuela,
del overol casero,
los cerdos intrusos
que atravesaban la cerca?
¿Te acuerdas de tu maestra pequeñita
que te enseñaba las letras?

Tal vez no recuerdas.

Tu abuelo en la terraza
liando un cigarrillo,
tu padre en reunión de Partido
y yo cosiendo un parche
de tu pantalón dominguero.

De pronto, un ruido extraño
atronando el cielo entero,
los aviones, los soldados,
un llanto largo y mucho miedo.

¿Te acuerdas hijo
del día que te dije adiós
porque partía al destierro?

En mis manos, la pelota de trapo
que el Juan te había hecho,
“ya vuelvo ligerito, la abuelita te cuida”.

Esa pena de siglos,
esa incertidumbre
quemándome por dentro.

Tal vez no recuerdas
y prefiero que así sea,
que ahora vivas la vida
con la misma entrega honesta
que tus padres aprendieron
en otros tiempos
y en otras guerras.

Quiero que no lo sepas,
puede llegar un día
a destruir tu existencia.

ALEJANDRO DELGADO
(Morelia-Michoacán-México)

PATRONES

mundos clonados en lastimosa repetición
tránsfugas puñaladas de los espejos
que trepanan nombres sin identidad

hay penas sin gloria
glorias que no valen la pena
fuegos con flamas de piedra
rostros esclavos de la mueca

seres silenciados
por sus propias mentiras
mentiras convertidas en seres

otras son las dimensiones
que fluyen como la sal en los ríos
donde la transparencia encarna
la verdad de los siglos en la sangre

el viento que escupe la maldición de los espejos
la mentira del llanto de los relojes

hay almas de seres sin patrones
intimidades que no abrazan las excusas
huracanes donde el sol encuentra su nido
manantiales sin tiempo para el vacío

otros seres en la médula de la búsqueda
que aprenden devotos el designio de los locos
almas sin patrones que se redimen solas
dolores con vía de cometas

porque la libertad es el dominio de las soledades


PÁGINA 24 – CUENTO

NECHI DORADO
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

ELLA CREE Y NO CREE

Ella va por la vida con paso cansado arrastrando penas y alegrías, portando como autodefensa permanente una sola arma bien cargada, prolijamente controlada como para que nunca falle si hace falta: su sonrisa.
Ella cree que hay castigos y no juicios  pero no cree en dioses ni en demonios aunque crea que algo, más allá de lo tangible,  puede andar circundando cada  momento que transcurre mientras el tren de la vida tritura guijarros con dirección efectiva entre las vías.
Ella sabe que hay gente que se  viste con piel de cordero pero es lobo feroz. Y sabe que existen flores y también,  plantas carnívoras pero no cree que devoren hombres, sino insectos.
Cree en entelequias pero no cree en perfecciones aunque jamás profundizó en esquemas filosóficos.
Ella cree que hay noche y que hay día, que hay luna, hay sol y que hay estrellas. Que hay amor y que hay odio, que hay bien y hay mal. Que hay sinceridad e hipocresía.
Ella no cree que lo blanco siempre es bueno o que lo negro, indefectiblemente,  es malo; ella no cree en estigmatizaciones aunque sabe muy bien que sí,  existen.
Ella anda sola aunque a su lado caminen montones de personas, siendo esa soledad su amiga inseparable por esas cosas tan extrañas de los andares. No acostumbra  pedir, rogar y mucho menos suplicar, trata de ser racionalmente irracional, o quizás, irracionalmente racional aunque en realidad cree que no lo ha logrado, todavía.
Podrá parecer extraña, misteriosa, trashumante,  pero yo miro sus ojos y leo en ellos como quien dirige su mirada  a un libro abierto. Y conozco su pena, la última, la más desgarradora entre otras no menos desgarrantes. La que le permitió deducir, sin tanto esfuerzo,  que una gran pena arruina, muchas veces, a la más bella alegría. Lo aprendió como quien asimila una lección dictada a cachetazos un día en que frente al mar se le ocurrió contarme que ella cree y no cree cuando se trata de diferenciar a la vida de la muerte.
Me contó que hubo una vez en la que un pequeño colibrí le susurró al oído antes de emprender un viaje hacia la nada.
 -Mi pequeño colibrí, me dijo ella:
-Fue una mañana de aquellas que uno no quisiera sufrir de ningún modo. Quedó como tatuada a fuego sobre los jirones de un alma incinerada, que era mía.
-Fue una mañana de esas en las que como frente al golpe artero de
un hachazo,  se derrumbaron esperanzas amasadas.
-Mi pequeño colibrí alzó su vuelo incierto, no se, rumbo a cualquier
estrella de fuego. Voló con la fuerza de un águila imparable
rumbo a algún pozo  insondable que no estaba abierto, en mis sueños.
-Ni imaginado siquiera. Y siguió contándome:
-Mi pequeño colibrí alzó su vuelo confundido entre nunca de olvidos y  siempre de recuerdos. Y ya no pude verlo, ¡tan alto que voló y yo lo esperaba con mis brazos abiertos, ensayando caricias para darle, ni bien llegara a este mundo tan complejo!
-No me dejó mecerlo. Tampoco pude cantarle alguna nana tal como hiciera mi abuela cuando me acunaba entre sus brazos tiernos.
-Mi pequeño colibrí alzó algún vuelo dislocado, errante, abandonado
de mi mano, en la que hoy  falta la suya.
-Y yo, -¡tan fuerte yo,  según me creen! No fui capaz de seguir ese vuelo, tan solo quedé observándolo de lejos, paralizada, inmóvil, enredada en una nube de pánico asfixiante.
-Y él, tan pequeño, indefenso, solitario, pudo cargar en su piquito de oro
un trozo del alma rota, que era mía.
-¡Tan solo estaba mi pequeño colibrí! ¡Tan solo estaba! que alzó su vuelo eterno sin darme tiempo, siquiera, para entregarle un beso. Apenas pude bañarlo con mi llanto.
-Se alejó dejándome los ojos oxidados,  el corazón sangrando casi yermo y esta tristeza infinita que no cesa, anclada en mis sentidos.
-Por eso creo y no creo, dijo ella,  porque no encuentro explicación cuando de los ojos brotan lágrimas y alguien dice que apenas si son pruebas a las que debés aceptar, ser sometido.
-Es entonces, amiga mía, continuó diciendo, cuando tu alter ego se formula mil preguntas que nadie habrá de poder responder de ningún modo. Sin embargo, pese a todo,  sigo creyendo que es ilusorio que los conejos vivan en el estómago de las galeras. Pero no creo que el sol pretenda  clandestinizar a gritos a la luna.



PÁGINA 25 – ENSAYO

RODOLFO ALONSO 
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

¿PARA QUÉ SIRVE HOY LA POESÍA?

