Formato virtual de una revista literaria con historia

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GACETA LITERARIA Nº 110– FEBRERO de 2016– Año X – Nº 2



Imágenes:
Homenaje a la obra de DIEGO DAYER (Rafaela-Santa Fe-Argentina)

PÁGINA 1 – REFLEXIONES

EDUARDO GALEANO
(Uruguay/1940-2015)

Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza.
Ojalá podamos tener el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos, porque de nada sirve un diente fuera de la boca, ni un dedo fuera de la mano.
 Ojalá podamos ser desobedientes, cada vez que recibimos órdenes que humillan nuestra conciencia o violan nuestro sentido común.
 Ojalá podamos merecer que nos llamen locos, como han sido llamadas locas las Madres de Plaza de Mayo, por cometer la locura de negarnos a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo, contra toda evidencia, que la condición humana vale la pena, porque hemos sido mal hechos, pero no estamos terminados.
Ojalá podamos ser capaces de seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las caídas y las traiciones y las derrotas, porque la historia continúa, más allá de nosotros, y cuando ella dice adiós, está diciendo: hasta luego.
Ojalá podamos mantener viva la certeza de que es posible ser compatriota y contemporáneo de todo aquel que viva animado por la voluntad de justicia y la voluntad de belleza, nazca donde nazca y viva cuando viva, porque no tienen fronteras los mapas del alma ni del tiempo.


PÁGINA 2 – NUESTRA POESÍA

HÉCTOR BERENGUER
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

EN EL PIREO

La pasión por lo imposible
construye lo posible,
no hay nada que perder,
si no se llega nunca.
En tiempos de destierro
Eurípides, escribió “Las vacantes”,
en Macedonia el juego con los dioses
ha terminado,
adoración y blasfemia
se unifican.
La aurora está en todas partes,
aún en la ciudad oscura
del Oriente
se percibe el madrigal del alba,
la locura es dulce al terminar la noche
y el amor duele menos.
Ataraxia, ataraxia
nadie sabe quien es
el extranjero.

GREGORIO ECHEVERRÍA
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

INTRIGA DE AMADOR

Alguien pregunta con acento de extramuros acerca del destino
del mundo y digo he aquí una pregunta pues el extranjero
no agrega precisiones a la cuestión y sonríe complacido
a un escruchante que lo acecha y al interés de alguna puta
que olfatea la ocasión de unos dólares extra y una comilona
de lujo aunque el sujeto desalienta al manolarga mostrando
sus bolsillos vacíos y a la dama le pellizca el trasero
murmurando sorry darling exponiendo a sus ojos azorados
el parche de HIV cosido a su bragueta y ella declara
que no es por su dinero es que su desamparo le recuerda
su primero y gran amor —el único— además no tiene (él)
aspecto de turista sino más bien de náufrago.
El viajero sonríe casi —nobleza obliga— presto a reconocer
su condición de polizón a bordo de una nave perdida
entre unas islas y Amador alucina que ese rostro vejado
por la desolación y las tormentas le recuerda unas facciones
acuciantes que cada noche a la hora de afeitarse lo interrogan
con un rictus de burla acerca de su destino y el del mundo
tras el azogue turbio del espejo.

JORGE LACUADRA
(Santa Fe-Argentina)

LA MELANCOLÍA

La melancolía - La niña era hermosa también,
Es para la gente grande – Afirmo con madurez.
La observé jugar, bajo la lluvia, entre tréboles,
intuí que en un rincón de mi certeza, ella reía.

Hay tormentas que son bocetos de la locura,
jirones de angustia derivando hacia el caos.
Como lágrimas en movimiento, como lluvia,
envestimos la tristeza y nos hacemos únicos.

Un día, casi olvide el sueño imposible de Dalí,
la pesadilla desierta del cazador de mariposas.
Soporte hasta el amanecer la espina en mi pie,
luego solo quedo el regusto a sal, en mi boca.

Muchas veces soy dueño, y a la vez prisionero,
de una serenidad, que en verdad, no dispongo.
ciertas veces el delirio está en otra parte, lejos,
detrás del maquillaje, perteneciente a otros.

Me dijiste que amanecerías desde el silencio,
aunque yo, agotado y dueño de mil sueños,
me durmiera ante de las lámparas del día.
No supe niña, si huías de mí o de tu sombra.

La melancolía - Escapó de mis manos la niña
la promesa, la sirena incauta, solo un sueño.
Debí lucir allí mismo el llanto en mis ojos,

el día aquel, en que llovió hacia los cielos.

ALEJANDRA MENDEZ BUJONOK 
(San Cristóbal-Santa Fe-Argentina)

MÚSICA DE GRANA QUE HAN LLORADO LOS HOMBRES.

Crecer tanto para ser bálsamo

presente.
Coscoja sangre de toro ser
aquel morado dolor del paraíso.
Doler como la noche duele.
Soñar el ensueño del regreso.

Saber que
otros ojos leerán otros libros;
otras bocas abrirán otras voces;
otros astros llorarán a otros hombres;
otras lunas reinarán a otros cielos.

ARIEL FERNÁNDEZ
(Villa Constitución-Santa Fe-Argentina)

PINTURA

Me detengo
en aquel recuerdo
otra vez,
así de repente,
como en los últimos
tres días.
Me observo
arreglando la bici verde
que se partía al medio.
 La estoy pintando con aerosol.
La pintura es sintética
de un color azul brillante,
color que se extiende
como por imposición
a mis zapatillas,
que ahora bajan orgullosas
a la calle
para remontar el barrio. 

CARINA SEDEVICH
(Santa Fe-Santa Fe-Argentina)

4

Esa mañana escuchaba el quejido
de la puerta del mueble en la cocina.
La puerta donde está el tacho de basura.
Esa mañana hacía frío todavía.
En mi útero había sangre todavía
mientras oía, inmóvil en la cama,
el ruido de la puerta en la cocina.
Pude cerrar los ojos y no ver como te ibas
pero no pude dejar de oír aquella puerta.
Algo viniste a decirme, que te perdonara.
Dentro mío la sangre coagulaba
los óvulos, todos, se morían.
Ahora en la cocina, cada mañana,
cuando desgranó una fruta
para mi cuerpo sin nido
me doblo como un gato al que alcanzó
una flecha
para dejar caer mi resto en la basura.
Una cáscara, un corazón, una semilla.
Con ellos va el perdón que puedo darte.



PÁGINA 3 – CUENTO


MÓNICA RUSSOMANNO
(Santa Fe-Argentina)

SUPERFICIES BRUÑIDAS

En un rincón la Santa Rita alarga brazos espinosos con un color violento, un rosado que ha tenido comercio con el rojo más sangriento y en algún momento ha tenido azul en sus ancestros. La madreselva le disputa el lugar, embalsamando el aire con el perfume dulce que exhalan sus flores. Éstas son espigadas. De largos pistilos vacilantes; se abren blancas pero luego se resignan a un tono cerúleo que les anuncia la proximidad del fin de su pequeño tiempo, la caída, la disolución en una tierra aparentemente inerte pero viva de insectos delicados con antenas temblorosas.
Hay, también, un ligustro que florece apretadamente, con otro aroma menos de botellita de cristal de Baccarat que de prado esmeralda con ovejitas. Más modesto el aroma del ligustro que el de la exquisita madreselva, pero quizás es por eso que se instala entre las emociones más profundas, y perdura fresco e inocente en la memoria.
Del seibo se arrojan por cientos las flores con forma de cabeza de pájaro. Rojas sin matiz, duras, tan sin dulzura como el árbol retorcido del que proceden, y sin embargo el ceibo uno de los árboles más honestos del parque, sincero en su rusticidad, sin los alardes del álamo plateado que hace trucos de magia con el viento, mostrando sus hojas ahora verdes, ahora de plata.
Llueven bolitas amarillas del paraíso, y llueven estrellitas blancas, que crean un firmamento espejado sobre el césped. Hay calma.
La mujer en la reposera toma delicadamente, con los dedos índice y pulgar, un pellizco de la capa superficial de la realidad y la levanta un poco, con cuidado de no romperla. Le ha sucedido que se forme un agujerito, y al quedar sin piel, con la herida húmeda, se dejaban ver en ese sector los colores crudos y las formas precisas que la piel atenúa y difumina.
No quiere que su realidad tenga lamparones que le produzcan escozor, lleva un trabajo de muchos meses para que se regenere una piel nueva, y suele quedar más gruesa o más delgada, pero en todo caso diferente y acusando un parche.
Con el índice y el pulgar separa la fina capa translúcida, que al estirarse se torna más transparente. Ya puede adivinar los monstruos. Una forma gelatinosa palpita unos segundos y luego se sumerge en las profundidades.
El corazón de la mujer se hace notar en su pecho, y una opresión se va instalando, se va expandiendo desde la garganta. Hay una sensación de peligro, de estar en equilibrio a gran altura. Sensación de proximidad de lo irreparable.
Inmóvil para que no se derrumben paredes de papel, siente la atracción del abismo. Imperceptiblemente, estira un milímetro más la piel de la realidad anticipando la rotura, el quedar con un trozo de epidermis entre los dedos. Tira otro milímetro con los oídos, con los ojos, con todo el ser fijado en las profundidades que empiezan a distinguirse con mayor claridad.
Sobre su cabeza un benteveo de pecho amarillo llama a su compañero, las calandrias buscan insectos dentro de los laberintos verticales de las enredaderas, el follaje de los álamos imita el mar. A su alrededor se afanan las hormigas, libélulas negras y libélulas turquesa se sostienen inmóviles en el aire. Ranas minúsculas flotan en la piscina con las patas extendidas.
Ella no escucha los pájaros, ni nota que el sol se ha ido corriendo, que la sombra se ha alejado de su reposera y ha quedado totalmente expuesta al sol feroz del verano. Respira por la nariz el aire que exhala por la boca, está toda cerrada sobre el instante elástico del miedo, de la expectación, de esa cornisa aterradora que invita al salto.
Un milímetro más que estire la película hacia arriba, un minuto más que prolongue el esfuerzo de la piel por no desgarrarse, y acaso sea entonces la herida, la visión exacta del campo de las pesadillas, y sea, otra vez, una época de dolor, vendajes, desilusiones.
De muy pequeña, cuando iba a la iglesia, miraba fijamente al sacerdote, hasta que veía alrededor una especie de doble imagen que coincidía o no al mover las pupilas. Cerraba los párpados y ahí estaba, iluminada y precisa, la silueta del cura recortada con una tijera de luz. De niña jugaba ya con los anversos y reversos, con las ilusiones ópticas, con lo ilusorio en general, con lo aparente que hace incognoscible lo real.
Entre el índice y el pulgar la piel de lo aceptable, lo cotidiano, lo seguro. Esa película dejando ver el dibujo de la hoja de abajo como papel de calcar, papel manteca, papel aceitado. Esa película hecha cristal esmerilado que permite y no permite ver, que apenas deja entrever lo oculto cuando ella la estira audazmente con el riesgo de que se rompa, y algunas fauces dentadas, algún tentáculo inaceptablemente nocturno irrumpa en este lado de sol, de sombra concreta, de previsible monotonía.
Pero qué hay allá abajo, cuáles son los monstruos y cuál constituye su materia crepuscular. En qué momento el pellizco fue brusco, se rompió la piel, quedó el hueco como cuando en el hielo los osos polares hacen un agujero para que alguna foca emerja la cabeza perruna.
Cuando alguno de sus espantos ha acercado el rostro al límite. Peor. Cuando ella rompió la piel y dejó abierto un hoyo en la fina barrera entre esto y aquello, el rostro de su pesadilla ha tenido mueca burlona. El temible rostro se ha reído con el hocico lleno de dientes afilados, la ha mirado directo, fijamente y con satisfecha malignidad, señalándole sin necesidad de palabras cada incongruencia injustificable, cada penosa bajeza, todas las excusas que usa, ella, convincentemente con los demás pero que sabe, ella, que son útiles maneras de no verse obligada a modificar el orden de las cosas.
Ahora, en este momento suspendido de intolerable lucidez reconoce frente a sí y en soledad, únicamente para sí y para su propia vergüenza, que esa mujer que es su hija, pero que es una mujer y un ser separado de ella, independiente y ya ajeno, reconoce que esa mujer su hija le desagrada visceralmente, desde el centro del cual emanan implacablemente todas las manifestaciones que hacen la presentación de la persona.
Ve a su hija con la minuciosa imagen compuesta de sensaciones, retratos, recuerdos ligados, historia presente, olores y connotaciones insoslayables.
La ve nítida, fotográfica, y a la vez esquematizada y cubista. Como los imposibles objetos de Picasso, que presentan a un tiempo el plano superior, la base, el anverso y el reverso. 
Y lo que ve no la satisface.
Sabe que el sentimiento de rechazo es inaceptable, totalmente contra natura. Y sabe, esta mujer, que sólo hoy, sólo ahora, solamente en esta suspensión de lo ordinario se puede permitir la formulación de su desagrado.
Con el índice y el pulgar mantiene estirada la piel de la realidad. Se ha transparentado este espanto, esta lacra infame que debe estibarse en despensas polvorientas, viejos cuartitos clausurados. Ha podido ver, bajo la traslúcida piel de la realidad, una yegua de la noche a pleno día.
Todo está allí, en ubicua simultaneidad. En este estado de suspensión puede permitirse ver de frente al monstruo.
Una langosta verde y marrón frota entre sí las patitas velludas. Los ojos vacíos, de espejo negro, reflejan a la mujer en la reposera. Salta sin aviso y desaparece entre el pasto.
Una bandada de pajarillos gris celeste se posa en el espinillo por un segundo y sigue su vuelo.
La mujer ve, sabe y siente que su hija le es desagradable. 
Allá adelante alguien abre el portón, se produce un desbande de palomas torcazas que baten pesadamente las alas. La mujer suelta de pronto la piel de la realidad que elásticamente vuelve a su sitio. Apenas está un poco arrugada en el lugar por donde la retenía entre los dedos. La mujer se conecta con el presente, siente ahora el sol en el cuerpo, escucha los pequeños sonidos, advierte que la radio perdió la onda y es apenas un ruido pastoso de voces con interferencia, se nota en el cuerpo la transpiración, nota su cuerpo, se da cuenta de que tiene hambre, escucha sonido de pasos, conecta el sonido de los pasos al anterior ruido del portón del frente, ve a la hija que viene por el camino de ladrillos, la saluda con una sonrisa ancha y luminosa. Le sonríe con alegría sin simulación. 
Está feliz, como siempre, de recibir a su hija en la quinta.



PÁGINA 4 – ENSAYO

MANU DE ORDOÑANA y OTROS
(Donostia-San Sebastián-Euskal Herria)

LA GRAN NOVELA AMERICANA

 “La gran novela americana” es una calificación que se aplica a toda obra literaria que pretende divulgar la cultura de los Estados Unidos en un momento determinado de su historia. Es una apropiación indebida del término “americano”, una sinécdoque que pretende reducir lo americano a lo que procede tan sólo de Estados Unidos, como si Canadá, México y los países centro y sudamericanos perteneciesen a otro continente.
Las primeras creaciones aparecen en el siglo XVIII ―si bien en el XVII ya existía una literatura colonial―, cuando todavía no existían “Los Estados Unidos de América” y las trece colonias inician el camino a su separación de la Corona Británica. Es un periodo en el que aparece un relato épico capaz de crear los mitos que toda nación necesita para tomar conciencia de su identidad, que culmina con la formación de un nuevo estado, al acabar la Guerra de Independencia (1775-1783), aunque no con la dimensión que tiene en la actualidad.
La locución “Great American Novel” la acuñó el escritor John William De Forest (1826-1906) en un ensayo del mismo título publicado por el periódico The Nation en 1868, tres años después de haber terminado la Guerra Civil, en el que recomendaba el fomento de una literatura que resaltara los valores distintivos del país, y sirviera para acelerar el largo proceso de reconstrucción que tuvo lugar a continuación. De Forest escribió unos pocos poemas, alrededor de cincuenta relatos cortos y una novela sobre la guerra civil estadounidense La conversión de la señorita Ravenel. De la Secesión a la Lealtad (1867), pero hoy nadie se acordaría de él  si no hubiera escrito ese artículo.
El concepto de “gran novela americana”, tal y como lo definió De Forest, es tan amplio que cualquier novela escrita en inglés por un autor estadounidense, que describa la realidad social del país norteamericano, podría entrar dentro de esta etiqueta, independientemente del momento en que se haya escrito. Sin embargo, algunos críticos son más restrictivos y limitan el término a los cultivadores que cumplen una serie de requisitos. Eduardo Lago señala tres, además de su calidad literaria: afán de totalidad, considerable extensión, capacidad de reflejar en toda su complejidad la realidad social y las costumbres de una encrucijada histórica concreta.
Pero para que esa literatura fuera realidad, había que hacer un trabajo previo. Y fue lo que hizo el lexicógrafo Noah Webster (1758-1843), al establecer una normativa nueva para escribir, un estilo más estadounidense, una jerga propia y una ortografía no británica, además de promover la escolaridad en todo el país.
El primer escritor norteamericano conocido internacionalmente fue Washington Irving (1783-1859). Tras viajar por varios países europeos, aterrizó en España en 1826 para estudiar los documentos relativos al descubrimiento de América. Más tarde fue nombrado secretario de la legación norteamericana, y finalmente ascendido a embajador de los Estados Unidos en Madrid (1842–1845), llegando a ser un hispanista de reconocido prestigio. En 1829 marchó a Granada y vivió tres meses en el palacio de Boabdil, donde escribió sus celebérrimos Cuentos de la Alhambra, que se publicaron por primera vez en 1832, aunque su obra más meritoria sea Rip Van Winkle (1819), un relato corto ambientado en la Guerra de Independencia.
En la primera mitad del siglo XIX, surgió un movimiento conocido como Trascendentalismo, una síntesis entre la religiosidad puritana y el idealismo romántico que desemboca en la Autoconfianza, base teórica del individualismo democrático, tan arraigado en la cultura norteamericana. Su fundador fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882), autor de un libro sorprendente titulado Nature (1836) a quien siguió Henry David Thoreau (1817-1862), un inconformista de carácter místico cuyos escritos radicales no hacen más que ratificar el individualismo defendido por Emerson. Ambos tuvieron una notable influencia en los escritores que vinieron a continuación.
Quizá la primera obra que cumple los requisitos de “gran novela americana” fue Wieland o La Transformación publicada en 1798, escrita por Charles Brockden Brown (1771-1810) al estilo de la novela gótica que se hacía por aquella época en Inglaterra. Con el referente de esta obra, los escritores de la primera mitad del siglo XIX se inspiran en lo que se hace en ese momento en Europa y lo que allí está de moda es el Romanticismo, una corriente que trae deseos de ahondar en el folclore, en las costumbres, en lo auténtico. Es un modelo que conlleva aires de nacionalismo y es aquí donde un país recién creado tiene todo por hacer. Tiene que ir en pos de su esencia, de su alma; en definitiva, de su personalidad.
La siguiente fue El último mohicano, publicada en 1826, la más célebre de las escritas por James Fenimore Cooper (1789-1851). La historia se desarrolla en el año 1757, durante la guerra entre Francia y Gran Bretaña por el control de las colonias en América del Norte, al rebufo de la “Guerra de los Siete Años” (1756-1763) que se desarrolla en Europa.
Vino luego Edgar Allan Poe (1809-1849), reconocido como uno de los maestros universales del relato corto y creador de la novela detectivesca, junto al francés Émile Gaboriau (1832-1873). Fue el primer escritor norteamericano que renovó la novela romántica incorporando a la ficción, el misterio, el terror y la fantasía.
Hay que esperar a mediados del siglo XIX para que aparezcan las tres primeras novelas acreedoras al título que nos ocupa: La letra escarlata (1850) de Nathaniel Hawthorne (1804-1864), la epopeya Moby-Dick (1851), de Herman Melville (1819-1891) y La cabaña del tío Tom (1851) de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), tres obras maestras que patrocinan la ilustre producción que va a florecer en el siglo XX. Y de las tres, la segunda, es la que tiene el honor de representar esa esencia, aunque no esté ambientada en las llanuras del Oeste, sino en una colosal llanura marítima. La mayoría de los críticos literarios coinciden en afirmar que Moby Dick es la novela que representaría el alma de esa Gran Novela Americana.
Aunque el Romanticismo siguió ejerciendo su influencia a lo largo de todo el periodo decimonónico,  como consecuencia de la transformación social que se produjo en Europa tras la Revolución Francesa, surgió un movimiento artístico opuesto que trata de ofrecer un retrato objetivo de la realidad y mostrar la naturaleza del hombre, sus motivaciones personales y las costumbres que practica. Es el Realismo literario ―y su derivación, el Naturalismo―que se inició en Francia en la primera mitad del siglo XIX, con Stendhal (1783-1842) y Balzac (1799-1850) y se prolongó hasta el final de la centuria con Flaubert (1821-1880) y Zola (1840-1902), que tuvo tres grandes artífices a finales del siglo XIX en Estados Unidos.
Mark Twain (1835-1910), escritor ingenioso y dotado de un sentido del humor que le dio celebridad universal, aprovechó su fina ironía para exhibir un cierto pesimismo y su desencanto con el hombre que surge en la “era dorada” que sigue a la guerra civil. Sus dos obras más famosas son: Las aventuras de Tom Sawyer (1876), una historia en la que la inocencia y la rebeldía de su protagonista nos transportan a nuestra infancia y Las aventuras de Huckleberry Finn (1884), una novela que, con el sarcasmo que caracteriza a su autor, condena el racismo y la violencia y ensalza la libertad y la amistad en la adolescencia.
Henry James (1843-1916) nació en Nueva York, pero se fue a vivir a Inglaterra a los 26 años, adquiriendo la nacionalidad británica al final de su vida. Es autor de una extensa obra en la que acomete temas tan variados como el análisis psicológico de los personajes (Retrato de una dama, 1881), la defensa del movimiento feminista (Las Bostonianas, 1886) o una historia de fantasmas que marca un antes y un después de dicho género (Otra vuelta de tuerca, 1898).
Walt Whitman (1819-1892) está considerado como uno de los escritores que mejor han sabido interpretar el canon estadounidense, en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico. Su trabajo fue muy controvertido en su tiempo, por su libro Hojas de hierba, una colección poética que empezó a escribir en 1850 y que fue vilipendiada por su abierta sexualidad.
Y así entramos en el siglo XX, con la llegada de lo se ha dado en llamar “Generación perdida” ―expresión utilizada originariamente por la escritora Gertrude Stein―, un grupo de notables escritores modernistas, como Scott Fitzgerald (1896-1940), John Dos Passos (1896-1970), Ernest Hemingway (1899-1961), William Faulkner (1897-1962) y John Steinbeck (1902-1968), entre otros, que vivieron en Europa el horror de la Primera Guerra Mundial y más tarde los efectos que la Gran Depresión de 1929 causó a la población estadounidense, amenazada además por la inseguridad que creaban las organizaciones criminales que nacieron con la entrada en vigor de la Ley Seca en 1920.
La mayoría de estos escritores utilizaron una nueva técnica narrativa que proviene del cine y que se ha llamado escuela behaviorista o conductista. El narrador se limita a describir lo que pasa y deja que el lector interprete cómo es el personaje, a través del diálogo y de su comportamiento en la historia. Es lo que se llama “narrador observador” o “narrador cámara”, cuya única preocupación es registrar el estado de ánimo de los protagonistas de un modo fotográfico, despojándose de toda subjetividad y evitando así el peligro de la manipulación.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, surge una nueva camada de escritores postmodernistas que, más que conformar un grupo con unas ideas definidas, se inspiran en corrientes anteriores, renovándolas con aportes propios. Según el crítico Harold Bloom, los más importantes son: Philip Roth (1933), Cormac McCarthy (1933), Thomas Pynchon (1937), Don DeLillo (1936), todos ellos vivos todavía.
En la misma época, aparece otra corriente literaria que se ha denominado “realismo sucio”, caracterizado por “una prosa sobria y medida, escasa en descripciones y de un tono sobrio y minimalista. Sus protagonistas son personajes que llevan vidas rutinarias y generalmente de baja condición social, con pocos lujos y que deben ingeniárselas para conseguir empleo o dinero”. En este movimiento pueden entrar autores como John Fante (1909-1983), Charles Bukowski (1920-1994), Raymond Clevie Carver (1938-1988), Richard Ford (1944), Tobias Wolff (1945) y Chuck Palahniuk (1962).
Y llegamos por fin a la actualidad, en la que han aparecido numerosos autores que han escrito novelas de calidad como Trampa 22 (1951), de Joseph Heller (1923-1999), ganadora del premio Pulitzer en 1991, Amada (1987) de la afroamericana Toni Morrison (1931), ganadora del Premio Nobel en 1993, y La broma infinita (1996), de David Foster Wallace (1962-2008), considerada por la revista Time como una de las cien mejores novelas escritas en inglés desde 1923 a 2006.
En cuanto a los contenidos, la gran novela americana se ha ocupado durante largos años de mostrar la cara más amarga del sueño americano: el desencanto y la desilusión experimentada por personajes de la clase media que se han sentido traicionados por ese sistema de valores americano. En un principio fueron los sinsabores de la conquista territorial y la imposición de la ley y el orden por un territorio inabarcable, después llegaron las ciudades, verdaderas junglas, que marcaban las fronteras de la exclusión social y económica de la persona.
Y uno de los temas preferidos de los escritores norteamericanos  ―Yates, Roth, Bellow, Carver o Cheever― es la institución familiar. La incomunicación, la soledad, el fracaso… son los achaques habituales de la vida familiar. Un ejemplo de esta temática lo encontramos en las dos extensas y controvertidas novelas del último genio de la literatura norteamericana, Jonathan Franzen (1959), Las correcciones (2002) y Libertad (2010) ―algunos la señalan como la gran novela americana del siglo XXI― que se centran en familias dislocadas y representan la agonía de una época.
Con la ayuda de Wikipedia en inglés, nos hemos atrevido a construir una relación de obras que podrían estar en el ranking de La gran novela americana―seguro que habremos olvidado alguno― desde su independencia en 1783 hasta hoy. Aunque la mayoría de las obras responden a ese término suntuoso de “gran novela americana”, de carácter claramente mercantilista, hemos preferido incluir otras que no se ajustan al canon, pero que tienen la calidad suficiente como para figurar en este repertorio mínimo de autores norteamericanos.
Pero no podemos concluir este paseo literario sin mencionar la ”novela negra”, una creación típicamente norteamericana, que descubre la verdadera realidad del mundo criminal, la podredumbre del poder, la corrupción y la violencia que se originó en Estados Unidos con la aprobación de Ley Seca en 1919 hasta su abolición en 1933. Los padres del invento fueron Carroll John Daly (1889-1958), Dashiell Hammett (1894-1961) y Raymond Chandler (1888-1959), a los que siguieron otros muchos, que nos han hecho disfrutar de su lectura, a pesar de que algunos puristas estiman todavía que se trata de un género menor dentro de la literatura