La sociedad de consumo, la sociedad del espectáculo, nos han embebido en su atmósfera estridente y demagógicamente chata, que se ha convertido en el aire que respiramos, en una seudo-cultura populista y no popular producida seductoramente por los grandes medios masivos de incomunicación.
Si la poesía tiene todavía algún sentido, en estos tiempos de miseria, es cuando continúa encarnando, a pesar de todo, aquello a lo que Wallace Stevens aludió tan cabalmente en sus Adagia: “la dicha del lenguaje”. La sociedad de consumo, la sociedad del espectáculo, nos han embebido en su atmósfera estridente y demagógicamente chata, falsa en el doble sentido de imitadora y deshonesta, que se ha convertido en el aire que respiramos, en una seudo-cultura populista y no popular producida seductoramente por los grandes medios masivos de incomunicación. Con sus efectos deletéreos sobre la espontaneidad creadora de la gente, inclusive del lenguaje, especialmente del lenguaje.
La cuestión es que si decae el lenguaje humano, decae la condición humana. Porque no usamos el lenguaje, insisto, somos lenguaje. Y cuanto menos lenguaje somos, somos menos humanos, menos hombre. Hemos vivido acaso sin percibirlo una mutación, y ahora estamos inmersos no sólo en una civilización cuyo centro ya no es el lenguaje sino que incluso ataca las fuentes del lenguaje. La crisis actual de la poesía no es entonces quizá tan sólo la de un mero género literario sino que, algo muchísimo peor, es la manifestación máxima de una carencia muy profunda en cuanto a la espontánea capacidad creadora de lenguaje por parte de los hombres.
Cada vez que hubo una gran poesía, por alquitarada y elitista que pareciera, siempre estuvo secretamente ligada, aunque fuera por oscuros meandros, con una lengua viva realmente hablada por un pueblo, por una comunidad. Ante la amenazante posibilidad de extinción de la gran literatura ¿cada uno de nosotros debería, como ya lo anticipó Ray Bradbury en su Fahrenheit 451, esconderse para preservar vivo, aprendido de memoria, el texto de un gran libro? ¿O será suficiente seguir escribiendo el poema?
Porque “la palabra no sería deliciosa si no significase una calidad”, ¿no es cierto, Gabriel Miró? Y el hombre que labra amorosamente el lenguaje que es a la vez suyo y general, íntimamente propio y al mismo tiempo de la especie, el solitario que cumple después de todo la más significativa y necesaria función social, pudo ser nítidamente percibido por Michel Butor, ya a comienzos de la década de los sesenta: “El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas humanas, está en peligro.”
Me parece sin duda evidente que la comprensible y valerosa reacción mundial de los ecologistas (a la cual hemos visto sumarse hace poco tantos partidarios de la paz) ha logrado, hoy, llamar la atención sobre las consecuencias deletéreas que la adicción suicida por el poder global y la riqueza obscena ha tenido sobre la calidad de la vida humana y de la vida sin más en nuestro planeta, poniendo el acento sobre los daños geográficos, ambientales, concretos y visibles. Pero me temo que todavía no se ha percibido la enormidad del daño psíquico, cultural, estético y esencialmente humano que hemos sufrido para adaptarnos a esta maquinaria que ha enloquecido, cuyo único y delirante objetivo es hacer más dinero del dinero, hasta el infinito. Y que, en consecuencia, sería necesaria también una lucha ecológica a favor de la condición humana, de la calidad humana de la vida humana. Sin abandonar en absoluto lo otro, por supuesto. Hay un agujero de ozono pero también un abismo (si es que no un cáncer) en el espíritu.
Como casi todas las cosas del planeta, la poesía ha sido hoy completamente desacralizada. Y si tal pudo ser acaso el objetivo de las vanguardias de comienzos del siglo XX, seguramente no lo fue en el sentido actual. No creo por ejemplo que la fuente-mingitorio de Duchamp tenga la misma longitud de onda y la misma orientación de sentido que tantas “instalaciones” en frío y tanto supuesto “arte conceptual” hoy extrañamente asumido como neo-academicismo, casi siempre de carácter oficial y con patrocinadores multinacionales que nada tienen que ver, ciertamente, por ejemplo con gente como Lorenzo de Medicis. Después de todo, ya en el siglo XVI, Francis Bacon podía decir que “La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión”. Y sobre todo del error que es errar, errante. En lo profundo, en lo visceral, cuando nos quedamos a solas y se acallan los ruidos y se apagan las luminarias, Rimbaud sigue en cuestión, y cuestionándonos.


Y para concluir, al menos por ahora, enfrentemos nuevamente aquella misma consabida pregunta, de una inocencia demoledora, que alguna vez me planteó en público un colega venezolano: “En la época que vivimos, ¿qué misión le asigna usted al poeta?”. ¿Cómo evitarse decir que quisiéramos que el poeta fuera capaz con su trabajo a la vez de realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una orilla virgen del universo, y a la vez general, compartida, fraterna, solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el no poco glorioso de volverse saludablemente anónima, ya sin autor ni tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano? Ni traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al mundo. Y siendo uno ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo que podríamos ser, quizá lo que seremos. Pero bien sabemos que, por ahora, la única gloria honestamente deseable ya no es siquiera ni la de vivir en el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje, recién amanecido, temblorosamente inclinado, tendido, hacia los otros, hipócritas o no, semejantes, hermanos.



PÁGINA 26 – POESIA AMERICANA

JIMMY VALDEZ-OSAKU
(Nueva York-Estados Unidos)

POR SUPUESTO ELLA

Para desafiar a la muerte me puse un piano en la sien, un clavicordio atronador, inexpugnable. Subí hasta el barcón, grité todos los agujeros de un solo golpe,  respirando un aire lánguido y sombrío, pero frecuente.  Pensaba en Galileo y la oferta de planetas aplanados, el silencio de Dios desvergonzadamente a carcajadas, la misma teoría del dos más dos más  la certeza de que la piel de cabra sirve para disfrazar la mordedura de las serpientes.

Me escucho. Comienzo a ser siniestro como un zaguán oscuro, desde la mañana he sido todas las cosas, y la embriaguez juega su papel efervescente:  

Qué hermosa es la ciudad en su implacable bostezo de día festivo, mi cuerpo cae en un brevísimo otoño de hojas. 

RUTH VEGA PUÑAL.
(Cuzco-Perú)

Enmarañada a los vientos que azuzan las hebras
Destruyo mis dientes intentando devorarme un corazón
Mientras la humedad persigue las estelas de los espasmos
Criaturas de tierra y agua
Al fin solo barro 
Engendros de huesos, fibra y glándulas 
Al fin solo materia
Sonoridad hiriente fagocitando el silencio 
Violento desborde de lacrimales 
Decantan un desvariado mar Muerto 
De órbita en órbita donde flotan los cadáveres del alma.

MARGARITA MUÑOZ
(Chihuahua-México)

RIOVERDE

Noviembre se acerca y hace frío
Hoy quiero regresar
recobrar el otro lado de los sueños
Los eucaliptos conservan la nostalgia
Sus siluetas tratan de alcanzar el cielo
Se cimbran y mecen en lo alto
las ramas cargadas de recuerdos
acarician un silencio de voces infantiles
grabadas en los muros de ladrillo
de mi casa
La memoria es un aroma de leche hervida
escanciada en pocillos de aluminio
de pan horneándose en la estufa de leña
de fuego crepitando en el hogar
Eres tú Madre
buscando el resplandor de una sonrisa
Es un frágil instante
una tibia ráfaga de amor que resucita
en el olor frutal de un té
de flores de naranjo

MIGUEL CRISPÍN SOTOMAYOR
(Santiago de Cuba-Cuba)

AMORES

Ese viento que te besa el rostro
y golpea al intruso, lo amo.
Como amo la lluvia que empapa
y recorre tu cuerpo sin excusas.
Amo la soledad que grita y espera
que aparezcas desde algún lado de la sombra
y a la Luna, con solo imaginar que la estés mirando.
Amo el tiempo que muere y se lleva con él
los mejores recuerdos y a los amigos
que están, pero ya no se ven.
Amo y sueño la revolución que se desgrana
porque dio mucho más y no podía.

CARLOS LÓPEZ DZUR
(Orange County-California-USA)


CONTRARIO A LOS INDIVIDUOS

Contrario a los individuos,
nacidos para ser almas solares,
elohims de sol que construyen la patria,
las comunidades, avisan que
el trastorno avanza con su angustia violenta
y movimiento de cognición alterada
y función disruptiva.

En conato de emociones,
la comunidad saca su lengua de perro agotado,
su salivosa sarna y pugna neurodegenerativa
porque parece que anticipa
60 años de fracaso, 60 años
en función autónoma / de crisis /
yendo a la muerte en residenciales
del pobre y al autoaniquilamiento discreto
que cunde ya los barrios ricos.

No se discuta ya sobre el Sol de Helios
en la mañana de los radicales
con sietes fuegos que plenamente
el amor restauran. Ya no.
No se espere en la noche de Vesta
compañía de la más amada
señal de luz, en fragua colectiva.



PÁGINA 27 – CUENTO

ORLANDO VAN BREDAM
(Villa San Marcial-Entre Ríos-Argentina)