PÁGINA 5 – NUESTRA POESÍA

VERÓNICA M. CAPELLINO
(San Cristóbal-Santa Fe-Argentina)

BALANCE DE OTOÑO

Vengo con mis caderas
que ensancharon algo
con mi mirada
y sus primeras arruguitas
con mis pechos en jaque
a la reina
con mi deseo intacto
en lucha desde las almenas
de su resistencia.

Busco trasparentes ríos
en los mismos pulmones
de la vida.

Es que inicié, lo digo,
el recuento del oro del otoño
porque no será bueno
equivocar la ruta
de la dicha.

JORGE ISAÍAS
(Los Quirquinchos-Santa Fe-Argentina)

LOS ASEDIOS DE LA LLUVIA

Llueve una lluvia de clavos
ateridos,
de paraguas incoloros,
de impetuosas vírgenes
violadas,
de pájaros pesados
que veo caer pesadamente,
llueve una lluvia
triste de tristeza,
llueve cabalgando peces velocísimos,
mordiendo frutales indefensos,
llueve esta lluvia sólida,
insolente,
alejada de una vez y para siempre
en mi soledad
en mi esternón, mi desamparo

OSCAR ÁNGEL AGÚ
(Hercilia-Santa Fe-Argentina)

¡AQUÍ ESTAMOS!

Gritan con desparpajo sus cuerpos.

Gritan con poses
                   botas desmesuradas
                   minis excesivas
                   generosos senos, aviesos, en el escote.

Gritan para disimular su miedo
para ocultar desasosiego
para sostenerse en el eco.

Gritan desde lo oscuro
-sin vueltas-
donde una lágrima vale cachetazo
y la noche, ese territorio que muerde.

Gritan sostenidas, en el muelle de la vida,
por la intemperie
por el ademán grosero
y la ausencia de caricias.

¡Gritan! ¡Gritan! ¡Gritan!
para sostenerse en el eco de su ausencia.

ENRIQUE BUTTI
(Santa Fe-Argentina)

LIBERTO


Ya está, licenciado con tu venia
liberto rubricado con tu firma,
libre ya de tus dádivas y halagos
del peso de tu lastre y tus cadenas
sin freno y rienda, suelto y desatado
del carro que hostigado yo arrastraba,
de asistir con mi sangre a tu agonía,
de dar luz y aplaudir al escenario
y al dosel de tus cópulas brutales.

Yo el mismo que elegiste en la subasta,
el miserable esclavo regalado,
el infiel desollado casi muerto
de aquel yugo feroz al que devuelves
sin de nuevo esperanzas engrillado
a ser sólo de mí extraviado dueño.

MARIA AMELIA SCHALLER
(Esperanza-Santa Fe-Argentina)

MADUREZ
es sembrar dulcemente la semilla
del árbol cuya flor nunca veremos
y amparar su prodigio silencioso
sin medir nuestro tiempo;

es saber que hay un sueño en cada hombre,
es descubrir el yo de sus anhelos
y al pasar, dedicarle una sonrisa
de saludo y aliento;

es mirar el camino recorrido
a través de la vida
y sentir como carga más pesada
la propia cobardía;

es aprender a dominar el miedo
es perdonar lo que nos hizo daño
agradecer la luz, el pan, el agua,
los amigos y el canto;

es saber que aunque somos diferentes
somos uno entre tantos;
es discernir por el sabor del fruto
la corriente en que abreva su raíz

y, sin sentirnos sabios ni blasfemos
es admitir la realidad del gris.


RICARDO ÁNGEL MINETTI
(Sarmiento-Santa Fe-Argentina)

SOLA FLOR

Hay una sola flor en la pradera.
Nadie la ha visto aún,
sola en la hierba,
única en los campos nuestros;
no la estropeó galope de los caballos
ni carro tambaleante.
Como un signo secreto, inesperado,
para quien se detiene a hurgar entre la hierba,

buscando la entrada de una cueva de gnomos.


PÁGINA 6 – CUENTO

NOEL PÉREZ GARCÍA
(Sorribe-Santiago de Cuba-Cuba)

BAJO EL FLAMBOYÁN

Meses después esto será una anécdota más, de esas que gusta de contar en el patio de la casa, en su sillón preferido, bajo la sombra del flamboyán. Silvita estará sobre sus piernas, incitándolo a contar más, «¿y entonces qué pasó, papi», y él tendrá otra vez que volver a inventar detalles a la historia, como siempre hace: poner abismos donde había huecos, selva donde apenas había vegetación, leones y pumas en lugar de unos pocos lagartos y serpientes de mala muerte, y Silvita abrirá los ojos, muy grandes, esos ojos que son de su mamá, y dirá un ohhhh muy prolongado, y lo abrazará y reirá y él será otra vez el hombre más feliz del mundo, aunque Silvia le diga bajito «mira que inventas», y el beso le diga que no es reclamo sino parte del juego al que invita una tarde bajo el flamboyán, ese que el bisabuelo sembró con sus propias manos y siempre ha sido el lugar de los cuentos, de las reuniones, del reencuentro luego de cada viaje. Porque de este viaje también regresará, como de los otros, y otra vez será la botella de ron debajo del brazo de Sergio, «¡eh, campeón!, ¿cómo dejaste la Patria Grande?» y el ardor de la bebida al bajar por la garganta, ese ardor dulzón y acogedor, distinto a este otro que le quema en la pierna y le siembra escalofríos en todo el cuerpo. Pero de este no dirá nada, ni se quejará cuando el cuerpo de Silvita, «¿verdad que ha crecido mucho?», presione allí donde la piel es más sensible, donde quedó la marca, el recuerdo de esos segundos que ahora tal vez parecen minutos, días, pero que entonces serán sólo eso, una lágrima de dolor fácil de justificar con la brisa, o la alegría de saberse otra vez entre los suyos, bajo la sombra del flamboyán del abuelo, narrando todas las peripecias por esas tierras del mundo, por estos cerros que pueden ser tan peligrosos, pero que en unos meses tal vez sean el lugar más hermoso del mundo desde donde era posible ver toda la ciudad a sus pies, como emergiendo de entre un gran abrazo de las colinas; «¡cómo en la Sierra Maestra, papi!», sí, como en la Sierra Maestra, y volverá a contarle de sus tiempos de recién graduado, cuando le tocó servir en un Consultorio Médico de un pueblito de la Sierra Maestra, muy cerca de donde se estableció, en 1958, la Comandancia General el Ejército Rebelde, en La Plata. Y llegarán a su mente los recuerdos de su primera visita a aquel sitio donde estuvieron Fidel y el Che; tal vez sienta la misma emoción de entonces, la que le asalta cada vez que lo cuenta y repita que solo es comparable a la emoción que sintió allá en Vallegrande, en La Higuera, frente al busto el Che, a los carteles que recuerdan al guerrillero, en las paredes que lo vieron morir. Entonces asomará una lágrima y no tendrá que justificarla, porque todos lo saben reviviendo esa visita, tantas veces contada bajo el flamboyán. Silvita lo abrazará en silencio, y Sergio alzará el vaso en salutación, antes de beber el trago, en mudo homenaje.
Ahora daría cualquier cosa por probar un trago de esa botella con la que siempre Sergio lo recibe. Sentir el dulce ardor del líquido bajar por su garganta, arroparse con su calor y dejarse llevar por las brisas de la tarde y la voz de Silvia que le llega desde la cocina, como un canto de ángeles. Pero la garganta le quema de otro ardor, seco, como si todo el polvo de la carretera hubiera ido a parar allí. Y las voces que escucha no se parecen a la de Silvia ni al canto de ángeles; es un lamento, un quejido que se arrastra entre el pedregal y le sube por la pierna como si brotara de la carne abierta, aunque adivina que viene de más allá, del otro lado de esa nube de polvo que no parece posarse nunca, y le oculta a la vista cómo ha quedado la camioneta en que viajaban, o quién de sus acompañantes es el que llama, se lamenta.
Mucho después, junto a Silvia, bajo el flamboyán, intentará recordar los detalles, pero no serán diferente a esa sucesión desenfrenada de imágenes que ahora le acechan, esos segundos en los que la risa despreocupada se rompe en un grito, una advertencia y luego todo vueltas y más vueltas, golpes y más golpes; luego el silencio y, después, ¿cuánto tiempo después?, la conciencia del dolor y la quemazón en la pierna. Entonces Silvia, le acariciará el cabello, le dará un beso en la frente y llorará en silencio las lágrimas que ahora no puede llorar, allá, tan lejos de todo, de estos cerros traicioneros, de este polvo que lo ahoga y se mete en cada rincón de su cuerpo, en esa herida abierta en su pierna. Silvia, allá, quizás camino a la escuela a buscar a Silvita, que saldrá corriendo con un papel en la mano, el nuevo dibujo que hizo en la clase y Silvia escuchará la explicación de la niña, «este es mi papá y estos son los niños que él cura para que se pongan mejor», y Silvia lo adivinará en los trazos infantiles y quizás piense en él y lo vea, como a través de los ojos de su hija, envuelto en su bata, «creo que me enamoré la primera vez que te vi en bata», curando a los niños de los cerros. Entonces madre e hija caminarán a casa, muy contentas, despreocupadas, a escribirle un correo a papá «para que sepa que le hiciste otro dibujo». Él sabe que será un dibujo lindo, lleno de colores, donde no caben estos ocres lastimosos del polvo, donde el rojo no será el de la sangre que le baña la pierna, sino el de la bandera que siempre Silvita gusta de poner en sus manos, como para que no quepan dudas de dónde viene «su papito».
Se incorpora con dificultad. Ha logrado calmar la hemorragia con un cabestrillo improvisado. El polvo se ha asentado y logra ver unos metros adelante el perfil del auto. Muy cerca de él los cuerpos inmóviles de algunos de sus acompañantes. Están cubiertos de polvo y apenas puede identificar a Rosa, por el vestido que sobresale por debajo de la bata, ahora confundidos en un mismo trozo de tela polvoriento y con huellas de sangre. Vuelve a escuchar los lamentos, ahora más definidos. Provienen del interior de la camioneta y hacia allí va, arrastrando la pierna. Al llegar ve el rostro ensangrentado de Turiño, el chófer:
—¡Coño, flaco, discúlpenme! —se lamenta Turiño cuando lo ve llegar.
—¡Calma, negro, calma! —dice, mientras da un vistazo hacia el interior de la cabina. Al lado de Turiño está Manrique, el Jefe de la Misión Médica; tiene la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, salpicada de sangre.
—¡No me di cuenta de ese bache, flaco, discúlpenme, coño!
—¡No te preocupes negro, esa cosas pasan! Ahora necesito que te calmes y me digas dónde te duele —el negro trata de calmarse, respira profundo varias veces. El negro Turiño, el chofer, su amigo de otras misiones, un «as en el volante» como le dicen todos los que han trabajado con él por esas cordilleras de Bolivia, las calles haitianas, o incluso allá, por Paquistán, cuando lo del terremoto. El negro Turiño que siempre tiene un papel protagónico en sus narraciones allá en la casa, bajo el flamboyán, cuando cuenta de su buen humor, de sus chistes, de su habilidad como chofer, pero también de su terror a las serpientes y a la sangre. El negro Turiño que no puede ver una jeringuilla con sangre y ahora la ropa toda manchada de sangre, indicándole con un gesto de la cabeza que no, que no le duele nada, que él está entero, que ayude a los demás. Pero al menor movimiento el rostro se le descompone y se le escapa un quejido, mientras se lleva la mano hacia un lado del abdomen. —¡Está bien, negro, trata de no moverte mucho! Echo un vistazo a los otros y estoy contigo, otra vez, ¿okey?
A Silvia sólo contará en detalle esta conversación, el resto dirá que se le ha extraviado, como los instantes exactos del accidente. Ella comprenderá y lo abrazará en silencio, sin hacerle notar que ya sabe todo, que los directivos del hospital le habrán contado lo sucedido esta tarde, de la muerte de otros miembros de la Brigada Médica Cubana que viajaban en aquella camioneta, incluido el Jefe de Misión; de los otros que, «gracias al rápido accionar de su esposo, lograron salvarse». Él se dejará abrazar y regresará a este momento en el que se mueve de un lado a otro, inspeccionado los cuerpos de los otros médicos que lo acompañaban, descubriendo con dolor que nada podía hacer por este o aquel; y la alegría de descubrir que uno aún respira, apenas, pero respira. Y se deja caer a su lado y le encuentra la herida por donde brota la sangre y logra detener la hemorragia, con restos de su propia bata, hasta que encuentre los bolsos con medicamento que están en la camioneta. Entre los brazos de Silvia todavía se preguntará cómo pudo llegar a la camioneta, a pesar del martirio de su pierna herida; o cómo pudo ayudar al negro Turiño a salir de la cabina y, luego de acostarlo a un costado del auto, regresar con el maletín de primeros auxilios, a ayudar al otro colega. Ahora tampoco lo sabe, pero lo importante es que lo hizo, que sobre su pierna sana sostiene la cabeza del otro médico que respira ahora con mayor facilidad, que si mira hacia su izquierda puede ver al negro Turiño, quejoso, pero vivo.
Siente que le ruedan por las mejillas unas lágrimas, las primeras que se permite en mucho tiempo. Pero sabe qué no son lágrimas de dolor, de ese dolor intenso que le llega desde las entrañas de su pierna; o del saberse rodeado de los cuerpos inertes de quienes, hasta unos minutos atrás, compartían con el sueños y alegrías. Para esas lágrimas ya habrá tiempo. Llora por el sonido de las sirenas que se acercan, porque adivina la ayuda, porque sabe que el negro Turiño, el médico a quien sostiene la cabeza y él, estarán a salvo, y que, meses después, esto será una anécdota más, de esas que gusta de contar en el patio de la casa, en su sillón preferido, bajo la sombra del flamboyán, con Silvita sentada sobre sus piernas, escuchándole contar de las peripecias del negro Turiño al timón, de su miedo a las serpientes y a la sangre; de todas las caminatas que él y sus colegas hacen día a día para llegar hasta comunidades lejanísimas, donde nunca antes habían visto un médico. Escuchará el ohhh prolongado de Silvita cuando le cuente de selvas y panteras, y saboreará el ron que Sergio le brinde de la botella nueva «especial por el regreso», y del beso prolongado que Silvia pondrá en sus labios, tras recriminarle sonriente «mira que inventas»; mientras la niña va a buscar el último dibujo que hizo de su papá, «curando a los niños del mundo».



PÁGINA 7 – RESEÑA

LEANDRO CALLE
(Zárate-Buenos Aires-Argentina)

UN PAISAJE NUEVO PARA LA POESÍA ARGENTINA

Todavía lo recuerdo. El poeta se levantó de su asiento y bajó la rampa hacia el escenario en donde tenía que leer. Fue en ese momento en el que trastabilló y el cúmulo de libros que llevaba en sus manos cayó por el piso. Él bajaba y yo creo que subía por esa rampa. Había unos cuantos minutos de descanso antes de que comenzara la nueva ronda de lecturas. Fue ahí donde Hernán Schillagi, me entregó un primer ejemplar de Ciencia ficción (Libros de Piedra Infinita, 2014). Le ayudé a levantar algunos libros y papeles, él bajó y yo subí por esa rampa-escalera. Me crucé con otro poeta amigo que me dijo, apenas vio el libro de Hernán en mis manos: «es el mejor libro de Hernán». Fue como si me dijeran un secreto. Y lo primero que uno hace con un secreto es contarlo, así que eso intentaré hacer aquí.

Llegado a mi casa recuerdo haber leído de un tirón varios libros que me había traído de Mendoza. Pero mi cabeza estaba embotada, cansada y leí con esa lectura veloz e irresponsable que a veces nos sucede. Entre esas lecturas estuvo Ciencia ficción. Al cabo de dos días, retomé, como jugando, el libro entre mis manos y descubrí que no había retenido absolutamente nada. Es más, me di cuenta de que había hecho una lectura en «piloto automático», una lectura mala. Así que me senté y lo leí con la convicción de que había allí un secreto a ser revelado. Leer es escuchar, así que me dispuse a escuchar y leí. ¿Cómo pude haber transitado estos paisajes del alma humana sin haberme dado cuenta? Porque es otro paisaje el que nos propone el poeta. Schillagi, es un paisaje completamente nuevo o al menos originalísimo en la poesía argentina. Tomar prestado al género de la ciencia ficción sus paisajes y sus palabras y hablar de lo que hablamos siempre los poetas.

El libro de Hernán es como un planeta nuevo por explorar. Nuevísimo. No encuentro analogías o referentes cercanos, entonces el libro (que hace rato me ha declarado la guerra) me anuncia que acabo de perder todas las batallas. Que no me gaste, que es inútil, que este es un nuevo planeta y que no busque más medidas para medir. Que me deje llevar. Que acepte el viaje. No hay medidas. Que navegue. Pero todavía no me rindo y le contesto con su mismo lenguaje: «sin embargo el peligro hace de la casa una nave / que vuela hermética por el espacio de mis recuerdos». Finalmente me doy un poco por vencido y acepto el viaje. Me llama la atención una palabra, la palabra «electricidad».

Los poemas de Ciencia ficción, tienen una electricidad de otro mundo, una electricidad sutil y potente al mismo tiempo. En el poema los canales de marte, Schillagi cierra diciendo: «…y de tu boca por si no lo sabías / comenzarán a salir palabras / como los golpes de un corazón / que se quedó latiendo en otro mundo». Se trata entonces de escuchar a ese corazón y ese corazón late en otros paisajes, paisajes fantásticos, novedosos, paisajes con máquinas, electricidad, civilizaciones y planetas. El latido es modificado por esta atmósfera distinta y entonces el sonido y la musicalidad del poema son distintos. El proceso que hace el poeta es exactamente al revés: para entender el hoy hay que servirse del futuro. No hay ayer en estos poemas o al menos el ayer está tamizado y escamoteado en el futuro. Es preciso avanzar al futuro para entender el presente: «estar despiertos quizá sea la mejor de las resistencias / luego de que las máquinas tomaron posesión / de la arena de tus recuerdos y el tiempo quedó suspendido / en un mundo que no te pertenece y no hay fruta / que calme la sed como tampoco un pájaro / que le regale sus colores al viento de la tarde…».
El poema al que pertenecen estos versos se llama fuera de la caverna y nos remite evidentemente a la alegoría del filósofo griego. Pero estamos afuera de la caverna en serio. Al menos yo me siento un astronauta solitario en la noche espacial. Solo frente al libro del poeta Hernán Schillagi que ha logrado decir con maestría un lenguaje nuevo para mí, una manera original de hacer hablar a la poesía. De todos los libros de poemas que he leído este año, siento que Ciencia ficción, es el único libro que me ha dejado perplejo. El único libro que verdaderamente me ha conmovido. Su belleza me ha encandilado y no puedo decir nada, porque nada hay que decir. Porque no se puede decir nada en la noche espacial de la belleza. Porque sigue siendo un libro que es necesario volver a leer y a explorar. O mejor, es necesario seguir escuchando sus latidos, esos que vienen de otro mundo a decirnos lo de siempre pero con una música distinta. La belleza es así, uno se asoma y: «has asomado tu curiosidad a la cerradura equivocada / pero tus ojos que esperaban una historia / de pesadillas y espejos negros comienzan a brillar / como si lo visto viniera del mejor de los futuros / y poco a poco y simultáneamente y atravesándose / las imágenes golpean tu retina tu rutina / y forman una aleación con el miedo / entonces la puerta es una nueva frontera / la línea de sal que cauteriza los prejuicios…».

La belleza como principio de lo terrible al decir de Rilke. Vuelvo a la imagen mencionada más arriba. El poeta trastabilla, y da por tierra con todos sus libros. Eso me sucedió cuando leí Ciencia ficción: se cayeron todos los libros posibles y quedé a la intemperie espacial aferrado solamente a estos 24 poemas sin saber si era posible regresar de la belleza.



PÁGINA 8 – POESÍA ARGENTINA: CHUBUT / RÍO NEGRO

CLAUDIA SASTRE
(Puerto Madryn-Chubut-Argentina)

TODA POESÍA ES INÚTIL

Porque yo no soy esa
la que escribe cosas bonitas
que le gustan a la gente
gente que dice: ahhhh! y pone caraboba

No.

Soy dura con mi letra
y mi poesía hiere
como un niño muerto
en una cama de hospital.
Porque con las cosas
que nos suceden cada día
toda poesía es inútil
Toda la poesía
del mundo es superflua

Mucho peor aquella
que reconcilia al hombre con el mundo

Con qué mundo?
en mi mundo el paisaje
este paisaje del sur
el más famoso y más hermoso
del mundo
no esconde
niños que se mueren
por mala praxis en los hospitales
adolescentes que se cuelgan
del alcohol o sin pesar
de los árboles escasos
mujeres que mueren en el parto
o abortan torturadas
por un policía
en una comisaría de las heras

O bien nos malmorimos en la ruta
ya que siempre
estamos yendo a algún lado
o volviendo de otro
y si no es la nieve
será la escarcha, la falta de gasoil
o algún piquete.
Andar es peligroso y no nos queda otra
entonces nuestra esencia
nómada se encuentra
al paso

Estaciones de servicio
melancólicas
paradores, como de bagdad café.

CECILIA GLANZMANN
(Trelew-Chubut-Argentina)

PERSISTIR

He de persistir
como el faro aquel de nuestras costas
enhiesto, solitario,
arrullado por las tempestades
y los soles.

He de persistir
con mi valija de gnomos
guardianes desde siempre de mis sueños
los sueños que caminan y caminan
con los haceres que me dicta el alma
cotidianos
y que son los que me susurra
el ser.

He de persistir
con la soledad acompañada
                        que agradezco
con el acompañar a la soledad de los otros
con la pura soledad que me conversa
y me encuentra, bien adentro

he de persistir
aunque me canse
en este acelerado desasirse de los lazos
desasirse de los nudos
de los enredos promiscuos del apego.

He de persistir
contigo, hermano, en este tiempo

LILIANA ANCALAO
(Comodoro Rivadavia-Chubut-Argentina)

LAS MUJERES Y EL FRÍO

Yo al frío lo aprendí de niña en guardapolvo
estaba oscuro
el rambler clasic de mi viejo no arrancaba
Había que irse caminando hasta la escuela
cruzábamos el tiempo
los colmillos atravesándonos
la poca carne
yo era unas rodillas que dolían
decíamos que frío
para mirar el vapor de las palabras
y estar acompañados

las mamás
todas
han pasado frío
mi mamá fue una niña que en cushamen
andaba en alpargatas por la nieve
campeando chivas
yo nací con la memoria de sus pies entumecidos
y un mal concepto de las chivas
esas tontas que se van y se pierden
y encima hay que salir a buscarlas
a la nada.

mi mamá nos abrigaba
ella es como un adentro
hay que abrigar a los hijos
el pecho
la espalda
los pies y las orejas
dicen así
y les crecen las ramas y las hojas
y defienden a los chicos del invierno
y a veces sale el sol y ellas tapando
porque los brazos se les van en vicio
y hay que sacarles
despacio
con palabras
esos gajos

pero el frío no siempre
lo sé porque esa noche en aldea epulef
dormíamos apenas
alrededor de nuestro corazón al descampado.
eufemia descansaba el purrun del camaruco
y la noche confundió su pelo corto con el pasto

era la madrugada y eufemia despertó
con la helada en el pelo
y el frío esa vez tenía boca
y se reía con nosotras
se esta poniendo viejo el frío nos decía

las mujeres aprendemos
tarde
que hay un tiempo en la vida
en que hasta sin intención
vamos dejando una huella de incendio
por el barrio
ni sé porque la perdemos
y esa tarde yo precisaba
medias de lana cruda para cruzar las calles

en las ciudades el frío
nos raspa las escamas
punza en la nuca
se vuelve más prolijo
en eso andaba y a la noche
había un hombre en mi cama
o era un niño o un muchacho
yo no quería respirar muy fuerte

tiene las manos abrigadas este hombre
entonces por qué me fui
para ver si salía a buscarme o me dejaba
a que los esqueletos de pájaros
se incrusten en mi cara

como el eco del silencio
seré si no me encuentra

por hacerme la linda

encima me da abismo
este frío
sangre azul.

JORGE CURINAO
(Río Gallegos-Santa Cruz-Argentina)

TIEMPO

Hablo del fracaso 
del poema 
de la resurrección de las palabras. 
Hablo del silencio 
de las cosas que no existen 
de un corazón enjaulado en un jardín. 
Hablo de la música 
espacio privilegiado del ausente.
Hablo de mí. 

NOHRA FUEYO
(Puerto San Julián-Santa Cruz-Argentina)

LOS PUERTOS

Los puertos respiran melancolías.
Son una herida abierta a las distancias,
una espera que dibuja bocas gastadas
en el último beso.
Ese que marcó la despedida
y que soltó los dedos apretados en llanto.
Los puertos respiran tantas esperas
que, por las noches,
se llenan de sosiegos obligados
que nunca alcanza a silenciar
el rumor constante de las mareas.
Los puertos son..
Lunas apresadas en la chapa

MARITZA KUSANOVIC
(Santa Cruz-Argentina)

YO NACÍ ROJA

Yo nací roja igual que las manzanas y los labios en los labios

Yo nací roja encarnada y muy viva
por eso cicatrizo con facilidad Y las cicatrices
me recuerdan la fuerza de los ríos y el maltrato

Yo nací roja para doler 
y con dolerme no basta nunca basta

Yo Nací Roja con el fuego y la sangre en una mano

Yo nací roja Y cuando me abrieron los dedos
prendió la brasa Y dijo que 
no las letras
que 
no los números La primera línea
me entró con sangre y mundo

Y la poesía es un acto de sangre
y me sangraron la primera línea
Y la sangre tira Y no es linaje y no es raza
Y la sangre tira Y no es familia

El rojo de mi sangre

Cuando sangre sangrarán conmigo


PÁGINA 9 – CUENTO

TERESA LÓPEZ OLIVERA
(Torreón-Coahuila-México)

LAS MUJERES MÁGICAS

Hace miles de luces del tiempo, cuando solía vagar creyendo que sabía de la vida, iba desde las costas a las montañas.
Las montañas son las más misteriosas y embrujadoras geografías donde se encuentra el alma de una misma y aprende a respetar las luces y sombras de las demás personas, a las razones de la vida y las sinrazones de las luchas por la vida sin muerte.
En esas montañas hace miles de años y hace unos segundos, las conocí a ellas, las mujeres mágicas, las de las fuerzas incontenibles, que te traspasan con su horror y su esperanza inaudita.
Conocí a muchas pues mi ignorancia era muy grande, gracias a que al menos tenía ojos claros, un poco de oído y pies ligeros; pero sólo te hablaré de algunas: las de Tonantzin y las de Raramuri. Eran señoriales sin lujos ni poderes conocidos, es decir sin dinero ni honores ni prestigio, aquello por lo que hay tantas guerras y desgracias sangrantes en el mundo. Solían caminar mucho a pie, hacer tortillas y lavar en el río, cantar en lenguas antiquísimas y amar con pasión todo lo que implicara la vida.
Las de la arena fina, eran madres, hijas y nietas. Lupe, la hija, fue a la fiesta patronal de San Juan Bautista y el borrachito le llamó, un perro estaba a punto de comer a la bebé que habían tirado en la madrugada porque era fruto de una relación sin matrimonio. Lupe la levantó le quitó la placenta y la calentó con agua hirviendo, en botellas para devolverle la vida, ese día la bautizaron y la llamaron Reina Guadalupe, porque estaba mandada por Tonantzin, como regalo. Lupe tenía una vida de penurias y compartía la leche de su hija de sangre con su hija de magia, se llevaban cinco meses.Se la pidió regalada una mujer rica y no la dio, se la pelearon los parientes y pronto la registró a su nombre. Esa magia de la misericordia fue invencible, sin precio, el amor nunca se puede comprar ni destruir, sólo ancharse como el mar. Allá quedaron en el pueblo náhuatl dando luces y luces.
Las otras mujeres que me dejaron la vida cambiada y la mente azuzada fueron las de raramuri. Fui cuando no pensaba. El terror llegó primero y les arrebato los hijos, los maridos y los yernos, los papás y familiares y algunas hijas. Les arrebato por medio de los sicarios, esos que se dicen hombres y están muertos en vida, sin corazón ni entrañas. Los cielos estaban negros mucho tiempo, solo veían las luces de las balas y las veladoras. Era como la peste de la muerte que dice el éxodo o el apocalípsis. Ellas agonizaron, un día enloquecieron y los fueron a buscar a las montañas, sus ojos eran más que lámparas, sus corazones bombearon la fuerza de las caminatas infinitas en búsqueda de sus muertos y desaparecidos, por ahí encontraron a un esclavo de crimen, quien se hizo tonto y caminó al monte para que ellas buscaran. Encontraron la fosa con cientos de asesinados y sus pulmones iba a reventar del olor a podrido, sangre y quemado, muchos huesos con carne agusanada, otros cuerpos, la mayoría jóvenes, asesinados, torturados y algunos desnudos otros aún con ropa…vieron…vieron…pero no estaban los suyos. Entonces lloraron largamente por todas las familias que no encontrarían nunca a sus seres amados porque estaban en esa fosa frente a ellos, oculta en raramuri… y se volvieron. Se murieron un mes, de llanto, no quisieron comer, no podían cerrar los ojos pues los de la fosa se levantaban ante ellas. Cuando pasó el mes de la muerte se levantaron, iluminaron sus comunidades y trabajaron sus siembras, sus comidas, sus sonrisas. Cuando las conocí me invadieron con su luz y su horror, cambiaron mi vida, las de otros y otras, me arrancaron el mundo de consumismo, de ignorancia, de mediocridad. Allá están en las montañas, ya no mueren, viven en el cosmos manteniendo la esencia de la luz, de la magia invencible que hace crecer los bosques, los ríos y alimenta el tiempo de los relojes de la justicia.



PÁGINA 10 – POESÍA ARGENTINA: RÍO NEGRO / TIERRA DEL FUEGO

RAÚL ARTOLA
(Viedma-Río Negro-Argentina)

UN SUEÑO.

Entro a una casa vacía.
En muchos rincones
hay cajas de varios tamaños.
Todas dicen frágil arriba.
Tanta insistencia me llama
y abro una:
sale volando una paloma.
Abro otra:
una flor con resorte
salta y me roza
la nariz.
Con la siguiente
tendré cuidado
me digo.
La abro y encuentro
una pila de cartas
sin despachar.
En la casa había vivido
un mago y el pueblo
nunca tuvo correo.
Me llevo las cartas
antes de que sea
demasiado tarde.

IRIS ALEJANDRA GIMÉNEZ
(Viedma-Río Negro-Argentina)

LA PIZARNIK

Gacela hermosa
dama ardiente, víctima
del silencio.
Ninguna tumba poseerá tus restos.

/

Me refiero a ella,
la que no tiene su nombre,
la que habla desde la muerte,
la que atravesó el umbral
más terrible y oscuro
de toda belleza.

/

Más de esa droga
que son tus lágrimas
que es tu propia sangre.
(Mira en qué te has convertido).

RAMÓN MINIERI
(Río Colorado-Río Negro-Argentina)

LA ESCUELA DE LAS AVES

Suele suceder que los pájaros, cuando de
pequeños han escuchado el canto de otras
aves, canten notas distintas de las que
cantan sus padres.
Aristóteles
en mi infancia
está mi corazón
y en el corazón de mi infancia
es verano
en la casa de Tandil
y en la cocina
que es el corazón de la casa
está cantando un canario
mi abuela dice
que refresca el aire
el ser del canario
es aprender
eso aprendo
a este
mi nonna le dio escuela
en invierno
les convidaba a las calandrias
perlas de grasa pella
un cantarito de agua
y ellas
le pagaban el favor con exceso
montaban en el patio
su taller de diamantes
de esquirlas luminosas
e instruían al cantor doméstico
en materia de lumbre y despilfarro
igual que los linyeras anarquistas
que iban de campo en campo
y enseñaban a leer a los chicos
a cambio de catre y tumba
a más mi abuela
puertas adentro
daba clases de música de radio
óperas y violines
el canario y yo
escuchábamos
así después
cada vez que Piquín cantaba
repasábamos juntos las lecciones
de Fritz Kreisler
de Lily Pons
de las calandrias
anarquistas

JULIO JOSÉ LEITE
(Ushuaia-Tierra del Fuego-Argentina)

COMO HACER UN PAN

Muela los huesos
hasta lograr
la buena harina,
use la levadura
de su rabia,
amase
sobre madera de amigos,
con abrazo amase
hasta el cansancio,
después haga fuego
con ramitas de 'ganamos'
y en el horno del corazón
que presten sus hermanos
cocine esa esperanza
a repartir.

ANAHÍ LAZZARONI
(Ushuaia-Tierra del Fuego-Argentina)

EN TODOS LADOS SE CUECEN HABAS

Algunos poetas me escriben cartas
donde me cuentan que deliran por el lejano sur.
No son pocos los que me imaginan en una casa
construida con maderas claveteadas,
escribiendo sin cesar mientras la nieve cae y cae.
Hasta piensan que suelo estar sentada junto al fuego,
como si fuese un personaje de ciertas novelas decimonónicas,
y me piden que les describa el silencio porque ellos ya no lo recuerdan.
Este mediodía varias calles de la ciudad están cortadas.
Escucho bombos,
voces,
sirenas de patrulleros,
personas que gritan cada vez más alto en medio de la aglomeración.
Por ahí no se puede pasar.




PÁGINA 11 – CUENTO

ELISA ROSETTI
(Santa Fe-Argentina)

AMARILLA….TU MUERTE

Esa mañana de sábado había decidido –ya que frente a lo inevitable la aceptación no es signo de debilidad sino de inteligencia- mantener un buen romance entre las hojas, el patio, la escoba y yo.
Estábamos en abril y el otoño cumplía a rajatabla el designio verde-amarillento de la naturaleza  de hacer caer las hojas de los árboles al paso del viento.
Digo, que las  hojas se depositaban, después de realizar una descendente danza lenta con acompasado vaivén, sobre las baldosas del patio pintándolo de un dorado crujiente  cual cuadro otoñal  infinitamente  repetido. Yo, con paciencia, barría y juntaba las bailarinas intrusas disfrutando del trabajo. Era una de esas mañanas de cielo azul intenso y el sol brillaba con toda su generosidad. Ese día invitaba a glorificar la dicha de vivir y por cierto, no se podía pensar que alguien pudiera morir con ese sol. Algo así dice Juan Moreira en la hora de su muerte y esta frase me viene siempre a la mente en  esos días.
Pero el teléfono llamó y la noticia se hizo carne.
¡Habías muerto! Finalmente lo habías logrado. Entonces me hice la pregunta inevitable. ¿Por qué?
¿Acaso tu vida   se había convertido en un infierno imposible de soportar?
¿Qué punto en la línea de tu vida quedó marcado  de manera fatal  que insistió , una y otra vez, volviendo sobre tus decisiones suicidas hasta que finalmente se hiciera  tu voluntad?
¿Qué fue lo que no pudiste aceptar?
No hay respuestas, creo, para estas preguntas  ni para tantas otras. Lo cierto es que tu frase “ hasta aquí llegué” me dice que libre o no, decidiste provocar tu muerte.
Las lágrimas me llegan a los ojos y a pensar de que sigo juntando hojas secas, mientras las embolso para que no se fuguen  con la brisa, cargo la pesada noticia sobre mi espalda, sobre mis hombros.
Todo sigue igual afuera. Pero ya nada es igual. El sol, el cielo me aplastan sobre el patio; mis pies ya no tienen conciencia del movimiento; la tristeza se me instaló en cada lugar del cuerpo y me invadió el alma.
Estoy infinitamente triste.
No quiero ni puedo hacer un juicio sobre tu decisión. No me corresponde. No nos corresponde a quienes te queremos ¿ O te quisimos? ¿ Cuál es el tiempo de verbos que se usa en estas circunstancias? Mejor el presente. Así estarás siempre entre nosotros.
Lo que importa de aquí en más –y no lo digo como consuelo-es la vida que viviste llena de colores. Esos que dejaste en las telas de tus cuadros -circunstanciales salvavidas que elegiste para intentar salir de tu infierno – pero  que sin embargo no pudieron  cumplir su objetivo y que éstas , verde –amarillentas  hojas , me los recuerdan.
Trazos, colores, movimientos que hablan de tu ser  interior; gritos que  llegaban  a los ojos de quienes pudimos verlos. Oídos que no los escucharon.
Me quedaste debiendo una máscara de las que sabías pintar. Me la habías prometido. No quiero pensar ahora que sea ésa, que vi en el último instante en que te miré  antes de que las puntillas blancas y la madera te guardaran para siempre en la oscuridad , la  máscara que quisiste regalarme.
¡¡¡No!!!
Me quedo con aquella chispeante de sonrisa alegre, llena de luz y destellos en los ojos .Tu cara.
 Ésa es la máscara con la que me quedo. La que si bien no podrá añadirse  a mi variada colección sobre las paredes, quedará en mi interior y será una imagen inalterable en el tiempo, como estas hojas amarillas, secas, y crujientes de abril… de otoño.


PÁGINA 12 – ENSAYO

FERNANDO G. TOLEDO
(San Martín-Mendoza-Argentina)

EL POETA, EL INSECTO

Hay poetas constantes y poetas estacionales. Los primeros, claro está, escriben siempre, donde y cuando sea. Suelen ser prolíficos y no hay día, hora o clima que perjudique o beneficie su escritura. Otros somos más bien poetas «estacionales»: lidiamos durante todo el año con la prosa de los días, del trabajo y las obligaciones, y, quizá porque necesitamos tener los músculos de la lírica descansados, solemos escribir poemas sólo cuando estamos de vacaciones. A Gustav Mahler le pasaba lo mismo cuando quería componer. Debía dejar a un lado las obligaciones propias del mejor director de orquesta de su tiempo para, recién entonces, imaginar y poner en partitura esas sinfonías oscuras, estremecedoras y hermosas que trazó en sus retiros veraniegos de Steinbach o Maiernigg [1].

Ser poetas estacionales, y cuya savia de versos se estimula en el verano, nos pone a la altura de los insectos. Esto sucede cuando, bajo la lámpara que nos acompaña en las «rondas nocturnas» a la caza de un poema, somos de pronto golpeados por un bicho volador. Al levantar la vista descubrimos el enjambre de desquiciados seres que giran como satélites perdidos alrededor de la luz, criaturas que golpean el farol, que incluso sacrifican sus pobres vidas breves con tal de tocar –como ícaros que no aprendieron la lección– esa irresistible fuente de energía.