CUENTO DE HORROR

Esta misma mañana, hace unos momentos, usted encontró un cadáver en el baúl de su automóvil. Al espanto, le siguió el gesto instintivo de soltar con violencia la tapa y retroceder unos metros. Con el pulso acelerado, se acercó hasta el coche y contó hasta diez, incrédulo, antes de abrir el baúl nuevamente.
No había dudas, era un cadáver. Bastante desfigurado el rostro, con sangre todavía fresca que se deslizaba por la alfombra hacia el guardabarro izquierdo. Un muerto desconocido. Jamás había visto esa cara, ese torso pálido, esas piernas largas y velludas flexionadas con torpeza, seguramente por el homicida que colocó el cuerpo en el baúl. Un hombre semidesnudo (apenas unos calzoncillos y unas medias) de unos cuarenta años, con una herida sangrante, tal vez de un balazo, en la sien derecha, y varios hematomas y en su automóvil. En el automóvil que usted todos los días utiliza para ir a la oficina. En el automóvil que ha permanecido (como usted cree) toda la noche en el garage.
Ahora recuerda que abrió el baúl para cerciorarse de que en el lavadero no habían olvidado cargar el gato como alguna vez sucedió. Entonces piensa en el lavadero. Le entregaron el auto ayer, a última hora. ¿Y si el homicida es alguien del lavadero? ¿Y si el cadáver estuvo toda la tarde y la noche en el baúl? Sin embargo, parece sangre fresca. ¿Y cómo sabe usted si es sangre fresca?
Primero piensa que lo mejor es avisar a la policía. Después advierte que no será fácil explicar el hallazgo. Necesita un abogado. Se acuerda, entonces, de un amigo. Después de cerrar por segunda vez el baúl, abre la puerta que comunica al garage con el living. Y en el living ve, con horror, una camisa y unos pantalones que no son suyos, que levanta del piso para comprobar, también con horror, que están manchados con sangre.
A esta altura usted ve alejarse la posibilidad de llamar a la policía. Sobre todo cuando sigue las gotas de sangre hasta el dormitorio donde su mujer todavía descansa.
-¿Por qué volviste?-pregunta ella.
-Encontré un cadáver en el baúl del coche- contesta usted con fingida naturalidad.
-Ah, ¿era eso?-contesta ella- pensé que te habías olvidado del resumen de la tarjeta de crédito. Ah...y no te olvidés que hoy vence la luz y el teléfono.
Encontré un cadáver...-insinúa usted no muy convencido.
Te escuché- dice ella, inmutable- la semana pasada fue un ahorcado en el jardín, hace tres días un ovni debajo del limonero.
¿Pensás que estoy loco?- usted pierde pie, se desbarranca.


Te creo-lo consuela ella- pero sucede que hay tantas cosas urgentes que solucionar en esta casa.



PÁGINA 28 – ENSAYO

ROSINA VALCÁRCEL
(Lima-Perú)

TOMÁS BORGE: POESÍA AL VIENTO
 a propósito de Poesía Clandestina Reunida

Es para mí una alegría participar en este encuentro de homenaje a nuestro querido amigo comandante Tomás Borge, integrante y dirigente de las fuerzas independientes de Nicaragua, enarbolada por el Sandinismo.
Para mí Tomás Borge tiene una significación muy particular, pues, lo vi accidentalmente en la casa de mis padres, en una de esas llegadas sorpresivas de hija casada. Mi padre, abierto a conversaciones, despierta mi interés de conocer a este hombre libre de no callar sus inquietudes políticas y revolucionarias. Entendí su estadía cuando mi padre me dijo en la despedida: «No comentes que has visto a Tomás Borge». Me retiré con las imágenes de Carlos Fonseca Amador, Silvio Mayorga y tantos otros fundadores del Frente Sandinista. ¡Qué cálido fue Tomás aquel día! Ese fue mi primer encuentro y mi comprensión del Frente en boca de su líder. Como también, y por qué no, descubrí parte de su alma poética, sus imágenes, como chispazos líricos, me perseguían sus poetas: Lorca, Alberti, Hernández, Aleixandre, Neruda. Así me formé de él, con el correr del tiempo, su integridad fuerte y sensible.
Luego, de esa clandestinidad de años atrás, ya en La Habana, en 1987, en el Palacio de la Revolución, en un recinto aparte nos sorprendieron Fidel y Tomás. Después del saludo protocolar de Fidel con el grupo selecto de compañeras del Frente Continental de Mujeres, recibí un fuerte abrazo inesperado y, como siempre, las palabras halagadoras del nicaragüense: «Qué gusto de verte peruanita linda».
Nuestros encuentros fortuitos pero cariñosos dejaron hálitos de pláticas truncas y esperanzas pendientes, como colgadas en los cordeles de ropa para retornar por ellas. Y en el corazón de Miraflores, en una cafetería, charlamos como viejos amigos, con el tú a tú de camaradas, y me sentí bien. Hablamos del genocida y ahora condenado Fujimori, de su gobierno, de los presos políticos, de los desaparecidos. Y le regalé el poemario Una mujer canta en medio del caos (1991), y hablamos de Nicaragua. Y los silencios hablaban de historia, de desarraigo, de ausencias, también de proyectos y contradicciones. Era el icono turbador, el hombre con sus pies fatigados sobre esta tierra de aparecidos. Tomás y la Historia que arde y nos desgarra. Él, temerario y sus remembranzas. Y me susurra casi al oído: «¿Recuerdas Reportaje al pie del patíbulo?», y guardó silencio. «Sí, claro, Julius Fucik, el checo, la prisión, el ángel de la alegría», le respondí. Él tenía algo de violento, pero más de alegre y audaz. Me habló de Cortázar, de Gabo, de Amado. Confesó como un adolescente: "Amo los crepúsculos y odio a los traidores. Amo a los pintores intensos casi marginales, soy inmune a las balas y al temor al infierno".
¡Cuánto de común tienen los sueños, las revoluciones y la poesía!
Hay una fuerza en el hombre que determina su destino de modo irremediable. Este impulso poético se torna evidente a cada instante a través de las expresiones del amor, impulso que tiende a trascender en una comunión con el todo, con sus propias leyes irreductibles a las pinceladas cartesianas. Así la poesía florece como voz de ese impulso hacia un destino vital, y la providencia se manifiesta en la poesía como un hecho indiscutible.
Ahora encuentro «libre» su Poesía clandestina reunida, ya no clandestina, secreta, la que viajó por montes, selvas latinoamericanas, la que llevaba en el bolsillo, en el corazón, en el rifle. Y las coplas perduraron gracias a las compañeras que lo amaron.
Tomás Borge cantó a la Revolución y al amor, a sus amigos y enemigos, a su Nicaragua querida y a Sandino, a sus ascendientes y descendientes. No podían faltar un José Martí, un sueño con Carlos Fonseca, un Bolívar con su Manuelita Sáenz, un Salvador Allende; y Marcela, Camila, Juan, Sebastián: sus amores. Todos estaban en la gran mesa a la hora de compartir su poesía, a la hora de distribuir su amor. Y entre juegos poéticos desafía sus dudas, en contrapié con Dios y el ateísmo confeso. Gracias a Flaubert se enamoró de las piernas de Madame Bovary, hasta que llegó Marcela / bella amada / con su voz de violín y sus ojos de vino tinto[1].
Como todo poeta y revolucionario deja en claro sus preferencias, los gustos estéticos en Confesiones: Odio a los traidores… // Me gusta el crepúsculo… // Prefiero las metáforas / imperfectas y locas… // Las pinturas intensas / aunque al pie de los colores / la firma sea desconocida…[2]
Su poesía no es ajena a la muerte, en Esto no es un Testamento: …Voy a morir / sigan ustedes / que la vida es hermosa / Es un animal en celo / la gran fiesta verdadera // Voy a morir / para seguir viviendo[3], pero ante todo está la vida con sus bosques, ríos, volcanes, abejas, que se fusionan con metáforas humanas. Pero en general, está presente el amor y la mujer como eje preponderante en la poesía de Tomás Borge. Su poesía recorre el cuerpo erótico de la mujer en Lo que ella dijo: …Soy una mujer / de aceite / y clavos de olor / de estrellas / laterales / para husmear…[4]; como también por el deseo profundo de la contemplación o del éxtasis en Declaraciones: …Amo la frambuesa / escondida en la raíz / de tus cabellos / La lentitud de tus muslos / de tus caderas / transparentes…[5]
La frescura del poeta reside en el alma joven, sin edad, como Goethe, y Borge nos lleva en Pergamino: Ya estoy viejo / pero mi amor es joven… // Es un caballo / que salta murallas y come flores…[6].
Finalmente, Tomás Borge nos deja su huella, su traza de Lima en En Lima: Al otro lado Pizarro / el convento / el río hablador / unos balcones hechos para mirar / esta bravía historia… Y vuelcan en su memoria la sensibilidad revolucionaria y poética de dolor humano: Lejos / los cuerpos / descuartizados / de guerreros y poetas / escarban mi ternura… Y retorna sosegado al presente: …Aquellos sueños regresan / para despertarme en este jardín / donde los héroes abundan / como gente / ruiseñores / palabras nuevas.[7] Así Borge nos dejó su impresión de nuestra Lima, también su Lima.
Gracias, Nicaragua y Marcela Pérez Silva, por darnos la grata satisfacción de la publicación del libro Poesía clandestina reunida, labor ardua que demandó tiempo y dedicación, con notas esclarecedoras. Impecable edición, gracias a Lucía Arellano.
Gracias, Nicaragua, por tu tradición literaria, por tu Rubén Darío, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra, Juaquín Pazos, Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Rosario Murillo y otros. Gracias, Nicaragua, por el poeta y revolucionario Tomás Borge.
Gracias, peruanos y latinoamericanos lectores, por compartir este libro que acoge más aún al comandante Tomás Borge como hijo ilustre adoptivo del Perú y de Latinoamérica. Hasta pronto querido Tomás.
Lima, agosto, 2014.
-----------

[1] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014. Madame Bovary, Manuela, Marcela y las otras, pág. 53
[2] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014. Confesiones, págs. 12 y 13
[3] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014.Esto no es un testamento, págs. 10 y 11
[4] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014.Lo que dijo ella, pág. 153
[5] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014.Lo que dijo ella, pág. 124
[6] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014.Pergamino, pág. 82
[7] Borge, Tomás Poesía clandestina reunida. 1era. Edición. Julio 2014.En Lima, págs.40 y 41
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PÁGINA 29 – POESIA EUROPEA

ANDONI K. ROSS

CONSTERNACIÓN.

¡Qué harán el siete y el dieciséis por vosotros!...
¿Qué harían todos aquellos catorces de abriles fríos?...
Yacer, yacer, yacer en lo irrenunciable
y estimular estambres de consternación infinitos.
 
No digo de la destemplanza en los andenes gélidos,
ni de la que sienten los amantes
cuando la luz ha roto lo que queda de dos;
no hablo de la consternación del sicario
ni de la del traidor del Partido o del Sindicato, ni de la del cuerpo
que no ha sido propuesto al fuego purificador.
 
Digo del ‘antes’, de lo que ha acaecido antes del ayer,
hablo de la desolación de los guarismos
raíz, en la soledad de los conjuntos;
de la perenne certeza de una vida sin amanecer.

FLAVIA COSMA
(Bucarest-Rumania)
 traduccion de Luis Raúl Calvo

LOS HUEVOS

De donde he acumulado anoche tantos huevos,
que en mi sueño se rompían ruidosamente
al mezclarlos, transformándolos en una pasta blanda,
como un corazón herido, confundido por la añoranza.

La gente se amontonaba para el festín,
los huevos chisporroteaban en el sartén,  
y yo pensaba: que pena
destruir de una vez tantas semillas
que habrían podido un día dar vida
a tantos pájaros
pues  toda la gente sabe
que si con pájaros  vas a soñar
amor vas a encontrar.

ISABEL REZMO
(Úbeda-Jaén-España)

ALEJAMIENTO

Aleja el vaho en su sonido,
inmensamente torpe como la vida
en su ramaje, en su placidez de escarcha.
Se aleja entre mares rocosos,
entre la frialdad de una pestaña,
y en el cuerpo inerte de las rosas,
deja un sendero de roces.
Cuerpo...cuerpo, ronquido superfluo
entre las notas y las dunas.
El mar se está callando en los sonidos
y el alma es un álbum de cromos
donde luchar los segundos.
Entre azul lo pones
y en el rojo lo quitas.
¡Ay el alma como se agita
en el frasco de formol
de las olas!
y la muchacha duerme en paralelo
a la meditación, o la piel.
Suspiros en torpes azucenas
y la violación es un hecho consumado de las batallas.

MAHMUD DARWISH
(Acre-Palestina)

CONFESION

Soñé con la boda de la infancia.
Soñé con dos ojos enormes.
Soñé con la chica de la trenza.
Soñé con un olivo que no se vende
por unas pocas piastras.

Soñé con las imposibles murallas de tu historia.
Soñé con el aroma de los almendros
prendiendo la tristeza de los largos nocturnos.

Soñé con mi familia,
y el brazo de mi hermana
ciñéndome con un cinto de heroísmo.
Soñé con una noche de verano,
con un cesto de higos.
Soñé mucho,
muchísimo...
¡Perdóname por ello!

NORTON CONTRERAS ROBLEDO
(Malmö-Suecia)

RENACIMIENTO

Ahí estás
suspendida
en los laberintos
del momento
que te dejaron…
perpetuada…
inmóvil
de perfil sublime
levemente inclinada
hacía atrás
el cabello
semi cubriendo un ojo
aspecto de
femme fatale
sonriendo
lujuriosa
tu boca
tentación
tu labios
en los limites
de mi desesperación…
mis ansias…
mordiendo mi gana de ti
suspendida en la lujuria
de tu mirada…
mi deseo urgente
explosión volcánica
me inmolo
en la calidez de tu ser
el tiempo
es el ritmo
de tu pasión
tu cuerpo
tu cintura
tus caderas….
explosión
Vía Láctea.
Sucumbimos
en medio
del epicentro
de tu geografía…
renacemos
en las constelaciones
de una nueva
Galaxia.



PÁGINA 30 – CUENTO

AMANDA PEDROZO CIBILS
(Asunción-Paraguay)

EL SEÑOR DE LA NOCHE .

Rosalí estuvo todos esos días pensativa. Miraba desde su sillón de mimbre a su nieta que cantaba, perdida en un sueño repetido, donde se le aparecía el amante nocturno con su olor a monte y misterio, destapándola despacito para ir hundiéndose después con fuerza en su cuerpo, sin decir una sola palabra. La nieta Atilana había cambiado desde entonces. Ella, la tristona, estaba loca de contento. Ella, la que no paraba de contar sus penas, callaba tercamente ahora, pero en vano: se le notaba a la legua que andaba en amores...
El tronco como desnudo de la nieta, los pasos que no se oían al borde de la cama, sino más lejos y como afuera bajo los mangos, el olor a sobaco húmedo que quedaba pegado hasta en las paredes de tacuara y barro colorado después de que el amado intruso hurgara bajo el camisón de bombasí rosado de Atilana, sin que ésta hiciera nada, salvo exhalar su olor nuevo para juntarlo con el otro aroma casi desvanecedor, fueron haciendo el injusto milagro de rejuvenecer a la anciana sin lograr traerla devuelta de su carne machucada sin remedio.

De día, no podía dormir. Quería apropiarse con los ojos de Atilana. A veces le dolían las arrugas cuando con su escasa vista percibía un arañazo en los hombros carnosos de la muchacha o un moretón azulado en el cuello. De noche, tampoco podía, porque esperaba con los ojos prendidos en la oscuridad el andar extraño que no se podía oír, sino sentir solamente. Se había llegado a comer un poco de tabaco que él, en su silenciosa puntualidad nocturna, dejó tirado en el borde del catre.

A Rosalí le sirvió la pequeña sustancia marrón para el día entero. Se la pasó mascando de a puchitos, hasta que tuvo que resignarse a tragarse con la saliva terrosa el último resto de sueño que le quedaba. Después se quedó pensativa en el sillón de mimbre, fraguando la felicidad, el colmo, el desespero amoroso.

Esa noche iba a concretar la locura. Ni pudo tragarse el guiso de pájaros que Atilana preparó casi sin darse cuenta. La muchacha así venía haciendo todas las cosas en los últimos días, desde que empezó a florecer en la humedad de la noche. Así que Rosalí enredó tanto las cosas, inventó las mil y una, y entre vuelta y vuelta de cuentos que iba soltando a la nieta, ésta no pudo rechazar un vasito de guaripola. A un vasito siguió otro, y finalmente Atilana terminó durmiendo en la cama de su abuela, y ésta se tumbó en el catre de la muchacha, envuelta en el camisón rosado de bombasí que olía a una flor y a un cielo cargado de lluvia.

LLegada la medianoche, Rosalí tenía el cuerpo dispuesto, aunque el cuerpo no hacía honor a su arrebato. Primero, en la noche, se sintió una alteración de gallinas desde la esquina del tatakua. Después, el viento pareció detenerse sobre la puerta y Rosalí sintió con el olfato que él, el amado silencioso, ya estaba allí, que la tocaba casi, que lo tenía encima, hurgándole el camisón rosado de bombasí con una violencia increíble, que la arrojó sobre sí misma y la replegó con su sorpresa y locura. En el centro mismo de un relámpago, tuvo todas las certezas en un solo instante.



Lo vio, más fuerza que cuerpo, más negro que el más oscuro de los pecados, más húmedo que la respiración del abuelo cuando el asma lo sumía en la demencia. Puro pelos y ojos encendidos, el amado sustraído por una noche, el apenas entrevisto, silbó una sola vez, y la estranguló. Dijeron al día siguiente los otros nietos, que el Señor de la Noche, aquel cuyo nombre en guaraní no debía ser jamás pronunciado, había estado en la casa, y que había matado a Rosalí para violar a Atilana, que empezó a vagar su delirio incurable desde ese momento y para siempre, bajo los mangos frondosos y la dudosa soledad del tatakua.