Es cierto que lo primero que hacemos al interrumpir nuestra faena es combatir esa invasión. Usamos las manos o el insecticida. Cerramos la ventana o, ya en el límite de la desesperación, apagamos la lámpara. Allí es cuando descubrimos a nuestros semejantes: no lo sabíamos, pero habíamos estado haciendo lo mismo. Como los insectos, los poetas aparecemos ex nihilo en las noches, bajo las lámparas que guían nuestro desorbitado vuelo. Fabio Morábito dice que siempre se escribe en silencio, aunque haya ruido a nuestro alrededor [2]. Creo que también siempre se escribe de noche, con la guía de una luz tenue que no lleva a otra parte más que a su propio resplandor. Cada verso es un golpe contra el candil. El canto de la mano corre con violencia un insecto que se ha pegado al papel –o a la pantalla de la computadora portátil–, y corre de algún modo lo erróneo de otro canto (lírico), el que estamos escribiendo.

Si no estuviéramos inmersos en el mundo parasitario de la poesía, la luz apenas nos serviría para iluminar el camino. Pero somos poetas estacionales, insectos, bichos de luz, y queremos más que eso. Hacemos lo que Horacio Castillo escribió, tal vez bajo el haz de una lámpara larvada, en ese magnífico poema: «...luchamos, sí, / pero apenas por un poco más de luz, / la dignidad de haberlo intentado» [3]. Entendemos que hay un daño implícito, pero como Jacobo Regen («Sé dura, oh luz, conmigo») preferimos lastimarnos («hiere profundo, profundo») [4].

Y sólo de a ratos, en medio de un verso recién escandido o al concluir un poema, al percibir la mañana que despunta, miramos de nuevo la lámpara y nos llega una oportunidad. Ahí están los versos o la página en blanco; ahí, la incandescencia. Y hay que decidirse. Tendremos que elegir entre chocar contra el destello o sobrevivir a la próxima noche

Notas

[1] De la Grange, Henry-Louis. Gustav Mahler. Akal, 2014.
[2] Morábito, Fabio. El idioma materno. Gog & Magog, 2014.
[3] Castillo, Horacio. «Apenas por un poco más de luz», en Por un poco más de luz. Obra poética 1974-2005. Brujas, 2005.
[4] Regen, Jacobo. «10», en Umbroso mundo. Fondo Editorial de Salta, 2013.


PÁGINA 13 – POESÍA ARGENTINA: NEUQUÉN / LA PAMPA

ALDO NOVELLI
(Neuquén-Argentina)

disertación sobre la poesía

el afamado poeta había terminado la disertación
estaba cansado
molesto de los cholulos que lo rodeaban
señoras edulcoradas que le decían:
“hermoso señor hermoso”
y eso que había dicho no era hermoso.

señores serios que se le acercaban y le espetaban:
“si en el mundo hubiera mas personas como usted
el mundo sería otro”.
estupideces pensó/ puras estupideces
al mundo no lo cambio yo ni ningún hombre solo
al mundo lo cambian hombres y mujeres
que sean capaces de mirarse al espejo
y decidir cambiar su infierno interior.
pero no lo dijo.

un joven pelilargo se le acercó grabador en mano
le dijo: “puedo hacerle dos preguntas?”
“claro” le contestó.

- qué es la poesía para usted? –

- terminar de hablar con usted
irme a mi casa de solitario
servirme una copa de buen vino
beberlo lentamente
abrir la puerta del dormitorio
y encontrar una bella muchacha
desnuda sobre la cama/
que al verla me diga con voz grave y seductora:
“te estaba esperando...”. -

- y qué es el amor para usted? –

- ir caminando por una playa desierta
y entre los restos humanos que devuelve el mar
ver flotando una botella con un mensaje dentro
levantarla/ sacar el papel y leer en él:
“te sigo esperando...”.-

LILÍ MUÑOZ
(Neuquén-Argentina)

FUGACIDAD VIRTUAL

Entendí mal
qué quieres que te diga
nuestras distancias son también esto que trato de escribirte
entendí las palabras
un te quiero por ejemplo
o amor
o te amo
quise escuchar con el decir antiguo
con el valor
de sustentar el verbo
con la sangre
el corazón
las tripas
y ya
no era así
solo fonema
escritura
retórica
fugacidad virtual
humor y cortesía
banalidad
la muerte
sin dramatismo
apenas
penita
de sonrisa
ya cierra el chat
cualquier botón espanta.

SERGIO SARACHU
(Neuquén-Argentina)

ABUELAS

 (…) acá se pare en su momento
y también después:
un bebé lleno de música,
robado a su madre,
quema las manos del ladrón;

la madre del bebé lleno de música,
combustiona la vida más allá de la muerte;

36 años después, la música del bebé tiene su partitura.

Las Abuelas
nacen con el diapasón del fuego (…)

SERGIO DE MATTEO
(Santa Rosa-La Pampa-Argentina)

DIACRONÍA Y SINCRONÍA

Diacronía y sincronía en los sucesos tramados en la construcción de la historia de la región, junto a algunas desavenencias en cuanto a la distribución de la riqueza y la sentencia asestada por la hegemonía sobre a quienes se considera excluidos a la vez que son los mismos vencidos de siempre.
"¿quién es el que
como el tigre
cabalga en el viento
con su cuerpo de fantasma?"
Fragmento de poesía araucana

I
repiquetean los cascos repiquetean y no es una pesadilla
persiguen a los espectros no encuentran a los espectros
y no habrá paz ni conciliación posible hasta que se acallen los huesos
cuando se sepulte al último jinete de la estirpe

huella y ritmo de trombas en los médanos
charcos de agua turbia fragmentos de historias sin contar
chillan chillan una canción con chaquiras
de piedras que se golpean contra los cueros y dejan sólo polvo
gastado polvo de las piedras rotas

cruza la voz destrozada entre el viento
sin espuelas cabalgando a pelo sin cencerro que la detenga
cruza entre los colgajos sombríos y espinosos del monte
un fantasma omnívoro que se le acrecienta la sed
arrastra a su paso los brotes las leves respiraciones
descubre en la huida su espalda cortada por los alambres de la conquista

huella otra vez la rastrillada y el golpeteo del kultrún con su dinastía de piedras y zorros
a ritmo de trombas a percusión incesante
grito sin espanto grito pelado y sin fronteras en la noche del desierto
en el centro de las nuevas fundaciones urbanas en el medio de las reyertas históricas
boleadas sin perdón de ningún dios

es de humo es de humo la congoja que pende de la rama del tiempo
una espada izada desde la cima de los cielos
plena de luz plena de sombras fatal preciosa
que se va anudando como una serpiente en cada una de las vértebras
de las criaturas condenadas

has nacido para morir has nacido para morir
quedarte en algún punto del camino con tu quilla partida
náufrago del cuerpo de la voz de la palabra
de la espiral que te lleva y te trae entre-colores mezclados
confundidos a fuerza de pinceladas densas que sólo puede trazar la mano de Van Gogh
del propio infierno la patria de las miradas enfermas

TERESA PEREZ
(Santa Rosa-La Pampa-Argentina)

EL TORITO

"Pellejo de los montes despeñadero de alas fue oteo decir tristeza el abra igual que astilla querida de la luna. Tu hacha maidanita cortaba serpentina raramente en el aire volvía de los hombres con los rostros caídos sin decir un tormento para llorar con ellos. La boca de tu sombra se durmio sin alero para guardar la frente mi bisagron de lata con que arrimar la puerta mientras los nihos duermen. En la cuerda del tiempo se lee claramente una era de punales que levantaban toldos para poner la copa vaciada del abrigo (Recuerdo de las ollas las manijas azules-la pua del invierno clavada en los talones-cuando la inmensidad campea en la pobreza de atravesar picadas y un hombre congelado en su espina de hielo no cabe en la frazada de su propio esqueleto mirado desde lejos)"

ANAMARIA MAYOL
(Victorica-La Pampa-Argentina)

NO ME OLVIDO DEL VUELO

He quebrado las máscaras
he transitado
sobre mis propias muertes

Me he visto trasmutando
de gaviota a paloma
de halcón a águila

He comido mis vísceras
regresado en mujer

Me encuentro parada
en mis dos piernas
transito
el último tramo del camino

aún guardo las alas
en los rincones

No me olvido del vuelo


PÁGINA 14 – CUENTO

FERNANDO LINETZKY

(Avellaneda-Buenos Aires-Argentina)


UN MAR QUIETO


Mucho odio en la tele. La patada voladora de Cantona cuando jugaba en el Manchester repetida una y otra vez. Odio. Un hombre con barba y piernas de maceta, comportándose como niño furioso, creyéndose hombre. Me sobrepasa. Como las bolsas llenas de basura atrás de la puerta de la cocina. Tres bolsas. Es sábado y empieza a anochecer y a mí me da no sé qué esta casa tan sola. Hoy se cumplen dos meses desde que ella se fue.
–Quedate con toda esta mierda –dijo. Ni siquiera lo gritó.
Se llevó a mi hijo con ella.
Antes se encargó de aclararme que por fin había encontrado un hombre. Un tipo sensible que la escucha, al que le importa si ella sufre, si está mal. Superman.
Yo le dije algo sin importancia. Ni siquiera sé si lo dije, lo pensé o lo susurré. ¿Qué iba a decir?
Ella dijo que me iba a avisar cuándo podría ver al nene. Por unos meses iba a ser imposible porque se iban a una gira de artesanos por la costa.Fue fácil imaginarlos en un micro viejo yendo de pueblo en pueblo con sus chucherías para vender. Mi nene en brazos del otro hombre, del hombre de verdad, mirándolo hacer pulseritas y collares. Feliz. Lejos de mí.Está oscureciendo y no tengo nada que hacer salvo sacar la basura que vengo acumulando desde que ella se fue. Estuve pensando y no pude recordar la última vez que le dije que la amaba. Igual ya no tiene importancia.
Cuando se fue abrí la puerta apurado y corrí hasta la esquina. Miré para todos lados, pero ya no estaba. Busqué cigarrillos en el bolsillo y encontré el chupete viejo, mordido, con el que mi hijo se dormía cada noche. Lo apreté fuerte.
Una vez mi papá me dijo que yo arruinaba todo lo que hacía. No me lo dijo con maldad, me lo dijo más como advertencia. Que era una herencia familiar, que así éramos los hombres de la familia, no había nada que hacer. Yo tenía doce años. En lo primero que pensé cuando mi hijo nació fue en eso: yo nunca se lo iba decir. Ni a los doce ni a los veinte.
Está llegando la medianoche, apago la televisión y voy al baño. Me agarro de la pileta y me miro fijamente a los ojos en un botiquín de tres compartimentos. Los años hacen que las banditas y las aspirinas se vayan cambiando por vendas y tranquilizantes. Giro los dos espejos de los costados hacia adentro. Miro mi perfil derecho, el izquierdo, me miro de frente. Tendría que salir. Darme una ducha, afeitarme, vestirme bien, perfumarme y salir a caminar. Entrar en algún cine. En algún bar ver si hay alguna mina sola. Contarle cómo extraño al nene. Cómo extraño a mi mujer.
Ya no hay nada que hacer acá.
Ya no siento el olor de las bolsas: pero hablan entre ellas. Y las escucho. Hasta que no las saque no voy a poder salir a ningún lado. Ella y el nene podrían volver de un momento a otro y entrar en la casa. Lo primero que sentirían sería este olor a podrido que ya no distingo, este zumbido insoportable que hacen las moscas encima de las bolsas. Ella diría: ¿Qué hizo? ¿En qué se convirtió este hijo de puta?. Peor, se preguntaría qué hago yo acá, para qué volví. Y su arrepentimiento me lastimaría más que la decisión de haberse ido.Hasta que no haya sacado la última bolsa no voy a poner un pie fuera de esta casa. Lo que debería hacer es levantarme de este sillón. Dar un salto, correr a la cocina, agarrar las bolsas y salir de acá. Agarrar las tres bolsas más la que está en el tacho, dos en cada mano y a la calle.
Quizás si saco las bolsas de basura todo se arregle. Agarro la bolsa que todavía está en el tacho y la ato 
con un nudo. La suelto encima de las otras tres. Miro la montaña. La miro con una especie de cariño. Me 
estoy moviendo. Estoy vivo. Abro el tercer cajón del mueble de la mesada y saco una bolsa nueva. La pongo 
en el tacho.
Agarro dos bolsas con cada mano. Pesan más de lo que creí. Las arrastro un poco. Empiezo a transpirar. Me gustaría secarme la transpiración. Pero si apoyo las bolsas en el piso quizás ya no pueda sacarlas. Prefiero hacer todo de un tirón.
Camino por el pasillo de la cocina al living. Los brazos me tiemblan pero falta poco. Cuando me doy cuenta 
ya es tarde: una de las bolsas se abrió por abajo. Me doy vuelta y veo un camino de mugre. Como si fuese 
esos caminitos de jardín, flores y piedras rosadas a los costados, pero en este caso es basura: cáscaras de 
naranja, latas de atún, colillas de cigarrillos. Me quedo transpirado, descalzo, mirando el camino. Suelto las 
bolsas que hacen un ruido seco al caer al piso. Agarro una y la rompo al medio. La llevo al living, la levanto lo más alto que puedo y dejo que la basura vaya cayendo y se desparrame por todos lados. Busco otra bolsa y hago lo mismo. Paso a paso: bolsa, basura, piso.
A una la pateo cuando va cayendo. A otra la agarro del extremo y empiezo a girar a toda velocidad y la basura vuela por todas partes. Contra el vidrio del balcón, contra las paredes.Cuatro bolsas. Así hasta que no queda ni una sola. Me siento bien: agotado y satisfecho. En el piso casi no hay lugar sin basura. Parece un mar quieto. Camino descalzo por encima. Las moscas son gaviotas.Me tiro en el sillón. Quisiera dormir, pero no voy a poder. Entonces saco del bolsillo del pantalón el chupete y me lo pongo en la boca.


PÁGINA 15 – POESÍA ARGENTINA: ENTRE RÍOS

MIGUEL ÁNGEL FEDERIK
(Villaguay-Entre Ríos-Argentina)

NIÑA DEL DESIERTO

'Si no hay para ti un lugar en el mundo,
yo te llevaré en mis ojos'
(Anón. árabe)

Cuanta materia de realidad futura -me dije- habrá en los ojos de esta niña
que no pude ver bien, parada en la arena del desierto
o parada en el fondo naranja de la pantalla de CNN en español
al borde de la carretera que sube desde Az Zubayr a Basora,
o que baja a los infiernos de Bagdad, que ahora es un infierno,
y hago aquí unos puntos suspensivos porque una vez hubo jardines en Bagdad
y esta niña parada entre mujeres vestidas de negro tiene la edad de aquellos jardines
y ve pasar tropas camino de Bagdad como si viera por primera vez otro mundo,
ya que es el otro mundo el que ahora está pasando frente a ella
parada en el resplandor dorado de las arenas de este día de la primavera boreal,
mientras voy al mapa del diario de hoy: 23 de Marzo de 2003 para fijar exactamente,
con precisión poética y felina el sitio exacto en que la ampara la sombra de mi dedo
que ya sabe que una vez en Bagdad hubo jardines verdes y dorados
y leones de mosaico, celestes y dorados, protectores de templos o de tumbas
y es imposible vivir en un desierto ignorando que los leones verdaderos
son celestes y dorados y esta niña en el camino de Az Zubayr a Basora,
guarda en su pupila el ojo de la aguja y ve pasar camellos solamente
como quien hiciera de su mirada la otra puerta de la historia.

Los leones son celestes y dorados porque cuando eran celestes y dorados
en el mundo real había leones de azafrán y de canela
y una niña real no puede vivir en un mundo de leones reales
ni con la imagen de ejércitos pasando eternamente por su mirada,
porque los leones reales nunca fueron de azafrán o de canela
sino celestes y dorados y una niña tiene la mirada de una niña
y una niña parada en el desierto es una niña parada en el desierto
cuya mirada quiero que se conserve en este poema
puesto que si esa mirada hubiese desaparecido antes de este poema
nunca hubiese habido leones celestes y dorados
y tampoco hubiese visto nunca esta niña de oro parada en el desierto.

Cuanta materia de realidad -futura como toda realidad-
está mirando esta niña -me dije- porque de esos ojos cegados
por la luminosidad enemiga que cargan estos carros de guerra,
saldrán canciones, novelas o biografías que harán del mundo este mundo
y que me gustaría leer otro domingo de mañana y en la paz de mi provincia,
-y que sin embargo ignoraré para siempre por una cuestión de edad-
pero sabiendo contra todo pronóstico o gnoseología
que los leones son celestes y dorados porque son celestes y dorados
y no hay poder real que pueda derrotar la ultra realidad que pasa
de tal modo en los ojos de esta niña parada en el desierto,
entre mujeres de negro de la cabeza a los pies paradas en el desierto,
porque la poesía ha sido siempre una niña parada en el desierto
y una niña parada en el desierto es suficiente testigo de su mirada.

SUSANA LIZZI
(Gualeguaychú-Entre Ríos-Argentina)

TIEMPO PRESENTE

Un ángel tiene tiempo
y viene hasta la tierra.
Arranca un yuyo
muerde
su tallo con lentura.
mastica.
chupa.
traga.
Se le encogen las alas.
en estos campos, nadie
espera su llegada
sólo arrojan semillas
y fumigan.

JUAN MENEGUÍN
(Concordia-Entre Ríos-Argentina)

HISTORIA DE LA AVIACIÓN


Cuando el niño era niño,
las manzanas tenían olor a manzanas
Peter Handke

He visto al viejo navegante,
chalina blanca y antiparras,
y fuselaje de pino y tela por los mares del Sur,
y un ronroneo de viejo Latècoére
por colinas entrerrianas un mediodía de abril,
como un sueño combado al vuelo rasante sobre el lino
girar e inclinar las alas
sobre las vizcacheras y sobre un río más claro que el Garona
y sobre aquellos arenales donde corajeaban adelantados Whippers
y gringuitos en cabriolés
que nada entendían de esas intrépidas máquinas voladoras
aunque ya esperaran fotografías con rubias casamenteras
mientras maceraban tinturas de láudano o de árnica
y curaban las pinoteas de las alfajías,
sin olvidar la genética del citrus
sin olvidar que el mundo estaba en el mundo,
pero en el cielo, sí, estaba el corazón,
y el espíritu de los plantíos
circundaba una lenta sustentación de isobaras
y de compases trémulos en las improvisadas rutas,
-apenas la punta de un lápiz nocturno
que fijara un trayecto de luna entre cúmulus nimbus
entre Toulouse y Tánger,
entre Casablanca y Montevideo,
entre Buenos Aires y Asunción
para un Correo del Sur con fotos y matrimonios a distancia:
-alsacianos, dinamarqueses, lombardos,
respirando todos el fresco de la madera lustrada con naranjas
y el recato de ultramarinos en los almacenes
-indocumentados altímetros
que vinieran a decolar aquí, en estas colinas junto al río
donde no supimos, si acaso, o tal vez muy fugazmente,
fue al atardecer de un viaje sin escalas hasta una ciudad llena de luz
cuando descubrimos en las hondonadas esas pequeñas maravillas,
esas crisálidas tornasoladas, intensidad y forma de capullos
todos encendidos y en caída desde otra galaxia en verano
hasta el aura de esas florcitas que llamamos dientes de león
y el rocío que ardía, fríamente,
-y sentimos, plenos y serenos,
que entre las colinas habría una como depresión triunfante
donde en apenas neblina brillarían todas las luciérnagas
aunque alternativamente, una y otra, y otra,
y otra cuando un sonido que no agredía
nos desplazaba por el viejo asfalto
donde esa tarde habían alucinado los arados
con sembrados extendidos hasta el próximo amanecer,
como si una gesta gringa hubiera venido a dejarnos esta marea de girasoles
y aquella luz serena sobre el lomo de las doradas
que saltaran entre las boyas del canal o remontaran el Salto Grande
donde los viejos, cada verano,
rehabitaban los ranchos para olvidarse de los ferrocarriles;
-entonces, éramos el paisaje adentro del viejo Oppel
viajando con brújulas y cartas astronómicas
y mapas desteñidos por la resolana
hacia una lejana pradera que conoceríamos en un amanecer
sin arroyitos ni esteros ni lagunones entrerrianos
pero con un fresco de alcanfores en la nariz de los gurises
festejando por un descubrimiento de trilladoras en caravana
que avanzaban, lentísimas,
con un estrépito de metales viejos
y de fierros comprimidos por la presión de las calderas
y de tierra removida por la fuerza de las ruedas metálicas,
lento y ondulante convoy de máquinas, tractores, carromatos
que penetraran una pampa de girasoles ingrávidos,
mientras un vientito de pretormenta
empujaría la nuestra descolorida nave
y las casuarinas de las rutas cantaban con sus agujas
hacia la Cruz del Sur...
ah, lluvia de los viejos días,
cuando el mundo recién habría de nacer
y había que nombrar todas las cosas, y conocerlas,
«...y qué de lejos están esas estrellas y después de ésas»,
otros mundos con soles vertiginosos más allá todavía
«y más más allá, qué...»
qué vacío contemplaríamos acostados boca arriba en los techos,
aprendiendo cómo se traza un círculo y por qué gira la tierra,
por qué el agua se evapora y luego se licúa y luego se congela,
por qué los pájaros y las máquinas vuelan,
y por qué venas viajan las centellas,
y porqué qué,
qué vacío enorme en la manito recién abierta
cuando supimos que el cometa andaría por el viejo muelle
y en el cedazo de la noche iluminada
fue una cinta pálida que se deshilachaba en el olor del río,
-resaca de bajamar y luces de lanchones cerealeros-
tan solo una pregunta, apenas una pregunta...
No. Nunca supe sin embargo por qué, y si acaso,
esa sarta con surubicitos vivos en un agua dulcemente clara
y dulcificada por sarandices enramados en la costa
me dejó la visión de un lagarto comedor de miel en la siesta de Chaviyú
y los ferroviarios con sus Estancieras atiborradas de campamentos,
cuando habría de ser el olor de lejanos arrecifes
las huellas del congrio en las playas de Río Grande
quizás un mensaje, una sintonía en qué firmamento del agua
para que volviera deslizándose en la Mar Australis
una tibieza de puentes cruzados al amanecer, y elevados
por un olor a esteros y álamos
sobre aquel delta donde solían andar las barcazas,
un poderoso aire en estado de ebullición
que habría de despertar finas raíces en la conciencia,
tibios filamentos dormidos en una palpitación de islas brumosas
que navegaran sin delfines ni cachalotes
hacia la tarde del cormorán y el calafate incendiados,
pero no ahora, aunque no ahora,
sino cuando un blanquísimo puente cruce como flotando
desde una ciudad oculta en un agobio rosado
hacia las forestaciones penetradas por la noche,
sino cuando ya no pudiera andar los viejos caminos
en busca de claros arroyos
y aquel rostro sólo sea una bruma pálida en los espejos,
sino cuando drogado de turbinas y carlingas
sólo escuche el carburante de una danza de Sea Harriers y Super Etendard
oliéndose la muerte en los hocicos,
volvería, sí, aunque no ahora,
sino cuando el viento sea sólo un amanecer de palmeras invocándolo,
invocándolo,
porque sin embargo eso sí supimos, y por si acaso,
que a los viejos navegantes no se los amarra
bajo el cielo de otra latitud
sino aquélla donde una vez decolaron los sueños.