PÁGINA 31 – CUENTO

CARLOS ORIEL WYNTER MELO
(Ciudad de Panamá-Panamá)

EL ESCAPISTA

Conocí a Vitorio Casagrande en una cantina. Sí, bebiéndose litros y litros de alcohol. Aunque rodeado de mujeres, se veía harto. Abordaba una, conversaban y, después de mirarla y remirarla, después de no encontrar algo buscado con insistencia, la despedía. Regresaba a las botellas. Si volvía a armarse de ganas, tomaba a una mujer diferente y repetía el procedimiento. Nada. Luego me aseguraría su esperanza de ser sorprendido. La sorpresa era muy importante para él; como en aquella cantina, la perseguía en cada cosa. Al final de la noche, se fue renqueando; para mí sólo era un borracho más.
No supe de su fama hasta que asistí a su espectáculo. Fue una presentación sublime. Vitorio ataviado de negro, se metía en una caja del mismo tono. Silencio y todo el asunto, sólo la figura de su asistente, vestida de hada madrina, mantenía el lugar vivo. Luego quitar la caja negra descubriendo una caja negra de menor tamaño, quitar la nueva caja y que pasara lo mismo, y de nuevo, como en las muñequitas rusas donde una esconde siempre otra, hasta que se llegó a una cajetilla como para cerillos. Y ¿dónde estaba Vitorio si antes de que lo guardaran se revisó el suelo y se mostró el interior de la caja? El público soltó un ¡aaahh! de admiración. El hada madrina mantenía la caja de cerillos a la vista de todos. La lanzó al suelo. Surgió una llamarada como con chispas y humo. Vitorio apareció, vestido de blanco y con una sonrisa vacía. Es decir, yo sentí su sonrisa vacía, como la noche de las botellas y las mujeres, tan de hastío.
En ese tiempo yo tenía un hambre de revelación metafísica, que a todo le ponía significado. Percibí el acto de Vitorio como un viaje. Los misterios, como las cajas de la presentación, son negros. El detalle laberíntico, tipo muñequita rusa, me pareció simbólico. Tanto me agradaron esas imágenes que decidí meterme a su camerino y conocerlo, decirle que yo compartía su visión y que agradecía su forma hermosa de comunicarla. Me deslicé entre la gente, como yendo a los baños, crucé un pasillo y llegué a la puerta. Me miraban las letras doradas:
"Vitorio Casagrande. Escapista".
Al principio me decepcionó: yo hablaba mientras él fingía bostezos y se limaba las uñas. Le parecí un frívolo buscador de autógrafos. Le dije que su acto era impresionante. Y me dijo que no si lo había visto la semana pasada. Le dije que el show era trascendente y contestó: "Comercio, hijo, comercio, cuando se repite para que la gente se lo aprenda el asunto es comercio". Pero me prestó atención cuando le hablé de lo alegórico. "...Usted viste de negro al principio, con las tinieblas de la ignorancia, se lanza a un dédalo de misterios, el mundo tal vez, su búsqueda llega a la ansiada profundidad, que resulta ser la nadidad, entonces lo toca la gracia, la que usted de manera concordante representó con un hada madrina, y con ella, por medio de ella, ocurre la iluminación: reaparece pero vestido de luz, de blanco, de sabiduría". Durante mi explicación se había recostado en el asiento. Me miraba desde ahí con una ligera sonrisa. Exclamó: "Tenemos un filósofo entre nosotros, ¡aleluya!, invitémosle un trago".
Nos fuimos a un prostíbulo cualquiera. Nos sentamos en la barra y despues de pedir dos whiskys, me soltó más o menos estas cosas: "¿Así que te gustó mi acto?", asentí con la cabeza, "pero si te he dicho que es comercio: ya no hay sorpresa y la gente perezosa, la que quiere las vainas masticadas, lo compra. Por supuesto, no me refiero a ti, filósofo: tú le diste un giro que te asombró. ¿Cómo era lo que me decías del negro y los misterios y el hada madrina..? Si es verdad que no era la idea del acto decirte todo eso, también lo es que a veces se meten ese tipo de cosas, deseos, fantasmas, como duendes. Yo había soñado con un hada madrina que, no me lo vas a creer, me tocaba con su varita mágica y me llevaba a lugares increíbles. Después de eso, preparé mi acto y salió lo que tú interpretaste. Y me ha pasado varias veces, tantas que he perdido la cuenta. Trato de cambiar el acto lo más pronto posible y de que tenga algo de mí, íntimo. Me entristece el tedio, ver a la gente pasmada con lo mismo. ¿Me creerías que prefiero cuando no entienden, cuando se quedan, como con algunos actos nuevos, tan desconcertados que el agrado no les llega hasta después? Es que eso es vivir, eso es vida. Yo tengo que arrancársela a los callejones, al fondo de un vaso, a las putas, y se la sirvo a mi público en bandeja de plata, en la comodidad de sus asientos, espantando el fastidio: ¡qué más quieren! ¡Hay tanto tedio en la calle, hombre, tanto tedio..!".
Mientras él pedía otra bebida, un vodka ("ya me cansó el whisky de mierda este"), yo le hablo de las metáforas: cosas que representan otras cosas. "Encuentras diferentes significados a la vida por medio de las metáforas. ¿Sabes lo que significa eso, hombre? No más tedio; vi-da-nue-va-ca-da-ma-ña-na".
Él niega con la cabeza, con energía: "Yo he probado todas las metáforas. Yo soy un "metaforeador". Y te voy a decir algo, son finitas, tarde o temprano te encuentras con el tedio, el todo poderoso tedio, la-vi-da-li-mi-ta-da". Y eso discutimos el resto de la noche, en un bar, en un restaurante, finalmente en la acera. Nos fuimos a dormir.
Algunos días después volví a colarme en su camerino. Se alegró mucho de verme: "¡Filósofo!", gritó, "siéntate, hombre, siéntate. Tienes que salvarme: dime algo nuevo, interpreta mis presentaciones. Ahora sí estoy aburrido, aburrido en serio. ¿Crees que en Europa o en Oceanía o en Australia haya sorpresas para mí? Si te has dado cuenta, no se me ha ocurrido ningún espectáculo: sigo con lo de la caja negra, la cajita negra y el hada madrina. y ¿sabes qué es lo más doloroso?, que a la gente le gusta cada vez más. Algunos son los mismos, cada noche. ¿Puedes concebir semejante estupidez? Ya saben lo que viene: cuando entro en la caja, acompañan el redoble del tambor; cuando el hada lanza la cajetilla, ya tienen los ojos cubiertos. ¡Hazme el favor, filósofo..! Pero, ¿sabes dónde empieza el problema? En mí. El problema medular, filósofo, es que yo estoy vacío, no encuentro inspiración en la calle ni en las putas, nada me llena. Esto es grave, filósofo, muy grave...".
—Cálmate, hombre —le digo—. Esto no es más que una crisis y la crisis es la antesala del cambio.
Se quedó viéndome. Apareció su ligera sonrisa.
—Me gusta eso, filósofo, me gusta. Fíjate que tiene mucho que ver con algo que me ha pasado: sigo soñando con el hada madrina. Sí, cada noche aparece y me toca con su varita mágica, me transforma. Yo tengo muchas ganas de que sea más que un sueño, de que una mañana mientras me afeito o tomo el desayuno, aparezca el hada, pero de carne y hueso, con poderes reales, y me lleve lejos de este eterno hastío. ¿Qué interpretación le das a mi sueño, filósofo? ¿Qué metáfora le encuentras?
Se me ocurrieron varios significados al estilo de Jung. Pero él sólo se alegraba con uno: un cambio en su vida estaba a punto de ocurrir.
Dwé de ver a Casagrande durante varios meses. Noté que me evitaba y supuse que me había sumado a la rutina que desecha. Me molestó y hasta me dolió: me había encariñado con el hombre y creí que él se había encariñado conmigo. Dejé de buscarlo pero lo que sí me digné hacer, fue verlo de lejos. Por un tiempo siguió como siempre: en todo tipo de cantinas y alternando con cualquier persona; persiguiendo la borrachera y a las prostitutas más raras. Durante el trabajo, variaba lo más posible sus presentaciones. Después fue otro. Se le veía poco pero con una sonrisa enorme, andaba desaliñado y distraído.
Estaba yo en algún bar cuando escuché su voz:
—¡Filósofo, qué gusto me da verte! ¿Sabes que te he estado buscando?
Lo miré con indiferencia.
—Vamos, hombre, no me mires así. Entre tú y yo no caben esas miradas: nosotros entendemos. ¿Te acuerdas de las metáforas? ¡Cómo no las vas a recordar! Pues ellas son las únicas que caben ahora. Esos ojos que chispean son para los que ignoran.
Le dije que estaba bien, que yo entendía y que soltara lo que tenía que decir. Se acercó para adoptar tono de confidencia. Me susurró algo. Desconcertado, pregunté: "¿Que vas a hacer qué?". Y me soltó el más increíble plan que he escuchado en mi vida.
Me dije, pero no le dije, que estaba loco: que había llegado a su delirium tremens (ya era tiempo con lo que tomaba). Le dejé seguir por un rato y lo abandoné a la siguiente copa.
Dejamos de vernos nuevamente. Una vez que estuve a punto de entrar en su camerino, lo escuché mandando a todo y a todos a la mierda. La asistente temblaba en la entrada. El administrador del teatro trataba de calmarlo, pero con cuidado, porque de vez en vez volaban botellas de vodka, de whisky, de ginebra. Yo retrocedí, convencido de lo inoportuno de la visita.
Un tiempo después, aparecieron carteles anunciando el último acto de Vitorio. El escapista tenía pensado retirarse de la vida pública por razones desconocidas. También se decía que el acto sería único en la historia de la magia. La curiosidad se extendió como pólvora.
No me asombró la noticia. Hasta me produjo alivio. Vitorio cargaba una frustración del tamaño del mundo y no podía seguir así. Era mejor que descansara. El pobre quería cambiar su acto y nada le venía a la cabeza; daba su mano derecha por irse a otro lugar, ver nuevas cosas, y se revolcaba en los mismos sitios, como queriendo sacarles nuevos rostros a fuerza de recorrerlos. Si no fuera por sus sueños, si no fuera por esa locura inminente que le daba luz, quién sabe qué sería de él.
Llegó el día de la presentación. Aseguré mi lugar en primera fila. Salieron él y su ayudante. Saludaron entre aplausos. Vitorio vestía un frac blanco y lo iluminaba una sonrisa de oreja a oreja. Me guiñó el ojo. Yo estaba tan impresionado con el ambiente que sonreí con todas mis ganas. Lo primero que hicieron fue descubrir la caja, ahora elegantemente pintada y con una serie de dibujos escarchados, un unicornio, me pareció ver algunos ángeles. Luego, después de que Vitorio efectuó pases que parecieron rezos, su ayudante lo encadenó: tres cadenas, cuatro candados. Él ponía tal cara de aflicción, que parecía estar representando algo, comunicando al público algún tipo de sufrimiento. Vitorio se metió en la caja. La ayudante quedó sola. Música de fondo y descubrir cajas más pequeñas, con rítmicos y estudiados movimientos. Cada caja destapada tenía unicornios pintados. En la última caja, mientras redoblaban los tambores, se encontró un pequeño avión de papel, de papel dorado. El pequeño avión se perdía entre los dedos del hada madrina. Lo lanzó. Todos miramos con ojos de sorpresa cómo la nave, aun con zigzagueante vuelo, se elevaba a las alturas del teatro y se perdía en lo oscuro de la marquesina. La gente aplaudió, aplaudieron mucho. Luego esperar la reaparición. ¿Y Vitorio? ¿Dónde está Vitorio? Pero hombre, ¿cuándo va a aparecer el escapista? Hasta la ayudante estaba desconcertada.