TUKY CARBONI
(Gualeguay-Entre Ríos-Argentina)

PARA ENCONTRARTE, PADRE

Para encontrar las voces que el amor hizo inmortales,
mi corazón sabe el camino.
Mi corazón lo sabe.
Hay que viajar al borde de la sangre,
dejar atrás las cicatrices de las lápidas,
pasar sobre silencios verticales.
Para encontrarte, padre,
mi corazón halló el secreto:
(no se pierden los seres entrañables)
hay que olvidar las lágrimas y el miedo.
Hay que borrar los bronces empañados,
para entrar en la médula desnuda
donde arden tu memoria y tus verdades.
Para llegar a vos,
mi corazón tiene la llave.
Y es inútil que afirmen
que hace tiempo que has muerto;
mi corazón
no se ha enterado,
padre.

JUAN MANUEL ALFARO
(Nogoyá-Entre Ríos-Argentina)

LA POESÍA DA QUE HABLAR

a Dolores Etchecopar

Afortunadamente,
tras el tope del siglo,
aún la poesía da que hablar.
Ha aprendido a no insolarse con las computadoras,
a procurarse sudarios en las mesas de saldos
y a pasar por un fax su indemne 
panadero.

Ciudadana ya del siglo veintiuno
monta en pelo este hiato
y se sacude las póstumas pelambres
para lucir las futuras inseminaciones azules.

Llagas más, llagas menos,
sabe que no es ajena a la multitud
hace cola, como cualquier hijo de vecino,
frente a la ventanilla
donde el viento
extiende a cada uno
su certificado de fantasma.

Y por más que algunas veces
descuelgue algún antiguo ángel de perchero
y escamotee,
con pudor,
una bolsita de lavanda,
no se deja imponer, ya, dietas de crepúsculos
y anda a la intemperie de la historia
a calzón y a cielos y a lenguaje quitados.

La poesía da que hablar
y allá en lo alto,
en la colina milenaria,
aviva un fuego en guardia
para que el hombre
pueda sortear los precipicios sucesivos
y reconocer sus propios pasos
en los remansos del misterio.



PÁGINA 16 –  ENSAYO

MIGUEL ÁNGEL GAVILÁN
(Santa Fe-Argentina)

SOBRE CINEGÉTICA DE HAROLDO CONTI

El 4 de marzo de 1976 era secuestrado el escritor Haroldo Conti por el GT 3.3.2. La historia que se supo después precisa que le habían pedido en dos oportunidades que se fuera del país, que a la última advertencia respondió de manera violenta, que cuando se lo llevaban alcanzó a darle una trompada a uno de los oficiales y que pocas horas más tarde moría en la ESMA.
Nunca me olvido de “La balada del álamo carolina”, uno de sus textos más poéticos. La referencia al árbol como suplente aparentemente inanimado del hombre en simbiosis egoísta e imprescindible con su medio, esa junta entre lo eterno de echar raíces en un sitio y lo irreparable de morir en ese mismo sitio para seguir quedando, el juego entre desigualdades que terminan por confesar semejanzas (el hombre que es el álamo que es el hombre), pincelan su concepto de mundo: una cosmogonía de la trascendencia.
Miguel Briante trazó paralelismos entre la narrativa de Payró y la de Conti. Mientras que Payró centró su lente en el inmigrante triunfador, aquel que se volvió terrateniente y ganadero respetado, Conti rescató a los inmigrantes que no triunfaron, que se quedaron mascullando la brecha entre la tierra natal, la que quedó atrás, ajobada de hambrunas, idiomas perdidos y mares que se tragan los ojos, y esta otra, siempre recién descubierta, donde cualquier nuevo sacrificio semblantea un milagro de mejoría. Los inmigrantes de Conti son perpetuos exiliados, muertos de recuerdos, a los que la nostalgia les arruina la vanidad de reconocerse argentinos.
En ese aparente no pasar nada de sus relatos, en esas acciones mínimas de objetos que asumen condición humana (el álamo que habla y recuerda), en esa alteración de enfoque para contar lo que se mira (un ejemplo es el cuento “Con otra gente” donde un chico se sube al techo de la casa y desde allí ve la vida de los suyos como la de unos extraños), convierten su narrativa en un recuento alucinado de la cotidianeidad. Lo simple, de tan puro, termina siendo amenazante, un peligro en latencia que es tensión jamás resuelta.
En “Cinegética” el escritor plasma un episodio en la historia de Rivera, el buchón experimentado que, junto con otros policías, buscan al único sobreviviente de un procedimiento fallido o abortado, “Pichón”, al que tienen que eliminar para dar por concluida la tarea. El que huye se ha refugiado en un galpón, en mitad de un baldío. Rivera debe entrar en el lugar y “cazarlo”. Los hombres están apurados y esperan que el delator sea breve en la captura del herido.
Si al escueto trayecto anecdótico de la obra (éste se avoca sucintamente a decir una entrega) le agregamos el estilo despojado de un narrador maduro, frío, algo (sólo algo) distanciado de cualquier sensiblería, el texto resulta un fresco de la condición humana.
El narrador enfatiza dos elementos puntuales, la luz y el olor, para desgranar a la par, la desesperación de la presa (“Pichón) por no ser descubierto y la experiencia del cazador (Rivera) por concluir su trabajo.
Al entrar en el galpón (“sentía la misma impresión que si metiera la cabeza en medio de la noche”), ese espacio agujereado que por efecto de la claridad matutina semeja un cielo nocturno, conforme avanza la narración se vuelve más delator que el mismo día. Mientras afuera la luz enceguece, adentro, la oscuridad revela. ¿Qué revela la oscuridad? Revela la figura abultada de la víctima, la pistola que no le servirá, los ojos heridos de miedo y de cansancio.
Pero se atreve a más. La escasa claridad sumada a la sangre fría del infiltrado, parangonan el acto de matar con los recuerdos que arrastra Rivera de su infancia, esa que quiere olvidar porque la industria de la muerte de la que es parte lo “distingue”, en cierta manera lo aleja de su niñez de guacho pobre, escapado del llamado de su madre, jugando detrás de la casilla, a ver el cielo de noche sin marearse.
Por otra parte, el olor del perseguido y del ámbito en que se encuentra (la tierra que se pisa, el orín que entra hasta los sesos, la herida de Pichón que se confirma con el pañuelo ensangrentado), alude a lo que no se ve pero se siente: la breve lástima que embarga a Rivera al cumplir la muerte de Pichón.

Rivera, que tiene clase, que no es un “grasa” como Maldonado que se arregla la corbata estirando el cuello, al demorarse fumando un cigarrillo con la víctima, confunde la cacería, sin protocolos ni humildades, con el más patriótico de los actos.
Cuando el narrador repasa el trajín de Rivera, cierra el texto con una frase que transforma en circular el lineal proceder entre cazador y presa. Dice de los perseguidos: ”No era la apariencia lo que contaba sino las ideas podridas que tenían”. La idea (lo que no se ve) vuelve presa al hombre antes querible y ahora aterrado (lo que sí se ve) que sigue confiando, ignorante de que Rivera lo convirtió, al ganar su confianza, en el animal que apunta su revólver a las sombras.
Empero hacia el final se produce la vuelta de tuerca en el texto que restaura la imagen de Pichón (ese pichón que no es tal), ensalzando una fortaleza que a Rivera se le pierde justamente por alardear valentías. Cuando los dos hombres han terminado el cigarro de la traición y Rivera va de salida para dejar entrar a los otros matones, Pichón dice aquello ambiguo que, en un punto, devela su nobleza: “No tardés…”

Cada vez que leo este cuento, no puedo evitar ubicarme en el contexto bestial, romántico, herido de la década del ’70 en la Argentina. Pienso en aquella negativa violenta que dio Conti al militar que quiso salvarlo, que le aconsejó que se fuera del país, su país, armado, mal que mal, entre inmigrantes pobres que plantaron álamos y los dejaron crecer en medio de un campo ajeno. Como vigías de esa trompada que alcanzó a tirar el escritor rebelde, antes que lo desaparezcan. Y se me presenta Pichón, abriendo los ojos en la oscuridad cuando siente la puerta y comprueba que Rivera ha cumplido. Y confirma que la traición es un galpón mugriento donde se pudren los ideales.



PÁGINA 17 – POESÍA ARGENTINA: CORRIENTES / MISIONES

MONI MUNILLA
(Corrientes-Argentina)

TANGO DORMIDO

La calle se detiene
como un tren sin destino
y a mitad del camino
bajamos vos y yo.
Vamos, sin pensamientos,
leyéndonos los ojos
en un mismo mirar.
Vamos, robando al tiempo,
un día más de cielo
para poder soñar.
Somos, o quizás fuimos
solo un tango dormido
que el farol de la vida
no alcanzó a iluminar.
Fuimos, o quizás somos,
un pedazo de historia
con distinto final.
Nadie sabe tu nombre
yo acaso olvidé el mío
y es la noche un testigo
que ya aprendió a callar.
Duele, lloran las manos
acariciando sombras
mareadas de rodar.
Busco, desde el recuerdo,
la luna de tus besos
para mi soledad.

OSCAR PORTELA
(Corrientes-Argentina)

CONJURO

Negro perro de la soledad: yo te conjuro.
Muerde mis carnes negro perro de la soledad.
El humo te acompaña y tras de ti vienen a mí
ejércitos de licántropos sedientos de poder y de sangre.

Negro mastín de la soledad yo te conjuro, impreco maldiciones,
hosannas, y dejo que la lengua de fuego de tus caninos de marfil
tallen los húmeros de mi alma y salmodien el alba del maldito.

Siniestra hiena de la soledad, perro, mastín, dingo perdido
en el arco vencido de mis tribulaciones, ven a mí y llévame
entre tus fauces de fuego como al niño que entre sueños gime el dolor del alba
no nacida, ah negro perro de la soledad, yo te conjuro.
*en su memoria

RODRIGO GALARZA
(Caá Cati-Corrientes-Argentina)

TREN DE LAS NUBES

1
los hijos del cobre
salen del centro de la tierra
sacan a pasear la memoria de los ríos detenidos
en las vetas de sus cuerpos
cuencos de ternura olvidada
en ponchitos de vicuña
salen del centro de la tierra
a conquistar el aire,
a perforar el sol con sus puños minerales
y sus llantos silenciosos
los hijos del cobre
salen del centro de la tierra
a domar el viento de los andes
mientras sus huesos de marionetas
silban himnos de otro mundo,
epifanías de un dolor que nunca se acaba

2
surgen desde el fondo de los siglos
y sus ombligos de adobe y silencio
fulguran de tristeza
en la espera de un tren exhausto
que les alivie las penas
los hijos del cobre
surgen desde el fondo de los siglos
y a cambio de unas monedas
o de una sonrisa
te venden un poco sus oscuras miradas
el cuarzo impío de sus sueños
mientras que otros
-en los marsupios multicolores de sus madres-
espían incrédulos,
se resisten a nacer así:
desamparados por su propia historia,
por sus mitos enflaquecidos
en nombre de la Biblia y del “progreso”
los hijos del cobre
salen del centro de la tierra

Dedicado a los niños del pequeño pueblo minero de San Antonio de los Cobres que aguardan la llegada del tren para vender artesanías. El pueblo está ubicado a cuatro mil metros de altura entre valles y quebradas de la provincia de Salta del noroeste argentino.

ANÍBAL SILVERO
(Posadas-Misiones-Argentina)

NOS LLENAN LA CABEZA

Nos llenan
la cabeza
con tanta porquería
"comerciable"
que ya no interesa
saber
adónde vamos
sino cuánto tenemos
ya que eso valemos
En este circo
tan crucial
quien se saca la careta
es escarniado
y quien intenta sacarle
a los demás
es excretado
Así es que los payasos
que se creen gobernantes
del gran show
ríen y provocan risa
sin valor
A quien intenta alterar
las payasadas
se le acaba la función.

GINA ESCOBAR
(Oberá-Misiones-Argentina)

A SUSANA TRIMARCO

Te tatuaron el desamparo
en la piel
mientras corrías por el mundo
(que nunca creímos posible)
calle abajo del horror.

Todos los ojos 
miraron sin ver

el olvido de los siglos
y las manos miserables
¡tantas manos!
Manos sucias
de hombre
desgarrando ternuras
sepultando esperanzas
Manos de la ley injusta

Manos 
que escribieron 
ignominias

Manos que sellaron
respuestas.

Manos tibias a la tuya
saludando tu mujería
desempolvando
historias añejas.

Y las tuyas
sólidas manos
enteras
benditas manos

que multiplicaron panes
de los que no comiste
pero a muchos…
¡tantos!
nos calmó
por un instante 
esta infinita sed
de justicia
¡Este hambre!

JENNY WASIUK
(Campo Grande-Misiones-Argentina)

DESPEDIDA

Al tío Tolio, que “voló” a la tierra sin mal

Deshilachabas nieves
con tus manos cansadas
mientras tejías nostalgias
e historias reiteradas.
Filosofabas con Dios
y recitabas salmos
en el silencio amarillo
de tu otoñal placidez.
Quisiste volar con las uvas
una mañana de noviembre
y encaramado al parral
desplegaste las alas
-setentinas, gastadas-
partiendo a esa tierra
donde transitarás

sindolor
sinangustia
sinmemoria

para siempre.




PÁGINA  18 – CUENTO

NECHI DORADO
(Ciudad Autónoma-Buenos Aires-Argentina)

EL HOMBRE QUE CREYÓ SER

Caminaba el hombre por  las calles adoquinadas del viejo poblado con la lentitud que el peso de los años exigía a  los pasos. Cada mañana, cuando el sol se acomodaba sobre el cielo y las aves saludaban con trinos de colores el despertar imprescindible para que la vida transcurriera solemne, rutinaria,  creía ser la reencarnación de algún personaje de esos que bailotean, marcando presencia,  por las hojas amarillentas del libro que acumula retazos de  la historia del mundo.
Así fue que un día dijo haber sido Zeus, en otro tiempo,  y salió a juntar hojas de olivo para hacerse una corona. Pero las hojas se secaban. No logró que alguien le temiera y tampoco tuvo hijos para poder deglutir.
Entonces, dejó a un costado de su casa la rama seca que creyó su cetro y cambió el personaje, a la mañana siguiente.
Amaneció otro día creyendo haber sido Atila, pero se dio cuenta que no era azote de nadie. No tenía caballo y por donde pisaba seguía creciendo el pasto. Le faltó fuerza, le faltó coraje, le sobró cobardía y entonces dijo:
-Mejor cambio, me dedico a otra cosa. Este mundo está muy loco y ya nadie respeta a nadie. Se murieron los códigos, se perforan los sueños, esto se está poniendo demasiado extraño.
Fue cuando se le ocurrió  que mejor era ser santo y al no encontrar a nadie que se hincara a su paso;  o que se asustara con sus órdenes que sonaban tragicómicas  y al carecer de un espíritu gregario capaz de aglutinar voluntades, de buenas a primeras cambió el rol asumido por unas horas y se borró del santoral donde creyó estar ubicado. Fue bajando despacito hacia la entraña de una tierra partida donde volvía a ser el hombre gris que fuera hasta ese día de su revelación final.
Una vez allí, acosado por una realidad que abofetea cuando menos te das cuenta, el tipo creyó ser distintos entes en poco tiempo.  Pero no fue ninguno.
No pudo ser Napoleón, como pensara. Le faltaron batallas y teoría expansionista. También le faltó un 18 de Brumario, lo que le impidió hacer un Golpe que descuajeringara la historia. Cambió de rumbo, buscó por otro lado.
Se imaginó siendo Apolo pero volvió a derrumbarse su sueño por no tener belleza. Tampoco Cíclope, pues le sobraba un ojo. Ni qué hablar de ser Caronte, ya que no tenía barca y por más intentos que hizo tampoco llegó a ser Cerbero por tener tan solo una cabeza.
Tampoco  pudo ser filósofo como creyó  que podría ser, porque no le interesó el principio fundamental del universo y además le estaban sobrando mitos y no tuvo forma de acceder a la escuela de Mileto. No la encontró en la guía.
Quiso ser Anaxímenes, pero le faltó aire. El poco que había estaba contaminado.
Se sintió Heráclito, pero estaba incompleto y le falló el juego de los opuestos que no supo iniciar.
Trató de ser Pitágoras, pero le faltaron números y cuando quiso ser Parménedis  se le mezclaron todos los seres creando un caos infernal en su pobre cabecita alucinante.
Entonces, inició un viaje acercándose a un pasado más  reciente creyendo que sería más fácil encontrar un personaje donde poder alojarse. Intentó ser Franco,  por un rato, pero enseguida se dio cuenta que para eso, le haría falta un Guernica.  Además, si bien era un hombre gris con su cerebro medio volado, mantenía pedacitos de alma enamorada. No podía así nomás, por propia voluntad, dejar su esencia herrumbrándose en el margen de su vida.
Pensó que bien podría ser un Jesús contemporáneo. Multiplicar los peces y los panes. Sanar a los enfermos. Redimir a las putas, ayudarlas a ser mujeres aceptadas porque ellas también tienen alma, como todos. Quiso ser transgresor. Quiso expulsar los demonios que habitaban en él mismo, los que no le permitían ser lo que quería sino  parte de otra extraña vida que no aceptaba como suya. Como si todo eso fuera poco impedimento,  no encontró a Poncio Pilatos y vio una imagen de Jesús ubicada muy lejos de donde el hijo de Dios,  cuentan que había nacido. Y vio manchones de sangre, sintió ruidos que parecían partirle los tímpanos. Huyó de ahí, había alrededor demasiado espanto. Demasiado odio. Demasiado escarnio. ¡Ya no quería ser judío!
La realidad, sacudiéndolo por sus hombros,  se encargó de demostrarle que no podría ser Jesús de ningún modo. No había cerca leprosos, no encontró la Decápolis  así como tampoco pudo encontrar a un “demonio mudo” en este mundo donde los demonios se reúnen en ágapes festivos. Y hablan en todos los idiomas, dan órdenes y se reparten los pedazos de tierra y riquezas que generan los pobres.
Se convenció a duras penas que ser Jesús no era para él, que además no soportaba los genocidios y allá por donde el Cristo anduviera,  eran moneda corriente.
Todo esto lo descolocó mucho más y ante cada desorden el tipo huía buscando otra figura que lo reemplazara. Apostaba a la elección por descarte.
Quiso ser Hitler y le faltaron judíos, homosexuales, gitanos, negros y comunistas. Y le seguía sobrando amor y eso resultaba excluyente.
Cuando trató de ser pintor notó con tristeza que había perdido un color y que sin ese, su obra quedaría incompleta. Arrojó su paleta de cartón y la ramita con la punta deshilada que creyó era un pincel de trazo desparejo incapaz de filetear bordes.
Una mañana, cansado de tantas frustraciones, eligió ser astronauta y nuevamente fue invadido por una terrible sensación de fracaso. Además, la luna estaba llena y tuvo miedo de ahogarse en esa panza de hielo. Y tuvo miedo de quedar ensartado en las puntas de las estrellas que cumplían el papel de custodios de la luna en un cielo amorfo, oscurecido.
El hombre gris, con el pelo alborotado y el alma en estado de transformación continua, quiso sentirse rey pero tampoco lo logró pese a realizar ingentes esfuerzos. Para ser rey, pensó, primero debía convertirse en parásito, esa es la ley y las leyes no se rompen así nomás. Y no hay rey cuando se tiene alma como tenía el tipo. Y no hay rey si sobra el sentimiento. Y no hay rey si se mantiene un poquito de cordura y mucho menos hay rey si sobra el sentido más común de los comunes.
-¡Ya sé quién soy! Exclamó una mañana nublada ni bien abrió los ojos.  ¡Yo soy Ícaro y puedo volar, acariciaré el sol y besaré la luna! Llegaré tan alto como nunca, seré grande, intocable. Seré un hombre sin sueños abortados.
 Subió a la parte más alta del techo de su casa; abrió sus brazos imaginando que eran alas y comenzó a agitarlos.
El hombre gris cayó al vacío de su propia existencia. Remontó un vuelo efímero para acabar su proeza estampado contra el piso adoquinado del viejo poblado.
En el mismo lugar donde naufragarán sus sueños de alas rotas carcomidas por la realidad más descarnada,  el hombre  se despidió de la vida sin haber llegado a saber quién fue realmente.



PÁGINA 19 – POESÍA  AMERICANA: NICARAGUA

BLANCA CASTELLÓN
(Managua-Nicaragua)

BRISAS DEL MEDIO ORIENTE

Amanecí
con el espíritu
denso,
cargado de sal
como el
Mar muerto,
con la melancolía
flotando
sin ningún esfuerzo.

DAISY ZAMORA
(Managua-Nicaragua)

CELEBRACIÓN DEL CUERPO

Amo este cuerpo mío que ha vivido la vida,
su contorno de ánfora, su suavidad de agua,
el borbotón de cabellos que corona mi cráneo,
la copa de cristal del rostro, su delicada base
que asciende pulcra desde hombros y clavículas.
Amo mi espalda pringada de luceros apagados,
mis colinas translúcidas, manantiales del pecho
que dan el primer sustento de la especie.
Salientes del costillar, móvil cintura,
vasija colmada y tibia de mi vientre.
Amo la curva lunar de mis caderas
modeladas por alternas gestaciones,
la vasta redondez de ola de mis glúteos
y mis piernas y pies, cimiento y sostén del templo.
Amo el puñado de pétalos oscuros, el oculto vellón
que guarda el misterioso umbral del paraíso,
la húmeda oquedad donde la sangre fluye
y brota el agua viva.
Este cuerpo mío doliente que se enferma,
que supura, que tose, que transpira,
secreta humores y heces y saliva,
y se fatiga, se agota, se marchita.
Cuerpo vivo, eslabón que asegura
la cadena infinita de cuerpos sucesivos.
Amo este cuerpo hecho con el lodo más puro:
semilla, raíz, savia, flor y fruto.

ISOLDA HURTADO
(Granada-Nicaragua)

SOLSTICIO DE INVIERNO

Signos diferentes golpean el mismo camino
desde la primera piedra circular.

¿Cuántas horas sonó el tambor
tu mirada ronca
hasta elevar la danza divina
cuando la nube gris reverdecía
 y todo era silencio en el ritual?

Tu seña se perdía en las estepas del papiro
cuando en el río se ahogaba el tallo
en remolinos
y el viento soplaba el envés de la hoja.

¡No te basta el calor del invierno
y el verano de sombras!

Quizás una lluvia desierta
o una ocre sonrisa te acerquen

Huye del vértice sin nombre
sin rostro...

Máscaras reclinadas al vidrio
para ver el otro lado
del vértigo
en silencio
gritan.

MILAGROS TERÁN
(León-Nicaragua)

LA NOCHE ROJA

Una vez más con los miedos a cuestas
la sombra de mi sombra me envuelve
en esta noche roja en que no duermo.
Los acontecimientos reflejan los colores
de este día que muere.
El mar gris balancea la silenciosa góndola
donde la mente verde no cesa de pensar.
el túnel amarillo a la locura
aguarda al pie de la montaña
de tu pecho,
alli donde no pienso,
allí donde no existe luz ni tiempo
solo la eterna rebeldía dominada
entre tus brazos fuertes de animal pensante
que mueven el compás de mi torso
elástico y perfecto hasta estallar.

esta noche en que no puedo dormir
observo tu rostro plácido,
envidio tu paz.
guardo tu sabia cabeza en la memoria
en este instante de miedos eternos.

GLORIA GABUARDI
(Managua-Nicaragua)

LA ALQUIMIA DE LOS SUEÑOS

A mi esposo Francisco de Asís Fernández.

La alquimia de los magos
mantiene encendida para siempre
la luz brillante de la linterna de la vida.
Los Dioses y su magia
dicen que uno tiene una estrella en el cielo
que cuando nacemos, se enciende su luz y brilla
y cuando nuestra conciencia
se estrella contra el mundo
tintinea como agua saltando entre las rocas.
Yo he vivido feliz en el paraíso de mi cuerpo,
creyendo en el cielo de la vida
en esta peligrosa travesía.
Por eso he hecho ritos y alta magia,
leído el Libro de los Esplendores
y perseguido la clave de los grandes misterios.
Por el amor y los sueños,
por los recuerdos marinos
de mi navegante paso por la vida.
Pero he sentido el dolor,
por los cuatro puntos cardinales de mi cuerpo.
Y es el amor por los sueños (dicen los iluminados)
el que mezcla tantos dolores a los sueños de amor.
Por eso escondo mis raíces
y protejo mi sombra y tu sombra.
Quiero que el dolor cuando se acerque
sea como un extraño y desvencijado velero.
Que venga, no atraque y se vaya,
se hienda en lo profundo del vacío.
Persigo la alquimia de esos magos.
Ahora marcho buscando mi estrella,
su luz de plenilunio
con su corazón de piedra en el fondo de los ríos.
Del Rondó de la Sonata Patética de Beethoven
de los Nibelungos de Cósima y Wagner
que me lleven, sí que me lleven
al final del alba
adonde los pájaros cantan tres veces y nadie se muere
y las adivinanzas tienen sus respuestas.
Para que me den la luz que Dios me dio,
la luz brillante de la Linterna de la Vida.
Para que no se extinga el lirio y el jacinto
para que mis mañanas no cambien su color.
Para que no mueran los sueños,
para que no se seque la Rosa de los Vientos
y el Ave del Paraíso cante su canto,
para que el mar de la serenidad
invada nuestro espíritu
y nunca se extinga la llama
ni la luz brillante de la linterna de la vida.

CLARIBEL ALEGRÍA
(Estelí-Nicaragua)

SON ALTAS

Son altas las columnas de mi sueño,
van hacia el canto con los pies descalzos,
del fondo de mí misma se levantan
y suben por el viento en espirales.

A veces las sorprendo entre las nubes,
en la tarde dorada, en las estrellas;
en todo lo que es bello se detienen
y siguen en su viaje iluminadas.

¡Qué finas las columnas de mi sueño!
Casi se me confunden con la niebla,
no las puedo ver más, angustia, sombra…
¡Qué miedo de que caigan y se quiebren!

¡No, no pueden caer, van hacia el canto,
hacia el canto que es suyo y las espera!
¡Del fondo de mí misma se levantan
y suben por el viento en espirales!




PÁGINA 20 – RESEÑA

ANA RUSSO
(Rosario-Santa Fe-Argentina)

ROLANDO REVAGLIATTI:  “CORONA DE CALOR”, Ediciones “La Luna Que”, 2004

En relación a la fecha de impresión del presente libro de poemas, no es una novedad, ya que hace varios años que estaría circulando y recién —por esas circunstancias que tiene la poesía, que es como un mensaje atemporal e imperecedero—  llega a nosotros.
En seis capítulos R. R., con  poemas frontales hasta la sorpresa o la interrogación, lleva al lector por el itinerario más íntimo de sus pasiones amorosas. Digo frontales como podría decir francos, abiertos en una espontaneidad sencilla, sin alardes retóricos. Su poesía  traza el decurso de su vida  amatoria, y desnudo de atavismos se nombra y las nombra a todas esas mujeres que por ella transitaron, haciendo un pormenorizado —y por momentos, cargado de humoradas y toques incisivos— racconto del sexo y sus instancias. Vale para el autor, el antes, el durante y el después, momentos de una misma acción pero, en suma, pasados por el filtro del poeta quien se regodea en el sitio más íntimo de la relación amorosa. También se hace presente el tiempo de la adolescencia, aquellas instancias augurales del descubrir el cuerpo y de aprender a entrelazarlo con otros cuerpos: en  “Interferido” dice:

“Había sido en soledad y adolescencia/
 cuando creando yo las delicadas condiciones/
 para que con la eyaculación/
 adviniera el orgasmo/
 te/ me apareciste/
 y me/ reconviniste/

‘En soledad, no’, dijiste/
 y de mi adolescencia hiciste/
 lo que quisiste”

: sincero, simple, como lo son esas instancias en que lo revelado se manifiesta mezclado entre la soledad, el temor y todas las posibilidades esperándonos.


Pero no sólo esto es lo que circula; a veces y a modo de familiaridad, confiesa al lector que tras todo ese andamiaje, honrando los encuentros, está como patrón indispensable el amor. En el poema “Amarte”  asegura: I “Amarte/ va conmigo// Que me ames/ me espera/ II Me cala/ amarte// Que me ames/ me autoriza/ III A la emoción/ de amarte// la acústica/ de tu amor”. Este texto breve es de un discurrir ese estado simbiótico del amor, podríamos decir, atemperado, suave, pero inmediatamente antes, lo precede otro poema, “Me hiciste, me diste”, que contrapone al anterior con una fuerza erótica que el poeta maneja con una plasticidad y una dinámica que sorprende, casi como si se estuviera viendo una escena de sexo; si eso es lo que se propuso, lo logró exitosamente, y para ello lo transcribo: I “Me hiciste creer/ que me necesitabas arriba/ Me hiciste creer/ que me necesitabas abajo// Arriba/ y abajo/ Y con suficiencia/ Y con desparpajo// Arriba/ y abajo:/ rodemos/  II Me diste a entender que nada/ tenías encima:/ teneme encima/ Me diste a entender que nada/ tenías debajo:/ teneme debajo// Encima/ y debajo:/ ofreciéndonos al regodeo/ (no sólo)/ de la contemplación”. Poesía amatoria y erótica, como ya se dijo, realizada a fuerza de temperamento, y tratada como el elixir de su vida y de la vida; ese Eros que no sólo sostiene la conjugación de los tantos verbos incluidos o metaforizados en su discurso, sino fundamentalmente los ritos de acercamiento, cópula y reposo que luego hace del juego amoroso, el gran justificativo del “estar vivo” y del “seguirse viviendo” en la posterior fusión en la que el hombre entero se entrega, el poema.



PÁGINA 21 – POESÍA AMERICANA:GUATEMALA  

HUMBERTO AKABAL
(Momostenango-Guatemala)

«SÓLO QUIERO»

Yo sólo quiero
un poco de atardecer
para platicar con ella,

escondidos detrás de algún árbol,
decirle que ya no aguanto más,
que se venga a vivir conmigo,
que tengo ganas
de echarle una semilla.

ADOLFO MÉNDEZ VIDES
(Antigua Guatemala-Guatemala)

CAFÉ AMARGO

A veces hace falta algo más que su estatura de yeso
y la sangre extraída con jeringas y tierra de los ojos,
para despertarnos y salir a la calle y mirar de frente.
A veces los domingos son un tormento que no pesa
como el salario que se cobra y gasta con vergüenza.
Porque a veces no basta con una mirada congelada
para alzar el pecho y beber la cicuta del café amargo.
A veces el mundo es apenas una triste esfera sólida
donde hace falta un mejor destino y una carretera.
Lo de guerrero ciego nos confunde por momentos
se nos pierden las oscuras ecuaciones matemáticas
pero nunca la realidad de haber sido fetos muertos:
Animales con esqueleto de bronce y débil coraza,
con la calavera gris destinada a objeto decorativo.

JAVIER PAYERAS
(Ciudad de Guatemala-Guatemala)

EL SILENCIO Y SUS ESPEJOS 

el cadáver palpitante aún del silencio y sus espejos"
Carlos Illescas 

música  refleja  en el aceite la circunstancia y los sonidos  
sientes sobrevolarla sobre un abismo 
sientes  mucho más real/ cortar las entrañas de tu habitación
cada vez que  el polvo se agita en el sonido 
y deslizas tu mano sobre la página
 
y sacudes ese silencio  
que te encierra
 
sonido de claridad fluida
fundando un eco
en un cerco de espejos
 
ruido acumulado de memoria 
abres la puerta 
y pasan los días sin coloración 
tu bitácora/ los puños/el deseo 
el ruido  que se yergue adentro
 
adentro 
tras una cortina espesa
     
el cuerpo de palabras
se muestra 
desde la otra orilla  
de una hoja en blanco 
la página no es tuya  
entraste deslizándote
hasta su pulpa 
como un intruso.

ANA MARIA RODAS
(Ciudad de Guatemala-Guatemala)

Dijeron que un poema
debería ser menos personal
que eso de hablar de tú o de yo
es cosa de mujeres.
Que no es serio.

Por suerte o por desgracia
todavía hago lo que quiero.

Quizá algún día utilice otros métodos
y hable en abstracto.
Ahora sólo sé que si se dice algo
debe ser sobre tema conocido.

Yo sólo soy sincera  —y ya es bastante—
hablando de mis propias miserias y alegrías
puedo contar que me gustan las fresas
Por ejemplo
y que algunas personas
me caen mal por hipócritas, por crueles
o simplemente porque son estúpidas.
Que no pedí vivir
y que morir no es algo que me atraiga
excepto cuando me hallo deprimida.
Que estoy hecha
sobre todo
de palabras.
Que para poder manifestarme
uso tinta y papel a mi manera.
No puedo remediarlo.
Por más que trate
no escribiré un ensayo
sobre la teoría de conjuntos.

Tal vez más adelante
encuentre otras formas de expresarme.
Pero eso no me importa ahora
hoy vivo aquí y este momento
y yo soy yo
y como tal actúo.

Por lo demás lamento no complacer a todos.
Creo que ya es bastante mirar hacia mí misma
y tratar de aceptarme
con huesos con músculos
con deseos con penas.
Y asomarme a la puerta y ver pasar el mundo
y decir buenos días. Aquí estoy yo.
Aunque no les guste.
Punto.

ISABEL DE LOS ÁNGELES RUANO  
(Chiquimula-Guatemala)

“Mendigaré
a través de las increíbles ciudades del otoño.
Mendigaré la sal, el agua
y el día venidero.
Mendigaré no importa
porque ahora que provengo de territorios
olvidados
puedo decir con verdad a mis hermanos
me cortaron la lengua y me pusieron marcas al
rojo vivo
pero en nombre de ustedes yo sufrí en el
silencio.
Mendigaré en los parques la luz y los colores
mendigaré la risa de los niños
y el sobresalto y el júbilo de tu corazón.
Y esta tarde en que el llanto entrecruza mi
pecho
sólo puedo decirles en nombre de mis versos
mendigaré, mendigaré para dejar regada la
canción
y hacer que mis palabras sean un arco iris de mi
ser ante ustedes.”

JULIO SERRANO ECHEVERRÍA  
(Quetzaltenango-Guatemala) 

CENTRAL AMÉRICA V

Quiero decir: por expatriado yo
tú eres ex-patria
Roque Dalton

Hay una vereda que atraviesa la montaña
hay una vereda que atraviesa el mar
hay una vereda que atraviesa el cielo
alguien camina en la noche
atravesando la vereda.

El tiempo es un hilo que se desenreda
pensaban los abuelos sentados a la puerta de la casa.

Empezamos a caminar
por un lugar que se llama Cananea.




PÁGINA 22 – CUENTOS BREVES

J.M.TAVERNA IRIGOYEN
(Santa Fe-Argentina)

SE TRATA DE DENUNCIAS

¿Habrás visto cosa igual? No haré la denuncia ante el Registro Civil, pero no concibo que en el entreacto de la comedia –porque yo la rotulo así- su amante me invite a viajar con ellos a la casa de su madre, para que me conozca y compare.



Las autoridades le explican que no es de su competencia. Todos los geriátricos aceptan ancianos, pero sin niños que los acompañen. Que a veces ellos vuelven a la niñez, es otra cosa. Además, le aseguran que si hace la denuncia perderá todo derecho a permanecer allí y lo mandarán al jardín de infantes.



Cuando le tomaron declaraciones, el escribiente de la comisaría no salía de su estupor. Que su sombra ya no la acompaña desde hace más de un mes y teme que se la hayan hurtado, no es todo. Además, subraya que le parece haberla visto en brazos del carnicero.



El caballo no termina de relinchar frente a la comisaría. Finalmente, cuando ya lo entran al galpón de reclamos, el animal rechaza su situación: sin la ecuyére, no es más que un caballo.



Denuncia ante la Historia que lo han ubicado mal. No sabe si son los revisionistas quienes lo pasaron de héroe a traidor, de general a soldado raso, de patriarca a paisano de provincia. Ignora quién ha escrito tan aviesamente su biografía que no halla ubicación dentro del féretro y lo patea cada vez con más fuerza.


EL HORIZONTE QUE NO LLEGA


Se han transpuesto los tiempos. Y se siente un hombre de las cruzadas, que ha caído partido el cuerpo por una espada. A su lado, otra alma se desprende del horizonte. Es un efebo, que simplemente equivocó de bacanal.



El horizonte no es una línea sobre la cual uno pueda recostarse. Lo sabe Eleuteria Ramírez, que es poeta de las gongorianas y que si bien está descolocada en el tiempo, ha aprendido que las musas son arteras y a veces hacen pisar el palito.



Maestro del haiku, Issa comprueba que las flores han enloquecido. Deja de invitarlas, ya que se cierran a todo aroma. Y las crucifica sobre la línea del horizonte, una a una, sin dejar de llorar. Esas lágrimas –precisamente- son las que en definitiva les devolverán fragancia. Pero Issa no llegará a saberlo jamás.




Es un espejismo inalcanzable. Hasta que el pintor Seurat, sentado frente a su caballete –puntos sobre puntos que congregan a otros puntos- lo va alcanzando y con enorme cuidado lo deposita sobre la tela. Sólo con un pincel.



PÁGINA 23 – POESÍA AMERICANA: EL SALVADOR

DINA POSADA
(San Salvador-El Salvador)

GRAMÁTICA PROPIA

Repetir tu nombre
mi indefensa costumbre
Desnudo indicio
de mi cuerpo confesado
Acento en mi sábana
Promesa que no se estanca
Grave entrega
de orillas espontáneas
-Resumen de mi risa-
Argumento básico
para memorias prolongadas

CARLOS ERNESTO GARCÍA
(Santa Tecla-El Salvador)

CAÑONES OCIOSOS

Vagamos por el Mediterráneo
mientras el cielo
 se incendia en el horizonte
dando paso a la oscuridad
que suave y callada
se impone en el firmamento.

Desde las orillas
los pueblos costeros
amables saludan
con sus millares de luciérnagas.

En las profundidades de este mar
pedazos de galeones descansan
con hermosos mascarones de proa.
Un inmenso y desolado cementerio
de soberbios destructores
de cañones ociosos.
Submarinos que guardan inmóvil
ya sólo el uniforme y los restos
del aguerrido soldado
en su puesto de combate.

El oleaje arrastra quizá
astillas de embarcaciones aqueas
que sucumbieron a la tormenta
o a la batalla.

CARMEN GONZÁLEZ HUGUET 
(San Salvador-El Salvador) 

¡Ay, amor, que vuelves,
desterrado de la más lejana primavera,
huyendo de las agujas
que sólo apuntan al norte!

Buscas mi corazón del sur,
aguja equivocada,
y te empecinas en encontrar su apretado capullo.

Vuelas por encima de soles y distancias
por sobre valles de hierro
y nubes desangradas.
Eres el implacable que masacra la tierra
con tus balas de lluvia,
el que no tiene compasión
para inundar los campos con mazorcas,
el que inclementemente tiembla entre mis manos.

Si la noche fuera un beso en tu boca,
yo tapizaría puertas y ventanas
para que no me hallara el sol de tus ausencias.

NORA MENDEZ
(San Salvador-El Salvador)

ACCIÓN DE GRACIAS

Por la piedra que me tropieza
Por los atajos que me has dejado
Por la infancia de mis ideas
Por mi vocación de rueda
Por mi confusión eterna
Entre el bien y el mal

Por mis profecías
Por esta ansiedad que me mueve la vida
Por la gloria y el aplauso
Por el ridículo y la soledad

Por los sueños que me acompañan
Por esta amistad con las palabras
Por el amor que se me esconde
Por la terquedad que me precede

Por mi voz que sabe andar en la guitarra
Por el mar en mis caderas
Por los duendes de mis hijos
Por la ternura empuñada
Por la cólera que me puebla

Por las hormonas derramadas
Por la razón que he encontrado
Por el tapete de tus manos
Por la fantasía como medicina

Por la locura que me cabalga
Por el dolor que me enseña
Por esa voz profunda

Con que me llamas.

SUSANA REYES
(San Salvador-El Salvador)

ÁLBUM DE NIÑAS CON ABUELA
(fragmentos)


Los solitarios amamos las ciudades
los pisos altos
y el escándalo de los parques.

I
Sólo quedan las fotografías
una aventura de sal y la cuna de tu boca

         Bajo el ángel un sueño postergado
una mano que no fue
y el abismo hecho de silencio

II
La ventana mira la ventana
detrás de ella aquel tren estacionado
aquel tren de bahareque y hueso
la claridad de octubre
y tu rastro en penumbra

VII
Las cartas bajo la raíz del árbol
La niñez escrita en el invierno

Las noticias eran escasas
Sueños de papel en un inventado anonimato
Semillas de tinta y tierra en las manos inquietas.

IX
Intenté atrapar con la red de los sueños
aquella casa que construías cada noche
ahí te sentabas en el corredor amplio
         más allá
una sábana de nubes y un volcán
el valle de cobre era sólo una prolongación del sueño
la espuma de las fábricas
la nieve insólita de esta latitud
tu cansado corazón
un solitario recuerdo de la infancia en el país lejano
mi necedad de verte en la terraza
el olor de la tarde de invierno
         todo ello es tu casa, la única,
la que guardo en este desordenado hangar que palpita.

X
Venías con octubre en los labios
con el corazón hecho una bóveda
con el tropiezo de los días.

Te sentabas como un perro
que espera al amo ausente
a quien oye en sueños llamarlo en la llanura

Compartías la mesa
con el gesto de los niños hambrientos
con la angustia del vagabundo

Llorabas como llora el mar en la madrugada

Te acostumbraste a desprender una luz
(que te mata cada noche)
porque te acostumbraste a su dolor
a un incómodo resplandor en las entrañas
a su forma de amar y acomodarse
y te sabes fuerte
porque eres capaz de tragar luz y no llorar.  