Vitorio no apareció. Ay Vitorio, ¿qué es eso de escaparse para siempre? Como debes suponer todavía algunos no cierran la boca, esperan pacientes en sus butacas que alguien vaya a explicarles; esos perezosos que lo quieren todo masticado. ¿Cómo iba tu plan? ¿Eso de soñar pero no dormir? ¿Eso de traerte al hada, a la verdadera, a esa que le pedirías Oceanía, Europa y Australia? ¿Cómo iba? La verdad es que sigo sin creerlo del todo, pero como la gota de agua horada la roca, no lo descarto. Espero, sin mucha ilusión, una postal de París, Roma o Sydney. ¿Un avioncito de papel? ¡Qué metáfora, hombre, hermosa metáfora!



PÁGINA 32 – POESÍA EUROPEA

MÓNICA IVULICH
(Madrid-España)


VENTANA LOBUNA

Cuando dos lobos esteparios se encuentran, ya no pueden disimular. Terminan abrazándose y más. Los une aquel desprecio social y ese temor a ser desleales a sí mismos. Un lobo estepario es molesto, pero dos son insoportables y, a la vez, invencibles ante la hipocresía.
Es la razón por la que vamos muy juntos por la vida, cuidándonos las espaldas y prestos a huir, atacar o reír a carcajadas ante la más mínima insinuación.
Mi lobo estepario preferido no se aparta de mi lado, aunque no esté cerca, nos une ese sentimiento pasional de reconocernos, de sabernos dueños de la estepa solitaria y de estar perdidos en la selva mundana, en la urdimbre hipócrita de la sociedad.
No queremos provocar, aunque nuestra sola presencia eriza los bellos de los más fuertes. Y seguimos avanzando, tratando de ser invisibles, pero nuestra intensa mirada nos delata y condena.
Por eso salimos poco, hablamos lo mínimo y después de compartir el vino nos retiramos casi sin saludar. Somos poco afectos a dar explicaciones, nuestros amigos nos tienen por locos y solo se enteran un poco cuando se asoman a nuestra ventana de lobo, en luna llena.

TANIA LIBERTAD
(Elche-España)

Soy el designio
entre la lluvia de la mañana
que premonizará tu día,
ser la bailarina
que danza en tu cama
y que vagabundeaba con las frases en mano
haciendo correr el rumor monótono
de ya no ser la princesa vendida al cualquier postor.
Así vendida.
Raudo cuchillo que penetra.
Así vendida. A vos.
Entre las espesuras y plumas.

Buscar la entrada de las almas mediocres,
¿Esperar hasta cuando?
Entra.
Déjame escuchar la canción de tu sexo,
ave que plaga de ecos mi boca, mi piel.
Entra.
Para recorrer los caminos mudos de tu cuerpo,
tantearte en las tinieblas.
Estas ahí.
Como la flor que crece entre tus dedos
desencadenando en tu cara el irascible
sabor ignominioso de la lujuria.

Entra.
Recurramos a los favores carnales
y lávame del aire corrupto de mis poros,
ser otra vez la niña, la dulce.
Despójame de la sotana, el hábito
y viólame entre los hologramas.
Olamos lo humano
cuando me revuelque en las magnamidades
de la sábana en este infierno divino,
con el frío de la muerte en mis ojos.

Vuelvo y me confieso ante vos.
Cerrando las grietas de mi carne,
cavando hondamente en tus placeres.

Entra.
Es ya de noche.
Cierra la puerta.

XIMENA GAUTIER GREVE
(París-Francia)

MÉXICO LA HERIDA.

México, fabuloso cimiento americano
te conocí en esos labios húmedos
como selvas, en profundidades
celestes como ojos de los cenotes,
anunciados en los vestigios lapidarios
de un mundo extraordinario.
México, siempre cuna de revolución,
de cultura y literatos, esperanza cantando
en guitarrones orgullosos y trompetas tronadoras
abrazo inmortal de América india y libertaria.
Hoy tu suelo respira asesinatos
y cada día cuento tus fosas y tus torturados
y la Cordillera está ofendida, su alma clama
y los pueblos llevan esta marea oceánica
a tus puertas, hasta que se abra la verdad
y puedas ser libre nuevamente.

GABRIEL IMPAGLIONE
(Cerdeña-Italia)

PREGUNTO: ¿DÓNDE ESTÁN LOS NIÑOS?

He visto las mismas bombas que astillaron Bagdad
como una antigua magnífica cerámica
caer con su bramido de roja singladura
sobre Beirut.
¿Es verdad que el miedo se espesa
hasta hacer coraza de la piel ardida?

¿Cuánta muerte, Andrés, amigo mío,
significa Israel partida por la rabia?
¿Se puede medir la gravedad del miedo,
la profundidad de la sangre?
¿Cómo se dice: ¡Basta! para que se entienda?

¡Cuántos muertos sin muerte en los refugios
donde también se apilan desmemorias!

¿Es verdad que en Beirut las calles
conducen sólo a una gran tumba abierta?

¿Dónde están los niños?
¿Han sobrevivido las muchachas que resplandecían
detrás de los inmensos ojos negros?
¿Va de cadáver en cadáver la poesía
que abrió las ventanas del Líbano
a paisajes de andamios y de pájaros?

¿Dónde esta los niños?
¡Dónde!
¡Dónde están los niños!