ANDRÉ CRUCHAGA
(Chalatenango-El Salvador)

REPETICIÓN DE LA NOCHE

Cae la noche en el humo enroscado de los caminos: cada recuerdo
extravía el horizonte: uno no duerme caminando en medio de sábanas
de ceniza y relojes de lentos fósforos y resortes.
Hacia el nicho de las linternas, tosco el cruzar la sombra del eucaliptus.
Allí, alguna pobre evocación de los silencios, del plomo helado de las mañanas.
Allí los insectos, como una muralla de losas verticales.
Mientras el aliento repite las noches, las ventanas manchan la boca de grises;
en el fondo, las mochetas apaciguan el incendio de los ojos, las hojas de papel
periódico, mordidas por el desmayo de tantas fotografías, relojes de cualquier
manera, inciertos de pájaros y flautas.
Hay un violín tenaz de moscas alrededor del orégano del porvenir.
Mea el espejo sobre el trocito de memoria que retiene el petate del aliento.
Siempre es así: la noche flota y atraviesa el telón de fondo de la conciencia.
A veces es necesario caminar a la par de la gota de luz de la rosa afilada.
Pienso en los ataúdes deshilvanados de la saliva y los trapos que cubren
a los caracoles, en la otra mejilla y en la mudanza de las alas:
en la alcancía oscura del purgatorio, siempre es un lío el manojo de ocote.
Sobre tantos arañazos retorcidos, más de algún campanario para sepultureros.
En la solapa de alguna bisagra, de seguro existen otras noches
como en los cuentos de hadas, donde hay escaleras para que los niños ahorquen luciérnagas, o derriben las paredes salpicadas de oleaje…



PÁGINA 27 – POESÍA AMERICANA: PANAMÁ

JAVIER ALVARADO 
(Santiago de Veraguas-Panamá)

LA MUERTE Y SU BARCO

La muerte regresa a tientas con su barco
Escupe sus negros esclavos, sus piezas de mercadería
Regresa desde los sueños en forma de galeón o de canoa
Es en nosotros que vive con su llanto sumergido

A veces me pregunto a quien llaman mis padres
Desde la senilidad con sus tantas voces;
Por qué se repiten mis abuelos en los mismos hábitos
De hablar con la nada
O de esparcir sus fotografías
En el garabato de la niebla?

Aún no se esconden las cosas presentes y los veo
Jugar con los nietos, que permanecerán cantando para siempre
Cuando hay brea sobre estos puertos
O gaviotas confusas que se posan en los mástiles y en las cuerdas
A diatribar con los gallotes.

No hay más misterios nivelados que observar el mar
Y su llanto sumergido,
Esos dioses gemebundos
Que bostezan despacio o que se llenan la boca con fabulaciones
De foca o de ballena.

Es este miedo a respirar las sales que ya conozco
A visitar esos puertos donde se quedó mi cuerpo de tritón
O de almirante,
Escribir los mismos poemas
Que circularon con las estrellas de la espuma, o recordar
Esa balada que va en la boca de los longorongos
Que gritan sus orgasmos repletos de fiebre;

Vegetar en mi espejo que se vuelve un caracol henchido
O una furia oceánica que se repite como un triste maremoto.

Por eso atestiguo el recolectar con mi caña de pescar estas imágenes.
Estas verdades que tiemblan y se agitan en el fondo
De todas las nadas como peces que resguardan la tranquilidad del aire
O como burbujas secas que se quedan vacilando
En mis manos como medusas.

La muerte me llevará a todos los puertos
E irá doblando mis pantalones y mis restos de equipaje.

Seré más oscuro o luminoso cuando recorra
Las huestes y las epopeyas de otros mares, seré joven o viejo
O quizás oblicuo como todo resplandor que nace.
A veces creo que cada día
La muerte nos prepara para entrar en su barco.

GIOVANNA BENEDETTI 
(Ciudad de Panamá-Panamá)

GÉNESIS DE ABYA YALA

El nombre de América, aplicado a nuestro
continente es reciente… En el idioma de la nación Dule,
se le conoce y se le seguirá conociendo por su
verdadero nombre: Abya Yala.
 Arysteides Turpana

Madre
y padre piedra:
continente.
Hermano del silencio,
hijo del río.
Compañero de sombra,
escucha:
en el principio era el mar
lento como el abismo.
Entonces
fue la noche
y vino el verbo
y hablaron en sus sueños
las palabras:
¡Sea esta tierra dulce
 como la piel de caña!
Y fue Abya Yala
la de la vulva de agua
y volcanes como pechos
(primer día).

Creció Abya Yala
inmensa desde su árbol florido.
El sol volcó su espuma
y engendró entre sus playas
muchedumbres de orquídeas.
Y fue su concha viva
viva fuente
ombligo primigenio
y hubo luna menguante
(día segundo). 

Y dijo el Huracán:
¡Reviente
el firmamento
y haya tormenta
y caiga el aguacero
y hierva el continente
de lagartos, de iguanas
y de grillos;
y sean sus bestias
tantas como estrellas!

Y así fue.
Cayó la lluvia a flechas
sobre las sementeras
y zumbaron en las miasmas
las libélulas, las ranas,
los zancudos.
Y hubo en los cardinales
trópicos y nieves
y desiertos y pampas y arco iris
(día tercero). 

¡Hágase el jaguar  —dijo la luz—
y se hicieron las selvas.
¡Sea el relámpago
la lengua de los valles!
y surgió la anaconda como un río.
¡Vuele hacia el amanecer
el cóndor
y sean sus alas nubes!
Y alzáronse los Andes hasta el cielo.
¡Vénganos un dios!
—gritó la sangre—
y fue el pájaro quetzal, libre y altivo.
Y hubo en los altiplanos
pedernal de fuego nuevo
y serpientes emplumadas
(cuarto día).

El Corazón de la Montaña
habló sobre las serranías:
¡Que sea el maíz
el polvo de mi carne;
que broten de su espiga
los murmullos
y de sus granos
el hueso y la simiente!
Y conmoviéronse
los péndulos
en sus callosidades
y salieron los pellejos
de las grietas
y hubo en sus alfabetos
sangre coagulada
y fueron sus cenizas
macho y hembra.
(quinto día).

Ciñéronse sus lomos
los hijos del follaje.
Milenios de cal y canto
guardaron sus madreperlas
y del hueco de las sombras
hicieron sus paisajes.
¡No prevalecerá
otro nombre en mi conciencia
ni quedará en tus huellas
piedra sobre piedra! 
Dijeron,
en sus ruinas, las tinieblas.

Y fue Abya Yala
territorio enigma.
Término de Oriente
y de Occidente.
Y quedaron sus arcanos
sellados para siempre
(sexto día).

ENRIQUE JARAMILLO LEVI 
(Colón-Panamá)

RECUPERAR LA VOZ

En el solo espacio
abierto
congregarla -mi poesía-,
rescatando
alientos y quebrantos
que viejas o inéditas
aletean aún
porque todavía significan
-al menos para el hombre diferente/igual
que sigo siendo.
Retomarla desde la óptica
del más reciente cuándo
y del adónde inexorable
en los que agradecido sobrevivo.
Volver a sentirla
al recorrer sus viejos mapas
por senderos retorcidos
que aún hoy me inquietan
y a ratos todavía me estremecen.
Saber que hay bitácoras
de ideas y emociones
coaguladas
en palabras hechas de tinta
y desgarramiento
que la lectura resucita.
Recuperar la voz.
Y desde su eco desplegar
una y otra vez
mi verdad
que tal vez alguien comparta.
Salvarla, en fin, del naufragio
de los atardeceres de la memoria,
de la anquilosada fiebre
de los cuerpor amándose en el espejo,
de la neblina necia
de mis muchas fugas y engranajes,
de la siempre triste noche de mis extravíos
con sus siluetas y clamores
que al madurar
caen rotundas de las ramas
de mis sueños
sin que apenas se note.

KATIA CHIARI
(Ciudad de Panamá-Panamá)

FOTO AMANECE


En adelante llamaremos lugares comunes a lo ya dicho
por otros que no soy yo.
Esta es la foto de un lugar común en la historia de la poesía.
Amanecer no tiene sinónimo.
Deber mi  silencio a    evocaciones  ajenas, cuando el instante se posa eterno
en el encuentro  entre la tierra y el  sol y mi cuerpo  pende  de  una  taza
 de café,
no   puedo.  Tengo  urgencia  de  contarles   que   el   yo   que
me 
 habita
no entiende por  qué  alguien duerme mientras  el milagro  se repite.
Necesito decirles,   no    es    la    marca    de   una    nueva  jornada,    no    la 
prolongación  del calendario,  
es   regalo,   origen,  éxtasis,   silencio.  
Diminuto yo,  
¡Despierta!
La lluvia  bromea de  cuando  en  cuando.  No hay   momento  más 
 
naranja  ni
reloj  más  exacto.  Amaneció  en  mis  ojos.      Otro   yo  
 
para 
 
contarlo.
Afortunado  lugar  común   para  nosotros,  los  sinónimos  de
tantos 
 
otros.

SOFÍA SANTIM 
(Ciudad de Panamá-Panamá)

Tonta.
Tonta, ingenua,
sin corrales,
tonta.

Tonta
haciendo lo que no quieres,
porque quieres,
porque nadie te exige
pero tu otorgas
tonta.

Tonta,
desprotegida,
amaestrada
en tus manos,
sin colmillos,
tonta.

Tonta
sin alas,
sin sueños,
más que tus brazos,
más que la esperanza
de tus besos.

Tonta
que vendiste el alma
por algo de afecto.

Tonta
que nadie te garantizó
el mar
y andabas sola con remos.

Tonta
sin puerto,
sin marineros.

Viajera,
sin camino,
sin regreso.
Desprotegida,
sin lanzas,
sin respuestas.

Tonta
en la intemperie de la vida,
bajo la lluvia,
bajo el invierno.

Tonta,
sin corazón,
herido,
que sangra,
que se lamenta.
Tonta
con manos
trémulas,
pidiendo ahora
el salvavidas.

Tonta
que te perdiste,
que te esfumaste
en tus zapatos.

Soñando con sus brazos,
soñando con los besos
de la más letal ausencia.

Sólo había aire
tonta,
y tu creíste que era el cielo.

CONSUELO TOMÁS FITZGERALD 
(Bocas del Toro-Panamá)

DE LA PROPENSIÓN A LA PUNTUALIDAD

No es que haya nacido en otra parte.
Mucho menos, que me preocupe el tiempo
en su belleza de abstracta redondez lunática.

Es que los minutos me muerden los talones
hormigas enfurecidas urgiéndome a hacer
a no detenerme en función de los finales.

Es muy cierto
la prisa es un agujero en la calma del insomne
una muralla en la planicie de los sueños
un abrevadero de ilusiones que a menudo fallan

No es que me avasalle el miedo a la tardanza
pero la magia se me acaba
he perdido las fórmulas los jeroglíficos las pócimas
la clave de los secretos que guardaba
las cosas que el sabio Fritz confió a mis huesos

Lo confieso
cada vez soy menos yo
y más lo que he vivido.

Por eso es que me apuro
para no llegarle tarde
a la que realmente he sido
cuando todo se acabe.


PÁGINA 28 – CUENTO

ÁNGEL BALZARINO
(Rafaela-Santa Fe-Argentina)

AL OTRO LADO DE LA VENTANA

Abrió las persianas unos centímetros, dejando que se filtrara un delgado haz de luz, y luego desplegó con extremo cuidado la cortina grisácea, casi transparente, hasta cubrir completamente la ventana. Perfecto. Así nadie podrá verme desde afuera. Con la tranquilidad de haber concluido la ceremonia que desde hacía casi un mes realizaba todos los días, ansiosa y con una meticulosidad rayana en cierta obsesión, se dispuso a cumplir la cita ya irresistible. Acercando el rostro a la cortina, clavó los ojos ávidos en un punto definido: la amplia ventana de uno de los departamentos que estaba al otro lado de la calle. ¿Qué harán hoy? ¿Qué pasará? Ya no lograba evitar múltiples interrogantes al iniciar la diaria vigilancia, plena de expectativa, intrigada sobre lo que habría de depararle esa especie de película o espectáculo que siempre presenciaba con renovado fervor, sustraída de cualquier otra cosa. Sí. Como si fuera una droga. Aunque ese compromiso ya ejercía sobre ella una dependencia casi enfermiza, no estaba dispuesta a abandonarlo, pues era el único que había logrado quebrar el opaco e inalterable desarrollo de su vida y le otorgaba un inusitado atractivo. Ocurrió casi por casualidad. Una tarde, al mirar hacia afuera, divisó las dos siluetas en el rectángulo de una ventana. En el cuarto iluminado por una tenue luz amarilla, vio movilizarse los cuerpos con lentitud, abrazados y besándose mientras se quitaban la ropa. Cuando desaparecieron de su visión, le resultó fácil imaginarlos sobre la cama amándose con voracidad. No supo cuánto tiempo permaneció inmóvil, sin poder reponerse de la sorpresa y el encandilamiento. Deben ser recién casados. No tendrían tanto entusiasmo si llevaran juntos quince años, como yo. Embargada por una sensación de ardor y voluptuosidad, esa noche el encuentro con Rafael ya no tuvo el carácter de un rito frío y mecánico que cumplía por obligación, sólo para complacerlo, sino que, después de mucho tiempo, participó en forma activa y pudo alcanzar un orgasmo pleno y satisfactorio. Después continuó la vigilancia. Tenaz. Absorbente. Al cabo de cuatro días de inútil espera, ocurrió algo. Aunque la escena resultaba similar a la anterior, muy pronto creyó descubrir una diferencia: el hombre era otro. Esforzándose por recordar al que había visto la primera vez, tuvo la seguridad de que era bastante rubio, y el de ahora -a pesar de no ser muy nítida la luz del dormitorio- pudo descubrir que tenía la piel morena y el cuerpo más gordo. Uno debe ser el amante. Pero cuál de ellos. Impaciente por dilucidar la duda, quedó absorbida por la visión de ellos y, sin tener idea del paso de las horas, se olvidó de preparar la cena. La reacción de su marido fue violenta y ninguna excusa logró calmarlo. Comieron las sobras del mediodía y se acostaron en silencio, en un estado de malestar y hostilidad. Tardó en dormirse, no tanto por el altercado con él sino por el halo de misterio que rodeaba a los habitantes de la casa vecina. Necesito saber qué está pasando entre ellos. Cuanto antes. Y al día siguiente se propuso ahondar la investigación. Celosamente comenzó a controlar el horario en que llegaba y se iba cada uno de los hombres, el tiempo que permanecía junto a la mujer, el modo como ella los trataba. Con íntima satisfacción llegó a comprobar que su empeñosa tarea le permitía conocer cada vez con mayor claridad el mundo de ellos. Ya es como si formáramos parte de la misma familia. Compartiendo los placeres y las preocupaciones. Eso le hizo descuidar otras cosas: limpiar la casa, preparar la comida, lavar la ropa. Tomaba conciencia de ello cuando llegaba Rafael y estallaba en reproches. Irascible. Cada vez con menos paciencia. Apelaba a vagos pretextos para calmarlo, sin atreverse a revelar la verdadera causa de tanto desapego, temerosa de perder eso que había tenido la virtud de conferirle un cariz distinto y fascinante a su vida. Lamentaba sobre todo que, debido al creciente grado de tensión y malhumor, ya no podía -cuando ellos lograban excitarla en forma casi intolerable- establecer un acercamiento que colmara sus ansias. Muy pronto va a terminar esto. Todo volverá a la normalidad. Con desasosiego presentía tal perspectiva, pues no le resultaba demasiado alentador hundirse otra vez en la exasperante rutina de tantos años, sin ningún hecho que la conmoviera o aliviara al menos el creciente sentido de frustración y desencanto. No obstante el anhelo de seguir disfrutando los momentos intensos y regocijantes que le deparaba esa historia, le pareció cercano el desenlace, especialmente por la actitud del hombre rubio, quien tuvo cada vez menos gestos de afecto con la mujer y varias veces los vio enfrentados en agrias disputas. Las otras escenas -las que ella aguardaba con mayor ansiedad, pues lograban despertar en su cuerpo un ardor desconocido durante años-, la mujer las protagonizaba con el gordo. No pueden seguir viviendo así mucho tiempo. Debe ser terrible. Alguien va a descubrir el engaño. Y a la espera de eso, cada día le llevó más tiempo la vigilancia. Impaciente. Sin querer perder ningún detalle. Por fin -después de estar incontables horas apostada junto a la ventana, absorta-, se encendió la luz en el departamento de enfrente y vio entrar a la mujer, quien, luego de dar varias vueltas con evidente inquietud y desorientación, se puso a buscar algo en los cajones del ropero. De improviso la estremeció el ruido de una puerta. No se movió para no distraerse. Sobre todo cuando el hombre rubio penetró en el cuarto. Abruptamente. Y entonces percibió un grito. Rabioso. Insultante. Por un momento creyó que pertenecía al hombre rubio que estaba golpeando furioso a la mujer, hasta que, al darse vuelta, observó como una sorpresiva y espantosa revelación a Rafael que, esgrimiendo un puñal en la mano derecha, se abalanzaba sobre ella.



PÁGINA 29– POESÍA EUROPEA

U SAM OEUR
(Camboya, 1936)

LA FAMILIA

En medio del vasto campo la familia
cosecha su pequeño pedazo de tierra
El padre se inclina para cortar las espigas la madre detrás
va levantando lo que cae cada movimiento parece
tan precioso como el de un buscador de oro como si pisara
las huellas de un dios Cuando sopla viento se detienen, se masajean la cintura
Los niños, de cuclillas sobre el heno, juegan con un saltamontes:
arman ahí su parque de diversiones El perro negro hace de maestro
De un salto atraviesa una canaleta como saltará el niño también cuando crezca
Un jabalí de pie sobre la montaña mira con el aspecto de un tío
Cuando el sol cae las plumas del dong se oscurecen de pronto
Otro año pasa una alegría secreta brota del suelo
y los dueños de la tierra oscuramente la perciben.
(Traducción de Miguel Ángel Petrecca)

GOYA GUTIÉRREZ
(Zaragoza-España)

Retrocedió el camino presa de la nostalgia, y se encontró la casa
que creía humeante, extinta, no habitada,
silenciosa como un animal sordo,
con los muebles y libros, los objetos traspasados de tiempo,
heridos por la luz
que un día diera forma visible a unos trazos de vida.

Vive, pon en un jarrón de agua como un ramo de rosas exquisito
tu alegría de hoy.
Rompe las verjas que han crecido en tus ojos, porque el dolor
está encerrado en este día en el desván de tu memoria,
y de momento no comerá en tu plato,
ni impedirá que ofrezcas esta estrella de letras palpitantes,
que has horneado adentro
para quien quiera disfrutar de su luz.

JIDI MAJIA
(República Popular de China, 1962)

ESPÍRITUS DE LA ANTIGUA TIERRA

Aligeren sus pasos
Para atravesar el bosque de la libertad
Déjennos avanzar en compañía de animales salvajes
Vamos a sumergirnos en el misterio original
No los asusten,
Aquellas cabras monteses, ciervos de río y panteras
Aquellos fieles hijos de la blanca niebla
Escabulléndose entre pálidos jirones
No perturben la quietud eterna
Todo alrededor es un aire de divinas presencias
Ancianos difuntos se acercan por doquier
Temen las sombras desconocidas
Caminen con pasos ligeros, aún más ligeros
Aunque la mirada del destino pueda estar cubierta de follaje
A menudo, en momentos de quietud absoluta,
Escuchamos los sonidos de otro mundo
(Traducción: León Blanco)

SERGIO BORAO LLOP
(Mellán-Zaragoza-España)

DISTANCIA

Vivir a cada instante padeciendo
la maldición innata
de saberse incompleto;

mirarse cada día en el espejo
y no saber si el reflejo es la respuesta
y no poder siquiera descubrirse
en esos gestos, esas distracciones,
en ese pelo casi encanecido
o en las facciones grises;
y tan solo los ojos,
muy lejos, en el fondo,
como el vivo fulgor de una fogata
ardiendo en otro sitio
o quizá en otro tiempo,
ardiendo acaso sin motivo
en una dimensión desconocida
o al final de un callejón desierto
en el confín del barrio más humilde
de una ciudad lejana... ¡tan lejana!

BEI DAO
(República Popular de China, 1949)

PAISAJE SOBRE CERO

es halcón enseñando a nadar a la canción
es canción rastreando el primer viento
intercambiamos fragmentos de gozo
que atraviesan la familia desde diversas direcciones
es un Padre que reafirma la oscuridad
es la oscuridad que lleva hacia la luz de los antiguos
una puerta de gimiente oscilación se cierra
ecos persiguen su llanto
es una pluma que florece en vana esperanza
un brote resistiendo la ruta inevitable
un fulgor de amor que despierta para
encender un paisaje sobre cero
(Traducción: Raúl Jaime Gaviria)

DOLORS ALBEROLA
(Sueca-Valencia-España)

HUBIERA SIDO WAGNER

A mi padre muerto

como si hubiese dicho sólo:
Lázaro, sal fuera,
y nos volvimos luego, ya caída la tarde...
José Ángel Valente

Hubiera sido Wagner
cerrara bien los ojos
parecieran las manos
cristal almidonado u oro puro.
Su cuerpo se extendiera desde el marfil al frío
lentamente.
Estallara su boca como una rosa a fuego
lentamente.
Su voz como otra voz en el silencio fúnebre.
Hubiera sido Wagner.
Hubiera sido él
de no ser porque nada llegara a despertarle.
Hubiera sido así
pero asimismo no era sino una ausencia exacta.
Hubiérase parado mirándome y un beso
perfilara en mi sien aún lentamente.
Extendióse una caja
y no logró escapar de aquellas lindes.
Su párpado era voz,
el frío de su piel llameaba la vida.
Era su cara un día de otoños imprevistos.
Yo le llamaba aún:
Padre eh padre Juan
invencible despierta.
Me alargaran la mano
detrás de alguna infancia de cristales punzantes.
Recordé viejas horas,
calendarios de miedo
anidaban sus ojos tal vez más polvorientos.
Me alargaran la mano y esa ausencia
se aferrara a mi sangre.
Padre eh padre Juan
entrañable despierta.

La caja fríamente le cerrara las puertas.


PÁGINA 30 – ENSAYO

BASILIO BELLIARD 
(Moca-República Dominicana)

OCTAVIO PAZ Y LA DIALÉCTICA DE LA SOLEDAD.
Fuente. Revista Media Isla

En el capítulo inicial titulado “El pachuco y otros extremos”, Paz reflexiona sobre la lengua, el carácter, las costumbres y las creencias de estas personas, así como acerca de la pérdida de su herencia, en el sentido de que el pachuco no quiere ser mexicano ni yanqui, lo cual le granjeó no pocas críticas. Esta obra se lee como una antropología del mexicano, y a la vez como una historia de México; es pues un viaje a la semilla del México prehispánico, al mito, para penetrar en los entresijos del presente histórico. La lectura de Heidegger de El ser y el tiempo es asumida por Paz, al concebirse como un “ser arrojado”, lectura que también sería esencia para escribir El arco y la lira, como confesó en varias ocasiones. Así pues, al verse a sí mismo, ve en el otro, al mexicano, y por extensión, a todo mexicano. Esta reflexión no es solo una exploración en el ser del mexicano sino además un viaje por el corazón y la conciencia del espíritu. Paz es el Narciso que ve su ser en el agua y que, al reflejarse, ve el rostro suyo y el de los otros. En la soledad Paz observa también la condición de la orfandad del mexicano, y la explicación del complejo de inferioridad, así como su tristeza intrínseca, como también la suspicacia de todo mexicano. En esta parte de su ensayo, Paz establece una diferencia entre el carácter de los mexicanos y los norteamericanos, en relación al tema de la muerte. Mientras que ellos celebran y conocen la muerte, el norteamericano evade su idea y se niega a conocerla. El mexicano le rinde culto a la muerte, como una manera de rendirle culto a la vida misma, por consiguiente, no le teme, no siente horror. De ahí que afirme: “Nuestro culto a la muerte es culto a la vida, del mismo modo que el amor, que es hambre de vida, es anhelo de muerte”. En suma, Paz establece una serie de diferencias entre el norteamericano y el mexicano, como cuando sentencia:
“Ellos son crédulos, nosotros creyentes; aman los cuentos de hadas y las historias policiacas, nosotros los mitos y las leyendas. Los mexicanos mienten por fantasía, por desesperación o para superar su vida sórdida; ellos no mienten, pero sustituyen la verdad verdadera, que es siempre desagradable, por una verdad social. Nos emborrachamos para confesarnos; ellos para olvidarse. Son optimistas; nosotros nihilistas —solo que nuestro nihilismo no es intelectual, sino una reacción instintiva; por lo tanto es irrefutable—. Los mexicanos son desconfiados; ellos abiertos. Nosotros somos tristes y sarcásticos; ellos alegres y humorísticos. Los norteamericanos quieren comprender; nosotros contemplar. Son activos; nosotros quietistas: disfrutamos de nuestras llagas como ellos de sus inventos. Creen en la higiene, en la salud, en el trabajo, en la felicidad, pero tal vez no conocen la verdadera alegría, que es una embriaguez y un torbellino”.
El ser mexicano es pues un pretexto que usa Paz para reflexionar sobre su yo como habitante mexicano, latinoamericano y del mundo. Piensa la hombría del mexicano, como ente cultural, sobre el sentido ontológico del “rajarse”. Hace pues un psicoanálisis de este verbo, frente al alcance del “abrirse”. El mexicano puede abrirse, doblarse, abdicar, humillarse y aun “agacharse”, pero jamás rajarse. De ahí que el mexicano odie el rajarse porque el que se raja es de poco fiarse, es un traidor, un indiscreto y, a la postre, un cobarde. Para Paz, el origen machista del mexicano frente a la mujer se remonta a la concepción de que la mujer es un ser que se abre, y por eso se le considera inferior. “Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su ´rajada´, herida que jamás cicatriza”, sentencia. Resalta, asimismo, la hombría como una condición que los distingue de los demás pueblos del continente, como un pueblo que lucha, que fue capaz de hacer la primera revolución de América Latina, incluso antes que la revolución rusa. De ahí que diga: “El ideal de hombría para otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque”. Paz se despliega en ideas y reflexiones sobre la mujer, y cómo ve el mexicano a la mujer. Como intérprete de la mexicanidad, Paz dice que: “Para los mexicanos la mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo”.
El concepto de soledad en Paz tiene una connotación antropológica, en tanto destino del ser histórico del hombre, de los pueblos y las naciones. Estudio lúcido de la historia y del presente, este texto contiene ideas visionarias e iluminadoras sobre el México sagrado e histórico, el mexicano, sus fiestas y sus ritos. Reitero que las lecturas de George Bataille, Marcel Mauss y de Roger Caillois, en especial sus libros El mito y el hombre y El hombre y lo sagrado, serían nodales en la concepción antropológica de este esta mítica obra, que se ha convertido en un hito en la bibliografía sobre el ser y la identidad del mexicano, y como una obra de carácter filosófico de su vasta producción libresca. En la misma, Paz se revela como poeta y profeta, que busca iluminar el pasado mexicano, desde una tradición romántica, donde vida, poesía e historia se funden en una simbiosis filosófica. Como se ve, Paz inventó mundos, no sistemas de ideas ni ideologías, mediante los supremos recursos literarios de la analogía y la metáfora, con una gracia estilística deslumbrante. La historia le sirvió, asimismo, de inspiración, y la filosofía, como materia de ficción, con las que condimentó su imaginación letrada.
La gestación de El laberinto de la soledad, se produjo desde su condición de autoexiliado parisino, que vio a México desde una distancia necesaria para verlo con objetividad y desapasionamiento. Cuando había completado el manuscrito, Paz le confesó a Alfonso Reyes que había escrito este libro “para liberarse de un nacionalismo torcido, que desemboca en agresión si se es fuerte y en narcisismo si se es miserable, como ocurre con nosotros”. En otra ocasión dijo que este libro fue “una confesión, una búsqueda de mí mismo también”, con lo que dejó entrever que fue el resultado de un autoanálisis para comprenderse a sí mismo, de suerte que esta obra se puede leer en parte como una autobiografía. “El libro por sí mismo funcionó —afirma David A. Brading, en su obra Octavio Paz y la poética de la historia mexicana— como una mascarada heráldica diseñada para confundir a los hijos de la modernidad”. Y Sigue diciendo: “Con todo, tras dedicar todos los recursos de su prosa a la descripción del carácter, los mitos y la historia de su país, Paz concluía invitando a sus compatriotas a que asumieran su carga, la soledad, que no era otra cosa más que el destino común impuesto por la modernidad a la civilización occidental y su multipoblada humanidad. Era una conclusión sorprendente y demostraba el grado de desencanto de Paz, como liberal y como revolucionario”, sentencia Brading.
Paz siempre usó el amor y la poesía erótica como una vía de escape para huir del tiempo de la soledad. De ahí que la comunión representa un oasis de amor para conjurar la soledad humana, desde la infancia a la vejez. Para Paz, la poesía deviene, en efecto, acto de magia que impide el desencanto del mundo, donde la aventura del amor se vuelve una pasión heroica. “Si algo era Paz era un moralista, y en ‘La dialéctica de la soledad’… describió de qué modo el individuo podría encontrar la comunión, por fuertes que fueran las demandas de la modernidad sobre la sociedad”, aduce Brading. Paz postula así la potencia del amor erótico como fuerza capaz de producir la comunión entre los hombres y las mujeres. El poeta afirma además que el poema para el niño es una forma mágica, pero que en la adolescencia se produce un encantamiento del mundo y a la vez un encuentro narcisista con la soledad, mientras que en la juventud ocurre la aventura heroica del amor. “Quedaba a la madurez de la persona el reinstalar a esa misma persona en la historia por medio de la creación artística o en la sociedad”, afirma Brading. Paz quiso erigirse desde esta obra germinal ser el profeta de la sociedad, y de la sociedad mexicana, desde el amor y la reflexión poética, de modo que pretendió —sin lograrlo, desde luego— entregarles a los mexicanos un manual para enfrentar la soledad y la desesperación. “Al igual que todos los verdaderos profetas, Paz fue asimismo una especie de mago o vidente. Pero solo los magos o los profetas tienen el poder para conjurar a los espíritus, haciendo surgir a los fantasmas del pasado, si bien con el propósito de exorcizarlos, privándolos de su fuerza. Tal al menos fue la intención de Paz en El laberinto de la soledad”, sentencia Brading.
La deuda del Paz poeta con el surrealismo es inmensa, como también lo fue su deuda con los románticos alemanes con el ensayista, además de Hegel y Fitche. Para Brading: “Ciertamente, una manera de definir El laberinto de la soledad es viéndolo como una desencantada versión mexicana de los Discursos sobre la nación alemana de Fitche”.
En esta obra central en el pensamiento de Paz, México es visto por él no como parte de América Latina sino como parte integrante del hemisferio occidental. De modo pues, que asume la postura de que la única forma de ser realmente mexicano es asumiendo los valores de la cultura universal, como una manera de liberarse de los fantasmas nacionalistas de sí mismo y de sus compatriotas.
En El laberinto de la soledad Paz se interroga por el ser y querer ser del mexicano, por su lugar en el mundo hispánico-católico y de Occidente, vale decir, por el ser y la otredad del mexicano y del hombre. Se propuso, sin muchas pretensiones, interrogarse a sí mismo para darle respuestas a cuestiones cardinales de la identidad de México y su pasado cultural prehispánico. Así pues, se vuelve el historiador y el arqueólogo del mundo azteca, el explorador de la mitología indígena y el visionario del futuro de México, del continente mestizo, sin ser ni psicólogo, ni antropólogo, ni arqueólogo, ni historiador, sino un poeta iluminado y un lúcido ensayista. Esta preocupación por el pasado de México y del Nuevo Mundo, así como por su penetración analítica del presente y su anticipación de muchas ideas y acontecimientos históricos, hacen de Octavio Paz uno de los forjadores y precursores de la modernidad de Occidente y en especial, de América Latina, en la segunda mitad del siglo XX, cuyas permanentes reflexiones lo ocuparon gran parte del siglo pasado. El hecho de vivir en distintos países -ya por su experiencia diplomática, o ya por sus inquietudes intelectuales- hicieron de Paz un hombre cosmopolita, abierto a todas las corrientes estéticas y filosóficas de su tiempo —a la modernidad y a las vanguardias— y en contacto con ciudades y países como Paris, Nueva York, Japón, India, etc.- así como al hecho de entablar amistad con los más importantes artistas, intelectuales y escritores europeos y latinoamericanos del siglo XX —como de animar y fundar revistas y grupos literarios en México—, permiten afirmar que Paz fue un hombre de su siglo, con sentido de la historia, una mentalidad abierta y plural, con ansia de conocimiento, curiosidad infinita y apetito de conocimiento. En efecto, Paz fue un soñador racional y amante de la libertad, y a la vez, un eterno espíritu crítico, para quien lo mismo le daba ocuparse de pensar, analizar y reflexionar sobre un cuadro de pintura, un poema, una novela, una idea, o hablar acerca de un pintor como de un filósofo —o pasar de la política a la historia, de la literatura a la filosofía, de la arqueología a la antropología, de la lingüística a la sociología, de la crítica literaria a la crítica de arte, de la teoría poética a la teoría del lenguaje, de la historia de las ideas a la historia de las religiones, del mundo oriental al mundo occidental—, todo trabajado con profundidad y libertad, competencia y conocimiento, autoridad y gracia.
Su buceo en los orígenes de nuestro pasado lo condujo a una búsqueda de la modernidad, en una ruptura con el tiempo histórico, y en una obsesión por fundar —o encontrar— una filosofía del mexicano y del latinoamericano, y a la vez, como una manera de formar parte de lo universal. Esa búsqueda de la mexicanidad en Paz no tiene una impronta nacionalista, sino que es el reflejo de una actitud intelectual por auscultar en su ser, para descubrir la máscara de la identidad del ciudadano mexicano. Esa idea de máscara, en su imaginario intelectual, será el equivalente a la otredad, a la identidad personal, pues en la acepción latina la palabra persona significa máscara. Para Paz, el mexicano y todo individuo, es un ser enmascarado, que usa una máscara como mecanismo de defensa y de fingimiento, o acaso para vencer su soledad existencial, y entrar en comunión con el mundo.
La búsqueda de la modernidad que lo persiguió fue una forma de entrar a la historia universal, que está en el interior de nuestra conciencia social, no fuera. De ahí que dijera en su Discurso del Nobel. “Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está fuera sino dentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer”. (Citado por Leopoldo Zea), p. 59.
Paz fue un hombre que plasmó su obra en un diálogo permanente entre la poesía y el ensayo, la crítica y el pensamiento. Fue un observador atento de los signos de la cultura y del devenir de la historia. Una mentalidad de una curiosidad escasa, por no decir, en extinción, en el presente intelectual; fue acaso el último poeta oracular de América Latina, el último surrealista, o más bien, el último poeta con espíritu surrealista de Occidente, que vivió como un perfecto intelectual, y lo prueban su participación activa en la vida pública, en entrevistas y conferencias -ora con sus cartas a sus amigos, ora como animador cultural y testigo de su época. Oigamos como lo definió Darío Puccini: “Así, aun considerando a la poesía como el elemento prevalente y sin duda alguna más importante, peculiar y decisivo en la obra de Paz, tengo que señalar que su posición de ensayista, de maître a penser, hace de él uno de los últimos representantes de esos intelectuales que creen en la propia misión y por lo tanto no dejan de hablar en toda ocasión y oportunidad. Y quien tiene ojos para llegar hasta lo hondo se da cuenta de que Octavio Paz, como Jorge Luis Borges, puede ser considerado con razón uno de los pocos hombres de la cultura y de luminoso prestigio capaces de hablar con autoridad a todo el mundo occidental, aunque lo haga desde esa periferia que se llama América Latina”. (Puccini, p. 89).
Los ensayos de Paz piensan y poetizan, su poesía reflexiona. Le inyectó pues pensamiento a su poesía y poesía a sus ensayos. Le imprimió pasión al pensamiento poético y pensamiento a la pasión poética. Creó, por así decirlo, un género híbrido, a caballo entre la poesía y el ensayo, en el que las ideas tienen el brillo de la poesía y la intuición, y la poesía, la iluminación del pensamiento y el intelecto. Su temperamento intelectual fue reflexivo desde su juventud, y de ahí que sus primeras influencias fueran los poetas-ensayistas, aquellos poetas intelectuales modernos que cultivaron la crítica a la par con la poesía, como Baudelaire, Dante, Eliot, Machado, Mallarme, Pound, Pessoa, Rubén Darío y algunos románticos alemanes e ingleses, de quienes captó su espíritu crítico e intelectual. De modo pues, que Octavio Paz fue cincelando su propia biografía intelectual, como lo prueba el hecho de que siempre se ocupó de sus libros, de buscar amigos intelectuales, de codearse con los grandes autores contemporáneos de Europa y hacerse una figura respetada en la vida intelectual parisina y mexicana, de viajar por el mundo y de estar atento al curso de los hechos políticos y sociales de su tiempo. Fue pues un militante intelectual, vocación que acaso asimiló de los autores franceses en boga en su época parisina como Jean Paul Sartre, Albert Camus, André Malraux, André Gide, Raymond Aron, E. M. Cioran, entre otros, con los que entabló un diálogo de admiración recíproca, productivo y enriquecedor.


SUPLEMENTO INFANTIL Y JUVENIL



PÁGINA 31 -CUENTO

NORMA SEGADES-MANIAS
(Santa Fe-Argentina)

LA DIOSA AINÉ

Hace muchas infancias contaron los ancianos acerca del alcance de su hechizo.
Con las voces  del olmo, de robles, de castaños, desceñían historias donde el alma labriega alzaba sus altares la noche del solsticio de verano.
Las voces eran velos de morriña rescatando aquel cielo de estrellas tan distantes cuyos nombres tejían otros signos. Otros enigmas. Otras providencias. Otras alegorías. Otros mitos.
Por entonces la maga no sabía que era tan necesario resguardar la memoria de su raza. Los vestigios de sangre campesina alimentando el fuego en sus antorchas hechas de paja y heno. Peregrinando en torno a su colina. Corriendo sobre campos de cultivos. Invocando el prodigio de su gracia.
Protectora de siembras y rebaños. Custodia de los vientres fecundados.
Por entonces la maga no sabía que su misión sería recordarla. Preservar los conjuros que siempre la fundaron como diosa y señora del amor. Mientras la luna llena o los eclipses la cubrían con mantos de ceniza. Mientras la plenitud de las mareas.
Las voces no podían olvidarla.
Bajo el agua del lago custodiado por piedras verticales se presienten los muros de cristal, las torres transparentes, el trono que los druidas tallaron en la piedra. Ella peina en silencio su larga cabellera con un peine dorado.
La diosa Ainé, señora de las hadas.



PÁGINA 32– POESÍAS

MARIA ELENA WALSH
(Ramos Mejía-Buenos Aires-Argentina)

EL SHOW DEL PERRO SALCHICHA

Perro Salchicha, gordo bachicha,
toma solcito a la orilla del mar.
Tiene sombrero de marinero
y en vez de traje se puso collar.
Una gaviota medio marmota,
bizca y con cara de preocupación
viene planeando, mira buscando
el desayuno para su pichón.
Pronto aterriza porque divisa
un bicho gordo como un salchichón.
Dice “qué rico” y abriendo el pico
pesca al perrito como un camarón.
Perro salchicha con calma chicha
en helicóptero cree volar.
La pajarraca, cómo lo hamaca
entre las nubes y arriba del mar.
Así lo lleva hasta la cueva
donde el pichón se cansó de esperar.
Pone en el plato liebre por gato,
cosa que a todos nos puede pasar.
El pichón pía con energía,
dice: –Mamá, te ha fallado el radar;
el desayuno es muy perruno,
cuando lo pico se pone a ladrar.
Doña Gaviota va y se alborota,
Perro Salchicha un mordisco le da.
En la pelea, qué cosa fea,
vuelan las plumas de aquí para allá.
Doña Gaviota: ojo en compota.
Perro Salchicha con más de un chichón.
Así termina la tremolina,
espero que servirá de lección:
El que se vaya para la playa
que desconfíe de un viaje en avión,
y sobre todo haga de modo
que no lo tomen por un camarón.


PÁGINA 33 – CUENTO

MARINA COLASANTI
(Asmara-Etiopía)

EL LOBO Y EL CORDERO EN EL SUEÑO DE LA NIÑA
 (traducido por Ma. Teresa Andruetto)

Había una vez un lobo.

Había una vez una niña que tenía miedo al lobo.

El lobo vivía en el sueño de la niña.

Cuando la niña decía que no quería ir a dormir porque tenía miedo al lobo, la madre respondía:

-Tonterías, hija, los sueños son sueños. Ese lobo no existe.

Ella estaba todavía intentando convencerse cuando, al espiar tras los árboles del sueño para ver si el lobo andaba ahí despierto, se topó con un corderito. Era blanco y enrulado, como todos los corderitos de sueño.

-Qué bueno que también estés viviendo aquí -dijo ella.

Y se hicieron amigos.

Pasado algún tiempo, sin embargo, cierto día en que el corderito pastaba margaritas, llevando a la niña en la otra punta de la cinta que ella le había puesto en el cuello, apareció el lobo.

-Los sueños son sueños -pensó la niña para tranquilizarse.

Y repitió las palabras de la madre:

-Ese lobo no existe.

Asustado, el corderito temblaba con la boca llena de flores.

-Si el lobo no existe -pensó la niña- el corderito tampoco.

Y a ella le gustaba tanto el corderito…

Entonces, tomó rápidamente al amigo por el cuello, afirmó los pies en el suelo. Y esperó al lobo.

En eso sonó el despertador y ella recordó que tenía que ir al colegio.

Estuvo todo el día preocupada por haber dejado al cordero solo con el lobo.

Por la noche, apenas terminó de cenar, le dio un beso a su madre y fue corriendo a dormir para socorrerlo.

Llegó al sueño despavorida. Y más despavorida quedó al ver al lobo encogido sobre una piedra, con el rabo entre las piernas y las orejas caídas, mientras el corderito erizado le gruñía entre los pequeños dientes amarillos.

La niña nunca había visto un cordero feroz.

El lobo tampoco.

Ni siquiera el cordero sabía de su odio. Gruñía y avanzaba hacia el lobo, hundiendo las pezuñas en la cubierta del sueño.

De susto, la niña despertó.

-Ahora -pensó en la seguridad de la cama-, voy a tener dos miedos de ir a dormir. Del lobo. Y del cordero.

Pero, por la noche, la madre no quiso escuchar historias. A las ocho, a la cama. La niña hizo todo para no pegar el sueño. Pensó incluso que sería bueno poder, por lo menos por una vez, ir a pasar la noche en el sueño de alguna amiga.

Pero, por más que se esforzó, tuvo, de repente, la impresión de ver un cordero saltar una cerca, después otro. Y al contar el tercer cordero, ¡cataplum! Fue ella la que saltó dentro del sueño.

Todo quieto, silencio.

El corderito no fue a recibirla. El lobo estaba escondido en algún repliegue de aquel manso dormir.

-¿Pero dónde quedarse? -pensó la niña-. Si camino sobre el pasto, el corderito es capaz de brincarme encima. Si voy hacia el bosque, el lobo me come.

Rápido trepó a un árbol. Eligió una rama, se sentó. No era muy confortable. La posición le dolía aquí y allí. Intentó otra, se recostó en el tronco. Pero era duro y le lastimaba la espalda. Y todavía encima, las hormigas, que ella no había visto, llegaban ahora a escalar sus piernas.

Gira y gira, mece y mece, la noche fue pasando, incómoda, dura, llena de asperezas. Y áspera fue quedando también la niña por dentro. Áspera e hinchada. Hinchada de rabia.

Hasta que, como si percibiese que allá afuera del sueño ya despuntaba el día, dio un salto hasta el suelo. Y, manitos en la cintura, gritó bien fuerte:

-¡Este sueño es mííííoooooooo!

Tan fuerte, que despertó.

Todavía faltaba tiempo para que sonara el despertador. Pero desde esa vez, la niña descubrió que iría a la escuela sin prisa, sin aflicción ninguna. Y por la noche, se acostaría a la hora que le pareciera, sin miedo. Sin tener que subirse a los árboles. Porque, al final, aquel sueño era suyo. Y, de ahora en adelante, ella era la que iba a mandar, y echar lobos y corderos de sus lugares. Y si era preciso, una que otra vez, daría unos buenos gruñidos y mostraría los dientes.



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