Generales, mercaderes de armas, traficantes
de banderas, secuaces del imperio:
¡dónde están los niños!

Si es verdad que las heridas
lloran gotas de respuestas rotas, el aire
es espada que destroza la mano que la empuña.

¿Porqué Joumana los verdugos
cuando todo pedía por el canto?

¡Dónde están los niños!
¿Junto a los huesos de sus padres en las cárceles
y los centros de tortura?
¿Bajo la lluvia de plomo a mansalva?
¿En las orillas de las ciudades sitiadas por el odio?

Las mismas bombas que una vez y otra
se repiten imbéciles, ciegamente imbéciles
sobre plazas, mercados, aulas y cocinas,
sobre los niños del Líbano y Palestina,

sobre todas las conciencias
también caen ahora sobre mi casa. 

DOLORS ALBEROLA
(Sueca-Valencia)

I

Ya hemos vuelto de nuevo al invierno de la lluvia.
Tocamos la gran piedra y su alquimia
nos redujo a cenizas.
De nada sirve, pues, la espesa tundra
de pensamientos firmes que tuvimos.
Hemos bajado al cálculo, nosotros,
los que erigimos torres
y fingimos silencios previamente.
Nuestras manos comienzan a diluirse, empero,
no quedó ningún verso capaz de pervivirnos.
Hemos vuelto al silencio,
al oscuro exactísimo que nadie deseamos.
Las gacelas no vierten sus más ligeros pasos
y hace un frío de vidrio que penetra los huesos.
De regreso al lugar donde nos sobra el nombre,
nosotros, los oscuros, no tenemos ya tiempo.
Los hijos, espantados, huyeron tercamente
y sólo somos miedo en las horas nocturnas.
Hemos vuelto a verter, entre la falda
pútrida de la tierra, nuestras viejas pasiones.
Aquí yacen ahora los más deseados pechos,
las narices perfectas de algún actor de moda,
los pinceles secretos que guardara el pintor
más dentro de sus ojos,
la moral predilecta de algún hijo de Dios
cuyo hábito podrido nos muestra los jirones
de la ambigua materia.
Aquí se desparraman niños,
vaginas no tocadas convierten en caminos
de larvas su pureza,
se desafora el pánico de no ser más besado,
se diluye la fe
como en un territorio de dioses pequeñísimos
que corroen la carne, impunemente.
Hemos vuelto de nuevo al jardín del invierno
a convertirnos tercos en suicidas rosales.
Si existe el jardinero que cuide nuestros tallos
habrá llegado tarde,
la nieve de la duda ahogó todos los cálices
y en el lugar secreto de la corola muerta
flotan lágrimas frías.


PÁGINA 33-CUENTOS INOLVIDABLES

JORGE LUIS BORGES
Argentina: 1899-1986

EL EVANGELIO SEGÚN MARCOS

El hecho sucedió en la estancia Los Álamos, en el partido de Junín, hacia el sur, en los últimos días del mes de marzo de 1928. Su protagonista fue un estudiante de medicina, Baltasar Espinosa. Podemos definirlo por ahora como uno de tantos muchachos porteños, sin otros rasgos dignos de nota que esa facultad oratoria que le había hecho merecer más de un premio en el colegio inglés de Ramos Mejía y que una casi ilimitada bondad. No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. Su abierta inteligencia era perezosa; a los treinta y tres años le faltaba rendir una materia para graduarse, la que más lo atraía. Su padre, que era librepensador, como todos los señores de su época, lo había instruido en la doctrina de Herbert Spencer, pero su madre, antes de un viaje a Montevideo, le pidió que todas las noches rezara el Padrenuestro e hiciera la señal de la cruz. A lo largo de los años no había quebrado nunca esa promesa. No carecía de coraje; una mañana había cambiado, con más indiferencia que ira, dos o tres puñetazos con un grupo de compañeros que querían forzarlo a participar en una huelga universitaria. Abundaba, por espíritu de aquiescencia, en opiniones o hábitos discutibles: el país le importaba menos que el riesgo de que en otras partes creyeran que usamos plumas; veneraba a Francia pero menospreciaba a los franceses; tenía en poco a los americanos, pero aprobaba el hecho de que hubiera rascacielos en Buenos Aires; creía que los gauchos de la llanura son mejores jinetes que los de las cuchillas o los cerros. Cuando Daniel, su primo, le propuso veranear en Los Álamos, dijo inmediatamente que sí, no porque le gustara el campo sino por natural complacencia y porque no buscó razones válidas para decir que no.
El casco de la estancia era grande y un poco abandonado; las dependencias del capataz, que se llamaba Gutre, estaban muy cerca. Los Gutres eran tres: el padre, el hijo, que era singularmente tosco, y una muchacha de incierta paternidad. Eran altos, fuertes, huesudos, de pelo que tiraba a rojizo y de caras aindiadas. Casi no hablaban. La mujer del capataz había muerto hace años.
Espinosa, en el campo, fue aprendiendo cosas que no sabía y que no sospechaba. Por ejemplo, que no hay que galopar cuando uno se está acercando a las casas y que nadie sale a andar a caballo sino para cumplir con una tarea. Con el tiempo llegaría a distinguir los pájaros por el grito.
A los pocos días, Daniel tuvo que ausentarse a la capital para cerrar una operación de animales. A lo sumo, el negocio le tomaría una semana. Espinosa, que ya estaba un poco harto de las bonnes fortunes de su primo y de su infatigable interés por las variaciones de la sastrería, prefirió quedarse en la estancia, con sus libros de texto. El calor apretaba y ni siquiera la noche traía un alivio. En el alba, los truenos lo despertaron. El viento zamarreaba las casuarinas. Espinosa oyó las primeras gotas y dio gracias a Dios. El aire frío vino de golpe. Esa tarde, el Salado se desbordó.
Al otro día, Baltasar Espinosa, mirando desde la galería los campos anegados, pensó que la metáfora que equipara la pampa con el mar no era, por lo menos esa mañana, del todo falsa, aunque Hudson había dejado escrito que el mar nos parece más grande, porque lo vemos desde la cubierta del barco y no desde el caballo o desde nuestra altura. La lluvia no cejaba; los Gutres, ayudados o incomodados por el pueblero, salvaron buena parte de la hacienda, aunque hubo muchos animales ahogados. Los caminos para llegar a la estancia eran cuatro: a todos los cubrieron las aguas. Al tercer día, una gotera amenazó la casa del capataz; Espinosa les dio una habitación que quedaba en el fondo, al lado del galpón de las herramientas. La mudanza los fue acercando; comían juntos en el gran comedor. El diálogo resultaba difícil; los Gutres, que sabían tantas cosas en materia de campo, no sabían explicarlas. Una noche, Espinosa les preguntó si la gente guardaba algún recuerdo de los malones, cuando la comandancia estaba en Junín. Le dijeron que sí, pero lo mismo hubieran contestado a una pregunta sobre la ejecución de Carlos Primero. Espinosa recordó que su padre solía decir que casi todos los casos de longevidad que se dan en el campo son casos de mala memoria o de un concepto vago de las fechas. Los gauchos suelen ignorar por igual el año en que nacieron y el nombre de quien los engendró.
En toda la casa no había otros libros que una serie de la revista La Chacra, un manual de veterinaria, un ejemplar de lujo del Tabaré, una Historia del Shorthorn en la Argentina, unos cuantos relatos eróticos o policiales y una novela reciente: Don Segundo Sombra. Espinosa, para distraer de algún modo la sobremesa inevitable, leyó un par de capítulos a los Gutres, que eran analfabetos. Desgraciadamente, el capataz había sido tropero y no le podían importar las andanzas de otro. Dijo que ese trabajo era liviano, que llevaban siempre un carguero con todo lo que se precisa y que, de no haber sido tropero, no habría llegado nunca hasta la Laguna de Gómez, hasta el Bragado y hasta los campos de los Núñez, en Chacabuco. En la cocina había una guitarra; los peones, antes de los hechos que narro, se sentaban en rueda; alguien la templaba y no llegaba nunca a tocar. Esto se llamaba una guitarreada.
Espinosa, que se había dejado crecer la barba, solía demorarse ante el espejo para mirar su cara cambiada y sonreía al pensar que en Buenos Aires aburriría a los muchachos con el relato de la inundación del Salado. Curiosamente, extrañaba lugares a los que no iba nunca y no iría: una esquina de la calle Cabrera en la que hay un buzón, unos leones de mampostería en un portón de la calle Jujuy, a unas cuadras del Once, un almacén con piso de baldosa que no sabía muy bien dónde estaba. En cuanto a sus hermanos y a su padre, ya sabrían por Daniel que estaba aislado -la palabra, etimológicamente, era justa- por la creciente.
Explorando la casa, siempre cercada por las aguas, dio con una Biblia en inglés. En las páginas finales los Guthrie -tal era su nombre genuino- habían dejado escrita su historia. Eran oriundos de Inverness, habían arribado a este continente, sin duda como peones, a principios del siglo diecinueve, y se habían cruzado con indios. La crónica cesaba hacia mil ochocientos setenta y tantos; ya no sabían escribir. Al cabo de unas pocas generaciones habían olvidado el inglés; el castellano, cuando Espinosa los conoció, les daba trabajo. Carecían de fe, pero en su sangre perduraban, como rastros oscuros, el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones del pampa. Espinosa les habló de su hallazgo y casi no escucharon.
Hojeó el volumen y sus dedos lo abrieron en el comienzo del Evangelio según Marcos. Para ejercitarse en la traducción y acaso para ver si entendían algo, decidió leerles ese texto después de la comida. Le sorprendió que lo escucharan con atención y luego con callado interés. Acaso la presencia de las letras de oro en la tapa le diera más autoridad. Lo llevan en la sangre, pensó. También se le ocurrió que los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota. Recordó las clases de elocución en Ramos Mejía y se ponía de pie para predicar las parábolas.
Los Gutres despachaban la carne asada y las sardinas para no demorar el Evangelio.
Una corderita que la muchacha mimaba y adornaba con una cintita celeste se lastimó con un alambrado de púa. Para parar la sangre, querían ponerle una telaraña; Espinosa la curó con unas pastillas. La gratitud que esa curación despertó no dejó de asombrarlo. Al principio, había desconfiado de los Gutres y había escondido en uno de sus libros los doscientos cuarenta pesos que llevaba consigo; ahora, ausente el patrón, él había tomado su lugar y daba órdenes tímidas, que eran inmediatamente acatadas. Los Gutres lo seguían por las piezas y por el corredor, como si anduvieran perdidos. Mientras leía, notó que le retiraban las migas que él había dejado sobre la mesa. Una tarde los sorprendió hablando de él con respeto y pocas palabras. Concluido el Evangelio según Marcos, quiso leer otro de los tres que faltaban; el padre le pidió que repitiera el que ya había leído, para entenderlo bien. Espinosa sintió que eran como niños, a quienes la repetición les agrada más que la variación o la novedad. Una noche soñó con el Diluvio, lo cual no es de extrañar; los martillazos de la fabricación del arca lo despertaron y pensó que acaso eran truenos. En efecto, la lluvia, que había amainado, volvió a recrudecer. El frío era intenso. Le dijeron que el temporal había roto el techo del galpón de las herramientas y que iban a mostrárselo cuando estuvieran arregladas las vigas. Ya no era un forastero y todos lo trataban con atención y casi lo mimaban. A ninguno le gustaba el café, pero había siempre un tacita para él, que colmaban de azúcar.
El temporal ocurrió un martes. El jueves a la noche lo recordó un golpecito suave en la puerta que, por las dudas, él siempre cerraba con llave. Se levantó y abrió: era la muchacha. En la oscuridad no la vio, pero por los pasos notó que estaba descalza y después, en el lecho, que había venido desde el fondo, desnuda. No lo abrazó, no dijo una sola palabra; se tendió junto a él y estaba temblando. Era la primera vez que conocía a un hombre. Cuando se fue, no le dio un beso; Espinosa pensó que ni siquiera sabía cómo se llamaba. Urgido por una íntima razón que no trató de averiguar, juró que en Buenos Aires no le contaría a nadie esa historia.
El día siguiente comenzó como los anteriores, salvo que el padre habló con Espinosa y le preguntó si Cristo se dejó matar para salvar a todos los hombres. Espinosa, que era librepensador pero que se vio obligado a justificar lo que les había leído, le contestó:

-Sí. Para salvar a todos del infierno.
Gutre le dijo entonces:

-¿Qué es el infierno?

-Un lugar bajo tierra donde las ánimas arderán y arderán.

-¿Y también se salvaron los que le clavaron los clavos?

-Sí -replicó Espinosa, cuya teología era incierta.
Había temido que el capataz le exigiera cuentas de lo ocurrido anoche con su hija. Después del almuerzo, le pidieron que releyera los últimos capítulos. Espinosa durmió una siesta larga, un leve sueño interrumpido por persistentes martillos y por vagas premoniciones. Hacia el atardecer se levantó y salió al corredor. Dijo como si pensara en voz alta:

-Las aguas están bajas. Ya falta poco.

-Ya falta poco -repitió Gutrel, como un eco.

Los tres lo habían seguido. Hincados en el piso de piedra le pidieron la bendición. Después lo maldijeron, lo escupieron y lo empujaron hasta el fondo. La muchacha lloraba. Espinosa entendió lo que le esperaba del otro lado de la puerta. Cuando la abrieron, vio el firmamento. Un pájaro gritó; pensó: es un jilguero. El galpón estaba sin techo; habían arrancado las vigas para construir la Cruz.



PÁGINA 34-RELATO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Argentina)

LOS CABALLOS SALVAJES.

Solamente los ojos puros de las doncellas pueden verlos vagando por los bosques, ocultos en la hondura del silencio, libres como los vientos del otoño entre las arboledas.
Galopan los arroyos salpicando de espuma los helechos, sacudiendo las crines sobre el cuello, bufando la inquietud desde los belfos, piafando la sospecha detrás de la maraña… Porque siempre establecen la cautela. Ella es su fortaleza, su refugio, el baluarte insondable que su especie no rinde a la mirada de la raza humana, la que perdió sus privilegios por corromper las leyes
Los cubre como un manto la esfera del misterio, ese ambiente poblado por los granos que expulsan las anteras para reproducirse. Porque la vida gira en remolinos junto a sus cuerpos briosos, nacidos de una estirpe de leyendas.
Son airosos, magníficos, de sangre aristocrática. Blancos como azucenas o rododendros blancos debajo de la nieve.
Los poetas les cantan en las noches de luna, cuando la luz se filtra en los ramajes y destella en el asta que les nace en mitad de la frente. Aunque no puedan verlos porque ha pasado el tiempo del asombro.
Si alguna vez la luz los proyectara en el descalzo espejo de tu sueño, no dejes que te vean. Tus ojos de ternura inusitada podrían capturarlos.

Y ellos sucumbirían si les quitan la magia escondida en su cuerno.


PÁGINA 35-POESÍA

MARÍA ELENA WALSH
(Buenos Aires-Argentina)

EL ZOO LOCO

Una vaca que come con cuchara 
y que tiene un reloj en vez de cara, 

que vuela y habla inglés, 
sin duda alguna es 
una vaca rarísima, muy rara. 


Si una tortuga llega de Neuquén 
a Buenos Aires en un santiamén 

lo más probable es
que no viajara a pie
Seguro que fue en ómnibus o en tren.


 
Un hipopótamo tan chiquitito 
que parezca de lejos un mosquito, 
que se pueda hacer upa 
y mirarlo con lupa, 
debe de ser un hipopotamito. 



Un canario que ladra si está triste, 
que come cartulina en vez de alpiste, 
que se pasea en coche 
y toma sol de noche, 
estoy casi seguro que no existe. 


Si cualquier día vemos una foca 
que junta mariposas con la boca, 
que fuma y habla sola 

y escribe con la cola, 
que llamen al doctor: la foca es loca. 


Hace tiempo que tengo una gran duda: 
hay una vaca que jamás saluda 
le hablo y no contesta. 
Pues bien, la duda es ésta: 
¿será mal educada o será muda? 


PÁGINA 36-CUENTO

ILDIKO NASSR
(Jujuy-Argentina)

CUENTO BREVE

PRIMER DÍA

Tomás espera en la puerta de su casa. Su familia todavía está desayunando. Siente cosquillas en la panza. Siempre dice que el colegio no le gusta. Pero, hoy, el primer día de clases, está ansioso por volver a ver a sus compañeros ¿habrá alguno nuevo? ¿quiénes serán sus seños este año? ¿en qué aula tendrán clases? Las preguntas se le agolpan en la cabeza y estallan en las mariposas de su estómago.


Todos los textos, fotografías o ilustraciones que integran el presente número son Copyright de sus respectivos propietarios, como así también, responsabilidad de los mismos las opiniones contenidas en los artículos firmados. Gaceta Literaria solamente procede a reproducirlos atento a su gestión como agente cultural interesado en valorar, difundir y promover las creaciones artísticas de sus contemporáneos.




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